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Ahí va, con el pantalón y esa camisa de mezclilla que usa desde que alguien le dijo que Albert Einstein no se cambiaba de ropa para no perder el tiempo. El profesor Cruz Hernández camina entre un monte agreste, protegido por enormes ceibas, huanacaxtles y coloridas amapas. Recorre el monte y sus zapatos ya están cubiertos de una coraza terregosa que se engrosa a cada paso, como si en algún momento se fuera a quedar atrapado en el lodo.

Es 9 de enero de 2007 y, en un lugar llamado Recoveco, el viento saluda con un fresco que arranca una sonrisa hasta al más huraño del pueblo. Nada qué ver con el abrasante calor de más de 40 grados que en julio y agosto convierte a una parte de sus pobladores en fantasmas. Es uno de esos días en los que el profe Cruz aprovecha lo más que puede para trabajar en su pequeño mundo: una reserva personal de 12 hectáreas que ha ido cultivando y reforestando con más amor que dinero, suficiente para convertir ese espacio en un santuario de animales que ya sólo aparecían en las historias de los más viejos: venados, tejones, cochinos salvajes y las ruidosas chachalacas.

Él y su silencio. Ora corta la maleza, ora limpia los cercos de hierba, cuando una llamada lo devuelve al mundo. La ha esperado por años, tanto que casi había perdido la esperanza.

A las 5:30 de la tarde suena su teléfono móvil, un pequeño artificio negro de bajo costo que además de permitirle hacer y recibir llamadas, envía mensajes de texto y sirve de linterna con sólo aplastarle un botón.

Cruz Hernández observa el número que aparece en la pantalla. Lo reconoce de inmediato. ¿Cuántas veces lo ha marcado? Tantas que ha perdido la cuenta.

 —¿Bueno? —contesta él.

Al otro lado de la línea se escucha la voz suave de una mujer.

—¿Señor Cruz?
—Sí.
—Permítame, le va a hablar don Gabriel…

En ese preciso instante el aire se quiebra.

***

Cruz Hernández es el primero de 10 hijos de un campesino oriundo de un lejano pueblo conocido como Tempoal, en el norte de Veracruz. Desde su infancia todo apuntaba a que repetiría la vida de su antepasado: ayudarle a hurgar en el campo terregoso, a arriar al ganado remolón y a la escasa siembra de maíz. Así parecía hasta que llegó a la secundaria y miró por la ventana un mundo paralelo: abrió su primer libro. Lo recuerda como el marinero a las estrellas:

—¿Nada para el coronel?
El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza:
 —El coronel no tiene quien le escriba.

El personaje era tan parecido a su abuelo, que de inmediato lo abrigó en su pecho adolescente, a un lado del corazón, dejando apenas espacio para un tranquilo latir. La vida sería otra a partir de entonces.

En esos tiempos buscaba leer todo lo que estuviera firmado por un tal García Márquez. Ahí se encuentra el inicio de su obsesión. Cursó la preparatoria, después la carrera de Agronomía y obtuvo una plaza de maestro en el Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario (CBTA).

Sólo había un inconveniente. El empleo estaba lejos de su hogar, hasta un ejido de altas temperaturas: Recoveco, municipio de Mocorito, Sinaloa, un pueblo rural de unos mil 600 habitantes.

Ya tenía una carrera, pero no le bastó y decidió estudiar una segunda: Veterinaria. Con esta profesión y la de su esposa Alma del Carmen, médica, le bastó para ganarse la buena voluntad de la gente de Recoveco, sobre todo cuando la pareja prometió replicar aquella máxima de Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del cólera: “En esta profesión tratamos de que los ricos paguen por los pobres”.

Han pasado más de dos décadas desde aquellos días y él sigue auscultando animales en los corrales del pueblo, aconsejando a campesinos sobre sus cultivos e impartiendo clase en los salones del bachillerato.

Pero en Recoveco nada ha identificado tan bien al profe Cruz como esa manía por la lectura que carga desde que se topó por primera vez con El coronel no tiene quien le escriba, y que ha tratado de inyectar en niños y adolescentes. Por eso, cada que en el pueblo ve a un joven ocioso, suelta como sapo una pregunta que siempre guarda debajo de la lengua: “Y tú, ¿qué estás leyendo?”.

La técnica ha dado buenos resultados. Al paso de los años los alumnos pedían más y más libros hasta que un día, cuando el calendario mostraba las primeras hojas de marzo de 2003, se le ocurrió invitar a la plebada a realizar una actividad distinta a la de leer en soledad.

—Hey —les dijo—, hay que hacerle una tertulia al Gabo.

***

Ese 6 de marzo de 2003 el profe Cruz llegó muy temprano al CBTA de Recoveco, donde ya los alumnos lo esperaban.

Con esa parsimoniosa voz colmada de explicaciones no solicitadas que lo hacen parecer un narrador de cuentos improvisados, el profe empezó a dar instrucciones a los jóvenes que le ayudaban a colocar manteles blancos y largos, a encender el micrófono de la escuela…

—Ayúdame con la bocina, Juan. Ésta tiene que ir aquí para que se escuche bien —dijo el profe a uno de los bachilleres, justo el día en que se celebraba el aniversario número 76 del nacimiento de Gabriel García Márquez.

La sala de encuentro —un auditorio de paredes blancas con hileras de sillas azules— se convertía de a poquito en un pedazo de Macondo, el pueblo de Cien años de soledad donde vivía una estirpe de locos caídos en desgracia que irónicamente se apellidaban Buendía.

El profe colocó en un florero los girasoles silvestres que cortó de entre las parcelas verdes de maíz sembradas a un costado de la escuela. De una vieja grabadora escapaban los ritmos del vallenato, el mismo que tantas noches llenó de alegría las caderas del Gabo.

Unos 10 jóvenes de preparatoria, en su mayoría mujeres, empezaron a contar las lecturas que habían hecho de García Márquez. Hablaron de El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada, Los funerales de la Mamá Grande, la infaltable Cien años de soledad, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, El amor en los tiempos del cólera La hojarasca.

Juan Carlos deseaba que por cada página que leía de Cien años de soledad, surgieran 10 más; Juan Luis gozaba con el encuentro porque decía que escuchar a sus compañeros le permitía leer “un chingo de libros” en un solo día; y María Antonia, una jovencita que vivía en un poblado aún más pequeño y escondido que Recoveco, confesaba que había soltado el llanto cuando leyó la última palabra de Cien años de soledad. El fin de la estirpe.

Los participantes habían encontrado en los textos pizcas de ellos mismos, de sus familias y de sus pueblos. No era imposibe, en el campo aún viven las historias de fantasía y ese sencillo hábito de contar cuentos en las noches sin luna, con el café de olla sobre la hornilla humeante atizada con leña.

Al paso de una hora y media los jóvenes detuvieron la charla, aumentaron el volumen de la música que se fugaba del anciano equipo de sonido, uno de ellos se puso de pie y empezó a improvisar unos pasos de vallenato en una zona donde el corrido ligado al narcotráfico es un rosario repetido día a día.

Pero en esa ocasión, y en voz de Carlos Vives, el vallenato fue el vencedor.

Acordate Moralito de aquel día
que estuviste en Urumita
y no quisiste hacer parranda.
Te fuiste de mañanita,
sería de la misma rabia.
Te fuiste de mañanita,
sería de la misma rabia… 

La tertulia salió tan bien que Cruz Hernández no se resignó a dejarla en el libro del anecdotario del pueblo o en las fotos que alguien tomó y subió al blog del CBTA 133 de Recoveco. Fue entonces cuando este profesor se juró a sí mismo lo que tarde o temprano cumpliría.

—Esto lo tiene que saber el maestro García Márquez.

***

Días después el profe Cruz Hernández marcó a la revista Proceso —donde García Márquez había colaborado— para pedir el teléfono del escritor. Llamó al número que le pasaron y una cálida voz le respondió. Era Mónica Alonso, la asistente del colombiano.

Le explicó entonces que en el CBTA 133 le habían hecho un pequeño homenaje realizado por un grupo de estudiantes hijos de obreros y campesinos, en una vaina llamada Recoveco, Sinaloa, y que si le interesaba podía bajar las fotos del sitio web del centro escolar. También le dejó el correo que usaba y sigue utilizando desde entonces: cruzmacondo@hotmail.com.

Mónica Alonso vio las fotos de los jovencitos bien nutridos de letras y se las enseñó a García Márquez. El profe Cruz siguió con su vida y al paso de siete meses, un 21 de octubre de 2003, exactamente a las siete de la noche con 51 minutos, recibió una respuesta:

“Sr. Cruz. Le escribe Mónica, de casa de Don Gabriel García Márquez para avisarle que el viernes 17 de oct, como al media día y por correo normal, salieron para allá tres paquetes con los libros que le comentaba. Van a su nombre y nos dieron los siguientes números de paquetes: 722, 723 y 724. Por favor avíseme cuando los haya recibido y en qué estado llegaron. Muchas gracias, Mónica Alonso”.

En cuanto terminó de leer el correo, Cruz Hernández lo imprimió, lo enmarcó y lo colgó en la sala de su casa. Ahí permanece. Intocable. Inmaculado.

Envueltos en papeles amarillos, a los días llegaron los primeros tres paquetitos con más de mil libros, salidos desde la mismísima casa de Gabriel García Márquez hasta esa vaina llamada Recoveco, Mocorito.

Pasaron los meses, los años y Cruz Hernández no dejó de llamar a Mónica Alonso, cada vez más motivado a pesar del desgaste de ese maratón de infamias al que llamamos vida, porque don Gabriel no había dejado de mandarle libros para el club de lectura que había consolidado desde la tertulia de 2003, y que bautizaron como La Hojarasca en honor a la primera novela publicada por el Gabo.

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos: rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil.

A cambio, el profe le enviaba de vez en vez a García Márquez cajas con lichis jugosas, rellenas de vida de las tierras y las aguas de Recoveco. Fue la mejor forma que Cruz encontró de mostrar su agradecimiento al escritor. La relación con García Márquez a través de Mónica Alonso se había tejido como se tejen las novelas, con paciencia. Tres años después, en 2006, Cruz Hernández imaginó un nuevo objetivo de vida: “conocer al maestro”. Sin pensarlo demasiado, escapó de Recoveco en dirección a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Ahí, en el inmenso auditorio Juan Rulfo, entre el bullicio, los aplausos y los flashes, lo vería por primera vez en persona. “Ahí estaba, acompañado de Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes y de José Saramago. ¡Vaya grupo! Todos canos, elegantes y plenos. Se apapachaban, se disfrutaban, se querían con cortesías de caballeros sabios”. En el salón no cabía uno más, pero Cruz Hernández le dio unas brazadas al aire para hacer espacio y acomodarse a un costado de la última fila de asientos. Aquella era una oportunidad única para saludar a García Márquez, para decirle que él era ese profe de Recoveco al que le enviaba libros; el mismo que con enorme gusto le enviaba cajas de lichis preciosas hasta la puerta de su casa; que era él quien organizó esa tertulia de 2003 en su honor, que se repetía año con año, siempre en su cumpleaños, y que desde entonces se había creado un club de lectura llamado La Hojarasca con los cientos de libros que el Nobel les había mandado.

Pero algo pasó, algo paralizó al profe. Se quedó mirando a lo lejos. Frío. Inmóvil. Sólo Melquíades, el gitano sabio de Cien años de soledad, el mismo que hace más de un siglo predijo que dentro de poco el hombre podría ver lo que ocurriría en cualquier lugar de la tierra sin moverse de su casa, sólo él podía saber lo que Cruz Hernández sintió, lo que le impidió abrirse paso entre la masa de gente que ensordecía con aplausos y gritos de admiración, para saludar al hijo de Aracataca.

De regreso a Recoveco el profe le marcó nuevamente a Mónica Alonso para contarle que había ido a la feria del libro y que entre el tumulto, vio de lejos al maestro sin saludarlo. Ella le respondió con algo que parecía un amable regaño: si en realidad lo deseaba, lo hubiera podido hacer sin problema porque Gabo lo tenía muy presente.

De nueva cuenta, el aire se quebró.

***

Recoveco ya había decidido ser el pueblo con más lectores de Gabo en Sinaloa y en todo México. Por eso, en 2007, durante una reunión en la que los campesinos resolvían la manera en que festejarían los 60 años de la fundación del ejido y la forma en que podían agradecer a García Márquez los miles de libros que les había mandado en paqueticos amarillos, Socorro Gámez Barajas, ejidatario del lugar, tuvo la intempestiva idea de leer una de sus obras entre todos los habitantes. Se hablaba tanto del escritor: que Gabo esto, que Gabo lo otro, que lo menos que podían hacer era leerlo en comunidad.

La propuesta fue abrazada por los habitantes, sobre todo por Cruz Hernández que para entonces ya llevaba años con el club de lectura La Hojarasca. Sugirió leer la máxima obra de don Gabriel: Cien años de soledad.

En todo el pueblo se anunció el acuerdo. Se habló con los directores de las escuelas del lugar y de las comunidades vecinas de Pericos y Calomato; se arregló la casa ejidal con pacas de alfalfa y maíz en los costados, se montó una mesa con manteles largos sobre la que colocaron tres libros para leer, unas flores amarillas y un micrófono para turnarse la lectura.

—Nada puede salir mal cuando hay flores amarillas —se le oyó decir al profe.

Como lobos que acudían al llamado del aullido, se hicieron presentes el señor enfermero de la botica, la dueña de la tienda de abarrotes, el vecino cascarrabias y el muchacho que no quería ir pero que al final lo hizo.

Cada uno de los tres libros cumplía con un propósito: uno era usado por el que estaba leyendo, otro por quien debía seguir en la lectura, y uno más por el tercero en línea. La idea era no perder el hilo de la lectura.

A las 10 de la mañana de ese 11 de junio de 2007, día en que se recordaba la fundación del ejido de Recoveco, empezaron a leer la novela, y mientras pasaban las páginas, también avanzaba el reloj.

Tic, tac. Tic, tac. Querían saber cuántas horas tardarían en leer el invencible Cien añosos de soledad.

En Recoveco la temperatura ambiente daba la sensación de marcar 40 grados centígrados, pero la lectura se podía realizar sin inconvenientes porque la casa ejidal estaba ventilada. Leyeron niños de preescolar y primaria; adolescentes, jóvenes, maestros; hombres de bigote, botas y sombrero; señoras avejentadas por la vida de campo, amas de casa, profesionistas.

Una de ellas fue Alba, maestra jubilada de unos 60 años de edad. Tomó su lugar, cogió el micrófono y antes de leer les contó una historia que ni el profe Cruz, su amigo y colega, conocía. En su juventud, cuando se encontraba en trabajo de parto, escuchó que a unos cuantos metros de ella el doctor no paraba de reír a carcajadas. Pasaban los minutos y Alba seguía sudando y sufriendo los dolores naturales antes de dar a luz mientras el médico seguía con sus risas; la señora sentía arder de coraje y una vez que parió y tuvo al médico enfrente, le reclamó: de qué se reía mientras ella pasaba uno de los peores dolores de su vida. El doctor contestó que se carcajeaba de las ocurrencias del Gabo en Cien años de soledad. Alba ya había aborrecido al doctor, pero cuando éste le confesó los motivos de sus risas, también odió a la novela.

—Y dije: jamás voy a leer ese libro —narró frente a los ejidatarios. Una vez contada su historia, explicó que había acudido a la lectura porque el profe Cruz la invitó, y fue hasta entonces cuando por primera vez probó la novela.

Tic, tac.

El señor Mayo Labi, el eterno comisario al que ubican más por su apodo que por su nombre, no perdió la oportunidad de subirse al tren de lectores. Mayo Labi no acostumbraba leer literatura, pero no se perdería el festejo. Tomó uno de los libros, clavó su mirada en el texto y fue deletreando.

—¡Es-toy ha-blan-do!, gri-tó Úr-su-la.

Con sus 70 años, tardó varios minutos en terminar una página completa, pero lo logró.

Tic, tac. Tic, tac.

Como un batallón de emergencia ante un indomable incendio, camiones con estudiantes de poblados cercanos llegaban a reforzar. Los autobuses arribaban embarazados de decenas de niños que se desparramaban en la casa ejidal.

—El que quiera leer, bueno, y el que no, también —les decía el profe Cruz a los que se resistían a tomar el micrófono para continuar con la lectura.

Después de las ocho de la noche el salón casi se vació, pero pronto llegaron más lectores; los que ya habían leído abandonaban el sitio y a las horas regresaban a preguntar: “¿En qué página van?”. Tomaban café para no dormir, conversaban de cualquier cosa y sacudían con chiras los zancudos hambrientos que merodeaban sus piernas.

Tic, tac. Tic, tac.

Era la media noche cuando, tras medio día sin tregua, el sistema eléctrico se colapsó, se botaron las pastillas y las sombras invadieron el lugar. El plan podría colapsar, como la luz.

La lectura se interrumpió. El silencio avanzó de la mano de la angustia. El reloj seguía: tic, tac. Tenían que moverse rápido. El profe Cruz llamó a un vecino, ése que siempre arreglaba los problemas eléctricos, y en 20 minutos las lámparas funcionaron nuevamente.

Tic, tac. Tic, tac.

La madrugada se convirtió en el momento más complicado. La participación bajó pero un grupo de jóvenes se comprometió a terminar la empresa. Dentro y fuera del salón yacían envueltos en sábanas en espera de su turno o permanecían sentados con las piernas enredadas en casas de campañas. Minutos antes de las seis de la mañana, el último lector pronunció con voz entumecida las palabras más esperadas de la jornada: “…porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. La sala fue arrasada por aplausos, abrazos y gritos. Lo habían logrado: 19 horas con 50 minutos; más de 250 pobladores de Recoveco y de comunidades vecinas leyeron por completo Cien años de soledad.

 ***

Cruz Hernández observó el número que aparecía en la pantalla y lo reconoció porque lo había marcado muchas veces, pero no podía creer que algún día le regresarían la llamada, y menos en ese momento de soledad, el 9 de enero de 2007 a las 5:30 de la tarde.

—¿Señor Cruz?
—Sí.

Al otro lado de la línea, la voz de Mónica Alonso.

—Permítame, le va a hablar don Gabriel…
—Sí.

Oyó, entonces, a Gabriel García Márquez.

—Que fuiste a Guadalajara…
—Sí, maestro.
—¿Y por qué no me saludaste?

En ese momento el profe Cruz Hernández le iba a decir en broma que no lo había saludado por vergüenza, porque había mucha gente enzapatada, pero no se animó. —No, maestro, es que no se pudo. Estaba muy estricta la seguridad.

—No, me hubieras mandado un recado con los que estaban ahí.
—Ah, no se me ocurrió.
—¿Pero vas a ir a la próxima?
—Sí maestro, sí vamos a ir.
—¿Cuántos van a ir? A Cruz Hernández le volaron las ideas por la cabeza como mariposas:
—Como unos 40, maestro.
—No, son muchos: ¡me vuelven loco!
—Ah, bueno, entonces más poquitos.
—Ah, pues ponte de acuerdo con Mónica, y allá comemos.

Cruz Hernández acababa de hablar con el Nobel de Literatura y lo había tratado con naturalidad y sencillez.

La fecha marcada llegó, como lo hacen todas, y con ello el tiempo de acudir a la FIL de Guadalajara en su edición 2007. Para entonces el profe Cruz ya tenía el número de teléfono de la esposa de García Márquez, la señora Mercedes Barcha, y le marcó cuando, junto con su esposa, sus dos hijos y un antiguo amigo, pisó la recepción del hotel Hilton.

—Hey, no los vi cuando llegamos. Súbanse, aquí estamos en el salón —le dijo por teléfono la señora Mercedes Barcha.

El profe llegó al lugar que lucía elegantemente alfombrado y de manteles largos. García Márquez lo reconoció sin conocerlo y le hizo señas para que se acercara.

—Maestro, nomás venimos a saludarlo —le dijo Cruz con la firme convicción de no ser imprudente.
—No, no, no. Pásenle para acá —los invitó el escritor mientas ahuyentaba a un Raúl Padilla, presidente de la FIL, que temía que fueran unos fanáticos incómodos e infiltrados de los que nunca faltan.

Se sentaron en una mesa aparte arreglada con un juego de girasoles al centro y, en cuestión de minutos, García Márquez llegó con ellos. “Y yo, ¿dónde me siento?”.

Mercedes Azucena Hernández Sapiens, hija de Cruz Hernández, llevaba consigo el libro El amor en los tiempos del cólera. Por eso cuando el colombiano bromeó —“al autor de ese libro yo lo conozco, y dicen que el libro es bueno”— y sacó su pluma para firmarlo, la hija del profesor de Recoveco le mostró el punto exacto donde debía de hacerlo.

—Y lo firma donde dice: “Para Mercedes, por supuesto”, pero le pone una comita, y le escribe: “y para Mercedes Azucena con un abrazo de su tío prestado: Gabo”.

El nombre de la hija de Cruz Hernández no era casualidad, lo había decidido así por dos razones principales: por la esposa de García Márquez, Mercedes Barcha, y por su suegra Mercedes. Así mataba dos pájaros de un tiro.

Su hijo se llama Omar Rigoberto, Omar por Torrijos y Rigoberto por un gran amigo de él. Cuando Omar le mostró el libro a firmar, Vivir para contarla, Gabo le estampó la firma y después le dijo: “Ya lo puedes vender”.

Omar se ruborizó, pero sin saberlo Gabo le había obsequiado un guiño de aventura que podía soltar frente a sus amigos al trote de los años; al cabo que como decía el Nobel en la primera página del libro que acababa de firmar: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

A García Márquez le interesaba mucho que el club de lectura La Hojarasca continuara, y lo que más le gustaba es que los plebes se mantuvieran hojeando libros.

—Lo que sea, decía, pero que lean. No me interesa que me lean a mí, pero que lean —recuerda el profe que le dijo el escritor.

Cruz Hernández mantuvo los lazos que había formado con el Nobel. Incluso una vez, a las 12 horas del día 12 de septiembre de 2012, lo visitó en su casa de la Ciudad de México.

El profe llegó media hora antes de la pactada a la casa de García Márquez y esperó pacientemente afuera del lugar hasta que el reloj marcara el medio día. Entonces tocó el timbre.

—¿Quién es? —preguntó una mujer.
—Soy Cruz Hernández y vengo de Sinaloa —respondió.

Abrieron la puerta y lo condujeron al estudio de don Gabriel, un cuarto de paredes blancas tapizado de libros y dividido del resto de la vivienda por un jardín enverdecido. Ahí ya lo esperaban García Márquez y Mónica Alonso.

—Por ahí entran los amigos —le dijo el Nobel cuando lo vio llegar.

El profe Cruz sonrió y le entregó un ejemplar de Don Quijote de la Mancha firmado por todos los alumnos del CBTA 133 que eran parte del club de lectura La Hojarasca. Charlaron sobre Aracataca, Recoveco y el club, y ya entrados en la conversación, mientras Cruz Hernández platicaba con el escritor, que ese día portaba un traje negro de rayas grises combinado con unos botines oscuros de broches dorados, le soltó que en Recoveco leían a los escritores más reconocidos.

—Allá admiramos a los grandes, como usted —le dijo con la intención de halagarlo.
—No, también hay que admirar a los pequeños —reviró don Gabriel.

A pesar de que ya se había difundido la noticia de que la salud de García Márquez mermaba, jamás imaginó que un grupo de mariposas amarillas pudieran llevarse las fotos de sus recuerdos. Lo único que le quedó entre las cejas fue que el Nobel usaba un aparato auditivo para escuchar de manera adecuada.

—¿Ya escuchó, don Gabriel? —le preguntaba frecuentemente Mónica Alonso durante la conversación.
—Sí, lo estoy escuchando perfectamente —respondía.

***

De todas las ocasiones en que Cruz Hernández pudo intercambiar palabra con don Gabriel, hay una que en este este día de marzo de 2015 —durante la entrevista realizada en la biblioteca Juan Rulfo del CBTA 133, donde se halla toda la colección de libros enviados por el colombiano en paqueticos forrados de papeles amarillos—, recuerda con un orgullo similar al que despiden los padres que muestran las fotos de sus hijos: el cumpleaños número 85 de García Márquez, celebrado el 6 de marzo de 2012.

Cruz Hernández marcó un día antes a la oficina del maestro y Mónica Alonso le prometió que programaría una llamada para el día siguiente, el del cumpleaños; se realizaría entre las 12 del día y la una de la tarde.

Llegó el 6 de marzo, el reloj marcó las 12, la una, las dos y las tres de la tarde y la llamada no llegaba. Cruz Hernández recordó que García Márquez era una persona muy solicitada: presidentes, embajadores, intelectuales, gobernadores, todo mundo querría saludarlo. Así que perdió la esperanza.

Cuando ya se había resignado, sonó su teléfono, exactamente a las 3:15 de la tarde hora de Recoveco. Entonces le habló el festejado.

—¿Qué la cosa? ¿Cómo va esa vaina? —le dijo García Márquez.
—Maestro, con la novedad de que otra vez terminamos de leer Cien años de soledad ininterrumpidamente, y si ahora no hicimos un récord mundial, hicimos un récord en Sinaloa —le respondió Cruz Hernández entre risas.
—Yo voy a ir a ese pueblo, pero sin mucho ruido —prometió.

***

Algo le pasaba a su maldito teléfono móvil y el profe Cruz Hernández no podía enviar los mensajes de texto que le escribía a Mónica Alonso para preguntarle por la salud de don Gabriel.

Sabía que estaba grave y no tener noticias de él lo angustiaba. Le robaba la calma. Era como no encontrar sabor a la lectura. Mientras veía absorto el teléfono, entró una llamada de su amigo Raúl Beltrán, un constructor que nada tenía que ver con la literatura pero que conocía tan bien al profe Cruz que no pudo evitar hablarle cuando se enteró.

—¿Ya sabes que falleció García Márquez?
—Chingado, ¡no me digas eso! —respondió el profe mientras maldecía sin resignación ese momento.

Caminó solo por esos surcos del campo donde hacía años había escuchado por primera vez la voz de Gabriel García Márquez.

Caminó. Sólo caminó.

Y sintió cómo se quebraba el aire.

Distrito Feral

Publicado: 21 julio 2016 en Andrés Cota Hiriart
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No es precisamente que los encuentros zoológicos inesperados obstaculicen una cotidianidad del todo plácida, a fin de cuentas, si por algo se destaca la vida capitalina es por su inagotable salvajismo: tráfico demente, enfermedades gastrointestinales, contaminación ingrata, terremotos, asaltos, secuestros y corrupción en todas su modalidades. Sin embargo, nada como una alimaña veloz, que se escabulle furtivamente debajo de la cama, para ponerle un poco de sabor a la machaca. Quizá no debería sorprendernos que una variedad considerable de criaturas inquietantes acechen entre el asfalto, después de todo, y aunque a primera vista no resulte evidente, vivimos en una de las urbes más biodiversas del planeta.

Por supuesto que ganas no han faltado para aniquilar el entorno biológico que nos rodea. En aras del progreso social talamos montes, entubamos ríos, desecamos lagos y poco a poco recubrimos centímetro tras centímetro de cemento. Pero la madre naturaleza es persistente. Y pese a la devastación ecológica implícita en figurar, de acuerdo con el International Business Times, dentro del ranking de las cinco ciudades más grandes y pobladas del mundo (con 22 millones de habitantes y contando), en los escasos remanentes rurales de la megalópolis azteca, aún es posible encontrar animales silvestres. Son los últimos sobrevivientes de las taxonomías nativas que precedieron al asentamiento humano y algunos forasteros exóticos que han hallado su hogar en la caótica selva de concreto.

Para empezar es necesario saber dónde estamos. No en términos socioeconómicos, sino biológicos. La enorme mancha metropolitana del DF y su zona conurbada se extiende dentro de la cuenca del Anáhuac: un gran valle de altura, en otros tiempos decorado por cuatro lagos extensos, que queda delimitado por escarpadas cordilleras volcánicas. Nos encontramos en el corazón del eje neovolcánico transversal: a un lado se levanta la Sierra Nevada, donde descansan el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl; al otro, la Sierra Ajusco-Chichinauhtzin. En los extremos opuestos, y ya casi devoradas en su totalidad por la proyección urbana, están la serranía de Santa Catarina y la de Guadalupe, con la Basílica a sus pies. Esto le confiere al área un gradiente altitudinal marcado, que va desde los 2,200 metros sobre el nivel del mar en Xochimilco, hasta cerca de los cuatro mil en las faldas de los volcanes. Y en biología, diferencias de altura significan diversidad de biomas. Lo que implica un amplio abanico de nichos ecológicos que explotar.

Igualmente importante es el hecho de que el Valle de México se localiza sobre una frontera biogeográfica. Un territorio en el que convergen dos ecozonas distintas: el neoártico y el neotrópico, cada una constituida por un tipo de biota particular. Dicho de manera sencilla: “La ciudad de la esperanza” se erige sobre una región de transición en la que podemos encontrar representantes característicos de ambas latitudes.

La primera fiera citadina con la que entré en contacto directo fue una enrome araña peluda. Se trataba de un ejemplar de proporciones generosas, pelaje gris espeso y semblante intimidante. En ese entonces yo tendría unos doce años de edad. El pequeño monstruo aterciopelado se anunció, sin mayor advertencia mediante, sobre las rocas que circundaban la casa de mis abuelos. Nos enteramos de su aparición gracias a los gritos de los vecinos: mis papás, ambos científicos, eran requeridos para solucionar la situación. Para mi fortuna, su intervención devino en que yo fuera otorgado con la grata posibilidad de conservar a la hipnotizante criatura dentro de una cubeta por unos días. Aquel encuentro marcó mi vida.

Luego aprendí que México ocupa el segundo lugar a nivel mundial en diversidad de tarántulas, con aproximadamente 66 especies; todas ellas completamente inofensivas para el humano. En la capital es común encontrar ejemplares del género Aphonopelma en lugares como el Pedregal y Tlalpan, al sur, y del género Brachypelma, al oriente de la ciudad.

Nunca supe exactamente a qué especie pertenecía aquel ser de ocho patas que catalizó mi interés por el reino animal. El mundo era muy distinto, la información no se encontraba tan al alcance de la mano. Si el encuentro hubiera sucedido hoy en día, en cambio, habría bastado mandar una fotografía del espécimen en cuestión a los aracnólogos de la Unidad de Manejo Ambiental Tarántulas de México, que ofrecen, a través de su portal de internet, el servicio gratuito de identificación de organismos encontrados alrededor de todo el país.

De las tarántulas no hay nada que temer, como tampoco, por lo general, de los alacranes negros que abundan en numerosas delegaciones de la ciudad.

Pero en el DF existen dos temibles bestias invertebradas que sí representan un peligro latente.

Si son fanáticos de la lucha libre seguramente recordará a Emilio Charles Jr., mejor conocido como El Rey del Biutiful. Un gladiador rudo, rudo, rudo que brilló sobre el cuadrilátero con su melena decolorada. Pero es probable que no estén al tanto de por qué se esfumó de las carteleras. Y es que su destreza en el combate no probó suficiente para confrontar al silencioso enemigo de ocho patas: la terrible araña violinista. Fue una pelea ardua que comenzó con una picadura, al parecer inocua, una tarde del 2010. Horas después comenzaron los síntomas: una llaga rosada apareció sobre la piel, una extraña úlcera cutánea que comenzó a supurar y crecer. Conforme la herida se extendía incrementaban los males: fiebre, fatiga y náuseas, hasta que el luchador terminó en terapia intensiva. Dos años más tarde, la leyenda del ring falleció por fallas renales. Tenía apenas 56 años de edad.

Las arañas del género Loxosceles, llamadas comúnmente violinistas, reclusas o del rincón, poseen un veneno necrótico poderoso que inflama y gangrena el tejido ocasionando una llaga muy difícil de curar. Aproximadamente en el veinte por ciento de los casos, el envenenamiento se vuelve también sistémico, referido como loxoscelismo visceral, y el riesgo de muerte se torna inminente. Lo que complica el asunto es que la picadura no suele ser dolorosa, por lo que muchas veces pasa inadvertida hasta que comienzan a presentarse los síntomas.

La mala noticia es que son arañas domésticas. Suelen habitar en bodegas y áreas oscuras de la casa. No obstante, no son agresivas, los ataques generalmente suceden por accidente. Existen reportes que confirman su presencia en Indios Verdes, al norte de la capital, y en la colonia Santa Úrsula, en el extremo opuesto. Por lo que se podría suponer que en el resto de la ciudad no se han encontrado porque no se les ha buscado debidamente.

La buena noticia es que recientemente un grupo de investigación dirigido por el doctor Alejandro Alagón, del Instituto de Biotecnología de la UNAM, desarrolló un suero para su tratamiento. El antídoto de cuarta generación fue creado a partir de toxinas clonadas de veneno, lo cual implica que no fue necesario estar ordeñando a miles arañas para obtener la sustancia. Los laboratorios Bioclon ya cuentan con este fármaco inyectable a la venta bajo el nombre de Reclusmyn.

El único otro arácnido defeño cuya picadura resulta en verdad peligrosa es la famosa viuda negra o araña capulina, Latrodectus mactans. De cuerpo lustroso y redondo, con patas casi metálicas y el característico reloj de arena rojo brillante sobre su vientre, posee un veneno neurotóxico que ataca el sistema nervioso y puede llegar a causar la muerte de niños y ancianos. Son frecuentes al sur de la ciudad.

De igual manera que en el caso de la araña violinista, los laboratorios Biclon son los responsables de comercializar el antídoto para picaduras de viuda negra: Aracmyn Plus, el cual también es cortesía del doctor Alagón y su grupo de investigación.

El hecho de que la mayoría de arácnidos capitalinos no sean peligrosos no significa que no puedan llegar a incomodar. En su estudio “Diversidad de arañas asociadas a viviendas en la Ciudad de México”, el investigador del Instituto de Biología de la UNAM, César Gabriel Durán-Barrón, concluyó que en cada casa de la capital mexicana habitan en promedio cinco especies distintas conviviendo con los inquilinos humanos. De las más de mil arañas recolectadas durante esta investigación, la que se encontró con mayor frecuencia fue la patona, Physocyclus globosus, seguida por la falsa viuda negra, Steatoda grossa.

Muchos años después del encuentro con mi primera fiera urbana, tuve un tropiezo que casi termina en tragedia con un tipo distinto de zoología urbana. Cursaba el cuarto semestre de la carrera de Biología y visitábamos el Ajusco, un volcán al sur de la ciudad, para hacer un inventario de los reptiles y anfibios presentes. No habíamos subido mucho todavía, cuando una compañera dio con una víbora de cascabel. La serpiente se hallaba enroscada debajo de un seto de pasto, era pequeña, color café claro con patrones intrincados en rojo vino y mirada amenazante.

Me propuse voluntariamente para atraparla. La academia requería que fuera pesada y medida. No resultó demasiado difícil, el día aún no calentaba y el animal de sangre fría se mostraba con pocas ganas de pelear. Sujeté a la criatura por la cabeza mientras tomábamos los datos correspondientes. Después había que meterla dentro de un saco de lona para pesarla. El problema era que sólo contábamos con sacos pequeños, lo que significaba que había que realizar una maniobra complicada. Había que meter la mano que sujetaba la cabeza del espécimen dentro del saco y después cambiar el agarre por la mano que se encontraba afuera. El nivel de dificultad aumentaba porque la transacción sucedía a ciegas. Nerviosamente comencé la operación y en el momento justo del intercambio de manos sentí un pinchazo en el pulgar. Apreté la mandíbula y terminé la tarea con taquicardia y angustia. Al cerrar el saco la sangre que emanaba de mi dedo se hizo evidente. La maestra palideció. Pero la suerte quiso que ese no fuera mí día. No sentía dolor alguno, por lo que, pasados unos minutos, concluimos que la perforación había sucedido con uno de los dientes inferiores y no con los colmillos que inyectan el veneno.

De acuerdo con Eduardo Cid, veterinario encargado del vivario de la Fes Iztacala, en el DF pueden ser encontradas seis especies distintas de víboras de cascabel. Los bosques de las zonas elevadas, como el Ajusco, son los dominios de la cascabel pigmea, Crotalus ravus, y de la de montaña, Crotalus triseriatus. Mientras que las zonas bajas, como Xochimilco, son el terreno de la cascabel de pantano, Crotalus polystictus, cuyo bello patrón moteado también le ha ganado el mote de cascabel jaguar. Otras especies reportadas son la cascabel de Querétaro, Crotalus aquilus, y la gravemente amenazada cascabel de bandas cruzadas, Crotalus transversus. Pero posiblemente la más destacada sea la que aparece en la bandera nacional: la cascabel de cola negra, Crotalus molossus. Víboras imponentes con escamas triangulares delineadas que alcanzan el metro veinte de longitud y que pueden ser vistas en el pedregal de Ciudad Universitaria.

Todas las mencionadas poseen fosetas termosensibles y colmillos retráctiles que inyectan veneno hemolítico (que literalmente licúa el tejido de sus víctimas) a la manera de una aguja hipodérmica. Esta poderosa toxina es capaz de finiquitar a un adulto promedio en un lapso de cinco horas si no se administra antídoto. Sin embargo, los accidentes mortales en la capital son escasos. Es difícil saber cuántos decesos por mordeduras se dan exactamente; la Secretaría de Salud no lleva un récord del todo confiable, pero es probable que la media no rebase un par de defunciones por año.

Además de las cascabeles, en la Tenochtitlán contemporánea abundan un gran número de serpientes inofensivas, que van desde las Thamnophis, clásicas culebras de agua que se venden en los acuarios, hasta las de hocico moteado del género Salvadora. Quizás la más famosa sea el cincuate o alicante, Pituophis deppei, una culebra color amarillo mango con patrones negros y rojos que puede llegar a medir más de dos metros de largo y a la cual se le atribuye erróneamente que roba la leche de las mujeres en etapa de lactancia. El mito dice que los cincuates se aproximan sigilosamente por las noches, desplazan a la cría sin que mamá se dé cuenta y succionan la teta obteniendo el elíxir nutritivo mientras que entretienen al bebé para que no llore, ofreciéndole su cola como chupón.

Tristemente ésta no es la única creencia popular que resulta desfavorable para los organismos de sangre fría chilangos. A muchas especies se les achacan males potenciales. A los ajolotes, por ejemplo, se les culpa de embarazar a las mujeres cuando se bañan en el lago. Y algunas lagartijas, como Barisia imbricata, son falsamente acusadas de picar con la cola. Esto, en combinación con el activo mercado de mascotas exóticas, ha ocasionado que los números de algunas especies se reduzcan de manera vertiginosa. En prácticamente todos los tianguis de la ciudad es posible encontrar puestos dedicados a la venta informal de animales. Con nombres llamativos como dragón enano vietnamita, tortuga payaso o falso camaleón, se ofrecen reptiles locales colectados de manera ilegal. La explotación ha sido de tal escala que los lagartos cornudos, del genero Phrynosoma, se consideran gravemente amenazados, de acuerdo con datos de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat).

El problema con los anfibios y reptiles es que no son tan fáciles de mantener en cautiverio como a un hámster. Tienen necesidades específicas de temperatura y humedad, y dietas complicadas de satisfacer adecuadamente. Esto ocasiona que la mayoría de individuos adquiridos de manera irresponsable muera por negligencia o sean abandonados en herpetarios y clínicas veterinarias por compradores arrepentidos. El vivario de la Fez Iztacal, por ejemplo, alberga a cientos de organismos procedentes de tales casos. Especímenes que, por múltiples razones, nunca podrán ser devueltos a la naturaleza y cuya existencia estará condenada al confinamiento por el resto de sus días.

Mi mamá cuenta que cuando era chica abundaban las ranas en el jardín. En los charcos que se formaban durante la temporada de lluvias era posible ver miles de diminutos renacuajos. Y no es que mi mamá creciera en el campo, ni que nos estemos refiriendo a principios de siglo. La casa estaba en una avenida y corrían los años 70s.

Durante el tiempo que ha pasado desde esa escena hasta el día de hoy, se ha manifestado un cambio drástico. Ha sido una debacle imperceptible para el grueso de la población, pero no por ello menos atroz: el apocalipsis anfibio.

La fragmentación del hábitat y la extrema contaminación de los cuerpos acuíferos han diezmado las poblaciones de ranas y salamandras al punto de prácticamente erradicarlas por completo. Algunas, como la rana de Tláloc, Lithobates tlaloci, ya han desaparecido del medio natural; otras, se encuentran en crítico peligro de extinción. Tal es el caso de dos especies endémicas del Valle de México: la rana fisgona de labios blancos, Eleutherodactylus grandis, que sólo puede ser encontrada en el Pedregal de San Ángel y el axolotl, Ambystoma mexicanum, considerado por muchos como el anfibio más sobresaliente del mundo.

El semblante del ajolote es difícil de olvidar. Su aspecto remite a un ser arcaico, propio de un mundo perdido o de una película de ciencia ficción. Es un organismo casi milagroso, dueño de los secretos de la eterna juventud, gracias a su carácter neotérico y poseedor de una capacidad regenerativa remarcable. Al verlo flotando en el agua se tiene la sensación de que la evolución con él se portó un poco más imaginativa que con el resto de seres vivos, moldeando a través de los años a un ente casi surrealista. Por eso es que alarma tanto saber que los últimos representantes de este emblemático anfibio mexicano hoy batallan por sobrevivir en los canales de Xochimilco.

La primera vez que escuché que en el aeropuerto de la Ciudad de México se utilizaban halcones entrenados para limpiar el espacio aéreo de otras aves que podrían presentar una amenaza para las aeronaves, pensé que me estaban choreando. Un amigo me lo dijo así: “¿Sabes de qué magnitud sería el impacto generado por la colisión de un avión, que se desplaza a 700 kilómetros por hora, contra una parvada de palomas que vuelan en dirección contraria? Los pinches pájaros serían como granadas. Por eso es que los asustan empleando aves de presa”. Resultó que era cierto, tanto en la capital como en varios otros aeropuertos del país la estrategia es puesta en práctica cotidianamente.

El amigo que me contó esto se llama Jerónimo Berruecos, un biólogo experto en biogeografía y posiblemente una de las personas que más sabe sobre la biota de la capital. Era él y nadie más a quien tenía que recurrir para preguntarle sobre las especies que componen el emblema nacional: la poderosa ave que devora a una serpiente posada sobre un nopal, leyenda clásica de la fundación de Tenochtitlán y por consiguiente del DF.

El consenso generalizado, avalado por la Secretaría de Gobernación en el segundo capítulo de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacional, es que las especies que integran el lábaro patrio son un águila dorada, Aquila chrysaetos, y una serpiente cascabel de cola negra, Crotalus molossus. Con respecto a la serpiente no parece existir mayor debate, sin embrago, desde los años 70s, algunos ornitólogos destacados, como Rafael Martín del Campo, han cuestionado la identificación del ave o, al menos, lo han hecho con respecto a aquélla que pudo haberse presentado frente a los migrantes provenientes de Aztlán.

El principal problema mencionado tiene que ver con la distribución natural y los hábitos del ave en cuestión. Las águilas doradas son típicas del hemisferio norte, particularmente de los ecosistemas de alta montaña; se han registrado pocos avistamientos de la especie más al sur que Sonora y,aún cuando sería teóricamente plausible que algún ejemplar despistado haya llegado a aparecerse por el barrio mexica, lo más factible es que no hubiera descendido hasta los islotes del valle y mucho menos detener su vuelo sobre una cactácea. El segundo problema es la relación de tamaño: “O se trataba de una águila bebé o de una serpiente gigante”, dice Jerónimo. Las águilas doradas son animales corpulentos, su envergadura rebasa con facilidad los dos metros de largo con las alas extendidas. Por lo que, si tomamos en cuenta que las cascabeles de cola negra rara vez sobrepasan el metro veinte de longitud, se hace evidente que existe un conflicto de escala.

¿Y entonces qué es? Martín del Campo piensa que podría tratarse de un quebrantahuesos mexicano, Caracara cheriway; un ave de presa de tamaño mediano que antiguamente predominaba en la cuenca del Anáhuac. Jerónimo, por su parte, opina que la identidad del plumífero patriótico responde más probablemente a la de un gavilán. Considera que podría ser o bien una aguililla de cola roja, Buteo jamaicensis, o una aguililla de Harris, Parabuteo unicinctus, ambas especies también referidas comúnmente como halcones y de presencia habitual en el Valle de México.

Es posible avistar representantes de estos dos tipos de rapaces en varias delegaciones de la ciudad, como en Coyoacán, Iztapalapa y Tlalpan.

En total están reportadas aproximadamente 350 especies de aves en el DF, de las cuales alrededor de cuarenta por ciento son migratorias y el resto, residentes. Colibríes, garzas, zanates y carpinteros. Pero posiblemente el más especial sea el gorrión serrano, Xenospiza baileyi, ya que es endémico de la capital y que actualmente sólo habita en algunos pastizales de Milpa Alta, al sureste de la ciudad.

Probablemente los animales más afectados por el trepidante desarrollo urbano, además de los anfibios, sean los mamíferos de mayor tamaño. En el sentido de que requieren de territorios extensos de vegetación para poder sobrevivir. Son ya más bien escasos los registros de gato montés, venado y coyote en las zonas adyacentes al DF, y prácticamente nulos los de puma, oso negro y lobo que hasta los años 50s aún era posible encontrar merodeando por las distintas serranías.

El cacomixtle, Bassariscus astutus, un curioso animal nocturno que parece una mezcla entre mapache y gato con larga cola anillada, figura entre nuestros animales más connotados. Aunque antes era usual verlos en toda la ciudad, ahora básicamente sólo habitan en el Bosque de Chapultepec, la reserva de la UNAM y áreas periféricas como el Desierto de los Leones. Tampoco es tan común encontrar al resto de mamíferos medianos oriundos al Valle de México: armadillos, mapaches, tejones, zorrillos, comadrejas y tlacuaches (también conocidos como zarigüeyas, únicos marsupiales presentes en el nuevo mundo).

Quizá las musarañas no sean muy conocidas. Sus hábitos fosoriales y carácter esquivo las mantienen lejos de la luz pública. Pero es relevante mencionarlas pues son los mamíferos carnívoros más pequeños que existen. También habría que enlistar al teporingo o zacatuche, Romerolagus diazi, un pequeño conejo de orejas chiquitas endémico del área de los volcanes.

Los murciélagos están representados en la capital, de acuerdo con Laura Navarro Noriega —coordinadora del área de educación y comunicación ambiental del Programa para la Conservación de Murciélagos en México— por dieciséis especies. Algunos utilizan los túneles del drenaje profundo y el metro como guarida; otros pasan el día escondidos en cuevas y árboles o en edificios y estructuras de anuncios espectaculares. Muchos de ellos prestan servicios ambientales importantes para la ciudad: los que se alimentan néctar, por ejemplo, polinizan a las plantas. Y los insectívoros limpian las calles de bichos. Podrá sonar como algo poco remarcable, pero hay que tomar en cuenta que un murciélago hambriento puede devorar hasta tres mil insectos por noche.

Por último queda nombrar a un animal tan abundante en la megalópolis que sus números superan con creces a los de la población humana. Jorge Francisco Monroy, de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, estima que por cada ciudadano capitalino existen aproximadamente diez ratas. Lo que implica que compartimos la ciudad con más de 200 millones de roedores. Alejandro Velasco Said, médico veterinario del Centro Antirrábico del DF, afirma que esta situación es como estar sentados sobre una bomba de tiempo. Y que lo peor es que no estamos haciendo nada concreto para desactivarla. Una posible solución, al menos desde mi punto de vista, sería dejar de matar a las serpientes para que ellas se ocupen del resto.

No podríamos cerrar este breve catálogo de bestias urbanas sin mencionar qué hacer en caso de un encuentro afortunado o desafortunado, según sea el caso, con fauna silvestre en la Ciudad de México.

La Brigada de Vigilancia Animal es el órgano correspondiente de la policía encargado de brindar auxilio en tales instancias. Aunque generalmente lidian con denuncias de tráfico, maltrato o gatos que se trepan a los árboles y ya no saben cómo bajarse, el personal también está capacitado para manejar fieras salvajes. Aproximadamente veinte por ciento de las llamadas que atienden anualmente tienen que ver con los organismos mencionados en este artículo.

Los niños corren a toda prisa por el patio del kínder, mientras Jesús Manuel Díaz permanece quieto en una esquina. Se muerde las uñas y mira al resto de sus compañeros con reserva. Su cuerpecito delgado se oculta dentro de un uniforme dos tallas más grande, que la escuela le ha prestado para que pueda asistir a las clases. Los zapatos que lleva, igualmente grandes, tampoco son suyos. Los demás alumnos gritan y juegan como si fuera el último día para hacerlo hasta que la maestra les ordena que se formen. Todos obedecen, pero Jesús Manuel se cae un par de veces al correr para llegar a la fila. Guadalupe Cadena, la directora de preescolar de la Escuela César Augusto Herrera Romero, lo señala y dice: “Es por desnutrición. Siempre se está cayendo”. Los niños se forman por estaturas y Jesús Manuel se pone hasta delante en la fila de la derecha. El grupo grita “buenos días” al unísono y después canta el himno nacional. Jesús Manuel mira con sus grandes ojos hacia otro lado, sólo tararea unas estrofas en voz baja y pierde el compás, pero nadie le dice nada. Sus compañeros apenas lo miran. De repente se queda callado. A sus tres años, Jesús Manuel habla muy poco y tiene problemas para vocalizar. Le cuesta ir al baño solo. Se pelea a veces con los otros alumnos. Aprende lento. Su maestra insiste en que no come bien.

***

Jesús Manuel Díaz es el primer hijo de Juan Manuel Díaz Salazar, un moreno de piel curtida, dientes muy blancos y el cuerpo cuadrado de alguien que ha sido mano de obra en todo tipo de trabajo desde que era prácticamente un niño. Desde la edad de su hijo, Juan Manuel, el sexto de siete hermanos, sólo se sentía unido a su familia por el respeto y la miseria. Apenas convivían a pesar de haber crecido hacinados en una casa de madera de un cuarto en Estación Chontalpa, un pequeño pueblo de Huimanguillo, el municipio más pobre del estado de Tabasco (179,285 habitantes), donde una de cada cuatro personas vive en pobreza extrema.

Los Díaz Salazar dormían tan cerca que unos podían sentir el aliento de los otros. Pero la cercanía física no se traducía en una mejor relación. A la hora de la única comida del día, unas veces cuchareaban una olla con frijoles, otras, la madre guardaba la ración que le correspondía en el restaurante de la compañía de cítricos para alimentar a sus hijos (cuatro hombres y tres mujeres). La escasez era tal que desde pequeños aprendieron a mendigar en la calle. Se valían de trucos como mojarse los ojos y las mejillas para simular el llanto, o de mentiras como que habían perdido el dinero para la compra y que, si volvían sin nada, su madre les pegaría. Era una mentira a medias: su padre era el que los golpeaba. Cuando conseguían unas monedas compraban un pan y lo repartían entre todos. “Un dulce tirado en el suelo era como un regalo”, recuerda Juan Manuel, de 34 años y 1.60 metros de estatura, frente a una casita de madera de unos diez metros cuadrados, donde vivía hasta hace un año con su pareja y Jesús Manuel. El último recuerdo feliz de Juan Manuel Díaz con su familia, años antes de que naciera su hijo, fue una tarde de risas con sus tres hermanos y un cartón de cervezas.

Aquella tarde, al dispersarse la reunión familiar, Juan Manuel prolongó su felicidad en una cantina. Un hombre se le acercó cuando bebía una cerveza más en la barra y le preguntó:

—¿Tú no eres hermano del que se mató en la curva?

Juan Manuel se molestó con su interlocutor y le advirtió que tuviera cuidado con lo que decía. Había estado con su hermano esa tarde. Era imposible que se hubiera suicidado.

—Ve y mira que no te miento —le dijo el hombre.

Juan Manuel salió a toda prisa de la cantina. Al llegar a la curva, los vecinos se arremolinaban en la puerta de la casa de su hermano Jesús. La rutina del pueblo se había roto de repente y los rumores empezaban a propagarse. Se decía que Jesús había encontrado a su mujer en la cama con otro hombre. Que los dos amantes escaparon y que Jesús perdió la cabeza. Lleno de ira, golpeó con el puño una mata de nance en la orilla de la carretera. Después entró de nuevo a la vivienda. Agarró una cuerda de medio metro y se colgó del techo. Juan Manuel vio el pequeño cuerpo de su hermano —1.50 metros de estatura— sin vida, ahorcado, con un golpe en la frente.

Con el paso del tiempo, la pregunta sobre su hermano cambió por completo: “¿No eres hermano del muchacho que mataron?”, le decía la gente del pueblo. Y hasta hoy la sospecha sigue en la mente de Juan Manuel. “La mata de nance lastima, y no tenía la mano lastimada. Ni marcas. Tenía un golpe en su frente. Yo creo que lo mataron. Supe de la persona que salió del cuarto ese día. Y me mira temeroso. Porque yo en el cuerpo de mi hermano le juré que, si algún día yo supiera del cabrón, lo chingaba, me la iba a cobrar. Pero yo no estoy seguro de que esa persona haiga sido. Se lo dejo a Dios, que haga su obra. Esa persona se volvió religiosa, llega mucho al templo. Si se arrepintió, que Dios lo perdone.”

La mujer de Jesús estaba embarazada. Vivió durante dos años más en Chontalpa hasta que murió de una enfermedad desconocida. La niña, que ahora tiene tres años, quedó al cuidado de su abuela materna. Juan Manuel visita a su sobrina de cuando en cuando. Dice que deambula por las calles del pueblo descalza, que nunca va a la escuela. “Anda desamparadita y cualquiera puede abusar de una niña”. Jesús era el hermano más cercano de Juan Manuel. Iban juntos al parque, a recoger leña, al centro de la ciudad. “Mi hermano se murió. De corazón me gustaría darle a su hija, pero no puedo. Él era mi mejor hermano, si él me escucha, sabe cuánto nos quisimos.” El resto de los Díaz Salazar, poco a poco, se han marchado de Chontalpa, como lo hace gran parte de la población. Tabasco es uno de los cinco estados con mayor migración hacia Estados Unidos. También lo es a nivel interno. De acuerdo con el Censo de 2015, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), unas 67,690 personas emigraron de Tabasco para vivir en otra entidad de la República como Quintana Roo (30%), Campeche (13%), Veracruz (13%), Chiapas (8%) y Yucatán (7 por ciento).

Así lo hizo el padre de Juan Manuel, quien fue el primero de los Díaz Salazar en ejercer el multiempleo. Primero fue tractorista, luego cortó limón —la principal actividad económica de la región— y recogió leña para venderla. Hace un año sus ingresos no eran suficientes para comer y, junto con su esposa, migró a Veracruz. Allí también llegaron un hermano y una hermana. Guadalupe, la más pequeña, se fue lejos, y Mercedes, “más lejos”. Otro de los Díaz Salazar encontró acomodo en Cozumel. Sólo María, religiosa, se quedó en el pueblo, pero apenas tienen relación. “No quiero hablar mal de mi hermana, pero no sé dónde tiene la religión. Insulta a su madre, la ofende”, dice Juan Manuel. Él es el único que ha permanecido en el pequeño terreno al lado de las vías del tren donde todos se criaron. Vive con su pareja, Janette, y sus dos hijos, Daniel, un bebé de seis meses, y el mayor, Jesús Manuel, a quien llamó así en honor a su hermano.

***

A Janette le gustaba ir a la iglesia y contarle a su madre cómo creía que Dios las ayudaba a comer lo poco que comían, cómo las protegía a pesar de las dificultades. Pero a ella nunca le gustaron esas palabras. “Ella prefería al Diablo de abajo”, dice Janette con su hablar entrecortado, mientras le da palmadas en la espalda a Daniel para que no llore. Un día la madre agarró una biblia y la hizo pedazos frente a ella. Era muy habitual que zarandeara a su única hija, la golpeara, la arrastrara y la empujara contra el refrigerador. “Nunca me enseñó a limpiar, ni a trapear, ni nada. Me enseñaba a madrazos”. Janette, una mujer esquelética de rasgos muy marcados, luce todavía cicatrices en las orejas y dice que debajo de su melena de pelo fino tiene una marca que le cruza el cráneo desde el frontal hasta la parte posterior. Más allá de las marcas que pueblan su menudo cuerpo, le duelen las otras que no se cierran nunca. Recuerda con angustia que, siendo una niña, si quedaba alguna mancha en la ropa que limpiaba, su madre tiraba todas las prendas a la tierra para que empezara de nuevo. “Era una niña, no sabía qué hacer”, se justifica mientras Juan Manuel escucha una historia mil veces contada. La única explicación que recibía cuando preguntaba el porqué del maltrato era que se parecía a una tía suya con la que su madre se llevaba mal. Janette no conoció a su padre. Vivía con su padrastro, mecánico de profesión, que nunca se interpuso entre los golpes. Fueron los vecinos de aquella comunidad de Veracruz donde nació los que se cansaron de que la golpearan. Demandaron a la madre y acabó en la cárcel.

—¿Por qué me hiciste eso? —le inculpaba la madre cuando salió de prisión.
—Yo no hice nada. La gente se cansó de que me pegara. Yo le decía a usted que eso estaba muy mal —le respondía Janette.

La niña regresó a su casa después de estar internada en las instalaciones del DIF. Las autoridades le aseguraron que su madre había cambiado. Después de dos meses de calma, “volvió a perder los nervios” y continuó maltratándola. Era diciembre. Janette se escapó de casa. Tenía 12 años.

Sin siquiera un suéter para protegerse de la lluvia, se dirigió a una cantina. “Dile a mi mamá que la quiero mucho pero por lo que me está haciendo no voy a la casa. Si me quiere buscar no me va a encontrar”, le dijo a la cantinera. Le pidió 20 pesos para comer algo y luego buscó una vivienda y se metió a hurtadillas. La señora de la casa la descubrió:

—¿Qué haces aquí, no tienes casa? —le preguntó.
—Sí tengo, pero ya sabe cómo me maltrata —le respondió.

La señora le ofreció un lugar para dormir y, al día siguiente, protección. La madre y el padrastro salieron a buscar a Janette por la comunidad hasta que la encontraron en la casa. La señora no la entregó y amenazó a la madre con denunciarla de nuevo si trataba de llevársela. Unos días después, Janette le agradeció a su benefactora y se dirigió al taller mecánico de su padrastro para recoger una pequeña maleta con mudas. Aprovechó que él y su madre estaban en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Se alistó y fue en busca de un conocido de la familia que de vez en cuando pasaba por la casa para comer un taco. Le dijo:

—¿Sabe qué? Creo que me tengo que juntar con usted.

La llevó a un pequeño rancho. Ella le dijo que sólo se quedaría con él porque no tenía a dónde ir. “Pero me dijo: ‘Tú no vas a estar conmigo, nomás’ ”. Quería abusar de ella. Janette sólo pensó: “Ya ni modo. Tengo que dejarme de todo”.

Janette dejó de ser una niña al lado de ese hombre, con el que mantuvo una relación durante siete años. Tuvieron una niña, “güera, muy bonita”. Después de deambular por Oaxaca, llegaron al terreno de los Díaz Salazar en Estación Chontalpa. Se acomodaron en la parte trasera de la casa familiar, una estructura que apenas estaba cubierta de nailon, al lado de las vías del tren por donde todos los días pasa La Bestia, el tren de mercancías en el que al menos cada año unos 500,000 migrantes se suben en su camino a Estados Unidos. Él tenía 43 años. Era el primo de Juan Manuel.

***

Así se conocieron Juan Manuel y Janette: él anclado al terreno infértil en el que creció, ella en una huida hacia ninguna parte. Los dos intentaban esquivar “los golpes de la vida”, repite Juan Manuel, en Estación Chontalpa, una villa, frontera con Chiapas, que nació alrededor de las vías del tren con bares, comercios, hoteles y gasolineras para aquellos que pasaban por ahí cuando el ferrocarril todavía funcionaba. Chontalpa, la tercera población de Huimanguillo, conserva los rezagos de esa industria prometida a pesar de que ahora sólo pasa el tren de mercancías. El único rastro que deja estos días alrededor de las casas humildes de concreto y madera son los migrantes centroamericanos a lomos de La Bestia que esquivan los controles situados a unos kilómetros de este pueblo rodeado de campos ganaderos y plantíos de cítricos. En México sólo circulan dos trenes. Uno con mercancía en los vagones y humanos en el techo. El otro es uno turístico que va de Sinaloa a Chihuahua por los cañones del Cobre. El tren de mercancías tiene tan poco impacto económico en la zona actualmente que las autoridades quieren cambiar el nombre de Villa Estación Chontalpa por sólo Villa Chontalpa, que además se ha convertido en una de las zonas de mayor riesgo para los migrantes por el control del crimen organizado en la zona. La ruta del tren recorre estaciones ferroviarias de tres estados: Tabasco, Chiapas y Veracruz, por lo cual este sitio se ha convertido en una zona con altos índices de secuestro, robo, contrabando y tráfico de migrantes. Cada semana, aquellos que se suben al tren se bajan antes de la estación y se esconden entre los matorrales en busca de refugio. En alguna ocasión, Juan Manuel y Janette han compartido una tortilla con algún migrante que pasa por ahí o lo han dejado pasar la noche con ellos.

Varias familias se asentaron en los terreros propiedad del ferrocarril y montaron sus casas de madera alrededor de la maleza, colgándose de la electricidad pública y tomando agua de los pozos de la zona. De acuerdo con el Informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social, elaborado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 73% de las viviendas en el municipio de Huimanguillo no tienen disponibilidad de servicios básicos. En Chontalpa, con 5,148 personas, existen al menos 1,259 hogares, según información municipal. De estas viviendas, 47 tienen piso de tierra y unas 148 consisten en una sola habitación. Sólo 42 casas tienen computadora, en 702 hay lavadora y 1,131 cuentan con televisión. Janette y Juan Manuel no poseen nada de eso.

Los Díaz Salazar construyeron un cuartucho lleno de humedad y, con los años, otro de concreto a sólo unos metros de distancia. Cuando se asentaron en este lugar, Janette le pedía a Juan Manuel acompañarla mientras esperaba a su pareja por las noches. El primo de Juan Manuel a veces llegaba tarde o no llegaba. A veces llevaba algo de comer y a veces no. Muchas veces bebía. Juan Manuel vio una de esas noches cómo su primo golpeaba a Janette y la azotaba en el suelo, “sin sentimiento”. Janette tenía miedo de su pareja. También de los rateros que circulan en la oscuridad. No quería estar sola con su niña. Los rumores en el pueblo decían que los dos dejaban a la chiquita sola y se iban al monte. Pero Juan Manuel asegura que él permanecía paciente y vigilante en las vías del tren. Su primo le había dado la venia para cuidar de su mujer. Incluso de vez en cuando le ofrecía dinero para que diera un paseo con ella por el pueblo. Su versión es que Janette rompió la relación. Él se fue del pueblo y se llevó a la niña. Ella buscó cobijo en una casa cercana. “No le voy a decir que lo engañamos porque no fue así. Aunque conviviendo nos agradamos”, dice Juan Manuel. Cuando los dos hablan de su relación utilizan palabras como “agradar”, “respeto”, “trato” y, si dicen “querer”, lo cuantifican con un “bastante”. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos. Juan Manuel compró unos tablones para revestir de madera la casa de nailon. Llegó Jesús. Después Daniel.

“Yo pienso quedarme con ella y luchar por mis hijos hasta el día que me muera. Yo confío en ella porque me respeta y creo que me quiere bastante. No le veo yo hablando con otro hombre o haciendo cosas que no debe. Gracias a Dios se da a respetar y yo la movilizo si sale a alguna parte. Eso me da a pensar que ella tiene planes para compartir su vida conmigo hasta el final. Que ella sienta que yo la quiero. Y yo se lo demuestro de miles de formas. Aunque sea pobre y con pocas cosas.”

Alguien sube las escaleras, y aparece entonces la breve figura de un hombre con grandes gafas y barriga abultada. Sabía que la televisión engorda, pero ahora me doy cuenta de que también agranda: Chespirito es más bajito de lo que pensaba, casi como un viejo duende. Ha llegado vestido con una camisa a rayas de manga larga, pantalón café y zapatos mocasines. A la luz de esta mañana calurosa y nublada de agosto sus setenta y cinco años resultan imposibles de ocultar. Ahora se sienta frente a mí con las manos entrelazadas, inclinándose hacia adelante sobre una silla austera.

—¿Cómo está?
—Pues le digo que regular. Parece que desde diciembre se me concentró la edad.

Unos días antes de la Navidad de 2003, Roberto Gómez Bolaños visitó por primera vez en su vida el hospital. Fue una extraña alergia combinada con una bronquitis crónica. Parecía estar pagando el precio de haber fumado durante cuarenta años, un hábito incubado en sus maratónicas sesiones de escritura para la televisión. Escritor de absolutamente todos sus programas, no en vano un director de cine mexicano bautizó a Gómez Bolaños -cuando éste escribía para la pantalla grande- como el Shakespeare chiquito, un sobrenombre que degeneró en Chespirito.

Ahora estoy sentado frente a una mesa de cristal, junto al creador e intérprete del Chavo del Ocho. Ésta es la oficina de Roberto Gómez Bolaños, en realidad una amplia casa de dos pisos, amurallada, con jardín y cochera para dos autos en la Colonia del Valle, el barrio clasemediero de la Ciudad de México donde siempre ha vivido el popular cómico de la televisión latinoamericana. Chespirito visita sólo de vez en cuando esta propiedad. Su hogar, descrito como sombrío en alguna entrevista, queda muy cerca de aquí. La sala de juntas en la que me encuentro está decorada con fotografías, dibujos, placas conmemorativas de sus representaciones teatrales y me parece ver hasta algunos trofeos deportivos. Al fondo, oculta tras un muro, hay una secretaria trabajando.

Recién salido de la afección respiratoria, a Chespirito le atacó un terrible dolor en el nervio ciático.

—¡Pa’ su mecha! Mis dolores más fuertes habían sido de dientes, muelas, pero éste les gana a todos.

Percibo algo extrañamente familiar en su voz, como una inflexión conocida. No fue Gómez Bolaños quien pronunció la segunda parte de esa frase: fue el Chapulín Colorado. Era su habitual cambio de ritmo, igual a cuando dice lo sospeché desde un principio. «Afortunadamente mi mujer me atiende muy pronto. Es muy buena para inyectar.»

Florinda Meza, Doña Florinda, es su segunda esposa. Doña Florinda está casada con él desde hace casi tres décadas. A pesar de sus achaques, Chespirito sigue activo. De hecho acaba de regresar de Santiago de Chile, a donde fue a presentar Y También Poemas, un libro publicado por la editorial Punto de Lectura.

—Para el público latinoamericano, fue una sorpresa que usted sacara un libro de poemas. ¿Lo tenía guardado?
—Es algo que nunca pensé publicar. Desde que era jovencito me gustó la poesía. Mi mamá me enseñó las reglas importantes de versificación: rima, métrica, acento, etcétera. Escribo a ese estilo antiguo, que yo no lo considero antiguo.

Otra vez me parece escuchar al torpe héroe de las antenitas de vinil. Son sus clásicas digresiones enmarañadas no llevan a ninguna parte. O mejor aún: que llevan a la risa.

—Para la gente ahora la poesía es libre y nada más. La métrica y la rima no existen. Y sí existen. Le voy a poner un ejemplo muy grande: cuántas veces hemos oído por las calles: el “pueblo/unido/jamás será vencido” -dice cantando- Hay métrica y hay rima, y la rima tiene una fuerza enorme. Los publicistas buscan rimas todo el tiempo para anunciar productos.

Chespirito debe de haberse acordado de que en sus inicios de escritor, había trabajado para una agencia de publicidad. Hubiera querido ser futbolista profesional, y casi lo consigue, pero sus menos de cincuenta kilos de peso hacían de él un centro delantero al que el viento se llevaba. Al terminar la preparatoria, se había matriculado en una facultad de ingeniería. Su otro trabajo fue de pasante de ingeniero. Debía contar los remaches que se ponían en las vigas. Lo mataba de aburrimiento. Nunca se arrepintió de haber aceptado la oferta de la agencia de publicidad por la mitad de sueldo que ganaba antes.

—Supongo que su libro de poemas es una manera de poner sobre la mesa ciertos temas que usted no tuvo oportunidad de tratar en sus programas: la política, la corrupción, el erotismo.
—De todo eso hablo directamente. Tengo mala memoria, no sé si aquí habrá uno…

En mi mochila está su libro de poemas que compré hace unos días. Chespirito lo recibe sorprendido como si fuera el primer hombre de su país que lo busca para entrevistarlo sobre él. En México la prensa casi no lo toma en cuenta.

***

Hay una anécdota que al creador de la vecindad más famosa de Latinoamérica le gusta contar: una vez Emilio Azcárraga Milmo, el ya fallecido dueño de Televisa, telefoneó a su oficina para informarle de que lo estaban viendo trescientos millones de personas por semana. A decir del Tigre Azcárraga, era una gran responsabilidad. Tal vez ésta sea una de las claves que explican el humor blanco e inofensivo que distingue la carrera de Gómez Bolaños. En México, los intelectuales y los críticos de televisión siempre despreciaron sus programas.

—Qué flojera -fue la reacción instantánea de un crítico cuando pronuncié el nombre de Chespirito.

Acudí también a otra importante crítica de televisión. Ella prefirió no contestarme.

—Jura que su humor viene de El Gordo y el Flaco, cuando en realidad nunca lo entendió -me dijo el crítico-. El Chavo del Ocho es el primer personaje entrañable de la miseria —al final sentenció.

Mientras no cambiara la realidad latinoamericana, creía él, una historia así podía quedarse en la televisión para siempre. Lo indudable es que los personajes de Chespirito han ejercido una insólita fascinación sobre los latinoamericanos desde finales de la década del setenta. Con excepción de Cuba, las series de este humorista se repiten por lo menos una vez al año en todos los países de América Latina.»

Se cuentan historias insólitas sobre el fervor que despiertan las series de Chespirito. No sólo Menem y Maradona se han declarado sus admiradores. Hace algunos años, el brasileño Edson Arantes do Nascimento intentó comprar los derechos de El Chapulín Colorado para llevarlo al cine. Un futbolista chileno, Sebastián González, celebra sus goles en el campeonato mexicano luciendo la camiseta del antihéroe cuyo escudo es un corazón. No por casualidad Chespirito hizo dos películas dedicadas a este deporte, El CHANFLE 1 y 2, en las que el aguador del equipo América —propiedad de Televisa—, personificado por él mismo, sueña con entrar a cancha y marcar espectaculares goles para su escuadra. Pena el encanto que ejerce Chespirito va más allá de a quienes les gusta el fútbol.

Llega a todas partes y no respeta jerarquías. En el Perú, el nada querido cardenal Juan Luis Cipriani, quien ofrece una homilía televisada los días domingos, se quejaba: «No me importa que me hayan reemplazado por El Chavo del Ocho o un partido de fútbol. La palabra de Dios no morirá». En Estados Unidos, Disney negociaba comprar los derechos de explotación de El Chapulín Colorado. En Colombia, el entonces presidente Julio César Turbay emitió un decreto para otorgar la nacionalidad colombiana a Roberto Gómez Bolaños. En un recorrido por Bogotá con todos los personajes de El Chavo, su Primera Dama encabezó un convoy de camiones de bomberos al lado de Chespirito, quien saludaba a miles de niños y adultos reunidos en la vía pública sólo para verlo. De paso por México, un productor argentino televisión me contó de un bar de tipos rudos en Buenos Aires mirando absortos un capítulo del niño del barril. Aquella última imagen me pareció la más sublime.

***

Chespirito frunce el ceño y acerca bastante el libro a sus lentes bifocales. El actor que jamás usó apuntador en las grabaciones de sus programas de TV ahora me dice que tiene muy mala memoria. Finalmente encuentra entre las página uno de sus poemas y me lo recita en voz alta. Se llama «¿Político, yo?», un octosílabo en el que, al mismo tiempo que reniega de la política y los políticos, deja la puerta abierta a la posibilidad de que todos tengamos algo de ellos. El poema da pie para preguntarle sobre el apoyo público que dio a Vicente Fox, cuando éste buscaba la presidencia de México por el conservador Partido Acción Nacional. En ese entonces, Roberto Gómez Bolaños y Florinda Meza grabaron un spot televisivo apoyando a Fox. Hoy que la popularidad de este presidente va en caída libre y que la mayoría de la gente lo acusa de responsable y protagonista del estancamiento de México, Chespirito insiste en creer en él.

—Fox es un hombre decente, bueno, honrado. No ha matado a nadie. Tiene mil cualidades. Lo que pasa es que no lo dejan hacer las cosas.

Chespirito se dice harto y dolido por la fatal influencia que el Partido Revolucionario Institucional, en el poder durante siete décadas, tuvo en México. Tal vez por eso ni él ni su esposa dudaron en posar ante las cámaras, vestidos de civiles y exhibiendo una sonrisa bonachona, para apoyar a Fox en su campaña. El spot de treinta segundos sorprendió a todo el mundo, tomando en cuenta que Televisa, la empresa que le dio soporte a su carrera, declaró durante años su filiación al PRI.

—Volviendo a su libro, ¿sus poemas son una manera de cerrar su ciclo de creación artística?
—No. Estoy escribiendo muchas cosas.

Chespirito tiene casi terminada su autobiografía. Habla con una tranquilidad pasmosa, como si tuviera todo el tiempo por delante. Por cierto, pasaron décadas antes que se decidiera por fin a contar su vida.

—Me ha ido bien en la vida y eso parece que a nadie le interesa: no he consumido drogas jamás, menos las he traficado. ¿Qué más? Bueno, en mi primer matrimonio fui infiel, pero con Florinda llevamos veintisiete años y soy fiel al ciento por ciento. No la cambio por nada.

La otra razón que lo ha llevado a escribir su autobiografía es contar sus encuentros con políticos en las giras que hizo con su elenco durante su época de apogeo: abarrotaron el Estadio Nacional de Chile, en Santiago, y la Quinta Vergara de Viña del Mar; el Luna Park de Buenos Aires; el Coliseo Amauta de Lima; el Poliedro de Caracas, el estadio Campín de Bogotá. Pareciera que nada de esto emociona a Chespirito, quien me lo cuenta todo sin detalles, por encima, como no queriendo la cosa.

***

He ido a buscar al Señor Barriga a su oficina en la afrancesada colonia Roma de la Ciudad de México y, cuando llego, el vigilante me indica que el señor Vivar está saliendo en su auto blanco, uno de esos modelos enormes tipo Grand Marquis. Vivar, quien lleva en la nariz un par de manguerillas conectadas a un tanque de oxígeno, me invita a que suba al auto. El Señor Barriga es realmente voluminoso y, aunque en esta ocasión no vi ningún portafolios, es inconfundible. Cae una ligera tormenta en el D.F. Así como jamás imaginé entrevistar a Chespirito, tampoco imaginé dar un día un paseo con Edgar Vivar conectado a un tanque de oxígeno y menos aún acompañar al Señor Barriga a un restaurante.

—Tuve la suerte de que el mejor escritor cómico que ha tenido la televisión me escribiera un personaje hecho a la medida. ¡Y mira qué medida! -me dice Vivar, ya sentados en una mesa.

Su salud estado en serios aprietos debido al sobrepeso. El Señor Barriga se niega a revelarme su edad y también, sospecho, a que yo lo vea comer. Por el momento sólo pide al mesero un clamato con vodka. El actor me explica que, por lo general, Chespirito escribía durante tres semanas los libretos de cuatro programas y luego venía una semana intensiva de grabaciones en los estudios de televisión.

—¿Cómo era el ambiente en las grabaciones?
—Podría decirte que algunas veces cordial, pero siempre dentro de un rigor. No se permitía ninguna improvisación fuera del ensayo.
—¿Y qué ocurría tras bambalinas? ¿Cómo se llevaban?
—Todo era muy cordial durante las horas de trabajo y nada más. Después, nuestra convivencia era muy poca. Yo fui a casa de Chespirito dos veces en veinticinco años.

La última función del Circo del Señor Barriga y Ñoño la ofreció en Lima el 2003. Vivar es ahora miembro vocal de la Asociación Nacional de Intérpretes y dice sentirse apasionado por estudiar asuntos como los derechos de autor. Es un tipo desconfiado de la prensa y que se precia de ser muy culto. Hace años que se divorció de su mujer. No tuvo hijos. Una de sus mayores pasiones es la lectura de biografías. Cuando le pregunto por el personaje al que más admira, muerde un tallo de apio antes de responder.

—Einstein.

***

Ya alejado de los sets de televisión, Chespirito se pasa buena parte de su tiempo escribiendo en una computadora, a la que considera una máquina escribir de lujo. Dejando de lado sus poemas y su autobiografía, el cómico escribe sobre todo ensayos. Son su única manera de protestar ante el mundo actual. Por ejemplo, escribe sobre la manera tan corrupta como se juega el fútbol, en el que un delantero busca engañar al árbitro echándose un clavado en el área. O del estúpido nacionalismo mexicano y la manía de culpar al extranjero de todos sus problemas. Sin embargo, todos estos ensayos no sólo están inéditos sino inconclusos. Gómez Bolaños tiene la manía de saltar de uno a otro sin proponerse realmente ponerle punto final a ninguno.

Mientras su secretaria teclea algo y a través de la ventana se cuelan débiles las bocinas de los automóviles, la conversación comienza a tomar un cauce patafísico. Pregunto a Chespirito si es optimista con el futuro de México.

—Soy optimista con respecto al futuro del mundo -me corrige.

El cómico se toma muy en serio el papel de pensador. La escena se parece a esos programas especiales en donde todos (Villagrán-Valdez-De las Nieves-Meza) se ponían trajes satinados y parodiaban episodios históricos (el descubrimiento de América o el de la ley de la gravedad, qué más da) con más ingenio que presupuesto.

—Es indudable, absolutamente indudable, que hay una evolución, que formamos parte de ella, que tiene una tendencia. Es más, el arqueólogo Teilhard de Chardin dijo una frase que luego le robó Echeverría —un ex presidente mexicano-: «Arriba y adelante. Arriba hacia Dios y adelante hacia el progreso. Un día se unirán».
—¿Usted cree en eso?
—Sí -me dice, como si fuera un juramento.
—Porque en su libro de poemas aparece uno que se titula «Milenio», en donde más bien usted se muestra escéptico del futuro de la humanidad.
—Sí. Y tengo otro que dice…

El cómico vuelve a buscar entre las páginas de su poemario, pero pronto abandona la empresa. Prefiere advertirme:

—No puede uno dejar de ser escéptico: estamos enfrentándonos al más grande de los misterios. Tengo otro poema, a ver si lo encuentro. Ah, sí. Se llama «Otra vida».

Chespirito me lo recita en voz alta sujetando el libro con ambas manos. El tono de su lectura me recuerda a los terroríficos concursos de poesía de la escuela.

—¿Usted cree en la otra vida?
—Sí, totalmente. Y no la pienso como me la enseñaron cristianamente. Tampoco la rechazo.

Me parece oír de nuevo al Chapulín.

—Creo que todos morimos simultáneamente. Con esto quiero decir que morir es para mí, supongo, abandonar las dimensiones del tiempo y el espacio. En ese sentido morimos simultáneamente todos.

Ya no le entiendo nada. Chespirito continúa absorto en sus palabras.

—Y entonces entrar en otra dimensión que no signifique eternidad pero que dure siempre. O que signifique que es un instante eterno. No se puede explicar.

A estas alturas del discurso, sólo le faltaba añadir lo que el superhéroe de las antenitas de vinil decía cada vez que se enfrascaba en una exposición inextricable de ideas.

—Bueno, la idea es ésa.
—Usted, que es humorista, ¿no cree que todo esto sea simplemente una gran broma?
—No -se ríe-. Creo que, entre otras cosas, Dios debe tener un gran sentido del humor y no haría un mal chiste.
—¿No?
—No.
—¿Por qué no?
—Tiene que ser súper, súper, súper, incomprensiblemente grande, poderoso. Hace rato hablaba yo de la evolución que se opone a los creacionistas. A mi modo de ver, los argumentos de la evolución le dan más fuerza a lo que pienso: cuando uno se da cuenta del famoso big bang, que primero estuvo conformado por un elemento, quizás hidrógeno, y que se fue convirtiendo, de la misma forma en que los alquimistas pensaban que podían convertir el plomo en oro. Y se puede. ¡Lo malo es que sale más caro! —vuelve a él el Chapulín.

Está ensimismado en su propio delirio. Sus manos no paran de moverse y su mirada traspasa la mesa de cristal.

—Ahora con la lectura del genoma humano, cualquier celulita tiene todas las instrucciones necesarias para crear otro ser. ¡Uta! Hay que ser mucho más que creacionista. Lo otro es formar una evolución con esas complicaciones. Tiene que haber algo que no podremos captar nunca. Aunque pienso que, después, en otra vida, compartiremos lo necesario, inclusive sabremos de la historia, cómo estuvo. ¡Y de muchas otras cosas!
—Ya nos pusimos existenciales y nos fuimos hasta la otra vida. Mejor cuénteme cómo fue su infancia. Por lo que sé, no fue nada parecida a la del Chavo del Ocho.
—No. Yo era de clase media-media.

***

Sólo queda llamar por teléfono al Profesor Jirafales. Ahora el señor Rubén Aguirre tiene setenta y nueve años, siete hijos y dieciséis nietos. Está de gira con el Circo del Profesor Jirafales en Manta, Ecuador. Se enfada sin decir taaa- taaa-taaa-taaa-tá cuando le menciono al Gordo y el Flaco como inspiración del tipo de comedia que hizo Chespirito.

—¡No tiene influencia de nadie! -me dice-. ¡Es único! ¡Su poder de observación, su conocimiento del idioma, su erudición! ¡No se parece a nadie!

Igual que el resto del elenco de la vecindad más famosa de Latinoamérica, a Aguirre le ha resultado imposible librarse del estigma del Chavo del Ocho. Casi todos ellos han debido vivir de explotar a los personajes de la serie en espectáculos circenses, cuyo mercado principal han sido ciudades y pueblos de Sudamérica. Las excepciones son Edgar Vivar, quien ha producido teatro y trabajado para otras televisoras, y el propio Chespirito, quien ha montado, actuado y dirigido obras exitosas como 11 y 12, que ostenta el récord mexicano de permanencia en cartelera de una obra de estreno. Y aunque estos circos —el de Kiko, el de la Chilindrina y hasta el del Señor Barriga y el Profesor Jirafales— han resultado ser una minita de oro, sus carreras en la televisión hace tiempo que ya acabaron.

—¿Qué significa haber hecho durante tantos años al Profesor Jirafales?
—Déjame decirte que no es mi personaje favorito. El Profesor Jirafales es Rubén Aguirre: presumido, cursi, romántico. Es mi modo de ser.
—¿No se cansa?
—No, pues no me cuesta ningún trabajo hacerlo. Si yo quiero, puedo seguir haciéndolo en la vejez.
—¿Y quiere?
—Sí, quiero, sí. Hasta ahora he querido.
—Me han dicho que usted es un excelente contador de anécdotas sobre lo que ocurría en las grabaciones del programa. Cuénteme una.
—Aquí, de momento, en este cuarto frío, no se me ocurre ninguna. Pero si un día coincide que nos tomemos un tequila, con gusto.

Me despido del Profesor Jirafales con la falsa promesa de volver a encontrarlo. Tal vez hubiera preferido preguntar a Kiko sobre su antipatía hacia Chespirito. Alguien me dijo que Carlos Villagrán vive en Buenos Aires, desde donde viaja con su circo a distintas partes de Sudamérica. También me hubiera gustado encontrar a La Chilindrina. Averigüé que María Antonieta de las Nieves vive entre Miami y la Ciudad de México y que, por lo menos hasta hace un tiempo, encabeza¬ba el Circo de la Chilindrina.

Villagrán y De las Nieves se pelearon con Chespirito luego de que intentaron disputarle la propiedad de sus perso¬najes. Ahora él se refiere a Kiko y La Chilindrina como a unos individuos de una gran incultura, esbozando una sonrisa que tiene algo de perdona-vidas. Tampoco pude buscar a Ramón Valdez ni a Angelines Fernández ni al Chato Padilla. Se murieron hace tiempo. El azar me ha llevado a conversar sólo con los sobrevivientes del elenco que todavía quieren a Chespirito, con la única excepción de Florinda Meza. Su esposa, según dicen, es una simpática e inteligente mujer que mantiene su esbelta figura, y que en estos días se encuentra deprimida debido a un par de asuntos familiares. La representante de Chespirito me pidió que me olvidara de hablar con ella.

***

Puede resultar difícil de creer, pero Roberto Gómez Bolaños es un tipo tímido y de distracción proverbial cuya máxima tortura es que lo lleven a una discoteca o que lo inviten a una reunión con más de siete personas. Marcela, una de sus hijas (Chespirito tiene seis hijos en total, todos de su primer matrimonio con Graciela Fernández, una ama de casa común y corriente) lo recuerda trabajando en su estudio de la planta baja, al pie de las escaleras de la casa. Su padre se sentaba en un sillón y se ponía a escribir con lápiz en un bloc esquela que ponía sobre sus piernas. Así se pasaba las horas.

Otro de sus hijos, también llamado Roberto, es productor en Televisa, y el responsable de cuidar el legado de su padre. El productor tiene proyectos ambiciosos como, por ejemplo, estrenar un largometraje de dibujos animados con los personajes de Chespirito.

—Mi padre era tan distraído que parecía broma -dice-. Encendía el lápiz con el encendedor, miraba la hora de su reloj de pulsera echándose encima la taza de café, se metía al clóset en vez de salir por la puerta, se ponía la camisa con el gancho puesto.
—¿Cuál de sus personajes se parece más a él?
—Tiene un pedacito de cada uno: es torpe, distraído y fajador con las mujeres como el Chapulín Colorado.Peleonero y tierno como el Chavo, y procura evitarse todos los conflictos posibles como el Chómpiras. También se parece en que es un hombre sin grandes aspiraciones materiales.

Tal vez una palabra sirva para calificar el estilo de vida de Gómez Bolaños: sobriedad. Allá en sus primeras apariciones como comediante, tenía un sketch cuyo título podría ilustrar esta ética caracterizada por el trabajo honesto, la disciplina y la falta de pretensiones económicas: El Ciudadano! Gómez. Me cuenta el hijo que las ganancias que se lleva Chespirito por concepto de la repetición de sus programas en toda América Latina son mínimas. Aunque la propiedad intelectual de la serie le pertenece, la propiedad de los derecho de retransmisión la tiene Televisa.

—Se equivocó de país -me dice-. Mi papá es bastante mal cobrador.

***

Ya van más de dos horas de conversación con Chespirito. Lo veo algo cansado, aunque con la atención suficiente como para fijarse en algo raro que sucede a través de la ventana de su casa.

—Creí que había visto una ardilla -dice.
—Imagino que después de casi veinticinco años de escribir un programa semanal de televisión llegó a sentir que se le secaba el cerebro.

Chespirito mira debajo de la mesa de cristal sin inmutarse. Por un momento me da la impresión de que esta respuesta la tiene ensayada.

—Si alguien me da envidia en este mundo, ya no vive: es Juan Rulfo, que escribió dos libros de fama internacional. Yo tengo encuadernados doscientos cincuenta, o trescientos tomos de mis libretos. Trabajé mucho.
—¿No tuvo momentos de gran angustia? ¿De sentir que ya lo había dicho todo?
—A veces me solté llorando de desesperación. Me pasaba más durante mi primer matrimonio: estaba escribiendo y de pronto veía que mis hijas chiquitas bajaban con el uniforme de la escuela para ir al colegio ¡Me había pasado toda la tarde y la noche escribiendo! Y no encontré ninguna semana que no tuviera lunes. ¡Todas tenían!

Siento que esta pregunta le caló más hondo que la anterior. Por fin Gómez Bolaños me mira a los ojos.

—He leído varias veces que usted se siente ninguneado por los críticos mexicanos…
—Uh…

Chespirito se levanta de su silla, que a estas alturas le debe resultar ya muy incómoda. Va a mirar las placas conmemorativas de su obra teatral 11 y 12 que llenan un muro. Repite las cifras que aparecen en las placas: 1600,1700, 2200. Son el récord de las funciones de teatro.

—¿A qué se debe que los críticos lo hayan ninguneado?
—Una razón es que no soy condescendiente con ellos. Otra, que consideran a la comedia como inferior a la tragedia, y pues no sé a qué más.
—¿Le duelen las críticas?
—Me dan coraje, y luego digo que qué me importan. Pregúnteme cuántos premios me han dado.

Chespirito levanta la vista, escénicamente, como si estuviera haciendo la cuenta. Luego responde:

—Ninguno. Ni de obra ni de actuación ni de dirección ni de tiempo. De nada.

El cómico se levanta a mirar las mismas placas y se detiene también en un par de fotografías, una de ellas con futbolistas del equipo Necaxa que lo fueron a visitar al teatro.

—Buena parte de la intelectualidad mexicana menosprecia su trabajo —le recuerdo.

Hay en México, un país cuya literatura oficial tiene bastante solemnidad, la percepción de que cómicos como él destruyen el idioma. Chespirito ni se inmuta y prefiere contarme:

—Sobre un Congreso de la Lengua Española, que se realizó en Zacatecas, un periodista decía: «¿Qué clase de congreso es éste en que uno de los invitados es Chespirito?». Mandé al periódico una carta diciendo: «No sé si pueda aportar mucho, pero sí aportaría a enseñarle a escribir al periodista ese que me criticó. Su artículo está mal en estoy esto y esto, porque yo conozco mi herramienta de trabajo, el español». La respuesta del periodista fue muy elegante. Me cayó re’bien. «Perdón. Fue sin querer queriendo», dijo.

***

Chespirito se ha levantado varias veces para ir al baño en los últimos minutos. Ya empieza a dar señales de impaciencia.

—¿Y cómo es su vida ahora?
—Caserísima. Hoy me rasuré nada más porque venía a una entrevista.
—¿Qué pasatiempos tiene? ¿Le gusta cocinar, por ejemplo?
—El agua hervida se me quema. Pero Florinda es una cocinera sensacional.

Se levanta otra vez de su asiento como una manera de avisarme que se tiene que ir.

—Hábleme de su etapa de mujeriego.
—Fui.
—¿Y eso?
—Fui mujeriego por lo mismo que era muy peleonero en mi juventud, por complejo. Por chaparro. Tenía hermanos que eran muy bien parecidos y se ligaban a todas las chavas. Y yo tenía que ingeniármelas. Pero sí ligaba.

La cara de Chespirito se ilumina de una pícara satisfacción. Y añade:

—Sigo pensando que no hay nada más bello en el mundo que una mujer hermosa. Respeto las tendencias de cualquiera. Jamás hice chistes burlándome de homosexualidades. Respeté muchas cosas: color de la piel, nacionalidades, religiones.
—¿Cuándo fue su etapa de mujeriego? ¿Cuando ya tenía éxito?
—No, desde antes -dice, sonriendo.
—¿Cuando se estaba divorciando?
—Ahí sí ya tenía éxito con las mujeres. En las giras, al llegar al hotel, ya estaba una chava esperando dentro del cuarto. Tenía que sacarla. Bueno, según como estuviera.

Ahora Chespirito sí se va en serio. Se va el torpe Chapulín con sus pastillas de chiquitolina a otra parte. Se va el tímido Chavo del Ocho a guardarse otra vez en su barril. Lo detengo por un momento.

—¿Me podría firmar su libro de poemas?

Lo veo escribir una apresurada dedicatoria, con una caligrafía inclinada hacia la derecha. Firma: Chespirito. Apenas alcanzo a estrecharle la mano, mientras él está bajando las escaleras a paso veloz. Cuando desaparece, me quedo quieto por un instante. Del otro lado del muro, la secretaria me mira con ojos de complicidad y una sonrisa de oreja a oreja. Por ningún motivo iba a desaprovechar la oportunidad de escuchar entera una conversación como ésta. Que tu jefe sea el Chavo del Ocho no le pasa a cualquiera.

Yo ya me voy a ir

Publicado: 15 febrero 2016 en Aníbal Santiago
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Con el oído al teléfono, el pequeño Iván oyó esa mañana las palabras que su padre le había repetido desde sus cinco años, la misma frase que lo condenaba a no conocerlo, o a conocerlo sólo por la voz lejana que llegaba por el auricular un par de domingos al mes hasta Tlaltepango, su pueblo: “Hijo, si sigo en Estados Unidos es para que no les falte de comer a ti y a tus hermanitas”.

Esta vez la respuesta del niño tlaxcalteca no fue un “sí, papá”, ese “sí, papá” resignado más que comprensivo, con el que siempre quedaba sepultada no sólo la plática sino cualquier ilusión: “Por mí ya no trabajes más –fue lo que le contestó Iván–, porque yo ya me voy a ir”.

En algún lugar del Nueva York primaveral del 29 de mayo pasado, Salvador Cote Blas oyó la respuesta de su hijo y se molestó. Hacía siete años que el albañil había cruzado el río Bravo huyendo con pavor de la justicia de Tlaxcala, y su único hijo varón jamás lo había confrontado.

Por eso no le mandó un beso, ni le pidió que se portara bien y tampoco le dijo “adiós”. El castigo fue un “pásame a tu mamá”. Iván extendió el teléfono a Ángeles Ximello, su joven madre, que oía la plática junto a sus tres hijas: Alejandra, Mariana y la menor, Vanesa, una niña de siete años con retraso mental.

Iván ya no dijo nada más. En instantes en que Ángeles escuchaba a su marido quejarse por la conducta de Iván, el pequeño subió en silencio a la azotea. El matrimonio cruzó comentarios sin importancia. Pasaron cinco minutos antes de que Salvador, quizá afectado por algo cercano a un presentimiento, pidiera a su esposa: “Pásame de nuevo a Iván”.

“Hijas, busquen a su hermano allá arriba”, pidió la mujer. Mariana y Alejandra subieron a la azotea. Ahí, en efecto, estaba su hermanito de 10 años. La cinta de una bata de baño amarrada al tendedero estrujaba su cuello. Las niñas vieron a Iván desvanecido, con la piel violeta, los ojos cerrados y la cabeza colgante.

Por el teléfono descolgado, sin entender qué ocurría, lo último que Salvador escuchó fueron los gritos desesperados de su esposa y sus hijas.

El remedio era antes

La mañana del lunes 30 de mayo apareció una pequeña nota interior en la sección Estados del diario Reforma: “Se suicida menor por bullying”.

En realidad, el periódico hacía eco de la suerte de juicio sumario de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Tlaxcala, que en el boletín 100/2011, señaló: “El niño tomaría esa drástica decisión porque era objeto de burlas y malos tratos de parte de sus compañeros de clase. La madre del hoy occiso mencionó en su declaración ministerial que su hijo Iván N. era víctima de acoso escolar, cuyo problema podría haberlo orillado a tomar la decisión de quitarse la vida colgándose de los tendederos del patio”.

Según la Dirección de Prevención del Delito de la PGR, el año pasado hubo 190 suicidios por bullying. Pero todos a partir de los 12 años, con el inicio de la pubertad. El hecho de que un niño de sólo 10 años se quitara la vida, más allá de la razón para hacerlo, podía marcar un hito en México. Sobraban motivos para averiguar qué había ocurrido.

El mapa de Tlaxcala en el que Tlaltepango aparecía como un pueblito que retoñaba tímidamente en las faldas de La Malinche, sugería agradables postales de pueblo mágico, con calles empedradas, techos de dos aguas y fachadas de adobe.

Pero la bienvenida que ofrece Tlaltepango es muy diferente. Al boulevard que lleva hacia la población lo invaden negocios de block, bovedilla, viguetas, cacahuatillo, tepetate, piedra, grava, arena. Expenden sobre una calle atestada de vehículos de carga, desde estaquitas hasta tráilers.

El plomizo vestíbulo de la comunidad anticipa el escenario que se repetirá en cada calle: muros repletos de graffiti, bloques toscos de tabique que sirven de casas, y milpas sucumbiendo bajo cerros de ladrillo o cascajo que los hombres de aquí usan en su oficio.

Disculpe, ¿sabrá dónde ocurrió la muerte de un niño? –pregunto al primer viejo que veo en el pórtico de su casa.
—¿El que se mató?
—Sí.
—Uuh, hasta el canal –añade don Modesto Sáinz e indica algún punto remoto de la comunidad.

La Calle del Canal se anuncia con una gran cruz blanca de cemento alzada sobre el asfalto. Atrás de ella, el canal de Tlaltepango: lecho de podredumbre y basura del pueblo. Y a sus flancos, los hogares donde las mujeres hacen nixtamal para vender en Puebla. Pasos adelante surge la casa con el número 51. Un moño blanco cuelga en la fachada. De no ser por esa discreta cinta de luto, uno pensaría que esta familia vive días prósperos: la construcción de un segundo piso casi concluye, la entrada acaba de ser pavimentada y dos columnas nuevas esperan lo que será el techo de un cobertizo.

Toco y no hay respuesta. Por el filo del portón se divisa una pila de ladrillos que hace de cama para una muñeca de greñas rojas. En el patio gris reposan costales de cemento. Un vecino dice con recelo que Ángeles Mora, madre de Iván, salió hace rato de la mano de su hija menor, “la enfermita”. No sabe a qué hora volverá.

Minutos después, una anciana delgada –después sabré que es Alberta, su suegra– abre la casa de Ángeles: “Yo hago el aseo. Ni los conozco, no sé qué pasó”, miente y cierra.

Cruzo al otro lado del canal, donde vive Verónica, una vecina: “Ángeles nunca fue una persona de hablar, no dice nada a nadie y menos desde lo del niño”, advierte, justo en el instante en que señala: “Es ella, ahí está”.

Me apuro, pero cuando la pequeña mujer de cuerpo encorvado me observa a 20 metros, entra y cierra el zaguán. El que sale, poco después, es un sonriente regordete: Francisco, primo de la mamá.

—No conozco a ninguna Ángeles y tampoco sé nada de eso que usted me habla (el suicidio).
—La mamá del chico acaba de entrar, déjeme hablar con ella.
—Aquí no entró nadie. Le pareció –refuta y se mete.

Decido esperar sentado en la banqueta. En media hora no pasa nada, hasta que de golpe surge del zaguán una voz femenina que reclama:

—Si el niño ya está “guardado”, el remedio era antes, no ahorita.
—Sólo quiero saber por qué Iván hizo eso –explico.
—Haga justicia en la escuela. Averigüe ahí, no aquí.

Su papá mató a alguien

En la Calle del Canal sólo suenan los ladridos de los tropeles de perros callejeros y de uno que otro auto que va a San Pablo del Monte, cabecera municipal. Sus pobladores, cientos y cientos de albañiles, van y vienen cruzando la autopista para laborar de lunes a sábado en la ciudad de Puebla. El domingo es la paz de sus músculos extenuados.

Por eso, cualquier grito, el que fuera, hubiera sido un desgarro en esa mañana apacible. Pero aquellos gritos eran aún más que eso. Eran un vendaval de desdicha. Los hermanos Artemio y José Luis Blas salieron espantados a la calle y alzaron la vista: los lamentos provenían de un par de casas a la derecha, la número 51, hogar de Ángeles, la sobrina de ambos. “Cuando entré, ella bajaba en brazos a Iván –dice José Luis–. Aún respiraba”.

Cerraron el paso del primer auto que cruzó. “Se nos está muriendo”, imploraron al conductor, que hundió el acelerador para llegar en dos minutos al Hospital Comunitario Vicente Guerrero. Artemio corrió a Urgencias y entregó a los médicos Alberto Corona y María Pérez Zecua el lánguido cuerpo, de una tibieza que daba esperanza. Sobre la camilla, los médicos buscaron vida. Revisaron en Iván las frecuencias cardiaca y respiratoria, la presión sanguínea, la dilatación capilar y la temperatura. No encontraron un solo signo vital. “Llegó muerto”, aclara la doctora Zecua. Sin oxígeno, su cerebro había perdido la circulación. Iván había fallecido por asfixia.

Poco después de las 10 de la mañana, el doctor Corona pidió que el niño fuera trasladado al mortuorio. “Estábamos conmocionados”, recuerda.

Ángeles se quebró cuando el médico legista de la procuraduría estatal consignó frente a ella, en el acta de defunción, que su hijo de sólo 10 años se había suicidado. Aunque con el llanto encima, la ama de casa tuvo la firmeza para declarar a un agente ministerial que en la escuela había niños que hostigaban con saña a Iván.

Trato de obtener información oficial. Seledonio Capultitla, alcalde de Tlaltepango, no quiere sospechas: “El bullying está descartado”, dice, y lanza su hipótesis sobre el origen del suicidio: “La TV enseña esas cosas a los niños”.

No existe manera de entrevistar a sus compañeros por que son menores de edad y hay una implicación legal en el caso. En busca de rastros de ese supuesto acoso localizo a dos madres cuyos hijos eran amigos y compañeros de Iván. Piden omitir sus nombres.

—Es que Iván no sabía la historia de su papá –dice M de entrada.
—¿Cuál historia?
—Hace un tiempo su papá se juntaba en banda –cuenta S– y en una riña mató a un muchacho. La policía quería atraparlo y por eso se escapó a Estados Unidos. Un compañerito le dijo cruelmente a Iván que su papá había matado. Y que por eso nunca iba a volver.
—Por eso –añade M–, los niños rechazaban a Iván.

La Cueva del Oso

“¡María, párate, a tu hijo lo mataron!”.

La violencia del alarido que la despertó esa madrugada de domingo fue tal que las palabras que el propio grito contenía no significaron nada por un instante. María Sánchez Román saltó de la cama como si experimentara un ultraje y cuando se repitió en silencio lo que estaba oyendo, sacudió a su marido para arrancarlo del sueño. Florencio abrió los ojos y se enteró de la desgracia.

Pablo Román, su sobrino y vecino, acababa de llegar, agitado y sudoroso. Huía de una pelea que terminó en una golpiza mortal para Pedro, su primo de 17 años, hijo menor de María y Florencio.

Tres horas atrás, cuando el sábado perecía, los dos jóvenes albañiles habían deambulado por las calles de su pueblo, San Sebastián Aparicio, en busca de cervezas para celebrar que ya acababa el año. Pero todas las tiendas estaban cerradas.

“Vamos a la Cueva del Oso”, propuso Pablo, y Pedro aceptó. Esa noche del 20 de diciembre de 2003, el único bar de Tlaltepango, el pueblo aledaño, estaba a tope. Las 20 mesas y la barra eran un hervidero de gritos, palmadas, insultos y bromas refrescados por cientos de caguamas que saciaban la sed de fiesta de los albañiles venidos de los pueblos del municipio de San Pablo del Monte.

Los primos entraron al bar. Y ahí surgen sucesos confusos, reconstruidos en el Juzgado Cuarto de Tlaxcala con base en dichos que fueron y vinieron con la misma ligereza con que los parroquianos jugaban baraja española esa noche.

Pedro y Pablo coincidieron en una mesa con dos personas: el hoy fallecido Guadalupe Marcelino y su hermano Ascensión, identificados por pobladores de la región como miembros de Los Huaraches, una célebre y ya desaparecida banda delictiva local. “Estaban todos juntitos, cotorreando”, recuerda Concepción Romero, dueño del bar.

Al calor del alcohol, los cuatro comenzaron a interactuar con los ocupantes de una mesa vecina. Según la versión de los hermanos Marcelino, en ella bebían Salvador Cote las, albañil de 22 años, padre de tres niñas y un niño, Iván, que en nueve días más, la víspera de la Nochevieja, cumpliría tres años. Según otros alegatos, incluido el de Salvador, él ni siquiera se hallaba en La Cueva del Oso.

—¿Quién estaba en esa segunda mesa?
—No me acuerdo –comenta Concepción Romero, el propietario del bar.

Un hecho sin discusión es que los ánimos entre ambas mesas se calentaron. Romero guarda recuerdos frescos: “Se retaban de una mesa a otra: ‘yo te invito’, ‘no, yo’, ‘yo invito dos’, ‘yo otras dos’. Como pedían cerveza tras cerveza, le dije al de la barra: ‘Ya no les despaches, se están picando a ver quién tiene más dinero’. Hasta que el que se llamaba Pedro me dijo ‘dame tres cervezas’ y quiso pagarme 200 pesos. Le dije: ‘No te voy a despachar. Termina eso y te vas’. Al final los saqué a todos: ‘¡Váyanse fuera!’”.

Pero eso no impidió que a las dos de la mañana la disputa degenerara en una riña. “Otros seis entraron al bar para participar en la golpiza. Vinieron a lo que vinieron: a desmadrear”.

—¿A una persona llamada Salvador Cote lo vio ahí?
—Como no sé quién es, no sé si estaba –responde Romero.

La aún inexplicable furia se descargó contra Pedro. “Se le fueron con una botella, lo patearon entre todos y con un banco de fierro lo remataron en la cabeza”, cuenta Irma, su hermana mayor. La averiguación previa sostiene que le fracturaron la nuca de ese modo. Pero el dueño del bar –quien asegura desconocer la identidad de los agresores– lo niega: “Fueron tres patadas a la cabeza contra el filo de la banqueta. Se la apachurraron”. Romero, quien asegura no conocer a los agresores, observó a Pedro tirado en la calle: “El golpe le dejaba ver los sesitos. Y dije ‘esto no está bien’”.

Lo subió a su auto y lo llevó al Hospital Comunitario Vicente Guerrero.

—¿Quién es? –le preguntó el médico.
—No sé, lo encontré tirado en la calle. Me retiro, para no tener problemas.

Mientras Concepción dejaba a Pedro en el hospital y volvía a su bar, en el pueblo colindante, San Sebastián Aparicio, los Sánchez Román vivían una zozobra.

Pablo alegó que estaba traumatizado, se encerró en su casa y se negó a contar a Florencio y María dónde habían dado la golpiza a su hijo. Los padres optaron por buscar el cuerpo en las calles y pidieron a Irma, su hija mayor, ir al Hospital Vicente Guerrero.

Ahí, un médico le dijo que hacía un rato habían llevado a un joven inconsciente y que por su grave estado lo trasladaron al Hospital General de Tlaxcala. Mostró a Irma la ropa con la que el herido había llegado, para que la identificara. “Me entregaron unas botas, un pantalón y una playera. La cartera y el reloj se los habían robado”.

—Todo esto es de mi hermano –confirmó Irma al doctor.

Dos kilómetros arriba, Concepción ya estacionaba su auto junto a La Cueva del Oso. Pese a que el bar había cerrado, afuera aún bebían seis hombres: “Eran los que habían madreado a Pedro”, detalla Romero.

Cuando Guadalupe y Ascensión Marcelino, compañeros de mesa de Pedro, estaban retirándose del lugar, llegó una camioneta de la Policía Municipal. “Mientras se iban gritaron a los policías: ‘¡Ellos fueron los que pegaron!’. Acusaron a los que estaban tomando”, agrega el dueño.

Los agentes obedecieron a los Marcelino y arrestaron a seis: Juan Romero, Arturo y Antonio Galindo, Miguel Serrano, Gregorio Rosas y Salvador Cote Blas, papá de Iván.

Los Marcelino, en cambio, regresaron esa noche a casa. Desde entonces, sin embargo, el pueblo tuvo sospechas: “Cuentan que quienes golpearon a mi hermano fue la banda Los Huaraches, de la familia Marcelino –confía Irma, hermana de Pedro–. Ellos lo negaron. Yo no lo sé”.

Estamos tristes porque nos dejaste

Las familias Cote y Mora eligieron un ataúd blanco de pino tallado, por el que tuvieron que pagar 6 mil pesos. Y, para abreviar el duelo, pidieron a los empleados de la funeraria San José no dar ningún tratamiento al cuerpo. “Fue triste ver que un niño murió así”, opina Germán Pisen, el gerente, quien se ocupó de que, como se lo solicitaron, el féretro tuviera cristal corrido, para que se viera la angulosa cara morena de Iván.

El cortejo fúnebre, de 30 personas, fue tan discreto que apenas se percibían los sollozos y las pisadas pedregosas que accedían al Panteón de Tlaltepango. En el sepelio, Ángeles le contó a Araceli Guevara, maestra de su hijo, que la semana previa al suicidio, su hija menor, Vanesa, sufrió graves convulsiones epilépticas. Mamá e hija habían viajado hasta el Hospital Infantil de Tlaxcala, donde pasaron muchas horas. El niño se quedó en casa con sus otras dos hermanas.

El martes en que se cumplen 35 días del entierro busco el lugar donde descansa el cuerpo de Iván. En este pueblo ceniciento con aire cargado de pesadumbre el panteón es el único estallido de colores. Pero este mediodía sólo visitan las tumbas floridas los zanates que revolotean entre moscas. Entre tantos sepulcros resulta difícil ubicar el de Iván.

Dos albañiles construyen el techo de una de las tristes casas con vigas saltadas que rodean el cementerio. Acompañan, alegres, a José Alfredo, que en un radiecito canta: Yo te abandono pa’ estar parejos / yo, yo que tanto lloré por tus besos… Al fondo, en el área de niños difuntos, destaca un sepulcro con flores que hace poco debieron estar rozagantes. “Aquí descansan los restos del niño Salvador Iván Cote Mora. Nació el 30–12–2000 y falleció el 29–05–2011 a la edad de 10 años. Recuerdo de sus padrinos y familiares”.

Hay seis botes oxidados con claveles blancos, una cubeta azul con una rosa solitaria y un bote grande de champú Caprice con veladoras y gladiolas blancas. Un pequeño Cristo dorado yace en medio de la cruz, abrazada por un tallo verde de una blanca flor plástica. Ahí, escrito en negro, su epitafio: “Estamos tristes porque nos dejaste, pero sentimos consuelo al saber que estás con Dios”.

¿Qué tanto puede escribirse ante la muerte de un niño? Leo los epitafios de los tres pequeños vecinos de Iván. El de Lilia Medina: “Dios buscaba un angelito y se fue contigo, Señor”. El de Karina Ximello: “Dios me dio la vida, Dios me mandó a llamar, no se queden tristes, yo descanso en paz”. Y el de María Gómez: “Pudiste ser un ave, una estrella, una flor, y ahora eres un ángel de Dios”. Sobre los entierros, sus familias dejaron una paleta Tutsi, un payaso de bonete rosa, un Quico de juguete.

Antes de partir, María, la chica que atiende la tiendita frente al panteón, cuenta cómo fue el día que inhumaron a Iván: “Fue un sepelio silencioso. Demasiado”.

Yo ya me voy a ir

Iván cargaba con la pelota a donde fuera. A la tienda, a la escuela, a casa de su amigo Freddie. Tac tac tac, se le iba el día con la manía de golpetear el balón en actitud distraída, como quien va por la vida silbando. Jugaba a viajar con la mente hasta el estadio Azteca para imaginar que era Salvador Cabañas. Aunque su América nunca le dio el gusto de verlo campeón, el paraguayo le alegraba el domingo. “Y cuando llegaba octubre, todos los días con su papalote”, recuerda su tío José Luis. Iván aprovechaba el viento que dejan correr las casas bajas de Tlaltepango para volar junto al canal de aguas negras los papalotes que él hacía y que contemplaba absorto cuando se suspendían en lo más alto.

Iván dormía mal. Desde que tenía un año, su hermana Vanesa, dos años menor, padecía crisis epilépticas que en la madrugada arrancaban a todos del sueño. De chiquito veía con pánico cómo su madre luchaba por calmar a la niña, que carece de habla y juega como un bebé de meses. Pero la edad lo cambió: “Iván ya ayudaba a su mamá casi todas las noches en los ataques que le daban a Vanesa –dice su abuela Alberta–. La quería: la alimentaba, le compraba galletas”.

Quizá ese cansancio crónico del sueño entrecortado le impedía reír lo que debiera un niño de su edad. En contraste, lloraba mucho.

Hace un tiempo, Luis –un compañero suyo– jugaba en el patio de la escuela. Un movimiento hizo que se le rompiera la bolsa del pantalón y se le cayeran unas monedas. Iván se agachó, tomó un par y se las llevó al bolsillo.

En la salida, Esteban Sánchez vio a su hijo Luis llorando.

—¿Por qué lloras?
—Iván me quitó mi dinero.

El papá se acercó a Iván y le dijo: “Devuélveselo”.

“Iván me contestó ‘yo no le quité nada’ y empezó a chillar, desesperado, como si lo estuviera golpeando”, recuerda Esteban.

Y hace meses, Angélica y su hijo Freddie –otro compañero de la primaria– vieron a la salida un niño que lloraba.

—¿Qué te pasó? –preguntó Freddie.
—Mi tío no me quiso llevar a la casa –contestó Iván.
—¿Dónde vives?
—Hasta el canal.
—Vivimos por allá. No te asustes, amigo –añadió el chico, dos años mayor–, te vas con nosotros.

Freddie empezó a patear las piedras del camino y animó a Iván a que hiciera lo mismo. El juego lo fue tranquilizando.

—¿Qué imágenes guarda de Iván? –pregunto a Angélica, la mamá de Freddie.
—Días antes de morir me contó: “Mi hermanita se puso mala a las dos de la mañana y la llevaron al hospital. Me preocupa mucho, yo la amo”.

Desde aquel día en que se conocieron, Iván y Freddie se encontraban en un punto del canal e iban a la escuela y volvían juntos. Su amigo recuerda haber escuchado en esas caminatas una frase reiterada: “Me preocupa dejar a mis grandes amores: mi mamita y mi hermanita enferma. Porque yo ya me voy a ir”.

Freddie nunca le dio importancia a esas palabras.

Se burlan de mí

El Waka Waka de Shakira hace bailar a la primaria Vicente Guerrero con una alegría explosiva, vigorosa, física. Está por concluir el ciclo escolar más triste en la historia de este colegio del municipio de San Pablo del Monte, al sur de Tlaxcala, y quizá por eso en las decenas de ex compañeritos de Iván que ensayan la coreografía de fin de curso se descargan en risas, saltos y bromas, como si un deudo se descubriera a sí mismo pegando una carcajada tras un luto penoso y largo.

En el enorme patio repleto de niñas y niños de uniforme azul y rojo vuelan balones, hay corretizas, gritos exaltados, resbaladillas repletas, columpios que se alzan como misiles. En este patio, Iván tenía una diversión solitaria que extrañaba a los maestros: giraba sobre su propio eje.

Subo las escaleras para entrar en el 4o A, el grupo donde hasta hace poco tomaba clases Iván. En el trayecto al salón me ataca la idea de que Araceli, su maestra, no dará la entrevista: la procuraduría estatal, Reforma, El Sol de Tlaxcala, ABC Tlaxcala y decenas de medios electrónicos replicaron la noticia de que Iván se mató por bullying.

Pero quien abre la puerta del salón es una mujer de sonrisa suave que oye atenta las razones para entrevistarla. “Claro”, acepta, e invita a este salón verde con un cartel que indica: “Para ser sabio hay que leer diario”. Las paredes están rebosantes de mapas, afiches de dinosaurios, caballos, elefantes. En las repisas descansan libros y matrioskas de colores elaboradas por los alumnos con papel maché. Y sobre los pupitres, los compañeritos de Iván celebran con sándwiches, refrescos y risas el fin de curso.

—¿Cómo recuerda a Iván?
—Travieso, distraído, alegre y dejado de las tareas: no cumplía. Lo atribuí a que se preocupaba por su hermanita epiléptica. Un día me dijo: “Maestra, se burlan de mí por mi hermanita”.

A la otra mañana, la maestra se paró frente a los niños. “Nada tienen que decirle. Iván es afortunado: su hermanita es el ángel de su casa”.

—¿Lo siguieron molestando?
—No, ahí acabó –asegura esta profesora de unos 40 años que señala un cartelito sobre una puerta: “No pegar, no gritar, no insultar, no empujar”. Una especie de manual exprés anti bullying.
—La procuraduría estatal dice que investigan si Iván aquí sufrió bullying, y que por eso no puede mostrar la averiguación previa. ¿Ha venido alguien a investigar?
—Nadie.
—¿Y qué piensa de las acusaciones de bullying que hace la familia?
—No tengo nada que decir.

Yo no fui

El sol despuntaba ese domingo 21 de diciembre y Salvador no llegaba a casa. Ángeles, preocupada, indagó entre vecinos el paradero de su esposo. La noticia no tardó: se encontraba detenido por participar en una riña. La familia viajó hasta la procuraduría estatal. “Cuando llegamos –cuenta Alberta, su madre– mi hijo ya estaba hundido en el Cereso”.

El joven albañil declaró que llegó al bar cuando la golpiza había acabado. José Luis Blas repasa las primeras palabras que oyó de su sobrino preso: “Lloraba diciendo ‘Yo no fui, tíos. Cuando llegué ya ni siquiera estaba el chavo al que le pegaron (Pedro Sánchez). Llegó la patrulla y nos agarraron a los que estábamos ahí”.

Según datos de la averiguación previa, quienes lo incriminaron fueron los hermanos Marcelino. “El líder de Los Huaraches, Guadalupe Marcelino, tenía cuates y relaciones en la procuraduría. Por eso hacía y deshacía y no le hacían nada”, revela un ex funcionario estatal que pide omitir su nombre.

Los seis detenidos cayeron en prisión pero sólo imputados por el delito de lesiones. Y es que Pedro, aunque inconsciente, con traumatismo craneoencefálico y conectado a un respirador, sobrevivía.

Al paso de los días –según consta en la averiguación previa a la que parcialmente pudo acceder emeequis– la abogada Lourdes Romero Méndez ayudó a liberar a Juan Romero Méndez (su propio hermano, por cuya fianza pagó casi 100 mil pesos), a Antonio y Arturo Galindo, a Miguel Serrano, a Gregorio Rosas y a Salvador Cote Blas. A cambio de 54 mil pesos de fianza, el papá de Iván logró la libertad tras permanecer cinco días confinado. “Toda la familia le prestó: le dimos aguinaldos, rayas de la semana, ahorros”, confía José Luis.

Salvador pudo volver a casa. En cambio, Irma e Ignacio acompañaban a su hermano menor, Pedro, en el Hospital General de Puebla: “Era como un muerto que respiraba”, recuerda ella.

Amiguero, alegre, seductor, en su agonía Pedro convocó en el área de terapia intensiva a muchas amigas. Murió el sábado 27 de diciembre, a seis días de ser atacado en el bar. “No podíamos creerlo –cuenta su hermana Irma–: era joven, tierno, cariñoso con sus sobrinas. Y no se metía en pleitos”.

Cuando Pedro murió, el caso pasó del delito de lesiones a homicidio. Se abrió entonces el proceso 348/2003. A inicios de 2004, la juez María Avelina Meneses Cante dictó orden de aprehensión contra tres personas, a quienes encontró culpables del asesinato: Arturo Galindo, Miguel Serrano y Salvador Cote Blas, el albañil nacido el 10 de octubre de 1981.

Ante la sentencia, la abogada Romero (quien no respondió a varias solicitudes de entrevista) se reunió con la familia de Salvador, su cliente. “Ella nos dijo: ‘Sálvese quien pueda: pueden esconderse ahorita’”, narra Alberta, madre de Salvador.

—¿Ustedes qué hicieron?
—Salvador se escondió unos días –reconoce su tío.

Arturo Galindo fue aprehendido el 23 de febrero de 2004. Miguel Serrano escapó de la justicia y aún es un prófugo. Salvador huyó de Tlaxcala el martes 20 de abril de 2004. Primos de Estados Unidos lo ayudaron a contratar un coyote y cruzar la frontera. Dejó en México a su esposa, a su hijo Iván y a sus tres hijas; la menor, Vanesa, una beba de pecho que ya manifestaba epilepsia. “Salvador escapó por miedo a caer en la cárcel sin haber cometido el crimen”, asegura su tío.

Desde entonces, casi ocho años después, no ha vuelto a México. “Igual que Miguel Serrano, Salvador se desarraigó del estado y no se ha vuelto a saber de él –señala Teresa Ramírez, jefa de la Unidad de Comunicación Social de la Procuraduría General de Justicia de Tlaxcala–. La averiguación está abierta. Hay que detenerlos porque el delito de homicidio no prescribe”.

Uno de los tres inculpados, Arturo Galindo, salió de prisión después de tres años, al parecer por falta de pruebas.

Pese a que la sentencia se dio hace ya más de siete años, la procuradora Alicia Fragoso rechazó entregar una copia de la averiguación previa, solicitada para conocer los testimonios que inculparon a Salvador y las bases del fallo.

Su familia jura que es inocente. “Los que agredieron (a Pedro) fueron los mismos que avisaron a la patrulla –insiste el tío del albañil–. Pegaron y, obvio, se largaron. ¿Cómo es posible que agarraran a gente inocente que llegó al bar cuando ya había pasado el acto?”.

Irma, hermana del fallecido, también sospecha del proceder de la justicia: “Yo no lo sé, pero cuentan que quienes golpearon a mi hermano fueron los de la banda Los Huaraches, de la familia Marcelino. Ellos lo negaron”.

Según el testimonio del dueño del bar, el gobierno estatal incurrió en una omisión clave: la procuraduría nunca estudió la escena del crimen y pese a ello encontraron culpable a Salvador.

—¿Fue algún policía al bar tras el homicidio?
—No –afirma Romero.
—¿Nunca?
—A los ocho días, pero vinieron a clausurar. Checaron la entrada.
—¿Usted ya había limpiado la escena del crimen?
—Sí, ya no había nada.

Proveedor de todo el dinero con que vive su familia, en siete años Salvador no ha vuelto a México. “Mi sobrino piensa ‘si regreso, a la cárcel’”, justifica José Luis.

Tampoco vino a sepultar a su hijo.

Lázaro resucitado

Desde el fondo de la iglesia veo cruzar el portón a Ángeles Mora Ximello. Tengo enfrente a la madre de Iván. Escuálida, castigada por las ojeras y jorobada, la joven que aún no cumple 30 años camina hacia la pila de agua bendita de la Parroquia de Cristo Resucitado con la actitud decaída de una anciana. En la mano izquierda lleva un ramo de gladiolas; en la otra, a Vanesa, su hijita, una espiga hecha niña con la frente cruzada de cicatrices, huellas de siete años de convulsiones.

Es 29 de julio, se cumplen dos meses de la muerte de Iván. Al templo de Tlaltepango han acudido unas 30 personas. Entre ellas, 10 niños, amiguitos y primos que guardan un respeto adulto en la ceremonia.

El sacerdote José Luis Díaz ha elegido un breve fragmento del Evangelio según San Juan para leerlo a los fieles y a Ángeles, que lo escucha atenta en la primera fila de bancas. En ese pasaje, Marta de Betania llora en su casa la muerte de su hermano Lázaro y hace un reclamo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”. Y Jesús respondió: “Tu hermano resucitará”. Y resucitó.

Pero el pequeño Iván no es Lázaro. Por eso los dolientes no tienen más que rezar el rosario para difuntos y murmurar el “Te rogamos, Señor”, cuando el cura lanza el doloroso “Te rogamos el descanso eterno de Salvador Iván Cote Mora, que goce tu presencia eternamente”.

La misa termina. Ángeles me mira de reojo. Apura el paso con sus tres hijas y niega con la cabeza cuando busco hablarle.

Pero Alberta Blas, abuela de Iván, y José Luis Blas, su tío abuelo, aceptan platicar en una banca en la plaza central del pueblo.

“El niño no se veía acongojado, ido, cabizbajo”, aclara su tío, como descartando indicios de su decisión. “Pero era muy apegado con su mamá –matiza la abuela Alberta–. Nunca la quería dejar. Si iba a la tienda era ‘¿mamá, a dónde fuiste?’”.

—¿Qué motivos creen que tuvo para quitarse la vida?
—Asumimos que se desesperó por no tener a su papá y ver así a su hermanita. ¿Pero a quién culpamos? –dice él.
—¿Supo que su padre estaba acusado de un asesinato?
—No. Se mantenía en secreto para no herir al niño –responde Blas.
—¿En la escuela alguien se lo dijo?
—No sabemos.

De pie, silenciosa atrás de la banca en que están José Luis y Alberta, la abuela materna, Guadalupe Ximello interviene por un instante en la plática: “Unos niños de la escuela golpeaban a su nieto”.

Le hago un par de preguntas pero se niega a abrir la boca. Al tercer intento, musita: “Mi hija fue a reclamarles a las mamás de los niños”.

José Luis pierde la mirada en el piso, murmura: “Él ya traía eso”, alarga un silencio y recapitula: “En la azotea, donde siempre andaba, decía ‘me puedo aventar y rápido me muero’”.

Ese jugar a morir amenazaba dejar de serlo. Meses antes de ahorcarse, se resbaló de la escalera que da acceso a la azotea y quedó colgando de la marquesina –con un vacío de unos tres metros–, de donde hubo que bajarlo. “Al final nunca se aventó –dice José Luis y me mira frío a los ojos–. Pero ahí mismo se mató”.

Cómo es posible que un niño haga eso

La mañana del lunes 30 de mayo, la maestra Araceli Guevara entró al plantel y recibió la noticia más dura en sus 27 años de servicio: su alumno de 4o A, Iván Cote, se había suicidado. “Fue un golpe tremendo. Pensé ‘¿cómo es posible que un niño haga eso?’. Aún no lo creo, no sé si fue un accidente”.

Estremecida, se confesó sin fuerza para dar la noticia al grupo. Al lado de ella, las maestras Irma y Gloria se encargaron de informar a los niños. No dieron detalles. “Varios lloraron, otros estaban en shock y otros no lo creían porque lo vieron el sábado en la Central de Abastos”, relata la maestra, que les pidió escribir un mensaje de despedida a su compañero. “Ya estás con los ángeles”, “Te voy a extrañar en el recreo”, “Ya estás en lo azul”, escribieron algunos.

Araceli hurga en la conducta del niño. “Distraído sí era: estaba sentadito con la mente
en otro lado”.

—¿Había sospechas de que podía hacer algo así?
—Claro que no, fue completamente inesperado.

Apenas en abril pasado, Iván acudió a un campamento escolar en el Centro Vacacional La Malinche. Se arrojó de la tirolesa, quemó bombones, echó porras.

El guía de los niños en ese viaje, el profesor de educación física Enrique Alarcón, muestra en su cámara varias fotos digitales: Iván, muy alegre, aparece a punto de deslizarse en la polea y riendo con amigos. “Se la pasó muy divertido”, confirma el maestro con gesto incrédulo. No obstante, en la clase de deportes era caso aparte: “Quedaba agotado luego de cada ejercicio y tenía que dejarlo descansar, algo que no me pasaba con nadie: Iván estaba desnutrido y la prueba eran los jiotes de su piel”.

El maestro, preocupado, mandó un recado a su mamá. “Simple: le pedí que a su torta le pusiera queso, frijoles y aguacate”.

Los alumnos con problemas de agresión, distracción y/o atraso son canalizados a un “grupo especial” de 30 niños. El rezago de Iván, cuyas calificaciones iban de 6 a 7, no
ameritaron integrarlo.

—Nunca fue reportado con problemas de aprendizaje –aclara la maestra de educación especial Irma Sánchez–. Escribía, leía, lento pero aprendía.
—¿Y en su grupo hay niños que ejercen bullying y pudieran dañarlo?
—Aquí no ha habido bullying. Ocurre lo normal, nada que pase de un pelotazo.

En el último año que cursó, Iván había dejado de hacer tareas. A la vez, su mamá ya no asistió a las juntas de padres. Por eso su maestra citó a Ángeles para saber qué pasaba: “Su respuesta fue ‘no tengo con quién dejar a mi hija’. A su mamá, una señora tímida que hablaba poco, le pedí estar más pendiente del niño, que hiciera las tareas. Me dijo que platicaría con él”.

—El papá de Iván está acusado de un asesinato. ¿Alguien en la escuela se lo dijo?

La maestra hace un gesto de absoluta sorpresa:

—No en mi clase –responde.

Se fue el pelón cabrón

Busco a la familia de Pedro una tarde después de una tromba. San Sebastián Aparicio es un ramillete de riachuelos grises de piedras rodantes. Toco en una casita de lámina. “¿Qué necesita?”, pregunta Florencio, padre del albañil asesinado, un enjuto señor de gorrita que frunce el ceño cuando oye qué investigo. “¿Ya para qué?”, responde en seco.

En silencio, oye a su esposa, María, que sale a atender en la vereda. Bajo la llovizna enlaza recuerdos que pintan a Pedro como un muchacho bueno: “Me decía todo el tiempo ‘mi reina’, ‘¿qué hace usted, mi reina?’. Llegaba de trabajar y se picaba su huachinanguito, sus frijolitos y decía ‘le pongo limón para que me sepa mejor mi comida”.

Ignacio, hermano de Pedro, dos años mayor, hace memoria con la mueca desorientada de quien busca salir de una nebulosa y cuenta el capítulo más reciente: hace cerca un año, un agente apellidado Mejía les pidió que vieran varias fotos para ayudarlo a identificar a los culpables. “Si no estuvimos en el bar, ¿cómo podíamos saber?”, pregunta Ignacio y niega con la cabeza, aturdido por la sandez judicial.

Y al instante, pegando una carcajada, comparte un recuerdo de su hermano: “Perdió su América y apostó. El cabrón se nos fue pelón”.

Antes de partir, cuento a la familia que en Tlaltepango, el pueblo vecino, se suicidó un niño de 10 años, el hijo de alguien que la justicia halló culpable del homicidio. Ninguno reacciona.

—¿No les suena el nombre de Salvador Cote Blas?

Los tres hacen el gesto del que no tiene idea de qué le hablan.

—No –atina a decir Ignacio–, a nosotros ni siquiera nos dijeron que hayan encontrado un culpable. Ese nombre jamás lo habíamos escuchado.

El amor de mis amores

Ya sin Iván, la casa junto al canal adquiere cada amanecer una nueva normalidad. Alberta, la abuela viuda, carga su masa hasta Puebla para vender gorditas en Villa Las Flores. “La casa está muerta –dice la anciana–. Mi hijo está lejos y por Iván llevo un dolor como si un hijo se hubiera muerto. Estoy desolada”. Luego susurra una plegaria: “Salvador no era pandillero, sólo era un albañil. Que Dios me lo traiga”. Y antes de decir adiós, hace una pregunta: “Que regrese y se aclare esto. ¿Cómo le puedo hacer?”. No sé qué contestar.

Alejandra y Mariana, hermanas mayores de Iván, caminan solas hacia la escuela. Ángeles, su madre, sale y cierra con llave. De la mano de Vanesa, que camina a trompicones, tomará una combi que las dejará en el Hospital Infantil. Esta mañana la casa ya ha quedado sola.

Lo último que Iván vio desde su hogar después de subir las escaleras fue el Popocatépetl: el majestuoso volcán puesto ahí, en el paisaje de su azotea, como un Dios protector único testigo de su muerte.

Horas después de los gritos sin consuelo del domingo 29 de mayo, apareció en la casa un dibujo póstumo. Dentro de un corazón y en un campo lleno de flores coloridas, Iván pintó a su hermana enferma. Y en un costado, escribió: “Para Vanesa, el amor de mis amores”.