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Tienen 20 años, las sonrisas torcidas y las miradas salvajes. Son doce o quince y te rodean como una jauría de perros flacos, olfateando tu miedo. No llevan polo, sólo shorts y sandalias, tatuajes y cicatrices. Un negrito con pinta de niño remueve una olla de fideos que hierve sobre una cocina a kerosene. Le parte unos huevos encima y echa sal.

Otro, más alto y atlético, que parece el líder, te pregunta la edad y de dónde eres. 22 años. De Magdalena. Explotan en carcajadas. No, acá no hay nadie de Magdalena. Ellos son del barrio de Renovación, en La Victoria. Renovación no queda muy lejos de Magdalena del Mar, pero los chicos malos de Renovación no estudian periodismo, como tú. Muchos ni siquiera terminaron la secundaria, ni la primaria. Ellos pescuezean transeúntes para robarles billeteras, carteras, celulares. O paquetean marihuana y cocaína para venderla en las esquinas. O empuñan pistolas y asaltan grifos, pollerías, tragamonedas, hostales, casas de cambio, cambistas callejeros de dólares. O se hacen pasar por taxistas, se desvían de la ruta, recogen a un par de cómplices en el camino y les exigen a los pasajeros a punta de cuchillo que vacíen sus tarjetas en los cajeros automáticos. La mayoría termina en Lurigancho antes de los 20. Los reciben sus papás y hermanos, sus amigos de toda la vida. Los protegen. Les enseñan cómo hablar, cómo caminar, cómo pelear y no hacerlo: todo lo que deben saber para sobrevivir en ese lugar donde frecuentarán a asaltantes de bancos, secuestradores, narcotraficantes, sicarios, entre quienes establecerán contactos. Si demuestran arrojo, los llamarán para trabajar juntos afuera. Al salir serán graduados. Como en una universidad. Volverán, por supuesto, porque de eso se trata: entrar y salir de prisión desde los 20 años hasta que envejecen o hacen plata o mueren en el intento. Los que se plantan son pocos. Pero todos se conocen: aunque hay broncas y muertos, son como una gran familia.

Tú, en cambio, estás solo. Eres solo.

—¿Por qué estás acá? Tienes cara de sano.

El líder, a quien llaman Richard, te mira con lástima con sus ojos de zorro que ha visto mucha sangre. También mira tus zapatillas Adidas, calculando si son de su talla.

No hay platos. Sirven en tápers de plástico. No hay sillas ni mesa. Toman la sopa parados frente a las dos celdas que ocupan en el primer piso. Dos celdas de dos por dos metros para quince reclusos. Hacinamiento, le dicen los periodistas. Ahí nos acomodamos, primo, te dice Richard. Echas un vistazo. Ropa tirada. Fotos de mujeres desnudas en las paredes. Una bombilla tenue. Dos camarotes de tres catres cada uno, catre sobre catre: sus ocupantes apenas cuentan con espacio para moverse y respirar (el de arriba casi toca el techo con la nariz). Después descubrirás que otros reclusos viven solos, con televisión, equipos de sonido, hornos microondas, frigobar. Pero eso será después. Ahora te tragas esa sopa con sabor a engrudo sintiendo que vas a vomitar.

Es las ocho de la noche en Lima. Es verano. Hace calor.

Miras la fila de celdas a los lados, la fila de celdas en los dos pisos de arriba. Todos están dándole a sus cocinas a kerosene. Richard te informa que las autoridades sólo se ocupan de tu alimentación hasta el almuerzo, a la 1 de la tarde. Después tú ves, primo. Luego te enterarás de que, si dispones de dinero, puedes comer en cualquier restaurante de la prisión. En el pabellón que te han asignado esa mañana los burócratas, el 11, funcionan dos restaurantes aceptables. En el 7 y el 9, donde purgan condena los presos por narcotráfico, nacionales y extranjeros, compiten decenas, muy buenos, que ofrecen platos criollos e internacionales, a la carta.

Pero eso será después.

Ahora has terminado la sopa y Richard te explica que a ti te correspondería irte a tocar los timbales (lavar tápers y cubiertos) porque no has contribuido con nada, pero él invita por ser tu primera noche. El negrito se lleva los utensilios al lavadero. También carga un balde de agua: a esa hora no cae agua. El agua sólo cae de 6 a 7 de la mañana y de 3 a 4 de la tarde. Tendrás que pelearte con tus compañeros para llenar unos bidones si quieres agua para asearte o tomar un café. O pagarle a alguien para que lo haga.

Richard te pregunta dónde vas a dormir. Te dice que si quieres vivir solo puedes comprar tu propia celda, por unos mil soles (trescientos dólares). Con un contrato firmado por ti y el vendedor y garantizado por los delegados del pabellón, quienes son elegidos en comicios con votación secreta por los propios internos, entre los más antiguos y de mayor jerarquía, y reconocidos por policías y funcionarios civiles del INPE (Instituto Nacional Penitenciario).

Pero eso será después.

—Ahora quédate acá.

Lo miras. Miras al resto. Ríen.

—Nadie te va a violar, primo.

Richard parece buen anfitrión.

—Yo no te pido nada. Un plato de sopa no se niega. Pero acá a la gente le gustan los culos nuevecitos. Y tú tienes buen culo. Cuida ese culo.

Con tu llave en el bolsillo

Te quedas solo. Levantas la cabeza con una cara de malo que ni tú te la crees.

Entonces te das cuenta de que nada será como en las películas gringas. No dormirás en una celda personal, en una litera que sube y baja. No habrá wáter ni desagüe: cagarás en silos. No caerá agua de una ducha, ni fría ni caliente: usarás baldes. No vestirás un bonito uniforme naranja con un número en la espalda. No marcharás en fila para recoger tu bandeja para el desayuno, el almuerzo y la comida, a la hora exacta, ni comerás en un comedor blanquísimo, con guardias vigilando que no te pase nada. Las luces no se apagarán. Tu celda no se cerrará con un chasquido electrónico.

Tu celda no se cerrará nunca.

En Lurigancho tú tienes la llave de tu celda y puedes entrar y salir a tu antojo.

Estás preso, pero eres libre.

Eres libre para moverte por las doscientas hectáreas de la prisión. Podrás recorrer restaurantes y gimnasios. Caminar por el jirón de la Unión (réplica del transitado jirón del centro de Lima), donde no existen tiendas ni bazares, pero sí podrás comprar de todo: ropa, televisores, radios, cds, jabones, drogas. Podrás visitar a los transexuales del pabellón 3 si el sexo dos veces por semana con tu novia no te basta. Podrás ganar algunas monedas lavando ropa, acarreando agua, puliendo barrotes ajenos o chupando penes. Eres libre para hacer casi lo que se te dé la gana, hasta las 5 de la tarde, bajo tu cuenta y riesgo. La puerta de ningún pabellón estará cerrada si puedes pagar la entrada. En teoría los policías resguardan las puertas para no permitir que los internos transiten por los pabellones, pero en realidad son ellos quienes cobran entrada. Y así descubrirás que, aunque en teoría son los policías quienes dominan la prisión, en la práctica los internos hacen lo que se les antoja .A las cinco de la tarde, el policía encargado de tu pabellón pasa cuenta para verificar que no le falte ningún reo, cierra el candado y se larga. Adentro no habrá policías ni cámaras. Entonces serás libre para moverte por los tres pisos del pabellón (también el techo, si quieres ver el cielo) y, si los dueños te permiten, para meterte en las setenta y cinco celdas de concreto y fierro y en las innumerables celdas de triplay construidas por los mismos reclusos para combatir el hacinamiento. De nuevo, bajo tu cuenta y riesgo.

No estarás metido en una celda. Eso te dará la libertad suficiente para no volverte loco encerrado solo sin poder dormir. Pero te expondrá a los peligros de caminar tres pisos de corredores con celdas casi a oscuras, entre ladrones y asesinos ebrios y drogados. Esta primera noche, en medio de los gritos y el fuego, preferirías estar encerrado, solo.

No tienes ese lujo. No tienes soledad ni silencio.

Con tu carnet de periodista en el pecho

Años después, regresarás varias veces, con un carnet de periodista colgando del cuello de la camisa limpia y bien planchada, acompañado de un fotógrafo. Y cuando los colegas te pregunten cómo así conoces tan bien todos los huecos de la prisión, no les dirás que tuviste tiempo para recorrer la cárcel entera en los catorce meses que estuviste encerrado. No. Eso no se cuenta. Ya he venido antes, responderás.

Regresarás, pero nunca regresarás.

Tres diferencias básicas. Uno: los internos no se comportan enfrente de los periodistas como entre ellos. Entre ellos se permiten mentarse la madre, drogarse, emborracharse, asaltarse unos a otros, pelearse a cuchillo, matarse a balazos, sacar teléfonos celulares y laptops para comunicarse con el exterior, entre otras libertades que a los reporteros les encantaría ver y escuchar y a los fotógrafos fotografiar. Por eso, la prisión que un periodista visita no es la verdadera, sino una prisión hecha para periodistas por internos, policías y funcionarios. Dos: a los periodistas los escoltan policías, así que nunca corren ningún riesgo real, nunca experimentan el estado de tensión o alerta que domina a los presos incluso cuando duermen. Tres: los periodistas saben que saldrán en unas horas. Y esta quizás sea la diferencia más significativa. Como periodista sabes que regresarás a la redacción con tu fotógrafo, bromearás con tus colegas, más tarde le harás el amor a tu chica y te encerrarás a escribir en la computadora, con un café a la mano, tratando de reproducir la atmósfera lúgubre del lugar con imágenes bien diseñadas, metáforas inteligentes y una pizca de ironía. Pero será en vano. No importa cuánto te hayas esforzado por mirar: no miraste. No importa cuánto te hayas esforzado por escuchar: no escuchaste. No importa con cuántos internos hayas hablado, sin grabadora ni libreta para dejarlos entrar en confianza, comiendo su comida, metiéndote en sus celdas, sentándote en sus camas: no hablaste con ellos, no entraron en confianza, siempre supieron qué decirte y qué no decirte: supieron mentirte.

Encerrado

El penal de Lurigancho fue construido en 1964, en el primer gobierno del presidente Fernando Belaúnde, con una capacidad para 2500 internos distribuidos en 20 pabellones, pero en la actualidad sobreviven unos 10 mil. El hacinamiento es tal que, cuando cae la noche y los policías cierran los pabellones con candados, muchos duermen al aire libre, en los patios, en los canchones donde se quema la basura.

Pero el hacinamiento es sólo uno de sus problemas. Lurigancho tiene por lo menos una docena. Ingreso de armas, drogas y alcohol. Propagación de enfermedades contagiosas como el sida, venéreas y tuberculosis. Insuficiencia de médicos, medicinas y equipos. Bajísimas condiciones de higiene y salubridad. Carencia de agua y desagüe. Pésima alimentación. Ausencia de una adecuada atención psicológica y de verdaderos talleres laborales y educacionales. Corrupción de policías y funcionarios. Sentencias que nunca llegan por falta de abogados de oficio para los más pobres.

En este pabellón que comienzas a caminar, diseñado para 150 presos, conviven casi 400. Unos 300 son menores de 25 años. Los viejos te observan con indiferencia. Los de mediana edad te guiñan el ojo, te miran el culo. Son los de tu edad los que te rodean. —¿Por qué te han metido?

—¿Lanzas? ¿Jalas?
—Habla, mierda.

Un mes atrás estabas sentado en un salón de clases en la universidad. Ahora tus amigos están de vacaciones en alguna playa del sur o del norte, fumándose un troncho, emborrachándose, tirando. Mañana se meterán en el mar con una resaca feliz. Y seguirán con sus vidas. Navidad. Año nuevo. Feliz día, mamá. Feliz cumpleaños. Besos. Abrazos. Mientras tanto, tú estarás acá. Muerto sin haberte muerto. En un ataúd, pero vivo. No más clases. No más amigos. No más novia. No más familia. No más alegría. No más libertad.

—Esto es la prisión, rata.
—Mira bonito nomás, huevón.

Cinco soles

Richard se aleja con su gente. Caminas al baño. El olor a orina y mierda se te mete por las narices hasta el cerebro. Un olor como un sabor. El baño consta de un urinario largo con un hueco en el medio y cinco cuartitos con sus respectivos silos. Cinco silos por piso: quince para 400 personas. Luego descubrirás que, en Lurigancho, muchas peleas a muerte se inician por un lugar para cagar. Tendrás que aprender a cagar en cuclillas, rápido. Luego sabrás que el contenido de esos urinarios y esos silos, y de los urinarios y silos de toda la prisión, desembocan a través de unos ductos hasta los muros posteriores de las celdas. En teoría debería funcionar un sistema de tuberías y desagües, pero acá no existe nada de eso. En Lurigancho te quedas con tu mierda. Respiras tu mierda. Y la mierda de todos. Todos los días.

Pero tranquilo: te acostumbrarás.

Te acostumbrarás a lo que sea.

Ya estarás acostumbrado cuando, después, mucho después, descubras que ahí, en esos ductos, entre la mierda reseca y el vaho de los orines, donde ni periodistas ni policías resistirían sin vomitar por el hedor, los internos esconden armas, licor y drogas cuando las autoridades del INPE o de la Policía ordenan una requisa para demostrar a los periodistas que ejercen control sobre la prisión, después de un motín o una pelea entre bandas con muertos y heridos de bala y cuchillo. Después sabrás que las requisas no existen. Los reportajes de la tele son un montaje con el que contribuyen los reporteros sin darse cuenta. Los policías llegan a un acuerdo con los delegados de los pabellones: cada uno aporta un porcentaje de armas, drogas y licor para que los jefes puedan mostrar a las cámaras; a cambio, les permiten conservar la mayor cantidad.

Pero eso será después.

Orinas. Un chico de tu edad se para a orinar a tu lado con aire de muy macho. Te mira a los ojos, luego te mira el pene y después se mira a sí mismo el pene. Te sacudes y te alejas mientras escuchas su voz.

—Cuando quieras, papi, estás pa´ agarrarte a besos.

En las escaleras, un adolescente de ojos asustados se la chupa a un cuarentón de bigotes. El cuarentón te manda un beso con la mano abierta repleta de paquetitos de crack, como caramelos.

Llegas al segundo piso. Una sala de estar del tamaño de un salón de clases, bancas de fierro, un televisor encendido. Luces apagadas. Una puerta conduce al corredor y a la fila de celdas. El tercer piso es idéntico. Ocupas una banca. El olor de las drogas se mezcla: marihuana, pasta, crack. El ruido de cincuenta personas gritando a la vez.

En la tele pasan una telenovela brasileña: Xica Da Silva. Cada vez que la protagonista, una negra jovencita, sale casi desnuda, la platea suelta gritos, algunos con la mano dentro del pantalón, otros con el pene afuera, masturbándose sin pudor o tal vez por si a alguien se le antoja. Cuando la telenovela termina, un grupo se aleja camino a sus celdas; los demás se acomodan para dormir en el piso, sobre cartones, pegados unos a otros. Los cuerpos se mueven bajo las frazadas. Risas. Mentadas de madre con cariño.

Las primeras luces del amanecer se cuelan por los barrotes del ventanal de fierro.

Tu primera noche está por terminar cuando se acerca un interno de unos 25 años, un metro ochenta, chuzos en la cara, cabeza rapada, aliento a alcohol y polo sin mangas que deja ver hombros y bíceps trabajados. Se sienta junto a ti. Mira a uno y otro lado con los ojos desorbitados por la pasta. Tú también miras a los lados, aunque sabes que nadie te defenderá. Tienes un par de billetes en las medias, pero no le será difícil hallarlos. Te preparas para tu primera pelea.  Sabías que ese momento llegaría.

—¿Te la chupo? -te dice de pronto.

No contestas.

—Cinco soles. Habla.

No contestas. Él sigue buscando fantasmas alrededor.

—Te vaceas en mi boca. Si quieres te fío porque eres nuevo, pero después me pagas.

No contestas.

—Me pagas, ah, conchetumare. Yo chupo pinga rico, pero no entro en huevadas…

Es la primera entrega del día y Santos acelera el paso sobre el puente peatonal que atraviesa una de las avenidas más congestionadas de la ciudad. Pero a esta hora de la mañana –las 11, más o menos– las vías están más bien despejadas. Un grupo de estudiantes se agolpa para entrar en la Universidad de Lima. Santos trae consigo una mochila repleta de discos que pesa como un difunto. Un profesor, viejo cliente suyo, le ha pedido una decena de películas para un taller de la Facultad de Comunicaciones. Es mayo de 2014 y, bajo la resolana que le brilla en la pelada, el pirata favorito de los cinéfilos peruanos cumple con hacer una de sus últimas entregas.

—¿Tú eres Santos? –le pregunta de pronto un chico de camisa a cuadros.

Santos advierte de que se trata de un enviado del profesor. Asiente y saca las películas envueltas en una bolsa negra. El joven, que frente a él parece un enano de circo, le recibe el encargo, le da un billete y se despide. Santos ojea dentro de la mochila: quedan sólo dos entregas más.

—Estoy jodido –se lamenta.

***

Santos Herrera, quien hasta hace poco más de un año era uno de los piratas más solicitados de Lima, tiene 45 años, los párpados pesados y los ojos mínimos. Una antigua clienta suya lo describe como «un cuchi-cuchi, pero grande». En el habla más doméstica del cariño, cuchi-cuchi se usa para referirse a alguien que desborda ternura. Pero este retrato es una segunda impresión, porque a primera vista, su talla, su barba cenicienta y su contextura intimidan. Con el tiempo, sin embargo, Santos va tomando para uno la forma de un gigante bueno que, por lo general, habla pausado hasta que la pasión le atropella. A menudo da la impresión de que su memoria va por mucho kilometraje adelante de su voz. Cuando menciona el título de una película se ahoga diciendo dos o tres más casi sin proponérselo.

—Mi mente siempre vuela a mil. Siempre vuela a mil –dice Santos camino a una entrega en Miraflores, el distrito más turístico de Lima.

***

En los años ochenta, Santos vivió su adolescencia en El Porvenir, en La Victoria, una zona popular pegadita al centro de la ciudad. En ese entonces al cine se iba con mucha regularidad y el barrio de Santos rebosaba de salas de proyección. En la segunda mitad de la década, cuando el terrorismo se trasladó de la sierra a la capital y Perú cayó en la peor crisis social y económica de su historia, los limeños se encerraron en sus casas y el negocio de los cines entró en una penuria que duró más de 10 años. De los casi 120 cines que habían en Lima, para 1991 quedaban 100 y en 1994, sólo 60. El resto de las salas del mundo también padecía la crisis por la aparición de nuevas tecnologías como el VHS, el primer gran soporte de la piratería.

En ese entorno, Santos empezó su educación cinematográfica. El cuenta que desde entonces procura ver entre una y dos cintas diarias. No vale la pena hacer el intento de calcular cuántas películas ha visto en su vida, porque una cifra inverosímil no aporta nada. Basta con decir que ha visto muchas, muchas películas. Pero lo que más sorprendía a sus clientes era la capacidad de recordarlas como si se le proyectaran al interior de la frente.

Y este último rasgo es precisamente el que lo define. La referencia mínima que puedas tener sobre una película le basta para encontrarla. Con tener un recuerdo nítido de la escena de una cinta puede alcanzar, así no pronuncies bien el nombre del director, o no recuerdes si la película es belga o francesa, o si es de los noventas u ochentas. «Yo con solo leer el título sé si anda por la Red o si está en Polvos», cuenta Santos.

Lo que él llama su “disque éxito” se debe también a las selecciones especializadas que realizó; recopilaciones de películas sobre arte, arquitectura, danza, fotografía.

Hasta mayo de 2014, entregando cintas de contrabando a domicilio, Santos ganaba al mes alrededor de 2.500 soles (poco menos de 800 dólares). Por su catálogo y su capacidad para recomendar, entre sus clientes resaltaban varios rostros conocidos de la escena cultural de Lima. Era el repartidor más solicitado por cineastas, críticos, artistas, escritores y periodistas. “Ahora no llego ni a los 300 soles mensuales. Y eso es jodido”, cuenta.

Pese a que la discreción parezca una regla natural en el oficio de la piratería, Santos dentro de todo siempre fue muy notorio. En “La República”, uno de los periódicos más importantes del país, el periodista Renato Cisneros se refiere a él en una columna: “Es la persona que me suministra películas que, ni por casualidad, aterrizarán en las marquesinas locales […]. En su trabajo hay informalidad, sí, pero su espíritu benefactor lo resarce”. Como este, otros tantos testimonios de clientes de Santos se han colado en la prensa escrita, radial y televisiva. Incluso, en una micro-comedia web bastante popular en el Perú, llamada “Los Cinéfilos”, Santos tiene una escena en la que se interpreta a sí mismo. Al final del capítulo, uno de los protagonistas se gira hacia a él y le dice: “Nunca te mueras, huevón”.

Santos era, en realidad, ya tan público que nadie pudo prever que, en marzo de 2014, un cortometraje de “MotherBoard”, la vertical tecnológica de la revista “Vice”, tuviera el efecto que tuvo en Lima. Sobre todo porque iba dirigido a un público norteamericano. Los noticieros locales, que reeditaron a su gusto fragmentos del documental, lo convirtieron en denuncia: “Un medio estadounidense desvela la piratería en el Perú”. El enfoque parecía una broma, porque la piratería cinematográfica corre desnuda desde siempre por todas las calles del país: más del 95% del cine que ven los peruanos en DVD procede del mercado ilegal. “Hay policías que van a comprar en uniforme. ¿Desde cuándo es novedad la piratería?”, reclama Santos.

El documental de “Vice”, titulado Peru’s DVD pirates have exquisite taste (Los piratas peruanos de DVD’s tiene un gusto exquisito), se centró en Santos y en los vendedores de un lugar mítico de la piratería cinéfila: el Pasaje 18, un corredor dentro Polvos Azules, la galería comercial más popular de Lima, en donde existe un oasis de cine clásico e independiente desde hace más de 11 años.

Santos, por su papel protagónico, fue quien pagó por los platos rotos. En Polvos Azules le mostraron los dientes y una advertencia clara le llegó a través de un amigo: “Gordo, no te aparezcas en buen tiempo por acá. Te lo aconsejo por tu salud”.

Una semana después, en el Pasaje 18 se respiraba tensión. Un par de estudiantes, con una cámara de video, intentaban hacer un reportaje para una asignación universitaria. Los dueños de las tiendas –por lo general amables y voluntariosos– se negaban por todos los medios a responderle a los muchachos. A un lado, dos comerciantes conversaban sobre Santos: “A él lo jodió su vanidad. Quién le manda a aparecer en un documental.”

Mariano Carranza, el responsable del corto-documental, quien tiene en “Vice” un cargo híbrido entre productor y director, es un peruano que antes de residir en Nueva York fue por mucho tiempo cliente de Santos. Tras el impacto inesperado del cortometraje, Santos no le quiso volver a hablar. “Creo que se desahogó conmigo porque yo era el realizador del documental”, dice Mariano. “Los medios en Perú son una porquería. Yo creo que se entendió lo que quise contar. Si los canales de TV en su afán de buscar noticia lo tergiversan, ya escapa de mis manos. Es más, en algunos rebotes pixelaban el logo de ‘MotherBoard’. Eso ya sobrepasa cualquier límite, no sólo legal y ético, sino de mínima cortesía.”

Aunque poco después del escándalo sus compañeros del Pasaje 18 le incentivaban a volver, Santos temía por las represalias de los mayoristas de Polvos Azules, quienes aseguraban que los había expuesto al peligro de una intervención policial. Como pronto le fue imposible seguir trabajando sin acceder a los catálogos de la galería, su negocio cayó en picada. Además, un amigo de Santos que trabaja en la Fiscalía le advirtió que la policía podría irrumpir en su casa. “No sé cuándo, pero estoy seguro de que te van a intervenir”, le dijo. Una vez avisado, Santos se deshizo de casi toda su colección personal. Una madrugada tomó los más de 4.000 DVD’s que tenía y los repartió entre tres de sus mejores clientes. “Los tombos piensan: ‘A este cojudo lo tenemos que intervenir’. Pero se van a llevar un gran sorpresa porque yo ya no tengo nada”, explica él.

Es muy sabido que en Lima las intervenciones a los locales piratas se hacen entre agosto y diciembre. Tras un largo rumor de que se avecinaba una, la policía arremetió el 13 de septiembre de 2014 contra más de cien tiendas de DVD’s en Polvos Azules. No parecía haber relación con el documental porque al Pasaje 18 ni lo miraron. Sin embargo, todos los contrabandistas coinciden en que “Vice” cometió un error. En el sótano de Polvos –justo el lugar de la intervención –, donde se trabaja la piratería a gran escala, los mayoristas graban DVD’s de a decenas en las llamadas torres de copia, unas máquinas hasta la altura de las rodillas muy parecidas a un CPU. “Vice” las mostró y no debió, piensan ellos.

***

Para un país con una de las conexiones a Internet más lentas del mundo y casi huérfano de filmotecas, lo que trae consigo la piratería no se condena, se elogia. Un gran número de directores peruanos van por sí mismos a entregar su película a los piratas, porque la mayoría de ellos le adeudan al Pasaje 18 su educación audiovisual. El documentalista Javier Corcuera lo explica mejor que nadie en la dedicatoria de su cinta La espalda del mundo. Esta dice: “A Polvos Azules, por democratizar la cultura”.

Corcuera es uno de los cineastas que entregan sus películas directamente a los piratas del Pasaje 18, pero con la condición de que no se altere el producto y que las copias sean de buena calidad. Además, propone que se obligue a pagar un canon a quienes él llama los verdaderos piratas, aquellos que otorgan el soporte para la piratería: las grandes importadoras de discos en blanco y la Telefónica, por ejemplo, que gana millones en el Perú por dar un servicio de Internet que es usado para descargar películas ilegalmente. El camino para que los artistas vivan de sus obras, piensa él, no es criminalizar a los pequeños comerciantes ni a los compradores de contrabando sino hacer responsables a los que realmente lucran con ese negocio.

Andrés Wood, el director chileno de Machuca, cuando estuvo en el Perú en 2009 por el Festival de Cine, se refirió en privado a Polvos Azules como la “mayor filmoteca de América Latina”. Él, como tantos otros directores extranjeros que llegan a Lima, acude al Pasaje 18 para conseguir todo el cine que probablemente no encuentre en ninguna otra parte, y paga por película algo parecido a lo que cuesta un litro de Coca Cola. Si uno revisa los catálogos cinematográficos del Pasaje, se encontrará con varios autógrafos de cineastas. Florencio, uno de los primeros comerciantes de cine independiente en este lugar, presume a menudo de la firma del director tailandés Apichatpong Weerasethakul.

Santos es uno de los hijos más célebres del Pasaje 18. Hace 10 años, luego de trabajar en el MHOL (una asociación civil peruana que vela por los derechos de los homosexuales), se inició como vendedor de piratería en un stand de Polvos Azules llamado Mondo Trasho. Este local fue una de los primeros en tener un cartel y Santos propuso llamar la atención con un eslogan que se convertiría en una muletilla constante entre los vendedores del Pasaje: “sólo-para-conocedores”.

Si uno va de sur a norte por el Paseo de la República, una de las vías más importantes de la ciudad, justo antes de experimentar la sensación de estar en el centro de Lima, a su mano derecha se encuentra con Polvos Azules. Hay muchos rumores sobre esta galería, pero una única verdad: en Polvos Azules se encuentra todo: ropa y calzado, videojuegos, relojes, celulares, discografía musical, computadoras, juguetes, muebles y un largo etcétera. Sin embargo, es particularmente conocido en los últimos años por el comercio de DVD’s. El periodista Jaime Bedoya escribe lo siguiente: “He comprado productos piratas en Nueva York, Madrid, París, Seúl, Buenos Aires y Río. Doy fe en que ninguno de esos lugares he encontrado el standard de calidad ilegal del DVD pirata peruano”. Bedoya hace también una salvedad: “La piratería seguramente es mala, pero el desempleo debe ser peor”.

***

Desde que Santos perdió su trabajo ha vuelto a ir a Polvos Azules solo tres veces en casi un año y medio. “Pero como un rayo”, dice él. “Una visita de médico”.

Santos menea la cabeza de lado a lado buscando un tenedor. Es la hora de almuerzo y está frente a un plato de arroz chaufa, en un restaurante a unas cuadras de su casa. En este tiempo ha trabajado de todo: de encuestador, mensajero, de operador logístico en una constructora… “Te contaré que hasta he dado masajes”, confiesa. Ha participado también de series web, videoclips, en una telenovela y de extra en una película. “Si tienes buena vista, me ves”, dice.

Ahora mismo, Santos evalúa si postular a algún trabajo como vigilante, aunque antes estuvo cerca de ser un superhéroe. Sus clientes le pedían imposibles: “Habían personas que me pedían películas que se estaban proyectando en el Festival de Cannes. ¿Cómo vas a tener una película que no se ha estrenado en ninguna parte del mundo? La gente te pide cada cosa…”, y sonríe antes de llevarse el tenedor a la boca.

Cruzando la avenida Los Quechuas, en una callecita de Salamanca, una zona de clase media al este de Lima, Santos vive con sus hermanos. “Juntos, pero no revueltos”, aclara. En el cuarto piso de un edificio color melón, Santos tiene una habitación de madera que construyó hace unos años. Sus hermanos, sus parejas e hijos viven repartidos en el resto de departamentos.

En este último año, Santos ha sido varias personas en una: para la justicia, un pirata; para la sociedad, un desempleado; para sí mismo y sus feligreses, un difusor cultural. La mesera le ha retirado el plato, y él ha cruzado los brazos sobre la mesa.

—Pero yo quiero decir algo… –se pone serio–. Si tú tienes una película propia, y eres un completo desconocido, y tu película la piratean en Polvos, siéntete halagado. ¿Me entiendes?

Lapidados por la TV

Publicado: 11 marzo 2016 en César Bianchi
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Ana le puso Paspol, porque la beba tenía la colita paspada.

Eran los últimos gramos de un tubo ya estrujado. En la casa de los Velázquez nada se desaprovecha. Después de untarle la pomada, tiró el tubo vacío y se acostaron. Ella, su marido Washington y la pequeña Caterine de diez meses en la cama grande, Natalia de 8 años y María Victoria de 6 compartían -y lo siguen haciendo- la cama de una sola plaza.

Se acostaron y durmieron. Todos apretujados para darse calor. Faltaban cinco días para el invierno. Apenas despertó, Washington se puso la indumentaria verde oliva y se fue al trabajo. Es empleado del ejército: hace cuchillos y sables decorativos como los que manipulaban los Blandengues de Artigas, el prócer, el Padre de la Patria.

Ana siguió durmiendo un poco más: ese día, 16 de junio de 2009, no tenía que ir a limpiar ninguna casa ajena. Cuando se despertó, sobre las 10, notó que a Caterine le costaba respirar y tenía la cara morada. Lo llamó a Washington pero él no atendió el celular, corrió hasta lo de una vecina y desde ahí llamó a la emergencia médica de Salud Pública y no la atendieron. Entonces probó con el número de emergencias 911 y tampoco. Finalmente tuvo suerte en la comisaría del barrio, la 17. Un patrullero salió hacia el ranchito del barrio Nueva Quinta, un vecindario que no figura en el mapa de Montevideo.

A las 10.30 de la mañana el móvil policial que ofició de ambulancia los llevó a la policlínica del barrio Capitán Tula y una hora después, las cámaras de la televisión mostraban cómo un patrullero se llevaba a Ana Freire, de 30 años, y a Washington Velázquez, de 40, esposados rumbo a la comisaría, sospechados de violar y asesinar a su propio hija.

***

Los movileros de los canales de televisión abierta se enteraron del caso por escuchar clandestinamente la radio policial desde redacciones o pisos de estudio. Y allá fueron, a esperar a los presuntos violadores a la salida de la policlínica. Los acusados salieron con la cabeza gacha, se metieron en un patrullero con los vidrios bajos en pleno invierno y fueron entrevistados para todos los informativos capitalinos. Los policías escoltas miraron para otro lado.

El movilero Santiago Bernaola le preguntó a Washington:

—¿Violaste a tu hija?

Otro de los periodistas presentes era Jean George Almendras, cronista policial de larga experiencia, muy recordado en Uruguay porque una vez, al perseguir un delincuente que huía le gritó a su camarógrafo: “¡No te cagués González!”. Almendras se acercó a Washington:

—¿Tiene pruebas de que es inocente?
—Soy inocente –contestó Washington.

Almendras insistió con una pregunta extraña.

—¿Inocente por qué?

Como si en Uruguay el derecho y la Constitución no hubieran dejado claro negro sobre blanco que lo que se debe probar es la culpabilidad de una persona en un hecho delictivo. Esa noche, todo el país vio a Washington y Ana yéndose en patrullero.

Esa mañana, cuando Ana llegó con Caterine a la policlínica de Capitán Tula, Marisol Souza Garate, pediatra de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE), dijo que la niña ya era un “fenómeno cadavérico”. La médica igual revisó el cadáver y encontró un líquido espeso entre las nalgas. No le preguntó a la madre de qué se trataba, en ese mismo instante concluyó que era semen. Y terminó de convencerse de que Caterine había sido violada por sus padres al comprobar dilatación anal.

Para ese entonces, el camión basurero ya se había llevado de la vereda de la casa de los Velázquez el frasquito que tenía Paspol, la pomada que Washington conseguía gratis en el Hospital Militar y así se ahorraba los 80 pesos (4 dólares) que costaba en una farmacia.

Para Nicolás Pereyra, abogado de la familia Velázquez, es “inexcusable” el error de la médica.

—Como mujer que tuvo hijos, no puede confundir semen con una pomada para la paspadura de la cola. Y además, en los cadáveres es muy común la dilatación anal. Es común en los fenómenos cadavéricos -dijo en su despacho del centro de Montevideo. Sentado a su lado, Washington Velázquez asentía con la cabeza.

El abogado de la familia enjuició al Estado: a ASSE como responsable del error médico en el diagnóstico y al Ministerio del Interior. Pidió 750.000 dólares para resarcir el daño moral de una forma no simbólica, sino a la altura de la doctrina y la jurisprudencia. La Justicia falló a favor de los Velázquez y contra el Estado pero dijo que 11.000 dólares eran suficientes para emparchar el dolor ocasionado. El caso está a estudio del Tribunal de Apelaciones de segundo turno.

La tele dijo muchas cosas ese día: Nazario Sampayo de canal 12 dijo que la niña “fue violada y como consecuencia de ello, llegó al centro de salud muerta”.

***

En el barrio Nueva Quinta suenan Señora de las cuatro décadas, de Arjona, y Fuiste, de Gilda. Un vecino de los Velázquez que martilla un clavo contra una madera ve a Washington y le dice que pase cuando pueda, que tiene que pedirle algo. Washington, bigotito fino y tabaco La Paz armado entre los labios, dice que después se da una vuelta. Ese hombre que martilla es de los pocos que todavía le dirige la palabra.

La casa no tiene piso: apenas contrapiso, dos sillas y un mini sofá que ya no da más. Cada tanto pasan un gato auriblanco y otro negro azabache. De la pared pintada de celeste furioso cuelga una especie de alfombra con dos patos navegando un arroyo de aguas mansas. En el horno hay restos de una tarta de fiambre.

Natalia y María Victoria están de vacaciones y juegan en su pieza: la de los cuatro, sólo los divide una delgada separación de durlock. Ana Freire, la mamá, busca la cédula de identidad de Caterine, que está junto al papel de certificado de defunción.

—Su segundo nombre era Jazmín, como la flor.

Aquella mañana, recuerda, Washington se había ido a trabajar y la beba se despertó con problemas para respirar. Tras varias llamadas frustradas, la atendieron en la seccional de Policía 17 y en cinco minutos ahí estuvieron.

Llegaron a la policlínica de Piedras Blancas. Enseguida aparecieron cinco o seis médicos hasta que una pediatra se hizo cargo del estudio más profundo. Dos minutos después de haber llegado, un policía le dijo a Ana que Caterine había muerto. Y la pediatra le preguntó: “¿Usted sabe que esta nena está violada? ¿Sabe quién fue? ¿El padre, el tío?”

Ella dijo “la nena no está violada”, pero no pudo ni hacer preguntas, porque en ese instante los policías que la habían auxiliado, le colocaron las esposas y la metieron en un patrullero. Ahí llegó Washington a la policlínica. Lo esposaron y lo metieron en la parte de atrás de una camioneta policial. Lo abordaron varios cronistas, que se habían enterado por la radio interceptada.

—¿Usted sabe qué pasó con la nena?
—No. Si no me dice, yo no sé.
—La nena fue violada y usted es el sospechoso número uno -le notificó un policía.

Ana siente que la trataron como a “la peor madre del mundo”.

—Me preguntaron si tenía un… ¿cómo se dice?… cuando uno anda con otro…
—¿Amante?
—Eso, si tenía un amante que se metiera en mi casa.

Ella dijo que no, que a su casa sólo entraban su marido y su cuñado, tío de la nena. Para qué…

Walter, hermano de Washington, iba todas las mañanas a la casa de los Velázquez a buscar un bolso de herramientas para ir a trabajar en la zona como albañil. Ese 16 de junio, cuando Walter llegó a la vivienda de su hermano, lo esperaba un enjambre de periodistas. Y la policía. Le informaron que su sobrina había sido violada y luego asesinada, le preguntaron si tenía algo que ver con eso. Walter dudó, quedó shockeado. Lo esposaron y se lo llevaron detenido. En ese momento un reportero le preguntó si él era el violador. Walter contestó:

—Yo soy un laburante. Que se haga justicia, por mí que me hagan un ADN.

El parte policial -tan afecto a los gerundios- que fue presentado en el juzgado, dice en referencia a Walter Velázquez: “…mostrándose muy nervioso y titubeando en su respuesta en referencia al hecho, por lo que se procedió a su detención y conducción” a la comisaría.

Esa noche Ana Freire y Washington Velázquez la pasaron en un calabozo de la seccional 17 de Montevideo, en celdas separadas. Hacía mucho que no dormían en camas distintas.

Se habían conocido hacía diez años por medio de una amiga en común en el barrio La Gruta de Lourdes. Washington vio en Ana a una mujer tranquila, compañera, alguien con quien podía hablar de todo. Ana vio en Washington a un hombre emprendedor, laburante, con ganas de progresar. Salieron una vez, la pasaron bien, tomaron litros de mate, se enamoraron. Washington tenía un rancho cerca del Borro. Ana vivía un tiempo con una amiga, otro tiempo con otra. Él la invitó a vivir a su casa. Enseguida vinieron los hijos.

Esa noche en la comisaría ninguno durmió. No saben si fue porque los acusaban de haber violado y matado a su hija, porque la “cama” era una tarima de cemento frío sin almohadas, por no haber soportado el asedio de los comunicadores, o por no haber asumido la muerte de la pequeña.

O por todo eso junto.

Esa noche, Bernaola, de canal 10, dijo por televisión que Washington “aparentemente abusaba también de las otras dos hijas”.

En todos los canales de televisión hubo imágenes de la casa de los Velázquez en Nueva Quinta. Algunos camarógrafos le hicieron un primer plano a la cédula de identidad de Caterine. Canal 10 eligió el daño menor: no atosigar con preguntas al tío albañil y no mostrar el documento de identidad de la beba, apenas la fotografía: se la ve durmiendo plácidamente.

Tres años después del episodio de la detención equivocada de los padres de Caterine, el periodista Jean George Almendras dice que la culpa fue de la pediatra y de la Policía, pero que él no se arrepiente de nada. Habla como un corresponsal de guerra y dice que en el fragor de la lucha no hay tiempo para pensar un abordaje periodístico elaborado.

—No estábamos hablando del robo de una gallina, estábamos ante un delito contra la infancia que causó conmoción pública.

Almendras omite un detalle: sólo había una presunción de delito, no un delito comprobado.

—Cuando estamos en el campo de batalla tratamos de dar las posibilidades a nuestro alcance tomando en cuenta todas las partes. Todos los canales les preguntamos, después es responsabilidad de ellos contestar o no.

Almendras no tiene claro si sometió a un pobre diablo al escarnio público, porque –dice- no sabe muy bien qué es escarnio público.

—Si vas a hacer una investigación, no demonices nuestra profesión –exige.

Admite que dio por sentado que el padre era culpable del delito porque la pediatra era una “fuente calificada”. Él se la jugó y lo justifica:

—Yo antes de afirmarlo o preguntarle a los familiares “¿usted lo hizo?”, por la izquierda le pregunto a personas de confianza para que me den una pista, un elemento, para hacer esa pregunta. Si tengo elementos para tirarme a una piscina, me tiro, y si está sin agua, bárbaro. No somos jueces de la Justicia.

El periodista dice que se dejó llevar por lo que le informaron los médicos y policías que actuaron en el caso, pero insiste en que hizo bien su trabajo.

—No me equivoqué. Con el fallo judicial ya no puedo decir nada, me allano a lo que dice la Justicia.

Almendras se tiró a la pileta y se dio de bruces contra el fondo, se rompió la cara. Hoy, fuera de circuito, se dedica a investigar a los OVNIS y a tratar de determinar la existencia de vida extraterrestre.

***

Esa noche, en la comisaría, a Ana, Washington y Walter les hicieron interrogatorios por separado con el típico juego del policía bueno y el policía malo. Dice el abogado de la familia que a Ana le sugerían que su marido había violado la nena, a Washington le decían que había sido su hermano Walter y a Walter que el degenerado era el padre de la criatura.

—Yo le eché la culpa a él –dice Ana. Washington, cabizbajo, está sentado a un metro- Me llenaron la cabeza con que había sido él, y pensé que podía ser, sí.

Washington dice que entendió que su mujer pudiera pensar eso, porque estaba alterada por el hecho. Pero dice lo suyo:

—¿Cómo iba a ser yo? ¿Y las otras dos hijas estaban bien y nunca les había pasado nada? Yo cuando fui para el juzgado ella me dice “para mí que fuiste vos”, pero yo no me enojé con ella. Fue un momento de problemas y todo eso.

La mañana de las detenciones, un móvil policial fue a buscar a Victoria y Natalia, que habían quedado al cuidado de una amiga de la mamá. El abogado Pereyra dice que a las nenas las “periciaron”: las llevaron a un baño, le bajaron la ropa y las tocaron para comprobar que no habían sido violadas.

Ellas, las niñas, no se acuerdan de nada. O no quieren acordarse.

Ambas vestidas por mamá con un buzo rosado, son de hablar poco y sonreír mucho. Estaban jugando alXA en la ceibalita, una laptop del Plan Ceibal, un programa gubernamental que instrumentó el ex presidente Tabaré Vázquez con el fin de llegar a “una computadora por niño” en el período escolar.
A María Victoria, hoy con 8 años, le va bien en la escuela, dice que tiene “muybuenosote” en el carné de calificaciones. A Natalia, de 10, le va un poco mejor: en aplicación se sacó buenomuybueno y en conducta muybuenosote.

—¿Se acuerdan de su hermanita Caterine?

Piensan, sonríen. Miran el contrapiso.

—Yo me acuerdo de mi hermana, sí -dice Natalia.
—¿Qué se acuerdan de ella?
—Papá dice que se reía todo el tiempo…
—Sí, o lloraba…-agrega la mayor.
—¿La mimaban mucho?
—Sí.
—¿Y se acuerdan qué pasó con la bebé?
—Ah, no me acuerdo- insiste Natalia.
—¿Preferís no acordarte o de veras no te acordás?
—No me acuerdo…Ah sí, nosotras todavía no habíamos salido para la escuela, vino la Policía y mamá me mandó a los de una amiga de ella. Después nos fueron a buscar unos policías y nos llevaron a una policlínicas, ahí nos revisaron. Me hicieron sentar en una escalerita y nos revisaron todas.
—¿Y qué recuerdos tenés, Natalia?
—De mañana yo estaba durmiendo, mamá me despertó, me dijo que fuera para lo de la Laura y después no me acuerdo de más nada. Me di cuenta que a Caterine le faltaba el aire. Me vestí y me fui con la María (Victoria).

Estuvieron una semana internadas en el Hospital Militar. Las autoridades del hospital no les permitieron a los padres hacerse cargo de sus hijas. Antes debía quedar claro que ellas no habían sufrido ningún tipo de abuso.

—Les hicieron estudios de toda clase, y una semana después nos las dieron -dice Ana.

Washington explica que Natalia contesta casi con monosílabos y que María Victoria no quiere hablar porque quedaron muy afectadas por la pérdida de la bebita. Desde entonces se atienden con un psiquiatra en el Hospital Militar. Los papás pagan un simbólico tique de 19 pesos (1 dólar) y ellas hacen catarsis.

***

La noche en la que los hermanos Velázquez y Ana Freire estuvieron detenidos en el calabozo de la comisaría 17, los policías buscaron que alguno confesara. A Ana le dijeron que su marido ya había confesado, a Washington le plantearon una oferta: si él confesaba, le darían un mejor lugar de reclusión en la cárcel, lejos de los que saben cómo darle la bienvenida a los violadores.

Washington dice que lo recuerda “clarito”:

—La primera pregunta fue si había sido yo el violador de mi hija. Después uno me dijo “decí que sos vos” y empieza a tocarme el pecho con el dedo índice. Otro me dijo: “¿tu mujer tiene amante?”. “No sé, pregúntele a ella, que vive conmigo”, contesté. “No me entendiste: tu mujer tiene amante”, me dijo. “Bueno, no sé, averigüe”, le contesté. “Hablá, porque sino hablás, te vamos a hacer hablar”.

Washington y su abogado lo tomaron como una amenaza de tortura. Los policías no los dejaron dormir: las preguntas se sucedían en procura de una revelación. Ellos, inmutables. En el parte policial los uniformados de la 17 escribieron: “Es de significar que en el momento de la indagatoria los padres de la niña no se emocionaron, se comportaron de manera fría, despectiva, sobradora, de que se les comprobara (si podíamos) la responsabilidad de ellos en el hecho”.

Para la Policía, que Washington y Ana no se hicieran cargo de los delitos de violación y homicidio de su propia hija los hacía más culpables.

Los policías que hicieron los interrogatorios no labraron actas, como se los exige la ley de procedimiento policial. Los tres sospechosos fueron citados a declarar al juzgado del magistrado Juan Fernández Lecchini y volvieron a la seccional. En el trayecto de la sede judicial al patrullero otra vez fueron entregados a los periodistas. Entre las preguntas de los movileros, se escuchó un grito dirigido a Washington:

—¡Es una beba de diez meses, señor! ¿Usted es conciente?

Al otro día se conocieron los resultados de la autopsia del forense Guillermo López: “El cuerpo tenía los genitales sanos, himen sano, ano con pliegues y sin lesiones y una lesión de eritema de pañal. Se aprecia crema entre labios y nalgas. Se abre tórax: pulmones poco aireados”. El forense dijo en una entrevista televisiva: “Todo pasa por la cautela. Por no ser cuidadoso, es mucho daño el que se puede hacer”.

Por culpa del eritema de pañal Ana le puso Paspol, para curar la colita. La falta de oxígeno no la supo explicar el forense, que habló de predisposiciones genéticas. El diagnóstico final, tras la autopsia, estableció que fue una infección generalizada.

El juez sentenció que debían ser liberados y archivó el caso. Pocas horas después, los padres velaron a su hija a cajón abierto.

***

Conocida la autopsia, los informativos fueron a buscar a la doctora que había diagnosticado la violación. Marisol Souza Garate no se mostró arrepentida, insistió con que Caterine “por lo menos” había sido víctima de algún abuso sexual. Hablaron también doctores de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) y sí admitieron errores de procedimiento médico. El directivo de la Red de Atención Primaria de ASSE, Wilson Benia, reconoció que el caso no debió haber llegado con tanta rapidez a los medios de comunicación.

A tres años del episodio, Washington dice que en el barrio no lo tratan bien. Él trabajaba haciendo planchadas y levantando viviendas junto a su hermano Walter. Pero lo dejaron de llamar. Dice que lo miran de costado y cuchichean, cuando él pasa.

—Hablan por lo bajo, señalan con el dedo, como que te miro y no te miro. Yo, por ser militar, sé cuando hablan de mí por la espalda. Siento la murmuración de la gente.

A la mujer de Walter, el hermano, una vez en un almacén, le dijeron que su marido era un violador. “¿Y vos cómo sabés eso?”, le preguntó la esposa.

“Porque lo vi en la tele”, contestó. Y no hubo más que discutir.

A Ana le costó llevar a sus hijas a la escuela. Las primeras semanas debió ser escoltada por funcionarios del colegio porque la insultaban a los gritos. Una mujer le dijo: “Vos tenés un asesino ahí adentro; es un violador y vos sos una mala madre”.

El 16 de junio, Roberto Hernández, de canal 4, al hablar de Caterine, dijo mirando a cámara: “Una nena violada y aparentemente asesinada”.

***

Santiago Bernaola, el cronista policial de canal 10, recibió una llamada de una fuente “confiable”. La voz le dijo: “Tenemos un caso de presunta violación de una bebé de meses en el centro de salud de Piedras Blancas”. Allá fue él.

Cuando Bernaola llegó a la comisaría 17, los policías retiraban esposado al tío de Caterine, Walter Velázquez.

—Yo puse el micrófono pero el que hacía todas las preguntas era Almendras. Bernaola se enteró que la pediatra hablaba de violación porque había hallado mucosa en la materia fecal de la beba.

Bernaola reconoce hoy que no fue cuidadoso y se dejó llevar por la Policía y por el impulso de su colega Almendras. El reportero del 10 hizo un copete al aire diciendo que la Policía investigaba “un presunto caso de violación”. Sus colegas Almendras y Nazario Sampayo de canal 12 fueron a la vivienda de los padres de la criatura fallecida y a la casa del tío. Entrevistaron a los vecinos, hicieron primeros planos de la fachada de la casa de los Velázquez y hasta accedieron –gentileza de la Policía- a la cédula de identidad de Caterine, esa en la que aparece durmiendo plácidamente y detrás dice “no firma”.

—Para mí todo nació en un parte médico equivocado. No digo que todas las cagadas que nos mandamos (los periodistas) fueran culpa de la mujer, pero que la Policía haya detenido a los padres sí fue culpa de un mal diagnóstico de esta señora.

Bernaola llegó a la redacción del canal 10 y avisó a sus superiores: “Ojo, que para mí, este caso está agarrado de los pelos”. La primera decisión fue no poner el video editado al aire, pero canal 4 sí lo hizo y la guerra del rating pudo más que la mesura: el 10 también puso al aire el informe y Washington Velázquez se convirtió en violador y su mujer en una “mala madre”. Lo había dicho La Televisión.

Desde entonces, dice Bernaola, decidió no cubrir nunca más episodios de presuntas violaciones a menores de edad. Prefiere exponerse a una sanción o despido.

***

Los Velázquez nunca pudieron superar lo que pasó. Más de dos años después siguieron yendo a estrados judiciales a verles las caras a los cronistas que los atosigaron a preguntas incómodas y se subieron a la confusión del semen en vez de pomada para irritaciones de la piel. En marzo de este año fueron padres de nuevo: Santiago Ezequiel nació en el Hospital Militar y pesó dos kilos seiscientos.

El abogado defensor de la familia, que en principio había demandado a los canales privados, finalmente sumó a Almendras, Bernaola y Sampayo. La jueza Claudia Kelland citó a los periodistas a conciliación para lograr un acuerdo que evite un juicio millonario, pero Nazario Sampayo faltó a la cita. En la Justicia los Velázquez volvieron a encontrarse con Almendras y Bernaola, quien llegó sin abogado y dijo que no tenía dinero para pagarle los honorarios a alguien que lo defendiera y mucho menos para afrontar los 750.000 dólares que pide el abogado de la familia.

—Estoy en el Clearing de informes por falta de pago, no tengo tarjetas de crédito y viajo en ómnibus a trabajar, a veces a pie para ahorrarme el boleto. Si tengo que pagar algo, lo haré con cárcel – dijo en canal 4, su nuevo trabajo.

En la oficina judicial, Bernaola se cruzó con Gustavo Salle, conocido defensor de humildes, carenciados e militantes de izquierda iracundos contra el establishment. Salle había ido al juzgado como abogado de Jean George Almendras. Bernaola le pidió si como “gauchada” lo podía defender también a él. Salle aceptó y frente al juez se aprovechó de la propia imagen que el cronista quería proyectar: “Si quieren sacarle un peso a este trabajador, tendrá que dejarles su reloj, los zapatos y su camisa, porque no tiene plata. Después culpabilizó a los grandes tomadores de decisiones en la gerencia de los noticieros. Dijo, palabras más, palabra menos, que por más peligrosas o mal intencionadas que fueran las preguntas de los noteros, lo que sale en pantalla se “cocina” en los canales: los zócalos, las palabras que elijen los informativistas principales, la jerarquía de las noticias que determina el director del noticiero. Negó así responsabilidad de sus defendidos. También de Almendras, quien se había jugado la ropa por sus fuentes confiables que acusaban al militar Velázquez de ser un violador.

Sampayo, de canal 12, faltó. Entonces se lo volvió a citar para el lunes 30 de julio y volvió a ausentarse. El magistrado no dio por empezado el juicio porque, arguyó, quizás no le había llegado la citación a su lugar de trabajo.

Recién cuando la Justicia la apruebe, la demanda con sus 60 páginas, más cds, videos y recortes de diarios llegarán a cada demandado: los tres canales y tres periodistas que hicieron la cobertura del incidente. Ahí tendrán 30 días para planificar una defensa digna.

Bernaola piensa que el abogado Pereyra utilizó el caso “para hacer prensa”, pero también razona lo siguiente:

—La bebé se murió de una infección pulmonar aguda. ¿No le cupo responsabilidad a los padres por no haberla cuidado y no haber atendido la salud de su hija? En otro caso, los hubieran demorado y se hubiera cuestionado si cumplieron con los deberes de su patria potestad. Pero no, se señaló a los periodistas.

Pereyra dice que lo de Almendras y Bernaola llorando por su estado económico fue “payasesco”. Sabe que el daño moral causado a los Velázquez no se compensará con 750.000 dólares de cada cronista.

Para el abogado lo que pasó con sus defendidos fue un homenaje a la mejor TV chatarra satirizada en la película Asesinos por naturaleza, donde Robert Downey Jr. se excitaba al poner sangre en la tevé. Bernaola no la vio, y sólo quiere parecerse a Downey Jr. en Ironman: un superhéroe al que no entran las balas.

La gran mudanza

Publicado: 2 noviembre 2013 en Martina Bastos
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Una cosa rara. A las doce del día del último día, Ada Ramírez sintió una cosa rara: un escalofrío, un tirón de pecho, un dolor seco. Se quedó muda y escuchó crujir el piso de madera: pensó que aquello era un velorio. Al mediodía del 1 de septiembre de 2007 ocurrió un hecho insólito: un pueblo dejaba oficialmente de existir. Los diarios titularon: Parte la leyenda. El cierre simbólico dará paso a la clausura definitiva. La leyenda, lo que se cerró, lo que se clausuró, se llamaba Chuquicamata.

Todos le llaman Chuqui. De apellido, la muletilla constante: la-mina-a-cielo-abierto-más-grande- del-mundo. En pleno desierto de Atacama, a 1.600 kilómetros de Santiago y tres horas de la frontera boliviana, se obtiene cobre del mayor agujero creado por el hombre. Al costado, surgió un campamento que llegó a albergar 25,000 personas.

Un campamento es por definición efímero, algo que se instala hoy para levantar mañana, pasado, cualquier día. Chuquicamata era un campamento minero. Para sus habitantes, era sencillamente su hogar.

Breve historia de una quimera

En un principio no había nada. Puro peladero. Un sol alto y cerros derramados por la tierra ancha, cerros desnudos como hechos solamente de barro y viento, un viento atroz. La aridez, la perspectiva sin límites y la impresión de que el desierto fuera a rajarse de estirarse un poco más. Para el poeta Andrés Sabella: La tierra donde la piedra habla a las piedras, donde un coro de piedras va de sí hasta lo infinito. Eso era todo.

En 1912, los norteamericanos Guggenheim compraron los derechos de explotación al Estado chileno. En sus manos, el desafío de transformar un territorio feroz: una extensión de arena y rocas a 2,870 msnm. El viento más veloz intenso constante, la radiación más extrema, la tierra más seca; sin agua, sin caminos, sin piedad. Lejos de todo, carente de todo. La nada. Y el cobre.

Lo que vino después, más que una utopía, era entonces un disparate.

El presidente Salvador Allende nacionalizó el metal en 1971. Desde entonces, la Corporación Nacional del Cobre (Codelco) es la mayor empresa estatal de la historia de Chile. Y Chuquicamata su niña bonita: un cráter de 5 kilómetros de largo, 3 de ancho y 1.25 de profundidad esculpido con la finura de un gran anfiteatro. Podríamos introducir el Central Park de Nueva York y plantarle tres veces el Empire State Building uno sobre otro: todavía sobraría espacio. Allí se trabaja 365 días al año, 24 horas non stop. Parar es caro: un minuto perdido cuesta 8,000 dólares. El minuto.

Nociones de otro mundo

Usted va a tener una casa. Y no va a pagar agua, no va a pagar luz, no va a pagar ningún combustible. Todo se lo damos: atención médica, educación a sus hijos, todos los servicios. Usted vendrá a trabajar y cobrará su plata, pero además vivirá gratis.

Cuando Chuquicamata se llenó de hombres y de máquinas, el único poblado cercano era Calama, unas cuarenta casas miserables empotradas en el vacío como lugar de paso: imposible cubrir las necesidades que la mina requería. La compañía debía proveerse su propia logística, y levantó un campamento que terminó convertido en un cuento de hadas. Ofrecía vivienda en comodato a cada trabajador y su familia, y reproducía a pequeña escala un mundo real donde no faltaba nada. Avenidas amplias e impecables, seguridad y una comunidad unida por un vínculo común: buen trabajo y una vida social de la que todos participaban.

Muchos ignoraban que afuera existiera otro mundo.

La ruta 24 es la cicatriz de 15 kilómetros que une Chuquicamata a Calama. Los calameños son pocos. Codelco tercerizó procesos y transformó Calama –crecida hasta los 140,000 habitantes– en un macrodormitorio de población flotante.

Calama está llena de hombres solos, solos de mujer. En un radio de doce cuadras hay 136 schoperias, locales de vidrio oscuro y hembras de mucha carne. Aquí está el mayor ingreso per cápita del país y también el más alto coste de vida, en una ciudad sin arraigo, tosca, dura, de geografía radical. Cargada de tierra, apenas un árbol, doble de suicidios del promedio nacional. Para los chuquicamatinos era Calama calamidad, un lugar sin mayor desarrollo que encarnaba todo lo negativo ajeno a ellos: tráfico, delincuencia, suciedad, desorden.

Pero Chuquicamata evolucionó y aparecieron normas medioambientales que no existían en un comienzo. Aparecieron instalaciones como la fundición, proceso que emite anhídrido sulfuroso y arsénico: incompatible con un campamento donde viva gente.

La mina, además, comenzó a necesitar el espacio que ocupaba el campamento. Para sacar 1 kilogramo de cobre hay que sacar 100 de roca; lo que sobra, hay que ponerlo en algún lugar. Y cerca: un camión de extracción consume en un día el mismo petróleo que un auto común en dos años. El sobrante estéril se amontonaba en la periferia de Chuquicamata amenazando las viviendas.

La compañía tomó una decisión drástica: el traslado completo de la población a Calama. En la práctica, significaba enterrar una ciudad y construir otra. Pero las ciudades no son piezas de ajedrez. ¿Cómo se planifica y ejecuta un proyecto así? En algún momento, en algún lugar, alguien tuvo que decirlo:

—Señores, hay que desplazar esta ciudad del punto A al punto B. ¿Por dónde empezamos?

Instrucciones para mover una ciudad

Le tocó a él.

La voz es amplia y serena y llena la sala con la misma amplitud y serenidad que debió tener entonces:

—Fueron 5,000 familias.

Sergio Jarpa es ingeniero de minas y en aquel tiempo Vicepresidente de Codelco Norte. Era el hombre.

—Fue un cordón umbilical muy difícil de cortar. Esa gente ha convivido durante años. No solo trabajaban juntos: vivían juntos, se divertían juntos, se casaron entre ellos. Allí crecieron sus hijos. Los lazos eran fortísimos; costó mucho sacarlos.

Había, también, una dependencia importante de la empresa.

—Es fácil malacostumbrarse –continúa–. Y no es fácil mover 20,000 personas acostumbradas a tener todo gratis y transformarlas en ciudadanos de Chile.

Los mineros serían ahora dueños de sus propias casas. Codelco se encargó de construir 5,000 viviendas –una para cada familia– y asumió el 50% del coste en concepto de compensación. Construyó calles, plazas y veredas, un nuevo hospital, nuevos colegios. Se trasladaron comerciantes, doctores y maestros, carabineros y bomberos. El cura con su iglesia.

Y a todos había que recogerles la basura.

Calama no estaba preparada para ello: el presupuesto municipal no podía responder a la demanda de tal número de personas. Luis Alfaro, director de obras municipales, hace memoria de aquellos días:

—Solo en alumbrado fueron más de 6,000 puntos de luz. Unos 10,000 nuevos vehículos impactaron al tráfico. Las ciudades crecen poco a poco, pero esto fue como recibir media ciudad de golpe. Nos produjo un colapso.

La compañía tuvo que aportar recursos para aumentar el abastecimiento eléctrico, mejorar la infraestructura vial o mantener los espacios públicos.

—Y toda esa operación –resume Jarpa– costó 500 millones de dólares.

El costo emocional, sin embargo, fue invaluable.

Anatomía de un traslado

Cuando llegó el camión de mudanza, Miria Hernández –68 años, 50 en Chuqui– estaba desayunando.

—Y ahí se acabó el desayuno.

Era el punto final al largo harakiri de meter la vida en cajas de cartón: el último día. ¿Qué vuela entonces en la cabeza? ¿Uno recuerda dejar desocupado el refrigerador, guardar las plantas, despedirse del vecino, del jardín, sacar fotografías?

No tuvo tiempo.

—Fue todo tan rápido –dice– camión, carga, entrega de llaves, arranque y de tripas corazón.

Después, como a un Cristo en procesión, su auto siguió al camión en un silencioso vía crucis a Calama.

—Todavía no la puedo querer. No consigo querer a Calama. Arreglé la casa igual que la de Chuqui, todo en la misma posición. Para extrañarla un poco menos.

Le brota esa forma de mirar –remota–, cierta aspereza en la voz y un tintineo de plata en sus pulseras cuando agita el brazo para decir:

—¿Usted sabe que yo todavía sueño que vivo allá?

Desde el 2004, el ritual se repitió a diario durante tres años. Una por una, las familias recibieron turno para desalojar sus casas. Se tapiaron puertas y ventanas, se cerraron las llaves del agua potable y el suministro eléctrico, se añadieron rejas y las poblaciones desocupadas comenzaron a desaparecer bajo escombros.

El hospital fue el primero en caer: siete pisos de alto, revestimientos de mármol y un jardín espeso de pinos inmensos. En un mes fue sepultado por completo.

Hubo un momento penúltimo en el que solo sobresalía su chimenea de dos metros, un cilindro gris como cabeza de náufrago en un mar de piedras. Era lo único que quedaba. Después, se perdería el rastro. Aquel día, quince autobuses con trabajadores salían de su turno. Renéjar era uno de ellos:

—Pararon todos los autobuses, la última camionada lo enterraba. Pararon todos y los camiones llegaban y llegaban. Todos lo vimos sin decir palabra. Muchos lloraron, habían nacido allí.

Epitafio para una casa

Veroska sabía lo que haría.

Compró pintura negra y brocha gorda y sobre el muro de la casa en que vivió sus 25 años, escribió: Gracias por todo Chuqui de mi vida. Estarás en nosotros para siempre.

Fue el derecho a la última palabra, un desahogo.

—Chuqui era todo –dice–. Cuando terminó, fue como si sepultaran mi infancia, mis recuerdos, mi vida entera. Es que era mi vida –y repite– mi-vi-da.

No fue la única. Los que se iban dejaban su firma en las fachadas. Era su manera de honrar, de agradecer, de hacer hablar a las paredes en su nombre:

Aquí fuimos niños.
Gracias Chuquito por los años felices.
Adiós Chuquicamata, te dirán que te quisimos.
Mis mascotas descansan para siempre en tu jardín.
Los mejores años se quedan aquí.
Chuqui vive.

Mientras Ada Ramírez sentía una cosa rara, 30,000 chuquicamatinos sentían algo parecido: que estaban velando a un muerto. Aquel mediodía fue la hora fijada, el instante pactado del adiós. Habían llegado desde todo Chile y el extranjero para el evento final.

Las redes sociales estallaron como punto de catarsis colectiva. Hablaron los que estaban lejos y no podían despedirse: Estoy en Santiago y lloré de impotencia. ¿Dónde vuelvo? Sus comentarios eran elegías breves: Mierda de país que me deja sin lugar de nacimiento, Qué feliz fui en esa mina maravillosa, Te extraño Chuquito y un escueto: Duele.

Lucho Zavala colgó una placa negra con caracteres blancos en la pared de su casa de Calama. Le pidió el favor a un guarda:

—Le dije: Oye chatito, ¿sabes qué? El único favor que quiero pedirte es si me puedes traer la dirección de la casa donde yo vivía. Es la A-1049, está en una esquina. Ya, yo te la traigo. Y me la trajo. Y la puse ahí. Y yo entro y es como si entrase en mi casa de Chuqui.

El 1 enero de 2008 se produjo el cierre definitivo. Chuquicamata se declara zona industrial y el acceso quedó completamente prohibido.

Las raíces al aire

No vuela un pájaro.

El centro histórico del campamento fue nombrado área patrimonial, y es –junto a sus barrios aledaños– lo poco que queda en pie. Una garita custodiada por Codelco verifica el permiso de entrada. Me acompaña Diego, coordinador de visitas.

En la plaza central, el parque infantil se ha convertido en un muestrario de óxido. Cada columpio es una atrocidad: una pieza inerte, inmóvil, inquietante como un patio de escuela vacío. En las ruinas del Liceo América, donde Diego estudió, las pizarras mantienen intactos los últimos mensajes de los alumnos, sus despedidas: Maldita contaminación y maldito ripio del cobre. ¿Por qué nos separaste, por qué? Diego escribe la suya en la intimidad de un rincón. En un aula destripada –tan solo una silla coja– el frío y correcto funcionario vuelve de pronto a lo que fue: un ser humano.

Caminamos entre árboles secos y viviendas selladas. Están ahí como cadáveres tibios. La calle fantasma es un universo de ruidos sutiles: el batir de calaminas, un crujido de ramas, los pasos en la grava. Tras un portón descascarado están los restos de un jardín. Hay un bolso de mujer semienterrado, zapatos viejos, un triciclo o su esqueleto. Todo aquí son restos de alguna cosa, de alguna vez: las sobras de una vida. Las cortinas escapan por los vidrios rotos. Bajo la ventana frontal, una confidencia anónima: Aquí fue nuestro primer beso.

De tanto en tanto, Diego emite un susurro leve que erosiona el silencio mineral:

—Acá hay algo abierto.

El interior es un espacio interrumpido, atravesado por la urgencia de la partida. Quedan cepillos de dientes en el lavabo, flores de papel, una cafetera inútil. Bajo polvo flotan papeles varios: una postal navideña, cuadernos escolares, la lista de la compra. Esas cosas.

Huele rancio.

Un calendario amarillea en la cocina: año 2004, el 21 de enero envuelto en un círculo rojo. Y una metáfora cruel: el tronco erguido –raíces muertas sobre una mesa podrida– de un bonsái arrancado de raíz.

Juntos pero no revueltos

Fue salir de la burbuja a la intemperie.

A las afueras de Calama están las villas construidas por Codelco, islas de casas color pastel con rejas altas y alarma. Allí, los chuquicamatinos se sintieron extranjeros. Los calameños, se sintieron invadidos. Más que de integración, el sentimiento fue de intrusión. Ambos eran mutuos extraños forzados a convivir.

Óscar y Blanca –chófer de extracción y su esposa– asoman apenas tras el enrejado:

—En las villas vivimos así, asustados. Cada uno en su metro cuadrado, de puertas para adentro. ¿Que yo comparta un almuerzo con mi vecino? Para nada. Eso ocurría en Chuqui. Allá todos nos conocíamos.

Venían de un lugar donde las puertas se dejaban abiertas, las bicicletas sin candado y los autos aparcados con las llaves puestas.

La familia de Norma Salman fue una de las últimas en mudarse:

—El primer día me robaron. Y nunca en mi vida me habían robado. Dejamos las bicicletas en la terraza y forzaron el portal. En Chuqui jamás hubiera pasado.

El gran dilema del traslado fue el choque cultural: la rutina de un campamento no se parece a la de una ciudad común. En Chuqui todo era perfecto, no eran conscientes de que en las calles puede haber basura, perros vagos o maleantes. Para el minero no existía una cultura de pago de servicios, no sabían qué era una junta de vecinos. Debieron aprender a pagar recibos, a mantener sus casas, a usar transporte público.

—A todo el mundo le cortaban el agua y la luz –sigue Norma–. Nos costó recordar que había que pagarlo todos los meses. Si el calefón no funcionaba, llamábamos a Codelco y venían a repararlo, se rompía un vidrio y venían a reponerlo. Una vecina fue a la municipalidad para que le arreglasen la ventana. Le explicaron que eso era asunto suyo.

Arriba quemando el sol

Antes, no hay nadie, la ciudad es una idea, un borrador, una intención: cualquier cosa que esté por venir. Cuando el sol calienta, Calama arranca, se llena de lagartos.

Calama tiene un microcentro y el Paseo Ramírez es el centro del centro. Allí hay un par de piletas y en las piletas cuatro cosas: la estatua estaliniana de un minero, un grupo de llamas, un cactus, un sol de cartón piedra. La síntesis del lugar.

En la esquina él.

—Lechuga. Échate crema lechuga. Yo la uso siempre.

En Calama el frío corta los labios, amorata la piel, acuchilla el cráneo, el sol abrasa los tuétanos y los viejos saben de cosméticos. No es coquetería, es adaptación. Ya lo dijo Darwin.

Pedro Galleguillos –84 años, flaco piel y hueso, ojos tan azules: un galán– llegó a Chuqui veinteañero y pobre. Tiene tres casas y un cutis fabuloso.

La primera vez que pisó Chuqui fue a una casa. Allí vio a una niña que apenas le llegaba al pecho: peinaba a unos críos chicos. Después se fue a la Pampa, trabajó el salitre, conoció mujeres –“tan bonitas, que uno se enamoraba de ellas”–. A los siete años, volvió. Volvió a aquella casa, encontró a una señora, preguntó:

—Oiga, la última vez que yo estuve acá, había una niña. ¿Dónde está?

No recuerda dónde estaba, pero estaba.

—Esa es mi señora. Esa niña es hoy mi señora. Y esa casa está hoy bajo tierra.

Los que llegaron: venidos y quedados

En el verano de 1988, como todos los veranos, Gonzalo Cerdá llegaba a Punta Arenas –extremo austral del país– después de conducir durante cuatro días desde La Serena –en la zona central–. Viajaba con su esposa en un auto minúsculo, sin aire acondicionado, un auto que con los vientos patagónicos no superaba los 60 kilómetros por hora. Volvían de vacaciones. Cuando abrió la puerta de su casa –un apartamento que daba al Estrecho de Magallanes– vio encima de la mesa una carta de Codelco.

—La abro. Lo primero que veo es una cifra que decía sueldo base. Y esa cifra era cinco veces más de lo que yo ganaba en la Universidad.

Gonzalo era un joven ingeniero que trabajaba como profesor universitario en Punta Arenas. Unos meses antes, sin demasiadas expectativas, había enviado su currículum a la estatal.

—Cuando tú ves eso, te cambia el horizonte. Es decir, existe un lugar en Chile que te da la posibilidad de crecer, un futuro tranquilo, te lo da todo.

Al llegar a Chuquicamata, aquello les pareció la cresta del mundo.

—Era como estar desterrado. Así nos sentíamos nosotros.

Sin embargo –como el resto– Gonzalo generó en Chuqui una unión férrea. ¿Qué ocurría en ese lugar? Para él, la clave está en el aislamiento. En ese retiro geográfico solo se tenían los unos a los otros. Entre todos crearon el ambiente para hacerlo llevadero, atractivo.

—Era un refugio. En el empeño de soportar eso, el consuelo era apoyarse en personas de la misma realidad. Era una necesidad de compartir, de comprobar –después de un par de tragos tal vez– ¿estás viviendo lo mismo que yo?, ¿estás echando de menos lo mismo que yo?

Los que estaban: nacidos y criados

Le dieron un ultimátum.

En la fotografía un hombre de 80 años, abatido, el rostro roto por algo que no es la edad, algo de más lejos, de más adentro. Lo supe después: era el rostro de la derrota. Es 24 de diciembre de 2007, Nochebuena, la noche última. Alcides Lira a la entrada de su negocio, La Verbena –emblema de Chuqui durante 55 años– iluminada como cada Navidad. Abrazado a su mujer, ambos miran lo que queda: poca cosa. Las luces solo para ellos. Y sus cuatro hijos. Desde la nueva casa en Calama, recuerdan en voz alta:

—Yo traje hasta el césped de Chuquicamata. Fui al hospital y robé un pedazo, allí aprendí a patear una pelota.
—¿Tú tienes lugar de nacimiento? Yo no. Yo nací en el Botadero 95. Soy de algo que no existe.
—Yo trabajaba en Comunicación, me reunía con la gerencia y tenía claro lo que iba a pasar. Un día, después de una reunión, le dije a mi papá: Papá, el traslado va. Él dijo: No, Chuqui no se va a acabar nunca. Mi papá no creía, no creyó nunca.

Fue el último en salir. Por las mañanas armaba cajas para irse y por las tardes las desarmaba para quedarse. Cerraron Chuqui y él siguió yendo seis meses a escondidas. Le cortaron el agua y la luz, y él usó baldes y velas. Los carabineros lo convencieron: No tiene agua, no tiene luz, no tiene alimento. ¿Qué hace aquí? Ande y váyase ya. Allá está su familia, sus amigos, toda la gente de Chuqui. Ahora Calama es Chuqui.

Chuqui-que-mata

En Calama duró dos años. El 2 de enero de 2010 Don Alcides sufrió un infarto cerebral.

—Mi papá murió de pena.

Mario es el hijo mayor:

—Hasta el último momento se negó a estar acá. Andaba todo el día pensativo, mirando, le fallaba la parte emocional. Nadie tiene una estadística de lo que ha pasado con la gente que vino, cuántos no se han recuperado.

La uruguaya Esther Gilio escribió: El exilio no es solo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos sino también de enfrentar este hecho con un interior desbaratado.

¿Se puede ser exiliado a solo 15 kilómetros del territorio natal? ¿Cuál es la distancia exacta, precisa, a partir de la cual uno queda fuera de lo suyo?

No hay lugar al que volver.

¿Cómo se transita el duelo por la parte de historia perdida, por la memoria hecha añicos, por la certeza del no retorno?

De ciertas Cosas, poco se sabe.

Que fueron.

Que no son más.

Que duelen.

El mesón de Jeremías es un restaurante que no existe, ubicado en un punto preciso de la costanera de Gualeguaychú, una pequeña ciudad turística del noreste argentino, en la provincia de Entre Ríos, conocida por sus carnavales. Lo inventó Nahuel Maciel, que no se llama Nahuel Maciel, para escribir sobre cocina en el diario El Argentino -el más antiguo de Gualeguaychú- en algunas ediciones de 2010: los clientes de Jeremías nacían al llegar al lugar y morían un párrafo después del proceso de cocción, una vez agotadas sus historias de pasiones cotidianas, la receta y el espacio disponible para el texto.

—Hubo lectores que llamaron al diario para saber cómo podían llegar al restaurante -dice Nahuel Maciel, mirando hacia el río.

Es de noche, la costanera de Gualeguaychú está iluminada.

—En un momento llegó a haber como diez o quince personas que aseguraban que habían comido en el mesón de Jeremías. Era una ficción, ¡un recurso!

Maciel abandona una sonrisa a mitad de camino y apura el cigarrillo. Lo tira. Lo pisa.

—Pero claro, algunos ya preguntaban: “¿Volviste a las andanzas, Nahuel?”.

***

A principios de los noventa, Nahuel Maciel se convirtió en leyenda por plagiar e inventar con eficacia, sin vacilación, largas entrevistas a personalidades como Gabriel García Márquez, Carl Sagan, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti, que fueron publicadas entre 1991 y 1992 por el suplemento de cultura de El Cronista Comercial, un diario de la capital argentina. Los hechos ocurrieron hace dos décadas en Buenos Aires, y tuvieron su continuación durante algunos años en Paraná, capital de Entre Ríos, donde Maciel fue a vivir después del hito más conocido de su pasado, lo que se considera el punto más elevado al que lo llevó el ciclo ascendente de la mitomanía: en 1992, ante una sala repleta con más de quinientas personas, el joven Nahuel Maciel presentó en la Feria del Libro de Buenos Aires Elogio de la utopía, una recopilación de conversaciones con García Márquez que no eran reales, prologada por un texto del escritor uruguayo Eduardo Galeano que Galeano nunca escribió, con un prefacio a cada capítulo plagiado, palabra por palabra, de un libro del sacerdote argentino Mamerto Menapace, a cuyos textos sólo les había cambiado la palabra “Dios” por “Utopía”.

Mamerto Menapace es un cura célebre del monasterio benedictino Santa María de los Toldos, en la provincia de Buenos Aires, que ha encarnado una figura folclórica -el cura de campo- como autor de cuentos y poemas en los que predominan las moralejas de la vida rural y las parábolas religiosas. Fue el primero en denunciar el plagio, a pocos meses de la presentación: Elogio de la utopía era un collage de distintas fuentes, y su publicación supuso el final de la carrera meteórica de Nahuel Maciel en la capital del país.

En la contratapa del libro se puede ver un retrato suyo de aquellos años: un joven de camisa que sonríe apenas a la cámara; el pelo negro, abundante, se une con la barba, negra y abundante, de tal modo que dibujan el contorno de un rostro delgado, anguloso, donde sobresalen -levemente- los pómulos y las cejas pobladas. Debajo de la foto, un texto breve en primera persona, “Palabras de un autorretrato”, sin más información de origen que la siguiente: “Esto era así allá en la cordillera, en Neuquén, el lugar donde crecí. Pero aquí en Buenos Aires, las cosas son algo diferentes”.

Aquí en Gualeguaychú, ahora, las cosas también: son diferentes.

Nahuel Maciel tiene cuarenta y siete o cuarenta y ocho años y un pelo abundante, irisado de canas, que se une con la barba, abundante e irisada de canas, de tal modo que dibujan el contorno de un rostro robusto, en el que sobresalen las cejas pobladas y los ojos grandes, marrones y acuosos. Hace más de diez años que vive en Gualeguaychú, donde trabaja como periodista y editor del diario El Argentino.

Una tarde de agosto de 2011 le pregunté si había nacido en Entre Ríos. Estábamos en su oficina, en la redacción de El Argentino, sin grabadores. “No -me dijo-, no sé, no sé”, y su mirada se tornó esquiva.

El pasado de Maciel, como personaje, tiene distintas versiones. La persona real, la que corresponde a su nombre real, está resguardada debajo de un Nahuel Maciel que nació hace veinte años. Nahuel Maciel no se cambió el nombre cuando se fue de Buenos Aires, después de que su firma pasara, en menos de un año, de la exposición máxima en las páginas de El Cronista Cultural a la desaparición total.

—El pasado te alcanza siempre -me dijo esa tarde.

Nahuel Maciel no quiere que escriba sobre él.

—Estoy cansado, flaco.

Suspira.

—Me han matado.

***

La primera vez que Maciel apareció en la redacción de El Cronista, relata Mario Diament, entonces director del diario, fue a finales de 1991, una tarde en que a la editora de El Cronista -la periodista Silvia Hopenhayn-, se le había caído su nota principal: “Se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para Le Monde de París y el National Geographic, algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a ofrecer -dijo- una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax, lo cual, para una editora que ve pulverizarse la nota principal del suplemento, caía como maná del cielo”, escribió Diament en una versión de la historia que publicó en 1996 la revista Noticias.

—Su apariencia era benévola. ¿Viste esos personajes misteriosos? Pero de un misterio con cierta candidez. No era el misterio oscuro y maloliente. Todo lo contrario. Venía con una carga mística— dice la escritora Silvia Hopenhayn.

Hopenhayn recuerda a Nahuel Maciel como “una especie de fantasma ambiguo”. Un personaje -“flaquito, medio moreno, hirsuto”- que exhibía, al mismo tiempo, un apego a raíces ancestrales, y desamparo. Recuerda que tenía “como un andar medio alado”.

Recuerda un gesto: “Con los dedos se cubría un poco la boca”.

En 1991, cuando Maciel se presentó en la redacción para ofrecer sus notas, Hopenhayn tenía menos de veinticinco años y dirigía El Cronista Cultural: su tarea periodística era “importante y hermosa”, dice, pero “todavía no sabía distinguir que las palabras pueden tener doblez”.

—Atraía, quizá, su estirpe, original y originario. Y eran importantes las notas que él traía. Pero lo que más me terminaba de convencer a mí era su lenguaje. Su forma de inscribirse en el mundo. No era solamente porque tenía la cartita de García Márquez o la cartita de Vargas Llosa, ni porque “ay, mirá, un indígena escribiendo, que original para tener como pluma colaboradora”. Había algo convincente en su propia forma de dirigirse y hablar.

El Cronista Cultural se publicó semanalmente con El Cronista Comercial durante unos seis años, hasta mediados de los años noventa, y fue el producto emblemático de un periodo de cambios en el matutino -especializado desde su origen en economía y negocios-, que intentaba ganar un público más amplio. Esos años el diario pasó a llamarse El Cronista -una mutilación temporaria- y sumó firmas, secciones, suplementos.

—Fue un momento de creatividad pero de mucho caos. Yo pasé casi por cinco directores en cinco años -recuerda Hopenhayn.

Mario Diament fue director desde finales de 1991 hasta finales de 1992, y apostó a darle al diario un perfil más progresista, a sumar producción en Política, en Cultura. El Cronista Cultural llegó a tener dieciséis páginas, convocaba a figuras literarias consagradas y a otras en surgimiento, e incorporó a académicos e intelectuales que solían tener cierta reticencia por el lenguaje periodístico.

—No había trabas, no había condicionamientos -dice Hopenhayn.

Los periodistas culturales compraban el diario los domingos por el suplemento que ella dirigía.

El domingo 22 de diciembre de 1991, El Cronista Cultural publicó la primera nota de Nahuel Maciel: “La indulgencia del poder”, una entrevista exclusiva con Mario Vargas Llosa realizada vía fax. (Escribe Maciel: “Es casi inevitable preguntarle por Cuba y por Fidel. ¿Cuál es su opinión?”. Responde Vargas Llosa: “Sí. Es cierto. Yo esperaba desde el principio esta pregunta suya. Yo creo que Fidel es un caudillo, un caudillo al que el poder ha ido convirtiendo en una especie de todopoderoso. Lo inevitable con todos los todopoderosos, las personas tremendamente megalómanas, es que se llegan a creer un semidiós encarnado. Creo que no se puede tener un poder absoluto, por tanto tiempo, sin convertirse en algo completamente distanciado de la experiencia común…”.

El 12 de enero de 1992, el suplemento publicó en la tapa “El enigma del tiempo”, reportaje exclusivo de Carl Sagan. (Pregunta Nahuel Maciel: “¿Entonces es imposible realizar un viaje al pasado?”. Responde Carl Sagan: “La teoría de la relatividad no excluye expresamente el viaje al pasado, pero lo disparatado de semejante idea no se puede rebatir ni siquiera con las más atrevidas teorías. […] Supongamos que un viajero por el tiempo encuentra a su propio yo más joven, y lo mata. ¿Estaría entonces muerto el viajero? ¿Cómo habría podido emprender este viaje si ya estaba muerto antes de comenzarlo?”).

El 29 de enero, El Cronista Cultural publicó en la tapa “El vivero de García Márquez”, un reportaje de cinco páginas con el Nobel colombiano, centrado en la “función y necesidad de la Utopía”, que se convertiría en la base del libro Elogio de la utopía. En la última página salía un recuadro, “Historia de un periodista”, donde se señalaba que Nahuel Maciel era colaborador de “Le Monde (Francia), El Día (México) y El Cronista Cultural”, que había nacido en Neuquén en 1964, y que había traducido “El Principito, El cerro de los siete colores y Las venas abiertas de América Latina al mapuche”

El 9 de febrero se publicó “La leyenda de la llorona y la locura”, un texto de dos páginas en el que Maciel analizaba una historia clásica de fantasmas, basado en una investigación que había presentado en “el Tercer Congreso de Antropología y Mitología Americana -México DF, septiembre de 1990- organizado por el Museo Antropológico de México”. (Primera hipótesis sobre la leyenda de “la llorona” que aparece en el texto: “Un pueblo se apropia de una locura individual y la llena de contenidos sociales, transformándola en una locura étnica. Pero esos contenidos sociales no son explícitos. A través de la leyenda se canalizan elementos tecnoecológicos y socioculturales que de llegar a manifestarse per se, plantearían -creemos- la necesidad de cambios estructurales”).

El 16 de febrero se publicó “América podría ser una fiesta”, una especie de ensayo de dos páginas sobre la conquista del continente, firmado por “Eduardo Galeano y Nahuel Maciel”. (Final de la primera parte: “Nuestra identidad está en la historia, no en la biología, y la hacen las culturas, no las razas: pero está en la historia viva. El tiempo presente no repite el pasado, lo contiene”).

El domingo 23 de febrero de 1992, El Cronista Cultural publicó “Paraguay en llamas”, una crónica sobre el régimen de Andrés Rodríguez y el proceso político de Paraguay, firmada así:

“Nahuel Maciel (Asunción)”.

Eso, sólo en los primeros dos meses.

Maciel no tenía treinta años.

***

—Yo sabía como era la dinámica de un suplemento cultural, sobre todo cuando intenta posicionarse. Necesita buena mercadería. Y esa situación, a veces, es desesperante: saber que la única posibilidad que tenés de competir con los suplementos ya asentados o tradicionales como el de La Nación, e inclusive el de Página/12, es hacer algo que sea realmente bueno o diferente. Si no, no tenés chance. Creo que por eso ellos caen un poquito así en los embustes de Nahuel. Porque tenían una gran necesidad de que existiera esa posibilidad de reportaje maravilloso…

El periodista Oscar Taffetani (58) se detiene para buscar una expresión precisa. Es un lunes de enero en Buenos Aires. Son las 16:30.

Taffetani conoció a Nahuel Maciel en 1991, cuando dirigía un semanario de cultura y política llamado Las palabras y las cosas; un desprendimiento del diario Sur que trataba de sobrevivir de forma independiente. Le presentaron a Maciel como “alguien que había sido educador, que había sido criado por los mapuches”: “Lo tomé como un chico que quería hacer sus primeras armas”, dice. Le propuso hacer una crónica sobre la proyección de Danza con lobos: una perspectiva mapuche sobre un filme que hablaba de la relación entre un blanco y los indios pieles rojas.

—Y lo hizo bien -dice Taffetani.

Pero sus colaboraciones en el semanario fueron escasas. Un día, cerca de fin de año, Maciel le contó que se había presentado en El Cronista.

—Ellos lo convierten a él en estrella, sin pensar mucho qué hay en el fondo, qué hay debajo de esto. Está bien: uno puede comprender, porque nadie está libre de cometer errores, qué se yo, pero no podés analizar el fenómeno de Nahuel Maciel tomándolo a él como un bicho raro, sin entender en qué sistema funcionó la mitomanía de Nahuel. Es un sistema que está ávido por comprar ese tipo de cosas…

***

El 24 de julio de 2004, la revista argentina Noticias publicó una nota del periodista Emilio Fernández Cicco sobre Nahuel Maciel titulada “El gran simulador”: “Habla el más exquisito embaucador del periodismo, tras años de anonimato. La increíble historia del hombre que inventó hasta un libro con García Márquez”, decía la presentación. Su nota sobre Maciel era una entrevista telefónica grabada desde Buenos Aires. El diálogo comenzaba en el segundo párrafo:

“Noticias: Necesitábamos hablar con Nahuel Maciel.

Maciel: Él habla.

Noticias: Ah, mire, somos de la revista Noticias. Queríamos hacerle una nota contando su historia.

Se produce un largo silencio en la línea, la pausa que se toma una mosca antes de ser aplastada por un zapato. Es lógico que esto ocurra.”

—¿A vos te costó encontrarme? -pregunta Maciel apenas se sienta en la mesa del bar.

A través de las ventanas se puede ver: la costanera vacía, el cielo espeso, el río picado.

Es lunes, 8 de agosto de 2011. Es la primera vez que nos vemos. La pregunta es retórica.

—¿Viste? Después sale que estoy escondido. Que estoy en el anonimato: todas las semanas firmo mis notas con el mismo nombre. Trabajo en una empresa que cumplió cien años. Cada vez que quise contar que estoy agradecido (porque ahora ya no, pero había que tener huevos para tomarme entonces, cuando me tomaron en El Argentino), sale que estoy escondido. Qué sé yo lo que sale.
—Pero yo no pondría esas cosas.
—Sí, todos dicen lo mismo. Yo te puedo hablar de la mala praxis con nombre y apellido. Yo te puedo hablar de la confianza, porque la perdí en mí mismo. Yo escribía algo y decía: “Pero, ¿esto es mío, o creo que es mío y lo leí?”. Yo tuve que laburar mucho la confianza en mí. Y después tenés que bancarte que cualquier boludo venga a cobrarte una factura, y vos ni lo conocés. ¿Y vos quién sos?

En enero de 2007, en pleno conflicto argentino-uruguayo por la instalación de una inmensa fábrica de celulosa en Fray Bentos, frente a Gualeguaychú -del otro lado del río Uruguay-, el polemista argentino Eduardo Montes-Bradley estrenó en Punta del Este un “documental-ensayo” llamado El gran simulador, que fue promocionado en Uruguay como “No a los papelones”. Montes-Bradley, un cordobés -“porteño por adopción”- que hace películas, había leído la nota de Cicco en la revista Noticias y decidió viajar a Gualeguaychú en busca de Maciel: “Subí al auto y, sin muchos preludios, viajé a esa ciudad. Apenas llegué, encontré al mapuche trucho en la primera línea de fuego del asambleísmo de esa ciudad. No lo podía creer. El ahora periodista de El Argentino, uno de los diarios de Gualeguaychú, luchando contra las papeleras de la orilla vecina…”, dijo en una entrevista que le hicieron en 2008. Así nació El gran simulador, una película en la que Montes-Bradley se vale del pasado de Nahuel Maciel para ofrecer su mirada sobre los ambientalistas de Gualeguaychú y su reclamo contra la instalación de una papelera en Fray Bentos, causa que contaba con el apoyo explícito de los periodistas locales, entre ellos Nahuel Maciel.

En el minuto 12’49”, Nahuel Maciel habla de su pasado: “Si algo, entre comillas, me justifica estar acá, es porque en el año noventa y dos fui responsable de una situación disvaliosa para el oficio del periodista como la de haber realizado plagios y material apócrifo en la prensa”.

En el minuto 13’38” Montes-Bradley dice: “Estábamos convencidos de que Nahuel había instrumentado una brillante operación para desenmascarar la fragilidad del sistema. Su arrepentimiento fue una desilusión, una de tantas”.

Los casi sesenta minutos restantes, Montes-Bradley expone sus intentos frustrados por hacer una película, y va alternando el foco entre Nahuel Maciel y la protesta ambiental, siempre con el mismo tono. Dice, por ejemplo: “Definitivamente teníamos una película entre manos, o bien, estábamos en las manos de un psicópata” (22’11”); “Ese Nahuel, el que alguna vez sedujo con sus invenciones, resultaba más interesante que el periodista mentiroso. Nahuel, el indio Nahuel podía liberarnos de Gualeguaychú. Después de todo, él nos había traído” (43’33”); “Nube roja se hizo humo” (44’45”); “Qué sentido tenía seguir con una película imposible. El testimonio de Nahuel estaba empañado por la vergüenza y el arrepentimiento, mientras que la asamblea ambientalista me recordaba la idea de un pogrom” (54’12”); “Pobre Nahuel: él, que vendía con relativo éxito espejitos de colores, terminó comprando los que vendían en Gualeguaychú, a orillas del río”(1:10’27”).

***

—Buscá “prestigio” -dice Maciel, y me pasa uno de los libros marrones que forman una pila en su escritorio, al lado de la computadora que usa en El Argentino.

Es una edición vieja, en tomos, del diccionario de la Real Academia, con tapas semiduras y ribetes descoloridos por el uso, por el paso del tiempo.

—”Prestigio: del latín preaestigium… Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan a la gente…”. ¿Viste? Cuando te dicen que alguien es “un prestigioso periodista”, hay que tener cuidado con lo que están diciendo.

Me mira de reojo.

—Y éste no es un diccionario que escribió Nahuel Maciel, eh.

***

—Las universidades tenían un encantamiento extraordinario con este personaje -cuenta Orlando Barone (70), un periodista veterano que trabajó en algunos de los principales medios gráficos del país, hoy identificado con el oficialismo-. En la de La Plata, por ejemplo, donde fuimos a presentar los libros, todas las preguntas iban dirigidas a Nahuel. Había una atracción desde la izquierda porque era mapuche, porque… bueno, porque el hechizo era fantástico. Y casi sin hablar, porque ni siquiera hablaba demasiado. Era como ese personaje, el de la película Desde el jardín. Algo parecido.

Para Barone, Nahuel Maciel “es un héroe anticipado a la nueva época, pero él no sabía que era un héroe: él lo hizo como un bandido”.

En abril de 1992, Barone presentó su novela La locomotora de fuego junto con Elogio de la utopía, de Nahuel Maciel, en la Feria del Libro de Buenos Aires. Las dos publicaciones eran las primeras criaturas de Ediciones El Cronista, un proyecto editorial que formó parte, fugazmente, de la etapa de expansión y cambios que vivió El Cronista Comercial esos años. El proyecto prácticamente comenzó y terminó con los libros de Barone y Maciel.

—Cuando él presentó su libro junto con el mío, yo acepté sin dudar porque, bueno, porque soy democrático, primero porque todavía no se sabía el desenlace. Él tenía una carta que le había enviado García Márquez por el libro. Cuando el locutor iba leyendo en el escenario la carta de García Márquez, me di cuenta, creo que todos nos dimos cuenta, por lo menos los que conocemos algo de literatura, de que no podría haberla escrito nunca García Márquez.

El eje central de la Feria del Libro de Buenos Aires de ese año, la edición número 18, era “El libro en los medios de comunicación”.

***

Elogio de la utopía surgió como una extensión del reportaje que El Cronista Cultural había publicado originalmente el 29 de enero: en pocos meses, “El vivero de García Márquez” se convirtió en un larguísimo diálogo erudito -y por momentos incomprensible- sobre la utopía, que ahora ocupaba más de doscientas páginas. Todo el libro, a excepción de los textos cándidos de Menapace usados como prefacio, el prólogo apócrifo de Galeano y algunos fragmentos dispersos, está compuesto por intercambios de este tipo:

“NM: —Con el paso de los siglos, el buen rey Utopos de la obra de Moro se ha convertido en su contra-imagen -el Big Brother (Orwell) o el ‘Benefactor’ (Zamiatin). Desconfianza de la autoridad y negación del providencialismo que se puede rastrear en las Utopías Satíricas de Johnatan Swift, especialmente en la serie de viajes de ‘Gulliver’ y en el Cándido de Voltaire, tradición irónica que se remonta a Aristófanes.

“GGM: —En efecto, en las comedias de Aristófanes se anuncian las que serán características de la anti-Utopía satírica de los siglos ulteriores. En la Asamblea de Mujeres, a la pregunta formulada de ‘¿quién cultivará la tierra?’ en la sociedad igualitaria que se propugna revolucionariamente, Proxógoras contesta, en forma ingenua pero significativa: ‘Los esclavos’. Todo régimen utópico tiene, en definitiva, sus esclavos…”

(Fragmento del subtítulo “La ironía como arma”, perteneciente al segundo capítulo de la primera parte de Elogio de la utopía, página 68).

***

El supuesto vínculo con el Nobel colombiano, que ya había dado como frutos una entrevista exclusiva, un libro y una carta personal leída en la Feria del Libro, incluyó también la publicación exclusiva de “un relato totalmente inédito” de García Márquez que fue anunciado en la portada de El Cronista el domingo 3 de mayo de 1992. El relato se llamaba Cuentos de una noche sin luna, y era presentado como “una suerte de regalo de García Márquez con motivo de la presentación de Elogio de la utopía”.

Un fragmento:

“—Es tan grande mi prestigio aquí, amigos míos -decía- que cualquiera de nosotros puede cometer el más cobarde de los crímenes sin temor a ser castigado por él. Os juro que podéis dirigiros a un hombre y castrarlo, pues si sabe que sois un esclavo de Eufrínides os agradecerá el haberle hecho el honor de haberos apoderado de su más querida pertenencia en nombre mío”.

***

—Lo mío fue un error, pero fue involuntario. ¿Cuál fue el error? No separar el agua entre la fantasía y la realidad. Yo tuve mil oportunidades de zafar en el noventa y dos. Podría haber dicho: “Quería demostrar la debilidad del sistema”. Y quedaba como un capo: “Con esto demostré la mediocridad, primero, del mercado cultural argentino, y segundo la debilidad del sistema, que cualquier cosa se publica”. Era una buena defensa, pero era mentiroso. Yo me lo plantee, cuando estalla el quilombo: “Bueno, zafo con esto. Me harán papilla nacional, pero termino siendo un héroe: el caso va a la universidad y se estudia”. Y después me dije: “En realidad yo sé que no es así, y después no voy a poder zafar conmigo mismo”.

“Error involuntario”, dice Maciel, es una expresión redundante.

***

Tres años después de la presentación de Elogio de la utopía, en diciembre de 1995, Eduardo Galeano publicó una nota en el semanario uruguayo Brecha -llamada “Resignación”-, en la que narraba el hallazgo del prólogo que supuestamente había escrito para el libro de Maciel: se había topado con Elogio de la utopía por casualidad, en una biblioteca de Estados Unidos. Galeano, que no escribe prólogos, advertía al comienzo de éste: “Es tarea y es propio de los maestros prologar las obras de sus discípulos, pero no seguiremos esta añeja y acertada tradición. Tal vez porque Nahuel Maciel lleva el orgullo de su generación, o quizá por una fecunda amistad que nos une […], pero lo cierto es que no considero a este joven periodista como un discípulo, puesto que casi siempre es él quien me enseña”.

En Argentina, poco tiempo después de la presentación en la feria, los libros fueron recuperados y se quitaron de circulación cuando el cura Mamerto Menapace envió a los editores las pruebas del plagio.

En junio de 1996, seis meses después de la publicación de la nota de Galeano, Mario Diament publicaba en Noticias aquella primera versión del paso de Maciel por la redacción de El Cronista. Allí, en su texto -llamado “Inventando a Gabo”-, decía lo siguiente sobre el libro que había derivado en la ruptura definitiva del idilio con Maciel: “No pude asistir a la presentación, pero pregunté al día siguiente cómo había salido todo, y si Galeano había estado presente, y todo el mundo me aseguró que sí”.

Los finales de las relaciones también tienen un mito de origen. Para Diament, por ejemplo, la relación con Maciel comenzó a derrumbarse con un muerto: Shmuel Yosef Agnón, escritor israelí que recibió el Nobel de Literatura en 1966, fallecido en 1970. Una tarde de 1992, cuando Maciel ya se había convertido en colaborador permanente de El Cronista, cuenta Diament, Nahuel se le acercó en la redacción para preguntarle si le interesaba “una nota con el Premio Nobel israelí I. S. Agnón”:

“‘¿Él quiere hacerla?’, le pregunté.

‘Bueno, se puede intentar’, me respondió, masticando su bigote como solía hacerlo.

‘Tengo buenos contactos’.

‘Tienen que ser muy buenos -le dije-, porque resulta que Agnón está muerto’.

Se quedó cortado un momento, y luego murmuró: ‘No lo sabía'”.

Después de ese episodio, Maciel todavía publicó en El Cronista Cultural una entrevista a Juan Carlos Onetti -que era conocido por su aversión a las entrevistas- y un reportaje exclusivo sobre Umberto Eco que salió en el suplemento del 28 de junio de 1992, antes que se impusiera “una veda a la publicación de sus notas”.

***

Fragmento de una entrevista al cacique mapuche Kafulkeo, publicada el 9 de octubre de 1988 por el diario Página/12, firmada por Nahuel Maciel: “Yo no tengo miedo al tiempo, ni al pasado, por eso puedo conocer la historia. La historia es uno con otro. La historia es importante porque habla del uno, de lo bueno y lo malo de uno. Y así uno va arreglando el fondo de los errores y ya no se vuelve a equivocar en el mismo lugar o con la misma cosa”.

***

—A Paraná cayó a principios de 1993. Nosotros hacíamos el semanario, pero ya estábamos con el proyecto del diario. Cayó con las cosas que había publicado en El Cronista. Vino a preguntar qué podía hacer. Y yo lo puse a capacitar gente -dice Daniel Enz, director del semanario Análisis de Paraná y ex director de Hora Cero, el primer diario donde Maciel empezó a trabajar cuando se fue de Buenos Aires-. Justo me faltaba alguien que me ayudara a preparar gente para la redacción del Hora Cero. ¿Entendés? Entonces lo puse a hacer una especie de taller intensivo para varios, que fue lo que hizo durante tres o cuatro meses. Y lo hizo bien. Al loco le gusta enseñar. Además, Nahuel es bueno en eso: tiene mucha parla.

—Me presentan un tipo morocho, de barba, flaquísimo, muy locuaz pero a la vez muy tímido, de gestos muy suaves, de palabras muy suaves y cuidadosas, muy caballero. Muy seductor: no sólo con las mujeres sino con todo el mundo, inclusive con los niños. Y de veras que tenía una impronta muy diferente a todos nosotros. Pero todo esto lo puedo ver ahora, lo puedo leer ahora, después del paso del tiempo -dice Marcela Canalis, y en realidad logra que su descripción tenga el destello de un trance, que es como recuerda esos años: con la consistencia de una atmósfera cálida, un poco alucinada, que no se diluye a pesar de los ruidos de la esquina más transitada de Paraná un lunes a mediodía.

En 1993, Marcela Canalis regresó a vivir al litoral argentino después de pasar ocho años en Buenos Aires, y Enz la convenció para que se sumara al proyecto de Hora Cero, donde terminó al frente de las producciones especiales. Canalis tenía experiencia en gestión cultural y en televisión, pero nunca había hecho gráfica. Esos primeros días le pidieron que ayudara a organizar los talleres que iba a dar Nahuel Maciel, un periodista recién llegado de Buenos Aires, que venía con credenciales de Le Monde.

—Él mantenía una distancia con nosotros. Era un profesor, y realmente lo era. Asumió ese rol entonces, como luego asumió un montón de otros roles. En ese momento, cuando estaba en la cresta de la ola, él era el personaje que vos querías que él fuera.

***

—Las invenciones de Nahuel, en realidad, son un pasaporte que él consigue para entrar al mundo del periodismo, un medio donde él era un extraño, donde de otra manera era difícil que hubiera hecho carrera -dice Oscar Taffetani-. Bah, difícil: porque tendría que haber hecho un poco como hacen todos. Ser un cronista común o un movilero, o esto, o lo otro, e ir acercándose, hasta que después terminás editando. Él hizo una especie de trámite exprés llevado por toda esa capacidad que tenía para forjarse un yo ideal, o una especie de figura inexistente pero que se la vendió a todo el mundo. Por eso él lo ve como un momento en el que estaba fuera de sí, como algo que no controlaba, que era más fuerte que él.

***

Para mayo de 1994, cuando comenzó a salir a la calle Hora Cero, el rango de Maciel en la estructura de la redacción había entrado en transición.

—Lo puse al frente de un suplemento de la zona de La Paz (interior de Entre Ríos). Él coordinaba todo eso y hacía una contratapa. Ahí encontramos que su contratapa tenía similitudes con algunas notas de Soriano. Entonces yo empiezo a averiguar: ahí me entero -dice Enz.

Un llamado a un colega en Francia confirmó que Maciel no trabajaba para Le Monde, y tendió una soga de pólvora hasta Buenos Aires, donde estaba anudada a una bomba con su pasado reciente. Enz se asesoró, confrontó a Maciel con las pruebas, le ofreció ayuda profesional, y lo puso a producir en segundo plano, para que pudiera seguir escribiendo.

—Él había caído en desgracia y yo necesitaba gente que escribiera -recuerda Canalis-. No podía escribir un suplemento por día los siete días de la semana: ni me interesaba ni era mi rol. Entonces me dieron a Nahuel. Hacíamos un suplemento que se llamaba Chau chau cocina, y a lo mejor, ponele, paralelamente, nos tocaba hacer uno sobre Evita. O sobre Perón. Y él escribía, desde textos sobre los funerales de Evita hasta unas notas espectaculares sobre vinos. Vos pensá que no se podía googlear. No era que él entraba a una computadora y se ponía a cortar y pegar. Él se sentaba en una máquina, te hacía la nota y te la traía, escrita magistralmente.

—Cuando llegaron detalles de la situación de él, hubo gente que hizo causa común. Gente que decía: “Nos estafó a todos”. Y yo decía: “¿Pero desde qué lado…?” Yo vi un veneno terrible -recuerda Alfredo Ibarrola una mañana de septiembre de 2011, tres meses antes de ser nombrado secretario de Cultura de Paraná.

Ahora, en la vieja estación de trenes donde funciona su oficina, Ibarrola regresa a esa época, hace diecisiete años, en la que lidiaba con su separación, con la muerte de su padre, y con la distribución del diario Hora Cero. Durante algunos meses, Ibarrola alojó a Maciel en una casita que había alquilado en calle Misiones, en Paraná. Ambos compartieron, simultáneamente, el hogar y la intemperie: los dos asistían entonces al derrumbe de lo que habían sido sus vidas hasta hace muy poco. Ibarrola disfrutaba de estar con Maciel, dice, de su humor ácido y de su conversación, y no hacía demasiadas preguntas.

—Yo estaba tratando de no caer en la depresión, mis hijos me daban mucha mano y Nahuel fue uno de los tipos que estuvo ahí. Después en un momento tomó su rumbo. Cuando termina el Hora Cero, él se va a Concepción del Uruguay. Ahí conoce a su actual mujer, tuvo un hijo, tuvo una hijita. Después se va a Gualeguaychú. Cuando retomé el contacto, ya estaba en Gualeguaychú hace varios años. Lo vi estabilizado en una persona, ya fuera del personaje. Lo que pasa es que yo también veía que había cosas que lo perseguían y que lo van a seguir persiguiendo de por vida.

—Nahuel nos marcó a todos, porque interactuó con todos -dice Marcela Canalis-. Los varones grandes, por ejemplo, lo tenían allá, a la distancia… Esto es una apreciación mía, pero creo que les puso un espejo a todos. El espejo de la propia invención que uno hace de uno mismo, ¿no? Porque los roles en la redacción se dan en la medida del personaje. Si vos escribís de economía, tenés que funcionar como alguien que escribe de economía. Y si sos el que sabe de política, tenés que funcionar y mostrar aquello que los demás quieren ver. Entonces, vos tenés un loco que viene diciendo que trabajaba en Le Monde, y después termina escribiendo de cocina, para ellos era el ser más deleznable de todos. A los machos alfa de la redacción, sobre todo, les provocaba un pánico, un terror.

Canalis tantea su atado de cigarrillos de arriba de la mesa. Saca uno. Lo enciende. Exhala. Alrededor hay menos ruido. En Paraná, la agitación de mediodía cede lugar a la siesta.

—Me parece que lo que pasó fue eso: que fue un espejo para todos. Y los que estábamos más o menos bien de la cabeza, o peor, pudimos no asustarnos con ese espejo…

***

—No sé que dice él al respecto -dice Hopenhayn del otro lado de la línea, casi al final del diálogo, y lo dice casi como si hablara consigo misma-.¿Es un fallido inconsciente, es una estrategia para encontrar laburo? Evidentemente, a él, algo le gustan las letras, ¿o no? Eso se notaba. Entonces, ese entusiasmo también te contagia, lo compartís; o sea: sentís una empatía porque tenés un objeto común.

“Hay cosas que son tan lindas, que uno daría la vida por haber escrito eso”, me dice Nahuel Maciel otro lunes, frente al mismo río: Gualeguaychú.

Es la segunda vez que nos vemos. Maciel no ha cambiado su opinión respecto de la entrevista. No le interesa hablar del pasado. “No es una película -dice-, yo al principio pensé que era una película, pero esto no tiene final feliz”.

Le digo que su presente parece contradecirlo. Que se le ve entero. Que parece feliz.

—Claro, yo soy muy feliz. ¿Para qué tener una charla, entonces?, ¿para qué pelearme con un sentimiento, si después sale publicada cualquier cosa? Yo tengo una actitud que es reparadora: hacer lo que tengo que hacer, de la mejor manera posible, sabiendo que no tengo margen para el más puto error. Vos podés escribir una crónica y olvidarte de una cita, y no pasa nada. Yo no puedo. ¿Entendés?

Último paradero

Publicado: 15 enero 2012 en Oscar Paz Campuzano
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1.

Lo encontré.

Esa fría y pálida tarde de invierno lo sorprendí en su escondite. Estaba borracho y con el rostro engrasado por salsa de tomate. Apestaba a rancio, a hombre que la vida le importa poco. Pero eso nada valía: por fin lo tenía al frente, vulnerable, despreocupado, devorando como bestia salvaje un plato de jugosos tallarines. Esa fría y pálida tarde de invierno era la primera vez que reparaba en su aspecto después de escuchar tantas veces su nombre, de escuchar tantas veces maldecirlo, y de preguntarme cómo es que está vivo. Sí, sobrevivió.

En el barrio Miraflores, a diez minutos del centro de Chimbote, ciudad pesquera en el norte peruano, Denys Ponce Aznarán se escondía. La policía tenía orden de capturarlo por la muerte de 38 personas, pero no daba con su paradero –o quizás no tuvo tiempo para buscarlo-. Sin embargo, yo lo encontré cerca de su casa, haciendo lo que acostumbra  todos los domingos: embriagarse hasta que los sentidos simplemente ya no respondan.

Al verme, saltó voraz a la calle. Algo lo alteró, lo pude notar en su mirada examinante. Como perro me olió a la distancia, listo para el escape. Tenía la casaca entreabierta y el torso desprotegido, un flojo y desteñido pantalón blue jeans y zapatillas blancas que -como él- lucían descuidadas. Su instinto de supervivencia lo lanzó sobre el cuello de Yorman, aquel amigo que me llevó hasta su paradero. Lo arrastró algunos metros como si se tratara de un ave a punto de sacrificar y lo interrogó en voz baja. Luego de unos instantes, parecía estar todo bien: ellos habían trabajado juntos; después de tiempo se encontraban.

Denys tiene el rostro maltratado, los ojos desafiantes y la sonrisa macabra. El cabello negro y alborotado y una insípida barba que le cuelga del mentón. Su piel es morena, pero sus facciones no son las de un descendiente de Mandela o E’to. Es alto y macizo. Da miedo. Más ahora descontrolado por varios litros de energía alcoholizada.

Era la una y treinta de la tarde, el sol brillaba con palidez entre las nubes. A lo lejos, se    escuchan los gritos desaforados de unos muchachos que juegan al fútbol junto al cuchicheo de una que otra familia que va en busca del almuerzo tradicional  en el que coinciden todos los domingos. Ya más tranquilo, Denys bajó la guardia, aunque no del todo. Se recostó con pesadez sobre un muro mal pintado, apoyado sobre esa pierna derecha, la que estuvo a punto de perder hace cinco meses. Miró de un lado a otro, desconfiado, y por ratos clavó la cabeza al suelo, angustiado. Sólo entonces, tras varios intentos fallidos, con la voz partida y con los ojos apretados, pronunció la frase que lo persigue desde el fatídico 22 de febrero de 2010, poco antes de las 6 de la mañana:

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Pero pasó.

***

El fuerte impacto se produjo a pocos minutos del alba. La espesa neblina y la densa oscuridad vieron con horror como dos pesados ómnibus repletos de historias, sueños e ilusiones chocaban a varios kilómetros por hora, despertando así al armónico silencio del desierto con el ruido de la muerte. Del terror.

Kilómetro 534, carretera Panamericana Norte, provincia de Virú, región La Libertad, Perú. Eran las 5 y 45 de la mañana y Denys Ponce Aznarán, con 31 años encima, iba al volante de un vehículo de la empresa América Express. Su destino era la ciudad de Chimbote, a tan sólo 2 horas al sur de su punto de partida.

Para él era un viaje cualquiera hasta que apareció, como un monstruo sacado de la tierra, el ómnibus de la empresa Crisolito que iba a la ciudad de Chiclayo, más al norte, proveniente de Lima. Las luminosas farolas brillaron intensamente, su corazón se aceleró al mismo tiempo que sus desesperadas manos giraron el timón a la izquierda. Dicha maniobra le salvó la vida, pero no pudo evitar la tragedia: 38 personas murieron, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos.

Si algo recuerda con claridad Ponce Aznarán de aquel momento es la muerte de su compañero Alex Ramos Barbarán, de 28 años de edad. Cuenta que el muchacho saltó sobre el timón al ver que el otro ómnibus se incrustaba por el lado del copiloto. Tras el impacto, ambos fueron disparados por el parabrisas. El desplome de Denys fue amortiguado por Alex que, sin tiempo a reaccionar, soportó parte del pesado vehículo convertido en filudas navajas.

Denys vio espantado la escena a un metro y medio. El intenso dolor en la pierna derecha y en todo el cuerpo no le permitieron llorar ni siquiera pensar. Todo estaba oscuro y sólo escuchaba el lamento de los pasajeros aterrados, quienes invocaban a los suyos sin respuesta alguna. Entre lágrimas, pedían ayuda y él, inmovilizado sobre la arena, no podía hacer nada. Poco a poco las voces se apagaron, recuerda. Luego llegaría la primera ambulancia y en ella, aunque no está seguro, se alejaría de la escena.

Atrás dejaría a los rescatistas que llegaban sin saber por dónde empezar. El panorama era desolador por no decir un infierno. Cada fierro, cada vidrio, cada cuerpo, cada grito, cada llanto, cada segundo eran parte de la tragedia. “Aquí hay siete”, gritó alguno y en adelante la cifra fue casi incontenible.

***

Proveniente del desierto, apareció una patrulla salvadora. Eran obreros de la siembra, cosechadores de madrugada, que por cosas del destino trabajan cerca. Escucharon los llamados desesperados de auxilio y dejaron a un lado sus espárragos para ayudar a los heridos, para acopiar muertos. Junto a ellos, los bomberos quienes trepaban y anunciaban a gritos que aún había gente con vida entre los fierros retorcidos o que tenían otro cadáver –o lo que quedaba de él-.

Entre la muchedumbre un hombre era inconfundible. Se movía con destreza en medio del sangriento escenario. Como otros, usaba mascarilla y guantes. Era el antropólogo forense. Caminaba de un lado a otro cargando cabezas, brazos y piernas para encontrar el cadáver correcto. Se acercaba a cada cuerpo y analizaba el color y tipo de piel, la textura y sus cicatrices. Metros más allá, las ambulancias esperaban con las puertas abiertas de par en par para recoger a los heridos que estaban sumergidos en la inconsciencia. Uno de ellos fue Denys, internado de emergencia en una sala del hospital Belén de Trujillo. Desorientado, horas después, despertaba bajo la desesperada mirada de gente que buscaba un milagro entre los sobrevivientes. Asustado y con la pierna derecha magullada, escuchó el rumor intrahospitalario que viajaba en el aire: “Uno de los choferes está vivo”.  Cerró los ojos y guardó silencio.

***

La noche anterior al accidente, Marco Zárate, joven médico de 27 años, volvía a cenar, después de mucho, junto a toda su familia. El trabajo en el hospital de la Solidaridad, en Lima, lo alejó varios años del sosiego que sentía al estar en casa. Esa noche, preparó su ligero equipaje para volver al amanecer a su faena médica: se trataba de una campaña gratuita en Chimbote.

Durmió sin mayor sobresalto y salió de casa prometiendo volver pronto. Tomó un taxi hasta el terminal terrestre de la empresa América Express, en la salida al sur de Trujillo. Al trepar los escalones del ómnibus se cruzó con Denys fijo al volante, pero ninguno reparó en el otro. Se acomodó en los primeros asientos y cuarenta minutos después el destino rompía a la fuerza su promesa de regresar: Marco no sobrevivió.

***

Aquella mañana a Carlos Alvarado Rojas se le partió el corazón. Una llamada telefónica le anunciaba que el ómnibus en el que horas antes partió su hijo a Chimbote nunca llegó. Desesperado dejó las oficinas del Colegio Militar de Trujillo donde trabajaba para buscar a su engreído, un funcionario del Scotiabank.

A esa hora ya muchos heridos estaban en los hospitales y clínicas de Trujillo. Por allí, con los ojos hinchados de angustia, empezó la búsqueda: pasillo a pasillo, cama por cama. Descubrió que esa era la primera vez que deseaba con desesperación verlo herido, pero nada: no figuraba en la lista de ningún nosocomio. Se sentía morir.

Sin pensarlo viajó a la zona del accidente y al no hallarlo entre los escombros metálicos desperdigados en la carretera, siguió camino hasta el centro de salud de Virú, a pocos minutos de allí. En su auditorio, convertido aquel día en un improvisado mortuorio, reposaban decenas de cuerpos inertes y tapados, entre ellos el de Carlos Alvarado Bazán, su hijo.

***

Habían pasado cinco horas del accidente cuando Gladys Neyra se enteró de lo sucedido. Un leve escalofrío le recorrió el cuerpo: un ómnibus de la empresa en la que su hermano Víctor solía viajar había chocado. Justo ese día, muy temprano, él se despidió para nunca más volver. Lo hizo sin fuerza porque estaba seguro que la semana entrante se reunirían en una fiesta familiar en Chimbote, ciudad en la que trabajaba, entornillado en la oficina de registro de la Universidad Los Ángeles.

Como casi todos, Gladys buscó primero en los hospitales. Adentro se topó con un hombre que llegaba del siniestro provisto de una lista de pasajeros. Allí se enteró que los primeros veintitrés tripulantes del bus América Express no sobrevivieron. Víctor iba en el asiento dieciocho.

***

Con un cálido beso en la boca, Nadia Isminio Chuquival y Luis Atto Pulido, se despidieron para siempre. Sólo tenían 11 días de feliz matrimonio. La noche del 21 de febrero él viajaba a Tarapoto, a la selva peruana, y ella debió retornar de Trujillo, a la misma hora, a Chimbote, ciudad en la que ambos comerciantes vivían. Por cosas que Luis aún no llega entender, Nadia viajó al día siguiente.

Cuenta Luis que a mitad de su viaje, una llamada le entró al celular. Era la voz pausada del doctor César Quito, médico legista de Virú, quien en medio del proceso de identificación y levantamiento de cadáveres encontró, bajo los escombros, un teléfono con varias llamadas no contestadas. “Buenos días, le habla el doctor César Quito ¿Conoce a la propietaria del celular? … ¿Es su esposa?…Lo siento, ella murió”.

***

El doctor César Quito es un hombre al que le sobran algunas cosas como la amabilidad y los kilos. Es padre, médico y profesor de medicina forense. Siempre va bien peinado, impecable. De eso se olvidó aquella mañana del 22 cuando le ordenaron ir al lugar del accidente.

—Recién al mediodía se realizaba el rescate del último cadáver atrapado en el ómnibus de la empresa Crisolito. Lo llevamos decapitado. Al llegar con el cuerpo cercenado, vi que el centro de salud de Virú estaba rodeado de gente reclamando a sus familiares después de haberlo reconocido en el auditorio. Las escenas eran muy dramáticas. Un médico legista está acostumbrado a ver el dolor de un grupo de personas ante la muerte de alguien, pero esta vez era el llanto de toda una multitud– recuerda Quito.

—Certificamos la muerte acta por acta – continuó-. Algunos casos fueron más complicados que otros por el estado de deformación de los cadáveres. Pasadas dieciséis horas del accidente, el antropólogo forense junto al grupo fiscal continuaba en la identificación y entrega de cuerpos.

Cuenta Quito que nadie almorzó. Virú ardía en calor y los cuerpos aceleraban su descomposición. De rato en rato dejaban de escribir formularios, caminar entre muertos, meterlos al cajón, escuchar llantos, restar uno y de nuevo llenar más documentos. Escapaban a la calle para alejarse del olor a muerto y tomar nuevas dosis de oxígeno o simplemente para descansar. Pero no lo lograban. Su sola presencia en los exteriores de ese hangar de la muerte movilizaba a la multitud que, entre gritos y empujones, exigía prisa.

***

Así cayó el manto oscuro de la noche. En el auditorio ya sólo quedaban algunos cuerpos; afuera, la multitud ya no existía. El fiscal Robert Angulo, un hombre joven de voz paciente y cabello rebelde, se tomaba una pausa. Todo retornaba a la calma de siempre, la calma que hace horas extrañaba.

Eran las siete de la noche y un hombre ingresaba presuroso al lugar preguntado por el fiscal. Una hora antes, hablaron por teléfono. Sin demora, ambos ingresaron. El hombre se aproximó a los cuerpos más pequeños, buscando uno. Entonces encontró lo que temía, a su pequeña hija: tendida, sucia, rígida e inerte. Las lágrimas se le escurrieron y las rodillas le temblaron al ponerlas al suelo. Lloró con lo último de sus fuerzas, mientras acomodó el cadáver de la pequeña sobre su pecho. La abrazó y besó. “Mi reinita, te fuiste, mi reinita”. El fiscal Robert Angulo recuerda que esa era la primera vez, en todo el día, que se conmovió. Se quebró.

El hombre, encogido de angustia, siguió entre los pequeños cuerpos y encontró el cadáver de su otra hija. Con ella repitió la triste escena. A ambas las reconoció por la ropa. Finalmente, fue hasta el cuerpo de su esposa, irreconocible entre grumos de tierra seca. Supo que era ella porque hace algún tiempo se tatuó en el cuello una carita feliz que, esa noche, no había perdido la sonrisa.

***

Según su historia clínica, Denys no era el chofer del ómnibus América Express, sino un pasajero. En una de las camillas del antiguo hospital, fundado hace más de quinientos años en el centro histórico de Trujillo, Denys mintió. Por ello, en menos de 48 horas, pidió ser dado de alta para retornar a Chimbote. En el trayecto, pasó por el lugar del accidente. Nadie sabe en qué o quién pensó en ese momento. Quizás en su compañero Alex. Quizá en él. Quizá en todos.

Quince días después, en su declaración ante la policía y el fiscal, Denys reconocía ser el chofer. En la comisaría, respondió más de veintidós preguntas contando con detalles lo sucedido. Había bajado de peso, tenía sobresaltos y un cuadro depresivo lo torturaba. Su padre, su esposa y sus pequeñas hijas veían como se desmoronaba después de sortear a la muerte. Así, sumergido en su profundo trance, fue llevado por unos días a una ciudad al norte peruano, bien al norte: Piura. Con rituales extraños, intentaron devolverle la vida que parecía perder poco a poco. Al otro lado, en la vía legal, su situación se agravaba. La Fiscalía Provincial Mixta Corporativa de Virú formalizaba la denuncia en su contra por homicidio culposo en agravio de 38 personas y por lesiones a más de cuarenta.  Entonces, Denys iniciaba sus primeras sesiones psicológicas, pero el peso de la ley seguía recayendo sobre él. El Juzgado de Investigación Preparatoria del Módulo Básico de Justicia de Virú ordenaba su captura y reclusión preventiva en una prisión. Denys prefirió la clandestinidad.

2.

Lo busqué.

Salí a su encuentro 159 días después del accidente. Chimbote, aquella ciudad porteña que en la década del sesenta era la mayor productora de harina de pescado en el mundo, amanecía nublada. Domingo uno de agosto, cinco meses después del siniestro. Unas doscientas veinte mil personas viven allí entre buques, lanchas, redes, fábricas de acero, arenales, chicha de jora, gaviotas que revolotean en el cielo jugando a volar, barrios marginales, autos destartalados, comercio ambulatorio y pestíferos olores. Después de su vertiginoso auge, la sobre pesca, la contaminación y el terremoto del setenta la sepultó bajo los escombros de una ciudad decadente.

En ese lugar nació Denys. Gran parte de su vida trabajó en San Pedro, aquel reputado y malhechor barrio llamado así en honor al santo patrón de los pescadores y cuyas pistas carecen de asfalto. De la zona son populares “Las picanterías”, locales turbios de dudoso prestigio en el que se da la bienvenida a los parroquianos al ritmo de cumbia, chicha y demás géneros musicales de moda. Toda una fiesta a la que más vale estar invitado ya que, sin tarjeta de presentación, la probabilidad de salir envuelto en algún lío es mayor.

De San Pedro parte una de las líneas de transporte público de la urbe: La número cinco. Su paradero es sólo una esquina abandonada sin carteles que alerten de su existencia. Cada cierto tiempo, aparece uno de los vehículos de la empresa tropezando sobre los desniveles de la trocha  accidentada. Son ´combis` de color blanco matizado con franjas de color marrón, naranja y beige. Todas andan empolvadas por los arenales que les toca cruzar. Sus choferes son seres mecanizados que van al volante por una ciudad que no los entiende –y que no los quiere-. Hace años, uno de ellos era Denys.

 —Yo era su cobrador. Él me despertaba todos los días temprano para trabajar, pero me daba pereza. Él me decía: “Sólo para dar unas vueltas” y era mentira. Salíamos a las cinco de la mañana y volvíamos en la noche – cuenta Yorman, quien vio a Denys un mes antes del choque y, desde entonces, poco supo de él. Aquel domingo de invierno, Yorman me ayudaba a buscarlo.

 —El trabajaba por temporadas. Era un buen chofer, tenía caña. En la empresa, lo premiaron por eso. Hasta que un día desapareció. El feo – como lo llaman- resultó de chofer en América Express.

En San Pedro, desde donde se puede ver todo Chimbote, incluyendo el mar, las lanchas y sus islotes perla, todos conocían a Denys, pero pocos querían decir su paradero. Eran casi correligionarios que guardaban el secreto popular en medio de un barrio convulsionado por la violencia y marginalidad: muy cerca, en los arenales, yace el cementerio de los pobres, donde muchos fueron a parar para guardar sus propios secretos. El silencio, en este barrio, vale mucho más que la palabra de cualquiera.

—No está por acá y punto – vociferaban.

Sí pues, no estaba allí. Lo encontré en Miraflores, un barrio colindante al mar que para llegar a él se debe atravesar el centro de Chimbote. Miraflores es tan o más peligroso que San Pedro. Sus calles sigilosas, casi vacías, dan la impresión de estar siempre ante una trampa: la sospecha que tras la esquina seis o más tipos desquiciados aguardan ansiosos, nunca dejará de estar latente.

Denys estaba en casa de su padre almorzando con la placidez de un fugitivo sin escrúpulos. Sus pequeñas hijas jugaban cerca, despreocupadas. Es difícil saber si poco o nada le importaba a Denys que unos desconocidos llegaran, quizás yo, y le recordaba aquello que tanto trataba de olvidar. O peor aún: que irrumpan policías y lo lleven enmarrocado. Sus hijas, que seguían jugando, jamás entenderían la historia aquella en la que su padre resultaba ser el malo: ´Treinta y ocho personas murieron dicen por culpa de tu papá´ o ´Estará encerrado en un lugar del que no puede salir´.

No. Jamás lo entenderían.

***

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Esa era su defensa.

En la respuesta 22 de su declaración decía no ser culpable. Recordaba que delante de él, en su carril, marchaban dos vehículos: un ómnibus y, más adelante, un tráiler. De pronto, este último, frenó intempestivamente para evitar chocar con un auto que invadió su carril. Esto obligó al primer ómnibus a despistarse a su derecha, mientras que Denys optó por ir a su izquierda. Entonces, chocó.

—Sí, invadí el carril contrario. Sí, lo hice- reconoce Denys –, pero fue por instinto, por mi vida. Tenía tres opciones: Salir a la derecha y chocarme con el ómnibus, frenar y chocar con el tráiler o salir a mi izquierda. Claro, en esta última, estrellarme nunca estuvo entre mis posibilidades. Al ver el ómnibus, ni siquiera pude frenar. Giré a mi izquierda y lo  esquivé, pero el otro chofer maniobró a su derecha y chocamos.

Sin embargo, el fiscal Robert Angulo no le cree. Su tesis, sustentada en el informe técnico del Departamento de Investigación de Accidentes de Tránsito de la Policía Nacional (DIVAT), es que Denys invadió el carril contrario en una zona prohibida para intentar sobrepasar al tráiler. Marilú Alvarado Rivera era pasajera del ómnibus América Express que viajaba en los asientos uno y dos junto a su esposo, Santos Roldán Fernández, y su pequeña hija de siete meses, Jazmín Roldán Alvarado. Marilú, la única sobreviviente de los tres, confirmaba para la fiscalía esta versión. En su declaración dijo que, momentos antes del impacto, vio por una de las ventanas del lado derecho como un tráiler iba quedando en el camino. Luego de esa imagen sólo recuerda abrir los ojos en el hospital.

Además, un informe elaborado por especialistas físico – matemáticos determinaron que, al momento del impacto, el vehículo América Express aceleraba. Para la fiscalía es un indicio más de que Denys intentaba pasar a otro vehículo.

El día que lo encontré en la casa de su padre, no hablamos mucho. Él cuidaba a sus hijas. Las quiere; aunque su talante no parezca el de un hombre amoroso. Después de verlas jugar y pedirles que vuelvan a casa, Denys anunciaba, esta vez con una leve sonrisa, que pronto respiraría los agrios rumores de una prisión. Se entregaría en 48 horas y, según él, aceptando los cargos que la fiscalía le imputaba. Puede que las noches intranquilas que no lo dejaban dormir lo llevaran a tomar tal decisión. Quién sabe.

El plazo venció y, como era de esperarse, no lo hizo. Recién, cuando el reloj marcaba las tres de la tarde del 10 de agosto, Denys Ponce Aznarán, acompañado de un policía, ingresaba al centro penitenciario El Milagro, en Trujillo, perdiéndose, a paso lento, entre pabellones y los más de mil quinientos presos que allí purgan condena.

3.

Lo encontré, otra vez.

Han transcurrido apenas cinco días de su encierro. Es mediodía del domingo 15 de agosto: día de visita en la prisión. Largas filas humanas se extienden desde la puerta de ingreso al penal. Minutos antes, todos corrimos para que un policía, con el ceño fruncido, nos coloque un sello y un número con un bolígrafo indeleble azul en el brazo derecho. En la piel me estampó el 634. Pasaron largos e intensos 40 minutos para chocar cara a cara con un agente penitenciario, joven y de voz agresiva, que uno a uno hace pasar a los últimos visitantes hombres. Por la tarde, ingresarían las mujeres. Después de más controles y órdenes, de más sellos e inspecciones, logro ingresar. Adentro, me siento un recluso más, pero extraviado entre pabellones, celdas y prisioneros.

Siempre tuve la idea de que al ingreso me preguntarían a quién buscaba y yo respondería: “A Denys Ponce Aznarán”, pero nunca pasó. Entro desorientado. Al pasar delante del primer pabellón tengo sobre mí a un grupo de hombres, con algo para vender en las manos, interrogándome, casi a gritos, por quien iba (notaron que estaba perdido y asustado) y les respondo: “Por Denys Ponce Aznarán”. El primer hombre, moreno, flacucho, decrépito y de aspecto delincuencial, se ofrece a llevarme. Metros más allá, descubro que es un preso.

—Tan rápido lo conoces. Apenas ingresó hace cinco días- Le digo.
Conozco a todos acá adentro- Responde.

 

No damos más de diez pasos y reclama su salario. Se lo doy. Dos paso más allá, me dice: “Él te llevará”. Es otro vendedor, también preso, con una bolsa de caramelos. No pasa mucho y también me pide dinero. Se lo doy. Sin embargo, ninguno me ha llevado a Denys. En menos de cinco minutos en la cárcel, dos tipos ya me han estafado.

En el ingreso a una especie de encuentro entre conductos enrejados que llevan a los diferentes pabellones del penal y que es custodiado por un carcelario, me topo con un hombre de mediana estatura y que viste chaleco naranja. A la entrada, me lo advirtieron. “Ellos te pueden guiar”. Y así lo hace con una amabilidad sorprendente. Mientras me lleva, pienso en si es preso o no. Es más probable que sí. Nadie, que no sea un agente del orden o administrativo, ingresa a trabajar a un penal.

Él sí conoce a Denys. Por lo menos sabe quién es y cómo es. Dice que desde temprano llegaron a verlo, se trata de su padre y alguien más. Ellos le advirtieron que otras dos visitas llegarían; por supuesto, no se trataba de mí. Mientras camino, divago entre la reacción de Denys y su padre al verme, en la mirada desafiante de algunos internos y en el laberíntico inframundo urbano en el que me sumerjo. Reacciono cuando me veo entre celdas: tugurizadas, desordenas, sucias, oscuras; casi impenetrables. Quedé suspendido en el aire unos segundos y comprendo: Estoy en la cárcel.

En día de visita, las celdas lucen abiertas y los presos deambulan no lejos de allí. En una de ellas, hay una mesa tembleque, con un grupo de personas que conversan y juegan casinos. Denys está en el patio, a espaldas de su calabozo, junto a dos hombres de avanzada edad. A lo lejos, parece reconocerme. Es la segunda vez que nos vemos, pero ni una mueca ni un gesto amable despide su rostro. Debe pensar que soy una especie de cargo de conciencia con dos patas. Me acercó y apretamos las manos. A nuestro alrededor, pasan desapercibidos otros internos. Cruzamos algunas palabras y ahora sí, una leve, muy leve sonrisa se deja ver.

Transcurren apenas cinco minutos y el horario de visita acaba. Sólo alcanza a contarme que si todo le va bien, pasará encerrado los próximos seis años y ocho meses. Si le va mal, serán más. Eso es todo. Mucho tiempo, para él. Poco tiempo, para otros. Tal vez 38 cadenas perpetuas los logre consolar; tal vez no. Aquí pudo haber acabado una historia, pero nunca dejarán de comenzar otras. Catorce murieron en la carretera a Cajamarca y otras 23 perdieron la vida al caer a un abismo en la sierra de La Libertad. Como Denys, como otros, como todos, me pregunto: hasta cuándo y no tengo respuesta. Puede que sea inútil.

Mientras camino a la puerta de salida, la mirada viaja hasta el dedo pulgar izquierdo buscando la vieja cicatriz que me hice correteando junto a un amigo cuando aún éramos niños. Ambos creíamos ser los campeones del mundo, despreocupados aquel entonces de nuestro destino. Él fue uno de los 38. Recobro la libertad y Denys vuelve a su celda. Tras las rejas, entre cuatro paredes y tendido sobre su catre tratará, como otros, como todos, de cerrar el 22 de febrero de 2010, que minutos antes de las 6 era un día normal; a pocos minutos del alba.