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El manantial masacrado

Publicado: 11 octubre 2014 en Diego Enrique Osorno
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Durante diez días, entre el domingo 26 de enero y el miércoles 5 de febrero de 2014, casi un centenar de funcionarios públicos de Coahuila dejaron sus escritorios y realizaron un inusual trabajo de campo para investigar qué pasó con decenas de personas desaparecidas en esta región del noreste de México.

El ambicioso operativo oficial incluyó inspecciones forenses a medio centenar de casas, negocios, cárceles, ranchos y predios abandonados así como interrogatorios a ex alcaldes, ex regidores y ex secretarios de once pueblos y ciudades cercanos a la frontera con Estados Unidos.

Sin embargo, la cruzada gubernamental terminó en medio de confusión y reclamos de un sector de la prensa interesada en el tema, y dudas sobre su eficacia por parte de las organizaciones locales que representan a familiares de desaparecidos.

Aunque participaron policías estatales, federales, soldados y marinos, la operación estuvo a cargo de una dependencia del gobierno de Coahuila creada en 2012, cuyo largo nombre resume la tragedia que ha padecido este estado que encabeza la lista de denuncias de desapariciones forzadas en el país: la Subprocuraduría para la Investigación y Búsqueda de Personas No Localizadas, Atención a Víctimas, Ofendidos y Testigos de Coahuila. En esta historia la llamaremos la Subprocuraduría, a secas.

Uno de los lugares en los que se centró el operativo fue Allende, municipio ubicado en la región de Los Cinco Manantiales, conocida así por los enormes nacimientos de agua en medio de su llanura. En marzo de 2011, este pueblo de 20 mil habitantes padeció una masacre que apenas ahora es investigada por las autoridades. Comandos de Los Zetas saquearon y destruyeron medio centenar de edificaciones, al tiempo que secuestraron, según se calcula, a 300 personas durante aquella primavera.

Todo esto sucedió en silencio y bajo encubrimiento oficial.

EN CAMINO

Colombia está a 257 kilómetros de Monterrey. Colombia es el nombre que otorgó el gobierno de Carlos Salinas de Gortari a una comunidad creada en 1992, para devolverle a Nuevo León un pequeño trozo de la frontera de México con Texas, cuya mayor extensión comparten Tamaulipas y Coahuila. Al llegar a Colombia, Nuevo León, hay que tomar La Ribereña, una carretera angosta que recorre la orilla del Río Bravo desde el lado mexicano. Al este quedan Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros; al oeste están Guerrero, Piedras Negras y Ciudad Acuña.

Lo primero que hay al oeste de Colombia —aunque suene raro porque aquí no hay mar— es un Puesto Naval de Seguridad. Decenas de casas de campaña apostadas a la orilla de la Ribereña fueron colocadas por la Marina Armada, que reforzó su presencia desde 2012. Infantes marinos nacidos en Tabasco, Campeche, Veracruz y otros estados tropicales acampan o hacen guardia en trincheras colocadas en medio del monte. Otros revisan a los escasos transeúntes de este camino en el que se han reportado decenas de enfrentamientos entre convoys del narco y de las fuerzas oficiales entre 2010 y 2013, aunque son todavía más los combates que no han trascendido públicamente. Lo que sigue después del Puesto Naval es más monte vapuleado por el sol que aún en invierno azota las yucas y los huizaches de la vegetación. De vez en cuando aparecen letreros anunciando la entrada a ranchos como La Dueña, San Isidro, Los Apaches, La Burra, Arroyo Seco y Don Óscar. También hay construcciones en ruinas de organismos públicos o privados con las paredes agujereadas por balas. Si la Ribereña es ocasionalmente un campo de batalla, los ranchos aledaños pueden ser zonas de abastecimiento, entrenamiento, trasiego o panteones clandestinos. Pareciera que muy pocas veces son ranchos comunes de siembra y cría de ganado.

Durante el operativo especial, la Subprocuraduría encontró cuatro tambos industriales y varias prendas de ropa carcomidas por la intemperie en un predio a la orilla de la Ribereña, a la altura del municipio de Guerrero. Estas barricas son improvisadas como hornos crematorios por la mafia de la región para desaparecer los cuerpos de sus víctimas. A los soldados les gusta usar metáforas gastronómicas en su narrativa. Si en Sarajevo se hablaba de las “carnicerías” orquestadas por Radovan Karadžić, a estas rudimentarias incineraciones Los Zetas las nombraron “cocinas”.

Unas cuantas casas de Guerrero son la única población asentada a la orilla de la Ribereña, entre Colombia y Piedras Negras. Por lo demás, nadie habita junto a este camino que por momentos parece un territorio de Marte. Los únicos humanos que se dejan ver de vez en cuando son unos tipos vestidos con trajes anaranjados que trabajan para Geokinetics, la compañía que explora la cantidad de gas esquisto (Shale) existente. Este hidrocarburo que aquí abunda oculto en las piedras y que hasta ahora no es explotado comercialmente puede generar electricidad. A partir de 2010, el gas esquisto ha tenido un auge, sobre todo en Estados Unidos, donde los especialistas lo llaman “el gas de moda” o “el gas del futuro”. Para poder explotarlo se necesitan dos cosas: permiso del gobierno mexicano y mucha agua. Con la reciente reforma energética, los permisos ya vienen en camino; en cuanto al agua, en la región de Los Cinco Manantiales, el agua es tan abundante como el miedo.

Mientras los hombres de anaranjado miran pacientemente este suelo en busca de piedras que permitirán un negocio energético en millones de dólares, los empleados de la Subprocuraduría también miran hacia la tierra, pero en busca de restos humanos que den sosiego a una región perturbada por la guerra del narco.

Tras recorrer 144 solitarios kilómetros de la Ribereña desde Colombia, Nuevo León, llegamos a Piedras Negras, Coahuila.

PIEDRAS NEGRAS

En Piedras Negras hablamos con algunas personas que atestiguaron el operativo especial. Algunos lo consideraban un show, mientras que otros lo calificaron como un esfuerzo notable pero tardío. Salvo excepciones, la desazón es la nota predominante. Todavía no parece haber suficiente ánimo para pensar que ya pasó lo peor. Coahuila está devastada: la cloaca apenas está abriéndose. Basta ver los periódicos locales del día, cuya noticia principal es: “Javier Villarreal, preso por narco”. Villarreal era el tesorero del anterior gobierno estatal, encabezado por Humberto Moreira, quien está ahora exiliado en España, mientras que su antiguo colaborador se entregó a la agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) y colabora ahora en una investigación sobre lavado de dinero que amenaza con exhibir una vez más la narcopolítica mexicana.

Lo que sí reconocían los críticos del operativo especial dirigido por el subprocurador Juan José Yáñez Arreola era el empleo de un equipo geolocalizador de alta tecnología y además la existencia de un laboratorio móvil para ir procesando la información que conseguían los investigadores. Leobardo Ramos, uno de los médicos que dirigió la inspección forense, es respetado en Piedras Negras. A cada lugar al que fueron, el especialista y su equipo hacían su trabajo, mientras que la Marina sitiaba los pueblos, el Ejército vigilaba las entradas y salidas, y la policía federal y estatal buscaban a los funcionarios y ex funcionarios públicos para tomar sus declaraciones. El inconveniente es que los sucesos indagados ocurrieron hace tres años, en el mejor de los casos, y pocos de los entrevistados tienen fe en que las pruebas periciales sean contundentes.

Uno de los lugares de Piedras Negras que la Subprocuraduría revisó fue el Centro de Readaptación Social, famoso a nivel nacional por la fuga de 129 reos a finales de 2012. De acuerdo con algunos testimonios, en el interior de esta prisión fueron creadas algunas “cocinas” por parte de Los Zetas. Algunos agentes especulan que el uso de este método de exterminio se incrementó a partir de 2010, tras el hallazgo de 72 migrantes fusilados y abandonados en un galpón de San Fernando, Tamaulipas, así como de la excavación de decenas de restos en otras fosas clandestinas que pusieron a la región bajo escrutinio internacional. De tal forma que para evitar el escándalo derivado de estos hallazgos, los grupos criminales decidieron aumentar el uso de tambos de diesel para no dejar rastro alguno de sus masacres.

El empresario Mauricio Fernández Garza, cuando aún era alcalde de San Pedro, Nuevo León, fue uno de los primeros personajes de la política en hablar sobre lo que estaba pasando. En una entrevista hecha a finales de 2011 lo relató así:

“Yo me entero de eventos, por alcaldes, por amigos míos ganaderos, por gentes que dicen: ‘Pues llegaron y entraron con helicópteros y mataron a todos’. Y eso no sale en ningún medio de comunicación. De esos casos conozco muchísimos: en la frontera, viniendo de la frontera, en Tamaulipas… Amigos míos a los que les ha tocado en sus propiedades, intervenciones importantes del Ejército. Vaya, yo te diría: no las estoy cuestionando, lo único que te digo es que no hay información sobre ellas. Yo creo que lo que sale público es lo inevitable. Por muchísimas cosas que yo me entero, también en Nuevo León han matado a una barbaridad de gente. No sé si será cierto o no, pero un alcalde me decía: ‘Oye, nos pidieron de no sé dónde, un bulldozer para enterrar cadáveres de un operativo del gobierno federal’. Será cierto o no será cierto, yo no estoy cuestionando, simplemente estoy comentando cosas que me toca escuchar. O en un rancho de un amigo que, igual: entraron con helicópteros y básicamente mataron a todo mundo. No dejaron ni cadáveres ni casquillos. Si hay operativos que se están haciendo —lo cual creo que sí se están haciendo— pero mucho de lo que pasa, no sale. Además de que dentro del propio crimen organizado hay cantidad de víctimas, entre pleitos de ellos mismos, que los meten y disuelven en ácido, o entierran, o desaparecen, o cualquier cosa. De esos tampoco te enteras. Entonces, si tú me dijeras: son 50 mil los muertos oficiales, pues yo creo que fácilmente estamos hablando de un cuarto de millón de muertos, digo, por decirte. Yo creo que sería como un cinco a uno, entre lo del crimen organizado que no te enteras y entre lo del gobierno que no te enteras. Aunque no tengo ningún elemento para decirte por qué, simplemente por las cifras que conozco: que matan a 30, que matan a 40, según me cuentan los alcaldes (de Nuevo León), aquí yendo a la frontera. En China, o General Bravo, no me acuerdo cuál, el alcalde me dijo: ‘Ni vayas a Estados Unidos, hubo 30 muertos este fin de semana, hubo 20 muertos el otro fin de semana’, y en los medios de comunicación de aquí en Nuevo León, no salió. Y si son 50 y ni uno más, o son un cuarto de millón, que es más mi estimado, es lo mismo. No es por muertos que vamos a arreglar al país”.

Otros alcaldes de la región también me contaron situaciones parecidas, pero pidieron no dar a conocer sus testimonios hasta que hayan fallecido o existan tiempos más seguros en la zona, algo que todavía ven muy lejano. Como dice Fernández Garza, estas masacres no salían en los medios de comunicación, pero esto no se debía a que los periodistas locales ignoraran lo que ocurría. Tenían alguna idea de lo que estaba pasando pero iniciar una investigación periodística, o peor aún, darla a conocer, implicaban destierro o entierro seguro para los involucrados. Repasamos con un colega de Piedras Negras las diversas formas en que la mafia había amenazado a compañeros de la zona para que no informaran sobre lo que estaba sucediendo. Una lista larga y deprimente que no tendrá cabida en esta crónica.

Aunque todas las recomendaciones indicaban que no lo hiciéramos, después del mediodía salimos de Piedras Negras acompañados por dos camionetas blindadas del Grupo de Armas y Tácticas Especiales. Los GATE son una polémica corporación de élite creada por el nuevo gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, y por un grupo de empresarios locales. Se trata de agentes sin rostro ni identidad que tienen el prestigio de actuar con la misma dureza que los grupos ilegales a los que combaten. Los GATE nos acompañarían hasta tres ranchos que fueron tomados por Los Zetas en 2011 para retener y desaparecer a decenas de personas. Quedaban a las afueras del casco principal de Allende, Coahuila. Era un viaje de tan sólo 60 kilómetros adornado por unos nogales hermosos.

EL PUEBLO DEL MANANTIAL

A Allende, Coahuila, le dicen hoy en día Springfield porque la administración municipal que inició el 1 de enero de 2014 pintó de amarillo la presidencia y los principales edificios públicos como el kiosco de la plaza y la Casa de la Cultura. La traducción de Springfield al español sería “campo primaveral” o “campo de manantiales”. Reynaldo Tapia, el alcalde del pueblo, dice que no le gustan Los Simpsons y que tampoco es del PRD, cuyo color oficial es el amarillo. Tapia es dueño de más de veinte casas de empeño y milita en el PRI. Dice que pintaron de amarillo el pueblo porque “el amarillo es el color de la fuerza”.

Amarillo es también el color habitual de traxcavos como los que usaron Los Zetas para derrumbar mansiones del casco principal. El viernes 18 de marzo de 2011, alrededor de 50 camionetas pickup tripuladas por soldados del narco irrumpieron en Allende. De acuerdo con testimonios brindados a la Subprocuraduría, los hombres armados tenían enlistados los domicilios de las casas, negocios y ranchos que iban a saquear y destruir e incluso —mediante un documento— avisaron de eso al alcalde de ese entonces, Sergio Lozano Rodríguez, del PAN. Una de las residencias devastadas está justo frente a la presidencia municipal y frente a la casa particular del político está otra de las construcciones atacadas. Su administración no hizo nada mientras ocurrió la masacre.

Los comandos llegaban a los domicilios y detenían a todas las personas que se encontraban ahí. Se llevaban también los objetos de mayor valor, como dinero en efectivo y joyas. Luego dejaban que los vecinos y demás habitantes del pueblo rapiñaran lo que había quedado. Había gente que se llevaba desde macetas hasta refrigeradores. Uno de los casos más recordados es el de un labriego que se llevó una elegante sala negra de piel que tuvo que poner bajo un mezquite porque su tejabán era demasiado pequeño para meterla.

Una vez acabado el saqueo colectivo, Los Zetas demolían las casas. En algunos casos utilizaban granadas y en otras llegaban directo con mazos y máquinas de construcción. El ataque duró varios días y la policía municipal participó tanto en el ataque como en el pillaje. “También vi gente elegante dirigiendo las máquinas”, recuerda uno de los habitantes entrevistados. Al cabo de una semana, los restos de las casas destruidas en el centro de Allende se amontonaban por doquier. Bloques de cemento gris y vigas de acero dobladas y negras por el fuego aún pueden observarse luego de casi tres años.

En ninguna de las casas destruidas hubo resistencia a balazos y nadie recuerda haber presenciado una ejecución.

—La realidad es que nada más se oyeron las granadas y unas explosiones, pero nunca se vio un cadáver ni se oyó un balazo. Todos los que se llevaron estaban vivos y después ya no se supo nada de ellos, hasta el día de hoy— me explica un entrevistado, cuyo testimonio también fue tomado por la Subprocuraduría.
—¿A quién puedo buscar para que me cuente de sus familiares desaparecidos?
—A cualquiera que le preguntes de aquí te va a decir que tiene un familiar o amigo desaparecido desde aquel entonces. Este es un pueblo chiquillo.
—¿Cuántas personas fueron desaparecidas?
—Se habla de 300, pero yo creo que son más. Era un caos. Aquí la gente ya no se quiere acordar de lo que pasó…
—¿Por qué tanta saña?
—Todo por culpa de dos personas: Luis Garza y Héctor Moreno, que se robaron un dinero de Los Zetas… Lo peor es que los dos están ahora muy tranquilos en Estados Unidos como testigos protegidos.

José Luis Garza Gaytán forma parte de la familia Garza que hace un centenario llegó de Lampazos, Nuevo León a radicar en Allende, Coahuila. Los Garza no eran una familia rica, pero vivían bien gracias a la buena cantidad de tierra que poseían y trabajaban. A la altura del kilómetro nueve de una carretera comunitaria entre Allende y el pueblo de Villa Unión está la entrada de sus propiedades principales. A esos ranchos de Los Garza fueron llevadas las personas detenidas en el pueblo en aquel mes de marzo de 2011. Por su parte, Héctor Moreno Villanueva, pertenece a una familia que hizo mucho dinero con una fábrica de hielo y luego con una pequeña línea de transporte regional.

Por lo menos desde 2008, Garza Gaytán y Moreno Villanueva empezaron a trabajar con Los Zetas. En 2011 ambos habían escalado tanto que alcanzaron niveles importantes en el tráfico de cocaína a Estados Unidos a través de Eagle Pass, la ciudad norteamericana colindante con Piedras Negras. Pero a principios de marzo de 2011, ambos rompieron con la banda.

Y el 18 de ese mismo mes, en venganza, sus antiguos socios tomaron el pueblo del que ambos eran oriundos para destruir todas sus propiedades y levantar a familiares, amigos y hasta trabajadores. Decenas de personas apellidadas Garza, Gaytán, Moreno y Villanueva fueron llevadas al rancho que está en el kilómetro nueve de la carretera entre Allende y Villa Unión. También fueron llevados veladores, cocineros, sirvientas, albañiles y cuidadores de gallos que laboraban para sus familias. Estos ranchos de los Garza, de acuerdo con la investigación de la Subprocuraduría, fueron convertidos en un campo de exterminio donde Los Zetas mataron a los retenidos y después los incineraron clandestinamente en tambos de diesel.

Cualquiera que tuviera estos apellidos estaba en riesgo. Incluso la agente del Ministerio Público local, Blanca Garza —que no es familiar de José Luis Garza—, se tuvo que ir por una temporada. Unos cuantos familiares de Garza Gaytán y Moreno Villanueva lograron escapar y viven ahora en Estados Unidos. Año y medio después, uno de ellos, Sergio Garza, decidió volver a Allende. Abrió una tienda de ropa. Dos semanas después fue ejecutado junto con su hijo.

Desde marzo de 2011 hasta este febrero de 2014, el pueblo ha convivido con las ruinas de las casi 40 mansiones. Unos jovencitos vieron en la tragedia una oportunidad de negocios y empezaron a dar “El tour de las casas destruidas”, explicando a los forasteros lo que había sucedido. Los muchachos aparecieron un día con un tiro en la cabeza. La máquina de la muerte no ha dejado de trabajar.

—Pero, ¿por qué pasó esto?, ¿cómo se permitió una cosa así?— pregunto a uno de los pobladores.
—Si esa gente se propone matar a todos los habitantes, no pasa nada. Así de desprotegido estaba el pueblo.

La Subprocuraduría comenzó un censo de la devastación. El conteo oficial de las casas atacadas en el casco de Allende, hasta principios de febrero de 2014 —sin incluir ranchos y casas a la redonda— es de 29 propiedades. En algunos casos, las personas que aparecen como propietarios son supuestos prestanombres de la familia Garza Gaytán o de la familia Moreno Villanueva.

LA MASACRE

Dejamos el casco de Allende para tomar una carretera vecinal rumbo a Villa Unión. A la altura del kilómetro nueve nos desviamos por una brecha. Desde ese momento estábamos en tierras de la familia Garza. Unos kilómetros adelante encontramos la primera construcción, propiedad de Luis Garza Garza: una casa de cinco cuartos color crema y verde semiderruida. Adentro una luz polvorienta encima de piedras, vidrios rotos y hierba creciendo entre papelería regada a nombre de la familia Garza Garza. En el porche una piscina terrosa que lucía extravagante y triste en medio de la solitaria llanura. Antes de ser arrasado, éste era el hogar de siete adultos y tres niños que desaparecieron. Atrás de la construcción de la casa quedan los restos de una bodega en la que hasta los altos techos de lámina fueron robados.

El siguiente rancho del trayecto es el de Jesús Garza Garza. La casa donde vivía el vaquero tiene las paredes principales con unos hoyos como ventanales. Sólo la mitad de un granero contiguo queda levantado. Uno de los GATEs inspecciona el sitio y dice que parece que fue volado con un misil.

—¿Un rocket?— pregunto.
—Sí, aquí nos han lanzado hasta misiles. Pero ni así han podido con nosotros.
—¿Fue un enfrentamiento?
—No. Nos hicieron una emboscada ahí por la entrada de Allende, por donde pasamos hace rato.

Seguimos caminando. El GATE lleva su uniforme de camuflaje desértico, junto a su AR-15 y su chaleco antibalas. De repente se encuclilla para mirar de cerca unas cenizas. “Yo creo que aquí los cocinaban”, dice, señalando una esquina del granero. “Por eso luego incendiaron todo, para que ni siquiera quedaran rastros de la sangre ni nada”.

Sin embargo, el rancho que tiene en la mira la Subprocuraduría es el tercero, el cual era propiedad de Rodolfo Garza Garza. Mientras nos acercamos al lugar, el persistente sonido de los cables de alta tensión de unas torres que parecen estar levantadas en medio de la nada genera una mayor incertidumbre. A unos 30 metros de distancia de la construcción principal aparecen unas montañas de botes vacíos de aceite diesel de 20 litros y decenas de llantas, que son usadas para facilitar la combustión. Este es el material que suelen emplear los criminales para desaparecer a sus víctimas.

En 2013, un soldado zeta contó al corresponsal de guerra, Jon Lee Anderson, la forma en que funcionan estos lugares:

“JLA: ¡Vaya! Esto del diesel no lo llegué a entender del todo. ¿Se le prende fuego, o el diesel es corrosivo y va acabando con el cuerpo?

Z: Sí. Te echan adentro del tambo, agarras un bote y con una yoga de veinte litros te van bañando. Así le van echando dentro del tonel y ya de pedazo en pedazo te van desapareciendo. Dura como una media hora todo para que ya no quede nada de ti.

JLA: Te disuelves…

Z: Todo. Te van echando diesel y ahí se va acabando la flama. Cuando ves que se está apagando la flama, le echas otro botecito y ahí te vas… Cuando yo estuve la primera vez en eso duré como un mes sin comer pollo ni carne porque huele igual, casi lo mismo, que cuando pasas por un restaurante o un lugar donde venden pollo asado. Me di cuenta que el pollo asado huele como una persona normal”.

OCHOCIENTOS KILOS DE COCAÍNA

Aunque Juan Alberto Cedillo, corresponsal de la revista Proceso en la zona, había escuchado el rumor de que una ruptura al interior de Los Zetas era la razón por la que Allende había sido arrasado en la primavera de 2011, no fue sino hasta abril de 2013 que confirmó con detalle lo sucedido. El día 18 de ese mes viajó a Austin, Texas, para presenciar el juicio a varios miembros de Los Zetas. Mario Alfonso Cuéllar, quien había sido uno de los principales operadores de la banda en la zona, declaró en la corte texana que Miguel Ángel Treviño, líder conocido como el Z-40 había ordenado su muerte porque creía que estaba pasando información a la DEA sobre el tráfico de cocaína por Piedras Negras. En realidad, quienes lo estaban haciendo eran Héctor Moreno Villanueva y José Luis Garza Gaytán, dos de sus testaferros, quienes se acogieron al programa de testigos protegidos. Tanto Moreno Villanueva como Garza Gaytán ayudaban a Cuéllar a traficar entre 500 y 800 kilos de cocaína mensuales con destino al mercado de Estados Unidos —el país más cocainómano del mundo— a través de Eagle Pass, Texas. El precio de un kilo en esta zona fluctúa alrededor de los veinte mil dólares, por lo que la ganancia estimada era de 16 millones de dólares, de los cuales diez millones se iban a pagos de proveedores colombianos, gastos de transportación y sobornos de autoridades de diversos países, principalmente mexicanas. La ganancia neta de la organización era de seis millones de dólares al mes sólo en este punto fronterizo.

En marzo de 2011, Cuéllar, Moreno y Garza dejaron a Los Zetas sin ese ingreso y probablemente también durante los meses siguientes. Todo esto justo en uno de los momentos más álgidos de la guerra librada por la banda de la última letra contra el Cártel del Golfo por el control mafioso de las ciudades fronterizas del noreste mexicano. Una guerra que exigía que Los Zetas tuvieran flujo de recursos. El tráfico por Piedras Negras era uno de sus pocos puntos estables, ya que en las demás ciudades de tránsito (Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros) era complicado trabajar debido a los constantes combates con la banda rival y las autoridades que no habían podido sobornar.

Todo esto derivó en el ataque indiscriminado en contra de familiares, amigos y trabajadores de Garza Gaytán y Moreno Villanueva, principalmente en Allende, aunque también en Piedras Negras y otros municipios de la región de Los Cinco Manantiales.

Desde Estados Unidos, Moreno Villanueva se enfrenta —en una cuenta de Facebook— a sus antiguos socios, quienes acabaron con sus propiedades y buena parte de su familia en Coahuila. Suele escribir cosas como esta en su muro: “Larga vida a mis enemigos para que puedan ver mi gloria”. El día que Miguel Ángel Treviño, el Z-40, fue detenido, escribió: “Ya se cayó el arbolito”. En días recientes, difundió en su muro una nota de Juan Alberto Cedillo publicada en la revista Proceso con el título “Coahuila: en busca de desaparecidos: ‘macro-operativo’ falaz” y luego escribió el siguiente comentario: “Fue humberto moreira gobernador priista de coahuila quien lo permitio y nunca mando ayuda a los 5 manantiales dejandolo en las manos del crimen organizado y polizias secuacez de estos”.

DÍA DEL AMOR

Una semana después del operativo especial de la Subprocuraduría, la administración municipal de Allende decidió adelantar el Día del Soldado, que en México se celebra oficialmente el 19 de febrero. La fecha elegida para que arribaran a la plaza principal 300 soldados de la 14 región militar del Ejército Mexicano, fue el 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad. Los militares hicieron un pequeño desfile frente a la presidencia municipal pintada de amarillo, escucharon un discurso de agradecimiento por parte de las autoridades locales y al cabo de una hora regresaron a su cuartel ubicado en Muzquiz.

En 2011, durante la masacre del pueblo, el batallón de la 14 Región Militar llegó demasiado tarde. Cuando finalmente lo hicieron, los ranchos de la familia Garza ya habían sido abandonados por Los Zetas. En ese entonces, los militares ocuparon el gimnasio del pueblo como cuartel provisional.   Después de un año lo abandonaron. Ahora ese antiguo gimnasio-cuartel militar está siendo adaptado como una nave industrial en la que se maquilarán los trajes anaranjados que usan los tipos que recorren la Ribereña y los overoles antiinflamables que necesitarán los obreros que explotarán próximamente el gas Shale en la región.

En una florería del pueblo, mientras arma ramos de rosas y arreglos más sofisticados con otras flores, una mujer víctima del asedio, no parece entusiasmada con el operativo. Su esposo fue uno de los albañiles que construyó la casa de José Luis Garza Gaytán y sólo por eso fue levantado y desaparecido el 18 de marzo de 2011. “Supongo que está muerto. Por esos días se oía que en el rancho de los Garza, que ahí los habían matado. La gente que pasaba por ahí dice que olía feo”, cuenta y empieza llorar.

La florista nunca ha presentado una denuncia formal, como todos los demás familiares de las personas desaparecidas aquí. En realidad, son pocas las personas del noreste de México las que llegan a denunciar formalmente la desaparición de sus familiares. El miedo tanto a las autoridades como a los grupos criminales se los impide. Las que lo hacen, buscan que sea a través de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila y Nuevo León, o Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos, organismos civiles que han intentado remontar esta barbarie.

—Qué bueno que hayan venido [funcionarios de la Subprocuraduría], pero sinceramente me da igual —dice la florista que perdió a su esposo.
—¿Por qué? —pregunto.
—A grandes rasgos, esto no se ha acabado. Ellos por aquí andan.

De acuerdo con otros testimonios recolectados, el hombre que dirigió la masacre de la primavera en este pueblo con manantial se llamaba Gabriel Zaragoza y le decían Comandante Flacaman. En 2012, Comandante Flacaman fue asesinado en San Luis Potosí por sus mismos compañeros, durante otra guerra interna.

De los demás ejecutores no se sabe nada.

Tampoco de los funcionarios que permitieron esta masacre.

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El coyote volvió mucho antes de lo esperado. Normalmente se tardaba más de 20 días, pero en esta ocasión apenas habían pasado cinco o seis días desde que había cruzado la frontera entre Guatemala y México. Por eso se extrañó Fernando, el motorista del coyote en El Salvador, cuando recibió la llamada de su jefe. Era agosto de 2010, y el coyote pedía a su motorista que lo recogiera en la frontera San Cristóbal, del lado salvadoreño. Venía solo, sin ninguno de los seis migrantes que se había llevado. El coyote -recordó Fernando cuando contó la historia a la Fiscalía- regresó nervioso, sin explicar lo sucedido, dando excusas a medias: “Me mordió un perro”, recuerda Fernando que le dijo el coyote. A los días, Fernando sabría que al coyote no lo mordió ningún perro en México. Lo mordió algo mucho más grande.

* * *

El miércoles 25 de agosto de 2010, los periódicos de El Salvador amanecieron con esta noticia en sus portadas: “Encuentran 72 cadáveres en un rancho en Tamaulipas”. Un muchacho ecuatoriano de 18 años había llegado la madrugada del día 23, cansado y herido de bala en el cuello, hasta un retén de la Marina mexicana. Había dicho que era sobreviviente de una masacre perpetrada por los amos y señores del crimen en ese Estado norteño de México, Los Zetas. Los marinos ubicaron el lugar y llegaron hasta un municipio llamado San Fernando y se internaron hasta un ejido llamado La Joya, en la periferia del corazón de ese lugar. Ahí, afuera de un galpón de cemento con apenas techo, encontraron a un comando armado. En medio de la nada, a la orilla de una callecita de tierra, se enfrentaron a balazos. Murieron tres pistoleros y un marino. Huyeron los demás pistoleros. Entraron los marinos y vieron lo que había dentro del galpón: recogidos contra la pared de cemento como un gusano de colores tristes, amontonados unos sobre otros, hinchados, deformados, amarrados, un montón de cuerpos. Masacrados.

Gracias al testimonio del ecuatoriano sobreviviente, un muchacho de nombre Luis Freddy Lala Pomadilla, al día siguiente los periódicos hablaron de migrantes masacrados. Poco a poco, día a día, la noticia se confirmó: 58 hombres y 14 mujeres migrantes de Centroamérica, Ecuador, Brasil y la India habían sido masacrados por un comando de Los Zetas.

* * *

Fernando —el motorista— asegura que el día que la noticia salió publicada en los periódicos de medio mundo, recibió una llamada del coyote.
—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote.
—¿Por qué?
—¡Ah! Vos no sabés nada de mí.

* * *

Fernando es el nombre clave que durante el juicio contra seis salvadoreños acusados de integrar una banda de coyotes le dieron al testigo clave. Fernando conocía desde la infancia al coyote. Eran vecinos cuando Fernando quedó desempleado y accedió a trabajar como el motorista del coyote. Normalmente —relató en varias ocasiones Fernando ante un juez, ante las fiscales de la unidad de trata y tráfico de personas y ante agentes de la División Élite contra el Crimen Organizado (DECO)— sus funciones eran recoger al coyote, llevarlo a conversar con algunos de los potenciales migrantes, llevarlo a las reuniones con los demás miembros de la organización, llevarlo y traerlo a la frontera con Guatemala cuando iniciaba o regresaba de un viaje. Sus funciones, hasta aquel agosto de 2010, no incluían mantener la boca cerrada cuando la Policía apareciera.

En diciembre de 2010, la Policía apareció. Capturó a Fernando y también capturó a un hombre de 33 años llamado Érick Francisco Escobar. Según la Fiscalía, la Policía, Fernando y otros testigos, él es el coyote.

La detención se realizó cuatro meses después de la masacre en San Fernando porque fue hasta septiembre cuando Cancillería de El Salvador recibió el informe forense de México, donde se establecía que 13 de los asesinados en aquel galpón abandonado eran salvadoreños. Los investigadores policiales buscaron a los familiares de las víctimas y obtuvieron siete testimonios coincidentes. El coyote con el que habían negociado se llamaba Érick, y su número telefónico —que luego sería rastreado por la Policía— era el mismo. Uno de esos testigos, un hombre cuyo hijo fue masacrado a balazos por Los Zetas en aquella carnicería de Tamaulipas, fue el único de los siete que dijo poder reconocer a Érick. Y lo hizo. Durante el proceso señaló al que según él había sido el coyote que guio a su hijo a la muerte.

Fernando fue capturado en el mismo operativo en el que cayó Érick. Fernando era acusado de pertenecer a la red, pero tras unas semanas en el penal de San Vicente —donde era obligado a dormir sentado a la par de un inodoro—, el hombre decidió contar en una declaración jurada a las fiscales y a los investigadores de la DECO lo que sabía.

Tres meses después de las primeras capturas, la Policía detuvo a un hombre que había logrado mantenerse prófugo durante todo ese tiempo. La DECO detuvo en el municipio de Tecapán, Usulután, a un hombre corpulento, dirigente del equipo de fútbol de primera división Atlético Marte y dueño de buses de la ruta 46. Su nombre es Carlos Ernesto Teos Parada. Según las investigaciones fiscales y la declaración de Fernando, él era el jefe de la red de coyotes en la que Érick trabajaba.

Sabas López Sánchez, un muchacho de 20 años, y Karen Escobar Luna, de 28, eran también de Tecapán. Ambos terminaron formando parte de aquel gusano de colores tristes.

* * *

En su declaración ante las fiscales, Fernando dibujó un mapa con palabras. El mapa que Fernando dibujó permite imaginarse que los migrantes, al menos los seis que iban con Érick, pasaron sus últimos días colgados a un tren de carga como polizones.

Fernando describió dos rutas. Una de ellas empezaba en Chiapas, donde cientos de miles de migrantes ingresan cada año luego de mojarse las piernas cruzando el río Suchiate que hace de frontera con Guatemala. La ruta seguía por Veracruz, lo que hace pensar que los migrantes ya antes habían alternado entre caminatas por el monte y autobuses chiapanecos durante 280 kilómetros donde el tren no funciona, hasta llegar al municipio de Arriaga, montar la bestia de acero durante 11 horas bajo el inclemente sol agostino, hasta llegar al municipio de Ixtepec, ya en el Estado de Oaxaca, donde cambiaron de tren y se subieron a uno mucho más veloz, que va a unos 70 kilómetros por hora, y que tarda entre seis y ocho horas para llegar al Estado de Veracruz, al municipio de Medias Aguas, donde los trenes que vienen de Oaxaca y de Tabasco se juntan para viajar en una sola línea hasta las proximidades de Ciudad de México. Desde ahí escalaban hasta llegar a Ciudad Victoria, viajar a Reynosa e ir a Nuevo Laredo, Tamaulipas, para intentar ganarle al río Bravo, ganarle a la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos y entrar al vasto Estado de Texas.

Fernando había explicado que conocía a Érick como un hombre de vicios. Un bebedor y cocainómano. Le gustaba, como dijo el testigo, andar “de zumba”.

Tomar alcohol y consumir cocaína, en el mundo de los coyotes, es como tomar whisky en el de los jugadores de póquer. No tiene nada de particular. Y sería solo un rasgo identificativo, una curiosidad, de no ser porque en este caso pasó lo que pasó.

En una ocasión, contó Fernando a las fiscales, Carlos Teos y Érick se reunieron en Usulután junto con otros miembros del grupo. Eso ocurrió más o menos un mes antes de la masacre. Teos dio algunas instrucciones, habló de la ruta, habló de nuevos contactos y ordenó a uno de los presentes que sacara el dinero. Fernando observó armas de fuego. El hombre regresó con un rollo de billetes y le entregó a Érick 3,000 dólares, el dinero que cubría el viaje de algunos de los viajeros.

Los familiares de los seis salvadoreños que fueron acribillados por Los Zetas aseguran que el acuerdo con Érick era pagar entre 5,700 y 7,500 dólares por el viaje. Todos pagaron la mitad antes de la partida. La otra mitad se pagaría allá, en Estados Unidos, a la llegada que nunca ocurrió.

Fernando relató que tras aquella reunión, Érick le pidió dirigirse a San Salvador, y ahí al bulevar Constitución, y ahí a una callejuela que entra a una comunidad llamada La Granjita, dominada por una vieja pandilla llamada Mao Mao. Ese lugar es conocido comúnmente como La Pradera, porque a la entrada de la callejuela de tierra hay un motel con ese nombre. Érick quería comprar cocaína, y su motorista lo llevó. Ahí mismo en el carro, dijo Fernando, Érick se metió unos buenos “narizazos”.

Los narizazos serían un rasgo identificativo de un coyote. Una curiosidad, de no ser porque el relato de Fernando termina como termina.

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Una de las muchachas que iba en el viaje con el coyote llamó durante el camino a una de sus familiares que luego se convirtió en denunciante del coyote. La muchacha, dice la versión fiscal, era optimista:

—Estoy en México y voy con la persona que me fue a traer. Estoy bien, dale saludos a todos, les aviso cuando esté en Estados Unidos.

El hijo del señor que luego señaló a Érick también llamó. También era optimista.

—¿Con quién vas? ¿Vas con Érick? —preguntó el papá.
—Sí, papá, aquí está con nosotros todavía, no se ha separado.

Aún no había pasado lo que pasó. Los pequeños detalles aún no habían terminado en un gusano de colores tristes.

* * *

El 11 de agosto, según reportes de Migración de El Salvador, con uno o dos minutos de diferencia, abandonaron el país por la frontera San Cristóbal sei migrantes que 13 días después serían masacrados en un galpón abandonado en Tamaulipas.

Fernando —el motorista— asegura que una noche antes habían sido concentrados en dos hoteles que están a unas cuadras de la terminal de autobuses que van hacia el occidente de El Salvador. Algunos migrantes estaban hospedados en el hotel Ipanema y otros en el hotel Pasadena. Se trata de hoteles de paso, que cobran unos 17 dólares por una habitación doble, estancia de camioneros, buseros, migrantes y coyotes.

Una de las fiscales del caso cuenta que durante la investigación consiguieron una orden de registro del hotel Pasadena. Entre los huéspedes encontraron a un niño de 10 años y a un joven de 18 que estaban a la espera de iniciar el viaje con sus coyotes: estos eran un hombre que había sido deportado de Estados Unidos recientemente y un policía supernumerario. Ambos fueron detenidos. Encontraron también a un guatemalteco de nombre José María Negrero Sermeño. La policía solicitó sus antecedentes por radio, y pronto les respondieron que tenía una orden de captura por el delito de tráfico de personas girada por un juez de Cojutepeque. Le decomisaron sus teléfonos y ahí encontraron números de agentes policiales, de migración, de la frontera, agendas donde precisaba nombres de delegados de migración de Guatemala y El Salvador, así como tarjetas de presentación de varios funcionarios. Cuando hicieron el análisis telefónico de las llamadas de ese hombre, encontraron que se comunicaba con Érick y Carlos Teos.

Los migrantes que serían masacrados subieron a un autobús internacional que iba hacia la capital guatemalteca, contó Fernando. Érick le entregó al motorista 120 dólares. Según Fernando eso correspondía a 20 dólares por migrante, y eran para que el conductor del autobús sobornara a algún policía que se percatara de que los migrantes iban siendo guiados. Érick, él y otro hombre —Carlos Arnoldo Ventura, que luego sería condenado a cuatro años de prisión por tráfico ilegal de personas— se fueron en carro hasta la frontera. Fernando recuerda que durante el camino, Érick fue conversando por teléfono con Carlos Teos sobre rutas y fechas.

En el expediente fiscal se consigna que Carlos Teos —que tiene visa de turista para entrar a Estados Unidos— salió de El Salvador hacia Estados Unidos casi una semana después de que lo hicieran los migrantes. Fernando aseguró que Teos era quien se encargaba de recibir a los migrantes en Estados Unidos, entregarlos a sus familiares y cobrar la segunda mitad por el viaje. En algunas ocasiones hay registro de salida de Teos, pero no de entrada al país. La hipótesis fiscal es que Teos regresaba cargado de dinero, y evadía controles para ingresar al país y no declarar. El análisis de las cuentas bancarias de Teos demuestra que es un hombre que puede pasar de tener cero dólares a tener casi 10,000 en menos de un mes; de tener 85,000 un mes y 94,000 tres días después.

Lo último que Fernando supo de Érick es que cruzó la frontera sin pasar por el registro, con la idea de abordar el autobús del lado guatemalteco y emprender el viaje con sus migrantes.

* * *

Tiempo después, Fernando recibiría la llamada de Érick. Una llamada que llegó muy pronto.

—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote al regresar.

El coyote desapareció unas semanas. Cuando reapareció, dijo Fernando en su declaración jurada, que Érick le contó que un pequeño detalle, ese sutil rasgo característico de estos hombres de vida dura, cambiaría por completo esta historia.

Érick dijo que se había gastado un dinero que es sagrado en estos viajes. Érick se gastó en vicios la cuota que tenía que pagar a Los Zetas en Tamaulipas. Érick se gastó la cuota que un coyote debe pagar a esa mafia mexicana para que cada migrante pueda seguir migrando. Érick —relató Fernando— sabía que había tocado un dinero obligatorio, un dinero que no se negocia, y por eso abandonó a los seis salvadoreños que querían entrar a Estados Unidos.

* * *

Cuando una de las fiscales del caso cuenta que Carlos Teos y Érick fueron absueltos por un juez suplente del juzgado especializado de sentencia de San Salvador, se le corta la voz. Se le insinúa el llanto.

A pesar del testimonio de Fernando, del análisis de llamadas, del reconocimiento del padre de uno de los muchachos masacrados, a pesar de que con las mismas pruebas y el mismo testimonio de Fernando otro juez condenaría luego a otros dos miembros del grupo, este juez absolvió a Érick y a Carlos Teos.

—Fue un asombro, estábamos celebrando… Bueno, qué tristeza. Todos nos volteábamos a ver, nadie lo creía.

La Fiscalía ha puesto un recurso y espera que la Sala de lo Penal revierta el fallo y obligue a que otro juez juzgue el caso.

Mientras, lo único que queda de los familiares de las víctimas, es el testimonio que ya rindieron. Todos los familiares de los migrantes masacrados que declararon recibieron amenazas telefónicas. A todos les dijeron que los iban a desaparecer, a asesinar, relataron a las fiscales antes de largarse de sus casas hacia otro lugar.

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Lo que pasó en aquel rancho es ya historia contada. Historia contada por un muchacho.

Luis Freddy Lala Pomadilla, de 18 años, se sentó en la ciudad ecuatoriana de Riobamba al mediodía del 14 de septiembre de 2010. Se sentó para contestar las preguntas que, vía video, le hacía un fiscal desde la Ciudad de México. Pomadilla es uno de los dos sobrevivientes. Él asegura que también sobrevivió otro muchacho, que era de noche y lo vio huir de entre los muertos, pero que luego escuchó alboroto, persecución, disparos.

El fiscal mexicano estaba más centrado en preguntar a Pomadilla por nombres y apodos. Le preguntó por El Coyote, El Degollado, Chabelo, El Kilo, Cabezón, le preguntó por El Gruñón, un “kaibil guatemalteco”, y por cinco salvadoreños, le preguntó si los reconocía como zetas. Pomadilla dijo que entre ellos no se hablaban, que por eso apenas recordaba a El Kilo —Martín Omar Estrada, que luego sería capturado y condenado como jefe de plaza de Los Zetas en San Fernando—. Pomadilla —que al igual que los seis migrantes salvadoreños fue abandonado por su coyote— recuerda que eran unos ocho zetas, todos armados, que se conducían en un pick up doble cabina blanco y en una todoterreno Trooper, los que detuvieron los tres camiones donde viajaban decenas de indocumentados en su intento por acercarse a la frontera. Recuerda que los llevaron hasta San Fernando y ahí los formaron contra el muro del galpón. Recuerda que uno de los zetas preguntó si entre esos hombres y mujeres había alguien que quería entrenarse para pertenecer a Los Zetas. Recuerda que solo un muchacho migrante levantó la mano y dijo que sí. “Pero igual lo mataron”. Lo mataron a él y a 71 personas más. Pomadilla, que sobrevivió porque lo dieron por muerto, recuerda que después, durante unos tres minutos, tronó un arma. Fue un concierto de balas de una sola arma que duró hasta acabar con la vida de 72 migrantes.

Los Zetas son una banda de cavernícolas. Tal como me dijo un coronel que formaba parte del contingente que mantenía un estado de sitio en Alta Verapaz, Guatemala, en 2011, para intentar echar a esa mafia, son tipos que primero disparan, torturan, asesinan y después preguntan si sus víctimas les harán caso.

Sin embargo, lo cavernícola no les quita lo mafiosos. En cada una de las actividades de esta banda a la que intento entender desde 2008 hay un solo interés: multiplicar el dinero. ¿Por qué secuestrar a 72 migrantes, llevarlos hasta una zona perdida de un municipio rural y masacrarlos? ¿Qué ganaron con eso?

La principal hipótesis divulgada por las autoridades mexicanas asegura que Los Zetas dispararon disgustados porque los migrantes no quisieron integrarse a la banda criminal. Una de las mujeres que eran guiadas por Érick y que murió en aquella masacre era una joven de 18 años del departamento de La Libertad. ¿Es ese el perfil de reclutas que Los Zetas buscan?

La historia de los seis migrantes salvadoreños que acabaron asesinados, que se supone pagaron por el pequeño detalle de que su coyote decidió consumir más cocaína y alcohol del que podía financiar, habla de otra lógica. El que no paga, no pasa. Migrar por México tiene tarifa, y la cobran Los Zetas.

Los coyotes o migrantes que quieran burlar ese peaje se enfrentarán a esos cavernícolas. ¿Qué manera más poderosa de demostrarlo que 72 cadáveres apiñados en un gusano de colores tristes

Todo parece adquirir lógica cuando se piensa que Los Zetas pretendían consolidar un mensaje entre los coyotes y los migrantes. Pero para dar eso por seguro, para entender cómo esa mafia cambió los códigos de un mundo de rudos coyotes hay que buscar a algunos de esos guías clandestinos.

Hay pocos lugares mejores que el departamento de Chalatenango, en El Salvador, para encontrar a algunos de los mejores coyotes.

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En la mesa hay seis envases de cerveza vacíos y un plato de bocas variadas que el traficante de queso y cigarros picotea. Estamos en un restaurante y hotelito en las afueras de la ciudad cabecera de Chalatenango, que no es sino un pueblo con un banco y algunos restaurantes de comida rápida, pero pueblo al fin y al cabo. El traficante de queso, a quien conocí gracias a que un intermediario nos presentó, me asegura que el restaurante y hotel donde estamos es de uno de los más conocidos coyotes chalatecos. Sin embargo, el recelo con el que se nos acerca el hombre, atraído por saber quién soy y qué hago en su negocio, hace que el traficante de queso recule en sus intenciones de presentármelo.

Este hombre regordete se dedica a eso justamente, a traficar quesos y cigarros. Compra quesos a bajísimos precios en Nicaragua y trae cientos de marquetas de 100 libras escondidas en falsos contenedores de camiones, o se encarga de coordinar el paso de camiones con cigarros chinos o rusos que van en contenedores marchamados hasta Ocotepeque, Honduras. Deja que el camión cruce la frontera, quita el marchamo e ingresan por puntos ciegos de la frontera pick ups llenos con los cigarros que se venden a la mitad del precio que los demás en una tienda chalateca. En muchas de las tiendas de por aquí es más fácil encontrar cigarros Modern que Marlboro.

Como el plan A del traficante se ha caído, y como por alguna extraña razón está empecinado en no desilusionarme en mi búsqueda de un coyote, se quita la gorra de la cabeza, respira profundo, achina los ojos y dice:

—Bueeeeeno, si aquí si usted levanta una piedra encuentra un coyote, el problema es que los jóvenes, los nuevos, son más asustadizos y no querrán hablar con un periodista. Puede ser que nos mande al carajo, pero vamos a intentar con el mero mero. Yo a él le estoy muy agradecido, porque él me enseñó el oficio de traficar queso. Él es el coyote que les ha enseñado el trabajo a todos los demás. Es el primer coyote de Chalate.

Es viernes, me pide que le dé el fin de semana para hablar con el señor coyote.

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El señor coyote es grande y recio como un roble. Nos recibe, amable, al traficante de queso y a mí en su casa de Chalatenango. Manda traer unas tilapias, pide que las cocinen, que pongan arroz, que traigan cervezas y que calienten tortillas.

El traficante de queso ha conseguido lo que más cuesta al principio: convencer a una persona de que a cambio de historias y explicaciones, de que a cambio de su testimonio, uno como periodista guardará su identidad. El señor coyote me cree. Por eso la conversación inicia sin tapujos en esta tarde de octubre de 2013.

El señor coyote tiene ahora 60 años. Empezó en el negocio de llevar gente a Estados Unidos en 1979. En su primer intento por llegar como indocumentado a Estados Unidos, había pagado 600 colones —que al cambio de la época eran unos 240 dólares— a un coyote guatemalteco. El viaje fracasó cuando fueron detenidos en Tijuana. Durante su estancia en diferentes centros de detención conoció a otro coyote guatemalteco. El señor coyote, que entonces era un muchacho veinteañero, se ofreció a conseguirle migrantes en El Salvador. En aquel momento, recuerda el señor coyote, su oficio no era perseguido. Ningún policía detenía a alguien por ser coyote, y mucho menos lo juzgaban, como le ocurrió a Érick, en un juzgado especializado de crimen organizado. Tan a sus anchas se sentía que para promocionar sus servicios el señor coyote abrió una oficina en Cuscatancingo y publicaba anuncios en las páginas de publicidad de los periódicos en los que decía: “Viajes seguros a Estados Unidos”, e incluía el teléfono de su agencia. Luego de unos pocos meses, cuando ya había aprendido del guatemalteco lo que necesitaba aprender, el señor coyote se independizó. La gente llamaba a su agencia y preguntaba cuánto caminarían. El señor coyote explicaba que México lo cruzarían en bus, y que el cruce lo harían por Mexicali, San Luis Río Colorado o Algodones, y que no caminarían más de una hora. Así ocurría. Cuando el señor coyote juntaba a 15 o 20 personas, emprendía el viaje. Lo más que llegó a llevar fueron 35 personas. Cruzar México, recuerda el señor coyote, podía ser incluso un viaje placentero. “La gente no se bajaba del bus más que para orinar”, recuerda. En las casetas de revisión migratoria de la carretera ya todo estaba arreglado y apenas había que dejar unos dólares a los agentes de cada caseta.

A mediados de los ochenta, luego de que la Guardia Nacional cateara su oficina pensando que se trataba de una célula guerrillera, debido al intenso movimiento de gente, el señor coyote decidió retirarse algunos años, y alternó con estancias largas en Estados Unidos y trabajos esporádicos con grupos pequeños de migrantes.

En 2004 el señor coyote volvió de lleno a las andadas. Las cosas eran más difíciles, y aun empeorarían.

—Las cosas habían cambiado. En México había mayor seguridad, aquí ya era delito ser un coyote. Entonces la cuota de los coyotes era de 6,000 dólares por persona a donde quiera que fuera en los Estados Unidos. Pocas cosas eran como antes.

Los coyotes viajeros, los que hacían de lazarillos durante toda la travesía por México, eran contados.

—Ya entonces la cosa era más de coordinación, y así sigue siendo. Uno se encarga de poner la gente en la frontera de Guatemala con México, de ahí está el que lo levanta hasta el Distrito Federal, que es un mexicano. A él se le paga entre 1,200 y 1,300 dólares por persona. En el D.F. los agarra otra persona hasta la frontera con Estados Unidos. Ese cobra unos 800, y hay que darle unos 100 más por la estadía en la frontera y la comida del pollo. Uno estipula que de aquí a la frontera con Estados Unidos va a invertir unos 2,500. De ahí para arriba, a Houston, por ejemplo, la gente que los mete estaba cobrando 2,000. En Houston tiene que pagar uno a todos los que han pasado. Hoy cobran 2,500 dólares por la tirada. Ahí los tienen detenidos. Son casas de seguridad. Desde aquí mando el dinero por transferencia y van liberando a las personas. Cobraban 500 dólares por las camionetas que los llevaban hasta la casa donde iban. Hoy cobran 700. Por persona te quedan unos 1,000 o 1,500 dólares de ganancia.

Hay, como bien dice el señor coyote, maneras de abaratar los costos en México, pero eso implica métodos que para el señor coyote son “inhumanos”. Por ejemplo, meter a 120 migrantes en un furgón que va marchamado hasta la frontera. El marchamo se compra si se tienen los contactos adecuados en la aduana mexicana, y el reporte puede decir que adentro del furgón van frutas, cuando lo que en realidad van son decenas de personas sofocadas por el calor y el poco oxígeno, sin desodorante ni perfume, sin relojes ni celulares ni nada que timbre y los pueda delatar. Hay coyotes que por ahorrarse unos cientos de dólares embuten a la gente bajo un fondo falso de un camión bananero y los obligan a ir acostados durante más de 20 horas hasta la Ciudad de México. El señor coyote siempre pensó que eso es inhumano.

El señor coyote dice que la cuota, en los últimos cinco años, ha aumentado, y que nadie que se precie de ser buen coyote llevará a un migrante a Estados Unidos por menos de 7,000 dólares.

—Los riesgos son más ahora —dice el señor coyote y, con su dedo índice, dibuja en el aire una Z.
—¿Cuándo empezó usted a pagar a Los Zetas? —le pregunto.
—En 2005 se empezó a trabajar con Los Zetas, pero era mínimo, no era obligatorio. Tener un contacto de Los Zetas era una garantía, uno los buscaba. A través del coyote mexicano se armaba todo, igual que como se trabajaba con la policía. Después, ya ahí por 2007 empezaron a apretar al indocumentado directamente. No les importaba de quién era la gente. Se empezó cobrando 100 dólares por persona, eso se pagaba. Ahora lleva dos años lo más duro de estos jodidos.

Los Zetas, que surgieron hace 15 años como el brazo armado del Cártel del Golfo, se escindieron de esa organización allá por el año 2007. Quizá la cuota antes era un extra a su salario, y después se convirtió en un rubro de la organización.

—100 por migrante, ¿ese es el cobro de Los Zetas por dejarlos cruzar México? —continúo.
—Hoy la han subido a 200 dólares. En el precio (al migrante) se incluye la cuota para Los Zetas. El riesgo es mayor, por eso aumentó la cuota, el pollero ya no se quiere arriesgar por 1,000 dólares de ganancia.
—¿Usted se entiende con Los Zetas?
—Uno le deposita a los mexicanos, al mismo contacto coyote, y él se encarga. Yo no conozco a nadie de Los Zetas. Si alguien de aquí le dice que los conoce, es un bocón. Ese contacto mexicano tal vez está pagando 100 y a mí me cobra 200. Puede estar pasando. Pero hay que pagar.
—¿O?
—Bueno, eso pasó con la matanza en Tamaulipas, les debían, y a estos no les importó de quiénes eran esas personas. Ese fue un mensaje: a alguien se le olvidó pagar, entonces esto es lo que va a pasar. Y al que le toca responder es al coyote que de aquí salió. Nadie recoge gente para mandarla a morir, uno lo que quiere es ganar dinero y credibilidad.
—Pero hay coyotes que siguen viajando ellos con su gente por México.
—Un buen coyote que viaje él no existe, ni uno. Nadie se arriesga. Quizá para ir a dejarlos a Ciudad Hidalgo (frontera mexicana con Guatemala). Todo se hace pedazo por pedazo, uno coordina. Bueno, están los locos del tren. Los que van en tren cobran unos 4,000 o 5,000 dólares. Esos son polleritos que agarran dos, tres personas, o gente que en realidad lo que quiere es irse y ya antes viajó y conoce un poco el viaje en tren, y recoge dos o tres personas y con eso se van. Ahí es donde caen los secuestros. Si usted paga 200 dólares constante por persona, no lo molestan, pero si voy por mi propia cuenta… entonces… bueno. Ahí se enojan Los Zetas: “Este va a pasar y no va a dejar nada”, entonces aprietan y ponen cantidades de hasta 5,000 dólares por cabeza. Si usted trabaja con los contactos que conozcan a Los Zetas, tiene garantizado el cruce de México, ya no tiene problema. Si ellos son un grupo con muy buena coordinación con militares y policías. Incluso si lo detiene una patrulla y averiguan si ya pagó a Los Zetas, y usted ha pagado, lo sueltan de inmediato. Si descubren que no tiene contacto con Los Zetas, entonces está apretado, usted no va a ir a la cárcel, se lo van a llevar a ellos, lo van a entregar. Por eso desaparece la gente. México no es problema si uno tiene el contacto con Los Zetas. Si no…

Nos despedimos del señor coyote cuando Chalatenango se oscurece. Nos despedimos con ese “si no” y esos puntos suspensivos en la cabeza. Los puntos suspensivos, en el caso de los seis migrantes que salieron con Érick fueron una ráfaga de balas en un galpón abandonado. Los puntos suspensivos de otros pueden ser mucho más terribles. Si tienes contacto con Los Zetas, no hay problema. Si no…

* * *

A veces, a Bertila se le olvida lo que está hablando. Come poco. A sus sesenta y pocos años, Bertila llegó a pesar 100 libras. Desde que el 27 de marzo de 2011 su hijo Charli desapareció cuando viajaba desde San Luis Potosí hasta Reynosa, en el norte mexicano, acercándose a Estados Unidos, Bertila come poco y duerme mal. Sueña. Sueña que Charli no está muerto, que vuelve a casa y que ella le dice: “Pensé que algo te había pasado”. Y él contesta: “¿A mí? A mí no me ha pasado nada”. Eso sueña.

Harto de ganar cuatro dólares al día en una maquila, empujado por el cercano nacimiento de su primera hija y alentado porque el coyote del cantón le había prometido llevarlo y cobrarle hasta que él reuniera dinero en Estados Unidos, Charli decidió dejar su casa en Izalco y migrar. Se fue con el coyote y con otros cuatro migrantes.

Estoy sentado en un solar de un cantón de Izalco con Bertila, la madre de Charli, y esto es lo que, con todas las dificultades que opone el dolor, me cuenta. Charli, el coyote y los migrantes se fueron un lunes dispuestos a alternar entre buses y trenes. El viernes, el coyote estaba de vuelta con los migrantes y sin Charli. Agentes migratorios los habían detenido en Oaxaca, sur de México. Los bajaron a todos, menos a Charli. Los deportaron. Charli continuó su camino.

Llegó hasta San Luis Potosí, ya en el norte, y se quedó cuatro días en casa de unos parientes lejanos que por cuestiones del azar se habían establecido en esa ciudad. Desde ahí, se comunicó por última vez no con Bertila, sino con Jorge, su hermano, que trabaja como obrero en Oklahoma. Jorge me dijo por teléfono que Charli tenía dudas. Para este momento, el coyote de su cantón ya había vuelto a salir con los cuatro migrantes en el segundo intento. Charli —recuerda Jorge— le había explicado al coyote sus ganas de seguir hacia Reynosa, de acercarse a la frontera y desde ahí conseguir un coyote que lo brincara al otro lado. Incluso Jorge intentó contactar a la coyota que lo había cruzado a él hacía unos años. Ella trabajaba pasando gente por la garita formal, con papeles de otras personas, o por el río Bravo. La diferencia era de 500 dólares: 2,500 una opción y 2,000 la otra. Charli no quería esperar más. Sin embargo, le contó a su hermano que el coyote de su cantón le había dicho que no se moviera, que él pasaría, que el camino estaba lleno de zetas, que lo detectarían, que andaban a la caza de los que no pagaban a un coyote que a su vez les pagara a ellos.

Jorge tenía alguna idea de que la situación era un camino de obstáculos. Hacía apenas unos meses, había llegado a Estados Unidos un primo de él, que le contó que estaba ahí de milagro: “Me dijo que al coyote que no se alía con Los Zetas le quitan a la gente y lo matan, y que andan buscando como locos a los coyotes que no pagan. Mi primo me contó que él iba con uno de esos coyotes, y cuando se dio cuenta de que lo andaban buscando Los Zetas se zafó y consiguió escaparse”.

Sin embargo, la espera es infernal cuando México se convierte en un limbo, en una escala interminable.

Charli decidió abordar el autobús hacia Reynosa.

* * *

El 6 de abril de 2011, las autoridades del Estado de Tamaulipas anunciaron el hallazgo de ocho fosas clandestinas en un ejido llamado La Joya, en San Fernando, en el mismo lugar donde Los Zetas habían masacrado el año anterior a 72 migrantes en un galpón derruido. Adentro de las fosas encontraron 59 cuerpos putrefactos, algunos con los cráneos destruidos.

Al principio, las autoridades del Estado intentaron minimizar la situación poniéndole etiquetas a los muertos: dijeron que eran “miembros de organizaciones criminales transnacionales, secuestrados y víctimas de violencia en la carretera”.

Los muertos no dejaron de salir de la tierra.

Las fosas siguieron apareciendo. Para el 8 de abril, luego de abrir 17 fosas, los cuerpos eran ocho; el 15 de abril, de 36 fosas habían sacado 145 cadáveres; el 29 de ese mismo mes, el gobernador de Tamaulipas anunció que habían encontrado un total de 196 personas asesinadas.

Luego se sabría que algo podía haberse intuido, algo podía haberse prevenido en un municipio que apenas un año antes había sido regado con la sangre de 72 migrantes. Y no solo eso: la organización estadounidense National Security Archive, con base en la ley de acceso de información de aquel país, logró desclasificar una serie de cables que eran enviados desde las representaciones estadounidenses en México a Washington, D.C. Las comunicaciones fueron enviadas principalmente desde el consulado de Matamoros, la ciudad fronteriza más cercana a San Fernando.

Los cables desclasificados daban cuenta de que entre el 19 y 24 de marzo de ese año, casi un mes antes de que se descubrieran todas esas fosas repletas de muertos, varios autobuses habían sido detenidos y sus pasajeros secuestrados en la ruta que iba hacia Reynosa.

Esa era la ruta que, pese a la insistencia de su coyote, Charli decidió tomar. Esa es la ruta que miles de migrantes de todo el mundo toman para dirigirse a la última prueba de su viaje: la frontera con Estados Unidos.

Esos secuestros no eran casuales, sino que durante todo marzo aquello fue una modalidad. Los autobuses eran detenidos cuando se conducían por la carretera federal 97 rumbo a Reynosa, una carretera de cuatro carriles rodeada por extensas planicies deshabitadas. Los pasajeros, migrantes mexicanos y centroamericanos en su mayoría, eran sacados de la carretera e internados en calles secundarias de los alrededores de San Fernando.

Aún no hay un consolidado. La comisión interdisciplinaria que intenta esclarecer la identidad de todos esos cadáveres aún trabaja, pero decenas de los cuerpos han sido identificados como migrantes mexicanos y centroamericanos, gracias a que muchas madres de migrantes desaparecidos acudieron a dejar muestras de sangre para los exámenes de ADN.

Una de esas madres fue Bertila. Uno de esos cadáveres fue Charli.

* * *

Bertila —sentada a una de las mesas de la pupusería que ha montado en el patio de su casa en un cantón de Izalco— tiene un pie en esta realidad y otro en sus pensamientos. La mirada a veces se le pierde, y ella parece olvidar que conversamos. Da la impresión de que imagina una situación, de que en su mente se proyecta una película. Y esa película, invariablemente, es triste. Esa escena con la que sueña es la de unos funcionarios devolviéndole un féretro o una caja o lo que sea —no le importa el envoltorio— con los huesos de Charli.

En diciembre de 2012, casi dos años después de que su hijo fuera secuestrado y asesinado por Los Zetas mientras viajaba en autobús, Bertila recibió de parte de la Procuraduría General de la República de México la confirmación de que el cuerpo de la fila 11, del lote 314, de la manzana 16 del Panteón Municipal de la Cruz en Ciudad Victoria, Tamaulipas, era su hijo Charli.

Describir el sufrimiento de quien ha sido madre de un desaparecido, de quien es madre de un asesinado, de quien no tiene ni siquiera unos huesos que enterrar —porque hoy, casi tres años después de la barbarie, Bertila no ha recibido los huesos de Charli— es un reto demasiado peligroso. ¿Qué adjetivo describe lo que Bertila siente? ¿Qué adjetivo le atina a ese dolor? Lo único que se me ocurre escribir es que Bertila no vive del todo en este mundo, que en su mente pasa una y otra vez una película triste y ella la ve y desconecta de este mundo. Lo que se me ocurre es escribir sus palabras:

—A mí, a veces, se me olvida lo que estoy hablando… a veces, cuando me preguntaban si sabía algo de Charli, yo sentía como si me estaban golpeando… como por dentro… yo caí, durante mucho tiempo caí… yo solo me tiré a la cama de él y estuve ahí. Han pasado dos años, siete meses, diez días. Los huesos… pues habría un poco de paz. Aunque quizás nunca podría yo tener la completa paz. Pero eso llenaría un poco mi vida, porque a veces me aterra. Cuando llueve fuerte me imagino yo que los huesos se pueden ir en una correntada y nunca encontrarlos. Eso me tiene… cada vez que oigo que en México hay un ciclón, que hay una tormenta, una onda tropical, yo pienso en eso. Es una angustia grande cuando veo que todos van a poner flores o le traen a sus seres queridos… yo no puedo recibir el mío.

* * *

De nuevo, resurge la pregunta. ¿Por qué secuestrar a Charli y a otros como él? ¿Por qué gastar gasolina, hombres, arriesgarse a ser detectado, solo para detener a un autobús con migrantes en una carretera? ¿Por qué tomarse la molestia de trasladarlos hasta diferentes ejidos de San Fernando? ¿Por qué asesinarlos con tal brutalidad? —porque la mayoría de cadáveres de las fosas no tenían ningún orificio de bala, habían muerto a golpes, con objetos contundentes, cortopunzantes, palos, machetes—. ¿Por qué la carnicería?

¿Por qué le pasó esto a Charli? ¿Por qué le pasó aquello a los seis migrantes que viajaban con Érick? ¿Por qué le pasó a 72 personas en 2010? ¿Por qué le pasó a 196 personas en 2011?

Supongo que el señor coyote de Chalatenango ya contestó. De cualquier manera, volveré a preguntarle.

* * *

Habíamos quedado en el mismo lugar, en el patio de su casa en Chalatenango, pero a última hora, el señor coyote cambia el plan. Me dice que está trabajando en una de sus fincas, que nos encontremos en la carretera, adelante de la Cuarta Brigada de Infantería. Que deje las luces intermitentes, me haga a un lado de la carretera y que él pasará pitando a mi lado.

Llega. Uno de sus trabajadores maneja. El señor coyote está borracho.

En teoría iríamos a una finca, pero cuando lo sigo me lleva hasta su casa. Nos sentamos en el mismo lugar que la vez anterior. Es difícil iniciar la conversación, porque quiere hablar de otros temas. Concedo. Durante un rato, hablamos de caballos de paso, discernimos si el appaloosa es mejor que el morgan; si el caballo de paso español está por encima del caballo de paso peruano.

Uno de sus hombres trae cervezas.

Ya hace una hora que hablamos de cosas de las que no he venido a hablar. Es un callejón sin salida. Yo pregunto y él contesta hablando de lo que le da la gana.

Finalmente, cuando entiendo que la conversación debe terminar, que él está cansado y los ojos se le cierran del sueño, de la borrachera, digo alzando la voz:

—No entiendo estas masacres y muertes y locura de Los Zetas…

Él, que quizá también entiende que la conversación debe terminar, responde alzando su voz.

—Está claro que ellos ya lanzaron el mensaje de lo que va a pasar al que no pague. Son mensajes. Yo le recomiendo a la gente que se entere antes de viajar. ¿Su coyote paga o no paga cuota a Los Zetas? Si no paga, que Dios lo proteja.

Nunca has caminado por el Cerro de la Cruz, pero por la manera en que el guía llama al lugar, “la Pus de La Laguna”, sabes que inspira miedo el mero hecho de nombrarlo. Apenas subas, te darás cuenta de que, en vez de trepar hacia el cielo, bajarás hacia el infierno. Pronto verás que los barrios son casuchas apeñuscadas en las laderas del cerro, reproduciéndose obscenamente como las cucarachas. Y pronto, también, caminarás por callejuelas empinadas, gatearás escalinatas hechas sin ninguna planeación, no sabrás si hay más basureros que callejones sin salida, te toparás con teléfonos públicos destrozados, con perros vagabundos y observarás paredes pintarrajeadas y agujereadas que te harán entender que, por estos rumbos, la única que tiene paso libre es la muerte. Para que esto jamás lo dudes, el guía te llevará hasta donde están las jaurías de sicarios, tan jovencitos ellos, y tú supondrás que para ser matón solo se necesita tener muchos güevos. En algún momento notarás que hay tantos chicos empistolados, culebreando arriba de las motos, y tantos vendedores de droga barata que jurarás que si este cerro no es la octava maravilla del mundo, poco le hace falta para serlo. Cuando mires de nuevo hacia las casas amontonadas o cuando te fijes que los militares saludan a los narquillos como si fueran viejos conocidos, comprenderás que Dios aquí no se siente y le preguntarás al guía qué carajos hacen ahí. Él, que suele ser frío como el hielo, te responderá que de estos barrios salen a diario la chispa y la leña que han mantenido encendido el matadero en Torreón y Gómez Palacio. En los últimos seis años, casi tres mil setecientas personas han sido asesinadas como si la gente estorbara. Entonces, el guía te hablará del cártel de Sinaloa y de los Zetas, dos bandos agarrados de los R-15 que tienen a La Laguna entera de espectadora.

***

Desde que me acuerdo, aquí en el cerro se matan. Mis papás me contaron que, en sus tiempos, la gente pasó de los machetes a los cuchillos y de los cuchillos brincaron a las balas. Yo nací por ese’ntonces, cuando el mero bueno de acá del poniente de Torreón, era el Chaqui, un viejón que sicareaba pa los ricos de la Laguna. Desde los setenta, el Chaqui controló todo el trasiego de coca y mota, hasta que lo mataron por ahí del noventa. Ese bato siempre jaló pa los sinaloenses, ¿sí me entiendes? O sea, el acta de nacimiento del Cerro de la Cruz está firmada por el cártel de Sinaloa. Por eso cuando los zetones apañaron el cerro nos la pasamos rebotando muertos por esta pinchi vida. Pero ya me estoy adelantando. Con el cártel de Sinaloa, te decía, la raza estaba bien contenta. Uno sabía que sólo se morían los abusones, los soplones, los hijos de la chingada, ¿sí me entiendes? Neta que aquellos sí fueron tiempos bien perros. Todavía por el año 2003, el Chapo Guzmán se daba sus vueltas por acá y toda su gente, el Chompe, el Toro Montoya, el Dany, el César, el Gitano, el Rambo y el Saico eran los reyes del cerro y, por qué no decírtelo, nosotros sus pinchis siervos, o como se diga. ¿Sabes cuándo empezó la bronca? Ai te va: fue en 2004, cuando el Diri le entró al negocio de la coca. El Diri había sido tránsito, por eso se ayudó de la policía municipal pa irse metiendo al cerro. Los chapitos le dieron chance al Diri porque no lo miraron como competencia. Pa mí ese fue el error, ¿sí me entiendes? Y te voy a decir por qué: en 2005 llegó Heriberto Lazcano a Torreón. Media Laguna lo supimos porque el bato mandó coronas de flores a las oficinas de la estatal. Ésa fue la presentación de los zetones. Me acuerdo de que por esos días, los chapitos pasaron casa por casa pa decirnos que no nos mortificáramos, que el Lazcano y el Diri no iban a agarrar mecha, que los zetones nunca se atreverían a subir el cerro. ¿Y, cuál? El Lazcano fue a apalabrarse con el que era alcalde, un bato del PAN, y todo se fue a chingar a su madre.

[Conozco al guía desde hace algunos años y sé que no me mentiría. Publicar su nombre sería contraproducente. Aquí a los informantes, según me ha advertido, los queman en una pira de llantas.]

Los zetones apañaron el cerro de un día pa otro. Los chapitos nomás se quedaron con la Polvorera y la Durangueña. Los que nos quedamos de este lado, en la Libertad, en Cerro Azul, en la Victoria, en la Buenos Aires, en la Independencia, en El Huarache, en la San Joaquín, vimos cómo los zetones comenzaron a extorsionar a los comerciantes del Mercado Alianza y a todo aquel que tenía un negocio en el centro. Donde está la antigua harinera, ahí por donde subimos, torturaban a los que se resistían. Dos patrullas siempre cerraban la calle de la harinera pa que nadie se acercara a ver el matadero de gente. Un día pasó por ahí el reportero ese de Multimedios y miró cuando los zetones mataban a un viejón, por eso lo levantaron… Ándale, Eliseo Barrón, ¿sí me entiendes? Se puso bien pesado. Todo el poniente, que en los hechos es el centro de Torreón, era zetón. A las putas las padrotearon y las que no se dejaban, las quemaron. A los niños los enviciaron con piedra, los reclutaron de sicarios, y a los federales que no tenían comprados los corrieron de su hotel, aquí a unas calles, a punta de balazos. Cuando se cansaron del poniente se fueron al oriente a robar carros, a secuestrar, a decapitar a quien se les atravesaba. Era bien común verlos en camionetonas, custodiados por los municipales, recorriendo las calles como si fueran tiburones con el hocico abierto. Con los zetones, todos en La Laguna comenzamos a tener las mismas posibilidades de ser secuestrados, desmembrados, tableteados o ser colgados de los puentes. Para ellos matar era como sacar al perro a miar. Lo único que hacían era coger, drogarse y asesinar. Muchos fuimos a hablar con los chapitos, les pedimos paro y nomás nos dijeron que, mientras los zetones no se metieran a la Durangueña, ellos no iban a hacer nada. Asuntos de negocios, supongo. Así pasamos 2006. Pero a mediados de 2007, a un zetón que le decían comandante Gabito se le ocurrió pararse a medio cerro y se puso a disparar hacia la Durangueña. Ese día comenzó la pinchi guerra.

***

Entre los pocos negocios que han salido ganando con la guerra de La Laguna están las funerarias. Apenas esta tarde en que le volaron medio cráneo a un joven sicario, empleados de unas diez funerarias se disputaron al muerto. “Somos buitres y buitrear es lo que hacemos”, me dijo uno que presumió a los familiares del matoncillo contar con el mejor reparador de cabezas. Otro trabajador ofreció el servicio de la cremación exprés, una buena oferta hoy en día en que los pistoleros a sueldo han agarrado la mala costumbre de ir al cementerio para dispararle a los vivos en pleno entierro. Había otro tipo, el de Puerta al Cielo, que pareció sugerirle a la hermana del difunto que todos los que se velaban en esa empresa terminaban cara a cara con Dios. Sólo alcancé a escuchar a uno que habló de la dignidad. Ninguno de los empleados, que yo recuerde, ocultó su necesidad por vivir de la muerte ajena. Al final, el cadáver del sicario fue a dar a los velatorios Del Pueblo. Ahí conocí a Xoili García, el encargado. Pero eso sucedió después de entrar al anfiteatro del Hospital Universitario.

En Torreón todo mundo sabe que si te matan terminarás en el sótano del Universitario. “A veces hemos tenido hasta treinta muertitos en un solo día”, me dijo Fernando Álvarez, un tipo dicharachero que se encarga de cuidar el hospital por las tardes. “Y como nomás tenemos cuatro camillas y espacio para seis en el congelador, a muchos hemos tenido que encaramarlos en el suelo; vieras cómo se mira esta madre: parece el pinchi rastro”. La carnicería de hoy tiene sólo en el mostrador unos brazos, una pierna y pocas vísceras de un chico que serrucharon anteayer. Nadie ha ido a reclamarlos. Fernando cree que en pocos días tendrán que tirarlos.

El anfiteatro apenas medirá unos veinte metros cuadrados, parece más un pequeño laboratorio de la clase de biología y, por más cloro que utilicen para desinfectarlo, aquí nunca deja de oler a carne podrida. Fernando me contó que los forenses se han vuelto expertos en abrir esternones y en coserlos. El punto flaco del hospital, sin embargo, es cuando los sicarios han ido a visitar al paciente con el único propósito de terminar su trabajo. “El otro día vino un güey a traerle flores a un herido, subió al cuarto como si nada, le aventó el ramo en la jeta y le disparó ocho veces a la cabeza; yo creo que el bato lo remató de esa manera para ver si también teníamos buenos neurocirujanos”, me dijo Fernando y yo no supe qué parte de la historia era broma.

—Tienen cámaras de vigilancia, ¿no? —le dije.
—Pero no sirven de mucho —contestó alzando los hombros—. Fíjate: la semana pasada vinieron dos sicarios por uno de sus compañeros que estaba herido. Traían unos riflones. ¿Tú crees que les iba yo a cobrar?

Salí del Universitario pensando que a Torreón le hacía mucha falta que alguien le engrapara el corazón.

Torreón es un nicho que ningún empresario de respeto dejaría fuera de su plan de negocios. Aquí la muerte tiene dinero, compra sicarios por cuatrocientos dólares al mes, usa horrorosas camisas Versace y quiere ser enterrada como Dios manda. No en balde, desde que empezaron las rachas de violencia, las seis funerarias que antes había ahora se pelean el mercado con otras veinte. “Gringos, chilangos, regios y poblanos han abierto funerarias a lo cabrón”, me dijo Xoili García, el encargado de funerales Del Pueblo.

La fachada de Del Pueblo bien puede ser la de un taller mecánico. De pronto hace pensar que por situaciones tan insalubres es que las almas de los muertos quedan en pena. Pero uno nunca debe dejarse llevar por las apariencias. Las finanzas de esta funeraria han mejorado porque la mayoría de los sicarios son pobres. “No te voy a mentir —me dijo Xoili—. Bendito Dios, nos llegan uno o dos muertitos al día”.

La funeraria Del Pueblo dista mucho de algunas otras que visité. Recuerdo que en una había ataúdes con los más variados ornamentos y colores: negros, grises, marrones, dorados y plateados; otros tenían molduras muy complejas, por no decir barrocas. Pero los mejores fueron aquellos que, en oro, se les había grabado en el lomo la silueta de un R-15. En otra funeraria vi el más variopinto muestrario de cruces. Con Xoili sólo había féretros tradicionales con herrajes de bronce y cristos hechos sin el menor cuidado.

Le pregunté a Xoili cómo había cambiado la muerte en Torreón, y sus ojos adquirieron ese aspecto distante, típico de los que hablan de cosas ocurridas mucho tiempo atrás. “Antes, de cada diez muertos había un jovencito; hoy, de cada diez hay once morros y otro viene en camino”, me dijo con su humor involuntario que a mí me hacía reír. Xoili también me contó que a las familias ya no les gusta ni velar ni enterrar a su difunto. La moda ahora es la cremación. “Los familiares tienen miedo de que los sicarios los ubiquen y la agarren contra ellos, pero yo les digo que no sean gachos, que despidan al muertito; lo hago porque es bien triste llevárnoslo en una cobija y echarlo al fuego sin que nadie le llore, pero también provoco el funeral porque así le damos trabajo al embalsamador, al de las flores, al del café, al del estacionamiento; todos ocupamos dinero”, me dijo y enseguida hizo las cuentas: en una cremación gana dos mil quinientos y mil más por cada funeral.

Xoili no quiso despedirse sin contarme algo que sabrá Dios desde cuándo le estaría quemando la lengua: la corrupción de la muerte. “Buitreamos porque los del Ministerio Público están bien apalabrados con la funeraria Flores. A ellos les dan preferencia. No sé si eso haya tenido qué ver con el asesinato de Santos Flores. Él era el dueño y lo mataron ahí mismo en la funeraria. Lo que quiero decirte es que nosotros nomás queremos un negocio parejo, porque sí está de la fregada eso de buitrear”.

EXTERIOR

Lentamente descubrimos un paisaje construido contra la gente. Son barrios cuesta arriba igual que la vida misma. El sol encandila en Gómez Palacio, pero se mira nítido. No hay sangre, no hay esmog; el aire que azotó por la mañana se los ha llevado a lugares más lejanos. Un perro orina la tanqueta estacionada de los militares y, justo ahí, se escucha a Carlos Santana con “Oye cómo va”. Entonces las imágenes en color sepia empiezan a encimarse:

Ora vemos a un par de chicos, flacos y secos como una rama, tumbados sobre la banqueta: han inhalado tanta piedra que desde hace tiempo viven en el olvido. Ora una gasolinera está en llamas. Ora un carro explota. Ora una turba de chicos saquea los negocios. Ora en pleno basurero apreciamos a un joven sicario al que no sólo lo cosieron a balazos, también le arrancaron toda la piel del rostro. Ora un centenar de policías municipales son desarmados violentamente por un batallón de soldados; tarde o temprano alguien iba a acusarlos de estar en la nómina de los Zetas. Ora se observa una manta en la que, a pesar de las faltas de ortografía, se lee que los soldados cuidan las espaldas del cártel de Sinaloa. Ora cinco comandos roban igual número de bancos con una sincronía de relojero. Ora truenan los cuernos y en el patio de una primaria los niños se tiran al suelo. Ora unos encapuchados asaltan una camioneta de valores y todavía, con parsimonia, se dan el lujo de contar ahí mismo el dinero. Ora a un sicario le estallan la cabeza cuando sale del casino; uno de los paramédicos pensará que el tipo parece un doberman con lesión cerebral. Ora en uno de los laberintos, aquellos de calles ciegas, violan a una niña que apenas tendrá siete años. Ora unos narcos secuestran a dos periodistas que en su vida han cubierto la nota roja.

NARCO

(Está encapuchado y trae un R-15 en bandolera; los periodistas permanecen atados de las manos sudan como si hubieran corrido un maratón.)

O cubren lo que está ocurriendo o pa la próxima los matamos.

Ora ocurre un motín en la cárcel; vemos a los presos armados, alzando los puños como si hubieran vencido; enseguida, sin embargo, aparece un puñado de militares disparándoles como si estuvieran en la feria y jugaran tiro al blanco. Ora una mujer y su bebé mueren en medio de una balacera. Ora nos muestran negocios cerrados, escuelas vacías y decenas de casas a la venta. Ora los soldados desmantelan puestos ambulantes, donde los Zetas venden piratería, ropa y dulces. Ora un grupo de prostitutas se manifiesta porque se ha acabado la vida nocturna. Ora la foto del Feroz aparece frente a nosotros y, quienes lo conocieron, se acuerdan que él fue el primero en desafiar a los narcos de la casa. Ora la gente se organiza en los barrios para enrejar calles. Ora los empresarios se largan de la ciudad y la industria se cae. Ora una señora que vende gorditas en el centro les paga doscientos pesos a unos chicos que van en motocicleta; es la cuota semanal para que no la maten. Ora vemos fotografías de unos veinte trabajadores de la fiscalía de Durango que han sido asesinados. Ora la fiscal, Sonia de la Garza, aparece sonriente, rodeada de sus escoltas mal encarados. Y ora una manta señala a De la Garza y a los federales como los protectores de los Zetas.

ALCALDESA ROCÍO REBOLLO

(Está sentada en la mesa de juntas. Enciende un cigarrillo.)

¿Miedo? No, no, no. Yo tengo que demostrarle a la gente que en nuestra ciudad se puede vivir tranquilo.

En la siguiente escena vemos a la alcaldesa temblando: han baleado su casa.

FONDO NEGRO

***

Gómez Palacio, también conocido por el alias de “Gómez Balazos”, es la capital del odio. En sus casi mil kilómetros cuadrados uno puede comprar armas por menos de cien dólares y a un policía por lo doble. Los Zetas se adueñaron de casi toda la municipalidad en 2007, pero el 11 de enero pasado se les acabó el corrido: 159 municipales fueron detenidos por el Ejército. Los Zetas no fueron los únicos que abrieron la cartera. El cártel de Sinaloa compró el Cereso. Eso evitó, durante un tiempo, que sus sicarios que eran arrestados en La Laguna fueran llevados a cárceles de Coahuila, donde los Zetas deciden quién es enviado a la inmensidad del infierno. Hoy, ese Cereso ha sido cerrado por los federales, los mismos que trabajan para los Zetas.

Yo no venía pensando en todo eso, pero el colega que me trajo a Gómez hablaba de los Zetas y de los Chapos como Santana hablaría de las guitarras. Por mi colega supe que la tasa de crecimiento poblacional en Gómez se ha controlado así: 1.6 muertos al día por 1.3 nacimientos, de modo que durante algún tiempo la ciudad no rebasará los trescientos cincuenta mil habitantes. Supe, también, que cuando los municipales fueron desarmados por el ejército, los Zetas se lanzaron a robar bancos para presionar a los militares. Entendí que Torreón y Gómez son dos ciudades que los gobiernos de Coahuila y de Durango siempre las han visto como el trasero de sus estados. Y me enteré, además, de que el cártel de los tal Cabrera habían llegado a La Laguna y eso complicaba más la guerra.

Cuando bajé del auto del colega, lo primero que vi fueron tres tanquetas del Ejército estacionadas frente a la presidencia municipal. Un regidor, que pidió no poner su nombre, me contaría luego que, durante la sesión de cabildo, un militar había irrumpido para decirles que un comando atacaría la alcaldía. Por eso, aquella mañana, había más soldados en las oficinas que gente tratando de hacer un trámite. La única que parecía no estar alterada por la amenaza era el tercer miembro de la familia Rebollo que ha gobernado este municipio: Rocío.

“Tengo un hijo de diez años y gobierno esta ciudad, ¿tú crees que debo tener miedo? —me dijo la alcaldesa mientras encendió un cigarro con cierto estilo—. Me han amenazado dos veces, pero para mí que esas llamadas fueron puro cuento”. Rocío también me presumió que todas las noches se trepaba en su Suburban sin blindar y recorría los barrios de Gómez. “Trato de generar confianza, decirle a mi gente que todavía se puede vivir con tranquilidad; créeme: yo no me voy a mover de aquí”. La alcaldesa no le dio mucha importancia al arresto de sus policías o tal vez no quiso hablar del asunto. Para ella lo importante fue contarme de los cadetes que pronto saldrán de la academia, que los policías con ella ganan ochocientos cincuenta dólares mensuales y que les consiguió un seguro de vida por casi noventa mil. No se lo dije, pero en La Laguna todos los policías tienen un precio.

Rocío se despidió diciéndome que la próxima vez que nos viéramos en Gómez todo iba a estar mejor. Cuatro días después, el martes 5 de febrero, un colega me escribió: “Balearon la casa de la alcaldesa, no hay lesionados”. Desde entonces he pensado que Rocío tomará la oferta que hace poco le hizo el gobernador Jorge Herrera: renunciar a la presidencia municipal e irse de diputada local.

***

Ten por seguro que orita ya saben de ti, te dice el guía cuando caminan por la Durangueña y tú imaginas lo peor: ves cómo te rodean los sicarios, sientes cómo te levantan, pides que te maten de un solo tiro y te dejas llevar con la esperanza de que tiren tu cadáver para que tu familia tenga qué enterrar. Sales de tus cavilaciones cuando el guía te dice que están en San Joaquín, pero de santo no tiene nada el barrio. “Los sicarios que dejaban salir del Cereso de Gómez, llegaron aquí y de aquí salieron a rafaguear los antros, ¿sí me entiendes?”, te cuenta y tú recuerdas las matanzas del Ferry, las Juanas y la Quinta. Entre las tres se habla de sesenta y nueve muertos, pero el guía te dice que esa cantidad apenas fue la de uno. Cierto o no, no hay un número para corroborarlo. “La idea fue pegarle a los bares de los zetones, pero los Chapos mandaron a puro loco y mataron a mucha raza inocente”, se queja el guía y enseguida te remarca que la balacera en el bar Tornado, una que apenas sucedió el 5 de enero pasado, fue hecha por los Zetas, pues el antro ya era del cártel de Sinaloa. Cuando termine de hablar, pensarás que todos los cárteles mexicanos son iguales: practican todos los sinónimos del verbo matar, sin sentimiento de culpa. A seguir caminando. Ahora el guía te dice que mires discretamente hacia la punta del cerro. “Hay dos águilas”, susurra. Las águilas, por si no sabes, son adolescentes que tienen la imperiosa necesidad de ganarse unos dólares. Si un solo vehículo, persona, animal o cosa entra al cerro y ellos no lo reportan, les darán sus tablazos. Volver a caminar. “En aquella casa es donde torturan a los zetones”, dice el guía mientras sus dedos apuntan a un lugar indescifrable. “Ahí mismo los destazan con sierra eléctrica o les aplican el torniquete, ¿sí me entiendes?”. Y el torniquete, por si tampoco lo sabes, es un filoso alambre que, amarrado a dos tubos, te arranca el pescuezo. Más tarde, cuando rodees el panteón, verás a cuatro chicos armados, chicos que muy seguro no conocerán la vejez. Los saludarás y ellos, aunque nunca los hayas visto en tu vida, te regresarán el saludo con cierta familiaridad. En algún momento le preguntarás al guía qué tan cierto es un informe militar que se ha publicado. Como él no sabrá a qué te refieres, les contarás: según el Dany ha roto con el Chapo, el Cerro de la Cruz ya no es del cártel de Sinaloa y los Zetas están aprovechando la ruptura para recuperar fuerzas. El guía se reirá y te dirá, primero, que ni el Dany ni otro trabajador del Chapo se han salido del carril; te contará que el poniente es cien por ciento de los chapitos y que a los Zetas cada vez los repliegan más hacia el oriente de Torreón. “¿Entonces qué desmadre se traen en Gómez?”, le preguntarás y él te dirá que todo se debe a que los policías federales y gente de la fiscalía de Durango quieren que los Zetas regresen. Todo eso, claro, lo sabrás cuando acabes de rodear el cementerio. Ahorita, apenas el guía te está contando que cuando el comandante Gabito disparó hacia la Durangueña, los chapitos limpiaron el cerro a punta de cuernos y R-15. “Los zetones ni las manos metieron”, te dice y describe muertes que a cualquiera le darían pesadillas. Una quedará en tu mente: la de aquella yonqui que, sólo por comprarle piedra a los Zetas, fue fusilada frente a un sacerdote.

***

“Cuando supimos que habían llegado los Zetas a La Laguna, muchos dijimos: ‘Por fin habrá acción’. Qué pendejos, nunca comprendimos que nos iba a ir tan mal”, me dice un colega en Torreón, y yo recuerdo todo lo que me han contado otros reporteros de La Laguna durante estos días. Los de Gómez Palacio, por ejemplo, me hablaron del secuestro que hace poco sufrieron dos de ellos, todo porque los narcos quieren que se publiquen las mantas que cuelgan en los puentes. Otro me platicó del día en que un comando fue a visitarlo a su casa; desde entonces dejó el periodismo. Unos de Torreón fueron citados por los Zetas a mediados de 2008; les dijeron que ellos determinarían qué publicar; sobra apuntar que, si no lo hacían, los matarían. A Eliseo Barrón, de Milenio Laguna, lo levantaron el 29 de mayo de 2009 y a una chica que vendía publicidad para el mismo diario la secuestraron tiempo después. Al Siglo de Torreón le han ido a disparar dos veces y, hace cosa de un año, unos sicarios que después de la balacera abandonaron más de diez cuernos de chivo —como para que nadie dudara de que su arsenal no tiene fondo— buscaron a ciertos periodistas para reclamarles que ellos no habían huido del lugar como decían sus notas, que ellos no eran ningunos cobardes.

“Los medios de toda La Laguna sólo reportamos los hechos”, me dijo un editor de las noticias locales. “Preferimos no investigar más, porque aquí los narcos no se andan con medias tintas”. El último gran susto fue el que ocurrió el pasado jueves 7 de febrero: cinco trabajadores del Siglo de Torreón fueron secuestrados durante algunas horas. Los colegas de La Laguna creen que los del Siglo no serán los últimos.

***

1) Drug Dealer pasa por mí al hotel. Basta verle el brillo paranoico que hay en sus ojos para asegurar que viene manejando hasta las cejas de cocaína.

2) Drug Dealer no habla español, sino argot. Aprendo nuevas palabras de viejos conceptos: los patrones son los soldados, los pandas son los federales, los perritos son los municipales, el dragón es el convoy de los militares, la pintura verde es la mota, el maguito es una cápsula de color amarillo donde viene la coca y la fresita es una dosis más pequeña.

3) Drug Dealer dice que la mariguana no sólo es para los maleantes. “El brus li, la yanis, el morrison y el jendrix la fumaban”.

4) Drug Dealer me explica que la ciudad nunca sube al Cerro de la Cruz, pero de arriba bajan a toda hora. Nosotros vamos de subida. Venimos a comprar droga.

5) Drug Dealer me da indicaciones: “Si te preguntan qué rollo contigo, les dices que eres mi camarada, que no sólo eres vicioso sino también desconfiado y por eso me acompañaste; y ojo: no se te ocurra decir algo de los zetones porque de aquí no salimos”. Si alguien se me acerca como me dice, seguro cantaré como un canario.

6) Drug Dealer cree que, para los últimos dos gobiernos panistas de Torreón, los Zetas y los municipales fueron su mayor pasión.

7) Drug Dealer tiene algo qué decir antes de llegar a la Polvorera: el Chapo es dios y yo pienso que gente como él necesita de mitos y mentiras para vivir.

8) Drug Dealer se estaciona y baja a comprar la droga. En el lugar hay jóvenes y portentosas máquinas de matar. Usan gorras Ed Hardy, visten playeras Polo o Lacoste (seguramente made in China), traen jeans y calzan tenis de la pantera enfurecida. Salvo por la gorra, estoy a tono con ellos. “Por donde cagan estos morros nadie pasa, así que ojalá hayas wachado bien cómo está el rollo”, me dice Drug Dealer apenas regresa.

9) Drug Dealer cree tener la capacidad de ver la violencia que lo rodea sin que le afecte. “Así somos los norteños: cerramos los ojos, los oídos y somos muy felices”.

10) Drug Dealer me deja en el hotel. Le digo que se quede con la droga y, antes de irse, le pregunto qué espera de esta vida. Se queda callado. No soy psiquiatra pero creo que muy pronto no quedará nada en su cerebro.

***

Vine a la parroquia de San Judas Tadeo, al oriente de Torreón, no porque haya sido asaltada ayer. Vine porque hoy conoceré a cuatro mujeres y un hombre que llevan años buscando a sus hijos. Antes de que me cuenten sus casos, sin embargo, tienen varias quejas qué soltar:

–Ya no nos gusta hablar con los reporteros porque no publican nada; sólo vienen para hacerse famosos, nos utilizan.

–Al gobernador no le interesan nuestros hijos, pero no fuera el sobrino que le mataron porque movería cielo, mar y tierra.

–Aquí nosotras hemos investigado, hasta nos hemos sentado con los narcos para que nos digan dónde podemos encontrar a nuestros hijos; ¿y todo para qué? ¿Para que la subdelegada de la PGR, la tal Claudia González a la que informábamos todo, la arrestaran por estar ligada a los Zetas?.

–No crea, si hasta ganas nos dan de ir con la gente del Chapo pa que nos ayuden.

Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos, con sede en Coahuila, empezó en Saltillo. Don Raúl Vera convenció a cuatro familias para organizarse y el resto lo ha hecho la desgracia. Las cifras actuales hablan de poco más de mil seiscientas personas desaparecidas en el estado, todo desde que los Zetas y el cártel de Sinaloa andan agarrados de la greña. El pasado 15 de enero, Enrique Peña Nieto iba a recibir a las mujeres que tengo enfrente, pero les canceló.

Ángeles: “Mi hijo, Jesús Antonio Mena, me llamó a las doce y media de la noche. No pude contestar y estuve llámele y llámele, hasta que me contestó un señor. Dijo que era zeta y me pidió veinte mil pesos, pero ya no volvieron a buscarme. Perdí mi trabajo de veinte años, me vino la diabetes y mi nieta trae la anemia porque no quiere comer, dice que quiere ver a su papá. Jesús desapareció el 30 de junio de 2010. La policía aceptó la denuncia, pero como robo de auto.”

María Elena: “Alguien nos dijo que los Zetas se habían llevado a Hugo, a mi hijo Hugo González, hasta Nuevo Laredo. Por eso mi esposo fue a ver si era cierto. Uno de los jefes lo recibió. Mi marido le dio el dinero que nos pidió y en dos segundos le dijo que no, que a ése no lo habían levantado ellos. Hugo tiene veintisiete años. Se lo llevaron con dos amigas de un restorán del centro de Torreón”.

Óscar: “Yo estaba trabajando en Atlanta cuando mi esposa me llamó: a Jesús se lo habían llevado dos encapuchados. Me vine y nos pusimos a investigar. Resulta que mi hijo iba en su moto y se le cerraron en un carro. Lo persiguieron varias calles, hasta que se derrapó. Me dicen que Jesús les dijo que se llevaran la moto, pero a él también lo subieron a una camioneta. ¿Sí le dije completo el nombre? Es Jesús Daniel Flores García. Despareció el 1 de mayo de 2009. Ya se me fueron todos mis ahorros de tanto buscarlo aquí y allá”.

Blanca: “Mi hijo, Iván Barush, fue al bar ese del Tornado, el que acaban de balear un día antes de Reyes. Él fue el 11 de agosto de 2011, y no salió. Sus amigos me han contado que se pelearon por andar de coquetos con la novia del guardia. Sólo a Iván no lo soltaron. Uno de mis nietos dice que quiere ser narco para buscar a su papá”.

Amelia: “Estábamos en nuestra casa de Matamoros, un pueblo pegado a Torreón, cuando unos encapuchados se nos metieron y se llevaron a mi esposo, Javier Burciaga Vázquez. Mi yerno, José Francisco Juárez, quiso defenderlo, pero también lo treparon a las camionetas. Le dimos ocho mil pesos a una licenciada que nos dijo que estaban en la cárcel, pero nomás nos robó. Pagamos brujos y ellos nos dijeron que ya iban a llegar, que ya no nos mortificáramos. Y como pasó un año, mejor nos fuimos a Zacatecas. Allá la vida fue muy dura. Nomás nos deprimimos. Entonces nos regresamos, aunque no saliéramos de la casa. Mi nieto, Luis Carlos, se desesperó de tanto encierro y un día me dijo: Abue, yo quiero trabajar, tengo treinta y dos años y pos quiero ayudar a traer dinero. Se fue al día siguiente y nunca regresó. Yo ya orita nomás creo en la justicia divina”.

***

El Rubio, un ex policía municipal de La Laguna, no quiso que habláramos de frente. Optó por contarme lo que sabía por medio del mail. Sólo nos escribimos tres veces.

Mail uno:

los de la letra nos leyeron la cartilla lueguito de cuando llegaron. o jalan o jalan cabrones. con esas palabras crees tu que alguien no le iba a entrar? además nos amenazaron con matar a nuestra familia. nuestros jefes nos dijeron que apechugaramos que nos iba a caer lana, pero ellos se quedaron toda. nuestro trabajo fue apoyar a los de la letra, apañar el poniente. con esto te digo que todo fue obligado. ahorita todavía hay unos que se creen narcos y están ayudándoles a los zetas para entrar a gómez. no sé si sepas pero cambiaron a los federales y ellos también andan chingando a los chapos. ayer en gómez no solo balearon la casa de la alcaldesa, también le metieron un susto a carlos herrera, ese es el cacique de gómez.

Mail dos:

los chapos no quieren a los municipales. el pedo ahora es que los municipales de torreón trabajan para los chapos y los de la letra andan matando polis. a uno lo rafaguearon afuera de su casa, cuando estaba lavando su carro. eso fue hace como una semana, allá en matamoros.

Y mail tres:

los chapos balearon en 2009 el premier y el 20, que era el jefe de plaza, mandó llamar a 35 municipales: director operativo, lobos y bravos para cagotearlos. los citaron en una finca de fac. y madero. todos de civiles.

delante de ellos, la burra, un morrillo de 16 o 17 años, bien loco, desquiciado, y que dice que hablaba con los muertos: decapitó con un cuchillo a 5 chapos que habían agarrado. les dijeron a los municipales que si seguían permitiendo que los chapos reventaran les iba a pasar lo mismo. un güey de apellido de león, director operativo de seguridad pública del oriente de torreón, no aguantó la carnicería y se desmayó. luego los dejaron ir.

***

El guía ahora te indica dónde, cómo y cuándo los Chapos fueron matando a los Zetas. Te habla de un tal Negro, pasa por el Junior y acaba con Chuy Caguamas. Ahí pensarás que los ajustes de cuentas se propagaron en todo el poniente como el sarampión. Y ahí, también, decidirás que no quieres saber nada más. Lo que ansías es ya largarte del cerro. Extrañamente te sentirás débil, como cuando has ido a donar sangre. Bajarán por donde llegaron, por el Mercado Alianza. Se despedirán donde se encontraron por la mañana. Tomarás un taxi e irás a visitar al escritor Carlos Velázquez. Hoy es su cumpleaños, así que no querrás arruinarle la fiesta contándole todo lo que has visto y escuchado. Se tomarán un par de Macallan y después otros. Entonces te contará del 7 de octubre de 2010, cuando fue al bar Marioneta a echarse una cervezas con unos amigos. “Los disparos zumbaban como cuchillas de afeitar”, te dice cuando ya te ha contado que uno de esos escuadrones perfectos para matar llegó en embestida al bar e hicieron los que mejor les sale. “Neta cabrón que nunca había escuchado tiros con esa fuerza, ni cuando me agarró una balacera en el Oxxo”. Otro escritor, Daniel Herrera, te contará la otra parte de la historia porque él también la vivió: “Nos tiramos al piso y nuestro compa la Marrana comenzó a sangrar; dijimos: A este cabrón le dieron. Pero no: se cortó el brazo con una botella. Que yo me acuerde, los sicarios sólo mataron por los que iban”. Más tarde te enterarás que ese día Fernando Vallejo, de visita en Torreón, tenía pensado acompañar a Carlos y a Daniel, pero declinó por cansancio. Inevitablemente pensarás en La virgen de los sicarios y te imaginarás a Vallejo en aquella balacera diciendo: “La fugacidad de la vida humana a mí no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aquí para olvidar”. Para ese entonces, verás que en Twitter circula la información sobre el asesinato de cuatro jóvenes a unas cuantas cuadras de ahí y tu recordarás otra frase que le leíste a Vallejo: “La muerte viaja siempre más rápido que la información”. En algún momento subirán a la azotea del edificio donde vive Carlos y, desde ahí, contemplarás casi todo Torreón. Entonces caerá la noche y todo se verá como un inmenso charco de sangre seca.

Cualquier reportero realmente entregado, no uno de esos periodistas fanfarrones de escritorio, sabe a lo que me referiré a continuación: existe un momento en el que aparece un dato, un testimonio, una pista importante, y en lugar de darla a conocer debes aguardar, quedarte callado por cuestiones tácticas. Una crónica también es un juego estratégico. Cuando persigues una buena historia debes aprender a convivir con un silencio que arde.

A la hora de reportear procuro la discreción extrema sobre lo que hago y en dónde lo hago. El periodismo en el que creo está lejos de la parafernalia y las fuentes oficiales. Ésa ha sido una forma de acercarme a los agujeros negros de nuestra realidad. El bajo perfil a la hora de hacer trabajo de campo y adentrar territorios pantanosos también ha sido mi forma de sobrevivir.

Escribo esto porque hace tiempo conocí a un testigo directo de varias batallas de la guerra que ha vivido el noreste de México. Un operador a ras de suelo: un soldado zeta. A través de él y de otros testimonios del mismo entorno fui conociendo cosas de las cuales, por seguridad, sólo he publicado una parte. Pero esa información propia, ese ligero bagaje de mi conocimiento directo, es el que intento que prevalezca cuando escribo cualquier cosa sobre un tema del cual no me considero experto, sino un narrador más.

En marzo de 2013 estuvo en Monterrey Jon Lee Anderson, un periodista que vive con el fuego dentro. Lo llevé a que conociera parte de nuestra zona de sombras, donde habló con algunas de las fuentes que he cultivado. Vimos personajes de todo tipo. Desde los más encumbrados y oscuros amos de la región hasta este joven marcado por la última letra del abecedario. Con el joven soldado, la conversación se alargó. Un par de cámaras grababan a un zeta que contaba de combates en Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas a un periodista que se sorprendía con lo que oía, pese a que ha estado en la primera línea de las guerras más importantes del mundo actual.

Se han publicado muchas entrevistas con sicarios mexicanos, gente que mata por contrato o bajo las órdenes permanentes de un capo. Hay tantas que hasta podrían declararse ya un género periodístico en sí mismo. Lo que no hay hasta ahora es una entrevista con un miembro de los Zetas. Un soldado de la guerra del narco es un personaje inusual en la narrativa de lo que ha sucedido en estos años. Esta historia trata de un joven al que enseñaron a disparar, lo envolvieron en una mínima disciplina militar y lo pusieron a trabajar cuidando territorios junto a otros soldados como él. No es un sicario. No en el sentido “tradicional”: es un testigo sobreviviente de la guerra que ha vivido una región de México que, a diferencia de Tijuana, Sinaloa o Ciudad Juárez, produce escasos testimonios directos.

Aquí se contará una parte del encuentro que organicé para que Jon Lee Anderson, una especie de cosmpolita de las guerras, conversara con el participante de una de las guerras más desconocidas del mundo.

La cocina y los desaparecidos

Jon Lee Anderson: ¿Cuál es la pena que aplican cuando capturan a sus enemigos?

Zeta: Hemos tenido mucha gente que trabaja con nosotros. Luego los agarran, los meten a la cárcel y ya después salen. Cuando salen, algunos de ellos quieren hacer su vida de otra manera. Había un chavo que había trabajado para nosotros, nomás que cuando salió de la cárcel, el chavo quiso hacer su propio cartelito, con su propia gente, ¿verdad? Tenía tres o cuatro morros y contrató a unos guatemaltecos para que le trajeran mercancía. Pero uno se da cuenta y uno tiene mejor equipo, está más preparado para ese tipo de cosas…

JLA: Entonces, en ese caso, ¿que había que hacer después de que descubrieron que vendían droga en su territorio?

Z: Esa vez nosotros los íbamos a mandar derecho pa’ la cocina. Pero en eso nos habla el comandante primero de la zona. Nos junta a todos y nos dice: “Miren, esto es lo que les va a pasar a los vatos que se quieran pasar de lanza (traicionar)”.

JLA: Mencionaste la cocina. ¿Cómo es eso?

Z: La cocina es un punto que hayas buscado especialmente. Tiene que estar metido pa’l cerro, lejos de carreteras y de la ciudad. Ahí se llevan a las personas detenidas y se llevan unos toneles (tambos). ¿Sí ha visto que los toneles de doscientos litros traen tres rayitas? Una, dos, tres, pues de la segunda raya para bajo se empiezan hacer puros agujeros y luego el tonel se pone cerca de un arroyito o de un pozo. Ya que este ahí, echas a la persona de cabeza y le empiezas a echar diesel. Con ayuda de veinte litros de diesel desapareces de este mundo.

JLA: ¿Cuando los echas en los toneles están vivos?

Z: No, la mayoría ya están muertos. A veces nos los mandan de otros lugares ya muertos, porque no quisieron pagar rescate o porque eran contrarios y los agarraron, o porque estaban en un bar presumiendo que ellos controlaban la plaza, cosas así. Aquí los fines de semana te encuentras muchas personas que dicen que son comandantes y no sé que tantas cosas más. Ya después los agarras y dicen: “No, es que yo conocía a un primo, o al amigo de un amigo que era tiendero”. Entonces tú le hablas al tiendero y él dice: “No, yo no paro bola por nadie (dar la cara)” porque si dice: “Sí, yo respondo por él”, a lo mejor a él también nos lo llevamos a la cocina.

JLA: ¡Vaya! Esto del diesel no lo llegué a entender del todo. ¿Se le prende fuego, o el diesel es corrosivo y va acabando con el cuerpo?

Z: Sí. Te echan adentro del tambo, agarras un bote y con una yoga de veinte litros te van bañando. Así le van echando dentro del tonel y ya de pedazo en pedazo te van desapareciendo. Dura como una media hora todo para que ya no quede nada de ti.

JLA: Te disuelves…

Z: Todo. Te van echando diesel y ahí se va acabando la flama. Cuando ves que se está apagando la flama, le echas otro botecito y ahí te vas… Cuando yo estuve la primera vez en eso duré como un mes sin comer pollo ni carne porque huele igual, casi lo mismo, que cuando pasas por un restaurante o un lugar donde venden pollo asado. Me di cuenta que el pollo asado huele como una persona normal.

JLA: ¿Te cambia la concepción de la vida un poco?

Z: Sí, te quedas como ondeao.

JLA: ¿Cómo?

Z: Ondeao es una palabra que quiere decir que te quedas volteando para todos lados y no sabes qué hacer. Como loco. Cuando yo bajé de allá de la sierra iba pasando así por la calle y me llegaba el olorcito y decía: “Mira, ¿qué pasa?, ¿dónde están cocinando a una persona o dónde se están fumando a uno?”. Seguía caminando, daba la vuelta y ahí estaban vendiendo pollo o vendiendo carne asada.

JLA: ¡Hombre! ¿Y no tienes malos sueños?

Z: De repente sí. Me acuerdo de algunas personas. Como le digo, a veces se van personas inocentes que por uno las llevan. Hubo una vez en que en San Luis agarraron a tres chavos. Uno sí era del cártel del Chapo Guzmán. Era de Michoacán y el chavo llego a San Luis. Esa vez estaban en una disco y traían una bolsita con cocaína diferente a la que nosotros vendemos.

JLA: ¿Y que pasó?

Z: Los rodeamos a todos y llegó el comandante, y sin batallar les dijo: “¿Qué?, ¿ustedes qué?”. Y los chavos inocentes dijeron: “Nosotros no sabemos nada”. Pero luego el comandante dijo: “Pos pa’ que no haya testigos y no quede nada, hay que matarlos”. Luego abrió fuego. Les dio un balazo en la cabeza en plena disco. Afuera estaban unas patrullas de la policía, pero como ya estaban arregladas no hicieron nada.

JLA: ¿Y eso sí te quedó como una mala conciencia?

Z: Son de los chavos que a veces uno dice: “Pues no está bien”, porque cuando andas trabajando, tú dices: “Pos si ando trabajando, me voy a chingar a los que me quieren chingar”. O sea: o eres tú o soy yo ¿verdad? Cuando yo entro en acción quiero que sea por personas que andan mal o que no podían arreglar con nosotros, pero no con cualquiera.

El retiro

Un joven soldado de Los Zetas que a sus veintiséis años de edad ya es un veterano de la organización. Empezó a los dieciocho como mensajero de uno de los treinta y dos militares fundadores de Los Zetas, cuando éste tenía un campamento en unos cerros de Nuevo León. Le encargaban que fuera al pueblo más cercano a caballo a conseguir alimentos y revisar el movimiento en la zona. Después fue designado para cobrar cuotas a nombre de Los zetas a traficantes de migrantes que operaban en la Central de Autobuses de Monterrey. Con el paso del tiempo aprendió el manejo de armas y se enroló en diversos comandos zetas. Participó en batallas de pueblos y ciudades del noreste de México, Coahuila y San Luis Potosí, lo mismo contra el Ejército que contra bandas rivales. Fue enviado a La Diestra, que es como Los Zetas llaman a sus ranchos de entrenamiento especial para sus mejores miembros. Estuvo en la cárcel pero salió gracias a la presión de un alto comandante de Los Zetas. Quisieron mandarlo a la guerra que estalló en Tamaulipas en 2010 en contra del Cártel del Golfo, pero uno de sus compañeros le recomendó que no fuera porque iría directo a la muerte. Después de más de dos horas de conversación, le mostró a Jon Lee Anderson cicatrices por heridas de bala recibidas en el estómago, brazo y pierna durante decenas de batallas que relató con lujo de detalle.

Cuando se realizó la entrevista, el soldado zeta comentó que estaba en una especie de retiro, ya que ahora sólo trabajaba con una célula que, coludida con un grupo de soldados del ejército, se dedicaba a robar gasolina de unos ductos de Pemex. Dijo que todos sus compañeros más expertos, así como los comandantes zetas con los que él había participado en combate, ya estaban muertos o detenidos. Que algunos de los comandantes que quedaban lo invitaban a trabajar con ellos pero él prefería mantenerse al margen y trabajar solamente robando gasolina.

Unos meses antes de la entrevista se había reportado la muerte de Heriberto Lazcano, el líder de Los Zetas, durante un enfrentamiento con la Marina. Sin embargo, horas después el supuesto cuerpo del capo fue robado de la funeraria y el Gobierno de México nunca pudo demostrar plenamente que había fallecido. El soldado zeta dijo que él y otros de sus compañeros no creían que estuviera muerto, pero reconoció que Lazcano ya no era mencionado por los estrechos y crípticos canales de comunicación internos de la organización. El rumor que sí se oía entre los demás miembros de Los Zetas era que con Enrique Peña Nieto en la presidencia iba a haber un pacto con todos los grupos para bajar la violencia a cambio de que se respetara el control que cada banda tenía de sus respectivas plazas.

Sin embargo, también comentó que unos días antes de la entrevista, el Gobierno de Enrique Peña Nieto (la Marina) había estado a punto de detener al otro líder, Miguel Ángel Treviño, el Z-40, en una carrera de caballos celebrada en Sabinas Hidalgo, Nuevo León, muy cerca de Nuevo Laredo, Tamaulipas, la ciudad en donde finalmente fue aprehendido el 14 de julio de 2013.

Con la detención del Z-40, la organización emergente más poderosa del narco en México, aunque es posible que siga manteniendo el control de algunas ciudades y pueblos de Coahuila, Tamaulipas y Nuevo León ‒incluyendo una presencia significativa en Monterrey‒ tendrá que detener el proceso de expansión que había iniciado hace tres años a lo largo de los estados colindantes del golfo de México y que incluía también una presencia en Guatemala y el resto de Centroamérica. Esos planes quedarán suspendidos por ahora.

Es altamente probable que lo que queda de Los Zetas originales se convierta en un clan familiar. El Z-40 tiene once hermanos (uno de ellos detenido en Estados Unidos) y varios de ellos están en la lista sucesoria, encabezada por Omar Treviño, quien dirigiría la organización desde la silla de ruedas en la que convalece. Así como el Cártel de Tijuana pasó a ser la organización de los Arellano Félix o el Cártel de Juárez la de los hermanos Carrillo Fuentes, Los Zetas serían los hermanos Treviño Morales. Sin embargo, en el imaginario popular y criminal, el nombre de los zetas se mantendrá como una especie de marca de la violencia extrema o de los intentos paramilitares de cualquier organización dedicada al control de territorio o al tráfico de drogas.

La última letra del abecedario, impronunciable por varios años en el noreste de México que hace frontera con Texas, también será una marca para muchos jóvenes. Jóvenes que forman parte de una generación que vio de cerca los horrores de la guerra: la generación zeta. Uno de estos jóvenes es el soldado zeta.

Los Zetas

JLA: Háblame de Los Zetas ¿Qué es esta organización? Se dicen muchas cosas en el mundo, pero se cubre poco eso. Tú sabes: es muy peligroso para los periodistas. Tú, que conoces ese mundo por dentro, dime, ¿cómo es la cosa?

Z: Cuando yo comencé a conocer lo que eran los demás zetas, había mucho control. Nomás se dedicaban con personas que anduvieran mal. Esas personas podían ser las que anduvieran secuestrando, las que anduvieran robando o las que tuvieran grupos chiquitos de repartición de droga. Los Zetas traían su funcionamiento según su mercado de droga. No nos gustaba que otras personas se vinieran a instalar donde ya se había controlado esa plaza (nombre que se le da al territorio bajo control de un grupo del narco).

JLA: Digamos, ¿gente de otras organizaciones o pequeños clubs?

Z: O pequeños traficantes que empezaban vivir la vida fácil. No podían trabajar solos. Hay quienes dicen ya se están acabando Los Zetas pero no: nos matan a cinco y salen del penal, o se meten otros cinco y se reponen.

JLA: Pero entonces, lo que Los Zetas controlan es territorio y dentro del territorio, todo lo que es el negocio ilícito: droga, prostitución, juego y cosas así, ¿o también intentan tener un control sobre el comercio normal?

Z: Sí. También se manejan otros tipos de negocio ilícitos del comercio normal. Por ejemplo, hay unas personas que se llaman machaqueros. Ellos se dedican a comprar cualquier mercancía normal de los traileros. Se arreglan con un trailero y le dicen: “¿Cuánto quieres por tu carga?” Los traileros están asegurados y reportan a sus empresas que los robaron.

JLA: Entiendo, pero en los últimos años las cosas se han puesto superviolentas. ¿Es, cómo se dice afuera, la guerra del gobierno? ¿O es porque los diferentes grupos, incluyendo Los Zetas, están en pugna por las plazas?

Z: La guerra comienza por las plazas. La plaza más peleada en todo México es la plaza de aquí de Monterrey, Nuevo León. Aquí se maneja mucho efectivo, mucho dinero.

JLA: Una pregunta más bien personal, no tan abstracta: ¿Por qué te incorporaste tú?, ¿cómo fue? Y, ¿por qué tu decisión de entrar y llevar esta vida?

Z: Yo inicié cuando vivía allá en un pueblo de por estos rumbos (noreste de México). Una vez me enteré que habían secuestrado a unas personas de un negocio que tenía mi abuelo, y entonces yo, cuando llego digo: “Pos han de ser unos pandilleros”, o no sé, me imaginé también que era la Federal o la AFI. Ya con el tiempo los vas conociendo. Te das cuenta de que es un grupo especial para reventar, para accionar en diferentes áreas. Eran Los Zetas. Ahí los conocí. Después uno me juntó y me dijo: “Mira, es que nosotros nos dedicamos a robarnos a las personas que tengan negocios mal, a las que vendan cristal, pericos (cocaína), drogas, todo tipo de droga”. Ahí fue cuando yo empecé a juntarme con un chavo que los conocía mucho a ellos. Ganaban ocho mil pesos (setecientos dólares) por quincena y aparte les daban dinero extra. Entonces entré. Sí había muchos lujos, no te falta nada, lo que tú quieras: mujeres, droga, dinero, carros, pero con el paso del tiempo fueron empeorando las cosas y ya ahorita no se puede hacer casi nada de lo que se hacía antes.

JLA: ¿Ya no se puede estar dedicado al gozo, debido al problema?, ¿a eso te refieres?

Z: Yo recuerdo que cuando uno antes decía soy zeta, o soy comandante, todos te admiraban. Antes todos querían ser, ahorita nadie quiere ser.

JLA: ¿Por qué, por el peligro de que alguien va en contra tuya o por la misma situación: la guerra?

Z: Ahorita ya hay muchas familias a las que Los Zetas les han hecho daño. Ahorita si alguien sabe que tú eres zeta, la familia te va a ver y te va a denunciar con las autoridades: con la Marina o el Ejército, y ahora van por ti en donde estés. Si te llegan a ver en un bar y te han visto y le ha pasado algo a su familia te denuncian. Antes no.

El pacto

JLA: ¿Hay algún cambio debido a la llegada del nuevo gobierno o las cosas siguen igual?

Z: De repente nos pasan información las personas que están arriba, que son allegados al patrón. Nos platican que según habían dicho que ahora que llegara Peña Nieto se había hablado con el patrón del Cártel del Golfo, nuestro patrón de Los Zetas y el patrón del Cártel de los Beltrán, y habían hablado que así como están en cada ciudad se iban a quedar, que no se iban a meter a otro municipio. Por ejemplo, Monterrey y San Pedro son diferentes: San Pedro lo controla Beltrán Leyva y Monterrey lo controlan Los Zetas, entonces habían quedado que los Beltrán no se metían con Los Zetas ni Los Zetas con los Beltrán, por ejemplo. Lo que se dice es que la gente de Peña Nieto puso esa orden, dijo: “Los voy a dejar trabajar, nomás que ya no hagan secuestros ni…”

JLA: ¿Es la nueva orden: que no haya secuestros y baje la violencia?

Z: Según se ordenó que ya no hubiera tanta violencia y ya no hubieran tantos muertos, pero los cárteles son muy poderosos, tanto aquellos como el nuestro. Y cada organización tiene gente muy buena, entonces, a veces sigue la pelea en las plazas. Y, por si faltaba, hay gente que arma sus propios negocios pequeños en una ciudad, entonces un cártel piensa que son miembros del otro cártel y comienzan los problemas.

JLA: O sea, ¿aunque haya un pacto o parezca que haya un pacto, por la competencia misma entre los grupos y los carteles, siguen los problemas?

Z: Sí. A veces también existen los problemas entre los mismos. Por ejemplo, hay diez comandantes aquí en Monterrey y a veces uno no le cae bien al otro y empieza hacer problemas. Dice que el otro tiene amigos del Cártel del Golfo, que trabaja para el grupo rival y luego todo acaba mal.

JLA: Se dicen muchas cosas del comportamiento de la fuerzas de seguridad oficiales, incluyendo la Marina. En algunas partes del país dicen que prácticamente crean comandos sucios ¿Es cierto esto?, ¿y también que tienen escuadrones de muertes que matan gentes sin llevarlos arrestados? ¿Qué saben ustedes?

Z: Mire, le voy a platicar una cosa: no sé si supo que aparecieron unos cinco colgados acá en Saltillo. Ellos eran amigos míos. A ellos los agarraron las fuerzas especiales del Gobierno, un grupo especial que se llama GATES. Son como cuarenta o cincuenta policías. De acuerdo con la investigación que hizo La Letra (Los Zetas), estos policías vienen de Matamoros, allá donde está el Cártel del Golfo. Según la información que nos dio el chavo que trabaja con ellos, es que además de su sueldo en el Gobierno, el Cártel del Golfo les paga un dinero por matar a zetas.

JLA: Pero piensas que la guerra va a seguir, por ejemplo, o… digamos, ¿cómo te imaginas viviendo de aquí a cinco años? ¿Qué crees que está en tu futuro?

Z: De aquí a cinco años yo digo que van a seguir todas las cosas. Yo no pienso que haya un control por parte del Gobierno. Si el Gobierno no se pone de acuerdo con los cárteles va a seguir así todo. Balaceras sigue habiendo a cada rato, aunque no se digan tanto ahora. Y siempre que hay balaceras, a veces nos tumban a cinco de nosotros, pero siempre también tumbamos a soldados y eso nunca lo pasan en la televisión. Nosotros, no sé, matamos a diez o quince, y ellos nos tumban a tres o cuatro. Luego el Ejército dice… bueno, en las noticias siempre van a decir que el Ejercito siempre nos gana y nosotros nunca les ganamos ni tantito.

JLA: ¿Cómo podría haber un México sin cárteles?

Z: Yo opino que se legalizaría la droga, porque sin droga nadie puede hacer nada. Así, ya si ellos les dan permiso de vender droga, yo pienso que es lo mejor. Que ya dieran permiso de vender droga y todas las personas que estén trabajando mal, que se pongan de acuerdo sobre a quién le van a pagar en cada estado o a su comandante.

La muerte

JLA: Cuando se está en esto, uno vive con la muerte. ¿Te acostumbraste a eso? ¿Uno se adapta a eso?

Z: Cuando uno empieza, se le hace fácil y ya cuando va viendo las cosas, el camino que tomaste, o la decisión, a veces te quieres regresar, pero hay momentos en que uno ya no se puede regresar. Uno con el tiempo se va acostumbrando a ver eso. Una vez llegó una chava que me acuerdo que tenía una cara simpática, muy bonita. La pusieron a que matara a un chavo y me acuerdo que le cambió la mirada. Se le hizo como profunda. Como más chiquita. Yo me la topé después de cuatro meses. A ella la mandaron a la cocina. Mi primer balacera fue en Matehuala. Fuimos por un señor que vendía parque, vendía muchos tiros (en México es ilegal vender municiones y armas). Cuando llegamos, preguntamos por él y él salió con una pistola en la mano. Lo empezamos a rafaguear. Me acuerdo que salió también una viejita. Una señora con un vestido largo. Traía una escopeta y la viejita también nos tiraba balazos. Luego salieron sus sobrinos, que vivían en una casa de dos pisos. Estaban en el techo y de ahí nos tiraban. Esa vez nos hirieron a uno y a otro le dieron un rozón en el brazo. Al viejito le dimos como veintitrés balazos y ya nos fuimos.

JLA: ¿A la familia los dejaron?

Z: Sí, a la viejita sí. Nosotros también tenemos reglas. Somos como una empresa. Una de las principales reglas es no meterse con la esposa de tu compañero, otra es no apuntar con tu arma a tu compañero ni hacer maldad entre los mismos. Tampoco podemos matar niños ni secuestrar niños.

JLA: ¿Y mujeres? ¿Hay reglas contra las mujeres?

Z: Para mí las mujeres son las primeras que te ponen el dedo por dinero. Hubo un tiempo que cuando estaba aquí un comandante, en una junta agarró a una mujer de los pelos y dijo: “Estas son las que nos ponen el dedo, las que nos venden y son de las que menos debemos de confiar”. Pero no la mató.

JLA: Vaya, entonces en general “la empresa” tiene rencor a las mujeres, al menos en lo que es en la parte operativa se trata de algo masculino, con algunas excepciones como las mujeres en la cocina, ¿es así?

Z: Sí, a veces las usamos también de inteligencia. Había un señor que según había encontrado centenarios y que tenía mucho dinero y que había estafado a unas personas de un rancho, entonces usamos a una mujer para que citara al señor. O sea, primero lo vio y el señor le pidió el teléfono y luego hicimos que la muchacha lo citara en una plaza. Cuando el señor iba llegando a ver a la mujer nos llevamos a los dos. También hemos traído niños de catorce años o de trece años para que nos ayuden con la inteligencia. Cuando vamos a una casa o vamos a checar a alguien que ande mal, mandamos a los niños a casa a que pidan dinero o pregunten algo. Después ya regresa el niño con nosotros y nos dice si está la persona o no. Después entramos nosotros en acción.

La crueldad

JLA: Ya hablaste de las reglas de la empresa y es interesante. Cada organización tiene que tener algunas pautas para que los mismos soldados sepan qué pueden hacer y qué no pueden hacer. Desde afuera se lee de mucha crueldad. Hay violencia de todas las organizaciones: de los que cortan los brazos y los dedos, las que dejan los torsos en los caminos, los colgados y estas cosas. ¿A qué se debe tanta crueldad? ¿Hay una política o responde a alguna lógica que me puedas explicar?

Z: Yo digo que ya es como una cadenita: El Cártel del Golfo agarró a tres de los nuestros y les mochó la cabeza, entonces agarramos a tres de los otros y les hacemos lo mismo o se les hace lo peor: los encostalo y los dejo en una caja… Ya es como una cadenita que se agarró: tú me haces daño y yo te voy hacer más daño todavía. Y siempre hay gente que quiere entrar. A veces nos mandan pedir que juntemos gente para fortalecer, para hacer más grande nuestro equipo. Entra una persona y una sola persona trae como a cuatro o a cinco amigos, ¿Sí me entiende? Traemos a un chavo que primero es halcón (vigía) y luego él ya va a subir de comandante y los amigos del halcón ahora van a ser sus halcones. Para subir a comandante se necesita una Diestra. La Diestra te mandan un mes a hacerla en el monte. Vas a prepararte casi como un soldado. No voy a decir como un soldado porque un soldado de verdad sí es sufrimiento en la vida.

JLA: ¿Cómo así?

Z: Ahí con nosotros también trabajan soldados y ellos nos platican que a veces han andado en los cerros batallando.

JLA: Ah, cuando hablas de soldados, te refieres a los soldados del Ejército, claro.

Z: Sí, a los soldados del Ejército.

JLA: Yo me refería a soldado en términos generales. ¿Ustedes como se dicen a sí mismos?, ¿combatientes o qué?

Z: También nos dicen soldados a muchos de nosotros. Nosotros tenemos a un comandante y todos le decimos papá, porque es el que nos da dinero y el que nos da de comer, el que nos viste. Y el que está arriba de ti siempre va a ser tu papá. Tú también vas a ser papá de los que estén debajo de ti.

Religión

JLA: ¿Ustedes tienen santos? ¿Hay santos católicos en los cuáles creen? Algo así como Malverde allá en Sinaloa. ¿Tienen ustedes alguna figura que veneran porque les protege en el trabajo?

Z: Es que hay muchos. Cada quien es según el santo que escoja. Yo soy del Santo San Judas Tadeo. Él es el que me cuida, aunque primero está mi Dios. Yo le prendo su veladora cuando salgo de la casa. Hace poco hicieron unas capillas por aquí cerca. Una era para San Judas y la otra para la Santísima Muerte. Las mandó hacer un comandante de Los Zetas de los primeros que llegó aquí, pero luego llegaron los soldados y tumbaron esas capillas porque ahí les ponían churros de mota a la santísima. Le dejaban mota ahí a un lado. Una vez me detuvieron a mí y yo llevaba un celular con una imagen de San Judas Tadeo. En esa imagen, San Judas Tadeo en lugar de traer un palo, trae un cuerno de chivo. Cuando a mí me atoraron, los soldados lo primero que vieron fue la imagen y dijeron: “Éste es malandro”, y yo les dije: “¿Por qué?” Y dijeron: “Porque traes un San Judas con un cuerno”. Y esa era la única foto que traía y la vieron los chavos y buscaron más y me dijeron: “Pon más fotos”, y les dije: “No, no traigo”. Recuerdo que hasta les dije: “¿De quién nos vamos a cuidar?, ¿del Ejército o de los malandros?” Yo le decía al jefe de ellos, de los soldados, y él me dijo: “Ustedes son los que roban, de mil tienen que pagar una”.

JLA: ¿Y esa vez te liberaste?

Z: Los soldados nos dejaron en un cerro. Nos quitaron todo el dinero, los celulares, cadenas y todo. Nos fuimos descalzos.

JLA: ¿Y piensas que fue San Judas Tadeo quien te ayudo ahí?

Z: Yo le pedía esa vez a San Judas Tadeo y a mi Dios Padre. Había un comandante que era hermano evangélico.

JLA: ¿Cura?

Z: Sí, pastor, pero a él le habían matado un hijo y a su familia y él decidió venirse acá. El bato traía la Biblia y nos dijo una vez: “Cuando ustedes ya estén a punto de morirse, ustedes digan: ‘La sangre de Dios tiene poder’”. En ese momento, uno agarra el consejo como burla, porque andamos en la pura delincuencia, pero ahora cuando va a pasar algo, siempre digo: “La sangre de Dios tiene poder”.

JLA: ¿Y lo crees?

Z: Sí. Cuando venía para acá, venía con tres chavos y nos topamos con un retén del Ejército. No traíamos nada, pero uno como quiera se queda con la espinita: cuatro muchachos en una camioneta, sabes que va a ver problemas. Yo me agarré a rezar: “La sangre de Dios tiene poder” y otro chavo decía otra oración. Y luego, pues no nos pararon los soldados y dije: “gracias a Dios”.

JLA: ¿Crees en Dios?

Z: Sí.

JLA: ¿Y piensas que eres pecador por haber estado en la empresa en la malandrería?

Z: Cuando me pongo a pensar eso, si yo debo algo o hice algo malo, yo digo que sé que he hecho cosas malas, pero también he hecho cosas buenas. Así como le he hecho mal a la gente, también a mí me gustaba mucho apoyar a la gente y darles. Un tiempo un comandante que nos decía: “Mira, en aquel ranchito ahora que se llegue Navidad vamos a comprar muchas más despensas”. Y la misma compañía se ponía a darles despensas, juguetes a los niños, cobijas. Cuando se estaban repartiendo, se decía que eran de parte del Cártel de Los Zetas. Y así uno también agarraba la confianza de un ranchito chiquito, ¿verdad?. Por eso a mí, cuando yo trabajaba en una ciudad, me gustaba agarrar carretera una hora para irme a descansar a uno de esos ranchitos.

JLA: Un ranchito donde pudieras estar seguro.

Z: Sí, donde hubiera una entrada y una salida por diferente lado. Ya nomás ponías un halcón en una entrada y en una salida y él te avisaba.

Estado de terror

Mientras el soldado zeta se colocaba la máscara negra y una gorra para conversar con Jon Lee Anderson delante de mí, de un fotógrafo y dos cámaras de video, otro soldado zeta disimulaba su presencia en el lobby del sitio. Vigilaba nuestro encuentro, entre escritores y periodistas que participaban en un evento cultural celebrado en la ciudad por esas fechas.

¿Cómo termina una conversación así? No termina. Sigo en contacto con el soldado zeta, quien es una de mis referencias durante la búsqueda de algunas de las miles de personas que se ha tragado la guerra del noreste en los últimos años. El último censo oficial reporta veintiséis mil desaparecidos, aunque las estimaciones de diversos organismos civiles rondan los sesenta mil. No conocemos todavía el tamaño de este abismo.

La entrevista con el soldado zeta transcurrió a lo largo de casi tres horas en el salón de juntas de un céntrico hotel de Monterrey. Lo que aparece aquí es sólo un fragmento de algo que algún día saldrá a la luz en forma de un documental.

Unas semanas después de su recorrido por Monterrey, Jon Lee Anderson publicó en la revista The New Yorker una crónica titulada “Estado de Terror”, un despacho sobre la barbarie en Timbuctú.

La Bestia

Publicado: 7 junio 2011 en Oscar Martínez
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El potente pitido suena profundo y prolongado en la oscuridad. La Bestia llega. Un toque. Dos toques. La llamada imperativa del viaje. Los que están dispuestos tienen que seguirla en este momento. Esta noche unas 100 personas lo hacen. Se levantan de su sueño, se sacuden el cansancio acumulado, encajan en sus hombros las mochilas, cargan las botellas de agua y caminan otra vez hacia el inicio de un recorrido de muerte.

Las siluetas del grupo de los fuertes se distinguen entre las sombras que recorren las vías del tren. Son una treintena de contornos masculinos. Perfiles de guerreros. Desde sus manos, como extensiones del cuerpo, se dibujan troncos y varas de hierro de hasta dos metros. No están dispuestos a ceder en caso de que asaltantes del camino hagan su abordaje. Saben que entre ellos mismos, migrantes centroamericanos, pueden ir ya esos piratas de las vías, listos para atacar en la oscuridad selvática del recorrido entre Ixtepec y Medias Aguas, entre los estados de Oaxaca y Veracruz.

Parlamentan en las vías mientras la locomotora ordena en un solo carril los 28 vagones que están a punto de salir. La consigna es unánime: si es necesario, pelearemos. La mayoría de los cajones de acero están alineados; sin embargo, aún hay algunos en otra de las líneas férreas. Es momento de incertidumbre. Las cien sombras giran la cabeza de lado a lado, como intentando leer los movimientos. Se apresuran a lo largo de la vía y luego vuelven. Es necesario tomar una decisión antes de que las máquinas jalen la carga y los polizones que van hacia el Norte tengan que abordarla en marcha.

Este será mi octavo viaje, pero acostumbrarse a este momento me ha resultado imposible. Es un vaivén de siluetas que corren y gritan; de fondo, el sonido metálico de la Bestia lo inunda todo, y no hay mucho tiempo para pensar. En el cerebro, una sensación entre el miedo y la emoción por algo nuevo. Solo sabes que no quieres perder el tren, que no te quieres equivocar de vagón y acabar en la línea de cajones que no se moverá. Solo piensas en ti mismo, en esa escalera que has elegido, en treparla, en que nadie se interponga.

En medio de las dos filas el grupo de 30 hombres elige su territorio: la línea de la izquierda. Uno tras otro suben por la escalerilla lateral y se posan en el techo del tren de mercancías. El vagón es suyo. Esos20 metrosserán su nido durante seis horas de viaje. De sus parrillas se aferrarán durante todo el recorrido, para no caer y ser tragados por las ruedas de acero. Ese espacio es el que defenderán. Por eso destierran a un joven moreno, salvadoreño, de unos 17 años. Durante algunas horas del día, en el albergue para migrantes de Ixtepec, a la orilla de las vías, el muchacho habló con un pandillero deportado que regresaba de Estados Unidos y que, aislado del resto, fumó marihuana gran parte de la tarde. Tienen desconfianza y prefieren no arriesgarse. “Vos no venís con nosotros”, le dice uno de ellos a manera de orden, y el joven, ante la mirada de todo el grupo, decide irse a  buscar su lugar.

En este vagón, con el grupo de salvadoreños, nicaragüenses, guatemaltecos y hondureños que se han juntado en el camino, nos acomodamos Eduardo Soteras, el fotógrafo, y yo.

Las pocas mujeres que abordan el sólido gusano se acomodan en los balcones que hay entre vagón y vagón. Algunos, los menos, tienen plataforma abajo. El resto, solo unas vigas metálicas sobre las que los migrantes tendrán que hacer equilibrios. Pero viajar ahí supone no tener que esquivar los cables y ramas que se entrometen en el camino de los que van arriba. También evitan las corrientes de viento que harán tiritar a muchos que se lanzan sin abrigo.

Arriba se acomodan los 30 albañiles, fontaneros, electricistas, agricultores, carpinteros y jardineros convertidos unas horas en guerreros por un viaje que se ha cobrado un número indeterminado de vidas. Nuestro círculo más cercano lo componen unos hermanos con pinta de raperos que tras ser deportados van de regreso hacia el que consideran su país; un ex militar que quiere volver a su vida de albañil en el Norte; y también viaja Saúl, el muchacho que se exhibe confiado de su dominio de la Bestia. Sube y baja, amarra su bolsa de plástico a las parrillas y luego se lanza a recoger cartón de las vías para que la fibra de vidrio del techo no le penetre las nalgas como constantes picadas de zancudos.  Los cuatro son guatemaltecos.

La locomotora echa a andar. Jala los 28 vagones. El golpe seco empieza desde la cabeza y resuena hasta la cola, en efecto dominó. Tac, tac, tac. Vagón por vagón es tirado por la potente máquina, mientras los migrantes se aferran donde pueden. Muchos han sido mutilados en este primer movimiento cuando, ignorantes de las reglas de la Bestia, han apoyado su pie entre la juntura de los vagones: dos barras ensambladas una dentro de otra, con un sistema de amortiguación para cuando el tren frena o jala. Las muelas les llaman. Ahí, entre el traqueteo del efecto dominó, el tren les ha triturado el pie como martillo a una nuez.

Pero este inconveniente está de sobra compensado por una ventaja invaluable: la Bestia se monta mientras está detenida. En otros puntos, como Lechería, Tenosique, Orizaba o San Luis Potosí, el tren hay que agarrarlo en marcha, porque los famosos garroteros, guardias privados de las compañías ferroviarias, impiden el paso a las estaciones, y los migrantes tienen que acechar su transporte más adelante.

En un viaje, Wilber, un veinteañero hondureño que guiaba a indocumentados por México, me dio un curso básico de cómo treparse al tren cuando este ya está en marcha:

—Primero, lo medís. Dejás que las manijas de los vagones te golpeen la mano, para ver qué tan rápido va, porque esto hay que sentirlo, no solo verlo. Engaña. Si te creés capaz, corrés unos20 metrospara tomarle el ritmo, agarrado de una manija. Cuando ya le tengás el pulso, te dejás ir con los brazos. Te levantás con los puros brazos, para alejar las piernas de las ruedas, y apoyás en las gradas la pierna que tengás del lado del tren, para que tu cuerpo se vaya contra el vagón y no te desbarajuste.

Cuando lo intenté en aquella ocasión estábamos en Las Anonas, un pequeño poblado entre Arriaga e Ixtepec. El tren pasó a unos15 kilómetrospor hora y yo cometí el error básico de los migrantes que han sido mutilados en este arranque: olvidé el detalle de la pierna y apoyé en la escalera la contraria. Estaba sostenido del agarradero con el brazo izquierdo y, más abajo, mi pie derecho se posó en la grada, mientras el resto de mi cuerpo quedó maniatado por ese nudo de extremidades. El tren me arrastró varios metros, porque el cuerpo perdió su punto de equilibrio. Por suerte, algunos se bajaron a desentramparme.

Sin embargo, Wilber cree que esos viajeros que quedan mutilados tan pronto en el viaje “tienen suerte”, porque el tren va lento y pueden tomar una decisión:

—Yo vi cómo a uno el tren le pasó encima de la pierna –dijo Wilber tranquilo, como quien cuenta el resultado de un partido de fútbol–, porque no pudo agarrarlo cuando ya iba corriendo. Pero como no iba tan rápido, le dio tiempo de verse la pierna cortada y de meter la cabeza abajo de la siguiente rueda. Pues sí, si iba a buscar un trabajo allá arriba es porque no ganaba bien abajo, y ya sin una pierna, ¿qué iba a hacer?

¿Por qué no dejarlos subir mientras la locomotora no arranca? ¿Por qué, si se sabe que de todas formas subirán, obligarlos a abordar el gusano en movimiento? Es una pregunta que ninguno de los jefes de las siete empresas de ferrocarriles contestará. No dan entrevistas, y si se logra hablar con ellos por teléfono, cuelgan cuando se enteran de que se pretende conversar sobre migrantes.

El viaje inicia. La poca luz de los dos reflectores de las vías de Ixtepec desaparece mientras nos internamos en un paraje de llanos iluminados solo por el resplandor amarillento y suave de una luna llena grande y misteriosa.

Este es el transporte de los migrantes de tercera, los que viajan sin coyote y sin dinero para autobuses. Ellos repetirán al menos ocho veces esta dinámica de abordaje en el territorio mexicano. Dormirán en las vías en varios puntos, esperando que aquel pitido no se les escape y les haga pasar una noche, dos o tres a la espera del siguiente. Recorrerán más de5,000 kilómetrosbajo estas condiciones. Esta es la Bestia, la serpiente, la máquina, el monstruo. El tren. Rodeado de leyendas y de historias de sangre. Algunos, supersticiosos, cuentan que es un invento del diablo. Otros dicen que los chirridos que desparrama al avanzar son voces de niños, mujeres y hombres que perdieron la vida bajo sus ruedas. Acero contra acero. Una vez escuché una frase en uno de estos viajes nocturnos: “Este es primo hermano del río Bravo, porque la misma sangre tienen, sangre centroamericana”.

El tren es todo un código que descifrar. ¿Qué vagones van a salir? ¿Cuál es la máquina que va para Medias Aguas y cuál es la que regresa a Arriaga? ¿En cuánto tiempo sale? ¿Cómo evitar a los maquinistas? Ante un asalto, ¿es mejor ir en los vagones de en medio o en los de atrás? ¿Qué sonido indica: ¡agárrate!? ¿Cuándo bajar? ¿Qué hacer si el sueño te vence y necesitas dormir? ¿De dónde te tienes que amarrar? ¿Qué indica que un asalto ha empezado?

El tramo de Ixtepec a Medias Aguas es un tramo de200 kilómetrosque el tren hace en seis horas como mínimo, pues curvea las carreteras, se aleja de ellas, para pasar por escenarios desolados. Ahí, en medio de esos montes, recarga cemento o agrega más vagones. De eso, del tiempo que pare en esos sitios, dependerá si el trayecto será de las seis horas habituales o si se excederá hasta dos días antes de llegar a su destino. A pesar de ello, este recorrido es entendido como intermedio. Los recorridos cortos son de unas tres horas, y los largos, de más de diez.

Allá arriba, mientras todo se contonea, es el mejor momento para conversar con un migrante. Te reconoce como igual. Estás en su territorio, y es tu colega si has hecho un pacto de solidaridad con él. Compartir cigarrillos, agua, comida o firmar un acuerdo para atacar en caso de necesidad. Ese pacto terminará cuando el tren se detenga en su siguiente punto, y ahí es donde se tiene que decidir si se renueva o no.

Conversar es la mejor forma de no dormirse y no convertirse en un personaje más de las anécdotas del camino que hablan de mutilados tirados en campos oscuros y solitarios, a la espera de auxilio mientras se desangran de los muñones que el tren les dejó.

La mordida de la Bestia

Esta tarde, mientras esperábamos la llegada del tren, conversamos con Jaime Arriaga. Es un hondureño humilde. Tiene 37 años y es el clásico campesino que se fue con un sueño muy diferente al del joven migrante que busca un carro, ropa diferente, darse algún lujo y parecerse a su primo que regresó vestido con una camiseta de Los Angeles Lakers. Jaime salió en enero de este año de su humilde aldea en la costa norte hondureña, y en su mente solo traía una imagen: su humilde casa, en su humilde aldea, rodeada de dos manzanas de sembradillo de maíz, arroz y frijol.

Jaime iba por el segundo intento. Pasó dos años en Estados Unidos. Ahorró. Logró construir su casa de cemento y teja, que le costó $17,000. Regresó para quedarse. Ya tenía lo que quería: su casa en su aldea y sus cultivos. Pero seis meses le duró la inversión de dos años: “Un huracán, una tormenta de esas que siempre caen en esa parte de Honduras me destruyó todo”. Todo: la casa y la milpa.

Y entonces, como la primera vez, Jaime volvió a empacar un poco de ropa y algunos dólares, y se despidió de su mujer.

—Ya sabés que la única manera de volver a lograr lo que he perdido es en Estados Unidos.

Pero antes de llegar a Estados Unidos está este camino, que a veces arrebata más de lo que ya se ha perdido. Esta tarde, en el patio de la casa del sacerdote Alejandro Solalinde, Jaime hablaba bajo un árbol de mango, sentado en una silla de plástico y con su pie izquierdo apoyado en la tierra. Su otra pierna termina en muñón. Carne blanda que aún cura. El tren le arrancó el pie derecho el 16 de enero.

A Jaime lo venció la desesperación. Quería seguir avanzando. Volver a ver florecer su milpa lo antes posible. Pero la Bestia se ensaña con los impacientes. Estaba cansado, había dormido poco y acababa de llegar de Arriaga, tras 11 horas de tren. Además, con el cansancio cerrándole los ojos, se subió en la máquina que salió hacia Medias Aguas y que solo arrastraba cajones. Ni un vagón bueno. Una combinación mortal.

Los cajones son literalmente eso, cajas rectangulares de acero, sin balcones entre vagón y vagón, sin parrillas arriba en las que meter los dedos para sostenerse. En medio de cada cajón solo están las muelas del tren, y una pequeña barra de hierro sobre la que los impacientes se paran y se sostienen como crucificados de la pared del cajón. El suelo discurre abajo, a pocos centímetros de los pies de los que viajan en esas junturas. El recorrido es de seis horas. Seis horas en cruz, aguantando, apretando los dedos. El tren llega a alcanzar los70 kilómetrospor hora. A veces en curva. Y no hablamos de la velocidad de un vehículo. El tren hace que esa velocidad sea una experiencia diferente. No es un automotor arrastrado por cuatro ruedas. Es un gusano sólido de hasta un kilómetro de largo que se retuerce y contonea mientras avanza y chilla. Una máquina imponente.

En ese trayecto, Jaime habló con su primo y otros dos nicaragüenses que lo acompañaban en aquel vía crucis. Hizo algo de ejercicio de brazos para intentar despertarse. Y casi lo logra. “Un minuto cerré los ojos”, cuenta. Más bien se le cerraron. El cansancio del migrante, tras varios días caminando para rodear casetas de carretera hasta llegar a Arriaga y un tren de 11 horas bajo el inclemente sol chiapaneco hasta llegar a Ixtepec es mucho cansancio. Mucho sueño. Un viaje donde se descansa poco y mal. No se duerme bien en las noches en el monte durante las paradas en las caminatas. Un ojo está cerrado y el otro medio abierto, escrutando la oscuridad.

Cuando despertó, Jaime se sintió caer, y asegura que en ese momento la vida se ralentizó. Él flotando en el aire. Él dándose cuenta de que iba directo hacia las vías. Él y sus rezos: “Dios mío, guárdame”. Y luego, todo volvió a ser ruido y velocidad. Quedó pegado como esparadrapo al suelo. La Bestia es colosal. Rompe el aire, crea corrientes cuando pasa, y esa corriente hizo que Jaime quedara pegado a los soportes de cemento de las vías, con la cabeza a centímetros de las ruedas de acero.

—Solo escuchaba: riiin, riiin, riiin, cómo pasaba el tren. Casi me quedo sordo.

Cuando la mayor parte de vagones pasaron reventando los tímpanos de Jaime, se creó una corriente diferente que lo despegó de los soportes y lo levantó como una pluma que flotó durante unos segundos hasta ser tragada por el efecto de vacío e introducida en las vías. Entonces, el último vagón le pasó por encima a su pierna derecha, y luego la cola de aire de la máquina lo escupió hacia el monte, tal como se lo había tragado.

—Yo sentía que estaba bueno. No sentía dolor –recuerda.

Es lo normal. La historia se repite en todos los migrantes mutilados con los que he hablado. Al principio no duele. Luego, antes o después, el dolor hará que se te contraigan los músculos del rostro, y un repentino e intenso calor invadirá tu cuerpo hasta hacerte sentir que la cabeza va a explotar por una presión interna.

Jaime sintió que algo le faltaba cuando intentó pararse. Su pierna se dobló y él volvió a caer. Estaba mutilado. Su pierna terminaba en huesos estrujados y pellejos colgando que aún sostenían su pie amoratado, casi por caerse. Quiso salir del monte ayudándose de unos palos, pero esas hilachas de piel se enredaban con la maleza y lo retenían. Sacó su navaja y se terminó de separar lo que el tren le había mascado. Arrancó un harapo del pantalón que se había molido con su carne y se hizo un torniquete.

Logró caminar una hora siguiendo las vías. “No sentía dolor.” Cuando ya no tenía fuerzas de caminar y se sentía mareado, había logrado llegar hasta un punto donde una callejuela de tierra cortaba las vías. Ahí quedó tirado durante diez horas. Escuchando y viendo, sin poder moverse. Solo. El tren atraviesa montes, corta llanos, bordea pueblos. Si alguien se cae del tren, sobretodo en tramos rápidos como este entre Ixtepec y Medias Aguas, nadie se lanzará a socorrerlo. Logrará salir de ahí si lo logra. Así de sencillo. Si no, morirá lentamente, desangrándose, y nadie más volverá a saber de él. Ninguna estadística lo incluirá y será considerado un migrante desaparecido si un familiar pregunta por él al consulado de su país.

A las 4 de la tarde, Jaime estaba rodeado de zopilotes, que esperaban por un pedazo de carne. Fue entonces cuando un pick up se detuvo. Tres hombres bajaron, y uno más, escuchó Jaime, se excusó: “Yo no voy, padezco del corazón y si lo veo, capaz que me muero primero que él, porque está vivo”.

Lo llevaron al hospital, lo sedaron, lo amputaron hasta la rodilla. Cuando despertó, alucinaba. “Le veía unos ganchos en la cabeza a la enfermera, como si fuera el demonio.” El dolor llegó esa noche. Jaime soñó que jugaba fútbol, que pateaba una pelota con el pie que ya no tenía. Su cuerpo dormido hizo el movimiento, y se despertó en medio de un intenso dolor, de un calor que le recorría el cuerpo desde el muñón del que aún brotaba sangre. El grito fue tan estruendoso que varias enfermeras llegaron al cuarto.

—Que descansen –dice Jaime a modo de consejo para los que viajan como él, cuando la conversación termina a la sombra del árbol de mango–. El tren nunca se arruina. Estados Unidos no se va. Es mejor llegar tarde que nunca llegar.

La tensión del viaje

El tren se detiene enLa Cementera, una sucursal de la empresa de concreto Cruz Azul incrustada en esta zona selvática. La máquina despega vagones y se cambia de carril para recoger otros que luego alinea en la columna de acero. Es momento de hacer guardia. Los hombres del vagón se levantan y fijan sus ojos en las veredas que circundan el tren.

Los asaltantes del camino se incorporan entre los polizones cuando la maquina hace paradas o los maquinistas, a veces de acuerdo con estos piratas, bajan la velocidad de las locomotoras para que puedan trepar. En este vagón, los hombres levantan sus varas y palos. Los dejan a la vista, para que se sepa que si hay asalto habrá respuesta. Un indígena guatemalteco sujeta la rama que lleva como si fuera un fusil, y apunta a la oscuridad. La silueta engaña.

El grupo divisa una algarabía lejana. En los vagones de atrás se ve movimiento y una lámpara que se enciende y se apaga, cada vez más cerca de nuestro territorio.

La señal clara de que hay asalto en la noche, me dijo una vez un migrante, es cuando la luz de una linterna se mueve sobre los techos. En una ocasión, mientras hacía este mismo recorrido, ocurrió eso: a lo lejos, se veía una bola luminosa rompiendo la oscuridad, la circunferencia resplandeciente de la linterna flotando sobre el tren. Avanzaba y desaparecía entre los vagones, seguramente cuando los asaltantes bajaban a los balcones a recoger el dinero. Luego, el circulito volvía a emerger y avanzar. Esa vez logramos librarnos gracias al ingenio de un migrante que recomendó al fotógrafo que encendiera todas sus luces, incluido un reflector portátil, de un solo golpe y en dirección hacia los asaltantes. Así fue. El círculo luminoso dejó de avanzar. Se quedó inmóvil unos minutos y luego, en una parte de lenta velocidad, lo vimos saltar del tren y perderse entre los árboles.

Los asaltantes del tren, salvo cuando han ocurrido abordajes específicos para secuestrar mujeres, y se trata del crimen organizado, son delincuentes comunes, habitantes de rancherías cercanas a las vías. Amigos del pueblo, débilmente armados, con un revólver calibre .38 y machetes. Pero también son asaltantes despiadados, sabedores de que allá arriba, si los migrantes se oponen, se trata de matar o morir. De lanzar o ser lanzado a las vías.

La guardia se monta rápido. Un guatemalteco vigila la parte trasera del vagón mientras otro compatriota suyo se encarga de la delantera. Saúl, un joven de 19 años, guatemalteco también, se cubre con la capucha de su sudadera. “Para parecer más barrio”, argumenta. Al fondo, en la cola del tren, se divisa el movimiento de lámparas, pero aún es muy pronto para saber de qué se trata.

Saúl enciende un cigarrillo y repite en voz alta la consigna: “¡A la puta, si es un ladrón que se deje venir, aquí lo atendemos!”. Es su quinto intento por regresar al país del que fue deportado hace cerca de mes y medio. Allá pertenecía al Barrio 18, la pandilla más numerosa de Latinoamérica. Hizo algunos asaltos menores por los que lo aprehendieron.

Suma cuatro intentos fallidos, atrapado por la migra mexicana. Lleva miles de kilómetros sobre la Bestia. Y una consigna: “Hay que tenerle respeto a este animal. Si has visto lo que yo he visto, hay que tenerle respeto”. Así, joven duro como es, hombre prematuro que huye de su país porque la otra pandilla,la Mara Salvatrucha, tiene dominada la colonia donde vive, Saúl sabe dónde esta parado, y sabe que el techo del tren no es mejor que lo que ha vivido.

—Siempre da miedo, siempre.

La escena que nunca se le borrará de la mente es la de una hondureña de unos 18 años con la que viajó en su primer reintento hace unas semanas. Ella cayó en medio de la algarabía que se formó cuando todos pensaron que había un operativo de migración más adelante. Cayó.

—La vi cuando se iba para abajo, con los ojos bien abiertos –recuerda.

Y después solo alcanzó a escuchar un fino alarido que se extinguió de golpe. A lo lejos, vio rodar algo.

–Como una pelota con pelos, supongo que su cabeza.

Alejandro Solalinde es el artífice de que esos operativos hayan disminuido en el sur mexicano. Protestó ante el Instituto Nacional de Migración. No era posible que los operativos se hicieran de noche, en lugares montañosos. Una escena que apabullaría a cualquiera: la noche, el sonido constante del tren que combina el ruido del golpe metálico con unos chillidos finos, tétricos, que a veces parecen el grito lejano de una mujer, y de repente, a los costados, una iluminación cegadora. Decenas de reflectores, y gritos: ¡bajen, bajen, bajen! Y el tren deteniéndose, y sombras lanzándose sobre las vías, donde las llantas de acero aún pueden rebanar. No es posible, argumentó Solalinde, tienen que encontrar otros métodos, porque muchos migrantes quedan mutilados en aquel alboroto. Ciegos corriendo, ciegos saltando, ciegos empujando.

Desde entonces los operativos en el sur han cesado. Más adelante, luego de rodear la capital mexicana y atravesar un lugar llamado Lechería, ya no son dominios de Solalinde, y aquellos sobresaltos nocturnos siguen sucediendo.

La luz de las linternas se acerca más. Cuando avancen dos vagones más será posible saber de qué se trata. Saúl enciende un segundo cigarrillo. Mientras el tren está en marcha, aspirar el humo es difícil. El viento es el que consume el tabaco.

—Hicimos un pacto de que no nos van a asaltar –continúa Saúl–. La .38 tiene seis balas y a un par se pueden llevar, pero después les va a caer toda la raza y les va a aplicar la ley del tren.

La ley de la Bestia que tan bien conoce Saúl y que solo deja tres opciones: resignarse, matar o morir.

—Fue hace un mes, cuando que me agarraron en Reynosa, ya en la frontera. Esa vez, entre Arriaga e Ixtepec, al tren se subieron tres vatos. Cabal, dos con machete y uno con la .38 de tamborcito. La onda es que esa vez no íbamos de acuerdo los del vagón, pero cuando el de la pistola le pasó por el lado a un hondureño que iba ahí… Cobrando el dinero andaba el de la pistola, y tonto, pues, él se tiene que quedar apuntando en la esquina del vagón, y mandar a uno con machete a recoger… La onda es que el hondureño le agarra la pierna y lo bota, y la gente rapidito se le aventó a los dos del machete….

Y ahí viene, la ley del tren.

—…primero los reventamos a verga. Después, el mismo hondureño le dijo a un su amigo: hey, ayudame. Y agarraron al de la pistola, uno de los brazos y otro de las piernas, y lo aventaron entre los dos vagones. Partidito en dos lo hizo el tren. Lo mismo le hicieron al otro. Cuando iban por el tercero, un salvadoreño les dijo que mejor lo dejaran, para que fuera a contar que la raza no se iba a dejar. Lo tiraron a un lado del tren, pero había como un barranco ahí. Yo creo que igual se murió también.

¿Cuántos cadáveres se habrán fundido con la tierra que rodea las vías? Bien dijo una vez Alejandro Solalinde que estos terrenos son un cementerio anónimo.

Las luces de las linternas ya están cerca, y los vigías logran divisar de qué se trata: “¡Hey, guarden los palos, son los maquinistas que andan cobrando!” Tres de los maquinistas llegan a nuestro vagón. La gente se cubre el rostro como puede y se sienta dándoles la espalda, mirando hacia los costados del gusano.

“A ver, muchachos, no vaya a ser que haya operativo más adelante, en Matías Romero, y podemos parar o seguir de largo, pero a ver cómo se van a portar con nosotros”, dice uno. Quieren dinero. Van por los tejados como cobradores de autobús, pidiendo billetes y monedas por un viaje del que no pueden garantizar nada. Nadie en nuestro vagón les contesta ni les extiende un cinco. “¡Hijos de la chingada!”, refunfuña otro, “allá adelante se los va a llevar la verga”. Nosotros no nos identificamos. Los maquinistas detestan a los periodistas. Eduardo Soteras esconde la cámara en su impermeable y deja salir el lente para captar el momento en que extorsionan a los de más adelante.

Los de este vagón son viajeros experimentados, saben que si hay retén no dependerá del maquinista parar o no. Tiene que detenerse. No puede pasar de largo y dejar a militares y policías federales con sus luces encendidas.

La locomotora vuelve a empalmar vagones. El viaje continúa. De nuevo el efecto dominó. El arrastre de cada una de las cajas de acero mientras todos se aferran a las parrillas.

El frío empieza a meterse hasta los huesos por entre la tela de los suéteres, y hiere la piel como diminutos cristales lanzados con violencia. Algunos empiezan a caer dormidos. Se amarran como pueden, metiendo sus cinturones o lazos entre los huecos de las parrillas. Entonces, aquellos techos repletos de gente silueteada por la luz de la luna parecen un campo de refugiados. Entumecidos, envueltos en su propio cuerpo, se abrazan a sí mismos.

La regla del camino vuelve a aplicarse. Si es malo, puede ser peor. Saúl se encaja unos guantes de tela mientras lanza su pregunta retórica.

—¿Vos creés que esto es frío?

La respuesta no es necesaria. En ciertos momentos, una corriente helada recorre el interior del cuerpo y provoca temblores.

—Esto no es nada. Yo he visto a gente a la que se le han congelado los dedos y se han caído del tren en la cordillera del hielo.

Pronto, Saúl y los demás tendrán que experimentar esas temperaturas. Después de Medias Aguas viene Tierra Blanca. Después, Orizaba. Tras eso, viene la cordillera de hielo. Diez horas o hasta dos días transitando en el lomo de esta máquina hasta llegar a Lechería, bordeando cerros nevados. Y, para terminar de hacer épico ese tramo, hay ahí 31 túneles en los que la Bestia se introduce, en las faldas de los cerros. Túneles donde no es posible verse ni la mano frente al rostro. “Aquello sí es frío”, ridiculiza Saúl lo que ahora sentimos. Aquel frío, el de la cordillera, llega a ser de hasta cinco grados centígrados bajo cero.

Media hora más ha pasado, y la tenue iluminación de las calles vuelve a despertar a los que se habían dormido. Estamos en Matías Romero, a medio camino entre Ixtepec y Medias Aguas. De nuevo la alerta se activa. El tren no está en marcha, y puede haber asaltantes. Los viajeros que van en los balcones también se ponen alertas. El maquinista había lanzado una advertencia de operativo y, aunque lo más seguro es que fuera una amenaza sin fundamento, hay que estar alerta. Un operativo de migración en este punto dejaría libres solo a los más ágiles. Estamos en los patios de la estación de este pueblo. Barda a un lado y barda al otro lado. Filas de vagones nos flanquean. La huída sería una carrera de obstáculos.

De repente, un grito violento llama la atención de todos los del vagón.

—¡Ajá, hijueputa, ya nos vamos a volver a ver!

Es Mauricio, un ex militar guatemalteco de 42 años, que va en su décimo intento por regresar a los dólares, a su vida como albañil en Houston que le quitaron hace tres años, cuando lo deportaron. Le grita al pandillero que fumó marihuana gran parte de la tarde en el albergue de Ixtepec, antes de que la máquina hiciera su llamado nocturno.

La razón de la rencilla es simple: el pandillero le robó a Mauricio un pantalón que dejó secando en el albergue. Las implicaciones pueden ser muy graves: Mauricio prometió venganza en el tren. La situación es preocupante: El pandillero viajaba en el último vagón del gusano. Se acercó hasta el nuestro para intentar convencer a un señor salvadoreño de que él, su esposa y su hija de 12 años se fueran atrás con él y sus amigos, que los protegerían si había operativo. ¿Por qué quiere el pandillero llevarse justo a esa familia? ¿Con cuántos amigos viaja?

Ante el grito de Mauricio, el resto del grupo responde como si hubiera escuchado tambores de guerra. Una lluvia de piedras se cierne sobre el pandillero, que corre despavorido, mientras otros de los viajeros se encargan de convencer al señor de que cometía una estupidez si aceptaba la propuesta de irse con ellos.

Luego, como minutos antes de empezar este viaje, los guerreros vuelven a parlamentar. Por un momento, la decisión que toman está a punto de generar una batalla: Mauricio, Saúl, un guatemalteco que lleva consigo una vara de hierro de dos metros y tres hondureños irán hasta el último vagón a darle al pandillero y sus amigos dos opciones: se bajan o los bajamos. La expedición se está armando. Piedras, palos y vítores: “¡Vamos a romperle el hocico!”. En eso, la Bestia marca sus tiempos y recuerda a los viajeros que en este camino la voluntad de lo que pasa o deja de pasar es solo suya. Arranca. Efecto domino: Tac, tac, tac… El viaje continúa.

La siguiente parada será Medias Aguas. El viaje ya lleva dos horas de retraso por las paradas enLa Cementeray Matías Romero. Pronto amanecerá.

Los primeros rayos del sol se asoman por atrás de los montes, y atenúan la oscuridad. El frío es cada vez más insoportable, y las ráfagas de viento congelan. La cara se siente entumecida, rígida. Los dedos ya no quieren apretar. Se tensan. Y el metal frío por donde hay que escurrirlos no ayuda en nada. Solo nos rodean campos de bruma, donde apenas destaca la copa de algún árbol. Campos inundados por neblina. Un espesor grisáceo, impenetrable, que abarca hasta donde la vista se pierde.

Estamos cansados tras ocho horas de tensión y frío. Las ropas están húmedas. Esa neblina las ha penetrado. Ocho horas de posturas incómodas y alertas intermitentes. Amanece cuando entramos en Medias Aguas. La estación de estaciones, donde la ruta del Atlántico y esta del centro en la que venimos se juntan. Donde los migrantes empiezan a tener solo una opción, un tren. Una ruta, hasta que se vuelva a separar en Lechería, tres paradas más adelante.

El potente pitido suena profundo y prolongado y alerta a los viajeros que, como hicieron hace ocho horas, se sacuden el cansancio, se encajan sus mochilas y bajan por las escalerillas de la máquina antes de que esta se detenga. La mayoría de secuestros masivos de migrantes ocurren en este momento, cuando los trenes cargados de víctimas entran a las ciudades dominadas por bandas del crimen organizado. Es mejor abandonar lo antes posible el tren.

La mañana es fría. Aquí no hay albergue, y tampoco los habrá en las tres siguientes estaciones. Todos buscan una parcela engramada donde descansar. La sombra de un árbol que los cubra del sol que saldrá en unas horas. Un poco de agua, algo de comida. La calle de tierra que en Medias Aguas corre paralela a las vías se llena de mendigos centroamericanos, que piden cualquier cosa para llevarse a la boca. Después, con algo o nada en el estómago, dormitarán con los ojos a medio cerrar hasta que la Bestia los vuelva a llamar, y el viaje hacia Estados Unidos inicie otra vez.

Otra vez se les juntaron a Irma y a Janet tres días sin comer. El hambre y el encierro las hacen olvidar por momentos las otras fechas, las otras formas de llevar un calendario de pesadilla que acumula rezos y plegarias para escapar de los Zetas hasta formar un rosario interminable de esperanzas y tristezas que se suceden una tras otra.

Sus días dejaron de ser números para convertirse en semanas sin bañarse, en meses de abuso sexual, en noches de infecciones y cocaína para mantenerlas despiertas y muchas madrugadas cocinando y lavando la ropa ensangrentada de los “carniceros” -sus captores y dueños- cuando regresan de ejecutar y deshacerse de los migrantes que no pagaban las extorsiones para seguir su viaje hacia el norte.

Así miden el tiempo y así llevan sus vidas las dos centroamericanas (una salvadoreña y la otra guatemalteca) que se conocieron en un vagón del tren que iba a Tabasco. Luego se reencontraron en una de las casas de seguridad que los Zetas, o una versión al servicio de ellos, tienen en Coatzacoalcos, Veracruz, protegidas por policías locales y por redes de taxistas y gente comprada o amenazada en el negocio de la trata de personas.

La segunda vez que se vieron, el día del reencuentro en una de las casas que también atendían, las dos se prometieron que nunca se volverían a separar, que pasara lo que pasara iban a estar juntas para lo que fuera.

Ese día Irma intentaba a tranquilizar a Janet diciéndole que muy pronto la virgen las iba a sacar de ahí, muy pronto.

“Que no… que va a ser Dios, va a ser Cristo el que nos saque”, le contestaba Janet y entonces comenzaba la pequeña guerra de fe entre las centroamericanas que habían salido de su tierra para venirse a trabajar a México o a los Estados Unidos, porque acá pagan mejor, les decían a los Zetas que las tuvieron cautivas durante meses en Tabasco y Veracruz, abusando de ellas, utilizándolas hasta hartarse de su presencia y perdonándoles la vida porque, de acuerdo con sus extraños códigos de conducta, con las mujeres no hay que meterse.

Esa guerra de fe tuvo momentos de derrota en los que alguna de las dos se rendía y terminaba por reclamarle indignada a Dios o a Jesucristo o a la Virgen de Guadalupe el abandono, el triste destino que les habían puesto seguramente por haberse salido de su país para buscar dinero y algo mejor para sus hijos.

Madres solteras, madres de adolescentes, madres e hijas de familias creyentes que en algún momento sintieron que las cosas andaban mal pero sin saber exactamente qué clase de infierno vivían, Irma y Janet sacaban fuerzas de la nada para aferrarse a una esperanza que iba y venía como los golpes y abusos contra ellas y decenas, cientos de migrantes secuestrados en las vías del sureste mexicano.

La única diferencia entre ellas y el resto de los migrantes detenidos y retenidos por los Zetas del sureste, es que salieron con vida de la pesadilla, aunque no sin haber vivido las amenazas, los golpes, las vejaciones, groserías, el hambre, las noches sin dormir, la tensión de no saber qué ocurriría la mañana siguiente, el dolor de ver la desesperación de los otros, el dolor de saberlos heridos, hambrientos y disminuidos una noche y tener luego la certeza de que esa había sido la última para ellos.

En esos instantes Irma le reprochaba a Cristo su abandono, el haberla olvidado y escuchar los rezos y súplicas de otros, no las de ella. La vedad es que no era necesario lanzar plegarias o llorar para ser escuchada.

Casi desde el principio de la pesadilla, allá, en su tierra, su mamá tuvo una revelación y supo que algo andaba mal con Irma. En sueños, su madre la vio en situación de dolor, de mucha pena y sufrimiento y supo que el viaje tan ansiado y planeado por su hija se había convertido en otra cosa.

Pero también en sueños Irma le hablaba y le decía para consolarla “no mami, acuérdate que dios habla en tiempo y en fuera de tiempo; a lo mejor te está hablando pero no es lo que estoy viviendo ahorita.”

No importaba, porque su madre sentía que las cosas estaban mal y formó entonces un grupo de oración para pedir por su hija que se había comunicado con ella una sola vez, a toda prisa, con voz agitada y con miedo. Tenía menos de una semana de haber sido capturada por los Zetas del sureste y solo alcanzó a decir que estaba bien.

En las siguientes semanas, los tratantes de personas, los secuestradores, siguieron con las amenazas y los abusos.

 

Kilómetro 35

Irma recuerda cómo los agarraron a ella y a otros 15 centroamericanos. El grupo era de unos 300, entre hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, todos desperdigados entre las vías cerca de un pueblo al que acaba de llegar el tren.

Janet se unió al grupo grande cuando cruzó la frontera de México con Guatemala. Con sus ahorros compró un boleto de camión. Así fue como salió de San Salvador hacia la frontera con México el 25 de octubre.

Fue en busca de dinero para mandarles a su familia, a sus hijos adolescentes y a su mamá, a quienes mantenía con muy poca fortuna trabajando como estilista en la capital de El Salvador.

El 26 de octubre cruzó por una de las fronteras técnicas para iniciar una caminata de al menos seis horas hasta alcanzar a los grupos de migrantes que se iban juntando en el camino. El tren apareció sobre la vía y los centroamericanos fueron emergiendo de la maleza para subirse como mejor pudieran por los costados del tren.

Antes habían soltado los primeros 100 dólares de cuota para los polleros que iban surgiendo en el camino y les aseguraban así un lugar en el tren. Luego, conforme avanzaran en su viaje, los maquinistas y hasta los garroteros les exigían más dinero. Otros 150 pesos por cabeza para seguir arriba del tren o si no…

El resto del dinero se les iba en comida, agua, refrescos, cigarros. Como eran centroamericanos ilegales, los mexicanos les cargaban la mano dejándoles todo más caro y atendiéndolos de mal modo. Total, ¿ante quién se podían quejar estos ilegales?, ¿ante quién los iban a acusar?

El dinero se les iba como el agua comprando alimentos a la orilla de la vía, en su ruta hacia Coatzacoalcos, hacia Tamaulipas, hacia la frontera con los Estados Unidos, hacia donde la suerte los dejara llegar.

Y a la mexicana, como siempre hablan los señores por acá, los maquinistas y polleros arreaban a los migrantes entre mentadas de madre, pendejeándolos, amenazándolos y pincheándolos todo el tiempo para que pagaran, para que se apuraran a subir y dejaran de hacerse güeyes, como si no supieran de qué se trataba la cosa por acá, como si no supieran que si querían llegar al norte, al otro lado, pos había que chingarle y aguantar o de lo contrario se lo cargaba la rrechin…

Así les hablaban desde el principio para ablandarlos y hacerles saber quién mandaba en este lado de la frontera. Cuidado se pasaran de listos o listas porque se quedaban en el camino, en tierra extraña y a la espera de lo que fuera, menos de su objetivo que era llegar a la tierra prometida.

Con menos dinero y medio asustados, los 300 subieron al tren que iba a Coatzacoalcos. Se repartieron en muchos vagones, como unos 30 o más, pero no adentro. Todos iban como viajan siempre los migrantes ilegales que vienen del sur, sobre los techos de los vagones o encima de las góndolas.

Cuando están allí, solo hay dos cosas importantes en sus vidas: no dormirse y tener cuidado de las ramas de los árboles, porque si se distraen seguramente una de ellas los tira y allá abajo los esperan las piedras, en el mejor de los caos, o los rieles y las ruedas filosas de las góndolas.

Piernas y brazos amputados o incluso cuerpos destrozados han sido durante años el precio que pagan los que se duermen allá arriba, los que acaban perdiendo la batalla contra el sueño mientras sueñan que llegan al otro lado.

Los que sí tienen dinero para pagar toda la ruta se ganan el privilegio de viajar adentro de algunos vagones. Allí es donde la gente se va conociendo a querer o no, y van soltando parte de lo que traen adentro y escuchan lo que otros les cuentan.

Que de dónde vengo, que de dónde eres, que si es la primera o la tercera o quien sabe cuántas veces se han ido, los han agarrado, los ha deportado y regresan a lo de los gringos, porque no hay de otra, acá la vida es dura, no hay dinero ni trabajo y de cualquier forma en todos lados la gente abusa de uno, aquí o allá, tu gente, mi gente los policías, los militares, los polleros, los patrones, los gringos, el que sea.

Donde quiera es igual. Si eres hombre, te madrean, te agarran a patadas, te buscan el dinero por todos, te amenazan, le llaman a tu familia, te extorsionan, te vuelven a madrear y si de plano no tienes para pagarles, se aburren, se cansan de golpearte y te dejan ir…o te matan. Así de fácil.

Si eres mujer, lo peor, porque no solo hay violencia física, no se conforman con madrearte o humillarte todo el tiempo y amenazarte y dejarte sin comer y obligarte con sustos y golpes a que le llames a tu familia en donde sea que esté, sino que además abusan de ti. Eso, solo al principio.

Te agarran de su pareja. Te violan. Te pegan. Todos te meten mano. No te dejan dormir. Si traes hijo, te lo quitan. Si vienes con novio o esposo, te lo quitan, lo golpean. Lo matan. Si vienes sola…

La aventura de los migrantes terminó en el kilómetro 35 de la vía hacia Coatzacoalcos, Veracruz, cuando la máquina se detuvo en otro pueblo que nadie conocía pero que los marcó para siempre.

En ese sitio, como en otros que ya habían pasado, le gente del lugar, los mexicanos, no ayuda. Al contrario. Janet se daba cuenta de que mientras más tiempo estuvieran detenidos en los pueblos, la gente se molestaba y llamaba a la Migración para que fuera a la vía por ellos y los detuviera.

Así que si alguien tenía hambre o sed o se le ofrecía cualquier cosa, pues mandaban a uno o dos de los migrantes, los menos jodidos, los que más parecieran mexicanos, a las tienditas a comprar comida y refrescos. Y aún así la gente los miraba con sospecha de que no eran mexicanos y los trataban mal o de plano no les vendían nada.

La vía del tren pasa en medio del pueblo, pero no te puedes quedar ahí parado, porque la gente le habla a Migración, le habla por teléfono a Migración.

Entonces empezaron a caminar. Llegaron ahí como a las 10 de la mañana y empezaron a caminar para Coatzacoalcos, porque el tramo era muy largo y porque el tren se va llenando de gente conforme sube hacia el norte.

Viene mucha gente que ya ha pasado más veces entonces. Entonces los maquinistas y les dijeron que había llegado la hora de seguir a pie, que caminaran sobre la vía del tren. Se hizo entonces la caravana, una larga fila de gente que iba sobre la vía del tren y a los lados de ésta, en la maleza, entre las piedras.

Eso fue a las 10 de la mañana. Para las ocho de la noche, casi doce horas después, llegaban por fin a Coatzacoalcos. Allí a muchos a vida les cambió por completo.

 

Coatzacoalcos, la pesadilla

Esta gente tiene todo como muy planeado, como muy estudiado. Te hacen viajar en el tren, te cobran por todo, no te ayudan, te vas quedando sin dinero y cuando ya estas cansado y con hambre, te dicen que ya no hay tren, que tienes que seguir tu camino pero caminado, sobre las vías, y acabas peor, todo agotado, rendido, le contaba a Janet uno de los hondureños que ya habían pasado por las mismas hace meses hasta que fue deportado.

Los otros, le decía, los que te reciben en el último lugar donde llega el tren, te cobran 3 mil 500 dólares por llevarte directo a la frontera de los Estados Unidos, La verdad es que también es como una trampa. Te la juegas todo el tiempo porque igual y es cierto y sí te llevan por matamoros o por Coahuila. Pero también te puede tocar la mala suerte de que no sean polleros y que en lugar de llevarte hasta el norte, te acaben dejando en alguna otra parte por ahí, al cabo que no conoces el país y no sabes ni en donde estás.

Janet escuchaba estas cosas pero estaba más atenta a saber si había manera de seguir hacia el norte o saber qué podía hacer porque ya no tenía dinero. ¿Cómo se iba a comunicar con su familia para decirles en donde estaba?

Los maquinistas y la gente de la vía en Coatzacoalcos se les acercaron. Les dijeron que ya estaban donde los habían mandado y que de allí habría gente para llevarlos a Matamoros o a Coahuila o a otro sitio para cruzar hacia los Estados Unidos. Claro, había que volverá pagar, y en dólares.

De cualquier forma solo los que habían viajado dos o tres veces y conocían la ruta sabían si estaban o no en Tabasco. La inmensa mayoría de los migrantes jamás habían hecho el viaje. Entre ellos estaban Irma y Janet.

La primera tenía planes para buscar trabajo en la ciudad de México y Janet pensaba llegar a los Estados Unidos para trabajar como afanadora, como mesera, en la siembra, en lo que fuera. La cosa era trabajar y mandar dólares a El Salvador para su gente. Ninguna tenía familia ni en México ni en Norteamérica.

El día en que las agarraron iban en grupos y tras el viaje, apeados a los lados del tren o apretados como reses en unos cuantos furgones. Era finales de octubre.

Los hondureños, que suelen ser mayoría en los grupos de migrantes ilegales que suben desde Centroamérica hacia México y luego, si la suerte y dios los acompañan, llegar a la frontera con los Estados Unidos, se separaron en grupos de 10 o 20 y hambrientos se acostaron a los lados de la vía para compartir algunas naranjas, algo de pan, lo que les iba quedando.

De entre los matorrales salieron varios hombres, unos cinco o seis, que caminaron lento junto a la vía. Iban como checando lo que había allí; la gente, cuántos eran, cómo estaban, cuántas mujeres y hombres eran y sobre dodo si alguno se veía como con recursos, si traía teléfono celular, si llevaba zapatos o ropa de mediana calidad y si había “güeritos” o “güeritas” entre los migrantes.

Los hombres siguieron su camino recorriendo la vía. Se tomaron su tiempo porque sabían muy bien que el siguiente tren llegaría en unas tres o cuatro horas. Unos treinta minutos más tarde regresaron a donde estaban Janet y los hondureños.

Al acercarse al grupo les preguntaron si viajaban para el norte. Querían saber para dónde iban y si ya tenían guía. Desconfiados, Janet y el grupo les contestaron que algunos ya tenían guía y que otros se moverían por su cuenta porque ya conocían la ruta.

Los hombres sonrieron y les dijeron que estaba bien, pero que si les hacía falta allá adelante estaban los guías y que ya sabían que llevarlos a todos a la frontera les iba a costar un dinero más, pero que sin guía nomás no iban a llegar.

Ahora que, si querían llegar más rápido al norte, les iba a costar otros 3 mil 500 dólares, pero con la pequeña gran diferencia de que ya no iban a viajar en tren, sino en camionetas. Más cómodos, más rápido, directitos hasta las garitas o hasta el otro lado.

No, pues no tenemos ya más dinero, les dijeron Janet y los otros a los señores que andaban revisando el lugar. “Ya se nos acabó todo y no hemos comido. Además, por eso venimos en el tren, porque nada más nos queda para pagar el tren.”

Uno de los tipos, con playera negra, se les acercó como medio amistoso y les preguntó si ya conocían la casa del migrante que esta por ahí cerca, que en ese lugar la madre podía atenderlos bien ya que venían en malas condiciones, con hambre y sin dinero.

Le dijeron que no, que no conocían la casa esa. Se ofreció a levarlos pero nadie se fue con él, en parte por temor, pero sobre todo porque los de la vía les acababan de decir que el siguiente tren que iba hacia el norte llegaría en un rato más.

Está bueno, les contestó el de la playera negra y se fue con los otros por la vía y luego hacia unos matorrales.

Cansados, vencidos por el hambre y el sueño, los migrantes se dividieron en grupos para dormir unas horas, esperar el tren o subirse a las camionetas de los señores como ya lo habían hecho unos cincuenta hondureños.

Y así, divididos, tirados al lado de la vía, le venció el cansancio y después, el miedo. Eran como las once de la noche cuando sintieron las patadas en las piernas y los culatazos en el cuerpo.

¡Órale cabrones, párense… órale, muévanse ya hijos de la chingada…arriba ya! Les gritaban los mismos tipos que minutos antes caminaban tranquilos sobre la vía revisando a la gente, contando a los migrantes, checando cuántos podrían caer.

Pero esta vez iban armados con pistolas y rifles, golpeando y despertando a los que apenas acababan de cerrar los ojos o a los que tenían rato dormidos. Los únicos que no hacían ruido y a los que no golpeaban eran unos 15 o 20 que venían en el tren desde la frontera. Con esos nos se metían los señores armados. Eran de su grupo, porque cuando comenzaron a subir a la gente en las camionetas que traían, ellos los ayudaban y decían quienes iban en qué carro.

A los que trataban de escapar los alcanzaban y en la hierba los golpeaban durísimo, con palos y con rifles y ahí les quitaba su dinero y los arrastraban y los subían de todos modos. A uno o dos les disparaban y Janet y los migrantes no sabían qué había sucedido don ellos, pero lo imaginaban porque no los volvían a ver.

Entre el escándalo de la persecución a los migrantes, el grupo de Janet se dio cuenta de que había más camionetas con gente detenida, con migrantes levantados a la mala por los de la camiseta negra.

Ellos se quedaron ahí, y los subieron a las camionetas. Era una camioneta cerrada, una negra, y la otra era abierta tipo pick up. Allí la subieron y los acostaron en la cama del carro y les decían que no fueran a levantar la cabeza porque les iba a ir mal.

Cuando ya iban en un camino de terracería, los de las playeras negras les revisaron las bolsas, las mochilas, todo lo que traían mientras los seguían pateando y encañonado con las pistolas.

A las mujeres las revisaron y también les metían mano en todas partes para encontrarles el dinero. Lo hallaron y se los quitaron de inmediato. Janet era una de las pocas migrantes que traía consigo su cédula de identificación de El Salvador, el Documento Único de Identificación (DUI)

Pensaron que era dinero pero cuando vieron que era otra cosa se lo dejaron. Así estaban las cosas cuando vieron sobre la carretera, en dirección a ellos, las luces de dos patrullas. Entonces se sintieron seguros, al menos con esperanza.

Uno de los jóvenes que había sido subido a la camioneta se armó de valor y alcanzó a levantarse para hacerle señas a los policías. “Ahí vienen, ahí vienen”, les decía a los que estaban acostados.

Los de la playera negra se dieron cuenta de lo que ocurría y simplemente se inclinó para decirle “ni te alegres…estos están con nosotros”.

Cuando les decía estas cosas, una de las patrullas se acercó a la pick up y sus ocupantes echaron un vistazo al cargamento. Saludaron a los de negro y siguieron por la carreta como iban. No pasó nada. La alegría de ver a luz de la torreta duró unos instantes. Las pick up siguieron su marcha con los migrantes encañonados y tirados en el piso de la camioneta.

 

“Ay güerita, qué vamos a hacer contigo”

Cerca de la medianoche, Janet y el grupo con el que la habían detenido los plagiarios llegaron a la primera de las casas de seguridad de Coatzacoalcos, controladas por células de criminales pagadas por los Zetas.

Los llevaron a la casa en donde había dos mujeres más que ya tenían tiempo con los de las playeras negras. Las mujeres ya sabían lo que tenían que hacer. Les ordenaron a los migrantes que dejaran en el piso las maletas, las mochilas y las bolsas, todo lo que traían consigo y que se juntaran y se sentaran todos en uno de los cuartos de la casa.

Mientras se acomodaban, las mujeres les vaciaron todo en una nueva búsqueda de dinero, de cosas de valor y referencias para comenzar a extorsionar a las familias de los ilegales.

Ordenaron que las maletas las pusieran en un solo lugar, porque no podíamos tenerlas cerca. Entonces comenzaron a interrogarlos y a golpearlos de nuevo porque ya había llegado la hora de que dieran sus números de teléfono, de que soltaran alguna referencia en su país o en México en los Estados Unidos para comenzar a sacarle dinero a sus parientes.

Janet estaba cerca de una de las paredes de lo que era la sala de la casa de seguridad. Desde ahí veía entrar y salir a los de negro con sus armas y con palos. Entraban para amenazar primero a los migrantes, y luego, conforme se negaban a dar sus números de teléfono o alguna referencia familiar para la extorsión, para golpearlos.

A algunos de plano los sacaban al frente de la casa para seguir con los golpes, pero terminaban por llevárselos a otro lado porque luego ya no se les volvía a ver. Esa fue la parte de la pesadilla que Janet conoció después por boca de uno de los “carniceros” de los Zetas.

A ella todavía no le tocaba el castigo, pero mientras veía lo que sucedía y trataba de entender a donde habían caído, vinieron a su mente los recuerdos y los planes que ella y su familia se habían trazado hace meses.

El plan era de que se me quedara trabajando en la frontera un tiempo mientras se reunía el dinero para pasara al otro lado. Ella sabía que su familia no tendría cómo responder si esta gente les llamaba y les exigía dinero, sobre todo en dólares.

Entonces le llegó su turno. Uno de ellos se le acercó. “A ver güerita, tú, ¿de dónde eres?, ¿a qué número le hablamos a tu familia?”

Entre el miedo y la confusión, porque mientras les preguntaban a unos iban golpeando a otros, Janet hizo como que no entendía de qué se trataba y no les decía nada. Antes de recibir los primeros golpes fue insultada de todas las formas posibles. “O nos dan los números por las buenas o nos los van a dar por las malas”, les decían los secuestradores.

Para meterles más miedo les gritaban en la cara y les mostraban sus armas: “¡Ustedes escojan cómo le va a hacer para darnos los chingados números, porque aquí nosotros somos los dueños, somos los que mandan en la tierra… Nosotros y fuimos y venimos del infierno y sabemos cómo hacer las cosas… No le tenemos miedo a nada ni a nadie…Ustedes no saben quiénes somos, cabrones!”

Poco a poco, los que tenían número a dónde comunicarse en sus países comenzaron a darlos y ellos a decirles cómo tenían que hablar y qué debían decirle a sus familiares.

Para los que soltaban primero la información no había tanto golpe, pero los que se tardaban y luego acababan por reconocer que sí tenían quién respondiera por ellos, la pasaban muy mal. Con ellos se ensañaban porque se habían querido pasar de listos. ¿Creen que somos sus pendejos?, les gritaban mientras marcaban a sus casas y les daban golpes para que no se fueran a equivocar a la hora de hablar.

Janet aguantó largo rato. Uno de los que venía en el grupo le dijo como hacerle, porque él y había pasado por eso antes. Hazte la dormida y cuando se acerquen a ti, no te despiertes y se van a seguir con los otros. Aguántate así lo más que puedas y la vas a librar, le decía el muchacho y eso hizo ella.

Aguantó lo más que pudo. Se hizo la dormida. Medio se despertaba cuando la sacudían pero con tanta suerte que cuando iba como abriendo los ojos, otro u otra daban señas de que finalmente sí soltarían sus números.

Así se estuvo mucho tiempo hasta que la suerte se le acabó. Y otra vez, a ver tú, güerita, a ver, danos tu número de tu gente, de tu familia, ándale, párate. Ya no pudo aguantarse más porque sabía lo que le pasaba a los que no cooperaban. Los nervios le ganaron. Trataba de acordarse de algún número, sí se lo sabía pero nomas no le llegaba a la mente.

“Órale güerita, no te hagas pendeja y ya danos el número… Alguno tienes que traer, de alguno te debes de acordar, ándale ya”, le decían. Luego de un rato regresaron con ella porque estaban con la otra gente, checando sus llamadas y amenazando a la familia y diciéndoles que si no pagaban su pariente iba a sufrir más.

“A ver, ora sí güerita, ¿ya te acordaste? A ver…” Janet les dio el numero de un teléfono celular que tuvo hace tiempo pero que le habían robado en El Salvador. Les dio ese número porque sabía que nadie iba a contestar, porque no quería darle angustias a su familia y además estaba sola, no iban a poner el peligro a sus hijos o a su mamá.

Los de negro se llevaron el número y llamaron varias veces. Como a la hora regresaron con ella para regañarla: “hay güerita, qué vamos a hacer contigo, porque nadie contesta, nadie responde”. Ella nada más se les quedaba viendo, como diciéndoles ¿qué quieren que haga?.. (no les voy a dar nada).

Les contestó que ese era el único número que tenía, que era el de su mamá y no había otra forma de comunicarse allá. El tipo la miró y tranquilo, hasta sonriente, le dijo que estuviera lista, que intentarían la llamada más tarde. Otros dos de negro entraron al cuarto para vigilar a la gente que todavía no daba sus números.

Así pasó más de un día y medio, con los migrantes sin comer, sin bañarse, sin poder tocar sus maletas para cambiarse de ropa o buscar una comida. No los dejaban hacer nada pero las amenazas, los insultos y los golpes no paraban.

Fueron horas de miedo y de llanto constante. Al otro día, el mismo tipo que le había dicho sonriendo que repetirían las llamadas fue a verla y le dijo lo mismo. “¿Qué vamos a hacer contigo?, nadie contesta ese teléfono.

–Solo tengo ese, le volvió a decir ella.

–Me dicen que tu ibas a trabajar a los Estados Unidos, pero ¿cómo, si no tienes a nadie allá?

–Pues yo no tengo familia en Estados Unidos, por eso me iba a quedar primero acá, en México.

El tipo se irguió, la miró un instante y con sus palabras le volvió a cambiar la suerte y la vida a la mujer…para bien y para mal.

“Mira, se nos acaba de ir la cocinera, entonces te propongo que trabajes de 22 días a un mes con nosotros y te dejo libre o te dejo en la frontera”, le dijo el hombre.

No había de otra. Era eso o… nada. Janet le dijo que sí, que estaba bien. Bueno, le dijo él, agarra tus cosas y te vas a otro lado donde ya te están esperando.

 

¿Tú sabes quiénes somos?

Salió de ahí a la media noche en una de las camionetas, con varios de los de negro armados y muchos migrantes amontonados en la caja de las pick up, algunos ya conocidos porque se había venido con ellos en el tren.

Cuando llegaron a la casa los bajaron luego luego de la camioneta y a ella la mandaron de inmediato a la cocina para que comenzada a atender a los secuestradores, que esa noche andaban muy atareados y trabajando mucho. Andan de “carniceros”.

Ya en la cocina la llamaron y le dijeron, te vamos a decir cuáles son las reglas aquí; que tenía que preparar dos comidas al día, una a las 10 de la mañana y otra a las 8 de la noche; que estaba prohibido hablar con los demás migrantes; que no estaba permitido prohibido llorar; que a gente secuestrada ahí no tenía que darse cuenta de su acento; que tenía que tratar de simularlo y parecer mexicana del sur.

El que mandaba allí llamó al que estaba en la cocina y se lo presentó a Janet. Ella se va a hacer cargo de todo, le dijeron a él. Luego, el que era el jefe de esa casa le dijo que se subiera a la recámara y se acostara con cuidado en a cama para que descansara un rato.

Subió y en la penumbra sintió la cama muy rica y se acomodó rápido pero entonces descubrió que había otra mujer dormida de espaldas a ella. Era la novia o la compañera del jefe de esa casa. El sueño la venció y durante tres horas el cuerpo se le fue mientras el movimiento de migrantes y secuestradores continuaba en el lugar.

Cuando más profundo dormía, el jefe subió para despertarla y decirle que se bajara a la sala porque ya se había desocupado un sillón y la cama era de su mujer, la que estaba de espaldas a Janet. La salvadoreña no pudo dormirse otra vez. Al ratito amanecía y con la luz clara vio los rostros de los migrantes y los reconoció porque venían con ella en el último tren que habían alcanzado.

Con uno de ellos platicó tantito y él le preguntó que qué hacía allí, que por qué la habían dejado dormir arriba y luego en el sillón. Janet le explicó rápido que así era como ella tenía que pagarles a los tipos esos, cocinando y lavando, porque no tenía dinero y porque ellos le exigían mil dólares para dejarla libre.

Entraron por ella para decirle que se bañara y se arreglara porque iba a salir con ellos de compras para abastecer la cocina. Un taxi, de los muchos que trabajan para ellos, los llevó al súper mercado Chedraui. En el camino le recordaron a Janet las reglas del lugar y le agregaron más cosas; prohibido platicar con la gente en la tienda, prohibido separarse de ellos y sobre todo, que actuara lo más normal posible.

El miedo comenzó a apoderarse de ella porque se dio cuenta de que no conocía las cosas que le pedían en la lista. No sabía qué cosa era un chayote (en El Salvador les laman huisquil) y otras verduras y frutas. Le entró más miedo porque no le habían dejado dinero y además, por unos instantes, los había perdido de vista.

Me van a dejar aquí sin dinero o me van a acusar con la policía de que me ando robando las cosas, pensó, pero cuando estaba cerca de las cajas, se le aparecieron al momento de avanzar y quedar sola ante la despachadora.

Poco a poco Janet se les fue haciendo indispensable a los de esa casa de seguridad. Preparaba los alimentos, les arreglaba la ropa y le daba de comer a los migrantes que le ordenaban atender. También, cuando había reuniones de los jefes de las otras casas, ella les preparaba la comida y la bebida y se las llevaba a donde estaban.

Anduvo en varias casas apoyando a los jefes cuando era necesario. Así fue como conoció a Irma en una de las casa, y así también descendió más a la pesadilla cuando uno de los jefes la quiso para él en una de las casas.

Dos lazos fuertes pero muy distintos surgieron de su paso por esa casa; la amistad a prueba de todo con Irma, y el inicio de la degradación, el horror y la paranoia a manos del “carnicero”, el Zeta que disponía de la vida y la muerte cuando le daba la gana.

Al “carnicero” se le fue la mujer al poco tiempo de que Janet había llegado a la casa de seguridad. Sin compañera en la cocina y en la cama, tomó de inmediato a la salvadoreña y en los primeros días la violó mientras la amenazaba y golpeaba para que no le ocurriera escapar.

Poco a poco fue sometida a toda clase de vejaciones sexuales mientras los hombres de las otras casas de seguridad usaban esa para reunirse y preparar los “operativos” nocturnos en busca de migrantes o deshaciéndose de ellos.

Una noche de mucho movimiento, de ir y venir de los de negro con sus armas y camionetas, Janet supo exactamente en qué consistían los operativos.

La gente de la casa se iba ya organizada en grupos, en las camionetas, hacia sitios lejanos, porque regresaban hasta la madrugada del otro día cansados, con mucha hambre pero sobre todo con la ropa toda manchada de sangre y oliendo a gasolina.

A ella le tocaba lavar esa ropa y en varias ocasiones descubrió partes de la tela que estaban quemadas y otras con lo que parecían ser pedazos de carne quemada.

Al jefe se le había ido la mujer y como veía que Janet era callada y no hablaba ni se metía con nadie, comenzó a tenerle confianza y a acercarse para decirle cosas.

Una tarde, cuando ella acababa de limpiarle el cuarto, él la llamó. “Güerita, ven, acércate, quiero hablar contigo”, le dijo mientras ponía una canción en un aparato de sonido. Era un corrido sobre los Zetas. El tipo tomaba todo el día, todos los días. Era raro verlo sobrio. Además, se metía cocaína cuando salía de operativo.

Le pidió a Janet que escuchara con atención el corrido que hablaba de los Zetas. Cuando la canción estaba terminando, él la miró y le dijo, ahora sabes quienes somos, ¿no?

“Ya es hora de que vayas sabiendo quiénes somos y qué hacemos, por qué la ropa que lavas está manchada de sangre…”

–No, yo no sé.

–Yo soy un carnicero…

–¿Si?, ¿y a qué horas trabajas?

–Ay güerita, en serio que eres bien inocente.

–En mi país un carnicero es la persona que trabaja para la carnicería, la que corta la carne de res, la que te vende carne de puerco…

–Mira güerita, te explico…

Y el hombre le dice que ella ya vio a la gente que tienen esposada en las casas de seguridad, a la gente que está más golpeada y amarrada.

Mi trabajo, le dijo, “es hacerlos pedacitos, meterlos en un barril metálico y echarles gasolina para desaparecerlos. Eso hago, eso hace acá un carnicero.

Janet lo escuchaba y le venían a la mente as caras y las voces de los migrantes que ella había conocido en el tren y que luego vio en las dos primeras casas de seguridad en Coatzacoalcos y comenzó a llorar al oír lo que los jefes hacían en los operativos esas noches.

–No vayas a creer que es fácil tener un puesto así…se tienen que pasar muchas pruebas para que el jefe te vaya viendo y te dé la oportunidad…las pruebas consisten en saber darle el tiro de gracia a tal número de personas; hay violar a tantas mujeres y tener como cierta capacidad para aguantar droga y poder trabajar drogado, sin perder la compostura.

El hombre le dice que además todo esto hay que hacerlo delante del jefe para que vea que es cierto y lo tome en cuenta, porque lo importante es que se vea que hay sangre fría para hacer las cosas.

Pero tú no te preocupes, a ti no te voy a hacer daño. A los otros sí, porque de eso se trata, de que sepan quién manda aquí, le dijo por último a Janet.

De poco sirvieron su protección y sus promesas. Cuando no estaba, dos de los soldados que se quedaban a cuidar la casa, se turnaban para violarla cuantas veces les daba la gana. Por eso duraron poco en ese sitio.

En la siguiente casa las cosas cambiaron de nuevo. Ahora los operativos eran más seguido y para que Janet aguantara el paso y estuviera siempre lista y atenta para servirlos cuando se necesitara, la obligaban a consumir cocaína y mariguana.

Ella les preparaba la comida y les subía las cervezas en las reuniones. Se fue enterando de cada paso y de la forma de trabajar del grupo. Conoció casi todas las casas de seguridad de Coatzacoalcos y de otros sitios cercanos porque se ha ganado la confianza de ellos y unos la piden para que se quede unos días a cuidar y cocinar.

En una de las casas conoce a Irma, la muchacha guatemalteca con al que se identifica y hace contacto a través de la religión y de la esperanza de que algún día dios o la virgen de Guadalupe o Jesucristo las escuche y les retire el castigo que las tiene en esa situación sin saber por qué.

También se encuentra con “Pajarito”, un carnicero de otra casa que estaba esposado y muy golpeado en uno de los cuartos de arriba. ¿Qué te pasó pajarito? ¿Qué hiciste?, le pregunta Janet cuando lo reconoce al llevarle un plato de comida.

“Hice algo mal, algo que salió mal y el jefe me castigó”, le dijo a la salvadoreña mientras trataba de acomodarse en el piso con las esposas en las muñecas y la cara golpeada.

En los siguientes días un de los migrantes es el que se muestra más inquieto y decidido a escaparse de allí. Ella lo conoce porque ha estado en otras casas y además la escuchó hablar y descubrió que no es mexicana, que ya lleva tiempo sirviéndole a los Zetas y que seguramente conoce la maneta de huir de ahí.

Janet se daba cuenta de la situación y se ponía muy nerviosa, porque el muchacho la buscaba, trataba de hablar con ella y le pedía que lo ayudara a escapar y ella se negaba y le decía que no podía hacer eso.

Una tarde en que otra muchacha había sido llevada a la misma casa para ayudarle a Janet a lavar platos y hacer comida, el migrante esposado se decidió a escapar. Esperó a que la muchacha saliera al patio a lavar la ropa y entonces la atacó golpeándola con las esposas. La derribó y como pudo se brincó la barda del patio y cayó del otro lado de la calle.

Los vecinos de la casa de seguridad vieron lo que pasaba, vieron a un hombre brincarse la barda, mal vestido, sucio, golpeado y con las manos esposadas y llamaron a la policía. En minutos los patrulleros llegaron al lugar y atraparon al migrante. Pero las cosas no quedaron ahí.

El centroamericano les dijo que en tal casa había gente secuestrada, que eran migrantes pero que sus secuestradores eran Zetas. Un amplio operativo policiaco cayó sobre esa y otras casas de seguridad, pero para cuando la policía se estaba acercando a los domicilios, los carniceros, los soldados y los migrantes ya habían huido hacia una bodega para evitar la captura.

En ese sitio vuelve a encontrarse con Irma, de quien no se separaría ya más.

 

Rosas y espinas.

En diciembre de 2008 Janet e Irma seguían en la misma bodega a la que habían llegado tras el desmantelamiento de las casas de seguridad.

El 12 de ese mes, el Día de la Virgen de Guadalupe, los jefes les avisaron que todas las mujeres debían estar arregladas porque iban a acompañarlos a una fiesta. Para Janet se trataba solamente de exhibirlas como sus trofeos, de sacarlas para lucirse con la gente del lugar.

El lugar de la fiesta tiene un gran cuadro de a Virgen y hay que pasar enfrente de ella y a dejarle una rosa. Parte de la ceremonia cosiste en dejarle encendida una veladora, pidiéndole un milagro.

Pero Janet, que es cristiana, se niega a pasar a dejar la veladora y recibe una cantidad de groserías por rehusarse a seguir el rito. “Yo no voy a pasar porque yo no creo en eso”, les repetía y ellos y ellas se enojaban más por el desaire.

Le dicen que ella escoge que es lo que va a pasar, y que ellos saben que pueden hacerle a ella. Entonces, le dicen, tú eliges ir o negarte. Ya sabes lo que se te espera, le advierten.

Una de las muchachas le dice que tiene que pasar y dejarle la rosa a la Virgen, pero Janet insiste en defender sus creencias y negarse porque ella es cristiana. La presión la hace llorar y entonces uno de los jefes la agarra de la cintura y abrazándola le dice “vente”, y pasa con ella delante de la Virgen de Guadalupe.

Toma una rosa del florero grande que estaba ahí y se la pone en la mano a ella al tiempo en que le aprieta la mano para quelas espinas se le claven. “¿Ves?, eso te pasa por rebelde”, la dice el jefe. Luego le pide que cierre los ojos y pida un deseo, y ella le dice que no va a hacerlo, pero él insiste y le dice que él va a pedir el deseo por ella: “ojalá que la güerita sea mi esposa”, suelta en voz alta.

La noche de la mañanitas a la Virgen de Guadalupe terminó mal para todos. El jefe les había ordenado a los “carniceros” que no se retiraran antes de las seis de la mañana. Cosas de él, ideas que luego le entraban. Pero solo unos obedecieron la orden y la cosa acabó en pleito porque se empezaron a ir con las mujeres.

Días después, el jefe y otros del grupo llegaron a la bodega y le ordenaron a Janet que se arreglara porque iban a salir a un sitio. No le dijeron a dónde ni por qué. Todas las imágenes de los migrantes golpeados, humillados, disminuidos a nada y subidos a las camionetas de los denegro se le vinieron a la mente de inmediato, porque lo que seguía eran las madrigadas de operativos en rancherías, en carreteras, en las montañas cercanas a las vías del tren.

Lo que seguía eran los cuerpos descuartizados, “cortados en pedacitos”, y luego apretujados en tambos de metal a los que llenaban de gasolina y les prendían fuego para que no quedara rastro de nada. ¿Para qué se le llevaban los jefes? ¿A dónde iban que no le querían decir nada?, pero lo más curioso, ¿por qué tenía que ir arreglada?

No tenía opción. Se arregló como pudo y subió a la camioneta, llena de miedo, tensa, sin prestar atención a la música de banda de la radio o a los chistes de los de negro. Unos minutos después, la camioneta se detuvo en una zona habitacional y el jefe volteó a verla para preguntarle ¿a ver güerita, ¿Qué te parece?, mientras le señalaba con la mano una casa grande con letrero de Se Vende.

“Pues, ¿qué me puede parecer?”, le contestó. El jefe comenzó a reír y le dijo que el dueño de la casa estaba por llegar en unos días y que era muy importante, porque la iban alquilar y la casa quedaría a su nombre, a nombre de ella. Y así fue. En menos de una semana se hizo el trato.

Janet dio apellidos falsos y uno de los de negro le dijo al dueño que ella era su esposa, que se acababan de casar y necesitaban la casa para empezar sus vidas con la familia de él. La verdad es que así se fueron haciendo de nuevas casas de seguridad, con nombres y datos falsos, rentándolas para familias que no existían.

La casa se quedó como oficina y punto de reunión de los jefes Zetas. A ella la llevaban ahí de vez en cuando para que atendiera a los que manejaban las otras casas.

Pero desde la captura del migrante aquel que estaba esposado, desde el desmantelamiento de las otras casas de seguridad, las cosas se descompusieron.

Los jefes se juntaban en la casa nueva pero las reuniones eran cada vez más desordenadas, no hacían acuerdos o cosas como antes. Janet e Irma se daban cuenta de que los pleitos eran constantes y algo más: al final, ninguno de los carniceros, si acaso dos o tres, hacían lo que se les ordenaba.

Cada quien jalaba por su lado y los policías ya no los protegían como antes, porque la autoridad estaba sobre ellos también, investigando quiénes eran los que tenían vínculos con los de negro, con los Zetas del sur.

Por si fuera poco, al jefe de todos ellos lo sacaron de Coatzacoalcos luego luego, cuando cayeron algunos de los carniceros después de que el muchacho se brinco la barda. Entonces no había nadie que los coordinara a todos, que se impusiera y metiera el orden.

 

¡Agarren sus cosas!

Los migrantes eran trasladados de casa en casa, sin mucho control, a cualquier hora, no como antes que todo se hacía en la noche, en la madrugada.

La vida les dio un vuelco de nuevo una noche, la última, nublada y fría, en que ese grupo de carniceros salió de operativo llevándose a 25 centroamericanos quien sabe a dónde. Entre los migrantes solo había cuatro mujeres y un hombre que estaba amarrado y golpeado.

Cerca de las 10 de la noche los de negro llegaron a la casa y subieron a una parte de los migrantes a las camionetas. El primero en perderse entre las sombras de la lona en la pick up fue el que estaba amarrado y golpeado. Entonces se fueron en las camionetas. La cosa iba para largo. Janet se dio cuenta de que era noche de carniceros.

En la casa se quedaron varios carniceros y en el cuarto grande dejaron a un soldado para cuidarlos a todos, un vigilante que acaba de entrar a la organización como guardia. Pero resulta que éste venía de otras dos noches de operativo y estaba tronadísimo, muy cansado, y se quedó dormido tan pronto se fueron los de las camionetas.

Esos eran los instantes en que Janet e Irma podían aprovechar para bañarse, para estar un poco más tranquilas. Ya habían acabado de arreglarse. Irma se recostó y se quedó dormida. Janet escuchó algo en una de las ventanas.

Una mujer, una señora que vivía cerca de allí estaba tirando piedritas al vidrio en donde se alcanzaba a ver un poquito de luz, ya que todas las ventanas estaban forradas con periódico o papel aluminio para que no se viera hacia adentro y nadie supiera si había alguien ahí.

–Irma, despierta…despierta…algo está pasando.

–¿Qué?

–Una señora está tirando piedras a la ventana…mira…ven

–¿Cómo?, ¿a poco?

Las mujeres se asoman apenas por un huequito de la ventana forrada y alcanzan a ver a la señora lanzando piedritas y haciendo señas. Janet alza un poco más la mirada y ve las luces de la policía. Irma se acerca y le dice ¿ya oíste?..las sirenas. Sí, te digo que algo pasa, le repite Janet mientras la señora sigue con la piedritas y se mira como muy apurada.

Será por el miedo, por la costumbre de estar con ellos día y noche, semanas y meses, pero la reacción de Janet fue a despertar a uno de los carniceros que estaba dormido en la casa para decirle que algo estaba pasando afuera.

Pero él esta mas dormido que despierto, y amodorrado le dijo “tranquila no pasa nada”. Ella le volvió a decir que algo estaba sucediendo afuera…”afuera está la policía”, pero ni así hizo caso.

El ruido aumentaba y las sirenas sonaban más cerca. Janet salió al patio y atravesó hasta llega a la bodega donde estaban dormidos los migrantes. Tocó el portón y uno de los migrantes le abrió asustado.

–¿Dónde están los que te cuidan?

–Ahí está, nada más es uno y está dormido.

Janet y el migrante se dieron cuenta de que las sirenas estaban ya a unas casas de ahí. La salvadoreña se armó de valor y se acercó a despertar al soldado para avisarle, pero pasó lo mismo que con los carniceros.

Se regresó a la casa y cuando subía las escaleras para buscar de nuevo a los carniceros, estos bajaban a toda prisa juntando papeles y las listas con los números telefónicos de los migrantes, los pagos hechos, los pagos pendientes, la ubicación de las otras casas y el rol de pagos y los nombres de los Zetas del sur.

Al ajar el jefe de esa casa le dijo “güerita, agarra tus cosas porque nos vamos ya…apúrate.” Le dijo también que Irma tenía que ayudarle a echar en una maleta las libretas con la información, porque no podían dejar nada ahí, nada que los delatara.

El alboroto era enorme en la casa. El ir y venir de los carniceros y de los migrantes hizo más confusión. Nadie se ponía de acuerdo sobre quiénes se iban con quién en las camionetas que estaban afuera.

En esa discusión estaban cuando el jefe y los carniceros agarraron la primera camioneta en la que ya habían echado los papeles, y se fueron a toda velocidad. Sólo quedaba uno de los cocineros y éste discutía con Janet.

–No te voy a llevar, no te puedo llevar porque tú sabes mucho, has visto muchas cosas y si hablas, tu lengua te va a matar y nos vas a meter en problemas…

–No me puede dejar aquí…no me deje, -le dice Janet, que se quiebra del llanto y le insiste-.

–Nos vas a meter en problemas si hablas…

–No voy a decir nada, me voy a quedar callada, nunca he dicho nada…nunca voy a decir lo que vi ni lo que pasó…

El hombre jaló del brazo a Janet y le ordenó a Irma quedarse en algún lugar de la casa. Salieron por el portón y caminaron hacia el pueblo, que estaba a unos cincuenta metros de ahí. Comenzó entonces una lluvia maciza, con rachas de viento frío que calaban la piel.

Caminaron a toda prisa y hasta la tienda que estaba en un callejón. Se detuvieron y escucharon más ruido, vieron las luces de las patrullas y alcanzaron a oír golpes en la puerta grande. Él se metió a la tienda y pidió dos cervezas. Se tomó una como si fuera agua y fue a donde estaba Janet. Los dos vieron desde la entrada a los migrantes salirse de la casa brincando las bardas, corriendo hacia las sombras en medio de la lluvia.

No había nada que el carnicero pueda hacer. Estaba solo. Vieron correr a los migrantes por todas partes y a la policía acercarse a la casa. Se metieron a la tienda y le ordenó de nuevo a Janet que se tomara la cerveza.

En la otra esquina de la callecita un taxista observaba todo lo que ocurría pero no se atrevía a acercarse. Era de los que trabajan haciéndole coberturas a los Zetas en Coatzacoalcos. El carnicero lo reconoció y lo llamó para que le hiciera un servicio largo. El tipo dudó un instante pero no tuvo salida. Se lo estaba ordenando un carnicero y sabía bien de lo que eran capaces.

El carnicero y el taxista hablaban en cortito para que ellas no se enteraran. Luego hizo varias llamadas desde su celular y después le dijo a Janet que se subiera al taxi.

El resto de la noche, se convirtió en otra pesadilla o en una extensión de la misma en la que Janet no imaginó que se podía caer más bajo y vivir minuto a minuto con el miedo en los huesos, en cada exhalación, mientras el cuerpo y la mente se hundían a cada minuto que pasaba.

 

“Si quieres, aquí mismo te mato.”

El taxi recorrió sin luces las calles del pueblito y llegó al otro extremo, para luego ir sobre un tramo de carretera y dejar al carnicero y a Janet en un bar que también era punto de venta de cocaína y mariguana, un prostíbulo de ficha en el que el hombre le dijo a la salvadoreña que como no traía mucho dinero y él tenía sed, ella tendría que ofrecérsele a alguno de los que iban a tomar para pagar la cuenta.

Ya todo estaba arreglado. Le dijo que fuera a hablar con una de las muchachas que estaban ahí para que le explicara en qué consistía la ficha, para saber cuánto y cómo se cobraba. La explicación duró menos de cinco minutos. Janet le dijo que entendía todo y la muchacha la llevó con un cliente para que empezara a fichar, mientras el carnicero se sentaba y pedía la primera ronda de cervezas.

Janet se quedó en la mesa con el señor, que ya estaba bastante borracho y algo le decía a ella con insistencia y hasta usando señas, pero nada, el tipo no quiere nada. Como no se veía que hubiera acción, el carnicero se acercó para ver qué pasaba. Nada, le dijo Janet, este señor no quiere nada, no llegamos a nada.

Entonces el Zeta se enojó bastante y comenzó a insultarla y a amenazarla. Le dijo que si el dinero que llevaba no le alcanzaba para pagar la bebida, ella se tendría que quedar para pagar la cuenta. Al final, el carnicero pudo pagar las cervezas, pero ya estaba muy molesto y harto de andar jalando de allá para acá con Janet. Llamó al mismo taxista para que los recogiera y los llevara a una de las casas de seguridad.

En el camino, encabronado, el carnicero comenzó a manosearla y a querer abusar de ella, pero Janet se negaba. La golpeó y la amenazó hasta que le dijo al taxista que se detuviera. “Mira, yo te dije que tu lengua te iba a matar, ¿quieres que sea hoy y aquí?”. Janet le contestó que no quería morir y ya no se resistió. La violó en el coche además de obligarla a inhalar cocaína y a beber.

En la casa, en donde estaba la mujer del carnicero, Janet encontró a otra migrante a la que le platicó como pudo lo que había ocurrido. Recuerda que la otra chica le dio consejos y hasta le anotó en la mano y en un papelito el nombre y el teléfono de su tío.

Búscalo y seguro que te va a ayudar a conseguir trabajo o si tienes problemas, le decía pero como estaba drogada, golpeada y con dos cervezas encima, no entendió nada. Para ayudarla más, la chica le dio 30 pesos que de algo le iban a servir. Como pudo se acomodó en uno de los sillones y se quedó dormida.

Al otro día, el carnicero las llevó a la otra asa de seguridad en la que se había quedado Irma. El reencuentro fue emotivo. Janet le contó todo por lo que habían pasado en los tres días. Irma la abrazó y le juró que nunca volverían a separarse.

Pero las cosas ahí fueron más difíciles, porque los dos Zetas que estaban en esa casa tenían sus mujeres, casi no salían y cuando lo hacían se las llevaban y a ellas las dejaban encerradas. No había cocina ni refrigerador. No tenían nada que comer sino hasta que los carniceros llegaran con la despensa.

Vinieron entonces las reglas en esa casa; prohibido platicar entre ellas porque los vecinos podrían escuchar sus voces o los ruidos en la casa en la que se supone no había nadie más; prohibido ver la televisión, prohibido cantar o salir al patio de a casa; prohibido reírse o hacer ruidos que llamaran la atención.

Así pasaron tres semanas, encerradas, casi sin comida, aisladas de todo y amenazadas de muerte si rompían algunas de las reglas.

Pero había dos ventajas reales en toda esa situación: siempre estaban solas, sin nadie que las vigilara, y… cerca de ahí estaba Dios.

Lo sabían por los cantos y la música de un templo cristiano que estaba más o menos cerca de la casa. Eran los tiempos en que la madre de Janet presentía o sabía en El Salvador algo que se le revelaba en sueños y luego se le convertía en visiones y en angustia.

Por eso juntó a la gente de la congregación y les pidió al apoyo para hacer oración por su hija, que la estaba pasando muy mal en donde estuviera. Esas eran las revelaciones de Dios y no podían ser falsas.

Janet recuerda esos días como de esperanza y fe, pero también como los de la duda, la derrota y los reproches a Cristo por ábrela abandonado y por haberla sometido a tan duras pruebas, cuando todo lo que ella quería era salir a conseguir un mejor trabajo y más dinero para sus hijos.

“Como ya pasábamos solas yo cantaba mucho, yo alababa mucho a Dios y le enseñaba las alabanzas a Irma y le contaba las historias de la Biblia, como si fueran en un cuento, como que le estaba contando a un cuento a un niño porque Irma es muy católica.

“Entonces sí era como una lucha muy grande, porque ella era de decir que la Virgen nos iba a sacar, y yo no…no es la Virgen…Nos va a sacar Dios, y era una lucha constante y era una situación muy dura porque yo escuchaba las alabanzas y era como estar alabando a Dios, pero realmente mi corazón no lo creía, porque sentía como que se había olvidado de mi.

“Era todos los días estarle reprochando; ¿porque te olvidaste?, soy tu hija, y era bien irónica la situación porque era estar hablando con Irma y decirle mi Cristo es así,…No te preocupes, porque en los momentos más duros es cuando Dios está ahí, yo se lo decía pero no era lo que yo sentía en mi corazón porque yo sentía que realmente iba a morir.”

 

“Si te vemos de nuevo por aquí…”

El encierro les dio cierta fortaleza y comenzaron a pensar en cómo escaparse. Trazaron planes, platicaban muy bajito y acordaban qué día iban a escapar. El problema era que cuando una estaba decidida y segura que era el mejor momento, la otra amanecía con miedo y decía que no era el día. Luego ocurría al revés, así que la fuga se posponía a cada instante.

Pero las cosas estaban escritas y el día que habían elegido por fin para escapar, porque los carniceros habían llegado borrachos y ya se iban a dormir, otro de ellos, completamente sobrio, llegó como a la medianoche. Se les apareció en la sala y les ordenó que se arreglaran, que juntaran sus cosas porque…”ya se van”.

¿A dónde a estas horas?, se preguntaron las dos.

–¿Qué sigue, a dónde nos llevan?

–Arréglate y no preguntes.

Luego les ordenó, “traigan sus cosas y súbanse al taxi”. El coche las esperaba afuera. Janet subió primero y de inmediato le entró la desconfianza, porque conocía a todos los taxistas que trabajaban para los Zetas de Coatzacoalcos pero a ese nunca lo había visto y además venía acompañado de otra muchacha sentada junto a él.

El quinto pasajero del coche fue el carnicero que acababa de darles órdenes. Enfilaron hacia Coatzacoalcos. En el camino pasaron por una tienda Oxxo y ahí se bajó el carnicero para ir por refrescos y algo más.

En esos instantes, el taxista volteó a verlas y les dijo “Dios está con ustedes, porque este no era el propósito para con ustedes, y no tengan miedo, vivan la vida, como que esto no ha pasado; ustedes no nos conocen, nosotros no las conocemos, pero si ustedes vuelven a pasar por Coatzacoalcos, no lo vuelven a contar…”

Janet e Irma no sabían aún si aquello era verdad o mentira, si era una trampa o una prueba que les estaban haciendo los Zetas para darles confianza y luego volverlas a secuestrar o acusarlas de algo. No confiaban en nada ni en nadie.

El carnicero regresó al taxi y les dio refrescos a todos. También sacó un paquete de cigarros y les ofreció. Janet tomó uno y el carnicero le dijo “no te preocupes Janet, sin rencores.”

El auto reinició la marcha. Minutos más tarde el taxista se detuvo en un lugar oscuro, lejano de la ciudad. Bájense, les dijo, “ya se pueden ir”. Obedecieron. Cuando ya estaban afuera se les acercó ya cada una le dio 25 pesos y nuevas instrucciones para caminar, tomar otro taxi y llegar a un sitio que ya les había indicado.

El taxista encendió de nuevo el motor del coche…y se fue.

Entre el frio, el hambre y el asombro, Janet e Irma sólo atinaron a caminar y caminar por el lugar porque ningún taxista de los que pararon quiso llevarlas al lugar que les habían dicho. Entonces decidieron que era más el miedo y la duda de que las estuvieran vigilando desde algún punto y ya no se movieron de ahí.

Se quedaron debajo de un puente a esperar que amaneciera. Con la luz de la mañana se animaron a caminar siguiendo la vía del tren, hasta que llegaron a una casa a pedir agua porque no traían suficiente para comprar algo.

La mujer que las recibió les dijo que por el momento sólo tenía tortillas con sal para ofrecerles. Aceptaron y aquellas tortillas fueron las más deliciosas que hubieran probado en sus vidas. Con los pocos pesos que les quedaban consiguieron en donde hablar por teléfono a larga distancia a sus familias en El Salvador y en Guatemala.

–“Mami… ¡Estoy libre!… ¡Sí mami!.. Estaba secuestrada y estoy libre! La madre de Janet llora mucho. Le dice “yo sabía que algo pasaba, mi Cristo a mi no me engaña.”

Regrésate, le decía su mamá a Janet, pero hacerlo implicaba pasar de nuevo por Coatzacoalcos, la única ruta que las dos conocían yen donde ya le habían advertido al dejarla libre que si la veían de nuevo por allá, la iban a matar.

“No mamá, ahorita no me puedo regresar porque es peligroso para mí. Voy a juntar dinero y luego le hablo para decirle cuándo me regreso, voy a estar por acá un tiempo más pero esté tranquila, yo ya estoy bien”, le dijo Janet para tranquilizarla.

La buena fortuna siguió acompañando a Irma y a Janet. La mujer que les había dado de comer tortillas tenía a su esposo trabajando en una obra en construcción en la que estaban instalando malla ciclónica para un futuro centro comercial.

El jefe de la obra estaba buscando a alguien que se hiciera cargo del conteo y control de los materiales que entraban al patio de obras. Las dos fueron a verlo, pero mientras Irma lo esperaba en su oficina, Janet se daba vueltas por la obra y al momento de la contratación, la única que estaba y la única para la que había trabajo era Irma.

Cuando Janet se apareció, el jefe de la obra se dio cuenta de que no eran mexicanas y les dijo que eso iba a ser un problema para él, que no se podía. Irma y Janet le dijeron que ellas nunca se separaban y que si le daba trabajo a las dos, aceptarían el sueldo de una, la cosa era trabajar, tener un dinero y comer y un lugar donde estar. El ingeniero aceptó pero les dijo que tuvieran mucho cuidado y no hablar con mucha gente.

Duraron menos de dos meses en ese lugar. Con el dinero que juntaron volvieron a subirse al tren pero se habían prometido no volver a pisar ninguna casa del migrante en el camino, porque ya conocían como estaba la cosa, sabían que gente como los Zetas tenían espías allí, tenían a otros dizque migrantes sin bañarse, mal vestidos, sucios como perdidos, pero en realidad eran gente que iba a ver a quien enganchaba, por las buenas o por las malas.

Las vías las llevaron a San Luis Potosí, en donde Janet escuchó que había una casa de atención a migrantes, ero que era manejada y administrada por la fundación cristiana Caritas. No dudó en ir a ese sitio con Irma, porque cuando era niña su familia recibía ayuda de ese organismo y eran gente confiable.

Se quedaron en la casa de Caritas, cuyos directivos ya tenían bien armados los expedientes de Janet e Irma y sabían de dónde venían, en dónde habían estado y lo que habían vivido.

Los casos fueron boletinados a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), así como a otras organizaciones y también a la Procuraduría General de la República (PGR), que acababa de poner en marcha una nueva instancia, la Fiscalía Especializada en Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas (FEVIMTRA).

Sin embargo, Janet e Irma durarían menos de un mes en la casa de Caritas. Un día, una migrante se presentó en el lugar para pedir refugio. Su ropa, su manera de hablar y comportarse y la forma en que se relacionaba con las mujeres y trataba de saber cosas, las pusieron en alerta.

Algo está mal otra vez, le dijo Janet a Irma. Algo no anda bien con esa muchacha que acaba de llegar, le insistía para luego decirle: esa es Zeta, es de ellos, estoy segura, esa es Zeta y nos anda buscando.

Irma no lo podía creer. O era cierto o era ya demasiada imaginación y miedo y nervios que les habían quedado de todo lo vivido en Coatzacoalcos. No aguantaron mucho tiempo allí, sobre todo cuando ella comenzaba a hacerles la plática y a querer saber de dónde venían y para dónde iban.

Asustadas, se pusieron de acuerdo para contarle cada una por su lado cosas distintas y decirle juntas que se dirigían a sus países de origen. No le dijeron cuándo pensaban irse, pero dos días después, cuando ella no estaba, se salieron de Caritas y agarraron de nuevo la vía para ir a parar a Saltillo, Coahuila, para quedarse en otro centro de atención a migrantes que les habían platicado en Caritas de San Luis Potosí.

Iban con esa confianza de que de donde venían era un lugar seguro, pero no podían olvidar que la muchacha Zeta había logrado llegar allí y hacerse pasar por migrante. En estos pensamientos estaba cuando les dijeron que un grupo de funcionarios de la CNDH estaba de visita documentando casos de abusos sufridos por migrantes centroamericanos a manos de policías, de polleros y de bandas criminales y que querían entrevistarlas.

“Nosotros no somos conejitos de indias para que anden averiguando”, les respondieron a los de la casa del migrante que las habían recibido. Estaban nerviosas, sumamente desconfiadas y no querían decirle nada a nadie.

Janet sudaba de nervios cuando recordaba las palabras del carnicero aquel que le perdonó la vida una madrugada diciéndole que su lengua la iba a meter en problemas, que había visto demasiadas cosas y que sabía demasiado.

“Hay güerita, ¿qué vamos a hacer contigo?” eran las palabras que se le agolpaban en la cabeza cuando le insistían en que tenía que hablar con la gente de los derechos humanos. Tanta insistencia y la seguridad de que se trataba de documentar ciertos hechos y no de investigarlas a ellas, las animó a hablar.

Además, cuando llegaron a Saltillo las infecciones vaginales y otros padecimientos adquiridos durante los días de cautiverio y explotación sexual habían disminuido su salud. También les dijeron que ahí mismo, en Saltillo, las podían ayudar para que regresaran a sus países arreglándoles lo de la Forma Migratoria FM3.

Pero para estar segura una vez más de que las cosas son reales, de que puede confiaren la gente de Saltillo, Janet llamó por teléfono a los de Caritas en San Luis Potosí para decirles que estaba bien, que ella e Irma estaban en Saltillo pero que había gente que quería entrevistarla y hacerle preguntas de cosas que ella no quería recordar.

Les dijo a los de Caritas que si conocían a las tres personas que estaban en Saltillo. Les dio sus nombres y las descripciones y le dijeron que no había problema, que sí los conocían, que eran gente honesta y estaban haciendo esa investigación. Además, el casi de ustedes ya se difundió en varias partes, no sólo en México, les dijeron.

Entonces aceptaron hablar con la gente de los derechos humanos y con la gente de la FEVIMTRA, que iba a abrirles un expediente para investigar el caso. Después de la primera entrevista en Saltillo, Janet e Irma fueron trasladadas a la ciudad de México para firmar los papeles y declaraciones en las oficinas de la fiscalía.

La tarde en que dejaron la fiscalía era luminosa. El pegaba de lleno, pero cálido y suave sobre los cristales de decenas de edificios de oficinas en la colonia Cuauhtémoc. Leves rachas de viento movían los árboles sobre la avenida Reforma cuando la camioneta de la PGR en que había llegado a la FEVIMTRA abandonada el estacionamiento del edificio.

Janet e Irma iban bien resguardadas, tomadas de la mano y mirando por las ventanas hacia la calle. La salvadoreña pensaba en sus hijos, en su madre y en dios. Miraba de reojo a Irma mientras la camioneta avanzaba hacia el Circuito Interior y enfilaba hacia el norte.

Irma no supo por qué le apretaba la mano, pero dentro de sí, Janet recordaba las tardes sin esperanza, las madrugadas de pesadillas, rezos y lamentos de los migrantes y la guerra de fe que alguna vez tuvo con su amiga acerca de quién y cómo las salvaría.

Janet miraba la luz de la tarde y el trafico de la ciudad y recordaba aquellos días de batalla entre su fe y el horror del cautiverio en Coatzacoalcos, y le venían a la mente sus propios rezos: “Señor, si tú me mandaste a este lugar tan horrible solamente porque yo le hablara a una persona de ti, pues me duele mucho y ni modo, así va hacer… pero demuéstrame que estás ahí”.

Varias horas después iniciaba en otro sitio una nueva vida que comenzó con tratamientos médicos y psicológicos para sanarle en parte las heridas del abuso y el miedo hacia la gente , el miedo a la vida más allá de las bardas de una casa clandestina en la que nadie vale nada.

“De las otras heridas, de las del alma, las que me hacen sentir sucia y con miedo de todo, se va a encargar mi dios”, dijo Janet mientras miraba la libreta sobre la mesa en su nueva casa y la grabadora registraba su última frase: “esa es mi historia”.

 

Nosotros somos Los Zetas

Publicado: 21 septiembre 2009 en Oscar Martínez
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Luego de más de una semana en esta zona no me queda otra que decirle que su vida tiene que ser muy complicada. ¡Diablos: lo pienso y no entiendo cómo sigue vivo! -le digo.

El agente secreto sonríe con orgullo, mirándome fijamente mientras abre un silencio misterioso. Vuelve la vista hacia la puerta, a pesar de que sabe que estamos solos en este pequeño café. El local tiene estructura de pecera, rodeado por cristales a través de los cuales podemos ver hacia afuera y nos podrían ver, de no ser por el árbol de mango que nos oculta en la mesita del fondo.

Con inteligencia –responde, finalmente-. No me muevo en una camioneta del año, de esas grandes. Nunca porto mi arma a la vista y no aparezco en eventos más de lo necesario.

No hace falta traducir. Un evento aquí no puede ser otra cosa que un evento de ese tipo: el asesinato de alguno de los policías de uno de los pueblos de esta franja del sureste mexicano, la escena del crimen que queda detrás de una balacera entre militares y narcotraficantes, la intervención armada en un rancho perdido entre el monte donde esos criminales, los que mandan aquí, los del cártel de la droga conocidos como Los Zetas, tienen a una cincuentena de migrantes centroamericanos encerrados. El celebérrimo “secuestro express”.

Pero a veces parece imposible conseguirlo -insisto-. Esto es como un… ¡Hay que vivir en puntillas! Nunca se sabe quién es quién. No es posible estar seguro de si el que vende tacos solo vende tacos o si los vende como coartada para vigilar la calle.

El agente lo sabe. Él vive bajo estas reglas del sigilo. Los ojos escrutando el derredor todo el tiempo, atentos a si ese carro pasó ya dos veces o si aquel hombre parece mirar de reojo. Él lo sabe y por eso solo aceptó que nos juntáramos cuando le di la referencia de un conocido. Y aún así, no empezó a hablar hasta revisar de arriba abajo mis documentos de periodista. Veía la foto y luego a mí, la foto y a mí. El sigilo y el anonimato, esas son las normas de oro que han sido impuestas. No ser nadie, parecerse a otro cualquiera del rebaño que vive atemorizado, bajando la vista y mirando el pavimento ardiente de estos pueblos que rodean a Villahermosa, la capital de Tabasco, en la frontera con Guatemala. Era obvio desde el principio que el trato bajo el que nos reunimos pasa por no revelar el sitio exacto ni la corporación a la que el agente pertenece.

Él vuelve a sonreír. Le causa gracia ver en mi rostro el reconocimiento de que él trabaja en un terreno donde su enemigo manda y vigila. Todo el tiempo y con decenas de ojos a su servicio.

Por eso es necesario moverse despacio, entrar lentamente, no de golpe, y tener mucho cuidado a la hora de preguntar. Mucho cuidado -responde, termina su café de un trago, y pasa a lo concreto-. Y al final, ¿fueron ayer al rancho que les dije? ¿Pudo tomar fotos el fotógrafo? -pregunta.

Sí, sí fuimos. Tomó las que pudo. El escenario era escalofriante -respondo.

El rancho cementerio

La lluvia fue la que hizo que el rancho La Victoria terminara de parecer un montaje. Aquello era demasiado obvio. Era como si un delincuente se disfrazara con un parche en el ojo, un enorme gabán negro y una cicatriz en la mejilla. El rancho era toda la escenografía del secuestro que podemos esperar que salga de nuestro imaginario.

Cuando llegamos, el rancho lucía vacío, solo tres policías judiciales custodiaban a los dos agentes del Ministerio Público (MP) que colgaban el letrero de clausurado. Más allá de la portezuela de entrada, que distaba unos tres metros de las vías del ferrocarril, estaba la casa central del rancho. Una típica vivienda sureña estadounidense, toda de delgados tablones de madera, con dos cuartos centrales rodeados por completo por un corredor donde en otro contexto suelen ubicarse las mecedoras para pasar las tardes de calor. Todo pintado con un verde esmeralda ya descascarado por el tiempo.

Esa era la armazón. Lo tétrico era el decorado. En el dintel principal del porche colgaba un cráneo de vaca. Al lado de la nave central, unas 100 latas de cervezas se amontonaban estrujadas, del mismo modo que en la parte trasera varias latas de sardinas, frijoles y atún tapizaban el suelo. Y en el cuarto más amplio, el de la izquierda si se veía desde el frente la casa, luego de acostumbrar la pupila a la oscuridad, se podía ver un piso con manchas desparramadas y aserrín regado. La habitación expelía un fuerte y fétido olor a humedad y por toda ella había regados desperdicios difícilmente identificables. Jirones de ropa, pedazos de lata, algo que parecía trozos de madera. Más difícil aún era identificarlos desde afuera, porque uno de los agentes del MP no nos permitió ingresar. Apenas aceptó que Toni Arnau tomara un par de fotografías desde la puerta, luego de insistirle unos minutos.

Ahí, en esa locación de película de terror, es donde el día jueves 3 de julio de este año liberaron a 52 indocumentados centroamericanos que llevaban una semana apiñados en la habitación por un comando -“estaca”, como le llaman en su jerga- de Los Zetas, que regenta este pequeño pueblito llamado Gregorio Méndez.

Dos de los migrantes que viajaban sobre el tren en el inicio de su viaje por México habían logrado escapar cuando justo enfrente del rancho el maquinista, Marcos Estrada Tejero, detuvo la locomotora sin razón alguna, y 15 hombres que cargaban armas largas arrearon a los demás migrantes hacia el rancho La Victoria, en medio de esta nada rodeada por veredas y monte. Los dos que escaparon encontraron más adelante, días después, a un comando militar que realizaba un patrullaje poco rutinario por la zona. Les contaron lo sucedido, y los 12 soldados dieron parte para que se armara un comando con otros 12 policías estatales de Tabasco y 30 de Chiapas. El maquinista está preso, lo detuvieron cerca de Veracruz, tripulando un tren donde más de 50 indocumentados iban encerrados en los vagones, obligados por supuestos zetas. A Tejero lo acusan de trabajar para Los Zetas que fueron atrapados en el rancho, encabezados por el hondureño Frank Hándal Polanco, que salía en un taxi a la hora de la intervención. Ocho zetas fueron detenidos y otros siete escaparon hacia el monte, cargando sus AR-15. En el rancho, se decomisaron pistolas 9 milímetros y fusiles M-16 de fabricación iraquí.

Lo peor es cómo los tenían -cuenta en voz baja uno de los agentes del MP-. Estaban en shock. Y todos presentaban golpes en la espalda baja. Una franja morada. Luego nos enteramos qué pasó.

Ya en el rancho, los migrantes sabían que se habían encontrado con el lobo del cuento. Estaban en manos de los famosos zetas, ya célebres en el camino del indocumentado centroamericano. Lo sabían porque el protocolo de presentación había sido gritado desde la toma de rehenes. “¡Somos Los Zetas, al que se mueva lo matamos!”. En estos pueblitos no hacen falta tarjetas ni credenciales oficiales. Si alguien dice que es zeta, es zeta. Si alguien lo dice y no lo es, suele terminar en algún cementerio. Los zetas son conocidos internacionalmente como un cártel del narcotráfico, pero desde hace algún tiempo diversificaron sus actividades y ahora se lucran de los indocumentados, a quienes secuestran para pedir rescate a sus parientes.

Adentro del rancho, los criminales organizaron su show de presentación. Por grupos de cinco fueron poniendo a los indocumentados de rodillas, contra la pared, en el porche del rancho, y les empezaron a partir la espalda baja a tablazos, un método de tortura militar identificado en México. Y no es de extrañar. Esta es una de las marcas de una organización criminal que surgió, según la inteligencia estadounidense, a finales del siglo pasado, cuando el cártel del Golfo, uno de los dos más poderosos de México, logró hacer desertar a cerca de 40 militares mexicanos de comandos élite, entrenados en estrategias de contrainsurgencia, manejo de artillería pesada e infiltración. A ellos, y directamente por órdenes del capo Osiel Cárdenas Guillén (atrapado en 2003 y extraditado en 2005 a Estados Unidos), se les encomendó una misión: creen un ejército para nosotros. Por eso no extraña que el verbo “tablear” sea tan famoso en el mundo de los zetas. El mismo mundo de los migrantes.

Entre ellos, las reglas son inviolables, y las consecuencias, fatales. Una de esas noches, la segunda de cautiverio, dos migrantes escaparon del rancho aprovechando el descuido del guarda de la puerta. Se internaron en el monte. Un monte que ellos conocían poco y sus captores como la palma de su mano. Un comando zeta fue a buscarlos. A los pocos minutos, volvieron con uno de ellos. Lo hincaron frente a la puerta del cuarto repleto de migrantes, y Frank les dijo en voz alta:

¡Miren lo que les va a pasar si andan con pendejadas!

Un disparo en la nuca terminó con la vida del migrante hondureño Melesit Jiménez. El otro migrante aún corría cuando por detrás sus dos perseguidores le atinaron un disparo en la nuca y otro a la altura del abdomen. Poco después de que el cuerpo de Melesit se desplomara frente a los 52 indocumentados, se escucharon allá atrás en el monte las dos detonaciones.

Los siguientes días, ya con un grupo manso, los zetas se dedicaron a violar a las dos mujeres hondureñas del grupo, y a divertirse tableando de vez en cuando a alguno de los hombres, mientras esperaban que los depósitos de entre mil 500 y 5 mil dólares llegaran a una sucursal de transferencias rápidas como rescates enviados por los familiares de los cautivos.

Un secuestro masivo más. Apenas unos días después de la presentación del informe especial sobre secuestro de migrantes que hizo la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México. Un barullo de periodistas que se codeaban por un espacio para meter la cámara de videos o fotos se apiñó en la sala donde se dijo, con la voz ronca del ombudsman mexicano, que con su escaso personal habían documentado en siete meses casi 10 mil casos de secuestro de viva voz de indocumentados que señalaban a Los Zetas en contubernio muchas de las veces con policías. Decenas de titulares aparecieron al día siguiente en portadas de diferentes medios. Luego, todo volvió a la normalidad.

Los secuestros, en este mundo de peregrinos sin papeles, son ya tan comunes como los asaltos en el suroeste mexicano o las mutilaciones provocadas por las altas velocidades de los trenes que parten del centro de la república y sacuden a los polizones que viajan prendidos de ellos. Es tan común que ya no venimos a buscar esto aquí a Tabasco. Ya en noviembre de 2008 habíamos documentado esta dinámica en esta franja atlántica de México, bajo un titular casi parido naturalmente: “Los secuestros que no importan”. Ahora, después de meses de ver cómo Los Zetas se desperdigan por todo el país, de quedar cada vez más claro que se constituyen como un cártel independiente, de escuchar su nombre y oler su miedo en los pueblos del sur, del centro y del norte de México por donde circulan los migrantes, venimos a entender quiénes son, cómo funcionan y, sobre todo, cómo consiguen su principal activo para poder operar a sus anchas: el temor. Generar temblores en policías, taxistas, abogados, migrantes. Hacer marca de su consigna: “Nosotros somos Los Zetas” y poner al interlocutor a bailar su baile con solo esas cuatro palabras.

El jueves 3 de julio las autoridades liberaron a 52 indocumentados que llevaban una semana apiñados en una habitación del rancho La Victoria. Los integrantes de la banda, un comando de Los Zetas, torturaron y mataron a dos de los migrantes que intentaron escapar.

Eso se respira aquí en Tabasco, una de sus principales plazas y donde inicia el control que detentan sobre coyotes y migrantes. Eso se percibe con ese sexto sentido tan real, tan en la piel, con el que se sabe cuando uno está por ser asaltado en alguna esquina oscura. Se percibe, como nos ocurrió al entrar al pueblo de Gregorio Méndez, en la cara de terror que puso el taxista cuando le pedimos que hiciera un servicio hasta el rancho La Victoria, y él respondió: “No, no puedo ir ahí, no nos dejan, ahí no puedo ir”, y tomó su taxi y se largó. Se palpa en la mirada de los hombres de la camioneta negra que rondaban en la esquina mientras esperábamos que un camión nos internara en los montes de rancherías, y en la pregunta temblorosa del motorista de ese camión, cuando antes de aceptar llevarnos dijo en voz baja: “Pero ustedes… ¿no serán?… es que no quiero problemas con nadie”.

Antes de abandonar el rancho, se notaba el nerviosismo de los tres policías judiciales. Mientras los del MP aún colgaban el cartel de “propiedad incautada”, uno de ellos dijo entre suspiros sosteniendo su AR-15 con firmeza y perdiendo su mirada en los montes de atrás:

No podemos enseñarles las tumbas, porque ellos andan por allá, en el monte, vigilándonos.

Como siempre, vigilan. Ya me lo había advertido el agente secreto: “Seguro andarán por la montaña, porque deben de tener más armas enterradas en el rancho”.

Y es que ahí cerca, entre la maleza, es donde dos hondureños encadenados para que no escaparan de la migración desenterraron a los dos asesinados en el rancho. A Melesit, ya con los gusanos entrándole y saliéndole de la herida de la nuca, lo desenterraron esa misma noche, cuando un hondureño dijo que sabía dónde estaban ese cuerpo, una ametralladora Uzi y dos cargadores también bajo tierra. El otro cadáver fue desenterrado cinco días después, cuando los dos hondureños encadenados que desenterraron a Melesit fueron desenmascarados en la estación migratoria de Tapachula, a donde habían trasladado a los migrantes para deportarlos a Centroamérica.

Se escuchó un barullo en la celda de hombres y cuando los agentes de migración se acercaron a revisar, se encontraron un linchamiento en proceso. Eran los 50 indocumentados hombres intentando matar a los dos hondureños, zetas los dos.

¡Ellos son zetas, ellos traían armas y nos tableaban en el rancho, ellos son del grupo! -se oía gritar a la turba.

Entonces los sacaron, ellos aceptaron ser zetas y fueron devueltos a Tabasco, a declarar, a ubicar al segundo muerto, al que ellos mismos habían matado y enterrado.

Los Zetas son como un cáncer que hace metástasis con rapidez y en todo lo que los rodea. Migrantes reclutados como zetas, militares reclutados por la banda, policías, taxistas, alcaldes, comerciantes.

Preguntando al enemigo

Pero entonces, ¿todo lo del rancho La Victoria fue una casualidad? Es decir, no fue un operativo exitoso, sino dos migrantes que por cuestiones del azar encontraron a un pelotón y contaron que tras ellos quedaban 52 más -pregunto al agente secreto, que vuelve a sonreír, esta vez con una mueca cómplice, que deja muy clara su respuesta. Una sonrisa de obviedad.

¿Por qué crees que me muevo como me muevo, despacio, paso a paso? -pregunta-. Porque aquí Los Zetas se enteran de muchos de los operativos antes que las mismas jefaturas militares. Tienen orejas en todas partes. Y cuando hay golpes como este es por una de dos razones: o porque todo ocurrió así, rápido, sin planificación, por un pitazo sorpresivo que en este caso dieron los migrantes, o porque se elabora un operativo silencioso, sin andar contándole a todas las corporaciones, paso a paso.

Todo fue una casualidad, cuestión de tiempo, de voluntades, de humores. Si aquellos dos migrantes que huyeron hubieran temido ser detenidos por los soldados… si en lugar de detenerse y denunciar hubieran corrido por el monte… si minutos antes se hubieran detenido a descansar ocultos a la vera de un árbol, al margen de la vereda, y el pequeño pelotón hubiera pasado de largo, nadie sabría siquiera de la existencia de un rancho llamado La Victoria en las afueras del pueblito Gregorio Méndez.

Ya te dije, tienen muchas orejas repartidas -continúa el agente, que como buen infiltrado siempre sabe sorprender-. Dime, ¿había en el rancho policías judiciales?

—Sí, tres.

Pues bueno, a uno de ellos lo están investigando porque trabaja para Los Zetas.

¡Lo que faltaba! Durante más de 30 minutos estuvimos haciendo preguntas y comentarios a un policía que está con Los Zetas. Esto es lo que les permite actuar como les da la gana. Así es como logran ser avisados de casi todos los operativos en su contra. De esta manera consiguen enterarse de a qué hora, qué día, dónde y quiénes.

Por eso es difícil actuar en su territorio. Por eso Toni solo consiguió sacar su cámara por breves minutos en todo el viaje. Por eso el agente se mueve con cautela, porque Los Zetas todo lo ven.

Ya es bastante incómodo andar por estos lugares. Ya es bastante atemorizante pasearse por una de las calles de Tenosique, el pueblo donde inicia esta ruta. Ahí, una de estas tardes, un funcionario nos trasladó en su vehículo. Mientras transitábamos por la avenida principal que parte en dos ese municipio de 55 mil habitantes, nuestro piloto iba señalando hacia ambos lados de la arteria, cada vez que nos cruzábamos con un negocio grande de muebles, medicamentos, lo que sea, y decía:

-Al hijo del dueño de ese local lo secuestraron el mes pasado. Al dueño de ese negocio lo secuestraron y lo mataron hace cuatro meses. En esa calle secuestraron al ex presidente municipal, Carlos Paz, en mayo, y parece que la esposa del dueño de aquella farmacia también está secuestrada por Los Zetas…

Aquello es una vitrina de secuestros, un paseo turístico por un pueblo tomado por los narcos, donde las referencias abundan, pero en lugar de ser la esquina donde se tomaba café tal célebre personaje local, apuntan al negocio donde ocurrió el último secuestro o la cuadra donde sucedió la última ejecución.

Los Zetas, cuando dominan, dominan todo. Hacen monopolio del crimen: secuestros, extorsiones, sicariato, narcotráfico, venta al menudeo, piratería, rentas para los coyotes que circulan por su zona, todo les corresponde. Todos son giros de su negocio, y quien quiera dedicarse a alguno de ellos debe ser miembro de la banda o un empleado de ellos.

Jesús Acosta, de 27 años, es un nicaragüense que fue secuestrado por Los Zetas en Tenosique. Luego de unos días de secuestro, los migrantes consiguieron escapar tras atacar al vigilante a cargo de su custodia. Una semana después, en Veracruz, Jesús recibió una llamada telefónica de su familia, que el contó que su hermano menor, de 15 años, había sido asesinado en Tenosique.

Lo controlan todo y a todas las instituciones. Fíjate que en Tenosique muchos de los secuestros de migrantes ocurren en las vías, justo enfrente de la estación migratoria. Los agentes de migración saben que si mueven un dedo, mañana amanece uno de ellos muerto. Mejor callan y reciben lo que les pagan -explica el agente secreto.

Habrán tardado mucho en crear esa red -suelto un pensamiento en voz alta.

No creás -responde-. Ellos vinieron y pegaron fuerte. Lo que hicieron es incorporar a todas las pequeñas organizaciones criminales que ya existían. Si aquí apenas se empezó a escuchar de la banda en julio de 2006, cuando detienen a Mateo Díaz, alias el Comandante Mateo o el Zeta 10.

Antes de eso en Tabasco sonaba con fuerza el Cártel del Golfo, pero pocos conocían a su entonces brazo armado. Finalmente, y tras una noche de imprudencia, Mateo fue arrestado en su pequeño municipio natal, Cunduacán, aquí en Tabasco, por hacer escándalo borracho en el bar La Palotada. Lo atraparon junto a su cómplice guatemalteco, Darwin Bermúdez Zamora. La policía municipal no sabía a quién tenía entre manos, y minutos después de detenerlo, ya veían cómo un comando armado de 15 hombres atacaba con bazucas, granadas de fragmentación y AR-15 la comandancia. Mataron a dos policías en la refriega, hirieron a otros siete, destruyeron patrullas e instalaciones. Entonces se enteraron de que en sus celdas, junto a otros traviesos nocturnos, tenían nada menos que al Zeta 10, uno de los fundadores del grupo, que en 1998 desertó del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales del Ejército, los temidos GAFES, la élite de esa institución. Tenían en custodia al Comandante Mateo, de los delincuentes más buscados del país, encargado de dominar la plaza de Tabasco, Chiapas y Veracruz, tres importantes estados para la entrada de cocaína proveniente de Colombia y balas y granadas compradas en Guatemala que luego utilizan el Cártel del Golfo y Los Zetas. Habían atrapado a uno de los fundadores de un grupo que ahora tiene a sus dos cabecillas en la lista de los más buscados por las autoridades estadounidenses. Cinco millones de dólares por la cabeza del Z-3, Heriberto Lazcano, y la de Miguel Ángel Treviño Morales, el Z-40.

Mateo fue quien llegó a poner orden en esta llamada región de los ríos. Él y sus secuaces fueron los que empezaron a recitar las reglas a las pequeñas bandas locales: o se alían o se apartan. Ellos reclutaron a la pandilla de unos 30 muchachos entre los 12 y los 35 años que se dedicaban a cobrarle 100 pesos a cada migrante que quisieran abordar el tren en Tenosique. Los Zetas les ofrecieron un trato: a partir de ahora, trabajan para nosotros. A partir de ahora, no tendrán problemas con las autoridades municipales ni de migración. A partir de ahora se acabó eso de sacar solo unos cuantos pesos. Vamos a dominar la ruta, cobrar a los coyotes que pasen por aquí, castigar a los que no paguen y secuestrar a los migrantes que no viajen con uno de nuestros protegidos.

Los zetitas

Estas bandas que ya existían son las que se encargan de muchos negocios que dan dinero a Los Zetas en esta región. Si incluso hemos detectado que se encargan de manejar el negocio de la producción de CDs piratas de música y películas Y lo manejan a su modo. Cuando llegaron, levantaron a traficantes de madera y vendedores de droga al menudeo, y les dieron una calentada. Ellos primero demuestran su forma de actuar, luego negocian -explica el agente secreto.

A ver: ¿pero estas bandas son zetas o no? Hemos escuchado que les llaman zetitas.

El agente ríe antes de contestar:

Me gusta ese nombre: zetitas. Es más o menos lo que son. Ellos no son Zetas en el sentido de que no participan de la estructura de la banda, no manejan cargamentos de droga ni tienen una función dentro del cártel. Pero en la práctica, sí lo son. Ellos tienen permiso de identificarse como zetas, y tienen la protección de los pesados. O sea que, para cuestiones prácticas, funciona igual: si un agente de migración denuncia a uno de los zetitas de las vías, se está metiendo con un negocio protegido por los grandes zetas, y estos se van a vengar. Pero los que andan en las vías son solo los que recogen a los migrantes, jefes de esas bandas de chavos que existían antes. Ellos convencen con mentiras a los migrantes de que se vayan a sus casas, que los llevarán a la frontera con Estados Unidos, pero luego los entregan a otros que ya son sicarios del cártel, como los que estaban en el rancho La Victoria.

Uno de aquellos días, bajo un permanente sol que calcina la piel, decidimos movernos a Macuspana, un pequeño municipio rural ubicado a unos 250 kilómetros de Tenosique. Por ahí pasa el tren. Por ahí pasan los migrantes que salieron de las vías de Tenosique. Y ahí, como en El Águila, El Barí, El 20, Villa, El Faisán, Gregorio Méndez y Emiliano Zapata, hay bandas de zetitas.

En Macuspana no hay albergue. Lo que hay es una iglesia con un traspatio donde los migrantes tienen techo y comida hasta que sigan su camino. De la iglesia salió un hombre delgado y de rostro anguloso. Es el administrador de la parroquia. Con parsimonia, arregló dos bancas alrededor de una mesa, y empezamos una conversación que poco tardó en terminar.

Cuando le explicamos que buscábamos información sobre las bandas de secuestros, el hombre enmudeció. Sus ojos se volvieron esquivos y el color moreno de su rostro empalideció. “No sé nada de eso, yo solo doy de comer a los migrantes, no sé nada”. Esa, como era obvio, sería su respuesta final.

Decidimos salir de la parroquia y tumbarnos en el traspatio con los ocho hondureños y el guatemalteco que dormitaban ahí. El proceso siempre es igual. Ellos tantean a quien les pregunta. El truco para que un migrante empiece a confiar consiste en hablarle del camino, demostrarle que uno también lo conoce, que conoce sus códigos, sus peligros, su tren, sus rutas. Así se logra que en unos minutos la respuesta inicial -“tranquilo, compa, todo tranquilo, gracias a Dios-, siempre falsa, vaya cambiando, y ellos empiecen a contar lo que en realidad han vivido.

Pasado el protocolo me enteré de que tres de los ahí presentes se libraron de un secuestro en El Barí. El guatemalteco de El Petén que los lideraba por ser su segundo intento tuvo la perspicacia de detectar que cuando se les acercó un hombre dentro de una camioneta, con una escuadra en la solapa y diciendo al celular “tengo a un grupito”, era un buen momento para echarse a correr.

Pero me concentré en el hondureño gordo del rosario negro, que hacía los comentarios más osados. Si yo decía: “En esas vías te llegan con mentiras para hacerte caer”. Él complementaba: “Y te sacan el número de teléfono, que es lo que les importa”. Si yo agregaba: “Y te lo sacan como si de verdad fueran coyotes que te van a llevar”. Él continuaba: “Pero al final pura mentira, más adelante te enterás de que vas secuestrado para Coatzacoalcos”. Luego, la charla de todos se convirtió en charla de dos.

Este hondureño era un tipo de talante duro. Se le notaba la calle en sus palabras, en sus maneras. Asegura que en su viaje anterior, y gracias a que vieron en él a un tipo temerario, le dieron posada en la casa de El Cocho, el líder de la banda de zetitas de El Barí. Intentaban hacerlo ingresar al grupo, pero él no quiso. “Y como sabían que yo no tenía a nadie que pagara por mí, no me secuestraron, sino que ahí me daban posada”, aseguró. Nunca le creí del todo la historia, no sé si era verdad o si él era un infiltrado de los que Los Zetas meten en el tren para seleccionar víctimas. Lo cierto es que gran parte de lo que contó me lo confirmó luego el agente secreto.

El hondureño aseguró que El Cocho, un compatriota suyo como de 30 años, es el líder de la banda de zetitas que operan en El Barí, uno de los puntos de secuestro más calientes de esta región de los ríos. Aseguró que ese líder de banda trabaja con otros nueve hondureños que como él nunca se alejan de su 9 milímetros. “Ni para dormir”. Que la banda de El Cocho sigue activa, pero que de momento se han refugiado en el monte, “debido a un operativo que hubo”. Dijo que eso le habían contado ahora que pasó por ahí, antes de llegar a Macuspana. Todo coincide. Hace dos meses hubo un operativo en el que 24 migrantes fueron liberados por los militares en ese poblado. Cuando los militares llegaron, ya estaban ahí los policías municipales de El Barí. Todos los zetitas habían huido.

Es que están compinchados, si cuando yo estaba ahí llegaban los policías a comer con El Cocho, y él les daba un sobre con dinero -recordó el hondureño gordo tumbado en el piso del traspatio.

Luego, pasó a describir a la banda del hotel California. Esta es una de las más descaradas expresiones de la impunidad que he visto en estos años cubriendo migración. El hotel California es reconocido en Tenosique -por absolutamente todas las autoridades que, a pesar de no dar su nombre, aceptaron hablar- como propiedad de Los Zetas, como sitio donde guardan armas, droga y a grupos de migrantes secuestrados antes de trasladarlos. Ese hotel está justo a la par de la garita de migración y ambos locales están justo frente a las vías donde han ocurrido decenas de secuestros masivos.

Ahí, dijo el migrante en Macuspana, trabajan unas 10 personas al servicio de El Señor de los Trenes. Este, un hondureño de unos 40 años, es un ex pollero que allá por 2007, cuando llevaba a un grupo de centroamericanos, fue atrapado por Los Zetas en su cruzada por evitar que un coyote que no les pague pudiera pasar por su zona. Él dijo que no conocía las reglas, que quería compensar su error, y durante más de un año estuvo en una esquina de Coatzacoalcos (Veracruz) vendiendo tamales y grapas de cocaína. Luego de pagar piso y de que El Gordo, ex jefe de la banda de zetitas de Tenosique fuera detenido, le fue entregada esa plaza de secuestros y ese grupo de zetitas. Ahora, cuando El Señor de los Trenes se rapa la cabeza, se le puede ver la Z que lleva tatuada.

Si a mí me pagara la policía por enseñarles dónde vive El Cocho, dónde vive El Señor de los Trenes y encontrarles a unos tres líderes más de esas bandas, yo en un día se los entrego -fue la manera en que se despidió el hondureño en Macuspana antes de que nos largáramos de ahí.

Unos comprados, otros asustados

Eso del hotel California es conocido, pero nadie interviene. Tienen a medio mundo comprado, y no solo autoridades. Fíjate en las muchachas que en cada una de las dos entradas del pueblo están todo el día y la noche vendiendo refrescos. ¿Crees que a eso se dedican?

El agente hace una pausa, vuelve a sonreír misterioso sosteniendo la mirada y se contesta a sí mismo:

Nooo. Ellas se encargan de vigilar si entran convoyes militares, si entra algún vehículo sospechoso, si entran al pueblo más carros de los que normalmente vienen. Claro, tú solo ves a unas muchachas jovencitas vendiendo refrescos.

Contratan a muchachas de pueblo, a centroamericanos migrantes, a autoridades y comerciantes. Un pueblo se domina teniendo de tu parte a medio pueblo y poniendo a temblar a la otra mitad. A los que se oponen, como Fray Jesús, un párroco jóven y aguerrido de la iglesia de Tenosique, que ha denunciado en sus prédicas y ante algún medio de comunicación el dominio de Los Zetas, los amenazan. Este fraile ha recibido tres avisos: dos amenazas por escrito, una puesta en el parabrisas de su carro y otra lanzada por debajo del portón de la parroquia, y una amenaza más enviada por terceros: “Dígale a ese padrecito que si se sigue metiendo en lo que no le importa le va a ir mal”.

Por eso, en estos pueblos vives entre dos fantasmas, y juzgas a todas las personas de ese modo: los que temen y los que amenazan. La señora de la farmacia que, al ver pasar a un desconocido, baja la cabeza, teme. Los hombres del automóvil amarillo que han pasado tres veces frente a nosotros en menos de cinco minutos, amenazan.

Es que hablamos de gente con dinero. Los Zetas le están cobrando entre 50 mil y 200 mil pesos mensuales a cada banda de zetitas que tienen en esta zona, y aún así a las bandas les queda dinero para ellos y para sobornar autoridades. Y ten en cuenta que este es su negocio para el sencillito. Ellos sacan dinero del tráfico de drogas, balas y granadas. Los migrantes son su tercer negocio -continúa el agente.

Piensa un rato mientras en la mesa hay un silencio. Matiza:

Sí, es su tercer negocio, pero ellos no tienen negocios pequeños, solo negocios de mucho dinero y que implican poner a funcionar toda su maquinaria de corrupción. Somos reservados al calcular que el 40% de todas las corporaciones policíacas que actúan en el Estado están controladas por Los Zetas.

El policía y el periodista

Las dos reuniones empezaron con los protocolos del miedo a los que obliga la región.

Al periodista llegamos fácilmente, a través de colegas suyos. Le llamamos una tarde y convenimos que ya que él sabía por nuestro contacto de lo que queríamos hablar, lo mejor era que lo hiciéramos en persona. Nos movimos de Villahermosa, la capital del Estado, hacia uno de los pueblitos de la zona de los ríos. Bajamos del autobús y nos sentamos en el pequeño restaurante que nos había indicado.

A la media hora entró un acalorado hombre, sacudiéndose el sudor y con un montón de papeles bajo el brazo. Era él, el periodista de la zona que lleva más de 10 años cubriendo los avatares de esta región de balazos, narcos, autoridades corruptas y militares. Una zona que, por tramos de carretera, cuando los convoyes verde olivo se pasean, evoca a las imágenes del Irak que tenemos en la mente.

El periodista escribía una nota en su computadora portátil mientras hablaba y sacudía la cabeza de lado a lado, viendo los movimientos de un viejo zarrapastroso que estaba en la mesa de al lado. Entre vendedoras de jugos que trabajan como halcones y autoridades corruptas, cualquiera puede ser un oreja, un vigía, un zeta.

Hablamos un poco en el restaurante, pero era obvio que lo mejor era movernos de ahí, irnos a otro sitio, donde no tuviéramos que susurrar cada vez que decíamos Zetas. Nos trasladamos a un pequeño local repleto de cacharros electrónicos por todos lados. Ahí, el nervioso hombre no paró de hablar. Encendió su computadora y empezó a mostrar algunas de sus fotos.

Ranchos de secuestros, zetas presentados por la autoridad, policías corruptos atrapados mientras culminaban algún negocio para la banda y cadáveres, varios cadáveres.

Pero nosotros queríamos que el periodista nos hablara de por qué nadie cuenta lo que todos saben, lo que se puede averiguar en un par de semanas. ¿Por qué nadie habla de las autoridades corruptas de los pueblos si todos saben quiénes son? ¿Por qué solo lo hacen cuando la policía detiene a alguno de ellos y lo presenta ante los medios? ¿Por qué nadie cuenta sus dinámicas, su red, su forma de operar, sino solo hechos puntuales, con poco contexto, con poca raíz?

Su respuesta llegó en dos argumentos, a cual más contundente:

Porque yo vivo aquí, y aquí vive mi familia. Y, como tú dices, si ellos tienen a medio pueblo comprado, también saben dónde vives, cómo te llamas, cuántos años tienen tus hijos y dónde estudian. Y además, porque si como yo, eliges arriesgarte y publicas algo, te pasa lo que a mí me pasó. Llega una camioneta negra a tu casa con dos hombres armados. Tocan la puerta, preguntan por ti y te dicen: A ver, venimos a ver cómo la vas a querer: ¿Por las buenas? Pues deja de escribir pendejadas. ¿Por las malas? Te matamos a ti y a toda tu familia.

Y asunto zanjado. Una lápida sobre las letras de los periodistas, no necesariamente sobre sus medios, que tienen sus oficinas en la capital o en una ciudad grande. Un mutis a los que viven en estos pueblos, a los que intentan contar las grandes historias de sus pequeñas localidades, que viajan sin guardaespaldas, que ganan sueldos de miseria y que escriben desde sus casas, donde viven sus hijos.

Eli Torres Guzmán llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil de asalto AK-47 en su carro cuando la policía de aduana inspeccionó el vehículo. Al día siguiente, cuando los medios del estado de Tabasco reportaron el hecho, todas las notas de prensa informaron del hallazgo de solo dos pistolas 9 milímetros y nada del fusil. Las otras armas no aparecieron en ningún informe policial.

Porque cuando estos delincuentes lanzan su consigna, cuando dicen “nosotros somos Los Zetas”, o te doblas o te doblan. Lo sabe el periodista, y lo saben los migrantes secuestrados, y lo supo también Mario Rodríguez Alonso, el director de tránsito de Emiliano Zapata, un pueblo cercano, que hizo caso omiso a la consigna y arrestó a un conductor ebrio que gritó que era zeta, que no se metiera con él. Un día después, en julio del año pasado, por la mañana, a la luz del día, un comando armado lo sacó de la estación policíaca y lo devolvió al siguiente día, ya muerto, con rastros de tortura, una bolsa negra cubriendo su rostro, sus manos esposadas por la espalda y varios impactos de bala en el cuerpo.

Cuando días después buscamos a un policía municipal para preguntarle cómo se siente que te pasen encima los que deberían de temerte, el procedimiento fue más complejo. Lo contactamos a través de un pariente suyo que conocimos gracias a una fuente gubernamental. Nunca hablamos con él antes del encuentro. Solo recibimos instrucciones de su pariente: a las 2 de la tarde, en el pequeño comedor de la esquina, cerca del río.

Llegó puntual. El policía, en su día libre, vigilaba el comedor desde una esquina. Cuando llegamos, se acercó y nos invitó a caminar por el callejón hasta llegar a la sombra de un árbol en la ribera del río. La conversación inició ya sin temores:

Dicen que a veces los llaman a la comandancia y les ponen narcocorridos a todo volumen -le comenté.

Sí, a veces hacen eso los cabrones, y a varios comandantes de la municipal les llaman a su casa de repente, sin que hayan hecho nada, para amenazarlos, que si se meten con ellos ya saben dónde viven y que les van a matar a la familia -respondió.

¿Y eso pasa seguido?

Mira, siempre hay algún evento. Hace cinco días apareció el último ejecutado en Tenosique, en la colonia Municipal, era un vendedor de ganado. Hace tres meses mataron a un comandante de la policía, que pensó que era juego y empezó a molestar mucho a Los Zetas, a hacer operativos por el hotel California.

Se refería al comandante de la policía de Tenosique Tirson Castellanos, que en su día franco se dedicaba a compra-venta de vehículos hasta que fue interceptado cuando se dirigía a su casa por una camioneta con sicarios. Tirson logró correr y refugiarse en el baño de un taller mecánico, hasta donde los pistoleros llegaron para descargar sus 9 milímetros. El cuerpo de Tirson recibió 14 impactos.

Y usted, ¿qué hace para seguir vivo? -pregunté al municipal.

Me desentiendo, me dedico a otras cosas, a rateros y borrachos. Ya me ha tocado que andando en los ejidos se nos atraviesen dos camionetas. Se bajan y se identifican: “Somos Los Zetas”, y te presumen sus armas y lo que ganan y te dicen que trabajes para ellos. Yo les digo que no, y se ponen violentos, pero les digo que tampoco me meto en su camino, y te dicen: “Más te vale, hijo de la chingada”. O cuando hacíamos un retén de tránsito, y pasan tres camionetas con hombres vestidos de la AFI (Agencia Federal de Investigaciones), y les preguntábamos si iba a haber operativo, y nos contestaron: “No somos ley, nosotros somos Los Zetas”. El comandante que estaba en el retén fue inteligente, y les contestó: “Pasen adelante, yo no quiero nada con ustedes. Trabajen, que yo no los veo”. Nunca había visto tantas armas juntas como las que llevaban en esos carros.

Supongo que algunos en tu corporación sí trabajarán para ellos.

Mira, yo sé que algunos lo hacen, pero intento no enterarme, no averiguar y no confiar en nadie.

No hay solidaridad entre corporaciones.

Olvídate. Todas tienen a gente comprada. Si tú detienes a un zeta, ellos mismos te delatan, dan tu nombre a los que quedan fuera, y tu familia corre riesgo. Todos andan tras algo. Mira nada más lo de El Ceibo, se reportaron dos escuadras cuando lo que agarraron fueron cinco y un cuerno de chivo.

Se refería a lo ocurrido hace unos días, cuando cerca de El Ceibo, la frontera del lado de Guatemala, un pequeño poblado que funciona como mercado negro de armas y balas, los policías mexicanos detuvieron de su lado de la línea a un joven que llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil AK-47 en su carro. Nosotros estábamos ahí, esperando que el ejército de Guatemala realizara el anunciado operativo contra ese mercado que provee de balas y granadas a Los Zetas. El operativo fue un fracaso. Para cuando ocurrió, ya todos en El Ceibo estaban alertas. Por su parte, los policías mexicanos solo reportaron haber encontrado dos pistolas. El resto de armas quién sabe a dónde fueron a parar.

No se sabe en quién confiar. Tiene toda la razón el municipal. El poder de infiltración de Los Zetas no deja libre a ninguna corporación. Ni siquiera al ejército, al que muchos señalan como la única autoridad que combate al narco. Por ejemplo, el 1 de julio de este año, la inteligencia mexicana detuvo a 16 militares de las bases de Villahermosa y Tenosique, acusados de trabajar con Los Zetas, avisar de operativos y maquinar un complot para asesinar al comandante Gilberto Toledano, que ha coordinado varios operativos, como el realizado contra el rancho La Victoria.

Sin luz al final del túnel

El calor aún es sofocante en este café con estructura de pecera cuando la conversación con el agente secreto va terminando a pesar de que el sol se oculta.

Es complicado todo esto -dice el agente, ya a manera de resumen-. Es complicado porque primero hay que eliminarles todas sus infiltraciones. Constituir un frente común, y que todo el aparato del Estado luche contra ellos. Entonces empezaría una verdadera batalla.

Y entonces, lo que hacen ahora, ¿qué es? -pregunto.

Una especie de juego muy delicado, pero que no da los resultados que podría dar.

A manera de despedida, iniciamos un intercambio de pensamientos inútiles pronunciados en voz alta. “Es difícil… sí, complicado… un trabajo duro… poco a poco y con cuidado”.

Una sensación de impotencia me invade. Seguramente la misma sensación que ha recorrido el cuerpo del periodista, el policía, el fraile y el agente más de una vez. Estamos sentados, conversando sobre un miedo que al salir de esta pecera volverá a recorrernos cuando caminemos por las calles de estos pueblos y nos crucemos con su gente cabizbaja y sus hombres rondando en sus carros, donde pronto habrá otro ejecutado y muchos migrantes más serán secuestrados.

Es complicado -repite el agente secreto cuando nos damos la mano para despedirnos.

Los zetitas

-Estas bandas que ya existían son las que se encargan de muchos negocios que dan dinero a Los Zetas en esta región. Si incluso hemos detectado que se encargan de manejar el negocio de la producción de CDs piratas de música y películas Y lo manejan a su modo. Cuando llegaron, levantaron a traficantes de madera y vendedores de droga al menudeo, y les dieron una calentada. Ellos primero demuestran su forma de actuar, luego negocian -explica el agente secreto.

-A ver: ¿pero estas bandas son zetas o no? Hemos escuchado que les llaman zetitas.

El agente ríe antes de contestar:

-Me gusta ese nombre: zetitas. Es más o menos lo que son. Ellos no son Zetas en el sentido de que no participan de la estructura de la banda, no manejan cargamentos de droga ni tienen una función dentro del cártel. Pero en la práctica, sí lo son. Ellos tienen permiso de identificarse como zetas, y tienen la protección de los pesados. O sea que, para cuestiones prácticas, funciona igual: si un agente de migración denuncia a uno de los zetitas de las vías, se está metiendo con un negocio protegido por los grandes zetas, y estos se van a vengar. Pero los que andan en las vías son solo los que recogen a los migrantes, jefes de esas bandas de chavos que existían antes. Ellos convencen con mentiras a los migrantes de que se vayan a sus casas, que los llevarán a la frontera con Estados Unidos, pero luego los entregan a otros que ya son sicarios del cártel, como los que estaban en el rancho La Victoria.

Uno de aquellos días, bajo un permanente sol que calcina la piel, decidimos movernos a Macuspana, un pequeño municipio rural ubicado a unos 250 kilómetros de Tenosique. Por ahí pasa el tren. Por ahí pasan los migrantes que salieron de las vías de Tenosique. Y ahí, como en El Águila, El Barí, El 20, Villa, El Faisán, Gregorio Méndez y Emiliano Zapata, hay bandas de zetitas.

En Macuspana no hay albergue. Lo que hay es una iglesia con un traspatio donde los migrantes tienen techo y comida hasta que sigan su camino. De la iglesia salió un hombre delgado y de rostro anguloso. Es el administrador de la parroquia. Con parsimonia, arregló dos bancas alrededor de una mesa, y empezamos una conversación que poco tardó en terminar.

Cuando le explicamos que buscábamos información sobre las bandas de secuestros, el hombre enmudeció. Sus ojos se volvieron esquivos y el color moreno de su rostro empalideció. “No sé nada de eso, yo solo doy de comer a los migrantes, no sé nada”. Esa, como era obvio, sería su respuesta final.

Decidimos salir de la parroquia y tumbarnos en el traspatio con los ocho hondureños y el guatemalteco que dormitaban ahí. El proceso siempre es igual. Ellos tantean a quien les pregunta. El truco para que un migrante empiece a confiar consiste en hablarle del camino, demostrarle que uno también lo conoce, que conoce sus códigos, sus peligros, su tren, sus rutas. Así se logra que en unos minutos la respuesta inicial -“tranquilo, compa, todo tranquilo, gracias a Dios-, siempre falsa, vaya cambiando, y ellos empiecen a contar lo que en realidad han vivido.

Pasado el protocolo me enteré de que tres de los ahí presentes se libraron de un secuestro en El Barí. El guatemalteco de El Petén que los lideraba por ser su segundo intento tuvo la perspicacia de detectar que cuando se les acercó un hombre dentro de una camioneta, con una escuadra en la solapa y diciendo al celular “tengo a un grupito”, era un buen momento para echarse a correr.

Pero me concentré en el hondureño gordo del rosario negro, que hacía los comentarios más osados. Si yo decía: “En esas vías te llegan con mentiras para hacerte caer”. Él complementaba: “Y te sacan el número de teléfono, que es lo que les importa”. Si yo agregaba: “Y te lo sacan como si de verdad fueran coyotes que te van a llevar”. Él continuaba: “Pero al final pura mentira, más adelante te enterás de que vas secuestrado para Coatzacoalcos”. Luego, la charla de todos se convirtió en charla de dos.

Este hondureño era un tipo de talante duro. Se le notaba la calle en sus palabras, en sus maneras. Asegura que en su viaje anterior, y gracias a que vieron en él a un tipo temerario, le dieron posada en la casa de El Cocho, el líder de la banda de zetitas de El Barí. Intentaban hacerlo ingresar al grupo, pero él no quiso. “Y como sabían que yo no tenía a nadie que pagara por mí, no me secuestraron, sino que ahí me daban posada”, aseguró. Nunca le creí del todo la historia, no sé si era verdad o si él era un infiltrado de los que Los Zetas meten en el tren para seleccionar víctimas. Lo cierto es que gran parte de lo que contó me lo confirmó luego el agente secreto.

El hondureño aseguró que El Cocho, un compatriota suyo como de 30 años, es el líder de la banda de zetitas que operan en El Barí, uno de los puntos de secuestro más calientes de esta región de los ríos. Aseguró que ese líder de banda trabaja con otros nueve hondureños que como él nunca se alejan de su 9 milímetros. “Ni para dormir”. Que la banda de El Cocho sigue activa, pero que de momento se han refugiado en el monte, “debido a un operativo que hubo”. Dijo que eso le habían contado ahora que pasó por ahí, antes de llegar a Macuspana. Todo coincide. Hace dos meses hubo un operativo en el que 24 migrantes fueron liberados por los militares en ese poblado. Cuando los militares llegaron, ya estaban ahí los policías municipales de El Barí. Todos los zetitas habían huido.

-Es que están compinchados, si cuando yo estaba ahí llegaban los policías a comer con El Cocho, y él les daba un sobre con dinero -recordó el hondureño gordo tumbado en el piso del traspatio.

Luego, pasó a describir a la banda del hotel California. Esta es una de las más descaradas expresiones de la impunidad que he visto en estos años cubriendo migración. El hotel California es reconocido en Tenosique -por absolutamente todas las autoridades que, a pesar de no dar su nombre, aceptaron hablar- como propiedad de Los Zetas, como sitio donde guardan armas, droga y a grupos de migrantes secuestrados antes de trasladarlos. Ese hotel está justo a la par de la garita de migración y ambos locales están justo frente a las vías donde han ocurrido decenas de secuestros masivos.

Ahí, dijo el migrante en Macuspana, trabajan unas 10 personas al servicio de El Señor de los Trenes. Este, un hondureño de unos 40 años, es un ex pollero que allá por 2007, cuando llevaba a un grupo de centroamericanos, fue atrapado por Los Zetas en su cruzada por evitar que un coyote que no les pague pudiera pasar por su zona. Él dijo que no conocía las reglas, que quería compensar su error, y durante más de un año estuvo en una esquina de Coatzacoalcos (Veracruz) vendiendo tamales y grapas de cocaína. Luego de pagar piso y de que El Gordo, ex jefe de la banda de zetitas de Tenosique fuera detenido, le fue entregada esa plaza de secuestros y ese grupo de zetitas. Ahora, cuando El Señor de los Trenes se rapa la cabeza, se le puede ver la Z que lleva tatuada.

-Si a mí me pagara la policía por enseñarles dónde vive El Cocho, dónde vive El Señor de los Trenes y encontrarles a unos tres líderes más de esas bandas, yo en un día se los entrego -fue la manera en que se despidió el hondureño en Macuspana antes de que nos largáramos de ahí.

Unos comprados, otros asustados

-Eso del hotel California es conocido, pero nadie interviene. Tienen a medio mundo comprado, y no solo autoridades. Fíjate en las muchachas que en cada una de las dos entradas del pueblo están todo el día y la noche vendiendo refrescos. ¿Crees que a eso se dedican?

El agente hace una pausa, vuelve a sonreír misterioso sosteniendo la mirada y se contesta a sí mismo:

-Nooo. Ellas se encargan de vigilar si entran convoyes militares, si entra algún vehículo sospechoso, si entran al pueblo más carros de los que normalmente vienen. Claro, tú solo ves a unas muchachas jovencitas vendiendo refrescos.

Contratan a muchachas de pueblo, a centroamericanos migrantes, a autoridades y comerciantes. Un pueblo se domina teniendo de tu parte a medio pueblo y poniendo a temblar a la otra mitad. A los que se oponen, como Fray Jesús, un párroco jóven y aguerrido de la iglesia de Tenosique, que ha denunciado en sus prédicas y ante algún medio de comunicación el dominio de Los Zetas, los amenazan. Este fraile ha recibido tres avisos: dos amenazas por escrito, una puesta en el parabrisas de su carro y otra lanzada por debajo del portón de la parroquia, y una amenaza más enviada por terceros: “Dígale a ese padrecito que si se sigue metiendo en lo que no le importa le va a ir mal”.

Por eso, en estos pueblos vives entre dos fantasmas, y juzgas a todas las personas de ese modo: los que temen y los que amenazan. La señora de la farmacia que, al ver pasar a un desconocido, baja la cabeza, teme. Los hombres del automóvil amarillo que han pasado tres veces frente a nosotros en menos de cinco minutos, amenazan.

-Es que hablamos de gente con dinero. Los Zetas le están cobrando entre 50 mil y 200 mil pesos mensuales a cada banda de zetitas que tienen en esta zona, y aún así a las bandas les queda dinero para ellos y para sobornar autoridades. Y ten en cuenta que este es su negocio para el sencillito. Ellos sacan dinero del tráfico de drogas, balas y granadas. Los migrantes son su tercer negocio -continúa el agente.

Piensa un rato mientras en la mesa hay un silencio. Matiza:

-Sí, es su tercer negocio, pero ellos no tienen negocios pequeños, solo negocios de mucho dinero y que implican poner a funcionar toda su maquinaria de corrupción. Somos reservados al calcular que el 40% de todas las corporaciones policíacas que actúan en el Estado están controladas por Los Zetas.

El policía y el periodista

Las dos reuniones empezaron con los protocolos del miedo a los que obliga la región.

Al periodista llegamos fácilmente, a través de colegas suyos. Le llamamos una tarde y convenimos que ya que él sabía por nuestro contacto de lo que queríamos hablar, lo mejor era que lo hiciéramos en persona. Nos movimos de Villahermosa, la capital del Estado, hacia uno de los pueblitos de la zona de los ríos. Bajamos del autobús y nos sentamos en el pequeño restaurante que nos había indicado.

A la media hora entró un acalorado hombre, sacudiéndose el sudor y con un montón de papeles bajo el brazo. Era él, el periodista de la zona que lleva más de 10 años cubriendo los avatares de esta región de balazos, narcos, autoridades corruptas y militares. Una zona que, por tramos de carretera, cuando los convoyes verde olivo se pasean, evoca a las imágenes del Irak que tenemos en la mente.

El periodista escribía una nota en su computadora portátil mientras hablaba y sacudía la cabeza de lado a lado, viendo los movimientos de un viejo zarrapastroso que estaba en la mesa de al lado. Entre vendedoras de jugos que trabajan como halcones y autoridades corruptas, cualquiera puede ser un oreja, un vigía, un zeta.

Hablamos un poco en el restaurante, pero era obvio que lo mejor era movernos de ahí, irnos a otro sitio, donde no tuviéramos que susurrar cada vez que decíamos Zetas. Nos trasladamos a un pequeño local repleto de cacharros electrónicos por todos lados. Ahí, el nervioso hombre no paró de hablar. Encendió su computadora y empezó a mostrar algunas de sus fotos.

Ranchos de secuestros, zetas presentados por la autoridad, policías corruptos atrapados mientras culminaban algún negocio para la banda y cadáveres, varios cadáveres.

Pero nosotros queríamos que el periodista nos hablara de por qué nadie cuenta lo que todos saben, lo que se puede averiguar en un par de semanas. ¿Por qué nadie habla de las autoridades corruptas de los pueblos si todos saben quiénes son? ¿Por qué solo lo hacen cuando la policía detiene a alguno de ellos y lo presenta ante los medios? ¿Por qué nadie cuenta sus dinámicas, su red, su forma de operar, sino solo hechos puntuales, con poco contexto, con poca raíz?

Su respuesta llegó en dos argumentos, a cual más contundente:

-Porque yo vivo aquí, y aquí vive mi familia. Y, como tú dices, si ellos tienen a medio pueblo comprado, también saben dónde vives, cómo te llamas, cuántos años tienen tus hijos y dónde estudian. Y además, porque si como yo, eliges arriesgarte y publicas algo, te pasa lo que a mí me pasó. Llega una camioneta negra a tu casa con dos hombres armados. Tocan la puerta, preguntan por ti y te dicen: A ver, venimos a ver cómo la vas a querer: ¿Por las buenas? Pues deja de escribir pendejadas. ¿Por las malas? Te matamos a ti y a toda tu familia.

Y asunto zanjado. Una lápida sobre las letras de los periodistas, no necesariamente sobre sus medios, que tienen sus oficinas en la capital o en una ciudad grande. Un mutis a los que viven en estos pueblos, a los que intentan contar las grandes historias de sus pequeñas localidades, que viajan sin guardaespaldas, que ganan sueldos de miseria y que escriben desde sus casas, donde viven sus hijos.

Eli Torres Guzmán llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil de asalto AK-47 en su carro cuando la policía de aduana inspeccionó el vehículo. Al día siguiente, cuando los medios del estado de Tabasco reportaron el hecho, todas las notas de prensa informaron del hallazgo de solo dos pistolas 9 milímetros y nada del fusil. Las otras armas no aparecieron en ningún informe policial.

Porque cuando estos delincuentes lanzan su consigna, cuando dicen “nosotros somos Los Zetas”, o te doblas o te doblan. Lo sabe el periodista, y lo saben los migrantes secuestrados, y lo supo también Mario Rodríguez Alonso, el director de tránsito de Emiliano Zapata, un pueblo cercano, que hizo caso omiso a la consigna y arrestó a un conductor ebrio que gritó que era zeta, que no se metiera con él. Un día después, en julio del año pasado, por la mañana, a la luz del día, un comando armado lo sacó de la estación policíaca y lo devolvió al siguiente día, ya muerto, con rastros de tortura, una bolsa negra cubriendo su rostro, sus manos esposadas por la espalda y varios impactos de bala en el cuerpo.

Cuando días después buscamos a un policía municipal para preguntarle cómo se siente que te pasen encima los que deberían de temerte, el procedimiento fue más complejo. Lo contactamos a través de un pariente suyo que conocimos gracias a una fuente gubernamental. Nunca hablamos con él antes del encuentro. Solo recibimos instrucciones de su pariente: a las 2 de la tarde, en el pequeño comedor de la esquina, cerca del río.

Llegó puntual. El policía, en su día libre, vigilaba el comedor desde una esquina. Cuando llegamos, se acercó y nos invitó a caminar por el callejón hasta llegar a la sombra de un árbol en la ribera del río. La conversación inició ya sin temores:

-Dicen que a veces los llaman a la comandancia y les ponen narcocorridos a todo volumen -le comenté.

-Sí, a veces hacen eso los cabrones, y a varios comandantes de la municipal les llaman a su casa de repente, sin que hayan hecho nada, para amenazarlos, que si se meten con ellos ya saben dónde viven y que les van a matar a la familia -respondió.

-¿Y eso pasa seguido?

-Mira, siempre hay algún evento. Hace cinco días apareció el último ejecutado en Tenosique, en la colonia Municipal, era un vendedor de ganado. Hace tres meses mataron a un comandante de la policía, que pensó que era juego y empezó a molestar mucho a Los Zetas, a hacer operativos por el hotel California.

Se refería al comandante de la policía de Tenosique Tirson Castellanos, que en su día franco se dedicaba a compra-venta de vehículos hasta que fue interceptado cuando se dirigía a su casa por una camioneta con sicarios. Tirson logró correr y refugiarse en el baño de un taller mecánico, hasta donde los pistoleros llegaron para descargar sus 9 milímetros. El cuerpo de Tirson recibió 14 impactos.

-Y usted, ¿qué hace para seguir vivo? -pregunté al municipal.

-Me desentiendo, me dedico a otras cosas, a rateros y borrachos. Ya me ha tocado que andando en los ejidos se nos atraviesen dos camionetas. Se bajan y se identifican: “Somos Los Zetas”, y te presumen sus armas y lo que ganan y te dicen que trabajes para ellos. Yo les digo que no, y se ponen violentos, pero les digo que tampoco me meto en su camino, y te dicen: “Más te vale, hijo de la chingada”. O cuando hacíamos un retén de tránsito, y pasan tres camionetas con hombres vestidos de la AFI (Agencia Federal de Investigaciones), y les preguntábamos si iba a haber operativo, y nos contestaron: “No somos ley, nosotros somos Los Zetas”. El comandante que estaba en el retén fue inteligente, y les contestó: “Pasen adelante, yo no quiero nada con ustedes. Trabajen, que yo no los veo”. Nunca había visto tantas armas juntas como las que llevaban en esos carros.

-Supongo que algunos en tu corporación sí trabajarán para ellos.

-Mira, yo sé que algunos lo hacen, pero intento no enterarme, no averiguar y no confiar en nadie.

-No hay solidaridad entre corporaciones.

-Olvídate. Todas tienen a gente comprada. Si tú detienes a un zeta, ellos mismos te delatan, dan tu nombre a los que quedan fuera, y tu familia corre riesgo. Todos andan tras algo. Mira nada más lo de El Ceibo, se reportaron dos escuadras cuando lo que agarraron fueron cinco y un cuerno de chivo.

Se refería a lo ocurrido hace unos días, cuando cerca de El Ceibo, la frontera del lado de Guatemala, un pequeño poblado que funciona como mercado negro de armas y balas, los policías mexicanos detuvieron de su lado de la línea a un joven que llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil AK-47 en su carro. Nosotros estábamos ahí, esperando que el ejército de Guatemala realizara el anunciado operativo contra ese mercado que provee de balas y granadas a Los Zetas. El operativo fue un fracaso. Para cuando ocurrió, ya todos en El Ceibo estaban alertas. Por su parte, los policías mexicanos solo reportaron haber encontrado dos pistolas. El resto de armas quién sabe a dónde fueron a parar.

No se sabe en quién confiar. Tiene toda la razón el municipal. El poder de infiltración de Los Zetas no deja libre a ninguna corporación. Ni siquiera al ejército, al que muchos señalan como la única autoridad que combate al narco. Por ejemplo, el 1 de julio de este año, la inteligencia mexicana detuvo a 16 militares de las bases de Villahermosa y Tenosique, acusados de trabajar con Los Zetas, avisar de operativos y maquinar un complot para asesinar al comandante Gilberto Toledano, que ha coordinado varios operativos, como el realizado contra el rancho La Victoria.

Sin luz al final del túnel

El calor aún es sofocante en este café con estructura de pecera cuando la conversación con el agente secreto va terminando y a pesar de que el sol se oculta.

-Es complicado todo esto -dice el agente, ya a manera de resumen-. Es complicado porque primero hay que eliminarles todas sus infiltraciones. Constituir un frente común, y que todo el aparato del Estado luche contra ellos. Entonces empezaría una verdadera batalla.

-Y entonces, lo que hacen ahora, ¿qué es? -pregunto.

-Una especie de juego muy delicado, pero que no da los resultados que podría dar.

A manera de despedida, iniciamos un intercambio de pensamientos inútiles pronunciados en voz alta. “Es difícil… sí, complicado… un trabajo duro… poco a poco y con cuidado”.

Una sensación de impotencia me invade. Seguramente la misma sensación que ha recorrido el cuerpo del periodista, el policía, el fraile y el agente más de una vez. Estamos sentados, conversando sobre un miedo que al salir de esta pecera volverá a recorrernos cuando caminemos por las calles de estos pueblos y nos crucemos con su gente cabizbaja y sus hombres rondando en sus carros, donde pronto habrá otro ejecutado y muchos migrantes más serán secuestrados.

-Es complicado -repite el agente secreto cuando nos damos la mano para despedirnos.