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Ahí va, con el pantalón y esa camisa de mezclilla que usa desde que alguien le dijo que Albert Einstein no se cambiaba de ropa para no perder el tiempo. El profesor Cruz Hernández camina entre un monte agreste, protegido por enormes ceibas, huanacaxtles y coloridas amapas. Recorre el monte y sus zapatos ya están cubiertos de una coraza terregosa que se engrosa a cada paso, como si en algún momento se fuera a quedar atrapado en el lodo.

Es 9 de enero de 2007 y, en un lugar llamado Recoveco, el viento saluda con un fresco que arranca una sonrisa hasta al más huraño del pueblo. Nada qué ver con el abrasante calor de más de 40 grados que en julio y agosto convierte a una parte de sus pobladores en fantasmas. Es uno de esos días en los que el profe Cruz aprovecha lo más que puede para trabajar en su pequeño mundo: una reserva personal de 12 hectáreas que ha ido cultivando y reforestando con más amor que dinero, suficiente para convertir ese espacio en un santuario de animales que ya sólo aparecían en las historias de los más viejos: venados, tejones, cochinos salvajes y las ruidosas chachalacas.

Él y su silencio. Ora corta la maleza, ora limpia los cercos de hierba, cuando una llamada lo devuelve al mundo. La ha esperado por años, tanto que casi había perdido la esperanza.

A las 5:30 de la tarde suena su teléfono móvil, un pequeño artificio negro de bajo costo que además de permitirle hacer y recibir llamadas, envía mensajes de texto y sirve de linterna con sólo aplastarle un botón.

Cruz Hernández observa el número que aparece en la pantalla. Lo reconoce de inmediato. ¿Cuántas veces lo ha marcado? Tantas que ha perdido la cuenta.

 —¿Bueno? —contesta él.

Al otro lado de la línea se escucha la voz suave de una mujer.

—¿Señor Cruz?
—Sí.
—Permítame, le va a hablar don Gabriel…

En ese preciso instante el aire se quiebra.

***

Cruz Hernández es el primero de 10 hijos de un campesino oriundo de un lejano pueblo conocido como Tempoal, en el norte de Veracruz. Desde su infancia todo apuntaba a que repetiría la vida de su antepasado: ayudarle a hurgar en el campo terregoso, a arriar al ganado remolón y a la escasa siembra de maíz. Así parecía hasta que llegó a la secundaria y miró por la ventana un mundo paralelo: abrió su primer libro. Lo recuerda como el marinero a las estrellas:

—¿Nada para el coronel?
El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza:
 —El coronel no tiene quien le escriba.

El personaje era tan parecido a su abuelo, que de inmediato lo abrigó en su pecho adolescente, a un lado del corazón, dejando apenas espacio para un tranquilo latir. La vida sería otra a partir de entonces.

En esos tiempos buscaba leer todo lo que estuviera firmado por un tal García Márquez. Ahí se encuentra el inicio de su obsesión. Cursó la preparatoria, después la carrera de Agronomía y obtuvo una plaza de maestro en el Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario (CBTA).

Sólo había un inconveniente. El empleo estaba lejos de su hogar, hasta un ejido de altas temperaturas: Recoveco, municipio de Mocorito, Sinaloa, un pueblo rural de unos mil 600 habitantes.

Ya tenía una carrera, pero no le bastó y decidió estudiar una segunda: Veterinaria. Con esta profesión y la de su esposa Alma del Carmen, médica, le bastó para ganarse la buena voluntad de la gente de Recoveco, sobre todo cuando la pareja prometió replicar aquella máxima de Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del cólera: “En esta profesión tratamos de que los ricos paguen por los pobres”.

Han pasado más de dos décadas desde aquellos días y él sigue auscultando animales en los corrales del pueblo, aconsejando a campesinos sobre sus cultivos e impartiendo clase en los salones del bachillerato.

Pero en Recoveco nada ha identificado tan bien al profe Cruz como esa manía por la lectura que carga desde que se topó por primera vez con El coronel no tiene quien le escriba, y que ha tratado de inyectar en niños y adolescentes. Por eso, cada que en el pueblo ve a un joven ocioso, suelta como sapo una pregunta que siempre guarda debajo de la lengua: “Y tú, ¿qué estás leyendo?”.

La técnica ha dado buenos resultados. Al paso de los años los alumnos pedían más y más libros hasta que un día, cuando el calendario mostraba las primeras hojas de marzo de 2003, se le ocurrió invitar a la plebada a realizar una actividad distinta a la de leer en soledad.

—Hey —les dijo—, hay que hacerle una tertulia al Gabo.

***

Ese 6 de marzo de 2003 el profe Cruz llegó muy temprano al CBTA de Recoveco, donde ya los alumnos lo esperaban.

Con esa parsimoniosa voz colmada de explicaciones no solicitadas que lo hacen parecer un narrador de cuentos improvisados, el profe empezó a dar instrucciones a los jóvenes que le ayudaban a colocar manteles blancos y largos, a encender el micrófono de la escuela…

—Ayúdame con la bocina, Juan. Ésta tiene que ir aquí para que se escuche bien —dijo el profe a uno de los bachilleres, justo el día en que se celebraba el aniversario número 76 del nacimiento de Gabriel García Márquez.

La sala de encuentro —un auditorio de paredes blancas con hileras de sillas azules— se convertía de a poquito en un pedazo de Macondo, el pueblo de Cien años de soledad donde vivía una estirpe de locos caídos en desgracia que irónicamente se apellidaban Buendía.

El profe colocó en un florero los girasoles silvestres que cortó de entre las parcelas verdes de maíz sembradas a un costado de la escuela. De una vieja grabadora escapaban los ritmos del vallenato, el mismo que tantas noches llenó de alegría las caderas del Gabo.

Unos 10 jóvenes de preparatoria, en su mayoría mujeres, empezaron a contar las lecturas que habían hecho de García Márquez. Hablaron de El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada, Los funerales de la Mamá Grande, la infaltable Cien años de soledad, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, El amor en los tiempos del cólera La hojarasca.

Juan Carlos deseaba que por cada página que leía de Cien años de soledad, surgieran 10 más; Juan Luis gozaba con el encuentro porque decía que escuchar a sus compañeros le permitía leer “un chingo de libros” en un solo día; y María Antonia, una jovencita que vivía en un poblado aún más pequeño y escondido que Recoveco, confesaba que había soltado el llanto cuando leyó la última palabra de Cien años de soledad. El fin de la estirpe.

Los participantes habían encontrado en los textos pizcas de ellos mismos, de sus familias y de sus pueblos. No era imposibe, en el campo aún viven las historias de fantasía y ese sencillo hábito de contar cuentos en las noches sin luna, con el café de olla sobre la hornilla humeante atizada con leña.

Al paso de una hora y media los jóvenes detuvieron la charla, aumentaron el volumen de la música que se fugaba del anciano equipo de sonido, uno de ellos se puso de pie y empezó a improvisar unos pasos de vallenato en una zona donde el corrido ligado al narcotráfico es un rosario repetido día a día.

Pero en esa ocasión, y en voz de Carlos Vives, el vallenato fue el vencedor.

Acordate Moralito de aquel día
que estuviste en Urumita
y no quisiste hacer parranda.
Te fuiste de mañanita,
sería de la misma rabia.
Te fuiste de mañanita,
sería de la misma rabia… 

La tertulia salió tan bien que Cruz Hernández no se resignó a dejarla en el libro del anecdotario del pueblo o en las fotos que alguien tomó y subió al blog del CBTA 133 de Recoveco. Fue entonces cuando este profesor se juró a sí mismo lo que tarde o temprano cumpliría.

—Esto lo tiene que saber el maestro García Márquez.

***

Días después el profe Cruz Hernández marcó a la revista Proceso —donde García Márquez había colaborado— para pedir el teléfono del escritor. Llamó al número que le pasaron y una cálida voz le respondió. Era Mónica Alonso, la asistente del colombiano.

Le explicó entonces que en el CBTA 133 le habían hecho un pequeño homenaje realizado por un grupo de estudiantes hijos de obreros y campesinos, en una vaina llamada Recoveco, Sinaloa, y que si le interesaba podía bajar las fotos del sitio web del centro escolar. También le dejó el correo que usaba y sigue utilizando desde entonces: cruzmacondo@hotmail.com.

Mónica Alonso vio las fotos de los jovencitos bien nutridos de letras y se las enseñó a García Márquez. El profe Cruz siguió con su vida y al paso de siete meses, un 21 de octubre de 2003, exactamente a las siete de la noche con 51 minutos, recibió una respuesta:

“Sr. Cruz. Le escribe Mónica, de casa de Don Gabriel García Márquez para avisarle que el viernes 17 de oct, como al media día y por correo normal, salieron para allá tres paquetes con los libros que le comentaba. Van a su nombre y nos dieron los siguientes números de paquetes: 722, 723 y 724. Por favor avíseme cuando los haya recibido y en qué estado llegaron. Muchas gracias, Mónica Alonso”.

En cuanto terminó de leer el correo, Cruz Hernández lo imprimió, lo enmarcó y lo colgó en la sala de su casa. Ahí permanece. Intocable. Inmaculado.

Envueltos en papeles amarillos, a los días llegaron los primeros tres paquetitos con más de mil libros, salidos desde la mismísima casa de Gabriel García Márquez hasta esa vaina llamada Recoveco, Mocorito.

Pasaron los meses, los años y Cruz Hernández no dejó de llamar a Mónica Alonso, cada vez más motivado a pesar del desgaste de ese maratón de infamias al que llamamos vida, porque don Gabriel no había dejado de mandarle libros para el club de lectura que había consolidado desde la tertulia de 2003, y que bautizaron como La Hojarasca en honor a la primera novela publicada por el Gabo.

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos: rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil.

A cambio, el profe le enviaba de vez en vez a García Márquez cajas con lichis jugosas, rellenas de vida de las tierras y las aguas de Recoveco. Fue la mejor forma que Cruz encontró de mostrar su agradecimiento al escritor. La relación con García Márquez a través de Mónica Alonso se había tejido como se tejen las novelas, con paciencia. Tres años después, en 2006, Cruz Hernández imaginó un nuevo objetivo de vida: “conocer al maestro”. Sin pensarlo demasiado, escapó de Recoveco en dirección a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Ahí, en el inmenso auditorio Juan Rulfo, entre el bullicio, los aplausos y los flashes, lo vería por primera vez en persona. “Ahí estaba, acompañado de Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes y de José Saramago. ¡Vaya grupo! Todos canos, elegantes y plenos. Se apapachaban, se disfrutaban, se querían con cortesías de caballeros sabios”. En el salón no cabía uno más, pero Cruz Hernández le dio unas brazadas al aire para hacer espacio y acomodarse a un costado de la última fila de asientos. Aquella era una oportunidad única para saludar a García Márquez, para decirle que él era ese profe de Recoveco al que le enviaba libros; el mismo que con enorme gusto le enviaba cajas de lichis preciosas hasta la puerta de su casa; que era él quien organizó esa tertulia de 2003 en su honor, que se repetía año con año, siempre en su cumpleaños, y que desde entonces se había creado un club de lectura llamado La Hojarasca con los cientos de libros que el Nobel les había mandado.

Pero algo pasó, algo paralizó al profe. Se quedó mirando a lo lejos. Frío. Inmóvil. Sólo Melquíades, el gitano sabio de Cien años de soledad, el mismo que hace más de un siglo predijo que dentro de poco el hombre podría ver lo que ocurriría en cualquier lugar de la tierra sin moverse de su casa, sólo él podía saber lo que Cruz Hernández sintió, lo que le impidió abrirse paso entre la masa de gente que ensordecía con aplausos y gritos de admiración, para saludar al hijo de Aracataca.

De regreso a Recoveco el profe le marcó nuevamente a Mónica Alonso para contarle que había ido a la feria del libro y que entre el tumulto, vio de lejos al maestro sin saludarlo. Ella le respondió con algo que parecía un amable regaño: si en realidad lo deseaba, lo hubiera podido hacer sin problema porque Gabo lo tenía muy presente.

De nueva cuenta, el aire se quebró.

***

Recoveco ya había decidido ser el pueblo con más lectores de Gabo en Sinaloa y en todo México. Por eso, en 2007, durante una reunión en la que los campesinos resolvían la manera en que festejarían los 60 años de la fundación del ejido y la forma en que podían agradecer a García Márquez los miles de libros que les había mandado en paqueticos amarillos, Socorro Gámez Barajas, ejidatario del lugar, tuvo la intempestiva idea de leer una de sus obras entre todos los habitantes. Se hablaba tanto del escritor: que Gabo esto, que Gabo lo otro, que lo menos que podían hacer era leerlo en comunidad.

La propuesta fue abrazada por los habitantes, sobre todo por Cruz Hernández que para entonces ya llevaba años con el club de lectura La Hojarasca. Sugirió leer la máxima obra de don Gabriel: Cien años de soledad.

En todo el pueblo se anunció el acuerdo. Se habló con los directores de las escuelas del lugar y de las comunidades vecinas de Pericos y Calomato; se arregló la casa ejidal con pacas de alfalfa y maíz en los costados, se montó una mesa con manteles largos sobre la que colocaron tres libros para leer, unas flores amarillas y un micrófono para turnarse la lectura.

—Nada puede salir mal cuando hay flores amarillas —se le oyó decir al profe.

Como lobos que acudían al llamado del aullido, se hicieron presentes el señor enfermero de la botica, la dueña de la tienda de abarrotes, el vecino cascarrabias y el muchacho que no quería ir pero que al final lo hizo.

Cada uno de los tres libros cumplía con un propósito: uno era usado por el que estaba leyendo, otro por quien debía seguir en la lectura, y uno más por el tercero en línea. La idea era no perder el hilo de la lectura.

A las 10 de la mañana de ese 11 de junio de 2007, día en que se recordaba la fundación del ejido de Recoveco, empezaron a leer la novela, y mientras pasaban las páginas, también avanzaba el reloj.

Tic, tac. Tic, tac. Querían saber cuántas horas tardarían en leer el invencible Cien añosos de soledad.

En Recoveco la temperatura ambiente daba la sensación de marcar 40 grados centígrados, pero la lectura se podía realizar sin inconvenientes porque la casa ejidal estaba ventilada. Leyeron niños de preescolar y primaria; adolescentes, jóvenes, maestros; hombres de bigote, botas y sombrero; señoras avejentadas por la vida de campo, amas de casa, profesionistas.

Una de ellas fue Alba, maestra jubilada de unos 60 años de edad. Tomó su lugar, cogió el micrófono y antes de leer les contó una historia que ni el profe Cruz, su amigo y colega, conocía. En su juventud, cuando se encontraba en trabajo de parto, escuchó que a unos cuantos metros de ella el doctor no paraba de reír a carcajadas. Pasaban los minutos y Alba seguía sudando y sufriendo los dolores naturales antes de dar a luz mientras el médico seguía con sus risas; la señora sentía arder de coraje y una vez que parió y tuvo al médico enfrente, le reclamó: de qué se reía mientras ella pasaba uno de los peores dolores de su vida. El doctor contestó que se carcajeaba de las ocurrencias del Gabo en Cien años de soledad. Alba ya había aborrecido al doctor, pero cuando éste le confesó los motivos de sus risas, también odió a la novela.

—Y dije: jamás voy a leer ese libro —narró frente a los ejidatarios. Una vez contada su historia, explicó que había acudido a la lectura porque el profe Cruz la invitó, y fue hasta entonces cuando por primera vez probó la novela.

Tic, tac.

El señor Mayo Labi, el eterno comisario al que ubican más por su apodo que por su nombre, no perdió la oportunidad de subirse al tren de lectores. Mayo Labi no acostumbraba leer literatura, pero no se perdería el festejo. Tomó uno de los libros, clavó su mirada en el texto y fue deletreando.

—¡Es-toy ha-blan-do!, gri-tó Úr-su-la.

Con sus 70 años, tardó varios minutos en terminar una página completa, pero lo logró.

Tic, tac. Tic, tac.

Como un batallón de emergencia ante un indomable incendio, camiones con estudiantes de poblados cercanos llegaban a reforzar. Los autobuses arribaban embarazados de decenas de niños que se desparramaban en la casa ejidal.

—El que quiera leer, bueno, y el que no, también —les decía el profe Cruz a los que se resistían a tomar el micrófono para continuar con la lectura.

Después de las ocho de la noche el salón casi se vació, pero pronto llegaron más lectores; los que ya habían leído abandonaban el sitio y a las horas regresaban a preguntar: “¿En qué página van?”. Tomaban café para no dormir, conversaban de cualquier cosa y sacudían con chiras los zancudos hambrientos que merodeaban sus piernas.

Tic, tac. Tic, tac.

Era la media noche cuando, tras medio día sin tregua, el sistema eléctrico se colapsó, se botaron las pastillas y las sombras invadieron el lugar. El plan podría colapsar, como la luz.

La lectura se interrumpió. El silencio avanzó de la mano de la angustia. El reloj seguía: tic, tac. Tenían que moverse rápido. El profe Cruz llamó a un vecino, ése que siempre arreglaba los problemas eléctricos, y en 20 minutos las lámparas funcionaron nuevamente.

Tic, tac. Tic, tac.

La madrugada se convirtió en el momento más complicado. La participación bajó pero un grupo de jóvenes se comprometió a terminar la empresa. Dentro y fuera del salón yacían envueltos en sábanas en espera de su turno o permanecían sentados con las piernas enredadas en casas de campañas. Minutos antes de las seis de la mañana, el último lector pronunció con voz entumecida las palabras más esperadas de la jornada: “…porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. La sala fue arrasada por aplausos, abrazos y gritos. Lo habían logrado: 19 horas con 50 minutos; más de 250 pobladores de Recoveco y de comunidades vecinas leyeron por completo Cien años de soledad.

 ***

Cruz Hernández observó el número que aparecía en la pantalla y lo reconoció porque lo había marcado muchas veces, pero no podía creer que algún día le regresarían la llamada, y menos en ese momento de soledad, el 9 de enero de 2007 a las 5:30 de la tarde.

—¿Señor Cruz?
—Sí.

Al otro lado de la línea, la voz de Mónica Alonso.

—Permítame, le va a hablar don Gabriel…
—Sí.

Oyó, entonces, a Gabriel García Márquez.

—Que fuiste a Guadalajara…
—Sí, maestro.
—¿Y por qué no me saludaste?

En ese momento el profe Cruz Hernández le iba a decir en broma que no lo había saludado por vergüenza, porque había mucha gente enzapatada, pero no se animó. —No, maestro, es que no se pudo. Estaba muy estricta la seguridad.

—No, me hubieras mandado un recado con los que estaban ahí.
—Ah, no se me ocurrió.
—¿Pero vas a ir a la próxima?
—Sí maestro, sí vamos a ir.
—¿Cuántos van a ir? A Cruz Hernández le volaron las ideas por la cabeza como mariposas:
—Como unos 40, maestro.
—No, son muchos: ¡me vuelven loco!
—Ah, bueno, entonces más poquitos.
—Ah, pues ponte de acuerdo con Mónica, y allá comemos.

Cruz Hernández acababa de hablar con el Nobel de Literatura y lo había tratado con naturalidad y sencillez.

La fecha marcada llegó, como lo hacen todas, y con ello el tiempo de acudir a la FIL de Guadalajara en su edición 2007. Para entonces el profe Cruz ya tenía el número de teléfono de la esposa de García Márquez, la señora Mercedes Barcha, y le marcó cuando, junto con su esposa, sus dos hijos y un antiguo amigo, pisó la recepción del hotel Hilton.

—Hey, no los vi cuando llegamos. Súbanse, aquí estamos en el salón —le dijo por teléfono la señora Mercedes Barcha.

El profe llegó al lugar que lucía elegantemente alfombrado y de manteles largos. García Márquez lo reconoció sin conocerlo y le hizo señas para que se acercara.

—Maestro, nomás venimos a saludarlo —le dijo Cruz con la firme convicción de no ser imprudente.
—No, no, no. Pásenle para acá —los invitó el escritor mientas ahuyentaba a un Raúl Padilla, presidente de la FIL, que temía que fueran unos fanáticos incómodos e infiltrados de los que nunca faltan.

Se sentaron en una mesa aparte arreglada con un juego de girasoles al centro y, en cuestión de minutos, García Márquez llegó con ellos. “Y yo, ¿dónde me siento?”.

Mercedes Azucena Hernández Sapiens, hija de Cruz Hernández, llevaba consigo el libro El amor en los tiempos del cólera. Por eso cuando el colombiano bromeó —“al autor de ese libro yo lo conozco, y dicen que el libro es bueno”— y sacó su pluma para firmarlo, la hija del profesor de Recoveco le mostró el punto exacto donde debía de hacerlo.

—Y lo firma donde dice: “Para Mercedes, por supuesto”, pero le pone una comita, y le escribe: “y para Mercedes Azucena con un abrazo de su tío prestado: Gabo”.

El nombre de la hija de Cruz Hernández no era casualidad, lo había decidido así por dos razones principales: por la esposa de García Márquez, Mercedes Barcha, y por su suegra Mercedes. Así mataba dos pájaros de un tiro.

Su hijo se llama Omar Rigoberto, Omar por Torrijos y Rigoberto por un gran amigo de él. Cuando Omar le mostró el libro a firmar, Vivir para contarla, Gabo le estampó la firma y después le dijo: “Ya lo puedes vender”.

Omar se ruborizó, pero sin saberlo Gabo le había obsequiado un guiño de aventura que podía soltar frente a sus amigos al trote de los años; al cabo que como decía el Nobel en la primera página del libro que acababa de firmar: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

A García Márquez le interesaba mucho que el club de lectura La Hojarasca continuara, y lo que más le gustaba es que los plebes se mantuvieran hojeando libros.

—Lo que sea, decía, pero que lean. No me interesa que me lean a mí, pero que lean —recuerda el profe que le dijo el escritor.

Cruz Hernández mantuvo los lazos que había formado con el Nobel. Incluso una vez, a las 12 horas del día 12 de septiembre de 2012, lo visitó en su casa de la Ciudad de México.

El profe llegó media hora antes de la pactada a la casa de García Márquez y esperó pacientemente afuera del lugar hasta que el reloj marcara el medio día. Entonces tocó el timbre.

—¿Quién es? —preguntó una mujer.
—Soy Cruz Hernández y vengo de Sinaloa —respondió.

Abrieron la puerta y lo condujeron al estudio de don Gabriel, un cuarto de paredes blancas tapizado de libros y dividido del resto de la vivienda por un jardín enverdecido. Ahí ya lo esperaban García Márquez y Mónica Alonso.

—Por ahí entran los amigos —le dijo el Nobel cuando lo vio llegar.

El profe Cruz sonrió y le entregó un ejemplar de Don Quijote de la Mancha firmado por todos los alumnos del CBTA 133 que eran parte del club de lectura La Hojarasca. Charlaron sobre Aracataca, Recoveco y el club, y ya entrados en la conversación, mientras Cruz Hernández platicaba con el escritor, que ese día portaba un traje negro de rayas grises combinado con unos botines oscuros de broches dorados, le soltó que en Recoveco leían a los escritores más reconocidos.

—Allá admiramos a los grandes, como usted —le dijo con la intención de halagarlo.
—No, también hay que admirar a los pequeños —reviró don Gabriel.

A pesar de que ya se había difundido la noticia de que la salud de García Márquez mermaba, jamás imaginó que un grupo de mariposas amarillas pudieran llevarse las fotos de sus recuerdos. Lo único que le quedó entre las cejas fue que el Nobel usaba un aparato auditivo para escuchar de manera adecuada.

—¿Ya escuchó, don Gabriel? —le preguntaba frecuentemente Mónica Alonso durante la conversación.
—Sí, lo estoy escuchando perfectamente —respondía.

***

De todas las ocasiones en que Cruz Hernández pudo intercambiar palabra con don Gabriel, hay una que en este este día de marzo de 2015 —durante la entrevista realizada en la biblioteca Juan Rulfo del CBTA 133, donde se halla toda la colección de libros enviados por el colombiano en paqueticos forrados de papeles amarillos—, recuerda con un orgullo similar al que despiden los padres que muestran las fotos de sus hijos: el cumpleaños número 85 de García Márquez, celebrado el 6 de marzo de 2012.

Cruz Hernández marcó un día antes a la oficina del maestro y Mónica Alonso le prometió que programaría una llamada para el día siguiente, el del cumpleaños; se realizaría entre las 12 del día y la una de la tarde.

Llegó el 6 de marzo, el reloj marcó las 12, la una, las dos y las tres de la tarde y la llamada no llegaba. Cruz Hernández recordó que García Márquez era una persona muy solicitada: presidentes, embajadores, intelectuales, gobernadores, todo mundo querría saludarlo. Así que perdió la esperanza.

Cuando ya se había resignado, sonó su teléfono, exactamente a las 3:15 de la tarde hora de Recoveco. Entonces le habló el festejado.

—¿Qué la cosa? ¿Cómo va esa vaina? —le dijo García Márquez.
—Maestro, con la novedad de que otra vez terminamos de leer Cien años de soledad ininterrumpidamente, y si ahora no hicimos un récord mundial, hicimos un récord en Sinaloa —le respondió Cruz Hernández entre risas.
—Yo voy a ir a ese pueblo, pero sin mucho ruido —prometió.

***

Algo le pasaba a su maldito teléfono móvil y el profe Cruz Hernández no podía enviar los mensajes de texto que le escribía a Mónica Alonso para preguntarle por la salud de don Gabriel.

Sabía que estaba grave y no tener noticias de él lo angustiaba. Le robaba la calma. Era como no encontrar sabor a la lectura. Mientras veía absorto el teléfono, entró una llamada de su amigo Raúl Beltrán, un constructor que nada tenía que ver con la literatura pero que conocía tan bien al profe Cruz que no pudo evitar hablarle cuando se enteró.

—¿Ya sabes que falleció García Márquez?
—Chingado, ¡no me digas eso! —respondió el profe mientras maldecía sin resignación ese momento.

Caminó solo por esos surcos del campo donde hacía años había escuchado por primera vez la voz de Gabriel García Márquez.

Caminó. Sólo caminó.

Y sintió cómo se quebraba el aire.

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Las vías del tren están a pocos metros, al otro lado de la calle sombreada por árboles añosos. Detrás de pequeños muros, detrás de pequeños jardines, detrás de rejas bien pintadas, las casas se ven sólidas y limpias como si acabaran de pulirlas. Es mediodía y hay un silencio de siesta, sin autos, sin gente. Nada ha cambiado mucho en los últimos cien años. Las vías del tren ya estaban allí, algunos de estos árboles ya estaban allí. La casa también. Ocupa toda la esquina de esta calle de Olivos, un suburbio elegante de la zona norte de Buenos Aires, pero apenas se ve al otro lado de la puerta de rejas, del muro agobiado por la hiedra. El timbre emite un ruido ronco, doloroso. Por el portero eléctrico se escucha la voz de una mujer.

—¿Quién es?
—Vengo a ver a Dolly.
—Pasá.

La puerta de rejas se destraba con un zumbido y se abre a un jardín selvático, oscuro. Al otro lado espera una mujer mayor, el pelo a la altura de las orejas, las puntas peinadas hacia dentro. Es menuda, de aspecto vivaz, la piel muy blanca.

—Hola. Yo soy la cuñada.

Aquí no debería haber una cuñada. Debería haber, tan sólo, dos hermanas: una de ellas olímpica, noventa años, más de un metro setenta; la otra, tres años menor, de aspecto desconocido. Entonces: ¿cuñada de quién?

—Llegaste —dice una voz potente que proviene de la penumbra, a espaldas de la mujer menuda—. Qué puntual. ¿Tenés sangre inglesa?

La mujer olímpica, noventa años, más de un metro setenta, camina hacia la luz del recibidor. Usa un vestido estampado, azul y blanco, por encima de las rodillas.

—Pasá. ¿No tenés problemas con los gatos? Tenemos catorce.

La mujer menuda saluda y desaparece. La mujer olímpica ve el grabador y dice:

—Juan siempre decía: “Sin grabador”. A mí no me molesta. Ahora lo van a traducir al turco. Pobre Juan.
—¿Por qué “pobre”?
—Querida, ¿vos sabés turco? Una traducción así no se puede controlar.

Hay algo, en la celeridad con que empieza a hablar de Juan, que lo aclara todo. En esta casa viven, de hecho, dos hermanas. Esta mujer —Dolly, Dorotea Muhr, viuda del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, autor de La vida breve, Los adioses, El astillero, ganador del premio Cervantes, fallecido en 1994— y su hermana Nessy: la mujer menuda. Sólo que Nessy es, también, cuñada de Onetti. Y esa forma de presentarse —“soy la cuñada” (de Onetti) y no “soy la hermana” (de Dolly)— devela que él es el hombre en torno al cual ha girado siempre la peregrinación de propios y extraños hacia esta casa: en torno a los libros de Juan, el insomnio de Juan, el exilio en España de Juan, la cama de la que no salía nunca Juan. Devela que nadie ha venido aquí a preguntar por la mujer con la que Juan compartió la escritura, los libros, el insomnio y el exilio durante cuarenta años de toda una vida hasta el día de su muerte.

Dolly Muhr señala una puerta lateral que da paso al comedor diario:

—Pasá. ¿Qué vas a tomar? ¿Café, agua, Coca Cola?

Afuera hace treinta y seis grados pero el comedor se mantiene fresco. Las ventanas, cubiertas por cortinas de hilo, apenas dejan pasar la luz violenta. Dolly sale por la puerta que da a la cocina. Se mueve con rapidez pero un tanto endurecida. En junio de 2015 se cayó y se quebró la cadera mientras paseaba por Salamanca, España. Por eso, aunque pasa la mayor parte del año en Madrid, el verano de 2016 la encuentra en la casa donde nació, recuperándose a fuerza de caminatas. Cuando regresa, apoya sobre la mesa una botella de Coca Cola y dos vasos.

—Estoy más en España que acá. Si no fuera por la cadera ya estaría en Madrid. Las mujeres tenemos que estar más atentas al calcio. ¿Vos comés carne?
—Sí.
—¿Te pican los mosquitos?
—No mucho.
—¿Ves? Mi hermana tiene la teoría de que no le pican porque es vegetariana. Ella tiene cada idea sobre la dieta. Es de las pocas personas que conozco que nació y va a morir, como ella dice, en la casa donde nació. No tiró nada. Tiene todo. Hasta la bañera de cuando éramos chicas.

La mesa del comedor parece arrinconada ante el embate de muebles que llenan la habitación de tres por tres: un televisor, una cómoda sobre la que hay catorce portarretratos y cuatro arreglos florales, una estantería con libros, una cajonera, un piano vertical sobre el que hay cinco portarretratos y una lámpara, un hogar a leña sobre el que hay cinco arreglos florales, una mesa redonda sobre la que hay un equipo de música, una biblioteca repleta de libros y estatuillas de porcelana —gansos, campesinas, músicos, gatos—, un vitrinero de vajilla antigua, una mesa pequeña, una mesa más grande, un sofá, un taburete.

—Qué cantidad de objetos.
—Bueno, son cien años de vivencia.

Cien años sobre los que ella, que tiene diez menos, habla poco.

***

Cinco días atrás:

—Hola, quisiera hablar con Dorotea Muhr.
—Soy yo.

Habla en un tono paródicamente marcial, tajante, divertido. Pregunta:

—¿Vos lo leíste a Juan?
—Claro.
—Qué lindo.
—Pero quiero hablar de usted.
—Bueno. No sé qué te puedo contar.

***

A principios del siglo pasado, el padre de Dolly Muhr se fue de Austria, donde había nacido. Quería ser músico y su padre, dueño de viñedos, no lo dejaba, de modo que partió a Inglaterra. Al llegar allí se desató la Primera Guerra Mundial y, para evitar que lo llamaran al frente, pensó en cruzar el océano. Un panadero le prestó plata para un pasaje a Nueva York, pero el buque estaba repleto y terminó en Buenos Aires. Por su parte, la abuela de Dolly Muhr, inglesa, se casó con un francés y viajó a Buenos Aires. Cuando empezó la guerra el francés marchó al frente, donde lo mataron. La mujer se quedó sola, primero con tres hijos —un varón, dos mujeres—, después con dos porque una murió de meningitis. La otra, Dorotea —le decían Dodo— se hizo mujer y en 1924 conoció a un austriaco que se ganaba la vida dando clases de inglés: el padre de Dolly.

—Mi madre dice que fue un coup de foudre. Y así nací yo.

Quizás de esa mezcla de idiomas y nacionalidades —o quizás porque las hermanas hablan, entre ellas, inglés— proviene el extraño acento del español que habla, rudo, duro en las consonantes.

—Nessy nació en 1928. Mi padre hizo esta casa. Acá había un baldío. Le puso Villa Dodo por mi madre. A mí me decían Dodita. La única que me dice Dodita es mi hermana. Para el resto soy Dorotea o Dolly. Que no me gusta. Es muy cursi.

—¿Su padre cómo se llamaba?
—Hans. Juan. Como Juan. Juan y Juan. Fue viajante de comercio, trabajó en una empresa de acero. Pero sólo le interesaba la música. Tocaba el cello. Pero con la música no podía mantener a una familia. Yo empecé a tocar el piano a los siete años, pero cuando Nessy tuvo cinco me dijo: “Vos salí”. Me echó. Entonces me fui a tocar el violín con papá y ella se quedó con el piano. Pero fue perfecto, porque a mí me encantó estar en las orquestas.
Y ella es una pianista increíble. Es el genio de la familia. ¿Vos sabés música?
—Si.
—¿Qué tocás, tocás algo?
—La guitarra.

Se echa hacia atrás, fingiendo sobresalto.

—Ah: chin chin chin chin.
—No. Guitarra clásica. Bach. Esas cosas.

Su mirada se cubre, de pronto, de respeto absoluto: de total reverencia.

—¡Qué bien! ¿Y tocás?
—Hace mucho que no.

Es difícil saber, entonces, si lo que refleja su rostro es indignación o dolor. En una habitación del piso de arriba, guardado en su estuche, está el violín que ella, desde que dejó la Orquesta Sinfónica de Madrid, no ha vuelto a tocar.

***

En las entrevistas le preguntan: “¿Por qué Onetti nunca quiso regresar a Montevideo?”; “¿Cómo vivía Onetti en España?”; “¿Realmente Onetti no salía de la cama?” Nunca parece molesta por el hecho de que nadie pregunte cómo fue, para ella, dejar Montevideo, exiliarse en España, estar con un hombre que vivía en la cama.

—Siempre le preguntan por Juan.
—Obviamente. Todas las entrevistas que he tenido eran por Juan, no por mí.
—¿Eso no la incomoda?
—¡No! ¿Por qué? Me parece maravilloso.
—¿Usted siente que, de los dos, él era la figura importante?
—Qué pregunta tonta, querida. Claro. Él era único.

A veces habla en presente. Dice “Juan es de Cáncer”. O “Mientras yo salgo, él se queda leyendo”.

***

En el recibidor de entrada, además de tres sillones, una mesa, un perchero, un mueble de mimbre con vinilos, dos bibliotecas rebosantes, hay, sobre un esquinero, un aparato que permite el discado rápido a los bomberos, la ambulancia y la policía. Debajo del aparato, un cartón en el que, con lápices de colores, están listados los nombres y los años que tenían algunos de los gatos de la casa en 2013: Pussycat 4 y medio, Boy Blanche 5, Triggy 5, Belladonna 4 y medio, Kinderlein 1 y medio, Rashomon 2 y medio.

—Nosotras empezamos a estudiar música a los siete años en un conservatorio que estaba en la esquina. Un horror. Mi hermana siempre lo odió un poco a mi padre porque no se dio cuenta de que ella era un genio. Perdimos ocho años en ese conservatorio.
—¿A qué colegio iban?
—Al Northlands. Otra burrada de mis padres.

El Northlands es un colegio de gran fama, bilingüe, sólo para mujeres. Allí se educó, entre otras, Máxima Zorreguieta, reina de Holanda.

—Salimos de ahí y nos mandaron a aprender traductorado público, que también era sólo para mujeres. Yo no sabía cómo relacionarme con los chicos. Lo que pasó después fue inevitable.
—¿Qué pasó?
—Que me dediqué a enamorarme de los amigos de mi padre. Me enamoré de un director de orquesta. Yo tenía 17, 18. Fui a escucharlo a la iglesia, el Réquiem de Mozart. Ay, ay, ay. Salí de ahí enamorada. Pero no existe el amor. Es una especie de fetichismo, de brujería. Bueno, al director me lo descubrieron. Y se armó lío. Porque él era casado.
—Entonces llegaron a tener una relación.
—No, no. Yo no tuve relaciones con nadie hasta que Juan….
—No. Me refería a que tuvieron una relación. Que salían.
—Sí. Pero no más que un beso. Siempre me respetaban. Porque tuve varios hombres de edad. Pero nunca llegué a una cama. Ni siquiera a un sofá. Cuando me descubrieron, mi padre me encajó para que leyera los diez volúmenes de Jean-Christophe, la novela de Romain Rolland. ¿La leíste?
—No.
—Bueno. Trata de dos muchachos que se enamoran. Y después otros diez tomos de dos mujeres que se enamoran. Fue peor. Yo creo que la adolescencia es una trampa mortal. Esa pasión que sentís todo el tiempo. Una pasión que no es verdad, todo es delirio. Es como si estuviéramos un poco narcotizadas. Y me metí con Juan con la misma locura. Con Juan caías. Cuando llegó Juan, yo sabía que eso sí. Que eso era.
—¿Cómo supo?
—Porque me sentía absolutamente dominada y completa con él.

***

Con múltiples ventanas que dan al jardín, la sala de música que Hans Muhr construyó para su hija menor, Nessy, es la habitación más grande y mejor ubicada de la casa. Allí, en medio de sillones, sillas, taburetes, mesas, bibliotecas, vitrinas y dos pianos de cola, ella estudia y da clases a más de treinta alumnos. A un lado de la sala, bajo la escalera que lleva al piso de arriba, está la cocina pequeña, oscura. A los pies de la heladera siempre hay recipientes con comida para gatos.

***

Cuando Dolly conoció a Onetti él ya llevaba dos matrimonios (se había casado con dos de sus primas hermanas, a su vez hermanas entre sí, y había tenido un hijo, Jorge, con la primera), e inauguraba el tercero con Elizabeth María Pekelharing, una holandesa con quien compartía trabajo en la agencia de noticias Reuters. El mismo año en que se casó con ella —1945— conoció a Dolly. La leyenda dice que la vio por la calle, con el violín, y le dijo a su mujer: “Qué maravilla de criatura”. Su mujer dijo: “¿Querés que te la presente? Fuimos compañeras de colegio”.

—Yo era amiga de la mujer de Juan. Habíamos ido al colegio juntas. Juan un poco se enamoró de mí cuando me vio la primera vez. Yo no, porque estaba metida con otra persona. Él se dedicó a seducirme y ganó. Tuvimos una relación clandestina de diez años. Sufrí horrores. Pero estaba decidida a quedarme como la mujer que vive en la sombra. Íbamos a una casa de citas, un motel. Conocí todas las casas de citas de Buenos Aires. Una vez nos tocó esperar con unas parejas y se conocían los hombres. El tipo dice: “El mundo es un pañuelo”. Y Juan dice: “Sí, y bien sucio”. Genial, ¿no?
—Usted no sentía vergüenza.
—¡No! Yo estaba con el tipo más maravilloso del mundo. Desde el principio con Juan tuve relaciones porque sabía que era mi hombre. Pero yo sufría, y él tiene que haber sufrido viendo lo mal que lo pasaba yo.
—Jamás le pidió que se separara.
—No, jamás. Yo lo entendía. Los hombres son cobardes. No quieren hacer daño. Además, yo era amiga de la holandesa. Era una mujer muy divertida. A mí me encantaba. Y siempre nos veíamos, porque formábamos parte del mismo grupo.

En 1949 nació María Isabel (Litty), la segunda hija de Onetti. Un año después él publicó La vida breve, donde aparece el personaje de una violinista: “Aprovechaba las pausas para contemplar el perfil asexuado, la nariz recta, los ojos enceguecidos bajo el caso de pelo rubio y rizado; la sensualidad, escasa y trágica, le rezumaba por el ángulo de la boca”.

—Cuando la holandesa tuvo a Litty fue durísimo. Pero yo era muy pasiva con Juan. Me sentía totalmente dominada por él. No dominada en el mal sentido. Entregada, que es mejor.

Toma un trago de gaseosa con la avidez del que mastica: como si la Coca-Cola fuera un bife, una cosa sólida.

—Después que murió Juan, me analicé durante diez años. Y me di cuenta de la búsqueda de papá a través de los hombres de los que me enamoraba. Mi padre usaba chaleco, y Juan se ponía su chaleco y me decía: “Te gusta, ¿no?” Era como volver ahí. A eso. ¿Te das cuenta? Juan entendía a la gente.

En Construcción de la noche, una biografía de Onetti escrita por María Esther Gilio y Carlos María Domínguez en 1993, Onetti dice: “Cuando una mujer se siente amada totalmente, se entrega como una niña y es feliz siendo niña (…) A mí me gustan las mujeres locas. Las mujeres convencionales, burguesas, no me gustan. (Dolly) Tiene una enorme vitalidad. Parece haber sido creada para compensar mi abulia, mi descreimiento, mi escepticismo (…) me hizo feliz y me sigue haciendo feliz. Mujeres con las que podés ser feliz un rato hubo muchas; días o meses, algunas. Años, alguna. Toda la vida: Dolly”.

En 1954, él publicó Los adioses. No estaba dedicado a su hija, ni a su mujer, ni a Dolly, sino a una poeta uruguaya llamada Idea Vilariño.

***

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba cuatro años de matrimonio, cuatro de relación clandestina con Dolly y acababa de nacer su hija cuando, en 1949, conoció en Montevideo a la poeta uruguaya Idea Vilariño. “Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré”, escribió ella. Empezó, de inmediato, una correspondencia ardiente en ambas direcciones.

—Juan se veía con Idea. Ella estuvo mucho tiempo atrás. Estaba muy enamorada. Pero nunca se casaron, nunca se juntaron del todo. Se peleaban mucho. Por política. Idea era muy politizada. Ella era una gran escritora. Pero yo pienso que sufrió muchísimo por lo de Juan. Muchísimo. Yo la vi varias veces. Ella tenía cartas de Juan y quería publicarlas. Hablamos. Yo creo que él fue el amor de su vida, aunque ella tuvo muchos amores. Era una tipa muy sensible.

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba nueve años de matrimonio, casi diez de relaciones clandestinas con Dolly, cinco con Idea, cuando, en 1954, su mujer lo echó de casa.

—No me lo olvido más. Me llamó un día a la oficina donde yo trabajaba y me dijo: “La holandesa me echó”. Yo estaba sentada sobre el escritorio. No lo podía creer. Yo había juntado dinero para irme a Europa en barco, a visitar a mi tío, y me dijo: “Ahora no te vas”. Y yo le dije: “Sí, me voy igual”. Estuve tres meses. Allá me mandó Los adioses.
—La novela que le dedicó a Idea.
—Si. Tapas amarillas, hermosa. Cuando volví, Juan se había ido a trabajar a Montevideo y yo le tuve que contar a mi padre. Se lo dije en esta cocina. Le dio un puñetazo a la heladera, y me miró y me dijo: “Es demasiado tarde”. Como diciendo: “A ésta no la cambio más”. Me puso la condición de que nos casáramos. Para Juan no había nada más fácil. Siempre se casaba. Nos casamos en una gestoría, vía México. No tenía validez en la Argentina. Te llegaba un telegrama y decía: “Están casados”. Yo recién me casé legalmente con Juan cuando nos fuimos a España.
—Y su amiga, la holandesa, ¿supo que ustedes estaban juntos desde antes?
—Bueno, ella no sabía cuándo había empezado la cosa. Una vez me preguntó, porque seguimos viéndonos. Pero Juan lo pasó muy mal, porque durante muchos años no pudo ver a Litty. Yo después me hice muy amiga de Litty. Vive a pocas cuadras de acá, y tiene nietos, así que me llama para que los compartamos. Pero yo me sentía un poco con cola de paja, porque le había quitado a su padre.

Dolly llegó a Montevideo un día de 1955. Su hermana, que también es modista, le había hecho un vestido especial.

—Blanco, precioso. Lo primero que me dijo Juan fue: “Andá a comprarte un anillo”. Y así fue. Me compré un anillo pour la galerie, como quien dice, y fui aceptada como la esposa de Juan.

Así fue como empezaron los siguientes cuarenta años de la vida con Juan.

***

Es una mañana ardiente de febrero. En Pista Urbana, el bar de Mónica Lacoste en San Telmo, las sillas y las mesas están apiladas contra las paredes. Es actriz, hija de un matrimonio en cuya casa recalaba Onetti cada vez que se separaba de alguna mujer.

—Yo amaba a Juan. Bailaba para él, él me escribía poemas. Mis viejos vivían entre Montevideo y Buenos Aires, y un día llegó Juan a la casa de Montevideo, con Dolly. Yo tenía siete años. Había un patio con claraboya al que daban todas las habitaciones. Y esta joven juguetona me propuso tirar chorritos de agua desde arriba, sobre los comensales que estaban abajo. Dolly para mí fue siempre la jovencita que se animaba a jugar más que yo. En Montevideo andábamos en bicicleta y hacíamos treinta, cuarenta kilómetros. Íbamos al cine. Era de una vitalidad increíble. Hasta el día de hoy, tiene una capacidad de improvisación única. Vos la llamás un sábado a la noche y le decís: “Venite al centro que hay un concierto de tal cosa, o a escuchar poesía”, y ella se toma un colectivo y se viene.

***

En Montevideo, Dolly estudiaba violín y trabajaba como secretaria en diversas empresas, mientras Onetti trabajaba en el periódico Acción. Vivían en un departamento chico y gélido y, por no tener, no tenían ni heladera.

—Me guardaban la comida en el almacén de la esquina. Para que el salón quedara más bonito compré tiras de madera y fui revistiendo las paredes. Pero los clavos que usé no eran fuertes, y las maderas se caían. En el medio de la noche se escuchaba: “¡Pam!” Juan decía: “Se te cayó otra”. Una vez puse cortinas estilo inglés, floreadas. Él las miró y me dijo: “No importa, después me acostumbro y ni las veo”. Pero yo le dije: “No, decime qué cortinas querés”. Y me dijo: “Rojas”. Tenía insomnio. Se dormía a cualquier hora y a la mañana el sol se filtraba por las cortinas. Así que puse cortinas rojas. Pero eran años maravillosos. Juan tenía cantidad de gente amiga, escritores, íbamos a los bares. Era muy sociable. Yo además salía de una especie de ostracismo, de diez años de clandestinidad, y meterme en ese ambiente de literatura, donde todo el mundo quería a Juan y lo admiraba, fue maravilloso.

En 1957, Idea Vilariño publicó un libro titulado Poemas de amor, y lo dedicó, sin tapujos, “A Juan Carlos Onetti”.

—Esos poemas son hermosos. Ése que dice “No te veré morir” es hermoso.

El poema, llamado Ya no será, dice, hacia el final, “No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir.” En 1960 Onetti le dedicó a Dolly su libro La cara de la desgracia: “Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha”.

—A mí me gustó. A mi madre no le gustó nada. Pero él me lo explicó. Era como la sorpresa de que un perro podía dar mucha felicidad. Él adoraba a los perros. Pero mi mamá decía: “¿Qué es esto? ¡Vos no sos un perro!” A mí me preguntó si estaba de acuerdo y yo dije que sí. Lo que diga Juan. Es muy original, una muestra de amor. Es simplemente decir cuánto amor puede dar un animal.
—¿Él le decía que la quería?
—No.

Silencio.

—Eso no.

Silencio.

—Era implícito. A mí me decían: “Cómo permitís que tenga otras mujeres”. Yo sentía que Juan tenía un mundo ahí. ¿Y porque estaba casado con su señora esposa no lo iba a tener? Yo muchas veces pienso que no sólo emocionalmente, sino en la cama, tuvo cosas que no podía tener conmigo. Nunca se me ocurrió decirle que no. Creo que la mitad de las mujeres saben que los tipos salen con otras y se hacen las burras. Una sola vez tuve celos. Yo era un poco la ninfa, la niña, la pura, y había una chica que era así. No llegaron a tener nada, pero él se enloquecía con ella. Fue la única vez que le dije a una chica: “Es un hombre casado”. Como diciendo: “Buscate otro”. Porque nunca dije eso, a ninguna de ellas, jamás. Él no me mentía. Yo no quería que me mintiera. Me contaba. Me decía: “Vos sos un brazo mío”. Mientras él y yo sintiéramos que lo nuestro era para siempre, el resto no importaba. Hay un hecho ahí que es la base de nuestra vida. Eso está ahí y es inamovible.

Golpea la mesa con la palma de la mano.

—Eso no se mueve.
—Qué entrega.
—Qué amor.

Aunque hubo otras mujeres, la relación entre Onetti y Vilariño quedó grabada en mármol. En 1961, después de una pelea destemplada —habían pasado juntos varios días de encierro amoroso cuando ella fue convocada por cuestiones políticas y él exigió que se quedara, sin que ella le hiciera caso—, parece haber terminado. Idea registró en su diario que esa misma noche, después de acudir al mitin, fue a verlo. Dolly la hizo pasar, la condujo hasta donde él estaba. Al despedirse, Idea le preguntó a Dolly cómo podía tolerar a otras mujeres y Dolly, según Idea, respondió: “Yo quiero que sea feliz”.

***

Después de un tiempo, Dolly consiguió trabajo como violinista en la orquesta del sodre (Servicio Oficial de Difusión, Radiotelevisión y Espectáculos), Onetti un empleo como director de Bibliotecas Municipales, y la agente literaria Carmen Balcells llegó a Montevideo para proponerle ser autor de su agencia, de la que formaban parte García Márquez y Vargas Llosa. Todo marchaba bien, pero empezó a enrarecerse cuando, en 1973, las fuerzas armadas tomaron el poder.

—Yo estudiaba violín con un violinista tupamaro, guerrillero. En un momento se rajó a la Argentina y la mujer se quedó, embarazada y con un chico. La fui a visitar. Llego a la casa y aparece un tipo con un rifle. Yo tenía en la funda del violín unos papelitos de unas ferias que hacían ellos. Juan me había dicho: “Tiralos en el inodoro”. Vieron eso y adiós. Me metieron en el patrullero. Me acuerdo de haber tenido una sensación terrible del libertad perdida. Me metieron en una celda, me tomaron huellas digitales, me insultaron. Pasé cuatro o cinco horas horrorosas. Al final, me largaron. Mientras, la policía había ido a casa. Juan me dijo: “No, vino un viejito que miraba todos los libros, muy simpático”. Yo lo quería matar. Cuando la cosa se ponía brava entraba en una especie de irrealidad. Novelaba todo.

Poco después, cuando pasó tres meses preso, no pudo hacer ese operativo de evasión. Onetti había sido jurado en un premio literario que organizaba la revista Marcha. El premio se otorgó a un relato que la dictadura consideró pornográfico, y, entre un viernes y un lunes, todos los miembros del jurado fueron detenidos.

—Nos habíamos mudado y lo habían ido a buscar al departamento anterior. Menos mal, porque habían ido a las cuatro de la mañana y seguro se lo hubieran llevado encapuchado, y Juan no hubiera sobrevivido a eso. No estaba hecho para cosas difíciles. Todo su mundo era muy cómodo, muy arreglado. El sábado toqué con la orquesta del sodre y pensé: “Si están buscando a Juan, lo único que tienen que hacer es venir y buscarme a mí”. Esa noche toqué Brahms. Brahms siempre me traía mala suerte. El lunes vinieron. De día, gente de civil, con buenos tratos. Y Juan fue, convencido de que lo iban a llevar a declarar y volvía. Yo quise ir con él y no me dejaron. No volvió hasta tres meses después. Lo llevaron a un lugar… Tenía un colchón que era una miseria, no comía, no dormía, se quería ahorcar. Ya era conocido como escritor afuera de Uruguay, entonces hubo una gran presión internacional, así que lo trasladaron a un neuropsiquiátrico. Para otro hubiera sido una aventura, pero para él era una pesadilla.

Salió en mayo de 1974. Antes, el 15 de marzo, fue a visitarlo Idea Vilariño, que esa misma noche escribió un texto en el que describe esa visita que, según dice, comienza con Dolly dejándolos solos: “Pensé que tal vez era la última vez que lo veía. ‘Tengo sesenta y tres’, dijo. ‘Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo’ (…) Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme”.

—Idea fue a verlo al neuropsiquiátrico.
—No, no creo —dice, sin embargo, Dolly.

***

—Hemos tenido alguna charla en la que la he visto llorar y contarme cosas de su intimidad que le hacían mucho daño —dice Mónica Lacoste—. Pero Juan era un tipo de una gran lucidez, una gran ternura. No creo que haya sido la relación entre un egoísta y una sumisa. Y tampoco creo que haya habido mayor crueldad que la que hay en cualquier pareja. En la juventud, cuando la sexualidad está más viva, todas esas cosas son más dolorosas. Cuando uno se pone más veterano, se pone más piadoso o más resentido. La piedad te calma. Yo creo que Dolly optó por la piedad. Y yo la admiro por eso.

***

Apenas después de su liberación, Onetti viajó a Italia y luego a Buenos Aires, para trabajar en la adaptación al cine del relato El Muerto, de Borges.

—Pero cuando estábamos en Buenos Aires me dijo: “Andá a Montevideo, buscá dos valijas y nos vamos a España”. Metí lo que pude. Se quedaron los originales de El Astillero, un montón de cosas. Y nos fuimos.

Era 1975. Félix Grande, Luis Rosales y Juan Ignacio Tena le habían ofrecido ayuda en caso de que quisiera instalarse en Madrid, y se la dieron. Dolly consiguió empleo como violinista en una orquesta que viajaba por España tocando zarzuelas y buscó piso para alquilar. Dio con uno en la Avenida América. Para firmar el contrato le pidieron que fuera “el cabeza de familia”.

—El cabeza de familia estaba en el hotel, leyendo. Yo les decía: “Es que lo llamaron para una conferencia, para esto, para lo otro”. Insistieron tanto que el día que fui a firmar les llevé una foto donde se lo veía con Rosales, Félix Grande. Ellos eran unos próceres allá. Entonces aceptaron que firmara yo.
—Para usted nunca fue una carga ocuparse de todo.
—No. Me encantaba. Era un poco como la madre. Lo defendía de los periodistas. Vino un tipo, pobre, desde Francia, tres veces. Llegaba hasta ahí y Juan decía: “No, no quiero verlo”. Una vez vino Godard, el director de cine. Quería hacer una película con una novela de Juan. Juan dijo “Whisky”. “No”, dijo Godard, “agua”. Lo cual a Juan le cayó fatal. Al final se fue y nunca hicieron nada ¿Vos tenés hijos?
—No.
—Mejor. Yo quería tener. Juan me dijo: “Es justo, te toca”. Hice tratamientos, pero no pude. Menos mal. Me salvé. Hubiera sido un desastre. Hubiera durado uno o dos años más con Juan y chau. Su lema era “¿Por qué no estás conmigo?” Un chico le hubiera quitado su lugar. Él quería que estuviera en la cama leyendo con él. Ésa era su idea de felicidad. Yo no pensaba lo que significa tener un niño berreando en el comedor. Con quién lo iba a dejar cuando tuviera que ir a trabajar. Juan no hubiera cambiado un pañal. Jamás lo hizo.

Poco después, Dolly concursó por una vacante en la Orquesta Sinfónica de Madrid, y la consiguió.

—Fue maravilloso. Había polacos, rusos, argentinos, franceses, ingleses. Estuve 16 años en la orquesta. Viajábamos mucho. Fuimos a Escocia, Suiza, Italia, todo España. Y dejaba la bronca de Juan en casa, porque él no quería que viajara. Igual, yo siempre dejaba a alguien que se ocupara de él.

En las cuestiones domésticas —que a Dolly nunca le interesaron mucho: cuando se mudó a Montevideo ni siquiera sabía cocinar— la ayudaba una mujer española, Paquita, y ella no sólo trabajaba en la orquesta sino que, además, pasaba a máquina los manuscritos de Onetti, que escribía a mano.

—Él lo pasó fatal al principio, porque extrañaba. Yo lo asimilé tan bien que me gusta más Madrid que Buenos Aires. Pero a Juan le costó. Pasó dos años sin poder escribir.
—¿No la afectó el ostracismo de él?
—No. Cuando él escribía yo estaba feliz, porque quería decir que estaba contento. Estaba mal cuando no podía escribir.
—¿Él la admiraba?
—Admiraba mi energía, supongo. Amor no es admirar. Amor es otra cosa.
—Pero usted lo admiraba a él.
—¡Bueno! Obviamente, querida.
—Por eso le pregunto si él la admiraba.
—Me hacía chistes sobre mi violín. Yo estaba un día escuchando una grabación de Yehudi Menuhin y me dice: “Toca mejor que vos, ¿no?” Se divertía. Yo ponía frazadas para que él no me escuchara tocar y pudiera trabajar tranquilo. ¿Tu marido lee lo que vos escribís?
—A veces.
—Juan nunca fue a un concierto mío. Jamás. Había que levantarse para ir, y él no se levantaba.
—¿A usted le molestaba que no fuera?
—Bueno, me dio un poco de tristeza una vez que hicimos un cuarteto de cuerdas, que fue lo más alto que pude llegar, y dimos varios conciertos y no fue. No era nada personal, él no salía. Pero me sentía poco acompañada en mi parte, mientras yo lo acompañé completamente en lo de él.

En 1980 Onetti recibió el Premio Cervantes y el monto del premio, abultado, les permitió comprar el piso de Casa de América y dos oficinas.

—Si hubiera sido por Juan, lo guardábamos todo abajo del colchón. No tenía idea del dinero.

***

—Es fácil decir “Él estaba en cama y Dolly hacía todo” —dice Mónica Lacoste—. Juan era muy vital. Si no, no hubiera soportado a una mujer tan vital. Pero me parece que ella dejó un poco de lado su carrera como música porque sabía que, si se desarrollaba mucho, se iba a independizar de Juan y se iba a ir alejando. Entre ellos hubo un amor incondicional. Fue hasta que la muerte los separa, pero no fue políticamente correcto, y no fue hipócrita. Fue real. Con peleas, con desencuentros, con llantos, con dolor.

***

Lo de la cama, dice Dolly, fue de a poco. Si en las ocasiones en las que viajaron juntos —México, España— ella salía a recorrer mientras él prefería quedarse en el hotel, si llegó a responderle a una periodista que le preguntó qué le parecía Madrid que no tenía idea porque nunca había salido de su casa, sólo en los últimos años lo de vivir y escribir en la cama pasó a ser la única forma posible de vivir y escribir.

—Juan tuvo varias depresiones fuertes. En Madrid tuvo una y todos los días venía un enfermero y le ponía la inyección con el antidepresivo. Todos los días en el mismo lugar. Y se le empezó a hacer un absceso brutal en la pierna. Llamé a varios médicos que ni siquiera lo miraron. Al final, terminamos en ambulancia a la clínica. No me olvido más de ese viaje. Casi se muere. Lo operaron, tenía litros de pus. No sé cómo dejé que llegara a ese punto. Vino el médico y dijo “No garantizo que llegue a mañana”. Fui a mi casa. Me encerré en el dormitorio con la botella de whisky y con nuestra perra Biche. Y aullé. Aullé como un animal. Yo no podría haber aguantado la muerte de Juan entonces. Cuando murió sí, ya era otra cosa. Estaba muy mal. Pero entonces era imposible. Después se recuperó bien, lo llevamos a casa. Pero ya se quedó medio en la cama. Todo por una depresión. Tuvimos una brava en Uruguay. Pero ahí logramos, con su médico personal, llevarle de contrabando un siquiatra. Lo convenció, le dio pastillas, y con eso lo sacó.
—Cuando empezaron a pasar esas cosas ¿usted no pensó “Me metí en una muy difícil”?
—No, para nada. No. Hay un hecho ahí que es… la incondicionalidad. La base de nuestra vida.

Sin cambiar el tono de voz —decidido, enérgico, tajante—, dice “Ya vengo”. Sale del comedor. Se escuchan sus pasos subiendo la escalera y, pocos minutos después, sus pasos bajando y una conversación amortiguada que sostiene con su hermana en la cocina de la que llega una sola frase, nítida: “Ya terminamos”. Cuando vuelve al comedor dice:

—Vení, te muestro la casa.

En el baño de la primera planta, sobre la bañera, el lavatorio, el bidet, el inodoro, hay fotos de gatos de la casa, tomadas por Nessy: sobre el inodoro, la foto de un gato subido al inodoro; sobre el bidet, un gato dentro del bidet. El baño tiene una ventana. Desde allí se ve el patio selvático, repleto de gatos (Tommy, Miranda, Pepino, Baby Cat). En el patio del vecino hay una piscina donde flota lentamente una orca de plástico.

***

A las cinco de la tarde de un domingo, la mesa del patio trasero de las hermanas Muhr está dispuesta para el té: mantel de hilo, tazas de porcelana, tetera, sándwiches de jamón y queso, tostadas. Nessy come trozos de pan integral y cubos de tomate.

—Una vez vi un camión con las vacas amontonadas, pobrecitas, y dejé de comer carne.

Dolly fogonea la conversación, pidiendo que Mónica Lacoste y su marido, el arquitecto Jorge Sábato, cuenten la vez en que la dejaron en un auto sin el freno puesto y el auto empezó a irse cuesta abajo con Dolly en el asiento trasero. Se habla del bar de Mónica, de un viaje que hicieron Dolly y Onetti en tren, desde Santiago hasta Puerto Montt.

—Eran todos escritores. Iban a visitar a Neruda.
—El otro día vimos un documental que contaba cuando la mujer lo pilló con una chica más joven —dice Jorge Sábato.
—¿Con todos esos poemas que le dedicó? —dice Dolly, como si estuviera escuchando un chisme reciente.
—Sí —dice él—. Él se enamoró de una chica más joven.
—Cuándo no. Hombres —dice Dolly.
—Lo abandonaron ambas —dice Jorge.
—Pobrecito —dice Dolly—. Habrá estado fatal. Se le cae el país, la mujer. Todo.

***

—Vení, Nessy está tocando.

Son las dos de la tarde de un miércoles. Dolly nunca duerme la siesta porque se acuesta muy tarde, mirando documentales o la televisión española o leyendo, y no se despierta temprano. Desde la sala de música llega el sonido del piano, potente como un animal. Apenas escucha que se abre la puerta, Nessy se interrumpe. Dolly se instala en un sofá, como si fuera a quedarse ahí toda la tarde.

—Entrevistala a ella, que tiene una vida más interesante que la mía. Es una compositora genial —dice.
—Ella es Géminis, como te habrás dado cuenta —dice Nessy—. Le interesa la gente. Ella te entrevista a vos.
—“Onetti me aburre”, decía Juan. Cuando venían con “¿Usted por qué escribe?”, ya empezaba a preguntarles a ellos o a ellas. Sobre todo si eran bonitas.
—¿Usted cómo se llevaba con Onetti, Nessy?
—Bueno, un día me tiro un gato en la cara.

Dolly da un respingo, sorprendida:

—¿Un gato?
—Sí. No sé. Estaría de la mal humor.
—No, le gustaba hacer cosas raras, un poco surrealistas. Una vez a una sobrina le rompió un huevo crudo en el pelo. La chica lloraba y Juan le dijo “Es bueno para el pelo”.
—¿Usted extrañaba a su hermana, Nessy, cuando ella se fue a Montevideo?
—Otra pregunta tonta —dice Dolly, riéndose.
—La contestación —dice Nessy, impostando el papel de buena alumna— es “Sí, por supuesto”. Cuando se fue, la casa estaba un poco más ordenada.
—Ella es obsesivamente ordenada y yo soy lo opuesto.
—En medio del desorden no puedo concentrarme —dice Nessy—. En cambio ella, cuanto más desarreglo, mejor. Ahora puso la mesa con un mantel lindo para vos. Le digo “Ojalá la mesa estuviera así siempre”. Hasta plata tirada deja.
—¿No tocan juntas?
—No —dice Nessy—. Ya no es tiempo. Eso ya pasó.
—Ella dice que yo desafino —dice Dolly, divertida—. De chicas tocábamos con papá, hasta que ella nos echó a los dos. Vení, vamos al comedor, así dejamos tranquila a Nessy.

Mientras camina hacia el comedor, dice que dejó el violín después de irse de la orquesta.

—Violín solo no se puede. Pero ahora estoy estudiando composición. Uso eso.

“Eso” es el piano vertical que está en el comedor y que señala sin desprecio, como quien señala respetuosamente una herramienta.

—Estudiar composición para mí es como leer. Placer puro. Ahora estoy leyendo a Joyce Cary. ¿Sabés quién es?
—El irlandés.
—Sí, a Juan le encantaba. Yo aprendí literatura con Juan. Leíamos muchísimo juntos. Era como ir a la universidad. Una de las primeras conversaciones que tuvimos con Juan fue sobre la novela de Romain Rolland que te conté. Aunque en casa se leía mucho. Mis padres nos regalaban cajas de libros. Pero Juan ya había leído todo. Yo le conseguía libros. Tanto en Uruguay como en Madrid yo iba con una canasta a las librerías de segunda mano y las llenaba. Una vez en Uruguay, en plena dictadura, yo iba con una canasta llena y me paran en la calle. “¿Dónde va con esos libros?” Me revisaron todo. Había que comprarle toneladas, mantenerlo alimentado. Qué raro lo que dijo Nessy del gato.
—Bueno, a lo mejor….
—Ella es muy sensible, muy nerviosa. Como mi madre. Era histérica. Cuando murió mi abuela fue horrible, porque tenía un coágulo en el pulmón. Estuvimos casi nueve horas sentados afuera, porque al lado de ella era imposible, el ruido que hacía el pulmón al respirar era tremendo. Me acuerdo que lo llamé a Juan desde una confitería. Le dije “Se está muriendo”. Y me dijo “Sí, la gente se muere”. Mi madre se volvió loca cuando murió. Gritaba “Je ne veux pas, je ne veux pas! No quiero, no quiero”.
—¿Juan era protector con usted?
—No necesitaba. Yo no necesitaba.

Sobre la mesa hay un libro, llamado Confesiones de Santa Marta. Publicado para recordar los cien años del nacimiento de Onetti, contiene fotos, reproducciones de manuscritos. Dolly pasa las páginas mientras explica: éste es Juan peleándose con su hermanito por un caballo de madera, éste es Juan jugando con globos, éste es Juan apuntándome con una pistola de juguete. Sólo hay tres fotos suyas con Onetti: una, tomada en Xalapa en 1980; otra en la que él está de perfil y ella, detrás, de espaldas y fuera de foco, toca el violín. En la última, Onetti, con traje y cortaba, mira a cámara. A la altura de su hombro la cabeza de Dolly: el rostro suave de la juventud, los ojos de enigmáticos párpados adormecidos, la boca mórbida. Parece hipnotizada, un rostro perfecto mirando sin ver. Onetti, la mano abierta sobre la frente, le aferra la cabeza como si estuviera despegada del cuerpo, como si esa cabeza fuera suya.

—Acá está con Galeano, cuando tenía pelo. Era un churro bárbaro. Y Benedetti. Un pan, pobrecito. Y mirá a Cortázar, con el gorro. Qué guapo era. Guapísimo.

En el libro aparecen Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes. Ella no dice Mario, Juan, Gabo, sino sus nombres completos o sus apellidos, con un respeto extraño, distante, disciplinado.

—Ésta es Idea.

Posa un dedo sobre la foto de Onetti con Idea Vilariño, tomada en Madrid. En la foto, ella apoya las manos sobre los hombros de él y él mira a cámara —a Dolly— con una expresión indescifrable: pícara, excitada.

—¿La sacó usted?
—Claro. Ella fue a visitarlo en 1993, por ahí. Y otra muchacha que hacía años que estaba con él, también. Me daban pena, porque realmente Juan enganchaba para toda una vida. Supongo que tendrían esperanzas de que él me dejara. Claro. Siempre hay esperanza, ¿no? Yo la tuve.
—Idea le quitó la dedicatoria a Poemas de amor cuando volvió a editar el libro.
—No ¿Quién te dijo eso? No creo. Ella estaba muy orgullosa de su relación con Juan.

***

—Él era súper dependiente —dice Mónica Lacoste—. Yo recuerdo el grito de Juan: “¡Doollyyy!” Y Dolly salía corriendo. Era su forma de necesitarla, de celarla.
—¿Había algo de Juan que la sacara de quicio?
—Que ella lo cuidara tanto y él desbaratara ese cuidado. Era inevitable que bebiera, pero que bebiera más de la cuenta. Que prometiera que iba a comer antes de beber y que no lo hiciera. Yo creo que él vivió muchos años más gracias a sus cuidados.

***

Onetti, finalmente, murió en Madrid, en 1994. Más de veinte años atrás.

—Él tenía divertículos. Murió de eso. Tendría que haber hecho una dieta, que nunca hizo. Por ahí comía un helado de Häagen-Dazs a las cuatro de la mañana, eso le encantaba. Al final estaba que no tenía fuerzas ni para fumar.
—¿Falleció en la casa?
—Internado. Lo tuve que llevar porque estaba perdiendo sangre. Lo internaron varias veces por ese problema, y la última vez no salió.
—¿Usted estaba con él?
—Sí.

Dolly permaneció dos años más en la orquesta sinfónica, hasta que la obligaron a jubilarse por la edad.

—Fue como un segundo abandono. Lloré tanto cuando me dijeron.
—¿Y entonces?
—Y entonces empecé a ir al psicoanalista. Un tipo fantástico. Empecé a anotar los sueños, a descubrir toda una relación edípica con mi padre. Fue fabuloso.

En 2007, donó el archivo personal de Onetti a la Biblioteca Nacional de Uruguay.

—Mis amigos me decían “Lo hubieras vendido a una universidad americana y te pagaban una fortuna”. Pero Juan era anti norteamericano. ¿Por qué les iba a regalar eso? ¿Por plata? No. Después, no sé, no me acuerdo bien cómo fue, pero me vine para acá, y empecé a quedarme cada vez más tiempo. Bueno, ahora porque me caí, también. En Salamanca, una noche de verano hermosísima. Salamanca es preciosa. ¿Conocés España?
—Sí.
—Ah, qué bien. Es el país de la guitarra. Vos tendrías que volver a tocar. Buscate un profe.
—Y en un momento dejó el departamento de allá.
—Sí. En un momento también dejé el departamento de la Avenida América. Era como vivir en el pasado, pero sin Juan.

Dos argentinos, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, la ayudaron a embalar, a comprar muebles de Ikea para reemplazar los originales que, en parte, se llevaron ellos. Ambos viven en España desde 2002 y tienen, en Madrid, algo llamado Museo del Escritor: objetos —más de 5,000— de Cortázar, Borges, Alejandra Pizarnik, Nicanor Parra, y la biblioteca completa de Onetti, sus muebles, sus anteojos.

—Los chicos son fantásticos. Se apoderaron de la biblioteca de Juan, íntegra. No tiran nada. Un día fui y les dije “Quiero ese libro para volver a leerlo”, y me dijeron “No, yo te compro uno nuevo, pero ése no lo toques”. El piso de Avenida América lo alquilé, primero temporalmente. Pero un día tuve que ir a Madrid, el piso estaba alquilado y los chicos me dijeron: “¿Por qué no venís a casa?” Me sentí cómoda y ahora, cuando voy, me quedo en casa de ellos. A Claudio le firmé un poder total. Puede venderme a mí si quiere. Ellos tienen una campana que era de Juan. Juan le había puesto una leyenda: “No contesto preguntas tontas”. La tenía siempre al lado.
—¿Para qué la usaba?
—Para llamarme a mí.

El viernes anterior la vida seguía su curso. Al irme al colegio, me despedí con el ritual acostumbrado: “Bendición, papá”. “¡Dios me lo bendiga, catire buenmozo, carajo!”. Se estrujó los ojos antes de hacer a un lado Un nuevo modelo del Universo, un grueso tratado de metafísica del místico ruso P. D. Ouspensky, y sacó un billete de su cartera: “Aquí tienes 50 bolívares. Trata de que te alcancen hasta el lunes porque tu papá no ha podido ir al banco”. Después me abrazó dándome muchos besos en la mejilla, como siempre. Estaba sentado frente a la mesita del teléfono, en una silla mariposa con estampas de grandes flores, y seguía en piyama con la bata verde y los lentes oscuros de toda la vida. Cuando lo abracé dejó escapar un breve suspiro con un aroma a hígado alcohólico. Es un olor inconfundible, una mezcla acre de medicamentos y bilis. Entonces mi madre me llamó a la cocina. “Más tarde vienen a buscar a tu papá”. No quise comprender lo que me decía, así que fui otra vez a la sala y, antes de salir, lo abracé, estreché mi rostro contra su cara sin rasurar y pasé mi mano por su cabeza blanca. Aquella fue la última vez que lo vi vivo. Mientras caminaba hacia la parada del autobús pasó a mi lado la ambulancia de los bomberos que iba a buscarlo.

Murió tres días más tarde, en el Hospital Clínico Universitario, ahogado por el agua acumulada en sus pulmones, luchando por liberarse de una camisa de fuerza. Tenía 53 años. Fue el 9 de noviembre de 1981, en Caracas. La noticia apareció desplegada en el vespertino El Mundo y, al día siguiente, en las primeras planas de los principales periódicos venezolanos: “Ha fallecido Rafael José Muñoz, poeta y dirigente político contra la dictadura”. Esa misma noche, por la capilla funeraria, pasó un desfile de amigos que contaban anécdotas de la resistencia clandestina, de la prisión y la guerrilla, para terminar lamentando la gran pérdida de “el poeta”. Así lo llamaba todo el mundo y yo estaba acostumbrado, aunque en aquel entonces no había leído una sola de sus páginas. Apenas tenía doce años y no sabía nada de la muerte.

Me acerqué al ataúd y apoyé mi cara contra el cristal. Lo vi muy bien vestido, con un traje gris, una camisa blanca, una corbata oscura y la piel rojiza y fresca. Mi propósito era comunicarme telepáticamente, despertarlo con mis pensamientos, sacarlo del sueño profundo en que se encontraba. Esperé a que su respiración empañara el cristal, a que sus ojos se abrieran. Pero nada sucedió.

El patio de la funeraria se llenó de coronas enviadas por familiares, políticos y artistas. Llegó el presidente de la cámara de diputados del Congreso Nacional y más tarde, cuando exhausto de tanto llorar me fui a dormir a una habitación de la funeraria, apareció el ex presidente Carlos Andrés Pérez, uno de sus grandes amigos, y en vez de darle el pésame a mi mamá se lo dio a mi tía, creyéndola la viuda. Cuando Carlos Andrés Pérez fue ministro del interior, poco menos de dos décadas antes, había hecho perseguir implacablemente a mi tía por guerrillera y, ya presidente, la había indultado por razones humanitarias. Al día siguiente apareció, algo desaliñado, el maestro Santamaría, quien en la escuela primaria había enseñado a mi padre las primeras rimas de Rubén Darío y rudimentos de versificación. “En los últimos tiempos, el poeta leía la Biblia y comentábamos sus pasajes por teléfono. Tenía gran conocimiento de ese relato, pero no creo que fuera creyente”, declaró Santamaría al periódico El Nacional. “Ahora es un Armagedón que navega en el mar”. Entre los amigos entrañables faltó al menos uno: José Agustín Catalá, antiguo mentor y editor con quien compartió la cárcel en los cincuenta, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. “No quise ir al velorio del poeta –me dijo Catalá en 2009–. Estaba molesto con él porque destruyó su vida. Pero también conmigo por haberle conseguido el apartamento para que trabajara fuera de la casa en su ‘Homenaje a Neruda’. Fueron varios meses y durante ese tiempo, en realidad, usaba las horas de trabajo para beber sin parar hasta que acabó con su existencia”.

Mi padre vivió bajo la sombra del alcohol casi toda su vida. Hizo lo que pudo para dejarlo, pero terminó vencido. Cuando yo era niño muchos de nuestros encuentros transcurrían en la barra o en alguna mesa del bar La Giralda, a una cuadra del céntrico bulevar de Sabana Grande, en Caracas. Era a principios de los setenta y las autoridades no le prestaban la menor atención a la presencia de niños en los bares. Recuerdo esa enorme casona como un sitio umbrío, pero no carente de atmósfera. Tras la barra solían estar Antonio o Manolo, los hermanos Gallardo, unos españoles republicanos que habían huido de Cuba cuando comenzaron las expropiaciones en los inicios de la revolución. Jamás le preguntaban qué iba a beber, sino que destapaban una cerveza muy fría y se la servían en una jarra congelada. A mí, en cambio, siempre me preguntaban. “¿Y qué quieres hoy?”. “Una Orange Crush”, respondía invariablemente, acomodándome en un taburete alto junto a mi padre para poder alcanzar el pitillo en la botella. Él abría su libreta y tomaba apuntes que después abandonaba, como éste, que llevé muchos años doblado en mi billetera:

En los ojos del loro está el secreto del sol
y de la formación del mundo sideral.

En la madera está todo. Contémplala.
Allí encontrarás los misterios de la arquitectura
y el secreto de las catedrales.

El universo lo hizo el hombre.
Nadie osaría hablar de Cirio o del Alfa del Centauro
si antes no hubiese estado consubstanciado con su ambiente.
Todo lo que soy es lo que es el mundo.

***

No estoy muy seguro de las causas que lo empujaron a beber desde muy joven, pero sí tengo alguna idea de dónde y cuándo descubrió el alcohol. “Cuando llegué a vivir a Puerto Píritu, al año siguiente que tu papá, él ya había comenzado a beber con Julián Saume, que era un muchacho encargado del bar” –me contó mi tío Alí Muñoz–. “Al cerrar, terminaban con todo lo que había quedado en las botellas y se emborrachaban a muerte mientras recogían y ordenaban”.

“A los 14 años tu papá decidió ir de Guanape a Puerto Píritu a estudiar bachillerato, pues la escuela en Guanape sólo llegaba hasta la primaria”, me contó mi tío Tom López.

Mi padre nació en Guanape un pequeño pueblo a 280 kilómetros de la capital venezolana, el 22 de mayo de 1928 y, por ser ése el día de Santa Rita de Casia, lo apodaron Rito. Era hijo ilegítimo de los tórridos amores de Agustín López, hacendado a quien llamaban el Kaiser, y Zoila Piedad Muñoz, hija del médico y farmacéutico de Guanape. Tom, en cambio, era hijo legítimo de don Agustín con Margarita Barrios. Aunque Rafael José era cinco años mayor que Tom, ambos pasaron parte de la infancia juntos en el pastoreo y el ordeño de la hacienda El Manzano. “Teníamos muy buena relación porque Rito era muy agradable. De los hermanos Muñoz, él era el único que se acercaba a nuestra casa, que era donde vivía don Agustín, e incluso llegó a mudarse con nosotros durante varios años. Trabajaba mucho y yo lo acompañaba a llevar las vacas”.

Rafael José madrugaba para llevar leche fresca a la mesa, cortaba la leña para el fogón, daba de comer a las aves del corral, preparaba las alambradas, llevaba las vacas a los establos al caer la tarde. Era un peón más en las tierras de don Agustín. “Cuando mi papá veía un hombre trabajador se enamoraba de él. De ahí su relación especial con Rito. A pesar de la distancia que imponía el viejo, Rito lograba estar cerca del padre a través del trabajo”, decía Tom.

Agustín López fue un hombre legendario en su región y bastante atípico para su época. Además de hacendado, llegó a ser jefe civil de Guanape, pero renunció al darse cuenta de que su carácter, poco conciliador, estaba reñido con el cargo. Tom lo recuerda como un hombre seco, calculador. Escogía a sus mujeres con cuidado, no sólo por su belleza física o su inteligencia, sino también por las tierras o propiedades que tuvieran en su haber. Piedad Muñoz, madre de cuatro de sus hijos, era la hija del doctor Pedro Celestino Muñoz, médico y gran autoridad del pueblo, y de él había heredado la única botica y la oficina de correos. Margarita Barrios de López, su esposa legítima, 30 años menor que él, era hija de un importante hacendado de la zona. En asuntos políticos, Agustín fue conservador casi toda su vida, pero también enemigo de la dictadura y el autoritarismo. En un viaje de negocios a Caracas asistió a un acto político que tuvo a Rómulo Betancourt como orador principal. Fascinado por las ideas del joven político –fundador de Acción Democrática y llamado, décadas más tarde, “el padre de la democracia venezolana”–, se hizo militante de su causa, dándole ánimos a través de extensas cartas y apoyo económico durante sus exilios. Cuando Agustín murió, Rómulo Betancourt le dedicó una de sus columnas en la primera plana del periódico. Desde entonces no ha dejado de especularse sobre el lazo que los unió. ¿Era el Kaiser de Guanape el padre biológico del hombre que llegaría a ser presidente en 1945? Sea como fuere, ambos tendrían una profunda influencia en la vida de mi padre, Rafael José Muñoz.

En la infancia, Rafael José y su madre, Zoila Piedad Muñoz, fueron muy cercanos. Él era el primogénito de la mujer más independiente y culta del pueblo. Pero, cuando creció, la relación se hizo más distante y áspera, debido a la inquina sembrada por Agustín cuyo orgullo había quedado herido luego de que Piedad decidiera ponerle fin a ese romance que había dejado cuatro hijos y decenas de cartas de amor ardiente. “Cuando Rito tenía 10 u 11 años –recordaba Tom–, Piedad comenzó su relación con Serrano, el telegrafista, padre de Artajerjes, el menor de los Muñoz y también poeta. Estábamos don Agustín, Rito, Alí y yo en la esquina de la bodega de Tito. En la esquina opuesta, donde estaba el telégrafo, vimos a Piedad. Don Agustín entonces le dijo a Rito: ‘Allá está tu mamá pegada como una hiedra a la baranda del telegrafista’. Mi tío Alí Muñoz recuerda el mismo episodio, pero en su recuerdo las palabras de Agustín no guardan ninguna sutileza y en vez de decir ‘como una hiedra’, dice una ‘como una perra’”.

El deterioro de la relación con su madre y el trato seco de Agustín animaron a Rafael José a buscar un horizonte más allá del paisaje de su infancia y mudarse al pueblo costero de Puerto Píritu. Decidió argumentar, para evitar discusiones, que quería seguir estudios de bachillerato, ya que en Guanape la escuela llegaba sólo hasta sexto de primaria. La tarde en que fue a buscar a su padre para contárselo, éste estaba en la barbería y, después de escucharlo, toda su respuesta fue: “Haga como mejor le parezca”. A partir de ese momento, la relación entre ambos se volvió monosilábica.

Rafael José abandonó sin aspavientos la casa de los López. Sin embargo, en 1943, Agustín enfermó de cáncer en la garganta y, ya moribundo, tomó su caballo y atravesó la densa sabana por el camino de las recuas de mulas hasta el pueblo costero de Puerto Píritu, donde había mejor atención médica y donde estaba su hijo que, por entonces, tenía sólo 15 años. Rafael José cuidó a su padre durante muchos días, hasta que murió, asfixiado y en sus brazos, intentando decirle algo. De aquella tentativa de reconciliación nació, 20 años más tarde, la “Elegía a mi padre Agustín”, que cierra El círculo de los 3 soles, su segundo libro, publicado en 1969. Allí, Agustín no es una figura hosca y desaprensiva sino un padre brahmánico, con una estatura imponente y magnánima, como si la desazón experimentada en la infancia pudiera ser reparada por la imaginación.

Elegía a mi padre Agustín
(…)
En fin, ha muerto padre Agustín, lo llora Baltazar,
y los peones de la hacienda Manzano, y sus hijos.
¿Quién me regalará plumas de Cristofué, quién olerá
raíces en la tarde, quién cogerá los nidos,
quién se internará en el patio de las coitoras
y llamará a los muertos,
y levantará una lápida con un ladrillo que diga: Kroft,
umugen de bornsnet, bertiken ats grubest,
buitemb uonem para las rocas de Anchuría,
sombrest para el delirio? (…).

***

A los 16 años, Rafael José ya escribía poemas. “La pasión política y la pasión poética se manifestaron en tu papá desde muy joven –decía mi tío Tom–. La primera, le venía de don Agustín que como ferviente admirador de Rómulo Betancourt siempre debatía sobre los problemas políticos del país y era, además, un hombre muy atento al acontecer internacional. Nuestra casa era la única de Guanape donde había un afiche de la fuerza aérea británica durante la segunda guerra mundial. Papá seguía los acontecimientos cada día en la radio de un vecino. En la poesía, Rafael José comenzó escribiendo unas cartas de amor que eran la envidia de sus amigos, por lo efectivas. Sin ser muy apuesto, conseguía con las cartas la atención de las damas hermosas. Empezó a escribir sonetos eróticos que luego lo metieron en más de un problema. De hecho, no pudo terminar el bachillerato en el liceo Fermín Toro porque cuando le tocaba presentar exámenes de historia, en vez de contestar qué había caracterizado al Siglo de Pericles o como se había llevado a cabo la Independencia de España, se dedicaba a escribirle poemas eróticos a la profesora Eunice Gómez”.

Poco después de la muerte de su padre, Rafael José decidió irse a Caracas. Abordó el vetusto vapor “Trinidad” que, en dos días de lenta navegación, lo llevó hasta el puerto de La Guaira. El viaje tuvo un incidente afortunado. El señor Álvarez era un extremeño de unos cincuenta años que había luchado en el bando republicano durante la guerra civil española. Allí había conocido a Miguel Hernández, de modo que al descubrir los ímpetus poéticos de Rafael José, Álvarez se puso a declamar poemas de Hernández, Machado y Lorca, ampliando el hasta entonces limitado repertorio poético de mi padre.

Una vez en Caracas, y sin un centavo en el bolsillo, aceptó trabajar como facturador y cajero en el matadero de Agustín, su medio hermano mayor, que había prosperado en el negocio de los frigoríficos. A mediados de octubre de 1945, cuando tenía 17 años, la historia venezolana sufrió un quiebre radical. Un golpe cívico-militar derrocó al general Isaías Medina Angarita. El cabecilla del golpe era Rómulo Betancourt, ya por entonces líder de Acción Democrática, el partido que había fundado en 1941. Hizo un llamado a que los jóvenes se incorporaran a la fundación de la democracia, y de pronto todas las piezas del país parecieron encajar de forma nueva y deslumbrante.

Rafael José había conseguido un puesto de maestro en una escuela de San Diego de los Altos, en las afueras, y ya por entonces la política empezó a convivir con la poesía. Por las noches iba a los cafés del centro a contagiarse del ánimo de renacimiento que reinaba en las tertulias universitarias donde se reinventaba el futuro. Por otra parte, escuchando a los poetas mayores como don Fernando Paz Castillo, y a otros más jóvenes pero ya consagrados como Vicente Gerbasi, sentía que la poesía era una pasión irrevocable. Descubrió que los surrealistas parisinos no lo conmovían tanto como el vitalista Neruda y el melancólico Vallejo. Había llegado a ellos a través del poeta y ensayista Juan Liscano, uno de los intelectuales más respetados del país, el primero en publicar sus poemas y notas críticas en la Revista Nacional de Cultura, quien lo alentó siempre a optar por la poesía y no por la política. Catorce años mayor, Juan Liscano no era sólo su amigo sino también, hasta cierto punto, su padre sustituto. Así lo demuestra la dedicatoria de “El círculo de los 3 soles”: “A Juan Liscano, amigo, maestro, padre”.

***

La mañana del 24 de noviembre de 1948, la promesa de un país democrático saltó en pedazos. Rafael José tenía 20 años y se despertó aturdido por el ruido de los tanques mordiendo el asfalto mientras se desplazaban hacia el Palacio de Miraflores, muy cerca de su casa. Ese fue el fin de la presidencia de Rómulo Gallegos, el novelista de la legendaria Doña Bárbara, que había seguido en el mando a Rómulo Betancourt. Acción Democrática y el Partido Comunista de Venezuela fueron declarados ilegales y muchos de sus dirigentes forzados a marchar al exilio. Todo esto volcó a Rafael José a la lucha partidista. Ya era militante destacado de la juventud de Acción Democrática, pero se afincó aún más en su formación ideológica y desarrolló destrezas como organizador.

Por esa misma época, la familia López se estableció en Caracas. Rafael José encontró, al mudarse con sus medios hermanos, el calor familiar que había perdido desde Guanape. Pasaba mucho tiempo escuchando tocar el piano a Titina, una de sus hermanas, a quien adoraba. La casa donde vivían quedaba en la parte más baja de La Pastora, justo detrás del Palacio de Miraflores. En el saloncito había un tocadiscos. Tom todavía recuerda que Rafael José era un gran melómano. “No le gustaba ir a conciertos pero le fascinaba la música. Nos sentábamos junto con Titina todos los domingos y escuchábamos la sinfonía Patética, que es la número 6 de Tchaikovsky, o la 5ta de Beethoven, que tanto le gustaba. Cuando no oíamos música, se encerraba muy temprano en la oficina del fondo con sus libros de poesía y una botella de ron. Todavía puedo oírlo recitar con enorme exaltación: “Desembarqué en Picasso a las seis de los días de otoño / recién el cielo anunciaba su desarrollo”. La poesía realmente lo tomaba, producía un rapto en él. “Soy feliz”, decía.

La organización política comenzó a tomar cada vez más tiempo en su vida, pero su pulsión poética no entendía de dogmas y, cuando podía, se encerraba a escribir. Una tarde, a principios de 1952, se acercó a Vicente Gerbasi con un puñado de poemas. A Gerbasi lo asombró que alguien de 22 años hablara de la muerte aun en sus poemas amorosos. Ponderó sus sonetos, diciendo que estaban llenos de sonoridad y de “una fuerte luz oscura”, y lo alentó a ser original sin contemplaciones. Esa breve aprobación fue suficiente para que Rafael José se animara a reunirlos en su primer libro, Los pasos de la muerte (Ediciones de la Revista Hispana, 1953), cuyo prólogo firmó el propio Gerbasi. El libro es, en realidad, una desconcertante exploración de la muerte como presencia cotidiana, y está poblado de angustiosas visiones pero no exento de humor y parodia:

Por aquí viene la muerte caminando
con su pesada carga de cabellos
Tiene un color de ojo de sardina
su pelambre es de potro de carrera
y su mirada, de nocturna máscara.

Pero, finalmente, se consagró a la política a tiempo completo. Decidió no abandonar el país y ayudó a Leonardo Ruiz Pineda, secretario general del partido en la clandestinidad, a reconstituir Acción Democrática. Un día de ese mismo año, a causa de que ya abusaba de la bebida, doña Margarita de López tomó una decisión amarga y le pidió que se fuera de la casa. Esa fue su salida definitiva del reino familiar. El desarraigo y la soledad se anclaron más profundo y nada lo consoló de la separación de sus hermanos: Titina, Celina, Tom.

La dictadura de Marcos Pérez Jiménez estaba en el poder desde diciembre de 1952 y la situación de Rafael José se hizo precaria. A fines de 1952, Leonardo Ruiz Pineda había sido asesinado en una emboscada. Desde entonces, y en apenas tres años, Pérez Jiménez hizo eliminar a tres secretarios generales de Acción Democrática y a cientos de militantes, además de poner tras las rejas a sus dirigentes principales. Entre 1952 y 1958 Rafael José entró y salió de la cárcel no menos de una decena de veces. Cuando podía, escribía poemas que daba a sus amigos, para que los resguardaran en caso de que lo pusieran preso. De todos modos, en los allanamientos que practicaba la Seguridad Nacional en las residencias de estudiante donde vivía por entonces, se perdieron muchos manuscritos originales.

Por esos mismos tiempos se acercó a los maestros metafísicos como George Gurdjieff, Piotr Ouspensky, Madame Blavatsky y Paul Burton, descubiertos gracias a la equipada biblioteca de temas esotéricos de Juan Liscano. En su doctrina del Cuarto Camino, Gurdjieff planteaba que la trascendencia era el resultado del desarrollo interior individual, de un conocimiento que podía llevar a la comprensión del lugar propio en el universo. Pero, de acuerdo con Gurdjieff, esa sabiduría sólo podía lograrse a partir de una cuidadosa exploración de la conciencia que llevara a la mente al límite. Esos pensamientos dejaron una huella permanente en su obra y en su manera de concebir su lugar en el mundo.

Un día de 1955, cuando tenía 27 años, fue capturado distribuyendo propaganda y llevado a la Seguridad Nacional, el centro de inteligencia y tortura del régimen de Pérez Jiménez. El director de Seguridad se llamaba Pedro Estrada, también apodado el Chacal de Güiria, y era un hombre con modales de dandy. Su lugarteniente era Miguel Silvio Sanz, un negro robusto de cuyos labios siempre colgaba un habano encendido, que atizaba antes de apagarlo en el cuerpo de sus víctimas. Sanz quería que Rafael José revelara nombres, lugares, fechas, planes, y ordenó que lo trasladaran al sótano. Ahí, durante días, lo golpearon, lo acostaron desnudo sobre una panela de hielo, lo hicieron permanecer horas con los pies descalzos sobre el borde afilado de la rueda de un auto, le aplicaron electricidad en los testículos, lo sumergieron boca abajo en un barril de agua. Él dijo que no hablaría. Que no perdieran su tiempo porque sus castigos no le causaban dolor. “Tengo poderes mentales. Sus castigos no me lastiman”, les dijo. “Si no creen en mi palabra, compruébenlo ustedes mismos”. Entonces lo golpearon, y ni siquiera gimió. Durante una de las torturas, alguien ordenó que le apagaran un cigarrillo en el pene. Después, enviaron el calzoncillo ensangrentado en una bolsa a la familia. Pero él siguió sin delatar a sus compañeros. Una noche intentaron ablandar a uno de ellos, torturado en la habitación contigua. Le dijeron que Rafael José había contado todo. Sin embargo, cuando lo llevaban a su celda, mi padre lo alertó gritándole: “No abras la boca. Estos coños de madre quieren hacerte creer que yo canté, pero no les creas. No les he dicho ni una palabra”. Después de mucho, sus captores se dieron cuenta de que no podrían sacarle nada, y que era preferible mantenerlo preso. Lo enviaron a la cárcel de Ciudad Bolívar, a 600 kilómetros de la capital, donde pasó preso casi todo 1957.

“La tortura fue algo terrible. Era muy difícil de resistir y casi todo el mundo terminaba cantando” –recordaba mi tío Alí Muñoz, quien también fue encarcelado y torturado–. “No porque quisieran traicionar, sino porque te sometían a una violencia brutal. Tu papá era muy jodido, porque a cuenta de que él no delataba, le exigía a todos la misma verticalidad. Una vez se sospechaba que yo había cantado. Estábamos presos y él me increpó. ‘Eres sospechoso de delación’. Le respondí que no lo había hecho. ‘Tienes que probarlo porque si no serás un soplón hasta que demuestres lo contario’. ¿Crees que soportar más torturas te hace mejor?, le respondí. Carajo, no faltaba más, mi hermano, mi verdugo”.

En la cárcel de Ciudad Bolívar estrechó su amistad con el historiador y periodista Ramón J. Velázquez, que ocupó brevemente la presidencia de Venezuela en 1993. Velázquez lo recuerda como uno de los jóvenes más comprometidos de Acción Democrática, con una capacidad extraordinaria para abstraerse del sufrimiento: “El poeta tenía una característica que sólo tienen los pastores. Cuando nos llevaban al patio, él fijaba la vista en los árboles y pájaros que se asomaban más allá de las alambradas. Se concentraba oyéndolos y parecía entenderlos. Cuando estábamos en el calabozo, se retiraba a un rincón. Sentado en el catre y, abstraído de las discusiones que lo rodeaban, comenzaba a apuntar versos en un cuaderno escolar. Habíamos arreglado con uno de los carceleros para que nos permitieran usar una máquina de escribir. El poeta Muñoz esperaba su turno y mecanografiaba los poemas en unos folios azules que luego guardaba celosamente en una carpeta”.

Milagrosamente, algunos de los poemas carcelarios, de mayo y noviembre de 1957, sobrevivieron. Tienen el aire fluvial del Orinoco que corría al margen del presidio. En uno de ellos añora la libertad que representa como una “zona de incertidumbre y de promesas”. Otro, “América, te canto en esta hora”, refiere en tono dramático:

Ah, estas cadenas, estas
ruedas de frío hierro amenazando
hasta el germen más puro;
estas garras malditas horadando
esa porción del alma que nos duele,
ese rincón tranquilo, esa pradera
adonde solo llegan las ramas y las nubes.

El 15 de diciembre de 1957 hubo un plebiscito para legitimar la dictadura de Pérez Jiménez, que proclamó su triunfo. Sin embargo, en la madrugada del 23 de enero de 1958, tras una oleada de protestas gremiales, la dictadura terminó y los presos políticos fueron liberados casi de inmediato. Exaltado de felicidad, después de pasar siete meses preso, mi padre y otros militantes saltaron a bordo del primer bus a Caracas. La travesía tomó casi dos días durante los cuales festejaron con aguardiente. Cuando llegaron, la capital seguía en estado de júbilo, con las calles tomadas por la gente.

***

Suele decirse que la poesía de mi padre nació tardíamente, tras una vida de zozobra, y que disputó su lugar con la política hasta, finalmente, imponerse. El ensayista y poeta Jesús Sanoja Hernández insiste en que su obra era la de un desorbitado que, en medio del delirio alcohólico, cabalgó al borde de los abismos demoníacos, la revelación divina, el disparate matemático, la dislocación del lenguaje y la locura, reinventando el idioma. Esta enumeración caótica, sintetizada por el crítico Guillermo Sucre como la búsqueda de un “esperanto poético”, no da cuenta, sin embargo, de la transformación que sufrió mi padre y que lo llevó de una crisis existencial profunda al descubrimiento de una desconcertante imaginación.

Su crisis empezó en la década del sesenta, cuando quiso optar por el radicalismo de la lucha armada pero, paralelamente, empezó a sentir un profundo desencanto con la política.

En 1959, Rómulo Betancourt, líder de AD, hizo llamar a los dirigentes jóvenes a su despacho para amenazarlos con una sanción disciplinaria por haber apoyado una precandidatura que no era la suya. Cuando Betancourt hablaba muy pocos osaban rebatirlo pero mi padre lo tomó por la corbata y comenzó a zarandearlo. “Vamos a hablar claro. Usted está conspirando contra la unidad”, dijo, advirtiéndole que su eventual elección traería el riesgo de un nuevo golpe militar. “Los militares no lo quieren, los demás partidos no lo apoyan, los empresarios no le tienen confianza. Carece de respaldos. Si usted es electo, todo se va al carajo. Entonces, ustedes se irán nuevamente al exilio y los que nos joderemos aquí somos nosotros como nos jodimos durante 10 años”. La cosa quedó allí, pero el divorcio entre el líder histórico y los dirigentes jóvenes era ya efectivo. Un año después, en abril de 1960, ya electo Rómulo Betancourt como presidente, se consumó la expulsión del partido de casi todo el buró juvenil. Betancourt estaba dispuesto a pagar ese precio para consolidar su proyecto político con el apoyo de Estados Unidos y la expresa misión de contener el contagio de la revolución cubana, que amenazaba con regarse como un incendio por el continente.

La primera vez que Fidel Castro salió de Cuba, en 1959, viajó a Caracas. El motivo secreto era extender, en Latinoamérica, la emancipación de Estados Unidos y su idea era que Betancourt lo apoyara. Pero éste le volvió la espalda y se convirtió en su más encarnizado antagonista. Sin embargo, Castro se reunió con los izquierdistas que ya se mostraban inconformes con las alianzas del nuevo gobierno con la oligarquía y el clero. Rafael José Muñoz fue uno de los principales promotores del debate sobre la lucha armada y la posibilidad de seguir la vía cubana.

“Al poeta le tocó poner orden en esa situación” –recuerda Domingo Alberto Rangel, ideólogo fundador del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)–. “Era un hombre muy singular. No he visto ser más nervioso. Sostenía los pañuelos en sus manos sudorosas y los rompía a causa de la impaciencia. Para él no existían los plazos en el tiempo. Quería que todas las tareas se cumplieran inmediatamente y pedía celeridad en todo. Era ideal para la organización, pero en el MIR abundaban los bohemios y él solía pelear con quienes eran desmañados con el tiempo. Eso no impidió que fuera el gran secretario de organización del MIR. Tomó el dictamen de la dirección nacional del partido y se dedicó a recorrer el país para recomponer y compactar las fuerzas de la izquierda, dispersas en el momento de la división de Acción Democrática”.

También se encargó de coordinar los preparativos de la creación de los frentes guerrilleros y viajó a La Habana clandestinamente. “Yo lo acompañé. Asistimos a una reunión con Raúl Castro y Ramiro Valdés, en la que nos entregaron un maletín con 150.000 dólares para el movimiento guerrillero –asegura Antonio Octavio Tour, en aquel entonces un joven militante–. El viaje fue complicado porque tuvimos que salir clandestinamente por la frontera con Colombia y a partir de ahí movilizarnos en aviones privados”.

Rafael José se había casado, en 1959, con Nelly Olivo, mi mamá. Vivieron desde el principio en un matrimonio contrariado, que duró hasta su muerte, y tuvo un distanciamiento de ocho años. No podía haber seres más distintos. Ella era bióloga y él poeta, pero la verdadera diferencia radicaba en el carácter: él era ordenado, puntual y socialdemócrata; ella soñadora, revolucionaria y tan abstracta que sus conversaciones, salpicadas de una profusa jerga médica y biológica, resultaban incomprensibles. Sin embargo, eran buenos compañeros y se guardaban respeto.

El sueldo que recibía mi padre en el MIR no alcanzaba para gran cosa, de modo que mi madre hacía malabarismos para estudiar y sostener a los hijos con el pequeño salario que recibía como técnica de investigación en la universidad. “Pese a que la política lo absorbía casi totalmente, el poeta siempre encontraba un momento para escribir –decía mi madre–. Después de asistir a tres reuniones, organizar la logística de quienes se iban a la guerrilla, mover armas de un sitio a otro, volvía a su máquina Erika e introducía dos hojas blancas en medio de las cuales insertaba una lámina de papel carbón”. Junto a la máquina, colocaba un vaso de cerveza o vino y le daba unos sorbos como preludio a la escritura. “Apenas comenzaba a teclear, no paraba hasta traspasar al papel lo que tenía en la mente, fuera un artículo de opinión, un manifiesto político o un poema. Como le tenía manía al desorden, después de terminar recogía todo y clasificaba el trabajo con minuciosidad. La máquina quedaba como si no la hubiese tocado”. Sin embargo, la vida que llevaban era desordenada. El acoso de la Dirección de Inteligencia Policial los llevaba a no tener rutinas fijas. Cuando él tenía que ocultarse, sus hijos pasaban un buen tiempo sin saber dónde estaba. “Para no ponerlos en peligro, yo tenía que dejarlos con mi mamá mientras las cosas se tranquilizaban. Eso era muy angustioso para ellos”, recordaba mi mamá en una de las conversaciones que tuvimos a fines del año pasado, antes de su muerte.

En los sesenta, mi padre amplió el estudio de los maestros esotéricos. Había comenzado con George Gurdjieff y su discípulo, Piotr Ouspensky. Siguió con libros históricos sobre alquimia y cábala. Visitaba con frecuencia la librería del Centro de Orientación Filosófica y formó una amplia biblioteca con títulos como Los relojes cósmicos y Hermetismo y religión. Esas sospechas acerca de la existencia de otras dimensiones capaces de ampliar la percepción no tardaron en permear su poesía. La metafísica terminó por convertirse en un refugio del profundo desencanto político que había empezado a sentir, y que fue clave en su crisis existencial que empezó en estos años.

Antonio Tour estuvo cerca suyo en los momentos en que su convicción revolucionaria comenzó a resquebrajarse. “El poeta supo que había habido ejecuciones sumarias en los focos guerrilleros del Occidente. Una compañera había sido ejecutada por despertar un ataque de celos entre dos guerrilleros. El comandante encargado del frente decidió ejecutarla para eliminar el motivo de la discordia. Otras cosas pasaban en la guerrilla urbana, incluyendo la desaparición de una enorme suma de dinero que se había destinado a ayudar a los compañeros que salían de las montañas. Todo eso, además de las rencillas entre los líderes del MIR, lo decepcionaron. Pero él nunca habló de eso. Cuando se asomaba el tema entre tragos, él sólo decía: ‘Tour, dejemos el pasado en el pasado y sigamos bebiendo’. Sólo una vez entró en materia para decirme: ‘Eso no era lo que se suponía que haríamos. Estábamos aquí para derrotar la injusticia y fomentar la democracia’. Y ahí acabó. Después de una pausa siguió bebiendo”.

Su mente, agotada con las luchas internas del MIR, producía febriles imágenes de la vida en el campo junto a su padre, que funcionaban como un alivio a la perturbación. Pasaba las madrugadas en vela y un reumatismo que había empezado a padecer gastaba sus horas con dolores atroces. Las rachas alcohólicas se hicieron más largas y constantes, y tuvo ataques cada vez más funestos de reumatismo, que el alcohol ya no lograba apaciguar. Sin embargo, pese a su desencanto, estaba decidido a unirse a la guerrilla.

La noche en que iba a hacerlo llegó temprano a casa a preparar lo poco que iba a llevarse. Estaba exhausto y tenía los nervios a flor de piel. Lo aguijoneaba la duda acerca de lo que iba a hacer. ¿Tenía sentido? Llevaba tres años sin tomar un respiro de la actividad partidaria y de las persecuciones y, además, mi mamá estaba embarazada de su tercera hija. Él le había hablado vagamente de un viaje de trabajo, pero ella sospechó. Estaban a punto de cenar cuando empezaron a discutir acaloradamente. “Sabía que me ocultaba algo –decía mi mamá–. Yo tenía una jarra de agua y le iba a servir. Pero me detuve y lo miré fijamente para que me dijera qué pensaba hacer”.

De pronto, mi padre se puso de pie, hizo a un lado las pocas cosas que preparaba para llevarse, y farfulló algunas palabras para sí mismo. Mi mamá vio en él una mirada angustiada que no había visto nunca antes. Sacó una cerveza de la nevera y volvió a la mesa, luchando por recuperar la compostura. Marla y Yuri, sus hijos de tres y dos años, mis hermanos, lo miraban en silencio, sentados frente a los platos de comida humeante. Mi padre iba a sentarse otra vez, pero se detuvo. Entonces sobrevino el ataque. Con una energía inesperada, volteó la mesa echando al suelo toda la vajilla. Permaneció inmóvil, tratando de ordenar los pedazos rotos de sí mismo, pero no pudo y, en vez de marchar a la montaña, fue hospitalizado en una clínica psiquiátrica.

A principios de 1963, semanas después de este episodio, emprendió un largo viaje que lo llevó, gracias a gestiones de sus amigos comunistas, a Europa y la Unión Soviética. Poco se sabe sobre su estadía en Moscú. Pasó dos meses en un sanatorio de la ciudad, rehabilitándose del alcohol y aliviando el reumatismo. Una fotografía lo muestra en el Teatro Bolshoi, acodado en una mesa sobre un fondo de terciopelo rojo y arabescos dorados. Lo acompañan dos hombres. Según contaba después, el más joven se llamaba Boris y era su intérprete. En su honor, llamaría Boris a su último hijo.

***

En las heladas caminatas por los jardines del sanatorio y por los bosques del parque Kolomenskoe, en Moscú, el agotamiento cedió y él empezó a dedicar tiempo y energía a la escritura. Regresó a Caracas en abril de 1963, pocas semanas antes del nacimiento de Valentina, su tercera hija, cuyo nombre exaltaba la hazaña de la cosmonauta Valentina Tereshkova, la primera mujer en el espacio. Este nacimiento lo acercó de nuevo a la vida familiar. Alejado del alcohol, vivió uno de sus mejores momentos. Los conflictos y peleas con mi mamá habían disminuido aunque, por causa de la difícil personalidad de ambos y del carácter enamoradizo de mi padre, la relación nunca llegó a ser armónica. Fue un período de extraordinaria fecundidad para su obra. Al cabo de unos meses comenzó a escribir poemas en cuadernos escolares, con una letra llena de picos, siempre nítida. Eran versos extraños, en nada parecidos a su obra anterior, en los que intentaba reflejar en palabras lo que, decía, le había “llegado” en imágenes.

El año 1964, en que trabajó como corrector de pruebas y estilo, y como articulista en diversas publicaciones, puede verse cómo la aparición de una galaxia tras la explosión de una supernova: se sintió renacer. Trabajó con mayor intensidad y llegó a escribir más de 20 poemas en un solo día. Cada nueva jornada aparecían sobre el papel anagramas, anagogías y analogías desconcertantes, que podían leerse como expresiones que intentaban escapar del significado convencional, pero también como voluptuosas creaciones de una lengua en estado edénico. El producto de esa vertiginosa erupción es “El círculo de los 3 soles” (Editorial Zona Franca, 1969), compuesto entre 1964 y 1968, un volumen de más de 500 páginas con poemas que van de unas pocas líneas hasta trabajos de varias secciones con muchas páginas. Algunos están escritos en prosa y otros en largos bloques o en aforismos de pocas líneas. Algunos muestran un denso desarrollo y otros son ráfagas o pensamientos confusos. Hay un afluente caracterizado por ficciones matemáticas formuladas en ecuaciones inconcebibles. Hay parábolas que versan sobre dimensiones del tiempo y el espacio expresadas en genealogías inalcanzables para la experiencia humana de un solo hombre y que, sin embargo, son “vividas” por la voz poética. En otros poemas predominan las alusiones esotéricas trufadas en versos que refieren a transmutaciones alquímicas y cabalísticas. Hay una vertiente en la que se esbozan la metempsicosis de Rafael José Muñoz en RJM, muzoñumjuansan, el hijo, el padre y, finalmente, Rafsol. En las pastorales y elegías hay pájaros, árboles y paisajes que parecen pertenecer a lugares y civilizaciones del pasado o el futuro. En general, en los poemas menos convencionales el tiempo es alterado por momentos que quiebran la linealidad y palabras que equivalen a efectos sin evidente causa. Él decía que sus poemas venían de profundidades del ser y que le aparecían dictados por una voz interior.

Tengo un deseo extraño de colocarme en el Billón
de ir más allá, de colocarme en el Trillón
donde el tiempo anida sus Siglos.
Tengo un deseo extraño de ser Tres:
Onu ne aicnese y onirt ne anosrep.
Tengo ganas de quedarme así:
Uno en esencia y trino en persona.

En muchos poemas, el lenguaje es sometido a un estrujamiento tal que termina descoyuntado, vuelto una representación fonética. Cuando no escribía llevado por el frenesí, pasaba horas y horas absorto en la búsqueda de imágenes y símbolos que lo llevaran a crear una poética que buscaba unir la palabra y el número.

Desde las Sumarijas Regiones
Berlinescher astronomischer chlurder
Aften gnoste must;
Así son, por trillones de kilómetros
Bajando najitos, sin viento,
Entran hacia el callejón donde esperan las Cariátides (…).

“El círculo de los 3 soles” está poblado por una zoología, una geología y una botánica de ciencia ficción. En un poema habla de las “cuevas de Epsilón”, en otro menciona “la cola de Andrómeda bajo sudores de platino”, en otro se refiere a las “grutas de Osiris”. Los animales reales o imaginarios también están presentes: “el loro de Alejandría”, “la garza No. 1”, “el Venado de ojo de lucero”, “las Dos Hormigas Negras Evangelistas del Círculo”, “el Pez Austral”, “la Tortuga Argentorati”. A su exaltada memoria emocional y a la capacidad de evocar paisajes que no conocía, añadía el soplo de la fábula y la proporción del absurdo. Fue capaz de imaginar su propia gestación, en una revuelta y una burla contra su historia familiar.

Las revelaciones de Rafsol
Me fui a la colina y contemplé la noche,
otosoropas estrellas, begonias azules, anaxulas negras,
y en el infinito espacio la forma de un 3 (…).
Díjeme: Ex nació de Ex y engendró a Ox,
Ox creó a Seh y Seh engendró a Yex,
Yex creó a Lex y Lex engendró a Fex;
y cuando Fex hubo desaparecido
nació Agustín, hijo de Dominga;
y Agustín engendró a Tito y a Titina y a Tom y a Celenia
y a Amado;
y he aquí que más tarde, cuando pasean las cucarachas
por el corredor de las casas de Guanepa,
Agustín se encontró con Piedad,
hija de Pedro Celestino Muñoz;
y he aquí que Agustín y Piedad se unieron
y de esa unión nació Rito y Alí
y Rosalía y Ludgerio;
y Artajerjes nació de la unión de Piedad con Serrano.
Rito se llamó Rafsol
Díjose que nació por obra y gracia del Espíritu Santo;
Y que la mañana en que nació cantó un cristofué,
díjose también que nació con poderes extraños:
podía ver a 1.000 trillones de años luz,
podía resucitar a los muertos,
podía perdonar los pecados,
podía detener el Universo, si cerraba los ojos (…).

Símbolos alquímicos e iniciáticos como la roszul, el huevo, el mandala, la piedra, el espejo, el ojo, la llave deben vérselas con cruces, sepultureros, ataúdes, funerales. La presencia de la muerte es melancólica, como han destacado todos los críticos, pero no es menos cierto que para él la muerte no está exenta de festejo, ceremonia y humor negro. Entre todos los textos hay uno que escribió el 22 de marzo de 1968, cuando tenía 39 años, que sirve de pórtico al libro, y que es una invitación a su propio entierro:

Ha muerto cristianamente el señor Rafael José Muñoz. Sus amigos: Juan Liscano Velutini, Jesús Sanoja H., Ramakrisna, Krisnamurti, Romain Rolland, Pitágoras, Platón, Tsu Tsu, José Stalin, Mao Tse Tung, Moisés, Alberto Schweitzer, Hermann Hesse, Thomas Mann, Walt Withman, Mauricio Maeterlink, James Joyce, George Ivanovich Gurdjieff, Piotr D. Ouspensky, Madame Blavatsky, Annie Besant, Mabel Collins, Thomas Hamblin, Los Doce Apóstoles, Los Peregrinos de Oriente, invitan al acto del sepelio, el cual se efectuará el día 22 de marzo de 1968. Sitio de encuentro: Jardines de Guanola. Hora: 5 a.m. o 5 p.m.

La muerte ficticia del poema es el punto culminante de esa crisis existencial que lo hizo abandonar la política y abrazar la poesía.

Cuando “El círculo de los 3 soles” se publicó, en 1969, mi tío Alí Muñoz le celebró los sonetos. La respuesta de mi padre fue un golpe en el estómago: “Los sonetos los escribo para que los güevones (mentecatos) que no entienden lo otro, que es la verdadera poesía, se enteren de que de verdad escribo”.

Hoy, el crítico venezolano Rafael Arráiz Lucca considera “El círculo de los 3 soles” como uno de los diez libros de poesía venezolana más importantes del siglo XX y, con los años, Rafael José Muñoz empezó a ser mencionado como un poeta que además fue político, y no como lo contrario. Aunque la academia lo ha estudiado muy poco, varias generaciones de lectores lo han mantenido, de modo oculto y misterioso, increíblemente vivo.

Sus dos críticos principales, Juan Liscano y Guillermo Sucre, tenían visiones antagónicas sobre su obra. Liscano dice que Rafael José Muñoz recreó las vanguardias sin conocerlas a fondo. Guillermo Sucre, en “La máscara, la transparencia”, toma con pinzas esta tesis. Sin ocultar su desdén por Liscano y con abierto desaire hacia Rafael José, se pregunta si éste es un “poeta realmente complejo o simplemente complicado”. Dice, severo: “Este poeta venezolano transgrede todos los límites expresivos en insalvables criptogramas (…) El lenguaje de Muñoz, en gran medida, deja de ser un sistema de símbolos compartidos con el lector real o virtual”. Reconoce que la obra es el producto de “una gran tensión interior, de un inconsciente trabajado por las más duras pruebas personales”. Sin embargo, advierte: “El peligro de Muñoz, y se percibe mucho en su libro, es el de (re) caer en lo eneguménico: que ‘el humilde del sinsentido’ de que habla Lezama recordando a San Juan de la Cruz, derive en la arrogancia del furor destructivo”. Pero reconoce al poeta versátil y diestro que está detrás de lo que él llama la “arrogancia del furor destructivo”, tanto del lenguaje como de su propia persona. La confusión babélica, que por momentos recuerda la “cristalina mezcolanza” de Rimbaud, hace a Sucre hablar de una desmesura y una mitología personal que elevan a Rafael José Muñoz de rango, salvándolo de un anacrónico vanguardismo. Se trata de un “esperanto poético en el que caben diversos idiomas deliberadamente falseados”. Sin embargo, prefiere el lado mesurado de su poesía. “Así, hay otra cara de su libro (además de las mil que el tiempo irá revelando) en la que el lenguaje, sin perder su visión y su búsqueda extrema, vuelve por sus propios poderes, luminosos o oscuros, pero ya no abandonados al egotismo del poeta vidente (yo soy un elegido, es una de las convicciones de Muñoz). En ese otro plano es donde la experiencia sin duda mística de este poeta se ahonda y esclarece a sí misma; donde su mitología personal, adquirida o inconsciente, parece coincidir con un logos necesario”.

***

Durante estos años su relación con el alcohol empezó a ser otra vez tormentosa. Vivía torturado por la dipsomanía, que lo llevaba a pasar largos períodos de abstinencia, alternados con otros en los que el consumo de alcohol era incontrolable. Mi tío Alí Muñoz dice que su vínculo se resintió a causa de las hospitalizaciones, porque le tocaba ser el malo de la película. “En varias ocasiones tuve que hacerlo hospitalizar. Tu mamá quedaba inconsolable. ¿Pero qué iba a hacer yo? ¡Era mi hermano! Una vez le monté una trampa para llevarlo bajo engaño a la clínica. Al descubrirla, me insultó y se resistió de mil maneras. Como él era muy persuasivo, casi convence al doctor para que lo dejara ir. Entonces tuve que plantármele diciéndole: “Doctor, yo lo respeto mucho a usted, pero el poeta no saldrá de aquí bajo ningún respecto a menos que esté sobrio”.

Las clínicas eran un suplicio más truculento que la tortura. Lo enfundaban en una bata hospitalaria y lo amarraban a la cama para evitar que huyera. Y no sólo debía padecer el espantoso síndrome de abstinencia alcohólica, cuyos estragos físicos son más largos y terribles que los de la heroína o la cocaína, sino soportar el tratamiento de electroshocks con que pretendían curarlo. Pero el hospital no merecía el estoicismo de la cárcel. Los médicos decían que su mente había sufrido daños por la tortura y el alcohol y, aunque nunca hubo por parte de ellos un diagnóstico claro, muchos sostienen que su poesía era una expresión de locura, y que el trance onírico que usaba como método creativo era producto de una indeterminada enfermedad. Esta hipótesis es ingeniosa, pero limitada. Tiene, en el fondo más de demérito que de elogio, pues evade vérselas con lo que dicen o plantean los poemas mismos, su desorbitada creación y su profunda musicalidad.

Cuando Rafael José salía de las hospitalizaciones quedaba con los sentidos embotados, desconectado del mundo, en un pliegue del tiempo y el espacio donde sólo cabían él y sus demonios. Mientras tanto, el matrimonio se iba a la deriva. “El poeta era luz en la calle y oscuridad en la casa”, solía quejarse mi mamá, porque mi padre seguía siendo un amigo entregado a sus amigos pero un hombre complejo en su propia casa. Aunque mi mamá reconocía sus esfuerzos desesperados para superar el alcoholismo, sentía que sus hijos –Marla, Yuri, Valentina– ya habían sufrido suficiente durante una infancia trastornada por ausencias inexplicables, mudanzas repentinas y el acecho de los cuerpos de seguridad que, en busca de armas y propaganda, dejaban la casa patas arriba y el aire infectado de terror. Además, estaban las crisis recurrentes, marcadas por estallidos nerviosos y delirios que culminaban en hospitalizaciones.

Una noche de principios de septiembre de 1968, cuando ya había terminado la corrección de “El círculo de los 3 soles”, volvió achispado a casa. Estaba de un humor particularmente jovial y llevaba un ramo de flores con la intención de reparar las asperezas que había atravesado con Nelly en los últimos meses. Todavía quedaban restos de ternura entre ambos. Esa noche hicieron el amor por última vez en su vida. El encuentro de los dos cuerpos fue borrascoso. Pocas veces estuvieron de acuerdo en algo, salvo en el recuerdo de esa noche. Ella se quedó en silencio sintiéndose levitar. Él encendió un cigarrillo y la vio sumergirse en el sueño. De pronto, ella sintió que su cuerpo se desdoblaba y que atravesaba paredes hasta llegar a la calle. Él dijo que la vio salir del cuerpo y, al verla caminar por la calle en ropa de dormir, comenzó a llamarla para que volviera.

Mi mamá supo de inmediato que había quedado embarazada y, desde entonces, pasó cada día mortificada por los efectos que podía tener el alcoholismo de Rafael José en la formación del feto. Nueve meses después, el 21 de mayo de 1969, un día antes del cumpleaños número 41 de mi papá, nací yo, Boris, el hijo menor. Mi papá recibió la noticia con júbilo pero acusó a mi madre de haber adelantado el parto para evitar que naciera el 22, igual que él. “Tu papá era un ser arbitrario”, se oía repetir a mi mamá al rememorar mi nacimiento. Cinco días después, mi padre abandonó la casa.

***

Nadie ignora que, para llenar una ausencia, la memoria inventa recuerdos benévolos o disimula aquellos que resultan dolorosos. Durante mucho tiempo, mi imaginación volaba hasta la habitación del Hospital Clínico Universitario, donde murió mi papá y que yo nunca conocí. Allí, junto a la cama, veía su cuerpo atrapado por la camisa de fuerza. Escuchaba su voz llamando a mi mamá: “Nelly, Nelly, Nelly…”. Y sentía su respiración arrinconada. Después, esas imágenes terribles daban paso a otras en las que mi papá emergía de su lecho de muerte y se instalaba de nuevo en el mundo, sobrio y curado por siempre jamás. Esas fantasías lograban anular mi desdicha pero, tarde o temprano, la ilusión estallaba para dar paso al verdadero recuerdo de los días que compartimos entre 1978 y 1981, los únicos años en que, desde mi nacimiento, vivimos en familia.

En realidad, se separó de mi madre pero no de sus hijos. Desde que se fue, aunque no volvió a dormir en casa, nos visitaba varias veces a la semana. Los domingos nos llevaba al matiné del teatro Río de la Calle Real. Luego, religiosamente, terminábamos sentados todos en una mesa de La Giralda. Pero para mí el gran acontecimiento llegaba los sábados. Me recogía en nuestro apartamento del edificio Papirusa de la avenida Orinoco de Bello Monte y caminábamos a través de la avenida Casanova hasta llegar a la antigua Calle Real de Sabana Grande, en lo que luego se transmutó en una irreconocible arteria atascada de vendedores, a una estrecha pero infinita juguetería de la que yo podía llevarme cualquier cosa que quisiera. Me decía que era el Bazar Muñoz y que todo lo que había adentro era mío. Muchos años después, atando cabos, descubrí que el Bazar Muñoz no era sino el Rey de las Piñatas, una de las pocas tiendas que sobrevivió con cierta dignidad a las invasiones bárbaras que, en los años noventa, volvieron al bulevar más entrañable de la ciudad, un corredor asediado por todas las taxonomías de miseria humana. Cada vez que paso por ese punto de Caracas me asaltan aquellos episodios de felicidad infantil, perfumados con el aroma a lavanda de los pañuelos de mi padre. Son instantes cargados con una fulminante ilusión de eternidad, como si toda la alegría de la infancia estuviera cifrada en esas pequeñas ceremonias del amor.

Mi papá volvió a casa un poco antes de las elecciones presidenciales de 1978. Había trabajado en la campaña presidencial de 1972 como consejero político de Carlos Andrés Pérez, y luego como su secretario personal. Cuando Pérez fue electo presidente, en 1973, mi padre fue nombrado comisionado Especial de la Presidencia. Él esperaba que su participación en la arrolladora victoria del presidente fuera reconocida con un puesto más destacado, pero algunos de sus amigos más antiguos conspiraron en su contra calificándolo de hombre enfermo, no apto para una posición ejecutiva.

El día en que volvió, lo vi entrar a casa con la falta de energía propia de un hundimiento y la inconfesada desesperación de la derrota. Poco antes le habían diagnosticado cirrosis hepática. Su hígado se cobraba revancha produciéndole temblores y despellejándole las manos.

En aquella época, en la radio se oía día y noche “Paula C”, un despecho intelectualoso de Rubén Blades. Mi papá solía asomarse a la ventana y, mirando el cerro Ávila, repetir una y otra vez el estribillo: “Oye que triste quedé cuando se fue Paula C / Vivir sin un amor no vale nada / No vale nada, tú ves”. Por esos datos supe que él también arrastraba una pena de amor. De hecho, durante un tiempo se había enredado con una mujer mucho más joven que él y menos tolerante que Nelly, que lo había echado sin contemplaciones. También había malbaratado en aguardiente el dinero que había ganado durante sus años de trabajo en el gobierno. Cuando regresó a casa, interrumpió toda actividad partidaria, salvo la publicación de artículos de opinión en el vespertino El Mundo y comentarios sobre ocultismo en la revista Cábala. Supongo que creía que apartado de las causas políticas y de cualquier aspiración de poder, lejos de cualquier militancia, podría establecer una rutina normal con su familia. Pero vivía en permanente estado de guerra contra sí mismo, cargando con la tristeza elemental que siempre lo había perseguido.

Poco a poco, dejó de ser un hombre activo, enérgico y callejero. Renunció a frecuentar los bares de Sabana Grande para quedarse bebiendo, leyendo y escribiendo en casa. A la vez, adoptaba rituales y pasatiempos paradójicos, como hacer el desayuno los domingos o jugar a las adivinanzas con las canciones de salsa y la música clásica de la radio. Hoy me parece increíble que la melancolía que se lo tragaba no fuera suficiente para derribarlo por completo y hacerlo abandonar la escritura, a la que se aferraba con celo. Consumía diariamente un litro de ron y, arropado por el vapor etílico, se sentaba frente a la máquina. Una vez que empezaba a teclear sólo tomaba las pausas que le dictaba la respiración, como si escribir poemas y artículos lo mantuviera unido al mundo por un hilo de tinta.

A veces lo sorprendía declamando sonetos que había aprendido de memoria en la juventud, murmurando fragmentos incomprensibles. Insomne, cuando ya nadie en la casa estaba despierto, se sentaba de nuevo a escribir poemas que abarcaban la hoja completa, de arriba a abajo y de un borde al otro, sin dejar el menor resquicio libre. En la mañana, me asomaba a espiar la máquina de escribir pero, por lo general, no entendía nada del soliloquio interminable que poblaba aquel montón de papel.

No he podido encontrar más que un puñado de esas páginas entre los abundantes escritos que dejó. Sin embargo, en el último año he leído muchos poemas que puso en manos de Jesús Sanoja Hernández, gracias a quien se salvaron de las mudanzas familiares que parecían más bien naufragios. La mayoría están marcados por una honda tristeza. La evocación de la muerte ya no es irónica, juguetona o reflexiva, sino inmediata: la muerte como solución al dolor de vivir. Los últimos poemas apenas si despiden algo de la luz y el sentido que le faltaron a su vida.

En agosto de 1981, tres meses antes de morir, escribió un poema amoroso dedicado a Mireya, una joven vecina. Luego de comparar a la quinceañera con la luz del día, el canto de la tarde y decir que tiene un olor a pomarrosa, cambia de tono bruscamente:

Ya ni tengo ganas de vivir.
muero, seguido por mi propia muerte.
no tengo nada, todo se convierte
en un no ser, un desistir.
No aprendo ni siquiera a convivir
con la lluvia, la noche, con lo inerte.
Pienso en mi suerte, en mi pobre suerte.
solo pienso en mi polvo, en sucumbir.

Estoy seguro de que en ese momento ya presentía su propia muerte y, a pesar de que el alcoholismo lo inutilizaba cada vez más, durante los años previos se las había arreglado para terminar “En un monte de Rubio” (Editorial Centauro, 1979) y “Doña Piedad y las flores”, una plaquette dedicada a su madre. Más adelante, escribió “Homenaje a Pablo Neruda”, un libro que permanece inédito. El título “En un monte de Rubio” alude al lugar de nacimiento de su amigo Carlos Andrés Pérez, a quién consagra el libro como una especie de biografía poética. Sólo muy recientemente se lo ha empezado a leer con independencia del contexto político en que fue escrito ya que, en verdad, la crítica de la época no le prestó atención, ni siquiera para criticarlo como un servicio al poder.

Durante los tres años que vivimos juntos, la vida fue tumultuosa para todos. En los períodos de sobriedad parecía disfrutar de cierto sosiego, a pesar de que los temblores de la abstinencia le sacudían el cuerpo. En esos raros momentos, vivíamos la ilusión de la normalidad. Se levantaba temprano, se bañaba y leía el periódico antes de sentarse a su máquina. Si tenía que salir, pasaba a recogerlo un taxi o se iba caminando, pues le encantaba recorrer distancias que, para mi imaginación, eran inabarcables. Una vez caminamos tomados de la mano hasta la Plaza Venezuela. Luego de un buen trecho nos detuvimos a comer hamburguesas en un puesto callejero. No he olvidado que al ordenar las llamó “hamburger”, con pronunciación inglesa. Después atravesamos avenidas llenas de concesionarios de autos, hasta que giramos a la altura de la calle de los hoteles. Cuando por fin llegamos a la Torre Polar de Plaza Venezuela, me dejó en el cine mientras él se sentaba a conversar con su viejo amigo, el cantante puertorriqueño Daniel Santos, que no era adicto al alcohol sino a la cocaína. Ese día vi la película “Can’t Stop the Music”, una fabulación infantilizada sobre la formación de la banda gay Village People. Recuerdo todo con gran nitidez porque fui intensamente feliz durante el paseo. Pero al salir del cine encontré a mi papá con los ojos enrojecidos y el inconfundible aliento de los tragos.

A los períodos de sobriedad y lucidez los seguían inevitables crisis alcohólicas. Como cabía esperar, aquellos eran cada vez más breves y espaciados. Había días en los que salía a la calle sobrio y, un par de horas más tarde, un taxi lo dejaba en la puerta del edificio hecho un guiñapo. Varias veces cayó allí sin poder levantarse. Vivíamos en un primer piso, de modo que yo miraba todo escondido tras la ventana, con un escalofrío de vergüenza que venía acompañado por el deseo malsano de que el hombre tirado en el suelo no fuera mi padre. Los vecinos no sabían cómo reaccionar y yo me sentía incapaz de enfrentarme a ese espectáculo. Sin embargo, como no había nadie más en casa, bajaba a recogerlo y lo ayudaba a acostarse en el sofá.

Vivir con alguien encadenado a la melancolía y el dolor estuvo a punto de hacer perder la cordura a mi mamá. Cuando mi papá era atrapado por trances de delirium tremens, se desataban en casa situaciones descabelladas. Más de una vez lo vi sostener conversaciones simultáneas con grupos de amigos invisibles. Arreglaba como podía los muebles de la sala. Los invitaba a sentarse y, en una esquina del semicírculo, disertaba sobre política y filosofía, sobre el amor, la música, las noticias. En uno de esos delirios obligó a mi mamá a servir café a los seis miembros de su cenáculo. Ella, de hecho, vertió café en las seis tazas y las colocó con gran ceremonia donde se hallaban los amigos imaginarios. En otras ocasiones nos conminaba a mí o a alguno de mis hermanos a sentarnos en la sala para seguir con atención lo que esos fantasmas tuvieran que decirnos. Había duendes recurrentes, que aparecían para aliviar el desamparo en el que vivió desde su niñez. Uno de ellos, tal vez la más comprensiva de sus sombras, era el señor Angelo, un notario de modales corteses que llegaba sin anunciarse para consolar los desvelos del poeta con su sabiduría de otro mundo.

La única hospitalización que pareció curarlo de veras ocurrió a mediados de 1980, en el Hospital Clínico Universitario. Salió de ella renovado y casi brioso. Durante ese período comenzó a decir que estaba escribiendo otro libro de poemas. “Se llama ‘Los secretos del jabón azul’ y es sobre los arcanos de Hermes, el tres veces grande, quien anunció el cristianismo y escribió la ‘Tabla Esmeralda’”, afirmaba, rotundo y con teatral grandilocuencia. Nunca encontré ese libro entre sus papeles, salvo una mención aislada en otro poema, y una carpeta rotulada “Los secretos del jabón azul” que estaba vacía.

Aunque José Agustín Catalá, su fiel amigo y editor, aún se lamenta por haberle hecho más fácil la tarea de destruirse prestándole un apartamento para escribir fuera de casa, no es del todo exacto que se encerrara allí sólo para beber. El 24 de abril de 1980 entregó en Monte Ávila Editores un libro inédito titulado “Poemas”. Este manuscrito desapareció en el laberinto de archivos muertos de esa editorial. Pero también escribió su “Homenaje a Neruda”, ciento veinte folios de un desmesurado poema en el que la voz poética conversa con Neruda, llamándolo por su nombre o “el hondero entusiasta”. Allí mi padre mezcla referencias de la vida y obra del poeta chileno con la suya propia. Largos pasajes cabalgan hacia la incoherencia y, aunque siempre retoma el nombre de Neruda, por momentos refiere episodios y anécdotas políticas de sus años militantes, mencionando tanto a sus amigos como a sus adversarios y torturadores.

Es imposible precisar cuándo comenzó a beber de nuevo, pero debe haber sido a mediados de aquel año, poco después de enterarse de que un cáncer de pulmón devoraba a su hermano Ludgerio. Jesús Sanoja Hernádez escribió que cuando mi padre le entregó los originales de “Homenaje a Neruda”, cargaba “la muerte pintada en el rostro y metida en el alma”. Eso debe haber sido en septiembre u octubre de 1981.

Algunas semanas antes del día en que murió fueron a entrevistarlo unos periodistas del suplemento cultural “Papel Literario”, del periódico El Nacional. Sus respuestas fueron tan absurdas que nunca pudieron publicar el artículo. El fotógrafo Vasco Szinetar le hizo varios retratos esa mañana. Muestran a un hombre envejecido que aparenta al menos 20 años más de los 53 que tenía. A fines de septiembre llegó la noticia de la muerte de Rómulo Betancourt en Nueva York que lo hizo murmurar durante días, como si hubiese muerto un familiar muy cercano. A principios de octubre murió Ludgerio.

Mi papá no paraba de beber. Tenía las manos desconchadas por las cirrosis, estaba flaco y la cabeza se le había vuelto completamente blanca. Desde su habitación, que permanecía casi todo el día con la persiana baja, se filtraba un fuerte olor a bilis y alcohol. Sin embargo, entre nosotros la relación seguía estando llena de ternura.

No a todo el mundo se le otorga vivir dos vidas de vértigo. A él sí. En una de ellas, Sergio Ramírez fue protagonista de la revolución en Nicaragua. Vivió su triunfo por las armas y su derrota por las urnas. Llegó a ser vicepresidente, uno de los pocos civiles en un gobierno plagado de comandantes del Frente Sandinista que se hizo con el poder. Hoy está alejado de la política y de quien fuera su compañero, el actual presidente Daniel Ortega.

En otra de sus vidas, Sergio Ramírez fue y es el escritor que se imaginó una ciudad, León, y un país, Nicaragua, como territorio literario, el autor de unos cincuenta libros, entre ensayos, cuentos y novelas como Castigo divino (Mondadori, 1988) y Margarita está linda la mar, con la que obtuvo el premio Alfaguara en 1998. En 2 014 fue el flamante ganador del premio Carlos Fuentes, dotado con 250 mil dólares —que en su primera edición ganó Mario Vargas Llosa— y su nombre suena ya para el premio Cervantes. Es uno de los autores vivos más significativos de la generación post-boom (o boomerang, como la catalogó Carlos Fuentes), donde figuran autores como Tomás Eloy Martínez, Nélida Piñón, Roberto Bolaño y Antonio Skármeta, entre otros. Con menos éxito de ventas que sus antecesores del boom —con García Márquez a la cabeza— han mantenido, sin embargo, el prestigio de la literatura latinoamericana. Hay dos cosas que no soportaría que le hubiesen sucedido: haberse perdido la revolución y no dejar una obra literaria a su país.

Hoy hemos quedado en encontrarnos por la mañana. Cuando estamos los dos en Managua solemos hablar por la tarde, a partir de las cuatro, cuando la ciudad deja de ser un infierno y la brisa firma una tregua. Pero hoy tiene que ir a ver a Ernesto Cardenal, el poeta, su vecino, convaleciente de una neumonía. Si uno llama por la mañana, Monchita (la empleada de la casa donde viven él y su mujer, Tulita) contesta: “El doctor está escribiendo”. Sergio Ramírez fue el número uno de su promoción en la facultad de Derecho de León, pero nunca ejerció como tal. En Nicaragua, sin embargo, aún lo llaman “el doctor”. La frase de Monchita es el primer filtro para que el que llama desista si no es nada urgente, porque las mañanas son para escribir.

Su atuendo de trabajo apenas varía: camisa polo de manga corta y pantalones ligeros de color beige (a veces, shorts); zapatos Crocs de estar en casa, o mocasines sin calcetín. Por lo demás, impoluto, el pelo aún recio y partido a la derecha, a pesar de que en un tiempo luchaba para domarlo. Hasta no hace mucho, sin canas. Nunca lo he visto sudar. Los que viven en Managua, una olla a presión, tienen una habilidad natural para no sudar. Antes solía caminar por las mañanas, pero un problema de rodilla se lo impide, lo que lo hace criar una gordura que baja a base de dietas.

Cuando entro en su estudio lo encuentro sentado frente a la pantalla, la mano izquierda en el mentón, y revisando su agenda, una especie de Google Calendar. Casi todo lleno de cursos, conferencias, viajes, ahora casi siempre por motivos literarios o por reuniones de la Fundación Nuevo Periodismo, que fundó Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias y de la que él forma parte desde sus inicios. A veces lo invitan a mesas redondas de temas políticos, pero sólo acepta si coincide con una presentación literaria.

En apenas tres meses, el presidente de México le dio el Carlos Fuentes; el embajador de España, la orden Isabel la Católica, y acaba de presentar Sara, su última novela. Pero pertenece a una generación para la que la literatura y el compromiso iban de la mano.

—Parece una agenda de ministro, le digo.
—O de vicepresidente —bromea, aunque no le gusta que en las etiquetas de sus libros digan que fue vicepresidente—. Yo jamás compraría una novela cuyo autor se venda con esa etiqueta.

***

Las mañanas son para escribir desde las ocho y media hasta la hora del almuerzo. Se lo toma como un oficio de gobierno, o la misma disciplina que se impuso para recuperar el tiempo perdido a la literatura cuando a mediados de los ochenta se percató que llevaba una década sin escribir.

Entonces habían transcurrido ya seis años desde aquella mañana de julio de 1979 en que los sandinistas llegaron a Managua y se hicieron con el poder, apoyados por todos los sectores de la sociedad nicaragüense y de la comunidad internacional. Después de que el último de la dinastía dictatorial de los Somoza huyera del país, Sergio Ramírez entró triunfal en la plaza, en lo alto de un camión de bomberos, junto a otros miembros de una Junta de Gobierno, incluido el que sería presidente, el comandante Daniel Ortega.

Sergio no había disparado un solo tiro. Su labor en la clandestinidad y el exilio —en Costa Rica— fue intelectual y diplomática, tanto para conseguir apoyo político y financiero para la compra de armas, como para crear una corriente dentro del Frente Sandinista que acabaría imponiéndose sobre las demás. La mayoría de los que integraban aquel primer gobierno apenas rebasaban los treinta años, y su gesta impresionó al mundo. Si en los ochenta se hablaba de utopía, se hablaba de Nicaragua. La última oportunidad para el sueño de un mundo nuevo.

El gobierno sandinista impulsó cambios drásticos para equilibrar las grandes desigualdades alimentadas por una dictadura que había durado cuarenta años. Se intentó una suerte de economía mixta, se inició una campaña de alfabetización, dirigida por el sacerdote Fernando Cardenal, hermano del célebre poeta, hubo grandes logros en el ámbito de la salud y se emprendió una reforma agraria.

Pero la revolución sandinista se hizo con el poder gracias a la unión de sectores muy diversos que, en circunstancias normales, hubieran estado enfrentados. Algunos temieron una deriva autoritaria y el alejamiento de los principios éticos de la revolución. Violeta Chamorro, por ejemplo, viuda de un destacado periodista asesinado años antes por la dictadura, abandonó muy pronto la Junta de Gobierno sandinista. Diez años después, en 1990, ganaría las elecciones encabezando una alianza opositora que sepultó a la revolución.

Desde el exterior, el gobierno de Ronald Reagan, temiendo una segunda Cuba en la región, armó una guerrilla contrarrevolucionaria que ingresó al país por la frontera norte de Honduras. Era la “Contra”. La reacción del gobierno de Daniel Ortega y Sergio Ramírez fue una medida impopular que se tomó para nutrir las tropas del ejército sandinista: el servicio militar obligatorio. Con una economía precaria, Nicaragua dependía de la ayuda externa, principalmente de la antigua Unión Soviética, con lo cual el país entró en el juego geoestratégico del final de la Guerra Fría. En medio de ese escenario, Sergio Ramírez, un vicepresidente con mucho poder, añoraba, sobre todo, contar con algunas horas para volver a escribir.

***

Él llama “cápsula espacial” a su apacible estudio. Está revestido de madera, con vista al jardín de la casa, y allí es difícil encontrar recuerdos o fotos de su pasado político o alusiones a la revolución. Nada más entrar, cuando los ojos se adaptan al cambio brusco de la luz a la sombra, uno se topa con una barra de bar y, a la izquierda, una biblioteca de dos niveles. En el ala derecha, el despacho: una mesita pequeña, cargada con libros de pintura o fotografía que a veces sirven de posavasos. Hay un sofá para dos y un par de sillones de color café claro, cada vez más desleídos por el sol que entra por las ventanas. No hay mucho espacio. Sergio Ramírez escribe entre dos mesas. A sus espaldas, una larga que ocupa el centro del despacho, repleta de libros. Son los que está leyendo y los que está por leer, muchos de autores jóvenes, algunos manuscritos aún no publicados que él apunta y corrige a conciencia.

Escribe contra una ventana alargada, oscurecida para apaciguar el sol. Siempre en una PC. En los viajes lleva tableta y Kindle. A un lado, colgando junto a la ventana, un enorme retrato de Tulita (ya casi nadie la conoce por Gertrudis, su nombre real), luciendo el pelo negro y largo, sonriendo con los ojos. Lo pintó Dieter Masuhr, un artista alemán amigo suyo, de los muchos que se enamoraron de aquella Nicaragua en revolución, junto a autores como Julio Cortázar, que escribió un libro cuyo título define la vida cotidiana de aquellos años de entusiasmo y dolor: 
Nicaragua tan violentamente dulce.

Pero pronto las madres empezaron a cansarse de ver a sus hijos huir a otros países para no entrar al servicio militar o volver lisiados o muertos de los frentes de combate. Y Violeta Chamorro, una madre cuyos hijos estaban enfrentados ideológicamente a un lado y otro, recogió las frustraciones de gran parte de la población y se hizo con la victoria en el 90, tras una campaña en la que nunca cambió su vestido blanco y con una pierna enyesada a causa de un accidente. Un par de meses antes había caído el muro de Berlín. El mundo se olvidó del país centroamericano que con apenas cinco millones de personas había padecido la muerte de más de 50 000, decenas de miles de heridos, y cientos de miles que buscaron refugio en otros países, además de una deuda económica impagable y problemas que lastrarían el desarrollo futuro como las demandas por expropiaciones indebidas.

En el estudio, las mesas, los cojines del sofá y hasta las vitrinas tienen rayones, rozaduras, pero es muy acogedor sentarse allí a conversar, o a estar en silencio. Allí suelen hacerse también las reuniones de trabajo, casi siempre repletas de jóvenes. Hay fotos en las que se les ve, a Tulita y él, junto a Saramago y Pilar del Río, o junto a Carlos Fuentes; una bolsa de avión con una dedicatoria de Cortázar. En la esquina opuesta hay una puerta que conduce al baño y a la parte trasera de la casa, otras dependencias donde trabaja Betty, su secretaria. El baño, austero, tiene una mesita pequeña frente al lavabo, donde a veces he visto El Quijote y otras la Biblia Latinoamericana, con una libretita y un lápiz.

Le traigo un recorte de prensa con una foto que guardo porque refleja una incógnita que marca su vida. Se trata de un acto durante uno de los primeros aniversarios de la revolución. Él, el segundo por la izquierda, se vuelve hacia el lado opuesto sonriendo a Tomás Borge, comandante de la vieja guardia del Frente y uno de sus fundadores. Junto a él, Daniel Ortega, con sus grandes lentes de entonces, sonríe. Los acompañan otros comandantes. Salvo Borge, todos ellos son jóvenes de melena al viento y lucen el uniforme verde olivo de manga corta. Sergio Ramírez, en cambio, lleva una camisa clara. La pregunta es ¿qué hacía él ahí? Un intelectual, un demócrata, un escritor, un civil en un gobierno plagado de comandantes.

—Ésos eran unos trajes safari. Me los hizo un sastre enviado por Fidel Castro a la casa de El Laguito, donde me hospedaba cuando iba a Cuba. Yo los usaba en ceremonias oficiales. Pero cuando viajaba por asuntos de Estado y debía verme con primeros ministros o cancilleres, usaba unos trajes que compraba en la calle Serrano de Madrid. Eran caros, porque debía ir ‘bien presentado’ como decía mi madre.
—En todas esas fotos, ya sea cuando estás entrando en Managua el día del triunfo de la revolución en el 79, o cuando dejas la política en el 96, tienes el mismo semblante: sereno, pero como distanciado.
—Ser ‘el otro’ es algo que he tratado de desentrañar en mis escritos. Sentirse el extraño o marginado. Me viene de chico. Por dos cosas: el estrabismo de mi ojo izquierdo —yo era el único que tenía lentes en la escuela, por lo que también me zaherían—, y por ser muy alto. A los doce años casi tenía la estatura que tengo ahora, más de uno ochenta y tres. Era flaco y desgarbado y no podía bailar. Eso provocaba un ensimismamiento, ésa es la palabra exacta: ensimismarse. Pero ayuda bastante a meterse en la literatura de alguna manera. Además, por mi altura, me uní a muchachos mayores que yo. Por tanto, aprendí cosas que los niños de mi edad no aprendían. Te hablo de experiencias sexuales, tragos, etc., ajenos a mi edad.

Cuando habla, suele frotarse el ojo izquierdo, que se le desvía y le da la apariencia de estar dormido o ausente.

A veces, por la tarde, vienen al estudio Tulita, y los hijos de ambos, Sergio, María y Dorel, todos nacidos cuando la pareja vivía en Costa Rica durante los años sesenta y principios de los setenta. Hoy viven en Managua, cerca unos de otros, y los hijos suelen venir con los nietos. También se acerca Antonina, viuda de Rogelio Ramírez, el hermano pequeño de Sergio que murió hace años durante un viaje diplomático a Corea. Cierta vez estaba lloviendo y el estudio estaba repleto de familiares. Sergio hijo le preguntó a Sergio padre por qué había fumado tanto durante sus años de gobierno si nunca antes había probado un cigarrillo.

—No sé —contestó él evasivamente—. Entonces todo mundo fumaba.

Pero él no tragaba el humo, y al final se percató de que no era un fumador, así que lo dejó sin más. Sergio contó que la revolución lo estaba absorbiendo tanto que su esposa, Tulita, acabó pidiendo una cita en la Casa de Gobierno para tratar con él asuntos domésticos pendientes. Tulita lo confirmaba con una media sonrisa y con la entonación afónica y cálida: “Sí, olía a humo por todas partes en aquel despacho” dijo, extendiendo los dedos hacia su marido y acariciándolo suavemente. Él tenía la actitud del niño obediente que se deja regañar.

***

Nacido en Masatepe, en un país que está bajo la sombra de Rubén Darío, donde se dice que “todo el mundo es poeta o hijo de pueta”, su primer contacto con la literatura fueron los cómics y el cine del pueblo, propiedad de su tío, a quien le ayudaba a proyectar las películas.

—Echando la vista atrás, siempre practiqué oficios muy solitarios. Por ejemplo el de proyeccionista de cine. Te encierras en la cabina, a la que subes por una escalera vertical, del tamaño de un palomar. Es un cuarto de fantasmas enrollados en el celuloide, casi a oscuras y encima del público.

Su padre, Pedro Ramírez, era un comerciante que, a diferencia de su madre, apenas leía y no provenía de una familia con dinero. Los hermanos y primos paternos componían una orquesta, Los Ramírez, y solían sentarse en la acera de la casa a hacer chistes. Ese ambiente jocoso y pueblerino aparece en varias de sus obras. El periodista Juan Cruz, editor de Alfaguara durante los noventa, ayudó a darlo a conocer con la novela Un baile de máscaras, 1995, en la que Sergio Ramírez recrea su propia infancia entre la década de los cuarenta y cincuenta en su natal Masatepe.

Su padre, que paradójicamente era simpatizante del partido liberal de Somoza y llegó a ser alcalde de Masatepe, lo envió a estudiar Derecho en León, aún sin tener muchos recursos y aún cuando el joven Sergio no tenía vocación.

—Yo creo que mi padre quería educarme en el poder, sólo que él se imaginaba un poder cercano al dictador.

León, una vieja ciudad colonial de 60 mil habitantes, era una metrópoli en comparación con Masatepe. El año en que entró en la universidad fue el mismo año del triunfo de la revolución cubana, y se notaba ya la efervescencia que produjo en movimientos estudiantiles de todo el continente. El día clave fue el 23 de julio de 1959. Ese día los estudiantes universitarios, Sergio Ramírez entre ellos, marcharon en una manifestación con camisas blancas y corbatas negras, en señal de duelo por los caídos de una frustrada intentona guerrillera contra el segundo de los Somoza que gobernaba el país. Tres años antes, también en la ciudad de León, un joven poeta había acabado con la vida del padre de la dinastía, Anastasio Somoza García, por lo que su hijo Luis Somoza asumió de inmediato el poder. El hijo menor, Anastasio (Tacho), estaba al mando de la Guardia Nacional a la espera de ser el siguiente en subir a la presidencia.

En la manifestación de julio, la Guardia Nacional reprimió a los estudiantes y dejó a cuatro muertos y más de sesenta heridos. Sergio Ramírez corrió a refugiarse en el interior de un restaurante. En una de las entrevistas que le concedió a la periodista mexicana Silvia Cherem, para un libro en el que se recoge buena parte de su vida, (Una vida por la palabra, Fondo de Cultura Económica, 2004), reconoció que “al llegar a la universidad no tenía conciencia política… pero ese día cambió mi vida para siempre”. Desde entonces, para él estuvo claro que la dictadura tenía que desaparecer.

Siguió estudiando sin vocación pero con una característica que lo acompañaría siempre: hacer como si le gustaran las cosas que no le gustan. De hecho, se convirtió en el mejor alumno de su promoción y ocupó cargos de confianza junto al rector de la universidad, Mariano Fiallos, un humanista que fue su mentor. También publicó su primer libro de cuentos, titulado Cuentos, en 1963.

Ya por entonces, su novia era Tulita: una muchacha leonesa que vendió ese libro de Sergio, casa por casa, pese a la timidez congénita. Tulita nunca ha dado ni dará una entrevista, pero se la puede ver en la primera fila de todas las conferencias de su marido. Antes de que estuviesen juntos, Sergio tuvo que disputársela a un ingeniero que se había aliado con un cura español para casarla casi a la fuerza. Con varios amigos y sus futuros suegros se presentaron en la sacristía para rescatarla y enfrentar al cura. “Parece una historia de Pérez Galdós, pero es cierta. ¿Y sabes qué? Ese mismo cura nos casó el 16 de julio de 1964 en la misma catedral. Yo tenía veintiún años, ella dieciocho”, le dijo Ramírez a Cherem.

Gracias a la influencia del rector Fiallos, Sergio Ramírez fue elegido secretario del Consejo Superior de Universidades Centroamericanas, que tenía su sede en Costa Rica. Tulita y él vivieron allí más de una década, durante la cual nacieron sus tres hijos. En 1973 tenía en una mano la oferta de una beca de la Fundación Ford para estudiar Administración Pública en Stanford, lo que le garantizaba un buen porvenir; en la otra, una humilde beca de escritor en Berlín, gracias a la gestión del crítico y traductor Peter Schütze-Kraft. Hasta entonces sólo había publicado un libro de cuentos y una novela,Tiempo de fulgor (1970), todo con escaso éxito. Pero no lo dudó. Se embarcó con toda la familia hacia Berlín y aparcó su vida de futuro político.

Durante los dos años que permaneció en Berlín escribió la novela Te dio miedo la sangre—publicada después en Caracas, en 1977—, donde desarrolla el tema de la conspiración política contra el poder y la violencia.

Y entonces el destino nuevamente lo puso a prueba. Tenía una oferta para ser guionista en el Centro Pompidou de París, que se iba a inaugurar. Pero en 1974 un noticiero alemán mencionó el nombre de Nicaragua (hasta entonces casi inexistente en los medios internacionales), relacionado con la palabra “sandinista”. Él había tenido contacto en Costa Rica con varios miembros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), incluido su fundador, Carlos Fonseca, pero hasta entonces se trataba de una iniciativa minoritaria y de tinte radical a la que él era ajeno. Conocía muy bien la legendaria figura de Sandino, el héroe en quien se inspiró el Frente, el hombre que se había rebelado contra las invasiones yanquis en Nicaragua hasta que el primero de los Somoza lo asesinó. En el noticiero se contaba del exitoso operativo de un comando sandinista en Managua. Entonces vislumbró que la posibilidad de derrocar a la dictadura estaba cerca, e hizo la maniobra contraria a la que había hecho antes: aparcó su futuro como escritor y se volvió con toda la familia a Centroamérica.

Ingresó en las filas del FSLN en 1975 desde Costa Rica, y se dedicó a lo que había aprendido en sus años de dirigente universitario: hacer gestiones para conseguir financiación y apoyos políticos. Era un intelectual al servicio de la revolución.

—¿Renunciaste conscientemente a la idea de ser escritor por la revolución?
—Es que no podía perdérmela. Era una revolución. El papel que yo debía desempeñar era el del intelectual, el de la propaganda, la diplomacia, ya que carecía de entrenamiento o de intenciones militares.

Fue entonces cuando entró en contacto con García Márquez para que, a través suyo, el presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, proveyera las armas necesarias para un operativo contra Somoza. Ocurrió en 1977 y, para que sucediera, Sergio Ramírez engañó a Gabo. A la pregunta de “¿Y cuántos son ustedes?”, le contestó que eran más de 1 300 combatientes, cuando en realidad no eran más que unas pocas decenas. No tardó en recibir por vía telefónica la constatación de la ayuda, en lenguaje cifrado: “el editor acepta publicar el libro, y firmará el contrato apenas esté escrito el primer capítulo”. El operativo sin embargo no fue tan significativo como se esperaba. Apenas se pudo tomar un solo cuartel de la Guardia Nacional, cerca de la frontera con Costa Rica.

Durante esos años en Costa Rica, el viejo Volvo que conducían Tulita o él servía para llevar armas, dinero, medicinas y vituallas desde San José a la frontera nicaragüense. La casa donde vivían, en el Barrio de Los Yoses, se convirtió en una base de operaciones. Allí se guardaba parte del dinero para la revolución —que provenía de donaciones de todas partes del mundo— en una maleta oculta en el lavabo. “En algún momento”, recordó Sergio en sus memorias de la revolución, Adiós muchachos (Aguilar, 1999), “llegó a haber un millón de dólares en la maleta”.

Con el triunfo de la revolución el 19 de julio de 1979, y establecido ya en Managua, Sergio comenzó su tarea en la Junta de Gobierno, asumiendo después la vicepresidencia tras unas cuestionadas elecciones que, en 1984, el Frente Sandinista convocó para obtener legitimidad ante el mundo. Tulita y sus hijos apoyaron al escritor metido a revolucionario. Todos colaboraron en tareas campesinas y de alfabetización, como la inmensa mayoría de las familias nicaragüenses. Y Sergio hijo, sin que su padre lo supiese, se alistó como voluntario en uno de los batallones de combate.

—¿No hiciste nada para sacarlo de allí?
—Mi hijo quiso irse a la guerra porque no quería que yo quedara mal. Y esta es la parte más dramática de todo, ¿no? Yo era un dirigente de la revolución. Y él no quería que dijeran que tenía una protección especial y que yo era lo suficientemente cobarde como para no mandarlo al frente de batalla. Entonces yo no busqué cómo salvarlo. Yo no dije: ‘No, de ningún modo, mi hijo tú no vas a la guerra, qué vas a hacer, mejor andate a Cuba’. En ese momento, lo vi como un acto de honestidad por mi parte. Pero me despertaba por las noches, sobresaltado, pensando que podían matar a mi hijo, que era perfectamente posible.

En su última novela, Sara, publicada por Alfaguara en 2015, reescribe el relato bíblico de Abraham. Un hombre y una mujer vagando solos por el desierto. Él sólo obedece los dictados de un “Mago” que impone arbitrariamente el destino de la pareja. A pesar de no entender por qué Abraham continúa obedeciendo los dictados de un destino incierto, ella lo sigue siempre, tratando de resistir con lo que a él le falta: sentido común. El momento crucial es cuando Abraham va a sacrificar al único hijo de la pareja. Según la Biblia, Dios detiene finalmente la mano del padre que va a ejecutar a su hijo tras haber comprobado su ilimitada fe. Según esta reescritura es Sara, la mujer, quien detiene al marido con el cuchillo alzado.

—¿Cómo vivió Tulita que tu hijo se fuera voluntario a la guerra?
—Ella, como ser humano, creo que es mucho mejor que yo, ¿no? Ella es extraordinaria. Echó para adelante. Pero jamás me dijo: ‘o me traes a mi hijo, o me voy de la casa’. Lo que hacía era irse con el resto de madres a los centros de entrenamiento, hasta Mulukukú (en el interior de Nicaragua, cerca del frente de combate), en medio de las balaceras, a visitarlos. Una guerra en la que las mujeres iban a visitar y a llevar comida a sus hijos. Mi hijo participó en muchos combates. Vio caer a sus hermanos de lucha. Después, por un problema en la rodilla, lo destinaron a la retaguardia y una vez licenciado se fue para Alemania Oriental a estudiar ingeniería.

En 1985, con la guerra en pleno auge gracias a la financiación del gobierno de Reagan a la Contra en su empeño por mermar a los sandinistas, mientras era vicepresidente, Sergio Ramírez decidió robarle dos o tres horas al sueño cada madrugada, antes de emprender las obligaciones del gobierno, para volver a escribir. Era la historia de un famoso envenenador, Oliverio Castañeda, cuyos asesinatos fueron célebres en el León de los años treinta, un thriller titulado Castigo divino, que bebe mucho de las crónicas rojas de la época. Se publicó en 1988 y obtuvo el premio Dashiell Hammett a la mejor novela policíaca en español dos años después. De ella dijo Carlos Fuentes que Sergio había escrito ‘la gran novela de Centroamérica, la que hacía falta para acercarse a la intimidad de sus gentes’.

—¿Cuántas horas dormías mientras escribías Castigo divino?
—Casi nada, porque, a ver… Me levantaba sobre las cuatro, me iba a escribir, luego desayunaba algo, me duchaba, y me iba a la casa de gobierno hasta el mediodía. Hacíafooting durante una hora y media. Comía y entraba al turno de la tarde que a veces se extendía hasta las diez u once la noche. Hace poco me encontré a uno de mis antiguos escoltas. Ellos tenían una cancha de deportes aquí, en el despacho donde estamos ahora. Me contó que, entonces, cuando se levantaban para entrenarse, se decían: ‘No hagan ruido, muchachos, que el doctor está escribiendo’.

Esta era la casa de sus escoltas. Cuando era vicepresidente vivía al lado, en otra mucho más lujosa. En una pared, junto a la puerta del estudio, hay un mueble alto con puertas de vidrio. Guarda sus obras traducidas y la bibliografía crítica, además de otros tesoros, como una Biblia evangélica que le dejó su abuela. De padre católico y madre evangélica, es un agnóstico que cree sin embargo en el destino a la manera de Jung o de los griegos antiguos. El carácter retraído lo heredó de su madre, una mujer muy seria y reservada, gran lectora de los clásicos españoles. Entre los libros hay un reproductor de cd con música de todo tipo, desde flamenco hasta baladas o corridos mexicanos.

—Daniel (Ortega) me contagió el gusto por los Tigres del Norte cuando andábamos en la campaña electoral del 90.

Compañeros de fórmula durante los ochenta, Daniel y Sergio, como les llamaba el pueblo (sólo los enemigos como Reagan decían Ortega y Ramírez), parecían inseparables. Si bien Sergio se caracterizaba por una visión más socialdemócrata, el conflicto con Estados Unidos le llevó a radicalizar algunas de sus posturas y fue leal a las directrices del partido y a Ortega. Al menos hasta la derrota en las elecciones del 25 de febrero de 1990, que provocó que las diferencias entre ellos emergieran rápidamente. Pese a haber llenado las plazas de seguidores en aquella campaña electoral, el Frente Sandinista perdió tras obtener 41% de los votos frente a 54% de la alianza opositora encabezada por Violeta Chamorro. Sergio Ramírez fue quien llamó por teléfono desde la casa de campaña a Ortega para comunicarle que los primeros sondeos no iban como esperaban.

Tres años después de la derrota, junto a otros militantes históricos, llamó a una renovación interna del Frente Sandinista y apoyó una reforma constitucional que no era del agrado de su ex compañero. Tanto Daniel Ortega como otros dirigentes consiguieron arrinconarlo para quitarle influencias. Las diferencias internas se envenenaron y a través de la Radio Ya, propiedad del Frente, al igual que desde del diario Barricada, que pasó a dirigir Tomás Borge, ex Ministro del Interior, se lanzó una campaña de difamación contra Sergio. Para estos medios, era un “traidor” y se hablaba de una de sus hijas como “lesbiana”, una palabra que por entonces, y en un país machista como Nicaragua, resultaba devastadora. Todo ello forzó su salida definitiva del FSLN en enero de 1995. En una rueda de prensa, acompañado por toda su familia, anunció: “Renuncio de manera pública e irrevocable… El Frente Sandinista al que yo me incorporé hace veinte años ya no existe”.

—Yo era amigo de Daniel Ortega. Trabajábamos juntos, íntimamente, nos 
llevábamos muy bien. Nunca tuvimos diferencias profundas durante la revolución. Diferencias de trabajo sí había muchas. Las discutíamos. A veces chocábamos por decisiones, lo que era normal. Pero yo nunca le tuve ningún desafecto. Había viajes que hacíamos juntos por horas, él manejando y yo al lado, conversando de todo. Él se explayaba conmigo, con mucho humor. Nos burlábamos de muchas cosas que después teníamos que defender de manera formal.
—¿De qué se burlaban?
—De la arrogancia de algunas personas, de las falsedades de la política… Pero una cosa es el afecto personal y otra las diferencias políticas.
—¿No hubo nunca un acercamiento entre Daniel y tú, antes o después de tu partida?
—Creo que nunca nos sentamos a hablar. Una vez recuerdo que vino Jimmy Carter y se acercó a mí. ‘Mira, en qué puedo ayudar yo para que Daniel y tú se acerquen’. Ya estaban empezando las diferencias. ‘Presidente, no hay ninguna necesidad. El día que yo necesite hablar con Daniel Ortega, lo voy a hacer directamente’. Nunca lo hicimos. Pero yo creo que si hoy me volviese a encontrar con Daniel Ortega, tantos años después, nos saludaríamos con el mismo afecto. Yo no se lo he perdido. Creo que estas cosas es bueno entenderlas, porque en la política todo se llega a confundir.

Su salida de las filas sandinistas no significó la salida definitiva de la política. En 1995, Ramírez fundó el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), para presentarse a las elecciones del año siguiente. Casi sin apoyo económico, y contra toda esperanza, el resultado fue catastrófico: apenas lograron un diputado.

—Siempre has dicho que en un país normal nunca hubieras sido político. Es difícil entender por qué te presentaste a esas otras elecciones del 96 cuyo desenlace se sabía de antemano. Además, ¿no era que querías dedicarte a la literatura?
—Para mí era parte de lo mismo. Yo pensé que después del 90, la revolución estaba terminando de hundirse, con un giro autoritario que contradecía los ideales iniciales. Sentía que la revolución debía tener una continuidad democrática. Y…

Interrumpe una llamada telefónica de Antonina, su cuñada, preguntando por Cardenal. “Es terco”, contesta Sergio, “sabe que no puede viajar pero se fue a Alemania y ahora con neumonía… Luego te llamo”.

—Te decía que yo siempre creí que el progreso social y económico no tenía que contradecir el sentido de la libertad. Eso no se podía expresar así en los ochenta porque significaba traición. Después de la derrota, eso afloró y nos comenzamos a identificar decenas de compañeros en el Frente, no porque hubiésemos cambiado, sino porque creíamos en eso desde el principio. Publicamos un manifiesto por un sandinismo democrático, firmado por la crema y nata del Frente, los pensantes. A Daniel Ortega le cayó como una patada de mula y en un congreso extraordinario consiguió desplazarme.

Daniel Ortega volvió al poder en enero de 2006, tras 16 años de ser oposición, y fue reelegido en 2011 tras reformar los impedimentos constitucionales que existían contra las reelecciones a la presidencia. Aunque existe un vicepresidente, la auténtica mano derecha de Ortega es desde hace unos años su esposa, Rosario Murillo. El Frente Sandinista de hoy tampoco tiene nada que ver con el
de entonces. El gobierno de Ortega depende en gran medida de la ayuda venezolana y de los países del ALBA, y de proyectos faraónicos como la posible construcción de un canal interoceánico con capital chino. Sin embargo, aunque la política ya no es parte de su vida, Sergio Ramírez tiene algunos privilegios de aquel antiguo mundo.

—Viajas con pasaporte diplomático y percibes una pensión del Estado.
—La pensión me la siguen dando porque está en la ley. Bueno, es una pensión alta, porque la ley dice que debo recibir lo mismo que el actual vicepresidente como salario neto. Ahora, a los que me critican eso, aunque nadie me lo ha dicho de frente, cualquier día les puedo explicar en qué ocupo ese dinero. Porque tengo una fundación en Masatepe que cuesta mucha plata sostener, con una biblioteca de seis mil ejemplares. Ahora estamos remodelando una nueva casa para la sede de la fundación. En eso he invertido yo mis premios literarios y derechos de autor. La verdad es que no necesito mucho dinero para vivir.
—¿Ningún arrepentimiento?
—No creo en los arrepentimientos falsos. No puedo decir que el Sergio del pasado haría una cosa diferente.
—¿Alguna vez te has sentido responsable de muertes causadas por decisiones en las que participaste durante la revolución?
—Pues sí, claro, claro. Yo creo que ésa es una de las grandes tragedias en mi vida. Haber sido responsable de que tanta gente haya entregado su vida en sacrificio, incluyendo el riesgo de que mi propio hijo hubiese podido caer en combate. Pero yo creo que eso lo puedo decir ahora que, quizá, la lava se ha enfriado. Siempre pasan por mi mente las imágenes de los primeros que cayeron. Me embargaba un sentimiento de desmoralización. Cuento en Adiós muchachos el caso del Chato Medrano, al que acababan de operar del intestino grueso. Aún tenía el ano artificial y una bolsa donde descargaba los excrementos. Así se fue al combate y así lo mataron. Más que mi propia culpa o arrepentimiento, yo lo que pongo por delante es la disposición al sacrificio de esta gente, que fue capaz de entregar su vida sin esperar nada a cambio. Y es la única manera en que las revoluciones se llevan adelante.

La derrota electoral de 1996 supuso su vuelta definitiva a la literatura, y por la puerta grande. En 1998 presentó una novela al premio Alfaguara. Margarita está linda la marcuenta dos episodios de la historia de Nicaragua, ocurridos en la ciudad de León: el regreso de Rubén Darío a su patria en 1916, y el asesinato del primero de los Somoza por un joven poeta en 1956. Dotó a su texto con una particularidad: la recreación del lenguaje modernista de la época de Darío, apoyado en multitud de lecturas y fichas con las que suele documentar sus novelas. Al final hay una disputa pueril por saber quién se queda con el cerebro extirpado al cuerpo de Rubén Darío. Acabará expuesto en un prostíbulo: “Al fondo de la sala desnuda, la urna reposaba en una palangana de baños de asiento sobre el mueble más preciado del burdel, un canapé de talladuras fúnebres que semejaban una góndola. Los ci-
rios ponían en el cristal de la urna los reflejos violeta del permanganato que teñía la palangana, como si más allá del boscaje de ramas de madroño, corozos y resedas que enfloraba el altar, la medusa se agitara en las profundidades de una caverna submarina”.

En una antología de estudios críticos acerca de las novelas de Sergio Ramírez, editadas por José Juan Colín en marzo de 2013, el profesor Fernando Valerio-
Holguín, de la universidad de Colorado, compara a Ramírez con el Vargas Llosa de La Fiesta del Chivo, al entretejer elementos ficticios con hechos históricos, además de la intercalación de planos temporales y diálogos. Califica las novelas de Sergio como neorrealistas.

La fascinación de Sergio Ramírez por el poder va acompañada de burla. En Sombras nada más (2002), su novela sobre los albores de la revolución, aparece nuevamente el dictador que, debido a su incontinencia, defeca en una piscina rodeado de colaboradores sin que nadie se atreva a decir nada ni salir del agua.

El jurado del premio no lo tuvo fácil porque las opiniones estaban divididas entreMargarita y otra novela del cubano Eliseo Alberto, Caracol Beach. Al final Carlos Fuentes, el ángel literario de Ramírez, propuso, no ya que se dividiese el premio entre las dos novelas, sino que se otorguen excepcionalmente dos primeros premios, cada uno valorado en 175 mil dólares.

—Me puse muy contento porque con el premio Alfaguara pude pagar hasta el último centavo que debía de la campaña electoral del 96. Me dejó arruinado con 300 mil dólares de deuda, y eso que la mitad la pagó de su bolsillo un gran amigo, Will Graham. Me daba mucha vergüenza cuando salía a caminar por las mañanas en Managua, porque Raúl Obregón, a quien encargamos las encuestas, mi último acreedor, me cobraba en la calle. ‘Doctor, acuérdese: la deuda’, me decía. ‘Sí hooombre’, le contestaba yo, ‘no te preocupés. Yo te voy a pagar, aunque tenga que vender mi casa o lo que sea’. Yo sólo recordaba a mis padres, que le tenían horror a las deudas. Por fin le pagué a Raúl.

Alejado de las obligaciones de la política, ha vivido durante la última década su etapa más prolífica a nivel literario. Desde que cumplió 60 años, ha escrito cinco novelas, cinco libros de relatos; y una serie de antologías y ensayos que atesoran una obra cuantiosa y consolidada.

En los artículos de opinión que publica con frecuencia en El País de España y en medios latinoamericanos suele ser bastante crítico con el gobierno actual, y algunos editores aún cuelgan en su firma el cartel de “El autor de este artículo fue vicepresidente de Nicaragua”. Pero la mayor parte de las horas de un día de trabajo se centran en la actividad cultural. Dirige desde 2004 una de las revistas electrónicas de referencia en América Latina, http://www.caratula.net, y desde hace tres años, el festival de narrativa Centroamérica Cuenta que suele reunir a los autores regionales e internacionales más prestigiosos.

—En los noventa, Juan Cruz me dijo que sería difícil quitarme la camisa pública de político y ponerme la de escritor, pero que valía la pena intentarlo.

Hace más de una década, en la frontera con Costa Rica, una vivandera lo reconoció por la calle, como le sucede aún con mucha gente. Pero la mujer, en vez de llamarlo “vicepresidente”, le dijo: “Hombre, Sergio Ramírez, el escritor, ¿no?”.

—Entonces lo supe.

El hambre

Publicado: 8 abril 2015 en Martín Caparrós
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El rascacielos del Chicago Tribune, construido en 1925 en el centro del centro de Chicago, es una idea del mundo. Sube, alto y audaz, más pisos que los que entonces solían tener los edificios, pero tiene, a ras del suelo, la puerta de entrada de una catedral gótica: la tradición como base de la audacia moderna. Y un concepto del poder: empotrados en su frente hay trozos, piedras de otros edificios, como si éste se los hubiera deglutido – y digerido mal. Esos trozos dibujan un reino de este mundo: el Taj Mahal, la iglesia de Lutero, la Gran Muralla china, el muro de Berlín, el castillo de Hamlet en Elsinoor, el Massachussets Hall de Harvard, la casa de Byron en Suiza, la abadía de Westminster, el fuerte de El Álamo en Tejas, el Partenón en Atenas, el castillo real de Estocolmo, la catedral de Colonia, Notre Dame de París, la torre de David en Jerusalén. Son trocitos: los bocados del monstruo. Esos mordiscos armaron el Imperio Americano.

Se me cruzan respuestas: a veces se me cruzan intentos de respuesta pero, fiel a mí, prefiero hacerme el tonto. Cien, doscientas palomas revolotean en banda a buena altura: van, vienen, se cruzan, se confunden. No saben dónde ir; sus alas brillan en el aire, sus movimientos son una ola perdida, tan bella sin querer. De pronto aparece una paloma que llega de más lejos; las muchas se abren, la dejan pasar; la una se pone a la cabeza; las muchas vuelan tras ella, la siguen como si fueran una sola.

Chicago, tarde de invierno fiero, el viento revoleando.

Aquí, en estas calles, en alguna de estas calles, nacieron personas que admiro o que no admiro. Aquí, entre otros: Frank Lloyd Wright, Ernest Hemingway, John Dos Passos, Raymond Chandler, Ray Bradbury, Philip K. Dick, Edgar Rice Burroughs, Walter Elias Disney, Orson Welles, Charlton Heston, John Bellushi, Bob Fosse, Harrison Ford, John Malkovich, Robin Williams, Vincent Minelli, Kim Novak, Raquel Welch, Hugh Hefner, Cindy Crawford, Oprah Winfrey, Nat King Cole, Benny Goodman, Herbie Hancock, Patti Smith, Elliot Ness, John Dillinger, Theodore Kaczynski (a) Unabomber, Ray Kroc (a) McDonald’s, George Pullman, Milton Friedman, Jesse Jackson, Hilary Rodham Clinton –y siguen tantas firmas, que recuerdan que también somos made in Usa.

—Es muy simple, hermanos, es muy fácil: todo está escrito en este libro, y alcanza con aprender y obedecer lo que dice este libro para tener la mejor vida posible, aquí y en la eternidad, toda la eternidad.

Grita, parada en la vereda, una señora negra treinta y tantos, pelo largo planchado, bluyín y chaquetón, anteojos grandes, culo grande, la sonrisa tremendamente compasiva. La señora habla y habla pero nadie se decide a escucharla.

—Miren, vengan: alcanza con aprender y obedecer para tener la mejor vida…

Aquí, en estas calles, hay miles de personas apuradas, hay viento, hay un gran lago que parece un mar y alrededor, más homogéneo, más poderoso aún que en Nueva York, el capitalismo concentrado y refulgente bajo forma de edificios como castillos verticales: superficies de piedra, acero, vidrio negro que colonizan el aire, lo fragmentan, lo transforman en un tributo a su poder. El aire, aquí, es lo que queda entre esas fortalezas, y las calles anchas, limpias, tan cuidadas, son el espacio necesario para que se luzcan. No sé si hay muchos lugares donde un sistema –de ideas, de poder, de negocios– se haya plantado con semejante imperio. Chicago –el centro de Chicago– es una ocupación brutal, absoluta del espacio. Durante muchos siglos ésa era la tarea del rey, que erigía su palacio o fortaleza, y de su Iglesia, que una catedral, para marcar de quién era el lugar: para imprimir en el espacio su poder. En cambio aquí son docenas de empresas poderosas las que llenan el aire con sus edificios, y nada desentona.

Chicago es un festival de la mejor arquitectura que el dinero puede comprar: cuarenta, cincuenta edificios corporativos construidos en los últimos cien años, cada uno de los cuales calificaría como el mejor de Buenos Aires, dos o tres de los cuales calificarían entre los diez mejores de Shanghái –porque así está el mundo. Uno de los primeros diseñadores de la ciudad, Daniel Burnham, escribió en 1909 la idea básica: “No hay que hacer planes modestos, porque no tienen la magia necesaria para calentar la sangre de los hombres”. Aquí los edificios tienen la magia necesaria, la labia requerida: explican, sin la sombra de una duda, quiénes son los dueños. Entre las fortalezas no hay edificios modestos, negocios de chinos transplantados, restos de otro orden, callejones, basura: todo es la misma música. Money makes the world go round, canta Liza Minelli –su padre nació aquí–, y Pink Floyd le contesta: Money,/ it’s a crime./ Share it fairly/ but don’t take a slice of my pie.

La señora negra treinta y tantos se toma un respiro: debe ser duro hablar sola tanto rato. Entonces un hombre blanco de 50 o 60, sucio, barba descuidada, chaqueta de duvé verde muy gastada –un sinhogar, les dicen–, se le acerca y le pregunta si está segura de que con aprender y obedecer alcanza:

—Si no estuviera segura no lo diría, ¿no lo cree?
—No, yo no.

En estas calles las veredas están limpias impecables, las vidrieras brillan; pasan señores y señoras que llevan uniforme de trabajo: trajecito de pollera o pantalones para ellas, sus tacos, sus carteras; traje oscuro con camisa clara para ellos. El hombre blanco –se ve– no quedó satisfecho con la respuesta de la mujer negra y vuelve a su refugio, diez metros más allá: su refugio es un cartón en el suelo y sobre el cartón un bolso reventado, una manta marrón o realmente sucia, un plato de plástico azul con un par de monedas. Al costado de su refugio tiene un cartel que dice que tiene hambre porque no tiene trabajo ni nadie que le dé de comer: “Tengo hambre porque no tengo trabajo ni quién me dé de comer”, dice el cartel escrito con marcador negro sobre otro pedazo de cartón. Su cartel no pide; explica.

Las veredas están limpias impecables, vidrieras brillan y abundan los mendigos: cada 30 o 40 metros hay uno sentado en la vereda limpia etcétera, dos, tres, cuatro por cuadra sentados en la vereda limpia etcétera con carteles que dicen que no tienen comida.

—Todo está escrito en el libro, mis amigos. Si ustedes no lo leen, si ustedes no lo siguen, la culpa es toda suya. La condena será toda suya, mis amigos.

Grita la mujer negra.

Cuando funciona es cuando más me deprime. En Calcuta, en Madaua, en Antananarivo siempre se puede pensar en la falla, en lo que queda por lograr. Ésta es una de las ciudades más exitosas del modelo más exitoso del mundo actual: Chicago, USA. Y todo el tiempo la sensación de que no tiene gran sentido: tanto despliegue, tantos objetos, tanto reflejo, tanta tentación tonta. La máquina más perfecta, más inútil. Gente que se esfuerza, que trabaja muchas horas por día para producir objetos o servicios relativamente innecesarios que otras personas comprarán si consiguen trabajar muchas horas por día produciendo objetos o servicios relativamente innecesarios que otras personas comprarán si consiguen trabajar muchas horas por día produciendo objetos o. Como si un día fuéramos a despertarnos amnésicos –por fin amnésicos, gozosamente amnésicos– y preguntarnos: ¿y para qué era que era todo esto?

(Lo necesario –lo indispensable– es un porcentaje cada vez menor de lo que nuestro trabajo nos provee. Más aún: el grado de éxito de una sociedad se mide por la proporción de mercaderías innecesarias que consume. Cuanta más plata gasta en lo que no precisa –cuanta menos en comida, salud, ropa, vivienda–, suponemos que mejor le ha ido a ese grupo, ese sector, ese país.

Aunque, también: ¿qué pasaría, en un mundo más igualado, con todas esas cosas bellas que sólo se hacen porque hay gente a la que le sobra mucha plata? Aviones coches barcos casas de vanguardia relojes finos grandes vinos el iphone los tratamientos médicos personalizados. ¿Un desarrollo igualitario siempre es más lento y más oscuro?).

Aquí supo haber mártires. Durante muchos años, para mí, Chicago fue un nombre con dos significados: el lugar donde Al Capone y sus muchachos mataban con ametralladoras primitivas en películas que se veían en blanco y negro aunque fueran color; el lugar donde miles de trabajadores encabezaron las luchas por la jornada de ocho horas y, en 1886, cuatro fueron colgados por eso: los Mártires de Chicago se volvieron una figura clásica de los movimientos obreros, y la razón por la cual el 1º de Mayo se convirtió en el Día del Trabajo en casi todo el mundo –salvo, faltaba más, en los Estados Unidos de América.

Treinta y ocho años antes, en 1848, mientras el señor Marx publicaba en alemán y en Londres su Manifiesto Comunista, mientras Europa se rebelaba contra sus varias monarquías, aquí en Chicago capitalistas entusiastas veían en esa confusión grandes oportunidades de negocios. Aquí en Chicago, ese año, se inauguraba el canal fluvial y los primeros trenes que la conectarían con la costa y la convertirían en el gran centro del comercio de carnes y cereales del norte; ese año se terminaban de construir los primeros elevadores de granos a vapor, unas máquinas ingeniosas que permitían usar silos de un tamaño nunca visto; ese año, también, se abrió una sala donde los granjeros que vendían sus productos y los comerciantes que los compraban se reunían a negociarlos: el Chicago Board of Trade, el ancestro del Chicago Mercantile Exchange o, dicho de otro modo: el mercado que ahora decide los precios de los granos en el mundo.

—Todo está escrito en el libro, mis amigos.

Grita la mujer negra.

El edificio tiene 200 metros de alto; es una masa maciza, impenetrable, de piedras grandes y ventanas chiquitas y arriba, en lo más alto, una estatua de diez metros de Ceres, la diosa romana de la agricultura: maíz en una mano, en la otra trigo. Abajo, junto a la puerta, unas letras talladas dicen Chicago Board of Trade; el edificio fue inaugurado en 1930, mientras los Estados Unidos caían en la crisis más bruta de su historia. A sus lados, dos edificios del más riguroso neoclásico, de cuando los americanos descubrieron que eran un imperio –y quisieron parecerse al más famoso–: el edificio neoclásico de un viejo Banco Continental que ahora compró el Bank of America; el edificio neoclásico de la Reserva Federal, sucursal de Chicago. Las banderas de estrellas están por todas partes: el poder hecho piedras y banderas.

—Bienvenido.

Me dice Leslie, la mejor sonrisa, una chaqueta rosa, de un rosa muy rosado. Leslie –llamémoslo Leslie– es corredor de una de las cuatro o cinco grandes cerealeras del mundo, una empresa que mueve decenas de miles de millones de dólares por año, y va a llevarme a conocer la Bolsa a condición de que no diga su nombre ni el nombre de su empresa. Leslie –llamémoslo Leslie– se da cuenta de que lo miro raro y me explica que la chaqueta es, cómo decirlo, un accidente:

—Es el mes de concientización sobre el cáncer de mama, la usamos para hacer que la gente piense en el cáncer de mama.

Me dice, y que es una buena causa y que siempre es bueno colaborar con una buena causa. Después me dice que entremos, que tenemos mucho por recorrer: que la Bolsa es un mundo, dice, todo un mundo.

—Esto es un mundo con sus propias reglas. A primera vista pueden parecer raras, difíciles, como si quisiéramos que los de afuera no supieran lo que pasa acá adentro. Pero yo te las voy a explicar hasta que las entiendas.

Me dice, me amenaza.

El piso –se llama “el piso”– de la Bolsa de Chicago tiene más de 5.000 metros cuadrados, media hectárea de negociantes y computadoras y tableros electrónicos. El piso de la Bolsa de Chicago es como una catedral: una gran nave vagamente redonda de techos altísimos y, justo bajo el techo, muy arriba, en el lugar de los vitrales de los santos, una guarda de luz que la rodea: miles de cifras en marquesinas de diodos verdes, rojos y amarillos, cotizaciones, cantidad de compras y de ventas, subas y bajas, pérdidas y ganancias: la razón comerciante hecha cifras que cambian todo el tiempo.

Más abajo, aquí abajo, el piso de la Bolsa de Chicago está dividido en pozos –pits– con funciones distintas: hay pozo de maíz, de trigo, de opciones de maíz, de opciones de trigo, de aceite de soja, de harina de soja. Cada pozo es un círculo de diez metros de diámetro rodeado por tres filas de gradas. Adentro, de pie, tres o cuatro docenas de señores, muchos con su chaqueta rosa, parecen aburridos: unos miran la pantalla que les cuelga de la cintura, otros leen un diario, alguno mira el pelo del de al lado, la ropa del de al lado, el tedio del de al lado, otro la punta de sus zapatos relucientes; muchos miran el techo, miran las cifras de las marquesinas o sus tabletas donde tienen más cifras, más cotizaciones –hasta que, de pronto, alguien grita algo que nunca logro entender, y se despiertan. Gritan y se miran: un gallinero sin gallinas, puro gallo educado pero gallo. Enarbolan talonarios en blanco, se hacen gestos con las manos y los dedos, miran nerviosos las pantallas de cintura, los números del techo. Por un minuto, dos, todos cacarean, lanzan manos al aire, ensayan aspavientos; después, tan súbito como empezó, el movimiento se vuelve a disolver en catatonia.

—Acá todo tiene un sentido. O, por lo menos, nos gusta creerlo.

Dice Leslie –llamémoslo Leslie–, y me explica que los meneos de las manos –la palma hacia afuera o hacia adentro, los dedos juntos o separados, a la altura del pecho o de la cara– quieren decir compro o vendo, cuánto, a cuánto, y que se entienden.

—Pero la mayor parte del tiempo parecen aburridos.
—Bueno, porque ahora casi todo se hace en las pantallas. Hace unos años había días que acá no se podía ni caminar de tan lleno que estaba.

Ahora se puede. Las tormentas intermitentes de los gallos son como un dinosaurio bipolar, una mímica en honor al pasado venturoso. Todo parece un poco forzado, como fuera de lugar; así era este negocio hasta hace diez o quince años. Ahora todo esto es una parte muy menor. La mayoría –más del 85 por ciento en estos días, y la cifra avanza– se hace en otro lugar, en ningún lugar, en las pantallas de las computadoras del mundo, en los rincones más lejanos. Chicago ya no es Chicago; es otra abstracción globalizada.

Después le pregunto a Leslie –llamémoslo Leslie– si cree que este lugar, el templo, va a durar:

—En algún tiempo esto va a desaparecer, ¿no?
—Es difícil pensar que puede desaparecer. Ya lleva más de 150 años, y yo me he pasado la mitad de mi vida acá. ¿A vos te parece que puedo pensar que no va a estar más?
—No sé. ¿Pero creés que va a desaparecer?
—Sí. Supongo que a mediano plazo sí.

Pero, todavía, en los pozos de cada grano –en las pantallas de las computadoras– miles y miles de operaciones incesantes van “descubriendo” el precio a través de la oferta y la demanda. Chicago ya no es el lugar donde todo se compra y se vende pero sigue siendo el que fija los precios que después se pagarán –se cobrarán– en todo el mundo. Los precios que definirán quién gana y quién pierde, quién come y quién no come.

Recuerdo, de pronto, tardes en Daca, noches en Madaua pensando cómo sería este lugar, donde tanto se juega. Y supongo –pero es injusto o no tiene sentido o no tiene sentido y es injusto– que aquí nadie pensó nunca en Daca ni en Madaua.

—El mercado es el mejor mecanismo de regulación para mantener los precios donde deben estar. Nadie puede controlar un mercado, ni siquiera los especuladores más poderosos.

Me dice Leslie.

—Este lugar ayuda a bajar los costos de la comida en todo el mundo.

Me dice otro corredor, un señor bastante gordo que transpira copioso. Yo intento no juzgar lo que me dice: le pregunto cómo.

—Creando un mercado transparente que provee liquidez a todos los involucrados. Se necesita que haya gente y empresas que arriesguen su dinero para que el mercado pueda funcionar. Eso es lo que hacemos. Y, por supuesto, ganamos plata con eso, si no no lo haríamos.

Lo escucho, no hago muecas. La Bolsa de Chicago sirvió –dicen– para estabilizar los precios. Su gran invento, mediados del siglo XIX, fue el establecimiento de contratos a futuro –los “futuros”–: un productor y un negociante firmaban un documento que los comprometía a que en tal fecha el primero le vendería al segundo tal cantidad de trigo por tanto dinero, y la Bolsa garantizaba que ese contrato se cumpliría. Así los granjeros sabían antes de cosechar cuánto cobrarían por sus granos, los compradores que los procesarían sabían cuánto tendrían que pagarlos. Era –se suponía– una función muy útil del famoso mercado.

La explicación más clara me la dará, tiempo después, en Buenos Aires, Iván Ordóñez, que entonces trabajaba como economista de uno de los mayores sojeros sudamericanos, Gustavo Grobocopatel.

—¿Qué es la agricultura, en el fondo? Es agarrar un montón de plata, enterrarla, y en seis meses desenterrar más plata. El problema es que en el momento de plantar yo sé cuánto me cuesta la semilla, el trabajo, el fertilizante, pero no sé a cuánto se va a vender el grano en el momento de cosechar. Como tengo incertidumbre respecto del ingreso, porque el resultado depende del clima y eso lo hace muy volátil, lo tengo que asegurar. Y lo mismo le pasa al industrial que necesita mi soja para transformarla en harina, o al criador que necesita esa harina para alimentar sus animales. Entonces lo que podemos hacer es ponernos de acuerdo, sobre la base de una serie de datos pasados y presentes, sobre un precio para cuando se coseche. Ésos son los contratos a futuro: obligaciones de compra y venta de algo que hoy no existe. Por eso se dice que éste es un mercado de “derivados”: porque los precios a futuro derivan de los precios actuales de esos mismos productos. Eso me ayuda a estabilizar el precio. Como el mercado necesita volumen, no solamente participo yo que produzco soja y vos que la comprás, sino también un chabón que cree que el precio que nosotros pactamos es poco o es mucho. Ese tipo, que se llama especulador, lo que hace es darle volumen y liquidez al mercado, y consigue que los precios de esos futuros sean confiables.

Cuando escucho la palabra confiable, decía el otro, saco mi revólver.

Hay quienes sostienen que el mercado de las materias primas alimentarias funcionó con esas normas durante mucho tiempo. Pero algo empezó a cambiar a principios de los noventas; nadie, entonces, lo notó; muchos, después, lo lamentaron.

—Ahora hay jugadores nuevos, bancos y fondos que se involucraron en todo esto; antes era un mercado para productores y consumidores, y ahora se ha vuelto un lugar para el juego financiero, la especulación.

Estados Unidos salía de los años de Reagan, cuando millones de puestos de trabajo habían desaparecido –y millones de trabajadores habían sido despedidos– para que las grandes corporaciones pudieran “relocalizar” sus fábricas en otros países, cuando el salario de los trabajadores que quedaban se estancó aunque su productividad subió casi un 50 por ciento, cuando los impuestos a los más ricos bajaron a la mitad. Cuando esos ricos tenían, por todas esas razones y un par más, mucho dinero ocioso y querían “invertirlo” en algo que les sirviera para tener más.

—A mí no me gusta mucho, pero qué puedo hacer. Tengo que seguir jugando, es mi trabajo.

Leslie – llamémoslo– me explica los mecanismos del asunto. Al cabo de un rato se da cuenta de que no termino de entenderlos y trata de tranquilizarme:

—Todo esto se puede sintetizar muy fácil: todos estos muchachos quieren ganar plata. ¿Cómo hacen para ganar plata? Ahora hay muchísimas maneras. Hay que conocerlas, ser capaz de manejarlas: tomar posiciones a mediano plazo, a largo plazo, entrar y salir de las posiciones en dos minutos. Cada vez hay más formas de ganar plata con estos asuntos.

Hay países del mundo –como éste– donde se puede decir que uno hace algo sólo para ganar plata. Hay otros donde no. Pero, en general, es duro decir que uno hace subir el precio de los alimentos sólo para ganar plata. Entonces hay justificaciones: que en realidad los granos suben por el aumento de la demanda china, la presión de los agrocombustibles, los factores climáticos. Leslie –llamémoslo Leslie– es una persona encantadora, henchida de buenas intenciones. Sus amigos –los corredores que me presenta en el piso de la Bolsa de Chicago– también lo parecen. Algunos trabajan para las grandes corporaciones cerealeras, otros para los bancos y fondos de inversión, otros son autónomos que juegan su dinero comprando y vendiendo –y deben tener el respaldo de una financiera que les cobra comisiones por todo lo que hacen. Todos amables, entusiastas, personas tan preocupadas por el destino de la humanidad. Personas que me hacen preguntarme para qué sirve hablar con las personas. O dicho de otra manera: para qué sirve la percepción que las personas tienen de lo que hacen. Para qué, más allá de la anécdota.

—¿Y a veces piensan cuál es el costo de lo que hacen en el mundo real?
—¿A qué tipo de costo te referís? ¿El costo económico, el costo social? ¿De qué costo estás hablando?

2

“La historia de la comida dio un giro ominoso en 1991, en un momento en que nadie miraba demasiado. Fue el año en que Goldman Sachs decidió que el pan nuestro de cada día podía ser una excelente inversión.

“La agricultura, arraigada en los ritmos del surco y la semilla, nunca había llamado la atención de los banqueros de Wall Street, cuya riqueza no venía de la venta de cosas reales como trigo o pan sino de la manipulación de conceptos etéreos como riesgo y deudas colaterales. Pero en 1991 casi todo lo que podía convertirse en una abstracción financiera ya había pasado por sus manos. La comida era casi lo único que quedaba virgen. Y así, con su cuidado y precisión habituales, los analistas de Goldman Sachs se dedicaron a transformar la comida en un concepto. Seleccionaron 18 ingredientes que podían convertir en commodities y prepararon un elixir financiero que incluía vacas, cerdos, café, cacao, maíz y un par de variedades de trigo. Sopesaron el valor de inversión de cada elemento, mezclaron y cifraron las partes, y redujeron lo que había sido una complicada colección de cosas reales a una fórmula matemática que podía ser expresada en un solo número: el Goldman Sachs Commodity Index. Y empezaron a ofrecer acciones de este índice.

“Como suele pasar, el producto de Goldman floreció. Los precios de las materias primas empezaron a subir, primero despacio, más rápido después. Entonces más gente puso plata en el Goldman Index, y otros banqueros lo notaron y crearon sus propios índices de alimentos para sus propios clientes. Los inversores estaban felices de ver subir el valor de sus acciones, pero el precio creciente de desayunos, almuerzos y cenas no mejoró nada la vida de los que intentamos comer. Los fondos de commodities empezaron a causar problemas”.

Así empezaba un artículo revelador, publicado en 2010 en Harper’s por Frederick Kaufman, titulado ‘The food bubble: How Wall Street starved millions and got away with it’.

—La comida fue financializada. La comida se volvió una inversión, como el petróleo, el oro, la plata o cualquier otra acción. Cuanto más alto el precio mejor es la inversión. Cuanto mejor es la inversión más cara es la comida. Y los que no pueden pagar el precio que lo paguen con hambre.

Yo había buscado una foto suya en internet, para reconocerlo en el bar de Wall Street donde me había citado; en la foto, Kaufman tenía una camiseta blanca, barba de cuatro días, el pelo alborotado y la sonrisa ancha: un grandote levemente salvaje. Pero esa tarde vi llegar a un señor casi bajito envuelto en traje azul atildado correcto con su camisa impecable y su corbata, llevando de la correa a su caniche blanco. Después me dijo que venía de un almuerzo y que lo disculpara por el perro pero estos días andaba tan ocupado presentando su último libro, Bet the Farm, y que en algún momento tenía que sacarlo. Fred Kaufman se sentó y me dijo que teníamos una hora.

—A principios de los noventas los ejecutivos de Goldman Sachs estaban a la búsqueda de nuevos negocios. Y su filosofía de base, la filosofía de base de los negociantes, es que “todo puede ser negociado”. En ese momento tuvieron la astucia de pensar que las acciones y bonos de deuda y todo eso quizá no tendrían tanto valor en el largo plazo; que lo que siempre tendría valor era lo más indispensable: la tierra, el agua, los alimentos. Pero estas cosas no tenían volatilidad, y eso era un problema para los traders. Toda la historia de los mercados de alimentos, y la historia de la civilización, consistió en tratar de dar cierta estabilidad a los precios de un producto muy inestable. La comida es fundamentalmente inestable, porque hay que cosecharla dos veces por año, y esa cosecha depende de una serie de cuestiones que no podemos manejar: la meteorología, sobre todo. Pero la historia de las civilizaciones depende de esa estabilidad. La civilización se hizo en las ciudades; allí aparecieron la filosofía, las religiones, la literatura, los oficios, la prostitución, las artes. Pero la gente de las ciudades no produce comida, así que había que asegurar que pudieran comprarla a un precio más o menos estable. Así empezó la civilización en el Medio Oriente. Y, muchos siglos después, en América también fue así. Durante el siglo XX los precios del grano fueron muy estables –salvo en breves períodos inflacionarios– y este siglo fue el mejor para este país.

El caniche era paciente, educado. Mientras su dueño hablaba él lo miraba, quieto como si no lo hubiera escuchado tantas veces. Fred Kaufman era un torrente de palabras:

—Los banqueros no entienden los beneficios de tener un precio estable para los alimentos; lo que entienden, al contrario, es que si hay más volatilidad ellos van a hacer más dinero a lo largo de mucho tiempo, porque la demanda de alimentos nunca va a desaparecer; al contrario, va a aumentar siempre. Entonces les interesaba crear las condiciones para atraer grandes capitales a estos mercados y, sobre todo, para mantener esos capitales allí y hacer mucha plata manejándolos. Eso es lo que querían: plata. A ellos no les importan los mercados, no les importan los alimentos; les importa la plata. Para eso debían convertir ese mercado, que durante un siglo sirvió para mantener la estabilidad de los precios y la seguridad de los productores y consumidores, en una máquina de producir volatilidad y, por lo tanto, de producir dinero: para eso crearon su Índex, que les permitió atraer los capitales de muchos inversores y manejarlos. Y eso produjo un aumento sostenido de los precios. En unos años triplicaron los precios del grano; sí, lo triplicaron, y millones de chicos se murieron, felicitaciones. Todos los especuladores predicen que los precios de los alimentos se van a duplicar en los próximos veinte años; si eso sucede, y los habitantes de los países pobres tienen que gastar el 70 u 80 por ciento de sus ingresos en comida, la primavera árabe será una fiesta de quince al lado de lo que va a pasar en el mundo. Hay gente que cree que eso no va con nosotros, que no es nuestro problema. Acá estamos a dos cuadras del Ground Zero: creo que ya nos dimos cuenta de que en el mundo hay gente que está muy enojada con nosotros y que pueden hacer cosas que pueden afectarnos.

Dijo Kaufman, y su caniche blanco lo miró preocupado.

Pero ahora, en Chicago, en pleno piso, Leslie trata de explicarme el mecanismo. Me cuesta; pasa un rato largo hasta que creo que entiendo algo:

Supongamos que quiero hacer negocios. Yo, por supuesto, no he visto un grano de soja en mi vida, pero puedo vender ahora mismo una tonelada para entregar el 1 de septiembre de 2014 –un futuro– al precio del mercado: digamos que 500 dólares. Todo mi truco consiste en esperar que el mercado se haya equivocado y la tonelada de soja valga, fin de agosto, 450 dólares. Porque yo, que nunca tuve soja, podré comprar entonces por ese precio la tonelada que debo entregar –y me habré ganado 50 dólares. O, mejor, vender mi contrato para que otro lo haga –y quizás, entonces, gane 49. O, si soy impaciente o quiero alfombrar mi baño o dedicarme full time a la pintura prerrafaelista, podría venderlo en cualquier momento entre ahora y septiembre 2014. Mañana, por ejemplo, si la “soja septiembre 2014” sube un dólar y tengo ganas de hacer plata rápida.

Pero también, me explica Leslie, podría ser que la soja septiembre 2014 termine a 600 dólares y yo habré perdido 100, por ejemplo. Para evitarlo, me dice, podría ser más sofisticado y comprar, en lugar de un contrato a futuro, una opción. Una opción es un contrato que me da el derecho –pero no la obligación– de vender una tonelada de soja a 500 dólares la tonelada en septiembre próximo. Por eso le voy a pagar al que se compromete a comprármela a un precio –digamos 20 dólares. Si llega octubre y la soja está a 450, habré ganado 30, porque el tipo que me vendió la opción está obligado a comprarme a 500 dólares la soja que yo podré comprar a 450; menos 20 que me costó ese derecho, son 30. Entonces puedo vender mi opción a 30, o 29, y ganar ese dinero directamente, sin hacer la operación. Y el que me la compra especula con que una semana después la soja esté a 445 y entonces en esa semana habrá ganado 5 dólares más, y así de seguido. Y si la soja termina a 600 yo habré perdido sólo 20: no ejerzo mi opción y ahí se acaba todo.

—Uffff.

Ésa es la teoría, que no tiene nada que ver con la práctica. En la práctica esas opciones se compran y se venden todo el tiempo, sin parar: en última instancia, el precio de la soja en septiembre 2014 o pasado mañana o el mes próximo es sólo un número que hay que prever con la mayor precisión posible para poder apostar con éxito sobre sus variaciones, pero sería lo mismo que fuera la temperatura de St. Louis Missouri a lo largo de las próximas 24 horas o la cantidad de eructos en una cena de negocios de catorce vendedores de cilicio líquido. Podría ser cualquiera de esas cosas y tantas más, pero si fueran no cambiarían las vidas de millones: aquí el precio de los granos es la base para un juego de especulaciones; fuera de aquí, es la diferencia entre comer y no comer.

Aquí, mientras tanto, el negocio está en sacar provecho de las pequeñas diferencias diarias u horarias o minuteras en la cotización; esas ínfimas variaciones, si las cantidades son importantes, producen diferencias sustanciales. Y todo gracias a los errores de cálculo del mercado que, para fortuna de sus cultores, siempre se equivoca.

Es curioso: los que trabajan en el mercado, los que cantan las más encendidas loas al mercado, los que viven tan pingües gracias al mercado, trabajan con los errores del mercado. Y ninguno dice –con sus whiskies en el bar, en sus artículos de The Economist, en sus clases de las escuelas de negocios– lo que me gusta del mercado es que siempre se equivoca.

Pero el error del mercado es condición de sus negocios. Si no se equivocara, si la soja futura septiembre 2014 negociada esta mañana a 500 costara 500 en septiembre 2014, este templo estaría desierto, no habría forma de hacer negocios con todo esto. Nadie lo dice: cantan sus Panegíricos, difunden la Palabra, te dicen que el Mercado es la cura para todos los males.

Viven de sus errores.

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Este texto pertenece al libro El Hambre, que publicado la editorial Anagrama.

La estación de trenes de Frankfurt queda justo frente al hotel donde se hospeda Hebe Uhart. Ella y un grupo de escritores, una reducida pero notable delegación argentina, están en la ciudad para la Feria. Hebe tiene preparadas todas sus conferencias para las mesas del stand nacional, prolijamente impresas. Pero no se queda todo el día en la feria: es caminadora y curiosa; quiere conocer. Pasa bastante tiempo en la estación porque le gusta el mercado con sus puestos turcos, el amabilísimo señor de la cervecería que trata de hacerse entender, el restorán al paso de comida china. Es un pequeño mundo y a Hebe Uhart le gustan los pequeños mundos, con sus rituales y lenguajes, aunque aquí todos hablan alemán y no entender nada la desespera un poco.

Una noche, antes de volver al hotel, después de una cena bastante copiosa, Hebe Uhart y los escritores que la acompañan se detienen a mirar a un chico, de unos veinte años, que claramente vive en la calle, duerme en la estación, y tiene como mascota un hurón, ese animal de hocico puntiagudo y ojos tiernos, doméstico pero levemente salvaje.

Hebe se para frente al animal, le apunta con el dedo.

—¡Cuis!— dice, en voz alta.

El chico, la mira: parece desconcertado.

—¡Cuis!— repite ella, bien claro, como si eso facilitara la comunicación. —¿Es un cuis sí o no?

La decepciona un poco comprobar que no, que no es un cuis. Se queda un rato jugando con el animalito y tratando de hablar con su dueño. Tiene un poco de nostalgia, parece. Horas después, bien temprano por la mañana, conseguirá que un taxista la lleve al zoológico. No podrá convencer a ninguno de los escritores para que la acompañen. Pero Hebe Uhart no se ofende ni se resiente por cosas así. La visita a la jaula de los monos, dice cuando vuelve al hotel, al mediodía, estuvo buenísima.

En su último libro, “Un día cualquiera” cuenta sobre los monos que le gusta ver. En el cuento “Hola, chicos” se lee: “En el zoo de Buenos Aires hay una jaula con papiones. El cartel indica: ‘Papión sagrado de la India’. He ido a visitarlos tres veces; iría una cuarta. Siempre que voy me detengo antes frente del mono araña marimoña, que es el mejor equilibrista que he visto”. Pasar una tarde con Hebe Uhart es así: está llena de charlas sobre monos y novios; conversaciones largas, de pequeñas aventuras, de literatura involuntaria.

***

Hebe Uhart ve y escucha atentamente y registra, registra sin parar, se le nota en la mirada inquisidora de sus ojos pequeños y oscuros. Elvio Gandolfo, escritor y crítico, amigo, que la conoce y admira desde hace más de cuarenta años, escribió: “Hebe Uhart se encuentra entre aquellos escritores donde un modo de mirar produce un modo de decir, un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector”. Fogwill dijo alguna vez que Hebe era la mejor escritora de la Argentina.
Ella, ya lejos de Frankfurt, en su departamento de Almagro, sirve el lemoncello que le regaló una alumna de su taller de narrativa, abre la ventana que da a un balcón con plantas preciosas, azaleas, santa ritas, y dice:

—Bah.

Y después:

—Cuando uno escribe, si es bueno, le termina llegando el reconocimiento. Mirá que voy a ser la mejor escritora de la Argentina, ¿qué quiere decir eso? Nada.

No hay falsa modestia. Incluso la incomoda ese reconocimiento que llegó todo junto, especialmente después de la publicación de sus “Relatos reunidos” (2010). Y quiere cambiar de tema, rápido. Hablar, por ejemplo, de otro viaje, el que hizo a Bolivia cuando era “muy jovencita”. “Lo hice hace cincuenta años. Fui de turismo. Primero a La Paz y después a Perú, en tren. Fui con dos amigas, una era un personaje tipo princesa en su camarote. Se parecía a Jeanne Moreau. Después fuimos a Perú. Yo tengo primos peruanos. Los hermanos de mi abuela emigraron a Lima y mi abuela emigró acá. Tengo un primo peruano de mi misma edad que me llevó por Lima y he vuelto como cuatro veces”.

A Hebe le gusta viajar, le gustó siempre. Ese placer es obvio en sus dos libros de crónicas de viaje, “Viajera crónica” (2011) y “Visto y oído” (2012). La Patagonia, Ecuador, Córdoba, Roque Pérez, pueblos de la provincia de Buenos Aires con pasajes así: “Para variar, le pedí que me hablara de las costumbres de los animales. Me dijo: el caballo es mejor guardián que el perro, yo tenía uno que con el hocico me abría la tranquera, al caballo hay que saber palenquearlo. Uno ve a un caballo de frente y es un cristiano”, escribe. No tiene sueños de viajes a lugares grandiosos: no piensa en la China ni en la India.

—No entendería nada, sería como un asalto a los sentidos. ¿Cómo hago yo para absorber todo eso? Tampoco me gusta la naturaleza plena, no me gusta el glaciar ni las ballenas. A mí me gustan los pueblos chicos, porque son abarcables, porque se los camina y se los conoce.

Y porque, claro, en los lugares más chicos la gente está dispuesta a saciar la voraz curiosidad de la escritora: ella pregunta, quiere saber; charlar con ella es ser entrevistado. Sabe cuándo detenerse y tiene calculados los límites del pudor. Ella es pudorosa aunque, dice, todos sus cuentos son en alguna medida autobiográficos y los de “Un día cualquiera”, aún más. “En la peluquería” relata sus horas en la peluquería de Medrano y Rivadavia, a la que va seguido.

Mientras se hace los pies, habla con María. Hebe nunca se pinta las uñas, no le interesa, no tiene tiempo. Desde hace unos años, está particularmente intrigada con los animales.

—Es muy curiosa —dice María, sentada en uno de los cuartitos de depilación de la peluquería—. De chica yo vivía en Corrientes, éramos muchos hermanos y teníamos animales: monos, avestruces, loros, perros, gatos. Hebe pregunta mucho por el mono. Quiere saber cómo la convivencia con el mono.
—¿Y vos qué le decís?
—Que el mono es muy inteligente, quizá más que nosotros.
María le recomendó varias veces un viaje a los esteros del Iberá: ahí podría ver de cerca a los animales. Hebe lo viene planeando hace rato, aunque no sabe bien cuándo, porque en el verano hace demasiado calor.

Escribe Hebe: “Cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo de Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo frío y blanco, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y el bosque”.

Alertado por María, Maximiliano, el dueño, buscó el texto en internet. “Yo no soy mucho de leer, pero me gustó. Alguien te cuenta que fue a la peluquería y decís “qué aburrido”, pero ella no, lo hace entretenido, te enganchás”, dice Maximiliano detrás de uno de los mostradores de Caprice: en el cuento el nombre de la peluquería es el mismo.

Ese relato son sus peripecias y lucecitas diarias pero también, como siempre, la novela familiar: Moreno, la familia inmigrante y el ascenso social; su tía loca que tiraba baldes de agua a las paredes y humedecía la casa para siempre, protagonista de decenas de cuentos; su experiencia como docente en colegios rurales, los vecinos, los viajes a Buenos Aires a comprar ropa. Su mundo, cartografiado en detalle, hasta que no queda un recoveco de la memoria que no haya sido aireado y de ese rincón sale la frase rescatada, elegida, ese asombro, el humor oblicuo, una forma de escribir que mezcla el estupor con la filosofía, la atención y el tesoro: como si lo más normal fuera rarísimo. Uno de sus cuentos más famosos, “El budín esponjoso”, de 1977, empieza: “Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que les faltara alguna cosa: por eso se comen sin parar”. Después de leer esto, ya no se puede comer galletitas de la misma manera, sin pensar en esa tercera dimensión ausente. Elvio Gandolfo escribía en su prólogo para “Camilo asciende”, (de 1987): “Lo que la convierte a la vez en un ejemplo muy poco frecuente de penetración filosófica o antropológica y en portadora de un humor opresivo, desopilante, es que se incluye a sí misma en esa mirada, a través de sus distintos alter ego cuando hablan en primera persona”. Etnógrafa vocacional, la llamó Graciela Speranza. Una de las mejores dialoguistas desde Puig. La mejor cronista de viajes de los últimos cuarenta años, según Gandolfo.

Cuando escucha los elogios, ella mira fijo.

—Qué se yo —dice. Y se va a servir café.

Pía Bouzas es escritora, docente y, después de ir tres años al taller de Uhart, se hicieron amigas. Se visitan, se leen. Pero es una amistad extraña. “Hay mucha diferencia de edad y ella es reservada: no somos pares. Me alegra tenerla cerca porque es una mujer muy sabia”. Pía tiene poco más de cuarenta años. Cuando se conocieron, en los ’90, Hebe atravesaba lo que Pía define como “un momento editorial complicado”. Estaba por publicar, pero las fechas se dilataban, y el libro no salía y eso, cree Pía, la angustiaba. “Creo que a ella la afectaba. Si bien no tiene narcisismo, creo que quería reconocimiento. No es una anacoreta. Sufría bastante la falta de lectores. Pero cuando el reconocimiento le llegó, la encontró parada en un lugar que no tiene nada de vedette. Cuando dice que creerse muy escritor hace mal a la función de escritor, realmente lo piensa”.

En el taller, leían a Chejov, Erskine Caldwell, cronistas brasileños, Saki, Daniel Moyano, Clarice Lispector. Nada sistemática, ninguna línea clásica, nunca Cortázar ni Borges ni Rulfo ni García Márquez. Pía llegó al taller a través de una amiga: había estudiado Letras.

—Fue muy cómico —cuenta—. Quería aprender lo efectivo y a Hebe no le interesa eso en lo más mínimo. Al principio yo estaba entre fascinada y enojada. Decía ¿cómo no me señala el conficto entre los personajes? Solamente hacía intervenciones muy particulares.
—¿Y por qué te quedaste?
— Porque es una gran maestra. Le interesa que cuentes algo que sea tuyo. Trata de ayudarte a que descubras tu mundo, a encontrar lo más singular y propio que tengas.

A Hebe no le interesan las traducciones: para ella no existen, quién sabe lo que pasa en otro país.

Y de las presentaciones de los libros, Hebe prefiere ir a comer con sus amigos. No le importa la posteridad. “Yo vivo hoy”, dice siempre. Tampoco le llaman la atención los grupos. “Recuerdo un cuento donde ella relata que es directora de una escuela durante el Proceso, pero no se habla del Proceso. Sin embargo, hay una tristeza muy profunda en el personaje; la anécdota, en contraste, es mínima. No tiene nada que ver con los grandes discursos y la tradición literaria de los 70. Me cuesta encontrarle una tradición. Salvo los autores que ella menciona, Mansilla, o Fray Mocho, muy atrás”.

***

Hebe Uhart vino a Buenos Aires a estudiar Filosofía desde Moreno. Se mudó cuando tenía unos 25 o 26 años. Empezó la universidad en la calle Viamonte y siguió en la sede de Independencia pero la terminó en Rosario, provincia de Santa Fe. Se le hizo muy difícil ese último año, rendir las equivalencias, estar lejos de las cátedras que ya conocía. ¿Por qué lo hizo?

Sacude la cabeza –el pelo corto, bien teñido, muy cómodo– y enciende otro cigarrillo.

—Me fui escapada por un amor. Me enamoré de un hombre casado y mis amigos me dijeron ‘andate’. La verdad: me fui por boluda. Mi mamá me descubrió esas cartas que escriben las jóvenes para sí mismas, que dicen ‘no puede ser, no puede ser’. Una chica de ahora no se va. Sufre una semana y listo. Me fui un año. Cuando volvía acá, vomitaba. También una mentalidad pasiva mía. Andá a saber.

Hay otros novios en la vida de Hebe Uhart. Lo poco que cuenta –a los novios no los incluye casi en ningún cuento: son esa parte de su vida que no expone ni comparte– habla de relaciones intensas. Elvio Gandolfo la conoce desde los años ’60 y es uno de sus más tempranos entusiastas: supo ver desde el principio esa mirada extraña de Hebe, su diferencia radical. Y se acuerda de un “camionero grandote”, aunque no está totalmente seguro porque, con Hebe, a veces le cuesta distinguir entre ficción y realidad. Dice, en un bar cerca de su casa, en Palermo, los anteojos gruesos y hablar precipitado de lector voraz: “El tipo se borró con el camión y ella se lo fue a buscar a Entre Ríos. Andaba por los campos, golpeando las tranqueras a ver si había pasado por ahí”. Se acuerda también de que el camionero comía con el torso descubierto. “Era pintón, como de ‘Rápido y furioso’”. Pero, dice Gandolfo, no sabe si Hebe tuvo una pareja importante, un gran amor. Pía asegura que hubo un hombre de Tandil muy importante hace más de veinte años. “Es reservada y sobre todo en la vida amorosa o de su familia. Hay zonas sobre las que no quiere entrar y no escribe sobre eso tampoco, no le gusta transitarlas: creo que son lugares de dolor. Una vez me contó que se había vuelto encontrar con el de Tandil veinte años después, tomaron una cerveza. Y le dijo al hombre: ‘La cerveza ya no nos hace lo que nos hacía antes’. Después me lo negó. ‘Yo no digo esas cosas’”.

Hay un novio del que Hebe sí habla, y mucho. Ignacio, el poeta borracho. Fue, dice, mucho más importante que el casado de Rosario.

—Con ese me hice la película, muy fuerte, pero la verdad es que estuve dos veces nada más con él. Con Ignacio no fue una película. Fue muy real.

Y no sólo por Ignacio, sino por lo que Ignacio significó. En ese momento, la casa de Hebe en Moreno era toda desdicha. Su hermano había muerto a los 27 años, en un accidente (de esta muerte joven, cercana, nunca escribe). Su primo, también de 27, aviador, murió en esos años. Y su prima, muy joven, de un problema cardíaco. Su tía loca estaba viviendo en la casa.

—Yo era invisible. Y me fui con Ignacio. Me rajé. Ibamos por ahí, por los cafés. Él chupaba. Las mujeres jóvenes todas creen que los regeneran a los borrachos. Que si una hace bien todo, él va a cambiar. Yo hice todo, lo llevé a un psquiatra, le compré vitaminas y él las tiró a la mierda. Cuando la otra persona no quiere, no quiere. Cuando estaba sobrio era muy bueno, me quería.

Ignacio era buen poeta, dice Hebe pero era “incoherente”: no podía publicar y apenas escribir.

—¿Qué sentías con él?
—Me sentía útil. En mi casa, con toda esa desgracia que había, nadie me miraba ni me podía mirar. Mi mamá, muy eficiente, hacía todo, yo quedaba de lado. Y mi papá murió por esa época. Con Ignacio yo me sentía eficiente. Él no hacía nada y me miraba como si fuera una sabia. Decía que no podía ir a trabajar porque no tenía pantalones. Entonces mi mamá le compró un traje con dos pantalones. Los borrachos son como los perros, pelean al lado de los tachos de basura. Entonces el traje se le rompió todo. Yo iba a la sastrería a ver si se lo podían reparar y él esperaba en el café de la esquina para ver mis gestiones. Los empleados de tienda antes eran muy decentes, de muy buena presencia, y miraban el pantalón y decían “cómo se pudo haber hecho eso”.
El romance duró unos cuatro años. Hacia el final, ya no podía llevarlo a reuniones porque Ignacio se ponía malo, agresivo. Sufría, hablaba de poesía toda la noche y no comía. La iba a buscar a su trabajo –una biblioteca en ese momento– totalmente borracho. Pero la salvó.
—Me sacó de una cosa hecatómbica. Mi casa era una locura.

***

A Hebe le importa publicar y agradece a quien quiera editarla. Le gustan los sellos “caseros”, como los llama. No se fija en las tapas y si hay que cambiarle el título, se lo cambia. Todo lo que rodea al libro no le importa mucho.

Las editoriales de sus libros son todas pequeñas e independientes: Menhir (Rosario), Goyanarte, Fabril, Cuarto Mundo, CEAL, Torres Agüero, Pluma Alta, Bajo la luna, Simurg. Recién en 2003 publicó en Adriana Hidalgo y un año después en Interzona. Luego, sí, en Bajo la luna, una editorial independiente pero de mayor visibilidad. Y, ahora, ya famosa, Alfaguara.

En 1972 publicó por editorial Fabril “La gente de la casa rosa”, con prólogo de Haroldo Conti. Pero si en esa época su literatura era tan secreta y periférica, ¿cómo consiguió el prólogo de Haroldo Conti? ¿Eran amigos? No, amigos no.

—Era amigo de amigos míos. Y me hizo hacer de prejurado para un concurso de cuentos del Cordobazo, en los 70. Después me hizo un prólogo divino, pero antes me hizo laburar. Eran 700 cuentos. Por eso no quiero ser más jurado: es mucho trabajo y mucha responsabilidad. Encima todos los cuentos del mismo tema. Yo no sé por qué cayó, creo que por su amistad con Paco Urondo. ¿Qué podría haber hecho él? Guardar armas en su casa, esas cosas que se hacían.
—¿Y Fogwill, que decía que sos la mejor, era tu amigo?
—No, tampoco. Fogwill era amigo de Elvio Gandolfo, que sí es mi amigo. No tengo muchos amigos escritores. Además, de Fogwill no se podía ser amigo, te hacía quedar mal. Una vez lo invité a una presentación cuando tenía el nene chiquito, de brazos. “Contá cuándo ibas con Ignacio por ahí”, gritaba. Me hinchaba las pelotas. Yo cuento lo que quiero contar. Pero “Los Pichiciegos” qué lindo que es. La gente de los talleres no lo quiere leer, sin embargo. No quieren leer de Malvinas casi nunca así que ya no lo doy.

Hace cinco años, el Viejo Hotel Ostende armó un encuentro de escritores: pasaron varios días ahí, en la playa, fuera de temporada, filmados por Mariano Llinás. Estaban Hebe Uhart y Fogwill. “¡La mejor escritora argentina!” dijo Fogwill ni bien la vio y Hebe le retrucó “dejate de joder”. Y eso fue más o menos todo. La incomodaba, decía, que la llamara así adelante de los demás. Cuando hablaban, solos y por los rincones, se podía intuir cierta complicidad. Pero Hebe prefería estar con los invitados más jóvenes: contarles sobre Ignacio el novio borracho, dar consejos a las chicas sobre sus dramas sentimentales y tomar notas en una visita a un pueblo cercano, donde la directora de un museo local decía, en la visita guiada, “acá los indios eran totalmente mansos”.

Hebe, maravillada, anotaba. Estas son las piedras preciosas que ella encuentra y atesora. Las conversaciones sobre cómo matar una vizcacha. Una mujer que dice “este caballo es de cuarta”. Su tía que hablaba con la televisión y decía “qué limpita esta chica” cada vez que veía una propaganda de shampoo donde la modelo se bañaba. De vuelta en el hotel, Hebe le daba algunas pitadas a un porro –poco, para probar– y después pasaba largos ratos mostrando su valija colorida, muy cómoda y útil para viajar, y preguntando sobre la historia del Viejo Hotel, que alguna vez estuvo bajo la arena y fue inspiración de Silvina Ocampo y Bioy Casares. Pero si fumó fue alentada por el espíritu de estudiantina del evento. Ella, sólo tabaco. Ni siquiera fumaba en los intensos años ’60. Cuenta: “Recuerdo haber probado alguno que otro cigarro de marihuana, pero no me producía gran efecto. Y nada más. Drogas duras tampoco. Muy pocos tomaban drogas duras”.

***

Una vez separada de Ignacio empezó a cambiar. Pasaron dos cosas al mismo tiempo: comenzó a leer literatura política y después eligió ser vicedirectora de una escuela rural. Ese puesto, esa experiencia, la hizo salir de la burbuja. —Entre Ignacio y los amigos de la calle Corrientes el mundo resultaba limitadísimo —dice.

La escuela quedaba en el barrio Los Cuatro Vientos de Moreno. “Elegí ir ahí para ayudar al proceso de liberación nacional. Iba ebria de ideales”. Tomaba el colectivo hasta Once, ahí el tren y después caminaba diez cuadras. Les llevaba material de lectura a los chicos, pero también les llevaba medias. La escuela tenía sólo primaria, y era en el campo. Casitas bajas, los años 70. Ahí, dice, aprendió “cosas de la vida”.

—Después me di cuenta de que una persona sola no puede ayudar, que necesita un equipo. Me desilusioné. Pero me hizo salir, antes no le daba pelota a nadie. Era bastante antojadiza y veleidosa, creía que podía hacer cosas que no podía. Tenía arranques de hacer cosas extraordinarias. Maduré yendo a la escuela de campo. A mí nunca jamás nadie me había pedido nada. Mi sueldo era para mí, para comprar boludeces. Entonces me di cuenta de que había tenido muchos pajaritos en la cabeza, de irme, de buscar una beca, de viajar a París. Me di cuenta de que había otras personas que hacían sacrificios, que aportaban a la casa. Que venían a dedo porque resultaba caro ir en micro. Me dio vergüenza de lo que yo pensaba, de que estuviera tan autocentrada. Ahí tomé color. Hay gente que no toma color ni a los 40. Gente que sigue reclamando y echando la culpa a los padres.

Se acuerda de los signos del terror durante sus años de docente en la década del ’70. “Pero no tenía idea, ni a nadie cerca que haya sido secuestrado”. Cuando llegaba a la estación de Moreno había policías con perros y en las comisarías estaban las metralletas apuntando. En la escuela, no había que hablar con una chica, porque su novio era teniente del ejército. Y Lela, que sigue siendo su amiga, otra maestra, se salvó por un pelo. “Mi amiga estuvo en una toma de una fábrica pero sobre todo ella tenía un novio a quien buscaban: a ella la querían para que diera información. Todo Moreno estaba bajo la base aérea de José C Paz. Ella ya era en ese momento una figura conocida en el pueblo porque trabajaba como maestra. Entonces la citaron de la base, y por la confianza de ser de Moreno ella fue sola, sin ningún recaudo. La interrogaron, le preguntaron por el novio que estaba en una organización armada. Sabían todo de ella. A todo ese grupo no los mataron, pero les fijaron destino en un colegio donde el ejército entraba y vigilaba”.

—Entonces sí sabía lo que pasaba.
—Pero no tenía la global completa, la idea. Sabía, pero una cosa es saber, tener la información, y otra cosa es saber con toda el alma. A mí se me cayeron todas las fichas mucho después, me entró lo que pasó cuando lo escuché a Scilingo por televisión. Cuando contó lo de los aviones (en el año 1995). Eso. Antes tenía la información. Pero con Scilingo caí de la atrocidad.
—¿Con quién trabajabas en Moreno?
—Cuando fui a la escuela entré de costado a los movimientos tercermundistas. En toda la zona de Moreno a Luján trabajaban los tercermundistas, hacíamos teatro en La Reja. Había una monja irlandesa que hablaba, la pobre, como si se le entendiera. Y otra argentina que estaba con la Teología de la Liberación. Pero no era un grupo de armas, era un grupo cristiano. Como el padre Pepe, que se salvó por un pelo. Yo compraba El descamisado pero por modalidad propia hubiera preferido otra línea de penetración que no fuera militarizada. Había una discusión interna, sobre si la forma de penetración debía ser lenta o militarizada. Pero bueno.
—¿Nunca escribiste sobre esto?
—Quise. También quise escribir sobre las veces que fuimos a ver a Perón en los 70, pero no estoy conforme. No me gusta lo que escribí.
—¿Lo viste a Perón?
—No, no llegamos. Fue la primera vez que volvió, durante el gobierno de Lanusse. Fuimos en micros de Moreno, estaban los caminos cortados bordeando Rivadavia y entramos por un camino de tierra a Lobos. No se permitía a la gente que llegaba acercarse, pero tratábamos, íbamos dos del bracete con un muchacho flaquito y nos corrían a gases. Y como el viaje era tan largo desde Moreno, cuando llegamos, unos se metieron en los chalets de Ezeiza y vieron llegar a Peron por televisión. La multitud era interesante vista en sus particularidades porque había todo tipo de personas y actitudes: Un hombre decía que él se quedaria ahí tranquilo en uno de esos chalecitos de Ezeiza, otro decía no sé qué cosa y la dueña de un micro dijo que si hacía eso ella quemaba los micros y no teníamos cómo volver.

Después de Moreno, dando clase en la secundaria, tuvo una experiencia muy ingrata en el Nacional Buenos Aires. El celador era de la policía de Morón. A los chicos no los dejaban ir al baño durante la clase. “Yo le tenía terror a ese colegio. Es la caja de resonancia de todos los procesos políticos que hay en el país y en la dictadura era terrorífico”. Ella necesitaba trabajar y la hija de uno de sus primos le contó que en el Nacional había una suplencia de latín y se fue, con pantalón y blusa. Le dijeron que debía usar pollera. El rector tenía bigotes estilo manubrio y la entrevista, dice Hebe, fue un interrogatorio. “Sepa usted señorita que acá no discriminamos a ningún judío, a ningún italiano”, le dijo. “Era inadmisible, yo nunca más trabajé incómoda”. Si iba a tomar un café al buffet se desesperaba si se le corría la media. “Cuando se murió el rector la mitad de los profesores festejaron con champagne. En los actos los chicos estaban en un silencio helado. Ese colegio es difícil, yo no le guardo cariño. Esa sala de profesores, tan fría. Tiene lindos cuadros, pero es todo tan sombrío. Yo prefiero un colegio ventilado, aireado, más chiquito.”

***

Organiza asados en su casa: mejor dicho, en la terraza del edificio donde tiene su departamento. Tiene distintos grupos de invitados. Los alumnos del taller con los que tiene más afinidad, amigos escritores como Gandolfo, Irene Gruss, Eduardo Muslip, Pía Bouzas o los “trasandinos” Alejandra Costamagna, Alejandro Zambra y Diego Zúñiga. También a veces se reúne con sus compañeros de cátedra: durante veinte años enseñó filosofía en la Universidad de Lomas de Zamora, daba clases un día por semana de 9 a 12, de 12 a 17 y de 9 a 22. Al principio no había combis y tomaba el colectivo en Liniers, dos horas sobre el 188 hasta el sur. Se hizo amiga de varios profesores. “En las cátedras o es gente muy buena o es nido de sierpes.”. En la UBA, trabajó en la cátedra de Filosofía con Tomás Abraham que escribió sobre ella: “Hebe tiene una mirada rara. Toca y se va. No le gusta que se le impongan. Es un ser libre, inaprensible. Sus palabras se miden con una vara pequeña. Le gustan las frases cortas y odia discutir. Prefiere intervenir con interrogantes”.

Está jubilada hace siete años. Los que van dicen que los asados son muy divertidos. Eso sí, las ensaladas son siempre las mismas. Ahora consiguió que encienda el fuego el portero.

El portero en cuestión se llama Norberto: hace el fuego, pone la carne y se va. Le gusta hacerle el favor. Siempre le dice: “Hebe, tenemos que hacer un asado porque la parrilla se oxida”. Norberto trabaja hace poco más de tres años como encargado del edificio de Almagro. Adora a Hebe. “Más que buena: buenísima es”. Cuenta, Uhart es una de las pocas personas que da propina aparte de las expensas. Suele hacerle comida: platos árabes, por ejemplo, que Norberto nunca había probado. Él no sabía que era una escritora “famosa”. Se fue enterando al ver llegar periodistas con cámaras y también por la cantidad de alumnos que van a los talleres lunes y sábados: muchos se van después de las ocho de la noche. Chicas grandes, dice, hasta un señor de más de 70 años.

Cuando se va de viaje, Hebe siempre le avisa a Norberto. El hombre parece muy contento por esa confianza, aunque como todos los que la conocen a veces tiene que responder a sus preguntas.

Un día, por ejemplo, Norberto salía del edificio para ir a la Fiscalía que está en Beruti y Coronel Díaz. Lo habían citado como testigo en relación a un departamento vacío del edificio. Se la cruzó a Hebe, que venía con bolsas del lavadero. Él le contó a dónde iba. Ella le preguntó: “¿Tenés miedo?”.

“Es muy sociable”, cuenta Pía Bouzas. “Y le encanta viajar sola. Tiene que ver con algo vital: la sociabilidad y los viajes la mantienen muy viva y muy activa. Tiene mucha energía aunque es una mujer grande; tiene una enorme libertad. No le interesa que la aprueben. Se toma libertades enomes para las formas, en la vida y en los cuentos”. Es pudorosa, también, con una forma extraña de pudor, porque escribe en primera persona, porque es charlatana, y sin embargo hay algo secreto en ella, algo duro. Algunas de sus amistades son largas y, de alguna manera, tácitas, sin la necesidad del contacto diario. Así es la que tiene con la actriz y maestra de teatro Martha Rodriguez, por ejemplo. Se conocieron hace cuarenta años, cuando Laura Yusem montó la obra de Hebe sobre los borrachos. Eran vecinas, de Almagro. Pasaron años de conexión intermitente hasta que, en 2009, Martha quiso escribir, con Yusem una dramaturgia sobre dos de sus cuentos más famosos, “Guiando la hiedra” y “Querida mamá”, ambos de 1997. Graciela Speranza escribió, para el prólogo de Relatos reunidos, que todo el arte narrativo de Hebe Uhart se resumen en “Guiando la hiedra”. “Podría leerse como suma poética o hilo invisible que guía los relatos. ‘Aquí estoy acomodando las plantas’ se dice en el comienzo, como una advertencia, un desafío, una declaración de principios. La mirada apenas se aparta de las macetas con plantas del jardín, pero la vida entera parece desvelarse en ese aleph discreto, doméstico y barrial”.

Cuando Martha y Laura le preguntaron a Hebe si podían adaptar sus textos, ella les dijo:

—Hagan lo que quieran.

Después fue a algunos ensayos. Desde 2009, la obra se reestrena periódicamente, y le va siempre bien. Cada vez que Martha la llama para avisarle de un nuevo reestreno –lo acaba de hacer, hace días– Hebe dice lo mismo:

—Che, ¿otra vez? ¿Y por qué? ¿Quién lo pidió? ¿No es mucho?

A su taller van famosos: ella los llama así riéndose, pero no da nombres, salvo el de Diego Frenkel, cantante de La Portuaria que “duró varios meses”. La llaman para charlas y conferencias y aperturas de festivales, recibe premios, la invitan a talleres en el interior del país. Gandolfo está orgulloso

—Por suerte se consagró antes de morir. Con Fogwill pasaba lo mismo: en un círculo se decía que era buenísimo, circulaba, pero le dieron bola de verdad hace unos diez años. Antes era un escritor de escritores. De Hebe se decía que era muy buena pero entre la gente que lee literatura. Ahora, si tenés que poner a un escritor nacional, ponés a a Hebe Uhart. Para ella es una suerte.

¿Qué pasó para que la mirada azorada de esta mujer brillante y discreta se haya vuelto central? Pía Bouzas tiene una teoría: “Yo creo que, además de su trabajo y perseverancia, le llegaron los lectores. Los escritores más jóvenes empezaron a mirar más parecido a ella, el detalle, lo que no es central, ni que va por la ruta del escritor programático. Encontró un camino por fuera de la tradición masculina argentina, que no es sólo por escritores hombres sino una manera de tratar el lenguaje. Eso están en consonancia con la búsqueda de lo escritores más jóvenes. Ella toca grandes temas, la inmigración, la familia, lo argentino, pero lo aligera”,

En su departamento de Almagro –el barrio de la más media de las clases medias, dice– busca libros de cronistas brasileños para regalar, porque ella ya “no va a leerlos”. Sirve café en tacitas pequeñas. Menciona de pasada un gato hermoso que tuvo, que se murió y la dejó muy triste: no quiere más gatos. Un alumno la llama por teléfono para avisarle que no viene: en este momento tiene tres turnos, y aproximadamente unos 15 talleristas, aunque el número fluctúa. Muchos se van, también. Es que a Hebe hay cierta tendencia de la literatura contemporánea que la tiene molesta y cuando la encuentra en sus talleres, la señala, la corta. “Acá en Argentina no falta ni talento ni inteligencia”, dice, con cuidado. “Pero me parece que los escritores están mal colocados. Mal encarados. Se colocan de manera muy egocéntrica o narcisista. ¿Sí o no? Hay muchos jóvenes que escriben bien pero los embalurda que son egocéntricos. Es esa actitud medio arltiana muy altanera; Arlt, en sus “Aguafuertes cariocas”, se enoja porque en Río se van a dormir a las 10 de la noche. ¿Y por qué le molesta? ¿Por qué es una vida de mierda esa? Muy autocentrado. Hay una alharaca de lo que no te gusta, por ejemplo. Como si estuvieran mirando solamente para adentro y mal, no da resultado. No importa tanto lo que piensa uno. Es un internismo brutal: también escriben para los pares. Escriben pensando en los amigos, en los conocidos, en los profesores. A lo mejor estoy prejuzgando y a lo mejor no conozco todo bien, pero noto que se escribe internamente”.

—¿Y eso cómo se soluciona?
—Ah, eso es difícil porque es cultural. Pero se debe solucionar levantando la cabeza y mirando alrededor. ¿Sí o no?

Es verano. Es 1934. El chico tiene ocho años, está solo en su casa, en un pueblo patagónico llamado Puerto Santa Cruz, un puñado de habitantes a 270 kilómetros de Río Gallegos. Mira el vaso de agua fresca que ha puesto en la mesa, frente a sí, y piensa: “Todavía no”. Ha pasado la tarde andando a caballo, jugando con sus mascotas que, en esas latitudes, no son extravagantes (un guanaco, un ñandú, dos pollos) y suda copiosamente mientras ve cómo el vaso de agua chorrea sobre la mesa. Y vuelve a pensar: “Todavía no”. Pasarán aún nueve minutos antes que vacíe el vaso de unos cuantos tragos golosos con los que aplacará la sed que le pega la lengua al paladar.

—Era un ejercicio de la voluntad, como si dijeras “No voy a respirar hasta que sea la asfixia”.

Casi ocho décadas después de aquellos días, el poeta, dibujante, escritor y crítico de vinos Miguel Brascó pega el mentón al torso y, con una voz que resulta a la vez hastiada y jocosa, agrega: “Eso es algo que yo hago bastante”.

En el estudio donde trabaja, un departamento antiguo de Barrio Norte, en Buenos Aires, hay una mesa redonda cubierta de lápices, blocks, cortapapeles; otra, más pequeña, con una computadora; un televisor enorme; un sillón de cuero para las visitas y una silla en la que está sentado él, pantalón claro y campera de lana beige.

—Yo soy ordenado y controlado por naturaleza. Escribo un mail y lo corrijo. Cambio los puntos, pongo diferentes tipos de letras, bastardillas.

A espaldas del sillón para las visitas hay una biblioteca, pilas de libros atados con piolín (T. S. Eliot, Anthony Burgess, Shakespeare, los hermanos Marx, poesía, casi todo en inglés), fotos -García Lorca, su madre, y su mujer actual, la periodista y poeta Patricia Delmar-, rollos de cintas para embalar. Miguel Brascó tiene 85 años y una vida que no parece la de un hombre controlado sino la de alguien cuya marca es el exceso: vivió en Puerto Santa Cruz, en Santa Fe, en Buenos Aires, en Lima, en Madrid, en Holanda; tuvo seis matrimonios, tres hijos (Nicolás, de 60; Irene, fallecida a los 31; Milagros, de 13); es abogado, escribió crónicas de viajes, crítica de vinos, letras de canciones (“La vuelta de Obligado”, que cantó Alfredo Zitarrosa), poemas, cuentos, novelas; es dibujante, fundó revistas como Cuisine&Vins y Status; creó tres clubes privados para hombres (The Twelve Fishermen, The Fork Club, Epicure); escribió libros que fueron best-sellers (Anuario Brascó 2006 de los vinos argentinos), dirigió programas de televisión (Chateau Brascó, Beber y beber, Dos de copas) y tiene dos vinos propios, uno de Finca La Anita, otro de Bodegas López.

—Al principio, hacer tantas cosas me parecía divertido. Después me di cuenta de que era un hándicap. El conjunto es curioso, pero llega un punto en que parás y pensás: “Si yo tuviera que escribir mi necrológica, ¿qué pongo?”.

—¿Y qué pondría?

A veces, cuando se le hace una pregunta, responde con un silencio falsamente hosco, como si hubiera estado a punto de entender algo del orden de lo divino y acabara de ser interceptado, en ese entendimiento, por el balbuceo torpe de la humanidad.

—Yo sé lo que soy, pero la imagen que doy no es clara. La poesía es una de las cosas que más me expresan. Pero la gente me identifica como el experto en vinos. Yo siempre tengo la sensación de que no cumplí las metas que debía cumplir, por mala administración de mis tiempos o de mi trayectoria.

Y, con un tono bruñido por ocho décadas de buena educación, dice: “Te tendría que invitar con un té, pero eso me llevaría un esfuerzo tremendo”.

Las circunstancias del nacimiento son confusas: en la solapa de su primera novela, Quejido huacho (Tusquets, 1999, la historia de un ingeniero que viaja al interior del país y termina enredado en peripecias delirantes), se lee que nació en Puerto Santa Cruz, en 1936, pero en verdad nació en 1926 y, al parecer, en Sastre, Santa Fe, donde tenía familia, aunque se crió en la Patagonia, solo, solísimo porque su padre, Jaime Brascó, era único médico en un radio de 400 kilómetros y porque su madre, Rosa Barreiro, pasaba meses en Buenos Aires acompañando a dos hijos mayores que estudiaban allí.

—Fue una experiencia difícil. Yo era como huérfano.

Baja el mentón, suspira. Después, dice exactamente lo contrario:

—Fue una experiencia buenísima. Yo tenía mar, tenía montaña, tenía nieve, caballos, casa. O sea que la soledad no la vivía como abandono. Y aparte era un pueblo chico. Todos eran tus padres. Leía mucho. Después, mi padre se trasladó a Santa Fe y ahí terminé el secundario. Pero los vi poco a mis padres. Hubo temporadas en que estuve en contacto con mi madre. Ella murió a los 104 años ¿A qué iba esto…?

—Hablaba de su infancia.

—No puedo estar demasiado tiempo ¿Qué tipo de ración querés? Porque como soy polifacético, perverso polimórfico, puedo elegir cualquiera de las polimorfias y.

—Prefiero que hablemos de todo.

—Esa temática rebalsa cualquier reportaje. La otra idea es tomar un aspecto, nada más, y eso en general no se hace. Porque es más fácil contar la vida. Porque la vida mía está llena de anécdotas. Por ejemplo, aprendí a escribir con Onetti. Lo conocí en un café, escribía cuentos y se los mandaba. Me dijo que yo no estaba capacitado para escribir una novela y tenía razón, porque la escribí ya grande y con gran dominio de la técnica narrativa. Te aburro.

—No. ¿Tenía una relación con su padre o no lo veía nunca?

—Hay una relación con mi hija Milagros, que vive en otra casa, que es mayor a la que yo tenía con mi padre viviendo en la misma casa. Ahora sí me pasé de tiempo. Hablémonos el sábado.

En el pasillo que conecta su estudio con el living hay estantes donde guarda botellas de vino, puertas que se abren a un cuarto, a la cocina. “Patrice”, llama, pronunciando “Pátris”.

Patricia Delmar, poeta y periodista, 35 años más joven que él, su mujer desde 2005, recibe por estos días un tratamiento de quimioterapia y eso ha alterado el ritmo de la casa, pero ella sonríe, radiante: “Ya pasará”. Brascó cruza las manos detrás de la espalda y murmura: “Mmm”. Después, en el vano de la puerta, como si fuera una acusación, dice: “Vos sos muy alta”.

***

Miguel Brascó y Patricia Delmar se conocieron en octubre de 2005. Ella fue a entrevistarlo para la revista Nueva y, cuando él leyó lo que ella había escrito, la invitó a la presentación de un libro. De allí se fueron al bar del hotel Plaza y, de allí, a cenar.

—En todas partes lo saludaban. Era como estar con Michael Bublé -cuenta Patricia Delmar-. Surgió un flechazo inimaginable. Me pareció una persona con humor, de gran inteligencia, gran ternura. Claro que había otras cosas que no eran tan fáciles. Tantos matrimonios… Yo soy el número seis. Imaginate. Si con uno es difícil.

***

Cuando se habla de Brascó se habla de su humor, de sus neologismos, de sus arcaísmos, de que es capaz de escribir con la misma soltura péndex, comme il faut y verija; de sus moñitos, de su gran nariz, de sus ojos intensos y, usualmente, se le piden fórmulas para combatir la resaca o se lo incita a hablar mal de los sommeliers, a quienes llama bobetas cada vez que puede, burlándose de los que encuentran en los vinos aromas a flores blancas, arándanos, grosellas. Pero él -él- preferiría hablar de una novela que está escribiendo, Los leopardos son cosa del atardecer, o de su próximo libro de poemas. Preferiría que alguien, un lector, lo recordara no por sus comentarios sobre el cabernet sino por sus dibujos de trazos finos o sus versos que dicen, por ejemplo: “Ella, mi amor, por cuyos ojos miré”.

“Chesrow no murió inmediatamente sino una o tal vez dos horas después. Esa cuota adicional de existencia debemos suponer que de nada le sirvió. Se mantuvo inconsciente hasta que la vida lo dejó de lado para siempre”, escribió en su novela Quejido huacho. “‘Mencione tres pescados del río’, pide uno a señora frente a góndola de supermercado. ‘Sapo cancionero, surubí, dorado’, contesta la interpelada erudita y sin vacilaciones”, escribió en la columna semanal sobre vinos y cuestiones gourmet que publica en LNR desde 2007. Esa diversidad de registros que es, a un tiempo, su habilidad, su némesis.

***

Es martes, apenas pasadas las once de la mañana. El estudio está lleno de luz, aunque por las tardes es un sitio oscuro. A Brascó este departamento no le gusta, pero vivir con Patricia Delmar en el sitio lleno de recuerdos donde él vivió tres décadas no era una opción. De modo que aquí están, rodeados de jardines en los que ella cultiva sus plantas mientras él no se decide a desembalar la biblioteca.

—Yo siempre estuve con mujeres más jóvenes que yo. Ése fue el gran error de mi vida. Las mujeres jóvenes tienen el don, eventual y fugitivo, de tener lindas piernas. Eso rápidamente desaparece. Hace unos años, después de mi última pareja, la madre de Milagros, dije: “Nunca más llevo una relación con alguien joven, porque es antinatural”. Entonces a unas amigas se les ocurrió que era candidato para una mujer grande y me empezaron a presentar a sus madres, que eran prejuiciosas y antiguas. Yo necesitaba una mujer joven, con más años. Y eso fue Patricia. Yo estaba en la etapa en que buscaba una viejita. El hecho de que tuviera 50 me pareció muy atractivo.

En una de las paredes del estudio hay un dibujo del rostro de Franz Kafka. Sobre la biblioteca donde están sus diccionarios (habla inglés, lee en francés, italiano, portugués y alemán), hay una foto suya, tomada cuando tenía dos años.

—Bajo el brazo llevo papeles con cosas que dibujaba.¿Querés un mate?

—Bueno.

Cuando él era adolescente, la familia se trasladó a Santa Fe, donde Brascó hizo el colegio secundario, fundó un teatro de títeres, estudió pintura. A los 17, para olvidar un amor, se emborrachó con caña y ésa, dice, fue una de las pocas veces que se emborrachó.

—Ella no me daba bola. Prefería a otros. Si te rechaza, vos decís “Será lesbiana”, te tranquilizás. Pero si es selectivo, no.

Siempre cuenta que tuvo tres novias lesbianas y, con un estilo que consiste en decir barbaridades bajo la pátina de una civilizada convicción, explica: “Hay lesbianas pasivas y activas. La lesbiana pasiva es doblemente sumisa, por mujer y por lesbiana. Entonces son amantes deliciosas”. En su libro de relatos de 1968, Criaturas triviales, hay un cuento llamado “Hebe por una pipa”.

-Yo las historias de mis novias lesbianas las he escrito todas. “Hebe por una pipa” es, de hecho, la historia de un tipo que tiene una novia lesbiana. Ese tipo tiene un amigo que está seducido por ella, pero que no sabe que es lesbiana. Y a su vez al protagonista le gusta la novia de su amigo. Entonces arman un trueque. El protagonista dice: “Bueno, te la cambio, pero mi novia es una mujer muy llamativa y tu novia es medio pava, así que yo te cambio a mi novia por la tuya, más una pipa que vos tenés, de cerezo”. Eso me pasó tal cual a mí. Entonces el tipo me dio la pipa, hicimos el trueque y él se fue con mi novia lesbiana, y yo me quedé con la suya. Hasta que él descubrió que la que había sido mi novia era lesbiana. Eso le pareció terrible y me vino a reclamar.

—¿Qué le reclamó?

—La pipa.

***

A los 17 años quiso estudiar letras, pero su padre le dijo: “Vas a ser toda tu vida un empleado del Estado”.

—Él no pensaba que yo podía ser Borges. O sea, tenía razón. Entonces negocié y estudié abogacía y, paralelamente, letras. Me recibí en 1952 y me fui a Buenos Aires, huyendo de Santa Fe.

—Usted se había casado.

—Sí. Estaba divorciado.

—¿A qué edad se había casado?

—Veinte años.

—Con una mujer más grande.

—Sí. Ocho años. Entonces, volviendo al tema, en Buenos Aires conseguí trabajo en un estudio donde estaba César Fernández Moreno, el hijo de Baldomero.

Miguel Brascó se había casado, en Santa Fe, con una mujer llamada Blanca Goetzinger, actriz. Cuando se fue a Buenos Aires dejó con ella al hijo de ambos, un chico llamado Nicolás al que no volvería a ver en treinta años.

—Te doy otro mate.

—No, gracias.

—No te gusta el mate. Yo me habría tomado por lo menos dos.

***

—Creo que él no estaba acostumbrado a tener debates -dice Patricia Delmar-. Estaba acostumbrado a que le aplaudieran sus aseveraciones. Yo defiendo muchas cuestiones sociales, pero él tiene una forma un poco más individual. Y me parece que ya no tiene curiosidad por conocer otras culturas. Conoce determinados países de una manera y ya no quiere conocer nada más. Y es un obsesivo del trabajo. No hay vacaciones, no hay tiempo libre. Yo pensaba que tenía un perfil más osado. Pero es muy tradicional. En temas gastronómicos, por ejemplo, hay cosas que deben ser así. Tal cosa debe tener 20 minutos de cocción y no pueden ser 25. Y yo que cocino a ojito, pobre…

***

En 1955, Brascó pidió una licencia en el estudio de abogacía donde trabajaba y se fue a Bolivia, acompañando al músico Ariel Ramírez a quien había conocido en Santa Fe y que era su amigo. De Bolivia se fue a Lima donde, vendiendo dibujos, trabajando para el diario El Comercio, se quedó un año.

—En 1956 me fui a Madrid a estudiar el posgrado de derecho en la Complutense. Me vinculé con el decano de Letras, que era Vicente Aleixandre, el poeta, y me permitió hacer también el posgrado en Letras.

De España viajó a Holanda, donde vivió hasta 1961 trabajando como traductor de inglés para la empresa Phillips, en un pueblo llamado Eindhoven.

—Antes pasé unos meses trabajando como obrero en una fábrica de etiquetas de cigarros. Quería tener la experiencia. Yo manejaba una máquina, una plancha que imprimía por presión. Vos ponías la página y después decías “Pasóp”, que quiere decir “Attenti”, y bajabas la máquina. Decías “Pasóp” porque había un tipo que, cuando vos levantabas, ponía el papel con la mano, entonces tenías que tratar de no aplastarlo. Pasóp, chin, pasóp, chin. Por ocho horas. No es tan inhumano. Una vez que uno entra en ritmo, se siente parte de algo que funciona.

—¿Vivía solo?

—No, con la poetisa peruana Lola Thorne, que por entonces trabajaba en la embajada de Perú. Con ella tuve una hija. Esa hija murió en un accidente de automóvil. Murió de una manera muy rara.

Se levanta y camina hasta un mueble donde hay varios portarretratos. Regresa con la foto de una chica sonriente, con el pelo oscuro, rulos.

—Tenía 31 años, más o menos. Venía caminando por Figueroa Alcorta. Un auto subió a la vereda y la mató. Se llamaba Irene. Yo tengo un libro de poemas, Otros poemas e Irene, pero no tiene nada que ver con eso.

Otros poemas e Irene fue su primer libro y salió publicado en 1953. Allí, en “Retrato de damas y denuncia”, escribía poemas que no tenían nada que ver con eso: “Todo ocurrió en la medida en que ella y yo lo habíamos imaginado previamente./ Ocurrió en trenes, hoteles de poca categoría, en habitaciones del suburbio,/ en litorales arenosos, en salas correctas con alfombras, en momentos de euforia […]”.

A principios de los años 60 decidió regresar a la Argentina y se empleó en el mismo estudio de abogacía que había dejado cinco años antes.

—Mi mujer fue trasladada a Perú, después a Río de Janeiro. Ese matrimonio se fue debilitando. Mi hija Irene vivió conmigo. Habíamos puesto casa con Ariel Ramírez, en Colegiales. Era una casa open, llena de músicos y escritores. Irene tenía una colección de madres ahí. Ariel Ramírez estaba componiendo la Misa criolla y me pidió que le escribiera villancicos para la cara B del disco. Pero no se me ocurría nada. Él me decía: “Pero es una pavada, los villancicos son muy elementales”. Y yo, nada. Entonces se los dio a Félix Luna, que rápidamente hizo las letras y ganó muchísimo dinero y yo perdí una fortuna.

Por esos años empezó a publicar en una revista llamada Usted. Esos textos llamaron la atención de los editores de Claudia, una revista para mujeres que era, por entonces, una de las más vendidas. Al poco tiempo escribía allí una sección llamada “La vida bella”.

—Ahí empezó lo de los vinos y la comida. Simplemente sucedió. Yo di con una especialidad periodística que, para desarrollarla bien, hay que haber ejercido el oficio de la poesía. Cuando uno ha aprendido a buscar la palabra justa para describir la diferencia que hay entre la tristeza que siente porque está lejos de su patria o porque una mujer lo ha dejado o porque ha descubierto que la existencia carece de sentido, puede escribir de vinos. Y yo escribo sobre vinos con la misma técnica con que escribo una crónica de viaje.

En 1961 publicó su segundo libro de poemas, Tribulaciones del amor. Tres años después el tercero, La máquina del mundo. Escribía en Claudia, hacía una sección de humor en el suplemento “Gregorio”, de la revista Leoplán, y mantuvo esa promiscuidad entre el periodismo, los poemas y la abogacía hasta 1964, cuando supo que estaban buscando un redactor para el departamento de publicaciones de Ducilo, una empresa norteamericana que hacía fibras. Llamó al jefe del departamento, Carlos Duelo, ex director de Leoplán, y le anunció: “Tengo al mejor”. Duelo le preguntó quién era y Brascó le respondió: “Yo”.

—Pero no fue fácil, porque los norteamericanos te investigan el prontuario.

Y cuando investigaron el prontuario, los americanos descubrieron que Brascó había militado, en la universidad, en un partido de centroizquierda. Eso fue un obstáculo hasta que recordó un artículo que sobre él había escrito Raúl González Tuñón, poeta comunista que había tenido acceso a una carta en la que Brascó criticaba las revoluciones -todas: de la francesa en adelante- diciendo que eran inútiles. En su artículo, Tuñón describía a Brascó como un reaccionario.

-Entonces lo llamé. Él estaba avergonzado, porque habíamos sido más o menos amigos, y yo le dije “Pero Raúl, por Dios, qué importancia puede tener, si yo además soy efectivamente muy reaccionario. Lo que necesitaría es un ejemplar de la revista”. Me lo consiguió, se lo mandé a Duelo, Duelo se lo dio a su superior y así entré a trabajar en Ducilo. Al día siguiente lo llamé a Raúl y le dije: “Te llamo para agradecerte tantísimo, no sólo el ejemplar, sino que hayas escrito eso, porque entré en una empresa norteamericana y me pagan fantástico”.

—¿Y él que le dijo?

—”Te felicito”.

Así devino editor del house organ de Ducilo y, en una performance que repetiría en la década del 80 editando la revista de la tarjeta Diners, convirtió esa publicación burocrática, que a nadie le interesaba leer, en algo que se esperaba con ansiedad.

—La leían porque era entretenida. Lo hice muy bien.

Cuatro años después, cuando logró que sus colaboraciones en medios como Claudia, Tía Vicenta y Primera Plana aumentaran en cantidad y buena paga, renunció.

—Cuando logré que mi trabajo periodístico fuera muy fuerte, renuncié. Yo siempre he trabajado mucho. El ocio no es lo mío.

Brascó hace un gesto discreto y mira el reloj.

—¿Quiere que sigamos otro día?

—Sí. Perdón. Tengo que ejercer mis funciones de enfermero. Es duro.

***

—Tiene tantos talentos -comenta Manuel Mas, propietario de la bodega Finca La Anita y uno de sus mejores amigos-. Creo que él querría que lo reconocieran más como escritor, pero trabaja tanto que no tiene tiempo. El otro día fuimos a un restaurante chino y le dije: “Miguel, lo vas a volver loco al chino”. Le traía un vino y Miguel protestaba: “No, ésta no es la cosecha que yo quiero”. Traía otro y tampoco. Entonces propone: “Vamos a tomar champagne”.

Y llega el chino con un balde con dos copas. Miguel le dice: “Esta copa no”. Y el chino: “¿Ésta no copa champagne?”. Miguel le explica: “No me entra la nariz”. Y el chino pregunta: “¿Tomar nariz?”. Hasta que el chino entendió que quería una copa ancha. En un momento le dije: “Pará, Miguel, porque lo vas a volver loco”. Pero él pone piñón fijo y le da, sin fijarse a quién. Si le dan un box, quiere una mesa con sillas, y si le dan una mesa con sillas, quiere un box. Mañerea.

***

Es jueves, casi noche. En el estudio de Brascó suena el teléfono. Atiende y, cuando cuelga, dice:

—Este hombre tiene esa disponibilidad que tiene la gente rica, que es tan linda. Le porponés: “Me estoy yendo a Río Cuarto. ¿No querés venir?”. “Sí”, te contesta, y va con vos.

—¿Tiene muchos amigos?

—No. Uno de los más antiguos es Landrú. Lo conocí en Tía Vicenta. En los años 60, Citizen había organizado un concurso en la revista Claudia cuyo premio era un viaje con Brascó y Landrú a Zimbabwe. Fuimos. Pasamos por Sudáfrica y viajamos hasta Durban en auto. En una encrucijada de caminos, Landrú me pide: “Doblá acá”. Así que yo doblé. Llegamos a un pueblo que se llama Umptata. Con gran influencia de arquitectura africana.

—¿Y cómo es eso?

—Chozas cónicas. Había una especie de drugstore. Entonces Landrú repite: “Pará acá”. Y yo paré. Él quería comprar grabaciones de música africana genuina y suponía que las iba a encontrar en esos lugares. Entramos al drugstore y lo primero que vemos es a un médico brujo, con cuernos y una piel como de leopardo. Yo me quedé paralizado de admiración. Landrú, en cambio, se enganchó con una señora gorda que efectivamente vendía discos de pasta. La teoría de Landrú es que es inútil hablar otro idioma que el propio. Él no habla más que castellano. Y afirma: “Uno tiene que hablar el castellano con convicción, articulando bien, mirando al otro a los ojos, y el otro te entiende”. Entonces en un momento me di vuelta y él estaba con la negra, probando discos, y le decía: “Poné-la-banda-cuatro”. Y la otra ponía la banda cuatro. Te juro. En un momento noté que había una cosa amenazante. Y le digo: “Tenemos que irnos”. Salimos y estábamos rodeados de chicos, entre 12 y 17 años, que son los más peligrosos, y nos decían una sola palabra en un idioma que ni siquiera Landrú podía entender. Rápidamente nos metimos en el coche y nos fuimos, seguidos por los chicos que nos gritaban cosas. Según Landrú, nos pedían plata.

En 1974, cuando fundó la revista para hombres Status, ya era un crítico reconocido, capaz de escribir que un vino era caro al cuete o de argumentar, sin metáforas pretenciosas, por qué tal otro resultaba excepcional. En los años 80, fundó Cuisine & Vins, una publicación de cultura gastronómica que hizo junto a quien era su mujer, la periodista Lucila Goto.

—Pero Lucila se enfermó y murió a los 40 años, en 1992. Fue muy duro para mí, habíamos estado catorce años juntos.

Por esos días lo entrevistaron en Clarín y Brascó confesó que sentía que sólo iba a vivir tres años más.

—Era verdad. Sentía eso.

Entonces, en Santa Fe, un hombre llamado Nicolás leyó ese artículo y le escribió una carta donde le contaba que él era su hijo y que, ya que iba a morirse, quería conocerlo.

—Yo no había tenido ningún contacto con él. Desde el día que me fui de Santa Fe no la vi más a mi mujer. Ella se murió y yo no la volví a ver.

—Pero su hijo sabía que usted era su padre.

—Él sabía todo. Pero yo no era una criatura bien aceptada por mi ex mujer.

Se inclina hacia adelante, une las manos entre las rodillas.

—Yo procedí como un chancho. Me fui. Era un capítulo negro en mi vida. Lo abandoné totalmente. Ahora tenemos buena relación. Él tiene 60 años, una empresa que produce cosas vinculadas con la gastronomía. Es un gran tipo.

Después de la muerte de Lucila Goto, un enredo económico hizo que tuviera que deshacerse de Cuisine Vins, pero siguió escribiendo en varios medios, organizando ferias de productos gourmet y, a fines de los años 90, formó pareja con la chef Luisa González, con la que tuvo a su hija Milagros.

Son más de las ocho de la noche cuando suena el bramido ronco del portero eléctrico. Brascó se levanta, pregunta quién es. Cuelga sin responder.

—Una de las infinitas amigas de Patricia. Yo tengo pocos amigos, pero Patricia tiene infinidad. ¿Qué decíamos? Tengo la sensación de que hemos hablado mucho.

***

—Creo que él tiene la fuerza de un rinoceronte -dice Emilio Garip, amigo de Brascó y dueño del restaurante Oviedo-. Por otra parte, piensa que va a ser eterno, y eso es genial. Habla como si tuviera 40. Pero creo que tiene una disconformidad consigo mismo, porque hace demasiadas cosas. Él me comentó una vez: “Yo tendría que haber sido sólo pintor, sólo escritor”.

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“Van doce poemas. En principio nos reuniremos el martes y el miércoles de 19 a 21 horas. Confirmar, por favor, cada vez por la mañana. Afectos de Brascó”. Eso decía el mail pero la entrevista, finalmente, se hace un domingo a las siete de la tarde. A las siete menos dos minutos el timbre suena en el departamento de Brascó, pero nadie atiende. A las siete menos un minuto el timbre vuelve a sonar y, otra vez, nadie atiende. Finalmente, a las siete y diecinueve segundos, el timbre vuelve a sonar y, entonces sí, la voz de Brascó pregunta:

—¿Quién es?

Arriba, en el primer piso, abre la puerta de su departamento.

—Con ese tapado deberías usar una bufanda -dice-. Te queda muy bien. Pasá.

Cuando se le pregunta cuál es el rasgo que predomina en su carácter, Brascó responde: “El orden”.

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—Yo me quedé deslumbrada -recuerda Patricia Delmar- cuando vi el placar con los suéters y las camisas en fundas de nylon. Cuando viaja, para preparar el equipaje, lo dibuja: un cinturón, dos calcetines, zapatos. Pero después hay otras cosas. Cuando salís a comer, los sommeliers le temen. Viene una sommelier y él le pregunta dónde estudió y la chica contesta: “En tal lugar”, y Miguel dice: “Ah, con razón”. Hemos tenido situaciones en que de golpe nos dejan de atender. Todo por esa exigencia. Y siento también que a pesar del perfil renacentista que tiene, de golpe le hubiera gustado explotar más lo literario. Como que no le dedicó la intensidad de ocho décadas, y que le hubiera gustado.

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El departamento está embebido en el aroma de un arroz a la peruana con el que Brascó estuvo fantaseando durante días y que preparó hoy, aprovechando un oasis en el tratamiento de su mujer. Su estudio se aprieta en torno a la luz ambarina de una lámpara. En la computadora hay un documento abierto en el que escribe su próxima columna para LNR, poco más de una página que le toma dos días. Patricia Delmar está arrebujada, mirando una película en la sala.

—No miramos mucho cine juntos porque yo creo que el cine es entretenimiento. Si no hay una explosión anaranjada o una historia de la CIA, difícilmente aguante una película. Con Bergman he hecho intentos desde chico, pero nunca entendí nada. Aún hoy.

Sobre una mesa hay una botella de vino sin etiqueta, un plato con papas fritas.

—Es una de las botellas que me mandan las bodegas, para que las evalúe. Vamos a probar.

Sirve, se sirve. Dice que hay que hacer un buche antes de tragar y lo hace con elegancia, de modo que no parece un enjuague bucal.

—No tiene mucho aroma, pero tiene una vuelta, que se llama retrogusto, particularmente interesante. ¿Qué me habías preguntado?

—¿Hay alguna persona imprescindible para usted?

—La persona con la cual has elegido vivir siempre es imprescindible.

Hace un silencio. Cada vez que se queda callado se produce, a su alrededor, una suerte de agobio.

-La palabra “imprescindible” hace difícil contestar, porque la experiencia te indica que no existe la imprescindibilidad. Existen largos períodos en los cuales uno tiene una sensación de extrañeza por el hecho de que esa persona no esté.

Después pregunta:

—¿Querés más vino?

—No, gracias.

—No te gustó. Le voy a decir a la bodega que no te gustó.