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—Dame lápiz y papel —dice el piloto de Aerolíneas Argentinas Jorge Polanco, chomba amarilla, ojos claros, gesto tranquilo en este bar de Palermo.

Y en el cuaderno dibuja el gráfico de su aterrizaje en Bariloche: el lago, la pista, la maniobra en forma de gota, la flecha que representa el avión y, frente a él, a la derecha, la luz que le cambiaría la vida.

—En la cabina éramos cuatro. El primer oficial dijo: che, ¿qué carajo es eso? Y cuando levanté la cara vi algo de 30 metros de diámetro, con una luz arriba, naranja, que titilaba como si estuviera respirando, y otra verde, un verde rarísimo que en la puta vida había visto.

Empecé a pensar: esto es un sueño, no me puede estar pasando. Es un sueño y, en un rato, me voy a despertar.

Dijeron los diarios más importantes del país que el 31 de julio de 1995, una luz siguió durante 15 minutos al vuelo 734 de Aerolíneas Argentinas que manejaba Polanco. Según comentaron en el aeropuerto, durante ese cuarto de hora, que coincidió con un apagón eléctrico en toda la ciudad de Bariloche, los instrumentos de la torre de control fallaron: las agujas se movían violentas. Desde un avión de gendarmería, que volaba dos mil pies encima del Boeing, también vieron la luz.

—Fue la confirmación de algo que se venía hablando desde hacía mucho. La gente decía: este tipo no chupa, no es un boludo, no se confunde con una luz cualquiera.

Esa noche, Polanco volvió a Buenos Aires manejando el mismo avión.

—Estaba agotado. Como si me hubieran molido a palos, como después de un ataque de hígado que te hace vomitar toda la noche. Como si algo me hubiera sacado la energía.

A las 7.30 de la mañana siguiente lo despertó el teléfono. Querían hablar con él de una radio de Bariloche. A las 8, el timbre. El portero le avisaba que en la puerta había, por lo menos, quince periodistas.

“Era una luz entre ámbar y blanca, una especie de estrella pero bastante más grande y con un brillo muy intenso. En la torre, algunos instrumentos empezaron a moverse de un lado para otro sin ningún sentido”, dijo al diario Clarín, el entonces jefe de turno del aeropuerto, suboficial principal Daniel García.

—A los tres días me llamó mi abogado para que fuera a su estudio: me querían conocer. Al llegar, en la sala de reunión encontré la mesa con vasos de Coca Cola, sanguchitos de miga, parecía un cumpleaños de chicos. Y personas: jueces de la Corte Suprema, jueces federales, abogados. Mientras les contaba lo que había pasado hice un esquema en una hoja. Cuando terminé, uno me pidió el papel y otro: ¡Yo también lo quiero! Y un tercero, que gritaba que eso era un documento, una copia más. Me fui de ahí pensando que esos tipos estaban completamente locos.

“Vimos sobre el lago una luz ámbar que aumentaba y disminuía de intensidad y se desplazaba a gran velocidad hacia la Cordillera”, dijo al diario Crónica dos días después del incidente, Juan Domingo Gaitán, copiloto del avión de gendarmería que volaba encima del Boeing de Aerolíneas.

—Y después sí, fue una locura. Estaba comiendo en un restaurante y se me acercaba alguien y me decía: “yo también vi algo, dejame que te cuente”. Salí en revistas, fui a la televisión a almorzar con Mirtha Legrand dos veces, nota para esto, nota para el otro y a los diez días estaba harto. Me venían a ver los que estudian los ovnis: me querían usar de mujer barbuda. “Vení que tengo una conferencia en no sé dónde y quiero llevarte”. Yo he corrido turismo carretera, tengo un programa de televisión, pero la repercusión de ese caso superó lo que uno puede imaginar.

En la octava fila de asientos del vuelo 734 que manejaba Polanco, junto a la ventanilla derecha, sentado: el periodista Mariano de Vedia, hoy editor de política del diario La Nación, leía un libro de García Márquez. “El otoño del patriarca” o “Crónica de una muerte anunciada”. No se acuerda cuál. “Me enteré de todo al día siguiente —cuenta por teléfono—. Salvo por un sacudón y el comentario de que no se iba a poder aterrizar porque no había luz en el aeropuerto, no vi nada: miré por la ventanilla, pero todo estaba oscuro. A mí me quedó la sensación de que el piloto hizo una mala maniobra y debió arreglarla con un movimiento brusco. Tengo la sospecha de que para justificar ese movimiento ideó la fantasía que contó en todos lados. Quizás, después se la creyó. No sé si existen los ovnis, pero para mí en ese vuelo no hubo una certera señal de que se tratara de uno”.

—Yo me retrotraje mucho con este tema —sigue Polanco y de un trago termina el cafè—. Me saturaron. Me hincharon las pelotas. Soy comandante de Jumbo desde hace 33 años, soy asesor de la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC). Y en un momento dije: ya está. El que quiere tener la cabeza abierta, el que quiere creer, que crea. Pero es muy difícil encontrarte con tipos que te dicen: che, ¿vos viste un plato volador? No, boludo, estaba al pedo e inventé este quilombo porque no tenía nada más que hacer.

Creer o no creer

El mundo de los ovnis es un mundo de afirmaciones y negaciones, de crédulos e incrédulos, de ficción, dichos incomprobables, mitos y fantasía.

Los que creen parecen tener miedo de hablar abiertamente, reconocen que hay muchos prejuicios, y antes de explayarse tantean a quien pregunta, lo miden, certifican si, aunque mínimamente, comparte la creencia. Luego, ya en confianza, citan fechas y casos y eventos y nombres en inglés, declaraciones, una montaña de información que, a ellos, les resulta suficiente.

Dicen que los militares investigan y ocultan, que la iglesia pone mucho esfuerzo en que nada se sepa, que a nadie le conviene encontrarse con una civilización mucho más adelantada, con tecnología superior. Se esfuerzan en tratar de convencer a otros, despertarlos, abrirles los ojos para que vean que todo esto no son puras palabras. Dicen tener contacto con muchos científicos (físicos, astrónomos y otros) que no pueden decir lo que piensan por temor a ser excomulgados de la comunidad. Dicen que, aunque sea imposible de demostrar, de cada diez científicos, dos o tres creen en silencio.

Nombran comisiones locales que nunca se dieron a conocer, dicen que la página web de la fuerza aérea chilena publica casos puntuales de avistajes, nombran ejemplos internacionales de investigación y censura: mencionan el cierre del “Project Blue Book” (Proyecto Libro Azul) en 1969, un programa estadounidense para la investigación ovni. Y se preguntan por qué la fuerza aérea norteamericana dispuso las ordenanzas AFR 200-2 y JANAP-146, que establecen penas de 10 años de cárcel y US$ 10 mil a los pilotos civiles y militares que divulguen información de observaciones.

Sin embargo, en un momento de la charla, reflexivos, aceptan que hay una barrera infranqueable en cuanto a la investigación. Se llega hasta donde se puede y luego, a la hora de pensar el origen de los fenómenos, empiezan las hipótesis:

—Y ahí sí —dicen—, se propone cualquier cosa.

Y cuando se les pregunta qué se supone que son los ovnis, hablan de tres posibilidades:

Un fenómeno espacial que viene de otro planeta.

Un fenómeno de un mundo dimensional: adelantado al nuestro, quizás, 15 minutos.

Un fenómeno creado por una potencia terrestre. ¿Su utopía? Encontrar un método predictivo. Revisar la estadística, los casos y las particularidades de cada uno y así descubrir una clave, algo que indique cuándo un ovni va a aparecer; para estar preparados y poder ir a su encuentro.

Del otro lado, los que dudan o no creen hablan de locura, de ansias de fama y trascendencia, de mentira y negocios. Dicen que no hay nada concreto que demuestre que existen los extraterrestres, ni los ovnis ni nada.

Están los que no saben demasiado sobre el tema, no conocen casos, fechas ni detalles. Tampoco les interesan. Y los desmitificadores, que llevan adelante una guerra contra lo que nombran como una manga de chantas. Conocen, con precisión, casos falsos, burdamente armados y enumeran absurdos y sinsentidos, nombres de investigadores, a los que tildan de truchos y asocian con fraudes memorables.

Los que dudan o no creen parecen tener ganas de que todo sea mentira. Parecen temer que algo pueda ser verdad. Dicen que sí, que hay gente que ve. Y, luego, preguntan si de esos avistajes se puede deducir la existencia de civilizaciones avanzadas. Y, arrebatados, siguen: ¿Qué vieron? Seguramente meteoritos o globos aerostáticos o restos de un satélite o aviones o helicópteros, prototipos militares, o fenómenos climatológicos poco comunes, raros fuegos de San Telmo o meteoros ígneos, descargas de efecto corona electroluminiscentse provocadas por la ionización del aire en fuertes tormentas eléctricas.

Dicen los que no creen que uno puede encontrar a quince, veinte personas, que digan que un plato es circular aunque lo veamos cuadrado. Que el problema es cómo demuestra el que argumenta que ese plato es circular.

Hay, también, conversos, arrepentidos. El periodista Alejandro Agostinelli es uno de ellos. Y aunque hoy se defina como un agnóstico, hace unos 30 años armó un centro de investigaciones ufológicas: el Centro de Estudios de Fenómenos Aéreos no convencionales.

Luego, empezó a trabajar en diarios y revistas, investigó casos y se fue transformando, sin quererlo, en un desmitificador. Publicó un libro, “Invasores. Historias reales sobre extraterrestres en la Argentina” en el que compiló once historias de extraterrestres. En el prólogo resume la experiencia. Escribe: “Yo también sabía que la ufología no era una ciencia. Pero sus aficionados hacíamos lo posible por parecer científicos. Buscábamos asesores en diferentes ramas del conocimiento, aprendíamos a hacer encuestas con el manual Técnicas de investigación social, de Ezequiel Ander-Egg, y compartíamos un sueño: descubrir algo capaz de poner patas para arriba a la ortodoxia científica. Pero éramos, en realidad, una cruza extravagante de filatelistas, cazadores de pterodáctilos y micólogos: coleccionábamos recortes, buscábamos platos voladores cuando ya se habían retirado y desenterrábamos hongos en las zonas de aterrizaje”.

Hay, además de personas que creen y no creen, dudosos, agnósticos, conversos y arrepentidos, casos que sorprenderían al prejuicioso. Como el del físico Stephen Hawking, que uno supondría racionalista y escéptico, pero que en abril de 2010, meses antes de negar a dios, descartarlo como creador del Universo, dijo que casi seguramente los seres extraterrestres existan. Que los seres humanos deberíamos hacer todo lo posible para evitarlos.

Creer o no creer en Dios es una cuestión de fe.

Al parecer, creer en los ovnis, también lo es.

Una comisión oficial

En 2011, según la Fundación Argentina de Ovnilogía (FAO), hubo en el país 250 avistajes: observaciones de objetos, fotografías, videos, marcas de terrenos. Al menos para la Argentina, en materia de ovnis no fue un año demasiado prolífico. La oleada más grande de los últimos tiempos, según datos de la FAO, se produjo en 2008 con 555 casos registrados. Si hubo más, nadie lo sabe. Y sin embargo, para los amantes argentinos de los ovnis, los ufólogos, los curiosos del espacio, 2011 fue un año histórico por otro motivo: En abril, la Fuerza Aérea presentó una Comisión de Investigación de Fenómenos Aeroespaciales, un organismo oficial para estudiar casos ovnis, para responder “al incremento de avistamientos por parte de la gente”, integrada por especialistas en meteorología, interpretación de imágenes, fotografía aérea, ingenieros electrónicos, aeronáuticos, radaristas licenciados y geólogos: militares racionales. Y por cinco civiles que, sin duda alguna, creen.

El chico rubio, de unos veinte años y el modo amable y cálido de un militar de bajo rango, cuenta que se emitió un comunicado a las tres fuerzas que ordena que cualquier persona que vea “algo extraño” debe informarlo a la Comisión. Además, explica, reciben denuncias de civiles en la página. Y dice que esta mañana entrevistaron a un piloto, muy experimentado, que vio luces extrañas en el cielo. Dice que si un periodista le pidiera a su jefe el contacto de ese piloto, seguramente, él no tendría problemas en facilitarlo. Se equivoca.

El jefe, a cargo de la comisión, es el vocero de la Fuerza Aérea, el capitán Mariano Mohaupt. Hablar con él es como tratar de atravesar una pared de cemento empujándola con la frente. Amable, se saca las preguntas de encima como si fueran hojas que hubieran caído sobre su uniforme. Con delicadeza, las corre hacia el costado y, sonriendo, mientras espera las siguientes, las ve girar hasta el suelo.

Uno pregunta y él responde, en casos, como si las palabras que suceden a la consulta no tuvieran por qué tener una estricta relación con la misma.

—Leí que anteriormente que, si bien no se dieron a conocer, a lo largo de la historia en la Fuerza Aérea Argentina hubo comisiones que investigaron casos de ovnis. ¿Ese material de archivo se pudo usar?
—La comisión empieza basándose en cuestiones netamente técnicas y profesionales con personal que se encuentra en este momento en actividad, y personal que está afuera. Lo importante es que la comisión sea interdisciplinaria y que las profesiones de sus diversos integrantes confluyan en el objeto de estudio para, de esa forma, poder determinar cuestiones de la manera más conveniente posible.

Mohaupt explica que se trata de aprovechar “las capacidades remanentes de la institución”. Es decir, que el personal participa “sin perjuicio de sus funciones”. Dice que la Fuerza Aérea uruguaya tiene una comisión, que Chile tiene la suya, que Brasil lo mismo. “Somos parte de una suerte de contexto internacional”. Que la comisión nació a raíz de consultas de la ciudadanía. Y que hasta el momento han obtenido resultados satisfactorios.

Los procedimientos, detalla, son similares a los que usa la junta investigadora de accidentes. Llegan al lugar, entrevistan a posibles testigos y analizan la información. No obstante, en la charla, que durará media hora, el capitán dirá cinco veces que la comisión “no es un órgano de difusión”.

—¿A qué se refiere puntualmente?
—Nosotros investigamos. Si en un momento determinado no se sabe qué es algo, habrá que acumular información para que, en otro momento, quizás se pueda saber de qué se trata. Sin embargo, mientras tanto puede jugar la imaginación. Y nosotros no podemos estar sujetos a eso.

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Si en enero de 1976, Carlos Ferguson no hubiera visto, sobre esa terraza de Saavedra el objeto color aluminio, dos platos perfectos uno junto a otro, que se movía de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, a menos de 45 metros de donde él estaba, no se habría metido en este tema. Pero, dice hoy en el comedor de su casa de La Plata, lo vio.

—Era un platillo volador, que se elevó hasta quedar hecho un punto y desapareció hacia el sudeste.

Decidió empezar a investigar. Le escribió al reconocido ufólogo Fabio Zerpa: trabajó cinco años con él. Y, luego, en 1991, para aunar esfuerzos en la titánica tarea de entender el fenómeno ovni, decidió formar la Red Argentina de Ovnilogía (RAO), que reunía a 50 grupos nacionales y de países limítrofes.

Un día de 2010, Ferguson, que trabaja en el área logística del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, se enteró por los diarios de que la Fuerza Aérea iba a armar una comisión, pero no como las anteriores, puertas adentro, sigilosas, sino una más abierta. Y decidió contactarse.

—Tuve suerte, o habrá sido la insistencia al llamar.

Fue el primer convocado.

Luego, le pidieron que sugiriera nombres, y él sugirió. Alberto Brunetti, del Grupo Investigador de Fenómenos Aeroespaciales Desconocidos (GIFAD); Carlos Alberto Iurchuk, analista de sistemas e investigador independiente de fenómenos siderales, y Andrea Simondini, de la CEFORA, la Comisión de Estudios Fenómeno ovnis de la República Argentina. Todos prestarían servicios ad honorem.

El mayor aporte que hicieron a la comisión, dice, fueron dos test. Uno más simple, de extrañeza y credibilidad, creado por el norteamericano Josef Allen Hynek, que los ufólogos usan al llegar a un lugar.

Y otro, mucho más complejo, que sirve para clasificar los casos en cuanto a su puntaje: el test de índice de certidumbre. Un test difícil de aplicar, pero al parecer muy preciso, estructurado en base a tres factores (fuente, extrañeza y credibilidad) que al multiplicarse darán un número, un resultado que definirá si un caso es “bueno” o no merece atención.

1. La fuente tiene distintos valores. Si es desconocida o dudosa, no sirve (valor cero). Si pertenece a la prensa, el valor es 0,3. Si es un caso de difusión oficial o lo está investigando una comisión oficial, el valor es 1.

2. La extrañeza, a su vez, se divide en siete subfactores: aspecto anómalo, movimientos anómalos, incongruencia físico espacial, detección tecnológica, encuentro cercano (menos de 150 metros), existencia de seres, existencia de luces y efectos. Cada subfactor vale 1/7. Si hay cuatro, la extrañeza será de 4/7.

3. La credibilidad, por último, se divide también en seis subfactores (número de testigos, profesión, edad, relación entre testigos, relación geográfica entre ellos, actividad del testigo a la hora de la visión), que antes de ser sumados entre sí deben multiplicarse por un coeficiente fijo que corresponde a cada subfactor. Por ejemplo: si el testigo es trabajador o ama de casa, el valor es 0,1. Si es estudiante universitario: 0,6. Hombres de negocios, empleados, comerciantes o artistas: 0,14. A este valor hay que multiplicarlo por el número 0,2. No es lo mismo si los testigos están viajando (0,01) que si estaban haciendo una actividad cultural o intelectual (0,12), que si estaban trabajando (0.15). Este item debe multiplicarse por 0,15.

De acuerdo al puntaje que tengan, los casos se ordenan según fiabilidad.

—Desde 1940 a 2011, de 1.700 casos que tenemos contabilizados en la Argentina, sólo hay 150 realmente buenos —dice Ferguson—. Uno de los que figura como los mejores, que dio la vuelta al mundo y apareció en libros de investigación oficial en Europa es el de Bariloche, el del comandante Polanco. Si bien para los civiles que la integran la comisión fue un sueño, algo que habían esperado durante años, dentro de los ufólogos hay opositores furiosos que creen que todo esto es una maniobra de ocultamiento.

“Una verdadera cortina de humo”, dice por teléfono Luis Burgos, presidente de la Federación Argentina de Ovnilogía (FAO). “No se armó para aclarar sino para desinformar y ridiculizar a los investigadores”.

Burgos está enojado. Dice que desde hace un año, a pesar de los 300 reportes ovnis en el país, la Comisión no emitió una sola declaración. Dice: “La integran meteorólogos, ingenieros, personas que están en contra del fenómeno. Para ellos, nosotros le mentimos a la gente”.

El mundo ovni es más chico de lo que parece. Burgos trabajó con varios de los civiles que integran la Comisión. Civiles que, según dice, lo defraudaron: lo decepcionaron por completo. “Pensaron que debajo de una comisión gubernamental iban a tener acceso a algo. Pero, por ahora, no les dieron nada. Cada uno sabe lo que hace: yo, al menos, los pantalones no me los bajo”.

Queremos saber la verdad

A principios de octubre de 2012, a días de la explosión que sacudió el barrio 9 de abril, en Esteban Echeverría, el cartel escrito sobre una sábana blanca, seguía colgado de una de las vallas que había puesto la policía. En letras negras, desprolijas, se leía: “No fue gas. Los vecinos queremos saber la verdad”.

El lunes 29 de septiembre, cerca de las dos de la mañana, una explosión increíble mató a la peruana Silvia Espinoza (43), hirió a otras ocho personas, derrumbó dos casas y afectó otras cien. Nadie sabe quién lo dijo primero, pero la mañana que siguió al accidente en la televisión había ufólogos y especialistas que hablaban de la posibilidad de un meteorito, un ovni, un microcometa, un fragmento de chatarra espacial, entre muchas otras cosas. En un canal, incluso, se publicó la foto de una bola de fuego roja que, dijeron, un vecino había tomado con su celular.

Julio Leiva, que vive en la esquina de Vernet y Los Andes, les contó a los periodistas que estaba en la cocina calentando agua para tomar unos mates, cuando en la ventana vio “una cosa roja con forma de pera que bajaba del cielo”. Otros vecinos también vieron, o sintieron, o creyeron ver o sentir que algo raro había pasado. Luego, alguien dijo que la foto era falsa. Luego, supuestamente, la policía detuvo al hombre que había difundido la foto.

La fiscal de la causa dio intervención a la Comisión Investigadora de Fenómenos Aeroespaciales. La comisión se hizo presente. Los civiles aplicaron el test de mayor simpleza, el de Hynek, el test de extrañeza y credibilidad. Se lo aplicaron a tres testigos, incluyendo a Julio Leiva. Según los resultados, el caso no cumplió con el mínimo valor aceptable para ser válido. Sin embargo, según los mismos resultados, los testigos no mintieron ni fabularon.

Ese mismo día, hombres de la CONEA, con trajes blancos y máscaras y guantes verdes, midieron la radiación en el lugar.

Luego, hubo una limpieza de los escombros.

El martes a la noche los vecinos quemaron gomas y cortaron la calle. Querían que liberaran al preso que habría difundido la foto, querían que dejaran de decir que había sido un escape de gas, querían una explicación: ellos sabían que todo era mentira.

“Una vecina que vive a 13 cuadras comentaba que se le prendió y se le apago la luz, esto lo dijeron un montón de vecinos, la luz se prendió y se apagó en el mismo momento”, decía alarmada la movilera de un canal de televisión y seguía: “A los vecinos les llamó atención que se hubiera limpiado tan rápido absolutamente todo”. En los demás programas se consultaban especialistas, se mostraba el lugar. Se hablaba mucho y se explicaba bien poco. Y cada vez era más los vecinos que decían haber visto un ovni.

A seis meses de la explosión, en el departamento de prensa de la Unidad Fiscal de Investigación 6 de Lomas de Zamora, a cargo del caso, indican que si bien “las tareas investigativas continuaban”, las pericias de Fuerza Aérea, bomberos y policía fueron concluyentes. “Se comprobó que hubo conexiones clandestinas de gas y se imputó a los dueños de la casa que explotó. Por otra parte, se agregaron oficios de la Fuerza Aérea donde dicen que en esa fecha no hubo movimientos interestelares ni meteoritos que pudieran estar relacionados con los hechos”.

Y sin embargo, los vecinos siguen creyendo que la municipalidad y la policía esconden algo. Cuando se les pregunta, no dejan de mencionar la palabra ovni. El creador de la Red Argentina de Ovnilogía cree que mucha gente entró al lugar. Que se hizo lo que no hay que hacer en estos casos: en vez de cercar el perímetro y realizar una minuciosa requisa del terreno, las topadoras removieron todo. Que la investigación se derrumbó en el momento en que las pruebas desaparecieron. Que, sin elementos, el caso quedará como inválido. Que ya, nunca más, se podrá saber qué fue lo que verdaderamente pasó.

Epílogo

¿Qué fue lo que verderamente pasó?

Mi tío me llama por teléfono desde Mendoza. Le cuento que estoy viendo unas fotos en internet, unas fotos que parecen cuadros pero son del espacio. Me pregunta por qué estoy viendo eso. Estoy terminando una nota sobre los OVNIS, tío, el eje de la nota es que, a fin de cuentas, creer o no creer es una cuestión de fe.

—No, no. Yo los vi.

Mi tío es universitario, da clases en un posgrado, hace poco lo convocaron desde Arabia Saudita para que hiciera una consultoría. Viajó: le fue bien.

— ¿Cómo?
— Fue a principios de febrero del 64. En ese momento yo vivía en una pension cerca del centro de Bahía Blanca, sobre la Avenida Alem, a unas cuadras de la Plaza Rivadavia. Me acuerdo, era una noche calurosa. Y de pronto, todos mirando hacia arriba. Una formación de tres estrellas. Me acuerdo, haber dicho: pucha, ¿y eso qué es?
—…
— Cambiaban de color: verde, azul, rojo, era muy extraño. Parecían estáticas, pero de repente salieron a una velocidad notable. Como tejos, rajando para un solo lado. No sé cuánto tiempo pasó, deben haber sido unos cinco minutos, pero al día siguiente saliò una nota en el diario La Nueva Provincia. Mucha gente los había visto.

Lo saludo. Corto. Sigo viendo fotos.

Parecen cuadros abstractos.

Así es el espacio. Debe ser así.

Habrá que creer, ¿no?

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Jorge Suárez fue lo más parecido a un extraterrestre que habitó en las sierras de Córdoba. Fue un hombre que tuvo los pies en este planeta pero mantuvo siempre los ojos rozando las estrellas sin necesidad de treparse a transbordadores ni de orbitar en estaciones espaciales.

Los humanos somos seres desatentos que gastamos la vida entera ignorando que la quietud es una ilusión, que la inmovilidad es aparente y no existe, que siempre estamos en el viaje y que todo se mantiene en permanente movimiento aunque las montañas, las pirámides y los edificios parezcan tan estables cuando los miramos. Son pocas las personas que perseveran en la vigilia y ni por un instante olvidan que apenas somos microscópicos pasajeros en una roca que gira a más de cien mil kilómetros por hora alrededor de una estrella insignificante.

Suárez fue uno de esos bichos extraños que jamás olvidaba dónde estaba parado. Y a esa vigilia le añadió un convencimiento: no estamos solos en el Universo. Entonces cada vez que levantaba la mirada no esperaba solamente chequear el cielo y las nubes y los barriletes y las palomas. Esperaba más. Mucho más.

Como sucede con los dementes y con los héroes, el mundo no estaba preparado para el tamaño de sus ambiciones.

Había nacido en Adrogué, en la provincia de Buenos Aires, en 1940.  Su vida cerca de las estrellas comenzó en 1976, cuando se trasladó hasta un pequeño pueblo desplegado a los pies de un cerro modesto que todavía no había forjado su fama sobrenatural de aeródromo interplanetario y portal multidimensional.

Debió ser un amor a primera vista. Suárez, la pachorrienta localidad de Capilla del Monte y el bello cerro Uritorco comenzaron un romance de a tres. Ninguno seguiría siendo el mismo luego de ese primer contacto.

Vi a Suárez tres veces en mi vida: durante una transmisión radial desde la cúspide del Uritorco, en horas de la madrugada, en la que nuestros acompañantes parecían borrachos o muy sugestionados e interactuaban con luces misteriosas y duende. La segunda vez, en un simposio internacional de personas que aseguraban haber sido secuestradas por platos voladores. Y la última ocasión fue en un congreso internacional de ovnilogía en el que estuve cerca de ser puesto en órbita por cuestionar la autenticidad de un video que mostraba vestigios de un imperio extraterrestre en la superficie de la Luna.

Suárez se transformó en el custodio del misterio de Capilla del Monte, en el portero interestelar del Uritorco, ayudado por un episodio que desparramó la fama del pueblo y del cerro por todo el planeta y que ocurrió a pocos kilómetros del lugar, en enero de 1986: una mancha oval de 120 por 65 metros “apareció” (las comillas son inevitables) en la ladera de la Sierra del Pajarillo.

Como suele ocurrir en estos casos, las ansias de creer y la fantasía y los fabulosos titulares periodísticos no necesitan de previas verificaciones científicas. En pocos días repiqueteaba por el planeta la noticia de la nave espacial que había atracado en las sierras cordobesas. Y Suárez fue la voz más requerida para responder sencillas preguntas como ¿de qué lugar de la galaxia vinieron los visitantes?, ¿qué tipo de tecnología les permite viajar a velocidades mayores que la luz?, ¿vienen a matarnos a todos?, ¿por qué eligieron Capilla del Monte para detenerse?, ¿para qué vinieron?, ¿cuándo volverán?

A los herejes que observaron la mancha con sorna o se atrevieron a sugerir que los extraterrestres que la provocaron eran en realidad humanoides traviesos de la zona, Suárez respondió, solemne: “Las investigaciones demostraron que no pudo haber sido hecha por el hombre y menos durante la noche. Además se comprobó que los insectos y batracios encontrados en la circunferencia estaban momificados de una forma muy curiosa”.

Luego, todo explotó. Esa mancha quemada en los pajonales colocó a Capilla del Monte en un lugar privilegiado del mapa internacional de la peregrinación extraterrestre.

La procesión ya lleva más de un cuarto de siglo y va en aumento. Primero llegaron los amantes de los ovnis, es decir los amantes de algo que no saben qué es, ya que eso significa la sigla: se trata de algo que vuela pero que nadie puede definir. Son, como fue Suárez, los amantes fieles de una probabilidad inasible, de luces transparentes que se difuminan entre las retinas, de un deseo potente que nunca les permitirá abrazar otra cosa que no sea su propia obsesión por lo desconocido.

Después llegaron los perseguidores de misterios, los fantasiosos, los crédulos, los curiosos. Aparecieron los convencidos de que abajo del cerro existe la ciudad subterránea de Erks cuya puerta de ingreso está en otra dimensión y necesita ser encontrada. Aterrizaron los avistadores de elfos, los meditadores trascendentales, los reencarnados, los fotógrafos de fantasmas, los médicos energéticos, los perseguidos por los Hombres de Negro, los diagnosticadores de auras.

Al final llegaron los turistas esotéricos, los new-age y los ecólatras, convencidos de que el Uritorco es un afrodisíaco espiritual, el concubino de la Pachamama, la montaña del destino desde donde se podrá ver cómo se licúa el mundo mientras se cumple la última profecía maya.

Jorge Suárez los vio llegar y volverse a todos ellos. No le gustaba ese carnaval: “Demasiada gente chiflada. Un día vamos a tener una desgracia en el cerro”, me dijo. Al mismo tiempo Suárez sabía que a él mismo muchos lo consideraban otro de esos chiflados. Primero lo vieron como a un desequilibrado inofensivo, pero luego fueron muchos más los que comenzaron a detectar las ventajas económicas de la novela. De ahí, hubo un solo paso para que el resto del pueblo, la maestra, el sacerdote, el intendente, aprendieran a ver luces y esferas, globos fluorescentes, fenómenos alógenos. Todo inexplicable, por supuesto. La billetera del pueblo comenzaba a estar agradecida.

Suárez creó el Centro de Informes Ovni (CIO), fue su director y lo instaló en su casa, ubicada camino al Uritorco. Condujo durante muchos años el programa Alternativa Extraterrestre, por FM Astral. En 1999 comenzó a organizar los congresos internacionales de ovnilogía, que por varios días transforman a Capilla del Monte en un simpático bar espacial. Ufólogos, astronautas y médiums venidos de los cinco continentes se encuentran y se ponen al día con los últimos avistamientos, los más recientes contactos con alienígenas, las nuevas civilizaciones descubiertas en galaxias que ningún telescopio siquiera sospecha.

Son, por supuesto, noticias que la gran mayoría de los medios periodísticos del mundo terrestre, se dan el lujo de ignorar.

En 1997 Suárez me invitó a participar de la emisión número 500 de su programa de radio, que transmitió envuelto en una frazada, a lo largo de tres horas, desde la cumbre del Uritorco. Fue una noche helada. Con el fotógrafo agotamos una botella de vodka en la primera hora de la trepada, y recuerdo que luego del programa pasamos una madrugada divertida, tiritando en nuestras bolsas de dormir mientras a nuestro alrededor había gente que corría persiguiendo luces e invocando espectros.

A Suárez le interesaba mucho la relación con la prensa y no podía entender que los medios no publicaran en primera plana las noticias de avistamientos de ovnis y contactos con aliens. “Los ovnis no son un mito, son una realidad probada por nuestra tecnología. Pero claro, esto molesta a los poderes planetarios”, me dijo.

También me invitó a un congreso de abducidos que organizó en Capilla del Monte y me entretuvo todo un día presentándome a gente de diversos países que me contaba, como si hablara de una ida de compras al supermercado, que una nave espacial los había secuestrado y seres extraños se habían dedicado durante horas a auscultar sus orificios antes de abandonarlos en lugares exóticos: una cabina telefónica, una estación de servicio, una bañera vacía.

Suárez sabía que yo escuchaba con respeto pero con escepticismo sus teorías ufológicas. Un día le pareció que era una buena idea invitarme a exponer en uno de sus congresos ovni, y me subió al escenario para compartir una mesa junto a dos perseguidores de ovnis, uno mejicano y otro colombiano.

Tuve el mal tino de cuestionar la veracidad de un video que acababa de proyectar el conductor de un programa televisivo español, en el que se veía a Neil Amstrong dando saltitos en la Luna entre los restos de una civilización extraterrestre. Además sugerí que la mancha en el cerro El Pajarillo pudo no haber sido obra de un plato volador.

Uno de mis compañeros de mesa, no recuerdo cuál, me dijo que era un ignorante, como todos los periodistas. Se puso de pie y me gritó durante largos minutos. Pensé que si hubiera tenido en sus manos una pistola láser me habría reducido a cenizas ahí, sobre el mismo escenario. Luego, con ardor evangelista, azuzó a la audiencia: “¡Vamos a demostrarle su ignorancia a este periodista! A ver, levanten la mano los que han visto naves especiales”. Cientos de manos se elevaron al unísono. Yo había sido derrotado.

Cuando bajé del escenario fue como si hubiera sido invisible. Durante el cóctel posterior, nadie me miraba y Suárez, avergonzado, me evitó el resto de la noche. Volví a mi hotel, hice el bolso y regresé a Córdoba. Nadie llamó para reprocharme mi abandono del congreso.

Luego mis contactos con Suárez fueron telefónicos. Me llamaba para pedir difusión a sus eventos, a sus giras, como la que hizo en 2007 por cuatro países latinoamericanos para difundir la maravilla ufológica que era el Uritorco. Siempre que hablábamos acababa de ocurrir algo importante, vital, definitorio, que otra vez había sido ignorado por los medios. Vivía las 24 horas pendiente de ese otro mundo que se manifestaba en pequeñas luces, en naves desconocidas, en misterios.

Suárez ya no estaba solo. En 1993 había conocido a una colombiana llamada Luz (¿qué otro nombre podía tener?). La historia que los uniría comenzó una noche, en Buenos Aires, cuando Luz tuvo un sueño en el que le indicaron que debía viajar hacia un lugar. Ese lugar era Capilla del Monte. Obediente, llegó, conoció a Suárez, y ya no se separaron más. Luz trabajó a su lado en el CIO, en los congresos, en el programa de radio. “Todo indicaba que debíamos seguir juntos”, dice Luz al recordarlo.

Cuando uno piensa en los constructores y desarrolladores de ciudades, nunca se le viene a la cabeza la imagen de un ufólogo que sueña con luces. Pero Capilla del Monte tuvo con Suárez un soñador que le valió por 100 ingenieros, por 200 urbanistas, quizá por miles de señores razonables y pragmáticos y productivos.

Suárez fue un escudriñador profesional de horizontes. Percibía ciudades y seres que estaban lejos de los extraterrestres de goma verde y del Carnaval Alienígena para turistas que comenzó a organizar su ciudad el verano pasado.

Gracias a Suárez, Capilla del Monte fue la capital de un sueño, la capital del misterio, la capital de un amor que nunca fue correspondido por las estrellas.

El pasado 15 de marzo un aneurisma puso fin a la vida de Suárez en una clínica de la ciudad de Córdoba. Tenía 72 años terrestres. ¿Hace falta decir en qué cerro pidió que fueran esparcidas sus cenizas?

Cronista de otro planeta

Publicado: 15 noviembre 2008 en Laura Castellanos
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Los ojos extraterrestres en forma de semilla me observan fijamente desde un estante. Son de un ser gris y cabezón que está acompañado por un desfile liliputiense propio de la película “La guerra de las galaxias”; muñequitos de cabeza grande y cuerpo escuálido, otros de aspecto extravagante y platillos voladores de formas curiosas. El estante enmarca el escritorio frente al que está sentado Jaime Maussan. Estamos en su centro de operaciones del fenómeno OVNI. En el primero de cuatro pisos del edificio angosto y moderno que alberga las oficinas y el estudio de Jaime Maussan Producciones. Es una tarde nublada en Polanco, zona exclusiva colindante con el Bosque de Chapultepec. La vista de su oficina no es panorámica, propia para divisar naves en el cielo. Sólo se ve un árbol y las construcciones que están al cruzar la calle. Viste casual: camisa a rayas, pantalón oscuro. Tras escucharme hablar sobre cómo la gente lo tacha de charlatán, abre los ojos, alza la voz y una mano. “¡Fíjate nada más! ¡Si fuera el siglo XVII me queman en la hoguera!”, dice y la deja caer de un golpe en su escritorio.

Maussan siempre ha sabido que está parado sobre un territorio ridiculizado y sumido en el desprestigio: el de la creencia de que somos visitados por seres de otros planetas. En México nadie es indiferente a su persona. La sola mención de su nombre provoca reacciones de euforia o denuestos iracundos. Mientras un amigo lo ve como el apóstol de una causa incomprendida, otro lo mira como el líder de una secta de fanáticos. Es que en México todas las pasiones de la discusión extraterrestre se hacen nudo en el hombre de mirada somnolienta y hablar enfático. Yo lo llegué a ver como invitado en algún programa de televisión y aguantaba con estoicismo las burlas en su contra. Pero parece que ya le colmaron la paciencia.

El periodista, que comenzó su carrera al lado de Jacobo Zabludovsky —uno de los más famosos presentadores de la televisión mexicana—, y que más tarde hizo la versión local del programa 60 minutos, tiene más de 15 años de difundir testimonios, videos y fotografías de seres extraños y objetos voladores insólitos. Parte del material es realmente excéntrico, como el video de un caballo que parece galopar en el aire, el de los hombrecitos voladores vestidos de negro, o el de un humanoide que, escondido detrás de un poste, jala del brazo a un muchacho. Su cobertura le ha permitido erigir Jaime Maussan Producciones, su empresa próspera que lo convierte en el único investigador del país que produce de forma independiente su programa de televisión, Los grandes misterios del tercer milenio. Lo hace desde su propio edificio, con la tecnología más moderna y un equipo de una treintena de personas. Publica además su revista del mismo nombre. Sus seguidores abarrotan las conferencias de paga que el periodista presenta dentro y fuera del país, y adquieren sus artículos a través de su página en internet: libros, videos, pulseras, telescopios, binoculares, así como medallones y relojes con los diseños de los célebres círculos de los campos de trigo de Inglaterra. Recientemente incursionó además en otro giro, abrió el restaurante El asadero de Maussan, decorado con fotografías de su colección particular. “Arracheras de otro mundo”, reza su promoción. Las arracheras son un corte de carne local.

Su buena fortuna empresarial no le ha dado, sin embargo, la dicha completa al periodista, pues se dice un hombre incomprendido por sus detractores. Por un lado le reprochan comercializar con el fenómeno ovni. “Vende todo”, dice Germán Saavedra, un creyente de la vida intergaláctica. Maussan argumenta que, con los años, abandonó su visión “romántica” de la profesión y descubrió su vena empresarial, lo que le ha permitido que su proyecto se expanda con éxito. No obstante, dice que no está guiado por un mero interés económico. “Una de las cosas que más me dan coraje es que digan que yo hago esto por dinero, la verdad es que no. Si yo quisiera hacer dinero, me hubiera dedicado a otras cosas”.

Pero lo que en realidad le enoja al periodista es que se ponga en duda su seriedad profesional. El caso que puso de manifiesto la animadversión en su contra ocurrió cuando la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) le entregó en exclusiva el video de un presunto avistamiento de ovnis por parte de pilotos militares en 2004. La comunidad científica enardeció. “Se dedica a difundir información sin base”, dice Mario Méndez, presidente de la Sociedad Mexicana para la Investigación Escéptica. “No tiene formación científica”, apunta Rafael Navarro, el único investigador latinoamericano que colabora con la National Aeronautics and Space Administration (nasa) en la misión de exploración en Marte, y que en su momento aseguró que las luces del filme eran centellas. Astrónomos circularon un manifiesto denostándolo, otros lo integraron a una lista de indeseables en la que hay cazafantasmas y astrólogas con línea telefónica, y la Sociedad Astronómica Julieta Fierro Grossman de San Luis Potosí hizo escarnio de su persona rompiendo una piñata con su figura en la Navidad de 2006. Para Julieta Fierro, la astrónoma más reconocida en México, el periodista “es un charlatán” que bien podría ser denunciado por fraude en la Procuraduría del Consumidor. “¿Sabes por qué me odian los científicos?”, me pregunta Maussan y estalla contra sus oponentes: “¡Porque la gente me reconoce más que a ellos!, ¡eso no lo soportan! ¡Yo hago más difusión científica que ellos! ¡Les guste o no! ¡Hicieron una piñata de mi persona para darle palos! ¡Fíjate nada más! ¡La anticiencia! ¡El anticristo!”.

No obstante, Maussan también tiene como adversarios a otros especialistas del tema. En internet circulan señalamientos en su contra por monopolizar o falsear material. “Es un estafador”, así lo tacha el ufólogo pionero de México, Pedro Ferriz Santacruz, en una entrevista con el diario La Crónica. Y otro de sus oponentes, el capitán de aviación Alejandro Franz, que encabeza el Centro de Estudios Paranormales y Aeroespaciales Anómalos en México (Alcione), lo acusó en su página de cometer 34 timos. “¡Las palabras de Jaime Maussan son un insulto a la inteligencia de los mexicanos! Aquí le presentamos algunos de los múltiples fraudes que ha creado y promovido el deshonesto”, dice la introducción de la lista. Maussan reconoce que quizá en alguna ocasión haya sido engañado o se haya equivocado, pero eso es diferente a mentir. Se enciende: “Me molesta mucho cuando alguien me da el calificativo de ‘otro fraude de Maussan’. ¿Otro? ¿Pues cuál fue el primero? ¡Nunca he hecho un fraude en mi vida! ¡Y escríbelo! para que si alguien sabe algo, ¡pues que lo diga! ¡No tengo miedo de nada!”.

***

Cómo un periodista convencional se involucró en un tema tan polémico se explica con la historia misma del fenómeno ovni. Todo comenzó cuando el piloto estadounidense Kenneth Arnold aseguró ver naves con forma de platos en junio de 1947, de ahí el nombre de platillos voladores. Luego en la aeronáutica anglosajona se acuñó el término ufo (unidentified flying object), cuya traducción es objeto volador no identificado (ovni). No sólo denominan a los platillos voladores, sino también a todo aquello que vuele y no se reconozca como avión, helicóptero, globo metereológico o comercial. Maussan nació en la capital mexicana en 1953, en el marco conocido como la primera gran oleada de ovnis en el país y en la víspera de que ésta inspirara el chachacha “Los marcianos llegaron ya”. También nació en el año fatal del calendario ufológico. Es decir, cuando inicia su labor el comité Robertson Panel, que para Fernando Correa, colaborador de Maussan, fue creado “como estrategia de la cia” (Central Intelligence Agency) para ridiculizar el asunto. Según esta versión, el Gobierno de Estados Unidos temió que los múltiples testimonios de contactos extraterrestres generaran histeria y confusión, porque esto podría ser utilizado por la Unión Soviética. Estaban en la Guerra Fría. Tenían presente el pánico que en 1938 detonó la dramatización radial de La guerra de los mundos, de la novela homónima de Herbert G. Wells, en la voz de Orson Wells. Cerca de dos millones de estadounidenses se perturbaron entonces al creer que la narración de una invasión alienígena era real. A partir de 1953, el comité de la cia desecharía más de dos mil testimonios de avistamientos y, en opinión de Correa, definiría la estrategia mediática que impera hasta la actualidad: la de reducir el fenómeno a un cuento de hombrecitos verdes platicado por gente que fantasea o quiere notoriedad.

Maussan tenía 12 años de edad cuando sucedió la que es nombrada como la mayor oleada de ovnis en México. Fue en 1965 y prácticamente cubrió el país. Carlos Guzmán, director del Centro Investigador de Fenómenos Extraterrestres, Espaciales y Extraordinarios (cifeeeac) hizo en años posteriores una búsqueda hemerográfica notable. Posee más de 800 notas periodísticas que cubren de abril a noviembre de 1965. “Hay gran diversidad de reportes de aterrizajes, observación de humanoides, avistamientos y dos casos de contactados”, explica Guzmán. Entonces a los platillos voladores los llamaban “platívolos”. Diarios de Sinaloa, Guerrero, Oaxaca, Aguascalientes, publicaron información. Últimas noticias de Excélsior recogió en una nota el clima de miedo en la capital mexicana. “La psicosis plativólica cunde en el DF”, decía su titular. Estaba acompañada de la foto de un grupo de transeúntes que miraban al cielo horrorizados. Maussan escuchaba a sus compañeros de escuela compartir sus experiencias. Él se subía a la azotea de su casa y peinaba el cielo. Nunca vio nada.

Tres oleadas menores fueron registradas en los tres siguientes años. A mediados de 1969 en México se estrenaba el primer espacio dedicado a la materia, el programa televisivo Un mundo nos vigila, de Pedro Ferriz Santacruz. Maussan tenía entonces 15 años y era su telespectador. Luego le siguió el programa Juicio a los ovnis de Ramiro Garza. Ya en los años setenta salieron dos publicaciones que se hicieron clásicas: Duda, famosa por narrar sus historias en cómic, y su hija, Contactos Extraterrestres. Guzmán, en su libro Testimonios ovni, escribe que en la década de los años ochenta sucedió “el declive de las observaciones”. Es, paradójicamente, cuando Maussan se acerca periodísticamente al asunto. En 1984, él había rebasado los 30 años y era reportero de 60 minutos, conducido por Juan Ruiz Healy, programa que impuso un estilo en el periodismo de investigación. Aunque sus coberturas versaban sobre temas sociales y del medio ambiente, Maussan propuso hacer un programa sobre el caso de Billy Meier, un suizo que afirmaba tener contacto con seres de las pléyades. Maussan reúne fotografías y filmes con imágenes desconcertantes, como la de un artefacto que oscila a lo lejos sobre un valle boscoso. Sube, baja en altura y genera sonidos electrónicos chillantes. “El programa tuvo un gran éxito y de alguna manera marcó mi vida”, recuerda.

Es hasta el eclipse total de Sol del 11 de julio de 1991 que de nuevo cobran auge los testimonios de avistamientos en México, y Maussan surge como su portavoz principal. El eclipse causó grandes expectativas, cientos de personas se hicieron de cámaras de video para grabarlo. Fueron seis minutos y 54 segundos de oscuridad. En la capital mexicana algunas lentes captaron una esfera brillante. Los escépticos dijeron que se trataba de Venus. El debate se abrió en los medios de comunicación. Uno de los ufólogos pioneros en México, Luis Ramírez, era también director de prensa de Televisa. La televisora transmitía entonces un popular programa llamado Y usted… ¿Qué opina?, conducido por Nino Canún los viernes en la noche. Los invitados de posturas contrarias tocaba asuntos polémicos. La duración del programa dependía de las llamadas del público. Canún las leía al aire y el debate arreciaba. Ramírez persuadió a Canún de organizar una discusión sobre ovnis. Luego invitó a Maussan. Éste se negó. “Yo pensaba que, como periodista, no era bueno que me involucrara”, dice. Ramírez también lo convenció. El primer programa fue realizado con creyentes y escépticos una semana después del eclipse. Fue un éxito. Duró de 11 de la noche a siete de la mañana. Ramírez persuadió de nuevo a Canún de hacer otro programa, pero ahora sin escépticos. Canún pensaba que sin controversia no habría rating. Se equivocó. Maussan asistió de nuevo y presentó el material que telespectadores le habían enviado. Y usted… ¿Qué opina? rompió récord. Ramírez tuvo que cortar el programa porque ya no tenían casetes para continuar grabándolo. Rememora: “Duró 11 horas con 10 minutos, fue histórico”.

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Maussan se ve abrumado. Hace unos días regresó de Brasil y tiene que dejar grabados varios programas, porque se ausentaría de nuevo para tomar vacaciones. “Me iré con unos amigos a una casa flotante en un lago”, me dice. Nos veremos en dos ocasiones más, previo a su viaje a Inglaterra en busca de los diseños complejos que cada agosto aparecen en campos de trigo. Observo la cabellera blanca. “Tanto pelo no es posible, te aseguro que usa peluquín”, me había dicho una tía. La charla se realiza con breves interrupciones, porque de pronto llama a alguno de sus colaboradores para que ahonde cierta información.

—No voy a hablar de mi vida personal —me advierte. Lo cumple a medias.

Me cuenta de sus raíces paternas sirio-libanesas. De cómo sus abuelos llegaron a México con una máquina de coser y un ropero. Su padre fue un encumbrado ganadero y apoderado taurino, Abraham Ortega fue su seudónimo. Su apellido materno es Flota, de origen yucateco, y su madre es maestra universitaria de literatura. Maussan tuvo un hermano y dos hermanas. Se inició profesionalmente con la crónica taurina, pero cuando tenía 24 años su padre falleció, lo que le provocó el mayor dolor de su vida y que lo marginaran del mundo de la “fiesta brava”. Terminó volcándose al periodismo de investigación. Se formó con Zabludovsky, uno de los periodistas legendarios de México, quien le consiguió una beca para que hiciera estudios de periodismo en la Universidad de Miami, campus Ohio. Luego se incorporó a 60 minutos, donde realizó trabajo reporteril, editorial y de dirección a lo largo de 17 años. El programa pretendía despertar “la conciencia social” en temas rezagados del país. Maussan cubrió reportajes sobre el tráfico de sangre, la destrucción de la capa de ozono, la explosión demográfica, y el riesgo inminente de un terremoto en la capital mexicana. Dice que este último trabajo nunca salió a la luz porque quedó bajo los escombros del terremoto de 1985. Sus reportajes lo hicieron acreedor del Premio Nacional de Periodismo y también fue reconocido por el National Population Council por su trabajo sobre el crecimiento poblacional. La distinción se la entregaron en el Capitolio, en Washington DC. Me enseña la foto, es de 1982. Muestra a un Maussan flaco, barbón, cejudo, con una melena negra, abultada. “Parezco fadayin”, dice. Me pide que charlemos un poco más y continuemos al día siguiente porque tiene que ir al estilista.

—¿Le crece mucho el pelo? —no me aguanto la indiscreción.
—De forma pasmosa.

Maussan cree que fueron las circunstancias las que lo arrojaron al mundo extraterrestre. Él mismo asegura haber sido testigo del avistamiento de un ovni en 1992, y de dos seres extraños en una cañada de La Rumorosa, en Baja California, en la que hubo reportes de un aterrizaje. Pero le resta importancia a sus experiencias porque considera que su tarea debe ser de investigación y divulgación. Primero dio a conocer la historia del suizo Billy Meier, que le dio notoriedad sobre el tema. Luego, tras los programas de Canún de 1991, lo buscaron jóvenes que querían colaborar con él. “Fue abrumador, abrumador”, dice. Se le ocurrió entonces crear un grupo: Los vigilantes, que tiene como tarea el subir a las azoteas y grabar cualquier objeto volador no convencional. Luego vinieron más programas con Canún y ahí presentó el material de Los vigilantes y el interés creció. “Nino me dijo: ‘¿Por qué no haces conferencias?’”. Maussan tenía un relativo pánico para presentarse en público, pero al final lo hizo. Primero acudía gratuitamente a universidades, la gente atestaba los auditorios. Luego una universidad del norte del país le pagó los gastos. Maussan estaba mal económicamente y aceptó, por un tiempo sus conferencias se convirtieron en su principal ingreso. En 1994 se casó y en 1997 inició la primera fase de su programa de televisión Tercer milenio, “que tuvo mucho éxito porque se produjo un año y se repitió cinco más”. Maussan estuvo fuera de la televisión por seis años. El programa volvió a producirse a partir de junio de 2004.

***

Ser vigilante es una tarea cansada y generalmente ingrata. Tienen que estar por horas en la azotea, de pie, a la intemperie, respirando el aire contaminado de la capital, con la mirada hacia el horizonte, ahora hacia arriba, volteando detrás, la mano lista para activar la cámara de video o de fotografía. Y todo para que si logran registrar algo se vea generalmente como un puntito lejano, borroso, que a pocos convence. Deben enfrentar además la burla y las presiones de propios y extraños. Así le pasó a Demetrio Feria, el pionero de Los vigilantes, pues su esposa se enojaba porque él podía pasarse desde la mañana hasta el oscurecer de un sábado en el techo de su casa, sin siquiera bajar a comer. La situación ameritó que su cuñado hablara con ella: “Qué prefieres —le dijo—, tenerlo aquí grabando sus ovnis o que se vaya a una cantina”. El pleito terminó. Feria es uno de los vigilantes surgidos tras el eclipse de 1991 y quizás el hombre que más registros ha hecho en el país: dice haber grabado 500 videos de ovnis. No sería para menos, pues según los ufólogos locales ésta es la ciudad más visitada por naves interestelares en el mundo. El grupo de Los vigilantes de Ciudad de México oscila actualmente entre cinco y 10 personas: trabajadores varios, desempleados y jubilados.

Me doy a la tarea de vivir brevemente la experiencia de ser vigía de las alturas. Acompaño a Arturo Robles Gil, que dejó la fotografía de arquitectura por la de los platillos voladores, y contra quien circula una acusación de fraude fotográfico en internet por parte de los adversarios de Maussan. Él lo niega. En la primera jornada de observación no ocurrió nada. Duró sólo un par de horas, por lo que debo intentarlo otra vez. Es una mañana nublada, algo fría. Son las 9:00 am de un domingo y estamos en la azotea del edificio de cinco pisos donde vive Robles Gil, en la colonia Del Valle, en medio de la gran ciudad. El vigilante sube dos veces al día con su cámara digital Canon a hacer su labor. Primero, como otros, empezó a hacerlo por entretenimiento, pero ahora, como Feria y Carlos Clemente Alonso, también se ha integrado al equipo de Maussan. La primera jornada de observación siempre la realiza de nueve a 11 de la mañana, porque dice que es cuando hay más posibilidad de grabar avistamientos, particularmente los domingos porque el cielo está más despejado de esmog y tráfico aéreo. Luego de su turno dominical Robles Gil, como buen católico, acostumbra ir a misa.

Él se ha especializado en videofilmar unos objetos extraños a los que Maussan les ha dado el nombre de ebanis: entidades biológicas anómalas no indentificadas. En pantalla, Robles Gil me muestra diversos videos de una especie de tubos flexibles, rojos, amarillos, blancos, negros, de apariencia acordonada, que parecen volar con suaves movimientos serpenteantes. Su cámara se abre para buscar alguna referencia orográfica o urbana y luego se cierra, a través de su zoom, sobre su objetivo. Sin el zoom tales cosas serían apenas perceptibles a simple vista. Dice que por la altura deben medir de cien a 300 metros de longitud. Esto nada tiene que ver con la imagen tradicional de las naves de la película Encuentros cercanos del tercer tipo de Steven Spielberg. Sus videos —una decena— son perturbadores, pues en alguno se observa a los tales ebanis contraerse por un extremo para arrojar unas esferas transparentes sobre Ciudad de México. ¿Qué son? Lo ignoro, pero sus filmes pueden verse en la página de Youtube.

Esta mañana estamos pues a la caza de algún ebani. Soy escéptica. “¿Cómo pueden ser reales esas cosas?”, me pregunto, pero también me mueve el morbo —y el miedo— de que una de ellas aparezca. El cielo se ha ido despejando, pasan los minutos. Nada. Al acercarse las 11 de la mañana yo tengo hambre y quiero ir al baño. Estoy por desertar de la misión cuando Robles Gil exclama: “¡Ahí hay algo!”, al tiempo que enciende su videograbadora. No es un ebani, me aclara. “No se mueve como globo, no tiene hilo, no tiene bamboleo —repite—. Más bien es un ovni”, concluye. Yo sólo veo en la lejanía un puntito plateado, por momentos luminoso, que se desplaza de derecha a izquierda, o como diría un vigilante, del noroeste al suroeste de la ciudad. En un momento hace un zigzag y vira su dirección en un ángulo de 45 grados para ascender en línea recta. “Parece que viene para acá”, expresa Robles Gil con asombrosa tranquilidad. Lo repite en tres ocasiones. “No, no creo”, respondo algo asustada. El puntito desaparece entre las nubes. En el video de cuatro minutos se aprecia una esferita metálica con los polos oscuros que realiza movimientos giratorios. ¿Qué era? ¡No lo sé! Pero no mereció ser incluida en Tercer milenio.

***

En enero de este año Maussan tuvo una confrontación televisiva cuyas escenas circularon en Youtube, para diversión de algunos y enojo de otros. Asistió al programa de espectáculos Ellas con las estrellas para hablar de una formación con apariencia humana que captó en Marte el vehículo explorador Spirit de la nasa y que presentó en Tercer milenio. La prensa la bautizó como “La sirena de Marte”. Una de las conductoras, Elsa Burgos, puso en duda la hipótesis de Maussan de que podría tratarse de un ser vivo y no lo dejaba hablar. Él se exasperó. Trataba de interrumpirla, como no podía, silbó por un momento. La mujer le dijo: “¡Es la persona más grosera que conozco!”. El periodista le respondió: “¿Ah sí? ¡Qué barbaridad!”. Tuvo que intervenir otra conductora para mediar el asunto. “La suspendieron varios días”, dice Maussan de Burgos.

El periodista considera que en contraste a los denuestos el apoyo de su público va en crecimiento. Dice que prueba de ello es su programa Tercer milenio, hecho en sociedad con Televisa, pues su rating ha subido gradualmente, llega a cuatro puntos y tiene picos de seis o siete. Tercer milenio dura dos horas y aborda segmentos con novedades de información científica, astronómica y ecología. Maussan además entrevista en el estudio a sus patrocinadores y transmite reportajes de sus servicios: empresas de calentadores solares y de impermeabilizantes para techos elaborados con llantas recicladas, clínicas nutricionales, de operación de los ojos y otra de atención a la columna vertebral. También destina un espacio a su Asociación Niños de Oro, por medio de la cual consigue apoyos materiales para infantes de clases populares que tienen calificaciones de excelencia. Pero reconoce que la gente lo ve por el tema de los ovnis. A sus oficinas llega cotidianamente un alud de material de presuntos avistamientos que la gente envía gratuitamente al programa. Clemente Alonso dice que cada semana recibe por lo menos cien correos cibernéticos con imágenes, muchas de ellas lejanas o fuera de foco. “Noventa por ciento pueden ser estrellas, globos, aviones y hacérselo saber a la gente es más difícil que decir públicamente que uno tiene un caso de un ovni”, expresa. De todo el material sólo 10 por ciento será mostrado en el programa o la revista. “Es que Maussan ya no quiere puntitos, si no cosas espectaculares”, apunta Feria, responsable también de monitorear el canal de televisión de la nasa. Maussan no tiene idea de qué cantidad de fotos y filmes ha reunido en 15 años pero ahora trabaja en su digitalización.

Maussan considera que en la medida en que el tema ovni se ventile, la balanza se irá inclinando hacia su lado. De hecho en México así parece estar ocurriendo, porque él se está poniendo de moda. Maussan aparece en un capítulo de la popular serie televisiva Los simuladores y en dos películas mexicanas por estrenarse este fin de año: Navidad SA y Seres: Génesis (2008). El periodista afirma que en febrero pasado la Organización de las Naciones Unidas (onu) tuvo una reunión a la que acudieron representantes de los gobiernos más poderosos y de El Vaticano para discutir sobre la urgencia de abrir el tema por el aumento de avistamientos en el mundo. Cree que el famoso conductor Larry King de CNN sería “la punta de lanza” de la estrategia, pues ha dedicado cinco programas al asunto en el primer semestre de 2008. Asegura que otras grandes cadenas televisivas como la CBS y Fox ya incluyen con frecuencia noticias de ovnis, y que History Channel y Discovery Channel, han transmitido recientemente programas de análisis del fenómeno. Otra prueba para él de dicha estrategia es que en mayo pasado El Vaticano reconoció en su periódico L’Osservatore la existencia de la vida extraterrestre. El director del Observatorio Astronómico del Vaticano, José Gabriel Funes, declaró entonces: “Al igual que existen multiplicidad de criaturas en la Tierra, también podría haber otros seres inteligentes creados por Dios”. Una prueba más para el periodista es que ex astronautas como Edgar Mitchell, tripulante del Apollo 14, por vez primera han hecho revelaciones. En julio pasado Mitchell declaró en la radio que desde hace 60 años el Gobierno de Estados Unidos tiene contacto extraterrestre y que la nasa lo ha ocultado.

Maussan piensa que las evidencias de la presencia extraterrestre en el planeta terminarán acallando a sus detractores. “¿Cómo pueden decir que tanta gente miente? ¿Tantos pilotos, investigadores? ¿Tantos videos y fotografías?”. Está convencido de que la mencionada estrategia de la onu preparará a la humanidad para el contacto con seres intergalácticos en un futuro cercano. Suena a película de Steven Spielberg. “El tiempo nos dará la razón”, advierte Maussan en cada programa de Tercer milenio.