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Publicado: 8 abril 2017 en Uncategorized
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He alimentado este blog durante ocho años, seis meses y 24 días. Son más de 660 crónicas, más de 270 autores.

—I’m pretty tired. I think I’ll go home now.

maxresdefault

Gracias.

Roberto Valencia

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Lo conocí una tarde de noviembre de 1985 y me cayó como una patada en el estómago. Él estaba en su escritorio del periódico El Universal, en la vieja sede de la Calle San Juan de Dios.

A mis dulces 22 años, no entendía cómo había gente que podía escribir en medio de aquella atmósfera tan estridente. Un redactor se levantaba de vez en cuando de su silla, para bailar porros con una pareja imaginaria. Su escritorio era un caos de papeles, montañas de libros y hasta ropa. Dos periodistas discutían sobre el Happy Lora. Otro, sobre política. Una redactora de cabello tinturado como por su enemiga, soltaba una perorata insufrible sobre las reinas del Concurso Nacional de Belleza. Al fondo se escuchaba el tableteo lluvioso de las viejas máquinas Remington.

Álvaro Anaya, el jefe de redacción, fue quien me lo presentó. El tipo ni siquiera levantó la cabeza, no me concedió la menor importancia. Sin dejar de mirar su cuartilla, extendió la mano derecha con desgano. Pero no dijo ni mu. Álvaro le informó que me había llevado hasta donde él porque yo quería conocerlo. Y se refirió a mí como el nuevo redactor, “un muchacho barranquillero”. Entonces, por fin, el hombre habló.

Erda, loco -dijo, remedando burlonamente el acento barranquillero-: ¡espero que tú seas por lo menos de los que usan medias!

Aún recuerdo que me quedé paralizado por el asombro. Pero si acaso pensaba que aquel había sido su dardo más inamistoso, estaba muy equivocado. A continuación, el tipo se dio la vuelta en su silla y me soltó otra descarga, esta vez mirándome de manera desafiante.

¿El gentilicio de ustedes es barranquilleros o barranquillosos?

***

Más allá de su desdén, hubo otros detalles que me llamaron la atención en aquel primer encuentro: por ejemplo, el hecho de que él se mantuviera al margen de las distintas tertulias de los redactores. No leía en voz alta cada párrafo que iba escribiendo, ni preguntaba a los gritos si Venancio se escribe con “c” o con “s”, ni gastaba saliva criticando la manera de vestir de la esposa del gobernador. Lo suyo era pegar una palabra detrás de la otra con una disciplina silenciosa. Se notaba a leguas que el oficio era para él un asunto muy serio. Escribía sentado a horcajadas, con las piernas a ambos lados de la silla, como si estuviera domando un potro muy brioso.

Ahí, en ese primer encuentro, estaba pintado Jorge García Usta: su sentido del trabajo, su ironía corrosiva, su manera de enconcharse para que no lo alcanzara cualquier persona sino solamente aquellas que a él le interesaran. Jamás se entregaba en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera ocasión. Eso lo inhabilitaba para el protocolo, pero lo predisponía para la amistad. Como no estaba en el plan de hacerse el simpático con todo el mundo, resultaba difícil llegar a él. Era especialmente arisco frente a los seres extraños, sobre todo si se le acercaban con maneras empalagosas. Pero una vez entraba en confianza, una vez comprobaba que el intruso, después de todo, no representaba ningún peligro, se quitaba la máscara de la antipatía y abría todas las puertas y ventanas. Entonces era el mejor amigo, el mejor hermano. Lo arropaba a uno con afecto, se transformaba en un viejo precoz dispuesto a salvar nuestras almas mundanas con sus consejos. Era paternal, incluso, con la gente de su misma edad. A pesar de llevarme apenas tres años, parecía haberse leído todos los libros de este mundo que valían la pena. Como además tenía vocación de pedagogo, cogía mis textos y los descuartizaba con un bolígrafo azul mordisqueado en la punta, y mientras hacía eso iba expresando en voz alta algunas reflexiones formidables sobre el uso del lenguaje. Me enseñó que la búsqueda de la palabra precisa no es un lujo exótico, como creen algunos reporteros cuadriculados o incultos, sino un deber. Y que el buen periodismo puede ser también una fuente de belleza estética.

***

La obra periodística de Jorge García Usta tiene, a mi modo de ver, tres vertientes principales, 1) El periodismo narrativo, 2) el periodismo investigativo y de denuncia, y 3) su trabajo como editor de revistas importantes, el cual le permitió, por un lado, ocuparse de su cultura y de su entorno, y, por el otro, formar un grupo de talentos jóvenes que hoy brillan con luz propia en Cartagena.

García Usta fue un exponente formidable del periodismo narrativo. Aparte de su habilidad literaria, tenía una gran formación teórica porque conocía a fondo el trabajo de los principales cultores del género en el mundo. Era dueño de una prosa cargada de imágenes sugerentes, dotada de ritmo, sensual, bella. Maniático del rigor, aconsejaba desconfiar de la inspiración. “Si ves que te sale muy fácil – sentenciaba – abre el ojo, porque algo debe estar fallando”. De modo que se autoflagelaba. Dudaba, rompía la cuartilla, empezaba de nuevo. Era, para decirlo con una idea de Sábato, un escritor auténtico, o sea, alguien a quien no solo conocemos por lo que escribe, sino también por lo que borra.

Siempre me impresionó su destreza en el difícil oficio de contar historias a través de escenas. Recreaba las atmósferas con vigor, captaba la psiquis de los personajes y tenía un olfato de tiburón para capturar la frase sentenciosa, inolvidable. Solo los maestros como él son capaces de encontrar el nervio principal de la historia en una simple escena. En sus manos este recurso no era un mero ornamento, sino una manera eficaz de revelar el carácter de sus personajes, y de acercar al lector a los hechos como si éstos ocurrieran frente a sus ojos. En su perfil Clímaco Sarmiento, la muerte del primer guerrero, García Usta apela a una curiosa escena inicial, con lo cual logra aproximarnos, de entrada, a la cálida intimidad del personaje. Y seducirnos de una vez por todas.

Clímaco Sarmiento entrecerró sus breves ojos de indio sabido, se levantó del sillón y se dirigió hacia la parte trasera de la casa, luego de advertirle al periodista:

—Si vamos a hacer la foto, que sea en el patio.

 Con sus resignados ojos zarcos, su última y definitiva mujer, Cristina Vega, lo vio atravesar el comedor con los lentos andares de su vejez, oyéndole decir:

Mire, aquí hay de todo. Es un patio bueno. Como en los pueblos. Donde uno ha estado haciéndose y se ha vuelto hombre.

Diez años atrás, Sarmiento, el autor de canciones populares inmortales como “Pie Pelúo” y “La vaca vieja”, era un hombre ágil, una especie de vaquero de pie ligero que igual tocaba en un gril selecto o se metía en los montes remotos a entusiasmar a los campesinos con los dones de su clarinete. Ahora, lenta, muy lentamente, miraba los peladeros del desolado patio de su casa en el barrio San Fernando, al suroriente de Cartagena. Al fin, avistó unas matas de plátano cuyas hojas estaban rayando por el acoso del verano y parecían refiladas por el cuchillo de un desocupado. “Es el tiempo”, explicó, misterioso, Clímaco, y en seguida las enmanojó para apartarlas de un manotazo amoroso, como quien agarra pelos de yegua.

Entonces -siempre mirándolo todo- se situó delante de las matas y miró hacia la cámara de fotografía con la resignación de un fusilado: los ojos extrañamente sosegados, las piernas tensas, el pecho combado por la respiración típica del asmático en receso.

En ese instante hizo rodar la mano derecha por la barriga, obedeciendo a un viejo hábito de charlador de río y halló en el camino dos ojales sin botones.

El encanto se deshizo.

—Aguante! -gritó. Aguante! gritó otra vez. – Jefe, tengo la barriga asomada.
—Pero eso no importa, maestro -sonó la voz del periodista. Parecía divertido.

Sarmiento entrecerró otra vez sus ojos.

—No, nada de eso. Después dicen que Clímaco Sarmiento no tiene botones.

Se reacomodó en su pose de fusilado, improvisó un poco de desacostumbrada solemnidad, y después se oyó varias veces el click de la cámara. Volvió a arrugar la cara y se desabotonó la camisa sobre el pecho.

—Vamos pa’ dentro – dijo, y el periodista lo siguió, viendo cómo Sarmiento batía sus anchos pantalones de montar caballo o desgracia.
Maestro, y usted por qué se puso delante del plátano?

Sarmiento puso la mano derecha en el borde de la puerta, los pómulos se le ajustaron de repente en el asomo de la gracia, y se volvió suavemente, sonriendo.

—Ahí dio usted donde era – dijo porque el plátano es como uno, dulce y durón, y además gustador. ¿No cree usted?

Hoy muchos pueden hacer eso, según se ve en varias de las revistas consagradas a defender el periodismo narrativo. Pero hace 20 años los referentes eran más bien escasos, especialmente en la Cartagena de nosotros, carente de buenas librerías. Lo que predominaba era el estilo ortodoxo, el del “dijo”, “señaló”, “anotó” y “puntualizó”. Por eso, sin duda, su aporte en este sentido es más meritorio.

A menudo, García Usta empleaba las escenas en un contexto anecdótico. Tenía un ojo de lince para reconocer la situación divertida, graciosa, capaz de revelar el sentido cómico de la vida. Lo mejor es que iba más allá del simple chiste: usaba este recurso para mostrar las motivaciones más profundas de sus protagonistas y para contextualizar los ambientes que hacían posibles sus reacciones. Eso se aprecia en el siguiente pasaje del perfil Landeros, el rey de la cumbia.

En San Jacinto no tardó en regarse, como fuga de hija de rico, la fama de Landeros como virtuoso del acordeón, y en caer el rumor en los periódicos verbales de cantinas y billares, pero Landeros sabía que era una fama apresurada, inquietante. Sabía que le faltaba mucho, que no tardarían en probarlo – como era costumbre en la tradición musical del pueblo – y temía una decepción prematura.

La primera oportunidad para examinar, en público, su destreza inicial llegó cuando Vicente Fernández, un comerciante del mercado público, alegrón y echado para adelante, lo repechó en una esquina de la plaza y lo convidó al mercado.

—Los matarifes te esperan – le dijo, aparentemente sin otra intención. Pero Landeros sabía que la mansa invitación encubría un desafío.

Fernández agregó:

—Sabemos que eres un diablo con ese aparato.

Landeros se sintió sin aire, pero el otro hombre aparentó no advertir la incomodidad de su alma.

—¿Qué es la vaina? Sabes o no sabes?
No es para tanto, Vicentino – respondió Landeros. Yo medio sé.
¿Qué tanto sabes?

Landeros creyó encontrar una salida fácil.

—Bueno, así como para alegrar borrachos.

El rostro de Fernández se iluminó.

—Ay, mi madre, Andresito, si eso es lo que necesitamos.

Los matarifes, algo ebrios, lo repararon al llegar, ceñudos, expectantes. Habían acabado las artes de la matanza y en el piso había sanguaza fresca, restos de tripas. Era un debut inesperado. (Uno de ellos, recuerda Landeros, dijo: “ándala, si el muchacho es hasta serio”).

Con los nervios enlazados en una sonrisa helada, Landeros se abrió paso para posesionarse del espacio donde tocaría. Abrió el cuerpo del acordeón, se encomendó a sus gracias y tocó las seis canciones que se sabía, variando el orden de repetición. Una hora después, los matarifes entusiasmados le jondeaban elogios celestes y lo incorporaban a la rueda de la bebezón.

En tres horas de música, Landeros se ganó 12 pesos, una suma de dinero que apenas podía ganarse en cinco días de duro trabajo de monte. Rosalba Landeros notó su orgullo guapachoso cuando volvió a su casa y le preguntó qué le pasaba. “Me voy pa’ la música, mamá”, dijo Landeros, y en seguida se dirigió a su hermano: “ahí te dejo las maticas de tabaco”.

Él nos enseñó que recrear una escena no es perder el tiempo sino ganarlo. Que la escena añade belleza pero también credibilidad, porque convierte al periodismo en una representación de la vida. Aquí ya no se trata solamente de dar la información básica, sino también los elementos esenciales del entorno. Eso, finalmente, es contar la realidad más allá de las cifras. Varias de las escenas escritas por Jorge, especialmente en el libro Diez juglares en su patio, son memorables. Y muy útiles, porque nos permiten ver a los personajes en su verdadera dimensión humana, medir su dolor y su gracia. Cuando Toño Fernández les echa maíz a las gallinas mientras evoca sus pesares, o cuando Clímaco Sarmiento, solo y resentido, mira con recelo a los chicos que juegan fútbol frente a su casa, uno entiende por fin lo que quiso decir Flaubert cuando advirtió que “en los detalles está la verdad”.

El tramo final del reportaje Toño Fernández, un hombre que era más que todo el mundo, aparte de ser uno de los mejores momentos del periodismo narrativo colombiano, contiene una carga emotiva que sobrecoge al lector. Uno se enfrenta a ese pasaje con una mezcla de júbilo – por la belleza del texto – y tristeza por la inmensa soledad de las criaturas que intervienen en la acción -. Durante muchos años, nuestro medio cultural magnificó la gira de Los Gaiteros de San Jacinto por Europa y Asia. García Usta desmitifica esa aventura con el recurso simple pero efectivo de hurgar en las penurias domésticas de uno de sus protagonistas. Y cómo lo hace? Con una escena inolvidable:

En vísperas del almuerzo, Fernández, descamisado y obstinado, indaga por la comida con varios ruidos estripados, hasta que lo tranquiliza su mujer, que es la única que reconoce todos esos sonidos descalabrados en que ha concluido su voz de mando. En vez de hablar, Fernández se acompaña de gesticulaciones muy veloces, de unos ojos que siguen irradiando un fulgor autoritario y un abundante recelo. Su mujer, Encarnación, oye sus relatos sin levantar la vista de la máquina donde cose vestidos. Durante días lo oyó hablar sin interrumpirlo.

Solo una vez lo hizo.

Nos quedamos los tres en la casa, pues había comenzado a caer una tempestad arrasadora que quería destrozar los canales de desagüe. El patio estaba iluminado por los relámpagos, pero Fernández, impasible, seguía comiendo su almuerzo con una cuchara, y las migas de comida las hacía bolitas antes de tirárselas a los animales: el perro y las gallinas, los patos y los cerdos.

—Pruchi, je, hay para todos – les dijo.

Luego mencionó algo confuso sobre la lluvia y el hombre, y dijo que en Europa no llueve como aquí. Su mujer, Encarnación, dijo de repente:

—Todo el mundo habla de Europa, de los que se fueron a Europa, pero no de las que nos quedamos aquí.

Contó en seguida cómo, durante la famosa travesía a Europa, sus pequeños hijos salían a vender bollos por las calles para ganarse la vida y mantener la honra de la casa, en medio de la espera angustiosa que duró años; cómo no recibían una sola línea de carta en un pueblo que tampoco preguntaba por ellos y comenzaba a considerarlas viudas; recordó que algunos amigos iban a darles noticias de ilusión sobre las aventuras de su marido y sus amigos en países remotos, con nieve y trenes, donde eran aplaudidos y famosos. Y recordó el día que Toño apareció por la casa, sin rastros de aquel triunfo tan lejano, y más que un hombre triunfante le pareció un machetero más que volvía a su casa, cansado, al atardecer. Pero era el final de aquellos que a las mujeres de los gaiteros les pareció un bullanguero pero peligroso disparate.

Encarnación asumió esa soledad sin hombre como otra imposición del destino y su amor siguió igual, abastecido por las costumbres de la lealtad. A lo que más de atrevió fue a desanimar a sus hijos de la música y a desdecir, en voz alta, de los gaiteros borrachos.

Oyéndola hablar ese día, Fernández se quedó callado en la silla. Dejó de hacer bolitas de comidas y los animales se dispersaron. De repente, soltó un pujido y comenzó a llorar, y los animales alborotados regresaron a sus pies para pedir más comida. Su mujer se puso en pie y fue hacia él.

—Ya, mijo, ya eso pasó, ya – dijo ella, mientras le sobaba la cabeza.

García Usta tenía un gran tino para elegir aquellas escenas que le permitieran explorar la vida de sus seres en un contexto individual que, al mismo tiempo, fuera global. La soledad tremenda de Toño Fernández es la soledad de todos los gaiteros: la de Juan Lara, por ejemplo, obligado por la pobreza a cambiar su propia casa por víveres, con el tendero de su barrio. O la de José Lara, que en su vejez vagaba sin rumbo fijo por las calles de Cartagena, bajo los soles más inclementes. Más de una vez le oí decir a Jorge que la poesía- necesaria para dignificar el periodismo – va más allá del lenguaje: es saber buscar lo grandioso de lo simple, lo sublime de lo cotidiano. Él hablaba – recuerdo – de una “poesía situacional”, que es aquella que subyace en las acciones más elementales de los hombres. Uno lee su obra y entonces comprende de qué manera aplicaba él este concepto. Por ejemplo, en el remate del perfil que sobre Abel Antonio Villa, escribió en la revista Solar:

Abel Antonio va a empezar la parranda, pero se detiene y alza la vista. Con la botella de whisky en la mano, se recompone en la silla. Cada vez que va a iniciar una parranda, hace una especie de juramento y evocación de los músicos vivos y muertos que respeta y quiere, de todos esos hombres con los que ha compartido una alegría, una tristeza, un destino.

 Va dejando caer un chorrito de whisky sobre el piso, después de cada nombre:

 —Por Luis Enrique dice, y deja caer un chorrito.
Por Alejo dice, y deja caer otro.
Por Juancho Polo, por Pacho Rada, por Lorenzo Morales…

Concluye la ceremonia y mira a los bebedores impacientes que lo miran también a él, esperando la orden de partida.

—Ya podemos empezar dice Abel Antonio -. Ahora sí estamos todos reunidos.

Gracias a su pericia en la concatenación de las escenas y a su habilidad para explorar el paisaje interior de sus personajes, García Usta nos dejó un periodismo narrativo universal y atemporal, dos virtudes poco frecuentes.

Tite Curet Alonso, ese gran compositor puertorriqueño, utilizó la imagen de un “periódico de ayer” para cantarle a una mujer que ya no estaba vigente en su corazón. Jorge Luis Borges coincidió con él cuando advirtió que en el mundo no hay nada más nuevo que el periódico de hoy, ni nada más viejo que ese mismo periódico al día siguiente. Pues, bien: el periodismo de Jorge García Usta no es un periódico de ayer, porque no fue escrito para el olvido sino para el recuerdo. Es memoria viva de la cultura a la cual se sentía ligado, testimonio de la época que le tocó en suerte.

Jorge García Usta tenía un feroz sentido de pertenencia a sus raíces. Así, el periodismo narrativo le sirvió también para exaltar la cultura popular, excluida durante largos años de la agenda informativa de nuestros medios. Lo mismo podía narrar la historia de un pescador de Ararca que la de un locutor de boxeo, la de un agricultor cordobés que la de una matrona sincelejana. Muchos de los excelentes periodistas que coincidieron con él en la época de El Universal como Gustavo Tatis, Alberto Martínez y Elsa Mogollón, entre otros – aún recuerdan su legado, muy útil a la hora de valorar nuestro patrimonio cultural.

***

El llamado periodismo investigativo y de denuncia fue otra de sus obsesiones. Esa inclinación se debía, en parte, a su carácter de hombre necio al que le gustaba ir más allá de lo evidente. Como además era desconfiado por naturaleza, siempre hundía el dedo en la torta para asegurarse de que no tuviera por dentro ninguna tachuela peligrosa.

Me consta que Jorge era, en esencia, un tipo porfiado, discutidor. Con la misma exaltación con que defendía a un periodista olvidado como Clemente Manuel Zabala, podía criticar después a un compositor consagrado como Rafael Escalona. En cualquier caso, se cuidaba de buscar los argumentos necesarios para sustentar sus puntos de vista. He aquí, a propósito, una muestra de la andanada que soltó contra Escalona:

Cuando en 1982, en medio de los esplendores de la entrega del Premio Nobel, el compositor, Rafael Escalona dijo que él le había dado de comer al entonces famoso novelista García Márquez cuando éste era pobre, la imagen de Escalona como compositor pueblerino, sabroso y campechano, y su imagen de costeño leal, comenzaron a erosionarse. Ya estaba, por entonces, erosionada en ciertos ambientes de compositores y en sectores de Valledupar, donde la imagen del Escalona compositor y del Escalona hombre, eran percibidas como dos caras de una misma moneda: la del poder social y la egolatría desenfrenada, que producidos por los orígenes humanos y los cambios sociales, se trasladan a la utilización de la música.

En el código costeño de la amistad, un hombre que es capaz de recordarle en público o en privado a otro hombre, sea o no su amigo, que le dio un plato de comida, produce la peor impresión y recibe los peores calificativos. Algunos campesinos dicen que para decir cosas así “se necesita tener el alma contrahecha”.

Era, qué duda cabe, parte de su naturaleza. Por un lado, le gustaba investigar, irse hasta el fondo. Y por el otro, señalar lo turbio. No solo cuando opinaba sino también cuando narraba, le daba rienda suelta a ese ser aguafiestas que lo habitaba.

A mí, francamente, se me antojaban excesivas algunas de sus polémicas, como esa que planteó para documentar la tesis de que García Márquez aprendió a escribir en Cartagena y no en Barranquilla. Me temo que García Márquez aprendió a escribir en ambos lugares pero, en el fondo, no aprendió del todo en ninguno de los dos. Me temo que, a la hora de la verdad, agarró de cada ciudad lo que le servía para su maleta de trotamundos, y luego siguió su viaje por otros sitios, tomando en cada caso lo que creía necesario para llegar al destino final. A mí me parece que Jorge se exasperó demasiado con este asunto y que magnificó la influencia de Rojas Herazo en la obra de García Márquez. Sin embargo, es evidente que investigó de manera seria, y es evidente que dijo algunas verdades que con el tiempo van a crecer aún más.

Esa tendencia a la polémica está presente en la obra periodística de Jorge, no solo en las columnas de opinión que publicaba en El Periódico de Cartagena con el título de La raya en el agua, sino también en sus reportajes. Con frecuencia, salpicaba sus narraciones con apuntes editorializantes. En el ya citado relato sobre Clímaco Sarmiento hay ciertos dardos contra el compositor Rafael Escalona – en aquel entonces directivo de Sayco – por haberle incumplido a Sarmiento la promesa de una pensión vitalicia. Y aquí hay otro ejemplo de sus sátiras, tomado de una crónica que publicó en la revista Solar sobre el comentarista deportivo Melanio Porto Ariza:

A sus 74 años, Melanio Porto Ariza parece no esperar nada de Cartagena, esa ciudad que tuvo murallas hechas por negros y después se asustó con la crónica deportiva hecha por los mestizos.

Ahora bien: con polémicas o sin ellas, lo cierto es que Jorge García Usta era un investigador nato. Jamás se conformaba con la voz única del personaje principal, jamás hacía periodismo con una sola fuente, así se tratara del mismísimo Jesucristo. Escarbaba montones de periódicos, se sumergía durante horas en las bibliotecas, oía muchas voces, gastaba sin remordimiento la suela de sus zapatos. Sabía, sin duda, que el buen periodismo es aquel que se construye con base en muchas miradas diversas, con base en una exploración plural. Los archivos históricos, por cierto, eran una de sus grandes pasiones. Allí encontraba los elementos necesarios para contextualizar los hechos que contaba, para abarcarlos en una perspectiva mucho más amplia. Y, por supuesto, para continuar la polémica. A menudo, estas fuentes bibliográficas le servían como punto de partida para armar formidables crónicas sobre sucesos viejos. Una vez, por ejemplo, elaboró un relato divertido sobre el tiempo en que García Márquez – pobre e indocumentado – escribía discursos para coronar reinas populares. En otra ocasión evocó la visita que la diva argentina Isabel Sarli hizo a Cartagena durante el Festival de Cine de 1968, cuando “sus admiradores quedaron perplejos por el tamaño y el ímpetu de su escote” y la sometieron a un acoso que “le produjo varios morados en las piernas”.

Volviendo al punto de partida, el del periodismo investigativo y de denuncia, debo decir que Jorge García Usta con su madre, Nevija Usta, persona clave en su formación y en su obra ejercía el oficio con una notable conciencia social. Ya sé que esa frase, en estos tiempos, puede sonar como una antigualla sospechosa. Pero puedo dar fe de que su actitud era genuina. A veces, a la hora del almuerzo, su casa de la calle Don Sancho se convertía en una Torre de Babel: uno llegaba sin que nadie lo invitara, y allí se encontraba con edil de la Boquilla, un bibliotecario de La Puntilla, un poeta enorme como Rómulo Bustos, un economista como Alberto Abello o un decimero de abarcas rotas. La Cartagena de entonces era todavía feudal: yo escuché a algunos dirigentes diciendo que la ciudad se deterioró en el momento en que los españoles se fueron. Tenían nostalgia del látigo, querían seguir construyendo murallas de piedra y castillos coloniales. Un día despertaron del sueño y descubrieron que lo que ellos llamaban coloquialmente “Corralito de piedra” se les había convertido en un caos de mototaxis, contaminación, corrupción y congestión vial. Jorge anticipó muchos de esos problemas, lo cual le costó el puesto en El Universal, porque aquella ciudad era absolutamente excluyente e intolerante con la crítica. Envilecida por el turismo, por la necesidad de atraer gente a cualquier precio, vivía una mentira terrible que después terminaría creyéndose. Recuerdo que a veces las calles de Manga amanecían alfombradas de peces muertos, por la contaminación de la Bahía de Cartagena, y pese a una evidencia monstruosa como ésa, en el periódico local no salía nada. O a veces salía, pero minimizado en las páginas interiores, como tratando de que la noticia fuera invisible. Yo mismo fui víctima de semejante mentalidad castradora una vez que publiqué una crónica sobre un niño de Mariangola, Cesar, al que por equivocación le transfundieron sangre contaminada de SIDA en la Clínica Napoleón Franco Pareja. Un “notable” de la ciudad pidió mi cabeza. Y el político Joaquín Franco Burgos escribió en la página editorial del periódico un comentario en el cual se mostraba extrañado de que se le hiciera tanta bulla a la calamidad de un niño que ni siquiera era cartagenero. Y hasta se preguntaba si acaso la gente del Cesar compraba la lotería de Bolívar.

Hoy, por fortuna, han surgido nuevos canales de información, como las revistas Aguaita yNoventaynueve, y ya la otra ciudad puede, por lo menos, expresarse, pues no existe ese unanimismo que nos tocó a nosotros. Creo, sinceramente, que esa conquista se le debe en gran parte a Jorge, ya que él siempre luchó contra la corriente. Ejerció un tipo de periodismo con conciencia política y social, fundó medios alternativos, levantó la voz sin miedo.

Yo, que siempre he sido más apático en estos temas, a veces no compartía sus furores. Para molestarlo, le decía que a mí me gustaba que el pez grande devorara al chico, que el lobo se comiera a Caperucita Roja, que a la lechera se le cayera el cántaro y que al final, para festejar tanto desastre, nos comiéramos en un sancocho a la gallina de los huevos de oro. Le decía que este mundo estaba jodido desde antes de que nosotros naciéramos, y nada podríamos hacer para enderezarlo. El me miraba con sorna, callaba. Una noche vio, nítida, la oportunidad de desquitarse, y la aprovechó con la misma sevicia que empleó el día que nos conocimos. Estábamos en el Muelle de los Pegasos dándonos un banquete, cuando de pronto llegó un indigente, me raponeó el jugo de níspero y se fue corriendo. Quise perseguirlo, pero la voz de Jorge me detuvo en seco.

—Aja, maestro -exclamó, mirándome con malicia -: a usted le gusta que el lobo se coma a Caperucita, pero se pone bravo si un gamín le roba su jugo. ¿Cómo es esa vaina?

Después me dio una palmada conmiserativa en el hombro y me dijo que para evitar que nos arrebaten la comida, deberíamos averiguar de vez en cuando por qué hay tantos indigentes y cuáles son los problemas que ellos tienen. “Ese es el verdadero reto del periodismo”, remató, esta vez con el rostro grave.

También en el periodismo de denuncia Jorge nos dejó lecciones valiosas. Para empezar, de equilibrio, de sensatez. Tenía prejuicios, como la mayor parte de los seres humanos, pero sabía mantenerlos a raya cuando investigaba una situación turbia. Buscaba muchas voces, confrontaba puntos de vista, les daba a los personajes cuestionados – así fueran los bribones más repugnantes – la oportunidad de defenderse.

Cualquiera que busque sus investigaciones sobre la contaminación de la Bahía de Cartagena o sobre la deforestación de la Popa, comprobará la pulcritud con la cual contrastaba sus fuentes.

García Usta siempre ejerció el periodismo con dignidad. Y esa dignidad le impedía arrodillarse, mendigar, prestarse para que lo manosearan. A él lo sacaba de quicio el argumento de que los malos sueldos justifican untarse las manos con la podredumbre de un soborno. Como era furiosamente independiente, prefería enredarse en varios trabajos simultáneos y sudar mucho para ganarse el pan de manera decente, como le enseñaron sus mayores. Sin embargo, no alardeaba de ese don, que a mí me parece aleccionador.

Pese a ser sicorígido, como yo, usaba con frecuencia el recurso de la burla, en especial si era contra el prójimo. Sabía reírse de sí mismo, pero eso sí: por

nada del mundo permitía que los demás se rieran de él. Eso, de alguna manera, impedía que su sentido del humor fuera intachable. Sin embargo, sus apuntes eran tan explosivos como geniales. Tuve el privilegio de ser testigo de varios de ellos. Y ahora, para cerrar mi breve aproximación a su obra y a su personalidad, he elegido uno en el que aparece como quisiera recordarlo siempre. Por los días en que salió al mercado la primera edición de Diez juglares en su patio, que escribimos juntos, yo solía enfurecerme cuando veía en los medios reseñas triviales, de esas que apenas informan cuántas páginas tiene el libro, cuánto vale y dónde se consigue, pero no arriesgan un juicio crítico sobre su concepción. Jorge, que ya estaba curtido en el tema, porque había publicado varios libros, me miraba con sorna, como siempre, y callaba. Un domingo, recuerdo, un diario de publicación nacional publicó una foto enorme de la portada de Diez juglares en su patio, encima de unos breves piropos que a todas luces parecían gratuitos, pues era evidente que el autor no sabía por dónde le entraba el agua al coco. Ese día, viendo mi enojo, Jorge no se quedó callado como las veces anteriores, sino que soltó un gracejo sublime:

—Carajo, blanco – me dijo -: usted sí es el hombrecito inconforme! Resulta que el tipo nos elogia, y usted quiere que además se lea el libro!

Lapidados por la TV

Publicado: 11 marzo 2016 en César Bianchi
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Ana le puso Paspol, porque la beba tenía la colita paspada.

Eran los últimos gramos de un tubo ya estrujado. En la casa de los Velázquez nada se desaprovecha. Después de untarle la pomada, tiró el tubo vacío y se acostaron. Ella, su marido Washington y la pequeña Caterine de diez meses en la cama grande, Natalia de 8 años y María Victoria de 6 compartían -y lo siguen haciendo- la cama de una sola plaza.

Se acostaron y durmieron. Todos apretujados para darse calor. Faltaban cinco días para el invierno. Apenas despertó, Washington se puso la indumentaria verde oliva y se fue al trabajo. Es empleado del ejército: hace cuchillos y sables decorativos como los que manipulaban los Blandengues de Artigas, el prócer, el Padre de la Patria.

Ana siguió durmiendo un poco más: ese día, 16 de junio de 2009, no tenía que ir a limpiar ninguna casa ajena. Cuando se despertó, sobre las 10, notó que a Caterine le costaba respirar y tenía la cara morada. Lo llamó a Washington pero él no atendió el celular, corrió hasta lo de una vecina y desde ahí llamó a la emergencia médica de Salud Pública y no la atendieron. Entonces probó con el número de emergencias 911 y tampoco. Finalmente tuvo suerte en la comisaría del barrio, la 17. Un patrullero salió hacia el ranchito del barrio Nueva Quinta, un vecindario que no figura en el mapa de Montevideo.

A las 10.30 de la mañana el móvil policial que ofició de ambulancia los llevó a la policlínica del barrio Capitán Tula y una hora después, las cámaras de la televisión mostraban cómo un patrullero se llevaba a Ana Freire, de 30 años, y a Washington Velázquez, de 40, esposados rumbo a la comisaría, sospechados de violar y asesinar a su propio hija.

***

Los movileros de los canales de televisión abierta se enteraron del caso por escuchar clandestinamente la radio policial desde redacciones o pisos de estudio. Y allá fueron, a esperar a los presuntos violadores a la salida de la policlínica. Los acusados salieron con la cabeza gacha, se metieron en un patrullero con los vidrios bajos en pleno invierno y fueron entrevistados para todos los informativos capitalinos. Los policías escoltas miraron para otro lado.

El movilero Santiago Bernaola le preguntó a Washington:

—¿Violaste a tu hija?

Otro de los periodistas presentes era Jean George Almendras, cronista policial de larga experiencia, muy recordado en Uruguay porque una vez, al perseguir un delincuente que huía le gritó a su camarógrafo: “¡No te cagués González!”. Almendras se acercó a Washington:

—¿Tiene pruebas de que es inocente?
—Soy inocente –contestó Washington.

Almendras insistió con una pregunta extraña.

—¿Inocente por qué?

Como si en Uruguay el derecho y la Constitución no hubieran dejado claro negro sobre blanco que lo que se debe probar es la culpabilidad de una persona en un hecho delictivo. Esa noche, todo el país vio a Washington y Ana yéndose en patrullero.

Esa mañana, cuando Ana llegó con Caterine a la policlínica de Capitán Tula, Marisol Souza Garate, pediatra de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE), dijo que la niña ya era un “fenómeno cadavérico”. La médica igual revisó el cadáver y encontró un líquido espeso entre las nalgas. No le preguntó a la madre de qué se trataba, en ese mismo instante concluyó que era semen. Y terminó de convencerse de que Caterine había sido violada por sus padres al comprobar dilatación anal.

Para ese entonces, el camión basurero ya se había llevado de la vereda de la casa de los Velázquez el frasquito que tenía Paspol, la pomada que Washington conseguía gratis en el Hospital Militar y así se ahorraba los 80 pesos (4 dólares) que costaba en una farmacia.

Para Nicolás Pereyra, abogado de la familia Velázquez, es “inexcusable” el error de la médica.

—Como mujer que tuvo hijos, no puede confundir semen con una pomada para la paspadura de la cola. Y además, en los cadáveres es muy común la dilatación anal. Es común en los fenómenos cadavéricos -dijo en su despacho del centro de Montevideo. Sentado a su lado, Washington Velázquez asentía con la cabeza.

El abogado de la familia enjuició al Estado: a ASSE como responsable del error médico en el diagnóstico y al Ministerio del Interior. Pidió 750.000 dólares para resarcir el daño moral de una forma no simbólica, sino a la altura de la doctrina y la jurisprudencia. La Justicia falló a favor de los Velázquez y contra el Estado pero dijo que 11.000 dólares eran suficientes para emparchar el dolor ocasionado. El caso está a estudio del Tribunal de Apelaciones de segundo turno.

La tele dijo muchas cosas ese día: Nazario Sampayo de canal 12 dijo que la niña “fue violada y como consecuencia de ello, llegó al centro de salud muerta”.

***

En el barrio Nueva Quinta suenan Señora de las cuatro décadas, de Arjona, y Fuiste, de Gilda. Un vecino de los Velázquez que martilla un clavo contra una madera ve a Washington y le dice que pase cuando pueda, que tiene que pedirle algo. Washington, bigotito fino y tabaco La Paz armado entre los labios, dice que después se da una vuelta. Ese hombre que martilla es de los pocos que todavía le dirige la palabra.

La casa no tiene piso: apenas contrapiso, dos sillas y un mini sofá que ya no da más. Cada tanto pasan un gato auriblanco y otro negro azabache. De la pared pintada de celeste furioso cuelga una especie de alfombra con dos patos navegando un arroyo de aguas mansas. En el horno hay restos de una tarta de fiambre.

Natalia y María Victoria están de vacaciones y juegan en su pieza: la de los cuatro, sólo los divide una delgada separación de durlock. Ana Freire, la mamá, busca la cédula de identidad de Caterine, que está junto al papel de certificado de defunción.

—Su segundo nombre era Jazmín, como la flor.

Aquella mañana, recuerda, Washington se había ido a trabajar y la beba se despertó con problemas para respirar. Tras varias llamadas frustradas, la atendieron en la seccional de Policía 17 y en cinco minutos ahí estuvieron.

Llegaron a la policlínica de Piedras Blancas. Enseguida aparecieron cinco o seis médicos hasta que una pediatra se hizo cargo del estudio más profundo. Dos minutos después de haber llegado, un policía le dijo a Ana que Caterine había muerto. Y la pediatra le preguntó: “¿Usted sabe que esta nena está violada? ¿Sabe quién fue? ¿El padre, el tío?”

Ella dijo “la nena no está violada”, pero no pudo ni hacer preguntas, porque en ese instante los policías que la habían auxiliado, le colocaron las esposas y la metieron en un patrullero. Ahí llegó Washington a la policlínica. Lo esposaron y lo metieron en la parte de atrás de una camioneta policial. Lo abordaron varios cronistas, que se habían enterado por la radio interceptada.

—¿Usted sabe qué pasó con la nena?
—No. Si no me dice, yo no sé.
—La nena fue violada y usted es el sospechoso número uno -le notificó un policía.

Ana siente que la trataron como a “la peor madre del mundo”.

—Me preguntaron si tenía un… ¿cómo se dice?… cuando uno anda con otro…
—¿Amante?
—Eso, si tenía un amante que se metiera en mi casa.

Ella dijo que no, que a su casa sólo entraban su marido y su cuñado, tío de la nena. Para qué…

Walter, hermano de Washington, iba todas las mañanas a la casa de los Velázquez a buscar un bolso de herramientas para ir a trabajar en la zona como albañil. Ese 16 de junio, cuando Walter llegó a la vivienda de su hermano, lo esperaba un enjambre de periodistas. Y la policía. Le informaron que su sobrina había sido violada y luego asesinada, le preguntaron si tenía algo que ver con eso. Walter dudó, quedó shockeado. Lo esposaron y se lo llevaron detenido. En ese momento un reportero le preguntó si él era el violador. Walter contestó:

—Yo soy un laburante. Que se haga justicia, por mí que me hagan un ADN.

El parte policial -tan afecto a los gerundios- que fue presentado en el juzgado, dice en referencia a Walter Velázquez: “…mostrándose muy nervioso y titubeando en su respuesta en referencia al hecho, por lo que se procedió a su detención y conducción” a la comisaría.

Esa noche Ana Freire y Washington Velázquez la pasaron en un calabozo de la seccional 17 de Montevideo, en celdas separadas. Hacía mucho que no dormían en camas distintas.

Se habían conocido hacía diez años por medio de una amiga en común en el barrio La Gruta de Lourdes. Washington vio en Ana a una mujer tranquila, compañera, alguien con quien podía hablar de todo. Ana vio en Washington a un hombre emprendedor, laburante, con ganas de progresar. Salieron una vez, la pasaron bien, tomaron litros de mate, se enamoraron. Washington tenía un rancho cerca del Borro. Ana vivía un tiempo con una amiga, otro tiempo con otra. Él la invitó a vivir a su casa. Enseguida vinieron los hijos.

Esa noche en la comisaría ninguno durmió. No saben si fue porque los acusaban de haber violado y matado a su hija, porque la “cama” era una tarima de cemento frío sin almohadas, por no haber soportado el asedio de los comunicadores, o por no haber asumido la muerte de la pequeña.

O por todo eso junto.

Esa noche, Bernaola, de canal 10, dijo por televisión que Washington “aparentemente abusaba también de las otras dos hijas”.

En todos los canales de televisión hubo imágenes de la casa de los Velázquez en Nueva Quinta. Algunos camarógrafos le hicieron un primer plano a la cédula de identidad de Caterine. Canal 10 eligió el daño menor: no atosigar con preguntas al tío albañil y no mostrar el documento de identidad de la beba, apenas la fotografía: se la ve durmiendo plácidamente.

Tres años después del episodio de la detención equivocada de los padres de Caterine, el periodista Jean George Almendras dice que la culpa fue de la pediatra y de la Policía, pero que él no se arrepiente de nada. Habla como un corresponsal de guerra y dice que en el fragor de la lucha no hay tiempo para pensar un abordaje periodístico elaborado.

—No estábamos hablando del robo de una gallina, estábamos ante un delito contra la infancia que causó conmoción pública.

Almendras omite un detalle: sólo había una presunción de delito, no un delito comprobado.

—Cuando estamos en el campo de batalla tratamos de dar las posibilidades a nuestro alcance tomando en cuenta todas las partes. Todos los canales les preguntamos, después es responsabilidad de ellos contestar o no.

Almendras no tiene claro si sometió a un pobre diablo al escarnio público, porque –dice- no sabe muy bien qué es escarnio público.

—Si vas a hacer una investigación, no demonices nuestra profesión –exige.

Admite que dio por sentado que el padre era culpable del delito porque la pediatra era una “fuente calificada”. Él se la jugó y lo justifica:

—Yo antes de afirmarlo o preguntarle a los familiares “¿usted lo hizo?”, por la izquierda le pregunto a personas de confianza para que me den una pista, un elemento, para hacer esa pregunta. Si tengo elementos para tirarme a una piscina, me tiro, y si está sin agua, bárbaro. No somos jueces de la Justicia.

El periodista dice que se dejó llevar por lo que le informaron los médicos y policías que actuaron en el caso, pero insiste en que hizo bien su trabajo.

—No me equivoqué. Con el fallo judicial ya no puedo decir nada, me allano a lo que dice la Justicia.

Almendras se tiró a la pileta y se dio de bruces contra el fondo, se rompió la cara. Hoy, fuera de circuito, se dedica a investigar a los OVNIS y a tratar de determinar la existencia de vida extraterrestre.

***

Esa noche, en la comisaría, a Ana, Washington y Walter les hicieron interrogatorios por separado con el típico juego del policía bueno y el policía malo. Dice el abogado de la familia que a Ana le sugerían que su marido había violado la nena, a Washington le decían que había sido su hermano Walter y a Walter que el degenerado era el padre de la criatura.

—Yo le eché la culpa a él –dice Ana. Washington, cabizbajo, está sentado a un metro- Me llenaron la cabeza con que había sido él, y pensé que podía ser, sí.

Washington dice que entendió que su mujer pudiera pensar eso, porque estaba alterada por el hecho. Pero dice lo suyo:

—¿Cómo iba a ser yo? ¿Y las otras dos hijas estaban bien y nunca les había pasado nada? Yo cuando fui para el juzgado ella me dice “para mí que fuiste vos”, pero yo no me enojé con ella. Fue un momento de problemas y todo eso.

La mañana de las detenciones, un móvil policial fue a buscar a Victoria y Natalia, que habían quedado al cuidado de una amiga de la mamá. El abogado Pereyra dice que a las nenas las “periciaron”: las llevaron a un baño, le bajaron la ropa y las tocaron para comprobar que no habían sido violadas.

Ellas, las niñas, no se acuerdan de nada. O no quieren acordarse.

Ambas vestidas por mamá con un buzo rosado, son de hablar poco y sonreír mucho. Estaban jugando alXA en la ceibalita, una laptop del Plan Ceibal, un programa gubernamental que instrumentó el ex presidente Tabaré Vázquez con el fin de llegar a “una computadora por niño” en el período escolar.
A María Victoria, hoy con 8 años, le va bien en la escuela, dice que tiene “muybuenosote” en el carné de calificaciones. A Natalia, de 10, le va un poco mejor: en aplicación se sacó buenomuybueno y en conducta muybuenosote.

—¿Se acuerdan de su hermanita Caterine?

Piensan, sonríen. Miran el contrapiso.

—Yo me acuerdo de mi hermana, sí -dice Natalia.
—¿Qué se acuerdan de ella?
—Papá dice que se reía todo el tiempo…
—Sí, o lloraba…-agrega la mayor.
—¿La mimaban mucho?
—Sí.
—¿Y se acuerdan qué pasó con la bebé?
—Ah, no me acuerdo- insiste Natalia.
—¿Preferís no acordarte o de veras no te acordás?
—No me acuerdo…Ah sí, nosotras todavía no habíamos salido para la escuela, vino la Policía y mamá me mandó a los de una amiga de ella. Después nos fueron a buscar unos policías y nos llevaron a una policlínicas, ahí nos revisaron. Me hicieron sentar en una escalerita y nos revisaron todas.
—¿Y qué recuerdos tenés, Natalia?
—De mañana yo estaba durmiendo, mamá me despertó, me dijo que fuera para lo de la Laura y después no me acuerdo de más nada. Me di cuenta que a Caterine le faltaba el aire. Me vestí y me fui con la María (Victoria).

Estuvieron una semana internadas en el Hospital Militar. Las autoridades del hospital no les permitieron a los padres hacerse cargo de sus hijas. Antes debía quedar claro que ellas no habían sufrido ningún tipo de abuso.

—Les hicieron estudios de toda clase, y una semana después nos las dieron -dice Ana.

Washington explica que Natalia contesta casi con monosílabos y que María Victoria no quiere hablar porque quedaron muy afectadas por la pérdida de la bebita. Desde entonces se atienden con un psiquiatra en el Hospital Militar. Los papás pagan un simbólico tique de 19 pesos (1 dólar) y ellas hacen catarsis.

***

La noche en la que los hermanos Velázquez y Ana Freire estuvieron detenidos en el calabozo de la comisaría 17, los policías buscaron que alguno confesara. A Ana le dijeron que su marido ya había confesado, a Washington le plantearon una oferta: si él confesaba, le darían un mejor lugar de reclusión en la cárcel, lejos de los que saben cómo darle la bienvenida a los violadores.

Washington dice que lo recuerda “clarito”:

—La primera pregunta fue si había sido yo el violador de mi hija. Después uno me dijo “decí que sos vos” y empieza a tocarme el pecho con el dedo índice. Otro me dijo: “¿tu mujer tiene amante?”. “No sé, pregúntele a ella, que vive conmigo”, contesté. “No me entendiste: tu mujer tiene amante”, me dijo. “Bueno, no sé, averigüe”, le contesté. “Hablá, porque sino hablás, te vamos a hacer hablar”.

Washington y su abogado lo tomaron como una amenaza de tortura. Los policías no los dejaron dormir: las preguntas se sucedían en procura de una revelación. Ellos, inmutables. En el parte policial los uniformados de la 17 escribieron: “Es de significar que en el momento de la indagatoria los padres de la niña no se emocionaron, se comportaron de manera fría, despectiva, sobradora, de que se les comprobara (si podíamos) la responsabilidad de ellos en el hecho”.

Para la Policía, que Washington y Ana no se hicieran cargo de los delitos de violación y homicidio de su propia hija los hacía más culpables.

Los policías que hicieron los interrogatorios no labraron actas, como se los exige la ley de procedimiento policial. Los tres sospechosos fueron citados a declarar al juzgado del magistrado Juan Fernández Lecchini y volvieron a la seccional. En el trayecto de la sede judicial al patrullero otra vez fueron entregados a los periodistas. Entre las preguntas de los movileros, se escuchó un grito dirigido a Washington:

—¡Es una beba de diez meses, señor! ¿Usted es conciente?

Al otro día se conocieron los resultados de la autopsia del forense Guillermo López: “El cuerpo tenía los genitales sanos, himen sano, ano con pliegues y sin lesiones y una lesión de eritema de pañal. Se aprecia crema entre labios y nalgas. Se abre tórax: pulmones poco aireados”. El forense dijo en una entrevista televisiva: “Todo pasa por la cautela. Por no ser cuidadoso, es mucho daño el que se puede hacer”.

Por culpa del eritema de pañal Ana le puso Paspol, para curar la colita. La falta de oxígeno no la supo explicar el forense, que habló de predisposiciones genéticas. El diagnóstico final, tras la autopsia, estableció que fue una infección generalizada.

El juez sentenció que debían ser liberados y archivó el caso. Pocas horas después, los padres velaron a su hija a cajón abierto.

***

Conocida la autopsia, los informativos fueron a buscar a la doctora que había diagnosticado la violación. Marisol Souza Garate no se mostró arrepentida, insistió con que Caterine “por lo menos” había sido víctima de algún abuso sexual. Hablaron también doctores de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) y sí admitieron errores de procedimiento médico. El directivo de la Red de Atención Primaria de ASSE, Wilson Benia, reconoció que el caso no debió haber llegado con tanta rapidez a los medios de comunicación.

A tres años del episodio, Washington dice que en el barrio no lo tratan bien. Él trabajaba haciendo planchadas y levantando viviendas junto a su hermano Walter. Pero lo dejaron de llamar. Dice que lo miran de costado y cuchichean, cuando él pasa.

—Hablan por lo bajo, señalan con el dedo, como que te miro y no te miro. Yo, por ser militar, sé cuando hablan de mí por la espalda. Siento la murmuración de la gente.

A la mujer de Walter, el hermano, una vez en un almacén, le dijeron que su marido era un violador. “¿Y vos cómo sabés eso?”, le preguntó la esposa.

“Porque lo vi en la tele”, contestó. Y no hubo más que discutir.

A Ana le costó llevar a sus hijas a la escuela. Las primeras semanas debió ser escoltada por funcionarios del colegio porque la insultaban a los gritos. Una mujer le dijo: “Vos tenés un asesino ahí adentro; es un violador y vos sos una mala madre”.

El 16 de junio, Roberto Hernández, de canal 4, al hablar de Caterine, dijo mirando a cámara: “Una nena violada y aparentemente asesinada”.

***

Santiago Bernaola, el cronista policial de canal 10, recibió una llamada de una fuente “confiable”. La voz le dijo: “Tenemos un caso de presunta violación de una bebé de meses en el centro de salud de Piedras Blancas”. Allá fue él.

Cuando Bernaola llegó a la comisaría 17, los policías retiraban esposado al tío de Caterine, Walter Velázquez.

—Yo puse el micrófono pero el que hacía todas las preguntas era Almendras. Bernaola se enteró que la pediatra hablaba de violación porque había hallado mucosa en la materia fecal de la beba.

Bernaola reconoce hoy que no fue cuidadoso y se dejó llevar por la Policía y por el impulso de su colega Almendras. El reportero del 10 hizo un copete al aire diciendo que la Policía investigaba “un presunto caso de violación”. Sus colegas Almendras y Nazario Sampayo de canal 12 fueron a la vivienda de los padres de la criatura fallecida y a la casa del tío. Entrevistaron a los vecinos, hicieron primeros planos de la fachada de la casa de los Velázquez y hasta accedieron –gentileza de la Policía- a la cédula de identidad de Caterine, esa en la que aparece durmiendo plácidamente y detrás dice “no firma”.

—Para mí todo nació en un parte médico equivocado. No digo que todas las cagadas que nos mandamos (los periodistas) fueran culpa de la mujer, pero que la Policía haya detenido a los padres sí fue culpa de un mal diagnóstico de esta señora.

Bernaola llegó a la redacción del canal 10 y avisó a sus superiores: “Ojo, que para mí, este caso está agarrado de los pelos”. La primera decisión fue no poner el video editado al aire, pero canal 4 sí lo hizo y la guerra del rating pudo más que la mesura: el 10 también puso al aire el informe y Washington Velázquez se convirtió en violador y su mujer en una “mala madre”. Lo había dicho La Televisión.

Desde entonces, dice Bernaola, decidió no cubrir nunca más episodios de presuntas violaciones a menores de edad. Prefiere exponerse a una sanción o despido.

***

Los Velázquez nunca pudieron superar lo que pasó. Más de dos años después siguieron yendo a estrados judiciales a verles las caras a los cronistas que los atosigaron a preguntas incómodas y se subieron a la confusión del semen en vez de pomada para irritaciones de la piel. En marzo de este año fueron padres de nuevo: Santiago Ezequiel nació en el Hospital Militar y pesó dos kilos seiscientos.

El abogado defensor de la familia, que en principio había demandado a los canales privados, finalmente sumó a Almendras, Bernaola y Sampayo. La jueza Claudia Kelland citó a los periodistas a conciliación para lograr un acuerdo que evite un juicio millonario, pero Nazario Sampayo faltó a la cita. En la Justicia los Velázquez volvieron a encontrarse con Almendras y Bernaola, quien llegó sin abogado y dijo que no tenía dinero para pagarle los honorarios a alguien que lo defendiera y mucho menos para afrontar los 750.000 dólares que pide el abogado de la familia.

—Estoy en el Clearing de informes por falta de pago, no tengo tarjetas de crédito y viajo en ómnibus a trabajar, a veces a pie para ahorrarme el boleto. Si tengo que pagar algo, lo haré con cárcel – dijo en canal 4, su nuevo trabajo.

En la oficina judicial, Bernaola se cruzó con Gustavo Salle, conocido defensor de humildes, carenciados e militantes de izquierda iracundos contra el establishment. Salle había ido al juzgado como abogado de Jean George Almendras. Bernaola le pidió si como “gauchada” lo podía defender también a él. Salle aceptó y frente al juez se aprovechó de la propia imagen que el cronista quería proyectar: “Si quieren sacarle un peso a este trabajador, tendrá que dejarles su reloj, los zapatos y su camisa, porque no tiene plata. Después culpabilizó a los grandes tomadores de decisiones en la gerencia de los noticieros. Dijo, palabras más, palabra menos, que por más peligrosas o mal intencionadas que fueran las preguntas de los noteros, lo que sale en pantalla se “cocina” en los canales: los zócalos, las palabras que elijen los informativistas principales, la jerarquía de las noticias que determina el director del noticiero. Negó así responsabilidad de sus defendidos. También de Almendras, quien se había jugado la ropa por sus fuentes confiables que acusaban al militar Velázquez de ser un violador.

Sampayo, de canal 12, faltó. Entonces se lo volvió a citar para el lunes 30 de julio y volvió a ausentarse. El magistrado no dio por empezado el juicio porque, arguyó, quizás no le había llegado la citación a su lugar de trabajo.

Recién cuando la Justicia la apruebe, la demanda con sus 60 páginas, más cds, videos y recortes de diarios llegarán a cada demandado: los tres canales y tres periodistas que hicieron la cobertura del incidente. Ahí tendrán 30 días para planificar una defensa digna.

Bernaola piensa que el abogado Pereyra utilizó el caso “para hacer prensa”, pero también razona lo siguiente:

—La bebé se murió de una infección pulmonar aguda. ¿No le cupo responsabilidad a los padres por no haberla cuidado y no haber atendido la salud de su hija? En otro caso, los hubieran demorado y se hubiera cuestionado si cumplieron con los deberes de su patria potestad. Pero no, se señaló a los periodistas.

Pereyra dice que lo de Almendras y Bernaola llorando por su estado económico fue “payasesco”. Sabe que el daño moral causado a los Velázquez no se compensará con 750.000 dólares de cada cronista.

Para el abogado lo que pasó con sus defendidos fue un homenaje a la mejor TV chatarra satirizada en la película Asesinos por naturaleza, donde Robert Downey Jr. se excitaba al poner sangre en la tevé. Bernaola no la vio, y sólo quiere parecerse a Downey Jr. en Ironman: un superhéroe al que no entran las balas.

Martes 23, octubre, noche de calor en la ciudad. El hotel Intercontinental se llena de trajes, tacos altos y champán: es la entrega de los premios Eikon, una de las tantas veces que la industria de la comunicación institucional se celebra a sí misma y a la que asisten los voceros, gerentes y representantes de muchas compañías locales que llegaron hasta allí seducidos por la idea de hacer lo que mejor hacen: conversar, reír y relacionarse, sin la solemnidad de la oficina sino con música de fondo, cierto hedonismo visual y un ambiente más laxo. En esta edición hay un galardón especial: se premia al comunicador del año. Nadie sabe para quién es. Nadie sabe quién integra la terna, ni quién o quiénes votaron. Se hace silencio. Anuncian al ganador. Es Jorge Lanata.

Con su paso típico de pingüino –simpático, ladeado, pendular–, Lanata sube a recibir el premio. El aplauso es contundente, extendido. El ambiente tiene un aire amistoso: gente a la que le va muy bien que premia a otra gente que le va muy bien. ¿Quién podría pensar que allí, en ese espacio en el que la elegancia se manifiesta tanto en la vestimenta como en los modales, en ese territorio gentil en el que el mercado consagra a sus mejores intérpretes, alguien pudiera interrumpir esa corriente de celebración?

Cuando se apaga la ovación, cuando se hace el silencio adecuado para que el homenajeado mire a la platea y devuelva gentilezas con palabras certeras demostrando una vez más que sí, que él es un gran comunicador, un tipo puro carisma que nació para intervenir los sentidos de la gente, surge, solitario pero convincente, un único silbido que corrompe la mágica unanimidad del momento. Lanata lo escucha, claro que lo escucha. En rigor, todos lo escuchan pero se desentienden. O tratan de hacerlo. Se hace un silencio.

¿Qué hará el inefable hombre de la tele?

¿Se hará el boludo o se hará cargo de ese solitario abucheador?

— Gracias por el premio. Este año yo hice el programa para perder el miedo, por eso tengo una pregunta: ¿quién silbó?

Las damas se atragantan con las papas. Los gerentes, nerviosos, aprietan sus puños dentro de los bolsillos de sus pantalones. O sorben, algo perturbados, el rico espumante que sirve el personal.

— ¿Quién fue?

Una incomodidad del tamaño de un shopping se adueña del lugar. El silencio es feroz.

—Yo —dice un joven con mirada desafiante.
— Silbá de nuevo, dale —lo arenga Lanata, vestido con un traje gris, desde el escenario.
— Bueno.

El muchacho, de unos 35 años, silba de nuevo. Silba con ganas.

— Gracias. ¿A quién votaste?, pregunta Lanata.
— A Cristina.
— ¿Te animás a silbar acá adelante?
— Si querés voy…

***

—Yo quiero que me quieran. Hago lo que hago porque quiero que me quieran — dirá Lanata días después, sentado frente al escritorio de su piso 17 de Avenida del Libertador, desde donde se aprecian las estribaciones de la Ciudad y la inmensa oscuridad del río.

“Quiero que me quieran”, dice con la aspiración legítima de alguien que, por su condición de periodista exitoso, necesita que franjas importantes de televidentes o lectores acuerden con su propuesta. Ese reconocimiento del público lo transformó en mercancía deseada por los distintos mundos empresariales.

La cultura de movilidad social ascendente ha poblado la sociedad argentina de personajes buscavidas, hechos a sí mismos, tipos cool con monitores sensibles a diagnosticar en qué cancha se está jugando y con qué ventajas se cuenta. La idea básica es “salir adelante” y para hacerlo, como dice Lanata reivindicando su espíritu emprendedor: “no hay que ser un simple empleado”. Hoy, la hegemonía de un individualismo pragmático atraviesa todos los espacios sociales y políticos, dejan más crudamente al descubierto ese “salir adelante”.

Experto en el arte de la provocación, Lanata lanza frases que son alaridos de audacia y libertad. Frases que tienen fuego, pero no siempre llegan a destino. Que suenan muy bien, pero a veces se consumen entre la vacuidad o el desaliento. Como sucedió cuando le dijo al joven que lo silbó en la premiación que pasara al frente. Que lo hiciese delante de todos. Fue Lanata mismo quien lo desalentó al comenzar a hablar sobre los peligros de callarse, de no animarse a decir lo que uno piensa, de quejarse, y un largo etcétera. Cuando el público se quiso acordar, Lanata, bajaba del escenario bañado en aplausos.

Cigarrillo en mano, con sus galardones detrás: los premios Konex y Eter, los once Martín Fierro colgados de la pared de su bunker, ensaya algunas explicaciones posibles para tratar de entender el lugar que viene ocupando para cierto sector de la sociedad.

Lanata: una especie de enemigo público carente de potestad. O algo así como el líder bizarro de una oposición inexistente, al que algunos abrazan como si fuera una palpitante esperanza de cambio y otros castigan —o silban— por haberse convertido en algo inesperado.

El rasgo de la época se condensa en la exuberante humanidad de este hombre que, tras la decepcionante experiencia del diario Crítica, tras dos años de ostracismo televisivo, tras bajar 20 kilos, empezar a dormir mejor y abandonar un departamento alquilado del Palacio Estrogamou ­compró un ostentoso piso en retiro y hoy domina el rating de los domingos con su show periodístico. Un tipo que se autodefine como “liberal” —a la manera norteamericana— y que, en un mundo con rasgos decadentes, despierta pasiones y revuelo donde pisa y pasa, sea una premiación del establishment local o las elecciones venezolanas.

— Yo no tenía ningún otro canal dónde ir. Y entiendo que me ataquen por eso, porque soy peor enemigo en el canal 13 que en el 4 de Quemú Quemú. Ahora, a mí lo que importa es qué tipo de programa hago. Y para mí, PPT es Día D con plata. No es distinto a Día D. No estoy haciendo nada que no tenga ganas.

Desde que se convirtió en la espada más importante del Grupo Clarín, el personaje Lanata cambió nuevamente su significación. A los 26 años, fundó Página/12, unido a un notable colectivo de editores, columnistas y escritores que hoy no se sentarían a la mesa con él: no lo nombran ni lo invitan cuando el diario celebra sus cumpleaños. Pasó de ser un joven trepidante, lúcido y ambicioso a sumarse, como afirma una ex compañera de ruta, a las filas del monstruo que en algún momento él quiso destruir.

Él se defiende con un pretexto sencillo, y compatible con la cultura del buscavidas exitoso

— ¿Me puedo ir de donde estoy? Sí. ¿Me importa dónde estoy? No. Me importa tres carajos.

***

Noche de domingo en Canal 13. El estudio principal es una romería de público, asistentes, grúas, cámaras y técnicos. El aire se llena de electricidad. Está por empezar PPT, el programa insigne que empuña el Grupo Clarín para horadar el Relato del gobierno. Se acerca el 7D, es un fin de año clave para el 13 y Lanata, que llegó dos horas antes para maquillarse, cortarse el pelo y hablar con el equipo de producción, viste una camisa estampada con flores diminutas, un jean canchero y un saco no menos cool. Si hay algo que siempre tuvo, además de sacos, relojes caros y camisas, fue saber rodearse de periodistas sólidos. En su momento estuvieron con él Ernesto Tenembaum, María O’Donnell, Marcelo Zlotogwiazda u Horacio Verbitsky. Hoy se destacan Luciana Geuna y Nicolás Wiñaski, todos ellos surgidos de la gráfica, el rubro que para Lanata funciona como la única y legítima división formadora de la profesión.

Uno de los temas dominantes de la semana fue el cambio de edad para el voto obligatorio, de 18 a 16 años, una medida impulsada por el gobierno que, de acuerdo a las débiles especulaciones de los que están a favor o en contra de la iniciativa, sería beneficiosa para el oficialismo. Lanata entrevistó a cinco chicos de 16 de distintas clases sociales. En una villa, en un barrio cerrado, en un cómodo departamento de Palermo, en otro más austero y en una casa humilde. Mientras el informe está en el aire, Lanata se queda en el estudio solo, fumando en penumbras. Durante la primera hora, el programa no tiene tandas publicitarias. El rating, que se mide minuto a minuto a través de un monitor ubicado en el control central, va creciendo a medida que transcurre el show, superando los coletazos de la altísima medición que dejó el partido de River en Canal 7 (casi 40 puntos) y que el otro show de esa hora, 678, no pudo conservar. Esa noche, gracias al trabajo de Lanata y de su equipo, que además de informes periodísticos incluye la intervención de una modelo sueca y de un imitador de Aníbal Fernández que parecen escapados de un programa de covers de Sofovich, Canal 13 volvió a disputar la punta de la audiencia.

Más tarde, Lanata dirá, pragmático, que lo que lo une a Clarín no es amor sino pura conveniencia.

Ni bien salió al aire, el programa de Lanata fue atacado con furia por el grueso de los medios que no pertenecen al Grupo Clarín. Al margen de la crítica lógica y sistemática de las publicaciones que orbitan al calor del gobierno, buena parte de la “intelligentzia” mediática se lanzó con pasión a diseccionar PPT. En la edición de mayo de la revista Rolling Stone (que alguna vez lo colocó en su tapa con el título “Toro Salvaje” en una nota en la que su por entonces director, Víctor Ghitta, contaba que Lanata había sido uno de sus consultados a la hora de “pensar” la revista), Esteban Schmidt escribió: “Si el periodismo está hecho de urgencia, irresponsabilidad y pálpito, Lanata lo vuelve disciplina olímpica. (…) A menor autoestima de una audiencia, mayor es el éxito del bufón. Prueben con amigos idiotas, mírenlos reír”.

Otro mensuario similar, Los Inrockuptibles, también publicó una reseña lapidaria, escrita por Juan Becerra, ensayista y ex columnista de Crítica: “El talento de Lanata para la simplificación y el aforismo, recursos que hicieron de las viejas tapas de Página/12 verdaderos territorios de sentido concentrado, sigue basándose en dos grandes pilares de la comunicación (y la publicidad): el lugar común y la insistencia”.

— No leo nada de lo que dicen de mí. Es más, (Luis) Majul está escribiendo un libro sobre mí. Le dije que contara todo. Que no le tenía miedo. Y ya sabe que no lo voy a leer.

Buena parte del vértigo vital —o mortal— que acompañó a Lanata durante años está reflejado en la biografía que el periodista Luis Majul publicará en los próximos días.

El libro —promete Majul— se ocupará de los excesos, mujeres, desesperación, peleas e intentos de suicidios. De acuerdo a Majul, Lanata se quiso matar dos veces; la primera a mediados de los ´90, en el momento de mayor consumo, cuando la cocaína era la banda de sonido de esa década, cuando Lanata aspiraba a todo y casi se queda sin nada.

—La vida duele —dice Lanata, y en esa confesión viaja parte de la explicación a aquel consumo frenético: la cocaína como un colchón blanco que sirve para atemperar las angustias (la acechanza de la muerte) y las presiones (la gloria personal).
—En principio —dice Majul—, yo le dije que quería financiarle su autobiografía. Él lo pensó, para finalmente decirme que había llegado a la conclusión de que había un tipo ideal para escribir su biografía, porque era un hijo de puta, pero un hijo de puta que iba a hacerlo en serio. “Sos vos, Luis”, me dijo.

***

La trayectoria de Lanata, de acuerdo a las miradas circulantes, ha dibujado una elipsis con un par de curvas algo paradójicas. Con toda la mitología que se crea alrededor de cualquier cosa más o menos exitosa, aquella aventura de Página/12 fue una experiencia que guardaba en sus pliegues todos los ingredientes adecuados de las causas nobles: desenfado, textos de autor, nuevo lenguaje, progresía, contratapas gloriosas, honestidad intelectual, Madres, contracultura y la imaginación al poder. Fue el mayo francés de los diarios argentinos. Y Lanata era para los jóvenes que descubrían y disfrutaban de ese clima democrático una especie de Danny El Rojo o, quizás, un héroe periodista liberal de película norteamericana. No había un solo estudiante de periodismo o de Ciencias Sociales que, seducido por la romántica propuesta que Lanata, Soriano y compañía encarnaban, no quisiera trabajar allí.

¿Cómo era ese Lanata del alfonsinismo crepuscular? ¿Un cazador oculto que se comía la actualidad a golpes de apetito y audacia? ¿O, por sobre otras características, un advenedizo que se supo rodear de próceres de la pluma y utilizó eso como plataforma de despegue? Como cualquier otra, la historia viborea entre las complejidades, los mitos y los hechos.

—El diario llevaba su impronta, su cosa audaz, creativa y divertida; no era una insolencia casi puramente agresiva, populachera, como en el último tiempo. No hay una ecuación simple que resuelva el meritómetro sobre el éxito de Página —dice Eduardo Blaustein, compañero de redacción en Página.

Blaustein recuerda que Lanata dejaba parte de su vida en el diario: cuando notaba que el diario “se repetía” se angustiaba y hasta se quebraba. Y dice también que no todo fue mérito de Lanata: el diario se impuso por el peso de las firmas de periodistas prestigiosos y el trabajo cotidiano de toda una muchachada veinteañera y de las generaciones precedentes.

Pasaron 25 años. Hay algo en esa peripecia que, de acuerdo a sus críticos, encierra suaves “traiciones” o abdicaciones paulatinas, desde lo que podría leerse como una ambición algo desmedida de protagonismo, que incluyó una aparición en el teatro de revistas, pasando por una rigurosidad periodística no tan consistente, hasta la conversión de 2012: para escándalo de los admiradores de antaño, Lanata se transforma en la bestia negra, una suerte de Darth Vather del grupo al que el mundo kirchnerista llama “la Corpo”.

—¿Y ustedes quieren que yo me haga cargo de las expectativas de la gente? —pregunta Lanata.
— No, estamos tratando de pensar y entender a un referente que se convierte en un tipo criticado por buena parte de sus colegas y por un sector del ambiente que antes lo admiraba.
— Yo no me hago cargo de lo que los que me critican quieren de mí. Tal vez ustedes tienen más contacto y saben lo que yo soy en el microclima periodístico, y yo tal vez tengo más contacto con la calle, y me doy cuenta de lo que soy ahí. Yo laburo para la gente de la calle. En cambio, el microclima son 15 mil tipos que están alrededor de los medios, de la política, de algunos sectores de poder.

Lanata divide al público en tres. En primer lugar: el microclima, el mundillo de los periodistas e intelectuales y los lectores que interactúan con los medios; después la opinión pública, los que compran diarios; y por último, el pueblo, los que sólo miran televisión. Este último grupo, según Lanata, lo quiere, lo ignora o lo odia.

— Yo no puedo hacerme cargo que un estudiante de Comunicación pensaba que yo era no sé quién. Ya de por sí, uno obedece a todo el mundo desde que es chiquito. Vas creciendo y vas ganando libertad. Si obedeciera el deseo de los otros sería Tinelli.

Más que ideología, lo que hay en esas frases es un dar cuenta de maneras de hacer. Estrategias de acción internalizadas que pueden formar parte de un corpus cultural ideologizado en el sentido clásico, o como ocurre en las últimas décadas con las crisis de grandes relatos, relaciones con climas culturales.

Las palabras de Lanata reivindican la libertad individual sin cuestionamientos a las estructuras fundantes del status quo, sostenida en los años de la apertura democrática en una sensibilidad antiautoritaria producto de la experiencia del Terrorismo de Estado. Ante la crisis de los relatos políticos clásicos, el individuo queda en el centro de la escena.

En este presente, el olfato y el sentido práctico internalizado de Lanata, le advierten que en la cultura periodística contemporánea (marcada por la denuncia y el show, con sectores medios conformadores de la llamada opinión pública sin representaciones políticas fuertes) el papel de oficialista o cercano al oficialismo resultaría un espacio carente de excitación o de reconocimiento.

Es ese olfato el que lo hizo adoptar sin vueltas una estética puramente televisiva predominante —tanto en programas oficialista como opositores— para llenar el vacío en términos de espectáculo de una oposición no argumentativa.

***

—El siempre quiso derrocar a Clarín. Pero, por otro lado, también siempre quiso ser masivo y no tenía muchas opciones. Se dio una coyuntura favorable para esto — dice, actualizando el espíritu de época, María O’Donnell, una periodista surgida en Página/12 que hoy conduce un programa diario en radio Continental y que supo formar parte de los equipos de Lanata.

O’Donnell no duda en calificarlo como “el mejor editor y el mejor comunicador desde la vuelta de la democracia”. La periodista asegura que el fundador de Crítica es un tipo “muy generoso” que “ha dado muchas oportunidades”.

Aunque lo criticó con dureza cuando —en una de sus tantas peleas mediáticas— Lanata acusó a la legisladora Gabriela Cerutti de haber tenido amoríos con políticos cuando trabajaba de periodista.

Como en tantos otros grandes editores, la desmesura es parte del ADN de Lanata, tanto para la gloria como para el derrape individual o colectivo. Su cuerpo, sus gastos y su comportamiento han tenido al exceso como compañero de ruta. En Crítica, su última experiencia en diarios de papel en un mercado que daba claras señales de saturación, pretendió montar una redacción con sueldos por encima de la media. Obcecado, según su autodefinición acostumbrado a nadar contra la corriente (dice: “Soy una falla del sistema”), Lanata armó un diario que se hundió en un océano de indiferencia y tristeza. La gente no se conmovió con lo nuevo que él y Caparrós tenían para ofrecer. Lo que para 1987 —con Página/12— era sexy, desenfadado y transgresor, para 2008 ya era parte del status quo: los otros diarios habían tenido 20 años para pintarse los labios, aggiornarse, aprender a seducir. Y a diferencia de lo que sucedió en Página, donde según O´Donnell, Lanata tenía un trato horizontal con la tropa, en Crítica apenas se dejaba ver, delegando las decisiones y en los jefes. El director era un fantasma. La redacción sólo se enteró de que iba a hacer teatro una vez que salió la propaganda de la obra en las páginas del mismo diario.

Luego,Crítica cerró y los propietarios —Lanata había vendido su parte al empresario español Antonio Mata— no pagaron las indemnizaciones correspondientes. Los empleados llevaron adelante una medida de fuerza conmovedora, pero apenas lograron ser escuchados. El diario no había sido amable con el gobierno nacional. Para ellos, los periodistas, la sensación era que Lanata y todos los demás los habían abandonado.

— ¿No hay arrepentimiento de nada?
— Sí, para mí es una lástima… A ver, ninguna carrera se hace de éxitos solamente. Yo he tenido fracasos y éxitos. Para mí esto fue un fracaso. Yo realmente no tuve suerte en la gráfica. Para mí lo de Página, por ejemplo, no fue un éxito. Cuando se vendió a Clarín me fui. Con Veintitrés quebré. Desde el punto de vista empresario, mi suerte fue una mierda. No sirvo para eso. No me arrepiento de Crítica. Si hubiera tenido más tiempo se hubiera formado algo, otra cosa que no se llegó a formar.

***

Cuando dos semanas más tarde nos volvimos a encontrar en su amplio departamento de Libertador, el clima era otro. Lanata recién llegaba de Venezuela. Antes de tomar el avión de regreso tras cubrir las elecciones presidenciales en ese país, había sido demorado junto a su equipo de trabajo por los servicios de inteligencia de Caracas. Signo de los tiempos, la noticia se replicó en segundos con la fuerza de un rayo. Toda la maquinaria periodística y publicitaria del Grupo Clarín cubrió el hecho con un despliegue colosal. Canal 13, TN, el diario y la radio dieron cuenta del episodio. Las salas de espera de los dentistas, los bares de las avenidas, las peluquerías y los miles de hogares que sintonizan TN, se enteraron que Lanata estaba detenido y “acusado de sabotaje”. Un Lanata, dos Lanatas, muchos Lanatas por todos lados.

En el mundo periodístico, como en cualquier oficio, hay reglas de juego fuertemente marcadas por las culturas de época. Tras la debacle social y cultural producto del terrorismo de estado, y con una centroizquierda con débil programa político, “descubrir lo oculto” resignificó el rol social del periodismo. Lo volvió esencial, o al menos insoslayable, en el juego democrático. “Yo escribo porque hay cosas que me conmueven”, dice Lanata, y su monitor le dirá que por su sensibilidad, ese sentimiento puede ser compartido por miles de personas. Esa lógica, a su vez, no se pregunta por qué el sentido común construido pone en una agenda situaciones que el olfato identifica como conmocionantes. El olfato del tiburón. Se cubre aquello que produce impacto, y si la agenda internacional erige a Venezuela como espacio de corrupción y lugar en el que se puede implementar un fraude electoral, entonces se va allí. No se va a Honduras, donde hubo un golpe de Estado hace tres años, porque Honduras ya no es noticia y no importa que allí el gobierno ejerza un autoritarismo flagrante y no sólo no se respeten, sino se avasallen las libertades públicas: las de grupos organizados y las de todos los ciudadanos. Así es el circuito informativo, dirá Lanata.

La agenda la impone aquello que arde. Y la definición de “aquello que arde” es una construcción cultural y, si se quiere, política. En un sentido, es la misma lógica que le permite a Lanata exhibir una realidad de trazo grueso y, tras dar en su programa un informe sobre el dinero con que el Estado financia el fútbol argentino, mostrar el déficit de viviendas que tiene el Gran Buenos Aires como contraste y expresión de la deuda social. En horario central, a través de un medio que mantiene un combate sin mediaciones con el gobierno, un informe de ese tipo no hace más que provocar indignación entre los indignados de ambos lados: los que desaprueban al gobierno y los que desaprueban a Lanata. En verdad, lo inquietante, en estos casos, no es la indignación, sino la indiferencia.

— Igual, para mí lo más interesante de todo esto no fue lo que pasó allá en Venezuela, sino lo que pasó acá… Este país está muy mal… Estamos todos muy mal…

En Ezeiza, recién aterrizado, indignado porque algunos medios lo acusaron de teatralizar su detención en el aeropuerto venezolano, insultó a medio mundo. Mostró dolor por lo dicho por quienes compartieron con él, una redacción. Insultó de más.

En su bunker, Lanata usa una metáfora: el muchacho canchero de Sarandí quiere retomar un sentido políticamente correcto.

— Me garcharon y tengo que andar dando explicaciones porque usaba minifalda. Váyanse a cagar. Me cansé de dar explicaciones.

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En marzo de 1992, Jacobo Timerman, fundador de La Opinión, vinculó a los escritores Tomás Eloy Martínez y Eduardo Galeano con la guerrilla. Enfurecido, Lanata escribió en Página/12 un alegato en favor de sus entonces colegas, que además eran columnistas del diario. El título del artículo era “Papá, no corras”. La respuesta a ese gesto policial de Timerman, también víctima del Terrorismo de Estado, era la manera inconsciente de marcar el límite con aquello que se rechazaba y que efectivamente después se terminaría demonizando, como sucedió con su evaluación de la experiencia del Ejército Revolucionario del Pueblo, un modelo del delirio que suponía la lucha armada.

Para bien o para mal, el llamado de atención a Timerman suponía también un reconocimiento. Había sido el último gran editor de diarios del país, aunque había fracasado con su intento de reflotar en 1987 (el mismo año que surgió Página/12) La Razón. La mención de Timerman no es gratuita: no hay duda de que, aún cuando le impuso su impronta a cada uno de los medios que creó, aún cuando interpretó e interpreta —hoy en la televisión— la cultura de la época, hay una secuencia que puede emparentar a Lanata no sólo con Timerman, sino con otro emblemático comunicador de origen europeo, Bernardo Neustadt. Hoy vilipendiado pero en su momento tremendamente influyente y muy aceptado por las capas medias, Neustadt fue otro ejemplo de “self made man”: un hombre cuya peripecia vital está salpicada por el olfato, el oportunismo, una ética oscilante y una enorme astucia para persuadir, con el don de su carisma, tanto a los convencidos como a los confundidos de su audiencia.

Desde comienzos de los 90, en simultáneo al lento retiro de Neustadt, Lanata viene siendo, con vaivenes, una figura omnisciente para la opinión pública vernácula. Un Lanata que, como Timerman en su momento, atravesaba los días a puro vértigo, como si la vida no alcanzara para cumplir con todo lo que se proponía.

— Pero yo corrí por una cosa personal. Mi vieja estuvo 40 años con el cuerpo paralizado. Yo crecí convencido que en algún momento me iba a pasar lo mismo. Visto desde hoy, creo que me apuré a todo por eso.

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Es lunes en Buenos Aires y tanto el diario Clarín como La Nación ofrecen en sus ediciones digitales, de manera destacada, una cobertura de lo que sucedió anoche en PPT. El programa no tuvo nada deslumbrante pero parece que, desde que la oposición no produce oposición, Lanata tose y es noticia. Los medios digitales se mueven con la lógica del rating: lo que se clickea vale. Es evidente que él, que ya no es una amenaza para la aristocracia de la prensa, también tiene una audiencia on line cautiva.

— Estoy viviendo una situación particular: yo me pasé toda mi carrera con los diarios en contra y es la primera vez que tengo los diarios a favor. Ahora: ¿cambié yo o cambiaron los diarios? Cambiaron los diarios. Los diarios se pelearon con el gobierno.

Hay cambios en Lanata, pero también permanencias. Posee iniciativa individual, asume riesgos y reivindica la audacia como un valor. Tiene capacidad para moverse y negociar en un mundo sin reglas claras, donde hay retóricas arcaicas en las que se pueden o se creen encontrar elementos libertarios y un mundo real en el que esas experiencias han sido derrotadas en términos políticos, militares y también culturales.

A poco de que naciera Página/12, cayó el Muro de Berlín y, en Argentina, la ilusión de acercarse a una socialdemocracia nórdica. Lanata no tiene cultura izquierdista aunque como dice Eduardo Blaustein: es capaz de votar a un partido de izquierda como lo fue el MAS en los ‘80.

Los golpes de efecto, el denuncialismo liberal, que podían alterar a un viejo socialista o a alguien que participa más de adentro de las experiencias de radicalización derrotadas, no inhibían a quien no poseía esas barreras culturales. Las tapas de Página eran parte de un nuevo clima de época: el efectismo de Crónica con complicidades de códigos hacia clases medias antiautoritarias que leían esa cercanía con el sensacionalismo como ironías inteligentes.

Ese golpe de efecto, el denuncialismo, es un rasgo permanente en Lanata.

— Nosotros somos en parte responsables de que el mal humor social haya crecido. Eso es así. Porque mostramos en la televisión cosas que nadie mostraba. Hubo noticias que dimos que fueron muy fuertes, pero que eran cosas que todo el mundo sabía aunque nadie había mostrado. Esas noticias al ser emitidas en horario central adquieren mayor potencia. Las ven todos. Ahora, la verdad, estamos haciendo un programa de tevé que pasó a tener una dimensión que no tendría que tener. Tampoco tendríamos que medir lo que estamos midiendo. Un programa así no puede medir veinte puntos. Veinte puntos mide un orto, no esto.

Lanata siempre se reivindicó como alguien que escribe.

—El día que me rompan las bolas, me voy a mi casa a escribir —suele decir.

Antes de alcanzar su primer cenit en la revista El Porteño, atravesó el resbaladizo terreno de las colaboraciones y el free lanceo. Incluso, escribió notas para el suplemento cultural de Clarín, mucho antes de la posterior guerra y de esta contemporánea paz.

Compañero de Lanata a lo largo de casi tres décadas de trayectoria, Blaustein recuerda que en El Porteño ya “se destacaba por su audacia, su creatividad, también por su empuje, su seguridad en sí mismo, su capacidad de trabajo tipo toro”.

Blaustein habla de metamorfosis:

—Supongo que, a medida que sumó éxitos, su cosa medio tiránica fue creciendo; y en parte se entiende, es algo humano. Antes solía ser mucho más respetuoso y pluralista que ahora. Pluralismo no es algo sólo relacionado a la política. Significaba también apelar a recursos periodísticos más extensos que su repertorio actual. En los últimos años, él se fosilizó en un periodismo “denunciero” de alto impacto y a menudo trucho, muy pendiente de no perder o popularidad personal o rating. Comercialmente es posible que tenga razón y no la tengamos los que amamos el rigor, la profundidad, la seriedad, la complejidad, la buena escritura y todo eso sin aburrir. A Clarín, claro, lo del impacto le resulta muy eficaz.

La mirada de Lanata es, también, la mirada individualista de la acción social, la que piensa que los hechos sociales se realizan en función de la simple actuación de los individuos. Las explicaciones históricas y estructurales sobre los hechos sociales no tienen demasiado peso en los discursos públicos más extendidos.

No es que Lanata no tenga moral o sea poseedor de una moral republicana. Ni lo uno ni lo otro. Lanata es portador de una moral de época que se comenzó a construir en su distancia innovadora con las culturas de izquierdas derrotadas que predominaban en el viejo Página/12 y la afianzó con el predominio abrumador de los cambios políticos culturales de las últimas décadas. Es una moral de época, conformada por elementos que son parte si se quiere de una ideología, pero que se presenta sin la pomposidad de los discursos ideológicos clásicos.

Esta moral de época de Lanata aparece en el marco de una lógica de lucha por la obtención y mantenimiento de alto reconocimiento en el campo periodístico. Quizás haya en los gestos de Lanata, y en muchas de sus afirmaciones, una asunción de esa mochila moral que no es demasiado distinta a la construida en Página/12, aunque allí estaba limitada por otro corpus cultural que, aunque debilitado, generaba tensiones. Esta moral de época está extendida poderosamente por diversos espacios en toda la sociedad, solo que en muchos casos, si se observan solo los dichos y no los hechos, puede aparecer recubierta con retóricas pertenecientes a otras tradiciones. Lanata la asume sin ambigüedades.

— Sé que juego en tiempo de descuento —dice—. ¿Vos te pensás que esto es una historia de amor? Si pasado mañana Clarín y el gobierno arreglan a mí me dan una patada en el culo. Lo mismo si mido tres puntos: me rajan. Estamos hablando de trabajo.

Blanca y Alicia

Las dos reporteras están en la escena del crimen en un cruce astral, la calle Piscis entre Acuario y Leo, en una colonia polvorienta y dislocada, como son todas las colonias de Ciudad Juárez. Es su primer muerto del pesado turno de la noche. La fotógrafa no puede acercarse demasiado a ver el cadáver. No puede traspasar la cinta amarilla de los forenses. Les han dicho que la víctima es un policía de la Procuraduría General de la República (PGR). Con el teleobjetivo se acerca. Clic, clic. Un niño se metió en el cuadro. Ahora ya se escapó. Sale la camioneta del forense.

Yo llegué tarde. Una reportera ya estaba terminando de sacar sus fotos, la otra ya se había subido a una grúa, que estaba casualmente ahí, y con el celular tomó un video y lo transmitió en directo a la página web de su diario.

Nos presentamos. Blanca tiene el nombre apropiado, es casi pálida. Alicia, morena y energética. Escasos treinta años. Ahí paradas en medio de la calle conversamos y nos reímos no sé bien de qué. Unos vecinos nos miran con curiosidad. Debe ser mi acento colombiano lo que les llama la atención.

Mientras llegamos al carro de Blanca, un hombre desproporcionadamente grande me sonríe desde el techo de una casa. Es el alcalde, me explican, cortado en cartón pegado en un muro alto que sobresale de los tejados. “Seguro que no vio nada”, dice alguna entre risas. Partimos rumbo al periódico en el carro destartalado, por el que Blanca me pide excusas.

—Este sector no me asusta, me dice. Nací en Juárez y estoy acostumbrada a esto. Cuando estaba en la prepa, empezaron a matar mujeres. Recuerdo que un profe nos decía: “Si las violan, no peleen para que no las maten”.

Sigue conversando mientras conduce por esta ciudad extensa y árida, de autopistas que conectan barrios y centros comerciales entre escampados de arena. Me muestra un parque bonito, recién hecho, y me explica que es parte de la campaña “Todos somos Juárez”, destinada a mejorar la autoestima de la ciudad. Y después recuerda que allí mataron a siete muchachos que calentaban para un partido. Amontonaron los cadáveres debajo del eslogan “Todos somos Juárez”.

Es la primera parada del violentour, como lo llamó en broma otra colega juarense, como lo hacían los niños de Medellín, cuando lo guiaban a uno a la esquina donde le habían dado “chumbimba” a alguno del barrio, y con sus manitas repasaban los agujeros de las balas en la pared. Eso fue cuando era esa ciudad, y no Juárez, la que rompía los récords mundiales de homicidios. Allá llegó al tope de trescientos ochenta y uno por cada cien mil habitantes en 1991. Aquí la más alta hasta ahora ha sido en 2010, que llegó a trescientos, sin contar los desaparecidos. Este año puede ser peor. Al terminar febrero de 2011 ya iban sesenta y dos muertos más que el año pasado.

“Al paso que voy me quedo sin fuentes”, dice Blanca con una sonrisa tímida. Ya le han matado como treinta, la mayoría policías y abogados. No hace aspaviento sobre los peligros de su oficio. Ése es su trabajo y punto. Del auto de enfrente se baja un hombre fornido y mira en nuestra dirección. Ella detiene en seco su relato.

“¿Éste qué se trae?”, se dice. Y cuando ve que sigue su camino, ella retoma su cuento en el punto en que lo dejó. A veces siente la presión. “Se me acumula aquí y me hace doler”, dice y se señala el pecho. Para quitársela hace spinning y queda livianita otra vez.

Lo que aún no logra domar es la angustia que siente por los deudos. “Me dan ganas de llorar”, dice. Como aquel día en que vio la escena de un papá que murió abrazando a su hijo de ocho años, los dos tiroteados y quemados. Ella vio llegar a la madre desquiciada gritándoles a todos: “Si era un niño inocente, ¿por qué no hicieron nada?”.

Apenas llegamos al estacionamiento del diario, timbra su celular. Es su colega, Julio, fotógrafo. Le dice que hay muerto en Isla Terranova. Ella no alcanza a terminarse el tomate que tiene a medio comer en una caja plástica. Se lo recomendaron para quitarse los calambres que le dan seguido. Terranova…, busca en Google Maps en su teléfono, no lo encuentra. Nerviosa llama a una fuente, que no sabe.

Julio, el flacuchento fotógrafo, aparece cargando dos maletines que se le ven desproporcionadamente grandes, como sus anteojos.

—Que ya están todos allá, vamos —nos dice apurado—. Por el camino ya averiguaremos bien dónde es.

Nos subimos al carro, sin rumbo fijo, al tanteo, y ya empieza a anochecer. Soy demasiado ajena al lugar para sentir miedo. Los veo a ellos, que parecen tan tranquilos en su rutina nocturna de reportear muertos, que me siento en una película, una de esas de persecuciones de carros a toda velocidad por la autopista, en medio de la nada. Nos zumba al lado un automóvil con dos tipos enormes, con música a todo volumen. Vemos el brazo tatuado de uno. Blanca desacelera. No le gusta cómo van, cerrándoseles a todos en zigzag, casi chocando, y lo dice en voz alta.

Una ciudad en guerra

Después de varios días en Juárez, los periodistas me van dejando ver la verdad. No es que estén acostumbrados a la violencia, como insistió Blanca tantas veces. La muerte se les vino encima de repente, como una nube oscura que todo lo ensombreció. En 2007 hubo menos de un asesinato al día. Pero en sólo tres años son más de diez los muertos diarios en promedio. En Medellín, entre 1985 y 1991, los homicidios se triplicaron. La barbarie no les era tan ajena y tuvieron tiempo de prepararse mejor. Aquí no; aquí se multiplicó por diez en un santiamén y sigue creciendo.

No son tampoco los muertos invisibles de hace quince años. La de ahora es una muerte-espectáculo, de escenas macabras de fusilados con máscaras de cerdo. Es una muerte desalmada, de niños acribillados en discotecas y parques; van veintinueve en los dos primeros meses de este año. Es una muerte paralizante, le puede tocar a cualquiera, en cualquier lugar.

Antes, cuando el Cártel de Juárez, que dominaba sin disputa el gran negocio ilícito de pasar drogas a Estados Unidos, desaparecía en fosas a sus enemigos o al que se le atravesara, el odio era silencioso. El primer estallido fueron las misteriosas muertes de las mujeres de Juárez, que hicieron que el mundo empezara asociar a esa ciudad con la violencia. Pero la guerra ruidosa se desató después, desde fines de 2007, cuando el Cártel de Sinaloa entró de lleno a contender por la plaza de Vicente Carrillo. El desgreño social que transformó a los desesperanzados hijos de las maquilas en temibles pandillas, como las de Los Aztecas y los Artistas Asesinos, alimenta la máquina de terror.

Ni los editores ni los reporteros están entrenados ni protegidos para el horror que les copó el oficio sin avisar. Son policías desarmados en permanente emboscada. Son bomberos arrojados a las llamas sin protección. Son médicos impotentes que no pueden auxiliar a nadie. Su único instrumento es la palabra, y aun ésta se les contaminó de términos extraños, como sicariar y levantones y ejecuciones. El riesgo de cubrir a ritmo frenético tantos crímenes es obvio, pero no pueden parar.

Julio

No alcanzó Blanca a desacelerar cuando sentimos las sirenas. Una aparatosa camioneta azul con dos policías federales vestidos de blindaje, de pie en el platón, una mano en sus potentes fusiles, la otra agarrándose fuerte de las varillas, empezó a perseguir a los del Buick. Nos pasó en un segundo.

Para escabullirse, o para detenerse sin parar el tráfico, no sé bien, el Buick dio un volantín en “U” y detrás de ellos los federales.

—¡La foto! ¡La foto! —gritó Julio.

Y detrás de ellos fuimos nosotros, las llantas chirriando con la forzada curva. Cuando nos detuvimos a la salida del callejón donde los hombres se habían metido, la policía ya los estaba requisando. Julio saltó del carro con su cámara lista, y comenzó a disparar sin preguntar. Un policía que lo vio se molestó.

—¡Identifícate! —vociferó.
—Primero saco las fotos —reviró Julio.

El policía, un muchacho joven que temblaba sofocado bajo su traje antibalas, se le vino encima amenazante. El roce subió de tono.

—Que te esperes —dijo el policía—. De la manera más atenta te lo pido. ¿No ves que estoy en plena acción? ¿No ves que venían chocando carros? Traigo la adrenalina más alta que nada, compréndeme.

Julio mostró su carnet de periodista, alegó un poco más y se subió al auto. Blanca, que había aprovechado para grabar la requisa con su celular, también subió. Conteniendo la rabia le dijo a Julio: “Cuando te maten no quiero estar ahí contigo”.

Ya Julio me había contado que se hizo fotógrafo por pasión. Se rebuscó un puesto en el diario, como temporal y, después de año y medio y un premio estatal, quedó contratado de planta. Cuando debutó como reportero judicial nocturno, la guerra arreció. El 21 de enero de 2008 mataron al director operativo de la policía municipal, y esa misma noche atentaron contra el jefe de la policía ministerial estatal de Juárez. Se dispararon los homicidios.

Alarmado, el presidente Felipe Calderón envió en marzo un contingente de dos mil soldados para frenar el desmadre. Pero las matanzas siguieron. En su lugar llegaron más policías federales, pero no les ha ido mejor.

La noche del roce con el policía debió ser para Julio una escaramuza sin importancia. Había tenido días peores, como el de su último cumpleaños, en que al llegar al periódico a las cuatro, como todos los días, se enteró de que habían matado a Luis Carlos Santiago, un joven practicante de fotografía con el que había salido un par de veces a trabajar. Se llenó de coraje. Ese día escribió en su Facebook: “Hoy no habrá serpentinas ni pastel de chocolate para mí, hoy mataron a Luis Carlos”.

Una tarde caminaba por el centro y notó que la calle se veía misteriosa con la lluvia. Sacó la foto. Retratar una tarde bonita, los picos grises de las colinas cortados sobre un atardecer rojo de Juárez. “Eso me salva, saber que todavía puedo sentir lo bello”, dice. De inmediato sintió que tres tipos lo seguían. Uno le pidió ver las fotos. Julio le respondió que no los había captado a ellos. El otro le sacó la pistola y le dijo: “¿Te crees chingón?, si quiero te mato”. Julio no arrugó: “Si lo vas hacer, pues lo vas a hacer. No tengo más que mi palabra y ya te dije que no los tengo en la foto”. Intentó llamar a su compañero y los tipos le apagaron el celular. Pero su amigo llegó a la escena como por telepatía. Se fueron a comer y uno de los tipos lo siguió y lo esperó mientras comía. “En cualquier momento me rafaguean”, pensó.

Hoy el centro es un lugar vetado para todos los periodistas de la ciudad. Allí están los picaderos, los expendios de droga, el narcomenudeo, el último rescoldo del otrora poderoso cártel. Cualquiera puede ser un enemigo.

El talento ha llevado a Julio a exponer sus retratos de la tragedia juarense en Milán, junto a Leticia Battaglia, la gran fotógrafa de la violencia siciliana. Pero el precio ha sido alto. En las mañanas sale con forma humana, mira al cielo y disfruta la vida. “A medida que voy sacando fotos de los muertos, siento que me voy deformando, que me voy volviendo un monstruo”, dice y levanta los brazos como Frankenstein.

La protección

¿Quién protege a los periodistas en México? La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) puede dictar medidas cautelares de protección a un periodista en riesgo, explica Darío Ramírez, director de Artículo 19, el capítulo mexicano de la organización británica de defensa de la libertad de expresión. El problema es que la protección la tiene que dar la autoridad local, y sólo la da si quiere.

Además, desde hace casi un año, el gobierno federal viene desarrollando un mecanismo nacional que pueda tramitar protección inmediata a un periodista amenazado o en grave riesgo. En noviembre pasado, el gobierno firmó un convenio con la CNDH, la PGR y otros organismos para ponerlo en marcha.

Con el mecanismo enredado en los hilos burocráticos, cuando hay amenazas la reacción es lenta en el mejor de los casos. Sucedió en el de la reportera Jazmín Rodríguez. Ella y otros dos periodistas estaban cubriendo un atentado contra el periodista José Alberto Velázquez en Tulum, Quintana Roo, y cuando partía hacia el hospital, Velázquez se levantó la máscara de oxígeno, y denunció que había alcanzado a reconocer a los sicarios, y que eran gente del alcalde de Tulum. Después murió. Con gran coraje, Jazmín dijo que atestiguaría ante la justicia, pero la amenazaron. Michael O’Connor, el periodista investigador del Comité de Protección de Periodistas de Nueva York (CPJ, por sus siglas en inglés) basado en México, pidió a la Secretaría de Gobernación que la protegiera, pero la policía local se demoró dos semanas en aparecer.

El mecanismo que aún no se echa a andar se inspiró en parte en uno similar empleado en Colombia para proteger a grupos vulnerables, como defensores de derechos humanos, sindicalistas y periodistas. El comité, en el que tienen participación activa los representantes de varias organizaciones de prensa, ha tramitado en promedio 161 casos de periodistas en riesgo cada año, desde 2007. Una fundación colombiana privada, la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), constata en cada caso que la amenaza sea auténtica y por razones del oficio, y vigila que el Estado, en efecto, proteja al periodista con celeridad. La acción mancomunada de Estado y sociedad civil le ha subido el costo político a los perpetradores de atentados graves contra la prensa. Y los homicidios han bajado.

Una diferencia entre el proyecto mexicano y el comité colombiano pareciera ser que este último arrancó con el respaldo financiero sólido de dineros estadounidenses del Plan Colombia. En 2010 tuvo un presupuesto de 62 millones de dólares. Al de México, en cambio, no le han encontrado aún los recursos suficientes. Y la entidad que lo podría hacer, la Comisión de Agravios contra Periodistas de la Cámara de Diputados, carece de facultades para presentar una ley que asigne el presupuesto necesario. Tampoco se ha concretado la voluntad política de los partidos para sacarla adelante. La segunda diferencia, dice Ramírez, es que la sociedad civil mexicana no tiene un poder decisorio en el comité, y eso le resta eficacia y legitimidad. La tercera, que quien da la protección a los periodistas colombianos es la fuerza pública nacional, y en cambio en México, la orden de protección la daría el gobierno federal, y siguen dependiendo de los agentes locales cumplirla o no.

Los reporteros de Juárez dicen que sería un suicidio contarles a policías locales o estatales a dónde van a cada hora o meterlos a sus casas. Son entidades muy infiltradas. Al subdirector de El Diario de Juárez, Pedro Torres, su jefe le ofreció ponerle un carro blindado y custodios, pero no los quiso. “Llamaría más la atención y no resolvería nada. Mi mayor miedo es por los periodistas”, me dijo en su oficina.

Alejandro

A la entrada de El Diario de Juárez, un edificio grande y luminoso, no se ve a los guardias que dicen que hay. Es algo muy extraño para mí siendo colombiana. Aún hoy con la violencia a la baja, no hay medio en mi país que no tenga celadores, detectores de metales y hasta perros antiexplosivos.

Alejandro, el amable editor de un tabloide popular de Juárez, me cuenta que ha habido muchos asesinatos a pocas cuadras de su oficina. “Mire el último”, me dice. Y saca su celular para mostrarme la foto de un hombre baleado entre un carro. Me cuenta que escuchó el tiroteo y salió a tomar la foto por si los fotógrafos no llegaban a tiempo.

Todas las madrugadas, a las cuatro, llega para revisar qué pasó en la noche. Intenta darle una página a cada muerto, la foto, los datos del asesinato. A veces no le alcanzan las páginas para recoger tanta sangre y tiene que meter a tres o cuatro en una sola.

Las notas de su diario retratan el Juárez de hoy. “Nos ven como el resumidero de la cloaca —dice con pesar—. Y sí, ayudamos a que no se olviden que somos muchas las víctimas vivas, que la autoridad no actúa, que los asesinos son adolescentes, que no hay escuelas, no hay trabajo, que matan por mil pesos”. Sesenta y cinco mil juarenses compran el diario todos los días para constatar que su pariente está muerto, para enterarse de lo que pasa en la calle o por puro morbo.

Alejandro dice que lidia con una sociedad en estado patológico. El domingo se va a El Paso, al otro lado de la frontera, para poder bajar los vidrios sin temor a que una ráfaga de plomo lo alcance.

Las amenazas son cotidianas. Le mandaron decir que le iba a pasar lo que a sus colegas asesinados, por publicar una foto del lugar equivocado. A su director le tocó negociar con los afectados para que no llevaran a cabo la amenaza. También lo llamaron de un cártel, por haber sacado una manta con un mensaje del otro. Para demostrar su neutralidad, tuvo que mandar un fotógrafo a fotografiar otra manta con la respuesta a la anterior. “Debajo había cuatro cuerpos y una cabeza”, dice.

No se va porque es su ciudad y es lo que sabe hacer. Se compró un chaleco antibalas, pero casi no lo usa porque es incómodo, y sabe que las balas “matapolicías” lo atraviesan todo. Cambia de peinado, se deja la barba, se turna los lentes para que no les quede fácil reconocerlo. Vive cada día y se despide de su mujer como si fuera el último. Está resignado. Adivina que un día va a salir fotografiado en su propio diario, sin compasión, su cuerpo tirado por ahí.

El daño emocional

Cuando cubrir la muerte ya no espanta; cuando ya no hay tiempo para recuperarse del miedo de una amenaza porque ya viene la siguiente, el daño psicológico puede ser permanente, dice el Manual para el apoyo emocional del periodista, que publicó la Flip de Colombia. La rabia sale súbita a borbotones. Es difícil concentrarse. Cada vez se siente menos, se vive anestesiado. Hay que perseguir el peligro para mantener la adrenalina fluyendo. La mente se vuelve un disco rayado con los mismos pensamientos negativos, pesadillas recurrentes. Crece la desconfianza, se pican pleitos con todo mundo. Se bebe más de la cuenta. Aparecen los dolores.

Mientras leía partes de este manual en una reunión improvisada con varios periodistas del diario, vi sonrisas. Muchos se reconocían. Bromearon por lo del alcohol. Las burlas, la risa nerviosa, tienen algo de fatalismo. Varios creen que el final violento es inevitable. Eso le pasó a Bladimir Antuna, el avezado reportero judicial de Durango, asesinado por sicarios en noviembre de 2009. Un mes antes, dice el reporte del CPJ sobre la libertad de prensa en México en 2010, algunos de sus amigos “cuentan que lo vieron abatido y aterrado, un hombre aparentemente resignado a ser asesinado”. Tanto así que estaba desesperado por ahorrar para no dejar a su mujer y a sus hijos en la calle.

Sandra

—¿Quieres ver el Juárez más bello? —me pregunta. Acelerada, Sandra tiene una energía brillante, de esas que iluminan hasta los corazones más tristes. Salimos en su carrito atestado de papeles por una autopista que le sirve de cinturón a la ciudad gris ceniza. Se ve El Paso ahí nomás, el lado verde de la misma Juárez.
—Allá sólo tuvieron nueve homicidios el año pasado. Es más de lo que habían tenido nunca, pero aquí hubo 3 100 —dice Sandra—. Aquí se mata porque se puede; allá no.

Sandra ha tomado una licencia del diario porque está escribiendo el libro en el que quiere contar lo que ha investigado desde que llegó del DF, hace poco menos de una década. Ya ha publicado reportajes sobre las fortunas que hicieron los políticos con la especulación de la tierra urbana, y cómo eso estiró la ciudad artificialmente y condenó a la gente a vivir mal. Ahora quiere contar cómo se formaron las pandillas, que ella mapeó, barrio a barrio. La de la guerra del último tiempo de fuerzas legales de seguridad tan arbitrarias como las ilegales: montajes contra inocentes, allanamientos patanes, ruedas de presos descaradamente torturados.

El retiro también es su forma de tomar distancia, adivino. Desde septiembre pasado las cosas empezaron a ponerse muy mal. Vino el asesinato de Luis Carlos un jueves. El sábado apareció una manta, con un mensaje críptico: “Si no nos regresaban la copa les pasa lo que a los periodistas”. Y esa misma tarde apareció un cuerpo con la cabeza aparte y, al lado, páginas de su diario gemelo en Chihuahua, la capital.

El domingo siguiente salió el conmovedor editorial de El Diario de Juárez dirigido a los narcotraficantes de la ciudad: “Hacemos de su conocimiento que somos comunicadores, no adivinos. Por tanto, como trabajadores de la información queremos que nos expliquen qué es lo que quieren de nosotros, qué es lo que pretenden que publiquemos o dejemos de publicar, para saber a qué atenernos. Ustedes son, en estos momentos, las autoridades de facto de esta ciudad porque los mandos instituidos legalmente no han podido hacer nada para impedir que nuestros compañeros sigan cayendo, a pesar de que reiteradamente se los hemos exigido”.

Algunos leyeron en ese grito desesperado de auxilio una entrega a las organizaciones criminales, una claudicación. No lo era. Pocos en las regiones asoladas por el narcotráfico en el norte han demostrado tanto coraje para investigar, atar cabos y sobre todo publicar lo que pasa de verdad, como este diario.

Entonces les tendieron la trampa. Alguien se hizo pasar por director del partido de gobierno y les dijo que se iba a iniciar una tregua con los narcos. Ellos publicaron a ocho columnas. Los desmintieron, y ya no quedó nada de moral entre los colegas que venían de enterrar a Luis Carlos.

Inmersa en el relato de Sandra, recién me di cuenta de que ya se había hecho casi de noche y ya no había un alma en la ruta que serpenteaba atravesando los montes que le sirven de fondo a la ciudad. Juárez se muere temprano cada día.

Las alertas

Organizaciones de defensores y derechos humanos se han ido perfeccionando en la tarea de conseguir la información sobre ataques a la libertad de prensa, verificar, sistematizar los datos y publicarlos en alerta e informes. Fue un avance obligado desde los tiempos en que los colegas protestaban por las violaciones, pero su gesta no pasaba de la denuncia.

“Ahora el clamor es más constructivo, busca resolver problemas”, dice Darío Ramírez de Artículo 19. Con los ataques al alza, esta organización y Cencos (Centro Nacional de Comunicación Social) ya han unido sus esfuerzos y publican alertas sobre amenazas, asesinatos y hostigamientos a los periodistas del país; también sobre avances o frustraciones de los procesos judiciales para investigar a los “reportericidas”. El Cepet (Centro de Periodismo y Ética Pública) también saca sus alertas e informes del estado de la libertad de prensa en México. Prende (Prensa y Democracia), basada en la Universidad Iberoamericana, ha sido una fuerza de amalgama entre periodistas del país y los del DF porque los ha puesto a compartir aula.

Y en los últimos tiempos, Periodistas de a Pie, que nació para mejorar la cobertura de problemas sociales, terminó siendo el movilizador de la raza, como dicen los reporteros mexicanos para subrayar su complicidad de oficio. El 7 de agosto de 2010, miles de reporteros y otros mexicanos solidarios marcharon simultáneamente en diez ciudades para protestar por los ataques a la prensa, exigir justicia y denunciar las crecientes zonas de silencio forzado por el terror impuesto. “Ni uno más”, gritaron ese día. También en Juárez marcharon para recordar a Luis Carlos y Armando Rodríguez, su querido Choco de El Diario de Juárez.

El Choco

Desde 2007 se supo en Juárez que la Línea, ese grupo parapolicial armado que protege al Cártel de Juárez, se estaba dividiendo. Con un jefe muy represivo, muchos se cambiaron al bando del Chapo Guzmán que, como dicen en la jerga del bajo mundo, venía a disputarles la plaza. La “Gente Nueva”, los llamaron. Armando Rodríguez, al que todos le decían el Choco, el experimentado reportero judicial del diario, lo supo apenas empezó la desbandada. Sintió turbio el ambiente de los policías de la procuraduría estatal infiltrados por los criminales.

Al comenzar 2008, cuando la guerra estaba en pleno auge, llegó una amenaza colectiva a los reporteros de todos los medios que cubrían la procuraduría. A unos los cambiaron. El Choco se asustó mucho, y como los dolores de espalda se le habían vuelto insoportables, aprovechó para tomarse una licencia de unos meses y para operarse la columna. Volvió renovado, más dispuesto a denunciar lo que estaba mal y mantuvo su fuente.

El 28 de octubre ejecutaron a dos hombres en una camioneta. Al día siguiente, el Choco publicó la nota, en la que reveló que uno era sobrino político de la procuradora de Chihuahua, Patricia González, y además que tenía antecedentes de tráfico de drogas, según expedientes que consultó en El Paso. La nota llevaba su firma. El 13 de noviembre en la mañana, mientras esperaba en su carro con su hija de ocho años a que su hija más chica saliera de la casa, un hombre le disparó. Lo mató delante de su pequeña.

Desde ese día nadie usó su escritorio. Sus colegas pegaron un papel con su foto impresa en la pantalla de la computadora, y alrededor le ponen flores, como un altar improvisado. Y en cada aniversario de su muerte vuelven a publicar la nota que sospechan fue la que lo mató. Aunque no están seguros, porque su crimen sigue sin esclarecerse.

La impunidad

En febrero de 2006, como respuesta al incremento de asesinatos a periodistas, el recién posesionado gobierno de Felipe Calderón creó una fiscalía especial para investigar los delitos en contra de la libertad de expresión. Ésta debe atraer e investigar los homicidios de los reporteros, pero sólo los del fuero federal, asociados al terrorismo, al narcotráfico o cometidos con armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas.

El asesinato del Choco, como el de la mayoría de los periodistas, sin embargo, no clasificó como delito federal. La PGR hizo las averiguaciones y no lo atrajo. La procuraduría estatal recogió los datos periciales, pero no investigó mucho más.

Ni siquiera revivieron el caso cuando secuestraron al hermano de la procuradora, días después de que terminó su mandato en octubre de 2010. Ni tampoco cuando en el blog JL en Chihuahua salió el secuestrado, rodeado de hombres encapuchados y armados, y en una confesión arrancada con torturas dijo que su hermana había mandado matar al Choco. Después el hombre fue asesinado en cámara y el video puesto en YouTube. Esta versión coincidió con otras. Pero no se sabe si es la verdad porque la justicia no actuó.

Si bien últimamente ha empezado a investigar con mayor ahínco, la fiscalía especial no ha esclarecido plenamente ni uno solo de los veintinueve asesinatos y las siete desapariciones de periodistas, ni de los tres trabajadores de la prensa que, según cifras del CPJ, han sucedido en México desde que Calderón es presidente. “Van gastados cinco años de recursos públicos para investigar casos de agresiones a periodistas con cero resultados”, dijo Ramírez, quien explicó que esto se da porque para el gobierno federal tiene un alto costo político meterse en los feudos de los estados a investigar. Pero si el gobierno federal no investiga, tampoco lo hacen en muchos estados con entidades permeadas por el crimen organizado.

Más han hecho las organizaciones de prensa. Desde hace dos años, por ejemplo, Artículo 19 está litigando como abogado de las víctimas a las que les toca investigar los casos por su cuenta. Así, por ejemplo, para determinar si el cuerpo de José Antonio García Apac, periodista desaparecido en Michoacán en noviembre de 2006, fue arrojado a una laguna, el propio Artículo 19 tuvo que contratar unos buzos por su cuenta, ante el desgano de la autoridad judicial estatal para buscarlo.

“La impunidad sistemática permite que se arraigue la inseguridad”, dice el informe del CPJ sobre México. Si los criminales saben que no tendrán castigo por matar a un periodista, eliminarán, sin pensarlo dos veces, al siguiente que los incomode. Son además muertes estratégicas: silencian al vocero y todos los ciudadanos callarán.

En Colombia, la justicia no tiene un récord mucho mejor. De los ciento treinta y ocho casos de periodistas asesinados entre 1977 y 2010, sólo se han condenado los autores intelectuales de los homicidios de cinco periodistas, según lo documentó la Flip. Y esto gracias a una negociación que hicieron los paramilitares con el gobierno, por la que confesaron sus delitos a cambio de condenas leves. Algunos contaron al detalle cómo mataron a periodistas, casi siempre en complicidad con políticos locales. Pero eso ha sido excepcional. La norma ha sido la inmunidad para los asesinos de la libertad de prensa.

Durante un tiempo las organizaciones de prensa colombiana y los propios medios se unieron contra la inoperancia judicial. Así por ejemplo, la temprana investigación periodística realizada en conjunto por los principales medios impresos nacionales sobre el homicidio del subdirector de La Patria de Manizales, Orlando Sierra, marcó la pauta para que nueve años después, al fin, en marzo pasado, la justicia acusara formalmente a dos políticos como los autores intelectuales. Pero esta solidaridad se ha ido desvaneciendo. Y desde 2006 han asesinado a nueve periodistas en Colombia, y los medios ya no se unieron para investigar por qué.

Lucy

Lucy, la reservada mujer que reemplazó al Choco como reportera judicial del diario, vive obsesionada con registrarlo todo. Tiene un calendario de esos de escritorio, pero no para escribir allí sus citas y deberes. Desde hace mucho tiempo anota en cada fecha el número de mujeres asesinadas. El 8 de marzo, día de la mujer, mataron a cinco.

A diario apela a la ley de transparencia: que le digan dónde exactamente fueron los secuestros, cuál es la edad más frecuente de las víctimas, cuántos autos incautaron. “Me ponen candados legales —me explicó Lucy después, en la noche, cuando logré hablar con ella en una cafetería—, estoy por presentar una denuncia a la CNDH contra la unidad de transparencia de la Fiscalía de Chihuahua porque me dicen que debo viajar hasta la capital para que me den la información”.

En su escritorio tiene los casquillos de balas de todos los calibres que ha recogido en cientos de escenas del crimen. Hay unos achicharrados, como si antes hubieran atravesado árboles y casas, ropas y cuerpos. Y al fondo, un altar como de Día de Muertos, donde se alcanza a ver un afiche del censo de 2010 que dice “En México todos contamos”, con un toque de humor negro escrito a lápiz: “Los que quedamos”.

Se hizo periodista en la calle, cubriendo notas policiacas, en los años noventa, cuando empezaron a aparecer las mujeres de Juárez muertas por todas partes; las obreras de la maquila para las que no hubo justicia, pero a cuyos parientes Lucy aprendió a reconfortar. Siguen matando mujeres, pero ahora hay cada vez más sicarias, niñas rudas metidas al narco. Y Lucy siente que tiene que involucrarse personalmente; da primeros auxilios a los heridos, consuela a las viudas en shock, las orienta a dónde pedir ayuda. “Le meto mucho tiempo a esto”, dice. Quiere exhibir la impunidad, la indolencia. Conseguir que eduquen a la autoridad, a militares y a policías para que no violen la ley, igual que los criminales.

A veces se siente desesperanzada y contempla la idea de cambiar de tema. Pero entonces le avisan que hubo otro homicidio y ella tiene que irse corriendo. Con el trabajo de Lucy que cruza fuentes y lleva cuentas, y con los informes diarios de la procuraduría, su jefe, Martín, escribe su propio tablero de muertos, año a año desde 2008; mes a mes (febrero de 2011: 230 homicidios, 36 mujeres, 19 niños).

El silenciamiento

¿Qué pasaría si Martín no tuviera su doliente tablero al día?, ¿qué, si Lucy no insistiera en las peticiones de acceso para conocer la verdadera dimensión del secuestro, ni Sandra fuera a El Paso a consultar los expedientes gringos para reconstruir los mapas de las pandillas?, ¿y si Julio y Alicia no tomaran fotos de cada escena, ni Alejandro las publicara, ni Blanca entrevistara a los vecinos tras cada crimen? ¿Qué pasaría en Juárez si ni los periodistas del 44, ni del 5, ni de los otros ocho canales de TV cubrieran los tiroteos y las ejecuciones?

¿Y si Ismael Bojórquez y Javier Valdez y sus colegas de Río Doce, de Culiacán, no contaran cómo son las estructuras cambiantes del Cártel de Sinaloa ni cómo les duele a los habitantes su violencia y la corrupción estatal? ¿Y si los herederos del valiente Jesús Blancornelas, del semanario Zeta de Tijuana, hubieran resuelto callarse, hablar de otra cosa, en lugar de seguir dándole con la denuncia?

El país sería un cuerpo sin fiebre. Matarían sin parar, y no habría alarma que los detuviera. Secuestrarían sin límite y la autoridad abusaría a sus anchas, y un buen día caerían de podredumbre como el muro de Berlín. El mundo comunista probó que el silencio no compra legitimidad, más bien esconde sus carencias. Y los mexicanos que hoy sufren bajo el terror del narcotráfico, sufrirían doblemente porque ya no tendrían esperanza de ser escuchados.

No es mera especulación. Ya está pasando. En Tamaulipas, la ferocidad de la guerra del cártel narco-militar de los Zetas contra el Cártel del Golfo sumió a la mayoría de los periodistas en el mutismo. Unos medios que no alcanzaron a salirse del todo de la censura patriarcal del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuando ya les cayó la otra más violenta del narcotráfico, han optado por no contar lo que pasa para sobrevivir. Los bajos salarios de los reporteros en éste y otros estados no ayudan. Nadie se arriesga a sabiendas de que va a dejar a su familia en la calle.

En ese mismo estado, en julio de 2010, corrió el rumor de que siete periodistas habían desaparecido. Las organizaciones de prensa no pudieron confirmarlo ni desmentirlo.

“Por el creciente nivel de peligrosidad en México, no veo que la cobertura periodística refleje la realidad —dice con el ceño fruncido Mike O’Connor del CPJ—. Estás en otoño y la prensa te dice que es primavera. Hay notas aquí y allá, pero no hay investigación en muchas partes; no te dicen por qué florece el narco en Tamaulipas, por qué la gente se encierra apenas cae la noche en Durango, cómo se deprimió el centro de Monterrey”.

Pero ésa es una cara de la moneda. En la otra, está el temor de que la prensa sirva de megáfono del terror. Que la cotidianidad de la violencia vacune a la sociedad contra el espanto y en el espejo de su realidad, que son los medios, sólo se vea reflejado su rostro más feo.

El miedo a convertirse en idiotas útiles del crimen no es infundado. Menos en el último año, cuando éste intenta imponer a la fuerza su versión de los hechos. En Ciudad Victoria es frecuente que los Zetas envíen notas de prensa ya listas para publicar, incluidas fotografías de sus fiestas, según lo contó otro periodista que conoce la situación.

El secuestro de los periodistas de Milenio, Televisa y El Vespertino en Coahuila también fue un intento del narcotráfico de forzar a los medios a publicar denuncias contra la posible corrupción de la justicia. Y unos cedieron, pero otros no, gracias a la solidaridad de algunos medios que no divulgaron la noticia, permitiéndoles a los afectados que se garantizara antes su liberación.

Para enfrentar con mayor potencia esta amenaza, y hacer conciencia del riesgo de convertirse en los propagandistas del narcoterrorismo, setecientos quince medios mexicanos nacionales y locales sellaron un acuerdo, en marzo pasado. El pacto consiste en no magnificar los crímenes, ser claros en que están del lado de la ley, pero denunciar también a los agentes estatales que la violen. Además proponen desarrollar protocolos internos de seguridad, ser solidarios con los medios más golpeados por el narco y proteger la dignidad de las víctimas.

El acuerdo, sin embargo, según lo han señalado ya varios críticos, tiene dos carencias graves. La primera, que no convoca a unirse para poder informar más y con mayor libertad sobre el crimen organizado. La segunda, que no exige al gobierno que proteja a los periodistas ni plantea estrategia alguna para hacerle pagar a la justicia un alto costo político por su desidia para investigar los crímenes contra la prensa libre.

El pacto les viene bien al gobierno y a muchos empresarios preocupados por que la mala prensa acabe con la inversión privada, el crecimiento sano, las únicas armas de fondo para combatir la expansión del crimen. ¿Pero qué pasaría si mientras la prensa da sólo “buenas noticias”, los narcos, vía redes sociales, se ocupan de las malas?

Pedro y Emilio

Como el mejor equilibrista, el subdirector de El Diario de Juárez, Pedro, consigue el balance de cada día: informar sin poner vidas en vilo; contar lo que pasa, pero borrar el nombre que hará estallar la metralla.

El año pasado sus corresponsales en una ciudad pequeña de Chihuahua le enviaron una información sencilla: la captura de cinco personas asociadas al Cártel de Sinaloa. Para completarla, consiguieron fuentes en Juárez y en Los Ángeles (California). Apenas salió publicada la nota, llegó la llamada: “Si publican una línea más del tema, sus corresponsales en esa ciudad se mueren”, le dijo una voz áspera por teléfono. Pedro sacó a los periodistas en riesgo y canceló el tema. Ninguna nota vale una vida.

Con la cadencia típica del mexicano norteño y una sonrisa dulce que esconde su calvario, Pedro relata uno y otro episodio inquietante de la semana. Se están tomando medidas, no firmar, evaluar si se entrevista a los familiares del narco muerto, editar con lupa. Con todo y eso, en tres años han asesinado a dos reporteros, seis voceadores y una distribuidora del diario. La justicia no investiga. Ninguno de los 1 300 agentes de policía municipal, federal, ministerial, estatal y de la PGR, ni los soldados que hay en Juárez los cuidan a ellos ni a ningún otro periodista. Están solos.

La prensa nacional, con contadas excepciones de algunos que han narrado lo que ellos no pueden, informa menos que los diarios locales sobre lo que le está pasando a Juárez, dice Pedro.

Suena el teléfono y es Emilio, un periodista que trabajaba en el diario pero escapó a Estados Unidos para que no lo mataran. Un general lo amenazó por publicar que sus soldados estaban robando a las personas a las que les allanaban sus casas. Él lo denunció, pero al final, general y periodista acordaron olvidar el asunto.

Dos años después, sin motivo, una horda de enmascarados allanó su casa, destruyó sus muebles e intimidó a su familia. No encontraron nada. Días después, Emilio empezó a ver una vigilancia extraña, que no lo dejaba en paz. Una fuente le avisó que lo iban a matar. Organizó lo que pudo y pasó de ilegal a Estados Unidos con su hijo de quince años a donde se entregó a las autoridades y pidió asilo. Fue detenido siete meses; su hijo, dos. Ahora tiene una visa temporal y espera que le den el estatus de refugiado permanente.

La justicia no ha investigado las amenazas contra él; ninguna otra fuerza estatal lo protegió. Lo ha salvado la solidaridad de algunos colegas. Periodistas de a Pie hizo una colecta para ayudarlo a mantenerse; una organización canadiense le dio un premio; colegas estadounidenses vinieron a su juicio para respaldar su testimonio. Pero se siente abandonado a su suerte. Está cortando césped y lavando platos para sobrevivir. “Casi treinta años de profesión a la basura”, me dijo por teléfono con voz cansada.

La partida

En la madrugada, una colega me llevó a tomar el avión. Mientras atravesábamos las largas avenidas que unen las colonias como puntos inconexos de una ciudad que no es, la colega me relata con desesperanza que no ve muchas salidas a la situación. Un cambio de política quizá; que legalicen la droga, pues la prohibición es la que la vuelve el negocio astronómico que arrasa con todo; que inviertan menos en tropa y más en pupitres y cuadernos; hay en Juárez barrios populosísimos con apenas una escuela; que la corrupción desapareciera…

De pronto bajó la velocidad. En medio de la calle hay dos bultos enormes envueltos en bolsas negras. Cuando pasamos de lado, vimos el plástico rasgado pero no asomaba ningún desperdicio. Sábanas blancas arropaban el bulto debajo del plástico negro.

—¿Muertos? —le pregunté escalofriada a mi colega.
—Es probable que sí —dijo sin mayor impresión—. Ésta es la hora en que suelen botarlos.

Cuando el avión despegó, Ciudad Juárez me pareció entrañable. Nunca había conocido periodistas más valientes.

El mesón de Jeremías es un restaurante que no existe, ubicado en un punto preciso de la costanera de Gualeguaychú, una pequeña ciudad turística del noreste argentino, en la provincia de Entre Ríos, conocida por sus carnavales. Lo inventó Nahuel Maciel, que no se llama Nahuel Maciel, para escribir sobre cocina en el diario El Argentino -el más antiguo de Gualeguaychú- en algunas ediciones de 2010: los clientes de Jeremías nacían al llegar al lugar y morían un párrafo después del proceso de cocción, una vez agotadas sus historias de pasiones cotidianas, la receta y el espacio disponible para el texto.

—Hubo lectores que llamaron al diario para saber cómo podían llegar al restaurante -dice Nahuel Maciel, mirando hacia el río.

Es de noche, la costanera de Gualeguaychú está iluminada.

—En un momento llegó a haber como diez o quince personas que aseguraban que habían comido en el mesón de Jeremías. Era una ficción, ¡un recurso!

Maciel abandona una sonrisa a mitad de camino y apura el cigarrillo. Lo tira. Lo pisa.

—Pero claro, algunos ya preguntaban: “¿Volviste a las andanzas, Nahuel?”.

***

A principios de los noventa, Nahuel Maciel se convirtió en leyenda por plagiar e inventar con eficacia, sin vacilación, largas entrevistas a personalidades como Gabriel García Márquez, Carl Sagan, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti, que fueron publicadas entre 1991 y 1992 por el suplemento de cultura de El Cronista Comercial, un diario de la capital argentina. Los hechos ocurrieron hace dos décadas en Buenos Aires, y tuvieron su continuación durante algunos años en Paraná, capital de Entre Ríos, donde Maciel fue a vivir después del hito más conocido de su pasado, lo que se considera el punto más elevado al que lo llevó el ciclo ascendente de la mitomanía: en 1992, ante una sala repleta con más de quinientas personas, el joven Nahuel Maciel presentó en la Feria del Libro de Buenos Aires Elogio de la utopía, una recopilación de conversaciones con García Márquez que no eran reales, prologada por un texto del escritor uruguayo Eduardo Galeano que Galeano nunca escribió, con un prefacio a cada capítulo plagiado, palabra por palabra, de un libro del sacerdote argentino Mamerto Menapace, a cuyos textos sólo les había cambiado la palabra “Dios” por “Utopía”.

Mamerto Menapace es un cura célebre del monasterio benedictino Santa María de los Toldos, en la provincia de Buenos Aires, que ha encarnado una figura folclórica -el cura de campo- como autor de cuentos y poemas en los que predominan las moralejas de la vida rural y las parábolas religiosas. Fue el primero en denunciar el plagio, a pocos meses de la presentación: Elogio de la utopía era un collage de distintas fuentes, y su publicación supuso el final de la carrera meteórica de Nahuel Maciel en la capital del país.

En la contratapa del libro se puede ver un retrato suyo de aquellos años: un joven de camisa que sonríe apenas a la cámara; el pelo negro, abundante, se une con la barba, negra y abundante, de tal modo que dibujan el contorno de un rostro delgado, anguloso, donde sobresalen -levemente- los pómulos y las cejas pobladas. Debajo de la foto, un texto breve en primera persona, “Palabras de un autorretrato”, sin más información de origen que la siguiente: “Esto era así allá en la cordillera, en Neuquén, el lugar donde crecí. Pero aquí en Buenos Aires, las cosas son algo diferentes”.

Aquí en Gualeguaychú, ahora, las cosas también: son diferentes.

Nahuel Maciel tiene cuarenta y siete o cuarenta y ocho años y un pelo abundante, irisado de canas, que se une con la barba, abundante e irisada de canas, de tal modo que dibujan el contorno de un rostro robusto, en el que sobresalen las cejas pobladas y los ojos grandes, marrones y acuosos. Hace más de diez años que vive en Gualeguaychú, donde trabaja como periodista y editor del diario El Argentino.

Una tarde de agosto de 2011 le pregunté si había nacido en Entre Ríos. Estábamos en su oficina, en la redacción de El Argentino, sin grabadores. “No -me dijo-, no sé, no sé”, y su mirada se tornó esquiva.

El pasado de Maciel, como personaje, tiene distintas versiones. La persona real, la que corresponde a su nombre real, está resguardada debajo de un Nahuel Maciel que nació hace veinte años. Nahuel Maciel no se cambió el nombre cuando se fue de Buenos Aires, después de que su firma pasara, en menos de un año, de la exposición máxima en las páginas de El Cronista Cultural a la desaparición total.

—El pasado te alcanza siempre -me dijo esa tarde.

Nahuel Maciel no quiere que escriba sobre él.

—Estoy cansado, flaco.

Suspira.

—Me han matado.

***

La primera vez que Maciel apareció en la redacción de El Cronista, relata Mario Diament, entonces director del diario, fue a finales de 1991, una tarde en que a la editora de El Cronista -la periodista Silvia Hopenhayn-, se le había caído su nota principal: “Se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para Le Monde de París y el National Geographic, algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a ofrecer -dijo- una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax, lo cual, para una editora que ve pulverizarse la nota principal del suplemento, caía como maná del cielo”, escribió Diament en una versión de la historia que publicó en 1996 la revista Noticias.

—Su apariencia era benévola. ¿Viste esos personajes misteriosos? Pero de un misterio con cierta candidez. No era el misterio oscuro y maloliente. Todo lo contrario. Venía con una carga mística— dice la escritora Silvia Hopenhayn.

Hopenhayn recuerda a Nahuel Maciel como “una especie de fantasma ambiguo”. Un personaje -“flaquito, medio moreno, hirsuto”- que exhibía, al mismo tiempo, un apego a raíces ancestrales, y desamparo. Recuerda que tenía “como un andar medio alado”.

Recuerda un gesto: “Con los dedos se cubría un poco la boca”.

En 1991, cuando Maciel se presentó en la redacción para ofrecer sus notas, Hopenhayn tenía menos de veinticinco años y dirigía El Cronista Cultural: su tarea periodística era “importante y hermosa”, dice, pero “todavía no sabía distinguir que las palabras pueden tener doblez”.

—Atraía, quizá, su estirpe, original y originario. Y eran importantes las notas que él traía. Pero lo que más me terminaba de convencer a mí era su lenguaje. Su forma de inscribirse en el mundo. No era solamente porque tenía la cartita de García Márquez o la cartita de Vargas Llosa, ni porque “ay, mirá, un indígena escribiendo, que original para tener como pluma colaboradora”. Había algo convincente en su propia forma de dirigirse y hablar.

El Cronista Cultural se publicó semanalmente con El Cronista Comercial durante unos seis años, hasta mediados de los años noventa, y fue el producto emblemático de un periodo de cambios en el matutino -especializado desde su origen en economía y negocios-, que intentaba ganar un público más amplio. Esos años el diario pasó a llamarse El Cronista -una mutilación temporaria- y sumó firmas, secciones, suplementos.

—Fue un momento de creatividad pero de mucho caos. Yo pasé casi por cinco directores en cinco años -recuerda Hopenhayn.

Mario Diament fue director desde finales de 1991 hasta finales de 1992, y apostó a darle al diario un perfil más progresista, a sumar producción en Política, en Cultura. El Cronista Cultural llegó a tener dieciséis páginas, convocaba a figuras literarias consagradas y a otras en surgimiento, e incorporó a académicos e intelectuales que solían tener cierta reticencia por el lenguaje periodístico.

—No había trabas, no había condicionamientos -dice Hopenhayn.

Los periodistas culturales compraban el diario los domingos por el suplemento que ella dirigía.

El domingo 22 de diciembre de 1991, El Cronista Cultural publicó la primera nota de Nahuel Maciel: “La indulgencia del poder”, una entrevista exclusiva con Mario Vargas Llosa realizada vía fax. (Escribe Maciel: “Es casi inevitable preguntarle por Cuba y por Fidel. ¿Cuál es su opinión?”. Responde Vargas Llosa: “Sí. Es cierto. Yo esperaba desde el principio esta pregunta suya. Yo creo que Fidel es un caudillo, un caudillo al que el poder ha ido convirtiendo en una especie de todopoderoso. Lo inevitable con todos los todopoderosos, las personas tremendamente megalómanas, es que se llegan a creer un semidiós encarnado. Creo que no se puede tener un poder absoluto, por tanto tiempo, sin convertirse en algo completamente distanciado de la experiencia común…”.

El 12 de enero de 1992, el suplemento publicó en la tapa “El enigma del tiempo”, reportaje exclusivo de Carl Sagan. (Pregunta Nahuel Maciel: “¿Entonces es imposible realizar un viaje al pasado?”. Responde Carl Sagan: “La teoría de la relatividad no excluye expresamente el viaje al pasado, pero lo disparatado de semejante idea no se puede rebatir ni siquiera con las más atrevidas teorías. […] Supongamos que un viajero por el tiempo encuentra a su propio yo más joven, y lo mata. ¿Estaría entonces muerto el viajero? ¿Cómo habría podido emprender este viaje si ya estaba muerto antes de comenzarlo?”).

El 29 de enero, El Cronista Cultural publicó en la tapa “El vivero de García Márquez”, un reportaje de cinco páginas con el Nobel colombiano, centrado en la “función y necesidad de la Utopía”, que se convertiría en la base del libro Elogio de la utopía. En la última página salía un recuadro, “Historia de un periodista”, donde se señalaba que Nahuel Maciel era colaborador de “Le Monde (Francia), El Día (México) y El Cronista Cultural”, que había nacido en Neuquén en 1964, y que había traducido “El Principito, El cerro de los siete colores y Las venas abiertas de América Latina al mapuche”

El 9 de febrero se publicó “La leyenda de la llorona y la locura”, un texto de dos páginas en el que Maciel analizaba una historia clásica de fantasmas, basado en una investigación que había presentado en “el Tercer Congreso de Antropología y Mitología Americana -México DF, septiembre de 1990- organizado por el Museo Antropológico de México”. (Primera hipótesis sobre la leyenda de “la llorona” que aparece en el texto: “Un pueblo se apropia de una locura individual y la llena de contenidos sociales, transformándola en una locura étnica. Pero esos contenidos sociales no son explícitos. A través de la leyenda se canalizan elementos tecnoecológicos y socioculturales que de llegar a manifestarse per se, plantearían -creemos- la necesidad de cambios estructurales”).

El 16 de febrero se publicó “América podría ser una fiesta”, una especie de ensayo de dos páginas sobre la conquista del continente, firmado por “Eduardo Galeano y Nahuel Maciel”. (Final de la primera parte: “Nuestra identidad está en la historia, no en la biología, y la hacen las culturas, no las razas: pero está en la historia viva. El tiempo presente no repite el pasado, lo contiene”).

El domingo 23 de febrero de 1992, El Cronista Cultural publicó “Paraguay en llamas”, una crónica sobre el régimen de Andrés Rodríguez y el proceso político de Paraguay, firmada así:

“Nahuel Maciel (Asunción)”.

Eso, sólo en los primeros dos meses.

Maciel no tenía treinta años.

***

—Yo sabía como era la dinámica de un suplemento cultural, sobre todo cuando intenta posicionarse. Necesita buena mercadería. Y esa situación, a veces, es desesperante: saber que la única posibilidad que tenés de competir con los suplementos ya asentados o tradicionales como el de La Nación, e inclusive el de Página/12, es hacer algo que sea realmente bueno o diferente. Si no, no tenés chance. Creo que por eso ellos caen un poquito así en los embustes de Nahuel. Porque tenían una gran necesidad de que existiera esa posibilidad de reportaje maravilloso…

El periodista Oscar Taffetani (58) se detiene para buscar una expresión precisa. Es un lunes de enero en Buenos Aires. Son las 16:30.

Taffetani conoció a Nahuel Maciel en 1991, cuando dirigía un semanario de cultura y política llamado Las palabras y las cosas; un desprendimiento del diario Sur que trataba de sobrevivir de forma independiente. Le presentaron a Maciel como “alguien que había sido educador, que había sido criado por los mapuches”: “Lo tomé como un chico que quería hacer sus primeras armas”, dice. Le propuso hacer una crónica sobre la proyección de Danza con lobos: una perspectiva mapuche sobre un filme que hablaba de la relación entre un blanco y los indios pieles rojas.

—Y lo hizo bien -dice Taffetani.

Pero sus colaboraciones en el semanario fueron escasas. Un día, cerca de fin de año, Maciel le contó que se había presentado en El Cronista.

—Ellos lo convierten a él en estrella, sin pensar mucho qué hay en el fondo, qué hay debajo de esto. Está bien: uno puede comprender, porque nadie está libre de cometer errores, qué se yo, pero no podés analizar el fenómeno de Nahuel Maciel tomándolo a él como un bicho raro, sin entender en qué sistema funcionó la mitomanía de Nahuel. Es un sistema que está ávido por comprar ese tipo de cosas…

***

El 24 de julio de 2004, la revista argentina Noticias publicó una nota del periodista Emilio Fernández Cicco sobre Nahuel Maciel titulada “El gran simulador”: “Habla el más exquisito embaucador del periodismo, tras años de anonimato. La increíble historia del hombre que inventó hasta un libro con García Márquez”, decía la presentación. Su nota sobre Maciel era una entrevista telefónica grabada desde Buenos Aires. El diálogo comenzaba en el segundo párrafo:

“Noticias: Necesitábamos hablar con Nahuel Maciel.

Maciel: Él habla.

Noticias: Ah, mire, somos de la revista Noticias. Queríamos hacerle una nota contando su historia.

Se produce un largo silencio en la línea, la pausa que se toma una mosca antes de ser aplastada por un zapato. Es lógico que esto ocurra.”

—¿A vos te costó encontrarme? -pregunta Maciel apenas se sienta en la mesa del bar.

A través de las ventanas se puede ver: la costanera vacía, el cielo espeso, el río picado.

Es lunes, 8 de agosto de 2011. Es la primera vez que nos vemos. La pregunta es retórica.

—¿Viste? Después sale que estoy escondido. Que estoy en el anonimato: todas las semanas firmo mis notas con el mismo nombre. Trabajo en una empresa que cumplió cien años. Cada vez que quise contar que estoy agradecido (porque ahora ya no, pero había que tener huevos para tomarme entonces, cuando me tomaron en El Argentino), sale que estoy escondido. Qué sé yo lo que sale.
—Pero yo no pondría esas cosas.
—Sí, todos dicen lo mismo. Yo te puedo hablar de la mala praxis con nombre y apellido. Yo te puedo hablar de la confianza, porque la perdí en mí mismo. Yo escribía algo y decía: “Pero, ¿esto es mío, o creo que es mío y lo leí?”. Yo tuve que laburar mucho la confianza en mí. Y después tenés que bancarte que cualquier boludo venga a cobrarte una factura, y vos ni lo conocés. ¿Y vos quién sos?

En enero de 2007, en pleno conflicto argentino-uruguayo por la instalación de una inmensa fábrica de celulosa en Fray Bentos, frente a Gualeguaychú -del otro lado del río Uruguay-, el polemista argentino Eduardo Montes-Bradley estrenó en Punta del Este un “documental-ensayo” llamado El gran simulador, que fue promocionado en Uruguay como “No a los papelones”. Montes-Bradley, un cordobés -“porteño por adopción”- que hace películas, había leído la nota de Cicco en la revista Noticias y decidió viajar a Gualeguaychú en busca de Maciel: “Subí al auto y, sin muchos preludios, viajé a esa ciudad. Apenas llegué, encontré al mapuche trucho en la primera línea de fuego del asambleísmo de esa ciudad. No lo podía creer. El ahora periodista de El Argentino, uno de los diarios de Gualeguaychú, luchando contra las papeleras de la orilla vecina…”, dijo en una entrevista que le hicieron en 2008. Así nació El gran simulador, una película en la que Montes-Bradley se vale del pasado de Nahuel Maciel para ofrecer su mirada sobre los ambientalistas de Gualeguaychú y su reclamo contra la instalación de una papelera en Fray Bentos, causa que contaba con el apoyo explícito de los periodistas locales, entre ellos Nahuel Maciel.

En el minuto 12’49”, Nahuel Maciel habla de su pasado: “Si algo, entre comillas, me justifica estar acá, es porque en el año noventa y dos fui responsable de una situación disvaliosa para el oficio del periodista como la de haber realizado plagios y material apócrifo en la prensa”.

En el minuto 13’38” Montes-Bradley dice: “Estábamos convencidos de que Nahuel había instrumentado una brillante operación para desenmascarar la fragilidad del sistema. Su arrepentimiento fue una desilusión, una de tantas”.

Los casi sesenta minutos restantes, Montes-Bradley expone sus intentos frustrados por hacer una película, y va alternando el foco entre Nahuel Maciel y la protesta ambiental, siempre con el mismo tono. Dice, por ejemplo: “Definitivamente teníamos una película entre manos, o bien, estábamos en las manos de un psicópata” (22’11”); “Ese Nahuel, el que alguna vez sedujo con sus invenciones, resultaba más interesante que el periodista mentiroso. Nahuel, el indio Nahuel podía liberarnos de Gualeguaychú. Después de todo, él nos había traído” (43’33”); “Nube roja se hizo humo” (44’45”); “Qué sentido tenía seguir con una película imposible. El testimonio de Nahuel estaba empañado por la vergüenza y el arrepentimiento, mientras que la asamblea ambientalista me recordaba la idea de un pogrom” (54’12”); “Pobre Nahuel: él, que vendía con relativo éxito espejitos de colores, terminó comprando los que vendían en Gualeguaychú, a orillas del río”(1:10’27”).

***

—Buscá “prestigio” -dice Maciel, y me pasa uno de los libros marrones que forman una pila en su escritorio, al lado de la computadora que usa en El Argentino.

Es una edición vieja, en tomos, del diccionario de la Real Academia, con tapas semiduras y ribetes descoloridos por el uso, por el paso del tiempo.

—”Prestigio: del latín preaestigium… Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan a la gente…”. ¿Viste? Cuando te dicen que alguien es “un prestigioso periodista”, hay que tener cuidado con lo que están diciendo.

Me mira de reojo.

—Y éste no es un diccionario que escribió Nahuel Maciel, eh.

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—Las universidades tenían un encantamiento extraordinario con este personaje -cuenta Orlando Barone (70), un periodista veterano que trabajó en algunos de los principales medios gráficos del país, hoy identificado con el oficialismo-. En la de La Plata, por ejemplo, donde fuimos a presentar los libros, todas las preguntas iban dirigidas a Nahuel. Había una atracción desde la izquierda porque era mapuche, porque… bueno, porque el hechizo era fantástico. Y casi sin hablar, porque ni siquiera hablaba demasiado. Era como ese personaje, el de la película Desde el jardín. Algo parecido.

Para Barone, Nahuel Maciel “es un héroe anticipado a la nueva época, pero él no sabía que era un héroe: él lo hizo como un bandido”.

En abril de 1992, Barone presentó su novela La locomotora de fuego junto con Elogio de la utopía, de Nahuel Maciel, en la Feria del Libro de Buenos Aires. Las dos publicaciones eran las primeras criaturas de Ediciones El Cronista, un proyecto editorial que formó parte, fugazmente, de la etapa de expansión y cambios que vivió El Cronista Comercial esos años. El proyecto prácticamente comenzó y terminó con los libros de Barone y Maciel.

—Cuando él presentó su libro junto con el mío, yo acepté sin dudar porque, bueno, porque soy democrático, primero porque todavía no se sabía el desenlace. Él tenía una carta que le había enviado García Márquez por el libro. Cuando el locutor iba leyendo en el escenario la carta de García Márquez, me di cuenta, creo que todos nos dimos cuenta, por lo menos los que conocemos algo de literatura, de que no podría haberla escrito nunca García Márquez.

El eje central de la Feria del Libro de Buenos Aires de ese año, la edición número 18, era “El libro en los medios de comunicación”.

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Elogio de la utopía surgió como una extensión del reportaje que El Cronista Cultural había publicado originalmente el 29 de enero: en pocos meses, “El vivero de García Márquez” se convirtió en un larguísimo diálogo erudito -y por momentos incomprensible- sobre la utopía, que ahora ocupaba más de doscientas páginas. Todo el libro, a excepción de los textos cándidos de Menapace usados como prefacio, el prólogo apócrifo de Galeano y algunos fragmentos dispersos, está compuesto por intercambios de este tipo:

“NM: —Con el paso de los siglos, el buen rey Utopos de la obra de Moro se ha convertido en su contra-imagen -el Big Brother (Orwell) o el ‘Benefactor’ (Zamiatin). Desconfianza de la autoridad y negación del providencialismo que se puede rastrear en las Utopías Satíricas de Johnatan Swift, especialmente en la serie de viajes de ‘Gulliver’ y en el Cándido de Voltaire, tradición irónica que se remonta a Aristófanes.

“GGM: —En efecto, en las comedias de Aristófanes se anuncian las que serán características de la anti-Utopía satírica de los siglos ulteriores. En la Asamblea de Mujeres, a la pregunta formulada de ‘¿quién cultivará la tierra?’ en la sociedad igualitaria que se propugna revolucionariamente, Proxógoras contesta, en forma ingenua pero significativa: ‘Los esclavos’. Todo régimen utópico tiene, en definitiva, sus esclavos…”

(Fragmento del subtítulo “La ironía como arma”, perteneciente al segundo capítulo de la primera parte de Elogio de la utopía, página 68).

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El supuesto vínculo con el Nobel colombiano, que ya había dado como frutos una entrevista exclusiva, un libro y una carta personal leída en la Feria del Libro, incluyó también la publicación exclusiva de “un relato totalmente inédito” de García Márquez que fue anunciado en la portada de El Cronista el domingo 3 de mayo de 1992. El relato se llamaba Cuentos de una noche sin luna, y era presentado como “una suerte de regalo de García Márquez con motivo de la presentación de Elogio de la utopía”.

Un fragmento:

“—Es tan grande mi prestigio aquí, amigos míos -decía- que cualquiera de nosotros puede cometer el más cobarde de los crímenes sin temor a ser castigado por él. Os juro que podéis dirigiros a un hombre y castrarlo, pues si sabe que sois un esclavo de Eufrínides os agradecerá el haberle hecho el honor de haberos apoderado de su más querida pertenencia en nombre mío”.

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—Lo mío fue un error, pero fue involuntario. ¿Cuál fue el error? No separar el agua entre la fantasía y la realidad. Yo tuve mil oportunidades de zafar en el noventa y dos. Podría haber dicho: “Quería demostrar la debilidad del sistema”. Y quedaba como un capo: “Con esto demostré la mediocridad, primero, del mercado cultural argentino, y segundo la debilidad del sistema, que cualquier cosa se publica”. Era una buena defensa, pero era mentiroso. Yo me lo plantee, cuando estalla el quilombo: “Bueno, zafo con esto. Me harán papilla nacional, pero termino siendo un héroe: el caso va a la universidad y se estudia”. Y después me dije: “En realidad yo sé que no es así, y después no voy a poder zafar conmigo mismo”.

“Error involuntario”, dice Maciel, es una expresión redundante.

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Tres años después de la presentación de Elogio de la utopía, en diciembre de 1995, Eduardo Galeano publicó una nota en el semanario uruguayo Brecha -llamada “Resignación”-, en la que narraba el hallazgo del prólogo que supuestamente había escrito para el libro de Maciel: se había topado con Elogio de la utopía por casualidad, en una biblioteca de Estados Unidos. Galeano, que no escribe prólogos, advertía al comienzo de éste: “Es tarea y es propio de los maestros prologar las obras de sus discípulos, pero no seguiremos esta añeja y acertada tradición. Tal vez porque Nahuel Maciel lleva el orgullo de su generación, o quizá por una fecunda amistad que nos une […], pero lo cierto es que no considero a este joven periodista como un discípulo, puesto que casi siempre es él quien me enseña”.

En Argentina, poco tiempo después de la presentación en la feria, los libros fueron recuperados y se quitaron de circulación cuando el cura Mamerto Menapace envió a los editores las pruebas del plagio.

En junio de 1996, seis meses después de la publicación de la nota de Galeano, Mario Diament publicaba en Noticias aquella primera versión del paso de Maciel por la redacción de El Cronista. Allí, en su texto -llamado “Inventando a Gabo”-, decía lo siguiente sobre el libro que había derivado en la ruptura definitiva del idilio con Maciel: “No pude asistir a la presentación, pero pregunté al día siguiente cómo había salido todo, y si Galeano había estado presente, y todo el mundo me aseguró que sí”.

Los finales de las relaciones también tienen un mito de origen. Para Diament, por ejemplo, la relación con Maciel comenzó a derrumbarse con un muerto: Shmuel Yosef Agnón, escritor israelí que recibió el Nobel de Literatura en 1966, fallecido en 1970. Una tarde de 1992, cuando Maciel ya se había convertido en colaborador permanente de El Cronista, cuenta Diament, Nahuel se le acercó en la redacción para preguntarle si le interesaba “una nota con el Premio Nobel israelí I. S. Agnón”:

“‘¿Él quiere hacerla?’, le pregunté.

‘Bueno, se puede intentar’, me respondió, masticando su bigote como solía hacerlo.

‘Tengo buenos contactos’.

‘Tienen que ser muy buenos -le dije-, porque resulta que Agnón está muerto’.

Se quedó cortado un momento, y luego murmuró: ‘No lo sabía'”.

Después de ese episodio, Maciel todavía publicó en El Cronista Cultural una entrevista a Juan Carlos Onetti -que era conocido por su aversión a las entrevistas- y un reportaje exclusivo sobre Umberto Eco que salió en el suplemento del 28 de junio de 1992, antes que se impusiera “una veda a la publicación de sus notas”.

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Fragmento de una entrevista al cacique mapuche Kafulkeo, publicada el 9 de octubre de 1988 por el diario Página/12, firmada por Nahuel Maciel: “Yo no tengo miedo al tiempo, ni al pasado, por eso puedo conocer la historia. La historia es uno con otro. La historia es importante porque habla del uno, de lo bueno y lo malo de uno. Y así uno va arreglando el fondo de los errores y ya no se vuelve a equivocar en el mismo lugar o con la misma cosa”.

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—A Paraná cayó a principios de 1993. Nosotros hacíamos el semanario, pero ya estábamos con el proyecto del diario. Cayó con las cosas que había publicado en El Cronista. Vino a preguntar qué podía hacer. Y yo lo puse a capacitar gente -dice Daniel Enz, director del semanario Análisis de Paraná y ex director de Hora Cero, el primer diario donde Maciel empezó a trabajar cuando se fue de Buenos Aires-. Justo me faltaba alguien que me ayudara a preparar gente para la redacción del Hora Cero. ¿Entendés? Entonces lo puse a hacer una especie de taller intensivo para varios, que fue lo que hizo durante tres o cuatro meses. Y lo hizo bien. Al loco le gusta enseñar. Además, Nahuel es bueno en eso: tiene mucha parla.

—Me presentan un tipo morocho, de barba, flaquísimo, muy locuaz pero a la vez muy tímido, de gestos muy suaves, de palabras muy suaves y cuidadosas, muy caballero. Muy seductor: no sólo con las mujeres sino con todo el mundo, inclusive con los niños. Y de veras que tenía una impronta muy diferente a todos nosotros. Pero todo esto lo puedo ver ahora, lo puedo leer ahora, después del paso del tiempo -dice Marcela Canalis, y en realidad logra que su descripción tenga el destello de un trance, que es como recuerda esos años: con la consistencia de una atmósfera cálida, un poco alucinada, que no se diluye a pesar de los ruidos de la esquina más transitada de Paraná un lunes a mediodía.

En 1993, Marcela Canalis regresó a vivir al litoral argentino después de pasar ocho años en Buenos Aires, y Enz la convenció para que se sumara al proyecto de Hora Cero, donde terminó al frente de las producciones especiales. Canalis tenía experiencia en gestión cultural y en televisión, pero nunca había hecho gráfica. Esos primeros días le pidieron que ayudara a organizar los talleres que iba a dar Nahuel Maciel, un periodista recién llegado de Buenos Aires, que venía con credenciales de Le Monde.

—Él mantenía una distancia con nosotros. Era un profesor, y realmente lo era. Asumió ese rol entonces, como luego asumió un montón de otros roles. En ese momento, cuando estaba en la cresta de la ola, él era el personaje que vos querías que él fuera.

***

—Las invenciones de Nahuel, en realidad, son un pasaporte que él consigue para entrar al mundo del periodismo, un medio donde él era un extraño, donde de otra manera era difícil que hubiera hecho carrera -dice Oscar Taffetani-. Bah, difícil: porque tendría que haber hecho un poco como hacen todos. Ser un cronista común o un movilero, o esto, o lo otro, e ir acercándose, hasta que después terminás editando. Él hizo una especie de trámite exprés llevado por toda esa capacidad que tenía para forjarse un yo ideal, o una especie de figura inexistente pero que se la vendió a todo el mundo. Por eso él lo ve como un momento en el que estaba fuera de sí, como algo que no controlaba, que era más fuerte que él.

***

Para mayo de 1994, cuando comenzó a salir a la calle Hora Cero, el rango de Maciel en la estructura de la redacción había entrado en transición.

—Lo puse al frente de un suplemento de la zona de La Paz (interior de Entre Ríos). Él coordinaba todo eso y hacía una contratapa. Ahí encontramos que su contratapa tenía similitudes con algunas notas de Soriano. Entonces yo empiezo a averiguar: ahí me entero -dice Enz.

Un llamado a un colega en Francia confirmó que Maciel no trabajaba para Le Monde, y tendió una soga de pólvora hasta Buenos Aires, donde estaba anudada a una bomba con su pasado reciente. Enz se asesoró, confrontó a Maciel con las pruebas, le ofreció ayuda profesional, y lo puso a producir en segundo plano, para que pudiera seguir escribiendo.

—Él había caído en desgracia y yo necesitaba gente que escribiera -recuerda Canalis-. No podía escribir un suplemento por día los siete días de la semana: ni me interesaba ni era mi rol. Entonces me dieron a Nahuel. Hacíamos un suplemento que se llamaba Chau chau cocina, y a lo mejor, ponele, paralelamente, nos tocaba hacer uno sobre Evita. O sobre Perón. Y él escribía, desde textos sobre los funerales de Evita hasta unas notas espectaculares sobre vinos. Vos pensá que no se podía googlear. No era que él entraba a una computadora y se ponía a cortar y pegar. Él se sentaba en una máquina, te hacía la nota y te la traía, escrita magistralmente.

—Cuando llegaron detalles de la situación de él, hubo gente que hizo causa común. Gente que decía: “Nos estafó a todos”. Y yo decía: “¿Pero desde qué lado…?” Yo vi un veneno terrible -recuerda Alfredo Ibarrola una mañana de septiembre de 2011, tres meses antes de ser nombrado secretario de Cultura de Paraná.

Ahora, en la vieja estación de trenes donde funciona su oficina, Ibarrola regresa a esa época, hace diecisiete años, en la que lidiaba con su separación, con la muerte de su padre, y con la distribución del diario Hora Cero. Durante algunos meses, Ibarrola alojó a Maciel en una casita que había alquilado en calle Misiones, en Paraná. Ambos compartieron, simultáneamente, el hogar y la intemperie: los dos asistían entonces al derrumbe de lo que habían sido sus vidas hasta hace muy poco. Ibarrola disfrutaba de estar con Maciel, dice, de su humor ácido y de su conversación, y no hacía demasiadas preguntas.

—Yo estaba tratando de no caer en la depresión, mis hijos me daban mucha mano y Nahuel fue uno de los tipos que estuvo ahí. Después en un momento tomó su rumbo. Cuando termina el Hora Cero, él se va a Concepción del Uruguay. Ahí conoce a su actual mujer, tuvo un hijo, tuvo una hijita. Después se va a Gualeguaychú. Cuando retomé el contacto, ya estaba en Gualeguaychú hace varios años. Lo vi estabilizado en una persona, ya fuera del personaje. Lo que pasa es que yo también veía que había cosas que lo perseguían y que lo van a seguir persiguiendo de por vida.

—Nahuel nos marcó a todos, porque interactuó con todos -dice Marcela Canalis-. Los varones grandes, por ejemplo, lo tenían allá, a la distancia… Esto es una apreciación mía, pero creo que les puso un espejo a todos. El espejo de la propia invención que uno hace de uno mismo, ¿no? Porque los roles en la redacción se dan en la medida del personaje. Si vos escribís de economía, tenés que funcionar como alguien que escribe de economía. Y si sos el que sabe de política, tenés que funcionar y mostrar aquello que los demás quieren ver. Entonces, vos tenés un loco que viene diciendo que trabajaba en Le Monde, y después termina escribiendo de cocina, para ellos era el ser más deleznable de todos. A los machos alfa de la redacción, sobre todo, les provocaba un pánico, un terror.

Canalis tantea su atado de cigarrillos de arriba de la mesa. Saca uno. Lo enciende. Exhala. Alrededor hay menos ruido. En Paraná, la agitación de mediodía cede lugar a la siesta.

—Me parece que lo que pasó fue eso: que fue un espejo para todos. Y los que estábamos más o menos bien de la cabeza, o peor, pudimos no asustarnos con ese espejo…

***

—No sé que dice él al respecto -dice Hopenhayn del otro lado de la línea, casi al final del diálogo, y lo dice casi como si hablara consigo misma-.¿Es un fallido inconsciente, es una estrategia para encontrar laburo? Evidentemente, a él, algo le gustan las letras, ¿o no? Eso se notaba. Entonces, ese entusiasmo también te contagia, lo compartís; o sea: sentís una empatía porque tenés un objeto común.

“Hay cosas que son tan lindas, que uno daría la vida por haber escrito eso”, me dice Nahuel Maciel otro lunes, frente al mismo río: Gualeguaychú.

Es la segunda vez que nos vemos. Maciel no ha cambiado su opinión respecto de la entrevista. No le interesa hablar del pasado. “No es una película -dice-, yo al principio pensé que era una película, pero esto no tiene final feliz”.

Le digo que su presente parece contradecirlo. Que se le ve entero. Que parece feliz.

—Claro, yo soy muy feliz. ¿Para qué tener una charla, entonces?, ¿para qué pelearme con un sentimiento, si después sale publicada cualquier cosa? Yo tengo una actitud que es reparadora: hacer lo que tengo que hacer, de la mejor manera posible, sabiendo que no tengo margen para el más puto error. Vos podés escribir una crónica y olvidarte de una cita, y no pasa nada. Yo no puedo. ¿Entendés?

El mes pasado, Cyntia Salazar y su familia viajaban desde Nuevo Laredo a las playas de Tamaulipas, bordeando hacia el este la frontera con Estados Unidos, cuando se encontraron en la carretera con un retén del Ejército mexicano. Salazar redujo la velocidad de su troca —viajaban con ella su marido, sus cinco hijos, su hermana embarazada, una sobrina de tres meses y un sobrino de ocho años— y luego, como para despejar cualquier duda, bajó la ventanilla y saludó a los soldados. Pocos segundos después, sin embargo, Salazar y su familia oyeron la tos metálica de las ametralladoras militares y el zumbido del enjambre de balas volando en su dirección y descendiendo con ferocidad sobre la camioneta. Corrieron hacia el monte, intentando protegerse de la balacera; cuando se dio la vuelta, Cyntia vio que sus dos hijos varones (Martín, de nueve años, y Bryan, de cinco) habían quedado atrapados.

Seis días más tarde, Cyntia está sentada en una habitación de hospital en Nuevo Laredo, donde su marido se recupera de un tiro en un brazo. Están los dos frente a una cámara de Univision, la principal cadena de televisión en español de Estados Unidos, asintiendo a las indicaciones que les da Jorge Ramos desde un estudio de televisión en Miami. “Cyntia, quiero que me explique bien lo que ocurrió el 10 de abril”, le pide Ramos, antes de empezar la entrevista. “Y después me gustaría que me cuente qué quiere que ocurra de aquí en más, ¿le parece bien?” Salazar, una mujer bajita y de aspecto decidido, dice que sí. Ramos hace una última aclaración: “Sólo tengo siete u ocho minutos para darle, así que si pudiera mantener las respuestas lo más breves posible, mucho mejor”.

Salazar le da a Ramos una gran entrevista. Cuando el periodista le recuerda que la Secretaría de Gobernación de México ha dicho que ella y su familia quedaron atrapados en medio de un tiroteo entre soldados y sicarios, Cyntia niega con la cabeza, sonriendo con amargura, y responde: “No había ningunos sicarios. Éramos solamente nosotros y los soldados, en plena luz del día”. Ramos —ojos azules, pelo gris, pómulos salientes: un cráneo perfecto para la tv, tan perfecto que parece diseñado a propósito— le pregunta entonces a Cyntia si cree que el gobierno está mintiendo. Ella vuelve a mostrar la misma sonrisa desencantada: “Es imposible que ellos no vieran tanta corredera de niños y aun así seguían disparando, todavía en el monte… Cuando quise bajar a buscar a mi hijo, el de cinco años, me lo mataron en mis brazos. Yo le gritaba a mi esposo: ‘Martín, me mataron a Bryan’. Todavía quise salvar a mi otro hijo, el que se me quedó en la troca, pero en el momento que abrí la cajuela me aventaron una granada”.

Desde Miami, Ramos, vestido con traje azul, corbata amarilla y camisa celeste, escucha a Salazar con el gesto serio pero comprensivo del periodista profesional que sabe ponerse del lado de las víctimas. (“Concibo el periodismo como una misión”, dirá dentro de un par de horas, en su carro, camino a un restaurante.) Inclinado apenas hacia adelante, con un bloc de hojas blancas atrapado entre las manos, el tono de voz de Ramos es firme pero no brusco, y sus preguntas son más periodísticas que sentimentales. El periodista hispano más famoso de Estados Unidos quiere que Salazar le cuente qué ocurrió aquel sábado por la tarde y qué le ofreció Margarita Zavala, la esposa del presidente Felipe Calderón, cuando la llamó por teléfono. Su tono de voz y su lenguaje corporal indican a la audiencia de Al Punto, su programa dominical de entrevistas, que él tampoco confía en la versión de la Secretaría de Gobernación y que, si tuviera que elegir un bando, elegiría el de Salazar y su familia. No lo dice así, con estas palabras, pero tampoco hace falta.

En los últimos años, la figura del mexicano Ramos en Estados Unidos ha crecido hasta convertirse en una referencia moral, mucho más amplia y potente que la de su trabajo como presentador del noticiero nocturno de Univision: en el mosaico de testimonios y organizaciones que llevan una década pidiendo una reforma de las leyes de inmigración y dar una mayor relevancia a los asuntos hispanos en la política estadounidense, la voz de Ramos ha sonado más clara y más fuerte que casi ninguna otra. “Jorge es la personalidad hispana más respetada en los Estados Unidos”, explica Sergio Bendixen, consultor político de origen peruano y residente en ese país desde 1961. Agrega Bendixen, que hace dos años diseñó la estrategia electoral latina de Barack Obama: “Su imagen no es la de un locutor de televisión común y corriente. La credibilidad de Jorge es la de un luchador por los intereses y los derechos de los inmigrantes latinoamericanos en este país”.

Hasta hace no mucho, la figura de Ramos era universal y apreciada entre los hispanohablantes de Estados Unidos pero perfectamente desconocida para quienes no hablaban en español. A partir de 2008, sin embargo, la imagen y las ideas de Ramos comenzaron a gotear hacia el mainstream de los medios y la política gringos. A medida que se calentaba la campaña electoral para las elecciones de noviembre, que ganaría Obama, y aumentaba el valor que los políticos de ambos partidos le daban al voto latino —Ramos lo llama “el síndrome de Cristóbal Colón”: cada cuatro años, demócratas y republicanos vuelven a descubrir a los latinoamericanos—, la voz y la cara de Ramos saltaron de Univision, una cadena que los estadounidenses identifican con los culebrones y los comediantes disfrazados de niños, hacia sectores más respetables de la grilla de programación. Ramos participó como moderador en tres de los debates electorales de aquel año: dos en Univision (una para los precandidatos republicanos y otro para los precandidatos demócratas) y uno en CNN. Según un informe de Media Matters, un centro de estudios sobre política y medios de comunicación, Ramos y su colega de Univision, María Elena Salinas (nacida en California de padres mexicanos) hicieron las preguntas más “significativas” y “sustantivas” de toda la campaña de debates.

Aquellas apariciones en el centro de la escena política de Estados Unidos tuvieron su recompensa. Stephen Colbert, el comediante que cada noche hace una parodia de los locutores conservadores, invitó a Ramos a su programa y fingió estar en contra de la inmigración. Ramos vendió con convicción (pero poco sentido del humor) su proclama principal: Estados Unidos debe abandonar su posición de resistencia al mundo latino, cuyo ascenso no sólo es inevitable sino también positivo para el país en su conjunto. La confirmación de su salto a la fama llegó poco después, en Saturday Night Live, el programa humorístico que lleva 35 temporadas marcando el pulso cultural de Estados Unidos. Allí, un actor interpretaba a un Jorge Ramos que babeaba por el actor que interpretaba a Obama. Para Ramos, podría haber sido un poco humillante que la imagen suya retenida por Estados Unidos hubiera sido la de su admiración y su apoyo por el candidato demócrata. Cuando le menciono el incidente, prefiere concentrarse en su aspecto positivo: “Ese día dormí tranquilo, porque no hay nada más mainstream que Saturday Night Live —dice—. De todas maneras, lo más maravilloso del sketch fue que me imitaron sin acento. Se inventaron un Jorge Ramos sin acento, y eso fue sin dudas un logro muy importante”.

A pesar de todo, Jorge Ramos sigue siendo un desconocido en México, el país donde vivió casi la mitad de su vida, donde siempre quiso triunfar y donde, según él mismo explica con un dejo de tristeza, no le dieron las oportunidades que sí le darían después en Estados Unidos. En México es más conocido por su relación sentimental con la actriz Ana de la Reguera que por sus logros profesionales. (Cuando le pregunté por su relación con De la Reguera, Ramos, que siempre ha mantenido su vida privada lo más privada posible, me respondió por e-mail: “Lo básico es lo siguiente: ella vive en Los Ángeles, yo en Miami; ni ella se puede mudar ni yo tampoco. Llevamos cinco años juntos, vivimos en los aviones, y queremos seguir las cosas tal y como están. No hay más plan que estar juntos lo más posible”.)

Comemos juntos un viernes al mediodía en un restaurante uruguayo del oeste desabrido y chato de Miami. Le pregunto entonces por su relación con la élite mexicana, si se siente valorado o ignorado por sus compatriotas. “Vivo totalmente distanciado de la élite en México”, responde Ramos, que ha pedido agua mineral con gas y un filete de pez espada. “No sé ni siquiera si me sienten parte de ella. Es más, estoy casi seguro que me ven casi como un extranjero. Mi vida siempre ha sido así: cuando voy a México soy el que se fue. Y cuando estoy en Estados Unidos, soy el mexicano”. Suelto una pequeña risita, sin saber bien por qué.

“De verdad, no te rías —responde Ramos—. No soy de ningún lado”.

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A Ramos lo jalaron al mundo por la nariz. Su madre tuvo complicaciones durante el parto y los médicos debieron sacarlo con fórceps, como si tuvieran que convencerlo de entrar al mundo. Ramos ha tenido desde entonces una relación muy especial con su nariz, que nació rota, se rompió otra vez durante una pelea en un partido de básquetbol y volvió a romperse años más tarde durante un partido de futbol. “Me han tenido que operar tres veces la nariz y en cada una de ellas he perdido olfato —dice—. Hay momentos en los que no huelo casi nada”.

Ramos nació y creció en Bosques de Echegaray, una colonia de clase media vecina al Distrito Federal, en una calle donde los padres eran severos y las madres, amas de casa. En Atravesando fronteras, el libro de memorias que escribió cuando tenía 44 años, Ramos recuerda su infancia con cariño, en la que lo único duro o inalcanzable era la figura de su padre, a quien pinta como un personaje bastante infeliz, arquitecto de profesión (y no muy exitoso), pero mago por vocación (y muy bueno), “acostumbrado a una autoridad vertical e incuestionable”. Hay dos historias muy interesantes de Ramos sobre su padre. La primera cuenta cómo, una tarde en la casa de su abuelo materno, Ramos (que vivía obsesionado por el futbol y al parecer jugaba muy bien: en el colegio lo llamaban Borjita Ramos, en honor a Enrique Borja) le pidió a su padre que pateara el balón. “Pero él no le dio al balón”, escribe Ramos en su autobiografía. “Su zapato negro pasó a unos centímetros del balón, fallando garrafalmente. Tengo la secuencia perfectamente grabada en mi mente”. El niño Ramos, para quien la humanidad se dividía entre quienes jugaban bien al futbol y el resto, pasó el resto de la tarde llorando, sorprendido y avergonzado de que su padre no fuera perfecto.

La otra historia comienza ese mismo día. Después de darse cuenta de que su padre no era Superman, Ramos fue un paso más allá y decidió que aquel hombre siempre ocupado, obsesionado por sus carros y la música instrumental norteamericana, ni siquiera era un modelo a seguir. “Lo que más aprendí de mi padre fue, precisamente, a no ser cómo él”, dice ahora, 40 años después. “Tuvimos muchos conflictos y antes de morir pudimos hacer las paces. Ésa es la lección que aprendí en estos 52 años: tienes que hacer lo que más te gusta. Vas a ser muy miserable si no haces lo que te gusta en la vida”.

Ramos, que se ve a sí mismo como un rebelde —“el periodismo es una forma de ser adolescente y un poco rebelde toda la vida”, explica—, cree que puede rastrear sus primeros recuerdos de resistencia a la autoridad en aquellos años, cuando las autoridades eran su padre y los sacerdotes benedictinos del Colegio Tepeyac (hoy, Centro Escolar del Lago) en el Estado de México. En el colegio, los sacerdotes golpeaban a Ramos y a sus compañeros con las suelas de sus zapatos, los jalaban de los pelos y los sometían a los castigos más arbitrarios. Y luego los obligaban a confesarse cada viernes. “Las primeras personas que odié en mi vida fueron el padre William, el padre Rafael y el padre Hildebrando”, me escribió Ramos por e-mail cuando le pregunté por los curas del colegio. Después agregó: “Mi actual posición de rebeldía y cuestionamiento frente a la Iglesia y frente a cualquier figura de poder tiene su origen en aquellos años”.

En sus años como universitario, viajaba casi dos horas de ida y otras dos horas de regreso —autobús, metro y autobús de ida; autobús, metro y autobús de regreso— para llegar a sus clases en la Universidad Iberoamericana. Trabajó durante toda la carrera: primero en una agencia de viajes, después en una estación de radio. Cuando se graduó fue aceptado para hacer un curso de posgrado en la London School of Economics, pero no pudo conseguir el dinero para pagarlo. “Todavía hoy sigo teniendo ese terrible temor de que en cualquier momento lo puedo perder todo —cuenta Ramos—. Todavía hoy. Soy muy ahorrativo y muy conservador en cuestiones monetarias”.

En 1982, poco después de terminar la universidad, Ramos consiguió un muy codiciado puesto en los servicios informativos de Televisa. No duraría mucho. Su segundo reportaje como redactor del programa 60 Minutos se llamaba “La identidad del mexicano” e incluía entrevistas con Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska. Sus jefes le dijeron que Monsiváis y Poniatowska no podían salir en el programa (“No son gente para Televisa”, argumentaron). Quitaron sus testimonios y, según Ramos, muchos de los datos sobre presidencialismo y autoritarismo incluidos en el reportaje. “Renuncié”, dice Ramos con una media sonrisa. Creyendo que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y su alianza con Televisa durarían para siempre, dejó todo: vendió su bochito rojo, dejó a su novia de ocho años, reunió cerca de 2.000  dólares y viajó a Los Ángeles, donde se inscribió en un curso de periodismo en televisión de la Universidad de California.

Aunque ya pasaron casi tres décadas, Ramos todavía se exige a sí mismo explicar aquella decisión con la mayor precisión posible. “México me ahogaba, y yo sabía que en aquel entonces no podía ser un periodista libre”. Después, como si todavía sintiera un poco de culpa, aclara: “No tuve el valor o la fuerza para quedarme a pelear por esa libertad de expresión en México. Otros se quedaron, como mi hermana [Lourdes Ramos, conductora del noticiero A las Tr3s]. Podía quedarme 20 o 30 años y esperar a que llegara la libertad de expresión a México. Pero yo no podía esperar tanto tiempo”.

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En el estudio principal de TeleFutura, una de las cadenas del grupo Univision, hace bastante frío. Ramos me pasea por las instalaciones, me lleva al control central, donde los productores y los técnicos —casi todos cubanos— se dan órdenes en inglés o en español con la misma naturalidad —“No, todavía no, guárdatelo. Bring it back in a minute!”—, y me lleva de vuelta al estudio, donde me ofrece una silla mientras él termina de grabar el último segmento de Al Punto, que se realiza hoy viernes pero se emitirá el domingo. En la penumbra del estudio, media docena de camarógrafos y utileros cubanos descansan o sestean mientras esperan la orden para volver al trabajo. Conversan en voz baja: “¿Quién pitchea hoy para los Phillies?”, pregunta uno. “Tony Edwards”, responde otro. En un momento, uno de estos tipos sencillos, panzones y anticomunistas, se me acerca al oído y me dice, apuntando con el mentón hacia Ramos. “Este tipo es un top de Univision. Por talento y como persona. El más querido, lejos, de todo el canal”. Se nos acerca uno de los camarógrafos, vestido con ropa de gimnasia y tenis blancos de basquetbolista, y agrega: “Es exactamente así. Yo llevo 30 años aquí y nunca nadie ha sido tan popular en esta casa como Jorge Ramos”.

Ramos está ahora entrevistando al pintor cubano-americano Arturo Rodríguez, que ha traído algunos de sus cuadros y los ha colgado en distintos lugares del estudio. Son escenas tristes, casi en blanco y negro, de familias o personas solas en aeropuertos o estaciones, quietas, que no se comunican entre sí, como si esperaran algo pero no saben qué. Ramos parece especialmente conmovido por las pinturas de Rodríguez, y le pregunta qué relación tienen con su carácter de exiliado: “El exilio es terrible —responde Rodríguez—. Pero te da otra perspectiva. Al final no te sientes parte de ninguna cosa”. Esta identidad descentrada, este no sentirse parte de ninguna cosa, es uno de los temas favoritos de Ramos, quien en todos estos años se ha preguntado mil veces qué papel tenía su mexicanidad en su nueva vida y qué efecto tenían sobre su nacionalidad mexicana las progresivas décadas de residencia en Estados Unidos. Atravesando fronteras comienza con un epígrafe tomado de La Ilíada, de Homero: “…deseo y anhelo continuamente irme a mi casa”.

En 2002, en otro de sus libros, Ramos escribió: “Me falta un lugar al cual pertenecer. Llevo 20 años en Estados Unidos y me siento un inmigrante”. ¿Sigue siendo así? ¿Todavía busca Jorge Ramos un lugar al cual pertenecer? Deja los cubiertos sobre la mesa, piensa unos segundos y después dice: “No, en ese sentido me sigo sintiendo sin casa, me sigo sintiendo un inmigrante y me sigo sintiendo casi de paso”. Bebe un poco de agua con gas, mira el paisaje ralo y gris —el borde industrial de Miami: más cerca de los cocodrilos que de la playa— y aclara un poco lo que acaba de decir: “Me siento todavía de paso aquí en Miami. Sé que no es así, pero me sigo sintiendo de paso. La única casa que he tenido es en la que viví en la ciudad de México de niño, en la calle de Piedras Negras número 10”. Me mira y sonríe: “Y mi teléfono sigue siendo el cinco sesenta, cincuenta y uno veinte”.

Durante 20 años, Ramos debatió consigo mismo sobre la necesidad o la conveniencia de convertirse en ciudadano estadounidense. Siempre se había sentido muy mexicano, pero al mismo tiempo también sabía que Estados Unidos le había dado las oportunidades que su país de origen le había negado. Un día, conversando con la escritora chilena Isabel Allende, que también tiene la doble ciudadanía, se dio cuenta de que no tenía que escoger entre México y Estados Unidos, que podía ser de los dos países. A mediados de 2008, Ramos juró la constitución estadounidense.

“Pero ésa no fue la única razón —explica—. Aquel año fue fundamental para mí. Estábamos viviendo una terrible crisis económica, estábamos involucrados en dos guerras y yo sentía la obligación de participar, de decir: ‘No quiero más de lo que estamos viviendo’ y buscar un verdadero cambio. La única manera de hacerlo era hacerme ciudadano y votar en Estados Unidos”. Le pregunto si aquella búsqueda de cambio incluía votar por Obama, pero prefiere no responder. Regresa a su meditación sobre la fragilidad de la doble nacionalidad: “Ya no tengo ese conflicto. Vivo en paz con la idea de que soy de los dos países, de México y de Estados Unidos”.

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En septiembre de 1986, cuatro años después de dejar bocho, carrera y novia en México, Ramos volvió a enfrentarse con el fantasma de Televisa. Una mañana, Univision anunció que su nuevo director de noticias iba a ser Jacobo Zabludovsky, el legendario conductor del noticiero 24 Horas de Televisa y representante del tipo de periodismo (solemne, oficial y siempre en línea directa con el gobierno) del que Ramos creía haber escapado. “Eso sí que era tener mala pata”, ha escrito Ramos, que en aquel momento acababa de llegar a Miami para conducir en Univision un programa matutino llamado Mundo Latino. La designación de Zabludovsky provocó el rechazo inmediato del grupo de periodistas cubanos y latinoamericanos que trabajaban en el noticiero nocturno, para quienes Zabludovsky y Televisa habían tenido un papel fundamental en la censura que durante décadas había impuesto el sistema político mexicano. El conflicto escaló hasta provocar la renuncia de casi todos los periodistas y productores de la redacción de noticias de la cadena, y el retiro de la candidatura de Zabludovsky, quien regresaría a México para conducir 24 Horas por otros 12 años.

Semanas más tarde, con la redacción vacía y su estrategia de asociación con Televisa abortada, Univision le entregó la conducción de su noticiero de la noche, el programa más influyente de la comunidad hispana en Estados Unidos, a un jovencito mexicano de 28 años absolutamente desconocido para el gran público. Era un momento de excitación y catástrofe en América Latina: guerras y represión (con ayuda estadounidense) en Centroamérica, amnistías para inmigrantes en Estados Unidos, democracias jóvenes surgiendo por primera vez en décadas. El inexperto Ramos tuvo que aprender rápido, y así convertirse en lo que siempre había querido ser: un periodista con plataforma continental y vocación de intervenir en los lugares donde le ha tocado actuar. Ramos dice que nunca nadie en Univision le ha dicho qué tiene que decir o qué callar sobre un asunto o un gobierno; insiste en que las decisiones sobre qué noticias llevar primero o después en su programa se toman de forma “democrática” entre los miembros de su equipo; y que el profesionalismo y la credibilidad son los valores más importantes que puede tener un presentador de noticias.

Pero él nunca se ha sentido conforme con las noticias. Por eso comenzó a escribir su columna semanal, que se publica en una treintena de diarios latinoamericanos, y a escribir sus libros: ya lleva 10, desde las colecciones de entrevistas hasta el más reciente, Tierra de todos, un manifiesto a favor de la inmigración y el multiculturalismo. Cuando le pregunto por qué eligió ejercer el periodismo en televisión y no en radio o diarios o revistas, me responde que su objetivo principal ha sido tener el mayor impacto posible. “Yo vengo de esa vieja escuela en la que uno tiene que aportar algo y que tiene que intentar dejar esto un poquito mejor que cuando llegó —dice—. Yo comencé en radio y enseguida vi que no era suficiente para lo que quería hacer. Ahora me doy cuenta de que no fue consciente, pero claramente estaba buscando el medio de mayor impacto”.

Ramos es de la vieja escuela no sólo por su acercamiento ético al periodismo. Muchas de las cosas que hace y dice parecen pertenecer a una especie en extinción, la del súper prestigioso e infalible conductor de noticiero (o anchorman en la tradición norteamericana, en el modelo de Walter Cronkite), acosado en la última década por la fragmentación de los discursos periodísticos y los columnistas y bloggers para quienes la opinión y la interpretación son la parte más importante de su trabajo. De frente a las cámaras, cada tarde, los conductores de los telediarios de las grandes cadenas ya no son los definidores del talante y el sabor de las noticias: son sólo una voz más en el bombardeo. En ese sentido, la influencia de Ramos en el ecosistema de noticias y opinión del mundo latino de Estados Unidos es todavía muy superior a la que tienen, por ejemplo, Katie Couric (CBS) o Brian Williams (NBC), en parte porque el mercado hispano está menos desarrollado y en parte porque Ramos opina poco durante las noticias, pero todo el mundo sabe que es un profeta y un apóstol de la causa de los inmigrantes latinos; una figura moral mucho más parecida a Cronkite que a sus colegas angloparlantes actuales.

José Simián, periodista chileno residente en Nueva York y columnista sobre medios hispanos para el sitio especializado Mediaite.com, dice que Ramos puede conseguir algo que ni Couric ni Williams podrán nunca: “Ramos es un ideólogo de su público, casi un intelectual del pueblo —dice Simián—. Sólo así se explican los libros sobre asuntos latinos, en los que Ramos proclama cosas como que el primer presidente latino de Estados Unidos ya respira, o que su escritura puede ‘hacer visibles a los invisibles y darles voz a los que no tienen voz’”.

Todo esto Ramos lo ha logrado con el cada vez más extraño mérito de no poder ser identificado fácilmente con ninguna ideología en particular. Su entusiasmo por Obama en 2008 quedó bastante claro, para los latinos y para los gringos en general, pero Ramos también es muy duro con los regímenes de Fidel Castro en Cuba y Hugo Chávez en Venezuela. Cuando le pregunto por el diseño de su ideología pública, si ha sido espontánea o planificada, Ramos menciona Los de abajo, la novela de 1915 de Mariano Azuela. “Creo que esa perspectiva de los de abajo es la que siempre he estado buscando. Creo que la principal función social de nosotros los periodistas es evitar el abuso de los que tienen el poder, cuestionarlos y denunciarlos cuando sea posible”.

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Veinticinco años después de haber salido de México, lo primero que hace Ramos todas las mañanas después de levantarse es abrir la página web del diario Reforma. Después lee los otros diarios mexicanos y las noticias sobre México en el servicio de noticias de Univision. Sólo después, dice, empieza a interesarse por lo que ocurre o lo que ha ocurrido en el resto del mundo. Le pregunto entonces por su balance de los 10 años después de la victoria electoral de Vicente Fox, que se cumplen en julio. Comienza su respuesta con una aclaración, mostrando las palmas de las manos: “Por un lado, es extraordinario que México tenga una democracia. Yo creí que me iba a morir con el PRI, y no va a ser así. El año 2000 fue fundamental para México. Había que terminar con el PRI, que era un partido corrupto, criminal, basado en asesinatos y mentiras. Es mucho mejor lo que estamos viviendo ahora que los 71 años del PRI. Punto. No queda la menor duda”.

Después de tantos años en la televisión, Ramos ha aprendido a dividir sus razonamientos en bocados pequeños y sintácticamente sencillos, que pronuncia con claridad y sin apenas interrumpirse o corregirse: usa este método frente a las cámaras de Univision y también en sus conversaciones privadas, como la que tenemos en este momento y en la cual, cuando estoy a punto de hacerle otra pregunta, él retoma la iniciativa e inicia la segunda parte de su razonamiento: “Vicente Fox fue mucho mejor candidato que presidente. Recuerdo estar en el Paseo de la Reforma la noche que ganó, y a la gente que le gritaba: ‘No-nos-fa-lles’. Pero Fox falló. Fue un presidente que claramente no pudo completar las enormes expectativas que había sobre él”.

¿Y Calderón? “Después de Fox empezamos a vivir en México un periodo de enorme ingobernabilidad. A pesar de lo que diga Felipe Calderón, él no controla México. El gobierno no controla México. No puede ser que en una ciudad como Juárez haya habido el año pasado más muertos que en Irak o Afganistán. No puede ser”.

Le pregunto entonces cómo ve el combate contra el narco. Le pregunto si está de acuerdo con la gente que cree que, por más doloroso que sea, ha llegado la hora de reducir la intensidad del conflicto del Estado con las bandas de narcotraficantes, aunque sólo sea para reducir la violencia y la cantidad de muertos. Ramos medita su respuesta un segundo. Después dice: “Michelle Obama dijo esta semana [durante su visita a México de mediados de abril] algo muy exacto: ‘No los podemos dejar ganar’. Entiendo que no se les puede entregar el país a los narcos. Pero Calderón inició la lucha con una policía, un ejército y un Estado absolutamente incompetentes. La incompetencia y la ineficiencia del Estado mexicano es extraordinaria. Y los priistas no se pueden hacer a un lado ahora, porque los narcos han podido entrar al Estado gracias al viejo fenómeno de la corrupción, engendrado y alimentado en las siete décadas del pri. Creo que hay que luchar contra los narcos, pero no como lo está haciendo el presidente Calderón. México no estaba preparado para esto”.

Así y todo, Ramos es optimista sobre el futuro de México. No con la clase política actual. “Tenemos una clase política deleznable e incompetente”, dice, ni con el modelo de país dominante —le gustaría que México se pareciera un poco más a Costa Rica o Chile—, pero sí con el estado de alerta de la población: “Hay millones de mexicanos a punto de decir basta —pronostica—. México está muy cerca del cambio”.

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Una mañana perfecta de 2005, de ésas en las que el sur de la Florida parece el mejor lugar del mundo, Ramos iba en su carro al dentista cuando de pronto notó que, del otro lado de la autopista, una camioneta negra y enorme, a la que se le había ponchado un neumático, estaba fuera de control. Había cruzado el césped central de la carretera y se acercaba directamente hacia él. Ramos creyó que iba a morir: vio su mente partirse en dos, como en una pantalla dividida, de un lado sus recuerdos más importantes y, del otro, en cámara lenta, la imagen del conductor de la camioneta a medida que se acercaba. Ramos lo vio bien: todavía puede describir la camisa que llevaba el tipo, su cara de desesperación, los números de la placa del vehículo.

El golpe era inminente: iban los dos a 70 kilómetros por hora, avanzando en la misma dirección, a encontrarse y estrellarse, como dos bolas de boliche. Ramos se relajó y esperó el final, pero, en una pirueta geométrica que todavía no ha logrado comprender, la siguiente imagen que tiene en la mente es la del mismo chofer, pasando a su lado, apenas rozándolo, sin producirle el menor rasguño. Como si no hubiera ocurrido nada, siguió su camino hacia el dentista.

Ramos dice que, en los días siguientes, el casi-accidente empezó a afectarlo. Intentó convencerse de que era una tontería sentirse mal —se repetía a sí mismo que había estado en cinco guerras, que había vivido un montón de situaciones difíciles, que no podía dejar que un no-evento lo afectara de esa manera—, pero finalmente tuvo que aceptar que algo había cambiado. “Ésa fue la experiencia que acabó por romperme”, dice, mientras viajamos en su BMW desde el restaurante uruguayo hacia la sede central de Univision. “Toda la tensión que llevaba de años, todo el estrés de los cataclismos, de hacerme el fuerte, de no expresar mi opinión, de guardarme mis sentimientos… Al final, me rompí. Ese incidente me rompió”.

Cambió todo. Decidió divorciarse, escribió unas cartas a sus hijos, Paola y Nicolás, que en 2007 fueron publicadas en forma de libro, cambió su actitud sobre qué era importante. “Empecé a viajar más y a escoger qué quería hacer y qué no quería hacer. Ahora vivo muchísimo mejor, mucho más relajado. Me atrevo a hacer entrevistas como ésta, que antes no hubiera hecho, a llorar y a reírme con mis amigos, a expresar mis sentimientos. Me cambió, y creo me cambió para bien”.

A pesar de todo su éxito en Estados Unidos, la fama y el prestigio, la novia joven y hermosa, los millones de espectadores cada noche, no puedo evitar la sensación, mientras nos acercamos al final de nuestro recorrido, de que Ramos habría cambiado todo eso en un instante por tener el mismo éxito en México. Le pregunto por ello, y su respuesta es un poco amarga. Primero parafrasea una cita del ensayista francés Alexis de Tocqueville, que en el siglo XIX escribió el mejor libro que se ha escrito nunca sobre Estados Unidos. “Tocqueville tiene una frase fulminante. ‘Los ricos no emigran’, dice. ‘Los ricos y exitosos no emigran’”, cita Ramos y se queda en silencio por un segundo. “Por supuesto que me habría encantado quedarme en México y desde luego que me habría encantado la idea de hacer periodismo libre en México, y desde luego que me habría fascinado trabajar allí y que México fuera mi plataforma hacia el mundo”. Antes de bajarse del auto, resume todo con un encogimiento de hombros y un gesto resignado: “Pero no lo era”.