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10.6 segundos

Publicado: 30 julio 2013 en Hernán Casciari
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Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.

Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.

En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.

Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos —nunca un juez tunecino había llegado tan lejos—, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.

***

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O’Connor —que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen— los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

***

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.

A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.

«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.

Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.

Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos…, pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.

Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

***

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.

Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.

Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrarié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.

Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.

Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.

Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

***

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.

El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.

Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.

¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.

En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.

«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después del exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que nunca jugó un Mundial, pero que tiene playas.

Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.

***

Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.

El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.

Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.

Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.

Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.

Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.

Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.

Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.

***

No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.

Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.

El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.

Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.

Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.

Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.

Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:

«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».

Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.

Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.

Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.

***

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

Caiga quien caiga, lunes, horario central, sección “CQ test”.

―Guillote, a una ex novia, ¿se le hace un service cada tanto?
―Depende del año… Si ya no paga patente no.

***

La cita con Guillermo Cóppola es en el gimnasio del Paseo Alcorta, 11 de la mañana de un jueves. Cuando llegamos, está sentado debajo de su pelo de siempre: aros de algodón que acompañan la sonrisa de costumbre. Habla por celular con un amigo, a quien invita a su cumpleaños número 60 que celebrará a los pocos días. “Algo tranquilo, por el tema de las bolsas, 110 personas en la Parolaccia, venite, no me falles, quiero que estés”, le dice. Alrededor de él hay electricidad: el lugar es una romería, polo muscular del establishment en la era K.

La elite argentina cultiva su físico con el mismo cuidado con el que teje sus relaciones sociales. Y en este lugar, en el que se exalta el fetichismo y la vista, Guillote cumple un rol medular. No está claro cuál es exactamente, pero podríamos definirlo como el capitán simpatía, el ingeniero psíquico de la estructura emocional del lugar. “Me lo dice la gente: cuando yo no estoy, esto no es lo mismo”. Cóppola saluda a todos. Los conoce, le gusta saber qué hacen, quiénes son, dónde viven. Todos allí tienen las necesidades de la opulencia básica satisfechas, pero pareciera que sus corazones necesitan un poco de alegría. ¿Y quién sino Guillote para alegrar a ese círculo? Cóppola, está claro, sabe dónde moverse.

“Mirá, mirá: ese es abogado, vas a ver que cuando pasa por al lado de ese rubio que está ahí que es empresario ni se miran… Es que tienen cuestiones pendientes…”. En efecto, cuando el hombre de ley pasa por al lado lo hace mandando un mensaje por su blackberry.

“Hola, ¿cómo estás? ¿Bien?” Ahora la sonrisa de Guillote es la de un guasón blanco. Saluda a Jazmín de Gracia, una de las tantas modelitos que enriquecen su talento en este lugar. Jazmín se va y Guillote cambia el objetivo de su mira: pelo castaño, 39, separada. “Qué bien que estás, sos la más linda del gimnasio”. Se va. “Nunca hay que dejar de tirar…”, nos dice. Es John Wayne con rayo láser.

“Siempre fui así. Y Corina, mi mujer, me conoce y me acepta”, comenta. Corina tiene 36 y está embarazada de una nena que nacerá en enero. Cóppola ya tiene tres hijas: “No sé hacer otra cosa”, se ríe. Natalia, la más grande, se casó con un amigo suyo y vive en Miami; Bárbara, de 21, hija de Yuyito González; y Camila, la menor, que fue reconocida por Cóppola tras un ADN. “Soy así, mentiría si dijera que no voy a seguir seduciendo”.

―¿Cómo hacías en la cárcel?
―Fueron momentos duros. Mirá, te cuento una…

Entonces el hombre de las mil mujeres, el ex representante de Maradona, el depredador sexual que se ufana de nunca haberse acostado con una chica de más de 40, comienza un relato que bien podría formar parte de una antología definitiva del onanismo carcelario.

“Resulta que en la cárcel había un poronga que era el único –¡el único!– más obsesivo de la limpieza que yo. Era un morocho alto y grandote que tenía, solo para él, un sector del baño. Lo mantenía impecable y todo decorado con pósters de chicas, todas chicas del ambiente, ¿no? Como yo soy muy limpio también, el tipo, a cambio de dos tarjetas telefónicas, me prestaba todos los días su rincón un rato para mí solo.

―Era un lugar con mucho amor propio, ¿no?
―Claro (risas). Bueno, la cuestión es que yo ahí me quedaba un tiempito ¿no?… Amor propio, ja, ja, está bueno. Bueno, la cuestión es que me prestaba quince minutos el lugar y yo iba. Un día miraba un póster, otro día apuntaba a otro. Después, eso sí, dejaba todo impecable.
―La higiene ante todo.
―Por supuesto. Bueno, ¿qué hice cuando salí de la cárcel?
―¿Seguiste yendo al rinconcito ese?
―No, boludo. Busqué una por una a todas las de los pósters y me las fui bajando. Un loco…
―¿En serio? Como Kill Bill, pero del sexo.
―Claro.

***

El atorrantismo, la noche, la gira eterna con el Diego, la sonrisa, el eco de la merca retumbando, los bucles de algodón: Cóppola avanza por la vida convertido en mitología. Podría decirse que con él sucede lo mismo que con Chiche Gelblung o con el Bambino Veira: personajes polémicos pero simpáticos, que completan pocos casilleros del formulario de la ética (Veira, por razones obvias, es la máxima expresión de ese olvido), pero que el pos–menemismo ha convertido en casi ídolos. Un tipo de personajes con poco octanaje moral, que no poseen un saber trascendental, pero que encarnan, en algún sentido, un estereotipo social de la época. “No sabés lo que me pasa… voy caminando por la calle y los chicos se paran y me abrazan. Me gritan ‘capo’. Es tremendo… yo no lo puedo entender. Me dicen que tengo cuatro mil entradas por día en el Google, es increíble”.

Cóppola no termina de entender las razones que construyeron su leyenda. No ha tenido, qué duda cabe, una vida sosegada: no hay forma de tenerla si durante más de 20 años se vive al lado del personaje más famoso del mundo. Cada día era una aventura en la montaña rusa, en un palacio dionisíaco, en la cima del planeta.

Pero la fiesta se suspendió de golpe. La noche le pasó un par de facturas. Reality show, Viale, Samantha, Diego retirado, caravana, Diego desbocado, todos desbocados.

A los sultanes del ritmo se les acabó la joda. De pasear por Montecarlo en un convertible a Dolores, preso. Un estilo de vida se desmoronaba. Los días en la cárcel fueron los más aciagos para el representante. Y las secuelas todavía se hacen sentir. “De vivir en 300 metros cuadrados pasé a 60”, grafica. Y así con todo. Perdió autos, amigos, plata, prestigio, poder. “Tuve Lamborghini, Rolls Royce, Ferraris… hoy, no tengo nada”. Cóppola se mueve en taxi, dice que es mejor, que así no tiene problemas para tomarse una copa de más cuando sale a la noche. Igual, lo más doloroso dice que no fueron las pérdidas materiales. “Lo peor, lo que más me molestó fue perder el tiempo”. El reloj no corre cuando alguien está encerrado. La vida se transforma en una trampa kafkiana.

Cóppola recuerda que después de un tiempo consiguió que le asignaran una habitación para él solo. Todos los días la limpiaba con obsesión de orfebre y la dejaba impecable, como si fuera a recibir visitas. Lo hacía mientras escuchaba música: eran dos horas en las que su mente se escurría por entre las rejas. Cada día también, entraba Frazia, el zumbo que lo controlaba, gigante como el jefe policial de El Expreso de Medianoche, con las botas llenas de barro y le manchaba a propósito el piso. Lo hacía siempre, como si fuera parte de una broma macabra, inapelable. Cóppola no decía nada y volvía a limpiar su pieza. Lo hizo hasta el último día que estuvo allí. Un día, sin razón aparente, a Cóppola lo engomaron, que en la jerga carcelaria significa que lo encerraron sin dejarlo salir ni a mirar las estrellas. En la celda no tenía baño, y el guiso de la cena comenzó a hacer su trabajo intestinal. Cóppola golpeaba la puerta, pedía ir al baño, pero Frazia no le abría. “No tuve más remedio que garcar en una bolsa y dormir con eso al lado toda la noche”. Al día siguiente, Cóppola se levantó, limpió todo, tiró la bolsa y enceró su pieza como todos los días. Cuando Frazia entró y manchó con barro el piso, Cóppola se le tiró al cuello. La pelea duró menos de un round: en un pestañeo, Frazia lo aplastó como a un insecto. Pasaron los días y nadie dijo nada. Hasta que lo trasladaron a Caseros. Antes de dejar Dolores, Frazia lo llamó para hablarle.

“¿No te das cuenta, otario –dijo, acentuando la “ta”–, que cada vez que te ensuciaba el piso lo que lograba era que durante dos horas, las dos horas que vos volvías a limpiar, te fueras con tu mente de este lugar?” Frazia, el vigilante existencial, le dio una lección inolvidable. Al tiempo, Cóppola, ya en libertad, regresó al lugar acompañado por María Fernanda Callejón y le hizo un regalo.

Pero la cárcel también es un castigo metafísico. En el enrosque mental en el que se puede caer tras un drama como ese, Cóppola comenzó a pensar que estaba pagando por algún pecado. “Me preguntaba: ‘¿Por qué me pasa esto? ¿Por algo de mi vida anterior? ¿Porque había tocado a la mujer equivocada?’ No entendía. Pero lo superé por suerte. La prensa que me había condenado luego se resarció. Se armó el primer reality show de la televisión… Mauro Viale se fue a vivir a Le Parc, con eso te digo todo”.

―¿Sufriste más ahí o cuando te peleaste con Diego y él puso en duda tu honestidad?
―La duda de Diego fue algo fuerte. Interiormente lo sentí. Me dolió. Pero tengo toda la tranquilidad interior. Hoy por hoy, cada uno está haciendo su vida. Lo veo bárbaro, lo veo en peso. Tiene una capacidad para revertir las situaciones increíbles. Extrañar, extraño, cómo no. Lo que más me preocupaba era la diferencia que él creía que existía; eso se solucionó. No cometí ninguna equivocación mayúscula.

***

Seductor serial

La charla, de repente, se interrumpe. Cóppola deja de prestar atención, como si hubiese ingresado un fax en su cerebro. La comunicación se corta. El representante desvía la mirada y la clava en un objetivo móvil: dos botas negras y un jean inolvidable que avanzan.

Tac, tac, tac: las botas le dan contundencia a las mujeres. Está entrando a un local de cama solar en el Paseo Alcorta. Cóppola la había divisado cuando ella bajó de su cuatro por cuatro y la fue siguiendo con la mirada: sus ojos eran el teleobjetivo de un rifle. La dama (la presa) avanza y Guillote (el cazador) la desnuda con la mirada. “Ahí vengo”, dice y sale disparado, el cuello adelantado, las fauces preparadas. Irrumpe en el solarium. Se presenta ante la dama, que sonríe y asiente, halagada por la locuacidad de Guillermo, campeón mundial del chamuyo porteño. Durante el diálogo, Cóppola la mira con una sonrisa estampada en la cara, con los ojos jugueteando por sus labios y la imaginación recorriendo el escote. Esos minutos que anteceden al zarpazo, ese instante en el que la presa comienza a enredarse en la telaraña de la seducción coppoliana y en el que él se da cuenta de que ya es suya, de que una mancha más está por pintarse en su lomo de tigre, es un momento apasionante: la celebración del ego del macho, el orgasmo que antecede al orgasmo. Cóppola es el rey de la selva, su pelo se eriza más, el pecho le explota de narcisismo.

“¿En qué estábamos?”, pregunta Cóppola cuando vuelve.

―¿Qué pasó con la mujer?
―No, nada, cuatro–dos.
―¿…?
―Cuatro–dos, cuarenta y dos… yo nunca más de 40… ¡Amor propio! ¡Amor propio! Me gustó esa, la voy a usar.

Excitado, Cóppola grita esas dos palabras disfrutando de su alarido. Cuando las enuncia, lo hace con rapidez: un latiguillo convertido en latigazo. Hay silencio. Más silencio. Y de repente:

“¡Amor propio! ¡Amor propio!”

La gente lo mira. Nos reímos, un poco por la vergüenza, otro poco por las reminiscencias onanistas de su referencia. Por suerte suena el celular. Cóppola se pone a ajustar los detalles de su viaje a los Emiratos Árabes. Tiene grandes proyectos en ese territorio, virgen en varios sentidos. Más que vender, Cóppola quiere traer el dinero del petróleo. Tiene ideas megalómanas, como construir un estadio (“Los tipos le hicieron la cancha al Arsenal en Londres”) o remodelar el Luna Park. “Dubai es el máximo desarrollo del mundo. Mirá que yo viajé y nada me sorprende, pero lo que pasa ahí es tremendo. Hay hoteles nueve estrellas”.

Ahora el celular le suena, pero por un asunto más festivo: su cumpleaños 60. “Algo tranquilo –repite–. 110 personas, nada más. A fin de año, cuando la cosa se calme, la hacemos más grande”. En el universo coppoliano la comida es un elemento omnisciente. “Nunca fui de mesas chicas, siempre fui de mesas grandes”, explica, deslizando los motivos por los cuales para alguien como él un festejo íntimo de un cumpleaños es como la fiesta de egresados de alguien normal. La razón de esa capacidad desbordante para trabar amistad con la gente se palpa en el espacio, en su carisma demoledor. “Seduzco tanto a hombres como a mujeres. Tengo un arte, soy un encantador en el buen sentido. A mis amigos les gusta estar conmigo. Te pongo en clima. Integro, integro, me encanta… lo aprendí en Europa, en Nápoles. Respeto mucho a la gente. Nunca una mujer te va a hablar mal de mí. Yo, además, sigo haciendo las cosas que a las mujeres les gustan. A cualquier mujer le gusta que le abras la puerta del auto o que le prendas el faso. Tenga 18 años o 40.

―Pero en algún momento hiciste ostentación…
―Yo estuve al lado del más grande y tal vez me confundí un poco. En algún momento pensé en el reloj, en la mina, en el auto… ¡Era un pelotudo! Eso de estar impecable para llegar en enero a la playa para mostrarte… ¡Mostrar qué!… ¡Mostrá la pija!…. ¡Amor propio! ¡Amor propio!
―Bueno, estamos en un gimnasio, venís a cuidarte acá.
―Sí, pero hay una fantasía conmigo, con la noche, con la droga, y la verdad es que yo siempre me cuidé, siempre jugué al fútbol. Además, al gimnasio tengo que venir porque hace un mes y medio tuve una arritmia. Pierna derecha inmóvil. Brazo derecho inmóvil. Un susto, nada más.
―¿Quiénes se borraron durante la cárcel?
―Varios, pero te voy a nombrar a dos que sí estuvieron: Bianchi y Basile. Y también mis socios de ahora.
―¿Sos amigo de Basile?
―Cóomo.

A continuación, Cóppola disca el celular de Basile. Llama pero no contesta. No eran días fáciles para el entrenador: estaba a punto de ser deglutido por el monstruoso peso de la selección y de ser reemplazado, paradojas de este mundo, por el gran 10.

Cóppola le deja un mensaje a Basile a velocidad fast forward:

“Hola Coquito acá Guillote, quería ver cómo estabas, cómo andaba todo, la familia, los asuntos, todo eso, acordate de que te espero el sábado en la Parolaccia, algo tranquilo, los íntimos, no me falles, te quiero mucho”.

***

El gran Gatsby

Al día siguiente quedamos en almorzar en la Recoleta. La consigna era “Invita C, pero no lleves al plantel entero de Vélez”. A partir de ahora, la charla, la nota y hasta el lenguaje cambian por completo.

Todo lo que pasa de aquí en más es estrictamente cierto. Cóppola llega. “Hola querido, en un rato vienen un par de amigos, ¿no hay problema, ¿no?” “No, todo bien”. Seguimos la nota. A los 10 minutos llega Carlos Randazzo, delantero de Boca en los años 80, ex presidiario. “Carlitos, un grande”. Cóppola empieza a hablar de Carlitos como si Carlitos no estuviera. “Un loco, un loco, un tipo con códigos, un gran jugador. Se comió un año en Caseros por algo que no cometió. Y no delató a nadie, eh… muy respetado”. A los 15 minutos llegan tres amigos más, tres personajes con la misma sonrisa fácil de Guillermo, claro que sin su ángel (o diablo), aunque también elegantes y lenguaraces. “Pidamos”, dice Cóppola, mientras le sonaba el celular marca Ferrari de cinco mil euros. El ringtone es el sonido del motor del F1. “Igual al que tiene Raúl, el del Real”, informa. “Pero es feo, parece una armónica”, le dicen. A los 15 minutos estaban todos comiendo como búfalos, lanzados sobre sus platos, intensos, encendidos. A cada uno le sonaba el celular cada cinco minutos. Cóppola comenzó a hablar de nuevo de su cumpleaños.

No sabemos muy bien cómo, pero en un momento nos vimos todos hablando de la dotación varonil de Guillote. Sí, de eso. Se hablaba con seriedad, con tono doctoral. “No, no, momento, hay cuatro fotos mías: una con el Diego, otra en Nápoles, otra de cuando me operé –sí, se me achicó– y otra en Punta del Este”. Uno de los tres amigos –el más grande, un aire a Tony Soprano– era el que había traído a colación el tema. “Estuve en una cena con amigos y se habló mucho de tu pija, Guillermo –dijo, mientras intentaba pinchar con su tenedor un pedazo de pulpo a la parrilla–. Ellos decían que la tenías chica”. La situación era desopilante, pero Cóppola contestaba como si estuviera hablando con el cardiólogo. “No, no, se me achicó, es cierto, pero siempre la tuve bien. ‘Ta bien, no como la de Carlitos, es cierto, pero igual siempre estuve bien”. Carlitos es Randazzo, que escuchaba sin pestañear y asentía, como si en lugar de hablar de su anatomía se estuviera hablando de su auto.

“Carlitos, cuando estuviste en la cárcel, ¿te quisieron empomar?”, preguntó uno de los socios. “No –contestó serio–, nadie se hizo el vivo conmigo”. “¡Qué grande Carlitos! Un loco… un loco… ¡Amor propio! ¡Amor propio! Les conté a ellos lo del amor propio… pidamos otro vino, paga C”. A Cóppola le hervía la sangre. Se movía como un sonajero. Estaba feliz con la reunión. Este cronista, en cambio, transpiraba. La cuenta, seguramente, superaba una buena parte de su sueldo.

En ese momento, llegó al restaurante un hombre corpulento, algo molesto, bien vestido. Cruzó miradas con este cronista y saludó. Saludó también a Cóppola. “¿Quién es?”, preguntó Guillote.

El cronista cree recordarlo y se le acerca. “¿Sos Capi, no? “Sí, querido, ¿cómo andás?”

Capi es Capi Innocentini, 60 años, mítico lobista porteño, socio de políticos importantes, amigo del representante Gustavo Mascardi, un personaje que ya vio todo, que ya no se conmueve con nada. El coronel Kurtz de Apocalypse Now.

“¿Querés venir a la mesa?” Capi acepta y viene con su botella de Rutini de $200 y se sienta. Nos sirve a todos y empieza a hablar. “Yo era el dueño de todo el mediocampo de Boca en el año 84”, le dice a Randazzo. Randazzo lo miró en silencio, como un lagarto. No dijo nada. Capi siguió. Pasó el tiempo, pasó el postre, llegó el Baron B, luego el café, después la cuenta. La de Capi era de $300. La de C, $680. Cóppola hablaba por celular, los amigos también. Este cronista metió su mano en el bolsillo con la parsimonia de un caracol. En dos segundos, Capi abrió su billetera. “Dame todo”, dijo y tiró once gambas ($1.100) arriba de la mesa. “Me deben un almuerzo”, soltó, antes de levantarse e irse por Posadas.

Lleno de cabernet y de alivio, este cronista también se despidió. La ciudad comenzaba a tragarse al sol. Al llegar a la calle Corrientes, el cronista se metió en una librería de usados. Por 10 pesos consiguió un ejemplar de El gran Gatsby.

Maradona estaba en camino a la última escena. Tras una serie de obstáculos, plantones, idas y vueltas, un avión privado, contratado únicamente para él, lo había recogido en Dinamarca y acababa de dejarlo en el aeropuerto de Belgrado. Desde allí debía seguir un trayecto de cuatro horas en auto por una zona montañosa hasta la casa del hombre que intentaba retratarlo: el cineasta Emir Kusturica. El encuentro era parte de un documental sobre la vida del que algunos consideran el mejor jugador de fútbol de la historia. Ésta sería una de las tres entrevistas en profundidad pactadas. Los organizadores habían comprometido hasta a la policía nacional serbia para escoltar el vehículo que lo trasladaba.

Por eso, cuando la llamada del chofer fue respondida, las sirenas oficiales se filtraban por el audífono. «Señor Kusturica, el señor Maradona me pide que lo regrese al aeropuerto, ¿qué hago?», dijo el hombre, como si tuviera otra opción antes de que aquello se transformara en un secuestro. La pobre recepción de la zona complicó la llamada. «¿Me escucha?», gritó el conductor. La voz de Kusturica debía llegarle entrecortada, pero el mensaje era una sola palabra repetidas varias veces: ¡sranje! En serbio quiere decir: ¡mierda!

Poco después otro celular sonó en casa del cineasta. Era el de José Ibáñez, el productor español de la película. Maradona llamaba para quejarse. Dijo que nadie lo había prevenido del agotador itinerario, que la casa estaba muy lejos y que debía regresar a Buenos Aires para resolver quién sabía qué tema, adiós. Fin de la llamada.

Kusturica imploró paciencia al cielo: hacía días que preparaba aquel encuentro. Que el avión privado, que las cámaras, que las luces, que los micrófonos, que el clima. ¿Adónde está la traductora? ¿Y el fotógrafo? ¿Hay algo para tomar? Nos sentaremos allí porque hay mejor luz. También estaba entre ellos el cantante Manu Chao, que había compuesto una canción especialmente para el filme. La casa se había transformado en estudio. Maradona sólo tenía que llegar, pero a mitad de camino se arrepintió, se cansó, tenía que volver, chau, adiós. Y así los dejó. Boquiabiertos.

–Fue surrealista –recuerda Ibáñez–. El día anterior había ocurrido un hecho premonitorio: cuando íbamos con Manu Chao a la casa, a mitad del recorrido, él me había advertido: «Acá Maradona pegará la vuelta».

Así fue. Maradona se largó. Aquél fue uno de los desencuentros que marcaron un rodaje de pesadilla persiguiendo a un personaje al que algunos millones de seguidores llaman D10s.

***

La productora española Pentagrama Films se había propuesto conseguir la historia de un gran personaje contada por un gran director. Maradona aceptó un acuerdo económico –dicen– no tan bueno como el que obtuvo por el cargo de director técnico de la selección argentina de fútbol. El nombre de Kusturica saltó a la mesa cuando alguien recordó una escena de su película Gato negro, gato blanco en que el protagonista, un muchacho gitano, grita a orillas del Danubio: «Maradooona», en señal de júbilo. ¿Quién mejor que un director que alguna vez quiso ser futbolista profesional para retratarlo? ¿Y qué mejor que no fuera argentino? Se lo propusieron y Kusturica aceptó. Se puso a trabajar en el 2004. Pasarían cuatro años y varias crisis antes de que el documental quedara listo.

El itinerario de la producción incluía escenarios como Villa Fiorito, el barrio obrero en el que Maradona nació y donde aprendió a jugar al fútbol; La Habana, ciudad en la que vivió tres años para limpiarse de las drogas; Nápoles, que es quizá el lugar más maradoniano del planeta; y también Belgrado, la ciudad que Kusturica adoptó para reafirmar su origen. Pero las cosas no salieron como estaban planificadas. El director iba a pasar momentos de angustia y furia antes de conseguir la entrevista principal con su personaje. Unas veces era Maradona el que lo dejaba plantado sin motivo. Otra vez, en medio del rodaje, sufrió un colapso físico que lo dejó al borde de la muerte. Pero también el mismo Kusturica estuvo a punto de mandar todo al diablo. Las interrupciones fueron tantas que entre el inicio y el final Kusturica tuvo tiempo de rodar otra película: Promise Me This.

Y sin embargo, parecía dispuesto a todo por culminar el proyecto, un retrato personal del futbolista más importante de su tiempo.

El desafío no era menor. Maradona es un tema inagotable. Según la base de datos cinematográfica más confiable de la web, Internet Movie Database, hay más de veinte películas que tienen que ver con él (entre producciones para cine y televisión, participaciones especiales en filmes de otros y compilados de los mejores goles). Una estadística elemental sugiere que, si contamos desde que nació hasta su edad actual, cada dos años alguien intenta contar su vida para una pantalla. Esto sin sumar los libros. El valor agregado de este nuevo filme sería la visión que un narrador desbordado como Kusturica podía tener de una leyenda desbordante como Maradona.

Si algo comparten ambos personajes es que sus vidas públicas y privadas han generado revuelos. A Maradona le basta con abrir la boca para que sucedan negocios o escándalos desopilantes. Kusturica, por su parte, ha repetido que desde ¿Quién se acuerda de Dolly Bell? (película con la que ganó el León de Oro de Venecia en 1981) siempre ha rodado la misma historia:

–Es la locura vista por un loco –dijo una vez.

¿De qué se trataría pues el insólito desafío de filmar un nuevo documental sobre Maradona? ¿Acaso la historia de un loco que intenta comprender a Dios?

***

Buenos Aires, abril de 2005. El escenario es Devoto, un barrio de clase media donde está la casa de la familia Maradona. La tropa cinematográfica llega cuando se festeja el cumpleaños de su hija mayor, Dalma.

–¿Quién es?

–Soy Emir y el equipo.

Pasan. Aparece un Maradona obeso, de andar cansino, y los saluda. No se conocían. Fue el primer encuentro, informal, cámara en mano. Lo primero que Kusturica le dice es: «He llorado dos veces por tu culpa: cuando hemos perdido y cuando marcaste el gol contra Inglaterra». En el documental, Maradona le contesta que mientras hacía ese gol sus piernas se movían para vengar a los muertos de la Guerra de las Malvinas.

–¿Y el gol con la mano? –pregunta Emir.

–Ése para mí fue como robarle la cartera a un inglés –se ríe Diego haciendo gala de su humor y viveza criolla.

Poco después Kusturica y su equipo se van, no sin antes arreglar una entrevista para los días siguientes. Allí empieza el desconcierto.

La segunda vez que tocan el timbre de la casa de Devoto, nadie atiende. Kusturica pone cara de rottweiler. La espera se alarga sentados en el vehículo de filmación. Al final sale Maradona, habano en mano, dice: «Hola, qué tal», se sube a su camioneta y se va sin más. Todos quedan haciendo el tonto con las cámaras encendidas. «Es como un juego infinito de puertas que se abren y se cierran. Me siento un paparazzo a la espera de que la estrella se despierte», exclama Kusturica en el documental.

***

Sebastián Naranjo tiene veintisiete años y pertenece a la generación de adolescentes que se decepcionaron –con ese desencanto negro de la adolescencia– cuando a Maradona le dio positivo el control antidopaje en el Mundial de Estados Unidos. Guardaba hacia él resentimiento y le echaba la culpa de no haber visto fútbol por varios años después de ese episodio. Aunque es hijo de quien fuera el médico de los Maradona en los tiempos en que en esa familia no había dinero para médicos, no era fanático del ex capitán de la selección argentina. Pero lo que volvió a acercarlo a él fue que Sebastián es también amigo de Verónica Ojeda, la novia que Maradona había conocido durante el rodaje, en noviembre del 2005. Él había sido invitado al casamiento de un sobrino en los suburbios del sur de Buenos Aires. Allí se reencuentra con familiares, amigos y vecinos del barrio de su infancia. Gente querida. Allí, hacia un costado, ve a una rubia. La invita a bailar. La chica tiene veintisiete años. También es de Villa Fiorito. Desde entonces están juntos. Viven en una casa quinta en Ezeiza, cerca de donde él entrena a la selección argentina. La chica no sale en el documental, tampoco nadie de su entorno. Tal vez porque para terminar la película fue fundamental la participación de Claudia Villafañe, «La bruja», como la llama cariñosamente Maradona. Su ex esposa, madre de Dalma y Gianinna, abuela de su nieto. Pero sobre todo en este caso, su mánager.

Dicen que Maradona suele ser generoso con los allegados. En marzo del 2006 la banda irlandesa U2 llegó a tocar a Buenos Aires. Maradona estaba invitado por Bono Vox, por lo que le dio a su novia un puñado de pases VIP. Podía repartirlos a quien quisiera. Sebastián Naranjo, quien estaba alojado en casa de los Ojeda por esos días, fue uno de los beneficiados. Aunque no lo vio antes ni durante el show. Pero a eso de las cinco de la mañana, escuchó un ruido seco en el líving. Al asomarse al pasillo, Sebastián vio a Maradona parado a un metro de distancia y se quedó pasmado. Estaba con ropa de casa, pantalones cortos y un gorro de cowboy en la cabeza. Después se enteraría de que Bono le había regalado el sombrero que usó durante todo el Tour Vértigo, la exitosa gira que entre el 2005 y el 2006 llevó a la banda por el mundo para promocionar el disco How to Dismantle an Atomic Bomb.

–No me pude volver a dormir. Es que vos lo ves y… ¿Viste cuando en el juego del pacman el muñequito se come la fruta que suma puntos y aparece un hongo de luz fluorescente alrededor? Bueno, el tipo tiene eso. Una energía increíble.

Al día siguiente fueron presentados:

–Ah, vos sos el hijo del doctor –afirmó Maradona mientras le tendía el brazo donde tiene tatuado al Che.

Gestos como esos le bastan para tumbar resistencias. Ahora había sumado un nuevo fan.

***

«Dios es el único ser que para reinar no tuvo ni siquiera necesidad de existir», dice una frase de Baudelaire que abre la película. Maradona en cambio existe. Pero gasta una aureola de divinidad que podría dar para un estudio de psicosis colectiva. Una vez se disponía a pagar el peaje en una autopista y el empleado en la cabina, en vez de recibirle el dinero, le agarró la mano y no se la quería soltar. En otra ocasión un muchacho que iba en moto casi se estrella por quedarse mirándolo de costado en plena marcha. El mismo Maradona le gritaba: «¡Mirá para adelante! ¡Te vas a matar!». Un amigo que prefiere mantenerse en el anonimato me cuenta que en su casa todos los días se escuchan gritos de la gente que hace guardia en la puerta: «Diego salí, Diego ídolo, Diego te quiero».

Creer en Dios es un misterio de fe. Y la fe no se cuestiona. Durante el rodaje de la película, Maradona asistió a una fecha de la Fórmula 1 en Montecarlo. Apenas apareció, toda una tribuna comenzó a cantarle. La gente se le tiraba encima, lo quería abrazar con un fervor irracional [esta escena fue suprimida del documental, porque no todo podía entrar: en total filmaron ciento ochenta horas]. En Nápoles, adonde había asistido para el partido de homenaje a su ex compañero de equipo Ciro Ferrara, se lo ve saludando desde la ventana de su hotel. Abajo la gente se amontona, grita, aúlla. Hay llantos, estampidas, policías. Poco después, la gente golpea el vehículo que lo traslada. «¡Maradoooona! ¡Diegooooo! ¡Diegoooooo!»

–¡¿Por qué golpeás, la puta que te parió?! –lanza Maradona su ira, fuera de sí.

Ellos parecen implorarle salvación. En el documental la voz en off de Kusturica se pregunta:

–¿Quién es este hombre? ¿Quién es ese mago del balón? El Sex Pistol del fútbol internacional.

***

La segunda gran crisis tuvo un trasfondo extra futbolístico y extra cinematográfico. Un telón ideológico.

–¡Si Maradona viaja primero a Croacia que a Serbia me retiro del proyecto!- gritó Kusturica al teléfono y luego colgó.

Era un viernes por la noche. Estaba con el equipo de rodaje en Italia. Corridas. Llamadas. Productores y técnicos en pánico y el protagonista que se les escabullía como una zarigüeya. Maradona había viajado para un partido homenaje y de allí planeaba visitar Croacia, donde un ex compañero de fútbol había inaugurado una obra benéfica. Croacia es un país tradicionalmente enemigo de Serbia, y a Kusturica esa escala inesperada le parecía una afrenta. Fue un punto crítico. El director había coordinado hasta un encuentro con el presidente serbio para el documental. Si Maradona hacía ese trayecto, la película se abortaba.

Chocaban los dioses en los infiernos de sus idearios. Se mezclaba el fútbol con las heridas abiertas en los Balcanes. Para intentar entenderlo había que identificar a los enemigos de Kusturica. Tal vez volver a mirar la que muchos consideran su obra maestra: Underground –filme que lo consagró a nivel internacional y le valió su segunda Palma de Oro en Cannes–, una ficción satírica que recorre casi medio siglo de la historia de la ex Yugoslavia. Es su visión personal sobre el conflicto de los Balcanes, esa región que un día estalló en guerras de independencia sucesivas y donde hubo masacres que horrorizaron al mundo. Por ella este director nacido en Bosnia se ganó la embarazosa etiqueta de «proserbio», que en lenguaje moderno es un eufemismo de nazi. Algunos intelectuales franceses, entre ellos Bernard-Henri Lévy, criticaron su postura política. Ciertos sectores de su propio país incluso lo acusaron de ponerse al servicio del genocida Slobodan Milosevic, a quien muchos consideran el principal responsable de ese baño de sangre.

–Los que me dijeron proserbio son putas baratas- respondió él en una entrevista.

En su ciudad de origen, Sarajevo, asediada y martirizada por el ejército serbio durante los ataques de 2005, varios sectores no le perdonan su posición sobre esta guerra. Nunca se alejó de Slobodan Milosevic. En una entrevista Kusturica explicó que está en contra de la simple división de buenos y malos. Pero sabe tomar partido. De hecho hay quienes aseguran que Kusturica –hijo de musulmanes conversos– ha reivindicado hoy su origen serbio y hasta se ha vuelto a bautizar eligiendo el nombre de Nemanja. Con ese trámite habría borrado las huellas musulmanas de Emir, el nombre que le dieron sus padres. Sus amigos lo llaman Kusta.

De modo que sus amenazas de parar el documental si Maradona iba primero a Croacia no eran palabrería. El caos se presentó de golpe para la producción. Un integrante del equipo recuerda que estaban cenando cuando sonó el teléfono de la productora. Lo que siguió fue una secuencia de caras largas y luego el anuncio de que el rodaje no seguiría. «Después de la cena fuimos a tomar unos tragos en una plaza y a las tres de la mañana llaman a uno de los productores diciéndole que reuniera al equipo urgente porque a las cinco salíamos cruzando Italia por tierra hasta el mar Adriático, para embarcar rumbo a Belgrado». Maradona había aceptado el cambio de itinerario.

Entre idas y vueltas, al otro día desayunaron en Serbia. Kusturica conducía el coche. Tenían cita con el presidente, luego irían al estadio Estrella Roja. Durante el camino, Maradona miraba las calles de Belgrado. En un momento, al pasar por las ruinas del Ministerio del Interior, se sorprendió con los restos de un bombardeo. Pidió al director que le contara lo que había pasado. Necesitaba entender un poco mejor la reciente guerra.

Kusturica manejaba y al mismo tiempo hablaba por teléfono con su madre enferma. En un momento, le pasó el teléfono.

–¡Hola, Senka! voglio te, (te quiero) –dijo Maradona en italiano confuso.

Después de rodar la llegada a Serbia, Kusturica anunció que daría una fiesta en su yate en honor del astro argentino. Sería un recorrido por las aguas del Danubio, con una orquesta gitana, bandejas con delicias pantagruélicas y el inevitable desmadre de vinos y espumantes que políticos, mecenas, artistas y productores bebían y comían a libre demanda. Esa noche Diego Maradona y su anfitrión se batieron en un duelo de baile y carcajadas, venerados por un círculo de gente, hasta que al finalizar la fiesta sonó el teléfono y llegó el aviso. «La madre de Emir agoniza». Maradona había sido una de las últimas personas con las que habló.

***

El último episodio crítico de la filmación no ocurrió en un yate, sino en un tren. Fue en la víspera de la IV Cumbre de las Américas, en noviembre del 2005, durante una masiva protesta contra la visita de George W. Bush a la Argentina. Una anticumbre cuyo tema de fondo sonaba como un partido de fútbol: Alca versus Alba. El modelo de comercio norteamericano versus el modelo de resistencia latinoamericano. El convoy de protesta partiría de Buenos Aires hasta la sureña Mar del Plata, a bordo de cinco vagones bautizados con un nombre lírico: Expreso del Alba. Entre los ciento sesenta pasajeros había personajes famosos de la cultura y la política, desde el presidente venezolano Hugo Chávez y el entonces líder cocalero Evo Morales al premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, actores, periodistas, Maradona y Kusturica. No todo era poesía aquella noche. «Maldito, borracho, asesino, criminal de guerra, Stop Bush, no al Alca», decían los gritos militantes.

Kusturica pensaba realizar allí la entrevista a su personaje. Eso habían arreglado.

–¡Comandante! –saludó el director al encontrar a Maradona.

Pero éste estaba disperso. Mucha gente, mucha prensa. Tiró besos desde la ventanilla, se sacó fotos con los mozos, hasta tuvo tiempo de firmarle un autógrafo al inspector general del tren en su camiseta de Boca.

A eso de las dos de la mañana, la escena parecía sacada del antiguo cine soviético: un tren del siglo pasado llegando a la estación de un pueblo bajo una lluvia que sólo se podía ver a través de los tímidos chorritos de luz de los faroles. Unas trescientas personas se mojaban en la estación. No era para apoyar la anticumbre. Era para saludar a Maradona.

Kusturica desesperaba porque nunca se daba el momento para la entrevista.

A las seis de la mañana un bocinazo barítono, nasal, anunció que habían llegado. La llamada Ciudad Feliz estaba convertida en un fortín, cerrada con vallas, con toda la policía argentina volcada a las calles y el servicio secreto norteamericano escondido por los rincones. Y con un desmadre de gente que quería tocar a Maradona. Hubo que retirarlo por su seguridad.

Todo estaba fuera de control. Esto está en el documental: el protagonista gambetea al director. Que se fue a un hotel. Que no se sabe. Que la maldita lluvia. ¿Que adónde se metió? Kusturica estaba frustrado. El rodaje se le iba de las manos. A esas alturas la sensación de desorden era tal que los inversionistas franceses del proyecto, cuyo presupuesto pasaba del millón de euros, habían iniciado una demanda para presionar. Uno de los productores tuvo un preinfarto. Los médicos dijeron que era por el estrés. El cineasta también llegó a su límite: ante ese contratiempo, mandó todo al diablo, se subió a un coche y se volvió a Buenos Aires. Parte del equipo de filmación se dedicó a buscar un bar para desayunar. ¡Sranje! ¡Sranje!

***

La última entrevista, la que faltaba para terminar la película, se realizó en un estudio en la capital argentina. Tres años después de aquella primera que se hiciera en el cumpleaños de Dalma. Y todo, según dicen, gracias a las múltiples gestiones de Claudia Villafañe, a quien se la ve sentada al fondo de la escena. En esa charla, una de las mejores del documental, Maradona le dice a Kusturica que está arrepentido de haberse perdido la infancia de sus hijas por estar bajo los efectos de la droga –una recaída en el 2006 supuso otro agujero negro en el rodaje–. Pero que ya no puede volver el tiempo atrás, porque no es Dios. Y que si no está muerto es porque «el de arriba» no quiso. Kusturica lo escucha y lo deja hablar, en su mejor faceta de entrevistador.

–Cuando alguien se resigna a la muerte y habla con el corazón como Diego, tiene el camino allanado hacia la santidad –reflexiona el cineasta–. Pero aún no era el momento de convertirse en santo, y creo que por eso se convirtió en toxicodependiente.

Maradona quedó satisfecho con su perfil. Y dicen que a Kusturica también le gustó cómo quedó su película. El día del estreno, en el Festival de Cannes, director y protagonista parecían libres de cicatrices mutuas. Maradona estaba rebosante, acompañado por tres mujeres vestidas de negro: su ex mujer y sus dos hijas. Kusturica también había llevado a su familia. Sobre la alfombra roja, acribillados por los flashes, ambos estrenaban también una empatía que resultaba extraña tras los meses de tensiones. Fuera como fuera, «Maradona by Kusturica» estaba listo para recorrer el mundo sobre la corriente de admiración que despierta el astro argentino por todas partes. Y sin embargo, el documental no tuvo la repercusión esperada.

No recibió buenos comentarios de la crítica. Y hasta hoy sólo ha sido proyectado en salas comerciales de Italia, Serbia y Francia, donde permaneció muy poco tiempo en cartelera. En España esperan un buen momento que, al parecer, aún no ha llegado. En Perú ya fue comprada por el distribuidor Eurofilms, pero todavía no tiene fecha de estreno.

Lo más extraño, sin embargo, es que ni siquiera en el país de Maradona haya sido vista todavía. No sólo por lo que aquí significa Maradona, sino porque también Kusturica tiene muchos fans, de sus películas y también de su música.

La vida de Maradona ha seguido desde entonces llena de sorpresas: se convirtió en abuelo (su nieto es el hijo de Dalma con la estrella del fútbol Kun Agüero), se trasformó en el director técnico de la selección argentina y hoy todos le rezan por haber logrado cupo para el próximo Mundial. El documental pudo recibir salpicones de esas ráfagas de interés que este ídolo histriónico suele atraer sobre sí, pero no ha pasado eso. ¿De qué se trata este silencio al final del maratónico esfuerzo de un loco que trata de retratar a un dios? Nadie lo explica demasiado bien. Dicen que el circuito de los documentales es así. Que tiene buena acogida en su formato de DVD. Las razones quedan cortas. Y queda flotando una hipótesis esotérica que tiene que ver con aquellos que osan meterse en la intimidad de los dioses: ¿es ésta una película maldita?