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Sobrevivir a un naufragio

Publicado: 22 diciembre 2016 en Xavier Gómez Muñoz
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Fabián Heredero, el náufrago de Santa Elena, vive en la parroquia Chanduy, un poblado a orillas del Pacífico, con apenas 18 mil habitantes repartidos en 14 comunas, una junta parroquial y un par de hoteles que no se llenan ni por el feriado del 9 de Octubre. Si tomas un bus en la entrada del kilómetro 110 de la vía a la Costa, llegarás a este puerto en unos 20 minutos. Te quedas en el parque, bajas una cuadra y un fuerte olor a pescado te dirá que llegaste. A un costado de la playa verás decenas de hombres, con botas de caucho y bermuda, a los que sobrevuelan un número mayor de aves, ansiosas por arrebatar algo de la pesca que sacan a tierra en gavetas. Cerca de la orilla hay cientos de lanchas ancladas. Y en el malecón, varios camiones y camionetas a la espera del producto fresco para distribuirlo en ciudades y mercados.

Sobre el malecón del puerto de Chanduy está también el comedero Los Pinos, del que son dueños los suegros de Fabián. Allí estuvieron el fin de semana anterior al naufragio, él, su esposa Karen Villón, sus hijos Ángel y Ginson y otros familiares. Eran las fiestas de la Virgen del Carmen, la patrona del puerto. Los cerca de 1.200 pescadores de la parroquia, como todos los años, sacaron a pasear a la imagen en una especie de procesión de lanchas pesqueras, a unas cuatro millas náuticas de la playa. Acto seguido empezó la fiesta. Fabián y su familia celebraban, mientras tanto, el cumpleaños de su hijo mayor, Ángel (seis años). Después salieron un rato al malecón. Fabián bailó el merengue Junto a tu corazón con su esposa. Y al día siguiente se tomó unas cervezas con amigos. Regresó a casa antes de las seis de la tarde, porque el lunes le esperaba día de pesca. Y todos quienes pescan en Santa Rosa saben el día en que saldrán, pero no tienen certeza de cuándo vuelven.

110 millas

Con tres mudas de ropa, un impermeable, un par de botas de caucho, bloqueador solar, crema para el cuerpo, jabón, champú, dos perfumes y 30 dólares en la maleta, Fabián salió de su casa la mañana del lunes 20 de julio. Se despidió de su esposa, y le prometió a sus hijos que traería golosinas a su regreso. Como pasa con otros pescadores de la provincia de Santa Elena, Fabián tampoco trabaja en el puerto donde vive. En su caso, por dos razones: en Chanduy se pesca ejemplares pequeños (que representan menos ingresos, también algo de camarón, langostino y langosta) y los días de descanso son pocos. Es por eso que aquella mañana, cuando el reloj marcaba las 6:30, se trasladó al puerto de Santa Rosa, donde las jornadas pueden durar entre tres y cinco días en altamar —dependiendo de cuánto tarden en llenarse las redes— pero las recompensas son mayores.

Una vez en el puerto, Fabián Heredero (24 años), Alfri Domínguez y José Hernán Arcentales (ninguno llegaba a los 30) hicieron las compras de rigor: 100 dólares en comida, enlatados, bebidas, pilas para el navegador, cartones para dormir en la lancha y siete fundas de carbón para cocinar los alimentos. Zarparon de Santa Rosa a las 9:30 de la mañana, junto a otra embarcación con los hermanos de Fabián, quienes se dedican también a la pesca. El mar picado hizo que tardaran nueve horas en llegar al punto acordado: “110 millas hacia el sur, en aguas peruanas, donde no hay tanta competencia, ni ruido de motores que ahuyente a los peces”. Y de donde se obtiene —al igual que de aguas chilenas, según reconocen varios pescadores del sector— “buena parte de la pesca que se vende en los puertos de Santa Rosa o Anconcito”, aunque las normativas internacionales les prohíban atravesar el espacio marítimo ecuatoriano.

Eran alrededor de las 6:00 de la tarde, cuando desde la embarcación dirigida por Fabián empezaron a calar la red o trasmallo. Después de unas horas revisaron la pesca y durmieron. Antes de que el sol del siguiente día se ponga perpendicular, ya tenían enhieladas y acomodadas lo equivalente a 15 gavetas de bonito y albacora (cada gaveta tiene más o menos 100 libras), lo cual no abastecía la capacidad de carga de la lancha (la llenan con 60 gavetas). Entonces buscaron otro punto cercano y repitieron la jornada. Era el primer viaje de Fabián con José; con Alfri ya había trabajado varias veces. Lo consideraba un amigo, al que desde la popa —donde Fabián regularmente conduce los motores— escuchaba reír y conversar.

Pasadas las 11:00 de la noche, la embarcación con los hermanos de Fabián se comunicó por radio.

—Fabián, ponte pilas que ya estamos haciendo el alce (recogiendo la pesca) para regresar pronto.
—A nosotros nos falta un poco todavía. Pero tranquilo, ya sabes que yo soy duro para manejar —contestó él.
—Pero dale suave, mira que el mar está feo.

Y se despidieron.

La primera lancha se adelantó cuatro millas en su regreso a Santa Rosa. La otra, con Fabián, Alfri y José, tardó un poco más en salir. Cuando inició su trayecto, llevaba las tres cuartas partes de su capacidad de carga. Nadie imaginaba, todavía, lo que el mar deparaba para ellos.

El naufragio

A la altura de la milla 100, cerca de las 5:00 de la madrugada del 22 de julio, una primera ola reventó violentamente contra la nave que Fabián y sus tripulantes trataban de mantener a flote. El agua subió hasta el nivel de la cintura y los motores se apagaron.

—¡Muchachos, alístense! —gritó Fabián, esforzándose por mantener la calma—. ¡Amarren las maletas, pongan los teléfonos en fundas y prendan la bomba de succión (para sacar el agua)!

Pero enseguida, mientras devolvían al mar la pesca, con la esperanza de alivianar peso, los emboscó una segunda ola. Las pomas de gasolina y el trasmallo empezaron a flotar, los motores ya no respondían, las maletas se fueron a quién sabe dónde y, a esas alturas, no había bomba de succión que logre extraer a tiempo toda el agua del bote. Con menos fuerza que las anteriores, pero con la capacidad necesaria para volcar la lancha, cayó la tercera ola. La tripulación se fue al agua. Entre la pesca de dos jornadas completas, pomas de combustible y demás objetos que flotaban en el mar, Fabián logró agarrarse de un trasmallo. Desde ahí oyó las voces de Alfri y José.

—¡Fabián, ya no avanzo! ¡No puedo! —decía uno de ellos.

Pero él no podía verlos, solo escuchaba sus gritos y chapoteos, en medio del sonido del mar agitado y la oscuridad.

—¡Tranquilos! ¡No se cansen! ¡Estoy por acá! ¡En el trasmallo!
—¡Fabián…! ¡No puedo! ¡No puedo!
—¡Naden para acá! ¡Vengan! ¡Estoy por acá!

Alfri y José, sin embargo, encontraron un par de pomas de combustible flotando en el agua. Se aferraron a ellas y vieron a lo lejos luces que parecían de otra embarcación. En su desesperación pensaron que podrían nadar hasta allá y salvarse. Fabián les gritó que no se vayan. Que las luces podrían estar más lejos de lo que parece. Que en la oscuridad las distancias son más engañosas. Que vuelvan. Los oyó chapotear unos cinco minutos, y nunca más supo de ellos.

La lancha, que por cierto se llama La presencia de Jehová está aquí, no llevaba a bordo chalecos salvavidas. Al parecer —supone Fabián— los olvidaron en el puerto mientras la limpiaban. Boyas para emergencias de este tipo “nunca llevan (tampoco), porque hacen mucho bulto y se necesita espacio para la pesca”. Para que resulte rentable trabajar de tres a cinco días en altamar, y repartir la ganancia entre el dueño de la embarcación (a quien corresponde la mitad del dinero obtenido) y los tres tripulantes, que comparten el resto en partes iguales.

Treinta horas, solo y en altamar

Sujeto al trasmallo de la nave, Fabián pudo mantenerse varios minutos a flote. Ya no escuchaba las voces de sus compañeros, ni veía luces próximas. Se arrepintió de no haber ido con ellos, porque creyó que habían llegado a alguna embarcación pesquera y que tardarían demasiado en encontrarlo. Entonces supo que debía regresar a la lancha, aunque esta se encontrara volcada. Trepo por la proa, y alcanzó a colocarse en una posición incómoda: entre sentado y acostado, agarrándose con fuerza de los extremos. Pero el mar tenía otros planes, y lo revolcaba, como muñeco de trapo, en sus aguas. En una de esas embestidas, un golpe en la cabeza lo dejó aturdido, y el dolor en un brazo le hizo recordar el accidente en bicicleta que le fracturó aquella misma extremidad siendo adolescente en Milagro, su ciudad natal.

Con los primeros rayos de sol, decidió que debía quitarse la ropa y secarse. Pero sin un espacio de sombra, empezó a sentir que su piel, bañada en agua salada, se curtía. A eso de las 9:00 de la mañana —calcula basándose en la posición del sol— vio un grupo de tres ballenas jorobadas nadando a unos treinta metros. Y antes del mediodía, observó a lo lejos una aleta que pensó que podría ser de un tiburón.

—Claro que sentí miedo —aunque los pescadores de esta zona están acostumbrados a ver ballenas jorobadas entre junio y octubre de cada año—, pero en el fondo uno sabe que estos animales no se acercan por la gasolina regada en el agua (alrededor de la nave).

La tarde se hizo lenta, pero Fabián se sentía optimista, pues aunque estaba viviendo su primer naufragio, tenía cierta experiencia en mantenerse a la deriva (cuando meses atrás un grupo de piratas le robó los motores de la lancha, dejándolo —a él y su tripulación— a merced del océano). Entre las 4:00 de la tarde, vio un barco mercante que a pesar de sus gritos no supo de su existencia. De ahí solo escuchó viento y el picoteo de las aves que saqueaban la pesca esparcida en el mar. Las esperanzas blandearon con la noche. El frío se hizo intenso. Estaba cansado, con hambre y sediento, entre millones de kilómetros cúbicos de agua salada. Entonces se quedó mirando por largo rato la Luna y quiso dejarse ir con la marea, pero pensó en sus hijos, su esposa, su madre, su abuelo, y empezó a rezar.

A la mañana siguiente, tenía el cuerpo tan entumido por el frío, que apenas lo sentía. Sus manos estaban moradas y arrugadas, como las del cadáver de un anciano. Con el sol calentándole los huesos, ganó algo de ánimo y se zambulló por debajo de la lancha. Así halló, en el compartimento interior de la proa, una funda con arroz y una papa crudos, un rollo de cinta aislante y un cuchillo. Enseguida comió algunos granos. Evacuó en el mar lo poco que le quedaba en las tripas y, de entre la ropa que llevaba, escogió una camiseta negra para hacer una bandera.

A eso de las 10 de la mañana del jueves 23 de julio, una lancha de pescadores distinguió aquel pedazo de tela en medio del mar. La embarcación se acercó velozmente, pero Fabián solo logró verla cuando estaba a poquísimos metros. Le dieron algo de ropa, comida, agua dulce, y lo llevaron de vuelta a Santa Rosa. Por las coordenadas del accidente y el punto donde lo encontraron, calcularon que la marea lo había arrastrado 10 millas con dirección a Galápagos. Fabián Heredero había sido náufrago por cerca de 30 horas.

De regreso a tierra

Es el mediodía de un sábado, y alrededor de las calles arenosas que llevan al puerto de Santa Rosa hay cientos de comerciantes, abastos, bares y un par de burdeles. Junto al desembarcadero, los pescadores descargan la faena: grandes piezas de picudo, bonito, albacora, dorado, pez espada, tiburón, etcétera. Durante los tres meses que han transcurrido desde el naufragio, Fabián ha salido de pesca apenas dos veces. Han sido meses duros —dice— al tiempo que un botero lo lleva hacia una lancha recién llegada. Saluda con sus amigos, quienes están terminando de limpiar la nave. Hacen algunas bromas. El dueño de la lancha se acerca, y reparte el dinero de la pesca vendida. A Fabián —aunque no hizo nada— le regala un pez de alrededor de 30 libras. De regreso a tierra, otro pescador amigo, que no sabe si Fabián viene o va para el mar, le grita:

—¡Fabián!… Y, ¿para dónde?
—110 millas —responde él, y en su sonrisa se alcanza a ver ironía.

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Relato de otro náufrago

Publicado: 6 noviembre 2013 en Santiago Wills
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La corriente los arrastraba sin rumbo y el frío era cada vez peor. Eduardo Meza no cesaba de toser. Temblaba mientras las olas y el viento de la madrugada azotaban su cuerpo. Juan Livingston arrastraba tras de sí el salvavidas amarillo sobre el cual su compañero yacía acostado. Se había encalambrado tres veces y había estado a punto de desistir en varias ocasiones. El batir constante de las olas resentía sus ojos y sentía un incómodo ardor mientras pataleaba. La luz de una luna casi llena iluminaba el océano a través de un velo de nubes. Livingston amarró el chaleco salvavidas de uno de los muertos alrededor de su pie derecho, para evitar hundirse.

—Tyson, ¿cuánto falta?
—No, Meza, estamos cerca, estamos cerca —respondió su compañero—. Estamos del Nene’s al muelle. Ya vamos a llegar.

Habían pasado casi 24 horas desde que la motonave Miss Isabel —una pequeña embarcación transportadora de casco blanco y techo rojo que semanalmente cubría la ruta entre San Andrés y Providencia— zarpó desde el muelle departamental, cargada con un automóvil, cuatro motocicletas, centenares de botellas de gaseosas, frutas, alimentos varios, tres cerdos y un perro en un guacal. Cinco tripulantes y dos pasajeros se embarcaron hacia las cinco y media de la mañana del 5 de enero de 2012, y los siete se vieron obligados a saltar al océano luego de que un incendio consumiera el puente del barco pocas horas después de su partida. Solo dos de ellos permanecían con vida tras alrededor de 20 horas en el mal llamado mar de los siete colores: Juan Livingston, un musculoso marinero cuarentón, de estómago holgado, pelo corto y bigote negro al ras; y Eduardo Enrique Meza Caballero, un mecánico naval de 56 años, de contextura maciza y aplomo militar.

—Tyson, ¿dónde?
— Estamos del Sena al muelle, Meza. Ya casi.

Juan Livingston —Tyson, para sus amigos, en honor a un encuentro pugilístico callejero— en realidad no sabía puntualmente dónde diablos estaban. Alcanzaba a ver las luces de la isla de San Andrés más allá de las olas, pero luego de horas a merced de la corriente, el viento y la lluvia, no era capaz de ubicar su posición exacta por más que lo intentara. Deseaba darle ánimo a su compañero de naufragio, pues Meza, el ingeniero del barco, su amigo desde hacía años, estaba cada vez más débil. Ya inerte, seguía vomitando sangre y no era capaz de nadar. Tiritaba acostado sobre el pequeño salvavidas en forma de anillo que el capitán había logrado salvar de la embarcación en llamas. Yacía en silencio, flotando al compás de las olas de la madrugada, mientras Livingston se esforzaba por alcanzar los puntos de luz en la oscuridad.

Alrededor de 16 horas antes, Emerson Bowie, un delgado obrero de 47 años de edad, de hablar pausado y gestos nerviosos, y Aristides Salinas, un maestro de obras de 49 años que viajaba frecuentemente a Providencia por cuestiones de trabajo, se separaron del grupo y partieron nadando en busca de ayuda.

Livingston ignoraba qué ocurrió con ellos e intentaba no pensar mucho sobre el tema. Tal vez llegaron a la isla sin contratiempos, aunque, si ese fuera el caso, ¿dónde estaban los Guardacostas y la Armada? Si lograron alcanzar la orilla, ¿dónde estaban los equipos de rescate? ¿Por qué él y Meza permanecían a la deriva?

—¿Cuánto? —su voz estaba más débil—. ¿Cuánto?

Quizás los tiburones dieron cuenta de ellos tal y como sucedió con sus otros compañeros. Un pequeño escualo gris mordió dos veces a Meza, pero no alcanzó a causarle mayor daño. Los demás no corrieron con la misma suerte. Livingston y Meza presenciaron cómo uno a uno caían en las fauces de esos malditos animales. Charles Manuel Whitaker, Charlie, aquel gigante bonachón que no podía terminar una frase sin incluir un “fucking this” o un “fucking that”, fue el primero en morir. Gritó de repente al atardecer y el mar a su alrededor se tiñó de rojo. Se desangró en poco más de media hora y las olas se llevaron su cuerpo. Otro tiburón, o quizás el mismo, mordió al capitán en un brazo. Livingston se quitó su camisa y formó un torniquete alrededor de la herida. No sirvió para nada, pues lo atacaron de nuevo. Sombras que emergían en menos de un segundo para rasgar músculos. Livingston cerró los ojos sin vida de Andy, un hombre que se convirtió en capitán luego de que su abuela, siguiendo una tradición de la isla, descubriera la figura de un barco en una clara de huevo oreada bajo el sol de mediodía de un Viernes Santo. Robert Bent, Bubba, un flaco y jovial solterón que solía beber aguardiente hasta el amanecer, le siguió al poco tiempo. Los tiburones devoraron sus piernas y su cadáver se lo tragó el océano.

—De la ferretería al muelle. Ya estamos cerca, Meza.

Ninguno debía estar muerto. Los naufragios son sucesos relativamente comunes en San Andrés y las autoridades usualmente respondían rápidamente a los llamados de auxilio. El propio papá de Andy sobrevivió varios días en una balsa en mar abierto, y Livingston conocía a varios pescadores isleños que permanecieron horas o días a la deriva. Solo en 2007, la Armada rescató a más de 20 náufragos en cercanías del archipiélago.

La tempestad era un problema, por supuesto, y pocos navíos se atreverían a lidiar con las olas de ocho y diez metros que los vapulearon durante horas. Pero Livingston estaba seguro de que si el Miss Isabel hubiera sido una lancha rápida transportando droga —una de esas que las autoridades a menudo detenían en las inmediaciones del archipiélago— los Guardacostas o la Armada habrían enviado un avión o un bote en cuestión de minutos. Todos estarían vivos en ese caso, y él y Meza estarían en sus respectivas casas con sus esposas y sus hijos, protegidos de la interminable lluvia y de los gélidos vendavales que pocos asocian con el trópico caribeño.

—¿Cuánto, Tyson? ¿Cuánto?

***

La motonave Miss Isabel zarpó el 5 de enero a las 5:35 de la mañana bajo un cielo nublado. Olas de varios metros de altura golpeaban con fuerza las barcazas olvidadas en la bahía mientras el barco avanzaba en la oscuridad de la madrugada.

A bordo, Aristides Rafael Salinas charlaba con Andy James, el capitán, isleño con fama de buena gente a quien conocía desde la infancia, cuando ambos se reunían para jugar béisbol en un terreno baldío del barrio Juan XXIII. Charlie Whitaker dirigía el barco desde una pequeña cabina de mando elevada sobre la cubierta, y Juan Livingston preparaba un arroz con espaguetis y atún que ninguno de los demás alcanzaría a probar.

El viaje transcurría tranquilo a pesar del oleaje. El capitán bromeaba sobre un spray para la boca que un amigo le había encargado, y Aristides se divertía con las anécdotas de su amigo mientras el Miss Isabel dejaba tras de sí la bahía de San Andrés.

Hacia las nueve de la mañana, un grito de alerta llamó la atención de los navegantes. Livingston y Charlie fueron los primeros en percibir el olor a quemado. Una columna de humo negro se elevaba sobre la popa. Sin previo aviso, en la parte trasera de la cabina se prendió fuego. Las llamas se extendían rápidamente por el techo, amenazando con quemar la carga y el resto de la cubierta.

Alarmado, el capitán reunió a la tripulación para apagar el incendio. Entre todos utilizaron los diez extinguidores del barco sin resultado alguno. Frenético, el capitán envió mensajes de SOS por la frecuencia 16 —mensajes que luego las autoridades de Miami afirmarían haber oído— y Charlie utilizó su celular para llamar al 123 de la policía. No hubo respuesta.

Fue entonces que Aristides observó al capitán abrirse paso hasta la cabina para bajar el bote salvavidas. El fuego alcanzó la carga y el perro empezó a ladrar en su guacal. Aristides siguió a su amigo escaleras arriba. Las llamas avanzaban sobre la cubierta, engullendo poco a poco los alimentos y los vehículos cargados de gasolina. En la parte superior del barco, el capitán luchaba por soltar el bote cuando una caldera explotó y una llamarada lo embistió de frente.

Herido, Andy abandonó el puesto de mando y se dedicó a repartir los chalecos salvavidas entre los navegantes. El barco se movía de lado a lado y el fuego no dejaba de avanzar. Emerson y Livingston arrojaron algunas de las botellas de agua y gaseosas hacia el océano, siguiendo las instrucciones de los tripulantes. En cuestión de minutos, las llamas consumieron gran parte de la cubierta. Las botellas explotaban y el ruido recordaba los disparos de un arma. Los cerdos chillaban y el perro ladraba desde su tumba. Vencido, el capitán dio la orden de abandonar el barco.

Aristides se sumergió en aguas frías y agitadas. Las olas lo empujaban hacia los lados mientras se esforzaba por nadar hasta donde estaba el capitán. En un par de minutos, el grupo se reunió alrededor de Andy. El capitán se había acomodado sobre un pequeño flotador amarillo en forma de donut que había logrado salvar de las llamas. Aristides se aferró de la cuerda que rodeaba el borde y se acomodó al lado de Charlie. En la lejanía, cuando la cresta de olas los elevaba sobre el océano, podían distinguir las formas de la isla.

Su mejor opción era no perder de vista la motonave, afirmó Andy. Alguien debía haber oído el SOS y, en caso de que no fuera así, de cualquier modo verían el humo que se alzaba sobre la embarcación en llamas.

Asintieron en silencio y luego observaron las quemaduras del capitán. Andy no podía evitar gestos de dolor con cada golpe de agua salada. Emerson nadó en busca de botellas de gaseosa y entregó una a cada uno para mantenerse hidratados. Aristides guardó una Coca-Cola de dos litros en la parte delantera de su pantalón y, confiado, les dijo a sus compañeros que se la llevaría a una de sus hijas, Nikeysha, la mayor, la que siempre lo llamaba durante sus trayectos para reiterarle que no sabría cómo sobrevivir si a él le pasaba algo.

Se mantuvieron cerca del barco durante un par de horas hasta que el cielo se oscureció y una fuerte lluvia veló la isla. La corriente los alejó de la motonave y su silueta se perdió entre la bruma. El océano condujo al Miss Isabel hacia el sur del archipiélago. Un par de horas más tarde, una familia lo vería atravesar el horizonte seguido de una estela de humo negro.

Cuando la tormenta cesó, los náufragos se encontraban cerca de Johnny Cay, un pequeño islote a una milla de San Andrés cuyo principal atractivo es una playa de arenas blancas. Pataleaban inútilmente, pues la corriente les impedía avanzar, pero la tierra estaba tan cerca que no tenían otra opción.

Fue quizás en ese momento cuando la condición del capitán empeoró. Sus manos estaban hinchadas y el rojo encendido de sus extremidades se le había extendido al pecho y los brazos. Andy no aguantaba más. Sollozando, les rogó que fueran en busca de ayuda. La corriente los había arrastrado al norte del cayo y los mejores nadadores quizá podrían llegar hasta la isla para alertar a las autoridades.

Aristides se ofreció de inmediato. Había aprendido a nadar a los 6 o 7 años, cuando la chalupa en la que pescaba con varios compañeros se volteó en las playas de San Andrés. En Barranquilla, donde vivió durante su juventud, ir al río se había convertido en una costumbre. No tenía miedo de ahogarse, pues contaba con el chaleco salvavidas y con la botella de Coca-Cola, que también lo ayudaba a mantenerse a flote. La cuestión ahora era quién lo acompañaría. Tras pensarlo un momento, le propuso a Emerson, ya que aparte de Livingston, quien se negaba a dejar al capitán, ninguno de los demás sabía nadar.

A regañadientes, Emerson partió a su lado pasada la una de la tarde. Braceaban, descansaban, braceaban y descansaban en medio de un mar intranquilo. Se tomaban las manos para no perderse y de vez en cuando se detenían para beber de sus gaseosas.

Tal vez una hora o una hora y media después, un calambre paralizó a Aristides. Le gritó a su compañero que lo esperara, pero a través de las olas llegó una respuesta contraria: “No, yo tengo que ir por ayuda para el capitán”.

Atónito, Aristides se encogió sobre sí mismo, luchando contra el dolor de sus músculos entumecidos. El mar lo golpeaba y no tenía manera de evitar que la corriente lo empujara en la dirección opuesta de su compañero. No quería lidiar más con esto. Al carajo el dolor de su pierna, la brisa helada, la lluvia, el océano, la isla y el hombre que lo acababa de abandonar. Paralizado, la botella de Coca-Cola de dos litros presionando su estómago, Aristides observó cómo Emerson desaparecía en el devenir de las olas.

***

—Estamos del Bienestar al muelle, Meza. Un esfuercito más.

Desde hacía un tiempo, su compañero ya no hablaba. Se mantenía callado, temblando sobre el anillo salvavidas, sus ojos perdidos en el reflejo de la luna sobre el mar.

—De la ferretería al muelle. Ya estamos cerca, Meza.

¿Por qué carajos no los habían rescatado, entonces? Apenas empezó el incendio, el capitán envió un SOS por la radio del barco y Charlie llamó a la policía desde su teléfono celular. Es cierto: nadie contestó. Pero alguien tuvo que percatarse de que algo andaba mal. Después de todo, la motonave nunca llegó a Providencia.

—Ya, Meza, ya.

Las luces de San Andrés resplandecían a menos de treinta metros cuando una ola los impulsó hacia adelante y la cresta de otra más los lanzó hacia las rocas de la orilla. Livingston sintió que algo rozaba la planta de sus pies y por un momento imaginó un nuevo ataque de tiburón. Ignoraba que estos animales generalmente huyen de las personas, que anualmente solo se presentan alrededor de 80 ataques de tiburón a nivel mundial y que el número de muertes en un año rara vez alcanza una docena. En San Andrés, en su juventud, abundaban las historias sobre tiburones que acechan a náufragos y a pescadores, y tras haber presenciado cómo los escualos dieron cuenta de sus compañeros no pudo evitar un escalofrío.

Solo después de sentir el roce nuevamente se dio cuenta de lo que sucedía: tierra. Tierra por fin. Livingston soltó el salvavidas y avanzó un par de pasos sobre rocas afiladas entre cuyos resquicios se escondían cangrejos y erizos de mar.

—¡Meza! ¡Párate que estamos en tierra! —gritó.

Levantó a su compañero y lo tomó de la mano. Agradecieron a Dios y avanzaron un par de pasos. Se olvidaron por un momento de las olas, y una de estas los golpeó por detrás. Una muralla de agua derribó a Meza y lo arrastró hacia mar abierto.

—¡Párate! ¡Vamos!

Lo ayudó a ponerse en pie una vez más, y tomados de la mano, en silencio, lograron dar otro par de pasos. Una nueva ola los embistió y esta vez ambos cayeron de bruces sobre las rocas.

Livingston se incorporó y se volteó justo en el momento en que Meza volvía a derrumbarse. Luchando contra una barrera de agua, condujo a su amigo hasta una piedra cercana y lo sentó.

—Meza, un poquitico de fuerza. Mira acá esta piedra y allá está la carretera—dijo señalando un poste de luz cercano.

Meza se desplomó, inconsciente. Livingston reunió los chalecos salvavidas que se encontraban junto al anillo amarillo y formó una base sobre una roca para que las olas no pudieran tocar a su amigo. Tenía que ir por ayuda. A menos de 20 pasos podía ver el débil resplandor que iluminaba las desgastadas líneas blancas y amarillas de la vía que rodea a San Andrés. Allí, seguramente, podría detener a alguien y llamar una ambulancia. Dejaría a Meza sobre los chalecos, protegido, y después volvería por él. Entonces podrían descansar y abrazar a sus esposas e hijos. Todo saldría bien.

***

Aristides Salinas no sabe cuánto tiempo permaneció acalambrado. El mar lo movió de lado a lado como un muñeco de trapo hasta que sus músculos se relajaron y su cuerpo dejó de traicionarlo. Tragando agua, rezó hasta que por fin pudo nadar otra vez. Recuerda que pensaba en regresar con vida, en abrazar a sus seis hijos y a su esposa, en dejar atrás el fuego, la lluvia, los llantos, las olas y el sabor de la sal.

Nadó y nadó durante horas hasta que empezó a oscurecer. La corriente y la marea se burlaban de él. Sus esfuerzos se perdían con cada oleada, y su suerte parecía recaer por completo en la voluntad del mar.

Hacia las seis y media, la corriente lo arrastró hasta un área rocosa a un par de metros de la isla conocida como Villa Helen. Finalmente estaba cerca. De hecho, estaba tan cerca que estaba dispuesto a nadar a pesar de las olas y las piedras. Quería pisar tierra firme, salir del agua de una vez por todas. Un envión más en medio de la oscuridad y tocaría la barrera de rocas que lo separaba de la orilla.

La luz de una moto iluminó la carretera cuando Aristides se disponía a intentar una aproximación. Tras escuchar los gritos del náufrago, el motociclista lo alumbró y le advirtió que no se acercara. Si trataba de nadar en línea recta, las olas lo reventarían contra las piedras. La única manera de sobrevivir era dar vuelta atrás y enfilar hacia mar abierto una vez más, mientras los Guardacostas acudían en su ayuda.

Contra todos sus instintos, Aristides decidió seguir el consejo de la persona cuyo nombre olvidaría días después. Se alejó resignado de la orilla, y se rindió nuevamente a los caprichos de la marea y la corriente.

Los Guardacostas lo rescataron alrededor de media hora después. Aún sujetaba la botella de gaseosa cuando lo trasladaron al hospital público Amor de Patria, donde Emerson Bowie lo aguardaba inconsciente.

Emerson había sido arrastrado por la corriente hasta una zona cercana a Villa Helen, hacia las seis de la tarde. Mientras el sol se terminaba de ocultar, el náufrago se arrastró en cuatro patas hasta la carretera. Un hombre lo vio atravesar el asfalto. Trastabillaba como un zombi. Vecinos de la zona lo socorrieron y Emerson narró a las autoridades su experiencia. Les imploró que fueran en busca del capitán y los otros náufragos, y luego colapsó en una ambulancia.

***

Pasadas las dos de la tarde del 5 de enero de 2012, Hortencia Thyne Archibold, una amable mujer de 56 años que opera un restaurante en el sur de la isla, oyó gritos provenientes de la playa. Su cuñado Elliot Lever, un ebanista sanandresano de 58 años que por aquel entonces vivía en Miami, deseaba saber el número de la policía. Había visto en el horizonte un barco que parecía estar en problemas. La embarcación estaba rodeada de humo y parecía encontrarse a la deriva.

Hortencia salió de su casa, ubicada a pocos metros de la carretera que rodea la isla en un área conocida como Elsy Bar, y se encaminó hasta el océano. Tras comprobar lo dicho por Lever y reconocer al Miss Isabel, llamó al 123.

—Amor, necesito por acá a ver si pueden mandar una lancha, acá afuera en todo el frente de Elsy Bar por el sector de San Luis, porque el barco Miss Isabel está bordando mal por acá— le dijo al auxiliar bachiller de turno—. Parece que se dañó el motor porque está arriba en el mar. Se varó, sí, señor. Mándela, pero que no sea mañana, ¿okay?

Tras colgar, Josid Flórez Martínez, el bachiller que habló con Hortencia, le pidió el favor a Colón Crizon Kelvin, otro auxiliar bachiller de la policía, que informara a los Guardacostas. Colón habló por el canal 16 de su radio —el mismo por el que horas antes Andy Nelson envió una señal de SOS— con las autoridades marítimas, quienes respondieron que verificarían la denuncia.

Una patrulla de policía confirmó el avistamiento del Miss Isabel poco después de las tres de la tarde. Una lancha de los Guardacostas se acercó hasta la motonave y comprobó que no había nadie abordo. El fuego en la cubierta, el clima y las olas no permitieron remolcar el barco hacia el muelle. La patrulla marina anotó las coordenadas y empezó a diseñar un plan de búsqueda.

El primer avión que despegó para hacer un reconocimiento alrededor de la isla salió a medianoche, cerca de seis horas después de que Emerson y Aristides tocaran tierra, y regresó dos horas más tarde, luego de que las condiciones meteorológicas se deterioraron. El piloto y las demás personas en la cabina no vieron nada. El segundo avión salió a las seis de la mañana del 6 de enero, hora y media después de que Livingston y un débil Meza entraran a San Andrés.

—A ellos los mataron, los dejaron morir —dijo Ilona O’Neill, la viuda de Charlie—. Nadie los ayudó.

Las demás viudas llegaron a conclusiones similares, y muchos isleños repitieron el mismo mantra durante los meses en que el incidente del Miss Isabel ocupó las primeras páginas del Archipiélago Press, el diario principal de la isla.

La historia de Livingston y sus compañeros capturó la atención de San Andrés durante más de un mes. La prensa y las retardadas acciones de las autoridades llevaron al defensor del Pueblo a abrir una investigación preliminar sobre el incidente. Representantes de la Capitanía de Puerto, los Guardacostas, la Policía y la Armada ofrecieron declaraciones. Con estas en mano, Livingston, las familias de los muertos, Aristides y Emerson Bowie interpusieron dos demandas en contra del Estado por varios miles de millones de pesos. (Las autoridades han dicho que hicieron todo lo posible por rescatar a los náufragos y por el momento las acciones legales en su contra no han progresado).

Con el tiempo, el Miss Isabel asumió una importancia simbólica para todos los isleños involucrados en la tragedia. El fallo de la Corte en La Haya a favor de Nicaragua revistió lo ocurrido de un nuevo significado y para algunos de los amigos de los sobrevivientes, la motonave se convirtió en una muestra más de la indolencia de los gobernantes, en una alegoría de lo que significan los habitantes de San Andrés para todo el país.

—Lo que sucedió no es una sorpresa —Elliot Lever dijo una tarde de agosto mientras observaba el mar desde el restaurante de Hortencia Thyne—. Me da ira, eso sí. El gobierno central no se preocupa por la isla. La quiere tener en sus manos, pero no le interesan sus habitantes.

Livingston asintió en silencio. Observaba atento nubes oscuras en el horizonte y de cuando en cuando se volvía para demostrar que aún prestaba atención a las palabras de Lever.

—¿Para qué están acá las autoridades? ¿Están solo para lo de la droga o para cuidar de los seres humanos? ¿Sabe por qué no se hizo nada? Porque somos negros y nos quieren quitar la isla. San Andrés es de nosotros, los nativos, los raizales.

Una llovizna oscureció la carretera. Livingston asintió de nuevo, sin volver la cabeza.

***

Una tarde nublada de agosto, Juan Livingston se montó en su moto azul tritón y manejó hasta un poste de luz cerca de la Cueva de Morgan, una atracción turística en la que se dice que el pirata Henry Morgan enterró parte de su tesoro. Era la primera vez que se detenía en ese lugar desde la madrugada del 6 de enero del año anterior. Algo animado, empezó a recorrer las rocas y a narrar lo sucedido.

—Por allá fue que bajamos— dijo apuntando hacia el noroccidente. Dio un par de pasos hacia el océano y dio la vuelta.

Un par de días después del naufragio, Livingston se despertó sudando en la mitad de la noche. Al igual que Emerson y Aristides, empezó a sufrir ataques de nervios y se vio obligado a visitar un psicólogo un par de veces al mes. Más de año y medio más tarde, las pesadillas aún le impedían dormir. En sueños, inmóvil en su cama, revivía apartes de la noche del 5 de enero, mientras el quedo murmullo del océano arrullaba a marinos y pescadores en la bahía. Recordaba a los difuntos, las sombras bajo el agua y el batir infernal de las olas en medio de la tormenta.

—Esa era la luz que yo veía mientras le hablaba a Meza. Ese poste de ahí, donde está la moto.

Desde hacía meses tomaba pastillas para dormir y algunos de sus familiares decían que su temperamento había cambiado desde el incidente. Decían que ya no era el mismo de antes, que era más callado, quizás un poco más agresivo, algo que también le sucedía a Emerson.

La bruma de las olas que reventaban contra las rocas humedeció su camiseta. Impávido, Livingston caminó hasta una pequeña zona resguardada por salientes de rocas coralinas.

—Ahí, ahí fue donde acosté a Meza —se agachó y formó una torre con chalecos imaginarios—. Acá lo traté de sentar.

Se levantó y miró el mar antes de subir a la carretera. Tras cerca de un minuto, continuó con su recuento.

Meza yacía inconsciente sobre los salvavidas de los muertos. Livingston acercó dos dedos húmedos y arrugados al cuello de su amigo. No tenía pulso. Se inclinó sobre el cuerpo inerte de su compañero e intentó reanimarlo dándole respiración boca a boca durante cerca de diez minutos. Con el índice y el corazón buscó nuevamente alguna señal de vida. Nada. Ni un latido. De esa manera, tras luchar casi 20 horas contra el océano, y luego de ver cómo varios tiburones devoraban a tres de sus compañeros, Eduardo Meza murió a escasos metros de la carretera debido a complicaciones causadas por una hipotermia.

Capítulo I. Hombre de mar.

Hasta este día, Juan Francisco habrá llorado tantas lágrimas que uno podría creer que no hay de dónde sacar más. Pero en un lugar recóndito, debajo de las costillas o en el fondo de la garganta, se activarán ahora mismo las ganas de hacerlo de nuevo.

Llora cada vez que recuerda. Es imposible no recordar.

Es Pancho para los amigos, y Juan Francisco Gallegos cuando tiene que presentarse. El Trejo casi no lo usa. Adora a su mamá, doña Ana, de 49 años, cabellos sueltos y rizados, limpios y brillosos, dueña de una piel morena y ojos negros que fulguran con el sol. Pero el Trejo hace más largo el nombre: Juan Francisco Gallegos Trejo.

Nació junto al mar un día esplendoroso de hace 23 años. El mundo lo recibió en Puerto Peñasco, Sonora, donde comienza la curva que da forma a la península de Baja California, en el noroeste de México, cielo azul, desierto a un lado.

Es el segundo hijo biológico de doña Ana y don Jesús Gallegos Adame, ocho años mayor que ella. Él era pescador. Ella se estrena como comerciante por una necesidad infinita de trabajar para pensar en otras cosas. También llora cada vez que recuerda.

Juan Francisco y el mar eran amigos. ¡Cuántos días alegres pasó en el mar antes de todo esto! Era muy feliz en sus olas verdosas. Bueno, no tan feliz como el día que conoció a Selene, la muchachita que se adueñó de su amor. Bueno, tal vez no tan feliz como hace cinco años cuando nació su bebé, una niña que ahora corre tras los gordinflones cachorros de una perra que quedó preñada de quién sabe qué perro en la calle, pero que en la casa todos quieren.

Llegar no es difícil. En una ciudad pequeña donde la mayoría se dedica a la pesca, es común que todos se conozcan entre ellos. El dependiente de una tienda de autoservicio sabe que Juan Francisco vive en el barrio de Nueva Esperanza, en una casa cercana a la de su cuñada, y ofrece su auto para viajar hasta allá, al extremo sur, a cinco minutos de camino por un bulevar pavimentado, rodeando calles repletas de arena, de esa arena que con cualquier viento se levanta y duele en los ojos y golpea la piel. Se puede sentir cada grano colisionar en los poros.

La mayoría sabe dónde vive este joven porque antes de que acabara octubre ya se había convertido en una prueba palpable de que los milagros sí existen.

La casa es sencilla: cuartos de ladrillos, sin pintura por afuera y un patio enorme de tierra arenosa donde crecen los cachorros. Hay un cerco de madera. La puerta principal da directo a la cocina, donde hay agua hirviendo en una olla sobre la vieja estufa. Es para el café. En la mañana, a las once, hay seis grados de temperatura ambiental.

En la cocina, una barra adornada con azulejos blancos y dos tazas y dos cucharas. Junto a la estufa, un refrigerador blanco. A unos pasos de éste, un comedor sencillo con mantel. Dos pasos después, un altar de muertos.

Capítulo II. A la memoria de papá.

Juan Francisco es ancho y moreno. Lleva el cabello relamido hacia atrás y cojea de una pierna, la derecha. El ortopedista le ordenó unas radiografías, pero ni él ni doña Ana ni Selene le entienden a esos huesos amorfos que ven en un pedazo de plástico. Esperarán a la próxima cita. Allí les dirán qué tiene en la rodilla, que apenas puede mover. Dibuja algo parecido a un círculo con su pie suspendido unos segundos en el aire. Hace un gesto de dolor. Esa rodilla no está nada bien.

Detrás de él está el altar. Tiene velas, unas rosas marchitas que reposan sus últimas horas de vida en un vaso con agua, un rosario hecho con cuentas de madera, un bulto de San Judas Tadeo, otro de la Virgen de Guadalupe y una copa con agua. Dicen que la luz de las velas guía el camino de los difuntos. El agua les ayuda a aguantar el recorrido hacia la eternidad.

En este caso, el difunto es su papá, don Jesús Gallegos Adame, hombre recio, de surcos morenos en el rostro y una barba y bigote blancos, ojos tristes, pelo largo, sin sonrisa, en un marco dorado, en tamaño 5×7, sobre la repisa del altar.

Quien lo viera allí en la foto no imaginaría que ese hombrezote de 57 años tenía un problema en su corazón. María del Carmen, la única enfermera de la familia, le había hecho un electrocardiograma y le advirtió que se cuidara, que su corazón estaba fallando. Pero ya saben cómo son los hombres a veces cuando son el único sostén de la familia, fuente de ingresos y mano segura para el trabajo: no hay corazón enfermo que los detenga para ir por unos pesos y llevar el pan a la mesa.

Murió en el mar, como él lo habría querido, pero no como Juan Francisco lo hubiera imaginado.

Ya habían sentido miedo mar adentro. En septiembre de 2009, los dos fueron llamados a pescar camarones al puerto de Yavaros, en el sur de Sonora, cuando los agarró un vendaval en medio del Golfo de California. Era la primera vez de Juan Francisco en un barco pesquero. A sus 23 años y con una esposa y una hija que mantener, el empleo de una semana en altamar era una idea agradable, además conocería a otros pescadores y tal vez harían una buena amistad. Uno nunca sabe. Son cosas del destino.

Eran momentos terribles. Del espanto pasaban al silencio, a verse los ojos de asustados, a correr a resguardarse. El viento estaba muy fuerte y el mar no podía estar de otra forma más que alebrestado, molesto, colérico.

Cuando la tempestad pasó, les quedó la anécdota. Él la contó muchas veces porque aquello fue un acto heroico: haber permanecido en un barco, en medio de vientos huracanados, y salir vivo de eso, no cualquiera lo pasa. Tenía algo qué presumir. Pero el dinero pronto se acaba y resurgen las necesidades.

Capítulo III. A bordo.

Una segunda oportunidad. Dinero extra para ganar en una semana en altamar, claro, con muchísimo esfuerzo. A Juan Francisco le gustó aquella primera experiencia: atrapar con las redes de arrastre toneladas de simpáticos camarones que iban a dar a la cubierta del barco, robados del mar, y empacados para su próxima venta.

Le gustó el trabajo en equipo, el olor a mar y pescados impregnado en la madera del barco, en las redes verdes que entraban al agua y salían con un botín de camarones. Algunas jaibas distraídas se pegaban y pasaban directo al congelador.

La segunda ocasión que se subió a un barco para ir a pescar fue el domingo 25 de octubre, al mediodía. Lo llamaban Carranza II, un viejo navío de casco blanco, 22 metros de eslora, 450 caballos de fuerza.

Otra vez iba su papá a su lado para enseñarle los trucos del mar. También iba Alberto Medina García, el capitán, un señor gordo, cincuentón, con mucha experiencia. Es lo que llaman un viejo lobo de mar. ¡Sí que era gordo! Con ellos, “el Canitas”, Concepción Canizales Estrada, dueño y señor de la cocina; “el Claveles”, o Javier Chacón Zúñiga, otro marinero de experiencia sobrada; y José de Jesús Montes Ruelas, “el Chuy”, también cincuentón, de fácil palabra y amistad.

Zarparon del puerto. Esa vez en el muelle, sobre el asta de seis metros, no había bandera roja que anunciara peligro en el mar. Otras treinta embarcaciones levaron anclas casi al mismo tiempo.

El Carranza II llevaba las redes rotas. Había tiempo suficiente para arreglarlas con zurcidos de nylon: un cruce por aquí, una vuelta por acá y un nudo final. El mar estaba brillante esa tarde. Sólo tenían una semana para tirar las redes y sacar los pescados, antes de regresar con sus familias que habían dejado horas atrás en el muelle.

La noche fue esplendorosa. En octubre la luna brilla más en esta parte de México. En el mar en calma se reflejaba esa bola, enorme, blanca. No es cierto que tenga un conejo. Tan cerca no lo parece.

Amaneció el lunes. La isla San Felipe les dio los buenos días a los seis marineros, ya adentrados en el golfo, a las seis de la mañana. De la cabina de mando, salió el capitán y los reunió a todos en la cubierta.

–No me gusta engañar a nadie: va a haber muy mal tiempo mañana y no podremos pescar. Hay dos opciones: una, quedarnos anclados en San Felipe hasta el viernes; y la otra es que nos regresemos a Peñasco. Llegaríamos el martes por la mañana, antes de que comience el mal tiempo.

El primer oficial de Capitanía de Puerto, José Germán Islava, había estado atento de los avisos meteorológicos desde esa mañana y se los reportaba a todas las embarcaciones. A las diez de la mañana llegó el nuevo reporte: un frente frío avanzaba desde el suroeste de Estados Unidos hacia el Golfo de California.

El informe fue actualizado a las cuatro de la tarde. Era motivo de alerta para todos porque habría vientos sumamente fuertes. Así decía:

“Los pronósticos actuales indican que el frente frío localizado al sur de California se localiza en las primeras horas del miércoles sobre el norte de Baja California y para la mañana del mismo día alcanzará el norte de Baja California Sur, región central del Golfo de California, y sur de Sonora, por lo que se recomienda mantener precaución a la navegación por la intensificación de los vientos con velocidades fuertes y oleajes elevados, algunas nevadas y un marcado descenso en las temperaturas de las costas en mención, por lo que se mantiene una estrecha vigilancia. Se recomienda mantener precaución a la navegación, actividades de pesca, pesca turística y de playa en las costas occidentales del Golfo de California por la proximidad de un frente asociado a una tormenta invernal”.

El capitán Medina, a bordo del Carranza II, volvió a insistir:

–Sugiero que regresemos a Peñasco. No nos vamos a quedar aquí anclados tanto tiempo porque se van a enfadar de estarse viendo las caras todo el día.

El papá de Juan Francisco apoyó la propuesta. Por la tarde, el Carranza II surcaría el mar con destino a puerto seguro.

Capítulo IV. Con el mar en calma.

Todos los marineros saben que la calma presagia tormentas y que el mar no es de fiar. Pero también tienen una frase que todos, en Peñasco, conocen perfectamente: “Del tamaño de tu necesidad es tu valor”.

En la casa de Juan Francisco hay necesidades. Por eso se subió al barco.

Ese lunes el mar estaba en completa calma. Un camarón podía saltar sobre el agua y provocar una onda ancha, aunque no fuese el más carnosito. Sólo se escuchaba el motor del Carranza II. Ni un hilo de viento.

El capitán volvió a hablar con los marineros, decepcionados por el regreso. Estaban seguros de que sin producto, no habría pago.

–Tomando en cuenta que el mar está calmado y que el mal tiempo comenzará hasta mañana, ¿qué les parece si tiramos las redes, pescamos todo el lunes y nos regresamos mañana temprano a Peñasco?

La idea sonó excelente. Habría que regresar a la isla San Felipe porque en esa área se sabe que hay muchos peces. A las ocho de la noche estaban allí, con las redes listas en el fondo del mar. Juan Francisco esperaba una buena captura. Los otros hacían bromas en la cubierta, esperando el momento preciso.

A las once de la noche se levantó la primera carga. Una tonelada de lenguados, peces ángeles, vaquetas, otras jaibas distraídas y algunas lisas, cayó con fuerza en la cubierta.

A mitad de la noche los marineros limpiaban los pescados, uno a uno. Les abrían la barriga y sacaban las tripas y las agallas con las manos. Un pescado no puede durar más de dos horas con tripas, afuera del mar, porque comienza a apestar a azufre.

Más redes salían del mar, pesadas, cargadas de pescados que terminaban amontonados en el congelador. Tal vez fueron tres toneladas.

Toda la noche limpiaron pescados. Nadie durmió. Juan Francisco peleó contra un pez vaqueta de casi treinta kilos que lo revolcó sobre la montaña de pescados. Era un animal muy fuerte que intentó luchar, sin éxito, por regresar al agua.

Amaneció el martes, el día temido. A las siete se dio la orden de recoger las redes, subirlas a cubierta y limpiarlas muy bien. Algunas veces se han quedado peces atorados que se sulfatan a las dos horas y apestan horrible.

No es un trabajo sencillo. Una jornada de ocho horas es suficiente para dejar las redes impecables, atrincadas y listas para el siguiente viaje.

Juan Francisco vio la hora en su teléfono celular: las tres de la tarde. Estaban listos para partir. De su cartera sacó las fotos de familia. Las vio. Sonrió. Las acomodó otra vez. La regresó a la bolsa trasera de su viejo pantalón Dickie, de color negro, deslavado.

Las tres de la tarde. Apenas el tiempo alcanzaría para llegar bien al puerto. Creyeron que tenían los segundos perfectamente medidos, como relojeros, dueños de los minutos y las horas.

El viento comenzó a soplar. Esa tarde, casi al oscurecer, el mar no se sentía normal.

Capítulo V. Gritos de miedo.

Capitanía de Puerto ordenó poner la bandera roja en el asta del muelle. Era la señal de alerta. Los barcos ya deberían estar anclados allí.

Por radio les ordenaron a los capitanes que regresaran de inmediato.

–En los canales de comunicación comenzamos a escuchar que todos decían: “Se puso muy fea esta chingadera”. Nosotros les respondimos: “Ven, se los advertimos con mucho tiempo y no nos hicieron caso” -recuerda en su oficina el oficial Islava.

Después de las nueve de la noche se perdió la visibilidad en el pueblo. La arena se levantó en nubes oscuras. Estaba a merced del ventarrón y la movía a su antojo. En minutos se sintió un descenso en la temperatura y el viento agarró más fuerza.

Doña Ana, la mamá de Juan Francisco, estaba en su casa. Muy claro pudo oír los silbidos del sur, del norte, de todas partes. Le llegaban al oído como presagios de tragedia. Afuera no podía ver la casa vecina por los remolinos de arena.

En el muelle, los barcos rechinaban. Las olas se abrieron paso hacia la dársena de maniobras. En 35 años de marinero, el oficial Islava nunca había visto algo así. Con sus manos viejas y rechonchas había levantado cuerpos vivos y muertos, unos completos, otros destrozados; pero nunca había visto al mar intentando llegar hasta las calles con esa fuerza. Se asustó. Volvió a tomar el radio y ordenó a todos regresar cuanto antes.

El Independiente I le contestó que había tenido contacto con el Carranza II y que iban a toda máquina hacia el puerto, sorteando las altísimas olas que comenzaron a formarse con el vendaval.

Avanzaban juntos el Carranza II, el Cazamar y el Independiente I, con mucha marejada y mucho viento. Otros corrieron a la isla San Jorge, que les ofrece un refugio y que está a 24 millas náuticas, unos 35 kilómetros de Puerto Peñasco.

En el radio de comunicación se escuchaban gritos de miedo. El amigo mar se había enfurecido con los pescadores. Juan Francisco sintió esa furia cuando, de forma abrupta, el Carranza II se detuvo a mitad del camino.

Capítulo VI. Un S.O.S.

El estruendo fue ensordecedor, como petardos estallando en sincronía con el agua. Vino debajo del barco. Una parte del equipo de pesca había golpeado la propela y la paró en seco, con ese ruido intenso que dejó en los oídos sordos un tintineo tan agudo que dolía. Cimbraron la cubierta y los pequeños camarotes.

Las irascibles olas ladearon todo el barco hacia su costado derecho. Todos sintieron eso.

Don Jesús Gallegos, el papá de Juan Francisco, estaba encargado de las máquinas. Malditas máquinas. ¿Por qué fallaban ahora en el momento más inoportuno?

Además de su problema cardiaco, don Jesús tenía una varilla en la pierna. Alguna intervención quirúrgica. Debía actuar con rapidez para echar a andar nuevamente al Carranza II.

Le pidió ayuda a su hijo. Desde la cubierta se lanzó a la parte inferior del barco, en el cuarto de máquinas. Dos metros de altura. No hubo varilla en la pierna que importara más. Conectó dos cables. Una chispita. Prum. El motor del Carranza II volvió a prender.

El capitán Medina tomó el timón en la caseta de arriba para controlar la nave. Estaban todos desesperados y asustados. Volteaban a verse con esa mirada suplicante que se distingue cuando se teme a la muerte.

Juan Francisco vio el mar subir a la cubierta, sin invitación ni permiso.

–El capitán logró enderezar el barco, pero la popa, que es la parte de atrás, estaba ya adentro del agua. Luego escuchamos un zumbido. El agua llegaba a la cubierta porque el viento empezó más recio y las olas más altas. Quisimos mover todo el producto para que nivelara el peso, pero el barco se volvió a ladear y comenzó a hundirse.

Medina lanzó la señal de alerta. Un S.O.S. que sólo pudo captar el Independiente I.

Al mismo tiempo que pasaba las coordenadas a los tripulantes de ese barco, gritó con mucha fuerza:

–¡Chuy, que todos se pongan los chalecos!

La orden era para José de Jesús Montes Ruelas, el marinero que le enseñó algunas artes de pesca al novato Juan Francisco. Desesperado, el capitán volvió a gritar:

–¡Que todos se pongan los chalecos porque esto ya valió madre! ¡Esto se va a hundir!

Capítulo VII. El barco se fue a pique.

El Independiente I captó el S.O.S. a las 10:52 de la noche, según el Centro Satelital para Monitoreo de Embarcaciones Pesqueras de Mazatlán, en el vecino estado de Sinaloa, localizado a cientos de kilómetros de distancia.

–El Independiente I gira y se dirige al Carranza II, ya con las coordenadas. No lo encuentra. Permanece en el área y da unas vueltas. Finalmente se vuelve a puerto porque estaba muy feo el mar –recuerda el viejo Islava, amigo entrañable de los marineros.

Juan Francisco tomó su chaleco salvavidas, de color naranja fluorescente, liviano, con cuadrados plateados al frente. Cualquier luz en la oscuridad los habría hecho brillar como focos. Luego corrió al camarote de su papá y tomó otro chaleco.

–Cuando llegué con mi papá, con el chaleco para ponérselo, él estaba en la cubierta a un lado de la caseta. Atrás de mí salió “el Chuy”. Yo miré a mi papá fatigado y le dije: “Vamos, homie, póngase su chaleco”. Él me dijo: “No puedo, homie, se me durmió el brazo”. Allí se me perdió el miedo y me empecé a preocupar por él. Tenía miedo de que cayéramos al agua y él no pudiera mover su brazo. Se le paralizaba medio cuerpo.

Con esfuerzo, Juan Francisco le puso el chaleco a su papá. Lo amarró muy fuerte. Don Jesús estaba realmente muy mal. Tenía el brazo doblado. Estaba inmóvil, a punto del infarto.

En el barco ya había más agua. El muchacho, a sus 23 años, sacó fuerzas para colocarse su chaleco salvavidas. Estaba a punto de abrocharlo cuando el barco volvió a cimbrarse.

–El barco se pegó un jalón muy fuerte. Mi papá me dijo: “Homie, nunca pensé que se fuera a hundir el barco”.

Era un lamento claro, una mezcla de preocupación con impotencia que don Jesús no escondió en su rostro, en aquella negrura espectral.

Juan lo tomó del brazo. El señor agarró al Chuy. Los tres cayeron al agua. La borda del barco golpeó el agua a medio metro de ellos y provocó una ola que los aventó.

–Al barco le empezó a salir aire de todas partes, hasta del fondo. Cuando volteé vi que ya se estaba hundiendo. Le dije a mi papá: “Homie, hay que nadar porque el barco nos va a jalar al fondo”. Pero él me contestó: “Homie, no puedo. Me duele mucho mi brazo, carnalito”.

Juan Francisco hizo un gran esfuerzo para jalar del chaleco a su papá y alejarse de la succión del barco. “El Chuy” lo ayudó. Vieron hasta el último mástil hundirse en la tenebrosidad del agua.

Los tres permanecieron juntos, flotando, con medio cuerpo debajo del agua, sin pisar nada. Don Jesús debió quitarse el pantalón Levi’s para mantenerse a flote. Se quedó en calzoncillos blancos y su camiseta negra tipo polo. El único accesorio que tenía era un dije de la Santa Muerte, pendiendo de su cuello en una piola negra de seda.

–Desde una parte, escuchamos una voz que nos gritó: “¡Ey, ¿dónde están? ¿Cuántos son?!”. Yo le contesté que éramos tres. Después vimos que era el capitán que nadó hacia nosotros con su chaleco puesto.

Faltaban dos. “El Claveles” y “el Canitas” no aparecieron por ninguna parte. Tal vez se fueron junto con el barco.

Juan Francisco se aferró a su papá. Que no se le soltara ni un instante.

–Se me hace que no pasó ni media hora cuando yo volteé a ver a mi papá. Se estaba desabrochando su chaleco con una mano. Él ya presentía que le iba a pegar el infarto.

Yo me le aferré con las piernas y me empecé a quitar mi chaleco también y le dije: “Suéltese y yo me suelto. Los dos venimos juntos y si se lo quita usted yo también me lo quito y los dos nos vamos a ir al fondo”. Me dijo: “Usted aférrese, homie, está muy feo el clima y aquí nadie se va a aferrar por usted, usted sálvese”.

Era su papá, su adoración, dejándose vencer por el mar, donde vivió los últimos treinta años de su vida.

Los cuatro juntos, inmóviles, esperaban la llegada del Independiente I. La espera era eterna. Ese barco ya estaba más cerca del puerto que de ellos.

Lo peor siguió a continuación. Una ola, la más grande que Juan Francisco hubiese visto, los golpeó con la fuerza de un barco. Medía siete metros. En esas circunstancias qué importaba ya la longitud, si la fuerza del golpe fue portentosa.

El impacto los separó a los cuatro. Las piernas de Juan Francisco, aferradas al cuerpo de su papá, se separaron instantáneamente.

–Prácticamente las olas me quitaron a mi papá de las manos y me quedé solo toda la noche del martes, en medio de la nada.

Ya no volvieron a encontrarse.

Capítulo VIII. El hombre de blanco.

Las malas condiciones prevalecieron toda esa noche. Los vientos fuertes, helados por el frente frío que empujaba una tormenta invernal, se sentían como cuchilladas en la piel curtida por la sal.

Sin su papá, Juan Francisco se aferró a vivir.

En el puerto y en la isla, la treintena de barcos ya estaba anclada. Todos pudieron llegar, excepto el Carranza II.

Al amanecer del miércoles, con todo el frío en contra, Juan Francisco vio al capitán Medina flotando con su chaleco, sobre un corcho a merced de las olas. También vio un cerro a lo lejos. Tierra firme y segura.

El experimentado Medina le dijo que no intentara nadar hasta allá. Era muy riesgoso y podría ahogarse. Pero su sugerencia no fue escuchada. En este joven había muchas ganas de vivir.

–Yo me aferré hacia el cerro. Le nadé desde que me separé del capitán. Seguí nadando y nadando. Me empezó a oscurecer el miércoles por la noche. Se miraba el cerro entero pero estaba muy lejos. La corriente me siguió arrastrando otra vez hacia el mar. Yo le pedía a mi padre Dios que me ayudara, a mi Virgen de Guadalupe, a Jesucristo, a San Judas.

Había pasado veinticuatro horas solo en el mar, sin dormir ni comer ni beber agua dulce, colgado de un chaleco relleno de esponja. El frío calaba horrible en los huesos. El ventarrón que pegaba en la cara se sentía en las piernas temblorosas.

Este fue el encuentro íntimo con sus creencias, con su devoción, con su Dios, que no lo dejó solo en el mar.

–Un rato después de estarles suplicando tanto a ellos, llegó una panga blanca y un señor todo de blanco, con un perrito. Le decía que me ayudara porque estaba muy cansado: “Ya no aguanto. Tengo mucho frío. Estoy bien cansado”. El señor me dijo que sí me iba a ayudar, pero cuando nadé para tratar de alcanzar la panga, ya no estaba.

Juan Francisco lo vio bien claro. El hombre vestía de blanco y habló con él. Pero desapareció. Prefirió seguir nadando hacia donde había visto el cerro de día.

–Yo seguía pidiendo ayuda. De repente me empezó a salir la torre de un faro desde el agua. Volteé hacia arriba y se miró la imagen de la virgen, grande, en la punta. Yo supe que me estaban ayudando, pero cuando llegué al faro se comenzó a desaparecer de abajo hacia arriba. ¡Era una virgen tan bonita! Seguí nadando y más adelante vi otra torre igual que salía del mar. A lo alto estaba el Cristo. Quise hacer lo mismo, agarrarme de la torre, pero se desapareció. Todo eso me tranquilizó porque pensaba que sí me estaban ayudando, que me estaban guiando y alumbrando el camino.

En su desesperación, Juan Francisco clamó ayuda. De la misma forma que el señor de blanco, la Virgen de Guadalupe y el Cristo de brazos abiertos, apareció San Judas.

–Yo le pedía a gritos que no me dejara solo, que ayudara a mi papá que estaba enfermo. Entonces volvió a llegar el señor en la panga: “Oiga, yo le pedí hace rato que me ayudara”. “Sí, yo te voy a ayudar”, me dijo. Pero cuando le tiré el agarrón a la panga, se desapareció.

Capítulo IX. Salen a buscarlos.

Comenzó a amanecer el jueves 29 de octubre. En la ciudad, doña Ana fue informada del accidente. Ella y las esposas de los otros marineros pidieron más detalles en Capitanía de Puerto, pero no había mucho qué contarles.

Les explicaron que el miércoles no pudieron salir a buscarlos por la intensidad del viento y el oleaje.

Según el oficial José Germán Islava, ese día hubo intensiones de buscarlos por aire, pero desde el aeródromo se impidió la salida de cualquier avioneta. Tampoco la Armada de México permitió salidas de embarcaciones.

El jueves, con mejores condiciones atmosféricas, salieron cinco aviones, dos helicópteros, veinte lanchas pesqueras, tres yates pequeños y doce barcos pesqueros. Pero no encontraron a nadie.

Peinaron toda el área desde el lugar del naufragio hasta cerca del área de El Desemboque, muy lejos de Puerto Peñasco. Hubo aviones que volaron hasta cerca de la Isla del Ángel, en medio golfo. Pero cualquier esfuerzo de búsqueda era inútil.

Juan Francisco, con su devoción reforzada, escuchó las aspas de un helicóptero. Lo vio aproximarse… y lo vio alejarse.

–Le empecé a hacer señas, comencé a gritar y nada. Se fue de largo. Pensé que mi padre Dios no quiso que me ayudaran. Entonces vi que el helicóptero se regresó y opté por quitarme el chaleco y lo extendí frente a mí por los cuadritos que parecen espejos y reflejan el sol. Pero nadie me vio.

Desanimado, intentó ponerse de nuevo el chaleco, pero se le escapó. Una ola igual de grande que la noche del accidente lo golpeó con furia y lo zambulló. Tragó agua a litros. Pataleó hacia la superficie y alcanzó a asomar la cabeza. Un ligero respiro de aire salado y otra ola igual de fuerte. Hasta el fondo. Agua turbia en los ojos. Todo gris. Y más agua a la panza.

Salió a flote. Vio su chaleco y lo alcanzó con las piernas. Metió una al agujero de los brazos y así se mantuvo. Luego, otra ola. El mar estaba enojado con él, pero había una mano amiga que lo ayudó siempre.

La ola lo elevó varios metros. Lo dejó suspendido unos segundos. A lo lejos, muy lejos, divisó dos barcos, uno azul y otro blanco. Luego, al fondo otra vez. Debajo del agua creyó que era una ilusión, que al salir ya no estarían los barcos.

Al asomar la cabeza tragó con desesperación una gran bocanada de aire. Allá estaban todavía, tan lejos, pero tan reales. Sacó renovadas fuerzas. No supo de dónde. Comenzó a nadar. Los vio alejarse en la misma dirección que braceaba. Estaban demasiado lejos.

El mar, embravecido, le mandó otra ola descomunal y lo volvió a zambullir. Lo sacudió abajo y lo sacó a la superficie.

–Estaba resignado a morir porque no había alcanzado a agarrar suficiente oxígeno. Volví a tragar mucha agua. Cuando salí, no sé cómo, el barco estaba cerquita de mí. Yo salí enfrente del barco blanco, el Mister I, un tiburonero. Salí a escasos veinte metros y vi a dos muchachos volteando para todas partes.

Capítulo X. Sobre piso firme.

Con la última esperanza, soltó un grito hueco, desde sus pulmones acuosos. Agitó los brazos ardidos, llenos de ampollas y llagas. Comenzó a sentir el ardor en las axilas, el cuello, la espalda, la ingle.

El barco era real y la gente también. Le lanzaron una cuerda. Se enroscó con fuerza y lo jalaron hacia la cubierta.

Juan Francisco había pasado casi tres días en el mar, con el único abrazo de un chaleco salvavidas, sin comer ni beber agua dulce, sin dormir, aferrándose a vivir, recordando a su papá, acompañado de su devoción y un deseo de volver a ver a su esposa, a su hija, a su mamá, a sus hermanos.

Con la boca destrozada por la sal no podía siquiera balbucear su nombre. Los hombres que lo sacaron del mar encontraron su identificación en su cartera, en la bolsa trasera del pantalón. Fue el único sobreviviente que hallaron.

El 22 de noviembre, veinticuatro días después de su rescate, volvió a encontrarse con su papá. Don Jesús murió en el mar, como siempre quiso. Hallaron su cuerpo a cientos de kilómetros del lugar del naufragio, en condiciones tristes. Juan Francisco lo identificó en la morgue, en Hermosillo, la capital de Sonora, hasta donde viajó con su mamá en un automóvil prestado porque no tenía dinero para el autobús.

Del capitán Medina, del Canitas, del Chuy y del Claveles no se supo nada. Los marineros que pescan en el golfo voltean de vez en vez, pero no encuentran más que agua. El mar ya está en calma.