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El Místico sin máscara

Publicado: 19 septiembre 2015 en César L. Balan
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En los vestidores de la Arena México, un joven de 22 años, bajito y estrecho de espaldas, se ponía unas mallas blancas decoradas con un par de hostias doradas. Fray Tormenta, cura-luchador célebre por adoptar huérfanos, se acercó a saludarlo.

—Gracias por venir, padrino —le respondió el joven.

Al abrazarlo, Tormenta sintió el cuerpo magro de su ahijado deportivo: «Pensé: el público va a decir “¡dale de tragar a tu chamaco, mira cómo está de chorrillento!”».

Nervioso, ese 18 de junio de 2004 el muchacho iba de un lado a otro. En el vestidor, además de muchos gladiadores, estaba el poderoso dueño del Consejo Mundial de Lucha Libre, Francisco Alonso Lutteroth. La noche lo ameritaba: Vampiro Canadiense, Tarzan Boy, Negro Casas, Shocker, Pierrot y el Hijo del Perro Aguayo estaban a punto de jugarse la cabellera dentro de una jaula, en el evento El Juicio Final.

«Hoy se marcará el debut de Místico, aventajado alumno de Fray Tormenta», se limitó a informar en interiores el diario Esto, el único que le dedicó dos líneas. A punto de salir a escena, Místico se acomodó brazaletes y antebraceras, amarró sus botas plateadas e hizo algunos estiramientos.

Ameno: Dori me / Interimo adapare dori me / Ameno ameno / latire, Latiremo, Dori me… A las 9 PM, las estrofas en latín del grupo Era irrumpieron en la arena. El presentador Armando Gaytán anunció a los 14 mil asistentes el inicio del cartel.

Bañado por una luz amarilla, Místico bajó con su capa plateada hasta el ring, secundado por Fray Tormenta. Apenas se oyeron unos aplausos. El religioso tomó el micrófono para pedirle al público que tratara a su discípulo igual que a él y lo persignó.

En una esquina, Místico, Felino y Volador Jr. En la otra, Averno, Mephisto y Olímpico. La lucha transcurrió seca, a ras de lona, hasta que el debutante sacó a su rival del cuadrilátero con una tijera voladora y volvió a su esquina. Ahí, sofocado, jalaba de la tela que cubría su rostro: cerrada en boca y nariz, la máscara le dificultaba respirar. Al volver, se impulsó en las cuerdas, dio una vuelta de carro y con la espalda hacia las gradas saltó sobre el tercer cordón. Dio un espectacular giro en el aire y cayó sobre Mephisto fuera del ring. Incrustado bajo la primera fila, los aplausos se descolgaron. Minutos más tarde, al inmovilizar a Olímpico con una llave, daba la victoria a su bando. Felino, levantándolo eufórico de la cintura, llevó a Místico hasta la esquina.

«Muestra patas para gallo», soltó el comentarista de Televisa Miguel Linares. «¡Místico está con las musas. Es el surgimiento de la nueva figura de la lucha profesional!», exclamó su colega Alfonso Morales. De pie en la segunda cuerda, el luchador volteó hacia la multitud extasiada, entre la que estaba “La Güera”, hoy madre de sus dos hijas. Unas semanas después, Místico ya era un fenómeno sólo comparable al del Santo.

Huérfano con papás

Presuroso, el CMLL dejó correr una historia de congoja: de niño, decía la leyenda, agobiado por la pobreza, Místico dejó a su familia en el DF para refugiarse por su propio pie en la casa hogar Cachorros de Fray Tormenta, una AC que el cura fundó en 1970 en Emiliano Zapata, Hidalgo. «Esa historia es una novela bien llevada», asegura el cronista Arturo Rivera.

—No tengo a nadie —le habría dicho el niño al cura el día que tocó a su puerta.

Pero a Fray Tormenta —al que entrevisto en la iglesia de la Santísima Trinidad, en Texcoco— le cuesta recordar a aquel muchacho.

—¿Cuándo llegó Místico a su casa hogar? —pregunto.
—Dios mío, no sé. Hace como diez años o menos, no recuerdo bien.
—¿Cuánto tiempo estuvo con usted?
—Cinco o seis años.

De ser cierto, Místico habría dejado la casa hogar hacia los 20 años. Para entonces, el muchacho —bajo otra identidad— ya era luchador profesional.

—Dicen que nunca estuvo con usted.
—Bueno, eso se comenta. ¿Pero a ellos les consta, o qué, o cómo?
—¿Es cierto que él vivió con usted?
—…
—¿Padre?

La lucha en rosa

«Ustedes viven en Tepito, pero no dejen que Tepito viva en ustedes», era la consigna en la casa de Dr. Karonte, donde el rudo vivía con sus seis hijos, sus dos hijas y su esposa. «Mi papá siempre llegaba con maletas —cuenta Argenis, hermano de Místico y luchador de la empresa rival Triple A—. Veíamos fotos de Dr. Karonte, pero él decía que era nuestro abuelo. Supe que era luchador a los seis años». El matrimonio temía, quizá, que en una de esas ausencias paternas los pequeños fueran arrastrados por la violencia de la calle.

Dr. Karonte admitió que sus hijos entrenaran lucha. Por las mañanas, acudían a la escuela y en la tarde ayudaban en los puestos de ropa de su padre. Al llegar la noche, los hermanos caminaban hasta el Deportivo Morelos, donde su papá daba clases. Uno de esos muchachos, el nacido el 22 de diciembre de 1981, se entrenaba como un obrero: no bromeaba, cumplía sus rutinas y se dirigía poco a los demás. Pronto decidió ser luchador: con 16 años debutó en los combates del Deportivo Kid Azteca. Los vecinos de las calles Tenochtitlan o Peñón aún lo recuerdan. «Casi no hablaba con nadie: se le dificultaban las relaciones personales», cuenta una vecina.

Con dos hermanos creó la tercia integrada por Dr. Karonte I, Dr. Karonte Hijo y él como Dr. Karonte Jr. Lucharon en arenas del norte metropolitano, como la Aragón, sin sembrar emociones duraderas.

Por eso el muchacho cambió de identidad. Se hizo llamar “Astroboy” y a su equipo lo recargó de violeta y rosa, algo raro en la lucha. Quería emular al niño robot de la serie japonesa de los 60, que entonces experimentaba un nuevo aire en la TV mexicana. Aunque protagonizó luchas de domingo en Naucalpan o Neza, no obtuvo títulos, máscaras o cabelleras. Su seriedad, sin embargo, le otorgó el respeto del público y sus primeros rivales acérrimos: Los Rayos Tapatíos.

La aceptación de Astroboy amplió sus fronteras. Viajó a Japón una decena de veces para luchar con una nueva identidad: “Komachi”, de sugerente significado en japonés: “Belleza de la ciudad”. Pero de regreso a México su presencia se diluyó.

Sin miedo al aire

Francisco Alonso Lutteroth, jerarca del CMLL, recomendó al joven que había encarnado a Astroboy con Tony Salazar, maestro de la empresa. El joven de negra melena llegaba a entrenar a la Arena México en su Ford Topaz blanco. Aspiraba a un lugar en la arena Neza o Coacalco. Luego buscaría mejor suerte. «No luchaba tan bien, pero no le tenía miedo al aire —admite Salazar—. Caía de cabeza, se sacaba el aire y llegó a perder el sentido, pero se levantaba y volvía a intentarlo».

La oficina de Programación del CMLL guarda una vitrina con las máscaras originales de Santo y Blue Demon. Bajo esas leyendas, José Feliciano trazaba a fines de 2003 el boceto de una nueva máscara. «Tratábamos de sacar un personaje que diera competencia al entonces ídolo Hijo del Santo y surgió el nombre de “Místico”. Ignorábamos quién lo usaría, pero para registrarlo había que tener una máscara y [Lutteroth] me la encargó».

Ese día, a la mente de Feliciano vino la imagen de una hostia, el pan ázimo símbolo de la carne de Cristo. La dibujó en dorado. Y para reforzar la mirada, desechó el hueco de la boca y la nariz.

El mascarero Ángel Azteca elaboró la primera capucha de Místico, con la hostia y un resplandor. Dos meses colgó en un muro de la oficina en espera de un valiente. Al final, el CMLL llamó a aquel muchacho sagaz para los vuelos. «Lo hacían diferente su plancha con tornillo y el brinco para quedar parado sobre la tercera cuerda —dice Feliciano—. Pero, sobre todo, tenía carisma».

El flamante Místico no mostró alegría. «Lo que quieren es trabajo y se ponen el equipo con tal de trabajar», justifica Feliciano. La máscara era un problema en sí misma: cerrada de boca y nariz, dificultaba jalar aire cuando lo que más se requiere en una lucha es oxígeno. Además, impide escupir.

Arturo Bucio, encargado de uniformar a la estrella, le elabora hoy unas ocho máscaras por semana: cada una demanda 18 piezas para los oídos y 18 para el resplandor, más los ojos y la hostia. Es decir, sobre la lycra nylon hay 38 fragmentos. El costo de un uniforme, con máscara, botas, mallas, capa y accesorios, supera los 400 dólares. La imagen de Místico se completa con lo que podría ser un plagio: adoptó los tradicionales pupilentes del luchador Rey Misterio.

—¿Cuánto debe Místico a su imagen?
—El uniforme es un 50% del éxito —afirma Feliciano.

Pu-to, pu-to

Místico me pidió entrevistarlo en Querétaro, donde actuaría con su pareja Héctor Garza, 12 años mayor que él. Decenas de fans se agolpaban fuera de vestidores pese a la molestia de los guardias. De pronto, un chavo de máscara roja entró como si nada: era Místico, camuflajeado.

Atestada, la Arena Querétaro era un hervidero. Caminando entre las butacas, un joven teñido de rubio vendía boletos para tomarse una foto con Místico o llevarse un autógrafo. «¡Llévatela de recuerdo!», vociferaba. Los precios iban de 120 a 300 pesos.

Las luces se apagaron: la gente gritaba y chiflaba. Místico subió al ring y, cual stripper, se sacó el pantalón. Las mujeres enloquecieron: ¡Mís-ti-co, Mís-ti-co!, soltaban a todo pulmón, mientras los hombres le lanzaban, para mi sorpresa, un: ¡Pu-to, Pu-to!

Místico ganó, pero la gente respondió lo mismo con ovaciones que con abucheos. Unos querían tocarlo, otros le arrojaban limones desde lo alto.

Cincuenta personas apretujadas esperaban la salida del ídolo para tomarse la foto prometida. Mientras un canal de televisión local le hacía grabar una cápsula, Brazo de Platino, su asistente, me advirtió: «Pocas preguntas, ¿eh? Lo están esperando», me dijo, en referencia a la clientela de las fotos.

—¿Cómo vives detrás de la máscara?
—Es muy difícil mi vida: quiero descansar, dormir, ir al gimnasio y comer bien; si no, un día de estos me van a ver tirado.
—¿Qué haces fuera del ring?
—Voy al cine, convivo, veo mis videos, me subo al metro. La vida con una doble personalidad es difícil: me quito la máscara y no soy nadie. La fama es la máscara. Yo, como persona, soy igual que ustedes.
—¿Te afecta no traerla?
—No, descanso de la responsabilidad. La dejo y digo «vaya, por fin».
—Ya tienes el título de parejas… —interrumpe un reportero. Místico lo oye y cambia de registro: vuelve a ser el personaje.
—En la lucha de hoy los “perros” se vieron rabiosos, nos quieren comer a como dé lugar. Pero ya tengo los campeonatos Mundial Medio, Welter, Semicompleto, Intercontinental y Mundial de Parejas.
—¿Qué te falta? —pregunta otro reportero.
—La cabellera del Hijo del Perro.
—Místico, se dice que hay varios Místicos.
—Sí, el que come, el que duerme y el que desayuna —dice con una carcajada que todos celebran—. Es la envidia de la otra empresa [Triple A] porque lleno donde me paro. Pero es difícil que me clonen: soy delgadito, chaparrito. No se vale que el mandamás de la otra empresa les diga a sus luchadores que hablen mal de mí: al final es el mismo negocio.

Brazo de Platino me pide con la mano que corte.

—¿Eres el América de la lucha? —alcanzo a preguntar.
—Exacto: quien no me odia me quiere, pero siempre están aquí.

Le pido un instante para la foto: «Rápido, me van a regañar, me están esperando afuera». En cuanto suena el obturador, sale corriendo. Afuera, la gente aguarda que la estrella cumpla por lo que le pagaron.

Se cree galán

Con su 1. 74 de altura y 70 y pico de kilos, su porte no prometía taquilla. Pero luchando junto al Hijo del Santo recibió un golpe inicial de fama. Otro paso lo dio en su primer lucha de campeonato ante Averno, en 2005.

En la tercera caída saltó, atenazó con las piernas el cuello del rival y dio dos giros aéreos para rendirlo con palanca al brazo: había nacido “la mística”, su emblema. «Había practicado esa llave año y medio», dice su maestro Salazar.

Al acabar la lucha, el público VIP de la primera fila lanzó billetes, una vieja costumbre para corresponder a un gran desempeño. Eran de 200 y 500 pesos, algo excesivo. Místico ya agradecía con un gesto que se ha convertido en su icono: juntar las manos, como si rezara, e inclinar la cabeza.

Para su 73 aniversario, el CMLL organizó un pago por evento para un máscara contra máscara entre Místico y Black Warrior. Ganó con “la mística” y descubrió el rostro de su rival. Los aficionados le dieron una vuelta en hombros por el ring, como ocurría con el Santo. Canales de TV, revistas y diarios que nunca se ocupaban de la lucha lo hicieron porque se trataba de Místico. En meses, aquel chavo de Tepito era un fenómeno que atraía dinero, flashes, mujeres: «La sensación es inigualable —dice la fantástica morena Isela Palacios, edecán que ha salido de la mano del luchador—. Toda la gente le grita. Logra una vibra muy cabrona».

En un mes, Místico ha llegado a luchar 40 veces, por cada una de las cuales los promotores de las arenas pagan cerca de 50 mil pesos. La paradoja es que su éxito en el ring lo ha ido alejando de éste.

Guillermo Gutiérrez, creativo de Sony BMG, disquera de La Quinta Estación, lo apalabró para el video Me muero, del álbum El mundo se equivoca. «Ése fue su detonante mediático —dice Gutiérrez—, pero ya está sobreexpuesto: si no cuida su marketing será un negocio a corto plazo».

Editorial Toukan lanzó el comic Místico, el príncipe de plata y oro. «Queríamos un héroe de Chilangolandia envuelto en aventuras reales», dice Verónica Vázquez, coordinadora editorial.

Luego de enfrentar en la historieta a seres terribles, como La Mataviejitas, la vorágine creció: Coca-Cola usó su imagen en la Gladiator Energy Drink, Helados Nestlé lanzó la paleta Místico, de naranja por el dorado de la máscara y limón por el plateado. Y aunque dicen en su barrio que es tieso para bailar, en el CD Las favoritas del Místico la disquera Sony compiló sus 17 temas preferidos (Elvis Crespo, Los Flamers, Magneto, Bronco…)

La intriga sobre su identidad crecía. Una noche, en los Bisquets Obregón, el luchador clavó sus ojos en el programa La Oreja: la emisión de Origel pasaba un video donde, sin máscara, Místico hablaba con varios compañeros en el vestidor de la Arena Isabel de Cuernavaca. «Se preocupó. Me dijo: “tengo que hablar con Lutteroth para ver qué pasó”», recuerda el narrador Leonardo Riaño, su acompañante esa noche. El responsable fue Danger, gladiador que de inmediato fue cesado. Hasta hoy, 110,000 personas han visto el video en Youtube.

Su fama era tal que Televisa le dio un papel en la novela Muchachitas como tú. Reducido su trajín deportivo, llegaba a los foros en su Mitsubishi en tenis Nike, con gruesas cadenas de oro con medallas de la Guadalupana y la Santa Muerte. «Debe entender que es luchador», reclama Alfonso Morales. «Se creyó que ya era galán», añade Arturo Rivera.

Místico es un redituable producto para él mismo, pero más para el CMLL, dueño del personaje. Fuentes que pidieron no ser identificadas señalan que la empresa se lleva cerca del 70% de lo obtenido por su imagen, mientras que el deportista el 30% restante.

En un departamento de la Roma, Místico vive con su mujer y sus dos hijas; cada viernes lo acompañan a la Arena México. Fuera del ring, el luchador defiende con celo su apariencia: cuida su corte de pelo, se tiñe de rubio y depila sus cejas. Por las noches, cena en los Bisquets Obregón.

El CMLL asume que es momento de explotar intensivamente al personaje. Al ser parte del equipo de Televisa en los Juegos Olímpicos, fue apartado de la primera gira del CMLL en Europa.

Hoy, el tepiteño padece algo que meses atrás sonaba a desvarío: la gente en las arenas empieza a repudiarlo. Una razón podría ser el hastío ante un personaje que empieza a saturar. Otra, el resentimiento: suele llegar a los eventos con un chofer del CMLL y su cuerpo de seguridad lo protege con fiereza de los fanáticos. Si le piden una foto, debe haber un pago. «El año pasado la gente se le empezó a voltear», dice el cronista Leonardo Riaño. «Necesita alguien que lo guíe», sostiene Leobardo Magadán. «El personaje lo absorbió tanto que ni sus compañeros pueden verlo», expresa Arturo Rivera.

Dios lo bendiga

Fray Tormenta me muestra a sus “cachorros” sobre un ring a espaldas de su iglesia. «Hacen “la mística” mejor que Místico. Cuando me dicen que quieren ser como él les digo que no sirven: o son mejores o nada».

—Dile al Gato que venga —pide Tormenta. De un cuarto sale un chavo con máscara y melena con rayitos. De cerca, noto sus pupilentes blancos.
—Muéstrales “la mística” —propone el cura. El Gato sube al ring, agarra a un gordito, se impulsa y ejecuta la llave. «¿Ves?», me dice orgulloso.

Antes de despedirse, el cura que bendijo a Místico en su debut le reclama incumplir lo que al parecer fue un pacto: «Desde que subió a la Arena México jamás dio un litro de leche a los muchachos de aquí. Sin humildad, ¿cómo va a durarle la fama? Dios lo bendiga».

Cada vez con más frecuencia, a Místico le mientan la madre. Si eso no cambia, se verá obligado a volverse rudo.

Y esa podría ser su sentencia de muerte.

Carmen Rosa deseaba que su madre fuera luchadora del ring. Deseaba, en realidad, que pudiera defenderse de los golpes que le llovían cada vez que su padre llegaba borracho a su casa. Deseaba también que él ya no tomara alcohol y que sus hermanos se la llevaran a vivir con ellos. Carmen Rosa entonces tenía menos de 12 años y se llamaba Polonia Ana Choque Silvestre.

Son las tres de la tarde y el sol invernal en La Paz brilla pero no calienta. En las empinadas y angostas calles del centro, hombres y mujeres zarandean las caderas en medio de vehículos para no ser atropellados. Vendedoras regordetas, abrigadas de pies a cabeza, están apoltronadas en el suelo con las piernas metidas entre las polleras. Las empinadas calles Sagárnaga, Tarija y Santa Cruz albergan hostales, restaurantes italianos, bares ocultos, comida árabe, tacos, comida chatarra, comida boliviana, negocios de artesanías y agencias de viaje, muchas agencias de viaje.

Casi todas ofrecen turismo extremo. Excursiones por caminos de herradura que recorrieron los incas y descensos en bicicleta desde las cumbres nevadas hasta la zona tropical de La Paz. Otras organizan ascensos de más de seis mil metros de altura, o un safari por las selvas amazónicas. Están aquellas que tienen tours por la ciudad y las que encontraron desde hace algunos años un entretenimiento que impresiona a extranjeros y divierte a nacionales: la lucha libre de cholitas. “¿Qué es una chola?”, pregunta el periodista inglés Toby Muse, alto y de ojos claros, a Carmen Rosa, pequeña, gruesa y tez cobriza. “Es una descendiente indígena, que siempre ha sido discriminada y que ahora sabe hacerse respetar”, responde ella, orgullosa.

Vestida con pollera ancha de satín, zapatos planos como de bailarina de ballet, una manta bordada y un sombrero bombín coquetamente ladeado, la chola es patrimonio de la cultura boliviana. Por las calles de La Paz camina moviendo las polleras al ritmo de sus pasos. Se dice de ella que heredó la vestimenta de la mujer española, de faldones anchos con volados encima de los cancanes, mantilla de colores y adornos vistosos. “Pero todo esto es típico”, asegura Calixta Choque, mostrando su atuendo cotidiano: pollera delgada y una chaqueta de lana (chompa) sobre la que caen un par de trenzas largas y muy negras.

Desde siempre lucir la indumentaria de la chola ha sido símbolo de estatus. La indumentaria suma los topos (broches para cerrar la manta), pesados aretes, anillos y adornos en el sombrero, muchas veces de oro, de plata bañada en oro o de simple fantasía. Ello sin contar las aplicaciones en los dientes —también de oro— que casi todas exhiben cuando sonríen. “No cualquiera puede ser chola, porque no cualquiera puede pagarse una parada”, insiste Calixta. La parada es el conjunto de pollera y manta que cuesta mil 500 bolivianos (más de 200 dólares). Hay sombreros bombín, como el Borsalino italiano, que puede llegar a costar 500 bolivianos (unos 80 dólares) y las joyas sumarían más de mil dólares. Se dice que una chola de verdad puede llevar encima 10 mil dólares, como cuando cambia la manta de colores por una de vicuña original. Pero en Bolivia ser chola no siempre es motivo de orgullo, porque el denominativo suele usarse de manera despectiva, como un insulto.

Polonia se volvió tímida. De golpeador, su padre pasó a ser cristiano evangélico y toda la familia decidió seguir los designios de Dios. Ella se fue a vivir con sus hermanos mayores en la popular zona de Achachicala. Se hizo artesana, hacía pulseras y collares para que los lucieran las señoritas, como les dice ella a las chicas de pantalones de mezclilla apretados y blusas escotadas. No terminó el colegio porque le tocó trabajar y puso un puesto de venta de sus creaciones, en el mismo centro paceño, donde ahora vive. El negocio creció y compró otro espacio, esta vez para vender enchufes y cables.

Pero un buen día se aburrió, y se convirtió en Juana La India y luego en Carmen Rosa. “Yo la conocí siempre así. Le gustaba la lucha libre y me llevaba a mí a mirar, cuando enamorábamos. Yo me sentaba, aburrido, para darle gusto, para que no renegara”, recuerda su pareja, Óscar Cahuasa, pequeño y bonachón, de rostro moreno.

Los domingos son los días del pueblo en La Paz. Las cholitas salen con sus mejores galas a pasear con los enamorados. Algunas prefieren bailar en discotecas modernas, a ritmos de cumbia mezclados con música andina. Otras se sientan en las plazas a comer frutas y maníes (cacahuates), recorren las ferias o van a fiestas populares. Y están las que acuden a espectáculos de lucha libre, instalados en barrios alejados del centro o en la vecina ciudad de El Alto. Allí fue que en 2004 Polonia leyó un día que el gimnasio de luchadores abriría sus puertas “a la gente común” e invitaba a entrenarse. “Yo fui sin dudar”, dice ahora, en el negocio que puso luego de dejar los puestos de artesanías y enchufes, para instalar un quiosco en el que vende comida; en la calle Murillo 826, entre Santa Cruz y Sagárnaga.

A nadie le llamó la atención que cholitas asistieran, ni imaginaron el morbo que despertaría en el público ver volar polleras y enaguas. Comenzaron los entrenamientos, las caídas, los golpes, las llaves. No todas aguantaron, y algunas desistieron por exigencia de sus esposos. “Un día hicimos un show para la prensa, gratis. Vinieron de la tele, de los periódicos, de las radios. Al día siguiente salimos en el diario La Razón”, recuerda Carmen Rosa, que en ese momento se llamaba Juana La India, “orgullo de su raza”, detrás del mostrador de un bar que atiende a mediodía. Rosa La Furiosa, María La Cachuk’ara, Petronila y Juana La India fueron las primeras en salir al ring. Julia La Paceña y Yolanda La Amorosa, ante el retiro de tres de las cuatro originales, entraron a las tablas; todas con hijos, con cuerpos poco atléticos y más de 30 años. Juan Mamani, El Gitano en las luchas, se atribuye el “descubrimiento”. Él fue quien abrió el gimnasio y lanzó la convocatoria, y él era quien pactaba las peleas de las nuevas estrellas. Las cholitas llegaron a Argentina, visitaron varias regiones de Perú e incluso una de ellas —Julia La Paceña— estuvo con Cristina Saralegui en el famoso show de la rubia. Filmaron dos películas con sus historias (Mamachas del ring y Cholita libre) y el vídeo pirata de sus luchas internacionales se vendió como pan caliente.

Domingo. La Ceja de El Alto es un hervidero de gente, la mayoría migrantes indígenas que llegan a la ciudad en busca de días mejores. Desde los cuatro mil metros de altura se ve La Paz, con casitas colgadas en los cerros y edificios gigantes en el centro. Al frente está el nevado Illimani, como pintado, esperando la foto. En las puertas del Multifuncional deportivo, la gente —especialmente niños— se agolpa esperando entrar para ver el espectáculo. Apenas son las dos de la tarde y vendedores de golosinas y cereales tostados dulces rondan como abejas a los futuros comensales. En unas horas más todos entrarán eufóricos a ganar un buen espacio. “Un día nos dimos cuenta que habíamos llegado a la fama porque nos llegaban más y más invitaciones para viajar con todo pagado”, recuerda Carmen Rosa. Y de la mano de ese éxito llegó el dinero. “Las primeras luchas nos pagaban 20 o 30 bolivianos (menos de cinco dólares), luego fue aumentando, pero nos enteramos que en un viaje a Perú le pagaron (al Gitano) mil 200 dólares y él apenas nos dio 200 para que nos repartiéramos entre cuatro. Después supimos que también cobraba por las entrevistas que nosotras dábamos. Yo empecé a descuidar a mi familia. A mi marido no le gustaba que yo luchara y a mis hijos tampoco, peor cuando viajaba. Muchas veces preferí la lucha antes que a ellos”, cuenta Carmen. Pero Óscar, su pareja, ahora es árbitro de las contiendas y lo presentan como Gato Montini. Con el tiempo aprendió que era mejor unirse que oponerse, y la rabia cedió cuando Polonia dejó de ser Juana La India para pasar a ser Carmen Rosa, en honor a su suegra, la madre de Óscar. Con ese nombre ganó el cinturón de campeona.

***

Domingo cuatro de julio. En la zona Ocho de Diciembre de La Paz hay una casa multifamiliar en la intersección de las calles Jaimes Freyre y Rosendo Gutiérrez. Es grande, con un patio de cemento al centro y habitaciones alrededor. En la fachada de ladrillo que da a la calle un letrero amarillo de tela anuncia los nombres de luchadores. A la entrada, al lado de la puerta de latón, otro cartel muestra la foto de tres cholitas, “las originales”, anuncia. Hay festival, pero la hora de inicio depende de la cantidad de público que asista. Éste es el nuevo escenario de Carmen Rosa y su amiga Julia La Paceña, abierto a todo aquel que quiera pelear y que no tenga dónde hacerlo. Lo único que no está permitido —aseguran— es la traición. Óscar arma el ring los sábados en la tarde. El cuadrilátero lo compró junto a su pareja, cansado de tener que pagar los 150 bolivianos (poco más de 20 dólares) que le cobraban por el alquiler. “Nos costó como dos mil dólares”, asegura.

Antes de las tres de la tarde del domingo, llega Rebeca Condori junto a su hijo Fernando de siete años para arreglar algunos detalles. Afanada, amarra duros almohadones en las esquinas para amortiguar las caídas de los pesados cuerpos. Luego extiende unas gastadas lonas con el logo de una telefónica en el piso; regalo de aquellos días de éxito cuando filmaron spots publicitarios. Después acomodará unas largas bancas de madera y muchas sillas de fierro para ponerlas alrededor. Más tarde, como Julia La Paceña, le romperá la cabeza a Carmen Rosa con una caja de madera.

Rebeca viene de una estirpe de luchadores. Delgada, de rostro largo y algunas líneas en el rostro, está a punto de cumplir 35 años. Su padre fue luchador y su hermano es luchador. Ella aprendió de ambos hace 12 años, “pero antes no dejaban luchar a las cholitas”. Cuando vio la convocatoria en El Alto fue como si le abrieran las puertas. Desde entonces es La Julia. Contrariamente a la vida de Carmen Rosa, a ella la apoyaron desde el principio sus hijos y hasta su esposo, que trabaja arreglando partes de vehículos. Un día se lastimó la clavícula y el hombre tímido detrás de la famosa le dijo que no luchara más, que no valía la pena, que ellos no tenían seguro de salud. “Pero yo no pude. Cuando miraba luchar a otros, quería meterme y aunque no lo hago por plata, también me gusta ayudar a mi marido”.

Julia fue la que se animó a alquilar el patio de esta casa a su tío, a mediados de este año, cuando ella y Carmen Rosa decidieron ser independientes. Paga por el uso de las sillas y de lunes a viernes alterna sus labores en la casa con la promoción de los festivales dominicales, para que la gente conozca el nuevo lugar de las cholitas luchadoras. Junto a Carmen Rosa manda a imprimir volantes, sale en un auto por los barrios populares a anunciar sus peleas y va a los medios de comunicación mostrando parte del show. La idea es —dice— recuperar al público que las conoció y que ahora piensa que ellas continúan en El Alto, porque les pusieron sus nombres a otras mujeres más jóvenes “que sólo se convierten en cholas los fines de semana”.

Como a las cinco abren la puerta y niños agarrados de papas fritas y golosinas entran desaforados con sus padres. Después de varios minutos, unas 50 personas empiezan a gritar “¡hora!” para que empiece el espectáculo. El Payaso Coco Loco y Salvaje son los primeros en pisar la lona. Alí Farak, el árbitro pequeño y delgado que se parcializa con los rudos, recibe silbidos y le lanzan basuras desde las bancas. Adentro, en los camarines, se vive otra fiesta. Cada luchador se prepara a su modo antes de entrar al cuadrilátero. Algunos, fieles a sus costumbres aymaras, ch’allan (agradecen) a la diosa Pachamama o madre tierra con un poco de cerveza, otros simplemente se concentran. En la segunda pelea aparece Barba Negra. Macizo, de traje rojo, inicia su show insultando al contrincante, un torero panzón de corbata corta, pero el momento cúspide será la tercera pelea.

Carmen Rosa es ruda. Enfundada en una manta guinda y una pollera del mismo color entra agarrando una bandera boliviana, como lo hizo la primera vez que se mostró en Argentina. Sus manos adornadas en oro se agarran de las cuerdas y pese a esos kilos de más, sube con la facilidad de una atleta. Insulta. Grita. Despotrica. “Ellos no son nada”, aúlla en el micrófono, refiriéndose a los hombres. Su contrincante, La Julia, también entra gallarda, aunque no con tanta fuerza como la campeona. Ella es técnica y, esta vez, ganará la partida.

La lucha dura 20 minutos. Puñetazos, saltos, caídas. Un hombre gordo de bigote grueso insulta al fotógrafo que no le deja ver la lucha. Una mujer agarra al árbitro y lo golpea. Sale otro luchador y ayuda a Carmen Rosa. La sangre corre. Gato Montini, el árbitro que entró en lugar de Alí Farak, termina con la camisa destrozada. Cae desde el ring y otro rudo lo mete al camerino a empellones. En el afán, le golpean la cabeza. “Ha sido un buen show”, dirá después, cuando todos celebran el cumpleaños de Farak con un pedazo de pan guardado.

Como a las siete de la noche todo ha terminado. Los luchadores se quitan las máscaras, envuelven los trajes; Benita se saca las polleras y se pone los pantalones de mezclilla. Tiene 29 años y estudia enfermería. “Mi madre es de pollera, pero yo no puedo ir así a la universidad, porque todavía hay discriminación”, reclama. Dice Carmen Rosa que de las casi 20 cholitas que se dedican a este deporte —la mayoría en El Alto, con El Gitano— sólo tres son “originales”. El resto son “señoritas que se disfrazan. Hay tan pocas que incluso hay una que entra con una máscara, pero en realidad es un hombre con el pelo largo”.

El quiosco donde Polonia prepara su comida es pequeño. Está dentro de una casa antigua, de dos patios, donde vive con su esposo y sus hijos, Lucía Corina (23) y Bismarck (17), también luchador. La mujer gallarda y elegante ha quedado oculta detrás de un delantal y un gorro blanco que esconde esporádicas canas. Los lunares que ayer lucían coquetos al lado de sus ojos ahora están detrás de un par de gafas. Entre ollas, platos y fuentes de plástico, la mujer empieza su jornada a las seis de la mañana. De lunes a viernes prepara comida para 70 comensales y al nacer la tarde se encarga de recoger todo, cobrar y asear el lugar. Los sábados después del mediodía se va a los entrenamientos, casi siempre con ropa vistosa, porque los periodistas continúan llamándole.

Rebeca también deja los golpes para los fines de semana. Los demás días es la mamá de dos chicos, a los que les gusta verla pelear. Le encanta bailar morenada, el ritmo folklórico donde nuevamente la chola luce sus mejores galas y se mueve como arrastrando los pies al ritmo de una banda. Quizá este placer sea el único que puede compararse al que siente cuando sube al cuadrilátero. A este dúo hasta ahora inseparable se supone que debería sumarse Yolanda La Amorosa. Alta, de manos largas y rostro agraciado, ella ha preferido continuar sus luchas en El Alto. La conocí un sábado que llegó a entrenar junto con sus amigas en la casona del barrio Ocho de Diciembre; es la más animada y la más bromista de las tres. Cuando se juntan, el típico grito paceño de “¡yaaaa!” se oye cada vez que termina una frase. Tanto Carmen Rosa como Julia esperan que en algún momento ella vuelva para formar un trío imbatible, pero entre broma y broma La Amorosa dice que por el momento gana más junto al Gitano.

Polonia tiene ya 40 años y piensa en el retiro. En abril fue candidata a cuarta concejal por su ciudad, invitada por Lino Villca, un ex aliado de Evo Morales. No obtuvo muchos votos, pero pretende seguir en la carrera política. Quiere terminar el colegio para dejar de engrosar las odiosas estadísticas que dicen que la mayoría de las mujeres indígenas no logra terminar el colegio ni una carrera por falta de oportunidades. Pero también quiere formar a nuevas luchadoras, cholitas jóvenes que ocupen su lugar cuando se vaya. Julia en cambio piensa seguir luchando hasta que el cuerpo se lo permita. “La Carmen ya tiene 40 y está muy bien”, sonríe. Para ella el sueño es seguir viajando, consolidar esta pequeña empresa y hacer una asociación de luchadores justa, que tengan seguro de salud y donde sean tratados como se merecen.

Ninguna de ellas vive estrictamente de la lucha libre. Saben que sería imposible. Un luchador famoso cobra 300 bolivianos (más de 40 dólares) por asistir a un festival y los más jóvenes todavía deben trabajar duro para aprender a dar el espectáculo que el público exige. Mientras tanto, Carmen Rosa está dispuesta a dar pelea, y Polonia a ayudarla.

Esa máscara, que en este momento está agonizante y destrozada por los jalones, es lo único enigmático del personaje. Salvado eso, de místico, Místico solo tiene el nombre. Porque al verle en ese pequeño cuarto que apesta a sudor, pronto queda claro que lo suyo no es el éxtasis ni las revelaciones. Místico difiere mucho de lo que uno cree, de la imagen de héroe que se ha labrado a fuerza de prestar su imagen en videos musicales, en anuncios para vender cemento y en los spots de la pasada campaña del presidente mexicano Felipe Calderón.

Místico es paticorto, con la voz empalagosamente dulce y dueño de esa complicada habilidad que tienen los futbolistas para dar declaraciones después de un partido. En ese mismo cuarto, que hace un momento estaba vacío, una docena de aficionados lo esperan para tomarse una foto, para rogarle que les dé las medidas de su cuerpo para confeccionarle un traje. Más allá de esas paredes, en el escenario que ha dejado atrás, cientos le despiden con aplausos y gritos. Muchos otros le mientan la madre. Místico es un fetiche.

Aunque suene vulgar, lo de esta noche ha sido increíble. Esta noche de viernes, en la catedral, no hubo rudos ni técnicos. Los combates han sido por lugar de nacimiento, una modalidad nueva que ha develado comportamientos impensables en el público. Hubo luces de discoteca y humo con olor dulzón. Cuatro mujeres, sensualmente operadas, se pasearon cada tanto por las cercanías del escenario para anunciar una nueva caída. Los luchadores volaron, se golpearon y hubo dos que se besaron. Uno de ellos, amanerado y vestido entero de rosa, fue vitoreado por el público mexicano. No fue un espectáculo de circo. Esto es lucha libre y probablemente después de leer esto usted quiera asistir a una función.

Frausto Zamora, que alguna vez ocupó el cargo de secretario general de la Comisión para la Lucha Libre en México, dijo en 1994: “Una arena, guardada la proporción, es como una iglesia. A la iglesia se va a orar y a la arena se va a sacar todo aquello que uno guarda la semana”. La Arena México fue construida en 1956. Es un coloso que despertaría la envidia de cualquier campo de fútbol de provincia: le caben 17,000 personas. Este viernes el aforo está a la mitad. El programa es particularmente diferente al de otras noches. Hoy, 22 de enero, la cartelera tiene tres luchas, digámosle normales, y un combate por el campeonato mundial completo. La etiqueta mundial, sin embargo, es azarosa. Salvo los tres japoneses, el par de gringos y algunos puertorriqueños, el resto de luchadores son mexicanos. Pero lo de mundial suena bien.

Lo novedoso de esta noche es la primera eliminatoria del torneo nacional de parejas que organiza el Consejo Mundial de Lucha Libre, una de las tres grandes empresas que en México se dedican al negocio de la lucha libre. El Consejo es además dueño de la Arena México y de la Arena Coliseo.

El torneo está diseñado para que los luchadores se enfrenten según su escuela de preparación. Distrito Federal, Jalisco, Nuevo León y la Comarca Lagunera, en el estado de Torreón. Una especie de todos contra todos. Al principio cuesta entenderlo: en el evento principal no habrá rudos contra técnicos. Uno podría preguntarse: ¿A quién entonces apoyará la porra Tepito, la fiel afición de los luchadores técnicos, esos que siempre se apegan a las reglas?

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La Arena México huele a palomitas de maíz o en todo caso a aceite de maíz reutilizado. El espectáculo está programado para las ocho y media, pero aún falta media hora y el público siempre es impuntual. Hay un hormiguero de vendedores con gabacha blanca que acosa todo lo que puede. Ofrecen cervezas en vasos de cartón, bolsas con chicharrones, sopas de vaso ya preparadas, imitaciones de máscaras, tortas de jamón, helados fosforescentes y muñecos, tamaño Barbie, de los luchadores estrellas. Obviamente también hay palomitas.

Las sillas a colores, azules, rojas, verdes y naranjas, se ocupan a ritmo perezoso. Hay muchos huecos aún. Deliberadamente escojo la parte central de la fila número 30. Separada por una red metálica y un pequeño muro, la 30 topa con la primera fila del preferente central. Ahí comienza el sitio exclusivo de la porra Tepito. Son seis filas, una treintena de sillas, separadas del resto por esas cintas amarillas policiales. Es el único lugar de la arena que tiene luz propia.

La porra Tepito llega escalonada. Samurai es de los primeros en sentarse, cómodo frente a la malla agujereada. Va con otros dos chicos, cargados todos con mochilas y bolsones. El misterio se devela de a poco. Samurai, un mexicano muy moreno y con saludables cuerdas vocales, saca de su mochila una maraña de cables, reflectores y varias bombas de aire, de esas pequeñas que sirven para inflar balones y las llantas de bicicletas. Los reflectores en las esquinas y los cables se unen con las bombas y posteriormente con las cornetas. Comienza la prueba de sonido: Cuac, cuac, cuac. Una estridencia que inunda la arena y que se prolonga por varios minutos. Samurai sonríe satisfecho.

Para entender la naturaleza de la porra habría que hablar de Tepito. Un punto de comparación sería los alrededores del parque Hula-Hula o algunas calles de Mejicanos o la Zacamil. Pero Tepito es más: el tozudo complejo habitacional, comercial, caótico y sincrético de la capital de México. Es “el barrio bravo”. Una red compleja de calles de comercio informal, punto nada despreciable de distribución de drogas, centro de adoración permanente a la Santa Muerte, galería callejera de murales, fábrica de albures (frases y palabras de doble sentido), anunciados puntos de asaltos, noche convulsa y cantera de deportistas. Místico nació en Tepito. En el mismo barrio se crió Cuauhtémoc Blanco, el amado y odiado futbolista que saltó a la fama con el América, ese amado y odiado equipo.

De las bolsas salen camisetas moradas con una gigante serigrafía en el pecho: Porra Tepito. En la parte de atrás, como en cada rincón de esta publicitada arena, las camisetas lucen su patrocinador, Taquería Chabelo. Chabelo es un tipo gordo de bigote acicalado, luchador amateur, de nombre Jesús Ornelas, que llegará de último, poco antes del inicio de los combates más importantes.

El escenario, el ring, está al centro, visible desde todos los puntos de la Arena. Frente a uno de los costados, en dirección a la porra Tepito, hay una estructura que no puede pasar desapercibida. Es una rampa que conduce a una tarima; tras la tarima, una pantalla gigante a colores que anuncia distintas marcas; después, escalones a ambos costados que dan paso a un nuevo entablado. En este último, flanqueado por dos túneles, es donde comienza todo. De los túneles salen los luchadores, a la derecha los técnicos; izquierda, los rudos. Arriba es donde se pavonean, posan y apuntan con el dedo hacia al público que los venera o insulta, según sea el caso.

Pero antes sale otra comitiva. El anunciador, un tipo joven que alarga la “o” hasta sus últimas consecuencias, toma el micrófono para presentar a las edecanes de la lucha. Son cuatro mujeres en diminutos trajes brillantes de cuero . Ceñidos y con mucho escote. Su trabajo en la rampa es sonreír, menear la cadera, arrojar besos como dulces y soportar los insultos de algunas mujeres del público. La Porra Tepito tiene a su diva. Samurai se pone de pie y chifla cuando mira a lo lejos a Isabel, una petisa colombiana, que ahora mismo está sonriendo en dirección nuestra. “Ahora”, grita Samurai, y la porra despliega una enorme pancarta, la más grande que tienen, que sacarán cada vez que Isabel camine por la rampa. “Te amamos –dice la pancarta–, eres la más guapa de la CMLL”. Encienden los reflectores. No hay manera de que la Tepito pase inadvertida.

Tras la declaración de amor, Isabel se da la vuelta y saluda. La Tepito le chifla, Samurai la despide: “¡Con esa torta y una Fanta, hasta mi pajarito cantaaa!”

La primera lucha es entre dos parejas. Trueno y Sensei se enfrentarán a Inquisidor y Apocalipsis. Esta vez no hay música particular para recibirlos. Tampoco se proyectan videos en la pantalla gigante, algo habitual para las estrellas, imágenes en movimiento que muestran a los luchadores subiendo los brazos y apretando los bíceps. Estos cuatro son “gatos” y entran con mucha humildad. La lucha, a dos de tres caídas, sin límite de tiempo, es aburrida. Especialmente por esto último: se tardan mucho. Los gritos de hastío vienen de todas partes: “Ya luchen, cabrones”.

Samurai participa. Sus alaridos atraviesan el tinglado. “¡Cámara, cámara, ya me aburrieron hijos de su rechingada madre!” Y muchos se carcajean, como la pareja que está dos filas abajo, ella muy maquillada; él con un vaso grande de cerveza y con la máscara puesta de Mr. Niebla, un luchador apestoso que aparecerá más adelante.

La siguiente lucha es más narrable. El presentador vestido de traje negro anuncia que el árbitro es “Terror Chino”. El Terror es un hombre encorvado, de 60 años, y es el encargado de dirimir esta y un par de los combates más. Es curioso el papel de los árbitros. Este es el único caso donde a los árbitros no se les hace ningún caso. Da igual que gesticulen, que intenten separar, que regañen a los luchadores como si fueran niños. Su papel es otro: es representar la figura de un árbitro.

A Terror Chino le siguen los técnicos Diamante, Pegasso y Metálico. Después saldrán, uno por uno, Dr. X, Bronco y Holligan. Hay un despliegue de máscaras y vestuario. Holligan, por ejemplo, va con una camisa ajustada que le aprieta la barriga y de su máscara cuelgan tiras de cuero que le cubren el cuello. Bronco tampoco es atlético porque en esta arena no todo es músculo. Los gritos en esta lucha están dirigidos a él: “¡Bronco, tienes cuerpo de tamal!”. Bronco, un joven muy alto y con una sencilla máscara azul, es un luchador con un cinturón de carne y grasa. Más que tamal, Bronco parece bujía. La porra Tepito se suma a la acometida con una defensa falsa: “¡Hijos de su reputa madre, no porque lo vean pendejo abusen!”

La primera caída la ganan los rudos. Los ganadores no respetan las reglas, dan patadas arteras, arengan al público, reciben cantidad de insultos y eso los hace felices. Por eso son rudos. En una acción previa, Holligan ha pateado en la cara a Diamante; después, los tres, Holligan, Dr. X y Bronco han pateado en la cara y en el pecho a Pegasso. El trío ha entrado al ring haciendo caso omiso a los órdenes del árbitro. También han hecho llaves prohibidas, a juzgar por los gestos de desaprobación de Terror Chino, en las piernas y brazos de Metálico, que hacía muecas de dolor.

Esto es una novela bien contada. Demostrado ya el conflicto, el nudo no podría ser otro que la victoria de los técnicos en la segunda caída. El castigo que recibieron antes no duró demasiado, y Diamante luce renovado, fresco, dispuesto a dar vueltas alrededor del Dr. X antes de arrojarlo a la lona. Los aplausos son para lo más vistoso, para las caídas espectaculares, especialmente cuando estas ocurren fuera del ring. Las patadas en los testículos, como la que acaba de recibir Pegasso, también son populares.

La tercera caída la ganan otra vez los técnicos. El desenlace es de ellos.

Hay una calma antes del evento especial. La porra Tepito ambienta con más graznidos de las cornetas. En los pasillos, una conductora de Televisa, alta y guapa, con una minifalda más ancha que larga, recibe la atención general mientras entrevista a Rey Bucanero, un luchador que esta noche llegó a la Arena maquillado, como de costumbre. Esta vez será espectador y comentarista.

El anunciador, de nombre Armando Gaytán, se ha trepado de nuevo al escenario y está a punto de proclamar el inicio del torneo nacional increíble de parejas. Místico, como dice el brillante y colorido programa, será pareja de Averno.

Arturo Rosas Plata, en el periódico Ovaciones, ha escrito este viernes de enero: “Mucha expectación ha causado el torneo, ya que pueden darse, además, nuevas rivalidades y, posiblemente, alianzas, tal como ocurriera en la década de los sesenta, cuando El Santo formó una pareja casi indestructible con Gory Guerrero o, bien, el mismo plateado con Black Shadow, el Solitario y Doctor Wagner, al igual que los hermanos Shadow (Blue Demon y Black Shadow)”.

Como El Santo, Místico es técnico. Doctor Wagner, como Averno (literalmente infierno), es rudo. Místico y Averno son enemigos. A ver cómo acaba esto.

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La Biblioteca Nacional de México, alojada en el espacio cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, tiene una buena cantidad de libros sobre lucha. Los hay básicos, como el de Carlos Hoffmann (1960), “Lucha libre”. En él, con ilustraciones de Carlos Verduzco, se puede aprender, en teoría y siguiendo una hoja de papel, las llaves más tradicionales de la lucha: la quebradora, cangreja, tapatía, tabla marina, estaca india, yegua, la cruz nipona o la Nelson, la llave que neutraliza pasando las manos, por la espalda y bajo los brazos del rival para unirlas detrás de su cuello. Sobre esta última, popular donde las haya, el escritor dice: “Cuando está correctamente aplicada, necesariamente produce la fractura de las vértebras del cuello, pues como el lector comprenderá estos no son lo suficientemente fuertes equiparados con la fuerza que tienen dos brazos unidos en un mismo afán”. En 1960, cuando Hoffmann escribió su libro, aún no existía “la mística”, una llave que se ha hecho popular en los últimos años.

Hay libros más actuales y académicos. Un estudio antropológico sobre la lucha libre es el escrito por la alemana Janina Möbius, publicado en 2007. “Y Detrás de la máscara… el pueblo”, un compendio de entrevistas a luchadores, escritores, una zambullida en decenas de estudios sobre el comportamiento humano, la cultura de masas y revistas de box y lucha, es un libro que muestra a la lucha libre en sus diversas facetas: como deporte, como espectáculo popular, como ritual y como show televisivo.

Dice Möbius, en su libro: “La lucha libre no es un evento deportivo ‘puro’, sino la escenificación de un deporte de competencia que, empleando medios específicos de la dramaturgia y del teatro, presenta narraciones para un publico determinado”.

Después, sobre el espectáculo: “El énfasis en la gestualidad, la exageración de las acciones y el componente actoral de algunas interacciones entre los luchadores tienen un manifiesto carácter de slapstick que el público disfruta mucho. Cuando por ejemplo a un luchador le toca recibir una carretada de golpes y de llaves, permanecerá de pie sin moverse, hasta que de pronto caerá de manera espectacular al suelo”.

Algunas páginas adelante cita a Carlos Monsiváis, el escritor mexicano aficionado a las luchas. Dice Monsiváis: “Tal vez el más profundo de los escenarios de la lucha libres se localice en la zona de los gritos, ese elevadísimo juego diabólico que construye el evento, apuntala al ídolo, desfoga al espectador, reinventa la Guerra Florida. ‘¡Queremos sangre! ¡Rómpele su madre! ¡Friégatelo! ¡La quebradora, cabrón! ¡No lo dejes! ¡No te quedes ahí paradote! (…)”

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Más gritos entre las gradas: “¡Místico, Místico, eres un puto!” La canción que ha sonado poco antes en los altavoces de la Arena México avisa que Místico saldrá pronto hacia el ring. Es una tonada con cánticos en latín. Pareciera que algo o alguien sacrosanto saldrá de los camerinos. Los insultos no han salido de la porra Tepito. Samurai presiona la bomba de aire y responde: cuac, cuac, cuac, cuac, cuaaaaaac, los cincos soplidos que en esta parte del mundo se entienden como “Chinga tu madre”, un grave insulto en México. “Por si acaso”, me dice Samaurai.

Aquí, “puto” significa “culero”. Es decir, gay. Hasta donde se sabe, porque la vida privada de los luchadores es aún misteriosa, Místico no es puto. Vive en un apartamento de la colonia Roma, cerca del centro de la Ciudad de México, con su esposa y dos hijas. Yo también vivo en la Roma. Alguna vez lo había visto, a Místico, paseando en su moto pandillera por las calles del barrio, con gafas oscuras y un casco negro por el que le asomaba el cabello teñido de rubio. En ese momento no sabía de quién se trataba. Fue después, al investigar sobre él, al ver un video no oficial suyo en YouTube, donde se pasea sin máscara, después de haber visto un par de fotografías colgadas en blogs, con el rostro descubierto por la treta de un luchador rudo que le quitó ilegalmente su máscara, cuando me di cuenta de que Místico era mi vecino.

Antes de la fama, es decir, antes de que protagonizara el video de la canción “Me muero”, del grupo español La Quinta Estación o de que tuviera su propia revista de cómic (“Místico: el Príncipe de Plata y Oro”, a $0.56 el ejemplar), Místico tuvo otros nombres. Se llamó Deportivo Kid Azteca, Dr. Karonte Jr. y Astroboy. Fue el 18 de junio de 2004 cuando debutó con la máscara plateada con destellos dorados. Tenía 23 años.

Visto de frente, pareciera que la máscara de Místico está decorada con un sol muy dorado, rodeado de rayos, que le separa los agujeros del antifaz. Pero es otra cosa, acorde a su personaje. Desde la CMLL, la empresa que gestiona al luchador y dueña de la arena donde estamos sentados, me dicen que se trata de una hostia. Así, con esa imitación dorada de las delgadas hojas de pan ácimo que se dan en las misas católicas, el traje de Místico tiene su lógica. Lleva estampadas grandes cruces en los costados de su ceñido pantalón blanco. Muchas veces lleva camisetas con un crucifijo bordado en el pecho. Los complementos de la máscara, además de la canción en latín que utiliza cada vez que entra en una arena, son unas cintas en los antebrazos con la letra “M” y unas muñequeras con forma de alas. Un traje, que con todo y capa y botas, puede llegar a los $400.

A finales del año pasado, la revista Chilango lo entrevistó y le preguntó qué hacía cuando no llevaba puesta su famosa máscara, que se puede encontrar desde cuatro a veinticuatro dólares en las aceras aledañas de la Arena o en los puestos del mercado de artesanías La Ciudadela. Místico respondió: “Voy al cine, convivo, veo mis videos, me subo al metro. La vida con una doble personalidad es difícil: me quito la máscara y no soy nadie. La fama es la máscara. Yo, como persona, soy igual que ustedes”.

Esta noche, sin embargo, la máscara no es ni plateada, ni celeste, dorada o rosada con blanco como otras veces. Esta vez sale con cachos.

La final de la primera eliminatoria del Torneo Nacional Increíble de Parejas la ganan Máscara Dorada y Atlantis, “el ídolo de los niños malos”. Místico y Averno, los rivales ahora aliados, pierden la final. Antes de llegar a la final, Atlantis y Máscara Dorada derrotan a Mr. Niebla y Máximo. Es la pelea de la noche.

Mr. Niebla es sinónimo de peste. El personaje es apestoso, a juzgar por el rostro de Máximo, que se asquea y le rocía perfume desde un vaporizador rosa. Mr. Niebla va vestido de negro, con máscara roja y negra, y una piel en la cabeza que simula un animal muerto. El anunciador lo exhibe: “Con su ritmazo, directamente desde el basurero llega el carroñero, ¡Mr. Niebla!” La música que le acompaña al entrar es una cumbia villera, una canción popular del grupo argentino Los Pibes Chorros llamada “Colate un dedo”. Mr. Niebla baila e invita a su compañero que viene detrás, tímido, a mover las caderas. Máximo, vestido con una malla rosa, una mezcla de atuendo de gladiador y un tutú, baila la cumbia con la delicadeza de una teibolera.

Máximo, “el glamur de los cuadriláteros”, es exótico. En su cabeza lleva un corte mohicano teñido de rosa y su estilo de lucha invitaría a pensar a cualquiera que se trata de un luchador no tan macho. En lugar de arrojarse de frente, cuando está arriba de la tercera cuerda, Máximo se arroja de nalgas; en lugar de pegar con el puño cerrado, Máximo da cachetadas. Y besos.

Casi al final del combate, Mr. Niebla y Máximo, apodados desde entonces como “la Peste del Amor”, parecen estar a punto de ganar. Sometido por Mr. Niebla en una esquina, inmovilizado por una llave Nelson, Máscara Dorada está en bandeja para el beso de la muerte. Máximo, en el centro del ring, se gira sobre su eje para escuchar los gritos del público: “¡Beso, beso, beso!” Entonces se agacha y se pone en cuatro. Comienza a gatear, despacio, mientras simula dar arañazos con una de sus manos. Máscara Dorada se intenta zafar. Es inútil. Máximo contornea su lengua y ruge. Le da un beso en la boca (o eso parece en la distancia) y Máscara Dorada rueda por la lona, como si se tratara del más terrible de los golpes.

La misma artimaña la aplican los rudos con Atlantis. A los rudos se les permite eso: que haya dos o hasta tres de ellos sometiendo a un solo técnico. Después de haberle golpeado, Mr. Niebla sujeta a Atlantis para que Máximo se acerque con sus labios. El público exige el beso y Máximo se acerca despacio, como de costumbre. Un poco más, más cerca. Atlantis se suelta en el último momento. El beso lo recibe Mr. Niebla, que se limpia con ganas la boca. Desde donde estoy, junto a la porra Tepito, que le aplaude a Máximo y le pide besos, no es posible saber si es un beso sincero.

Roberto Mancía, el fotógrafo que me acompañó a la Arena, me comentó después lo que vio en los labios de Mr. Niebla: “Me besó este cabrón”.

Tras su eliminación, quise hablar con Máximo. El personal de la CMLL me llevó a los camerinos, a los que se accede después de pasar dos controles de seguridad y una gruesa puerta metálica. Entré al pequeño cuarto donde minutos después hablaría con Místico. Máximo llegó apurado, vestido ahora con camiseta y pants.

Máximo es nieto e hijo de luchadores. Su padre es también singular. Se hace llamar Brazo de Plata, aunque es conocido como Super Porky: es un gordo seboso, de más de 230 libras (más que sobrepeso cuando se mide 1.70 metros). La especialidad de Super Porky, como se esperaría, son los golpes con la panza.

Le pregunto a Máximo sobre la idea de su personaje. Él, con su voz de locutor de radio, me aclara que no es gay y dice: “El personaje… pues buscábamos que la gente tuviera una idea por el nombre y luego darle otra. Máximo es un nombre masculino, fuerte, pero es exótico. Tú lo puedes presenciar: es un alegre”.

¿Te gusta o te incomoda hacer este personaje?, pregunto. “No me incomoda”, responde Máximo, “al contrario, al principio fue difícil porque llevas dos personajes al mismo tiempo, el bando en el que estás, los rudos, y trabajar este personaje de Máximo. Gracias a Dios que gusta, gracias al público pues es quien nos hace o nos deshace”. El público corea a Máximo.

***

Llegó el momento. Suena “Ameno”, la canción del grupo Era. Averno y Místico entran juntos, van de negro pero hay algo raro. Parece como si se hubieran combinado: Averno lleva los cuernos de siempre, que se yerguen sobre sus sienes, pero además lleva la hostia en medio de los ojos. Místico ahora lleva cuernos.

La rivalidad entre ambos se remonta a 2005, cuando Místico venció a Averno y ganó el campeonato de peso medio de la CMLL. Pero esta noche ambos representan al Distrito Federal. La primera riña, antes de la final, es contra Terrible, un luchador que aparenta ser un roquero duro, y Volador Jr., un (ex) amigo del Místico en el llamado Sky Team. Místico hace lo suyo: se trepa a la tercera cuerda y se lanza de espaldas hacia Volador Jr. El atacado, vestido también de negro, da patadas entre las cuerdas y se arroja cada vez que puede fuera del ring.

Poco importarán en esta caída Averno o Terrible. La lucha es entre Volador Jr. y Místico. El público grita. La porra Tepito aún apoya a su héroe con las bombas de aire. Samurai está extrañamente callado. La Tepito tiene una buena cantidad de fotos gigantes de sus ídolos, que se levantan para animarlos. Esta noche, pese a estar ahí, la foto brillosa del Místico no será levantada.

Místico lleva la delantera. Aprovecha que Volador Jr. está aturdido para rematarlo. Prepara “la mística”. Místico se lanza de costado y sujeta con un brazo a Volador Jr., gira a su alrededor y consigue sujetarle el cuello con ambas piernas. Recorre de un lado a otro el cuello de Volador Jr. y afloja las piernas y vuelve al brazo izquierdo de su oponente, donde había iniciado, para tumbarle y aplicarle una palanca. Volador Jr., tirado de espalda y con el brazo supuestamente inmovilizado, consigue liberarse. Místico se vuelve rudo. El árbitro mira hacia otra parte. Místico da un golpe ilegal y le arranca la máscara a Volador Jr.

Hay desconcierto. ¿Místico se ha vuelto rudo? ¿Ya no respeta las reglas? Buena parte del público lo insulta. Averno, a su lado, está acostumbrado. Hay empujones y, como pasa cuando una nueva rivalidad parece nacer, Volador Jr. toma el micrófono y reta a Místico delante de la audiencia: máscara contra máscara. El otro acepta, pero aún no hay fecha.

Los gritos de “¡Místico puto!” opacan cualquier otro ruido o música. La Tepito apaga sus luces. Místico entra al cuarto que apesta a sudor después de su siguiente lucha, la final perdida contra Atlantis y Máscara Dorada. Aún está exaltado y habla entrecortado. Trae la máscara negra desgarrada, casi destrozada por los dos combates previos. Su nariz está a la vista porque la hostia ha desaparecido por los jalones de Volador Jr. y Atlantis. Sus lentes de contacto blancos todavía están en su sitio. Dentro del cuarto hay varios periodistas y fanáticos. También están su asesor, un hombre con gafas oscuras (es de noche), y Averno, que espera la oportunidad para hablar con la prensa.

Pienso en preguntarle sobre su carrera, sobre la construcción del ídolo, sobre los anuncios que había hecho para el partido de gobierno. Pero está lo otro, lo que acaba de pasar. Y pregunto: ¿Rudo, Místico? “No me importa ser rudo o ser técnico”, responde. Alguien más insiste y Místico amplía: “Si la gente me quiere de rudo o de técnico, yo haré lo que la gente quiera. He demostrado que soy profesional, me adapto al equipo que sea”. Los reporteros le insisten. Místico, entonces, usa un símil bastante válido: “Yo soy como el América, me gusta que me abucheen. Estoy para servirle al público. Ya no hay rudos ni técnicos”.

Esa es la noticia la mañana siguiente. La prensa que cubre las luchas habla mal de él. “Un Místico ‘rudo’ salió a darle con todo a sus propios compañeros, entre ellos Volador Jr., quien se llevó tremenda paliza e incluso fue víctima de marrullerías”, dice MedioTiempo.com. Místico ha dejado de ser técnico. La lucha libre tiene un buen motivo para seguir con su espectáculo.

En el mayor gimnasio municipal de El Alto, Bolivia, la luz del día se desvanece a través de los ventanales, y cientos de personas sentadas en las gradas comienzan a impacientarse. Llevan allí más de dos horas, abucheando y silbando, y alentando a la sucesión de artistas que se han enfrentado en el centro del gimnasio para competir en ingenio y realizar deslumbrantes proezas de fuerza y destreza. Pero se está haciendo tarde y por encima de la música disco que suena a todo volumen, puede oírse cómo aumenta el volumen del ruido que produce el golpe de los pies contra el piso así como los impacientes silbidos: “¡Que salgan!”.

Aumenta el volumen de la música y de los silbidos; hay la sensación de que está a punto de estallar una rebelión, pero finalmente las luces del local parpadean y se atenúan, y la música pasa del pulso del chunca-chunca a un tecno-huayno boliviano contemporáneo. Las cortinas que conducen hacia los vestuarios se abren: Yolanda la Amorosa y Claudina la Mala, las estrellas de esta noche, hacen su muy esperada aparición ante un clamoroso aplauso.

Como muchas mujeres de ascendencia aymara, Yolanda y Claudina van vestidas a todo lujo: lustrosas polleras sobre varias enaguas, bombines y chales bordados sujetados con filigrana. Sus trajes refulgen bajo los reflectores al tiempo que se pasean majestuosamente frente a las gradas, saludando a su público con refinadas sonrisas de princesas, girando y saludando con gracia hasta que la música se detiene. Esa es la señal para que las dos mujeres se lancen diestramente sobre el cuadrilátero que ha sido el centro de la actividad de esta tarde. Se quitan el sombrero rápidamente, se desprenden de sus chales y… ¡Zas! Claudina le zampa una a Yolanda, Yolanda abofetea a Claudina, esta intenta escapar, pero Yolanda la toma de las trenzas y la hace girar; Claudina gira en el aire, vuelan sus enaguas y sus trenzas, cae de espaldas sobre la lona, boqueando como un pez. El público enloquece.

Sean bienvenidos al delirante mundo de la lucha libre boliviana. En la fría, desarbolada y dura ciudad de El Alto, situada a 3,900 metros sobre el nivel del mar, habita un millón de personas. La mayoría se refugió ahí durante las últimas tres décadas para escapar de la miseria generalizada del campo. Los más afortunados cuentan con empleo fijo en el hundido valle de La Paz, ciudad capital que se domina desde El Alto. Pero la mayoría de los alteños se dedica a la venta de ropa, cebollas, DVD piratas, muñecas Barbie, autopartes, pequeños mamíferos disecados para rituales mágicos. Los más pobres se emplean como bestias de carga. Todos ellos batallan con el tránsito imposible, una constante escasez de combustible y de agua, la pesada fatiga del trabajo enbrutecedor, una vida llena de obstáculos. Cuando terminan de trabajar, les hace falta divertirse, y cuando quieren divertirse, nadie sabe qué se les ocurrirá. Recientemente, inventaron el extraordinario espectáculo de las cholitas luchadoras, que ha dado nueva vida a la versión boliviana de la lucha libre mexicana, un espectáculo de formato libre, mezcla de melodrama, combate de lucha y alboroto.

“¡Cuidado!”, grita el público entero.

Yolanda está celebrando una victoria, pero Claudina, como prueba de su malévola naturaleza, está a punto de lanzársele por detrás. Yolanda gira demasiado tarde; Claudina la tumba y se encarama sobre las cuerdas como una demente: “¡Soy la más bonita! –le grita al público– ¡Todos ustedes son feos! ¡Yo soy la mejor! ¡Los gringos me vienen a ver a mí!”.

En efecto, los extranjeros que copan tres hileras de asientos situados justo junto al cuadrilátero están mirando con los ojos desorbitados, pero en realidad ellos no importan. Las cholitas actúan para sus compatriotas bolivianos.

Claudina, quien oficialmente es una “ruda”, o mala, hace un buche con gaseosa y rocía al público con esta en el preciso instante en que Yolanda, una “técnica”, o buena, se abalanza sobre ella y la arrastra hacia las gradas, lo cual obliga a los espectadores a dispersarse gritando, a la vez alarmados y extasiados. ¡Gana Yolanda! ¡No, gana Claudina! ¡No, Yolanda! ¡Pero esperen! El público grita porque una nueva amenaza ha hecho su entrada silenciosa: Abismo Negro –o quizá se trate de Muerte Satánica o el Esqueleto Blanco; resulta difícil mantenerse al tanto– ha saltado al combate y le aplica a Yolanda una feroz llave en la pierna. La situaciónparece desesperada, pero no, ¡de la nada aparece el Último Dragón, y carga una silla! ¡Con ella golpea en la cabeza a Abismo Negro, o quizá al Esqueleto, o tal vez a Yolanda! Hasta Claudina parece haber perdido la noción de quién es quién: se abalanza contra su propio aliado, el repugnante Picudo. “¡Ha quedado destruido para siempre!”, vocifera frenético el maestro de ceremonias.

O casi para siempre: En la lucha libre, ninguna derrota es definitiva.

“Lo que quiero que quede bien claro –dice Juan Mamani, quien combate como rudo bajo el sobrenombre de “El Gitano” y es el encargado del espectáculo– es que la idea de las cholitas se me ocurrió a mí.” Mamani es un hombre alto y anguloso a quien, siendo generosos, llamaríamos poco amigable. Da por terminadas las conversaciones telefónicas cortándolas, no se presenta a las citas que se ve obligado a concertar e intenta cobrar por las entrevistas. Sus cholitas le tienen pánico. “¡No le diga que usted me llamó; no le diga que tiene mi teléfono!”, me suplicó una de ellas.

Lo perseguí hasta un lugar cercano al gimnasio de El Alto y, después de un comienzo poco alentador (intentó repetidas veces esquivarme), dije las palabras mágicas “México” y “Blue Demon.” De pronto, el rostro de Juan Mamani, el ogro, se volvió todo sonrisas. “Mi mayor pasión es la lucha –dijo–. Y para nosotros, México es el ejemplo a seguir. Blue Demon es, para mí, lo más grandioso.”

Las luchadoras de Mamani trabajan durante el día, y él se gana la vida con un pequeño taller de reparaciones eléctricas. Pero ha invertido buena parte de las ganancias de su vida en un enorme cuadrilátero de lucha en su casa, donde su grupo entrena. Les paga a las luchadoras entre 20 y 30 dólares por combate y tal vez él mismo no gane cantidades mucho mayores. “Acá en Bolivia es imposible ganarse la vida con esta gran pasión mía”, afirma Mamani.

Su sueño era crear una escuela boliviana de héroes de la lucha libre que igualaran las proezas de las grandes leyendas de la lucha libre mexicana; los arriesgados saltos mortales y marometas, los singulares trajes y el porte real. ¿Había visto yo luchar a Blue Demon? ¿En verdad? Cuando me fui, me dio la mano.

Hace unos siete años, cuando lo inquietaba la escasez del público que asistía al espectáculo semanal de la lucha libre en el gimnasio de El Alto, a Mamani se le ocurrió la inspirada idea de enseñar a las mujeres a luchar y subirlas al cuadrilátero con atuendos de cholitas. Marta la Alteña, una luchadora extrovertida que no tiene una musculatura notable, pero es muy fuerte, estaba entre las más o menos 60 jóvenes que respondieron a la invitación de Mamani para participar en una audición abierta. Al igual que las ocho que terminaron por quedarse, tiene antecedentes en la lucha. “Mi padre fue una de las primeras Momias”, dice orgullosa al referirse a una de las criaturas más queridas o aterradoras de la lucha boliviana.

Yolanda la Amorosa también aprendió de su padre luchador porque aún cuando sus padres se separaron en términos poco amistosos cuando ella era bebé, solía entrar a hurtadillas en El Coliseo del centro de La Paz (desaparecido desde hace mucho) para verlo pelear. “Pero muchas veces los hombres no creen en las mujeres –me dijo–. Una vez le oí decir a mi padre que desearía haber tenido un hijo en mi lugar, para que siguiera sus pasos como luchador”. Cuando se enteró de la audición de Mamani, Yolanda, que todavía se llamaba Veraluz Cortés, se apresuró a presentarse, lo cual tuvo como consecuencia una desavenencia temporal con su padre. Aún no queda claro si su estrellato en la lucha contribuyó al rompimiento de su matrimonio.

Fuera del cuadrilátero, Marta la Alteña suele ir vestida al estilo llamado de “señorita” (pantalones de mezclilla y suéter) y parte del glamour de su traje de cholita lo brindan sus lentes de contacto color azul turquesa. Yolanda, por su parte, que es tan delgada como intensa, lleva bombín, polleras y chal hasta cuando teje suéteres en su trabajo diurno, y se considera una cholita auténtica.
“A veces mis hijas me preguntan por qué insisto en hacer esto –declara–. Es peligroso; nos lesionamos mucho y mis hijas se quejan de que la lucha no aporta dinero al hogar. Pero yo debo mejorar cada día. No por mí misma, por Veraluz, sino por el triunfo de Yolanda, una artista que se debe a su público”.

Esperanza Cancina, de 48 años y quien vende ropa usada para subsistir, ha instalado a su numerosa prole y a su voluminosa persona en una esquina a salvo de las palomitas de maíz y los huesos de pollo, y botellas de plástico vacías que el público gusta de lanzar a los rudos. Los asientos situados junto al cuadrilátero cuestan alrededor de 1.50 dólares cada uno, nada barato, pero la señora Cancina asiste fielmente al espectáculo cada dos domingos. “Pasamos el rato –explica–. Las cholitas luchan acá y nosotros reímos y olvidamos nuestras penas durante tres o cuatro horas. En casa, estamos tristes”.

A nuestro alrededor, los integrantes más jóvenes del público, incluyendo a sus nietos, corren por las orillas del cuadrilátero en un delirio de adrenalina. La música retumba y es difícil sostener una conversación, pero la señora Cancina es afable y comedida. Tuvo 12 hijos, dice, pero después de una pausa señala que seis murieron. ¿Cómo? Su rostro adquiere una dolorosa expresión de vacuidad. “Escarlatina, diarrea, esas cosas…”, murmura, y debe repetir su respuesta por encima del ruido. ¿Le habría gustado ser luchadora también? “Claro que sí –dice–. Nuestros maridos se burlan de nosotras, pero si fuéramos luchadoras podríamos expresar nuestra furia”.

En la parte larga de las gradas, la mejor zona para lanzar huesos de pollo, Rubén Copa, un zapatero de La Paz de sonrisa fácil y amable, espera impaciente el último combate de la tarde: La Momia Ramsés II luchará con más cholitas cuyo nombre no se anuncia aún. Quiero saber si es cierto que los hombres asisten a la lucha libre sólo para verles los calzones (muy recatados) a las cholitas. Por un momento parece ofendido, pero luego vuelve a sonreír. “¡No es cierto! –responde– ¡Yo vengo a verlas luchar! Ya verá con sus propios ojos lo buenas que son”.

Y en efecto, pocos minutos después la invencible Momia Ramsés II aparece ataviada con un overol manchado de rojo y una peluca enmarañada, arrastrando a una cholita mientras la otra busca algo con qué prenderle fuego, los niños lanzan gritos de delicioso terror y la señora Cancina impreca de viva voz a la Momia –con palabras que no pueden imprimirse en esta revista–, con una sonrisa de oreja a oreja. La Momia estruja a su víctima contra la pared, y parece que las cholitas lo tienen difícil, como nos advierte el maestro de ceremonias, en este definitivo y final combate. Las cosas parecen muy, pero muy difíciles. Sin embargo, algo me dice que una cholita nunca se rinde.

¡Y aquí llega Marta volando por los aires!