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Las siete de la mañana del veintisiete de noviembre de 2011, un muchacho llamado Facundo González abrió la puerta de su casa –iba a trabajar– y quedó de cara a un pasillo lleno de huellas rojizas. El corredor unía los cinco PH que formaban parte del condominio de departamentos, y las pisadas –oscuras, salpicadas, confusas– salían de la puerta contigua, la de sus vecinas del timbre 5. Era domingo y el silencio en la ciudad de La Plata era total.

—Che, papá… Mirá lo que hay acá… –le dijo Facundo a su viejo.

El hombretón apareció por detrás. Se llamaba Rubén, y lucía ojeroso y despeinado. Había dormido mal. En el medio de la noche se había despertado escuchando gritos y lamentos, y se había desvelado pensando en el origen del ruido. Había dos explicaciones. Podían ser las nenas del vecino: dos chiquillas que lloraban por cualquier cosa y que se peleaban entre ellas todo el tiempo. O podían ser las ratas: en los últimos tiempos habían aparecido algunas en el condominio y los vecinos les habían declarado la guerra. El mismo Rubén había cazado dos adentro de su casa. Las había tenido que acorralar detrás de un mueble; no había sido fácil. Eran bichos veloces, incluso astutos, y era probable –había pensado Rubén aquella noche– que los golpes y los sollozos respondieran a una cacería doméstica.

A la mañana siguiente, sin embargo, la hipótesis cambió. O se confirmó.

Rubén se asomó por detrás de su hijo, siguió con la mirada las huellas del pasillo y se detuvo en la entrada de sus vecinas, a un metro de su propia nariz. La puerta estaba entreabierta. Y permitía ver un charco de sangre en el descanso del ingreso al departamento. No había nada más. O mejor dicho: Rubén no quiso ver nada más. En cambio entró a su casa y levantó el teléfono. Discó 911.

—Señorita, acá hay algo raro… –le dijo a la operadora de la policía.

Era raro, por cierto. Y atroz: sus vecinas estaban muertas y faltaba poco para que los agentes llegaran y descubrieran los cuerpos.

Susana de Bartole, de sesenta y tres años, yacía en la cocina –el ambiente contiguo al descanso de entrada– sobre un gran charco de sangre. Los peritos advirtieron que había sido golpeada en la cabeza con un elemento voluminoso y pesado, tal vez un palo de amasar o un pisapapeles. También notaron que había recibido algunas trompadas y varias puñaladas en el cuello, en el tórax y en uno de sus brazos –con dos cuchillos diferentes y con un destornillador–. Y que debajo de sus uñas había restos de piel arrancada en un rasguño: «ADN perfil NN1», en el léxico desangelado de los forenses. En el comedor, siguiendo el recorrido de la casa, apareció el cadáver de Bárbara Santos, de veintinueve años: la única hija de Susana. Podía suponerse que para ella el horror había comenzado en el baño. Allí había sido sorprendida, después de la ducha y justo antes de lavarse los dientes –el cepillo había quedado con la pasta en el lavatorio–. Bárbara había corrido unos metros, pero no había tenido suerte: fue la más castigada de las víctimas. En las manos –con las que había intentado defenderse– y en la cabeza –donde asomaba el hueso del cráneo– había recibido varios golpes con un palo de amasar que fue hallado por los forenses sobre una mesita de la sala, al lado de unas estatuillas de porcelana y de unos retratos familiares. Había más: un relámpago de puño le había desprendido un diente; al caer sobre una mesa de vidrio –o ser golpeada contra ella a propósito– se había cortado la cara; y el filo del puñal había pasado setenta y seis veces por su cara, su cuello, su torso, su abdomen, los brazos y una de sus piernas. El agresor –podía deducirse– había iniciado el ataque de frente y lo había continuado por detrás: el reguero de sangre con el que Bárbara había salpicado la pared –una estampa de microgotas en spray– daba cuenta de que la mujer se había inclinado o se estaba cayendo cuando llegó una cuchillada mortal al cuello. Después el asesino continuó apuñalándola en el piso. Ocho veces más.

La masacre siguió.

Micaela, la hija de Bárbara, de once años, había sido alcanzada en una de las habitaciones: la policía encontró su cuerpo recostado sobre la cama matrimonial, frente al televisor. La nena había sido golpeada y apuñalada dieciséis veces en el tórax y en los brazos. Por debajo de ella quedaba un celular con el que había discado 9111: había querido llamar a la policía, pero había discado un número de más. La llamada, que no se concretó, quedó registrada a las 00:07 del domingo. La niña fue la única víctima que no fue pasada a degüello.

La última en morir, Marisol Pereyra, recibió el mismo tratamiento que el resto de las víctimas adultas: puñaladas y cortes en todo el cuerpo, el cuello incluido. Marisol era una amiga joven de Susana de Bartole y su presencia en la casa a la medianoche era difícil de explicar. Quizás había llegado de visita, por casualidad y mientras ocurrían los asesinatos, y luego de haber sido recibida por el homicida había sido liquidada. Como fuera, Marisol estaba echada en la cocina, con su cabeza sobre el zócalo de la heladera. Uno de sus pómulos había sido fracturado con una trompada y tenía la marca de ocho puñaladas –la salpicadura roció el techo y dos paredes–, y así y todo en el medio del ataque había alcanzado a defenderse y a rasguñar a quien tenía enfrente: debajo de sus uñas también se hallaron restos de piel.

Había, entonces, rastros. Y no solo en las uñas de las víctimas.

En la cocina fue hallado uno de los cuchillos utilizados para la masacre –la punta estaba manchada de sangre y el resto de la hoja había sido lavada– y también había pisadas. En un intento por ordenar la escena del crimen, el asesino había dejado sus propias huellas apresuradas y confusas cerca de los dormitorios y del baño, como si hubiera estado meditando qué hacer. O como si hubiera estado buscando algo –un teléfono quizás: el de Marisol Pereyra nunca fue hallado–. Había también un guante en el comedor, señalado por los forenses con el patrón genético «ADN perfil NN1», y estaban también las últimas pisadas del homicida, esas que iban por el pasillo y que llegaban a la vereda, hasta desaparecer en el cordón. Allí, estimaron los peritos, el homicida se había subido a un auto.

La casa lucía, al final, como una gran ciénaga. Era el feroz escenario del «cuádruple crimen de La Plata»: uno de los casos más escandalosos y enigmáticos de los últimos años en la criminología argentina.

***

El mismo domingo, poco después del hallazgo de Facundo y Rubén González, un muchacho llamado Osvaldo Martínez amanecía en su casa de Melchor Romero, una localidad ubicada a veinte kilómetros del centro de la plata. Su noche –diría después– había sido tranquila, casi desangelada: había visto una película (Agente Salt, con Angelina Jolie) y con un mensaje de texto le había reprochado a su novia su desapego: «otro sábado que me dejaste solo, me voy a acostar, ya no me vas a mandar mensaje».

Su novia era Bárbara Santos, una de las mujeres muertas.

Después de tres años, Bárbara se había convertido en la primera chica que Martínez tomaba por novia formal. Sin embargo, la relación tenía ya sus altibajos. Bárbara se quejaba de los celos de Martínez y a él le molestaba que ella no lo tuviera en cuenta. Pero aun así seguían juntos. Dos días atrás, el viernes veinticinco de noviembre de 2011, él le había regalado un ramo de flores y una caja de bombones para su cumpleaños, y habían pasado toda la tarde jugando con Micaela –la niña de ella– al Reto Mental, un juego de dados y preguntas. Pero el sábado veintiséis todo se había vuelto opaco: de noche, ella no había llamado y Martínez había vivido ese silencio como un abandono.

A pesar de esa distancia, al día siguiente Martínez organizó la jornada pensando en Bárbara. Después diría que había querido hacer un plan con ella. Por eso, a media mañana del domingo veintisiete se subió a su Fiat Uno para buscar a su novia y llevarla a una fiesta familiar, al cumpleaños de su sobrina. Pero el plan no se concretó: cuando conducía por la calle Treinta y dos, una camioneta repleta de policías le cerró el paso. Martínez pensó que había un error, hasta que uno de los vigilantes le abrió la puerta del auto y le ordenó bajar.

—¿Vos sos Martínez, Osvaldo? ¡Asesinaron a tu novia! –le dijo, mientras lo hacía subir a la camioneta y le pedía que indicara el camino a su casa, que muy pronto sería allanada.

Pocas horas después, el novio salió de su hogar encapuchado y detenido, en el marco de una operación ordenada por el fiscal Álvaro Garganta. El funcionario dijo más tarde que Martínez mentía cuando decía que la noche anterior se había quedado mirando una película y durmiendo. Y que, en cambio, había estado manipulando un cuchillo y abriendo canales de sangre. La hipótesis del fiscal –que apuntó a Martínez como el principal acusado– decía que los celos enfermizos sobre Bárbara se desataron cuando Martínez se había enterado de que su novia se iría a bailar con sus amigas, y que ese rapto de furia lo había llevado a matarla –y a acuchillar a todas las demás mujeres para no dejar testigos–.

Esa versión tenía, en un principio, algún sostén: los vecinos de Bárbara se preguntaban por la ausencia de Martínez la noche del sábado –«Qué raro que no estuviera ayer; siempre dormía con ella», decían– y eso llevó al fiscal Garganta a hacer foco en el novio. Después Garganta armó un esquema de femicidio que apuntaló primero con algunos mensajes de texto de Martínez (más reproches hacia Bárbara), con las palabras del chofer de remís Marcelo Tagliaferro (un testigo que juró haber visto al acusado en la escena del crimen), y con un informe que señalaba la personalidad tenaz y prolija de su acusado. A través de una pericia telefónica, y a lo largo del tiempo, el fiscal también intentó demostrar que Martínez había estado en movimiento –y no en su casa– durante la medianoche de los crímenes, y que el nivel de agresión que había sufrido Bárbara –quien tenía el doble de puñaladas que las demás víctimas– convertía a la mujer en el eje de la masacre. Para Garganta, se trataba de una verdadera historia de amor con final trágico.

***

La hipótesis –que mostraría varias fisuras con el paso del tiempo– sorprendió a todos los que conocían a Martínez. A los veintisiete años, no encajaba con el arquetipo de un asesino múltiple. Había sido criado en el seno de una familia de clase media trabajadora del suburbio de Berisso –una localidad cercana a La Plata– y había alternado el estudio –cursaba la carrera de Ingeniería Electromecánica en la Universidad de la Plata– con el trabajo –en la petroquímica Repsol YPF– y con el deporte: había practicado karate durante diez años en los que había forjado dos brazos largos y duros, y un temple moldeado por los preceptos del arte marcial. El apodo tampoco calzaba con el perfil de un homicida: lo llamaban «Alito», un sobrenombre que venía de «Ale», un nombre árabe que la madre de Martínez había querido ponerle de acuerdo a sus tradiciones y que no había sido aceptado en el registro civil.

En cualquier caso, el asunto del apodo resultó una transformación simbólica para Martínez en el momento de ser detenido. Y es que apenas se lo acusó de la masacre, «Alito» pasó a ser una contraseña para los íntimos; el resto de la sociedad lo conoció desde entonces como «el Karateka», un alias hoy célebre en La Plata, donde Martínez es visto por algunos como un temible exterminador de mujeres; y por otros como una víctima del Poder Judicial de la provincia de Buenos Aires, que lo detuvo dos veces y dos veces lo liberó por falta de pruebas.

Si el Karateka fue o no el autor de la masacre es una pregunta que quizá nunca encuentre respuesta. Como sea, la guerra de versiones comenzó en la hora cero. El fiscal y el juez apoyan la hipótesis de que fue un crimen pasional. Pero también están todas las otras versiones: muchas de ellas hacen foco en la figura de Susana de Bartole, la madre de Bárbara. De ella se han dicho principalmente dos cosas: que su trabajo como secretaria de un juez la podría haber expuesto a cierta información inconveniente. Y que su afición al juego le podría haber dejado un dineral –ganado en el bingo– atractivo para los asesinos.

—Yo estoy convencido de que todo gira en torno a mi suegra –dice Osvaldo Martínez. Es septiembre de 2012 y está sentado en la mesa de un bar de La Plata, luego de haber salido de la cárcel. Martínez tiene ya veintinueve años, y sin embargo viene a la entrevista acompañado por su madre. La señora se llama Herminia López, es empleada de un hospital y es sobre todo una mujer fuerte. Ella fue la principal opositora al fiscal Garganta y al juez que confirmó los cargos contra su hijo.

—A mí me investigaron por completo y si estoy acá, libre, es porque soy inocente –sigue Martínez–. Este no es un crimen pasional y yo quiero conocer la verdad. Todos nos merecemos conocerla. También las chicas.

«Las chicas», dice Martínez. Su madre –ojos negros, rulos morenos– asiente con la cabeza.

***

A Susana de Bartole le gustaba mantener el orden. Apenas llegaba del trabajo se quitaba la ropa cara con la que ingresaba a Tribunales, agarraba un plumero viejo y se ponía a repasar. Recién al terminar se permitía un descanso. cuando caía la tarde solía cruzarse a uno de los departamentos de adelante, donde vivía Silvia Matsunaga, una vecina más joven a la que conocía desde que había llegado al condominio, dieciséis años atrás, y que se había convertido con el tiempo en una amiga íntima. En esos primeros días, Susana ya estaba separada del padre de Bárbara –un policía que se había marchado a Mar del Plata– y la soledad la había llevado a tender lazos. Pronto nació una costumbre: Susana aparecía cada noche con sus cigarrillos Le Mans en la casa de la vecina y fumaba con ella en la ventana.

Mientras hablaban, Susana solía contarle a Silvia sobre su agujero económico. El tema era recurrente en los últimos tiempos: una de las hermanas de Susana había quedado a la intemperie con la muerte de su marido y ella la había ayudado, pero después ella misma había caído en desgracia. El dinero no le alcanzaba. No había terminado de pagar su departamento; la herencia recibida de sus padres –y compartida con las dos hermanas– no había sido suficiente y además un amigo la había traicionado pidiendo un crédito a su nombre y dejando cuotas sin pagar. Por todas estas razones Susana tenía retenida una parte de su sueldo y estaba embarcada en una vida que se había vuelto angosta. Al final había tenido que renunciar a los paseos de compras, a la ropa nueva y a las tragamonedas del bingo al que tanto le gustaba ir.

Así y todo, seguía encontrando formas de divertirse.

—Susana era una mujer moderna y sin compromisos, y estaba muy bien para la edad que tenía –dice Silvia Matsunaga, una mujer de ascendencia japonesa y sonrisa generosa–. Hemos salido juntas y vi cómo se divertía y cómo conocía gente. Pero le conocí pocos novios formales. La mayoría quedaba fuera de casa porque no quería compromisos: su prioridad era su nieta, Micaela.

Después del crimen, sin embargo, la vida íntima de Susana de Bartole perdió toda reserva: en el expediente judicial del caso, un abultado papelerío que roza los dos metros lineales, hay toda clase de historias y de rumores –difíciles de probar– sobre su vida íntima.

Que practicaba el culto Umbanda y gustaba del ocultismo, se dijo. Que pedía créditos sin parar y que estaba gravemente endeudada con una docena de acreedores. Que se jugaba lo poco que le quedaba en el bingo. Que era ludópata. Que el sexo casual era uno de sus grandes placeres. Que el sexo pago era uno de sus grandes recursos. Que el juez Blas Billordo –su jefe– era su amante. Que el suicidio del juez –con un balazo en la cabeza, apenas un día antes del cuádruple crimen– no tenía que ver con el cáncer que lo estaba carcomiendo sino con algún asunto caliente que pasó por sus manos y por las de su secretaria Susana, y que podría haber derivado también en la masacre de las cuatro mujeres. Que el albañil Javier Quiroga –que había hecho varias tareas de refacción en la casa y que el día del crimen había trabajado allí– también era su amante. Y que el albañil Javier Quiroga había sido, además y por último, su asesino.

***

Es un hombre pequeño y moreno, el albañil. Una médica forense anotó un año atrás que medía un metro con sesenta y cinco centímetros y que pesaba setenta y dos kilos, pero hoy Javier Quiroga parece más delgado. Y su rostro ajado –primero por el sol de las provincias del Norte, después por el trabajo fatigoso del obrero, finalmente por el drama policial– desmiente los treinta y cinco años que lleva en su documento.

—Me causa dolor hablar de esto… es algo que quiero olvidar hasta el día de hoy… –vacila Javier Quiroga en esta, la primera entrevista que concede a la prensa después de un largo silencio.

Por el parecido que tenía con el boxeador Rodrigo Barrios cuando se rapó el cabello, una vez y hace tiempo, a Quiroga todavía le dicen «Hiena». Sin embargo, su aspecto –doblegado– hoy no parece estar a la altura de su apodo. En una sala de la cárcel de Magdalena, a unos cincuenta kilómetros de La Plata, Quiroga fuma y habla de olvidar. Pero después recuerda. E intenta explicar la suma de –dice él– las injusticias que lo llevan a ser el único detenido por el cuádruple crimen, y que lo dejaron entre rejas el dos de mayo de 2012.

Quiroga fue capturado a seis meses del asesinato, cuando el resultado de las pericias sobre el «ADN perfil NN1» lo señaló culpable. La piel que había debajo de las uñas de Susana y Marisol era la del albañil, y también eran suyos los dieciocho rastros de sangre que habían sido recolectados adentro de la casa de La Plata. Quiroga, sin embargo, tenía una explicación. Y la dio la misma noche en la que lo capturaron. El albañil dijo que era inocente y acusó a Martínez –el Karateka– de haber orquestado la masacre. Su testimonio, que resultó clave en la investigación, derivó en la detención del Karateka –que ya había sido apresado y liberado una vez por falta de pruebas–, pero no salvó al propio albañil del encierro: acusaron a la Hiena de ser coautor del múltiple homicidio. Al principio, Quiroga estuvo cautivo en el pabellón psiquiátrico del penal de Melchor Romero –donde comenzó a limpiarse de la adicción al alcohol y a las drogas en la que había caído por la depresión de un divorcio y el horror de la masacre–, después en el de Olmos y finalmente aquí, en Magdalena.

Su temporada a la sombra no fue fácil: cargar con la muerte de una niña no es la mejor credencial para entrar a una cárcel, dice Quiroga y se limpia las lágrimas. Tiene las manos esposadas. Hace unos minutos dos guardias lo trajeron sin delicadezas a esta oficina –retirándolo de las tareas de carpintería que hace en el penal–, y le dieron un rato para hablar. Esta es su versión de la masacre, contada por primera vez ante un grabador y un periodista.

—Era sábado a la tarde –comienza–. Martínez vino a mi casa a eso de las cuatro y me encontró soldando rejas para un trabajo que estaba haciendo. Llegó caminando y se presentó, porque yo al principio no sabía quién era.

«Soy el novio de Bárbara» dice que le dijo. Quiroga apenas lo recordaba: lo había visto una sola vez, durante un trabajo previo en la casa de Bárbara y de Susana, pero en aquella oportunidad Martínez ni siquiera lo había saludado. Esta segunda vez fue distinta: el novio le habló con una confianza amistosa y hasta le encargó una nueva tarea. Martínez –dice Quiroga– le propuso juntarse ese mismo sábado, a las ocho y media de la noche, para convenir un arreglo en los cielorrasos de la casa. Le dijo que había prisa, que quería empezar ese mismo lunes.

Mientras charlaban, Quiroga –formoseño y proveniente de una familia de albañiles– notó que la cerveza que había estado bebiendo durante el trabajo ya se había acabado, y decidió ir a comprar otra. Martínez lo acompañó. En el camino hablaron de sus mujeres: los dos estaban en la cuerda floja. «Yo ando medio peleado, voy a ver si con esto arreglo un poquito mi situación», le dijo el novio de Bárbara.

«Sí, te entiendo, yo también ando en la misma: tengo un pie afuera y otro adentro», respondió Quiroga, según su versión. Luego se despidieron frente al kiosco.

—Pero antes de irse me regaló una rodaja de merca –sigue el albañil, y se muestra sorprendido–. No sé si él sabía que yo consumía, pero en un momento me dijo: «¿Vos tomás?». Y yo no sabía para qué lado lo quería llevar, porque hay gente sana que le dice «tomás» a tomar alcohol, y hay otra gente que sabe que «tomar» es tomar cocaína. Él me dijo que él no tomaba y que le habían regalado esa rodaja. ¿Un regalo de esos en la calle? ¡Era raro! Yo creía que me quería sobornar por el trabajo, para que le cobrara menos, y me causaba gracia… Después pasé a saludar a un amigo que cumplía años y le comenté lo que me había pasado. Él se rio y me dijo que tenía suerte.

Un rato más tarde Quiroga llegó en su bicicleta hasta la casa de Bárbara y tocó el timbre, según cuenta. Salió Susana, la madre, y se mostró sorprendida: no sabía nada de los arreglos en el techo.

—Pero la señora confiaba en mí y me hizo pasar; siempre prefería pagar un poquito más y tener alguien de confianza en la casa –sigue el albañil–. Nos quedamos un rato tomando mate y charlando, y después apareció Bárbara. Mientras esperaba que llegara Martínez me puse a arreglar unos cajones por pedido de Susana y… en eso llegó él… y… pasó lo que pasó.

Martínez –dice Quiroga– ni siquiera lo saludó: siguió de largo y se puso a discutir en voz baja con su novia. Cuando terminó con el arreglo, Quiroga se quedó esperando a que el otro le dijera qué hacer con el techo, y aprovechó el rato para llamar a su mujer y avisarle que iba a llegar tarde. Un instante después Bárbara se metió en el baño a tomar una ducha y recién entonces apareció Martínez para preguntarle a Quiroga si ya había comenzado a trabajar. El albañil le dijo que no y fue a buscar una silla para subirse a ver el techo.

—Ahí fue que escuché un golpe; ahí empezó todo.

En la declaración ante el fiscal, Quiroga contó que después de escuchar ese golpe Martínez apareció sorpresivamente con el rostro desencajado, calzando guantes y con un arma en una mano y un cuchillo en la otra.

Martínez se había convertido en «el Karateka».

«¡Corréte para allá, hijo de puta!» le habría ordenado entonces al albañil, para luego meterse en el baño a buscar a Bárbara.

La masacre había comenzado.

Y mientras ocurría a su alrededor, Quiroga se asustó de tal forma que –lo jura– no supo qué hacer. No pudo hablar ni moverse. Durante unos minutos estuvo de pie, pero después se le vencieron las piernas y se quedó arrodillado detrás de una mesa, mirando y a la vez tratando de no mirar. Quiroga sentía un terror primario que –dice–contrastaba con la frialdad del Karateka, que iba de un lado a otro de la casa, ejecutando su plan sin abrir la boca.

—Sólo vi uno de los homicidios. El de Bárbara –dice Quiroga.

Los demás ocurrieron en otros ambientes, asegura, aunque podía escuchar los ruidos y algunos –pocos– gritos.

Entonces sonó el timbre. Era Marisol, una enfermera de treinta y cinco años: la última de las víctimas.

Marisol tenía pocas razones para estar allí. Se había acordado de su amiga Susana de Bartole apenas un rato antes, cuando el remís en el que viajaba había pasado por delante del edificio de los Tribunales en el que trabajaba la señora. El chofer, Marcelo Tagliaferro, tiempo atrás –antes de la entrevista en el penal de Magdalena– recordó la escena de esta manera:

—Pensó en Susana y en Bárbara, y quiso ir a la casa. Intentó por teléfono: llamó dos veces y le cortaron, pero decidió ir igual. ¡Un capricho, el destino de la vida!

Luego de la masacre, Tagliaferro se transformó en un testigo fundamental. Según contó, Marisol se había bajado sin pagar –pensando que tal vez nadie la iba a recibir y que iba a tener que seguir viaje– y él se había quedado estacionado y esperando el dinero. Así fue que, aseguró, vio dos veces al Karateka en la casa: una, cuando el acusado salió a abrirle a Marisol. Y otra, cuando se acercó a su coche y le dijo «Flaco, andate que la chica se queda y después pido otro remís». Este testimonio convirtió a Tagliaferro –manos rudas, ojos claros– en un personaje de alto perfil, halagado por el fiscal, impugnado por los abogados defensores del Karateka, festejado por sus seguidores de Facebook y –dada su locuacidad, a veces excesiva– mimado por el periodista y animador televisivo Mauro Viale.

Sin embargo, la declaración parece tener fallas: Tagliaferro sólo vio la cara del tipo de noche y reflejada en el espejo lateral izquierdo, y recién asoció el rostro con el del Karateka cuando vio una foto de Martínez en el diario. Por este tipo de cosas, ahora Tagliaferro está siendo investigado por falso testimonio. Y sólo se puede afirmar lo evidente: que Marisol bajó de su auto y que entró en la casa de La Plata.

Adentro de la vivienda, la masacre estaba llegando a su fin cuando el timbre –dice Quiroga– los sorprendió a él y al Karateka, que se miraron extrañados entre los cadáveres.

«¡Correla de los pies, hijo de puta!» dijo uno.

Era el Karateka. Según Quiroga, le ordenaba mover a su novia moribunda para dejar el paso libre.

Después el Karateka abrió la puerta principal.

—Entonces Bárbara me mira como pidiéndome auxilio… –vacila Quiroga en la cárcel–, y yo… trato de tocarla, porque ni siquiera la moví, y en eso escucho que él entra y vuelvo de nuevo a mi lugar, escondido… No la moví… pero ella se movió para tratar de agarrarme a mí. Parecía que me decía «me estoy muriendo, hacé algo, hacé algo»… y yo en ese momento no podía hacer nada ni siquiera por mí…

Cuando Marisol entró y vio la escena ya era demasiado tarde: el Karateka la empujó, la golpeó y se la llevó a rastras hasta la cocina. Allí la apuñaló y la dejó echada en el suelo. O al menos eso dice Quiroga, en el marco de una versión que se choca contra los peritajes. Y es que el «ADN perfil NN1» que se encontró debajo de las uñas de las mujeres no es del Karateka Martínez, sino del propio albañil: un dato que de todas formas no excluye al Karateka. El fiscal de la causa sostiene en sus alegatos que Quiroga formó parte en un múltiple homicidio que no podría haber sido cometido por menos de dos autores.

—No sé… no tengo idea. No me acuerdo –dice Quiroga en la cárcel y en voz baja.

Sí recuerda lo otro: sostiene que adentro de la casa, y con la masacre consumada, el Karateka se le acercó con el cuchillo, como si fuera a matarlo, pero en cambio tomó su mano y forcejeó con él hasta que le abrió un tajo profundo en uno de sus nudillos. Quiroga ahora deja ver su cicatriz. Dice que el Karateka lo obligó a punta de pistola a dejar su sangre en el cuchillo, el palo de amasar y buena parte de la casa. Y que regando todo con la sangre de otro, el Karateka estaba haciendo una fabulosa puesta en escena para los peritos.

—Antes de irse me amenazó para que no hable… –sigue Quiroga–. Me dijo que si yo abría la boca me iba a matar a mí y a mi familia. No supe qué hacer… No sabía si irme o quedarme. Y me quedé, no sé, veinte o treinta minutos… No tengo noción del tiempo. Esperaba que viniera la policía y no venía, no venía… Y con lo que él me había dicho y además teniendo en cuenta que hacía pocas horas que había estado en mi casa, esa misma tarde, cuando me vino a buscar para el trabajo del techo… lo consideré. Le creí. Y al final, por miedo, decidí irme y quedarme callado.

Hay, eso sí, otras versiones.

Un preso que compartió una celda en la cárcel de olmos con Quiroga pidió declarar en la causa. Fue en enero de 2013, en el medio de la modorra judicial. Daniel Oscar Peña Devito –tal era su nombre– dijo que guardaba una verdad incontenible: que la Hiena le había revelado que el cuádruple homicidio era obra propia y exclusiva, y que el Karateka nunca había participado. Pero el fiscal Álvaro Garganta, alegando que la investigación que él había conducido ya estaba cerrada, no lo quiso escuchar y les dejó la tarea a los miembros del tribunal que algún día juzgará a los acusados.

Por este tipo de cosas, la defensa de Martínez se lleva muy mal con el fiscal Garganta. Lo acusan de perder pericias que beneficiaban al Karateka y de descartar versiones que podrían liberarlo de culpas. La madre de Martínez llegó a denunciar al fiscal por hostigar a Quiroga para que involucrara al Karateka y se pregunta, además, si el remisero Marcelo Tagliaferro no es en verdad un testigo falso e incluso un cómplice de la Hiena Quiroga. En otras palabras, si Tagliaferro podría haber llevado en su coche a Quiroga para apuñalar a las mujeres y, una vez cometida la masacre, retirarlo él mismo de la zona.

En este nuevo escenario los celos no existen. Hay, por el contrario, otros móviles muy diferentes: asuntos de drogas, asuntos de prostitución, asuntos de la corporación judicial. Asuntos de la plata grande que Susana de Bartole habría ganado alguna vez en el bingo. Según esta hipótesis, Marisol Pereyra, la cuarta víctima, incluso podría ocupar el lugar de entregadora. ¿Había conocido a Susana de Bartole en el bingo? ¿Fue ella misma –aunque después traicionada y asesinada– parte de la banda? ¿Qué lugar ocuparía Tagliaferro en esta trama? El remisero también iba seguido al bingo. Había llegado a jugar cinco días por semana y había ganado el pozo en dos ocasiones. a la larga, sin embargo, se había endeudado, había perdido, había fracasado. Y quizás necesitara recuperar algo del dinero.

—No sé porque el fiscal me apunta, pero cuando se responda esa pregunta se resolverá este enigma –decía Martínez en septiembre de 2012 en aquel bar, a poco de haber recuperado su libertad por segunda vez–. En la casa no hay rastros míos, ¿cómo puede ser que el fiscal tome en cuenta las palabras de Javier Quiroga, un adicto, y que margine la palabra de la ciencia? No hay dudas de que acá la punta de lanza es Quiroga, pero no sé todavía en dónde encasillar al fiscal. Porque en esta causa yo fui el que estuvo más tiempo preso y el que ha sido más investigado, y lo único que puede decir de mí el fiscal es que soy celoso y que practiqué karate.

Como si fuera una prueba, Herminia López –la madre del Karateka– abrió su cuaderno de anotaciones y sacó una foto. La colocó al lado del pocillo de café y entre los demás papeles que había desplegado en la mesa del bar.

—Este es el Alito de antes –dijo finalmente, mientras miraba el retrato. En él se veía a Martínez sonriendo y con varios años menos–. Mi hijo tenía una vida casi perfecta. Tenía una casa, un auto, una moto, una novia, una hija de afecto, un trabajo, una carrera universitaria, una mamá, un papá, tres hermanos… se reía, era cariñoso. Pero ahora mi hijo es un chico triste; está tratando de juntar sus pedazos. Y todo gracias a un fiscal que uno no sabe si es un ingenuo manipulado o si es alguien a quien la verdad lo perjudica.

***

Aunque la causa está en manos del juez de garantías Guillermo Atencio –cuya función es velar por los derechos de los acusados– y del fiscal Álvaro Garganta, no fueron ellos los más requeridos por la prensa. El más buscado es un abogado penalista que no participó demasiado del proceso, pero que tiene influencia suficiente para asumir el centro mediático.

Ahora que el sol cae sobre el horizonte recortado por los suntuosos rascacielos de puerto Madero, ese abogado está cansado. En su coqueta oficina se acomoda el cabello, se plancha con las manos la camisa ajustadísima que deja adivinar sus pectorales trabajados en el gimnasio, se echa hacia atrás en el sillón ergonómico y le pide a su secretaria que nadie lo moleste al teléfono.

—Sí, señor Burlando –obedece la mujer.

En los círculos políticos se dice que Fernando Burlando –un comprador compulsivo y un deportista que se jacta de dar todo en el polo, en el fútbol y en el kitesurf– entra a los grandes casos de la mano del ministro de Justicia y Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Ricardo Casal. La fábula cuenta que Casal le paga millonadas y le exige a cambio que la policía de la provincia quede siempre bien parada. La misma fábula termina con una moraleja: «Dime de qué lado está Burlando y te diré de qué lado está la verdad». Él se ríe al escuchar esto. Su sonrisa es radiante.

—Aparezco para resolver, y para comunicar fácil y velozmente los casos intrincados –dice–. De todas maneras, es cierto que tengo vinculaciones políticas. la forma de ir a fondo y de llegar al éxito concreto en todo es, precisamente, con este tipo de vinculaciones.

Burlando entró al juego del cuádruple crimen cuando lo convocaron Daniel Galle –el padre de Micaela– y la familia de Marisol Pereyra. Y siempre sostuvo la versión del crimen pasional a manos del Karateka. También se lo vio cerca del remisero Marcelo Tagliaferro, que en su condición de testigo no necesitaba un abogado, pero así y todo había aceptado la representación de Burlando.

—El Estado lo dejó solo en el medio de la selva y decidí ayudarlo –dice él.

Además de abogado, Burlando es un distinguido malabarista de periodistas. Y lo sabe. Para él, la contienda de intereses políticos que sacude a la industria periodística argentina tomó y trituró el caso del cuádruple crimen: los medios oficialistas y los opositores libraron su batalla cotidiana en torno a la masacre, a las víctimas y a los acusados teniendo en cuenta factores partidarios e intereses económicos.

—Algunos le creyeron al Karateka y otros, en guerra, descreyeron de su palabra –agrega.

Burlando se refiere a una puja entre medios nacionales y locales, y que podría ejemplificarse con este caso: en la ciudad de La Plata, el diario El Día –cercano al Poder Judicial– miró sin demasiada simpatía al Karateka. Y, en la vereda de enfrente, el diario Hoy lo trató con algo más de compasión y estuvo abierto a plantear hipótesis alternativas (una de ellas, que las muertes podrían estar relacionadas con información judicial que Susana de Bartole, secretaria de un juez, tenía consigo).

Burlando suspira; de repente se muestra apesadumbrado por el asunto.

—Yo ya tenía un interés por las cuestiones relacionadas con la mujer. Una buena forma de buscar justicia es estando presente en los hechos en los que las víctimas son mujeres y son atacadas indiscriminadamente –Burlando respira hondo y luego suelta el aire: sus pectorales bajan–. Y ni hablar en el caso específico de la nena, Micaela. Fue horrible.

***

Selena Gómez, la cantante de Disney y novia del popstar Justin Bieber, era la ídola de Micaela: cuando Selena entonaba Shake it up, el tema de la serie A todo ritmo, Micaela –la hija de Bárbara– cantaba y bailaba frente al televisor. Ese era uno de sus rituales favoritos de criatura de once años.

Otras costumbres, en cambio, se estaban yendo. Así lo recuerda Laura –en esta historia, se llamará «Laura»–, su mejor amiga, a su vez hija de Silvia Matsunaga, la vecina de Bárbara y de Susana. Laura tenía la misma edad de Micaela y –por la proximidad de las casas y la amistad de las familias– se había criado con ella como si fueran hermanas. Pero un día antes de la muerte, una novedad había abierto una pequeña grieta entre ambas. El veinticinco de noviembre Laura fue a buscar a Micaela para jugar al Reto Mental y se encontró con que esa tarde Micaela no tenía ganas. Su mueca decía que algo había cambiado. Que a Micaela le parecía que ya no podía seguir jugando a lo mismo de siempre.

—En realidad, ella ya era señorita –dice Laura y sonríe. Tiene dos grandes paletas y a ambos lados está el hueco dejado por los dientes de leche recién caídos. Laura acaba de llegar de la escuela y todavía tiene puesto el uniforme. Parece liviana. Mientras su madre, Silvia, evoca a Susana y a Bárbara, Laura busca y trae unas fotos con la naturalidad de quien hizo del crimen un asunto ordinario.

En una de las imágenes aparecen ella y Micaela, abrazadas y sonrientes; en otra ambas están mezcladas entre un grupo de chicas o haciendo morisquetas a cámara.

—Estas eran nuestras amigas –dice la niña, con una frescura que no remite a la muerte, sino más bien al apremio por llegar a un olvido.

Todos, en realidad, necesitan olvidar. Hace algunos días Rubén González –el vecino del timbre 4– colocó dos plantas altas al lado de la puerta de la casa de Susana, intentando neutralizar la energía mortuoria que mana de ahí al fondo. Pero no es fácil. Los vecinos intuyen que el papel, el cartón, la tela, la ropa y las frazadas –y, acaso, la comida que haya en la heladera cerrada– se consumen y generan la putrefacción que atrae a los roedores, que a su vez entran y salen por los agujeros de la puerta de metal.

Los vecinos ya capturaron, con espanto, varias ratas. Como Rubén González, trataron de arrinconarlas y de matarlas a golpes.

Apartamenteros

Publicado: 21 octubre 2013 en Nahuel Gallotta
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—Sesenta y nueve –grita el animador.

Luego estira el cuello y la cabeza, como si fuese una tortuga, y con la mirada busca al ganador por cada rincón del cabaret. Con una mano sostiene la bolsa blanca y arrugada de la que sacó el número. Con la otra toma el micrófono.

—El ganador tiene un pase gratis con la niña que quiera. Puede elegir entre todas las bonitas mujeres que tenemos.

La “rifa” costó mil pesos colombianos, algo así como cincuenta centavos de dólar. El ganador no aparece y vuelve a sonar reggaeton. El animador está de pie en la pasarela. En cada esquina hay dos caños para que las chicas bailen y junten propinas. Abajo, en las mesas redondas, los hombres beben cervezas y van eligiendo la mujer que quieren que les haga un striptease individual. Para encerrarse con ellas deberán subir por la escalera pegada a la cabina del disc jockey. Y pagar cincuenta y cinco mil pesos colombianos. O treinta dólares.

Yo estoy atrás. Arriba. En una esquina hay tres escalones que te llevan a un espacio pequeño, en el que entran dos mesitas con sillones de cuero. Los que me acompañan cuentan que es un sector VIP. O las personas que yo acompaño, mejor dicho, dicen eso. Estaba reservado para nosotros. “Nosotros” somos cuatro colombianos y yo.

—¿Quieres un chow? –me dicen. Chow es un striptease.

—No, con la cerveza estoy bien.

En la mesa ratona hay dos paquetes de cigarrillos, dos botellas de aguardiente y unas rodajas de naranja. Es la segunda vuelta de cervezas. Abajo, a menos de dos metros, hay tres policías de uniforme. Miran como si estuviesen controlando el tránsito y las mujeres fueran automóviles. Están juntos: comentan, se ríen, les hacen caritas a las chicas. Pregunto cómo puede ser que estén aquí.

—Quédese tranquilo, socio. Usted disfrute, la noche es suya. Yo manejo la mafia de esta zona. Varios locales de esta cuadra son míos. Esos hombres nos hacen de seguridad –dice el de mi derecha. Que no es mi socio. En Bogotá, socio es como decir “amigo”.

El de mi derecha se llama Rolf. A cada rato me pregunta si estoy bien, si quiero algo más de beber, de qué mujer quiero el chow, si tengo ganas de disfrutar gratis el pase con dos niñas a la vez. Y a cada rato me saluda. Chocando los dedos primero y los puños después. Yo respondo a todo de un modo cordial pero mecánico. En realidad Rolf no me interesa tanto. Quiero hablar con otro. Vine hasta aquí, barrio Santa Fe, zona roja –o “de tolerancia”– de Bogotá, para entrevistar a un “apartamentero internacional”. Y lo tengo a dos sillas de distancia. Está en silencio.

***

Esta historia comenzó a principios de 2012, en Argentina. Las páginas policiales de los diarios informaban, día por medio, sobre numerosas detenciones de asaltantes colombianos. Siempre actuaban en los barrios más caros de Buenos Aires. La Policía los sorprendía –cuando lograba hacerlo– al huir de departamentos a los que habían ingresado cuando los dueños no estaban. Pero nadie podía precisar cómo es que violaban la entrada. Si usaban parafina, si tenían cerrajeros amigos –y cómplices–, o qué.

Los casos se habían vuelto tan frecuentes que, a mediados de 2012, el ministro de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, salió por la televisión rodeado de periodistas y hablando del asunto.

—Hemos apresado en lo que va del año a cuatrocientos cincuenta extranjeros de nacionalidad colombiana. Se dedicaban al robo de departamentos. No es un dato menor. Ahora hay algunos que fueron detenidos diez veces por la Justicia y que recuperan su libertad. La ley de Migraciones no nos permite expulsarlos. Pero las informaciones que tenemos nos advierten que se están yendo del país por los apresamientos que venimos realizando. Lo que ocurre es que la Ciudad de Buenos Aires es una de las más pobladas del mundo. Eso la hace un ámbito propicio para que estos delincuentes vengan a delinquir.

Eso dijo. Pero nadie decía más nada. Porque nadie sabía más nada. Nadie siquiera sospechaba cómo hacían para entrar a los departamentos. Ni cómo hacían para robar a los pocos días de llegar a un país en el que, en muchos casos, nunca antes habían estado.

Una noche cualquiera sonó el teléfono de mi casa. Una locutora advertía que la llamada provenía de una línea ubicada en un establecimiento penitenciario. Era “el Pato” Verón. Llamaba desde la cárcel de Ezeiza. Desde hace años “el Pato” es una fuente que me ayuda con los temas policiales. Esa noche lo escuché durante media hora. Me dijo lo de siempre: que el Servicio Penitenciario Federal lo seguía amenazando de muerte y que había hecho la denuncia ante el Juzgado, pero que además estaría bueno publicar algo en un diario. “El Pato” había formado parte de una banda de presos que a fines de los 90 salía de la cárcel a robar autos. Debían llevarlos al penal y desguazarlos para los directores de la Unidad. Como a muchos de los presos que llaman a casa, lo escuché. Y antes de cortar se me ocurrió preguntarle si por casualidad estaba con algún colombiano. Me habló de un caso: de un hombre preso por narcotráfico desde hacía más de un año. El tipo compraba cocaína en el Bajo Flores y la despachaba a Europa.

Le pedí que me lo pasara y “el Pato” empezó a los gritos.

—Sí, esperá…Eh, ¡colombianito…! ¡Colombianito, vení! ¡Vení para acá!

Yo escuchaba y me imaginaba la situación. Un colombiano cenando en la mesa del pabellón, y un preso que lo interrumpía para que hablara conmigo.

—Ahora te voy a pasar con un amigo periodista que se porta bien conmigo, que te quiere hacer unas preguntas. Hablá con él, dale.

Me dijo “hola” y se presentó como Juan Sebastián. Yo sentía que no quería hablar conmigo, que lo hacía para evitarse un problema con “el Pato”, líder de un pabellón compuesto por cuarenta presos. Pero me llevé una sorpresa. Juan Sebastián era esa clase de tipos que comienzan respondiendo con monosílabos y a los que después de un rato hay que cortar para que dejen de hablar. Yo escuchaba y tomaba apuntes. Anoté que esos ladrones colombianos que robaban departamentos en Buenos Aires eran conocidos como “apartamenteros internacionales”, que viajaban por todo el mundo haciendo lo mismo y que los destinos más comunes eran Austria, Japón, Nueva York, México y Ecuador. Cada vez que presentía que estábamos promediando la última pregunta yo soltaba cautamente alguna duda nueva, y Juan Sebastián respondía. No parecía preocuparle siquiera la sospecha de que esa conversación pudiera estar siendo grabada.

—¿Y por qué los apartamenteros viajan a robar? –dije.

—Pues en Bogotá no hay mucho dinero. A plata de aquí, es muy difícil que un bogotano tenga guardados más de veinte mil pesos. Y el que cuenta con ese dinero es mafioso, o familiar de mafioso, o víctima de mafioso. Muchos manes se han tenido que mudar por asaltar a un mafioso.

Los apartamenteros, dijo Juan Sebastián, solían parar en hoteles familiares de los barrios de Congreso, Once, Monserrat y San Telmo. La Policía ya los tenía ubicados, por eso pagaban piezas por día y no se movían en grupos de más de tres personas.

—¿Y de qué parte de Colombia provienen esos ladrones?

—Los que están viniendo a Buenos Aires son de tres barrios del centro de Bogotá: barrio El Belén, barrio Quiroga y, en especial, barrio Las Cruces. Las Cruces es históricamente un barrio de buenos apartamenteros.

***

Después de hablar con Sebastián me pasé la noche entera conectado a Internet. Quería saber más. Y encontré el primer antecedente. Era de 1960. La policía estadounidense había detenido a una banda de colombianos que asaltaba departamentos en Miami. A los pocos días ese dato me sería confirmado por el historiador colombiano Eduardo Saenz Rovner: “Esa fue la primera banda colombiana especializada en robar casas en el exterior, identificada por autoridades policiales; los tipos llegaban, hacían su trabajo y se regresaban a Colombia”.

Esa noche en vela leí sobre detenciones de apartamenteros en distintas partes del mundo. En junio de 1997 una banda de colombianos había ido a juicio en Tokio, Japón: les adjudicaban robos a trescientas veinte viviendas por un valor aproximado al millón setecientos mil dólares. En abril de 2004, la policía estadounidense había capturado a cincuenta y dos miembros de una pandilla que había robado en más de trescientas viviendas en Nueva York. Se estimaba que el botín había superado los dos millones quinientos mil dólares, por lo que este operativo fue uno de los mayores relacionados con este tipo de bandas. En octubre de 2011, los diarios hablaban de colombianos tras las rejas en Taiwán. Y en junio de 2012, la policía de Tailandia había detenido a otras dos agrupaciones.

Después estaba España: un caso aparte. Los enlaces a noticias de apartamenteros detenidos en la península Ibérica eran muchos. Uno de ellos databa de febrero de 2010. Además de dar los nombres y las edades de los tres colombianos detenidos en Cataluña, la nota sumaba algunos detalles importantes. Decía que la banda habría robado más de cuarenta departamentos. Que concretaba los robos con autos alquilados. Que los miembros cambiaban sus identidades. Que les habían secuestrado más de cuatrocientos objetos robados y un mapa con treinta y ocho ciudades en las que habrían cometido más robos. Y que tenían en mente viajar a Italia.

Esos –esta clase de organizaciones– podían ser los que estaban entrando a los departamentos de Buenos Aires. Y la posibilidad de encontrar un patrón que uniera todos estos casos me desveló. Durante meses me pasé leyendo sobre bandas detenidas en otros países. Le escribí a una persona que trabaja en la Procuración Penitenciaria. Me dijo que hasta 2010 había habido un promedio de treinta colombianos detenidos en cárceles federales. Pero que desde ese año en adelante el promedio se había elevado a ciento treinta: poco más de un 400 por ciento. No podía parar de sorprenderme. Los colombianos estaban eligiendo Buenos Aires. Y lo hacían silenciosamente. Las revistas colombianas habían publicado entrevistas a famosos narcotraficantes, pero no decían nada sobre apartamenteros que robaban en distintas partes del mundo. Para avanzar, debía buscar fuentes nuevas. Las que tenía no eran suficientes o habían desaparecido.

Cuando “el Pato” volvió a llamar a casa, Sebastián ya había sido expulsado a su país.

***

El animador vuelve a gritar.

—Seguridad, seguridad, allá, seguridad…

“Allá” es delante del baño, donde un gordo de camisa y pantalón de vestir le pega un cachetazo a mano abierta a otro. Se separan y la cosa no pasa a mayores. Antes de que llegue la “seguridad” el animador vuelve a gritar.

—Vamos hermanitos… no peliemos… ¡Pidamos cervezas y condones, cervezas y condones, cervezas y condones! ¡Y disfrutemos de la noche!

Me siento en una película de Estados Unidos. Sospecho que todo gordo mayor de cincuenta años y de bigotes y camisa dentro del pantalón puede ser narcotraficante o familiar de Pablo Escobar. Busco los típicos gestos que hace una persona cuando está consumiendo cocaína. Pero no los noto. Les pregunto a los que me acompañan.

—Socio, la cocaína en Colombia tiene otro efecto. Cuando estuve en Argentina llegué a olerla y me dieron ganas de vomitar. No me animé a probarla –dice uno.

Juego a descifrar la ocupación de cada cliente. Me pregunto de dónde saldrá todo el dinero que se gasta en las chicas.

—Socio… ¿huele? –dice otro.

No entiendo qué me preguntan. Hasta que entienden que no entiendo y me hacen un gesto, levantando la nariz.

—No, con la cerveza estoy bien.

La cerveza aquí se toma con hielo. Y es personal. En Colombia no existe el envase de litro. Cada uno se compra su porrón y bebe tranquilo, sin convidar. Así que bebo. Y miro.

El que tengo a la derecha, Rolf, el que hablaba mucho y decía manejar la mafia de la zona, ya no me habla. Anda a los besos con una mujer con aparatos de ortodoncia que está sentada en su muslo.

El que está a mi izquierda se llama Hugo y es el líder de la hinchada de un club colombiano de Primera División. Es el único de todo el lugar vestido con ropa deportiva y ya tiene los ojos achinados de tantas medidas de aguardiente. Por él estoy aquí. No en Colombia, sino aquí, en este lugar. Con esta gente.

Con Hugo nos conocimos hace seis meses, un tiempo después de mi charla telefónica con Juan Sebastián. Su equipo –el de Hugo– había jugado un partido en Buenos Aires por la Copa Libertadores. Y la hinchada del Lamadrid, el club del que soy hincha, los había visitado en la tribuna. Fueron dos barras juntas, amigas, compartiendo la misma popular. Un compañero del club me había contado que esa misma noche, después del partido, algunos colombianos cenarían en mi club. Y fui. Nos presentaron. Hugo comió un bife de chorizo con papas fritas. Estaba hambriento. Eran las doce de la noche; yo ya había comido. Lo único que quería era escucharlo.

—La de los manes es una carrera. Comienzan atracando fuera del barrio, después asaltan a los comerciantes con armas. El tercer paso es robar carros. Y después, sí, puede llegar la posibilidad de viajar y ser un internacional –dijo.

Hugo los llamaba “Los Internaca”, y no tanto “apartamenteros”. Decía que muchas bandas estaban compuestas por familiares y que en cada país había un jefe que ordenaba quién podía viajar y quién no. El líder les daba la bienvenida y ponía todo a disposición del apartamentero: un lugar para vivir, un auto legal para robar, documentos y pasaportes falsos. Todo lo que necesitaba un ladrón colombiano en un país que apenas conocía de nombre.

Esa misma noche Hugo y yo nos hicimos amigos en Facebook.

Y hoy me pasó a buscar por el hotel en el barrio La Candelaria. Hugo me advirtió que iba a estar con un apartamentero. Era un favor que él me hacía, en respuesta a un favor que yo a su vez le había hecho seis meses atrás. Aquella noche de partido en la tribuna había habido incidentes entre dos “parches” (facciones) de la hinchada colombiana. Y, en el medio del lío, los hinchas de mi club habían robado una bandera de la barra contraria a la de Hugo y se habían ido de la cancha sin llegar a dársela. La bandera quedó en Argentina. Durante meses durmió en una casa de Boedo. Hugo me la pidió por mensaje privado de Facebook. Pasé a buscarla y la guardé en mi equipaje.

Al llegar a Bogotá yo le entregué la bandera. Y le dije que necesitaba hablar con un apartamentero. No le dije que era a cambio de ese favor; pero se lo di a entender. Hugo invitó a su amigo esta noche: se llamaba –se llama– Edgar. Pero me dijo que a Edgar debía hablarle yo. Que él me iba a presentar como un amigo hincha del club del que su barra es amiga. Y que después quedaba en mí convencerlo. O no.

Así que aquí estamos. Hugo, Rolf, Edgar, un tercero de quien no sé el nombre, y yo. Me levanto para despejarme. Voy al baño. En el medio tomo otra cerveza, solo, para mirar el lugar. Y pensar. Cuando vuelvo, Rolf sigue a los besos con su nueva chica y Hugo no está: se levantó para hablar por teléfono.

—Lo está regañando su mujer –suelta Edgar.

Es la primera vez que me habla. Ambos reímos y decimos cosas sobre Hugo (“es un dominado”, etcétera) y yo aprovecho para sentarme al lado de Edgar. Estamos entonados. Le hacemos señas a la moza y seguimos pidiendo cervezas y aguardiente. Mientras tanto hablamos de mujeres y de ropa. Llevo un sweater que compré en la zona de San Andresito esta misma tarde y se lo digo a Edgar. Él responde que quiere ponerse un negocio ahí.

—Noto que muchos de los que merodean los comercios deben ser mafiosos o algo así; siento que es una pantalla –digo.

Edgar me da la razón.

—Muchos internacionales ponen sus comercios con el dinero que roban por el mundo –dice.

Luego calla y bebe.

—Oye… –vacila–, ¿tú trabajas en un periódico?

Le explico que sí: que soy periodista. Y le digo también otras cosas.

—Pues bien –dice Edgar, finalmente–, creo que puedo ayudarte. Pero tú me aseguras que esto será confidencial.

***

Llegué a este bar no solo con la ayuda de Hugo, sino también con el apoyo de Daniel: otra fuente con la que hablo cada tanto en Buenos Aires. Me vi con Daniel cinco meses antes de viajar a Colombia, en un boliche del Centro porteño al que –entre otros– solían ir “los paisanitos” a festejar un buen robo. El lugar se llamaba Big Flow Internacional y quedaba a pocas cuadras del Obelisco. El dato, a su vez, me lo había pasado Juan Sebastián en aquella charla telefónica desde Ezeiza.

No me animaba a ir solo a Big Flow, entonces llamé a Daniel. Él, como dije, era una fuente que me ayudaba siempre. O no tanto. Me ayudaba solo cuando yo quería saber algo. Nunca me llamaba de un modo espontáneo para ofrecer información que podía interesarme. Y él tenía de la mejor. Se movía por la zona de Congreso. Todos sus amigos eran peruanos o colombianos que andaban en el delito. Daniel había estado preso casi cuatro años en la cárcel de Devoto. Lo habían detenido en el aeropuerto de Ezeiza con ocho kilos de cocaína que debía llevar a Barcelona.

—¿Ves? –me dijo Daniel en el bar. Tenía que hablar en voz alta para hacerse escuchar. De fondo sonaba bachata–. Aquellos que están en la mesa y hablan con el DJ son apartamenteros; vinieron hace poco. O estos dos que van a pasar ahora por acá: el morrudo, pelado, de campera Dolce & Gabbana y el de botas, pantalón blanco y remera Armani. Son buenos escaladores. El que está allá, en la punta, de camisa blanca y anteojos, bailando con una rubia. Es narcotraficante. Los dos que se saludan chocando los dedos y después con un golpe de puños, ¿los ves? Esos son pincharruedas.

Daniel los conocía bien. A ellos y a mí, por eso estaba sentado conmigo. Daniel y yo teníamos –tenemos– un vínculo. Creo que era por eso que él evitaba ofrecerme información. Daniel era el compadre de mi tío. Y pienso, hoy, que si no me contaba muchas cosas era porque ni siquiera las sabía mi tío; y no quería que mi familia se enterara de nada. Daniel alquilaba un taxi, como mi tío. Pero lo que menos hacía era subir pasajeros. Se la pasaba haciendo entregas de cocaína. Cuando le pregunté por Big Flow me dijo que iba seguido con su “señora”. Hacía un mes que se habían conocido. Ella era colombiana.

Daniel aceptó acompañarme. No me costó: le gustaba salir todas las noches. Las bachatas, en aquel bar, seguían sonando. El ambiente era demasiado tranquilo. Lejos estaba de ser como esos lugares en los que hay peleas entre barrios o equipos de fútbol. Los colombianos bailaban bien pegaditos a sus mujeres. La mayoría bebía ron o cerveza. Daniel tomó la jarra de litro de cerveza y se sirvió en su vaso de plástico. Cada tanto me decía cosas que me interesaban:

—Cuando un argentino cruza a un colombiano en la cárcel, lo primero que hace es amenazarlo. El chamullo es que no se piensen que están en las FARC y lo llevan al teléfono. Lo hacen llamar a su país y les exigen dinero que llega por Wester Union, a cambio de seguridad.

Eso ocurre, contaba Daniel, apenas el colombiano ingresa al penal. Luego a la mayoría los llevan a pabellones exclusivos para extranjeros. Ahí están más tranquilos. Entre ellos, además, son solidarios. Y cuando están fuera de la cárcel viven todos en las mismas zonas. Ya no lo hacen en la Capital –no, al menos, desde la declaración del ministro de Seguridad– pero sí ocupan el Conurbano. Viven en localidades como Quilmes, Ezeiza, El Jaguel y San Miguel. E incluso algunos forman parte de bandas que duermen y pasan sus días en un albergue transitorio de Moreno.

—Es un perfil muy distinto al argentino que se dedica a lo mismo –me dijo Daniel–. Fuman marihuana pero consumen muy poca cocaína, y no le dan tanta importancia a la ropa deportiva. El ladrón argentino se compra las Nike más caras, pero a ellos les gusta otra cosa. Llevan Ecco, Dolce & Gabbana, Armani… El colombiano tal vez se vista mejor. Y las mujeres también.

Escuché a Daniel hasta las cuatro de la mañana. Después cada uno se fue a su casa. O yo, al menos, me fui a la mía. Él no sé. Antes de vernos me avisó que a la salida tenía que hacer unas cosas y no podía llevarme. Así que me volví en otro taxi. Y en el viaje me puse a pensar que Daniel hablaba siempre sobre otros, pero nunca contaba nada sobre sí mismo. Si alguna vez tenía que responder, decía que él se dedicaba a la droga al menudeo y para “pucherear”, porque con el taxi tenía que estar doce horas para ganar doscientos pesos.

Luego pasó el tiempo. No supe nada más de él hasta que una mañana, un par de meses después de nuestro encuentro en el Obelisco, me llegó un mensaje al teléfono.

—¿Estás? –me había escrito mi tío.

Respondí que sí.

Me llamó a los pocos segundos. Me contó que Daniel estaba en una comisaría en la zona sur del Conurbano. Era el único detenido de una banda que había entrado a robar en un departamento. Daniel era el piloto. Manejaba su taxi.

Con mi tío fuimos hasta la pensión en la que vivía Daniel. Quedaba en Almagro. Mi tío conocía a la dueña y pasamos a la habitación. Quería sacar todo lo que pudiera comprometerlo en el caso de que hubiera algún allanamiento. No tenía nada. Lo único que nos llamó la atención fue una hoja de cuaderno. Decía: “Si algún día me muero, avisar a estas personas”.

Había una lista de cinco hombres y mujeres, con sus respectivos teléfonos. Uno de ellos era mi tío.

Mi tío se había enterado de la detención por la novia de Daniel. La colombiana. Ella había estado en el robo. Quedamos en vernos con ella en un bar que tenía mesas de billar al fondo. Las paredes estaban decoradas con filetes y no había mozos; te atendía un viejo que no se acercaba; esperaba tus señas desde atrás del mostrador. Mara llegó con el pelo húmedo –como si recién se hubiera terminado de duchar– y hablando por celular. Escuchaba por los auriculares del teléfono. Se había puesto una camisa de jean clara y tenía las cejas pintadas. Se sentó y lo primero que dijo fue que en la comisaría le estaban pidiendo treinta mil pesos para liberar a Daniel. Mara era –es– parapsicóloga. Unos apartamenteros la habían invitado a atracar porque ella tenía el don de saber dónde estaba el dinero. Como a la banda le faltaba un piloto, ella lo había propuesto a Daniel.

—Yo le dije: ¿Te animas? ¿Estás seguro de que quieres hacer esto? Pero resultó siendo un marica, se le apagaba el carro del miedo que tenía. Argentinos… no se puede confiar en ellos para hacer buenos atracos…

La charla duró treinta minutos y después nos fuimos: mi tío tenía que trabajar. Mara se quedó esperando al abogado. Habían arreglado una cita. Antes de partir, sin embargo, Mara se hizo tiempo para preguntarle a mi tío si se animaba a ser piloto de la banda.

—Te agradezco –dijo él–, pero soy un poco cagón.

Me volví con el número de Mara agendado. Sentía que podía ser la entrevistada que me faltaba y tanto venía buscando. Pero cuando días después la llamé para encontrarnos y hablar sobre las distintas modalidades de trabajo dentro del rubro “apartamenteros” nunca me contestó. Mara había desaparecido. No solo para mí sino también para Daniel, que la extrañaba desde la alcaidía de un penal del Conurbano.

***

Al principio yo no sé cómo lo hago; solo sé que lo intento. Les aclaro en un comienzo, por ejemplo, que no tengo problemas con cambiarles el nombre. Porque a mí me interesa que me cuenten su historia, y no su nombre. Porque me da lo mismo poner Juan, Martín o Lucas, siempre y cuando ellos me cuenten qué hacen, por qué lo hacen, cómo lo hacen, si dejarían de hacerlo y qué hacen con lo que ganan haciendo eso que hacen y que a mí me intriga.

Yo no sé cómo lo hago, pero sé que lo intento y que después de lo del nombre viene el monólogo. El mío. No los dejo abrir la boca y hasta siento que me olvido de que soy periodista. Les digo que mi trabajo pasa por contar historias y que mi trabajo tiene un límite: sé que no quiero, con esas historias, beneficiar a la policía. Sé que no soy policía.

Ahí, a veces, recuerdo que soy periodista. Y ahí empiezo a ver la cara que les va cambiando y a entender que sí: que sé lo que hago. Que sé cómo lo hago. Y que la situación es toda mía y solo falta el remate. Entonces tiro todo lo que sé. Todo. Para que sepan que no soy cualquiera, que me la paso hablando con delincuentes como ellos, que esto no es un hobby, que esto es lo que más me gusta en la vida.

Suele funcionar.

De la actividad de Edgar, el tipo que me escucha, yo sé mucho. Y eso, en parte, se lo debo a Daniel. Le pregunto a Edgar por Juan Sebastián. Le nombro el Módulo 1 pabellón 4 de la cárcel de Devoto de Argentina, donde hay muchos colombianos que pelean con facas con venezolanos. Le hablo de la noche en la discoteca Big Flow y de los “paisanitos” bailando bachatas bien agarraditos a las chicas. Le digo que me dijeron que ellos usan las marcas Armani, Eco y Dolce & Gabana. Que en la zona de Pilar hay un colombiano que les alquila autos legales para ir a robar. Que en Argentina a los colombianos ladrones se les dice “colochos”. Que escuché que muchos apartamenteros son de Las Cruces, el Belén y Quiroga.

Edgar me escucha y me mira a los ojos. Y dice “sí”, o en realidad no dice nada: me mira más intensamente y mueve la cabeza para arriba y para abajo.

—Pues está bien informado, socio –dice.

Ahí me callo y tomo aire. Hablé mucho.

—Pues a la orden. Pregunte lo que quiera. Usted está con mis socios. Si está aquí, es de confianza.

Desde hacía meses que yo venía hablando solo; imaginando que tenía una conversación con uno de estos tipos. Así como cuando era chico imaginaba y practicaba declaraciones a mujeres, el periodismo había logrado que hiciera lo mismo, pero con delincuentes.

Solo me quedaba escuchar.

***

Si a los 12 años a Edgar le hubieran puesto una cámara enfrente, como a Diego en Villa Fiorito, hubiese dicho:

—Mi sueño es llegar vivo a los veinticinco y viajar a robar a otros países.

Porque su carrera haciendo atracos comenzó a los quince años, pero ya desde muy chino que su referente era “el Mono Jimmy”: el internacional más exitoso de Las Cruces. “El Mono Jimmy” viajó por Brasil, Bolivia, Marruecos y España, y hace años que se retiró del delito. Nunca cayó detenido y supo invertir su dinero. Con los dólares traídos de los viajes compró casas que hoy alquila y comercios de los que vive. “El Mono Jimmy” es de los pocos internacionales que han decidido seguir viviendo en Las Cruces y hoy disfruta sin correr riesgos. Y sin buscárselos: se mueve por el barrio con chaleco antibalas.

Edgar me contó esta historia en el bar y se sigue explayando, ahora, al día siguiente, mientras damos un paseo por Las Cruces: el barrio que me mencionó Juan Sebastián aquella noche desde Ezeiza.

En Las Cruces –como en tantos otros lugares como éste– hay un lema no dicho: si sos buen ladrón tenés que viajar a delinquir. Luego están las especialidades. Están los que hacen “escapes”: suben a colectivos o caminan las calles más céntricas de la ciudad y roban billeteras y celulares sin que las víctimas lo noten. Están los que hacen hurtos: en general son mujeres que prefieren hurtar ropa que luego envían para vender en los centros comerciales de Bogotá. Y están los apartamenteros.

Las Cruces, por lo tanto, es un barrio de asaltantes. Y de raperos. Y en este caso una cosa tiene que ver con la otra porque el rap fue difundido por los asaltantes. Todo empezó a fines de los ochenta, cuando una pandilla llegó de Nueva York con cassettes.

—Esto es lo que se escucha en el Bronx –dijeron.

Los más chinos admiraban a esos tipos que desaparecían del barrio y volvían a los meses con los bolsillos llenos de dólares. Fueron ellos quienes comenzaron a escuchar y luego a hacer rap en el barrio. A los cinco años, en 1995, varias bandas de rap de Las Cruces empezaron a presentarse en distintas ciudades de Europa. Tanto es así que se instaló una frase: “Ser rapero y no ir a Las Cruces es como ir a Nueva York y no ir al Bronx”.

Pero a Edgar –cuenta mientras subimos una lomada– no le gusta mucho el rap. Se crió no tanto con esa música como con dos imágenes que dice que recuerda: la de su padre obrero viviendo al día. Y la de las pandillas compuestas por familiares que llegaban de Nueva York o Miami con gruesas cadenas de oro y dijes de Jesucristo.

Siendo de Las Cruces, entendió Edgar, uno tenía dos opciones para recorrer el mundo: ser rapero o ser asaltante. Y a Edgar el rap no le gustaba, y sabía que si llevaba la misma vida de su papá nunca iba siquiera a poder salir del barrio.

Edgar hizo su elección. Hasta ahora, él dice, mal no le fue.

Cuando nos encontramos, veinte minutos atrás, Edgar pasó a buscarme por el hotel en un Honda Civic. En cinco minutos ya estaríamos en Las Cruces. En el estéreo sonaba reggaeton. Un indigente se acercó a pedir monedas en un semáforo. Edgar pegó un grito:

—No hay nada, socio, ¿qué?

Edgar tiene una chaqueta de The New York Yankees, un jean estrecho y un pelo que parece no crecer nunca; corto y en forma de rulos, como si fuera el pelaje de una oveja. Lo que no tiene son tatuajes. Tomamos Coca Cola. Una botellita para cada uno. Y cuando no hablamos, miramos lo que pasa en el barrio. Miramos a los chinos de ocho o nueve años en la canchita de fútbol: no juegan a la pelota sino a lastimarse con la punta de las lapiceras. Miramos los carteles que anuncian en las paredes el próximo festival de hip hop. Miramos a ese pibitoque corre hasta una escalera y baja y se le pierde al policía que llega en moto a los pocos segundos.

Y cuando no tenemos qué mirar, Edgar habla. Y yo escucho.

Me cuenta que el primer viaje fue por obligación. Porque a Edgar la policía ya lo tenía marcado. Hacía meses que, cada vez que lo frenaban para pedirle identificación, le sacaban el dinero que llevaba encima. Dice que conoce de memoria el ruido de las motos de la policía. Que cuando lo escuchaba en su barrio salía corriendo a la casa.

Luego de tantos roces, la policía quiso hacer negocios con Edgar. Le propuso matar a cambio de trescientos mil pesos colombianos. Debía asesinar a otros asaltantes del barrio con armas que prestaba la Ley. La policía conocía el historial de Edgar: había estado en la cárcel siete años y medio –por una salidera bancaria que terminó en un tiroteo– y al mes de estar libre ya había regresado a los atracos. Ahora la policía quería más de él. Y fue por eso que Edgar decidió cambiar de aire. Se sentía perseguido y sin futuro.

Entonces un día recibió un llamado. Y una propuesta de viaje.

El destino era bueno y malo a la vez. Bueno porque había que ir nomás a Quito, Ecuador: la ciudad más cercana en la que había dólar a buen precio. Y malo porque los colombianos que ingresaban a las cárceles ecuatorianas eran muy maltratados. Había habido casos de “internacionales” quemados.

Edgar igual aceptó. Sentía que era el momento de comenzar a hacer dinero en serio; de consolidarse como ladrón. Se dijo que basta de violencia. Basta de tiroteos con otros socios, basta de tener que esconderse de los policías y bastar de usar armas en los robos y tener que hacerles daño a las víctimas. Basta de farras, basta de salir todas las noches, basta de drogas. Había que robar para ahorrar en lugar de robar para gastar. Eso se dijo.

—Y aparte yo quería aprender. Yo tenía casi veintinueve años y muchos contactos que había hecho en la cárcel. Esa gente me invitó a viajar. Se viaja para aprender cosas del oficio. Yo venía de otro estilo, de la salidera bancaria, y opté por otra modalidad que son los apartamentos. Aprendimos junto a otros manes a movernos por otra ciudad y a ver cómo romper las reglas de esos países que elegíamos.

Edgar hizo cálculos: tenía un dinero guardado. Tenía unos ahorros para dejarles a su mujer y a sus dos hijas hasta que él pudiera hacer un trabajito en Ecuador. Así que ya no quedaban dudas: debía viajar. Y viajó. Era el momento de robar para ahorrar.

—Pues si en Colombia yo me robaba un millón de pesos (unos setecientos dólares) imagínese que ochocientos mil iban a la farra y me guardaba doscientos mil para los gastos diarios. Pero en Ecuador hacía al revés. Además cuando uno llega a otro país no es “pinta”. Puede trabajar tranquilo que no lo conoce nadie. Ni la policía.

—¿Y no te daba miedo ser detenido e ingresar a una cárcel en otro país?

—Socio… miedo me daría si uno no conociera las cárceles de Colombia. Si los colombianos sobrevivimos a nuestras cárceles, podemos estar presos en cualquier parte del mundo.

—¿Y cómo es llegar a otro país para robar? ¿El primer robo fue en los primeros días?

—Es difícil, pero en el inicio uno tiene que confiar en los socios que lo invitaron.

—¿Pero quienes los invitan?

—Son redes. Imagínese que en China hay un chino que habla en español y recibe a los socios. En Argentina hay tres socios que brindan la casa, los carros legales y todo lo que necesita uno para robar. Uno llega y ya tiene un abogado para que lo defienda a uno. Hay niñas bonitas que se dedican a “tomasear” por todo el mundo.

—¿Qué es eso?

—“Tomasear” es hacer inteligencia; seguir a un man, hablarle, saber sus horarios. En todos los países hay estructuras de socios para hacer asaltos.

—¿Qué te acordás del primer robo?

—Pues… dudaba. Les dije que no me parecía seguro.

—¿Y qué te respondieron?

—No, socio, nosotros aquí no vinimos a pasear, vinimos a robar.

***

Es el mediodía de un lunes de abril; ya estoy en Buenos Aires. Marco el número de un abogado.

—Hola, estoy en una comisaría. No puedo hablar. Voy a necesitar que me llame en una hora, ¿quién es?

Alcanzo a decir mi nombre, que soy periodista, que quiero hablar con él y que lo volveré a llamar. Una hora después, el doctor Leonardo Rombolá atiende el teléfono y se excusa: dice que un rato antes estuvo defendiendo a un apartamentero recién detenido en San Isidro. No parece molestarle hablar del tema, así que quedamos en vernos una semana después.

Los días pasan.

Es martes a la mañana y nos encontramos en su estudio. En las paredes de su oficina hay diplomas y una biblioteca judicial. Y en el escritorio hay fotos de su familia y muchos billetes de todo el mundo aplastados debajo de un vidrio. Arriba del cristal hay ceniceros –llenos-, una lámpara, un banderín de la Virgen de Luján y dos balas de 9mm.

Lo que sigue es el monólogo. Hago una pregunta –¿cómo hacen los apartamenteros para entrar a las casas?–, y Rombolá suelta todo de un modo torrencial.

—¿Cómo? Cuando es una casa van sin llaves. Y cuando es un departamento van con un jabón e inyectan la llave en la cerradura de la puerta. Hacen una muestra de llaves. Arman la muestra de llaves con glicerina. La arman con parafina y agua caliente, con el molde de ellos, y se va solidificando. O usan grafito, que es un lubricante. Ellos van en dos autos generalmente. Y van, como mínimo, cinco: dos campaneando afuera y tres entran. Primero te sacan los cuatro tornillos de la chapita de la cerradura con un destornillador. Para que nada les haga tope. Después usan “el taco”: una herramienta que traen de Colombia. Es como una barreta, un destornillador grande y curvo. No lo doblás con nada. Con eso palanquean, palanquean y te hacen juego en la cerradura con un destornillador aparte. Es todo un arte, yo te digo: en menos de cinco minutos te abren cualquier puerta, eh. Después la otra modalidad es en las casas. Entran levantando las persianas. Porque son todos chiquitos, flaquitos. Entra uno y abre desde adentro. Van por la guita y el oro. Nada más. Se pueden llevar cosas chiquitas: filmadoras, cámaras digitales, una netbook, pero nunca van a salir con un plasma 42 pulgadas.

Rombolá toma aire, o mejor dicho: fuma.

Fuma cigarrillos negros.

—El problema es que estos chicos muchas veces se van de gira, como dicen ellos, y después a los tres días se acuerdan de laburar. Y esto no es así… o es laburo o no es laburo. Hay algunos que son muy pelotudos. Yo tengo uno que vino de joda. Le conseguí una probation y lo ves en el perfil del Blackberry que anda todos los días de joda, en fiestas distintas. Ahora está en Bogotá. Me preguntó “¿Doctor, tengo que volver?”. Y yo le dije “yo te diría que sí flaco, si no la probation se te va a caer”. Lo que pasa es que son muy de gastarla. Aunque hay tipos que cada vez que vuelven a Colombia llevan más de cincuenta mil dólares.

Rombolá habla y juega con las llaves de su auto. Como si estuviera siempre apunto de salir a apagar algún incendio. De algún modo lo está. En este momento lleva las causas de catorce colombianos.

—No paran de llamarme. Todos tienen cuatro o cinco causas, y este circuito es muy chico. Vienen en patota. Viene uno y siempre te dice lo mismo: “tengo un amiguito… tengo un hermanito afuera que tiene una consultita…”, o te dicen “aló, doctor, lo llamo de parte de Fulanito. Estoy con un problemita”. Son cinco tipos los que nombran. No más que esos. Y te digo: son jodidos los colombianos. No son violentos. Son, digamos, muy instruidos a comparación de los de acá. Es gente que viene muy preparada, sabe hablar muy bien. Cada dos días cambian el celular. Muchos tienen aspecto de ser estudiantes de la Universidad. Se empilchan muy bien, nada que ver a los cachivaches de Argentina. No se visten como wachiturros. Y cada vez vienen más, eh. Lo que pasa es que las detenciones no están apareciendo en los noticieros. Y la gente se entera de ellos por la tele. La otra vez venían de robar y los frenaron en un control sobre General Paz. Les encontraron todas las herramientas y mucho “brillo”. Había mucha plata en oro. La policía los dejó ir, pero tuvieron que dejar todo el oro que habían robado hacía un rato.

Rombolá viste jean y sweater claro, y lleva colgando una cadena de oro y un Rosario.

—¿Y vos cobrás caro?

—Yo les digo “muchachos, traigan tres mil dólares para empezar”, les pido verdes a todos. Yo sé que los tienen porque están laburando día por medio, así que con estos me hago los ahorros en dólares; no tengo que ir a las cuevas. A veces están “saladitos”. Vienen y te cuentan “doctor, el otro día en diez minutos nos llevamos doscientos mil dólares de un apartamento”. No sé por qué me cuentan esas cosas, porque ahí les arranco la cabeza. Yo les creo. Puede ser, claro que puede ser. Escuchame, hay mucha plata en la calle. Aparte, vamos a hablar claro: la gente no confía en los bancos. Hay gente que no la puede blanquear, que no la puede meter en los bancos. Entonces hay gente que la tiene en su casa y le hacen un seguimiento de la puta madre. Ojo, no siempre. Muchos de estos van al voleo, los colombianos, eh. Incluso hay algunos que van a boliches, pero yo les dije “muchachos, vayan a las casas y déjense de hinchar las pelotas…” ¿Diga?

Rombolá acaba de atender su celular. Del otro lado de la línea se escucha una voz pausada, llena de diminutivos y con tonada extranjera.

—Querido, ¿dónde está?

Rombolá me hace señas: es un colombiano.

—Bueno, yo ahora me voy hasta San Isidro. Cuando estoy llegando lo llamo, ¿ta? Y ahí se viene, ¿ta? Porque hay que preparar todo que mañana es la audiencia.

Pasan dos segundos de respuesta y al abogado le cambia la cara.

—No, no. Le dije que era el 17 de abril. Se lo marqué ahí, fíjese. El 17 a las diez de la mañana tenemos la indagatoria. En un rato marco y hablamos.

Corta.

—Ahí tenés. Era un colombianito. Cayó por un robo pero es un boludo…

Rombolá pone cara de fastidio, pero parece cómodo en su mundo. Ahora toma las llaves del auto y advierte: debe irse. A mediodía debe estar en los Tribunales de San Isidro, pero antes tiene que pasar por su casa, ducharse. Ponerse el traje de abogado.

***

Pasaron dos meses del viaje a Colombia y ahora me siento a escribir esta historia. Pongo en mi computadora a Ñejo y Dálmata, un reguetonero que había puesto Edgar en su auto, aquel día en que nos vimos y paseamos por Las Cruces.

Cada tanto recibo noticias de allá. Nada cambió.

Los pibes Las Cruces y los demás barrios desde hace rato que no aspiran a ser internacionales. Se la pasan consumiendo pegamento y pasta base y después, cuando no reconocen a nadie, terminan robando en el propio barrio. Se quedan con celulares, carteras, zapatillas, relojes. Arrebatan lo que sea para ir al expendio de drogas más cercano y sin que les importe que a la noche lleguen a su casa los familiares de ese vecino al que se le robó.

La última generación de internacionales ya no está en Las Cruces: está viajando. Y cumple con ese detalle de ser la última. De que ya no hay legado. De que no se está armando la próxima camada, como sí venía ocurriendo desde 1960.

—Ahorita el que tiene corazón de viajero, viaja solito. Se le está dando una mano al que llegue a cualquier parte del mundo en la que haya colombianos. Siempre se necesita algún socio nuevito. Pero no es como antes, que sin alguien que lo espere a uno no se podía llegar –me dijo Edgar aquella vez.

Esa ausencia de una “banda” hizo que la dinámica del robo también cambie. Que haya disputas; que a los propios colombianos les falte algo del dinero robado. Parte de la última generación de internacionales llega para robar y gastar. Robar de lunes a viernes y salir de farra hasta el domingo.

Pero Edgar era –es– de la vieja escuela. Algunas noches se daba una vuelta por las discotecas, pero en general el circuito era más simple: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Edgar –me insistió– viajaba para trabajar y ahorrar.

Al principio fueron casi dos años en Quito, yendo y viniendo. Edgar robaba y cambiaba los pesos ecuatorianos por dólares y los enviaba por correo a distintos destinatarios. Un socio del barrio se encargaba de encontrar manes que quisieran poner la firma y recibir el dinero fraccionado. Ese favor se pagaba con quince mil pesos colombianos (ocho dólares) por persona y permitía repartir el monto en cantidades que no dieran problemas. Así estuvo Edgar hasta el 2009. Ahí decidió volver a Bogotá y hacer como “el Mono Jimmy”. Compró una casita, un auto y un comercio nocturno en el Norte de la ciudad. Invirtió.

En Las Cruces, cuando nos vimos, Edgar hablaba como si fuese un economista.

—En Ecuador, el cambio está 1 a 1.

—En Perú, a 2,50 a 1.

—En Chile, a 50 a 1.

—En Argentina, a más de 8 a 1.

—En Londres hay dólares como arroz en los restaurantes.

Y también hablaba como un abogado penalista.

—En Perú cambiaron. Antes uno tenía hasta cuatro oportunidades de ser detenido y salía a la casa; no pisaba la prisión. En Chile se metieron los Derechos Humanos. Ahora están menos drásticos. Antes a uno lo mataban sin piedad. Y en Argentina nos están metiendo Asociación Ilícita. Eso lo está dejando a uno encerradito.

Y también hablaba como un activista de Derechos Humanos.

—En Perú, las cárceles son suaves.

—En Bolivia, resuaves.

—En Ecuador sí son más rígidas. Pero uno tiene muchos conocidos porque es donde más socios hay.

—En Argentina, según el sector. Los presos argentinos son muy envidiosos. Se matan por usar un teléfono público. Y nadie llama para hacer negocios o mover la mafia.

Edgar –me dijo– para hacer sus viajes se movía en ómnibus. No estaba solo: su pandilla estaba compuesta por seis manes con los que se iba de gira por América Latina.

—¿Cuál fue la peor experiencia? –pregunté.

—Bolivia no nos dio lo que queríamos. Nos la pasamos haciendo más mentiritas que efectivo. De cinco trabajitos, dos salieron bien. Y en tres no encontramos el dinero prometido. Nos costó hasta conseguir hotel. La policía recomendaba en recepción pedir pasaporte y si uno no tenía cara de turista no lo aceptaban. Nos querían identificar cada dos por tres. Estuvimos un mes y por teléfono otros manes nos dijeron que fuéramos para Argentina.

Y fueron. La idea era ir tres meses y volver a Colombia. Y de Colombia ir a México, y de México a Londres.Allí se decía que andaba la verdadera cúpula de apartamenteros internacionales. Por los diamantes, por las libras esterlinas y porque no estaban fichados como sí lo estaban en España.

Pero la travesía, dijo Edgar, tuvo un freno en Argentina. Una vez que llegaron no quisieron irse. Y yo podía sospechar por qué. Tiempo antes de mi viaje, los escruchantes argentinos –la versión nacional de los apartamenteros colombianos–, me habían contado algo que sorprendería a cualquiera. Cuando los vi, hacía una semana que habían encontrado un millón cuatrocientos mil pesos en una casa de Villa Pueyrredón. Y si bien eso era una fortuna –que solo iban a dividir entre tres– a la noche tenían pensado volver a robar. “¿Para qué volver a robar a la semana de haber hecho una cifra millonaria?” pregunté. “Es que es la suerte, amigo –dijeron–. Si hacemos mucha plata sentimos que estamos de racha y es cuando más robamos”.

A Edgar y sus manes les pasó lo mismo. Eran cinco hombres y una chama. En Argentina robaban todos los días; llegaban a hacer más de un trabajito diario.

—No le voy a decir que alcancé a darle al gordo –aclaró Edgar, como queriendo demostrar humildad–. Pero hacíamos un promedio veinte mil dólares a la semana para cada uno. Hemos llegado a llevarnos ciento veinte mil dólares de un apartamento. Nos enamoramos de eso y nos amainamos. Buenos Aires debía ser un trampolín para ir a México, pero no. La idea era quedarnos tres meses y nos terminamos quedando un año.

Argentina tenía eso. Los colombianos sentían que, a diferencia de otros países, podían robar todos los días porque aquí las leyes eran más blandas: se podía caer preso y salir sin pisar la cárcel. Se podía robar tranquilo.

—¿Cómo hicieron con el cepo al dólar?

—Hacíamos que nuestras familias nos visitaran y conocieran el país, y se llevaran doscientos mil dólares entre las ropas.

—¿Y cómo se hace eso?

—El que sabe, sabe. Y el que no sabe, averigua.

Al año de estar en Buenos Aires, Edgar se encontró con que tenía cuatro causas. Sin embargo nunca había pisado una cárcel: solo había pasado por comisarías. Fue en una de esas caídas, en la celda de un juzgado, que el abogado le advirtió que debía irse. Y se fue. Partió en ómnibus y con los últimos ahorros. Primero rumbo a Bogotá –donde nos vimos– y después –si todo salía bien- rumbo a México. Cuando salga esta crónica, puede que Edgar ande por México. O por Londres. O por Rusia. Se irá con el fin de hacer su última girita. Dice que sus hijas son adolescentes y que con tantos años en la cárcel y viajando, casi que no las pudo disfrutar. Hubo días del niño en los que no estuvo; hubo primeros días de secundaria en los que no estuvo. Se hicieron mujeres, y Edgar no estuvo.

—¿Hasta cuando todo esto? –pregunté.

—Hasta que sea súper poderoso. Tengo locales, casas, auto. Pero todavía quiero más –dijo Edgar mientras íbamos saliendo del barrio.

Al tiempo de caminar –y a poco de subir al auto para irnos–, Edgar me hizo un pedido. Advirtió que eso era lo único que iba a pedir luego de la charla.

—Socio, quería decirle… Si usted puede poner en su reportaje algo sobre la “Malicia Indígena”…

—¿Y qué es eso?

—Es lo que nosotros utilizamos para robar. Cuando nos preguntan por qué viajamos a robar, en especial en España, les decimos que estamos robando todo lo que ellos nos robaron durante muchos años.

Edgar dijo esto y subió a su Honda Civic. El Oso Hormiguero de peluche que colgaba del espejo retrovisor se movía de un lado a otro con los trompicones del auto. El oso era un regalo de sus hijas. Me dediqué a mirarlo mientras íbamos por las calles curvadas de Las Cruces, de regreso a mi hotel. Esa vez no había música. Minutos después nos despedimos con un choque de manos. Cuando subí a la habitación, puse “Malicia Indígena Colombia”en Google. Y ahí entendí solo una parte de la historia.

Pero bueno. Uno siempre entiende solo una parte.

————————————–

Los nombres de esta historia no son reales.

10.6 segundos

Publicado: 30 julio 2013 en Hernán Casciari
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Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.

Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.

En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.

Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos —nunca un juez tunecino había llegado tan lejos—, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.

***

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O’Connor —que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen— los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

***

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.

A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.

«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.

Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.

Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos…, pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.

Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

***

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.

Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.

Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrarié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.

Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.

Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.

Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

***

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.

El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.

Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.

¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.

En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.

«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después del exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que nunca jugó un Mundial, pero que tiene playas.

Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.

***

Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.

El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.

Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.

Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.

Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.

Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.

Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.

Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.

***

No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.

Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.

El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.

Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.

Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.

Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.

Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:

«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».

Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.

Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.

Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.

***

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

Con un poco de atención y una pizca de imaginación, cualquiera que se aventure por las calles del centro de Buenos Aires podrá ser testigo de un pequeño milagro: confundidos entre la multitud -esa marea de seres mal humorados que camina deslizando el pulgar por sus teléfonos inteligentes- surgen como sombras huidizas no uno sino diez Erdosain; veinte, tal vez treinta Astrólogos y un montón de Rufianes Melancólicos. Los héroes y villanos de Roberto Arlt están aquí, en esta Argentina del siglo veintiuno, más presentes si cabe que hace ocho décadas, para recordarnos que nada o muy poco ha cambiado y que la mosca, la biyuya, el vento o para entendernos mejor, la guita, sigue presidiendo las relaciones sociales en un país donde -dicen- nada es lo que parece.

“En las novelas de Arlt, el dinero define los enigmas y el suspenso de la trama”, escribe Ricardo Piglia en un ensayo sobre la literatura del autor de Los siete locos. Y las novelas de Arlt son, como se sabe, no sólo una radiografía exquisita de la Argentina de los años treinta. Son también relatos futuristas que nos envían desde el pasado continuas señales de alerta sobre nuestro presente. Pero dejemos por un momento a los lunáticos arltianos y centrémonos en esos seres atormentados que pululan por el centro de Buenos Aires. Hablan sin pausa del negocio que están a punto de concretar, de la subida desenfrenada de los precios, de un descuento mayúsculo en este o aquel supermercado, de un dos por uno imperdible en el cine, de las veinticuatro cuotas sin intereses con las que pagarán las vacaciones o de lo caro que está el dólar -siempre el dólar- y lo poco que rinde el salario.

Cuando me instalé en Buenos Aires, en enero de 2008, una de mis distracciones fue registrar extractos de conversaciones, palabras y frases entrecortadas con las que se podrían armar -como si se tratara de una novela de Perec- interminables historias de vida cotidiana. No es una tarea difícil. El argentino, que ama el exhibicionismo hasta límites insospechados, habla para que lo escuche no sólo su interlocutor más cercano sino, a ser posible, todo el mundo. Relegados a vivir en el culo del mundo por un malentendido con Dios (en el momento de crear al argentino todavía no estaban muy claros los atributos sublimes que desarrollaría el porteño, que todo lo sabe, hasta lo que desconoce), los argentinos tratan de que su voz se perciba allende los mares. No importa si no encuentran respuesta al otro lado del Atlántico. El argentino habla también -o antes que nada- para sí mismo. Vive, como vislumbró Ortega y Gasset, entregado no a una realidad sino a una imagen: “Es sobremanera Narciso. Es Narciso y la fuente de Narciso. Lo lleva todo consigo: la realidad, la imagen y el espejo”.

Con el paso de los años, la capacidad de observación se va diluyendo y el extranjero asume como normales ciertos hábitos y situaciones del país en el que vive, los mismos hábitos y situaciones ante los que el recién llegado no deja de asombrarse: después de vivir varios años en La Habana, por ejemplo, me parecía normal ver salir del agua en la bocana de la bahía a un buzo con un pargo de diez libras en las manos.

Hace ya tiempo que tengo tan asimilada la palabra “guita” como, por ejemplo, el hecho de que los autos circulen ocupando su carril y el del vecino. Tampoco pregunto ya a nadie en qué momento fueron bombardeadas las aceras de Buenos Aires, y asumo los esguinces como un daño colateral de esa guerra que debió de librar la ciudad. No arqueo ya las cejas cuando el cliente que está delante de mí en el Farmacity paga una pasta de dientes con su tarjeta de crédito en tres cómodas cuotas. Y hasta veo lógico que los colectivos de la línea que más uso -la 152, que va de Olivos a La Boca- pasen por la parada de tres en tres. Tampoco me sorprende ya, por otra parte, cruzarme con tantas librerías como bares de moscas hay en mi Madrid natal. Pero al principio sí me causaba perplejidad.

“La preocupación por el dinero es el tema de conversación preferido de los argentinos”, anoté en un cuaderno a poco de llegar a Buenos Aires. Era, obviamente, un comentario exagerado, pues nada hay más excesivo que tomar la parte por el todo y hablar de una sociedad en términos generales. Pero si asumimos como un acto de fe la inevitable generalización, a esa entidad que llamamos “argentino” (o más específicamente “porteño”), no parece importarle demasiado el contexto en que se encuentre para mentar la bicha. Hace unas semanas hablaba con una joven librera de la avenida Corrientes sobre la gran oferta cultural que brinda Buenos Aires, con su celebrada escena de teatro independiente, los recitales de todo tipo de música, exposiciones, ferias artísticas… “Sí, todo eso está muy bien si tenés plata -me interrumpió-, los recitales son caros y el teatro también”. Y a continuación me preguntó si yo me lo podía permitir. Solo le faltó interesarse por mi sueldo, una afición (la de querer saber cuánto gana el de al lado) muy argentina, sobre todo si el de al lado es extranjero. El único límite que parece haber en materia crematística es hablar del dinero propio -gran tabú- porque en el imaginario argentino el enriquecimiento personal y la corrupción caminan de la mano.

Para tratar de discernir qué hay de cierto en el mito de la obsesión de los argentinos con el dinero nada mejor que bucear un poco en la historia sociopolítica del país. La socióloga Ana Wortman, autora entre otros libros de Construcción imaginaria de la desigualdad social, me despeja algunas dudas. En los salones de tango de París -me cuenta Wortman- había un dicho recurrente: “Rico como un argentino”. Eran los tiempos de la acumulación de riqueza gracias al filón de la exportación de ganado y trigo. Aunque la riqueza -me aclara la socióloga- la ostentaba la oligarquía terrateniente: “Esa parte de la sociedad argentina se caracterizaba por estar al tanto de la novedad, ser consumista y viajar por Europa. Siempre estuvo muy atenta a la moda y tenía una vasta vida social donde sacaba a relucir sus adquisiciones en la casa y en la estancia. Y ahí quedó esa imagen del argentino como un tipo consumista, exhibicionista, que no tiene inconveniente en gastar y en mostrarse, en tirar lo que ha pasado de moda”.

Una imagen que ya percibieron algunos viajeros extranjeros hace más de cien años. Como el dramaturgo catalán Santiago Rusiñol, que visitó Argentina durante el centenario de la independencia (1910) y se quedó pasmado: “Acá el dinero es el rey”. O el escritor polaco WitoldGombrowicz, que vivió más de veinte años en el país a mediados del siglo pasado: “La Argentina -escribe en sus diarios- es un estanciero entre las naciones, un oligarca orgullosamente sentado sobre sus espléndidos territorios”.

La obsesión del argentino por el dinero se manifiesta, no obstante, tanto en épocas de abundancia como de crisis. En El País de las maravillas (1998), el escritor chaqueño MempoGiardinelli explica cómo se forjó ese vínculo especial con la plata: “Si hay muchos mitos que uno sabe que pueden tener validez en otras sociedades, como es lógico, probablemente éste sea uno de los más genuinamente argentinos. Y desde luego que tiene que ver con la perversa relación que hemos entablado con la economía a lo largo de por lo menos el último medio siglo; deriva de la pesadilla que hemos venido padeciendo los argentinos de por lo menos tres o cuatro generaciones: el proceso de constante empobrecimiento, lo que se llama la pauperización de la sociedad (y no sólo de las clases medias) llevó a esta especie de oficio paralelo que todos los argentinos tienen: ser un poco economistas aficionados por imperio de las circunstancias”.

Y las circunstancias han sido bastante convulsas en Argentina ¿Será entonces verdad que en cada argentino se esconde un economista? Los procesos traumáticos dejan huellas que condicionan la conducta futura del sujeto, me explica el psicoanalista Gabriel Rolón, autor de best-sellers como Historias de diván. “Los vaivenes económicos de la economía argentina han dejado marcas; procesos como el Rodrigazo (una gran devaluación del peso unida a un fuerte aumento de los precios) en los años setenta o la crisis de 2001 seguramente han dejado una inquietud acerca del tema del dinero que lo ha vuelto una cuestión de permanente ansiedad para nosotros”. Argentina -me recuerda Rolón- está poblada por descendientes de inmigrantes que vinieron huyendo de la guerra y el hambre en Europa, gente que guardaba cada peso que ganaba para construirse un futuro o para enviar a su familia en sus países de origen. Rolón ha viajado recientemente por España y Grecia y ha podido constatar que la virulencia de la crisis ya está dejando también su marca en la relación de esas sociedades con el dinero. “Psicológicamente hablando, el dinero no es más que un sustituto de la completitud y el poder. Hay otros valores, como la cultura, el talento, etc., que pueden ocupar ese lugar de hacernos sentir seguros y potentes, pero en la sociedad capitalista el dinero viene como anillo al dedo para buscar esa impostura en busca de una completitud que nunca será posible. El ser humano es un ser en falta, por suerte”. Me comenta Rolón que sus pacientes sólo le hablan de plata cuando tienen problemas económicos. Los ahorristas, por ejemplo, suelen ser sujetos bastante neuróticos.

Una ansiedad que se manifiesta a la hora de decidir cómo rentabilizar el dinero sobrante y que atañe por tanto a las clases medias y altas. Todo argentino al que le sobra un mango a final de mes sabe a cuánto cotiza el dólar, la moneda refugio de un país que vivió el sueño de la convertibilidad (un peso: un dólar) durante la década de los noventa, los años del “deme dos”, cuando muchos argentinos iban a Miami de compras como quien baja al quiosco de la esquina a por tabaco. Los años de pizza y champán, el gran legado político de aquel taumaturgo con patillas conocido popularmente como El Innombrable (por lo que respetaremos la sabiduría popular y no lo nombraremos), que privatizó medio país y prendió la hoguera para el gran incendio de 2001. A excepción de esos años, la preocupación por la cotización del dólar siempre ha estado presente entre los argentinos. Con una inflación que ronda el veinticinco por ciento anual (aunque el gobierno solo reconoce un diez por ciento), el ahorro en divisas era algo habitual entre las clases medias y altas hasta que la presidenta Cristina Kirchner logró la reelección en octubre de 2011 con una abrumadora mayoría y decidió acabar con lo que denominó “ahorro especulativo”. Y ella misma, para dar ejemplo, se aplicó el cuento y pesificó sus ahorros en dólares (es decir, dejó de especular). El control cambiario había llegado para quedarse. El Estado -argumentó el gobierno- necesitaba divisas para hacer frente al pago de importaciones y vencimientos de deuda. Y las divisas se estaban esfumando: 80.000 millones de dólares en los últimos cinco años, según datos oficiales: ni más ni menos que el dieciocho por ciento del PIB.

En el otro lado de la trinchera, los críticos vieron en el cepo al dólar una suerte de corralito en divisas. Sólo en algunos supuestos (viajes al exterior, pago de determinadas importaciones) se pueden comprar dólares de manera legal en el país que, después de Estados Unidos, atesora más billetes verdes en el mundo. A cada argentino le corresponderían, según datos del Tesoro norteamericano, 1.300 dólares frente a los seis dólares per cápita de Brasil. Aunque en las filas oficialistas se defiende la medida como una salvaguarda de la economía nacional, entre la tropa hay opiniones para todos los gustos, desde los defensores acérrimos del control cambiario hasta los que se preguntan por qué el gobierno al que votaron les obliga ahora a cometer una ilegalidad para adquirir dólares. “¿Por qué tengo yo que ir a una cueva (los chiringuitos financieros donde opera el mercado negro) como si fuera una delincuente?”, se pregunta una profesional relacionada con el mundo de la cultura.

Las quejas y alabanzas por el cepo al dólar se apropiaron en los últimos meses de las conversaciones sobre el dinero. En una cena con tres amigos kirchneristas (el antiguo binomio peronista/gorila quedó hoy superado por el de kirchnerista/antikirchnerista), todos caen en una curiosa contradicción: la norma es buena para el país -argumentan- y mala para ellos, que también necesitan dólares para salir fuera del país. “A mí me cagaron, viajo a Ecuador y necesito dólares”, se lamenta uno de ellos. “Yo intenté pedir dólares a la AFIP (la Hacienda argentina que autoriza unos cincuenta dólares por día para los viajes al exterior, aunque el sistema se cae cada dos por tres y en la práctica resulta totalmente arbitrario a la hora de asignar divisas) pero me pidieron una clave fiscal y no tengo”, confiesa otro. “Y ni se te ocurra pedirla”, interviene el tercero: “Cuanta menos información tengan de vos, mejor; están esperando que llames a su puerta para cazarte”.

Hablemos de guita

Pero cómo no hablar de dinero todo el tiempo si los medios de comunicación se desayunan con ese asunto y concluyen la jornada de la misma manera. No hay más que encender el televisor y sintonizar alguno de esos canales que ofrecen noticias (la misma noticia todo el tiempo) durante las veinticuatro horas del día. Ahí está el analista de turno hablando de guita. Hoy toca el salario de los porteros de Buenos Aires, un tema que no deja indiferente a nadie pues hay quien piensa que ganan demasiado (su sueldo está muy por encima del salario promedio, que ronda los cinco mil quinientos pesos mensuales, unos novecientos euros). “Si el portero de mi edificio gana más que yo, es que algo anda mal en este país”, recuerdo que me comentó un amigo periodista. Se equivocaba: lo que anda mal no es Argentina sino el oficio de periodista, aquí y en Pernambuco. Cambio de canal y escucho que alguien habla de la corrupción en España y los sobresueldos en el Partido Popular. “Mirá, estos españoles están copiando lo que hacíamos acá”. Sin embargo, no está muy claro quién copió a quién. No hay más que leer a Belgrano, uno de los próceres de la independencia, en una de las cartas que envió a su padre sobre lo que vio en la España de finales del siglo dieciocho: “Mi querido padre, la plata puede mucho bien dirigida, teniendo algún conocimiento en las cosas de la Corte y sabiendo los conductos se llega a conseguir lo que se quiere con ella; aquí más vale aparentar riquezas que pobreza, pues a todos abre los ojos el metal”.

Cambio de nuevo de canal y me topo con el objeto más deseado del momento: el dólar. En seguida pienso en Guillermo Moreno, el todopoderoso secretario de Comercio. En tiempos en que el dólar paralelo está batiendo todos los récords y ha superado los 7,50 pesos -es decir, un cincuenta por ciento por encima del oficial- Moreno acaba de pronosticar que el dólar oficial podría llegar a los seis pesos a finales de 2013; tengamos en cuenta que a principios de año ronda los cinco pesos. Y si lo ha dicho Moreno, una suerte de Rasputin del kirchnerismo capaz de recibir a ciertos empresarios con guantes de boxeo para poner las cosas claras desde el principio, como mínimo conviene prestar atención, por más complicado que resulte en este país asimilar rápidamente los avatares del dólar.

Si algún extranjero aterrizó por primera vez en Argentina el pasado 17 de enero, probablemente no haya podido entender los titulares de la prensa de ese día: “El dólar blue llegó a 7,50 pesos”. ¿El dólar blue? No tengo la menor idea de por qué al dólar que se vende en el mercado negro no lo denominan por su nombre, “negro”, en lugar de llamarlo blue. Y eso no es todo, porque en Argentina hay tantas especies de dólares que cuesta proponer un inventario. Está el dólar blue de las cuevas y el green de los “arbolitos”, esas plantas humanas que pueblan la céntrica calle Florida al grito de “cambio, cambio” y que poseen el don de la invisibilidad, pero sólo ante la policía. Está el dólar celeste de las operaciones inmobiliarias (porque en Argentina, ver para creer, los pisos se construyen en pesos y se venden en dólares) y el dólar turista de los gastos con tarjetas; hay un dólar soja, un dólar maíz, un dólar girasol: cada uno con su propia cotización. Y hasta un dólar bautizado con el extraño nombre de “contado con liqui”, que se utiliza para la fuga de capitales por la vía legal.

La asimilación social del dólar paralelo es tal que los principales diarios argentinos publican en sus páginas financieras no sólo la cotización del dólar oficial sino también la del negro (quiero decir, blue). Como no podía ser menos, en las redes sociales ya hay quien informa de la cotización del dólar paralelo a todas horas: @dolarblue, @dolarcable, @dolarlite.

Para rizar el rizo, recientemente apareció una aplicación informática que sigue los altibajos del dólar paralelo en tiempo real en iphonesyipads. Como se sabe, los argentinos son los reyes del invento. Ahí está Erdosain y su rosa de cobre para atestiguarlo. Se autoproclaman inventores del bolígrafo (que en Argentina llaman con el peculiar nombre de birome en honor a su creador, el húngaro nacionalizado argentino László Biro) y del autobús urbano o colectivo (puedo dar fe de que fueron ellos los creadores del cacharro: por Buenos Aires circulan los prototipos más viejos del planeta). Pues bien, una empresa argentina de sitios web, Bullpix, está detrás de la aplicación del dólar blue, una de las más demandadas de Apple en Argentina. “Primero regalamos la aplicación a nuestros clientes. Luego decidimos cargarla en el App Store de manera gratuita por dos días y la descargaron más de tres mil personas. La pasamos al modo pago para poder mejorarla. Ahora cuenta con notificaciones en donde se informa por hora los cambios en la cotización”, relata Alejandro Donzis, director comercial de la empresa, al diario El Cronista Comercial.

Sin tantos alardes tecnológicos, Agustín, un treintañero que lleva siete años en el negocio del dólar paralelo, cuenta y recuenta billetes tras una ventanilla en un local de Barrio Norte, una zona de clase media-alta de la capital. “Dame pesos”, ordena sin que haya nadie más a la vista. Unos segundos después, un bote de plástico desciende por una plataforma habilitada en una esquina del habitáculo donde trabaja. “Cien, doscientos, trescientos…”. Los dedos de Agustín son más rápidos que la vista. En unos segundos, le entrega 7.450 pesos a un cliente que le ha vendido mil dólares. Todo en la cueva de Agustín -el tabuco de dos por dos donde atiende, la luz mortecina, las paredes cuarteadas- tiene un aire de sordidez que no desentona con la actividad que allí se practica: la usura. El sociólogo alemán Georg Simmel ya advirtió en La filosofía del dinero (1905) que las relaciones humanas quedaron marcadas a fuego desde la aparición de un instrumento de comercio que se transformó en un fin en sí mismo. Con el dinero surge el individuo calculador en detrimento del individuo contemplativo.

“Esto no tiene mucha ciencia: se trata de comprar y vender”, me asegura Agustín. Pero tiene más ciencia de la que parece. “Faltan dólares en el mercado, por eso hay tanta demanda, y la va a seguir habiendo porque el gobierno no va a salir a vender dólares; hay que entender una cosa: el cepo cambiario no se va a acabar”.

El cuevero habla de economía con desparpajo. La espiral inflacionaria: ahí está el problema. Argentina se precipita hacia esa espiral y a la paralización del crecimiento. O sea: la temida estanflación. Agustín parece un economista, pero no lo es. “Lo que pasa es que leo mucho, me gusta estar enterado de las cosas, porque yo también muevo mi plata: en oro, en bonos, donde vea que va a ser más rentable”. Entre lección y lección, suena el teléfono. Y Agustín contesta telegráficamente: “Euro: ocho noventa”. Como si fuera un cambio legal, cada día, desde las diez y media de la mañana, los cueveros como Agustín llaman a una “central” para informarse sobre el precio de cada divisa de acuerdo a la oferta y demanda. “Son bancos y mesas de dinero de la City (el Microcentro porteño) las que marcan la pauta”.

Cada día el mercado negro mueve al menos veinte o treinta millones de dólares, el tres por ciento del total. Los técnicos lo llaman mercado ilíquido porque se trata de un volumen pequeño donde unos pocos jugadores pueden mover el tablero a su antojo. Pero Agustín no tiene dudas sobre quién respalda la existencia de ese mercado paralelo: “Al que más le interesa que exista es al propio gobierno, que así puede operar con sus dólares en los dos mercados: el oficial y el paralelo. Ellos son los formadores de dinero”.

El negocio del cuevero está estrechamente relacionado con la veneración que sienten los argentinos por el dólar. Moneda fetiche, el billete verde será siempre garantía de ahorro. “Yo lo explico con el ejemplo de la campera: Vos te olvidás una campera en mi negocio y regresás dentro de un año; en un bolsillo dejaste cien pesos y en el otro cien dólares; con el primer billete podrás comprar un treinta por ciento menos (por la inflación) mientras que el segundo lo seguirás guardando porque no perdió su valor, al contrario. ¿Se entiende?”.

Meridianamente.

Y mientras Agustín continúa hablando de márgenes y centavos, el ejemplo de la campera me lleva a pensar en todos esos lugares donde los argentinos guardan sus ahorros. La desconfianza en los bancos tras el corralito financiero de 2001 llevó a mucha gente a esconder el dinero en los rincones más insospechados de sus casas: bajo una encimera, en el balcón o entre la ropa, como esa campera ficticia de Agustín. Otros prefieren no arriesgar tanto y depositar sus dólares en los bancos, pero no en una cuenta sino en una caja de seguridad.

Según el diario Ámbito Financiero, en Argentina hay setecientas mil cajas fuertes en las entidades bancarias. Cuántos dólares acumulan esas cajas es un misterio. Hay también quien decide encastrar la caja fuerte en su propio hogar.

En el apartamento que alquilé cuando llegué a Buenos Aires había una enorme caja fuerte en el cuartito de la lavadora. De hecho, la caja tenía el tamaño de una lavadora. Estaba cerrada a cal y canto y nadie se acordaba de la clave para abrirla. Durante los primeros días soñé con que unos ladrones entraban en casa y me torturaban para que cantara la combinación. Como no la sabía, me iban cortando los dedos de las manos y cuando ya sólo quedaban muñones me despertaba gritando. Le pedí encarecidamente a la administradora del piso que se llevara esa cosa maligna de mi departamento o que al menos la dejara con la puerta abierta. Pero no fue tan sencillo. El dueño vivía en el extranjero y no recordaba la clave, así que la administradora tuvo que contratar a unos expertos en cajas de seguridad. Primero vino el operario estilista, pero aunque gesticuló como esos ladrones de guante blanco que salen en el cine, no logró dar con la fórmula adecuada. Se marchó cabizbajo. Después llegaron los reventadores profesionales, tipos rudos con taladradoras, martillos y refrescos de cola. La caja pesaba un quintal y la única forma de no fundir el ascensor era trocearla. Rompieron varias brocas antes de poder perforar el acero del armatoste. Nunca supe muy bien qué hicieron esos “expertos” tanto tiempo en el cuarto de la lavadora, pero estuvieron varios días hasta que finalmente consiguieron separar la puerta del cuerpo de la caja y mi pesadilla, por fin, se acabó.

Le he perdido el hilo a Agustín durante unos segundos pero no importa porque él sigue en lo suyo: “El dólar blue va a continuar subiendo aunque el gobierno devalúe el oficial; si no pone dólares a la venta, la brecha seguirá”, está diciendo ahora. No hay una salida fácil, según el economista cuevero, porque si se elimina el cepo cambiario la gente irá en masa a comprar dólares: “Es la cultura argentina; somos así”.

La obsesión por el dólar existe desde hace décadas. “Salarios, precios, tipo de cambio: todo el mundo habla de dinero, todos los que pueden permitírselo compran dólares en el mercado negro. Y pronto el visitante se ve afectado por la histeria”. Cualquiera podría suscribir esa frase hoy, pero fue escrita en 1972. V.S. Naipaul palpaba entonces la realidad argentina para escribir su extensa crónica sobre el peronismo: El regreso de Eva Perón. El traductor de Borges, Norman Thomas di Giovanni, que llevaba tres años viviendo en Buenos Aires, le traslada a Naipaul esa impresión: “Empiezas a tener la sensación de que te estás pasando los mejores años de tu vida en casa del cambista. Voy allí algunas tardes igual que otras personas van de compras; sólo para ver qué se ofrece”. Para seguir el consejo de Di Giovanni, me acerco a visitar a Agustín algunas tardes de este verano austral mientras paseo por Buenos Aires. Me gusta verle contando billetes a toda velocidad: cien, doscientos, trescientos, mientras ordena que bajen el frasquito con los pesos en su tabuco de dos por dos.

Es el triunfo de la sociedad del cálculo.

Coaching in theriverplate

Seguramente Agustín no necesite los consejos de Nicolás Litvinoff, un economista (con título universitario) devenido coach financiero. Cuando oí hablar de él no tenía idea de qué demonios era un “coach” financiero, una de esas maravillosas expresiones de nuestra época globalizada. “No es más que el coaching ontológico aplicado a las finanzas”, me suelta Litvinoff.

Sigo sin entender nada, así que abro su libro Es tu dinero e intento enterarme de qué hablamos cuando hablamos de coaching ontológico: “Se basa en la premisa de que existe una relación directa entre nuestra forma de observar el mundo, las acciones que emprendemos y los resultados que obtenemos; por ende, su meta principal es transformar el tipo de observador que somos (…) para alcanzar los objetivos planteados”.

Aplicado a las finanzas, el trabajo del coach es lograr que el inversor cambie y mejore su punto de observación de la realidad económica para lograr resultados tangibles. Voy entendiéndolo.

Nicolás me ha citado en una cafetería de Salguero y Libertador, una de las zonas más nobles de Buenos Aires, donde uno imagina que a la gente no le hacen falta muchos consejos para conseguir plata. “Lo que hago es darle una vuelta de tuerca al coaching y fusionarlo con las finanzas; trabajé en sociedades de bolsa manejando cuentas de terceros e impartí clases de economía financiera; junto todo eso y salgo con el coaching financiero”. Y para ello fundó Estudinero.net, un sitio de Internet al que se apuntan desde contables hasta mineros o taxistas en busca del tiempo (y del dólar) perdido. En sus clases, el coach enseña a sus alumnos a “invertir con fundamentos”. “La intuición siempre genera pérdidas”, es una de sus premisas.

Tenía mis dudas sobre las diferencias entre un coach y un asesor financiero, pero empecé a despejarlas cuando Nicolás me comentó que estaba terminando su primera novela: Maten al asesor financiero. Parece que los coach no se llevan muy bien con los asesores. “Hay siempre un conflicto de intereses entre el asesor y su cliente, porque el asesor piensa sólo en el bonus de fin de año que le corresponderá por la cantidad de productos que haya podido colocar”. Y el coach, según Nicolás, trabaja en un plano más emocional. ¡Qué buen rollo! En cualquier caso, a mí la parte de la charla con Litvinoff que más me interesa es cuando me revela que él no trabaja más de cuatro horas por día. Trabajar menos y ganar más, de eso se trata. Erdosain y el Rufián Melancólico se unen a nuestra mesa.

“La pregunta clave -nos informa el coach a los tres- es si conviene dedicar el ochenta por ciento de nuestro tiempo a generar los ingresos o, por el contrario, trabajar el veinte por ciento de nuestro tiempo para generar el ochenta por ciento de los ingresos”. Para ello, hay que vender bien nuestro talento. “Internet te da la posibilidad de llevar este tipo de vida que yo propongo: nunca fue tan fácil montar un negocio como hoy en día, se trata de buscar aquellos nichos no explorados”. Litvinoff los llama Vehículos Automatizados de Ingreso. Otra expresión maravillosamente posmoderna.

“Se vende talento. Razón aquí”, podría ser el lema del trabajo por cuenta propia que viene. El problema, según el coach, es que no todo el mundo sabe potenciar su capacidad. Y los que saben hacerlo -pienso yo- también pueden caer en las redes de la ansiedad: Litvinoff relata en su libro la aventura ficticia de un broker de bolsa argentino que decide manejar cuentas de terceros desde su casa. Después de informarse bien (siguiendo los mandamientos del coaching), invierte en paquetes de acciones de los países emergentes, los llamados Brics, muy en boga. Al principio le va de maravilla, con ganancias de mil quinientos dólares por día, el sueldo de un mes y medio en su trabajo anterior. Pero un día la Bolsa da un giro inesperado y el broker comienza a perder al mismo ritmo que antes ganaba. Todo eso le genera un estrés incontrolable, vive pegado a la computadora hogareña todo el tiempo, se queda desvelado hasta la madrugada para ver cómo se comportan los mercados asiáticos, come mal, discute con su novia: un infierno. Hasta que cambia la estrategia inversora y logra revertir la caída de su cuenta de terceros. El cuento tiene un final feliz, porque el broker acaba ganando en quince días tres mil quinientos dólares. Pero maldita la gracia. A punto ha estado de que lo llevaran a urgencias por un paro cardiaco. “Tiene algo de autobiográfico, sí”, confiesa Nicolás para saciar mi curiosidad.

Los consejos de Litvinoff sobre cómo utilizar el dinero y el tiempo se venden bien en las librerías, pero no han logrado batir a la auténtica estrella de la temporada, el best-seller de la divulgación económica: Economía a contramano, del periodista Alfredo Zaiat. “Yo no veo en la Argentina una obsesión con el dinero como objeto fetiche del sistema capitalista diferente a la que puede haber en otros países; lo que sí existe es una obsesión con el dólar”, me explica Zaiat.

En su libro -lectura de cabecera de la presidenta Kirchner-, Zaiat dedica un capítulo a esa obsesión. Y relata algunas curiosidades interesantes, como la peculiar manera en que viajan todos esos dólares que acumulan los argentinos desde la Reserva Federal hasta el Banco Central de Argentina. Todo un negocio para Washington. En concreto, el Tesoro norteamericano recibió tres mil doscientos veintitrés millones de dólares en intereses sólo en 2005. “Los argentinos que se aferran a esos billetes merecen saber que, de forma gratuita (…), han colaborado con esa suma millonaria a las finanzas de Estados Unidos”. Para Zaiat, lo que sí diferencia a Argentina de otros países es la cultura rentista que hunde sus raíces en la posesión de vastas áreas de tierra tremendamente productivas, pero en muy pocas manos. “Una cultura que no se dio en otras partes del mundo con una bendición de la naturaleza similar a la nuestra”, dice.

Defensor del control cambiario impuesto por el gobierno, el autor de Economía a contramano cree que lo que está en juego es la recuperación de la soberanía monetaria del país, rifada a su suerte durante décadas de políticas neoliberales.

Los libros de divulgación económica, como el de Zaiat, inundan las estanterías de las librerías argentinas. Pero el dinero no está muy presente en la literatura actual. No siempre fue así. La investigadora del Conicet Alejandra Laera, doctora en Letras, me cita en el bar del Museo Sarmiento para explicarme en qué momentos puso el foco la literatura argentina en el dinero. Laera, que pronto publicará su ensayo Ficciones del dinero. Argentina, 1890-2001, ha detectado una estrecha relación entre esas dos épocas. Dos momentos que combinan una gran modernización con un desastre económico. Esa tesis reveladora nos lleva a conectar a Julián Martel -el primer autor que se ocupó del dinero a conciencia en La Bolsa (1891)-, con los narradores contemporáneos que entre 1990 y 2001 escribieron obras en las que el dinero se articula como motor de la trama. En La Bolsa, Martel escribe por primera vez sobre un asunto -el dinero- que antes solo había aparecido de manera tangencial, como en los registros de gastos de Sarmiento que, por cierto, anotaba hasta las orgías.

“Es a partir de esa crisis de 1890 cuando las novelas se hacen cargo de esa nueva realidad, el dinero, la crisis, la especulación bursátil. Al mismo tiempo, los diarios comienzan a publicar noticias relacionadas con las finanzas, los suicidios que provoca la crisis, etc.”. Y ese ciclo de novelas relacionadas con el dinero concluirá a finales de la década del veinte, con Los siete locos y Los lanzallamas de Arlt. Después, y aunque otros grandes escritores, desde Borges a Saer, trataron el asunto a su manera, habrá que esperar hasta otra etapa de abrupta prosperidad y crisis para encontrarnos con el dinero como protagonista en la narrativa argentina.

En la década de 1990 se escriben, según Laera, cinco novelas que tratan el dinero no ya como el nuevo héroe moderno que proclamara Balzac sino como su reverso. “Son tramas que refuerzan la idea de la abstracción intrínseca del dinero; más que del dinero hablan de la desaparición del dinero”. Ahí están El aire (1992), de Sergio Chejfec, donde el vidrio reemplaza a monedas y billetes; Wasabi (1994), de Alan Pauls, donde la beca concedida a un escritor se transforma en una pesadilla que le provocará el crecimiento de un quiste; Plata quemada (1997), de Ricardo Piglia, donde arde el dinero de un robo; Varamo (1999), de César Aira, con el dinero falso como protagonista, y La experiencia sensible (2001), de Rodolfo Fogwill, donde una familia se ve abocada a gastar su plata en un casino de Las Vegas.

“Estas novelas -señala Laera- son una apuesta por escribir las ficciones del dinero desde la interpelación y la denuncia de situaciones vinculadas al contexto político y social del país, y creo que es importante la conexión con las obras del diecinueve. Aunque son novelas de temáticas y propuestas diferentes, las obras de finales del diecinueve y las de la década del noventa coinciden en algo esencial: destacar la tensión entre modernización y crisis; se trata de ciclos modernizadores con mucha inversión, mucho consumo lujoso, y ambos terminan con crisis no solo económicas sino institucionales”.

Pero si hay un escritor que sublimó el dinero como trama central de su obra fue Roberto Arlt, autor de algunas de las grandes novelas de la literatura en español del siglo veinte. Piglia ha visto en Arlt al gran urdidor de la ficción del dinero. “En sus novelas -escribe Piglia- el dinero aparece como causa y como efecto de la ficción. Causa, porque para tenerlo es preciso mentir, estafar, hacer el cuento. Efecto, porque ese enriquecimiento siempre postergado desencadena la historia de todo lo que se va a hacer, cuando se tenga dinero”. Laera también comparte esa lectura sobre la narrativa de Arlt: “Tanto Los siete locos como su continuación, Los Lanzallamas, representan el momento culminante de las ficciones del dinero”.

El escritor Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), uno de los mejores narradores de su generación, también cree que Arlt da en el clavo al subrayar una de las dos fantasías que dominan el imaginario argentino: la riqueza repentina a través del batacazo. Su contracara es la ruina fulminante, que tanto ha cantado el tango. “La idea del batacazo arltiano va en contra de esa filosofía de nuestros abuelos, el trabajo diario, el separar el pesito, el ahorro”, me cuenta Kohan en el escenario del teatro Grand Splendid, rodeado de actores políglotas que no paran de tomar café. Llegó a la cita con una camiseta deportiva y una mochila a cuestas. No parece un intelectual. Pero su vida son los libros y la docencia. “Mi principal capital es el tiempo”, me confiesa, para luego explicar que le revienta perder un día en trámites burocráticos.

Kohan es un argentino atípico, poco o nada preocupado por el dinero. Aunque esa indiferencia no lo protege del virus: “Hoy fui a comer a una parrilla normal en un barrio normal y cuando me levanté para ir al baño pasé bordeando tres mesas y en todas escuché conversaciones relacionadas con el dinero. Es interesante pensar en esa persona que aunque no esté directamente ligada al tema de la plata se interesa de alguna manera, porque el dinero está en el ambiente. En mi memoria de argentino, siempre fue un tema del que había que saber algo, como el clima del día”.

A Kohan no le duelen prendas en reconocer que él mismo, un antimenemista declarado, se sintió de alguna manera mesmerizado por la convertibilidad. “El ideologema del uno a uno (un dólar: un peso) me quedó inoculado con una fuerza que iba más allá de la racionalidad”. De repente, a alguien como Kohan -que cultiva el anticonsumismo- se le encendían los ojos ante la cantidad de libros y discos importados que podía adquirir. “Más allá de que el uno a uno no tenía ningún fundamento económico y estaba destinado a desmoronarse, están las razones ideológicas por las que funcionó; la convertibilidad tocó un deseo colectivo, la voluntad de creer en que se puede ser otra cosa”.

La idea nos lleva de nuevo a principios del siglo veinte, a los estancieros que viajaban a Francia con su vaca en la bodega del barco, al sueño de una nación que quiso ser y no fue la Estados Unidos del sur. El peso mirando de tú a tú al dólar era eso: la idea de pertenecer a un primer mundo privilegiado, donde el consumo desbocado (“deme dos”) sería el nuevo becerro de oro. “La crisis de 2001, además de todo el empobrecimiento que causó, lastimó ese imaginario”, subraya el autor de Ciencias morales. Y el paciente ya estaba tocado después de sufrir la hiperinflación de finales de los años ochenta.

“El filósofo Tomás Abraham se refirió en un artículo a que el verdadero miedo social actual en Argentina viene estimulado por el fantasma de la hiperinflación, por encima de otros traumas sociales como el que dejaron en el país los represores de la última dictadura; es terrible pero auténtico”, apunta Kohan. Los traumas económicos marcaron a fuego en la sociedad un “reflejo defensivo” que no ha desaparecido y que no tiene nada que ver con la especulación pura y dura que practican algunos. “El dinero -dice el escritor- no es una cuestión relevante en mi vida, pero sí tengo ese reflejo de ahorro; no tengo avidez en ganar dinero: mi reflejo es no gastar”.

Me despido de Martín Kohan en la cafetería de la deslumbrante librería El Ateneo, ¿o era el escenario del Gran Splendid?, y me encamino hacia casa. Tengo que hacer algunos arreglos en la baulera. Cada vez que entro en esa covacha llena de trastos y veo la caja fuerte troceada me vienen a la memoria aquellos días de angustia, cuando me atormentaba la idea de que los expertos de las taladradoras y los martillos nunca pudieran terminar su trabajo. Arrumbada en una esquina de la baulera quedó la puerta de la caja. Nunca olvidaré el día en que uno de los operarios, con los ojos enrojecidos de tanto polvo tóxico, me gritó la buena nueva: “¡Ya está listo, capo!”. Quise ser testigo del momento de la apertura. ¿Qué preciado tesoro se escondía en aquel cofre misterioso? Entré apurado a la habitación y me asomé impaciente por encima de los hombros del operario. En la caja fuerte no había nada: ni un peso ni un dólar ni una joya. Ni siquiera un papelito socarrón con la frase “¡Te mataron por nada, pelotudo!”. Solo vacío y nada más.

Existe la falsa idea de que en Brasil todo es alegría. La imagen del carnaval de Río de Janeiro, las garotas en la playa de Ipanema, el fútbol festivo en blanco y negro de la verde-amarela liderada por Pelé y ahora el fútbol eléctrico de Neymar e, incluso, la sonrisa barbuda de Lula da Silva han construido y cimentado el mito. Quien dice alegría, quiere, en el fondo, decir también descontrol, laisse faire. Pero las cosas no son tan sencillas, nunca lo son.

Cuando un par de años atrás me mudé a Río, casi todas las charlas telefónicas con amigos en Buenos Aires terminaban así:

—¡Qué bueno gordo! ¡Ahora ya tenemos casa donde parar cuando vayamos de vacaciones a Río!

Y lo que sonaba a chiste era en realidad una amenaza que se fue cumpliendo poco a poco.

Los primeros en llegar fueron Juan y Mariano. En las charlas previas Juan ya me había consultado, con bastante anticipación e interés, si se podía conseguir “algo rico” para fumar. Algo rico en esta parte del mundo se dice macona. Entonces no sabía lo que hoy sé sobre esta ciudad. Con la impunidad que da la ignorancia le respondí que seguro algo íbamos a encontrar.

Ni bien llegaron mis invitados, nos pusimos en marcha. Arrancamos para el barrio de Lapa. Pegado al centro histórico de Río, Lapa es la zona más de moda de la ciudad, con numerosos bares, restaurantes, hoteles, boliches, casas de espectáculos, teatros. Lapa fue el barrio de la bohemia por excelencia en distintos momentos de la historia carioca. Ya en los años veinte era el lugar preferido tanto de Noel Rosa, uno de los mayores creadores de música popular brasileña, como de Madame Satã, un transformista que hacía shows en los cabarés de aquellos años y aterrorizaba las calles con su violencia antológica. Con el paso del tiempo el ámbito predilecto de los bohemios cayó en decadencia y durante décadas fue un peligroso territorio de malandras.

Hace poco más de diez años Lapa volvió a ser aquel lugar que solía ser: visita casi obligatoria para turistas y lugar de encuentro para lugareños.

Por la tarde mientras pasábamos el rato en la playa en Copacabana habíamos constatado olor a porro. Lo mismo horas después en el parque de Flamengo, de regreso a casa. Por la noche, en las calles de Lapa, el mismo perfume. La ansiedad de Juan iba en aumento, tanta como para atrevernos a ponernos en manos de mi por entonces pobre portugués.

―¿Será que acá podremos conseguir algo? ―preguntó Juan.
―Seguro ―respondí, sonando más confiado que lo que en realidad estaba de tener éxito en la búsqueda.
―¡Bien! ¡Porque todos están fumando menos nosotros!

Entramos en uno de los boliches, un antiguo caserón art decó de tres pisos. Pedimos algo para tomar y nos quedamos en la barra de la planta baja. Dejamos pasar un tiempo prudente. Entonces entramos en confianza con un cliente del lugar que estaba sentado cerca de nosotros y, haciéndonos los superados, después de admitir que éramos turistas ―o casi―, le preguntamos dónde podíamos comprar marihuana.

―Dieron con la persona indicada.

A la distancia no sé si es eso lo que dijo exactamente, pero fue lo que entendimos.

―¿Seguro? Buenísimo ―nos salió casi a coro―. ¿Cómo hacemos?
―Acá no.

Nos dijo que lo encontráramos en la calle.

Ya en la vereda preguntó:

―¿Cuánto quieren comprar?
―Para un par de días ―respondimos.
―Voy a ver cuánto les consigo ―dijo.

Antes de irse nos señaló la esquina donde debíamos esperarlo. Apareció pocos minutos después en un auto que manejaba otro tipo. Se bajó y se levantó la remera, mostrándonos un arma que llevaba en la cintura y, sin decir nada, solo con el gesto, nos mandó subir al auto. Ya con el vehículo en movimiento se identificaron como policías, mostrando una identificación difícil de ver, y nos informaron que estaban deteniéndonos. Nuestro miedo ―por lo que sabíamos de la policía brasileña― era mayor que nuestro esfuerzo por explicarles, en nuestro portuñol básico, que éramos turistas, que no habíamos hecho nada, que no tenían pruebas y un largo etcétera de excusas que sabíamos inútiles de antemano. Nos pasearon un buen rato por la noche carioca y en el recorrido pasamos varias veces por la puerta de una comisaría.

―Acá van a pasar la noche ―era lo que entendíamos. O tal vez fuera lo que nos decían―. Y se van a tener que fumar unos cuantos cigarros de carne, putitos.

Pero toda esa puesta en escena nos dejó claro que no querían ―o no podían― detenernos. Nosotros sabíamos que no nos iban a dejar bajar si no hacíamos una contribución voluntaria a la institución que tan dignamente representaban.

―Seguro podemos arreglar esto de alguna manera ―solté finalmente en mi media lengua, comprendida por todos los chantas del universo.
―Por supuesto.

Hicimos una vaquita entre los tres y les dejamos todo lo que teníamos. Nos bajaron en la primera esquina amenazándonos para que no miremos hacia atrás mientras ellos se alejaban. Obedecimos. Volvimos a casa a pie. Jodidos. Asustados. Y sin porro.

***

Cuando tiempo después Jorge llegó de visita, yo ya conocía a Lucio, un simpático minorista que compra su paquete de medio kilo de cannabis por internet a una florista de la ciudad de Curitiba al sur del país y que lo recibe puntualmente en su casa, cortesía de Correios da República Federativa do Brasil. Cuando Jorge y yo decidimos que queríamos fumar, llamé a Lucio, con tan mala suerte que lo encontramos fuera de la ciudad. Lucio, que trabaja para la guardia civil, se encontraba en algún tipo de misión en São Paulo y debía estar volado porque a mi pregunta de dónde podríamos conseguir algo respondió:

―Andá hasta mi casa y pedile un poco a mi madre.
―¿Te parece Lucio? Veo qué hago. Cualquier cosa te aviso.

Ganas no me faltaban, pero tuve que pensarlo un poco porque la mamá de Lucio es, digamos, algo particular.

Dona Maria Augusta es docente de Historia del Arte y restauradora. Durante los terribles años de la dictadura brasileña, junto con su marido, militar de izquierda, utilizaron sus conexiones para ayudar a escapar del país a gran cantidad de militantes contra la dictadura, casi todos docentes y alumnos de la universidad donde la señora daba clases. Todo ese valioso y riesgoso trabajo lo hacía en medio de una nube de porro.

A mí me gusta el porro, pero sin exagerar. Lucio y su mamá exageran. Mucho. Una tarde en su casa, cuando llevábamos horas de charla sobre historia del arte, política, restauración de antigüedades, militancia, resistencia contra la dictadura y porro continuo nos sorprendió un ruido apagado, suave, como de algo que cae blandamente. Dona Maria Augusta tiene por mascota un papagayo de pecho rojo, muy común en la costa del país desde Salvador da Bahia hasta Río Grande do Sul. El bicho de estimación compartió con nosotros las largas horas de bate-papo y porro, y no lo soportó. Cayó. Cuando Dona Maria Augusta constató que el animalito no estaba muerto sino desmayado y nos lo comunicó, a mí se me escapó una risita. Después de un buen rato, tuvimos que esforzarnos para dejar la risa de lado y llamar al veterinario para ver cómo reanimábamos al pobre bicho. La señora tuvo que llamar un taxi para que los lleve ―a ella y al papagayo― hasta la veterinaria donde atenderían al intoxicado.

Así que, ante la perspectiva de colocar al borde de la muerte por segunda vez a un excelso ejemplar de una especie en peligro de extinción, optamos por el plan B.

***

El periodista brasileño Tim Lopes trabajaba para la poderosa Rede Globo. En 2002 intentó desentrañar algunos aspectos del submundo del tráfico y las ramificaciones que lo unen a la policía y al poder político. Tim Lopes desapareció el dos de junio de 2002 y unos pocos restos de huesos de su cuerpo carbonizado fueron encontrados en un cementerio clandestino el cinco de julio de ese año. Se comprobó que era él por un examen de ADN. Tanto él como su productora habían denunciado amenazas de muerte recibidas en el transcurso de sus investigaciones y ni la policía ni la justicia hicieron nada al respecto. Las investigaciones las estaban realizando en la Vila Cruzeiro del Complexo do Alemã, en la zona norte de la ciudad de Río. La noche que el periodista desapareció llevaba una cámara oculta para hacer imágenes dentro de un baile funk organizado por los traficantes de la zona. Tim Lopes había recibido información de que en aquellos bailes se vendían drogas abiertamente, y ese era el tema de su actual reportaje. Una investigación anterior de Lopes, de 2001, sobre la venta de drogas en otras favelas, había dejado muy enojados a los traficantes. Cuando lo vieron en el baile, los jefes del Comando Vermelho que controlaban ese territorio decidieron en el momento su ejecución. La autopsia sobre los restos encontrados determinó que murió en las primeras veinticuatro horas posteriores a su desaparición.

Como sabe todo aquel que haya visto alguna película brasilera reciente, en las favelas acecha otro peligro. Lo explica de manera estupenda el periodista Zuenir Ventura en su libro Cidade partida. Además de los traficantes existen las milicias, por lo menos ―según afirma el autor― desde la década del cincuenta. Las milicias no solo controlan algunos de los morros y favelas, aquellos donde consiguen derrotar a los traficantes, sino que también ejecutan a todos los que obstaculizan su accionar. Por lo general periodistas escrupulosos, policías honestos (que los hay) y jueces del lado de la ley. En agosto de 2011, la jueza Patricia Acioli, que había enviado a prisión a un grupo de milicianos responsables de al menos cien asesinatos, fue acribillada en la puerta de su casa delante de sus hijos. Entre los acusados del asesinato de la jueza se encuentran una serie de policías militares de alto rango. Las milicias no se andan con tonterías. Eso sí, cuidan su negocio. Las clases medias y los turistas suelen correr mejor suerte. Somos clientes. Y al cliente, ya se sabe, se le mima y trata con respeto.

***

Pese a que solo el diez por ciento de la superficie construida de Río de Janeiro está ocupada por favelas, viva donde uno viva siempre tendrá una a mano. Yo vivo cerca de la Tavares Bastos, que fue una de las primeras en ser pacificadas por la policía y por eso es una de las más usadas en el cine de los últimos años. Ofrece el escenario natural deseado y la conveniente seguridad de una zona ocupada por la policía militar.

Una vez superado el miedo inicial, Jorge y yo nos vestimos como el común de los habitantes del barrio que íbamos a visitar ―bermudas estampadas, ojotas de dedo y remera― y comenzamos a subir. Lo del camuflaje fue inútil. Parecía que teníamos un cartel cada uno en la frente que decía con letras luminosas: “turistas”.

La calle Tavares Bastos, que le da nombre a la favela, comienza, en su continua subida, como un barrio común y corriente. Sus primeros pobladores llegaron en el siglo XVIII y todavía sobreviven algunos caserones ―la mayoría en decadencia― de la época en que ese barrio era una de las zonas elegantes de la ciudad. La vista que se tiene desde allí de la Baía de Guanabara es envidiable. Después de unos quinientos metros de calle en ascenso, en la parte más alta del morro, termina el barrio de clase media y comienza abruptamente la favela. Cuando pusimos un pie en la favela, una señora mayor que estaba parada en medio de la calle nos preguntó:

―¿Buscan algo?
―No. Nada en particular.
―Pero ustedes no son de aquí.
―No, tiene razón. Pero solo estamos conociendo el barrio. Nos hablaron de un albergue muy lindo que hay por acá.
―Ah. Sí, el albergue ―dijo la mujer con cara de no creernos nada―. Si precisan alguna otra cosa, derecho por este callejón, casa sesenta y seis. Es a la izquierda, una casa pintada de verde.

No nos quedó más remedio que agradecer y obedecer la directiva. Igual, para no mostrar desesperación, en el camino paramos en un boteco, uno de los tradicionales barcitos de paso, y pedimos unas caipirinhas. Las saboreamos con calma y recién después seguimos nuestro camino. Llegados a destino, el trámite fue de lo más sencillo. Además el precio resultaba más que aceptable: por cincuenta reales nos llevamos unos veinticinco gramos. Joya.

***

Cuando uno se asoma a Casa-Grande & Senzala, de Gilberto Freyre, el principal tratado de sociología de Brasil, descubre que la maconha fue introducida en el entonces territorio colonial brasileño por los esclavos africanos, que empezaron a llegar a mediados del siglo XVI a la costa de Bahia y que en el siglo XIX ya habían extendido su uso como erva sagrada por todo el litoral, incluido Río. En la novela O Xangô de Baker Street del escritor y estrella de la televisión Jô Soares, donde narra cómo Sherlock Holmes cambia la cocaína por la marihuana en el Río de Janeiro de finales del Imperio, allá por 1886, se afirma que el mismísimo Dom Pedro II, el magnánimo último emperador de Brasil, la cultivaba en su propio jardín. Tanto no he sido capaz de comprobar, pero que desde 1560 en adelante se fuma baseado por estas latitudes está debidamente documentado.

Juan y Mariano volvieron a visitarme una vez más con las mismas ganas de fumar. Junto con ellos vinieron, también de vacaciones, Leo y Germán, que se hospedaron en un hostel a dos cuadras de casa. La fecha elegida esta vez para la visita fue carnaval. No tardó mucho en aparecer el tema recurrente en nuestra conversación.

―Esta vez va a ser más sencillo ―les anuncié, entusiasmado con mi progreso.
―Bárbaro. Casi que estábamos decididos a no seguir intentándolo ―comentó Juan y la carcajada de todos se extendió un buen rato.
―¿Cuándo podemos ir a buscar? ―preguntaron casi al unísono Leo y Germán.
―Ahora de noche no es prudente ―informé―. Mañana podemos subir.

Los cuatro concordaron. Pero la excursión esta vez no fue fructífera. Nos informaron que estaba complicado, que ese día no tenían y que había que esperar un poco, tal vez un par de días. Volvimos de manos vacías. Pensé que esperarían, pero no. Leo y Germán, que estaban un poco más ansiosos que el resto, a su regreso al hostel encararon a uno de los empleados del lugar que hablaba español y le preguntaron, sin dar muchas vueltas, cómo podían conseguir porro esa misma noche. El pibe, sin pestañear, a su vez les preguntó:

―¿Cuánto quieren?

Leo, que ya tenía la tabla de precios que yo le había anticipado, respondió:

―Veinticinco gramos―, y le puso en la mano un billete de cincuenta reales.

En no mucho más que una hora el joven carioca volvió con la encomienda. Y se ganó una buena propina, claro.

Al día siguiente el programa era ir a un bloco. Los blocos son el carnaval popular. Fuera del Sambódromo y del carnaval oficial de las carrozas, las reinas, las baterías súper organizadas y la televisión. Allí están esas inmensas mareas humanas que, en algunos casos, llegan al millón de personas: gente que baila en las calles y bebe desde muy temprano a la mañana hasta el atardecer. Llegamos al que habíamos elegido, en el barrio de Botafogo, cerca del Cristo Redentor, antes de mediodía. En medio de la multitud, mezclado con el olor a orina, el humo de los puestos de comida y el sudor, se percibía nítido el perfume a faso. En minutos pasamos a ser parte de la banda descontrolada.

Al anochecer, ya más relajados, después de comer algo en el barcito de la esquina de casa, partimos todos en metro hacia Lapa. Juan y Mariano no estaban muy entusiasmados, Lapa no les traía buenos recuerdos. Pero los tranquilicé con el argumento de que mi año vivido en la ciudad, no había sido en vano.

―Es cuestión de conocer el lugar justo ―dije, haciéndome el conocedor.
―La vez anterior también estaba todo bien y casi terminamos en cana ―respondió Mariano.
―Bueno, pero ahora vas a ver que es diferente.

Bajamos en la estación Cinelandia y caminamos los doscientos metros que nos separaban de nuestro destino. La principal característica arquitectónica de Lapa son sus Arcos. Son su tarjeta postal. Los Arcos son un antiguo acueducto construido durante el período colonial y considerado la mayor obra que queda en pie de aquel período en la ciudad, y hoy sirve, en su parte superior, de vía para el paso del bondinho, un simpático tranvía utilizado tanto por turistas como por los vecinos del barrio. Atravesando los Arcos, al nivel de la calle, se entra en la zona más frecuentada y agitada del barrio. Y ahí está el secreto. No hay que seguir por allí.

―Acá doblamos ―anuncié parado en el Largo da Lapa, antes de cruzar los Arcos.
―¿No cruzamos? ¿La mayoría va para allá?
―No. Acá hay que doblar a la izquierda.

Y eso hicimos. Y en mi nuevo rol de guía turístico, fui informando:

―Tomamos por esta calle que se llama Joaquim Silva. Ahora tenemos que caminar unos ciento y pocos metros hasta que lleguemos a la escalera multicolor, la escalera que sube al morro de Santa Teresa. Ese es el lugar que buscamos.

Avanzamos. Mucha gente por la calle. Mucho Bob Marley a todo volumen. También hay gran cantidad de bares, restaurantes, hoteles. Igual que del otro lado de los Arcos, pero con una pequeña diferencia.

El aroma nos fue guiando. Al llegar al pie de la escalera, después de ser abordados por media docena de chicos harapientos que nos pedían unas monedas para comer un salgadinho, nos esperaba una imagen alucinada. Todo el mundo fumando porro: algunos solos y otros en grupos, los lugareños junto a los turistas, los jóvenes mezclados con los que no lo eran tanto, los ricos y los pobres; como en una moderna Babel, pero a la inversa. La policía daba vueltas por el lugar pero no molestaba. Y todos creímos entonces ―solo por ese rato― que estábamos en una Cidade maravilhosa.

En el primer tiempo de nuestro segundo partido del año, empatando cero a cero contra un equipo de ecuatorianos amables y ceremoniosos a quienes teníamos la obligación moral de ganarles, nos dieron un córner a favor y yo, aunque cabeceo bastante mal, decidí mezclarme con la tropilla de compañeros y rivales a ver si se producía el milagro de un rebote o un descuido. Participé de la breve estampida obligatoria —¡trucu-trucu-trúm!—, vi la bola volar lejos, muy por encima de nuestras cabezas, y después, cuando la jugada parecía terminada, sentí un empujón en la espalda lo suficientemente fuerte como para creerme con derecho a enojarme. Identifiqué a mi agresor (un peladito adolescente, un poco gordo y con aspecto de aprendiz de pandillero) y nos paramos pecho con pecho, los dos bastante ridículos, esperando no se sabe qué. Después de un forcejeo torpe pero breve —creo que en un momento agité un puño amenazador—, troté solemnemente hacia el otro lado de la cancha sintiéndome orgulloso de mí mismo, porque creía haber reaccionado bien ante la provocación.

Me sorprendió entonces ver al juez de línea agitar su banderita como si hubiera habido un asesinato y al árbitro correr hacia él con la urgencia ominosa de los árbitros cuando corren hacia los jueces de línea. Cuchichearon los diez segundos reglamentarios, el banderín del juez de línea apuntó en mi dirección y, segundos después, una tarjeta roja se recortó contra el cielo límpido de Brooklyn, arruinándome una mañana hermosa de primavera. Humillado y avergonzado, caminé despacio alrededor de la cancha de McCarren Park, con las canilleras en la mano y la camiseta celeste fuera del pantalón, pensando en cómo disculparme con mis compañeros de San Martín de Brooklyn, el equipo de media docena de argentinos, cuatro o cinco gringos, dos paraguayos, un colombiano, un uruguayo y un italiano con el que jugamos los sábados de verano en la Greenpoint Soccer League. Alrededor de la cancha, unos pocos vecinos de Williamsburg o Greenpoint trotaban sobre la pista naranja de tartán; más afuera, otros miraban el partido mientras tomaban sol, recogían la caca de sus perros o desarmaban mantelitos para picnics inminentes.

La escena era extraordinaria (veintipocos grados centígrados, instalaciones públicas en buen estado: postal de un barrio feliz) pero yo no podía disfrutarla: había prometido a mis compañeros que este año iba a evitar meterme en problemas con los árbitros, y había fracasado rápido. Además, nos habíamos comprometido a dar lo mejor de cada uno para clasificarnos por primera vez para los playoffs de la liga, después de dos años bastante malos (décimo terceros de dieciséis equipos en 2008; décimo cuartos de veinte equipos en 2009). Y para eso necesitábamos ganar partidos como el de aquel día contra los ecuatorianos bondadosos de El Progreso FC, un grupo de tíos, sobrinos y cuñados inmigrados a Estados Unidos desde el mismo suburbio de Ambato, en la sierra ecuatoriana, y que el año anterior habían terminado decimoctavos.

Un par de meses antes, en el comedor sin ventanas del restaurante peruano Pío Pío, en Greenpoint, veinte capitanes y un par de curiosos habíamos participado de la reunión anual de capitanes de la Greenpoint Soccer League. Mientras comíamos pollo con arroz y plátanos fritos, cortesía de la liga, algunos capitanes se quejaron de la calidad de los árbitros, otros pidieron reembolsos para cuando se suspendiera algún partido (“¿Quién les paga el taxi a mis jugadores?”, se quejó el capitán de un equipo que a veces contrata jugadores semi-profesionales) y otros pidieron más rigor con los equipos cuyas hinchadas se emborrachaban y escupían e insultaban a los rivales. (El año anterior, la hinchada de Español Hidalgo, parada sobre la línea del lateral, me había castigado todo el partido: “¡Viejo, retirate —me gritaba uno—, deja paso a las generaciones jóvenes!”.)

Yo, en cambio, pedía una revolución tecnológica. En un momento de la noche levanté la mano y le pregunté a Gildardo Revilla, dueño y mandamás de la liga, si no podíamos crear una humilde pagina web para publicar los resultados, los horarios y la tabla de posiciones del torneo. Revilla, que me tiene aprecio y está harto de mí a partes casi iguales, bajó la vista, un poco agotado por mi insistencia, y respondió con una vaga promesa de pensarlo. Los demás capitanes fueron menos receptivos: mientras hablaba, podía oír sus “pffttt…” y las risitas que salían desde las penumbras del salón, como si la Internet fuera una cosa de señoritas o de gringos que no tiene nada que ver con el fútbol.

Revilla, un peruano bajito y astuto que maneja la liga desde hace casi veinte años, nos comunicó las novedades para este año (aumento de precio para los árbitros, “tolerancia cero” para la violencia de las hinchadas) y nos recordó las reglas del torneo: veinte equipos en una rueda todos contra todos, clasifican los primeros doce para un repechaje, después ocho pasan a los cuartos de final y después semifinales y final. El ganador de la temporada regular se lleva mil quinientos dólares en efectivo; el ganador de los playoffs, otros dos mil dólares. Asentimos todos con la cabeza, como si verdaderamente creyéramos que podíamos ganar (los candidatos son siempre los mismos cuatro o cinco), y pasamos de a uno en fila para darle a la esposa-asistente de Revilla los billetes del adelanto para sellar la inscripción. Vi a mis co-capitanes acercarse al mostrador de Revilla —casi todos latinos, casi todos inmigrantes, casi todos trabajadores— y volví a sentir la distancia que en estos años ha marcado mi relación y la de nuestro equipo con Revilla y el resto de la liga.

Por un lado, me siento y nos sentimos cercanos a ellos porque compartimos la latinidad y la enfermedad por el fútbol, dos cosas que el resto de Nueva York no tiene ni entiende ni puede aprender; pero por otro me siento y nos sentimos inevitablemente lejanos, porque sabemos que en otras cuestiones nosotros también representamos la Nueva York gringa a la que ellos miran desde lejos y con desconfianza. En estos tres años que llevamos en el torneo, esta tensión —clase media versus clase trabajadora, inmigración legal contra inmigración ilegal, inglés fluido contra inglés tartamudeado, comer en restaurantes contra trabajar en restaurantes— se ha inflamado o se ha aliviado, pero siempre ha estado ahí: algunos de nosotros a veces hemos creído que Revilla o los árbitros nos perjudicaban porque no formábamos parte del “núcleo duro” de equipos peruanos, ecuatorianos y mexicanos de la liga, y ellos quizás han creído, con algo de razón, que nosotros somos parte de la avanzada clasemediera que desde hace una década está trepando por Brooklyn desde Manhattan, transformando barrios obreros en barrios cool, con restaurantes japoneses y tiendas de diseño, destrozando o desplazando lo que encuentra a su paso.

San Martín de Brooklyn empezó la temporada con su grisura habitual: derrota mínima contra un equipo mejor, triunfo sufrido contra El Progreso FC (después de mi expulsión, mis compañeros ganaron tres a uno), un cero-cero espantoso contra una pandilla de uruguayos guerreros pero pataduras y un uno-dos que parece digno pero fue un lección de fútbol.

El quinto partido nos puso en movimiento. En el minuto tres de su primer día como titular, Claudio, un paraguayo peleón, rápido y goleador que se nos había ofrecido después de jugar contra nosotros un par de semanas antes, se fue de un marcador sobre la izquierda, perdió la pelota, la recuperó, la volvió a perder, la volvió a recuperar y tiró un centro bajo que rodó hacia la medialuna por la línea del área grande. Yo, que lo venía acompañando más como un comentarista que como un destino posible de pase, detecté la bola en los suburbios de mi botín izquierdo y le pegué casi de lleno, intentando darle una comba para que se abriera primero y se cerrara después en el primer palo; la pelota salió mucho más alta de lo que había querido pero agarró mucho efecto, eludió la manopla extendida del arquero y se metió cerca del palo opuesto. (Celebré moderadamente, como si estuviera acostumbrado a meter este tipo de golazos.) Nos empataron cerca del final del primer tiempo con un penal que no existió y volvimos a marcar nosotros casi en el último minuto con un gol desde el borde del área. Justo después del gol, mientras mis compañeros festejaban, yo grité: “¡A pesar del árbitro!”, y recibí mi única tarjeta amarilla por protestar de la temporada.

La semana siguiente, después de empatar sobre el final un partido que merecimos perder, terminó nuestra pequeña racha positiva y empezó nuestro deslizamiento habitual y un poco inevitable hacia el pantano en el que nos hundimos cada verano. Entre mediados de junio y fines de agosto ganamos dos partidos (contra los equipos que terminaron en las posiciones catorce y veinte) y perdimos todos los demás, jugando mal y metiendo pocos goles. Es difícil jugar en la cancha de McCarren Park con treinta y dos o treinta y cuatro grados, como nos tocó hacerlo varias veces, pero lo que más nos complicó el verano fue la falta de jugadores, porque nuestros compañeros estadounidenses y algunos de los latinos empezamos a preferir, por voluntad propia o presionados por nuestras familias, pasar los sábados en la playa o de vacaciones.

La Greenpoint Soccer League es tan poco gringa que se juega incluso en los fines de semana largos, desde Memorial Day en mayo hasta el Día del Trabajo en septiembre. El cuatro de julio de 2009, Día de la Independencia, jugamos de noche bajo el estruendo y la filigrana de los famosos fuegos artificiales de Nueva York, mientras nuestros jugadores estadounidenses (y el resto de la ciudad) tomaban cerveza, comían salchichas y rulaban porros en terrazas propias o ajenas. Un año después, este último verano, unos amigos nos invitaron a pasar un fin de semana a una casa en Connecticut, a tres horas de Nueva York. Le propuse a mi mujer que ella fuera con nuestros amigos el sábado por la mañana, mientras yo primero jugaba contra Los Hobos y después tomaba el tren que paraba en Connecticut a las siete de la tarde. Mi mujer, que ha aprendido a elegir sus batallas, accedió. Cuando aquel sábado llegué a McCarren Park, no se estaba jugando ningún partido.

—Me vas a tener que perdonar, Hernán —dijo Revilla abriendo los brazos— pero ha habido un malentendido con los capitanes de los equipos Real Hidalgo y Misfits y todavía no empezaron a jugar. Está todo retrasado.

Insulté a Revilla como hacía tiempo que no insultaba a nadie y me fui a la estación con mi bolsito al hombro y en el peor de los mundos: sin el fútbol de la clase trabajadora ni la vacación bucólica de la burguesía.

El catorce de agosto, con la mayoría de los titulares de vuelta de sus viajes y una carambola de resultados que nos había dejado lejos pero con posibilidades matemáticas de llegar a los playoffs, jugamos contra un equipo llamado “New York United”, que en ese momento iba séptimo. Para motivarnos durante la semana, nos intercambiamos emails llenos de lugares comunes futboleros: “Este sábado es ganar o ganar”, nos decíamos; “Desde ahora son todas finales”; “¡Es el partido del año!”.

***

Un par de meses más tarde, fui a McCarren Park a ver los partidos de vuelta de los cuartos de final. Era una noche bastante fría de principios de octubre y la cancha estaba hermosa, iluminada como un escenario desde las líneas para adentro y en penumbra desde las líneas para afuera, donde cientos de personas mirábamos los partidos de pie, con los manos en los bolsillos y dando pequeños saltitos para sacudirnos el frío sorprendente del principio del otoño. Adentro de la cancha jugaban dos de los pocos equipos multinacionales del torneo. Dream Team, usando una vieja camiseta suplente del Inter de Milán, combinaba una vieja base ecuatoriana apuntalada (y casi reemplazada) con refuerzos de todos lados: dos de sus mejores jugadores eran un húngaro flaquito y elegante a quien llamaban “Eli” y un delantero centro afroamericano a quien le decían “Winsy” y llevaba metidos más de treinta goles. El otro equipo en la cancha era New York United, donde había algunos latinos pero no los suficientes como para romper la barrera idiomática: se pedían la pelota (“¡Switch!”, “¡Drop!”), se felicitaban (“Good ball”) y se daban órdenes (“¡Back, back!”, “¡Pressure!”) en inglés.

Encontré a Revilla bastante rápido, parado cerca de la mitad de la cancha, con su gorrita blanca bien hundida hasta los orejas, y conversando con el juez de línea. Cuando me vio, se me acercó sonriendo y me dijo: “Te quiero escribir una carta, para explicarte algunas cosas que dijiste sobre mí en la Internet”. Yo sabía bien de qué me estaba hablando: en junio y julio yo había escrito un diario del Mundial de Sudáfrica y le había dedicado un puñado de párrafos. No había sido agresivo con Revilla, pero sí moderadamente sarcástico, especialmente con su rocambolesco sistema para fijar los horarios de los partidos, que no admite negociaciones ni excepciones. Quienes más nos quejamos del sistema somos los equipos clasemedieros, que por su culpa no podemos “planificar” nuestros fines de semana y acomodar el fútbol en nuestro (supuestamente) variado menú de opciones. Hasta los martes a la noche, cuando los capitanes llaman al celular de Revilla, ningún equipo sabe a qué hora va a jugar el sábado siguiente (el primer partido es a las once de la mañana; el último, a las diez de la noche). Revilla está tan enamorado de su sistema (asigna los horarios según una misteriosa escala que toma en cuenta la posición de los equipos en la tabla) que ni siquiera durante el Mundial de Sudáfrica aceptó acomodar los equipos con argentinos, uruguayos, gringos o mexicanos a los horarios de los partidos de sus selecciones.

—Te quejas del calor, de los horarios, de todas esas cosas que ya hablamos mil veces —me dijo Revilla aquella noche—. Pero tú no sabes lo difícil que es organizar esto, la cantidad de reclamos que hay, la cantidad de demandas que tengo.

Le expliqué a Revilla que entendía perfectamente su situación y que en esa columna había dicho exactamente eso, pero no me quiso escuchar. Enseguida me di cuenta de que estaba jugando conmigo, más halagado que ofendido, y dispuesto a cobrarse una victoria psicológica. Juntó las manos y agitó los dedos, tipeando en un teclado invisible, y me dijo, al borde de la carcajada:

—¿Pensaste que no me iba a meter a la Internet? Jaja, te descubrí.

Me quedé en silencio, sonriendo, un poco emocionado de ver que un tipo tan de otro siglo como Revilla también había caído presa del auto-googleo y se había buscado a sí mismo, como hemos hecho todos, en la red de redes. (La Greenpoint Soccer League es un torneo tan analógico que casi no ha dejado rastros en Internet: es “ingoogleable”. La búsqueda “Greenpoint Soccer League” devuelve un puñado de resultados, pero ninguno relacionado con la liga.)

Después del partido se acercó un amigo de Revilla y nos pusimos a hablar de cómo se puede adivinar de dónde es un jugador solo por la forma de caminar por la cancha. “Al argentino, al uruguayo, al peruano lo ves parado en la cancha, antes de que toque la pelota, y ya sabes que es un futbolista”, decía Revilla. ¿Y los gringos? Revilla resopló, porque no le gusta hablar mal del país del que también es ciudadano, pero admitió: “No, no, los blancos no. Los blancos no”. Los blancos. Una hora antes le había preguntado a Revilla de dónde eran los de New York United y me había contestado algo parecido: “No sé, creo que son blancos”. Pero los del United, que jugaban con la camiseta de la Real Sociedad y tenían, en efecto, un promedio de piel más clara que la de los equipos ecuatorianos o mexicanos, eran de países que difícilmente podrían calificarse de “blancos”: había puertorriqueños, rumanos, chilenos e incluso había también un par de ecuatorianos.

—Los mexicanos son toscos —dijo Revilla después—. Pero ponen mucha garra. Uno les mete un gol, dos goles y les tiene que meter un tres-cero o un cuatro-cero para ganarles, porque con solo dos goles van al frente y te lo empatan.
—¿Y los peruanos?
—Los peruanos tenemos calidad —dijo Revilla con una mezcla de orgullo y resignación—. El problema es que somos indisciplinados.

Su descripción de los equipos peruanos se parecía bastante a lo que habíamos notado nosotros en la cancha (equipos como la selección de Perú: talentosos pero inofensivos, que tocan bien pero ante el primer problema se deshacen inexplicablemente). Mucho menos se parecía nuestra experiencia a su descripción de los mexicanos, que no nos habían parecido nada toscos, pero sí (también) bastante parecidos a su selección: defensores rápidos pero poco confiables, mediocampistas centrales lentos pero señoriales y dos parejas de alfiles por las puntas que corrían todo el tiempo y eran capaces de poner en peligro a cualquiera.

Un patrón habitual en McCarren Park, en estos equipos mexicanos o ecuatorianos con muchos jugadores bajitos y algunos gorditos, era ver que sus únicos jugadores altos eran dos negros gringos o jamaicanos o senegaleses que se paraban de zaguero central y centrodelantero. Estos tipos —algunos, becados universitarios de vacaciones; otros, veteranos de mil batallas del fútbol urbano en los parques de Randall Island o Flushing Meadows— reciben entre cuarenta y ochenta dólares por partido y juegan cuatro o cinco partidos por fin de semana en ligas de toda la ciudad. Como sus compañeros hispanohablantes no los conocen bien o no se aprenden sus nombres, les piden la pelota con sonoros “¡Negro, negro!”, que en este patio fronterizo apenas sacuden el barómetro de la corrección política. En los años que llevamos jugando en la Greenpoint Soccer League, uno de los mejores delanteros del torneo ha sido siempre un petiso punzante y endiablado a quien sus compañeros mexicanos nunca aprendieron a llamar por el nombre: “¡Árabe, árabe!”, le gritaban y el petiso, igualito a Diego Buonanotte, se daba vuelta y sonreía.

***

El partido más importante de nuestras vidas, contra New York United, duró media hora. Después no hubo partido sino exhibición (de ellos) o tortura (para nosotros). Nos metieron el primer gol en el minuto doce o trece; el segundo, en el veinticinco o veintiséis; el tercero, justo antes del final del primer tiempo. Entramos a la cancha eufóricos pero mareados, ya antes de recibir el primer puñetazo, y después nos fuimos cayendo lentamente, como si nos soplaran, hacia la lona. Volvimos malhumorados y en silencio al arbolito donde nos esperaban nuestras mujeres, que nos preguntaron, con la mejor intención y el peor tacto: “¿Ganaron?”. A algunos de nosotros se nos escaparon unas carcajadas socarronas, casi diabólicas, que reflejaban la vergüenza y la indignación de perder cinco a cero el único partido que teníamos que ganar.

El martes siguiente analizamos la hoja manuscrita y fotocopiada con la tabla de posiciones, lo llamamos a Revilla para preguntarle los resultados de los otros partidos —a veces se los acuerda, a veces duda: “Creo que ganó Guadalupe…”—e hicimos un poco de aritmética: la única posibilidad que nos quedaba de meternos entre los primeros doce era ganando los cuatro partidos que nos quedaban.

La noche del veintiuno de agosto jugamos contra Universidad Católica, un equipo de peruanos y mexicanos que iba sexto en la tabla. Nosotros estábamos decimocuartos y nunca le habíamos ganado a ningún equipo que estuviera por encima de nosotros. Metí el uno-cero en el primer tiempo, tocando en el primer palo un muy buen centro bajo de John, uno de nuestros gringos, y Claudio metió el segundo un rato más tarde, definiendo de zurda un pase mío de los que hace años daba miles pero que ahora, con la edad y la falta de confianza, cada vez doy menos.

El sábado siguiente jugamos contra Real Hidalgo, los campeones del año anterior. Fingimos estar condenados, como personajes de una tragedia griega, y el truco funcionó: se lo creyeron ellos y, sobre todo, nos lo creímos nosotros, que jugamos sin presión y con confianza, incapaces de creernos nuestro empaque y nuestra energía hasta que Pietro, nuestro delantero italiano, metió un gol de penal y después tiró un centro que Claudio cabeceó en el segundo palo. En el entretiempo nos pellizcábamos en silencio, como si no quisiéramos despertarnos. Después quisieron atropellarnos y lo consiguieron: se pusieron dos a uno y por un momento pareció inevitable que San Martín recuperara su habitual talante apedreado y dubitativo. Cuando faltaban dos minutos, Matías, que se había pasado la temporada persiguiendo rivales en la mitad de la cancha, metió un derechazo al ángulo y lo gritó tan fuerte que todo el mundo en el parque se dio vuelta para mirarlo. El partido siguiente lo ganamos por decreto (Honduras FC se había retirado del torneo) y el último lo ganamos cuatro a cero, como si siempre hubiéramos sabido cómo meter goles. Cuando terminó el partido, nos miramos y no lo podíamos creer: a pesar de habernos saboteado durante semanas y semanas, habíamos terminado el torneo undécimos, con veintinueve puntos en diecinueve partidos y autorización para bailar aunque sea un ratito con la aristocracia futbolística de la Greenpoint Soccer League.

Hasta hace no mucho, varios equipos de la liga usaban los sábados como ocasión deportiva pero también social: se quedaban en el parque, comiendo fruta y sándwiches, escuchando música y tomando cerveza hasta después de la medianoche. Cuando tenían que hacer pis, lo hacían contra las paredes de las fábricas vacías. Ahora que esas fábricas han sido reemplazadas por departamentos, Revilla les ha tenido que pedir por favor que dejaran de orinar cerca de los edificios. “¿Y entonces dónde?”, habían protestado algunos en la reunión de capitanes en Pío Pío. “Háganlo del otro lado del parque, contra las canchas de béisbol”, les había recomendado el presidente de la liga.

Un sábado fui a visitar a Revilla y lo encontré caminando alrededor de la cancha con un bastón en una mano y una bolsa en la otra, recogiendo la basura —botellas vacías de Gatorade, bolsas de plástico, restos de comida— que habían dejado los espectadores de los partidos del día. Le pregunté cuánto había cambiado el barrio en los casi veinte años que llevaba organizando el torneo. Revilla frenó, se dio vuelta y, mirando a los edificios de departamentos construidos en el boom inmobiliario pinchado en 2008, dijo: “Esto era todo factoría”. Levantó los brazos y señaló hacia el Este y hacia el Sur. “Todo factoría. No había ni un solo edificio.”

McCarren Park, el parque municipal donde se juegan los torneos de Revilla, está en el borde oriental de Williamsburg, un barrio que en la última década y media pasó de rincón semi-feo, semi-polaco y semi-vacío a refugio de artistas y rockeros y, en una segunda transición asociada a la primera, en barrio cool y caro con boutiques alternativas y mueblerías de estilo escandinavo. Lo que pasó en Williamsburg pasó en toda la ciudad: a medida que los yuppies y otros jóvenes se cansaron de los suburbios y retornaron a los centros de las ciudades, desplazaron a los bohemios o lúmpenes creativos que vivían casi gratis en barrios dilapidados como el Soho o el East Village. Estos bohemios (artistas, músicos, diseñadores) encontraron refugio en Brooklyn, del otro lado del East River, donde pusieron galerías de arte y pequeños restaurantes bonitos que lentamente fueron Desplazando a las familias negras y dominicanas que llevaban treinta años allí. La tendencia —que algunos en castellano llaman “gentrificación”, traduciendo fonéticamente desde el inglés— se ha desacelerado pero persiste, alcanzando territorios cada vez más alejados de Brooklyn y el norte de Manhattan.

Para Revilla, que vive cerca del parque pero en la otra dirección, todavía a salvo de los salones de yoga y el café orgánico, el beneficio principal de la gentrificación de Williamsburg ha sido la renovación de McCarren Park: hasta 2005, la Greenpoint Soccer League se jugó en un erial traicionero de yuyos y escombros; desde 2006, en una cancha extraordinaria con luz artificial y césped sintético de última generación. Para algunos de los latinoamericanos que participan de la liga, este parque es uno de los beneficios más valiosos que reciben del Estado gringo, que no les da permisos de trabajo pero al menos los deja jugar al fútbol en una cancha a la cual casi ninguno de ellos tendría acceso en América latina.

Revilla y otros peruanos empezaron a jugar en McCarren Park a principios de los noventa, cuando en los alrededores había solo “factorías”, depósitos agrietados y unos pocos bares y carnicerías polacos derramados desde el vecino barrio de Greenpoint. Una tarde llegó un comisionado del Departamento de Parques, les advirtió que no podían usar el campo sin permiso y les dejó una tarjeta. Revilla lo llamó, fue a varias reuniones y seminarios y en 1992 fundó la Greenpoint Soccer League, que en su primera edición tuvo ocho equipos, casi todos peruanos. Con los años, la liga fue creciendo y también se fue “desperuanizando”, imitando las tendencias migratorias de la ciudad. Hace quince años había pocos mexicanos en Nueva York y pocos mexicanos en el torneo de Revilla; hoy hay muchos mexicanos más, en las cocinas y obras en construcción de la ciudad y en las canchas de Brooklyn. “Los equipos peruanos ya no dominan”, dijo Revilla. “Se fueron quedando viejos, no ha habido recambio”.

Después conversamos sobre su historia personal. Me contó, con algo de la morriña habitual de los inmigrantes, que lleva treinta años en Estados Unidos, que primero vino solo y que solo más tarde pudo traer a su mujer. Lo más doloroso, me dijo después, fue dejar en Perú a su hijo, a quien durante casi tres años cuidaron su hermana y su cuñada. En una entrevista que le dio a un periodista del sitio Peru21.pe (a quien conoció gracias a mí), Revilla contó aquellos años con más detalle:

—Acabo de estar en Lima y mi hermana me entregó las tarjetas que yo le enviaba a mi hijo —muestra una serie de tarjetas amarillentas fechadas desde el setenta y nueve—. Fue muy emocionante. Son cosas que pasan. Se luchó tres años, regularizamos nuestra situación migratoria y pudimos pedir a mi hijo. Pero una de las cosas más difíciles de estar aquí —hace una pausa— es que ya no pude ver a mi padre. Cuando regresé, me dijeron que ya había fallecido. Este país te da cosas buenas, pero también te las cobra.

Cuando leo párrafos como éste, me arrepiento un poco de mi relación con Revilla, con quien me peleé muchas veces más de las necesarias. Sigo sin entender por qué necesita ser tan inflexible y arbitrario con su calendario de partidos y por qué se resiste (por convicción o indiferencia, a esta altura da casi lo mismo) a crear una sencilla página web donde todo el mundo pueda ver la tabla de posiciones, los resultados de los rivales y los horarios de los próximos partidos. Estos años, nuestro único contacto matemático con el resto del torneo ha sido una hoja escrita a mano y fotocopiada que nos entrega Revilla cada sábado antes de los partidos. Es una tabla que usa tecnología de 1970, más una reliquia que un instrumento, pero contra la que cada vez tengo menos ganas o argumentos para protestar.

***

Nuestro baile en la élite de la Greenpoint Soccer League fue corto y brutal. Perdimos tres a cero, sometidos y colonizados desde el primero hasta el último minuto, contra Filco, mi equipo favorito de la liga, un grupo multilatino, toqueteador y agresivo que usa la camiseta rosa fosforescente del Barcelona. Mientras ellos jugaban al fútbol, nosotros parecíamos tener vergüenza de interrumpirlos. Tardábamos cinco minutos en recuperar la pelota y diez segundos en perderla; subía la bola al cielo y saltaban tres fosforescentes contra uno solo celeste; cuando quisimos frenar el partido, hacer una pausa (¡pedir una tregua!), ni se enteraron: nos pasaron por encima. “Por lo menos cumplimos nuestro objetivo de la temporada”, dijo uno de los nuestros, sin consolar a casi nadie.

Un mes después se jugó la final. Ahí estaba Filco, con sus bailarines fosforescentes, después de ganar todas sus eliminatorias por goleada; y también estaba Dream Team, el Chelsea de la liga, el equipo con más jugadores contratados. Le pregunté una vez al técnico y manager de Dream Team, un ecuatoriano con bigotito y pelo corto, de dónde sacaba sus jugadores y me dijo que recorría las ligas de toda la ciudad: “Miramos jugadores en todos lados y los que más nos gustan, los mejores de los mejores, los traemos para acá”, me respondió. Yo hinchaba por Filco, entonces, no solo porque tenía menos jugadores contratados (y me parece una posición moral defendible preferir a los equipos con más espíritu amateur), sino también porque nos habían eliminado a nosotros, y perder contra el campeón siempre es un truco útil para subir o salvar la autoestima futbolística.

En la cancha había clima de final. A un costado, Revilla había parado una mesa de jardín con los trofeos, bañados en (o disfrazados de) mármol y oro. Unas dos mil personas mirábamos el partido parados sobre la raya, al borde de la invasión, obligando a los jueces de línea a meterse dentro de la cancha y generando pequeños tumultos y confusiones en cada lateral. En el público había latinos con sus familias (sentados en sillitas de playa, tomando cafés de Dunkin’ Donuts, compartiendo bolsas de comida) pero también personajes típicos del barrio (guitarristas barbudos de bandas indie, blogueros freelance con camisas ajustadas, chicas pálidas con vestidos de flores y tatuajes en los hombros), probablemente atraídos por la electricidad del momento. El partido era parejo y bastante bien jugado. Eli, el húngaro de Dream Team, manejaba el tempo desde su guarida en el centro de la cancha, pero Filco se las ingeniaba para generar peligro. En el segundo tiempo, con el partido uno a uno, el técnico de Dream Team hizo entrar a un negro panameño panzón y culón y la tribuna lo recibió con risas y burlas. Yo, que lo había visto jugar, me alegré cuando el panameño culón enhebró un pase finísimo para Winsy, que metió su gol treinta y ocho o treinta y nueve (Revilla perdió la cuenta). Filco, más veterano pero con más mística, se fue para adelante, metió el partido en un pantano y así consiguió el empate, después de cien pelotazos y noventa y nueve rebotes, en el último minuto.

El público celebró el gol como si fuera propio, porque extendía el drama hasta la definición por penales. El árbitro, un peruano flaco y alto con poco sentido del humor, quiso mantener al público fuera de la cancha, pero nadie le hizo caso. Cuando el lateral izquierdo de Filco tomó carrera para patear el primer penal, la multitud ya se había abroquelado en los bordes del área grande, rodeando por completo el arco y los pateadores, dándole a la definición una atmósfera de tensa calma, a mitad de camino entre la congregación religiosa y la amenaza de linchamiento. Antes de cada penal, el público se callaba por completo, como en el teatro, y con cada gol se derramaba en grititos de alegría o decepción. Cuando el arquero mexicano de Dream Team, el mejor del torneo, atajó el único penal mal pateado de la noche, se oyeron los “¡ahhhh!” y “¡ohhhh!” de la multitud gringa, que quizás no sabe mucho de fútbol pero sí sabe identificar un buen espectáculo.

Mientras unos festejaban, otros se lamentaban y otros miles se iban para sus casas o donde tuvieran que ir, Revilla me llamó a un costado y me pidió que le hiciera de traductor en la entrega de premios. Primero vino el técnico de Filco, que además es el jefe de la mayoría de sus jugadores en una empresa de reciclado de basura, y se llevó un trofeo alto y dorado grabado con la entrañable “Sub-Champion 2010”. Después se acercaron los jugadores de Dream Team. “Las medallas las va a poner acá el señor Hernán, del equipo San Martín”, dijo Revilla, y los campeones pasaron en fila a mi lado mientras yo, un poco halagado y otro poco incómodo, pasaba las medallas alrededor de sus cabezas transpiradas y las soltaba sobre sus nucas. Revilla tomó un trofeo de la mesa y dijo: “¡El premio al goleador!” Después me miró: “¡Traduce!” Tartamudeé: “The award for the top scorer…”, pero ya no era necesario, porque sus compañeros habían empujado al frente a Winsy, que levantaba su copita tímido y contento. “¡El mejor jugador!”, dijo Revilla después. “The best player…”, repetí yo, en voz bajita. Revilla, que no sabía cómo se llamaba, apuntó hacia el húngaro Eli y el húngaro, que tiene modales y aspecto de otra época, como escapado de una película en blanco y negro, sacudió su trofeo con la misma timidez. Después Revilla se dio vuelta, tomó un sobre que le pasó su mujer y se lo dio al ecuatoriano del bigotito: “Cuéntalo”, le dijo. El técnico de Dream Team abrió el sobre y contó: había, en efecto, dos mil dólares.

Cuando nos quedamos solos, felicité a Revilla por el éxito de la final, que había tenido buen fútbol, buen público y una definición dramática. “Sí, ha estado bien”, me respondió, cansado o melancólico. Después, como para terminar de componer nuestra relación, lo felicité por la liga, le dije que admiraba su dedicación y le aclaré que, aunque todavía estuviéramos en desacuerdo con algunas cosas, jugar en la Greenpoint Soccer League me parecía una experiencia fascinante, la mejor parte de mi verano. Revilla me agradeció, pero después apuntó a los edificios de departamentos de alrededor, donde algunas ventanas en ámbar sugerían el calor de hogares de clase media. “A esta liga le quedan tres o cuatro años, cinco como mucho”, me dijo. Un poco sorprendido, le pregunté por qué pensaba eso. “Claro, hermano. Nos están empujando. Esta cancha está demasiado bonita como para que la sigamos usando nosotros. En algún momento nos la van a quitar.” Me quedé callado, analizando si realmente Revilla tenía motivos para ser tan pesimista, y no supe qué responder. Después me pregunté si, llegado el improbable caso de que hubiera que tomar una decisión, de qué lado creía Revilla que estábamos nosotros. Tampoco quise contestarme. “Se vienen los blancos, Hernán”, dijo Revilla después, quizás dándome una respuesta. “Se vienen los blancos.”

Diario de Alcalá

Publicado: 22 febrero 2013 en Leila Guerriero
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Haití tiene una sola cama. Es oscuro, caliente, pequeño, con una ventana cuyo postigo solo se mantiene abierto si se lo aprisiona con la puerta del armario en el que hay tres perchas y una manta. Madrid, en cambio, es luminoso, tibio, amplio, tiene dos camas y un armario con diez perchas y tres mantas. Haití y Madrid son los nombres de dos de los cuartos de la residencia universitaria donde me hospedo en Alcalá de Henares. Hay otros, y llevan nombres como Teruel, Puerto Rico, Sevilla. Pero a mí, apenas llegar, me hospedan en Haití y, como no tiene wifi, pido que me cambien y me cambian a Madrid. Así, en minutos, acarreo computadora, libros y maleta desde el hoyo oscuro, caliente, pequeño y destecnologizado de Haití al paraíso luminoso, tibio, amplio y tecnológico de Madrid, donde pasaré un mes. Y, mientras camino de una habitación a otra, pienso que alguien —un hombre, una mujer— vino aquí, vio los cuartos, decidió: “Este es Madrid, este es Haití”. Y me digo qué vicio, qué manía: la de ver, en todo, otra cosa. La de ver, en todo, una metáfora. Después, esa misma noche, comento en un bar, con un grupo de gente, el curioso reparto de nombres: Haití un pozo oscuro, Madrid un prado luminoso. Todos me miran extrañados y uno de todos me dice, con encogimiento de hombros: “Llevo años trabajando allí y ni me había dado cuenta ¿Quieres otra caña?”.

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Estuve en Alcalá en el año 2004. No lo sabía antes de venir pero lo recordé cuando vi la plaza. Entonces, busqué en mis archivos y encontré lo que escribí después de aquel viaje:

“Junto al hospital de Antezana, donde cuenta la leyenda que el padre de Cervantes se desempeñaba como cirujano sangrador, está el Museo-Casa Cervantes, una vivienda con patio y dos pisos en galería, donde se supone que nació don Miguel. (…) En la puerta, sobre la calle Mayor, varios adolescentes se toman fotos sentados en la falda de una estatua del Quijote mientras envían mensajes de texto a sus amigos que vacacionan en el Mediterráneo. A pocos metros, Tribal Body Piercing promete tatuajes y piercings en todas las zonas: nariz, veinticuatro euros; cejas, veintiocho; pezón horizontal y vertical, veintiocho; lengua, treinta; nuca, treinta; genitales, consultar precio. En el patio de la Facultad de Humanidades, que depende de la universidad de Alcalá (…), los estudiantes expresan su protesta contra la decisión del Consejo de Coordinación Universitaria según la cual carreras como Historia del Arte, Humanidades y Geología dejarían de existir por falta de salida laboral: allí el ingenio universitario montó una instalación de dólares falsos pendiendo sobre la consigna ‘Primero extinguieron mi carrera/ Más tarde profesionalizaron mi mente/ Después quemaron mis libros/ Solo me dejaron dinero’. La consigna, tan primer mundo, estruja un poco: da pudor”.

Ahora, seis años más tarde, abril, 2010, camino por Alcalá hasta el hospital de Antezana y ahí están: las esculturas de Quijote y Sancho, el tattoo piercing, los mismos precios. Imagino que eso que llamamos progreso es, a veces, tan solo una idea de permanencia, de estabilidad.

(Tomo nota de que en la universidad ya no hay carteles. Primero pienso que debería preguntar qué sucedió con aquella decisión del Consejo pero después pienso que, en medio de la crisis de la que todo el mundo habla, aquello de “Solo me dejaron mi dinero” ya no debe ser tan buen argumento, sonar tan despechado.)

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Me fijo más en otras cosas. En que no hay viejos más viejos que los viejos de Alcalá. No deben tener más de setenta pero caminan despacio y visten ropas rígidas, adustas. Hace años que no veo viejos así: viejos que fueron siempre viejos, viejos que no tuvieron juventud.

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Haití es pobre, pero tiene vista a un patio.

Madrid es rica, pero tiene vista a una pared.

Pobres, pero con vista.

Qué pensamiento barato.

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Después, un día, espero en un semáforo junto a una pareja de viejos. Él usa una campera oscura, triste, pero cuando la miro de cerca veo que es de Lacoste.

Los primeros días de todos los viajes, siempre iguales: armo mi mapa, busco los sitios en los que compraré agua mineral, comeré algo, conseguiré el diario. Ahora son las cinco y media de la tarde y busco un locutorio. Pregunto a una mesera y me dice “A la vuelta”. Pero voy a la vuelta y el locutorio cerró hace un año o dos. Vuelvo a preguntar y me dicen que a dos cuadras. Pero voy a dos cuadras y no quedan rastros. Lo mismo, siempre, en todas partes: excepto en barrios de inmigrantes, Europa asume que nadie necesita un teléfono ni una computadora porque todo el mundo tiene uno, una. Pregunto, entonces, por la estación de trenes, y allí, en los alrededores, encuentro de todo: locutorios, sitios donde venden tarjetas telefónicas, kioscos, verdulerías, panaderías con sánguches apabullantes, negocios de comidas árabes y checas, negros hablando a gritos por celular en un inglés alarmante calzados con botas de cuero de alguna imitación muy muerta, tres supermercados chinos, muchas cafeterías baratas. Pienso: un mundo parecido al mío. Un mundo posible.

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(Después, cuando les cuente a algunos habitantes de Alcalá las pequeñas historias que sucederán en esas cuadras, preguntarán sorprendidos dónde encontré cosas como esas: un bar llamado La Oficina, un locutorio atendido por una rubia endemoniada, un salón donde los viejos inmigrantes bailan merengue y chachachá. Llevan años en esta ciudad, pero no van por ahí o, si van, ven otras cosas.)

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—Perdón, ¿sabe dónde puedo comprar agua mineral por acá cerca?
—Como yo digo: como no te vayas al bar. No ha quedado ninguna tienda de alimentación por aquí.

El tipo de la casa de fotos lo dice de una manera rara: como si yo tuviera la culpa de que no haya quedado ninguna tienda de alimentación por aquí.

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Es humillante. La cantidad y la variedad de la comida es humillante. Orejas de cerdo, arroces con costra, pescados, cocidos, guisos, cazuelas, tapas, tortillas, pinchos. En el pequeño mercado municipal la fruta no se vende: se exhibe. Parece puesta para dar envidia.

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—Vete por ahí, cariño.
—Listo, amor, me llamas.
—Cariño, vente, vente con nosotros.

Me dicen cariño, me dicen amor. Y yo, como una imbécil, me lo creo: que mujeres y hombres que no me conocen, que nunca volverán a verme, me quieren, se preocupan por mí.

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El tren de cercanías sale con una puntualidad que me avergüenza, porque le desconfío. Los carteles dicen que va de Alcalá a Atocha y Recoletos y aseguran que sale en tres, en dos, en un minuto, pero le desconfío. El tren, por supuesto, sale a horario, y yo siento que esa puntualidad, tan previsible, despierta en mí un eco de lejana desazón.

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No conozco Madrid. Conozco una ciudad que para mí es Madrid y que está hecha con trozos de Chueca, Lavapiés, algo de la Gran Vía y la puerta del Sol, la Plaza Mayor, el Paseo de la Castellana, Salamanca, Ventas. No conozco Argüelles, no recuerdo la plaza de toros, aunque sé que estuve. Madrid empieza a ser, como Bogotá, como DF, una ciudad que no conozco con rincones que conozco bien: una ciudad inventada. Como todas.

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Regreso a Alcalá desde Madrid en bus. Son las dos de la mañana. El bus está lleno de gente que recién sale del trabajo: empleados, enfermeras, artesanos. Un hombre borracho quiere subir, el chofer le pide que se baje. Todos se amotinan (indignados, gritan que quieren llegar rápido a casa) pero son dos negrazos los que se ponen de pie, lo encaran, le dicen en un español truculento: “Báhate o te empuho, hombe. Te empuho ió, sí, no mires”. El hombre se baja, el bus sigue. Detrás de mí una vieja le cuenta a otra la receta de una lasaña y le dice que debería llamar a Conchis, la pobre Conchis de la gasolinera, que no se le dilata el estómago y hace meses que no come. La otra, entonces, le pregunta: “¿Pero se puso buena o ya se murió?”.

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Un día entiendo qué es lo que pasa con los viejos: uno no espera encontrar a estos viejos en España. Estos viejos —austeros donde reina el consumo, antiguos donde manda el diseño— no son viejos de acá. Son viejos que vienen de un pasado que no existe. De un pasado que, hoy parece, nunca existió.

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La residencia de la universidad funciona en el Colegio de San Ildefonso y, junto a la residencia, hay una puerta que da al paraninfo. Allí, en ese paraninfo, se entrega —se va a entregar en unos días— el premio Cervantes. Por algún motivo eso —el hecho de que la puerta esté tan cerca, el hecho de que le estemos durmiendo casi encima— a muchos les parece excitante.

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Iré a Zimbabwe desde España, en un mes.

Ahora prefiero pensar que estos días plácidos no terminarán nunca. Que siempre tendré este cuarto caliente, conexión a internet, agua mineral junto a mi cama. Será que la patria son las rutinas, no otra cosa.

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Por primera vez, desde que estoy en España, hablo con un tipo que está, de verdad, en crisis. Es el guardia que cuida la entrada de la residencia y, aunque ahora trabaja en una empresa de seguridad, tuvo una financiera y lo pasó muy bien hasta que 2009 —la crisis— acabó con su vida tal como la había conocido. Me dice que, de todos modos, en dos años podrá dejar este trabajo, poner una consultora, y entonces todo volverá a ser como antes. Yo pienso en lo que nosotros, en la Argentina, llamamos crisis —esa cosa que te hunde de una vez y para siempre, a vos y a tus hijos y a los hijos de tus hijos— mientras el tipo sigue contando que tiene su casa y su autito y que nunca dejó de tomarse vacaciones en la costa porque vivir no se vive dos veces, y yo pienso que en la Argentina vivir, lo que se dice vivir, a veces ni siquiera una.

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Termino una nota para La Nación, la mando. Son las seis de la tarde, hay un sol de justicia, saldré a correr. La tentación de pensar que esto bastaría: una habitación modesta, una ciudad pequeña, correr unos kilómetros al fin de la jornada.

Pero sé que no.

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Cené en una parrilla argentina. La mesa de al lado estaba ocupada por dos checos, una checa, niños. La mesera argentina, amabilísima, empezó a darles consejos acerca de cómo conseguir trabajo y fue un momento intensamente triste porque todos la miraban —a ella— con esperanza.

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Ayer en Madrid, hoy en Alcalá: los fines de semana hay, en la calle, una multitud espeluznante. Las fondas de Alcalá estaban llenas a mediodía y lo están aún pasadas las diez de la noche. La gente bebe, grita, come tapas, refritos, revueltos, panes, fuma. En medio de todo ese desborde me siento inclinada a cierta modestia de costumbres.

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Domingo. No muy tarde. Voy hasta el locutorio de la estación a llamar por teléfono. Cuando regreso, un tipo que antes me había pedido un céntimo me encara otra vez: “Dame un céntimo”. No tengo, le digo. El tipo me pega un codazo brutal en el costado. Me susurra: “Te mueras”. Me doy vuelta por instinto, ni sé para qué, y susurro un insulto que quizás no entienda. Dentro de mí reverbera eso que conozco: una violencia que, si saliera, me mataría o haría que me maten.

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Los chinos regentean los sitios que venden golosinas y gaseosas. Los pakistaníes y los checos, los locutorios. Los árabes, algunas casas de comidas. Me detengo delante de una inmobiliaria. Veo los precios. Unos pisos precarios, de ochenta metros cuadrados, cuestan doscientos cuarenta mil euros.

¿Dónde vive la gente? ¿Cómo?

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Ayer en la noche, caminando hacia la estación, una vieja viejísima, encorvada, del bracete de la que debía ser su hija, dijo:

—Con todo eso que han puesto, los satélites y no sé qué leches.

Y se rió, con una picardía de quince años.

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Por la mañana, en la cafetería de un hotel que está frente a la residencia, una mujer vieja, muy arreglada, lee el periódico. Al rato llega una amiga. Hablan de albóndigas, del potaje que no se descongela. La que llegó más tarde saca de la cartera una Barbie, unos vestidos en miniatura, y anuncia que ha montado una empresa de ropa para muñecas. La otra la felicita.

—Y fíjate qué bien te queda, eh —dice, admirada.

Es como si la vida, aquí, nunca fuera del todo en serio. Como si siempre hubiera tiempo para algo más.

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Ya sé qué pasa con los viejos: se dejan ver. En Buenos Aires los viejos no quedan con amigos, ni pasean del bracete con su esposa, ni toman helados o café. En Buenos Aires los viejos no salen de su casa. No tienen con qué.

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Las inmobiliarias anuncian cosas impresionantes. Un pisito de setenta y dos metros cuadrados cuesta doscientos cuarenta y cuatro mil euros. O sea que a un tipo que en la Argentina ganara, digamos, seis mil pesos por mes —y si destinara a eso todo su salario—, pagarlo le tomaría más de veinte años. Terminaría cuando tuviera edad para mudarse a un sitio más grande, por aquello de la movilidad social. Si es que hubiera, claro.

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Una escena desde la ventana de mi cuarto: tres autos detenidos, esperando detrás de un camión que carga containers de basura. Nadie grita, nadie se queja, nadie toca bocina. El conductor de uno de los autos baja las ventanillas, pone música, enciende un cigarro. Cuando los operarios terminan, el camión se pone en marcha y los autos retoman su camino. El asunto ha tomado más de quince minutos. Quizás veinte. Será eso la civilización: una cierta paciencia.

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Caminando por la calle, luego de un almuerzo, uno de los profesores de la universidad dice que él no cree en nacionalidades. “Yo solo creo en los barrios.” Es una de esas frases que querría haber dicho (pensado) yo.

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Siempre me impresiona cómo, en Europa, se vive con naturalidad en ciudades que son monumento histórico, patrimonio de la humanidad, reliquia pura. Cómo la gente camina sobre calles centenarias y apoya el culo en bancos de iglesias de mil años y estudia en aulas antiquísimas. En Latinoamérica si todo esto nos rodeara, le estaríamos poniendo cordoncitos y un cartel que dijera no pasar. Recuerdo, de pronto, Dubrovnik o Split, y esa sensación de pisar piedras como si uno estuviera mancillando alguna cosa.

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Lo más desconcertante de estar en una ciudad extraña es que, a ciertas horas, todo el mundo parece saber a dónde va. Menos uno.

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Un taxista, en Madrid, me cuenta con todo detalle la estrategia horaria que tuvo que montar para ver, hace algunos años, una exposición de Velázquez en el Prado que lo obligó a hacer cuatro horas de cola. Después me habla de sus planes para ir a la muestra de los impresionistas que auspicia Mapfre y donde siempre hay filas de tres cuadras. Le pregunto si le gusta la pintura. Dice “Bueno, no especialmente”.

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En tren a Madrid. Sube un rubito con ropa de gimnasia negra. Otro, vestido de rapper, lo mira mal. Cuando en la siguiente parada se abren las puertas el rubito baja y corre, decidido, hacia una reja de cuatro metros. Apoya el pie en el tapial y salta. Me gusta esa certeza en la falta de límites. La misma certeza, claro, que lo transforma en un peligro vivo.

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En Madrid, con los taxistas, el tema suele ser la crisis. En un trayecto entre el diario El País y Atocha un taxista me dice cosas como “Es que cuando no hay trabajo, no hay trabajo”. “Es que cuando no se puede pagar la hipoteca, no se puede pagar la hipoteca.” Me divierte esa tozudez que no deja espacio para rebatir. “Es que cuando aquí llueve, aquí llueve”, dice, cuando ya bajo.

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Alcalá tiene una calle llamada la calle Mayor, que continúa a la calle de Libreros. Hay, allí, negocios apretados, uno junto al otro. Eso es, para mí, Europa: ese abarrotamiento en el que caben una casa de alta costura, una mercería que ofrece bragas de abuela, un kiosco de chinos, una peluquería toda Kérastase, una bombonería fundada en 1846, tres tiendas que venden vestidos para novias y la casa de Cervantes.

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En el tren a Madrid un nene llora. Se tapa la cara con las manos y grita, con total desesperación, por qué por qué por qué por qué. Me dan ganas de decirle que no se gaste, que nadie sabe por qué

Por la noche ceno en un restaurante argentino que se llama El churrasquito. Los meseros son argentinos, el tipo de la caja es argentino, pero el ruido es el volumen universal del español: ocho grados por encima del grito. En una mesa hay dos parejas. Una de las mujeres dice, indignada, que parte de la crisis se debe a que los inmigrantes tienen más derecho que los españoles. Qué coraje, me digo, venir a hablar de eso en territorio enemigo.

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No escribo desde el sábado y hoy es viernes. El martes escuché la conferencia de un científico que trabaja en el yacimiento arqueológico de la sierra de Atapuerca desde hace veinticinco años. En cada viaje a la sierra él y su equipo se hospedan en Burgos. Alguna vez alguien le preguntó qué hacían por la noche en Burgos y él, muy tranquilo, respondió que iban a la taberna y bailaban con sus chicas.

—Y luego me di cuenta de que nuestras chicas ya tienen cincuenta años. Y que llevamos veinticinco años bailando con nuestras chicas.

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Miro la televisión. Anuncian el estreno del documental más caro de la historia, quinientos millones de euros. Muestran imágenes de ballenas, de morsas y morsitas, de tiburones. Después, el eslogan: “Queremos conocer las galaxias, y aún no conocemos bien nuestro planeta”. Yo no había leído todo Dostoievsky cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Kafka. Y no había leído todo Kafka cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Irving. ¿No es ese discurso una negación de lo que mueve las obras de los hombres: la curiosidad? Los ecológicos. Un grupo de gente desinfectada, caminando orgullosa hacia un futuro sin riesgos.

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El ruido que tiene el poder no es el de las trompetas, ni el de los bombos, ni el del aplauso. El ruido que tiene el poder es el que producen cientos de culos vestidos con ropa cara, levantándose de sus asientos en el exacto momento en que entra una majestad.

Su Majestad el Rey Juan Carlos entra en el paraninfo para la ceremonia de entrega del premio Cervantes a José Emilio Pacheco y, sin necesidad de que nadie dé una orden, acompaña a su entrada ese ruido triunfal.

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Noticias desde Zimbabwe. Me dicen que no hay luz, así que compro una linterna. La pago cuatro euros.

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Una camioneta recorre Alcalá anunciando la llegada de un circo. Circo Coliseo, treinta animales en escena, dice por megáfono una voz con acento italiano. La carpa del circo, que vi ayer mientras corría, es cremosa, elegante, a rayas azules y blancas. “Elefantes, impalas, leones, y lo nunca visto: cerdos amaestrados”, dice la voz, y yo me digo que tengo que ver eso: lo nunca visto. Pero después no voy.

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Sábado en Madrid. Los bares rebosan, los restaurantes rebosan, las taperías rebosan, la Plaza Mayor rebosa, los negocios de ropa rebosan, las tiendas de discos rebosan. Recuerdo nuestro año peor (2002, aunque fueron tantos), cuando nadie salía a la calle, cuando nadie se atrevía a comprar nada por miedo a la catástrofe que pudiera venir después.

Junto al Mercado San Miguel —antiguo, coqueto, gourmet, lleno de gente— hay tres parejas de mendigos, cada una en su umbral. A eso llamarán su casa. ¿A eso llamarán su casa? Frente a la FNAC hay un grupo de cuerdas tocando Las cuatro estaciones. Las cuatro estaciones debe ser, a Europa, lo que El cóndor pasa es a Latinoamérica.

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Una combinación indescifrable: se entierra a un franquista con honores (Samarranch) un día y medio después de una marcha masiva en apoyo al juez Garzón (que ha metido el dedo en la llaga de los crímenes franquistas).

Qué difícil.

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Por la mañana, en la cafetería de la residencia, Mariano, el hombre que sirve el café, habla con una mujer y dice que las heridas, cuanto más lejos del corazón, más duelen. La mujer dice que ella hace diez días que no aparece porque le han operado la boca.

—Me quitaron piel del cielo de la boca y me la pusieron en las encías. Es maravilloso lo que hacen ahora, Mariano, que ni te cortan.
—A este lo dejaron como a un jugador de fútbol —dice Mariano, señalando a su compañero—. Le pusieron unos electrodos, unos cacharros, y lo dejaron como un jugador de fútbol.
—Es increíble lo que hacen.
—Que sí.

Esa extraña sensación de tener la sensación —todo el tiempo— de que están usando un asombro muy antiguo para asombrarse de cosas no tan nuevas.

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Es martes. Ceno en el restaurante argentino. Hay poca gente, apenas tres o cuatro personas en la barra, y todos miran la televisión. Pasan un programa conducido por una española que recorre Buenos Aires: San Telmo, la Boca. Los mozos, el dueño, la mesera, miran arrobados. La presentadora se acerca a un bebé que está con sus padres, en la mesa de un bar, y le canta: “Yo tengo un elefante que se llama trompita”. Los mozos, el dueño, la mesera, sonríen con una nostalgia horrible y obvia.

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Hay una tienda de ropa, casi al final de la calle Mayor. Paso por allí siempre que puedo porque tienen vestidos fabulosos. Cuestan, en promedio, unos trescientos euros y cambian la vidriera casi a diario. Un día entro a curiosear y pregunto por el motivo del cambio tan frecuente. Me dicen: “Es que no nos duran, los vendemos todos”.

Qué difícil.

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Me invitan a dar una conferencia, en noviembre, en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Debo hablar sobre el bicentenario, sobre las relaciones entre España y Argentina. En el minúsculo escritorio de mi cuarto de Alcalá empiezo a tomar notas. Escribo:

“¿Qué es España? Para nosotros, para los argentinos, para los que aportamos con cuarenta millones de habitantes a los trescientos setenta y cinco millones que, en diecinueve países, forman hispanoamérica, ¿qué es España? ¿El sitio del que nos independizamos? ¿El sitio del que venimos? ¿El sitio al que queremos volver? ¿Es la tortilla de papas, las doce uvas a las doce, los toros, el Quijote, Alaska, Almodóvar, Serrat, Sabina, Los héroes del silencio, Tomatito, García Lorca, Góngora, Quevedo, el vino, el Duero, el Tajo, la sangre y la tragedia, una plaza de piedra una tarde de sol, la Rambla, la Guerra Civil, el rey, la reina, el Escorial, Letizia, el Prado, Paquirri, los funcionarios de migraciones de Barajas, Machado, Miguel Hernández, la virgen de la Macarena? ¿El único país de Europa donde hay vida más allá de las nueve de la noche? ¿El sitio del que nos independizamos? ¿El sitio del que venimos? ¿El sitio al que queremos volver?”.

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No pocas veces, más bien varias, esta escena: madres (muy jóvenes) zamarreando críos (muy críos) y diciéndoles cállate, diciéndoles imbécil, diciéndoles eres un bueno para nada, diciéndoles no, no te perdono.

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Me depilo en Malvasol, un centro de estética. Me atiende una chica de veintiún años con ortodoncia de las de antes, con fierritos. Me pregunta de dónde soy. Cuando le digo que de Argentina dice que le gusta mucho viajar pero que no ha salido nunca de su país. Me pregunta qué hago y, cuando le digo que soy periodista, pregunta lo de siempre: si he conocido a algún famoso. Pienso un poco, porque quiero ofrecerle algo decente, y le digo que sí, que hace años entrevisté a Paulo Coelho. Me dice que a ella le gusta Jorge Bucay y me cuenta el cuento de un elefantito —un cuento de Jorge Bucay— que la conmovió. Después me dice que la crisis está fatal, que ella trabaja mucho para ganar poco porque el convenio es malo. Que ha pensado en irse de España pero que le costaría vivir afuera. Le pregunto por qué. Me dice que extrañaría la comida, que acá comen mucho y a toda hora y que por las dudas está estudiando para policía, que es otra cosa que también le gusta.

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La gran noticia, hoy, es el escándalo: el escándalo de la gente escandalizada con Zapatero, que mintió, y que, en vez de decir que los desempleados eran 4.700.000, como son, dijo que eran 4.200.000, como no eran.

Qué difícil.

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En la cafetería del hotel, las mismas señoras conversan. Una dice, con frialdad, que, cuando te vienes vieja, la línea de los labios desaparece, los ojos se hacen más chicos, la piel de aquí te empieza a sobrar.

—Vamos, que no te reconoces.
—No es para tanto —dice la otra.

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La publicó esta mañana el diario La Razón, pero ahora no puedo encontrarla. Era una nota sobre el hospital de Aguascalientes, México, donde le salvaron la vida a José Tomás, a quien corneó aquel toro. El artículo empezaba diciendo que el sitio no era una clínica suiza ni un sanatorio francés, pero que tampoco era tan sucio.

Qué difícil.

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Dejo Alcalá para irme al África pero primero paso por Madrid, donde me quedo en casa de un amigo, en Lavapiés. Un día, recostada contra una columna de la Plaza Mayor, mientras miro a un grupo de baile de Galicia preguntándome si serán todos gallegos, pienso que he escuchado muchas veces en este viaje el argumento de que no se puede cantar tango si se es gitano, ni bossa nova si se es chileno, etcétera. Si siguiéramos el hilito del argumento hasta el final, descubriríamos que tampoco sería posible que un tipo de barrio, argentino y devoto del mate y el fernet, como Julio Bocca, bailara el Cascanueces. Digo, digamos, por ejemplo.

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Una noche regreso caminando a Lavapiés y veo, frente a la catedral de San Isidro, un papel pegado en el piso, enmarcado con cinta scotch, que dice “Colombiano pinta uñas de pies y manos: prolijo”. Hay un teléfono y el papel tiene tiras que pueden arrancarse para llevar. Un tipo que descubrió que la gente camina mirando el piso más que ninguna otra cosa es, además de un genio, un sobreviviente implacable. A lo mejor tienen razón en tener miedo.

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Me voy a Zimbabwe, enferma. Ayer vinieron unos médicos, me inyectaron algo, me recetaron cosas. Para mi escándalo, en la farmacia descubro que una caja de cuarenta comprimidos de alguna de todas esas cosas cuesta apenas dos euros.

Qué difícil.

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Después, Zimbabwe. Por muchos días. Por muchos días.

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De regreso en Madrid paro en un hotel de la calle de San Bernardo. En el hotel han apagado la calefacción hace dos semanas y dicen que no pueden volver a encenderla aunque haga cinco grados: “Pero podemos darle una manta”.

Cada tarde escucho historias tristes en los locutorios de la zona a los que solo acuden bolivianos, brasileños, peruanos: ya no bebas, mi hijito; llámame cuando sepas que estoy en la casa, ¿por qué siempre me llamas cuando no estoy?; cuídame al perro, porfa; es que la niña no quiere hablar contigo, ¿no lo entiendes?, ya no te recuerda. Algunos lloran. Cuando les cuento estas historias a mis amigos de acá se sorprenden: jamás han estado en un lugar así.

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De la puerta de mi cuarto cuelga un cartel. En vez del atildado “Por favor, no molestar”, el cartel dice, en mayúsculas brutales: “No molesten”. Lo leo cada mañana, cuando bajo a tomar el desayuno. A veces pienso que es una forma, no demasiado mala, de empezar el día