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Barbie, ¿por qué trabajas como modelo de webcam?
Amor, primero, porque en Colombia es muy difícil que le den trabajo a una chica transexual. O eres peluquera, puta o webcam. Obviamente yo prefiero ser una webcam –responde Barbie con voz afeminada.

A los 9 años, Barbie no se llamaba Barbie, su nombre era Marcos. Vivía en Estados Unidos y cuando vio por primera vez una Barbie en la televisión se enamoró de ella.

Siempre me llamó mucho la atención la figura de una muñeca femenina y bonita. Le quise hacer honor a eso, y cuando inicié mi proceso de transformación me puse Barbie. Después empecé a tomar hormonas y mi cuerpo empezó a cambiar –confiesa.

Con más de cinco años trabajando como modelo en chats web sexuales, Barbie, de 25 años, ya es toda una experta en el oficio. No solo se desenvuelve con soltura frente a las webcams, sino que ya se sabe de memoria todos los trucos que hay que emplear para atraer a sus clientes. La mayoría de ellos norteamericanos, alemanes y canadienses con nicks tan grandilocuentes como: amolapija, zorrovergon, dickman y sexboom.

¿Cómo describirías a tus clientes?

Yo los describiría como pequeños ratoncitos curiosos que en su tiempo libre quieren una buena masturbada. Y cuando digo una buena masturbada no me refiero a jalársela mientras ven porno y se vienen. ¡No!, lo que ellos quieren es tener el control y mandarnos a hacer cosas.

Lo que quieren los usuarios de estos chats sexuales en línea como Livejasmin, ImLive, Streamate, Cam4 y MyFreeCams –por mencionar algunos de los más conocidos–, es interactuar con otras personas. Hablar y que una modelo les responda de manera cariñosa. Tener la ilusión de que mientras ellos se masturban una mujer se retuerce de placer imaginando que el vibrador que se introduce en el culo, es la verga que ellos agitan en su mano. Porque para los usuarios no hay nada más excitante que imaginar que una desconocida goza igual que ellos frotándose sus genitales en un coito a distancia. No importa si al final muchos terminan eyaculando sobre el teclado de sus computadores y no sobre las suaves carnes de un cuerpo que jadea de placer.

—¿Alguna vez te has excitado con algún cliente? –le pregunto.
Obvio amor, claro que me ha pasado. Pero la idea no es venirse porque si me vengo antes de tiempo el man se da cuenta y se va. Pero sí me ha pasado que a veces una se sobre emociona, se viene y pierde.

Hoy Barbie me ha invitado a verla trabajar. El estudio –como se le conoce a este tipo de negocios dedicados al sexo virtual– queda en el centro de Medellín en un edificio de fachada descolorida del barrio Maracaibo. De pronto, Barbie aparece por la puerta y me dice “hola” agitando la mano alegremente. Lleva una minifalda, tacones altos que estilizan aún más su ya figura delgada, unos lentes de contacto de color rojo y la piel, sorprendentemente pálida, llena de tatuajes. De todas sus marcas hay una que me llama la atención. Es la palabra bitch –”perra” en español– que tiene tatuada en su pierna izquierda.

Mi estilo es muy suicide girl. Una nena muy tatuada y femenina –dice Barbie con acento paisa.

Cruzamos la puerta del edificio. Subimos hasta el quinto piso por un ascensor viejo y destartalado. Hay estudios inmaculados que parecen santuarios dedicados al sexo. Con olor a lavanda y aire acondicionado. Habitaciones personalizadas para cada modelo. Aseadoras que cada tanto pasan el trapero por un piso reluciente. Pero este no es el caso. Este estudio parece, más bien, el apartamento de un grupo de estudiantes dementes que han dejado que el mugre se acumule y el olor a rancio se apodere del ambiente. La sala es amplia, sucia y con pocos muebles. Al fondo hay un balcón que da a la calle donde dos jóvenes en bóxer cuelgan su ropa recién lavada en un improvisado cordel. Sigo a Barbie por un corredor con varias puertas a ambos lados. Una de ellas está entreabierta. Me acerco y veo a una tranie –así es como ellas se refieren a sí mismas– en tanga y ligueros sentada en un sofá fucsia coreando una canción de reguetón mientras sostiene un dildo en la mano. En otra habitación veo a través de una ranura a una transexual embistiendo a otra usando un arnés con una verga de plástico. La que está en cuatro tiene las manos cubiertas con unos guantes de lavar platos. A medida que me adentro en el estudio tengo la sensación de haber comprado un boleto de entrada al set de una película porno, y tener el privilegio de ser un espectador de lujo.

Aprovecho y le pregunto a Barbie cuántas modelos trabajan en este estudio. Barbie me dice que en total son 9 entre internas y externas.

Internas está la Natalia, la Valeria, la Melody, la Dayana, la Lola y yo mi amor. Y externas hay un chico que trabaja en pareja con otra tranie, y son súper arrechos. Y por la noche llega una pareja de lesbianas. Ah y también hay una niña, una mujer normal.

Algunas de las internas son transexuales que han huido de sus casas y han venido a parar a este lugar. En el que deben trabajar al menos cinco horas al día para ganarse un techo, algo de dinero y comida. El pago de Barbie y de todas las modelos se da en función de las horas emitidas y de los internautas que logren atrapar.

El apartamento es grande. Tan grande que un desconocido podría perderse con facilidad en este laberinto de habitaciones. En total son ocho cuartos. Tres funcionan como viviendas y las otras cinco habitaciones están divididas en pequeños cubículos en donde solo hay espacio para un sofá y una mesa en la que apoyan el computador. Estos espacios están separados entre sí por una cortina que, por lo general, es de color rojo o fucsia.

¿Cuáles son las reglas en el estudio?, le pregunto.
Las reglas son básicamente cuidar los equipos. Si se te daña un equipo, paila, te multan. Si haces algo malo en la página también te multan.
¿Qué cosas no puedes hacer en una página?
Las páginas te regañan por ciertas cosas. Si una llega ebria, si hace show. Con show me refiero a hacer escándalo ebria o bajo los efectos de alguna droga. Si le das tus datos personales a los clientes. Los de LiveJasmin –que es una suerte de vitrina virtual donde puedes encontrar gordas de 140 kilos, jovencitas de carnes firmes, mujeres de curvas perfectas y tetas siliconadas, gays, lesbianas, parejas homosexuales, parejas heterosexuales y, por supuesto, transexuales–vigilan todo pero Edwin, el dueño del estudio, no le pone mucho cuidado a eso. Él nos pide que no hagamos escándalo y no lleguemos borrachas porque por eso sí nos regañan.

Edwin es un aspirante a actor de unos 35 años que encontró mejor suerte en el negocio de las webcams que presentándose a pruebas de casting. Varias modelos se refieren a él como: “Otra chica más de la casa”.

De pronto, Barbie se detiene frente a una puerta. Adentro hay tres camarotes alineados y seis colchones. Sentada, en uno de los camarotes, una tranie con una toalla en la cabeza se maquilla sosteniendo un espejo en la mano. Aquí –me cuenta Barbie –duerme ella y otras cuatros modelos.

¿Qué tal es la convivencia?
La verdad de todos los estudios en los que he estado acá el ambiente me parece muy bueno.
¿En cuántos estudios has trabajado?
Como en cuatro estudios. Cuando llegué de Estados Unidos trabajé en un estudio en Cali. Luego me fuí a Medellín y aquí he trabajado en unos tres, contando donde estoy ahora.
¿Has tenido algún problema en algunos de esos otros estudios?
Amor, en este gremio hay mucha envidia. A mí me ha pasado que otras travestis se me meten al chat con un nick falso para hacerme sentir mal y amenazarme y escribirme groserías. Más que todo eso.

Barbie se sienta sobre un catre con las piernas abiertas. Saca una maleta de debajo de la cama y me pide que la acompañe a su lugar de trabajo. Camino tras ella hasta la sala. Allí abre una puerta y me presenta su cubículo. Es una habitación pequeña en la que solo hay lugar para un computador y un catre con un colchón sin sábanas. Barbie saca de su maleta un tendido de Las Chicas Superpoderosas y tiende el colchón. Luego coloca un bolso y varias muñecas alrededor de la cama. A sus pies pone una crema lubricante, un dildo y un tarro de poper. Solo faltan los afiches de “Maroon 5” en las paredes para que aquella improvisada habitación parezca el cuarto de una adolescente promedio.

Le pregunto por el poper.

Amor, ese tarrito ya no tiene poper de verdad, lo tengo porque los clientes lo piden. También tengo coquitas para orinar. A mí no me molesta hacerlo. Además yo soy muy aseada. Siempre cuando termino, lavo la coca. Y solo me meto los dedos o el dildo.
¿Te has drogado durante las transmisiones?

Durante la transmisiones no, pero sí me trabo antes.

A continuación, Barbie me pide que la espere unos minutos mientras va al baño. Quince minutos después regresa vestida tan solo con una tanga y un sostén de color rosa. En este negocio para provocar erecciones hay que llevar lo mínimo posible de ropa. Mientras ella termina de peinarse, aprovecho para lanzarle otra pregunta:

—¿Qué debe tener una tranie para que le vaya bien en este negocio?
Amor, lo que más importa es la actitud. Es lo que más vale. Conozco tranies que no tienen tetas y no son bonitas pero ganan muchas más plata que otras que son lindas y están bien entetadas. Y todo por la actitud que le meten.

Son las dos de la tarde de un día de semana. Barbie, sentada en un borde de la cama enciende el computador. Conecta su cámara y se registra en Livejasmin y IamLive. Dos de los miles de chats eróticos que se usan en este negocio, y unos de los que mayor flujo de visitantes atrae.

Según Alexa, una página web que provee información acerca de la cantidad de visitas que recibe un sitio web y los clasifica en un ranking, Livejasmin es la página de videochats eróticos que mayor flujo de visitantes tiene de todo el mercado. El segundo puesto se lo lleva Flirt4free, y por último, el podio lo completa, Cam4.

A mí me va muy bien en ImLive. La Livejasmin se ha vuelto muy jarta con tantas reglas. Por ejemplo, ellos piden que las fotos que subas a tu perfil tienen que ser tomadas por un fotógrafo profesional. Es decir, no puedes subir cualquier foto. También te obligan a que tu room esté decorado de cierta manera y sino les gusta como lo tienes decorado, te perjudican poniendo un aviso de que “tu video y audio es de mala calidad”. Ellos quieren que todas las modelos sean iguales. También te prohíben que te salgas del área de la cámara mientras estás en línea. Ósea, si una está trasmitiendo tiene que estar ahí todo el tiempo. No puedes ni ir al baño. Y si ven que una persona que no está registrada en la cuenta desde la que uno está trasmitiendo aparece frente a la cámara, te suspenden la cuenta. Te quitan el privilegio de conectarte durante 24 horas, entonces a una le toca pedirles disculpas en soporte en línea. Son muy estrictos. Ellos joden por todo y además allí casi no me llega gente. Solo me llega un maridito. Una le dice maridito a un cliente que es leal y vuelve a visitarlo a uno.

Visto desde afuera el trabajo de Barbie parece un trabajo como cualquier otro. Tiene un jefe, un horario y una oficina. Solo que a diferencia de una oficinista corriente, a Barbie le pagan por cumplir las fantasías sexuales que le pidan los clientes que se conectan a internet.

Barbie, ¿alguna vez te has enamorado de algún maridito?
No, enamorado, no. Pero si ha habido mariditos que se meten a cada ratico y los tengo en el Facebook y nos hablamos por ahí.

Un cliente se convierte en “maridito” cuando se reporta a diario. Muchos de estos hombres ven como su vida se cae a pedazos cuando las modelos se van de vacaciones y dejan de conectarse por un tiempo. Han generado tal dependencia a verlas a diario que la ausencia de su modelo es como la abstinencia de un adicto. Con el tiempo muchos de estos “mariditos” se convierten en auténticos dispensadores de dinero. Mecenas virtuales que son capaces de viajar largas distancias para conocer en persona a sus amantes cibernéticos.

¿Algún cliente te ha prometido algo?
Uy, sí, siempre. Ellos te dicen: “Voy a estar en Colombia la semana que viene”. Y averiguan la ciudad dónde uno está, y el hotel más famosito como para impresionarla a una. Son muy payasos. Pero no todos son así. Yo tengo un amigo, la Brillo, que se consiguió un marido de verdad. Lo conoció por una página. La Brillo se arriesgó a darle sus datos personales y el maridito empezó a mandarle plata por Western Union. Ahí una sabe que el man es prometedor. Entonces una lo sigue probando y si el man sigue mandando plata, ya se convierte en maridito. El maridito de mi amigo efectivamente vino a Medellín y le trajo su iPhone a la Brillo y todo. Se lo quiere llevar. Yo le dije que le haga, ¿qué se va a quedar acá?

El día de hoy mi trabajo de reportería se reduce a observar a Barbie en acción. Su primer cliente entra a las 2:05 p.m. y lo primero que hace Barbie es pedirle que vayan al privado.

Jillakilladi5009: hi bb.
Jillakilladi5009: you look like a pornstar.
Feminine420: hi.
Feminine420: love you smile.
Djsbaa1223: como tienes ese pipi amor?

Esta sala es gratuita, cualquiera con solo registrar sus datos puede entrar y hablar con una modelo. Sin embargo, aquí el tiempo es limitado. En esta fase de no pago Barbie emplea todos sus encantos para convencer a sus clientes de que ingresen a una sala privada. Una vez allí el cliente tiene no solo toda la atención de la modelo sino el derecho de pedir lo que sea. Es una suerte de paraíso virtual donde todas las fantasías sexuales son posibles. No hay restricciones, bueno quizá el único limite es el cupo de tu tarjeta de crédito.

¿Cómo atraes a tus clientes?
Amor, muy sencillo. Poniendo las canciones que más me gustan y bailándolas resexy. Cada modelo tiene su estilo de música. Por ejemplo a Valeria, la que se hace detrás mío, le gusta mucho “Plan B” y reguetón. Con eso ella atrae a sus clientes. Yo me pongo a escuchar mi música en inglés y a cantar. Así los pesco.

Paréntesis. Valeria es la tranie que más dinero gana en el estudio. Su éxito se debe en gran medida al tamaño de su pene. Según Barbie la verga de Valeria es tan larga que ella misma puede hacerse un oral sin esfuerzo. Basta con que se siente en una silla y se agache un poco hacia adelante, curvando su espalda, y ya puede tocar la punta con la lengua. En el mundo de las webcams una tranie superdotada es como un delantero con una zurda prodigiosa: tiene el éxito asegurado.

Ahora Barbie baila con sensualidad mientras canturrea un estribillo empalagoso. Es “habits” de la cantante suecaTove Lo.

Duro1223: haces shows sucios?
Polaco: mostre o seu pau.
Duro1223: orinas y cagas?
Polaco: coloque sua boquinha bem pertinho vou beijar.

Barbie me dice que se puede ganar un millón doscientos mensuales trabajando medio día. Aprovecho y le pregunto que cuánto dinero se puede hacer en un buen día de trabajo. Ella me cuenta que si tiene suerte y le cae uno de esos privados largos se puede hacer 90 dólares en un par de horas.

¿Y en un mal día de trabajo?
En un mal día de trabajo uno se hace más o menos 10 dólares.
¿Alguna vez te ha sucedido que no te cae ni un solo cliente?
Ay, no. Yo gracias a Dios nunca he sufrido eso. No te miento que en un mal día me hago aunque sea 10 dólares. Pero hay gente que sí. Hay gente con actitud negativa y trasmite eso y nadie les quiere caer. Gracias a Dios ese no es mi caso.

El sistema de pago es muy sencillo: los clientes compran a través de la página en Internet los minutos que quieran con su tarjeta de crédito. Una vez han realizado este paso ellos deciden con qué modelo desean gastarse sus minutos. Cada minuto que pasen con la modelo les costará 1.99 dólares (cerca a $5.000 pesos). La página se queda con el 65% de ese dinero, el 35% restante va para la chica. Sin embargo, a esta cifra hay que restarle otro porcentaje, que es el que cobra el dueño del estudio por la vivienda y el mantenimiento de equipos.

Yo me hago unos 600 mil pesos quincenales, pero a eso hay que descontarle 75 mil por la vivienda.

Por eso, el tiempo que dure un cliente en un privado es preciado. Barbie lo sabe y se las ingenia para retener los clientes. Entre más minutos el cliente pase con ella, más dinero recibirá cada quincena.

Otherside11: hello
Joao171078: hi bb
Joao171078: 😉
Joao171078: kisses
Forever2win1st: you like small dick?
Joao171078: u have a sexy body bb
Joao171078: love u
Iwantyousexy: i want it
Barbiequeensxx: il give u info in pvt

Son las 2:40 p.m. y Barbie empieza a desesperarse. Su playlist da paso a “Genesis” de Grimes. De pronto se pone de pie y empieza a bailar con sensualidad. De un jalón se quita el brasier. Se aprieta los pechos y saca la lengua como si fuera a morderlos. Luego se sienta en un borde de la cama, abre las piernas, se baja la tanga y muestra su verga un instante, lo suficiente como para complacer el morbo cibernético de los internautas y lanzar el anzuelo. Su show ha surtido efecto, porque de inmediato incrementa el número de usuarios en su chat. Y con ellos las propuestas de todo tipo.

Rajesh777id: open ass please.
Rajesh777id: what is your size?
Bigboy123246: im so hard.

El catálogo de perversiones de sus clientes es tan amplio y variado que haría sonrojar hasta aquellos con la mente más enferma. Entre las peticiones más frecuentes de los internautas está la de defecar en vivo. Hay quienes le preguntan si le gusta tener sexo con niños. Y en una ocasión un cliente le pidió que se hiciera cosquillas en los pies y se riera mientras él se masturbaba.

Lo que más me piden mis clientes es que yo sea la dominatriz y ellos mis esclavos. Yo en mi vida real soy una niña pasiva, pero en las páginas los manes me buscan para que sea todo lo contrario. Entonces me toca actuar y decirles que me encanta comérmeles el culo y todo. Cosa que no me gusta, pero obvio yo lo hago por la plata. También les gusta mucho los juegos de inodoro. Quieren ver defecar. Son enfermos por eso. Son súper sucios.

Pero de todas estas peticiones hay una que, en su categoría de “Shemale”, compone la fantasía más apetecida por sus clientes. Esta fantasía no es otra que la de ver una mujer con pene. A diario Barbie le muestra su herramienta miembro a cientos de internautas que con la mano metida dentro del pantalón se masturban como adolescentes desesperados viéndola en la pantallas de sus computadores.

Es por esta razón que las frases que más veces lee al día Barbie en su chat son:

“How many inches?”

Y la segunda:

“Fuck my ass!”

Si creías que las transexuales que trabajan en el mundo del entretenimiento se ganan la vida siendo embestidas por vigorosos sementales, te equivocas. La mayoría de hombres que pagan por los servicios sexuales de una transexual lo que desean no es penetrar, sino ser penetrados. Su fantasía no es otra que ponerse de espaldas en el asiento trasero de un carro parqueado en un callejón oscuro para que una tranie los sodomice.

Manofstrength67: I miss her cock.
Manofstrength67: cock beautiful.
Dickboy666: u have heels u can wear.
Dickboy666: Top or bottom beautiful.

¿Tus clientes son en su mayoría gays u hombres heterosexuales?
La verdad todos son muy fingidos. Hay muchos que dicen: “Soy hétero y nunca he hecho esto antes pero me llama la atención. Pero soy curioso. Pero quiero probar. Mi esposa se acaba de ir. Mi novia está durmiendo”.

Tanteo el terreno y me aventuro a lanzar una pregunta inevitable.

¿Te consideras una prepago?

Barbie voltea la cabeza y mira hacia otro lado. Por primera vez en esta entrevista se toma su tiempo antes de responder.

No.
¿Tu familia sabes que trabajas como modelo de webcam?
Sí.
¿Y que opinan ellos de tu trabajo?
Mi mamá y en general toda mi familia son muy frescos con el tema– dice mientras posa frente a su webcam como una modelo de Vogue. Es como una diva del futuro abandonada en una polvorienta vereda del pasado.
¿Crees que muchas transexuales que trabajan como modelos de webcams lo hacen por gusto o por necesidad?
Muchas lo hacen por necesidad y porque este es un trabajo que ofrece algo cibernético y nada físico. Entonces las que no quieren prostituirse lo ven como una buena opción. Pero hay otras a las que les encanta. Les fascina dar lora y estar allí conectadas. Así y todo yo digo que la mayoría lo hace es por pura necesidad.

Conclusión: la mayoría de tranies que se dedican al sexo virtual lo hacen no porque les guste, sino porque es lo único que hay para ellas. Es eso o pararse en una esquina a vender su cuerpo a borrachos con el hambre atrasada de hembra.

¿Y tú lo haces por gusto o necesidad?
Yo lo hago por necesidad. Obviamente si yo no estuviera necesitada de plata no estaría aquí perdiendo mi tiempo.

Y tiempo es precisamente lo que muchas tienen que esperar antes de que un cliente se decida a ingresar a un privado. En el caso de Barbie le ha tomado unos 40 minutos hasta que por fin cae su primer cliente.

¿Tú puedes ver a tus clientes?
A los pocos que ponen cámara. Hay muchos que se meten sin foto, sin nada.

En este punto Barbie cierra la puerta, haciéndome un guiño que indica que debo esperarla afuera.

Me siento en un sofá a esperar y me encuentro con Valeria.

Hola, amor.

Valeria es la modelo superdotada de la que me había hablado Barbie. Tiene la piel morena y un culo enorme que parece fuera a reventar las costuras de su diminuta minifalda, que a propósito con cada paso que da se sube por encima de sus piernas, dejando al descubierto una buena parte de sus nalgas.

¿Tienes porro?
No.

Ante mi negativa Valeria me lanza una mirada de reproche, se da la vuelta y se pierde por un pasillo.

Al cabo de media hora, Barbie abre la puerta. Entro y veo que ha vuelto a pescar en ese mar revuelto que es el chat. Le pregunto qué tal estuvo y me dice que bien. Al parecer durante el tiempo que estuve esperándola afuera, le cayeron varios clientes, uno tras otro. Hay que tener dotes histriónicos para simular tantos orgasmos a la vez.

Jimdiamond1991: Can I see your ass?
Snowbound37: hello baby

En promedio, ¿cuánto puede llegar a durar un privado?
Un privado puede durar una hora, dos horas o lo mínimo, un segundo. Hay muchos que se meten al privado a ver qué es lo que está pasando y si no les gusta, se salen.
¿Puedes tener varios privados a la vez?
Sí, aunque es difícil. Por ejemplo, a veces sucede que un cliente quiere culo y el otro pide verga. Entonces ahí a una le toca hacer magia. Pero siempre hay una regla, el primer cliente es con el que una se queda. Al que más atención le das. Y cuando se va el primero, una se queda con el segundo.
¿Cuántos ha sido el máximo de privados que has atendido a la vez?
Por ahí unos cuatro. Yo entro en un trance y pienso que estoy haciendo un performance y doy todo de mí. Los que quieran quedarse que se queden. Porque tantos clientes a la vez no puedo, no soy un pulpo.
¿Qué es lo que más te gusta de ser modelo webcam?
Amor, me gusta que es un trabajo donde puedo ganar dinero sin tener que acostarme con nadie y que una puede ser una misma. O sea, te están pagando por tu personalidad y tu estilo. Y por cómo te presentas y cómo tú entretienes a tus clientes, todo eso.
¿Y lo que menos te gusta?
Tener que esperar por horas hasta que te entren clientes. Y que a veces ellos no duran y se van y te hacen quitar la ropa para nada.
¿Crees que este trabajo pueda llegar a afectar tu vida sexual?
Sí, mira que de tanto vivir eso todos los días, cuando una va a tener relaciones con alguien de verdad como que se le quita un poco la magia.

Son las seis de la tarde. Barbie apaga el computador y se desconecta. En unos minutos otra modelo se sentará en aquel cubículo. Pondrá otra música y otros objetos que harán pensar a los internautas que ese cubículo diminuto es su habitación.

¿Te gustaría retirarte pronto?
Sí, la verdad que sí.
¿A qué te gustaría dedicarte?
Al arte, yo soy muy creativa. Me gusta mucho coser y diseñar ropa. Tú me entiendes.

Le digo que le veo futuro en el mundo de la moda y ella sonríe y me responde: “gracias amor”. La misma frase que musita cada vez que alguien le dice, a modo de piropo, que su voz suena auténticamente femenina.

Barbie, ¿qué planes tienes para el futuro?
Amor, quiero salir adelante con mi carrera de diseño, operarme las tetas y ya salirme de esto.

Me despido. Barbie me da un beso en la mejilla y de paso aprovecha para lanzarme el golpe.

Amor, tu me puedes prestar dos mil pesos para comprarme un porrito.

Al día siguiente me conecto. Entro a ImLiife. Barbie está en línea. Algunas modelos miran su webcam con los ojos muertos, como peces encerrados dentro de una pecera. Por un momento me quedo observando todas esas ventanas con personas que simulan masturbarse en sus habitaciones. Con tan solo dar un clic puedes acceder a su intimidad y ordenarles lo que se te ocurra. Basta con ingresar los números de tu tarjeta de crédito e imaginar, por unos minutos, que esa persona que ves en la pantalla de tu computador está realmente excitada contigo, y que la mano que te masturba no es la tuya sino la de esa desconocida que finge tener un orgasmo justo en el momento en que eyaculas. Dejo a un lado mis pensamientos. Entro a Facebook para enviarle un inbox a Barbie y me encuentro con que acaba de actualizar su estado:

“Jajajajaja, los niños que me hacían bullying en el colegio, ahora tienen fantasías sexuales conmigo”.

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Al alba, el reloj señala las cinco y diez mientras Gerardo Chan Chan prepara una rebanada de pan con frijoles que le servirá de desayuno. Afuera el termómetro marca ya 28 grados centígrados, preludio de lo que será otra vez una jornada abrasadora. En la radio un adormecido locutor narra los titulares del día: “Un hombre acuchilla a su esposa en Maxcanú a causa de celos”, “Un homosexual es apresado en la Plaza Grande de Mérida por ofrecer favores sexuales”, “Los Leones jugarán esta noche en Kukulcán”. A las seis, el himno nacional resuena en la pequeña habitación mientras Gerardo toma su mochila y se dispone a salir rumbo al trabajo. Es viernes 8 de junio por lo que al mediodía deberá interrumpir su laboro para viajar a Mérida, al hospital general y cumplir con su cotidiana revisión mensual del VIH.

“El SIDA me ha traído más bien, que mal. Por él ahora aprecio más las pequeñas cosas de la vida: que el sol, que la lluvia, un amanecer, un nuevo amigo…”, musita Gerardo mientras remueve la tierra vieja. Se ocupa como jardinero desde hace tres años en casa de “unos ricos de la ciudad que se vinieron a vivir acá”. Es el pueblo de Sitpach, Yucatán, de apenas 1.500 habitantes y donde hasta hace no mucho tiempo se escuchaba de boca en boca la historia del Keken, el hombre puerco: la historia de Gerardo desnudo y maltrecho viviendo en un chiquero.

El día en que nació, el calendario maya yucateco le vaticinaba vida de pavo real. Su padre, en cambio, pensó que su hijo primogénito sería doctor, que hablaría perfecto español y que dejaría la vida del campo para vivir en la ciudad capital. Sin embargo, desde temprana edad Gerardo supo que no sería ni pavo real ni doctor; él quería ser cantante. A los 11 años de edad Gerardo confeccionó su primer vestido. Era similar al de una estrella de telenovela que había visto por televisión y quería utilizarlo en el festival de fin de curso de su escuela primaria. Su padre se lo impidió. Su madre no hizo nada. A partir de entonces, los problemas entre Gerardo y su padre empezaron.

“Mi homosexualidad inició cuando yo tenía
unos 7 años. Desde la primaria siempre me
cotorreaban mis compañeros diciéndome
que era yo un afeminado por lo que me
gustaban las cosas femeninas, como las
zapatillas, no sé, tenía yo algo de… me
gustaba jugar a las muñecas.
Me daba cuenta de que no era yo, bueno, se
decía que no era yo normal. Y poco a poco
empezaron mis compañeritos a
enamorarme y así, cuando me di cuenta, ya
estaba yo en el rol de la homosexualidad.
Obviamente no había yo, como decimos
ahora, salido del closet. Trataba de ocultar
mi homosexualidad, con eso de que la
religión que dice que “eso está mal” y que
me inculcaron esto… entonces como que
todavía yo no me descubría a mí mismo y
no quería salir. Me avergonzaba de mí
mismo”.

Podar las ceibas, regar las rosas y cortar algunos geranios que le servirán para adornar la casa de los patrones. Se siente contento del jardín que ha logrado confeccionar. Particularmente le enorgullecen sus flores. Las hay de color amarillo, rosa, carmín y violetas. De entre todas ellas, sus preferidas son los girasoles porque dice que son como él mismo: se acoplan a la vida. A veces, mientras corta el césped o unta abono a la tierra negra, Gerardo recuerda los días difíciles: aquellos días cuando sus padres al enterarse que estaba contagiado con la mala enfermedad lo orillaron a vivir en el chiquero que está detrás de casa. Días de castigo. Días de nadie. Días en los cuales no podía relacionarse con sus queridas hermanas, ni con amigos del pueblo o vecinos. Días de ausencia. Condenado a un rudimentario cuartucho de 3×3 en el que solo cabía él, un perro ocasional que le visitaba y las ganas de morir, Gerardo pasaba las horas esperando la nada.

Se siente confuso al rememorar si fueron seis meses o un año los que vivió en esas condiciones. Solo recuerda que se quedó sin ropa ya que su vestimenta era quemada inmediatamente después de cada vomito “para que no contagiara a nadie”. Recuerda también los platos desechables y un destartalado bote de plástico que en sus mejores días albergaba un yogur sabor fresa de la marca Danone. Ése era su vaso. Así eran sus utensilios para comer. Su mesa era el suelo rocoso y una vela a medio uso parecía ser la única luz que llegaba a su vida. Cuando la vela se acababa, la zozobra y soledad de Gerardo no tenían fin. “La pasé mal, pero los perdono y los comprendo: en ese tiempo, año 2001, nadie en el pueblo sabía nada sobre VIH y sus formas de contagio. Me convertí en la peste del pueblo”.

Mientras conduce su bicicleta rumbo al trabajo, Gerardo tararea esa canción de Willie Colón que resulta ser un himno: “No se puede corregir, a la naturaleza, árbol que nace doblao, jamás su tronco endereza”. Al llegar a su jardín, pregunta parsimoniosamente a las flores cómo fue la tarde del día anterior. El viento las mueve, como queriendo contestarle.

“En el 2001 llegó mi recaída; ya no me pude
levantar, se me caía el pelo, ya no podía
trabajar. Mi mamá ya sabía de mi
enfermedad para ese entonces, pero nadie
más. Vivía en casa con diarrea diaria y
medicamentos recetados por mi madre,
como pepto-bismol, hasta que llegó el
momento en que papá me preguntó: ‘¿Qué te
está pasando?’, a lo que respondí; ‘¿quieres
realmente saberlo?’. Siempre tuve mucho
pleito con él y por ello hasta con orgullo se lo
dije, por el rencor que le tenía: ‘Tengo SIDA’.
Enfadado me reviró; ‘¿Cómo va a ser? ¡Me
estás engañando!’. Nunca en mi vida lo
había visto llorar. Cuando se calmó me dijo:
‘Hoy vas a irte a vivir al fondo del patio, al
chiquero, donde los marranos. Ahí vas a
vivir’. Pintó una raya en el suelo y me dijo,
‘¡De aquí no pasas! Ahí se te va a llevar tu
comida’. Yo ya estaba cansado física y
emocionalmente, ya no podía yo rebelarme,
así que acepté”.

“Cuando supe qué es lo que está haciendo mi
hijo, pues me entristecí porque a nosotros
no nos está acostumbrado que un hijo se
trata como a una mujer cuando no es mujer;
pues nosotros cuando nace uno de tus hijos
estás contento porque sabes que es hombre
pero de un momento te dice ‘soy mujer’,
pues claro que no te lo va a decir rápido.
Pues de lo que yo no entendí es que entró a
trabajar en una casa y su trabajo, para
nosotros, no estaba acostumbrado porque es
trabajo de una mujer, entonces ¿cuál es su
oficio? En lugar que se vaya y busque
trabajo bien, porque dentro de nosotros no
se está acostumbrado, como campesinos que
somos, que un hombre vaya a trapear, para
nosotros no es trabajo de un hombre, es
trabajo de una mujer y empecé a mal
entenderlo”.

***

Junio del 2006
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

El albergue Oasis ofrece atención y estancia a portadores y enfermos terminales de SIDA y es la última morada que brinda cariño y cobijo a quien ya nada tiene. Allí las necesidades son tantas y los medios son tan pocos que la realidad obliga al enfermo a servir como enfermero propio y de otros; a cocinar; a ser confidente y poner el hombro; a limpiar los pasillos y los pequeños cuartos; a buscar esa vena aún no tan maltratada para inyectar; a bañar a otros menos fuertes y a reír mientras se pueda: el interno en Oasis es todo y es nada.

Tomé el autobús de la capital Mérida hacia Conkal una mañana en que el sol ya empezaba a derretir el entusiasmo. Uno se acostumbra a respirar poco a poco a riesgo de sentir como si el hálito quemara las entrañas. A mi lado viajaba un joven de rasgos mayas y entonces se aviva la pregunta sobre qué significa ser maya hoy en día. El camión estaba repleto de gente, gallinas y nostalgias a Peón Contreras. Aunque el trayecto de la capital Mérida hacia Conkal no es largo, el autobús hacía múltiples paradas; ya sea para bajar a la señora que había viajado a la capital a vender hamacas el día anterior, o ya sea para subir al señor que llevaba su par de chivitos a vender al pueblo de Chicxulub, más al norte de Conkal.

Al llegar al pueblo se tiene la impresión de haber viajado en la máquina del tiempo. El municipio es prácticamente plano, formado por llanuras de barrera con piso rocoso y ceibas, el árbol sagrado de los mayas. De vez en cuando una chachalaca cantaba a lo lejos o una iguana cruzaba en mi camino y aunque el poblado de poco más de seis mil habitantes llegó a albergar el cuarto convento franciscano de los tiempos en que el catolicismo español evangelizaba indígenas, éste luce ahora abandonado y semidestruido. Según el historiador Manuel Rejón, el nombre de Conkal proviene de una hermosa flor que se llama cuunka o kahyuc, pero dicha flor se esconde al visitante.

Un frágil viejecillo me recibió en un tendejón; le pregunté por la ubicación del albergue Oasis a lo que me respondió “¡ah!, el lugar de los enfermitos”, así, en diminutivo. “Por diez pesos yo lo llevo en mi bici-taxi, el albergue está lejos”. Después supe que el anciano se llama Camilo, supe que tenía 74 años y que había nacido en Mocochá, pero Mocochá es muy pequeño y prefería venir a trabajar cada día hasta Conkal. “No se quede mucho tiempo allí joven, el lugar está lleno de muertitos en vida”, advirtió mientras pedaleaba.

Al llegar al albergue dos niñas me reciben gritando “¡allí viene el lobo, allí viene el lobo!”. Horas después, mientras me cuenta la historia de su vida, Gerardo me muestra el vivero que construye detrás de las ceibas que bordean al albergue:

“Ahora vivo más tranquilo.
Aprendí que hay que darse a la vida sin
esperar nada a cambio. Lo que viene lo acepto y los días
son
unos iguales a otros.
Pero ¿sabes?, algún día saldré de aquí.
Ya me siento fuerte, con ánimos.
Quisiera trabajar. Quizá cortando el pelo o
cuidando plantas: ¿conoces tú algún lugar en
Mérida donde
me quieran dar trabajo?”.

La mirada y fisionomía de Gerardo se asemejan al Bacchino malato (1593), de Caravaggio.

Su historia de vida también.

***

6 de agosto del 2012
Sitpach, Yucatán

“Sé que algún día, cuando ya no tenga más
fuerzas, entonces tendré que regresar al
Oasis. Mientras ese día llega, no dejaré que
nadie más me llame agachado, ni que me
pise, ni que me haga sentir menos. Yo sé
mis derechos”.

Gerardo guarda una cajita escondida debajo de su cama. En ella atesora una piedra de color grisáceo la cual, dice, era su única amiga en los días en que nadie quería hablar con él. “No tiene nombre, pero ni falta le hace, nos entendemos muy bien”.

El día que me despedí de Gerardo llovió como nunca. Después del aguacero me dijo con una grande sonrisa: “¡Mira!, la lluvia lavó el cielo”.

Entonces me sentí limpio.

***

Domingo, 23 de mayo del 2010
Albergue Oasis. Conkal, Yucatán, México

Morgan, el perro, es la mascota de la gran familia llamada Oasis. No tiene cola pero sí muchas garrapatas en las orejas. Cada vez que uno le pide la pata solo recibe como respuesta una juguetona mordida. A Morgan lo bañan cada domingo horas antes de que inicie la transmisión por televisión del partido de fútbol, es entonces cuando gran parte de los compañeros de Oasis se reúnen a ver la feria de goles. No son muchas ni comunes las actividades que congregan a los internos de este albergue; quizá solo la misa de los miércoles, la comida al mediodía, el cumpleaños de alguien o el día en que la muerte y el virus vencen a otro compañero. Y es que portar VIH jode el ánimo y a veces solo quedan ganas para dormir, dormir y dormir, esperando la lenta última hora.

Situado a las afueras del poblado, para llegar a Oasis hay que pasar justo a un lado de la iglesia del Sagrado Corazón, en la Plaza Central, donde el párroco local, Jesús R., en su homilía de hace no muchos días dijo que los homosexuales son un problema para nuestra sociedad; que ofenden, atacan y destruyen la familia; que son peligrosos para la sociedad y que representan un problema social que hay que atacar; que la ley de Dios no perdona a los homosexuales y que éstos no van a entrar al reino de los cielos, por lo que no deben entrar a la misa. El domingo que el cura Jesús R. pronunció estas palabras en Oasis el televisor proyectó un partido en el que el Atlante ganaba 3-1 al Santos.

***

Martes, 12 de abril del 2011
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Algunos mejor que otros pero todos ayudan.

Se limpia el baño cada segundo día, el chiquero de los puercos cada fin de semana y el depósito de agua cada dos semanas. Aunque no está escrito en ningún lugar, los internos dividen sus tareas no acorde a sus conocimientos y habilidades sino a su estado de salud: los más fuertes dan de comer a los puercos y lavan los baños; los menos fuertes se encargan de la cocina y de barrer. Los que ya no tienen mucho camino por seguir, ellos descansan en una habitación especial a la que llaman el cuarto X o cuarto de salida. Allí llegan pacientes en fase terminal más o menos conscientes de que viven sus últimos momentos.

Después de ello, la nada.

La estancia es pequeña, con paredes de color verde turquesa y dos ventanas sin cortinas. Pocos sonidos llenan la sala; solo un parsimonioso ventilador y un único paciente que más que respirar, jadea. Carlos es su nombre pero nadie conoce su apellido. Pasa ya de los cuarenta años y fue llevado a Oasis desde el hospital general apenas el viernes pasado. Él quería morir en paz, lejos del anonimato y la frialdad del hospital. La gente de Oasis ya le conocía. Carlangas le llamaban con cariño.

Amarillo. Todo alrededor del albergue Oasis es amarillo: sus paredes, los platos viejos, el cielo del atardecer, el papel corroído del primer análisis con el que Carlos se enteró que era seropositivo, la dosis de Efavirenzque Juan olvidó ingerir, los ojos de Manuel quien descansa en el cuarto “de salida” destinado a quienes sus respiros están ya contados. Amarillo, en Oasis todo es amarillo. Del color de la orina cuyo olor invade la bodega cuando el calor arrecia en Yucatán. Del color de los días iguales, unos tras otros a la espera de que algo cambie.

Oasis es amarillo.

Son las cinco de la tarde y Reyna Patricia esboza una sonrisa apretada. “Estoy hasta la madre de este lugar, ya me quiero ir, pero no sé a dónde…”.

“No hay ninguna guerra. O sea yo siempre he
tenido clara esa, esa…
las dos facetas de mi vida, las he tenido siempre
bien claras.
O sea la prostitución es un hobby,
la prostitución es diversión,
la prostitución es pasarla bien,
la prostitución es placer,
la prostitución me da un poco de satisfacción
sexual,
y nada más.
La cocina es mi vida, la cocina es arte, la cocina
es lo que me apasiona,
lo que amo, lo que disfruto, lo que gozo. Pero
interno, me explico? Porque nace desde muy
dentro. O sea nace desde adentro”.
“…disfruto las dos facetas de mi vida,
ser Rey y ser Reyna Patricia.
Es siempre estar en medio del camino”.
“O sea, vivo ese momento, lo disfruto, vivo toda
esa faceta, vivo toda esa
transformación. Vivo esa emoción, esa
adrenalina,
eso que se siente dentro de mí.
Y se termina, vuelvo a regresar a casa, vuelvo a
regresar al cuarto,
me vuelvo a desmaquillar, vuelvo a quitar todo,
me vuelvo a
poner la ropa normal, y amanece
y soy Rey”.

“Un buen cliente, uno que lleve toda su semana,
con una cartera llena de dinero y se la pueda robar.
Entonces
ese es un buen cliente,
no importa que sea gordo, joven, viejo, chaparro,
una verga grande, una chiquita, gruesa, delgada, lo
que sea.
Lo importante es eso; que lleve eso, ¿me explico?
Con que lleve eso
sería suficiente, seria excelente una noche.
¿Pero y si no?”.

***

Viernes, 29 de julio del 2012
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Reyna Patricia tiene miedo a morir.

Frente a un ruinoso espejo en el que se observa un poster de Shakira, Rey abre su estuche de maquillaje mientras se mira con orgullo los pechos que aun conserva en su rechoncho cuerpo de varón maduro: “la cosecha de hormonas inyectadas en mis tiempos de juventud”, dice con una sonrisa.

Reyna Patricia es baja, espigada, y tiene la piel del color del chocolate. Su verdadero nombre es Reynaldo, tiene 40 años y desde hace cinco sabe que es seropositivo. Se pavonea caminando con pasos felinos, ondeando de lado a lado una peluca negra en forma de cola de caballo que le llega hasta los hombros y vestida con una minifalda y una blusa carmesí. Domina con glamour de reina de belleza unas sandalias de tacón alto del mismo color; vuelve al espejo y se pinta los labios gruesos de rojo escarlata.

Reyna Patricia solo quiere regresar al tiempo en que no era portadora del HIV.

“¿Qué si en dónde obtuve el virus de…?,
creo, que en Ciudad del Carmen, Campeche,
creo.
No estoy al cien por ciento seguro,
ya que en ese entonces viajaban por varios lugares
de la República, Estados.
Así que no puedo tener una certeza si fue en alguno
de esos viajes,
si fue en la Isla, si fue a bordo de barcazas o barcos.
No hay una seguridad en donde fue.
Lo que sí sé que a la edad de… a los treinta y seis
años, en una prueba de VIH
que se hizo en el hospital general de la Ciudad del
Carmen, Campeche, al ir a recoger los exámenes,
me dieron la noticia de que era seropositivo.
Fue la peor noticia del mundo, lo… lo más espantoso que
se pudo haber escuchado,
lo más horrendo que me pudo haber pasado.
No me quedó más que escapar. Escapar de la
realidad
porque no puedo decir que enfrenté en esos
momentos la situación, sino que la esquivé,
la evité, traté de olvidarla. Así fue mi salida de la
Isla (de Campeche)
a la ciudad de Cancún en donde empecé a
dedicarme a la hotelería
y a la prostitución.
Y empecé a vivir mi vida dándole rienda suelta a
todo. No me importaba nada en ese momento. Lo
que quería era autodestruirme,
acabar conmigo mismo, acabar con mi existencia,
acabar con todo porque
me decía que ya no tenía caso seguir viviendo.
No asimilaba, no aceptaba vivir con el VIH”.

“Fue una época bastante difícil, fue una época
bastante mala.
Guardando un secreto tan grande; no se lo podía
platicar a nadie.
No tenía el valor para hacerlo. Ni amistades ni
compañeros, nadie. No.
Ni a mi familia, porque ni a mi familia le dije nada.
Hasta el momento no le he dicho nada.
Mucho menos se lo iba a platicar a un extraño en
aquel se entonces.
Viví ese tipo de vida allá en Cancún; arrastrando ese
secreto, arrastrando esa frustración.
Eso fue lo que me llevó a hundirme más en las
drogas: meterme en la piedra, consumir más
cocaína,
inyectarme heroína… o sea quería acabar con mi
existencia. Pero al final a lo único que
me llevó fue a desgastarme más hasta el grado de
llegar a hospitalizarme”.

“Fue que llegué en aquel entonces, 28 de febrero
llegue a Oasis por primera vez”.
“Oasis… A veces yo he dicho que… Es un lugar
que existe.
¡Qué bueno que existan lugares como ese! Porque
verdaderamente puede
ser de ayuda a mucha gente con necesidades. Yo
Oasis lo he agarrado
como botiquín de último recurso. Hasta cierto
punto a veces me siento bien ahí,
y hay momentos en que me asfixia la vida de
Oasis,
a veces me desagrada todo lo que pasa, todo lo
que… Ver tanto sufrimiento de los demás, tanta
hipocresía…
me hace impotente”.

“Llego en un cuarto, me encierro. Llego, me
encierro, veo las cuatro paredes, me siento solo.
Una soledad que te cala, que te frustra, que a
veces me hace pensar para qué luchar,
para qué seguir.
Hay momentos en que no se le ve sentido a la
vida.
Luego con esta chingada enfermedad
vivir a base de pura chingada pastilla, llega un
momento en que te sientes agotado,
te sientes cansado”.

***

Martes, 7 de agosto del 2012
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Reynaldo. Rey. Reyna Patricia. Reynita. De ojos como espejo y manos de hombre de mar, me abrió su vida de par en par. Así supe que en los días en que se siente triste Reyna cierra los ojos e imagina otros ayeres, cuando trabajaba como cocinero en una plataforma petrolera en medio del Golfo de México. Entonces era ella la única diva en medio de un mar de obreros: 60 días a la mitad de la grande mar vendiendo favores a quien quisiera y en cuánto quisiera. Era ella quien manejaba gustos, tiempos y caprichos. Era ella quien manejaba al destino.

Hoy su agenda es distinta, el virus le recuerda que debe desvelarse poco, tomar los medicamentos, comprar decenas de condones e intentar comer bien. Pasa su vida entre el albergue Oasis y Playa del Carmen, Quintana Roo, a donde siempre regresa en cuanto su fuerza se lo permite y su falta de dinero se lo exige.

Así han sido ya los últimos cinco años de su vida: lejos del mar de su juventud y cercana al farol de cualquier esquina.

“No creo llegar a diez años.
O sea no es mi meta en la vida llegar a esa edad.
Siempre he deseado acabar joven,
bella y hermosa”.

***

—Compa, ¿me da chance de partirle la madre a este putito? –preguntó Alex al chófer del taxi que los llevaba de regreso a casa. Sus ojos estaban llenos de ira, de celos, de coraje.
—Mientras no me ensucien el asiento, yo no veo ni digo nada –respondió indiferente el conductor.

Entonces Deborah sintió caer sobre sí años de maltratos de su padre, reclamos de su novio Alex y todos los leñazos que la vida le había propinado. Todo allí, en ese momento, en ese taxi de color verde. Fue cuando lo decidió. Pensó para sí misma, en medio de aquel torbellino de golpes, que no tenía por qué seguir soportando más. Como pudo, abrió la portezuela del taxi y se aventó a la orilla del camino mientras el taxi seguía su rumbo.

Ensangrentada a altas horas de la noche y con la ropa maltrecha, Deborah se acercó al Hotel Paraíso y tuvo la suerte de encontrar a Manuel, su amigo de la infancia quien trabajaba allí como velador del estacionamiento.

—Préstame dinero, no seas malito.
—Chingado Deborah, ora sí que te partieron la madre. Toma, es todo lo que tengo.

Deborah recordó a María quien le había platicado del Oasis.

Al amanecer, con hambre, desecha y con frío, Deborah tomó el primer autobús que le llevaría de Mérida a Conkal. Al llegar, Carlos Méndez, director del albergue, le extendió una frazada.

—Claro que te puedes quedar aquí. ¿Qué sabes hacer?
—Pues la verdad nada, respondió Deborah.

A partir de entonces Deborah comprendió que cuando decidió huir de ese taxi huyó también de toda una vida pasada.

Aprendió a cocinar y a coser. Conoció a José y al amor. Empezó su rutina médica e intentó, sin éxito completo, dejar las drogas.

“Ahora ya solo fumo churro y chemo.
Ya dejé las duras”.

Un día en que Carlos Méndez la regañaba por haber quemado el pavo de Navidad a la hora de cocinarlo, Deborah supo que era el momento de saltar de nuevo por la portezuela. Ahora era más fuerte. Ahora tenía ya un amor.

***

Sábado, 26 de febrero del 2012
Motul, Yucatán

Mientras un pequeño perro ruano lame sus pies, Eyder Manzanero se dispone a iniciar el ritual de lo habitual. Es sábado y hace falta dinero para pagar la renta pasado mañana. José, su pareja, tuvo la mala hora de gastarse en cervezas el poco dinero que había ahorrado este mes, producto de un trabajo ocasional como albañil en una escuela del pueblo vecino, Tixkokob. Ahora Eyder –o más bien Deborah- tiene que enmendar la resaca de José.

Con la delicadeza de una quinceañera, Eyder aplica una base de maquillaje en su rostro. Después la distribuye uniformemente hasta que su cacariza piel de hombre adquiere una tonalidad similar a la de “una doncella maya, ¿o no lo parezco?”, me pregunta desafiante con esos grandes labios carmines. Me pide le ayude a escoger sus aretes aunque le confieso que los adornos me dan lo mismo. Entonces me responde ya no como Eyder, sino como Deborah: “Ustedes los hombres no saben nada de nada”.

Tacones con plataforma alta resuenan en las banquetas del pueblo de Motul. El autobús que viaja a la capital Mérida no tarda en llegar y Deborah apresura el paso rumbo a la parada oficial. Una vez dentro, y ya que el trayecto toma poco más de una hora, Deborah aprovechará para darse los últimos retoques y además hojear la revista Vanidades que guarda en su bolso de color vino. Mientras ella intenta responder un test de opción múltiple que se titula ¿Eres lo suficientemente cool?, un par de viejecillas del asiento vecino cuchichean algo que parecería estar destinado a Deborah. Ella parece hacer oídos sordos a todo. Su mundo es su cabeza.

Nuestra primer parada es el bar La Oficina. Dos cervezas de litro y música de los años setentas invaden mi cabeza. Deborah ha dejado de poner atención al periodista y a la fotógrafa que estamos frente a ella en la misma mesa. Aunque no lo parezca, está ya trabajando: lanza miradas como anzuelos y parecería que un hombre de una mesa contigua a la nuestra será el primero a quien venderá sus amores peregrinos a cambio de una sonrisa y 200 pesos. Mismos que le servirán para completar la renta de pasado mañana lunes, cuando Eyder empiece de nuevo su semana normal en Motul.

***

Después de tres días de amnesia a causa de los muchos sicotrópicos que ingirió dentro del penal a donde había caído por tercera vez, Deborah se despertó con una nueva sorpresa: un tatuaje en forma de flor en su espalda donde se alcanza a leer Eyder / Chako, en referencia a sus dos vidas.

***

Mientras los habitantes del pueblo de Motul se preparan para regresar del trabajo a casa, Deborah se alista para salir a trabajar a las calles de la capital Mérida. 200 pesos servicio completo; 70 pesos una cachucha (sexo oral).

“Mis compañeras fueron las que me
empezaron a inyectar hormonas y aceite
comestible en forma de triángulo en cada
pompi. Luego íbamos a talonear y me
gustó: nunca olvidaré la primer noche,
gane 1.500 porque me metí con tres
hombres, así empecé y ya luego la escuela
no me importó, ¿pa’ qué?”.

“Por mil pesos. Dejé que me infectaran de
VIH por mil pesos. Por tener un poquito
más que las demás esa noche”.

“Quisiera hablar con mis familiares, hablar
de en dónde me van a enterrar cuando yo
ya no esté aquí. 16 años ya que me
diagnosticaron, desde que tenía yo 19
años”.

***

17:30
Motul, Yucatán

José, pareja de Eyder, espera sentado en la hamaca a que su pareja se convierta en Deborah.

Ya en Mérida, la Calle 58 es el paraíso de la prostitución: las hay jóvenes y guapas que desertan de Cancún ante la dura competencia: las hay locales y maricas. Eyder, Deborah, ocupa el último escalafón en la pirámide del sexo-servicio. El final de la Calle 58 así se lo recuerda. El ambiente es pesado, huele a licor mal destilado y lujurias por cumplir. Payaso, de José-José, suena en la rocola mientras Deborah hace cuentas en voz alta: “con esto tengo para un churro y unas guamas. Condones y medicinas. La renta y tortillas. ¡Hasta pollo alcanzaré!”.

Deborah; maya, homosexual y seropositiva, vio en la prostitución la única puerta de salida para una vida de condena continua. Orgullosos de los indígenas solo cuando aparecen en los libros de historia, la sociedad mexicana ha orillado a esta cultura a trabajos de mierda: construyendo hoteles de lujo para turistas o limpiando casas de ricos al norte de la ciudad.

“Es difícil ser maya, marica y tener sida. Jodida está la cosa”, nos dice Deborah antes de levantarse de nuestra mesa para empezar su jornada de trabajo.

Casa de masajes

Publicado: 11 abril 2011 en Andrés Delgado
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Sentado en el sofá de la sala, me refresco la garganta con un buen trago de cerveza Pilsen. Siento que la efervescencia me sube por el pecho, de modo que llevo el puño a la boca para eructar con decencia. El patrón de la casa acaba de meterse por un pasillo estrecho para llamar a las chicas de los masajes. La sala donde estoy es cerrada como un horno. El aire es denso y la bombilla de cuarenta bujías alumbra con miseria. Los muebles están descosidos. Una nevera con el logo de jugos Tuttifrutti está llena de cervezas. Una pared, con la pintura descascarada, tiene un afiche-calendario pegado con chinches. Me doy otro trago de cerveza fría y escucho las risas y el parloteo que se aproxima. La situación es esta: imagínese que va de visita a la casa de un amigo. El amigo lo deja en la sala y va a la pieza. En vez de volver con el último dvd pirata que compró, regresa acompañado con ocho mujeres. Todas en tangas diminutas. Delicioso, ¿no? Ninguna de ellas suma 25 años. A vuelo de pájaro, todas se ven muy buenas. Me siento como un niño antojado, mirando una carta de postres de Crepes and Waffles. ¿Quién no ha soñado con una fila de mujeres en tangas para escoger? Bendita sea la Arabia Saudí, la arena del desierto y el calor infernal, los camellos, los oasis y los turbantes. Creo que me convertiré al islam.

Las casas de masajes provocan curiosidad. Bien sea por la atracción que ejercen las mujeres fáciles y desconocidas o simplemente por calmar el deseo de saber cómo son estos lugares. La curiosidad comienza a picar al recibir, en el centro de la ciudad, un papelito de publicidad. “Disfruta tus fantasías”, dice la credencial de la casa Ángeles de Fuego. “Déjese atender por nuestras hermosas chicas”, anuncia la casa Latinas. En promedio, media hora cuesta 30 mil pesos y una hora 50 mil. Incluso hay promociones desde 20 mil. Es muy fácil dejarse tentar, pues el centro de Medellín está infestado de bellezas que trabajan en casas de masajes. Sin embargo, es difícil saber con precisión la estadística oficial de mujeres que ejerzan la prostitución en estos sitios. Las causas que impiden tener un censo real son varias: la clandestinidad, la movilidad de las casas y de las mujeres; el miedo para acogerse a los programas y la intimidación de los patrones. En 2010, la Fiscalía recogió 1.500 denuncias de abuso sexual efectuado por proxenetas, pero sólo se atendieron 480 casos. Por otro lado, el programa de la Alcaldía “Por una vida más digna” ha atendido unas 1.800 personas que ejercen la prostitución. Lo que sucede es que, si bien unas entidades quieren reducir el negocio, otros sujetos en cambio se ven obligados a promoverlo. ¿Qué sería de los solteros, con los dientes torcidos y caspa en el pelo, sin sus putas? Ni que decir de los casados.

Sentado en el sofá de la casa, sostengo la Pilsen y estiro la derecha para apretar la mano de Marcela. Las mujeres hacen fila para conocerme. Marcela me mira maliciosa, me pica un ojo y desaparece en tangas por el pasillo, pero antes, le veo un precioso lunar en el cachete del culo izquierdo.

—Hola, Adriana,—me dice otra— mucho gusto— y me da un piquito.

—Pedro— le contesto, sabiendo que todos aquí nos cambiamos el nombre. Adriana es blanquita y no tiene brassier. Tiene unas enormes puchecas de mesera. Cuando se agacha para darme el pico, empina la nalga y sus pezones rosados apuntan al piso.

A Cristina le miro los pies. Está descalza, es morenita y delgada; en shorts de índigo con el cierre abajo. Le veo los pantis. Son rojos. Cristina está fresquita, como acabada de duchar. También me dan la mano Tatiana, Carolina y Natalia Y otras dos.

Con la cerveza en la mano, pienso en pedirle al patrón que vuelva hacerlas pasar. Recuerdo que Alfredo alguna vez me dijo: “jamás se coma lo primero que vea.” Alfredo es abogado, tiene 34 años y un sólido matrimonio con una diseñadora profesional. Tiene dos hijos y una férrea trayectoria como fornicador de medio día. Él mismo lo dijo: “Solo los putañeros tenemos el privilegio de hacer el amor los martes a las tres de la tarde”.Entonces le pregunté si su mujer lo había pillado alguna vez. “Nunca”, contestó.

En una oportunidad, encamado con una de sus puticas, Alfredo no fue capaz de venirse. La chica poseía un formidable culo de comadre. “Éramos amigos, yo la visitaba y tomábamos cervecita”.

El día que Alfredo no se “desarrolló” fue de lo más extraordinario. Finalmente se vistieron y cada cual se fue a lo suyo. En las horas de la noche, cuando Alfredo llegó donde su esposa, se cambió la ropa y colgó el pantalón en el perchero. Entonces su mujer tuvo que esculcarle, buscando una plata, y encontró un condón arrugado, pero vacío. Furiosa, le hizo el reclamo. Alfredo improvisó sin pensar: “¡Mi amor, ese Ricardo es un hijueputa!”. La excusa resultó perfecta: su compañero de trabajo, por pura maldad, le había metido el preservativo al pantalón.

—Menos mal el condón estaba vacío, —me dijo Alfredo—, porque como le digo, ese día no alcancé a venirme.

—Pero ¿cómo diablos fue a dar ese condón al pantalón?— le pregunté.

—Me parece que fue la putica. Ella sabe que soy casado y, como no me la comí bien comida, creo que estaba celosa.

Alfredo me invitó a la casa de masajes donde es cliente fijo. Eran las 4:30 de la tarde. Tocamos en una casa cerca del Parque del Periodista y nos abrió una señora de unos 50 años, con cara de tendera, cigarrillo y chanclas. Se llamaba Rosalbita. Alfredo saludó de pico y un abrazo muy sentido. Entramos y pasamos por la primera sala, luego por una segunda y finalmente nos sentamos en una tercera instancia. Los corredores eran oscuros. La casa era como un chorizo. El mobiliario estaba gastado y las paredes no colgaban un cuadro. Pedimos cerveza y cigarrillo. Alfredo le comentó mi proyecto sobre la crónica para UNIVERSOCENTRO. “Pregunte lo que quiera, —me dijo Rosalbita—, pero no ponga mi nombre.” Entonces llamó a las muchachas. Eran solo dos. Era un mal día con poca demanda y oferta. Una de ellas era negra con interiores blancos. Se llamaba Vanesa. Alfredo la sentó en sus piernas. La otra era blanquita, se llamaba Tatiana. Estaba en tangas, como si no se hubiera bañado en todo el día.

Según Alfredo, el secreto para disfrutar las puticas es hacerse cliente. Ir “serruchando allí y allá” no es buena idea. Alfredo me cuenta que alguna vez ensayó en una casa desconocida y le robaron el celular cuando se quedó dormido.

Sentados en la sala, Alfredo preguntó:

—¿Por qué tienes en el hombro ese morado, Rosalbita?.

—Esta semana casi me viola un tombo — contestó.

El uniformado la encerró en el baño y por nada se la come ahí. Ella se resistió y el tipo le pegó un puñetazo. “Lo voy a denunciar”, remató Rosalbita.

Por lo que noté, las historias aparecerían sin hacer muchas preguntas. Las tres mujeres tomaron cerveza por cuenta de nosotros. La sala era oscura. Mientras hablamos, íbamos fumando y tirábamos la ceniza al piso.

La segunda razón que tiene Alfredo para hacerse cliente es no correr un riesgo: que no se le pare. “Por más putañero que usted sea, llave, —me dijo—, ir de putas causa miedito”. Entiendo lo que me dice. Visitar las putas causa curiosidad, expectativa, nervios y cierto vértigo. Precisamente, lo que las hace tan atractivas. Pero estas emociones pueden desembocar en un suceso terrible. Que a usted no se le pare. “A menos que se tome un viagra, —dice Alfredo—, pero tomar viagra con las putitas no tiene sentido, con mi mujer sí”.

Otro trago de cerveza en la sala de Rosalbita.

—Ayer un man me estaba dando por detrás -nos contó Tatiana, la blanquita— y casi rompe el condón.

Una calada de cigarrillo. Tatiana nos cuenta que su primera vez en el negocio fue con un político de La Alpujarra, “un diputado”. Ella tenía 17 años y el tipo le pagó 300 mil por un polvo. Desde ese momento se hizo “adicta a la plata fácil —dice y continúa—, la gente le pone mucho misterio a este trabajo pero la cosa no es tan difícil, uno se empelota se lo deja meter y ya”. Además, nos dijo que trabajar de prepago en la calle es mucho mejor que en las casas de masajes.

—Rosalbita, y ¿cómo son las muchachas nuevas? —le pregunté pensando en los papelitos que dicen “se solicita personal bien presentado”.

—Todas las semanas vienen —contestó— pero no se amañan. Las condiciones son: mayores de edad y un examen de sangre reciente. Una muchacha nueva, que nunca había putiado, hubo que enseñarle a poner condón. Aprendió con una botella. Se le dijeron las reglas: no se deje tocar mucho, no de besitos, y si el cliente quiere una chupadita de teta pídale más plata. Y nunca, nunca diga que es la primera vez. Pero esta culicagada, lo primero que se le dijo y lo primero que hizo. Cuando el primer cliente la eligió, ella confesó que estaba muy nerviosa y, claro, el hombre se aprovechó de eso. Se la comió como le dio la gana, como será, que hasta la puso a pupar y después el tipo le bajó a la cuquis.

—!Huy, fuchi! —reniegan a la vez Tatiana y Vanesa.

De los 30 mil que cada cliente paga por media hora, Rosalbita se queda con 13 mil y ellas con 17. Vanesa la negrita dijo que prefería putiar en vez de terminar el bachillerato para después ganarse un “miserable mínimo”. En su casa, la mamá no sabe a qué se dedica, pero lo supone y no le dice nada porque Vanesa pagaba los servicios públicos.

—Hay tipos que son muy groseros —dijo Vanesa sentada en las piernas de Alfredo— pero este man es un caballero, yo lo conozco— y le da un besito en el cachete.

La tercera razón que tiene Alfredo para hacerse cliente tiene un carácter financiero: obtener crédito. Según él, los patrones de algunas casas le han llegado a fiar. Algunos martes se va de putas y sin un peso en el bolsillo. Se toma unas cervezas, picha y paga a los quince días. “Me he demorado hasta un mes pagando un polvo —dice—, pero pago, porque yo soy muy honrado”.

En la casa de Rosalbita tocaron la puerta. Ella se levantó para abrir. Nos quedamos atrás. Es un cliente. Rosalbita lo sentó en la primera sala. Cuando volvió, acosó las muchachas para que salieran donde el tipo. Vanesa y Tatiana se acomodaron las tanguitas y salieron caminando. Ambas estaban descalzas. Alfredo y yo fumamos mirando al techo. Me pareció que las nenas caminaban en dirección del patíbulo.

Regresó la negrita y se sentó. Un segundo después, Tatiana pasó por el corredor seguida por un sujeto. Ambos iban con el entrecejo fruncido. Bien lo dijo Camargo: “En el sexo hay que descansar de la cortesía y el amor”. Pero no tanto. El tipo con gafas y panza, tenía cara de profesor de escuela. Tatiana, en efecto, iba para el matadero.

Rosalbita volvió a sentarse. Eran las seis de la tarde y a las siete se cierra el chuzo. Otra ronda de cerveza. Me pareció estar haciendo visita en la sala de una tía. El timbre volvió a sonar. Rosalbita fue y volvió con una preciosura de escasos 16 años. Nos presentó. “Mucho gusto, Susana”. La niña se sentó con la columna derechita. Parecía una colegial. A Alfredo le brillaban los ojos:

—¿Y tú trabajas aquí?

—No —contestó— vengo a saludar.

Nadie le creyó, pero igual le seguimos la corriente. Nos contó que estudiaba en la U de A bacteriología y comentó varias historias sobre los profes, compañeros y exámenes. Alfredo estaba encantado. Vanesa la miraba de arriba abajo. Yo pensaba en Tatiana, la blanquita, y en lo que sucedía en una alcoba de la casa.

Rosalbita fue por otra ronda de cervezas y Susana, la niña, se levantó al baño.

—Mucha perra —dijo Vanesa— dizque no putea…, una es la que trabaja aquí y esa perra viene y se roba los clientes, Rosalbita lo sabe.

Alfredo y yo tomamos cerveza y nos hicimos los pendejos.

No habíamos hablado mayor cosa, cuando volvió a aparecer por el corredor el cliente de Tatiana. Pasó rápido y se largó. Era hora de cerrar el negocio. Vanesa y Tatiana se arreglaron para salir. Rosalbita caminaba con una trapera de aquí para allá. Me gritó: “Tiene que venir con más tiempo para que me entreviste de verdad” y se metió por un corredor. Nos quedamos con Susanita. Ella sacó el celular y nos preguntó el número de teléfono. Alfredo me miró malicioso.

—Hágale rápido —lo acosó la niña.

Alfredo le dictó y luego yo le di el mío. Susana los guardó y nos hizo una llamada perdida a cada uno.

—Me llaman y nos vemos en la tarde, pero no aquí —dijo—, porque a las siete tengo que estar con mi novio – y remató con esa sonrisa de colegial.

Más tarde, Alfredo y yo nos fuimos a rematar a un billar. Vanesa tenía razón: Susanita nos salió maestra.

Todo esto, hasta que fui a la casa de masajes sin la compañía de Alfredo. Tenía que hacer el trabajo de campo para la crónica, meterme en una pieza y probar un masaje púbico. Las ocho mujeres se presentaron y se metieron por el corredor. Sentado en el sofá de sala, con el patrón esperando que le dijera el nombre de mi elegida, me acordé de lo que dijo Alfredo: “Jamás se coma lo primero que vea”. Sentí el sofoco de la sala. Miré el calendario pegado con chinches y sentí vértigo. Me hubiera tomado un viagra.

Para entonces, había truncado la relación entre cuerpos y nombres. Creo que había una Claudia y una Yuliana, no recuerdo bien, pero es que en todas las casas de mansajes hay Claudias y Yulianas. No retener los nombres fue un problema grave, muy grave. ¿Tatiana era la yegua morena con una cola de caballo en el pelo? O era Carolina, no recordaba. Me parece que Vanesa tenía un culo cartagenero, dominicano, brasilero, un culo tropical, en todo caso, o era de Natalia. El patrón me miró: “Diga pues, a ver cuál le traigo”. Me tomé un trago de Pilsen y me rasqué la cabeza.

Al azar dije “Adriana” y el patrón se perdió por el corredor. De vuelta, llegó de la mano de unos senos preciosos. Adriana en tacones, tangas y puchecas, me hizo levantar del sofá. Me agarró de la mano, me subió por unas escalas y yo la seguí como un niño regañado. Efraín Medina dijo: “Es increíble cómo funciona el juego de la seducción, siempre el que se cree cazador resulta ser la presa”.

Yo me llamo Dayana Andrea*, tengo 16 años y comencé a ejercer la prostitución desde que tenía 13… No, no, no, desde que tenía 12… Todo comenzó porque yo me iba a trotar ahí a la Plaza de Toros y conocí a un señor que me dijo que si yo quería ganar dinero… Él me llevó a un sitio que se llama El Maracaná. Era un burdel. Él me conquistó a mí diciéndome que iba a ganar dinero, ¿ya? Y como esta ciudad es tan pobre… ¿ya me entiendes? Y yo no es que esté muy bien que digamos, ¿ya? Yo acepté porque mi mamá no me quería regalar ni pa mis toallas higiénicas… Y yo ya era una señorita… Él cobraba 40 mil por mí y me daba 20. Si el cliente tenía dinero cobraba 100. Siempre sacaba la mitad… Después empecé yo sola. Ya los policías me dejaban trabajar… porque ellos lo dejan trabajar a uno… Todavía estoy trabajando…

Ella es el rumor que niegan los promotores turísticos. El dolor de cabeza de algunas autoridades. Un mal chiste en las plazas del Centro Histórico amurallado que de tanto en tanto se engalana con la presencia de un presidente, un artista internacional, un cualquiera. En el mundo de los grandes festivales culturales que se realizan aquí anualmente, de los invitados de lujo atraídos por la historia de este jardín de las delicias de casi 500 años, esta muchachita con cuerpo de mujer es apenas la negraza de culo firme que se ve en una calle por ahí, se mira un segundo y deja de existir.

Ella ni siquiera forma parte de las estadísticas. Porque no hay cifras confirmadas ni registro único de datos sobre menores explotados sexualmente en Cartagena de Indias —la consentida de Colombia y sede alterna del Gobierno Nacional, 1.090 kilómetros al norte de Bogotá—. Extraoficialmente, se dice que llegarían a los 2.000. Andan por ahí, casi invisibles, en cualquier esquina, en cualquier cuarto de hotel barato. La ciudad que fue un pueblo de esclavos, siglos después, lo sigue siendo.

De vez en cuando se escuchan noticias de ellos. Registros discretos, claro. La más reciente es de hace un mes cuando el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) capturó al ciudadano inglés Paul Anthony Brailsford en la vecina Santa Marta. Vivía en Cartagena desde 2001 y en su apartamento se encontraron fotos de niñas desnudas. La postal de la infamia: dos hermanitas, de 12 y de 14, teniendo sexo oral entre ellas. Se declaró inocente.

Viernes, 11:00 p.m. De nuevo un festival (esta vez el Internacional de Cine de Cartagena) concentra la atención de ese único 30% de población que no vive en condiciones de pobreza. La noche promete movimiento en la Plaza de los Coches, donde se levanta la antigua Torre del Reloj, que es la entrada principal a la ciudad amurallada: suena el bullerengue de un grupo folclórico, la salsa de un establecimiento al aire libre y las botellas de cerveza en las mesas del lugar. Sonríen los turistas, sonríen los nativos. Empiezan a aparecer las chicas solas que también sonríen, a cada extraño que pasa por su lado.

Un primer intento con un vendedor ambulante de chicles y cigarrillos que pasa por la plaza:

— ¿Cómo te llamas?

— Julio.

— Julio, ¿sabes dónde se consiguen chicas jóvenes?

— ¡Pero claro! Si tu quieres te llevo ya, es aquí cerquita.

Ciertamente no está lejos. Es con exactitud a una cuadra del Palacio de la Aduana, donde funciona la Alcaldía Mayor, en la calle Cochera del Gobernador. Es un puticlub y se llama Isis. La alcaldesa Judith Pinedo nos contó que han intentado cerrarlo varias veces, pero los dueños “tienen todo en orden”. No parece haber menores aquí.

Julio se desaparece. La Plaza de los Coches, el Camellón de los Mártires y las calles Primera de Badillo y de la Media Luna están ahora llenas de “chicas jóvenes” que caminan solas de un lado a otro, atentas, acaloradas. También las hay viejas, gordas, negras, blancas. Muy pocas parecen menores de edad con esos tacones altos y todo ese maquillaje. Son pura calle.

3:00 a.m. El hombre es flaco, de cabello largo, bigote canoso y acento paisa. Tiene puesta una chaqueta negra con el logo de Isis. Dijo llamarse Rafael:

— Me dijeron que estaban buscando chicas. Ustedes estaban en Isis, ¿verdad?

El reportero gráfico que me acompaña apenas alcanza a asentir.

— Encontraron al que era, papá. Yo soy el tipo que hace el putitour en esta ciudad. Ustedes díganme qué quieren no más que yo se los consigo. ¡Lo que quieran! Miren, miren no más estos folletos, mijo.

— ¿Tiene menores?

— ¡Lo que quieran! ¿De cuánto la quieren? ¿De 13, de 14? Hace poquito un español me estuvo pidiendo una de nueve.

— ¿Y cuánto cobra?

— Ah no, hermano, eso sí usted arregla directamente con la pelada, pero eso sí le puedo decir: son unas ricuritas, con la piel suavecita, de buen cuerpo, mamacitas, como las mujeres de aquí. Eso sí, el pelo lo tienen apretadito.

— ¿La puede buscar ya?

— Nooo, a esta hora ya no. Mire, ellas están por aquí más temprano, porque muchas viven con sus papás. Las encuentran como de 9 a 11. ¿La quieren para un trío?

— ¿Hace cuánto trabaja acá?

— Ustedes como que están haciendo muchas preguntas. Pilas, no me saldrán con que son entrevistadores, hijueputa. Yo llevo mucho aquí, papá, yo soy el hombre, el propio para lo que quieran. Pidan, pidan lo que quieran…

* * *

Dayana Andrea parió a los 14. Le puso Sebastián. El padre era un cliente, un taxista, al que se lo daba por 40 mil pesos la hora y quien después, por supuesto, no quiso volver a saber de ella. Dayana Andrea no sólo sería uno de los 2.000 niños prostituidos de Cartagena. Es, además, una de las 4.600 madres adolescentes que cada año dan a luz en la ciudad. No es la madre más chiquita. En 2009, la Clínica de Maternidad Rafael Calvo atendió a cuatro niñas de 11 que tuvieron ahí a sus hijos. Dayana Andrea a veces se pierde de la casa en la que vive con su abuela y su hermano, pero nunca deja de ir a llevarle jugos y pañales a Sebastián.

Tenía 7 años cuando la violó el marido de su madre. La violó a los 7, a los 8, a los 9. Ella, dice, era la segunda mujer del tipo. Tenía 13 años la primera vez que se vio amenazada por la acción de la Policía: una madrugada hubo redada en El Maracaná porque corrió el rumor de que ahí estaba trabajando una menor de edad. La escondieron debajo de una cama sobre la cual otra muchacha prestaba un servicio. Tenía 15 años cuando comenzó a consumir drogas en un prostíbulo llamado Añoranzas. Marihuana. Se la brindó una compañera de labores. También probó el perico, pero no le gustó.

Ahora trabaja en la calle. En el sector conocido como la bomba El Amparo, una esquina en la que funciona una gasolinera a unos 45 minutos del Centro Histórico, por el que de vez en cuando se pasa para buscar más clientes. Dayana Andrea no lo sabe, pero en un año llegan en promedio a la ciudad entre 500 mil y 700 mil turistas, por tierra, por avión, en cruceros (al aeropuerto internacional Rafael Núñez, por ejemplo, arribaron 137 mil pasajeros de otros países en 2010). La cifra es lo de menos. Ella sólo sabe que llegan y que traen dinero. El dinero que ella necesita para sus cosas del colegio, uno público en el que cursa por las noches los grados 8° y 9°. Y para su niño.

Yo salgo más que todo los viernes, sábados y domingos… Trabajo de 1 a 5 de la mañana… Pero mi bebé nunca me ve ni llegar ni salir… En un día me hago 200, pero los extranjeros, mira, pagan más. Yo he estado con italianos, con gringos. Me dan 100, 150… Aquí ganan mucho las menores de edad porque a los hombres les gustan las niñas. O sea, no las buscan tanto por menor, sino por la morbosidad, ¿si me entiendes? Piensan que las niñitas son más cerraditas… Esas cosas… ¿ya?… Tu sabes cómo son los hombres… Yo ahora estoy con un hombre, él no hace nada, él es bandido… antes me regalaba y me regalaba, pero ya ahora es diferente… Porque mira, él me partió la boca… Yo no lo dejo porque él me ayuda cuando yo doy cosquillas, ¿sabes qué es eso? O sea, yo meto los dedos en los bolsillos sin que se den cuenta. A veces saco 600, a veces saco un millón, a veces saco 100. Es fácil. O sea, yo vengo y me acerco a los hombres… Comienzo a seducirlos, les saco el dinero… ¡Ay! Pero si te digo esto y tu lo sacas, ¡imagínate! Después los hombres no se dejan… Después yo te muestro pa que sepas…

* * *

Los niños prostitutos existen. Están en las calles. Toca buscar su rastro en las instituciones. Allá, donde está la gente seria con sus papeles y sus estadísticas. Allá, donde, se supone, se encuentra el plan mágico de las autoridades para acabar con este delito.

Los números son muy pocos: la Unicef asegura que en Colombia 30.000 menores son explotados sexualmente. A la Fundación Renacer, con sede en la ciudad, se le atribuye que en Cartagena podrían ser de 2.000 a 3.000, aunque la institución no confirmó el dato y más bien aclaró que llegar a uno definitivo es complicado. En las entidades estatales la cifra es una hoja en blanco: ni la Alcaldía ni la Policía Metropolitana ni el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) ni la Fiscalía pudieron dar una.

Pero hay algunos números para entender el fenómeno: la llamada ciudad Heroica tiene oficialmente 852.236 habitantes, aunque se habla de que éstos ya sumarían el millón. El 70% vive en condiciones de pobreza, algunos en las tristes invasiones que conforman un cordón de miseria que ha sido comparado con las zonas más infortunadas de África. De ahí, de entre los pobres, saldría gran parte de los muchachitos que terminan prostituidos.

Es la explicación de Quelis Rodríguez y Antoine Lissorgues, de la fundación suiza Tierra de Hombres, que trabaja desde hace 30 años en el país y es la única en Cartagena que, además de realizar acciones de prevención, representa jurídicamente a las víctimas sin ningún costo.

El director regional del ICBF, Jorge Redondo, declara que si la pobreza fuera un condicionante, “el 75% de la población cartagenera estaría en esa situación”.

Como sea, Rodríguez y Lissorgues describen el siguiente panorama: “Antes de 2005 era muy común ver a los menores en la calle. Ahora, con la tecnología que brindan las redes sociales y el celular, es menos evidente el contacto”.

Y describen las modalidades de los explotadores: prostitución infantil en el barrio, en la calle, en los establecimientos, en las redes sociales (ver recuadro). El entramado del turismo sexual incluye en ocasiones a taxistas, cocheros, botones de los hoteles, vendedores ambulantes, como Julio, el hombre de la Plaza de los Coches.

Dayanas y Rafaeles andan por todas partes en este salón nacional de fiestas que es Cartagena de Indias sin que nadie repare mucho en ellos. Excepto, claro, los interesados en el negocio. Incluyendo a uno que otro extranjero.

Los extranjeros, mija… ay, ojalá un extranjero me sacara de pobre… pero yo no les creo… a veces me arman unos shows porque yo les prometo una hora y después apenas los dejo como 15 minutos… Un día uno me partió la cara, todo esto, mira… Me quería quitar la plata que él ya me había pagado y yo no me quería dejar… ¿Qué historia, verdá?

“A los 15 le vendí mi virginidad a una agencia de prepagos”: David

Como perdí el 10º decidí salirme del colegio y meterme a una agencia de prepagos que manejaba un muchacho bogotano. Yo tenía 15, pero él siempre me pedía que, con los clientes, aparentara ser de menor edad. Que me vistiera como niño, especialmente con los extranjeros, que pagaban de 200 para adelante, aunque la mitad siempre iba para la agencia.

Cuando les dije que era un pelao virgen, me dijeron que eso se podía vender bien. Me tomaron unas fotos y como un día después la vendí en millón y pico. El tipo me dijo que era un médico como de 40 años, profesor en una universidad. La agencia conseguía todos los clientes con avisos en el periódico, pero yo nunca estuve en ninguna oficina. O sea, todo funcionaba como clandestino.

A mí nunca me gustaron las mujeres, por eso me siento yo en el mundo gay. Yo no estoy en la prostitución, sólo dejo que me agreguen por Facebook y si hay gente que gusta de mí y me ofrece algo, yo estoy con ellos. Eso sí, nunca me bajo de 200. Así me compro mis cosas, mi Blackberry, ropa para mí.

Mira, yo nunca he visto a niñas de seis años en esto. Yo cumplí 18 en noviembre y siempre veo que es con peladas de 14, de 15, que lo hacen porque quieren. Mira, a uno nadie lo obliga a meterse a esto.

 

* Los nombres de los menores fueron cambiados para proteger su identidad.

Afuera es el fin del mundo, pero aquí adentro una cumbia empalaga el ambiente. En penumbras, Yaza camina entre las mesas, siguiendo el ritmo con su cintura y los hombros. Yaza no confiesa la edad, pero por la convicción con la que se mueve parece que cree que es eterna. Tiene argumentos –los tiene casi al aire– donde sustentar sus anhelos. Sabe que un movimiento de cadera bien dado puede desatar una lluvia de inversiones extranjeras en Argentina. Yaza es morocha y luce una minifalda roja que podría ser un cinturón. Ayer llegó del Chaco, su provincia, en donde estuvo de vacaciones. Viajó con lo que recaudó por una sola noche de amor con un turista inglés: tres mil pesos, los que le permitieron darse la gran vida en Resistencia por dos meses. Ahora volvió y extraña a sus hijos, pero de eso no quiere hablar. Tampoco de quién la trajo hasta aquí ni en qué condiciones. Fuma todo el tiempo, tratando de matar las horas que anteceden a la acción.

Yaza es una de las doce chicas que todas las noches se sienta en el Tropicana, uno de los seis cabarets de Ushuaia. Yaza es una de las putas del fin del mundo.

“Esto es como Las Vegas, donde se llenaron de carteles luminosos para no darse cuenta de que están en el medio del desierto. Bueno, nosotros armamos este circo hermoso para sentir que no estamos tan lejos. Y las chicas y los prostíbulos son importantísimos en ese plan”, cuenta Carla Fulgenzi, periodista local.

Ushuaia es una ciudad de contrastes, un enclave colorido en cuya superficie todo transcurre con la normalidad de una aldea suiza, pero en cuyas entrañas palpitan las señales de la distancia y la tragedia. Hace tiempo ya que se transformó en esto que es hoy: el último refugio, la posibilidad de una isla para miles de personas que llegan hasta aquí para inventarse una vida, para borrar un pasado.

El crecimiento que tuvo la ciudad en los últimos años ha sido notable. Una ola de inversiones vinculadas a la industria del turismo vino a complementar el desarrollo que ya había experimentado el lugar en los años 80 y 90 al calor del crecimiento industrial. La población se triplicó. En esos años, Ushuaia pasó a ser el sueño del polo industrial argentino, una ciudad libre de impuestos que otorgaba generosos subsidios a las empresas. Eso determinó que muchas compañías eligiesen este paraje inhóspito, de grises eternos en invierno, para instalarse.

El tiempo fue pasando. La explosión del turismo –internacional y nacional–, su condición de puerto abismal y una geografía de postal –montaña nevada, canal de Beagle, el sol de un naranja zarpado– hicieron el resto. Convertida en la última maravilla de la tierra, no había que ser un iluminado para saber que aquí pasarían cosas.

“Ahora el trabajo es tranquilo. Lo fuerte arranca a mediados de octubre, con los cruceros”, retoma Yaza. “El domingo, igual, llega un buque con marinos españoles”, comparte entusiasmada. Yaza y sus compañeras esperan el bucanero -amarran entre 30 y 35 al año- que amarrará en el puerto con una veintena de tripulantes que llegan después de un viaje de un mes. “Los gallegos son los mejores clientes. Los franceses, en cambio, son apestosos”, diferencia Jazmín, de 32 años y más de 10 como puta. Jazmín es correntina, de Goya. En su provincia nunca ejerció la prostitución. Vivió en Buenos Aires un tiempo, hasta que recaló en Tierra del Fuego, atraída por el rumor de que el de Ushuaia era el puerto que mejor trabajaba de la Argentina. No se equivocó. Aquí se compró una casa –favorecida por un plan provincial de vivienda– y pudo traer a sus hijos, a los que manda a la escuela. Son hijos de padres distintos, ambos correntinos. Jazmín llega de trabajar todas las mañanas a las siete y los despierta. Juntos toman el desayuno y luego los lleva al colegio. Jazmín está ansiosa: el invierno ha sido largo y ahora llega la época de los cruceros, la época de la plata dulce.

El trabajo está asegurado. A los miles de turistas de todo el planeta que desembarcan –en 2007, 221 mil en más de 100 cruceros, según la Secretaria de Turismo–, se suman los cientos de marineros, científicos y pescadores de todos los mares –australianos, canadienses, ingleses, japoneses– que llegan hasta aquí luego de pasar semanas enteras en altamar o en las cercanías de la Antártida. La carga de testosterona con la que bajan podría dejar embarazada, con solo mirarla, a media ciudad.

Con el tiempo, la actividad prostibularia se fue adhiriendo al paisaje de la ciudad con la misma naturalidad con la que se fueron acomodando los esquiadores. La industria del sexo pasó a convertirse en una actividad capital en Ushuaia, a punto tal que, de acuerdo a una ordenanza municipal promulgada en diciembre del año pasado, durante la temporada alta (verano) los cabarets y bares nocturnos pueden iniciar su actividad comercial a partir del mediodía. En esa época no es extraño ver a turistas haciendo cola en la calle para entrar al Tropicana. Alrededor de ellos, desentendida, la ciudad completa su trasiego cotidiano. Nadie se escandaliza porque nada está prohibido: cada prostíbulo cuenta con su habilitación en regla y todos ellos están situados en las estribaciones del centro. No hay que atravesar caminos marginales y oscuros para llegar. Están allí, cerca de los edificios de gobierno, de la Iglesia, de las escuelas. Cada burdel tiene su habilitación y cada puta su categoría. En los permisos de trabajo de la Municipalidad, las chicas figuran como alternadoras. Es cierto que el sexo es, en su concepción más elemental, un desordenado intercambio de reacciones químicas, pero “alternadoras” es un eufemismo que creíamos más cercano a la electrónica que a la pasión seminal.

El Paraíso en cada esquina.

De día Ushuaia es el reino de la vida. Dios celebra su obra cada mañana con una panzada de colores y dibujos difíciles de abarcar, o de aprehender del todo. Es como si la naturaleza balbuceara aquí las verdaderas razones de su propósito. París, Nueva York o Praga podrán ser la consagración de la grandeza occidental, pero esto es un guiño de Dios, la manifestación de que sus dedos llegaron hasta el fin del mundo.

Pero a la noche, claro, todo se transforma. El guiño de Dios –o la mueca del Diablo– se deja observar en expresiones algo más prosaicas –pero no menos bellas– como el cuerpo de Joanna. Más precisamente su escote, otra obra maestra de la naturaleza. Bah, del quirófano.

Joanna todavía espera su primer barco de la primavera. Imagina una cuadrilla de noruegos necesitados, pero respetuosos y con euros. A cambio, les ofrecerá un tibio susurro caribeño en el oído. No habrá problemas con el idioma: la lengua o la raza nunca fueron escollos para la interrelación de la especie. La exogamia así lo confirma. Joanna nació en República Dominicana y allí aprendió a ser hospitalaria. Dice que es querendona, una condición que viene en el ADN de la gente de su tierra. Joanna dejó la canícula del Caribe para instalarse aquí, en el dobladillo polar del mundo. Mitiga el frío en el Red & White donde trabaja hasta la madrugada. A diferencia de sus colegas, que esperan sentadas en la barra o desparramadas en los sillones, ella prefiere tomar la iniciativa. Mientras pita el enésimo Marlboro de la noche, Joanna cuenta que tiene dos hijos, a quienes no lograba mantener con su sueldo de empleada doméstica en el barrio La Escondida, en Tigre. Una amiga le dijo que la clave era seguir bajando en el mapa. Del Caribe a Brasil, de Brasil a Buenos Aires y de ahí a Ushuaia. “Pagan en dólares o en euros y hay movimiento todo el año”, le aconsejaron. Y se vino. “Me avisó una amiga”, repite Joanna, subrayando su elección y refutando la idea de la trata. Lo mismo nos dice Chiara, sentada a su lado. Ambas reconocen que algunas chicas trabajan en condiciones casi esclavizantes, pero niegan que ellas sean parte de ese comercio.

Chiara acusa 28 años, pero podría decirnos 20 o 38 que no nos daríamos cuenta: el exceso de maquillaje nos aleja de su cuerpo, como si en lugar de embellecerse buscara refugiarse. Chiara nació en Perú y hace 20 años que vive en la Argentina. Es maestra jardinera y llegó a Ushuaia con la idea de juntar plata y abrir una guardería. Empezó trabajando en un jardín de infantes de la ciudad, donde ganaba 1800 pesos. Pero se dio cuenta de que la prostitución era mejor negocio. Chiara, entonces, pasó de educar niños a entretener hombres. Dice que ahora gana 6000 con dos o tres servicios por noche. “No más, sino el cuerpo se lastima”. Cuando a Chiara le contamos que estamos escribiendo sobre las chicas de su gremio nos sorprende: “Ah, como Pantaleón y las Visitadoras… Es un gran libro, pero de Vargas Llosa me gusta más La tía Julia y el Escribidor”. Como buena peruana, a Chiara también le gusta Bryce Echenique.

Dejamos el Red & White y nos dirigimos al Candilejas. Los separan unas pocas cuadras en las que comprobamos que el frío, en Ushuaia, refuta el calendario. Un soplo helado llega desde el puerto –es decir desde el abismo– y convierte a esta ciudad en un gran frigorífico. Los pingüinos están de parabienes. Aun en octubre, la hostilidad del clima se palpa en la soledad nocturna de las calles. La insularidad de los habitantes no solo tiene que ver con su condición de isleños, sino también con el encierro de las noches.

En Ushuaia el suelo es un espejo del alma: un terreno arrasado por el clima.

Noches blancas.

Entramos al Candi y nos topamos con Lila: un corcho erótico con más curvas –y excitación– que la montaña rusa. Lila es inquieta y no para de hablar. Parece químicamente alterada. Después de un buen rato –a la tercera cerveza–, y después de que nos aclarase que ella es independiente y que nadie la obligó a llegar hasta aquí, le preguntamos sobre drogas. “Acá toman todos –sentencia–. Sobre todo los pendejos. Hay mucha, mucha falopa”. Sin saberlo, Lila viene a ratificar una estadística demoledora que indica que Tierra del Fuego es, junto a Buenos Aires, la provincia más consumidora de cocaína del país (Indec). “¿Qué querés? ¿Sabés lo jodido que es el invierno en Ushuaia siendo pendejo?” Lila habla mucho, pero habla bien. Estará precipitada, pero describe con agudeza lo que arde por debajo del asfalto de su ciudad. Dice que está cansada de atender pibitos de 20 años que llegan con la cabeza partida, perseguidos por la idea del (no) futuro. Pibitos que temen quedarse encerrados para siempre en esta isla ventosa que no tiende puentes con el continente. Conseguir trabajo aquí no es difícil. Lo difícil es conseguir un plan, un túnel hacia el futuro que esquive la angustia de vivir en los tobillos del mapa. No en vano aquí el índice de suicidios juveniles es uno de los más altos del país. “Está lleno de empleados del Estado. Ganan buena guita, pero imaginate que los pibes quieren otra cosa”, completa Lila, a esta altura una socióloga en tacos altos.

En Ushuaia el cuarenta por ciento de la población vive del Estado. El sueldo promedio de un empleado público es de 2.400 pesos. Un obrero de la construcción gana 3.000 al mes. Lo de las chicas como Lila es de primer mundo: cobran 150 pesos el servicio de media hora, pero antes el cliente debe invitar un trago. El monto de esa copa –60 pesos– le pertenece al cabaret. Si luego el cliente invita otra, dividen en mitades el lugar y la puta.

Volvemos al Tropicana. Llegamos en el highlight de la noche, el momento del strip tease. Al borde del escenario, embriagados, feroces, los clientes aúllan con cada meneo de Patricia. Un locutor amplifica sus contorsiones: “Patricia –dice, acentuando la “p” y la “t”–, fuego y misterio”. Suena “Me gustas mucho”, del poeta conurbano Pity Álvarez, y Patricia se queda en bolas. Entonces ocurre algo de dimensiones bíblicas, un momento epifánico que nos conduce al comienzo de los tiempos, cuando el hombre recién había bajado de los árboles. Como chacales de la madrugada, cinco tipos se trepan al escenario y avanzan sobre el cuerpo de Patricia. Quieren tocarla. Poseerla. De inmediato, dos guardias salen a su auxilio y se interponen entre ella y los necesitados clientes. La levantan como si fuera de telgopor y le salvan el pellejo. Los tipos se serenan y, ni bien vuelven a sus asientos, son abordados por las chicas que aguardaban en la barra durante el show. Los muchachos están a punto caramelo. No es difícil imaginar lo que sigue.

Los empleados del Tropi están acostumbrados a episodios como ese. Es el cabaret más viejo de Ushuaia. Se inauguró el 16 de julio de 1974, dos semanas después de la muerte de Perón. Su dueño, Carlos Al i o t a , l l e g ó desde Comodoro Rivadavia a bordo de un Fiat 600, con 20 años y el sueño del puticlub propio. Conocía el negocio de adentro: en Chubut su padre gerenciaba un bar de citas. Eran otros tiempos, años en los que era usual que se juntaran el marido y su señora a disfrutar del strip tease. Aliota nunca tuvo problemas con la policía. Al contrario, muchos de ellos son parte de la clientela estable. Lo mismo que los militares. Todavía se acuerda cuando en diciembre de 1978 llegaron diez mil soldados a la ciudad. La posibilidad de una guerra con Chile estaba latente. Finalmente no hubo tiros, pero sí pasión. Como en California en 1967, once años más tarde Ushuaia tuvo su verano del amor.

Claro que lo del amor es una interpretación como mínimo banal –o cínica– de todo este asunto. Es cierto que la literatura y la canción han sabido elaborar una épica del burdel, una mirada romántica en la que poetas del desencanto le dieron una pátina de candor existencial a la noche y al amor rentado. Pero esa es la superficie, la mirada piadosa. Porque si se rasca, lo que queda, queda como está: en llaga. Todas estas chicas llegan hasta aquí para sobrevivir, y entregan sus cuerpos al sacrificio de la penetración paga. No hay gloria en sus piernas, tan solo la ambición de escapar de la realidad en la que vivían. Y si bien en Ushuaia, como en el resto del país, no está prohibida la prostitución, sí lo está la trata de personas. Y muchas de las chicas que llegaron hasta aquí –lo cuentan los periodistas locales aunque lo niegan ellas– vinieron en grupo traídas por tipos que las depositan en casas alquiladas y las obligan a mantener jornadas de siete días sin descanso. Son la mercancía de un comercio negro que, según Naciones Unidas, mueve cerca de 10.000 millones de dólares por año en todo el mundo. Es una actividad floreciente, favorecida por el vacío legal, la corrupción y, qué duda cabe, un crecimiento de la demanda del mercado.

La trata de blancas afecta a cuatro millones de mujeres y niñas. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la Argentina participan del negocio cerca de 500.000 personas. Pero su costado más filoso no tiene que ver con un dilema moral o un cambio en la conducta del hombre de hoy, sino con el hecho de que es una actividad que deja a las trabajadoras a merced de lo más deleznable de la sociedad. Las puertas de la prostitución se abren para todos, y así como aparecen tipos que buscan sexo sin compromisos o simplemente diversión, también se acercan adictos, abusadores, obsesos o asesinos. En esto, Ushuaia, aun cuando se trata de una ciudad con bajísimos índices de delincuencia, no ha sido la excepción. La atrocidad –la risa del diablo– también se dio cita en este paraíso.

Santa Almada.

María Mabel Almada llegó desde Formosa en 2003, con 22 años y una hija de un año y medio. Como casi todas las chicas, bajó hasta este bello confín en busca de dinero. Fue un descenso a los infiernos.

Mabel trabajó un tiempo en el Red & White, pero de inmediato quiso independizarse. Comenzó a publicar avisos en el diario ofreciendo sus servicios. Era morocha, sexy, de ojos grandes. La diferencia con el resto de las putas era notable. A las siete de la tarde del 23 de agosto de 2004 salió de su casa para atender a un cliente. O a varios: las versiones difieren. Dicen que hubo fiesta, cocaína, excesos. Lo cierto es que nunca más apareció con vida. Su cuerpo fue encontrado tres días más tarde en un baldío. Estaba lleno de gusanos: había sido eviscerado por las aves.

En Argentina los crímenes son como el big bang o como el sexo: antes de la consumación hay acción; después viene el silencio. La investigación, muy pronto, se convirtió en un nudo de acusaciones, detenidos fugaces e indignación social. Los asesinos de Mabel nunca aparecieron. Como en tantos otros crímenes, hubo rumores de encubrimiento y una buena dosis de sospechas sobre cierto sector de la oligarquía local. Pero nada pasó y el caso sigue impune.

Desde entonces, las chicas de Ushuaia invocan la memoria de Mabel con una dosis de ternura y de indignación. Su muerte la convirtió en un mártir, un amuleto de las putas del fin del mundo. Mabel fue encontrada a los pies del monte Olivia, uno de los picos más emblemáticos de la ciudad. A su derecha, cada mañana, el sol se levanta con una fuerza apasionante. Un nuevo día, un nuevo celeste queriendo protegerlos del abismo.

Estamos en una cantina. La puerta que da a la calle está cerrada y dentro hay dos mujeres. Una es prostituta y pronto estará borracha; la otra ya no es prostituta y es la dueña del pequeño lugar. Hay también dos hombres, ambos guatemaltecos, uno de ellos policía, pero ellos sobran en este encuadre. Las dos mujeres son salvadoreñas, con hijos nacidos en Guatemala. Una de ellas, la que se toma botellines de aguardiente sin pestañear, me dice que la acompañe, que gustosa me muestra su cuarto.

 

Estamos en Guatemala, en la Zona 1 de la capital, en un barrio llamado Gerona. La Policía Nacional Civil mudó su cuartel general hace dos meses al antiguo edificio de Aduanas, que ahora viste un amarillo muy intenso. La Policía está al lado de la línea del tren, que se extiende a lo largo del Gerona, y a escasos metros de donde se yerguen decenas de pequeños cuartos, con la vía férrea de por medio. Aquí comienza La Línea, lugar de trabajo de alrededor de 200 prostitutas que cobran 20 quetzales, poco más de dos dólares y medio, por servicios de 20 minutos. El cuarto de Evelyn, la salvadoreña, está en una esquina. Le cuesta abrir la puerta del cuarto que quiere mostrarme. Va un poco más borracha.

 

Evelyn va vestida con una blusa rosada y una minifalda negra que resalta sus delgadas piernas. Este día no trabaja. Se ha pasado la mañana tomando octavos de botella de Venado, a siete quetzales cada uno, en la cantina de Hilda, la ex prostituta que va vestida con pantalones y camisa de botones. Por fin entramos. El cuarto tiene un penetrante olor a jabón: el espacio es pequeño, con el techo cayéndose a pedazos y las paredes aliñadas con viejos cuadros de la Virgen de Guadalupe y de mujeres desnudas. Evelyn se sienta en la cama, sobre una sábana con dibujos de una chica con cabeza de fresa. Tiene una cocina de una hornilla, latas vacías y un pequeño televisor donde, a veces, pone películas pornográficas a sus clientes. Me pide que la invite a un octavo de aguardiente.

 

Evelyn es de Chalatenango, más de cincuenta años, veinte vividos en Guatemala. Ha trabajado de prostituta en varias zonas de la capital. Ahora está radicada en La Línea y es, como todas ahí, una prostituta de bajo costo. Evelyn estaba en La Línea en agosto de 2004, cuando la algarabía se montó por una idea loca de hacer que las putas jugaran al fútbol, para luego hacer una película. Eran dos españoles y dos guatemaltecos los que plantaron la idea. No todas las mujeres lo creyeron, algunas ni se interesaron; otras, como Evelyn, dicen que no las tomaron en cuenta. Le he traído el otro octavo, frío, y ella lo destapa, bebe golosa y me dice.

—A mí no me tomaron en cuenta.

 

 

El documental “Las Estrellas de La Línea” se estrenó en Guatemala el 4 de agosto de 2006. Llegó a las salas de cine comerciales con la cola de haber triunfado en festivales de cine internacionales. Chema Rodríguez presentó su película en Europa. No viajó solo. Fue a Alemania con Kimberly y Marina, y se sintieron deslumbrados, desubicados, como curas en prostíbulos, como paletos, diría Chema para explicar aquella sensación de estar donde uno no se imagina. En Berlín, Kimberly lució como reina y se paseó, exultante, sobre la alfombra roja; Marina tenía el pelo rojo, brillante, y unas gafas oscuras enormes que le cubrían la ausencia del ojo izquierdo. Sonreía.

 

Cuando acabó la cinta, en Berlín, recibieron un aplauso de diez minutos. También recibieron el segundo premio del público, en la Berlinale, un festival donde cada febrero llegan los actores de Hollywood y se reparten los Osos de oro.

 

Al Festival de Cine de Málaga, Chema viajó con más de sus protagonistas, de sus estrellas. Era marzo de 2006 y al sur de España llegaron Vilma, Lupe, Carolina, Mercy, Kimberly, Marina. Y fueron a entrevistas. Y estuvieron en el canal de televisión Cuatro, Kimberly y Marina, y fueron entrevistadas por Boris Izaguirre y Ana García Siñeriz, aclamados presentadores de un programa de entretenimiento vespertino. El festival de Málaga significó otro reconocimiento, una mención especial del jurado. Fue el segundo y aún faltaban ocho más en otros tantos festivales. Las Estrellas sonreían.

 

Pero eso fue en 2006.

 

 

Kimberly.

Nos reunimos en una hamburguesería tras dos días de intentos truncados. Resulta que su agenda, como empleada de la Fundación Marco Antonio, donde se dedica a educar sobre los riesgos del VIH/sida, no le había dado un respiro para una entrevista. Eso me dijo, cuando apareció vestida completamente de negro, con un suéter que le cubría el cuello, muy acorde para una noche fresca en la capital guatemalteca.

 

Kimberly es hombre y es gay, y su nombre no es Kimberly, pero ese adoptó para definir mejor su personalidad. Se crio con cuatro hermanos y su padre, necio, intentó que siguiera el ejemplo y dejara las muñecas con las que jugaba para interesarse por un balón. No lo consiguió.

 

Aquellas nociones, vagas, le valieron para que las chicas de La Línea lo eligieran su entrenador. O entrenadora. Kimberly había llegado por primera vez a La Línea en 1990, años después de haber dejado la prostitución, remedio que le valió la escapatoria definitiva del hogar paterno. Llegó como diseñadora de modas y les vendía ropa de trabajo a las prostitutas: vestidos transparentes, medias con agujeros, brasieres de colores chillantes, faldas minúsculas.

 

Los entrenamientos comenzaron en agosto de 2004. Fueron en un predio baldío contiguo a la vía del tren. Estaba sucio, con matorrales y vagones abandonados donde dormían indigentes. Un grupo de prostitutas que había aceptado la propuesta de hacer un equipo de fútbol para reivindicar sus derechos comenzaba un largo camino, que en ese momento desconocían a dónde les llevaría. Una cámara registraba todos sus movimientos. Kimberly dirigía las prácticas, les decía que estiraran las piernas, que movieran la cabeza, que corrieran para que se pusieran como barbies.

 

Las chicas hacían lo que oían, en una práctica donde lo que sobraba era el fútbol. Una de ellas destacaba no solo por ser guapa, sino porque entrenaba con una camisa roja con el rostro de Schafik Hándal. Era agosto de 2004 y Schafik había perdido las presidenciales en El Salvador hacía cinco meses.

 

En el momento de elegir el nombre del equipo Kimberly lanzó su propuesta: Las putas de La Línea. Tuvo poca acogida. Las chicas prefirieron uno más sutil: Estrellas de La Línea. El tiempo demostraría que lo de estrellas encontraría más realidad con el cine que con el fútbol.

 

La preparación en el predio baldío era para el juego que las Estrellas tendrían el 18 de septiembre en Futeca, unas canchas de fútbol rápido ubicadas en la Zona 14 de la capital guatemalteca. Kimberly, a su manera, les hacía hincapié en lo importante del partido: “Tienen que estar estrambóticas, exóticas, para este juego”.

 

Han pasado cuatro años desde aquello. Kimberly recuerda esas escenas y le da gracia, se ríe con esa voz dulzona que sale de esa garganta acartonada.

—Yo le pongo el sabor a esa película. Las historias son tristes, porque son tristes, pero también tenía un poco de gracia, no todo es tristeza.

 

No en vano fue ese sabor. Lo extrovertida le sirvió para llamar la atención de los plató de televisión en España y salir en entrevistas. Ella se sentía como una diva. Como Nicole Kidman, según sus palabras. Le pregunto si el regreso, por aquello de la fama, no le resultó duro. Me respondió que no, que siempre supo que todo sería un “pasón”, y que tenía los pies sobre la tierra.

 

La situación de Kimberly no era la misma que la de las demás Estrellas. Básicamente porque ella no era prostituta. Al regreso de Europa, y tras el estreno en Guatemala, las llamadas no faltaron, las muestras de apoyo, los autógrafos. Todas tenían sueños. El de Kimberly era hacer un desfile de modas.

—Yo quería hacer un desfile de modas, pero se necesita plata para hacerlo. Al rato todos querían colaborar, pero cuando vimos la realidad ya fue poco, ya no les pareció.

 

Pero su decepción no ha sido para tanto. Encontró trabajo en una fundación que se dedica a educar sobre los riesgos del VIH/sida y que ahora, desde la incorporación de Kimberly, ha encontrado puertas abiertas para otras opciones sexuales con las que no trabajaba antes: gays, transgénero, travestis.

 

Esa ha sido su suerte y Kimberly lo sabe. Me dice que no puede hablar por todas las Estrellas, que eso no sería justo, que vaya y que se lo pregunte a ellas. Le digo que bueno. Pero a Kimberly le cuesta guardar silencio y sus opiniones sobre lo que le dejó la película que en su momento la hizo famosa.

—Fue un salto, eso digo yo. Hay otras que no, hay gente que trabaja en otros lados de prostitutas. Ahora es que son más caras. Hay una que se llama Kim y de cobrar veinte ahora cobra sesenta quetzales. Le subió el precio a su culo. No dejaron de ser putas, lo que cambió fue el precio. Cobran más porque putas son.

 

El celular aplastado y gris de Kimberly suena. Le llama un muchacho, que dice trabajar para el Ministerio de Cultura y Deportes. Le pregunta a Kimberly si jugará mañana con las Estrellas en la feria de Patulul, un municipio en el departamento de Suchitepéquez, al oeste de la capital. Kimberly está extrañada y no sabe de qué le están hablando. Cuelga con una mueca de desconcierto.

—¿Hay partido mañana?

—Eso me dijo, pero el equipo ya no siguió.

 

El último partido que jugaron las Estrellas fue hace un año contra un grupo de reclusas. Fue un partido benéfico. Las Estrellas perdieron, como casi siempre. El marcador: 19-0.

 

 

Chema.

Su primera vez en Guatemala fue hace quince años, como hippie. Bajaba en auto con dos amigos desde Estados Unidos, en un Dodge del 79 que les había costado $600 en Los Ángeles. El plan era llegar hasta Costa Rica, gastando cada uno $3 al día. Ese era el plan, pero llegaron solo a Guatemala. Ahí se quedaron, por decisión propia, vendieron el carro a un dólar y luego plastificaron el billete como recuerdo.

 

Eso fue hace 15 años y todo eso contó José María Rodríguez, Chema, en una entrevista con El Periódico de Guatemala en septiembre de 2006, un mes después de que su documental, “Las Estrellas de La Línea”, se estrenó en las salas de cine guatemaltecas.

 

Chema es español, de Sevilla, y pudo entrar en La Línea a mediados de 2003. Hacía un par de años, durante una de sus constantes visitas a Guatemala, que la idea le rondaba la mente, pero nunca había tenido la oportunidad de entrar al sórdido ambiente que rodea La Línea. Lo consiguió con la venia de un grupo de pandilleros con los que trabajaba para hacer un libro. Eran de la mara Salvatrucha, como los que mandaban en La Línea, y eso fue suficiente para autorizar que un grupo ajeno a aquel mundo llegara a preguntar, a grabar, a provocar una película.

 

Esta historia comenzó en un bar. En un club ahora desaparecido, de nombre Maruja’s. Se encontraba Chema con más españoles y uno lanzó la propuesta: ¿por qué no hacer un partido de fútbol entre prostitutas y sacar una pasta con la venta de las entradas?

 

Aquella propuesta se quedó en el club. Pero a Chema le gustó esa combinación de fútbol con putas y la dejó macerar, básicamente porque necesitaba dinero para hacerla. Después de haber montado documentales para la Televisión Española, Chema, periodista y escritor, regresó a Guatemala. El rodaje comenzó en agosto de 2004, luego de meses de entrevistas que se habían realizado un año antes con las prostitutas interesadas, tras ese primer contacto en 2003. Estaban las que creyeron en el proyecto y aceptaron las condiciones y el riesgo de convertirse en bombas mediáticas.

 

Los entrenamientos los dirigió Kimberly. Chema dirigía el documental. Hubo dos guatemaltecos de apoyo, uno como camarógrafo, René Soza, y otro que completaba información, Andrés Zepeda, periodista y columnista de El Periódico.

 

El primer partido fue el 18 de septiembre de 2004. El equipo de las Estrellas de La Línea fue inscrito para jugar un torneo en las canchas de Futeca, en la Zona 14 de la capital. Jugaron un solo partido porque, luego de perder, el gerente del lugar las echó. Por ser prostitutas. El partido fue el inicio del revuelo.

 

Comentarios, acusaciones, críticas, vinieron inmediatamente. Un articulista de El Periódico, Jorge Palmieri, se convirtió en el enemigo del proyecto. Dijo que no era posible que un grupo de prostitutas jugara al fútbol contra un equipo de señoritas del más alto nivel social y económico del país, ni que tampoco se justificara lo injustificable, porque a las prostitutas había que ayudarlas a dejar de ser prostitutas. No lo contrario.

 

Lo de Futeca salió mejor de lo que esperaban los realizadores. Sabían que habría polémica, pero no se imaginaron que tanta. Era perfecto para sus fines. Una relación simbiótica en la que ganaban todos: Chema y su equipo, escenas para su documental; notoriedad en sus reivindicaciones, para las putas.

 

Chema, dos años más tarde, con la película bajo el brazo, lo dejaría claro.

—En La Línea, un puñado de putas de bajo costo y altísima dignidad formaron un equipo de fútbol para hacer valer sus derechos. La idea se la sugerimos nosotros, pero la historia es suya.

 

 

Valeria.

Kimberly me dijo que podía encontrarla entre la 12.ª calle y la 6.ª avenida de la Zona 9. Que luego de la película se había mudado de La Línea, que ahora trabajaba en una zona más exclusiva de la capital, cobrando más de diez veces de lo que cobraba antes. Ya no fueron los dos dólares y medio por “ocupada” de 20 minutos. Valeria, me dijo Kimberly, cobraba ahora entre 300 y 400 quetzales, algo así como entre 40 y 53 dólares.

 

La vida en la Zona 9 comienza a las 9 de la noche. El espacio comprimido entre la 12.ª calle y la 6.ª avenida se vuelve a llenar con habitantes de la noche. Hombres y mujeres que venden su cuerpo se pasean, se detienen y caminan hacia los autos cuando hay suerte. Hay también gays, travestis y transgénero que se cotizan alto, a veces más que las prostitutas.

 

Esa noche no encontré a Valeria.

 

El documental de 95 minutos, “Las Estrellas de La Línea”, tiene tres personajes principales: una es Kimberly, el gay que hizo de entrenador; la otra es Marina, la señora de 67 años que vendía condones a las prostitutas, a la que le faltaba el ojo izquierdo, la que cantaba el bolero “Triste borracha” como un homenaje a ella misma; por último está la chica ligeramente rubia, salvadoreña, que entrenaba con el equipo con una camisa roja con el rostro de Schafik Hándal. Ella se llama Valeria.

 

Antes de que a Chema se le ocurrió visitar La Línea, a Valeria ya se le había cruzado la idea de protestar frente al Palacio de Gobierno en el centro de la ciudad. Un nuevo asesinato en La Línea, otra prostituta muerta, era razón suficiente, pensaba ella. Por eso es que la idea del equipo de fútbol no le sentó mal.

—Pudimos haber hecho una marcha en el centro, pero preferimos un equipo de fútbol para llamar la atención.

 

Valeria hizo de portavoz en las conferencias de prensa ante los medios que, después de aquel partido en Futeca, daban aún cobertura a lo que las Estrellas hacían. Así, Valeria comunicó varias cosas de interés. Informó sobre el fin de la gira de varios partidos por Guatemala (solo ganaron uno) a principios de octubre de 2006. Comentó el sonado partido contra Las Chicas Poderosas, un equipo de prostitutas de El Salvador, jugado en Soyapango el 10 de octubre de ese año, y que las Estrellas ganaron por 8-0, donde la entrada costó 35 centavos de dólar. Y además del decálogo de diez reivindicaciones en los que decían que además de prostitutas eran madres, que necesitaban libertad para ejercer de putas sin discriminación, que la prostitución es un oficio como cualquiera, que cesara la violencia y que se necesitaban campañas a favor del uso del condón. Esto último era por lo que interesaba la película para ellas.

 

También fue quien firmó la carta que las Estrellas enviaron como respuesta a Palmieri, el periodista crítico. Valeria le decía que eran pobres pero no sucias, que cada vez que un cliente se marchaba lavaban sus pequeños cuartos con agua y creolina.

 

Ese era la Valeria del documental. Enérgica y nada medida para decir lo que pensaba. Madre de dos niños y novia de un pandillero que guardará prisión por 30 años, condenado por un homicidio.

 

Esa no fue la Valeria que me contestó el celular una tarde en Guatemala. Me dijo que la disculpara, que ya había tenido suficiente con la película. Valeria seguía de prostituta y su madre, en El Salvador, se había enterado de los testimonios que su hija dio para que salieran en el cine, y eso le costó que la alejaran de sus hijos. Valeria está harta.

—Me disculpa que no dé la cara, pero yo ya he sufrido mucho por esa película. Prefiero hablar así por teléfono. Lo que pasó fue bonito, pero ya pasó.

 

 

Beatriz.

Desde que dejó las calles le dicen que está más guapa. Beatriz, que en realidad se llama Verónica, tiene el pelo largo, negro con rayos rubios uniformes a cada mecha. Tiene más peso que el que debería para su estatura. Es nicaragüense, pero vive en Guatemala. Le tomó de sorpresa cuando los españoles que llegaron a La Línea le dijeron que iba a salir en la película. Tuvo un papel pequeño.

 

Me encuentro con Beatriz luego de tomarme un café con Kimberly. Es de noche y estamos en la céntrica plaza de la fuente en la capital chapina. Enfrente está la iluminada catedral. Un par de gays se pasean de la mano. Hay varios grupos en las esquinas, desde la tarde. Beatriz se sienta en el muro de ladrillo que rodea la fuente.

—¿Cómo anda después de la película?

—Pues depende de cómo una lo haya visto. En mi caso participé porque quise hacerlo.

—Entonces, todo bien.

—Me trajo algunas consecuencias porque mi familia y mis hijos no sabían, parte de mis hijos estuvieron internados en un reformatorio y cuando los fui a reclamar ya los del reformatorio sabían… Pero como siempre he dicho: no me voy a avergonzar de lo que soy.

—¿Le ayudó en algo la película?

—La película trajo fama, ¿pero de qué sirve esa fama? Porque eso no me ha sacado de pobre y no me soluciona los problemas económicos que he tenido. Me abrió las puertas en ciertas cosas, como publicidad.

—Para conseguir el trabajo que tiene ahora, por ejemplo.

—Este trabajo yo lo obtuve porque me contrataron para trabajar con trabajadoras del sexo. A la organización le surgió la idea de que para trabajar con trabajadoras del sexo había que haber estado en ese zapato.

 

La historia de Beatriz sigue ligada a La Línea aunque ya no sea prostituta. La contrató la Fundación Marco Antonio, la misma donde trabaja Kimberly. Beatriz dejó La Línea hace dos años, justo después del estreno de la película. Había llegado de Nicaragua buscando más dinero y se topó con más de lo que venía huyendo. Se metió de puta y pasó ahí tres años. Dice que necesitaba mantener como fuera a sus ocho hijos: uno guatemalteco y los demás nicaragüenses. Le digo que me imagino que ahora las cosas estarán mejor, al menos económicamente.

—El trabajo que hacía anteriormente no era satisfactorio porque a nadie le gusta estar acostándose con uno y otro y sintiendo olores distintos. Talvez económicamente no me va mejor, porque ganaba más antes, pero socialmente estoy mejor.

—¿Y qué pesa más?

—Socialmente pesa más. Te abren las puertas en más sitios.

 

Beatriz visitará La Línea a la mañana. Le pregunto si la puedo acompañar y me dice que sí, que es lo más conveniente. Sigue siendo peligrosa, algo que me dirán al día siguiente varios policías que patrullan en la avenida del Ferrocarril, entre la 7.ª y la 10.ª calles de la Zona 1, ese trazo conocido como La Línea.

 

Llegamos antes del mediodía y en La Línea borbotea la actividad. Hay hileras de cuartos, blancos, amarillos y verdes a la derecha, la línea férrea de por medio, en un montículo, ligeramente por encima de la pequeña calle que está a su izquierda. Es una senda de un solo carril, por donde pasan carros, motos y patrullas policiales a 20 kilómetros por hora. Pasan muy cerca donde se paran las decenas de clientes, casi pisándoles la punta de los zapatos. Los clientes son todos hombres, pequeños, enjutos, morenos, jóvenes y viejos, con sus mochilas al hombro. Están parados delante de los cuartos como si esperaran a que pase un bus. Pero ahí no pasan buses.

 

Estamos en la intersección de la 9.ª calle con la avenida Ferrocarril. En ambas esquinas hay dos quioscos con el emblema de la municipalidad. “Tu muni cumple”, dice en las latas que sirven de urinales para los clientes de La Línea. En realidad los orines caen en la calle, amarillos por las cunetas, y las latas solo sirven para mantener cubierto a quien los expide. En los cuartos de las prostitutas no hay baños. A unos metros hay una pequeña cantina. Beatriz toca y la puerta se abre. Una mujer vestida con camisa de botones y pantalón nos mira extrañada, pero nos invita a pasar.

 

Es una pequeña casa, y unas rejas metálicas negras sirven para separar el espacio familiar del negocio, donde dos hombres y una prostituta salvadoreña toman aguardiente. La dueña se llama Hilda y es amiga de Beatriz. Hilda es salvadoreña, al igual que Evelyn, la prostituta que está a punto de ponerse borracha.

 

Beatriz les explica que hemos llegado para saber qué ha ocurrido con las prostitutas que protagonizaron el documental famoso de “Las Estrellas de La Línea”. Hilda comenta que son pocas las que todavía trabajan ahí; Evelyn dice que a ella no la tomaron en cuenta cuando se hizo la película. Les pregunto por la Línea, por cómo se lleva eso de trabajar ahí. Responden varias cosas.

—Aquí hay una gran competencia. La inteligencia de la patoja es lo que cobra. Según lo que se pida se cobra.

—Hay muchos que llegan para que los escuches, para que les des un masaje.

—Desde que se cierra la puerta es el tiempo de uno; 10 minutos, 15 minutos y vale 20 quetzales.

 

La dinámica es simple. Las prostitutas están en la calle, debajo o muy cerca del marco de la puerta de su pequeño cuarto. Los clientes se acercan, caminan, como de paseo en un centro comercial, preguntan y luego se deciden. La puerta se cierra.

 

Comento que me gustaría conocer uno de esos cuartos. Evelyn me dice que gustosa me muestra el suyo. Salimos de la cantina y cruzamos la calle. El cuarto está en la esquina, al lado de los urinales municipales. Evelyn lo muestra y el cuarto es un poco más grande que el resto, con espacio que sobra incluso para poner dos camas más. Desde su puerta Evelyn lanza gritos a otra prostituta con la que ha estado bebiendo desde la mañana. La diferencia es que Evelyn se ha dado libre y la otra, no.

 

La muchacha va con un apretado conjunto negro. Es joven y tiene pintados los labios de negro, con un diseño que asemeja las alas de un murciélago. Ella dice que va pintada como egipcia. También tiene dos tatuajes, uno en cada brazo, con trazos infantiles e inacabados de Jerry, un ratón café al que persigue un gato llamado Tom en una caricatura.

 

Entramos a su cuarto y la muchacha está borracha, al punto de trabársele la lengua. El espacio es más pequeño y al borde de la cama tiene dos maletas hechas. Dijo que estaba lista para irse, que todo se debía a un problema de amores. No dijo más. Se levantó y se sacó el anillo que portaba en la mano derecha. Salió por la puerta y regresó sin el anillo y con una botella oscura de un litro de cerveza. No ha hecho un cliente en todo el día y aún tiene que recoger los 40 quetzales que le cobran diariamente de alquiler.

—Ojalá que pueda hacer unas veinte ocupadas más tarde.

 

Nos reencontramos con Beatriz entrada la tarde, cuando ha comenzado a llover. Me ha mostrado La Línea. La noche anterior, cerca de la fuente de la plaza central, habíamos terminado nuestra charla con su respuesta ante mi interrogante sobre lo que había servido la película.

—¿Que de qué sirvió? Lo mismo es, están siempre en el mismo lugar, se violan sus derechos, no les dan su lugar como debe ser.

 

 

Andrés.

En febrero de 2007, con la efervescencia ya controlada, aparecieron dos artículos en los que se hablaba de las Estrellas. Fueron publicadas en El Periódico y en La Hora, y firmadas por Acisclo Valladares y Marco Vinicio Mejía. Ambas columnas trataban de lo mismo y se preguntaban sobre el paradero de aquellas Estrellas de las que ahora se hablaba poco. Acisclo lo decía así: “Lo más probable es que sigan donde estaban. Alguien tuvo la ‘feliz’ idea de convertirlas en estrellas, de llevarlas y traerlas, incluso a España, para promocionar el filme. De exhibirlas, de halagarlas y, quizá, de pagarles por su tiempo, por el uso que se haría de ellas y el uso de su imagen. Talvez no haya habido pago en todo esto, sino simple venta de ilusiones. Talvez solo un efímero oasis en ese desierto interminable”.

 

Como lo había hecho en ocasiones anteriores, casi siempre respecto a Palmieri, Andrés Zepeda defendió el proyecto que emprendió con Chema Rodríguez desde su columna en El Periódico. Zepeda, guatemalteco, explicó los esfuerzos por llevar adelante una plataforma que garantizara el cumplimiento de los derechos que las prostitutas reclamaban en la película, sobre cómo estos fracasaron, y lo que había ocurrido con las protagonistas de la historia.

 

En el blog que montó a propósito del documental, Zepeda había explicado la dicotomía que enfrentaban realizadores y protagonistas.

—Estaba claro que habría una utilización de las tragedias personales de las protagonistas para beneficio de los realizadores del documental, de manera que lo más ecuánime fue dejar abierta la posibilidad para que ellas también pudieran beneficiarse del proyecto. ¿Cómo? Aprovechando, a manera de plataforma de expresión, la notoriedad que les daría la película, y así mostrar su realidad y plantear una serie de demandas sociales concretas.

 

Hablé con Zepeda y le comenté lo que había encontrado en La Línea, lo que me habían dicho las prostitutas, sus decepciones. Él lo veía venir. Me dijo que nunca prometieron hacer cumplir la plataforma de demandas, pero que sí la acompañaron tras el rodaje. Él, durante un año, se reunió con las Estrellas todos los martes, pero el movimiento no fue a más. Zepeda cree que fue por varios motivos: por el usual individualismo de las prostitutas a la hora de trabajar, por la rivalidad que hay en el gremio y por la falta de tiempo. La plataforma se diluyó a principios de 2006, poco antes del estreno de la película, y de los premios internacionales.

 

Zepeda me dijo que antes de comenzar les habían explicado a las Estrellas sobre lo que perseguía el filme y lo que ellas se podían esperar.

—Se lo explicamos, pero ni nosotros mismos teníamos la idea de las implicaciones.

 

La película se estrenó en España el 12 de mayo y tuvo buenas críticas. Lo hizo el 4 de agosto en Guatemala, más de 20,000 personas fueron a verla y las críticas también le favorecieron. Las regalías locales se repartieron entre las Estrellas. Las expectativas estaban por las nubes luego de caminar por la alfombra roja y ver sus rostros en la pantalla grande. Zepeda lo sabe.

—A estas alturas sí hay un desgaste, una parte de ellas sí se sienten frustradas. Mi opinión personal es que nosotros cometimos no la injusticia, pero sí la imprudencia de invitarlas a soñar, a una docena de mujeres que en su vida se habían planteado un sueño a esas alturas. Ellas se imaginaron que se iban a volver millonarias de la noche a la mañana, lo cual es imposible. O que iban a ser tratadas como Julia Roberts. Hace falta más que un documental para cambiar la realidad de Guatemala.

 

Lo que ocurrió con las Estrellas ha sido variado. Valeria siguió de prostituta. Mercy, otra salvadoreña, se quedó en Madrid aprovechando el viaje de la promoción de la película. Kimberly y Beatriz trabajan en la Fundación Marco Antonio. Marina, la anciana vendedora de condones, fue quien más partido sacó y grabó un disco de boleros que saldrá a la venta a finales de este mes. Maribel dejó La Línea por temor a los pandilleros. La China, otra salvadoreña, ahora vive ilegalmente en Estados Unidos. Vilma, y un par de Estrellas más, sigue en La Línea ganando 20 quetzales por 20 minutos.

 

 

Vilma.

Fue otro día en La Línea, esta vez soleado, y Vilma estaba en la casa de su madre y sin la ropa de trabajo. Estaba cansada y sin maquillaje, y las piernas le dolían. Estaba un poco engripada y por eso no había podido trabajar. Se sentía pesada, como si hubiera corrido mucho aunque lo que jugó el día anterior fue poco.

 

Le dolía también el pie izquierdo, que se fracturó hace un par de meses cuando se le dobló el tobillo por culpa de las plataformas de veinte centímetros que utiliza para trabajar.

 

Vilma fue otra de las protagonistas del documental. Gritaba en los partidos en los que siempre perdían y se entregaba de lleno. Sudaba. Su novia era Lupe, la portera del equipo. Ahora están separadas, Lupe en la cárcel por robo, y Vilma se lamenta de que por su culpa, por los celos de Lupe, no aceptó el trabajo que le ofrecieron en la Fundación Marco Antonio, donde trabajaban Kimberly y Beatriz.

 

Vilma tiene un hijo más que los que tenía cuando se filmó el documental. Ahora son ocho, tres nietos, y 38 años. Y sigue jugando fútbol, ya sin documentales de por medio.

 

La llamada que recibió hace dos días Kimberly fue para ese partido en Patulul, un partido al que solo asistió Vilma de aquel equipo original. Vilma ha sido la única que mantiene a las Estrellas. Las demás jugadoras son su hija, su hermana, su cuñada y otras mujeres.

—Se luchó para que brilláramos y la poquita luz que queda no quisiera que quedara en el olvido como otras veces. A mis compañeras talvez ya no les gusta jugar, pero mi meta a la larga es conseguir una casa para las compañeras que no tienen para pagar el cuido de sus hijos.

 

Esa es la herencia que le quedó de la aventura cinematográfica. Una vez Andrés Zepeda le preguntó qué le gustaría ser si no fuera puta. Vilma le dijo que cocinera, para montar una cevichería. A Vilma le hace gracia ahora, cuatro años después, lo que se imaginó cuando grababa el documental. Lo de los ceviches era lo menos.

—Todo lo que piensa una que no sabe mucho del medio artístico. Nosotras pensamos que nos iban a ayudar a salir de aquí, que nunca íbamos a volver y que íbamos a ser como Salma Hayek. Pero no pasó y aquí estamos.

 

Es miércoles y Vilma no trabajó. La enfermedad le sirvió para descansar al menos una vez durante la semana. Mañana será otra cosa.