Posts etiquetados ‘Orlando Romero’

El día en que entró en el Madison Square Garden, el boxeador peruano Romerito se encontró con 25.000 norteamericanos que lo insultaban a coro. Para atemorizarlo aún más, el público aullaba el nombre de su rival. O más bien, el apodo, que era más aterrador. El campeón mundial de peso ligero se llamaba Ray Mancini, pero le decían simplemente Boom Boom.

Todo el Perú siguió esa pelea por televisión, el 15 de septiembre de 1983. Yo apenas tenía ocho años, pero recuerdo que los niños enloquecían de ilusión en el patio del colegio, y se pegaban los unos a los otros. Primero se pegaban para jugar a los boxeadores. Luego se pegaban más en serio porque todos querían jugar a ser Romerito. Ocho chicos de mi clase se habían apuntando a un gimnasio para ser boxeadores. Y en mi clase sólo había veinte.

Todos queremos jugar a lo que nos dé campeones. Cuando Jaime Yzaga trepaba en el ranking de tenistas, todos nos compramos raquetas. Cuando el equipo nacional de voley femenino llegó a subcampeón olímpico, los chicos dejaron de considerarlo deporte de mariquitas. En 1983, por primera vez, el boxeo se abría paso a puñetazos en las preferencias de los peruanos. En abril, Ibáñez había caído en Tokio en una final mundial. En noviembre, Óscar Rivadeneyra pelearía contra Michael Spinks la de los pesos pesados. Pero Orlando Romero Romerito era el que más esperanzas concitaba, porque siempre había sido un torpedo.

—Empecé a pelear en la calle, como todos los boxeadores –cuenta veinte años después–. En el colegio, los más grandes disfrutan molestando a los pequeños. Cuando tú eres el pequeño, los golpes son la única forma de demostrar que no eres tonto.

Romerito aún tiene un físico cuadrado, como si fuera un bloque de concreto. A los lados de su cabeza rapada asoman dos orejas que le dan la apariencia de un trofeo. Se jacta de esas orejas, y en general, de esa cabeza lisa; nada de lóbulos agrietados, nada de narices aplastadas por los golpes.

—Yo siempre supe esquivar los golpes –añade, señalándose la cara–. Ésta es la prueba.

El día en que subió a un ring por primera vez, Romerito recuerda haber cruzado el gimnasio a lo largo de un pasillo de cejas rotas y orejas de coliflor, y haberse jurado que nunca acabaría así. Tenía quince años y era su primera pelea en el torneo barrial Guantes de Oro. Hasta entonces, sólo había visto boxear en televisión. Recordaba las peleas de Muhammad Alí y Joe Frazier, Muhammad Alí y George Foreman, Muhammad Alí y quien sea. También había zurrado a más de un par en el barrio. De hecho, estaba claro que tenía un futuro más claro con los puños que con los estudios. Y para confirmarlo, ganó el torneo.

A partir de entonces, Romerito comienza a entrenar y a hacerse conocido con la ayuda de su padre y el temor de su pobre madre. Vende pasteles y estudia para contador mercantil mientras los títulos se suceden: campeón de Trujillo, campeón regional, campeón del Norte, campeón nacional amateur. A los diecinueve años gana el campeonato nacional profesional. Entonces comienza lo que él llama su “época de oro”.

—Empecé a ganarle a todo el mundo. Gallito que me ponían, gallito que yo tumbaba. Y eso que era uno de los más jóvenes entre los profesionales.

***

El boxeo en el Perú nunca ha sido una industria millonaria. Romerito cobraba 200  dólares por pelea y bastante menos por actuar de sparring para otros campeones. Conforme empezó a hacerse conocido, comenzó a cobrar por usar zapatillas Power o colocar en su bata el logotipo de una cerveza. Aparte de eso, poco. El dinero estaba sólo en Estados Unidos y en una pelea; el título mundial. Todo lo que hiciese antes de llegar allí sería invisible y mal pagado.

Con ese objetivo, Romerito empieza a entrenar con el ex campeón sudamericano medio pesado Mauro Mina, el boxeador peruano más famoso hasta entonces. Con él ganó el título sudamericano, el latinoamericano y el continental. Ese mismo día principiaron los problemas.

—Un buen entrenador no te dice “dale, muchacho, un dos, un dos”. Un buen entrenador sabe de estrategia. Te da ideas. Mina lo hacía, hasta la final continental, el 20 de septiembre de 1980. Esa vez, peleé el título contra un colombiano que me dio en la quijada en el quinto asalto. Me pasé el resto del combate quejándome de la muela. Mina me mandó seguir peleando. Peleé siete asaltos más y tumbé al colombiano tres veces. Gané el título. Pero al día siguiente, cuando no pude comer, descubrí que tenía una doble fractura de mandíbula.

Tres meses después, Mina lo puso a entrenar con boxeadores de 70 kilos. Romerito era más rápido, pero cuando encajaba un golpe, era como si lo arrollase un tanque. Le pidió al entrenador que le pusiese sparrings de su peso. Mina le respondió que no fuese maricón, y Romerito lo despidió. Ya se sentía más seguro de sí mismo.

—Después de Mina, contraté a Nicolás Cárpena, un peruano radicado en Argentina, que traía toda la escuela de allá. Tenía una labia impresionante. Me trataba como a un campeón mundial. Y con él, yo empecé a sentirme campeón mundial.

Defendió sus títulos suficientes veces para ascender en el ranking hasta el primer lugar del mundo, con treinta peleas ganadas y un empate. Siempre salía limpio, sin cicatrices, porque usa ha mucho la cintura; giraba y entraba, si no podía golpear fuerte, abrazaba o metía la cabeza. Su especialidad era pelear a media distancia, esquivando y bloqueando en busca de espacios libres. Y cuando los encontraba, era despiadado.

Así llegó al Madison Square Garden. Y así llegó frente a su último obstáculo, Ray Boom Boom Mancini.

***

Boom Boom había nacido en Youngstown, Ohio, hijo de otro boxeador, pero no de cualquier boxeador. En sus buenos tiempos, Lenny Mancini había derrotado a varios campeones mundiales, y era un pronóstico general que se llevaría el cinturón de los ligeros en un futuro cercano. Pero un futuro era precisamente lo que Lenny no tenía. Tuvo que servir en el Ejército para ir a la segunda guerra mundial y lo hirieron en el frente. Al regreso siguió peleando, pero nunca recobró su pegada.

El veterano de guerra de origen italiano y profunda convicción americana se obsesionó desde entonces con cobrarle la revancha a la vida: desde muy pequeño, inscribió a su hijo Ray en un gimnasio, lo acompañó, lo instruyó, lo adoctrinó. Aunque por distintas razones, el chico se volvió profesional en el mismo año que Romerito. No es necesario explicar de dónde surgió el sonoro apodo de Boom Boom. Pero tampoco es fácil saber de dónde sacaba fuerzas para pegar tan duro. Con asombrosa velocidad, Ray labró un camino a porrazos hasta la final mundial.

El primer intento de Boom Boom como aspirante al título, contra Alexis Argüello, ha sido declarado por ESPN y la Ring Mazgazine como uno de los mejores combates de la década de 1980; pelearon 14 brutales asaltos antes de que se impusiese la experiencia de Argüello. Pero el segundo intento, ante el campeón de ese momento, Arturo Frías, fue el inicio de una gloria trufada de circunstancias extrañas.

Días antes de la pelea, mientras Mancini entrenaba en Tucson, tres hombres armados se presentaron en su hotel preguntando por él. Les dijeron que no estaba y se retiraron. Al enterarse, el boxeador llamó a la policía y continuó su preparación física bajo vigilancia policial hasta el final. El episodio nunca se aclaró.

Cuando finalmente se enfrentó contra Frías, Mancini se sacó de la manga un primer asalto que fue considerado el mejor de la historia. Básicamente fue un animal. Un primer tortazo, a los 15 segundos de iniciada la pelea, casi deja al venezolano fuera de combate. Un recto le abrió la ceja. Una combinación sorprendente lo llevó primero al centro del cuadrilátero y luego contra las cuerdas. Boom Boom llevaba un buen rato golpeando sin recibir respuesta, concentrado en demoler a su rival, cuando el árbitro dio la pelea por concluida. Frías había encajado treinta golpes en menos de tres minutos. La sangre de Lenny Mancini se había coronado, con una generación de retraso, campeona mundial de peso ligero.

La primera defensa del título, ante Ernesto España, fue casi rutinaria: K. O. en seis asaltos. Pero la segunda cambiaría para siempre la vida de Mancini y el rostro del boxeo. Ocurrió el 13 de noviembre de 1982 en el César Palace de Las Vegas. El retador: el coreano Duk Koo Kim.

El coreano había llegado a la pelea por alguno de esos oscuros designios de la WBA. Nadie conocía a ninguno de los dieciocho oponentes que había batido en sus anteriores peleas, todas en Corea, ni al único que derrotó fuera de caca, en Filipinas. Sus principales bazas eran ser zurdo –y no todos los pugilistas, ni siquiera todos los campeones, estaban preparados para combatir contra un zurdo– y ser grande. Demasiado grande.

Tuvo que esforzarse mucho durante las semanas anteriores a la pelea para perder peso y alcanzar el límite de la categoría. Pero lo hizo porque sabía que ésta era la primera y última oportunidad de ser campeón mundial. Su obsesión era tal que días antes de la pelea escribió en el espejo de su cuarto en el hotel: “Matar o morir”.

El día de la pelea, Kim le plantó cara a Boom Boom Mancini. Se mantuvieron parejos durante los primeros asaltos, pero conforme la pelea avanzaba, fue haciéndose notar la mayor experiencia del americano en combates largos y sobre todo, que había aprendido su lección años antes contra el también zurdo José Luis Ramírez. Sin embargo, Kim no cejaba. En el round 14, Mancini tumbó a un rival evidentemente agotado y el árbitro detuvo la pelea para evitar una paliza.

Cinco minutos después, el coreano entraba en coma por lesiones cerebrales. Ni siquiera la cirugía pudo evitar que, tras cinco días, su muerte cumpliese la profecía escrita en el espejo.

La pelea entre Mancini y Kim motivaría a que la WBC –y después las demás asociaciones de boxeo– redujese los combates a doce asaltos. Pero no evitó la depresión del campeón. Tras asistir al funeral en Corea del Sur, Mancini decidió tomarse unas vacaciones para asimilar el impacto emocional. Lo peor, según sus propias palabras, era ser reconocido como el boxeador que mató a Duk Koo Kim. Él lo consideraba un terrible accidente, del que lamentaba haber formado parte. Tras varios meses volvió a pelear, pero todo el mundo, todos sus fans, todo EE.UU. y especialmente su padre Lenny, pensaron que Mancini no podría recuperarse anímicamente.

Entonces llegó Romerito.

***

A veces, las vidas de dos hombres se cruzan por un instante en el que son como un espejo una de otra. En ese momento, cualquiera de los dos podría romper la barrera y cambiar de lugar con su reflejo. Cualquier capricho del azar puede hacer que los dos se encuentren exactamente en la esquina opuesta. A veces, ese instante dura nueve rounds.

—A mí me daban igual los espectadores que gritaban y las apuestas en contra –recuerda Romerito con sus orejas intactas–. Yo iba a ganar esa pelea. La mayoría de los americanos ni siquiera sabían dónde estaba el Perú, pero yo haría que nunca lo olvidasen.

A Romerito le gusta recordar la pelea sentado en la barra del restaurante que administra en Madrid. Si alguien se lo pide, pone el DVD en la televisión del local y explica paso por paso su estrategia de combate y la de su oponente. Detiene las imágenes y se explaya en una posición o en un golpe. Ofrece cervezas gratis. Mientras más gente lo esté escuchando, más se emociona y se entusiasma con la narración. Los camareros pasan sonriendo, y alguno pone cara de aburrimiento. ¿Otra vez la pelea?

El combate contra Mancini empezó mucho antes de entrar en el Madison Square Garden, y se libró en todos los frentes. The New York Times había escrito que Romerito era un “paquete”. Las apuestas estaban 5-1 en su contra. Por las noches, los fans de Boom Boom se acercaban al hotel Sheraton, donde se alojaba el peruano, para hostigarlo. Su habitación recibió decenas de llamadas en las que le advertían que perdiera en los primeros asaltos para asegurar las ganancias. Algunas lo amenazaban de muerte. Su representante decidió incomunicar al boxeador. No recibiría llamadas de nadie, ni de su familia, que no hubiesen sido aprobadas por él. Y los periódicos, ni verlos.

El retador, de todos modos, estaba tranquilo. Por la televisión, siempre le había parecido que el campeón era gigantesco, sólido, con los brazos anchos copio piernas, una impresión que había quedado reforzada con la muerte de Kim. Pero el día de la conferencia de prensa se dio cuenta de que eran del mismo tamaño, y se sintió seguro. Sus brazos no eran tan gruesos. Su cuerpo pesaba apenas un cuarto de libra más que el retador, eso sí, aclara Romerito, tenía una espalda que te cagas.

—A partir de ese momento me planteé la pelea como si fuera una más. Los periodistas me preguntaban: “¿Y usted a qué ha venido?”. Yo les respondía: “He venido a ganar”. Los periodistas se reían. Y yo me reía. Porque se lo iba a demostrar.

El día de la pelea, 25.000 personas lo retaban a gritos a demostrarlo. Entre el público estaban Marvin Hagler y Mano de Piedra Durán, que pelearían un mes después. Y por supuesto, Lenny Mancini, el padre del campeón, insistentemente buscado por las cámaras.

—Boom Boom era un asesino. Solía ganar las peleas en los primeros asaltos, sin dar tiempo a respirar. Y esperaba volver a hacerlo esta vez. Para sorprenderlo, era necesario que no me quedase nunca en el mismo sitio. Girar. Bailar alrededor del campeón, siempre hacia la derecha, y con la enano izquierda delante, picando sin parar. Así también evitaría los trancazos.

Cuando sonó la campana, el campeón hizo lo esperado y salió como un toro. Romerito se concentró en cambiarle el ritmo. Se defendía y alternaba de sitio para atacar. En un momento, Mancini lo acercó a las cuerdas, pero Romerito contraatacó y volvió a escapársele, siempre hacia la derecha. Mancini insistió en el segundo asalto, pero estaba ligeramente aturdido. No se adaptaba a los giros, y aunque conectó más golpes, también se vio obligado a abrazar más cuando Romerito se acercaba. En el tercero, el campeón hizo sangrar el párpado del peruano y conectó un golpe bajo. Cuando los separó la campana, los jueces le daban dos puntos de ventaja a Boom Boom.

—Pero esa estrategia no podía durar demasiado. Como esperaba una victoria cuanto antes, Mancini se desgastaba más rápido que yo. En el cuarto asalto disminuyó la intensidad y le estampé un zurdazo en la cara. ¿Ves? Aquí está la repetición. Cuando volví a mi esquina, el entrenador me dijo; ahora, dos de los árbitros te dan ganador.

Los siguientes asaltos fueron mucho más agresivos. Un peligroso recto de Mancini pudo decidir la pelea, pero un gancho de regreso le inflamó peligrosamente el párpado. Mancini sufrió un pésimo séptimo asalto que mermó aún más su velocidad. Al final del octavo lucía cansado, respiraba por la boca, y tanto él como el aspirante ostentaban sendas heridas en la cara.

Para el noveno, estaba claro que las posibilidades de Romerito aumentaban conforme la pelea avanzaba. Pero necesitaba acercarse, y entonces se exponía al abrazo del campeón. Confiado en su estrategia, seguía girando a la derecha, tratando de esquivar y encontrar los huecos de la defensa. En el segundo minuto, Mancini trató de conectar un derechazo. Romerito comprendió que el siguiente golpe vendría por la izquierda. Bloqueó y sacó el brazo para devolver antes el ataque, pero su brazo chocó con el que venía en dirección contraria.

—Y entones sentí el bombazo: “Boom Boom” en la mandíbula.

Un error de cálculo. Una maniobra de Mancini. Romerito sólo recuerda el golpe de su cabeza al rebotar contra el suelo. Para cuando se levantó, la pelea había terminado.

***

Cuando mi fotógrafo peruano me propuso escribir sobre Romerito para una revista de inmigrantes en España, no me despertó mucho interés. Para mí era una más de esas historias de peruanos que casi ganan, y que en mi país han acuñado una serie de frases hechas que se repiten ad infinitum: “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, “aún es matemáticamente posible” “Dios es peruano”, esas cosas.

Con el tiempo, sin embargo, el tema de Romerito se repitió una y otra vez en las reuniones de inmigrantes. Mi fotógrafo era también mi compañero de piso, de modo que la casa era una cueva de peruanos cerveceros y nostálgicos. Todos los visitantes recordaban perfectamente a Romerito, la expectativa, las banderas del Perú, la mítica pelea. Pero todos tenían versiones diferentes sobre lo que ocurrió después de ella.

Unos contaban que Romerito había tenido problemas con las drogas y lo habían internado en un centro de desintoxicación. Otros decían que había estado preso. Alguno aventuraba la tesis de que lo habían contratado como guardaespaldas de mafiosos y políticos. En cualquier caso, parecía claro que su verdadera pelea no había sido contra Boom Boom, sino contra su condición de ídolo en un país demasiado acostumbrado a las derrotas, adicto a ellas.

Los inmigrantes solemos luchar contra el estereotipo del triunfador. Mientras no conseguimos papeles ni trabajo, los peruanos de Perú se alegran por lo bien que nos va, nos felicitan y nos aseguran que hicimos bien en irnos de ese país. Con frecuencia, los que te dicen eso son gerentes bancarios o directivos de empresas, pero da igual. Para ellos, se supone que tú ya has triunfado sólo por no estar ahí. Luego, cuando no puedes más y regresas al país, te conviertes en un fracasado. Quizá puedas comprar un auto, tener una casa y fundar una familia, pero se supone que era más fácil en Europa, todo es más fácil en Europa, y no lo hiciste. Has abandonado tus sueños. Has perdido la pelea contra tu destino. La disyuntiva del emigrante perdido en el esquivo paraíso europeo es morir de éxito o vivir del fracaso.

Imagino que todas las historias –reales o no– nos interesan por razones personales. Esa parte, la del regreso, es la que a mí me interesaba de la historia de Romerito. Y aquí viene, al menos según la versión de su protagonista.

Al día siguiente de la pelea en el Madison Square Garden, Romerito tomó el primer avión de regreso. Muchos de los periodistas que se habían burlado de él lo felicitaron por el combate, pero él sentía que había defraudado a su país. Para su sorpresa, su país lo esperaba en el aeropuerto coreando su nombre. Desde su llegada, Romerito no paró de recibir homenajes ni en la capital ni en su Trujillo natal donde lo nombraron hijo predilecto.

Entre tanta celebración, su mal humor fue cediendo el paso a la ilusión de volver a pelear por el cinturón. El último aspirante peruano a un título mundial, Óscar Rivadeneyra, también perdió en noviembre. Romerito sintió una especie de ímpetu reivindicatorio nacional. Siguió peleando en América Latina y siguió ganando. Aún era joven. Entrenó para volver a intentarlo con Mancini. Se obsesionó con él. Cuando volvió a sentirse listo pidió una revancha, pero el campeón no se la concedió.

En 1984, Boom Boom perdió el cinturón contra Livingstone Bramble. Tras la pelea, pasó una noche en el hospital con 71 puntos alrededor de un ojo. Al año siguiente, tras quince asaltos de infarto, no consiguió recuperar el título y decidió retirarse del boxeo. No sabía, aún no sabe, que con esa pelea, Bramble también había derrotado a Romerito, a quien la vida le negaba para siempre la satisfacción de una revancha.

—Con la derrota de Mancini sentí que mi carrera sufría un apagón. Poco después, una inflamación en las amígdalas y una sinusitis rompieron mi ritmo de trabajo. Tuve que guardar cama, dejé el entrenamiento, y luego no pude retornarlo con el mismo entusiasmo. Había perdido la ilusión. A la siguiente pelea que perdí, decidí retirarme. Sólo tenía dos derrotas en mi carrera. Nunca más hasta ahora un peruano ha peleado un título mundial.

Con los $100.000 de la pelea, Romerito compró una casa en Lima y una en Trujillo, inscribió a sus hijos en colegios privados, pagó gastos médicos de toda su familia, hizo préstamos que nadie devolvió… Cuando se acabó el premio, por primera vez en su vida, Romerito tuvo que plantearse una existencia al margen del boxeo.

A partir de entonces, el casi campeón mundial se convirtió en un trabajador asalariado. Llevó cursos de marketing y, aprovechando su imagen pública, consiguió un puesto como representante de ventas de una empresa cervecera. Pero la compañía fue absorbida por una más grande y Romerito perdió el empleo. Después trabajó en una fábrica de dentífricos, pero la empresa también fue absorbida y, con ella, su puesto.

Conforme la recesión se agudizaba en la segunda mitad de los años noventa, conseguir trabajo se iba haciendo más difícil. Romerito vendió juguetes. Trabajó como mayorista de pollos en los mercados hasta que los minoristas dejaron de pagarle. Se metió a pescar bacalao en un barco industrial. Fue vigilante municipal. A lo largo de todos esos trabajos, la televisión lo buscaba un día sí y otro también para mostrarle a todo el país y a todo color la decadencia del campeón.

—Yo sólo quería trabajar, como cualquier persona. Pero cuando era vigilante, cada vez que detenía a un ladrón, alguien llamaba por teléfono a la prensa y las cámaras venían a cubrirlo. En medio del arresto, tenía un micrófono delante preguntándome: “Romerito, ¿cómo detuviste al malhechor? ¿Le pegaste? ¿Podrías describir la pelea? ¿Es muy duro haber fracasado después de ser casi campeón mundial?”. Los más sorprendidos eran los ladrones. Alguno trataba de aprovechar la confusión para escaparse, y entonces toda la persecución aparecía en cadena nacional. Pero eso era raro. La mayoría de los detenidos se limitaba a pedirme autógrafos.

Hastiado del acoso y de la falta de dinero, Romerito trató de irse a buscar fortuna a EE.UU., pero nunca consiguió el visado al país que lo había derrotado. Hasta el día en que se encontró con Mario Broncano.

***

Broncano era un boxeador de la generación siguiente a Romerito. Había aprendido a pelear en la calle, y también en el reformatorio de Maranga donde cumplió condena por lesiones menores y robo de casas. Como peleador, era tan rápido y talentoso que la Federación de Box pidió su indulto. El chico era una promesa. Desde su primer certamen no dejó de ganar hasta coronarse campeón sudamericano amateur, convirtiéndose en la gran esperanza de los guantes nacionales y resucitando el espíritu de Romerito y Mauro Mina.

Pero Broncano vivía en otros tiempos, y venía de una calle más violenta. Todo el dinero que ganaba en el ring lo gastaba en pasta básica, es decir, cocaína sin refinar. Un programa de televisión le ofreció un sueldo mensual para salvarlo y que pudiese dedicarse sólo a boxear, hasta que descubrieron que sólo le estaban financiando las juergas. Le cortaron el financiamiento. Cuando agotó sus ahorros, volvió a robar para seguir fumando.

Broncazo se negaba rotunda y repetidamente a aceptar cualquier oportunidad. Decía que había crecido en la calle y que moriría en ella. No quería ser campeón mundial, solo quería drogarse. La prensa hacía escarnio público de la vida desperdiciada del campeón –que cada vez peleaba menos y peor–, a lo cual Broncazo respondía en voz alta: “Déjenme en paz y váyanse a la mierda”. Ahora, algunos dicen que ni siquiera peleaba tan bien, que lo inventaron los medios, porque el Perú necesitaba algún ganador. De lo que sea.

Por esa época, Romerito aún era vigilante municipal. La prensa lo había dejado un poco en paz, pero aún soñaba con conseguir una visa a EE.UU. Una noche, mientras hacía guardia, recibió una denuncia por robo en domicilio. Cuando llegó al lugar de los hechos, encontró un espectáculo inesperado. Los ladrones solían ser sumisos y cabizbajos, pero éste le gritaba insolentemente a un policía, y amenazaba con golpearlo. El policía estaba claramente atemorizado. Eran necesarias las habilidades pugilísticas de Romerito.

Cuando se acercó y le dio la vuelta al ladrón, reconoció a Broncano.

El joven también lo reconoció a él. Le sonrió y le dijo:

—¡Romerito, hermano! No me metas preso, pues, tío.

Romerito le dio un susto, lo amenazó con encerrarlo de por vida, lo metió a la furgoneta del ayuntamiento y luego lo soltó en una playa del distrito de Chorrillos. Tiempo después, en una reyerta mientras trataba de robar una frutería, Broncano perdió un ojo a palos.

Tras ese episodio, Romerito redobló los esfuerzos por abandonar el país y, por primera vez, tuvo suerte, como si el joven pugilista le hubiese entregado la suya. El ayuntamiento donde Romerito trabajaba recibió una oferta de becas para entrenar a boxeadores en España: veintidós días con todo pagado menos el billete aéreo. Ningún entrenador pequeño podía permitirse el viaje, y de los importantes, Ricardo Valdés había sido asesinado, Ricardo Buga estaba preso, otros se habían dedicado a las drogas. La beca estaba a punto de quedar vacante. Romerito le vendió al ayuntamiento la idea de pagarse el pasaje él mismo y, de paso, dar un golpe publicitario: montarían una gran conferencia de prensa para anunciar su regreso al boxeo en una nueva faceta. El regreso del campeón, el Ave Fénix del boxeo peruano, el nuevo amanecer del deporte nacional.

Ahora, Romerito lo recuerda con una sonrisa.

—Me dieron la beca, hicimos la conferencia de prensa y recibí una licencia por veintidós días. Eso fue hace cinco años. Hasta ahora me siguen esperando.

En Madrid se empleó como portero de discoteca y pintor de brocha gorda. Conforme pasaba el tiempo, descubrió que los peruanos unos –100.000 en la ciudad– aún lo reconocían con afecto. Entonces decidió abrir un local de comida de su país. Ahora administra dos restaurantes y un bar con clientela exclusivamente inmigrante. Y se ha vuelto a casar.

Por su parte, Boom Boom Mancini hizo un par de esfuerzos por regresar al boxeo. Peleó con Héctor Macho Camacho en 1989 y perdió por puntos. Volvió a intentarlo contra Greg Haugen en 1992, pero fue noqueado en el séptimo asalto. Se retiró definitivamente en 1993, con 29 peleas ganadas (23 por K.O.) y cinco derrotas. A partir de entonces, comenzó una carrera cinematográfica. Apareció en películas de acción como Águila de acero III o Treinta minutos para morir. Una de las más taquilleras, Combate letal, es reseñada por la guía Yahoo de cine en los siguientes términos: “Charlie es una estrella de boxeo… en su pueblo. Lo que a él le gustaría es llegar a ser campeón del mundo. Lo que no acaba de conocer bien (ya se enterará) es que a la mafia le encanta amañar combates, con lo cual su sueño no es nada fácil. Telefilm ambientado en el mundo del cuadrilátero, contiene intensas escenas de lucha”.

Quizá una historia similar a la del antiguo rival de Mancini, sólo que la película es de Hollywood, y Romerito creció en el Perú. De todos modos, ahora eso da igual. Romerito pasa el día en un restaurante con las paredes llenas de fotos de sus éxitos pugilísticos. Entre las imágenes aparece él con el goleador peruano Teófilo Cubillas, con el Rey de España, con el presidente peruano Alejandro Toledo, con cómicos y músicos de su país. Le gusta que lo reconozcan.

Y a los peruanos les gusta reconocerlo. El día de la entrevista, el fotógrafo de esta nota llevó a otros tres peruanos para que hiciesen de público. Romerito respondió a todas mis preguntas hablando hacia la improvisada galería. Cuando lo volví a buscar para ver el video de la pelea, me pidió que invitase a mis amigos.

El combate con Boom Boom sigue siendo el momento de su vida por el que todos lo recordarán.

Por eso, debo consignar un epílogo que ocurrió hace un par de años. Sólo entonces, después de dos décadas de esfuerzos, el consulado de EE.UU. concedió la visa al residente español Orlando Romero para que volviese a ver, por fin, el Madison Square Garden.

Durante el viaje, Romerito buscó a Boom Boom para hacerse unas fotos juntos veinte años después. El excampeón no lo recibió. De hecho, en las reseñas biográficas sobre Mancini en internet, el peruano parece haber desaparecido. Algunas señalan cuatro defensas del título mundial sin especificar contra quién. Otras mencionan a Duk Koo Kim, Ernesto España, el británico George Feeney y el doble campeón mexicano Bobby Chacón. Pero nadie habla de Romerito. La historia lo ha derrotado por puntos.

Boom Boom, por su parte, es un hombre satisfecho. O al menos eso dice internet. Su biografía más extensa indica que Mancini es actor y productor de cine, y reside en Beverly Hills, California. Según la información disponible, es “un hombre accesible que adora firmarles autógrafos a sus fans y fotografiarse con ellos”.

Anuncios