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Aquella mañana el sonido de un scanner transformaría la manera de hacer televisión en el Perú. Johnny Zacarías acababa de grabar la última toma para su reportaje del domingo, una picante nota policial acerca de los vendedores de autopartes robadas, en el instante en el que su scanner –que captaba la misma frecuencia de la policía– llamó su atención. Aquel sábado 29 de noviembre de 1986, una vez más, como cada fin de semana, Alejandro Guerrero, el intrépido reportero de porte atlético, exuberante barba marrón y tono profundo, cuyo timbre de voz alcanzaba el volumen de un tenor, estaba por escribir la noticia que todos observarían el domingo por la noche en Panorama, el legendario programa que fundara Genaro Delgado Parker en Panamericana Televisión en 1982, el resumen semanal de noticias más sintonizado de todas las décadas. Guerrero estaba dentro del patrullero 1002 de las Águilas Negras, acompañado de dos policías, en una calle del distrito de San Juan de Lurigancho, en el cono este de Lima. Zacarías estaba fuera, enrollando los cables de su cámara de televisión.

―Alejandro, hay un movimiento extraño –le dijo Zacarías a Guerrero.

La radio de la patrulla confirmó la misma noticia: la banda liderada por Dennis Martínez Sarmiento, el fugitivo más buscado por aquel entonces, célebre bajo el alias de Cojo Dennis, se encontraba parapetado con cinco sujetos de su gavilla, armados con revólveres, fusiles y granadas, dentro del laboratorio de Química Suiza, en un intento por huir de la policía con 60 rehenes y 50.000 dólares. Guerrero observó al chofer del patrullero y esperó su reacción. Los uniformados se miraron con un signo de interrogación. Guerrero los sacó del marasmo exigiéndoles que conduzcan hasta la avenida Javier Prado, en el distrito de San Borja, donde quedaba la Química Suiza. Pero el técnico le contestó con una negativa: no podía moverse de ningún lugar hasta no escuchar la orden de su comando. Sin embargo, Guerrero no tardó en convencerlo: él era ese reportero que todos los domingos entraba a sus casa por el televisor, acompañando a policías como ellos en sus temerarias aventuras contra la delincuencia, el terrorismo y el narcotráfico, transformando en sus reportajes a un policía anónimo en un héroe por el resto de su vida. Y, quizá, aquel día de sangre, le podía tocar a uno de ellos. En cosa de segundos, el patrullero se abría paso con furia entre el agitado tráfico del cono este con su poderosa sirena azul y roja, con dirección al cruce de la avenida Javier Prado y la Vía Expresa. Zacarías puso su cámara en On y Guerrero, con esa voz agitada –parecida a la del asmático que sufre un ataque– a la que nos acostumbró durante sus años en Panorama, comenzó con ese monólogo que lo lanzó al firmamento de los ídolos inalcanzables, capaces de reunir por la noche a millones de familias entorno a una TV: Guerrero le enseñó al televidente qué cosa era el rating y cómo había que mimarlo.

―Nos encontramos en una transmisión en vivo –dijo Guerrero para su micrófono.

Bastaba con aquellas palabras mágicas para convencernos de que las películas que transmitían otros canales en las noches dominicales no eran capaces de superar el drama que Guerrero nos imponía en cada uno de sus reportajes.

El reportero y su camarógrafo entraron con un patrullero de las Águilas Negras al perímetro cercado por los efectivos. A pesar de que los alrededores del laboratorio se transformaron en una zona vedada para la prensa, ningún policía pudo detener al experimentado hombre de prensa. Guerrero se acercó al jefe del operativo y solicitó entrar con el primer equipo de Águilas Negras. No hubo problemas: se dispuso de dos chalecos antibalas y dos máscaras antigases. En ese momento, tres de los criminales tomaron a dos rehenes e intentaron escapar a bordo de un vehículo. Los policías, protegidos por una fila de 30 patrulleros, dispararon con ferocidad hasta liquidar a los tres atracadores. A pesar de que el intercambio de proyectiles se hacía cada vez más intenso, Guerrero no se mostró temeroso. Todo lo contrario: estaba excitado. Por los altoparlantes, la policía le exigía al Cojo Dennis que se entregara, pero éste respondía a balazos. Un helicóptero sobrevolaba el techo de la Química con un equipo SUAT, listo para descender con sogas hasta tomar por asalto el edificio. En aquellos instantes, una empleada del laboratorio arrojó la llave de una puerta lateral y cinco efectivos –con Guerrero y Zacarías– entraron al local lanzando granadas lacrimógenas. Se oyó un disparo. La policía comenzó el tiroteo. Guerrero se lanzó al piso. Protegió su rostro con sus brazos. Gritó. Zacarías, con la cámara al ras del piso, captó el sonido de las balas que pasaban por encima de su cabeza. Todo terminó en dos minutos. El olor de la pólvora dominó la escena del crimen. Entre el humo del gas lacrimógeno, Guerrero escuchó a una persona que se quejaba de sus heridas detrás de un sillón. Al acercarse, con su micrófono encendido, Guerrero observó el cadáver de Luis Pretell Trujillo, trabajador de la empresa, tendido sobre el cuerpo agonizante de su hijo de doce años, con dos balas incrustadas en su cabeza. Al lado de ellos, Julián Brown Pretell, otro empleado, se desangraba por una bala en el pecho. Antes de que la policía trajera una camilla para llevárselo a un hospital, Guerrero lo interrogó para los televidentes.

―¿Por qué no gritó que no le dispararan? –increpó el reportero.

Brown no pudo contestarle por el dolor. Mientras otros reporteros de otros canales, periódicos y revistas pugnaban por entrar al lugar, Guerrero grababa unas imágenes más para su reportaje del domingo: los precisos instantes en los que un hombre inocente perdía la vida y los detalles de la captura del Cojo Dennis. Una vez más, Alejandro Guerrero, el cazaexclusivas, se llevó una primicia más para colgar en la pared.

Guerrero tenía entonces 32 años y, reportajes como ese, lo habían convertido en el periodista estrella de la televisión peruana. Los programas cómicos –que solían imitar a personajes importantes de la política y la farándula– le dedicaron un espacio entre sus parodias, calcando esa voz agitada que Guerrero forzaba como gancho para capturar al televidente. Sin embargo, a pesar de su fama (de la que no se ha podido librar hasta la fecha), por ese carácter controvertido, por esa habilidad innata para ubicarse cerca del poder, y por ese hermetismo con el que ha sabido conservar a salvo su vida privada, Guerrero es un protagonista desconocido. A pesar de ser el periodista que hizo del reportaje televisivo el instrumento más contundente de un noticiero, nunca ha dado una entrevista, salvo, claro, aquéllas en las que habló exclusivamente de sus documentales ecológicos. Nunca habló de su trabajo de prensa. Nunca habló de su vida privada. Antes de que produjera su primer reportaje, en 1983, las notas televisivas eran imágenes unidas por cortes intempestivos, con una voz circunspecta como telón de fondo, que narraba con frialdad los sucesos del día a día. Guerrero, al llegar a la pantalla, transformó ese formato en una dinámica distinta: la noticia informaba, entretenía y era capaz de conmover al televidente hasta las lágrimas. No en vano, una de sus primeras notas, aquel reportaje que catapultó su carrera, trató de un niño que moría debajo de una caja de cables telefónicos, fruto del frío, la lluvia y la electricidad. El reportaje de Guerrero alcanzó un grado inusitado de emotividad: caló de tal manera en la sensibilidad que, semanas más tarde, el 31 de octubre de 1983, Carolina Acuña, esposa de Eduardo Orrego (entonces alcalde de la Municipalidad de Lima), fundó la Casa del Petiso, un albergue para niños de la calle que llevó el nombre que Guerrero le puso al pequeño electrocutado. Con ese reportaje, Guerrero pasó de ser un reportero de madrugada –del noticiero Buenos Días Perú– al horario estelar del noticiero 24 Horas.

―Alejandro Guerrero demostró condiciones bárbaras. Tenía inquietud y mucha voluntad –me dijo un día Julio Estremadoyro, el primer jefe de Guerrero. En 1983, Guerrero era entonces un profesor de Historia en los colegios San Felipe, Teresa Gonzáles de Fanning y Almirante Guise. Se dice que se contactó, a través de una de sus alumnas, con el editor Víctor Roca, para que lo recomendara con Estremadoyro, entonces editor general de noticias de Panamericana. Jesús Jiménez, el reportero que cubría la madrugada, que se hizo famoso por una nota que mostró a un sujeto atravesado por un tubo, estaba por dejar aquel horario: había que salir por la noche a patrullar las calles de Lima, en busca de accidentes, redadas, incendios y atentados terroristas, para editar la nota con los primeros rayos del sol y dormir como los vampiros lo que quedaba del día: nadie quería aquel empleo. Pero Guerrero era la excepción: había que empezar de alguna manera. El día que le tocó entrevistarse con Estremadoyro, le bastaron 20 minutos para que el riguroso director del noticiero se dejara seducir por el profesor de secundaria.

―Lo contratamos para ese horario que nadie quería. Estuvo tres meses allí, como periodo de prueba y lo pasó –me dijo Estremadoyro–. En menos de un año se convertiría en el reportero más destacado.

Meses más tarde, Guerrero, pasó a las filas de Panorama, el programa al que todo joven reportero aspiraba. Allí destacó por la calidad del contenido de sus historias, por la audacia que lucía en cada una de ellas, y por la valentía que demostraba al asumir peligrosas tareas con tal de llegar al fondo de los hechos. Guerrero, en 1984, le mostró al televidente la cruda verdad de la guerra: aquel año, al frente de 50 cadáveres incinerados, Guerrero narró el escalofriante episodio de la fosa común de Pucayacu, un poblado a 40 kilómetros de Ayacucho, entonces zona tomada por Sendero Luminoso. Allí, un grupo de militares asesinó, torturó y enterró a campesinos inocentes. Tiempo después, un reportaje suyo provocó la destitución del general Adrián Huamán Centeno, entonces Jefe Político Militar de Ayacucho. Entonces, con la cámara aparentemente en Off, Huamán declaró que el Estado no iba a poder detener a Sendero Luminoso sólo con las armas.

Pero fue a partir de 1987 cuando todo lo que tocaba se transformaba en primicia: fue el único que encontró la pelota del equipo de fútbol Alianza Lima, flotando sobre el mar de Ventanilla, tras el accidente aéreo que sepultó a 44 personas en el océano. Decenas de reporteros intentaron lo mismo desde el momento del suceso, pero Guerrero, que llegó hasta Ventanilla en el tercer día de búsqueda, se llevó aquella exclusiva. Esa misma pelota, tras la tragedia, se presentó, dentro de una urna, en el estadio de Alianza Lima frente a los familiares de los fallecidos y miles de fanáticos del equipo. Asimismo, Guerrero fue el primer periodista que entrevistó al guerrillero Víctor Polay Campos, conocido como camarada Rolando, líder del grupo terrorista Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), el día que capturó la ciudad de Juanjui, en el oriente peruano. Ese mismo año, transmitió en vivo la quema de ocho camiones incinerados por terroristas de Sendero Luminoso en la carretera que conecta Cerro de Pasco con Huánuco, en la serranía del Perú, en un instante en el que ni la Policía estaba advertida. Ha captado imágenes inéditas de terroristas huyendo hacia el monte, tras el asalto que ejecutaron a la Sociedad Agraria de Interés Social (SAIS) Cahuide, en las alturas heladas de Huancayo, con dinero y ganado de los pobladores. Ha estado en la espesa selva del Alto Huallaga, desde donde mostró por primera vez una poza de maceración para las cámaras, con la que los narcos preparan la pasta básica de la cocaína.

Desde allí, en 1993, en una balsa que flotaba sobre el río Uchiza, narró por primera vez la historia del capo peruano de la droga, Demetrio Chávez Peñaherrera, alias Vaticano, con documentos y fotografías exclusivas. Ha entrevistado a un líder terrorista el día que dejó las armas, junto con su columna integrada por 100 guerrilleros; y tuvo acceso a informes clasificados del contragolpe del 13 de noviembre de 1992, cuando un grupo de generales intentaron derrocar al entonces presidente Fujimori. Encontró en Tacna una fotografía desconocida del coronel Francisco Bolognesi, junto a su Estado Mayor, minutos antes de perder la vida en la batalla de Arica. En 1995, narró por primera vez la biografía de Vladimiro Montesinos, el ex asesor del presidente Fujimori, con fotografías y datos inéditos hasta aquella fecha. Inclusive, en su afán informativo, saltó de un paracaídas para cubrir los detalles de un festival de paracaidismo sobre las precolombinas líneas de Nazca.

Ha conversado con los contras salvadoreños en el monte caribeño, ha presenciado la caída del Muro de Berlín, informó en vivo desde Santiago de Chile sobre el plebiscito que dictó la derrota del Augusto Pinochet en las urnas y entrevistó a los ‘espaldamojadas’ de Méjico durante sus intentos por cruzar la frontera con Estados Unidos. Transmitió desde Japón el funeral del emperador Hiroito y, desde Cabo Cañaveral, le mostró al Perú el lanzamiento del trasbordador Discovery. Ha participado en decenas de operativos contra las drogas, el terrorismo y la delincuencia y ha cubierto decenas de cambios de mando en América Latina. Su vida como reportero se ha intercalado entre la selva, con el plomo de la guerrilla y los militares; y la sierra, trayéndonos, a través del televisor, las escenas del avance lento pero brutal de la pobreza. Guerrero, en suma, era un reportero ubicuo. Como Dios.

Aquéllos que han trabajado con él saben dar fe de su ímpetu por alcanzar popularidad y poder, de su destreza para seducir, para convencer, para hacer que le crean. Sus seis años como maestro le han dado el gusto por educar. Era tan estimado por sus alumnos que, en la primavera de 1983, los muchachos de quinto año del colegio San Felipe no ingresaron a clases en una semana como señal de protesta porque Guerrero los había dejado por la televisión. Era su profesor predilecto: didáctico a la hora explicar, claro para dejarse comprender, facultades que supo trasladar con éxito a cada uno de sus reportajes. Su naturaleza es solemne y mímica, parecida a la de los actores de teatro que no comprenden en qué momento cae la cortina para volver a ser ellos mismos. Guerrero parece interpretar un papel que nunca termina: es imposible descifrar el humor con el que camina por los pasillos de Panamericana. Sus víctimas, entre los que figuran sus más cercanos colaboradores, han soportado las señales con la que su malhumor se concreta: sus gritos, sus insultos, sus desprecios. ¿Pero qué grado de malestar alcanza la ira de Guerrero? No se sabe. Porque cada vez que Guerrero alza su voz lo hace con el brío dramático de un actor de carácter. Guerrero no sonríe ni pide perdón. Guerrero olvida y espera que los otros lo hagan con él. Sabe felicitar a los que cumplen con su labor y sabe recompensar a los que lo complacen. Sin embargo, aquéllos que han osado despertar su cólera, saben que es capaz de todo antes de controlarla: ha intentado atropellar a un reportero que le preguntó sobre su presunta paternidad de una niña con una vedette; y abandonó en la selva a sus trabajadores, sin víveres, medicina, gasolina ni agua, sólo porque solicitaron un minuto de descanso. Según testigos, durante la celebración por el Día del Periodista de 1990, Guerrero se enfrentó a Martín Ramírez, entonces un joven editor de Panamericana, con insultos y golpes, y no paró de gritarle hasta que sacó su revolver y amenazó con asesinarlo. Un grupo de periodistas le quitó el arma, pero Guerrero no se tranquilizó: se fue hasta su auto a sacar un segundo revolver y disparó proyectiles al aire. Vilma López, entonces trabajadora de Panamericana, le arrebató el arma y se la entregó a José Vargas, a la sazón director de Buenos Días Perú, que la supo esconder de la ira de Guerrero por un mes. En ese mismo año, a Mauricio Fernandini, entonces un novato reportero de Panorama, le lanzó un pesado teléfono sobre la cabeza sólo porque le parecía que no tenía los años suficientes para ser un reportero de Panorama. A esta leyenda de pistolero, se suma el rumor de que Guerrero, con el revolver hinchado de balas, amenazó a Jorge León Pezantes, aquel yerno poco querido de Genero Delgado Parker, para que dejara en paz a Patricia Delgado Cafferata, hija del empresario, a la que Pezantes le reclamaba el derecho de visitar a su hijo.

Aquéllos que han competido con él, han visto de cerca los excesos a los que llega con tal de despertar la sed del televidente: asesinar de ocho balazos a un caballo, por ejemplo, para que bajaran unos cóndores durante la grabación de uno de sus documentales acerca del Valle del Colca, en Arequipa. O aquella vez en la que llegó tarde a la desactivación de un explosivo, y obligó a los policías a que recrearan otra vez el desmonte del detonante para presentarlo como un momento en vivo. Peor aun, existe gente que dice que Guerrero, durante una parada militar, en la que el ejército desfila en compañía de sus unidades blindadas, pintó de color rojo las alas de una bandada de palomas compradas en una veterinaria, para darle más realce a las tomas de su cámara. No por nada corre por los pasillos de Panamericana el rumor de que la pelota del Alianza Lima, aquélla que se presentó en una urna tras el accidente, se compró en un mercado mayorista.

―Los reportajes de Alejandro Guerrero son de dudosa procedencia –me dijo en una oportunidad Mauricio Fernandini, el ex reportero de Panorama al que le lanzaron el teléfono. Aquella misma frase la oí repetidas veces durante estos últimos meses, pero jamás la corroboré tan certeramente como lo hice una tarde con Carlos Paredes, otro ex reportero de Panorama.

―Alejandro, en 1987 –me dijo Paredes en un café, cerca de Frecuencia Latina, el canal en donde trabajaba como productor del programa Reporte Semanal–, llegó hasta la SAIS Cahuide para hacer su reportaje sobre los destrozos que hizo Sendero Luminoso en aquella hacienda. Los terroristas ya habían huido hacia el monte, pero Guerrero juntó a los pobladores en la única iglesia derruida e hizo una puesta en escena. A unos los hizo rezar, a un cura lo hizo levantar el cáliz y, como en una película, pidió paz. A otros, disfrazados de terroristas, los hizo perderse por el monte a caballo disparando con escopetas. El sábado, Panorama anunciaba un encuentro exclusivo de Guerrero con una célula de Sendero Luminoso –me dijo Paredes aquella tarde entre risas. Aquel 1987, Paredes también llegó hasta allí para cubrir la misma noticia, y observó de cerca cómo Guerrero organizaba dicha farsa con los pobladores. Inclusive, ese mismo apetito, provocó un intrincado incidente de sangre.

El 12 de abril de 1987, Güido Lombardi, quizá el más reconocido entrevistador de radio y televisión del Perú y entonces presentador de Panorama, presentó unas imágenes en las que la Policía irrumpía en una modesta casa de barro, en el distrito de Sipán, departamento de Lambayeque, ubicada a escasos metros de la Huaca Rajada, en donde prosperó la cultura precolombina Mochica.

―Esa noche no se presentó el reportaje de Guerrero, que ya entonces era el reportero estrella de Panorama. Sólo sacamos al aire unas imágenes oscuras en las que la policía corría y se escuchaban balas. Lo que ocurrió en ese reportaje era inaceptable –me comentó Güido Lombardi, al preguntarle por el incidente.

Alejandro Guerrero, tal como reseñó entonces la influyente revista política , participó en un operativo contra presuntos ladrones de tesoros prehispánicos. La publicación tildó aquel informe de “irresponsable cacería”, en la que Guerrero había organizado a los policías para tomar la casa con un aplomo desmedido en contra de gente desarmada, con el objetivo de capturar las mejores imágenes para su nota: “¡Enfoca hermano, enfoca!”, le gritó aquella madrugada del operativo a Luis Loayza, su camarógrafo, tal como repasó Don Carlos Bernal Vargas, propietario de la casa que allanó la Policía. “Estaba vestido de blue jean y camisa a rayitas rojas y gritaba como loco”, le dijo Bernal Vargas a la reportera de la revista. El saldo: un muerto, Enrique Bernal, hijo de Don Carlos. Esa noche, entre los gritos desesperados de los Bernal, Guerrero entró a la casa y tomó de la pared una fotografía de otro de los hijos de Don Carlos para vincularlo con unos ladrones de tesoros. En la casa nunca se encontró ningún resto prehispánico. “Si los policías hacen un operativo para que un periodista pueda grabar el show, ése es su problema. Ahora que respondan”, explicó Guerrero aquella vez, en la que también aceptó que robó la fotografía de los Bernal para su reportaje. Ésa era su forma de responder ante la pérdida del hijo mayor de Don Carlos, un sencillo campesino que se ganaba la vida cultivando mangos.

―Hubo una reunión en la que participó el equipo de Panorama. “Esto es inaceptable”, recuerdo haberle dicho a Guerrero, pero Genaro Delgado Parker, que participó en ese comité, lo felicitó, lo puso como ejemplo de lo que deberían hacer los otros reporteros. Eso marcó mi distanciamiento. Después renuncié –me dijo Lombardi.

Quizá aquel incidente marcó la carrera de Guerrero. En adelante ¿hasta dónde sería capaz para obtener una exclusiva? Con el aval del propietario del canal, nada podría detenerlo. La tarde que conversé con Paredes me enteré, con el paso de las horas y del café, del día en el que Alejandro Guerrero aceptó entrar al infierno sin temor a quemarse.

***

La voz de Alejandro Guerrero parece impostada. La modula con esos dos músculos –pequeños pero desarrollados– que vibran dentro de su laringe, y que tonificó durante sus años al frente de un pizarrón. Eso pensé al verlo el día que retornó a Panamericana durante el turbulento verano de 2003, junto con Genaro Delgado Parker como flamante administrador interino –que llegó protegido por una caterva de gorilas enternados– a merced de un dictamen judicial con el que le arrebató la administración a Ernesto Schutz Freud, hijo de Ernesto Schutz Landázuri, el próspero productor de papel higiénico que compró Panamericana en 1997 (y el mismo que se reunió repetidas veces con Montesinos en la salita del SIN para recibir millones de dólares a cambio de una línea editorial favorable en los noticieros del canal). El Alejandro Guerrero que entró ese día a Panamericana no era el mismo que yo había visto durante dos décadas en la pantalla. El tiempo había teñido su barba de blanco y sus 176 centímetros de estatura arrastraban ahora un abdomen desatendido. No ocurría lo mismo con su voz: a pesar de los años, seguía siendo la misma con la que supo hipnotizar a una multitud de televidentes. Lo comprendí al escucharle gritar ¡No vuelvas! a Federico Anchorena –hasta ese día gerente de la televisora– con ese tono bravucón que usan los matones de un poderoso. Sólo dos meses antes, América Televisión, el llamado canal de las estrellas, le había ofrecido producir, dirigir y conducir un programa titulado Zoomanía, cuyo contenido cultivaba aquello que más amó en su carrera: reportar la maravilla de la naturaleza, cosa que hizo con éxito en los extensos documentales que produjo para Panamericana. Eran tan vistosos, didácticos e informativos, que formaron parte del currículo de muchos escolares. Sin embargo, Guerrero rechazó Zoomanía: Delgado Parker le había ofrecido, para el día que retornara a Panamericana, la dirección general de noticias, un cargo que sólo un reconocido reportero como él podría haber aceptado. Delgado Parker, ese día, cumplió su palabra. Sólo dos años antes, en octubre de 2001, su estrella se había apagado: aparentemente, había renunciado abruptamente a Panamericana, tras la salida del video Schutz–Montesinos, que mostró al empresario solicitando dinero por su compromiso con el régimen de Fujimori. Pero la verdad, para personas que trabajaron con él durante esa época, Schutz sospechaba que Guerrero alquilaba el equipo técnico de Panamericana para quedarse con el dinero y tal vez por eso utilizó el video con Montesinos como pretexto. La periodista Mónica Delta me contó que Guerrero le lloró de rodillas, pidiéndole a ella que le creyese, el día que Schutz destapó sus artimañas.

Eso no era difícil de creer, pensé, al recordar una anécdota que Güido Lombardi me confirmó: en setiembre de 1991, Lombardi, como consultor del ILD, llegó hasta Tingo María por los conflictos que desató el asesinato del líder cocalero Walter Tocas. Guerrero había llegado hasta allí en una avioneta porque los caminos hasta Tingo María estaban bloqueados por barricadas de campesinos. Lombardi no tenía cómo volver a Lima y Guerrero le dijo que podían volver juntos en avión. Antes de partir, una señora llegó hasta la pista de aterrizaje con un féretro. Era su marido, que acababa de morir como consecuencia de los enfrentamientos entre cocaleros y militares, que intentaban devolver el orden a punta de metralleta. La mujer le imploró a Guerrero que llevara el cadáver de su marido a Lima, en donde estaban sus hijos, que tenían algo de dinero para poder enterrarlo. La mujer veía en Guerrero a ese reportero que domingo a domingo le daba voz a los más débiles, como ella. Pero Guerrero, según Lombardi, le solicitó 500 dólares para trasladar al muerto. La señora, sorprendida, no tuvo otra opción y aceptó: los caminos podrían seguir así por semanas y su marido se pudriría en la sala de su casa. Los pilotos sacaron cuatro asientos y lograron ubicar el cadáver entre las maletas. Si la mujer hubiera relatado en ese entonces este episodio, es probable que nadie le hubiese creído.

A partir de su salida del canal al que le dedicó 18 años de su vida, Guerrero aceptó producir proyectos que fracasaron estrepitosamente: condujo un programa concurso de preguntas y respuestas llamado Máximo Desafío –por el cual fue criticado por muchos televidentes debido a su escasez de conocimientos– y, en 2002, apoyándose en su alicaída popularidad, postuló sin éxito a la alcaldía de La Molina, el próspero distrito en el que habita. Volver a Panamericana con aquel cargo era recuperar el poder: retornar en calidad de jefe a esa casa que lo hizo crecer desde que era un desconocido reportero de madrugada. Sin embargo, ese día de 2003, no se trató de una novedad ver a Delgado Parker en compañía de Guerrero –a la cabeza de sus matones– echando a la calle a lo que quedaba de la administración Schutz. Desde finales de los años ochenta, para Delgado Parker, Guerrero no sólo era el reportero estrella de su programa engreído: con los años, éste se transformó en su cómplice, en el hombre más leal de su círculo de poder. A cambio, Delgado Parker le ofreció su protección, tal como hizo años antes con personajes como Laura Bozzo, Jaime Bayly o Gisela Valcárcel, a los que llevó a la pantalla con ese instinto casi animal para descubrir astros.

―Entre ellos no había una relación normal de jefe a empleado. Había una fidelidad, como la que existe entre padre e hijo –me confesó Roberto Reátegui, que trabajó como director de Panorama entre 1987 y 1991. Quise indagar con él sobre la relación entre el broadcaster y el reportero –durante los años de la dictadura–, pero Reátegui se había retirado en 1991, un año antes de que Guerrero, en esa búsqueda tenaz por complacer a Delgado Parker, aceptara conversar con Vladimiro Montesinos –tras el golpe de Estado que Fujimori estelarizó en abril de 1992– con el objetivo de prestar el contenido de sus reportajes en favor de la dictadura. El record delictivo del ex capitán del Ejército era vox populi entre los reporteros más informados, como Guerrero, desde 1983. Excluir los detalles escabrosos de su pasado en una crónica significaba, a todas luces, evitarle un momento ingrato a Montesinos. Sin embargo, eso pasó durante el invierno de 1996, el día que Guerrero le regaló al ex asesor de Fujimori 15 minutos del programa más sintonizado de aquel entonces. Más que un reportaje que narraba la biografía de Montesinos, era un requisito para una entrevista exclusiva con Montesinos en el set de Panorama, que podría haber sido conocida como la “entrevista del siglo”, porque ningún reportera había sido capaz de robarle unas palabras. Ese reportaje de 15 minutos se produjo como resultado de la denuncia que hizo Vaticano, el capo de la droga, en pleno proceso penal: el 16 de agosto de 1996, a dos años de su captura, Vaticano confesó que Montesinos le cobró cada mes 50.000 dólares para que los militares lo protegieran. Las palabras de Vaticano generaron un inesperado estallido: el gobierno de Fujimori preparó a numerosos ministros para que declararan en los principales canales de televisión: Contrapunto, uno de los programas políticos más importantes, entrevistó al general Ketín Vidal Herrera, entonces Director General de la Policía, que dijo “me parece inverosímil”. “Es una patraña, es una declaración inaudita”, dijo Blanca Nélida Colán, entonces Fiscal de la Nación, en el sintonizado programa La Revista Dominical. A ellos se sumaron el ministro de Economía, el Comandante General del Ejército, el Ministro del Interior y el Presidente de la Comisión de Fiscalización del Congreso, quien afirmó que “representaría un gasto inútil para el Congreso investigar eso”. El último de todos en declarar tuvo que ser Fujimori, que llegó hasta el set de Panorama para ser entrevistado por Güido Lombardi, que había retornado a Panamericana en 1992. Fujimori, ofuscado por las preguntas de Lombardi sobre Montesinos, finalizó la entrevista con un tajante “mejor pregúntele a él”. “Pero Montesinos no da entrevistas”, contestó Lombardi. “¿Se la ha pedido? Pídasela, él se la dará”, sostuvo Fujimori.

―Esa noche terminó el programa y busqué a Genaro en su oficina. Él me miró y me dijo “Montesinos te debe una entrevista, es un compromiso del Presidente” –recordó Lombardi el día que conversé con él–. Genaro llamó a Alejandro y le dijo “Alejandro, dale los teléfonos del doctor”. Guerrero era el que le llevaba botellas de etiqueta azul a Montesinos en sus cumpleaños, estaba claro que ya tenían un trato. Llamamos a Montesinos al SIN. Allí quedamos con él en encontrarnos a primera hora del día lunes para coordinar una entrevista –me dijo Lombardi.

Lombardi me explicó que llegó hasta la célebre salita del SIN con Guerrero. Me dijo que llegaron sin ningún equipo televisivo, como cámara o micrófonos. Sin embargo, un ex camarógrafo de Panorama con el que conversé, me relató que dos camarógrafos y dos asistentes los esperaban en el estacionamiento del SIN, por si se presentaba la oportunidad de entrevistar a Montesinos. Lombardi no lo recordó, pero tampoco lo negó.

―Guerrero saludó a Montesinos con mucha cortesía, lo trataba de usted. La reunión tardó unas tres horas –seguía recordando Lombardi–. Allí Montesinos contó mil historias, de cómo doblegó la moral de Abimael Guzmán con chocolates Ibérica, habló de música, de la canción favorita de Guzmán, que resultó ser My Way, de Frank Sinatra; y nos mostró una revista Caretas apócrifa que señalaba la derrota de Sendero Luminoso, que utilizó para persuadir a Guzmán para firmar el acuerdo de paz. Después de todo eso se habló de la entrevista. Mi condición era hacerla en vivo y, en todo caso, grabada pero sin editar.
―¿Qué pasó después? –le pregunté a Lombardi.
―Esa tarde me llamó Jaime de Althaus, entonces Jefe de Informaciones de Expreso, y me preguntó si le iba a hacer una entrevista a Montesinos. Yo le conté todo y él publicó un sueltito en su columna. Esa noche Guerrero protestó, vino a mi oficina para decirme “carajo, la cagaste” –me contó Lombardi.

Lo que no recordó el ex conductor de Panorama el día que conversamos en un salón del Hotel Sheraton de Lima, fue que en la salita del SIN, Montesinos le entregó a Guerrero, en calidad de exclusiva, dos fotografías que le servirían de soporte para su reportaje del domingo: la primera era una imagen que databa del año 1962, en la que cadetes del primer año de la Escuela Militar de Chorrillos compartían una clase. Uno de ellos era Vladimiro Montesinos. El otro, a corta distancia, era Ketín Vidal Herrera, el general al que le atribuyeron la captura del líder de Sendero Luminoso. La otra fotografía era una de tamaño carné, en la que Montesinos aparece vestido con terno, con una atractiva sonrisa pícara. Esas dos fotografías aparecerían esa misma semana en Panorama, dentro del reportaje de Guerrero, pese a que ya no se dedicaba a aquel programa desde 1993, año en el que dejó de perseguir guerrilleros en la selva para producir exclusivamente documentales ecológicos. El objetivo de Montesinos era desbaratar lo declarado por Vaticano, destacando sus méritos en el campo de la inteligencia militar, pasando por alto su pasado como capitán destituido del ejército y defensor de narcotraficantes y violadores de los derechos humanos en la década de los ochenta. El objetivo del reportaje era vincular al ex asesor con Vidal Herrera, entonces considerado por muchos como un héroe. Era otra de las exclusivas a la que Guerrero nos tenía acostumbrados.

―Era un martes por la mañana y Guerrero, que era editor de prensa de Panamericana, llamó al equipo completo de Panorama, a reporteros, camarógrafos, editores y asistentes –me dijo Pámela Vértiz, reconocida presentadora televisiva, entonces reportera de Panorama–. Por un teléfono con speaker, Genaro desde Miami le preguntaba a Guerrero “¿Todos están allí?” Y Guerrero le respondía que sí. Estábamos confundidos, no era normal que nos juntaran a todos. Genaro le dijo “¿Ya hablaste con el doctor?”, y Guerrero le dijo “Las cosas están bien, ya todos tienen sus temas, él se ha comprometido a darnos fotografías diferentes a las de Caretas. Ya sabemos cuál es el tono del reportaje, él está tranquilo, nosotros también”. El objetivo de escuchar esa coordinación era darnos un mensaje. Para los que no lo teníamos claro, ese día Delgado Parker quiso decirnos que estábamos alineados con el gobierno –concluyó Pámela.

El reportaje de Guerrero se estrenó el domingo 8 de setiembre de 1995. Se presentaron las dos fotografías y Montesinos, a lo largo del reportaje, quedó como el señor de la guerra contrasubversiva y como una de las cabezas que ejecutaron la captura de Vaticano en enero de 1994. Es decir, si Vaticano dijo lo de los 50.000 dólares, fue por venganza. Pero la entrevista con Montesinos nunca se dio. Fernando Vivas, el crítico televisivo, publicó en la revista Caretas el 12 de setiembre de 1996 un artículo titulado ‘Ecología del delito’, en el que redactó: “A pedido de sus jefes, dejó sus proyectos especiales para cumplir una comisión especialmente ruin, defender a Vladimiro Montesinos en Panorama para asegurarse la entrevista del año. El precio a pagar por la primicia incluye el reportaje franelero del pasado domingo, donde el asesor presidencial apareció como un paladín en la lucha contra Sendero Luminoso y el narcotráfico y, por lo tanto, incapaz de cometer delito alguno”.

―¿Cómo me has hecho eso?’, me dijo Guerrero por la nota que escribí, un día que nos encontramos en una cena tomando unos tragos. Estaba sumamente dolido. Allí me dijo algo que me hizo comprender mejor su caso: “yo no le puedo decir a Genaro que no”. Lo dijo con pesar, con dolor, definitivamente, era algo que le incomodaba –me señaló Vivas acerca de Guerrero.
―El mensaje de ese reportaje era como decir: éstos son los héroes que capturaron a Guzmán. Pero hubo otra oportunidad para entrevistar a Montesinos en enero de 1997, durante la toma de rehenes de la Embajada de Japón. Le dije a Guerrero que era un momento propicio para intentar entrevistar a Montesinos, pero él me dijo que “de ninguna manera”. En abril pasó lo de la liberación y no teníamos información. Guerrero me dijo: “el único que nos sacará de este hoyo es el doctor”. Esa vez fui solo al SIN. Montesinos me dio una medalla, fotos, libretas, aparatos sofisticados, pero antes de darme todas esas cojudeces, me habló de la réplica de la Embajada de Japón y me pidió que dijéramos que los héroes de la operación eran Fujimori, Hermoza y él, una divina trinidad con Montesinos a la cabeza –me dijo Lombardi.

Pero para entonces, Guerrero ya era una cara conocida en los pasillos del SIN. En 1991, Enrique Aguilar del Alcázar, entonces mayor del Ejército, trabajaba como analista en el la Unidad de Contrainteligencia del SIN. Un año más tarde en, noviembre de 1992, formaría parte del grupo de militares que intentaron en vano derrocar a Fujimori. Sin embargo, entonces sólo era uno más de los que miraba con reparo la presencia de Montesinos en el SIN. El lapso que duró cerca del asesor de Fujimori le bastó para comprender por qué Panorama era el único programa que exhibía una primicia cada domingo por la noche.

―Genaro repartía televisores, cajas de llenas con equipos de video. En el SIN eso sobraba, pero Delgado Parker lo hacía para acercarse a Montesinos. A veces, Guerrero era el encargado de entregar esos paquetes. A partir de eso lo vimos repetidas veces en el SIN. No todos los periodistas tenían ese privilegio –me comentó el mayor Aguilar una tarde del verano de 2006.

En 1991, Delgado Parker produjo La Fuerza de la Ley, un programa patrocinado por decenas de empresarios, ofrecía dinero como recompensa a todos los que aporten datos que conduzcan a la captura de líderes terroristas. El programa tuvo un inusitado éxito pero faltaba más apoyo de la Dircote, vital para receptar los datos que llegaban hasta su canal. Entonces, Delgado Parker, intranquilo por la falta de apoyo, se entrevistaría con Fujimori para solicitarle más facilidades a la policía contrasubversiva –tal como apuntó Fernando Vivas en su investigación para la Comisión de la Verdad y la Reconciliación–, pero Fujimori lo derivó con Montesinos, en lo que habría significado, según Vivas, la primera de todas sus futuras visitas al SIN. En ese momento, según el mayor Aguilar, Guerrero, en nombre de Delgado Parker, comenzó a visitar el SIN.

Tras el golpe del 5 de abril, era importante recuperar la popularidad perdida con efectos rápidos e inteligentes. La captura de un líder importante de Sendero Luminoso –o del MRTA– podría haber significado uno de esos ganchos que Montesinos buscaba con tanto ímpetu. Mientras que él se quemaba la cabeza pensando en un operativo que restituyera la mancillada imagen del SIN, un preso del penal de máxima seguridad de Castro Castro, en el límite norte de Lima, contaba con aquello que buscaba. A mitad de 1991, Sístero García Torres, un pequeño profesor de bigotes ralos y sonrisa intermitente, era el entonces líder del Batallón Nororiental San Martín del MRTA, el camarada Ricardo, que cayó capturado por la policía en el aeropuerto de Tarapoto intentando huir del país. Lo trasladaron al penal para terroristas, en donde Carlos González, propietario de la cadena hotelera más importante de la selva, lo buscó para celebrar un trato.

―Los emerretistas llegaban hasta mi hotel y me exigían cupos para dejarme trabajar en paz. Yo nunca acepté darles un centavo y ellos asustaban a mi gente. Me pedían plata para liberar a Sístero. Entonces me di cuenta que aquí, en Tarapoto, el que ponía orden era él. Me vine a Lima y le ofrecí a Sístero dos cosas: sacarlo de la cárcel –sobornando autoridades judiciales si era necesario– y plata para que se retire del MRTA y que convenza a su gente para que haga lo mismo. Sístero aceptó –me dijo Carlos González una tarde de 2003, en el Hotel Puerto Palmeras, en Tarapoto, debajo de uno de los horizontes más transparentes del planeta–. No fue tan complicado, él ya estaba cansado de que la plata de los cupos se la repartieran entre los líderes del grupo.
―¿Liberó a Sístero García para terminar con el MRTA en la selva? –le pregunté a González.
―Sí. Eso pasó en enero de 1992. Comenzó a mandar volantes con quejas y críticas a Polay y allí comenzó el cisma más importante de su gente en la selva, zona controlada desde los ochenta por ellos. Pero había que impulsar más renuncias y, como en aquellos años estaba eso de la Ley del Arrepentimiento, me contacté por un amigo con Eduardo Bellido Mora y le dije que tenía un terrorista que quería arrepentirse con toda su gente. Bellido me puso en contacto con el general Hermoza Ríos y éste me dijo “perfecto”. Al día siguiente, dos coroneles llegaron y se lo llevaron al Pentagonito. De allí no supe más hasta que me llamaron para que les preste mis carros y mi local, un galpón abandonado de Lima, en donde iban a filmar un reportaje con Sístero abdicando al MRTA –concluyó González aquella vez.

El reportero al que le encomendaron dicha nota era nada menos que Alejandro Guerrero, acompañado de Johnny Zacarías como camarógrafo. El fin del MRTA llevado a la pantalla, como fruto de la Ley del Arrepentimiento –promulgada ese año por Fujimori–. Era ése golpe que necesitaba la dictadura para legitimarse. Pero ¿cómo retrataría Guerrero aquella dimisión, si Sístero, que abandonó las filas del MRTA con una columna de 100 guerrilleros, se encontraba solo en Lima? Una vez más, Guerrero, en contra de todo pronóstico, dirigiría su reportaje como lo hacen los más galardonados directores de cine.

―El que nos condujo hasta Sístero en Lima fue Roberto Huamán Azcurra –me contó Jhonny Zacarías en su casa–. Allí no sabía quién era, pero más tarde, por todo lo que se supo después, lo reconocí. Nos dimos la mano, lo saludamos. Estábamos en la Costa Verde, donde Guerrero quedó en encontrarse con ellos. Allí dejamos la camioneta en la que íbamos y nos subimos a sus carros. Dentro, con ellos, nos encapucharon. Yo me preguntaba por qué Guerrero confiaba tanto en ellos. Pensé que nos podían matar. Dimos muchas vueltas hasta llegar a una fábrica, allí nos bajaron y vi muchos guerrilleros del MRTA con sus uniformes. Huamán Azcurra seguía con nosotros, él filmaba todo con una cámara chiquita. Allí estaba Sístero García, que nos recordaba todavía desde el día que, con Guerrero, entrevistamos a Polay en San José de Sisa.
―¿Todo eso fue armado por el SIN? –le pregunté a Zacarías.
―Claro, si Huamán estaba allí. Todo eso lo armó Montesinos.
―¿Y Guerrero lo sabía?
―Lo armaron con él. Los que se presentaron como guerrilleros eran en verdad soldados disfrazados. Habían colocado pancartas del MRTA por todos lados y tuve que cerrar mi lente para que no se viera que estábamos en un taller. Todo estaba como decorado –me confesó Zacarías. Eso mismo lo corroboré con Carlos González, propietario de los carros que trasladaron a Guerrero y Zacarías, así como del taller donde entrevistaron al camarada Ricardo.

Aquella semana, el reportaje de Guerrero se publicitaba en las tandas de Panamericana como todos sus informes: como una insuperable primicia. Sin embargo, un día antes, el sábado 12 de noviembre de 1992, el destino jugó en su contra: un equipo de policías del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), encabezados por los comandantes Marco Miyashiro y Benedicto Jiménez, allanaron una casa del distrito de Santiago de Surco, en la que Abimael Guzmán, el oscuro jefe del grupo terrorista Sendero Luminoso, se escondía de sus perseguidores. El operativo recordado como ‘la captura del siglo’ no dejó un minuto las pantallas televisivas durante semanas. El domingo 13, el reportaje de Guerrero tuvo que esperar hasta los últimos minutos de Panorama para ser emitido. La abdicación del camarada Ricardo no tuvo el impacto que buscaba Montesinos que dejó en claro, como me dijo Zacarías, que no tenía ni la menor idea de que esa noche el GEIN iba a capturar a Guzmán, éxito que trató en vano de atribuirse a través de su compañero de promoción, el general Ketín Vidal Herrera.

―Montesinos estaba concentrado en hacer el reportaje sobre Sístero, nadie dijo nada sobre Guzmán porque el SIN no estaba al tanto de eso. Si hubieran estado enterados, tal como les gustaba hacer las cosas, ¿tú crees que Guerrero no les habría hecho el reportaje? –me preguntó Zacarías el día que conversamos.

Era la primera vez que la voz de Guerrero no se hizo notar como otras tantas veces. Sin embargo, su contacto en el SIN le deparaba otra sorpresa para su carrera.

***

No podemos hablar de Alejandro Guerrero sin recordar a Genaro Delgado Parker, al que sus allegados, como Guerrero, apodaron Papaupa por esa forma paternal de dirigir a sus estrellas. Y, como padre que es, sabe en qué momento se debe recompensar y cuándo castigar. “Con su entorno es sumamente cercano. Confía en ti y si tú le das lo mejor, sabes que Genaro siempre te va a proteger en las buenas y en las malas. Él es absolutamente leal, aunque seas un incompetente”, dijo una vez Humberto Polar, ex productor de Panamericana, en un perfil de Genaro Delgado Parker que publicó la revista Gatopardo. Aquel artículo desató la ira de Guerrero, que interpretó el calificativo “incompetente” como suyo, por lo que llevó al redactor de la nota ante un tribunal: Guerrero, hasta la fecha, le exige la suma de 1.000.000 de dólares, dinero que “restituiría” los daños morales que le provocaron: “La intención de los demandados ha sido denigrar al recurrente y hacerlo ver como un profesional poco calificado, ya que es falso que el periodista se un periodista incompetente que haya logrado fama gracias a las gestiones del Sr. Delgado Parker, ya que el recurrente cuenta con una bien ganada reputación como periodista, la cual ha ido adquiriendo por sus propios méritos y con mucho esfuerzo y dedicación a través de los años’, redactó Guerrero en una carta dirigida al vocal que ve el proceso.

Es verdad, Guerrero no sólo hizo carrera como reportero durante la era de Genaro Delgado Parker en Panamericana. Lo hizo en 1997, con Ernesto Schutz Landázuri, con estupendos documentales ecológicos, hasta que el pretexto del video Schutz–Montesinos lo llevó a salir del canal. Sin embargo, sus afectos nunca dejaron de estar con Delgado Parker, tal como señaló el mismo broadcaster en una entrevista, en la que dejó entrever que Guerrero era su hombre en los pasillos de Panamericana durante la administración Schutz. Alejandro Guerrero, tras leer dicha entrevista, redactó una carta dirigida a Ernesto Schutz, cuyo tenor reflejaba una vez más su carácter: negó ser el confidente de Delgado Parker y le expresó su más solventada lealtad. Esa carta también fue publicada.

Pero aquel reportaje de Gatopardo le recordó a Guerrero un suceso que habría preferido olvidar. Se trataba de un hecho producido la noche del 9 noviembre de 1990, el día que Genaro Delgado Parker celebraba 61 años de vida. Delgado Parker organizó una noche de gala en su local de Telemóvil, su empresa de celulares, a la que llegaron múltiples figuras de la política y la farándula. En ese evento, según el perfil de Gatopardo, hubo un entredicho entre Delgado Parker y Guerrero que terminó con la nariz rota del reportero en un hospital. Pese a que Guerrero se esmeró en negar ese suceso durante el proceso que levantó contra el redactor de Gatopardo, ese triste episodio, para tres testigos que entrevisté, sí tuvo lugar. Aparentemente, recordaron los ex trabajadores de Panamericana con los que conversé, Guerrero, ligeramente borracho, interpeló a Delgado Parker en público por un detalle que no todos lograron precisar. Delgado Parker, quizá avergonzado, se retiró hasta su Mercedes Benz. Desde allí, antes de subir, como en una delirante parodia romana, le bajó el dedo pulgar a Guerrero. Luego, sus hombres de seguridad le reventaron la nariz a puñetazos.

―“Pepe, me han pegado” –recordó José Vargas Gil, ex productor de Buenos Días Perú, el día que le pregunté sobre la golpiza–. En el acto le mandé una camioneta del servicio de noticias para que lo llevaran a una clínica, porque me dijo que tenía la nariz rota –concluyó Vargas.

Esa noche, una camioneta de Panamericana trasladó a Guerrero hasta la sala de emergencia de la Clínica Ricardo Palma, hasta donde, horas más tarde, llegaron Mónica Delta y Roberto Reátegui, que se enteraron del incidente por una llamada telefónica. Alejandro Guerrero tenía la cara atravesada por una gasa y se trasladaba con dificultad con una silla de ruedas empujada por su mujer. Días más tarde, Guerrero retornó a sus labores en Panamericana con el rostro levemente deformado, me contó Mónica Delta, ex conductora de Panorama. Reátegui confirmó la información, agregando: “ninguno de nosotros le dijo nada, porque lo tomamos como lo que era, un castigo de padre a hijo”.

―¿Pero por qué crees que no se fue? Si el dueño del canal te manda a golpear, lo primero que uno hace es renunciar, y quizá formalizar una demanda –le dije a Reátegui.
―Si tu papá te pega porque te portas mal, no creo que sea motivo para que te vayas de tu casa –me contestó Reátegui. Y Guerrero, en calidad de hijo, no tenía por qué protestar. Lo tomó sencillamente como lo que era: una lección.

***

Noviembre de 1992. Servicio de Inteligencia Nacional.

Alejandro Guerrero se preocupó durante toda su carrera por ser un reportero honesto. Si había exagerado en aquel intento, lo hizo por el público, que lo consideraba desde los albores de su carrera un reportero tenaz y sincero. El hombre que apretó su mano efusivamente aquel día en la oficina más importante del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) lo sabía y, por ese mismo motivo, pensó en él a la hora de convocar un reportero para transmitir aquella primicia. Ese hombre del SIN tenía una novedad y quería difundirla a través de un periodista que gozara de mucha credibilidad: Guerrero, sin duda, era una garantía. Días antes de que los dos hombres se entrevistaran en el SIN, la madrugada del 13 de noviembre de 1992, un grupo de generales, coroneles, mayores y capitanes del Ejército –algunos en actividad, otros en retiro–, encabezados por el general retirado Jaime Salinas Sedó (que había llegado a Lima vía Washington, en donde se desempeñaba como asesor de la Junta Interamericana de Defensa), se juntaron en un taller de mecánica para carros. Allí, Salinas, tal como confesó más tarde, le expresó a sus hombres, 20 en total, que el Perú debía volver al estado de derecho y, como requisito, Fujimori tenía que salir del poder. Aquel contragolpe –como se le denominó al intento del general Salinas– nunca prosperó: su plan se canceló esa misma noche por culpa de un delator, el mismo que mantuvo informado a Montesinos de los pasos de Salinas y su grupo de insurgentes. Un día antes, en la madrugada del día 12, Montesinos le informó a Fujimori de las intenciones del general Salinas: le manifestó que un grupo de militares golpistas pretendían asesinarlo. Fujimori, asustado, buscó asilo en la casa del Embajador de Japón. Fujimori diría más tarde, en los programasFuego Cruzadoy La Revista Dominical, que “me iban a asesinar un puñado de hombres que podría ser 6, 35 ó 41, no es el primer golpe, creo ya que tengo bastante experiencia”. Durante la madrugada del día 13, Montesinos le ordenó a sus comandos que tomaran por asalto el taller en el que los presuntos insurgentes conversaban: para que los soldados allanaran con más aplomo el local, les dijeron que se trataba de un comité de la cúpula terrorista del MRTA. Allí capturaron a todos los coroneles, comandantes, mayores y capitanes del grupo: a unos a golpes, a otros con el mango de una metralleta en la cabeza. Al general Jaime Salinas Sedó lo capturaron a tiros, en la entrada del Cuartel General del Ejército. Al resto de generales implicados los arrestaron en sus casas: José Pastor Vives, Víctor Obando Salas y Luis Soriano Morgan, aquéllos mismos que pasaron al retiro un año antes por la voluntad de Hermoza Ríos y Montesinos. El general Salinas quedó confinado a una celda de la División de Fuerzas Especiales del Ejército (DIFE), en Las Palmas, a cargo del sumiso general Luis Pérez Documet, a unos metros del SIN, desde donde Montesinos controlaba todo. En esa misma celda, días más tarde, el general José Sevilla, entonces Vocal Instructor del Consejo Supremo de Justicia Militar, interrogó a Salinas por delito de rebelión. Sevilla le preguntó si su objetivo era matar al Presidente y Salinas le contestó que no. Sevilla le llevó su maletín y le mostró los documentos que la policía militar le confiscó: dinero, documentos de identidad y los planes del golpe escritos con su puño y letra. Salinas los aceptó como suyos. “Acá está el plan escrito con mis manos, que dice, en el caso de Fujimori, detenerlo para ser entregado posteriormente a la justicia, tal como manda la Constitución”, le dijo Salinas al general Sevilla.

Sin embargo, días más tarde, el 29 de noviembre de 1992, Panorama mostró en calidad de primicia documentos inéditos en los que Salinas, junto con otros militares, maquinaron matar a Fujimori con un fusil de francotirador –el mismo que Salinas, según el reportaje, trajo desde Washington–, así como documentos escritos por otros generales en los que se detallaba cómo se iba a terminar con las vidas del general Hermoza Ríos y Vladimiro Montesinos: al primero se le dispararía durante un forcejeo y, en caso de que el asesor se resistiera, habría que simular un suicidio.

Era, evidentemente, un montaje elaborado desde el SIN con información que sólo poseían los organismos militares que participaron en la captura de Salinas. El reportero al que le entregaron todos esos detalles era Alejandro Guerrero. En su reportaje aparecía con armas y documentos que, por Ley, no podían ser manipulados por personas ajenas al proceso judicial en contra de los hombres de Salinas. El objetivo de Montesinos era uno sólo: que la cámara de Panorama desacreditara al general Salinas y su grupo de insurgentes. El reportaje de Guerrero se propaló en Panorama el 23 de noviembre de 1992, con documentos que nunca figuraron formalmente dentro del proceso judicial que le abrieron al general. Inclusive, el reportaje informó que Salinas, a partir de ese domingo, sería acusado de intento de asesinato.

―En el SIN estaban Montesinos y Huamán, ellos nos pasaron todo. En el maletín estaba el pasaporte de Salinas, su dinero y muchos documentos. El reportaje era demasiado evidente, quién más, sino era Montesinos, nos había alcanzado todo eso. Quién más podía decirle a los comandos que actuaran para nuestras cámaras, recreando las detenciones de esa noche –me dijo Johnny Zacarías, el camarógrafo que acompañó a Guerrero hasta el SIN. El video original todavía está almacenado en la enorme videoteca de Zacarías que, sin lugar a dudas, reúne la carrera de Guerrero en la pantalla chica. El día que lo visité, Zacarías lo sacó de su caja y lo introdujo en un reproductor Betacam: allí escuché las voces de Vladimiro Montesinos, Roberto Huamán Azcurra y Alejandro Guerrero, que discutían los detalles de la nota.

―Necesito grabar la prueba grafotécnica, la prueba del polígrafo –le pedía Guerrero a Montesinos.
―Sí, hermano, claro: ahí está el maletín con las tarjetas –le responde Montesinos.
―Sí, había dinero, allí está todo –les dice Roberto Huamán.

Mientras Zacarías grababa con su cámara los papeles falsificados por el SIN para acusar a Salinas de intento de asesinato, el micrófono de su cámara permanecía encendido y registró cada palabra de la cita en el SIN. Sin embargo, el día que se preparó aquel reportaje, un editor, por obra macabra del destino, grabó música encima de las voces de Montesinos, Guerrero y Huamán. Sólo quedó la breve conversación que reseñé.

―No creo que el editor lo haya hecho a propósito –reflexionó Zacarías–. Necesitaba unos minutos y creyó que no era importante, pero lamentablemente todo lo que conversaban estaba allí. Ellos hablaron en contra de Salinas y de su gente. Teníamos acceso a todo. Esa semana ellos coordinaron con la DIFE para filmar, a escondidas, a los militares del general Salinas, porque la prensa hablaba de torturas y Montesinos quería que los sacáramos caminando, como para que no digan que los torturaron. Desde un punto oculto, los filmamos a toditos, pero uno de ellos se dio cuenta y miró a la cámara –me dijo Zacarías.

Ese hombre era el entonces mayor César Cáceres Haro, acusado de manipular el fusil que iba a terminar con la vida de Fujimori.

―Yo vi a Guerrero con una cámara, él mismo nos estaba grabando –me dijo en una entrevista que sostuvimos en enero de 2006, tras enseñarle una copia del reportaje de Guerrero. Era la primera vez que Cáceres lo miraba–. Cómo se les ocurre que queríamos matar a Fujimori en su cama con un fusil de francotirador, es estúpido. Pero seguramente creyeron que como lo decía Guerrero la gente se lo iba a creer –me dijo Cáceres, indignado.

Montesinos había quedado embrujado por el reportaje de Guerrero, que con su voz era capaz de embellecer hasta un muladar: era el primer contacto de Montesinos con la televisión. Es probable que Guerrero le haya enseñado a Montesinos la ventaja que significa controlar las noticias que propalan los medios de comunicación, tal como hizo a partir de 1996, cuando comenzó a sobornar con millones de dólares a los principales broadcasters de la televisión peruana. Sin embargo, a Guerrero le costó caro la primicia: la prensa independiente criticó su reportaje y lo tildó de servil, un golpe del que no se supo reponer. Semanas más tarde, Guerrero abandonó Panorama, pero no sus contactos con el Doc: en enero de 1993, se juntó con él para otra de sus acostumbradas exclusivas.

―Le entregaron a Guerrero una pila de papeles sobre Vaticano. Era la primera vez que oía ese nombre. Los papeles contenían datos precisos de todos sus movimientos, hasta la hora en la que iba al baño o con cuántas mujeres se acostaba. Aparecía todo, hasta lo inimaginable. Era un file inmenso y se lo entregaron a Guerrero en el SIN –me confesó Zacarías.

Vaticano era el apelativo de Demetrio Chávez Peñaherrera, el narcotraficante que operaba en el Alto Huallaga al amparo de los militares. Vaticano, tal como declaró en 1996, le pagó dinero a Montesinos –entre julio de 1991 y agosto de 1992– para que lo dejaran trabajar en paz, hasta que, según Vaticano, Montesinos le solicitó el doble de lo pactado: 100.000 dólares. El día que Guerrero aceptó los documentos, el trato entre Vaticano y Montesinos había expirado y su reportaje, propalado por el noticiero 24 Horas habría significado el fin del trato entre Montesinos y el narco.

―Montesinos le entregó eso para que denunciara a Vaticano –le sugerí a Zacarías.
―Evidentemente, nadie hasta ese momento sabía del sujeto. Para el reportaje llegamos hasta Campanilla, en donde Vaticano vivía. Para completar el reportaje, se detalló todos los nombres de su banda y nos alcanzaron en el SIN un audio con las voces de Vaticano y un militar arreglando detalles del pago de un cupo –aseguró Zacarías.

En el caso del reportaje sobre el general Salinas, Alejandro Guerrero podría haber justificado su labor, asegurando que propaló datos oficiales de un organismo del Estado, tales como el SIN, la Policía y el Ejército, y serían ellos los que deberían declarar por qué lo engañaron al prestarle datos falsos. Pero para aquel año, las denuncias que pesaban sobre Montesinos respecto al tráfico de drogas, el manejo político de la lucha contrasubversiva y la violación a los derechos humanos, tales como los asesinatos de La Cantuta y Barrios Altos, que vinculaban al grupo Colina con Montesinos, ya eran de público conocimiento. Aquí podríamos recordar lo mismo que le dijo Guerrero a la prensa el día que le preguntaron por el asesinato de un humilde campesino de Lambayeque en 1987: “Si los policías hacen un operativo para que un periodista pueda grabar el show, ése es su problema. Ahora que respondan”. Alejandro Guerrero podría haber explicado este y otros incidentes con los aparatos de seguridad del Estado. Pero no lo hizo. El día que le pedí entrevistarme con él, a través de su secretaria, me mandó saludos y dijo que lamentaba no poder atenderme.

Alejandro Guerrero era recordado como uno de los mejores reporteros que tuvo la televisión, como el único documentalista del país, quizá un referente, el Jacques Cousteau de la pantalla nacional. Pero ahora  pocos recuerdan eso. Con dictadura o sin ella, Guerrero ha aprendido una lección: “Todo es efímero, salvo el poder”, como le escucharon decir alguna vez. Y tal parece que no se equivocó.

***

Es verano de 2006. A pocas cuadras de la avenida Túpac Amaru, en el distrito de Comas, una populosa franja que rodea el cono norte de Lima, existe una calle por la que raras veces pasan los autos. Los niños corren por las veredas y los adultos los observan desde los pórticos de sus casas, refrescándose del calor estival. Aquí vive Soledad Farías, la madre de una conocida vedettes que trabajaba en el programa Risas y Salsa. Su nombre es Rubí Berrocal. Al llegar hasta la casa, los niños me preguntan si busco a Rubí. Les contesto que sí y ríen como cómplices de una travesura. Me señalan la casa de color mostaza y tocan el timbre por mí. La señora Soledad sale a recibirme y me dice a través de la ventana que Rubí no está. Le pido poder esperarla y ella acepta sólo con su cabeza. En ese momento, una niña de contextura ancha y rulos negros sale de la casa con una bicicleta y le pide con afecto “Sole, ¿puedo montar bici?”. La señora Soledad sonríe y me dice que ella es la pequeña Eva. Al oírnos conversar, la niña deja su bicicleta y se ubica en una silla para poder escucharnos. “Le gusta hablar en público, también redacta, pero eso sí, es de pocos amigos y tiene su carácter, como su padre”, me dice la señora Soledad. “¿Quién, Sole?”, pregunta la niña: “¿Mi papi?”. “Sí”, le dice Soledad, “tu padre”. La señora Soledad me dice que la pequeña sabe todo sobre su padre: él le mandó una cuna con un ramo de flores el día de su nacimiento. “¿La cunita de vidrio?”, pregunta Eva. “Sí, mi hija, la de vidrio, pero ya se rompió”, responde Soledad, que me confirma que su padre nunca la ha visitado. “La única vez que la ha visto fue cuando yo la lleve a Panamericana. Él la recibió exaltado, me dijo que tenía muchos abogados, mucho dinero y que yo no tenía nada. Pero al verla se tranquilizó. Se acercó a la bebé y le destapó la manita y me dijo ‘bueno, el tiempo lo dirá’. Eso me indignó”, me dice Soledad. El nombre completo de la niña es Eva Guerrero Berrocal, hija de Alejandro Guerrero, el reportero que no aceptó la paternidad de la niña hasta que un proceso legal lo obligó.

“Alejandro es una buena persona, pero es terco. Con la edad, quién sabe, logre aceptar a su hija”, dice la señora Soledad. “Pero quién sabe también si ya sea tarde y ella no quiera saber nada de él. En cambio, ahora Eva lo quiere ver como sea, siempre pregunta por él, hasta recorta su foto cuando sale en los periódicos. Ella le quiere escribir una carta al programa de Mónica Zevallos, Vale la pena soñar, para que le cumplan su deseo de ver a su padre”, dice Soledad. “Pero ese programa es de Panamericana”, le indico a Soledad. Ella me dice “sí, qué pena, sólo quiere que su papá la visite. A Eva le falta una figura paterna. ¿Qué pasaría con Eva si le pasa algo a Rubí? Por eso le pido a mi hija que busque al padre de la niña, para que le pase su pensión alimenticia. Pero Rubí es orgullosa. A mí me preocupa mi nieta”, me responde Soledad.

Alejandro Guerrero y Rubí Berrocal se conocieron en una discoteca llamada Percy’s Bar, en San Isidro. Ella estornudó (“Mi hija estornuda una, dos, hasta siete veces seguidas”, dice la señora Soledad sobre su hija) y Guerrero le dijo “¡Salud!” A partir de eso comenzaron a salir. Alejandro la llamaba y la recogía de su casa, Pero nunca se llegó a estacionar en la puerta de la casa de los Berrocal Farías: cuadraba su carro con lunas polarizadas a tres casas de distancia, porque a la señora Soledad no le gustaba Guerrero porque era un hombre mayor para su hija. Entonces ella tenía 21 años y él 44. Soledad lo sabía porque por su casa no pasaron nunca autos así. “Los padres de Guerrero viven por Radio Comas y los vecinos de la zona lo conocen porque de pequeño iba de puerta en puerta a predicar la religión”, recuerda Soledad.

Pero no todo parece tan simple como lo platica la madre de Rubí. Hubo momentos difíciles, como los que vive toda madre que busca que reconozcan el verdadero apellido de su bebé. En el verano de 1997, Rubí, ante la negativa de Guerrero por firmar a Eva, llegó hasta el set del programa de espectáculos de Magaly Medina, la popular “Urraca” de la televisión. Allí, Rubí narró su pasado con el entonces reconocido productor de documentales. “Él me dijo que era un hombre separado”, aseguró Rubí. Medina le preguntó si le tenía miedo a Guerrero, y ella contestó: Alejandro Guerrero no es nadie para mi, Alejandro Guerrero no vale nada para Rubí Berrocal”. Tras dicha entrevista, decenas de reporteros de programas de espectáculos buscaron a Guerrero para pedirle su versión, pero estos, en cada intento, fueron agredidos por él: a unos les lanzó su micrófono, a otros intentó atropellarlos. Sin embargo, pese a la publicidad, el público dudó de Rubí.

―Yo vi el reportaje de Magaly y como muchos en su momento no le presté atención. Era un problema personal y pensamos que eso tenía que quedar así. Yo trabajaba en aquella época en Panamericana y como todos no podía opinar sobre el tema. Pero en esos días (mayo de 1997) me separé del canal para integrar el equipo de reporteros deLa Revista Dominical. Esa misma semana César Hildebrandt, en su programaLa Clave, de Canal 13 (de Genaro Delgado Parker), le dedicó una hora a la defensa de Guerrero: entrevistó a María Murillo, abogada de Guerrero, y sacaron a la luz pruebas en contra de la demanda de Rubí, que la dejaron como una prostituta. Allí, al ver que el mismo Guerrero llevó su problema personal a la pantalla, decidí investigar el caso –me dijo Mauricio Fernandini en una café miraflorino.

El programa de Hildebrandt intentó demostrar tres cosas: que Rubí estaba implicada en un asesinato, que era una prostituta y que lo que buscaba en el fondo era una curul en el Congreso. En La Clave, la doctora Murillo utilizó un documento que vinculaba a Rubí Berrocal con el asesinato de su entonces enamorado, un ex comando que participó en el operativo Chavín de Huántar, al que asesinaron una noche que salía a divertirse con Rubí. Se trató de un examen toxicológico que indicaba que Rubí, el día del asesinato, había ingerido drogas. Murillo dijo, inclusive, que Berrocal podría ser la “autora intelectual” del homicidio. La otra prueba era un video que Murillo no mostró: “sólo lo presentaré si las autoridades judiciales me lo exigen”, declaró. Era, aparentemente, un video que mostraría a Rubí aceptando dinero a cambio de sexo.

―Busqué en la comisaría los documentos que Murillo señaló pero no existía ningún reporte toxicológico. Esa prueba era falsa. Entonces decidí conversar con Rubí –me dijo Fernandini–. El día que la entrevisté me contó que un tipo, que dijo trabajar para el canal 41 de Miami, la buscó para hacerle un reportaje. Allí una maquilladora peinó a su hijita y, me dijo Rubí, dicha maquilladora le arranchó algunos pelitos de “casualidad”.
―Para el ADN imagino –le sugerí a Fernandini.
―Es posible. Si viene de Guerrero, eso es posible. El sujeto de Miami resultó ser Andrés Malatesta, un ex camarógrafo de Guerrero. Planificaron filmar a Rubí con una cámara escondida. Malatesta le dijo que no conocía Lima y Rubí se ofreció a llevarlo a conocer la capital. Allí, al parecer, se gustaron. En el momento de pagar un taxi, parece que Malatesta le ofrece el dinero y ésa sería la famosa prueba de la abogada Murillo, que quería hacer quedar a Rubí como una prostituta, para quitarle su derecho a reconocer a su hija –concluyó Fernandini.

El ex secretario personal de Montesinos, el capitán del ejército Mario Ruiz Agüero, que sirve como testigo en muchos proceso en contra del Doc, me dijo, una tarde de 2005, que Alejandro Guerrero buscó repetidas veces a Montesinos en el SIN, en el verano de 1997, para que, a través de sus contactos en el Poder Judicial le resolvieran el tema de la presunta paternidad. Rubí había demandado una prueba de ADN y Guerrero se resistía a someterse al mandato de los jueces, que resolvían a favor de la vedette. Incluso, la defensa de Guerrero, a través de sus escritos, dijo que Guerrero era evangélico y su religión no le permitía hacerse exámenes de ADN.  “Guerrero llegó hasta la casa de Montesinos en playa Arica”, me dijo Ruiz en una entrevista informal, “para pedirle que por favor lo ayudara. Llegó borracho y le gritaba ¡Montesinos!, ¡Montesinos! El doctor Montesinos me llamó para que lo sacara de allí, pero yo le dije que ese señor se iba a aburrir. Eso pasó. Guerrero no lo buscó más”.

Alejandro Guerrero receptó la primera notificación por proceso de filiación el día que terminaba de editar su documental ‘Antártida, Terra Australis’, el mismo que grabó durante su larga travesía en el buque de investigación científica Humboldt, hasta su llegada a la base Machu Picchu, en la Antártida. En aquellos momentos se preparaba para la salida de su documental: cada vez que lanzaba uno, Guerrero organizaba una ampulosa conferencia de prensa, ambientada en la sierra o en la amazonía, según el paraje documentado. Sin embargo, esa vez las cosas fueron diferentes. Guerrero era víctima de un escándalo. Se parapetó dentro de Panamericana y nunca declaró sobre su vida privada. La única entrevista se la hizo a Eduardo Lavado, entonces editor de la revista TV+.

―¿Te preocupa que la gente esté ahora más atenta al “escándalo Guerrero” que a tu próximo documental? –le preguntó Lavado aquella vez.
―No, ni siquiera me preocupa esa posibilidad. Creo que en el público está perfectamente identificado el trabajo que hago. Mi contacto con la gente es a través de mis documentales –le contestó Guerrero.
―Lo que sí has dejado de lado esta vez es la conferencia de prensa para anunciar tu documental –le dijo Lavado.
―Es algo que me molesta, porque siempre en nuestras conferencias intentábamos recrear los ambientes que habíamos visitado. Esta vez íbamos a poner el aire acondicionado muy frío, nos iban a prestar bloques de hielo azul traídos desde la Antártida. Pero no queremos pasar por el mal rato de ser descorteses con algunos colegas que no se interesen por este tema y sí por otros. Para evitar eso sólo vamos a enviar material a los medios y el que buenamente quiera lo publicará –le contestó Guerrero con pesar. Rubí, en su entrevista con Magali Medina, confesó que le afectaba bastante ver los documentales de Guerrero, por que en ellos el reportero habla de cómo la paternidad se hace evidente en los animales, cuando los padres alimentan a sus crías. Sin embargo, el reportero, dijo Rubí, es un cobarde porque no hacía nada por su pequeña.

Según la mamá de Rubí, Guerrero firmó a la bebé. A cambio de eso, Rubí no lo iba a molestar con ningún proceso más. Rubí cumple su palabra y él está tranquilo. “Hay mujeres que hacen eso, pero pasan los años y hacen juicio y todo eso, esas son señoras que nunca trabajan, mi hija no es así, ella es muy orgullosa, por eso no espera nada de él”, dice Soledad. El 12 de marzo Eva cumplió 10 años. Su padre sólo la ha visto una vez. La niña recorta los periódicos cada vez que lo ve. Rubí es una mujer que supo que Guerrero era un hombre para ver, pero no para amar.

***

“Hoy es el día 19 en el Pacaya. Hoy, tal como ayer, subí a un árbol para grabar a los bufeos rosados. Al bajar, llovió fuertemente y no pude tomar fotos. Este campamento es el más alegre al que hemos llegado. Hay música de la región y gente muy amena. Desde hace dos días, cuando el avión acuatizó en la cocha, todos estamos alegres, esperamos que las cosas en esta cuenca estén supermejores”, redactó para su diario Johnny Zacarías, una tarde de octubre de 1996, mientras el sol teñía de rojo la copa de las enormes lupunas que cubrían el horizonte de color esmeralda. Estaba sentado sobre un tronco junto a su inseparable cámara Betacam en otra aventura con Alejandro Guerrero. Se encontraban dentro de la Reserva Nacional de Pacaya Samiria, en el departamento de Loreto, la reserva natural más extensa que existe en el Perú. Desde 1993 Alejandro Guerrero había reemplazado las emboscadas policiales por las áreas silvestres. Había ido hasta el Pacaya, con un puñado de técnicos y científicos, para producir un documental sobre el origen del oriente peruano.

―Mira esto, aquí salimos abrazados –me dijo Zacarías una mañana de octubre de 2005, en el despacho principal de su productora, escoltado por monitores, islas de edición y grabadoras, al alcanzarme una fotografía en la que aparece vestido con un chaleco lleno de bolsillos, un pantalón de lona y botas de jebe que lo cubren hasta las rodillas. A su lado, Guerrero, vestido con un traje camuflado tipo comando. Estaban abrazados. Guerrero sonreía con libertad, como un animal en su hábitat.
―Aquí estamos en el río Pacaya, un día antes de que nos dejara abandonados –me dijo Zacarías con picardía, antes de alcanzarme otra página más de su diario. Lo dijo con soltura, como los que padecen un accidente pero sobreviven para recordarlo con afecto:

“Río Pacaya, 2 de noviembre de 1996. Por la noche, Alejandro Guerrero estaba totalmente desconocido al ir a grabar a los caimanes en el Pacaya. Adujo que yo no quería trabajar. Hizo regresar la embarcación al Puesto de Vigilancia Alfaro, pidió su cámara y, luego de atacarme con improperios, salí del catamarán. Al llegar al campamento, seguía escuchando sus insultos, él decía que cómo era posible que yo no quisiera trabajar, si ganaba 300 dólares diarios. En el catamarán se encontraban Mónica Newton, Mario Vildosola, Juan Luis Thord y los remeros que fueron testigos de aquella actitud estúpida tomada por Alejandro. Al llegar ellos me dijeron que iban a conversar con él. Mario Urbina le dijo que no le parecía su actitud. Guerrero le contestó: “el dinero no tiene sentimientos”. Mario renunció y todos hicimos lo mismo”.

Johnny Zacarías es un hombre pequeño de tez oscura y con un ligero sobrepeso. Su carácter es agradable, franco y sereno. Es difícil imaginarlo trotar al paso de una patrulla de soldados, en busca de una banda de narcotraficantes, de asaltantes, atemorizados por el plomo de aguerridos detectives o de pandilleros espantados por una banda rival. Sin embargo, eso es lo que Zacarías ha hecho durante once años de su vida al lado de Guerrero. Es por eso que su videoteca, en donde existen cintas de todos los milímetros, almacena imágenes inéditas de los reportajes y documentales de quien fuera su compañero, como aquéllas que Zacarías buscó para mostrarme. El casete decía ‘Pacaya’.

“Aquí quedamos abandonados, sin zapatos, ni gasolina, con el honor y la dignidad en alto”[61], se le veía decir a Zacarías en un paraje inhóspito de la selva. Era una madrugada de 1996, me explicó mientras observábamos juntos aquel video, en el que su cámara captó los precisos instantes en los que Guerrero ordenaba a unos trabajadores que cargaran dos balsas con los alimentos, el agua, el combustible, los mosquiteros, las botas, las medicinas y los equipos de filmación, previstos para tres semanas de labor.

―Estas imágenes no salen en el documental –me comentó Zacarías entre risas–. Todos estábamos cansados, comenzábamos a grabar a las cinco de la mañana y terminábamos a las dos del otro amanecer. Era un ritmo agotador, pero era el ritmo de Guerrero. Íbamos en busca de los caimanes, en la noche de la selva, y yo cerré los ojos unos segundos por cansancio. Guerrero me apuntó con un reflector, me despertó, y me preguntó “¿Qué pasa, Johnny? ¿No quieres trabajar?”. Allí le dijo al remero que regresara al campamento. No dejaba de gritarme y todos eran testigos. Por la mañana, Juan Luis me pregunta “¿Qué pasa?”. Lo vimos empacar todo y no nos dijo nada, ni siquiera chau. Mónica Newton y José Álvarez, un español que acompañó a la expedición, se fueron con él. El guardabosque le preguntó: “Pero, ¿no les va a dejar nada?”. Alejandro no le contestó. Nos quedamos allí, abandonados. Un bote regresó y, cuando creímos que Guerrero lo había mandado para nosotros, el remero nos dijo que venía por un generador eléctrico que Guerrero había olvidado. Tomábamos agua de río, no teníamos ni pastillas para hacerla potable. Se había llevado hasta el antídoto contra picaduras de serpiente, si nos mordía una, estábamos muertos. Sólo teníamos unas latas de tallarines y atunes que el guardabosque nos regaló. Después de tres días, sin comida ni agua, con ayuda de unos cazadores, fuimos rescatados. Si no era por ellos, todavía estaríamos allí –dijo Zacarías sin ninguna sonrisa.

―Me imagino que lo volviste a ver. ¿Qué le dijiste? –le pregunté.
―Primero llegamos a Iquitos en un barco, sin dinero, ni ropa ni nada. Llamé a Erika Manrique, su secretaria, y le conté lo que nos pasó. Ella no lo podía creer. Nos mandó unos pasajes y así pudimos retornar. Mi cámara, ésta que ves aquí –me mostró una Betacam petrificada por una pelota de lodo–, es la que pagó los platos rotos. Me llamó unos días después –me contestó.
―¿Y qué te dijo? –insistí.
―Nada, me pidió sus imágenes y ya.

Este episodio lo corroboré con Pedro Puma, el entonces guardabosques de la reserva. Lo encontré en Echarati, un distrito del departamento de Cusco, en donde trabaja para la municipalidad. Me dijo que cuando se acabaron las latas tuvo que bucear en el río para pescar para que ninguno de los hombres de Guerrero muriera de hambre. Del mismo, Mario Vildosola, en ese entonces asistente de cámara, se sumó a la misma afirmación.

León Pinelo, un sefardí erudito y aventurero del siglo XVII, dijo en su libro El Paraíso en el Nuevo Mundo que la selva del Pacaya Samiria era lo más parecido al paraíso bíblico del Génesis. Lo dijo por su exuberante belleza, por ese jardín plácido con animales pacíficos que conviven en los aguajales selváticos. Alejandro Guerrero, tras aquel incidente con Zacarías, retornó al río Pacaya, acompañado por otro equipo de técnicos para terminar de grabar las imágenes que le faltaban para retratar ese paraíso terrenal. Su documental lo tituló ‘La selva de los espejos’: la corriente del río Pacaya era tan lenta, explicó Guerrero antes del estreno, que reflejaba la vista como una acuarela. El documental, transmitido por Panamericana en mayo de 1997, captó bellas imágenes del cóndor blanco sobrevolando los árboles que componen el Amazonas. Mostró imágenes inéditas del ayaymama, la nutria, el caimán negro, la anaconda y el manatí, todos estos animales grabados entre los pantanos inmóviles de la reserva. “Este documental tiene más pretensiones científicas que los anteriores”, explicó Guerrero en una entrevista. “Tenemos una documentación completa y nos hemos animado a proponer teorías. Pocos saben que el armadillo es un activo portador de la lepra o que el mono pichico es el utilizado para producir la vacuna de la Hepatitis B”. El documental, decía Guerrero, no descuidó la relación entre el animal y el hombre. Era verdad: Guerrero confundía los límites entre el ser humano y la bestia.

―Imagino que nunca más quisiste volver a comunicarte con él –le dije a Zacarías.
―Una vez lo llamé para pedirle ese documental, lo necesitaba para completar un reel con todos mis trabajos como camarógrafo –me dijo.
―¿Te las alcanzó?
―No. Quería cobrarme 100 dólares por ese favor. Evidentemente, no acepté –concluyó Zacarías.

***

Una mañana de 2003, entonces como reportero del equipo de Panorama, Guerrero me llamó para participar en una reunión, junto con todos los reporteros del programa, al noveno piso del edificio de Pantel. Era la primera entrevista que sostendríamos con el flamante administrador interino: Genaro Delgado Parker, al que sólo recordaba por esa voz sofocada, parecida a la de Vito Corleone. Al entrar en su despacho, sentí el mismo escalofrío que asaltó a los rebeldes que se tropezaron con Darth Vader en el planeta Bespin: el aire acondicionado había congelado la habitación y Delgado Parker estaba sentado en un sillón, al final de una mesa ovalada. Se levantó con soltura y nos enseñó con su mano el camino para sentarnos con él. Allí vi a Delgado Parker junto a Guerrero: uno tenía los modales de un dandy, el otro tenía la corbata desajustada y sudaba aprensivamente. Comprendí que por más que Guerrero se esforzara nunca iba a ser como su padre simbólico. El Panorama que se prestó para dirigir a partir de marzo de 2003, era uno que se contradecía con lo que él mismo nos dijo el día de su retorno: “Basta de amarillismos”. En su primera semana, desplegó un enorme rollo de papel sobre la mesa de Panorama, que precisaba el rating minuto a minuto de cada reportaje: parecía un maestro de secundaria que le daba las notas de un examen a sus alumnos: unos tenían 15, los más aplicados tenían 20. A partir de ese día, Panorama era un programa más de espectáculos y las pocas notas de política eran sólo las que se destinaban a entrevistas hechas por Guerrero con el presidente Alejandro Toledo o con sus ministros, congresistas, hermanos o sobrinos que la prensa cuestionaba por corrupción o nepotismo, palabra que se hizo pan de cada día durante la administración de Toledo. Durante este periodo edité un informe sobre los gastos del despacho de la Primera Dama, Eliane Karp. El día lunes, Guerrero me dijo que Raúl Diez Canseco, entonces Vicepresidente de la República, lo llamó para decirle que todos esos gastos que saqué en mi reportaje salían del bolsillo de la Primera Dama. A pesar de que le enseñé las resoluciones con las que sustentaba cada cifra de mi informe, Guerrero no me creyó o no quiso creerme: me dijo que dejara todo porque un carro me esperaba para ir donde Eliane Karp para pedirle disculpas, con el video de mi informe en la mano. En el camino, me topé con Miguel Seminario, entonces productor periodístico de Panorama, que me dijo que iría conmigo hasta Palacio para dejar el casete en recepción. Me quedé una semana más en Panorama, hasta el día que Genero Delgado Parker nos dijo que Guerrero iba a entrevistar al presidente porque “teníamos que ayudarlo por las cosas que hizo por el canal”. Todos sabíamos perfectamente a qué se refería. Del mismo modo, como le dijo a Pámela Vértiz y sus compañeros del Panorama de 1996, Delgado Parker quería que nos quedara claro de qué lado estaba el canal.

Existen muchos que todavía creen en su credibilidad. Ahora, Guerrero es el Decano de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Tecnológica del Perú, en la que muchos jóvenes se matricularon en el verano de 2007, sólo porque Guerrero salía en un comercial de televisión invitándolos a soñar con ser como él. Panamericana firmó con esa universidad un compromiso para que los alumnos desarrollaran sus prácticas allí. Durante el último examen de admisión, llegué hasta la cola de postulantes y le pregunté a uno de ellos qué pensaba de Guerrero. Él joven me contestó: Guerrero es un hombre que sabe hacer televisión. Y no se equivocó.

El colombiano más bajito

Publicado: 15 febrero 2012 en Andrés Sanín
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Sorbe un trago de Sprite, pero una historia que cuenta su hermano sobre uno más de los accidentes que ha tenido por su corta estatura, lo atora de risa. Elmer dice que un día Eduard casi se ahoga en un retiro espiritual en Chinauta. Se cayó a la piscina y al tocar el agua se desmayó. Alguien se lanzó a rescatarlo, le palmotearon la cara y volvió en sí. La culpable del susto era la misma piscina donde a los 15 años lo bautizaron. Esa tarde, cuando el agua limpió su alma del pecado original, hacía un sol lacerante y lo rodeaba un círculo de minusválidos, sordos y enfermos de cáncer que iban a una sesión de sanación y milagros. Noemí, su mamá, lo alzó y se lo entregó en brazos al pastor de la iglesia Fuente de Vida. El agua le daba a la cintura y ambos llevaban sendas batas blancas como las del bautizo de Cristo. El pastor untó con aceite de oliva la cabeza de Eduard, lo sumergió en la piscina y exclamó: Yo te bautizo, Eduard Niño Hernández, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Según cuenta Noemí, esa tarde los enfermos fueron curados.

Cuando Eduard nació, pesaba la mitad de lo que pesa un bebé promedio, pero se veía como un niño robusto. Cansada de oír que su hijo se le iba a morir, Noemí abollonó con algodón su mameluco. Su primer bebé era distinto a cualquiera que hubieran visto los médicos del hospital Materno Infantil. Por eso, lo sometieron a un sinnúmero de estudios que descartaron el tipo más común de enanismo, la acondroplasia, pero que no lograron diagnosticar ningún mal en concreto como hipotiroidismo (un retraso físico y mental) o enanismo hipoficiario (una ausencia de hormonas de crecimiento). Flor María, su abuela, al ver que el niño no crecía y que el sudor parecía derretirlo, pensó que tenía el hielo de muerto, un mal que, según los llaneros, lleva a que las mujeres que han ido embarazadas a algún cementerio paren niños “enjutos, amarillentos y desahuciados”. Se lo llevó al Socorro, sacrificó una vaca, le abrió el vientre y acostó a Eduard allí para que “botara el mal”. Noemí no creyó en eso ni en las predicciones de los médicos que le daban a Eduard 18 años de vida. Dice que su hijo es un milagro y que es la voluntad divina y no la de los hombres la que decidirá cuánto tiempo más vivirá. El pasado 10 de mayo Eduard volvió a pararse sobre la mesa de su casa en Bosa y sopló las 21 velas del ponqué que le preparó su mamá para celebrar un nuevo milagro.

***

Niño es un habitante extremo de un mundo consabido para gente que en un solo paso avanza lo que él recorre en tres. Que por el afán no miran para abajo, pero que ante él deben inclinar su cabeza y frotarse los ojos ante la sensación de irrealidad que proyecta su figura. Hace un rato, cuando caminaba por entre las laberínticas estanterías del almacén SAO en busca de una camiseta de la selección Colombia, permanecía callado, huraño, como si habitara un punto oscuro, perdido en el horizonte de una tormenta.

La gente pasaba y pasaba, pensando a primera vista que Niño era un niño y no el hombre más pequeño de este país. Pero alguien, unos centímetros más alto que él y varios años menor, notó lo que los adultos no descubrían: que Eduard Niño era un hombre atorado en un cuerpo de niño. La mamá percibió el nerviosismo de su hijo: “Salúdalo”. Los ojos de cada uno se reflejaron en los del otro y sus diferencias se hicieron evidentes: una piel llana contrastaba con las arrugas que cubren las manos, las mejillas y los párpados de Eduard y con ese bozo que sus hermanos le afeitan. Rompió el silencio con un balbuceo afónico: “Hola”. Como respuesta solo oyó el llanto de ese reflejo espantado de su niñez. El niño corrió y se cubrió tras las piernas de su madre. Eduard volvió a callar, pero el encuentro atrajo a una multitud de señoras que exclamaban en coro: “Tan lindo el niño. ¿Y habla?”. Otros le apuntaban sin pudor con sus celulares para atesorar una prueba de lo inimaginable.

Los enanos son tréboles de cuatro hojas que algunos tocan para buscar esa suerte que les fue esquiva al crecer. Eduard tiene cinco hojas que nadie se atreve a tocar. Solo sus conocidos y los que han querido abusar de él, como ese taxista que, una mañana en la que esperaba la ruta, lo alzó para llevárselo. Eduard le clavó las uñas en la cara, el bus llegó y logró escapar de un destino incierto. Por peligros como ese y por las dificultades de subir andenes del tamaño de sus piernas, Eduard sale muy poco de su casa. Lo hace de la mano de los suyos pues, además de sus uñas, son su única protección en multitudes como la que lo rodeaba en SAO.

Los ojos perdidos de Eduard no dejan adivinar lo que piensa en situaciones como esa y cualquier pregunta al respecto es vana: es un hombre de pocas palabras, que habla como un niño, pero con la caja de dientes de un anciano. Esa prótesis incómoda que usa desde que le sacaron, uno por uno y en varias jornadas, los dientes que no le salieron. Si el cansancio que sienten sus ojos y sus dedos al leer o escribir no lo hubieran llevado a perder tantas materias, tal vez Eduard podría haber leído y secundado las reflexiones que hacía el protagonista del Enano, desde la ventana del calabozo de su rey: A veces inspiro temor. Pero lo que cada uno teme es a sí mismo. Creen que soy la causa de sus preocupaciones, mas lo que en realidad los asusta es el enano que llevan dentro, la caricatura humana de rostro simiesco que suele asomar la cabeza desde las profundidades de su alma.

***

Cuando se es enano, más vale ser el más enano de los enanos. Un domingo llegó al barrio Bosa una marca de arequipe a promocionarse con una presentación del hombre más bajito de Colombia. Las vecinas llegaron con la noticia a la casa de los Niño. Noemí, indignada, les preguntó por el tamaño del hombrecito aquel. Le señalaron su cintura y confirmadas sus sospechas, vistió a Eduard con un vestido negro sobre medidas, lo llevó a la tarima y desinfló las ínfulas de enano máximo del impostor. Los empresarios proclamaron a Eduard como el nuevo titular del récord colombiano, el mismo hombre que la Asociación de Pequeños Gigantes de Colombia tiene registrado como el más bajito del país. Cuando Eduard terminó de bailar, sus hermanos lo sacaron en hombros por entre una turba que exaltada gritaba su nombre.

El año pasado murió Nelson de la Rosa, el hombre más pequeño del mundo con solo 54 centímetros de altura. El trono quedó vacío y ninguno de sus nueve hijos logró sucederlo. Habían heredado su dinero, pero no su enanismo. He Pingping, un chino de 19 años, se postuló de inmediato. La noticia llegó a oídos de los Niño y desde entonces han puesto sus ojos en el otro lado del mundo para averiguar si el chino es más bajito que Niño. Parece que no lo es: la cédula de Eduard dice que mide 68 cm y Pingping mide 73. Lo cierto es que cuando Niño sale de su casa, el equilibrio del mundo se rompe, se oyen murmullos de asombro, risas nerviosas y una misma frase: “Es el más bajito que he visto en mi vida”. Eduard sabe eso y actúa como tal. Solo a él se le han arrodillado Gilberto Santa Rosa, Jorge Celedón, Darío Gómez, Jhony Rivera y Diomedes Díaz para tomarse fotos con él. De todos habla bien, pero si le preguntan por Diomedes, frunce el ceño y gira la cabeza en desaprobación.

Cuando llaman de Mango Biche, la discoteca de Bogotá donde los conoció en giras por Pereira, Eduard abandona sus juguetes y sus películas animadas favoritas, El Jorobado de Notre Dame y Shreck. Ambas lo han hecho llorar. Su mamá lo deja ir para que conozca otros mundos, se desprenda un poco de ella y sea una persona adulta y no esa mezcla de niño y anciano en la que la sobreprotección y sus dolencias lo tienen sumido. Trabajos ordinarios nunca le han ofrecido, pero bailar en Mango Biche le encanta. Alguno pensaría que por estar entre las piernas de las despampanantes vaqueras con las que baila reggaetón. Yo le creo cuando veo cómo, frente a su plato de espaguetis y al ritmo del video Smooth Criminal, inclina la cabeza contra un hombro y el otro. Eduard se anima. Deja de lado su plato favorito. Se pone sus gafas negras, se sube sobre la mesa, se escurre de puntas hacia atrás, se para de cabeza y sigue imitando los pasos de Michael Jackson con esa gracia que enloquece a las tres mil personas que lo ven saltar al escenario cuando lo presentan como: “Puntico, el bailarín más pequeño del mundo”.

A Puntico le molesta que se le boten los borrachos a ofrecerle trago. Solo tres veces lo ha aceptado: donde su abuelo, cuando un canelazo y una copita de vino le robaron el equilibrio; cuando se tomó en fondo blanco un pocillado de crema de whisky para olvidar a una niña del barrio de ojos azules y, en la iglesia, cuando su mamá le dio a probar la sangre de Cristo y una señora la regañó pensando que era un “criaturito”. Cuenta su hermano Elmer, que un borracho le cogió la cola y le intentó dar un beso. Eduard dejó de lado los modales que le enseña Noemí y le dio un puño en la cara que le significó el respeto de sus compañeros y un incremento en las propinas. Casi supera los $600.000 que le dieron unos harlistas en su primer show en Pereira, cuando solo una mujer le pagó $100.000 por estar 15 minutos con ella. Las conejitas Playboy que se presentan allá, se desvisten frente a él y hay una que hasta le dice: “Venga, Puntico, le doy teta. Eduard solo se ríe. Dice Elmer, su confidente, que le gustan las caricias y los besos que le dan ellas y que lo ha visto deprimido por no tener una novia, pero que nunca ha mostrado deseos más libidinosos.

***

Mírame, mírame…/ Ojos brujos mátame…/Que quiero sentirte…/ Ya llego tu gángster…/ Me siento tan solo…/ Quiero devorarte…/ La noche ‘ta oscura…/ Ojos brujos, hechízame… canta Eduard, cuando le preguntan por su canción favorita, una de Daddy Yankee que le dedicó a una mujer de quien prefiere no hablar.

En ese cuerpo de niño se esconde un hombre solo que sueña con encontrar una esposa de pelo crespo, ojos verdes, parecida a Claudia Schiffer y que, espera, no sea muy bajita: las enanitas le dan risa. Con ella quisiera viajar por el mundo, tener tres hijos, una finca en tierra caliente y una camioneta Mercedes de 180 millones de pesos como la que les mostró a sus papás en un concesionario. Ante eso, a Noemí solo le queda rezar por que llegue alguien que le cumpla sus sueños, tal vez, un editor de los Guiness Records, y aceptar que es un hombre pequeño con aspiraciones de gigante. Basta ver en uno de sus deditos un anillo de oro con cuatro esmeraldas que compró con el fruto de su trabajo, para notar que así lo llamen Puntico, él no está dispuesto a perderse en una línea infinita de mortales. Sabe que un punto es la unidad fundamental, algo que no se puede definir con ningún concepto conocido. Que sin él, no existirían la línea ni la forma, que es el límite mínimo de la extensión, pero que dentro de él podrían existir, en un átomo, infinidad de otros puntos que den cuenta del universo inconmensurable que reside en sus 68 cm.

Así como un punto es el fin del sentido lógico de una oración, Puntico está solo en el filo de los misterios del universo. Penetrar su mirada y saber hasta qué punto comprende las dimensiones de su fragilidad y de su “grandeza” es tan difícil como leer “en el libro de la noche”, ver lo que está escrito en él y comprender que es indescifrable. Tal vez, fue eso lo que me maravilló cuando lo vi. Tal vez, fue eso lo que maravilló a James, un “duro”, como lo llama Elmer ahora que habla de él, cuando lo vio. Conoció a Eduard en Pereira, lo paseó en su camioneta Hummer, le compró ropa y lo invitó a comer espaguetis en un restaurante en donde tuvieron a mal sentarlo en una silla para bebé que le sacó la piedra. James lo trató como si fuera su propio hijo, le presentó a su familia, le pagó el equivalente de un día de trabajo y quedó en invitarlo su finca. Eduard solo atinó a decir: “James, cuánto vale una camioneta de estas. Quiero una así…”

***

Puntico empuja de un solo golpe su plato y dice sin rodeos: “No más”. Cuatro bocados han saciado su apetito y se concentra en dos frasquitos que saca de su bolsillo y pone sobre la mesa. Podrían ser dos dosis de cianuro para defenderse, ínfimas, como él, pero letales. No lo son. Se trata, según dice, de un par de muestras de perfume fino, que hacen pensar en aquella manida frase de los perfumes finos y los empaques pequeños. Pero que cuando le pregunto que para qué carga eso, solo da una respuesta simple que evidencia lo estúpido de la pregunta: “Para echarme”.

La vanidad y la voluntad de Eduard están más allá de sus proporciones. Le dijeron que estaba barrigón, quiso meterse en un gimnasio, pero le negaron la entrada. Eso no lo detuvo. Recordó los ejercicios que le enseñó su profesor de gimnasia, aumentó las horas de jugar fútbol en el corredor de la casa con Miguel Ángel, su hermano menor de ocho años y solo 80 cm. Volvió a montar en la bicicleta que mandó a hacer a su medida con su plata y empezó a hacer flexiones, abdominales y barras bajo el tocador de su mamá. Cuando termina, dice Elmer, se acerca al espejo, se mira de reojo y saca músculos imitando a los bailarines de Mango Biche que hacen fisiculturismo. En eso se le van las horas cuando se queda encerrado en su casa. Entre los juegos y las peleas con Miguel Ángel, en ir a la iglesia o en corretear a Lani, una perra que compró, pero que el azar la hizo crecer hasta convertirla en un pincher gigante, casi tan grande como el labrador que quería, pero que no pudo tener por el riesgo de que lo tumbara. Noemí le enseña a pintar figuritas religiosas, le lee pasajes de la Biblia como el de David y Goliat y el de Sansón y Dalila.

***

Antes de reanudar la búsqueda de su camiseta, Elmer acompaña a Eduard al baño. En su casa, debe ir acompañado o pararse sobre el murito de la ducha y apuntar bien. Acá, en el centro comercial Las Américas, acaba de descubrir que sí podría existir un mundo más apto para sus necesidades y para las de las cinco mil personas de talla baja que se estima hay en Colombia. El hallazgo es un baño especial para niños, en donde un sanitario miniatura reivindica ese derecho sagrado a liberar, plácidamente y sin temores, las tensiones más mundanas. De allí sale solo, sin la ayuda de Elmer, con una sonrisa de satisfacción que únicamente se le borrará un tiempo después, cuando hayamos recorrido más de cinco almacenes de deportes, sin encontrar una camiseta de la selección Colombia que se ajuste a la “grandeza” de su hincha más bajito. Ese que, parado sobre el asiento del taxi, me coge del hombro para no accidentarse con cualquier frenada durante el trayecto de vuelta a su casa.

Cuando le preguntan si duerme con sus papás, Eduard lo niega. Él duerme solo, en una cama pequeña, a dos pasos de la de sus padres. Antes de irnos le hago saber una última inquietud: ¿Hay algo que odie? Sentado sobre su cobertor de ositos y entre sus muñecos de peluche, contesta: “Sí, pero es muy malo y me da pena decirlo”. “Para odiar a la humanidad entera, le bastaría con odiar a todos aquellos más altos que él”, dice el fotógrafo y nos vamos con otro misterio sin resolver.

***

Luego vi el cielo abierto y aparece un caballo blanco. El jinete es llamado el Fiel, el Veraz, y juzga y combate con justicia. (…)Y los ejércitos celestes lo acompañan sobre caballos blancos, vestidos de fino lino, blanco y limpio. De su boca sale una espada afilada para herir a las naciones; él las regirá con vara de hierro. (…) Lleva sobre el manto y sobre su muslo un nombre escrito: Rey de reyes y Señor de señores.

Antes de dormirse, Eduard leerá, como suele hacerlo, estas líneas del Apocalipsis, su libro favorito. Cerrará los ojos, le pedirá a Dios que lo ayude, que le dé salud, orará por la salvación y porque nunca se le cumpla esa pesadilla repetida en la que pierde a Noemí. Le dará gracias por la vida, por haberle dado su bicicleta, su perrita, su anillo y cada uno de esos 68 cm que ve como una bendición y no como un chiste malo de la fortuna. Recitará el salmo 4:8: En paz me acostaré, y asimismo dormiré. Y se irá, se irá en ese sueño profundo que caerá como un telón negro sobre su conciencia de enano. Y soñará que el mundo se hace chiquito, que ahora él es el grande, que todo queda a sus pies como si despegara en un avión y leyera por la ventanilla un mundo en miniatura que desaparece a su paso. Vuela, se eleva, más y más, en un caballo alado. Un pegaso blanco que lo lleva a un paraíso en el que reinan él, Noemí y su familia. Los Niño.

Es su última cita del día y Joseph Stiglitz no va a llegar a tiempo. Dentro de dos horas tiene una reservación para cenar y su mujer luce preocupada: a veces él se queda conversando durante horas sobre economía con sus colegas y se olvida de comer. Esperar por Joseph Stiglitz es un ejercicio de fe. Su vida es una vasta colección de momentos que suceden a destiempo. Cuando alguien pide una cita a su asistente para discutir con él sus problemas con el tiempo, la muchacha que debe administrar el caos de su agenda solo atina a reírse. En 2002, cuando un periodista de la revista The Nation debió entrevistarlo varias veces en Manhattan para escribir un reportaje biográfico, todas las entrevistas comenzaban al menos una hora tarde. Cuando era el conferencista principal de un debate sobre el mundo después del 11 de setiembre, estuvo a punto de perdér­selo porque había olvidado en qué día estaba. Una vez por fin llegó puntual a una charla en Australia, pero, al no tener tiempo de revisar la presentación que había preparado en el avión, cometió errores durante su dis­curso. Sus estudiantes enla Universidadde Columbia le preguntan por qué llega tarde y él les explica que, si su impuntualidad fuese real, la clase empezaría sin él. En una disciplina donde el prestigio está en acertar a los pronósticos, todos pueden asegurar que Stiglitz llegará, pero nadie se atreve a predecir cuándo. Que un Nobel llegue con retraso a las reuniones con familia y amigos lo humaniza; que lo haga a las cenas con presidentes, y nadie se enfade con él, certifica su estatus de celebri­dad: el poder es capaz de esperar por un señor miope que ve las cosas con demasiada claridad. Esta tarde de verano de 2011, el Nobel de Economía más rebelde de la historia entra al lounge ejecutivo de un lujoso ho­tel en Washington con el paso apurado de los que han aprendido a llegar tarde. Stiglitz mueve su metro se­tenta y cinco con agilidad, y como si la almohada que tiene por barriga fuera de plumas. Viste un traje azul oscuro y una camisa celeste de algodón que se afana por salirse del pantalón. Se ha sentado en el filo de un sillón de terciopelo borravino con filigranas dora­das y ha depositado el codo sobre el apoyabrazos y el mentón sobre su puño derecho con la tranquilidad de los que tienen todo el tiempo del mundo. Pero no es así: pronto deberá cenar, y antes tendrá que descan­sar, ver correos, darse un baño. No parece importar­le. Su trabajo es pensar el futuro del mundo pero no suele tener en mente sus próximas dos horas.

The Fairmont es un hotel para poderosos como Joseph Stiglitz. En los años noventa, Bill Clinton lo puso al frente de sus asesores enla Casa Blanca, y él luego recibió el siglo como el economista jefe del Banco Mundial. Stiglitz tam­bién es el Nobel de Economía del año en que los talibanes aprendieron a estrellar aviones, y antes fue el mejor eco­nomista joven de Estados Unidos el año en que los taliba­nes se fueron a las montañas de Afganistán a combatir a los soviéticos. En los últimos veinte años, Stiglitz se peleó con todos sus poderosos empleadores de Occidente y se ganó el cariño de naciones en miniatura como Indonesia y Ecuador, los globalifóbicos yla Chinaposcomunista. The New York Times dijo que era el economista teórico más influyente de su generación solo para que una déca­da después Newsweek lo llamara el hombre más incomprendido por el poder en Estados Unidos. Para llegar al hotel The Fairmont, esa tarde Stiglitz tomó un taxi en el centro de Washington DC hacia el noroeste de la ciudad a la hora en que los burócratas y los diplomáticos se su­ben a sus autos y escapan del verano de una capital que se derrite en un país que se derrite. Anya Schiffrin, su mujer, lo llamó a mitad de camino para planificar la cena. Quería que descanse, pues asumía que se sentaría a con­versar, un ejercicio al que se lanza con la determinación de los clavadistas. El hombre más esperado del mundo estimó que llegaría en diez minutos. Lo hizo en media hora, y con la camisa a punto de salirse del cinturón.

Joseph Stiglitz ha hecho de la impuntualidad un mé­todo. Si no llegó tarde a ser investido porla Academiasueca era porque el premio Nobel lo estaba esperando, y ese miércoles de octubre de 2001 un transporte pasó a buscarlo temprano por su hotel. Cuando lo conocí en su oficina dela Universidadde Columbia, en Nueva York, una mañana de primavera de 2011, Stiglitz venía de su casa con el periódico bajo el brazo y llegaba, por supuesto, tar­de. Había postergado una entrevista previa y la siguiente y, cuando concluyó, la agenda de sus asistentes ya era un calendario viejo. En un momento de la reunión, Stiglitz levantó el brazo para rascarse la cabeza y la manga de la camisa dejó asomar el reloj: eran las 11.30, pero marcaba las 10.30. Stiglitz es un iconoclasta que parece creer que los relojes, las agendas y los calendarios no son más que pro­ductos perecederos. Para él su tiempo personal resulta una abstracción de importancia efímera, un recurso que dista de ser una ventaja competitiva. Pero cuando le preguntan si siempre llega tarde, no tarda un segundo en responder:

—Por supuesto que no: lo consigo si me lo propongo.
—¿Nadie le dice nada por sus demoras?

Anya Schiffrin, la esposa, que lleva la estadística de sus tardanzas, sí.

—Joe olvida una cosa importante cada día.

Stiglitz bebe de la copa de agua Perrier que su mujer ha depositado sobre la mesa de centro en The Fairmont. Elige una uva de un plato con quesos y panecillos y la lanza a la boca sin mirar.

—¿Cómo define su relación con el tiempo?

Juega con la uva, la mueve de un lado al otro y parpadea.

—Yo diría que es más bien relajada.

Stiglitz tiene los ojos mínimos y azules, y mira con la intensidad de un búho. Uno de sus amigos dice que es la encarnación del Profesor Tornasol de Las Aventuras de Tintín, un genio que se distrae por experimentar en todos los campos posibles del conocimiento. Un sibarita de la curiosidad que goza pensando en la misma econo­mía que a otros los tiene con los dientes apretados. El hombre relaja el nervio: a su lado parece que el capita­lismo no se desmoronará jamás. La sonrisa de Stigtliz es breve, de labios finos como vainas que dejan asomar los dientes blancos, odontológicamente perfectos. Mientras escucha, la sonrisa está siempre a punto de soltarse, tem­blando en los labios, pero cuando habla se ensancha y se contrae en un solo movimiento; ese gesto dubitativo que los tímidos muestran cuando parecen recordar una picardía. Stiglitz, que se gana la vida resolviendo compli­cadas fórmulas matemáticas y traduciéndolas para que el resto de los mortales entiendan las leyes que gobiernan los bolsillos es un bromista sutil que oculta lo que ríe. Tiene la voz suave de los astutos.

Joseph Stiglitz ofrece esperanza para los menos favore­cidos en un lenguaje que todos pueden entender. Sus pa­labras taciturnas se reproducen en las naciones emergen­tes y el mundo más pobre. Es un descastado voluntario y, para muchos, un traidor. Su exuberancia no soporta el corsé retórico de los gobiernos y las instituciones, y sus peleas han sido grabadas en la memoria de quienes siguen los chismes de académicos como si fueran fenómenos de las guías de espectáculos. En 1999 el Banco Mundial lo despidió por criticar abiertamente sus políticas. Él, un justiciero de marcadores indelebles, ha declarado apoyar el cobro de un impuesto estilo Robin Hood a las activi­dades de la banca especulativa para aliviar las dificulta­des de los pobres. En 2002 Kenneth Rogoff, ex jefe del departamento de investigaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), le escribió una carta abierta en la que cuestionaba su autopromocionado estilo de lanzador de piedras. Rogoff recordaba una conversación de ambos cuando enseñaban enla Universidadde Princeton, en la que Stiglitz le había preguntado sobre Paul Volcker, ex jefe dela Reserva Federal(FED) durante las presiden­cias de Jimmy Carter y Ronald Reagan. “Ken, tú traba­jaste para él” –le dijo Stiglitz–. “Dime, ¿es realmente listo?”. Rogoff había trabajado para Volcker y creía que había sido el mejor presidente dela FEDen todo el siglo veinte. Stiglitz insistió: “Pero ¿es listo como nosotros?”. Después explicó que con esa pregunta sólo había querido indagar sobre la capacidad de Volcker como teórico, no sobre su inteligencia. Stiglitz también ha declarado que las políticas del Departamento del Tesoro de Esta­dos Unidos son sentencias de muerte y ha sido severo con sus ex colegas del Banco Mundial, a quienes acusó de imponer a las naciones más débiles recetas económicas como si fueran manuales de tormentos. Su blanco preferi­do ha sido el FMI, el financista de los gobiernos con pro­blemas de dinero. Stiglitz lo ha comparado con un hospital donde los enfermos empeoran que contrata estudiantes de tercera categoría en universidades de primera. Un día le preguntaron qué debían hacer los países en desarrollo con los consejos de los técnicos del FMI sobre sus economías.

—Juntarlos y tirarlos a la basura –respondió.

La vida de Joseph Stiglitz es hoy la de una persona­lidad global con una armada de detractores y seguido­res en cada rincón del planeta. Han fracasado las ideas más conservadoras –lo que él llama el fundamentalismo de mercado–, y la heterodoxia de Stiglitz ocupó su espa­cio a la par que nuevas naciones –desde China a Bra­sil, desde India a Sudáfrica– suben como espuma para desafiar a Estados Unidos y Europa. La aburrida y re­servada existencia de los economistas se ha convertido en una asamblea pública en la que el nombre de Joseph Stiglitz crece en los pasillos creando bandos. El Nobel es cándido y humano para tirios y un intolerable arrogante para troyanos. Un ingenuo bienintencionado o un teóri­co puro incapaz de gestionar. Un intelectual insurgente, alborotador y tirabombas o un intelectual insurgente, al­borotador y tirabombas. Amigos como Barry Nalebuff, un colega en Yale que sabe de su trato amable de abuelo tranquilo, no dudan.

—Joe es un perrito hogareño.

Anya Schiffrin, la esposa, asegura que cuando sus pa­dres querían saber quién era ese hombre veinte años ma­yor que ella y con un Nobel en su vitrina, les dijo de Sti­glitz: “Es igual que nosotros, pero buena persona”. Para sus enemigos, en cambio, Joseph Stiglitz, la mascota del hogar, muerde.

Cuando Stigliz propuso reemplazar el dólar como moneda global por una nueva, el eje del planeta se mo­vió, pues los chinos giraron los oídos hacia sus oficinas de Nueva York. Robert Johnson, un economista del Se­nado de Estados Unidos que ha viajado con él, dice que en Asia lo reciben como si fuera un dios. Cuenta que gracias a sus ideas de una economía con los ojos en los pobres, algunas personas en Asia y Sudamérica lo re­conocen en la calle. No hay movimiento anticapitalista que no lo cite –sin saber qué hace– ni presidente sud­americano que no desee fotografiarse con él –sin saber qué es capaz de hacer–. Hugo Chávez tiene sus libros en el Palacio de Miraflores y los exhibe en sus mítines políticos como si fueran un recetario de cocina. Stiglitz puede sentarse a dos mesas distintas con la misma muda de ropa sobre el cuerpo. Allí está el primer ministro de China, Wen Jiabao, influido por todo su trabajo, y allí también el premier británico, Gordon Cameron, quien lo hizo viajar de Sudáfrica a Londres para que lo ayudara a prepararse para una reunión de las naciones más poderosas del mundo. La economía global vive en el mundo al revés, donde el Partido Comunista de Mao celebra a un liberal estadounidense y los conservado­res herederos de Margaret Thatcher piden consejos al rebelde que los azota. Sin proponérselo, Stiglitz ha ata­do a Carlos Marx y a Adam Smith: todas las ideologías quieren tomarse una foto con él. Hay un mundo según Joseph Stiglitz y un mundo para Joseph Stiglitz. Menos, por supuesto, en Estados Unidos.

—El apellido Stiglitz no nos consigue mesa en los res­taurantes de Washington o Nueva York –se ríe su mujer.

En alguna medida, Stiglitz se ha ganado a pulso el re­chazo en Estados Unidos. El presidente Barack Obama ha tratado a Stiligtz con pinzas. Dice escucharlo con atención, y a última hora lo ha invitado a cenar ala Casa Blancacon otros economistas, pero no ha logrado que el Nobel guarde el garrote. Obama nunca le ofreció un puesto en el gabinete pero sí a sus adversarios, y Sti­glitz ha sido especialmente crítico por su fracaso para controlar a los financistas que desataron la crisis y para dotar de músculo a una economía paralizada. La crisis de hoy –piensa Stiglitz– reclama un rol más decidi­do del gobierno, que gaste más dinero para reactivar el crecimiento de los países. Las teorías clásicas dicen que el mercado puede arreglar los problemas por sí solo, sin necesidad del Estado: la “mano invisible” de la oferta y la demanda asigna los recursos con mayor eficiencia. Esta forma de pensar, que Stiglitz califica de fundamen­talismo de mercado, ha dejado a los Estados reducidos a quioscos en los últimos treinta años y ha conducido al tren bala de la economía global hacia un murallón. An­tes de que se desplomaran las economías más poderosas, el Nobel ya había advertido que la “mano invisible” se parecía más a una mano negra. Los estados pequeños han dejado sin regulación los fondos de inversión y per­mitido el alegre dispendio de créditos hipotecarios que ahora son imposibles de pagar. Para Stiglitz el mundo debería aprender a equilibrar un mercado sin trabas ni control del gobierno. Pero quienes no quieren a Stiglitz en Estados Unidos, y son muchos, aseguran que sus ideas son inaplicables por la dimensión de los intereses en juego: el poder puede corregirse a sí mismo, pero como ejercicio de cosmética no con cirugía integral. Las primeras medidas después de la crisis no ayudan al Nobel: las corporaciones se salen con la suya, el Estado termina rescatándolas y pierde. Stiglitz gana en la tri­buna, pero no en el campo de juego.

***

Los primeros dos premios Nobel de Economía del si­glo XXI nacieron en el mismo lugar, Gary, Indiana, una ciudad industrial del medio oeste americano, a unos cuarenta kilómetros al sur de Chicago. Stiglitz creció en el ambiente donde los Estados Unidos de posguerra creían que el sueño americano era una casa, un auto, mil millones de cachivaches y un empleo a perpetuidad. Tolstoi llamó a pintar la aldea propia para descubrir lo que sostiene al mundo. Gary fue el mundo tosltoiano de Stiglitz. En su autobiografía cuenta que fue en esa ciudad donde los inviernos congelan el pensamiento que aprendió a preocuparse por quienes la pasan peor. Fundada a principios del siglo XX alrededor dela US Steel, una de las mayores corporaciones siderúrgicas de Estados Unidos, Gary creció rápidamente hasta dejar la llanura pinchada de chimeneas y cuadriculada por tu­berías, cables de alta tensión y autopistas que producían dinero. Pero esa pintura ideal de su aldea se revelaba distinta al levantar la alfombra: debajo de Gary corría un tajo con pus de la historia norteamericana. Los me­jores trabajos eran para los blancos. Stiglitz creció ro­deado por una fauna metalúrgica de obreros sometidos a empleos sulfurosos y empresarios que engordaban sus cuentas de dólares con el mismo afán con que llenaban sus bocas de espíritu patriótico. Una de las imágenes más viajadas dela Chinamás moderna muestra a cada ciudad industrial, desde la septentrional Guangzhou a la norteña Shenyang, hundida en un flan de hollín. En los años ochenta, antes de que ser verde estuviera tam­bién de moda entre los economistas, Stiglitz ya cono­cía esa postal. Parida por un horno de fundición, Gary respiraba nubarrones de plomo, y cuando no era una magnífica aurora boreal de polución eran las lenguas de fuego de la cama de petróleo y químicos sobre las aguas del Calumet River las que iluminaban la ciudad. El Nobel insurgente supo desde muy temprano que el progreso puede ser tóxico e intragable.

—¿Tuvo que luchar viniendo de allí? –le pregunto en el aire acondicionado de The Fairmont.

Suena el teléfono y Stiglitz se disculpa un segundo. Va hasta el bolsillo del saco y extrae un Motorola Razor des­pintado. Se resiste a comprar un teléfono más actual por sentido práctico: no tiene idea de cómo recuperar men­sajes de un contestador y pierde los aparatos con dema­siada frecuencia. Stiglitz tiene un iPad cuyos mecanismos desconoce, y en su oficina, donde conserva un teléfono de tubo inservible, la pantalla y el teclado de su compu­tadora Dell compiten para obtener primero la jubilación.

—No –dice cuando regresa de la llamada telefóni­ca–. Yo tuve suerte.

La suerte, en la vida de Stiglitz, asume tres formas. Sus padres, que lo impulsaron a estudiar y le dieron una buena vida. La escuela pública de Gary, que segre­gaba por raza pero reunía a los hijos de inmigrantes sin preguntar si sus padres fundían acero o atendían una consulta médica privada. Y sus maestros, gente de un magisterio en una época en que dedicaban tiempo per­sonal a sus estudiantes. Stiglitz se crió en una familia de clase media interesada por la política y gustosa de la conversación. Su madre, una maestra de inglés afiliada al Partido Demócrata, y el padre, un vendedor de segu­ros, lo formaron en la escuela del compromiso personal y la autoconfianza. A los diecisiete años, cuando salió de Gary, Stiglitz se dio con un supermercado de ideas liberales en el Amherst College de Massachussets. Allí se convirtió en el hombre que es ahora. Fue una estre­lla del club de debates, donde aprendió un esgrima de verbos ácidos y argumentos. Sus maestros le enseñaron el método socrático y él organizó su vida para respon­der preguntas con nuevas preguntas. Si el joven huma­nista creció rodeado de metales, el economista adulto germinó en un jardín de profesores de ideas clásicas. Allí recibió dos de sus principales influencias: las ideas de John Maynard Keynes, el gran teórico moderno que creía que el Estado debía intervenir en la economía para corregir los desequilibrios generados por los pri­vados, y de Robert Solow, un genio que construía mo­delos econométricos como quien hornea pasteles cada fin de semana. En su autobiografía, Stiglitz escribió que debía haber algo en el aire de Gary –además de polución– que orientaba a sus habitantes a la economía: Paul Samuelson, uno de los primeros economistas en adoptar las ideas de Keynes a la práctica política y el Nobel que lo precedió, era, como Stiglitz, nativo de la ciudad. Pero la mundana singularidad de Gary es toda­vía mayor. Cuando Stiglitz era un adolescente de quin­ce años, en un hospital de la ciudad se escucharon los primeros berridos del octavo hijo de Katherine Scruse y un obrero metalúrgico de los barrios pobres. El chico se llamó Michael Jackson y dejó ese pueblo para ser el Rey del Pop. Con su particular sentido del tiempo, Stiglitz también es un rock star.

Unas mil quinientas invitaciones para hablar en con­ferencias en todo el mundo llegan cada año a la oficina del profesor Joseph Stiglitz en el octavo piso del edifi­cio Uris Hall, la sede de Columbia Business School, en Nueva York. Cuando la economía del mundo empieza a toser, los teléfonos de su oficina y su casa suenan his­téricos por el asalto de la prensa internacional en busca de sus recetas de botica. En los últimos diez años, Stiglitz ha acumulado tantas millas de vuelo como para dar la vuelta al mundo varias veces. Solo quince días después de su estancia en The Fairmont, visitaría An­gola, Egipto y Grecia. Como parecía sobrarle el tiempo, escribió entre un país y otros dos ensayos sobre la crisis de Occidente para Project Syndicate y sobre el desmoronamiento europeo para The New York Times. En me­dio, viajó a España. En Madrid, Stiglitz suele visitar a la familia de su mujer, Anya Schiffrin, nieta de un general republicano exiliado. La rutina incluye salir de paseo por la Plaza Mayora beber una horchata y detenerse en el Café Gijón a comer churros. Pero esta vez Stiglitz cambió de ruta y se apareció a dar un discurso calleje­ro por el Parque del Retiro, donde se reunió con una fracción de los Indignados, el gran movimiento juvenil que levanta campamentos para exigir más democracia y menos atención a los intereses de los grupos de poder, tal como Stiglitz demanda en su libro Cómo hacer que funcione la globalización. Su aparición en la calle sorprendió a algunos de los jóvenes, pero la improvisa­ción es parte del protocolo de Stiglitz. Horas antes unos asistentes a su conferencia en el Palacio de El Escorial de Madrid se acercaron a invitarlo. Un rato después, un Stiglitz, en pantalones caquis y tenis, continuaba su revuelta personal en el Retiro, un antiguo parque de se­ñores y reyes que esa tarde andaba alborotado por mu­chachos en chancletas sentados en el césped quemado por el sol del verano.

—Joe es una de las pocas personas en el mundo que podría ser excusada de comportarse como una prima donna –dice por correo electrónico Ha-Joon Chang, un profesor de la Universidadde Cambridge que prolo­gó sus ensayos de El Rebelde Interior–. Y lo es, pero jamás actúa como tal.

En el parque El Retiro, Stiglitz, quien cree que el capitalismo de este siglo será conducido por las perso­nas y no por las corporaciones, tomó un megáfono con la misma naturalidad que utiliza en el podio del Foro Económico Mundial que reúne a los empresarios y pre­sidentes más poderosos del planeta. Stiglitz repitió su discurso habitual que reclama por un Estado regulador y convocó a la solidaridad frente al sálvese quien pueda de las ideas conservadoras.

—No se pueden reemplazar malas ideas por “no-ideas” –dijo al final–, sino por ideas mejores.

Fue una frase común e intrascendente en un discur­so sin nada del énfasis teatral de los políticos. Pero fue efectiva. Los Indignados aplaudieron y teclearon en sus teléfonos celulares con furia. Unas horas después la no­ticia ya estaba en su biografía de Wikipedia, y Twitter, YouTube y Facebook contagiaban los videos de los ce­lulares a todo el mundo. Stiglitz, el rockstar de los eco­nomistas pop, lo había hecho otra vez.

Hasta hace unas décadas, los economistas teóricos eran señores de traje y corbata pasados de moda que se peinaban para atrás y envejecían en los departamen­tos de estudios de las universidades. Hoy el Nobel Paul Krugman da cátedra a amas de casa y jubilados desde uno de los blogs de The New York Times y Nouriel Rou­bini, quien predijo la crisis de las hipotecas tóxicas que desataron el colapso global, es invitado al programa de humor Saturday Night Live. ¿Por qué habría de sor­prender que la economía haya ido del libro de texto a la televisión si un grupo de estudiantes de Física son las estrellas de una serie de TV como The Big Bang Theory y la biopic del fundador de Facebook es candidata al Os­car? El siglo XXI ha hecho carne la película La vengan­za de los nerds: la tecnología y la educación amplia­rán más la brecha entre quienes tienen conocimiento y quienes solo tienen manos para trabajar. Algo de eso está en los estudios por los que Stiglitz obtuvo el Nobel en coautoría. Su teoría de las asimetrías informativas es una idea tan obvia que parecía raro que nadie la hubie­ra visto antes. Una explicación simple es ésta: en toda relación hay alguien que sabe más que otro, y eso genera desequilibrios de poder y oportunidades. La teoría de Stiglitz, que puede aplicarse a todo tipo de relación, desde una transacción de negocios hasta los noviazgos, refuta la idea de los economistas clásicos, que asumen que todos los tomadores de decisiones tienen informa­ción perfecta. La última crisis financiera comprueba sus ideas: los banqueros ofrecían hipotecas a gente poco informada; Wall Street maquillaba su riesgo y vendía las deudas entre especuladores ávidos de ganancias rápi­das. La burbuja se infló hasta que explotó y, como no había regulaciones, las ganancias quedaron en manos de privados y los costos fueron absorbidos por los go­biernos, algo que habían advertido Stiglitz y otros nerds. Un nerd como Stiglitz, que ha dedicado su existencia al cálculo aritmético y no tiene interés por asuntos tan humanos como los deportes o la ficción, puede explicar la vida de la sociedad moderna, su pasado y los días por venir. La nueva especie dominante escribe el mundo con lentes de aumento.

***

Joseph Stiglitz ha aprendido a vivir con la fama como si no fuera él a quien le toca. En The Fairmont, mientras acaba con los bocadillos, un vecino de otra sala mira a Stiglitz con fijación, mientras se rasca la barbilla. Va, viene y se peina el cabello, uno de esos gestos usua­les de quien no se decide a interrumpir. El merodeo dura unos diez minutos, hasta que el desconocido se desanima y el Nobel parece no notarlo. Está hablando de sus problemas con el tiempo. Stiglitz, un economista neoclásico, es el mejor vendedor de la economía pop. En su más reciente viaje a China, uno de los vicepresi­dentes del Congreso Nacional del Pueblo se le presentó con una de sus primeras publicaciones en la mano. La había leído quince años atrás, cuando no era más que un economista de nivel medio. Era una edición en papel económico y tenía las páginas amarillentas y curvadas, y estaba subrayada y escrita en los márgenes.

—Fue conmovedor –dice de repente, y parpadea rá­pido; sonríe otra vez, y se disculpa por salir.

Estos días, millones de copias de sus dos docenas de libros recorren el mundo. Stiglitz ha tenido la ha­bilidad de convertir en bestsellers temas de aridez de­sértica, como la macroeconomía, las regulaciones fi­nancieras y el comercio internacional o la propiedad intelectual y las privatizaciones. Para El malestar en la globalización se sentó a escribir varios meses du­rante jornadas de siete o más horas, de las que emer­gía con los ojos rojos. Su mujer, una ex redactora de finanzas, es también su consejera y editora. Llegó a corregirle doce borradores. Anya Schiffrin dice que fue agobiante, pero ese libro llevó a su marido a otro nivel de popularidad y justo a tiempo, pues, cuando el mundo explotaba con la crisis, Stiglitz se convertía en protagonista de una película: la suya.

Jacques Sarasin fue trabajador humanitario en África, circunstancial emprendedor en Argentina y vendedor de botes en su Suiza natal hasta que un día decidió con­vertirse en cineasta. Sarasin leyó El malestar en la globalización, llamó al Nobel, lo invitó a ver una pelí­cula, fueron a cenar y, a la vuelta de una larga conver­sación, lo convenció de hacer Alrededor del mundo con Joseph Stiglitz. El filme repara en los fracasos y desafíos de la globalización para hacer al mundo más rico –o menos pobre– y se grabó en Estados Unidos, Ecuador, India, China y Botswana. En los primeros fotogramas, Stiglitz llega a Gary en un tren plateado y baja del vagón en un andén de deprimente concre­to gris. Una estación vacía, viejas pipas echando humo blanco, la congestión de cemento y hierro hecha fábri­ca bajo una telaraña de cables de electricidad. El tren de Stiglitz deja la estación y la sirena de una patrulla se despega del sonido de fondo: Gary es una ciudad que boquea como un pez sin agua, un cementerio de óxi­do, un escombro en el derrumbe de Estados Unidos. En un momento, Stiglitz visita al alcalde del pueblo, Rudy Clay. El experto en globalización quiere saber cómo la globalización afectó a Gary y de qué modo respondió la ciudad. Clay viste un delicado terno gris, una camisa blanca y corbata color uva para recibir al hijo pródigo de la que hoy parece una ciudad fantasma. Stiglitz lleva también traje, pero el suyo es negro, como si asistiera a un velorio. Con tono pausado, Clay explica que se ha reunido treinta veces con inversores de China para convencerlos de montar en Gary las líneas de ensam­blaje de los productos que fabrican en Oriente. Es una fotografía triste. Gary, cuando ascendía hacia las estrellas, fue llamada La ciudad del siglo. Hoy la ciudad natal de Stiglitz ruega clemencia al mundo.

—Eso es lo opuesto de lo que debiera estar pasando –dice Stiglitz al alcalde, que buscaba una ayuda y en­contró sarcasmo.

Las entrevistas para la película sumaron seis horas y me­dia de grabación entre Estados Unidos y China, y un Sti­glitz entusiasta nunca perdió el tiempo en mirar su reloj.

—Joe quiere que lo entiendas y se toma el tiempo para explicar –dice Sarasin a través del ojo de Skype–. Te hace sentir que eres importante, no un estúpido.

Las crisis son momentos para profetas, y Stiglitz tie­ne feligresía. El mundo ha perdido la brújula, y él es de los pocos economistas con fondo para arriesgar un trata­miento a los desequilibrios entre quienes saben y no sa­ben, tienen y no tienen. Su mérito es más que paradójico: puede criticar el discurso único dominante porque parti­cipó en las organizaciones que lo inocularon. Compartió el nido de las serpientes y, cuando se revolvió contra ellas a denunciar el veneno, las multitudes lo abrazaron. Quie­nes lo odian le gritarían traidor. Quienes lo aman, aliado.

—La globalización abrió oportunidades para encontrar nueva gente a la que explotar su ignorancia –dijo él, una vez, a Newsweek–. Y la encontramos.

Stiglitz admite que podría haber empezado a tirar de la fra­zada mucho antes para descubrir al FMI y al Banco Mundial, y que los abusos de las grandes empresas y gobiernos han llegado demasiado lejos. Pero es un profesor, no un político en busca de votos, y recién habló cuando las evidencias fueron irrefu­tables, como cuando el FMI y el gobierno de Estados Unidos recomendaban a las naciones asiáticas enfrentar su crisis de fin de siglo recortando gastos. Ahora ha adoptado una costumbre muy temprano, a la hora del desayuno: buscar las bombas de tiempo que esconde la economía mundial en las páginas de fi­nanzas de The Wall Street Journal, Financial Times y The New York Times y en las columnas escritas por Paul Krugman y Martin Wolf, otros dos viudos de Keynes que piden al go­bierno de Estados Unidos que salve al país gastando dinero mientras los conservadores proponen serruchar las patas de las camillas de los hospitales para ahorrar.

—Joe lee y dice: “Esto va a ser un problema” –cuenta su esposa, relajada en el sofá del President’s Club de The Fairmont–. Y acaba siendo un problema.
—¿Así de simple?
—Así de simple –sentencia Schiffrin–. Joe sabe cómo funciona el mundo.

Entender al mundo es una buena razón para excu­sar demoras.

Joseph Stiglitz comienza el día temprano: a las siete y media baja de su departamento con vista al río Hudson en el Upper West Side, en Manhattan, a una cuadra de la iglesia de Saint Paul & Saint Andrew y a unos minutos a pie del Museo de Historia Natural, y camina un buen rato por Central Park. Regresa a la casa por un café, que marea durante cuarenta y cinco minutos mientras desanda los periódicos, y allí agota la mañana escribiendo, sentado en el sillón con las iniciales «J.S.» que se llevó del Banco Mundial, rodeado de libros y papeles. Por la tarde, asiste a reuniones y, si le corresponde, da clases en la Universidadde Columbia. La noche es para una cena con su mujer o con amigos si es fin de semana. Antes de dormir, leerá y conversará otro tanto. Dejará sus gafas sobre la mesa de noche, junto a la pila de libros y las vitaminas. Stiglitz abo­rrece la televisión: al economista pop le parece una pérdi­da de tiempo, pero sí ve en DVD 30 Rock la serie donde la cadena de TV NBC está patas arriba y en manos de Jack Donaghy, el director ejecutivo protagonizado por el actor Alec Baldwin, un hipócrita adorable que añora a Ronald Reagan y esclaviza al personal para ocultar que en realidad es sensible. En 30 Rock, el personaje preferido de Stiglitz es el pasante multiuso Kenneth Parcel, un chico ingenuo y amable hasta el abuso. El pasante es hijo de un granjero que cría cerdos en un pueblito de Georgia y tiene una ab­negación de misionero. En un episodio, su jefe lo encierra en un elevador con nueve personas, le informa que sólo hay aire para ocho y el bueno de Parcel se ofrece a volar­se la cabeza de un disparo. Es un voluntario al sacrificio ante el problema básico del que se ocupala Economía: la escasez de recursos. En otro episodio de la serie favorita de Stiglitz, un sacerdote le pregunta a Donaghy si tiene fe.

—Por supuesto; tengo fe en cosas que pueda ver y comprar y desregular –dice el personaje dela NBC–. Mi religión es el capitalismo.

Stiglitz se ríe de las devociones de los conservadores.

Annya Schiffrin sugiere que, cuando su marido se con­centra, se separa del mundo. El economista no deja de hacer una tarea hasta que la concluye, y en la red de la concentración pierde la noción del tiempo. Cuando co­menzó a estudiar en el Massachusetts Institute of Tech­nology, se convirtió en la estrella de la camada de doc­tores en Economía de su año encerrándose a estudiar y dormir en la oficina. Schiffrin insinúa que el Nobel tiene más parecido con un dinka del África que con un ha­bitante de Kansas City. Los dinkas son una etnia de la cuenca del Nilo que vive de criar ganado: un dinka toma sus vacas y las lleva a pastorear en los campos ribereños, se sienta a esperar hasta que los animales terminan de comer y no hace nada más. Recién comenzará algo nue­vo después de regresarlos a los corrales. Schiffrin dice que esa misma dedicación es evidente en su marido, los primos de su marido, los hijos y los nietos de su marido. Stiglitz viene de una tribu cerebral que agota las horas sin dar una respuesta por definitiva. Cuando piensa, el profesor que llega tarde es un velocista que pulveriza cronómetros y agota al tiempo por extenuación.

—Joe puede ser el máximo ejemplo de –profesor dis­traído–. En una discusión, él ya ha resuelto lo que otros tratan de entender –dice Ha-Joon Chang, el economis­ta de Cambridge–. Se traslada a un argumento similar, resuelve ese, y está pensando en el siguiente paso lógico, así que cuando expresa sus pensamientos los demás qui­zás no entiendan de qué está hablando.

Después de estudiar en el MIT, Stiglitz siguió con­centrado en pasarse las luces rojas de los formalismos y tomando todas las verdes del éxito académico. En las dos décadas siguientes cubrió posiciones en Cam­bridge, Yale, Oxford, Stanford y Princeton, la crema de la academia. Sus largas tardes y noches dedicadas a macerar ideas le pusieron en el pecho la medalla John Bates Clarke, que todavía hoy se entrega cada año al economista joven más influyente de Estados Unidos. Stiglitz tenía entonces treinta y cuatro años, y, a la par que no perdía el tiempo, construía el mito que asegura que él no es una persona común. Mientras sus colegas cuidan sus formas, él se pasea sin zapa­tos por su oficina, usa las mismas camisas celestes o blancas y los mismos pantalones caquis. Sus pelos se despeinan por nada y puede pasarse el día en reunio­nes con VIP sin notar que los cristales de sus anteojos de aumento están sucios de sebo.

A Stiglitz lo domina el afán de conocer, y para saber es preciso tiempo: perderlo hoy para ganarlo luego. Stiglitz ha estudiado y estudia mucho: él mismo es la premisa de su teoría de la información asimétrica que gana por acumulación de poder y acceso. Tiene reu­niones de largo aliento para discutir nuevos modelos y teorías. Conversador nato, sus charlas de sobreme­sa pueden romper un récord y sus reuniones de me­dia hora en la universidad nunca duran media hora. Stiglitz llega tarde para adelantarse al futuro. En su universo, la importancia de las cosas no está determi­nada por el reloj. Para saber arreglar la economía, en la que el tiempo es uno de los bienes más escasos y complejos de administrar, Stiglitz ha debido apren­der a perderlo. Le ha robado horas con impunidad a la trivialidad del calendario para entender los meca­nismos que mueven al poder y encontrarles una so­lución. Llegar tarde es su modo de estar a tiempo, de ser el hombre indicado en el momento correcto.

Ahora, en The Fairmont, Stiglitz come sus últimas uvas cuando su mujer regresa de hacer llamadas de un pasillo del President’s Club. No hay tiempo para más. Una mesa los espera en Ris, un restaurante de autor en Washington DC, muy cerca del hotel, luego debe descansar. Schiffrin lo apura. Stiglitz se disculpa con la mirada. Mañana espera otro viaje, otra batalla por el mundo por el que Joseph Stiglitz va a seguir perdiendo el tiempo. Stiglitz se embucha una última uva. De salida, dice ser optimista, muy a pesar de la crisis. En su mente, el capitalismo del siglo XXI va a ser más democrático, pero las naciones que deseen crecer deben educarse más y tomar decisiones por sí mismas. Volverse adultos es un asunto que siempre excede al tiempo. Stiglitz toma su saco y Schiffrin le cuenta que, de regreso a la sala, se había cruzado con Jack McBryer, el actor que interpreta al pusilánime Kenneth Parcel en 30 Rock. El actor esperaba a alguien frente al escritorio de la concierge del President’s Club. Schifrrin dice que McBryer es idéntico –idén­tico– a su personaje. Stiglitz festeja el hallazgo, ríe y se acomoda los pantalones.

—¿Le dijiste que somos sus fans? –le pregunta.

—Espere un segundito.

Frente a la habitación, en un extremo del pasillo oscuro —la mano pálida en el picaporte—, el hombre dice:

—Espere un segundito que aviso que me cuiden a Ángela.

Tubos de oxígeno, mesas rodantes, ruidos a metales sanadores: cuchillos, agujas, esas cosas. Todo lo demás: prolijidades de hospital privado. Un médico, las manos envueltas en la viscosidad del látex, baja la vista por precaución, pero el hombre no lo ve. Camina errático, como si fuera a desarmarse, y entra en el cuarto de las enfermeras. Dice:

—Por favor, me la cuidan a Ángela.

Y está claro que esa frase no es un ruego: es una orden.

Después, en una sala con televisor, butacas, donde otros parientes esperan a que todo pase o a que todo termine de pasar, el hombre —alto— se sienta y dice que la cuenta de este hospital le va a salir una fortuna.

—Pero fue ella: ella quiso internarse.

Ella. Ángela.

***

Es poco después del mediodía. El televisor está anclado en Mirtha Legrand y sus almuerzos. El hombre —camisa clara, pantalón beige, saco de hilo— se llama Horacio Tirigall y nació en San Isidro ochenta y un años atrás.

—Éramos doce hermanos. Doce. Mi casa era un cuartel, realmente.
—¿Su padre qué hacía?
—Mi padre… Ramón… trabajó en la aduana toda la vida.

Vuela un pañuelo desde su bolsillo. Zic, zac, se frota cada ojo enrojecido.

—Perdonemé. Era un gran artista. Tocaba la guitarra, hacía de todo. Un acuariano que hacía títeres, un gran cocinero. Mi madre se llamaba Ángela. No permitió nunca, con doce hijos, que entrara un médico en la casa. Jarabe de tuna para esto, de cebolla para lo otro. Un día mi hermano estaba jugando al fútbol y se hizo un tajo terrible. Se le empezó a poner negra la pierna. Lo llevaron al hospital y le dijeron: “Mire, va a haber que cortarle la pierna”. Y mi madre dijo: “Primero lo voy a llevar a mi casa”. Le puso agua caliente, sal, rezó. Y se curó.

En las Navidades, dice, eran ciento cinco. Una mesa interminable, y fogateiros con fuegos de artificio, y las guitarras.

—Yo había hecho una traducción de Romeo y Julieta cantada por un gaucho: “Les voy a contar ahora la historia del gaucho Luna/ que una vez que tenía sed se tomó una laguna./ Subido en una vinchuca que era más grande que él/ una vez se mordió un pie por el lado de la nuca./ Como el gaucho era leído, cuando una tarde llovía/ dentró en una librería para ver qué habían traído/. Para mitigar sus pesares y serenar su alma inquieta/ compró Romeo y Julieta que escribió un tal Chaquespeare”. Y ahí arrancaba con lo de Romeo y Julieta.
—¿Usted leía mucho?
—Si. Flammarion, Freud, Heine. Pero en realidad, todo eso lo leía para disimular lo que estaba haciendo, que era estudiar astrología y astronomía. Después pasaron cosas.

La primera: que un día, yendo al colegio, pasó por la quinta de una escritora mundana, sofisticada, que vivía en el vecindario.

—Yo tenía ocho años, iba con mi hermano. Un hombre alto, como hindú, me miró y dijo: “Este chico tiene el ombligo de Mahoma”. No sé si era ombligo o tercer ojo. Pero yo lo único que recuerdo es que ese hombre me daba miedo.

***

De Horangel se dice que es culto, discreto, cascarrabias. Cuando a fines del año 2007 se presentó en el programa Mañanas Informales, de canal 13, se molestó con los conductores —Ronnie Arias, Ernestina Pais— reconviniéndolos con frases del tipo “No me haga repetir” o “Se nota que usted no me ha leído”. Eso, a los ojos de sus seguidores, aumentó su fama de hombre serio. De astrólogo entre astrólogos.

***

De infante era un chico reconcentrado pero no triste, buen alumno. Por eso fue tan extraño que, a los doce años, le dijera a su madre que ahí se terminaban los estudios para él.

—Yo quería estudiar piano. Fui a ver a doña Rosa Castex, una señora que era parienta nuestra y que tenía mucho dinero, y le pregunté si me prestaba dos mil dólares. Era mucha plata. Le dije: “Señora, necesito ayuda, estoy buscando alguien que me ayude a comprar un piano porque yo quiero estudiar dirección orquestal”. Y me dijo: “¿Y cómo me lo vas a pagar?”. Y le dije que había conseguido trabajo en una imprenta.

Y, en efecto, había conseguido: en la imprenta Busnelli de la calle Lavalle al 400. Se levantaba a las cuatro de la mañana y a veces tomaba doble turno. Le llevó apenas una tarde aprender a manejar el tipógrafo, y poco después lo ascendieron a encuadernador. Compró su piano, tomó clases. Cuando terminó de pagar el instrumento abandonó la imprenta, y siguió estudiando música en el conservatorio Williams. Creció. Terminó el colegio en una escuela nocturna. Con sus hermanos, con sus amigos, acostumbraba ir a charlas y conciertos. En alguno de todos se topó, un día, con un pianista de quince años que lo impresionó tremendamente. Se llamaba Luis Bacalov.

—El que ganó el Oscar con la música de Il postino. Nos hicimos grandes amigos y le sugerí dar unos conciertos.

Para entonces tenía veinte años y hacía algunos meses que mantenía correspondencia -intensa- con Ángela Groba.

***

En 1963 Horangel empezó a publicar un libro llamado Predicciones astrológicas. Desde entonces y hasta hoy el libro ha aparecido puntualmente, cada año; lleva vendidos treinta millones de ejemplares y la de 2009 (publicada por Atlántida) es la edición número cuarenta y seis.

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—La diferencia que hay entre un astrólogo de los que te dicen “a usted le va a pasar tal cosa” y los que, como Horangel, hacen astrología mundana y pretenden vaticinar lo que va a pasar en el mundo, es que se abre una brecha de posibilidades mucho más grande para ser refutado. Es más fácil refutar un vaticinio al cual todos tenemos acceso —se va producir un cataclismo equis, van a matar a tal— que refutar algo que le dice un astrólogo a una persona. ¿Dice algo de la buena fe de Horangel que se dedique a la astrología mundana? Posiblemente. Se arriesga a lanzar profecías o pronósticos que cualquiera puede chequear. Pero su buena fe no lo hace más efectivo. En 2004 dijo que si el triunfador de las elecciones en Estados Unidos resultaba George Bush, corría el riesgo de no concluir su mandato, por enfermedad o accidente. A la luz de lo que ocurrió, no fue así —dice el periodista argentino Alejandro Agostinelli, autor del blog magiacritica, en el diario Crítica.

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“Los horóscopos no son serios; lo mío es una ciencia”, titulaba la revista Gente, en el año 2008, un artículo donde Horangel decía así: “Tengo más de cuatro mil aciertos. Pronostiqué la muerte de la princesa Lady Di con el día exacto (…) Si hubiera puesto un consultorio, estaría forrado en dólares. Pero mi trabajo es serio. Los horóscopos son poco serios, y lo mío está basado sobre estudios”. En la página 243 de su libro Predicciones astrológicas 2008-2009 pueden leerse cosas como estas bajo el signo de Sagitario: “El Lucero Vespertino tocará Sagitario (…) en su pasaje por el sector, ayudará a resolver viejos dilemas conyugales, amparará los noviazgos y las uniones postergadas se consumarán con felicidad. (…) La agudeza y la fina percepción para los negocios rápidos patrocinarán adquisiciones significativas, traslados e inauguraciones”.

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Datos difusos, frases desdibujadas, escenas inconexas: eso sucede cuando Horacio Tirigall habla de los nexos que llevan de ciertas cosas a ciertas otras: en este caso, del nexo que llevó de la inexistencia absoluta de Ángela Groba en su vida a la existencia absoluta de Ángela Groba en su vida. Difuso, vago, desdibujado, habla de reuniones en las que él solía tomar cualquier objeto que le dieran los presentes y aventurar, en plan de broma, alguna cosa acerca del dueño de ese pañuelo, de ese par de gafas. Habla, en particular, de una reunión en la que una mujer le dijo: “¿Por qué no me dice algo sobre este anillo?” y que él, sin pensarlo, respondió: “A la persona dueña de este anillo la mordió un caballo y tiene un ojo de vidrio y está en cama”.

—La mujer me contestó: “En efecto, mi marido acaba de ser mordido por un caballo, y está internado en un hospital”.

Difuso, vago, desdibujado, dice que se cruzó con esa mujer en más reuniones y que, en una de tantas, la dama le dijo: “Conozco a una persona que le puede interesar” y le dio una dirección, en la ciudad de Córdoba, de una chica llamada Ángela Groba, universitaria, estudiante de francés, grafóloga, ganadora de premios literarios desde los ocho años. Horacio Tirigall le escribió, a esa mujer, una carta petulante en la que le hablaba de Schopenhauer y de poetas alemanes. Ella no le respondió durante dos meses. Y, cuando lo hizo, ya no hubo manera de parar. Él tenía veinte. Ella, seis menos. Eso quiere decir que, cuando Ángela Groba empezó a enamorarse de ese hombre al que no conocía, era una niña de catorce años.

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—Yo no dudo que Horangel cree en lo que hace, pero es una impresión personal –dice Alejandro Agostinelli—. Y no está bien juzgar a las personas por las impresiones. Porque no sabemos si él maléficamente sabe que está engañando a los demás o si confía en lo que hace. Pero se expone al ridículo y eso te inspira cierta ternura. Por otra parte, no son los tipos como Horangel los responsables de lo que sucede, sino los medios, que siempre andan buscando gente rara para que haga afirmaciones extravagantes. Y después nosotros, los periodistas, nos hacemos los tontos, nos lavamos las manos, decimos ah, no sé.

***

—Ángela escribía tan divinamente.

Horangel tiene la piel muy lisa, intocada por el sol, los poros espesos, apretados, de un varón de veinte.

—Cuando me llegó su primera carta perdí toda cordura. Nos escribíamos tres veces por semana. El tipo del correo me decía: “No te veo caminar pisando el piso, vas flotando”. Estuvimos un año escribiéndonos antes de conocernos. Ni siquiera nos habíamos mandado una foto. Un día le dije: “Mirá, yo tengo absoluta dependencia de esta relación con vos. No pienso en otra cosa, no puedo hacer otra cosa que escribirte y leerte. Tengo que casarme con vos”. Le sugerí a Luis Bacalov, ese pianista joven con el que dábamos conciertos, que hiciéramos uno en Córdoba. Le dije: “Resulta que me escribo con una chica y no la conozco, nunca la vi, pero me he enamorado de ella. Vive en Córdoba, tiene catorce años, y no podemos dejar de escribirnos cartas fogosas, ardientes”. Fuimos. Cuando llegamos, tomé un mateo para recorrer el territorio. Y ella estaba en la puerta, sola. Nos dimos un gran abrazo. Un abrazo definitivo. Yo no la conocía, pero hubiera podido dibujarla. Yo temblaba todo el tiempo, y ella también. Después me presenté a los padres. El padre no me quería. Me decía: “Usted es un seductor literario”.

Un año después, Ángela Groba y Horacio Tirigall se casaron y empezaron a vivir en San Isidro.

—Ya había decidido que la música no era para mí. Había conocido, en casa de Luis Bacalov, a Lalo Schiffrin. Y me di cuenta de que yo no podía tocar el piano. Para mí fue como la línea Maginot: dije “basta, empezó otra guerra para mí”.

Y, aunque nunca dejó de tocar Beethoven para Ángela, abandonó la idea de la música y empezó a ser esto que es: Horangel, la mezcla de Horacio y Ángela.

***

En Predicciones astrológicas 2009-2010 (editorial Atlántida) la carta de los editores dice así: “Horangel basó su arduo y minucioso trabajo no sólo en el dictado de los astros: lo complementó con rigurosos buceos por la Historia, la Psicología, la Heliofísica y otras disciplinas colaterales, hasta lograr una Ciencia de lo Posible que llamó Previmetría. Es decir, la predicción de sucesos en función de cálculos celestes y terrenos que dejaron atrás la intuición, la casualidad o la audacia —la irresponsabilidad, en suma— y les dieron serio y respetable sostén a sus pronósticos. El resultado fue y sigue siendo sorprendente. Predijo centenares de sucesos. (…) Los asesinatos de John Fitzgerald Kennedy y Martin Luther King, la guerra árabe-israelí de Los Seis Días, la llegada del hombre a la Luna y el trágico terremoto que enlutó al Perú en 1970 (…). Causó gran conmoción su acierto sobre la muerte de Lady Di, predicho con fecha exacta. Así también el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York y el colapso financiero mundial anunciado en Mercado Bursátil y el Efecto Canguro (Predicciones astrológicas 2008-2009)”. En la página 46 de Predicciones astrológicas 2008-2009, bajo el titulo “Mercado bursátil, Efecto Canguro”, dice: “El criterio especulativo de las grandes potencias moverá hilos invisibles que con frecuencia inusitada burlarán el ritmo relativamente moderado de las oscilaciones bursátiles en el mundo. El constante cambio de manos de empresas prestigiosas, el lavado de dinero, los capitales golondrina y la corrupción de gobernantes inescrupulosos promoverán en las bolsas el Efecto Canguro, es decir que sólo funcionarán a los saltos”.

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—La previmetría es un estudio de la persona, no del zodíaco. Algo basado en encuestas. Yo empecé hace años a estudiar a cientos de personas, millonarios, atletas, presidentes, trabajadores comunes, farmacéuticos. Y después los iba metiendo en signos, entonces usted veía que subían en tal cosa, bajaban en tal otra. Como frasquitos. Tenía los promedios de personas reales: los que tenían tendencia a hacer buenos negocios, los que se habían casado cuarenta veces o una vez. Tengo un millón seiscientos mil encuestados. Gasté, en eso, más de cuatro millones de dólares. Nosotros vivimos en Perú, en España, en Florencia. Todos nuestros viajes son de estudio y de investigación muy seria. En Florencia fuimos a un laboratorio astrofísico. Ahí estudié las manchas solares, y aprendí que el sol tiene estiramientos. Se estira como una carita.

Se toma las mejillas con las manos, estira y dice, pedagógicamente:

—Así.

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“Horacio Tirigall, más conocido como Horangel, es uno de los pseudocientíficos más populares en la Argentina”, escribió el periodista Alejandro J. Borgo (especializado en temas pseudocientíficos y director del CFI Argentina —Center For Inquire Argentina, http://www.cfiargentina.org— en la revista Pensar, abril 2007. “(…) Horangel apuesta a los clásicos, pero los clásicos a veces no se dan: hace largo tiempo que el afamado profesional viene prediciendo la abdicación de la reina Isabel, las posibles enfermedades de figuras conocidas, el pago total de la deuda externa argentina (…)”.

—El tipo —dice Alejandro Borgo— tiene un discurso bien elaborado. Utiliza muy bien la jerga pseudocientífica: hacer pasar por científico algo que no lo es. Él dice que usa la previmetría, algo que hasta ahora ningún científico sabe qué es. Es difícil saber si él está convencido de lo que está diciendo. Lo único que podemos decir es que si lo juzga uno por sus resultados, lo que predice hasta ahora no es gran cosa. Dice que predijo la muerte de Kennedy, pero la muerte de Kennedy la habían anunciado videntes en Estados Unidos mucho antes. Y lo que trasciende es lo que el tipo acertó, y no lo que no acertó. Y siempre hay una probabilidad. Tirás mil, tres acertás.

***

En sus primeros años como Horangel, con la previmetría en pleno desarrollo, Horacio Tirigall trabajaba también como celador en un colegio, preparaba alumnos, era bibliotecario, relataba partidos de fútbol, redactaba fotonovelas y discursos para políticos. El nexo que lleva de una cosa a la otra es, una vez más, difuso, vago, desdibujado.

—Pasaron cosas. Conocí personas.

Un día, dice, a los oídos del presidente de la empresa Mercedes Benz llegó el rumor de un hombre que le había predicho, al anarquista y escritor español residente en la Argentina, Diego Abad de Santillán, que iba a recibir una carta importante el día 10 de octubre.

—La carta llegó. Yo no sé cómo supe. El caso es que a los 23 años yo era asesor del presidente de Mercedes Benz.

En esos años —difusos, vagos, desdibujados— se presentó en las oficinas de Julio Korn, dueño de la revista Vosotras, y empezó a publicar una doble página con predicciones. Poco después le ofrecieron un programa de televisión por canal 9: Dimensión Astral. Allí, un día, dijo: “Señores, yo creo que el próximo 22 de noviembre lo pueden matar al presidente Kennedy”. Era 1963. Llegaron quejas, llamados del Gobierno. Una semana después, Kennedy estaba muerto en la fecha que Horangel había predicho. Dice que no lo echaron pero que, así y todo, tuvo a la CIA durante cinco años pegada a los talones.

***

—¿Y quién prueba una cosa así? Yo también, puedo decir que me persigue Interpol. Horangel parece el agente del recontraespionaje, Maxwell Smart. Yo diría que este señor me diga qué organización internacional avaló la previmetría —dice Alejandro Borgo—, en qué revista de astronomía o de física la publicó. Que no me diga que fue a visitar el observatorio tal. Yo le hago un desafío: que me diga qué número va a salir en la lotería en una fecha determinada, lo jugamos y le donamos lo que salga al hospital Garrahan. Y le hacemos un bien a la humanidad.

En Predicciones astrológicas 1991-1992, Horangel escribió: “El próximo año [el conocido comentarista de fútbol argentino)] José María Muñoz será portador de nuevos lauros y crecientes beneficios materiales”. José María Muñoz falleció en 1992. En Predicciones astrológicas 1993-1994 escribió:“[Para Lady Di y el príncipe Carlos] Existe la probabilidad de que este matrimonio, luego de un tiempo, aplaque sus iras y (…) se reconcilien (…) Diría que a partir de junio mejorará el panorama de esta relación”. Ambas citas están tomadas del libro Puede fallar. Predicciones fallidas de astrólogos, videntes y mentalistas en la Argentina, escrito por Alejandro Borgo y Enrique Márquez (Planeta 1998).

***

Horangel no tiene consultorio, no hace cartas natales personalizadas, no atiende a civiles de a pie. Vive, dice, de asesorar a una empresa petrolera que paga sus movimientos por el mundo y de la venta de sus libros que, desde hace años, mantienen una estructura más o menos igual a sí misma: una carta a sus lectores; un calendario de lluvias (astrometeorología); un capítulo dedicado a la lectura del dorso de las manos (donde dice por ejemplo, que la cutícula crecida que tapa la base de la uña indica “abuso de alimentación chatarra y consumo excesivo de azúcares; alteración transitoria del sistema nervioso, insatisfacción sexual”); una sección con predicciones mundiales (rebrotes del cólera o peligrosos asteroides demasiado cercanos); otra, más amplia, con predicciones para cada signo y, en los últimos tiempos, un capítulo sobre los astros y su influencia en el corte de pelo. En Predicciones astrológicas 2008-2009 detalla, bajo el título “Depilación, tintura, cortes de uñas y tratamientos para la piel”, los días propicios para cada una de esas actividades: “El llamado ‘viento solar’ es el que traslada desde el Sol hasta la Tierra la mayor cantidad de protones electrificados, que tantos perjuicios suelen causar al cuero cabelludo y a la piel”, dice, escribe, justifica.

***

Después de aquel programa en canal 9 hizo otro, llamado Juicio Final, en canal 13, y en los primeros años setenta se fue a vivir, con Ángela, a Venezuela.

—Tuvimos una oferta de Venevisión para hacer allá Horangel y los Doce del Signo. Y fue un éxito. Después me hice asesor de la familia.

La familia es la familia Cisneros, dueña, en aquel país, de Venevisión y Directv, y sobre cuyos miembros pesan, siempre, sospechas oscuras.

—Pero yo no necesitaba ese apoyo. Ya tenía mi dinero. Yo no quiero ese dinero. Ni ese ni el de nadie. Publico mi libro, y el que lo quiera comprar, que lo compre. Esos que le dicen a la gente cómo le va a ir en el amor, todo eso son inventos de las revistas.

Así, durante más de tres décadas, su base de operaciones fue Caracas, desde donde regresaba a la Argentina para publicar el libro de las predicciones. Pero cinco años atrás se instaló en Buenos Aires, en un departamento de la Recoleta, y entonces, un día, esa mujer que fue a buscar a Córdoba para quedársela toda la vida, Ángela Groba, se enfermó.

—Y la semana pasada me dijo que quería internarse. Yo no quería, pero ella insistió.

***

De Horangel se dicen cosas: que es culto, que es discreto. Que no es como los demás. Escancia frases sobre la astrología caldea, Fenelón, la genética y el determinismo. Dice que ganó su primer millón de dólares siendo muy joven, en una historia que no puede develar del todo y en la que asesoró, de forma casi conductista, a una mujer muy rica en un juicio por unas propiedades. Que, durante años, guardó el dinero que ganaba en cajas de zapatos. Que le robaron. Que lo atrapó el corralito.

—Si yo fuera adivino, sería todo muy fácil. Pero lo mío es otra cosa. La astrología usa los planetas, y la distancia que hay entre ellos, y dice que eso podría influir en el momento del nacimiento sobre un individuo, según el lugar, la hora, etcétera. Eso no se pudo probar nunca, porque si uno cree ciegamente en eso está negando la teoría genética, y no se puede ser terminante porque hay personas que nacieron el mismo día y son muy distintas, o cuatrocientos que se mueren en un accidente aéreo y son todos de distinto signo.

Lo rodea el halo de virtud del no fanático. De quien permite la sombra de la duda incluso en su contra, aun a su pesar.

***

Al final de la tarde el televisor está apagado, y el pasillo que lleva a las habitaciones, sumido en susurros lentos. Horangel se pone de pie y camina —como si fuera a desarmarse— hacia el sitio donde yace esa mujer que quiso —que quiere— tanto.

—Ella quiso venir. Yo no quería.

Las enfermeras, a su paso, lo miran con recelo, se escabullen.

—Yo quería seguir cuidándola en casa. Si yo la cambio, la lavo, le plancho, soy marido, enfermero, amante, todo. Yo no quería una internación.

Y, antes de entrar al cuarto, la mano pálida en el picaporte, dice:

—Tener un buen amor es una bendición. Pero no hay que andar diciendo que uno fue feliz en el amor.

Y después:

—En el fondo, yo he intentado ser siempre un hombre bueno.

Dos semanas después, Ángela habrá muerto.

“Esta bien, papá, dormí, dormí”, le dice Margarita Di Tullio a un hombre de 83 años que se pasea en calzoncillos y balbucea. Es Antonio Di Tullio, el hombre que la inició en la guerra, el que no tuvo un primogénito varón pero crió una hija con una fuerza descomunal, el que comenzó a entrenarla luchando con ella como un borrego, el que la obligó a competir con varones más grandes en peleas callejeras desde los dos años. El mismo que después, cuando no soportó la rebeldía de su hija de 16 años, le quebró la nariz. El mismo que la perdió de vista cuando ella decidió competir a lo grande, y ganar dinero y batalla contra hombres. El mismo anciano que hoy se duerme tranquilo, como un niño acariciado por las manos llenas de nicotina, de piel suave pero fuertes como herraduras, terminadas en uñas largas, rojas, sutiles garras de una leona reina de la selva clandestina. Las manos de Pepita la Pistolera.

“Me hacía buscar entre los turistas hasta que yo elegía a uno, siempre más grande, nunca más chico, le buscaba camorra y le daba”, cuenta Margarita cuando la conversación que comenzó en el cabaret hace cinco horas ya le quitó parte de la voz y sus palabras salen con la ronquera de la noche, como un susurro de puerto y de fuego. “Papi, a ese pibe más grande le puedo ganar”, ofrecía ella. Y Antonio miraba desde afuera cómo los vestiditos de percal se ensuciaban de tierra, cómo el encaje terminaba en las manos del contrincante, siempre vencido. Después en la casa continuaba el entrenamiento. Ella siempre quería más. Así aprendió a usar cuchillos, a matar un pollo, o carnear un cerdo. Entonces ya comenzaba a manejar las primeras armas de fuego.

—¿Cuál fue su primer delito?

—A los siete años. Le robaba a la gruta de Lourdes todo lo que los giles de los católicos le dejaban. Cuando mi vieja empezó a sospechar porque tenía demasiada suerte, caminaba con ella del brazo, tiraba el afano en la vereda y decía: “Uy, mami, mirá, ¿qué es eso? Así lo blanqueaba”.

“No podés contar toda la vida con detalles porque sería apología del delito”, advierte mientras baila y levanta los brazos como aspas, entibiando su cabaret a la caída del sol. “Te atiendo porque me dijeron que no me vas a traicionar”, dice, y por eso habrá cinco historias que no traspasarán aquella noche larga. “Yo no toco unas esposas por honor”, explica después, sentada en la barra. José Luis Cabezas murió esposado. Sobre el horizonte del puerto, tras las fábricas de harina de pescado que tapan las narices de mal olor, caen las últimas gotas de sol, y un cielo rosado y pálido le da paso a la noche. Margarita brilla sinuosa, bebe champagne, se agita, se lleva la mano al pecho, como desbordada, y a cada ronca frase que pasa, desnuda su alma como, según jura, nunca hizo con su cuerpo ante un hombre que no ame.

En la calle 12 de Octubre ya se encendieron los carteles multicolores de los juegos electrónicos, los kioscos, los dos bares de la fórmica y los cabarets de Margarita. Las cuadras que llegan al mar son una rara mezcla de la Boca y Constitución. El sonido del Rumba, un lugar para marineros de pocas rupias, es cumbianchero y bajo. Una cuadra más allá, en el Neissis II, un lugar de copas más caras para navegantes y profesionales locales, se escucha el “no para, sigue, sigue, se la llevó el tiburón, el tiburón”.

Margarita cruza la puerta en unos pantalones a cuadros chicos y de un verde fluorescente. Pisa sobre zapatillas negras plastificadas al charol, con dos centímetros de plataforma, y arriba lleva un buzo de mangas cortas. El pelo rubio que las presas de la cárcel de Dolores le mejoraron, así como le hicieron las uñas, y le lavaron la ropa porque allí adentro es una vieja y respetada conocida, se le despeina y se le vuelve a peinar con las manos y con el viento marino. Ella está tan libre y tan convencida de que su último marido, Pedro Villegas, también quedará libre, que le brotan aires de euforia por las curvas con las que les baila en broma a los clientes. “Nunca jamás vendí mi cuerpo por dinero. Tampoco lo haría por poder. Si Menem me ofrece un millón de dólares, no lo hago. Ni mi cuerpo ni mi orgullo tienen precio”.

En la zona del puerto la mayoría cree en ella. Margarita camina bamboleándose, entra en cada local abierto y saluda. De una y otra vereda, los vecinos le responden o la llaman para que se acerque: es definitivamente famosa en su tierra. Se mueve como una niña grande. Da pasos cortos. Y avanza a saltos leves. Como pidiendo algo caprichosamente. No pierde, sin embargo, la postura, una especie de orgullo portuario de bajos fondos, que ella justifica en la mezcla de “sangre aria y calculadora” de su madre, Irene Shoinsting, con la sangre caliente de su padre. El orgullo le nace con el resentimiento que jura no tener pero se le nota en el trasluz de los ojos, cuando admite que nació para ganar y que “nadie, jamás, excepto un enfermo terminal, merece lástima”. Lo dice desde la seguridad de la mujer que buscó siempre el riesgo, y apostó a lo grande, para no someterse al destino “de un país pisoteado y lleno de esclavos”. Habla en su reservado del Neissis (el apodo de su primer marido, a quien sus padres comparaban con el monstruo del lago Ness), separado del resto del local por unas puertas bajas al estilo de las cantinas del Oeste. Nunca cruza las piernas. Las sube al sillón de enfrente, se mueve como una adolescente Stone. Salta y corre cuando suena el teléfono: espera un llamado de Pedro desde la cárcel de Dolores.

No es Pedro. Discutieron en la visita del domingo. Pedro le exige que grite a llantos que él es inocente. A ella le parece ridículo. “Todos los presos gritan su inocencia, no es serio”, explica. “Yo le digo mi amor, yo sé que sos inocente porque estabas conmigo”, dice y recuerda la madrugada del 25 de enero, cuando como todos los viernes, que eran sagrados, después de supervisar los boliches se quedaron en la cama y tomaron champagne. Sin embargo, cuando habla con los medios trata de complacerlo. Pedro es la batalla que nunca ganó, y por eso lo ama. Pedro ni siquiera le acepta el desafío de la competencia. Marga entra al penal de Dolores y mientras camina hacia él los internos le gritan, la silban, le proponen y ella se muestra como una diosa y reparte mohínes de vedette. Cuando llega a su hombre es el único que la recibe sin contemplación. “Mirá la panza que tenés”, le dice. Eso la subyuga.

Ordena subir la música del Neissis. Baila unos minutos, y después en el reservado parpadea con esas pestañas amarillas, claras. Amaga con un strip, se sube el buzo hasta el cuello y deja que se le vea el body negro de encaje. Desafía con el cuerpo. Gustavo, su hijo de diecisiete años, le dice que recién son las nueve de la noche y ya está tomando champagne. Ante el fotógrafo, posa. Y le enseña a una de las chicas cómo descubrirse lo suficiente el escote.

Después de la guerra, Margarita prefiere la seguridad de sus cabarets. En el Neissis II, decorado por Pedro, que diseñó una barra en forma de barco y sillones reservados contra las paredes que tienen ojos de buey y lámparas marinas, las mujeres son alternadoras. Su función es atender cariñosamente al cliente y hacerlo consumir copas. “Si soy dueña de mi sexo, las chicas también. A mí me entra la plata de las copas. Y en ninguno de los boliches hay camas. Si ellas quieren, salen, van a donde se les antoje y lo hacen por plata, por calentura, por amor, que a mí no me importa”, explica.

En la barra saludan los dueños de la revista del puerto y la esposa de uno, de tapado y brushing. En su casa prende el hogar de troncos artificiales, saca copas, manda a retirarse a los que están y encabeza el tour por lo recovecos de las piezas, que terminan en un patio con parrilla al fondo y la habitación de la dueña arriba. De los tres baños, ninguno tiene luz. En la habitación de los chicos, que todavía viven con ella, el Churruinche de trece y Gustavo de diecisiete, hay dos equipos de música, ropa sobre las camas y un teclado. En la parte alta del placard busca fotos, que caen como piedras. Las recoge y las tira sobre la mesa del comedor, donde sobrevive un arreglo de navidad cubierto de polvo. Sobre el hogar hay siete brujas de cerámica, porcelana y yeso. En muchas fotos está con su ex marido, Guillermo Schilling, “El negro”, un ex montonero que murió dos años atrás al caerse de un quinto piso y que creía que Marga era una bruja del siglo XII y su destino sería el fuego.

Irreverente con cualquier religión, imagen o doctrina, de todos modos Margarita desde su celda compartida en la cárcel de Dolores le hablaba a las ánimas. Y el marido muerto le pedía por su libertad. “Yo le decía al negro, Hijo de Puta te moriste zarpado, hacé algo, dame la libertad”. A José Luis Cabezas también le pidió. “Le hablaba y le decía, hacé algo, que estos hijos de puta te mataron, no seas gil, hacé algo, yo no fui, vos sabés que yo no fui. No podes dejarme acá adentro, hacé que caigan los culpables”.

Los golpes que Margarita daba de niña se volvieron como un boomerang. Su padre quiso frenarla con la fuerza. Le quebró la nariz de una trompada. “Les entregué el título de secundario y me fui”. Fue entonces la única mujer que la primera banda de amigos chorros que tuvo aceptó después de constatar que la rubia tenía la fiereza de un dogo. “Ellos les pegaban a sus mujeres, pero yo era fuerte, a mí nadie me tocaba”. Cayó a los dieciocho años y pagó con cuatro en el penal de Dolores un robo automotor a mano armada. Salió a los veintidós y siguió, con más cuidado y mejor racha. Anduvo de frente a la aventura durante años, hasta que quiso tener un hijo. A los hombres siempre los había tratado con desapego. Pero cerca del golpe del ’76 conoció a Schilling, “un doberman, mezcla de madre aria y padre indio”. Él era montonero. La organización se desmembraba. Él quería una vida más tranquila. “Hicimos un juramento, yo no delinquía más y él no militaba más. Él, por calentón, por enamorado, lo dejó. Yo colgué las cartucheras y cuando podía, mientras él viajaba por alta mar, le daba otro poquito”. A Margarita la militancia montonera no le cerraba como práctica libertadora. “Él quería un país mejor, pero yo quería la mía. Él odiaba la yuta y las botas. Cantaba: ‘No somos putos, no somos faloperos, nosotros somos los bravos montoneros’. A mí no me importaba que alguien fuera puto o falopero. No tengo esos prejuicios. Si hubiese sido lesbiana andaría con mi novia por la calle, pero acá todo se oculta. Acá la mayoría agacha la cabeza. Yo no fui rufiana por eso, no quise nunca ser asalariada, sometida. A mi manera, pero siempre fui libre”.

Con Schilling estaba la noche en que, hace once años, tres hombres entraron a su casa. “Les ofrecí la plata que había, no entendieron y dijeron que iban a violarme a mí y a los chicos”. A ella le dieron en la pierna derecha donde ahora, subiéndose el pantalón, muestra la marca que le dejó la herida sobre la piel blanquísima. Mientras Schilling forcejeaba con uno, ella vació el cargador sobre los tres. No vio sangre, no se shockeó. Estuvo quince días presa y salió por exceso en legítima defensa. “Aquello no me dio ni más ni menos valor. Yo pensé que nunca iba a matar a nadie. Odio a la persona que mata. Somos humanos. Si vos discutís conmigo te voy a dar una defensa, jamás te voy a matar a traición”. Desde aquellos homicidios fue “pepita la pistolera”. Arruga la nariz al escucharlo. El nombre no le hace gracia desde que se enteró que viene de una especie de sheriff.

—Bueno, pero los nombres se resignifican.

—Nada que ver. El otro día leí que le pusieron “Pepita la Pistolera” a una mina que asaltó un taxi con un 32. En este país no sabemos usar las palabras.

Son las seis de la madrugada y Margarita camina por la costanera. La noche lleva horas y se extiende, imparable. Ella intenta parar un auto para llegar al kiosco por cigarrillos. En la playa de una estación de servicio cerrada dos perros callejeros se persiguen y se huelen. El viento silba como un hombre. El frío le llega hasta más allá de los tatuajes, bajo la piel. Junta las piernas. Después cruza la calle, de ida y de vuelta. Intenta que el playero le preste una moto abandonada. Él le dice que no funciona. Ella no le cree. Se trepa, patea el pedal. No anda. Da vueltas en círculos. Como los dos perros. Los mira y algo comenta. Le dan gracia. Ella dice que tiene la boca seca y rompe una caja de agua mineral de entre la pila apoyada en la pared. Toma dos sorbos y convida. Por fin llega un taxi. En un kiosco compra cigarrillos. Toma uno. Pide fuego. Con el fuego la cara se le ilumina y guiña un ojo. Larga el humo con paciencia; por entre los labios con resto de pintura se ríe ronco, al estilo de las brujas del siglo XII. “Mi viejo fue del puerto, mi marido fue del puerto. Yo también. Siempre el puerto, tierra de frontera”, dice. Y suspira.

Está adentro de su territorio.

Guillermo Velásquez, más conocido como El Chato, debe de ser el único árbitro de fútbol del mundo que registra en su hoja de vida por lo menos cinco jugadores noqueados.

Ni Alberto Castronovo, ni Eduardo Luján Manera, ni los otros futbolistas aporreados por él, se enteraron de que su verdugo, antes de ser árbitro profesional, había sido boxeador.

Velásquez sonríe mientras se mira los dos puños apretados. Luego los voltea para donde yo estoy, como para notificarme que en esos gruesos nudillos, pese a sus 69 años, todavía quedan restos de la potencia telúrica del pasado.

A continuación, aclara que él no se hizo respetar por la fuerza —pues no era invencible— sino porque tenía un temperamento sanguíneo que se incendiaba ante el mínimo intento de atropello y un amor propio que le impedía soportar humillaciones. Si tuviera que arbitrar otra vez, volvería a sancionar al saboteador y a castigar al tramposo. Y, sobre todo, no ofrecería la otra mejilla para que el patán le repitiera el golpe, ni pondría el otro ojo para que el cochino le lanzara un segundo escupitajo, ni amonestaría con una simple tarjeta al grosero que le mentara a la madre, sino que se vengaría en el acto de cada agresión.

El Chato estima que la compostura que se les exige a los árbitros es hipócrita y tiene más vínculos con la política que con la ley. Según él, un ser humano que recibe una patada en la yugular y en vez de aparentar cortesía tiene la oportunidad de desquitarse, resulta menos peligroso porque se libera de odios futuros.

“Yo no andaba por las canchas repartiendo coñazos”, explica, “pero cuando había que pegar, pegaba, porque después me iba a matar la angustia de no haber reaccionado como hombre cuando me provocaron. Cuando se tiene un carácter como el mío, responder a las agresiones es una necesidad”.

Le digo a Velásquez que cambiar la justicia por la venganza nos devolvería a la época de las cavernas y añado que si al árbitro le dan un pito y unas tarjetas, es justamente para que no tenga necesidad de utilizar un garrote.

“Así es”, admite El Chato, con una rapidez que me indica que no le estoy diciendo nada que él no haya pensado antes. “Pero fíjese usted que a los futbolistas les dan una pelota para que le peguen patadas y quieren pegarnos es a nosotros”.

Vuelvo a la carga con el argumento de que el día que se apruebe la Ley del Talión en las canchas, tendremos más sangre que goles. Y El Chato repite la misma frase de hace un momento: “Así es”. En seguida, con un movimiento resuelto de las manos, afirma que para evitar ese riesgo hay que pedirle a los futbolistas que reclamen en buenos términos y no con violencia.

—¿Y por qué no les pedimos a los árbitros que no les peguen a los jugadores?

—Bueno, ahí le voy a contestar lo mismo que le contesté a un periodista brasileño, el día que expulsé a Pelé: no es bonito responder a un golpe con otro golpe, pero todavía no he visto la parte del reglamento que diga que los árbitros tenemos que dejarnos pegar.

***

Guillermo Velásquez mostró su vocación de juez desde la adolescencia. Cuando sus padres discutían, lo buscaban a él para que decidiera quién tenía la razón. Cuando sus hermanos peleaban, sólo él lograba reconciliarlos. Muy pronto, su capacidad de discernimiento y su sentido de la justicia fueron célebres en la familia. Primos, tíos y otros parientes menos cercanos apelaban a él, porque confiaban en la ecuanimidad de sus sentencias.

Más tarde, cuando jugaba fútbol en el Colegio Deogracias Cardona, de su natal Pereira, no asistía con sus compañeros de equipo a la charla técnica de los entretiempos, sino que se iba con el árbitro a analizar el reglamento.

Cuando finalmente reemplazó el balón por el silbato, se liberó del destino gris que le esperaba como futbolista y recuperó el respeto que había conocido como consejero familiar. En ese momento descubrió que la satisfacción del que aplica la ley depende más del poder que ostenta que del bienestar que supuestamente le procura al prójimo. Si la cancha es el universo completo y los jugadores son todas las criaturas posibles, entonces el árbitro, que todo lo ve y todo lo juzga, encarna una autoridad más divina que humana, una presencia omnímoda que gobierna las acciones aunque no nos demos cuenta. Él y sólo él es capaz de detener la carrera del veloz atacante, con un simple movimiento de su mano. Él decide cuándo parar el partido y cuándo reanudarlo, y en ambos casos determina el punto exacto de la tierra en el que hombre y pelota se reencuentran. Ni el que es genio como Maradona ni el que es bravucón como Chilavert tienen licencia para tutearlo: deben dirigirse a él con una cierta reverencia caricaturesca —manos atrás y cabeza agachada— y además están obligados a acatarlo por los siglos de los siglos, aun cuando valide como gol una pelota que pasó a 15 metros del arco. Como a Dios, al árbitro habría que inventárselo si no existiera. Los jugadores lo necesitan para justificar sus pecados y para que él los ayude a ganar el cielo que ellos solos no alcanzarían jamás de los jamases.

Desde el principio, El Chato disfrutó esa sensación de importancia que, según él, les gusta a casi todos sus colegas aunque no lo reconozcan en público. Por eso ahora, mientras sorbe su café, levanta la voz para decirme que no es ningún delito, como afirman algunas personas, que el árbitro sea protagonista. “¿Cómo no va a ser protagonista el juez que condena al matón o que evita una desgracia?”, se pregunta, alzando aún más el tono y adoptando un cierto aire de orador. “Usted debe saber, como periodista, que el problema no es la fama sino la mala fama”.

Estamos sentados en la cafetería del Parque El Salitre. Nuestros vecinos, muchos de ellos jóvenes que no lo conocen, lo miran con insistencia, y él se regodea en su silla comprobando por enésima vez que no nació para pasar desapercibido.

Estimulado por la atención del público, Velásquez enumera sus méritos en voz alta: fue —me dice sin ruborizarse— el árbitro que les abrió las puertas internacionales a sus compañeros colombianos. Participó en la Copa Libertadores entre 1968 y 1982, pitó en cuatro Juegos Olímpicos y fue juez de línea en uno de los partidos más bellos que se hayan disputado jamás, el de Italia contra Alemania en el Mundial del 70.

Después observa que nunca se tomó un trago el día antes de un compromiso, que siempre se entrenó como si cada jornada fuera una final y que cuando se retiró, en diciembre de 1982, era el árbitro que había pitado el mayor número de partidos en los cuales ganaban los equipos chicos. “Y de visitantes”, añade.

“Lo mejor de todo”, dice ahora, “es que puedo jurar ante el país que nunca me torcí. Cuando me equivoqué, me equivoqué de verdad y no me hice el equivocado. Y no solamente por honesto, sino porque siempre me quise mucho a mí mismo. Mi orgullo no me permitía quedar como un chambón”.

Le pregunto si pegarle a los jugadores, como él lo hizo, fue un defecto o una virtud.

El Chato sonríe, me mira con malicia por encima de su pocillo. Calla.

—Ay, hermano, dejemos eso quieto. No me haga enfermar.

—Por su sonrisa, parece que no se arrepiente.

—Mire: yo no me siento feliz de haber tenido un genio como el que tuve. El temperamento me traicionaba y ese fue mi único error.

Después de unos segundos de silencio, en los que parece apenado, encuentra un argumento que le devuelve la seguridad. “¿Sabe una cosa?”, me dice, con el rostro iluminado. “Ser peleador me sirvió para conservar la pureza. Cuando uno quiere imponer siempre su autoridad, ya sea a las buenas o a las malas, no puede darse el lujo de tener rabo de paja”.

Llegado a este punto, El Chato estima pertinente un par de aclaraciones: cuando le pegó a un jugador fue porque, indefectiblemente, éste le había pegado a él primero. Y en todo caso, aquellas fueron calenturas pasajeras que nunca traspasaron los linderos del estadio. Eso sí: insiste en que para no quedar rumiando odios, era absolutamente necesario que le atizara un porrazo al agresor.

Desde 1957, año de su debut en el torneo profesional, aparecieron los problemas. Alberto Castronovo, jugador del Atlético Nacional, aprovechó un embrollo para darle a Velásquez una patada alevosa en la canilla. Velásquez se retorció en el suelo, durante varios minutos. Cuando se repuso del golpe actuó como si no supiera quién le había pegado. De pronto, en un tiro de esquina, vio, nítida, la oportunidad de desquitarse. Calculó que, por el momento, los espectadores estarían pendientes del jugador que iba a cobrar y se colocó en el área, al lado de Castronovo. A continuación, lo conectó con un derechazo en la barbilla. Castronovo rodó por el pasto pero se levantó en seguida, furioso, y se lió a golpes con el árbitro, en medio de la sorpresa del público. Entonces, varios agentes de la policía entraron en acción, dispuestos a retirar al jugador por la fuerza. “No, señores”, les dijo El Chato, autoritario. “¡Háganme el favor y dejan al caballero en la cancha, que no está expulsado!”.

—¡Pero cómo que no está expulsado, si vimos cómo le pegó a usted!

—¿Y no vieron cómo le pegué yo a él? Si se va Castronovo, me voy yo también. Pero como donde manda árbitro no manda policía, he dispuesto que ni se va él, ni me voy yo.

El Chato guiña un ojo y advierte que la justicia depende más del sentido común de quien la aplica que de simples leyes escritas en un papel. Para ilustrar su teoría, recuerda la vez que Miguel Ángel Converti, atacante de Millonarios, recibió un pase de espaldas al arco, en un clásico contra el Santa Fe. Desde antes de que Converti tomara la pelota, Velásquez había sancionado fuera de lugar. Pero el jugador, que al parecer no escuchó el silbato, llevó el lance hasta sus últimas consecuencias: durmió el balón con el pecho, lo hizo rebotar sobre su muslo izquierdo y luego se suspendió en el aire —cabeza hacia abajo y pies hacia arriba— en una chilena espléndida. El proyectil se clavó en un ángulo imposible de la portería y Converti corrió como loco hacia el banderín de córner, mirando hacia el cielo y zafándose de los compañeros que querían abrazarlo, como si pensara que su virtuosismo lo alejaba de los atletas y lo acercaba a los dioses.

“Si yo hubiera sabido que Converti iba a concluir esa jugada como la concluyó”, dice Velásquez, “no habría pitado el fuera de lugar. Fue la única vez que quise hacerme el equivocado en una cancha y créame que lamento mi acierto como si fuera un error. Es lo que le vengo diciendo: según las normas, yo actué bien, pero no fue justo que yo le robara semejante joya al público. Donde yo valide ese gol, hasta los hinchas del Santa Fe se ponen contentos”.

Le pido a Velásquez que me haga el inventario de los futbolistas a los cuales golpeó y me responde, aparentemente apenado, que “eso no vale la pena”.

—¿Por qué?

—Hombre, porque no fueron tantos. Pero ya que insiste en este punto, diga que una vez le hinché el ojo a Orlando Herrera, del Tolima, porque se propasó conmigo en un reclamo. ¿Y sabe qué pasó en el partido siguiente que me tocó arbitrarle en Ibagué? Que el tipo fue a buscarme a mi camerino y me llevó abrazado hasta la mitad de la cancha. ¿No le parece bonito? Si no me reconocieran sentido de la justicia, no me perdonarían. Yo habré sido brutal, pero soy más humano que muchos de los que se creen mansas palomas, porque pegué puños pero no maté a nadie con el pito.

***

El Chato, que no cesa de ufanarse de su ecuanimidad, señala que si hoy fuera otra vez el miércoles 17 de julio de 1968, volvería a expulsar a Pelé.

Ese día, El Santos de Brasil, considerado el mejor equipo del mundo, enfrentaba en un partido amistoso a la selección Colombia que participaría en los Juegos Olímpicos de México.

Muy temprano, Velásquez validó un gol de Colombia en aparente fuera de lugar. Los brasileños se pusieron histéricos y cercaron al árbitro. Uno de ellos, de apellido Lima, fue expulsado. Como se negaba a abandonar la cancha, fue sacado por la Policía. Cuando iba por la pista atlética se les soltó a los agentes, se devolvió al terreno de juego y le asestó una patada a Velásquez. Éste le respondió con un leñazo en el estómago, que generó un amago de gresca.

El partido continuó con muchas tensiones hasta el minuto 35 del primer tiempo, cuando Pelé vio la tarjeta roja por reclamar, de mala manera, un supuesto penal en su contra. En principio lució desconcertado, pero no tardó en aceptar el fallo. Entonces emprendió el retiro de la cancha con un gesto irónico y desafiante, como un monarca que se mofara de la orden de destierro impuesta por su vasallo. “Ese tipo está loco”, repetía Pelé, una y otra vez, ante el cronista de El Espectador que lo esperó en la pista atlética.

En ese momento, los jugadores del Santos rodearon al árbitro. “De 28 personas que tenía la delegación brasileña”, recuerda El Chato, “me agredieron 25. Los únicos que no me pegaron fueron el médico, el periodista y Pelé”.

Velásquez se sintió empequeñecido, arruinado, cuando los 60 mil espectadores del estadio El Campín comenzaron a maldecirlo a gritos y a pedir el regreso de Pelé. Después, cuando los directivos de la Federación Colombiana de Fútbol decidieron que volviera el futbolista y se fuera el árbitro —un hecho único en los anales del deporte— se acordó del refrán según el cual la justicia en nuestro país “es para los de ruana” y hasta agradeció que a Pelé no se le hubiera ocurrido asaltar un banco, “porque con seguridad aquí todavía lo estuviéramos aplaudiendo”.

Adolorido más por la humillación pública que por los golpes recibidos, El Chato demandó penalmente a la delegación brasileña. Lo hizo por recomendación de Lisandro Martínez Zúñiga, magistrado de la Corte Suprema de Justicia, que esa misma noche lo visitó en el camerino para ofrecerle sus servicios como abogado.

Los jugadores de El Santos permanecieron en Colombia casi dos días más de lo previsto, retenidos en una comisaría, y al final tuvieron que pagarle a Velásquez 18 mil pesos y ofrecerle excusas por escrito, para poder viajar a su país.

Años después, ya retirado del fútbol, Velásquez buscó la manera de encontrarse con Pelé. Entendía, como siempre, que más allá de las leyes escritas necesitaba un acercamiento humano para quedar en paz y salvo con su conciencia. El rey lo atendió en Miami y hasta lo invitó a almorzar.

Ahora le pregunto a El Chato qué habría sucedido si Pelé le hubiera pegado cuando él lo expulsó, y me pide, muy serio, que por favor no le haga una pregunta tan perversa. “Mire que me voy es a enfermar”, añade.

—Es sólo una suposición, no más que una suposición.

—Bueno, en ese caso, permítame responderle con una pregunta. ¿Usted qué cree que hubiera pasado?

El mago manco

Publicado: 28 agosto 2009 en Leila Guerriero
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Al acto de cortar y separar del cuerpo humano un miembro o una porción del mismo se lo conoce como acto de amputar, y solo se realiza en casos extremos, cuando la vida del paciente corre peligro.

Las lesiones producidas por aplastamiento, sin embargo, generan traumatismos tan graves que la amputación resulta inevitable, ya que el tejido necrosado penetra en el torrente sanguíneo, deviene altamente tóxico y, si no se actúa con rapidez, el sujeto puede morir como consecuencia de una falla renal.

La operación no es una operación compleja: se cortan primero la piel y los músculos, se ligan los vasos y los nervios por detrás del tajo para evitar la formación de un neuroma –un tumor nervioso que provoca dolores extremos– y, con una sierra oscilante, se secciona el hueso. Una vez separado el miembro del cuerpo, se liman las partes óseas y se las recubre con tejido blando muscular para obtener un muñón acolchado. Lo que sigue –esculpir el muñón– es un trabajo quinésico que dura meses.

El síndrome del miembro fantasma –una figura mental que puede ser dolorosa o no y provocar picazón o sensibilidad en una extremidad que ya no existe– ocurre solo cuando la amputación se produce en miembros inferiores. La amputación de miembros superiores, en cambio, presenta otras dificultades. La principal, la resistencia de los pacientes. Puesto que las manos tienen un efecto gestual, perderlas equivale a sufrir la amputación del rostro: a vivir con una máscara. En cualquier caso, y como se trata de una operación de carácter mutilante, en la Argentina la Ley Nacional de Ejercicio Profesional número 17.132 exige el consentimiento explícito y firmado del paciente.

No se sabe si alguien pidió el consentimiento del niño cuando, a los 9 años, fue amputado de la mano derecha y equipado con un muñón de 11 centímetros a partir del codo.

No se sabe, tampoco, cómo empieza una vocación pero es probable que haya sido así: el día de sus 9 años en que el niño levantó la toalla con que su madre le impedía ver las curaciones y, allí donde recordaba una mano, el niño no vio nada.

Nada por aquí. Nada por allá. Ahora la ves. Ahora no la ves.

***

La casa es así.

Pero primero hay que llegar a la casa.

Pero primero hay que llegar a la ciudad de Tandil, 375 kilómetros al sur de Buenos Aires, y atravesarla, salir de ella, recorrer caminos de tierra, doblar, doblar otra vez, doblar otra vez más y ver, a mano derecha, una cabaña en medio de un parque, un cartel que reza Milagro Verde, un tinglado de enredaderas bajo el cual hay un Audi nuevo impecable, árboles, árboles, los árboles, un hombre sentado frente a una mesa frente a la cabaña bajo el tirante sol de la mañana, un hombre que bebe vino tinto, viste camisa clara, usa corbatín, pantalones beige, zapatos blancos y enormes ojos acuosos –uno de párpado caído–, cejas profusas y un bigote. La mano derecha –la mano– dentro del bolsillo del pantalón.

La casa es así: una cabaña de troncos con una puerta estrecha a la que se accede por dos, tres, cuatro escalones. Adentro, después del comedor –la mesa larga, el candelabro de una sola vela–, después de la sala –sillas, sillones, un enorme panel de vidrio fijo– hay un espacio pequeño y estas cosas: un paragüero con decenas de bastones, y en la pared sombreros –boinas, texanos, gorras de cuero–, y en el piso compactos –Beethoven, Mozart, Vivaldi, Bach–, y una mesa redonda cubierta por un tapete verde y, sobre la mesa, mazos de cartas. Y, en todas partes, dibujos y fotos de una mano izquierda y del hombre que, sentado frente a una mesa frente a la cabaña bajo el tirante sol del mediodía, bebe vino tinto. A sus espaldas, sobre la puerta de entrada a la cabaña, este cartel: “Podría vivir en una cáscara de nuez y sentirme rey del universo infinito”.

—Shakespeare –dice el hombre.

Pero la frase de Shakespeare es así: “Podría vivir en una cáscara de nuez y sentirme rey del universo infinito, si no fuera por mis malos sueños”. Claro que el hombre conoce las ventajas: una pequeña mutilación puede transformar algo en otra cosa. Puede transformar, por ejemplo, a un niño común en un hombre extraordinario. A Héctor René Lavandera, nacido en septiembre de 1928 en Buenos Aires, en René Lavand, habitante de Tandil, experto en close up –magia de cerca: magia hecha con naipes y objetos pequeños–, uno de los mejores del mundo en la especialidad de ilusiones con cartas y, si no el mejor, al menos único. Porque, para hacer lo que hace, René Lavand tiene una sola mano. La mano izquierda.

—Venga. Vamos a conversar a mi laboratorio.

El hombre se pone de pie, y lleva la mano derecha en el bolsillo: la mano.

***

Hijo único de Antonio Lavandera y de Sara Fernández, viajante de comercio él, maestra ella, el niño Héctor René Lavandera vivió con su familia en diversas direcciones de la capital argentina. En alguna de todas su padre montó zapatería. En el año 1935, cuando el niño tenía 7, llegó a Buenos Aires un mago llamado Chang y allá fue él, de la mano de su tía Juana. Cuando apareció Chang sobre el escenario el niño quedó mudo y deseó que su padre fuera Chang, que Chang fuera su padre, para aprender de él todos los trucos. Durante semanas, durante meses, no se habló en esa casa de otra cosa: durante el desayuno, Chang; durante el almuerzo, Chang; en la merienda y en la cena, Chang. Un amigo de la familia se apiadó y le enseñó un juego de cartas que el niño obseso empezó a practicar con unción. Poco después, la zapatería del padre se fundió y la pequeña familia se mudó a Coronel Suárez, un pueblo de la provincia de Buenos Aires donde esperaba, al padre, otro trabajo. En febrero de 1937 tenía 9 años. Era carnaval, hacía calor, jugaba a media cuadra de su casa cuando sus amigos dijeron “Vamos a cruzar la calle”. Era un desafío menor: no era un río, no era un abismo, no era subir una montaña: eran cinco metros de asfalto. A él, al niño, le tenían prohibido cruzar la calle solo. Pero sus amigos cruzaron y él pensó “También voy a cruzar”. Y cruzó. Y entre él y el resto de su vida se interpuso un varón rampante, 17 años a bordo del auto de su padre. Hubo maniobra brusca, niño caído, neumático aplastando –aplastando: lesión gravísima– el antebrazo derecho contra el cordón de la vereda. Sara, su madre, escuchó el golpe y pensó esto: “Héctor cruzó la calle”. Llegó corriendo. Cuando lo vio –niño caído– los vecinos la ayudaron a no gritar, a llevarlo a la clínica que estaba justo enfrente. El médico de guardia quiso amputarlo ya –lesión gravísima– a la altura del hombro. Una mujer, una vecina, protestó: “Hay que esperar al doctor Patané”. De modo que esperaron. El doctor Patané llegó y le salvó el brazo: cortó la mano y dejó, a partir del codo, un muñón de 11 centímetros. El niño era diestro. La mano perdida: la mano derecha.

***

El parque es así: senderos que se bifurcan, árboles, setos. Al fondo, una casa de huéspedes. En uno de los laterales, un vagón de tren antiguo, de madera. En la cabaña principal, de troncos, un cartel –otro cartel– declama “La Strega: soñada, concebida y diseñada por Nora y René”. El hombre de ojos acuosos está, ahora, sentado en el interior de esa cabaña, en el espacio con paragüero y mesa redonda cubierta por un tapete verde.

—Este es mi laboratorio. Aquí paso horas mirando el parque, escuchando música.

El codo izquierdo sobre la mesa, la mano erguida, anillo en el meñique: un timador que quiere parecer un timador.

—A veces repaso mis composiciones, veo cómo puedo mejorarlas. Yo he logrado, y discúlpeme el yo, aquello de que, aún si se ha escuchado la séptima sinfonía de Beethoven mil veces, cada vez que se la escucha es la misma apoteosis.

Se pone de pie, camina hasta la ventana. Dice algo acerca de esos árboles: que son árboles viejos.

—Antes vivíamos en el centro, pero hace años que nos mudamos aquí con Nora. Ella fue la que marcó el camino a la felicidad. Llevamos 25 años de luna de miel.

En el parque, un auto se detiene. Alguien abre una puerta, entra en la cabaña, atraviesa el comedor, la sala. Una mujer alta, rubia, camisa blanca, anteojos de sol: Nora.

—Querida, ella se va a quedar a comer con nosotros.

—Sí, ya me dijiste, querido. Cuántas veces me lo vas a decir.

—Qué carácter tenés, que parece que no se te puede repetir nada.

La mesa se pone afuera, bajo los árboles. Lavand come con un implemento que es, a la vez, tenedor y cuchillo. Alguien dirá algo sobre el polen –sobre el exceso de polen– y acabarán, entre los dos, una botella. Ella se irá a su trabajo como inspectora de colegios rurales. Él, a dormir la siesta. Dos horas, por reloj.

***

La rehabilitación del niño duró un año. No hay precisiones al respecto, pero se sabe que la baraja lo entretuvo. Primero, las cartas se caían en tropel de aquella mano torpe, tan izquierda. Insistió con tesón, se impuso disciplinas arduas: jugar ping pong, pelota paleta. Pero lo de las cartas le costaba sangre. Aferrar, evadir, dar, levantar, ocultar, esconder, escanciar: sangre. Creció. Tenía 14 cuando su madre consiguió un puesto de maestra lejos de Coronel Suárez y se mudaron, entonces, a Tandil. No hay recuerdos tristes de aquella adolescencia. Colegio, amigos; un padre que le dijo “Al primero que le diga manco de mierda le rompe la cara, que yo lo saco de la comisaría”; un hombre llamado Leonardi, aficionado a la magia, que le enseñó algunos trucos y le regaló el libro Cartomagia, de Joan Bernat y Fábregas, en el que confirmó lo que sabía: las técnicas, todas, eran para magos de dos manos: nadie había pensado que podía haber, alguna vez, un mago de una mano sola. Pero insistió y, para cuando terminó el colegio, su mano respondía más o menos dócil y obediente. En 1955, cuando tenía 18, su padre murió de cáncer y el peso de las deudas, de la casa y de la madre cayeron sobre él. Salió a buscar empleo y consiguió uno en el Banco Nación. Pasó allí los siguientes 10 años de su vida. En algún momento conoció a una mujer llamada Sara Dellaqua y se casaron. Tuvieron dos hijas: Graciela, Julia. En 1960 ganó una competencia de ilusionismo y le ofrecieron debutar en Buenos Aires. Dos teatros –Tabarís, El Nacional– lo incluyeron en sus espectáculos de varietés. Se rebautizó René Lavand, con una sofisticación un tanto demodé que por entonces tenía sentido: lo francés era, de lo elegante, lo mejor. Se calzó el frac, el moño al cuello, bigote fino y, reclinado sobre su lado izquierdo, con el aire provocador y displicente que le daba la mano derecha siempre en el bolsillo, hizo furor. En 1961 viajó a Estados Unidos y se presentó en el Ed Sullivan Show y en el programa de Johnny Carson. En 1965 ya era imparable: hizo una temporada en Ciudad de México y sus giras latinoamericanas empezaron a ser frecuentes. El público se rendía ante esa mano que acometía los lomos de los naipes como si fueran vértebras, que arrancaba ases de las honduras de los mazos, que reinaba sobre aquellos bordes y dominaba las cartas difíciles, las profundas cartas, mientras una voz magnética en la que tremolaban el coraje, la violencia o la emoción ahogada contaba la historia de un viejo tramposo del sur de Estados Unidos, de un mago oriental encerrado en una mazmorra, de un tahúr obligado por su mujer a ganar una fortuna antes de la medianoche.

Su fama creció en el círculo áulico de ilusionistas del mundo. Dai Vernon, el mago canadiense que fue uno de los mejores del mundo, lo llamó “La leyenda”. Y Channing Pollock, uno de los ilusionistas americanos más exquisitos, le regaló una foto dedicada que decía “Dios debe quererte mucho, por eso te hizo hermoso”.

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—Yo no digo que no exista dios. Digo que, si existe, es un jodido.

Son las cinco de la tarde y René Lavand repasa sin ganas un álbum de fotos: se lo ve de frac, galera, mezcla de David Niven y Mandrake, sosteniendo barajas, un cigarro. Se lo ve, después, mayor, mirando con malicia, ni rastro de inocencia, corbatín de gánster, el traje blanco.

—Todas las técnicas que uso son técnicas de tahúr. Jugué, por plata, entre mis 18 y mis 22 años. Pero cuando empecé a aprender técnicas de jugador de ventaja, dejé.

El álbum pasa: fotos de Lavand en Japón, en Alemania, en el río Mississippi, en México, en España, en Nueva York, en Venecia.

—Yo podría vivir en cualquier lugar del mundo, pero todo hombre debe tener un lugar al que volver. Y Tandil es mi vértice. Y Nora. Nora es la labradora de mi alma, como decía Ortega y Gasset. La conocí cuando yo tenía 55 y ella 35. ¿Vamos a caminar al parque? Los árboles son más importantes que la baraja.

Cuando camina –cuando se sienta, cuando conduce–, lleva la mano en el bolsillo y, por causa de esa mano en el bolsillo, parece estar en otra parte, pensando en otra cosa.

—A mí no me gusta estar solo. He pasado algunos momentos de soledad, entre una mujer y la siguiente. Fueron momentos terribles, pero los he olvidado. El olvido es la mejor condición del ser humano.

Se detiene, levanta algo del suelo. Un diente de león que se deshace. El parque está, como siempre, tranquilo.

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Graciela Lavandera es la hija mayor de Lavand. Tiene 51 años, es psicóloga. Está tendida en una reposera, en el parque.

—Él y mamá se llevaban pésimo. Mamá era muy difícil. Y papá fue el héroe de mi infancia. Es un hombre de una valentía enorme. Nunca lo oí quejarse del accidente. Quizás porque por la pérdida de la mano devino René Lavand y entonces quejarse de la mano sería como quejarse de su vida.

René y Sara se divorciaron después de 18 años de matrimonio. Para entonces, él ya había renunciado al banco, vendía seguros en los ratos libres y era un ilusionista de porte. Meses después de aquel divorcio conoció a Norma, una modista con la que estuvo cuatro años y tuvo, con ella, dos hijos más: Lauro, Lorena. Norma ya no vive en Tandil. Sara, su primera mujer, nunca se fue de allí y, seis años atrás, se suicidó.

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Cuando José Fosco era chico –tiene 27– solía pasar en bicicleta por la puerta de Milagro Verde, fascinado por aquel hombre. Tímido y sin vocación aparente, este varón joven de modos antiguos encontró hace 11 años la excusa para acercarse a él.

—Vine a hacerle una nota para una revista local. Y nunca dejé de venir. Él me llama su discípulo. Me gusta pensar cosas para él, estar en el laboratorio viendo cómo se puede mejorar una composición, un juego.

Durante años, René Lavand practicó esgrima. Suele decir que eso fue lo que le dio elegancia sobre el escenario. José Fosco prefiere pensar que eso fue lo que lo hizo implacable.

—Puede dudar, pero cuando da una estocada, mata. Es un escorpión. Infalible.

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Lavand va y viene del comedor a la cocina, enciende una vela. Todos los días, a la hora del almuerzo y de la cena, enciende una vela, pone la mesa y descorcha un vino.

—Discípulos he tenido pocos. Lo primero que hago, cuando viene alguien a verme para que le enseñe, es escucharlo, ver cómo camina, cómo se sienta, cómo saluda. Pero yo no puedo enseñarle nada. Solo mostrarle. Andrés Segovia estaba tres meses para sacar un acorde. Esto es lo mismo.

Le gusta citar nombres como esos: Segovia, Beethoven, Rubinstein, Pavarotti. Y como estos: Borges, Unamuno, Ortega y Gasset, José Ingenieros, autores de los que no ha leído casi nada, nombres que están ahí, intercalados en sus historias, para crear la ilusión de que es un gran lector, hombre cultísimo.

—La verdad es que yo leo muy poco. De hecho, leo poquísimo.

Pero si toda percepción es verdadera, y si la clave de todo ilusionista consiste en sacar provecho de esa frase, Lavand –su corbatín, su casa de madera, su candelabro de una sola vela, su ropa clara, sus zapatos blancos– es el ilusionista perfecto: el que deviene, él mismo, la ilusión.

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Son las dos de la mañana de un lunes, Buenos Aires. En un cabaré de la calle Corrientes un hombre se levanta la camiseta hasta el cuello, muestra la espalda y dice:

—Mirá.

Lo que se ve es un tatuaje que ocupa buena parte de su lateral izquierdo: el rostro de René Lavand sobre su espalda.

—Me lo hice en 2005. Para mí, él siempre fue el mejor.

Diego Santos es ilusionista, y uno de los pocos discípulos de Lavand.

—Es limpio. No se ve nada turbio en el juego. Y su técnica es increíble. Bajando el ritmo de los juegos al mínimo, hace que el movimiento siga siendo indetectable.

Hace años, René Lavand modificó un clásico juego de close up llamado “Agua y aceite”: tres cartas rojas y tres cartas negras que, dispuestas una y otra vez de forma alternada, terminan siempre juntas, enfiladas: rojas por un lado, negras por el otro. Si el lugar común que sostiene a la magia dice que es posible que sucedan cosas como esas porque la mano es más rápida que la vista, Lavand metió el dedo en esa llaga e hizo lo contrario: exacerbó la lentitud de esa composición de apariencia sencilla, llamó a esa técnica “lentidigitación” y logró algo que los ilusionistas consideran una obra de arte: su versión de “Agua y aceite”, llamada “No se puede hacer más lento”, en la que, con una sola mano y lentitud de iglesia y de incensario, hace que las tres cartas negras y las tres cartas rojas terminen magnéticamente unidas entre sí, una y otra vez, y cada vez más lento. Por dentro, mientras lo hace, Lavand es una máquina certera, un engranaje, un centurión sudando por su vida. Pero lo que se ve es esto: su mano líquida, reptante. La infinita gracia.

***

—La belleza de lo simple. Tic, tac. Y si podemos hacer tic, mejor. Hay quien dijo que cuanto más suave la caricia, más penetra. Yo digo que cuanto más lento el movimiento, más impacta.

Sobre la mesa con tapete verde, Lavand despliega un maletín con lo que necesita para viajar por el mundo: 30 gramos de barajas, poco más.

—En este maletín está toda la composición de “No se puede hacer más lento”. El talco, la glicerina para cuando se seca la mano. Y la baraja española. Eso es todo.

En su libro “René Lavand, la belleza del asombro” escribe respecto a sus cartas dadas (aquellas que, como dice la palabra, se dan): “No sé si yo hubiera podido aprender esta técnica leyéndola en un libro. Tampoco sé si hubiera llegado a creer en el autor respecto a la posibilidad de su realización. Brindo por tu voluntad y, si lo logras con una sola mano, llegarás a prescindir de la otra. Tu cerebro ordenará a un solo brazo”.

—Las cartas dadas son más difíciles que nada. La mezcla y las dadas mías no las hace nadie en el mundo. Para hacerlas, hay que perder una mano primero.

De pronto, un ruido: la cabaña se estremece. Lavand camina hasta la sala, pausado, como quien sabe qué va a encontrar.

—Una paloma. Pobrecita.

Parado frente al enorme panel de vidrio dice que les pasa siempre.

—Les pasa siempre. No lo ven, y es tan grande que se lo chocan.

El vidrio tiene ahora un rastro licuefacto, una baba de sangre.

***

Atardece así: las primeras luciérnagas, un perro, los ruidos de las cosas cuando las cosas se retiran. Cuando el sol evapore las copas de los árboles, cuando el parque sumerja sus copas en las trompas tumefactas del final de la tarde, Lavand hablará de París en invierno, de los amigos, que casi ya no quedan, de su madre, que antes de morir pidió los aros.

—Los aros.

Después, llorará dos veces. Breve, casi seco: el pañuelo, del bolsillo a sus ojos, una medusa en la tarde que apenas ilumina. Llorará, primero, recordando a su padre: el modo en que su padre temía un destino cruel para ese hijo empeñado en lo imposible: en ser el mago de una mano sola. Llorará, después, recordando a una mujer que no eligió. Que dejó ir.

—Bueno, así son las cosas. Mire, yo no tengo nada de macho.

La voz cae: cae sobre el césped encendido, bajo el polen profuso.

—Pero creo que soy un hombre. Un hombre fuerte.

Bajo el polen fecundo: la voz cae.

***

En torno a la cabaña hay pequeñas estatuas de gnomos. Hay, también, dos mandíbulas de ballena, un sector de pasto impecable, un banco. Nora se sienta en ese banco y dice:

—Hablemos. ¿Qué me querés preguntar?

Ojos entrecerrados, la camisa blanca. Sobre su falda, un gato.

—No, no me grabes. Tomá notas.

Dice, apenas, esto:

—Él era un manco que hacía trucos y me sedujo. Es un hombre demandante, pero se arregla solo. Ni te acordás que no tiene una mano.

Ojos entrecerrados, camisa blanca, sobre su falda el gato: adormilado por la caricias lentas.

—¿Algo más?

Eso es todo.

***

Lavand conduce el Audi rumbo al centro. Para poner los cambios cruza el brazo por delante del cuerpo. El gesto es rápido, preciso.

—Soy muy blasfemo. Estoy todo el día “Me cago en la virgen, me cago en dios”. Ahora hace dos meses que no blasfemo. No sé cuánto me durará.

Durante la espera en un semáforo saca un papel del bolsillo: su lista de tareas: fotocopias, un quiosco, farmacia. La lista no toma mucho tiempo: media hora por el centro y una blasfemia –breve– a la hora de sacar el auto del estacionamiento porque ha quedado difícil: encajonado.

—¿Vio? Ya soné. La verdad es que yo soy un cascarrabias.

Hace una pausa, dobla, dobla otra vez. A 20 metros, la entrada a su cabaña. Entra por el camino estrecho, estaciona debajo del tinglado de enredaderas.

—Soy un hombre de reacciones, un paranoide. Soy un hombre que ha tenido un accidente duro, que ha tenido una castración a los 9 años y reacciona en consecuencia.

Inclinado sobre el volante, Lavand mira todo eso: los árboles, los setos, los caminos. Todo eso: las flores, las plantas, los senderos: lo que podría no haber tenido nunca.

—Colecciono sombreros, también.

—¿Como consecuencia de la paranoia?

—No. Para cambiar de tema, porque el tema del accidente me agota.

La risa llena el auto como una cosa diáfana.

Después, el último almuerzo de todos estos días.