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Caiga quien caiga, lunes, horario central, sección “CQ test”.

―Guillote, a una ex novia, ¿se le hace un service cada tanto?
―Depende del año… Si ya no paga patente no.

***

La cita con Guillermo Cóppola es en el gimnasio del Paseo Alcorta, 11 de la mañana de un jueves. Cuando llegamos, está sentado debajo de su pelo de siempre: aros de algodón que acompañan la sonrisa de costumbre. Habla por celular con un amigo, a quien invita a su cumpleaños número 60 que celebrará a los pocos días. “Algo tranquilo, por el tema de las bolsas, 110 personas en la Parolaccia, venite, no me falles, quiero que estés”, le dice. Alrededor de él hay electricidad: el lugar es una romería, polo muscular del establishment en la era K.

La elite argentina cultiva su físico con el mismo cuidado con el que teje sus relaciones sociales. Y en este lugar, en el que se exalta el fetichismo y la vista, Guillote cumple un rol medular. No está claro cuál es exactamente, pero podríamos definirlo como el capitán simpatía, el ingeniero psíquico de la estructura emocional del lugar. “Me lo dice la gente: cuando yo no estoy, esto no es lo mismo”. Cóppola saluda a todos. Los conoce, le gusta saber qué hacen, quiénes son, dónde viven. Todos allí tienen las necesidades de la opulencia básica satisfechas, pero pareciera que sus corazones necesitan un poco de alegría. ¿Y quién sino Guillote para alegrar a ese círculo? Cóppola, está claro, sabe dónde moverse.

“Mirá, mirá: ese es abogado, vas a ver que cuando pasa por al lado de ese rubio que está ahí que es empresario ni se miran… Es que tienen cuestiones pendientes…”. En efecto, cuando el hombre de ley pasa por al lado lo hace mandando un mensaje por su blackberry.

“Hola, ¿cómo estás? ¿Bien?” Ahora la sonrisa de Guillote es la de un guasón blanco. Saluda a Jazmín de Gracia, una de las tantas modelitos que enriquecen su talento en este lugar. Jazmín se va y Guillote cambia el objetivo de su mira: pelo castaño, 39, separada. “Qué bien que estás, sos la más linda del gimnasio”. Se va. “Nunca hay que dejar de tirar…”, nos dice. Es John Wayne con rayo láser.

“Siempre fui así. Y Corina, mi mujer, me conoce y me acepta”, comenta. Corina tiene 36 y está embarazada de una nena que nacerá en enero. Cóppola ya tiene tres hijas: “No sé hacer otra cosa”, se ríe. Natalia, la más grande, se casó con un amigo suyo y vive en Miami; Bárbara, de 21, hija de Yuyito González; y Camila, la menor, que fue reconocida por Cóppola tras un ADN. “Soy así, mentiría si dijera que no voy a seguir seduciendo”.

―¿Cómo hacías en la cárcel?
―Fueron momentos duros. Mirá, te cuento una…

Entonces el hombre de las mil mujeres, el ex representante de Maradona, el depredador sexual que se ufana de nunca haberse acostado con una chica de más de 40, comienza un relato que bien podría formar parte de una antología definitiva del onanismo carcelario.

“Resulta que en la cárcel había un poronga que era el único –¡el único!– más obsesivo de la limpieza que yo. Era un morocho alto y grandote que tenía, solo para él, un sector del baño. Lo mantenía impecable y todo decorado con pósters de chicas, todas chicas del ambiente, ¿no? Como yo soy muy limpio también, el tipo, a cambio de dos tarjetas telefónicas, me prestaba todos los días su rincón un rato para mí solo.

―Era un lugar con mucho amor propio, ¿no?
―Claro (risas). Bueno, la cuestión es que yo ahí me quedaba un tiempito ¿no?… Amor propio, ja, ja, está bueno. Bueno, la cuestión es que me prestaba quince minutos el lugar y yo iba. Un día miraba un póster, otro día apuntaba a otro. Después, eso sí, dejaba todo impecable.
―La higiene ante todo.
―Por supuesto. Bueno, ¿qué hice cuando salí de la cárcel?
―¿Seguiste yendo al rinconcito ese?
―No, boludo. Busqué una por una a todas las de los pósters y me las fui bajando. Un loco…
―¿En serio? Como Kill Bill, pero del sexo.
―Claro.

***

El atorrantismo, la noche, la gira eterna con el Diego, la sonrisa, el eco de la merca retumbando, los bucles de algodón: Cóppola avanza por la vida convertido en mitología. Podría decirse que con él sucede lo mismo que con Chiche Gelblung o con el Bambino Veira: personajes polémicos pero simpáticos, que completan pocos casilleros del formulario de la ética (Veira, por razones obvias, es la máxima expresión de ese olvido), pero que el pos–menemismo ha convertido en casi ídolos. Un tipo de personajes con poco octanaje moral, que no poseen un saber trascendental, pero que encarnan, en algún sentido, un estereotipo social de la época. “No sabés lo que me pasa… voy caminando por la calle y los chicos se paran y me abrazan. Me gritan ‘capo’. Es tremendo… yo no lo puedo entender. Me dicen que tengo cuatro mil entradas por día en el Google, es increíble”.

Cóppola no termina de entender las razones que construyeron su leyenda. No ha tenido, qué duda cabe, una vida sosegada: no hay forma de tenerla si durante más de 20 años se vive al lado del personaje más famoso del mundo. Cada día era una aventura en la montaña rusa, en un palacio dionisíaco, en la cima del planeta.

Pero la fiesta se suspendió de golpe. La noche le pasó un par de facturas. Reality show, Viale, Samantha, Diego retirado, caravana, Diego desbocado, todos desbocados.

A los sultanes del ritmo se les acabó la joda. De pasear por Montecarlo en un convertible a Dolores, preso. Un estilo de vida se desmoronaba. Los días en la cárcel fueron los más aciagos para el representante. Y las secuelas todavía se hacen sentir. “De vivir en 300 metros cuadrados pasé a 60”, grafica. Y así con todo. Perdió autos, amigos, plata, prestigio, poder. “Tuve Lamborghini, Rolls Royce, Ferraris… hoy, no tengo nada”. Cóppola se mueve en taxi, dice que es mejor, que así no tiene problemas para tomarse una copa de más cuando sale a la noche. Igual, lo más doloroso dice que no fueron las pérdidas materiales. “Lo peor, lo que más me molestó fue perder el tiempo”. El reloj no corre cuando alguien está encerrado. La vida se transforma en una trampa kafkiana.

Cóppola recuerda que después de un tiempo consiguió que le asignaran una habitación para él solo. Todos los días la limpiaba con obsesión de orfebre y la dejaba impecable, como si fuera a recibir visitas. Lo hacía mientras escuchaba música: eran dos horas en las que su mente se escurría por entre las rejas. Cada día también, entraba Frazia, el zumbo que lo controlaba, gigante como el jefe policial de El Expreso de Medianoche, con las botas llenas de barro y le manchaba a propósito el piso. Lo hacía siempre, como si fuera parte de una broma macabra, inapelable. Cóppola no decía nada y volvía a limpiar su pieza. Lo hizo hasta el último día que estuvo allí. Un día, sin razón aparente, a Cóppola lo engomaron, que en la jerga carcelaria significa que lo encerraron sin dejarlo salir ni a mirar las estrellas. En la celda no tenía baño, y el guiso de la cena comenzó a hacer su trabajo intestinal. Cóppola golpeaba la puerta, pedía ir al baño, pero Frazia no le abría. “No tuve más remedio que garcar en una bolsa y dormir con eso al lado toda la noche”. Al día siguiente, Cóppola se levantó, limpió todo, tiró la bolsa y enceró su pieza como todos los días. Cuando Frazia entró y manchó con barro el piso, Cóppola se le tiró al cuello. La pelea duró menos de un round: en un pestañeo, Frazia lo aplastó como a un insecto. Pasaron los días y nadie dijo nada. Hasta que lo trasladaron a Caseros. Antes de dejar Dolores, Frazia lo llamó para hablarle.

“¿No te das cuenta, otario –dijo, acentuando la “ta”–, que cada vez que te ensuciaba el piso lo que lograba era que durante dos horas, las dos horas que vos volvías a limpiar, te fueras con tu mente de este lugar?” Frazia, el vigilante existencial, le dio una lección inolvidable. Al tiempo, Cóppola, ya en libertad, regresó al lugar acompañado por María Fernanda Callejón y le hizo un regalo.

Pero la cárcel también es un castigo metafísico. En el enrosque mental en el que se puede caer tras un drama como ese, Cóppola comenzó a pensar que estaba pagando por algún pecado. “Me preguntaba: ‘¿Por qué me pasa esto? ¿Por algo de mi vida anterior? ¿Porque había tocado a la mujer equivocada?’ No entendía. Pero lo superé por suerte. La prensa que me había condenado luego se resarció. Se armó el primer reality show de la televisión… Mauro Viale se fue a vivir a Le Parc, con eso te digo todo”.

―¿Sufriste más ahí o cuando te peleaste con Diego y él puso en duda tu honestidad?
―La duda de Diego fue algo fuerte. Interiormente lo sentí. Me dolió. Pero tengo toda la tranquilidad interior. Hoy por hoy, cada uno está haciendo su vida. Lo veo bárbaro, lo veo en peso. Tiene una capacidad para revertir las situaciones increíbles. Extrañar, extraño, cómo no. Lo que más me preocupaba era la diferencia que él creía que existía; eso se solucionó. No cometí ninguna equivocación mayúscula.

***

Seductor serial

La charla, de repente, se interrumpe. Cóppola deja de prestar atención, como si hubiese ingresado un fax en su cerebro. La comunicación se corta. El representante desvía la mirada y la clava en un objetivo móvil: dos botas negras y un jean inolvidable que avanzan.

Tac, tac, tac: las botas le dan contundencia a las mujeres. Está entrando a un local de cama solar en el Paseo Alcorta. Cóppola la había divisado cuando ella bajó de su cuatro por cuatro y la fue siguiendo con la mirada: sus ojos eran el teleobjetivo de un rifle. La dama (la presa) avanza y Guillote (el cazador) la desnuda con la mirada. “Ahí vengo”, dice y sale disparado, el cuello adelantado, las fauces preparadas. Irrumpe en el solarium. Se presenta ante la dama, que sonríe y asiente, halagada por la locuacidad de Guillermo, campeón mundial del chamuyo porteño. Durante el diálogo, Cóppola la mira con una sonrisa estampada en la cara, con los ojos jugueteando por sus labios y la imaginación recorriendo el escote. Esos minutos que anteceden al zarpazo, ese instante en el que la presa comienza a enredarse en la telaraña de la seducción coppoliana y en el que él se da cuenta de que ya es suya, de que una mancha más está por pintarse en su lomo de tigre, es un momento apasionante: la celebración del ego del macho, el orgasmo que antecede al orgasmo. Cóppola es el rey de la selva, su pelo se eriza más, el pecho le explota de narcisismo.

“¿En qué estábamos?”, pregunta Cóppola cuando vuelve.

―¿Qué pasó con la mujer?
―No, nada, cuatro–dos.
―¿…?
―Cuatro–dos, cuarenta y dos… yo nunca más de 40… ¡Amor propio! ¡Amor propio! Me gustó esa, la voy a usar.

Excitado, Cóppola grita esas dos palabras disfrutando de su alarido. Cuando las enuncia, lo hace con rapidez: un latiguillo convertido en latigazo. Hay silencio. Más silencio. Y de repente:

“¡Amor propio! ¡Amor propio!”

La gente lo mira. Nos reímos, un poco por la vergüenza, otro poco por las reminiscencias onanistas de su referencia. Por suerte suena el celular. Cóppola se pone a ajustar los detalles de su viaje a los Emiratos Árabes. Tiene grandes proyectos en ese territorio, virgen en varios sentidos. Más que vender, Cóppola quiere traer el dinero del petróleo. Tiene ideas megalómanas, como construir un estadio (“Los tipos le hicieron la cancha al Arsenal en Londres”) o remodelar el Luna Park. “Dubai es el máximo desarrollo del mundo. Mirá que yo viajé y nada me sorprende, pero lo que pasa ahí es tremendo. Hay hoteles nueve estrellas”.

Ahora el celular le suena, pero por un asunto más festivo: su cumpleaños 60. “Algo tranquilo –repite–. 110 personas, nada más. A fin de año, cuando la cosa se calme, la hacemos más grande”. En el universo coppoliano la comida es un elemento omnisciente. “Nunca fui de mesas chicas, siempre fui de mesas grandes”, explica, deslizando los motivos por los cuales para alguien como él un festejo íntimo de un cumpleaños es como la fiesta de egresados de alguien normal. La razón de esa capacidad desbordante para trabar amistad con la gente se palpa en el espacio, en su carisma demoledor. “Seduzco tanto a hombres como a mujeres. Tengo un arte, soy un encantador en el buen sentido. A mis amigos les gusta estar conmigo. Te pongo en clima. Integro, integro, me encanta… lo aprendí en Europa, en Nápoles. Respeto mucho a la gente. Nunca una mujer te va a hablar mal de mí. Yo, además, sigo haciendo las cosas que a las mujeres les gustan. A cualquier mujer le gusta que le abras la puerta del auto o que le prendas el faso. Tenga 18 años o 40.

―Pero en algún momento hiciste ostentación…
―Yo estuve al lado del más grande y tal vez me confundí un poco. En algún momento pensé en el reloj, en la mina, en el auto… ¡Era un pelotudo! Eso de estar impecable para llegar en enero a la playa para mostrarte… ¡Mostrar qué!… ¡Mostrá la pija!…. ¡Amor propio! ¡Amor propio!
―Bueno, estamos en un gimnasio, venís a cuidarte acá.
―Sí, pero hay una fantasía conmigo, con la noche, con la droga, y la verdad es que yo siempre me cuidé, siempre jugué al fútbol. Además, al gimnasio tengo que venir porque hace un mes y medio tuve una arritmia. Pierna derecha inmóvil. Brazo derecho inmóvil. Un susto, nada más.
―¿Quiénes se borraron durante la cárcel?
―Varios, pero te voy a nombrar a dos que sí estuvieron: Bianchi y Basile. Y también mis socios de ahora.
―¿Sos amigo de Basile?
―Cóomo.

A continuación, Cóppola disca el celular de Basile. Llama pero no contesta. No eran días fáciles para el entrenador: estaba a punto de ser deglutido por el monstruoso peso de la selección y de ser reemplazado, paradojas de este mundo, por el gran 10.

Cóppola le deja un mensaje a Basile a velocidad fast forward:

“Hola Coquito acá Guillote, quería ver cómo estabas, cómo andaba todo, la familia, los asuntos, todo eso, acordate de que te espero el sábado en la Parolaccia, algo tranquilo, los íntimos, no me falles, te quiero mucho”.

***

El gran Gatsby

Al día siguiente quedamos en almorzar en la Recoleta. La consigna era “Invita C, pero no lleves al plantel entero de Vélez”. A partir de ahora, la charla, la nota y hasta el lenguaje cambian por completo.

Todo lo que pasa de aquí en más es estrictamente cierto. Cóppola llega. “Hola querido, en un rato vienen un par de amigos, ¿no hay problema, ¿no?” “No, todo bien”. Seguimos la nota. A los 10 minutos llega Carlos Randazzo, delantero de Boca en los años 80, ex presidiario. “Carlitos, un grande”. Cóppola empieza a hablar de Carlitos como si Carlitos no estuviera. “Un loco, un loco, un tipo con códigos, un gran jugador. Se comió un año en Caseros por algo que no cometió. Y no delató a nadie, eh… muy respetado”. A los 15 minutos llegan tres amigos más, tres personajes con la misma sonrisa fácil de Guillermo, claro que sin su ángel (o diablo), aunque también elegantes y lenguaraces. “Pidamos”, dice Cóppola, mientras le sonaba el celular marca Ferrari de cinco mil euros. El ringtone es el sonido del motor del F1. “Igual al que tiene Raúl, el del Real”, informa. “Pero es feo, parece una armónica”, le dicen. A los 15 minutos estaban todos comiendo como búfalos, lanzados sobre sus platos, intensos, encendidos. A cada uno le sonaba el celular cada cinco minutos. Cóppola comenzó a hablar de nuevo de su cumpleaños.

No sabemos muy bien cómo, pero en un momento nos vimos todos hablando de la dotación varonil de Guillote. Sí, de eso. Se hablaba con seriedad, con tono doctoral. “No, no, momento, hay cuatro fotos mías: una con el Diego, otra en Nápoles, otra de cuando me operé –sí, se me achicó– y otra en Punta del Este”. Uno de los tres amigos –el más grande, un aire a Tony Soprano– era el que había traído a colación el tema. “Estuve en una cena con amigos y se habló mucho de tu pija, Guillermo –dijo, mientras intentaba pinchar con su tenedor un pedazo de pulpo a la parrilla–. Ellos decían que la tenías chica”. La situación era desopilante, pero Cóppola contestaba como si estuviera hablando con el cardiólogo. “No, no, se me achicó, es cierto, pero siempre la tuve bien. ‘Ta bien, no como la de Carlitos, es cierto, pero igual siempre estuve bien”. Carlitos es Randazzo, que escuchaba sin pestañear y asentía, como si en lugar de hablar de su anatomía se estuviera hablando de su auto.

“Carlitos, cuando estuviste en la cárcel, ¿te quisieron empomar?”, preguntó uno de los socios. “No –contestó serio–, nadie se hizo el vivo conmigo”. “¡Qué grande Carlitos! Un loco… un loco… ¡Amor propio! ¡Amor propio! Les conté a ellos lo del amor propio… pidamos otro vino, paga C”. A Cóppola le hervía la sangre. Se movía como un sonajero. Estaba feliz con la reunión. Este cronista, en cambio, transpiraba. La cuenta, seguramente, superaba una buena parte de su sueldo.

En ese momento, llegó al restaurante un hombre corpulento, algo molesto, bien vestido. Cruzó miradas con este cronista y saludó. Saludó también a Cóppola. “¿Quién es?”, preguntó Guillote.

El cronista cree recordarlo y se le acerca. “¿Sos Capi, no? “Sí, querido, ¿cómo andás?”

Capi es Capi Innocentini, 60 años, mítico lobista porteño, socio de políticos importantes, amigo del representante Gustavo Mascardi, un personaje que ya vio todo, que ya no se conmueve con nada. El coronel Kurtz de Apocalypse Now.

“¿Querés venir a la mesa?” Capi acepta y viene con su botella de Rutini de $200 y se sienta. Nos sirve a todos y empieza a hablar. “Yo era el dueño de todo el mediocampo de Boca en el año 84”, le dice a Randazzo. Randazzo lo miró en silencio, como un lagarto. No dijo nada. Capi siguió. Pasó el tiempo, pasó el postre, llegó el Baron B, luego el café, después la cuenta. La de Capi era de $300. La de C, $680. Cóppola hablaba por celular, los amigos también. Este cronista metió su mano en el bolsillo con la parsimonia de un caracol. En dos segundos, Capi abrió su billetera. “Dame todo”, dijo y tiró once gambas ($1.100) arriba de la mesa. “Me deben un almuerzo”, soltó, antes de levantarse e irse por Posadas.

Lleno de cabernet y de alivio, este cronista también se despidió. La ciudad comenzaba a tragarse al sol. Al llegar a la calle Corrientes, el cronista se metió en una librería de usados. Por 10 pesos consiguió un ejemplar de El gran Gatsby.

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Temporada de polo

Publicado: 15 diciembre 2010 en Josefina Licitra
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Las buenas yeguas no olvidan. Una vez que aprenden todo (a andar con el pie derecho, a frenar a tiempo, a ser bravas pero obedientes, a dejarse montar con elegancia) pueden pasar los años y ellas sólo sabrán hacer lo correcto. Por eso, en el universo del polo, las buenas yeguas son sagradas. Literalmente sagradas. Las cuidan y las peinan como a una cortesana pero no las dejan aparearse ni por equivocación. Todos los meses, con puntualidad biológica, un grupo de expertos les hace un lavaje y les extrae un óvulo que se fecunda in Vitro con los espermatozoides de un padrillo. Ese embrión, a su vez, no vuelve a ellas sino que es implantado en un vientre sustituto que llevará adelante el embarazo (valor del embrión: 50 mil dólares). Gracias a esta técnica de laboratorio -que alcanza niveles de excelencia en la Argentina- una buena yegua puede tener hasta diez hijos por año sin perder su línea, sin dejar de jugar un solo día y sin saber que alguna vez los tuvo.

Las buenas yeguas saben todo, menos que son madres. Y menos aún que, gracias a los sistemas de transplante embrionario, muchas veces comparten campo de juego con sus propias hijas, dando lugar a una lógica reproductiva que habla más del universo del polo que del animal. Todo, en el mundo del alto handicap, queda en familia. Pero lo más curioso es que esta asociación (la de las yeguas y su reproducción eugenésica, con los clanes de polistas) no la hace un Luis D’Elía cualquiera sino la voz en off dePolo Real, uno de los videos que ven los extranjeros cuando vienen a aprender a jugar este deporte a la Argentina.

“El polo es un deporte de reyes, sultanes y millonarios del mundo entero. Por eso los caballos de máximo nivel están emparentados entre sí, consanguinidad que también se da entre los polistas” subraya una voz en off en el video y deja en claro, sin rodeos, qué busca buena parte de los miles de extranjeros que todos los años vienen a probar una tajada del campo argentino: no les atrae bailar tango o conocer el Obelisco. Ni siquiera los desvela aprender a cabalgar con elegancia. Sólo quieren comprar algo que en teoría no se vende (el estatus) y con ese fin juegan al polo en “el país del polo” -así se ve a la Argentina desde el 2001-, compran caballos de calidad premium y dejan una montaña de dólares -entre 2100 y 4500 semanales por persona- en el bolsillo de un grupo social -criadores, estancieros y jugadores- que durante los ’90 había visto en sus campos un gran dolor de cabeza.

¿Pero qué significa “estatus” en el polo? ¿Dónde se ve? ¿Cómo se vende? Un recorrido por las páginas web de algunas de las 150 estancias que ofrecen clínicas en la Argentina da como resultado una sobreabundancia de frases y palabras como “adrenalina”, “adicción”, “tradición”, “sentir”, “estar adonde hay que estar” y “no hay vuelta atrás”. Buena parte de esas haciendas está emplazada en Pilar, autoproclamada la “capital internacional del polo”; una localidad que -más allá de las áreas altamente urbanizadas- habla en un lenguaje de exportación. Las afueras de Pilar son fáciles de describir: hay mucho pasto, muchos caballos, muchos árboles, muchos boxes de ladrillo y algarrobo, y muchos carteles con la leyenda “lots for sale”.

Allí, rodeado de estancias que quizás se le parezcan -entre ellas La Ellerstina, dueña de uno de los equipos de polo más importantes del mundo- está Don Augusto Campo & Polo, un club que funciona todo el año (aunque la temporada alta, como en todo el país, se da de septiembre a marzo) y que tiene su epicentro en un inmenso campo de verde incandescente. En el borde de la cancha hay un árbol con una campana quieta y lo que puede verse es la postal minimalista de aquellos que todos quisiéramos creer que es el campo: pasto lacio, árboles al fondo, un caballo de crines luminosas y un disimulado olor a bosta.

En el medio de todo eso están Eric Wright (un “polo manager” -así se los llama- que juega profesionalmente en San Francisco y que vino al país para comprarle unas yeguas a su patrón) y Abby, una morocha que salta del caballo con la levedad de una paloma y dice que no quiere fotos ni apellidos. Abby tiene una cicatriz en el labio superior y esa marca le da al rostro una belleza distante, alerta. Cuando rondan los cuarenta, las mujeres del polo suelen parecerse a ella: tienen el rostro fuerte, marcado y generalmente intervenido por algún colágeno que borra o estira las arrugas que les hizo el tiempo, pero sobre todo el sol. Abby también es polo manager y está buscando tres tipos de yegua: una grande, lenta y sencilla de manejar. Otra mediana y rápida. Y una tercera pequeña y fácil de llevar. Para elegirlas las monta y las lleva a taquear por el campo. Evalúa su boca (es decir, su capacidad de freno), su aplomo, su relación con el taco (es fundamental que los caballos no le tengan miedo), sus ojos (deben estar sin “nube”), su coordinación de movimientos y su cuerpo sin cicatrices.

-Los extranjeros no saben mucho de caballos y piensan que con cicatriz no sirve -explica Abby-. Es como los que no entienden de autos y, en vez de fijarse en el motor, se fijan en el capot.

Según datos de la Aduana Argentina, se exportan cerca de 4 mil animales por año a un precio que va desde los 5 mil hasta los 15 mil dólares (aunque también están los que se venden por 30 y hasta 200 mil). Esto implica que al país ingresan anualmente, en concepto de caballos, un mínimo de 20 millones de dólares. ¿Adónde van estos bichos? A cualquier parte, incluida -por ejemplo- la Guardia Real de Marruecos, que le compró a la familia del polista Clemente Zavatela (marido de una trilliza de oro) veintiséis animales que fueron facturados al 25 por ciento de su valor real (una diferencia que originó una denuncia por evasión contra la empresa de Zavatela).

Cuando se mira una yegua, sin embargo, todas las chanchadas comerciales quedan lejos. La belleza tiene ese poder anestesiante y estos bichos, como todo lo que es bello, se sobreponen a la inmundicia ajena y a la propia con rozagante hidalguía. Las yeguas son refinadas hasta cuando cagan: lo hacen con el pecho afuera, las ancas dignas y el gesto de estar escuchando la mejor música del mundo. A metros de una yegua en trance, un holandés llamado Paul Van Oostveen -programador de páginas web- dice que estos animales son una adicción. Hace dos años que Paul vive en Argentina y desde hace uno que juega en el club Don Augusto. Viene todos los días y ya compró seis yeguas.

-¿Por qué tantas?

-Porque nunca es suficiente.

Los extranjeros que vienen a jugar al polo se dividen en dos grandes grupos. Por un lado están los europeos, solamente interesados en comer bien y pasarse el día a caballo. Y por otro están los estadounidenses, que hacen de las clínicas de polo un proyecto “all inclusive”: quieren amortizar el dinero que pagaron y no dejan un segundo librado al azar. Cuando bajan del caballo salen a ver tango, hacer shopping, pasear por La Boca y dejar fortunas en las talabarterías. En general, ninguno de estos dos grupos habla de “inseguridad”. Según Gonzalo Palacios Hardy, manager de Don Augusto, se trata de gente “de mundo” que ya recorrió Asia y África y que no cree que la Argentina sea un país más duro que Zimbabwe.

¿Por qué vienen acá, y no a Zimbabwe? Todos los motivos pueden resumirse en uno: en Argentina hay caballos mejores y más baratos que en cualquier otro lugar del mundo. Esta sería la explicación económica, mientras que la psicológica la da Bautista Heguy en el video Polo Real: “Para muchos el polo es una pasión, pero para otros también es un capricho, es esnobismo, es la posibilidad de acceder a un deporte elitista que les permite codearse con la realeza”.

El príncipe Harry de Inglaterra vino un par de veces a la estancia El Remanso, en Lobos, para mejorar su taqueo de la mano del polista Eduardo Heguy. E incluso el actor Tommy Lee Jones -perteneciente a la realeza de Hollywood- se hizo habitué de la estancia La Mariana y hasta devino el padrino de su equipo de polo. “Pensar que, en un principio, sólo vine a la Argentina a aprender un poco a jugar al polo, a comprar unos caballos y a comer buens asados -dijo-. Ahora vengo una o dos veces por año para no perder mis prácticas. Aunque sigo sosteniendo que, al lado del polo, trabajar en películas de cine es muy fácil”.

Claludio Uras, 31 años, petisero de Don Augusto, advierte que -si sólo se quiere estatus- es más fácil comprar un palo de golf y una pelota. Con el golf no es necesario tener tanto estado físico, es casi imposible romperse un hueso y es definitivamente menos riesgoso en términos económicos.

-Trabajar con caballos es como trabajar con alhajas, con la diferencia de que un collar no se te retoba -dice Claudio-. Una vez, en la estancia anterior donde trabajaba, se escapó un caballo de casi treinta mil dólares. Se fue a un campo vecino, comió mucho, se empachó y le agarró un cólico. Cuando el cólico es fuerte el caballo se hincha y ya no sirve más para polo. Por suerte este zafó, pero quedó un poco tonto, perdía el equilibrio. Casi me mato.

Claudio tiene 32 años, una mujer, dos hijos y media vida al servicio del polo. Nació en Pehuajó y, ya en la adolescencia, lo contrataron en una estancia para preparar caballos. Tenía que amansarlos, adelgazarlos, acostumbrarlos al taco y someterlos a un trabajo de ablande no sólo físico sino también sentimental. A diferencia de otros petiseros, Claudio tuvo la posibilidad de aprender a jugar. Ahora participa de las prácticas con extranjeros, aunque su principal tarea está a los pies del caballo: les hace la cama (con aserrín o viruta), los cepilla, les trenza la cola, los afeita y los alimenta.

“Los petiseros son el 50 por ciento del éxito de un equipo” dice Bautista Heguy en el video Polo Real. “Un buen petisero es como un buen contador o un buen abogado: hace al éxito de tu empresa” agrega Juan Ignacio Merlos, de la estancia La Dolfina.

Claudio, responsable entonces del 50 por ciento de esta historia, vive con su familia en la estancia Don Augusto. Su casa consiste en dos ambientes pequeños que antes tenían cocina compartida, y ahora es individual.

***

El polo tiene su origen en el llamado Sagol Kangjei, un deporte que se jugaba en la India unos 300 años antes de Cristo. Muchos siglos después, el colonialismo inglés se apropió de esta práctica y finalmente la trajo a la Argentina en el siglo XIX. El polo se fue transformando, en este país, en un deporte de confraternización entre inmigrantes sajones. Hasta que el 30 de agosto de 1875 se jugó el primer partido oficial. Aunque la mayoría de los jugadores era inglesa, el polo se empezó a difundir entre los argentinos. El motivo de esa adopción lo dio una crónica periodística de la época: “El polo resulta particularmente adaptable a un país de centauros como la Argentina, donde los campos son tan lisos como tableros de ajedrez y los caballos denotan admirables condiciones y entrenamiento para la lucha”.

En 1895, la primera delegación de polistas criollos jugó en Londres -le fue muy bien- y desde entonces el polo argentino mantuvo el primer lugar dentro de los equipos internacionales. El mejor ejemplo de que el polo local es superior al del resto del mundo lo da la inscripción al Campeonato Abierto de Polo de Palermo (el mayor evento deportivo del rubro a nivel internacional): para anotarse, es requisito básico que los jugadores tengan un handicap superior a los 28 puntos. Pero hay pocos equipos extranjeros que cumplan con este requisito.

-Existen torneos altamente prestigiosos, pero no existe el mundial de polo -explica Gonzalo Palacios Hardy-. La razón, justamente, es que si hubiera un mundial siempre ganaría la Argentina, y así no tiene gracia.

El polo se maneja por temporadas. La más alta va desde septiembre hasta principios de diciembre, y en ese lapso de tiempo se concentran todos los torneos y campeonatos de alto nivel. La baja, en cambio, arranca en otoño, cuando la lluvia llena los campos y vuelve todo más difícil.

-No estoy acostumbrado a los inviernos.

El que habla es Emiliano Blanco, 32 años, polista, él dice que mediocre. Lo conocí seis meses atrás, cuando de polo entendía menos que ahora y quise hacer esta crónica suponiendo que el polo era una fiesta todo el año. Esa tarde Emiliano estaba solo, callado, padeciendo el invierno, fumando Philip Morris con boquilla transparente y dejando que el sol frío le pegara en el cabello rubio con un golpe distante, como en una escena del Gran Gatsby.

-Cuando llueve todavía es peor: directamente no sé qué hacer.

Emiliano jugó en Santa Fe, Nuevo México (Estados Unidos) durante una década, y de allí se trajo varios clientes gringos. Ahora es reconocido por sus pares como uno de los que mejor maneja el negocio de los extranjeros y el polo. A su estancia -llamada Don Manuel y ubicada en Cañuelas- llegan profesionales que quieren ponerse en forma para la temporada europea, estudiantes de universidades inglesas que tienen un convenio con la estancia, y también turistas que aprovechan la devaluación para comprar, a precio moderado, la pertenencia a una casta a la que pertenecen pocos.

La tarea de Emiliano es grata, dice, pero no es rentable. Una cosa es ser un polista 10 de handicap, que cobra un mínimo de 300 mil dólares por jugar la temporada inglesa (y luego usa ese dinero para solventar la temporada en Argentina). Y otra cosa es ser como Emiliano.

-Si sos mediocre como yo, el tema de las temporadas y la llamada “vida de polo” te termina cansando, porque vivís de viaje, no formás nada en tu país, y el dinero que ganás afuera ni siquiera sirve para armarte acá un buen futuro. En un momento empezás a ver que la vida se va rápido y entonces muchos chicos como yo piensan que una forma de seguir viviendo del polo, pero en Argentina, es traer extranjeros. Quieren aprovechar porque piensan que es fácil. Que el extranjero es un tipo al que le vas a sacar dólares así nomás: dándoles asado y haciéndolos jugar con petiseros. Pero yo no hago eso, y así estoy: extenuado.

El campo de Emiliano -una infinidad de hectáreas con facilidades cinco estrellas- es el resultado del patrimonio familiar, al que Emiliano sumó sus doce años de trabajo en Estados Unidos. Emiliano nunca, en las últimas dos décadas, se tomó vacaciones. Cada vez que cerraba una temporada de polo volvía a Cañuelas para comprar ladrillos.

-Y está bien porque el lugar es mío y el día de mañana haré un negocio inmobiliario. Pero para hacerlo como negocio para turistas no es rentable. Sólo cierra si sos como el dueño de El Metejón: un extranjero que vio el negocio inmobiliario y entonces usa el polo para captar extranjeros para que le cmpren la tierra. Pero yo no hago eso. Entonces muchos amigos me dicen “quiero vender polo en Pilar, me compré unas hectáreas” y yo trato de explicarles, sin tirarlos abajo, cuáles son los problemas.

-¿Y cuál sería el problema?

-Que dejás la vida acá. Que no sé lo que es ir al cine. Por algo estoy soltero.

-¿Entonces por qué te metiste en esto?

-Porque a la vez amo los caballos, y porque mi papá vive acá. Mi papá es un tipo que vino muy de abajo. Y yo quiero que mi viejo viva en el mejor lugar.

Emiliano es uno de los pocos personajes dedicados al polo que no tienen origen patricio. Su padre trabajó en el rubro de la carne hasta que dos enfermedades contraídas en el trabajo -una broncoestasis y una tuberculosis- le hicieron pasar demasiados años en cama. Mientras su padre trabajaba, Emiliano iba a la escuela y jugaba al pato. Pero jugando se quebró las dos piernas y, tiempo después, un amigo de la familia directamente se mató. Cuando supo la noticia, su padre fue claro:

-Hacé lo que quieras con caballos -dijo-, pero olvidate del pato.

Así empezó Emiliano con el polo. A los dieciséis años viajó como petisero a Australia, y algunos años después hizo su base de trabajo fuerte en Estados Unidos.

A veces, cuando tiene tiempo de pensar en algo, Emiliano piensa en lo que él podría haber sido.

-Acá están los mejores polistas del mundo por el mismo motivo por el que tenemos los mejores caballos. Por un lado, el costo de hacerte jugador de polo, si tu familia juega al polo, es barato. Y por otro, hay un tema cultural: en Estados Unidos o Inglaterra, cumplís diecisiete años y tu viejo, por más que sea millonario, te obliga a ir a la facultad, a trabajar para pagarte los estudios, y recién cuando terminás con todo eso podés dedicarte al polo. Es decir que llegás grande y sin una cultura del caballo. A mí me han llegado adolescentes de Inglaterra; los padres los mandaban pero me decían: “No lo hagas jugar todo el tiempo: que aprenda a barrer, a lavar: que trabaje”. Es otra mentalidad. En cambio, en Argentina, si terminás el secundario y tenés familia con dinero ellos te pagan todo.

-¿Y eso te parece bueno o malo?

-La verdad… el estilo sajón me parece una pérdida de tiempo. Mi papá me hizo empezar a trabajar a los doce años. Y si me comparo con los chicos que empezaron conmigo con el polo, llegaron a más que yo porque tuvieron el tiempo y la cabeza más libres para pensar en eso. Yo a los diecisiete manejaba un matadero de vacas, iba a la facultad de noche y además jugaba al polo.

-Creés que si hubieras sido más consentido te habría ido mejor como polista.

-Sí.

Aunque no es un gran polista, Emiliano es una referencia ineludible para las clínicas de polo que se hacen para extranjeros. Por ese motivo ahora, en septiembre, llegaron hasta él Aaron y Marcus, dos estadounidenses de treinta y tantos años que en este momento montan un caballo fijo -una especie de animal de Troya en miniatura-, miran a un frontón, y empiezan a taquear para mejorar la técnica y precalentar el cuerpo para un partido que se jugará dentro de media hora.

Aaron se apellida Ball y tiene 37 años, pantalón blanco, botas de caña alta y un castellano correcto. Trabaja como abogado de una petrolera en Houston -a la que pertenece Marcus- y vino a esta estancia recomendado por el Club de Polo de Houston, del que es miembro desde hace un mes.

Un mes es poco. Ayer Aaron se cayó del caballo, aunque mantiene el optimismo.

-Emi tiene reputación muy buena en Estados Unidos -dice-. El polo se está haciendo popular entre personas entre 30 y 40 años. Ahora todos quieren venir a Argentina. Es el único lugar en el que piensas para hacer polo. No hay sitio en el mundo como éste.

-¿Y la política? ¿Sabe algo del país?

-Prestamos atención a la política, sí. Por ejemplo, el problema entre el campo y el resto. Y también hay interés en desarrollar acá los recursos petroleros. Argentina es más europeo que latino. Los creemos más parecidos a nosotros. Por eso nos gusta. Y porque es más barato que Europa. Hace dos meses tuve un casamiento en Inglaterra y es 2.2 pound el dólar. ¡Qué caro!

A su lado, montado sobre el caballo fijo, Marcus parece estar en otro mundo. Viste jeans -y no pantalón blanco, como se acostumbra en polo- y asiste a las indicaciones de Emiliano con la expresividad de una hoja en blanco. Marcus es la clase de personas que parecen no entender el idioma ni siquiera en su propio país. En la mayor parte de los casos, uno diría que eso significa “ser tonto”; pero en el caso de Marcus -ejecutivo de una petrolera- eso suele llamarse “estrategia”.

-Aaron tiene una facilidad natural, quiere hacer las cosas mejor -dice Emiliano-. Pero Marcus no. Marcus no le pone ganas.

-No lo digas en voz alta que te va a escuchar.

-No, no: yo se lo digo en la cara. Le digo “Marcus, poné ganas”.

-¿Y él qué hace?

-Nada.

Como mínimo, son necesarias cinco clases para aprender las posturas básicas del polo. En cualquier clínica para principiantes, lo primero que se enseña es a dominar un caballo, luego a mover el cuerpo y finalmente a pegar a la pelota lo mejor posible. Luego están las prácticas en la cancha. En este caso, Emiliano convocó a otros polistas amigos para que jueguen con Aaron y Marcus, a cambio de permitirles promocionar sus caballos para la venta. Por eso ahora, en el establo, a minutos nomás de jugar un partido, ocho personas se suben a sus yeguas de un salto.

-Che -interrumpe un polista desde las alturas-, decile al fotógrafo que me haga todos los planos que quiera, pero que me saque al caballo sin culo.

El que habla es Carlos Sciutto, jugador y hacedor de caballos que vino a hacer las prácticas con los estadounidenses. Sciutto está muy preocupado por la cola de su yegua: está despeinada.

-Este es un deporte de caballeros, por ende es un deporte elegante y todo debe estar perfecto, ¿entendés? El caballo debe estar descolado, bien tuzado, sin pelo en las patas, las orejas, en fin. Estos son caballos nuevos que van a hacer la temporada ahora, entonces esto es una guerra contra los pelos, ¿entendés? ¿Vos te depilás?

-Sobre todo en temporada.

-Bueno, ellas también.

El culo de las yeguas es sensual. La cola trenzada, la carne dura y las ancas tan abiertas recuerdan bastante a la hondura existencial que proponen las portadas de revistas para hombres. Las yeguas, además, están mejor peinadas que yo: llevan las colas trenzadas y en rodete, y a su vez ese rodete es de una tirantez tan perfecta que podría concursar en un certamen de peinados penitenciarios. Sobre una de esas yeguas, entrando al campo de juego, está Aaron. La novedad es que lleva puesto un casco extraño. A diferencia de las gorras de los demás jugadores, Aaron usa un accesorio que podría protegerlo de una guerra mundial.

-Para los gringos toda protección es poca -aclara Sciutto.

En rigor, toda protección es poca ya no para los gringos, sino para el polo en general. No existe profesional que conserve su osamenta sana. Ignacio Figueras -considerado el Brad Pitt del polo y convocado para sus campañas por la firma Ralph Laurent- tiene una cicatriz cerca del ojo y la nariz rota. Horacio Heguy perdió un ojo de un tacazo en 1995, y una década después se cayó del caballo y terminó en terapia intensiva, con tres costillas rotas y un pulmón perforado. En cuanto a Emiliano, llegó de su reciente temporada en el extranjero -estuvo dos meses dando clínicas en Inglaterra y Estados Unidos- con la tibia y el peroné hechos puré.

Los partidos de polo duran seis chukkers o chacras: lapsos de siete minutos cada uno, que es el tiempo que un caballo puede correr sin parar y sin deshidratarse. En un partido de alta competencia puede llegar a haber treinta goles. Pero en la práctica en Cañuelas, más que goles -hubo dos- se escucharon frases coom “Go! Go! Go!” y “Come on, Marcus, score!!!” (¡Marcus, hacé un punto!). Después, más allá de las palabras, estuvieron los famosos “hechos”. Aaron se cayó dos veces. Y el segundo episodio fue casi dramático.

Un rato después, con Aaron completamente entero y en manos de una masajista, Marianela Castagnola -una de las mejores polistas mujeres del país, invitada a jugar este partido- diría que Aaron cayó “como una bolsa de papas porque no sabe montar”. Pero en el momento exacto del desplome, lejos de cualquier hipótesis, lo que pudo verse fue una yegua frenando maliciosamente, y un pobre tipo hecho estampilla contra el suelo.

Aaron quedó sobre el pasto, boca arriba, con el casco puesto y los brazos en cruz.

-Aaron… are you okay?

-Ouch.

Detrás de Aaron, a cincuenta metros, la yegua se veía cada vez más chica, cada vez más lejos, galopando con la desesperación de los que necesitan mantener algo a salvo, quizás la elegancia.

El fetiche diferente

Publicado: 22 noviembre 2010 en Pablo Galfré
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Ustedes dirán que exagero, pero les juro que no es así. Ya verán. Todo empezó por casualidad en un puesto de diarios que está en la cosmopolita Plaza Italia. Me encanta mirarlo detenidamente porque hay publicaciones de todo el mundo: siempre  observo sus revistas buscando alguna historia rara e interesante por contar. Y así fue como descubrí a la revista El Cisne. Su título de tapa me causó intriga apenas lo vi: Devotee y wanabee, el nuevo tabú sexual. Así comenzó esta historia que no sé cómo terminará. Ya verán.

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Cita textual: Se conoce con el término de devotee (del inglés, ser admirador de, devoto de) a aquella persona que disfruta y siente placer relacionándose sexual o indirectamente con personas con discapacidad física. La discapacidad o la amputación son objetos de su deseo y muchas veces su obsesión. Para el wanabee (del inglés, want to be, querer ser) la fuente de placer se encuentra en el deseo de llegar a ser discapacitado, al punto de simular serlo, y en casos extremos, de autolesionarse.

[Fuente: Revista El Cisne. (Revista sobre discapacidad, educación y rehabilitación). Nº 193. Setiembre del 2006]

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Entrevista a licenciada María Elena Villa Abrille, quizá la única sexóloga de Argentina que sabe algo sobre devotismo.

¿Qué es un devotee?

Es una persona que se siente sexualmente atraída hacia las personas con discapacidad o que tan sólo admiran como ellos llevan adelante sus vidas a pesar de las limitaciones. Pero lo importante es que cuando esta atracción es sólo de tipo sexual puede llegar a transformarse en una obsesión. Más aún, si esta obsesión perdura por más de seis meses, si su único fin pasa por relacionarse sexualmente con personas discapacitadas, estamos hablando de una parafilia.

¿Y qué sería una parafilia?

Es el término moderno que se usa para lo que antes se le llamaba perversiones o desviaciones. Cuando la relación se da sin el consentimiento del otro y cuando ese deseo hace daño al otro estamos hablando de parafilias. Sino puede ser una preferencia sexual más. Eso es en el caso de los devotees. Pero los wanabees ya es otra cosa, creo que algún trastorno tienen, porque no cualquiera desea ser discapacitado.

¿Y cómo son los devotee parafílicos?

Suelen merodear a los discapacitados y su gran deseo compulsivo es tener una relación sexual con dichas personas. Los hombres suelen elegir a las mujeres con amputaciones en las piernas y las mujeres prefieren a hombres en silla de ruedas. El devotee parafílico no se fija en la otra persona ni en el daño que le puede hacer.

¿Qué opinan de los devotee las personas discapacitadas?

Atrocidades. Tienen miedo y quieren distinguir bien quién es devotee y quién no. Yo les diría que estén atentos a los devotee obsesivos, pero que estén abiertos a aquellas personas que quieran brindarles cariño genuino. Hay que comprender que el devotismo no es más que una nueva variante de la conducta sexual humana.

***

Internet es donde tanto devotees y wanabees encontraron refugio para armar un mundo paralelo donde expresarse, informarse y, claro está, calentarse. Ustedes ahora están a un click de distancia de miles de páginas web que ofrecen fotos de mujeres en ropa interior luciendo sus prótesis o de mujeres amputadas que provocan con sus hermosos cuerpos desnudos –o partes de él-. Así como algunos buscan en Youtube los grititos histéricos de Chachi Telesco, los devotees optan por apreciar videos de discapacitadas que bailan con sus sillas de ruedas o de filmaciones porno soft de mujeres que seducen con la sensualidad de la ausencia a hombres que desean servirlas apasionadamente. Como todo mercado porno/erótico, la oferta es básicamente para la platea masculina. Además, como sostiene la licenciada Villa Abrille, hay un 20% más de devotees varones que mujeres.

Pero los foros son la piedra angular de este cibermundo, la plaza pública donde devotos y personas con discapacidad pueden conocerse, hacer amigos u ofrecerse como humildes servidores de mujeres y hombres postrados.

En uno de ellos -www.disconocernos.com.ar- me topé con deseos que jamás imaginé posibles, con mensajes que no comprendí al principio, con ciertas sintaxis inabarcables (Los correos electrónicos publicados en este artículo pertenecen a personas reales que autorizaron su publicación, pertenecen a personas que te quiere conocer y que desean que les escribas). Algunos ejemplos:

Busco chica discapacitada para servirla humildemente. Quiero ser tu criado absoluto. Estar siempre pendiente de ti. Cuidarte sin rechistar y obedecerte por completo. Sin interés sexual ni económico. Admito cualquier tipo de discapacidad. ¡Escríbanme a perrok_@hotmail.com!

Busco un hombre discapacitado y sexualmente activo. Soy homosexual y te quiero ayudar. Si sos una persona con capacidades diferentes pero cuya vida sexual es incompleta mandame un mail a hembrita@ardiente.com. No me importa cuál sea tu discapacidad sino simplemente que seas una buena persona que necesite calmar sus urgencias sexuales.

¿Alguien me puede dar un poquito de amor? Tengo 25 años y uso silla de ruedas, por lo cual me es muy difícil encontrar pareja o amigos. La verdad es que necesito conocer a un hombre. A veces me siento muy sola  y quiero saber lo que es ser amada y besada, despertar algo más que lastima. Sólo quiero amor. maria_disca@hotmail.com

***

Rodrigo fue el primer devoto que conocí. Con él puedo decir -no creo que me contradiga-, que ya somos un poco compañeros. Digo esto porque ya nos vimos cuatro o cinco veces y chateamos bastante seguido. Digo esto porque desde nuestra primera cita hasta el día de hoy su vida dio un giro de 180 grados. Ya verán.

Primero -para ir entendiendo un poco qué es todo esto del devotismo- le pido que me explique qué es lo que siente por las personas con discapacidad y él me dice que toda su vida tuvo estos sentimientos, esta admiración por ellos. Admiración que sentía mientras los veía subir a un colectivo en silla de ruedas o caminar por el centro con sus bastones despreocupadamente. El admira que sigan adelante a pesar de los obstáculos que les planta la vida.

Rodrigo me aclara que en el mundo devotee sobre gustos no hay nada escrito, y que hay todo tipo de discapacidades para cada devoto. Así como algunos admiran a los parapléjicos, hay otros que se sienten exclusivamente atraídos por los amputados. “Pero a mí lo que más me interesa son las desviaciones en la columna y la falta de motricidad. Creo que viene por ese lado. Todo lo relacionado con los aparatos ortopédicos”. Pero me aclara que no es que le gustan las mujeres de un andar defectuoso y listo. Primero le tiene que gustar como mujer, como persona. Como a todo el mundo.

Ahora ya no juega más a este juego, dice que se curó, pero meses atrás cuando caminaba por la calle no podía dejar de mirar a los discapacitados. “Recuerdo observarlos sin poder sacarles los ojos de encima”. Llegó al extremo de cronometrar los horarios de distintos discapacitados para poder conocer sus movimientos y así volver a verlos una y otra vez. “Y ahí yo me atormentaba preguntándome por qué me pasa esto. Sin embargo nunca me cansaba de mirarlos, de admirarlos”.

Estos cuestionamientos se transformaron en pesadillas y en insomnios eternos y nocturnos. Dentro de su cabeza escarbaba la idea que era el único pervertido del mundo que gustaba de los discapacitados. “Entre los devotee nos decimos: estamos enfermos pero no queremos el remedio. Disfrutamos de la enfermedad. Yo durante un tiempo sufrí con esta enfermedad, pero ahora puedo decir que la estoy disfrutando”. Ya verán por qué.

En una de esas largas noches de insomnio Rodrigo tuvo una idea un tanto extravagante: quebrarse una pierna para poder usar muletas. Con unas maderas sobrantes creó un sistema de pitones y poleas y puso un peso sostenido por una soga en lo alto del techo para luego dejarlo caer sobre su pierna y así quebrarla en mil pedazos. “Tenia 13 años y ya era conciente que me atraía el tema. Quería ver cómo se sentía ser un discapacitado. A último momento me dije qué mierda estoy haciendo y tiré todo al carajo”. Por suerte para él ya dejó de tener estos deseos de pretender ser un discapacitado. Por suerte para él y para sus piernas.

Después de esta revelación ya me siento más en confianza para hacerle una pregunta más… qué sé yo, íntima diría.

– ¿Cómo es el sexo con una mujer discapacitada?

– Nunca me acosté con una discapacitada. En realidad nunca me acosté con una mujer en general. Soy virgen.

Siendo devoto e inmaculado no me queda otra que preguntarle cómo hacía para calmar todos esos deseos libidinales de estar con una mujer discapacitada. Le pregunto si, como todos nosotros, no recurría a material erótico de la web y a utilizar simplemente su mano para calmar sus ansias de placer. Pero me responde que no, que nunca sintió esa necesidad. Me responde: “Nunca me hice una paja en toda mi vida”.

– ¡¿Nunca te hiciste una paja?!

– Te lo juro. Sí estuve desesperado por estar con cualquier tipo de mujer, pero nunca recurrí a eso.

– ¿Y como satisfacías tu libido si no te hacías una paja?

– Cuando tenía 13 años hice unas muletas con unas maderas y durante un tiempo las usé a escondidas en mi casa. Caminaba de acá para allá con las muletas y eso me excitaba mucho. Pero nunca fue una obsesión estar con una persona con discapacidad.

Rodrigo quiere dejar bien en claro, para que nadie se confunda, que sus intenciones siempre fueron buenas, que tiene plena conciencia que está ayudando a personas que nadie mira, que todos discriminan. “Nunca fueron una carga estos sentimientos. Si vos me preguntás si en algún momento hubiese preferido dejar de sentirlos, te digo que no definitivamente. Estoy muy contento con esto que siento. Aparte, en mi caso va más allá del sexo. No soy un fetichista. Yo lo que quiero es una relación de pareja, amar a una mujer discapacitada”.

***

Carta de una chica que desea ser discapacitada:

Estimados lectores de la Revista C:

Ustedes quizá no puedan comprenderme, pero es así: deseo ser discapacitada. Mi ideal sería ser parapléjica, pero para serles franca me conformaría con mucho menos. Una leve cojera, por ejemplo. Lo que fuese para aliviar un poco esta sensación de estar en un cuerpo que no me pertenece.

La verdad es que no sé por qué deseo ser discapacitada pero sí sé que me pasa desde que era una niña. La intensidad del deseo fluctúa entre la obsesión y una necesidad relativa. Cuando estoy mal de ánimo es cuando más perentoria se vuelve esta cruel necesidad.

Siempre me he sentido muy culpable con todo esto y la verdad es que me parece una falta de respeto total hacia los discapacitados insinuar que lo que personas como yo sentimos es natural o esté bien. Yo no creo que lo sea.

Por otro lado, sé que muchos wanabees serían capaces de ir hasta las últimas consecuencias para conseguir su propósito: provocarse una lesión o amputarse un miembro de su cuerpo. ¡Pero ese no es mi caso! Yo sería incapaz de infringirme el más mínimo daño para llegar a estar paralizada. Entonces tengo claro que mi realización tiene que venir desde otro lado.

¡Espero que algún día la sociedad sepa comprendernos!

Si otro wanabee o quien sea me quiere escribir para intercambiar sentimientos lo puede hacer a downflake@yahoo.es

¡Besos a todos!

***

Entrevista con Augusto. Tiene 35 años, un trabajo estable, está casado en un matrimonio que se cae a pedazos y tiene dos hermosos hijos. Su esposa desconoce que es devotee. Si lo supiese, huiría.

– En tu caso, ¿qué tipo de discapacidad te atrae?

– Amputaciones de miembros inferiores. Me da lo mismo si es la pierna derecha o lo izquierda. Lo que sí me gusta es que la amputación sea por encima de la rodilla. Hay gente que prefiere una o dos piernas amputadas, yo no tengo preferencia en ese sentido.

– ¿Y por qué crees que te atraen las mujeres amputadas?

– No sé ni me lo pregunto. Al principio sí me cuestionaba por qué tenía estos deseos. Me parecía demasiado raro porque no estaba dentro de lo que son los estándares que te enseñan: “A vos nene te tienen que gustar las chicas rubias, flacas y lindas”. Y que te guste algo diferente hace que te hagas un montón de planteos: “¿Por qué me atrae esta persona si supuestamente me debería dar asco?”. Y en un momento me dije “¿Por qué asco? ¿Cuál es la diferencia? Le falta algo, ¿y qué?” Sigue siendo la misma persona básicamente, ¿o no? Lamentablemente yo aún no pude conocer íntimamente a una mujer amputada.

– ¿Qué les dirías acerca de ustedes a las personas con discapacidad?

– Yo creo que les cuesta mucho conseguir sexo y desconfían de todo el mundo. A veces se protegen demasiado y no se dan la oportunidad de conocer a una persona que tal vez pueda gustarles o no. Les diría que salgan más, que se animen, que hay gente que noblemente gusta de ellos.

– En los foros dicen que los devotee son unos enfermos y que objetivan a los discapacitados.

– ¿Y qué si parcializamos al otro sin dañarlo? ¿Acaso la gente “normal” no es fetichista? A algunos hombres les gustan las culonas y a otros las tetonas. Hay mujeres que se sienten atraídas por los musculosos y otras por los intelectuales. ¡Todos parcializamos! Todos tenemos un objeto de deseo más o menos oculto. Lo importante es no lastimar al otro. Nosotros, los devotos, les damos a las mujeres discapacitadas lo que mucha gente les niega: las dotamos de sexualidad, les damos la oportunidad de seducir al otro, de ser lindas y bellas. Dejemos de ser hipócritas, por favor.

Hace unos días Augusto me llamó y me dio la noticia que su matrimonio se terminó por despedazar. Además me dijo que tiene muchas ganas de conocer a una mujer amputada. Les dejo su correo: soydevo@gmail.com.

***

Carta de un mexicano devotee que quiere dejar de serlo:

Estimado Pablo:

Quiero contarte que no amo a la discapacidad pero desde tiempos inmemoriales me he sentido compulsivamente atraído por damas discapacitadas, sobre todo por las que sufrieron amputaciones. Quisiera borrar de una vez por todas estos deseos que me atormentan.

Te contaré un par de cosas que las puedes tomar en cuenta para tu investigación (prométeme que no vas a revelar mi identidad):

1. No sé cómo ni cuándo llegué a ser un devoto: creo que nací así.

2. Nadie sabe que soy un devoto. Me da una enorme vergüenza, me da terror.

3. He bregado fuerte para que esto no permanezca en mí, pero permanece.

4. He luchado, y hasta ahora lo he conseguido, por no dañar a nadie.

5. Esto es una carga emocional muy fuerte que me estresa y me deprime.

6. Vengo de una familia de buenas costumbres y dedico mi vida a trabajar, a ser un buen esposo y un muy buen padre.

Ojalá tu artículo sirva para que la sociedad no mire a los devotos como aberrados sino como personas con psicología especial que necesitan ayuda. Particularmente, yo estoy encontrando ayuda en la Palabra de Dios, al menos he encontrado que El si me comprende, me perdona y me guía hacia sendas donde no hay maldad.

Te mando un saludo.

***

Mi segundo encuentro con Rodrigo fue cuatro meses después y ya todo había cambiado. ¿Recuerdan que les dije que jugaba a seguir a las personas con discapacidad para poder admirarlos? Bueno, ese juego inocente tuvo sus frutos: así conoció al amor de su vida y también la cura a su enfermedad, según dice él.

Durante cinco años seguidos Rodrigo se tomó siempre el mismo colectivo para ir a la misma escuela. Días tras día. Y así fue como Rodrigo durante esos cinco años de viaje en colectivo admiró y observó en secreto a María, una chica discapacitada que utiliza bastones en ambos brazos para agilizar su errante andar.

“Yo me sentaba lejos de ella para que no se diera cuenta que la observaba. Alguna vez me pasé de parada para ver dónde se bajaba. Me llamaba mucho la atención su destreza al bajar del colectivo”.

Pero al terminar el secundario concluyeron también los viajes en colectivo y así Rodrigo no pudo admirar más a María. Hasta que un día, un amigo discapacitado de Rodrigo, sin saber que él admiraba en secreto a María, le pasó el mail de ella. Casualidad y destino -¿por qué no ambos?- confluyeron en la vida del devotee y la discapacitada.

Y así fue como finalmente se conocieron. Primero chatearon un tiempo e intercambiaron inquietudes hasta que tuvieron su primera cita. “Cuando la vi fue amor a primera vista. No sé qué fue lo que más me gustó, pero recuerdo que fue muy fuerte”.

Y bueno, salieron varias veces más, fueron a tomar unos helados por el barrio, se fueron conociendo y como cualquier otra pareja de tortolitos finalmente se pusieron de novios. Rodrigo, como todo caballero que se precie de tal, llevó a su novia a su casa para presentársela formalmente a su familia. Pero seguramente su madre, como todas nuestras madres, esperaba ver entrar por la puerta nupcial a una hermosa niña rubia y de ojos verdes. Quien entró fue una hermosa niña rubia y de ojos verdes pero con algunos pequeños detalles: a causa de una enfermedad congénita María tiene una malformación en la médula espinal que la obliga a usar bastones para poder caminar. Digamos que mamá rechazó a la flamante pareja, pero como el amor es más fuerte Rodrigo y María se fueron a vivir juntos a una pequeña pensión y su vida cambió radicalmente. Dejemos que él lo cuente.

“A partir de María me curé. Yo no discuto que estamos enfermos. Sí, lo estamos, pero no todas las enfermedades son malas. Me sigue atrayendo el tema discapacidad  pero no sexualmente hablando. Antes de María, si veía a una mujer discapacitada, me excitaba. Ahora ya no, ahora veo a una persona más y punto”.

Hay un pequeño detalle de esta particular historia de amor que me olvidé de contarles. María no sabe que Rodrigo la conoce de hace tiempo, no sabe que él la admiraba en secreto en el colectivo. María no sabe que Rodrigo es devotee.

“Aún no le dije que soy devotee. Cuando se calmen más las cosas se lo diré. No sé cómo va a reaccionar. Pero siempre me gustó decir las cosas de frente, nunca mentí en toda mi vida. Entonces sí o sí se lo voy a decir pero no se cómo reaccionará. Tengo mucho miedo que diga que estoy enfermo y que me deje. Que tergiverse lo que yo siento por ella. Y yo tan sólo la amo”.

***

Carta de una devotee que no tiene ningún problema con ser devotee:

Querido Pablo:

Me llamo Marcela, tengo 30 años y soy nicaragüense.

Déjame contarte que desde muy pequeña he sentido atracción por los hombres en silla de ruedas. Crecí y mis fantasías fueron tornándose recurrentes e inexplicables para mí. Sin embargo, nunca he tenido contacto con personas discapacitadas: alimento mis fantasías con películas, telenovelas e internet. Utilizo mi imaginación más que nada pues mi atracción no es sexual, es romántica. Mis fantasías pasan más por el amor, aunque amor también implica, claro está, sexo. Pero sin segundas intenciones, más bien lleno de entrega y dulzura, caricias y mimos.

A partir de la web conocí el término devotee. Descubrí con asombro mensajes de gente como yo tratando de establecer contacto con discapacitados. ¡Al fin encuentro gente como yo! Lo digo con orgullo: ¡Soy una devota! Por primera vez en mi vida sé que no soy la única persona en el mundo que siente y ama de esta manera.
¡Qué locura!: hay hombres discapacitados que sueñan con una mujer que los valore y los ame y hay mujeres que sueñan con un hombre discapacitado a quien amar y entregarle su vida, pero paradójicamente el mundo nos impone los prejuicios que evitan que nos conozcamos.  ¡Qué mundo cruel el nuestro! ¡Cuantas cárceles en nuestras cabezas!

Espero que tu artículo sirva para que devotees y personas con discapacidad nos conozcamos entre sí y ser más felices.

¡Besos para todos!

***

“Abel es mi nombre. Mirá, desde niño siento admiración por las personas con discapacidad. Recuerdo que una vez estaba jugando con un muñeco y de golpe se le salió la pierna. En vez de ponérsela, jugué a que saltara sin ella. Recuerdo que eso me causó toda una sensación dentro de mí. Sí, tuve una erección, me escondí en el baño y me masturbé. En ese momento, a los 12 o 13 años, sentí que eso estaba mal. Supuse que se me iba a pasar pero transcurrieron los años y eso nunca cambió. Yo lo único que hice durante todo este tiempo fue esconder mis verdaderos sentimientos.

Antes de saber que existía el devotismo me sentía un enfermo total. Vivía deprimido y angustiado pensando que era la única persona en el mundo que sentía deseos sexuales por los hombres amputados. Porque además de ser devotee, soy homosexual. ¡Ja, ja! No me falta nada, ¿no? Y bueno, el año pasado, investigando en Internet, encontré mucha información y conocí a devotos y a discapacitados que no nos discriminan. Descubrí que no soy el único con estos deseos. Y la verdad que encontrar respuestas y dejar de sentirme un perverso fue un alivio muy grande. No sé si te das cuenta, pero la web nos salva la vida.

Mi primer experiencia sexual con un hombre amputado fue hace ya algunos años. Recuerdo que lo que me llamó la atención la primera vez que lo vi a él, obviamente, fue que le faltaba una pierna y que tenía sus muletas a un costado. Entonces me puse muy nervioso. El sólo hecho de hablarlo me acelera el latido del corazón. Tomé coraje, me le acerqué y le mentí: como estaba muy bien vestido le dije que era médico y que si necesitaba algún tipo de rehabilitación yo se la podía dar gratuitamente. ¡Y él me dijo que no había ningún problema!

Al día siguiente vino acá a mi casa, nos acostamos en la misma cama donde vos y yo estamos charlando ahora. Y él estuvo muy predispuesto a las revisaciones. Para mí que se dejara revisar era como hacer un sueño realidad. Se facilitó todo porque el tipo tenía una mente muy abierta. Pero obviamente que él se dio cuenta que yo no era médico y finalmente me sinceré y le dije que me atraía mucho por su amputación. Mi asombro fue mayor aún porque él me respondió: “Yo te entiendo, está todo bien”. Y yo le digo: “¿Pero a vos no te molesta?”. “No, para nada. Si querés tocar, tocá”, me dijo señalando su muñón.

Mirá, si tengo que decirte, a mí me gusta que la amputación sea por encima de la rodilla. Es así. El muñón como forma no tiene forma, pero es una cuestión fálica, es como si fuera una prolongación del pene, y de eso me di cuenta cuando estuve con este chico. Lo que me llamaba la atención era su pene erecto al lado de su muñón. Lo que más me calentaba era poder tocar su muñón, ser penetrado o penetrarlo a él era una consecuencia de la relación.

Fue una aventura fabulosa. Nos vimos varias veces más con intervalos muy largos, porque él vive viajando, es libre. Es más, actualmente no sé ni dónde está. Me gustaría saber de él, verlo una vez más aunque sea.

Yo ya acepté lo que me pasa, que soy devotee, y lo vivo con una cierta normalidad. Pero lo que me jode es no conocer a alguien que sea gay, amputado y que quiera tener algo serio. Eso es lo que realmente quiero. ¿Puedo dejar mi mail? Quizá alguien quiera conocerme. Eso espero. Mi mail es adt3113@hotmail.com. ¿Lo anotaste, Pablo?”

***

Devotee-catalan@hotmail.com dice:

Hola. ¿Qué tal? ¿De dónde eres?

Titi-mari@hotmail.com dice:

Hola, todo bien. De Argentina. ¿Y vos?

Devotee-catalan@hotmail.com dice:

De España. ¿Eres discapacitada?

Titi-mari@hotmail.com dice:

Sí.

¿Y qué discapacidad tienes?

Soy parapléjica. ¿Y vos?

Yo no. A mi me gustan las mujeres como tu. ¿Vas en silla desde hace mucho?

3 años.

¿En qué te afecta tu discapacidad?

Las piernas y un poco las manos.

¿Y puedes mover tus piernas?

No, nada.

¿Tienes alguna foto de tu cuerpo entero?

Sí, ¿por qué?

Me gustaría verte.

¿Para?

Para saber cómo eres.

A ver si adivino: sos devotee.

Sí, así es. ¡Lo soy!

¿Y por qué te gustan las personas discapacitadas?

No lo sé. Desde chaval me ocurre. Ya no me pregunto por qué.

¿Saliste con personas discapacitadas?

Sí, varias veces.

¿Con qué fin?

Como con cualquier otra persona. He tenido algún rollo si es lo que preguntas.

¿Qué te gustan más, las mujeres discapacitadas o no discapacitadas?

Las discapacitadas.

Súper raro.

Sí, algo raro sí que soy. Je, je, je.

¿Y qué te atrae de los discapacitados, su personalidad o discapacidad?

Las dos cosas.

Y bueno, gustos son gustos.

Así es. Ha sido un placer conocerte. Me voy a la cama.

Lo mismo digo. Chau, besos. La próxima te mando la foto.

Besos para ti. ¡Y espero la foto con ansiedad!

***

Después de mi último encuentro con Rodrigo me quedé un poco preocupado. No sé si recuerdan: él le estaba por revelar a su novia discapacitada que él es devotee. “Tengo mucho miedo que diga que estoy enfermo y que me deje. Y yo tan sólo la amo”, fue lo último que me dijo. Hace pocos días me lo encontré por la calle y me dio dos muy buenas noticias. La primera, que María comprendió con hidalguía su devotismo y que él la ama más allá de su discapacidad.

Luego de esta revelación, Rodrigo se arrodilló ante ella y le propuso casamiento. Y María aceptó. Así Rodrigo y María, el novio devoto y la novia errante, se casaron y fueron felices.

Afuera es el fin del mundo, pero aquí adentro una cumbia empalaga el ambiente. En penumbras, Yaza camina entre las mesas, siguiendo el ritmo con su cintura y los hombros. Yaza no confiesa la edad, pero por la convicción con la que se mueve parece que cree que es eterna. Tiene argumentos –los tiene casi al aire– donde sustentar sus anhelos. Sabe que un movimiento de cadera bien dado puede desatar una lluvia de inversiones extranjeras en Argentina. Yaza es morocha y luce una minifalda roja que podría ser un cinturón. Ayer llegó del Chaco, su provincia, en donde estuvo de vacaciones. Viajó con lo que recaudó por una sola noche de amor con un turista inglés: tres mil pesos, los que le permitieron darse la gran vida en Resistencia por dos meses. Ahora volvió y extraña a sus hijos, pero de eso no quiere hablar. Tampoco de quién la trajo hasta aquí ni en qué condiciones. Fuma todo el tiempo, tratando de matar las horas que anteceden a la acción.

Yaza es una de las doce chicas que todas las noches se sienta en el Tropicana, uno de los seis cabarets de Ushuaia. Yaza es una de las putas del fin del mundo.

“Esto es como Las Vegas, donde se llenaron de carteles luminosos para no darse cuenta de que están en el medio del desierto. Bueno, nosotros armamos este circo hermoso para sentir que no estamos tan lejos. Y las chicas y los prostíbulos son importantísimos en ese plan”, cuenta Carla Fulgenzi, periodista local.

Ushuaia es una ciudad de contrastes, un enclave colorido en cuya superficie todo transcurre con la normalidad de una aldea suiza, pero en cuyas entrañas palpitan las señales de la distancia y la tragedia. Hace tiempo ya que se transformó en esto que es hoy: el último refugio, la posibilidad de una isla para miles de personas que llegan hasta aquí para inventarse una vida, para borrar un pasado.

El crecimiento que tuvo la ciudad en los últimos años ha sido notable. Una ola de inversiones vinculadas a la industria del turismo vino a complementar el desarrollo que ya había experimentado el lugar en los años 80 y 90 al calor del crecimiento industrial. La población se triplicó. En esos años, Ushuaia pasó a ser el sueño del polo industrial argentino, una ciudad libre de impuestos que otorgaba generosos subsidios a las empresas. Eso determinó que muchas compañías eligiesen este paraje inhóspito, de grises eternos en invierno, para instalarse.

El tiempo fue pasando. La explosión del turismo –internacional y nacional–, su condición de puerto abismal y una geografía de postal –montaña nevada, canal de Beagle, el sol de un naranja zarpado– hicieron el resto. Convertida en la última maravilla de la tierra, no había que ser un iluminado para saber que aquí pasarían cosas.

“Ahora el trabajo es tranquilo. Lo fuerte arranca a mediados de octubre, con los cruceros”, retoma Yaza. “El domingo, igual, llega un buque con marinos españoles”, comparte entusiasmada. Yaza y sus compañeras esperan el bucanero -amarran entre 30 y 35 al año- que amarrará en el puerto con una veintena de tripulantes que llegan después de un viaje de un mes. “Los gallegos son los mejores clientes. Los franceses, en cambio, son apestosos”, diferencia Jazmín, de 32 años y más de 10 como puta. Jazmín es correntina, de Goya. En su provincia nunca ejerció la prostitución. Vivió en Buenos Aires un tiempo, hasta que recaló en Tierra del Fuego, atraída por el rumor de que el de Ushuaia era el puerto que mejor trabajaba de la Argentina. No se equivocó. Aquí se compró una casa –favorecida por un plan provincial de vivienda– y pudo traer a sus hijos, a los que manda a la escuela. Son hijos de padres distintos, ambos correntinos. Jazmín llega de trabajar todas las mañanas a las siete y los despierta. Juntos toman el desayuno y luego los lleva al colegio. Jazmín está ansiosa: el invierno ha sido largo y ahora llega la época de los cruceros, la época de la plata dulce.

El trabajo está asegurado. A los miles de turistas de todo el planeta que desembarcan –en 2007, 221 mil en más de 100 cruceros, según la Secretaria de Turismo–, se suman los cientos de marineros, científicos y pescadores de todos los mares –australianos, canadienses, ingleses, japoneses– que llegan hasta aquí luego de pasar semanas enteras en altamar o en las cercanías de la Antártida. La carga de testosterona con la que bajan podría dejar embarazada, con solo mirarla, a media ciudad.

Con el tiempo, la actividad prostibularia se fue adhiriendo al paisaje de la ciudad con la misma naturalidad con la que se fueron acomodando los esquiadores. La industria del sexo pasó a convertirse en una actividad capital en Ushuaia, a punto tal que, de acuerdo a una ordenanza municipal promulgada en diciembre del año pasado, durante la temporada alta (verano) los cabarets y bares nocturnos pueden iniciar su actividad comercial a partir del mediodía. En esa época no es extraño ver a turistas haciendo cola en la calle para entrar al Tropicana. Alrededor de ellos, desentendida, la ciudad completa su trasiego cotidiano. Nadie se escandaliza porque nada está prohibido: cada prostíbulo cuenta con su habilitación en regla y todos ellos están situados en las estribaciones del centro. No hay que atravesar caminos marginales y oscuros para llegar. Están allí, cerca de los edificios de gobierno, de la Iglesia, de las escuelas. Cada burdel tiene su habilitación y cada puta su categoría. En los permisos de trabajo de la Municipalidad, las chicas figuran como alternadoras. Es cierto que el sexo es, en su concepción más elemental, un desordenado intercambio de reacciones químicas, pero “alternadoras” es un eufemismo que creíamos más cercano a la electrónica que a la pasión seminal.

El Paraíso en cada esquina.

De día Ushuaia es el reino de la vida. Dios celebra su obra cada mañana con una panzada de colores y dibujos difíciles de abarcar, o de aprehender del todo. Es como si la naturaleza balbuceara aquí las verdaderas razones de su propósito. París, Nueva York o Praga podrán ser la consagración de la grandeza occidental, pero esto es un guiño de Dios, la manifestación de que sus dedos llegaron hasta el fin del mundo.

Pero a la noche, claro, todo se transforma. El guiño de Dios –o la mueca del Diablo– se deja observar en expresiones algo más prosaicas –pero no menos bellas– como el cuerpo de Joanna. Más precisamente su escote, otra obra maestra de la naturaleza. Bah, del quirófano.

Joanna todavía espera su primer barco de la primavera. Imagina una cuadrilla de noruegos necesitados, pero respetuosos y con euros. A cambio, les ofrecerá un tibio susurro caribeño en el oído. No habrá problemas con el idioma: la lengua o la raza nunca fueron escollos para la interrelación de la especie. La exogamia así lo confirma. Joanna nació en República Dominicana y allí aprendió a ser hospitalaria. Dice que es querendona, una condición que viene en el ADN de la gente de su tierra. Joanna dejó la canícula del Caribe para instalarse aquí, en el dobladillo polar del mundo. Mitiga el frío en el Red & White donde trabaja hasta la madrugada. A diferencia de sus colegas, que esperan sentadas en la barra o desparramadas en los sillones, ella prefiere tomar la iniciativa. Mientras pita el enésimo Marlboro de la noche, Joanna cuenta que tiene dos hijos, a quienes no lograba mantener con su sueldo de empleada doméstica en el barrio La Escondida, en Tigre. Una amiga le dijo que la clave era seguir bajando en el mapa. Del Caribe a Brasil, de Brasil a Buenos Aires y de ahí a Ushuaia. “Pagan en dólares o en euros y hay movimiento todo el año”, le aconsejaron. Y se vino. “Me avisó una amiga”, repite Joanna, subrayando su elección y refutando la idea de la trata. Lo mismo nos dice Chiara, sentada a su lado. Ambas reconocen que algunas chicas trabajan en condiciones casi esclavizantes, pero niegan que ellas sean parte de ese comercio.

Chiara acusa 28 años, pero podría decirnos 20 o 38 que no nos daríamos cuenta: el exceso de maquillaje nos aleja de su cuerpo, como si en lugar de embellecerse buscara refugiarse. Chiara nació en Perú y hace 20 años que vive en la Argentina. Es maestra jardinera y llegó a Ushuaia con la idea de juntar plata y abrir una guardería. Empezó trabajando en un jardín de infantes de la ciudad, donde ganaba 1800 pesos. Pero se dio cuenta de que la prostitución era mejor negocio. Chiara, entonces, pasó de educar niños a entretener hombres. Dice que ahora gana 6000 con dos o tres servicios por noche. “No más, sino el cuerpo se lastima”. Cuando a Chiara le contamos que estamos escribiendo sobre las chicas de su gremio nos sorprende: “Ah, como Pantaleón y las Visitadoras… Es un gran libro, pero de Vargas Llosa me gusta más La tía Julia y el Escribidor”. Como buena peruana, a Chiara también le gusta Bryce Echenique.

Dejamos el Red & White y nos dirigimos al Candilejas. Los separan unas pocas cuadras en las que comprobamos que el frío, en Ushuaia, refuta el calendario. Un soplo helado llega desde el puerto –es decir desde el abismo– y convierte a esta ciudad en un gran frigorífico. Los pingüinos están de parabienes. Aun en octubre, la hostilidad del clima se palpa en la soledad nocturna de las calles. La insularidad de los habitantes no solo tiene que ver con su condición de isleños, sino también con el encierro de las noches.

En Ushuaia el suelo es un espejo del alma: un terreno arrasado por el clima.

Noches blancas.

Entramos al Candi y nos topamos con Lila: un corcho erótico con más curvas –y excitación– que la montaña rusa. Lila es inquieta y no para de hablar. Parece químicamente alterada. Después de un buen rato –a la tercera cerveza–, y después de que nos aclarase que ella es independiente y que nadie la obligó a llegar hasta aquí, le preguntamos sobre drogas. “Acá toman todos –sentencia–. Sobre todo los pendejos. Hay mucha, mucha falopa”. Sin saberlo, Lila viene a ratificar una estadística demoledora que indica que Tierra del Fuego es, junto a Buenos Aires, la provincia más consumidora de cocaína del país (Indec). “¿Qué querés? ¿Sabés lo jodido que es el invierno en Ushuaia siendo pendejo?” Lila habla mucho, pero habla bien. Estará precipitada, pero describe con agudeza lo que arde por debajo del asfalto de su ciudad. Dice que está cansada de atender pibitos de 20 años que llegan con la cabeza partida, perseguidos por la idea del (no) futuro. Pibitos que temen quedarse encerrados para siempre en esta isla ventosa que no tiende puentes con el continente. Conseguir trabajo aquí no es difícil. Lo difícil es conseguir un plan, un túnel hacia el futuro que esquive la angustia de vivir en los tobillos del mapa. No en vano aquí el índice de suicidios juveniles es uno de los más altos del país. “Está lleno de empleados del Estado. Ganan buena guita, pero imaginate que los pibes quieren otra cosa”, completa Lila, a esta altura una socióloga en tacos altos.

En Ushuaia el cuarenta por ciento de la población vive del Estado. El sueldo promedio de un empleado público es de 2.400 pesos. Un obrero de la construcción gana 3.000 al mes. Lo de las chicas como Lila es de primer mundo: cobran 150 pesos el servicio de media hora, pero antes el cliente debe invitar un trago. El monto de esa copa –60 pesos– le pertenece al cabaret. Si luego el cliente invita otra, dividen en mitades el lugar y la puta.

Volvemos al Tropicana. Llegamos en el highlight de la noche, el momento del strip tease. Al borde del escenario, embriagados, feroces, los clientes aúllan con cada meneo de Patricia. Un locutor amplifica sus contorsiones: “Patricia –dice, acentuando la “p” y la “t”–, fuego y misterio”. Suena “Me gustas mucho”, del poeta conurbano Pity Álvarez, y Patricia se queda en bolas. Entonces ocurre algo de dimensiones bíblicas, un momento epifánico que nos conduce al comienzo de los tiempos, cuando el hombre recién había bajado de los árboles. Como chacales de la madrugada, cinco tipos se trepan al escenario y avanzan sobre el cuerpo de Patricia. Quieren tocarla. Poseerla. De inmediato, dos guardias salen a su auxilio y se interponen entre ella y los necesitados clientes. La levantan como si fuera de telgopor y le salvan el pellejo. Los tipos se serenan y, ni bien vuelven a sus asientos, son abordados por las chicas que aguardaban en la barra durante el show. Los muchachos están a punto caramelo. No es difícil imaginar lo que sigue.

Los empleados del Tropi están acostumbrados a episodios como ese. Es el cabaret más viejo de Ushuaia. Se inauguró el 16 de julio de 1974, dos semanas después de la muerte de Perón. Su dueño, Carlos Al i o t a , l l e g ó desde Comodoro Rivadavia a bordo de un Fiat 600, con 20 años y el sueño del puticlub propio. Conocía el negocio de adentro: en Chubut su padre gerenciaba un bar de citas. Eran otros tiempos, años en los que era usual que se juntaran el marido y su señora a disfrutar del strip tease. Aliota nunca tuvo problemas con la policía. Al contrario, muchos de ellos son parte de la clientela estable. Lo mismo que los militares. Todavía se acuerda cuando en diciembre de 1978 llegaron diez mil soldados a la ciudad. La posibilidad de una guerra con Chile estaba latente. Finalmente no hubo tiros, pero sí pasión. Como en California en 1967, once años más tarde Ushuaia tuvo su verano del amor.

Claro que lo del amor es una interpretación como mínimo banal –o cínica– de todo este asunto. Es cierto que la literatura y la canción han sabido elaborar una épica del burdel, una mirada romántica en la que poetas del desencanto le dieron una pátina de candor existencial a la noche y al amor rentado. Pero esa es la superficie, la mirada piadosa. Porque si se rasca, lo que queda, queda como está: en llaga. Todas estas chicas llegan hasta aquí para sobrevivir, y entregan sus cuerpos al sacrificio de la penetración paga. No hay gloria en sus piernas, tan solo la ambición de escapar de la realidad en la que vivían. Y si bien en Ushuaia, como en el resto del país, no está prohibida la prostitución, sí lo está la trata de personas. Y muchas de las chicas que llegaron hasta aquí –lo cuentan los periodistas locales aunque lo niegan ellas– vinieron en grupo traídas por tipos que las depositan en casas alquiladas y las obligan a mantener jornadas de siete días sin descanso. Son la mercancía de un comercio negro que, según Naciones Unidas, mueve cerca de 10.000 millones de dólares por año en todo el mundo. Es una actividad floreciente, favorecida por el vacío legal, la corrupción y, qué duda cabe, un crecimiento de la demanda del mercado.

La trata de blancas afecta a cuatro millones de mujeres y niñas. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la Argentina participan del negocio cerca de 500.000 personas. Pero su costado más filoso no tiene que ver con un dilema moral o un cambio en la conducta del hombre de hoy, sino con el hecho de que es una actividad que deja a las trabajadoras a merced de lo más deleznable de la sociedad. Las puertas de la prostitución se abren para todos, y así como aparecen tipos que buscan sexo sin compromisos o simplemente diversión, también se acercan adictos, abusadores, obsesos o asesinos. En esto, Ushuaia, aun cuando se trata de una ciudad con bajísimos índices de delincuencia, no ha sido la excepción. La atrocidad –la risa del diablo– también se dio cita en este paraíso.

Santa Almada.

María Mabel Almada llegó desde Formosa en 2003, con 22 años y una hija de un año y medio. Como casi todas las chicas, bajó hasta este bello confín en busca de dinero. Fue un descenso a los infiernos.

Mabel trabajó un tiempo en el Red & White, pero de inmediato quiso independizarse. Comenzó a publicar avisos en el diario ofreciendo sus servicios. Era morocha, sexy, de ojos grandes. La diferencia con el resto de las putas era notable. A las siete de la tarde del 23 de agosto de 2004 salió de su casa para atender a un cliente. O a varios: las versiones difieren. Dicen que hubo fiesta, cocaína, excesos. Lo cierto es que nunca más apareció con vida. Su cuerpo fue encontrado tres días más tarde en un baldío. Estaba lleno de gusanos: había sido eviscerado por las aves.

En Argentina los crímenes son como el big bang o como el sexo: antes de la consumación hay acción; después viene el silencio. La investigación, muy pronto, se convirtió en un nudo de acusaciones, detenidos fugaces e indignación social. Los asesinos de Mabel nunca aparecieron. Como en tantos otros crímenes, hubo rumores de encubrimiento y una buena dosis de sospechas sobre cierto sector de la oligarquía local. Pero nada pasó y el caso sigue impune.

Desde entonces, las chicas de Ushuaia invocan la memoria de Mabel con una dosis de ternura y de indignación. Su muerte la convirtió en un mártir, un amuleto de las putas del fin del mundo. Mabel fue encontrada a los pies del monte Olivia, uno de los picos más emblemáticos de la ciudad. A su derecha, cada mañana, el sol se levanta con una fuerza apasionante. Un nuevo día, un nuevo celeste queriendo protegerlos del abismo.

En Casilda, provincia de Santa Fe, todos hablan de la misma foto. Fue tomada veinte años atrás y muestra a un par de chacareros jóvenes, parados sobre una montaña de granos, brindando con dos copas de champagne llenas de soja. Era fines de los ’80 y la revista Gente había usado esta imagen para ilustrar lo que ellos entendían como un estado de euforia agropecuaria: el boom de la soja revitalizaba al campo y a Gente, que siempre le gustaron las fiestas, se le había ocurrido hacer otra portada feliz. En Casilda no hay un solo personaje vinculado al agro que, dos décadas después, omita esta anécdota. Porque Casilda fue tapa de un medio nacional. Pero, principalmente, porque el epílogo de esa foto fue amargo: cuando vio la imagen, el padre de los chacareros se refirió a sus propios hijos con palabras como “par de pelotudos”. Y meses más tarde, cuando el valor de la soja se desplomó, los productores –cumpliendo de algún modo con la profecía paterna– quedaron fundidos para siempre.

Nadie sabe, en Casilda, qué se hizo de esos hombres. Pero en el pueblo –de 32 mil habitantes– quedó el rastro de un fracaso y una enseñanza imborrable: no hay que brindar en público. Aún cuando hoy, veinte años después, otra vez haya motivos para estar eufórico.

—La están levantando con pala, pero ninguno lo admite. Se la pasan llorando con los impuestos que pagan, pero ojalá yo pudiera… A mí no me alcanza la vida para ganar la mitad de lo que ganan ellos con una sola cosecha.

Carlos Albinoli es médico y está sentado en una mesa del Sarmiento, el bar tradicional de Casilda. Son las diez de la noche del sábado y una hilera de coches llamativamente limpios avanza por la calle a paso de hombre. Alfa Romeos, BMW, Camionetas 4×4, Audis y Peugeots 407 –el más barato de esta lista cuesta 50 mil dólares– circulan por el centro con la elegancia impostada de una modelo en tanga. Algunos vecinos, sobre todo los domingos a la tarde, salen a la vereda con mate y reposeras para ver la caravana. Pero otros, como Albinoli, la ven pasar desde el bar.

—Si querés ver cómo le va a Casilda –dice– mirá sus autos.

Casilda, como buena parte de las localidades agrícolas del interior argentino, nunca vivió un momento más próspero. La devaluación del peso –que favorece las exportaciones– más el valor alto de las commodities (fundamentalmente la soja) en el mercado internacional, hicieron que los chacareros se transformaran en la más impensada clase terrateniente. No tienen doble apellido. No viven de rentas. No tienen delirios de clase. No tienen latifundios. Y –por sobre todas las cosas– no tienen ganas de contar lo que sí tienen. Pero un cálculo elemental hace sospechar que tienen bastante: tierras que valen millones (una hectárea en Casilda no baja de los 18 mil dólares, y casi ningún productor posee menos de cien), maquinarias modernas (una cosechadora puede salir 300 mil dólares) y una liquidez monetaria que de un modo silencioso, sin copas en alto, está activando la economía de todo el país. Sólo en Casilda, en los últimos cinco años una de las principales concesionarias de autos aumentó las ventas de coches de alta gama en un mil por ciento. Y Rosario, donde van los productores cuando quieren gastar su dinero en grande, se está transformando en el nuevo polo de consumo de lujo de la Argentina.

—El país vive de nosotros, porque inyectamos dinero y porque el gobierno siempre nos mete la mano para sacar plata fácil –se ufana y se queja, todo junto, Cristian Villarreal, 38 años, productor agropecuario–. Del interior salen subsidios para peajes, planes trabajar, dinero para movimientos como el Teresa Rodríguez, la guita que le dan a Moyano para que no joda… El gran problema de la Argentina son, primero, los gobernantes. Y segundo, Buenos Aires. Yo creo que el país se tiene que deshacer de Buenos Aires.

Villarreal está sentado en el patio fresco de una casa rosa, antigua, elegante. La construcción fue levantada en 1903 y está rodeada por sesenta hectáreas que pertenecieron siempre a su familia. Villarreal empezó a trabajarlas a los dieciocho años y siempre secundó a su padre. Pero hace un mes el hombre murió de un infarto y Cristian quedó repentinamente a cargo de esta tierra: un suelo privilegiado en el que se cultiva soja y maíz de un modo experimental, y donde algunas empresas vienen a probar semillas, variedades, herbicidas, fertilizantes y distancias de siembra. El campo de Villarreal es casi una boutique: están los cultivos perfectos, las glicinas, las lavandas, el olor de la última lluvia rielando de las plantas. Pero años atrás la situación era distinta.

—Distinta no: tremenda –corrige–. Vengan que les muestro el chiquero.

Villarreal tiene anteojos en vincha, remera Polo y esa forma de andar que sólo se articula en los varones con buena vida: los hombros relajados, los brazos flojos y el tronco sosteniendo el cuerpo desde las alturas. Villarreal se detiene en un rincón del campo que parece en ruinas. Hay charcos, barro, el esqueleto metálico de algo que alguna vez fue otra cosa.

—Acá, por ejemplo, una vez criamos cerdos –señala–. Pero fracasamos. En tiempos de convertibilidad se importaba cerdo de Brasil con un truco: se lo hacía pasar como “grasa de cerdo”, que no paga impuestos. Y era imposible competir con ese precio. También en el uno a uno compramos una máquina para hacer leche de soja, pero no funcionó. Hubo gente que fracasó tanto que les remataron el campo, fue un desastre. Entonces, sí, ahora ganamos dinero. Pero porque durante años nos pelamos el culo trabajando y el Estado no se acordó de nosotros. Se acuerda ahora, cuando necesita plata fácil con las retenciones.

—Pero sin retenciones algunos productos se volverían inalcanzables para los argentinos.

—¿Cómo cuáles?

—El trigo sería carísimo, no podríamos comer pan.

—Y bueno, ¡no se comerá pan! Brasil no tiene pan. Aumentá los salarios o buscáte otra forma. Escocia es productora de whisky y los escoceses toman el peor whisky de todos. Si no podemos pagar el pan, entonces comamos lenteja.

El segundo tema común a todos los productores –además de la foto de los chacareros brindando– es el de las retenciones a la exportación. Las retenciones, por definición, son un mecanismo fiscal puesto para capturar las ganancias extraordinarias que una devaluación le otorga a un puñado reducido de grupos empresarios. Dicho de otro modo, si un productor –favorecido por el cambio– quiere vender fuera del país, debe tributar al Estado un canon: 35 por ciento en el caso de la soja, 25 por ciento si se trata de maíz y 28 por ciento si es trigo. Ese dinero –que este año le asegurará al fisco un ingreso de por lo menos 400 millones de dólares– teóricamente luego es redistribuido y usado en políticas que achiquen la brecha entre ricos y pobres.

La queja del agro es doble: dicen que las retenciones se usan para cualquier cosa, menos para hacer políticas sociales. Y subrayan que ellos no son un “grupo empresario”, sino gente de campo que está pasando por una buena racha. Traducido a términos partidarios, no existe un solo productor kirchnerista y ese descontento se canalizó votando al socialista Hermes Binner en las últimas elecciones provinciales. Así y todo, y a pesar de los descuentos, los chacareros viven su momento de gloria. Cien hectáreas en zona pampeana significan, hoy, una liquidez neta que ronda los 150 mil dólares al año.

Al médico Albinoli, en el bar Sarmiento, hacer este tipo de cuentas lo pone todavía más enérgico.

—Eso significa entre 10 y 15 mil dólares mensuales, sin contar la maquinaria y sin contar que cien hectáreas significan casi 2 millones de dólares en tierra –masculla–. Con ese dinero, acá en Casilda, sos Gardel. Pero ellos lloran. Quieren que les llueva 40 milímetros, les llueve 42 y es mucho. Les llueve 38 y es poco. Los gringos siempre se quejan, son unos miserables.

Comparada con el ingreso de los pools de siembra o las grandes industrias, la liquidez que manejan los productores no es, en verdad, demasiado alta. Estos números sólo permiten ver cuál es el caudal económico con el que se manejan los actuales dueños de la tierra: chacareros que –en los números y en el manejo de capitales simbólicos– tienen muy poco que ver con el arquetipo histórico de “terrateniente argentino”. Para Guillermo González Taboada, director de González Taboada-Guevara, una agencia especializada en publicidad dirigida a la población agropecuaria, se está gestando “una segunda revolución de las pampas”. Y la novedad es, justamente, el perfil de sus protagonistas: casi no existe el doble apellido. Y eso se debe, por sobre todas las cosas, a que los clanes tradicionales sucumbieron ante su propia moral: siempre fueron familias con muchos hijos y eso significó que a lo largo de las décadas, conforme iban pasando las herencias, los latifundios terminaran diezmados por la propia prole. “Al campo le ocurrió lo que pasa en cualquier sociedad cuando trabajan los herederos: los hijos a lo mejor disfrutan, consumen y no producen –explica González Taboada–. Entonces fueron ellos los que produjeron, a su pesar, la reforma agraria. Por supuesto que hoy hay grandes empresas que tienen grandes cantidades de campo, pero el grueso de los dueños son productores medianos y chicos, con campos de entre cien y mil hectáreas. Son ellos los que produjeron el boom”.

¿En qué gasta su dinero un chacarero? La respuesta siempre es la misma: en más campo, en renovar la maquinaria, en departamentos para los hijos y en autos último modelo. No hay un solo productor que ponga su capital en la bolsa, en bonos o en cualquier otra abstracción por el estilo. Tampoco gastan plata en delirios étnicos. Adriano, el único restaurante gourmet de Casilda –abierto seis meses atrás– rema contra el gusto de una población que es conservadora incluso, o principalmente, con el paladar: les gusta el vino y el asado. “Un productor agrícola, aunque tenga la plata, no come sushi ni se compra una Ferrari para mostrar en Punta del Este –subraya González Taboada–. Esta gente sabe que este año le fue bien, pero si el año que viene no llueve o cae piedra están en problemas. Hoy vas a lugares como San Antonio de Areco, donde hay mucha agricultura, y si ves las casas donde viven jamás imaginarías cuánto dinero manejan. Son chalets sencillos, y capaz que los dueños tienen tres millones de dólares en máquinas”.

La casa de los Olivieri está en una esquina de veredas calientes, a cinco cuadras del centro de Casilda. Afuera la luz rebota en las calles, los techos, las chapas de los autos. Adentro, en un living de tamaño moderado y de espaldas a un jardín con hamaca paraguaya, Hugo Olivieri y su mujer rubia, sonriente, hermosa, toman agua con hielo y hacen números.

—Tenemos, entre propias y arrendadas, mil cien hectáreas –puntualiza Olivieri y para qué pedir detalles: les va bien. Les va muy bien. Podrían hacer lo que quisieran, ir adonde quisieran, comprar lo que quisieran, ponerse –si quisieran– una fábrica de hamacas paraguayas. Pero a Olivieri no le alcanza el tiempo.

—Podría vivir de rentas, pero quiero transmitirles a mis hijos mi pasión por el campo. La carga emocional es fuerte, manejar esta superficie me absorbe. A un pool de siembra no le importa si el trabajador pasa calor. Pero si yo me manejo mal, las cuatro familias a las que les doy de comer me vienen a buscar a mi casa.

Olivieri bebe y fuma: tiene la voz áspera. Todos los hombres de campo tienen la voz áspera y la ropa ahumada.

—¿Quieren ver el campo que está más cerca? –pregunta.

Olivieri mira a su mujer y ella confirma la invitación con la cabeza. Luego llaman a las hijas: dos bellezas tranquilas.

—Vengan, nenas –les dicen– vamos en la chata al campo.

“La chata” es una nave espacial Toyota Hilux valor 60 mil dólares a precio contado. Por la ruta, a los costados del camino, hay un único paisaje: soja, soja y más soja. Una eternidad verde que hace línea con el horizonte y que confirma que la soja es, por lejos, el cultivo más rentable. No sólo porque es una planta de evolución sencilla (exige menos tecnología que, por caso, el maíz) sino también, o antes que nada, porque en los últimos diez meses su valor internacional subió más de un 50 por ciento. La soja se cultiva hasta en las banquinas. Y los terrenos, en los últimos años, aumentaron su valor escandalosamente. Una década atrás, la hectárea en Casilda estaba a 2 mil dólares. Ahora no baja de los 18 mil, una disparada que no sucede sólo en este pueblo. En la pampa húmeda y las zonas agrícolas extra pampeanas, la Compañía Argentina de Tierras registró en el último año un aumento del 35 por ciento en el valor del suelo.

—¿Ves todo este campo? –señala Olivieri–. De los siete kilómetros que hicimos hasta ahora, el Estado se queda con cuatro.

Olivieri nació en el campo, cerca de Casilda. Es hijo de Juan Domingo Olivieri y –cosas del peronismo– Juana Dominga Maralli. Juan Domingo era colono, es decir que trabajaba un campo ajeno. Hasta que lo desalojaron del campo y, al no tener dónde ir, la dueña decidió venderle una parcela de diecinueve hectáreas. El acuerdo se hizo un sábado, pero el lunes –cuando había que firmar– estalló el Rodrigazo y a la dueña le agarró tal susto que quedó hemipléjica, o al menos eso es lo que dijo. Cuando se recuperó por completo, una semana después, la tierra ya valía el doble. Para poder comprarla, Juan Domingo sacó un crédito en el Banco Nación. El plan era devolver el préstamo con los rindes de la tierra, pero al campo lo agarró el granizo y Juan Domingo tuvo que pedir plata en un banco provincial para pagar la deuda con el nacional. Mientras tanto, sembró girasol para pagar el segundo crédito. Pero las langostas se comieron todo y terminó siendo Augusto Olivieri, el padre de Juan Domingo, quien financió a su hijo para que cosechara maíz y empezara a saldar el tren de deudas. Juan Domingo y Juana Dominga trabajaron el maíz día y noche, turnándose, con un único tractor. Habrá sido entre turnos: décadas después tuvieron un hijo, Hugo.

Hugo Olivieri terminó heredando 150 hectáreas.

—Entonces muchos dicen “ah, el campo, el campo” –Olivieri mira por la ventanilla–. ¿Y sabés qué es el campo? Para vos es un paisaje. Para mí es algo que se sufre.

Se sufre y se disfruta. Olivieri dice que en estos años se han dado gustos. España, Cancún, Puerto Madero.

—La cultura, Direct TV, Internet, Puerto Madero son para todos –opina Olivieri mientras maneja.

—Pero es difícil hacer grandes gastos –agrega su mujer, Silvia Batistielli–. En Casilda no hay mucha ropa. Soda Stéreo da recitales en todos lados menos en Rosario. Tampoco hay exposiciones de arte. El problema es que en Rosario no hay mucha cultura para consumir.

En Rosario, en realidad, está casi todo. La ciudad es un puerto de salida de granos y eso –sumado al boom del campo– transformó a la capital en el principal polo de consumo de artículos de lujo del país. La compra de yates y veleros, amarrados sobre el río Paraná, el último año creció un 5 por ciento. La venta de vinos caros se activó tanto que Rosario ya es la segunda ciudad –después de Buenos Aires– con mayor cantidad de vinotecas por número de habitantes. Como los productores también invierten en inmuebles, la construcción creció a tal punto que, durante el año pasado, el sesenta por ciento de los nuevos puestos de trabajo perteneció a la construcción. A su vez, esa construcción tuvo su derrame sobre la venta de muebles y electrodomésticos: dos rubros que ampliaron su oferta gracias a la llegada de dos shopping, que significaron 413 nuevos locales de venta, entre ellos algunos de marcas exclusivas. Los autos de alta gama, por último, iniciaron un idilio que parece no tener techo: durante el 2007 abrió la primera concesionaria Porsche (el año pasado vendieron 18 unidades), abrió un concesionario Mini Cooper, se patentó la primera Ferrari comprada en el interior del país, Audi vendió 238 coches, BMW entregó 162, Alfa Romeo 9, y Volvo 150.

—Cuando vienen a comprar, los chacareros no hacen el cálculo en dólares sino en quintales de soja –asegura Luis Cattena, titular de la concesionaria Autosud, con sede en Casilda–. Los tipos pagan directamente con el cheque del cerealista. Para ellos, los bienes son el reflejo del trabajo. Y como a la casa no se la puede sacar a pasear, se saca el coche.

Todos los que tienen auto quieren parecerse a José Mattievich: el dueño de la empresa faenadora más importante del país; un casildense que empezó como chofer de un matarife y terminó, dos décadas después, con diez plantas procesadoras de carne y más dinero del que se pueda gastar en siete vidas. El auto de Mattievich es la meta aspiracional no sólo de Casilda, sino de toda la región. En Los Molinos, por caso, una localidad cercana de cinco mil habitantes, los chacareros se cansaron de su propio pueblo y ahora van a circular en auto por Casilda.

—En Los Molinos los tipos se ven todos los días las mismas caras, entran al club a la misma hora, hablan siempre las mismas boludeces, y para ellos mostrar el coche es lo único que tiene sentido –cuenta Hugo Racca, 54 años, presiente del Centro Económico de Casilda–. Pero como el pueblo es chico ya se conocen los autos entre todos, y encima nunca falta el que termina diciendo que sos trolo, que tu mujer te gorrea, y entonces descubrieron Casilda: vienen a dar la vuelta al perro, a mostrar el auto y a ver qué se compró Mattievich. A la biblioteca, que es espectacular, no va nadie. Y ni siquiera viajan. El productor, aunque hay excepciones, tiene plata pero es bastante bruto. Una vez uno viajó a Cuba, volvió, y en el bar le preguntaron cómo se había arreglado con el idioma.

Algunos viajan, pero no lo cuentan a cualquiera. Saben que la ostentación es un capricho que –si se muestra ante los medios– tarde o temprano se paga, sobre todo con la llegada de la AFIP. Sentado en un despacho oscuro, al fondo de un pasillo, rodeado de montones de papeles que multiplican la sensación de encierro, un contador que trabaja con productores y empresas acopiadoras –pero que no quiere dar el nombre – dice que gracias al campo pudo darse los gustos que le debía la vida: sólo el año pasado compró cuatro autos último modelo, gastó 50 mil pesos en viajes y ahorró para comprar tierras.

—Yo antes no tenía un mango y la de la plata dulce la vi pasar, pero esta vez yo también entro –dice el contador con esa voz oleosa, argentina, que tienen algunos cuando por fin salen del hoyo–. Esto es un solcito sojero, pero esta película ya la vimos. Mientras esto aguante yo aprovecho y le rezo todos los días a San Duhalde. En el campo no sé por qué se quejan. Vos vas a una protesta del agro y la chata más vieja es del 2007.

Seis años atrás, Casilda se hizo famosa por una protesta hecha a pie. Una manifestación de chacareros contra el sistema financiero terminó con el destrozo de cinco bancos, la sede de la AFIP y una buena cantidad de comercios. En los medios nacionales se habló de Casildazo, una pueblada que rompió con el mito del interior tranquilo. Hugo Racca recuerda esos días del desastre: la soja no valía nada. Los bancos remataban campos. Las fábricas se fundían. Los obreros industriales vivían tocando el bombo y tirando bombas. Y el clima, en el pueblo y en todo el país, era casi de guerra civil. Hasta que llegó –como ellos dicen– San Duhalde. Y algunas cosas cambiaron. Antes de la devaluación, por ejemplo, Racca tenía un terreno: 135 hectáreas heredadas, que en tiempos de convertibilidad no le compraba nadie. Cuando se agudizó la crisis, Racca fue a ver a los tres principales corredores de campos, pidió 110 mil dólares y no recibió una sola oferta. Pero llegada la devaluación, y con el boom de la soja, logró vender el campo a 360 mil dólares, un monto que le permitió iniciar el proyecto inmobiliario más ambicioso de Casilda: el primer hotel cuatro estrellas del pueblo, que será inaugurado parcialmente dentro de un mes.

—¿Vamos a verlo? –invita.

Racca tiene el cuerpo menudo, el pelo blanco y la confianza intacta: camina  por la calle sin mirar atrás, saluda a los autos que lo pasan rozando y mientras sobrevive (sin saberlo) a infinidad de accidentes, levanta el brazo y señala: fijáte el ancho de esta calle, qué perfecto. Fijáte esa plaza, qué amplitud. Fijáte el hotel, qué barbaridad.

Las cosas hay que verlas en contexto. Y el hotel de Racca, en Casilda, es como la Torre Dubai en cualquier otro lugar del mundo. La construcción tiene cuatro pisos, ventanales inmensos y hasta hidromasajes con ventana al dormitorio, para ver la televisión mientras uno se baña. Acá –explica Racca y sube, baja, señala, enciende– también habrá un gimnasio, un spa, tres salas de reuniones, un centro comercial, un bar moderno y demás facilidades que hasta ahora no existían en Casilda.

—Los cuatro estrellas de Rosario son, al lado de esto, un poroto –se jacta.

Racca levantó el edificio con el dinero del campo, con los rindes de otro hotel modesto que tiene en Casilda, y con esfuerzo familiar: su sobrino hizo la instalación eléctrica, su hermano la herrería y Racca hace todo lo que puede, incluso pintar los cuadros que irán como decoración. Racca quiere convertir el hotel en el centro de operaciones de las grandes empresas cerealistas y agroquímicas.

Pero también quiere otra cosa.

—Cuando termine –adelanta– te aseguro que toda la región va a venir acá a mostrar sus autos.

La sonrisa de Racca es corta y delgada. Un hilo de Gioconda que se pierde entre los ventanales, las calles, las vidas contentas.

Dakar sin rally

Publicado: 22 enero 2009 en Juan Pablo Meneses
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Dakar es un rally, que por estos días recorre Argentina y Chile. Dakar es un negocio, que mueve millones de dólares en auspicios y se trasmite a medio mundo. Dakar es una marca, que los consumidores de vehículos asocian a las 4×4. Y Dakar, esto parece conocerse un poco menos, es el nombre de una ciudad africana. Así se llama la capital de Senegal, y a pocos minutos de aterrizar aquí, un oficial de la aduana senegalesa deja un Dakar timbrado en mi pasaporte.

–¡Bienvenu à Dakar!

Llegué a Dakar en vuelo directo desde París. Apenas aterricé, detuve el cronómetro: mi primer trayecto entre París y Dakar duró 5 horas y 32 minutos. Menos de seis horas, arriba de un boeing de Air France, para unir las mismas dos ciudades que los pilotos de rally enlazaban en quince días cruzando dunas y desiertos. Un trayecto donde los jeep y motos de último modelo cruzaban a toda velocidad por aldeas de hambruna, por caseríos adonde desde hace meses no llega el agua, por territorios de dictaduras feroces y mercado clandestino de esclavos. Buena parte de la fama mundial del rally París-Dakar se debe, precisamente, a eso: a lo adrenalina que vivían los competidores europeos acelerando al máximo por entre la pobreza africana.

Eso, hasta la edición 2009, en que los organizadores del rally cambiaron Dakar por Buenos Aires.

En la capital de Senegal hay casas mediterráneas, junto al mar, y el resto es arena y casas a medio construir y sol que pega en todos los ángulos posibles. El deporte popular es la lucha, pero no esa de mentira al estilo Titanes en el Ring, sino una con golpes de verdad y sangre y dientes volando: la tapa de los diarios, cada lunes, trae la foto de algún luchador levantando los brazos. Hay vendedores ambulantes por todo el centro viejo de Dakar, y hay muchos mercados: angostos, repletos, por donde caminan los pocos turistas que llegan hasta aquí.

–Aproveche, es una oportunidad histórica –dice la mujer, en uno de los callejones del Mercado Central de Dakar. Es medio-día, y el olor a pescado corre por todo el viejo edificio. Entre esos pasadizos con puestos de artesanía, verduras, especias, zapatos y tambores, está la vendedora. Lleva un largo vestidocolor esmeralda y un turbante negro. Su local es de camisetas para turistas. Tiene de equipos de fútbol europeo: del Barcelona (con todos sus colores), la última del Manchester, del Inter y del Chelsea. También vende remeras blancas con el mapa de África en el pecho: puede ser con el continente pintado negro, o con varios colores a la vez, o con un color por cada uno de los más de 50 países africanos. Hay varios modelos diferentes de camisetas con la bandera de Senegal, que tiene los colores amarillo, rojo y verde. Hay remeras con la cara de los luchadores más conocidos, en un país donde “la lutte” llena estadios, se transmite en directo por televisión. Sin embargo, la camiseta que ella ofrece como “una oportunidad histórica”, no es ninguna de las anteriores.

–Cómprela ahora, que es de colección –insiste. Y ahí está ella, en mitad del Mercado Central de Dakar, desplegando una polera negra que dice en letras naranjas: “Rally Lisboa–Dakar 2008, categorie marathon”.

La camiseta es histórica porque hace un año, pocos días antes de largar el “Rally Lisboa-Dakar 2008, categorie marathon”, cuando estaba todo listo para iniciar la edición 30 del Dakar, la prueba fue suspendida. Todas estas camisetas, que siguen vendiendo un año más tarde, estaban pensadas para los turistas que nunca llegaron. Suspender la prueba fue un desastre, no sólo para los vendedores de camisetas. Aunque ella no lo dice, la suspensión los dejó atrapados con cajas y cajas de camisetas de una edición 2008 que nunca se corrió. Ni se volverá a correr.

–Llévela como recuerdo, ahora que el París-Dakar se va a Sudamérica– dice ella.

El fin del Dakar por tierras africanas, en beneficio nuestro, tiene más de una lectura. Los meses que siguieron a la suspensión, las principales noticias fueron trasmitidas con ojos –y por medios– occidentales. En ellas, se insistía en mostrarnos ciudades africanas sumidas en el desconsuelo por perder la competencia.

–Fue una estrategia para que se crea que es un honor que el rally se corra en tu país, pero no siempre es así. Hace mucho tiempo que hay lugares que no querían más la competencia. De hecho, la primera ciudad en deshacerse de la competencia fue París– dice el periodista senegalés Akon NGoro.

En realidad, no hacen falta muchos días en la capital de Senegal para comenzar a escuchar otras historias. Esa otra cara, que habla del rally como una máquina depredadora de paisajes vírgenes, como una tromba salpicada de accidentes y como una caravana que cruzaba el oeste de África a toda velocidad, dejando a su paso polvo, prostitución, y un gran puñado de dólares.

Hoy, como casi todos los días del año, Dakar amaneció con el cielo totalmente despejado y repleto de pájaros negros del tamaño de un gato. Después de algunos días en la ciudad uno ya se acostumbra a las familias viviendo en casas que no se han terminado de construir, en barrios donde están por llegar la luz y el agua potable, cruzando calles que están empezando a pavimentar. Dakar, como muchas otras capitales africanas, parece una ciudad habitada antes de tiempo. O como si no hubiera alcanzado el dinero para terminarla.

–Mauritania, el país donde se corrían más etapas del rally, es un país muy pobre. En Senegal la situación no es muy distinta. Y el París-Dakar, el rally París-Dakar era una caravana con mil mecánicos con dólares en los bolsillos, que se sentían dueños de las ciudades por donde pasaban. Aumentaba mucho la prostitución, incluso de niños, y los gobiernos no hacían nada porque el París-Dakar traía dinero– continúa Akon.

Akon es flaco y alto, como muchos senegaleses, y viene de pasar un tiempo en París como corresponsal. Estábamos en el bar del Novotel, uno de los dos únicos hoteles de cadenas internacionales de la ciudad. En el lobby del hotel de la cadena francesa se veían viejas obras de arte africano, mejor mantenidas y –según Akon– más valiosas que todo el patrimonio del alicaído Museo Nacional de Senegal.

En Mauritania, el país donde se corrían más pruebas del rally, los ingresos por la competencia llegaban a representar el 15 por ciento del PBI del país. Aunque en países tan pobres esa cifra no signifique casi nada.

–Se la puedo dejar en cinco dólares –dice ella, mientras de los puestos vecinos se asoman para ver si finalmente me venderá o no la camiseta del Dakar 2008.

Senegal fue colonia de Francia hasta 1960 y en el centro de la ciudad todavía se destacan importantes edificios de esa época. Casi todas las grandes empresas francesas mantienen oficinas en el país, y en la mayoría de las playas hay casas de veraneo de jubilados franceses que pasan los tres meses de invierno europeo aquí. Jean Fernán es uno de ellos. Durante la colonia trabajó como funcionario de correos en Dakar, y desde hace quince años viene de vacaciones. Está vestido con traje de baño blanco y un gorro de KTM. En una mano tiene una botella de agua y en otra un puñado de lápices:

–Todos los días salgo a repartir lápices a los niños. Se ponen felices. Con mi mujer traemos varias cajas. Aquí la gente no tiene nada, es muy pobre, pero es tan alegre, tan agradecida.

Jean me dice que la gorra de KTM se la regaló un mecánico francés, el año pasado. KTM es uno de los equipos fuertesen el rally mundial. Le hablo del nuevo Dakar, por rutas de Argentina y Chile:

–Mirá, no es que quiera hablar contra Sudamérica, pero te digo que cuando el rally se corría aquí, el cariño de la gente era impresionante. En todos los pueblos los salían a saludar,
y en las ciudades los niños corrían para ver a los pilotos. Estoy seguro de que ese cariño tan fuerte no lo van a sentir ni en Chile ni en Argentina.

Aunque en la memoria colectiva el rally sigue siendo conocido como el París-Dakar, hace muchos años que la maratón de motores que cruzaba el desierto africano no partía desde la capital francesa. Hasta 1994, la carrera fue fiel a la ruta original. En los últimos años la partida ha variado entre ciudades europeas como Granada, Marsella, Barcelona o Lisboa. Era precisamente desde Lisboa, en Portugal, de donde debía largar la versión número 30 suspendida por amenazas de terrorismo. Un par de informes de espionaje, donde se hablaba de Al Qaeda y el sabotaje a los competidores y coches bombas y posibles secuestros de pilotos, determinó la suspensión de la edición 2008 y el traslado para Sudamérica.

La prueba fue fundada en 1979 por Thierry Sabine, un piloto francés que se extravió por el desierto africano y que a partir de entonces decidió que su experiencia se tradujera en el rally más duro e inhóspito del mundo. En pocos años, el pequeño rally trazado en forma casi amateur se fue convirtiendo en la megaempresa que es hoy. Las grandes compañías de motos y autos inyectaron millones de dólares en llegar primeros a la meta, y las pérdidas publicitarias por la suspensión alarmaron a los gerentes de las empresas mucho más que a los habitantes de Dakar.

–Me gustaba verlos llegar. Era una alegría, pero que duraba muy poco. Apenas dos o tres días, y nosotros vivimos aquí todo el año. Es triste que no venga más, pero para nada nos cambiará la vida, como dicen –explicó la jefa de reservas de uno de los hoteles donde descansaban los deportistas al final de la prueba, en la zona de Ngor. A pocos metros de nosotros está el monolito con la fotografía de Thierry Sabine, que murió durante el rally de 1986 cuando se estrelló el helicóptero en el que seguía la competencia.

Senegal es conocido en el mundo por el rally París-Dakar y, en otros círculos, por ser el país de Youssou N’Dour: elcarismático músico africano que hace veinte años vino a la Argentina para el recital de Amnesty Internacional. Hoy el músico lidera una campaña para promover el microcrédito en Senegal, y el año pasado la revista Time lo nombró como una de las 100 personas más influyentes del mundo. Youssou N’Dour es alto, usa anteojos modernos y una polera que dice “Africa Work”.

–No me gustaba el rally. No quiero referirme al tema de la suspensión, pero no me gustaba –dice, en una rueda de prensa de Birima, su proyecto destinado al microcrédito–. No me preocupa lo que vaya a pasar con los competidores, ni adónde se van a ir. Me preocupa la gente que perderá dinero, que perderá trabajo por el fin del rally. Quiero que esa gente que ya no tiene el rally busque nuevas alternativas de trabajo. Tenemos que llegar a ellos, y creo que si fomentamos el microcrédito, ya no vamos a tener que depender tanto de este tipo de cosas.

Hace tres años, 24 organizaciones no gubernamentales y ecologistas suscribieron e hicieron público un manifiesto donde pedían la suspensión del rally. Acusaban a la prueba de ser una millonaria comitiva publicitaria por el continente de la pobreza y criticaban el impacto para la zona de una caravana forma-da por cientos de vehículos todoterreno, especialmente arreglados para altas velocidades. Camionetas, jeeps, motos y camiones que con su cargamento de combustibles, aceites, carburantes, neumáticos y pinturas, destruían sistemas de dunas, pasaban a llevar vestigios arqueológicos y dejaban sordos a los camellos acostumbrados a la soledad del desierto.

–Es una buena compra –dice la vendedora, cuando le paso los cinco dólares, y antes de entregármela mete la polera negra del Dakar 2008 en una bolsa blanca que dice Senegal.

–¿Vendés muchas?

–Se venden, porque van a ser de colección. Pero creo que tardaré un par de años en venderlas todas.

Es un misterio qué sucederá al final del primer trazado del Dakar por Sudamérica. Aquí en Dakar, el primer rally fuera de la ciudad más bien se ignora. Para los contrarios a la competencia, su ausencia no genera mayores problemas. Para los seguidores, Dakar seguirá siendo el emblema de cualquier competidor de rally del mundo. Aunque sea un piloto amateur.

–Venimos de Costa Rica. Somos 14 amigos, que hicimos el recorrido del París-Dakar –dirá mañana Rodolfo Carboni, uno de los pilotos de una caravana amateur, con el entusiasmo de cumplir el gran sueño: llegar en moto hasta el verda-dero Dakar. Me mostrará fotos del cruce por Mauritania, las ruedas gastadas de la moto y sus manos endurecidas tras cruzar por el desierto de dunas. Me dirá que gastaron unos 15 dólares cada uno, que contrataron a un camión asistente en Italia y que hay muchos pilotos amateurs que siguen recorriendo esta ruta. Contará que él recorrió Argentina y Chile en moto, hace unos años, pero que no tiene comparación con esto. Me dirá que lo de Argentina y Chile es un paseo, y que todavía no puede creer que llegó en moto hasta la mismísima Dakar.

Mientras me lo cuente, se acercarán dos niños africanos a pedirnos dinero. Pero eso sucederá mañana, porque ahora estoy en el Mercado Central de Dakar, recibiendo una polera del Dakar 2008, mientras ella se guarda los cinco dólares y se pone a mirar de un lado a otro del pasillo, esperando que aparezca otro posible cliente, ojalá un nostálgico del rally a quien poder venderle otra de estas camisetas del último Dakar.

El nombre de un periodista no es algo importante para Jon Sobrino. En realidad, el periodismo en sí, tal y como está concebido en la actualidad, no es algo importante. “No me interesa todo eso, ese mundo de los millones, de los medios que son más o menos de derecha o un poquito de izquierda”, dijo la tercera vez que hablamos frente a frente. La segunda vez había sido el 30 de noviembre, poco después de oír cómo cantaba el “Cumpleaños feliz”. Me le acerqué una vez finalizada su misa, como habíamos acordado por teléfono.

—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –preguntó.
—Roberto, padre, Roberto Valencia.
—Roberto… ah, entonces sí te conozco. Vamos a ver –enérgico–, ya te dije que ahora no te voy a recibir, pero ¿qué es lo que quieres tú?

Siete días después salió con eso de que no le interesa el mundo de los millones ni aparecer en los medios. Esa tercera plática fue más cordial. Fijamos una entrevista larga en su despacho para las 4 de la tarde del día siguiente y volvió a confundirme con Antonio. Se justificó diciendo que Antonio Valencia le sonaba a un portero que tuvo hace unos años el Athletic de Bilbao, el equipo de fútbol de la Liga española. Pero ese portero se llamaba Juanjo Valencia.

“Yo soy diabético, de dos inyecciones diarias, para que lo pongas.” Su mala memoria selectiva –solo para nombres y rostros– la atribuye a la diabetes. Y es selectiva porque Sobrino, el jesuita salvadoreño amonestado hace ya un par de años por el Vaticano, tiene 70 años, pero es uno de los teólogos más leídos y traducidos en todo el mundo, continúa celebrando misa en la misma iglesia donde lo ha hecho por casi 20 años y se mantiene firme en lo que décadas atrás alguien bautizó como la opción preferencial por los pobres. Y sigue publicando cuanto puede. Y sigue con sus pensamientos enfocados en lo que él cree que es importante.

En la entrevista de las 4 en su despacho, tras casi dos horas de plática, le pedí que me firmara un ejemplar de uno de sus libros. Lo abrió y con letra clara y legible, de estudiante aplicado, escribió: “Para Antonio Valencia. Con agradecimiento y esperanza. Jon Sobrino”.

***

Faltan segundos para las 8 de la mañana. Hoy es 30 de noviembre, domingo. Sobrino sale de la sacristía serio, mirada perdida, casulla morada de Adviento. Lleva pegada al pecho una Biblia verde con un cordelito rojo para separar páginas. Camina hacia el altar despacio, casi arrastrando los pies. El coro, nutrido y voluntarioso, está cantando una canción que dice que los pobres esperan el amanecer de un día sin opresión. Quizá eso llegue alguna vez, pero hoy se tienen que conformar con un día de cielo azul intenso pero fresco. Sobrino se frota las manos, se acomoda los lentes.

Esta es la iglesia de El Carmen, en el centro de Santa Tecla, una ciudad que forma parte del área metropolitana de San Salvador, la capital del país. El párroco aquí desde 1991 es otro jesuita llamado Salvador Carranza, alto, barbado, septuagenario también. Al poco de su designación, pidió a su amigo Sobrino que le ayudara a celebrar. Y le aceptó. Salvo viaje al extranjero o quebranto serio de salud, todos los domingos a las 8 de la mañana inicia su misa, como está sucediendo en este instante.

Llamar templo a esto es una cortesía. La centenaria iglesia dedicada a la Virgen del Carmen quedó semiderruida por un terremoto en 2001. Las misas reiniciaron meses después en este improvisado, largo y estrecho galerón de láminas con ventanas por doquier, techo falso y luces fluorescentes. Lo levantaron a la par. Trajeron las bancas, un pequeño retablo, dos atriles de madera tallados y cuanta escultura sobrevivió al sismo. Y se logró un lugar acogedor, pero que está a años luz de la solemnidad de catedrales ciclópeas o milenarias. A Sobrino la sencillez que le rodea no parece incomodarle; al contrario. Y lo explicitará durante la homilía.

—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima…

La frase entera la podrán leer más luego. Ahora el coro sigue cantando la canción que dice que los pobres esperan un día sin opresión, la primera de nueve. Las dos últimas serán “Las mañanitas” y “Cumpleaños feliz”. Hoy es el cumpleaños de Salvador Carranza, a quien acá todos conocen como padre Chamba. Cumple 72, una edad que dicen que es muy bíblica. Español de nacimiento, llegó al país en 1956, un año antes que Sobrino. Ambos forman parte de ese grupo de jesuitas sin el que resulta complicado explicar la historia reciente de El Salvador. Son los que crearon la Universidad Centroamericana (UCA), los que abrazaron la Teología de la Liberación, los que educaron, los que fueron llamados comunistas, los masacrados, los involuntarios protagonistas del Museo de los Mártires, los que al final de la misa estarán acá, septuagenarios, escuchando a 200 parroquianos cantar en una iglesia-galera algo tan poco eclesial como “Las mañanitas”. Juntos en el altar, el padre Chamba y Sobrino cantarán también, sonrientes.

***

La sinopsis de sus primeros 68 años de vida sería así: Jon Sobrino Pastor Gaztañaga Larrazabal nació en plena Guerra Civil española, el 27 de diciembre de 1938. Nació en Barcelona. Sus padres –Juan y Rosario– habían escapado un año antes desde Barrika, un minúsculo pueblo del País Vasco. La familia regresó a su tierra cuando Jon tenía 10. Con apenas 17 años, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Orduña, cerca de Bilbao. Con apenas 18 años, fue enviado al noviciado de la Compañía de Jesús en Santa Tecla, cerca de San Salvador. Fiel al espíritu jesuítico, tuvo una sólida formación en algunas de las mejores universidades del mundo. Estudió en Cuba, en Estados Unidos y en Alemania. Para 1973 ya tenía las carreras en Filosofía, Ingeniería Mecánica y Teología, de la que se doctoró. Regresó a El Salvador para instalarse de forma definitiva. Vivió la metamorfosis de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Sufrió lo peor de la guerra. Se nacionalizó. La masacre. Se esperanzó con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992. Sintió –siente– vergüenza por este mundo. Y mientras, publicó cuanto pudo sobre Cristología, sobre Romero, sobre los pobres, sobre liberación. Todo eso y más hizo en sus primeros 68 años de vida. Pero ahora tiene 70.

En noviembre de 2006 se aprobó la Notificación. Tras largos años de estudio de dos de sus libros –“Jesucristo Liberador” (1991) y “La fe en Jesucristo” (1999)–, el papa Benedicto XVI mandó publicar el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe que catapultó a Sobrino. De ser un teólogo respetado y reconocido en círculos religiosos pasó a encarnar la víctima del conservadurismo que se le achaca al Papa. No es que partiera de cero, pero lo convirtió en un fenómeno mundial. Si se busca entre las páginas en inglés que aparecen en Google, “Jon Sobrino” tiene más entradas que “Antonio Saca”, el presidente de la República salvadoreño. En Wikipedia hay artículos sobre Sobrino en 10 idiomas diferentes. En inglés, en francés, en alemán, en japonés y hasta en húngaro siempre aparece como uno de los estandartes de la Teología de la Liberación, la corriente que irrumpió con fuerza a finales de la década de los sesenta y cuya filosofía podría resumirse en un principio: que la Iglesia católica debe tener una opción preferencial por los pobres.

—¿Cuáles son las consecuencias exactas que tuvo la Notificación para usted?
—Bueno, consecuencias… La Notificación es un texto, ¿verdad? Hacemos saber que el padre Jon Sobrino ha escrito unos libros que contienen tal y tal… ¿Qué consecuencias oficiales ha tenido? Pues a mí no me ha impuesto nada. Hombre, obviamente, para alguien que tiene sentido común es una llamada de atención seria, eso sí, pero consecuencias de por sí, oficiales, no. Otra cosa es todo lo que me colgaron.
—Pero dejó de dar clases en la universidad.
—Dejé de dar, pero eso no fue porque la Notificación lo prohibiera expresamente. Ya estoy dando de nuevo, di un curso sobre identidad cristiana, y en marzo voy a dar otro sobre la teología de Ignacio Ellacuría. Pero indudablemente la Notificación sí generó un ambiente, y eso es evidente, que no facilita el trabajo.
—La impresión de sus libros ¿está permitida?
—Sí, cómo no. Acaba de salir otro libro mío.

La realidad es que la tan traída y llevada Notificación, aun siendo un hecho extraordinario dentro de la Congregación, fue un sopapo moral público, pero no acarreó sanción concreta alguna. Sobrino siguió haciendo lo que para él sí es importante: oficiar misa, publicar libros, denunciar lo denunciable, continuar como director del Centro Monseñor Romero de la UCA

***

 —Buenos días tengan todas y todos ustedes.

Las palabras resuenan amplificadas en el galerón por un sistema de sonido rústico pero eficaz. Siempre repite las mismas.

Sobrino apoya sus manos sobre una mesa hueca cubierta por un mantel blanco con bordados. Iluminada por dentro, sirve de sepulcro a un Jesucristo yaciente que el Adviento todavía no ha ocultado. La figura está detrás de un cristal, recostada sobre dos cojines y ensangrentada en rodillas, muslos, cuello y torso. Su rostro es de serenidad, con los ojos cerrados. No da sensación de sufrimiento. Es una de las esculturas sobrevivientes del terremoto, de una finura que contrasta con el ambiente espartano a su alrededor. Hay afiches colgados con las fotografías de Monseñor Romero y del sacerdote jesuita Rutilio Grande, asesinados ambos. La última vez que los dos y Sobrino coincidieron en un mismo lugar fue el 12 de marzo de 1977. Rutilio estaba dentro de un ataúd. “Yo creo –me dirá días después– que me bautizaron de verdad como cristiano el día que mataron a Rutilio Grande… y sé que es lenguaje provocativo, ¿verdad? Y además, ese día me bautizaron como ser humano.” La presencia de esas imágenes en la iglesia no es casual ni decorativa. Rutilio y Romero también están en su despacho de la UCA y en el diminuto cuarto donde duerme. Son algo importante.

Ahora está leyendo con desgana las intenciones, que hoy son todas de acción de gracias: por la graduación de Ricardo, por los 15 años de Armando… “Y pedimos perdón a Dios por lo que hacemos mal y hace sufrir a los demás.” Silencio.

Visto desde aquí, encanecido y delgado, parece poca cosa. Nadie diría que alguien así ha soliviantado durante años a Joseph Ratzinger, la persona que hoy rige el destino de la Iglesia católica bajo el nombre de Benedicto XVI. Ratzinger fue quien como prefecto le abrió los procesos y Ratzinger fue quien firmó la Notificación. Y aunque a Sobrino no le haga mucha gracia, esa representación de David contra Goliat que le ha tocado interpretar siempre ha sido muy atractiva para el “establishment” que él combate. Es discutible si convence, pero no hay duda de que su lucha seduce. En el popular portal de internet Facebook hay un grupo que se llama Friends of Jon Sobrino SJ. Del extranjero lo invitan con frecuencia para dar charlas y seminarios, es hombre de mundo y conoce algunos buenos hoteles. Y ni siquiera en El Salvador escapa a situaciones en las que él se siente como pez fuera del agua. En sus apariciones públicas, rara es la que no concluye con la firma de autógrafos o con él posando junto a admiradores frente a alguna microcámara de un teléfono celular.

Sobrino no cree que sea para tanto.

—Tú pon lo que quieras, pero yo creo que la gente que se acerca a mí no es por famoso. Es por amistad o quizá por agradecimiento, porque yo represento un poquito a los mártires; un poquito, ¿verdad? Desde luego, con Beckham no tengo nada que ver. Ni yo ni el padre Ellacuría ni Monseñor Romero.

***

Sobrino está vivo por conocer el idioma del imperio.

La segunda y la tercera, junto a la iglesia de El Carmen. Pero la primera vez que hablamos frente a frente fue el 24 de marzo de 2008. Sobrino entonces ni siquiera sabía que alguien llevaba tiempo siguiéndolo para este perfil. Aquella resultó una conversación imprevista, fugaz, recelosa y a tres bandas. El tercer interlocutor era Leonardo Boff, teólogo brasileño que se encontraba de visita en el país y me había aceptado una entrevista. Él es otro referente mundial de la Teología de la Liberación. Boff, franciscano hasta entonces, colgó los hábitos en 1992.

Aquella mañana de marzo, 28.º aniversario del asesinato de Monseñor Romero, entrevistado y entrevistador estábamos sentados en unos sofás de cuero que hay en el hall del Hotel Beverly Hills. Boff hablaba sobre el mal que el neoliberalismo está haciéndole al mundo.

—¿No bastaría con hacer reformas al sistema?
—Si limamos los dientes del lobo –respondió–, ¿desaparecerá su voracidad? No, porque el lobo es voraz por sí mismo. Lo mismo ocurre con el sistema neoliberal, que es malo para la humanidad, porque excluye a casi dos tercios del mundo…

En ese momento, un taxi se paró frente a la entrada principal. De él bajó Sobrino. El rencuentro lo habían fijado para justo después de la entrevista. Y Sobrino, fiel a sí mismo, se adelantó a la hora fijada. Cruzó la puerta de vidrio con un portafolios bajo el brazo, se acercó despacio, casi arrastrando los pies. Vestía sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. Boff se levantó y salió a su encuentro.

—Caro Leonardo, caro Leonardo.

Los dos tienen la misma edad, estudiaron en Alemania e intimaron cuando en los ochenta participaron en un proyecto que pretendía sistematizar toda la Teología de la Liberación en 50 tomos. Pero además les une un vínculo especial. Cuando el 16 de noviembre de 1989 ocurrió la masacre de los seis jesuitas en la UCA, Sobrino se encontraba fuera del país. Eso le salvó. La orden que tenían quienes ejecutaron la matanza era no dejar testigos. Uno de los cadáveres, el del padre Juan Ramón Moreno, lo arrastraron hasta la habitación de Sobrino. Pero él estaba en Tailandia. Lo habían invitado para impartir un curso sobre Cristología en inglés, el idioma de lo que él llama el imperio. Ese curso lo iba a dar Boff. Había recibido la invitación primero, pero la rechazó. “En esa invitación pedían inglés, y yo no lo podía bien, pero les dije a los organizadores que invitaran a Jon Sobrino.”

Aquel rencuentro entre los dos teólogos fue cordial. Sonrisas y abrazo. Intercambiaron unas pocas palabras inaudibles.

—Te veo, te veo, te veo –elevó el tono Sobrino, palmeando la panza de Boff– Los ojos, eso no has cambiado. La vivacidad… y estás aquí.
—… Termino aquí… –dijo, señalándome–, porque quiero hablar mucho contigo, Jon… Ah, Jon, él –por mí– me ha dicho que va a tu misa.
—¿Perdón?
—Que él va a tu misa.

No era el plan original, pero tuve que intervenir.

—Yo llego a la iglesia de El Carmen, padre.
—Ah, no me digas.
—Ayer estuve.
—¿Ayer a las 11?

Su misa había sido a las 8 de la mañana, pero supuse que me estaba probando. Meses después quise saber si mi suposición era acertada, pero me dijo que no recordaba haberme visto nunca antes. Su memoria en verdad es mala para los rostros y los nombres. Hablamos un poco más, apenas un par de minutos. Y Sobrino se retiró para poder concluir la entrevista: “Sigan, sigan…”

—¿Mucho tiempo sin verse? –pregunté a Boff.
—Sí, muchos años, más de 10.

***

El joven Marcello Rodríguez se sienta en el suelo, saca la videocámara de su funda, la apoya sobre su rodilla derecha y comienza a grabar. La homilía de Sobrino está comenzando.

—Que el señor esté con ustedes
—Y con tu espíritu.
—Lectura del Evangelio, según San Marcos.
—Gloria a ti, señor.

Marcello –16 años, voz sonora, guitarrista aficionado– llega todos los domingos a El Carmen y busca lugar en primera fila, cerca del atril de madera tallada que se usa para las lecturas. Lo acompañan su hermano Gabriello, de 15, y una cámara de video Samsung modelo SCL906. Desde hace unos cinco años –no saben precisar la fecha– graban la revolucionaria interpretación del Evangelio. A Sobrino no le entusiasma la idea, pero tampoco le molesta lo suficiente. Las decenas de cintas acumuladas desde entonces las conservan en cajas con naftalina. Los videos no los suben a YouTube ni nada por el estilo. De vez en cuando los ven en familia. Es algo para consumo propio, pero han creado un archivo que quizás algún día sea codiciado. Marcello y Gabriello, además, han sido testigos de la evolución del discurso. Dicen que antes de la Notificación era todavía más incendiario.

Pero volvamos a la homilía. Sobrino también hoy está explicitando su opción preferencial por los pobres.

—Jesús está –y señala con el dedo hacia adelante– en esos pobres de la puerta, de esta iglesia y de tantas.

Una iglesia parece incompleta si no hay alguien en la entrada pidiendo limosna. En El Carmen este fenómeno roza el surrealismo. Un domingo de octubre había 24 personas suplicando unos centavos. Cuando Sobrino dice eso de pueden ir en paz, los pobres de la puerta se colocan en dos filas. En la formación hay muletas de madera, artritis, manos extendidas, vasos con vocación de monedero, delgadez extrema, canas sucias, olores, rostros cansados de la vida, arrugas infinitas, síndromes de abstinencia, sueño, insultos para el que toma fotografías y dioselopagues. La feligresía pasa en medio. La mayoría, con indiferencia; algunos sí tienen unas monedas, unas palabras o un saludo como recompensa. Esta es la pobreza que cada día respira Sobrino, la que le lleva a escribir frases como esta: “Que los multimillonarios pasen hambre alguna vez, para ver si eso los convierte”. Pero lo cierto es que son pocos, casi ninguno, los pobres de la puerta que entran a escucharlo. Parece que no les interesa oír al que se jacta de predicar por y para ellos.

Mientras habla en la homilía Sobrino gesticula con los brazos. Se ve entusiasmado, como si lo hiciera por primera vez. Aún se le reconoce su acento de Bilbao. Sonríe, se muerde el labio inferior.

—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima, y ojalá que las catedrales sean bonitas, que no tengo nada en contra de eso. Pero sí dijo que allá donde haya hambre y sed y enfermedad y gente que se muere de sida, nos guste o no nos guste, ahí estará él.

El Evangelio de hoy es San Marcos 13:33-37. Es corto y se refiere a cuando Jesucristo pide a sus discípulos que estén alerta siempre, como cuando unos empleados esperan la llegada del dueño de la casa. Esta lectura le está sirviendo de excusa para hablar de los pobres de la puerta, de las catedrales, de los atentados en los hoteles de la India, de El Mozote, de Monseñor Romero y de la masacre de los jesuitas. Raro es que su sermón baje de los 20 minutos.

Pero hoy está comedido. El 2 de marzo dijo esto: “A Jesús yo sí lo comparo con Monseñor Romero. Hubo mucha gente que no les quería, que ni modo. Y nosotros decíamos: ¿Cómo es posible? Pero si Monseñor Romero está abriendo los ojos de la gente con su palabra, si está quitando la ceguera del pueblo, de tanta gente campesina que pensaba que los males venían porque Dios así lo quería. Pues no, decían ellos, pues no. ¡Ese es revolucionario! Sí, revolucionario, pero del bien, ¿verdad? Luego le llamaron más cosas, que era comunista, insultos… Pero lo que quiero decir es cuánto costaba que la gente de poder, de dinero, que la oligarquía y los militares reconocieran en Monseñor Romero a alguien que hizo el bien, que hizo grandes milagros, para que la gente tuviera DIG-NI-DAD (…) Y Monseñor Romero nos dio todo, se animó a decir verdades. ¡Qué silenciosa es la Iglesia de hoy! De vez en cuando sale algún mensaje diciendo que hay pobreza en el país y que es un problema lo de los emigrantes. Pero en conjunto, ¡qué silencio! ¿Verdad?”

No debe de ser sencillo explicar la vida y obra de un hombre que vivió hace 2,000 años, aunque sea el protagonista del mayor best seller de la historia. Además del abismo temporal entre sus andanzas y el hoy salvadoreño existe otro abismo espacial de 12,000 kilómetros. En el caso de Sobrino se añade la dificultad de tratar con una audiencia en la que no todos saben leer y escribir. Pero el autor de libros ásperos sobre los que discuten los teólogos más brillantes se convierte en misa en una especie de cuentacuentos. Ha desarrollado una habilidad para traducir y masticar términos desfasados, que hacen referencia a realidades distintas a la salvadoreña o a los que simplemente les agrega matices. Con sus explicaciones se podría confeccionar el diccionario bíblico jonsobriniano. Y estas serían algunas de sus entradas.

Herodianos. En tiempo de Jesucristo, Herodes era rey en las provincias romanas de Judea, Galilea y Samaria, si bien su poder estaba supeditado al Imperio Romano. Los herodianos, dice Sobrino, eran la policía de Herodes, “como la Guardia Nacional de aquel entonces” , el cuerpo represivo durante la Guerra Civil salvadoreña.

Amor. “Amar es una actitud de salirnos de nosotros mismos, y para eso es igual que uno sea bautizado o musulmán o ateo o gringo o de Ahuachapán. Amar es no empezar el día diciendo: ‘Señor, te pido por mí y por mi bienestar y que yo lo pase bien’. ¡No! Hay que empezar de otra manera.”

Publicanos. Eran las personas que recaudaban impuestos para Roma. El evangelio de Lucas destaca la figura de uno: Zaqueo. En la interpretación que hace Sobrino, hoy su trabajo sería como recaudar fondos para Estados Unidos.

Ciego. Esta palabra suena accesible, pero la redimensiona. Ser ciego hace 2,000 años era ser “un pobre desgraciado”, como hoy lo son la madre soltera que no tiene para la educación de sus hijos o el señor que debe irse a Estados Unidos a ganarse la vida.

Guerra del Congo. En 1998 estalló en la República Democrática del Congo una guerra que causó 4 millones de muertos. Hubo firma de paz en 2003, pero la región aún es un polvorín, con decenas de miles de refugiados y milicias armadas hasta los dientes. ¿Y para qué?, se cuestiona: “Para que los países ricos, democráticos y con elecciones se roben el coltán”, de donde se extrae el tantalio para la elaboración de misiles, teléfonos móviles, televisores de plasma…

Sobrino se esfuerza por hacerse entender, por ejemplificar, por ilustrar el Evangelio. Y lo hace en función de sus convicciones personales que, si se midieran en clave política, son inequívocamente de izquierda. “¿Que el lenguaje que uso es distinto? Pues sí –dirá–. ¿Por qué? Yo no me suelo oír, pero sí procuro cuando hablo que la gente entienda, que no sé si entiende, y sobre todo que no me vean como alguien que quiere hablar raro o que lo que hace es repetir solo lo que han dicho los documentos de los obispos.”

***

El Salvador transpira cristianismo desde su mismo nombre. El lema de su escudo dice Dios, Unión y Libertad, en ese orden. La capital se llama San Salvador. Las dos ciudades más importantes fuera del área metropolitana tienen también nombre de santo: San Miguel y Santa Ana. El listado con los nombres de los municipios parece santoral. Hasta el salvadoreño con mayor proyección internacional fue obispo; sin embargo, al mismo tiempo es el país con la mayor tasa de asesinatos de todo el continente. Y con pobreza y desigualdad, el caldo de cultivo de la Teología de la Liberación. Aún hoy, 30 años después del boom de la doctrina, este país centroamericano con casi 6 millones de habitantes presenta cifras oficiales que hablan de un 14% de analfabetismo, de una escolaridad promedio de seis años, de 173,000 niños que trabajan, de un 26% de hogares sin agua por cañería, de un 35% que vive bajo la línea de pobreza, 44% en el área rural. Y de casi 400,000 familias que reciben remesas de parientes que tuvieron que emigrar.

Sobrino cayó en El Salvador hace más de medio siglo. Llegó sin pretenderlo, para cubrir el déficit de vocaciones en Centroamérica. Hoy no hay quien lo saque de aquí.

—Estoy convencido de que le han ofrecido la posibilidad de dar clases fuera.
—Sí.
—Pero sigue aquí. ¿Cómo se explica eso?
—A ver. Tu pregunta presupone que es raro. Que es raro que si una universidad un poco importante de Estados Unidos me ofrece una cátedra, que yo me quede aquí. Bueno, pues sí, he tenido algunas ofertas, pero nunca jamás se me ha ocurrido irme.

Él y muchos otros jesuitas del grupo obtuvieron sus papeles salvadoreños en 1989, en los días previos a la llegada al poder de ARENA. Este partido político de derecha, que lleva 20 años consecutivos en el poder, fue fundado por el Mayor Roberto d´Aubuisson, a quien la Comisión de la Verdad de la ONU identificó tras los Acuerdos de Paz como el autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero.

Pero la nacionalidad de Sobrino va más allá de lo que diga su pasaporte. Cuando se le oye hablar, queda claro que en su concepto de Nosotros están los salvadoreños, los pobres, el Tercer Mundo. El Primer Mundo donde a él lo educaron lo encuadra en ideas como el Allá o el Ellos. A su país, El Salvador, dice que le debe haber aprendido a sentirse como un ser humano, algo que le permite comprender lo que ocurre en el Congo, por citar un su ejemplo recurrente. Y aquí también dice haber conocido a gente de mucho amor y a gente de esperanza, de esa esperanza honda tan difícil de ver en Europa o en Estados Unidos.

Quizá por esa coherencia entre lo que escribe y su manera de vivir es que se haya ganado un notable grado de respeto y de admiración.

“Yo puedo presumir de que el padre Jon me da misa aquí; ya quisieran tenerlo la mitad de las iglesias del mundo. Hay quien dice que estoy desperdiciando una joya para el pueblo humilde, pero su teología es para el pueblo, y para un pueblo sencillo.” Salvador Carranza, párroco de la iglesia de El Carmen.

“Dentro de la gama de teólogos de la Liberación, Jon Sobrino es para mí alguien que realmente supo sacarle el jugo más positivo a esta teología. Ha sabido administrar, con bastante coherencia y equilibrio, todo el patrimonio teológico de El Salvador y de América Latina.” Fernando Lugo, ex obispo y actual presidente del Paraguay.

“Normalmente el teólogo es solo teólogo, reflexivo, al que no le importa mucho la espiritualidad. Pero Jon Sobrino es teólogo y lo que más hace es predicar de forma espiritual, sin abandonar el rigor muy jesuita, muy alemán, de la reflexión teológica. Por eso es peligroso.” Leonardo Boff, teólogo de la Liberación.

“No es amigo de protagonismos, todo lo contrario a Leonardo Boff; son dos hombres muy diferentes. Sobrino es de diálogo más íntimo, así es como se siente a gusto. Pienso que en parte se debe a su manera de ser, reservada y más bien intimista.” Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador.

“Es una de esas personas que tienen una fe muy profunda en Jesucristo y en el Evangelio, una fe de la auténtica, de la que duele y causa dudas… no la fe anquilosada en unas normas y códigos de Derecho Canónico.” Jesús Bastante, periodista español.

***

Avanza la misa en El Carmen. Bajo la batuta de Sobrino los presentes ya le han rogado al Señor. Le han dado gracias. Algunos han dejado unas monedas en bolsas de trapo verde amarradas a un palo. Se ha cantado el padrenuestro. Y hace apenas unos segundos todos se daban fraternalmente la paz. Este acto resulta emotivo. Los parroquianos se dan abrazos o se agarran de las manos mirándose a los ojos. Y no se limitan a los que tienen alrededor. Hay movimiento de unas bancas a otras. Niños suben a abrazar a un Sobrino que corresponde el gesto con una sonrisa y con ligeras palmaditas en la cabeza. Luego baja a estrechar su mano a las personas que están en primera fila. Cuando presencié esto el 24 de agosto, anoté en la libreta unas palabras que entonces creí urgentes: “Hay algo en la atmósfera, posible entrada para la nota”. Aquí dentro, por un instante, uno se olvida de que está en el país más violento del continente.

Comienza la eucaristía con una canción de fondo que dice que el pueblo gime de dolor y que el pueblo está en la esclavitud. Sobrino reparte los cálices entre sus colaboradores y se sienta. Él no da las hostias. Hace meses, Salvador Carranza, el párroco, dijo que es por la diabetes, que se cansaba mucho. También me contaron que en la comunidad de jesuitas donde vive tuvo una vez una crisis, rompió una jarra de vidrio, se cayó sobre los cristales, se cortó la mano y hubo que llevarlo al hospital. A Sobrino no le gusta hablar mucho sobre su salud. En su humildad, cree que no le interesa a nadie más.

—Me habían dicho que estaba mal de salud, pero lo he visto muy activo.
—Hace cuatro años tuve un coma del que sobreviví. Fueron tres días en coma… Bueno, que sí es serio lo de la diabetes. Ahora, ¿en qué se nota para mí la enfermedad? Yo antes trabajaba ocho horas, por así decirlo, y ahora trabajo cuatro. ¿Y por qué? Pues porque no da para más.

Regresemos a la misa, donde ya todos comulgaron. Está a punto de terminar. Están dando unos avisos. Uno invita a donar juguetes para niños pobres, otro ofrece a precios módicos el material que edita el Centro Monseñor Romero y el último es para que los feligreses se animen a comprar CD con música del coro. Solo queda cantar al padre Chamba “Las mañanitas” y el “Cumpleaños feliz”. Han pasado 65 minutos desde que inició la misa. Esto acaba.

***

El tramo final de la entrevista en su despacho fue el momento para cuestionarlo sobre el que parece ser el único punto débil dentro de su filosofía de vida: su fiel permanencia dentro de la Iglesia católica, una institución cuyas máximas autoridades en El Salvador y en Roma lo han desacreditado en público. Y, quizá más importante, que tiene actitudes y actuaciones que cuestionan eso de que los pobres estén en el centro de todo, que cuestionan lo que para Sobrino es una obsesión. Su último libro se titula “Fuera de los pobres no hay salvación”.

—¿Cómo encaja la opción preferencial por los pobres en una institución como la Iglesia católica, dueña de tantas riquezas?
—La opción por los pobres no quiere decir: usted estudió un doctorado en Teología en Alemania, y gastó no sé cuánto dinero, y sabe mucho más que todos, ¿y usted quiere ser pobre? Pues olvídese de eso. ¡No! Sino ponga todo eso al servicio de los pobres.
—La Iglesia posee acciones en grandes multinacionales y en la banca. Es parte activa del sistema.
—Que las instituciones tengan acciones me parece inevitable en nuestro mundo. Eso sí, con mucho cuidado. Que no caigan en la mística de que cuanto más, mejor. Y que los beneficios se usen para proyectos a favor de los oprimidos. Acumular capital, para acumular poder y buen vivir, para irse de turismo o para comprar jugadores de fútbol a precios que representan un buen porcentaje del presupuesto del Chad, eso es caer en el dinamismo del capitalismo inhumano.
—¿Y qué hace con las acciones su congregación?
—La Compañía necesita recursos para formar a los jóvenes jesuitas que todavía no producen, por así decirlo. También patrocina servicios para refugiados, oficinas de derechos humanos, y los fondos que se necesitan para eso no caen del aire. Siempre queda la ambigüedad. Por lo que yo sé, no invertimos en empresas que fabrican armas, por ejemplo. Es capitalismo, pero digamos que de lo pecaminoso, pues lo menos.
—No ve mayor problema, entonces.
—El dinero y la riqueza siempre me dan miedo. Pero si los defensores del capital nos atacan, entonces es porque quizás no lo estamos haciendo tan mal. En los últimos 30 años, 49 jesuitas han sido asesinados en el Tercer Mundo. Repito, todo lo que sea dinero y poder tenemos que usarlo con temor y temblor. Pero creo, espero, que esos mártires nos redimen de nuestras equivocaciones.
—Es que también es aplicable a este edificio en el que estamos.
—Exactamente.
—Porque las cuotas para estudiar en la UCA son bastante caras.
—Para muchos son caras, indudablemente. Lo que también se aplica a la cámara de ese señor –y señala al fotoperiodista–, que no se la han regalado. ¿Me entiendes?

***

La misa ha terminado, y Sobrino se retira a la sacristía. Ayer acordamos por teléfono que ahora me recibirá para que le explique cuál es mi interés en hacerle este perfil. Se acerca caminando, casi arrastrando los pies. Viene sin casulla y viste sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. No lleva anillos ni nada ostentoso. Lo único reseñable es su viejo reloj de pulsera. Sobrino, uno de los intelectuales salvadoreños más leídos y traducidos, no tiene carro, celebra misa en una iglesia de láminas y vive en comunidad con otros jesuitas. Su cuarto mide 20 metros cuadrados, quizá menos. Es una cama, una computadora sobre una mesa y libros. No hay aire acondicionado ni televisor. Hay mosquitos. Pienso en que en efecto hay coherencia entre él y su discurso. Todo lo contrario a lo que pensé unas semanas atrás, cuando escuché a un pastor desgañitándose a favor de los pobres y de Monseñor Romero, pero calzado con unos zapatos relucientes, corbata de seda y un traje de no menos de $400.

—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –pregunta.
—Roberto Valencia, padre, Roberto.

Sentados en una de las bancas de madera frente al galerón, me comparte algunos de sus temores. Lo hace a su manera, con el sutil velo de reprimenda con el que envuelve sus argumentaciones. Dice que él es alguien al que Roma le ha dicho que es malo y que eso no es así nomás. Dice que el periodismo le ha generado ya algunos sinsabores. Y dice que en el arzobispado lo tienen en la mira. Me está sonando a que me pedirá algo que no podría cumplirle: que le baje el perfil a lo que le he escuchado y leído sobre el imperio, sobre el capitalismo, sobre los oligarcas, sobre el Congo. Para salir de dudas, le recuerdo que acaba de afirmar eso de que Jesús y las catedrales bellísimas no son el binomio ideal.

—Sin duda, sin duda… Sí, sí, sí. Eso ponlo, por supuesto, sin dudarlo.

Empiezo a entender lo que para Jon Sobrino es importante.