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Primero encontraron las piernas.

El último viernes de febrero de 2016, una mañana despejada, Deisy, una de las seguidoras de la Almita Desconocida, dice en el cementerio que primero aparecieron las extremidades inferiores dentro de una bolsa negra y luego el resto del cuerpo “en otra igualita”. El 9 de agosto de 2002, el día que la descubrieron en un bajío lleno de matorrales, en inmediaciones de la terminal de autobuses de Yacuiba —una ciudad calurosa del sur de Bolivia, con unos 90,000 habitantes, que comparte frontera con Argentina—, las calles se llenaron de vecinos asustados. Habían matado a una niña. La habían carneado como si se tratara de una vaca. Y se habían encargado de que la encontraran con facilidad. El crimen tenía la marca del narcotráfico: era un mensaje, una advertencia, una amenaza. La víctima podía haber sido cualquiera: el abogado, el farmacéutico, la oficinista, la vendedora de globos, la salchipapera. Pero fue una niña, y una niña despedazada no se olvida. El abogado, el farmaceútico, la vendedora de globos, la oficinista o la salchipapera se habrían convertido en noticia caduca al día siguiente. Pero fue una niña. Una niña cuya identidad nunca se supo a ciencia cierta y a la que hoy, en Yacuiba, se le rinde culto: el culto a la Almita Desconocida.

“La Almita es milagrosa, mucho, pero a veces te da y a veces te quita”, recitaba un borrachito llamado Jorge unos minutos antes de que Deisy se acomodara en una de las bancas del cementerio. Jorge había salido de un agujero poco profundo. Repitió dos o tres veces su apellido, pero no llegué a entenderlo porque masticaba hoja de coca mientras hablaba, porque apenas movía la mandíbula cada vez que trataba de armar una frase. Llevaba polera de un equipo de futbol, un short con manchas de tierra y unos zapatos que parecían fuera de contexto, que estaban demasiado limpios. Me dijo que trabajaba como sepulturero. Insistió en llevarme ante la tumba de la Almita y, una vez allí, tomó una de las botellitas con alcohol puro que algunos le ofrendan, echó el alcohol en una botella con agua y se perdió en una de las hileras con nichos.

La tumba de la Almita Desconocida es mucho más que una tumba: es un pedazo de cemento con la forma de un ataúd, dentro de un tinglado con el techo cubierto con láminas de calamina. Está pegada a uno de los muros del cementerio Divina Paz de Yacuiba y hasta allí van quienes consideran que la víctima de un asesinato a sangre fría es capaz de atraer la buena suerte y brindar protección a sus familiares.

Tras encender un manojo de velas blancas, prender en su honor tres cigarrillos y fumarse uno de ellos, Deisy dice que preferiría que no mencionarámos su apellido. El anonimato aquí es como un santo y seña. Quizás porque se rumorea que algunos de los devotos más antiguos de la Almita Desconocida son narcotraficantes, sicarios y contrabandistas. Aunque es difícil rastrear su inicio, el rumor pudo haber comenzado cuando una vendedora de refrescos que conversó sobre este tema en 2012 con un reportero argentino del periódico Clarín sostuvo que no es ningún secreto la presencia de esas personas en el cementerio, que vienen para solicitar protección, sobre todo los lunes, cuando el sol se esconde.

Deisy se marcha resguardada por una sombrilla y Jorge vuelve a salir de su hoyo y se acerca haciendo gestos extraños, como si fuera un títere en manos de un inexperto.

—Estoy cavando, pero aún no se quién es el muerto —dice, y muestra unas encías verdiamarillas cuando se ríe—. El muerto no está muerto todavía. El muerto soy yo.

Son las nueve y media de la mañana y frente a la Almita hay ya dos macetas nuevas, ocho cigarrillos soltando humo y cuatro personas que rezan.

La Almita podría haber sido la hija de cualquiera de ellas

***

Enterraron sus restos sin identificarla.

En el hotel París de Yacuiba, sentado a una mesa redonda, tras pedir “café para todos” a uno de los empleados, junto a una radio en la que suele escuchar las últimas noticias, Francisco Reynoso, el dueño del alojamiento, dice que la Almita, “al parecer, era muy jovencita”, que la mataron con saña, que nunca apareció su cabeza.

—Sus restos los metieron en un ataúd y los llevaron desde la morgue hasta el cementerio. Los enterraron sin identificar: sin nombre ni apellidos. Eso nos conmovió a todos. Y comenzó a llegar gente a ponerle velas y flores.

Francisco Reynoso, más conocido como Pancho, tiene 67 años, las cejas pobladas, una prominente calva y voz aguardentosa y grave. Viste una camisa de manga corta con cuadros y los primeros botones abiertos, guarda una llave de hotel en su bolsillo izquierdo y dice que Yacuiba ha cambiado, pero que a pesar de lo que le pasó a la Almita no podría decirse que sea una ciudad violenta, que crímenes no hay demasiados. Según Reynoso, en 1968 Yacuiba tenía 14,000 habitantes y la mayoría subsistía gracias a las labores agrícolas. Por aquel entonces, las calles eran de tierra. Un hombre que manejaba una máquina para hacer hielo proveía de energía eléctrica a algunas viviendas hasta las once de la noche; a partir de esa hora “había que arreglárselas con lámparas a querosén y mecheros”. En 1976 había ya 25,000 habitantes, y empezaron a llegar migrantes de otras ciudades: de Oruro, Santa Cruz, Sucre, La Paz, Cochabamba, Potosí, Tarija.

—El pueblo progresó y el progreso, como ocurre siempre, trajo bienestar y perjuicio —dice el dueño del hotel París.

En 1991 fue el despegue definitivo.

—Entró mucha plata de los argentinos. Se construyeron centros comerciales y se crearon fuentes de trabajo de la mano de las petroleras.

Y en 2002 asesinaron a la Almita Desconocida.

Por aquel entonces, ya se sentían los efectos de la presencia de grupos ligados al narcotráfico: en 2001, hubo un promedio de más de 12 homicidios por cada 100,000 habitantes; el promedio subió a 13.6 en 2004; en 2011, la zozobra se instaló en algunos barrios de la periferia, los intentos de homicidio se multiplicaron y la ciudad apacible que relata Francisco Reynoso parecía no serlo tanto. Y ese mismo año el periódico El Tribuno de Salta, la provincia argentina al otro lado de la frontera, catalogó a Yacuiba como uno de los lugares más peligrosos de Bolivia. A pesar de la mala prensa, cuando se camina por sus avenidas no se siente ninguna sensación de riesgo. Las construcciones son bajas, de una o dos alturas. Sus calles más emblemáticas están protegidas por arcos que regalan un poco de sombra. Y los vecinos todavía se saludan cuando coinciden en la puerta de un banco o en el mercado. El problema, según Reynoso, siempre ha sido la frontera. Los casi 40 kilómetros que hay de frontera alrededor de Yacuiba son una mera formalidad: una línea imaginaria traspasada a diario por los contrabandistas, además de la puerta de entrada de la mayor parte de la cocaína que circula por Argentina.

Aquí, en Yacuiba, hay quienes piensan que entre los narcos locales algunos se encomiendan a la Almita Desconocida antes de transportar un alijo importante. Pero a pesar de su fama, y trece años después del asesinato que la hizo protagonista de una devoción, su historia es aún una gran incógnita.

Algunos dicen que tenía 12 años; otros, que 13, 14, 15 o 16. Se cree que era una “mula”, una “tragona” que había atiborrado su estómago de cápsulas rellenas con cocaína. Algunos sostienen que fue víctima de un ajuste de cuentas, que la cortaron por venganza con una motosierra. Otros, que la interceptaron los sicarios de un grupo rival para hacerse con la droga que llevaba en los intestinos. Y no faltan los que aseguran que su cuerpo fue cercenado por un psicópata transfronterizo.

Hasta el momento, lo único cierto es que la encontraron muy cerca de las vías del ferrocarril y de la terminal de autobuses, dentro de bolsas de nailon, cortada en partes —primero encontraron las partes del tronco hacia abajo y, después, las partes del tronco hacia arriba—. Hasta el momento, lo único cierto y comprobable es que su tumba está repleta de plaquetas de agradecimiento.

***

Almita Desconocida
No sé ni quién fuiste
ni quién eres, ni cómo
te fuiste de este mundo.
Pero gracias de todo corazón
por los deseos concedidos

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La placa tiene una fecha: 17 de enero; una firma compartida: Edu y Panchis; y un año a medio grabar que parece ser 2008. A su lado, hay decenas de inscripciones similares:

“Gracias, Almita Desconocida, por los milagros recibidos y por recibir”, “Gracias por los milagros concedidos y por concebir”, “Acudí a ti en un momento difícil, me recibiste y me ayudaste. Gracias te doy de corazón”. Algunos mensajes parecen cifrados: “Gracias por los favores obtenidos y por otros que vendrán. M + M = Y. Yacuiba, noviembre de 2012”. Algunas plaquetas tienen forma de Biblia y otras están adornadas con vírgenes, rosas o espigas. En mitad de todas hay un reloj de pared que siempre marca la misma hora: las seis y media. También hay un tacho metálico para la basura, varias bancas de piedra y un par de jarras de cerámica que fueron donadas por los Oropeza, una familia de emprendedores que cree que la Almita es responsable de la buena marcha de su restaurante. Cada jarra está repleta de hojas de papel, dobladas: hojas de color blanco, hojas cuadriculadas, hojas con el borde semirraído. Y cada una de las hojas suma un pedido relacionado con la salud, el amor, la venganza, la desesperación o el dinero.

—Aquí vienen hasta colegiales con sus libretas de notas para no repetir curso —dice Juan Casazola, el empleado más antiguo del cementerio, un tipo canoso de 70 años con algo de barba, un lunar en cada moflete y abundante cabello, un hombre con dolencias varias, que sueña con una jubilación que no llega porque alguien se confundió al poner su fecha de nacimiento en el carnet de identidad, que mata el tiempo esperando muertos.

Aquí Casazola hace de todo: vigila, es panteonero, orienta a los vivos y organiza entierros, y de vez en cuando hace memoria para contradecir a los que aseguran que la Almita era un pedazo de carne sin cabeza, un personaje siniestro, como de novela negra.

—Sus restos habían sido mordidos por los perros y ya no había intestinos, eso sí, pero la cabeza estaba, claro que estaba, aunque en mal estado —recuerda Casazola.

Luego me dice que el entierro fue a principios de agosto de 2002 y que tuvo dos actos. Primero, él mismo sepultó el contenido de una de las bolsas: las piernas. Aquel día —según él—, una señora que decía que la Almita era su hija desaparecida se preocupó de los detalles del cortejo fúnebre —sin saber que semanas más tarde su hija aparecería viva—. El periódico El Deber de Santa Cruz de la Sierra dio cuenta además de una escena surrealista, protagonizada por padres cariacontecidos que iban en procesión al cementerio con zapatos en la mano para ver si el tamaño de los pies de la joven asesinada coincidía con el de los pies de sus hijas perdidas. Y media semana después del primer hallazgo apareció la segunda bolsa con la otra mitad del cuerpo. Casazola desenterró el cadáver y se esmeró por armar bien todas las piezas, como si fuera un niño ansioso por resolver correctamente un rompecabezas.

Entre los devotos de la Almita Desconocida hay comerciantes, licenciados, empresarios y desempleados. Algunos de ellos vienen con muletas o en silla de ruedas. Y también hay vagabundos y ladronzuelos. Casazola dice que algunos se roban las placas, los cigarrillos, las botellitas de alcohol y hasta el agua de los floreros. Después, me muestra las cadenas que protegen algunos de los adornos.
Y luego se ofende cuando le recuerdo que algunos le dicen pichicatera (drogadicta).

—Eso es mentira. A ella la mataron de muy mala manera. Pero, por Dios, era una niña. ¿Qué mal podía haber hecho? Que Dios castigue a los que se burlan de ella. Nosotros no sabemos lo que le pasó. No deberíamos ser ni juez ni parte.

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Yo no puedo negarle a nadie una misa.

A pocas cuadras de la plaza principal, en la parroquia de San Pedro de Yacuiba, en una habitación situada tras un mostrador muy similar a los de las oficinas de correos, el padre Victorio da Silva —50 años, cuerpo macizo como el de un pívot de baloncesto— dice con voz de tenor que él únicamente rechaza misas en honor a la Santa Muerte, que no puede negarle misa a nadie más, ni siquiera a la Almita.

—Aquí casi todos los días viene alguien a hacer anotar misa por ella. Cuando llegué a Yacuiba, pensaba que la gente era muy misericordiosa y quería pedir por todas las almitas que fueron sepultadas sin que nadie las reconociera. Pero luego me contaron la historia del cementerio y me di cuenta de que esas misas por La Desconocida eran para esa jovencita que asesinaron años atrás, para una sola almita. Acá nosotros no tenemos prejuicios. Estamos hablando de una difunta muy querida por muchos. Y mientras no me pidan un altar para ella en la iglesia no me hago problema.

El cura ríe y señala hacia un turril enorme con agua bendita.

—Los que vienen a la parroquia también se llevan mucha agüita de ésta. Acá la fe se mezcla con el paganismo y eso provoca devociones extrañas.

En Bolivia, los altares semiclandestinos están a la orden del día, y las creencias, a menudo, están salpicadas de cierto exotismo. En Vallegrande, las “Viudas del Che” le suelen hablar a la fotografía del revolucionario para que las cuide y las acompañe. En el reducto cocalero donde se hizo fuerte Evo Morales antes de ser presidente, un curandero que leía cartas y vestía de forma impecable cuando estaba vivo ahora es conocido popularmente como San Jailón —término utilizado para definir a un sector adinerado de la población que presume de su condición económica—, y es venerado, sobre todo, por gente con vínculos con el narcotráfico. En el cementerio General de Tarija, los “favores” son concedidos por dos asaltantes que fueron ajusticiados en 1978. Y en una habitación de La Paz forrada con papel de periódico hay más de una docena de calaveritas “milagrosas” que tienen tantos “clientes” como una buena carnicería.

—La mentalidad mágica y supersticiosa es apabullante —dice Da Silva—. Y es casi imposible luchar contra eso.

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Que levante la mano el que no sea narcotraficante.

En la parroquia San José de Pocitos, situada en una plaza muy cerca de la frontera, otro cura, Anselmo Alfaro —30 años, ojos marrones, facciones andinas—, habla del carácter de uno de los sacerdotes que le precedieron:

—Fue hace tiempo. Cuentan que un día que estaba muy cansado por tantas cosas malas que ocurrían se paró en la prédica y les dijo a los feligreses algunas barbaridades: “A ver, que levante la mano el que no sea narcotraficante. Aquí está oliendo a azufre…”

Anselmo Alfaro dice que no sabe si levantaron la mano muchos. Tampoco sabe con exactitud lo que pasaba antes en barrios como Pocitos. Y reconoce que hace tres años —cuando se instaló en la zona— tenía miedo.

—Por las cosas que había leído. Por lo que había escuchado. Asaltos, narcotráfico, ajustes de cuentas. Pero luego conocí a la gente y vi que no era para tanto. Claro, uno escucha comentarios, sí. Y a veces, por la falta de empleo, algunas personas caen en lo ilícito.

Cuando le pregunto si entre los devotos de la Almita Desconocida hay “narcos” y contrabandistas, duda:

—Por lo que yo sé, los seguidores de la Almita piden por su negocios y por sus familias, por esas cosas. La mayoría acá es gente muy sana. Es lo que podría decirte.

La realidad, en ocasiones, lo contradice: “Mata a su madre con 18 puñaladas” (El Deber, septiembre de 2015), “Asesinan a un joven en pleno día con seis balas” (Correo del Sur, febrero de 2015), “Hija contrata a dos sicarios para matar a su padre” (El País, octubre de 2014), “Planificaron un triple homicidio para quedarse con un cargamento de droga (La Nación, marzo de 2013), “Acribillaron de 18 balazos a un joven” (El Tribuno, enero de 2013), “Prenden fuego a un periodista boliviano” (Diario Correo, octubre de 2012), “Yacuiba, tierra de nadie” (Diario Andaluz, septiembre de 2012), dicen los titulares, todos en relación a esta ciudad que, por periodos, es como un dragón que duerme.

***

El día de su aniversario le llevan mariachis y tortas.

La farmacéutica Ana María Andrade tiene 59 años y no es de Yacuiba, pero ya lleva más de 20 años viviendo en el barrio de Pocitos, donde la conocen como doña Victoria.

—Me dicen Victoria por mi madre. Así se llamaba ella.

Son las doce menos diez de una mañana soleada. Ana María tiene la pinta de una empleada antigua de un ministerio —lentes elegantes, blusa floreada— y lleva varios minutos suspirando y poniendo inyecciones en la trastienda de su farmacia.

—En esta época hay mucho enfermo por culpa de los mosquitos. Pero hoy todos han llorado con los inyectables —se queja.

Ana María habla con una voz quebradiza (como si te contara un secreto) y cree fervientemente en los “poderes” de la Almita. Se escapa a su tumba cada vez que puede y, pese a que está rodeada de medicamentos, suele pedirle por su salud y la de los suyos.

—Si vas con fe, todo te cumple —asegura—. Ella fue una mártir y es muy milagrosa. El 9 de agosto es su aniversario. Ese día su tumba se llena de gente y le llevan trago, tortas grandes y pequeñas y hasta mariachis para dedicarle una serenata.

Según Ana María, en Pocitos hay decenas de seguidores de “la descuartizada”.

Y, también, atracos.

—Yo me suelo recoger temprano, digamos que a las ocho o nueve, porque a partir de la una o dos de la madrugada es mejor no estar en la calle. Hay que cuidarse. Aquí es mejor no ver ni escuchar nada.

Aquí es mejor decir, aunque te pregunten, que no has visto ni escuchado nada.

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Tenía la pintura de uñas intacta.

El mercado central de Pocitos se instala todos los sábados en una vía ancha que de lunes a viernes amanece repleta de camiones que quieren cruzar a la Argentina y es una sucesión de toldos y plásticos transparentes o verdiazulados; una seguidilla de carteles y precios; un bazar lleno de objetos —frazadas, dvd, poleras, carteras, cafeteras, sandalias, juguetes—; y una sucesión de comercios con rejas metálicas. Al final del mercadillo hay un puente y un río estrecho de aguas marrones; al frente del puente, una aduana y la población argentina más cercana: Salvador Mazza. Donde empiezan los primeros puestos de venta, dentro de una galería comercial, Mery Chavarría, una mujer de mediana edad que vende disfraces, máscaras y objetos de cotillón, dice que, cuando la encontraron, la Almita tenía la pintura de uñas intacta. Que eso significa que no llevaba muchas horas muerta. Por la noche, Franco Centellas, un periodista de 40 años que trabajó durante una temporada como taxista, repite una de las versiones más difundidas de la historia: “La mataron por un asunto de drogas”. Él está convencido de que los que empezaron a rendirle culto eran delincuentes. Y dice que por los caminos que atraviesan la frontera pasa de todo, hasta pasta base. Según Centellas, el último caso sonado fue el de las narcocisternas, involucró a varios vehículos de la empresa boliviana Creta SRL en 2015 y acabó con la detención de José Luis Sejas, su dueño, por tráfico de cocaína.

Cuando trabajaba como taxista, Centellas llevaba a veces a sus clientes hasta el cementerio, hasta la tumba de La Desconocida.

—Uno de ellos era el dueño de un restaurante. Otros no sé a qué se dedicaban.

Por aquel entonces, otra visita asidua de cierto tipo de clientela era a una suerte de brujo que se encargaba de que los gendarmes no detectaran la droga en la frontera.

—Y decían que les funcionaba, oye.

Durante la temporada seca, la cocaína suele pasar a Argentina en avionetas. Y durante la de lluvia, el narco recurre al tráfico hormiga: introduce la droga a través de caminos secundarios que nadie vigila, echando mano de jóvenes que viven en los barrios próximos a la frontera.

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La mataron por un ajuste de cuentas.

Después de lamentar los estragos de un vendaval que hizo caer más de 200 árboles hace algunos días, un taxista con polera azul sin mangas, los brazos gordos y mirada esquiva, dice mientras conduce hacia el centro de Yacuiba que es cierto que a la Almita la mataron por un ajuste de cuentas, que él andaba entonces metido en cosas de ésas y que conoce. Después me pregunta a qué me dedico. Cuando le digo que soy periodista, me mira desconfiado, y no vuelve a mencionar nada acerca de la Almita en todo el trayecto.

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Antes de descuartizarla, la torturaron.

En un condominio de Yacuiba situado en una calle donde antes había una morgue, en un despacho prolijo, el columnista Esteban Farfán, un polémico personaje de nariz ancha y 40 años que no se calla nada, dice que a la Almita, antes de descuartizarla, la torturaron, que lo suyo fue seguramente por algún pleito entre bandas.

—Así eran los crímenes aquí hasta hace algún tiempo, como en México.

Según Farfán, la violencia se nota más en determinados círculos, en las zonas rojas, en lugares como Pocitos, África o Barrio Nuevo en Yacuiba, o el Sector 5 en Salvador Mazza, en la Argentina. Y casi siempre tiene que ver con el narcotráfico.

—A un muchacho de unos 27 o 28 años que comenzó vendiendo sándwiches en una esquina, que se hizo millonario enseguida, que tenía una cancha de futbol muy linda y muy bien iluminada, lo asesinaron muy cerca de la plaza principal de la ciudad con un arma automática. Y pasó algo parecido con una señora que también apostó por la plata fácil. A ella la balearon mientras lavaba su camioneta —cuenta con el tono sosegado de un profesor, como si estuviera habituado a reconstruir escenas como éstas en su cabeza.

Él se apellidaba Soliz. Ella se llamaba Felicidad.

—Pero hace mucho que no sabemos de ajustes de cuentas —añade.

En otra época, Yacuiba vivía en permanente duelo. A finales de agosto de 2010, el periodista César Esteves le dijo al diario Los Tiempos de Cochabamba que los muertos por ajustes de cuentas a menudo permanecían en el anonimato, e insinuó que a los medios sólo se filtraban los casos sonados. Por aquel entonces, Esteves, que se hacía cargo del área de seguridad del periódico local El Chaqueño, también recordaba que, en ocasiones, las fotografías de los baleados eran tan crudas que prefería no publicarlas.

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Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…

Junto a la tumba de la Almita Desconocida, sobre una gran urna de cristal cerrada, hay un afiche con los datos de una joven desaparecida: “Dayanna Algarañaz Hurtado. Desaparecida desde el sábado 20/06/2015. Piel canela. Edad: 20 años. Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…” El anuncio viene acompañado de dos fotografías de medio cuerpo, a color, y de un par de números de celular de miembros de su familia.

Por teléfono su padre dice que desapareció en la ciudad de Santa Cruz. Que aún no tienen pistas sobre su paradero. Que imprimeron 20,000 volantes para intensificar la búsqueda. Que un amigo les aconsejó colocar uno acá para que la Almita les colabore.

***

A mí me concede todo lo que le pido.

El cementerio Divina Paz de Yacuiba es más conocido como San Gerónimo por los vecinos. Tiene un muro alto para evitar los robos nocturnos, un vigilante con sueldo de la Alcaldía y un horario estricto de atención al público: de ocho a doce en la mañana y de tres a siete por la tarde. Pero no siempre fue un fortín apacible rodeado de árboles. Cuando lo fundaron su perímetro era resguardado únicamente por alambre que no resguardaba nada. En cuanto la Almita ganó adeptos, la peregrinación de borrachos se hizo constante, y muchos de ellos se quedaban junto a su tumba hasta la madrugada. Poco a poco, los nichos le fueron ganando terreno a los espacios vacíos. Se construyó el muro y, así, el cementerio se volvió más seguro. La tumba de La Desconocida empezó a recibir gente todos los días y algunos devotos se organizaron para rendirle tributo los lunes: día de las ánimas según el cristianismo.

Son las tres y diez de la tarde del primer lunes de marzo y un hombre con un ramo de flores en cada mano se inquieta y comienza a lanzar exabruptos sin destinatario fijo:

—Viene uno a las tres y esto aún está cerrado. ¡Váyanse a la mierda! —grita.

Veinte minutos después, la tumba de la Almita Desconocida está sitiada por sus seguidores. Una mujer echa un chorrito de alcohol puro donde la enterraron y luego se frota los brazos con el alcohol. Otra espolvorea el cemento con hoja de coca. Tres transportistas que beben vino en vasos de plástico recuerdan a un cuarto que hizo fortuna tras armar un altar en su casa con una fotografía de este rincón del cementerio. Dos mujeres con delantal se plantan frente a algunas de las plaquetas de agradecimiento y rezan, y luego una de ellas dice que la Almita castiga a los que dejan de visitarla. Una señora me explica el significado de las velas de colores: “Las rojas son para no enfermarse y las azules, para los estudios”. Un hombre mayor con un tatuaje que dice “Lalo” recuerda la historia de un tipo que sobrevivió a un accidente gracias a La Desconocida.

Erlinda Flores es enfermera, y comparte una cerveza con una amiga frente a un repositorio de velas. Lleva una blusa púrpura, zapatos morados y aretes a juego. Tiene 30 años y dice que todo el fenómeno en torno a la Almita empe-zó después de que a la señora que organi-
zó su entierro, “una vendedora de chanchos del mercado campesino que tenía muchos hijos, escalonados, como zampoñitas”, le cambiara la vida.

—Unos meses después del entierro, la señora dejó de vender en el mercado y parece que reunió un buen capital. Porque luego mandó a una hija a España. A otros, la Almita les hace ver cosas en sueños. Y yo le hablo.

Erlinda le ha contado a la Almita toda su vida: cómo fracasó con sus primeras parejas, cómo sufrió cuando quedó embarazada en la adolescencia, lo sola que se sentía cada vez que sus planes no funcionaban. Le ha pedido castigo para los hombres que la abandonaron y protección para sus cuatro hijos.
Y trata de venir cada lunes para que no se enfade.

—A mí me concede todo lo que le pido —dice—. Cuando vivía de alquiler sufría porque los caseros llamaban la atención a mis niños y ahora ya tenemos un espacio propio y no tengo que aguantar a nadie. Mi nueva pareja es un amor de gente. Y a mi hija, cuando tenía ocho años la Almita le salvó la vida, un día que se metió una gasa por la nariz mientras estaba jugando. Tenían que operarle de emergencia muy lejos de aquí, en la ciudad de Santa Cruz, un otorrino, y de repente apareció un amigo con su auto, de la nada, y me la llevó hasta el hospital a cambio de la gasolina. Luego, yo perdí mi trabajo y la Almita me consiguió otrito. Siempre ha sido buena conmigo.

En 2008, en Salvador Mazza —la ciudad argentina al otro lado de la frontera— apareció un cadáver con una historia muy similar al de La Desconocida. La muerta tenía 16 años y también la abandonaron cerca de un vía férrea. La habían violado, torturado, le habían extraído las vísceras, la habían cortado en pedazos y habían arrojado sus despojos a un pozo ciego. Gracias a la ropa —una pollera de jean azul y una musculosa clara— y a una cicatriz que su madre reconoció en la pierna izquierda, se supo que la víctima se llamaba Fernanda Ruiz, y aunque el crimen se consideró el más cruel de la historia de la provincia, la víctima no generó devociones en el cementerio local. Quizás porque es más fácil compartir las aflicciones con un cuerpo sin nombre y sin apellidos.

En el cementerio de Yacuiba, la gente le habla a la Almita en voz muy baja, entre susurros. Los arreglos florales que le dejan cuestan menos de un dólar. La última novedad son unas estampitas en blanco y negro, con una breve oración, que diseña un devoto y que le permiten ganar un poco de plata extra en sus ratos libres.

La cruz de un hijitus

Publicado: 9 septiembre 2016 en Rodrigo Fluxá
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Episodio uno

Estaba en la fila de la caja del Líder de La Dehesa cuando me doy cuenta de que me faltaba un tarro de atún. Me meto por un pasillo y escucho los gritos de una mujer: eso, escóndete degenerado. Andaba solo, sin mi familia. Ella me seguía hablando, la otra gente se empezaba a dar cuenta. Me fui para adentro, no supe qué hacer.

***

Si le preguntan a Juan Manuel Romeo el momento cuando comenzaron los problemas en su vida, él, un viernes a las diez y media de la noche, vestido con jeans y un chaleco viejo, con las manos sucias, con las uñas negras, no menciona ni a los niños, ni a los apoderados, ni al jardín, ni a la Cárcel de Alta Seguridad. Con los ojos abiertos, pestañeando irregularmente, sin seguir ningún patrón, habla de una antigua pista de bicicross en Vitacura.

—Tenía 8 años. Mi hermano estaba dando vueltas en su bicicleta. Yo tenía la mía, pero lo hinché tanto para que me prestara la de él, que me la pasó. Me subí con chalas, como las de Condorito, y al rato una se me enredó en el pedal. Astutamente, bajé la mano para desenredarla y choqué con un montículo. Desperté tres horas después en la Clínica Las Condes, con un golpe en la cabeza.

Su hermano mayor, Pablo Romeo, mueve la cabeza de un lado a otro: “Es un falso recuerdo. No tenía rastro del golpe. Hemos llegado a la conclusión de que debe haber sido su primera crisis”.

Juan Manuel Romeo, según recuerda su mamá, empezó a fallar en los dictados en el Colegio André sin causa aparente. En quinto básico ya tenía problemas de sociabilidad: mostraba dificultades de coordinación, se quedaba pegado, con los ojos abiertos, en medio de conversaciones y no entendía los chistes. Fue diagnosticado con una epilepsia refractaria, dentro del 10 por ciento de pacientes con esa enfermedad que, pese a los medicamentos, no pueden controlar las convulsiones.

—Un profesor hizo un consejo de curso para echarme -dice-, porque me encontraban raro, que era muy poco para ese colegio. Mi mamá tuvo que llevar a un neurólogo para que explicara lo que tenía, que era normal.

La adolescencia de Romeo también fue a medias. Por su enfermedad debía dormir sagradamente ocho horas y no podía tomar alcohol. Estaba para los mandados en sus grupos de amigos. Su familia recuerda una broma que le hacían: al llegar a los semáforos solía esperar a que el resto cruzara, para cruzar él la calle. Sus amigos, cuando se dieron cuenta, daban un primer paso en falso con luz roja y luego se detenían. Juan Manuel Romeo seguía de largo y quedaba entre bocinazos en medio de los autos.

Tomás Lailacar ha sido su mejor amigo desde tercero medio. Casi veinte años después le tocó declarar en el juicio que definía la vida de su ex compañero. Antes de que diera su testimonio, Juan Manuel Romeo, a través de su defensora Carolina Alliende, pidió permiso al tribunal para esperar en una sala contigua. Se lo concedieron. Quedarse, escuchar lo que se iba a decir, hubiese sido parte de una pesadilla social recurrente: saber lo que dicen de uno a sus espaldas.

El testimonio fue brutal.

“Lo encontrábamos raro en general, pero uno se va acostumbrando. Era más torpe de lo normal, más tedioso, repetitivo, latero. Cosas propias de él que a mí ya no me llaman la atención, pero a la gente nueva sí, les incomoda, lo encuentran nerd en extremo. Tienden a rechazarlo. En las reuniones, Juan Manuel se quedaba muy pegado en la gente. Había que salir arrancando, inventar idas al baño, para que no estuviera toda la noche con uno. Cuando hacía juntas en mi casa, algunos me pedían que no lo invitara y a veces les hacía caso (…) En el colegio lo molestaban mucho. Para el cumpleaños de Juan Manuel en cuarto medio fue mucha gente, casi todos porque había contado que tenía una polola y nadie le creía. Él estaba feliz, le tapó la boca a todos. Uno le llevó de regalo un Sahne-Nuss envuelto en papel confort, como talla, y fue de los pocos que llevaron obsequios (…) Él estaba bastante contento con la polola, le contaba a todo el mundo. Terminó abrupto, porque uno de los amigos del grupo se metió con ella. Ese mismo amigo se lo hizo después con otra niña. Más grande tuvo su relación más larga, con una estudiante de párvulos. Fue parecido a lo anterior, otro amigo también se metió con esta niña”.

Juan Manuel Romeo terminó la enseñanza media casi con 20 años. Quería estudiar veterinaria. Dio la Prueba de Aptitud, pero no entró.

—No me dio, nomás.
—¿No pudiste prepararte por la enfermedad?
—Me preparé mucho, con cronómetro, facsímiles. No me dio, nomás.Se matriculó en el Inacap de Tabancura.

Contaba los pasos de su casa al Instituto: 328. Si tenía ganas de ir al baño, los caminaba de vuelta. Fue una forma de darle independencia, pero controlada. Su mamá, Ana María Gómez, había elegido criarlo sin diferencia con respecto a sus hermanos, pese a sus limitaciones. Sacó, por ejemplo, carné de manejar y condujo por cuatro años, ente los 22 y los 26, cuando, tras una serie de incidentes, incluido un trompo en plena avenida Kennedy, un neurólogo se lo prohibió. Su enfermedad no era un tema que trataran abiertamente en su casa. Él mismo no relacionaba sus fracasos a la epilepsia y a las continuas mezclas de remedios que tomaba para intentar controlarla. Muchos confundían eso casi con altanería.

Sebastián Benavides fue compañero suyo de colegio. Declaró tiempo después en la fiscalía oriente: “Juan Manuel era bastante apático, incluso con sus familiares. En vez de conllevar su enfermedad y asumir que tenía problemas de aprendizaje y movilidad, siempre se creyó el hoyo del queque. En realidad, le hubiera ido mucho mejor en su vida si hubiese aceptado su enfermedad y ser más humilde en la vida”.

Juan Manuel Romeo duró un semestre en su primera carrera, ingeniería agrícola. Se cambió a administración agropecuaria, de tres años, que terminó en cinco, con siete ramos rojos. Tras eso, hizo la práctica en una chanchería. Trabajó un año ayudando a su papá a administrar un casino, hasta que perdieron la concesión. Volvió a estudiar, ahora técnico vitivinícola, dos años más. Nunca pudo conseguir un trabajo en esos rubros.

Su hermano lo mira, mientras él habla y lo interrumpe:

—Uno puede estar hablando un rato con él y no notar el problema. Pero a la hora uno va notando cosas.

Juan Manuel Romeo baja la cabeza.

Su hermano ejemplifica. “Uno le dice: ya, anda a comprarme seis cervezas Escudo. Él va y al rato vuelve sin nada. Te dice: no habían Escudo. Y uno le dice: ¿y no trajiste otras? Y él no, porque no es lo que me pediste. Es muy literal y concreto. Una vez fuimos a hacer rafting y se cayó al agua. El guía le lanzó una cuerda especial y le gritó: agárrala y tírala, tratando de decir que la jalara. Juan Manuel entendió tírala, y la tiró lejos. Hubo que montar un tremendo operativo para sacarlo”.

En 2007 su madre, preocupada porque él tenía casi 30 años, le comenzó a dar labores en el jardín infantil de la que era dueña hace tres décadas en Vitacura, el Hijitus de la Aurora, propiedad contigua a su propia casa. Lo llevó a dos neurólogos, que aprobaron la medida. “Igual, si lo veía raro en la mañana, si no podía ponerse los pantalones o se ponía y sacaba los calcetines más de una vez, le decía que mejor no fuera. Tampoco era gracia que los niños vieran a un profesor convulsionando”, dice Ana María Gómez. Al principio cambiaba enchufes, ayudaba a ecualizar los actos, reponía el papel confort. Después se hizo cargo de la puerta; recibía a los niños, la mayoría de familias del sector, en las mañanas. Finalmente se hizo cargo de un taller de computación, pequeños bloques de 15 minutos, donde les mostraba programas de aprendizajes en grupos de tres: el Conejo Lector, Dinosaurios, Mi Mundo y Yo. Nunca se sintió parte del resto de las parvularias. Se compró un delantal blanco, para mimetizarse, pero no lo incluían en ninguna actividad fuera del jardín. Tal como declararon una decena de parvularias en fiscalía, les causaba gracia algunas cosas de él, como su pésima ortografía, que chocara con las paredes, que con más de 30 años viviera con sus papás y lo literal que era con las órdenes: como estaba de moda la teleserie El laberinto de Alicia, la historia de un pedófilo, su mamá, para evitar malentendidos, prohibió a los tres profesores hombres que tuvieran cualquier contacto con los niños que pudiera ser malinterpretado. Cuando un niño se caía, según declararon las educadoras, Juan Manuel levantaba las manos y no lo recogía.

—Tenía la orden de no tocar y no tocaba. No les sacaba el chaleco, no los llevaba al baño. Muchas veces querían ir al baño y la educadora estaba ocupada. Y si se orinaba, se orinaba. No tocar a un niño, era no tocar. No tal vez tocar, ni tocar en caso de… -dice Romeo.
—¿Te gustaba ese trabajo?
—Me gustaba que fuese siempre igual, que yo no tuviera que tomar decisiones, que fuese una rutina. Yo llegaba, prendía mi computador, iba a buscar a los niños a la sala, ponía los programas y el programa tomaba todas las decisiones.Estar a cargo de computación fue para él un paso importante: pese a que su mamá era la empleadora, tenía contrato, ganaba casi quinientos mil pesos mensuales. “Él sentía que había subido de nivel”, declaró su amigo Tomás Lailacar en el juicio, con Juan Manuel en la sala del lado. “Tenía más interacción con el resto del personal, era importante para él, porque le gustaba una de las niñas que trabajaba, que no lo tomaba en cuenta. Además, se podía pagar sus cosas, sus coca-colas, sus cigarros”.

Su salud seguía muy inestable. Su historial de la Clínica Alemana, solo contando el 2011, da una idea:

4 de febrero. Control. No logra cepillarse los dientes, o vestirse. Ido. Dificultad de caminar. Había llegado de vacaciones.

7 febrero. Golpe con barra del baño. Contusión.

30 de abril. Ojos fijos, desorientado, confuso, actividades no atingentes. Hubo error en baja de dosis.

17 de mayo. Movimiento involuntario del brazo derecho. Despierta adolorido, como golpeado, por convulsiones nocturnas.

22 de junio de 2011. Episodios confusionales: pone un huevo en la sal en lugar de sal al huevo. Cambios de fármacos. Madre nota cambios significativos en relaciones interpersonales.

13 de julio. Lo pica un insecto.

10 de agosto. Lengua traposa, se la muerde constantemente. Buen ánimo.

11 de agosto. Se tropieza, se golpea en la frente, pierde una pieza dentaria.

12 de octubre. Movimientos involuntarios y bruscos repetidos en la mañana. Episodios de desorientación.

12 de diciembre. Sufre caída desde la escalera mientras limpiaba el techo. Dolor en muñeca izquierda.

19 de diciembre. Irritable, más carga laboral. Falta de fuerzas, no logra pararse. Llama a madre. Niega ideas fijas o repetitivas, grave trastorno del sueño.

La vida social de Juan Manuel Romeo perdió aún más intensidad. Buena parte de su grupo de amigos se casó, inició su vida adulta. El 9 de junio de 2012, salió a caminar solo en la noche. Al volver a su casa vio que el pasaje estaba repleto de autos. Pensó que había una fiesta

Episodio dos

—Estaba saliendo desde el patio de comidas del Alto Las Condes hacia la terraza, cuando escuché que alguien me grita. No entendí bien lo que dijeron, pero me di vuelta. Estaba lleno de gente. Era un apoderado del jardín. Ahí me dice: “Pedófilo cu…, tú tenís que estar encerrado, no acá”. Yo justo andaba con el fallo en la mano impreso, porque una semana antes había salido y se lo empecé a mostrar, a decirle que se informara. Me dijo: “Yo tengo dos hijos y tú estás dando vueltas”. Me acerqué e hice lo que hago ahora: tomé el teléfono para sacarle fotos, grabarlo, tener respaldo. Ahí él se dio vuelta y se fue.

***

Declaración de Alejandra Novoa, esposa de José Miguel Izquierdo -cientista político, asesor del Presidente Sebastián Piñera-, madre de la denuncia inicial del caso:

“El viernes 8 de junio, le pregunté a mi hija por el tío Manuel: “¿Te gusta? No, no me gusta. ¿Son aburridas sus clases? Sí, son aburridas. ¿Y cuando no quieres hacer un trabajo te sube en brazos? No. ¿Te hace cariño?”. Se puso muy nerviosa. Se reía, estaba complicada, a punto de las lágrimas. “¿Donde te hace cariño?”. Dijo: “En el potito”. “¿Cuántas veces?”. Con la mano hizo tres y cuatro dedos. “¿Te dolió mucho? Sí. ¿Por qué no contaste? Él dijo que te iba a hacer algo malo”.

Al día siguiente hubo un cumpleaños de otro niño del jardín. Alejandra Novoa le comentó la situación a otros apoderados. Se coordinaron con el abogado y también ex apoderado Mario Schilling, ex vocero de la fiscalía oriente. Esa noche ella declaró en fiscalía. Su hija fue llevada al Servicio Médico legal, donde no encontraron ningún rastro físico de abuso. El abogado se juntó con un grupo grande de padres; recomendó hablar con sus hijos, revisar si habían tenido algún cambio conductual el último tiempo y apoyar con una querella.

No era una fiesta. Los autos que vio Juan Manuel Romeo en el pasaje de su casa eran de policías y apoderados. Entró a su casa.

—Al rato, casi a las cuatro de la mañana, suena el timbre. Dijeron que era la PDI, yo creía que me estaban palanqueando. Después me dijeron que venían por la declaración de una niña que decía que yo la manoseaba en clases, con mi mamá estando al lado. Yo no entendí bien de qué hablaban. Incautaron cosas y al final el fiscal me acorraló contra el refrigerador y una muralla, me mostró un papel y me dijo: “Firma acá y la sacái barata”. Mi papá me sacó justo cuando iba a firmar. Mi mamá preguntó que cuándo me iban a traer de vuelta. El PDI dijo que podía ser mañana o en meses más. Ahí mi mamá sacó 14 frascos con remedios. Yo pensé: “Pucha, la vieja exagerada, si voy a volver mañana”.
—¿Tu sabías de qué niña se trataba?
—Muy poco, solo porque era compañera de mi sobrina. Llevaba apenas tres meses en el jardín. Nunca tuve mayor contacto con ella. Hoy, con tiempo, ya enterado, me llama la atención lo irregular del caso. Me llevaron sin una investigación previa, sin haber delito infraganti. En Alemania, por ejemplo, separan al profesor, investigan meses, antes de cualquier cosa. Y todo sin publicidad.

A la salida estaban los canales de televisión, que grabaron cómo lo subían a un furgón. Minutos después cómo Izquierdo, encapuchado, pateaba la reja de la casa de los Romeo para tratar de abrirla. En el acto, el papá de Juan Manuel recibió un golpe y terminó con el coxis fracturado. Izquierdo fue formalizado 17 meses después.

A la mañana siguiente estaban los matinales en el lugar. Difundían videos de Juan Manuel paseando en el jardín, con el delantal blanco. Alejandra Novoa dio varias entrevistas. Dijo que empezó a sospechar porque cuando veía al profesor de computación, le daba algo en la “guata”, que tenía antecedentes de que él y el profesor de música se tocaban frente a los alumnos y que su hija tenía indicios de desgarros vaginales, pese a que el Servicio Médico Legal los había descartado dos días antes. Schilling fue el vocero de la acción judicial: dijo que se trataba de unos de los mayores pederastas de la historia del país, que existía una red de pedofilia al amparo de su madre, que ella estaba en Argentina para poner otro jardín, que dieran cualquier pista sobre su paradero, que había un pasadizo entre el jardín y la casa, que Juan Manuel se hacía el tonto y que habían muchos casos más. Meses después, interrogado por escrito, dijo que realmente se refería a un caso más: había escuchado de oídas que Juan Manuel había violado a su sobrina.

En pocas semanas, 93 apoderados se querellaron, la gran mayoría sin tener relato de abusos de sus hijos, pero siguiendo cambios conductuales advertidos por Schilling. Muchos solo querían asegurarse de que nada les hubiera pasado a sus hijos. La mayoría basaba sus sospechas en que Juan Manuel Romeo no miraba a los adultos a los ojos, ni los saludaba.

Del expediente:

Caterín Gibson: “El profesor de computación parece una persona extraña, no responde los saludos. A mi hija tampoco”.

Carolina Ortiz: “Un tipo muy poco empático, una persona de mala presencia, algún grado de problemas de desarrollo, no era agradable de presencia”.

María Beckdorf: “Manuel me resultaba extraño, por su mirada, cuestión que también le pasaba a mi hija de 13 años. Cuando mi hijo entraba y lo saludaba, Manuel bajaba la cabeza, cosa que es muy rara en él. Mi temor es que estuvo todos estos años, e ignoro las brutalidades que pudo haber hecho”.

Mario Jaramillo: “Lo vimos con una cámara filmando los actos del colegio”.

Cristián Santibáñez: “Nos llamaba la atención su nivel mental, nos parecía retrasado a mi señora y a mí. Como todos los papás, tenemos la certeza de que estuvieron expuestos a material pornográfico, eso lo mínimo, de ahí para arriba”.

Pedro García-Huidobro: “Para tranquilizar a mi hijo llevamos un mono que representaba a Juan Manuel y lo tiramos desde un puente del río Mapocho y vimos cómo el río se lo llevaba”.

Por la fiscalía oriente desfilaron decenas de niños, casi colapsando el sistema de toma de declaraciones. La mayoría no tenía nada que contar. Otros relataban historias que fueron descartadas por la propia fiscalía. Tal como consta en la carpeta, una niña, por ejemplo, contó que Juan Manuel la llevó a su pieza, se envolvió en una sábana, la pintó, se casaron y bailaron un vals. Otro niño decía que en plena sala de computación, los amarraba, los golpeaba, les cortaba el pelo y se ponía a bailar desnudo. Otra de las denuncias era de 2006, año en que ni siquiera trabajaba en el jardín. La mayoría de los niños ya sabía que estaba preso y que el jardín estaba cerrado, con garabatos escritos en las paredes.

Juan Manuel Romeo se enteró de todo eso mucho más tarde.

—Me llevaron de mi casa a un cuartel de la PDI. Después me metieron en un bus, rumbo a la formalización. Cuando llegué, un gendarme leyó mis papeles y en frente de los otros detenidos gritó: “Cabros, este viene con pichu.. de hueso”, que es como le dicen a la gente que está detenida por esas cosas. Me mandó al fondo de la pieza y me hizo volver y pasar entre los otros 50 detenidos, que te pegan patadas y manotazos, con manos esposadas. Lo indigno que se siente uno cuando te escupen en la cara así.

Al día siguiente lo trasladaron a Santiago Uno, donde un imputado por homicidio frustrado lo recibió.

—A la mañana siguiente este gallo pesca su teléfono y se pone a llamar gente. Me dice, te van a celebrar el mejor cumpleaños en el patio. Yo, ignorante, empecé a calcular y no me daban las fechas. Bajé y vi que se movía gente. Le dije al gendarme que iba conmigo que me iban a sacar la cresta, pero él apuró el paso y entre seis personas con palos me dejaron tirado en el suelo. Después subieron de vuelta y me repasaron. El gendarme me retó por ensuciarle el piso con sangre.

Tras el incidente, a Romeo lo llevaron a la enfermería, donde le pusieron nueve puntos, según consta en un documento de Gendarmería. La familia aún cree que fue una paliza por encargo. A los dos días fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad.

—Ahí también era lo peor de lo peor. Había asaltantes de bancos, asesinos de policías, no podía ni moverme, ni hablar con nadie. Me gritaban: “Romeo, ¿cómo te la pudiste con 90 niños?”. Tiempo después llegó gente que la acusaban de lo mismo que a mí. Como Zakarach, a quien repudiaba de antes. Conversamos harto. Él me creía.
—¿Qué te decía?
—Que sí a él lo dejasen libre, caería de nuevo, porque era algo que lo sobrepasaba, que no podía controlar. Estaba también Jorge Tocornal, el ejecutivo condenado por abusar de sus hijos.
—¿Qué postura tenías con la pedofilia?
—Si me hablas de pedofilia, de cualquier otro abuso, personalmente, lo repudio. Antes de que pasara todo esto te hubiese dicho que a alguien así hay que freírlo en aceite. Pero hacer una investigación seria antes.
—¿Te costó darte cuenta de la dimensión del problema que enfrentabas?
—Sí, no me enteré hasta varias semanas. Después me dio una gran impotencia, sentía que no podía defenderme. A mí me pisotearon, me maltrataron, me basurearon. Me hice famoso en Chile por algo horrible y que era falso. A mi familia le pegaron, a mi mamá la lincharon, también la metieron presa, tuvieron que aceptar insultos, ver cómo la empresa que nos mantenía a la familia quebraba en una sola noche.
—¿Nunca pensaste en aceptar alguna culpa para poder terminar antes?
—La fiscalía le ofreció juicio abreviado a mi abogada. De los 65 años que pedían inicialmente para mí, me ofrecieron, si me echaba la culpa, salir con libertad vigilada al día siguiente, solo firmando. Mi familia tuvo discusiones de si tomarlo o no, pero yo siempre me negué. Prefería estar 65 años preso, que admitir que había hechos cosas así. Les dije: o salgo con la frente en alto o me sacan en un cajón.

Juan Manuel Romeo estuvo un año y medio en prisión preventiva. En todo el proceso, juicio incluido, habló una sola vez, el 6 de enero de 2014, durante una de las jornadas de la audiencia de preparación de juicio oral. Esa vez, después de haber escuchado el detalle de las acusaciones en su contra, cuando la magistrada le preguntó si tenía algo que agregar, desoyendo a su defensa, habló:

“Primero que nada, llevo 18 meses diciendo mi nombre, recitando mi RUT, escuchando una cantidad de mentiras que me han levantado. Esto al margen de que cuando llegué a Santiago Uno me recibieron con tres palos en la cabeza…”.

Este viernes en la noche Juan Manuel Romeo, con los jeans, el chaleco y las uñas sucias, se escucha a sí mismo sollozar en la grabación que sale de los parlantes de un computador. La voz, su voz, se escucha temblorosa, a punto de quebrarse.

“…no puedo ni salir al patio, viviendo en tres metros cuadrados, mientras cien personas me recomiendan la mejor forma de ahorcarme. ¿Qué me queda?… Encerrar…”.

No pudo terminar la intervención. Se puso a llorar.

Su defensa costó más de 300 millones de pesos. Incluyó exámenes bastante vejatorios. Le hicieron uno proctológico para corroborar que no era homosexual, como acusaban algunos de los querellantes. El doctor Luis Ravanal le inyectó un medicamento para poder medir las dimensiones de su erección, descubriendo una de las pocas cosas que se había guardado para sí: que era impotente. En el juicio posterior, el mismo especialista sostuvo que Romeo, por los medicamentos que tomaba, no tenía impulso sexual. Abogados estuvieron discutiendo casi una hora sobre su psiquis sexual, con él ahí. A los peritos del Servicio Médico Legal les dijo que había tenido su primera experiencia sexual el 2006, con la pareja que duró casi un año y que no había vuelto a tener relaciones desde entonces. Los apoderados lo sumaron a la lista de rarezas sospechosas.

—Yo ya estaba sometido, entregado. Si me pedían que me bajara los pantalones en el estrado, me los bajaba. Yo sé que no soy homosexual, que no me han violado. Si no tengo relaciones hace siete años, es cosa mía, es personal, no es un delito. Todos se convencieron siempre de lo peor; no se molestaron en preguntar sobre los efectos de los remedios que tomo. O encontraban “sospechoso” que no mirara a los adultos en la entrada del jardín; me habían encomendado que nunca se arrancara un niño y por eso estaba siempre pendiente de eso. Y no los saludaba, porque no me sabía los nombres de la mayoría. No porque fuera raro.

El golpe más duro en la preparación para el juicio para Romeo fue constatar, científicamente, lo que su familia le había preferido no mencionar: que efectivamente tenía cierto daño cerebral por los años de convulsiones y remedios para evitarlas y que el daño iba en aumento. En un punto les dijo a sus abogados: “Toda esta defensa se basa en que soy tonto”. El perito le hizo un test que incluía sumas y restas, recitar sucesiones al revés y al derecho y explicar el sentido de algunos refranes. Romeo respondió:

A quien madruga…: se refiere a una persona que trabaja más, Dios la ayuda.

Cuando el río suena…: cuando algo suena es porque viene arrastrando algo, algo que pasa por encima de las piedras.

En casa de herrero…: la persona que se dedica a una determinada actividad, autos por ejemplo, no tiene tiempo para él mismo.

Ese examen concluyó que tiene “un típico daño cerebral adquirido”. El psiquiatra Otto Dorr, en otro, coincidió: “Deterioro orgánico secundario a la epilepsia y en alguna medida debido a la medicación”.

Durante el juicio su abogada le dio labores mínimas, como ordenar papeles, para mantenerlo ocupado. En una de las jornadas, el 20 de mayo, como destacan los jueces en el mismo fallo, “se detectó en el acusado un constante parpadeo repentino, además de trastorno en su mirada y a los pocos momentos cayó desplomado al piso reflejando una rigidez en sus extremidades inferiores”, lo que según los jueces, le permitió “corroborar lo informado por la mayoría de los profesionales que declararon en consecuencia”.

Fue un punto crucial. El otro fueron los testimonios: de los 90 casos iniciales, la fiscalía consideró cuatro como creíbles. La defensa se centró en desacreditarlos: trajeron a un experto alemán, Burkhard Schade, quien cuestionó el método en que los peritos chilenos condujeron las entrevistas. Por ejemplo, uno de los menores había declarado en dos ocasiones que nadie le había hecho nada, hasta que, después de meses de terapia reparatoria para un daño aún no explicitado, develó que Juan Manuel le habría mostrado el pene.

Alejandra Novoa, la primera denunciante, debió pedir disculpas por haber dicho que el profesor de música se tocaba con Juan Manuel. También reconoció que su hija jamás presentó daños físicos. La familia Romeo encontró otro dato: ella, en 2009, ya había presentado una denuncia a una parvularia en un colegio de San Antonio, donde trabajaba. A los meses hubo que reintegrar a la trabajadora.

Su esposo, Izquierdo, tuvo que pagar siete millones y medio y publicó disculpas en un anuncio en un diario por la agresión contra el padre de Juan Manuel Romeo.

Tres de los cuatro niños declararon, desde una sala especial, con un perro y una magistrada presente. Solo uno repitió, con contradicciones, el relato de los abusos. Juan Manuel vio todo en un televisor desde la sala principal.

—Me daban mucha lástima. ¿Cómo les robaron la inocencia a todos esos niños de manera tan terrible? -dice.

Juan Manuel Romeo fue absuelto en fallo dividido. Los jueces argumentaron falta de contundencia de los relatos e imposibilidad práctica: estuvo siempre bajo supervisión de otras personas. El texto ratifica, además, como principal víctimas a los menores, por un sistema que no supo resguardar sus derechos.

—¿Nunca te dieron rabia los niños?
—No, ninguna, todo lo contrario. Los respeto mucho. ¿Qué van a pensar cuando sean adolescentes? En esa edad los compañeros son muy crueles. ¿Qué les van a decir a esa niña? “Tu mamá dijo que te desgarraron la vagina en la tele y después tuvo que pedir perdón porque eso nunca había ocurrido”. ¿Qué le va a decir esa mamá, entonces, a su hija? Es terrible lo que les pasó también.

El fallo, además, adhirió a una psicosis colectiva de parte de los apoderados, a las falencias de los peritos chilenos en la toma de testimonio de los menores, la impericia y sugestión de los padres y a una actitud “antiética” del abogado Schilling que influyó generando pánico en el resto de los apoderados. Los querellantes y el Ministerio Público fueron condenados a pagar las costas. Los padres que llegaron a juicio señalaron que le seguían creyendo a sus hijos y que estaban orgullosos de haberlos defendido.

—Personas locas siempre van a existir, personas desbordadas siempre van a existir,  personas con poder político, siempre van a existir, abogados en busca de plata y fama, también.  Como me hicieron exámenes psiquiátricos a mí, habría que hacerlos siempre a los denunciantes antes.

El fallo fue ratificado en todas las instancias. Romeo los imprimió. En junio de 2014 partió al Alto Las Condes con ellos bajo el brazo.

Episodio tres

—Iba a la casa de mi hermana. Estaba yendo a tomar la micro en Cantagallo, cuando de repente se para un auto en la mitad de la calle, dejando un tremendo taco para atrás. Empiezan a sonar las bocinas cuando veo que era la Alejandra Novoa que me empieza a gritar: “Que estái haciendo acá, degenerado”. Lo que más me impresionó es que estaba la hija, en el asiento de atrás mirando todo. Me quedé para adentro, no contesté nada. Esperé que el auto avanzara, nomás.
—¿Qué pensaste?
—Que esa gente se va a morir convencida de que yo soy culpable, no les importa lo que digan las pruebas o la justicia. Y por ese convencimiento, yo y mi familia fuimos sometidos a, como definió la Corte Suprema, un juicio paralelo. No van a cambiar. Cuando dieron el fallo, dije, listo, soy inocente, puedo salir tranquilo. Mi familia me ayudó a aterrizar mejor, que no era tan a la ligera. Al principio me preocupó mi integridad física: salía con un perro de 65 kilos para sentirme seguro. Ahora me preocupa mi integridad psíquica. Elegí que hay barrios a los que no voy, como a Vitacura.

Entre las 90 familias que inicialmente tomaron parte de la querella, los Romeo Gómez dicen que varios se han contactado con ellos para pedir disculpas. Algunos mandaron cartas. A Juan Manuel, personalmente, nadie.

—Tampoco se las recibiría, porque ninguno va a entender jamás lo que pasé yo. Y ellos armaron eso, fueron manipulados por un abogado, pero fueron parte de eso. Que ni se molesten, ellos en su casita y yo en la mía.

Al dejar la cárcel, Juan Manuel Romeo volvió a vivir con su hermana, que ya había recibido a sus papás, quienes habían tenido que vender la casa y el jardín para costear el juicio. Dos tics evidentes le quedaron del tiempo preso: duerme siempre hacia la izquierda, vigilando la puerta imaginaria de su celda y, en la noche se despierta sobresaltado, anticipándose a allanamientos de gendarmes. Otras huellas se demoraron en aparecer. Su hermana mayor tiene una hija que nació cuando su tío estaba encerrado. Cuando ella le dijo que la tomara, él respondió: “Yo, niños, no mudo”. Se demoró en atreverse a tomarlo en brazos.

—En la calle, si veo que hay niños o una plaza, prefiero cambiarme de vereda, caminar cien metros de más. Algo me quedó ahí.
—¿No has pensado en tener hijos algún día?
—No, no voy a tener. Ya no confío. Y si la mamá es una loca… Ni siquiera he pensado en retomar ese aspecto de mi vida. ¿Qué persona va a querer? Cualquier persona que conozca, el tema estará entremedio, puede pasar un día entero en internet leyendo las cosas que supuestamente hice. No planeo nada, mi vida la estoy reconstruyendo día a día, no sé lo que va a pasar mañana, ni lo que voy a hacer. Lo único que sé es que voy a llegar a bajar el switch de la luz en mi trabajo.

Viernes 12 de junio. Mediodía. Un subterráneo de un edificio en Santiago Centro. Juan Manuel se saca una polera gastada. Es un hombre muy delgado. A sus 37 años, tiene bastantes canas. Se pone una camisa limpia para tomarse fotos para este artículo. Ninguna de frente, dice, no por vergüenza, si no por algo práctico: no quiere crearle problemas a su hermana en el condominio donde vive, que algún vecino lo reconozca y empiecen de nuevo las miradas, las sospechas. Siente que ya les ha dado suficientes problemas. Apenas le levantaron la prisión preventiva y pudo hablar largo con su mamá, le dijo: esta fue la última de tu hijo cacho.

—Siempre me he sentido así, gastando una millonada en doctores, 300 mil pesos solo en remedios. Ahora, sin querer, los dejé sin nada. Sigo viviendo con ellos. ¿Quién nos mantiene? Mi hermana. No lo provoqué, no es algo racional, pero es lo que siento.

Juan Manuel Romeo no ha retomado su vida social. En todo el proceso, perdió dos amigos de los cinco que tenía: ellos le dijeron que no apoyarían hasta que supieran la sentencia.

—Como si bastara un tercero para decirles que no soy pedófilo, me conocían de toda la vida. Bueno, así no son los amigos. Tampoco salgo a casas de nadie, ni a lugares públicos con los tres amigos que me quedan. Tienen miedo de ser vistos conmigo. Los entiendo.

Juan Manuel Romeo ahora raspa con los dedos la ventanilla de una puerta.

—Llevo dos semanas tratando de limpiarla, no sale.

En las letras negras dice: mayordomo, administración. A eso se dedica ahora, es conserje. Gana el sueldo mínimo. Barre y lava vidrios. Por eso las manos sucias. Aunque quisiera otro empleo, no podría conseguirlo: no pasaría un proceso de selección. Dice que no le preocupa. Ha pensado ser ascensorista. Subir y bajar.

Se vuelve a poner la ropa de trabajo. Le gustaría usar el delantal, el blanco, el del jardín, pero teme, un poco paranoico, que lo relacionen con las imágenes de televisión donde lo nombraron.

—Siempre asumí que mi epilepsia iba a ser la cruz que iba a cargar toda mi vida. Ahora pasó todo esto y doy gracias, me sacaron esa cruz de encima.

Juan Manuel llega a la puerta del edificio. Le quedan 10 minutos libres para almorzar.

—Pero me pusieron otra mucho más pesada. ¿Quién me va a sacar este cartel de encima? ¿Quién? Me voy a morir así.

Yo ya me voy a ir

Publicado: 15 febrero 2016 en Aníbal Santiago
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Con el oído al teléfono, el pequeño Iván oyó esa mañana las palabras que su padre le había repetido desde sus cinco años, la misma frase que lo condenaba a no conocerlo, o a conocerlo sólo por la voz lejana que llegaba por el auricular un par de domingos al mes hasta Tlaltepango, su pueblo: “Hijo, si sigo en Estados Unidos es para que no les falte de comer a ti y a tus hermanitas”.

Esta vez la respuesta del niño tlaxcalteca no fue un “sí, papá”, ese “sí, papá” resignado más que comprensivo, con el que siempre quedaba sepultada no sólo la plática sino cualquier ilusión: “Por mí ya no trabajes más –fue lo que le contestó Iván–, porque yo ya me voy a ir”.

En algún lugar del Nueva York primaveral del 29 de mayo pasado, Salvador Cote Blas oyó la respuesta de su hijo y se molestó. Hacía siete años que el albañil había cruzado el río Bravo huyendo con pavor de la justicia de Tlaxcala, y su único hijo varón jamás lo había confrontado.

Por eso no le mandó un beso, ni le pidió que se portara bien y tampoco le dijo “adiós”. El castigo fue un “pásame a tu mamá”. Iván extendió el teléfono a Ángeles Ximello, su joven madre, que oía la plática junto a sus tres hijas: Alejandra, Mariana y la menor, Vanesa, una niña de siete años con retraso mental.

Iván ya no dijo nada más. En instantes en que Ángeles escuchaba a su marido quejarse por la conducta de Iván, el pequeño subió en silencio a la azotea. El matrimonio cruzó comentarios sin importancia. Pasaron cinco minutos antes de que Salvador, quizá afectado por algo cercano a un presentimiento, pidiera a su esposa: “Pásame de nuevo a Iván”.

“Hijas, busquen a su hermano allá arriba”, pidió la mujer. Mariana y Alejandra subieron a la azotea. Ahí, en efecto, estaba su hermanito de 10 años. La cinta de una bata de baño amarrada al tendedero estrujaba su cuello. Las niñas vieron a Iván desvanecido, con la piel violeta, los ojos cerrados y la cabeza colgante.

Por el teléfono descolgado, sin entender qué ocurría, lo último que Salvador escuchó fueron los gritos desesperados de su esposa y sus hijas.

El remedio era antes

La mañana del lunes 30 de mayo apareció una pequeña nota interior en la sección Estados del diario Reforma: “Se suicida menor por bullying”.

En realidad, el periódico hacía eco de la suerte de juicio sumario de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Tlaxcala, que en el boletín 100/2011, señaló: “El niño tomaría esa drástica decisión porque era objeto de burlas y malos tratos de parte de sus compañeros de clase. La madre del hoy occiso mencionó en su declaración ministerial que su hijo Iván N. era víctima de acoso escolar, cuyo problema podría haberlo orillado a tomar la decisión de quitarse la vida colgándose de los tendederos del patio”.

Según la Dirección de Prevención del Delito de la PGR, el año pasado hubo 190 suicidios por bullying. Pero todos a partir de los 12 años, con el inicio de la pubertad. El hecho de que un niño de sólo 10 años se quitara la vida, más allá de la razón para hacerlo, podía marcar un hito en México. Sobraban motivos para averiguar qué había ocurrido.

El mapa de Tlaxcala en el que Tlaltepango aparecía como un pueblito que retoñaba tímidamente en las faldas de La Malinche, sugería agradables postales de pueblo mágico, con calles empedradas, techos de dos aguas y fachadas de adobe.

Pero la bienvenida que ofrece Tlaltepango es muy diferente. Al boulevard que lleva hacia la población lo invaden negocios de block, bovedilla, viguetas, cacahuatillo, tepetate, piedra, grava, arena. Expenden sobre una calle atestada de vehículos de carga, desde estaquitas hasta tráilers.

El plomizo vestíbulo de la comunidad anticipa el escenario que se repetirá en cada calle: muros repletos de graffiti, bloques toscos de tabique que sirven de casas, y milpas sucumbiendo bajo cerros de ladrillo o cascajo que los hombres de aquí usan en su oficio.

Disculpe, ¿sabrá dónde ocurrió la muerte de un niño? –pregunto al primer viejo que veo en el pórtico de su casa.
—¿El que se mató?
—Sí.
—Uuh, hasta el canal –añade don Modesto Sáinz e indica algún punto remoto de la comunidad.

La Calle del Canal se anuncia con una gran cruz blanca de cemento alzada sobre el asfalto. Atrás de ella, el canal de Tlaltepango: lecho de podredumbre y basura del pueblo. Y a sus flancos, los hogares donde las mujeres hacen nixtamal para vender en Puebla. Pasos adelante surge la casa con el número 51. Un moño blanco cuelga en la fachada. De no ser por esa discreta cinta de luto, uno pensaría que esta familia vive días prósperos: la construcción de un segundo piso casi concluye, la entrada acaba de ser pavimentada y dos columnas nuevas esperan lo que será el techo de un cobertizo.

Toco y no hay respuesta. Por el filo del portón se divisa una pila de ladrillos que hace de cama para una muñeca de greñas rojas. En el patio gris reposan costales de cemento. Un vecino dice con recelo que Ángeles Mora, madre de Iván, salió hace rato de la mano de su hija menor, “la enfermita”. No sabe a qué hora volverá.

Minutos después, una anciana delgada –después sabré que es Alberta, su suegra– abre la casa de Ángeles: “Yo hago el aseo. Ni los conozco, no sé qué pasó”, miente y cierra.

Cruzo al otro lado del canal, donde vive Verónica, una vecina: “Ángeles nunca fue una persona de hablar, no dice nada a nadie y menos desde lo del niño”, advierte, justo en el instante en que señala: “Es ella, ahí está”.

Me apuro, pero cuando la pequeña mujer de cuerpo encorvado me observa a 20 metros, entra y cierra el zaguán. El que sale, poco después, es un sonriente regordete: Francisco, primo de la mamá.

—No conozco a ninguna Ángeles y tampoco sé nada de eso que usted me habla (el suicidio).
—La mamá del chico acaba de entrar, déjeme hablar con ella.
—Aquí no entró nadie. Le pareció –refuta y se mete.

Decido esperar sentado en la banqueta. En media hora no pasa nada, hasta que de golpe surge del zaguán una voz femenina que reclama:

—Si el niño ya está “guardado”, el remedio era antes, no ahorita.
—Sólo quiero saber por qué Iván hizo eso –explico.
—Haga justicia en la escuela. Averigüe ahí, no aquí.

Su papá mató a alguien

En la Calle del Canal sólo suenan los ladridos de los tropeles de perros callejeros y de uno que otro auto que va a San Pablo del Monte, cabecera municipal. Sus pobladores, cientos y cientos de albañiles, van y vienen cruzando la autopista para laborar de lunes a sábado en la ciudad de Puebla. El domingo es la paz de sus músculos extenuados.

Por eso, cualquier grito, el que fuera, hubiera sido un desgarro en esa mañana apacible. Pero aquellos gritos eran aún más que eso. Eran un vendaval de desdicha. Los hermanos Artemio y José Luis Blas salieron espantados a la calle y alzaron la vista: los lamentos provenían de un par de casas a la derecha, la número 51, hogar de Ángeles, la sobrina de ambos. “Cuando entré, ella bajaba en brazos a Iván –dice José Luis–. Aún respiraba”.

Cerraron el paso del primer auto que cruzó. “Se nos está muriendo”, imploraron al conductor, que hundió el acelerador para llegar en dos minutos al Hospital Comunitario Vicente Guerrero. Artemio corrió a Urgencias y entregó a los médicos Alberto Corona y María Pérez Zecua el lánguido cuerpo, de una tibieza que daba esperanza. Sobre la camilla, los médicos buscaron vida. Revisaron en Iván las frecuencias cardiaca y respiratoria, la presión sanguínea, la dilatación capilar y la temperatura. No encontraron un solo signo vital. “Llegó muerto”, aclara la doctora Zecua. Sin oxígeno, su cerebro había perdido la circulación. Iván había fallecido por asfixia.

Poco después de las 10 de la mañana, el doctor Corona pidió que el niño fuera trasladado al mortuorio. “Estábamos conmocionados”, recuerda.

Ángeles se quebró cuando el médico legista de la procuraduría estatal consignó frente a ella, en el acta de defunción, que su hijo de sólo 10 años se había suicidado. Aunque con el llanto encima, la ama de casa tuvo la firmeza para declarar a un agente ministerial que en la escuela había niños que hostigaban con saña a Iván.

Trato de obtener información oficial. Seledonio Capultitla, alcalde de Tlaltepango, no quiere sospechas: “El bullying está descartado”, dice, y lanza su hipótesis sobre el origen del suicidio: “La TV enseña esas cosas a los niños”.

No existe manera de entrevistar a sus compañeros por que son menores de edad y hay una implicación legal en el caso. En busca de rastros de ese supuesto acoso localizo a dos madres cuyos hijos eran amigos y compañeros de Iván. Piden omitir sus nombres.

—Es que Iván no sabía la historia de su papá –dice M de entrada.
—¿Cuál historia?
—Hace un tiempo su papá se juntaba en banda –cuenta S– y en una riña mató a un muchacho. La policía quería atraparlo y por eso se escapó a Estados Unidos. Un compañerito le dijo cruelmente a Iván que su papá había matado. Y que por eso nunca iba a volver.
—Por eso –añade M–, los niños rechazaban a Iván.

La Cueva del Oso

“¡María, párate, a tu hijo lo mataron!”.

La violencia del alarido que la despertó esa madrugada de domingo fue tal que las palabras que el propio grito contenía no significaron nada por un instante. María Sánchez Román saltó de la cama como si experimentara un ultraje y cuando se repitió en silencio lo que estaba oyendo, sacudió a su marido para arrancarlo del sueño. Florencio abrió los ojos y se enteró de la desgracia.

Pablo Román, su sobrino y vecino, acababa de llegar, agitado y sudoroso. Huía de una pelea que terminó en una golpiza mortal para Pedro, su primo de 17 años, hijo menor de María y Florencio.

Tres horas atrás, cuando el sábado perecía, los dos jóvenes albañiles habían deambulado por las calles de su pueblo, San Sebastián Aparicio, en busca de cervezas para celebrar que ya acababa el año. Pero todas las tiendas estaban cerradas.

“Vamos a la Cueva del Oso”, propuso Pablo, y Pedro aceptó. Esa noche del 20 de diciembre de 2003, el único bar de Tlaltepango, el pueblo aledaño, estaba a tope. Las 20 mesas y la barra eran un hervidero de gritos, palmadas, insultos y bromas refrescados por cientos de caguamas que saciaban la sed de fiesta de los albañiles venidos de los pueblos del municipio de San Pablo del Monte.

Los primos entraron al bar. Y ahí surgen sucesos confusos, reconstruidos en el Juzgado Cuarto de Tlaxcala con base en dichos que fueron y vinieron con la misma ligereza con que los parroquianos jugaban baraja española esa noche.

Pedro y Pablo coincidieron en una mesa con dos personas: el hoy fallecido Guadalupe Marcelino y su hermano Ascensión, identificados por pobladores de la región como miembros de Los Huaraches, una célebre y ya desaparecida banda delictiva local. “Estaban todos juntitos, cotorreando”, recuerda Concepción Romero, dueño del bar.

Al calor del alcohol, los cuatro comenzaron a interactuar con los ocupantes de una mesa vecina. Según la versión de los hermanos Marcelino, en ella bebían Salvador Cote las, albañil de 22 años, padre de tres niñas y un niño, Iván, que en nueve días más, la víspera de la Nochevieja, cumpliría tres años. Según otros alegatos, incluido el de Salvador, él ni siquiera se hallaba en La Cueva del Oso.

—¿Quién estaba en esa segunda mesa?
—No me acuerdo –comenta Concepción Romero, el propietario del bar.

Un hecho sin discusión es que los ánimos entre ambas mesas se calentaron. Romero guarda recuerdos frescos: “Se retaban de una mesa a otra: ‘yo te invito’, ‘no, yo’, ‘yo invito dos’, ‘yo otras dos’. Como pedían cerveza tras cerveza, le dije al de la barra: ‘Ya no les despaches, se están picando a ver quién tiene más dinero’. Hasta que el que se llamaba Pedro me dijo ‘dame tres cervezas’ y quiso pagarme 200 pesos. Le dije: ‘No te voy a despachar. Termina eso y te vas’. Al final los saqué a todos: ‘¡Váyanse fuera!’”.

Pero eso no impidió que a las dos de la mañana la disputa degenerara en una riña. “Otros seis entraron al bar para participar en la golpiza. Vinieron a lo que vinieron: a desmadrear”.

—¿A una persona llamada Salvador Cote lo vio ahí?
—Como no sé quién es, no sé si estaba –responde Romero.

La aún inexplicable furia se descargó contra Pedro. “Se le fueron con una botella, lo patearon entre todos y con un banco de fierro lo remataron en la cabeza”, cuenta Irma, su hermana mayor. La averiguación previa sostiene que le fracturaron la nuca de ese modo. Pero el dueño del bar –quien asegura desconocer la identidad de los agresores– lo niega: “Fueron tres patadas a la cabeza contra el filo de la banqueta. Se la apachurraron”. Romero, quien asegura no conocer a los agresores, observó a Pedro tirado en la calle: “El golpe le dejaba ver los sesitos. Y dije ‘esto no está bien’”.

Lo subió a su auto y lo llevó al Hospital Comunitario Vicente Guerrero.

—¿Quién es? –le preguntó el médico.
—No sé, lo encontré tirado en la calle. Me retiro, para no tener problemas.

Mientras Concepción dejaba a Pedro en el hospital y volvía a su bar, en el pueblo colindante, San Sebastián Aparicio, los Sánchez Román vivían una zozobra.

Pablo alegó que estaba traumatizado, se encerró en su casa y se negó a contar a Florencio y María dónde habían dado la golpiza a su hijo. Los padres optaron por buscar el cuerpo en las calles y pidieron a Irma, su hija mayor, ir al Hospital Vicente Guerrero.

Ahí, un médico le dijo que hacía un rato habían llevado a un joven inconsciente y que por su grave estado lo trasladaron al Hospital General de Tlaxcala. Mostró a Irma la ropa con la que el herido había llegado, para que la identificara. “Me entregaron unas botas, un pantalón y una playera. La cartera y el reloj se los habían robado”.

—Todo esto es de mi hermano –confirmó Irma al doctor.

Dos kilómetros arriba, Concepción ya estacionaba su auto junto a La Cueva del Oso. Pese a que el bar había cerrado, afuera aún bebían seis hombres: “Eran los que habían madreado a Pedro”, detalla Romero.

Cuando Guadalupe y Ascensión Marcelino, compañeros de mesa de Pedro, estaban retirándose del lugar, llegó una camioneta de la Policía Municipal. “Mientras se iban gritaron a los policías: ‘¡Ellos fueron los que pegaron!’. Acusaron a los que estaban tomando”, agrega el dueño.

Los agentes obedecieron a los Marcelino y arrestaron a seis: Juan Romero, Arturo y Antonio Galindo, Miguel Serrano, Gregorio Rosas y Salvador Cote Blas, papá de Iván.

Los Marcelino, en cambio, regresaron esa noche a casa. Desde entonces, sin embargo, el pueblo tuvo sospechas: “Cuentan que quienes golpearon a mi hermano fue la banda Los Huaraches, de la familia Marcelino –confía Irma, hermana de Pedro–. Ellos lo negaron. Yo no lo sé”.

Estamos tristes porque nos dejaste

Las familias Cote y Mora eligieron un ataúd blanco de pino tallado, por el que tuvieron que pagar 6 mil pesos. Y, para abreviar el duelo, pidieron a los empleados de la funeraria San José no dar ningún tratamiento al cuerpo. “Fue triste ver que un niño murió así”, opina Germán Pisen, el gerente, quien se ocupó de que, como se lo solicitaron, el féretro tuviera cristal corrido, para que se viera la angulosa cara morena de Iván.

El cortejo fúnebre, de 30 personas, fue tan discreto que apenas se percibían los sollozos y las pisadas pedregosas que accedían al Panteón de Tlaltepango. En el sepelio, Ángeles le contó a Araceli Guevara, maestra de su hijo, que la semana previa al suicidio, su hija menor, Vanesa, sufrió graves convulsiones epilépticas. Mamá e hija habían viajado hasta el Hospital Infantil de Tlaxcala, donde pasaron muchas horas. El niño se quedó en casa con sus otras dos hermanas.

El martes en que se cumplen 35 días del entierro busco el lugar donde descansa el cuerpo de Iván. En este pueblo ceniciento con aire cargado de pesadumbre el panteón es el único estallido de colores. Pero este mediodía sólo visitan las tumbas floridas los zanates que revolotean entre moscas. Entre tantos sepulcros resulta difícil ubicar el de Iván.

Dos albañiles construyen el techo de una de las tristes casas con vigas saltadas que rodean el cementerio. Acompañan, alegres, a José Alfredo, que en un radiecito canta: Yo te abandono pa’ estar parejos / yo, yo que tanto lloré por tus besos… Al fondo, en el área de niños difuntos, destaca un sepulcro con flores que hace poco debieron estar rozagantes. “Aquí descansan los restos del niño Salvador Iván Cote Mora. Nació el 30–12–2000 y falleció el 29–05–2011 a la edad de 10 años. Recuerdo de sus padrinos y familiares”.

Hay seis botes oxidados con claveles blancos, una cubeta azul con una rosa solitaria y un bote grande de champú Caprice con veladoras y gladiolas blancas. Un pequeño Cristo dorado yace en medio de la cruz, abrazada por un tallo verde de una blanca flor plástica. Ahí, escrito en negro, su epitafio: “Estamos tristes porque nos dejaste, pero sentimos consuelo al saber que estás con Dios”.

¿Qué tanto puede escribirse ante la muerte de un niño? Leo los epitafios de los tres pequeños vecinos de Iván. El de Lilia Medina: “Dios buscaba un angelito y se fue contigo, Señor”. El de Karina Ximello: “Dios me dio la vida, Dios me mandó a llamar, no se queden tristes, yo descanso en paz”. Y el de María Gómez: “Pudiste ser un ave, una estrella, una flor, y ahora eres un ángel de Dios”. Sobre los entierros, sus familias dejaron una paleta Tutsi, un payaso de bonete rosa, un Quico de juguete.

Antes de partir, María, la chica que atiende la tiendita frente al panteón, cuenta cómo fue el día que inhumaron a Iván: “Fue un sepelio silencioso. Demasiado”.

Yo ya me voy a ir

Iván cargaba con la pelota a donde fuera. A la tienda, a la escuela, a casa de su amigo Freddie. Tac tac tac, se le iba el día con la manía de golpetear el balón en actitud distraída, como quien va por la vida silbando. Jugaba a viajar con la mente hasta el estadio Azteca para imaginar que era Salvador Cabañas. Aunque su América nunca le dio el gusto de verlo campeón, el paraguayo le alegraba el domingo. “Y cuando llegaba octubre, todos los días con su papalote”, recuerda su tío José Luis. Iván aprovechaba el viento que dejan correr las casas bajas de Tlaltepango para volar junto al canal de aguas negras los papalotes que él hacía y que contemplaba absorto cuando se suspendían en lo más alto.

Iván dormía mal. Desde que tenía un año, su hermana Vanesa, dos años menor, padecía crisis epilépticas que en la madrugada arrancaban a todos del sueño. De chiquito veía con pánico cómo su madre luchaba por calmar a la niña, que carece de habla y juega como un bebé de meses. Pero la edad lo cambió: “Iván ya ayudaba a su mamá casi todas las noches en los ataques que le daban a Vanesa –dice su abuela Alberta–. La quería: la alimentaba, le compraba galletas”.

Quizá ese cansancio crónico del sueño entrecortado le impedía reír lo que debiera un niño de su edad. En contraste, lloraba mucho.

Hace un tiempo, Luis –un compañero suyo– jugaba en el patio de la escuela. Un movimiento hizo que se le rompiera la bolsa del pantalón y se le cayeran unas monedas. Iván se agachó, tomó un par y se las llevó al bolsillo.

En la salida, Esteban Sánchez vio a su hijo Luis llorando.

—¿Por qué lloras?
—Iván me quitó mi dinero.

El papá se acercó a Iván y le dijo: “Devuélveselo”.

“Iván me contestó ‘yo no le quité nada’ y empezó a chillar, desesperado, como si lo estuviera golpeando”, recuerda Esteban.

Y hace meses, Angélica y su hijo Freddie –otro compañero de la primaria– vieron a la salida un niño que lloraba.

—¿Qué te pasó? –preguntó Freddie.
—Mi tío no me quiso llevar a la casa –contestó Iván.
—¿Dónde vives?
—Hasta el canal.
—Vivimos por allá. No te asustes, amigo –añadió el chico, dos años mayor–, te vas con nosotros.

Freddie empezó a patear las piedras del camino y animó a Iván a que hiciera lo mismo. El juego lo fue tranquilizando.

—¿Qué imágenes guarda de Iván? –pregunto a Angélica, la mamá de Freddie.
—Días antes de morir me contó: “Mi hermanita se puso mala a las dos de la mañana y la llevaron al hospital. Me preocupa mucho, yo la amo”.

Desde aquel día en que se conocieron, Iván y Freddie se encontraban en un punto del canal e iban a la escuela y volvían juntos. Su amigo recuerda haber escuchado en esas caminatas una frase reiterada: “Me preocupa dejar a mis grandes amores: mi mamita y mi hermanita enferma. Porque yo ya me voy a ir”.

Freddie nunca le dio importancia a esas palabras.

Se burlan de mí

El Waka Waka de Shakira hace bailar a la primaria Vicente Guerrero con una alegría explosiva, vigorosa, física. Está por concluir el ciclo escolar más triste en la historia de este colegio del municipio de San Pablo del Monte, al sur de Tlaxcala, y quizá por eso en las decenas de ex compañeritos de Iván que ensayan la coreografía de fin de curso se descargan en risas, saltos y bromas, como si un deudo se descubriera a sí mismo pegando una carcajada tras un luto penoso y largo.

En el enorme patio repleto de niñas y niños de uniforme azul y rojo vuelan balones, hay corretizas, gritos exaltados, resbaladillas repletas, columpios que se alzan como misiles. En este patio, Iván tenía una diversión solitaria que extrañaba a los maestros: giraba sobre su propio eje.

Subo las escaleras para entrar en el 4o A, el grupo donde hasta hace poco tomaba clases Iván. En el trayecto al salón me ataca la idea de que Araceli, su maestra, no dará la entrevista: la procuraduría estatal, Reforma, El Sol de Tlaxcala, ABC Tlaxcala y decenas de medios electrónicos replicaron la noticia de que Iván se mató por bullying.

Pero quien abre la puerta del salón es una mujer de sonrisa suave que oye atenta las razones para entrevistarla. “Claro”, acepta, e invita a este salón verde con un cartel que indica: “Para ser sabio hay que leer diario”. Las paredes están rebosantes de mapas, afiches de dinosaurios, caballos, elefantes. En las repisas descansan libros y matrioskas de colores elaboradas por los alumnos con papel maché. Y sobre los pupitres, los compañeritos de Iván celebran con sándwiches, refrescos y risas el fin de curso.

—¿Cómo recuerda a Iván?
—Travieso, distraído, alegre y dejado de las tareas: no cumplía. Lo atribuí a que se preocupaba por su hermanita epiléptica. Un día me dijo: “Maestra, se burlan de mí por mi hermanita”.

A la otra mañana, la maestra se paró frente a los niños. “Nada tienen que decirle. Iván es afortunado: su hermanita es el ángel de su casa”.

—¿Lo siguieron molestando?
—No, ahí acabó –asegura esta profesora de unos 40 años que señala un cartelito sobre una puerta: “No pegar, no gritar, no insultar, no empujar”. Una especie de manual exprés anti bullying.
—La procuraduría estatal dice que investigan si Iván aquí sufrió bullying, y que por eso no puede mostrar la averiguación previa. ¿Ha venido alguien a investigar?
—Nadie.
—¿Y qué piensa de las acusaciones de bullying que hace la familia?
—No tengo nada que decir.

Yo no fui

El sol despuntaba ese domingo 21 de diciembre y Salvador no llegaba a casa. Ángeles, preocupada, indagó entre vecinos el paradero de su esposo. La noticia no tardó: se encontraba detenido por participar en una riña. La familia viajó hasta la procuraduría estatal. “Cuando llegamos –cuenta Alberta, su madre– mi hijo ya estaba hundido en el Cereso”.

El joven albañil declaró que llegó al bar cuando la golpiza había acabado. José Luis Blas repasa las primeras palabras que oyó de su sobrino preso: “Lloraba diciendo ‘Yo no fui, tíos. Cuando llegué ya ni siquiera estaba el chavo al que le pegaron (Pedro Sánchez). Llegó la patrulla y nos agarraron a los que estábamos ahí”.

Según datos de la averiguación previa, quienes lo incriminaron fueron los hermanos Marcelino. “El líder de Los Huaraches, Guadalupe Marcelino, tenía cuates y relaciones en la procuraduría. Por eso hacía y deshacía y no le hacían nada”, revela un ex funcionario estatal que pide omitir su nombre.

Los seis detenidos cayeron en prisión pero sólo imputados por el delito de lesiones. Y es que Pedro, aunque inconsciente, con traumatismo craneoencefálico y conectado a un respirador, sobrevivía.

Al paso de los días –según consta en la averiguación previa a la que parcialmente pudo acceder emeequis– la abogada Lourdes Romero Méndez ayudó a liberar a Juan Romero Méndez (su propio hermano, por cuya fianza pagó casi 100 mil pesos), a Antonio y Arturo Galindo, a Miguel Serrano, a Gregorio Rosas y a Salvador Cote Blas. A cambio de 54 mil pesos de fianza, el papá de Iván logró la libertad tras permanecer cinco días confinado. “Toda la familia le prestó: le dimos aguinaldos, rayas de la semana, ahorros”, confía José Luis.

Salvador pudo volver a casa. En cambio, Irma e Ignacio acompañaban a su hermano menor, Pedro, en el Hospital General de Puebla: “Era como un muerto que respiraba”, recuerda ella.

Amiguero, alegre, seductor, en su agonía Pedro convocó en el área de terapia intensiva a muchas amigas. Murió el sábado 27 de diciembre, a seis días de ser atacado en el bar. “No podíamos creerlo –cuenta su hermana Irma–: era joven, tierno, cariñoso con sus sobrinas. Y no se metía en pleitos”.

Cuando Pedro murió, el caso pasó del delito de lesiones a homicidio. Se abrió entonces el proceso 348/2003. A inicios de 2004, la juez María Avelina Meneses Cante dictó orden de aprehensión contra tres personas, a quienes encontró culpables del asesinato: Arturo Galindo, Miguel Serrano y Salvador Cote Blas, el albañil nacido el 10 de octubre de 1981.

Ante la sentencia, la abogada Romero (quien no respondió a varias solicitudes de entrevista) se reunió con la familia de Salvador, su cliente. “Ella nos dijo: ‘Sálvese quien pueda: pueden esconderse ahorita’”, narra Alberta, madre de Salvador.

—¿Ustedes qué hicieron?
—Salvador se escondió unos días –reconoce su tío.

Arturo Galindo fue aprehendido el 23 de febrero de 2004. Miguel Serrano escapó de la justicia y aún es un prófugo. Salvador huyó de Tlaxcala el martes 20 de abril de 2004. Primos de Estados Unidos lo ayudaron a contratar un coyote y cruzar la frontera. Dejó en México a su esposa, a su hijo Iván y a sus tres hijas; la menor, Vanesa, una beba de pecho que ya manifestaba epilepsia. “Salvador escapó por miedo a caer en la cárcel sin haber cometido el crimen”, asegura su tío.

Desde entonces, casi ocho años después, no ha vuelto a México. “Igual que Miguel Serrano, Salvador se desarraigó del estado y no se ha vuelto a saber de él –señala Teresa Ramírez, jefa de la Unidad de Comunicación Social de la Procuraduría General de Justicia de Tlaxcala–. La averiguación está abierta. Hay que detenerlos porque el delito de homicidio no prescribe”.

Uno de los tres inculpados, Arturo Galindo, salió de prisión después de tres años, al parecer por falta de pruebas.

Pese a que la sentencia se dio hace ya más de siete años, la procuradora Alicia Fragoso rechazó entregar una copia de la averiguación previa, solicitada para conocer los testimonios que inculparon a Salvador y las bases del fallo.

Su familia jura que es inocente. “Los que agredieron (a Pedro) fueron los mismos que avisaron a la patrulla –insiste el tío del albañil–. Pegaron y, obvio, se largaron. ¿Cómo es posible que agarraran a gente inocente que llegó al bar cuando ya había pasado el acto?”.

Irma, hermana del fallecido, también sospecha del proceder de la justicia: “Yo no lo sé, pero cuentan que quienes golpearon a mi hermano fueron los de la banda Los Huaraches, de la familia Marcelino. Ellos lo negaron”.

Según el testimonio del dueño del bar, el gobierno estatal incurrió en una omisión clave: la procuraduría nunca estudió la escena del crimen y pese a ello encontraron culpable a Salvador.

—¿Fue algún policía al bar tras el homicidio?
—No –afirma Romero.
—¿Nunca?
—A los ocho días, pero vinieron a clausurar. Checaron la entrada.
—¿Usted ya había limpiado la escena del crimen?
—Sí, ya no había nada.

Proveedor de todo el dinero con que vive su familia, en siete años Salvador no ha vuelto a México. “Mi sobrino piensa ‘si regreso, a la cárcel’”, justifica José Luis.

Tampoco vino a sepultar a su hijo.

Lázaro resucitado

Desde el fondo de la iglesia veo cruzar el portón a Ángeles Mora Ximello. Tengo enfrente a la madre de Iván. Escuálida, castigada por las ojeras y jorobada, la joven que aún no cumple 30 años camina hacia la pila de agua bendita de la Parroquia de Cristo Resucitado con la actitud decaída de una anciana. En la mano izquierda lleva un ramo de gladiolas; en la otra, a Vanesa, su hijita, una espiga hecha niña con la frente cruzada de cicatrices, huellas de siete años de convulsiones.

Es 29 de julio, se cumplen dos meses de la muerte de Iván. Al templo de Tlaltepango han acudido unas 30 personas. Entre ellas, 10 niños, amiguitos y primos que guardan un respeto adulto en la ceremonia.

El sacerdote José Luis Díaz ha elegido un breve fragmento del Evangelio según San Juan para leerlo a los fieles y a Ángeles, que lo escucha atenta en la primera fila de bancas. En ese pasaje, Marta de Betania llora en su casa la muerte de su hermano Lázaro y hace un reclamo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”. Y Jesús respondió: “Tu hermano resucitará”. Y resucitó.

Pero el pequeño Iván no es Lázaro. Por eso los dolientes no tienen más que rezar el rosario para difuntos y murmurar el “Te rogamos, Señor”, cuando el cura lanza el doloroso “Te rogamos el descanso eterno de Salvador Iván Cote Mora, que goce tu presencia eternamente”.

La misa termina. Ángeles me mira de reojo. Apura el paso con sus tres hijas y niega con la cabeza cuando busco hablarle.

Pero Alberta Blas, abuela de Iván, y José Luis Blas, su tío abuelo, aceptan platicar en una banca en la plaza central del pueblo.

“El niño no se veía acongojado, ido, cabizbajo”, aclara su tío, como descartando indicios de su decisión. “Pero era muy apegado con su mamá –matiza la abuela Alberta–. Nunca la quería dejar. Si iba a la tienda era ‘¿mamá, a dónde fuiste?’”.

—¿Qué motivos creen que tuvo para quitarse la vida?
—Asumimos que se desesperó por no tener a su papá y ver así a su hermanita. ¿Pero a quién culpamos? –dice él.
—¿Supo que su padre estaba acusado de un asesinato?
—No. Se mantenía en secreto para no herir al niño –responde Blas.
—¿En la escuela alguien se lo dijo?
—No sabemos.

De pie, silenciosa atrás de la banca en que están José Luis y Alberta, la abuela materna, Guadalupe Ximello interviene por un instante en la plática: “Unos niños de la escuela golpeaban a su nieto”.

Le hago un par de preguntas pero se niega a abrir la boca. Al tercer intento, musita: “Mi hija fue a reclamarles a las mamás de los niños”.

José Luis pierde la mirada en el piso, murmura: “Él ya traía eso”, alarga un silencio y recapitula: “En la azotea, donde siempre andaba, decía ‘me puedo aventar y rápido me muero’”.

Ese jugar a morir amenazaba dejar de serlo. Meses antes de ahorcarse, se resbaló de la escalera que da acceso a la azotea y quedó colgando de la marquesina –con un vacío de unos tres metros–, de donde hubo que bajarlo. “Al final nunca se aventó –dice José Luis y me mira frío a los ojos–. Pero ahí mismo se mató”.

Cómo es posible que un niño haga eso

La mañana del lunes 30 de mayo, la maestra Araceli Guevara entró al plantel y recibió la noticia más dura en sus 27 años de servicio: su alumno de 4o A, Iván Cote, se había suicidado. “Fue un golpe tremendo. Pensé ‘¿cómo es posible que un niño haga eso?’. Aún no lo creo, no sé si fue un accidente”.

Estremecida, se confesó sin fuerza para dar la noticia al grupo. Al lado de ella, las maestras Irma y Gloria se encargaron de informar a los niños. No dieron detalles. “Varios lloraron, otros estaban en shock y otros no lo creían porque lo vieron el sábado en la Central de Abastos”, relata la maestra, que les pidió escribir un mensaje de despedida a su compañero. “Ya estás con los ángeles”, “Te voy a extrañar en el recreo”, “Ya estás en lo azul”, escribieron algunos.

Araceli hurga en la conducta del niño. “Distraído sí era: estaba sentadito con la mente
en otro lado”.

—¿Había sospechas de que podía hacer algo así?
—Claro que no, fue completamente inesperado.

Apenas en abril pasado, Iván acudió a un campamento escolar en el Centro Vacacional La Malinche. Se arrojó de la tirolesa, quemó bombones, echó porras.

El guía de los niños en ese viaje, el profesor de educación física Enrique Alarcón, muestra en su cámara varias fotos digitales: Iván, muy alegre, aparece a punto de deslizarse en la polea y riendo con amigos. “Se la pasó muy divertido”, confirma el maestro con gesto incrédulo. No obstante, en la clase de deportes era caso aparte: “Quedaba agotado luego de cada ejercicio y tenía que dejarlo descansar, algo que no me pasaba con nadie: Iván estaba desnutrido y la prueba eran los jiotes de su piel”.

El maestro, preocupado, mandó un recado a su mamá. “Simple: le pedí que a su torta le pusiera queso, frijoles y aguacate”.

Los alumnos con problemas de agresión, distracción y/o atraso son canalizados a un “grupo especial” de 30 niños. El rezago de Iván, cuyas calificaciones iban de 6 a 7, no
ameritaron integrarlo.

—Nunca fue reportado con problemas de aprendizaje –aclara la maestra de educación especial Irma Sánchez–. Escribía, leía, lento pero aprendía.
—¿Y en su grupo hay niños que ejercen bullying y pudieran dañarlo?
—Aquí no ha habido bullying. Ocurre lo normal, nada que pase de un pelotazo.

En el último año que cursó, Iván había dejado de hacer tareas. A la vez, su mamá ya no asistió a las juntas de padres. Por eso su maestra citó a Ángeles para saber qué pasaba: “Su respuesta fue ‘no tengo con quién dejar a mi hija’. A su mamá, una señora tímida que hablaba poco, le pedí estar más pendiente del niño, que hiciera las tareas. Me dijo que platicaría con él”.

—El papá de Iván está acusado de un asesinato. ¿Alguien en la escuela se lo dijo?

La maestra hace un gesto de absoluta sorpresa:

—No en mi clase –responde.

Se fue el pelón cabrón

Busco a la familia de Pedro una tarde después de una tromba. San Sebastián Aparicio es un ramillete de riachuelos grises de piedras rodantes. Toco en una casita de lámina. “¿Qué necesita?”, pregunta Florencio, padre del albañil asesinado, un enjuto señor de gorrita que frunce el ceño cuando oye qué investigo. “¿Ya para qué?”, responde en seco.

En silencio, oye a su esposa, María, que sale a atender en la vereda. Bajo la llovizna enlaza recuerdos que pintan a Pedro como un muchacho bueno: “Me decía todo el tiempo ‘mi reina’, ‘¿qué hace usted, mi reina?’. Llegaba de trabajar y se picaba su huachinanguito, sus frijolitos y decía ‘le pongo limón para que me sepa mejor mi comida”.

Ignacio, hermano de Pedro, dos años mayor, hace memoria con la mueca desorientada de quien busca salir de una nebulosa y cuenta el capítulo más reciente: hace cerca un año, un agente apellidado Mejía les pidió que vieran varias fotos para ayudarlo a identificar a los culpables. “Si no estuvimos en el bar, ¿cómo podíamos saber?”, pregunta Ignacio y niega con la cabeza, aturdido por la sandez judicial.

Y al instante, pegando una carcajada, comparte un recuerdo de su hermano: “Perdió su América y apostó. El cabrón se nos fue pelón”.

Antes de partir, cuento a la familia que en Tlaltepango, el pueblo vecino, se suicidó un niño de 10 años, el hijo de alguien que la justicia halló culpable del homicidio. Ninguno reacciona.

—¿No les suena el nombre de Salvador Cote Blas?

Los tres hacen el gesto del que no tiene idea de qué le hablan.

—No –atina a decir Ignacio–, a nosotros ni siquiera nos dijeron que hayan encontrado un culpable. Ese nombre jamás lo habíamos escuchado.

El amor de mis amores

Ya sin Iván, la casa junto al canal adquiere cada amanecer una nueva normalidad. Alberta, la abuela viuda, carga su masa hasta Puebla para vender gorditas en Villa Las Flores. “La casa está muerta –dice la anciana–. Mi hijo está lejos y por Iván llevo un dolor como si un hijo se hubiera muerto. Estoy desolada”. Luego susurra una plegaria: “Salvador no era pandillero, sólo era un albañil. Que Dios me lo traiga”. Y antes de decir adiós, hace una pregunta: “Que regrese y se aclare esto. ¿Cómo le puedo hacer?”. No sé qué contestar.

Alejandra y Mariana, hermanas mayores de Iván, caminan solas hacia la escuela. Ángeles, su madre, sale y cierra con llave. De la mano de Vanesa, que camina a trompicones, tomará una combi que las dejará en el Hospital Infantil. Esta mañana la casa ya ha quedado sola.

Lo último que Iván vio desde su hogar después de subir las escaleras fue el Popocatépetl: el majestuoso volcán puesto ahí, en el paisaje de su azotea, como un Dios protector único testigo de su muerte.

Horas después de los gritos sin consuelo del domingo 29 de mayo, apareció en la casa un dibujo póstumo. Dentro de un corazón y en un campo lleno de flores coloridas, Iván pintó a su hermana enferma. Y en un costado, escribió: “Para Vanesa, el amor de mis amores”.

I

Faltaba poco más de medio día para que cumpliera doce años. Las tortas estaban listas y las bebidas ya se enfriaban en la nevera de la casa de su abuela. Dieguito quería una rumba inolvidable. Su familia, sus amigos y vecinos asistirían. Era un templete para él y para el barrio donde creció. El dinero para cubrir los gastos salió de su bolsillo. Sólo faltaba una cosa: las torres de cajones -cornetas y bajos- que ubicarían en los extremos de la vereda José Antonio Páez de la ruta I de Vista al Sol, en San Félix.

Eran las 10:30 de la mañana del jueves 23 de febrero de 2012 cuando su abuela Josefina lo vio vivo por última vez.

¿Pa’ donde vas Diego? -preguntó.

En su apuro por salir de la casa, Dieguito apenas respondió:

—A casa de Javier. Me va a acompañar a buscar los reales que faltan pa’ los cajones de esta noche.
—¡Carajo, ni siquiera has desayunado y ya te vas a la calle! -le reclamó la mujer que lo crio desde que tenía 8 años y medio.

Josefina, una morena corpulenta de 1,60, y cuyo rostro revela que tiene más edad de los sesenta años que confiesa, escuchó cuando la puerta principal de su casa se cerró de golpe. Segundos después oyó la reja del porche chocar contra el marco metálico. Sabía que su nieto iba a robar para pagar el alquiler de los cajones, pero cansada de aconsejarlo y regañarlo en vano sólo le quedó encomendárselo a Dios. Finalizada su plegaria levantó el rostro, como mirando al cielo, y exclamó:

—¡Tú sabes que es un niño!

Dieguito caminó a casa de Javier, quien pese a la diferencia de edad -era cinco años mayor que Diego- era su compañero de camino. El trayecto era corto ya que Javielito, como le dicen en el barrio, vivía a dos casas de la suya. A las 10:35 de la mañana salieron a la calle Santiago Mariño, subieron a una perrera -una camioneta Pick up modificada para ser utilizada como transporte público- para salir del barrio, uno de los tantos que conforman la parroquia Vista al Sol, la segunda más violenta de Ciudad Guayana, con 99 homicidios reportados en 2011.

En la avenida Manuel Piar, que comunica al extremo este de San Félix de norte a sur, los muchachos comenzaron a tramar el plan del día. Dieguito, sabiendo que pronto comenzaría la rumba de dos noches por su cumpleaños, dijo:

—Tiene que ser algo rápido marico, porque en la noche llevan los cajones y eso se paga chin chin. Pero por acá no, porque hay unos pajúos que me tienen tirria y apenas me ven llaman a los policías pa’ que me jodan.

Tras un breve silencio, agregó:

—Pero primero déjame visitar a una “perilla” (novia) que tengo en Las Batallas. De ahí voy a donde otra “perilla” en El Gallo y nos vemos en El Cruce de la 45 a las 4 y media.

Javier le respondió que iría a San José de Chirica a visitar a unos amigos y a buscar un arma. Ambos chocaron puños y cada quien agarró por su lado.
A la hora acordada Dieguito y Javielito se encontraron en el sitio indicado.

Caminaron la cuadra que separa El Cruce de la 45 de Doña Bárbara y comenzaron a atracar a todo aquel que se les cruzara en esas calles y veredas desoladas. El sol era inclemente y el calor insoportable. Ese día debían hacer unos 36º centígrados en la ciudad.

Media hora después, una de sus víctimas pidió auxilio. Varios muchachos, residentes del Bloque 7, escucharon los gritos, se envalentonaron y salieron en socorro de la estudiante. Corrieron tras Javielito y Dieguito, pero sólo alcanzaron al primero. Al muchacho le cayó una lluvia de puños, patadas, palazos y pedradas. Hombres y mujeres se unieron al linchamiento. Otro grupo de vecinos, compadecidos por la paliza, reportaron la situación al Servicio Autónomo de Emergencias Bolívar (SAEB) 1-7-1 y éstos a su vez radiaron la información a la policía.

En la consola del Centro de Coordinación Policial (CCP) de Guaiparo escucharon a la operadora:

—Cerca del Bloque 7 de Doña Bárbara, en la entrada después del Iutirla, un grupo de personas apresó a un muchacho y lo están golpeando.
—Copiado control -respondió el jefe de servicios de guardia. Segundos después recibió respuesta de la patrulla 204.
—Vamos al sitio para evitar que maten al delincuente ese.

Los policías lograron rescatar a Javielito de la multitud. Estaba rasguñado, golpeado y sin camisa. Tampoco tenía zapatos. Sangraba profusamente por varias heridas que le causaron en la cabeza y el rostro.

Por el radio portátil uno de los funcionarios de la Policía del estado Bolívar (PEB) solicitó la presencia de una ambulancia para trasladar al joven al cercano Hospital de Guaiparo.

—Control… en el sitio necesitamos una ambulancia para llevar al herido al Hospital de Guaiparo.
—Copiado… ya la ambulancia va en camino.

Durante la espera, uno de los vecinos entregó a los uniformados un revólver Smith & Wesson calibre 38, cacha de madera, cañón niquelado de 2 pulgadas y sin cartuchos, que le quitaron durante la golpiza. El arma fue puesta dentro de la patrulla.

En el libro de novedades de la Brigada Hospitalaria de la PEB registraron el ingreso de Javielito a las 5:20 de la tarde del 23 de febrero. Mientras era atendido por los doctores, al muchacho le preocupaban dos cosas: la reacción de su madre al enterarse del motivo de la golpiza y la suerte de Dieguito.

Del paradero del niño se tuvieron noticias casi 13 horas después.

II

Diego Andrés, el cuarto hijo de Josefina, después de Osnel, José y Goyo, nació en el Hospital Pediátrico Menca de Leoni a las 4:00 de la madrugada del 24 de febrero del año 2000. Pesó 2,9 kg y midió 43 centímetros. “Siempre fue chiquitico”, recuerda su mamá, una vendedora informal de treinta y cinco años, piel oscura, y quien tuvo otros seis hijos después del nacimiento de Dieguito.

Hasta los 7 años la vida del pequeño fue como la de cualquier otro niño de un barrio. Vivió en una humilde barraca de zinc de 36 metros cuadrados, dos cuartos y una cocina en la calle principal del Barrio Moscú, a pocas cuadras de la casa de su abuela, con su mamá y sus seis hermanos menores. No conoció a su papá y las parejas de Josefina no duraban mucho tiempo en el seno familiar. “Seguro eso influyó en su carácter rebelde, porque se tuvo que hacer cancha solito”.

Dieguito era inquieto, tremendo y le gustaba vestir ropa Nike y Adidas, gusto que el sueldo de su m adre no podía costear. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol, pero pasa a engrosar las estadísticas de deserción escolar cuando le toca repetir 2º grado de primaria porque es atropellado por un microbús y tiene que pasar dos semanas hospitalizado y tres más de reposo. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol hasta que repitió segundo grado. Había sido atropellado por un autobús y tuvo que pasar dos semanas hospitalizado y tres meses convaleciente. Perdió muchas clases y muchas evaluaciones. Cuando Josefina fue a hablar con su maestra para explicar la situación, supo que el niño debía repetir el curso para que aprendiera.

Dieguito no recibió de buen modo la sugerencia y le dijo a su madre que debía conversar “algo serio” con ella. Desde ese día Josefina nunca ha podido olvidar esa escena. Su hijo tenía entonces ocho años. Josefina llegaba a su casa después de trabajar, a las 7:00 de la noche de un viernes de agosto, cuando Dieguito la llamó desde el cuarto principal del ranchito y le dijo con aplomo, como si tuviera tomada la decisión desde hacía tiempo atrás:

—Mami no quiero seguir yendo al colegio. Ahí pierdo mucho tiempo y prefiero ayudarte como hace Osnel, José y Goyo.
—¡Ay papito, pero apenas eres un bebé! ¿Qué vas a hacer para ayudarme? ¿Cuidarás a tus hermanos? -preguntó sorprendida la mujer.
—Jajajaja -rio el niño- ¡No… me pondré a trabajar! -soltó luego de manera tajante.

Josefina se quedó sin palabras, pero aceptó a regañadientes porque sabía que no tenía cómo vigilar al muchacho. Ya recuperado comenzó a embolsar las compras de los clientes del Supermercado Santa María ubicado en la avenida Manuel Piar. Dieguito maduró rápidamente y sin que se lo pidieran asumió la responsabilidad de mantener a sus seis hermanitos menores. “Era el hombrecito de la casa”, recuerda Josefina. Se convirtió en su mano derecha para todo, más que sus hermanos mayores.

Dieguito no duró mucho tiempo embolsando en el mercado. No le era rentable para costear sus gustos y mantener a sus 6 hermanos. “Si ganaba 50 bolívares diarios, me daba 40 a mí. Si hacía 40, 30 me los daba para los niños, pero él quería más, él quería para sus camisas, sus zapatos, sus pantalones”.

Josefina no conoce cuándo ni cómo su “hombrecito” comenzó a robar, quién lo acompañaba y mucho menos a quiénes robaba. Pronto Dieguito empezó a darle más dinero del que podía colectar en dos semanas de su trabajo anterior. “Hasta 600 bolívares me podía dar en un día”. También comienza a vestir ropa de marca.

Sin embargo, Osnel, el mayor de los 10 hermanos, sabía que Dieguito había conocido a Gordo Bayón y Capitán -actualmente detenidos e imputados por un triple homicidio ocurrido el 29 de febrero del 2012 en el barrio Vista Alegre, en San Félix, y de quienes se sospecha su participación en por lo menos 20 asesinatos ocurridos en Ciudad Guayana desde 2009, así como en venta de drogas, armas y municiones- en una fiesta en la calle principal de la ruta I de Vista al Sol en diciembre de 2008.

Esa noche Osnel fue a la rumba en su moto nueva. Cuando se disponía a partir, Diego, ya vestido con un Levi´s azul oscuro, una camisa roja con blanco y botines Nike negros con rojo, le dijo que quería acompañarlo. El niño bailó reggaetón y salsa toda la noche con varias muchachas -todas mayores que él- que asistieron al templete. Su cara de pícaro y sus ojos achinados le ayudaron a irse a su casa con varios números telefónicos.

—¡Carajito, tráeme una curda ahí pues! -le ordenó un hombre moreno, delgado y cabello corto, que estaba sentado con un grupo de jóvenes que han “prosperado” en el barrio.

Dieguito, que caminaba hacia donde estaba su hermano para irse, se devolvió para cumplir el mandado. Al entregar la cerveza recibió 100 bolívares de propina. Sorprendido, dio las gracias y se devolvió hasta la esquina donde Osnel lo esperaba.

—¡Maricooooooo… me dieron 100 lucas por llevar una curda! -exclamó al subirse como parrillero en la Empire Horse de su hermano. Luego, invadido por la curiosidad, le preguntó a Osnel la identidad del generoso hombre.
—Ese es Gordo Bayón. El blanco chiquitico que estaba a su derecha era Capitán y el de la izquierda, el flaco con cara e’ bobo, era Ronny Matón.
—¿Esos son con los que trabajaba el primo Franklin?
—Sí, pero no repitas eso en la calle porque recuerda que el primo es policía y lo puedes meter en peos.
—Ok… te acordarás de mí… ya verás.

Sólo Diego sabe qué hizo para ganarse la confianza de estos sujetos y, en cuestión de cuatro meses, convertirse en el pupilo de Capitán y Gordo Bayón. Es en ese período misterioso cuando comenzaron las malas andanzas del niño-hombre de Josefina: atracos y hurtos a transeúntes, casas en barrios vecinos y comercios de la avenida Manuel Piar. De vez en cuando Gordo Bayón y Capitán le encomendaban movilizar droga, armas y municiones dentro del barrio. Ganaba muy buen dinero para su edad.

Como todo adolescente era reservado para hablar de su vida privada con su familia. Todos sospechaban lo que hacía. Todos escuchaban los rumores. Todos regaron el chisme y nació la historia del niño-azote, pero nadie se atrevía a confrontarlo. Su mamá sabía que iba por mal camino y lo envió a vivir con su abuela.

En año y medio el niño desarrolló una pasión inentendible por las motos. “Robaba y hacía sus cosas y ahorraba el dinero. Cuando reunía para la moto, le daba el dinero a un amigo para que se la comprara. Les decía “tráeme tal moto, que la venden en tal sitio”, recuerda Josefina, la abuela.

Para 2011, el muchacho ya había comprado tres motos, valoradas cada una en más de 15 mil bolívares. Funcionarios de la policía estadal le quitaron dos y otra un guardia nacional, en todos los casos por no poseer documentos ni la edad necesaria para manejarlas. “Ellos sabían quién era él. Ya tenía fama y por eso le tenían el ojo montado”, agrega Josefina.

III

La primera detención de Diego fue reseñada el 6 de mayo del 2011 en el diario Correo del Caroní. En la fotografía se ve al niño, vestido con una franela azul con escudos estampados en la espalda, esposado junto a otro adolescente que usa una franelilla blanca, mientras bajaban de los puestos traseros de una patrulla del CCP de Cachamay. Un policía estadal los vigila de cerca.

Un día antes habían sido sorprendidos en la avenida Guayana de Puerto Ordaz, cerca del Orinokia Mall Center y muy lejos de su casa, mientras intentaban despojar a un hombre de una moto New Jaguar. Cerca del sitio de su detención hallaron un arma de fuego que -según el relato de la víctima- Diego usó para amenazarlo y amedrentarlo diciéndole: “Te salvas porque la pistola quedó sin balas”, y que lanzó al monte al ver que la patrulla se acercaba.

Emilio García, director de la comisaría que practicó su primera captura, recuerda a Dieguito como “un carajito tranquilo. Lo agarramos robando, pero era un niño. En ningún momento fue agresivo, por el contrario, era muy sumiso”.
La detención fue notificada a la Fiscalía Novena del Ministerio Público y por su condición de niño ante la Ley Orgánica de Protección al Niño y Adolescente (Lopna), porque era menor de 12 años, Diego recibió una medida de protección y fue puesto a la orden del Consejo de Protección. Éstos, a su vez, sugirieron que fuese tratado en un centro para atender a niños con conductas pre-delictuales, “pero resulta -lamenta Gustavo González, consejero del Consejo de Protección del municipio Caroní- que en Ciudad Guayana sólo hay dos centros de este tipo y son privados”.

Con ayuda de un tío abogado, el 1 de junio de 2011 Dieguito fue llevado a la Fundación del Niño en El Callao, al sur del estado Bolívar, donde recibió 25 días en tratamiento. Extrañaba tanto a su familia y a sus amigos que se fugó.

—¡Abuela… me devolví! -la sorprendió Diego un día mientras preparaba el almuerzo.
—¿Cómo carajo te viniste Diego Andrés?
—En cola… Huele a caraotas ¿Usted como que sabía que venía y me preparo mi comida favorita? -le dijo como queriendo cambiar el tema en camino hacia el baño principal.

Dieguito siguió delinquiendo, o cometiendo faltas, según la Lopna. Fue extorsionado, amenazado y hasta golpeado por la PEB y la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Por presión familiar el muchacho se internó nuevamente en un centro de ayuda. En agosto lo llevaron al Instituto de Derechos del Niño, Niña y Adolescentes (Idena) en Ciudad Bolívar. Tampoco duró el mes. Se fastidió y volvió a su casa.

La conducta de Diego parecía no tener reparo. Cada día eran más comunes los rumores sobre las fechorías que cometía. A oídos de su abuela llegó uno en el que lo acusaban de darle muerte a un joven que tenía problemas con Capitán y Gordo Bayón.

—¡Te permito que robes… pero no que andes matando gente! -le increpó en el porche de la casa, blanca con columnas fucsia, cuando él llegó después de pasar la tarde paseando en su moto.
—Yo ni pistola cargo, vieja. Eso sí que no lo hago yo. Te lo juro, vieja, por Dios que me está mirando en este momento.
—Prométeme que dejarás ese mundo mi negrito. Prométeme que andarás por buen camino.
—Haré el intento vieja, trataré -dijo el muchacho mientras cruzaba el pasillo principal de la vivienda y hacia su cuarto, el segundo a la derecha.

Diego cumplió su palabra. El 1º de enero del 2012 su padrino putativo, un turco que lo conocía desde que embolsaba en el mercado, lo invitó a trabajar con él vendiendo muebles y ropa en los sectores mineros de Las Claritas y Kilómetro 88, en el municipio Sifontes. Regresó a San Félix el 26 de enero. Parecía otro. Llegó con dos mil bolívares para su mamá y con un diente de oro, a lo Pedro Navaja.

Ese mismo día, mientras se cortaba el cabello, unos militares se lo llevaron detenido. “Nos pidieron diez mil bolívares para soltarlo, sin él haber hecho nada. Se los tuvimos que dar para que no lo jodieran”, recuerda su abuela con amargura. Sin embargo, en la Carpa Bicentenaria del Dibise aseguran que lo agarraron, con ayuda de la PEB, mientras robaba equipos electrodomésticos en una casa de la ruta III de Vista al Sol.

“Era desafiante y agresivo. Sabía que por ser menor de 12 años iría para la calle en cuestión de horas”, describe Jhonny Rodríguez, director del CCP Ramón Eduardo Vizcaíno.

De nuevo la presión familiar hizo que Dieguito buscara ayuda en el Idena de Ciudad Bolívar. El 2 de febrero, a 22 días de su cumpleaños, se trasladó a la capital bolivarense. Quince días después, el 7 de febrero, regresó de sorpresa en la casa. Dijo que había salido por la puerta principal, que tomó un taxi al terminal y se montó en un carrito por puesto que lo trajo hasta el terminal de San Félix.
Faltaba menos de una semana para que cumpliera doce años y Dieguito sólo pensaba en la fiesta inolvidable que ofrecería en el barrio. su abuela preguntó entonces:

—¿Y qué harás para pagarla Diego Andrés?
—Lo de siempre abuela… lo de siempre.

Josefina, su abuela, sabía que de nada valdrían los regaños. El tema no se discutió más y Dieguito retomó su antigua costumbre. Así, robando, logró reunir parte del dinero para las dos tortas y las bebidas. Se compró otra moto y la ropa que usaría el día de la rumba: una gorra negra de los Leones del Caracas, una chemise rosada y un blue jean Levi’s.

Josefina dice que su nieto tenía los días contados. Podía presentirlo en las historias que le contaba Dieguito. Tres días antes de su cumpleaños un policía lo agarró en la calle y le dijo que se cuidara. Al día siguiente volvieron a encontrarse. Esta vez le dijo:

—Faltan dos. Ya estás listo.

Diego creía que eran simples amenazas.

—Eso es pura paja abuela. Es pa’ asustarme nada más.
—Mijo cuídate, deja de andar en malos pasos. El que no coge consejo no llega a viejo. Esa gente son malandros con uniforme y hacen lo que se les antoje sin que nadie les haga nada.
—Vieja, es pura paja. Ellos saben que estoy bien con Gordo Bayón y Capitán y que no me pueden poner un dedo encima. Además, el primo Franklin se meterá si ellos me hacen algo.

Faltaba un día para su cumpleaños y aún no había conseguido el dinero para el alquiler del sonido.

IV

—Aquí Control. Reportan a una persona tirada en el suelo a 60 metros de la entrada a Acapulco, cerca de las bases del puente -comunica por radio un operador del SAEB 171 a la consola del CCP de Guaiparo a las 4:55 de la madrugada del 24 de febrero.
—Copiado Control, vamos al sitio -responde, con voz somnolienta, el conductor de la patrulla 205.

La unidad se enrumbó hacia la avenida Angosturita y tomó el desvío hacia el sector Acapulco, barriada ubicada en el margen este del río Caroní. Eran las 5:00 de la madrugada y la tenue luz solar era insuficiente para detallar el camino entre la neblina y el humo de Ferrominera del Orinoco. El conductor enciende las luces altas y retoma la marcha.

Cuatro carros desvalijados y quemados obstaculizaban la vía. La patrulla zigzagueó y continuó su recorrido. La carretera era de tierra y estaba tan deteriorada que la patrulla tuvo que maniobrar en espacios que no llegaban a 2 metros de ancho. Huecos y zanjones abundaban por doquier.

Al lado izquierdo de la vía había un talud de tierra que supera los 5 metros de altura. Al lado derecho, donde pareciera que pudieran maniobrar la 205, había una sabana de desechos en los que se divisaban -hasta llegar a una laguna cubierta de bora- lo que parecen pequeños mecheros, pero que realmente son pilas de cauchos que algunos chatarreros e indigentes queman para extraer el metal de su interior.

Llegaron al sitio, casi a orillas del río Caroní, cerca del único pilote en tierra del Puente Angosturita. Buscaron cerca de un lote de maquinaria pesada abandonado en el lugar y hallaron un cuerpo delgado de no más de un metro 55 de estatura, piel morena. La víctima vestía un pantalón deportivo negro y una camisa del F.C. Barcelona. No tenía zapatos.

—Control, es positivo el fallecido en la entrada de Acapulco. Tiene varios disparos y parece que es un menor de edad. Avisen del procedimiento al Cicpc -notificó el policía.
—Copiado -respondió el operador.

Mientras el cadáver estaba en el Instituto de Ciencias Forenses del Cicpc, la familia de Dieguito preguntaba por él en comisarías, centros médicos y en casa de sus amigos. Desde la noche del jueves esperaban su llegada para comenzar la fiesta. Josefina, la madre, estaba desesperada y le pidió a Osnel que la llevara cerca de la sede de la Universidad de Oriente, por Doña Bárbara. Josefina, la madre, soñaba con ese lugar desde hacía tres días. Al llegar sintió como si le hubieran dado un golpe fuerte en la cabeza. Podía sentir, dice, incluso cómo se desvanecía, pero lo disimuló con éxito. Fue en ese momento cuando presintió que a su “hombrecito” lo habían matado. Eran las 3:00 de la madrugada.

Luego de las 6:00 de la mañana, y agotadas todas las opciones donde buscar al cumpleañero, su familia se trasladó al Cicpc. Allí les notificaron que minutos antes había ingresado un niño que murió baleado. Madre e hija se armaron de valor y pidieron verlo

—¡Mamá es mi bebé… Ese es Dieguito… No dejaron que llegara a los 12 mamá! -gritó desesperada Josefina, mientras golpeaba con sus puños la bandeja donde yacía su hijo.
—Sé fuerte hija… ¡Seamos fuertes! Sabíamos que esto pasaría más temprano que tarde. Sabíamos que ese era el destino del negrito -dijo Josefina, la abuela, mientras abrazaba la ropa, ahora ensangrentada y llena de tierra, con la que vio a su nieto salir de su casa la mañana del jueves.

El cuerpo fue llevado a la Funeraria La Providencia acomodado para el velatorio, que se haría en la casa de su abuela. Luego de escuchar el testimonio de Javielito, la familia denunció en los medios de comunicación y ante la Fiscalía de Derechos Fundamentales, que Dieguito había sido interceptado por policías del CCP de Guaiparo cuando huía de Doña Bárbara, torturado y ejecutado con dos tiros de escopeta.

La noche del funeral, Capitán y Gordo Bayón alquilaron los cajones para darle a Diego la fiesta que quería. La urna estaba en plena vereda, justo frente a la casa de su abuela, y a cada costado se instaló una torre de bajos y cornetas. Las bebidas fueron distribuidas entre los presentes, le cantaron cumpleaños y hasta le picaron una de las dos tortas que había encargado. A Diego le hicieron su fiesta.

Lo vistieron con la chemise rosada y el blue jean Levi’s que compró para la rumba, además le pusieron sus zapatos Nike. Diego Andrés fue velado a urna abierta. Quienes se asomaban a través del cristal protector sólo podían ver su frente. El resto de su cara estaba cubierta por un vendaje. Uno de los dos disparos que recibió le desfiguró el rostro desde el mentón hasta debajo de las cejas.

A las 10:00 de la mañana del sábado 25 de febrero, el padre Mario Pérez, vicario parroquial de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, ofició las exequias de Dieguito. Su sermón estuvo dirigido a la no violencia y al respeto de la vida. Leyó el capítulo 2, versículos del 7 al 17, de la 1ra Carta de San Juan y el Salmo 23.

El padre sabía quién había fallecido. la calle estaba llena de malandros, drogas y licores. cerca de la urna, recuerda el padre, había más de 30 casquillos de balas. josefina, la madre, estaba desconsolada y le manifestó al sacerdote que temía que sus seis hijos menores siguieran el ejemplo de Dieguito, a quien muchos consideraban el terror del barrio.

El padre Mario bendijo el féretro del muchacho y se retiró. El cortejo fúnebre partió desde la vereda José Antonio Páez a las 11:00 de la mañana. En el cruce de la avenida Libertador y la vía Angosturita, cerca del INAM y del Cicpc, se detuvieron y lo bailaron al son de la canción Punto y Aparte de Tego Calderón.

Más de 70 vehículos: camionetas último modelo, carros del año y motos de todo tipo, formaban parte del cortejo. El conductor y el copiloto de una Chevrolet Captiva hacían disparos al aire en plena avenida Angosturita. Los tiros eran respondidos por una veintena de jóvenes que iban como parrilleros en las motos. Las detonaciones apenas opacaban el reggaetón, la salsa y la changa que sonaban a todo volumen en el Ford Fiesta, en el Volkswagen Gol y en la Ford Explorer que encabezaban la caravana que llevaba a Dieguito al camposanto.

La mayoría de los carros tenían escritas, en letras blancas, consignas como: “Policías asesinos”, “Diego, pana por siempre”, “Justicia para Diego”. Delante del cortejo fúnebre iba un camión 350 con la urna del niño del diente de oro en la plataforma.

Llegaron al cementerio, el más caro de la ciudad. El féretro de Dieguito fue cargado en hombros y llevado hasta el toldo donde le darían el último adiós. Unos tomaban ron, otros fumaban marihuana. Todos lloraban la muerte del niño del diente de oro.

—¡Mi niño no está muerto! ¡Mi niño no está muerto! -repetía sollozante su madre mientras abrazaba a uno de sus hijos.

Una lluvia de rosas y claveles cayó sobre el ataúd del niño. Osnel -asesinado tres meses y medio después- tomó la pala y lanzó la primera capa de tierra sobre la urna marrón con detalles dorados de su hermano. Esa primera paleada sirvió para que los pistoleros, que aguardaban impacientes, lanzaran al cielo un sinfín de proyectiles en honor al caído. El ruido de las detonaciones competía con la música a todo volumen que aún sonaba en los carros que guiaron al cortejo fúnebre hasta Jardines del Orinoco.

Dos entierros que se realizaban en simultáneo tuvieron que ser detenidos momentáneamente. Familias y empleados del cementerio se resguardaban de los disparos que despedían a Dieguito por todo lo alto, como la rumba que planeaba hacer para celebrar su cumpleaños el día que fue ejecutado.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿En qué parte se lo hicieron?
—En la pantorrila de la pierna derecha. Nos llevaron a un lugar donde nos hicieron el tatuaje. Nos dieron de comer y de oler una sustancia que me durmió. Cuando desperté ya tenía el tatuaje. Es una mariposa en una rama, la cual forma la zeta. Esa era la distinción, significaba que era de ellos, que era mercancía.

***

Grecia se ha ido. Relató dos veces de qué forma un grupo de crimen organizado utilizó su cuerpo como recipiente de lo que les dio la gana. Luego tuvo que irse. Lo relató ante las autoridades de El Salvador y ante las de México. Grecia ya no vive más en El Salvador. Es una refugiada en algún otro país. Por protocolo de seguridad pocos saben cuál es ese país.

Sé que tiene 29 años, que tiene tres hijos de seis, tres años y diez meses, que es casada y era desempleada cuando decidió migrar. Las únicas palabras de Grecia que he escuchado provienen de la grabación de una voz que no es suya. Se trata de los 52 minutos que tardé en leer para la grabadora la declaración anticipada que ella rindió para un juez en El Salvador.

En una diligencia hecha para el Juzgado Noveno de Paz de la ciudad de San Salvador, enfrente de uno de los que ella reconocía como victimario, a las nueve de la mañana del 2 de julio del año 2010, la testigo conocida como Grecia contestó a las preguntas de fiscales y defensores que le preguntaron qué le ocurrió. Cómo sobrevivió.

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Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Por qué razón fue citada por este juzgado? Usted fue citada por este juzgado para que se haga justicia sobre los delitos de secuestro, violación y trata de personas cometidos en su contra. ¿Cuándo inició el viaje a Estados Unidos?
—El día 13 de abril del año 2009.
—¿Con qué intención inició el viaje?
—Debido a la situación económica del país.
—¿Con quién inició el viaje?
—Con el señor Ovidio Guardado.
—Describa físicamente al señor Ovidio.
—Es una persona del sexo masculino de 69 años de edad aproximadamente, piel blanca, cabello corto, canoso, ondulado, de 1.77 aproximadamente de altura, sin dentadura. Tiene una cicatriz en la cabeza.
—¿Qué hizo este señor?
—Me engañó. En ningún momento me dijo que era coyote. Dijo que íbamos a ir a Estados Unidos, y ya estando en México mostró su verdadero objetivo.
—¿Y cuál era su objetivo?
—El primer objetivo de él era violarme, pero debido a la situación, esto no pudo ser.
—Cuando se menciona que inició el viaje, ¿cuántas personas la acompañaron en este viaje?
—Solamente el señor Ovidio.

Ovidio es un campesino moreno y arrugado, pero aún fuerte, como un árbol seco, sin hojas, pero que seguirá en pie por años. Ovidio es pariente del esposo de Grecia. Ovidio es vecino de la mamá y de la suegra de Grecia. Grecia confiaba en Ovidio.

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Tal como le ocurrió a Grecia, el anzuelo en la mayoría de casos de mujeres convertidas en mercancía es la esperanza de salir de la pobreza. Uno de esos casos es el de la red de Barberena, que no solo habla de la procedencia de las víctimas, sino que revela muchas otras facetas de los grupos de tratantes de la región. La de Barberena era una estructura de 12 hombres y una mujer que operó hasta 2006 en Barberena, un municipio rural del departamento guatemalteco de Santa Rosa, en la costa Pacífica de aquel país. Una red asesina que incluso tenía una finca de maíz donde hacían sangrientos rituales para vestir de pánico a sus víctimas. Una red corrupta que tuvo la suerte de que un juez salvadoreño dejara en libertad a la mayoría de sus integrantes. Pero de esas facetas de la red ya habrá tiempo de hablar. Ahora mismo, lo que interesa es que ese grupo criminal arroje pistas de la selección de las víctimas.

La red de Barberena operaba desde el bar El Pantanal. La modalidad de engaño era sencilla. Enviaban en expedición a hombres salvadoreños o mujeres salvadoreñas que tras años de ser obligadas a servir sexualmente en El Pantanal –una de las sobrevivientes estuvo siete años encerrada ahí– terminaban creando una costumbre insana a la que se llega a través del exceso de maltrato.

Enviaban a estos hombres y mujeres a cantones y caseríos de los departamentos fronterizos de Santa Ana y Ahuachapán en El Salvador. Recorrían las humildes casas con la excusa de ser empleados de un supermercado y un comedor recién abiertos en Barberena que necesitaban de personal. Ofrecían 70 dólares semanales más todos los costos del traslado hasta Barberena, e incluso 50 dólares en mano para que la engañada dejara a su familia.

Los cuatro países del norte centroamericano son de origen, tránsito y destino de víctimas de trata, en los cuatro países ocurren casos de explotación sexual. Las cifras explican que Nicaragua, El Salvador y Honduras son los países de donde provienen la mayoría de las víctimas del mercado de la trata del norte de la región. Guatemala es el lugar por excelencia donde esas víctimas son esclavizadas. Y los cuatro son, gracias a los miles de migrantes que producen, la gran cantera de los tratantes mexicanos. Los expertos –oenegés, fiscales, policías, organismos internacionales– explican que la vecindad con México y el enorme flujo de migrantes que atraviesa Guatemala hacen de ese país un lugar ideal para las bandas de trata.

Los timadores que recorren cantones, aldeas y caseríos no trabajan como mormones que van de casa en casa buscando que con suerte les abra la puerta alguien dispuesto a tragarse su monserga. Estos timadores conviven en la zona, son de sus alrededores, conocen a los pobladores, se hacen pasar por benefactores, echan raíces con nombres falsos. Algunos, dice la encargada de atención sicológica de víctimas de trata de la Fiscalía salvadoreña, Silvia Saravia, saben tanto de las mujeres a las que se acercan, que incluso saben si han sido violadas en su entorno cercano. Los tratantes huelen el desamparo y la vulnerabilidad como los tiburones la sangre.

Las mujeres desesperadas que aceptaban debían viajar casi una hora hasta llegar a las puertas de El Pantanal. Sin ninguna demora, eran recibidas por hombres armados y una mujer guatemalteca, Sonia García. Sonia les pedía que cambiaran su ropa conservadora, de mujer evangélica en muchos casos, y que vistieran la minifalda y la camisa de amplio escote y colores chillones que les ofrecía. Les decía que desde ese momento debían salir a la sala principal de la casona y convencer a los hombres borrachos de que pagaran 50 quetzales (unos siete dólares) por desfogarse con ellas durante 30 minutos. Ellas, las víctimas, normalmente decían que no, que ese trabajo no era el acuerdo. Entonces, los hombres que rodeaban a Sonia, salvadoreños en su mayoría, les explicaban con los puños y con bates de beisbol que no se trataba de una oferta, sino de una orden.

Cuando en el penal de Apanteos, en Santa Ana, conversé a mediados de agosto con Rigoberto Morán Martínez, uno de los seis condenados por ser de la red de Barberena, él dijo que casi ninguna de las mujeres trabajó la primera semana durante los cerca de dos años que él sirvió en El Pantanal. La mayoría pasaba la primera semana con la cara desfigurada, morada. Y a los clientes de El Pantanal, las mujeres de rostro morado no les gustaban. Pero la conversación con Rigoberto, un hombre que toda su vida ha utilizado un fusil como herramienta de trabajo, nos enseñará luego otras lecciones.

A finales de 2007, 16 de las sobrevivientes de El Pantanal rendían declaración en el juzgado salvadoreño. Veintiséis mujeres en total habían sido rescatadas en un operativo conjunto entre la Interpol de Guatemala y la Fiscalía y Policía salvadoreñas. 20 de ellas eran salvadoreñas. Las otras seis eran nicaragüenses y guatemaltecas. Esto debido a que la mayoría de enganchadores de la red eran de El Salvador.

El informe de este año publicado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito explica que en El Salvador, las víctimas de trata para explotación sexual detectadas por la Policía entre 2005 y 2010 eran en un 79% nacionales. En cambio, en Guatemala, en el mismo período, solo el 4% de las víctimas era de ese país. El 89% eran personas de Honduras, El Salvador y Nicaragua.

El consenso de estudios y expertos es que las víctimas, eso sí, proceden de un lugar común entre estos países de Centroamérica: la pobreza.

Una salvadoreña rescatada de El Pantanal era menor de edad. Durante el proceso, para que rindiera declaración como testigo protegida, a ella le llamaron Carmencita. Sobre por qué aceptó, a sus 15 años, dejar a su familia e ir a trabajar a Barberena, esta fue su respuesta:

—Había días que mi mami no tenía para comprar frijoles.

Sobre aquello que tuvo que soportar en su búsqueda por conseguir esos frijoles, Carmencita dijo esto:

—Había días en los que estaba hasta con siete hombres, pero como a mí no me gustaba nada de eso, hacía berrinche. Un día que el dueño se puso bolo, nos comenzó a pegar con el machete y a mí me hirió la pierna. Yo, llorando, le decía que me llevara al hospital. La herida se me infectó, y sólo me decía que me limpiara la pierna porque daba asco a los clientes.

A los clientes, una niña de 15 años con una herida profunda en la pierna lo que les daba era asco.

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Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Y luego qué pasó?
—Una vez llegada la noche, el señor Ovidio me llevó hacia un establo que se encuentra a unas cuatro horas de un río que se llama Las Palmas. Eran las 11 de la noche aproximadamente, solo se veían tres caballos. Él me dijo que su Dios le había hablado y que yo tenía que ser de él.
—¿Hizo algo?
—Me puse agresiva, no me dejé tocar. (Ovidio) Se puso violento, me amenazó con una uña larga que tenía, dijo que no era la primera vez que mataba a una persona con una uña. Le dije al señor Ovidio que iba a hacer mis necesidades. En ese momento intento huir, salgo corriendo, llego a un lugar que le dicen El Batallón. Corrí por 45 minutos. Les dije que venía huyendo porque el señor Ovidio quería abusar de mí. Un soldado me contestó que no me preocupara, que me quedara a dormir en ese lugar.

Según su relato, al quinto día de haber salido de El Salvador, ya en México, en el Estado de Tabasco, Grecia se separó de Ovidio. Antes de que lo hiciera, recordó Grecia, él le dijo que conocería el infierno en la tierra. Luego de dormir una noche frente a una guarnición militar mexicana, Grecia volvió a buscar el camino para llegar hasta las vías del tren de Tenosique, la ciudad mexicana que abre la ruta Atlántica del llamado Tren de la Muerte, que abordan los polizones centroamericanos que buscan una mejor vida en Estados Unidos. Grecia encontró a un grupo de migrantes de diferentes países de la región y les preguntó si podía unirse a ellos, les contó lo que Ovidio había intentado una y otra noche durante el viaje. Ellos le respondieron que podía unirse. Y con ellos llegó hasta las vías, un sitio que Grecia describe de la siguiente manera: “Hay champas, hay tiendas, en la parte de enfrente hay como un hotel desalojado, también hay un pantano, había más personas indocumentadas y personas armadas”.

Tenosique, casi frontera con Petén, Guatemala, es una de las ciudades malditas de la migración. De hecho, el hotel al que Grecia se refiere es un hotel que funcionó hasta principios de 2009, y era utilizado por grupos criminales para alojar a los migrantes secuestrados antes de trasladarlos a otras ciudades del norte. Paradójicamente, el nombre del hotel era California.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿A qué se refiere con personas armadas?
—Se encargan de llevar gente hacia arriba. Iban con jeans y camisas. Dominaban el lugar, ellos mandaban, controlaban las zonas de las vías del tren. Mencionaron que eran de una organización denominada Los Zetas, y que mandaban en la zona.
—¿Cuántas personas estaban en ese lugar?
—Unas 20.
—¿Qué tipo de armas tenían?
—Eran fusiles, armas grandes, pistolas, un hondureño que estaba ahí decía que era una Uzi…

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—¿Quién vigilaba a las mujeres en El Pantanal? –le pregunto a Rigoberto en este patio conocido como la zona verde del penal de Apanteos en El Salvador. Rigoberto es un hombre de 48 años que estudió solo un año en la escuela, que cultivó milpas de maíz toda su infancia y adolescencia, que en 1982, cuando tenía 18 años y la guerra civil salvadoreña apenas empezaba, fue reclutado por el Ejército, que cuando la guerra terminó siguió trabajando de cargar un fusil, en este caso como guardia de seguridad de una empresa de esas que alquila hombres como Rigoberto a negocios, farmacias, tiendas, supermercados, ferreterías…
—Era gente confiable de él, familia de él. Hombres armados –contesta este hombre bajito, recio, fibroso, de rostro anguloso con un delgado bigote. Se refiere a los hombres de Adán Cerritos, el jefe de la banda de tratantes de Barberena.
—¿Llevaban armas largas?
—¿Y no de eso estamos hablando, pues?
—¿Custodiaban a las mujeres todo el tiempo?
—Todo el tiempo.

La banda de Barberena dibuja con trazos claros muchos de los rasgos comunes de los tratantes de Centroamérica. Uno de esos rasgos es el de la confección del grupo con gente cercana, parientes de ser posible, que administran los burdeles; y, más abajo, unos pocos empleados sin poder, enganchadores y matones que se encargan de llevar chicas y atizarlas a golpes de vez en cuando. Si bien la banda de Barberena era una banda internacional que engañaba mujeres en tres países, no dejaba de ser un grupo pequeño, que lejos de parecerse a las monstruosas estructuras de los cárteles de la droga, optó por consolidar su bastión único en la comodidad de lo apartado y lo rural. Ahora, ser una banda pequeña no implica ser una banda solitaria.

—¿Por qué nunca denunció lo que pasaba ahí? –pregunto a Rigoberto, concediéndole por un momento una pizca de credibilidad a su argumento de que él era un simple “barrendero, cholero” en el bar El Pantanal. Rigoberto, tras dos años prófugo, fue condenado a seis años de prisión por el delito de trata de personas en febrero de 2011. La condena máxima en El Salvador por el delito de vender a alguien para que sea utilizado como un objeto es de diez años, tres meses y tres días en el caso de que haya agravantes, como que la víctima sea menor de edad. La versión de Rigoberto es que él llegó hasta ahí engañado por una salvadoreña que era enganchadora de la red de Barberena, cocinera en El Pantanal, y de la cual él se había enamorado perdidamente.
—Porque allá no se podía, ya le dije, estaba vendida la policía de allá. No se podía. Arriesgaba mi vida. Podía ser muerto. Yo no sé cuánto dejaba de dinero (Cerritos a la policía) –contesta mientras el sol cae.
—¿Nunca vio mujeres escapar o pedir ayuda?
—No se podía. Tal vez yo hubiera sido uno de los que les diera ayuda, pero no se podía, porque ese hombre (Cerritos) tenía comprada a toda la policía de Cuilapa, de Barberena. Cuando iba a llegar gente de la capital a hacer un cateo de mujeres, la policía ya le había avisado que escondiera a las mujeres. Tal vez dejaba a algunas mujeres que estaban legales. A las demás las escondía en un lugar ahí mismo en el bar, o un día antes las llevaba a esa mentada finca. Había un montón de cafetales alrededor, y él sembraba 60 manzanas de milpa.

La red de Barberena, pequeña y discreta, dueña de un solo burdel, operaba a escala como toda gran red criminal: corrompiendo. Rigoberto asegura que los policías de Barberena y Cuilapa, municipio vecino, pasaban a recoger semanalmente el pago que Cerritos les daba, y que además eran clientes VIP en El Pantanal, al igual que algunos empleados de las alcaldías de esos mismos municipios.

Las alianzas no terminaban ahí, Rigoberto explica que pandilleros de la Mara Salvatrucha de la zona de Ahuachapán, frontera con Guatemala, operaban también como enganchadores. De hecho, un pandillero salvadoreño, Marco Antonio Godoy, cumple condena como parte del grupo de tratantes.

La red de Barberena, pequeña y discreta, operaba a escala como toda gran red criminal: cometía todos los delitos a su alcance si estos dejaban lucro. Durante el juicio, dos de las mujeres rescatadas de El Pantanal aseguraron que en varias ocasiones los dueños del negocio vendieron por cantidades cercanas a los 5,000 dólares a recién nacidos paridos por las mismas víctimas de trata.

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El Salvador logró en 2011 ganar 11 casos de trata, todos de grupos pequeños. Y a pesar de que el número de casos ganados suena a poco, es el país centroamericano que más triunfos por este delito ha obtenido en las cortes hasta 2011, lo que habla de algún avance, pero de ninguna manera de un ideal en el tema.

La trata es un delito al alcance de la mano. Las víctimas pertenecen al ejército de los nadie de esta región, y los victimarios no necesariamente son delincuentes de trayectoria en el rubro, sino que muchas veces son emprendedores del mundo del crimen que ven en este delito un cóctel de ingredientes, entre estados débiles y víctimas desamparadas, muy apetecible. La UNDOC establece una constante desesperanzadora: solo una de cada 30 víctimas de trata en la región será detectada.

Los de Barberena, a comparación de otros tratantes, eran una red consolidada. Por ejemplo, en El Salvador, Ángel Mauricio Ayala, Kevin Oswaldo Chicas Lobato y Joel Josué Mendoza fueron condenados en 2011 a seis años y ocho meses de prisión por haber obligado a dos nicaragüenses que buscaban empleo en el oriental departamento de San Miguel a prostituirse en una cervecería y, a la que consideraban demasiado vieja para atender clientes, a servir sin paga como empleada doméstica. La vieja tenía 24 años.

Nelson Orlando Campos y Juan Humberto Ramírez Carranza engañaron a dos adolescentes guatemaltecas que, en lugar de modelar ropa, terminaron aplastadas por hombres sudorosos en una cervecería. Penan nueve y ocho años un mes. O Juan Alfonso Cuéllar, que vendió en México a una salvadoreña que viajaba indocumentada rumbo a Estados Unidos y que terminó siendo explotada sexualmente en ese país en un caso similar al de Grecia. Fue condenado a cuatro años el 9 de agosto del año pasado. Eso quiere decir que el 9 de agosto de 2013, al cumplir media condena, y si ha sido un reo ejemplar, podría pasar a fase de semilibertad, en incluso a libertad condicional. “¡Él vendió a un ser humano!”, se quejó indignada Violeta Olivares, la coordinadora de la unidad especializada de trata de la Fiscalía de El Salvador (FGR). En esa unidad, a las condenas de trata como poco las tildan de risibles. “Una mierda de penas”, me dijo una fiscal del equipo en un arrebato de franqueza. En El Salvador, un hombre que cometa el delito de robo, que, por ejemplo, asalte un bus y se lleve celulares, carteras y anillos, y sea detenido y condenado, estaría más años en la cárcel que Cuéllar, que vendió a una mujer. El ladrón recibiría entre seis y 10 años. El tratante recibió cuatro.

El Salvador reconoció este crimen en su Código Penal a partir de 2003, la primera condena se logra en 2006, van 39, y es hasta ahora que el tema parece retomarse con cierta fuerza con la creación del Consejo Nacional contra la Trata de Personas en septiembre de 2011. Ahora, ese consejo empieza a tapar los huecos de un muro en el que escasean los ladrillos.

En la conversación en el penal de Apanteos, Rigoberto Morán Martínez, el tratante de Barberena, que dice que llegó al bar El Pantanal bajo engaños de su amada, acaba de cometer un error que solo le deja argumentos absurdos para mantener su fachada de inocente. Su charada era decir que él no denunció por miedo, porque la policía estaba comprada y él era un simple sirviente bajo vigilancia. Sin embargo, en la plática admite que él trabajó ahí en dos períodos, y que en medio de eso regresó a descansar a El Salvador.

—Cuando ya se había ido por primera vez, sabiendo cómo trabajaban ahí, ¿por qué volvió a El Pantanal? –le pregunto a Rigoberto.
—¿Por qué volví? –intenta ganar tiempo cuando se da cuenta de su error.
—Si ya sabía que las tenían encerradas y las maltrataban, ¿por qué volvió? –pregunto de nuevo.
—Quizá no entienda… Hay cosas que estamos hablando…Quizá hay cosas que no las entienda. ¡Sabemos que las brujerías, las hechicerías, existen! La mujer de este señor (Cerritos) trabajaba así, con brujería. Adoraban a un tal San Simón. Así trabajaba la señora de él. Cuando la gente se iba y no quería llegar, la hacían llegar con esas cosas –responde el tratante de la red de Barberena.

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Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Cómo llegan las personas que menciona que dominaban la zona?
—Llegaban en carros, armados, entraban y salían.
—¿Cuántos días pasan en ese lugar?
—Tres días hasta que llega el señor Ovidio.
—¿Qué hacían las personas armadas?
—Ellos decían que nos uniéramos a la organización, que nos darían trabajo y comida. Eran el grupo de Los Zetas. Que me iban a pagar el viaje, que me darían comida.
—¿Qué trabajo le ofrecían?
—Que le iba a cocinar a la gente que estaba secuestrada, era más o menos el 20 o 22 de abril del año 2009.

Recapitulando: A este momento del relato, Grecia estaba en Tenosique, México, al inicio del camino de los indocumentados. Estaban en un municipio dominado por Los Zetas. Grecia se había alejado de Ovidio luego de que él intentara violarla en un potrero abandonado, y se había refugiado en un grupo de indocumentados salvadoreños y guatemaltecos.

—¿Qué sucedió cuando Ovidio llegó?
—Se me quedó viendo con una risa burlista y se fue para la casa de ellos (Los Zetas). Estaba como a cinco metros, se dirigió donde Chicho, un chavo de entre 24 y 29 años de edad con una cicatriz en la mejilla izquierda. Era de la organización. Hablaron como 45 minutos con Ovidio. Me miraban, me señalaban, yo estaba con el grupo de personas al que me había pegado.

En ese momento del relato, Grecia cuenta su viaje en tren junto a otros indocumentados secuestrados, custodiados por hombres armados que amenazaban de muerte a quien intentara escapar. Los Zetas utilizaron el tren para transportar a sus secuestrados. El tren de Tenosique viaja rumbo a Coatzacoalcos, Veracruz, y en el camino hace una serie de escalas en pequeños pueblos y rancherías aisladas. En uno de esos pueblos extraviados, en Chontalpa, Grecia recuerda que un salvadoreño de Los Zetas a quien llamaban El Pelón intentó venderla a un señor. Se supone que El Pelón quería hacer un favor a Grecia, pues le dijo que allá arriba a donde iban se sufría mucho. La venta no se consumó, y Grecia luego averiguaría que El Pelón no mentía. Entonces, el fiscal retomó la historia haciendo retroceder a Grecia en su relato.

—Cuando menciona la acción de vender, ¿ya lo habían hecho antes?
—Sí, el señor Ovidio… En mi cara le dieron el dinero por mí.
—¿El señor Ovidio iba en el tren?
—No, se fue a El Salvador con el dinero que le dieron.
—¿Cuánto le dieron?
—Dicen que 500 dólares… Chicho (uno de Los Zetas) me dijo.
—¿Luego qué pasó?
—Nos subieron a los camiones y nos llevaron a Reynosa… De Veracruz a Reynosa dura como un día y medio. Era el 26 de abril de 2009, era domingo.

A partir de ese punto, Grecia describió un clásico secuestro de indocumentados por parte de Los Zetas.

Reynosa está en Tamaulipas, el Estado bastión de Los Zetas: ahí aparecieron los 72 cadáveres de indocumentados en agosto de 2010, ahí atraparon este mes de septiembre a El Coss, considerado líder del Cártel del Golfo, la organización que dio vida a Los Zetas, ahí aparecieron 49 cuerpos más, sin cabeza, sin extremidades, el pasado mayo, bajo una enorme Z pintada en una pasarela sobre una autopista.

Al grupo de cerca de 300 migrantes los dividieron en tres casas de seguridad. Encerrados en cuartos sin ventilación, húmedos y oscuros, eran visitados por hombres con armas de fuego y bates que aseguraban que a aquel que no diera el número de teléfono de algún familiar al que pedirle rescate sería torturado. Y entonces, como siempre, algún centroamericano se resistió a dar ese número, se resistió a perder esos 300, 500, 700 dólares que suelen pedir, e intentó resistir la tortura, y todo el grupo de Grecia tuvo que ver cómo los hombres armados hacían chillar a uno que otro y prometían volver por más reacios. Así, contó Grecia, transcurrieron los primeros tres días. Al tercer día, apareció Omega.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Puede describirlo?
—Alto, gordo, con bastante papada, blanco. También le decían Omega, Kike o el Apá. Le dijeron que había unas salvadoreñas como a él le gustaban. Nos señalaron, nos sacó del cuarto para poder ver bien si éramos bonitas. En el cuarto no había mucha luz. Era el jefe de la casa de seguridad.
—¿Por qué dice eso?
—Porque era una de las personas que llamaban a los familiares y les cobraba.
—¿Se quedó en esa misma casa?—No, me cambiaron de casa, me llevaron a una colonia residencial, a 10 minutos. En los camiones que nos habían trasladado hasta Reynosa. Iban varias personas. Nuevamente nos acuestan en el suelo. En ese lugar fui violada por Omega. Me pegó en la cara, porque le dije que ocupara condón. Me dijo que yo no estaba en lugar de pedir nada. Los abusos fueron constantes, y no solo él.
—¿Podría reconocer a esas personas en persona o en fotografía?
—Sí.
—¿Qué más pasó?
—Los abusos fueron constantes, y no solo él, unas ocho o nueve veces abusó de mí. Decía que él disfrutaba, que tenía que disfrutar también yo. Que no era para que sufriera. Me pegaba. Lo mismo pasaba con las demás personas, pero las que a él le gustaban era el primero en abusar de ellas.

Fueron, recuerda Grecia, varias semanas de abusos y golpes. Grecia asegura que pasaron tres meses y que, a pesar de que su familia en Estados Unidos ya había depositado el dinero de su rescate, ella fue vendida de nuevo.

—¿Cuánto tiempo pasó esto?
—Los tres meses, ya habían pagado todo el dinero, pero me dijeron que me iban a sacar más lucro. Me vendieron nuevamente a un bar que se llama La Quebradita. Ahí me llevaron a prostituirme. Era como una discoteca bar. El primer día fuimos rechazadas. Nos dijo la señora que era la encargada del bar que no teníamos la marca, porque éramos varias las que llevaban, y teníamos que tener marca. No sabía qué era, pero es un tatuaje.
—¿En qué parte se lo hicieron?
—En la pantorrilla de la pierna derecha. Nos llevaron a un lugar donde nos hicieron el tatuaje. Nos dieron de comer y de oler una sustancia que me durmió. Cuando desperté ya tenía el tatuaje. Tenía ardor en la pierna, porque sangraba, no mucho, sino por gotas. Es una mariposa en una rama, la cual forma la zeta. Esa era la distinción, significaba que era de ellos, que era mercancía. Eran cinco mujeres más, se lo pude observar como a cuatro mujeres más en distintos lugares, brazo, espalda, pecho, de distintos colores. El que yo tengo es entre negro y verde. Luego de habernos marcado ingresamos al lugar y comienzan a prostituirnos con los clientes que son de la misma mafia. Los clientes pagaban por nosotras y no recibíamos dinero a cambio. No sé cuánto pagaban.

Grecia cuenta que los clientes la forzaban a fumar crack, a consumir cocaína. Grecia cuenta que los clientes jamás aceptaban utilizar condón. Grecia cuenta que así pasó más de un mes. Grecia cuenta que durante ese tiempo nunca salió, que su vida fue la casa de seguridad, el bar La Quebradita y algunos moteles donde la llevaban los clientes. Grecia cuenta que si un cliente la llevaba a un motel siempre los acompañaba un hombre del bar que la custodiaba. Grecia cuenta que era normal que la golpearan, sobre todo por no querer tomar alcohol o por verse poco entusiasta a la hora de ofrecer su cuerpo a los clientes de La Quebradita. Grecia cuenta que una vez la golpearon tan fuerte que le quebraron la nariz.

Tanto la fractura de nariz como el tatuaje fueron constatados por médicos del Instituto de Medicina Legal en El Salvador, y forman parte del expediente fiscal del caso.

Grecia nunca intentó escapar. Pocos querrían hacerlo si hubieran visto lo que Grecia vio.

—¿Pasó algo más?
—Sí, a Sonia. La dejaron ir porque sus familiares ya habían pagado el secuestro. Los fue a denunciar a Migración. Los de Migración la entregaron a ellos mismos. La quemaron viva, la golpearon muchas veces con un bate. Le decían que eso no se hacía, que con ellos no se jugaba, que había perdido la oportunidad de ser libre. Nos decían que eso nos va a pasar si decíamos algo.
—¿Qué le provocó la golpiza a Sonia?
—La muerte.
—¿Con qué la golpearon?
—Con un bate, pero como no se moría, le prendieron fuego con gasolina. Gritaba de dolor, y ellos le pegaban más. Media hora, 45 minutos. El cuerpo quedó irreconocible, carbonizada, no se le veían pies. Carne quemada sin cabello. La colocaron en un altar de la Santa Muerte ahí mismo.

***

En los expedientes judiciales se consigna que el caso Barberena fue descubierto gracias a una denunciante. Basta conocer su periplo para saber que llamarle denunciante a esa mujer es tan simplista como llamarle activista a Gandhi. Esa sobreviviente es una de las 16 mujeres que declararon en el juicio salvadoreño bajo identidad protegida.

El dueño del bar El Pantanal, el tratante Adán Cerritos, tenía una finca de 60 manzanas de milpa rodeada por cafetales. La finca estaba en una de las zonas más rurales del municipio, en las afueras, más allá de la penitenciaría El Boquerón, una de las pocas razones por las que se habla de Barberena de vez en cuando. Esta red de tratantes diversificaba su delito, e igual cometían trata en la modalidad de explotación sexual que en la modalidad laboral. Las mismas mujeres que de lunes a jueves trabajaban la milpa, de viernes a domingo eran abusadas por decenas de hombres en El Pantanal.

Esa finca, según los testimonios que recogió la Fiscalía, y según el tratante con quien hablé, era también el lugar de castigos y escondite del grupo criminal. Ahí ocultaban a las mujeres cuando los policías corruptos de Cuilapa y Barberena les avisaban que venía un operativo de verificación desde la capital guatemalteca. Ahí esclavizaban en las milpas los fines de semana a aquellas que, debido a los golpes, no estaban aptas para el consumo de los clientes de El Pantanal. Ahí también les enseñaban que los castigos incrementarían en intensidad hasta las últimas consecuencias.

En una ocasión, relataron las sobrevivientes a las fiscales, las ubicaron en círculo, durante la noche, allá en la finca. En medio del círculo, dos hombres y una mujer. Afuera del círculo, hombres armados, resguardando que ninguna echara a correr. Los dos hombres mataron a golpes a la mujer en medio del círculo durante un ritual que duró varios interminables minutos. La mujer había intentado escapar de El Pantanal.

No fue la única. La mujer anónima que luego sería la denunciante vivió una situación similar. Sus constantes negativas a seducir a los clientes de El Pantanal le costaron una paliza de tales dimensiones que los tratantes pensaron que la habían matado. Dejaron el bulto ensangrentado en la finca y decidieron que se desharían de él al día siguiente. La mujer, la sobreviviente, despertó por la noche de su inconsciencia y poco a poco arrastró sus huesos molidos hasta la carretera. Desde ahí, de alguna manera que no se especifica, la sobreviviente llegó hasta la frontera y, ya del lado salvadoreño, se derrumbó frente a los policías, a quienes contó su calvario. En menos de una semana, la Fiscalía salvadoreña armó un operativo en coordinación con la Interpol en Guatemala. La coordinadora fiscal, Violeta Olivares, es muy clara cuando explica por qué no llamaron a la Policía guatemalteca: “No confiábamos en ella”.

En 2006, el juez especializado de Santa Ana, Tomás Salinas, creyó que ninguno de los ocho salvadoreños de la red de Barberena atrapados tenía por qué estar arrestado durante el juicio. Dio medidas sustitutivas, les permitió salir y que llegaran cuando se les convocara para diligencias. Algunos de los miembros de la red, al saber del operativo en El Pantanal, habían cambiado de domicilio en El Salvador, intentaban esconderse cuando fueron capturados. El juez pensó que los hombres que fueron atrapados escapando no escaparían. Todos escaparon. La Fiscalía apeló, y la Cámara Especializada en temas de crimen organizado revocó la decisión del juez Salinas. Ordenó que los capturaran a todos. De los ocho que el juez Salinas sacó de las rejas, seis han sido atrapados, el último de ellos es Morán Martínez. Dos siguen prófugos.

No es la única vez que Salinas dispuso enviar a casa a un procesado, para que este enfrentara el juicio en libertad. El caso más reciente es el de José Antonio Terán, mejor conocido como “Chepe Furia”, un viejo líder pandillero deportado de los Estados Unidos en 2006, fundador de una poderosa clica de la Mara Salvatrucha en el occidente del país, los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya. Un grupo de cerca de 45 pandilleros, acusados de 11 asesinatos. En 2011, el juez Salinas excarceló a Terán para que enfrentara libre el juicio por su liderazgo de la clica. Consideró que, ya que era un hombre de familia, no iba a fugarse. Su decisión fue revocada por un tribunal superior, pero Terán ya huía. Fue recapturado este año, y ahora enfrenta juicio no solo por asociación ilícita, sino por el asesinato de un testigo protegido de la Fiscalía. La Fiscalía ha promovido un antejuicio en contra del juez Salinas por haberse negado a enviar expedientes necesarios para culminar un proceso penal.

***

Los sicarios asesinan. Los traficantes corrompen, matan o amenazan A, B o C. Las bandas de robacarros son un rayo, actúan en un santiamén. Los tratantes son como el agua que horada la piedra: inclementes, persistentes. Ellos necesitan a su víctima viva y asustada. Viva y aterrorizada. Viva y sumisa. Las golpizas de la finca de Barberena no eran un correctivo para las atizadas. Ellas eran, para los tratantes, muertas vivientes. Las golpizas eran un correctivo para las demás mujeres: vean lo que les puede ocurrir.

El palo, el puño y la violación son el principal método de sometimiento de las redes criminales centroamericanas dedicadas a la trata. Tanto el jefe de esa unidad fiscal en Guatemala, Alexander Colop, como su colega salvadoreña, Smirna de Calles, coinciden en que un patrón en el delito de trata es que los jefes de la banda violen a las víctimas. “Son los primeros en rebajarlas, en utilizarlas, en imponerse ante ellas”, dijo Colop. Tal como lo vivió Grecia.

Como dice el auxiliar fiscal de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad de Guatemala, Julio Prado, si bien las bandas como las de El Pantanal, que engañan víctimas que vienen de mundos ruines, que tienen armas cortas principalmente y técnicas brutales, son los grupos que más abundan en el norte de la región, esto no implica que no existan bandas más sofisticadas.

Prado asegura que en los peores lugares donde ha participado en operativos de rescate de víctimas, estas eran obligadas a entregarse 15 minutos a cualquier hombre a cambio de 50 quetzales (6 dólares), que eran cobrados por el tratante, mientras que ha visto casos de colombianas o rusas por las que algunos clientes pagan 500 dólares por utilizarlas una hora. “La pregunta -dice Prado- es qué tipo de clientes pueden pagar esa cantidad por pasarla bien una hora”.

A partir de 2006, las autoridades guatemaltecas investigaron una red de trata y prostitución para clientes de alto nivel económico. Prado participó en el reconocimiento a una discoteca llamada Caprichos, propiedad del empresario Herman Smith, un comerciante de la noche que se codeaba con funcionarios y personalidades de ese país. En el lugar encontraron salvadoreñas menores de edad, hondureñas y rusas, sistemas de puertas ocultas y túneles que conectaban con casas aledañas donde había libros de autoayuda, de superación y de teorías económicas que, según explicaron algunas víctimas, Smith, a quien llamaban “papito”, utilizaba para explicarles que ellas, a pesar de haber llegado al lugar bajo engaños, ya que estaban ahí podían convertirse en empresarias si aprendían a ver su cuerpo como mercancía. Smith, un tratante persuasivo, convencía a sus víctimas de que él no era su victimario, sino su benefactor. El juicio nunca terminó porque a Smith un sicario le disparó en la sien el 6 de mayo de 2008 dentro de la discoteca Caprichos. El sicario huyó.

Guatemala ya ha condenado a varios colombianos por el delito de trata, acusados de pertenecer a una red conocida como la red del departamento de Pereira, dedicada a traer mujeres voluptuosas desde esa región colombiana bajo la mentira de que se dedicarán al modelaje. Estas redes, asegura Colop, incluso moldeaban a sus víctimas, poniéndoles implantes de senos y nalgas, asegurándoles que eran necesarias para triunfar en el mundo de las pasarelas. “Las traían a Honduras, y cuando ya no gustaban las traían para acá”, explica Colop. La trata ocurría cuando a las mujeres se les decía que estarían encerradas hasta que con sexo pagaran por los implantes, el traslado, la alimentación, el vestuario. Una cuenta que nunca terminaba de saldarse. Prado incluso explica que la lógica de traer colombianas a Guatemala responde al ojo de buen empresario de los que entienden que los narcos de aquel país instalados en Guatemala pagarán grandes sumas por acostarse con una bella pereirana.

En El Salvador, la autoridad de mayor nivel a cargo de crear estrategias para combatir el delito de trata, el viceministro de Justicia y Seguridad, Douglas Moreno, asegura que “hay una estructura de gente organizada con mucho poder económico que se ha lucrado de esta situación y que no lo sabíamos. Gente que no nos imaginaríamos que está en este negocio y que lamentablemente aún no contamos con las pruebas que nos vinculen hasta ellos”.

Redes como la de Smith o la de Pereira representan esa otra cara de las redes de trata, la de solapar el esclavismo, esconderlo tras un porqué: porque debes pagarme esa deuda, porque te estoy ayudando a superarte, porque no tienes papeles y debes darme algo a cambio de mi protección… Otras redes, como la de Barberena, como muchas otras redes con ese poder intermedio, esa corrupción local, ese armamento mínimo, que abundan en Centroamérica, prefieren el mecanismo más barato para conseguir que sus víctimas hagan lo que les ordenen: puño, garrote, fuego, miedo.

Silvia Saravia, la jefa del equipo que atiende a las sobrevivientes de trata antes de permitir que la Fiscalía salvadoreña las prepare para juicio, ha visto decenas de casos de mujeres que se enfrentaron a esa modalidad cavernícola de redes más locales. De ellas, dice lo siguiente:

—Las que han estado encerradas tienen temor extremo, miedo tremendo por ellas y por su familia, que sufran las consecuencias de su escape. Bloqueo emocional, están totalmente encerradas. Muchas requerirán atención siquiátrica. Ideas suicidas, ideas de desaparecer, persecución. Creen que no pueden confiar en nadie. Saben que las personas no están jugando, saben que el victimario va a cumplir… Trastornos de ansiedad, se les quita el sueño, el hambre… Grecia, por ejemplo, ella tendrá que recibir… –piensa unos segundos– Todo un proceso de atención integral.

***

Tras casi tres meses de ser obligada a atender clientes en La Quebradita, una semana después de ver arder en llamas a Sonia, luego de que su tía depositara $3,500 como rescate, Grecia fue liberada por Omega. Le entregaron 300 pesos (unos $25), la dejaron en la terminal de buses de Reynosa y le ordenaron que se fuera lejos. Una de las fiscales que entrevistó a Grecia durante el proceso asegura que ella les contó que algo raro ocurría en esos momentos, y que el grupo de zetas parecía desmontar las casas de secuestros y emprender huida. Con 300 pesos, Grecia solo consiguió comprar un boleto hacia Monterrey, y descender unos 200 kilómetros en el mapa mexicano. Ahí, Grecia relató que fue un taxista quien se interesó por su situación, le preguntó si era indocumentada y la llevó hasta la oficina de atención al inmigrante, un albergue estatal, donde la encargada de la casa supo leer los síntomas de Grecia. A esa casa, según la revisión médica que le realizaron, Grecia llegó con infección vaginal y enfermedad inflamatoria pélvica.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Qué pasa en atención al inmigrante?
—Al ver mi comportamiento, la encargada de la casa, al ver que lloraba, gritaba, no me veía normal, comenzó a preguntar. Poco a poco le fui diciendo… Me buscaron una casa albergue con el arzobispado, especial para personas que han pasado por el delito de trata… Me proporcionaron sicólogo… Me trasladaron de Monterrey al Distrito Federal… Por cinco meses fue asistida por tratamiento sicológico y jurídico.
—¿Participó en una investigación?
—Sí. Todo el tiempo que estuve ahí.
—¿Hubo personas detenidas?
—Sí, por secuestro y trata de personas. Me enseñaron unas fotos, y son aproximadamente de diez a doce personas entre hondureños y mexicanos (los detenidos).

El 23 de noviembre de 2009, Grecia ya estaba en Ciudad de México, en manos de la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia Contra las Mujeres y Trata de Personas (Fevimtra). Según el expediente fiscal, en la primera sesión de atención sicológica se mostró “deprimida, desconfiada y con imposibilidad del llanto”. Fueron necesarias 11 sesiones para conseguir su declaración. Gracias a lo que Grecia le dijo a las autoridades mexicanas, en 2009 se realizaron allanamientos a varias casas en Reynosa y se capturó a 12 presuntos integrantes de Los Zetas que operaban bandas de secuestros. El proceso en contra de esos hombres aún no termina, al igual que las secuelas de Grecia.

Cuando en diciembre de 2009 Grecia regresó a El Salvador, su situación empeoró. Grecia explicó que Ovidio, tal como ella temía, había amenazado a su suegra y a su madre. En el peritaje sicológico que le fue realizado por el Instituto de Medicina Legal de El Salvador, se registró que Grecia “no puede dormir por las noches, cualquier ruido siente que son balazos, ha pasado sin comer hasta dos o tres días, al encender leña recuerda a Sonia, el apetito sexual se le ha quitado, empuja a su pareja cuando tienen relaciones”. El informe concluye con una ficha resumen.

Pensamiento: depresivo, ansioso.

Orientación: en su declaración asegura que hay vacíos porque no recuerda eventos. Lagunas mentales.

Nivel de funcionamiento sicológico actual: neurótico.

***

El miércoles 26 de mayo de 2010, una mujer salvadoreña de 29 años vio en un diario la fotografía de alguien que le parecía conocido bajando de un pick up esposado a otros dos hombres. La Policía había detenido la noche anterior en el parqueo de la discoteca Kairo’s, sobre el boulevard de Los Héroes, a un hombre gordo, a un mexicano, a cuatro salvadoreños y a una salvadoreña en una camioneta todoterreno negra con placas guatemaltecas. Al interior de la camioneta, en un compartimento secreto que se abría con interruptor eléctrico, la Policía encontró un fusil Galil, dos M-16, una carabina 30.30, dos escopetas, un revólver, una granada de iluminación de uso militar y 11 celulares. La mujer de 29 años creyó conocer al hombre gordo de la foto, pero intentó no pensar en ello durante el día. Por la noche de ese miércoles, el hombre gordo volvió a aparecer en todos los noticieros, incluso dijo algunas palabras y se escuchó su voz chillona. La mujer no pudo obviar más que ella conocía al hombre gordo. Lo conocía muy bien. La mujer era Grecia y el hombre gordo, Omega.

El verdadero nombre de Omega es Enrique Jaramillo Aguilar, tiene 35 años, nació en Apatzingán, Michoacán, México, y en diciembre de 2011 fue condenado a nueve años de prisión en El Salvador por el delito de tenencia y portación de armas de guerra y documentación falsa. Ahora mismo está encerrado en el penal de Apanteos. Jaramillo se identificó como guatemalteco ante las autoridades salvadoreñas y mostró un documento falso. Su arresto aquel miércoles 26 de mayo fue el resultado de un operativo policial que lo ligaba a Los Zetas. La alerta saltó cuando la Policía, gracias a un informante, se enteró de que el falso guatemalteco estaba ligado a la masacre de Agua Zarca en Huehuetenango, frontera con México, en noviembre de 2008, cuando presuntos miembros guatemaltecos del cártel de Sinaloa y Los Zetas se enfrentaron durante varias horas y dejaron 19 cadáveres regados en esa aldea. Aquel aún es recordado como uno de los eventos más importantes que evidenció la penetración de los grandes grupos mexicanos en Guatemala. Jaramillo fue arrestado acusado de ser uno de los zetas que participó, pero el Ministerio Público guatemalteco no consiguió probarlo ante un juez.

Grecia, al reconocer al hombre que asegura la violó en Reynosa, la vendió en La Quebradita, y cobró los 3,500 dólares a su tía, decidió denunciar ante la Fiscalía salvadoreña. Entonces, empezó el periplo de Grecia que la llevó a dar el testimonio adelantado ante un juez, dos fiscales, dos abogados defensores contratados por Jaramillo, y el mismo Jaramillo. Grecia pidió rendir declaración anticipada pues no quería enfrentar todo el proceso judicial en el país. Sentía terror de que Omega enviara gente a lastimarla. Luego de eso, Grecia, con el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones y la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, salió del país hacia alguno que no será revelado, obtuvo una nueva identidad e intenta rehacer su vida.

***

Miércoles 4 de julio de 2012. Juzgado Especializado de Sentencia B de San Salvador. 8:30 de la mañana. Alegatos finales en contra de los acusados Enrique Jaramillo Aguilar y Jesús Ovidio Guardado.

Jaramillo espera junto a Ovidio afuera de la sala. A Jaramillo le cuelgan los pellejos en la papada. Ha perdido mucho peso desde aquellas fotografías cuando fue detenido en la discoteca Kairo’s. Ha perdido pelo también. Lo lleva al rape en los lados e irregular arriba, como si en lugar de cortárselo se lo hubieran arrancado. Viste una polo de rayas horizontales grises y rosadas y un jeans roto en la rodilla izquierda. Va esposado de muñecas y tobillos. Ovidio luce aún más desgarbado, más consumido, luego de un año de haber sido arrestado. La camisa blanca de botones y el pantalón caqui de tela le quedan sobrados.

Adentro de la sala, los dos abogados privados que contrató Jaramillo restan cualquier solemnidad a lo que va a ocurrir en la sala. Bromean sobre un supuesto intento de suicidio que Grecia vivió en su adolescencia.

—200 pastillas dicen que se tomó, era narcótica –dice uno al otro con desparpajo.
—No, lo que me pregunto es dónde putas le cupieron –responde su colega. Ríen a carcajadas.

Luego, el primero pone en su teléfono celular un reggaeton al volumen que el aparato da. El secretario del tribunal le pide que por favor salga de la sala.

Las dos fiscales hacen su alegato final: Ovidio la vendió en la línea del tren… bar La Quebradita… Es tratada como mercancía… Jaramillo la violó constantemente… Tatuaje en su pierna derecha… La perito dijo que el daño de la víctima fue a causa de lo que pasó en México… Para Ovidio, violación en grado de tentativa y trata agravada… Para Jaramillo, violación continuada y trata agravada… Máxima pena en ambos casos.

Los abogados de Jaramillo contestan: ¿Que es de Los Zetas? ¿Dónde dice eso?… Inventos… El peritaje habla de lagunas mentales… La víctima dice una cosa y luego otra… Es una persona inestable… Su niño de siete años se viste de mujer… Que su niño saliera con esas cosas anormales no es por lo que dice que le pasó… Una víctima que no merece credibilidad.

Luego la abogada pública de Ovidio: el delito en grado de tentativa ni existe. ¿Hay penetración o no hay? No se configura.

Luego, sorpresivamente, pide la palabra Jaramillo. Con su voz chillona le llama “mi señoría” al juez y da sus argumentos para exculparse. El primero intenta hacer ver que Ovidio es demasiado viejo para andar en eso de la migración. El segundo, es un tanto confuso. Habla de que Grecia dijo que Ovidio solo tenía cinco dientes, pero cuando le preguntaron si sabía cuántos debía tener un ser humano dijo que sí, que 36. “Y hasta donde yo sé, son 32”. En el tercero asegura que él no vive en Reynosa, ni conoce a nadie de por ahí, que es de otro estado, de Michoacán (sin embargo, el expediente de antecedentes que enviaron desde México asegura que él es prófugo desde 2006 en el Estado al que pertenece Reynosa, Tamaulipas, por daño en propiedad ajena). El cuarto reza que él no ha sido militar nunca, y que Los Zetas son militares, que ha oído canciones que dicen que Los Zetas son 30 y que él no es uno de ellos.

***

Viernes 6 de julio. Lectura del fallo judicial.

Absueltos.

El juez Roger Rufino Paz Díaz ha considerado que Grecia se contradijo. La causa principal es una versión distinta que Grecia dio a la Fiscalía salvadoreña y a la mexicana. Allá omitió incluir a Ovidio en la trama, y dijo haber sido vendida a Los Zetas por personas vinculadas a un albergue en Veracruz. Las fiscales del caso aseguran que Grecia hizo eso porque sabía que Ovidio estaba en el país, conocía a su familia y vivía muy cerca de su madre. Grecia, dicen las fiscales, temía que al denunciar a Ovidio en México, se informaría a las autoridades salvadoreñas, y al enterarse, Ovidio podía dañar a su familia. Por eso, lo borró de la historia cuando estuvo allá, y solo fue capaz de incluirlo cuando, ya en El Salvador, pudo constatar que su familia estaba bien y advertirles sobre el riesgo. Las fiscales explican que el peritaje sicológico de Grecia da argumentos que hacen creíble esa versión. Grecia, como dijeron los que la evaluaron, temía. Temía mucho.

La Fiscalía, en voz de la jefa de la unidad de trata, Smirna de Calles, montó ese mismo día una conferencia de prensa. Lamentó el fallo, explicó que las víctimas de este delito lidian con sus traumas y fantasmas a la vez que declaran. Aseguró que en ese mismo momento preparaban el recurso de revisión, para que sea la Corte Suprema de Justicia la que decida. El recurso aún no ha sido resuelto.

Grecia no volverá a declarar. Ni siquiera la Fiscalía sabe dónde está. Ella sobrevive en algún lugar.

Educando al extraño

Publicado: 18 julio 2012 en Santiago Roncagliolo
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Yo había visto las películas. Tenía previsto que al comenzar las contracciones mi esposa se pondría muy nerviosa, y yo también. Tomaríamos un taxi que se atascaría en el tráfico, y llegaríamos al hospital justo a tiempo. En la sala de partos, ella gritaría y me insultaría, y yo me desmayaría hasta que sacasen de su vientre a un bebé rollizo y rosado que contemplaríamos embelesados. Sonrisas a la cámara. Final feliz.

Fue todo lo contrario. Las contracciones se anunciaron con tiempo, desde la madrugada, y mi esposa me llamó por la mañana para reunirnos en el hospital. Ella ya estaba ahí cuando llegué, y aún pasaron unas horas más antes del parto, que se desarrolló —epidural mediante— con calma y rutina. Y por cierto, los bebés son morados y sangrientos, como los zombies.

El estrés no fue el parto. El estrés recién estaba a punto de empezar.

Llorar es lo normal

La primera noche nos trajeron al niño a nuestro cuarto en el hospital. Yo dormía en el sofá, mi esposa en la cama, y el niño en una especie de incubadora, bajo un potente haz de luz que debía estar encendido todo el tiempo por alguna razón médica que no entendí. Para proteger sus ojos, le embutieron unas gafas oscuras que pugnaba por arrancarse con sus recién estrenadas manitas. Nuestra obligación era asegurarnos de que no se quitase las gafas ni se apartase de la luz. A pesar del sueño, vigilarlo fue fácil, porque durante nueve horas no paró de gritar.

Obviamente, lo atribuimos a la lámpara. Pensamos que nuestra idílica existencia familiar tendría que posponerse un par de días, hasta llegar a nuestro dulce hogar. Pero una vez en casa, nada cambió. Con o sin lámpara, el pequeño lloraba toda la noche, pegando alaridos. Primero tenía cólicos.

Más adelante resultó que debía aprender a dormir. Yo siempre había pensado que uno nace sabiendo eso, pero uno nace sabiendo nada. Uno nace siendo un extraño que no conoce al mundo ni a las personas con quien vive, y se ve obligado a hacer ciertas cosas en ciertas horas sin entender por qué.

Debíamos haber planeado alguna solución. Pero cuando llegaba el día estábamos demasiado agotados para pensar. Aunque hubiésemos estado más frescos, no teníamos tiempo de nada. Nuestra idea original del permiso de maternidad era un periodo de tierna convivencia. La realidad hizo pedazos nuestras previsiones.

Mi día consistía en darle personería jurídica al niño: Registro Civil, Seguridad Social, ayudas del Gobierno a la maternidad, Libro de Familia. Había que inscribirlo en miles de lugares, haciendo miles de colas, para llevar a casa miles de papeles. Pero el día de mi mujer era peor. Ella se había convertido en un restaurante abierto las veinticuatro horas. Vivía en pijama, agotada, con el cuerpo derrengado por el parto y las fuerzas absorbidas por el recién llegado. Para colmo, durante la fase de adaptación a la lactancia, el niño le lastimaba los pezones.

Pero lo más desesperante era el llanto. Un bebé no tiene ningún medio para hacerse entender. No conoce palabras, y ni siquiera tiene una paleta de matices para sus ruidos, como los gatos o los perros. Un bebé ni siquiera tiene claro qué quiere exactamente, ni cómo conseguirlo. Un bebé siente alguna necesidad, hambre, frío o dolor, y lo único que puede hacer es gritar hasta que alguien la resuelva.

En este caso, podría decirse lo mismo de sus padres. Mi familia vivía a doce mil kilómetros de nosotros, en Lima. La de mi esposa se reducía a una persona: su madre, una valenciana de setenta y cinco años, con sus propios problemas médicos, que vivía a quinientos kilómetros de Barcelona y que había criado solo a una niña en una ciudad pequeña en tiempos de Franco. No teníamos ninguna referencia sobre cómo actuar con un bebé. Si seguía llorando después del pañal y el biberón, no sabíamos qué hacer. Si tenía fiebre, lo llevábamos de inmediato al hospital. Dicen que los inmigrantes recurrimos demasiado a la Seguridad Social. A lo mejor. Pero es que demasiado es una palabra para familias con abuelos y tíos, equipos de asistencia médico-afectiva. Cuando eres de fuera, no tienes nada de eso.

Una vez, llevamos al niño al hospital solo porque lloraba. Llevaba seis horas sin parar, y ya no sabíamos qué hacer. Pasamos una hora más en la sala de espera hasta que nos atendió una doctora bajita de mediana edad, con cara de conocer bien la vida. Apenas miró al bebé. Le tocó la frente, le miró la lengua y sentenció:

—Es un bebé. Los bebés lloran.
—¿Todo el día? Tiene que haber una medida, un promedio ¿Qué es lo normal?

Ya de espaldas, quitándose los guantes de látex como dos condones, alejándose para revisar a otro paciente, abandonándonos a nuestra desdicha, la doctora concluyó:

—Llorar. Llorar es lo normal.

La crisis neurótica que me producía la falta de sueño tenía otras manifestaciones, algunas de ellas, francamente siniestras. La peor fue el descubrimiento de que amar a tu hijo es obligatorio. Es tu deber ser feliz. Cuando tienes un bebé, la gente se te acerca con sonrisas beatíficas y te pregunta, más bien te afirma:

—¿Qué tal la paternidad? Es un dechado de bendiciones y felicidad ¿verdad?

Y tú, que sientes que alguien ha metido tu vida en una batidora, que llevas un mes sin dormir dos horas seguidas, que dedicas cada segundo de tu existencia a una persona incapaz de agradecer nada pero infaltable para quejarse y demandar, que recuerdas con nostalgia aquella época lejana en que salías por la noche y dormías hasta medio día los fines de semana, sabes que debes callar. Exponer tu sufrimiento no resolvería tus problemas, solo te convertiría a ojos de los demás en un psicópata. Así que recoges tus ojeras, fuerzas a tus labios a dibujar una sonrisa y dices, con toda la firmeza de que eres capaz:

—Sí. Soy muy feliz.

Pregunté a otros padres si sus hijos habían llorado tanto al nacer. Todos me dijeron que no, que sus hijos habían dormido siempre de un tirón catorce horas. Que comían como caballos, de todo y sin chistar. Que cada minuto a su lado había sido una fuente de inagotable felicidad. Algunos incluso aseguraban que sus niños se comunicaban con gestos desde antes de aprender a hablar, formulando con claridad sus demandas y sugerencias.

Supongo que los seres humanos tienden a olvidar las malas noches de su pasado. Quizá se deba a un condicionamiento biológico, orientado a garantizar la reproducción de la especie. O quizá solo fingen olvidar. El caso es que, ante ese despliegue de unánime felicidad, te empiezas a preguntar si tu niño tiene algo raro. O si tú tienes algo raro. Quizá eres una mala persona. Tal vez no estás preparado para ser padre. Hay algo malo en ti, algo congénitamente equivocado, y es demasiado tarde para que te eches atrás. Acabas de cometer el peor error de tu vida, y es un error que te acompañará, en el mejor de los casos, de por vida.

Lo único positivo, en medio de esos sombríos pensamientos, es que valoras más a tus padres. Específicamente, valoras que no te hayan arrojado por la ventana mientras podían. Y no importa qué tan tirante sea tu relación con ellos, o qué conflictos hayan tenido en el pasado, empiezas a sentirte realmente agradecido por ello.

Lástima que es tarde para corregir todos tus errores de infancia y adolescencia, pero no te preocupes, la vida es cruelmente justa: también será tarde cuando tu hijo quiera corregir los suyos.

Mira quién habla

Puedo recordar el momento exacto en que todo cambió. El instante en que la vida comenzó a florecer. Ocurrió en verano, en un apartamento que mi suegra alquilaba cerca de la playa. El niño tenía cuatro meses, así que nosotros habíamos sumado ya ciento veinte noches sin dormir, un récord. Pero sus llantos eran ya una rutina. No teníamos fuerzas ni para enfadarnos. Solo tratábamos de calmarlo maquinalmente, con el entusiasmo de dos muertos en vida.

Una tarde, mientras él dormía una siesta en nuestra habitación, mi esposa y yo lo oímos gritar. Intercambiamos miradas de súplica y, al final, me levanté a atenderlo yo. Conforme me acercaba a la habitación, sentí que su llanto sonaba diferente de lo normal. Era más agudo pero menos lacerante, y llegaba acompañado de gorjeos. Temí que se estuviese ahogando y me precipité hacia la cama. El niño miraba al techo con los ojos muy abiertos, como asustado, e intermitentemente producía esos extraños sonidos. Tuve que acercarme mucho para comprender lo que ocurría. Se estaba riendo.

Acababa de descubrir el sonido de su propia voz: gritaba un poco, y se escuchaba sorprendido, y eso le producía risa, algo que lo sorprendía más, así que volvía a gritar. Estaba contento. Era la primera vez que lo veía contento. A veces había estado relajado, satisfecho, incluso entretenido. Pero ahora se estaba riendo a carcajadas. Y súbitamente, yo también.

La paternidad es quizá el ejemplo más patente de lo inútiles que somos los hombres. Nuestra participación en la gestación toma cinco minutos, probablemente robados al intermedio de un partido de fútbol, después de los cuales nuestra presencia se vuelve irrelevante. Tras el nacimiento, el bebé tiene una relación física con su madre: responde a su tacto, a su olor, a su voz. Pero el padre, ese despojo de la naturaleza carente de tetas, tiene poco que ofrecerle. Su función se limita a comprar cosas en la farmacia y tratar de que la madre lo lleve lo mejor posible.

El padre va entrando en escena conforme el niño comienza a comunicarse, y sus relaciones interpersonales ya no dependen del contacto físico. La primera manifestación de respuesta a estímulos externos es la risa. Rápidamente le siguen los balbuceos, después las palabras y, al final, las estructuras gramaticales.

El límite entre estas últimas etapas es bastante difuso, y tiene más que ver con la voluntad de los padres que con los verdaderos progresos del niño. Por ejemplo, en la mayoría de las lenguas, las palabras para referirse a los padres se componen de vocales abiertas y consonantes labiales combinadas y reduplicadas, como “papá” y “mamá”. Esta extraña coincidencia se debe sencillamente a que esos son los primeros sonidos que los niños articulan. Pero en todos los casos, los padres, ansiosos por ser reconocidos por sus hijos, celebran estos balbuceos efusivamente:

—¡Ha dicho mamá!

Y todo el mundo se pone feliz. Es el nombramiento oficial, el momento en que el niño admite que es su niño, y por lo tanto, agradece tácitamente todo lo que se hace por él.

Por supuesto, esa no es la interpretación del propio niño. Él solo comprende que cada vez que pronuncia esos sonidos las personas a su alrededor están felices y, lo más importante, le dan cosas, así que los repite una y otra vez, y va delimitando su significado. Empieza a descubrir que otros sonidos le procuran beneficios más específicos, y a darle nombres a las cosas. Ya entonces “papá” y “mamá” han dejado de ser dos balbuceos aleatorios para convertirse en dos títulos oficiales.

Conforme el niño adquiere el lenguaje, sus padres lo van perdiendo. O, al menos, pierden cualquier tema de conversación que se aparte de su hijo. En mis reuniones con viejos amigos, fui descubriendo que había quedado desfasado. La paternidad me absorbía tanta energía que ya no estaba al corriente de las noticias, ni de los lanzamientos de libros y películas, ni de más o menos ninguno de mis objetos habituales de interés (que, por otra parte, nunca habían sido muchos). Pero, además, tampoco me interesaban gran cosa esos temas. Mi mundo se había reducido drásticamente y, en un cincuenta por ciento, estaba constituido por cacas, pañales y biberones. Pronto empecé a reconocer en las caras de mis amigos la misma expresión de aburrimiento que antes había puesto yo cuando otros me informaban sobre sus propias cacas y pañales.

Cuando el niño estaba presente, su constante demanda de atención volvía imposible cualquier conversación adulta: con frecuencia manoseaba, escupía y —alguna vez— vomitaba sobre mi interlocutor. Como estaba descartado cambiar de hijo, se impuso cambiar de interlocutores. Mi vida social se desplazó de los solteros a los casados, de los solitarios a los padres de familia, de la gente que salía de noche a la gente que salía de día.

Sin embargo, me quedaba un refugio: los viajes de trabajo. Al principio de todo esto, yo pensaba que mis compromisos fuera del país me permitirían breves paréntesis de regreso a la vida sin hijos. Los viajes solían estar sazonados de vida social y salpicados en alcohol, de modo que no tenía que renunciar por entero a mis costumbres de hombre libre.

Y sin embargo, en ese aspecto, la transformación de la paternidad fue tan radical como en los otros, pero mucho más sorprendente.

Antes de ser padre, cuando llegaba a una ciudad nueva y dejaba mis cosas en el hotel, lo primero que pensaba era:

—¡Qué bien! Ahora voy a buscar a un par de colegas para salir hasta la madrugada.

En los primeros meses de vida de mi hijo, en los pocos y breves viajes que hice, pensé siempre:

—¡Qué bien! Ahora voy a dormir doce horas.

Pero cuando el niño empezó a dormir mejor, las cosas empeoraron. Porque la falta de sueño fue sustituida por una emoción totalmente nueva y desconocida para mí: la añoranza.

Yo siempre había sido, desde el punto de vista familiar, un malnacido. Jamás llamaba a mis padres por teléfono y olvidaba sus cumpleaños. Los compromisos familiares me tenían sin cuidado, y la manía de mi madre por saber cada detalle intrascendente de mi vida —qué has desayunado, a quién has visto, cómo ha amanecido mi hijito— me ponía nervioso, incluso irascible. Pero durante mis viajes, en los momentos más insospechados, se me venía a la mente la imagen de mi hijo jugando conmigo a los muñecos o a la cocinita. Tenía que dar charlas en público, y en vez de mi trabajo o la literatura, me apetecía hablar de lo bien que mi niño ordenaba su cuarto. Por las noches, me torturaba no tener una foto más reciente de él para verlo tal cual era. Por supuesto, cuando hablábamos por teléfono ametrallaba a su madre a preguntas —qué ha desayunado, a quién ha visto, cómo ha amanecido mi hijito— y si, por casualidad, se enfermaba durante mi ausencia, me sumía en estados de culposa depresión.

Lo peor de todo era volver a casa y descubrir que en solo tres días él había aprendido una nueva gracia, era un poco más alto, decía nuevas palabras. Se transformaba en otra persona en cuestión de horas, y con cada viaje yo me perdía la persona que había sido durante un tiempo, una persona que nunca más volvería a existir.

Introducción a la narrativa

Después de adquirir el lenguaje, los seres humanos empiezan a contar historias. Es un paso lógico o, al menos, es el paso que sigues si tu padre es un narrador obsesivo compulsivo básicamente incapacitado para cualquier otra faceta de la vida real. Como yo.

Los primeros relatos que mi hijo consiguió entender eran muy simples y, en su mayoría, tenían moralejas prácticas. Eran más o menos así:

—Este era un niño que no se quería bañar. Pero le salieron piojos en la cabeza. Y los piojos se comieron su desayuno. Entonces comprendió que debía bañarse.

Es difícil explicar a un niño de un año por qué debe bañarse. O por qué debe comer. O dormir a una hora determinada. No está capacitado para entender las razones. Le resulta mucho más fácil escuchar una historia sobre alguien más como él, y descubrir qué le ocurre por ser de esa manera. Supongo que por la misma razón se venden más novelas que ensayos: las argumentaciones son abstractas, se construyen con ideas. Las historias son concretas, se construyen con hechos; además, atribuyen causas y consecuencias a las acciones, y al hacerlo les dan un sentido. De manera natural, mi hijo empezó a pedirlas para explicarse cada pequeño hecho de la vida. Si lo llevaba al colegio, me decía:

—Cuéntame el cuento del colegio.

Y yo le contaba un cuento sobre un niño que no quería ir al colegio y se encerró en su cuarto y le crecieron hongos en las axilas. Si lo llevaba al baño, me pedía:

—Cuéntame el cuento de la caca.

Y así.

Es curioso pararse a pensar que para un niño todo es posible. El sol se acuesta por las noches, el mar le da besos a la playa y los caballos hablan. Nada en su experiencia le impide procesar esos hechos como ciertos. Conforme crecemos, vamos clasificando las cosas en “posibles” e “imposibles” y establecemos relaciones lógicas entre ellas. Los grandes pensamos que si es de día no puede ser también de noche, y que si los animales no hablan, tampoco pueden cantar. Pero para un niño, la realidad es más flexible. En cierto modo, su mundo es más amplio que el nuestro. La imaginación es la total ignorancia de los límites de la realidad, que hace que los niños siempre encuentren puntos de vista originales sobre ella.

Para muchos padres, el mayor obstáculo para establecer vínculos con sus hijos es que han perdido esa facultad: la imaginación. Sus hijos son una fuente constante de ocurrencias, invenciones y asociaciones libres, y ellos no consiguen ponerse a la altura, razón por la cual pierden la paciencia. Mi problema es exactamente lo contrario: tengo mucha imaginación. Puedo pasarme muchas horas inventando cosas y jugando con el niño, pero me cuesta poner reglas claras y me aburro mortalmente al enfrentar la mayoría de sus necesidades prácticas. Al parecer, mi edad mental es de unos dos años y medio.

La parte buena de eso —si tiene alguna— es que puedo ahorrarme muchos berrinches, porque las fuentes de conflicto habituales —ve a bañarte, cómete tu comida, vístete— se resuelven mediante el recurso a la ficción. Si yo le doy una orden, es muy posible que se niegue. Pero si se la da Spiderman, o su tigre de peluche, o el malo de los dibujos animados, acatará sin dudar. Si el baño no es el baño sino el escenario de un combate naval, se bañará. Si su chaqueta negra no es su chaqueta sino la capa de Batman, se la pondrá. No es que no distinga entre la realidad y la ficción. Es que la ficción, al ser más colorida, más aventurera y más atractiva que la realidad, también le parece más real.

Quizá por eso mi niño es adicto a los cuentos. Todas las noches, me pide que le cuente uno. Con frecuencia recurro a un clásico, como La Cenicienta, Pulgarcito o Hansel y Gretel. Llevaba décadas sin leer esos cuentos, y ahora que los he redescubierto siendo ya un narrador me sorprende lo bien construidos que están. Tienen escenarios espectaculares, como bosques oscuros o casas de caramelo. Y puntos de giro sorprendentes, como la aparición de los siete enanos o la llegada del lobo. Y, lo más increíble, son políticamente incorrectísimos y muy violentos. Los padres de Pulgarcito lo abandonan en el bosque porque no pueden mantenerlo. El lobo se come a la abuela de Caperucita, y cuando llega el leñador, le abre el estómago para sacarla. Las madrastras invariablemente torturan a las hijas de sus maridos.

Los modelos de familia de los clásicos infantiles serían desaprobados por toda la pedagogía del siglo XXI. Pero esos cuentos han durado y durarán más que cualquier modelo pedagógico, e incluso pueden adaptarse a ellos (en las últimas ediciones, por ejemplo, el lobo no se come a la abuela: la guarda en el armario, porque como todos sabemos, los lobos cazan a sus presas y las guardan en sus armarios).

Algunas noches mi hijo no quiere ningún cuento clásico. Pide relatos a la carta, como el cuento “del piojo” o el “del árbol” o cualquiera que se le ocurra. En esos casos, me veo obligado a improvisar. A veces, las improvisaciones salen bien. Otras, terriblemente mal.

Puedo saberlo porque un buen cuento, como una buena droga, surte efecto: el niño se relaja, se apacigua, y no tarda mucho en dormirse. En cambio, cuando el cuento no está bien tramado, o el personaje no me queda claro, o simplemente le falta acción, el niño se revuelve inquieto en su cama, se enoja, llama a su madre. Entonces sé, como un mal actor en el escenario, que he fracasado. Porque escuchar historias es una facultad natural, como comer o dormir. Nadie le ha enseñado a hacerlo, pero él sabe cómo.

La llegada de mi hijo también cambió mi propia manera de enfrentarme a las historias. Particularmente, me volvió sensible a las escenas de crueldad contra niños. Lo descubrí viendo Anticristo de Lars von Trier. En la primera secuencia, asistimos al suicidio de un niño de tres años. Mientras sus padres hacen el amor en su dormitorio, él acerca una silla a la ventana del tercer piso, trepa sobre ella, y se lanza. Ante todo eso, yo sentía que se me revolvía el estómago, que me atenazaba el pánico, y por primera vez en mi vida —una vida marcada por el amor al género de terror— sentí ganas de cerrar los ojos frente a la pantalla. En Los próximos tres días con Russell Crowe, un niño asiste al violento arresto de su madre. Los policías allanan la casa, le gritan a todo el mundo y se llevan a la mujer frente a las lágrimas de incomprensión del pequeño. Cuando vi la escena, quise levantarme de la butaca e irme del cine.

Yo, que en una novela monté a un niño sobre el cadáver de su abuela y lo hice caminar por una cornisa. Yo, que escribí un cuento para niños en que el protagonista muere al final.

Dios, ya no soy el mismo.

El extraño se parece a mí

Un día, mi hijo decidió que no quería que le diese su biberón en la mano. Quería que se lo dejase en la mesa para recogerlo personalmente.

Otro día, se negó a que le lave el pelo. La sensación del agua cayendo sobre su cabeza le resultaba insoportable.

Mientras tanto, empezó a mostrar gusto por el espectáculo: antes de salir, exigía ponerse su disfraz de Spiderman, máscara incluida. La gente por la calle lo saludaba y le sonreía. Algunos le pedían que los salvase de algún peligro imaginario. Ante el éxito del público, él volteaba y me decía:

—Mira papá, me han reconocido.

Y si yo trataba de llevarlo por una calle vacía, protestaba:

—Pero papá, en esta calle no me van a reconocer.

El siguiente disfraz fue bastante previsible: la camiseta del Fútbol Club Barcelona. La descubrió en el invierno de sus dos años, con toda la ciudad en plena fiebre Leo Messi. Ir al colegio, pasear, dormir, todas eran actividades imposibles sin la camiseta de Leo Messi. Y aunque en el exterior hiciese cero grados, el niño se negaba a cerrarse la chaqueta:

—¡No la cierres, papá —chillaba—, que no se ve mi camiseta!

Todas esas demandas configuran un nivel superior. Ya no se trata de “quiero comer” o “tengo frío”. Ahora es, si se puede decir así, una cuestión de estilo.

A sus dos años, el niño decide que quiere tener una personalidad, una forma propia de vestir, jugar y hacer las cosas, una serie de actividades que le interesan y actividades que no. Para mí, lo más sorprendente es que, para bien o para mal, esa personalidad es parcialmente de mi responsabilidad. Su sentido del espectáculo es el mío. Y yo, como él, siempre tuve un vocabulario muy desarrollado —casi ridículamente desarrollado— y una gran ineptitud para las actividades físicas. Un día descubro que mi hijo no sabe pedalear en un triciclo, algo que los otros chicos ya dominan, pero que no le he enseñado porque no sé montar en bicicleta. Otro día, cuando no puedo armar un rompecabezas, él me dice:

—Papá, tranquilidad. Tienes que concentrarte.

Algo que los niños de su edad no suelen decir, pero yo sí.

Como casi todos los adolescentes —quizá debería decir “todos los hombres”—, yo tuve una relación conflictiva con mi padre. Lo culpaba de todos mis problemas y peleábamos con frecuencia, incluso mucho más allá de la adolescencia. Por eso, si algo me lastimaba era constatar que yo tenía rasgos de él. Me desesperaba que nos confundiesen en el teléfono, o que alguien me dijese que teníamos el mismo sentido del humor, lo que ocurría con frecuencia. Me disgustaba ver una foto de él y reconocer mi nariz, mis orejas, mi mentón, que en realidad son su nariz, sus orejas y su mentón.

Conforme mi hijo crece, puedo adivinar qué cosas le disgustarán de sí mismo, porque me echará —con razón— la culpa de ellas. También puedo hacer apuestas sobre qué rasgos de su carácter le traerán alegrías, y cuáles le harán sufrir. En cierto sentido, yo ya he vivido muchas de esas cosas. Previsiblemente, cuando discutamos, él me dirá que no las he vivido, que su vida es suya y solo la vive él, y que yo no entiendo nada.

También en eso tendrá razón, porque conforme él se va transformando en lo que yo era, yo me transformo en otra persona. Mis rasgos de personalidad actuales no son los del niño que jugaba a los disfraces, sino los del impaciente obseso del trabajo que es un hombre agobiado de responsabilidades. Conforme mi hijo se parece a mí, yo dejo de parecerme a mí y me parezco más y más a mi padre.

Supongo que ese es el proceso natural y obvio. Lo más extraño de ser padre es que nada hay de novedoso en tus sentimientos, nada que no hayas escuchado ya miles de veces. Todas tus emociones son como un cliché de una película navideña con Meg Ryan. Lo único nuevo e irrepetible, en realidad, es ese extraño que llegó a tu casa un día pegando gritos y que se transforma a la misma velocidad que tú.

Este centro bautizado con el ambicioso nombre de Sendero de Libertad recibió en los primeros días de abril de 2011 a un menor de edad llamado Alexander. Condenado por tráfico de drogas, el juez ordenó su encierro después de saltarse las condiciones de su libertad condicional. Sus dos primeras noches Alexander las pasó, el procedimiento habitual con los nuevos, en uno de los módulos tercermundistas que hay junto al portón principal.

El reclusorio lo controlan pandilleros que se autodenominan retirados, que odian a muerte a los pandilleros activos, que a su vez odian a muerte a los retirados. Se respira demasiado odio en Sendero de Libertad. Por eso, antes de asignar sector a un recién llegado, las autoridades lo aíslan hasta que se convencen de que no es miembro activo ni a la Mara Salvatrucha (MS-13) ni al Barrio 18. Es cierto que la piel de Alexander estaba limpia de tatuajes como la de un adolescente ejemplar de una colonia bien, pero también lo es que hace años en El Salvador eso dejó de ser garantía de nada.

Tras las dos noches de aislamiento, avalaron su traslado al Sector 1. Allí lo esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión. Un ex de la MS-13 que en la libre vivía en la misma colonia lo reconoció de inmediato y lo presentó como primo de un pandillero activo. Suficiente para dar por finalizado el interrogatorio. En ese momento Alexander debió sentir como si un bus se le viniera encima. Uno, diez, treinta puños pies antebrazos cabezas codos lo golpearon una y otra y otra vez. No tardó en caer al suelo reseco. Al principio trató de cubrirse. Lo pisotearon arrastraron patearon. Al poco ya no pudo. Lo patearon en la cara brazos nalgas piernas espalda pecho boca… Lo patearon.

Del personal del centro nadie intervino.

Cuando Alexander recobró el sentido, la turba lo tenía amarrado de pies y manos, y un niño se esmeraba en tatuarle una sentencia de muerte en el pecho: una M y una S del tamaño de dos manos, y tachadas por sendas cruces. Un tatuaje así te convierte en objetivo prioritario para la MS-13, sin importar las razones, muerte segura, y para nada te aparta del punto de mira del Barrio 18.

—¿Y qué iba a hacer ? Yo me vine a despertar con el ruidito de la máquina –me dice cuando lo entrevisto ocho meses después del ataque.

La máquina es un motorcito de un transistor ensamblado a una varilla metálica y a una aguja, un artilugio con el que los tatuadores artesanales inyectan bajo la piel –a falta de tinta– el espeso hollín que sale de los vasos plásticos blancos cuando arden. Suena horrible, pero Alexander sabe que tuvo suerte.

—Tuve suerte –dice–, gracias a Dios, porque a otros los han marcado a pura Gillette.
—¿Y los orientadores? ¿Y los custodios? ¿Nadie te ayudó?
—Y ellos qué iban a hacer…

La respuesta de Alexander tiene su lógica. Después entenderán.

Al día siguiente, desfigurado por el linchamiento y con su sentencia de muerte tatuada en el pecho, llegó al despacho del director y le contó lo ocurrido. Lo aislaron de nuevo, y aislado lleva hasta esta mañana de diciembre. El Estado salvadoreño que lo encerró para procurar su reinserción lo ha incluido en un programa de remoción de tatuajes que en tres o cuatro sesiones eliminará lo negro, pero que dejará siempre un delator surco de carne abultada.

Alexander y su pecho esperan volver a las calles este año.

***

Un día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, un custodio de los de la Portería se me acerca, enigmático.

—Ya lo he visto varios días por acá. Usted es periodista, ¿no?
—Sí, estoy llegando porque quiero conocer cómo es aquí…
—Pues si quiere conocer de verdad, debería llegar en la noche. Viera qué relajo. Los del Sector 1 se salen de las casas a beber y a endrogarse. Gritan, ríen, aquí ni hay encierro ni hay nada. Todas las noches. Los vecinos de la colonia Helen, la de atrás, se lo pueden contar también. Viera qué relajo.

***

Lo que hoy se conoce como Centro de Inserción Social Sendero de Libertad se inauguró el jueves 25 de mayo de 1995, en presencia del presidente de la República, del presidente de la Corte Suprema de Justicia y de un nutrido grupo de diputados; los tres poderes reunidos para la foto oficial de un lugar concebido como pieza fundamental del nuevo sistema de justicia juvenil. La reinserción social, ese concepto tan resbaladizo, ya tenía dónde y cómo.

Como si se tratara de un presagio, una mañanera tromba de agua deslució la inauguración, aunque no pudo con el optimismo.

El presidente de la República, Armando Calderón Sol, dijo que un Estado fuerte era indispensable para hacer frente a las maras, un fenómeno incipiente pero en franca expansión. Elizabeth de Calderón, su esposa y presidenta del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (ISPM), se comprometió a que la readaptación fuera “un objetivo primordial” del Gobierno. María Teresa de Mejía, la directora del ISPM, fue más allá: “El joven que ingrese tendrá probabilidades altas de no delinquir de nuevo”. Aquella euforia desmedida cristalizó en una frase escrita por uno de los periodistas que cubrió el evento: “El centro de menores de Ilobasco, construido en tiempo récord, ha sido calificado por consultores internacionales como el paradigma de Latinoamérica”.

Escribió: paradigma de Latinoamérica.

El optimismo quizá estaba justificado. Apenas tres años y medio atrás se habían firmado los Acuerdos de Paz, que pusieron fin a una dolorosa guerra civil que se prolongó doce años. El Salvador, un minúsculo país centroamericano que la Guerra Fría colocó en la agenda mundial, logró una solución negociada que satisfizo a tirios y troyanos, y que Naciones Unidas aún hoy presenta como uno de sus máximos logros.

De un día para otro el país se llenó de organismos internacionales, de agencias de cooperación y de oenegés que aterrizaron con las maletas llenas de dólares y de planes. Tras décadas de violaciones de los derechos humanos, crear un sistema de justicia juvenil apegado a directrices made-in-United-Nations se convirtió en obsesión: en 1993 se aprobó la Ley del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, en 1994 la que hoy se conoce como Ley Penal Juvenil, y un año después el Reglamento General de Centros de Internamiento para Menores Infractores. Había dinero para la causa, mucho, y en ese contexto surgió Sendero de Libertad.

De alguna manera, a El Salvador le ocurrió como a John Clayton –el mítico Tarzán– cuando regresó a Londres después de años de vida en la selva: se pensó que un bonito traje y unas pocas clases de etiqueta serían suficientes para calmar los instintos.

—Es un criterio muy personal, pero creo que no pensaron muy bien el tipo de población que se iba a atender. La Ley Penal Juvenil es buena, pero se dejó de lado una sociedad que salía de una guerra con carencias emocionales, con tanto huérfano. Nunca se hizo trabajo psicológico en las comunidades. Por eso hoy tenemos lo que tenemos.

Me dijo José Paulino Flores, Paulino, que algo debería de saber: trabajaba como orientador cuando Sendero de Libertad recibió a los primeros menores y hoy es el subdirector.

Construirlo y equiparlo costó una pequeña fortuna: $2.6 millones de la época. Se eligió Ilobasco, una ciudad provinciana a 55 kilómetros de San Salvador, y se apostó por unas instalaciones que satisficieran hasta los gustos del más exigente burócrata de Naciones Unidas: más de 12 manzanas para albergar a 250 personas (la principal cárcel salvadoreña, Mariona, es más pequeña y adentro se hacinan más de cinco mil personas); diez casas independientes para un tratamiento especializado; lockers y camas para cada interno; surtidísimos talleres de carpintería, sastrería, panadería, artesanías y computación; canchas de fútbol, baloncesto y voleibol; salón de usos múltiples y biblioteca y clínica médico-odontológica; ropa, calzado y útiles en abundancia… También se levantó una gigantesca torre, más alta que la de muchos aeropuertos, que serviría como reservorio de agua potable. Se tomaron tan en serio lo de que Sendero de Libertad fuera un espacio para la reinserción y no para el encierro, que apenas una malla ciclón separaba a los internos de su libertad.

La administración se dejó en manos del ISPM, institución que en 2002 fue rebautizada como Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia: el ISNA. El nombre, Sendero de Libertad, lo eligieron los propios internos meses después de haber abierto las puertas, una decisión que no hizo gracia a sectores conservadores de la sociedad, pues decían que les recordaba a Sendero Luminoso, la organización terrorista peruana.

Lo que queda diecisiete años después de la inauguración es una caricatura del paradigma ofrecido: sin biblioteca, sin centro de computación, sin camas. Siete de las diez casas están cerradas por inhabitables, y las otras tres huelen a hacinamiento, como cualquier celda de una cárcel salvadoreña. No es solo del olor. Las incontables fugas y la violencia entre los internos –y hacia los empleados– obligaron poco a poco a sectorizar, a crear zonas de aislamiento y a levantar garitones de vigilancia y muros coronados con alambre razor. La reducción del presupuesto a partir de 1999 y los motines en los que los jóvenes destrozaban las instalaciones contribuyeron, pero fue la expansión del fenómeno de las maras –y la inoperancia de la sociedad salvadoreña para detenerla– la que marcó el ritmo de la degradación física y sobre todo conceptual del centro.

Quienes vivieron los primeros años los recuerdan menos complicados: distintas pandillas bajo el mismo techo, respeto de los menores hacia el personal, más recursos… Por decisión del ISPM, el reclusorio lo administraba una congregación llamada Misioneros de Cristo Crucificado. Entre 1996 y 2001 el padre Jaime González Bran vivió y trabajó en Sendero de Libertad, primero como coordinador de orientadores y luego como director. Cuando lo visité en octubre en Atescatempa, un pueblo guatemalteco fronterizo con El Salvador donde ahora es párroco, me dio su versión del fiasco.

—Nuestro sueño para Ilobasco –dijo– era crear algo para los muchachos de primer ingreso y sin problemas de pandillas, porque Sendero no tenía ni infraestructura ni personal capacitado para tratar a muchachos con diez internamientos o con perfil psiquiátrico crónico. Pero los jueces empezaron a enviarnos a jóvenes exageradamente violentos, y con esos liderazgos negativos al interior se volvió más difícil rescatar al muchacho que fuera rescatable.
—¿Cree que hay muchachos no rescatables?
—Había muchachos con cierto perfil psiquiátrico que nunca debieron haber llegado a Sendero. Eso lo dijimos toda la vida. Ellos necesitan intervención psiquiátrica. No es que no fueran rescatables, sino que no teníamos los recursos para sacarlos a flote.

En torno al cambio de milenio, después del primer niño asesinado en una riña, se ensayaron estrategias para intentar revertir la degeneración. A finales del año 2000 el Estado creyó que separar las pandillas sería la solución, y Sendero de Libertad quedó para ex pandilleros y civiles. No funcionó. En abril de 2001 ingresaron los militares para imponer disciplina a través del ejercicio físico. No funcionó. A finales de 2003 se introdujo población femenina, en teoría menos conflictiva. No funcionó. Y en 2006 se creó una comunidad terapéutica para tratar drogodependencias. Tampoco funcionó.

Del paradigma de Latinoamérica solo quedó la referencia en los periódicos viejos. Tras la salida de los curas, en marzo de 2001, los directores se sucedieron uno tras otro, como si se tratara del banquillo de un equipo de fútbol mediocre. El centro empezó a generar titulares sobre muertos, fugas y motines, cada vez más escandalosos, como si desde el inicio alguien lo hubiera planeado todo para que Sendero de Libertad caminara inexorable hacia su propio 11-S, el 11 de septiembre de 2010.

***

La ley es cristalina como manantial de agua pura: aquí no debería haber internos arriba de los 18 años. Sin embargo, abundan.

—Ese que acaba de recibir la pelota tiene 29 años, pero un juez nos lo mandó para acá –me dijo Paulino, el subdirector.

Paulino es sincero, mesurado y propositivo. Todo al mismo tiempo. Tiene 38 años, esposa y dos hijas, pero su personalidad conserva chispazos juveniles, quizá porque lleva en este centro desde los 21. El sobrepeso, la cara redonda y los pequeños lentes que la miopía le obliga a cargar le dan aire de bonachón, de amigo de todos, de alguien a quien le cuesta mentir. Paulino conoce los nombres de todos sus compañeros y de la mayoría de los internos.

Presentarlo como subdirector podría generar confusión. Nominalmente lo es, sí, pero él se sigue viendo como un orientador. Entre las 85 personas que trabajan en el reclusorio hay psicólogos, instructores, trabajadores sociales, maestros, custodios… y la columna vertebral formada por una veintena de orientadores. Con turnos de 24 horas, son los que más contacto tienen con los jóvenes, los que deben monitorear y registrar sus avances y retrocesos, sus teóricos hermanos mayores.

Paulino camina por todos los sectores sin temor a ser agredido. Suena básico, pero no está al alcance de todo el personal. Escuché en más de una ocasión que algunos lo llaman Gordo, pero su figura es respetada y hasta generadora de empatía. Es porque nunca los ha denigrado ni los ha insultado, me dijo.

Una tarde de diciembre, cuando nos dirigíamos a la cocina, pasamos junto a un grupo de unos diez jóvenes que estaban ociosos bajo la sombra de un árbol.

—¡Júe! ¡Júe! –les gritó Paulino, como si yo no estuviera a la par.

La respuesta fue un coro desordenado pero voluntarioso: Júe, Júe, Júe…

—Pauli, ¿qué horas tenés? –preguntó uno.
—Las dos con treinta minutos, m’ijo.

Seguimos caminando.

—¿Oíste, va? –me preguntó–. Digo una palabra como Júe, y todos se emocionan… Uno tiene que aprender cómo crear asertividad. Es la base de todo.
—¿Cómo les decís: Júe o Húe?
—Júe, de juego. Si me preguntás qué es, ni yo lo sé. Comenzó hace años como Juela, y ahora me topo con que Júe se escucha en todo Ilobasco.

Otro día, un jueves de agosto que estábamos paseando por el Sector 2, clausurado por inhabitable pero que hasta su clausura albergaba a los activos de la MS-13, me contó algo que a su juicio ilustra la obtusa visión del fenómeno de las pandillas que, una vez terminada la guerra, tuvo toda la sociedad salvadoreña.

—¿Ha oído –aún nos tratábamos de usted– del partido de El Salvador contra México en las eliminatorias del Mundial 94? ¡Bien me acuerdo yo! Ganamos con golón del “Papo” Castro Borja. Lo vi por televisión: todo mundo feliz, y no sé por qué yo me fijé en una particularidad, quizá porque el destino va fijando las cosas, pero recuerdo que en la retransmisión dijeron: ¡Damos la bienvenida a estos compañeros de la Mara Salvatrucha, que han llegado al Cusca desde los Estados Unidos! Y les hicieron una toma. Creo que los comentaristas eran Carlos Aranzamendi y Tony Saca. Yo desde entonces me quedé pensando: Mara Salvatrucha.

Aquel partido se jugó en abril de 1993.

Apenas cinco minutos antes de contar la anécdota, Paulino me había señalado la fachada de una de las casas del Sector 2.

—¿Ve ese manchón chelito? Ahí había pintada una garra de la Mara Salvatrucha, de hueso, y usted ya sabrá que cuando es garra de hueso simboliza muertos. Es como un trofeo. La hicieron después de lo del 11 de septiembre, para que la vieran los del Sector 1.

Todos los días, en casi todas las conversaciones con personal o con internos de Sendero de Libertad, apareció el 11 de septiembre de 2010. Esa fecha se ha convertido en un referente, un punto de inflexión, un antes y un después.

El 11-S estalló la ira.

***

Otro día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el mismo custodio de la Portería se me acerca, elocuente.

—¿Vio hoy cómo está aquí de full? Tenemos a 17…
—¿De nuevo ingreso todos?
—No, nada que ver. A muchos no los quieren abajo o los traen porque les han hecho sexo allá. ¿Ve ese que está ahí sentado? Lo violaron. Sus padres han puesto una denuncia en el juzgado que lleva su caso, el Segundo de Santa Tecla.

***

Tercermundista es un adjetivo peyorativo, políticamente incorrecto, trasnochado incluso. Hay quien cree que debió haberse abandonado su uso cuando cayó el Muro de Berlín. Pero a pesar de las burbujas de primermundismo que hay esparcidas por todo el país –léase: torresfuturas, grandesvías, haifais, residenciales altos-del-no-sé-qué, palcos viaipí, toyotaprados, estarbucs…–, El Salvador sigue siendo tercermundista.

Los módulos de la Portería –junto al portón principal de Sendero de Libertad– son tercermundistas, siendo generosos. Miden menos de un metro de anchura y menos de dos metros de largo. He conocido ascensores más espaciosos. Son de bloques de concreto, con una puerta metálica que ocupa todo lo ancho y tienen por techo una reja cuadriculada. Sin luz. Los inquilinos no se mojan solo porque están bajo la estructura que cubre todo el portón.

Los compartimentos se construyeron con el propósito de evitar que el recién llegado fuera transferido de un solo a sectores donde podía ser agredido. Pero la violencia incontrolable los ha convertido en un área permanente de aislados para los proscritos del Sector 1 y de la Exbodega, también conocida como Sector 3. El día lo pasan sueltos, aunque no pueden alejarse por su propio bien. De noche los encierran. Cuando en diciembre me recibe Alexander, el menor al que tatuaron su sentencia de muerte en el pecho, lleva seis meses viviendo aquí.

—Una vez en mi celda habíamos catorce –me dice.

Catorce menores –catorce espaldas, catorce cabezas, cincuenta y seis brazos y piernas– encerrados de seis de la noche a seis de la mañana en un espacio en el que no cabe un sofá, a oscuras, con botellas llenas de orines en las esquinas.

—¿Cómo se hace para dormir catorce?
—Unos pocos colgados del techo, en hamacas, y los demás en el suelo, sentados, con las piernas bien topadas al pecho… Si alguno durmiendo se me recuesta, pues ni modo, ¿qué le voy a hacer? Tampoco le voy a espabilar. Mejor tratar de llevar las cosas en paz.

En Sendero de Libertad impera la ley del más fuerte, y poco o nada pueden hacer las autoridades. Pero a pesar de su situación, Alexander me dice que no cambiaría su cubículo tercermundista por ningún otro lugar del reclusorio. Le aterroriza la idea de que lo muevan.

—Yo no puedo ir al Sector 1 porque está esa persona que dice que soy de la Mara. ¿Qué le dijeron al director la vez pasada? Si bajan a ese bicho, lo sacarán en bolsa negra. ¿Cómo voy a querer bajar? Y en la Exbodega me salieron con que me iban a hacer las letras en las piernas y tachármelas. ¡N’ombre, mejor aquí me estoy!

***

La víspera del 11-S, el 10 de septiembre de 2010, llegaron a Sendero de Libertad unos quince menores procedentes del Centro de Inserción Social de Tonacatepeque, el reclusorio que el Estado asignó hace una década a la MS-13. Todos eran ex de la Mara Salvatrucha –pesetas o retirados, según quién los etiquete– que llevaban semanas o meses aislados allá. Como Sendero de Libertad tenía un sector entero para ex pandilleros, los jueces creyeron que el traslado era lo más conveniente.

Pero esa decisión judicial resultó ser un detonador. Es cierto que había odio acumulado y que el control del reclusorio estaba desde hacía años en disputa entre emeeses y retirados, pero sin traslado no habría habido 11-S.

―Los jueces nos exigen el bienestar de los jóvenes, y muchas veces ellos los envían al matadero –me dijo Paulino una de las muchas veces que hablamos sobre lo ocurrido ese día.

El traslado de los quince se realizó en la tarde. Como en los reclusorios salvadoreños parece haber más teléfonos celulares que cepillos de dientes, de Tonacatepeque salió una orden precisa: nomás aterricen, tópenlos. Mátenlos. Durante el ingreso hubo amenazas, insultos, pedradas y carreras, pero la presencia de custodios armados y la inminencia de la noche pospusieron lo inevitable. El grupito fue llevado a una casita a la que llamaban la Conejera.

En la actualidad Sendero de Libertad tiene tres áreas para internos: el Sector 1, al fondo, con tres casas en las que malviven de 110 a 130 jóvenes, entre ex pandilleros y civiles; la Exbodega, una casita que un día fue la residencia de los orientadores y que ahora acoge a unos 30-50 expulsados del Sector 1; y los dos cubículos tercermundistas de la Portería. En 2010 había también un Sector 2 –más grande, más poblado– repleto de activos de la MS-13, y para aislados existía además la Conejera, que es adonde recalaron los recién trasladados. Llegar a la Conejera desde el Sector 2 exigía atravesar el Sector 1.

En la pandilla nadie puede negarse a la batalla. Le iría peor. Pero me sorprendió volver a comprobar la naturalidad con la que asumen que la violencia es la única salida. La única.

—¿Por qué uno cuando hay desvergue no puede quedarse en su cuarto y ya? –pregunté a uno de los catalogados como bien portados.
—No, porque… eso no se puede. No se puede. Si pasa algo… pues… todos ¿va? Cuando todos, todos, ¿va? No importa en lo que esté uno. Yo quizá quisiera estar solo viendo, pero tengo que estar ahí.

La misma sensación tuve otro día, durante uno de los paseos con Paulino. Nos detuvimos a hablar con un grupo, y la conversación fue tan lúcida o más como la que se puede tener en un aula universitaria.

—Estos serán de los tranquilos, ¿no? –le pregunté apenas nos alejamos tantito.

Paulino solo sonrió.

—Aquí todo eso es relativo, mi estimado. Ahorita puedes hablar con alguien y pensar que qué hace este chico aquí, pero ese mismo muchacho, si hay una efervescencia, tiene que acompañar y demostrar que es de los que va adelante.

La efervescencia del 11-S duró más de cuatro horas.

Inició poco antes del mediodía, cuando un emeese saltó el muro que separa los sectores y abrió el portón ubicado junto a la escuela. Aunque en principio no iba con ellos, el Sector 1 respondió, y arreció una lluvia de pedradas, alternada por esporádicos combates cuerpo a cuerpo. Las armas en ambos bandos eran las mismas: piedras, corvos hechizos, varillas de hierro y palos afilados, punzones y unos polines filosos de más de un metro a los que llaman matabúfalos.

En las primeras tres horas se sucedieron violentísimas y masivas arremetidas, de un lado y de otro, sin que ningún bando se impusiera, como en Verdún. Los heridos se acumulaban. El personal, más escaso que de costumbre por ser sábado, se limitó a buscar refugio. El Ejército y la Policía acordonaron el centro, pero el aval para el ingreso tardó demasiado. Casi al final, una nueva embestida de la MS-13 logró que sus rivales retrocedieran a su sector, pero un niño no alcanzó el portón antes de que lo cerraran. Los emeeses lo mataron con sadismo.

“La Policía encontró un interno brutalmente asesinado”, consignó al día siguiente El Diario de Hoy, un periódico local, pero la frase se queda corta. La turba deshizo a golpes el cuerpo, la cabeza se la vaciaron, su rostro desapareció. “Era como una bolsa de carne molida” y “Le sacaron toda la cara y quedó como huacalito” son descripciones de personas que vieron el cuerpo, cercenado con una saña que cuesta siquiera imaginar, pero que se ha convertido en una forma de vida para significativo sector de la juventud salvadoreña.

El interno asesinado se llamaba Víctor, y era un civil de 17 años que estaba preso por robo, aún sin condena, y que desde su llegada se había mostrado como un bróder, que es como en el bajo mundo se conoce a los evangélicos.

Paulino ingresó aquel día después de que lo hicieran varios pelotones de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO). Aún brillaba el sol. Las instalaciones, destrozadas una vez más. Los pasillos, saturados de malheridos. El saldo del 11-S fue un fallecido y más de medio centenar de lesionados, de los que la mitad tuvieron que ser hospitalizados.

—Es doloroso ver que a jóvenes de 16, 15 o 20 años los matan como si fueran basura… –me dijo Paulino un día que hablábamos del 11-S mientras almorzábamos–. Yo tengo dos hijas, y me pregunto: ¿qué voy a dejarles? ¿Por qué crees que sigo aquí? No es por el sueldo, que es de 650 dólares antes de impuestos, poco para la responsabilidad que nos echamos. Yo lo hago por convicción, porque creo que algo se puede hacer para que esta sociedad deje de sufrir. No es por mí, que tengo casi 40 años y ya sufrí lo que tenía que sufrir, pero ¿qué voy a dejar a mis hijas? ¿Con quién se va a casar mi hija de 9 años? ¿O mi hija de 14? ¿Con quiénes?

***

Sus 45 años lo convierten en uno de los personajes más longevos de Sendero de Libertad. Natividad Díaz, don Nati, es el enfermero que desde febrero de 2008, de lunes a viernes, de 7:30 a.m. a 3:30 p.m., se preocupa por el bienestar general. Hay un doctor asignado, sí, pero llega salteado: cuatro horas lunes y miércoles, y dos más los viernes. El médico no deja de ser un visitante. Don Nati forma parte de.

Hoy es agosto y es jueves, y cuando llego a la casucha que funciona como Enfermería don Nati está solo, sentado detrás de un escritorio, encerrado por dentro porque nunca se sabe. Lleva desabotonada la bata blanca que lo singulariza, aunque su cortísima estatura basta para volverlo inconfundible.

—Don Nati, ¿hay algún secreto para trabajar aquí?
—La paciencia. A veces suceden cositas, como que los jóvenes por A o B motivo le dicen cosas a uno, pero uno se acostumbra. No necesariamente por un apodo uno se va a enojar. Uno tiene que adaptarse al tipo de lugar.

De la nada, una cabeza juvenil que se asoma por una ventana enrejada.

—Nati, regalame una pastilla pa’la cabeza, porfa.

Don Nati es un hombre curtido. Su bachillerato en Salud lo obtuvo en 1988, y comenzó como camillero de combate en el Batallón de Sanidad Militar, en plena guerra civil. Trabajó luego diez años en el Seguro Social, se fue mojado a Nueva Orleans, regresó a los dos años, y trabajó después para el ministerio y en una clínica privada, hasta que salió la plaza en Sendero de Libertad. Aquí hace casi de todo: regala pastillas para la goma, cose carnes abiertas, drena la pus de los diviesos, inyecta, atiende traumatismos y politraumatismos, trata la picazón de la escabiosis, imparte charlas sobre higiene personal, sana los cortes que deja el razor criminal…

—Me ha tocado incluso llevar pacientes al Psiquiátrico por tanta droga que consumen –dice.

También ve las infecciones por los tatuajes hechos con máquinas caseras.

De la nada, frente a la otra ventana enrejada pasa otro joven que, suponiendo a don Nati en la soledad, grita con ganas: “¿Qué ondas, pequeña xxxxx?”. No alcanzo a entender la última palabra, pero resulta evidente la voluntad de la humillación. El joven se aleja riendo una risa cavernosa. Don Nati me mira con pena. Yo hago como que no he escuchado nada.

Escenas similares ocurrirán más veces con más empleados. El respeto a la autoridad, a la edad, siquiera a la persona que algún día te puede sacar de un aprieto, no está muy extendido en Sendero de Libertad.

***

La arquitectura jurídica salvadoreña en materia juvenil está llena de artículos y numerales muy rehabilitadores, muy primermundistas todos. Pero no se hacen cumplir. Es más, parece que a casi nadie le importa su incumplimiento. Digamos: el 27 de la Constitución, el literal c) del 37 de la Convención sobre los Derechos del Niño, el 119 y el 127 de la Ley Penal Juvenil, el 17 y el 18 del Reglamento General de los Centros de Internamiento para Menores Infractores, el 31 y el 33 del Reglamento de las Naciones Unidas para la Protección de los Menores Privados de Libertad y etcétera y etcétera y etcétera.

Alguien sentado frente a una computadora, en un despacho bien acondicionado de San Salvador, Beijing o Riad, escribe que en lugares como Sendero de Libertad “la escolarización, la capacitación profesional y la recreación serán obligatorias”, pero es al docente, al orientador o al instructor de talleres al que toca explicárselo a unos niños con acceso a drogas, a alcohol y criados bajo una rígida estructura pandilleril.

“Yo no puedo obligarlos a ir a la escuela a la fuerza. Decirles: ¡vayan! Me los echaría de enemigos”, se sincera un profesor del Centro Escolar Sendero de Libertad, ubicado dentro de las instalaciones. De los quince matriculados en los grados que él atiende, solo siete asisten con regularidad, y hay días que da la clase solo para tres.

Los políticos, los opinadores, los periodistas nos escandalizamos –algunos, otros ni eso– cuando una fuga masiva, cuando un motín sangriento, pero asumimos con naturalidad las limitaciones presupuestarias, la desidia, la violación de derechos. En la actualidad, incluso después de la reforma que aumentó la pena máxima a 15 años de encierro, un niño que a los 17 cometiera mil y una barrabasadas recuperaría su libertad, lo más, con 32 años. Aunque solo fuera por puro egoísmo, a la sociedad salvadoreña debería interesarle su rehabilitación.

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Los 11 de septiembre son y serán días de onomásticas sonadas. En el de 2011 se cumplieron diez años de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, en Santiago de Chile conmemoraron 38 del magnicidio de Salvador Allende, y en la India se acordaron del 105 aniversario del inicio de la resistencia no violenta de Mahatma Gandhi. Sendero de Libertad también quiso celebrar el primer aniversario de su propio 11-S, y para recordar una fecha que ni los involucrados recordaban ya, el ISNA organizó un culto de agradecimiento a Dios, bajo el argumento de que se cumplían doce meses sin muertes. Toda una novedad.

Ese domingo amaneció fresco y luminoso en Ilobasco. Temprano, un grupo de hermanos de la Iglesia de Restauración Elohim llegó para acondicionar el salón de usos múltiples y para instalar el poderoso equipo de sonido y los instrumentos. Formaron la palabra JESÚS con vejigas de colores, desplegaron y alinearon medio centenar de sillas plásticas, y lograron un imposible: dar calidez a un local tan deteriorado que costaba creer que sirviera para algo más que para dar sombra. Mientras adecentaban el local, el subdirector de Inserción Social del ISNA, Israel Figueroa, y el director del centro, Hugo Castillo, visitaron la Exbodega.

—Miren, en primer lugar, quiero felicitarlos –les dijo Figueroa–. Este año he visto una gran diferencia: ahora estamos luchando por la vida, no por la muerte. ¡Eso ya se acabó! Y lo menos que podemos hacer es dar gracias a Dios. ¿Estamos de acuerdo, jóvenes?

Un año da para mucho. En un país en el que la atrocidad se ha naturalizado, la batalla del 11-S no había tenido impacto en la agenda mediática –media página en El Diario de Hoy y una triste columna en La Prensa Gráfica, sin seguimiento–, pero el ISNA removió al director y aprovechó la ola para trasladar a todos los pandilleros de la MS-13 a Tonacatepeque. Transcurrida una década desde que se planteara y quedara por escrito esa voluntad, Sendero de Libertad al fin se convirtió en un reclusorio exclusivo para ex pandilleros y civiles. No por ello cesó la violencia. Nada más alejado de la realidad.

La ausencia de la Mara Salvatrucha, el enemigo común, acentuó las tensiones internas. Un crisol de grupitos comenzó a disputarse el mercado de drogas, y esporádicamente siguen estallando revueltas para asumir el liderazgo. Con el Sector 2 en ruinas, los ataques entre internos obligaron a crear la Exbodega primero y a cambiar la función de la Portería después. Ante la pasividad del Estado, en Sendero de Libertad sigue habiendo extorsiones, violaciones, castigos salvajes, torturas y tatuajes-sentencia en contra de la voluntad. Unos jóvenes contra otros.

Hay además otro tipo de violencia que, visto lo visto, podría considerarse de baja intensidad, pero que ha calado en el diario vivir. Es la violencia que los cuadrados (así llaman a los que tienen condena firme y algún tipo de liderazgo) ejercen contra los provisionales.

Un viernes de septiembre ingresé en el Sector 1 junto a Pedro Gutiérrez, el coordinador de orientadores, justo cuando se repartía el almuerzo.

—A los nuevos les prohíben hasta hablar con nosotros si no hay un definitivo cerca –me dijo.

La entrega de alimentos es como en las cárceles: se dan bandejas llenas de comida –buena, muy buena comida, créanme– a un responsable por cada habitación, para que ellos la repartan. Pero a cada uno de los provisionales, para intentar garantizar que coman, se la ofrecen en mano, sin intermediarios, y cuando los cuadrados están saciados.

Cuando entré con Pedro, una hilera de niños esperaba su ración. A unos metros, dos cuadrados reían y tiraban puñadas del arroz que les había sobrado –casi siempre sobra– sobre los provisionales, que se limitaban a sacudirse resignados los granos del pelo.

—Deje de hacer eso a los cipotes ya, niño –dijo Pedro a uno de ellos.
—Cálmese, Píter. Estamos dando alegría a los vatos, les estamos felicitando –respondió uno de ellos sin dejar de tirar arroz, la risa acentuando cada palabra.
—No –trató de razonar Pedro–, pero eso se hace en la iglesia, cuando alguien se casa. No aquí.
—…
—Bueno –se rindió Pedro–, ustedes saben lo que hacen…
—Sííííííí… El Píter, ¿va?

Salvo que esté apadrinado por un cuadrado, a un nuevo le toca, en el mejor de los casos, aguantar vejámenes con resignación, lavar la ropa y hacer la limpieza. Pero es una violencia de baja intensidad a la que poco le cuesta saltar a la categoría de torturas. Dicen que se ha calmado tantito, pero las bromas habituales en Sendero de Libertad van desde revolcadas en el fango hasta ser metido en un barril y rodado por una pendiente. Un día que entré en la Exbodega había en la puerta del baño un folio escrito a mano que en otro contexto sonaría a niñería, pero que aquí no lo es. Decía: “El que arruine la puerta le va a tokar Batukada (hasta que el cuerpo aguante)”. Otro día que pude hablar largo y calmado con uno de los cuadrados del Sector 1 le conté el incidente del arroz.

—Pero eso no es nada. Aquí se bromea bien pesado. Si uno no se pone vivo, le cae una gran pedrada a uno. Yo estuve un tiempo en esas cosas, pero ya no…
—¿Y los orientadores qué hacen cuando ocurre eso?
—¿Y ellos qué van a hacer?

La violencia en el reclusorio ha devaluado tanto la figura del orientador que uno de ellos me llegó a decir que en la práctica se han convertido en los choleros de los niños. Son los que salen a comprarles las sodas de dos litros a la tienda que hay en la entrada y poco más, me dijo.

En estas condiciones, quizá sí era necesario el culto de agradecimiento a Dios por doce meses sin muertos.

Paulino se paró detrás del atril, frente a no más de 30 bróderes, y comenzó con la oración de bienvenida.

—Muy buenos días, hermanos, que la paz del Señor esté con ustedes. En esta mañana muy importante, muy especial y sobre todo muy confortante, necesitamos… ambientes diferentes, necesitamos personas diferentes, y los ambientes y las personas diferentes siempre son obra del Señor, porque él está ahí. Para Dios no hay nada imposible, nada…

El culto duró más de hora y media. Después, Figueroa se desplazó hasta el Sector 1, juntó a un buen número de jóvenes por unos minutos, y también los felicitó por su buen comportamiento desde el 11-S.

***

Hoy es el último martes de octubre, y esta tarde de cielos limpios es aún más calurosa dentro de la bodega enrejada de los víveres que el Estado compra para los muchachos. Sobre una larga mesa de madera en el cuarto de los refrigeradores –dos refrigeradores y dos congeladores llenos de carnes variadas, quesos, embutidos y cremas– hay un gran recipiente metálico, semiesférico y semilleno de semillas oscuras.

—Mire lo que tenemos aquí –dice Noé, la satisfacción impregnada en cada una de sus palabras–. ¿Sabe qué es? Es cacao, para hacerles chocolate. Les encanta, con leche y puro también.

La semilla de cacao sabe amarga.

Noé Alvarado tiene 24 años, es técnico en Gastronomía y se encarga no solo de que el menú sea idóneo en sabores, texturas y nutrientes, sino también de todo lo administrativo-financiero en la cocina. Ecónomo, le dicen a lo que él hace. No cualquiera puede serlo. Noé se graduó en diciembre de 2009 en la Escuela Especializada en Ingeniería ITCA-FEPADE, y antes trabajó como encargado de cocina en un concurrido restorán llamado La Bodeguita del Cerdito.

—Creo que comen mejor aquí que afuera. Dos veces al mes tengo que darles lonja, ¿y cuánto vale la libra de lonja? Ni en mi familia teníamos eso garantizado cuando yo estaba chiquito. Pero cuesta que comprendan… Quiero hacerles entender que coman vegetales, pero algunos no quieren, y más de uno hasta me ha ofendido alguna vez, aunque en general tengo buena comunicación. Son más los que lo aprecian a uno.
—Para esta noche, ¿qué están preparándoles?
—Vamos a ver…

Noé da un par de pasos y se asoma a la cocina, donde tres de sus subordinados preparan la cena. Unas hojas escritas a mano y pegadas en la pared explicitan el menú de toda la semana. Lee.

—Hoy cenarán plátano frito, casamiento, crema y pan francés. Y para desayuno les dejamos huevo duro con tomatada, frijolitos guisados, queso, dos franceses y la bebida: café con leche. Ah, y siempre se les da un pan dulce.
—¿Cuál es la comida que más les gusta?
—Para el almuerzo… carne a la plancha. Y en la cena, cuando hacemos hamburguesas, hot-dog o sándwich. Les encanta.

A Noé le encanta su trabajo. Me encanta mi trabajo, dice. Su padre no quería que estudiara cocina, lo veía poco apropiado, pero un hermano mayor lo apoyó. Noé es el séptimo de once, y el suyo fue un hogar en el que nunca sobró el dinero, pero en el que todos lograron el cartón de bachiller. La clave, dice convencido, es la familia. Si la familia funciona, la sociedad funciona.

—Casi todos los jóvenes vienen de familias desintegradas. Aquí hay de todo, pero muchos delinquen porque no tienen qué comer o para ayudar a la mamá. Por eso digo: si cometieron un error, tienen derecho a una segunda oportunidad. Si todos fuéramos juzgados por los errores que cometemos, todos estuviéramos presos.

Noé resultará el más optimista entre todas las personas con las que hable en Sendero de Libertad, quizá porque es de los que menos tiempo lleva.

***

Hugo Castillo, la persona que asumió después del 11-S, es el director más atípico que ha tenido Sendero de Libertad. En términos futbolísticos sería un canterano, alguien de las categorías inferiores que se cuela en el primer equipo. Comenzó como orientador en diciembre de 1997, con 23 años, y subió todos los peldaños hasta convertirse en la máxima autoridad, un hecho sin precedentes. Mi universidad es acá, dice el director Castillo, quien también sigue viéndose –y actuando– como un orientador. Igual que Paulino.

—Es que aquí todos deberíamos ser orientadores, todos deberíamos orientar a los muchachos para que tuvieran una actitud positiva –dice un jueves de agosto en su modesto despacho, recalentado porque se ha ido la energía eléctrica y no funciona el ventilador–. Orientar debería ser una actitud, pero muchas veces nos vienen profesionales en equis carrera y se enfrascan en eso, en querer los casos ya, concretos. Yo soy licenciado y traeme el caso, dicen, pero algunos ni se acercan a platicar con los muchachos.

Por su personalidad –introvertido, poco confrontativo–, pero sobre todo por su cargo, al director Castillo le toca ser optimista. Dirige un centro ruinoso, donde a veces no hay ni para comprar una pelota o un chorro, pero prefiere ver el vaso medio lleno. Habla de cambios positivos en la actual administración del ISNA. Ahora ya nos tratan como parte de la institución, dice. Pero tres lustros viendo desde primera fila el enquistamiento no pasan en vano.

—Si un joven se deja ayudar, dos años son suficientes. El problema es que no se trata solo del joven: muchas veces la familia influye negativamente y el mismo ambiente en los centros de internamiento no es el más adecuado para tomar decisiones.

El director Castillo tiene un hijo de 13 años. Le cuesta concebir que pudieran encerrárselo en un lugar como el que él dirige.

—Muchos dicen que la ley es demasiado garantista, pero cuando yo veo a mi niño… No me lo imagino en Sendero de Libertad, y todos estamos expuestos a eso. Yo eso le digo a la gente para hacer conciencia: si su hijo estuviera en un problema, ¿le gustaría que pasara detenido 15 años?

***

—Yo siento que la sociedad salvadoreña no cree en la juventud –dice Colette.

En unas horas noviembre de 2011 será pasado y en la pantalla de la computadora sonríe Colette Hellenkamp: 28 años, estadounidense, trabajadora social, voluntaria años ha en Cristianos por la Paz, una oenegé que durante 2006 y 2007 mantuvo un esmerado programa juvenil en Sendero de Libertad. Colette viajó docenas de veces de San Salvador a Ilobasco para trabajar con un grupito de niños infractores seleccionados por la dirección. En un plano personal, la experiencia fue muy enriquecedora, dice, pero no terminó de convencerla la dinámica interna. La desidia.

—Las personas que trabajan en lugares así, si realmente quieren ayudar, tienen que crear relaciones con los jóvenes, generar confianza. ¡Confianza! Hay que ir adonde están ellos, apoyarlos en sus problemas, ayudarlos… conocerlos bien, pues… como seres humanos que son.

Seres humanos que son, dice.

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Hay tantos informes sobre Sendero de Libertad que con sus páginas se podría empapelar el Palacio Nacional.

A las instituciones y a las oenegés parece que les gusta evaluar diagnosticar radiografiar. Tan solo en los últimos tres años, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, la oenegé Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), la Unidad de Justicia Juvenil de la Corte Suprema de Justicia y hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han evaluado el reclusorio y redactado el respectivo mamotreto. Pero todos esos estudios pecan de superficialidad: se centran en cifras y en opiniones, no en dinámicas.

Paulino redactó hace unos meses, sin que nadie se lo pidiera, un remedo de ensayo en el que recoge una idea muy entendida entre los empleados de Sendero de Libertad. Más allá de clasificaciones por edad, sexo, pandilla o condición jurídica –repiten los que más de cerca viven el problema–, los jóvenes infractores se dividen en dos grandes grupos: los que quieren reinsertarse y los que no quieren.

—El Estado debería separarlos e invertir el grueso de sus recursos en los que quieren –me dijo Paulino con paradójico entusiasmo–, con un sistema de atarraya y de pesca para halar a los que en principio no quieren y pasarlos a los centros en los que estén los que quieren.

Quizá funcionaría, quizá no. Pero me sorprendió encontrar, después de haber leído tanto informe oenegero-institucional, una propuesta concreta, novedosa, medible. Nunca es tarde para recomponer las cosas, me había dicho Paulino cuando nos conocimos. En otra ocasión, mientras veíamos sentados sobre la grama la final de un torneo interno de fútbol rápido, a Paulino se le desató la vena filosófica, como tan seguido le sucede.

—Yo esto de la violencia lo comparo con el cáncer. No sabemos a las cabales cómo ni por qué se origina, pero se tiene un tratamiento relativamente efectivo: la quimioterapia. ¿Por qué entonces en El Salvador se pierde tanto tiempo y dinero investigando de dónde viene la violencia, cómo surgió, en lugar de esforzarnos en aminorarla? Es triste… es triste ver cuántos jóvenes están muriendo por gusto.

Las palabras pesan, el eco silencioso ensordece.

***

El último día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el custodio de los de la Portería se me acerca, mesurado.

—Está más calmado hoy aquí. Nueve tenemos nomás. Ayer trasladaron a cinco para Tonacatepeque. Descubrieron a tiempo que eran de la Mara.

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Jueza impone diez años de internamiento a menor

San Salvador, 11 de noviembre 2011 (Interjust). El Juzgado 3º de Menores impuso la medida definitiva de diez años de internamiento contra un adolescente de 17 años, procesado por homicidio agravado en perjuicio de David González, de 32. La jueza, Yanira Herrera, luego de haber establecido la agravante de la premeditación, impuso la  medida. El imputado continuará en el Centro de Internamiento “Sendero de Libertad”, en Ilobasco, departamento de Cabañas. Según datos del proceso, el homicidio se registró a la 1:20 p.m. del pasado 18 de julio en la zona  donde se comercializan “tortas mejicanas”, en el parque “Hula-Hula” de San Salvador. La víctima ya había abordado su vehículo cuando el menor le disparó. El móvil del hecho no fue clarificado. En el hecho fueron capturados en flagrancia el acusado y un vigilante del lugar. Asimismo no se logró establecer si el menor perteneciera a pandilla alguna. El proceso pasará a la orden del Juzgado 2º de Ejecución de Medidas.

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La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 40, obliga a los estados firmantes a dar prioridad a las “medidas alternativas a la internación”. A Naciones Unidas no le excita la idea de encerrar menores, y ese criterio lo aplica parejo a sociedades tan dispares como la suiza, la china o la salvadoreña.

El Salvador ratificó la Convención en julio de 1990, y en el plano jurídico la intención de respetarla es incuestionable. En la Ley Penal Juvenil vigente la privación de libertad se define como excepcional y se explicita que será “por el menor tiempo posible”. La Política Nacional de Juventud 2011-2024, elaborada durante el Gobierno del presidente Mauricio Funes, tiene entre sus metas a corto plazo “ampliar en un 30% las medidas alternativas a la privación de libertad”. En otras palabras: El Salvador se ha comprometido a priorizar las amonestaciones orales, los servicios a la comunidad y la libertad asistida para jóvenes como los de Sendero de Libertad.

El representante en el país de Unicef es un puertorriqueño llamado Gordon Jonathan Lewis. Cuando solicité hablar con él, creí que se atrincheraría en la defensa de la Convención y de los otros cuerpos normativos apadrinados por Naciones Unidas, como las Reglas de Beijing o las Directrices de Riad. Sin embargo, el escenario que planteó fue mucho menos radical, e incluso sugirió que, siempre que se respeten los principios rectores, El Salvador debería buscar su propio modelo para abordar la violencia juvenil.

—Esto no es negro o blanco; existe la posibilidad de que un Estado tome medidas que incluso contraríen reglas y directrices, solo que ante el Comité de los Derechos del Niño hay que justificar que responden a una realidad en el terreno, después de una evaluación rigurosa y sostenida. Pero en El Salvador hay una serie de realidades a las cuales tenemos que responder.

Lewis se refería, obvio, a las maras.

—El problema en El Salvador –dijo– es que estamos buscando soluciones inmediatas a problemas estructurales. Pero, ¿cuál es el problema de fondo aquí? Que tenemos un modelo económico y productivo que fomenta la desintegración familiar y el debilitamiento de las estructuras comunitarias.

Dos décadas después de la ratificación de la Convención, El Salvador tiene una arquitectura jurídica que poco difiere de la suiza, pero hablar de cambios en el modelo económico y productivo sigue sonando a chino.

***

En Sendero de Libertad cualquier día, a cualquier hora, por cualquier motivo puede haber un linchamiento, una pelea entre bandos o un amotinamiento. O todo a la vez.

—Aquí mucho depende del estado de ánimo de los jóvenes –me dijo una vez Paulino.

En el fin de semana del 8 y 9 de octubre los jueces remitieron a cinco niños. Pasaron sus primeras noches en los módulos tercermundistas de la Portería –el procedimiento habitual con los recién llegados–, y el lunes en la tarde, después de que el psicólogo y los orientadores se convencieron de que no eran pandilleros, los llevaron al Sector 1. Allí los esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión.

Hubo suerte dispar en los interrogatorios. A uno le compraron que era civil y se quedó en la Casa 6, la de los provisionales. Otros dos salieron relativamente bien librados: nomás los zarandearon, les dieron pescozones y los expulsaron del sector el mismo lunes, por la sospecha. Los últimos dos, una pareja de primos detenidos por extorsión y venidos desde Nueva Concepción, en Chalatenango, no pasaron el examen. Pero ese día ahí quedó todo.

—A un recién llegado lo entrevistan orientadores y psicólogos. ¿Qué hacen ustedes para concluir lo contrario que ellos? –pregunté otro día a un ex de la MS del Sector 1.
—¡Es que ellos solos se descosen! A las personas se les conoce por el hablado, por cómo caminan, por dónde viven… Y aquí activos sí que no queremos.
—Pero vienen sin tatuajes ni marcas, ¿cómo saben si están brincados?
—Es que no es que sea brincado o no. Media vez una persona anda en esto, ya estuvo. Mire, el deschongue del año pasado fue porque de años dejaron entrar activos que decían que no, que yo tranquilo, y muchos hasta bróderes se hicieron para mientras, ¿y qué pasó? Hicieron su grupito, levantaron ala, y terminaron quedándose con el Sector 2. Y por eso reventó esto.

Visto así, tatuar una sentencia de muerte en forma de dos letras tachadas no deja de ser un macabro mecanismo de defensa.

Quizá eso les esperaba a los primos de Nueva Concepción. Como si lo supieran, pasaron todo el martes 11 de octubre pegados al portón de acceso al sector. Poco antes de las tres y media de la tarde, la turba se les fue encima e inició el ritual del linchamiento. Esta vez el inconfundible sonido de unos balazos se apoderó de todo el reclusorio.

En Sendero de Libertad, la seguridad perimetral la brindan custodios de la Dirección General de Centro Penales y fuera de las instalaciones hay un mínimo contingente de militares. Cuando el linchamiento inició, fue el custodio del garitón de vigilancia el que disparó su arma al aire en repetidas ocasiones. Lejos de replegarse o tirarse cuerpo a tierra, los jóvenes la emprendieron a pedradas contra el garitón y obligaron al custodio a parapetarse. El linchamiento no se interrumpió. Un soldado de la entrada, al escuchar la bulla, también disparó su fusil de asalto.

—Si no dejan de disparar esos cerotes, vamos a topar el centro –gritó altanero el más influyente de los líderes del sector.

Un orientador se la jugó. Entró, cargó al menor que estaba más a mano y lo sacó. Al otro le fue peor. Inconsciente, tuvo que esperar a que Pedro y Paulino llegaran desde el edificio de la Dirección. Pedro lo cargó en brazos como pudo, y se lo llevaron de urgencia a un hospital. El bicho estaba  desconectado, me dijo un menor. Le habían abierto la cabeza con una barra de hierro.

—Sin esos disparos, lo hubieran matado –me dijo Pedro días después.

Al joven que amenazó con topar el centro lo llamaremos el Pincha. Es un ex de la MS con condena de siete años y al que me presentaron como alguien “de choque”. Su nombre apareció en incontables conversaciones durante cuatro meses. Para bien o para mal, daba la impresión de que en Sendero de Libertad nada se movía sin que el Pincha diera su aval. Un día aparecía corvo en mano encabezando una turba, otro pidiendo a las autoridades que le permitieran formar un equipo de fútbol. Un día estaba quebrando focos y pidiendo la cabeza del orientador que reportó ante el juez una fracción de sus desmanes, otro en un refugio para damnificados por las lluvias, al frente de la delegación de menores infractores que donó sus 120 almuerzos.

—Desde el momento que atraviesas la puerta y pones un pie aquí adentro, entras en un mundo diferente a todos. Estos jóvenes son únicos, y este lugar es maravilloso para conocer el género humano –me había advertido Paulino tiempo atrás.

Mes y medio después de los linchamientos del 11 de octubre, el problemático, ultraviolento y contradictorio Pincha recuperó la libertad.

—Uf, al fin se fueron los problemas del Sector 1… –me confesó uno de los orientadores.

Los problemas regresaron a las calles.