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Primero encontraron las piernas.

El último viernes de febrero de 2016, una mañana despejada, Deisy, una de las seguidoras de la Almita Desconocida, dice en el cementerio que primero aparecieron las extremidades inferiores dentro de una bolsa negra y luego el resto del cuerpo “en otra igualita”. El 9 de agosto de 2002, el día que la descubrieron en un bajío lleno de matorrales, en inmediaciones de la terminal de autobuses de Yacuiba —una ciudad calurosa del sur de Bolivia, con unos 90,000 habitantes, que comparte frontera con Argentina—, las calles se llenaron de vecinos asustados. Habían matado a una niña. La habían carneado como si se tratara de una vaca. Y se habían encargado de que la encontraran con facilidad. El crimen tenía la marca del narcotráfico: era un mensaje, una advertencia, una amenaza. La víctima podía haber sido cualquiera: el abogado, el farmacéutico, la oficinista, la vendedora de globos, la salchipapera. Pero fue una niña, y una niña despedazada no se olvida. El abogado, el farmaceútico, la vendedora de globos, la oficinista o la salchipapera se habrían convertido en noticia caduca al día siguiente. Pero fue una niña. Una niña cuya identidad nunca se supo a ciencia cierta y a la que hoy, en Yacuiba, se le rinde culto: el culto a la Almita Desconocida.

“La Almita es milagrosa, mucho, pero a veces te da y a veces te quita”, recitaba un borrachito llamado Jorge unos minutos antes de que Deisy se acomodara en una de las bancas del cementerio. Jorge había salido de un agujero poco profundo. Repitió dos o tres veces su apellido, pero no llegué a entenderlo porque masticaba hoja de coca mientras hablaba, porque apenas movía la mandíbula cada vez que trataba de armar una frase. Llevaba polera de un equipo de futbol, un short con manchas de tierra y unos zapatos que parecían fuera de contexto, que estaban demasiado limpios. Me dijo que trabajaba como sepulturero. Insistió en llevarme ante la tumba de la Almita y, una vez allí, tomó una de las botellitas con alcohol puro que algunos le ofrendan, echó el alcohol en una botella con agua y se perdió en una de las hileras con nichos.

La tumba de la Almita Desconocida es mucho más que una tumba: es un pedazo de cemento con la forma de un ataúd, dentro de un tinglado con el techo cubierto con láminas de calamina. Está pegada a uno de los muros del cementerio Divina Paz de Yacuiba y hasta allí van quienes consideran que la víctima de un asesinato a sangre fría es capaz de atraer la buena suerte y brindar protección a sus familiares.

Tras encender un manojo de velas blancas, prender en su honor tres cigarrillos y fumarse uno de ellos, Deisy dice que preferiría que no mencionarámos su apellido. El anonimato aquí es como un santo y seña. Quizás porque se rumorea que algunos de los devotos más antiguos de la Almita Desconocida son narcotraficantes, sicarios y contrabandistas. Aunque es difícil rastrear su inicio, el rumor pudo haber comenzado cuando una vendedora de refrescos que conversó sobre este tema en 2012 con un reportero argentino del periódico Clarín sostuvo que no es ningún secreto la presencia de esas personas en el cementerio, que vienen para solicitar protección, sobre todo los lunes, cuando el sol se esconde.

Deisy se marcha resguardada por una sombrilla y Jorge vuelve a salir de su hoyo y se acerca haciendo gestos extraños, como si fuera un títere en manos de un inexperto.

—Estoy cavando, pero aún no se quién es el muerto —dice, y muestra unas encías verdiamarillas cuando se ríe—. El muerto no está muerto todavía. El muerto soy yo.

Son las nueve y media de la mañana y frente a la Almita hay ya dos macetas nuevas, ocho cigarrillos soltando humo y cuatro personas que rezan.

La Almita podría haber sido la hija de cualquiera de ellas

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Enterraron sus restos sin identificarla.

En el hotel París de Yacuiba, sentado a una mesa redonda, tras pedir “café para todos” a uno de los empleados, junto a una radio en la que suele escuchar las últimas noticias, Francisco Reynoso, el dueño del alojamiento, dice que la Almita, “al parecer, era muy jovencita”, que la mataron con saña, que nunca apareció su cabeza.

—Sus restos los metieron en un ataúd y los llevaron desde la morgue hasta el cementerio. Los enterraron sin identificar: sin nombre ni apellidos. Eso nos conmovió a todos. Y comenzó a llegar gente a ponerle velas y flores.

Francisco Reynoso, más conocido como Pancho, tiene 67 años, las cejas pobladas, una prominente calva y voz aguardentosa y grave. Viste una camisa de manga corta con cuadros y los primeros botones abiertos, guarda una llave de hotel en su bolsillo izquierdo y dice que Yacuiba ha cambiado, pero que a pesar de lo que le pasó a la Almita no podría decirse que sea una ciudad violenta, que crímenes no hay demasiados. Según Reynoso, en 1968 Yacuiba tenía 14,000 habitantes y la mayoría subsistía gracias a las labores agrícolas. Por aquel entonces, las calles eran de tierra. Un hombre que manejaba una máquina para hacer hielo proveía de energía eléctrica a algunas viviendas hasta las once de la noche; a partir de esa hora “había que arreglárselas con lámparas a querosén y mecheros”. En 1976 había ya 25,000 habitantes, y empezaron a llegar migrantes de otras ciudades: de Oruro, Santa Cruz, Sucre, La Paz, Cochabamba, Potosí, Tarija.

—El pueblo progresó y el progreso, como ocurre siempre, trajo bienestar y perjuicio —dice el dueño del hotel París.

En 1991 fue el despegue definitivo.

—Entró mucha plata de los argentinos. Se construyeron centros comerciales y se crearon fuentes de trabajo de la mano de las petroleras.

Y en 2002 asesinaron a la Almita Desconocida.

Por aquel entonces, ya se sentían los efectos de la presencia de grupos ligados al narcotráfico: en 2001, hubo un promedio de más de 12 homicidios por cada 100,000 habitantes; el promedio subió a 13.6 en 2004; en 2011, la zozobra se instaló en algunos barrios de la periferia, los intentos de homicidio se multiplicaron y la ciudad apacible que relata Francisco Reynoso parecía no serlo tanto. Y ese mismo año el periódico El Tribuno de Salta, la provincia argentina al otro lado de la frontera, catalogó a Yacuiba como uno de los lugares más peligrosos de Bolivia. A pesar de la mala prensa, cuando se camina por sus avenidas no se siente ninguna sensación de riesgo. Las construcciones son bajas, de una o dos alturas. Sus calles más emblemáticas están protegidas por arcos que regalan un poco de sombra. Y los vecinos todavía se saludan cuando coinciden en la puerta de un banco o en el mercado. El problema, según Reynoso, siempre ha sido la frontera. Los casi 40 kilómetros que hay de frontera alrededor de Yacuiba son una mera formalidad: una línea imaginaria traspasada a diario por los contrabandistas, además de la puerta de entrada de la mayor parte de la cocaína que circula por Argentina.

Aquí, en Yacuiba, hay quienes piensan que entre los narcos locales algunos se encomiendan a la Almita Desconocida antes de transportar un alijo importante. Pero a pesar de su fama, y trece años después del asesinato que la hizo protagonista de una devoción, su historia es aún una gran incógnita.

Algunos dicen que tenía 12 años; otros, que 13, 14, 15 o 16. Se cree que era una “mula”, una “tragona” que había atiborrado su estómago de cápsulas rellenas con cocaína. Algunos sostienen que fue víctima de un ajuste de cuentas, que la cortaron por venganza con una motosierra. Otros, que la interceptaron los sicarios de un grupo rival para hacerse con la droga que llevaba en los intestinos. Y no faltan los que aseguran que su cuerpo fue cercenado por un psicópata transfronterizo.

Hasta el momento, lo único cierto es que la encontraron muy cerca de las vías del ferrocarril y de la terminal de autobuses, dentro de bolsas de nailon, cortada en partes —primero encontraron las partes del tronco hacia abajo y, después, las partes del tronco hacia arriba—. Hasta el momento, lo único cierto y comprobable es que su tumba está repleta de plaquetas de agradecimiento.

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Almita Desconocida
No sé ni quién fuiste
ni quién eres, ni cómo
te fuiste de este mundo.
Pero gracias de todo corazón
por los deseos concedidos

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La placa tiene una fecha: 17 de enero; una firma compartida: Edu y Panchis; y un año a medio grabar que parece ser 2008. A su lado, hay decenas de inscripciones similares:

“Gracias, Almita Desconocida, por los milagros recibidos y por recibir”, “Gracias por los milagros concedidos y por concebir”, “Acudí a ti en un momento difícil, me recibiste y me ayudaste. Gracias te doy de corazón”. Algunos mensajes parecen cifrados: “Gracias por los favores obtenidos y por otros que vendrán. M + M = Y. Yacuiba, noviembre de 2012”. Algunas plaquetas tienen forma de Biblia y otras están adornadas con vírgenes, rosas o espigas. En mitad de todas hay un reloj de pared que siempre marca la misma hora: las seis y media. También hay un tacho metálico para la basura, varias bancas de piedra y un par de jarras de cerámica que fueron donadas por los Oropeza, una familia de emprendedores que cree que la Almita es responsable de la buena marcha de su restaurante. Cada jarra está repleta de hojas de papel, dobladas: hojas de color blanco, hojas cuadriculadas, hojas con el borde semirraído. Y cada una de las hojas suma un pedido relacionado con la salud, el amor, la venganza, la desesperación o el dinero.

—Aquí vienen hasta colegiales con sus libretas de notas para no repetir curso —dice Juan Casazola, el empleado más antiguo del cementerio, un tipo canoso de 70 años con algo de barba, un lunar en cada moflete y abundante cabello, un hombre con dolencias varias, que sueña con una jubilación que no llega porque alguien se confundió al poner su fecha de nacimiento en el carnet de identidad, que mata el tiempo esperando muertos.

Aquí Casazola hace de todo: vigila, es panteonero, orienta a los vivos y organiza entierros, y de vez en cuando hace memoria para contradecir a los que aseguran que la Almita era un pedazo de carne sin cabeza, un personaje siniestro, como de novela negra.

—Sus restos habían sido mordidos por los perros y ya no había intestinos, eso sí, pero la cabeza estaba, claro que estaba, aunque en mal estado —recuerda Casazola.

Luego me dice que el entierro fue a principios de agosto de 2002 y que tuvo dos actos. Primero, él mismo sepultó el contenido de una de las bolsas: las piernas. Aquel día —según él—, una señora que decía que la Almita era su hija desaparecida se preocupó de los detalles del cortejo fúnebre —sin saber que semanas más tarde su hija aparecería viva—. El periódico El Deber de Santa Cruz de la Sierra dio cuenta además de una escena surrealista, protagonizada por padres cariacontecidos que iban en procesión al cementerio con zapatos en la mano para ver si el tamaño de los pies de la joven asesinada coincidía con el de los pies de sus hijas perdidas. Y media semana después del primer hallazgo apareció la segunda bolsa con la otra mitad del cuerpo. Casazola desenterró el cadáver y se esmeró por armar bien todas las piezas, como si fuera un niño ansioso por resolver correctamente un rompecabezas.

Entre los devotos de la Almita Desconocida hay comerciantes, licenciados, empresarios y desempleados. Algunos de ellos vienen con muletas o en silla de ruedas. Y también hay vagabundos y ladronzuelos. Casazola dice que algunos se roban las placas, los cigarrillos, las botellitas de alcohol y hasta el agua de los floreros. Después, me muestra las cadenas que protegen algunos de los adornos.
Y luego se ofende cuando le recuerdo que algunos le dicen pichicatera (drogadicta).

—Eso es mentira. A ella la mataron de muy mala manera. Pero, por Dios, era una niña. ¿Qué mal podía haber hecho? Que Dios castigue a los que se burlan de ella. Nosotros no sabemos lo que le pasó. No deberíamos ser ni juez ni parte.

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Yo no puedo negarle a nadie una misa.

A pocas cuadras de la plaza principal, en la parroquia de San Pedro de Yacuiba, en una habitación situada tras un mostrador muy similar a los de las oficinas de correos, el padre Victorio da Silva —50 años, cuerpo macizo como el de un pívot de baloncesto— dice con voz de tenor que él únicamente rechaza misas en honor a la Santa Muerte, que no puede negarle misa a nadie más, ni siquiera a la Almita.

—Aquí casi todos los días viene alguien a hacer anotar misa por ella. Cuando llegué a Yacuiba, pensaba que la gente era muy misericordiosa y quería pedir por todas las almitas que fueron sepultadas sin que nadie las reconociera. Pero luego me contaron la historia del cementerio y me di cuenta de que esas misas por La Desconocida eran para esa jovencita que asesinaron años atrás, para una sola almita. Acá nosotros no tenemos prejuicios. Estamos hablando de una difunta muy querida por muchos. Y mientras no me pidan un altar para ella en la iglesia no me hago problema.

El cura ríe y señala hacia un turril enorme con agua bendita.

—Los que vienen a la parroquia también se llevan mucha agüita de ésta. Acá la fe se mezcla con el paganismo y eso provoca devociones extrañas.

En Bolivia, los altares semiclandestinos están a la orden del día, y las creencias, a menudo, están salpicadas de cierto exotismo. En Vallegrande, las “Viudas del Che” le suelen hablar a la fotografía del revolucionario para que las cuide y las acompañe. En el reducto cocalero donde se hizo fuerte Evo Morales antes de ser presidente, un curandero que leía cartas y vestía de forma impecable cuando estaba vivo ahora es conocido popularmente como San Jailón —término utilizado para definir a un sector adinerado de la población que presume de su condición económica—, y es venerado, sobre todo, por gente con vínculos con el narcotráfico. En el cementerio General de Tarija, los “favores” son concedidos por dos asaltantes que fueron ajusticiados en 1978. Y en una habitación de La Paz forrada con papel de periódico hay más de una docena de calaveritas “milagrosas” que tienen tantos “clientes” como una buena carnicería.

—La mentalidad mágica y supersticiosa es apabullante —dice Da Silva—. Y es casi imposible luchar contra eso.

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Que levante la mano el que no sea narcotraficante.

En la parroquia San José de Pocitos, situada en una plaza muy cerca de la frontera, otro cura, Anselmo Alfaro —30 años, ojos marrones, facciones andinas—, habla del carácter de uno de los sacerdotes que le precedieron:

—Fue hace tiempo. Cuentan que un día que estaba muy cansado por tantas cosas malas que ocurrían se paró en la prédica y les dijo a los feligreses algunas barbaridades: “A ver, que levante la mano el que no sea narcotraficante. Aquí está oliendo a azufre…”

Anselmo Alfaro dice que no sabe si levantaron la mano muchos. Tampoco sabe con exactitud lo que pasaba antes en barrios como Pocitos. Y reconoce que hace tres años —cuando se instaló en la zona— tenía miedo.

—Por las cosas que había leído. Por lo que había escuchado. Asaltos, narcotráfico, ajustes de cuentas. Pero luego conocí a la gente y vi que no era para tanto. Claro, uno escucha comentarios, sí. Y a veces, por la falta de empleo, algunas personas caen en lo ilícito.

Cuando le pregunto si entre los devotos de la Almita Desconocida hay “narcos” y contrabandistas, duda:

—Por lo que yo sé, los seguidores de la Almita piden por su negocios y por sus familias, por esas cosas. La mayoría acá es gente muy sana. Es lo que podría decirte.

La realidad, en ocasiones, lo contradice: “Mata a su madre con 18 puñaladas” (El Deber, septiembre de 2015), “Asesinan a un joven en pleno día con seis balas” (Correo del Sur, febrero de 2015), “Hija contrata a dos sicarios para matar a su padre” (El País, octubre de 2014), “Planificaron un triple homicidio para quedarse con un cargamento de droga (La Nación, marzo de 2013), “Acribillaron de 18 balazos a un joven” (El Tribuno, enero de 2013), “Prenden fuego a un periodista boliviano” (Diario Correo, octubre de 2012), “Yacuiba, tierra de nadie” (Diario Andaluz, septiembre de 2012), dicen los titulares, todos en relación a esta ciudad que, por periodos, es como un dragón que duerme.

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El día de su aniversario le llevan mariachis y tortas.

La farmacéutica Ana María Andrade tiene 59 años y no es de Yacuiba, pero ya lleva más de 20 años viviendo en el barrio de Pocitos, donde la conocen como doña Victoria.

—Me dicen Victoria por mi madre. Así se llamaba ella.

Son las doce menos diez de una mañana soleada. Ana María tiene la pinta de una empleada antigua de un ministerio —lentes elegantes, blusa floreada— y lleva varios minutos suspirando y poniendo inyecciones en la trastienda de su farmacia.

—En esta época hay mucho enfermo por culpa de los mosquitos. Pero hoy todos han llorado con los inyectables —se queja.

Ana María habla con una voz quebradiza (como si te contara un secreto) y cree fervientemente en los “poderes” de la Almita. Se escapa a su tumba cada vez que puede y, pese a que está rodeada de medicamentos, suele pedirle por su salud y la de los suyos.

—Si vas con fe, todo te cumple —asegura—. Ella fue una mártir y es muy milagrosa. El 9 de agosto es su aniversario. Ese día su tumba se llena de gente y le llevan trago, tortas grandes y pequeñas y hasta mariachis para dedicarle una serenata.

Según Ana María, en Pocitos hay decenas de seguidores de “la descuartizada”.

Y, también, atracos.

—Yo me suelo recoger temprano, digamos que a las ocho o nueve, porque a partir de la una o dos de la madrugada es mejor no estar en la calle. Hay que cuidarse. Aquí es mejor no ver ni escuchar nada.

Aquí es mejor decir, aunque te pregunten, que no has visto ni escuchado nada.

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Tenía la pintura de uñas intacta.

El mercado central de Pocitos se instala todos los sábados en una vía ancha que de lunes a viernes amanece repleta de camiones que quieren cruzar a la Argentina y es una sucesión de toldos y plásticos transparentes o verdiazulados; una seguidilla de carteles y precios; un bazar lleno de objetos —frazadas, dvd, poleras, carteras, cafeteras, sandalias, juguetes—; y una sucesión de comercios con rejas metálicas. Al final del mercadillo hay un puente y un río estrecho de aguas marrones; al frente del puente, una aduana y la población argentina más cercana: Salvador Mazza. Donde empiezan los primeros puestos de venta, dentro de una galería comercial, Mery Chavarría, una mujer de mediana edad que vende disfraces, máscaras y objetos de cotillón, dice que, cuando la encontraron, la Almita tenía la pintura de uñas intacta. Que eso significa que no llevaba muchas horas muerta. Por la noche, Franco Centellas, un periodista de 40 años que trabajó durante una temporada como taxista, repite una de las versiones más difundidas de la historia: “La mataron por un asunto de drogas”. Él está convencido de que los que empezaron a rendirle culto eran delincuentes. Y dice que por los caminos que atraviesan la frontera pasa de todo, hasta pasta base. Según Centellas, el último caso sonado fue el de las narcocisternas, involucró a varios vehículos de la empresa boliviana Creta SRL en 2015 y acabó con la detención de José Luis Sejas, su dueño, por tráfico de cocaína.

Cuando trabajaba como taxista, Centellas llevaba a veces a sus clientes hasta el cementerio, hasta la tumba de La Desconocida.

—Uno de ellos era el dueño de un restaurante. Otros no sé a qué se dedicaban.

Por aquel entonces, otra visita asidua de cierto tipo de clientela era a una suerte de brujo que se encargaba de que los gendarmes no detectaran la droga en la frontera.

—Y decían que les funcionaba, oye.

Durante la temporada seca, la cocaína suele pasar a Argentina en avionetas. Y durante la de lluvia, el narco recurre al tráfico hormiga: introduce la droga a través de caminos secundarios que nadie vigila, echando mano de jóvenes que viven en los barrios próximos a la frontera.

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La mataron por un ajuste de cuentas.

Después de lamentar los estragos de un vendaval que hizo caer más de 200 árboles hace algunos días, un taxista con polera azul sin mangas, los brazos gordos y mirada esquiva, dice mientras conduce hacia el centro de Yacuiba que es cierto que a la Almita la mataron por un ajuste de cuentas, que él andaba entonces metido en cosas de ésas y que conoce. Después me pregunta a qué me dedico. Cuando le digo que soy periodista, me mira desconfiado, y no vuelve a mencionar nada acerca de la Almita en todo el trayecto.

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Antes de descuartizarla, la torturaron.

En un condominio de Yacuiba situado en una calle donde antes había una morgue, en un despacho prolijo, el columnista Esteban Farfán, un polémico personaje de nariz ancha y 40 años que no se calla nada, dice que a la Almita, antes de descuartizarla, la torturaron, que lo suyo fue seguramente por algún pleito entre bandas.

—Así eran los crímenes aquí hasta hace algún tiempo, como en México.

Según Farfán, la violencia se nota más en determinados círculos, en las zonas rojas, en lugares como Pocitos, África o Barrio Nuevo en Yacuiba, o el Sector 5 en Salvador Mazza, en la Argentina. Y casi siempre tiene que ver con el narcotráfico.

—A un muchacho de unos 27 o 28 años que comenzó vendiendo sándwiches en una esquina, que se hizo millonario enseguida, que tenía una cancha de futbol muy linda y muy bien iluminada, lo asesinaron muy cerca de la plaza principal de la ciudad con un arma automática. Y pasó algo parecido con una señora que también apostó por la plata fácil. A ella la balearon mientras lavaba su camioneta —cuenta con el tono sosegado de un profesor, como si estuviera habituado a reconstruir escenas como éstas en su cabeza.

Él se apellidaba Soliz. Ella se llamaba Felicidad.

—Pero hace mucho que no sabemos de ajustes de cuentas —añade.

En otra época, Yacuiba vivía en permanente duelo. A finales de agosto de 2010, el periodista César Esteves le dijo al diario Los Tiempos de Cochabamba que los muertos por ajustes de cuentas a menudo permanecían en el anonimato, e insinuó que a los medios sólo se filtraban los casos sonados. Por aquel entonces, Esteves, que se hacía cargo del área de seguridad del periódico local El Chaqueño, también recordaba que, en ocasiones, las fotografías de los baleados eran tan crudas que prefería no publicarlas.

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Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…

Junto a la tumba de la Almita Desconocida, sobre una gran urna de cristal cerrada, hay un afiche con los datos de una joven desaparecida: “Dayanna Algarañaz Hurtado. Desaparecida desde el sábado 20/06/2015. Piel canela. Edad: 20 años. Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…” El anuncio viene acompañado de dos fotografías de medio cuerpo, a color, y de un par de números de celular de miembros de su familia.

Por teléfono su padre dice que desapareció en la ciudad de Santa Cruz. Que aún no tienen pistas sobre su paradero. Que imprimeron 20,000 volantes para intensificar la búsqueda. Que un amigo les aconsejó colocar uno acá para que la Almita les colabore.

***

A mí me concede todo lo que le pido.

El cementerio Divina Paz de Yacuiba es más conocido como San Gerónimo por los vecinos. Tiene un muro alto para evitar los robos nocturnos, un vigilante con sueldo de la Alcaldía y un horario estricto de atención al público: de ocho a doce en la mañana y de tres a siete por la tarde. Pero no siempre fue un fortín apacible rodeado de árboles. Cuando lo fundaron su perímetro era resguardado únicamente por alambre que no resguardaba nada. En cuanto la Almita ganó adeptos, la peregrinación de borrachos se hizo constante, y muchos de ellos se quedaban junto a su tumba hasta la madrugada. Poco a poco, los nichos le fueron ganando terreno a los espacios vacíos. Se construyó el muro y, así, el cementerio se volvió más seguro. La tumba de La Desconocida empezó a recibir gente todos los días y algunos devotos se organizaron para rendirle tributo los lunes: día de las ánimas según el cristianismo.

Son las tres y diez de la tarde del primer lunes de marzo y un hombre con un ramo de flores en cada mano se inquieta y comienza a lanzar exabruptos sin destinatario fijo:

—Viene uno a las tres y esto aún está cerrado. ¡Váyanse a la mierda! —grita.

Veinte minutos después, la tumba de la Almita Desconocida está sitiada por sus seguidores. Una mujer echa un chorrito de alcohol puro donde la enterraron y luego se frota los brazos con el alcohol. Otra espolvorea el cemento con hoja de coca. Tres transportistas que beben vino en vasos de plástico recuerdan a un cuarto que hizo fortuna tras armar un altar en su casa con una fotografía de este rincón del cementerio. Dos mujeres con delantal se plantan frente a algunas de las plaquetas de agradecimiento y rezan, y luego una de ellas dice que la Almita castiga a los que dejan de visitarla. Una señora me explica el significado de las velas de colores: “Las rojas son para no enfermarse y las azules, para los estudios”. Un hombre mayor con un tatuaje que dice “Lalo” recuerda la historia de un tipo que sobrevivió a un accidente gracias a La Desconocida.

Erlinda Flores es enfermera, y comparte una cerveza con una amiga frente a un repositorio de velas. Lleva una blusa púrpura, zapatos morados y aretes a juego. Tiene 30 años y dice que todo el fenómeno en torno a la Almita empe-zó después de que a la señora que organi-
zó su entierro, “una vendedora de chanchos del mercado campesino que tenía muchos hijos, escalonados, como zampoñitas”, le cambiara la vida.

—Unos meses después del entierro, la señora dejó de vender en el mercado y parece que reunió un buen capital. Porque luego mandó a una hija a España. A otros, la Almita les hace ver cosas en sueños. Y yo le hablo.

Erlinda le ha contado a la Almita toda su vida: cómo fracasó con sus primeras parejas, cómo sufrió cuando quedó embarazada en la adolescencia, lo sola que se sentía cada vez que sus planes no funcionaban. Le ha pedido castigo para los hombres que la abandonaron y protección para sus cuatro hijos.
Y trata de venir cada lunes para que no se enfade.

—A mí me concede todo lo que le pido —dice—. Cuando vivía de alquiler sufría porque los caseros llamaban la atención a mis niños y ahora ya tenemos un espacio propio y no tengo que aguantar a nadie. Mi nueva pareja es un amor de gente. Y a mi hija, cuando tenía ocho años la Almita le salvó la vida, un día que se metió una gasa por la nariz mientras estaba jugando. Tenían que operarle de emergencia muy lejos de aquí, en la ciudad de Santa Cruz, un otorrino, y de repente apareció un amigo con su auto, de la nada, y me la llevó hasta el hospital a cambio de la gasolina. Luego, yo perdí mi trabajo y la Almita me consiguió otrito. Siempre ha sido buena conmigo.

En 2008, en Salvador Mazza —la ciudad argentina al otro lado de la frontera— apareció un cadáver con una historia muy similar al de La Desconocida. La muerta tenía 16 años y también la abandonaron cerca de un vía férrea. La habían violado, torturado, le habían extraído las vísceras, la habían cortado en pedazos y habían arrojado sus despojos a un pozo ciego. Gracias a la ropa —una pollera de jean azul y una musculosa clara— y a una cicatriz que su madre reconoció en la pierna izquierda, se supo que la víctima se llamaba Fernanda Ruiz, y aunque el crimen se consideró el más cruel de la historia de la provincia, la víctima no generó devociones en el cementerio local. Quizás porque es más fácil compartir las aflicciones con un cuerpo sin nombre y sin apellidos.

En el cementerio de Yacuiba, la gente le habla a la Almita en voz muy baja, entre susurros. Los arreglos florales que le dejan cuestan menos de un dólar. La última novedad son unas estampitas en blanco y negro, con una breve oración, que diseña un devoto y que le permiten ganar un poco de plata extra en sus ratos libres.

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Las balas no se escucharon, se confundieron con el estrépito del helicóptero que se hizo visible tras un cerro. De repente, los campesinos comenzaron a esconderse entre matorrales. A 15 metros, en medio de la confusión, Euclides Castillo vio cómo un balazo le astilló una de las piernas a su primo. Sintió miedo, impotencia. ¿Vendrían a matarlos? ¿La policía antinarcóticos los confundía con guerrilleros? Había que admitirlo: sembraban matas de coca en casi dos hectáreas cuyos dueños habían abandonado para buscar suerte al casco urbano de Tierralta. Entonces escuchó otro grito desesperado detrás suyo: “Nos están matando”. Y más allá, vio cómo un grupo de militares comenzaba a cercarlos.

Los uniformados, al notar que unos campesinos comenzaron a salir con las manos en alto y otros auxiliaban a los heridos, bajaron sus fusiles. El pánico de los labriegos se convirtió en rabia, en reclamos. Cuatro de los suyos estaban heridos en piernas y brazos: no eran guerrilleros, sino padres de familia que intentaban sobrevivir sin más chance que ganar unos pesos de la ilegalidad; la policía lo sabía muy bien. Los uniformados, por su parte, aseguraron que no habían disparado. Hubo gritos, insultos. Lo cierto es que desde hacía una semana atrás los cultivadores de esta zona se oponían a que la policía erradicara de forma manual la coca, como lo había estado ejecutando en las partes accesibles del Nudo de Paramillo, evadiendo minas y tropas subversivas. Este hecho ocurrió el pasado 9 de agosto.

—Lo que más nos molesta es que casi siempre se equivocan al fumigar cultivos con aspersión. A mi me han dañado cinco cultivos de maíz –afirma Euclides.

Finalmente, los cuatro heridos fueron trasladados a hospitales de Tierralta y la capital Montería, desde la vereda Mata de Guineo del corregimiento de Crucito, en el mismo helicóptero que generó el pánico. Días después, el comandante de la Policía en Córdoba, coronel Carlos Vargas Rodríguez, manifestó que de ser cierto los disparos desde la aeronave, las balas que habrían herido a los hombres fueran punto 50, tan grandes como para destrozar un brazo. La policía barajó la posibilidad de que guerrilleros que vigilaban a los campesinos, al advertir la fuerza pública, dispararon para generar caos y confusión y así poder escapar.

Lo cierto, afirma Euclides, es que esta escena se ha repetido por años en cada uno de los 19 corregimientos de Tierralta. Según líderes de desplazados de la zona, por ejemplo, al menos el 80% de los campesinos de Crucito subsiste de los cultivos ilícitos. Afirman que no hay más alternativa, desde que el embalse de la hidroeléctrica Urrá inundó 8 mil hectáreas a finales de los años 90, quedaron incomunicados, atrapados: el agua se tragó la carretera que en 45 minutos los unía a Tierralta, donde comercializaban sus siembras de maíz, plátano, yuca, ñame y verduras. Ahora deben tomar un bus, una lancha y finalmente otro bus para llegar al municipio; ahora están a dos horas de camino.

Crucito, que hasta principios de los años 90 fuera un poblado próspero y envidiado, poco a poco se queda solo. Está en las estribaciones del Nudo de Paramillo, una cadena montañosa conformada por tres serranías que une al sur de Córdoba con el noroccidente de Antioquia, y cuyo dominio en gran parte lo ejerce el Bloque Iván Ríos de las Farc y las bandas criminales (bacrim): los que compran la coca.

Para los ilegales lo importante es que el Nudo de Paramillo se convirtió en una de las despensas de cultivos ilícitos más grande del país. La ventaja para ellos es que estas serranías, desde los años 90, son también un corredor estratégico para que hoy las Farc y las bacrim lleven la droga procesada hasta los puertos del Urabá antioqueño, por las ardientes tierras del Bajo Cauca. Su destino: centro América y Estados Unidos, afirman fuentes militares.

La travesía de la coca

Dos semanas antes del enfrentamiento entre campesinos y erradicadores, Euclides, padre de siete hijos, se levantó a las 4:00 de la madrugada y ensillo su burro Pepe. Trabajaría en algo que le daba miedo: recoger hojas de coca en lo profundo del Nudo para luego venderlas a la vera de un camino. Su mujer le empacó comida y le echó la bendición. A Euclides siempre lo atacaba un mal presagio cuando se aventuraba, a pesar de que había realizado casi 40 viajes en los últimos 4 años. Tenía dos cerdos, una vaca, 17 gallinas, dos burros y una pequeña huerta: insuficiente para sostener una familia tan numerosa. Él vivía en la vereda Colón Alto, en una parcela de hectárea y media, a un par kilómetros de donde, dos semanas después, miraría caer a su primo de un balazo. En los últimos 20 años se han llevado a cabo en Crucito más de 10 masacres.

Una de las más cruentas fue en 1999, cuando seis campesinos fueron asesinados en diferentes veredas de Crucito por parte de las extintas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), comandadas en esa región por Salvatore Mancuso, hoy purgando condena en Estados Unidos. Eran acusados de colaborar con las Farc, en una época en que las AUC buscaban ganarle terreno a la guerrilla en el Nudo, sin mucho éxito. Euclides tenía 15 años cuando ocurrió. Fue la primera vez que vio un muerto con disparos en la cabeza. “Desde entonces siento el corazón más duro”, confiesa.

Para recoger la coca, Euclides tuvo tres horas de camino bajo un calor y una humedad que le empapó pronto el cuerpo de sudor. Primero remontó leves cordilleras y luego se internó por una selva espesa, ruidosa de insectos y de aves por donde el sol entraban rebotando entre los ramajes. Saludó a un par de indígenas Emberá Katío que cazaban. Recuerda, también, que sintió miedo de que algún escuadrón del ejército, o guerrilleros o miembros de bacrim, lo confundiera con un enemigo y lo mataran. Había un enemigo más, las minas antipersonas sembradas por el Frente 58 de las Farc. Según cifras oficiales, entre el 2000 y el 2013, 498 personas fueron víctimas de ellas en el Nudo, es decir, como si por cada año 38 personas pisaran una.

—El Nudo es de todos y de nadie-, dice Euclides con la mirada grave.

Era un riesgo al que no logró acostumbrarse. Así que comenzó a cantar vallenatos de Diomedes Díaz, no tan alto, pero si lo suficiente para ser escuchado. La idea: dar a entender que él no representaba ningún peligro. Luego salió a un claro y comenzó a ver, allí y allá, arbustos de coca que crecían espontáneamente, en apariencia abandonados pero que tienen como fin que los campesinos tomen la coca y no tengan otra opción que canjearla con la guerrilla: es una estrategia que la subversión fraguó, ante la presencia esporádica del Ejército y el desconcierto entre bandas al margen de la ley.

Antes de que el Ejército conformara en el 2008 la Fuerza de Tarea Conjunta para recuperar el Nudo y comenzar con las erradicaciones, aún se podían hallar extensos cultivos de coca allí; cuatro, cinco, seis hectáreas sembradas una al lado de la otra, custodiadas por minas y guerrilleros, y al cuidado de campesinos. A finales de los noventa había coca al pie del embalse y alrededor del casco urbano de Crucito. Hoy hay más, pero diseminada en pequeñas siembras a todo lo ancho y largo del Nudo de Paramillo, incluso dentro de resguardos indígenas, víctimas también de esta guerra. En términos generales, según datos del Sistema Integrado de Cultivos Ilícitos (Simci) entre 2001 y 2012 los cultivos de coca en el Nudo de Paramillo aumentaron en 295% al pasar de 805 hectáreas en el primer año a 3182 hectáreas en el último.

Los campesinos, que comenzaron a notar la coca desde mediados de los años 90, no tuvieron más alternativa que sembrar, al verse cercados por el agua de Urrá, embalse alimentado por el descomunal ríos Sinú, que a su vez nace gracias al río Esmeralda y al río Verde, que surgen en las entrañas del Paramillo. Era raspar coca o vivir en la indigencia.

—Comencé a raspar coca y a echarla en un costal –continúa Euclides con su relato-. Lo cierto es que uno ve maticas a media hora de camino en el mismo Crucito, pero es solo hasta dos horas más andando que uno puede raspar con tranquilidad.

En aquella ocasión, en hora y media, alcanzó a recoger cuatro arrobas de hoja de coca. Después caminó media hora más por el filo de una ladera. Dejó beber a su burro el agua de un arroyo, y luego salió hasta el camino de piedras y polvo anegado que corre hasta la vereda Santa Isabel del Manso, cuya población vive intimidada. Allí, en enero de 2013, ocurrió una supuesta masacre de seis personas por parte de, según información militar, Los Urabeños (grupo que las autoridades pasarían a llamar ‘Clan Úsuga’). Días después, miembros militares afirmaron que no hubo masacre, en contra de lo que dijeron habitantes del Manso.

Cierta la matanza o no, en aquella ocasión, el presidente de la Junta de Acción Comunal (JAC) del Manso, Clímaco Pitalúa, fue sacado a la fuerza de su casa ante las súplicas de sus vecinos, llevado hasta el monte, golpeado en la espalda. Le fracturaron uno de sus brazos con el fin de que suministrara información sobre unos hombres. Así lo relató cuando llegó moribundo al casco urbano de Tierralta. Logró, en medio de la selva, escaparse de sus captores; escuchó disparos. Siguió para él una travesía entre la vorágine del Nudo. Tres días después, en Tierralta, Clímaco se enteró que con él llegaron al tiempo 14 familias desplazadas del Manso. Ellas confirmaron que desde hacía una semana hombres armados intimidaban a la población tras un año de tensa paz.

El Paramillo sin dueño

Euclides, a la vera del camino accidentado, esperó, sin ver a nadie, una hora. “Me están vigilando”, pensó. Luego dos hombres jóvenes en una moto se detuvieron frente a él. No se cruzaron palabras. Recibieron el costal y le dieron a Euclides cinco billetes de 20 mil pesos. Atardecía cuando regresó a casa. Sus hijos jugaban en el patio.

—Aquí casi todos salimos a recoger coca de forma individual –afirma Euclides-. Y los que no, la siembra en grupos en las colinas más apartadas, y hasta levantan laboratorios con químicos suministrados por personas.

Con la plata que recibió Euclides pudo comprar, en parte, lo que no produce la tierra: panela, aceite, café, pan, azúcar, sal, jabón, crema dental, ropa, sábanas, cuadernos para sus hijos, tela, velas, fósforos, alambre, tejas de zinc, herramientas, clavos… Ahorró también para cuando alguien de su familia necesite ir de urgencias a Tierralta, ya que a Crucito llega solo un médico los martes. En este poblado, como en todos los incomunicados por el embalse, nadie compra cultivos. Lo que sí ocurre son trueques, en el casco de Crucito, que no tiene más de 80 casas, dos iglesias cristianas y una católica, cinco tiendas, dos restaurantes, una droguería, un bus, una cancha de microfútbol, y una escuela que solo da hasta octavo grado y que le brinda estudio a 150 niños, afirma Over Tesillo Castro, presidente de su JAC.

—Nosotros no le importamos ni al alcalde ni al gobernador –comenta Tesillo-. Con decirles que Crucito no tiene electricidad, y eso que estamos al pie de una de las hidroeléctricas más grandes del país. Hay una planta de energía a gasolina, que trabaja por ratos.

Tierra fértil y gente pobre

Rosa Epifanía, mujer de 54 años y viuda desde hace 18, es bien conocida en Crucito porque ha servido de partera y porque sabe de medicina natural. Ella afirma que ningún cultivo en esta parte de Tierralta es rentable porque el solo transporte del producto hasta Tierralta representa un gasto enorme. Afirma que si, por ejemplo, un campesino logra acumular una tonelada de maíz en cinco meses, esta se la comprarán en 250 mil pesos, y parte del dinero se quedará en el transporte: hay que tomar un bus, luego un bote hasta Puerto Frasquillo, un caserío militarizado, y luego otro bus hasta el mercado: dos horas de camino. Luego tomar el mismo transporte de regreso antes de las 3:30 de la tarde, cuando sale la última lancha hacia Crucito. La medida la tomó Ejército, que decomisa a los campesinos y a los Emberá Katío, en el puerto, cualquier tipo de insumo para cultivos. En transporte, si el labriego lleva consigo un bulto de maíz, le genera en promedio un gasto de 42 mil pesos.

—Además, ¿Quién trabaja medio año por tan poca plata? Lo mismo pasa con la yuca, el ñame y el plátano, se abarataron demasiado –afirma Rosa.

Y es que, según se cuenta, en el negocio de la coca todos ganaban y ganan. Antes del 2005, año en que comenzaba a terminar la desmovilización de las AUC, una hectárea coca podía, cada dos meses y medio, llegar a dar 300 arrobas de hoja de coca, capacitadas para dar 16 libras de mercancía (unos 8 kilos). Los campesinos recibían por ello, en promedio, 17 millones 600 mil pesos. “Te gastabas tu 4 millones de pesos en el proceso y el resto quedaba para ti”, reveló una fuente desplazada de Crucito desde hace cinco años. Y añade que “a principios del 2000, la coca la venían incluso a recoger en helicóptero. Hoy en día por 16 libras ya no pagan ni la mitad de lo de antes”.

Según Álvaro Álvarez, coordinado de la Mesa de Víctimas de Tierralta, hoy vivir en Crucito es casi imposible: hay tierra fértil pero no hay cómo sacar los productos, así que pocos siembran, y está la subversión que continuamente se enfrenta con el Ejército. Según las cuentas de Álvarez, quien ha sobrevivido a tres atentados, desde el año 2000 se han desplazado más de 510 familias desde Crucito y que no han vuelto a sus parcelas.

Y la situación sigue siendo grave. Según el Registro Único de Víctimas (RUV), Tierralta tuvo entre el 2012 y el 2013 un total de 2 mil 298 personas desplazadas provenientes de los corregimientos que se encuentran en el Nudo de Paramillo.

El párroco de la iglesia San José de Tierralta, Jorge Miranda Pérez, ha sido desde hace más de cinco años uno de los testigos más próximos de la problemática social que enfrentan las poblaciones aisladas por el dique, “en medio de un conflicto en que ningún enemigo es totalmente reconocible”, afirma. Y añade: “He visto a los campesinos más pobres rodeados de las tierras más fértiles de Colombia”. Cada par de días, Jorge viaja a diferentes veredas dentro del Nudo, escucha a la gente, ofrece misas. Ha enterrado a más de 200 asesinados.

—En esta problemática hay que echarle la culpa a todos por igual: al Gobierno por el abandono de años, a las bacrim, a las Farc y al narcotráfico, por las matanzas y por sembrar el terror en los rostros de la gente –afirma, y añade-: Vea como son las cosas, estamos rodeados de coca y no conozco a nadie adicto a ella en Tierralta.

La población Emberá Katío, conformada hoy por 33 resguardos en todo el Nudo de Paramillo (también llamado Alto Sinú), ha hecho parte también de esta disputa por el poder. Ellos llevan habitando estas tierras hace más de un siglo. Todos se opusieron a la construcción del embalse e incluso, a finales de 1994, llevaron a cabo un acto simbólico extraordinario para despedirse de los 365 kilómetros del río Sinú, de su belleza y riqueza llena de peces: navegaron por seis días en 72 embarcaciones adornadas con flores y vivos follajes. No dejaron de cantar, en un ritual en el que los caciques invocaron los dioses de la fertilidad y la abundancia, y recordaron las historias de sus orígenes.

La travesía comenzó en los nacimientos de los ríos Verde y Esmeralda, en el Alto Sinú (donde el embalse de Urrá años después estancó sus aguas), y finalizó en Boca de Tinajones, donde las espesas aguas de cobre del río Sinú se funden con las azules del mar Caribe, en el municipio de San Bernardo del Viento. Los Emberá Katío sabían que no volverían a navegar por sus aguas pues el dique cortaría el recorrido. El 31 de diciembre de 1994, las autoridades prohibieron la navegación.

Desde entonces los líderes de esta comunidad fueron exterminados paulatinamente. A finales de los 90 las AUC intentaron conquistar el Nudo combatiendo con las Farc. Pedro Domicó Domicó, líder indígena en el Alto Sinú, recuerda esa época cuando él era apenas un muchacho. “Con la llegada de Urrá nos quedamos sin peces, que pescábamos en los diferentes ríos, hoy el embalse se los llevó todos”, afirma, y añade: “Lo peor es que todos nuestros resguardos están rodeados de minas”.

En ocho meses, entre los años 2000 y 2001, fueron asesinados a bala y por las Farc, casi siempre delante de sus familias, los líderes indígenas Lucindo Domicó, Alonso Jarupia, Rafael Domicó, Alejandro Domicó, Santiago Domicó, José Manuel Domicó, Maximiliano Domicó, Jackelino Jarupia Bailarín y Maisito Domicó, entre otros, según registraron los medios.

Las promesas

En una visita del gobernador de Córdoba, Alejandro Lyons Muskus, a Crucito en octubre de 2013, junto con una comitiva humanitaria, afirmó que, en efecto, la empresa Urrá está obligada por ley a construir una nueva carretera para unir a esta población con Tierralta, y así beneficiar a más de 700 familias campesinas que viven en diferentes veredas en el Nudo de Paramillo. En aquella ocasión, Lyons entregó obras en Crucito por 600 millones de pesos, entre ellas mejoras al centro de salud y a la escuela.

En efecto, en agosto de este años, en Instituto Geográfico Agustín Codazzi (Igac), por solicitud de las directivas de la hidroeléctrica Urrá, comenzó a realizar los avalúos de 76 predios con miras a habilitar una vía para Crucito, que comprenden una extensión de 81 hectáreas. Este proceso podría demorar hasta finales de este año.

La realidad de Crucito es la de cientos de poblados del sur de Córdoba y el Bajo Cauca antioqueño. Euclides Castillo, por su parte, se ha trasladado a Montería a hacer otra vida y, en efecto, las dos hectáreas de coca que sembraban aquella tarde del helicóptero, quedaron abandonadas un par de semanas hasta que los campesinos volvieron. Esta guerra parece de nunca acabar.

El pequeño Francisco lleva cinco horas esperando con el retrato de su padre. Es casi de su tamaño. Lo carga con ambas manos. A sus espaldas los vecinos levantan letreros escritos a mano: “no más muertos”, “no más fosas clandestinas”, “no más desapariciones”. Los agravios del país desbordan el camino. El último sol hace sombra en las montañas de roca.

La camioneta donde viaja el poeta Javier Sicilia frena a su encuentro. Detrás vienen los trece autobuses que cruzan México en la Caravana del Consuelo. El niño se acerca de la mano del tío. Una lágrima le llega a la punta de la nariz.

Se lo mataron. El minero Fernando Rodríguez Maturino apareció muerto hace tres meses. Su cuerpo enrollado en una cobija. Atado con cinta canela. Tirado en medio de un descampado. Sicilia tomó a Francisco en sus brazos, lloraron juntos. El poeta perdió a su hijo, el niño a su padre.

Dos meses atrás Sicilia preparaba su último libro titulado Los Restos. Estaba de viaje en Filipinas, a donde voló con una inquietud profunda: sentía que iba a morir. Por eso, antes de despedirse de su hijo Juan Francisco le encomendó sus cuentas, escrituras y demás papeleos. Pero fue el joven, un estudiante de administración de 24 años, quien murió. La mañana del 28 de marzo apareció asesinado en un automóvil deportivo con cuatro amigos y dos adultos. Asfixiados, torturados, la cabeza envuelta en cinta adhesiva, con las manos y pies atados.

Con su muerte el padre dio nombre a los 40 mil caídos anónimos de la guerra que el presidente Felipe Calderón declaró al crimen organizado. Lo empujó a las calles a exigir justicia para todas las víctimas y el cambio de la estrategia de guerra. Sicilia pudo encerrarse a llorar a su muerto. No lo hizo. Marchó en la ciudad de Cuernavaca donde Juanelo, como le llamaba, vivió y murió. Emprendió una caminata a pie de 80 kilómetros hasta la ciudad de México donde 120 mil personas se unieron a su clamor y continuó con una caravana de más de 3 mil kilómetros hacia Ciudad Juárez, “el epicentro del dolor”, donde se firmó el Pacto Ciudadano para refundar al país.

Sicilia no volvería a escribir poesía.

El mundo ya no es digno de la palabra
Nos la ahogaron por dentro
Como te asfixiaron
Como te desgarraron a ti los pulmones

La caravana lo trajo hasta aquí, a unos cuantos kilómetros antes de llegar a Durango, al encuentro con el pequeño Francisco que viste una playera más grande que su flaco cuerpo. Silencio. Sólo el llanto de los dolientes y el aleteo de las cámaras fotográficas que persiguen el abrazo.

–Me dice que quiere crecer para matar a los que asesinaron a su papá –interrumpe María Cirila Flores de los Santos, la madre. Se deja consolar por los desconocidos.

Alrededor el pueblo se guarda. No es lugar para vivos.

En medio de la noche Francisco y su familia se unen a la caravana que continúa su viaje de 7 días y más de 3 mil kilómetros. Durante el 4 y 10 de junio del año 2011 trece autobuses de turistas, unos cincuenta automóviles y ocho patrullas de la policía pasarán por los estados de Morelos, Ciudad de México, Michoacán, San Luis Potosí, Zacatecas, Durango, Coahuila, Nuevo León y Chihuahua, donde fueron asesinadas 19 mil personas. La mitad de los muertos de esta guerra. A la cabeza va una campana de bronce que hace tres años cruzó el País por las muertas de Juárez y ahora lo vuelve a hacer por los muertos de México.

***

María viajó 9 horas desde su casa, en un poblado donde la gente vive de la compra y venta del oro, cuando se enteró que por aquí, por Michoacán, pasaría la caravana del señor “Cecilio”, como le llaman quienes nunca han escuchado su nombre. Para la mayoría de los mexicanos este poeta y escritor era hasta ahora desconocido. Al llegar al mitin, ya casi terminaba. Con las fotos de sus ausentes en mano, la abuela con tamaño de niña se empujó entre los organizadores para tomar el micrófono. Se coló tras bambalinas y salió al paso para contar su historia.

–Soy María Herrera Magdaleno y perdí a 4 hijos en esta guerra que no pedimos.

El gemido hizo voltear a los mirones que se disipaban hacia el espectáculo de mandolinas y los cafés y restaurantes de los portales, donde hervían unos buñuelos con canela y piloncillo. A varios turistas la frase los agarró a mitad del bocado y a otros más les quitó el hambre. Les estrujó las tripas. Hace tres años dos de sus hijos fueron desaparecidos en Guerrero a donde viajaron a comprar oro; hace un año, otros dos en Veracruz nomás porque su auto tenía placas de Michoacán. Territorio Zeta versus territorio La Familia. En esta guerra uno puede estar en medio de ella y no enterarse.

María Herrera tiene la garganta hecha girones y sus palabras tropiezan con el llanto. Casi se desvanece en el escenario. Otras mujeres que cruzaron el país entero sólo con un cambio de ropa y la foto de sus hijos ausentes para sumarse a la caravana, la toman amorosas entre sus brazos y la invitan a unirse al movimiento. Ella les explica que no tiene dinero y los caravaneros hacen coperacha para comprarle algunas blusas y medicinas para iniciar su camino hasta Ciudad Juárez.

La caravana restriega al rostro del país el de los desaparecidos. En los últimos cinco años se desconoce el paradero de 5.397 personas, según las cifras oficiales, aunque organizaciones y activistas cuenten más de 10 mil. En cada plaza que se detiene, aparecen sus nombres y el “desde entonces no lo he vuelto a ver”.

Desapareció la familia de Carlos Castro una madrugada que él salió a trabajar. Su esposa, sus dos hijas y la adolescente que hacía la limpieza. El hombre carga una manta gigante con sus fotos y una sola frase: “Devuélvanme a mi familia”. No cree en la política ni en el movimiento, sólo espera que los secuestradores miren las fotografías y le propongan un pacto. Parece el hombre más solo del mundo.

A María Carlos le desparecieron a su esposo Rafael Ibarra, un vendedor ambulante. En la plaza de Monterrey la mujer cuenta cómo cada madrugada deambula por las calles de Saltillo con su fotografía, pregunta a los narcomenudistas en una esquina, a los halcones en otra. Una vez un jefe Zeta, compadecido de la pobre, le dijo que echó ojo en las casas de seguridad, pero no lo reconoció entre sus víctimas.

Liliana Gutiérrez perdió a su esposo cuando volvía de Estados Unidos por Tamaulipas. Hasta allá fueron para poner la denuncia. En la Procuraduría local le dijeron que seguro andaban borrachos. En la Policía le recomendaron paciencia. En la Procuraduría nacional no podían intervenir hasta que la local desechara el caso. En San Fernando no hubo quien recibiera la denuncia: el fiscal había desaparecido y su cuerpo sería encontrado días después, torturado.

En la carretera, la Caravana circula en solitario. El miedo dejó a su paso pueblos fantasmas. Por estos caminos uno podría detenerse con toda calma a hacer un picnic a medio día sobre el asfalto antes de que pase un auto. Desde las ventanas de los autobuses el paisaje se impone: de los bosques verdes profundos de Michoacán, al desierto de yucas en San Luis Potosí; de la sierra cobriza de Zacatecas y Durango con sus atardeceres color fuego, a los cerros filosos y las chimeneas industriales de Monterrey.

En estos campos un grupo de amigos y familiares que practicaban caza deportiva fueron asesinados y calcinados sólo por vestir look camuflado de militar; otro joven que acudió con sus amigos a remar a la presa fue desaparecido por policías; en los pueblos coloniales que rodean a la Sultana del Norte los paseos dejaron de ser tales desde que en sus caminos aparecieron policías y alcaldes ejecutados. Desde la ventana del autobús vemos pasar con nostalgia un país que nos perteneció, con sus acampadas y carnes asadas con las que crecimos y que ahora sólo platicamos a los más pequeños, a los jóvenes a quienes esta guerra les quitó su derecho a descubrir, a vagar, a equivocarse.

***

–La gente cree que no pasa nada, verá, pero sí pasa –suelta un policía montado en su bicicleta.

Desde su lugar en un rincón de la plaza de San Luis Potosí echa vistazos y calcula. El show del payaso callejero tiene más público que el mitin de la caravana. En el primero hacen figuras de Bob esponja con globos de colores, en el segundo hablan de los desaparecidos y ejecutados.

La sombra de los teatros y templos coloniales de cantera amainan el sol en la plaza, los elotes fritos con epazote inquietan las tripas de los caravaneros que llevan medio día sin comer.

La tarde va perezosa en esta ciudad que 10 años atrás dio una lección de resistencia al marchar en caravana a la capital del país para exigir elecciones limpias. Luego cayó en el letargo profundo del conformismo del país en el que un presidente puede declarar una guerra para legitimarse, políticos acusados de crimen organizado son protegidos por el fuero, jueces citan a declarar a muertos y militares siembran armas a los civiles que mataron “por error”. En el país del “nunca pasa nada”, la corrupción e impunidad ya son símbolos patrios.

Por ese “nunca pasa nada”, Sicilia se propuso refundar México y convocó a la caravana que a su paso zurce testimonios y fuerza en un movimiento social basado en el pacifismo gandhiano. Acostumbrados a caminar tras los pasos de un líder miles de personas salieron de sus casas y trazaron a pie los 80 kilómetros de la primera marcha convocada por el poeta y cientos lo hacen al paso de la caravana. En esta plaza, un borracho recién salido de restaurante le grita al poeta.

–¿Cómo le vamos a hacer? ¡Danos una solución!-. La suya es la voz de quienes reclaman en el poeta al redentor que salve al país de sus eternas tragedias.

¿Cómo le vamos a hacer? Duda un país que intenta caminar sin andadera, acostumbrado a seguir pasos de caudillos. Bien sabe de eso Miguel Hidalgo, la reencarnación del cura libertario que viaja con la caravana. Tal cual su imagen: coronilla rasurada, cabellera mal decolorada en un amarillo pastel, sotana y gabardina de lana pese al sol inclemente del desierto. No le falta el estandarte. El hombre que ronda los 50 años se unió a la caravana para cumplir una meta personal: llevar al personaje histórico a todos los rincones del país en un recordatorio de la independencia que no ha logrado México -los nuevos gachupines son estadounidenses-, y de paso unir su grito a las víctimas de la guerra.

–La patria somos todos, pero cada quien tiene que hacer su propia lucha de independencia- dice el hombre que en la vida real es Pepe Ortiz, cantante de boleros y rancheras que aprovecha el raid que la caravana le dará hasta Ciudad Juárez.

Al fondo, el show del payaso continúa. Y desde su bicicleta el policía recuerda:

-Fíjese, creen que no pasa nada, pero sí pasa- insiste el hombre recargado en el manubrio-. Hoy nomás balearon la comandancia en Río Verde y hace como un año que no encontramos a cuatro compañeros nuestros.

Los policías también desaparecen. Gloria Aguilera perdió a su esposo y dos hijos, Ofelia Castillo a su hijo. Ambas salieron a las calles de Zacatecas con la foto de sus ausentes en la cartera. A Ofelia el procurador le dijo sin empacho que no buscara más. “Si lo traen los malos, lo traen trabajando y le pagan muy bien, cálmese”.

El policía en su bicicleta no lo sabe, pero mientras platica, será descubierta la primera fosa en San Luis Potosí, con cuatro cadáveres. Unos más a la cuenta del cementerio que es el país: en los últimos cinco años se han encontrado más de mil cuerpos en unas doscientas fosas clandestinas.

Bajo la tierra.

***

Es media noche y el viento que sopla en la plaza de Durango huele a muerto. A 238 muertos para ser exactos. A sus restos. Pútridos. Devorados por los gusanos. Enterrados en una colonia clasemediera en medio de la ciudad. Al olfato de todos. Descubiertos en plena primavera.

Durango se despelleja. Un grupo de estudiantes universitarios acompaña a los dolientes con la fiesta de su batucada y las calles se desbordan con las fotografías de los desaparecidos. Porque aquí, la gente primero desaparece. Luego brotan los cuerpos del suelo. Por primera vez desde que se declaró la guerra las víctimas sacan a sus muertos de la fosa común de la indolencia y conocemos sus rostros y nombres. Falta noche para nombrarlos a todos. No el consuelo. Ese estar con la soledad del otro.

En medio de las fotografías de muertos y desaparecidos hay un tipo disfrazado de árbol. Licras cafés, playera verde, tennis Nike y una corona de hojas sobre la cabeza. En la mano, una bandera gigante donde se lee “Alto al Ecocidio Nacional”. El Señor Árbol se unió a ésta caravana como se ha unido desde hace 35 años a maratones y a marchas de gays o desempleados para llevar su clamor contra la masacre del planeta. El maquillaje color verde se le escurre en la cara. Con el dorso de su mano trata de secarlo y termina por embarrarlo más con sus lágrimas. La bandera que ha cargado todo el viaje le sirve para limpiarse mientras desfila ante sí la tragedia de la guerra.

Una mujer contó que su primo, un joven alto y fornido, fue detenido por los malos y obligado a pelear por su vida en los ruedos de los poblados. La noche que se lo llevaron luchó cuatro veces contra otros chavalos y los cuerpos de sus contrincantes fueron enterrados por ahí. Días después, los diarios publicarían la confesión de un sicario que completó la historia: los arman con martillos, machetes y palos para entrenamiento de nuevos asesinos y diversión de los criminales. Como en los antiguos coliseos lo romanos lo hacían para entretenimiento del emperador.

Una abuela narró cómo un par de muchachos armados con metralletas mataron a su hijo frente a su familia y no conformes le robaron el mandado porque parece que los jóvenes sicarios salieron a matar con la panza vacía. Otra mujer dijo que su suegro murió asesinado por exigir la presentación de su hijo desaparecido. Una madre perdió a sus tres únicos hijos veinteañeros: fueronmasacrados porque el dueño del bar donde brindaban no creyó que las amenazas del cobro de cuota iban en serio.

Calderón presentó su guerra con el eslogan “para que la droga no llegue a tus hijos”. Pero a cinco años el consumo de cocaína se duplicó y cada cuarenta minutos alguien muere ejecutado en el país, jóvenes en su mayoría. El nuevo eslogan circula como ironía en internet: “para que la droga no llegue a tus hijos los estamos matando”.

Desde la plaza el Señor Árbol recuerda su propia desgracia. Su hermano fue ejecutado en un enfrentamiento y sus dos sobrinos fueron asesinados cuando un tipo intentó robarles el auto. Es un árbol triste. Los chiquillos que pasan cerca de él lo miran curiosos y él se deja jalonear las ramas. Juguetean, les embarra maquillaje en los cachetes. Hay algo de regocijo en esta plaza. Una especie de comunión en el dolor.

***

Los mastodontes mecánicos de la caravana aparcan en una estación gasolinera que descansa en medio de la carretera. Alrededor nada, salvo las montañas de roca que delinean el camino. O casi nada. Apenas un muro de costales rellenos de tierra, reventados, quizá por algún disparo o carcomidos por el sol.

Nadie lo sabe, pero las miradas curiosas de los despachadores vestidos en sus overoles verde olivo son más que eso.

-Están en zona de halconeo- dice a manera de saludo el policía que relevó la seguridad de la caravana al entrar a Zacatecas, la única puerta de Ciudad Juárez con el resto del sur del País. Una carretera disputada para el traspaso de cocaína.

“Halconear” es mirar para el jefe. Taxistas, adolescentes, despachadores de gasolina, tenderos informan quien llega, quien se va, quién hace qué. La criminología enriquece la lengua mexicana “levantar” (secuestrar), “encobijar” (matar y envolver en una cobija al cadáver) “sicarear” (ser asesino a sueldo) o “pozolear” (disolver cuerpos en ácido).

Dos patrullas de la policía y sus cuatro hombres armados vigilan de lejos los autobuses cuando una centena de caravaneros se dejan ir hacia ellos. El jefe toma el radio y alcanza a decir “nos rodean, nos rodean” mientras otro aprieta sus puños alrededor de la pistola que le cuelga en la cintura. Hay tensión. La tribu se toma de las manos, los envuelve en un círculo y ellos se repliegan. Un hombre saca un caracol gigante y sopla a través de él: su canto recuerda un ritual neo hippie. La tribu levanta las manos al cielo y las agita. Comienza a oler el copal. Suspiro. Los policías se relajan. Acaban de recibir una limpia para sacudir las malas vibras y cruzar el umbral del territorio comanche. “Las Arsinas”, sabríamos después, es un lugar donde sólo paran foráneos despistados o ajustadores de cuentas.

La caravana sigue su viaje. En los últimos autobuses va un gremio que ha germinado al interior del movimiento: algunos grupos universitarios, víctimas de Juárez y otras organizaciones tradicionales de izquierda que están de acuerdo con la exigencia de justicia el cambio de estrategia de combate al narco, que abandera del poeta, pero no con las formas. El movimiento puja una salida paulatina del Ejército de las calles, y ellos inmediata; el movimiento apuesta una última moneda a sentarse con el gobierno, ellos lo rechazan contundentes porque Ciudad Juárez, el lugar más herido del país, lo hizo un año atrás y sólo sirvió para que el presidente se tomara la foto con las víctimas. También creen que las decisiones no son democráticas, y que las toma un grupo de cino personas cercanas a Sicilia. La caravana sigue camino al norte.

*

Es media noche y los pueblos tomados por narcos salen al paso de la caravana. Unos cientos de personas se afilan en las carreteras. Agitan banderas, trapos blancos, sus manos. “¡No están solos, no están solos!” gritan en familia, en grupos de amigos, se miran niños y algunos abuelos. El paso del poeta recuerda al flautista de Hamelín.

A las dos de la madrugada la caravana entra a la ciudad de Chihuahua. Fundidos en los asientos, casi todos los caravaneros duermen. No en la Plaza del Ángel donde esperan desde siete horas atrás. Se les mira somnolientos pero con bríos. Flores en manos, mesa puesta de comida: burritos de carne enchilada, picadillo, frijoles con queso, ya fríos. El mariachi sopla las trompetas. Dos cuadras más allá, la ciudad está vacía.

Pequeños papeles de colores cuelgan de unos tendederos improvisados alrededor del monumento al Ángel. En cada uno, una historia fue escrita a mano. Adriana Sarmiento, 16 años, desaparecida en el 2008: quería titularse de enfermera y conocer el mar. Beatriz Hernández, 20 años, desaparecida en el 2010: le gustaba salir a caminar con sus dos hijos al parque. Gabriel Jiménez, 29 años, desaparecido en Parral: quería poner un negocio para mantener a su familia. Luis Daniel Armendáriz, 18 años, asesinado en el 2008 en Creel: quería estudiar y construir una casa. Gabriela Armendáriz, 24 años, asesinada en el 2010 en un retén militar: quería conocer a su hijo, que murió en su vientre.

En el mitin de madrugada un hombre toma el micrófono.

-Comenzamos llorando y denunciando 300 muertas. Nuestras mujeres caminaron a México, a Ciudad Juárez en caravana de luto. No nos hicieron caso. ¡Y ahora lloramos a 13 mil muertos!.

En la recepción a la caravana hay algo de reclamo. Una especie de “llegan tarde”. En el camino de los agravios Chihuahua ha ido y vuelto. Es como el hermano mayor de los infortunios, el que más sangre ha puesto en la guerra. Fue aquí, frente a esta plaza, donde Marisela Escobedo fue asesinada. Al pie del Palacio de Gobierno. Días antes de morir la enfermera jubilada que barrió el norte del País en busca del asesino de su hija Rubí retó al gobierno y sus futuros verdugos. “Si me va a venir ese hombre a asesinar que venga y me asesine aquí enfrente, para vergüenza del gobierno”, dijo a las cámaras de televisión. Después de su muerte el video acumuló miles de vistas en internet. Ahí quedó su cuerpo tirado y al gobierno no le dio vergüenza.

***

La caravana llega a medianoche a Monterrey. Un payaso y una niña encabezan la fiesta ambulante que al ritmo de una guitarra y una flauta claman por el fin de la guerra. A los ojos de los pocos citadinos que aún circulan por las calles del centro histórico –indigentes, taxistas o empleados refugiados tras la cortina de metal- no son más que una bola de temerarios desafiando a las bandas del crimen organizado que a esa hora salen a vigilar su territorio.

El payaso se llama Yayo, un tipo larguirucho con una bola roja en la nariz que arrastra a donde va un carrito de cartón con forma de patrulla con la frase escrita “más poesía, menos policía”. Clown profesional desde hace 33 años, Mario Galindo forma parte del grupo artístico de Cuernavaca que organizó las primeras manifestaciones por la muerte de Juan Francisco, antes de que Sicilia volviera de Filipinas. En medio de la catarsis, o en los descansos, luego de transitar por carretera cinco, seis horas seguidas, el silencioso Yayo trepa a los caravaneros a motocicletas invisibles, o coloca su nariz a los policías. La risa es también una forma de protesta.

Van a la Procuraduría del Estado a exigir la solución de 9 casos de desaparecidos por la policía, entre ellos una estatua viviente llamada “El Vaquero Galáctico” y un joven campeón nacional de ajedrez. Los padres de los muchachos sientan al procurador a la mesa y lo tienen ahí hasta las dos de la madrugada cuando sale con la cara ojerosa y la corbata con el nudo flojo, a prometer públicamente que dará resultados. Luego de un mes, vencido el plazo, no tendrá más que expedientes vacíos.

Esta reunión es la antesala de la que sostendrán al terminar la caravana las víctimas del movimiento con el presidente Calderón en el Castillo de Chapultepec. Por primera vez el país verá por cadena nacional a las víctimas y su reclamo de justicia; verá un presidente prometer sin ánimo, pedir perdón pero por no declarar la guerra antes y con más fuerza; verá un abrazo entre el poeta y el presidente que a vistas de la derecha es motivo de celebración y de la izquierda, de reproches. Ambas extremas coincidirán que por primera vez las víctimas nos han obligado a mirarlas de frente.

Pero eso será días después, al terminar la caravana. Mientras, afuera de la Procuraduría en Monterrey, la gente se disipa en medio de las calles vacías.

Por la noche la caravana acampa en los patios y salones de una escuela de Santa Catarina y adquiere ese toque de viaje escolar. Poco a poco se hacen los gremios, por acá los medios alternativos hacen fila por un enchufe de luz para mandar crónicas, fotos, videos; más acá los poetas, intelectuales, activistas y universitariosadelantan una probada de lo que será el debate del pacto ciudadano días después en Juárez: la salida inmediata del Ejército de las calles y el rechazo al diálogo con el gobierno.

–No podemos dialogar con el gobierno si tenemos una pistola en la frente- lanza uno. Al interior del movimiento hay quien llama a la autocrítica: se debe hablar más en voz alta hacia más lados, tomar decisiones democráticas, canalizar la diversidad de opiniones.

En el campamento, las víctimas se mezclan. El padre del Vaquero Galáctico es el cuentacuentos de las historias de su hijo desaparecido, la madre de Paris -el hiphopero asesinado- baila con el grupo de jaraneros que improvisa sobre la música tradicional letras de paz y repudio a la guerra. Otras duermen en salones sobre sleepings o tapetes tipo yoga junto al rostro de su muerto o desaparecido, que no descansa en paz. Al fondo, el campo de futbol salpicado de tiendas de campaña. Las insomnes acompañan a la luna.

Este día será el tercero más violento del sexenio: 86 personas fueron ejecutadas.

***

Desde el puente conocido como Kilómetro 20, la puerta de entrada a Ciudad Juárez, un muchacho incrédulo mira los centenares de personas que salieron a recibir a la caravana.

–Ni cuando Los Indios subieron a primera división veías tanta banda en las calles –dice mientras su mirada navega por encima de las ansiosas cabezas que se arremolinan para presenciar el histórico momento.

Tanta que es imposible ver cuando la señora Luz María Dávila le cuelga un rosario a Sicilia en el cuello, aún con su ropa de trabajadora de maquila. Como el poeta, la mujer es un símbolo de la guerra. Hace año y medio sus dos únicos hijos fueron masacrados con otros 13 compañeros en una fiesta universitaria. Desde Japón, el Presidente dijo sin empacho que eran pandilleros y Luz María lo enfrentó en una visita a Juárez: “Yo no le puedo decir bienvenido porque para mí no lo es”.

Sicilia le besa las manos y los retratan fundidos en un abrazo. A la noche siguiente, ese rostro de satisfacción se convirtió en uno molesto, de quijada apretada. No estaba conforme con el documento del Pacto Ciudadano, discutido y redactado a prisas.

La exigencia de la salida inmediata del Ejército de las calles provocó una parvada de aplausos de los radicales. Sicilia y los otros líderes del movimiento sacudieron la cabeza y se llevaron las manos a la cara. Frustrados. Ante el parpadeo de los flashes fotográficos el poeta plasmó su firma y levantó los papeles al cielo, señal del convenio social. Detrás de los anteojos, sus ojos azul agua se veían molestos. Quizá decepcionados.

Esta guerra extendió sus tentáculos por todo el país. Se detuvo a 21 de los 37 capos más importantes, pero sus cuadrillas en pelea por el poder hicieron metástasis en zonas donde no tenían presencia. Los temibles Zetas operan ya en 22 de los 32 estados y de los 5 cárteles que existían hace 15 años, sólo uno despareció. Lugar que pisan, salpican de su mierda: secuestros, ejecuciones, desapariciones.

El lunes 13 de junio Javier Sicilia tomará un avión de regreso a su casa. El resto de la tripulación volverá a subir a los colectivos para emprender la vuelta. En ese viaje interminable de 21 horas, Carlos Sánchez, uno de los choferes, volverá a repetir los nombres con los que ha bautizado los caminos que surcó la caravana aquellos diez días. Decía que avanzaba por “el triángulo de las Bermudas” porque como allá los barcos y aviones, aquí la gente desaparece. La tierra se los traga. “Un día salieron de paseo y no regresaron”. “Iban a vender pinturas y no volvieron”. “Fue a comprar mercancía y nunca más contestó el teléfono”. En sus casi tres décadas al volante nunca había presenciado lo que ahora. Y al terror trataba de sacudirlo con ironía.

A las selváticas carreteras que van al puerto de Acapulco, donde el cantante Luis Miguel solía dorar su piel, les puso “las de los colgados” por los cadáveres que pendulan de los puentes como lo hacían de los árboles durante los ajusticiamientos de la Revolución. A la autopista que sube hacia Tamaulipas, bordeando el noreste del País, le llama “de la muerte” por las historias de secuestros de autobuses donde los pasajeros son obligados a pelear entre sí por su vida. Para las del sureste, donde abundan los secuestros de migrantes indocumentados, el humor no le alcanzó a Carlos: un compañero chofer fue abatido con 24 balazos a bordo de su autobús. Ahora, cada vez más cerca del final de esta peregrinación, mientras Carlos espejea y maniobra detrás del volante, el cuerpo de su amigo es enterrado.

Odilon de Oliveira, el juez más amenazado de Brasil, no tiene un solo rasguño pero guarda en su armario una carpeta llena de planes para matarlo. Es una carpeta negra del grueso de una guía telefónica a la que cada semana le agrega un nuevo recorte: emails anónimos, trozos de periódicos e informes de sus escoltas y de la policía que le advierten de posibles atentados. Ahí se encuentran todos los intentos para asesinarlo: cuando dispararon contra su casa y los hoteles donde se hospedó, las tentativas de envenenamiento, cuando estuvo en la mira de un francotirador, el día que un hombre entró al gimnasio donde corría para cortarle la garganta, o la vez que tuvo que rescatarlo un helicóptero. Administrar justicia es un oficio de alto riesgo. Giovanni Falcone, el juez italiano célebre por su lucha contra la Cosa Nostra, fue asesinado con su mujer y tres guardaespaldas en una explosión de media tonelada de dinamita que sacudió la carretera a Palermo. Paolo Borsellino, otro juez antimafia, acababa de almorzar en un restaurante con su familia cuando estalló a su lado un Fiat 126. Rocco Chinnici, jefe de ambos, también murió por la explosión de un coche bomba. Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia de Colombia, uno de los mayores enemigos del cártel de Medellín, fue baleado en su coche por un sicario en motocicleta. A Tulio Manuel Castro, un juez colombiano que llamó a juicio a Pablo Escobar por un asesinato, lo acribillaron cuando tomaba un taxi para ir al entierro de un tío. Robert Smith Vance murió al abrir un paquete bomba enviado por un hombre al que había condenado. Al magistrado español José María Lidón un miembro de ETA lo mató frente a su mujer y su hijo. La jueza hondureña Mireya Mendoza estrelló su coche contra un semáforo cuando dos criminales que investigaba le dispararon por la ventanilla. A Alexandre Martins, un juez brasileño que investigaba a un grupo de asesinos a sueldo, lo mataron al llegar al gimnasio el día que dio libre a su guardaespaldas. A Patricia Acioli, una jueza de Río de Janeiro que investigaba los nexos entre la policía y el crimen organizado, le dispararon más de veinte veces mientras intentaba abrir la puerta de su garaje. La Asociación de Magistrados de Brasil dice que al menos cuatrocientos jueces están o se sienten amenazados. Todos pertenecen a la rara estirpe de magistrados que están dispuestos a arriesgar la vida para hacer valer la ley. Los más buscados entre los criminales. Los que sacrifican su libertad. Los que siempre están bajo la mira de un asesino. El juez Odilon de Oliveira lleva chaleco antibalas cuando llega a las diez de la mañana con cinco guardaespaldas a su despacho de Campo Grande, una apacible ciudad de Matto Grosso do Sul, y se acomoda debajo de un crucifijo a trabajar. Por esta zona entra gran parte de la droga proveniente de Paraguay —el segundo productor mundial de marihuana— y Bolivia —el tercero de cocaína—. En Ponta Porá, a tres horas de Campo Grande, viven los grandes capos de la droga de la frontera brasileña. Ser juez penal aquí es uno de los más peligrosos trabajos de escritorio.

En Brasil los jueces más populares se enfrentan contra el poder gobernante. A Joaquim Barbosa, el primer juez negro de la Suprema Corte de Justicia, la gente lo detiene en la calle para agradecerle por acusar de corrupción a una treintena de ministros y funcionarios del partido del expresidente Lula da Silva, y la máscara más vendida del último carnaval de Río llevaba su rostro.

Fuera de Matto Grosso do Sul, un estado en el centrooeste del país, pocos han escuchado hablar del juez más amenazado de Brasil. Y no se venden máscaras festivas de él. Pero algunos de los hombres más peligrosos del país lo conocen de sobra. A Irineu Soligo, ‘Pingo’, uno de los traficantes más buscados del país, Odilon de Oliveira lo condenó por homicidio, tráfico de armas, drogas y formación de un grupo criminal. Nilton Cesar Antunes, ‘O Cezinha’, un jefe del Primer Comando Capital (PCC), ha intentado matar al juez dos veces después de que lo condenara a veintiocho años. Aldo Brandao, ‘Alvejado’, otro narcotraficante del PCC, preparó un plan para matarlo un Día de la Madre. El juez le había dado treinta años de prisión. La Policía Federal descubrió que ‘Alvejado’ había contratado a decenas de sicarios y a una avioneta para vigilarlo. En un solo año Odilon de Oliveira mandó a doscientos traficantes a la cárcel. Las condenas de todos juntos suman diez siglos de encierro.

Odilon de Oliveira tiene un nombre de pila que sugiere una altura mayor a su metro sesenta de estatura. A primera vista parece un tipo duro y desconfiado, excepto cuando mira su colección de amenazas y da la impresión de ser un niño miope y sesentón que se ajusta los lentes para leer un cómic de superhéroes. Sus admiradores le recuerdan cada cierto tiempo que es «el más valiente» por dirigir el único juzgado nacional que persigue delitos financieros y lavado de dinero en un estado del tamaño de Alemania. Ser odiado y amenazado, según él, significa que está haciendo bien su trabajo. Hay quienes coleccionan facturas, cartas o revistas. En un armario bajo llave frente al escritorio de su despacho, Odilon de Oliveira guarda junto a su toga, las fotos de sus padres y el chaleco antibalas, esa carpeta negra con recortes de periódico que anuncian que en la frontera con Paraguay y Bolivia ofrecen dos millones y medio de dólares por su cabeza. La frontera es una especie de Viejo Oeste, una zona árida, porosa y violenta, rodeada de autopistas clandestinas en las que aterrizan avionetas cargadas de droga. Casi no hay controles policiales. Los ajustes de cuentas son comunes en un paisaje de cuerpos decapitados, brazos cortados y hombres quemados vivos. Cuatro periodistas han muerto en menos de un año y medio. Cándido Figueredo, un periodista paraguayo especializado en narcotráfico, tiene la mitad de escoltas que el juez y su casa es un búnker. Los principales enemigos de Odilon de Oliveira —como el ‘Rey de la Frontera’, Fahd Yamil, o la familia Morel, que controlaba la droga que entraba desde Paraguay— viven en Ponta Porá. Odilon de Oliveira no sólo desarticuló en la frontera una parte del Comando Vermelho, el grupo que comandaba Fernandinho Beira Mar, el capo de la droga más famoso del Brasil: también encontró grabaciones en las que ese narcotraficante reía mientras ordenaba a su gente que cortara las orejas, los pies y los genitales a un joven que se había involucrado con una exnovia suya. En otras Beira Mar decía por teléfono a un mafioso: «El juez tiene el tiempo corto. No puedo esperar para matarlo». Como en todas partes, Odilon de Oliveira no puede estar solo allí, donde es más fácil morir que ser héroe. Cuando el juez viaja a esta zona, la Policía Federal interrumpe las comunicaciones, cierra las calles y no permite que nadie se acerque. Hace unos años dispararon al puesto militar en el que el juez de Oliveira dormía junto con cincuenta hombres armados. Dice con jactancia que él no se despertó.

[II]

Cuando tiene pesadillas, el juez Odilon de Oliveira siempre está solo. Unos días antes del Día del Trabajo de 2013 soñó que estaba sin seguridad en una ciudad muy pequeña y que unos hombres armados lo perseguían. Él se escondía en un camión de basura para evadirlos. Su aislamiento le ha permitido reflexionar sobre sus sueños. Aunque esté rodeado de personas, se ha acostumbrado a su soledad. Los justos también viven en cautiverio. Desde hace casi quince años, Odilon de Oliveira nunca puede estar solo. Hoy vive vigilado día y noche por nueve agentes federales que se dedican sólo a cuidarlo. Al menos cuatro de ellos están siempre a su lado. Su esposa, Maria Divina de Oliveira, una mujer más alta que él, de voz grave y que quiere bajar cinco kilos, recuerda la vez que estuvo sola en un concurso de baile esperando a que llegara su marido. Vestía un colorido traje típico sin escote y miraba hacia la puerta cuando supo que De Oliveira, por instrucción de sus guardaespaldas, jamás llegaría. La mujer del juez se quedó sin pareja. «Me he acostumbrado a hacer una vida sola», dijo cuando preparaba pan casero para un asado con su familia y los guardaespaldas de su esposo el feriado del uno de mayo. Durante la parrillada a la que me invitó en su casa, el juez apartó un par de sillas para hablar lejos de su familia. Lo rodeaban sus nietos, un bebé de dos meses y un niño de seis años que tocaba un acordeón. Tampoco sus hijos entran en ese mundo blindado. Su casa, una residencia con piscina y sótano donde habitan nueve personas, se ha convertido en una prisión en la que también duermen los responsables de mantenerlo vivo, que son unos extraños para él. El juez no sabe si tienen hijos o si alguien los espera en casa. Durante el asado, dos de sus guardaespaldas dejaron las armas sobre la mesa: bromeaban y bebían cerveza. A pesar de que el juez se olvida de sus nombres, forman parte de su rutina doméstica. Se turnan de dos en dos para dormir en el sótano de la casa. A la hora de comer, mientras todos se sentaban a la mesa a conversar de fútbol, el juez comía solo y de pie. Como un invitado en su propia casa. Claudia Bittencourt, quien desde hace veinte años es su secretaria, dice que en el juzgado su jefe también almuerza solo en la sala de audiencias junto a su despacho y que jamás visita el comedor. En su casa, durante la parrillada, su hijo y su cuñado reían a carcajadas cuando decían que el juez es hincha del Corinthians, el equipo que suelen seguir los miembros del Primer Comando Capital, la mayor banda criminal en la frontera. Después de comer, los hombres y las mujeres presentes tomaron café por separado. Odilon de Oliveira no entró en ninguno de los grupos. Se paseó por su biblioteca de tratados de derecho y novelas criminales, como GOMORRA, cuyos pasajes sobre lavado de dinero ha subrayado a lápiz. Durante algún tiempo Odilon de Oliveira escribió emails a Roberto Saviano para expresarle su admiración y contarle que él también vivía apresado. Jamás obtuvo respuesta. «Nunca ha sido de muchas palabras, pero desde que tiene seguridad cada vez se aísla más», me dijo su hijo mayor, el encargado de poner la carne en la parrilla, un abogado que vive en la misma casa con su mujer y sus dos hijos. Cuando el juez no está allí, su familia vive sin seguridad. «Los bandidos tienen ética. Nunca se meten con la familia —explica Odilon de Oliveira—. Las mujeres y los hijos son sagrados». El juez habla poco. Sus temas son siempre las drogas y los criminales. Cada vez que puede insiste en que no les teme. Antes de tener guardaespaldas y después de la muerte de su padre, el juez tenía miedo a los fantasmas. Temía que su espíritu se le apareciera por la noche.

Despertaba a su mujer si tenía sed o ganas de ir al baño. Estuvo tres años y medio en terapia, pero aún no le gusta hablar de eso. Sin embargo, Odilon de Oliveira insiste en haber enterrado sus miedos y quiere parecer invulnerable, aunque a veces su inconsciente lo traicione. En una de sus pesadillas, unos criminales lo matan a tiros y él ve cómo meten su cadáver en el féretro. Lleva un traje azul marino. Su familia no está. Nadie lo llora. Todo está muy oscuro. «En la vida real no me siento así —aclara con prisas—. Sólo en los sueños». El juez también está solo en los buenos sueños: a veces trepa un muro de su casa y escapa de sus escoltas.

Aunque sea onírica, la paranoia de Odilon de Oliveira tiene fundamentos. Desde afuera Brasil es visto como el país de la alegría, donde la gente baila samba, toma el sol en playas y juega al fútbol las veinticuatro horas. Pero en la lista de los países que no están en guerra, es el sétimo país más peligroso del mundo. Cada quince minutos una persona es asesinada en Brasil. Campo Grande, donde vive el juez De Oliveira, es una ciudad provinciana en la que sus habitantes toman tereré —especie de mate frío—, se divierten en los karaokes y sufren un calor extremo casi todo el año. En un país en el que se resuelve sólo uno de cada diez asesinatos, Odilon de Oliveira es el héroe de un estado remoto. Pero la mayoría de personas ignora a cuántos delincuentes ha metido a la cárcel ni por cuánto tiempo. Es un héroe porque lo ven rodeado de guardaespaldas. Es un héroe porque otros quieren matarlo y sigue vivo.

[III]

A Odilon de Oliveira la policía le prohibió ir a clases de baile, trotar al aire libre y visitar la peluquería. El juez contrató a un profesor de danza tradicional para seguir bailando en casa con su esposa. Pidió un manicurista a domicilio porque no soporta tener las uñas sucias. Y todos los días va al gimnasio, obsesionado con mantenerse fuerte. El Día del Trabajo de 2013 fue excepcional para el juez: era una de las dos veces al año en que le dan permiso de correr ‘al aire libre’, es decir, encerrado en una pista de doscientos metros de concreto en la sede de la Policía Federal de Campo Grande. Había nueve guardaespaldas armados que lo veían ejercitarse y paseaban a su alrededor. Esa mañana De Oliveira iba a correr con Joao Bittencourt, su mejor amigo, un hombre esquelético, funcionario del Ministerio del Trabajo y esposo de la secretaria del juez. El magistrado vestía una camiseta blanca sin mangas y unos pantalones cortos azules. Antes corría media maratón cada semana hasta que los responsables de su seguridad se lo prohibieron por temor a los francotiradores. Desde entonces Odilon de Oliveira hace pesas y corre en la cinta. Su fisioterapeuta le había advertido que no lo hiciera en superficies de concreto por una lesión que desde hace diez años tiene en la rodilla izquierda. Pero a Odilon de Oliveira no le importa. Apenas llegó a la sede de la Policía Federal se estiró un par de minutos, pidió a uno de sus guardaespaldas que le cronometrara el tiempo y empezó a correr. El juez lucía feliz y relajado. Pero, incluso cuando trotaba, no abandonaba su obsesión por el crimen: comentaba con su amigo de la producción de coca en el Perú y de cómo Sendero Luminoso se había entrometido en mover la droga. Después de cuarenta y cinco minutos, y de correr unos ocho kilómetros y medio, uno de sus guardaespaldas le hizo una señal al juez. Era el momento de detenerse. Decepcionado, De Oliveira abrió los brazos y resopló. Su alegría había durado treinta y siete vueltas.

Después de correr en la sede de la Policía Federal, Odilon de Oliveira se duchó y regresó a su casa rodeado de rifles. Como un condenado, los justos también pierden la libertad. Se olvidan para siempre de correr al aire libre o de ir al cine. Improvisar es casi imposible. La mafia ni perdona ni olvida. Los criminales pueden pasar años estudiando el momento clave para atacar. Para un enemigo de los mafiosos, cada día comienza y acaba entre choferes armados y desconocidos que conducen por ellos y miran con desconfianza por el espejo retrovisor. Tener una escolta es vivir bajo un reflector que te protege y a la vez te exhibe, y también produce sombras que casi nunca te dejan solo. El juez español Baltasar Garzón solía poner música a todo volumen para hablar con su mujer en privado y evitar que lo escucharan sus guardaespaldas. Roberto Saviano, el autor de Gomorra, no tiene domicilio fijo, viaja en autos distintos y vive con más de una decena de carabineros para evitar que la Camorra lo asesine. Jesús Blancornelas, director del semanario mexicano Zeta, vivió más de una década rodeado de militares hasta que un cáncer lo mató. En estos casos, la reclusión es un seguro para conservar la vida, aunque el encierro tampoco garantice sobrevivir. Todos los jueces asesinados eran prudentes, sabían que podían morir y se tomaban en serio su seguridad. Sólo hay dos formas de matar a un juez que vive detrás de vidrios blindados y con un grupo de hombres que protegen sus espaldas: con la espectacularidad de una escena cinematográfica o la ayuda de un traidor. Al juez italiano Giovanni Falcone lo mató una explosión que los sismógrafos registraron como un terremoto. Tampoco hay muchas formas de proteger a un juez. Para cuidar a los jueces amenazados, Brasil decidió que los casos de crimen organizado sean juzgados por tres magistrados en lugar de uno solo. México modificó los horarios de trabajo de los jueces en las zonas más peligrosas del país. Durante los años noventa, Colombia y el Perú crearon la figura de los ‘jueces sin rostro’. Viajaban en coches blindados, distorsionaban sus voces durante los juicios, y las audiencias sucedían bajo máximas condiciones de seguridad. En Honduras, al sentirse desprotegidos, los jueces amenazaron con renunciar a sus trabajos y convocaron a una huelga nacional. Al ver la suerte de otros jueces, Odilon de Oliveira ha tomado sus propias precauciones. El juez ha depositado su confianza en la carpeta que guarda junto a las fotografías de sus padres. Si se quedara sin protección y lo mataran, Odilon de Oliveira sabe que podrían inventarse cuentos de él. Cuando asesinaron a Patricia Acioli, la judicatura brasileña argumentó que ella no quería tener escoltas y que, en ese momento, ya no existían amenazas en contra de ella. La carpeta negra que guarda el juez pesa unos cuatro kilos. Esa colección de amenazas, anónimos y recortes de periódicos no es el capricho de un excéntrico. Es su seguro contra la difamación.

Pero el juez sabe que a veces el enemigo duerme en casa. Su escolta le da cierta tranquilidad porque la Policía Federal es la más respetada de los cuerpos de seguridad brasileños. «Los bandidos les tienen miedo», dice De Oliveira. Sin embargo a veces también hay que temer a algunos policías. Dos escoltas de la Policía Militar intentaron matar a Fabiola Mendez de Moura, una joven jueza de Pernambuco amenazada por investigar un caso de diecinueve policías que pertenecían a un grupo de exterminio, y su marido tuvo que convertirse en su guardaespaldas. Alexandre Martins, el juez más célebre de Espíritu Santo, fue asesinado por investigar a su propio jefe, quien liberaba a criminales de varias pandillas. Según el presidente de la Asociación de Magistrados de Brasil, hace quince años era impensable matar a un magistrado, pero el descontrol de las prisiones brasileñas —en las que hoy se podría encontrar la población entera de Washington D.C.— permitió que las bandas criminales se organizaran tras las rejas y planearan asesinar a los jueces que los habían condenado. Así mataron a la jueza Acioli y al juez Martins. Fue en las cárceles donde nacieron el Comando Vermelho y el Primer Comando Capital. El propio ministro de Justicia de Brasil dijo que preferiría morir antes de pasar varios años en un presidio brasileño. Odilon de Oliveira descubrió que el capo Fernandinho Beira Mar daba órdenes desde una prisión federal a las mafias en Río de Janeiro a través de cartas que escondía en bolígrafos y que su abogado entregaba a sus capitanes. Un setenta por ciento de los presos liberados vuelve al crimen. Muchos de ellos no pueden olvidar al juez que los condenó.

La admiración que Odilon de Oliveira provoca tiene algo que ver con el odio que inspira en otros. Según la lista de sospechosos de la Policía Federal, unas sesenta y siete personas podrían estar tramando su muerte en estos momentos. Cada vez que cierra un caso, el juez gana un enemigo. Entre los montones de expedientes que saturan su oficina, De Oliveira sólo recuerda algunos de los nombres de las personas cuyo destino decidió, pero sus sentenciados se acuerdan bien de él. Según el secretario de Seguridad Pública de Matto Grosso do Sul, Wantuir Jacini, uno tenía la foto del juez en su celda y todos los días juraba ante la imagen que lo mataría. En el derecho anglosajón, los jueces son electos por los ciudadanos, y los veredictos están a cargo de un jurado que decide por unanimidad. Pero, en América Latina, el futuro de una persona está en manos de un solo hombre. Odilon de Oliveira ha desarticulado batallones de grandes organizaciones criminales y les ha pegado donde más les duele. Ha confiscado a las mafias avionetas, coches, ganado y dinero suficientes para financiar el estadio Mané Garrincha de Brasilia, el más costoso del país. En uno de los emails anónimos que le mandan, el remitente le advierte que faltan sólo seis años para que se jubile. Será en febrero de 2019, cuando cumpla setenta años y, por ley, tenga que retirarse de su puesto en el juzgado y pierda sus guardaespaldas. «Ese día —advierte el anónimo— los hijos de aquellos que cometieron un error semejante a robar una gallina y fueron sentenciados por ese loco desgraciado encontrarán una buena oportunidad de venganza». El juez recuerda sus casos por los números, como el de catorce traficantes y siete avionetas en el que ha trabajado en los últimos meses. Casi nunca se queda con los nombres de los delincuentes. Sus condenados, sin embargo, nunca olvidarán el nombre de Odilon de Oliveira. El juez no da detalles a su familia de las amenazas que le siguen llegando. No les cuenta cada vez que tiene que salir en un helicóptero o si recibe una llamada que le pregunta de qué color quiere su féretro. Insiste en que no tiene miedo de morir, pero en su escritorio hay unos papelitos de colores con citas bíblicas que le regaló su hija —una jueza civil en Sao Paulo que se dedica sobre todo a casos de divorcio— y que él utiliza como separadores de las páginas de los expedientes: «¡Líbrame, oh, Jehová, del hombre malo!». «¡Líbrame de gente impía y del hombre engañoso e inicuo!». «Si el justo con dificultad se salva, ¿dónde aparecerán el impío y el pecador?». Odilon de Oliveira reza mientras sentencia.

Si la Justicia es una mujer que sostiene una espada y una balanza con los ojos vendados, el trabajo de un juez es abrir bien los ojos para dar a cada uno lo que le corresponde. Pero si en algún lugar se encuentra la rara especie de los jueces justos, estos se convierten en héroes con sólo cumplir su trabajo. Los jueces, además de castigar a los criminales, trabajan contra la incredulidad de los ciudadanos. El prejuicio sobre los agentes de la justicia —jueces, procuradores, fiscales— es que son corruptos, cobardes o débiles, incapaces de hacer cumplir la ley. Un alto magistrado dio a Rocco Chinnici, el jefe de Falcone y uno de los primeros en investigar a la mafia siciliana, el siguiente consejo: «Sepúltalo bajo montañas de juicios insignificantes. Al menos nos dejará en paz». Chinnici ignoró el consejo y se convirtió en un juez idolatrado. En las librerías italianas se encuentran cientos de libros sobre Falcone. Cada año Palermo recuerda su muerte y la de su colega Paolo Borsellino, con un cartel en la plaza central: «No los han matado: sus ideas caminan sobre nuestras piernas». Baltasar Garzón se convirtió en un fenómeno mediático en todo el mundo por investigar los crímenes del franquismo y los de las dictaduras chilena y argentina. Eugenio Raúl Zaffaroni, ministro de la Suprema Corte de Justicia argentina, recibió cientos de condecoraciones por estudiar los crímenes masivos de los regímenes militares.

Odilon de Oliveira tiene un club de admiradores en Campo Grande, gente que lo llama ‘doctor’, aunque nunca hizo un doctorado y le dejan en su oficina figuras religiosas para que lo protejan. Si alguien quiere un certificado de su valentía, sólo tiene que mirar la pared tapizada de diplomas en los que la Presidencia, la ONU y el Papa lo acreditan. Odilon de Oliveira es especialista en peces gordos. No le interesan las mulas de drogas ni el resto de peones del narcotráfico. Si se cruza con ellos, pide penas mínimas siempre y cuando no tengan antecedentes y comprueben que no viven del crimen organizado. Él busca a los capos, a la gente detrás del dinero, a los empresarios y políticos enredados con el narcotráfico. Cuando llegan al Tercer Juzgado Federal de Campo Grande, especializado en delitos financieros y lavado de dinero, les impone la pena más alta, que es de quince años. Por eso es parte de un grupo de jueces a los que se les llama de linha dura, famosos por condenar con severidad a las mafias organizadas. Cinco de ellos han muerto por eso. Si Odilon de Oliveira muriera, no habría un solo juez en el centrooeste que pudiera reemplazarlo.

[IV]

Casi nunca el juez es el protagonista de una película. Los abogados y los fiscales saben cuál es su posición respecto a la ley y la justicia: a favor o en contra del acusado. En Testigo de cargo, el héroe es un abogado defensor que salva a un hombre culpable porque confía en que es inocente. En Matar a un ruiseñor, un abogado defiende a un afroamericano y prueba que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En Justicia para todos, Al Pacino tiene que enfrentarse a un juez que además es culpable de haber violado a una joven. Las películas muestran la poca fe que hay en la justicia. En la pantalla grande, nadie quiere golpear con un martillo de madera sobre la mesa. Odilon de Oliveira está sentado entre dos conceptos que repite siempre: ‘lo justo’ y ‘lo legal’. Los abogados aprenden que la justicia es aplicar la ley, pero él cree que no siempre es justo hacerlo. Admite que a veces se ha saltado procesos burocráticos para atrapar a un capo. Por eso es el favorito de algunos policías de Matto Grosso do Sul. En ocasiones el juez firma órdenes de captura después de atrapar al malo. Son trucos que no llegan a lo ilegal, pero que le permiten avanzar en las investigaciones. La Orden de Abogados de Brasil lo acusó de grabar sin permiso conversaciones entre abogados y presos en las cárceles. Aunque nunca se comprobó, hay quienes dicen que con ellas atrapó a criminales que ahora planean su muerte desde la prisión. Lo justo y lo legal suponen un dilema moral que le es imposible resolver. Entonces surgen preguntas que intenta responder a su manera. ¿Cómo combatir el narcotráfico si el que roba un bolígrafo cumple la misma condena que el dueño de un camión lleno de cocaína? ¿Cómo hacer justicia si sólo tienes quince días para pinchar los teléfonos de una organización criminal? ¿Cómo proteger a los testigos si el sistema está lleno de delatores? Y concluye: «Puede haber aplicación de la ley, pero no hay justicia». «Aquí la ley no protege ni al juez». A ratos Odilon de Oliveira admite la derrota: «Como juez quiero hacer justicia, pero la ley que tenemos aquí en Brasil no da para eso». Tal vez por eso el juez pase su tiempo libre viendo documentales o leyendo sobre jueces de otros países que admira, como Falcone o Garzón. Pero su mayor héroe es Lampiao, una especie de Robin Hood brasileño, un bandido que a principios del siglo XX robaba a los hacendados y daba dinero a los pobres. Lampiao fue un ídolo nordestino, pero también un criminal temido en todo el país por ser un asesino cruel que torturaba sin piedad a sus enemigos. Lo admira por su sentido de justicia y porque no le importaba romper la ley para luchar por sus ideales, aunque si hubiera vivido en la misma época, Odilon de Oliveira dice que habría condenado a su héroe.

Odilon de Oliveira sabe qué sucederá cuando se muera. Hace unos años, durante el Encuentro Internacional de Magistrados en Victoria, el juez se convirtió en fantasma. Cuando se rendía homenaje a jueces como Alexandre Martins y Antonio José Machado Días, asesinado a tiros en Sao Paulo, se oyó por los altavoces: «Homenajeamos la memoria del juez Odilon de Oliveira». El juez subió al escenario a recoger su diploma. El público quedó atónito: el muerto estaba vivo. Por error se daba por hecho que el juez más amenazado del país ya había sido asesinado. «Ese día—recuerda De Oliveira— me di cuenta de que mi trabajo ha servido de algo». Cuando lo vieron subir al estrado, no le quisieron dar el premio. Era un diploma y una escultura de una mano que sujeta un mazo de juez y un mundo con una lágrima. Peleó para que meses después se los entregaran. Ahora la conserva en una vitrina de su casa.

El día de 2019 que se retire, Odilon de Oliveira se quedará solo. «El día que me jubile, duraré máximo seis meses». Conservará las imágenes religiosas que le han regalado para que lo protejan y esa gran carpeta negra que guarda en su armario. Sólo su esposa y su secretaria tendrán copias de esos archivos que enumeran todos los intentos de atentados contra él y que recopilan cada advertencia, como la vez que la mujer de un mafioso le avisó que su marido planeaba asesinarlo. La carpeta es su única garantía para demostrar que Odilon de Oliveira luchó por la justicia y para que, si llega el día en que lo maten, su muerte no quede impune. El juez está preparado por si le toca enfrentarse contra el sistema después de muerto. Cierra su carpeta con cuidado. En la tapa se alcanza a ver una leyenda: En caso de muerte, no entregar a la Policía Federal.

El manantial masacrado

Publicado: 11 octubre 2014 en Diego Enrique Osorno
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Durante diez días, entre el domingo 26 de enero y el miércoles 5 de febrero de 2014, casi un centenar de funcionarios públicos de Coahuila dejaron sus escritorios y realizaron un inusual trabajo de campo para investigar qué pasó con decenas de personas desaparecidas en esta región del noreste de México.

El ambicioso operativo oficial incluyó inspecciones forenses a medio centenar de casas, negocios, cárceles, ranchos y predios abandonados así como interrogatorios a ex alcaldes, ex regidores y ex secretarios de once pueblos y ciudades cercanos a la frontera con Estados Unidos.

Sin embargo, la cruzada gubernamental terminó en medio de confusión y reclamos de un sector de la prensa interesada en el tema, y dudas sobre su eficacia por parte de las organizaciones locales que representan a familiares de desaparecidos.

Aunque participaron policías estatales, federales, soldados y marinos, la operación estuvo a cargo de una dependencia del gobierno de Coahuila creada en 2012, cuyo largo nombre resume la tragedia que ha padecido este estado que encabeza la lista de denuncias de desapariciones forzadas en el país: la Subprocuraduría para la Investigación y Búsqueda de Personas No Localizadas, Atención a Víctimas, Ofendidos y Testigos de Coahuila. En esta historia la llamaremos la Subprocuraduría, a secas.

Uno de los lugares en los que se centró el operativo fue Allende, municipio ubicado en la región de Los Cinco Manantiales, conocida así por los enormes nacimientos de agua en medio de su llanura. En marzo de 2011, este pueblo de 20 mil habitantes padeció una masacre que apenas ahora es investigada por las autoridades. Comandos de Los Zetas saquearon y destruyeron medio centenar de edificaciones, al tiempo que secuestraron, según se calcula, a 300 personas durante aquella primavera.

Todo esto sucedió en silencio y bajo encubrimiento oficial.

EN CAMINO

Colombia está a 257 kilómetros de Monterrey. Colombia es el nombre que otorgó el gobierno de Carlos Salinas de Gortari a una comunidad creada en 1992, para devolverle a Nuevo León un pequeño trozo de la frontera de México con Texas, cuya mayor extensión comparten Tamaulipas y Coahuila. Al llegar a Colombia, Nuevo León, hay que tomar La Ribereña, una carretera angosta que recorre la orilla del Río Bravo desde el lado mexicano. Al este quedan Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros; al oeste están Guerrero, Piedras Negras y Ciudad Acuña.

Lo primero que hay al oeste de Colombia —aunque suene raro porque aquí no hay mar— es un Puesto Naval de Seguridad. Decenas de casas de campaña apostadas a la orilla de la Ribereña fueron colocadas por la Marina Armada, que reforzó su presencia desde 2012. Infantes marinos nacidos en Tabasco, Campeche, Veracruz y otros estados tropicales acampan o hacen guardia en trincheras colocadas en medio del monte. Otros revisan a los escasos transeúntes de este camino en el que se han reportado decenas de enfrentamientos entre convoys del narco y de las fuerzas oficiales entre 2010 y 2013, aunque son todavía más los combates que no han trascendido públicamente. Lo que sigue después del Puesto Naval es más monte vapuleado por el sol que aún en invierno azota las yucas y los huizaches de la vegetación. De vez en cuando aparecen letreros anunciando la entrada a ranchos como La Dueña, San Isidro, Los Apaches, La Burra, Arroyo Seco y Don Óscar. También hay construcciones en ruinas de organismos públicos o privados con las paredes agujereadas por balas. Si la Ribereña es ocasionalmente un campo de batalla, los ranchos aledaños pueden ser zonas de abastecimiento, entrenamiento, trasiego o panteones clandestinos. Pareciera que muy pocas veces son ranchos comunes de siembra y cría de ganado.

Durante el operativo especial, la Subprocuraduría encontró cuatro tambos industriales y varias prendas de ropa carcomidas por la intemperie en un predio a la orilla de la Ribereña, a la altura del municipio de Guerrero. Estas barricas son improvisadas como hornos crematorios por la mafia de la región para desaparecer los cuerpos de sus víctimas. A los soldados les gusta usar metáforas gastronómicas en su narrativa. Si en Sarajevo se hablaba de las “carnicerías” orquestadas por Radovan Karadžić, a estas rudimentarias incineraciones Los Zetas las nombraron “cocinas”.

Unas cuantas casas de Guerrero son la única población asentada a la orilla de la Ribereña, entre Colombia y Piedras Negras. Por lo demás, nadie habita junto a este camino que por momentos parece un territorio de Marte. Los únicos humanos que se dejan ver de vez en cuando son unos tipos vestidos con trajes anaranjados que trabajan para Geokinetics, la compañía que explora la cantidad de gas esquisto (Shale) existente. Este hidrocarburo que aquí abunda oculto en las piedras y que hasta ahora no es explotado comercialmente puede generar electricidad. A partir de 2010, el gas esquisto ha tenido un auge, sobre todo en Estados Unidos, donde los especialistas lo llaman “el gas de moda” o “el gas del futuro”. Para poder explotarlo se necesitan dos cosas: permiso del gobierno mexicano y mucha agua. Con la reciente reforma energética, los permisos ya vienen en camino; en cuanto al agua, en la región de Los Cinco Manantiales, el agua es tan abundante como el miedo.

Mientras los hombres de anaranjado miran pacientemente este suelo en busca de piedras que permitirán un negocio energético en millones de dólares, los empleados de la Subprocuraduría también miran hacia la tierra, pero en busca de restos humanos que den sosiego a una región perturbada por la guerra del narco.

Tras recorrer 144 solitarios kilómetros de la Ribereña desde Colombia, Nuevo León, llegamos a Piedras Negras, Coahuila.

PIEDRAS NEGRAS

En Piedras Negras hablamos con algunas personas que atestiguaron el operativo especial. Algunos lo consideraban un show, mientras que otros lo calificaron como un esfuerzo notable pero tardío. Salvo excepciones, la desazón es la nota predominante. Todavía no parece haber suficiente ánimo para pensar que ya pasó lo peor. Coahuila está devastada: la cloaca apenas está abriéndose. Basta ver los periódicos locales del día, cuya noticia principal es: “Javier Villarreal, preso por narco”. Villarreal era el tesorero del anterior gobierno estatal, encabezado por Humberto Moreira, quien está ahora exiliado en España, mientras que su antiguo colaborador se entregó a la agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) y colabora ahora en una investigación sobre lavado de dinero que amenaza con exhibir una vez más la narcopolítica mexicana.

Lo que sí reconocían los críticos del operativo especial dirigido por el subprocurador Juan José Yáñez Arreola era el empleo de un equipo geolocalizador de alta tecnología y además la existencia de un laboratorio móvil para ir procesando la información que conseguían los investigadores. Leobardo Ramos, uno de los médicos que dirigió la inspección forense, es respetado en Piedras Negras. A cada lugar al que fueron, el especialista y su equipo hacían su trabajo, mientras que la Marina sitiaba los pueblos, el Ejército vigilaba las entradas y salidas, y la policía federal y estatal buscaban a los funcionarios y ex funcionarios públicos para tomar sus declaraciones. El inconveniente es que los sucesos indagados ocurrieron hace tres años, en el mejor de los casos, y pocos de los entrevistados tienen fe en que las pruebas periciales sean contundentes.

Uno de los lugares de Piedras Negras que la Subprocuraduría revisó fue el Centro de Readaptación Social, famoso a nivel nacional por la fuga de 129 reos a finales de 2012. De acuerdo con algunos testimonios, en el interior de esta prisión fueron creadas algunas “cocinas” por parte de Los Zetas. Algunos agentes especulan que el uso de este método de exterminio se incrementó a partir de 2010, tras el hallazgo de 72 migrantes fusilados y abandonados en un galpón de San Fernando, Tamaulipas, así como de la excavación de decenas de restos en otras fosas clandestinas que pusieron a la región bajo escrutinio internacional. De tal forma que para evitar el escándalo derivado de estos hallazgos, los grupos criminales decidieron aumentar el uso de tambos de diesel para no dejar rastro alguno de sus masacres.

El empresario Mauricio Fernández Garza, cuando aún era alcalde de San Pedro, Nuevo León, fue uno de los primeros personajes de la política en hablar sobre lo que estaba pasando. En una entrevista hecha a finales de 2011 lo relató así:

“Yo me entero de eventos, por alcaldes, por amigos míos ganaderos, por gentes que dicen: ‘Pues llegaron y entraron con helicópteros y mataron a todos’. Y eso no sale en ningún medio de comunicación. De esos casos conozco muchísimos: en la frontera, viniendo de la frontera, en Tamaulipas… Amigos míos a los que les ha tocado en sus propiedades, intervenciones importantes del Ejército. Vaya, yo te diría: no las estoy cuestionando, lo único que te digo es que no hay información sobre ellas. Yo creo que lo que sale público es lo inevitable. Por muchísimas cosas que yo me entero, también en Nuevo León han matado a una barbaridad de gente. No sé si será cierto o no, pero un alcalde me decía: ‘Oye, nos pidieron de no sé dónde, un bulldozer para enterrar cadáveres de un operativo del gobierno federal’. Será cierto o no será cierto, yo no estoy cuestionando, simplemente estoy comentando cosas que me toca escuchar. O en un rancho de un amigo que, igual: entraron con helicópteros y básicamente mataron a todo mundo. No dejaron ni cadáveres ni casquillos. Si hay operativos que se están haciendo —lo cual creo que sí se están haciendo— pero mucho de lo que pasa, no sale. Además de que dentro del propio crimen organizado hay cantidad de víctimas, entre pleitos de ellos mismos, que los meten y disuelven en ácido, o entierran, o desaparecen, o cualquier cosa. De esos tampoco te enteras. Entonces, si tú me dijeras: son 50 mil los muertos oficiales, pues yo creo que fácilmente estamos hablando de un cuarto de millón de muertos, digo, por decirte. Yo creo que sería como un cinco a uno, entre lo del crimen organizado que no te enteras y entre lo del gobierno que no te enteras. Aunque no tengo ningún elemento para decirte por qué, simplemente por las cifras que conozco: que matan a 30, que matan a 40, según me cuentan los alcaldes (de Nuevo León), aquí yendo a la frontera. En China, o General Bravo, no me acuerdo cuál, el alcalde me dijo: ‘Ni vayas a Estados Unidos, hubo 30 muertos este fin de semana, hubo 20 muertos el otro fin de semana’, y en los medios de comunicación de aquí en Nuevo León, no salió. Y si son 50 y ni uno más, o son un cuarto de millón, que es más mi estimado, es lo mismo. No es por muertos que vamos a arreglar al país”.

Otros alcaldes de la región también me contaron situaciones parecidas, pero pidieron no dar a conocer sus testimonios hasta que hayan fallecido o existan tiempos más seguros en la zona, algo que todavía ven muy lejano. Como dice Fernández Garza, estas masacres no salían en los medios de comunicación, pero esto no se debía a que los periodistas locales ignoraran lo que ocurría. Tenían alguna idea de lo que estaba pasando pero iniciar una investigación periodística, o peor aún, darla a conocer, implicaban destierro o entierro seguro para los involucrados. Repasamos con un colega de Piedras Negras las diversas formas en que la mafia había amenazado a compañeros de la zona para que no informaran sobre lo que estaba sucediendo. Una lista larga y deprimente que no tendrá cabida en esta crónica.

Aunque todas las recomendaciones indicaban que no lo hiciéramos, después del mediodía salimos de Piedras Negras acompañados por dos camionetas blindadas del Grupo de Armas y Tácticas Especiales. Los GATE son una polémica corporación de élite creada por el nuevo gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, y por un grupo de empresarios locales. Se trata de agentes sin rostro ni identidad que tienen el prestigio de actuar con la misma dureza que los grupos ilegales a los que combaten. Los GATE nos acompañarían hasta tres ranchos que fueron tomados por Los Zetas en 2011 para retener y desaparecer a decenas de personas. Quedaban a las afueras del casco principal de Allende, Coahuila. Era un viaje de tan sólo 60 kilómetros adornado por unos nogales hermosos.

EL PUEBLO DEL MANANTIAL

A Allende, Coahuila, le dicen hoy en día Springfield porque la administración municipal que inició el 1 de enero de 2014 pintó de amarillo la presidencia y los principales edificios públicos como el kiosco de la plaza y la Casa de la Cultura. La traducción de Springfield al español sería “campo primaveral” o “campo de manantiales”. Reynaldo Tapia, el alcalde del pueblo, dice que no le gustan Los Simpsons y que tampoco es del PRD, cuyo color oficial es el amarillo. Tapia es dueño de más de veinte casas de empeño y milita en el PRI. Dice que pintaron de amarillo el pueblo porque “el amarillo es el color de la fuerza”.

Amarillo es también el color habitual de traxcavos como los que usaron Los Zetas para derrumbar mansiones del casco principal. El viernes 18 de marzo de 2011, alrededor de 50 camionetas pickup tripuladas por soldados del narco irrumpieron en Allende. De acuerdo con testimonios brindados a la Subprocuraduría, los hombres armados tenían enlistados los domicilios de las casas, negocios y ranchos que iban a saquear y destruir e incluso —mediante un documento— avisaron de eso al alcalde de ese entonces, Sergio Lozano Rodríguez, del PAN. Una de las residencias devastadas está justo frente a la presidencia municipal y frente a la casa particular del político está otra de las construcciones atacadas. Su administración no hizo nada mientras ocurrió la masacre.

Los comandos llegaban a los domicilios y detenían a todas las personas que se encontraban ahí. Se llevaban también los objetos de mayor valor, como dinero en efectivo y joyas. Luego dejaban que los vecinos y demás habitantes del pueblo rapiñaran lo que había quedado. Había gente que se llevaba desde macetas hasta refrigeradores. Uno de los casos más recordados es el de un labriego que se llevó una elegante sala negra de piel que tuvo que poner bajo un mezquite porque su tejabán era demasiado pequeño para meterla.

Una vez acabado el saqueo colectivo, Los Zetas demolían las casas. En algunos casos utilizaban granadas y en otras llegaban directo con mazos y máquinas de construcción. El ataque duró varios días y la policía municipal participó tanto en el ataque como en el pillaje. “También vi gente elegante dirigiendo las máquinas”, recuerda uno de los habitantes entrevistados. Al cabo de una semana, los restos de las casas destruidas en el centro de Allende se amontonaban por doquier. Bloques de cemento gris y vigas de acero dobladas y negras por el fuego aún pueden observarse luego de casi tres años.

En ninguna de las casas destruidas hubo resistencia a balazos y nadie recuerda haber presenciado una ejecución.

—La realidad es que nada más se oyeron las granadas y unas explosiones, pero nunca se vio un cadáver ni se oyó un balazo. Todos los que se llevaron estaban vivos y después ya no se supo nada de ellos, hasta el día de hoy— me explica un entrevistado, cuyo testimonio también fue tomado por la Subprocuraduría.
—¿A quién puedo buscar para que me cuente de sus familiares desaparecidos?
—A cualquiera que le preguntes de aquí te va a decir que tiene un familiar o amigo desaparecido desde aquel entonces. Este es un pueblo chiquillo.
—¿Cuántas personas fueron desaparecidas?
—Se habla de 300, pero yo creo que son más. Era un caos. Aquí la gente ya no se quiere acordar de lo que pasó…
—¿Por qué tanta saña?
—Todo por culpa de dos personas: Luis Garza y Héctor Moreno, que se robaron un dinero de Los Zetas… Lo peor es que los dos están ahora muy tranquilos en Estados Unidos como testigos protegidos.

José Luis Garza Gaytán forma parte de la familia Garza que hace un centenario llegó de Lampazos, Nuevo León a radicar en Allende, Coahuila. Los Garza no eran una familia rica, pero vivían bien gracias a la buena cantidad de tierra que poseían y trabajaban. A la altura del kilómetro nueve de una carretera comunitaria entre Allende y el pueblo de Villa Unión está la entrada de sus propiedades principales. A esos ranchos de Los Garza fueron llevadas las personas detenidas en el pueblo en aquel mes de marzo de 2011. Por su parte, Héctor Moreno Villanueva, pertenece a una familia que hizo mucho dinero con una fábrica de hielo y luego con una pequeña línea de transporte regional.

Por lo menos desde 2008, Garza Gaytán y Moreno Villanueva empezaron a trabajar con Los Zetas. En 2011 ambos habían escalado tanto que alcanzaron niveles importantes en el tráfico de cocaína a Estados Unidos a través de Eagle Pass, la ciudad norteamericana colindante con Piedras Negras. Pero a principios de marzo de 2011, ambos rompieron con la banda.

Y el 18 de ese mismo mes, en venganza, sus antiguos socios tomaron el pueblo del que ambos eran oriundos para destruir todas sus propiedades y levantar a familiares, amigos y hasta trabajadores. Decenas de personas apellidadas Garza, Gaytán, Moreno y Villanueva fueron llevadas al rancho que está en el kilómetro nueve de la carretera entre Allende y Villa Unión. También fueron llevados veladores, cocineros, sirvientas, albañiles y cuidadores de gallos que laboraban para sus familias. Estos ranchos de los Garza, de acuerdo con la investigación de la Subprocuraduría, fueron convertidos en un campo de exterminio donde Los Zetas mataron a los retenidos y después los incineraron clandestinamente en tambos de diesel.

Cualquiera que tuviera estos apellidos estaba en riesgo. Incluso la agente del Ministerio Público local, Blanca Garza —que no es familiar de José Luis Garza—, se tuvo que ir por una temporada. Unos cuantos familiares de Garza Gaytán y Moreno Villanueva lograron escapar y viven ahora en Estados Unidos. Año y medio después, uno de ellos, Sergio Garza, decidió volver a Allende. Abrió una tienda de ropa. Dos semanas después fue ejecutado junto con su hijo.

Desde marzo de 2011 hasta este febrero de 2014, el pueblo ha convivido con las ruinas de las casi 40 mansiones. Unos jovencitos vieron en la tragedia una oportunidad de negocios y empezaron a dar “El tour de las casas destruidas”, explicando a los forasteros lo que había sucedido. Los muchachos aparecieron un día con un tiro en la cabeza. La máquina de la muerte no ha dejado de trabajar.

—Pero, ¿por qué pasó esto?, ¿cómo se permitió una cosa así?— pregunto a uno de los pobladores.
—Si esa gente se propone matar a todos los habitantes, no pasa nada. Así de desprotegido estaba el pueblo.

La Subprocuraduría comenzó un censo de la devastación. El conteo oficial de las casas atacadas en el casco de Allende, hasta principios de febrero de 2014 —sin incluir ranchos y casas a la redonda— es de 29 propiedades. En algunos casos, las personas que aparecen como propietarios son supuestos prestanombres de la familia Garza Gaytán o de la familia Moreno Villanueva.

LA MASACRE

Dejamos el casco de Allende para tomar una carretera vecinal rumbo a Villa Unión. A la altura del kilómetro nueve nos desviamos por una brecha. Desde ese momento estábamos en tierras de la familia Garza. Unos kilómetros adelante encontramos la primera construcción, propiedad de Luis Garza Garza: una casa de cinco cuartos color crema y verde semiderruida. Adentro una luz polvorienta encima de piedras, vidrios rotos y hierba creciendo entre papelería regada a nombre de la familia Garza Garza. En el porche una piscina terrosa que lucía extravagante y triste en medio de la solitaria llanura. Antes de ser arrasado, éste era el hogar de siete adultos y tres niños que desaparecieron. Atrás de la construcción de la casa quedan los restos de una bodega en la que hasta los altos techos de lámina fueron robados.

El siguiente rancho del trayecto es el de Jesús Garza Garza. La casa donde vivía el vaquero tiene las paredes principales con unos hoyos como ventanales. Sólo la mitad de un granero contiguo queda levantado. Uno de los GATEs inspecciona el sitio y dice que parece que fue volado con un misil.

—¿Un rocket?— pregunto.
—Sí, aquí nos han lanzado hasta misiles. Pero ni así han podido con nosotros.
—¿Fue un enfrentamiento?
—No. Nos hicieron una emboscada ahí por la entrada de Allende, por donde pasamos hace rato.

Seguimos caminando. El GATE lleva su uniforme de camuflaje desértico, junto a su AR-15 y su chaleco antibalas. De repente se encuclilla para mirar de cerca unas cenizas. “Yo creo que aquí los cocinaban”, dice, señalando una esquina del granero. “Por eso luego incendiaron todo, para que ni siquiera quedaran rastros de la sangre ni nada”.

Sin embargo, el rancho que tiene en la mira la Subprocuraduría es el tercero, el cual era propiedad de Rodolfo Garza Garza. Mientras nos acercamos al lugar, el persistente sonido de los cables de alta tensión de unas torres que parecen estar levantadas en medio de la nada genera una mayor incertidumbre. A unos 30 metros de distancia de la construcción principal aparecen unas montañas de botes vacíos de aceite diesel de 20 litros y decenas de llantas, que son usadas para facilitar la combustión. Este es el material que suelen emplear los criminales para desaparecer a sus víctimas.

En 2013, un soldado zeta contó al corresponsal de guerra, Jon Lee Anderson, la forma en que funcionan estos lugares:

“JLA: ¡Vaya! Esto del diesel no lo llegué a entender del todo. ¿Se le prende fuego, o el diesel es corrosivo y va acabando con el cuerpo?

Z: Sí. Te echan adentro del tambo, agarras un bote y con una yoga de veinte litros te van bañando. Así le van echando dentro del tonel y ya de pedazo en pedazo te van desapareciendo. Dura como una media hora todo para que ya no quede nada de ti.

JLA: Te disuelves…

Z: Todo. Te van echando diesel y ahí se va acabando la flama. Cuando ves que se está apagando la flama, le echas otro botecito y ahí te vas… Cuando yo estuve la primera vez en eso duré como un mes sin comer pollo ni carne porque huele igual, casi lo mismo, que cuando pasas por un restaurante o un lugar donde venden pollo asado. Me di cuenta que el pollo asado huele como una persona normal”.

OCHOCIENTOS KILOS DE COCAÍNA

Aunque Juan Alberto Cedillo, corresponsal de la revista Proceso en la zona, había escuchado el rumor de que una ruptura al interior de Los Zetas era la razón por la que Allende había sido arrasado en la primavera de 2011, no fue sino hasta abril de 2013 que confirmó con detalle lo sucedido. El día 18 de ese mes viajó a Austin, Texas, para presenciar el juicio a varios miembros de Los Zetas. Mario Alfonso Cuéllar, quien había sido uno de los principales operadores de la banda en la zona, declaró en la corte texana que Miguel Ángel Treviño, líder conocido como el Z-40 había ordenado su muerte porque creía que estaba pasando información a la DEA sobre el tráfico de cocaína por Piedras Negras. En realidad, quienes lo estaban haciendo eran Héctor Moreno Villanueva y José Luis Garza Gaytán, dos de sus testaferros, quienes se acogieron al programa de testigos protegidos. Tanto Moreno Villanueva como Garza Gaytán ayudaban a Cuéllar a traficar entre 500 y 800 kilos de cocaína mensuales con destino al mercado de Estados Unidos —el país más cocainómano del mundo— a través de Eagle Pass, Texas. El precio de un kilo en esta zona fluctúa alrededor de los veinte mil dólares, por lo que la ganancia estimada era de 16 millones de dólares, de los cuales diez millones se iban a pagos de proveedores colombianos, gastos de transportación y sobornos de autoridades de diversos países, principalmente mexicanas. La ganancia neta de la organización era de seis millones de dólares al mes sólo en este punto fronterizo.

En marzo de 2011, Cuéllar, Moreno y Garza dejaron a Los Zetas sin ese ingreso y probablemente también durante los meses siguientes. Todo esto justo en uno de los momentos más álgidos de la guerra librada por la banda de la última letra contra el Cártel del Golfo por el control mafioso de las ciudades fronterizas del noreste mexicano. Una guerra que exigía que Los Zetas tuvieran flujo de recursos. El tráfico por Piedras Negras era uno de sus pocos puntos estables, ya que en las demás ciudades de tránsito (Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros) era complicado trabajar debido a los constantes combates con la banda rival y las autoridades que no habían podido sobornar.

Todo esto derivó en el ataque indiscriminado en contra de familiares, amigos y trabajadores de Garza Gaytán y Moreno Villanueva, principalmente en Allende, aunque también en Piedras Negras y otros municipios de la región de Los Cinco Manantiales.

Desde Estados Unidos, Moreno Villanueva se enfrenta —en una cuenta de Facebook— a sus antiguos socios, quienes acabaron con sus propiedades y buena parte de su familia en Coahuila. Suele escribir cosas como esta en su muro: “Larga vida a mis enemigos para que puedan ver mi gloria”. El día que Miguel Ángel Treviño, el Z-40, fue detenido, escribió: “Ya se cayó el arbolito”. En días recientes, difundió en su muro una nota de Juan Alberto Cedillo publicada en la revista Proceso con el título “Coahuila: en busca de desaparecidos: ‘macro-operativo’ falaz” y luego escribió el siguiente comentario: “Fue humberto moreira gobernador priista de coahuila quien lo permitio y nunca mando ayuda a los 5 manantiales dejandolo en las manos del crimen organizado y polizias secuacez de estos”.

DÍA DEL AMOR

Una semana después del operativo especial de la Subprocuraduría, la administración municipal de Allende decidió adelantar el Día del Soldado, que en México se celebra oficialmente el 19 de febrero. La fecha elegida para que arribaran a la plaza principal 300 soldados de la 14 región militar del Ejército Mexicano, fue el 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad. Los militares hicieron un pequeño desfile frente a la presidencia municipal pintada de amarillo, escucharon un discurso de agradecimiento por parte de las autoridades locales y al cabo de una hora regresaron a su cuartel ubicado en Muzquiz.

En 2011, durante la masacre del pueblo, el batallón de la 14 Región Militar llegó demasiado tarde. Cuando finalmente lo hicieron, los ranchos de la familia Garza ya habían sido abandonados por Los Zetas. En ese entonces, los militares ocuparon el gimnasio del pueblo como cuartel provisional.   Después de un año lo abandonaron. Ahora ese antiguo gimnasio-cuartel militar está siendo adaptado como una nave industrial en la que se maquilarán los trajes anaranjados que usan los tipos que recorren la Ribereña y los overoles antiinflamables que necesitarán los obreros que explotarán próximamente el gas Shale en la región.

En una florería del pueblo, mientras arma ramos de rosas y arreglos más sofisticados con otras flores, una mujer víctima del asedio, no parece entusiasmada con el operativo. Su esposo fue uno de los albañiles que construyó la casa de José Luis Garza Gaytán y sólo por eso fue levantado y desaparecido el 18 de marzo de 2011. “Supongo que está muerto. Por esos días se oía que en el rancho de los Garza, que ahí los habían matado. La gente que pasaba por ahí dice que olía feo”, cuenta y empieza llorar.

La florista nunca ha presentado una denuncia formal, como todos los demás familiares de las personas desaparecidas aquí. En realidad, son pocas las personas del noreste de México las que llegan a denunciar formalmente la desaparición de sus familiares. El miedo tanto a las autoridades como a los grupos criminales se los impide. Las que lo hacen, buscan que sea a través de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila y Nuevo León, o Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos, organismos civiles que han intentado remontar esta barbarie.

—Qué bueno que hayan venido [funcionarios de la Subprocuraduría], pero sinceramente me da igual —dice la florista que perdió a su esposo.
—¿Por qué? —pregunto.
—A grandes rasgos, esto no se ha acabado. Ellos por aquí andan.

De acuerdo con otros testimonios recolectados, el hombre que dirigió la masacre de la primavera en este pueblo con manantial se llamaba Gabriel Zaragoza y le decían Comandante Flacaman. En 2012, Comandante Flacaman fue asesinado en San Luis Potosí por sus mismos compañeros, durante otra guerra interna.

De los demás ejecutores no se sabe nada.

Tampoco de los funcionarios que permitieron esta masacre.

Sinopsis. Jota Erre es dueño de un perro de pelea que ha quedado ciego, tiene unos cuantos casetes de Chamín Correa, un Dodge Dart 70 que no arranca, un reloj de mano al que se le descompuso el segundero, un zapapico Truper y una guitarra con la que cantó en su boda. Un día, viendo una película de Pedro Infante, se da cuenta de que la pobreza ni en la tele es bonita. Entonces agarra a su esposa y a sus dos hijos, y baja de la sierra. Pronto descubrirá que la mayoría de los que han emigrado de su pueblo a Culiacán vive como Dios manda: si no lo tienen, lo compran, y si no lo compran, lo arrebatan. Jota Erre terminará imantado por ese mundo de dinero y pólvora, y hará lo que esté a su alcance para poder cantar ese corrido que dice: Ya empecé a ganar dinero, las cosas están volteadas, ahora me llaman patrón, tengo mi clave privada. Para convertirse en un capo que se respete, Jota Erre probará suerte como achichincle, motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres. Esa vida, sin embargo, lo llevará a conocer la mala suerte y a entenderlo de una vez por todas: “Eso de que todo aquel que entra al narco se hace rico, es nomás un pinchi mito”.

Intento número uno. Todo empezó así: estaba yo en mi cantón, oyendo a Chamín Correa bien acá, cuando llegó un primo que había bajado de la sierra bien cuajado, bien billetudo. “Pariente —me dijo—, ocupo una gente de harta confianza pa’ bajar la mota a Culiacán”. Y no sé, como que ves, en un jale de ésos, una ilusión de hacerte rico y dices chingue a su madre, de aquí soy. Yo ya estaba fastidiado de vender productos naturistas. Aquí en Culiacán a la raza no le interesa morirse de un infarto o del azúcar, y pos casi no vendes. ¿Y qué hice? Le entré. Pa’qué te digo que no, si sí. Además, en esos años, te hablo de los noventa, el jale estaba tranquilo. El cártel era uno solo y no había las broncas de hoy, donde tienes que definirte si trabajas pa’l Chapo Guzmán o pa’ los Beltrán. Como si uno no supiera que, escojas a quien escojas, de todas maneras te van a matar. Total que mi cabeza de volada se puso a hacer cuentas y la verdad resultaba una buena pachocha irme de motero. Mi amá se enojó, pero no le hice caso. Ya ves que los sinaloenses somos mitad tercos y mitad vale madres. “Nomás te voy a decir una cosa cabrón —me dijo mi amá—. Si te matan, que Dios no lo quiera, no vengas a aparecerte por aquí, que ya con el ánima de tu padre tengo suficiente”.

(Culiacán. Jota Erre serpentea por la avenida Lázaro Cárdenas, a la altura de la colonia Popular. La estética Ilusión está cerrada porque la dueña, Micaela Cabral, recibió hace pocos días la visita de un tipo que no fue a cortarse el pelo. Fue a decirle “te traigo un regalo”, sacó la nueve milímetros y le disparó seis veces. Jota Erre se sabe ésta y otras historias del puñado de muertos que deambulan por estas calles. Él no quiere morir. Por eso me ha pedido que no ponga su nombre. Tampoco le gustaría que hable del trabajo por el que conoció al Hijo del Santo ni que describa su rostro. Acepta, eso sí, decir que hoy se dedica a la cantada, que tiene dos mujeres y que roza los cuarenta años.

Ése fue el trato. Y, una vez aceptado, nos trepamos a un auto que le diría a cualquier valet que recibirá buena propina, y Jota Erre aceleró como si pisara una serpiente. Así llegamos hasta aquí, el cruce con la calle Río Aguanaval, la última parada de Micaela.

Jota Erre dice que esa cuarentona no estaba involucrada en la mafia, que la han de haber tumbado porque, últimamente, en Culiacán se mata por capricho. Y tiene razón: en febrero, el mes que terminó ayer, hubo más muertos que días: 41 de los 130 en todo Sinaloa. Hasta podría decirse que en esta ciudad la tasa de natalidad, 1.5 por día, se controla por el mismo número de asesinatos.

Pero no quiero desviarme del tema; yo he venido aquí a escuchar la verídica historia de Jota Erre).

Tú sabes que no sólo de pan vive el hombre y ai te voy tendido como bandido a Tamazula. Yo me wachaba como el jefe de los moteros, con una troca bien chila y con el cuerno bien terciado. Y nada, bato. Llegué de achichincle. De pinchi gato. Y pos a trabajar, ni modo que qué. Ahí aprendí que pa’ que no nos vieran los helicópteros de los guachos, teníamos que ir a un arroyo a empaquetar la mota en greña. Y eso sí: nada de hablar ni agarrar cura con los compas. Si dices algo o te andas riendo, el jefe te suelta un chingazo.

¿Has estado cuando empaquetan la mota? Chale, entonces no has vivido. Como nadien habla nomás se oyen los ruidos de los gatos hidráulicos y de la cinta canela. ¿Sí sabes que con los gatos se hacen los cuadritos? Pos sí, con esa madre armas los paquetes, y ya luego los envuelves con hule delgadito, del que usan las doñas en la cocina, y después viene la cinta canela. Les echas grasa pa’que no se mojen cuando los lleven por mar, y al final les avientas otra pasada de hule y cinta. Eso hice durante tres meses, hasta que se juntaron como cinco toneladas. “Tú y tú van a bajar la mota”, nos dijo mi primo y nos dio un radio de esos de banda corta y las llaves de los camiones. Y ai te fui, siguiendo a los punteros, los weyes que van en las cuatrimotos diciéndote si hay guachos o no. Todo iba bien, pero como el jale lo haces de noche, pos no miras muy bien y yo me fui a estrellar. Tuvieron que mandar otra media rodada, pasamos la mota en friega y nos quedamos en un pueblo porque nos amaneció. Total que pa’ no hacértela tan larga, entregué el jale en Culiacán y me lancé a cobrarle a mi primo. “En la vida todo se paga —me dijo—. Y tú desmadraste un camión”. “Pero pariente, no chingue, si no fue porque quise”, le contesté. “Nada, nada pescadito, cuentas claras, amistades largas”. Nomás porque mi amá es su madrina, sacó doscientos pinchis dólares. Le valió madre que le haya dicho que me había rifado al cien. Pinchi bato. Si yo no sé por qué me aferré. Desde esa vez debí haber entendido que en el narco está duro el piojo.

Vida mafiosa. Sentado en una hielera y escuchando un corrido le jalé a un cuerno de chivo, rodeado de mis amigos con los versos recordaba todo lo que en mi vida he sido, canta el Coyote ahora que Jota Erre maneja por los Huisaches, un arrabal donde la mayoría de los jóvenes piensa que la mejor salida es la fama y el sabor de una muerte violenta.

—La chamacada de hoy está enferma de mafia —me dice este Jota Erre que, vale contarlo de una vez, habla tan rápido que parece estar en una lucha constante contra un cronómetro—. Los plebes le entran al negocio nomás pa’ rozarse con el Macho Prieto o con el Chino Ántrax, los pistoleros del cártel. Entran pa’ decir que son gente del Chapo o del Mayo Zambada, y así imponer respeto y sentirse la cagada más grande. Quieren andar en una troca pa’ darse una vuelta a las prepas y subirse una morrita…
—Pero al final tienen dinero, ¿no? —lo interrumpo.
—¡Ni madres! —y pega en el volante para reafirmar sus palabras—. Las trocas que traen son robadas, porque los jefes se los permiten pa’ trabajar; la ropa que usan es china, chafa, pura imitación; las pistolas tampoco son suyas, y si conocieras en la ratonera que viven te darían más lástima.
—Pintas una vida muy distinta a la que aparentan.
—Yo anduve en el negocio, tengo amigos en él, y puedo decirte que un setenta por ciento, si no es que más, está bien jodido. Se gastan lo poco que ganan en droga y pisto. Aquí en Culiacán a nadien le gusta confesar su pobreza, prefieren pedirte fiado y decirte que es pa’ una inversión.

Intento número dos. “Quihubo bato —me dijo un compadre por teléfono—. Se lo voy a decir rapidito porque estos tratos no debe escucharlos ni la sombra de uno”. Y que me suelta que quería mis servicios pa’ mover cocaína. Hasta bendije a los pinchis colombianos. Y no sé, como que me dieron ganas de brindar conmigo mismo, con mi alma se puede decir. Y ai me tienes yendo a su cantón pa’ que me explicara el jale. Neta que me waché en Bolivia, en Perú, en Colombia y en todos esos pinchis países drogos. Y nada. Mi compadre me mandó a Mexicali. Me dijo que rentara una casa pa’ guardar la coca, que yo la iba a recoger en el Golfo de Santa Clara y que otro bato la cruzaría por California. Pero qué coca ni qué nada, era mota. “Ni modo —me dije—. Y me eché un gallo, pero nomás pa’ que apestara”.

En el primer jale no tuve problemas. La mota llegó a su destino. La bronca fue que mi compadre no me pagó. “Es que tenía deudas, pero pa’l siguiente cargamento tiene su dinero”, me prometió.

Ese segundo cargamento fue en Semana Santa. Me acuerdo porque durante el día nos vestíamos de turistas. Ya sabes: bermudas, sandalias y lentes oscuros. Ya en la noche íbamos a donde estaba el faro descompuesto, que se conoce como El Machorro. Ahí esperábamos a los pangueros. Una de esas noches les echamos tres veces la luz de la lámpara pa’ decirles que se acercaran, que ya estábamos listos. Pero ellos nos contestaron con dos luces. Y dos luces, por si no sabes, es que hay peligro. Echamos un zorro alrededor, pero todo estaba bien oscuro y no vimos nada. Decidimos aguantar. Y no sé, pero en una de ésas waché hacia el faro y que alcanzó a ver a un bato prendiendo un cigarro. “¡Ya nos cayeron, fuga, fuga!”, les dije a mis compas y en friega nos abrimos. Yo venía en una troca que traía la gasolina pa’ los pangueros y, ¡madres!, que se atasca en la arena. No, pos patas pa’ qué las quiero. La bronca es que nunca he sido delgado y me fui cayendo entre los balazos. Me fui tocando el cuerpo, pero no tenía nada, sólo miedo. “¡Policía judicial, párate cabrón!”, alcanzaba a oír, y yo nomás pidiéndole a Dios que me ayudara, aunque ya sé que no debo meterlo en estas pendejadas. Total que alcancé a llegar al pueblo y le pedí ayuda a un viejo pescador. “Compa —le dije—. Me vienen siguiendo, hazme el paro; mi troca se quedó atascada, pero ahí tengo doscientos litros de gasolina, son tuyos si me ayudas”. Y como la gasolina en esos lugares vale oro, el bato me escondió en una troje donde guardaba cagadero y medio.

Los judiciales empezaron a buscarme casa por casa. “¿Dónde andas cabrón?”, alcanzaba a escuchar que gritaba un bato, que luego supe era el comandante Jorge Magaña, el papá del chavalo ese que mató a una familia en el Defe, ese que se llama Orlando. “Orita que te encuentre me vas a ver a la cara pa’ que sepas a quién buscar en el infierno”, gritaba el comandante y yo me oriné. Total que no me hallaron y hasta las horas salí de la troje pa’ darle los doscientos litros de gasolina al viejo y me jalé a Mexicali.

Cuando llegué, vi la casa toda desordenada, como si la hubieran cateado. No, pos mejor me fui, pero afuerita ya estaba el comandante Magaña con mis compas. “¿Así que tú eras al hijo de la chingada que andaba buscando ayer? —me dijo—. Pos te salvaste porque ya arreglamos el asunto”. Y el arreglo” era que la policía se quedaría con la mitad de la mota. Me acuerdo que hasta nos ayudaron a descargarla de las pangas.

Mi compadre me pagó quinientos dólares. Me dijo que le había perdido al jale, que entendiera la situación y yo lo mandé a la chingada. Casi cuatro meses arriesgando el pellejo pa’ quinientos dólares. La mitad se lo mandé a mi esposa y con el resto compré productos naturistas que quise vender en Mexicali. Digo quise, porque el día que salí a venderlos, iba caminando cuando un bato me aventó la troca. Era el comandante Magaña. “¿Quihubo pinchi sinaloense, traficando y no me avisan?”, me dijo de entrada y sacó la pistola. “No jefe, ya no ando en ese jale, ya trabajo limpiamente”, y le enseñé mis productos. Me creyó después de darme unos zapes y cortar cartucho en mi cabeza. “Es tu día de suerte —me dijo—. Necesito a alguien con contactos pa’ cruzar polvo”. Pensé que la vida me estaba dando otra oportunidad y le dije que sí. Tiré mis productos en la carretera y me subí con él. En el camino fue más específico y me desanimé: en realidad quería que fuera madrina, que anduviera madriando a los puchadores y me pagaría con autos robados pa’ que yo los vendiera. Vas a pensar que soy un idiota, pero nunca me ha gustado robar. Me pueden acusar de todo, pero no de ratero. Y pos ai te vengo a Culiacán sin un pinchi peso.

Autógrafo. En la marisquería donde comemos, una preparatoriana se acerca e interrumpe a Jota Erre.
—¿Usted es Jota Erre, el cantante?
—No —le contesta Jota Erre—. Me parezco, pero no.
—Sí es, a mí no me va a engañar.
—Oquéi, si tú lo dices —y Jota Erre sonríe como diablo en pastorela, encogiéndose de hombros.
—Deme su autógrafo —dice la preparatoriana, entregándole una liberta y el bolígrafo.
Firmó Jota Erre: “Con todo mi cariño. El que se parece a Jota Erre”.

Intento número tres. La fuerza de la costumbre es cabrona y yo extrañaba andar en el ajo. Te estoy hablando ya del 2003, 2004. Y así, cuando más lo pedí, que me busca un viejón de mi pueblo. “Quiero que me hagas un paro —me dijo—. Ve a matar a un cabrón que me debe dinero, ¿cómo ves?”. “Simón —le contesté sin pensarla—, nomás porque no he tenido chanza, pero cuando hay que chingar, chingo, y que cuando hay que pasar desapercibido…”. “Ya, ya, párale —me dijo—. ¿Tienes visa?”. “Simón”. Y ai te voy esa misma noche a Tijuana, pa’ pasarme a San Ysidro.

“Cuando llegues, le hablas a tal bato; él te va a llevar con el que me debe”, me había dicho el viejón y yo seguí las instrucciones. “Compa, soy Jota Erre, ya ando aquí”, dije por teléfono. “Está bien, nos vemos en el cruce de la gásinton y la mein”, me dijo y yo sin saber dónde estaba eso porque nunca había ido al gabacho. Le pregunté a una pochita que estaba dos tres y me dijo que debía subirme al troley, que contara tres estaciones, que ai me bajara y saliendo ai estaban esas calles. Y sí, bajando del troley vi la gásinton y la mein. “Compa, ya estoy aquí”, le volví a llamar. “¿Donde está usted hay un macdonals?”, me preguntó. Waché y le dije que sí. “¿Enfrente hay un futloker?”, volvió a preguntarme. Waché y le dije que sí. “Ai voy, deme unos quince minutos”. Y pasó una hora y nada. Entonces le hablé al viejón y le conté que el bato me traía como su pendejo.

“¿Sabe?, yo creo que éste también está coludido con el que le debe”, le dije. “Pos mira —me contestó—. En cuanto lo veas dile que te dé las armas, le preguntas dónde vive aquel cabrón y tumbas a los dos”. Como a las dos horas le marqué al bato. “Oiga, hijo de su pinchi madre, aquí me tiene esperándolo como vil tacuache, no mame”. “A ver compa, ¿dónde está, que no lo miro?”. “Pos aquí, frente a macdonals”. “Pos no lo miro y eso que la calle está vacía”. Y yo diciéndole: “Pos si ya son las tres de la mañana, a esta hora ya hasta los perros se fueron a dormir”. “A ver, compa, pregúntele a alguien cómo se llama dónde está”. “Pero si no hay nadien”. Y caminé hasta la parada del camión y un bato que hablaba español me dijo: “En nacional ciry”. Le volví a marcar al bato y le dije: “¡Estoy en nacional ciry, cabrón!”. “No, compa, está usted muy pendejo —me dijo—. Yo estoy en Fontana, como a tres horas de donde me está hablando”. Chale. ¿Yo qué iba a saber que en el gabacho hay miles de calles guásinton y mein?

Ya en Fontana, el bato me llevó hasta donde según vivía el wey que tenía que matar. Me dijo qué troca manejaba, que estaba gordo como cochito y me dio su apodo. Me la pasé wachándolo una semana hasta que se apareció el cabrón. En friega saqué el pistola y entré a su casa rompiendo la puerta. “¡Hasta aquí llegaste, pinchi cerdo!”, le dije apenas lo vi. El bato era puerco pero no trompudo, y le di una madriza a la Charles Bronson. Luego corté cartucho y le dije: “Me manda el viejón, ¿cuáles son tus últimas palabras?”. Sé que se oyó bien mamón, pero fue lo único que se me ocurrió. “¡No me mates, compa!, ¡no me mates!”. Y yo diciéndole que no fuera puto, que los de Durango nos dejábamos ir con calma y dignidad, porque me habían dicho que era de por ahí. Él empezó a decirme que conocía a fulano y zutano, que ellos le podían ayudar a conseguir el dinero. Yo me saqué de onda porque yo conocía a esa gente. “¿Pos cómo se llama, compa?”, le pregunté. ¿Y qué crees? El bato era uno de los de la clica de mi carnal. Valiendo madre. Si no lo reconocí fue porque estaba bien gordo y ya se le había deformado la cara. “¿Entonces tú eres Jota Erre?”, me preguntó y terminamos dándonos un pinchi abrazo.

Le conté cómo estaba el jale y él me pidió veinte días pa’ juntar el dinero. Yo le dije al viejón que el bato se estaba escondiendo, pero que me diera tiempo pa’ encontrarlo. “¿Oiga? —le pregunté—. ¿Y si el bato quiere pagar?”. “Pos se la perdonas porque es de la familia”. Total que todos los días salí de fiesta con el gordo. Pero lo bueno se acaba pronto y yo me regresé a Culiacán, porque pagó.

Nomás bajé del avión y fui derechito a la casa del viejón. De los tres mil dólares que me había dado de viáticos, ya nomás me habían quedado como cincuenta dólares, y él me había dicho que al regresar fuera a verlo pa’ pagarme el trabajito. Me recibió de volada, me abrazó, me dijo que le había gustado mi dedicación, o algo así, y que en la mañanita fuera a su rancho, que ahí iba a estar Miguelón, su hombre de confianza, pa’ decirme qué seguía. Ir al rancho del viejón no cualquiera, y por eso pensé que, mínimo, me iba a regalar una de sus trocas o me pagaría con droga. Y que voy llegando a la hora que me dijo, que pregunto por el Miguelón y que me ponen a podar el pinchi pasto y darles de tragar a los caballos. Neta. Te lo juro por mis hijos. No, pos no aguanté. Le di las gracias al viejón y volví a la calle a vender mis productos naturistas.

El pistolero. Komander: Qué sorpresa encontrarlo en mi rancho. Erick Estrada: Hace un rato lo estoy esperando. Komander: ¿Por qué trae bastantes pistoleros? Erick Estrada: Yo prefiero bastante dinero. Komander: No comprendo de qué estás hablando. Erick Estrada: Me pagaron por asesinarlo.

—La chamacada escucha corridos como éstos y ya andan diciendo que traen callos en los dedos de tanto jalar el gatillo —filosofa Jota Erre cuando pasamos por el estadio de béisbol. Luego baja la ventanilla entintada para ver los guindas exactos, y les mienta la madre a los Tomateros—. Te decía: a los sicarios de hoy les pagan dos mil pesos a la semana, cuando mucho. O sea, esos batos nomás saben una cosa: que van a morir y que no será una muerte fácil.

Intento número cuatro. Un día entendí que el narco es el negocio más individualista de todos, que es onda de uno y nomás. Que aquí dos cabezas sirven pa’ que te den en la madre más pronto, y por eso no está de más ser desconfiado. Por eso nunca pude trabajar bien allá en Michoacán. Ai te va pa’ que me entiendas:

Un narco segundón me propuso que fuera su socio en el cruce de mota. ¿Wachas? Ya no iba a ser un pinchi gato. Esto era más grande, era un jale donde no faltaría quien quisiera arañarnos las manos de tanto billete que tendríamos. “No, compa, siempre salgo jodido”, le dije porque el bato sabía que yo era de los que no se dejaban ir de hocico a la primera. Y me estuvo rogando hasta que le dije arre pues. Él puso millón y medio de pesos, y lo que debía hacer era comprar la mota, transportarla, cruzarla y cobrar. Lleva las de ganar, y sin tanto riesgo porque en ese entonces, como el 2006, todavía te dejaban trabajar por tu cuenta, siempre y cuando pagaras piso. La bronca fue que los de Juárez y los pinchis Zetas se pusieron ambiciosos y violentos, y pos ahora es una locura llevártela tú solo. Pero te decía: ai te voy tendido como bandido a mi pueblo pa’comprar mota. Y nada. Todos tenían apalabrada la mota con el Chapo y no pudieron venderme. Fui a Badiraguato y nada, quesque la siembra había estado jodida por el calentamiento de no sé qué, que nomás había salido pa’ trescientas avionetas, y que iban pa’ los Beltrán. Fui a Atascaderos, en Chihuahua, y tampoco; ya estaba vendida a los Carrillo. No, pos bajé bien agüitado. “¿Sabe qué compa? —le dije a mi socio—, este negocio parece estar hecho con la mano del diablo, no hay mota”. “¿Cómo no va a haber, compa, si es lo que sobra?”. “Se lo juro por la tumba de mi padre”. Mi socio hizo unas llamadas. “Ya está compa —dijo—. Váyase a Michoacán, allá por Lázaro Cárdenas, allá sí hay”. Y me fui en fuga, pensando en el billete que me iba a embauchar si salía el jale.

Allá llegué con un bato bien pinchi enfadoso, con dientes de plata y que se la tiraba de galán. Dos días me estuvo castre y castre con que los sinaloenses éramos güevones, borrachos, feos y maricones. Tuve que ponerle unas pinchis ganatadas en la cara y decirle que nos fuéramos respetando, que yo había ido a comprar mota y él a conseguirla.

Donde estábamos era una playa, y pa’ subir por la mota era en chinga; máximo tres horas. El mundo ideal. Desde el primer día nos pusimos a bajar unos kilos y entre más bajábamos, más insoportable se ponía el bato enfadoso. ¿Cómo te diré? Era presumido. Sacaba mi troca y se paseaba por el pueblo con el estéreo a todo volumen. “Compa, ya déjese de payasadas, nos van a atorar”, le reclamé. “¿Cómo cree?, aquí todo está controlado”. De andar por la troca pasó a aventar balazos y luego a emborracharse y decir que trabajaba pa’ unos sinaloenses pesados. Ya no dijo más porque, una mañana, llegó la judicial a mi hotel. Quise salirme por la ventana, pero por todos lados había policías. Cuando salí, waché que tenían todo madriado al bato enfadoso. “¡No he dicho nada, no he dicho nada!”, decía el cabrón. Le dije al comandante que sí, que era de Sinaloa, y que estaba ahí porque un socio y yo queríamos poner una empacadora de camarón que traeríamos de Mazatlán. “Pos fíjese que no le creo, pero tampoco le hemos encontrado a este fulano la mota; lo voy a vigilar, ya está advertido”, y se fue. La mota estaba en la casa de la amante del bato enfadoso, por eso no la encontraron los federales.

Y luego luego le hablé a mi socio: “Este pinchi bato enfadoso jodió todo, mañana me voy”. “¿Cuánta mota ha juntado?”. “Tonelada y media”. “Está bueno, mañana le mando las pangas y véngase ya”.

Al otro día mi socio cumplió con la palabra y llevamos la mota a las pangas. Y yo creo que eran la una de la mañana cuando nos cayó la judicial. “¡Trépese, compa, trépese!”, me dijo el panguero, y ai te voy. En ese momento, la verdad, no me agüitó que háigamos dejado media tonelada en la playa. Lo que yo quería era perder a la policía. Y sí. Le dimos tan recio mar adentro que nos perdimos hasta nosotros. Como habíamos salido en fuga, al panguero no le dio tiempo de poner la brújula. Y ai fue cuando le juré a Dios que si me ayudaba a librarla sería el último jale.

Sería bien largo contarte cada uno de los siete días que estuvimos perdidos. A lo mejor hasta escribo una novela de eso. Lo que sí te digo es que como al cuarto día empecé a alucinar: veía tráilers en el mar, y eso que no le metí al perico como los dos batos con los que iba. Ellos, en algún momento, se quisieron matar a cuernazos; se reclamaban mutuamente por lo de la brújula. Yo me quemé todo, parecía cáscara de mango podrido, y bajé kilos como nunca. En el quinto día vimos un barco, pero era de la Marina y otra vez a altamar. La gasolina se nos empezó a acabar y, cuando creímos que nos íbamos a morir en una panga llena de mota, apareció un barco. Nos ayudaron a subir, mis compas les apuntaron con los cuernos, y yo nomás les pedí de comer y agua. La neta nos alivianaron. Hasta nos orientaron con la brújula. Estábamos a veinte horas de las Islas Marías. Y así, a puro motor muerto, pudimos llegar a Mazatlán. Ahí nos rescató mi socio.

Yo quería descansar, pero en chinga tuve que irme a Mexicali pa’ vender la mota porque ya se estaba poniendo café, y así ya no sirve. La vendí, cierto, pero bien barata y ni siquiera recuperamos la inversión. O sea: no gané ni madres.

Plebitas chacalosas. Lucen las mejores marcas y ropa de pedrería, los más caros celulares, uno para cada día, las uñas bien decoradas, les gusta verse bonitas.

—Esta música del movimiento alterado es pura enfermedad —dice Jota Erre, ahora que suena en el estéreo una tal Jazmín—. Esa música y que aquí anden paseando las hijas de los pesados hacen que las morras se sientan narcas. Unas se ven débiles, pero consiguen cuernos y se vuelven poderosas. Y las otras sueñan con andar con uno de su calaña. Pero volvemos a lo mismo: en el narco la mayoría de los batos no tiene ni dónde caerse muerto.
—Si alguien de ellos te escuchara pensaría que les tienes envidia.

Jota Erre me mira con cierto desprecio y da vuelta en la primera calle. Toca el claxon frente a una casa que el tiempo le ha dado un poco de consistencia. Un tipo, que no pasará de los treinta años, sale y saluda a Jota Erre.
—Compa: ¿cuánto llevas en el jale?
—¿Por qué? —pregunta el tipo desconfiado y me mira como si fuese policía.
—¡Contesta, cabrón!, ¿cuánto? —interviene Jota Erre.
—Ya voy pa’ los ocho años —le contesta.
—¿Y tienes dinero?
—Pos no tanto así, pero traigo esa troca que levanta morras de a madre.

Jota Erre acelera y me dice:
—¿Wachaste cómo está el pedo?

Intento número cinco. Mis días como narcomenudista fueron fugaces. Tardé más en aprender cómo lavar la coca que darme cuenta que el traficante termina trabajando pa’ pagarle al cártel o termina muerto. Yo empecé a vender grapas y cuando iba a cobrarle a la gente me salía con la pistola, diciéndome que no me iban a pagar. Y que a ver cómo le hacía. Por eso te digo que ahí no duré mucho. Luego, un capo me buscó pa’que le lavara un kilo de la buena. Y ai me tienes comprando el éter, la acetona, el ácido clorhídico, el amoniaco, el papel y las vasijas. Yo había lavado por pedacitos y esa vez, por güeva se puede decir, lavé toda de un jalón. ¡Y madres!, que se me echa a perder. Le dije al narco y él me salió con que tenía dos días pa’ pagarle. El bato era cabrón, nomás de oírlo mentar se le pegaba a uno la diabetes. Y ai me tienes consiguiendo quince mil dólares. Pedí prestado aquí y allá, le vendí el alma a unos cuantos, y hasta mi mamá vendió un carrito que tenía. Chale, quién sabe por qué, pero como que todo se echa a perder en esta vida, ¿no?

Reflexión sierreña. —¿Te arrepientes de algo? —le pregunto a Jota Erre cuando vamos camino a la fiesta de un locutor de radio en Culiacán.

—Sí y no —dice y los dientes le relucen como el acero—. Sí, porque pude aprovechar el tiempo en algo más de bien. No, porque le puedo decir a mis hijos que el narco no es el mundo que pintan. No, porque nunca robé ni maté a nadien. Yo creo que la vida debe ser la que está arrepentida de que siga yo aquí, porque este jale es como la lotería, y el premio gordo es vivir.

El último intento. Mi dizque carrera de narco estaba de picada. Ya no quería saber nada. Ora sí le iba a cumplir a Dios. Pero pa’ ese entonces me buscó la mano derecha de uno de los más chacas. “Lo ocupamos pa’ que sea el prestanombres, le vamos a pagar bien”. Como nomás se trataba de hacerle el paro a una gente, pos no entré en conflicto con Dios. Lo que tenía que hacer era acompañarlos a Oaxaca, decir que era empresario, hospedarme en el hotel Victoria y esperar a que llegara una avioneta llena de coca. Y ai te fui vestido bien acá, bien placoso. Llegué y me presentaron al viejón, al dueño de la droga. “He oído de ti, dicen que eres honrado, pendejo, pero honrado”, me dijo y yo nomás me reí. Ni modo que qué.

Me hospedé en el Victoria, ya te dije, y me puse a esperar. Había días que nomás dormía y otros jugaba ajedrez con el viejón. Una tarde, el brazo derecho me dijo que la avioneta iba a llegar esa noche, que si todo salía bien, yo me devolvía a Culiacán con un buen billete. Bajé al restorán y me puse a tragar como cochito de pura alegría. Me acuerdo que en la tele estaba una película de narcos, y yo pensé que qué sentido tenía verla si yo estaba con el viejón. En eso, vi a dos batos que en los diez días que llevaba hospedado nunca había visto. Y luego otros tres. Y luego otro. Salí, fui con los pistoleros del viejón y les dije lo que había visto. Ellos me mandaron a avisarle al viejón y, cuando subí, el viejón ya sabía cómo estaba el rollo: “¡Son militares, ya nos chingaron!”.

Desde morro, casa a la que iba, casa a la que veía por dónde saltarme. Y pos en el hotel había encontrado una escalerita que te llevaba a otro predio. “No se agüite, patrón, yo lo voy a sacar”, le dije y me lo llevé. Cruzamos la calle y él se subió a un carro y se fue. Su brazo derecho me dijo que yo también aplicara la fuga, que el cargamento había sido decomisado, que no iba a haber billete.

Me regresé a Culiacán como pude, pero no perdí la esperanza de una buena recompensa. Al tiempo lo vi en Guadalajara. ¿Y sabes qué pasó? Nada, nomás me abrazó, me dijo que nunca iba a olvidar lo que hice por él y me regaló un bucanas dieciocho. Valiendo madre.

El señor de la montaña. Un tipo sostenía el Nextel. Al otro lado del auricular alguien escuchaba el cóver que cantaba Jota Erre: Joaquín Loera lo es y será prófugo de la justicia, el señor de la montaña, también jefe en la ciudad; amigo del buen amigo, enemigo de enemigos, alegre y enamorado así es Loera, lo es y será.

Cuando terminó de cantar, el tipo del Nextel se acercó a Jota Erre y le entregó el radio. Escuchó: “Canta usted muy bien, compa, lo felicito; ai cuando se le ofrezca algo en todo México nomás búsqueme”.

—¿A poco era el Chapo? —le pregunto a Jota Erre cuando llegamos a su casa.
—El mismo que viste y calza.

Jota Erre se desparrama en el sillón y empieza a platicarme su vida como músico. Pero ésa es otra historia.

Cualquier reportero realmente entregado, no uno de esos periodistas fanfarrones de escritorio, sabe a lo que me referiré a continuación: existe un momento en el que aparece un dato, un testimonio, una pista importante, y en lugar de darla a conocer debes aguardar, quedarte callado por cuestiones tácticas. Una crónica también es un juego estratégico. Cuando persigues una buena historia debes aprender a convivir con un silencio que arde.

A la hora de reportear procuro la discreción extrema sobre lo que hago y en dónde lo hago. El periodismo en el que creo está lejos de la parafernalia y las fuentes oficiales. Ésa ha sido una forma de acercarme a los agujeros negros de nuestra realidad. El bajo perfil a la hora de hacer trabajo de campo y adentrar territorios pantanosos también ha sido mi forma de sobrevivir.

Escribo esto porque hace tiempo conocí a un testigo directo de varias batallas de la guerra que ha vivido el noreste de México. Un operador a ras de suelo: un soldado zeta. A través de él y de otros testimonios del mismo entorno fui conociendo cosas de las cuales, por seguridad, sólo he publicado una parte. Pero esa información propia, ese ligero bagaje de mi conocimiento directo, es el que intento que prevalezca cuando escribo cualquier cosa sobre un tema del cual no me considero experto, sino un narrador más.

En marzo de 2013 estuvo en Monterrey Jon Lee Anderson, un periodista que vive con el fuego dentro. Lo llevé a que conociera parte de nuestra zona de sombras, donde habló con algunas de las fuentes que he cultivado. Vimos personajes de todo tipo. Desde los más encumbrados y oscuros amos de la región hasta este joven marcado por la última letra del abecedario. Con el joven soldado, la conversación se alargó. Un par de cámaras grababan a un zeta que contaba de combates en Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas a un periodista que se sorprendía con lo que oía, pese a que ha estado en la primera línea de las guerras más importantes del mundo actual.

Se han publicado muchas entrevistas con sicarios mexicanos, gente que mata por contrato o bajo las órdenes permanentes de un capo. Hay tantas que hasta podrían declararse ya un género periodístico en sí mismo. Lo que no hay hasta ahora es una entrevista con un miembro de los Zetas. Un soldado de la guerra del narco es un personaje inusual en la narrativa de lo que ha sucedido en estos años. Esta historia trata de un joven al que enseñaron a disparar, lo envolvieron en una mínima disciplina militar y lo pusieron a trabajar cuidando territorios junto a otros soldados como él. No es un sicario. No en el sentido “tradicional”: es un testigo sobreviviente de la guerra que ha vivido una región de México que, a diferencia de Tijuana, Sinaloa o Ciudad Juárez, produce escasos testimonios directos.

Aquí se contará una parte del encuentro que organicé para que Jon Lee Anderson, una especie de cosmpolita de las guerras, conversara con el participante de una de las guerras más desconocidas del mundo.

La cocina y los desaparecidos

Jon Lee Anderson: ¿Cuál es la pena que aplican cuando capturan a sus enemigos?

Zeta: Hemos tenido mucha gente que trabaja con nosotros. Luego los agarran, los meten a la cárcel y ya después salen. Cuando salen, algunos de ellos quieren hacer su vida de otra manera. Había un chavo que había trabajado para nosotros, nomás que cuando salió de la cárcel, el chavo quiso hacer su propio cartelito, con su propia gente, ¿verdad? Tenía tres o cuatro morros y contrató a unos guatemaltecos para que le trajeran mercancía. Pero uno se da cuenta y uno tiene mejor equipo, está más preparado para ese tipo de cosas…

JLA: Entonces, en ese caso, ¿que había que hacer después de que descubrieron que vendían droga en su territorio?

Z: Esa vez nosotros los íbamos a mandar derecho pa’ la cocina. Pero en eso nos habla el comandante primero de la zona. Nos junta a todos y nos dice: “Miren, esto es lo que les va a pasar a los vatos que se quieran pasar de lanza (traicionar)”.

JLA: Mencionaste la cocina. ¿Cómo es eso?

Z: La cocina es un punto que hayas buscado especialmente. Tiene que estar metido pa’l cerro, lejos de carreteras y de la ciudad. Ahí se llevan a las personas detenidas y se llevan unos toneles (tambos). ¿Sí ha visto que los toneles de doscientos litros traen tres rayitas? Una, dos, tres, pues de la segunda raya para bajo se empiezan hacer puros agujeros y luego el tonel se pone cerca de un arroyito o de un pozo. Ya que este ahí, echas a la persona de cabeza y le empiezas a echar diesel. Con ayuda de veinte litros de diesel desapareces de este mundo.

JLA: ¿Cuando los echas en los toneles están vivos?

Z: No, la mayoría ya están muertos. A veces nos los mandan de otros lugares ya muertos, porque no quisieron pagar rescate o porque eran contrarios y los agarraron, o porque estaban en un bar presumiendo que ellos controlaban la plaza, cosas así. Aquí los fines de semana te encuentras muchas personas que dicen que son comandantes y no sé que tantas cosas más. Ya después los agarras y dicen: “No, es que yo conocía a un primo, o al amigo de un amigo que era tiendero”. Entonces tú le hablas al tiendero y él dice: “No, yo no paro bola por nadie (dar la cara)” porque si dice: “Sí, yo respondo por él”, a lo mejor a él también nos lo llevamos a la cocina.

JLA: ¡Vaya! Esto del diesel no lo llegué a entender del todo. ¿Se le prende fuego, o el diesel es corrosivo y va acabando con el cuerpo?

Z: Sí. Te echan adentro del tambo, agarras un bote y con una yoga de veinte litros te van bañando. Así le van echando dentro del tonel y ya de pedazo en pedazo te van desapareciendo. Dura como una media hora todo para que ya no quede nada de ti.

JLA: Te disuelves…

Z: Todo. Te van echando diesel y ahí se va acabando la flama. Cuando ves que se está apagando la flama, le echas otro botecito y ahí te vas… Cuando yo estuve la primera vez en eso duré como un mes sin comer pollo ni carne porque huele igual, casi lo mismo, que cuando pasas por un restaurante o un lugar donde venden pollo asado. Me di cuenta que el pollo asado huele como una persona normal.

JLA: ¿Te cambia la concepción de la vida un poco?

Z: Sí, te quedas como ondeao.

JLA: ¿Cómo?

Z: Ondeao es una palabra que quiere decir que te quedas volteando para todos lados y no sabes qué hacer. Como loco. Cuando yo bajé de allá de la sierra iba pasando así por la calle y me llegaba el olorcito y decía: “Mira, ¿qué pasa?, ¿dónde están cocinando a una persona o dónde se están fumando a uno?”. Seguía caminando, daba la vuelta y ahí estaban vendiendo pollo o vendiendo carne asada.

JLA: ¡Hombre! ¿Y no tienes malos sueños?

Z: De repente sí. Me acuerdo de algunas personas. Como le digo, a veces se van personas inocentes que por uno las llevan. Hubo una vez en que en San Luis agarraron a tres chavos. Uno sí era del cártel del Chapo Guzmán. Era de Michoacán y el chavo llego a San Luis. Esa vez estaban en una disco y traían una bolsita con cocaína diferente a la que nosotros vendemos.

JLA: ¿Y que pasó?

Z: Los rodeamos a todos y llegó el comandante, y sin batallar les dijo: “¿Qué?, ¿ustedes qué?”. Y los chavos inocentes dijeron: “Nosotros no sabemos nada”. Pero luego el comandante dijo: “Pos pa’ que no haya testigos y no quede nada, hay que matarlos”. Luego abrió fuego. Les dio un balazo en la cabeza en plena disco. Afuera estaban unas patrullas de la policía, pero como ya estaban arregladas no hicieron nada.

JLA: ¿Y eso sí te quedó como una mala conciencia?

Z: Son de los chavos que a veces uno dice: “Pues no está bien”, porque cuando andas trabajando, tú dices: “Pos si ando trabajando, me voy a chingar a los que me quieren chingar”. O sea: o eres tú o soy yo ¿verdad? Cuando yo entro en acción quiero que sea por personas que andan mal o que no podían arreglar con nosotros, pero no con cualquiera.

El retiro

Un joven soldado de Los Zetas que a sus veintiséis años de edad ya es un veterano de la organización. Empezó a los dieciocho como mensajero de uno de los treinta y dos militares fundadores de Los Zetas, cuando éste tenía un campamento en unos cerros de Nuevo León. Le encargaban que fuera al pueblo más cercano a caballo a conseguir alimentos y revisar el movimiento en la zona. Después fue designado para cobrar cuotas a nombre de Los zetas a traficantes de migrantes que operaban en la Central de Autobuses de Monterrey. Con el paso del tiempo aprendió el manejo de armas y se enroló en diversos comandos zetas. Participó en batallas de pueblos y ciudades del noreste de México, Coahuila y San Luis Potosí, lo mismo contra el Ejército que contra bandas rivales. Fue enviado a La Diestra, que es como Los Zetas llaman a sus ranchos de entrenamiento especial para sus mejores miembros. Estuvo en la cárcel pero salió gracias a la presión de un alto comandante de Los Zetas. Quisieron mandarlo a la guerra que estalló en Tamaulipas en 2010 en contra del Cártel del Golfo, pero uno de sus compañeros le recomendó que no fuera porque iría directo a la muerte. Después de más de dos horas de conversación, le mostró a Jon Lee Anderson cicatrices por heridas de bala recibidas en el estómago, brazo y pierna durante decenas de batallas que relató con lujo de detalle.

Cuando se realizó la entrevista, el soldado zeta comentó que estaba en una especie de retiro, ya que ahora sólo trabajaba con una célula que, coludida con un grupo de soldados del ejército, se dedicaba a robar gasolina de unos ductos de Pemex. Dijo que todos sus compañeros más expertos, así como los comandantes zetas con los que él había participado en combate, ya estaban muertos o detenidos. Que algunos de los comandantes que quedaban lo invitaban a trabajar con ellos pero él prefería mantenerse al margen y trabajar solamente robando gasolina.

Unos meses antes de la entrevista se había reportado la muerte de Heriberto Lazcano, el líder de Los Zetas, durante un enfrentamiento con la Marina. Sin embargo, horas después el supuesto cuerpo del capo fue robado de la funeraria y el Gobierno de México nunca pudo demostrar plenamente que había fallecido. El soldado zeta dijo que él y otros de sus compañeros no creían que estuviera muerto, pero reconoció que Lazcano ya no era mencionado por los estrechos y crípticos canales de comunicación internos de la organización. El rumor que sí se oía entre los demás miembros de Los Zetas era que con Enrique Peña Nieto en la presidencia iba a haber un pacto con todos los grupos para bajar la violencia a cambio de que se respetara el control que cada banda tenía de sus respectivas plazas.

Sin embargo, también comentó que unos días antes de la entrevista, el Gobierno de Enrique Peña Nieto (la Marina) había estado a punto de detener al otro líder, Miguel Ángel Treviño, el Z-40, en una carrera de caballos celebrada en Sabinas Hidalgo, Nuevo León, muy cerca de Nuevo Laredo, Tamaulipas, la ciudad en donde finalmente fue aprehendido el 14 de julio de 2013.

Con la detención del Z-40, la organización emergente más poderosa del narco en México, aunque es posible que siga manteniendo el control de algunas ciudades y pueblos de Coahuila, Tamaulipas y Nuevo León ‒incluyendo una presencia significativa en Monterrey‒ tendrá que detener el proceso de expansión que había iniciado hace tres años a lo largo de los estados colindantes del golfo de México y que incluía también una presencia en Guatemala y el resto de Centroamérica. Esos planes quedarán suspendidos por ahora.

Es altamente probable que lo que queda de Los Zetas originales se convierta en un clan familiar. El Z-40 tiene once hermanos (uno de ellos detenido en Estados Unidos) y varios de ellos están en la lista sucesoria, encabezada por Omar Treviño, quien dirigiría la organización desde la silla de ruedas en la que convalece. Así como el Cártel de Tijuana pasó a ser la organización de los Arellano Félix o el Cártel de Juárez la de los hermanos Carrillo Fuentes, Los Zetas serían los hermanos Treviño Morales. Sin embargo, en el imaginario popular y criminal, el nombre de los zetas se mantendrá como una especie de marca de la violencia extrema o de los intentos paramilitares de cualquier organización dedicada al control de territorio o al tráfico de drogas.

La última letra del abecedario, impronunciable por varios años en el noreste de México que hace frontera con Texas, también será una marca para muchos jóvenes. Jóvenes que forman parte de una generación que vio de cerca los horrores de la guerra: la generación zeta. Uno de estos jóvenes es el soldado zeta.

Los Zetas

JLA: Háblame de Los Zetas ¿Qué es esta organización? Se dicen muchas cosas en el mundo, pero se cubre poco eso. Tú sabes: es muy peligroso para los periodistas. Tú, que conoces ese mundo por dentro, dime, ¿cómo es la cosa?

Z: Cuando yo comencé a conocer lo que eran los demás zetas, había mucho control. Nomás se dedicaban con personas que anduvieran mal. Esas personas podían ser las que anduvieran secuestrando, las que anduvieran robando o las que tuvieran grupos chiquitos de repartición de droga. Los Zetas traían su funcionamiento según su mercado de droga. No nos gustaba que otras personas se vinieran a instalar donde ya se había controlado esa plaza (nombre que se le da al territorio bajo control de un grupo del narco).

JLA: Digamos, ¿gente de otras organizaciones o pequeños clubs?

Z: O pequeños traficantes que empezaban vivir la vida fácil. No podían trabajar solos. Hay quienes dicen ya se están acabando Los Zetas pero no: nos matan a cinco y salen del penal, o se meten otros cinco y se reponen.

JLA: Pero entonces, lo que Los Zetas controlan es territorio y dentro del territorio, todo lo que es el negocio ilícito: droga, prostitución, juego y cosas así, ¿o también intentan tener un control sobre el comercio normal?

Z: Sí. También se manejan otros tipos de negocio ilícitos del comercio normal. Por ejemplo, hay unas personas que se llaman machaqueros. Ellos se dedican a comprar cualquier mercancía normal de los traileros. Se arreglan con un trailero y le dicen: “¿Cuánto quieres por tu carga?” Los traileros están asegurados y reportan a sus empresas que los robaron.

JLA: Entiendo, pero en los últimos años las cosas se han puesto superviolentas. ¿Es, cómo se dice afuera, la guerra del gobierno? ¿O es porque los diferentes grupos, incluyendo Los Zetas, están en pugna por las plazas?

Z: La guerra comienza por las plazas. La plaza más peleada en todo México es la plaza de aquí de Monterrey, Nuevo León. Aquí se maneja mucho efectivo, mucho dinero.

JLA: Una pregunta más bien personal, no tan abstracta: ¿Por qué te incorporaste tú?, ¿cómo fue? Y, ¿por qué tu decisión de entrar y llevar esta vida?

Z: Yo inicié cuando vivía allá en un pueblo de por estos rumbos (noreste de México). Una vez me enteré que habían secuestrado a unas personas de un negocio que tenía mi abuelo, y entonces yo, cuando llego digo: “Pos han de ser unos pandilleros”, o no sé, me imaginé también que era la Federal o la AFI. Ya con el tiempo los vas conociendo. Te das cuenta de que es un grupo especial para reventar, para accionar en diferentes áreas. Eran Los Zetas. Ahí los conocí. Después uno me juntó y me dijo: “Mira, es que nosotros nos dedicamos a robarnos a las personas que tengan negocios mal, a las que vendan cristal, pericos (cocaína), drogas, todo tipo de droga”. Ahí fue cuando yo empecé a juntarme con un chavo que los conocía mucho a ellos. Ganaban ocho mil pesos (setecientos dólares) por quincena y aparte les daban dinero extra. Entonces entré. Sí había muchos lujos, no te falta nada, lo que tú quieras: mujeres, droga, dinero, carros, pero con el paso del tiempo fueron empeorando las cosas y ya ahorita no se puede hacer casi nada de lo que se hacía antes.

JLA: ¿Ya no se puede estar dedicado al gozo, debido al problema?, ¿a eso te refieres?

Z: Yo recuerdo que cuando uno antes decía soy zeta, o soy comandante, todos te admiraban. Antes todos querían ser, ahorita nadie quiere ser.

JLA: ¿Por qué, por el peligro de que alguien va en contra tuya o por la misma situación: la guerra?

Z: Ahorita ya hay muchas familias a las que Los Zetas les han hecho daño. Ahorita si alguien sabe que tú eres zeta, la familia te va a ver y te va a denunciar con las autoridades: con la Marina o el Ejército, y ahora van por ti en donde estés. Si te llegan a ver en un bar y te han visto y le ha pasado algo a su familia te denuncian. Antes no.

El pacto

JLA: ¿Hay algún cambio debido a la llegada del nuevo gobierno o las cosas siguen igual?

Z: De repente nos pasan información las personas que están arriba, que son allegados al patrón. Nos platican que según habían dicho que ahora que llegara Peña Nieto se había hablado con el patrón del Cártel del Golfo, nuestro patrón de Los Zetas y el patrón del Cártel de los Beltrán, y habían hablado que así como están en cada ciudad se iban a quedar, que no se iban a meter a otro municipio. Por ejemplo, Monterrey y San Pedro son diferentes: San Pedro lo controla Beltrán Leyva y Monterrey lo controlan Los Zetas, entonces habían quedado que los Beltrán no se metían con Los Zetas ni Los Zetas con los Beltrán, por ejemplo. Lo que se dice es que la gente de Peña Nieto puso esa orden, dijo: “Los voy a dejar trabajar, nomás que ya no hagan secuestros ni…”

JLA: ¿Es la nueva orden: que no haya secuestros y baje la violencia?

Z: Según se ordenó que ya no hubiera tanta violencia y ya no hubieran tantos muertos, pero los cárteles son muy poderosos, tanto aquellos como el nuestro. Y cada organización tiene gente muy buena, entonces, a veces sigue la pelea en las plazas. Y, por si faltaba, hay gente que arma sus propios negocios pequeños en una ciudad, entonces un cártel piensa que son miembros del otro cártel y comienzan los problemas.

JLA: O sea, ¿aunque haya un pacto o parezca que haya un pacto, por la competencia misma entre los grupos y los carteles, siguen los problemas?

Z: Sí. A veces también existen los problemas entre los mismos. Por ejemplo, hay diez comandantes aquí en Monterrey y a veces uno no le cae bien al otro y empieza hacer problemas. Dice que el otro tiene amigos del Cártel del Golfo, que trabaja para el grupo rival y luego todo acaba mal.

JLA: Se dicen muchas cosas del comportamiento de la fuerzas de seguridad oficiales, incluyendo la Marina. En algunas partes del país dicen que prácticamente crean comandos sucios ¿Es cierto esto?, ¿y también que tienen escuadrones de muertes que matan gentes sin llevarlos arrestados? ¿Qué saben ustedes?

Z: Mire, le voy a platicar una cosa: no sé si supo que aparecieron unos cinco colgados acá en Saltillo. Ellos eran amigos míos. A ellos los agarraron las fuerzas especiales del Gobierno, un grupo especial que se llama GATES. Son como cuarenta o cincuenta policías. De acuerdo con la investigación que hizo La Letra (Los Zetas), estos policías vienen de Matamoros, allá donde está el Cártel del Golfo. Según la información que nos dio el chavo que trabaja con ellos, es que además de su sueldo en el Gobierno, el Cártel del Golfo les paga un dinero por matar a zetas.

JLA: Pero piensas que la guerra va a seguir, por ejemplo, o… digamos, ¿cómo te imaginas viviendo de aquí a cinco años? ¿Qué crees que está en tu futuro?

Z: De aquí a cinco años yo digo que van a seguir todas las cosas. Yo no pienso que haya un control por parte del Gobierno. Si el Gobierno no se pone de acuerdo con los cárteles va a seguir así todo. Balaceras sigue habiendo a cada rato, aunque no se digan tanto ahora. Y siempre que hay balaceras, a veces nos tumban a cinco de nosotros, pero siempre también tumbamos a soldados y eso nunca lo pasan en la televisión. Nosotros, no sé, matamos a diez o quince, y ellos nos tumban a tres o cuatro. Luego el Ejército dice… bueno, en las noticias siempre van a decir que el Ejercito siempre nos gana y nosotros nunca les ganamos ni tantito.

JLA: ¿Cómo podría haber un México sin cárteles?

Z: Yo opino que se legalizaría la droga, porque sin droga nadie puede hacer nada. Así, ya si ellos les dan permiso de vender droga, yo pienso que es lo mejor. Que ya dieran permiso de vender droga y todas las personas que estén trabajando mal, que se pongan de acuerdo sobre a quién le van a pagar en cada estado o a su comandante.

La muerte

JLA: Cuando se está en esto, uno vive con la muerte. ¿Te acostumbraste a eso? ¿Uno se adapta a eso?

Z: Cuando uno empieza, se le hace fácil y ya cuando va viendo las cosas, el camino que tomaste, o la decisión, a veces te quieres regresar, pero hay momentos en que uno ya no se puede regresar. Uno con el tiempo se va acostumbrando a ver eso. Una vez llegó una chava que me acuerdo que tenía una cara simpática, muy bonita. La pusieron a que matara a un chavo y me acuerdo que le cambió la mirada. Se le hizo como profunda. Como más chiquita. Yo me la topé después de cuatro meses. A ella la mandaron a la cocina. Mi primer balacera fue en Matehuala. Fuimos por un señor que vendía parque, vendía muchos tiros (en México es ilegal vender municiones y armas). Cuando llegamos, preguntamos por él y él salió con una pistola en la mano. Lo empezamos a rafaguear. Me acuerdo que salió también una viejita. Una señora con un vestido largo. Traía una escopeta y la viejita también nos tiraba balazos. Luego salieron sus sobrinos, que vivían en una casa de dos pisos. Estaban en el techo y de ahí nos tiraban. Esa vez nos hirieron a uno y a otro le dieron un rozón en el brazo. Al viejito le dimos como veintitrés balazos y ya nos fuimos.

JLA: ¿A la familia los dejaron?

Z: Sí, a la viejita sí. Nosotros también tenemos reglas. Somos como una empresa. Una de las principales reglas es no meterse con la esposa de tu compañero, otra es no apuntar con tu arma a tu compañero ni hacer maldad entre los mismos. Tampoco podemos matar niños ni secuestrar niños.

JLA: ¿Y mujeres? ¿Hay reglas contra las mujeres?

Z: Para mí las mujeres son las primeras que te ponen el dedo por dinero. Hubo un tiempo que cuando estaba aquí un comandante, en una junta agarró a una mujer de los pelos y dijo: “Estas son las que nos ponen el dedo, las que nos venden y son de las que menos debemos de confiar”. Pero no la mató.

JLA: Vaya, entonces en general “la empresa” tiene rencor a las mujeres, al menos en lo que es en la parte operativa se trata de algo masculino, con algunas excepciones como las mujeres en la cocina, ¿es así?

Z: Sí, a veces las usamos también de inteligencia. Había un señor que según había encontrado centenarios y que tenía mucho dinero y que había estafado a unas personas de un rancho, entonces usamos a una mujer para que citara al señor. O sea, primero lo vio y el señor le pidió el teléfono y luego hicimos que la muchacha lo citara en una plaza. Cuando el señor iba llegando a ver a la mujer nos llevamos a los dos. También hemos traído niños de catorce años o de trece años para que nos ayuden con la inteligencia. Cuando vamos a una casa o vamos a checar a alguien que ande mal, mandamos a los niños a casa a que pidan dinero o pregunten algo. Después ya regresa el niño con nosotros y nos dice si está la persona o no. Después entramos nosotros en acción.

La crueldad

JLA: Ya hablaste de las reglas de la empresa y es interesante. Cada organización tiene que tener algunas pautas para que los mismos soldados sepan qué pueden hacer y qué no pueden hacer. Desde afuera se lee de mucha crueldad. Hay violencia de todas las organizaciones: de los que cortan los brazos y los dedos, las que dejan los torsos en los caminos, los colgados y estas cosas. ¿A qué se debe tanta crueldad? ¿Hay una política o responde a alguna lógica que me puedas explicar?

Z: Yo digo que ya es como una cadenita: El Cártel del Golfo agarró a tres de los nuestros y les mochó la cabeza, entonces agarramos a tres de los otros y les hacemos lo mismo o se les hace lo peor: los encostalo y los dejo en una caja… Ya es como una cadenita que se agarró: tú me haces daño y yo te voy hacer más daño todavía. Y siempre hay gente que quiere entrar. A veces nos mandan pedir que juntemos gente para fortalecer, para hacer más grande nuestro equipo. Entra una persona y una sola persona trae como a cuatro o a cinco amigos, ¿Sí me entiende? Traemos a un chavo que primero es halcón (vigía) y luego él ya va a subir de comandante y los amigos del halcón ahora van a ser sus halcones. Para subir a comandante se necesita una Diestra. La Diestra te mandan un mes a hacerla en el monte. Vas a prepararte casi como un soldado. No voy a decir como un soldado porque un soldado de verdad sí es sufrimiento en la vida.

JLA: ¿Cómo así?

Z: Ahí con nosotros también trabajan soldados y ellos nos platican que a veces han andado en los cerros batallando.

JLA: Ah, cuando hablas de soldados, te refieres a los soldados del Ejército, claro.

Z: Sí, a los soldados del Ejército.

JLA: Yo me refería a soldado en términos generales. ¿Ustedes como se dicen a sí mismos?, ¿combatientes o qué?

Z: También nos dicen soldados a muchos de nosotros. Nosotros tenemos a un comandante y todos le decimos papá, porque es el que nos da dinero y el que nos da de comer, el que nos viste. Y el que está arriba de ti siempre va a ser tu papá. Tú también vas a ser papá de los que estén debajo de ti.

Religión

JLA: ¿Ustedes tienen santos? ¿Hay santos católicos en los cuáles creen? Algo así como Malverde allá en Sinaloa. ¿Tienen ustedes alguna figura que veneran porque les protege en el trabajo?

Z: Es que hay muchos. Cada quien es según el santo que escoja. Yo soy del Santo San Judas Tadeo. Él es el que me cuida, aunque primero está mi Dios. Yo le prendo su veladora cuando salgo de la casa. Hace poco hicieron unas capillas por aquí cerca. Una era para San Judas y la otra para la Santísima Muerte. Las mandó hacer un comandante de Los Zetas de los primeros que llegó aquí, pero luego llegaron los soldados y tumbaron esas capillas porque ahí les ponían churros de mota a la santísima. Le dejaban mota ahí a un lado. Una vez me detuvieron a mí y yo llevaba un celular con una imagen de San Judas Tadeo. En esa imagen, San Judas Tadeo en lugar de traer un palo, trae un cuerno de chivo. Cuando a mí me atoraron, los soldados lo primero que vieron fue la imagen y dijeron: “Éste es malandro”, y yo les dije: “¿Por qué?” Y dijeron: “Porque traes un San Judas con un cuerno”. Y esa era la única foto que traía y la vieron los chavos y buscaron más y me dijeron: “Pon más fotos”, y les dije: “No, no traigo”. Recuerdo que hasta les dije: “¿De quién nos vamos a cuidar?, ¿del Ejército o de los malandros?” Yo le decía al jefe de ellos, de los soldados, y él me dijo: “Ustedes son los que roban, de mil tienen que pagar una”.

JLA: ¿Y esa vez te liberaste?

Z: Los soldados nos dejaron en un cerro. Nos quitaron todo el dinero, los celulares, cadenas y todo. Nos fuimos descalzos.

JLA: ¿Y piensas que fue San Judas Tadeo quien te ayudo ahí?

Z: Yo le pedía esa vez a San Judas Tadeo y a mi Dios Padre. Había un comandante que era hermano evangélico.

JLA: ¿Cura?

Z: Sí, pastor, pero a él le habían matado un hijo y a su familia y él decidió venirse acá. El bato traía la Biblia y nos dijo una vez: “Cuando ustedes ya estén a punto de morirse, ustedes digan: ‘La sangre de Dios tiene poder’”. En ese momento, uno agarra el consejo como burla, porque andamos en la pura delincuencia, pero ahora cuando va a pasar algo, siempre digo: “La sangre de Dios tiene poder”.

JLA: ¿Y lo crees?

Z: Sí. Cuando venía para acá, venía con tres chavos y nos topamos con un retén del Ejército. No traíamos nada, pero uno como quiera se queda con la espinita: cuatro muchachos en una camioneta, sabes que va a ver problemas. Yo me agarré a rezar: “La sangre de Dios tiene poder” y otro chavo decía otra oración. Y luego, pues no nos pararon los soldados y dije: “gracias a Dios”.

JLA: ¿Crees en Dios?

Z: Sí.

JLA: ¿Y piensas que eres pecador por haber estado en la empresa en la malandrería?

Z: Cuando me pongo a pensar eso, si yo debo algo o hice algo malo, yo digo que sé que he hecho cosas malas, pero también he hecho cosas buenas. Así como le he hecho mal a la gente, también a mí me gustaba mucho apoyar a la gente y darles. Un tiempo un comandante que nos decía: “Mira, en aquel ranchito ahora que se llegue Navidad vamos a comprar muchas más despensas”. Y la misma compañía se ponía a darles despensas, juguetes a los niños, cobijas. Cuando se estaban repartiendo, se decía que eran de parte del Cártel de Los Zetas. Y así uno también agarraba la confianza de un ranchito chiquito, ¿verdad?. Por eso a mí, cuando yo trabajaba en una ciudad, me gustaba agarrar carretera una hora para irme a descansar a uno de esos ranchitos.

JLA: Un ranchito donde pudieras estar seguro.

Z: Sí, donde hubiera una entrada y una salida por diferente lado. Ya nomás ponías un halcón en una entrada y en una salida y él te avisaba.

Estado de terror

Mientras el soldado zeta se colocaba la máscara negra y una gorra para conversar con Jon Lee Anderson delante de mí, de un fotógrafo y dos cámaras de video, otro soldado zeta disimulaba su presencia en el lobby del sitio. Vigilaba nuestro encuentro, entre escritores y periodistas que participaban en un evento cultural celebrado en la ciudad por esas fechas.

¿Cómo termina una conversación así? No termina. Sigo en contacto con el soldado zeta, quien es una de mis referencias durante la búsqueda de algunas de las miles de personas que se ha tragado la guerra del noreste en los últimos años. El último censo oficial reporta veintiséis mil desaparecidos, aunque las estimaciones de diversos organismos civiles rondan los sesenta mil. No conocemos todavía el tamaño de este abismo.

La entrevista con el soldado zeta transcurrió a lo largo de casi tres horas en el salón de juntas de un céntrico hotel de Monterrey. Lo que aparece aquí es sólo un fragmento de algo que algún día saldrá a la luz en forma de un documental.

Unas semanas después de su recorrido por Monterrey, Jon Lee Anderson publicó en la revista The New Yorker una crónica titulada “Estado de Terror”, un despacho sobre la barbarie en Timbuctú.