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El hijo que nunca llegó

Todos los días, sin falta, Teresita Higuita Zuleta esperaba que Gonzalo, su hijo, regresara a casa. Con su infinito amor de madre, cada noche le servía en la mesa una porción de comida. El manjar no era más que una plato de fríjoles con arepa, pero Teresita sabía que era lo que más disfrutaba Gonzalo cuando se sentaba en el comedor. De vez en cuando degollaba una vieja gallina de campo y le guardaba la mejor parte: un trozo de pechuga o un jugoso pernil, con la esperanza de que su vástago se sintiera feliz a su regreso.

Una noche cualquiera, entre sueños y al borde de la alucinación, Teresita vio que Gonzalo entró por el corredor de la casa, descargó un morral que llevaba sobre sus hombros, lanzó un suspiro y se tiró al piso, abierto de brazos, a descansar. “Ella dijo que lo había visto con la espalda pelada de cargar un morral muy pesado”, recuerda Sandra Callejas Higuita, su hija, quien luego describirá que su madre, alegre al sentir su presencia, al instante dijo exaltada: ¡Llegó mi hijo, llegó mi Gonzalo, llegó! Con la dicha por el anhelado reencuentro, Teresita se levantó rápidamente de la cama a darle la bienvenida y a servirle el plato de siempre. Pero pronto se dio cuenta que solo había sido un sueño.

Gonzalo llevaba desaparecido cinco años y no había ni asomo de su paradero. Los meses pasaban y la incertidumbre por saber algo de su suerte era mayor. Pero el día de su regreso jamás llegó. A Gonzalo, quien tenía 18 años y era el menor de la familia, lo mataron en 2003 los paramilitares, los mismos que meses después arribaron hasta la casa de Teresita y sin asomo de remordimiento, le confesaron:

–Él fue asesinado pero nosotros hicimos un hueco y lo enterramos. Al menos esté tranquila, que los gallinazos no se lo comieron.

Sandra Callejas Higuita, una mujer jovial y de mirada reflexiva, trae a su memoria esta historia mientras permanece sentada en un improvisado escritorio de la casa que ahora funciona como sede de la Asociación de Víctimas de Ituango, en el norte de Antioquia, un municipio que ha padecido, como tantos otros en Colombia, los estragos de la guerra. Como casi todos los habitantes de este pueblo, escondido entre las montañas que bordean el Parque Nacional Nudo de Paramillo, Sandra ha vivido en carne propia los embates de un conflicto armado que ha dejado cientos de muertos y desaparecidos, pero también decenas de viudas, huérfanos y lisiados.

Mientras su pequeño hijo Mateo Torres, de ocho años de edad, revolotea por los alrededores de la casa, Sandra cuenta que la desaparición de su hermano fue el final de varios hechos trágicos que le sucedieron a su familia. A los Callejas Higuita la guerra les quitó a cuatro de sus hijos: Marleny Callejas Higuita, de 35 años, y Ángel de Dios Callejas Higuita, de 30, fueron desaparecidos por la guerrilla; y Milagros Callejas Higuita, de 24 años, y Gonzalo Callejas Higuita, de 18, murieron en manos de los paramilitares. La familia solo pudo darle cristiana sepultura a Marleny, pero Sandra presume que así como Gonzalo, los demás también fueron asesinados.

Desde ese momento Teresita, su madre, entró en depresión y con el tiempo su salud fue desmejorando.

–A ella eso la destrozó física y mentalmente, y ligerito cayó en una depresión y en las enfermedades –dice Sandra.

Esperando a Gonzalo y aferrada al dolor por la pérdida de sus otros tres hijos, Teresita, quien para entonces cumplía 56 años, falleció el primero de marzo de 2009.

***

Es una mañana de miércoles de finales de junio en Ituango. El calor y una leve humedad se combinan con el aire de tranquilidad que se respira en el parque principal. Un grupo de abuelos, de aspecto campesino, conversa con parsimonia a un lado del busto de Jesús María Valle, el inmolado defensor de derechos humanos que levantó la voz ante las autoridades para que no siguieran asesinando a la gente de su pueblo. Un niño monta en bicicleta por una empinada calle; un par de señoras organizan sus kioscos de comida rápida y un cotero arruma bultos de mercancía al interior de una tienda de abarrotes. En una esquina contigua a la calle atrincherada por el ejército, permanece parqueado un bus escalera al que los campesinos llenan de bultos de cemento, papas y arrobas de panela. En otros tiempos, murmura la gente, hubiese sido imposible, siquiera, sacar una cámara fotográfica e intentar hacer una imagen sin que algún soldado te advirtiera que por seguridad no estaba permitido tomar fotografías.

Antes de que la guerrilla decretara el cese unilateral de hostilidades –en julio de 2015–, Ituango era un territorio en conflicto y donde, en cualquier momento, podrías terminar en medio de una balacera. Durante varios años paramilitares y guerrilleros se disputaron el poder de esta zona del norte de Antioquia, dejando a su paso cientos de muertos y desaparecidos, familias desintegradas y miles de desplazados.

Sandra Callejas Higuita, quien ejerce como presidenta de la Asociación de Víctimas, cuenta que en Ituango hay, por lo menos, unas 17 mil víctimas del conflicto armado. Casi el 95 por ciento están registradas como desplazadas. Recuerda que las balas con las que se ha condenado injustamente al pueblo, han llegado de todos los frentes: de la guerrilla, de los paramilitares, del ejército. “Aquí no podemos sacar en limpio a ninguno”, asegura. En Ituango no existe una cifra oficial de personas asesinadas, tampoco de desaparecidos y mucho menos del número de mujeres abusadas sexualmente por miembros de uno u otro bando. De conocerse quizás sería más evidente la magnitud de la guerra. Pero es claro que en este pueblo de 2.347 kilómetros cuadrados y 21.757 habitantes, cada poblador lleva a cuestas una historia de algún familiar asesinado o desaparecido.

Por fortuna, hoy sus habitantes viven días de paz. Una semana atrás, el Gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –Farc EP– habían firmado en La Habana el acuerdo de cese bilateral de hostilidades y la gente en Ituango se sentía esperanzada. Incluso, la noche posterior a la firma  –el jueves 23 de junio– sus habitantes entraron en júbilo cuando se enteraron que los soldados estaban retirando las trincheras que durante casi dos décadas se habían mezclado con el paisaje urbano. La imagen que registró el momento fue compartida miles de veces en las redes sociales, como un gesto de paz en una de las regiones más marcadas por el conflicto armado. Pero rápido la gente pasó de la celebración a la indignación, al percatarse de que los militares las habían instalado de nuevo. “Yo sentí vergüenza al saber que ellos ilusionaron a las personas con que las iban a quitar y al otro día las pusieron”, se lamenta el niño Mateo Torres Callejas, quien habla con tanta naturalidad sobre la paz y la guerra como cualquier infante que organiza los juguetes de una piñata. “Si seguimos haciendo la guerra se va a afectar a muchas personas. Eso a mí no me gusta, a mi me gusta es cantar”, dice.

Lo cierto es que la gente en esta localidad respira un nuevo aire desde que los guerrilleros decidieron silenciar sus fusiles. Desde entonces sus pobladores se han vuelto a tomar las calles, han vuelto a disfrutar de la noche y a recorrer los rincones del pueblo, como lo hacen hoy, sin temor a quedar atrapados entre el fuego. “Estamos viviendo un receso y estamos tranquilos”, expresa el defensor de derechos humanos Román Álvarez Sucerquia.

En primera página

Hasta mediados de los años 90, Ituango era un pueblo desconocido para la mayoría de colombianos. Escondido entre el quebrado relieve de la cordillera occidental y atravesado por el caudaloso río Cauca, este municipio antioqueño, ubicado a 190 kilómetros de Medellín, se mantuvo en el anonimato a pesar de ser el centro de operaciones de varios los frentes de las Farc, entre ellos el 18 y 36, quienes, según cuentan sus pobladores, fueron copando su territorio desde inicios de los años 80. Durante años la guerrilla controló a sus anchas cada metro cuadrado de este territorio, pero a mediados de 1996 las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá (Accu), al mando de los hermanos Carlos y Vicente Castaño, llegaron al casco urbano con la intención de arrebatarles terreno.

Así, el 11 de junio de ese año los paramilitares dieron el primer golpe asesinando a cuatro pobladores en la cabecera urbana. Luego se dirigieron hasta el corregimiento de La Granja donde, tras tomar el control de la zona y ordenarle a sus pobladores cerrar las tiendas, torturaron y ejecutaron a cinco campesinos, a quienes señalaron de ser auxiliadores de la guerrilla. El plan de los hermanos Castaño era apropiarse, a sangre y fuego, de esa región estratégica entre los departamentos de Antioquia y Córdoba para el paso de armas entre el norte y el centro del país, así como para el cultivo y procesamiento de drogas en una zona donde la presencia estatal históricamente ha sido invisible.

–Hace parte de nuestra estrategia: o la guerrilla sale de sus santuarios o vamos a entrar (…) Si el ejército no es capaz de entrar y acabar con esas repúblicas independientes, yo sí, y se los voy a demostrar– aseveró Carlos, el menor de los Castaño.

Esas primeras incursiones eran apenas una advertencia de lo que ocurriría entre el 22 y el 27 de octubre de 1997 en un desconocido y alejado corregimiento llamado El Aro.

Durante esos días un comando paramilitar conocido en la región como los “mochacabezas”, realizó un recorrido macabro que empezó en el corregimiento de Puerto Valdivia, a orillas de la vía que comunica a Medellín con la Costa Caribe. Antes de llegar a El Aro, el grupo conformado por unos 200 hombres recorrió las veredas Puquí, Remolino, Puerto Escondido y Organí, donde asesinó a ocho campesinos. Algunos de ellos fueron torturados antes de recibir un tiro de gracia, otros fueron baleados y sus cuerpos abandonados a un lado del camino. Cuando pusieron los pies en El Aro, los paramilitares ordenaron a sus habitantes salir de sus casas y dirigirse hasta la plaza, y allí, entre gritos e insultos, continuaron el sanguinario ritual. El primero en morir fue el tendero del pueblo, Marco Aurelio Areiza, de 64 años. Los testigos dicen que después de amarrarlo a un palo los paramilitares le arrancaron los ojos, el corazón y los testículos. “¡Guerrilleros malparidos, se van a morir todos!”, gritaron los bárbaros y siguieron con la cacería. Aturdidos, los pobladores vieron como mataban a sus vecinos y violaban a varias de sus mujeres. Antes de marcharse, ordenaron a los sobrevivientes que se largaran del caserío y procedieron a prenderle fuego a las viviendas. Quemaron 42 de las 60 casas del poblado, asesinaron a 17 campesinos y obligaron a algunos de los sobrevivientes a arrear, hasta varias fincas del Bajo Cauca, más de mil reses que robaron en el camino. El plan paramilitar para sacar de su madriguera a la guerrilla ya empezaba a ponerse en marcha.

–Yo he defendido que lo que ocurrió en El Aro no fue una masacre, eso fue un genocidio– reflexiona uno de los líderes del pueblo. Luego, afirmará que todo lo peor que le puede pasar a un pueblo le ha ocurrido a El Aro, olvidado históricamente por el Estado y ultrajado por los paramilitares.

De nada sirvieron las denuncias que el abogado Jesús María Valle –oriundo del corregimiento La Granja y destacado defensor de derechos humanos–, había hecho a las autoridades regionales sobre el asesinato de campesinos en Ituango y la estrecha relación que sostenían los paramilitares con miembros del ejército y la policía que operaban en el pueblo. En declaraciones dadas a la Fiscalía Regional de Medellín el 6 de febrero de 1998, Valle Jaramillo dijo: “El grupo paramilitar sembró terror en Ituango. En un solo día había hasta cuatro asesinatos en la plaza en presencia de todos, de todas las autoridades, del Ejército y la Policía, y no había ni respuesta del gobernador de Antioquia, ni del secretario de Gobierno, ni del comando de la Policía, ni del comando del Ejército”. Y enfatizó: “De 1996 a 1997 (diciembre 31) fueron asesinados más de ciento cincuenta (150) ciudadanos de la región, entre ellos dirigentes de la acción comunal, campesinos humildes, dueños de tiendas comunitarias, profesores y transportadores”.

El 27 de febrero de 1998, veintiún días después de haber juramentado en la sede regional de la Fiscalía, Jesús María Valle fue acribillado por dos hombres y una mujer en su oficina, ubicada en el cuarto piso del Edificio Colón, en pleno centro de Medellín. Con el tiempo se sabría que los autores del homicidio pertenecían a la banda La Terraza, la cual ofrecía sus servicios a Carlos Castaño.

Por las masacres de El Aro y La Granja, en julio de 2006 la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) condenó al Estado colombiano por omisión y acción directa de los miembros de la fuerza pública, y lo obligó a reparar integralmente a las víctimas. Los campesinos de la zona han denunciado insistentemente que esas reparaciones nunca llegaron y que aún hoy, 19 años después de la masacre, continúan echados a su suerte en ese paraje olvidado, al que solo es posible llegar en mula después de recorrer siete u ocho horas de camino.

–Allá no ha habido ningún plan de retorno, las 31 familias que regresaron lo hicieron por su propia voluntad– comenta una exfuncionaria de la Administración Municipal.

La bomba de “La Peatonal”

Esta mañana de miércoles las personas caminan, tranquilas, por la calle que todos conocen como “La Peatonal”, donde a cualquier hora del día bares y negocios se disputan, con música a alto volumen, a aquellos potenciales clientes que buscan un lugar cómodo para tomarse una cerveza. Como a la mitad del pasaje se encuentra instalada una placa que recuerda la memoria de las personas que murieron en ese sitio la noche del jueves 14 de agosto de 2008, cuando un explosivo dejado por un hombre minutos atrás al interior de una caneca, destruyó el ánimo colectivo que había en vísperas de las fiestas de la Itangüinidad. Según datos de la Personería de Ituango, esa noche murieron Camilo Pineda Galeano, José Alejandro Arias Valencia, Cristián Estiven Cossio Barrera, Dairo Pineda Galeano, y los menores de edad Juan Camilo Osorio Uribe e Iván Darío Henao George. También falleció Alberto de Jesús Calle Gallo, quien ocupó el cargo de secretario de Gobierno de Ituango en los tiempos en que ocurrió la masacre de El Aro. Calle Gallo había sido la persona que se encargó de alertar y pedir ayuda al gobierno departamental y al Ejército para contrarrestar aquel ataque paramilitar de 1997.

Román Álvarez Sucerquia, defensor de derechos humanos, fue uno de los 52 heridos que dejó la explosión. Mientras camina por el lugar, afirma que la imagen de sus paisanos tirados en el piso, el caos, los escombros y la destrucción de aquel espacio que minutos antes rebosaba de vida, será difícil de olvidar. “El olor característico de la sangre, la tierra y la pólvora, se demoran para borrársele a uno del olfato, del pensamiento. Es demasiado difícil, es un momento muy doloroso”, reflexiona. Román sufrió una leve herida en uno de sus pies y un bar de su propiedad, que estaba ubicado a unos 20 pasos del sitio de la explosión, quedó completamente destruido.

“Como hijos de esta tierra amada, encendemos una luz para no olvidar el dolor y continuar siendo un pueblo de paz, solidario y digno”, se lee en la placa insertada a un lado de la calle que divide en dos “La Peatonal”. Ese hecho trágico permanece en la lista de recuerdos dolorosos que los ituanguinos llevan consigo y que intentan matizar con los vientos de paz que vive el país.

Para menguar los impactos emocionales que han dejado hechos como este, en 2012 Sandra Callejas Higuita decidió crear la Asociación de Víctimas de Ituango con la idea de acompañar a quienes han perdido algún familiar en el conflicto armado. “Aquí nos agrupamos como una familia y sacamos fuerza para llegarle al otro, para ayudarle, para compartir el dolor, para acompañarnos; si vamos a llorar, este es el lugar para hacerlo”, asevera. Son más de 200 familias las que componen la organización, el equivalente a unas 800 personas. De ellas, el 90% son mujeres. Allí encuentran orientación sobre cómo reclamar sus derechos y el camino que deben seguir en ese enmarañado mundo burocrático para que el Estado las reconozca como víctimas y les brinde la indemnización a la que, por su condición, tienen derecho. Aunque en esos asuntos Sandra es escéptica, pues cree que es difícil que el Gobierno pueda reparar integralmente a las miles de familias que han debido lidiar con la guerra en Ituango.

–Eso es como soñar que el gallo pone– sentencia.

La masacre desconocida

Humberto de Jesús Zapata es un campesino trabajador, de mirada recia, manos callosas y lúcido hablar. Mientras sorbe un trago de café en un negocio contiguo al parque principal, cuenta la historia de una masacre poco conocida que ocurrió a finales del año 2000 en la vereda El Cedral, donde viven él y su familia. El Cedral es un caserío ubicado a unas tres horas y media del casco urbano de Ituango. Hasta allí se llega luego de un recorrido de dos horas y media, en bus escalera, por una carretera destapada y en regular estado, y después de montarse durante más de una hora sobre el lomo de una mula.

Sus pobladores –más de 600– no sabían nada del conflicto armado que ya se asentaba en el municipio, aunque desde los años 90 habían visto cruzar por sus caminos a hombres armados que, por temor, a nadie le interesaba identificar. Las familias vivían del cultivo de café, fríjol, maíz yuca y del cuidado de algunas cabezas de ganado. La vida parecía transcurrir en tranquilidad, hasta el 30 de octubre del 2000, cuando un grupo de paramilitares apareció en una finca cercana al poblado dispuesto a dejar su marca de terror en aquel poblado.

Humberto se encontraba ese día recogiendo café en una finca cercana al caserío. Recuerda que los hombres llegaron hasta el centro poblado, reunieron a un lado del centro de salud a una decena de pobladores que a esa hora trabajaban en una obra de alcantarillado, y a quienes caminaban desapercibidos por la calle: jóvenes, niños y ancianos, y les anunciaron que habían subido hasta allí con el objetivo de quemar el pueblo. Por la primera persona que preguntaron fue por Leonel Piedrahíta, el presidente de la Junta de Acción Comunal.

–¿Usted sabe de la guerrilla? – le inquirieron.
–Yo no sé nada– respondió el líder campesino– Yo soy un tipo trabajador, qué voy a saber de grupos armados.
–Tiene dos minutos para que salve su vida– contestó uno de los hombres y preguntó de nuevo:
–¿Sabe usted de la guerrilla?
–No sé nada. Qué me voy a poner a inventar lo que no sé…

A Leonel lo fusilaron ante la mirada atónita de su vecinos. A continuación, siguieron con otros tres campesinos que tenían en lista: Antonio Zamarra, Rubén Piedrahíta y Elías Mesa. A otro de los labriegos le pegaron un tiro que le atravesó el pecho y al instante lo lanzó al piso. Todos creyeron que estaba muerto y por eso no lo remataron. “Eran gente camelladora, labradora de la tierra, igual que uno”, se lamenta Humberto mientras sorbe otro trago de café, amargo como la historia que cuenta. Los paramilitares procedieron a quemar las viviendas mientras los sobrevivientes, impresionados, miraban arder lo poco que guardaban en su interior. Desde la finca donde recogía café, Humberto alcanzó a ver el humo que se esparcía por todo el cañón, pero supuso que alguien estaría quemando algunas matas de yaraguá (rastrojo). Al poco tiempo se enteró de la incursión paramilitar porque un vecino suyo, acelerado, llegó hasta el cafetal y le advirtió: “Oiga hombre, si usted es resistente, quédese, y si es miedoso ábrase porque los paramilitares están quemando El Cedral”. Desesperado, agarró el camino y como pudo llegó hasta su vivienda, donde estaban su esposa y sus dos hijos. Ya reunidos, alcanzaron a recoger algunos harapos y buscaron refugio.

Al percatarse que los paramilitares se habían ido, los pobladores recogieron a sus muertos y al otro día se desplazaron hacia el casco urbano. Humberto y cinco familias más decidieron quedarse en la vereda pese al miedo que les produjo la muerte de sus vecinos. “¿Para qué me voy a ir para Ituango?, ¿para apilarnos todos allá?, ¿nos vamos a ir para el casco urbano donde están los paramilitares? Nada debemos, nada tememos. Nos quedamos aquí”, sentenció. Luego dirá que ese año toda la cosecha de café se perdió porque no había mano de obra con la cual trabajar.

Tres meses después de la masacre, empezaron a retornar a El Cedral las primeras familias. Humberto asegura que poco a poco la tranquilidad fue regresando al pueblo y que con el tiempo el Gobierno reconstruyó las viviendas. Ahora, dice, llevan una vida tranquila y aran la tierra con sosiego y sin mayores preocupaciones. Humberto se toma el último trago de su café y le da gracias a Dios porque ni a su familia ni a él les pasó nada.

– Ojalá no vuelva a ocurrir en la vida una cosa de esas– finaliza.

Ituango era el infierno

La vida apacible de Ituango, cuando los campesinos cultivaban la tierra y los padres veían correr a sus hijos por las empinadas calles del pueblo, quedó solo como un recuerdo cuando guerrilleros y paramilitares empezaron a darse bala y a medir sus fuerzas de combate en las tupidas selvas del Nudo de Paramillo. Mientras los hombres de Castaño y Mancuso realizaban recorridos de terror por los campos, asesinando pobladores, violando mujeres y quemando caseríos, la guerrilla se tomaba el pueblo con el objetivo de debilitar a militares y policías y destruir la infraestructura local. Sus habitantes tienen memoria de, por lo menos, cinco tomas guerrilleras al Comando de Policía y al parque principal. En las paredes de los pasillos de la Alcaldía Municipal permanecen enmarcados algunos retratos de la toma de 1987, donde se aprecian los muros del antiguo palacio municipal baleados y una edificación contigua derruida.

Pero quizás la toma más violenta ocurrió la noche del lunes 5 de marzo de 1995, cuando un ejército con por lo menos 500 guerrilleros de los frentes 5, 18, 34, 36, 57 y 58 de las Farc, se metió al casco urbano decidido a destruir el pueblo y a matar a la veintena de policías que lo cuidaban. El enfrentamiento, que se prolongó hasta las once de la mañana del día siguiente, fue tan intenso que destruyó la antigua casona donde funcionaba la Alcaldía y el Comando de Policía, dejó en ruinas la Caja Agraria, el Banco Cafetero, la cárcel y hasta un consultorio médico aledaño. La toma dejó siete muertos, entre ellos un policía, tres reclusos, dos meseros de un bar y un transeúnte. Antes de marcharse, los guerrilleros secuestraron al alcalde José Milagros López y al personero Jairo Correa Montoya. Cuando los llamaron les dijeron que solo querían dejarle un mensaje al Gobierno con ellos, pero se los llevaron monte adentro y solo vinieron a liberarlos  20 días después en un paraje cercano a Dabeiba, en el occidente antioqueño. “Los muchachos estuvieron aquí el tiempo que quisieron, se metieron donde les dio la gana, hasta en la iglesia, dispararon, tiraron bombas, nos obligaron a escucharlos en el parque y se fueron cuando les pareció”, le dijo una mujer a un reportero de El Tiempo dos días después de la toma.

“Nosotros vivíamos en hostigamientos frecuentes”, cuenta Elizabeth Álvarez –29 años, abogada–, quien ahora se desempeña como secretaria de Gobierno de Ituango. “Eran tan comunes –continúa– que uno se acostumbraba a ellos sin alterarse tanto. Cuando empezaba la balacera ya ni nos asustábamos”. Sin embargo, la zozobra era permanente entre sus pobladores y pocos se atrevían a salir de sus casas después de las siete de la noche. Los rumores de que en cualquier momento la guerrilla se tomaría de nuevo el pueblo eran pan de cada día.

Pero si en el pueblo la guerrilla quería arrasar con la infraestructura y todo lo que proviniera del tímido gobierno, en la zona rural los enfrentamientos con los paramilitares no cesaban. Uno de ellos ocurrió el 20 de julio del año 2000 en el corregimiento de Santa Rita, un antiguo bastión guerrillero que meses atrás había sido tomado por un centenar de hombres del Bloque Mineros de las Autodefensas. Mientras los paramilitares diluían el tiempo bebiendo cerveza en las tiendas, caminando por sus calles y piropeando a las jovencitas, fueron emboscados por cerca de mil hombres de la guerrilla. Los paramilitares no tuvieron tiempo de reaccionar ante el ruido de las balas y las granadas. En el enfrentamiento murieron 35 paramilitares y dos civiles. “Los que pudieron se volaron, los que no, quedaron ahí”, recuerda una de las antiguas habitantes de ese poblado, quien después de la masacre salió desplazada con su esposo y sus hijos.

La mujer cuenta que el sacerdote del pueblo y los campesinos debieron recoger los cuerpos que quedaron esparcidos en las mangas, “porque allá no había ni ley, ni nada. La ley de allá eran ellos”.

En febrero de 2001 ocurrió un hecho similar en el mismo corregimiento. Un día, durante la madrugada, unos 800 hombres de la guerrilla atacaron con granadas y morteros el campamento paramilitar que se asentaba cerca el caserío y mataron a 30 paramilitares. Los que quedaron en pie debieron salir corriendo selva adentro pero, debido a las heridas, varios de ellos murieron en el camino. “Las comunidades de esta zona cuentan que era exagerada la cantidad de gallinazos que, durante meses, se mantuvieron en ese monte, porque al parecer muchos corrieron heridos y no alcanzaron a salir a ningún lado”, afirma Román Álvarez Sucerquia, defensor de derechos humanos de Ituango.

María Eugenia Durango Vera, una jovencita que acababa de cumplir 20 años y quien en ese tiempo trabajaba como asistente en la oficina de la Registraduría, recuerda que un sábado en la mañana llegaron al pueblo, destilando sangre, dos volquetas repletas con los cuerpos descompuestos de los paramilitares muertos en los enfrentamientos. Como en una escena de terror que describe como “surreal”, Eugenia tomó registro de cabezas cercenadas, cuerpos torturados y quemados y miembros amputados. “A esos muertos nos les cabía ni un machete, ni una bala más, no les cabía ningún otro dolor”, asegura. Luego, para enfatizar y dar a entender la magnitud de la violencia que se vivía en esa época en Ituango, dirá:

–En el año 2000 esto era un IN-FI-ER-NO. Si en algún lugar podía estar el infierno, era aquí.

Incertidumbres ante la paz

Por estos días de finales de junio hay expectativa en Ituango por lo que pueda pasar luego de la firma del acuerdo final entre el Gobierno y las Farc. Sus habitantes celebran que ya no hay retenes guerrilleros y al pueblo se puede llegar con facilidad en menos de cinco horas por una vía pavimenta y en buenas condiciones. Los paramilitares abandonaron el municipio poco después de arrancar las negociones con el Gobierno en Santa Fe de Ralito, en julio de 2003, y la economía parece dinamizarse con la construcción de HidroItuango, un ambicioso proyecto de ingeniería que promete generar el 17 por ciento de la energía de Colombia a partir del 2018.

La secretaria de Gobierno, Elizabeth Álvarez, cuenta con satisfacción que en el primer semestre de 2016 se registraron en Ituango apenas tres homicidios, los cuales fueron producto de riñas callejeras y no por grupos armados ilegales. “Son muertes que generalmente se producen cuando la gente consume mucho licor”, explica la funcionaria. Luego, añadirá que años atrás la cifra podría llegar a 80 homicidios, pero desde el cese unilateral se ha visto un cambio en el área urbana y rural.

Por eso muchos de sus pobladores miran con esperanza el futuro cercano. Otros, en cambio, aguardan con cautela por lo que pueda ocurrir cuando la guerrilla entregue las armas definitivamente y los desmovilizados empiecen a convivir con la población civil. Uno de sus temores es saber qué ocurrirá en aquellos lugares donde la guerrilla ha ejercido durante lustros la autoridad de forma casi absoluta –como reconocen las autoridades locales–, donde ha impuesto las normas, donde ha decidido hasta qué horas las personas deben permanecer en las calles y hasta cuáles son los linderos entre una y otra finca. “Mal o bien, la guerrilla se ganó la legitimidad de algunas comunidades y hoy por hoy debemos ganar esos espacios que van a dejar”, expone el alcalde Hernán Darío Álvarez, quien sabe que de ahora en adelante uno de los grandes desafíos será tener una mayor presencia en aquellos territorios tradicionalmente olvidados.

Santa Lucía, una vereda que limita con el Parque Nacional Nudo de Paramillo y con el cañón del río San Jorge, en el sur de Córdoba, y donde confluyen distintos corredores del narcotráfico –según denunció en 2014 la Corporación Ideas para la Paz–, es una de las 20 zonas de concentración acordadas entre el Gobierno y las Farc para alistar a los miembros de esa guerrilla antes de su desmovilización. Allí se concentrarán unos 400 guerrilleros del Frente 18 de las Farc, quienes se ceñirán a los protocolos de desarme acordados en La Habana. Los habitantes de esta vereda confían en que, al ser protagonistas de un hecho histórico para el país, el Gobierno por fin se acuerde de ellos y les ayude a mejorar sus condiciones de vida con la construcción de un centro de salud, una escuela en mejor estado y la adecuación de la carretera. Aunque también hay personas temerosas –advierte la secretaria de Gobierno, Elizabeth Álvarez– que creen que estas zonas servirán para cometer delitos y por temor tal vez quieran desplazarse al casco urbano. “Eso sí –enfatiza el alcalde–, hemos dejado claro que no queremos que nos vayan a dejar problemas, pues somos un municipio con muy pocos recursos”.

Lo cierto es que Ituango, un pueblo históricamente azotado por guerrilleros y paramilitares, es ahora el epicentro de un momento crucial para el futuro del país con la firma del proceso de paz; y en gran medida el éxito de este acuerdo dependerá de lo que suceda en pueblos como este, donde el Estado deberá demostrar su capacidad para ejercer soberanía y llegar a todos sus ciudadanos.

Pero más allá de las zonas de concentración, hay otros asuntos que mantienen intranquila a la población. Una de las mayores preocupaciones de Lina Zuleta, líder del municipio e integrante de la Asociación de Mujeres, es que con la desmovilización de las Farc saldrán a relucir problemas como la violencia sexual y el abuso de niños, que antes permanecían ocultos por temor a los grupos armados. “Ahora se nos abre el panorama porque todos esos temas se van a poder denunciar y habrá que tener una institucionalidad fortalecida que pueda darles respuesta”, explica. Meses atrás, un campesino de Santa Lucía había hecho una advertencia similar con estas palabras:

–No crean que la firma del acuerdo de paz nos va a traer rosas, lo que nos va a traer es la posibilidad de quitarnos un manto que tenemos encima de nosotros; eso nos va a permitir ver lo que realmente somos y lo que realmente somos no es tan bueno.

Otro asunto que preocupa es el cambio social y económico que ha traído al pueblo el proyecto Hidroituango. Por ejemplo, los campesinos que antes cultivaban yuca, plátano, fríjol o café, ahora trabajan como obreros en la central y reciben un pago quincenal que, en muchos casos, terminan gastando en licor en alguna cantina del pueblo. “Con el proyecto se nos llevaron toda la fuerza de trabajo del campo. Por ejemplo, toda la cosecha de café del año pasado se perdió porque no había trabajadores y menos con qué pagarles lo que se ganan en Hidroituango”, asevera otra de las líderes de Ituango. Los salarios pagados por la empresa también produjeron el aumento casi instantáneo de los arriendos y de la canasta familiar.

El boom económico hizo, además, que aumentara la prostitución en la zona urbana, por lo que para muchos ya no es extraño ver a los jóvenes visitar estos sitios regularmente y escuchar a los proxenetas anunciar: “Bueno, alístense que para el otro fin de semana viene ganado nuevo”. Otro de los problemas que comienza a aflorar es el aumento de las plazas de vicio y el consumo de drogas entre los jóvenes. “Aquí vos encontrás lo que quieras”, cuenta una vecina del parque, y agrega: “Yo no había visto tanta droga en Ituango como en este momento”. A su preocupación se suma el aumento de casinos y negocios tragamonedas que pululan por las calles aledañas al parque principal. El dinero parece moverse a borbotones gracias al proyecto energético, que le ha dado empleo a cientos de personas de la zona, pero nadie sabe qué pasará cuando entre en funcionamiento en 2018 y los puestos ocupados por los obreros dejen de existir.

Sin embargo, una de las mayores amenazas es la inminente explotación minera que llegará al pueblo luego de finalizado el proceso de paz con las Farc. Una de las líderes entrevistadas asegura que hay treinta solicitudes de concesiones mineras y tres concesiones otorgadas a empresas multinacionales que estarían en proceso para explotar varios yacimientos de oro que hay en el pueblo, varios de ellos ubicados en zonas de reserva natural. Una de las concesiones se encuentra en el corregimiento de Santa Rita, la segunda en un sector que comprende las veredas La Hundida, Los Naranjos y Buena vista –donde nace el agua que consumen los habitantes de la zona urbana–, y la tercera en el casco urbano de El Aro. Varios pobladores de este corregimiento han alertado sobre la presencia de ingenieros extranjeros que han venido tomando muestras de suelo en los últimos meses.

La líder teme que con de la firma del proceso de paz, la destrucción de buena parte de los cultivos de coca, y los futuros proyectos de desminado en todo el territorio –cifras oficiales señalan que casi el 70 por ciento del territorio está minado–, se acabe el pretexto del conflicto armado y se dé vía libre a la explotación minera lo que, según ella, pondrá en riesgo la subsistencia del pueblo.

–Paradójicamente las minas antipersona  –explica–, uno de los males que más nos ha hecho sufrir en Ituango, hasta ahora nos ha protegido de la minería. Eso es lo más triste.

Ante todos estos retos, ¿cuál es el futuro que le espera a este municipio, aporreado como tantos en Colombia con esta guerra que se ha mantenido viva durante casi 52 años? La pregunta salta después de oír los testimonios de quienes han perdido a varios de sus seres queridos en el conflicto armado. Las respuestas no son fáciles, pues también es cierto que el dolor y el resentimiento siguen presentes en muchas de las víctimas, y que la mayoría no ha recibido apoyo psicológico para superar la pérdida de sus seres queridos. Están los que guardan la esperanza por el anhelo de ver un pueblo en paz, donde los niños crezcan tranquilos mientras su padres cultivan el campo y no visitando su tumba en el cementerio, y los que sienten temor por lo que pueda ocurrir en los campos y veredas que quedarán a la intemperie cuando los guerrilleros se integren a la vida civil.

Ante esas inquietudes, quedan en el aire, como una respuesta incierta, las palabras dichas por Sandra Callejas Higuita antes de terminar la conversación:

-Yo creo en el proceso, pero no en la paz. Yo le digo a la gente, hay un proceso ¿pero la paz?, esa es mía, es lo que yo haga, lo que construyo cada día con el otro. Pero si usted no tiene con qué comer, con qué pagar el arriendo no está en paz… Hay una violencia aparte, las Farc y el Gobierno están en su problema, pero aquí hay problemas que quizás son mucho más peligrosos que las mismas Farc.

Lo conocí una tarde de noviembre de 1985 y me cayó como una patada en el estómago. Él estaba en su escritorio del periódico El Universal, en la vieja sede de la Calle San Juan de Dios.

A mis dulces 22 años, no entendía cómo había gente que podía escribir en medio de aquella atmósfera tan estridente. Un redactor se levantaba de vez en cuando de su silla, para bailar porros con una pareja imaginaria. Su escritorio era un caos de papeles, montañas de libros y hasta ropa. Dos periodistas discutían sobre el Happy Lora. Otro, sobre política. Una redactora de cabello tinturado como por su enemiga, soltaba una perorata insufrible sobre las reinas del Concurso Nacional de Belleza. Al fondo se escuchaba el tableteo lluvioso de las viejas máquinas Remington.

Álvaro Anaya, el jefe de redacción, fue quien me lo presentó. El tipo ni siquiera levantó la cabeza, no me concedió la menor importancia. Sin dejar de mirar su cuartilla, extendió la mano derecha con desgano. Pero no dijo ni mu. Álvaro le informó que me había llevado hasta donde él porque yo quería conocerlo. Y se refirió a mí como el nuevo redactor, “un muchacho barranquillero”. Entonces, por fin, el hombre habló.

Erda, loco -dijo, remedando burlonamente el acento barranquillero-: ¡espero que tú seas por lo menos de los que usan medias!

Aún recuerdo que me quedé paralizado por el asombro. Pero si acaso pensaba que aquel había sido su dardo más inamistoso, estaba muy equivocado. A continuación, el tipo se dio la vuelta en su silla y me soltó otra descarga, esta vez mirándome de manera desafiante.

¿El gentilicio de ustedes es barranquilleros o barranquillosos?

***

Más allá de su desdén, hubo otros detalles que me llamaron la atención en aquel primer encuentro: por ejemplo, el hecho de que él se mantuviera al margen de las distintas tertulias de los redactores. No leía en voz alta cada párrafo que iba escribiendo, ni preguntaba a los gritos si Venancio se escribe con “c” o con “s”, ni gastaba saliva criticando la manera de vestir de la esposa del gobernador. Lo suyo era pegar una palabra detrás de la otra con una disciplina silenciosa. Se notaba a leguas que el oficio era para él un asunto muy serio. Escribía sentado a horcajadas, con las piernas a ambos lados de la silla, como si estuviera domando un potro muy brioso.

Ahí, en ese primer encuentro, estaba pintado Jorge García Usta: su sentido del trabajo, su ironía corrosiva, su manera de enconcharse para que no lo alcanzara cualquier persona sino solamente aquellas que a él le interesaran. Jamás se entregaba en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera ocasión. Eso lo inhabilitaba para el protocolo, pero lo predisponía para la amistad. Como no estaba en el plan de hacerse el simpático con todo el mundo, resultaba difícil llegar a él. Era especialmente arisco frente a los seres extraños, sobre todo si se le acercaban con maneras empalagosas. Pero una vez entraba en confianza, una vez comprobaba que el intruso, después de todo, no representaba ningún peligro, se quitaba la máscara de la antipatía y abría todas las puertas y ventanas. Entonces era el mejor amigo, el mejor hermano. Lo arropaba a uno con afecto, se transformaba en un viejo precoz dispuesto a salvar nuestras almas mundanas con sus consejos. Era paternal, incluso, con la gente de su misma edad. A pesar de llevarme apenas tres años, parecía haberse leído todos los libros de este mundo que valían la pena. Como además tenía vocación de pedagogo, cogía mis textos y los descuartizaba con un bolígrafo azul mordisqueado en la punta, y mientras hacía eso iba expresando en voz alta algunas reflexiones formidables sobre el uso del lenguaje. Me enseñó que la búsqueda de la palabra precisa no es un lujo exótico, como creen algunos reporteros cuadriculados o incultos, sino un deber. Y que el buen periodismo puede ser también una fuente de belleza estética.

***

La obra periodística de Jorge García Usta tiene, a mi modo de ver, tres vertientes principales, 1) El periodismo narrativo, 2) el periodismo investigativo y de denuncia, y 3) su trabajo como editor de revistas importantes, el cual le permitió, por un lado, ocuparse de su cultura y de su entorno, y, por el otro, formar un grupo de talentos jóvenes que hoy brillan con luz propia en Cartagena.

García Usta fue un exponente formidable del periodismo narrativo. Aparte de su habilidad literaria, tenía una gran formación teórica porque conocía a fondo el trabajo de los principales cultores del género en el mundo. Era dueño de una prosa cargada de imágenes sugerentes, dotada de ritmo, sensual, bella. Maniático del rigor, aconsejaba desconfiar de la inspiración. “Si ves que te sale muy fácil – sentenciaba – abre el ojo, porque algo debe estar fallando”. De modo que se autoflagelaba. Dudaba, rompía la cuartilla, empezaba de nuevo. Era, para decirlo con una idea de Sábato, un escritor auténtico, o sea, alguien a quien no solo conocemos por lo que escribe, sino también por lo que borra.

Siempre me impresionó su destreza en el difícil oficio de contar historias a través de escenas. Recreaba las atmósferas con vigor, captaba la psiquis de los personajes y tenía un olfato de tiburón para capturar la frase sentenciosa, inolvidable. Solo los maestros como él son capaces de encontrar el nervio principal de la historia en una simple escena. En sus manos este recurso no era un mero ornamento, sino una manera eficaz de revelar el carácter de sus personajes, y de acercar al lector a los hechos como si éstos ocurrieran frente a sus ojos. En su perfil Clímaco Sarmiento, la muerte del primer guerrero, García Usta apela a una curiosa escena inicial, con lo cual logra aproximarnos, de entrada, a la cálida intimidad del personaje. Y seducirnos de una vez por todas.

Clímaco Sarmiento entrecerró sus breves ojos de indio sabido, se levantó del sillón y se dirigió hacia la parte trasera de la casa, luego de advertirle al periodista:

—Si vamos a hacer la foto, que sea en el patio.

 Con sus resignados ojos zarcos, su última y definitiva mujer, Cristina Vega, lo vio atravesar el comedor con los lentos andares de su vejez, oyéndole decir:

Mire, aquí hay de todo. Es un patio bueno. Como en los pueblos. Donde uno ha estado haciéndose y se ha vuelto hombre.

Diez años atrás, Sarmiento, el autor de canciones populares inmortales como “Pie Pelúo” y “La vaca vieja”, era un hombre ágil, una especie de vaquero de pie ligero que igual tocaba en un gril selecto o se metía en los montes remotos a entusiasmar a los campesinos con los dones de su clarinete. Ahora, lenta, muy lentamente, miraba los peladeros del desolado patio de su casa en el barrio San Fernando, al suroriente de Cartagena. Al fin, avistó unas matas de plátano cuyas hojas estaban rayando por el acoso del verano y parecían refiladas por el cuchillo de un desocupado. “Es el tiempo”, explicó, misterioso, Clímaco, y en seguida las enmanojó para apartarlas de un manotazo amoroso, como quien agarra pelos de yegua.

Entonces -siempre mirándolo todo- se situó delante de las matas y miró hacia la cámara de fotografía con la resignación de un fusilado: los ojos extrañamente sosegados, las piernas tensas, el pecho combado por la respiración típica del asmático en receso.

En ese instante hizo rodar la mano derecha por la barriga, obedeciendo a un viejo hábito de charlador de río y halló en el camino dos ojales sin botones.

El encanto se deshizo.

—Aguante! -gritó. Aguante! gritó otra vez. – Jefe, tengo la barriga asomada.
—Pero eso no importa, maestro -sonó la voz del periodista. Parecía divertido.

Sarmiento entrecerró otra vez sus ojos.

—No, nada de eso. Después dicen que Clímaco Sarmiento no tiene botones.

Se reacomodó en su pose de fusilado, improvisó un poco de desacostumbrada solemnidad, y después se oyó varias veces el click de la cámara. Volvió a arrugar la cara y se desabotonó la camisa sobre el pecho.

—Vamos pa’ dentro – dijo, y el periodista lo siguió, viendo cómo Sarmiento batía sus anchos pantalones de montar caballo o desgracia.
Maestro, y usted por qué se puso delante del plátano?

Sarmiento puso la mano derecha en el borde de la puerta, los pómulos se le ajustaron de repente en el asomo de la gracia, y se volvió suavemente, sonriendo.

—Ahí dio usted donde era – dijo porque el plátano es como uno, dulce y durón, y además gustador. ¿No cree usted?

Hoy muchos pueden hacer eso, según se ve en varias de las revistas consagradas a defender el periodismo narrativo. Pero hace 20 años los referentes eran más bien escasos, especialmente en la Cartagena de nosotros, carente de buenas librerías. Lo que predominaba era el estilo ortodoxo, el del “dijo”, “señaló”, “anotó” y “puntualizó”. Por eso, sin duda, su aporte en este sentido es más meritorio.

A menudo, García Usta empleaba las escenas en un contexto anecdótico. Tenía un ojo de lince para reconocer la situación divertida, graciosa, capaz de revelar el sentido cómico de la vida. Lo mejor es que iba más allá del simple chiste: usaba este recurso para mostrar las motivaciones más profundas de sus protagonistas y para contextualizar los ambientes que hacían posibles sus reacciones. Eso se aprecia en el siguiente pasaje del perfil Landeros, el rey de la cumbia.

En San Jacinto no tardó en regarse, como fuga de hija de rico, la fama de Landeros como virtuoso del acordeón, y en caer el rumor en los periódicos verbales de cantinas y billares, pero Landeros sabía que era una fama apresurada, inquietante. Sabía que le faltaba mucho, que no tardarían en probarlo – como era costumbre en la tradición musical del pueblo – y temía una decepción prematura.

La primera oportunidad para examinar, en público, su destreza inicial llegó cuando Vicente Fernández, un comerciante del mercado público, alegrón y echado para adelante, lo repechó en una esquina de la plaza y lo convidó al mercado.

—Los matarifes te esperan – le dijo, aparentemente sin otra intención. Pero Landeros sabía que la mansa invitación encubría un desafío.

Fernández agregó:

—Sabemos que eres un diablo con ese aparato.

Landeros se sintió sin aire, pero el otro hombre aparentó no advertir la incomodidad de su alma.

—¿Qué es la vaina? Sabes o no sabes?
No es para tanto, Vicentino – respondió Landeros. Yo medio sé.
¿Qué tanto sabes?

Landeros creyó encontrar una salida fácil.

—Bueno, así como para alegrar borrachos.

El rostro de Fernández se iluminó.

—Ay, mi madre, Andresito, si eso es lo que necesitamos.

Los matarifes, algo ebrios, lo repararon al llegar, ceñudos, expectantes. Habían acabado las artes de la matanza y en el piso había sanguaza fresca, restos de tripas. Era un debut inesperado. (Uno de ellos, recuerda Landeros, dijo: “ándala, si el muchacho es hasta serio”).

Con los nervios enlazados en una sonrisa helada, Landeros se abrió paso para posesionarse del espacio donde tocaría. Abrió el cuerpo del acordeón, se encomendó a sus gracias y tocó las seis canciones que se sabía, variando el orden de repetición. Una hora después, los matarifes entusiasmados le jondeaban elogios celestes y lo incorporaban a la rueda de la bebezón.

En tres horas de música, Landeros se ganó 12 pesos, una suma de dinero que apenas podía ganarse en cinco días de duro trabajo de monte. Rosalba Landeros notó su orgullo guapachoso cuando volvió a su casa y le preguntó qué le pasaba. “Me voy pa’ la música, mamá”, dijo Landeros, y en seguida se dirigió a su hermano: “ahí te dejo las maticas de tabaco”.

Él nos enseñó que recrear una escena no es perder el tiempo sino ganarlo. Que la escena añade belleza pero también credibilidad, porque convierte al periodismo en una representación de la vida. Aquí ya no se trata solamente de dar la información básica, sino también los elementos esenciales del entorno. Eso, finalmente, es contar la realidad más allá de las cifras. Varias de las escenas escritas por Jorge, especialmente en el libro Diez juglares en su patio, son memorables. Y muy útiles, porque nos permiten ver a los personajes en su verdadera dimensión humana, medir su dolor y su gracia. Cuando Toño Fernández les echa maíz a las gallinas mientras evoca sus pesares, o cuando Clímaco Sarmiento, solo y resentido, mira con recelo a los chicos que juegan fútbol frente a su casa, uno entiende por fin lo que quiso decir Flaubert cuando advirtió que “en los detalles está la verdad”.

El tramo final del reportaje Toño Fernández, un hombre que era más que todo el mundo, aparte de ser uno de los mejores momentos del periodismo narrativo colombiano, contiene una carga emotiva que sobrecoge al lector. Uno se enfrenta a ese pasaje con una mezcla de júbilo – por la belleza del texto – y tristeza por la inmensa soledad de las criaturas que intervienen en la acción -. Durante muchos años, nuestro medio cultural magnificó la gira de Los Gaiteros de San Jacinto por Europa y Asia. García Usta desmitifica esa aventura con el recurso simple pero efectivo de hurgar en las penurias domésticas de uno de sus protagonistas. Y cómo lo hace? Con una escena inolvidable:

En vísperas del almuerzo, Fernández, descamisado y obstinado, indaga por la comida con varios ruidos estripados, hasta que lo tranquiliza su mujer, que es la única que reconoce todos esos sonidos descalabrados en que ha concluido su voz de mando. En vez de hablar, Fernández se acompaña de gesticulaciones muy veloces, de unos ojos que siguen irradiando un fulgor autoritario y un abundante recelo. Su mujer, Encarnación, oye sus relatos sin levantar la vista de la máquina donde cose vestidos. Durante días lo oyó hablar sin interrumpirlo.

Solo una vez lo hizo.

Nos quedamos los tres en la casa, pues había comenzado a caer una tempestad arrasadora que quería destrozar los canales de desagüe. El patio estaba iluminado por los relámpagos, pero Fernández, impasible, seguía comiendo su almuerzo con una cuchara, y las migas de comida las hacía bolitas antes de tirárselas a los animales: el perro y las gallinas, los patos y los cerdos.

—Pruchi, je, hay para todos – les dijo.

Luego mencionó algo confuso sobre la lluvia y el hombre, y dijo que en Europa no llueve como aquí. Su mujer, Encarnación, dijo de repente:

—Todo el mundo habla de Europa, de los que se fueron a Europa, pero no de las que nos quedamos aquí.

Contó en seguida cómo, durante la famosa travesía a Europa, sus pequeños hijos salían a vender bollos por las calles para ganarse la vida y mantener la honra de la casa, en medio de la espera angustiosa que duró años; cómo no recibían una sola línea de carta en un pueblo que tampoco preguntaba por ellos y comenzaba a considerarlas viudas; recordó que algunos amigos iban a darles noticias de ilusión sobre las aventuras de su marido y sus amigos en países remotos, con nieve y trenes, donde eran aplaudidos y famosos. Y recordó el día que Toño apareció por la casa, sin rastros de aquel triunfo tan lejano, y más que un hombre triunfante le pareció un machetero más que volvía a su casa, cansado, al atardecer. Pero era el final de aquellos que a las mujeres de los gaiteros les pareció un bullanguero pero peligroso disparate.

Encarnación asumió esa soledad sin hombre como otra imposición del destino y su amor siguió igual, abastecido por las costumbres de la lealtad. A lo que más de atrevió fue a desanimar a sus hijos de la música y a desdecir, en voz alta, de los gaiteros borrachos.

Oyéndola hablar ese día, Fernández se quedó callado en la silla. Dejó de hacer bolitas de comidas y los animales se dispersaron. De repente, soltó un pujido y comenzó a llorar, y los animales alborotados regresaron a sus pies para pedir más comida. Su mujer se puso en pie y fue hacia él.

—Ya, mijo, ya eso pasó, ya – dijo ella, mientras le sobaba la cabeza.

García Usta tenía un gran tino para elegir aquellas escenas que le permitieran explorar la vida de sus seres en un contexto individual que, al mismo tiempo, fuera global. La soledad tremenda de Toño Fernández es la soledad de todos los gaiteros: la de Juan Lara, por ejemplo, obligado por la pobreza a cambiar su propia casa por víveres, con el tendero de su barrio. O la de José Lara, que en su vejez vagaba sin rumbo fijo por las calles de Cartagena, bajo los soles más inclementes. Más de una vez le oí decir a Jorge que la poesía- necesaria para dignificar el periodismo – va más allá del lenguaje: es saber buscar lo grandioso de lo simple, lo sublime de lo cotidiano. Él hablaba – recuerdo – de una “poesía situacional”, que es aquella que subyace en las acciones más elementales de los hombres. Uno lee su obra y entonces comprende de qué manera aplicaba él este concepto. Por ejemplo, en el remate del perfil que sobre Abel Antonio Villa, escribió en la revista Solar:

Abel Antonio va a empezar la parranda, pero se detiene y alza la vista. Con la botella de whisky en la mano, se recompone en la silla. Cada vez que va a iniciar una parranda, hace una especie de juramento y evocación de los músicos vivos y muertos que respeta y quiere, de todos esos hombres con los que ha compartido una alegría, una tristeza, un destino.

 Va dejando caer un chorrito de whisky sobre el piso, después de cada nombre:

 —Por Luis Enrique dice, y deja caer un chorrito.
Por Alejo dice, y deja caer otro.
Por Juancho Polo, por Pacho Rada, por Lorenzo Morales…

Concluye la ceremonia y mira a los bebedores impacientes que lo miran también a él, esperando la orden de partida.

—Ya podemos empezar dice Abel Antonio -. Ahora sí estamos todos reunidos.

Gracias a su pericia en la concatenación de las escenas y a su habilidad para explorar el paisaje interior de sus personajes, García Usta nos dejó un periodismo narrativo universal y atemporal, dos virtudes poco frecuentes.

Tite Curet Alonso, ese gran compositor puertorriqueño, utilizó la imagen de un “periódico de ayer” para cantarle a una mujer que ya no estaba vigente en su corazón. Jorge Luis Borges coincidió con él cuando advirtió que en el mundo no hay nada más nuevo que el periódico de hoy, ni nada más viejo que ese mismo periódico al día siguiente. Pues, bien: el periodismo de Jorge García Usta no es un periódico de ayer, porque no fue escrito para el olvido sino para el recuerdo. Es memoria viva de la cultura a la cual se sentía ligado, testimonio de la época que le tocó en suerte.

Jorge García Usta tenía un feroz sentido de pertenencia a sus raíces. Así, el periodismo narrativo le sirvió también para exaltar la cultura popular, excluida durante largos años de la agenda informativa de nuestros medios. Lo mismo podía narrar la historia de un pescador de Ararca que la de un locutor de boxeo, la de un agricultor cordobés que la de una matrona sincelejana. Muchos de los excelentes periodistas que coincidieron con él en la época de El Universal como Gustavo Tatis, Alberto Martínez y Elsa Mogollón, entre otros – aún recuerdan su legado, muy útil a la hora de valorar nuestro patrimonio cultural.

***

El llamado periodismo investigativo y de denuncia fue otra de sus obsesiones. Esa inclinación se debía, en parte, a su carácter de hombre necio al que le gustaba ir más allá de lo evidente. Como además era desconfiado por naturaleza, siempre hundía el dedo en la torta para asegurarse de que no tuviera por dentro ninguna tachuela peligrosa.

Me consta que Jorge era, en esencia, un tipo porfiado, discutidor. Con la misma exaltación con que defendía a un periodista olvidado como Clemente Manuel Zabala, podía criticar después a un compositor consagrado como Rafael Escalona. En cualquier caso, se cuidaba de buscar los argumentos necesarios para sustentar sus puntos de vista. He aquí, a propósito, una muestra de la andanada que soltó contra Escalona:

Cuando en 1982, en medio de los esplendores de la entrega del Premio Nobel, el compositor, Rafael Escalona dijo que él le había dado de comer al entonces famoso novelista García Márquez cuando éste era pobre, la imagen de Escalona como compositor pueblerino, sabroso y campechano, y su imagen de costeño leal, comenzaron a erosionarse. Ya estaba, por entonces, erosionada en ciertos ambientes de compositores y en sectores de Valledupar, donde la imagen del Escalona compositor y del Escalona hombre, eran percibidas como dos caras de una misma moneda: la del poder social y la egolatría desenfrenada, que producidos por los orígenes humanos y los cambios sociales, se trasladan a la utilización de la música.

En el código costeño de la amistad, un hombre que es capaz de recordarle en público o en privado a otro hombre, sea o no su amigo, que le dio un plato de comida, produce la peor impresión y recibe los peores calificativos. Algunos campesinos dicen que para decir cosas así “se necesita tener el alma contrahecha”.

Era, qué duda cabe, parte de su naturaleza. Por un lado, le gustaba investigar, irse hasta el fondo. Y por el otro, señalar lo turbio. No solo cuando opinaba sino también cuando narraba, le daba rienda suelta a ese ser aguafiestas que lo habitaba.

A mí, francamente, se me antojaban excesivas algunas de sus polémicas, como esa que planteó para documentar la tesis de que García Márquez aprendió a escribir en Cartagena y no en Barranquilla. Me temo que García Márquez aprendió a escribir en ambos lugares pero, en el fondo, no aprendió del todo en ninguno de los dos. Me temo que, a la hora de la verdad, agarró de cada ciudad lo que le servía para su maleta de trotamundos, y luego siguió su viaje por otros sitios, tomando en cada caso lo que creía necesario para llegar al destino final. A mí me parece que Jorge se exasperó demasiado con este asunto y que magnificó la influencia de Rojas Herazo en la obra de García Márquez. Sin embargo, es evidente que investigó de manera seria, y es evidente que dijo algunas verdades que con el tiempo van a crecer aún más.

Esa tendencia a la polémica está presente en la obra periodística de Jorge, no solo en las columnas de opinión que publicaba en El Periódico de Cartagena con el título de La raya en el agua, sino también en sus reportajes. Con frecuencia, salpicaba sus narraciones con apuntes editorializantes. En el ya citado relato sobre Clímaco Sarmiento hay ciertos dardos contra el compositor Rafael Escalona – en aquel entonces directivo de Sayco – por haberle incumplido a Sarmiento la promesa de una pensión vitalicia. Y aquí hay otro ejemplo de sus sátiras, tomado de una crónica que publicó en la revista Solar sobre el comentarista deportivo Melanio Porto Ariza:

A sus 74 años, Melanio Porto Ariza parece no esperar nada de Cartagena, esa ciudad que tuvo murallas hechas por negros y después se asustó con la crónica deportiva hecha por los mestizos.

Ahora bien: con polémicas o sin ellas, lo cierto es que Jorge García Usta era un investigador nato. Jamás se conformaba con la voz única del personaje principal, jamás hacía periodismo con una sola fuente, así se tratara del mismísimo Jesucristo. Escarbaba montones de periódicos, se sumergía durante horas en las bibliotecas, oía muchas voces, gastaba sin remordimiento la suela de sus zapatos. Sabía, sin duda, que el buen periodismo es aquel que se construye con base en muchas miradas diversas, con base en una exploración plural. Los archivos históricos, por cierto, eran una de sus grandes pasiones. Allí encontraba los elementos necesarios para contextualizar los hechos que contaba, para abarcarlos en una perspectiva mucho más amplia. Y, por supuesto, para continuar la polémica. A menudo, estas fuentes bibliográficas le servían como punto de partida para armar formidables crónicas sobre sucesos viejos. Una vez, por ejemplo, elaboró un relato divertido sobre el tiempo en que García Márquez – pobre e indocumentado – escribía discursos para coronar reinas populares. En otra ocasión evocó la visita que la diva argentina Isabel Sarli hizo a Cartagena durante el Festival de Cine de 1968, cuando “sus admiradores quedaron perplejos por el tamaño y el ímpetu de su escote” y la sometieron a un acoso que “le produjo varios morados en las piernas”.

Volviendo al punto de partida, el del periodismo investigativo y de denuncia, debo decir que Jorge García Usta con su madre, Nevija Usta, persona clave en su formación y en su obra ejercía el oficio con una notable conciencia social. Ya sé que esa frase, en estos tiempos, puede sonar como una antigualla sospechosa. Pero puedo dar fe de que su actitud era genuina. A veces, a la hora del almuerzo, su casa de la calle Don Sancho se convertía en una Torre de Babel: uno llegaba sin que nadie lo invitara, y allí se encontraba con edil de la Boquilla, un bibliotecario de La Puntilla, un poeta enorme como Rómulo Bustos, un economista como Alberto Abello o un decimero de abarcas rotas. La Cartagena de entonces era todavía feudal: yo escuché a algunos dirigentes diciendo que la ciudad se deterioró en el momento en que los españoles se fueron. Tenían nostalgia del látigo, querían seguir construyendo murallas de piedra y castillos coloniales. Un día despertaron del sueño y descubrieron que lo que ellos llamaban coloquialmente “Corralito de piedra” se les había convertido en un caos de mototaxis, contaminación, corrupción y congestión vial. Jorge anticipó muchos de esos problemas, lo cual le costó el puesto en El Universal, porque aquella ciudad era absolutamente excluyente e intolerante con la crítica. Envilecida por el turismo, por la necesidad de atraer gente a cualquier precio, vivía una mentira terrible que después terminaría creyéndose. Recuerdo que a veces las calles de Manga amanecían alfombradas de peces muertos, por la contaminación de la Bahía de Cartagena, y pese a una evidencia monstruosa como ésa, en el periódico local no salía nada. O a veces salía, pero minimizado en las páginas interiores, como tratando de que la noticia fuera invisible. Yo mismo fui víctima de semejante mentalidad castradora una vez que publiqué una crónica sobre un niño de Mariangola, Cesar, al que por equivocación le transfundieron sangre contaminada de SIDA en la Clínica Napoleón Franco Pareja. Un “notable” de la ciudad pidió mi cabeza. Y el político Joaquín Franco Burgos escribió en la página editorial del periódico un comentario en el cual se mostraba extrañado de que se le hiciera tanta bulla a la calamidad de un niño que ni siquiera era cartagenero. Y hasta se preguntaba si acaso la gente del Cesar compraba la lotería de Bolívar.

Hoy, por fortuna, han surgido nuevos canales de información, como las revistas Aguaita yNoventaynueve, y ya la otra ciudad puede, por lo menos, expresarse, pues no existe ese unanimismo que nos tocó a nosotros. Creo, sinceramente, que esa conquista se le debe en gran parte a Jorge, ya que él siempre luchó contra la corriente. Ejerció un tipo de periodismo con conciencia política y social, fundó medios alternativos, levantó la voz sin miedo.

Yo, que siempre he sido más apático en estos temas, a veces no compartía sus furores. Para molestarlo, le decía que a mí me gustaba que el pez grande devorara al chico, que el lobo se comiera a Caperucita Roja, que a la lechera se le cayera el cántaro y que al final, para festejar tanto desastre, nos comiéramos en un sancocho a la gallina de los huevos de oro. Le decía que este mundo estaba jodido desde antes de que nosotros naciéramos, y nada podríamos hacer para enderezarlo. El me miraba con sorna, callaba. Una noche vio, nítida, la oportunidad de desquitarse, y la aprovechó con la misma sevicia que empleó el día que nos conocimos. Estábamos en el Muelle de los Pegasos dándonos un banquete, cuando de pronto llegó un indigente, me raponeó el jugo de níspero y se fue corriendo. Quise perseguirlo, pero la voz de Jorge me detuvo en seco.

—Aja, maestro -exclamó, mirándome con malicia -: a usted le gusta que el lobo se coma a Caperucita, pero se pone bravo si un gamín le roba su jugo. ¿Cómo es esa vaina?

Después me dio una palmada conmiserativa en el hombro y me dijo que para evitar que nos arrebaten la comida, deberíamos averiguar de vez en cuando por qué hay tantos indigentes y cuáles son los problemas que ellos tienen. “Ese es el verdadero reto del periodismo”, remató, esta vez con el rostro grave.

También en el periodismo de denuncia Jorge nos dejó lecciones valiosas. Para empezar, de equilibrio, de sensatez. Tenía prejuicios, como la mayor parte de los seres humanos, pero sabía mantenerlos a raya cuando investigaba una situación turbia. Buscaba muchas voces, confrontaba puntos de vista, les daba a los personajes cuestionados – así fueran los bribones más repugnantes – la oportunidad de defenderse.

Cualquiera que busque sus investigaciones sobre la contaminación de la Bahía de Cartagena o sobre la deforestación de la Popa, comprobará la pulcritud con la cual contrastaba sus fuentes.

García Usta siempre ejerció el periodismo con dignidad. Y esa dignidad le impedía arrodillarse, mendigar, prestarse para que lo manosearan. A él lo sacaba de quicio el argumento de que los malos sueldos justifican untarse las manos con la podredumbre de un soborno. Como era furiosamente independiente, prefería enredarse en varios trabajos simultáneos y sudar mucho para ganarse el pan de manera decente, como le enseñaron sus mayores. Sin embargo, no alardeaba de ese don, que a mí me parece aleccionador.

Pese a ser sicorígido, como yo, usaba con frecuencia el recurso de la burla, en especial si era contra el prójimo. Sabía reírse de sí mismo, pero eso sí: por

nada del mundo permitía que los demás se rieran de él. Eso, de alguna manera, impedía que su sentido del humor fuera intachable. Sin embargo, sus apuntes eran tan explosivos como geniales. Tuve el privilegio de ser testigo de varios de ellos. Y ahora, para cerrar mi breve aproximación a su obra y a su personalidad, he elegido uno en el que aparece como quisiera recordarlo siempre. Por los días en que salió al mercado la primera edición de Diez juglares en su patio, que escribimos juntos, yo solía enfurecerme cuando veía en los medios reseñas triviales, de esas que apenas informan cuántas páginas tiene el libro, cuánto vale y dónde se consigue, pero no arriesgan un juicio crítico sobre su concepción. Jorge, que ya estaba curtido en el tema, porque había publicado varios libros, me miraba con sorna, como siempre, y callaba. Un domingo, recuerdo, un diario de publicación nacional publicó una foto enorme de la portada de Diez juglares en su patio, encima de unos breves piropos que a todas luces parecían gratuitos, pues era evidente que el autor no sabía por dónde le entraba el agua al coco. Ese día, viendo mi enojo, Jorge no se quedó callado como las veces anteriores, sino que soltó un gracejo sublime:

—Carajo, blanco – me dijo -: usted sí es el hombrecito inconforme! Resulta que el tipo nos elogia, y usted quiere que además se lea el libro!

Cuando José Gutiérrez de la Concha, capitán general de la Cuba colonial de mediados del siglo XIX, dijo que “con una lidia de gallos, una gruesa de barajas y doce manolas con sus guitarras son llevados los cubanos a donde quieran”, estaba resumiendo de manera concentrada un espíritu que sigue enraizado en la sociedad cubana. Jamás existió en el país un asunto tan aparentemente trivial que ocupara una posición de semejante envergadura durante el último siglo.

Las peleas de gallos son una pieza inevitable en la configuración de esta isla como nación, de su identidad y de la construcción de un modo de vida cercano a ciertos valores. Tampoco faltan motivos para ello: hay quien dice que la guerra de independencia comenzó en 1895 con el grito de un criollo en una valla de gallos, el ring circular donde se enfrentan los animales: “¡Basta de que peleen los gallos, carajo, es hora de que peleen los hombres, vamos todos a respaldar el grito de independencia!”.

Más de un siglo después, a las afueras de La Habana, el público se encarama en los maderos de la valla de gallos mientras el cielo se derrumba y los relámpagos zigzaguean sobre sus cabezas. Pero ni los estruendos que hacen temblar las patas de los gallos que pululan por el recinto, ni las cicatrices de este cielo de comienzos de verano, alteran el curso de la pelea. Es un recinto clandestino, escondido entre la espesura de los árboles.

“¡20 a 14! ¡20 a 14!”, vocifera un hombre mientras se descuelga de la grada improvisada. No obtiene repuesta, así que aumenta el énfasis y la apuesta: “¡20 16!”, repite una docena de veces atropelladamente. Pero nadie cierra el trato con él. Se guarda el manojo de billetes y las maneras bruscas y se concentra en los gallos que luchan en el ruedo, que acaba con una de las aves muerta.

—Uno menos.
—Uno más –responde entre dientes el veterinario con el taco de ceniza del tabaco asomando en los morros.

Si René se define como veterinario no es únicamente por echar a un montoncito detrás de su mesa de trabajo el tercer gallo muerto de la tarde. También cura a los malheridos. “Razafín para la infección, yodo para las heridas y huevo con naranja para que se recupere”, explica este hombre de 53 años que lleva aplicando sus fórmulas médicas a los gallos desde los 15. Una pluma le sirve para desatascar el gaznate de los animales cuando está bloqueada por coágulos de sangre y una gruesa aguja con hilo para cerrar los tajos que los pollos se producen con las afiladas espuelas de carey que sus dueños les colocan. Pero en lo que va de tarde solo ha utilizado el yodo.

—¿Y esos? –le pregunto irónicamente señalando a los que yacen sin vida.
—Ah, no. A esos les tocó perder.

***

Fueron los españoles quienes trajeron los gallos a América y comenzaron a pelearlos como un divertimento. Pero ese espectáculo que comenzó con dos animales enzarzándose trascendió su carácter deportivo para convertirse en un asunto de Estado, a merced de sucesivas prohibiciones, promesas y debates morales. De ahí pasó a ser un elemento de identidad de la sociedad cubana. Pocas cosas han cambiado desde que hace más de 270 años un decreto real solicitase al gobernador de la isla un informe sobre si las peleas podrían tener “inconvenientes con la gente del mar y la tierra”.

En 1835 se dictó una norma que prohibía la construcción de vallas en zonas rurales. Más tarde también se prohibió la simultaneidad de peleas en lugares diferentes. Pero las riñas se siguieron desarrollando, cada vez en lugares más apartados donde la red del control colonial no llegaba. Fue en este tiempo cuando el gobernador de Nejucal envió una carta al capitán general de la isla quejándose de que los trabajadores abandonaban el trabajo y el culto divino ¡para acudir a peleas de gallos!

Y todo eso, junto a la isla de deseo que suponen estos recintos, no se podía permitir en una tierra colonial que en la segunda mitad del siglo XIX sufriría profundas convulsiones y se libraría definitivamente del poder colonial: pero entonces ya era demasiado tarde para arrancar de la realidad una actividad que se había convertido en una tradición esencialmente local.

No fue hasta finales de siglo cuando más intensamente se vivió la cuestión de las peleas de gallos, que pasó a convertirse en la munición de las varias facciones tras la independencia de la isla. De 1898 y hasta 1902, con la aprobación de la Enmienda Platt, Estados Unidos ocupó esta tierra con un gobierno mixto que velaba por los principios que la emergente potencia enarbolada, entre ellos la modernidad.

Y las peleas de gallos eran consideradas una barbarie.

Una ley del 24 de julio de 1899 modificó el Código Penal sobre juegos de azar. Dos meses después se fulminaron las corridas de toros, las cuales nunca más resurgieron. En abril de 1900 se prohibieron las lidias de gallos y un mes después se otorgaron poderes a la sociedad protectora de animales para castigar a los infractores. Pero nada detuvo el curso de la tradición a pesar de las afiladas luchas entre los defensores de la modernidad a la sombra del país ocupante.

Las corridas de toros eran la fiesta española; el béisbol, la americana. Y los gallos habían penetrado de tal forma en las costumbres de la sociedad que seguía siendo imposible extirpar de las aficiones del pueblo. Las leyes disparaban contra el atraso de un pueblo considerado salvaje y hambriento por modernizar, especialmente desde sus élites. Ejemplo de ello fue la satisfacción del alcalde de Placetas cuando, en enero de 1901, envió una carta al secretario de Estado y Gobernación, Diego Tamayo, calificando las peleas de gallos de “espectáculo inmoral y sangriento, que tan pobre concepto hace formar de la cultura de un pueblo”. El cambio, impulsado por los poderes sociales y militares, proponía un giro en la difusión de unos valores que no acabaron de cuajar en su plenitud… cuando en 1902 llegó la República de Cuba –por primera vez independiente– con las peleas prohibidas por ley.

***

“Tiene cada pueblo sus costumbres tradicionales con las cuales está encariñado y que le dan carácter perfectamente típico y hasta nacional. Los juegos y entretenimientos forman parte muy principal de esos hábitos arraigados, que van de modo lento y gradual modificando las condiciones del tiempo y lugar”. Así comenzaba el proyecto de Ley sobre Lidias de Gallos elaborado en los primeros balbuceos del nuevo país independiente y que fue presentado por varios representantes del parlamento. Y continuaba: “Querer que desaparezcan violentamente, es algo así como aspirar a torcer el natural proceso de la evolución social y ocasionar, como con toda violencia, un malestar sensible y nada conveniente a la marcha armónica y ordenada de todo progreso verdadero”.

La expresión de la época “moral pública” no hizo sino alimentar el debate, que los periódicos amplificaron según sus propios intereses. El paradigma de la modernidad, abrazado por los intelectuales, no contemplaba chirriantes actividades propias de países atrasados, rurales y, en definitiva, salvajes. Una lucha entre el pasado frente al futuro que se libraba con amplios ecos y participación.

El Fígaro, uno de los periódicos que circulaban a principios del nuevo siglo, publicó en noviembre de 1902 una encuesta que había realizado a 64 figuras destacadas de la vida cultural habanera sobre el asunto, con resultados dispares. Desde las respuestas tibias: “Toleremos las vallas de gallos, a cambio de que los hijos de los guajiros vayan a las escuelas públicas, y éstas, no lo dude usted, matarán a aquellas”, a las abstenciones en verso: “Yo no contesto: me callo/ Y muy bien hago en callar, pues quien debe contestar/ a la pregunta es el gallo”, pasando por algún irónico que acababa con estos versos: “¡Cuantos menos gallos haya…/ Tocarán a más gallinas!”.

Pero no fue hasta 1909 cuando se volvieron a autorizar las peleas de gallos. Después entraron los años y el desenfreno de la década de los cincuenta, cuando el juego superó cualquier delirio y nada hacía sospechar que las ruletas de los casinos se detendrían por muchos giros políticos que se pudieran efectuar; nada que el dinero no pudiera solucionar. El gánster Frank Ragano le contó a Santo Trafficante –que controlaba los negocios de la mafia en la isla junto a Lansky, Batisti y Barletta– su preocupación por los movimientos de unos jóvenes idealistas en los confines orientales del país, pero éste le respondió con desdén: “Estoy seguro de que Fidel nunca llegará a nada. Pero aunque no sea así, nunca cerrará los casinos. Aquí hay mucho dinero para todo el mundo”.

El paso del tiempo no ha cambiado demasiado los esquemas en el interior de las vallas y su significado social. Las regulaciones de la amplia etapa colonial pretendían controlar unos lugares donde la sociabilidad se desplegaba sin límites entre las diferentes procedencias sociales, un potencial nido de conspiración contra el poder que la metrópolis no podía permitir.

A diferencia de las plazas de toros, los cafés o la ópera, las peleas de gallos poseían un elemento capaz de eliminar las desigualdades sociales: el azar; componente que se une a la apuestas para borrar las jerarquías que sí se reproducen en otros lugares. Como escribió el autor de un diccionario de frases cubanas, “el caballero apuesta con el mugriento; el condecorado acepta la proposición del guajiro; el negro manotea al noble”. El resultado de la pelea hablará por sí mismo.

Aunque la revolución atenuó las diferencias de clase, hoy las mezclas constituyen la norma. Jóvenes buscavidas, jubilados, profesionales reconocidos, dirigentes políticos y hombres cargados de collares y dientes de oro comparten el mismo espacio intercambiando risas y dinero. Muy pocas mujeres. Si durante el siglo XIX eran las burguesas quienes no se asomaban a estos recintos, tampoco ahora acuden mujeres a estos espectáculos que simbolizan, en cada gesto, la hombría.

Numerosos estudios sobre estas actividades relacionan muchos atributos machistas con las peleas de gallos; estudios respaldados por la realidad que sigue palpitando en la actualidad. Desde la identificación del pollo ganador con valores de superioridad, pasando por la escasa presencia femenina en los recintos y siempre supeditada a la voluntad del hombre hasta la superación de lo masculino sobre lo femenino, encajan en una descripción de una sociedad que aún trata de sacudirse los valores negativos de la tradición. Por no mencionar los focos de prostitución que suponen. Tampoco contribuyen a salir de esas descripciones algunos de los gritos despectivos a los animales más débiles (“¡gallina! ¡gallina!”) en plena batalla por el triunfo.

***

En Cuba, como en Macondo, no están permitidas las peleas de gallos. La primera medida que se tomó en el país, en 1739, trató de controlar los espectáculos para recaudar parte de los beneficios que se generaban en estos espacios donde el juego y la fiesta ofrecían un lugar en el que escabullirse de la rutina. Pero dicha restricción solo impulsó la desviación de las juergas a recintos clandestinos. Hoy sucede lo mismo: únicamente en las vallas oficiales se permite las peleas. Y son mucho más aburridas.

“Allí hay reglas”, explica Enrique, un ex combatiente de la guerra de Angola que esta temporada ha perdido 80.000 pesos (3.000 dólares) en apuestas y contempla una de estas peleas en la valla clandestina de las afueras de La Habana. En ella, como en todas las extraoficiales, se permite el esparcimiento sin las rígidas restricciones de los recintos estatales, unos lugares cuya apertura fue la salida al crecimiento de la hipocresía: se trataba de un deporte penalizado hasta los años ochenta, pero que gustaba demasiado a todo el mundo.

Hoy, un sábado de finales de octubre, hay feria en Finca Alcona, las instalaciones del Estado, aunque todavía no ha empezado la temporada. Mientras tanto los galleros y los dueños de las cientos de vallas de todo el país acuden a las carpinterías a buscar sacos de virutas de madera para empezar a entrenar y pelear a los gallos.

“¡Managua, Managua, Managua! ¡Con dos marcho!”, repite el conductor del Chevrolet del 53 mientras golpea el capó de su viejo e imponente trasto. Durante quince minutos insiste intermitentemente, hasta que decenas de personas se bajan de un autobús y consigue, por fin, los tres ansiados pasajeros para partir.

Finca Alcona, a las afueras de Managua, es una construcción sólida, de madera y hormigón, permanente, de dos alturas; poco tiene que ver con las improvisados edificios sembrados por toda la isla, sorprendentemente resistentes pero construidos de tablas de madera y techos de plástico. Está al lado de un restaurante y del criador estatal de gallos que vende y exporta a otros países. No se puede fumar, ni beber. Tampoco hay música, ni el desenfreno de las vallas clandestinas. Un funcionario controla todo desde la planta de arriba. Entre pelea y pelea no hay mujeres dando vueltas a la circunferencia de combate vendiendo cacahuetes, perritos calientes o helados, ni chicas que al extranjero –si es que hay, que es casi nunca– le piden una cerveza. Tampoco está permitido apostar, aunque al acabar la función la valla se vacía con demasiada rapidez como para asegurar que es la diversión lo único que se despliega en ese lugar.

Justo en ese momento, tres hombres charlan en la puerta, a espaldas de todo, cuando se acerca otro tipo al que le dan 1.500 pesos (60 dólares), en seis billetes de diez pesos convertibles: han apostado por el gallo de Alexis, que ha perdido frente a uno mexicano.

—Pero entonces, tú tienes dinero –le sugiero al chico que ha perdido 60 dólares tras desembolsar una cantidad inusual en la cartera de un cubano medio.
—Bueno… –sonríe antes de mostrar su carné oficial de criador de gallos–. Tengo unos 50 pollos listos para pelear, que utilizo, porque yo no vendo.

El funcionario de la valla, que ha cerrado las puertas de la instalación donde los pollos han peleado, se va a casa a caballo. Los otros tres chicos se ofrecen a llevarme a La Habana en su coche… pagando 20 fulas, algo más de 15 veces de lo que me ha costado llegar hasta aquí.

***

Alfredo Cruz comprende mejor que nadie los entresijos de ese universo. Este criador de gallos de San Cristóbal, una tranquila población 60 kilómetros al oeste de la capital, pasea por su jardín con el sol tostándole el cuerpo mientras muestra las decenas de animales que cría, las claves de su alimentación y las fases de entrenamiento. “Cuando están rojos como tomates voy y los peleo. El tiempo te va diciendo: se le recogen las carnes y se posa sobre las puntas de los dedos. Cuando un atleta empieza a entrenar, corre sobre los talones; luego corre con las puntas: ahí está el gallo”, explica este sesentón que cree que “los gallos son igual que la raza humana: si no hay raza no hay buen gallo”.

Nada hace sospechar de la pasión de Alfredo por la actividad: “Lo tengo como deporte. No solo crío pollos, sino también cochinos. Lo que me gusta es la cría. Dinero no se gana…, así que criamos puercos. Esa es la vía por la que podemos subsistir un poquito”.

Sin embargo, no todo el mundo comparte esta opinión, pues ven en el espectáculo un festival absurdo de sangre y enfrentamiento entre dos animales en el mismo espacio que se da rienda suelta a las apuestas, el juego y demás escapatorias que chocan con los principios que abandera la Revolución: moralidad. De hecho, el juego y el “enriquecimiento ilícito” representaban la dictadura de Batista, a la que Fidel Castro derribó. Por esta razón las apuestas y el dinero que se mueve en torno a las apuestas gozan de tan baja reputación. Y es que recuerda a los tiempos a los que la Revolución venció y relevó.

La Nochevieja de 1958 los casinos –en manos del capital norteamericano que controlaba el esqueleto del país a través de una red de sobornos y comisiones– fueron atacados furiosamente cuando llegó la noticia de que la Revolución había triunfado. La ira se concentró en los casinos de los hoteles porque simbolizaban el odio a un régimen cruel en un país con altos índices de analfabetismo y pobreza y que beneficiaba a una minoría. La Habana era la perla del Caribe, donde miles de turistas anuales, principalmente norteamericanos, disfrutaban del ambiente propicio para la diversión… hasta que vino el comandante. Y mandó parar. El proyecto de quince inmensos hoteles-casinos en El Malecón se quedó en el aire.

Se nacionalizaron las empresas norteamericanas y con ellos los casinos. Se fulminó el juego. Así lo expresaba Fidel Castro durante una concentración de obreros gastronómicos en junio de 1960, quienes se quejaron porque al cerrar los casinos se hizo tambalear la facturación de los hoteles y, por lo tanto, sus empleos: “… incluso, cuando mediante una ley revolucionaria se puso fin a todo tipo de juego en el país, hubo una excepción con los casinos. Nosotros habríamos deseado que no quedara ningún tipo de juego legalizado […] el juego era manejado por gánsteres, las mafias de gánsteres manejaban el juego. Pero, además, se nutrían esos casinos de los funcionarios ladrones”.

Y las peleas de gallos caían del lado del juego, del enriquecimiento ilícito, de los ecos de un tiempo que había que olvidar y no encajaba con la nueva época que se asentaba en la justicia social y las promesas. Así, en 1968 se trataron de eliminar las peleas en todo el país con el objetivo de acabar con las apuestas. A mediados de los años 80, se rebajó la categoría de la gravedad al transgredir la norma y pelear al margen de las vallas estatales. Se pasó de penas de cárcel a simples multas.

Pero los cubanos siempre han esquivado la legalidad en este ámbito. “Para mí los gallos son un deporte, pero el cubano es muy jugador”, opina Alfredo mientras señala uno de los gallos en su casa. “Toda Cuba juega a los gallos. Cuba son gallos y pelota [béisbol]”. “¡Y mujeres!”, intermedia un chico que trabaja en la finca.

***

—¿Usted es extranjero? –me pregunta un hombre que, junto a su esposa, esperan a la sombra de un árbol en la autopista central–. Sabes que las peleas son ilegales. Si se tira la policía te llevan a inmigración. Ten cuidado –advierte.

Desde la carretera apenas se escucha la música que ensordece en el complejo donde las mesas de juego y la barra de bar acompañan a la valla de gallos. Todo lo prohibido se entremezcla aquí: peleas, apuestas, juego, dinero.

Un empleado de barriga prominente desea que la temporada se extienda, a pesar de que sea el mes de julio y ya hace un mes que habitualmente se suelen acabar las peleas. “Hace falta dinero”, admite. Trabaja en cinco vallas diferentes, ocho dólares en cada una. 180 al mes. “Pero eso no es nada”, opina. “Aquí en Cuba hay mucha necesidad. Demasiada necesidad”, expresa. Para redondear el sueldo, este hombre que niega identificarse (“aquí me conocen y ya está, yo no doy mi nombre a nadie”) suele apostar en las peleas para ganar algo más. Y de vez en cuando suma 60 dólares a su saldo.

En Cuba no es fácil ganar dinero. Por eso, uno de los pocos modos que tiene una persona para juntar más que los exiguos sueldos del Estado es el juego, el que el artículo 219 del Código Penal castiga con multas y hasta con tres años de cárcel. “Para el Estado este juego es ilícito. ¡Todo es ilícito!”, se queja este hombre del gremio que ni siquiera se identifica con un apodo, como es habitual en esta actividad al margen –y en contra– de las regulaciones. Y es que pocos son capaces de estirar la confianza hasta revelar su verdadera identidad.

Enrique, el excombatiente sesentón que dice tener diez oficios y haber perdido esta temporada más de 80.000 pesos, lo que ganaría en un trabajo estatal en doce años (sí, doce años) lo ejemplifica. “Pero no lo pongas en internet, que me llevan preso. Hay extranjeros que tergiversan las cosas…”, desliza tras ser retratado antes de abandonar con paso ligero la valla.

En el mismo recinto y a media tarde, Ayova ha ganado 3.200 pesos (130 dólares). Los 100 pesos para entrar al recinto le han rendido bastante a este cuarentón, que dice ganar entre diez y veinte mil pesos al mes con las apuestas. Hoy no ha peleado con ningún gallo propio, pues no los tiene preparados. “Va por temporadas”, resume. Tampoco Antonio, 76 años, pelo blanco y bigote dorado, ha jugado con un gallo propio. A su pensión trata de añadirle lo ganado con los gallos, que multiplica por cuatro, cinco y seis los 300 pesos mensuales de su retiro.

Y es que no resulta sencillo arrancarle palabras a alguien que va a pelear. Al componente de azar de las peleas se añaden las estrategias, los disimulos y los trucos. Nadie quiere desvelar el estado de su arma de combate. Llegan a la valla, pesan e inscriben a su gallo en una pizarra. Si encuentran un contrincante del mismo peso, se desarrolla la pelea. Todas las artimañas valen para juntar algo de dinero. Desde los que apuestan sin tener ni un peso a los que, peleando su propio gallo, apuestan por el contrario porque saben que perderá.

“¿Contra quién lucha?”, le pregunto a un tipo que rompe con la estética que domina el ambiente –pantalones cortos, ropa impecable, estilo deportivo–. Señala con el dedo a otro gallo de plumaje blanco. Bromea, sonríe y hasta vacila mientras le ayudan a colocarle las espuelas a su gallo, ignorando que su cara, minutos después y con su ave muerta, poco tendrá que ver con su aspecto jovial de antes. Otro joven que está a punto de echar a su gallo solo ha apostado 1.500 pesos. “El contrincante no quería más”, se excusa después de lamentarse por la escasa cantidad.

Ya sobre el recinto de viruta los dos galleros elevan a su animal mientras lo agitan en el aire. Lo agarran del cuello y lo mueven bruscamente hacia adelante para llenarlos de furia y hacerlos pelear. El árbitro da vuelta al reloj de arena y se sueltan los animales. A partir de ahí los picotazos y las sacudidas con las espuelas anclados a las patas se suceden mientras la grada circular grita, se enfurece y gesticula. El estanquero, quien se encarga de cuidar del recinto, tiene que apartar a quienes la pasión les lleva a acercarse demasiado a los animales en combate.

Salta alguna mota de sangre mientras el ambiente se enciende, los galleros gritan a sus animales y éstos revolotean impulsados por la energía del recinto. Tiempo después, uno de los dos muere o pierde tras no levantarse tras unos segundos. Entonces, unos ganan las apuestas, otros las pierden y todos disfrutan. La tradición de las peleas se ha mezclado con la del juego en un instante que alude a los siglos de tradición. Nada nuevo.

“Tú sabes cómo es el cubano. En las fiestas de campesinos, por ejemplo, se pelean gallos, porque esto es historia. Vinieron a Cuba como medio de entretenimiento para los mambises. A mí me gustan las dos cosas, la apuesta y la pelea”, explica Alfredo, el criador de gallos.

Nada hace pensar que se vaya a alterar el devenir de unas prácticas adheridas a la médula de la identidad cubana y que han sobrevivido durante cuatro siglos a un gobierno español, once meses a una ocupación inglesa, tres años a otra norteamericana, medio siglo a una independencia con injerencias frecuentes, y otros sesenta años de una revolución que ama la riña de gallos y detesta las apuestas. “Pero no todo el mundo tiene posibilidades para apostar, así que lo tienen como medio de diversión”, matiza el criador de gallos.

Disfrutan demasiado, multiplican vertiginosamente sus salarios, dan rienda suelta a varias pasiones y siglos de historia les amparan. Y así, definitivamente, así es imposible acabar con nada.

Era el año 1997 y las 12 de la noche de un día de invierno. Carlos Domínguez –Charly– caminaba por el centro de Bahía Blanca con la valija en la mano hasta que llegó al cabaret. Se puso el traje en el camarín, subió al escenario e hizo lo que venía haciendo cada noche en distintos pueblos del interior: sentar a su muñeca Rosita en la falda y hacerla hablar.

—Pequeña niña de ojitos azules, quisiera que un día pudieras caminar —dijo Charly y la miró sin mover los labios.
—Pequeño señor, no soy una niña, no podré caminar —se lamentó Rosita, y bajó la mirada.
—Mi sueño es ver a una niña que quiera reír, que quiera cantar…  
—Yo quisiera reír y quisiera cantar y ser esa niña que te haga soñar…

En la primera mesa frente al escenario, una pareja llamó con una seña al mozo y pidió la tercera botella de cerveza. Charly llevaba diez minutos de show y el diálogo empezaba a subir de tono.

—Mirá cómo te beso, viejo calentón —Rosita apoyó sus labios en los de Charly.
—¡Rosita! ¡¿Qué hacés?! ¿Sabés que están diciendo que nosotros nos besamos en el camarín?
—¡Entonces nos vieron! —remató la muñeca.

El público reía. Hasta que el hombre de la primera mesa se puso de pie, tambaleó, y gritó interrumpiendo el show:

—Oíme, Rosita, ¿cuánto me cobrás por un pete (mamada)?
—¡Lo mismo que me cobra tu madre, maldito borracho! —respondió airadamente Charly y bajó de un salto del escenario.

Lo que siguió fueron botellas desparramadas en el piso, trompadas, gente separando al ventrílocuo del borracho y una muñeca tirada en el piso.

Pasaron 16 años y Charly está de pie en la cocina de su casa, con una mano en la nuca de la muñeca y la otra en el marco de sus lentes. Recuerda esa noche y la define como un punto de inflexión en su carrera: ese día supo que estaba enamorado de Rosita.

—Pensé que me volvía loco. Casi lo mato a trompadas. ¿Cómo voy a reaccionar así? Después el tipo fue al camarín, me pidió disculpas y yo le dije que él tenía que disculparme a mí. Volví a Buenos Aires y fui al psicólogo. Le dije que creía que me pasaban cosas con la muñeca. El psicólogo me dijo que tenía dos opciones: dejar este trabajo o hacerme cargo de lo que me pasaba y seguir. “¿Vas a dejar de ser ventrílocuo?”, me dijo. “No, pienso seguir con ella”, le respondí. Y acá estamos…

Tres momentos hicieron de Charly un ventrílocuo único en el país. Primero, que su herramienta de trabajo no es un muñeco sino una muñeca; segundo, que la fabricó él mismo inspirado en lo que es su ideal de mujer; y tercero, que se enamoró de su propia creación. Durante 20 años viajó por pueblos y ciudades del interior del país haciendo shows de ventriloquía en los cabarets; los dueños de estos lugares solían pedir mujeres a los dueños de los cabarets de Buenos Aires y, cuando no llegaban con el número de chicas que pedían, les mandaban un ventrílocuo para completar el paquete; así Charly se hacía conocer y firmaba contratos por uno, dos, tres meses o hasta el día en que sus chistes aburrieran.

Pasó buena parte de su vida lejos de sus hijos, rodeado de prostitutas, coperas, bailarinas y hombres de mala vida. Sus shows consistían en dialogar con Rosita, hacer chistes subidos de tono e interactuar con el público sobre temas de actualidad.

Charly tiene hoy 66 años, trabaja como electricista y vende veladores artesanales por Mercado libre. Cuando tenía 28 años se separó de su esposa, creó a Rosita y no volvió a estar en pareja nunca más en su vida. Lo argumenta ahora, en su casa, mientras besa el rostro de látex:

—No hay mujer en el mundo que sea igual a esta muñeca.

Su casa queda en Villa Luro, Capital Federal. Minutos antes de agarrar a su muñeca salió a la vereda de la calle San Blas y se puso a hablar con los vecinos. Charly es delgado, alto, tiene una polera de algodón blanca y un pulóver de bremer. Pelo canoso, lentes, tez bronceada. Y perfume.

—Muchachos, los dejo que me van a hacer una entrevista —les levanta la mano y da media vuelta—. Vos, Malvina, vení que te muestro la muñeca y nos vamos a tomar un café por ahí porque acá no tengo nada.

Hace 15 años que Carlos Domínguez alquila el departamento. Es una construcción sencilla, en el fondo de un lote, con techos de cielo raso sin cobertura y dos ambientes diminutos.  Me señala la única silla que hay –una casa con una sola silla– y pide que me siente ahí. Él se queda de pie.

Ahí vive solo con la muñeca de un metro treinta que fabricó hace 35 años. Para hacerla copió la boca de Leonor Benedetto, la nariz de Graciela Alfano y los ojos de Camila Perissé. Al principio era de tamaño chico, de pelo corto y rubio, pero los rasgos siempre fueron los mismos. Los años pasan para todos, y la muñeca cambió. Ahora tiene pestañas y dientes postizos, los labios pintados de rojo y extensiones de pelo negro con mechones violeta.

Rosita tiene los pechos grandes, turgentes, con pezones llamativamente similares a los de cualquier mujer. Tiene zapatos de cuero rojos hechos a medida –número 35–, calzas animal print –que Charly compró en la boutique del barrio– y una remera de red. Tiene las uñas de las manos largas, pintadas, y bijou de fantasía. Rosita seduce. Si Rosita tomara vida –la clásica fantasía de todo ventrílocuo– sería una hermosa prostituta.

***

Carlos Gregorio Domínguez nació en San Telmo, el 25 de mayo de 1947. Hijo de Dora y de Mariano; hermano de Juan Héctor, Claudia y María Esther. Sus primeros y mejores años de vida los pasó en una casa tipo chorizo, entre las calles Perú y Humberto I. Su padre tenía un puesto de artefactos eléctricos en el mercado de San Telmo, su madre era ama de casa.

Ahora, en un bar de Villa Luro y sentado al lado del ventanal, trae a la conversación un manojo de anécdotas. Habla sobre esos días en los que pasaba toda la tarde en el mercado de San Telmo –donde trabajaba su padre– y patinaba sobre el piso lleno de grasa de pescado fresco que pelaban y preparaban para vender allí. Habla sobre los días de lluvia en que los gorriones chocaban contra las plantas de higo del fondo de su casa, caían al piso y él, junto a sus hermanos, los metía en jaulas para secarlos y largarlos al otro día. Habla sobre el día en que el colectivo línea 22 pisó un almohadón que ellos habían tirado por la ventana y toda la cuadra se llenó de plumas de ganso que volaban. Habla sobre los días en que andaban en bicicleta por calle Paseo Colón, Pedro de Mendoza y en Parque Lezama. También habla sobre la pasión que tuvo por coleccionar estampitas hasta el día en que una vecina le regaló 1.500 y se terminó la magia. Se siente a gusto cuando trae esos recuerdos. Esos fueron los mejores días de Charly.

Esos, y el que sigue.  A los ocho años fue con su papá a ver a Chasman y Chirolita a un bar en San Telmo. Ese día le dijo a su padre que le gustaría ser ventrílocuo y al día siguiente comenzó a practicar.

—Mi viejo me decía que fuera y viniera de casa a la Plaza de Mayo hablando con un lápiz en la boca. Y así todos los días, iba y venía, iba y venía con el lápiz para no mover los labios. Los sábados y domingos mis viejos salían y a mí me dejaban en los conventillos de negros mulatos, en Calle Defensa. Para no aburrirme llevaba un pato que tenía, le ponía un hilo en la boca y lo hacía hablar. Al pato lo habían comprado mis padres para comer en Navidad pero no pudimos matarlo. Nos encariñamos con el animal. Yo lo trabajaba con el hilo, a los negros les encantaba y me incentivaban para que siguiera. Y así empecé. Estuve un año con ese pato, después el pato se murió y nunca más me dediqué a la ventriloquía.

Nunca más se dedicaría a la ventriloquía. Hasta los años 70, cuando construiría a quien sería el gran amor de su vida. ¿Por qué construyó una muñeca? ¿Por qué una muñeca y no un muñeco? Charly no sabe, a ciencia cierta, responder. Cree que fue para ser distinto al resto de los ventrílocuos, pero pudo ser también porque su padre fabricaba muñecas y él sabía como construirla.

—¿Pero por qué creaste un muñeco? —pregunto
—Es que estaba muy solo, viste… mi mujer se había quedado con los chicos.

Cuando Charly tenía nueve años, se mudaron todos a Morón. Fue a la escuela hasta los 13, terminó la primaria y no quiso seguir. Ese mismo año empezó a fumar (fumaría hasta los 45, cuando le agarró un ataque de tos durante un show). Dos años después, cuando tenía 15, la madre se despidió de ellos de un modo traumático que el protagonista de esta historia prefiere no contar. La muerte de su madre –la manera en que eligió morir su madre– sería la primera gran ausencia y la primera gran desilusión que le hicieron sentir las mujeres que pasaron por su vida.

—¿Te acordás de tu primera novia? —le pregunto a Charly, mientras la moza trae la lágrima para él y el café negro para mí.
—Sí, Marianela se llamaba. Fue mi novia de la adolescencia, teníamos 16 años. Y a mí me quedó algo pendiente, nunca supe si pudo ser ella la madre de mis hijos. Si pudimos haber estado más tiempo juntos. Porque ella se murió —Charly clava su mirada en la taza y los ojos se vuelven vidriosos.
—¿De qué murió?
—La pisó un colectivo —no levanta la mirada.
—¿Estaban de novios cuando murió?
—Sí.

 Silencio.

 —Sabés que… —hace girar despacio la taza de café— 20 años después de que murió yo estaba trabajando en un cabaret y… y sentí el mismo perfume que usaba ella —me mira fijo— y le pregunté a la chica qué perfume era. No era el mismo, pero era muy parecido. Y entonces fui y me lo compré. Y lo usé durante muchos años.

Silencio.

—¿Quién sabe, no? —sigue Charly— si ella pudo ser alguien más especial en mi vida, porque yo con ella no sufrí ningún desencanto.

La madre muerta. Su novia muerta. La vida siguió, y con ella las historias de amor.

A los 20 años Charly se casó con la mamá de sus hijos. La única mujer –mujer de carne y hueso– de la que dice haber estado enamorado. Sellaron la relación por iglesia y por civil y en 1969 tuvieron a su primer hijo, Marcelo. Por esos días Charly puso un local de reparación de artefactos eléctricos en el barrio de Once.

—Tenía el local y también fabricaba chascos para vender en cotillones
—¿Arañas, bichos de goma? —pregunto
—Dedos ensangrentados, vómitos y penes de parafina— responde Charly
—¿Penes?
—Claro, vendía penes erectos en los cotillones, los llevaban mucho para las despedidas de solteras. Ahora es común, pero en esa época no. Una vez vino una mujer a quejarse con la dueña del local, le dijo “¡no me avisaste que esto se derretía!”, se lo había metido ahí abajo… –Charly se ríe– hacía vómitos para que los chicos pusieran abajo del plato, bombones rellenos de sal y pimienta. Y dedos. Los dedos con sangre los llevaban mucho los policías. Te estoy hablando del año 74, 75. ¡Llegué a hacer más de 1500 dedos! ¡Y exportaba!

Un día volvió a su casa, después de dejar chascos en un cotillón, y al entrar se encontró con una escena que tenía a su mujer –otra vez una mujer–  como protagonista y sobre la que –al igual que la muerte de su madre– Charly prefiere no explayarse. Pero una cosa sí deja en claro: ese fue el final de su matrimonio y el principio de una creación que definió su historia.

***

Ahora estamos de nuevo en la cocina comedor de su casa. Charly sigue de pie, con su mano derecha en la nuca de la muñeca.

—¿Por qué decís que estás enamorado de Rosita? —pregunto
—Cuando yo estoy con una mujer, cuando tengo relaciones sexuales con una mujer y llega el momento del clímax, acabo pensando en la cara de Rosita. Eso es estar enamorado de ella para mí, porque no soy capaz de pensar en la mujer con la que estoy.
—Perdóname si te incomoda, pero ¿tuviste alguna relación sexual con la muñeca?
—No. No pasa por ahí. Pasa por la fantasía. Yo sé que es una muñeca de látex. Es goma, es fría —Charly le agarra la mano y la deja caer, demostrando que es un objeto sin vida—  lo que yo siempre quise fue encontrar una mujer que fuera igual a ella. Que tuviera sus mismos ojos, su misma boca.
—Y nunca la encontraste…
—No. Una noche me volví loco y me fui a recorrer distintos cabarets, buscando a una mujer que fuera igual a ella —Charly la mira a los ojos— y ni mamado la encontré.
—En 1997 estuviste en el programa que conducía Lía Salgado y contaste que muchas mujeres se ponían celosas de la muñeca…
—A todas las mujeres siempre las llamé “nena”, nunca por el nombre real porque tenía temor de equivocarme y decirles “Rosita”. Nunca me pasó, gracias a Dios. Pero ellas, por ejemplo, querían ir a tomar un café o salir al teatro y yo les decía que tenía que ensayar con la muñeca porque tenía un show. Ellas me decían que yo dedicaba más tiempo a la muñeca que a la relación. Y era cierto. Ellas, con esa actitud, hacían que Rosita cobrara cada vez más vida. Ellas humanizaban a Rosita teniendo celos. Y creo que yo me dejé llevar y me la fui creyendo.

Días después hablé a través de Facebook con Carlos Alberto, el hijo menor de Charly que vive en Mar de Plata con sus tres hijas. Cuando le pregunté si recordaba el día en que su padre comenzó a crear la muñeca respondió que sí, que claro que sí.

“¡Cómo no voy a acordarme si le dedicó más tiempo a ella que a mí, ja, ja, ja, igual lo amo!”

Ante la pregunta de si se le venía a la cabeza algo que le reprochara a su padre respondió que sí, que nunca puso a su hermano o a él como prioridad en su vida pero que de todas formas si volviera a nacer volvería a elegir esta misma historia.

“¿Por qué creés que tu papá está enamorado de una muñeca?”

“Mi viejo es un hombre muy solo —responde Carlos Alberto—él vivió la mayor parte de su vida solo. Hoy no  me lo imagino con ninguna mujer, él no quiere conocer a nadie. Creo que le tiene mucho miedo al dolor y por eso se enamoró de algo que no puede hacerle daño. Pero que tampoco puede darle nada”.

Charly cuestiona a los ventrílocuos que dicen estar enamorados de sus muñecos comprados, cree que una persona solo logra enamorarse de algo que es producto de su propia creación.

—¿Cómo no voy a estar enamorado si la hice con mis propias manos? —Charly sonríe, con aires de estar diciendo una obviedad para todos—es así… ¿cómo te vas a enamorar de algo que no hiciste con tus propias manos? —insiste.

Asiento con la cabeza, y pienso.

—Uno de los grandes secretos de esta vida es amar intensamente, como yo amo a Rosita. Y digo secreto porque mucha gente se va sin haberlo conocido.

Sigo asintiendo.

Después de la primera entrevista, Charly y yo comenzamos a comunicarnos por Facebook. El primer intercambio de mensajes privados tiene que ver con acordar un nuevo encuentro. Le digo que me interesa su historia, que quisiera acompañarlo a comprar ropa para su muñeca e incluso a algún show que esté por hacer. A Charly no le gusta la idea y responde que eso no sirve para nada. Pero decide ayudarme. ¿Cómo? Como un ventrílocuo: auto-preguntándose y auto-respondiéndose.

“Yo creo que comprarle ropa o zapatos para una nota gráfica no suma nada, eso es algo muy bizarro y poco creíble porque cuando la gente lo lee asocia un ventrílocuo con un Chirolita. Pensá que si les cuesta creer que estoy enamorado de Rosita con más razón si le compro ropa, pero a ver si te puede servir algo de esto.

Pregunta: ¿La ropa se la hacés a medida? Respuesta: No. No. No. La compro en ferias americanas porque se me hace que como es usada tiene un cierto karma que humaniza a Rosita, la ropa interior no, esa es de lencería.

Pregunta: ¿Y los zapatos? Respuesta: Esos sí son a medida, el número ideal sería 33 pero me lo hacen 35.

Pregunta: Tanto los periodistas como los artistas convivimos con cierto ego, ¿cuál sería el tuyo cuando la gente se ríe, cuando aplaude o cuando dice que sos buen ventrílocuo?

Respuesta: No, mi verdadero ego esta cuando me dicen “Qué bonita es Rosita”, eso me llena de halago.

Pregunta: ¿De las historias que conocés de ventrílocuos cuál te impactó más?

Respuesta: Bueno, recuerdo un ventrílocuo que utilizó a su muñeco para hacerle preguntas a un nene de cinco años que había visto cómo mataron a su padre y a su madre; el nene delante de un médico forense se lo confesó al muñeco. El ventrílocuo estaba escondido porque el nene no quería hablar con nadie.

Pregunta: ¿Cómo se llamaba el ventrílocuo?

Respuesta: Son cosas muy tristes, mejor olvidarlo; el chico hoy debe tener unos 35 años mas o menos.

Pregunta: ¿Cuando estás con Rosita pensás en una mujer o cuando estás con una mujer pensás en rosita?

Respuesta: Uff, qué pregunta, la verdad cuando estoy con Rosita pienso en una mujer; ahora, sexualmente cuando estoy con una mujer pienso en Rosita.

Pregunta: ¿Vos estás loco?

Respuesta: ¿Loco yo?, bendita sea mi locura si eso me permite estar cerca del amor y de la risa, porque la risa no ofende a Dios y Dios nos libre de ciertas cosas que hacen los cuerdos.

Posdata: Perdoná pero estoy escribiendo con un dedo y me cansé, a la tarde te sigo escribiendo cosas.

El texto original, escrito en cursiva, llega a mi bandeja de mensajes sin acentos y con palabras como “hego”, “acer”, “umaniza” y “decearia”. Me apuro a responderle a Charly que agradezco infinitamente su tiempo y su voluntad, pero le explico que mi trabajo nada tiene que ver con lo que acaba de enviarme. Charly me escribe horas más tarde pidiendo disculpas, diciendo que quiso ayudar, que siente mucho haberme lastimado y que está dispuesto a que nos encontremos de nuevo. Días más tarde volvemos a vernos en el bar cerca de su casa.

—Mirá lo que te traje —dice Charly mientras presiona “on” en la camarita digital —acá hay unos videos del último show que di. Esto fue hace tres meses.

En el video Charly hace hablar a Rosita ante un público de hombres y mujeres de entre 50 y 60 años. El lugar parece ser una casa de familia, las señoras tienen blusas de colores brillosos y los labios pintados de rosa. En el video se ve cómo las personas se acercan a sacarse fotos con la muñeca.

—¿Cuánto duran estos shows privados? —pregunto.
—Media hora.
—¿Y cuestan…?
—600 pesos. Pero mirá también lo que te traje.

Charly saca del bolsillo de su camisa un recibo firmado por la productora de Sebastián Ortega, que certifica haberle pagado la suma de 1.500 pesos por una participación de cinco minutos en una tira —que nunca saldrá al aire tal vez— llamada “Mi viejo verde”.

—Me querían pagar 1.000 pesos solamente. Pero yo les dije que Rosita contaba como persona y como actriz también y que tenían que pagarme 1.000 pesos más por ella, pero me dijeron que no. Entonces me dieron 500 pesos más.
—Yo también te traje algo —le digo a Charly mientras busco en la cartera y le doy un sobrecito.
—Ay, pero por favor… No era necesario… —Charly abre con cuidado el papel de regalo y se lamenta por no haberme traído nada. Este es nuestro último encuentro — ¡Qué lindas que son! ¡Le van a quedar divinas! Estas se las pongo y no se las saco más.

El regalo son dos pulseras con strass para Rosita. Días más tarde me llegará un mensaje de Facebook: “TE CUENTO LAS PULCERITAS DE STRAS HERMOSAS UNA ALREDEDOR DEL TOBILLO LA OTRA EN LA MUÑECA ROSITA AGRADECIDA GRACIAS UN BESOTE ¡¡¡¡”

Cuando terminamos el café vamos a la boutique del barrio, donde Charly compra la ropa para Rosita. Es un negocio chico, con ropa para señoras. Charly me presenta a Vicky, la vendedora y le cuenta por qué estamos ahí. Después se pone a mirar la ropa colgada en los percheros.

—Estos colores rojos me gustan a mí, ves… Todo esto así.

Vicky, la vendedora, dice que es difícil encontrar ropa para Rosita porque si bien su tamaño es pequeño, no usa ropa para nenas sino para mujeres. “Pero algunas calcitas le van bien”.

La muñeca tiene un temperamento delineado y una forma de contestar que vuelve a repetirse cada vez: tiene una personalidad que fue pensada. Charly ahora intenta recordar de dónde fue sacando los rasgos y cómo compuso esa forma de ser.

—Ella es parte de mí. Sus contestaciones, su forma de ser y de pensar están guardadas en algún lugar de mi cuerpo. Porque cuando yo la muevo con la mano derecha, trabaja mi hemisferio izquierdo. La mano derecha mía le da vida a ella.
—¿Entonces sus contestaciones y su temperamento no son producto de tu imaginación?
—No. De hecho me ha pasado que estoy ensayando frente al espejo y de repente veo que Rosita mueve la cabeza de una manera que me resulta familiar. Es un movimiento involuntario y me pongo a pensar, a pensar… hasta que me doy cuenta de que ese gesto era de alguna chica que estuvo conmigo una vez en algún cabaret. Entonces todo lo que tiene Rosita forma parte de mis historias. Vaya que tengo historias con mujeres…

Hace muchos años Charly vivió en Rosario. Allí conoció a una mujer que era prostituta. Cuando su contrato de trabajo se terminó, él se fue pero un tiempo después volvió a buscarla. La mujer no estaba, Charly tenía la llave de su casa y entró. La esperó. Ella llegó algunos días después con ojeras y el pelo desprolijo. Venía de trabajar en un barco con pasajeros griegos. Sentía culpa. Mucha culpa. Tiró sobre la mesa la cartera repleta de dólares y le dijo a Charly que si él no los agarraba, ella quemaba el dinero. Charly se negó, le cocinó y se fueron a dormir. Ella se acercó, Charly no quiso tocarla, sentía rechazo, y se tiró a dormir en el piso. A la mujer le agarró un ataque de locura y comenzaron a pelearse a los gritos. Ella tiraba electrodomésticos al piso, Charly intentaba meterle en la boca pastillas para dormir. Y salieron al balcón. En el balcón, la mujer no se calmaba. Charly la agarró de los brazos, la zamarreó pidiendo que por favor dejara de gritar.

—Y te juro que tuve ganas de tirarla.

Charly se contuvo. Entró a la habitación, ella también.

—Le hice un té y se me ocurrió la idea de poner tres pastillitas somníferas. Se quedó dormida y yo me volví a Buenos Aires. Nunca más la vi.

Charly se define como un ermitaño y un tipo creativo. Charly es una persona con ideas. Un día recibí un mensaje privado de Facebook en el que él escribía lo siguiente:

“Hola Malvi , se me ocurrio si no te sirve hoy te puede servir mañana , cuando andes por buenos aires llegate hasta la embajada de inglaterra presentate como periodista y averigua si podrias visitar inglaterra para hacer un reportaje en la calle preguntandole a los traunsentes que opinan de Uruguay que junto a inglaterra quieren extraer petroleo de Malvinas , de seguro te van a decir que no , entonces despues te presentas en canal 24 y decis que no te permiten entrar en inglaterra porque te llamas Malvina Liberatore y te senti discriminada , creo que puede tener mucha repercucion tu nombre y apellido no se lo olvida nadies a lo mejor lo ves muy tonto pero mañana no sabes ¡¡¡¡ por las dudas no lo comentes con nadies ¡¡¡ bezos ¡¡¡ y exitos ,,,”

A lo que respondí: “Gracias Charly, jamás se me hubiera ocurrido”. Y a lo que Charly contestó: “De nada, cualquier cosa yo no dije nada, fue idea tuya”.

¿Y qué va a pasar con Rosita cuando Charly se muera? Él decidió que se haga un cajón a medida para los dos. Ella va a morir con él. Charly –que es un hombre de ideas– ya le sugirió a sus hijos que tomen una fotografía de su cuerpo con el de la muñeca dentro del ataúd y que la vendan a algún medio, así se hacen unos pesos. 

Una tarde de 1946 ó 1947 Dora Llosa tomó del brazo a su hijo Mario Vargas Llosa, de apenas diez años de edad, lo sacó a la calle, lo llevó caminando hacia el Hotel de Turistas, en el Malecón Eguiguren de la calurosa Piura, y allí le hizo una gran revelación:

— Tú ya lo sabes, por supuesto —dijo su madre — ¿No es cierto?
—¿Qué cosa? —respondió Mario.
—Que tu papá no estaba muerto.
—¿No me estás mintiendo, mamá?
—¿Crees que te voy a mentir en una cosa así?
—¿De veras está vivo?
—Sí.
—¿Lo voy a ver? ¿Lo voy a conocer? ¿Dónde está, pues?
—Aquí, en Piura. Lo vas a conocer ahora mismo.

Aquella noticia paralizó a Mario, quien hasta ese momento creyó que su padre había muerto y estaba en el cielo. Su madre, sus abuelos y tíos le habían ocultado la verdad hasta ese día del cual, asegura el escritor, aún no se ha recuperado.

La imagen que Mario tenía de su padre era la de un hombre “alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir”. Ese día la imagen de su padre cambiaría para siempre, una vez que ingresó con su madre al hotel y vio que un hombre vestido de terno beige y corbata verde se acercaba a ellos. La idea que tenía, del apuesto joven de la foto que acompañó su niñez, cambió rápidamente a la de “un hombre de carne y hueso, con canas en las sienes y el cabello ralo”.

Tenía como el sentimiento de una estafa, recuerda Mario Vargas Llosa en su libro de memorias “El pez en el agua” (1993). “Este papá no se parecía al que yo creía muerto”, enfatiza.

“¿Éste es mi hijo?”, le escuchó decir Mario. “Se inclinó, me abrazó y me besó. Yo estaba desconcertado y no sabía qué hacer. Tenía una sonrisa falsa, congelada en la cara”.

La Piura de esa época, que Mario Vargas Llosa abandonó el mismo día que conoció a su padre para viajar con él y su madre a Lima, ya empezaba a dejar unahuella en su vida.

***

Son las 11 de la mañana de un día de inicios de enero y en Piura hace calor. El termómetro registra 32 grados en esta ciudad rodeada de desiertos; o mejor dicho, plantada en medio del desierto del norte peruano, a unos mil kilómetros de Lima. Los árboles de algarrobo le dan un poco de frescura a la ciudad. Las carreras de la Navidad han pasado y todo parece tomar su curso cotidiano. La avenida Grau, esa calle donde se ubican tiendas de ropa, bancos, farmacias, almacenes de zapatos y otros negocios, está más sosegada que durante la última semana de diciembre.

Por estas mismas calles caminó durante su niñez y juventud Mario Vargas Llosa, durante los casi dos años que vivió al lado de su abuelo Pedro, su madre Dora y sus tíos Luis y Olga. El abuelo había sido nombrado como prefecto (gobernador) de la ciudad y viajó con parte de su familia desde Cochabamba, Bolivia, donde Mario había vivido sus primeros años. Por estas mismas calles caminó Vargas Llosa con el sueño de ser un gran escritor, viajar a Paris y hacer su vida como dramaturgo o novelista, pues sabía que difícilmente en un país como Perú podría salir adelante.

Por estas mismas calles caminó el escritor que más adelante un compañero suyo del Colegio Militar Leoncio Prado describirá como “un mozo que nació con un don”.

Son estas mismas calles las que el ahora Premio Nobel ha vuelto a recordar en su novela “El héroe discreto”, publicada en septiembre de 2013, y en la que cuenta la historia de Felicito Yanaqué, un empresario piurano dueño de una empresa de transportes que es extorsionado por unos mafiosos:

“…Volvió a sumergirse en el centro de la ciudad, lleno de gente, bocinas, calor, altoparlantes, mototaxis, autos y ruidosas carretillas. Cruzó la avenida Grau, la sombra de los tamarindos de la Plaza de Armas y, resistiendo a la tentación de entrar a tomarse una cremolada en El Chalán, enrumbó hacia el antiguo barrio del camal, el de su adolescencia, La Gallinacera…”

***

Me he propuesto visitar algunos de los lugares que marcaron la vida del escritor. Para empezar debo buscar el Teatro Variedades, donde Vargas Llosa presentó su primera obra de teatro, en julio de 1952. Me han dicho que debo buscar el Foto Estudio Carrasco o la tienda de Telas Manrique, el lugar donde alguna vez existió el famoso teatro y donde llegaban las familias piuranas de la época para asistir a las proyecciones y actos que allí se realizaban.

No es difícil encontrarlo, pese a que el edificio de cuatro plantas parece mimetizarse muy bien en medio del lugar. Los transeúntes, amables para orientar al turista, señalan de inmediato la esquina donde está la casa.

En el Teatro Variedades Jorge Mario Pedro Vargas Llosa presentó su primera obra, “La huida del Inca”. Había comenzado a escribirla en 1951 y unas semanas después de haber iniciado su quinto año de secundaria, en el Colegio San Miguel, se la mostró a su profesor de literatura, José Robles. El maestro la leyó y le sugirió enviársela al director Marroquín para ver la posibilidad de presentarla durante la semana de Piura.

“El doctor Marroquín aprobó el proyecto y, sin más, quedé encargado de dirigir el montaje, para estrenar la obra el 17 de julio, en el Teatro Variedades”, recordará el escritor muchos años después. “Vaya exaltación con la que corrí a la casa a contárselo al tío Lucho: ¡íbamos a montar La huida del inca! ¡Y en el Teatro Variedades, nada menos!”

Los ocho compañeros de Mario que conformaban el elenco de la obra ensayaron durante casi dos meses y medio. Sobre ese acontecimiento, Mario Vargas Llosa recuerda:

“La propaganda para la obra fue enorme, en La Industria y en El Tiempo, en las radios, y, por último, perifoneando por las calles. Recuerdo haber visto pasar, por la puerta del diario, a Javier Silva, rugiendo en una bocina, desde lo alto de un camión: «No se pierdan el acontecimiento del siglo, en vermouth y noche, en el Teatro Variedades…»

El teatro fue para Mario Vargas Llosa su primer amor. Desde aquel día de su adolescencia en que vio en el Teatro Segura, de Lima, “La muerte de un viajante”, de Arthur Miller. “Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista”, afirma. El escritor ha dicho que aunque Piura solo le hubiera permitido estar en un escenario disfrutando de la ficción del teatro y poniendo en escena una historia inventada por él, su deuda con esa ciudad sería impagable.

***

Entre abril y diciembre de 1952 Vargas Llosa regresó a Piura a vivir en casa de sus tíos Lucho y Olga. Allí cursó su quinto año de secundaria en el Colegio San Miguel. Durante ese tiempo aprendió con los buenos profesores de la época que avivaron su interés intelectual, mientras trabajaba como periodista en el diario La Industria, donde oficiaba como redactor de notas locales e internacionales, y donde recibía un salario de 300 soles mensuales.

Del San Miguel recuerda que era un magnífico colegio en el que “convivían muchachos piuranos de familias humildes —de la Mangachería, de la Gallinacera y otros barrios periféricos— con chicos de clase media y hasta de familias encumbradas de Piura, que iban allí porque los padres del Salesiano ya no los aguantaban o atraídos por los buenos profesores”.

No olvida a sus maestros, al profesor Guillermo Gulman, quien dictaba un curso de economía política. “Fue ese curso, creo, y también los consejos del tío Lucho, los que me animaron a seguir luego, en la universidad, las carreras de Letras y Derecho”. También a Néstor Martos, profesor de historia, un hombre “de figura desbaratada, bohemio impenitente, que parecía llegar a clases, a veces, directamente de alguna cantinilla donde había pasado la noche entera tomando chicha, despeinado, barbicrecido, y con una bufanda cubriéndole media cara —¡una bufanda, en la tórrida Piura!—”.

Rememora también al Ciego Robles, su profesor de literatura, quien apenas descubrió la vocación de escritor le tomó mucho aprecio y le prestaba con frecuencia sus libros, que estaban forrados con papel rosado y sellados con su nombre.

Pero sobre todo, también recuerda que antes de terminar la secundaria, él y su amigo Javier Silva alborotaron a sus compañeros, porque las directivas del colegio habían decidido que los exámenes finales no los harían con horarios definidos sino de improviso, con el objetivo de poder “evaluar con mayor exactitud los conocimientos del alumno”. Por ello estuvo a punto de ser expulsado del colegio pero el director Marroquín, para no “estropearle su futuro”, decidió suspenderlo solo durante siete días.

“Todas las cosas que me pasaron allí, entre abril y diciembre de 1952, me tuvieron en un estado de entusiasmo intelectual y vital que siempre he recordado con nostalgia”, rememora el escritor sobre aquellos años en Piura.

Con amplios pasillos y espaciosos salones, el San Miguel se ubica a la altura de la cuadra nueve de la avenida Grau. En su entrada hay una escultura de uno cinco metros de altura con la figura del ángel del mismo nombre, que porta una espada en su mano derecha. La estructura del colegio fue reformada hace algunos meses y las placas donde se homenajeaba al Nobel están guardadas en algún salón de objetos viejos.

En uno de los salones de estudio que ahora observo, cuyas paredes están pintadas de un verde claro, estudió su último año de secundaria el Nobel peruano y en el colegio no parece haber ningún registro de tal acontecimiento.

***

La Piura que recuerda el escritor y cuyas experiencias ha plasmado en libros como “El Jefe”, “¿Quién mató a Palomino Molero?”, “ El Pez en el agua” y ahora en “El héroe discreto”, es más que el día en que descubrió que su padre estaba vivo, el momento en que presentó su primera obra de teatro, o los recuerdos de su breve paso por el Colegio San Miguel. Es también el burdel “Casa verde” –de allí se inspiró para publicar la novela del mismo nombre– que quedaba camino al pueblo de Catacaos, a donde iban los piuranos de todas las clases sociales. —Ir a esa casa pintarrajeada de verde, en las afueras de Castilla, camino a Catacaos, me costaba mi magro sueldo de La Industria, de manera que fui apenas unas cuantas veces a lo largo del año—. Es también La Piura de los burros que en su época abundaban en las calles polvorientas y que todos los de su generación llamaban “piajenos”. Pero es, además, la Piura donde descubrió que los hijos no venían al mundo traídos por una cigüeña, “sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal”.

Esto lo supo un día en que se bañaba con dos de sus amigos en las aguas del río Piura. Allí entendió el significado de la palabra “cachar”.

El afecto que el escritor tiene por Piura es mayor al que podría tener por cualquiera de las ciudades donde ha vivido, pese a que su permanencia allí no fue mayor a dos años: entre 1946 y 1947, y en 1952. Pero “han sido épocas claves”, le respondió a un periodista hace un par de años:

“Cuando salía de la niñez y pasaba a la adolescencia y luego cuando salía de la adolescencia. O sea, viví en dos épocas fronterizas de la vida y debieron ser experiencias muy importantes porque fíjese todo lo que he escrito yo sobre Piura. Yo he estado y he vivido más tiempo en muchas ciudades del mundo, pero no he escrito mucho sobre ellas a pesar de que fueron ciudades en las que realicé gran parte de mi trabajo literario y, en cambio, de Piura sí. Y sigue siendo todavía una fuente de fantasías y sueños”.

En los recuerdos del escritor permanecen vivos los desiertos infinitos de la costa peruana, los tonos blancos, grises, azulados y rojizos que se formaban según la posición del sol y las playas solitarias; “un paisaje que más tarde me acompañaría siempre en el extranjero, como la más persistente imagen del Perú”.

***

Modesto Ramos, próximo a cumplir 82 años, un hombre de buen hablar y larga experiencia; compañero durante dos años de Mario Vargas Llosa en el Colegio Militar Leoncio Prado, de El Callao, a quien encuentro por pura casualidad a un lado de donde quedaba el antiguo Teatro Variedades, destaca la gran capacidad que tenía su amigo para escribir.

“Fue un diablo, un diablo en el sentido que le dio Dios al dotarlo de este poder, porque es un poder que tiene”, afirma con convicción. “Este mozo nació con el don que tiene”. Contará además que en la calle Arequipa vivía el gordo Silva Ruete, íntimo amigo suyo, quien llegó a ser ministro de economía del Perú y a quien Mario dedica su libro “El héroe discreto”. Recordará también al BorraoGarcés, con quien se juntaba en la plazuela Merino a canjear estampillas.

—Mario ha sido mi perro en el colegio militar —afirma.
—¿Su perro?
—Un año inferior, yo lo mandaba.
—¿Cómo era él en esa época?

Modesto no duda en responder:

—Vago. Vago en el sentido de que no iba a clases, porque tenía el don ese de captar. Entonces, en el colegio militar, se perdía en una pérgola; no sé cómo conseguía la llave o cómo se metía, y ahí hacía los dibujitos a los que le incorporaba leyendas. Ese era Vargas Llosa.
—Es un orgullo para el Perú tener a un Premio Nobel como Vargas Llosa –le respondo.
— ¡Carajo, de primera! Y ahorita la ha embarrado, se ha metido a pelear con Cipriani, el primado de la iglesia del Perú. Y se mete con el papa. Se congracia con el papa y pelea con Cipriani.
—¿A Vargas Llosa le gusta cazar peleas?
—Agarra lo que puede, carajo, y donde se mete, se mete…

Don Modesto me da la mano y sigue su camino, perdiéndose entre las personas que pasean durante el mediodía por la avenida Grau.

***

A inicios de marzo de 2012 Mario Vargas Llosa regresó a Piura. Durante varias horas caminó por sus calles, visitó pueblos vecinos y conversó con algunas personas. Seguramente observaba los escenarios de la que sería su siguiente novela, “El héroe discreto”. Se asombró de ver el crecimiento de la ciudad, con sus múltiples avenidas, sus centros comerciales, fábricas y hoteles. Sin duda, una Piura muy diferente a la que ha tenido en su memoria. De esa experiencia dio cuenta en su columna semanal “Piedra de Toque”:

“Los cambios en todo Piura son impresionantes. La Piura de mi memoria se ha volatilizado en un torbellino de gigantescos centros comerciales, flamantes urbanizaciones que se comen el desierto, gallardos edificios, universidades, colegios, fábricas, nuevas avenidas, nuevos hoteles y plantaciones de agroindustria para la exportación que han puesto a esta región a la vanguardia del desarrollo peruano… El Perú despegó por fin y la Piura querida de mi infancia y adolescencia está en el pelotón de cabeza de esta transformación”.

Lamentó que “la guadaña del tiempo” se hubiera llevado a sus profesores del Colegio San Miguel, a sus compañeros de clase y a buena parte de los que lo acompañaron en la primera obra de teatro que escribió y que presentó en el Teatro Variedades.

Y recordó el Hotel de Turistas de la Plaza de Armas donde vio a Ernesto, “ese personaje” que era su padre, y al río Piura que traía vida y por la que la ciudad celebraba con pólvora, fuegos artificiales y bandas de música…

Esa ciudad que al escritor le había generado tanta nostalgia y que le trae tantos recuerdos, parecía otra y sin embargo tenía la misma esencia de la que conoció de niño, la que terminó por cambiarle la vida.

A.

El cuarto reo que entrevisto me dice que soy una señal del de arriba. Días atrás, asegura, Dios le dijo que una periodista lo iba a visitar. Sin embargo, el único milagro será que cuando terminemos de hablar yo podré salir a la calle. La libertad, desde adentro de la cárcel es como ver a Jesús caminando sobre el agua. La diferencia es que aquí, la gente se ahoga.

Sansebas queda a mil colones en taxi (unos dos dólares americanos)desde el centro de San José, en Costa Rica, aunque a la mayoría de sus inquilinos el viaje les salió gratis, en patrulla sin ‘maría’. Es un centro penal para indiciados, gente sin condena ni sentencia en firme, personas que según defensores de la seguridad ciudadana, es mejor tener presa que afuera. Son el 25% de la población penitenciaria, una cuarta parte de las 12 mil personas que están tras las rejas en Costa Rica.

Indiciados es tan solo una cuestión de nombre, un eufemismo: “prisión preventiva”, pero prisión a fin de cuentas. Los que entran no saben cuándo van a salir, la espera se vuelve un dimequetediré entre el fiscal, el juez, el abogado y la desesperación que carcome a lo interno, que se deja oír de vez en cuando.

Así, los reos pasan meses, o hasta años, con la esperanza de que un día alguien les diga: “queda condenado por equis años” o, que los reciban con un “queda usted libre, no le comprobamos nada, mil disculpas”.

Lo primero, se lo dirán a, por lo menos, la mitad de los indiciados. El resto se conformará con la absolución por duda: los mandan a la casa con la hoja de delincuencia limpia y la boca cerrada. Las autoridades saben borrar la cárcel de los papeles pero no de la memoria.

Ninguno sabe qué es peor.

La ausencia de relojes en Sansebas es un acto de piedad y compasión, es mejor no llevar la cuenta de los minutos que se escurren entre la pintura ajada. Porque una vez adentro la única opción para que el reloj no se detenga en seco es “aprender a canear” (a golpear para defenderse).

Porque definitivamente la cárcel es como una mujer con el útero estirado de tanto parir. Como una madre que, de tantos parir hijos, omite el proceso de crianza: aquí solo sobrevive el hijo más fuerte.

L.

Cristian es grandote, compacto de gimnasio, tiene 34 años y su pelo es corto, parado y filoso.

Cristian quiso ahorcarse al segundo día de estar preso, arrollándose un pantalón al cuello y colgándose de un calabozo con olor a orines. “Porque ese calabozo pa’ de feria, no tenía servicio adentro, a donde uno mismo orinaba ahí tenía que ‘ormir”.

Eso fue hace dos años. El hecho que lo tiene aquí adentro ocurrió hace tres.

Una oscura carretera en Junquillo Arriba de Puriscal fue escenario de un accidente de tránsito, el cual cobró la vida de un joven y tiene a otro al borde de la muerte”, dijo el diario La Extra.

Homicidio culposo”, dijo la Fiscalía.

Es como si usté fuera aquí y fue a ver un lado y se topó con alguien, y sí tuvo culpa porque no estaba centrado en lo qusté iba pero nunca lo hizo con intención, porque yo hasta a un perrito o un gato me he caído en moto por quitármelo.

Entonces enseña una cicatriz que tiene en el codo. Mueve las manos y deja caer el peso sobre el respaldar de la silla de plástico; repetir la misma historia debe pesar a ratos.

Todas las personas presas con las que he conversado tienen la culpa escondida en el fondo del pellejo y la inocencia es lo único que a punta de empujones escupen por la boca.

No los culpo. Si estuviera ahí metida, yo también le diría a la culpa que no chistara, que se escondiera en mi rincón más profundo, que no se atreviera a salir. Una sílaba en falso y el encierro se alarga.

Inocentes en las cárceles de Costa Rica hay, mal condenados hay, causas mal investigadas también”, asegura Hermez González, presidente de la Fundación Derechos Humanos, mientras mastica las palabras bajo su bigote negro, espeso, que amenaza con convertirse en cepillo.

Para Hermez, que encabeza un proyecto para sacar a las personas inocentes de las cárceles, la falta de dinero le pasa la factura a muchos de los privados de la libertad. “La mayoría son personas de escasos recursos económicos y contratar a un abogado cuesta entre 350 mil colones y un millón de colones” (entre 686 y 1.900 dólares).

¿Y entonces?

Renzo, otro preso que está al lado de Cristian, parece tener la respuesta. Sabe cuidar las palabras porque por un testimonio ya lleva nueve meses en Sansebas. Su exmujer dijo que él la había amenazado con un cuchillo y un revólver. Medicatura forense no encontró marcas en el cuerpo de la mujer. La Fiscalía le puso el nombre de “tentativa de femicidio”. Doce años de cárcel. Ahora está a la espera de una apelación.

Una espera que lo ha dejado flaco y débil, con los hombros apuntando al suelo.Parece Eminem con el pelo negro y lacio bajo una gorra azul, a punto de tirar lírica al estilo moderfoker.

Sinceramente ahorita hay muchas personas indiciadas que están por puro color ‒opina.

Cristian explica:

Como fama de malillo, que la ley piensa que usté no ha sido muy correcto en la vida y aunque usté no haiga hecho algo, por pura fama lo agarran.
Yo soy de Pavas ‒continúa Renzo‒ y todos los días Pavas sale en las noticias, es uno de los lugares más conflictivos. Para la fiscalía todos los que son de ahí son culpables. Ellos dicen que es mejor tenerlos encerrados a que cometan una tragedia en la calle, cosa que no es cierta. Estando en la calle siempre trabajé, yo tenía una microbús, hacía colectivos en Pavas, pasaba todo el santo día breteando, nunca tuve problemas con la ley.

¿De qué color será la conciencia?

G.

Ese día llegué sucio, fue una bendición para mí, porque yo llegué cansao y me acosté a las cinco ela tarde, y en eso suena bum-bum-bum, y yo pensé que eran lo vecino moletando.

Nelson. Todo él es como un tractor, bien tuco, áspero como una piedra pómez. Tiene una voz de caverna que suena igual a un motor en primera tratando de subir una cuesta.

Nadie esté jodiendo que vengo bien cansao, porfavor. Ahora salgo a hablar con ustede.
¡Por favor, Nelson Barboza, venimos de parte de la Fuerza Pública del OIJ!
Mae no estén bromeando, (pensando que eran los vecinos, me dice) que vengo bien agitao, (porque a veces la constru es muy pesada).
¡Por favor salga o le botamos la puerta!
Pensé, ¡qué majadería!, pero no abrí la puerta, me asomé por el huequito y en eso veo a lo’ oficiale y digo: ¡Señor en que bronca me metío, que yo sepa no, pero yo no me voa poner agresivo si no he cometido ningún delito. Le abro y se me queda viendo.

Me mira fijo achinando los ojos, recreando el encuentro con la ley.

Ud es…
Sí, sí digo.
Necesito que nos acompañe para ver si aclara un caso, solo va a salir a firmar y aclarar eso y ya viene.
Y ese “viene”… aquí me tienen todavía.

Han pasado seis meses desde de la denuncia que la hija del vecino le interpuso a Nelson, donde afirmaba que le salía chingo en la cuartería. En su defensa Nelson asegura que eso del exhibicionismo, como dice la acusación, es pura mentira, una cosa insólita. La verdad, lo que menos parece es un showman.

¿Cómo les avisan que les van a prorrogar la prisión preventiva?
Al mes de estar aquí me llamaron y la Fiscalía dice: ‘no hemo revisado bien el caso por tanto la jueza le pide otro mes’… Y uhhhhhggggfff, era como un jincón mío (se lleva la mano izquierda al pecho, al corazón, lo exprime con el puño, como si en verdad doliera)… porque yai es la libertá…

La soledad en Sansebas guillotina, exprime el alma como si fuera una fruta jugosa. Si alguno de estos presos fuera poeta, antes de hablarme le robaría las palabras a Jaime Sabines:

Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Ú.

El abogado penalista me invita a armar una torre de naipes.

Si usted va por la calle y ve a un policía detener a alguien, ¿qué es lo primero que piensa? ‒pregunta.
¿Qué algo hizo?
¡Exacto! Entonces esa persona que detuvo el policía es presentada ante un fiscal y con base en lo que el policía le dice, dicta una prisión preventiva. El fiscal lo lleva donde un juez, y el juez piensa, si el fiscal la dictó es por algo, ¡hay que concederla! Y luego el tribunal superior ratifica lo actuado porque, si ya actuó la policía, el fiscal y el juez, no queda otra que confirmarlo‒, explica Luis Alonso Salazar, con pelo de perro ovejero.

En la lógica del penalista la sentencia judicial es jugar teléfono chocho. La burocracia de los tribunales es una vieja de patio que apunta con la uña larga, capaz de sacar sangre, que enseña la lengua venenosa y letal.

En la práctica la prisión preventiva es parte del diario vivir de los tribunales y se ve sin mucho reparo, a la ligera. A los jueces les da miedo resolver poniendo gente en libertad. Si lo detuvieron algo hizo…. Todos se van pasando la bola sicológicamente”, agrega.

Según el Código Penal costarricense esta medida es como una carrera en la que no hay vuelta atrás hasta completar la primera fase. “Durante los primeros tres meses, después de que se dicta una prisión preventiva, no se puede apelar, porque el Código no da ese recurso. El Ministerio Público, irresponsablemente, no se presenta a solicitar que cese, aunque la persona ya no ocupe la prisión”, sentencia Salazar.

El castillo de cartas que tengo en frente, se derrumba a punta de susurros.

N.

¡Muchacha, ayúdeme por favor!

Suplica, implora, junta las manos y me mira con ojos de vidrio frágil a punto de hundirse entre el desierto oscuro de su cara. Si el suelo fuera arena movediza, Ezequiel tendría solo la cabeza afuera.

Hacer cuentas es inevitable. Tiene 26 años, lleva dos en la cárcel. Si lo sentencian, pasaría 48 años encerrado. El delito: violación, robo, secuestro y asalto.

Esto es como morir lento.

Cualquiera quisiera ser de acero cuando la bacteria comecarne se insertó bajo la piel.

Mientras reconstruye su historia, cada dos frases repite despiadada injusticia, esto e’ una inmoralidá o yo estoy impaKtao. Cuenta que lo pusieron entre cinco sujetos y un oficial dijo que él era el que más se parecía, que le suplicó a Aryery, la defensora pública, durante un año para que lo llevaran a medicatura forense, que la novia que venía a visitarlo se enojó con él por el teléfono, que está hablando con una ex para que venga a hacerle visita conyugal, pero la agarraron con droga y ahora está en la cárcel de mujeres.

Cada palabra que suelta es un latigazo que lo marca como si fuera una vaca indefensa. Un desahogo medicinal que lo hace ver aún más flaco, encogido como una pasa.

¿Qué es lo que más extraña?

Se endereza en la silla, mira el cielo raso percudido, sonríe. Desempolva el recuerdo del fondo de su memoria.

Ir al río, a la playa. Yo vivía en Tortuguero….Iba a la playa, a qué se yo, a tomarme unos traguillos, ir con los compas al cerro, ¿usté conoce el cerro? Porque en el cerro uno se para en la loma en la pura punta y no se ve’l mar, viera que curioso, a mí me gustaba mucho ir ahí arriba… Cuando llegaban los turistas, les hablaba, sí, sí, yo les preguntaba a veces cómo se llamaban… Viví como seis meses, me vine a trabajar en una finca en Guácimo y me volví a ir… Me gustaba el ambiente ahí, el aire, el mar, respirar aire puro…..
¿Y cómo es el aire aquí?

Mi pregunta lo baja del cerro. Golpe en seco. Vuelve a ser pasa.

Nuuuuuuummmbreees, no muchacha… sabe que yo le doy gracias a Dios que yo estoy en el pabellón de arriba, porque si yo estuviera en el de abajo, uno se asfixia, ahí se muere uno.

¿Cómo se verá el mar desde la cárcel?

D.

Si hay más gente que la que cabe en un cuarto la lógica diría que se respira menos, porque el aire per cápita disponible se reduce. En la jungla carcelaria uno de los depredadores más temidos es el hacinamiento; 46 presos en Sansebas se reparten el oxígeno que hay para 24. No es cuestión de vida o muerte, es aprender a vivir a medias…

Conformarse con migajas: tener sexo autorizado durante cuatro horas una vez por semana y que le pongan el nombre de visita conyugal; obviar el ajuste inflacionario y convencerse que 100 colones es una fortuna dentro de este principado custodiado por candados; que 100 colones no es mala paga por lavar una camisa, por limpiar mierda ajena regada en un baño; que es mejor escupir la gripe a punta de tos que esperar a que el único doctor en la cárcel les de una cita…

¿Y el tiempo, cómo lo cuentan?

Nelson se queda pensando.

Aquí solo pasa el día y la noche.

La matemática carcelaria es un lenguaje con una regla única: aquí lo que no suma, resta.

Í.

De Puriscal a SanSebas hay 18 kilómetros.

Cristian no lleve esos zapatos, ahí mismo se las quitan los maleantes ‒me decía una amiga mía que es policía.

Un cuñado mío me trajo unos zapatos que estaban todos rompidos ahí (me enseña la suela), y me ‘ice ‘esos son apenas’. Y yo dije: ¡uy pa onde voy yo!, yo me vía así com’ un pordiosero. ¡Vieras mae!, (le dice a Renzo) ¿usté no me vio cuando yo entré? ¿No? ¡Oiga! con un pantaloncillo que se me caía y con una camisilla toda hueca y toda fea, vieras que vergüenza cuando llegué, por pasar por todo lao”.

Hace una pausa. Se come las uñas, los dedos jupones lo delatan.

Nunca es igual esto a estar afuera acostumbrado a trabajar y ganarse su platita y tener la doña bien y la chiquita y acostarse y calientico uno y comer comidita de la quiuno le preparan con amor verdad y todas esas carajadas… Y tener metas, en este mes voy a hacer tanto… ya en esta época yo había comprado los regalos de Navidad y estaba uno con la ilusión… muchas ilusiones sí las pierde uno… Yo tenía una vida bonita…”

El presente es un respirador artificial cuando se empieza a ver la vida en pretérito.

A.

Se levantan a las siete. Café. Lavar baños. Salen al patio. Un poquito de sol. Caminan. Conversan. Algo de ejercicio. Llamada telefónica. Almuerzo. Tarde. Noche. 7 a.m.

Voy a ir a tomarme un fresco, voy a comprarme ropita pa verme más bonito, voy onde el peluquero a peluquiarme.
No puede.
¿Por qué?
Porque aquí está en la cárcel.

El monólogo de Ezequiel es un síntoma colectivo.

La mayoría tiene la resignación asfaltada en la mirada, pero Ezequiel me ve diferente. Me ve como si quisiera sacarme la compasión del torrente sanguíneo y aferrarse a ella como se aferra un chiquito a un helado en los desfiles.

Si lo condenan, cuando salga de la cárcel, los jueces que dictaron sentencia van a estar muertos, él va a ser un adulto mayor, el cerro de Tortuguero seguirá ahí quieto.

Hubiera sido mejor que me hubieran pegao un balazo en la jupa, nononono, mejor hubiera sido que me mataran y no me hubieran hecho esto ‒niega con la cabeza, con las manos juntas sobre el regazo.
Ya estoy crucificado presagia.

Cuando Jesús caminaba sobre el agua, Pedro le dijo desde un barco: “Mándame hacia ti andando sobre agua”. Él le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y se echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse.

En esta historia todos son Pedro y le gritan a Jesús. Desde el fondo de este mar de cemento que es en Sansebas, si de milagros se trata, el único que necesitan es el de la resurrección.

Nati es varón

Publicado: 17 octubre 2012 en Andrés Acha
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Cuando tenía 12 años Natalia intentó suicidarse tres veces en la misma noche. Ocurrió el día del cumpleaños de su papá. José no quería festejarlo pero Graciela lo comentó en la vereda y los vecinos llegaron con empanadas, pizzas, pollo, algo para tomar. Era inevitable la reunión. Había cierta excitación en la casa porque Graciela se postulaba ese fin de semana por primera vez como presidenta del Centro Vecinal de su barrio, Parque Liceo. A las diez de la noche Natalia apareció en la fiesta con la cara ensangrentada.

–No quiero vivir más –dijo.

Había dejado caer el peso muerto de su cuerpo atontado por las pastillas desde la cucheta de su pieza. Al volver del hospital todavía quedaban algunos vecinos alrededor de la mesa. Con Natalia descansando en la habitación, conversaron sobre lo que había pasado.

Hacía una semana que Natalia había cambiado las polleras por unas bombachas de gaucho y se había cortado el pelo. Se movía distinto.

Dos horas después, bajo el mismo cielo de la misma noche, volvió la sangre: un cuchillo en las muñecas. Otra vez las corridas, la ambulancia, el hospital, la desesperación, el desconcierto.

Volvieron a la casa. Con el lavaje de estómago hecho, las curaciones del golpe en la cara recién terminadas y los brazos vendados, en el cumpleaños número 32 de su padre, frenaron a Natalia segundos antes de que se cortara de nuevo.

Sus padres no encontraban explicación a la insistencia de Natalia en quitarse la vida.

Esa misma noche la internaron. Era la mayor de los 10 chicos de la sala del hospital y no podían dejarla sola. Su mamá durmió casi un mes apoyada en la cama, con los brazos cruzados sobre el colchón, a los pies de su hija medicada.

Dos años después Graciela llamó a la psicóloga para revelarle lo que había descubierto sobre su hija, el porqué de los intentos de suicidio, de las depresiones y de su repentino cambio de vestuario y actitud.

–Licenciada, para mí Nati, se lo digo como madre, para mí Nati es varón.

A Natalia “La Pepa” Gaitán la asesinaron de un escopetazo en el pecho el 7 de marzo de 2010. Tenía 27 años. Pero eso pasó mucho después.

***

Graciela tenía 20 años y un hijo aquella noche de 1980 en la que conoció a José en un recital de la cantante Tormenta.

–Lo conocí y fue un impacto. Bailamos una pieza, me acompañó hasta la pensión, lo hice pasar a mi cuarto, nos pusimos a charlar y nunca más nos separamos hasta que se murió.

Graciela no sabía que estaba embarazada la tarde en que despidió a José, que se alejaba en tren rumbo al servicio militar obligatorio. Él regresó una semana después con una nota: no era apto porque tenía un dedo del pie encima de otro, y eso le iba a traer problemas con los borceguíes.

Ya había dos hijos en la familia (Diego y Mauricio) cuando Graciela le anunció a su novio que estaba embarazada de nuevo. José Gaitán le contestó con una promesa:

–Si es nena me caso con vos.

En 1982 nació Natalia. Graciela dice que le hizo una trampa al padre: “Nació nena para que se casara conmigo, pero después se hizo varón”.

***

Karen Herrera es una de las personas que mejor conoció a Natalia “La Pepa” Gaitán. Las presentaron y un mes después ya se habían mudado a una piecita de paredes ásperas. Vivieron juntas dos años hasta que se separaron en diciembre de 2009, cuatro meses antes del crimen.

Ahora Karen está sentada en el comedor de la casa que comparte con su mamá y su hijo Iván. Habla bajito, poco, pausado. Mira el mantel de hule, acomoda su cara redonda, morocha, y recuerda que a Pepa la conocía todo el mundo, que era muy simpática, muy linda; que le gustaba mucho bailar y el reggaetón de Don Omar. Dice que Pepa era muy familiera y que todos los domingos compartían una mesa larga y bulliciosa.

Recuerda también que Pepa amaba su moto enduro y que no se la prestaba a nadie. Que la moto tenía un número que la identificaba: el 43, la edad en la que murió su padre de un infarto. Dice que a Pepa esa muerte la afectó mucho.

Karen recuerda y parece cansada: “Tenía un altar con la foto de su papá, estampitas, santos, flores; le dedicaba canciones y de vez en cuando se deprimía porque lo extrañaba mucho. Cuando se ponía triste salía a dar vueltas en la moto”.

En el hombro izquierdo Karen tiene un tatuaje que dice “Pepa”, con una estrella brillante que parece una varita mágica. Se lo hicieron juntas una tarde de calor. Pepa tenía el suyo en el cuello: “Una letra K, pero en chino”, dice Karen. Pepa tenía, además, otros tres tatuajes: la firma de su mamá en el hombro izquierdo, la de su papá en el derecho y el nombre de su padre, José, escrito en el antebrazo.

–Siempre decía que le hubiera gustado irse con su papá. Que se iba a ir con él porque lo extrañaba –dice Karen.

“Todavía no, pero sé que me voy a ir con él”, repetía.

Y Karen le decía callate, no digas esas cosas.

Mientras Pepa enfriaba su noviazgo con Karen, hacía todo lo posible para acercarse a Dayana, la hijastra del que sería su asesino.

***

Barrio Parque Liceo es una frontera. Más allá, se termina la ciudad. A la entrada las casas más coquetas brillan –farmacia, repuestos para el automotor, heladería–. Al cruzar la primera plaza las casas se achatan –jardincito al frente, su reja pesada–. Después de la segunda plaza hay menos flores y más paredones –dos pizzas: 30 pesos–. Del otro lado de la tercera plaza, al fondo, de noche, casi no hay luz.

Pepa vivía y trabajaba en la Asociación Civil Lucía Pía, una ONG que creó su papá y que hoy dirige su mamá. Ahí tienen una guardería-comedor, dan la copa de leche y talleres de capacitación gratuita: computación, peluquería, artesanía, repostería, electricidad y mecánica, corte y confección, cosmetología integral, pintura en tela.

En el barrio la conocen como La Sede. Es un salón rectangular con una cocina que parece cantina, una habitación y dos baños. Sobre un aparador hay un equipo de música y detrás cuelga una bandera del Club Atlético Belgrano.

“Llevo 23 años de trabajo social –cuenta la madre de Pepa–. Acá la carpeta asfáltica tiene nombre y apellido. El cordón cuneta tiene nombre y apellido. La contención social tiene nombre y apellido. Éste fue el primer barrio de Córdoba al que logramos cambiarle la cañería del agua. Conseguimos el terreno y el financiamiento para la escuela secundaria, que no había. Cuando se cerró la escuela primaria, en menos de 24 horas conseguí que nos prestaran unos terrenos para poner 30 contenedores donde darle clases a mil chicos. Ahora estoy luchando para construir un dispensario. No todos me quieren, pero el que no me quiere, me respeta”.

Por La Sede pasaban todos los días dos adolescentes vendiendo pan: Dayana y Sharon Sánchez. La madre de las chicas, Silvia Suárez –cocinera– y el padrastro, Daniel Torres –albañil–  estaban desocupados. Pepa les consiguió trabajo en La Sede y esa fue la manera más rápida que encontró para acercarse a Dayana.

Se hicieron amigos. Comían todos juntos, se reían, la pasaban bien. Silvia cocinaba, Torres revocaba y pintaba. Las chicas conversaban.

Pepa tenía mucho éxito con las mujeres. Silvia se enamoró de ella y la cosa comenzó a complicarse porque a Pepa le gustaba Dayana, la hija de Silvia, de 17 años. Y era correspondida.

El ambiente se enrareció mucho cuando Pepa y Dayana se pusieron de novias. Silvia le confesó a Dayana que estaba enamorada de su novia. Tuvieron varias discusiones hasta que su mamá la echó y por unos meses vivió con una tía.

Torres –petiso, retacón, pelo al ras, 35 años– tampoco toleraba que su hijastra saliera con Pepa. Además sabía que Gabriela Cepeda, la mejor amiga de Pepa, andaba atrás de Sharon, la más chica de sus hijastras, de 14 años. El albañil tenía a su mujer y a su hijastra enamoradas de Pepa y a Gabriela tratando de seducir a Sharon.

–Esto va a terminar mal –dijo Torres unos días antes del asesinato–. Me tienen cansado.

***

La tarde del homicidio, en La Sede, Pepa recortaba cartulinas para la guardería con su novia. Hacía un mes que vivían ahí. Eran las 18.30 del sábado 6 de marzo de 2010. A esa hora llegó Gabriela Cepeda y les contó que había estado frente a la casa de los padres de Dayana y que se habían insultado.

Natalia Carrizo, vecina de Torres, dice que esa tarde Gabriela había pasado tres veces por el frente de la casa insultando y que, por eso, Silvia llamó a la Policía. Las llamadas quedaron registradas en el servicio de emergencias de la Policía a las 19.09 y a las 19.17. La vecina dice que el patrullero nunca llegó. La Policía asegura que un oficial tocó la puerta y el timbre.

La amiga de Pepa explicó que había vuelto a la casa de los padres de Dayana y Sharon, a una cuadra de La Sede, porque la madre de las chicas quería hablar con ella. Ahí, sentados en unas reposeras en la vereda, Silvia y Torres tomaban mate mirando hacia un ancho canal de concreto. Del otro lado, los autos pasaban a toda velocidad, ruidosos, por la Avenida de Circunvalación, que marca el límite final de la ciudad. Era una tarde de calor, las puertas estaban abiertas.

Cuando Pepa se asomó a la esquina para ver por qué su amiga se demoraba, vio que estaba peleando con Silvia. Pepa se acercó, forcejeó y le gritó al padrastro de su novia: “¡Sos un puto! ¡Por qué sos tan maricón! ¡Cuidala a tu mujer, gorriado!”.

La vecina de Torres salía de la ducha cuando escuchó los gritos. Se asomó por la ventana de chapa de su habitación y vio que Pepa insultaba a Torres. Lo invitaba a pelear.

–No. Qué te voy a pegar a vos si para mí sos mujer –respondió Torres.

Hacía tres años que Pepa practicaba Vale Todo, una disciplina en la que lo único que no está permitido es meter los dedos en los ojos y morder al contrincante. “Ella descargaba mucha de su depresión ahí”, cuenta la madre.

“Me voy a apurar porque esto va a terminar mal”, pensó la vecina.

Torres entró en su casa y salió al instante con una escopeta calibre 16 de un solo caño. Caminó por el sendero gris que sale de su vivienda, hizo varios pasos por la calle de tierra sin decir una palabra. Gabriela le pidió que dejara el arma, su mujer se le acercó para frenarlo y él le dijo “correte”. Pepa lo vio venir y le gritó: “Tirá si sos macho”.

En su habitación, mientras terminaba de cambiarse, la vecina escuchó una explosión. Corrió a la calle y vio a Pepa tirada en el suelo, mucha sangre, y a Torres con el arma en las manos.

–¡¿Qué hiciste?! –le preguntó la vecina.

–Qué mocaso, qué mocaso –balbuceó Torres.

Eran las 19.37 cuando un oficial de la Policía recibió en su móvil el llamado de la Central: debía trasladarse a la Manzana 91 de Parque Liceo. Al llegar vio que Pepa estaba boca abajo sobre un charco de sangre. Varios vecinos le dijeron que Torres había disparado.

Sentada en su casa, con el pelo lleno de tintura, la madre de Pepa escuchó que la llamaban: “Doña, doñita. Venga que le pegaron un tiro a la Pepa”. Salió. Corrió. La vio: “Tenía un hueco como el de Terminator en el hombro”, dice.

Torres se escapó en una moto y minutos después llamó a su mujer. Le dijo que se quería entregar y que la escopeta estaba en el techo de la casa del mismo vecino que se la había prestado dos semanas antes. También habló con un policía que le aconsejó que no volviera al lugar porque lo iban a linchar. La Policía lo fue a buscar a la esquina de Niceto Vega y Escalada de barrio Patricios. Confesó todo.

Pepa no aguantó la cirugía con la que intentaron salvarla y murió a las 2.15 del día siguiente. “Apenas falleció mi hija llamé a la Unidad Judicial de la Comisaría y les dije que le avisaran a la mugre de Torres que se había dado el gusto de matarla. Y les dije que me la había matado por lesbiana”, cuenta Graciela.

***

La madre de Pepa fue a canales de televisión, a radios, la entrevistaron en diarios y revistas, apareció en documentales, marchó por las calles con una pancarta que pedía “Justicia para Natalia y para todxs”. Se presentó en Tribunales para convertirse en querellante en la causa que investigó la muerte de su hija. Dio discursos en plazas públicas, subió a escenarios y estuvo en el Concejo Deliberante cordobés cuando se declaró al 7 de marzo (fecha en la que asesinaron a Pepa) como el Día Municipal de Lucha Contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género. Habló ante miles de personas que pedían la aprobación del matrimonio igualitario frente al Congreso de la Nación:

–No soy yo la que está aquí, es Nati. Pido que los dejen volar, que los dejen elegir. ¿Dicen que están enfermos? Enfermas son esas mentes de mosquitos que dicen que ser lesbiana, gay, trans es estar enfermo. Lo único que hacen es derramar amor. ¿Por qué no los dejan elegir?

Graciela Gaitán lleva a todos lados una carpeta con sus papeles y algunas fotos. Natalia en un acto de escuela con el pelo corto y mirando seria a la cámara. A los 12 años, junto a su papá, semanas después de los intentos de suicidio. A los 24, en el cumpleaños de 15 de su hermana menor, relajada y con una gran sonrisa haciendo señas a la cámara. Poco antes de su muerte, hablando por teléfono, con un piercing en una ceja y otro en el labio, pelo cortito, tatuaje en el antebrazo, media sonrisa de lado.

***

La última vez que alguien del barrio vio a Daniel Torres fue en la televisión, en febrero de 2011, en La Casa del Trovador, un programa de música folclórica que se transmitió desde la cárcel de Bouwer. Torres estaba entre el público. “Se suponía que los que estaban ahí eran los más buenitos”, contó Nelson, el manager de Brisas del Norte, una de las bandas que tocó ese día.

Después del asesinato, Silvia Sánchez se mudó a otro barrio: Villa Boedo. Sus hijas viven con ella. Dayana trabaja en un puesto de teléfonos celulares en una sucursal del supermercado Mariano Max. La vieron junto a su hermana, Sharon, en un baile de La Banda de Carlitos. Gabriela Cepeda, amiga de Pepa, se siente culpable por lo que pasó. Vive con su familia en Villa Retiro.

Graciela Gaitán, la madre de Pepa, impulsó el juicio que se realizó entre el 26 de julio y el ocho de agosto de 2011 en la Cámara Séptima de Tribunales II y que condenó a 14 años de prisión a Daniel Torres. Ahora, en esta tarde fría, Graciela fuma en el asiento del acompañante de un Peugeot 504 que conoció épocas mejores. Para ir al Cementerio Parque Los Álamos hay que cruzar el fondo de su barrio:

–Mirá como sopla ese. Después salen a echar moco –dice Graciela. Y señala a un chico que aspira pegamento sobre un jardín sin flores.

El auto se queja con los baches de un bulevar, toma una calle con árboles amarillos, sigue por una ruta con curvas. El paisaje se vuelve serrano: al costado del camino hay cada vez menos casas, más campo –se venden lechones–. La tierra está mojada por una llovizna triste, el limpiaparabrisas rechina, llega un silencio pesado.

En el cementerio, el aire apenas mueve las copas de los árboles deshilachados por el invierno. Las pisadas no hacen ruido sobre el césped mullido y seco. Graciela levanta la vista, prende otro cigarrillo y repasa la lista de sus muertos: “Allá está la mamá de un nietito mío. 24 años tenía. Allá un primo de la Nati. También lo mataron, el mismo día que a ella pero dos años antes. Dos tiros en el pecho. Acá está mi suegra, Lucía Pía. Por ella la Asociación Civil se llama así. También está mi suegro. Acá, al lado de Nati, está el padre. Es cierto eso de que cada muerte tiene su dolor. Una muerte por accidente tiene su dolor. Una muerte por enfermedad tiene otro dolor. Pero una muerte así…”.