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Venezuela a tres voces

Publicado: 23 diciembre 2015 en Pablo Campaña
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Amanda prefiere una foto en primer plano. Una imagen que muestre su rostro sereno, su poblada cabellera y su vanidad envejecida. No quiere que se vea el banquito azul donde se sienta a diario, ni los caramelos, ni los cigarrillos ni los teléfonos de alquiler. Su pequeño negocio –una caja de cartón que le sirve de mesa- está en la entrada de una estación del metro, en el este de Caracas.

Amanda quiere esa foto como una especie derecho a la réplica. Hace doce años, durante el golpe de estado contra el ex presidente Hugo Chávez, una imagen infame circuló en los periódicos internacionales. Afectada por el gas lacrimógeno, delgadita como es ella, aparecía llorando, enrojecida, asistida por la multitud; “como un pajarito mojado”, dice.

Pero en el 2002, esta mujer fue una de las que defendió a Chávez. Antes de él, había “mucha crueldad con los pobres”, recuerda. Ella vivía en una zona periférica de Caracas. La dueña de casa exigió un drástico aumento de arriendo y no pudo pagarlo. Al poco tiempo, el juez ordenó el desalojo. Amanda y sus dos hijos pequeños quedaron en la calle. Pero luego, con Chávez al mando, los dueños de casa ya no podían abusar de la renta ni los jueces se atrevían a mandar a las familias a la calle injustamente; sabían que los observaban.

Ella todavía respalda al chavismo porque siente un profundo agradecimiento. Me muestra sus ojos y no hay cataratas; me comenta que la operación fue gratuita. Aunque nunca estuvo afiliada al seguro social porque es buhonera (vendedora ambulante), el Gobierno la reconoce como trabajadora, por eso ahora –con más de sesenta y cinco años- tiene derecho a una pensión.

—Antes de Chávez no había eso, ¿me entiende?
—Entiendo -respondo, mientras le pido el teléfono para llamar a Luisa-.

Amanda me mira a los ojos y dice:

—Pero cuidado que sea usted uno de esos periodistas sapos que vienen a hablar mal de Chávez. ¿Me oyó?

Me río y pienso que Chávez ya está muerto. Cuadro un encuentro con Luisa para el siguiente día.

***

A Luisa la reconozco por la foto que tiene en su correo electrónico. Todavía parece una estudiante universitaria, pese a que ya supera los treinta y cinco. Está de visita en Caracas, donde nació y vivió hasta hace un par de años. Nos reunimos en un restaurante cerca del Museo de Bellas Artes de Caracas. Se entusiasma cuando le pregunto si participó en los eventos del 2002. Ella no vio los sucesos por televisión, los vivió y los tiene frescos en su memoria.

En los primeros días de abril, el ambiente era tenso porque existían rumores de un golpe de Estado, se anunció un paro de trabajadores y los medios de comunicación aupaban la protesta contra el régimen. El once de abril, una concentración abrumadora de la oposición se dirigió del este al centro de Caracas, núcleo del poder político de Venezuela, donde se ubica el Palacio de Miraflores. En ese lugar, entretanto, estaba un grupo menor de partidarios de Chávez. La jornada tomó un aire de confrontación.

Luisa recibió el llamado de sus compañeros militantes y se dirigió al centro. En el vagón del metro reconoció a las fervorosas “masas escuálidas” (así se refería Chávez a la oposición) por las consignas que proferían, mientras ella mantenía discreción. Luisa sabía que la tensa convivencia subterránea explotaría cuando ambos grupos se encontraran en la superficie.

“Eran como dos trenes a toda velocidad. La tensión era brutal, pero la adrenalina también. La gente en plan épico decía: ‘¡Aquí estoy!’. Llegabas al centro y mujeres desconocidas te pintaban como india, con un maquillaje indígena, con pinturas de labios, simbolizando a las guerreras”, relata en referencia al grupo de chavistas dispuestos a impedir el golpe de Estado. Luisa agita sus manos y habla cada vez más rápido. El plato de comida que le ha pasado la mesera sigue intacto. El mío, también.

Cuando las agrupaciones chavista y opositoras se encontraron, a cada lado del puente Llaguno, cerca de Miraflores, se desencadenaron disparos que dejaron decenas de muertos. Luisa recuerda el sentimiento de confusión que la dominó: “ver pasar muertos, muertos, muertos, muertos, al lado de ti, así con la cabeza hecha polvo”. Tras el fúnebre silencio de la balacera se encendió una pantalla gigante en la que apareció Hugo Chávez. Con voz calma dijo que nadie se preocupara porque todo estaba bajo control.

La gente se marchó en medio de la confusión y el miedo. Luisa tuvo hambre, así que fue a una de las tantas pollerías caraqueñas. Todavía consternada, mientras comía, el televisor del restaurante mostraba la noticia: Hugo Chávez Frías había salido del poder, el golpe de Estado se había confirmado.

Ese día, Luisa, como muchos chavistas, entró en desesperación, no sólo había caído el régimen de izquierda, sino que sentía que pronto comenzaría la persecución.  Se reunió con otros militantes en casa de sus padres, en un barrio del este de Caracas -donde era menos probable que la policía irrumpiera- y simularon una fiesta. Ante el temor de ser detenidos por su militancia discutieron sobre cómo escapar y si era necesario pedir asilo en una Embajada.  Ese doce de abril, mientras la oposición celebraba y ciertos chavistas buscaban huir, el chavismo de base comenzó a movilizarse.

El trece de abril en la mañana, Luisa caminaba en la zona cercana al fuerte militar Tiuna. En ese lugar, pequeños grupos se manifestaban en contra del golpe. Las motocicletas iban y venían con proclamas chavistas. Por la tarde, gente del interior del país y de la periferia de Caracas llegó en buses repletos para exigir que le devolvieran a su presidente, el ambiente se caldeaba dentro y fuera de la ciudad. La gente pedía que se respetase su voto y la Constitución, o simplemente decía “yo amo a Chávez, yo estoy aquí por Chávez”.

Paulatinamente, el rumor de que lo habían liberado invadía el ambiente. A Luisa se le escapan lágrimas al recordarlo: “La gente decía: ‘viene en helicóptero’. No sé qué cosa, cualquier locura. La gente se abrazaba y se besaba, nos besamos así en las calles, era muy hermoso, muy fuerte, muy bello. Eso fue desde las diez de la mañana y Chávez llegó a Miraflores como a la una de la madrugada, en plan video Pink Floyd, en helicóptero. Y la gente llorando. Fueron tres días muy fuertes”.

***

Dialogué con Rafael a quien conocí por su trabajo sobre la situación de derechos humanos en Venezuela y también por su libro ‘Venezuela: la revolución como espectáculo’. Mientras charlábamos en un restaurante, relató su participación como reportero el once de abril para el periódico universitario Letras. A la mañana siguiente, llegó a la sala de redacción con ímpetu. Se desconcertó al ver un ambiente tan relajado entre sus compañeros. Ellos disfrutaban de las cervezas que el dueño del periódico les ofreció para celebrar la caída de Chávez. Han pasado doce años, ahora ese empresario es embajador en un país asiático del actual gobierno de Nicolás Maduro. “El ‘proceso bolivariano’ tiene mucho de eso, de gente que dice que es chavista, pero que en el fondo se acomoda”, comenta Rafael con ironía.

El trece de abril del 2002, Chávez volvió, Amanda celebró, Luisa vitoreó y Rafael observó parcamente a la distancia.

Después del golpe fallido, el ambiente en Venezuela se tensionó. Ambos lados reivindicaban sus muertos y la oposición decidió llevar luto por los suyos. Escoger el negro o el rojo para vestir ya no eran opciones estéticas, sino políticas. Cuando caminaba por la calle, Rafael, un roquero que tiene cincuenta camisetas negras en el armario, recibía ataques verbales, empujones y agresiones por ser supuestamente de oposición.

Rafael tiende a hablar en números: entre el 2002 y el 2004 perdió alrededor del setenta por ciento de sus amigos. La mayoría de ellos lo acusó de no ser verdaderamente de izquierda porque no apoyaba al gobierno de Chávez. En realidad, Rafael siempre se ha considerado anarquista.

En ese momento de soledad, Rafael empezó a frecuentarse con gente mayor. Conoció a Domingo Alberto Rangel, un reconocido y entonces ochentero marxista venezolano, con quien cada semana tomaba un café en Sabana Grande. Hablaban de política, pero también de películas, o de cualquier cosa, espantaban la soledad, eran amigos. También con Simón Sáez Mérida, un militante de izquierda que resistió a la dictadura venezolana en los cincuenta, fue diputado nacional, armó una insurrección armada, sobrevivió a ataques aéreos, pasó cinco años en prisión y fue siempre un agitador social.  Cuando se conocieron, Simón se recuperaba del atropellamiento de un auto, era un hombre de más de setenta años que tenía la vitalidad suficiente como para espantar el pesimismo de Rafael.

La amistad con Simón duró poco.  En el 2005, mientras conducía, unos desconocidos intentaron robar su auto, le arrojaron un trozo de hierro que atravesó el vidrio e impactó su mandíbula. Semanas después falleció. Rafael cuenta que en ese momento sintió más “bronca contra el país, lo que era, lo que somos”.  Su otro amigo, Domingo Rangel, murió en el 2012.

Rafael no fue el único que perdió a sus amigos en esta época. Amanda se disgustó con una compañera colombiana que traía productos de contrabando desde su país y los vendía más caros en Caracas. A pesar de que recibía los beneficios sociales del gobierno bolivariano consideraba que Chávez era “una bestia”. Amanda, una chavista de corazón, no lo podía resistir. Su amiga mostraba una la falta de gratitud con Venezuela y eso las alejó para siempre.

***

Para el 2006, el chavismo dominaba el país. Se había hecho una limpieza de la oposición en las Fuerzas Armadas y en la empresa estatal de petróleos. Chávez había ganado abrumadoramente las elecciones regionales del 2004, obteniendo diecinueve de las veintidós gobernaciones, y tenía control de varios medios de comunicación. En ese mismo año se creó el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y la movilización social se transformó: las marchas tenían menor participación de sectores populares y mayor presencia de funcionarios públicos, uniformados de rojo, color que identifica al chavismo venezolano.

En el 2009, Luisa aceptó un importante cargo al frente de una institución pública que requería ser saneada. Tomó impulso para frenar la corrupción y el nepotismo pero se estrelló. Muchos trabajadores se pusieron en su contra porque nadie quería que despidieran a su familia. En ese ambiente, su intento de regularizar contratos se interpretó como un atentado contra la estabilidad laboral. También quiso hacer un registro para detener el abuso de bienes públicos pero encontró resistencia, incluso entre amigos chavistas, con quienes había militado desde la juventud; ellos también estaban envueltos en prácticas de corrupción.

Aparecieron panfletos y fanzines de izquierda que la acusaban de explotar a los trabajadores. En el baño de la oficina encontraba hojas volantes que la atacaban por ser lesbiana y la amenazaban con caerla a tiros.  Después su nombre salió en la prensa porque iba a ser investigada por el manejo de los recursos de la institución.

Hubiera sido distinto, reflexiona Luisa, si hubiese tenido algún padrino o sido miembro del PSUV, pero sólo era una pieza prescindible. Cuando salió de su cargo, no sólo se quedó sin trabajo, también perdió a la mitad de sus amigos. Lo más importante: el concepto que Luisa tenía de sí misma había sido trastocado. Ella, que había trabajado como militante de izquierda, ahora era tachada por ser corrupta y explotadora de los trabajadores. “Es como que borraron mi historia, o la echaron como un balde de mierda, directamente”.

Luisa fue una niña que levantaba a su padre para ir a la escuela cuando se quedaba dormido. Trepaba los árboles y paredes de una urbanización caraqueña, una niña semisalvaje, dice ella. En su juventud, con sus amigas, formaban un clan de mujeres que catalizaban su vida con el montañismo, el amor, el sexo, y también, la política. La misma Luisa que en el 2002 se sentía parte de la historia, defendía su ideología con los riesgos que viniesen, después de salir de ese cargo público quedó abatida.

El descontento de la gente en Caracas es claro. Hay una inflación superior al cincuenta por ciento y desabastecimiento de productos de uso diario como café o harina para las arepas. Si uno de esos alimentos llega al supermercado, la gente debe hacer largas filas para pagar, pues todos quieren comprarlos para su reserva.

Es esa crisis económica lo que, en palabas de Rafael, hace que muchos chavistas sean críticos de la situación política actual; se genera una “despolarización desde abajo”.  El escenario es distinto al del 2002. Tienen un componente importante de jóvenes. A diferencia de movimientos juveniles del pasado, los grupos actuales no “van a marchar con una camisa del Che Guevara, ni es su referente la revolución cubana”, símbolos del orden político que los oprime. Pero eso tampoco los hace derechistas que buscan un golpe de estado. Los jóvenes que protestan son parte de un grupo cada vez más amplio que no está ni con el chavismo, ni la oposición radical.

En cambio Luisa ve el escenario de otra manera. Dice que poca gente se atreve a opinar diferente al Gobierno. Ahora ella vive fuera de Venezuela, pero al visitar a sus familiares siente una distancia insalvable, porque son fervientes chavistas. Lo insoportable, opina Luisa, no es tanto el Gobierno, sino el ambiente en el que todos se alinean con la opinión oficial, el chavismo se traga todo.

La obediencia al régimen se internaliza. Amanda me comentó que no sabía si podría continuar vendiendo caramelos donde lo ha hecho por diez años en el ingreso a la estación del metro, que a su vez, está junto al edificio principal de la empresa de petróleo del gobierno. Los funcionarios le han dicho que su presencia daña la imagen de la institución y le han pedido que se retire. La firmeza de Amanda se repliega y se limita a decir: “tienen razón”. Como dice Luisa, a veces el chavismo sí se traga todo.

Pese a que Hugo Chávez falleció el cinco de marzo de 2013, Amanda no deja de evocarlo.  Ahora confía en Maduro, igual que lo hizo su líder al dejarle el poder. Aunque cuando le pregunto si los dos son iguales, Amanda aprieta sus labios y niega con la cabeza.

Que a Maduro le resulta imposible ocupar el lugar de Chávez es una verdad en la que todo el mundo está de acuerdo. “Toda segunda parte es mala”, me dice un taxista caraqueño. En los ambientes de izquierda se dice que lo importante es que continúe el proceso bolivariano. En los países latinoamericanos donde gobierna la izquierda, los militantes pueden tener diferencias coyunturales pero siempre respaldan “el proceso”. Por eso miro con fatalidad a Luisa, tan cercana al chavismo durante tanto tiempo:

—¿El proceso bolivariano’ tiene algún significado para ti? –pregunto.
—Me resuena como algo que no fue. Entonces ‘el proceso’ ya no me suena a nada en lo que apueste, como con tristeza, como con nostalgia, o con la sensación de quién sabe cuándo va a haber otra oportunidad. Pero ya sé, estoy segura de que esto no se va a revertir.

Ahora Luisa está enfocada en comenzar desde cero en el país europeo donde ha decidido vivir. Allá no hay chavismo que lo trague todo, ni tanto machismo. En la escuela a la que iba su hija en Caracas era imposible que dijera que tiene dos madres y todo el tiempo la disciplinaban para que fuera ‘una niña linda’. El mandato de belleza en Venezuela aplasta otras posibilidades.

Temblé cuando Luisa me compartió sus escritos personales, aquellos que se hacen pensando en que sólo uno va a leerlos. Esas líneas dan testimonio de que después de la experiencia en esa institución pública pudo dejar de lado amores ficticios, amistades superfluos y poses sociales, quedándose sólo con los afectos reales e indispensables, entre los que brilla su hija. Luisa ha recorrido un áspero sendero hacia sí misma. “Dentro de todas las derrotas, hay algo en mí (o de nosotras) que salió ganando. Algo que, tiene que ver con el amor, con la dignidad, y con el valor de no doblegarse. Algo que me vuelve, hoy en día, absolutamente poderosa”, concluye Luisa.

***

Desciendo al metro de Caracas. Los parlantes anuncian que la parada de Altamira está fuera de uso comercial. Sobre esa parada, en la plaza del mismo nombre, el sudor de policías y protestantes se derrama mientras intercambian piedras y gases lacrimógenos por encima de escudos y barricadas.

Rafael sigue a la misma velocidad estos acontecimientos.  Desde la organización de derechos humanos en la que trabaja -PROVEA (Programa Venezolano de Educación Acción en Derechos Humanos)- investiga la represión a las protestas que iniciaron en febrero de este año en el marco de la crisis económica. Según el Boletín Internacional de la organización, entre el doce de febrero y el doce marzo del 2014 existieron mil trecientas personas detenidas, de las cuales treintaitrés quedaron privadas de la libertad; veinticuatro fueron asesinadas en las protestas; y se registraron cincuenta y seis denuncias de tortura.

Rafael, sociólogo y periodista, opina que “pese a lo alarmante de las cifras, en Venezuela no habrá un golpe de Estado”. Él cree que el chavismo estará obligado a abrir canales de diálogo, pero no va a perder su base social. Este contexto de protesta nutre una zona intermedia entre el chavismo y la oposición. “Se abre un espacio de personas y movimientos con pensamiento político propio que hacen que este sea el momento político más interesante en estos quince años”, se entusiasma Rafael que ya no se siente sólo. Esto no significa que el chavismo salga del poder, esa es una expectativa ingenua que cierta parte de la oposición tiene, “o sea, a corto y mediano plazo, el chavismo, o los chavismos, van a protagonizar la vida política de este país ¡Te guste o no te guste!”.

***

En la última conversación que tuve con Amanda, ella seguía en su banquito, vestida con su mandil blanco, vendiendo caramelos. Se impacientaba con cada cliente que no marcaba bien el número en el celular o le reclamaba por el precio de las llamadas. Un miembro de la guardia nacional se paró frente a nosotros con gran aplomo, como si no fuera de tierra sino que la tierra naciera de él.

—¿Tiene café? Aunque sea de contrabando –exclamó el policía.
—Lo único que tengo de contrabando es un arma para disparar a los cuatro escuálidos que están liderando la oposición –respondió Amanda-.

Nadie rió.

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—Hola, ¿Dwayne?… ¿Dwayne?
—Sí, señor vicepresidente.
—¿Puede traerme un poco más de café?
—Sí, señor vicepresidente. Ahora voy.
—Gracias, Dwayne.

Eran las diez de la mañana en Nashville, un tranquilo día laborable en el que la mayoría de los vecinos se habían ido a trabajar, y Albert Gore Jr. se sentó a la cabecera de la mesa del comedor a desayunar. El plato estaba rebosante de huevos revueltos, beicon y tostadas. La taza, del tamaño de un estanque, había sido rellenada en un abrir y cerrar de ojos por Dwayne Kemp, su cocinero, un hombre hábil y elegante que fue contratado por los Gore cuando, como suele decir su jefe, «todavía trabajábamos en la Casa Blanca». Recién duchado y afeitado, Gore lucía una camisa azul oscuro y pantalones de lana grises. En los meses transcurridos desde que el 13 de diciembre de 2000 perdió la batalla electoral en Florida y cedió la presidencia a George W. Bush, Gore pareció relajarse y desapareció del mapa. Después viajó por España, Italia y Grecia durante seis semanas con Tipper, su esposa. Llevaba gafas oscuras y una gorra de béisbol bien calada. Se dejó barba de montañero y ganó peso. Cuando volvió a realizar apariciones públicas, sobre todo en las aulas, le tomó el gusto a presentarse diciendo: «Hola, soy Al Gore. Antes era el próximo presidente de Estados Unidos». La gente miraba a ese hombre voluminoso e hirsuto —un político que recientemente había obtenido 50.999.897 votos a la presidencia, más que cualquier otro demócrata en la historia, más que cualquier otro candidato en la histo ria, a excepción de Ronald Reagan en 1984, y más de medio millón de votos más que el hombre que asumió el cargo— y no sabía qué sentir ni cómo comportarse, así que cooperaban en sus elaborados menosprecios hacia su propia persona. Se reían de sus bromas, como si trataran de ayudarlo a borrar lo que todo el mundo consideraba una decepción de proporciones históricas, «el desengaño de su vida», como decía Karenna, la mayor de sus cuatro hijos.

«Ya conocen el viejo dicho —anunciaba Gore a su público—, unas veces se gana y otras se pierde. Y luego está esa tercera categoría poco conocida.»

Desde entonces, Gore se ha desprendido de la barba, pero no del peso. Todavía tiene panza. Come rápida y copiosamente y disfruta mucho haciéndolo, igual que un hombre que ya no tiene que preocuparse de parecer demasiado grueso en Larry King Live. «¿Quiere unos huevos? —me preguntó—. Dwayne es el mejor.»

Esta ha sido la primera temporada electoral en una generación en la que Al Gore no ha aspirado al cargo nacional. Se presentó a las presidenciales en 1988, cuando tenía treinta y nueve años; a la vicepresidencia, en la lista de Bill Clinton, en 1992 y 1996; y de nuevo a la presidencia en 2000. Tras decidir que una revancha contra Bush resultaría demasiado divisiva (o tal vez demasiado difícil), Gore se ha empeñado en no quedarse al margen. Por el contrario, para describir sus sentimientos utilizaba palabras como «liberado» y «libre» con gran determinación. Se había visto liberado de la carga, de la presión, del ojo de la cámara. En su casa de Nashville apenas sonaba el teléfono. No había personal de prensa en la puerta ni ayudantes a sus espaldas. Podía decir lo que quisiera y apenas había reacción alguna en los medios de comunicación. Si le apetecía llamar a George Bush «cobarde moral», si le apetecía comparar Guantánamo y Abu Ghraib con islas de un «gulag estadounidense» o a los representantes del presidente en los medios con «camisas pardas digitales», lo hacía. Sin preocupaciones, sin titubeos. Es cierto que en el Teatro Belcourt debía pronunciar un discurso a mediodía ante un grupo conocido como Music Row Democrats, pero era probable que las únicas cámaras que hubiera fuesen locales. Con sorna, resumía ese discurso en una pequeña libreta con solo dos palabras: «guerra» y «economía».

Cuando Al y Tipper Gore se hubieron recuperado de la conmoción inicial de las elecciones de 2000, gastaron 2,3 millones de dólares en la casa en la que viven ahora, un edificio colonial centenario situado en Lynwood Boulevard, en el barrio de Belle Meade, en Nashville. Todavía son propietarios de una vivienda en Arlington, Virginia —una casa construida por el abuelo de Tipper— y de una granja de treinta y seis hectáreas en Carthage, Tennessee, lugar de origen de la familia Gore; pero Arlington estaba peligrosamente cerca de Washington, y Carthage demasiado lejos para instalarse allí de manera permanente, sobre todo para Tipper. Belle Meade, que recuerda a Buckhead, en Atlanta, o a Mountain Brook, cerca de Birmingham, es un próspero reducto para empresarios y estrellas del country; alberga un barrio de extensos céspedes en pendiente, casas con magnolios y entradas para coches en la parte delantera y anexos modernos de cristal y piscinas en la parte trasera. Hace tiempo, Chet Atkins vivía allí; Leon Russell todavía lo hace. Algunos elementos de la casa, que la pareja amplió con ayuda de un arquitecto, son inequívocamente Gore: la batería de Tipper (congas incluidas) en el comedor; en las paredes, las fotografías de Al estrechándole la mano a los Clinton y a varios líderes mundiales. Hay menos libros y más televisores de los que cabría esperar. Cuando el arquitecto diseñó el anexo posterior de la casa, Gore le pidió que curvara los muros hacia dentro en dos puntos para salvar unos árboles. «Los árboles no eran nada especial o inusual —afirmó—. Simplemente, no podía soportar la idea de talarlos.» En el jardín trasero, alrededor del patio y la piscina extragrande, donde Al y Tipper hacen largos, Gore también instaló un sistema antiinsectos que pulveriza con discreción un fino rocío de crisantemos triturados desde un tronco de árbol y un muro del patio. «Los mosquitos lo odian», dijo. Otras partes de la casa son menos respetuosas con el medio ambiente. En el camino de entrada había aparcado un Cadillac negro de 2004, que conduce Gore, y en el garaje había un Mustang de 1965, que Al regaló a Tipper por San Valentín.

Gore se terminó los huevos. Se dirigió a un patio cubierto situado en un lado de la casa y se acomodó en una silla mullida. Dwayne le llevó la taza de café y se la rellenó.

Sin embargo, Gore no ha permanecido recluido en casa desde que, a finales de 2002, decidió no volver a presentarse a las elecciones. En el último año ha dado varias conferencias en Nueva York y Washington en las cuales ha criticado duramente a la Administración de Bush, pero ha respondido pocas preguntas. «Es mejor así una temporada», señaló. Ha dado conferencias por dinero en todo el mundo. Y está impartiendo cursos, principalmente sobre la intersección de la comunidad y la familia estadounidense, en la Universidad Estatal de Middle Tennessee en Murfreesboro y la Universidad Fisk en Nashville.

«Tenemos grabadas en cinta unas cuarenta horas de conferencias y clases —afirmó Gore, impávido—. Esta es su oportunidad de verlas.»

Gore está empezando a ganar mucho dinero. Es miembro de la junta directiva de Apple y asesor de Google, que acaba de pasar por una oferta pública de venta. También ha trabajado en la creación de un canal de televisión por cable y está desarrollando una empresa financiera.

«Me lo estoy pasando genial», aseguró.

En un sistema parlamentario, un candidato a primer ministro que haya perdido las elecciones suele ocupar un lugar destacado en la cámara. En Estados Unidos no funciona así. Aquí uno emprende su propio camino: da conferencias, escribe unas memorias, amasa una fortuna o busca una causa honesta. Es posible que de vez en cuando reciba la llamada de un periodista, pero no suele ocurrir. En cualquier caso, Donna Brazile, directora de campaña de Gore en 2000, decía: «Cuando terminó, el Partido Demócrata lo dejó en la cuneta» y prefirió olvidar no solo la catástrofe de Florida, sino también los tropiezos de Gore: su mutante personalidad en los tres debates con Bush; su dependencia de los asesores políticos; su incapacidad para sacar rédito de la imperecedera popularidad de Bill Clinton y su derrota en Arkansas, donde este último había sido gobernador, y más aún en Tennessee; y su decisión de no exigir un recuento inmediato en el estado de Florida. Ahora, allá donde vaya, Gore se encuentra con multitudes desesperadas con la Administración de Bush que ven en él todo lo que podría haber sido, todos los «y si…». «El desengaño de su vida.» A veces se le acerca gente que se refiere a él como «señor presidente». Algunos tratan de animarlo y le dicen:

«Sabemos que en realidad ganó usted». Algunos inclinan la cabeza y le dedican una mirada afectada de compasión, como si hubiera perdido a un familiar. No solo debe hacer frente a sus remordimientos; es siempre el espejo de los demás. Un hombre inferior habría cometido faltas peores que dejarse barba y ganar unos kilos.

Más que Franklin Roosevelt o incluso que John F. Kennedy, Gore fue educado para ser presidente. Es lo que esperaba de él su padre, Albert Gore, Sr., un senador que, según se decía, aparentaba tanta nobleza como un hombre de Estado romano. Cuando la madre de Al estaba embarazada de él, Gore padre les dijo a los directores del periódico Tennessean de Nashville que, si su mujer daba a luz un niño, no quería que la noticia quedara relegada a las páginas interiores. Cuando nació Al, el titular decía: «DE ACUERDO, SEÑOR GORE. AQUÍ ESTÁ, EN PRIMERA PLANA». Seis años después, el senador coló en The Knoxville News Sentinel la historia de que el joven Al lo había convencido de que le comprara un arco y unas flechas más caros de lo que tenían pensado. «Quizá haya otro Gore en la senda de la cumbre política —rezaba la noticia—. Solo tiene seis años. Pero, con las experiencias que acumula hasta la fecha, quién sabe qué puede ocurrir.» Cuando Gore llegó a Harvard (la única universidad en la que solicitó ingresar), informó a su clase de cuál era su máxima ambición. Su primera candidatura, que se produjo en 1988, después de haber pasado solo unos años en el Senado, no fue tanto un acto de presuntuosidad juvenil como un intento precipitado de llegar a la Casa Blanca mientras viviera su padre.

Gore tiene cincuenta y seis años. Cuando la campaña de 2000 tocó a su fin, algunos lo consolaron pidiéndole que recordara que Richard Nixon había perdido la contienda presidencial en 1960 y el cargo de gobernador de California en 1962 —informando a la prensa de que ya no podrían seguir «machacándolo»— y que luego volvió para conseguir la presidencia en 1968. Por alguna razón, cuando hoy le mencionan ese hecho, no le resulta reconfortante ni seductor. Si John Kerry gana en noviembre, probablemente supondrá el final de la carrera de Gore en la política nacional; si pierde, todavía quedarán figuras fuertes para una posible campaña en 2008, a saber, John Edwards y Hillary Clinton.

«Resumiendo, la respuesta es que dudo que vuelva a ser candidato nunca más —dijo Gore—. De verdad. La segunda parte de la respuesta es que no lo he descartado por completo. Y el tercer elemento es que no añado la segunda parte a modo de evasiva. Es simplemente para completar una respuesta honesta a la pregunta, y no cambia en absoluto la parte principal, es decir, que no creo que vaya a presentarme como candidato. Si esperara volver a serlo, probablemente no sentiría la misma libertad para tirar a matar en las conferencias. Y eso me gusta. Me resulta —y pronunció de nuevo esa palabra— liberador.» Volverse a presentar al Senado o aceptar un cargo en el gabinete, apostilló, también quedaba descartado.

Gore y una parte considerable del país están convencidos de que si en 2000 las cosas hubieran sido distintas en Florida, si los conservadores del Tribunal Supremo no hubieran superado a los liberales por un único voto, Estados Unidos no se hallaría en la tesitura actual: las portadas no describirían el caos en Irak, el déficit presupuestario récord, la retirada de numerosas iniciativas medioambientales, la disminución de las libertades civiles, el recorte en investigación con células madre y la erosión del prestigio estadounidense en el extranjero. Gore no reconoce su amargura, pero es palpable en casi todas sus conferencias; y aunque es posible que ese sentimiento en parte sea personal -¿quién podría reprochárselo?- se topa con otro sentimiento más profundo y público que la decepción en sus aspiraciones y las de su padre.

«Es un hombre que trabajó toda su vida para conseguir lo único que quería, ser presidente de Estados Unidos, y lo tuvo allí, al alcance de la mano -decía Tony Coelho, presidente de la campaña de Gore en 2000-. Tenía la sensación de que Clinton le había perjudicado, pero, no obstante, se dejó la piel y lo logró. Fue el que más votos obtuvo, con una diferencia de medio millón, pero intervino el Tribunal Supremo y se acabó. A muchos nos cuesta entender qué significa eso o cómo se siente uno. Lo cierto es que Gore es una persona de políticas, no una persona política, y sentir que estaba en la cúspide del cargo político definitivo, que podía afectar a las políticas y al mundo como nadie, y que todo quedara en nada… ¡Imagínese!»

En breve aparecería por allí un nuevo amigo de Gore, un excéntrico músico y artista visual llamado Robert Ellis Orrall, para llevarlos a él y a Tipper al Belcourt.

«Le caerá bien Bob —dijo un Gore sonriente—. Pero, se lo advierto, es muy peculiar. Está un poco loco.»

Gore pronunció esa última frase en lo que me pareció su voz de Mr. Goofy. Cuando quiere subrayar algo que ha dicho, indicar que sabe que está citando un tópico o empleando una modulación estentórea o pomposa, utiliza la voz de Mr. Goofy, adopta un semblante cómico y simula un tono más propio de un dinosaurio de la televisión. Y luego está la voz de Herr Profesor, el Gore conferenciante. Al principio no quería hablar de política, pero cuando salió el tema de la prensa, le sacó jugo y, según mis cálculos, se explayó con un discurso de veinte minutos acerca de la degradación de «la esfera pública», una expresión acuñada por el filósofo alemán Jürgen Habermas en los años sesenta (uno intenta, sin conseguirlo, imaginarse al actual presidente haciendo alusiones al autor de Conciencia moral y acción comunicativa). «Es un hombre muuuuy interesante —dijo Gore—. ¿Por qué no lo he descubierto hasta ahora?»

Es fácil entender que a Gore, a falta de un cargo público, le guste enseñar. En su respuesta ininterrumpida, mencionó el centro de estudios de imágenes cerebrales de la Universidad de Nueva York; El alfabeto contra la diosa, de Leonard Shlain; El cerebro de Broca, de Carl Sagan; un artículo de opinión del Times dedicado al declive de la lectura en Estados Unidos escrito por Andrew Solomon; la falta de investigación acerca de la relación entre el cerebro y la televisión —«No hay nada en las dendritas sobre ver la televisión»—; Gutenberg y el auge de la imprenta; el gobierno soberano de la razón en la Ilustración; el individualismo —«Un término utilizado por primera vez por Tocqueville para describir Estados Unidos en la década de 1830»—; Thomas Paine; y Benjamin Franklin. «Vale, ahora avancemos hasta el telégrafo y el fonógrafo.» De acuerdo, pero no hemos avanzado: primero estuvo Samuel Morse, que no oyó la noticia del fallecimiento de su esposa mientras pintaba un retrato —«Hay un cuadro suyo en la Casa Blanca, si mal no recuerdo»— y, por ello, decidió inventar un medio de comunicación más rápido. «Ahora avancemos de nuevo hasta Marconi… Esa sí que es una historia interesante»; el hundimiento del Titanic; David Sarnoff; el origen agrícola del término inglés broadcast; pasando por «los diecinueve centros visuales del cerebro»; un artículo sobre el «flujo» en Scientifi c American; el «reflejo orientador» en los vertebrados; el patetismo y «fracaso último» de las manifestaciones políticas como un medio para enfrentarse a la esfera pública antes mencionada —«¿En qué consisten en realidad? ¿En una multitud sosteniendo carteles con cinco palabras que a lo sumo espera que se acerque una cámara para aparecer unos segundos en televisión?»— y, por último, la tesis realizada por el propio Gore en Harvard en 1969, que trataba del efecto de la televisión en la presidencia y el auge, más o menos por aquella época, de la imagen por encima de la letra impresa como un medio para transmitir noticias. Todo para acabar hablando del canal por cable que está desarrollando.

—¿Qué tipo de canal será? —le pregunté.
—No puedo hablar de ello —respondió—. Todavía no.

De lo que sí le interesa hablar y de lo que ha hablado abiertamente y en un lenguaje que sorprende por su contraste con su antigua prudencia afectada es de los fracasos del hombre que se impuso en 2000.

—Puede hablar sin ambages —añadí.
—Estoy desenchufado —replicó él.

Minutos después llegó Robert Ellis Orrall, un hombre encantador que ronda los cincuenta años y lleva el pelo rapado y pendiente. Posee un vibrante sentido del espectáculo, en la medida en que siempre está actuando, y empezó a contar chistes en cuanto llegó. Gore parecía totalmente relajado en su presencia.

Tipper Gore, que lucía un jersey de algodón y pantalones rosa eléctrico, salió al patio a saludar a Orrall.

—¿Cómo estás, Bob?
—Bien, Tipper. Un poco nervioso. Me han pedido que presente a Al en un acto, así que tengo que pronunciar un pequeño discurso…

Los rasgos de Gore denotaron cierto atisbo de ansiedad. Orrall daba todos los indicios de ser una presencia impredecible en el escenario. Una cosa era hacer el payaso en el patio y otra presentar a un ex vicepresidente delante de varios centenares de seguidores.

—Espero que, eh… lo hayas redactado, Bob —dijo Gore.
—Lo tengo aquí —respondió Orrall palpándose el bolsillo.

Los cuatro salimos al camino y nos montamos en el coche de Orrall, un incómodo Volkswagen Golf. El ex vicepresidente abrió la puerta delantera, se encogió quisquillosamente y se embutió en el escaso espacio disponible, como si estuviera introduciéndose en un buzón. Una vez dentro, desplazó las piernas hacia arriba y a la derecha formando lo que parecía una letra del alfabeto cirílico especialmente compleja. Luego cerró muy lentamente la puerta. No hubo lesiones graves. Tipper se montó atrás.

Orrall salió del camino y puso rumbo al teatro. No había sirenas ni coches siguiéndonos, al margen del tráfico normal.

Gore sonrió y dijo:

—Bob, podrías fingir que eres del Servicio Secreto, pero tendrías que llevar un auricular en lugar de pendiente.
—Haré todo lo posible —dijo Orrall.
—¡Por favor! —intervino Mr. Goofy.

Orall interpreta papeles, y uno de ellos es Bob Something, principal compositor y cantante de un grupo absurdo llamado Mon key Bowl, que podría describirse como un cruce entre The Fugs y Ali G.

Durante el trayecto, Orrall sacó un CD de Monkey Bowl titulado Plastic Three-Fifty que incluía canciones como «Stupid Man Things», «Hip Hop the Bunny» y «Books Suck». El segundo tema del disco llevaba por título sencillamente «Al Gore».

Poco después de conocerse a través de un amigo común, Orrall le puso una de las primeras versiones de la canción. A Gore le gustó tanto que añadió un toque propio.

—Pongámosla —dijo Orrall, e introdujo el CD en el reproductor. Tras una serie de acordes de guitarra y ritmos sincopados contagiosos, Orrall se puso a cantar:

Al Gore vive en mi calle,
en el tres veintipico de Lynwood Boulevard. Y no me conoce,
pero yo le voté. ¡Sí, agujereé la tarjeta!

No sé cómo puede vivir sabiendo
que aunque ganó el voto popular
sigue viviendo en mi calle, un poco más abajo de mi casa.

Pronto, todos los ocupantes del coche se echaron a reír, tal vez Gore el que más, y Tipper se golpeteaba la rodilla con la palma de la mano al ritmo de la batería:

Una vez tuve una bici 
y era un niño y alguien me la robó 
y todavía estoy enfadado, 
lleno de ira, no puedo olvidarlo.

Tengo que ser más comprensivo, lo sé, porque, aun con el voto popular,
Al Gore vive en mi calle, un poco más abajo de mi casa.

Después de otra estrofa que contrastaba cómicamente la derrota de infancia y la autocompasión de Orrall con la histórica decepción y recuperación de Gore, el estribillo daba un giro culminante:

La vida no es justa, ya lo sé
porque, aun con el voto popular,
Al Gore vive en mi calle, un poco más abajo
de mi casa [repetición]

El presidente Gore vive en mi calle, un poco más abajo de mi casa.

Finalmente, la canción parecía tocar a su fin, pero entonces se oyó la voz del propio Gore: «Eh tío, me gusta tu canción, pero tienes que superar todo eso. ¡Este barrio es genial!».

Todos aplaudimos y Orrall siguió conduciendo.

Al cabo de un rato empezamos a hablar de Fahrenheit 9/11, la película de Michael Moore, y de los planos iniciales, que muestran la que tal vez sea la escena más dolorosa de la vida política de Gore: el día que tuvo que liderar una sesión conjunta del Congreso en su función de presidente del Senado mientras certificaba los votos del Colegio Electoral, un proceso que se vio interrumpido en repetidas ocasiones por varios miembros afroamericanos de la Cámara que intentaron, en vano, hacerse con el lugar y oponerse al procedimiento. Fue Gore, por supuesto, quien tuvo que seguir las normas del orden y enviarlos a sus asientos, al tiempo que sabía que su defensa del decoro y de la ley sería considerada una suerte de flagelación, una defensa del hombre al que despreciaba o llegaría a despreciar.

«Esa escena es increíble», dijo Orrall.

Se hizo un largo silencio y Gore respondió: «Todavía no hemos tenido la oportunidad de verla. Estábamos de vacaciones cuando la estrenaron». Por el tono de Gore, parecía que hubiese perdido la oportunidad de ver Dos colgaos muy fumaos, pero Tipper terció: «Yo no sé si podría verla».

Gore comentó que no hacía mucho había aparecido en el programa de radio de Al Franken. «Llamé desde Nashville», dijo. El invitado era Michael Moore. Franken empezó a representar su personaje del terapeuta new age Stuart Smalley y, con Gore y Moore al teléfono, dijo: «Y bien, Michael, ¿querría decirle algo al vicepresidente?».

En 2000, Moore y otros izquierdistas apoyaron la candidatura del tercer partido liderada por Ralph Nader, que cimentó su campaña en la idea de que no había diferencia entre Gore y Bush. Sin Nader en la carrera, es probable que Gore hubiera conseguido la presidencia, incluso excluyendo Florida.

«Lo sentimos mucho, Al», dijo Moore.

Gore se echó a reír al rememorar la historia. «Hice una larga pausa y dije: “¿El qué, Michael?”. Entonces dio una explicación muy complicada, diciendo que había votado en el estado de Nueva York, que no estaba en juego, y que Nader había prometido no hacer campaña en ningún estado en disputa y bla, bla, bla. Así que le dije: “Eso me parece increíblemente complicado, Michael”.» (Más tarde escuché la conversación en internet. Franken mencionaba que «no era una disculpa total» y Moore se aseguró de decirle a Gore: «Eres más liberal que hace cuatro años».) Luego Gore me dijo: «La que sí he visto es Bowling for Columbine. Agradezco lo que intenta hacer, pero antes de ver la película nunca habría imaginado que pudiera despertarme simpatías hacia Charlton Heston. Y, sin embargo, lo hizo. […] Estoy convencido de que hay algo de eso en Fahrenheit 9/11».

Orrall metió el Volkswagen en el aparcamiento del Teatro Belcourt. Alguien le indicó una plaza que había sido reservada con un cono naranja.

«¡Eh! —dijo Gore—. ¡Tenemos un cono naranja!»

Mientras los Gore entraban por una puerta lateral se encontraron con Bob Titley, uno de los cofundadores de Music Row Democrats. Nashville es un centro del sector musical, y la zona que rodea la Decimosexta Avenida, donde las principales compañías de discos y publicidad tienen sus oficinas, se llama Music Row. El negocio de la música country es mayoritariamente republicano. Pero siempre ha habido excepciones, como cuando una de las Dixie Chicks dijo el año pasado que se avergonzaba de tener a Bush como presidente. Al ser denunciadas categóricamente las Dixie Chicks, varios directivos y compositores de Nashville decidieron crear el nuevo grupo.

—¿Hay alguna razón por la que no me hayáis invitado a una de vuestras veladas de karaoke? —le preguntó Gore a Titley.
—Lo estábamos reservando para una gran noche —dijo.

Orrall subió al escenario, realizó una representación que llevaría a cabo aquella noche en un club local, el Bluebird Café, y presentó eficientemente al orador del día. «Ganó el voto popular… ¡Y vive en la misma calle que yo!» Gore, que llevaba americana y corbata, salió en medio de una gran ovación, esbozó una amplia sonrisa, saludó e hizo el numerito de la gratitud que hacen los políticos, mencionando con deleite a los amigos sentados entre el público. Últimamente había arremetido a menudo contra la Administración de Bush y conocía bien los detalles de su acusación.

Una vez que la multitud se calmó, dio las gracias a varias personas y dijo: «Hola, soy Al Gore, y fui el próximo presidente de Estados Unidos».

Todo el mundo prorrumpió en carcajadas, pero él mantuvo su ensayada inexpresividad. «A mí no me parece especialmente divertido», apostilló.

Todos rieron de nuevo. «Pónganse en mi piel. Me pasé dos años viajando en el Air Force Twoy ahora tengo que quitarme los zapatos para embarcar en un avión.

«No hace mucho, iba por la Interestatal 40 de aquí a Carthage. Conducíamos nosotros. Miré por el retrovisor y no había caravana de vehículos. ¿Han oído hablar del síndrome del miembro fantasma?» A la hora de cenar, prosiguió, en la salida de Lebanon, los Gore encontraron un Shoney’s —«un restaurante familiar barato»— y la camarera se alteró por la presencia de Tipper, se dirigió a la mesa contigua y dijo: «Ha recorrido un largo camino, ¿verdad?». Poco después, decía Gore, viajó a Nigeria en un Gulfstream V para dar una conferencia sobre energía. Durante la conferencia contó la historia de lo que había sucedido en una cena en Tennessee, y detalló lo que era un Shoney’s. En el viaje de vuelta, el avión se detuvo a repostar en las Azores. Mientras Gore esperaba en la pista, un hombre se le acercó corriendo con un mensaje urgente. «¡Señor vicepresidente! ¡Tiene que llamar a Washington!», exclamó, y le hizo entrega de una copia de un telegrama. «No sabía qué estaba pasando en Washington —dijo Gore—. Entonces caí en la cuenta: muchas cosas.»

Resultó que un periodista de Lagos se había confundido y escrito un artículo en el que afirmaba que Gore había «inaugurado un restaurante familiar de bajo coste llamado Shoney’s». Bien, dijo Gore, «más tarde recibí una carta de Bill Clinton en la que me felicitaba por el nuevo restaurante. Nos satisface celebrar los éxitos mutuos».

Gore ha disimulado su indignación por las elecciones de 2000 con una característica mezcla de aplomo impasible e ironía de la era de la información que lo distingue de los tres hombres de la historia de Estados Unidos que han compartido su peculiar destino: Andrew Jackson, Grover Cleveland y Samuel Tilden.

Cuando Jackson perdió las elecciones en 1824 frente a John Quincy Adams pese a haber ganado el voto popular, no cesó de denunciar el fraude y de clamar contra el «engaño, la corrupción y los sobornos» del sistema, por no hablar de la traición de Henry Clay, que cedió su electorado a Adams por el cargo de secretario de Estado. Cuatro años después, Jackson volvió a presentarse y ganó.

Cleveland, que aspiraba a la reelección en 1888, perdió el voto electoral ante Benjamin Harrison, pero aseguró a sus partidarios que sería redimido. «Cuidad los muebles de la Casa Blanca —le dijo su esposa, Frances, al personal—. Volveremos.» Cleveland logró su segundo mandato, y se cobró su venganza cuatro años después.

Tilden era diferente. Samuel Tilden, un demócrata de Nueva York, era un gobernador de mentalidad reformista que en 1876 planteó un magnánimo desafío a Rutherford B. Hayes. Tilden parecía el claro ganador del voto popular, pero cuando llegaron unos resultados ajustados en cuatro estados, en especial Florida, el Congreso nombró una comisión electoral especial que estaba controlada mayoritariamente por el Partido Republicano. La comisión votó siguiendo líneas partidistas para otorgar a Hayes los votos electorales en cuestión y Tilden perdió. Era considerado una persona inteligente, pero torpe y distante; fue criticado por ser demasiado débil, demasiado vacilante a la hora de retar a la comisión con la dureza necesaria. En lugar de esgrimir sus argumentos políticamente, se fue a Europa y a la postre se retiró a Graystone, su finca de Yonkers. Al sopesar su candidatura en 1880, Tilden escribió una carta en la que la rehusaba: «No hay nada que desee tanto como un despido honorable». Rara vez salía de Graystone y falleció en 1886. En la lápida de Tilden podía leerse: «Todavía confío en el pueblo».

Al Gore digirió su derrota y, en última instancia, su decisión de no participar en la carrera presidencial de 2004 de una manera que recordaba a la de Tilden. Tras la decisión del Tribunal Supremo, y una vez que Gore optó por no emprender una estrategia de «tierra quemada» para socavar la legitimidad de Bush en la prensa y en los juzgados, pronunció un discurso de claudicación el 13 de diciembre de 2000, que será recordado como una demostración de ecuanimidad y un tono casi perfectos, un discurso que exaltaba el Estado de derecho y que al parecer contribuyó sobremanera a enfriar la guerra pública y su propia rabia interior. Para escribir ese discurso, Gore se inspiró en la amarga derrota sufrida en 1970 por Al Gore padre a manos de un oponente que hacía demagogia en materia de racismo.

«En cuanto a la batalla que concluye esta noche —afirmaba—, creo, como dijo mi padre en una ocasión, que, por dura que sea la derrota, puede servir tanto como la victoria para moldear el alma y dar rienda suelta a la gloria.»

El tono de Gore era elegíaco, pero, al igual que Tilden, seguía haciendo frente a una decisión, y solo se tomaría en el seno de su familia. Incluso durante la campaña estuvo rodeado eminentemente de profesionales remunerados, no de personas fieles. Después, su círculo se fracturó y siguió su camino. A diferencia de Clinton, que podía recurrir a un gran número de amigos en busca de consejo, Gore carecía del don, o de la paciencia, para demostrar gratitud, para mantener contacto. Donna Brazile se quejaba de que jamás había recibido una nota de agradecimiento por los servicios prestados en 2000, y muchas personas que habían trabajado para Gore o que habían donado sumas importantes a la campaña relataban experiencias similares. «Trataba mal a la gente —decía Robert Bauer, uno de los ayudantes de Gore durante la batalla de Florida—. Era frío, distante, condescendiente y desagradecido. Corrían historias legendarias sobre lo desagradecido que era con la gente. Gore tiene un carácter extraño. […] Es un hombre aislado.» Otros ayudantes no se mostraban tan duros, y afirmaban que Gore era brusco y exigente, pero no desconsiderado. Sin embargo, una vez liberado del aparato y de las exigencias de una campaña política, Gore disfrutaba de sus ratos a solas, pensando, leyendo, escribiendo conferencias y navegando por internet. «Uno de los rasgos de su personalidad es su introversión —comentaba otro antiguo ayudante—. La política fue una elección profesional espantosa para él. Debería haber sido profesor universitario, científico o ingeniero. Habría sido más feliz. Tratar con los demás le resulta agotador, así que tiene problemas para conservar sus relaciones con la gente. La clásica diferencia entre un introvertido y un extrovertido es que si mandas a un introvertido a una recepción o un acto en el que haya cien personas, saldrá con menos energía de la que tenía al llegar. Un extrovertido saldrá del acto vigorizado, con más energía que al entrar. Gore necesita descansar después de un acto; Clinton se marchaba revigorizado, porque tratar con la gente era algo natural para él.»

Gore se presentó a la presidencia a la sombra de Clinton: a la sombra del talento y los errores de Clinton, sobre todo su aventura con Monica Lewinsky, el regalo supremo a la oposición republicana. Cuando quedó claro que Clinton había mentido a su mujer, a Gore y a todo el mundo, que en realidad había continuado con su aventura, la relación Clinton-Gore, que había sido más formal de lo que se publicitaba, se sumió prácticamente en el silencio. La elección de Joe Lieberman como compañero de carrera de Gore estuvo muy influida por las denuncias morales del primero contra Clinton.

«No pude convencer a Gore de que utilizara a Clinton —decía Tony Coelho, presidente de la campaña—. Gore creía firmemente que había gente que no lo apoyaría si lo hacía. Clinton solía restar importancia a sus errores. Para él, la infidelidad no era gran cosa. Para Al Gore significaba algo. Al es un marido fiel y comprometido con Tipper. Son como adolescentes enamorados, así que aquel hecho no se podía minimizar. Para él era real. Tenía la sensación de que Clinton nunca había asumido públicamente su responsabilidad. Se reunían [Clinton y Gore] porque nosotros programábamos cosas. La situación era tensa, e incluso hostil en algunos momentos. Al es una persona que prefiere ir de frente a mentir, y lo intentó con Clinton. Clinton prefería reírse y seguir adelante.»

Poco después del 11 de septiembre de 2001, Gore visitó a Clinton en Chappaqua, Nueva York. Su relación parecía haberse restablecido. Casi todos los miembros del entorno de Gore siguen creyendo que Clinton anhelaba que el vicepresidente le sucediera, pero hay quienes sospechan que no le disgustó del todo que la derrota dejara más espacio en el escenario político para Hillary en 2008. La relación entre Gore y Hillary era complicada, y a veces fría, desde hacía tiempo.

En verano de 2001, Gore había puesto fin a su silencio y lanzado una crítica pública contra la Administración de Bush con un discurso en Florida. Sin embargo, tras los atentados terroristas, declaró que Bush era su «comandante en jefe», un gesto que pretendía fomentar la unidad y no empeorar el ánimo nacional. Pero en septiembre de 2002, cuando la Administración de Bush emprendió la marcha hacia una guerra en Irak, Gore aparcó la discreción con un discurso devastador en el Commonwealth Club de San Francisco en el que el blanco fue la política exterior del gobierno. Gore, que fue uno de los pocos demócratas que en 1991 votaron a favor de la resolución del Congreso que apoyó la primera guerra del Golfo, decía ahora que la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos socavaría el intento por desmantelar al-Qaeda y perjudicaría los lazos multilaterales necesarios para combatir el terrorismo:

Si vencemos rápidamente en una guerra contra el débil y diezmado ejército de cuarta fila de Irak y al poco tiempo abandonamos, igual que el presidente Bush ha abandonado al poco tiempo Afganistán tras derrotar a una potencia militar de quinta fila, el caos resultante podría suponer un peligro mucho mayor para Estados Unidos que el que afrontamos en la actualidad con Sadam.

El desafío de Gore para que la Casa Blanca de Bush presentara pruebas reales de un vínculo entre Sadam Husein y el 11-S, tanto en tono como en sustancia, fue más crítico que cualquier discurso pronunciado hasta la fecha por los candidatos demócratas. De repente, la posibilidad de una candidatura de Gore inundó los medios de comunicación.

«No me sorprendieron las políticas económicas de Bush, pero sí la política exterior, y creo que a él también —me dijo Gore—. La verdadera distinción de esta presidencia es que, en el fondo, es un hombre muy débil. Se proyecta como alguien increíblemente fuerte, pero de puertas para dentro es incapaz de decir no a sus principales valedores económicos y a su coalición en el Despacho Oval. Ha sido asombrosamente maleable con Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y toda la gente del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense. Se puso en marcha de inmediato después del 11-S. Fue demasiado débil para resistirse.

«Yo no soy de los que cuestionan su inteligencia —añadió Gore—. Hay diferentes clases de inteligencia, y es arrogante que una persona con un tipo de inteligencia cuestione a otra con otro tipo. Desde luego, es un maestro en ciertas cosas y tiene seguidores. Busca la fuerza en la simplicidad. Pero, en el mundo actual, eso a menudo es un problema. No creo que sea débil intelectualmente. Creo que no tiene curiosidad. Me asombra que se pasara una hora con su futuro secretario del Tesoro y no le hiciera una sola pregunta. Pero creo que la suya es una debilidad moral. Me parece un matón y, como todos los matones, es un cobarde cuando se enfrenta a una fuerza a la que teme. Su reacción a la lista de peticiones de grupos de interés adinerados que lo llevó a la Casa Blanca, una lista extravagante e increíblemente egoísta, es obsequiosa. El grado de obsequiosidad que implica el decir “sí, sí, sí, sí, sí” a lo que quiera esa gente por mucho que perjudique a la nación en su conjunto solo puede obedecer a una verdadera cobardía moral. No le encuentro otra explicación, porque no es una cuestión de principios. El único denominador común es que cada uno de los grupos tiene mucho dinero que está dispuesto a poner al servicio de su fortuna política y de la aplicación feroz e inflexible de políticas ciudadanas que los beneficien a ellos a expensas de la nación.»

Corría el rumor de que Gore decidiría si se enfrentaba o no a Bush antes de finales de 2002. La historia afirmará que no anunció su no candidatura el 15 de diciembre en 60 Minutes, sino un día antes, cuando apareció como presentador invitado de Saturday Night Live. En el monólogo inicial, Gore dijo: «La buena noticia de no ser presidente es que tengo los fines de semana libres. La mala, que también tengo libres los días laborables. Pero quiero dejar claro desde el principio que esta noche no volveré a discutir asuntos del pasado. Todos sabemos que hay cosas que debería haber hecho de otra manera en la campaña de 2000. Puede que a veces fuera demasiado rígido, que suspirara demasiado, y la gente decía que era excesivamente condescendiente. Por supuesto, ser condescendiente significa hablarle a la gente como si fuera tonta».

En un sketch que parodiaba su proceso de selección de un candidato a la vicepresidencia, Gore aparecía en remojo en una bañera con «Joe Lieberman». Al Franken, que interpretaba a un terapeuta de autoayuda en otro sketch, le decía a Gore sobre la época en que llevaba barba: «Creo que está bastante claro que te habías sumido en una espiral de bochorno descomunal». Y más tarde, cuando Martin Sheen le mostró el estudio de grabación de El ala oeste de la Casa Blanca, Gore se acomodó con aire soñador en la silla del presidente en el plató del Despacho Oval.

—Disculpe, John —le decía Gore a John Spencer, que interpreta al jefe de personal—.¿Podría hacerme un pequeño favor?
—Por supuesto.
—Voy a ponerme de espaldas al lado de la ventana y me gustaría que se acercara usted a la mesa y dijera: «Señor presidente, los jefes del Estado Mayor Conjunto quieren una respuesta».

No eran las bromas propias de un hombre que estaba preparándose para aspirar al cargo nacional.

La noche siguiente, vestido con traje y luciendo una expresión apropiadamente sobria, Gore lo hizo oficial. «He venido a acabar con esto», le dijo a Lesley Stahl. Para Gore, una revancha con Bush sería contraproducente; estaría demasiado centrada en 2000. Algunas personas de su círculo lo aceptaron, pero también dijeron que en aquel momento Bush parecía popular, e incluso imbatible. A la mañana siguiente, Katharine Seelye, una periodista que había atormentado a Gore durante la campaña en lo que este consideraba un ataque incesante a sus meteduras de pata, reales e imaginarias, declaraba en The Times que Al Gore estaba «liberado».

En el Teatro Belcourt, tras la andanada inicial de mofas hacia sí mismo, Gore pasó de alabar a la «Administración Clinton-Gore» a una crítica feroz a la de Bush. Ensayó todos los temas que le habían obsesionado durante muchos meses: la precipitada carrera hacia la guerra, la manipulación de los datos de espionaje, el recorte de las libertades, la «vergüenza» y la «traición» de Abu Ghraib y la explotación de la guerra para manipular la campaña electoral («¡Está […] utilizando la guerra! ¡Utilizando la división! ¡Fomentando el miedo!»). El nuevo aderezo del día fue una denuncia a Porter Goss, candidato de Bush a la dirección de la CIA que había atacado a John Kerry en la Cámara de Representantes. Goss, afirmaba Gore, era una elección partidista inadmisible.

Los principales discursos políticos de Gore, que han sido organizados por MoveOn.org y la American Constitution Society for Law and Policy, carecen de la pedantería que en ocasiones se filtra en su conversación. En su mayoría son presentaciones convincentes de las críticas a Bush que conocen bien los lectores de las páginas editoriales y los columnistas más liberales. Lo que les infunde una fuerza añadida es el propio orador, la autoridad de haber ganado el voto popular y sus credenciales en el Senado y la Casa Blanca en materia de política exterior, medio ambiente y proliferación nuclear.

Cuando vi a Gore pronunciar uno de esos discursos en Washington y después, al visionar los demás en cinta, estuvo menos formal y torpe que en la campaña de 2000. La sombra de las habilidades interpretativas innatas sigue cerniéndose sobre Gore (al igual que le sucede ahora a Kerry) y, aquí y allá, en un esfuerzo por mostrar pasión, Gore eleva un poco el tono hasta convertirlo en algo febril. Empieza a gritar, a sudar, a traspasar la frontera de la pasión y adentrarse en la selva de la histeria. Pero muy de vez en cuando. Por supuesto, esos momentos de sobreexcitación fueron los que más destacaron no solo en Fox, sino también en CNN, donde Soledad O’Brien informó a los espectadores con la debida objetividad de que Gore se había dado el gusto de una «diatriba» pública.

Los detractores republicanos y conservadores de Gore se mostraron feroces y burlones. Los medios informativos propiedad de Rupert Murdoch se apresuraron a presentar a Gore en sus momentos más sudorosos y a citar su lenguaje más incendiario. En el New York Post, John Podhoretz afirmaba: «Ha quedado patente que Al Gore está loco. […] Un hombre que estuvo a punto de ser presidente de Estados Unidos ha quedado reducido a la imagen de esas personas de Times Square que gritan con un megáfono sobre la justicia de Dios». David Frum, antiguo redactor de discursos de Bush, escribía sobre el «deterioro emocional» de Gore y sugería que, «por su propio bien», buscara «una habitación oscura, fresca y en silencio». Y Charles Krauthammer, un columnista de The Washington Post que en su día ejerció la psiquiatría, asistió a Special Report de Fox News Channel y ofreció un diagnóstico: «Por lo visto, Al Gore ha vuelto a dejar de tomarse el litio».

Entre los aliados de Gore, la reacción fue eminentemente positiva, pero no del todo. Uno dijo que estaba «jugando en los dos extremos», combinando «el truco de MoveOn.org» con una nueva vida en la banca de altos vuelos. «Los discursos me ponen enfermo», decía su amigo, que señalaba sobre todo el uso del gulag para describir las prisiones dirigidas por Estados Unidos. «No concibo un punto de retorno. Con esos discursos se ha vinculado a la extrema izquierda del partido. Él dirá que no es cierto, pero sí lo es.» Esa suele ser la opinión de quienes pusieron su fe en su mitad de nuevo demócrata, el Gore que se oponía al gasto deficitario y que estaba dispuesto a actuar con mano dura en Bosnia y Kosovo. Pero la mayoría de sus aliados, los más liberales y los más indulgentes, aprobaron el tono del ataque, pues consideraban que era precisamente lo que faltaba en sus discursos cuatro años atrás: claridad, convicción e incluso audacia. Eli Attie, que redactaba discursos para Gore y ahora escribe guiones para El ala oeste de la Casa Blanca, decía: «Corren tiempos virulentos, y Gore está respondiendo a ellos con un lenguaje agresivo y apasionado. Al fin y al cabo ¿qué puede perder?». Lisa Brown, que ejerció de asesora de Gore en la Casa Blanca, decía que, si bien Gore se ha desplazado a la izquierda, no cree que «haya cruzado la línea del pensamiento conspiratorio».

Cuando Gore terminó su discurso en el Belcourt, se ganó otra ovación con el público en pie. Entre bastidores, posó para algunas fotos. Tenía el cuello de la camisa empapado y la cara roja. No hacía especial calor sobre el escenario.

En el trayecto de vuelta a Belle Meade, Gore empezó a teorizar sobre las elecciones de noviembre. «Veintiocho presidentes electos se han presentado a un segundo mandato y casi ninguna de esas elecciones se ganaron por poco —afirmó—. Diez fueron derrotados y hubo dieciocho victorias. Entre las diez derrotas hay una en la que el candidato ganó el voto popular. Las excepciones son Ford y Truman, pero ninguno fue elegido en primer lugar. Y la elección de Truman se recuerda como un resultado ajustado por ese titular de prensa incorrecto, pero en realidad fueron tres o cuatro puntos, si mal no recuerdo. Todo esto implica que las elecciones son un referéndum sobre quien ocupa el cargo en ese momento. En términos de teoría de la información, los votantes disponen de tanta información sobre el titular del cargo porque han tenido cuatro años para observarlo y el oponente es una pregunta accesoria: ¿El aspirante lo hará razonablemente bien?»

Por supuesto, Gore considera que Kerry lo hará más que razonablemente bien. Ambos entraron juntos en el Senado en 1984 y compartían ciertas cualidades: seriedad intelectual, indiferencia, un pasado privilegiado y altas expectativas. No eran ni mucho menos amigos.

Cuando le pregunté a Gore por su relación, respondió: «El primer año fue… eh… competitivo. Trabajamos en ciertos asuntos de la misma manera y esa puede ser una fórmula para una relación difícil. Pero él tomó la iniciativa de acercarse a mí e identificar el hecho de que consideraba que la relación no era como podía y debía ser y me pidió que nos sentáramos a hablar de ello para crear juntos una base para una relación laboral mucho mejor. Se lo agradecí y me impresionó. A partir de entonces, casi siempre trabajamos muy bien juntos».

Hace cinco años, Kerry se preguntaba en voz alta si él o Gore debían ser el candidato del partido para suceder a Clinton.

«Se quejó de ello —comentaba Gore—. Fue sincero conmigo en ese tema. Me contó exactamente lo que pensaba. En su opinión, él era un buen candidato, podía ser su última oportunidad, podía conseguirlo y bla, bla, bla. Por mi parte, le expresé por qué consideraba que sería un error que lo hiciera y, obviamente, a mí me interesaba decir tal cosa.»

Le pregunté si, tras la impugnación, Kerry creía que Gore era un producto defectuoso por asociación.

«No lo expresó como una crítica hacia mí o hacia mis posibilidades. Más bien creía que él podía hacerlo mejor o ser un candidato más apropiado. —Gore sonrió y luego borró esa sonrisa y habló… con mucha… prudencia—. No me enfadé. Si hubiera pensado de esa manera y aprovechado esas opciones sin comentármelo, entonces quizá sí me habría molestado.» Cuando llegó el momento de que Gore eligiera a un candidato a la presidencia, su breve lista incluía a Kerry y John Edwards.

De nuevo en casa, Gore se quitó la chaqueta y la corbata y se sentó a la mesa del comedor. Dwayne sirvió un almuerzo a base de chuletas de cordero sobre un lecho de verduras aliñadas. Otro sirviente trajo grandes jarras de agua y té con hielo.

Mientras atacaba sus costillas, Gore dijo que estaba bastante convencido de que Kerry ganaría en noviembre.

«Los errores de Bush han sido espectaculares —aseguró—. La evidencia de los engaños y los cálculos equivocados se han sumado para generar en la mente de muchos la convicción cada vez mayor de que no es bueno para Estados Unidos.»

Entonces, ¿por qué los sondeos daban unos resultados tan ajustados?

«Siempre intento decirle a la gente que será muy ajustado y que es muy importante que cada uno realice su aportación, pero mi predicción es que, al final, probablemente no lo será tanto. Creo que ahora mismo la balanza se está decantando. Además, la derecha republicana ha iniciado una especie de guerra fría civil de una manera muy despiadada.»

Gore tenía un ordenador portátil abierto mientras comíamos (él y Tipper tienen Apple G4 idénticos. «¿Qué te esperabas? —preguntó ella—. Vivo con el hombre que inventó internet»). Añade a favoritos algunos medios previsibles —The TimesThe Washington Post, Google News—, pero también páginas de izquierdas como mediawhoresonline.com y truthout.com. A partir de sus lecturas, en la Red y otros formatos, se ha convencido más de que, tras la caída de Goldwater en 1964 y el movimiento contra la guerra de Vietnam, los conservadores estadounidenses estaban decididos a «jugar a largo plazo» y organizarse, ideológica, económica e intelectualmente, para ganar las elecciones e iniciar una revolución conservadora. A Gore le interesa un memorándum escrito a petición del presidente de un comité de la Cámara de Comercio de Estados Unidos por un abogado de Virginia llamado Lewis F. Powell Jr. y fechado el 23 de agosto de 1971, solo dos meses antes de que Nixon nombrara a Powell para el Tribunal Supremo. El memorándum de Powell afirma que el sistema económico estadounidense está sometido a «un intenso ataque» de izquierdistas bien financiados que dominan los medios de comunicación, el sector académico e incluso algunas tribunas del mundo político. Dicho memorándum describe una batalla por la supervivencia de la empresa libre y anima a «dudar» menos y mostrar «una actitud más agresiva» en todos los frentes. Fue clasificado como «confidencial» y remitido a las cámaras de comercio y a destacados directivos de toda la nación.

Como juez del Tribunal Supremo, Powell resultó moderado, pero el movimiento conservador ayudó a sus candidatos predilectos, en especial a Ronald Reagan. Le pregunté a Gore si creía que Hillary Clinton, en pleno período Lewinsky, estuvo acertada al esgrimir el fantasma de una «gran conspiración de la derecha».

«Es difícil separar la frase de todas las declaraciones que se han generado a su alrededor —afirmó—. Representa algo que originalmente no era lo que se quería decir. La palabra “gran” es precisa; la palabra “derecha” es precisa; es la palabra “conspiración” la que quiere modificar la gente, porque para muchos implica oír algo que dudo que Hillary quisiera decir cuando la utilizó. Estoy seguro de que mi expresión “guerra fría civil” es vulnerable a malas interpretaciones aún peores.»

Gore se apresuró a distinguir a la Administración de Bush de cualquiera de sus antecesoras. En su opinión, las cosas eran mucho peores «ahora» que a mediados de la década de 1980. «La experiencia de la Administración de Reagan fue decepcionante para la derecha en muchos sentidos —comentó—. Fue satisfactorio contar con un triunfador que se ganó el corazón de tantos estadounidenses y que era tan elocuente al presentar muchas de sus ideas, pero para ellos resultó tremendamente decepcionante que se plegara mucho más a la razón de lo que ellos habrían querido. El mayor aumento de impuestos de la historia no fue el de Clinton y Gore en 1993, sino el de Reagan en 1982. Aquello les molestó mucho. Sus iniciativas sobre control armamentístico, de las cuales yo fui una parte importante, contrariaron mucho a gente como Richard Perle, un personaje muy destacado en la génesis de la política sobre Irak. Después de la experiencia con Reagan decidieron prepararse para la próxima oportunidad que tuvieran. Por tanto, serían exhaustivos e inflexibles de manera global. Entonces, cuando Gingrich y su equipo vencieron en 1994, sentaron las bases para la identificación de todos los mecanismos discretos de poder y programas, políticas, cargos y organismos que, a su juicio, debían ser transformados. […] Bush, como candidato, se limitó a estrechar la mano a esa serie de grupos unidos por el respeto a los respectivos intereses personales. Lo que tenían en común es que todos eran poderosos y perseguían una serie de objetivos contrarios al interés ciudadano.»

Gore se refrescó con un largo sorbo de té. Habíamos despachado las costillas y las verduras y nos sirvieron un sorbete de fruta en copas de cristal altas. Gore apuró el hielo y consultó el ordenador portátil. Luego empezó a hablar de la desaparición de la Unión Soviética y del viejo mundo «bipolar».

—Una consecuencia es que existe un triunfalismo emergente entre los fundamentalistas del mercado que ha asumido una actitud de infalibilidad y arrogancia que ha llevado a sus partidarios a despreciar los valores no monetizados si no encajan en su ideología.

—¿Qué falta? —le pregunté.
—Las familias, el medio ambiente, las comunidades, la belleza de la vida y las artes. Abraham Maslow, más conocido por su jerarquía de las necesidades, tenía una máxima según la cual, si la única herramienta que utilizas es un martillo, todos los problemas empiezan a parecer un clavo. Traduciéndolo a esta conversación: si la única herramienta que utilizas para medir el valor es una etiqueta o la monetización, empieza a parecer que aquellos que no son fáciles de monetizar carecen de valor. Por tanto, se esgrime un desprecio fácil, que evocan en un abrir y cerrar de ojos, hacia los abrazaárboles o la gente preocupada por el calentamiento global.

Y, sin embargo, la ideología de Bush está teñida de creencias religiosas, aventuré. No todo lleva una etiqueta de precio.

Gore frunció los labios. También baptista del Sur, se había declarado un creyente renacido, pero sin duda desdeñaba el carácter público de la fe de Bush.

—Es un tipo particular de religiosidad —señaló—. Es la versión estadounidense del mismo impulso fundamentalista que vemos en Arabia Saudí, Cachemira y religiones de todo el mundo: hindú, judía, cristiana o musulmana. Todos comparten ciertos rasgos. En un mundo de cambios desconcertantes, cuando fuerzas grandes y complejas ponen en peligro los puntos de referencia conocidos y cómodos, el impulso natural es aferrarse como si nos fuera la vida al árbol que parece tener las raíces más profundas y no cuestionar jamás la posibilidad que no vaya a ser el motivo de nuestra salvación. Y las raíces más profundas se hallan en tradiciones filosóficas y religiosas con una larga historia. No los oyes hablar demasiado del sermón de la montaña, ni de las enseñanzas de Jesús sobre compartir con los pobres o de las Bienaventuranzas. Es la venganza, el azufre del infierno.

Tipper había salido a comer con Christine, la mujer de Bob Orrall, y ahora estaban de vuelta.

Recientemente, Tipper había comprado tres matamoscas de diseño y quería enseñarlos.

—¿Matamoscas?
—Puedes atraparlas con la mano, Al, pero mira esto.

Tipper sacó tres matamoscas extraordinariamente ingeniosos y los depositó sobre la mesa del comedor.

—Eh, Christine —dijo Gore—, ¿cómo puedo buscar los cuadros de Bob en internet? Quiero enseñárselos…

Christine, una mujer mucho menos teatral que su esposo, se lo explicó. Gore tecleó la URL correcta y apareció el contenido en cuestión. No había estado tan contento en todo el día.

—Bob pinta cuadros sobre traumas infantiles y luego escribe sobre ello en el lienzo.
—Fuimos a un asesor matrimonial —contó Christine— y entonces empezó a hacer estas cosas sobre recuerdos de la infancia.
—Debió de salir más barato que la terapia —intervino Gore. —Bueno, ¡seguimos casados!

Gore dio la vuelta al ordenador portátil y fue abriendo los cuadros en la pantalla y leyendo los pies de foto. En uno de ellos se apreciaba un grupo de gente reunida en torno a un niño en un parque de atracciones. Al pie decía: «No vomites en Disneyland. Todo el mundo actúa como si hubieras infringido la ley y tus padres fingen que eres hijo de otro. Luego marcan la zona como si fuera la escena de un crimen y los encargados de limpiarla llevan trajes antirradiación. En serio. Y luego dicen: “Creo que ya hemos tenido suficiente por un día”, y vuelves a compartir cama con tus hermanos en el motel Howard Johnson».

Gore se reía a mandíbula batiente.

—Fue traumático ¿eh? —dijo, y empezó a hacer clics de nuevo sobre el portátil—. ¿Dónde está ese en que estaba tan gordo que se escondía bolígrafos en los michelines? —Y luego añadió—: Ahora se ha convertido en una fuente de ingresos para tu familia, ¿verdad?
—Lucinda Williams compró cinco —respondió Christine—. Ya sabes…

Gore la interrumpió. Se detectaba un verdadero entusiasmo en su voz, mitad sincera, mitad Mr. Goofy.

—¡Mira, cariño! ¡Salgo en la prensa!

Gore había buscado en Google su discurso en el Belcourt y en los medios aparecía una noticia. Los primeros párrafos estaban dedicados a sus críticas hacia Porter Goss.

Antes de que Christine se fuera, ella, Tipper y Al hicieron planes para el fin de semana, que incluían la posibilidad de salir a cenar e ir a escuchar música al Bluebird u otro lugar.

Gore no cesaba de mirar la pantalla del ordenador.

—Por norma general, en lo que respecta a las noticias, si eres el presidente cuentas con un equipo de prensa itinerante, y si eres el candidato del partido, también —afirmó—. Pero, con esas dos excepciones, al margen del juicio a Scott Peterson, nada, un discurso, una propuesta, algo en el discurso demócrata será noticia de ámbito nacional a menos que suceda durante un trayecto en taxi de diez minutos en el centro de Manhattan o de Washington D. C., Los Ángeles, Chicago o Saint Louis. No existe. ¿Y esto del discurso? Será un articulito de Associated Press. Eso es todo.

El único momento en que Gore trascendió los articulitos del servicio de noticias este año fue su aparición en la Convención Nacional Demócrata, celebrada en Boston a finales de julio. Gore no tenía intención de quedarse mucho tiempo. Todo indicaba que el partido, actualmente dirigido por gente que depositaba sus esperanzas en las posibilidades de John Kerry, solo estaba dispuesto a conceder a Gore un papel terciario en la convención. En lugar de recordar a los demócratas lo que podría haber sido, en lugar de despertar sentimientos de ira o arrepentimiento, parecían decididos a ocultar a Gore. Donna Brazile tenía razón: le habían dejado en la cuneta. La convención comenzó un lunes, y esa noche fue declarada «para ex» y hablaron Gore, Jimmy Carter y Bill Clinton. Pero, dado que los medios de comunicación redujeron su programación a una cobertura mínima, solo retransmitieron a Clinton. El ganador del voto popular en 2000 sería cosa de MSNBC, CNN y el canal digital de ABC. «Hemos venido a la ciudad solo por el discurso de Al y luego nos iremos de aquí —dijo Carter Eskew, que fue estratega de Gore en la última campaña—. Ya sabemos de qué va la cosa. No sé si me entiende. Este partido es de otra persona.»

«Es una época bastante emotiva —dijo el ayudante de Gore, Josh Cherwin, que rondaba los veinticinco años y había ejercido de recaudador de fondos para los demócratas—. La nueva nominación de Gore debería haber sido un momento de gloria. Por el contrario, es bastante doloroso.»

A primera hora del lunes me reuní con Gore en el Hotel Four Seasons. De camino hacia allí, leí en The Times un artículo escrito por Katharine Seelye sobre su aparición en Boston. Una vez más, se proyectaba una imagen un tanto ridícula de él.

Gore había prometido grabar un saludo en vídeo para todas las delegaciones estatales que estaban tomando un desayuno «inaugural» en salas de baile de hoteles de toda la ciudad. Él y Cherwin llegaron a la sala para la retransmisión de poca monta con cara de sueño. Para él, era de especial importancia que el discurso de la convención saliera bien, aunque no lo fuera para nadie más. Podía ser su última vez en el estrado.

Lo único que debía hacer Gore era tomar asiento, mirar a la cámara y dedicar unas bonitas palabras a los delegados, la tarea política más rutinaria que quepa imaginar. Y, sin embargo, la maquilladora se ocupó de él como si estuviera preparándolo para el primer plano inicial deEl bueno, el feo y el malo. Tras unos veinte minutos disimulándole los poros, Gore sonrió animosamente y dijo:

—Este podría ser el trabajo de maquillaje más profesional jamás realizado para una webcam.
—En realidad no es una webcam, señor —dijo alguien—. Es una videoconferencia.
—Ah. Y eso no es un botón para silenciar el sonido —respondió Gore toqueteando un interruptor que tenía delante—. Es un dispositivo de activación.

Los demás guardaron silencio con ese aire de «es muy temprano, todavía no hemos tomado el café». Sin embargo, Gore parecía desesperado por mostrarse de buen humor.

El director le pidió a Gore que probara el volumen de su micrófono. Este asintió y empezó a hablar con el típico susurro ronco de Ronald Reagan: «Damas y caballeros, en un minuto comenzaremos…».

Ninguno de los técnicos jóvenes pareció captar la referencia. En cambio, la maquilladora sí lo hizo y sonrió.

Entonces sucedió algo extraño; extraño si uno nunca ha estado en presencia de Al Gore, claro. En el mismo instante en que le pidieron que empezara hablar a la cámara, todo su cuerpo se irguió. Sonrió ligeramente… demasiado. La sonrisa casi parecía una forma de dolor. Su voz adoptó esa cadencia sureña de antaño, que pretendía resultar encantadora y reconfortante, pero que a menudo se antojaba condescendiente e irritante (uno no cesaba de oír los ecos de una vieja parodia de un debate en Saturday Night Life: «…y luego… eh… lo meteré en un… apartado postal»).

Finalmente dijo: «Estoy profundamente agradecido por la oportunidad de servicio que me han brindado». Y con esas palabras terminó. Gore se levantó del asiento y, por toda la ciudad, los delegados pudieron desayunar.

Gore y Cherwin dieron las gracias a todo el mundo y volvieron a la suite del primero. El lugar parecía un despacho donde está realizándose una apresurada tesis doctoral, suponiendo que el alumno pudiera gastarse mil dólares por noche en una habitación con vistas a Public Garden. Las papeleras rebosaban de folios arrugados. Una pared estaba cubierta de hojas que contenían apuntes tomados a vuelapluma para el discurso.

«Me he pasado casi toda la noche despierto —dijo Gore—. Siempre he tenido esa mala costumbre, pero parece que soy incapaz de evitarla.»

Sabía que el discurso de la convención no podía parecerse a los alegatos contra Bush que había lanzado por todo el país. El lenguaje debía ser más contenido; tenía que ofrecer un discurso político conciso, sin olvidar ser agradecido con Bill Clinton, rendir un extenso homenaje a John Kerry y, sobre todo, no dar munición a los equipos de respuesta republicanos. Hacer excesivas referencias a la campaña de 2000 era simplemente inadmisible.

«Estudian esos discursos de manera bastante exhaustiva —aseguró—. ¡No quieren ningún ataque contra Bush en la Convención Demócrata! Me recuerda a cuando Steve Martin estaba dando un discurso de homenaje a Paul Simon en el Kennedy Center Honors hace un par de años y dijo: “Sería fácil plantarse aquí a hablar de la inteligencia y las aptitudes de Paul Simon, pero no es el momento ni el lugar”.»

Gore se pasó otra hora saludando a amigos en el Four Seasons; el hotel era el ónfalo de la convención, el centro para políticos importantes, burócratas del partido y gente adinerada. Gore bajó en el ascensor con su hija Kristin, que trabajaba en Los Ángeles como guionista de la serie de animación Futurama y últimamente había terminado una novela gráfica sobre el mundo de la política en Washington. Al igual que su padre, Kristin Gore sanó sus heridas, al menos en parte, con el vendaje del cómic. Antes de su publicación, un entrevistador le preguntó a Kristin por qué no había escrito la novela poco después de las elecciones, y dijo que quería evitar un libro que pareciera «Sylvia Plath interpreta Washington».

Gore, que llevaba traje oscuro, y Kristin, que lucía una camiseta y pantalones cortos de deporte, se montaron en el asiento trasero de un Cadillac. El personal se metió en una minifurgoneta y la pequeña caravana de vehículos se dirigió al Fleet Center. Una vez realizadas las comprobaciones de seguridad, los Gore recorrieron una serie de pasillos y túneles traseros en dirección a los vestuarios que hacían las veces de camerino. Mientras caminábamos, Kristin respiró hondo y dijo: «Va a ser una semana extraña». Gore tenía que detenerse a cada minuto para saludar a gente. Algunos parecían encantados de verlo y otros inclinaban la cabeza en un gesto comprensivo.

«¡Esta es una semana de reencuentros!», exclamó Gore cuando una persona le besó en la mejilla.

Jim King, que durante años había sido escenógrafa de las convenciones demócratas, acompañó a Gore a la escalera que llevaba al escenario.

«¡Eh, Jim! ¿Dónde están los demás?», le preguntó Gore. Subimos las escaleras y nos adentramos en el escenario. Todavía faltaban cuatro o cinco horas para que comenzaran las actividades de la convención. Las butacas estaban prácticamente vacías. El extenso techo del Fleet Center estaba abarrotado de globos rojos, blancos y azules, todos ellos sujetos con una red. Los globos eran de John Kerry. Mientras Gore contemplaba el techo, King le dijo que tuviera cuidado con los cables y otros peligros que podían dejarlo en ridículo y romperle un tobillo.

«¿Esta es la parte de riesgos laborales?», le preguntó Gore.

Aquella noche, cuando faltaban unos minutos para las ocho, más de dos horas antes de que comenzaran los informativos, Bill Richardson, gobernador por Nuevo México, presentó al ex vicepresidente: «Un visionario, […] un luchador, […] uno de los más grandes líderes y patriotas de este país y, el día de las elecciones de 2000, el hombre al que la gente eligió para que fuera presidente de Estados Unidos».

Gore saludó sonriente y dijo: «Amigos, compañeros demócratas, conciudadanos: voy a ser cándido con ustedes. Esperaba volver aquí esta semana en otras circunstancias, presentándome a la reelección. Pero ya conocen el viejo dicho —allá vamos—. Unas veces se gana y otras se pierde. Y luego está esa tercera categoría poco conocida».

Se oyeron carcajadas en la sala.

«Esta noche no he venido aquí a hablar del pasado. Al fin y al cabo, no quiero que piensen que me paso las noches en vela contando y recontando ovejas. Prefiero concentrarme en el futuro, porque sé por experiencia que Estados Unidos es una tierra de oportunidades en la que todos los niños y las niñas tienen la posibilidad de hacerse adultos y ganar el voto popular. Lo digo en serio…»

Gore recibió una ovación de algo más de un minuto antes de pronunciar su discurso y de unos treinta segundos al finalizar. La autoparodia inicial, y después una condena directa, aunque comedida, al actual presidente y los gestos de apoyo a Kerry y su gratitud a Clinton estaban bien escritos y resultaron inofensivos para los barones de la convención. El político que en 2000 era conocido por su dramática exasperación y la torpeza con la que se presentaba a sí mismo había sido modesto, inteligente y sereno.

Daba igual. Al final de la noche, de lo único que hablaba la gente era de la deslumbrante actuación de Bill Clinton. Las televisiones habían ignorado a Gore, y la mayoría de los periódicos tan solo le dedicaron pequeños espacios. Cuando John Kerry llegó a Boston para aceptar el nombramiento, Gore ya se había ido, observándolo todo desde su salón de Nashville con unos amigos.

Al Gore no sufre de cara al público. No ensaya sus viejos resentimientos: contra los Clinton, contra la prensa, contra Katherine Harrys y Jeb Bush, contra el Tribunal Supremo, contra Ralph Nader o contra Bob Woodward («No empecemos»). Charlamos durante horas y, a la primera mención de los comicios de 2000, Gore frenó en seco. No pensaba hablar de aquello, al menos de manera concreta. «Permítame hacer una pequeña pausa. Cuando le llamé y le invité al discurso y la convención, le dije que el motivo por el cual hacía una excepción a pesar de que ahora no concedo entrevistas es porque he tenido muchas experiencias en que la premisa inicial del artículo se convierte en el extremo de una cuña para abrir un discurso mucho más amplio.» Gore hablaba con muchas pausas, que es la medida que adopta cuando quiere decir algo adecuado para su publicación. «No pretendo transmitir desconfianza […] sino un sentido de prudencia —en esto hay cierto elemento de relajación—. No quiero entrar en un diálogo sobre la campaña de 2000, porque puede que quiera tratarlo en profundidad en otro momento y lugar. Aplico un criterio distinto a la hora de decidir qué digo y qué no digo sobre la campaña de 2000, porque creo que tiene que pasar más tiempo para mí y para la mayoría de la gente que leería mis pensamientos al respecto. Creo que todavía es muy… Un 49 por ciento de la gente todavía no está preparada para oír lo que tengo que decir al respecto sin dar por sentado que no está distorsionado por motivos partidistas. […] Llegado el momento adecuado, tengo mucho que decir sobre ello. Yo también necesito más perspectiva.» El lenguaje era formal y la voz tan dolida como cautelosa. «En mi interior hay tantas cosas relacionadas con las elecciones de 2000 que, aunque más o menos sé lo que quiero decir, requiere más tiempo. Me ha llevado más tiempo darme cuenta de que debo realizar la máxima aportación posible a extraer significados más profundos de esas elecciones. Aunque puede que sea pura banalidad…»

Entre los columnistas y los profesionales de la política, Gore derrochó buena parte del capital político que le quedaba el año pasado cuando apoyó a Howard Dean para la candidatura demócrata. En aquellos días previos al Grito, Dean se antojaba el candidato más verosímil, y Gore parecía aportar las credenciales de la clase dirigente. Pero poco después del Grito, después de la caída libre, incluso el propio Dean reconocía que su candidatura había empezado a desmoronarse en el preciso instante en que recibió ese apoyo, con lo cual hizo que pareciera el beso de la muerte.

Muchos ex asesores de Gore me dijeron que creían que había respaldado a Dean porque el gobernador de Vermont estaba desarrollando el tipo de campaña —para las bases, generada en internet, resuelta— que habría querido para él en 2000. Esa interpretación «psicoanalítica», dijo Gore, era absurda. El verdadero motivo era que, por encima de todo, Dean era el único candidato que, al igual que él, manifestaba sin ambages su oposición a la guerra en Irak.

«Creo que Bush planteó una gran visión falseada —afirmó Gore—. La guerra en Irak se expuso como una gran idea. Pues fue una gran idea estúpida. E insisto, no creo que sea tonto, pero esa idea sí.»

Gore sigue siendo comprometido, serio y acreditado. Todavía resulta fácil imaginárselo como un buen presidente, aunque poco apreciado. Y, sin embargo, persiste un rasgo, y es un rasgo que comparte con George W. Bush. Es extremadamente reacio a reconocer un error, por pequeño que sea. A mitad de nuestras conversaciones en Nashville, le pregunté cuál era la mayor equivocación que había cometido en política. Guardó silencio unos momentos, hubo varias salidas en falso, volvió a hacer una pausa y rememoró que, cuatro años atrás, en la campaña tenía una respuesta preparada para esa pregunta, pero que no recordaba cuál era.

«A lo mejor fueron mis subsidios al azúcar», aventuró.

Le pregunté el motivo por el que no había alertado a su antiguo compañero de campaña, Joe Lieberman, de que respaldaría a Dean.

«A Joe lo considero un amigo —empezó Gore—. Me sabe mal haber herido sus sentimientos, y creo que algunos miembros de su campaña le convencieron de que podía ser positivo utilizarlo. Antes de anunciarlo públicamente intenté contactar con él muchas veces y no pude.»

¿Pensaba que la campaña de Lieberman había intentado beneficiarse deliberadamente del incidente?

«No lo sé a ciencia cierta, así que no lo diré. Lo único importante es que no se lo dije personalmente antes del anuncio.»

Justo antes de cenar, Gore consultó su Treo.

«Eh —dijo mientras paseábamos cerca de la piscina—. Acabo de recibir un correo electrónico sobre Jim McGreevey. Va a dimitir como gobernador de Nueva Jersey. A ver si adivinas por qué. Hagamos un test.»

Elegí la respuesta C —la correcta— y Gore me miró dos veces al más puro estilo Mack Sennett.

«¡Uau! ¿Cómo lo sabías?»

Dwayne sirvió temprano una cena para tres al aire libre: salmón ennegrecido, verdura y un buen vino blanco. Teníamos que irnos pronto. Norah Jones y su grupo daban un concierto aquella noche en la Grand Ole Opry House, más o menos a media hora de distancia. Antes de comer habíamos hablado de las dos figuras de la Administración de Bush que también habían pertenecido al círculo de Clinton y Gore: Colin Powell y George Tenet.

Gore dijo que todavía consideraba a Powell un amigo, «pero todo el mundo tiene claro que fue marginado. Como la derecha desconfiaba de sus valores e instintos, lo convirtieron en un testaferro. […] Los hemos visto [a Powell y a su mujer] en actos sociales y me cae bien y le respeto mucho, pero creo que ha sido maltratado por su Administración y que se ha dejado utilizar de manera perjudicial para él y, lo que es más importante, para el país. En mi opinión debería haber dimitido. Sin duda. Durante su presentación ante las Naciones Unidas sentí lástima varias veces. Fue una experiencia muy dolorosa de ver. […] No estoy acusándolo de amañarlo conscientemente. Creo que es mucho más complejo y hay muchos más matices.

»Pienso que lo único que comparten Powell y Tenet es una sensación de deuda personal con el presidente Bush y su familia. En ambos casos, la deuda personal influiría más a la hora de determinar sus decisiones sobre dónde debían trazar una línea y decir: “Ya basta. No puedo consentir esto”».

Comimos rápido y nos dirigimos al Cadillac. Gore conducía, y Tipper, con las indicaciones sobre el regazo, mostraba el camino. Gore contó una historia muy divertida sobre un encuentro secreto con el ex primer ministro ruso Víktor Chernomirdin («el sobrio») que declaró «confidencial por razones de seguridad nacional».

Las indicaciones de Tipper fueron impecables y Gore las siguió, una rareza en la historia de la institución conyugal. Cuando llegamos a Opryland, los Gore tenían reservado un aparcamiento.

«Ya no hay caravana de vehículos —comentó Tipper al bajarse del coche—. Solo yo.»

Habíamos llegado cinco o diez minutos antes de que empezaran los teloneros, y Gore prefirió esperar en la sombra que sentarse y tener que ser él mismo, saludar e interpretar.

Cuando bajaron las luces, nos deslizamos a nuestros asientos. Los Gore disfrutaron del concierto —ambos saben mucho sobre el rock and roll de su generación y sobre la escena actual de la música country—, pero en el descanso se acercaron varias personas que querían tiempo, que querían conectar.

«¡Norah Jones y Al Gore… la misma noche!», exclamó alguien. Luego llegó otro hombre y él y Gore se pusieron a hablar con sumo detalle sobre unos colegiales de Whitwell, Tennessee, que habían creado un monumento al Holocausto con millones de clips de papel.

Después del concierto, los Gore estaban de buen humor y se ofrecieron a enseñarme Nashville antes de dejarme en el hotel. Gore estaba planteándose incluso parar en el Bluebird si llegábamos a tiempo para el espectáculo de Bob Orrall. Pasamos junto a las oficinas musicales de la Decimosexta Avenida, las discotecas del centro, el río, el Ryman Auditorium y la tienda de discos Ernest Tubb.

Tipper se vertió un mejunje de color ámbar en las manos y se las frotó. Luego echó un poco en las manos de su marido mientras estábamos parados en un semáforo.

«Es limpiador —dijo con un tono profesional volviéndose hacia el asiento trasero—. ¿Quiere un poco? Le hemos dado la mano a mucha gente.»

Estábamos hablando de si Gore pensaba escribir un libro y le pregunté si había leído el best seller que copaba entonces las listas de no ficción. Él se echó a reír y respondió: «No he leído el libro de Clinton. ¡Me han dicho que habla mucho de la pérdida de la presidencia en su escuela elemental!».

Pasamos por delante del edificio de la Convención Baptista del Sur. Aquel mismo día, Gore me había comentado que él y Clinton solían rezar juntos en la Casa Blanca. Le pregunté a qué iglesia de Nashville iban él y Tipper.

Se hizo un silencio en el asiento delantero.

—Ahora somos ecuménicos —dijo Gore a la postre.
—Yo creo que sigo a Baba Ram Dass —apostilló Tipper entre risas.
—Podría decirse que la llegada de los predicadores fundamentalistas nos ha echado con sus políticas de derechas —añadió Gore.

Obviamente, era un detalle en un tema en general doloroso. Tennessee, que nunca ha sido especialmente liberal, había rechazado a Al Gore en 2000, una pérdida que acabó con sus sueños.

—Eso me hace preguntarme cómo salió usted elegido para el Congreso —observé.

Gore no lo negó.
—A veces yo también me lo pregunto —dijo.

“Mira cómo corre mi silla”, dice Pablo Echenique en la gran acera del Paseo de la Independencia de Zaragoza. Se inclina para ser más aerodinámico, empuja el mando y sale con reprís entre peatones a 13 kilómetros por hora. Va casi el triple de rápido que una persona a pie. Avanza unos 20 metros, frena, gira y vuelve a apretar a fondo.

Echenique compró su silla Sunrise Quickie Groove hace cuatro años por 8.000 euros. El Gobierno de Aragón le dio entonces una ayuda pública de 3.500 que poco después no hubiera recibido. Las ayudas a la ortopedia estuvieron paralizadas entre 2012 y 2014. Echenique se ha puesto las ruedas traseras macizas para evitar pinchazos. La silla tiene aspecto de tanqueta: compensa la fragilidad de su cuerpecito. Los pies le quedan levantados y le da una postura de trono. La gente que roza al acelerar son posibles votantes. Como maniobra electoral en plena precampaña, tiene sus riesgos.

Pablo Echenique es secretario general de Podemos Aragón desde febrero. Ahora es candidato a la presidencia autonómica. Es la comunidad donde Podemos tiene más opciones de gobernar o sacar grandes resultados junto a Asturias, Madrid y Valencia, “gracias a Echenique”, dice el eurodiputado de Podemos Miguel Urbán. El barómetro del CIS publicado este jueves le otorga un 14,1% de los votos. A 15 puntos del PP y a ocho del PSOE, que bajan pero resisten.

Podemos tiene un sondeo interno que le da resultados mejores: empate técnico con el PP, con alrededor de un 25% de votos cada uno. PSOE y Ciudadanos estarían empatados detrás con el 20%.

Echenique ha venido al Paseo de la Independencia para ver al periodista Jesús Cintora en la Librería General. Cintora acaba de publicar el libro La hora de la verdad y el equipo de Echenique pensaba que lo iba a presentar. Pero era sólo una firma de libros. Echenique pidió el móvil de Cintora a otra líder de Podemos pero no le ha contestado: “Solo mira Telegram una vez al día”, dice Echenique. En Podemos usan Telegram más que WhatsApp: permite escribir desde el escritorio y adjuntar archivos. “Es mejor para el trabajo colaborativo”, dice Marta Cambronero, jefa de prensa de Echenique.

El candidato se pone al final de la cola dentro de la librería y espera su turno como un lector más. Pide a Cambronero que le compre el libro. Ella debe sacar la cartera, coger la tarjeta de Echenique y teclear su PIN, que Echenique dice en voz alta.

A Cintora le han despedido de Cuatro hace poco por presuntas presiones del Gobierno. Los lectores de Cintora simpatizan también con Echenique. Muchos le piden una foto. Echenique es cordial sin doblez: “Con un móvil morado [el color de Podemos] no puedo negarme”, dice. A otro admirador le responde: “Gracias a ti, tío”. Tío es una palabra que usa mucho, tanto en las entrevistas conmigo como con admiradores. A todos les trata de tú.

Por ahora distinto

He estado tres días con Pablo Echenique y en ningún momento ha dado la sensación de fingir su carácter. Por supuesto ofrece respuestas blandas o defensivas a preguntas difíciles sobre la política y sobre su partido, pero no las rehúye. Una periodista de la tele se le acerca para preguntarle por Monedero y casi se excusa: “Ya sé qué me vas a decir pero yo tengo que preguntarte igual”. Echenique la calma: “Los dos haremos lo que debemos hacer”.

En Podemos. La cuadratura del círculo, el grupo Politikon escribe: “Este discurso [donde todos somos el Pueblo frente a la oligarquía] en su fundamento también peca en la idea de que hay que buscar el reemplazo del corrupto por el puro, del cleptócrata por el representante del Pueblo. Esto supone que el que no sea puro no puede ser artífice ni promotor de acciones virtuosas, que el líder es total”. Echenique encaja como nadie en esa pureza.

Si en España hay políticos distintos, Echenique es uno de ellos. A sus 36 años, es un candidato ideal para Podemos: nunca había hecho política, viene del “pueblo”, es un espontáneo. Hace un año y medio era sólo un físico del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) con una preocupación creciente por la crisis. En apenas unos meses fue eurodiputado después de ganar unas primarias nacionales y ahora es candidato a presidir su comunidad.

Su paso de ciudadano indignado a político responsable es fulgurante y complejo. Este perfil analiza esa trayectoria y la forja de un carácter singular mediante tres largas conversaciones con él y con 27 personas con quienes ha compartido algunas etapas de su vida.

Echenique tiene atrofia muscular espinal desde bebé. La enfermedad no afecta a su esperanza de vida pero es degenerativa: poco a poco pierde fuerza y movilidad. Algunos de sus amigos describen cómo hacía cosas que luego le han ido costando más. En una de nuestras entrevistas tenía un vaso de plástico de chupito lleno de café. Podía levantarlo pero no llegó a beber, quizá por precaución. Sí puede usar un tenedor.

No puede por tanto llevar a cabo una de las actividades más habituales de los políticos en campaña: saludar, besar, abrazar, pellizcar niños. Algunos hombres intentan darle la mano pero Echenique solo estira los dedos, sin apenas mover el brazo. La reacción de los admiradores es espontánea: uno le coge el dedo índice, otro le acaricia el dorso de la mano, la espalda o la nuca. Algunas mujeres le besan.

Pregunto a Echenique si le harán daño con tanto arrumaco: “Soy más resistente de lo que parece”. El peligro, cuando ha estado rodeado en algún acto multitudinario, ha sido más que alguien activara el mando de la silla sin querer y el aparato atropellara a otros. Es el flanco que siempre protege la gente de su equipo.

Echenique deja pasar a todos los fans de Cintora y se queda el último. Ha estado casi dos horas en la cola, sin hacer nada más que charlar con admiradores y hacerse fotos. “De momento aún le gustan estas cosas”, dice Marta Cambronero. Echenique es muy expresivo: cambia rápido de cara. En muy poco tiempo puede mostrar interés, pillería o seriedad. Las charlas repetitivas con votantes en la librería parecen interesarle. No se cansa. Pero desde que es más famoso sus colaboradores tienen instrucciones de decirle que hay que irse cuando las fotos y los saludos se alargan.

El candidato se convierte en estos ratos en una mezcla de profeta, animador y confesor: “Que no decaigáis, eso seguro que no”, dice a un votante que viene triste porque acaba de salir un sondeo que da a Podemos el cuarto lugar en unas generales: “Hay que hacer lo mismo diga lo que diga el ABC“. Un seguidor de Podemos ve una mano negra, pero Echenique no entiende de conspiraciones: “No creo que las encuestas estén muy manipuladas. Los números se mueven porque mucha gente piensa el voto”. Al rato, una madre pregunta a su hija: “¿Sabes de qué partido es este señor?”. La niña mira: “¡Del populista!”, dice por decir algo. Echenique da una carcajada.

“Echenique, encantado de conocerte”, dice Cintora cuando le ve. Se preguntan cómo va y Cintora le cuenta algo entre susurros. Acaban enseguida y Cintora dice algo sobre “los políticos”. Echenique salta: “A mí no me llames político. Te lo digo sinceramente: ‘No lo soy’”. Poco antes se lo había sugerido a una señora: “Si viene otro a acabar con la crisis, me vuelvo a hacer Física. No te creas que me apetece estar ahí batallando”.

El candidato viene de una tradición distinta de la de muchos de sus compañeros de partido: la ciencia es práctica, no ideología. Si algo funciona, se usa. Si no funciona, se descarta. Una buena prueba de la diferencia entre otros miembros de Podemos y Echenique es esta pregunta que hizo a Adrián Pacín, su asistente: “Pablo pregunta todo lo que no sabe, sin reparos. Un día me preguntó qué era el maoísmo”.

La naturalidad de Echenique le ha metido en algún lío: “Cuando ya era eurodiputado, fui a Cataluña y me preguntaron por la consulta. Dije que si una ley estaba mal había que desobedecerla. Gandhi lo había hecho. Si no dejaban a los catalanes sacar las urnas a la calle, pensaba que debían sacarlas igual”. La reacción fue inmediata: “Volviendo en el AVE ya estaba en El País. El titular era: Podemos defiende la desobediencia civil. Al momento tenía a Errejón al teléfono. Me caí del guindo: ya no podía opinar igual”.

Esta sinceridad le ha complicado la vida en otras ocasiones. En marzo, en el congreso de periodismo digital de Huesca, Echenique se descolgó con una opinión peregrina sobre puntuar a los medios según su modo de contar la información: “Íbamos hablando en el coche. Se me ocurrió a mí la idea. Probablemente no debería haberlo dicho. Abrí un debate interesante y lo hice un poco a conciencia”.

El principio de todo

Estos deslices frescos para el previsible debate español son normales en una persona que hasta el 27 de enero de 2014 no tenía ni idea de hacer política. Aquel día los dirigentes de Podemos Pablo Iglesias y Miguel Urbán fueron a Zaragoza. Era el primer acto fuera de Madrid después de la presentación de Podemos en el Teatro del Barrio. Iglesias habló 30 minutos en la plaza de San Agustín. Fue un exterior porque no cabían en el espacio previsto, el Centro de Historias.

Cuando acabaron las intervenciones, hubo preguntas. Urbán recuerda que la primera fue de un chico en silla de ruedas, Pablo Echenique. Otro asistente le sostenía el micro: “Me habéis emocionado, convencido”, dijo según Urbán.

Echenique recuerda su intervención en un tono más coloquial y dirigido a Iglesias: “A ver, tío, el proyecto que planteáis me encaja y ahora nos pides que nos organicemos. Eso me suena a cuando en la radio nos dicen en vacaciones que salgamos de manera escalonada. Coño, es inteligente, pero yo a qué hora salgo. Dame alguna pista”. Iglesias le dijo que era como follar y que todo lo que le explicara no serviría, que sólo se aprendía haciéndolo. Ahora con la fama “usa menos esa comparación”, dice Echenique. Urbán fue más práctico: en unos días colgarían en la web cómo organizar los círculos, que son las organizaciones que forman la base popular de Podemos.

A Echenique le convenció la respuesta. Urbán e Iglesias volvían esa noche a Madrid. Cuando se subían al AVE, Urbán recibió un mensaje directo de twitter. “Se lo envié a Urbán porque pensé que estaría menos ocupado”, explica Echenique. En el mensaje Echenique decía que sabía de ciencia y de discapacidad y les pedía que le usaran.

“La audacia me pone”

El ascenso de Echenique ha sido tan rápido que no ha tenido tiempo de valorar cada paso. Sopesó sobre todo el primero. Aquel mensaje de twitter del 27 de enero fue la única gran decisión y estaba tomada: “Ya había decidido que me gustaba. La única decisión que en algún momento tomé fue la de empezar a trabajar: usar mi tiempo de ocio en ayudar. De repente veo una herramienta que creo que puede funcionar. Me parece audaz, que es algo que me pone, muy práctica y políticamente encaja con lo que yo pienso. No sé si va a salir bien pero adelante”. Él y su mujer, Mariale Nelo, se tragaron varias ediciones de La Tuerka y Fort Apache, los programas de Iglesias. Querían conocerlo mejor.

Había que empezar a formar el círculo de Zaragoza. Echenique fue enseguida uno de sus miembros más destacados. Cree que los círculos son una herramienta necesaria pero con defectos: “En los círculos a veces falta pragmatismo. Puedo llegar a enfadarme porque están haciendo perder el tiempo a todo el mundo”. Este pragmatismo sirve a Echenique para demostrar una de sus grandes cualidades: la capacidad de comprender y sintetizar.

Román Sierra es uno de los primeros miembros del círculo de Zaragoza y hoy número cinco en la lista de Podemos por la ciudad. Echenique, dice Sierra, destacaba por aunar puntos de vista opuestos al final de los encuentros. El mismo Echenique también lo ve así: “Esa capacidad de entender la mirada del otro es útil para resumir y avanzar cuando hay 25 personas en una reunión. Capto todo lo que se ha dicho, sintetizo, votamos y avanzamos”.

La capacidad intelectual de Echenique es uno de los elementos que le ha hecho destacar. Hay otro más básico: la silla de ruedas. El periodista Raúl Gay -también discapacitado- fue jefe de prensa de Echenique hasta hace unas semanas. Ahora es el noveno en la lista de Podemos por Zaragoza. “La silla da puntos”, dice Gay. “La sociedad piensa que un tipo por ir en silla de ruedas es buena persona”.

“Es verdad”, dice Echenique cuando le pregunto su opinión.

En la sede central de Podemos debieron de tener la misma impresión. El 9 de febrero, días después de la presentación en Zaragoza, presentaban su segunda fase en el Cine Palafox: cómo seguir avanzando tras la creación de los círculos. Sólo acudió una persona de fuera de Madrid: Pablo Echenique. Miguel Bermejo, del área de organización territorial, le llamó días antes para que fuera al Palafox. La única relación que había tenido Echenique con la organización era la pregunta a Iglesias y el mensaje privado a Miguel Urbán donde se ofrecía a ayudar. Pero ya le invitaban a hablar junto a la plana mayor.

El partido improvisó tanto que Echenique tuvo que hablar desde la platea porque era un escenario sin adaptar. Al presentarle, el secretario de participación, Luis Alegre, echó las culpas a “la cuestión de las barreras arquitectónicas”. David Zueco, compañero de estudios de Física en Zaragoza, recuerda las risas que se echó con otros amigos de Pablo al ver la falta de previsión de Podemos. “Está claro que una silla de ruedas quedaba bien”, dice Echenique.

Un ‘heavy’ sobre ruedas

Echenique convive con las barreras desde la infancia. Pero no ha permitido que se interpongan en su vida. Quizá su mayor mérito es que nunca hace notar a los demás que va en silla. Varios de sus amigos coinciden en destacar esta virtud: era uno más, hacía lo mismo que el resto.

“En nuestras conversaciones terminábamos hablando de ciencia, de política y del tamaño de los escotes”, dice Horacio López, un amigo y doctor en Ingeniería Mecánica que trabaja hoy en París. También, claro, fumar y emborracharse: “A veces me sorprendía cómo podía caber tanto alcohol en un cuerpo tan pequeño”, dice desde Londres el ingeniero biomédico Michele Orini, que vivió en Zaragoza entre 2006 y 2012. “Y el domingo por la mañana nos levantábamos y él ya había hecho un montón de cosas”.

No era normal en todo: era raro para comer. Ni siquiera le gustaban los tomates. En una cena en un restaurante indio con unos amigos, se llevó de casa una bolsa de patatas; fue todo lo que comió. Ahora no tiene reparos con los alimentos. El motivo del cambio pudo ser que un buen amigo suyo empezó a estudiar hostelería. Iba a buenos restaurantes y no podía hacer el pamplinas como en el restaurante indio.

María Delgado conoció a Echenique cuando él tenía 18 años y ella tenía 15. Las juergas del fin de semana en aquella época eran en la zona de El Rollo. Echenique era heavy. Iban a una sala que se llamaba Devizio y que cerró en 2014. Delgado recuerda que iban también a otra donde había unos 20 escalones: El Espejo, en Puente de los Gitanos. Pablo esperaba fuera mientras los demás se divertían dentro. “Siempre salía uno para que no estuviera solo, íbamos un montón”, dice Delgado. “Eran cosas de adolescentes. Con el tiempo dejamos de ir a sitios donde Pablo no podía entrar”. Delgado no recuerda que Pablo se quejara.

Las salidas con los amigos eran indispensables para Echenique: “Era increíble cómo se forzaba a salir”, dice otro amigo, el informático Pablo Jimeno. Uno de sus lugares habituales era la sala El Zorro, en el centro comercial El Caracol. Uno de los camareros recuerda a Pablo girando la silla en la pista de baile. Según Horacio López, usaban la silla de guardarropa. Ayudado por sus amigos, solía beber vinos y cubatas.

Echenique tiene una explicación para justificar su actividad: “Las personas con discapacidad lo tienen más difícil para confiar en sí mismas. Eso pasa también por intentar llevar una vida lo más independiente posible. Esta parte de nuestra personalidad de salir con los amigos, de volver a las tantas, te acaba normalizando. No hay ningún obstáculo insalvable”.

Tampoco, por supuesto, las chicas.

Echenique era un adolescente tímido con las chicas, dice, pero pronto se le pasó. Su éxito femenino era célebre: “En realidad íbamos con Pablo porque siempre tenía las amigas más guapas”, bromea Michele Orini. Así veía María Delgado el encanto de Pablo: “Siempre ha sido muy caballero, atento, nunca pesado. Entiende el lado femenino de las chicas. Es un tío sensible, no es un maromo. Te escucha y te cuenta”.

Mariale, su mujer, coincide en la explicación: “A las mujeres nos gusta que nos escuchen. Pablo lo hace. Sabe dar consejos. Es muy seguro y alegre. Se apunta a todo”. David Zueco, colega de la universidad de Echenique, recuerda que un día vio cómo una chica parecía interesarse por Pablo. Se lo dijo enseguida pero Echenique no se sorprendió: “Es verdad que a esa chica le intereso, pero es que hay otra que también”. Zueco, poco célebre entre sus amigos por sus conquistas, no podía creérselo: “Fui allí con mi percepción y el tío me dice que no tiene a una, ¡sino a dos!”. Echenique quita valor a esta aura: “Antes de mi mujer , sólo he estado con una chica un año y medio y algún rollo”.

Mariale ve de un modo distinto la presunta falta de seducción de Pablo: “A primera vista me di cuenta de que Echenique es una persona muy bonita, muy completa, que sabe ser feliz sin complejos tontos”. Los complejos son los reparos por la enfermedad de Pablo: “Si a otras les gustaba Eche, ¿por qué no daban un paso valiente y probaban? Y si no, que lo dejaran. Tanta bobería”.

Mariale fue más valiente y ahora, dice, es muy feliz. Su nick de twitter es @Mrs_Pnique y su bio es “Bioanalista, Científica y Activista. ¡@pnique es mío!”. @Pnique es Pablo Echenique. En la foto del perfil salen discretamente desnudos de cintura para arriba y con un lema: “Si no existieras, te juro que trataría de inventarte”.

Mariale es venezolana. Vino a Zaragoza a hacer su tesis, que aún no ha terminado -por culpa de Podemos: ayuda a Echenique con las redes. Al principio se iban viendo en la universidad y por Zaragoza. “Me lo encontraba por todas partes”, dice Mariale. Al final, ella dio el paso de agregar a Pablo en Facebook. Hablaban hasta que Echenique decidió llevarla a cenar y a un concierto benéfico.

Mariale no ve en Venezuela un modelo de nada: “La Venezuela en la que yo viví ya era insegura. Los venezolanos nos acostumbramos a vivir con ello, al miedo. Sin embargo no había la escasez que hay ahora. La gente en Venezuela ha perdido la ilusión”. Cree que Venezuela no necesita más políticos que “como pasa en España, cambian de colores y de nombre pretendiendo ser algo nuevo cuando todos sabemos que son más de lo mismo”. En Venezuela, dice, podría funcionar un movimiento parecido a Podemos: “Venezuela necesita un Podemos, un Podemos no de chavistas ni de opositores. Un podemos de gente decente, un Podemos de gente con gente preparada y sencilla como en España”.

Echenique entrenó durante unos años al Atlético Chirikov, un grupo de amigos que eligió el nombre en homenaje a un físico ruso para un campeonato universitario de fútbol sala. “Dejé de entrenarles porque eran muy malos”, dice.

El comentario no caerá bien entre sus amigos. Pablo Jimeno, que jugaba en el Chirikov, recuerda sobre todo un lance: “Si un día hacen la película sobre Pablo, esta escena será en cámara lenta”. Fue un pelotazo de un rival en la cara: la cabeza se le fue hacia atrás, las gafas volaron y Echenique quedó aturdido. “El tipo que había chutado se quería morir”, recuerda.

Humor macarra

Junto a la normalidad con la que trata la silla y a su capacidad intelectual, hay un tercer rasgo clave en Echenique: el humor. Su humor no es fino, irónico. Es gamberro y macarra. Un ejemplo es su foto en la orla como licenciado en Física por la Universidad de Zaragoza. Echenique se dejó barba, se afeitó la mitad y se rapó la parte opuesta del pelo. “Esto de las orlas me parece una gilipollez”, sentencia.

La irreverencia quedará sin embargo en el pasado: ha preferido no ceder aquella imagen para este reportaje. Antes de la orla, había tenido otras etapas: “Llevaba coleta, pero no me quedaba bien”. También llevó el pelo teñido de rubio.

La orla tenía otra grosería fina: Echenique no aparecía con su nombre real, sino que se puso de segundo apellido su apodo predominante: Pablo Echenique Sudakilla. Otro periódico publicó Sudaquita, pero Zueco y el mismo Echenique confirman que la versión buena es Sudakilla.

Echenique tenía otros motes. El cabezón, por razones evidentes: “Es todo cabeza”, dice Michele Orini que decía otro amigo- y Nelson. La leyenda sobre Nelson es doble: “Creo que me lo pusieron porque soy poco diplomático, en recuerdo al almirante Nelson”. María Delgado cree en cambio que fue porque pasó de tener un grupo de amigos del Colegio Alemán a otro más argentino: “Nelson es un nombre popular allí”.

“Poner motes es cruel: si es bueno, no te lo quita ni Dios”, dice Echenique. Ahora su equipo en política opta por llamarle con el suave Eche. Debe de ser bueno porque Mariale ha pasado de Pablo a Eche. Él la llama “amor”.

Se casaron en secreto en 2013: no querían un bodorrio y al final fue una celebración en Puerta de Hierro (Tenerife) de los novios con dos amigos que hacían de testigos. Cuando pregunté a Mariale por el año de la boda, dudó. Se lo pidió a Pablo. Tampoco lo sabía. Tuvieron que mirar el acta. “Tenemos muchas cosas”, dijo Echenique. No se han olvidado por falta de romanticismo: Echenique es detallista con regalos y escribe poemas a su mujer, que quiere mantener en privado. Ha escrito de todo: verso libre, romance, soneto. Pero no quiere publicarlos.

Otra broma insolente habitual tiene que ver con los niños y la cuenta su amigo Pablo Jimeno: “El falso respeto que inspira Pablo en la gente, el tabú, da mucho juego. Siempre nos hemos reído de los padres de los niños que flipaban con su silla. Hacían toda clase de preguntas, como si fuera un cyborg o un extraterrestre: ‘Mamá, ¿qué le pasa a ese señor?’ y la madre avergonzada: ‘Ven aquí’. Y Pablo al niño: ‘Eh, mira qué puedo hacer’. Demostraba poderes mecánicos y pitaba con la bocina de la silla”.

El humor ha sido una defensa contra un mundo que le ha mirado a menudo con condescendencia. “Un camarero podía mirarle como si fuera tontito, un nene, y era doctor en Física”, dice Horacio López.

Una ilusión de Echenique es que le imite el cómico Joaquín Reyes. Siente cierta envidia porque Reyes ya ha parodiado a Pablo Iglesias: “Estoy por llamarle y decirle que no pasa nada, que puede decir: ‘Hola, soy Echenique y voy en silla para que me votéis más’”.

En su primer blog, Mundo cascao, donde contaba con un lenguaje provocador los retos de una persona con discapacidad, escribía esto en 2012 (donde pone “gordos” podría poner “discapacitados”):

Si eres gordo y te molestan los chistes de gordos, 1) lo vas a pasar mal en la vida, 2) los van a contar igual cuando te gires y vas a ver por el rabillo del ojo cómo se parten el culo disimulando, y 3) te vas a perder algún chiste de puta madre. Si encima vas y te empeñas en que la gente no llame “gordos” a los gordos sino “personas de volumen curiosón” o “delgados en desarrollo”, entonces ya ni te cuento.

En otro post de ese blog Echenique usa un taco difícil de oír: “Por mis minusválidos cojones”. Mundo cascao fue el germen de su blog De retrones y hombres en eldiario.es, que escribía junto a Raúl Gay (Echenique borró Mundo cascao para reciclar algunos temas en su nuevo blog).

En el correo electrónico que Gay y Echenique mandaron a Ignacio Escolar, director de eldiario.es, para proponerle el blog había dos ejemplos de Mundo cascao.

El periodista les contestó que aceptaba y añadía tres normas de estilo. Ésta era la primera, según el correo original que me ha hecho llegar Escolar: “No abuséis de los tacos. O, mejor aún, no los uséis. Es verdad que hay ocasiones en que un buen exabrupto viene bien por estilo, pero en alguno de los posts que me habéis pasado los hay por demás y resta credibilidad al testimonio”.

El estilo de Echenique seguía siendo ágil y atrevido pero más pacato. Desde que decidió entrar en política, abandonó el blog. Los tacos se mantienen en las conversaciones privadas.

Una niñez argentina

Pablo Echenique nació en 1978 en Rosario, Argentina. Irma Robba, su madre, era abogada. Pero desde el nacimiento de Pablo ha dedicado su vida a cuidar de él. No se ha convertido sin embargo en una madre discreta y apartada.

Al contrario que su hijo, conserva su acento porteño y tiene muchas cosas por decir. Robba tuvo otra hija, menor que Pablo. Luego se separó de su marido.

El padre y el tío de Pablo vivían en Zaragoza. Cuando tenía 13 años, la madre y los dos niños emigraron. Echenique conocía ya Zaragoza porque había pasado varios veranos con su padre.

Su madre tomó la decisión de salir de Argentina por la crisis del país, no por necesidades de su hijo. Pero en España la vida de Pablo iba a ser más fácil. Robba recuerda que el colegio en Rosario no estaba adaptado. Dos veces a la semana tenían clase de música en el primer piso. Robba debía ir a subir a su hijo y una hora después a bajarle. El pequeño Pablo llevaba entonces una silla sin motor y no la podía mover solo. Tenía más movilidad y fuerza en los músculos, pero nunca fue capaz de impulsar las ruedas de la silla.

Al llegar a Zaragoza, Echenique se matriculó en el colegio adaptado Miraflores y luego en el recién inaugurado Instituto Medina Albaida. Allí había incluso un celador, José Ángel Ayuda.

Pilar Morales, Pilar Lacruz y Elda Romero, profesoras de Pablo de ciencias sociales, música e inglés, evocan de manera similar al ex alumno.

Lacruz tiene sobre todo dos recuerdos. El primero como estudiante: “Yo contaba en clase por ejemplo una época musical. Luego, cuando leía el examen de Pablo, me preguntaba por qué no habría usado esas palabras para explicarlo. Tenía una capacidad increíble de asimilar”. El segundo como compañero: “Yo como tutora les vigilaba en la hora de estudio que tenían en lugar de clase de religión. Pablo solía decir a sus compañeros: ‘Yo te cuento lo que sea, pero no te dejaré copiarme los deberes’. Tenía algo de líder”.

Fue el mejor de su promoción en el Medina Albaida. Para su madre no fue una sorpresa. En Argentina Pablo se aburría en clase. Sus profesores le ofrecieron saltarse los cursos de Primaria. Hizo la prueba de superdotado: “No sé cuánto le salió. Bastante, creo. 140 quizá”. Robba preguntó a su hijo qué prefería: optó por seguir con sus amigos. Una vez en Zaragoza, Robba tampoco quiso llevar a Pablo a un colegio especial: “Si ya era especial, ¿para qué agregarle otra especialidad más?”.

Irma Robba no se arrepiente ni ha perdido naturalidad por estar más pendiente de sus hijos. No para de decir tacos peculiares: “Recontrajodido”, por ejemplo. Tampoco fue una madre más dedicada de lo que debía. “Nunca le sobreprotegí”, dice. Aún no se ha acostumbrado a la fama de su hijo: “Me da pudor cuando le veo en la tele”.

Echenique no tuvo problemas para sacar buenas notas sin estudiar demasiado. “Tiene una capacidad de concentración increíble”, dice su amiga María Delgado. Pero tampoco era el mejor. No quedó el primero en la olimpiada científica de Aragón cuando acabó el instituto y había algún otro estudiante de Física de su quinta mejor que Pablo. A pesar de no ser el más brillante, la guasa de sus amigos al compararle con el físico Stephen Hawking ha sido constante.

“No sé si soy brillante”, dice Echenique. “Creo que soy un buen científico”. Esta falta de concentración en la ciencia, al contrario que algunos de sus compañeros, tiene una lógica: “¿Qué asignatura me gustaba más? Todas. Si tuviera tiempo infinito, las estudiaría todas”. Eligió Física porque tenía una aptitud más marcada: “Se me daba un poco mejor pero no mejor que las demás sino mejor que a los demás. Sobre todo la parte técnica. Si hago esto mejor que la media, es lo que debo hacer”. Es una prueba más de su pragmatismo.

En su despacho de científico, tenía un póster con algoritmos para evitar pérdidas de tiempo: “Si llega un email que requiere menos de 5 minutos, contestarlo en seguida” y así. Se ha llevado algo de eso a la política. Su asistente, Adrián Pacín, tiene instrucciones de no poner reuniones a media mañana: deben ser hacia las nueve o hacia la una. Así puede trabajar sin interrupciones el resto de la mañana.

Su vida de físico fue sencilla: carrera, doctorado, CSIC. Una típica pregunta de periodista era: “¿Le habrá sido difícil llegar hasta aquí?”. Quizá sería cierto si hubiera escogido otra profesión, pero no le fue difícil ser físico.

Su amigo Horacio López empezó a llamarle “un canto a la vida” para reírse de cómo le veía la sociedad. Desde los 18 años estudió y trabajó principalmente en la Facultad de Física de la Universidad de Zaragoza. Allí hay aún seis escalones para ir a algunas aulas. El montacargas de la barandilla nunca ha funcionado y los amigos tenían que ayudarle a bajar por la rampa empinada: “Si hacías como que le soltabas, no le hacía ninguna gracia”, dice Zueco. Es quizá la única broma que Echenique llevaba mal.

La Facultad de Física de Zaragoza no se parece en nada al caos y al bullicio de la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, donde nació el núcleo promotor de Podemos. En Física los carteles que hay en las paredes hablan por ejemplo de “Materiales para aplicaciones de energía y el procesado láser” y las charlas que se anuncian son de “Rarezas de los hexaboruros”. No son el camino de la revolución.

Pero las intuiciones de Echenique han estado siempre en la izquierda: “En el eje de 0 a 10 entre izquierda y derecha, me pondría entre el dos y el tres”. Es donde los votantes de Podemos se sitúan, según estos gráficos de Politikon. Pero como a su partido, el eje izquierda-derecha le parece pobre: “En Estados Unidos tienen al menos dos: el económico y el moral”. Echenique no olvida en sus descripciones que fue científico: “La proyección debería hacerse en un espacio multidimensional”.

El clic escondido de la política

Ni Echenique ni su madre ni ningún amigo tienen una teoría sólida sobre su salto a la política. Nadie, por tanto, podía imaginar hace un tiempo a Echenique en este lío. Pero en los últimos 10 años pueden distinguirse un punto de origen clave y varios indicios. El gran clic es la irrupción de internet: “No tenía acceso a buena información y me conformaba con la lógica imperante”, dice Echenique.

En 2003 estuvo a favor de la guerra de Irak y el sistema económico le parecía bien. Unos años después fue a un par de reuniones del recién creado Ciudadanos e incluso se afilió y les votó una vez según cuenta en un post de 2013. Internet y la tecnología de lectura -pasar páginas no le era fácil- supusieron el germen del cambio, con una condición: “Si no eres tonto de remate, aprendes a cribar la información porque en internet hay de todo”.

Echenique entra en el vehículo que usa, al que apodan el ‘Funga’. Echenique entra en el vehículo que usa, al que apodan el ‘Funga’.
Los indicios son también de esa época. Poco antes de cumplir los 30, viajó con su padre a Nueva York. La odisea de tener que meter su silla en la bodega del avión le hizo pasar un viaje incómodo. Al volver, pidió a su amiga María Delgado, recién licenciada en Derecho, que mirara la legislación para preparar un posible caso contra las compañías aéreas. Quería obligar a sus responsables a permitir la entrada de sillas de ruedas en la cabina. Delgado no sabía por dónde empezar. “¿Cómo una chica como yo podía enfrentarse a las grandes compañías aéreas en tribunales europeos?”, dice. Pero Echenique veía justicia en su causa e insistió. Nunca pasaron a la acción. La batalla de Echenique para poder entrar con silla en el avión sigue ahora que está en política.

El año 2012 fue clave. Impulsó con un grupo de amigos la web Consumetica, que pretendía ser una Wikipedia del consumo ético, con el lema “Intentando cambiar el mundo con nuestras opciones de consumo”. Pretendía ser un lugar donde los consumidores compartieran los negocios geolocalizados de productos éticos. No cuajó.

También en 2012 Echenique creó su blog. La discapacidad fue una vía de entrada de Echenique al discurso público. Llevaba también años vinculado a Fundame, la fundación dedicada a su enfermedad. Fue una época de viajes con Mariale: la lista de salidas al extranjero es Cancún, Londres, Marsella, Mérida (México), París y Viena. En septiembre de 2013, meses antes de colaborar con Podemos, organizó con un grupo de amigos unas jornadas TED en Zaragoza sobre Sabotajes (el título original era Sabotajes contra una economía inconsciente). La soledad del despacho de físico teórico empezaba a quedar atrás.

En la evolución de Echenique queda sobre todo una pregunta: ¿por qué ha pasado de activista consciente a la primera línea de la política? La ciencia le sigue encantando y espera volver cuando deje la política aunque ponerse al día en un campo que avanza rápido no le será fácil. Según dice, el momento no requiere más científicos: “Me encanta ser físico. Pero a ciertos niveles de abstracción es algo egoísta, sólo para ti”.

Las preguntas que se hacía Echenique como físico no tendrán respuesta en su vida: “A mí la ciencia que más me apasiona es la ciencia más fundamental, la que opera no en un periodo de un año sino en periodos de 100 o 200 años. Está más cerca de la Filosofía: puedes descubrir algo de gran impacto en el futuro o no descubrir nada”.

La crisis que vive España merecía una acción más cerca de la realidad. Echenique cree que la responsabilidad de un ciudadano no estaba en su despacho a pesar de que diga que no quería dar ese salto: “No lo he hecho porque sea bueno para mí. Lo he hecho por responsabilidad”.

Mariale habla incluso de algo “doloroso”: “Los primeros días tras las elecciones europeas fueron terribles, con periodistas que se colaban por casa y el teléfono de Pablo sin parar de sonar”.

Nadie me ha dicho que Pablo Echenique se haya metido en política para saciar su ego o su ansia de poder. Echenique pierde tranquilidad y dinero en política. Puede pensarse que un día recuperará el dinero perdido gracias a la fama lograda o a otras malas artes. De momento, su familia ya ha pagado un precio: “Mariale y él salen menos a comer, al teatro, no sé si será para evitar problemas”, dice Irma, la madre. Hace unos meses apareció una pintada al lado de su portal: “Podemos es ETA”.

La crudeza de la política podría cambiar el carácter de Echenique. La mayoría de sus amigos cree que no, pero Echenique dice que no puede saberlo: “Espero que eso no pase. Intentaré que no pase, pero hay cosas que no puedes controlar demasiado. A nivel personal, esto en que nos hemos metido no es bueno. Trabajas todo el día, con los amigos no puedes quedar”.

Hay cambios que son inevitables: “¿Tienes que cuidarte al hablar en público o en la prensa? Claro. Pero un ciudadano anónimo no puede hablar y que le oigan millones de personas. Quejarse de eso me parece mal. En mi vida privada intento no perder la naturalidad y el sentido del humor, sólo miro que nadie me grabe”. Es demasiado temprano para sacar conclusiones.

El programa de Podemos para las elecciones autonómicas es una lista de deseos. Echenique reconoce que nunca han tenido que enfrentarse a decisiones difíciles: “Todavía no ha habido que gobernar. En la oposición se está muy cómodo”, dice. Sabe que el resultado -si llega ese día- serán malas caras: “Va a haber contradicciones para parar un tren. Pero como dice Román [Sierra], benditas dificultades. Antes no las teníamos”.

Los discursos son difíciles

Podemos Aragón montaba dos actos cada semana fuera de Zaragoza durante la precampaña. Echenique va casi siempre. El 28 de abril estuvo en Fraga (Huesca). Era un acto en una plaza de cemento lejos del centro. Había un cartel, un tenderete, un atril y sillas de plástico. Se acercaron unas 200 personas. “En un pueblo así a la gente no le gusta que la asocien con nosotros”, dice Alfonso Clavería, número cuatro en la lista de Podemos por Huesca y residente en la localidad.

Echenique llegó con su equipo media hora antes del acto. Viajaron en un Nissan Praerie que le regaló la madre de un amigo. El coche estaba adaptado y el propietario original había sido Eduardo Fungairiño, ex fiscal jefe de la Audiencia Nacional. Desde entonces aquel Nissan color burdeos es el Funga, el coche con el que le han llevado sus amigos o su mujer. Echenique baja con una rampa por la parte de atrás. El asiento trasero tiene un hueco en el centro para una silla de ruedas: la Sunrise Groove Quickie de Pablo cabe por unos milímetros.

Hace viento en Fraga y Echenique lleva un forro polar Trangoworld, una marca con sede en Zaragoza. Echenique dice que no sabía de dónde son. El candidato combate el frío solo con una capa de ropa. Nunca va abrigado: “Para los discapacitados la ropa es un drama”, dice.

Echenique no puede llegar a un lugar con calefacción y quitarse la chaqueta como si nada. Si un desconocido debiera ayudarle a quitársela, el proceso sería dramático. En su línea de no dar la nota por la silla, Echenique prefiere ir sin abrigo. Su constitución débil soporta también mal el peso de una chaqueta gruesa.

El acto de Fraga dura casi dos horas y es un tostón. Hay tres discursos: la número uno por Huesca, Marta de Santos, Clavería y Echenique. El líder de Podemos Aragón habla más de 30 minutos y el público empieza a desconectar a la mitad. Echenique mira a menudo algo que tiene escrito en la pantalla de su tableta, que Mariale le ha colocado en una bandeja en la silla, con su teclado y un ratón. El discurso es sobre medidas, soso y sin gracia, como el de un político más.

Entre el público está el equipo local de Ciudadanos. El número uno por Huesca, Jesús Sansó, admira a Echenique: “Es el puto amo”, dice. La número uno por Zaragoza, Susana Gaspar, destaca también su inteligencia. La admiración entre los partidos es mutua: Echenique cree que Albert Rivera es un gran orador. “Pero Rivera no se presenta en Aragón”, digo a Echenique. “Rivera se presenta en toda España”, responde. ¿Y Pablo Iglesias? “También”, dice.
Echenique sabe que debe mejorar sus discursos de campaña: “Los escribo yo, soy muy maniático”. No es nuevo. Sus colegas académicos recuerdan su pesadez con las correcciones: “Siempre quería hacer la última revisión de un texto en inglés”, dice Alberto Castro, que ha escrito media docena de artículos científicos con Echenique (“Hablo mejor inglés que Pablo Iglesias”, me dijo). En política hay que encontrar un equilibrio difícil entre la naturalidad y la seriedad. En los mítines de momento no lo ha conseguido. “Soy mejor en debates”, asegura.
Una primera decepción

Echenique no se enfadaba. “Siempre tenía la sonrisa en la cara”, dice su profesora en el instituto Pilar Morales. “Es la persona que más me alegro de haber conocido”, dice un secretario de la Facultad de Física de Zaragoza. “Nunca he visto que se enojara con Mariale, su mujer”, dice su madre, Irma.

Echenique ha cultivado calma y elogios durante su vida.

En una reunión privada con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, algunas mujeres contaron a Echenique historias duras de sus tratos con los bancos. Una de ellas quiso frenar el relato de tantas penas pero Echenique se lo impidió: “Me viene bien porque me estoy enfadando que te cagas”, dijo.

Cuando pregunté a su jefa de prensa y a su asistente si le habían visto enfadado, ambos miraron con cara de “por supuesto”. Es otro tipo de vida. Echenique ha dependido siempre de otros para su vida cotidiana. Ahora depende también de otros para su vida profesional.

Echenique tiene una teoría curiosa sobre las decepciones en la vida y la aplica bien a la política: “Podemos no existe, existe gente. He ido aprendiendo y no he tenido tiempo para decepcionarme del partido. La decepción suele ser culpa tuya porque esperas algo que no deberías. Si me equivoco en mi apreciación, es un error de cálculo mío”. Sirve para todos los niveles: “La primera impresión es buena. Pero si luego me hacen una perrería, he metido la pata”.

Durante la gestación de Podemos, Echenique presentó con Teresa Rodríguez una propuesta organizativa distinta, más centrada en las bases y menos en la ejecutiva: “Venía de los círculos y entendía que la altura moral de la participación era fundamental. Era el item 1”. Pero los meses -y quizá la política- le han hecho cambiar: “Ahora veo que el item 1 es el rescate ciudadano”, que es el primer punto del programa de Podemos. Para rescatar hay que ganar y para ganar hay que estar bien organizados. No es el momento de disensiones. Así resume su papel hoy en Podemos: “Intento hacer de puente. Entiendo las decisiones de la ejecutiva estatal. Entiendo también que gente en los círculos no las entienda”.

Antes de hacer de puente, Pablo Iglesias impulsó una lista alternativa en Aragón. Echenique lo ve ahora obvio: “Habían apoyado a otro grupo y era lógico que siguieran con ellos”. Perdieron las primarias de calle. Hoy la líder de la propuesta alternativa, Violeta Barba, es la número dos en las listas. Echenique es leal pero debe entender los motivos de cada decisión: “La disciplina no va con él”, dice Pablo García Risueño, un investigador en Berlín a quien Echenique dirigió la tesis.

Ahora la prioridad son las elecciones. Si las gana, los tres primeros objetivos serán: “Auditar el Gobierno de Aragón, paralizar desahucios y evitar que se le corte la luz y el agua a quien no puede pagar y alguna medida relacionada con el cambio de modelo productivo. Por ejemplo rehabilitar viviendas para la eficiencia energética”.

“Ha conseguido todo lo que se ha propuesto”, dice Irma Robba, su madre. “Nunca le he visto tener miedo”, dice Román Sierra, colega de Podemos. “Estaba convencido de que iba a salir como eurodiputado”, dice Mariale, su mujer. Está seguro, tiene un currículum brillante y capacidad de sobra. Pero la política no es ciencia y es despiadada. Queda por ver si el espontáneo Echenique la sabe dominar.

I. El fin de la primavera de Claudia Paz.

El día en que la derribaron, Claudia Paz y Paz pensaba que había ganado la partida. Era jueves. La Fiscal General de Guatemala convocó a su equipo de colaboradores más cercanos para una reunión a las 11 de la mañana en su despacho.

Llevaba meses bajo intenso fuego político. En solo tres años había encarcelado a estructuras completas de las Mara Salvatrucha o el Barrio 18, a militares acusados de crímenes de guerra y a un centenar de miembros de los Zetas. Había capturado y extraditado a Estados Unidos a capos tradicionales del narcotráfico local que, gracias a padrinos políticos, habían disfrutado de virtual inmunidad por años. Paz y Paz simbolizaba una nueva Justicia en Centroamérica. Pero procesar en 2013 al exdictador Efraín Ríos Montt por genocidio la había colocado en el punto de mira de la poderosa derecha tradicional de Guatemala.

La cúpula empresarial llevaba meses tratando de acortar a mayo de 2014 su tiempo en el cargo, que inicialmente debía terminar en diciembre. Veían en el rostro redondo y pecoso de Paz y Paz a la izquierda, al viejo comunismo, apropiándose del sistema de Justicia para volverlo contra ellos. La querían fuera. Querían darle una muestra clarísima de su viejo y efectivo poder.

Esa era la partida que la Fiscal creía ganada ese jueves 5 de febrero. Pensaba, por un error de cálculo, que el plazo legal para que la Corte de Constitucionalidad se pronunciara sobre su caso había expirado. Y unas declaraciones hechas el jueves anterior por Manuel Barquín, vicepresidente del Congreso, dando por buenos dos informes técnicos de la Corte Suprema de Justicia a favor de Paz y Paz terminaban de apuntalar su optimismo. La ley y la política estaban, pensaba, de su lado.

A las 11, todo su equipo acudió a la cita. Con su hilo de voz y su parsimonia habituales, perfectas para contar cuentos o secretos, Claudia Paz les comunicó su siguiente paso estratégico en la larga partida de ajedrez en que se ha convertido el pulso por la Justicia en Guatemala. Arturo Aguilar, por años su mano derecha y hasta ese momento su Secretario Privado en el Ministerio Público, iba a dejar ese puesto para unirse como asesor especial a la CICIG, la Comisión Contra la Impunidad en Guatemala dependiente de Naciones Unidas. Aguilar y ella lo habían discutido varias semanas, decidido a solas y hablado ya con el comisionado de la CICIG, un exfiscal colombiano, que daba su completo aval al traslado.

Elvyn Díaz participó en aquella reunión de las 11. Era el subsecretario privado de la Fiscal.

—Aquel día Claudia nos dijo que sabía que 2014 iba a ser el último año en el MP pero que aún teníamos la posibilidad de dejar un escenario favorable para que cuando nos fuéramos no se cayera todo ni hubiera una cacería de brujas en nuestra contra. —Recuerda cuatro meses después, ya fuera del Ministerio Público—. Por eso el movimiento de Arturo.
—¿Y qué le respondieron ustedes?
—Alabamos la decisión de la jefa. Le dijimos: “Si ustedes ya lo evaluaron, y creen que es por el grupo, adelante.”

Se trataba de un movimiento defensivo. Aunque Paz y Paz pensaba que el pulso por la duración de su mandato estaba resuelto, sabía que vendrían otras acometidas. Con el traslado de Aguilar pretendía sembrar en otras instituciones la experiencia de sus tres años de gestión encarnada en su equipo, una decena de jóvenes abogados penalistas y de Derechos Humanos con los que trabaja desde hace más de una década. El mayor de ellos tiene 50 años. Los hay, como Aguilar, que apenas superan los 30.

Díaz tiene 29. Tiene maneras de estudiante aventajado. Le gusta hablar rápido, tiene un humor cortante y la risa ácida, de sarcasmo destilado. Justo después de la reunión tenía un almuerzo con dos periodistas de Plaza Pública. Con ellos estaba cuando recibió la llamada: la CC había acortado el periodo de la Fiscal.

—En diciembre se juntaron un grupo de abogados de Zona 10 con Pérez Aguilera, el presidente de la Corte de Constitucionalidad, y él ya les anticipó que Paz y Paz se iba en mayo —dice—. Nosotros sabíamos eso…Y aun así llevábamos una semana como cantando victoria. Ellos nos engañaron, lo hicieron bien, no les vamos a quitar el mérito.

***

En diciembre de 2010 ninguna estructura de poder, ninguna rosca vinculada al sistema de justicia de Guatemala, apostaba por que el presidente Colom fuera a elegir como Fiscal General a Claudia Paz y Paz. Lo dice, con esas palabras exactas, uno de los hombres que más influyó en él para que lo hiciera: Carlos Menocal, un experiodista que en aquel momento era ministro de Gobernación.

Corpulento, saco informal, mochila al hombro, barba cuidada y lentes de diseño, Menocal duda si pedir o no un café. Transmite siempre la idea de tener prisa, de estar extremadamente ocupado y a punto de irse, pero da detalles y explicaciones por casi una hora, como si que se sepa lo que sucedió hace cuatro años fuera parte de su trabajo. En eso, el Carlos Menocal periodista se impone al político.

—Álvaro Colom estaba un poco acomplejado porque en su gobierno no avanzaba el sistema de justicia transicional —dice.— El nombramiento de Claudia Paz, experta en Derechos Humanos, caía como anillo al dedo.
—¿Poner a Paz y Paz fue entonces una batalla personal de Colom para hacer justicia a las víctimas de la guerra?
—Digamos que una batalla personal y de algunos de quienes éramos sus colaboradores.

En realidad la justicia transicional no era la única preocupación de Colom y sus ministros más cercanos. Guatemala arrastraba aún la losa del asesinato de tres diputados salvadoreños del Parlamento Centroamericano en 2007, a manos de un grupo de policías corruptos. Seis días después del crimen, un comando armado entró a la cárcel de máxima seguridad “El Boquerón” en la que estaban los asesinos, los ejecutó y salió por donde había entrado. Ninguna puerta fue forzada. Ningún custodio vio nada. Nunca se capturó a nadie. El gobierno del entonces presidente Óscar Berger, en negación o complicidad, trató de atribuir el crimen, sin pruebas ni testigos, a otros presos.

Es un hecho probado que durante la administración Berger funcionaron en la Policía escuadrones de la muerte destinados a la limpieza social. La masacre de “El Boquerón” no fue la única que se cometió en aquellos años en las cárceles de Guatemala, convertidas en escenario de ajustes de cuentas entre grupos criminales, con la complicidad del Gobierno. Pero el silenciamiento, a tiros y en la cárcel, de los autores de un crimen con implicaciones diplomáticas era la mejor escenificación de un sistema de justicia absolutamente derrotado.

Un año después, ya en el poder, Álvaro Colom encontró en su despacho siete micrófonos y dos cámaras ocultas. Alguien espiaba al presidente de la República. El hombre que debía limpiar la corrupción de los cuerpos de seguridad de Guatemala no podía confiar ni en sus guardaespaldas.

En 2009 arrancó una pequeña revolución en el sistema de justicia para evitar que Guatemala se convirtiera en un Estado fallido. La CICIG, creada en 2006 para ser bastón internacional de un país cojo, comenzó a desnudar el aparataje paralelo ilegal que operaba dentro del Estado, y tanto su presión como la cooperación extranjera lograron dotar a la Fiscalía de nuevas herramientas legales y científicas de investigación como escuchas telefónicas y laboratorios de balística. Además, la paulatina aparición de nuevos grupos de poder económico ajenos a las familias tradicionales alteró el mapa de influencia en el poder judicial y permitió que la Corte de Constitucionalidad levantara el secreto de documentos militares y resolviera que la desaparición, un crimen habitual durante la reciente guerra civil, no prescribía por ser de carácter permanente. Incluso en la Policía, considerada un irrecuperable foco de corrupción, los gobiernos de España y Estados Unidos patrocinaron y formaron pequeños grupos de agentes jóvenes especializados en la persecución de homicidios y extorsiones.

Pero no bastó. Para marzo de 2010, Colom se había visto forzado a destituir, por corrupción, a tres ministros de Gobernación consecutivos y a dos directores generales de la Policía en solo dos años. Su gobierno había estado a punto de enfrentar un golpe de Estado en 2009 y navegaba con dificultad en medio de pulsos de poder en los que resultaba difícil distinguir las ambiciones puramente políticas de las que tenían raíces criminales. Pese a los avances aislados, el mágico país al que millones de turistas llegaban cada año en busca de ruinas mayas era una ruina en sí mismo.

La convulsión final vendría en junio de 2010: el Comisionado de la CICIG, el español Carlos Castresana, renunció públicamente a su cargo alegando que una semana antes Colom había elegido como Fiscal General a un corrupto pese a saber, por informes que él mismo le había dado, que tenía vínculos con el narcotráfico. El fiscal bajo sospecha, Conrado Reyes, fue forzado a renunciar y se inició un nuevo proceso de selección. Por eso Colom pudo elegir en diciembre a Claudia Paz y Paz.

Cuando le pregunto a Menocal cómo explica que el mismo Álvaro Colom que eligió como Fiscal a Paz y Paz hubiera elegido meses antes a Reyes, le renace el político y trata de lavar las manos del presidente:

—Colom escucha mucho. Fue una decisión demasiado democrática —dice.— Escuchó a muchos sectores y especialmente a su partido.
—Y todo el mundo dice que en diciembre le escuchó a usted.
—Y a otros funcionarios cercanos. Pese a las presiones de su partido, empresariales y dentro de su mismo gobierno, en diciembre tomó la decisión más acertada para el país, no para su partido, ni siquiera para él.

Los miembros de la comisión de preselección del nuevo Fiscal incluyeron a Paz y Paz en la lista final de seis aspirantes para que su perfil académico y progresista adecentara el proceso de cara a la opinión pública, en un momento en el que la legitimidad del sistema político flotaba en las cloacas. Daban por hecho que el presidente no sería tan estrafalario como para seleccionar a una abogada de ideas provocadoras, dedicada por años al esclarecimiento de los crímenes de la guerra y sin amigos ni deudas en la política. Se equivocaron. A las 12 del mediodía del jueves 9 de diciembre de 2010, Colom le dijo a Menocal que se preparara, que Paz y Paz sería nombrada a las seis de la tarde y él sería el único miembro del gabinete presente. También pidió que se enviara invitaciones urgentes al resto de poderes del Estado y a las delegaciones diplomáticas.

Al evento solo llegaron seis embajadores, entre ellos el de Estados Unidos. La Fiscal que en los siguientes años revolucionaría el Ministerio Público tomó juramento en una ceremonia exprés en un salón pequeño, lejos de los boatos con que se solía investir a sus predecesores. Colom tenía que salir de viaje al día siguiente y quería dejar instalada a la fiscal general. Temía que, si esperaba, en su ausencia pudieran fortalecerse y contraatacar quienes se oponían a ese nombramiento.

En esas precarias circunstancias, era de esperar que el respaldo político de Colom no le sirviera de mucho a Paz y Paz una vez en el cargo. Con evidente intención de obstaculizar su trabajo, el Congreso pasó los siguientes cuatro años sin nombrar al Consejo Asesor del MP, que debe autorizar decisiones administrativas como los despidos. Aunque agitó el MP por dentro e intentó una depuración interna, Paz y Paz no pudo despedir a ninguno de los 286 fiscales y empleados del MP a los que destituyó por corruptos o inútiles durante su gestión. Cuando ella dejó el cargo muchos seguían cobrando su salario a pesar de estar fuera de servicio.

La Fiscal General nunca llegó a tener control absoluto del Ministero Público. Elvyn Díaz admite que Claudia Paz no controlaba las fiscalías de Contrabando Aduanero, que solo resolvió un caso en todo su periodo, y de Medio Ambiente, en manos ambas de fiscales en los que no confiaba pero que estaban aforados por su labor sindical. Tampoco incidía apenas en las sedes fiscales más alejadas geográficamente de la capital, a las que a menudo destinó a fiscales bajo sospecha pero a los que no podía destituir.

Más aún, la gestión de Paz y Paz estuvo marcada desde sus primeros pasos por la sombra de la destitución. Los rumores de que no duraría mucho se ventilaban incluso en las páginas de los periódicos. En junio de 2011, cuando llevaba apenas seis meses en el MP, un periodista le preguntó por ese constante ruido de fondo. Su respuesta de entonces cobra un sentido lúgubre tres años después: “La ley es clara y yo mantengo lo que dije: sería un golpe de Estado técnico. Mi plan de trabajo es para cuatro años; no para menos”.

—¿Qué logran los sectores privados que se opusieron a Claudia Paz y Paz con su salida adelantada? —le pregunto a Menocal.
—Disipan el fantasma de una cacería de brujas en torno al concepto genocidio. El sector poderoso del país piensa que si fue procesado Ríos Montt, el general de generales, el gendarme de la oligarquía, puede caer cualquiera. Se abrió la puerta. Se abrió el dique, y el agua te puede arrastrar. Por eso el primer objetivo es que el tema del genocidio no avance. Mirá, todo lo que tenga que ver con justicia transicional, por poco que sea, levanta olas. Yo creo que Colom jamás midió las dimensiones políticas de nombrar a Claudia Paz y Paz.
—¿No sabía la que estaba liando?
Exacto. Él que en su gobierno se hizo cientos de miles de peticiones de perdón por crímenes durante la guerra, que llegó a pedir perdón en nombre del Estado por el asesinato de su propio tío a manos del Ejército en el 79, no vio las olas que iba a generar.

***

La jueza Yassmin Barrios hasta para ir a comprar flores se sube a una patrulla policial. Va al supermercado en un pickup con sirenas y rodeada de los agentes de policía que la protegen desde que hace diez años, el día antes a que iniciara el juicio por el asesinato del obispo Juan Gerardi, alguien arrojó una granada de fragmentación al patio de su casa. El año pasado recibió de nuevo amenazas de muerte y el sistema judicial le asignó un vehículo blindado, pero ella solo lo usa dos veces al día: para ir y regresar de la torre de tribunales. Nada más. Dice que el vehículo no es suyo y gasta mucha gasolina. “Uno debe ser austero, no abusar de las cosas”, argumenta con lógica maternal. Yassmín Barrios, la jueza que en mayo de 2013 condenó por genocidio a Efraín Ríos Montt, trata de reducir lo más complejo a lógicas simples. Y no tiene vehículo propio.

Su casa es pequeña, objetivamente pequeña. Minúscula al lado de su renombre. Nos ha recibido ella misma en el portón que da a la calle, bajo la mirada incómoda de sus escoltas, resignados a las formas sencillas de la jueza. Viste como lo haría, probablemente, cualquiera de sus vecinas, con una falda a cuadros y un suéter azul ajenos a modas. La jueza apenas se permite la vanidad de pedir que la dejemos ir a maquillarse, cuando descubre que en la entrevista habrá un fotógrafo. Regresa con el rostro lavado, los labios rojos y la línea de los ojos pintada rutinariamente de negro. Hasta la vanidad de Yassmín Barrios renuncia a la grandeza.

—¿Es difícil ser jueza en Guatemala?
—Sí, definitivamente sí lo es. No por los casos que se juzgan sino por el contexto que nos rodea.
—¿Qué contexto?
—La situación de violencia que impera, y la inseguridad para los juzgadores.
—¿Cree que hay jueces que se excusan de conocer ciertos casos por miedo?
—No puedo contestar lo que es referente a otras personas. Eso lo contestarían ellos. Cada quién sabrá por qué se excusa. Lo que sí puedo decirles es que las excusas solo se pueden plantear cuando existe un motivo. No hay por qué excusarse. Uno está obligado a cumplir con su deber.
—Pero por ejemplo, un motivo podría ser que le lancen dos granadas en el patio de casa, como le ocurrió a usted.
—Eso fue una noche antes, el debate era al día siguiente. Y me presenté a trabajar.
—¿Qué la mueve a usted a seguir adelante en unos casos que son tan complicados?
—Simplemente soy juez. Cuando empecé a trabajar hice un juramento. Esto es parte del ser juez.

Antes de que la salida de Claudia Paz y Paz de su cargo redibujara el mapa de la Justicia en Guatemala, la idea original de este texto era perfilar al puñado de personas que en los últimos años parecían haber arrebatado el país de los brazos del crimen organizado y los pactos de impunidad. Un puñado de intocables. Mandos medios policiales, fiscales de carrera, mujeres de la proyección internacional de Paz y Paz o Barrios. Una casta de equilibristas que en un entorno político minado y trabajando en instituciones altamente contaminadas asentaban precedentes impensables en países vecinos como El Salvador u Honduras, incapaces de juzgar al 95% de sus criminales de hoy y ni a uno solo de los violadores de Derechos Humanos del pasado.

Durante las ocho semanas que duró el juicio contra Ríos Montt, Barrios fue una pequeña David de pelo rizado que se batía contra la historia, las estridencias de los abogados defensores y el Goliat invisible de la presión política y mediática. Los querellantes intentaron maniobrar con cuidado para no incendiar el país, mientras los partidarios de Ríos Montt y las cúpulas empresariales acusaban a Paz y Paz y a Barrios de resquebrajar Guatemala y poner en riesgo los acuerdos de paz. La derecha guatemalteca cerró filas, restableció lazos con influyentes militares retirados y olvidó sus diferencias por un fin común. Hubo varios intentos legales de detener las audiencias y en todo momento se temió que una zancadilla política truncara el proceso.

Sabedora de que caminaba por un puente estrecho, la Fiscalía llegó a retirar testigos a última hora para no incriminar al presidente Otto Pérez Molina, general retirado y comandante en el terreno durante las masacres de aquellos años, y así evitarle la tentación de intervenir en secreto para detener el juicio.

En una breve encuesta hecha por la universidad Rafael Landívar aquellos días, un 72% de los entrevistados dio por hecho que el proceso no llegaría a su final o el exdictador sería declarado inocente sin tomar en cuenta las pruebas en su contra. Otro estudio de la misma universidad apuntó que el 61% de los columnistas de los principales periódicos del país respaldaron el juicio en sus artículos, pero la sensación de la jueza Barrios era, lo afirma ella, de cerco mediático.

Tal vez sea que las élites guatemaltecas ni siquiera necesitan generar mayorías para vencer balanzas. A medida que el juicio avanzaba se acrecentó la sensación de que su voz penetraba en las carnes del proceso. Puede que fuera un resorte anidado en la conciencia colectiva del resto del país, que reaccionó a la voz de sus viejos amos como el hipnotizado que revive recuerdos al escuchar una palabra clave o una melodía determinada.

Aun así, marzo y abril de 2013 fueron meses de esperanza para quienes llevaban décadas pidiendo reformas en la justicia guatemalteca. En menos de una década se había pasado de los ajusticiamientos trogloditas a manos de la Policía a investigar y llevar a juicio tanto a delincuentes comunes como a exdictadores que en nombre de las ideas fueron tan asesinos como los gatilleros de Berger. Si a eso le añadimos que desde 2010 el país experimentó un lento pero constante descenso en la cifra de homicidios, Guatemala vivía una primavera de la Justicia.

Pero desde que el 10 de mayo de 2013 Barrios condenó a Ríos Montt se comenzaron a encadenar mensajes de retroceso. Una mano invisible comenzó a sacudir el cable por el que caminaban en difícil equilibrio Paz y Paz, Yassmín Barrios y el resto de intocables.

Primero fue la rápida anulación del juicio, solo diez días después de la sentencia. La Corte de Constitucionalidad, controlada, según fuentes tanto de izquierda como de derecha, por la cúpula empresarial tradicional y en menor medida por el Ejecutivo de turno, alegó defectos de forma para ordenar que el juicio completo se repita. En teoría debe celebrarse en enero de 2015. Después vino la arremetida contra Claudia Paz que terminó en su salida adelantada del cargo.

En medio, el Colegio de Abogados de Guatemala intentó suspender en su cargo a Yassmín Barrios, por supuestas faltas éticas en el trato a un abogado defensor durante el juicio. Su sanción nunca llegó a aplicarse y terminó siendo desestimada por la CC, pero una mancha negra cayó sobre quienes habían intentado juzgar al exdictador.

Es como si alguien estuviera cerrando por decreto la primavera.

—¿Se siente parte de un pulso entre dos Guatemalas? —le preguntamos a Barrios.
—¿Por qué me pregunta esto?
—Porque hay claramente dos Guatemalas, como mínimo. Una que quería que el juicio a Ríos Montt llegara a término y otra que no quería que se completara. Hay una parte de Guatemala que se identifica con usted, y otra que la denuncia y presiona.
—Soy una mujer que cree en la justicia, nada más. Soy abogada. Creo en la justicia. Así de fácil. Sin mucha confusión.
—Lo cuenta usted como si fuera sencillo.
—Lo es. Soy una mujer. Soy una abogada. Creo en la justicia. Así de directo y concreto.

Las respuestas de la jueza son de una sobriedad frustrante para cualquier entrevistador. Todo intento por conseguir que se pronuncie sobre el contexto del juicio o sobre la política guatemalteca es inútil. Se niega a responder las preguntas acerca del impacto del juicio en la sociedad o del grado de independencia que hay en la Justicia guatemalteca. Ni siquiera entra a valorar si Guatemala es racista 30 años después del genocidio.

Por momentos se comporta como si estuviéramos en su sala de audiencias y ella estuviera presidiendo. Responde desde su sofá con la espalda estirada y las manos en el regazo, casi inmóvil, con una sonrisa perpetua, y pide en cuatro ocasiones que se reformule alguna pregunta porque no comparte su premisa o porque el asunto excede sus competencias como jueza. Tiendo a pensar que es tan prudente porque sabe que cualquier palabra suya puede ser usada en su contra por sus adversarios.

Pero existe otra posibilidad. Una más probable. Yassmín Barrios es tan pulcra al conducirse y obrar, tan de libro, que como periodista te desafía a buscarle grietas, defectos, lados oscuros. En su caso no los encuentras. Puede que no se trate de una mujer prudente por miedo a sus enemigos, sino de que solo alguien de carácter tan discreto y comedido como el de Yasmín Barrios haya podido sobrevivir más de una década en primera línea de un sistema de Justicia acorralado por intereses económicos, políticos y de grupo.

—Un nuevo juicio a Ríos Montt, ¿qué significa para la Justicia?
—Puedo hablar de lo que nos correspondió a nosotros jueces —se mide, de nuevo, Barrios—. Nuestra sentencia, porque somos los tres jueces del tribunal quienes la dictamos, constituye un avance. No solo la realización del debate sino llegar a la sentencia. Hay valoración de testigos, de peritajes, de documentos, y hay responsabilidad del acusado por delitos de genocidio y de deberes contra la humanidad. Constituye un avance no solo para Guatemala sino para América Latina y para el mundo entero.
—Existe otra lectura: sentar a un exjefe de Estado para juzgarlo por genocidio sin duda es un avance, pero por otro lado las reacciones fuera del tribunal y el resultado final, de nulidad de la sentencia…
—Le aclaro que no se anuló la sentencia. Se anuló el proceso. Son cosas diferentes. La Corte no anuló el análisis que efectuamos. No señaló ningún defecto en la sentencia, no entró a estudiarla, y eso es muy importante.
—O sea, que…
—Es un caso sui generis. No hay un antecedente de esa naturaleza en nuestro ordenamiento jurídico penal.
—¿Y usted cree que la anulación fue contra el ordenamiento jurídico?
—Creo que lo más importante es lo que los demás piensen.

“Lo que los demás piensen” es un concepto confuso. Cuando la CC anuló el juicio contra Ríos Montt hubo organismos internacionales que lo consideraron una aberración jurídica. Organizaciones de sociedad civil denunciaron el carácter político de la decisión tomada. Y el entonces comisionado de la CICIG, el costarricense Francisco Dall’Anesse dijo en público tres meses después que se trataba de una “anulación ilegal”.

En el otro extremo reaccionaron, cabía esperarlo, los representantes del CACIF, la organización que históricamente ha concentrado a la cúpula empresarial del país. Ellos mismos habían pedido la nulidad del juicio, y acusaron al comisionado Dall’Anesse de vulnerar la Constitución guatemalteca al desafiar una decisión judicial. A ese punto, el costarricense le quedaba solo un mes en el cargo y ya estaba, por tanto, fuera de la partida. Un comunicado de la CICIG durante el juicio, denunciando la campaña mediática de presión para que Ríos Montt fuera declarado inocente, lo enfrentó con el gobierno de Pérez Molina, que se quejó por vía diplomática ante la ONU y forzó su salida del cargo. Tomar postura contra Ríos Montt en el juicio por genocidio te granjea enemigos poderosos en Guatemala.

***

Yassmín Barrios y Pablo Xitumul durante el juicio contra Rios Montt. Foto Plaza Pública/Sandra Sebastián

El magistrado Pablo Xitumul, que junto a Patricia Bustamante y Yassmín Barrios conformó el tribunal que condenó a Ríos Montt, asegura que no recibió presiones o amenazas directas durante el proceso, pero dice que su teléfono estaba intervenido y no olvida que uno de los abogados defensores del militar le gritó en plena sala de audiencias: “no voy a descansar hasta verlo tras las rejas”. En otro caso, esas palabras no hubieran significado demasiado. En este resultaba tan difícil medir su alcance que el juez las recuerda un año después de que todo acabara.

—Aquellos días, frente a mi residencia pasaban patrullas militares por la vía, porque yo vivo a la orilla de la carretera. Ahí estuvieron durante todo el juicio. Yo al inicio dije “qué bueno, están prestando seguridad”, pero 8 o 15 días después de terminar el juicio se fueron y hasta ahora no han vuelto. ¿Será una coincidencia?
—¿Usted cree que lo era?

Xitumul, originario de una pequeña aldea indígena en Rabinal, en el departamento de Baja Verapaz, calla un instante, sonríe y achina un poco más, si eso es posible, sus ojos rasgados.

—Y la otra: que la Policía Nacional Civil retuviera en esos días como en cinco oportunidades a mi hijo mayor, que trabaja en una cadena de restaurantes y a veces regresaba a casa a las 10 u 11 de la noche. Justo llegando a la casa lo paraban, le bajaban de la moto y le pedían su identidad. ¿Será una coincidencia o casualidad? Yo creo que no.

Pablo Xitumul acaba de salir de audiencia y me recibe en su despacho, en el que se hacinan un escritorio, tres sillas y un sofá que apenas dejan espacio para caminar. Junto a Barrios y Bustamante acaba de condenar a una veintena de años de cárcel a seis hombres que formaban una banda de secuestradores. Como sucedió en el juicio por genocidio, él no ha abierto la boca en todo el proceso. Se ha mantenido tieso y callado en su silla, deliberando entre susurros con sus compañeras alguna que otra vez, pero sin hacer pública su voz. Me atrevo a decir que en Guatemala poca gente la ha escuchado. Para la mayoría, el Juzgado A de Mayor Riesgo tiene un solo rostro: el de Yassmín, centro de todas las miradas y ataques —a su peinado, a sus gestos, a su supuesta ideología— de quienes querían que Ríos Montt fuera declarado inocente.

—Ellos tenían objetivos específicos. El primero era desintegrar el tribunal. ¿Y cómo se desintegra el tribunal? Cambiando a la presidencia. Cualquiera de nosotros que estuviera en la presidencia hubiera sido atacado. Hubieran buscado la manera —dice Xitumul.
—¿Y por qué cree que eran esos ataques?
—Por el tipo de juicio, el tipo de personaje a juzgar y también el tema subyacente, que es el conflicto armado.
—Pero se ha juzgado otros casos de crímenes de guerra, sin este revuelo.
—Esta vez el objetivo inicial era no permitir que fueran llevados a juicio estos personajes, pero no por el personaje en sí, sino porque en Guatemala y en otros países se ponen de acuerdo la cúpula militar, empresarial y política. Ellos temían que el juzgamiento de un individuo de estos produjera un efecto dominó hasta llegar a los empresarios.
—Parece que ese es el punto clave: los empresarios.
—Ellos hicieron todo lo que pudieron hacer. No lograron evitar el inicio del debate, y entonces la consigna era parar el juicio: a la cuarta parte, a la mitad, casi al final… Pero tampoco. Entonces hicieron lo que pudieron hacer.

A estas alturas es evidente que el hombre callado del tribunal es, en privado, mucho menos reservado con sus opiniones que Yassmín Barrios. Pablo Xitumul tiene algo de desprendido en su manera de hablar. Como si lo que le pudieran arrebatar no importara, como si ya estuviera de vuelta de todo. Será porque su padre desapareció en 1982, cuando él tenía siete años, y desde entonces le ha tocado encarar poderes. Cuenta cómo, tres meses después de la desaparición, fue con su madre a la presa Chixoy, en cuya construcción trabajaba su padre, para reclamar sus salarios pendientes. Les pidieron un acta de defunción. Les sugirieron que investigara todos los cadáveres encontrados en esos meses en la carretera de Guatemala a Cobán. Él dice que se plantó, que argumentó, que consiguió que le dieran a su madre “un chequecito”.

No es que sea un justiciero: cuando años después decidió estudiar derecho lo hizo por eliminación. Ya antes había tenido que interrumpir sus estudios por falta de dinero y no quería volver a hacerlo. La de Derecho era la única carrera cuyos horarios le permitían continuar trabajando para pagarse la universidad. En eso, Xitumul se parece a Barrios: tiene una mirada y un juicio eminentemente prácticos.

—¿Oiga, la justicia en Guatemala está sometida a un pulso político?
—Bastante. Bastante. Bastante. La carrera judicial inicia en el juez de paz y llega a juez de instancia, donde estamos nosotros. Todos pasamos por un proceso de selección, evaluación y nos nombran para un periodo de cinco años. ¿Pero qué pasa con los magistrados de Corte, de sala de apelaciones, de Corte de Constitucionalidad?
—No sé. Dígamelo usted.
—Pues que vienen de afuera, sin haber sido jueces muchos de ellos, pero apadrinados por partidos políticos o grupos empresariales. Y todo eso hace que se comprometa su actuar. Ha habido muchas personas que por compadrazgos, por conectes, llegaron a una magistratura. Siempre hay grupos que van a luchar por llegar ahí. Por eso para mí no hay una garantía de que realmente se administre justicia.
—Pinta usted un escenario oscuro. Es pesimista.
—Solo le soy honesto. Mire, yo vivo en Guatemala, y he visto que nada más tomar posesión la Corte Suprema ya los magistrados se reunían en desayunos, almuerzos, pláticas, charlas, con grandes grupos económicos. Yo, como juez, no podría ir a sentarme con ellos. Yo me dedico a mi trabajo y no quiero comprometer mi forma de resolver. Tengo para comer, tengo para lo básico. Muchos quisieran abarcar más y vivir en lujos, por eso se olvidan de la Justicia.

Las palabras de Xitumul se podrían atribuir a la decepción. En 2009, lo admite, él también participó como candidato a magistrado de sala de apelaciones. Pensó que no tenía perfil suficiente para optar a la Corte Suprema, pero sí los méritos académicos y la experiencia para integrar un ente, el de apelaciones, más técnico. En la fase de preselección le adjudicaron 46 puntos sobre 100 y no le incluyeron en la lista final sobre la que decide una comisión nombrada por el Congreso. Se frustró. Dice que no va a participar nunca más en uno de esos procesos.

—Pero no crea: tampoco entraron quienes tenían 86, 88, 89 puntos, incluyendo a mi compañera Yassmín, que fue de las mejores calificadas.
—¿Tampoco llegaron?
—A ella la incluyeron en el listado solo para cumplir. Pero a la hora de la votación en el Congreso de la República no la tomaron en cuenta. Y en mi caso tampoco fueron los puntos, porque se fueron en el listado final personas que habían sacado 29, 30 puntos y que son los actuales magistrados de sala.

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Antes de forzar la renuncia del Fiscal General Conrado Reyes en 2010, la CICIG ya había sacudido el sistema de justicia guatemalteco con otra denuncia pública. El 6 de octubre de 2009, el comisionado Carlos Castresana denunció que un grupo de abogados estaba tratando de tomar control de la Corte Suprema de Justicia para beneficio propio. Aseguraba que seis de los trece candidatos finales a integrar la Corte estaban vinculados a un abogado y empresario que, en secreto, había movido los hilos para ponerlos allí: Roberto López Villatoro, conocido popular y despectivamente en Guatemala como “el rey del tenis”.

De él se ha escrito que encarna a un sector de empresarios emergentes, enriquecidos a la sombra del Estado —su apodo proviene de una vieja adjudicación pública de compra de calzado—, y que durante la última década él personalmente le ha disputado al CACIF el control de la Corte Suprema, del Colegio de Abogados y del Tribunal Supremo Electoral, antes campo de cultivo exclusivo de sus influencias. López Villatoro es un hombre público que se mueve con soltura en las zonas grises del sistema. Es un operador al que uno recurre cuando necesita atajos, soluciones políticas a problemas legales o soluciones pseudojurídicas a disputas políticas.

Le he pedido una entrevista para que me confirme la versión de Xitumul acerca de que el sistema de Justicia guatemalteco descansa en una cadena de favores. A él, a quien todos señalan como un maestro en ese negocio de los favores.

Me cita en una cafetería de zona 10 en la que se venden tanto cócteles naturales como ropa de diseño que solo he visto en puertos deportivos y en fotografías de criquet. Antes de comenzar, me pregunta si quiero que hablemos on the record o prefiero que me diga toda la verdad. Cuando le respondo que necesito ambas cosas estira una sonrisa de joker y rompe los protocolos:

—Tengo un amigo que dice que Guatemala es un ajedrez en el que el rey es hueco —homosexual—, la reina puta, y los alfiles de los dos bandos hacen negocios entre sí. Todo en un tablero redondo.

Entre líneas, el rey del tenis me está diciendo que es un alfil.

—Dicen usted mueve los hilos para que a uno le elijan magistrado de la Corte Suprema.
—En este país se exagera, se sobredimensiona a las personas. Efectivamente, creo que tengo conocimiento sobre cómo opera el sistema de justicia. Me he preparado. He estudiado tres maestrías…
—Sabe cómo moverse en el sistema de elección.
—Conocer a muchas personas y saber cómo opera el sistema de Justicia te da la experiencia para conocer las fuerzas que operan en el país y saber cómo llegar. Siempre de acuerdo con las normas que establecen la Constitución de la república y la ley judicial, claro.
—Dígame qué tengo que hacer para ser magistrado.
—Tiene que hablar con académicos, con decanos de las facultades de derecho del país, con los líderes de las agrupaciones gremiales del Colegio de Abogados y luego, obviamente, tiene que hablar con los líderes políticos del país. El sistema fue creado con la buena intención de dar peso a diferentes sectores, pero en todo ese camino se pierde la independencia judicial.
—Osea, que cuando llegara a una alta magistratura debería demasiados favores.
—Obviamente, porque tiene que hacer una labor de lobby. Nadie va a llegar por sí solo. Nadie llega si no es apoyado por un sector, por un partido político. Puedes ser un magistrado con una carrera impecable, pero no te van a evaluar a partir de tus fallos o resoluciones. Esa es la realidad.

Como si todos los caminos de la política guatemalteca actual pasaran por Ríos Montt, López Villatoro estuvo casado con Zury Ríos, hija del exdictador y exvicepresidenta del Congreso. La CICIG dijo en 2009 estar investigándolo por posibles negocios ilícitos, pero nunca le imputó ni probó nada. Tampoco logró detener aquel proceso de elección de magistrados y tres de los abogados apadrinados por López Villatoro han sido hasta 2014 titulares de la Corte Suprema. Gustavo Berganza, uno de los periodistas que mejor retrata los pulsos por el poder en Guatemala, asegura que el hombre que tengo delante es mucho más influyente hoy que cuando le trataron de derribar hace cinco años.

De las acusaciones que CICIG hizo en su contra en 2009, López Villatoro dice que Castresana se dejó manipular por las elites tradicionales, interesadas en cortarles el paso a él y a otros abogados para no tener que compartir cuotas de influencia. El negocio de López Villatoro consiste en acumular el respaldo de abogados para enfocarlo en ciertos candidatos. Estos, al llegar a un cargo, deberían ser agradecidos, amables, con él y los agremiados a los que representa. Cuando le pregunto si es cierto lo que dice Berganza, que es ahora más influyente que cuando Castresana intentó tumbarle, asiente.

—El tiempo nos dio la razón —dice.— Miles de abogados vuelven a confiar en nuestra propuesta.

Hay otras preguntas que López Villatoro no quiere contestar. Hay personas o asuntos, como el pulso por el MP, de los que no quiere hablar. Cuestión de cálculo. La gente como él sabe que mañana la espiral de intereses puede hacer que tu antiguo adversario se convierta en posible aliado. Tal vez sea también la certeza de que hay enemigos a los que es mejor no crispar sin motivo. En los corrillos de abogados de Guatemala te explican que a la CC se la suele llamar la “corte celestial” no solo porque sus decisiones son inapelables, sino porque recibe líneas directas de los hombres más poderosos del país. Incluso para alguien como López Villatoro es difícil, todavía, incidir en ese olimpo.

La justicia guatemalteca está en un pulso cada vez más abierto. Lo prueba la simple existencia de una figura como la de este alfil y su ejército de peones que disputan pedazos de poder a los viejos reyes. Lo prueban los años de audacia de Paz y Paz. Lo prueba la efímera sentencia contra Ríos Montt. De hecho, ni siquiera la CC es totalmente ajena ya al pulso entre grupos de influencia. La decisión del 5 de febrero que recortó el periodo de Claudia Paz y Paz se tomó por unanimidad de los cinco magistrados, pero la anulación del primer juicio al exdictador no. Se resolvió en una votación dividida, de tres contra dos.

López Villatoro, alejado de romanticismos y aferrado a sus intereses, declara la partida abierta. Es evidente que piensa que la ganarán los que tengan paciencia y sean prudentes.

Es una virtud cada vez más extendida, la prudencia. Desde que la corte celestial ordenó que el juicio a Ríos Montt se debe repetir, más de 90 jueces se han inhibido de conocer el caso. No quieren ser la nueva Yassmín Barrios o el futuro Pablo Xitumul. Se podría pensar que lo hacen para no desafiar con una nueva condena a las elites, pero ¿cómo explicar que no haya tampoco tres jueces interesados en granjearse el favor del CACIF absolviéndole? El cálculo es más complejo y no tiene apenas que ver con el ideal de la Justicia. Los jueces con ambiciones futuras temen que la unidad de los grupos de derecha en contra del juicio sea solo temporal, que la mesa siga girando y a ellos, sea cual sea su fallo, el tiempo les ponga en el escaque equivocado de este tablero redondo.

II. El regreso de los viejos dueños.

El hijo de Claudia Paz leía aburrido y paciente en el despacho de su madre mientras esperaba que termináramos la entrevista. Yo, de alguna manera, también quería que terminara. O que empezara de nuevo. Había viajado desde San Salvador esperando escuchar de la Fiscal un análisis profundo y diseccionador, que me ayudara a entender su duelo con las fuerzas conservadoras del país y abocetar el futuro, pero solo obtenía de ella previsibles respuestas institucionales, algunas de ellas propias de un comunicado de prensa.

—Anularon una sentencia contra Ríos Montt. ¿Estamos en un punto de avance o de retroceso?
—Yo sostengo que es un avance. La posibilidad de que las víctimas declararan frente al perpetrador en una situación de igualdad frente a la ley… Según las palabras de las víctimas, para ellas fue reparador. Luego la sentencia de la Corte nos coloca frente a la necesidad de repetir el juicio.
—En los últimos años parece que la Corte de Constitucionalidad hay momentos en los que se abre a la construcción de una nueva institucionalidad, y hay momentos en los que se cierra.
—Desde la Fiscalía hay decisiones que compartimos y decisiones que no compartimos, pero igual las respetamos.
—¿Y cree que esas decisiones se basan en un proceso honesto de reflexión jurídica, o que están influidas por otros intereses?
—Son argumentos jurídicos que vemos desde otro punto de vista, y en su momento los impugnamos, y la Corte falló… Cómo falló ahí sí que…
—¿Diría que la judicatura en Guatemala es en general independiente? ¿Casos como el de Yassmín Barrios son la mayoría?
—Hay jueces muy buenos, y hay jueces que no actúan con independencia.

Algo no cuadraba. Había leído un artículo aún inédito de Francisco Goldman, autor de “El arte del asesinato político”, el libro medular para saber cómo fue el asesinato de Juan Gerardi y cómo opera el poder en Guatemala. El artículo incluía una intensa entrevista con la Fiscal y dos de sus colaboradores, Arturo Aguilar y Mynor Melgar. En ella, el nivel de transparencia y los señalamientos a las personas que boicotearon el juicio a Ríos Montt eran extraordinarios, fuera del tono habitual de la templada Paz y Paz y a años luz de la entrevista que me estaba dando a mí.

Ante Goldman, Paz y Paz habló de “ellos”, de los “intereses arraigados” que durante el juicio al exdictador habían aparecido “sin disfraz, ni nada” en defensa de la impunidad. Entre ella, Aguilar y Melgar nombraron a la Asociación de Veteranos Militares de Guatemala (AVEMILGUA), a “los ideólogos del sector privado”, al presidente Otto Pérez Molina, al CACIF, que agrupa a la cúpula empresarial del país…

—(…) Fue para el caso por genocidio que se unieron los sectores más conservadores de este país —dice en la entrevista Aguilar.
—Los “Ellos” —señala Paz y Paz.

Y cuando Goldman le pregunta, sin algodones:

—¿“Ellos” eran cómplices del genocidio?

Ella le responde:

—Pues, imagino, porque tuvieron tanto miedo…

Por eso esperaba a una Fiscal más deslenguada, más directa, e interpreté incluso como una buena señal, de confianza, que me citara en su despacho un sábado. Pero la encontré parapetada, cauta. Cuando le hice referencia al texto de Goldman, a sus propias palabras ahí citadas, se mostró sorprendida y dijo no recordar haber dicho aquello. Se hizo un silencio incómodo. Aunque la conversación siguió, la entrevista terminó con un deje de desconcierto.

Después. Mientras bajábamos hacia la salida en el ascensor privado que la Fiscal General usa por motivos de seguridad, Claudia Paz me preguntó si podía obtener una copia del artículo que había citado. Le expliqué que era parte del libro “Crecer a Golpes”, que iba a ponerse a la venta en pocas semanas. Parecía no terminar de salir de la sorpresa. Al despedirnos, le entregué mi copia del artículo, fotocopiada y llena de anotaciones.

Ese encuentro sucedió el 25 de enero. Una semana después, el viernes 31, la revista Contrapoder publicó en seis páginas un extracto de la entrevista de Goldman. Claudia Paz y Paz piensa aún hoy que esa publicación, la de Contrapoder, le costó el puesto.

***

El tiempo que se ha retrasado Ricardo Sagastume en llegar a nuestra cita en su despacho me ha servido para dos cosas: una, ver el primer tiempo del último e intrascendente partido de España en el Mundial de Brasil; otra, pasear por los títulos de abogado de su padre, Ricardo Sagastume Vidaurre, colgados en las paredes de madera de esta sala de visitas. Él mismo me mostrará más tarde, con evidente orgullo, una fotografía de su padre como presidente de la Corte Suprema de Justicia en 1982, tras ser colocado en el cargo, a dedo, por Efraín Ríos Montt.

Al frente de un Poder Judicial de papel, sometido al dictador, el viejo Sagastume respaldó la desaparición del habeas corpus y legitimó los tribunales de fuero especial, formados por jueces secretos que se alimentaban de confesiones bajo tortura y ordenaron al menos 15 fusilamientos en un año. De ese legado parece estar orgulloso, treinta años después, el hombre que interpuso ante la Corte de Constitucionalidad el amparo que consiguió, como deseaba el CACIF, acortar siete meses el mandato de Claudia Paz y Paz.

Ricardo Sagastume hijo, abogado también, tiene su propia trayectoria pública en Guatemala. Antes de que la CC le diera la razón y decidiera que el periodo de Paz y Paz era la continuación del de Conrado Reyes y por tanto debía cerrarse justo cuatro años después de la elección de aquel, en mayo, Sagastume fue jugador profesional de fútbol. Y candidato a la presidencia en 2011 con el respaldo de AVEMILGUA, cuyos dirigentes testificaron a favor de Ríos Montt en el juicio. Y llegó a ser director ejecutivo de la Cámara de Industriales. Su despacho legal está precisamente en la cuarta planta del edificio de la Cámara, una de las gremiales más influyentes en el CACIF. Evidentemente Sagastume no esconde sus ideas ni sus filias.

Es de hecho un hombre de inusual transparencia. “A quienes de alguna manera podemos incidir en el país poco o nada nos importa la institucionalidad”, se lamentará en un punto de nuestra conversación. Crítica la miopía de los grupos de poder desde el asiento que él mismo se reserva entre la derecha ilustrada de Guatemala. Sagastume es una de esas personas que, pese a moverse en un mundo, el de las élites empresariales, que se alimenta de secretos, presume de honestidad intelectual y trata de mentir o esconder lo menos posible. Se ve a sí mismo como un buen hombre. Tal vez en el fondo lo sea.

—Usted hizo lo que el CACIF no se atrevió a hacer…
—Lo que nadie se atrevió a hacer. Y lo seguiré haciendo. Se debía respetar la Constitución.
—Pero además es de los que piensan que lo mejor para el país era que Claudia Paz y Paz dejara cuanto antes la Fiscalía.
—Sí. De haber seguido hubiéramos llegado a una debacle peligrosa, se hubiera perdido la gobernabilidad del país. Si estamos con esta polarización sin la doctora Paz y Paz, con ella hubiera sido terrible. Además, el juicio del señor Sperisen ha generado un elemento adicional. Con o sin Claudia Paz y Paz, el tema es un polvorín.

No es el primero que me habla del caso Sperisen, aunque me sorprende oírlo de él. Defensores de Derechos Humanos y periodistas me han advertido en las últimas semanas que los mismos columnistas de ultraderecha que en 2013 prendieron las primeras chispas del “si condenan a Ríos Montt condenan a toda Guatemala” han comenzado defender que la cadena de juicios que se están dando en Europa por el Caso Pavón son una ofensa a la soberanía y a los guatemaltecos de bien. Que la izquierda internacional está queriendo manchar, igual que hizo con el juicio por genocidio, la bandera de Guatemala. Que antes en Austria y ahora en Suiza y España se está linchando a funcionarios ejemplares, a hombres justos, a patriotas.

El asunto tendía algún interés si no estuviera tan claro lo que sucedió en la Granja Penitenciaria Pavón, a las afueras de Ciudad de Guatemala, el 25 de septiembre de 2006.

Ese día, bajo el argumento de recuperar el control de la principal cárcel del país, gobernada desde hacía años por bandas de presos en complicidad con las autoridades, esas mismas autoridades entraron en el penal con un ejército de policías, detuvieron a más de mil setecientos presos y ejecutaron a siete de sus líderes. La versión oficial atribuyó las muertes a un enfrentamiento. Aun si no sobraran evidencias y testigos de lo contrario, los balazos a quemarropa que tenían las víctimas hubieran bastado para desnudar la mentira.

La justicia guatemalteca condenó en 2013 a varios de los autores materiales de esas muertes, pero para ese entonces los funcionarios del gobierno de Berger que fueron responsables de la operación ya habían huido a Europa. El subdirector de Investigación Criminal de la Policía, Javier Figueroa, pidió refugio en Austria. Erwin Sperisen, orondo y rubio director de la Policía, y Carlos Vielman, ministro de Gobernación, huyeron a Suiza y España respectivamente haciendo uso de su doble nacionalidad. En Centroamérica, pero especialmente en la racista Guatemala, a la élite de la élite le gusta presumir de su origen europeo y, si se puede, de su nacionalidad europea. Es una forma de distinguirse del resto de guatemaltecos.

Figueroa fue absuelto en Austria de cualquier responsabilidad sobre las ejecuciones de Pavón, pero a Sperisen, líder del operativo y, según la CICIG, uno de los responsables de los grupos de exterminio que operaron en las calles de Guatemala entre 2004 y 2005, le condenaron en Suiza el 5 de junio de 2014 a cadena perpetua por aquellas siete ejecuciones extrajudiciales. Vielman está en una cárcel española, a la espera de enfrentar juicio allí.

—¿Por qué es un polvorín el juicio a Sperisen y a Vielman?
—Porque las heridas de ideologización que creíamos superadas se volvieron a abrir —responde Sagastume.
—¡Pero si un juicio fue en Suiza y otro será en España!
—Sí, pero involucran lo que percibimos como ciudadanos los guatemaltecos. Hay que admitir que la justicia no ha sido lo que esperábamos. Y cuando en un país la justicia funciona para algunos y para otros no, surge la frustración y ya no importa a quién se juzgue porque alguien tiene que pagar. El tema del genocidio y ahora el caso Sperisen colocan a una élite socioeconómica versus una gran mayoría que piensa que alguien tiene que pagar lo que ha venido ocurriendo en el país.
—¿Insinúa que esto es una revuelta contra las élites? ¿No cree que exagera?
—Es que son eventos demasiado trascendentes. El señor Sperisen y el señor Vielman pertenecieron a un gobierno que todo el sector empresarial apoyó. Apoyó abiertamente al candidato Óscar Berger y finalmente se hizo parte del mismo gobierno.
—Lo que usted dice es que a Sperisen y Vielman, sean o no sean culpables, se les juzga con la intención de dañar a grupos de poder.
—Esa es la percepción. Si quisiéramos ser objetivos deberíamos estar procesando a varios exministros de gobernación, a jefes del sistema penitenciario e incluso a expresidentes del país, pero se escogió a estos.

Cuando Sagastume habla de “los guatemaltecos” es evidente que se refiere a las élites tradicionales, a industriales, terratenientes, grandes comerciantes o inversores que, efectivamente, financiaron e incluso participaron en algunas de las operaciones militares del gobierno de Ríos Montt en los 80, y que durante el gobierno de Berger se integraron públicamente en el Ejecutivo hasta casi copar el gabinete. El canciller Jorge Briz había presidido la Cámara de Comercio. El principal maquilero del país, Miguel Fernández, fue nombrado comisionado para Inversión y Competitividad. Que Vielman, miembro de una destacada familia de empresarios y expresidente de la Cámara de Industria de Guatemala fuera ministro de Gobernación no era una decisión aislada. La reacción al juicio en su contra es, en concordancia, de grupo.

De un grupo que según el transparente Sagastume siente que la justicia se le está yendo de las manos.

—Las élites han perdido el control que tenían en los procesos de nominación de determinados funcionarios públicos en el sistema de Justicia—dice.— Hace 20 años participar en el proceso y ser electo era fácil, porque era menor el número de abogados y había más control. Hoy ya no hay control.
—¿Por eso la élite empresarial del país tenía miedo de hasta dónde podía Paz y Paz llevar ciertos casos?
—Había una serie de eventos diseñados para primero perseguir a actores del Ejército de Guatemala durante el conflicto armado, y la siguiente etapa perseguir a otros actores que colaboraron o contribuyeron a que militarmente el Estado de Guatemala ganara la guerra. Había una fase subsiguiente que justa o injustamente se iba a ensañar con el sector empresarial. Eso es lo que sucede con el caso Vielman. Independientemente de lo justo o injusto del proceso, en Guatemala hay una cacería de brujas.
—Y los que se sentían víctimas de esa cacería de brujas reaccionaron y frenaron a Paz y Paz.
—No, yo creo que, yo creo que… el… —Es impresionante cómo este hombre, de discurso seguro, de repente tartamudea— Yo creo que eso no se ha hecho como sector privado. Quisiera pensar que no se hizo nada para detener la labor de ella… Lo mío fue una cuestión individual, absolutamente independiente. El sector empresarial está preocupado por la producción, la competencia, los mercados… en fin, eso que ellos saben hacer.

Dice él que ser como es y decir lo que dice le ha traído problemas “con ellos”, y ha señalado hacia el techo, hacia los pisos más altos del edificio, en los que están las oficinas de la Cámara de Industriales a la que él pertenece. Es fácil creerlo. Cuando ya casi me despido, Sagastume hace un último comentario que suena a confesión.

—¿Sabe? Nos da miedo que nos digan que somos de una élite específica. ¿Y qué? ¡Si somos ciudadanos como todos! Lo que pasa es que no estamos acostumbrados a participar, porque desde siempre, cuando hace falta, somatamos la mesa —el abogado hace el gesto, el puñetazo en la mesa—y todo se arregla. Pero claro, eso a la larga nos hace daño como país…

***

A puñetazo en la mesa sonó que el Congreso aprobara el 13 de mayo, con el proceso de elección de nueva Fiscal ya en marcha y Paz y Paz inscrita en busca de la reelección, un documento que afirmaba que en Guatemala no hubo genocidio. “Los elementos que conforman los tipos penales señalados resulta jurídicamente inviable que se dieran en Guatemala, principalmente en cuanto a la existencia en nuestro suelo patrio de un genocidio…”, se lee en los considerandos del texto. Hubo quien reaccionó con indignación e insistió en que una afirmación como esa solo la puede hacer un juez. Hubo quien pidió a los diputados, como burla, que decretaran también que Guatemala había ganado un mundial, pese a no haber clasificado nunca a uno.

El documento no tiene ningún valor legal. El delito de genocidio sigue vigente en el Código Penal guatemalteco y por tanto un juez puede aplicarlo si considera que hay pruebas. Además, Guatemala ratificó en 1951 la Convención para la prevención y sanción del delito de genocidio y el Estatuto de Roma, que lo recogen. Sin embargo ese acuerdo legislativo, técnicamente un “punto resolutivo”, fue un agresivo mensaje político.

El subjefe de la fracción del Partido Patriota, Luis José Fernández Chenal, fue el hombre que consiguió los votos para que el punto se aprobase. La propuesta fue de los dos diputados del PRI, el residuo de lo que la década pasada fue el poderoso Frente Republicano Guatemalteco, FRG, fundado por Ríos Montt y llave para la resurrección política que le hizo presidente del Congreso en 2009. Tiene sentido. Dos diputados de un partido venido a menos, honrando su historia y a su antiguo líder. La pregunta es por qué Fernandez Chenal, un joven de 33 años con carrera meteórica en el partido de gobierno, ahijado político de Otto Pérez Molina, un tiburón legislativo que presume de haber crecido después de la guerra y considera un mérito no tener ideología, maniobró para sacar adelante una resolución tan polémica como inútil.

—Al fin y al cabo un punto resolutivo, como dice mi jefa de bancada, es un poema de amor político. No tiene ningún tipo de vinculación jurídica —reconoce, sentado en una oficina tan lujosa como vacía, a pocos metros del hemiciclo del Congreso—. Hoy, por ejemplo, vamos a tratar de meter un punto resolutivo por los 40 años de la muerte de Miguel Ángel Asturias.

—¿Y de dónde salió el poema sobre el genocidio?
—Es que como bancada oficial vos tenés que conceder temas que no son tuyos. Nosotros decimos: “queremos incluir un préstamo”, y dice la otra bancada: “perfecto, pero a mí me dejás meter cierto tema”. Eso sucedió. Dijo el PRI “yo les doy los dos votos y me dan a cambio el punto resolutivo”.
—Así. Y ya.
—Así. Nunca se supo exactamente qué iba a decirse en el texto, te lo digo con toda la claridad. “Vamos a hacer un punto resolutivo sobre la reconciliación nacional”, dijeron. Como el tema lo propuso un diputado que tiene cuatro o cinco legislaturas, nadie pensó que fuera a escribir una pendejada.

El texto se procesó como si fuera un trámite bancario. Nadie lo leyó antes. Casi nadie prestó atención a su contenido mientras se leía en la plenaria. Se aprobó con desgana por 87 votos a favor de 158. Por muy poco. 47 diputados no estaban presentes.

—Yo le dije a la gente de la URNG, que son de izquierda: “¿Ustedes ya leyeron el punto resolutivo?, vayan a leerlo, no vayan a ser mulas de votar a favor. Porque ahí estamos diciendo de que el juicio del siglo y no sé qué y no sé cuánto…” —cuenta Fernández, sin indicios de estar bromeando.

Los votos de LIDER, el principal partido de oposición, fueron fáciles de conseguir. Días atrás uno de sus fundadores, Edgar Ajcip, había renunciado a la bancada y acusado a sus diputados de negocios ilegales y abuso de privilegios. A cambio de los votos para el punto resolutivo, el Partido Patriota se aseguró de que la comisión legislativa que debía investigar esos delitos nunca se aprobara.

Nadie dimensionó la travesura hasta que los periódicos del día siguiente titularon “Congreso dice que no hubo genocidio”. Fueron, ahora sí, días de debate y desgaste. Dice Fernández Chenal que en la plenaria siguiente siete diputados se excusaron en público por haber votado a favor: “Perdonen, me equivoqué, yo oí mal”, dice que dijeron.

—Los únicos que de cierta forma iban contento eran los dos diputados del PRI. Uno viene del FRG, y el otro es abogado de la familia Castillo que es afín a la Cámara de Industria y al CACIF.
—¿Y ustedes, en el Partido Patriota?
—No vayas a creer que hubo fiesta dentro del partido. Mucha gente, al ser el presidente Pérez Molina militar, probablemente lo vio con buenos ojos. Pero fue un tema X. El guatemalteco está mucho más enfocado en salir a la calle y que no le roben el celular que en ver si en Chimaltenango hubo hace 20 o 25 años fosas clandestinas. Mirá, nosotros en el área ixil ganamos dos alcaldías y perdimos una. Y en Quiché ganamos ampliamente en votos. Tampoco es que el juicio nos afectara electoralmente. Como te digo, es un tema sobredimensionado.

El nivel de cinismo de Fernández Chenal encaja a la perfección en un Congreso como el guatemalteco, en el que la creación y desaparición de partidos es tan habitual que la mayoría de diputados han militado al menos bajo dos siglas. Catorce de los legisladores actuales militaron de hecho en las filas del FRG. El actual presidente del Congreso, Arístides Crespo, miembro del Patriota, es uno de ellos. Otro es el jefe de bancada del partido TODOS. Como los intereses están por encima de derivas ideológicas, todos los partidos tienen en su fracción al menos a un exmiembro del partido de Ríos Montt. Que el asunto del genocidio les parezca intrascendente, alejado de la política real, es más absurdo todavía si tenemos en cuenta que uno de los diputados del Partido Patriota es hermano de Francisco García Gudiel, el histriónico abogado defensor de Ríos Montt gracias al cual trataron de inhabilitar a Yassmín Barrios. Guatemala es una madeja, y sus elites políticas un nudo de conexiones personales en la cima de esa madeja.

—Aunque sí hay un segundo mensaje dentro del punto resolutivo… —advierte el subjefe de bancada del Patriota—: el Congreso es el que aprueba el presupuesto del MP, el Congreso es el que aprueba el presupuesto del OJ, así que el mensaje que le mandaron a la nueva Fiscal fue “miren, aquí no queremos que estén hablando de investigación de genocidio”.
—Clarísimo.
—Pues sí. Es algo que se lee entre líneas.

Le pregunto a Fernández Chenal cuál era el tema que su partido necesitaba aprobar de urgencia, a cambio de qué apoyó se negoció la aprobación del punto resolutivo.

—Tendría que…si me da cinco minutos me voy a acordar. Tuvo que ser un tema clave… O sea, tampoco vas a creer que…

El relato de Fernández asienta la incertidumbre sobre el peso real que Otto Pérez Molina y su partido han tenido en el cambio de escenario que la justicia guatemalteca ha experimentado el último año. Representantes de varias organizaciones de sociedad civil aseguran que el presidente, por militar retirado, por su pasado de campaña en Quiché y por presión de grupos empresariales, fue un factor clave en la anulación del juicio y en el fin del periodo de Paz y Paz. El entorno más cercano a la exfiscal, aunque no tiene una postura única, coincide en que sin el aval o la omisión consciente de Pérez Molina ninguna de las dos cosas pudo haber sucedido.

El ministro de Gobernación, Mauricio López Bonilla, exmilitar también y uno de los funcionarios más cercanos al presidente, intenta diluir esa hipótesis. Hablo con él durante un largo desayuno. Es un hombre de respuesta rápida, inteligente, que cree conocer el camino hacia todas las soluciones. Trabajó muy de cerca con Paz y Paz, y tanto en el MP como en los niveles medios del Ejecutivo me confirman que el nivel de coordinación interinstitucional que hubo entre ambos fue extraordinario. Alguien como él, que aspira a ser un día presidente, no permite que las diferencias ideológicas le empañen la búsqueda de resultados.

—¿Este gobierno celebró la salida de Claudia Paz y Paz del Ministerio Público?
—No. En el equipo de Seguridad teníamos la expectativa de que ella pudiera continuar. Con los niveles de institucionalidad precaria que a veces tiene el país, los que sobresalen son las personas, pero nosotros creemos en procesos.
—¿Eso quiere decir que la preferían a ella o que no les importa la persona?
—Me refiero a que aquí ha sido tradicional que cada presidente quiera tener su propio Fiscal General. Lo hizo Colom, lo hizo Berger, lo hizo Portillo… Los presidentes ya vienen con un cuestionario para que el Fiscal no pueda responder y entonces le destituyen y nombran a otro. Igual que cada quien quiere tener su propio presidente del Banco de Guatemala y su Procurador General de la Nación. El presidente Otto Pérez, pese a todas las presiones que tuvo, derivadas de la lucha ideológica que pervive en el país, Mantuvo a Claudia Paz y Paz pese a todos los rumores de que la iba a destituir.
—¿Quién le presionaba para que quitara a Paz y Paz?
—Siempre ha habido presiones, de muchos grupos. Presiones de grupos de derecha, que pensaban que una Fiscal que viniera del área de Derechos Humanos no era la mejor opción. Pero les invito a preguntar a Claudia Paz y Paz si alguna vez tuvo una sola llamada del presidente para pedirle algún favor, para ejercer presión o para hablarle de un caso en específico. Jamás.
—¿Por qué no es entonces Fiscal?
—Lo que crea el presidente, lo que creamos en el gobierno sobre el relevo en el MP no garantiza ninguna decisión de las comisiones de postulación. Pero si Claudia Paz y Paz pasaba dentro del grupo de los seis existía una altísima posibilidad de que fuera designada por el presidente. Eso es algo que nosotros sabíamos.

Fuentes cercanas a las Comisiones de Postulación que hacen el filtro previo sugieren que fue precisamente eso lo que impidió a Claudia Paz y Paz ser una de los seis finalistas que se le ofrecen al presidente para que elija Fiscal. La Comisión de Postulación no quiso arriesgarse a que Pérez Molina, pensando en su imagen internacional y las buenas cifras del MP, la reeligiera en el cargo. Por eso, pese a tener en preparación y experiencia la segunda puntuación más alta de todos los aspirantes, solo cuatro de los trece comisionados votaron por ella. Cuatro.

Ese día los enemigos del juicio a Ríos Montt, los “ellos” de los que Claudia Paz hablaba en la entrevista con Goldman, respiraron aliviados. Ricardo Sagastume, el abogado que acortó el periodo de la Fiscal, me lo dijo así: “Cuando Paz y Paz no entró en la nómina de seis todo fue como un pastel que ya no siguió creciendo. El tema ideológico se eliminó y lo que quedó ya fueron solo los intereses, la pregunta habitual de quiénes estaban detrás de cada uno de los seis”. La ideología era un problema, pero los intereses, individuales o de grupo, negociables, son para “ellos” la solución para la Justicia.

—¿A Claudia Paz la sacó el CACIF?
—Esto entra en el marco de las especulaciones. El CACIF no es un ente absolutamente homogéneo. Hay corrientes.
—Pero hubo señalamientos oficiales del CACIF contra su gestión.
—Yo no recuerdo… no recuerdo un pronunciamiento institucional. Y también hubo demasiado ruido de grupos en favor de Claudia. Hubo inclusive gente haciendo acopio de pronunciamientos de otros países. Ya conoces el viejo dicho: “no me ayudes, compadre”. Muchas veces si hay mucha insistencia también aumenta la resistencia. Qué tan militante es la gente que te apoya también sube el nivel de la confrontación.
—¿Está diciendo es que quién tenía el poder de decidir si Claudia Paz seguía o no se sintió amenazado por el ala más radical de la sociedad civil?
—No. Digo que por algo Claudia Paz y Paz fue la candidata con mayor número de objeciones . Aquí lo que hubo fue una medición de fuerzas, si queremos verlo así.

***

Las oficinas de la revista Contrapoder están en lo alto de un edificio en la Zona 9 de ciudad de Guatemala, cerca, muy cerca, de la simbólica Zona 10 en la que, entre hoteles y bares de moda, se supone que se levantan los despachos de las mayores empresas del país y los bufetes de los abogados de esas empresas. Alrededor de una mesa de cristal están sentados los tres cerebros de la revista: el director Juan Luis Font, la subirectora Claudia Méndez y la editora Paola Hurtado.

Claudia y Paola son dos reporteras de investigación de larga trayectoria y prestigio. Juan Luis dirigió El Periódico en tiempos en que era referente de independencia en el país, y años en televisión le han convertido en el principal rostro de un periodismo de credibilidad pero que huye de estridencias. A Juan Luis le respeta la izquierda y le escuchan con atención las élites de derecha.

—Antes de nada quiero contarte lo que pasó con la entrevista de Frank —Me dice Claudia, amiga de Francisco Goldman desde hace mucho y su principal cómplice en la investigación que le permitió escribir en 2009 “El arte del asesinato político”. De hecho, fue ella quien le ayudó a conseguir la polémica entrevista con Paz y Paz.
—Para eso he venido —le respondo.

Probablemente fue el exceso de confianza entre el periodista y su fuente lo que hizo que Claudia Paz y sus colaboradores hablaran con tal franqueza a Goldman, y que imaginaran, sin preguntarlo, que la conversación era privada, entre amigos. El periodista grabó la conversación, y al no haber pactado con la Fiscal ningún off the record terminó publicándola. Claudia Méndez siempre supo que Goldman preparaba el texto para un libro, y cuenta que cuando escuchó que estaba por salir a la venta propuso a su responsable de cultura que comprara los derechos de reproducción sin ni siquiera leerlo. Cuando revisó las pruebas de impresión y vio el contenido, le pareció interesante pero no especialmente explosivo. Está claro que es menos sensible a los señalamientos que los miembros del CACIF.

—Yo tengo una fuente que dice que cuando vieron eso dijeron: “Ya, ya, no más, de una vez” —dice Paola.
—No, la decisión de que ella debía salir no dependió de un artículo —le discute Claudia.— Venía de hace tiempo. De hecho nosotros publicamos en diciembre. Yo estuve en una reunión con abogados que me dijeron: “Se está pensando preguntarle a la CC cuándo se tiene que ir Paz y Paz, si en mayo o en diciembre”.
—Claro, pero no seamos ingenuos: el artículo lo apresuró. Puso fecha a la decisión. Incidió. Incidió tanto que Claudia Paz, cuando vino a entrevista en el canal, venía furiosísima…

Juan Luis Font tiene la misma edad que Paz y Paz y la conoce desde que tenían tres años. Cosas de la microsociedad acomodada de Guatemala. Celebraron juntos algunos cumpleaños y las bodas de amigos comunes. Él asegura que nunca la había visto tan enojada como el día que, poco después de que la CC recortara su periodo, la invitaron al programa de televisión que los responsables de Contrapoder tienen todas las noches. Dice que en el camerino, con los ojos entrecerrados, la Fiscal le reclamó.

—Vos sabías lo que iba a provocar esto.
—Lo lamento, pero nosotros lo que hicimos fue reproducir una entrevista que vos habías dado —dice Juan Luis que le respondió.— Claudia ¿vos creés que el artículo incidió?

Ella fue cortante. Estaba dolida:

—No era el momento.

Al igual que en algún momento lo supieron Elvyn Díaz o la misma Paz y Paz, a los tres periodistas todas sus fuentes les habían hecho saber que la sentencia por genocidio había logrado que en la segunda mitad de 2013 empresarios y operadores políticos con intereses diversos, que parecían imposibles de aliar, se dijeran unos a otros: “si no nos defendemos, si no nos unimos, nos cuelgan”. Se creó la certeza de que la Fiscal pretendía perseguirlos a todos por su apoyo a Ríos Montt en los 80.

—Pero Claudia Paz y Paz me dijo a mí alguna vez: “Juan, con lo que costó armar este proceso, ¿vos creés que se podría armar uno igual contra alguien más?” —recuerda Juan Luis. Cree que la derecha inventó sus propios cuentos de terror, se asustó a sí misma.

Juan Luis se crió en una localidad del Sur de Guatemala llamada Retalhuleu, entre ganaderos y empresarios que simpatizaron con Ríos Montt y que, en algunos casos, participaron en misiones civiles de bombardeo contrainsurgente. Sabe qué hay en la mente de quienes tomaban y toman decisiones. Ha hablado miles de veces con muchos de esos hombres. Le pregunto hasta qué punto todo esto, todo este pulso por la Justicia, es ideológico o en realidad es miedo a perder la comodidad de estar por encima del bien y del mal, de no tener más juez que tu conciencia, si la tienes.

—No creo que sea ideológico. Yo creo que es más bien por intereses de grupo. Pero ellos interpretan esos intereses de grupo como ideología y consideran que los que cuestionen esos intereses de grupo son enemigos ideológicos.
—Nunca he visto que por razones ideológicas la gente aquí se rasgue las vestiduras y embista con tanta violencia a los contrarios —dice Paola—. La razón es el temor a que la persecución penal ampliara el radio y los abarcara a ellos.
—Ellos se beneficiaron de la derrota de la guerrilla —Juan Luis de nuevo—, y por eso no cuestionan los métodos que se usaron. “Fueron necesarios, muchá”, dicen.
—Pero cuando tú financiaste desde el sector privado el sueldo de Sperisen o a Figueroa, o le diste dinero a Vielman para comprar armas ilegales, cuando sabes que fuiste parte de eso, ahí se te encienden las alertas —añade Paola, apuntando al futuro, a lo que se viene encima.

Me llama la atención que llevan un buen rato hablando de “ellos”, de las élites sin nombrarlas, del mismo “ellos” que usaban Aguilar, Melgar y Claudia Paz y Paz en la entrevista con Goldman. Se lo hago notar, y Juan Luis salta como un resorte y toma de la mesa una edición mucho más reciente de la revista, de junio, en la que publicaron una entrevista con Otto Pérez Molina.

—¡También el presidente habla de “ellos”! —dice.

Y me muestra una parte en la que Pérez Molina habla de su relación con los empresarios y los pulsos con el CACIF por la regulación de la explotación hidroeléctrica y minera. Dice textualmente “Ellos temen que nosotros avancemos y tratemos otros temas, como que el Estado cobre más presencia y participación en esos negocios”.

—Pero es un gran “ellos” que al final está acuerpado por unas grandes capas medias —explica Juan Luis. —Por eso yo también creo que el caso de Sperisen y Vielman va a desatar más tensiones incluso que el caso de genocidio, porque en el caso de genocidio estaba más generalizada la responsabilidad, pero en este caso, imaginate que a alguien se le ocurriera realmente buscar las líneas concretas de financiamiento…

Se hace un silencio como de luto, como de cansancio anticipado antes de un gran esfuerzo.

—¿Creéis que la justicia en Guatemala algún día le llegue a esos “ellos”?
—Para los hechos de la violencia de la guerra, no —dice Juan Luis Font, que hace una breve pausa, piensa—. Y para otro tipo de hechos, tampoco.

***

—¿Teníais conciencia de hasta qué punto íbais a poner a prueba el sistema? —le pregunto a Elvyn Díaz, el sarcástico exsubsecretario privado de la Fiscal. Nos hemos reunido en un bar de ambiente bohemio. En una sala se expone una instalación de arte conceptual consistente en 200 cuchillos colgados del techo y en la de al lado te sirven gintónics, papas con tocino y croquetas de queso. Dice que deja el MP satisfecho de lo logrado, optimista, pero destila amargura en sus comentarios. No le ha gustado perder la batalla. Cree en el fondo que Claudia y los que estaban con ella no se merecían el golpe.

—Creo que no. Al menos yo no. Pero no evaluamos bien los actores que rodeaban el sistema. Olvidamos que ahí estaba la Corte de Constitucionalidad… y ya vimos de qué están hechos.

Me cuenta que le preocupa el desánimo que se ha contagiado a la mayoría de organizaciones de Derechos Humanos. Cree que él y el resto de la gente de Paz y Paz deben hablar con ellas, explicarles lo que se ha logrado, los precedentes que se han sentado en cuanto a procedimientos, transparencia, casos resueltos. Quiere decirles que su proyecto de reforma de la Justicia no acaba aquí.

—Si algo hizo bien Claudia es que puso el pecho para todo: para los éxitos y para los fracasos —me explica—. Detrás de Claudia se veía a un equipo, pero ella asumió todas las desgracias administrativas por las que nos podían hacer mierda, todos los antejuicios eran para ella… Fue bien cuidadosa en eso. A los que somos más jóvenes evitó quemarnos, conscientemente, porque sabe que tendremos que sacar la cara en otro momento. Y lo hizo bien.
—Tiene clara una visión de largo plazo.
—Siempre la hemos tenido.

Me dice que él y muchos otros valoran ahora como un error no haber presentado más carta que la de Claudia Paz en el proceso de elección de nuevo Fiscal. Siente que dejaron en manos de otros sectores la Fiscalía por no buscar candidatos alternos, un plan B, sabiendo que la candidatura de Paz y Paz tenía a un ejército en contra.

***

A Claudia Paz y Paz, su último día de trabajo como Fiscal, algunas secretarias y fiscales la despiden en la puerta del Ministerio Público con lágrimas. Afuera la esperan unas 70 personas, entre familiares de víctimas y defensores de Derechos Humanos, que le han hecho una alfombra de flores y agujas de pino para que camine, escalinata abajo, desde la puerta del edificio hasta la calzada en la que aguarda su vehículo. A medida que camina por la alfombra entre aplausos, le van saliendo al encuentro mujeres que la abrazan, le dan una o dos flores y le susurran palabras al oído. Abrazo tras abrazo Claudia, cara redonda, ojos pequeños, se va emocionando más y más hasta perder toda esa cáscara de frialdad de la que se reviste cuando representa el papel de Fiscal General. Ella también llora.

Benjamín Manuel, uno de los directivos de AJR, la asociación de víctimas de la guerra que se querelló contra Ríos Montt y logró sentarlo en el banquillo, asiste a la escena a unos metros de distancia, con el gesto de piedra que tienen mucho hombres de campo. Como si no escondiera emociones. Pequeño, más cerca de los 70 años que de los 60, tiene los zapatos y los bajos de los pantalones llenos de barro después de cuatro horas de viaje desde Baja Verapaz para estar aquí, en silencio, estos precisos minutos del viernes 16 de mayo.

Un paso detrás de Paz y Paz su hermana va recogiendo las flores, que ya forman un enorme ramo. Este día la Fiscal ha buscado el respaldo de su familia. Para ella encabezar el Ministerio Público, y sobre todo dejarlo, no ha sido solo un asunto de trabajo. Como para las personas que están aquí, la gestión de Claudia Paz no se mide solo en estadísticas. Es la mujer que derribó en el sistema de Justicia ciertas barreras simbólicas. Aunque en solo diez días algunas de ellas se levantaran de nuevo.

Paz y Paz llega por fin a su vehículo. Saluda, recibe un último abrazo y se oculta tras los vidrios tintados. El recorrido por la escalinata, unos 25 metros, ha durado más de un cuarto de hora. El vehículo arranca, desaparece. Benjamín se queda donde está, intercambia palabras con algunos conocidos, personas de la asociación, familiares de víctimas, y emprende el regreso a casa.

***

El Palacio de la Cultura es el símbolo del poder político de Guatemala. Está en el parque central y es perpendicular a la Catedral Metropolitana y la oficina de ODHA en la que trabajaron Gerardi y Claudia Paz y en cuyas columnas están tallados los nombres de todas las víctimas, muertos y desaparecidos, recogidos en el REHMI. Hay más de 200 invitados en el salón de las banderas, sentados en hileras de sillas a la espera de que inicie el protocolo. Casi todos son hombres vestidos con traje oscuro. En la octava fila hay una mujer con indumentaria típica Quiché. Es una diputada, me dicen. Suena música de marimba. Un minuto antes de que entren las autoridades llega al salón el expresidente Vinicio Cerezo, que reparte sonrisas y saludos según camina. Himno. Otto Pérez Molina toma juramento a la nueva Fiscal General, Thelma Aldana. Discursos.

La Fiscal habla de la búsqueda de la armonía social, afirma su “inquebrantable compromiso con la independencia del MP” y dice que continuará con las “acciones correctas” que pueda haber tenido su antecesora. Después de ella, el presidente de la República habla del magnífico trabajo que ha hecho Claudia Paz y Paz al frente del Ministerio Público. Insiste tres veces en que siempre respetó la independencia y autonomía de la Fiscal, en que el proceso de elección de la nueva fue transparente, en que es un gran día para la institucionalidad del país.

Paz y Paz solo se levanta de su silla en la mesa principal para abrazar a Aldana y dar la mano al presidente cuando cada uno termina de hablar. Ella también ha traído un discurso de despedida escrito, pero nadie la invita a leerlo.

***

Después del evento me reúno con Paz y Paz en el edificio del MP. Aún le falta cumplir con el trámite administrativo de entregar el despacho a su sucesora. Los estantes están ya vacíos. A la Fiscal saliente la acompaña, hoy también, parte de su familia. Han pasado cuatro meses desde nuestra anterior cita y espero encontrarla despojada de los corsés del cargo, más relajada y dispuesta a opinar libremente, sobre todo después de la catarsis emocional de ayer en la escalinata.

Pero no.

Con una sonrisa constante, con diplomacia, Claudia Paz esquiva cada una de mis invitaciones a que dimensione el año que ha pasado desde la sentencia contra Ríos Montt, y las evidencias de que los sectores que forzaron la repetición del juicio siguen en pie de lucha. Le hablo del punto resolutivo del Congreso y del intento por inhabilitar a Yassmín Barrios, que podría ser considerado una amenaza a quien deba presidir el segundo juicio. Ella se mantiene en el plano de la valoración jurídica y califica de “sorprendente” lo primero y de “sumamente delicado” el ataque a Barrios. La sanción del Colegio de Abogados a la jueza le parece una aberración jurídica.

—Si el día de mañana la Corte Suprema emite una sentencia que no le guste a este grupo de abogados, ¿igual le podrían poner una sanción y pretender que dejaran de ser magistrados de la Suprema? —dice.

Es especialmente lacónica al hablar de su caso, de su destitución tácita. Oculta su enfado.

—¿Claudia, qué hizo para enojar a toda esta gente?
—En todos estos años el Ministerio Público hizo su trabajo. Es un proceso. Algunas personas sentirán que las sentencias protegen sus intereses y otras que no.
—Parece que quienes se sienten afectados tienen mucho poder en este país.
—Yo creo que por primera vez sí se juzgó a sectores, a personas, con poder.
—¿Cree que a esos sectores les ofendieron más los casos contra políticos corruptos o el juicio a Ríos Montt?
—Sin duda los grupos afines a Ríos Montt y a Rodríguez Sánchez hicieron un trabajo público para que se escuchara más su voz que la de las víctimas… Y hubo una reacción política en mi contra, está claro. Se han presentado más antejuicios contra mí en estos cuatro meses que en los tres años anteriores.
—Y finalmente no la reeligieron.
—La ley obligaba a los comisionados a puntuar los valores académicos, éticos, profesionales de los candidatos, pero de ahí ellos podían levantar la mano o no para seleccionarte. ¿Cuáles son las razones por las que no levantaron la mano en mi caso? No te lo puedo decir, no lo sé.
—¿Cree que el presidente de la república tuvo que ver en eso?
—El presidente siempre respetó la autonomía del Ministerio Público.

En nuestra entrevista de enero, Paz y Paz dijo que sostener las transformaciones en el MP dependería de que, tras su marcha, llegara una persona comprometida con el Estado de Derecho. Decía que lo importante es que a su sucesor o sucesora la eligieran por méritos. Thelma Aldana es, en ese sentido, una figura confusa, con luces y sombras en su pasado. En 2009 era una de los candidatos a la Corte Suprema a los que la CICIG acusó de estar controlados por el rey el tenis. Las críticas de Castresana contra ella fueron durísimas en aquel momento: “Aun cuando (…) la tabla de gradación tiene como objetivo seleccionar candidatos con un alto perfil, en el caso de la magistrada llama la atención la calificación que obtuvo en los siguientes rubros. Méritos de proyección humana: CERO en Participación en organizaciones y asociaciones civiles, CERO en Defensa del Estado de Derecho, CERO en Pro Derechos Humanos, CERO en Defensa y Promoción de Multiculturalidad…”

Aun así obtuvo la magistratura y en sus cuatro años en la Corte Suprema no recibió malas críticas. Claudia Paz pide darle el beneficio de la duda:

—Hay que esperar. Ella ejerció el cargo de presidenta de la Corte Suprema e hizo un trabajo muy importante a favor de las mujeres víctimas de violencia. Hay que esperar.

En un intento por que evite respuestas protocolarias, le recuerdo a Paz y Paz que ya puede decir lo que piensa porque ha dejado de ser Fiscal General. “Lo soy hasta las 4 de la tarde”, me responde con una sonrisa. “Entonces denos esta entrevista a las 5”, bromeo.

Ella encaja la burla pero no cede. El único momento en que logro romper su coraza es cuando destaco que hace dos días, 48 horas antes de irse del MP, logró la captura de Jairo Orellana Morales, un poderoso capo local de la región de Zacapa, especializado en dar tumbes de droga y vinculado, según informes de Estados Unidos, a los Zetas. Ahí sí, Claudia Paz sonríe de oreja a oreja, el rostro se le estira hasta casi cerrarle los ojos y se suelta a comentar el caso. El resto del tiempo responde con extraordinaria prudencia.

—¿La justicia aún hay que hacerla en Guatemala midiendo las consecuencias políticas de cada paso?
—La justicia hay que hacerla porque es lo que manda la ley y porque es lo que reclaman las víctimas.

Que salga del Ministerio Público no significa que Paz y Paz esté abandonando el tablero. Planea regresar a la academia, dar clases en una universidad en Washington, incidir desde allí, tal vez volver algún día. Por eso mantiene la cautela al hablar. Y no son sus únicas precauciones.

No lo sabré hasta dentro de dos semanas, pero Claudia Paz va a abandonar el país en avión esta misma noche. Ella y su equipo saben que, una vez despojada del fuero, las solicitudes de antejuicio contra ella se han convertido en denuncias, y temen acciones legales en su contra. Les han llegado, incluso, fuertes rumores de que las autoridades pretenden detenerla mañana domingo o el lunes. Sería un escándalo pero no están dispuestos a asumir el riesgo. Una vez fuera del cargo, la Fiscal General que logró condenar a Efraín Ríos Montt no se va a quedar en Guatemala ni cinco horas.

***

El vehículo se deshace por fin del tráfico de la capital y toma camino hacia el nororiente del país, hacia Nebaj. Son casi las diez de la mañana. Hoy 30 de junio es en Guatemala el día del Ejército, que antes se celebraba con una parada militar en las principales avenidas de la ciudad. Antes. En 2008 el Gobierno se rindió a la presión de las organizaciones de hijos de muertos y desaparecidos, que boicoteaban los desfiles e hicieron del 30 el día de memoria. Ahora los actos militares solo se celebran en los cuarteles y las calles del centro están llenas de murales e interminables mosaicos de fotos de desaparecidos, que permanecen en las paredes todo el año, todo el tiempo. En un muro de la Zona 1 alguien ha graffiteado: “Memoria, territorio en disputa”.

Hace un mes, el 10 de mayo, se cumplió un año desde la sentencia por genocidio. Pese a la anulación, tanto en la capital como en algunas aldeas del Quiché se conmemoró el día. En Chajul, uno de los tres municipios del departamento del Quiché que, con Nebaj y Cotzal, configuran el área Ixil, se reunieron algunos centenares de personas de toda la región para comer, dar testimonios y honrar con flores el día. Si antes se fingía que hay una sola Guatemala, desde la sentencia es más evidente que nunca que existen, en el debate sobre la historia y la justicia, al menos dos.

A los lados de la carretera los pueblos ocupan por unas horas el paisaje que antes era urbano pero terminan desapareciendo para dejar ver solo campo y bosques. Al timón está Allen González, que a finales de los 70 trabajó en Cáritas diocesana en Santa Cruz del Quiché junto al obispo Juan Gerardi. Tuvo que dejar la región cuando Gerardi, acorralado por las muertes de parroquianos y sacerdotes y tras escapar de dos atentados en su contra, decidió cerrar la diócesis. No solo irse él sino cerrar la diócesis. Allen creó en los 80 la Iglesia Guatemalteca en el Exilio y terminó regresando a finales de los 90 para trabajar en proyectos productivos con comunidades ixiles.

Es pesimista sobre el futuro. Toma la salida de Claudia Paz como un mensaje de que vienen tiempos malos para quienes exigen justicia por los crímenes de la guerra. Aun así, dice que el juicio sirvió para demostrar que no es la gente de las comunidades, de las aldeas indígenas, la que rehúye a la justicia, sino que es el mismo poder que elaboró las leyes el que las esquiva cuando la justicia no es esa que se fabricaron a medida.

—Este es un camino largo, que apenas está comenzando —dice.

Atravesamos el cantón Santabal. Allen me cuenta que a un par de kilómetros de la carretera hay dos pequeñas comunidades en las que ha llegado a contar más de 80 viudas de desaparecidos o asesinados en los años 80. Un poco más allá, me señala una enorme casona rodeada de muros blancos

—Esa la convirtieron en casa de tortura. En esos días los soldados subían a los buses encapuchados y se llevaban a quien querían para interrogarlo durante días.
—¿Tú crees que va a haber segundo juicio a Ríos Montt?
—No. Yo creo que van a darle largas al asunto hasta que se muera el señor. Van a estar en ese juego interminable que siempre se hace aquí. Además, está esa idea de que llegar a un juicio es dividir el país.
—(…)
—Tiene gracia, fijate. Pareciera que en Guatemala la injusticia une más que la justicia.

Llegamos a Nebaj, el pequeño pueblo que simboliza la represión contra los ixiles. En la plaza central, frente a la iglesia, se hacían los fusilamientos. Aun así, por años acá gobernó el FRG fundado por Ríos Montt y después el Partido Patriota. A esta plaza llegó, durante los días del juicio, Otto Pérez Molina con ropas típicas ixiles, a entregar sacos de comida. La guerra dividió a los ixiles entre quienes se refugiaron en el casco urbano bajo la tutela del Ejército y quienes huyeron a las montañas a malmorir de hambre y pasaron a ser considerados guerrilleros. Veo en un muro tras la iglesia una pintada de la Mara Salvatrucha. Hace unos días supe que Nebaj es el municipio con la tasa de suicidios adolescentes más alta de toda Guatemala. Si el pasado ixil es terrorífico su futuro también es sombrío.

***

Desde que conocí a Gaspar Velasco en 2010 le he escuchado decenas de veces enumerar el nombre de sus tres hijos asesinados durante el periodo de Efraín Ríos Montt: Miguel Velasco Hermoso, Francisco Velasco Hermoso, Juan Velasco Hermoso. En total perdió a nueve familiares, padres, hermanos, hijos, durante la guerra. El Estado de Guatemala, como parte de su política de reconciliación y sus medidas de resarcimiento, le ha compensado por dos de ellos. Es el límite. Puedes arrastrar 10, 20 muertos, pero solo se pagan dos muertos por familia. Cuenta que le dieron 44 mil quetzales, unos seis mil dólares. Los gastó en comprar tierra para cultivar. La otra que alguna vez tuvo la perdió cuando dejó su aldea, Bijolóm, huyendo del ejército.

También la casa en la que nos recibe la ha levantado en los últimos años con bloques de hormigón y láminas de aluminio entregadas por el Gobierno. A aquellos a quienes el ejército les quemó la casa en los 80 el Estado les ha dado materiales para construirse una casita de suelo de tierra y techo delgado, como las que se apelotonan en las zonas marginales de cualquier ciudad centroamericana.

El caserío La Libertad, 25 kilómetros al norte de Nebaj, era hace cuatro años todo de madera. Ahora está lleno de esas casas de bloque, aunque los más jóvenes, los que hace treinta años eran demasiado niños como para perder una casa propia y no han recibido ayuda del Estado, siguen viviendo entre tablones. Hablo de los jóvenes que se quedaron. En el centro de la comunidad hay una cuadrilla de obreros en un foso, levantando cimientos para la que será por mucho la casa más grande y moderna de La Libertad, de dos pisos y con instalación eléctrica completa. Es de una familia cuya hija migró a Estados Unidos.

Gaspar es un viejo bromista y de risa desdentada. Es de los pocos que habla español en la Libertad. Fue directivo de AJR pero poco antes del juicio delegó en otro vecino. Aun así, fue a testificar contra Ríos Montt y pasó semanas asistiendo día tras día a las audiencias. El día de la sentencia le vi sonreír por horas sin euforias, como quien ve un trabajo bien hecho. No había tenido oportunidad de hablar con él desde aquel día.

—¿Se sienten ustedes derrotados porque se anuló el juicio?
—¿Cómo vamos a estar débiles si pasamos lo que pasamos y sufrimos? Ellos tienen dinero y saben que nosotros somos pobres. Eso ha pasado. Pero todos los internacionales ya conocen los hechos. Todo el mundo sabe lo que Ríos Montt hizo. ¿Cómo vamos a estar débiles si ya fuimos dos veces al tribunal?

A veces es como irreal hablar con las víctimas que mantienen en pie la causa por genocidio. No hay en ellas resquicio para la derrota. Es como si midieran el éxito y sus plazos en un baremo distinto. En “Guatemala las líneas de su mano” Luis Cardoza y Aragón escribió que para los indígenas mayas el tiempo no existe. En el camino, Allen me ha dicho que la clave para entender a los ixiles es que no viven en ellos mismos sino en la comunidad, y por tanto su meta es el futuro de la comunidad, no el propio. Supongo que eso alimenta a un Gaspar que se muestra incombustible a sus 70 años.

—Siempre hay personas. Se desaniman. Pero no todos —dice Gaspar—. Los que damos testimonio sabemos que llegará el momento en que cambiemos la ley, en que cambiemos Guatemala. Porque aunque me quiten la vida esto no es para mí, es para Guatemala.
—¿Y qué dicen los jóvenes ixiles?
—Antes decían “no sabemos qué fue guerra, no sabemos qué pasó”. Pero ahora están sabiendo porque hay un libro de la sentencia. Eso ha servido. Los jóvenes saben ahora que no les mentíamos cuando les contamos qué pasó.

Gaspar me asegura que si se repite el juicio volverá a ir a testificar. A un lado suyo de pie, está Tomás Raimundo, que también dio su testimonio ante Yassmín Barrios. Al otro, como un Quijote flaco y oscuro, se para Francisco Matom. Solo habla ixil, pero con la ayuda de alguien más una vez me contó cómo vio arder el cadáver de su hermano en 1983, a la orilla de un camino. Como la mayoría de vecinos vive de sus cultivos y no falta nunca a una reunión en la que se hable del juicio, de movilizarse contra la explotación minera en la zona o de reparar la fuente. Le conozco como un hombre de ideas punzantes, de pocos rodeos:

—Ahora todos saben qué pasó —ha dicho—. Ahora hasta nuestros niños saben qué pasó. Y lo que pasó no se puede anular.
—Entonces —le pregunto de nuevo a don Gaspar—, ¿el juicio sirvió aunque lo anularan?
—¡Ay dios! El libro regó la verdad por toda Guatemala, no solo en Huehuetenango, no solo en el Quiché. Ya todo el mundo sabe cómo ocurrió todo, cómo fue el genocidio.
—¿Y si Ríos Montt muere antes de que lo condenen?
—Si muere sin el juicio, el mundo ya sabe lo que pasó y toda Guatemala deberá sentirse condenada.

Francisco usa otras palabras para expresar lo que queda, lo que ya nadie, aunque en ciudad de Guatemala se termine por archivar un proceso judicial, se destituya a una jueza o se sustituya a una Fiscal General, puede cambiar. Ajeno a los pulsos de poder, a los miedos de las élites a perder el control del país, Francisco se recuesta en la pared y emite su propia sentencia:

—Que yo me muera o Ríos Montt se muera ya no importa, porque está su familia, y está su historia, y está su conciencia.

En la cocina de una casa en Batey Cruz, a 50 y tantos kilómetros al sur de La Habana, un matrimonio cubano sostuvo un diálogo que difícilmente podrían olvidar.

—¿Irás a buscar los vegetales para preparar el almuerzo? –preguntó ella.
—No, no creo que comamos esos vegetales. Hoy mismo me tomarán preso –contestó él, José Ubaldo Izquierdo.

Eran las 11 de la mañana del miércoles 19 de marzo de 2003.

***

El aeropuerto de Pudahuel estaba particularmente frío la madrugada del 4 de agosto de 2010, cuando ocho cubanos atravesaron Policía Internacional hasta la comitiva de Cancillería y el senador DC Patricio Walker. Eran seis adultos, dos niños. Entre los primeros estaba José Ubaldo Izquierdo –hoy de 48 años–, uno de los 75 disidentes cubanos que en 2003 fueron tomados presos y sentenciados a 16 años de prisión por discrepar ideológicamente con el gobierno castrista.

Lo acompañaban su mujer Yamilka Morejón y sus tres hijos, Jennifer, Mari Karla y Alejandro. También sus suegros y un sobrino. El primer estrechón de manos fue entre José y el senador Walker, el anfitrión de aquel encuentro.

Luego, esa mañana, vino una conferencia de prensa. Mucho se sabía sobre el también cubano disidente Orlando Zapata y la huelga de hambre de 86 días que acabó con su vida el 23 de febrero de 2010. Muy poco, en cambio, sobre los presos que lo vieron consumirse. José fue uno de ellos.

***

Durante 18 años, José trabajó como almacenero, hasta que en 2002 fue despedido por razones políticas. Se sabía de su militancia en el Partido Liberal, contrario al oficialismo cubano. Pero ese mismo año, gracias a un programa de becas mediado por la Embajada de Suiza en La Habana, tomó un curso de Periodismo por internet en la Universidad Internacional de Florida. Así llegó a ser reportero en el Grupo de Trabajo Decoro, que alimenta al sitio de noticias Cubanet.org, administrado por detractores al gobierno y que viven en EE.UU.

Se dedicó a cubrir noticias en la ciudad de Güines, donde creció e hizo su vida con Yamilka, su segunda esposa y miembro de las Damas de Blanco, la agrupación femenina que lucha contra el encarcelamiento y la persecución política en la isla. Trabajando en la calle, José sólo reafirmó sus ideas y su descontento con la realidad cubana.

Pronto, su nombre ingresó a la lista de los rastreados por militares. José fue detenido cuatro veces en un año. Y luego, para la celebración del día de la Virgen de Santa Bárbara, el 4 de diciembre, en Güines fue embestido por la espalda por un automóvil de Seguridad Nacional mientras volvía a su casa. Más tarde, durante la noche, una lluvia de piedras cayó sobre su casa.

***

El 18 de marzo de 2003 corrió la noticia de que Fidel Castro había ordenado detener a varios disidentes. José sabía que lo buscarían.

Al día siguiente, su hermano Alejandro lo despertó. Por los alrededores se habían instalado motos de Seguridad Nacional montadas por militares. “Creo que te están vigilando”, le dijo. José lo ignoró. Se levantó y fue a la cocina. Fue entonces cuando su mujer le preguntó:

—¿Irás a buscar los vegetales para preparar el almuerzo?

José visitaría a un amigo agricultor esa mañana. Allí conseguía más alimentos, pues la cartilla de racionamiento mensual no le alcanzaba para alimentar las ocho bocas que comían en su mesa. Pero antes quiso llamar a La Habana para saber qué pasaba.

Cuando llegó al teléfono público del almacén, y antes de poder marcar, tres militares se le pusieron en frente. Fue esposado y detenido.

Desde marzo de 2003 hasta el día de su liberación, el 23 de julio de 2010, estuvo en varios calabozos e internado cinco meses en el Hospital Militar en La Habana por las úlceras y la gastritis crónica que lo afectan desde los 11 años.

En medio de los dolores de ese tiempo, si hay algo que José recuerda hoy con emoción, sentado en la terraza del supermercado en Las Condes donde trabaja como guardia y reponedor durante seis veces a la semana, es que durante su presidio se convirtió en padre por tercera vez. En una de las visitas conyugales a la cárcel, su mujer quedó embarazada de Mari Karla, hoy de siete años.

***

Su esposa es, según José, “la heroína de las mil batallas”. De no ser por ella, quizás la posibilidad de llegar a Chile ni siquiera hubiera existido. Su mujer, quien actualmente trabaja como vendedora en una zapatería en un mall en La Florida, pertenece a las Damas de Blanco y mientras José estuvo preso se contactó con varias embajadas tanteando opciones, hasta dar con la chilena.

A mediados de 2010, y cuando ya se rumoreaba que José sería liberado en La Habana y expulsado a España –tras varias interpelaciones de la Iglesia católica, lideradas por el Papa Benedicto XVI–, el senador Patricio Walker tomó contacto con la agrupación de mujeres cubanas. Habló con Yamilka, después con el canciller Alfredo Moreno, y luego, éste último con el presidente Sebastián Piñera. José se convertiría en el primer cubano refugiado político en Chile.

“El (Patricio Walker) conversó directamente con Berta Soler, líder de las Damas de Blanco. El sabía de mi caso y que yo era inocente. Le planteó la idea de refugiarme en Chile al presidente Piñera a través de la Cancillería. El accedió de inmediato, y todo el asunto se dio en solo unos días”.

***

Para cuando José y su familia arribaron a Chile desde España –adonde viajaron junto a otros 20 disidentes liberados el 23 de julio de 2010–, Soledad Alvear, Gutenberg Martínez, Patricio Walker, Ximena Rincón y la asistente social de la Fundación de Ayuda Social de Iglesias Cristianas (Fasic), Elizabeth San Martín, tenían todo listo para ellos. El mismo 4 de agosto, los cubanos fueron trasladados a la que sería su casa durante un año, subsidiada por el Estado, en Maipú.

Pero durante la primera semana en su nuevo hogar, José sintió un golpe en la puerta de entrada. Cuando la abrió, encontró un paquete de cera envuelto en llamas. Tras su denuncia, un vehículo de la PDI rondó la casa durante días.

“También ocurrió en otra ocasión: para la visita de Raúl Castro en enero del año pasado, varios compatriotas fuimos a expresarnos a Plaza Italia. Solo recibimos improperios. Lo mismo pasó cuando asistimos a un homenaje en memoria de Orlando Zapata. Sabemos que fueron militantes del Partido Comunista”, comenta.

A pesar de esos episodios, la nueva vida iba bien. Desde su llegada y por un año, recibió $800 mensuales para gastos, además de asistencia médica gratuita en el Hospital San Alberto Hurtado, matrículas para sus dos hijas en el colegio Hermanas de la Providencia de Maipú y asesoría para obtener la visa permanente de residencia definitiva en el país, la que obtuvo un par de meses después. Todo corría por cuenta de Cancillería y Fasic.

Con el tiempo, y tras encontrar su primer trabajo como reportero en una radio en Isla de Maipo, José y su familia comenzaron a disfrutar de la nueva vida: internet, tv cable, el metro, restaurantes buffet, el supermercado.

Algún día, dice José, le gustaría militar en la DC, pues mantiene estrechas relaciones con Patricio Walker y Soledad Alvear. Con ellos se reúne a veces a tomar un café, a conversar, a discutir política. Cuenta que les ha dicho que no le parece la alianza con el Partido Comunista en el pacto Nueva Mayoría. Y que tampoco le gusta Michelle Bachelet.

—¿Cómo te defines políticamente?
—Soy anticomunista y anticastrista. Y una cosa tiene que ver con la otra, irremediablemente. Fidel Castro traicionó al pueblo cubano, porque cuando triunfa
la Revolución y se logra sacar una dictadura del poder, él instaura otra.
—¿Volverías a Cuba?
—Una de las cosas que más extraño de Cuba es a mi madre. Ella no quiso venir, tiene 86 años, está muy anciana. Quiere morir allá. De todos modos, pude tenerla conmigo para el Día de la Madre este año. Juntamos unos pesos con mi mujer y la trajimos.

Esa tarde celebraron a la chilena. Asado, ensaladas, incluso vino. Los vecinos de su nueva casa, en la avenida Pajaritos, dicen que José se ha convertido en un pequeño oasis cubano de rumba y danzón entre tanto reggaetón y bachatas del barrio. Por las ventanas se oye la música, y desde la cocina se cuela el aroma de la comida de la isla. Quien pasa y se acerca, puede notar también esa especie de santería presente en el lugar, donde permanece la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, la misma a la que le rezaba durante los ocho años más difíciles de su vida. De una de las paredes del living, como es tradición, cuelga una bandera cubana. Esta vez junto a una chilena, bajo la foto presidencial.

Es invierno y llueve como sabe llover a 515 kilómetros de la capital, hacia el sur, allá donde desemboca el Bío-Bío. Sobre el techo de una casona gótica con arcos de esos ojivales y ventanas que parecen querer llegar al cielo, cuatro niños corren alegres, sacudiéndose la tarde gris. Es sábado en provincia y tienen prohibido ver televisión. Abajo, en la angosta calle del centro penquista, no se ve un alma. De pronto, un ruido detiene el juego de los hermanos que enmudecen y abren los ojos para mirarse asustados. Un pedazo de muro de la casona de Angol 455 acaba de aterrizar estrepitosamente, haciéndose pedazos, en el corazón del patio de un edificio aledaño, sobre un improvisado gallinero. A continuación, los pasos de la vecina, que apurada sale a ver qué está ocurriendo en su propiedad y luego sus palabras. Bernardo, Pedro, Patricio y Benjamín, entre los 15 y los 9 años, entran rápidamente a sus dormitorios mientras la escuchan gritar.

—¡Canutos tenían que ser! ¡Voy a llamar a los pacos!

Cuando Bernardo Navia Olmedo, pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, se enteró de lo que sus hijos habían hecho el sagrado día de descanso, bajó los párpados y levantó las manos como invocando a Dios. Luego de un par de segundos, terminó tirándose con fuerza algunos mechones de esa abundante cabellera que lo seguiría acompañando aún 30 años después y volvió a la nave para dar el sermón y esperar la salida de la primera estrella. Al terminar la jornada se despidió cordialmente de los feligreses y subió los peldaños de a dos (el templo funcionaba en el primer piso y él y su familia vivían en el tercero). Llegó directo a contárselo a Marta Lucero Bustos. Ella, como siempre desde que a los 18 años se había convertido en su mujer, lo apaciguó y, una vez más, en silencio, él agradeció hacia arriba por tenerla a su lado. Juntos, esa misma noche, después del tiempo dedicado a diario al culto (a comprender, memorizar, cantar y recitar la Biblia), hablaron con los niños. Y uno de ellos preguntó lo que los cuatro querían saber. ¿Por qué canutos? Entonces Marta, una morena de perfecta belleza chilena y apenas 34 años, se acomodó en el sillón y los miró con esos mismos ojos, oscuros como la noche, que les heredó a tres de los cuatro. Y con voz melodiosa, sabia y consciente de la atención que estaba recibiendo de sus inquietos hombrecitos, les explicó por qué. Por qué a ellos, los Navia Lucero, que no iban a la iglesia los domingos pero sí cuatro veces por semana, que no creían en la santidad de la virgen María ni en el Papa como representante de Dios en la tierra, que empezaban el sábado a las nueve de la mañana en la iglesia rezando, que seguían las reglas alimenticias del Antiguo Testamento y no comían cerdo ni mariscos ni animales que no rumiaran o no tuvieran la pezuña partida, que no mezclaban carne con leche, que no bebían alcohol ni fumaban, por qué les decían así, canutos.

—Canuto. Fue la primera vez que escuché el término. Y me gustó. Ese insulto se convirtió en una oportunidad para comenzar a definir una identidad –escribiría a Y son ﷽﷽medoo Navia Olmedo, ante de Dios en la tierras, que no crelos 9 añosl templo, y contellera que lo segurños después de ese sábado gris de 1981, el tercero de los cuatro niños, Patricio Navia Lucero.

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Red Social Twitter, noviembre 20, 2012.

@xhinzpeterk: ¿Dónde te escribo?

@patricionavia: Hay un buscador que se llama Google. Pones mi nombre y sale todo. Deberías usarlo

Navia envió su primer correo electrónico en la ciudad de Chicago el año 1988 y tiene página web desde 1995. Desde entonces, sus palabras, inalteradas, se acumulan en el ciberespacio, del que es un fan. Husmeando su cuenta de Twitter respiré aliviada, sí, me había tratado bien cuando le dio por recomendarme, con una carita feliz, usar Google. Un alumno de Periodismo de la Diego Portales le pidió su correo (tal como había hecho yo) y él preguntó: “¿Para qué estudias Periodismo si no sabes buscar un email en Google?”.

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Era el último jueves del mes de abril, estaban a punto de dar las 5 de una tarde soleada y Patricio Navia entra a un Starbucks, atestado de estudiantes, uno que está dentro de la universidad, enfrente de la librería Ulises.

—La UDI no ha salido a convencer … que el aborto es malo… la píldora del día después… hay que ir a misa… La gente de los sectores populares, que se dicen UDI, no sabe muy bien de lo que se trata la UDI… La UDI saca más votos que RN pero tiene menos simpatizantes.

—No escucho lo que me dices, Pato –me saco uno de mis audífonos y se lo muestro, supongo que con cara de autocompasión–. Hay mucho ruido aquí.

Sin interesarse por mi hipoacusia, si darme siquiera una segunda mirada, me invita a su oficina. Pero no vamos a su oficina sino a una sala de reuniones y nos sentamos uno frente al otro, con una mesa para 10 personas entre medio y nadie en la cabecera. Tiene su espalda pegada a la silla, los brazos cruzados, las piernas cruzadas y está texting en su Samsung. Sí, se puede hacer todo eso simultáneamente. ¿Con quién textea? ¿Hay alguien al otro lado del teléfono a quien debiera considerar mi enemigo y que está teniendo éxito en lograr que Patricio Daniel se comporte como si yo tuviera una enfermedad contagiosa?

Ya. Deja de usar sus pulgares en el teclado y sin descruzar ninguna extremidad, me mira. Lo más lindo que lleva puesto es una argolla de matrimonio, plana y ancha trabajada en oro blanco. Aparte de eso, podría ser un oficinista en trámites por el centro de Santiago. Él lo sabe. Lo mío no es ser fashion, dijo una vez, la ropa no me interesa.

—¿Pasas mucho tiempo en Nueva York?
—Buena parte del año académico, que va de septiembre a diciembre y después de fines de enero a comienzos de mayo. Llegué ayer.
—Estás cansado.
—No, para nada.
—¿Y dónde te quedas allá?
—Eso no va a ser parte de la entrevista, ¿no?
—… bueno, si… si tú no quieres… no.
—No me interesa hablar de mi vida privada en una entrevista.

Está serio, los ojos no se le achinan así tan coquetos como se le ponen cuando sonríe (eso lo supe después). La cejas tupidas acentúan una severidad exagerada en su rostro, que es naturalmente bonachón. Hay algo impostado. Creo que estoy levemente ruborizada y si él lo nota, lo disimula bien. Observa el papel donde escribo, como tratando de leer cada vez que anoto algo.

—El gobierno de Sebastián Piñera tenía un relato, que era vamos a ser más eficientes. Ese relato tuvo dos problemas. Uno, la lentitud de la reconstrucción, las malas políticas, los nombramientos de gente con conflictos de interés, etcétera. Dos, el gobierno se confundió con el rescate de los mineros. El presidente quiso ser más popular que Bachelet y compitió en popularidad, no en eficiencia. La percepción que tenía la gente de él era que trataba de meterse en todo y quería caer bien, se ponía a contar estos chistes, y decía cosas que eran abiertamente desubicadas, ofendiendo a sus colaboradores, como cuando Juan Andrés Fontaine dejó el gabinete no dijo su nombre correctamente. Acaba de ser tu ministro por un tiempo, no tuvo fines de semana y ¿tú ni siquiera sabes su nombre? O con Joaquín Lavín cuando le dijo bueno, ministro, finalmente usted llega a La Moneda. Mal gusto.

Cuando ya ha dejado de apretarse a la silla o espiar mis apuntes, se levanta y sirve un vaso de Coca light, para él. Habla poco más antes de decir tenemos que terminar, tengo una reunión a las seis.

***

Bernardo Navia Olmedo se acercó a la estantería y paseó la vista por los libros de su casa. Teología, Historia, Ciencias. De novelas, nada; lo mundanal había que mantenerlo alejado de la familia. Su mano se acercó para alcanzar La Bella Historia de la Biblia, la rozó y a último momento, cambió de opinión. Tomó uno de los 20 tomos de esa clásica enciclopedia infantil que, editada la primera mitad del siglo XX, le daba plena confianza. Ahí mismo, de pie, abrió un tomo de El Tesoro de la Juventud y comenzó a hojearlo. Los niños fueron llegando de a uno, sin necesidad de ser llamados. Lo que más les gustaba era “El libro de los Por qué” y Bernardo lo tenía entre sus manos. “¿Por qué no canta la gallina como el gallo?” “¿Por qué no se mezcla el aceite con el agua?” Nadie iba a explicarle cómo despertar la curiosidad en sus hijos. Lo había ido haciendo prácticamente desde que nacieron y tan seguro estaba de saber estimular en ellos el amor por el conocimiento que si alguien, en los años ochenta, cuando la familia aún vivía en provincia, al sur de la capital, le hubiera dicho que sus cuatro vástagos llegarían a ser doctorados en el hemisferio norte, probablemente, Navia Olmedo no se hubiera mostrado sorprendido.

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Todos los correos electrónicos de Patricio Navia tienen tres características fijas. Dos direcciones: 726 Broadway, Room 666 y Ejército 333, Segundo Piso. Y también (last but not least, como diría él) una discreta D. junto a su nombre, una letra que su dueño no olvida, porque lo enorgullece. Patricio D. Navia. ¿D de qué?

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Después de ese primer encuentro, enfrentada a tener que encontrar a Navia fuera de sí mismo, me acordé de su sugerencia, Google. Durante varios días pasé varias horas cada día revisando su millón y medio de menciones en el buscador (como referencias, el periodista Mirko Macari llega a las 55,000; mi hermano Rodrigo, el ministro, casi 800,000; y Cecilia Bolocco, 470,000).

Que no le interesa hablar de su vida en una entrevista, eso me había dicho. Google no me repitió lo mimo. Navia se dice “tradicional” y aunque se casó pasados los 40, nunca estuvo dentro de sus posibilidades una mujer ya madre. “Estar con alguien con hijos es como llegar a un proyecto ya empezado. No me parece particularmente atractivo”. Navia, “entre una cita a ciegas y una invitación a cenar de Piñera o de Insulza” prefiere “–por lejos– ir a cenar con uno de ellos”. Navia encuentra rica a la actriz Paz Bascuñán. Navia se considera tan mañoso como Jack Nicholson en “Mejor Imposible”. A Navia le “revienta el 11 de septiembre”. Navia es fanático del chocolate, los donuts y también los Barros Luco del Liguria. Navia cocina pancakes, detesta las betarragas y a los que creen que Arjona hace buena poesía. Navia hace zapping. Navia estuvo en Las Malvinas y sintió que llegaba al “lugar más parecido al fin del mundo”. Navia se sube a un avión y lo “conoce mucho más la gente en business que en clase económica”. Navia rara vez se siente solo: “Me caigo bien y, además, tengo mi ipod”. Navia tuvo muchas novias antes de su esposa Macarena. Navia le recitó a su novia Carolina, mientras comían en Buenos Aires (Puerto Madero), un poema de Pablo Neruda. Navia escuchó a Mayra decirle que lo amaba una noche en un concierto de Alvaro Scaramelli. Navia se enamoró perdidamente de Eva pero “¿qué se le puede decir si nunca leyó Boquitas Pintadas de Puig o Cien años de soledad?”. Navia estuvo con Claudia “en la Plaza de la Constitución cuando caía el sol y esperaba la llegada del primer socialista desde el bombardeo a La Moneda”. “Ahora invadí para siempre tu memoria –le dijo–: o te casas conmigo o este momento quedará marcado por mi incómoda presencia”. Navia es hincha del Colocolo. Navia piensa que “da lo mismo si la educación es pública o privada, en tanto sea buena”. Navia tiene un anhelo profesional: que sus alumnos digan “a mí me formcil, sueño, dolor de rodillas, reumatismos varios, dolor de ojosrespiraci/de sexo Juanita”ida del Cristo. n su hogar y el colegó Navia”. Navia es considerado por sus alumnos de NYU como un gran tipo con sentido del humor cuyo ramo es fácil porque da muchas oportunidades y solo hace pruebas para la casa, además falta mucho, nada parece importarle mucho y está en la clase como si fuera el último lugar donde quisiera estar. Navia, como buen adventista del séptimo día, admira a EEUU y le gustan los brunch y estar en Nueva York un sábado en la noche para ver en televisión Saturday Night Live. Navia se acaba de casar, hizo un matrimonio religioso con fiesta en el Castillo Hidalgo. Navia, en la primera vuelta presidencial del 2010, apoyó a Marco Enriquez-Ominami, le donó 1.2 millones de pesos y escribió El Díscolo, un libro de entrevistas a Marco. Navia es un artista de las comparaciones: MEO es el hijo ilegítimo de Bachelet y el Viagra de la Concertación, la extrema desigualdad equivale al colesterol malo, Lagos es al sushi y al carmenere como la revolución a las empanadas y al vino tinto.

Con todos estos regalos de Google iba a tratar de entender a Navia y escribir lo que había logrado entender, que es lo que siempre trato de hacer. izña alguien hablaba castellano.olamente,e de 1987. Chicago suburbunao. escribirlo. zador y mujeriego. as mujerdan para lleve moDespués pensé que era mejor mandarle un mail, quejarme, no sé ¡algo! Pero se me apareció el orgullo y no lo hice. Me fui en cambio a ver a gente que lo conociera. Y en eso estaba cuando él se enteró. Por la Carola, su amiga y mi conocida. A la Carola le escribí un mensaje para ver si podíamos hablar de Navia. Y ella, como lo quiere mucho, corrió a contárselo. De esa manera, sin pretenderlo, le despertó el ánimo, la ansiedad, quizá qué y me escribió, él, desde Nueva York bastante preocupado y apurado y entre clase y clase acordamos (“para chequear datos”, dijo) nuestro segundo encuentro, esta vez un domingo en un café de Isidora Goyenechea.

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No hay nada perfecto en la vida pero creo que Marco Enríquez-Ominami puede ser el único presidente capaz de negociar con la Alianza y con la Concertación y además, el recambio es fundamental. Cuando escucho a Bachelet que dice yo tuve que venir porque no hubo recambio. Fíjese que si usted no hubiera venido, habría habido. El mundo sigue existiendo si nosotros no estamos. Bachelet es un poco como esas mamás que dicen yo creo que los hijos se tienen que ir de la casa pero igual les siguen cocinando, les hacen la cama… tu hijo no se va a ir de la casa hasta que no le digas ándate de la casa.

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—¿Cómo sabes tanto?
—¿Cómo sé qué?
—Las cosas que escribes.
—Porque los medios publican cosas.
—Pero tú sabes más que los medios.
—No. La información es toda de los medios.
—¿Si?
—Sí –hace una pausa– si yo paso harto en Nueva York y además acá no salgo en las páginas sociales, no voy a ese tipo de eventos… leo periódicos.
—Yo también leo periódicos –claramente no de la misma manera, mejor cambiamos de tema, pienso–. Y para este gobierno, cuéntame, ¿hiciste algo remunerado?
—Nada. Pero varios ministros me han invitado a almorzar y me he juntado y algunos me llaman por teléfono y hablo con ellos y con candidatos presidenciales que quieren conversar conmigo. Me gusta escucharlos, ver su lenguaje corporal, entender cómo están interpretando lo que pasa. Eso me permite escribir y hacer mejor análisis de todo.
—Claaaro, por eso sabe cosas, ¿era tan difícil la respuesta?

Navia es Bachelor, Master y Doctor. Es decir, al menos 10 años de estudios superiores. Ha sido profesor visitante en importantes universidades, ha publicado papers en journals de prestigio. Es Master Teacher of Global Studies en el Liberal Studies Program de la Universidad de Nueva York y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de la misma NYU. En Chile, es profesor en la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad Diego Portales y Director del Magister en Opinión Pública de esa casa de estudios.

“Yo soy un académico”, dice él, aunque su vida mediática sea tanto o más intensa que su vida universitaria. Ha escrito seis libros sobre el Chile actual, varios best sellers. Es columnista de La Tercera, Qué Pasa, Buenos Aires Herald, Infolatam.com y ha sido columnista en las revistas Poder y Capital en Chile y escritor invitado en revista Letras Libres de México, Etiqueta Negra de Perú. En el país es entrevistado “crónico” en televisión abierta y radio.

“Es que Navia es muy trabajólico. Él está siempre disponible, dispuesto y conectado” me cuenta una periodista. “Le pides urgente una columna de un tema y en un par de horas te la manda, es original y está bien escrita.”

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—Sebastián Piñera no pudo finalmente con su personalidad. Él tiene mayor inteligencia que varios de los presidentes anteriores, juntos incluso. Pero lo superó su inteligencia, no armó buenos equipos, no les dejó espacio a sus ministros para que brillaran y termina como el presidente más impopular en la historia de la democracia chilena post 1990.

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Patricio tenía poco más de 17 años cuando Bernardo le pidió que lo acompañara. Era el otoño de 1987 y llevaban un mes intentando armar sus vidas en el Chicago suburbano, donde entraron a una compraventa de autos. Quizá alguien hable castellano, pensaron en silencio tanto el padre como el hijo. Después de todo, los latinos en Estados Unidos tendrían algunos años después la costumbre de alejarse de las grandes ciudades en pos de la tranquilidad y los mejores precios de los suburbios. Pero a fines de los 80, eso aún no ocurría y en el local de automóviles, “just speak english” . El padre sabía que sería inútil intentar comprender y le pidió al hijo que le tradujera. El hijo entendía un treinta por ciento de lo que el vendedor decía pero no echó pie atrás. Se hizo responsable y compraron un Chevrolet Cavallier café y nuevo que transportó por años fielmente a la familia. Patricio dirá después que Estados Unidos lo obligó a crecer y rápido porque no es simple ser uno el que ayuda a su padre, no, a esa edad, que tu padre se apoye en ti.

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A las seis de la tarde de un frío y oscuro domingo de invierno, Patricio Navia abre la puerta vidriada de la cafetería Juan Valdez. Viene llegando de pasar unos días en Italia con su mujer. Camina directo hacia la fila donde se compra. Yo estoy sentada pellizcando una medialuna cuando pasa por mi lado sin verme. Lleva puesto un abrigo negro, jeans y el diario El Mercurio enrollado bajo el brazo. Lo saludo con la mano desde mi mesa y se acerca de inmediato. Me da un beso en la mejilla y siento su piel fría, debe haber caminado desde su casa, entiendo que un departamento en El Golf.

—¿Quieres otro café?
—No gracias, estoy recién comenzando éste –digo, dándome cuenta lo afable que ha llegado.

Vuelve a hacer la fila, que es larga. Por la ventana, las luces encendidas de los autos que pasan por Isidora Goyenecha. Adentro está tibio. Hay parejas jóvenes, guaguas en coches, familias. Navia se sienta con su café, acomoda el abrigo sobre una silla y me sonríe con su chaleco Lacoste.

—Siempre me olvido de esta demora, hay que juntarse en los lugares donde te sirvan el café. Debería ser más rápido pero en Chile, que la mano de obra es barata e ineficiente, uno se demora más en un Starbucks que en el Tavelli, así que mis disculpas –me mira sonriendo. Me hubieras dicho que estabas haciendo un perfil, no habríamos perdido tiempo la otra vez hablando de política. Prefiero no hablar de mi vida privada… pero si vas a hacer un perfil.
—Te he estado googleando, hasta fui a tu matrimonio, está el video…
—Sí, se supone, no sé.
—También están tus poemas, tus crónicas… son bien personales.
—¿Por qué las voy a sacar? O sea, es como andar escondiéndose…. cuando Andrés Velasco se hizo ministro de Hacienda, bajó todas sus columnas de su página web y yo le dije ¡eso es ser maricón, es ser cobarde!

Hubiéramos salido a caminar
todos los domingos.
Y aquí estoy,
teléfono en mano,
sin atreverme a llamar.
Entonces a lo mejor
me vendrás a buscar llorando
a hablarme de la lluvia.

No cumplió uno de sus objetivos El Tesoro de la Juventud, si leyéndoselos a sus hijos Bernardo Navia Olmedo persiguió que fueran, eufemísticamente hablando, digamos… de espíritu más bien templado. Al menos no con Patricio. La enciclopedia es tan púdica que la palabra sexo no figura en su extenso índice y, no obstante, Navia, como podría decir Luis Miguel, se entregó al amor.

El desamor se manifiesta
en dolorosa y tediosa pérdida del sueño
desaparición absoluta del apetito sexual
interrumpida a veces por pasionales noches
de sexo desenfrenado.

Navia también escribió que un viernes de diciembre, una calurosa noche de 1999, en el Liguria, apareció una “gordita terriblemente cachonda” y él se entusiasmó. Le “calentaban sus enormes tetas y su gigantesco culo” y pensó “sería maravilloso echarme un polvo con una mina así”. Y otra noche, en un “pequeño restaurante ubicado a un costado del Parque Forestal”, en la despedida de soltero de “uno de los solteros más codiciados del jet set de la capital chilena”, se quedó “atontado, junto a los demás, mirando los hermosos culos de Francisca y Beatriz”. “¿Me vas a dar tu teléfono?, me preguntó Beatriz mientras apretaba sus nalgas contra mis pantalones y yo dividía mis manos entre sus muslos, su vientre y el inicio de sus vellos. Mi teléfono, mi dirección, lo que quieras, le dije… la tenía agarrada de la cintura, con una mano tocando los tirantes de su g-string, la otra jugando con el inicio blando de sus tetas y mi pene erecto apretándole el ombligo”.

***

Navia es una celebridad en Twitter. Según Bertoni, Claudio, el poeta de Concón, ser famoso en Twitter es como ser millonario en el Metrópolis. Puede ser, pero Navia tiene 148,000 seguidores y un impostor, Duck Navia, seguido por 5,800 personas, entre las cuales está Navia original, que hasta lo retwittea. Ni él ni yo sabemos quién es pero lo que hace esta copia es reírse, como muchos, de la costumbre de Patricio de decir palabras en inglés mientras habla español.

—Hablar en dos idiomas es inevitable para mí, no es chiste. Dicen que es cursi o siútico y eso que la gente que habla inglés y español en Estados Unidos es el Bronx, es Brooklyn. Si fueras siútico hablarías solo español o solo inglés.

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La primera y más fuerte influencia a la que Patricio Navia Lucero estuvo expuesto 6,325 días con sus noches, fue la religión. Llegó a este mundo en la ciudad de Lima, un 19 de mayo de 1970, mientras su padre estudiaba en un seminario para ser pastor. Para él, hasta poco después de cumplidos los 17 años, el mundo fue la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Creció con la certeza de que Jesús iba a volver muy pronto y nunca fue a un colegio que no fuera adventista hasta septiembre de 1987, cuando tenía 17 años y 4 meses y se había convertido en inmigrante latino. También hasta ese momento asistió a la iglesia cuatro veces por semana. Y hoy, a sus 43 años, trata de no tomar alcohol frente a sus padres y cuando está de visita en su casa un sábado, no enciende la televisión. Y aunque diga “me considero agnóstico pero creo que no es un tema que tenga muy desarrollado” o “la fe” –que reconoce haber tenido de niño– “para mí es como las páginas de la hípica del diario, me las salto pero no quiero que las saquen”, en el fondo, es “canuto a mucha honra” como le dijo a un amigo hace ya muchos años cuando le preguntó por qué no iba a ver al papa Juan Pablo II a Talcahuano, en el marco de su visita a Chile.

La tarde de nuestro primer encuentro la prensa nacional estaba agitada. Se había conocido hacía pocas horas el fallo de la Corte Suprema que condenó a Cencosud a pagar 70 millones de dólares a los clientes de la tarjeta Jumbo Más para devolverles dinero que se les había cobrado ilegal y abusivamente (aumentando la comisión de mantención de la tarjeta) el 2006 cuando el, en ese momento, candidato presidencial de la UDI, Laurence Golborne, era el gerente general de la empresa de retail. ¿Supo Golborne, no supo, hasta dónde supo, para qué le pega Allamand si la oposición le va a pegar, irá a seguir de candidato? Navia quiso hablarme del tema. A él la actualidad lo convoca lo exalta lo toma lo sostiene lo abduce le anuncia lo abraza le susurra. ¿Me despachó por aburrida porque no me interesa la contingencia? ¿Texteaba sobre el fallo de Cencosud? ¿Inventó que tenía una reunión para irse a hablar con gente más interesante? Sí. Quizá sí. Pero, y de esto estoy segura, no fue solamente eso. Partió defendido, no quiso mostrarme su oficina (cuando he visto fotos publicadas del departamento donde vive, con piso de madera y sofás blancos en El Golf) y además, tal vez, estaba en su cabeza una idea de mí que… bueno, cuando me iba yendo espetó como sin darle mayor importancia.

—Espero que no haya sido una perdida de tiempo para ti.
—¿Por qué dices eso?
—Después de la entrevista que le hiciste a Parisi… lo mataste a Parisi, lo mataste con tu entrevista.

Yo no inventé lo que dijo el candidato iba a decirle, pero se fue antes de que alcanzara.

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José Miguel Insulza, cuando era ministro del Interior, me pidió que viniera. Yo vivía en Nueva York y hacía mi doctorado. Quería un estudio sobre sistemas electorales y le hice una recomendación. Él dio varias entrevistas, incluso recientemente, y dijo que favorece un sistema uninominal. Creo haber logrado convencerlo que de que es la mejor salida para Chile. El voto legislativo hoy es un voto perdido, no tiene ningún efecto en la forma cómo se distribuyen los escaños. Lo malo del binominal es que inhibe la competencia y necesitamos un sistema que la promueva. Y si quieres más competencia, tienes que tener un sistema uninominal, como el que existe en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos o en Chile en las elecciones municipales. Se escoge un alcalde por comuna. Podríamos tener 120 distritos en Chile, un diputado por cada distrito.

***

Patricio ha comenzado a empinarse en la adolescencia. Lleva puesto el uniforme de colegio (pantalón gris y camisa celeste) y está recostado sobre su cama de una plaza con la Biblia entre las manos. Lee, aprovechando su habitación para él solo (el Nano no ha llegado). Son las ocho y media de la noche y, desde la sala, traspasa la puerta cerrada una música que conoce bien, porque todos los días la escucha a la misma hora. Se distrae, aunque está en medio del capítulo que se convertiría en su historia preferida de su libro preferido, el del profeta Daniel, su ídolo de la Biblia. Libro que fue incentivado a leer en razón de su segundo nombre, Daniel. Libro del que llegaría a recitar párrafos enteros de memoria, incluso años después de no haberlo vuelto a abrir. “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo…”. Termina la música del noticiario de Televisión Nacional, el canal público que omite información sobre cualquier protesta contra la dictadura, y se escucha la voz de un joven Raúl Matas: Bienvenidos a una nueva edición de 60 minutos, un mundo de noticias con las noticias del mundo. Patricio camina en silencio hasta la sala, se desplaza como guiado por una fuerza mayor, a sentarse junto a su padre y mirar la pantalla. No es una escena extraordinaria en casa de los Navia Lucero. Una feroz hambruna azota Etiopía; en India, la primera ministra, Indira Gandhi, muere asesinada; España, huracán alcanza las costas de Galicia dejando pérdidas por… En esta casa se ven noticias. Existe el interés de seguir día a día el acontecer noticioso porque hay que leer las señales que anunciarán el fin, ese fin–comienzo que se espera con ansias. Porque la llegada de Jesús estará antecedida por tiempos malos, el apocalipsis, angustias, catástrofes, humanas y naturales. Malas noticias que son, en definitiva, buenas nuevas para los 17 millones de adventistas del mundo porque son signos de que el segundo advenimiento, la hora del juicio final, el Cielo y la Tierra Prometida para unos y el Infierno para otros, se acercan.

—El profeta Daniel destaca por su sabiduría, por revelar misterios y aconsejar a los poderosos. Daniel decía lo que pensaba, o sea, predicaba, o sea, escribía columnas… y hacía lo correcto, aunque lo mandaran al foso de los leones. Por eso a mi padre le hace mucha lógica que yo escriba columnas políticas, es como el rol del profeta. Vienes y le cuentas a los políticos lo que tienen que hacer, lo que es bueno y lo que es malo –diría Patricio ya crecido cuando se sintiera en confianza.

Pero Daniel no debe ser el único profeta que dejó su marca en Navia. Un básico leído en los colegios adventistas a los que él asistió es Ellen de White, cofundadora del adventismo en Estados Unidos a mediados del silo 19. Para los no creyentes es una epiléptica del lóbulo frontal y para los creyentes tenía el don de la profecía y la divulgó en artículos periodísticos y libros. Es que el adventismo siempre ha estado a la vanguardia de la evangelización a través de los medios. La iglesia cuenta con canales de televisión que operan internacionalmente transmitiendo las 24 horas del día y una radio que emite más de 1,000 horas a la semana en 70 idiomas. Incluso sermones adventistas en chino mandarín se pueden encontrar.

No es extraño entonces que del seno de ese culto adventista puro surja Patricio Daniel Navia Lucero, el cientista político, profesor, columnista, escritor, conferencista con un pie en Chile y otro en Estados Unidos. En su infancia observante se tornaría robusta esa sintonía fina que, de mayor, exudaría con la contingencia; ese entusiasmo por entender el mundo y su devenir; ese ingenio para aventurar más allá de lo que se ve y esa omnipresencia en medios escritos, televisivos, radiales, librescos, con los que el niño provinciano de ojos oscuros como la noche, el tercer hijo del pastor Bernardo, se ganaría la vida de adulto.

***

En casa de los Navia Lucero no se hablaba de política, aunque en el aire se respiraba ese profundo anticomunismo consuetudinario a los hogares de fe protestante. En la práctica, los adventistas del país vieron con beneplácito la dictadura del general Augusto Pinochet. De hecho, los recuerdos familiares indican que la señora Marta, aunque ella aún lo niegue tajante, se levantó al alba el jueves 11 de septiembre de 1980 y fue a dar su voto, igual que más de 4 millones de chilenos, a la opción Sí. El Sí ganó en el plebiscito de ese día, cerrando la posibilidad inmediata de elecciones abiertas, aprobando una nueva constitución y confirmando en el cargo de presidente a Augusto Pinochet por 9 años más.

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Me duele la guata que el Partido Comunista defienda las dictaduras en Corea del Norte, en Cuba, considerando todo lo que pasó aquí. Pero eso sería casi secundario. Mi principal diferencia es que cree en un modelo que no funciona. Las economías de mercado funcionan mejor que las economías estatizadas y no me da vergüenza decirlo, la evidencia es concluyente. Hay buenas economías de mercado y hay malas economías de mercado, en Chile necesitamos mejorar la nuestra. El Partido Comunista se acostumbró al poder, le gustó estar en el Congreso, quiere aumentar su presencia, está más que dispuesto a hacer un montón de concesiones con tal de tener espacios de poder y es perfectamente razonable porque además sabe, cómo sabemos todos los que miramos datos, que los chilenos no quieren destruir el modelo. Quieren que Cencosud no abuse de ellos, pero no que se eliminen las tarjetas de crédito, no quieren tarjetas de racionamiento entregadas por el Comité Central del Partido Comunista. Quieren ser parte de la fiesta, entrar a la Tierra Prometida finalmente y dejar de mirarla desde el frente. Por eso, cuando vienen otros y les dicen, miren, hay otra Tierra Prometida, bolivariana, mucho más allá, sigamos caminando por el desierto, éste pueblo escogido que ya caminó por el desierto dice no, la Tierra Prometida está aquí, al frente, la estoy mirando, lo que quiero son candidatos que me construyan puentes de tal forma que yo, o al menos mis hijos, puedan llegar a esa Tierra Prometida. Eso es lo que está pidiendo el electorado.

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Es domingo por la mañana en Temuco y la familia sigue compartiendo en la mesa, donde acaban de desayunar. El padre, Bernardo Navia Olmedo, ha traído de su velador la radio Made in China que compró hace algunos años en la Zona Franca, el tiempo que vivieron en Punta Arenas. Marta Lucero Bustos, la madre, lleva una pechera de delantal sobre la falda y levanta platos y tazas con la destreza de quien está acostumbrada a hacerlo, rápida limpia las migas del mantel y echa a cocer unas papas para el almuerzo. No lava la loza sucia, la deja apilada en el lavaplatos para después porque ahora se apura y se seca las manos en la pechera que deja colgando en el gancho y con las manos se arregla la melena café intenso que ni pasados los 60 años necesitará tintura y vuelve para sentarse junto a sus hijos y su marido. Suenan trompetas, el tono es abierta y rotundamente teatral

—Tu-tu-tu-tut-tu-tuuuu. Tu-tu-tu-tut-tutuuuu…

La cocina de los Navia Lucero, seguramente igual que muchas otras en cualquiera de los 35 países de habla hispana hasta donde llega el programa de radio patrocinado por la Iglesia Adventista del Séptimo Día, se llena de un canto de voces de hombre, gruesas y moduladas que toda la familia, los seis integrantes, acompañan.

—Son de trompetas que anuuuncian la luuuz… Cristo muy proooonto vendráááá…

Son Los Heraldos del Rey, un cuarteto con aires de góspel y música a capella, que nació a fines del 20 en California al amparo de un exitoso programa radial adventista que se llamó, en un principio, La Voz de la Profecía. Reemplazando integrantes, aún hoy se mantienen vigentes.

La música en la cocina de Temuco sigue hasta que el cántico cesa y el doctor Milton Peverini, un uruguayo crecido en Argentina, abogado, consejero juvenil y educador, habla y lo hace con ese español sin acento (como si no fuera de ningún país) igual al que desarrollaría el tercer hijo, Patricio.

—Escuchan ustedes el programa mundial… ¡La Voz de la Esperanza! que proclama un mensaje cristiano de paz, de seguridad… ¡y de amooor!

Las voces regresan.

—Cristo muy prontoooo, vendráááá…

Empieza a bajar la música y Peverini vuelve a hablar. Lo hace como un adulto que lee con cariño a un niño. Cuenta la historia de dos bebes cambiados al nacer por error y cómo la verdad llega quince años después cuando la grave enfermedad de uno de los niños conduce a su familia a hacerse pruebas de compatibilidad que certifican lo que hasta ese minuto era impensado para todos y…

Peverini maneja con oficio los hilos que hacen la entretención, administra el tono, crea pausas, genera expectación, atrapa. Todos los Navia Lucero están absortos en la narración, el silencio baña su cocina como todos los domingos. También hay palabras de reflexión.

—Este mundo se halla sumido en un terrible y profundo abismo –Peverini se ha puesto muy serio. Este mundo se encuentra abrumado por una oscuridad aún más densa que la que existe en el fondo del mar o en las entrañas de la tierra. El crimen y el odio se han desatado sobre la faz del planeta.

Y así sigue Peverini hasta que dan ganas de gritar de miedo por “las fuerzas de las tinieblas” y el “desquicio moral” y entonces reconforta con amabilidad.

—Pero Él tiene un plan infalible para sacarnos del abismo y conducirnos a su gloria, a la gloria de la felicidad de la vida abundante y eterna.”

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Si voy a votar en las primarias, voy a votar por Velasco. Yo creo que Andrés debería haber ido igual en noviembre. Estas primarias son más bien un tongo, la Concertación quiere legitimar a Bachelet, no que la gente escoja. La evidencia de eso es que quiere negociar todos los cupos para el Congreso. La gente podría escoger a los candidatos para el Legislativo si la Concertación creyera en la democracia, como dice que cree. Bueno, (responsables son) los jerarcas de la Concertación, los dueños de los partidos de la Concertación, que es un grupo no sé de 1.500 a 2.000 personas que están esperando volver a recibir sueldo estatal una vez que Michelle Bachelet vuelva a La Moneda. A veces sigo a mis trolls en Twitter y los que más me insultan siempre son así como ex Seremis de algo.

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Es probable que hayan sido muchas las noches de desvelo de Bernardo Navia Olmedo y Marta Lucero Bustos allá en la Araucanía. Noches completas escuchando la lluvia golpear el techo. Noches de darle vueltas a ese salto cuántico al que se veían forzados. Era una apuesta mayor, un giro a los destinos, lo sabían. Era fines de los años 80 y vivían en Temuco, cerca de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, donde Bernardo oficiaba de pastor. Dos de sus cuatro hijos ya estaban en la universidad y el tercero, Patricio, un alumno brillante en su último año de colegio, confiado de que sacaría puntaje nacional en la Prueba de Aptitud y entraría a Ingeniería o a Derecho. Pero no iba a alcanzar. No. El sueldo de pastor no iba a ser suficiente para que todos fueran a la universidad pero tampoco para que pudieran postular a alguna beca. Y ellos estaban decididos a que sus cuatro hijos estudiaran. Entonces un amigo, también pastor adventista que vivía en Chicago, ofreció su ayuda y Bernardo consiguió trabajo allá.

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Pese a la férrea observancia adventista del hogar de los Navia Lucero, Patricio Daniel tuvo desde niño una sensibilidad propia, auspiciada por su hermano Bernardo, tres años mayor, compañero de pieza que llegaría a ser Doctor en Literatura y profesor universitario en Chicago, que le mostraría a Julio Cortázar y que una fatalidad ocurrida décadas después, en tierras ajenas y con el nuevo milenio encima, los alejaría, dejando sin consuelo a Patricio, que lo contará con los ojos vidriosos y la garganta cerrada.

—Mi hermano mayor, medio hippie… su hijo mayor, Inti –de Intillimani, seguro, pienso– luego Leaf y después Rain.

Por el Nano, Patricio fue, a los 14 a

ntes de cumplir 18 años, e AlvaPatriciora marcha pol el Nano, su compañero de pieza. stal.ma en los que allun concierto de Alvaños, a su primera marcha de protesta política. Por el Nano, empezó a entonar al cantautor de la revolución cubana Silvio Rodríguez y al dúo chileno Schwenke & Nilo, con sus letras de crítica y descontento con la dictadura. Por el Nano estuvo en una de las históricas funciones en provincia de “Regreso sin causa”, esa obra perseguida que trata sobre una pareja que vuelve del exilio, con María Elena Duvauchelle y Julio Jung relatando el vacío, la desilusión del regreso con sueños truncados a cuestas y a un país que se desconoce. Así llegó Patricio a definirse (antes de dejar Chile, antes de cumplir 18 años) como de oposición, como más cercano al socialismo que a la Democracia Cristiana.

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Aunque a su mujer no le gusta que lo haga, a veces todavía hoy escucha a Silvio en su Ipod. Ella dice que son canciones tristes y él le encuentra razón.

—Son canciones que te hacen regresar a un momento triste y difícil de Chile porque el Chile de los 80 era un Chile terrible. Me tocó vivirlo, es algo que llevo conmigo pero no creo que nadie quiera volver. Por eso es que políticamente no entiendo cómo un montón de gente tiene tanta nostalgia del Chile de antes.

En la primavera de 1987 los Navia Lucero hicieron el viaje de nueve horas de Temuco a Santiago, seguramente en bus. Patricio tenía 17 años y nunca había estado en la capital más que camino a Valparaíso, cuando se iba a pasar el verano con abuelos, tíos y primos. Esta vez la familia se quedó una semana a finiquitar los tramites de inmigración en el consulado americano, entonces ubicado en el Palacio Bruna frente al Parque Forestal. Durmieron en Avenida Matta, en el departamento que les prestó un amigo del padre y al otro lado, en Blanco Encalada, los estudiantes de la Universidad de Chile protestaban contra el rector designado por Augusto Pinochet, José Luis Federici, empeñado en reducir personal, vender activos, cerrar carreras. Todos los días la violencia se disparaba y alumnos eran detenidos por Carabineros. Una alumna de Música fue baleada en la cabeza frente al Teatro Municipal. Federici se desplazaba con guardias y le habían puesto bombas en su casa.

Patricio no olvidaría ese Chile que un mediodía del mes de la patria, con 17 años, dejó para subirse, con el corazón dividido, a un Boeing de la línea Lloyd Aéreo Boliviano y tardar más de 24 horas en llegar a destino. Santiago-La Paz-Cochabamba-Santa Cruz-Ciudad de Panamá-Miami-Chicago fue el recorrido. Y fue difícil, muy difícil el cambio… muy difícil repetirá años después, con la mirada baja y con razón. Hacía frío en Chicago ese otoño de 1987 y los días eran largos. Nadie hablaba inglés, los adventistas americanos no iban mucho a la iglesia, Patricio y Benjamín asistían por primera vez a colegios laicos. Se acomodaban cuanto era posible cuando, a un mes de la llegada, recibieron una de esas noticias que detienen el tiempo, la sangre. Y no sería la última. Había muerto la abuela, la madre de Marta, en Valparaíso. Nadie de la familia pudo viajar y Marta lloró como sus hijos no la habían visto llorar antes. Pocos meses después, en marzo de 1988, se iba el abuelo materno (también en Chile) y luego el otro abuelo, el padre de Bernardo. Nadie pudo despedirse ni enterrar a los suyos.

***

Un periodista de La Tercera dice al teléfono “Navia es un gallo súper winner, fíjate que está siempre donde hay que estar, es un tipo significativamente bien contactado, súper movido”.

Patricio Daniel Navia Lucero comenzó a tejerse una red de contactos antes de cumplir los 19, recién ingresado a la universidad más grande del área, la Universidad de Illinois. Fue hacia finales de un cálido verano, el de 1988, cuando la escasez de lluvia en Chicago obligó incluso a algunos barrios a restringir el uso de agua, que se topó con un letrero que lo detuvo. “Acto de Solidaridad con Chile” decía. Ese fue el principio. Corría septiembre, se cumplía un año de haber dejado el país junto a su familia y asistió al acto. Ahí estaban los chilenos. Un grupo de ardientes exiliados, manifestándose en contra del plebiscito que iría a realizarse el mes siguiente en el país, en octubre, el miércoles 5. Plebiscito en el que ganaría la opción No (con un 54%) y que implicaría la realización de las elecciones parlamentarias y presidenciales que pondrían fin a la dictadura. Aunque Navia era partidario del plebiscito (le pareció que ellos estaban muy desconectados de la realidad nacional), entabló amistades. Comenzó a frecuentar la Casa Chile en Chicago y el Centro Cultural Pablo Neruda y a participar en las actividades de la comunidad chilena del exilio. Intillimani, empanadas, dieciocho… A poco andar, se percató de la heterogeneidad y múltiples divisiones de la izquierda. Comunistas, socialistas, Mapu. Un montón de gente que no podía ponerse de acuerdo, pensó. Y entendió que la izquierda, como diría años después, “era una complicación”. Pero el sentimiento antidictadura hizo de aglutinador y el se sintió parte de aquella comunidad aunque discrepara con esa admiración que ostentaban por Fidel Castro.

Cuatro años después, en 1992, el presidente Patricio Aylwin llegó a Chicago y algunos miembros de la comunidad chilena de exiliados fueron invitados a un cocktail en el Hotel Intercontinental de la ciudad. Navia entre ellos experimentó, lo que gustaría en llamar, el primer shock anti-concertación.

—Llegamos con ganas de colaborar y reflexionar ¿qué vamos a hacer para reconstruir el país? y resulta que todos los que venían en la gira presidencial se querían ir de compras. Llevaban dos años en el gobierno y ya solo querían ir al mall.

Aylwin se comprometió a mandar un cónsul y al año siguiente, en 1993, llegó Fernando Ayala González, economista y máster en ciencias políticas, que después sería Jefe de Protocolo de Michelle Bachelet y hoy, embajador de Chile en Trinidad y Tobago. Los chilenos del exilio vieron con recelo a Ayala. Recién cuando se ofreció para ayudar en la organización del evento Intillimani y presentó a la banda musical exiliada y retornada (que ese año había lanzado Andadas, su primer álbum que figuró en el ranking internacional de Billboard) y dijo aquí están con ustedes los cantores de la libertad y la democracia, en la comunidad chilena de exiliados se tranquilizaron. Aahhh fue el murmullo de alivio que se escuchó entre los asistentes. Aahh, sííí, es de los nuestros.

Patricio entabló amistad con Fernando y tres años después, en agosto de 1996, cuando se realizó en Chicago en el United Center la convención que nominó a Bill Clinton para un segundo período presidencial, éste le presentó a Sergio Bitar. Por entonces Navia ya había terminado el Master of Arts en Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago, tenía buenos amigos en cargos políticos y formaba parte del mundo académico que estudiaba América Latina en Estados Unidos. Y así llegó un día de agosto de observador al 1901 de la West Madison Street, ese estadio donde se realizan conciertos y campeonatos de basketball o hockey, escenario de la convención del Partido Demócrata. A Navia, Bitar le pareció un tipo brillante, un senador de verdad, seriamente interesado en saber lo que pasaba en el mundo. Bitar se dio cuenta de que Navia manejaba los temas, así que le pidió que le mandara correos, a él y a otros contactos que él agregó.

—Esa fue la forma como, en cierto modo, me convertí en referente de opinión.

Eran emails con información relevante y se fueron agregando nombres al mailing que en el 2005 llegó a sumar más de mil personas. Y esa amistad se mantendría en el tiempo y a Patricio, Sergio le seguiría pareciendo uno de los tipos más claros de la Concertación y, a veces, ambos, se darían el tiempo para almorzar sin apuro, en Santiago, en Washington.

A principios de 1999, cuando Estados Unidos ardía con las confesiones de Mónica Lewinsky sobre sus momentos de intimidad con Bill Clinton, Ricardo Lagos, presidenciable, desayunó en el 680 Park Avenue, el Council of the Americas, la organización fundada por David Rockefeller que busca promover el libre comercio y la democracia en los países de América. Navia fue presentado al candidato por su amiga la periodista Karen Poniachik, que trabajaba ahí. “Este es el más laguista de los laguistas en Nueva York, el jefe de la campaña aquí” le dijo riendo. Patricio se avergonzó pero al día siguiente tuvo su reivindicación, era un soleado sábado de febrero cuando un grupo de treinta chilenos almorzó con Ricardo Lagos en un departamento de un cuarto piso con una gran vista al Washington Square Park y el futuro presidente, encantado de la acogida, preguntó quién había gestionado el encuentro. Delante de todos los presentes, interceptó a Navia.

—A ti te quiero en Santiago cuanto antes, para que nos ayudes a organizar la campaña.

Ese mismo año, en una conferencia en la Universidad de Nueva York, donde hacía su Phd, Navia se topó con el escritor chileno Alberto Fuguet. Hubo un cocktail y se le acercó.

—Oye, yo hice un review a un libro tuyo.
—¿Dónde lo publicaste?
—En mi página web.
—Pero si ahí nadie te lee.
—Cuando uno escribe es porque le gusta, lo que dices es como que yo quiero jugar a la pelota pero solo si me contrata el Barcelona.

Fuguet lo invitó escribir a la revista Capital. Empezó con columnas de libros (pero las usaba para hablar de política) y después de un tiempo Héctor Soto le dijo que mejor escribiera directamente columnas políticas.

***

Un hospital público en algún lugar de los 30 mil kms2 del estado de Guanajuato, lejos del mar. Un pueblo perdido cuyo nombre no se recuerda. Un fin de semana de Semana Santa. Es el año 2001 y hace calor. Bernardo Navia Lucero, hijo mayor de la familia, yace en una camilla. Tiene la cabeza hinchada, está conectado a un respirador. La mujer irlandesa con la que sale hace tres meses no está a su lado, sino afuera de la sala y llora y grita al teléfono en la recepción. Al otro lado, desde Brooklyn, Patricio le pide calma.

A 36 horas del choque en que Bernardo manejaba, Patricio entra al hospital, sintiendo que Dios no existe. El hermano con el que siempre compartió pieza en la casa de sus padres está conectado a una máquina comúnmente enchufada. Teme un corte de luz. Tengo que sacarlo rápido de aquí, se dice. Tengo que llevarlo a Houston. El Nano está en coma, está en un hospital, está en una camilla, está en una sala paupérrima, está en una loma, está grave en el bajío mexicano. No puede morir, no, no, si muere voy a tener que avisarle a mis papás, no, no puede morir.

El empleado del seguro médico está al teléfono.

—No se puede mandar una ambulancia aérea sin que antes vaya un doctor a certificar la gravedad del paciente.
—Pero mi hermano se puede morir, no hay tiempo para eso.
—Llámela usted entonces.

Patricio llama por su cuenta a la ambulancia aérea. Lo acompaña uno de sus buenos amigos mexicanos.

—Sí, la podemos mandar –dice alguien al teléfono desde Houston. Cuesta 15 mil dólares.
—¿Toman tarjeta de crédito? –y Patricio dicta su número de tarjeta.

En el Aeropuerto Nacional Capitán Rogelio Castillo, a quince minutos del centro de la ciudad de Celaya, junto al río Laja, Navia ve con ansias aterrizar un avión ambulancia. Ha llegado desde Houston en el estado de Texas, 1500 kilómetros bordeando el Golfo de México, 1 hora y cuarto de viaje. Se bajan los paramédicos y sus equipos. Problema. No hay cómo trasladarlos al hospital. Patricio arrienda otra vez. En un auto ambulancia llegan y acomodan a Bernardo para el viaje. Patricio toma del brazo al que parecía el jefe de los paramédicos.

—Por favor que no se te muera mi hermano.
—No se nos va a morir. Puede que no despierte más pero no se nos va a morir –y le pasa el papel para que firme la autorización de traslado.

Seis meses estuvo Bernardo Navia Lucero en un hospital de Houston. Dos, en coma profundo. Patricio le revisaba las tarjetas de crédito, llamaba para entender los cargos, se enteró de sus patrones de consumo y Bernardo era un tipo gozador y mujeriego. De a poco empezó a abrir los ojos y a dar señales de que veía gente. A los tres meses empezó a preguntar ¿qué pasó? Los Navia Lucero le explicaban. Se dormía. A las pocas horas despertaba y volvía a preguntar lo mismo. No tenía memoria corta, solo larga, de la infancia. Fue recuperándola desde atrás para adelante. Salió en silla de ruedas. Tuvo que aprender a caminar.

—Hoy tiene algunos problemas… son motores. Pero igual se mueve bien. Piensa que podría no haber vivido. No puede manejar, medio chueco pero con lentes lo corrige. Pero todavía de pronto tu decí este hueón está como, como medio raro. Fue el momento más duro de mi vida y de mi familia. Tuvo pérdida cerebral pero no se le rompió, o sea, está todo adentro… cuando llegué al pueblo –la voz se le corta– …esto es lo único que me emociona. Bernardo tuvo una recuperación difícil y se enojó con la vida y con todos. Trató de rearmarse, alejándose. Él sintió que la vida fue injusta. Se casó con la irlandesa que iba en el auto pero no le avisó a nadie, ahí sentí como… oye po hueón, yo te fui a buscar.

***

No voy a votar por Longueira, eso te lo aseguro. Si yo fuera el último voto y me dicen Longueira o Bachelet, voto por Bachelet. Entre Allamand y Bachelet, me costaría. Tengo muchos problemas con los dos, hay cosas que me gustan de ambos. Pero no voy a ir a votar al final, porque va a ganar Bachelet, pero no con mi voto. Es más, voy a invitar a abstenerse para que gane con la menor votación posible.

***

Cae la tarde un día de verano en marzo de este año. Cae roja sobre la cima del cerro Santa Lucía, ahí donde Pedro de Valdivia fundó Santiago, hace casi 500 años. Y el rojo del cielo combina con el fuego de las antorchas y las velas que rodean una fuente de agua circular y afrancesada que está en la terraza. Ahí, afuera de un castillo que a comienzos del siglo 19 fue una fortaleza construida por un militar para dominar la ciudad, ahí, en esa construcción que es hoy el Castillo Hidalgo, un elegante centro de eventos, espera, también elegante, Patricio Daniel Navia Lucero. Tiene 42 años en uno de los días más importantes de su vida. Se ha puesto un terno oscuro y una corbata azul paquete de vela con un pañuelo a juego, bien ubicado en el bolsillo de la chaqueta. “El negrito de Harvard” como le han preguntado tantas veces si no le molesta que lo traten así. “El hijo de la señora Juanita” como ha dicho de sí mismo. Porque nadie le regaló nada, aquí sí es cierto, y su historia es una de las historias de ascenso meritocrático más puras del Chile contemporáneo.

La canción en off de la escena debiera ser de Illapu. “Vuelvo, amor vueeeelvo. A saciar mi sed de ti.
Vuelvo, vida vueeeelvo, a vivir en mi país” porque ese día de marzo, 26 años después de aquel largo viaje emprendido en Lloyd Aéreo Boliviano rumbo a Chicago, Patricio Navia, convertido en un profesional reconocido asentado en dos países, tomaba a una mujer joven de pálida piel morena y perfecta belleza chilena, igual que su madre Marta, para iniciar su propia familia. El único Navia Lucero que volvió. Sus padres viven en una comunidad adventista en Michigan y no hablan inglés y sus tres hermanos, también viven en Estados Unidos.

Sobre la terraza de baldosas Córdova, Navia se ve tranquilo, nervioso y contento, como todo novio. Posa para las fotos, se abraza con seres queridos, sonríe, conversa con su madre. Marta Lucero, abuela de siete nietos, ex trabajadora de una lavandería y ex encargada del aseo en un hotel, hoy consigue reunir a sus cuatro hijos en su casa todos los años para el día de Acción de Gracias, el último jueves de noviembre. Marta, erguida al lado de su hijo, cálida y sonriente con un traje concho de vino y sendas margaritas las mejillas.

De los tres hermanos de Navia, solo viajó uno, Pedro, el segundo, con el que Patricio comparte la pasión por el fútbol. El menor, Benjamín, es parco en sus gastos y el mayor, Bernardo, con tres hijos, no se pudo organizar. Cuando ya es de noche, llega la novia. Delgada, de blanco y velo. Un vestido strapless, largo y ajustado deja al descubierto los hombros bien formados, las clavículas y sus sugerentes fosas superior e inferior, unos brazos firmes y delineados y una cintura pequeña. La acompañan un par de aros largos revoltosos, un ramo de flores en lila y azul, un fino cintillo en la cabeza y el pelo suelto, libre liso con las puntas onduladas. Se ha bajado de un convertible antiguo, un Ford Mustang Cobra de color blanco con carrocería de cuero rojo arrendado para la ocasión.

Patricio y su madre, del brazo y sonrientes, se abren paso entre los invitados. Detrás, Macarena del brazo de su madre. Patricio se acerca, besa a su suegra, toma de la mano a Macarena, se besan en los labios, intercambian unas palabras alegres, ella le toma el brazo con orgullo y avanzan. Los asistentes se ponen de pie. Caminan hasta situarse frente a una mesa de madera rústica. Detrás, un hombre con un micrófono les habla en ese tono formal que se le escucha al chileno clase media. Luce un terno azul oscuro, una corbata gris plata con un pañuelo igual, la partidura al lado de una abundante cabellera con escasas canas y lentes ópticos. Está elegante y evidentemente contento. Es el padre. Es Bernardo Navia Olmedo, pastor adventista, hoy jubilado.

—Cuando le pedí matrimonio a la Maca y ella dijo que quería una ceremonia religiosa yo pensé, sin decirle nunca nada, si le pide a mi papá que nos case se va a anotar un golazo… y, de hecho, mi papá la ama. Era la movida política a hacer pero no puedes darle recomendaciones políticas a tu pareja.
—Patricio Daniel Navia Lucero ¿prometes delante de Dios y en la presencia de todos estos testigos tomar a Macarena Donoso Rojas para que sea tu esposa de acuerdo a la ordenanza de Dios en el sagrado estado de matrimonio? ¿La amarás, la consolarás, la honrarás, la protegerás en la enfermedad y en la salud, en la prosperidad y en la adversidad…?

Patricio escucha con el ceño fruncido de concentración y solemnidad, las cejas largas hacen la forma de una s.

—…y renunciando a todas las dem lo declaras?ara ella mientras ambos vivieren. ¿Astracin la adversidad… a Macarena Donoso Rojas para que sea tu esposa de acueás te conservarás solamente para ella mientras ambos vivieren. ¿Así lo declaras?

Las manos femeninas de Macarena y las toscas de Navia se tocan, intercambian argollas y ella cierra el acto con un beso, acariciándole con el pulgar un pómulo, cerca de su lunar.

—Tengo el placer de presentar a ustedes esta noche –dice el padre – al nuevo hogar formado por Patricio, nuestro hijo y Macarena, otra de nuestras hijas, y los invito a aplaudir esta decisión.

Los novios dejan la terraza y entran a un salón con mesas de mantel negro y mozos con pechera rayada. Marco Enriquez Ominami y Karen Dogenweiller, José Pablo Arellano, Héctor Soto, Andrés Velasco y Consuelo Saavedra, Karen Poniachik, Pablo Gazzolo, Marcelo Tokman… Patricio toma el micrófono.

—Hola, buenas noches, muchas gracias a todos por venir (…) a todos, hay amigos acá que, bueno, son mis amigos desde antes que naciera Maca.

Todos ríen.

—Quiero felicitar a Patricio –dice Macarena– por haber escogido a una mujer buena, guapa e inteligente.

Se gana las carcajadas de los invitados y un beso de Patricio antes de agregar:

—Pero también me quiero felicitar a mí por entregarle mi corazón al hombre más maravilloso de este mundo.

Macarena sueña con ser escritora, es asesora del Subsecretario de Vivienda, tiene una revista digital con su nombre, está preocupada de la plantación de árboles en la Patagonia, es partidaria de legalizar la marihuana y su candidato es Andrés Allamand. Tiene ángel y modales de colegiala. Es atractiva y cuando sonríe, lo hace tan generosamente que el labio superior se recoge y deja las encías al descubierto.

Él toma nuevamente el micrófono y dice que quiere hacer un recordatorio “a aquellos amigos que por su orientación sexual en este país no tienen el mismo derecho que tenemos Maca y yo de celebrar nuestro amor. Esto lo acordamos. Y lo acordamos al punto que yo digo matrimonio igualitario y Maca dice Acuerdo de Vida en Pareja.

—Pato, yo te prometo –dice ella– que me voy a esforzar por hacerte feliz el resto de mi vida, te amo.

Patricio y Macarena bailan abrazados. Suena la canción Tan Enamorados de Ricardo Montaner. Se besan. Ella tiene sus manos sobre los hombros de Navia, los ojos cerrados y una sonrisa pintada. Se ve tan feliz, se nota que se siente cuidada y amada. “Taaaan enamorado de tiiiii que la noche dura un poco máááásss…. Y te haré compañía más allá de la vida, yo te juro que arriba te amaré máááásss”. La fiesta está animada, hay bolas de espejo, una orquesta y cotillón. Las mujeres se sacan los zapatos para bailar mejor.

***

La primera vez que vine largo a Chile tiene que haber sido el 2000, a trabajar con el Pepe de Gregorio y la Karen Poniachik, que conocí en la campaña, al Comité de Inversión Extranjera. Andrés Velasco me arrendó su depa en Andrés de Fuenzalida. Me pasé tres meses aquí y fue traumático. Los domingos en la tarde salía a pasear por Providencia hacia arriba, hacia abajo y lo único que abierto era esa hueá muy mala que se llama ¿Lomitos, no? Asquerosa. Hasta hoy me cuesta acostumbrarme. Me cuesta la lentitud de la gente, los almuerzos familiares de dos a ocho los domingos, las conversaciones sin ir al punto. La Maca quiere que vivamos acá pero antes pasar algunos años en Nueva York. Yo viviría toda mi vida en Nueva York si pudiera. Mi mundo ideal sería un semestre al año en Nueva York y el resto del tiempo aquí.

***

El jaleo empezó la víspera de noche buena, como si de un buen augurio se tratara, con un corto Feliz Pascua por email del candidato presidencial, Sebastián Piñera. Patricio Navia se dio cuatro días antes de contestar y cuando lo hizo, fue para declararle que se encontraba “oficialmente indeciso” y plantearle, en un extenso párrafo, los tres temas que lo frenaban para apoyarlo y “llamar a votar” por él en la segunda vuelta que se avecinaba. Sebastián Piñera retrucó escueta pero calurosamente. Le garantizó, sin entrar en especificidades, que no debía temer y aseguró que lo estaban esperando. Cuatro días después, el lunes 4, Navia volvió al ruedo. Se sentó frente al computador y le aseguró su apoyo. “Creo que serás un mejor presidente que Frei y al final it comes down to that”. Además, ese lunes, Navia habló por teléfono con el director del diario La Tercera, Cristián Bofill, que sabiendo su decisión, le pidió una columna que justificara su voto. Él dijo que aún no estaba listo, aunque se comprometió a hacer un intento. Y volvió al computador y lo que salió fue “De concertacionista a votar por Piñera: opción legítima” donde entregó razones para hacer lo que había hecho pero sin explicitar que lo había hecho. El famoso se cuenta el cuento pero no el santo salió publicado al día siguiente, el martes 5, en La Tercera.

Aquel lunes 4 de enero, quizá Patricio Navia estuvo en la calle, junto a cientos de santiaguinos, mirando a la Pequeña Gigante acompañada de su tío el señor Escafandra, celebrando el bicentenario de Chile. Y por la noche, tal vez, aprovechó de ir a ver teatro, alguna obra de la nueva versión del Festival Internacional Santiago a Mil, que se realizaba esa semana, como todos los eneros y, por eso, se acostó tarde, a lo mejor después de las 12 de la noche del 4, de madrugada, es decir, ya el 5. El 5 de enero del 2010. Un día que difícilmente iría a olvidar. Un día que para algunos, fundamentalmente concertacionistas, sepultó para siempre la credibilidad, prestigio y perfil del analista.

En la mañana del martes 5, mientras los jóvenes chilenos se matriculaban en las universidades, Patricio Navia dormía profundamente en un departamento en el barrio El Golf, en su cama, tal vez solo, tal vez acompañado. A las 7 de la mañana, el sonido de su teléfono móvil interrumpió la respiración armónica del que duerme tranquilo.

—¿Aló? –la voz áspera, seca de los recién despertados.
—Te estamos llamando para una entrevista aquí en la Radio Duna –dice la periodista Constanza Stipicic.
—Pero Coni … –se rasca los ojos, se saca el teléfono de la oreja y mira la hora en la pantalla.
—Patricio, es importante.
—Será importante para ti, pero no hay ninguna hueá importante a las 7 de la mañana –y cuelga.

Como el teléfono no paraba de sonar, Navia le bajó el volumen y siguió durmiendo. Una hora después, despertó. Ya eran pasadas las 8 de la mañana y el teléfono aún sonaba.

—¿Aló? –de nuevo la voz áspera de Navia en pijama, calzoncillos o desnudo.

Es el periodista Mauricio Hofmann de la radio 95 Tres FM, con toda la vitalidad de su segundo día de emisiones al aire en el programa de actualidad Alerta Temprana, de lunes a viernes a las 7:30.

—Hola, te queremos entrevistar por una cosa que salió en… ¿podemos salir al aire?
—Sí, sí…

Tú estás apoyando a Piñera…

—¿Cómo sabes eso? –Navia tragó saliva.
—Salió en El Mercurio.
—¿Me lo puedes leer?
—De Patricio Navia a Sebastián Piñera. 4 de enero. Feliz 2010. Este fin de semana me decidí. Votaré por ti. Voy a escribir una columna explicando mis razones. Creo que serás un mejor Presidente que Frei, y al final it comes down to that…

Hofmann leyó el mail completo. Navia se había quedado mudo. Estaba enojado y asustado.

—¿Usted escribió ese correo?
—Bueno… sí, es como el correo que yo escribí…
—Entonces, es verdad.
—Me sorprende… que lo tengan ustedes, que lo tenga El Mercurio… pe, peeero, sí, es verdad… yo, voy, voy a apoyarlo.

Corta con la radio y sin bañarse ni vestirse ni comer Patricio se sienta frente al computador y manda dos correos. Uno a Cristián Bofill, su jefe en el diario. Mira, pasó esto, o sea, supongo que ya sabes… y le reenvía el intercambio de correos con Sebastián Piñera. El otro, al candidato presidencial, expresándole su malestar porque los correos privados no se distribuyen. Al poco rato, lo llama el jefe de campaña, Rodrigo Hinzpeter, mi hermano.

Te quiero asegurar que no fuimos nosotros.

—Pero Rodrigo, no fui yo así que fueron ustedes.

A continuación, el llamado de Sebastián Piñera. Que mil disculpas. Navia habla de deslealtad y agrega, es lo mismo que te hicieron a ti cuando te grabaron y luego te pusieron en la televisión (rememorando el episodio de Ricardo Claro y la grabadora Kioto, en 1992). Piñera dice que no sabe nada y, como es su costumbre, usa los tres adjetivos de siempre: está sorprendido, está preocupado, está nervioso. La preocupación principal de Patricio es Cristián Bofill y le pide que lo llame. Piñera dice veamos qué podemos hacer. También dice estamos averiguando quién fue pero yo se lo mandé a Rodrigo y a Alberto, tiene que haber sido Alberto Espina porque además lo publicó un periodista que trabajó con él. Años después se irían a encontrar Patricio Navia y Alberto Espina en Temuco y Espina se le acercaría para decirle oye, dijeron en esa época que yo filtré eso, y obviamente, no fui yo, quería que lo aclaráramos. Y Patricio se acordaría de Al Pacino en El Padrino. “El que te venga a decir que tienen que hacer la reunión, ese es el traidor”.

—¡Pato, la embarraste! ¿Cómo le mandas un correo a Piñera? Si Piñera no se puede quedar callado, Piñera filtra todo… –Bofill aparece al teléfono.
—Pero Cristián, no tenía sentido que filtrara esto –arguye ya más aliviado con el llamado –hubiera tenido mucho más efecto que yo sacara una columna el domingo, como tenía pensado hacer, declarando que votaba por él. Ahora, en cambio, la noticia es la filtración y no mi voto.

Después de hablar con Bofill y seguramente ya duchado y desayunado, Navia regresa al computador a escribir una nueva columna. “Nadie debería ser considerado héroe o traidor por decidir libremente” aparece en La Tercera el miércoles 6 de enero, cuando él duerme o lee desvelado, como suele hacer a bordo de un avión, rumbo a una conferencia en Stanford.

Cuando vuelve al país, unos días después, se incomoda. Hay gente que se siente traicionada. Hay gente que estima que su posición ayudó a convencer a otros. A él no le parece que haya pertenecido a ninguna tribu a la que le debiera nada, pese a que había dicho muchas veces que era concertacionista, y tampoco cree haber persuadido a nadie. Aún más, seguirá convencido de que los columnistas deben transparentar su voto, que un analista sin preferencias políticas es como un comentarista deportivo al que no le gusta el fútbol y que Héctor Soto vota por la derecha, Carlos Peña no vota por la derecha, Ascanio Cavallo Democracia Cristiana, Sebastián Edwards dice por quién vota, Eduardo Engel igual y Andrés Velasco, cuando era columnista, también. Porque es de todo el sentido del mundo, acentuará, porque no existe la objetividad en una columna. Los periodistas lo persiguen para saber qué hará después de lo ocurrido. En ningún momento piensa cambiar su voto y aunque Sebastián Piñera le seguirá pareciendo una persona bastante deshonesta, no se arrepentirá de haber votado por él porque era lo mejor para Chile y porque jamás habría escogido a Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Además, precisará, recalcando con el tono cada vez que surja la oportunidad: Yo nunca he llamado a votar por nadie.

***

—Pero bueno, todos los políticos son así –dice Patricio Navia, recordando conmigo, desde la comodidad del paso del tiempo y a buen resguardo del invierno en un local tibio y con un café colombiano en los labios. –Como dice Vidal, Piñera es incontinente. Debería mostrarte los correos… mira, en el correo que sacó El Mercurio, hay un párrafo que el diario eliminó. Yo le digo que además hay una cosa que me da una intuición correcta sobre él… que sus hijos son mucho más normales que… pero eso no lo publica nadie. A mí me parece ese el principal argumento de todos los que conozco para votar por Piñera. A lo mejor es la señora.
—¿Por qué se te asumía concertacionista?
—Me avergüenzan aquellos que defienden las dictaduras, ya sea de Pinochet o de Fidel Castro, yo defiendo los derechos humanos y eso, mucho tiempo, te pudo hacer concertacionista. Voté siempre por la Concertación hasta que voté por Piñera, tengo amigos en la Concertación así como tengo amigos en este gobierno. No selecciono a mis amigos a partir de qué color político tienen, los selecciono a partir de si me parecen gente inteligente, aunque en general tengo amigos más liberales que ultra conservadores, pero tengo algunos amigos conservadores también.
—¿Has vuelto a ver a Sebastián Piñera?
—Un par de veces, me cae bien, le tengo cariño de antes.

Antes de la filtración de los correos, entre el 2005 y el 2009, se juntaron varias veces a comer en Nueva York. Patricio elegía el restaurant y Piñera invitaba pero, según Navia, siempre recuperaba toda la plata con creces porque revisaban muchos temas. El Presidente hacía las preguntas correctas y eso era desafiante para el analista que después de dos horas, quedaba intelectualmente exhausto.

—Piñera te saca toda la información que quiere. Lagos, en cambio, si estas dispuesto a escucharlo, te va a hablar seis horas. Bachelet se preocupa por ti, es muy personal… yo tengo unas fotos, que muestro en mis presentaciones, de Bachelet y Piñera abrazando gente. Ella, cuando abraza, siente el dolor y él está mirando a quién le toca después. Pero Piñera entiende y Bachelet no entiende, es una irresponsable.

México, DF, 1 de diciembre.- Parece que nadie ha dormido en toda la noche. Son pocos, no más de 300, los jóvenes reunidos en el Monumento a la Revolución convocados por el movimiento #Yosoy132. El objetivo es marchar hacia el Congreso de la Unión para repudiar la toma de protesta de Enrique Peña Nieto en San Lázaro.

Es evidente que algo ha cambiado en los últimos meses. Ya no existen las caras amables y festivas que tanto caracterizaron al movimiento estudiantil surgido aquel viernes de mayo en las instalaciones de la Universidad Iberoamericana. Ahora, las ojeras en sus rostros subrayan el desencanto, la frustración ante lo que parece inevitable a pesar de todos sus esfuerzos: el regreso del PRI a la silla presidencial.

Hay un murmullo generalizado y todavía es difícil saber qué está pasando. En el piso, una pequeña pancarta ya anuncia de algún modo lo que más tarde reportarán sorprendidos los principales medios de comunicación:

“México resiste. Existe. Ataca”

Sí, algo ha cambiado radicalmente desde el primero de julio. Muchos jóvenes han abandonado el movimiento por desidia o desesperanza. Sólo permanecen los más convencidos… o los más radicales.

–No puedes ir en el primer contingente si no tienes armas –dice un joven con la cara cubierta con un paliacate. Palos, tubos, cachiporras llenas de clavos, martillos y escudos de mano improvisados con parrillas de cocina y mesas rotas. Algunos arrastran carritos de supermercado cargados de las bombas molotov que horas más tarde volarán por el aire.

Es inevitable preguntarse: ¿dónde quedó la agenda original del movimiento? ¿Dónde el esfuerzo por democratizar los medios, los objetivos más allá de las elecciones, la consigna de ser pacíficos a toda costa?

–Esta otra forma de manifestarse, compañero –me dice alguien de no más de 17 años. Habla de la burguesía y de la lucha de clases, del neoliberalismo y de la lucha estudiantil hermanada con los obreros y los campesinos.

Realmente parece que se ha regresado en el tiempo. No sólo el Partido Revolucionario Institucional está a punto de asumir el control, sino que el léxico marxista-socialista se ha instalado de nuevo en la lengua y el imaginario de los jóvenes.

–No, camarada. Esto no fue iniciativa de Yosoy132, pero hay mucha banda que llegó anoche con esa intención y, en consenso, decidimos respetarla –explica el joven con una seguridad extraña en un menor de edad.

Sin más, el contingente comienza a avanzar y hay algo de bélico en su marcha. A diferencia de todas las marchas y manifestaciones de los meses anteriores, hoy el silencio es la regla. Las consignas no logran articularse y pocos automovilistas muestran apoyo. Algunos peatones, los primeros de la madrugada, miran preocupados el desfile, como si se resistieran a creer lo que pasa enfrente de sus ojos.

En la primera línea, un pequeño grupo de hombres armados todos con bats o tubos de metal grita consignas que pocos repiten. Uno de ellos está vestido con un mameluco naranja con manchas que emulan a un jaguar. Su casco de motocicleta tiene el mismo estampado. Su cachiporra de madera emula las armas aztecas usadas en las guerras floridas.

***

La primera valla de contención cayó alrededor de las seis de la mañana. Apenas amanecía. Una granizada de golpes y garrotazos llovió sobre el muro metálico de más de tres metros de altura que protegía al Congreso. Los golpes fueron inútiles hasta que un pequeño grupo de jóvenes, en realidad no más de una veintena, derribó de un tirón una de las vallas en medio de vítores y porras universitarias.

Pocas cosas más insufribles que el picor en la garganta seguido por los ojos ardiendo en lágrimas, la ceguera momentánea que provoca el gas lacrimógeno. La nariz congestionada y el mareo. Fue fácil dispersar ese primer ataque. El muro volvió a levantarse y los manifestantes más avezados de inmediato enjugaron su cara con leche y vinagre para eliminar el ardor.

–Con Coca Cola se calma, compa –aconsejan algunos mientras rocían sus rostros de refresco. Entre gritos y consignas en contra del “capitalismo salvaje”, resulta curioso cómo el producto más representativo del “imperialismo yanqui” se ha convertido en un antídoto contra los ataques de los policías. Los primeros cocteles molotov empiezan a caer. El piso tiembla bajo las explosiones.

El grupo se repliega y parece retirarse. Pero es sólo el primero de muchos enfrentamientos. Al lugar también ha llegado la Sección 22 del SNTE, varios grupos de comuneros de San Salvador Atenco y algunos otros grupos juveniles de corte anarquista. El #YoSoy132 parece una minoría dentro de la turba enfurecida. Los contingentes siguen llegando y únicamente los más extremos continúan atacando el muro. Los voceros de la CNTE insisten en decir que su protesta es pacífica, pero muchos de sus miembros no dudan en unirse a los estudiantes y tomar la iniciativa de los ataques.

De pronto todo se va al diablo. En pocos minutos se suman más personas al primer frente. Cualquier arma es efectiva: piedras, cadenas, postes de luz arrancados del asfalto. Las bombas molotov hacen parábolas en el aire. No todas logran explotar pero cada coctel es respondido con una lluvia de gas lacrimógeno. “Esperen, compañeros, no nos arriesguemos innecesariamente”, dice algún vocero de la CNTE por el megáfono de una camioneta. Pero ya es demasiado tarde.

De este lado del muro, la desorganización es la regla, la irracionalidad pasa de boca en boca. Del otro lado, los granaderos parecen haber perdido la cordura. El gas lacrimógeno es tanto que los manifestantes pronto se acostumbran a sus efectos y encuentran remedios eficaces. Apenas caen, los más valientes toman las bombas y las devuelven rápidamente a sus dueños. Un grupo de médicos auxilia a los más afectados rociando Pepto Bismol mezclado con agua para aliviar el ardor. “Es más efectivo que la Coca Cola y el vinagre”, aseguran sin parar.

Ante la exagerada reacción de la policía, la rebelión es asumida por todos. Los primeros heridos aparecen alrededor de las ocho de la mañana. Algunas piezas sueltas de las bombas lacrimógenas alcanzan a golpear a un par de jóvenes y hay varios desmayos provocados por el gas. Aquel muro vuelve invisible al enemigo: es imposible saber si hay heridos del otro lado. Parece que a nadie le importa.

—¿Ya ve, joven? Pura pendejada, nomás vinimos a lo güey –opina una mujer de más de 60 años. Parece no darse muy bien cuenta de lo que está ocurriendo en el primer frente donde nuevamente los estudiantes han derribado algunas vallas y se enfrentan a garrotazos contra los granaderos. Una nueva nube de gas vuelve a invadir el aire, la mujer no se inmuta:

—No hay ningún objetivo, nomás es estar berreando y berreando. Qué vamos a lograr así, dígame.

***

Un paréntesis de calma permite, por fin, analizar el panorama. La calle parece zona de guerra. No hay una sola persona que no tenga el rostro cubierto, protegiéndose de los gases. Los medios de comunicación corren de un lado a otro, cargando sus cámaras y extendiendo el micrófono a cualquiera, buscando encontrar una explicación lógica a todo el conflicto. No la hay. La lógica parece haber desaparecido esta mañana. Lo único que importa es protestar de la forma más visceral, no dejar intacto este día.

Se miran pocos rostros reconocibles del movimiento #YoSoy132. Al menos en este frente, no aparecen las figuras más visibles del movimiento. Se trata del bastión duro, contingentes formados por estudiantes de las carreras de Ciencias Políticas, Filosofía y Geografía de la UNAM. A ellos se han sumado otras muchas organizaciones que respondieron al llamado. Más tarde grupos de #SomosMásDe131, conformado por estudiantes de la Ibero, se reportarían desde otros puntos bajo similares circunstancias.

A bordo de su bicicleta aparece Sandino Bucio, un joven que ganó fama en los últimos meses por sus poemas recitados durante las marchas y por su constante activismo dentro del #YoSoy132 y, sobretodo, en el campamento instalado en Monumento a la Revolución.

—¿Se decidió por consenso el uso de violencia? —se le pregunta.

—De alguna forma sí. Es una forma de canalizar el descontento —responde dubitativo—. La violencia del Estado es mucho más dañina que esto que estamos haciendo ahora que, en realidad, no daña a nadie.

—Entonces, ¿no va a deslindarse YoSoy132 de este enfrentamiento, como acostumbra?

Sandino tarda unos segundos en responder. No lo hace. Una nueva lluvia de bombas de gas cae muy cerca de donde se realiza la entrevista. “¡Júntense! ¡Repliéguense! ¡No corran!”, grita mientras se aleja en su bicicleta.

***

Es invisible, pero una nube de gas se interpone entre los manifestantes y la muralla. Nadie se atreve a acercarse al muro. El inicio de la sesión de Congreso General, en la que Enrique Peña Nieto protestará como Presidente, está programada a las nueve de la mañana. Con ella se formaliza el cambio de gobierno. Faltan apenas unos minutos.

“Avancemos compañeros, Peña Nieto está a punto de tomar posesión. ¡Es ahora cuando hay que darles con todo!”, grita un hombre barbado perteneciente a la CNTE. Pero nadie lo escucha. Los ojos siguen lagrimeando y un nuevo gas, de color rosa, se esparce por toda la calle. Nadie sabe muy bien de qué se trata, pero el olor es intenso. Marea.

Esquivando los escombros, los parabuses y los postes derrumbados, un camión de basura aparece entre las nubes de gas. La escena es casi cinematográfica. A bordo del camión, una tropa formada en su mayoría por mujeres encapuchadas, todas vestidas de negro, levantan el puño en alto.

–¡A huevo! –grita alguien y una ovación da la bienvenida a las enmascaradas. El estallido de dos bombas molotov prepara el impacto del vehículo en el muro de contención. Una estampida de jóvenes eufóricos, armados con hondas improvisadas, lanza una lluvia de proyectiles a los policías que de inmediato responden con más gas. El choque no puede ser más preciso.

Las nueve de la mañana en punto. Es el momento más intenso y fuerte de toda la protesta. Después del choque, tal vez el momento más intenso y fuerte de toda la protesta, las mujeres encapuchadas huyen en cuanto pueden, protegidas por los manifestantes que intentan resistir los efectos del gas. Se dispersan entre la multitud. El muro ha caído de nuevo, por cuarta vez en esta mañana.

Hasta ahora, se reportan sólo cuatro heridos y algunos desmayados. La adrenalina hace que todos quieran participar. La mayoría de los asistentes se repliega en la parte posterior. Una serie de zumbidos interrumpe la euforia provocada por el último ataque. “¡Esos cabrones ya están disparando!”, avisa alguien mientras corre.

No tarda en aparecer el primer herido de gravedad. Hasta este momento, aún no se sabe la naturaleza de los disparos. Más tarde se informará que se trata de balas de goma. No importa demasiado, en realidad. Ante la imagen de la sangre y el cráneo destrozado de aquel hombre transportado en camilla, cualquier explicación sobra. Los voceros de la CNTE hacen público su nombre: Juan Uriel Sandoval Díaz. Más tarde, los rumores sobre su muerte acrecentarían la furia de los estudiantes que incrementaran sus ataques..

Nadie sabe de dónde vino el destello de cordura. Poco a poco, los grupos anunciaban su retirada. No hay oportunidad de ganar, parecen entender todos. Los gases siguen lloviendo del cielo mientras la turba emprende la marcha hacia el Zócalo.

—Demostramos que no teníamos miedo –dice una muchacha de unos 20 años—. Eso es lo importante, demostrar que no somos unos pinches agachones.

Atrás, suenan los últimos petardos. La calle parece zona de guerra y una multitud, esta vez compuesta por miles, avanza entre consignas. Parece que todo termina, pero esto fue sólo la primera chispa.

***

Escribo desde un Sanborns ubicado en la avenida Juárez. Son las 12 del día e intento describir la intensa madrugada de protestas y enfrentamientos. Los manifestantes continuaron su ruta hacia el Zócalo en donde se reunirían con simpatizantes del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), quienes, hace una hora, convocados por Andrés Manuel López Obrador, desconocieron el gobierno de Peña Nieto.

En la televisión, Peña Nieto agradece a su familia y a su equipo que lo apoyó durante todo el proceso. Agradece a México por confiar en él. La banda tricolor —que él se puso, luego de que se la entregara en las manos Felipe Calderón— le cruza el pecho. Los clientes miran la imagen con desgana y desinterés hasta que un estruendo nos sacude a todos.

Una por una, todas las ventanas del restaurante se hacen añicos. Los vidrios vuelan y caen sobre los platos de los comensales. La gente se levanta y grita. Un mesero me toma del brazo y me hace guardar la computadora lo más rápido posible. Un par de mujeres rubias comienzan a llorar a gritos: “What the hell is happening!?”.

Todos los accesos al restaurante son cerrados con candado y los clientes somos llevados a la cocina, en la parte más alejada de la entrada. La gente comienza a discutir, desgarrándose la garganta: “Esto ya es vandalismo”, dice una señora con los ojos desorbitados y la respiración exaltada. “Estos locos, ¿quién se creen que son?”. “Pinches resentidos”, se escucha en otro pasillo. “Están luchando por nuestros derechos, señora”, tercia un anciano. “¿Lanzándonos piedras están luchando por nuestros derechos?”, revira un hombre de traje arrugado y portafolio. “Guarden la calma, por favor”, insisten los meseros.

Quince minutos después la calle luce completamente destrozada. No hay establecimiento que haya quedado intacto y restos de cristales se esparcen por todo el piso. La gente corre en desbandada en todas direcciones y cientos de policías avanzan por la calle. A lo lejos, unos 15 policías persiguen y golpean a un muchacho que tiene las manos manchadas de pintura roja o tal vez de sangre. No se sabe. Ignorando los gritos y protestas de la multitud, se lo llevan entre todos.

El saldo de esta tarde, según confirmará más tarde Protección Civil, será de 92 detenidos, sin hablar del costo de los daños en el primer cuadro de la ciudad. El número de heridos será también muy grande. Se hablará entonces de provocadores y de porros que intentaban desprestigiar la protesta, y cientos de videos y fotografías comenzarán a circular por las redes sociales. Pero es imposible saber si todos los que incurrieron en actos vandálicos eran realmente provocadores pagados. Lo cierto es que la violencia no fue exclusiva de los estudiantes, ni de los granaderos. La ciudad amaneció convertida en un barril de pólvora y las primeras chispas ya habían saltado.

Muchos intentan llamar a la paz. Miro a una mujer intentar dialogar con los policías, parece una charla de sordos o de necios. “También ustedes tienen hijos”, solloza la mujer. Es tarde, la sin razón se ha contagiado como un virus y cada batallón de policías es recibido con piedras.

Los policías y granaderos persiguen sin tregua a las tropas de jóvenes que huyen por las calles, replegándose en el Monumento a la Revolución. Cientos de camionetas, camiones y patrullas circulan de un lado a otro, cargados de granaderos, de miembros de la Policía Preventiva, de la Policía de Investigación y de prácticamente cualquier fuerza de seguridad disponible. El nerviosismo y la ira se alimentaban al mirar las macanas y los uniformes desfilar por las calles.

Sobre los muros del hotel Hilton, también destrozados, la cara de Peña Nieto ha sido grafiteada junto a una pinta que intenta resumir todo lo ocurrido en el día:

“¿Te gustó tu bienvenida?”

Las sirenas de ambulancias y patrullas se escuchan por todos lados. El nuevo secretario de la Marina ensaya su mejor rostro en una televisión de imagen intermitente. Dice algo sobre recuperar la paz social y el bienestar público. Un helicóptero de la policía sobrevuela la zona de la ciudad que se cae a pedazos.