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Misrata calling (XXIV)

Publicado: 6 octubre 2013 en Alberto Arce
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A fuerza de repetición, los personajes y la obra se van consolidando cada día, hasta el punto de que los combatientes de la barricada nos saludan por nuestro nombre. Este frente luce hoy mejor organizado que el día anterior, con más hombres y más armas, más esquinas en las que ocultarse y más vehículos con artillería casera. Continúan cayendo morteros de vez en cuando, pero la dinámica ya no es la del chaparrón de muerte que nos recibió ayer. De alguna manera, ha dejado de parecerse a una ratonera para transformarse en un corral de gallinas cluecas abierto al patio por el que los rebeldes se pasean luciendo sus armas. Un extraño lugar desde donde seguir avanzando.

Gran parte de lo que vemos son escenas en moviola acelerada, como todo lo que se repite con una cierta frecuencia dentro de esta anomalía.

Para preparar el avance lo primero es asegurar cobertura colocando una línea de morteros y RPG con los que comenzar a hacer ruido y distraer al enemigo. Es una forma de decir: “Estamos aquí, despertad”. La mitad fallan, describiendo una parábola de apenas unos metros y explotando delante de nosotros. Sorprende ver las pocas bajas que provoca el caos amigo. A nuestras espaldas podemos ver las pick-up con su ruidosa artillería preparadas para avanzar por la carretera, y lanzar el mensaje de que “vamos a por vosotros”. En esta fase se suman al arsenal uno de esos incatalogables biberones lanzamisiles que tanto juego le dan a la foto y tan poco a las posibilidades de victoria. Fuego y ruido acompasado, de ida y vuelta. Disparan desde aquí y se responde desde allí hasta media mañana.

Pero el movimiento real sobre el terreno es mucho más sutil y discreto que la parafernalia artillera. No sé si efectivo. Es una conquista minuciosa del terreno, metro a metro.

El ataque lo lleva a cabo la infantería, por llamarla de alguna manera. Se trata de un centenar de hombres que avanzan sigilosamente por los laterales, campo a través, en maniobra de emboscada envolvente, mientras el ruido y el fuego pesado ataca y distrae a los soldados del ejército gadafista por el centro. Todo un alarde de estrategia. Son ellos los que, si llegan, plantearán el combate cuerpo a cuerpo y tomarán la posición.

Alguien, el más decidido quizás, se levanta y comienza a discutir con sus compañeros. No se trata de demostrar coordinación ni de convencer con argumentos irrefutables, sino de ser el primero, tarea fácil en medio de la ansiedad reinante. Cualquiera podría hacerlo. Antes de que termine de discutirse el plan de ataque, varios jóvenes se ponen en pie y preparan sus armas.

Sin tiempo para desarrollar teorías sobre el miedo ni terminar las oraciones, escondidos los motivos reales de lo que sucede tras el grito persistente que interpela a la protección de Dios o el trance protector que quizás busca provocar, varias decenas de rebeldes ya se han lanzado entre pinos y olivos a la ofensiva.

En la primera parada un hombre maduro tocado con gafas Rayban asume el liderazgo. Por algún motivo, aunque sólo sea la situación de tapón sin salida en la que se encuentran o por su voz grave y autoritaria, se le escucha, aunque no se le obedezca.

El improvisado jefe de la operación, el hombre de las Ray Ban y la voz autoritaria, discute con otro joven combatiente que quiere salir a buscar a sus compañeros. Una ráfaga demasiado cercana desaconseja la acción, pero varios metros más allá y sin pedir permiso –nadie podría dárselo ni negárselo–, dos chicos se han ido por su cuenta para otear el terreno y recopilar esa información que habría sido mucho más útil tener antes de comenzar el ataque.

La espera se hace eterna. Mientras unos fuman en silencio, los combatientes que comenzaron la jornada rezando, continúan sintonizando a Dios. La mayoría se conforma con quedarse tirado en el suelo con la mirada perdida en el infinito, sin ofender a los que rezan, pero confiando más en la protección física de la tierra que en la espiritual de su Dios.

La munición siempre escasea, tanto en retaguardia como en primera línea del frente. Cuando llega una caja con proyectiles, el reparto se realiza en función de la rapidez con la que los combatientes se abalanzan sobre lo que se reparte. Con algo más de munición en los bolsillos de algunos milicianos, salimos de nuevo a la carrera a través de un paisaje confuso formado por árboles y montículos de tierra que separan las fincas. De vez en cuando hay que atravesar campos de cultivo y olivares, que ofrecen mejor paisaje pero peor protección.

Las granjas, abandonadas primero por sus habitantes y posteriormente por los soldados del ejército que las ocuparon y saquearon, con sus campos de cultivo quemados, son un serio obstáculo. El hedor a animales muertos, las habitaciones vacías y los pasillos llenos de objetos amontonados, crean un ambiente apocalíptico. Tras asegurar que cada edificio no esconde bombas o soldados rezagados, se repite siempre la misma escena. Agruparse, beber agua y esperar a que los valientes se arrastren solos hacia la nada y avisen al grupo para que les siga.

En uno de los descansos, mientras comparten platos de macarrones que acaban de llegar, fríos, en una pick-up que sigue sus carreras, Mohammed Abdelhamed, de 18 años, nacido en Leeds, Reino Unido, estudiante de ingeniería hasta el mes de febrero y responsable de un RPG en el mes de mayo, hace recuento. “Llevamos cinco días avanzando de la misma manera, en pequeños grupos y campo a través, para encerrarlos y sorprenderlos. El único problema que tenemos ahora es que sabemos que tienen a familias como rehenes y las utilizan para protegerse. Eso nos frena bastante”. No hemos visto a ninguna familia, pero como excusa suena bien. Mohammed tartamudea al hablar y le bailan los ojos. Probablemente no se da cuenta y se negase a reconocerlo si alguien se lo propusiese, pero necesita dormir.

Tras los campos planos, llega la colina, ese obstáculo final que impide tener la más remota idea de lo que espera detrás. Hay que ascenderla a ciegas, refugiándose entre los olivos que trenzan la pendiente y deteniéndose en el suelo justo antes de su cima para no regalar un blanco fácil. Al otro lado se oye música árabe moderna que pinchan a todo volumen los leales a Gadafi para motivarse y escapar, aunque sea por un rato, de la guerra.

Cuando se acaba la cobertura del fuego amigo, hay que lanzarse cuesta abajo y sin protección atravesando un paisaje de árboles quebrados por la artillería. Ibrahim, que espera a mi derecha, no lleva ametralladora, pero sí un gran cuchillo de bayoneta. “Mi hermano y yo solo tenemos un arma y lo compartimos. El cuchillo para uno y el fusil para el otro”. Muchas veces, la única manera de conseguir un arma es avanzar en primera línea y esperar a que alguna se quede sin dueño. Son armas que pasan de cadáver en cadáver sin oponer resistencia ni venderse a 3000 dólares, precio de mercado del Kalashnikov en Misrata.

Antes de la carrera final y con el enemigo ya a tiro de oído, las charlas se olvidan de la estrategia y entran en el terreno de la fabulación, que es el mejor método para matar el tiempo y calmar los nervios. La música traída por el viento les sirve para convencerse de su superioridad. Y convencerme a mí de paso. “Están borrachos. Los soldados beben porque nos tienen miedo. Cuando les hagamos prisioneros te hablarán en español en inglés y en francés por la borrachera que llevan encima. ¿Español, tú eres español, verdad?, ¿eres del Madrid o del Barcelona?”.

No tengo tiempo a responder. Pero hago un inciso. No me gusta el fútbol. No he sido capaz de ver un partido entero en mi vida. Y eso les parece aún más extraño a los rebeldes libios que la música que comparto con ellos a través de un auricular. “Dejan los tambores de sonar, y un gong anuncia la retirada…” He decidido que cada vez que alguien me pregunte si soy del Madrid o del Barça le preguntaré por su canción favorita de Nacho Vegas o les pondré a tope esa de La Buena Vida que dice “Cada día trato de acertar por dónde saldrás,
eso es tanto como adivinar qué nos va a pasar”.
 Lo hice en Kabul y resultó, se rieron de mí y dejaron de preguntar. Aquí, en Misrata, también. Sólo me falta domesticar a los taxistas guatemaltecos. Si exportamos algo, que al menos tenga valor.

La orden de ataque llega en forma de una mano que ondea y un silbido. Todos echan echado a correr y comienzan a disparar como saben, como buenamente han podido. A todas partes y a ninguna. Disparan con una mano. Disparan sin mirar. Disparan al aire. Disparan al suelo. Si no tienen más cuidado, los de la segunda fila, les dispararán a los de la primera por la espalda. O a mí, que me he quedado colgado y en medio de la feria. Se dispersan, pierden cualquier tipo de orden o formación. No tienen ni idea de dónde está el objetivo. Se desordenan. Se tiran al suelo. Dejan de disparar. Dejan de correr. Algunos dan la vuelta inmediatamente. Otros, los más valientes, siguen levantándose, siguen corriendo, siguen disparando. Contra un montículo de tierra que no pueden ni soñar con cruzar. Pero cada vez son menos. Pasan los minutos. Los de la primera fila se están quedando solos. Si de la posición inicial salieron casi 100 hombres, cuando llega la hora de verdad, cuento menos de una docena de hombres disparando.

El fuego de ametralladora con el que el enemigo se protege llegados a este punto, es imparable. Una barrera de fuego es lo que tiene -tenemos- por delante la docena de rebeldes coherentes que aún lo intentan. Sólo se puede progresar con el valor, inútil desde el punto de vista práctico, y que consiste en responder a la nada, disparar a ráfagas ciegas mientras se avanza. Es suicida y así se intenta. Pero ni con esas. En menos de dos minutos, todos están -estamos- con la cara apretada contra la tierra, incluso los coherentes y los valientes, sintiendo cómo las balas enemigas peinan la hierba y hacen temblar el suelo.

¿Todos?. No. Javier, que escribe, no necesita acercarse tanto – y no lo hace- Ricardo, que ya consiguió su foto del día, se ha ido corriendo a enviarla. Yo sí estoy tirado en el suelo, comiendo hierba, pero miro hacia arriba y Luc Delahaye, el cuarto compañero del metal en discordia, que siempre entran cuatro en un coche, el que dejó la Agencia Magnum para dedicarse al arte y olvidar el fotoperiodismo, está ahí en medio, firme, con su cámara extraña, de gran formato, a cuerpo descubierto, con la camisa abierta y un cigarro en la boca, sacando fotos. Firme. Inmóvil. Como si fuera un superhéroe con escudo protector invisible. O como si realmente todo aquello no fuera con él. Nunca alcanzaré a comprenderlo. Luc dice que si se sacan estas fotos de los diarios y se cuelgan en los museos se convierten en arte. Me parecía una inmensa chorrada de alguien que sólo quiere hacer dinero hasta que le vi con el cigarro en la boca, la camisa moviéndose con el viento y a contraluz -si tú estás en el suelo y él de pie, el contraluz es obligatorio- en medio de ese tiroteo. Si además, cuando todo acaba, sale entero, le preguntas ¿qué tal la foto? y te contesta con un “hoy tampoco ha merecido la pena” tan seco y hierático que no admite repregunta ni matiz, te crees lo del arte.

Esperando pasa siempre menos tiempo del que parece. Esperar y aguantar la respiración, casi sin fuerzas ya para mirarse, clavarle los ojos al vecino de escondite y que te ayude a buscarle una salida a esta situación. Algunos rezan todavía. Ahora sí, con justificación, no como antes. La siguiente bala puede entrar por cualquiera de las esquinas del cuerpo. Los has visto saltar delante de ti cuando reciben el balazo. El sonido es seco, el movimiento, rápido, y el grito tarda varios segundos en llegar. El herido se mira para identificar por dónde ha entrado y, como acto reflejo, taparse la herida con la mano. Imagino que el dolor ofusca aún más que el miedo y tratas de imaginar de dónde vienen poniendo tu atención en algo que disminuya el pánico. Te arrastras, revuelves y encoges sobre ti mismo para que las placas de cerámica que solo tú llevas te cubran. Orientas la cabeza de modo que sea el casco quien reciba lo que pueda llegarle a la cabeza. En ese momento es imposible pensar que a ti no te va a pasar.

Saco del chaleco antibalas una foto de mi hija y la miro. Sarah nunca me dijo que me había encajado fotos de Selma con cuatro meses en los huecos del chaleco. Así es como voy a esperar a que pase algo. La mejor escapatoria del miedo, es el masoquismo y la culpa. Pienso que no debería estar aquí, sino en casa con ella. Si me pasara algo no tendría porque entender esta estupidez. Ni ahora ni dentro de veinte años. Eso sí, no dejo de grabar ni de buscar el plano mientras pienso en estas cosas. Por un minuto de imágenes espectaculares que muestran -desde el suelo- como nos disparan, cobraré lo que cuesta el alquiler de un mes.

Me siento un padre muy irresponsable. Si no volviera a casa les jodería la vida a mi mujer y a mi hija, que crecería sin ningún recuerdo de mi. Intentar justificar todo esto con lo de pagar el alquiler no cuela. Es de una demagogia obscena. Hay decenas de modos más seguros de conseguir dinero. La única explicación creíble a por qué uno acaba tirado a tierra mientras le disparan dejando a su bebé recién nacido en casa es la de la pura adicción, mórbida, a la adrenalina.

Ideas, todas, contradictorias con la responsabilidad que se le supone a quien es padre. Uno también fuma compulsivamente y sabe que está mal. Son cosas de las que cuesta quitarse. Pero si necesitas inflarte el ego y estos excesos te curan, un poquito, ese complejo de inferioridad en el que fuiste educado y esas mollejas que te daban los de tercero de BUP cuando estabas en octavo de EGB, bienvenidas sean las guerras que cubres como periodista.

Sin más palabras que gastar, cerramos el paréntesis.

Por imitación -es lo que han hecho los combatientes que me rodean- la única opción a esa muralla que ha construido frente a nosotros una ametralladora de 14.5 mm es levantarse y dar media vuelta.

Cinco horas para avanzar menos de dos kilómetros. Cinco minutos para desandarlo todo pensando sólo en cómo sobrevivir. Uno de los coherentes acaba de pasar a mi lado corriendo. Y luego otro. Y otro. Y otro. No puedo quedarme el último. Ni solo. Ni descolgado. No sé cómo levantarme pero si siguen pasando de zancada en zancada sobre mí, me quedaré solo. El valor ni se conoce ni se tiene. Surge por imitación y falta de alternativas. Hay que elegir el momento para salir de aquí con las balas viniendo por la espalda, brindado a la suerte, apurando ese demarraje desesperado que justifica toda una vida.

La carrera ha llegado hasta detrás de unos arbustos. Ya no estoy solo. Ahora somos unos cuantos. Cogiendo aire. Las balas sólo han tocado a uno, en el brazo. Lo suyo no es grave. Es milagroso que no hayan herido a nadie más. Físicamente. Porque la moral sí que ha caído. La amistad y la confianza aún más. Soheib, que ha vaciado sus cargadores delante de mí, llega escupiendo por la boca. Grita tanto que escupe saliva a buena distancia, reventándose la garganta a reproches.

“Me habéis dejado solo. Me he quedado solo y sin balas. He mirado hacia atrás y no estabais, habíais dado la vuelta. Éramos muy pocos allí, podían habernos matado a todos. Os lo pido por favor, os lo pido por Allah, no podéis volver a hacer eso. Me habéis dejado solo”. Comienza la bronca.

“¿Pero qué dices?. Todos hemos vaciado los cargadores. Todos hemos hecho lo que hemos podido. ¿Tú quien eres para llamarme cobarde?” Le espetan. Se gritan si pausa. Son adolescentes jugando a la guerra sin colchón. Improvisándola. “Deja de grabar. Apaga la cámara, Alberto. Esto no”.

Respeto. Me pierdo lo mejor, lo que realmente aporta. Mejor aún, en realidad yo no me lo pierdo. Se lo pierden los que no están aquí y sólo podrían llegar a oler la guerra a través de la cámara que ahora los rebeldes no me dejan levantar. Los demás siempre se pierden lo mejor, que es lo que yo me llevo en la memoria y los protagonistas en su trauma. Cada vez que decenas de personas que se llaman izquierdistas, solidarios, internacionalistas y anti-imperialistas me insulten, dediquen entradas en sus blogs o acusen de profesar un nuevo credo, siempre desde la comodidad de sus casas, recordaré que lo que para ellos son mercenarios de la OTAN e integristas islámicos no eran más que una panda de adolescentes en chándal, sin balas ni entrenamiento que se echaban en cara no saber ni siquiera como rodear una colina. Con enemigos como estos, las fuerzas revolucionarias que algunos aún ven en los ejércitos libio o sirio, muy incompetentes tienen que ser para no ganar sus guerras.

Mientras seguimos corriendo de vuelta a casa, más bengalas incendiarias que arrojan fuego, humo y meten prisa en la huida, alimentando ese miedo a ser golpeado por la espalda que se tiene en cualquier retirada. Miedo del que se alarga un buen rato, el que dura la sensación de derrota, sostenida y acrecentada, ya sin palabras que la pinten, hasta el regreso a la barricada original, la que organiza el Coronel Silsi consolidando sus containers de arena.

El sol ya baja y la posición, hoy, no ha avanzado ni un metro. Eso sí, la comida llega, puntual, tras el día de trabajo. Pasta para celebrar que nos hemos ganado el jornal. Cenamos todos juntos, sentados alrededor de la misma olla en esa postura imposible de talones pegados, brazos rodeando las piernas y culo rozando el suelo pero sin tocarlo que nos están enseñando a sentir cómoda. A la media hora nos hemos olvidado de todo.

Los macarrones con un poco de carne, tomate y ese toque picante están deliciosos y se puede repetir.

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Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó con razones tan confiables, que el Presidente no fue al palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamiento militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la resposabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel, hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios, como no pocos enemigos, han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la idea de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento dura en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novilista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jimenez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo, como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquier cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantilla eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo le reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Ángel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la acadamia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militates ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo-leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. “¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos va a darle un golpe?” Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fijate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

“Además”, le dije “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”.

Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborozada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómula Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como le decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de su sobrevivientes. Desde entonces, lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

¿Para qué estoy yo aquí?

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y un capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podrían ser falsos. La discusión se prologó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo: “Yo estaba casi ya rendido -me dijo Chávez- pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se me ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército y éste que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?” El capitán conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cervezas de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela” dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que se torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia -contó Chávez- pero sólo me mantuvieron un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patrio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en sus brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente”… le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A esta altura, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintritrés años, con un nombre evidente: Ejército Bolivariano del Pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?” le pregunté. Muy sencillo, me dijo: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982, cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Angel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos: “Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante, Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”.

Entonces el coronel Manrique puso firme a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que diera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Qué eso no salga de aquí!”.

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Avelino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaron al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el Presidente se rió con malicia, y reveló con una sonrisa: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”.

El Caracazo

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir -concluyó Chávez- que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave: “Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto al coronel: ¿Para dónde van todos estos soldados? Porque sacaban los de logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí estamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron? Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar la vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel usted imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno Chávez, es una orden y no hay nada que hacer. Que sea lo que Dios quiera”.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían calles a balas, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El Presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.

¡Thawra!

Publicado: 3 noviembre 2011 en Témoris Grecko
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Jaled Jibril supo que estaban perdidos cuando la camioneta pick-up finalmente se atascó: la arena de las dunas era precisamente la que más le gustaba, suave y fresca, pero en ese momento resultaba una maldición porque cedía bajo las ruedas e impedía el escape. Él estaba detrás, en la caja del vehículo, y pensó en saltar al suelo, pero no lo haría sin Amr, su amigo de muchos años que yacía herido de bala encima de los cadáveres de otros revolucionarios.

El conductor y tres compañeros más, todos conocidos desde tiempos escolares, habían conseguido bajar y le gritaban que los siguiera. Jaled se inclinó sobre Amr para tratar de cargarlo. En ese momento, un proyectil impactó en el frente de la camioneta y todo salió volando. El joven de la ciudad de Bengasi cayó sobre una duna. Alcanzó a ver la última vez que Amr se estremeció buscando aire, perdiéndolo. Sintió los finos granos que lastimaban sus ojos. Sofocado, trató de respirar pero sólo trago arena. Escuchó su nombre en gritos. Percibió las figuras de quienes corrían hacia él para ayudarlo. Y el estruendo de la bomba que los mató con la potencia de la explosión y con los filosos discos que arrojó, metralla que corta y cercena a quien haya podido sobrevivir.

Jaled quiso morir también. Sufría por el dolor, el cansancio, la ausencia. Se dejaría llevar. Pero un rato más tarde, un acceso de odio lo reanimó: un hombre negro se acercaba con el fusil al ristre. Un africano. Uno de los cientos o miles de mercenarios que Muamar Gadafi había traído de otros países para hacer el trabajo que un libio bien nacido no realizaría: matar compatriotas. Ellos recorrían las calles de las ciudades y los caminos del desierto disparando contra cualquier persona que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino, hombres, mujeres, niños, ancianos. Simios de Satanás, pensó, que mataban por sueldos de mil dólares al día.

La ventaja era de Jaled: con el Kalashnikov en la mano, tirado y lleno de sangre, parecía muerto y pensaba que podría sorprender al enemigo cuando se aproximara. Hizo el movimiento tan rápido como pudo, apuntó y apretó el gatillo. Pero el arma se atascó. Jaled no tenía idea de por qué: su entrenamiento había durado media hora antes de que él y sus amigos se fueran a la batalla. ¿Sería la arena? ¡Qué más daba! El mercenario encendió los ojos asesinos y dirigió la mira hacia su rostro. Inmovilizado de terror, Jaled llamó a dios y deseó que fuera cierto todo, que hubiera vida después de la muerte, un paraíso para los shujadá de la Thawra, los mártires de la Revolución, como él. “Que así sea”, musitó. Y cerró los ojos.

EL FIN DE LA PARANOIA

Días antes, en Bengasi, el sol lograba hacerse ver mientras las nubes grises y el mal tiempo se apartaban por una horas. Jaled trataba de aprenderse un verso en castellano que me había escuchado cantar. Era una vieja composición de Charly García, de los tiempos de la guerra de las islas Malvinas:

―No bombardeen Buenos Aires –musitaba el combatiente, copiando los sonidos del castellano-. ¿Qué significa lo siguiente?
―No nos podemos defender.
―¿Por qué?
―Porque tenían miedo de que atacaran los ingleses y se sentían inermes.
―¡La podemos cambiar?

Diez minutos después, el joven aspirante a abogado caminaba conmigo por los jardines de la orilla del lago, repitiendo con mejor tonada que pronunciación la nueva letra libia de la pieza: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”

Es una ciudad guapa. Tiene un largo paseo costero que recibe los vientos del Mediterráneo, y otro más tranquilo y verde alrededor de la laguna abierta al mar. Es la segunda urbe más grande Libia, después de la capital, Trípoli, y en partes conserva la mezcla árabe, otomana e italiana de las herencias de los diversos colonizadores.

Es, además, el corazón de la zona oriental, llamada Cirenaica, tradicionalmente rebelde y poseedora de tres cuartas partes de las inmensas reservas nacionales de hidrocarburos.

De esas reservas recibe muy poco. Una de las grandes quejas aquí es que, desde que tomó el poder con un golpe de Estado hace 42 años, Moamar Gadafi siempre ha desconfiado de los cirenaicos y los ha mantenido marginados de las inversiones públicas y aplastados bajo las pesadas botas de la policía secreta y de los batallones personales de sus hijos.

El cuartel de la Katiba (guardia revolucionaria del dictador), que los bengasíes tomaron en la batalla épica del inicio de la revolución (un asedio del 17 al 21 de febrero pasado en el que se enfrentaron con piedras y bombas Molotov contra ametralladoras pesadas y tanques), era el temido lugar del que nunca salían a quienes llevaban ahí. Los voluntarios han encontrado calabozos subterráneos donde encerraban a la gente. Siguen buscando porque sospechan que hay más.

Es por eso que el Oriente completo se levantó contra el régimen. Ese jueves 17, los habitantes de todas sus ciudades salieron a manifestarse y, cuando fueron reprimidos violentamente y los muertos empezaron a caer, atacaron a los atacantes. Tobruk y Baida se liberaron en esa misma jornada, y las demás (Derna, Shahat, Ajdabiya, Brega, Ras Lanuf) siguieron hasta que el ataque rebelde forzó a la Katiba a evacuar Bengasi. Así empezó la Thawra (Revolución).

Cuando llegué el jueves 24, 36 horas después de que el primer periodista pudo pasar la frontera (el régimen de Gadafi tuvo el país cerrado para la prensa y cuando supo que estábamos ahí, declaró que seríamos tratados como “terroristas de Al Qaeda”), Tobruk estaba de fiesta celebrando su primera semana en libertad. “Puedo leer lo que quiera, puedo decir lo que pienso, puedo gritar, bailar y hacer tonterías, ¡nadie me va a detener y torturar por eso”, decía un chico de 17 años.

Su padre, Amid Abdel, un profesor de ecología ambiental en la Universidad Omar al Mujtar, estaba feliz de que sus hijos tuvieran la oportunidad de crecer sin opresión: “Nosotros la perdimos cuando yo tenía tres años”, contó. “Ha sido un largo infierno de terror… ¿sabes lo que es vivir con miedo? Miedo a que te escuchen, te vean, sospechen de ti. Tu vecino podía sospechar de ti, tu amigo, tu hermano. Y podían sospechar que tú sospechabas de ellos. Entonces tenían que evitar que los denunciaras, anticiparse, denunciarte primero. Y venían los agentes por ti. Nadie te volvería a ver. Los libios somos un pueblo pequeño, ingenuo, bueno. Somos muy amables. Pero esta situación de paranoia permanente nos convirtió en enemigos de nosotros mismos. Ahora, ya lo ves. Hemos regresado a nuestro auténtico ser”.

Había destrozos: alrededor de la plaza principal, dos edificios tenían muestras de incendio y saqueo. “Eran de la policía”, explicó Abdel, quien me hizo notar que eran los únicos dañados: “Miren la biblioteca, el banco, el hotel… protegimos todo”. La gente era extremadamente amable con nosotros. “¡Gracias por venir, gracias, para que le cuenten al mundo lo que nos ha hecho Gadafi, inshallah (dios lo quiera)!”, repetían.

ESTAMPIDA HACIA EGIPTO

La Thawra parecía lista para un triunfo rápido. Unidades del ejército y de la fuerza áerea desertaban. Los pilotos de dos aviones prefirieron volar a la isla de Malta y aterrizar allá, en lugar de bombardear a su propia gente. Otro saltó en paracaídas y dejó que su nave se estrellara.

De Tripolitania, la región occidental, llegaban buenas noticias: Misrata, Sabrata, Zauiya y otras ciudades se unían a la revolución. La gente de la capital, Trípoli, se manifestaba y parecía haber puesto en jaque a Gadafi, quien, se creía, pronto no tendría más opción que quedarse encerrado en Sirte, su lugar de nacimiento y ciudad estratégica porque está justo en el centro de este país unidimensional (como casi todo está ocupado por el desierto del Sájara, la población se concentra en la banda costera).

El lunes 28 de febrero, sin embargo, un contrataque desde Sirte le permitió a Gadafi conquistar Brega y Ras Lanuf, dos puertos petroleros de gran valor porque casi toda la producción de hidrocarburos se embarca ahí para exportarla. Y el miércoles 2 de marzo se supo que su aviación bombardeaba Ajdabiya, una ciudad a sólo 160 kilómetros de Bengasi. El viernes 4, los rebeldes recuperaron las poblaciones perdidas…

Así se estancó la campaña en el Oriente, entre Sirte y Ajdabiya, con el ir y venir de ambos bandos. El jueves 10 de marzo, al cumplirse tres semanas del alzamiento, el hijo de Gadafi, Seif al Islam, anunció que habían logrado consolidar sus fuerzas y empezaba la “ofensiva final” contra los rebeldes. Miles de usuarios de telefonía celular recibieron mensajes SMS que decían: “Ciudadanos descontentos de Cirenaica, ¡alégrense porque vamos para allá!”

En tanto que Zauiya, una de las ciudades rebeldes del Occidente, había caído después de una semana de combatir el asedio, Gadafi sacó en el Oriente el arsenal que le vendieron las grandes potencias y con ellos masacró a rebeldes y civiles: los aviones bombardeaban, la artillería pesada lanzaba cohetes desde 20 kilómetros de distancia, los barcos de guerra y los submarinos barrían la costa con fuego, los helicópteros perseguían gente, y cuando la táctica de tierra quemada parecía haber acabado con toda resistencia, avanzaban los tanques y las camionetas con mercenarios.

Así cayeron Bin Jawad, Ras Lanuf, la pequeña Sidra, Brega… y las primeras bombas anunciaron el inminente asedio de Ajdabiya. En Bengasi cundía el nerviosismo. Los esbirros que Gadafi mantenía allí, y que se habían cuidado de dejarse ver, empezaron a actuar contra la prensa extranjera: arrojaron dos granadas contra la puerta de un hotel, hubo algunos asaltos contra periodistas, y el 12 de marzo, un equipo de la cadena televisiva Al Jazeera fue emboscado en una carretera, a 25 kilómetros de la ciudad, y en el tiroteo el camarógrafo y documentalista de Qatar, Ali Hassan Al Jaber, murió de tres disparos.

En las semanas anteriores, los reporteros de otros países habíamos llegado a ser multitud: la credencial que recibí el 25 de febrero, y que me permitía moverme sin problemas entre los revolucionarios, tenía el número 5; el 9 de marzo entregaron la 823. Pero muchos de los recién llegados se pusieron nerviosos y contagiaron a otros. Mostraban los mapas para explicar que, si las fuerzas de Gadafi tomaban Ajdabiya, no sólo quedarían a hora y media de Bengasi, sino que podrían avanzar de inmediato por una carretera desierta hasta la frontera y cortar nuestra ruta de escape. La salida de reporteros comenzó el día 11, pero a muchos de los que dudaban los convenció el asesinato de Al Jaber y el domingo 13 hubo una estampida hacia Tobruk y Egipto. Los periodistas nos volvimos una especie difícil de hallar.

VENCER O MORIR

A Jaled le daban risa las acusaciones de Gadafi, quien aseguraba en cada discurso que la revolución había sido planeada por Al Qaeda, que los rebeldes querían dividir Libia en pequeños emiratos islámicos y que Bin Laden “está manipulando al pueblo”, sobre todo a los jóvenes: “Tienen 17 años. Les dan píldoras por la noche, ponen pastillas alucinógenas en sus bebidas, en su leche, en su café, en su Nescafe”, decía el dictador.

“El mayor problema es que lidiamos con un loco”, lamentaba Jaled. “Se cree las cosas que inventa. Y no es como (el ex presidente de Túnez, Zine el Abidine) Ben Ali, ni como (el ex presidente de Egipto, Josni) Mubárak, que entendieron cuando su posición era insostenible y dejaron el poder. Si Gadafi piensa que va a caer el abismo, se va a llevar el país con él”.

En ese momento, la posibilidad de que el Consejo de Seguridad de la ONU decidiera ponerle límites a Gadafi parecía nula, y el balance de fuerzas estaba de su parte: no caería al abismo, pero arrojaría a él a las ciudades rebeldes y a toda Cirenaica.

Jaled sentía la necesidad de rezar, como tantos de sus compatriotas. Las demandas de los libios son libertad, democracia, gasto social, infraestructura, oportunidades de educación y empleo… No les interesa nada relacionado con la imposición de la ley islámica. Pero siguen siendo un pueblo pequeño (apenas seis millones de habitantes en un territorio del tamaño de México) que hasta ahora se encontraba aislado en el desierto del norte de África, tradicionalista, religioso.

Era en las oraciones de viernes a mediodía, el momento más importante de la semana musulmana, cuando yo sentía que podía percibir mejor el estado de ánimo de la gente. Cuando llegué a Bengasi desde Tobruk, el 25 de febrero, presencié la primera ceremonia tras la liberación: fue masiva, profunda, y su carácter distintivo era el optimismo.

Los bengasíes no se preguntaban si derrocarían a Gadafi, sino cuándo: en unos días, tal vez, o un poco más. Los rezos del viernes 4 de marzo fueron los del “día de la ira”, en el que los inspirados rebeldes detuvieron la ofensiva gadafista, reconquistaron Brega y Ras Lanuf, y llegaron hasta Bin Jawad. Un poco más adelante estaba Sirte, y una vez tomada, quedaría abierto el camino hacia la capital. De nuevo abundaron las apuestas alegres: tres días o una semana, y triunfarían.

Faltaba todavía que Gadafi pudiera reunir todo su armamento y utilizarlo. Cuando lo consiguió, los muertos empezaron a acumularse. Se perdió el territorio conquistado y Ajdabiya quedó en peligro. Las oraciones del viernes 11 fueron las de la consternación, la preocupación y el miedo.

“Hemos humillado a un hombre infinitamente soberbio, a sus hijos y su estirpe”, comentó Ajmed al Saljam, un activista revolucionario. “Siempre han odiado a la Cirenaica y no nos van a perdonar. Todos aquí sabemos que no podemos darnos el lujo de perder la guerra: si Gadafi reconquista el Oriente, no dejará a uno solo de nosotros vivo. Destruirá nuestras casas, violará a nuestras mujeres, nos torturará hasta la muerte”.

En las pesadillas de los bengasíes no sólo aparece Gadafi. En 1984, se anunció el juicio público contra Al-Sadek Hamed Al-Shuwehdy, un ingeniero que había montado una campaña pacífica para oponerse al régimen de Gadafi. Las autoridades llenaron el estadio de baloncesto donde tendría lugar con estudiantes de primaria, secundaria y educación superior. Pero no hubo abogados ni juez, sino un verdugo que le puso la soga al cuello al sollozante Al-Shuwehdy. Cuando el hombre se retorcía colgando, la muchacha Huda ben Amer corrió a abrazarse de sus piernas para tirar de él hacia abajo, hasta que dejó de moverse. Impresionado, Gadafi impulsó su carrera hasta convertirla en alcaldesa de Bengasi y en una de las personas más ricas del país. El dicho favorito de Ben Amer es: “No necesitamos hablar, necesitamos más ahorcamientos.”

“Cuando los manifestantes fueron a su casa a buscarla, el 19 de febrero, Ben Amer había escapado”, cuenta Al Saljam. “Quemaron la mansión. Y después la vimos en la televisión, al lado de Gadafi, cuando daba uno de sus discursos. ¿Qué crees que hará si regresa a Bengasi?”

La multitud en la céntrica plaza de la Mahkama era la mayor que había visto en Libia. Los rezos, los más intensos: los bengasíes —Jaled entre ellos— respondían con poderosos coros a las peticiones del imán. “Bendice a nuestros hermanos de Zauiya”, “protege a nuestros hermanos de Misrata”, “dales fuerza a nuestros combatientes en Ras Lanuf”, “no permitas que caiga el terror sobre Bengasi”. “¡Ya Allah!”, que dios lo permita, respondían las decenas de miles de gargantas.

Desde una azotea a 12 metros de altura, yo miraba la ceremonia masiva al lado de Nasser Haddar, un ingeniero en telecomunicaciones que montó una conexión satelital de internet para periodistas. “Esto es todo”, me dijo. “Mira: detrás de la gente, sólo está el mar. Frente a ella, sólo está el dictador. No tenemos a dónde ir. Es la Thawra. O ganamos o morimos”.

REBELDES EN CAOS

Cientos de personas empezaron a correr en total desorden cuando se escuchó que el avión se acercaba al checkpoint rebelde en Ras Lanuf. Se movían en un caos perfecto: hacia cualquier lado de la carretera, escabulléndose detrás de las dos pequeñas construcciones, tirándose pecho tierra entre las matas.

Una duna de arena se hizo polvo con la explosión, a 400 metros de donde estábamos. Se levantó una nube de humo de unos cien metros de altura. No había gente donde cayó el artefacto, ni hubo heridos. El choque masivo de adrenalina hizo que la multitud regresara al checkpoint entre gritos de “¡Allah akbar!” (dios es el más grande), risas y aullidos, como si le hubiera propinado una gran derrota al dictador.

Nuestro chofer, Ibrajim el Jodeiri, un ex soldado que sirvió durante 22 años, oscilaba entre una sonrisa de tranquilidad profesional y hondos suspiros de alivio. “Mi mujer está asustadísima, voy a llamar para tranquilizarla”, anunció. “Amor, ¡hubo un ataque aéreo!”, dijo al teléfono, “la bomba estalló apenas a diez metros de mí, ¡pero estoy muy bien!”

Era el lunes 7 de marzo. A las cuatro de la mañana de ese mismo día, los empleados del único hotel de Ras Lanuf, bajo control rebelde, despertaron a varios enviados de medios extranjeros que habían pernoctado allí. “Las fuerzas de Gadafi vienen hacia acá, ¡tenemos que marcharnos!”, urgieron. Al salir, los comunicadores se sorprendieron: si la noche anterior habían cientos de combatientes en la ciudad, ahora se veían unos cuantos. ¿A dónde se fueron, cuándo?

Fue una falsa alarma. Pero el pueblo de Bin Jawad, a 40 kilómetros en dirección a Sirte, había sido capturado por tropas del gobierno, que no habían encontrado resistencia porque los rebeldes lo habían abandonado.En Ras Lanuf, a donde había llegado con periodistas de España e Italia, no percibimos indicios de que los revolucionarios pudieran articular algo parecido a una ofensiva ordenada y con posibilidades de tener éxito. Como en otras parte de la Libia liberada, la aglomeración de voluntarios no semejaba para nada a un ejército.

Era el punto de vanguardia y había un inmenso desorden. Los combatientes serios —algunos soldados y ex soldados— eran una minoría. Casi todos los demás eran hombres de diversas edades, en especial jóvenes que se tomaban dos o tres días para irse con los amigos a pelear. Alguien traía un vehículo y unas armas extraídas de arsenales saqueados, juntaban mantas y provisiones, y se iban al frente. No existían mandos, ni estructura. Cada quien hacía lo que le parecía en el momento.

Parecía un pequeño parque de atracciones en donde los juegos eran mortales. Los más populares eran las baterías antiaéreas: en varias de ellas los rebeldes hacían cola para poder montarse y disparar a la nada, rompiendo tímpanos e incrementando la confusión causada por decenas de improvisados que jugaban con rifles de alto poder.

Disfrazados con cualquier prenda que pareciera militar o guerrillera (el look Che Guevara y el look Yasir Arafat eran los favoritos), los hombres derramaban testosterona disparando al aire con fusiles Kalashnikov y M-16 que no sabían manejar. Intentaban sostenerlos una sola mano, como Rambo, pero a veces perdían el control y el arma descendía peligrosamente, con riesgo de herir a los demás. Vi que un joven reaccionaba airado cuando alguien trató de quitarle el juguete: en el forcejeo los tiros salieron hacia todos lados. De milagro no mató a alguien. Y se quedó con el fusil.

En esos días previos a la gran ofensiva de Gadafi, los combates y las bombas dejaban relativamente pocos muertos y nosotros apostábamos que había más heridos por imprudencias y accidentes que por la acción del enemigo. En el policlínico de Brega, a 120 kilómetros de Ras Lanuf, el médico anestesista Abdelraheen Nagem, uno de los numerosos voluntarios egipcios que estaban llegando a apoyar la revolución libia, confirmó nuestra impresión.

Nuestro chofer y Ajmed Fatji, un militar que se pasó al bando rebelde y al que encontramos apostado en Brega, coincidían en la preocupación de que las fuerzas rebeldes se revelarían como un desastre si el ejército de Gadafi golpeaba con toda la fuerza de la que era capaz. “Nos quieren sorprender”, especuló Fatji, “y cuando vengan por nosotros, nos van a arrasar”.

TOMATE DINAMITA

“Tienes que entender que ninguno de nosotros pensó que esto pasaría”, me dijo Imán Bughaidis, una académica universitaria bengasí que forma parte del primer grupo que convocó a la revolución. “Nosotros vimos que los tunecinos y los egipcios derrocaron a sus tiranos con movimientos populares masivos y pacíficos, y pensamos que podríamos hacer lo mismo. Gadafi reaccionó lanzando a sus fuerzas a reprimir, y mataron a muchos. La respuesta de la gente fue tomar las armas contra ellos”.

Así fue que este pequeño conjunto de personalidades de relevancia local —abogados, médicos, profesores y defensores de derechos humanos—, de pronto se halló en “un conflicto sangriento, forzado a organizar la administración de la zona liberada, entrar de lleno en las complejidades de las relaciones internacionales, conectarnos con las ciudades rebeldes del Occidente… Imagínate, ¡lidiar con ustedes!” Esa parte era especialmente delicada porque casi ningún libio había visto alguna vez a un periodista y de pronto tenían a cientos de nosotros.

Lo más duro, seguía Bughaidis, era que ahora tenían que “organizar una campaña militar contra un hombre que ha tenido 42 años para invertir las ganancias de nuestras exportaciones petroleras en comprar armas y reunir mercenarios”.

En contra de Gadafi, los rebeldes contaban con miles de voluntarios con tanto entusiasmo como inexperiencia, y varias unidades del ejército, la aviación y las fuerzas especiales que se habían pasado del lado de la Thawra. ¿Podrían estos profesionales crear un ejército a toda prisa?

Mis primeras impresiones fueron poco menos que terribles. El 27 de febrero, los militares ofrecieron tres conferencias de prensa distintas, marcadas por la falta de orden, información, autoridad y ganas de actuar. ¿Con cuántos efectivos contaban? Todavía estaban investigando. ¿Emprenderían la marcha hacia Trípoli? La revolución había sido hecha por al shabab, la juventud, y no le arrebatarían la iniciativa, “nos quedaremos para proteger el Oriente”, dijeron en cada encuentro con los medios.

A Abdallah al Hassi, coronel de la fuerza aérea, le robaban el protagonismo sus propios subordinados e incluso algunos compañeros ya retirados. Como todos se robaban la palabra, un viejo ex piloto, Omar el Mansuri, sintió que era necesario intervenir: “¡Es tiempo de que todos se callen ya!”, se impuso. Los reporteros nos alegramos porque por fin podríamos escuchar. “¡Sobre todo los periodistas!”, continuó el hombre, “que sólo traen la anarquía”. Eso nos sorprendió un poco. “Yo soy un aviador con muchas medallas. Las gané en campañas que tuvieron lugar cuando ustedes aún no nacían…”

Así siguió. Después dos civiles, un viejo y un joven, estuvieron a punto de golpearse a medio metro del coronel, porque los dos sabían mejor que el otro cómo poner orden. Yo le hice al oficial una seña de que los apartara de una vez por todas, pero él sólo se encogió de hombros. Nos salimos.

A esto se sumaba la impaciencia de los jóvenes. “No vamos a la revolución a llorar, ¡vamos a la revolución a morir!”, gritaba un supuesto veterano en el Centro de Reclutamiento de Voluntarios 17 de Febrero. Estaba lleno de periodistas con cámaras de televisión y el tipo se estaba luciendo. Ataviado con jafiya (el pañuelo blanco y negro tradicional) en la cabeza y una canana alrededor del cuello, atrajo a una multitud de adolescentes a la que enseñó, sentado sobre un montón de grava, cómo elaborar una mecha y ponérsela a una lata de puré de tomate rellena de dinamita: “Esto es mejor que un fusil AK-47, porque si disparas con él, descubren dónde estás”, explicaba. “Con la dinamita no te ven, te escondes y cuando vengan en un coche, la arrojas para que explote debajo”.

LOS MERCENARIOS Y EL ODIO

El voluntario rebelde, como Jaled, es la antítesis del mercenario gadafista típico. Es un libio que lucha por ideales, con sus propios recursos y sin entrenamiento, frente a un extranjero formado en campos militares del dictador dentro y fuera de Libia, que fue traído para pelear por dinero.

El sueño de Gadafi ha sido convertirse en el gran líder de África; por ello invirtió enormes recursos para comprar influencia, a través de la financiación de grupos irregulares armados en otros países como Chad, Níger y Malí. Ellos son, ahora, el granero de reclutas con el que nutre sus batallones personales.

Porque el tirano siempre desconfió de sus compañeros militares: como coronel, a los 27 años dio un golpe de Estado y ha vivido temiendo que le hagan lo mismo a él. Se ocupó entonces de debilitar al ejército limitando sus recursos, mientras formaba poderosas unidades bajo sus órdenes y las de sus hijos, dedicadas a proteger a la dinastía. Ésa es la razón del desequilibrio entre sus fuerzas y las que se pasaron a la revolución, mal entrenadas y mal armadas.

El uso de mercenarios le otorga una ventaja extra: mientras los tenga bien pagados (y cuenta con millones de dólares en efectivo para hacerlo), a estos extranjeros no les interesará darle un golpe de Estado para gobernar un país que no es el suyo.

Los libios saben que hay compatriotas al servicio de Gadafi que cometen atrocidades contra su propia gente, pero les cuesta aceptarlo (han creado incluso un rumor de que el dictador en realidad es de origen extranjero) y son dados a aceptar versiones que culpan de todo a los mercenarios.

Estos mercenarios suelen ser africanos del sur del desierto del Sájara, y esto alimenta el racismo de muchos en la mayoría árabe, de tez mucho más clara. Las imágenes televisadas por la cadena Al Jazeera, como las que muestran a supuestos mercenarios con cascos amarillos atacando a civiles en Bengasi, provocaron una ola de ira y persecuciones contra los negros que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar y el momento equivocados (hay unos 500 mil trabajadores inmigrantes de otras naciones africanas en Libia).

Hubo asesinatos, golpizas y detenciones. El recién formado Consejo Nacional de Transición, una especie de gobierno revolucionario, permitió que Peter Bouckaert, investigador de Human Rights Watch, se entrevistara con una docena de supuestos mercenarios detenidos en Bengasi (hay un grupo mucho más grande encarcelado en el pueblo de Shahat). “He escuchado sus historias y sospecho que casi todas son ciertas, no son culpables”, me dijo el 26 de febrero. “Sólo creo que uno de ellos, ciudadano de Chad, sí lo es”.

PREGUNTAR ANTES DE ODIAR

Como tanto otros libios, Jaled odió a los mercenarios desde la primera vez que supo de sus ataques. Lo entendí mejor al encontrarme con algunos casos, como en el policlínico de Brega, donde había un hombre y dos de sus hijos, de 14 y 11 años, mal heridos porque estaban pastoreando ovejas cuando pasó una camioneta con una ametralladora, desde la que les dispararon sin razón. El menor tenía un gemelo idéntico, que murió en la acción. “Es la fiera sangrienta de los negros”, me dijo Jaled. “Nunca sacia su sed”.

El viernes 11 de marzo, cuando la llamada “ofensiva final” de Gadafi ya estaba en marcha, Jaled y sus cuatro amigos salieron rumbo al frente en una camioneta pick-up con ametralladora, después de las oraciones de mediodía.

La táctica de los gadafistas era destruir durante el día cualquier grupo rebelde, con explosivos arrojados a distancia (desde aviones, barcos y submarinos, o utilizando la artillería). Después, en la noche, cuando los indisciplinados revolucionarios se marchaban a dormir, las fuerzas de tierra avanzaban, ocupando posiciones silenciosamente.

El plan de Jaled y sus compañeros thwar (revolucionarios) era apartarse de la carretera asfaltada, usar rutas discretas del desierto, ocultarse para esperar a las tropas gadafistas, atacarlas por sorpresa y marcharse a toda velocidad. Con esto, esperaban, les darían una inyección de temor e inseguridad a los mercenarios, que se sentirían desmotivados por su vulnerabilidad ante los ataques.

El domingo 13, por la tarde, tras haber iniciado su operación, encontraron a un grupo de rebeldes muertos. Como no podían dejarlos ahí, los acomodaron en la caja del vehículo, al lado de la ametralladora que operaban Jaled y Amr. El tiempo que perdieron provocó que los descubrieran. Mientras trataban de escapar, Jaled vio a su amigo desplomarse de un balazo. Entre los violentos tumbos que daba la camioneta, apenas lograba sujetarse y no podía ayudarlo.

Empezaron a caer bombas, primero detrás de ellos y luego al frente. Al desviarse, el conductor entrampó el vehículo en una duna. Instantes después, todo saltó por los aires. Jaled vio morir a sus amigos. Se quedó en la arena, dispuesto a entregarle su alma a Alá. Luego vio al mercenario, sintió odio y quiso matarlo. Se le trabó el arma. Esperó recibir el disparo…

No llegó. El negro le apuntaba sin apretar el gatillo. Jaled estaba exhausto y no reaccionó cuando el hombre se inclinó junto a él. “Soy amazigh (tuareg) de Malí”, le dijo. “No soy combatiente, limpio pisos en hospitales de Trípoli. Cuando empezó esto fueron por mí y me reclutaron a la fuerza, con amenazas”. Le dio agua y lo ayudó a sentarse. “No quiero matar a nadie, ¿cuándo se va a acabar todo?”, continuó. Después le señaló en qué dirección se encontraba la carretera. “No vayas de noche. Espera la luz del día”. Y se marchó.

Jaled no sabe por qué no le hizo caso. Como pudo, caminó durante horas sin luz, trastabillando, con riesgo de encontrar al enemigo al llegar al pavimento. Pero las primeras personas que vio eran rebeldes bengasíes. El general Omar el Jariri, un militar que ayudó a Gadafi a dar el golpe de Estado en 1969 y que pasó años en prisión después de que en los años 70 se enfrentó a él, había organizado una operación sorpresa. Sus hombres avanzaron hasta Brega, en la noche, y atacaron a los gadafistas que estaban llegando a ocuparla. Mataron a más de 20 enemigos y capturaron a otros tantos. La noticia reanimó a muchos en Bengasi, entre ellos a la familia de Jaled, que lo recibió como a un héroe. Ya que sus heridas no son de gravedad, estará bien en pocos días. Y regresará al combate.

El martes 15, cuando lo visité por la tarde, llegaron noticias de que los oficiales de la fuerza aérea que apoyan a los rebeldes por fin habían actuado: hundieron dos fragatas de Gadafi y dañaron un barco más. No querían salir a enfrentarse, pero habían dicho que defenderían el Oriente y, como esa mañana las fuerzas del dictador habían empezado a atacar Ajdabiya, parecía como si se hubiera cruzado una línea roja.“Me he prometido varias cosas”, me dijo Jaled, “empezando por tomarme las cosas en serio, el uso de las armas, la disciplina, subordinar mis iniciativas a lo que planeen los comandantes. Y voy a creer en la gente. Un hombre negro me salvó la vida. Tal vez tengo que preguntar antes de odiar. Mis amigos han pagado por tanta estupidez. Pero ellos ya son shujadá, mártires, y los honraremos con la victoria de la Thawra. ¡Inshallah!”

Estaba de buen ánimo, a pesar de su dolor. Quería que yo lo notara. Y se puso a cantar, un libio entonando una pieza argentina con acento de mexicano: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”

El intérprete

Publicado: 24 septiembre 2011 en Carlos Loret de Mola
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Esa tarde Ayman empezó a morirse. No pudo respirar por cincuenta segundos. Primero se inquietó, intentó jalar aire, pero sentía sus pulmones tapados por los gases lacrimógenos que la policía de Egipto roció sobre él y un millón de activistas reunidos en la Plaza Tahrir de El Cairo para protestar contra la dictadura de Hosni Mubarak.

Cuando se dio cuenta de que no tenía oxígeno —y no iba a tener—, pensó: “Esto es todo”. Rezó la frase “La ilaha illa Allah” (“No hay Dios como Alá”) y, recostado en una banca de la vecina Universidad Americana a donde se metió en busca de refugio esa tarde del 28 de enero de 2011, bajó la guardia ante el destino.

No lloró de miedo porque ya no le quedaban lágrimas. Se las había sacado todas el gas de los minutos previos. Pensó en su hijo de un año y su esposa de treinta y cinco, de quienes se había despedido esa mañana tras desayunar té y queso crema. Aída lo quería acompañar, pero sigue amamantando a Noor.

Programó a su familia en el último pensamiento, pero quiso morir viendo a sus compañeros de lucha. Los tenía allí enfrente: combatían en una batalla desigual —el marcador final de muertos fue 365 a 35, a favor de las fuerzas oficiales—, lanzaban piedras, botellas y alguna bomba molotov contra el personal uniformado que llevaba ropa antibalas, escudos, toletes, potentes chorros de agua, pistolas de descarga eléctrica, balas de goma, tanques de guerra, vehículos blindados, armas letales y de disuasión, granadas de gas y de pólvora y la instrucción de reprimir al costo que fuera.

***

Ayman Fareh estudió Turismo con posgrado de traducción árabe-inglés. Se empleaba como guía de turistas y era activista en sus ratos libres. La última vez que trabajó fue el 23 de enero, cuando llevó a un grupo de australianos a conocer las pirámides de Sakkara, que dan nombre a una de las cervezas claras más populares del norte de África. Fue un muy buen domingo: le pagaron cien dólares por diez horas, en un país donde un urólogo gana doscientos al mes. Ayman se quedó sin empleo cuando la primera manifestación ahuyentó a los visitantes.

Fue el día 25, cuando ocurrió un milagro en la Plaza Tahrir. Para protestar contra el desempleo, la carestía y la falta de libertades, los activistas egipcios habían invitado a un plantón a través de Facebook y Twitter, inspirados por el movimiento juvenil que en Túnez tiró a Ben Ali tras dos décadas en el poder. “Esperábamos que llegaran unas seiscientas personas, ¡pero se juntaron como sesenta mil!”, lo decía Ayman y se le abría la boca de asombro. Los suyos abarrotaron la célebre explanada donde convergen el Museo Nacional de Egipto, la sede de la Liga Árabe, el campus de la Universidad Americana de El Cairo, la oficina de pasaportes, el hotel Ritz a medio construir, el edificio del partido oficial y siete avenidas.

La policía política les dio el “trato Mubarak”: murieron tres opositores. Esta represión los envalentonó, los mantuvo en la calle el miércoles (hubo otros tres muertos), el jueves (un caído) y los hizo llamar a una gran movilización para el viernes 28.

“A ésta no puedo faltar”, se recriminó Ayman acariciándose la barba corta, negra y desigual de su rostro graso enmarcado por lentes discretos, mientras leía un mensaje de texto que un amigo le envió al celular para convocarlo. Le pesaba un poco el remordimiento porque —justificante de enfermedad— se perdió las primeras.

En español Ayman quiere decir “virtuoso”. Y en el mundo árabe, lo virtuoso es aprovechar que el viernes se descansa para dedicar un tiempo al rezo. Por eso, aunque el gobierno ya tenía congelado internet, los opositores apostaron al 28 de enero como fecha de la movilización cumbre: era feriado y para los ciudadanos sería más fácil acudir. Así que ese día, antes de empezar a morirse ahogado, el traductor, devoto, virtuoso al fin, hizo una escala de media hora en la mezquita y se fue a la plaza.

“¡Seremos sesenta mil personas, no lo puedo creer!”. En el camino de la oración a la revolución, apostó que ese viernes habría por lo menos los mismos opositores que el martes. Cuando llegó a Tahrir —Plaza de la Liberación, traducido del árabe—, había un millón. Se prendió. Corrió y coreó. Encaró con descaro. Emocionado, enchinada la piel porque, más que estar protestando, se sentía sublime, puntual a una cita con el bronce, con los libros de texto, con la historia.

Esa tarde fallecieron aproximadamente cien egipcios opositores a la dictadura, la mayoría por disparo de arma de fuego. Mubarak ordenó a sus leales apuntar a la multitud. El Ejército se negó. La policía política lo hizo. Fueron dos posturas que terminarían determinándoles el futuro: el Ejército sobrevivió al golpe de Estado (de hecho, técnicamente fue un golpe realizado por el Ejército, que quedó al frente de Egipto tras la huida del autócrata), mientras la policía política desapareció y su millón y medio de integrantes se diluyó entre los ciudadanos.

Gaseado, pálido su afilado semblante, el guía de turistas de treinta y siete años no podía respirar. Ya no manoteaba. Disipada su desesperación por la asfixia, cerrados los ojos verdes, entregado —tranquilo y orgulloso— a la idea de ser mártir por la democracia en su Egipto, Ayman Fareh no se murió. Un golpe de oxígeno lo hizo toser, pararse, recuperarse y volver a la línea de fuego.

Al día siguiente, en el periódico leería que el gas lacrimógeno esparcido por los agentes estaba vencido, caduco, y por eso, en lugar de sólo inhabilitar al rebelde con el picante en la vista, generó episodios de ahogamiento. Le resultó tan familiar como indignante.

***

Ayman no tenía en agenda ninguna movilización importante en enero. La oposición egipcia —tolerada al mínimo, arrinconada, oficialmente prohibida— se preparaba para un gran movimiento político en septiembre próximo: corrían rumores de que, en ese mes, Hosni Mubarak se alistaba para dejar el cargo… en manos de su hijo Gamal. ¿Que los Mubarak jugaran a la monarquía? Eso sí que no.

La renuncia de Ben Ali en enero, en Túnez, los animó por sorpresa, pero a la postre cuentan que jamás imaginaron que lograrían la caída de su dictador…, jamás…, hasta el 28 de enero de los cien muertos.

Ese saldo rojo impulsó a los medios de comunicación del planeta a mandar reporteros a El Cairo. Antes, ni siquiera la televisora más influyente en el mundo árabe, Al Jazeera, había prestado demasiada atención a la revuelta. Súbitamente, la prensa empezó a volar con dirección a las pirámides.

Cuando un reportero llega a un país extranjero lo primero que necesita es un vehículo y un traductor. Como si se pasaran la voz en la era de la globalización, los trabajadores del sector turístico —taxistas, guías, fixers— suelen, en tiempos de conflicto en sus países, apostarse afuera de los aeropuertos o garitas migratorias para cazar periodistas que requieran de sus servicios, con quienes los comunicadores terminan arreglándose en una especie de tarifa internacional basada en otras experiencias de crisis y la urgencia de salir a reportear. Durante la invasión estadounidense en Afganistán de 2001, en la guerra civil de 2004 o el sismo de 2010 en Haití, en Egipto y Libia de 2011, un vehículo compacto, viejo, con conductor, se renta por cien dólares al día, y el traductor-guía por otros cien, máximo ciento cincuenta.

Vytas Rudavicius era uno de esos traductores. Conoció al enviado especial de Televisa, Leonardo Kourchenko, cuando fue a cubrir la disolución de la Unión Soviética. Lituano, con buen inglés y diecinueve años de edad, resultó ser más inteligente, atrevido y mediático que el fixer promedio. Cuando Kourchenko regresó a sus tareas habituales lanzó una propuesta hacia Lituania y otra a México: “Si tú aprendes español, nosotros te contratamos como corresponsal”, le propuso a Vytas.

Veinte años después, Vytas habla un español culto con un fascinante acento que no quiere perderse una sola erre, que remarca con toda la vibración que la lengua y los dientes son capaces. Leonardo es jefe de todos los corresponsales internacionales de Televisa. Vytas es corresponsal en Londres. Leonardo le cumplió.

A seis horas de vuelo de Gran Bretaña, Vytas estuvo en el primer equipo desplazado para informar desde Egipto cuando el movimiento revolucionario contra Hosni Mubarak se bañó de sangre. El universitario rubio y de ojos claros, que traducía del ruso al castellano cuando se colapsó el mundo soviético a inicios de los años noventa, atestiguaba ahora —nuevo milenio, cuarentón, casado, tres hijos, barba de cuatro días, periodista experimentado, caballeroso, compañero solidario, un tipo encantador— otro colapso: el de los faraones del siglo XXI.

—Yo hablu un puco de espaniol —sonrió Ayman a Rudavicius, el 10 de febrero.

Vytas extendía el micrófono esa noche en Tahrir para recoger voces de desánimo, de irritación, luego del discurso del presidente Mubarak, emitido por la televisora del Estado: se esperaba que anunciara su dimisión, pero sólo adelantó pequeños cambios en su gobierno para que sonaran a concesiones democráticas (nadie pensó que a la mañana siguiente se daría a conocer que el presidente dejaba el poder y se refugiaba en su casa de playa en Sharm el-Sheij).

Un nacido en Lituania, que vive en Inglaterra y trabaja para una cadena de México, hizo un breve examen del idioma de España a un ciudadano de Egipto que terminó guiándolo a Libia y hablándole como en Estados Unidos. El egipcio contó que, de los nueve niveles del Instituto Cervantes, había llegado al segundo. Pero en inglés tenía maestría. Así se entendieron. Vytas apuntó el teléfono por si lo necesitaba más adelante, pues llevaba semana y media en la zona y ya contaba con un guía, pero sabía que pronto vendría otro equipo de México a realizar una serie de programas especiales, y seguramente necesitarían un buen intérprete.

Ayman estaba listo. Deseaba trabajar después de diecinueve días de desempleo revolucionario. Desde el inolvidable 28, el licenciado en Turismo se quedó a vivir dentro de una tienda de campaña en la Plaza Tahrir. Con él, cientos de miles de egipcios. Cada tres días viajaba a su casa de ciento setenta metros cuadrados en los suburbios clasemedieros de El Cairo. Besaba a Aída y Noor, se daba al fin un baño, comía algo y de regreso a la revolución.

***

El día que aterrizamos en Egipto, Vytas acudió al aeropuerto con un siempre sonriente traductor árabe-español que, quizás extasiado tras esperar once horas, porque el vuelo se retrasó, saludó de doble beso en la mejilla al productor José Luis El Choco Valdivieso. “Ya ligaste, cabrón”, se escuchó. No era Ayman. Se llamaba Walid. Lo había contratado la oficina desde México.

Con poco tiempo para reportear todo lo deseado, el equipo pidió a Walid no hacer escala en el hotel, ni siquiera para dejar el equipaje, sino ir directamente a una de las zonas más pobres de El Cairo, con el objetivo de retratar el efecto social del aumento en los precios de los alimentos, detonador del conflicto árabe.

Mientras los camarógrafos Rafael El Piojo Ruiz y Gustavo Sánchez grababan escenas de la vida cotidiana en un barrio marginado, una treintena de simpatizantes del colapsado Mubarak nos rodearon increpándonos que la prensa internacional aceleró la dimisión de su líder. Nos exigieron que dejáramos de grabar, recogiéramos las cosas y nos subiéramos al taxi tipo Tsuru que nos había transportado —encimados, dos reporteros, un productor, dos camarógrafos, el traductor y el chofer del vehículo—. Pero no dejaron que el taxi se moviera. Querían simplemente tenernos ahí contenidos en lo que discutían entre ellos qué hacer con nosotros. Golpearon al conductor, zarandearon y regañaron a Walid, amagaron con desenfundar armas y finalmente acordaron llamar al Ejército, que logró sacarnos de la turba enfurecida para escoltarnos hacia una instalación militar, retenernos ahí, confiscarnos celulares, aislarnos del traductor (quien para entonces había demostrado que su sonrisa no era perenne) y soltarnos tres horas más tarde. Escondidos los dientes, descompuesto el semblante, Walid renunció a ser guía de periodistas.

Mientras todo eso sucedía —once horas de retraso, dos de traslado, una de reporteo, una de conflicto, tres de retención— Ayman esperaba en el hotel Semiram, privilegiada ubicación entre el Nilo y la Plaza Tahrir, donde estaba nuestra reservación. Vytas lo había citado temprano con la oferta de volverse su traductor —con dos, el equipo podría dividirse y abarcar más—. Cuando cayó la noche y Ayman no vio ningún periodista lituano, optó por irse. Casi a medianoche, Vytas hizo la llamada que Ayman estuvo esperando todo el día. Tras la explicación del periplo, quedó contratado como traductor, el único traductor.

A la mañana siguiente, Ayman llegó tarde. Urgía completar el reportaje con entrevistas en la calle, así que sin esperarlo salimos del hotel, caminamos diez minutos en medio de la estrecha vigilancia militar que es sinónimo de “ya volvió la normalidad a El Cairo” y tuvimos que hacer la primera entrevista con señas.

A cuadra y media del sitio donde acamparon los rebeldes durante dieciocho días, Mustafá, un niño de diez años que vende pan árabe en la calle (que es como la tortilla mexicana), explicó que antes, con una libra egipcia (dos pesos mexicanos) a sus clientes les alcanzaba para comprar veinte piezas y ahora sólo se pueden llevar seis.

Las primeras protestas de enero fueron porque aumentó casi al doble el precio del trigo. Se montaron a ellas los jóvenes —que son más de la mitad de la población— con estudios universitarios pero sin trabajo, con acceso a las tecnologías pero sin dinero, con Facebook y Twitter pero sin salario, con vida pero sin esperanza. No “ninis” sino “yanis”, porque ya estudiaron pero no trabajan. La suma de quejas por la carestía y el desempleo se potenció cuando se topó con la represión gubernamental del 28 de enero. A partir de ese día, todo empezó a tratarse de la libertad.

***

“Ese día nos dimos cuenta de que podíamos tirar a Mubarak porque fue una masacre. Una vez que empezó a perder la cabeza tanto, matando gente y ordenando a sus fuerzas de seguridad que mataran, dije: ya cayó. Antes, yo corría cuando me daba cuenta de las bombas de gases lacrimógenos, pero una vez que vi un cadáver, ya no corrí, me empecé a parar y les planté la cara”, explica junto a su gato esponjado, una bandeja de té de dos sabores y una foto en la pared que a todos llamó la atención, Nawarra Negm, bloguera de treinta y siete años que, por su buena oratoria en inglés, terminó involuntariamente de vocera de la oposición, entrevistada en las más importantes cadenas mundiales de noticias, icono en la pantalla de la Revolución 2.0, como la han llamado los expertos.

Ayman se sacó la espina de su retardo. Esa misma noche guió a su tropa mexicana hasta un terreno baldío que sirve de estacionamiento. Tomó el celular, hizo una llamada, habló en árabe y al colgar informó: “Aquí es. Nos está esperando”. Nervioso, ansioso, contento por su logro.

Nawarra es una figura en Egipto. Vive en el corazón de El Cairo, en un edificio que parece que se está cayendo. En el elevador, que llega hasta su departamento en el piso doce, no caben más de tres personas, se sube más rápido por las escaleras. Ella abre la puerta y ofrece té, en la tradición de la hospitalidad musulmana: ¿verde o rojo? De sonido ambiente, la tele prendida en la que Al Jazeera informa de la brutalidad de Muamar el Gadafi contra su pueblo en Libia. La laptop chueca en el asiento del sillón revela que acaba de abandonar los muslos de su dueña.

—¿Era tu pariente o sólo eres su fan? —le pregunto cauto al ver colgada en la pared, junto a las fotos familiares —que son cursis en Oriente y Occidente—, una imagen sonriente de Hassan Nasrallah, líder del movimiento político y paramilitar Hezbollah.

—Sólo su fan —responde, hasta con cierto reto en la mirada, la bloguera de Tahrir, rostro robusto y terso, de gestos firmes, que es lo único de piel que asoma bajo su velo islámico rojiblanco apenas estampado, su falda de mezclilla azul a los tobillos y su blusa roja de manga larga abotonada por completo.

Tenía ocho años cuando la policía secreta de Mubarak irrumpió a las cuatro de la madrugada en su casa y entró a su recámara, una añeja tradición familiar: “A mis padres por lo general los arrestaba Sadat [antecesor de Mubarak], ¡el hombre de paz! —suelta irónicamente—. Arrestaba a todo mundo”.

Ayman traga saliva. Mira asombrado, emotivo, orgulloso, por momentos hiperactivo, fija siempre su atención en cada palabra de la protagonista. Sabía de Nawarra, la había visto en la tele, leído en la web, pero jamás se la topó entre el millón de personas que acamparon en la Plaza de la Liberación, incluso días después de haber depuesto al dictador. Él había conseguido la cita, y cuando tocó la puerta del modesto departamento —tripié al hombro para ayudar con la carga pesada de un set de televisión portátil— casi temblaba. Saludó en árabe, encendidos los ojos verde oscuro, y minutos enteros se siguió en esa lengua de la que sus empleadores sólo alcanzábamos a identificar un “Tahrir” por aquí, un “Mubarak” por allá, un “Gadafi” por acullá.

“¿Podemos empezar la entrevista, Ayman?”, hubo que interrumpirlo con sentido del humor, al verlo poseído por su interlocutora. Servicial, caballeroso, reaccionó rápido, apenado, tratando de reparar el mínimo descuido. Él no era sólo fan del retrato sino de quien lo había colgado en la pared.

Ayman tenía veintiséis años cuando la policía de Mubarak entró a su casa, a las dos de la madrugada, y se lo llevó tres días. No le gustó al régimen que perteneciera a una fundación que recaudaba de los ricos y repartía a los pobres: “Me pegaron en la cara y en el cuerpo, me interrogaron, me dieron choques eléctricos. No podías preguntarles: ‘¿Por qué estoy aquí?’, ésa no era una pregunta válida; ellos, en cambio, me preguntaron qué hacía, quién trabajaba conmigo, sus nombres, qué estaba leyendo. Yo les dije que mi trabajo lo hacía a la luz pública, dando recibos y con autorización oficial, pero ése no era el problema: el problema es que no les gustaba que la gente te quisiera, que pensara que eras mejor que el gobierno”.

Cuenta y se pone serio, duro, agraviado, contestatario, con la dosis de ira justa para no ser descortés. A veces no hay que escarbar en la memoria. Es el caso. Su padre contactó a un viejo amigo militar que intercedió por la vida del entonces estudiante. “Al soltarme, me advirtieron que dejara de hacer trabajo social. Pero esa experiencia sólo me hizo volverme más activo”.

Sí. Más activo. Porque lo era desde antes. Asiduo participante en cuanta manifestación se convocara en sus tiempos universitarios: “Protestábamos por la carestía, por los bajos salarios, por las guerras de Irak y Afganistán, por los presos políticos, por libertad de expresión, porque Israel atacara Palestina, porque subían las colegiaturas”.

Fue entonces que empezó a leer de la Hermandad Musulmana, la organización política opositora más fuerte de Egipto, a la que Hosni Mubarak prohibió convertirse en partido, pero a la que toleraba que, con otras siglas, llevara a sus dirigentes al Congreso.

Me apresuré a terminar la entrevista porque soy alérgico a los gatos y el exhuberante minino anaranjado de la opositora web tenía mi mirada en granate y mi nariz fluyendo como el Nilo. Desde luego, Ayman no pudo resistir la tentación: “¿Puedo sacarme una foto contigo, Nawarra?”. Todos posamos. “La voy a colgar en la sala de mi casa”, remató en adelanto.

***

—No saben cuántas veces pasé por esta calle sin atreverme siquiera a voltear hacia este edificio.

Camarógrafos, productor, reportero, en silencio. Ayman habla arrepentido, nostálgico, confesando, mirada perdida, triste, hacia una estructura descuidada que hace décadas pintaron de amarillo. Ni un solo letrero que indicara que ahí operaba la oposición.

Sus conexiones habían concertado entrar a las oficinas centrales de la Hermandad Musulmana. Ocupan dos departamentos, en el primero y segundo pisos. La puerta es suntuosa, de madera tallada como en las mezquitas, pero el resto es, más que austero, pobre: pisos sin pulir, cortinas sucias y recogidas por sus roturas, escritorios descarapelados, archiveros pandeados, casi sin sillas ni mesas, un sofá viejo frente a una tele que le es contemporánea.

Dos semanas antes, pasar por la calle sede de la Hermandad Musulmana era un desafío al dictador. Tenía espías en derredor. Voltear siquiera hacia el edificio era tomado como declaratoria de complicidad que podía significar al atrevido un castigo similar al que sufrieron, en distintos momentos del gobierno treintañero, todos los integrantes del buró político de esta institución opositora: la cárcel.

Ayman subió las escaleras con la cadencia de quien entra a un lugar sagrado. Dos niveles. Cuando le permitieron el paso oficina adentro, se quedó con pasmo, se tomó un par de segundos para reponerse de la impresión que le abrió los párpados como en automático, giró medio cuerpo y me explicó en secreto con cara de alerta: “Éstos son tres de los más altos directivos”.

Sentados en el sillón viejo, tazas de té caliente sostenidas en la palma de la mano, tres hombres —cincuentas uno, sesentas otro, setentas el de la barba más blanca— se regocijaban viendo la repetición de un programa de entrevistas nocturno en el que, finalmente, en la televisora del Estado hablaban bien de ellos.

Entraron tres más, se acomodaron como pudieron en el sofá y una silla endeble, y luego de permitir que se les grabara departiendo, el designado como vocero dijo a su asistente: que les sirvan té. Y a nosotros: en un momento bajo a la entrevista.

Ayman había confesado su simpatía por la Hermandad, aunque no le gustaba que consideraran que una mujer no pudiera ser presidenta de Egipto. “Dicen que porque si se embaraza no estaría en posición de enfrentar una crisis nacional, una amenaza de guerra, por los constantes cambios de ánimo que conlleva la gestación, pero yo no estoy de acuerdo en eso”, puntualizó en el camino, ayudando a preparar las preguntas.

El guía, desde que nació en Giza, cerca de las pirámides, en la zona metropolitana de El Cairo, está acostumbrado a decir lo que piensa. Eso lo distinguió de su familia, más bien callada y sumisa. Su madre recuerda que cuando regresaba de nadar en el canal o de jugar futbol con sus amigos de la infancia en el barrio marginado de Bashur, era capaz de oponerse hasta del orden instruido para hacer la tarea, bañarse y cenar. Y ni cómo reclamarle: fue siempre primer lugar en el salón y se sigue sabiendo de memoria la mitad de los ciento catorce capítulos del Corán. Así que será seguidor de la Hermandad Musulmana, pero recetarles corchetes en el diagrama ideológico parece hasta natural en él.

En la entrevista, el doctor Esam el-Erian, jefe del Comité Político y vocero del movimiento, aclaró retando: “Si el pueblo la escoge no estamos en desacuerdo, pero mire usted a Estados Unidos: es democrático, pero ninguna mujer se puede presentar como candidata aun ahora; cuando Hillary Clinton quiso ser la candidata, no pudo”. Ayman descansa.

—No lo hubiéramos logrado sin la Hermandad Musulmana —explicaba minutos antes el traductor. Tahrir era un desastre hasta que llegaron ellos, armaron cercos de seguridad, instalaron una oficina de prensa, juntaron a los abogados para defender a los detenidos, coordinaron que se cocinara y repartiera comida. Estos cuates son muy organizados, y desde atrás, sin restar protagonismo a los jóvenes de la revuelta, dieron forma a la revolución.

Así han labrado su prestigio entre los ciudadanos del norte de África y Medio Oriente: recaudando fondos de los petroleros millonarios del mundo islámico, invirtiéndolos transparentemente en obras sociales y rechazando la violencia como método de lucha política, al grado de ganarse la enemistad de la red terrorista Al Qaeda y particularmente del número dos de Osama bin Laden, Ayman al-Zawahirí, egipcio que solía pertenecer a la Hermandad Musulmana.

El-Erian recuerda eso. Lo enfatiza —”No nos confundan con Al Qaeda. Al Qaeda nos odia”— porque Occidente ha erguido miradas de sospecha hacia su organización por temor a que convierta Egipto en un país dominado por una cúpula religiosa, como Irán, con tendencias extremistas. “Queremos un Estado laico. Estamos listos para competir y ganar democráticamente el poder…, y para perderlo”, contesta a pregunta expresa. Anuncia que formará un partido político, que por ahora no buscará la presidencia sino una bancada en el Congreso, explica que debe reformarse la constitución y celebrarse a la brevedad elecciones libres. Lo tiene tan claro que parece haber ensayado por décadas para cuando llegara este momento.

Ayman, con cara del que ya planeó la travesura pero quiere que pase inadvertida, nos pide un momento. En lo que el equipo desinstala luces, cables y micrófonos, sube a zancadas las estrechas escaleras sin luz, en la ruta va sacando de la apretada bolsa del pantalón caqui su cámara y llega a pedir una foto con cada uno de los directivos de la Hermandad Musulmana. Porta la expresión del niño que llega al Reino Mágico y se topa al fin, en persona, con Mickey Mouse.

LAS LETRAS QUE CON SANGRE ENTRAN

Cuando tenía siete años, Ayman no sintonizaba las caricaturas de Disney. Menos en octubre. Para conmemorar la histórica victoria egipcia sobre Israel, en octubre de 1973, ese mes la pantalla de la televisión oficial, la única, se llenaba de películas que engrandecían el espíritu nacional.

Una escena se le quedó marcada: el Ejército de Egipto logra entrar a la península del Sinaí, a pesar del ataque de Israel. De uno de los tanques de guerra desciende un soldado para escribir en la pared defendida un rezo: Allah Akbar (“Dios es grande”), pero se le termina la tinta roja en Allah. El uniformado se corta la piel y con su sangre termina de pintar la frase.

La cuenta como si la hubiera visto ayer, como si se la hubieran escrito en rojo con sangre propia. Sintonizaba los filmes nacionalistas cada octubre con su familia, que en realidad estaba formada por dos hermanos, dos hermanas y su mamá. Su padre trabajaba en Libia —lo hizo durante ocho años— y sólo los visitaba una vez al año durante más o menos cuatro semanas.

Por eso, cuando le dije: “Hay que ir a Libia a cubrir la guerra civil”, se exaltó, buscó, giró, marcó su celular, enlistó todo lo que se necesitaba pero, sobre todo, se supo la ruta de memoria: de El Cairo a Salloum, que es la frontera egipcia, son como diez horas de carretera; cruzar puede ser un tedio debido al Ejército de Egipto, y ya del otro lado son como seis horas hasta Bengasi, el bastión de la oposición, donde la prensa extranjera es bienvenida, a diferencia de los territorios Gadafi donde se anunció que se daría a los reporteros trato de terroristas.

A la distancia, creo que Ayman me hizo trampa, porque inexplicablemente retrasó una noche el viaje a Libia, con los pretextos de que no había garantías, que no conseguía vehículo para el traslado, que no quedaba clara la ruta, que si el toque de queda…, días después me enteré de que el guía no tenía a la mano su pasaporte, se lo había dejado a un primo, el primo no contestaba el teléfono, y sin pasaporte no podía salir de su país: un revolucionario de ese ímpetu, con Tahrir suministrándole adrenalina en la memoria, no se perdonaría perderse la incursión a lo que Pérez-Reverte denominó “territorio comanche”.

***

Dejar territorio egipcio es una monserga burocrática a contrapelo. En efecto, los militares obstaculizan lo que pueden —curiosamente, a la caída del dictador Mubarak, el Ejército impuso un estado castrense al que la oposición se acomodó rápido— y ante todo intentan que la garita Libia-Egipto no reviente de la cantidad de aspirantes a refugiados de guerra.

En contraste, del lado libio, dos combatientes con chalecos fosforescentes, como de trabajador de limpia nocturno, Kaláshnikov al hombro, sonríen, dan la bienvenida a los corresponsales extranjeros y hasta organizan que aborden vehículos privados, dólares de por medio, que los lleven hasta las ciudades conquistadas por los libertarios.

Tobruk es la primera población relevante, a dos horas de la frontera. En el camino no hay casi vehículos, las carreteras están vacías y el silencio del desierto, las dunas desoladas y las frecuentes tormentas de arena acentúan el miedo. Las poblaciones aparecen cada treinta, cuarenta kilómetros. No se ve a nadie en sus calles. No hay trabajos, no hay escuela, casi no hay comercios. Lo que hay es guerra. Guerra civil.

En cambio, en el centro de Tobruk, la plaza hierve en oposición a Muamar el Gadafi. Visten bien, la mayoría tiene celular en una ciudad que hasta luce un hotel de diseñador, como arrebatado de Nueva York. Libia no es pobre: su flota vehicular es moderna, sus carreteras amplias y bien mantenidas, su tipo de cambio es casi uno a uno con el dólar, su ingreso per cápita triplica al de México y no producen más petróleo porque no necesitan el dinero. Pero no tienen libertad. Ninguna. Y por eso estalló.

Ayman está de vuelta en plaza llena, como en los tiempos de Tahrir. Vytas enciende el micrófono, El Piojo la cámara, y se ponen a entrevistar al público reunido para exigir la caída del excéntrico que los ha sometido cuatro décadas. Cuando Vytas voltea en busca de su traductor para que aterrice en inglés los gritos en árabe, éste se ha ido. ¡Ayman, Ayman!

Ayman está de regreso en la revolución y se ha agenciado una audiencia a quien platica cómo le hicieron en El Cairo, cómo durmieron en Tahrir, cómo sufrieron la represión y cómo vencieron. Su pensamiento va más rápido que sus palabras, y sus ojos más rápido que todo. Gesticula, anima, abraza, aconseja, ¡pero no traduce! Los libios lo escuchan como al hermano grande que ya pasó por éstas. ¡Ayman, Ayman, please help us here!

—Sorry, sorry —alcanza a responder agobiado, sobrepasado por el momento, y regresa a su labor decodificadora del lenguaje.

Los rebeldes anti-Gadafi se desprenden de teléfonos móviles, tarjetas de memoria, almacenadores USB, comparten por Bluetooth archivos con las imágenes de balaceras, muertos, descuartizados, fotos y videos de la guerra que los medios de comunicación no han podido reflejar porque el dictador cerró las fronteras, canceló internet, interrumpió comunicaciones, secó los visados y prohibió la emisión de señales de satélite.

En Libia, los ciudadanos ven una cámara y se lanzan sobre ella. Le quieren contar lo que llevan cuarenta y dos años guardándose. Cambiados al bando de los manifestantes, soldados de civil y armados improvisan un cerco de seguridad en torno a los periodistas para que la desesperación del pueblo por aprovechar el nacimiento de su libertad de expresión no los tumbe y puedan mantener una mínima distancia que permita a la lente captar algo que no sean manos y caras estrelladas contra la pantalla.

***

Las antenas de transmisión no están en Libia. Están en Egipto. El temor a la rapiña de guerra, los bombardeos y la inestabilidad las mantiene ahí. Es más fácil que un reportero se suba a su coche y salga huyendo a que se desmonten quinientos kilos de electrónica, se carguen en un vehículo pesado y entonces se busque la ruta de salida.

Así que hay que abandonar el oasis de información rebelde para regresar a la frontera y transmitir lo que se haya conseguido tan pronto como se pueda. Pero los libios no quieren: como si estuvieran adiestrados para conocer y satisfacer las necesidades del reportero, tan pronto detectan a uno lo llevan a los edificios manchados por el humo de los incendios, las estructuras bombardeadas, las paredes agujereadas por la artillería, los sótanos de las cárceles que aún huelen a tortura, y exhiben papeles confiscados y les faltan horas aire para denunciar. Pero de nada sirve reportear una nota si no se publica: adiós Tobruk, aunque cueste. Al día siguiente vendrán Al Birdia, Bengasi, Al Baida, lo que se deje en esa costa del Mediterráneo que seguro es un paraíso… en otro momento.

En la noche, un tequila para el miedo; y en el día, el desierto helado y tormentoso que no deja ver más de dos metros a un coche que avanza a 140 km/hr. La prisa, el riesgo, migración y aduana, la carretera en medio de la nada, se volvieron rutina de unos días.

—¿Me quedo hasta que caiga Gadafi? —pregunté.

—No. Regresa ya. El viaje era de una semana y quién sabe hasta cuándo vaya a caer ese güey —responde el jefe, al otro lado del mundo.

Es viernes por la mañana en Libia, 25 de febrero de 2011. Ayman está convencido de que, tras revelarse que bombardeó a su gente, Gadafi caerá hoy. En viernes huyó Ben Ali de Túnez, en viernes renunció Mubarak en Egipto, en viernes se tiene que ir Gadafi, explica el intérprete. Y recuerda aquel viernes en que salió de su casa tras desayunar queso crema y una taza de té, tras besar a Noor y Aída, sin pensar que besaría también la muerte por asfixia, acamparía dos semanas en la plaza, tumbaría un dictador, conocería a un periodista lituano que le presentaría a su colega mexicano y estaría de nuevo en suelo rebelde rezando —en viernes como rezan los musulmanes— por la caída de otro asesino.

***

A la mañana siguiente, siete en punto, el equipaje está cargado en la combi para volver a El Cairo, y de ahí a México. Ayman se acerca: “Carlos, yo sé que mi labor es llevarte hasta el aeropuerto y ver que salgas con bien de mi país, pero quiero pedirte algo: déjame quedarme en Libia, quiero seguir luchando”.

Se quedó allá. Se metió a Tobruk de nuevo, llegó hasta Bengasi y la última vez que hablé con él, ya por teléfono desde el Distrito Federal, me dijo que intentarían entrar a Trípoli y conquistar la capital para derrocar al dictador. “Y ya sabes, aquí te espero cuando caiga Gadafi”.

Recuerdo que le pregunté si no le daba miedo morirse. Se me quedó viendo. Serio como quien explora las respuestas en otra frontera de guerra, la del alma con el corazón:

“No estoy luchando por luchar, sólo estoy haciendo algo que debo hacer. Yo creo, como musulmán, que mis segundos, minutos y horas están predeterminados. El momento en que moriré está predeterminado. Todos morimos en el momento en que Dios lo haya diseñado. Nadie morirá un minuto después ni un minuto antes. Nosotros creemos que la vida no se termina con esto, sino que la vida inicia después de esto. Extraño a mi hijo, lo amo muchísimo: a él, a mi familia, mi papá, mi mamá. Pero el día más feliz de mi vida no fue cuando nació mi hijo, sino cuando cayó Mubarak, porque entonces sabía que mi hijo iba a crecer feliz, con libertad. Sólo estoy haciendo lo que debo hacer. Y si me muero, me gustaría que Dios estuviera satisfecho conmigo.”

Jaled Said ganó la batalla después de muerto. Como el Cid Campeador. Pero más aún: Jaled la inició y resultó victorioso muchos meses después de que policías egipcios lo asesinaran a golpes. Su madre sostenía un pequeño cojín blanco con su fotografía cuando llegó la noticia, casi inesperada, sorprendente, todavía increíble: el dictador Josni Mubárak había renunciado a la presidencia. Mejor dicho, lo habían obligado a renunciar, pero el detalle no importaba.

A las 6 de la tarde del 11 de febrero pasado, en el departamento del piso noveno de un edificio que da a la midan Tahrir (plaza de la Liberación), corazón de El Cairo, de Egipto y de esta Revolución de 18 días, los jóvenes del Movimiento 6 de Abril vieron el mensaje de apenas 30 segundos que dirigió el vicepresidente Omar Suleimán, y saltaron en una alegría confusa, preguntándose si era cierto lo que escuchaban, bailando con lágrimas y carcajadas.

Y la madre de Jaled —con gafas de aumento, un chal azul en la espalda y un velo negro sobre el cabello— buscó asiento para evitar un desmayo. Respiró. Comenzó a llorar. Su hermano y su hija se acercaron a abrazarla. Besaron la imagen de Jaled. Los activistas y los reporteros extranjeros se formaron para hacer lo mismo. En las últimas 24 horas, desde que Mubárak había hablado a la nación para hacer gala de terquedad, su derrota parecía lejana, faltaban muchos días y semanas de lucha. Ahora era la victoria de todos. El triunfo de Jaled después de muerto.

En la plaza, la mayoría de los cientos de miles de manifestantes, muchos de los cuales llevaban 18 jornadas acampados allí, no estaba al tanto de que Suleimán hablaba. Caía la oscuridad y la gente estaba distraída en las tres actividades principales que se realizaban en lo que los entusiastas llamaron la “República de Tahrir” (o, traduciéndolo, República de la Liberación): marchar y corear consignas, debatir apasionadamente, y pelear un lugar frente a cualquier tipo de cámara (de televisión, compacta o de teléfono móvil, nacional o extranjera) para expresar sus opiniones.

De repente, en el escenario principal donde algunos habían escuchado al vicepresidente, nació un grito poderoso que creció como una ola inmensa: “¡Mubárak se fue!” Los gestos en los rostros no lograban completar la transición entre la incredulidad y el júbilo. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Lo habrían matado? ¿Habría caído enfermo? ¿O escapó del país? Detalles. Minucias en ese momento.

Los desconocidos se abrazaban. Nunca antes recibí tantos besos masculinos. Yo lamentaba que en este país las chicas no los dieran a los hombres. Encontré a Andrea Walden, una anarquista estadounidense de 22 años, que había venido a atestiguar una revolución. Curtida en enfrentamientos con la policía de California y en luchas en Palestina, normalmente parece madura y controlada. En ese momento, la felicidad la hacía lucir como una niña llorosa. Rodeada de jóvenes hombres egipcios, las restricciones sociales le impedían brindarles los abrazos que la emoción demandaba. No tuve más remedio que ayudarle con eso.

Fue distinto con Alshimaa Helmy, una cíber-activista musulmana de 21 años, a quien llamamos simplemente Shimaa. Nada de contacto físico más allá de las manos. Todo fluía por sus ojos y por su voz, a la que el enronquecimiento de semanas de pelea y gritos le había dado el tono de un muchacho adolescente, y que me transmitía la fuerza de su emoción. “¡Se fue, se fue, se fue, se fue!”, decía como si tratara de convencerme a mí y a sí misma, “¡se fue!”.

“Hemos sido nosotros”, dijo algunas horas más tarde. “Los árabes, los egipcios en quienes yo ya no creía más”. No sé si lloró en algún momento de esa noche de celebración. No me pareció que lo hiciera. Sólo me sonreía con esa cara ingenua y esos ojos de quien ha ganado la primera de muchas batallas que librará. Jaled Said levantó a los egipcios de su sueño. Toca a Shimaa y sus contemporáneos mantenerlos despiertos.

LISTA DE QUEJAS

“¿Por qué los tunecinos sí pueden y nosotros no?”, se preguntaba Shimaa después de que el 14 de enero, una revuelta civil terminara en Túnez con el gobierno de 32 años de Zine el Abidine Ben Ali. “No, esto no va a pasar aquí. Y no me importa, me voy a ir de este país”, pensaba.

Su escepticismo era compartido por muchos dentro y fuera de Egipto. En particular, Shimaa se había sentido decepcionada después de que fracasó la primera protesta por la muerte de Jaled Said, de 28 años. Lo atacaron agentes uniformados en un café internet de la ciudad de Alejandría, en la costa del Mediterráneo, el 6 de junio de 2010. Jaled había grabado en un video a policías que se repartían el dinero producto de una extorsión y lo había subido a YouTube. Lo golpearon salvajemente en el local y en la calle. Hasta matarlo. Las autoridades lo describieron como distribuidor de droga.

Otros activistas crearon el grupo “Todos somos Jaled Said”, en Facebook, y llamaron a protestar en Alejandría y en El Cairo el 25 de junio de 2010. “Nos convocaron a reunirnos junto al Nilo”, recuerda Shimaa, quien acudió pero se mantuvo a cierta distancia, calculando el riesgo de acercarse. “En Facebook, había dos mil miembros, pero en el acto sólo había unos 100, frente a dos mil policías. Los golpearon, arrestaron a algunos, a otros los subían a la fuerza a los taxis y los mandaban a casa. Pensé que no tenía sentido participar así, me pareció que era una pérdida de tiempo, todo en vano. Estaba muy deprimida y me enfocaba en escapar de aquí”.

Después de lo de Túnez, la sensación de que las cosas no eran inmutables en el mundo árabe se extendió a otros países y, en Egipto, desde páginas como “Todos somos Jaled Said” y la del Movimiento 6 de Abril (un grupo de jóvenes profesionales que apoyaron una huelga obrera realizada en esa fecha de 2008) convocaron a una manifestación antigubernamental para el martes 25 de enero de 2011.

Los dos hermanos menores de Shimaa la convencieron de vencer la apatía y los tres fueron a uno de los distintos sitios de El Cairo donde debía reunirse la gente, en la estación de metro Nasser. Constataron con sorpresa que llegaba mucha gente. Pasajeros del transporte público se bajaban para sumarse. Marcharon hasta la plaza Tahrir “donde había otra enorme demostración; cuando vi la cantidad de personas pensé que esto no estaba pasando, no podía creerlo, mirar a estas multitudes, los ecos de las voces, era increíble, yo estaba riendo tanto con mi hermana, y saludábamos a la gente. Después llegó otro enorme contingente desde Giza. Como a las 3 de la tarde éramos mil, para la puesta del sol, ¡ya sumábamos 50 mil!”

La seguridad del Estado atacó “con palos y armas de fuego”, continúa Shimaa. “Trataron de rodearnos, y de pronto vimos piedras arrojadas por la policía que pasaban por encima de nosotros, nos dio mucho miedo y empezamos a correr. No esperábamos que eso pasara: estaban golpeando gente, lanzaban gas lacrimógeno, nos atacaban con cañones de agua. Mi hermana se cayó, lloraba, todos llorábamos, tosíamos, era horrible”. Eran días de conflicto y la joven me daba la entrevista frente a sus amigos, que la escuchaban. “Entonces encontré la lata de una de las bombas de gas, y descubrí que había caducado, expiraba en 2008, ¡y la usaban en 2011!”

“¿Vas a presentar una queja porque te arrojaron bombas viejas?”, bromeé. Algunos rieron. Ella no estaba para eso: “¡Me voy a quejar por muchas, muchas cosas! ¡Tengo una lista!”

LA CRUZ Y LA MEDIA LUNA

En esa jornada murieron tres manifestantes y un policía, según las autoridades. Aunque en los días siguientes la cuota de sangre creció, en lugar de arredrarse, la gente les perdió el miedo a las fuerzas de seguridad. Al finalizar la oración del viernes (el momento más importante de la semana musulmana), el 28 de enero, la gente salió de las mezquitas para protagonizar el llamado “Día de Furia”, en protesta por la represión.

“Era totalmente increíble”, recuerda Shimaa, “éramos tres millones en El Cairo y ocho millones en todo Egipto, en Alejandría, en Mansura, en Suez, en Asuán. Y las organizaciones políticas, que habían estado a la expectativa, empezaron a sumarse: los marxistas, los liberales, la Hermandad Musulmana…”

El diez por ciento de los 83 millones de habitantes de Egipto había salido a las calles. La policía cambió los palos por balas, pero ya no asustaba a los manifestantes. El presidente Mubárak, que durante 30 años había gobernado en solitario, con el poder de una ley de emergencia permanente (que permite detener personas por tiempo indefinidos, prohibir organizaciones y cerrar medios de comunicación, todo sin dar explicaciones) y sin vicepresidente, de pronto encontró uno, Omar Suleimán, su amigo cercano y temido jefe de los servicios de espionaje. Los opositores rieron cuando la televisión presentó el nombramiento como una respuesta a sus demandas.

Ante el fracaso de la represión oficial, Mubárak optó por una táctica inesperada: hacer que el pueblo extrañara su mano dura. Mubárak verdaderamente se creía padre de los egipcios y su castigo para los majaderos era faltar, que se dieran cuenta de cuánto lo necesitaban. Les había dicho que él tenía que quedarse hasta septiembre, cuando terminaba su periodo, porque sólo él podía garantizar la seguridad: yo o el caos.

Después de que la policía perdió varias escaramuzas frente a los manifestantes, entre ellas una épica disputa en un puente sobre el río Nilo, de golpe desapareció de las calles.

“Se fue”, narra Shimaa, “sentimos que era nuestra victoria. Pero las caras de la gente cerca de mí empezaron a cambiar. Traían palos y parecían sospechosos. Todo se llenó de coches quemados, el enorme edificio del PND (Partido Nacional Democrático, el de Mubárak) estaba en llamas, y también las estaciones de policía, todas quemándose al mismo tiempo. Se metieron al Museo Egipcio y destruyeron piezas. ¿Quién podía organizar eso? La televisión del Estado, que nos había ignorado todos esos días, empezó a mostrar imágenes de la destrucción y a decir que habíamos sido nosotros. A mucha gente le dio miedo el desorden”.

Al mismo tiempo, los medios gubernamentales difundía rumores: que los manifestantes que ocupaban la plaza Tahrir estaban pagados (200 euros y una caja de pollo KFC diarios, decían), que los jóvenes que iniciaron el movimiento estaban manipulados por extranjeros que les hablaban a través de Facebook, que detrás del descontento operaban agentes secretos de varios países (Irán e Israel, Estados Unidos y Líbano) y que los periodistas occidentales y de otros países árabes (en particular la cadena de Qatar, Al Jazeera) trataban de destruir Egipto.

A nivel internacional, la diplomacia egipcia esgrimía otra variante del argumento preferido de Mubárak: yo o el islamismo. El dictador se hizo indispensable para sus aliados occidentales porque apoyaba al Estado de Israel y porque, según él, se trataba de la única persona capaz de impedir que Egipto cayera en manos de los supuestos “extremistas” de la Hermandad Musulmana, un importante grupo de oposición, al que falsamente ligaba con Al Qaeda. Una serie de ataques mortales contra iglesias y grupos de cristianos, ocurridos en el último año, parecían confirmar su argumento.

No era lo que se veía en la manifestaciones, sin embargo. Una cruz y una media luna entrelazadas, de una forma que recuerda a la hoz y el martillo, simbolizaban el respeto y la colaboración entre cristianos y musulmanes. En Tahrir las vi en muchas variantes: dibujadas con piedras sobre el pavimento, así como en carteles y banderas. Sobre todo los domingos, cuando los sacerdotes realizaban pequeñas ceremonias resguardadas por musulmanes.

Durante los duros enfrentamientos, cuando la policía arrojaba poderosos chorros de agua y los partidarios de Mubárak atacaban con piedras y balas, la obligación islámica de rezar cinco veces al día ponía a los fieles en situación muy vulnerable. Pero cuando ellos se inclinaban a orar, los cristianos se abrazaban para formar un muro de protección para sus compañeros.

LOS MOTIVOS DEL JIYAB

“Tendrán que hacerse investigaciones, pero es muy probable que los ataques contra cristianos los haya organizado el gobierno”, opina Shimaa. “Lo mismo ocurre con los rumores de que los cristianos secuestran a mujeres que se convierten al Islam. Es la regla básica: divide y vencerás”.

Shimaa y las revolucionarias de Tahrir desmienten prejuicios occidentales hacia las musulmanas que se cubren con velos el cabello y, a veces, el rostro. Se cree que una mujer así ha renunciado o ha sido despojada de su independencia y de su voluntad, que está totalmente sometida. Lo contrario se vio, por ejemplo, en los contingentes femeninos que con frecuencia marchaban dentro de la pequeña República de Tahrir, incansables, durante horas, con entusiasmo que hacía pensar que acababan de comenzar a caminar.

En Egipto, como ocurre en otras sociedades árabes, los hombres tienen una presencia aplastante y excluyente en la vida pública. En el vuelo que tomé de Trípoli (Libia) a El Cairo, por ejemplo, los pasajeros éramos 42 hombres y una sola mujer. Debido al conflicto, en esta ocasión no había servicio público de autobuses, pero en marzo del año pasado, uno que me llevó del aeropuerto a la ciudad parecía tener la marca “women-free”, no por la liberación femenina, por supuesto, sino porque estaba libre de mujeres.

En los medios urbanos, la participación femenina es mayor, pero sigue siendo escasa. El movimiento me sorprendió, sin embargo, por la fuerte presencia de mujeres, jóvenes y no tanto. Esto no es Irán, claro está, aquí son pocas las mujeres que ejercen liderazgo. La noticia es que las hay, contra lo que yo esperaba. Y sin quitarse los velos: a veces llevan el niqab (un vestido holgado negro que sube todo el cuerpo y sólo permite ver los ojos) y otras, el jiyab (pañuelo sobre el cabello y ajustado al mentón).

Como Shimaa, quien con sus 21 años, está en el último año de la carrera de biotecnología e ingeniería genética. Hija de padres islámicos, ella no lo es por imposición: “Hay gente que es emocionalmente religiosa; hay otros que nacieron musulmanes y nunca han pensado al respecto. Yo me he hecho muchas preguntas y sé bien que soy musulmana”. Por eso usa el jiyab: “Mi cuerpo y mi belleza son sólo para mí y para la gente que significa mucho en mi vida. No quiero mostrarlos a nadie. Creo que lo que debe importarle a la gente es mi personalidad, lo que tengo dentro de mi corazón, mis sentimientos, y ya. Mi aspecto físico no debería ser relevante”.

El niqab, por otro lado, no le gusta: “Cuando pienso en cubrir mi rostro, quiero que puedan ver mis reacciones, tener contacto visual con la persona con la que hablo”. Cuando pregunté si su participación política no entraba de alguna manera en conflicto con su religión, ella repuso que siente que ser útil para otros es su deber, ya que, “si eres musulmán, se espera que seas activo en la sociedad, si no, traicionas a tu propia gente, eres injusto”.

LA MICRO-FEUDALIZACIÓN DE EGIPTO

Mubárak había decidido cobrarle caro la osadía al pueblo. El turismo es una de las fuentes de ingreso más importantes para Egipto y, después de una campaña de extremistas islámicos que dejó decenas de turistas muertos en 1997, y de otra que lanzaron palestinos contra visitantes israelíes en la década pasada, el país HIZO un esfuerzo enorme para mejorar su imagen y convencer al mundo de que las condiciones de seguridad eran las mejores y de que los extranjeros serían muy bienvenidos.

El dictador echó todo por la borda. Las primeras en recibir la consigna de atacar fueron las bandas pro-Mubárak, compuestas por los policías que debían ofrecer protección y ahora, vestidos de civil, generaban destrucción; por bandidos y niños sin hogar que actuaban a cambio de algunas monedas; y por unos cuantos simpatizantes de verdad. En pandillas chicas y grandes recorrían la ciudad en busca de enemigos, y los periodistas y los extranjeros lo eran.

Estas pandillas eran lo peor. Muchos egipcios murieron por sus palizas. Varios reporteros fueron heridos, entre ellos uno por puñal. Los agentes de civil eran apenas menos peligrosos. Si a uno lo iban a detener, una vez que los arrestos injustificados se convirtieron en una herramienta (inútil) para impedir que la prensa informara de lo que estaba pasando, era preferible caer en manos de los militares. El Comité para la Protección de Periodistas elaboró una lista de más de 140 colegas que habían padecido abusos, golpizas, detenciones, secuestros y robos en sólo 18 días de conflicto.

Después vino la campaña en televisión que denunciaba a la prensa y a los supuestos agentes de otros países. La mentira se repitió tantas veces que impactó entre los revolucionarios, incluso en la plaza Tahrir. En los distintos accesos de la “frontera” entre la pequeña “República” y “Egipto”, controlados por dos líneas de opositores con el apoyo de uno o varios tanques del ejército (cuya posición supuestamente neutral le permitía mantener presencia allí), me sometían a torpes interrogatorios y revisiones que a veces terminaban con mi entrega a los soldados, quienes con igual falta de habilidad trataban de asegurarse de que yo no era agente secreto.

Ya en la plaza, abundaban los caza-espías autodesignados. Se acercaban a los extranjeros, hacían preguntas, tomaban fotos y video. Algunos egipcios querían ayudarnos, pero esto sólo derivaba en discusiones. Era peligroso: una vez que alguien empezaba a gritar que había encontrado a “un israelí” o algo similar, no se podía argumentar: una masa violenta se lanzaba a la persecución, con empujones, golpes y patadas. En ocasiones, los manifestantes más conscientes podían formar cadenas de protección, otras no. Hasta donde sé, los incidentes terminaban con la entrega del zarandeado “agente” a los militares.

Aunque se trataba de una minoría (en general, los revolucionarios se nos acercaban a agradecer la atención que le dábamos a su movimiento), eran persistentes y creaban un obstáculo extra. Porque circular por El Cairo ya era difícil: Mubárak no sólo retiró a la policía de las calles, también de las cárceles. Esto provocó el escape de miles de reos peligrosos y sin dinero, que de inmediato se dispersaron por las ciudades desprotegidas a robar y matar. Ése era el costo de ofender al gran padre de los egipcios.

Los vecinos improvisaron cuerpos de vigilancia que ayudaron a defender sus propiedades, pero contribuyeron al caos. El país quedó dividido en una infinidad de fragmentos autónomos, en donde se desconfiaba de todo aquel a quien no se conociera. El recorrido de mil 500 metros desde mi hotel hasta la plaza Tahrir podía tomar horas de explicaciones y revisiones. En cada cuadra había dos, tres o más grupos activos, a los que me acercaba sin saber si eran pro-Mubárak, anti-gobierno o neutrales.

Su organización era mínima, si es que la había. Se juntaban los que llegaran, sin jerarquías, sin entrenamiento ni idea de nada. No se ponían de acuerdo porque todos estaban intoxicados por el sentimiento de autoridad. Si después de revisar mis cosas y documentos, un adulto se daba por satisfecho y accedía a dejarme ir, un adolescente de bigotillo ralo salía con otra idea, manoseaba las páginas de mi pasaporte con dedos sucios y preguntaba con cara de inteligente: “México, ¿eh? ¿Cuál es la capital de México?” “Ciudad de México”. “Sí, pero ¿cómo se llama esa ciudad?”

Por si algo faltara, las comunicaciones estaban interrumpidas. Con la idea de evitar que la oposición se organizara, el gobierno cortó los servicios de internet y de telefonía móvil. Fueron víctimas de las exageraciones banales de ciertos medios de comunicación, que llamaron al movimiento iraní de 2009 “revolución Twitter” y ahora apodaban a ésta “revolución Facebook”: la red sirvió al principio para activar a la gente, pero el gran acierto de los activistas fue trasladar el mensaje de la pantalla al mercado y el autobús, porque cinco sextas partes de los egipcios no tienen acceso a internet. Donde sí pegó el bloqueo fue en las empresas. Por ejemplo, Egypt Air, la aerolínea nacional, simplemente fue incapaz de seguir trabajando y suspendió todas sus operaciones, lo que dejó a miles de pasajeros en tierra.

El impacto en la economía de la micro-feudalización del país, del cíber-apagón, de la campaña contra los extranjeros y de la violencia en general, todavía no ha sido evaluado en su totalidad, pero estimaciones preliminares evalúan las pérdidas en 310 millones de dólares diarios, y una caída en las previsiones de crecimiento del producto interno bruto de 5.3 por ciento al 3.7 por ciento.

¿CÓMO CRECERÁN LAS FLORES?

Eso ocurría en “Egipto”. En la República de Tahrir, la prioridad era la defensa del territorio. El ejército, que insistía en que no usaría la fuerza contra “su pueblo” (a pesar de lo cual secuestraba y torturaba, según denunciaron grupos de derechos humanos), se hizo a un lado para dejar pasar a los simpatizantes de Mubárak, que en la noche del miércoles 2 de febrero y a lo largo del jueves 3 usaron palos, bombas Molotov y armas de fuego para atacar los accesos, principalmente el que viene del oeste desde el Nilo, a un costado del Museo Egipcio. Los francotiradores asesinaron a un número indeterminado de personas.

Ahmed el Misikawi peleó duro en los enfrentamientos. Cuando lo conocí, me sorprendió el número de sus heridas: este hombre alto, de unos 30 años, tenía curaciones en el centro de la amplia frente, en un hombro, en una mano y en un pie, además de un ojo morado. La primera la causó una roca que dejaron caer desde un puente cerca de la plaza y le pegó en la cabeza. Ahmed corrió a una de las clínicas que improvisaron los revolucionarios en distintos puntos de la plaza. Lo atendieron y regresó a la pelea. Esto se repitió una y otra vez.

“No importa, no te fijes, ¡eso no importa!”, decía en respuesta a mi interés. “Lo mío no fue nada. Te enseñaré lo que sí importa”. Me mostró la portada de un periódico con ocho fotos de personas. Unas estaban destrozadas a golpes. Otras eran jóvenes vivos. Me impresionó en particular la de una chica de cabello ondulado, que mira a la cámara con sonrisa y ojos coquetos, graciosos. “A ellos los mataron”, lamentó Ahmed mientras pasaba un brazo por mis hombros. “Los asesinó Mubárak”.

Un recuento preliminar de Human Rights Watch contabilizó 365 muertos y 5,000 heridos durante la Revolución, sin especificar detalles. Se espera que la lista crezca porque el régimen ocultó crímenes.

La “República de Tahrir” funcionaba muy bien, a pesar del caos. Era una especie de anarquía autogestionada en la que cada quien se hacía cargo de una tarea: el que quería ayudar, buscaba una bolsa y recogía basura, o traía martillos para arreglar desperfectos, o daba talleres de caricatura política, etcétera. Uno montaba su habitáculo (tiendas de campaña o simples montones de plásticos) donde quería, aunque existía una tendencia a formar secciones profesionales: aquí, los electricistas, allá, los actores y cantantes; en esta parte, los abogados; por ahí, los alumnos de tal escuela; esos de al lado eran campesinos. Y abundaba la generosidad: la gente llegaba con comida y bebida para repartir; una noche en que yo temblaba bajo mi delgado saco de dormir, un desconocido se acercó sin preguntar y me colocó una manta encima. Otra tarde me regalaron una carpa (y eso que algunos sospechaban que yo era espía de Washington y Teherán al mismo tiempo).

Era una muestra pequeña de la diversidad de esta revolución, que unía en el rechazo al régimen a egipcios de todos los grupos sociales y de cada punto geográfico. Y que coincidía, además, en un punto innegociable: Mubárak se tenía que ir. Era la demanda original. Los 365 muertos la habían grabado en piedra. Cualquier solución que implicara la permanencia del dictador sería vista como traicionar a Jaled Said y a los demás shuhada (mártires). Omar El-Shennawy, un profesor de inglés de 21 años, hizo un gesto sobre el pavimento de una avenida en Tahrir al decirme: “Aquí cayeron nuestras lágrimas y aquí cayó nuestra sangre. Si él no se va, ¿cómo crecerán las flores?”

Rezaba un cartel: “Hitler mató al pueblo judío. Mubárak, tú mataste a tu propio pueblo. Hitler se suicidó. ¿Por qué no haces lo mismo?”

Y EL FARAÓN SE FUE

El vicepresidente Suleimán llamó a los partidos de oposición a dialogar. Prometió reformas, elecciones libres, castigo a ex ministros seleccionados para ser chivos expiatorios, casi cualquier cosa, siempre que se permitiera al presidente concluir su periodo en septiembre. “¿Qué necesitas hacer en ocho meses que no hayas podido hacer en treinta años?”, preguntaban los carteles en Tahrir.

La jugada de Suleimán –comprometer a los políticos en negociaciones y aislar así a los revolucionarios— fracasó porque los primeros (desde los liberales hasta los musulmanes) siempre supieron que sólo se representaban a sí mismos, que no podía tomar decisiones en nombre de los manifestantes y que había una línea roja clarísima que nadie podría cruzar: Mubárak se tenía que ir.

Una vez que se comprobó que el movimiento no perdía fuerza, sino que seguía creciendo en número (las manifestaciones de los martes y los domingos se sucedían rompiendo récords, extensión (se sumaban más grupos sociales y poblaciones, hasta que hubo seis mil centros de trabajo en huelga) e iniciativa (algunos llegamos a pensar que el movimiento se conformaba con aislarse en la plaza Tahrir, pero los manifestantes salieron a bloquear el parlamento, ministerios, la televisión y la casa presidencial), las demandas de que el presidente renunciara se extendieron hasta que el jueves 10 de febrero, el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, el jefe de la CIA estadounidense y hasta el nuevo presidente del PND, anticiparon que Mubárak daría un discurso esa noche para renunciar. Era una oportunidad que los militares le daban para dirigirse a la nación y presentar su salida como mejor pudiera.

Las intenciones del presidente eran otras. Su amigo Ben Ali había tenido que escapar de Túnez en un avión que ningún país quería recibir, hasta que llegó humillado a Arabia Saudí. En su imaginación, Mubárak está seguro de merecer honores, no rechazo, por sus servicios al pueblo, al que ese día le habló en un tono cálido y paternalista. En Tahrir, la gente mostraba incredulidad cuando escuchaba al dictador decir que el descontento no tenía que ver con él en lo personal, que era un héroe que había defendido a su país, que moriría y sería enterrado en su suelo y que gobernaría hasta septiembre.

Algunos colegas percibieron rabia, frustración y tristeza entre los manifestantes. Yo no. Sentí, más bien, una determinación renovada de seguir adelante. “Él no se va, nosotros tampoco”, coreaba la gente. “Iremos hasta donde tengamos que ir”, reflexionaba Shimaa, “no tenemos miedo, es nuestro deber”.

Al día siguiente, viernes, se esperaba una manifestación todavía más grande y quedaba la expectativa de qué harían los generales, después de que el presidente los había hecho parecer tontos. La plaza Tahrir y todas las avenidas que llegan a ella se saturaron con una multitud de marchas que venían desde todos los puntos cardinales. La madre de Jaled Said visitaba a los chicos del Movimiento 6 de Abril. Andrea, la anarquista, conversaba con Amr y Omar, dos jóvenes manifestantes. Shimaa apoyaba a un documentalista estadounidense. Sería una noche de resistencia. Entonces salió Suleimán a dar su mensajito de 30 segundos, antes de desaparecer por completo de la escena pública. Mubárak renunció, dijo. Lo obligaron, trascendió. Y la República de Tahrir se convirtió en un carnaval de celebración.

LA PRÓXIMA SERÁ EN TU CASA

El sábado es para los musulmanes lo que el domingo para los cristianos: día de descanso y paseo, perfecto para visitar la República de Tahrir, que se convirtió en un pequeño zoológico: muchas personas que se habían quedado semanas en casa, escuchando las mentiras de la televisión estatal, ahora acudían en grupo a ver a los agotados revolucionarios que habían vivido y luchado ahí por 19 días. Los señalaban, les tomaban fotos, les ofrecían dátiles. Era una fiesta.

No duraría mucho: el ejército quería restablecer la normalidad cuanto antes. En lugar de dirigirse a los políticos tradicionales con los que conversó Suleimán, invitó a dialogar a los jóvenes que condujeron la lucha. Ofreció introducir reformas democráticas en la Constitución (como limitar a dos los periodos que puede cumplir un presidente, entre otras), investigar los crímenes y celebrar elecciones en septiembre, cuando todas las fuerzas políticas estén listas para competir. “Nos están diciendo las palabras correctas y están haciendo los sonidos correctos”, me dijo Abdulrahman Adly, un activista. “Tendremos que ver que cumplan”.

Una mujer mayor lo observaba con orgullo. “Nosotros nunca hicimos esto, nunca protestamos, los dejamos aplastarnos”, comentó. “La memoria de Jaled Said inspiró a los jóvenes y mira ahora, ¿quién hubiera imaginado hace sólo tres semanas que derrocarían al dictador?”

“Yo estaba desesperada”, recordó Shimaa. “Había perdido todas mis esperanzas en este país y en este pueblo. Cuando me subía a un autobús y había cien personas adentro, todas tristes, sin hablar ni quejarse, pensaba ‘de alguna forma merecen lo que sufren porque ni siquiera dicen que sufren’. Ahora siento que creo en ellos, cuando veo sus caras en las protestas, cuando veo sus espíritus, que nunca había visto desde que nací, sé que algo muy bueno esta pasando”.

En Egipto, cuando la gente celebra bodas, los novios dicen a los solteros “la próxima será en tu casa”. Tres días después de la victoria de la Revolución, al alejarme de la plaza Tahrir, dos alegres adolescentes preguntaron:

–¿De qué país eres?
–De México.
–¡La próxima será en tu casa!

Tormenta de polvo en Irán

Publicado: 11 agosto 2010 en Témoris Grecko
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“Somos mugre y polvo”, me dijo Hafez, de 23 años. Su rostro estaba cubierto con una tira de tela verde que le daba varias vueltas, como un superhéroe de Marvel, pensaba él, o como una momia mal vendada, decía su novia. “(El presidente Mahmoud) Ahmadinejad dice que somos mugre y polvo y el mundo tiene que saberlo”.

El día anterior, domingo 14 de junio, cuando el presidente celebraba su reelección, de acuerdo a los resultados oficiales de los comicios del viernes 12, había realizado un gran mitin de celebración en el que había descrito así a sus opositores: “El gran río de la nación no dejará ninguna oportunidad para que se expresen la mugre y el polvo” (khas o khashak, en idioma farsi). El lunes 15, más de un millón de ciudadanos con motivos verdes (como es el color del Islam y lo adoptó la campaña del candidato opositor Mir Hossein Mousavi, lo usan en bandas en las muñecas, cintas anudadas en un dedo, pañuelos en la cabeza y banderas) marcharon en rechazo a su supuesto triunfo y convirtieron la larga avenida Enghelab en un caudal, un ancho torrente de rica clorofila, que pudiendo disputar el título de gran río de la nación, prefirió reivindicar el descalificativo y asumirse orgullosamente como mugre y polvo.

El flagrante fraude electoral que le concedería un segundo periodo a Ahmadinejad dio lugar a una serie de protestas masivas que se extendieron por todo el país, las más grandes desde el triunfo de la revolución islámica de 1978-79, y continuaban en medio de un Estado de sitio no declarado al momento de escribir este texto. En paralelo a la presión en las calles, tenía lugar una pugna sorda en las altas esferas del régimen en la que ya no es sólo la posición de Ahmadinejad la que está en cuestión, sino la del líder supremo (quien está por encima del presidente, el congreso y las cortes), ayatolá Ali Khamenei: su decisión de respaldar los resultados y autorizar la represión lo ha puesto a él mismo en la línea de fuego.

Como hombre araña enverdecido, Hafez (no se anotan los apellidos de varias personas citadas para proteger su seguridad) trepó por un poste eléctrico hasta subir al techo de una parada de autobús, desde donde gritó: “¡Aquí nos tienes Ahmadinejad! ¡Somos una gran tormenta de mugre y polvo!” La multitud rugió: “Khas o khashak, khas o khashak”, lo que dio paso a un “Mousavi, Mousavi, Mousavi” (por el principal candidato reformista, Mir Hossein Mousavi). Se callaron pronto, porque para responder a la acusación de que sólo son alborotadores (“ladrones, homosexuales y cabrones”, los había llamado Ahmadinejad), la manifestación debía ser silenciosa.

El estudiante de ingeniería electrónica bajó emocionado por el efecto de su acción. Su chica también lo estaba y se acercó a él como para abrazarlo y llenarlo de besos. Pero sólo lo tomó de las manos –de las puntas de los dedos– y lo miró a los ojos con adoración. Esto es Irán y las restricciones impuestas por la república islámica se han acomodado muy dentro en el subconsciente. Ninguna mujer marcha sin el cabello cubierto. Y las expresiones de amor se reservan al ámbito más íntimo.

El peso del hijab

“Tú no puedes forzar a un pueblo entero a asumir una vida de valores religiosos”, comenta Somayeh, una directora muy joven de una organización de apoyo a discapacitados, mientras se coloca un colorido pañuelo para salir a la calle. “Ni en 30 años (contando desde la revolución) ni en 300”. Espera en la puerta para que yo pueda colocarme las botas (como en otros países de Asia, en Irán uno se quita los zapatos en la puerta y anda descalzo por la casa) y nos dirigimos a un café, para encontrar a su amiga Fatimah, de 26 años.

Las dos se conocieron en India, donde fueron estudiantes. Son inteligentes, liberales e indispuestas a aceptar el control masculino, aunque sea sutil. En Teherán conocí a varias chicas con comportamientos muy modernos, pero Somayeh y Fatimah no están dispuestas a hacer concesiones al sistema opresivo. Por eso no tienen pareja.

“Incluso los mejores chicos, los que se educaron en Europa y son sensibles y avanzados, escucharon siempre cosas que los hacen esperar que nosotras nos pongamos en segundo sitio, detrás de ellos”, reclama Somayeh.

Ella vive con sus padres, en tanto que Fatimah comparte un departamento con una amiga. “Fue muy difícil conseguirlo. A la gente no le gusta que las mujeres vivan sin hombres. Sólo accedieron a alquilárnoslo cuando nos comprometimos a seguir reglas muy estrictas, como que no entren hombres. ¡Vaya paradoja!, si no vivimos con un hombre, ¡no nos dejan ver a ninguno!”

Dentro de la ley iraní persiste la noción de que una mujer que no está bajo control masculino es peligrosa. Para salir del país, por ejemplo, una mujer necesita el permiso de un hombre, padre, marido o hermano. Existen muchas otras desventajas. Por ejemplo, el esposo puede divorciarse con sólo solicitarlo, pero pocas mujeres logran que sus peticiones para deshacerse de sus parejas golpeadoras o infieles sean siquiera admitidas a trámite. También, al consumarse la separación legal, la patria potestad de los hijos le es dada al marido y los niños sólo se quedan con la mujer hasta que cumplen siete años.

Aunque el gobierno iraní no ha difundido datos estadísticos sobre participación de jóvenes y mujeres, estos dos sectores destacaron por su participación en las campañas reformistas, motivados por el deseo de aliviar las restricciones impuestas sobre ellos.

“¿Te gustan las iraníes?”, pregunta Somayeh. En cualquier país, uno tiene que asentir con entusiasmo cuando se le hace una pregunta similar, pero en esta ocasión me sale de manera espontánea. “Vente a vivir acá y podrás casarte con cuantas quieras”, bromeó la joven. Pero no era mentira. En seguimiento a lo que dicta el Corán, la ley admite la poligamia masculina, con dos límites: no se pueden tener más de cuatro esposas y la primera tiene que dar su consentimiento.

Son normas que chocan con la realidad iraní, una en la que las mujeres ocupan dos terceras partes de los asientos en las universidades, muchas de ellas son económicamente independientes y están muy al tanto de los debates de género en otros países. Este pueblo, que me ha impresionado muchísimo por su simpatía y extraordinario sentido de la hospitalidad, cuenta con una clase media sofisticada y cosmopolita (que con frecuencia me hace sentir como en Ciudad de México o Buenos Aires), muy al tanto de las tendencias en el mundo. Lo cual incomoda mucho a los sectores conservadores.

Ahmadinejad lo demostró en su debate con Mousavi, una semana antes de las elecciones. El presidente sacó una foto de Zahra Rahnavard, esposa de su rival, a quien preguntó: “¿Conoce usted a esta mujer?” Entonces aseguró que ella había adquirido sus títulos académicos con trampas.

Aunque la mentira puede haber calado en electores poco informados, los méritos de Rahnavard, una catedrática universitaria con 15 libros publicados y dos doctorados, se convirtieron rápidamente en información de dominio público. Y tuvo el inesperado efecto de incrementar la popularidad de esta profesora, quien tuvo que insistir ante la prensa que no era una Michelle Obama iraní, cada cual en su lugar. Y dijo de Ahmadinejad: “O él no puede tolerar a las mujeres altamente educadas o está tratando de evitar que tengamos un papel activo en la vida pública”. No sólo él: el Consejo Guardían, el órgano del Estado encargado entre otras cosas de supervisar a quienes desean convertirse en candidatos para cualquier puesto de elección, descalificó a la totalidad de las 42 mujeres –todas reformistas– que se presentaron para competir por la Presidencia.

“Hay un movimiento feminista, aunque como el de trabajadores, fue ilegalizado por el gobierno”, explica Somayeh. Desde hace tres años, un grupo de mujeres sostiene una campaña para reunir “un millón de firmas por la equidad” de género, con el objeto de presentarlas ante el Majlis (congreso) para que cambie las leyes discriminatorias. Aunque no se ve cómo pueda tener éxito, pues debido al peligro de sufrir represalias, uno tiene que firmar, pero nadie debe saber que lo hizo. “Te puedes meter en problemas, desde quedarte sin empleo hasta ir a la cárcel”, dice Somayeh. “Yo sólo me sumé cuando estuve segura de que el documento iba a quedar guardado en lugar seguro. Y no puse mi nombre, sólo mi garabato”.

La “qomización” de Irán

“No voy a votar”, me dijo Nazanin, una fotógrafa publicitaria de 25 años, un mes antes de las elecciones. “¿Para qué? Todos son parte del mismo régimen, vivimos en una república islámica que no va a cambiar jamás. En una semana, me voy a vivir a Bélgica, lo demás no me importa”.

Tres semanas después, ella seguía en Teherán. Yo regresé de viajar por el país y me sorprendió que respondiera al teléfono cuando la llamé. Nos encontramos en un café frente al parque Mellat. Sus manos batallaban para ordenar un montón de volantes y carteles de tamaños diferentes, todos con la foto de Mousavi. En la muñeca lucía una banda verde, y sobre el cabello negro y brillante, un pañuelo de ese mismo color, con vivos en blanco y azul claro que representan una paloma de la paz. Pregunté sobre esa súbita entrega a la política. “No es política”, atajó, “es una lucha por la libertad, contra los fanáticos religiosos”.

Nazanin es menuda, pero su tamaño lo compensa la mirada. En todo el mundo, nunca había visto un movimiento político tan poblado por bellos rostros (así cualquiera se inflama de fervor militante), y el de esta chica figura muy bien en el conjunto. Por sus pupilas fluye la fuerza de una personalidad compleja y segura, que se afirmaba mejor cuando hablaba de su pasión por cambiar el país.

Su caso es el de muchos jóvenes y mayores que de pronto despertaron a la participación política. Aunque Mousavi desplegó una buena red de comités locales en todo el país, la gente se apropió del movimiento y la mayor parte de las actividades de promoción del voto eran claramente espontáneas. Nunca había visto un ambiente así, en el que personas de todas las edades y sectores sociales se volcaron con entusiasmo y buen humor a impulsar a su candidato.

Que fue Mousavi como podía haber sido otro. “Mousavi, Mousavi”, gritaban Arahst y Behnam, técnicos informáticos de 23 años, en una avenida de Esfahan (la ciudad más bella de Irán, que Byron ponía a la par con Atenas y Roma), cuando lo conocí, una semana antes de las elecciones. Se acercaron a nosotros y nos acompañaron en un recorrido por las muchas avenidas inundadas por la “ola verde”. Cientos de chicos interrumpían el tráfico para bailar danzas tradicionales mientras entregaban volantes. Las calles estaban llenas hasta horas anormales en Irán, las dos o tres de la mañana.

¿Formas parte de la campaña del candidato? “¡No! A mí no me gusta la política”, respondió Arasht. “Pero éste es el momento de ganar libertad, de ponerles un límite a los fanáticos religiosos, que nos dejen vivir nuestras vidas”.

Mousavi fue primer ministro entre 1981 y 1989, durante la guerra de Irak. No tenía mando sobre las fuerzas armadas, ya que éstas se encuentran bajo control del líder supremo, pero es reconocido por haber salido airoso ante la amenaza de que el conflicto provocara una crisis económica. Al concluir su periodo (y a raíz de que su enemigo Ali Khamenei se convirtió en líder supremo tras la muerte del padre de la revolución, el ayatolá Ruhollah Khomeini), pasó los últimos 20 años retirado de la política, pintando en su casa. Y de pronto, tres meses antes de las elecciones, regresó a convertirse en el candidato que puso en peligro la reelección de Ahmadinejad, esperanza de jóvenes de 18 o 23 años. Pregunté a muchos cuándo habían escuchado de él por primera vez y nadie dio una fecha más antigua que dos meses. Mousavi no es especialmente carismático ni su propuesta es detallada, aunque está claro que quiere revertir los excesos fanáticos del gobierno de Ahmadinejad, tanto en restricciones a la vida privada, como en política exterior y economía. “Es ahora o nunca, ¡no podemos vivir más con Ahmadinejad! Si se reelige, ¡me voy!”, dijo Behnam.

Somayeh, en cambio, es una de las pocas que no se dejó abrazar por la fiebre verde. “Míralos a todos, los candidatos se pelean para ver quién era mejor amigo de Khomeini, quién es mejor revolucionario. ¡Son el sistema!, y las libertades que prometen nunca van a ser plenas si seguimos bajo el control de los religiosos de Qom”.

Qom es como el Vaticano del islamismo chií, extremadamente conservadora y sede de los seminarios de donde salieron Khomeini, Khamenei y los principales jerarcas religiosos. “¡Ellos quieren hacer que Irán sea como Qom!”, siguió Somayeh, “son fanáticos que creen saber mejor que los demás cómo tienen que vivir”.

Ahmadinejad, piensa, realmente, que dios habla a través de él. En septiembre de 2005, después de brindar su primer discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente regresó a Irán a reunirse con un grupo de importantes clérigos, con quienes compartiò los comentarios que le hizo uno de sus acompañantes: “Él dijo, ‘cuando usted empezó con las palabras ‘en nombre de Dios’, yo vi que lo rodeaba una luz hasta que terminó’. Yo la sentí también. Sentí que el ambiente cambiaba de pronto y por 27 o 28 minutos, ninguno de los líderes mundiales parpadeó. No estoy exagerando. Cuando digo que no parpadearon. No es una exageración porque yo estaba mirando. Estaban admirados como si una mano los mantuviera ahí y los hiciera sentarse. Los hizo abrir ojos y oídos al mensaje de la República Islámica”.

El tema salió en la campaña electoral y se convirtió en motivo de chistes: “el halo de Ahmadinejad“. El gobierno negó que hubiera ocurrido, pero el debate concluyó cuando el video de su conversación con los ayatolás apareció en YouTube (que fue bloqueado por la censura iraní, junto con Facebook, Twitter y otras plataformas web).

Los pecados de Ahmadinejad

Somayeh y Fatimah padecen este extremismo. No sólo por las normas sexistas, sino por las restricciones en su vida diaria, que se expresan en la obligación legal de observar el hijab, es decir, guardar la “modestia”. Por ello se entiende que deben estar cubiertas de pies a cabeza, sin mostrar más que las manos y el rostro, y la pieza de vestir ideal para ello es el chador: una especie de amplia capa negra que se prende de la cabeza y cae hasta los pies, y que se complementa con bandas colocadas alrededor de frente y cuello para asegurar que sólo se vea el rostro.

“Las mujeres no se iban a quedar cruzadas de brazos”, cuenta Fatimah. “Con los años, fueron relajando el rigor. Recortaron el chador poco a poco hasta que se convirtió en la chaqueta entallada que usamos ahora, que sólo llega hasta por arriba de las rodillas, y la seguimos encogiendo. Sobre el cabello, traemos pañuelos de muchos colores, que abrimos para mostrar el cuello, y usamos jeans y zapatos deportivos”.

En efecto, además de guapas, las iraníes son coquetas y saben cómo arreglárselas para sacarle provecho al hijab. Sus figuras resaltan muy bien y destacan los detalles del rostro con un maquillaje preciso y eficaz. No se colocan el pañuelo donde termina la frente, como se supone que deben hacer, sino de medio cráneo hacia atrás. Eso les permite lucir complejos peinados en la mitad delantera del cabello, con luces, rizos o puntas punkis. Y es lo que los conservadores llaman “mal hijab”.

“Empezaron a quitarnos todas nuestras pequeñas ganancias de libertad en 2007”, recuerda Abulfaz Baqer, un abogado de 55 años de origen azerí (la importante minoría étnica a la que también pertenece Mousavi). “Una día entró la policía a nuestro edificio a destrozar las antenas satelitales. Mis nietos lloraron porque ya no podrían ver el Cartoon Network. A un chico le confiscaron el teléfono móvil porque grabó lo que hacían los agentes”. Ahmadinejad había lanzado una ofensiva contra la televisión extranjera. Y otra el verano pasado, en 2008, contra el “mal hijab”: “En unas pocas semanas, ya habían detenido a 150,000 mujeres. Todas las que hay en mi vida corrieron a comprar chadores. Y luego, Ahmadinejad quiso flexibilizar la poligamia, fue la única ocasión en que lo pudimos detener”. La propuesta era eliminar la necesidad de contar con el consentimiento de la primera esposa para incorporar a otras al harem, pero después de muchas presiones fue desechada en septiembre por el congreso.

“Además está la economía”, sigue Baqer. “Ahmadinejad ha sido presidente a lo largo del periodo de precios del petróleo más altos de la historia. Y nosotros vendemos más petróleo que cualquiera excepto Arabia Saudí, ¡somos ricos! ¿Y dónde está la riqueza?” Se lleva las manos a los bolsillos para voltearlos y mostrar que están vacíos. “Ahmadinejad repartió dinero a sus simpatizantes en zonas rurales, repartió dinero a sus amigos del extranjero como Bolivia, Venezuela, Hamas y Hezbollah, repartió dinero a los clérigos para construir mezquitas y mausoleos en todo el país, pero el boom petrolero se acabó ya y yo sigo viendo que Irán es tercermundista y tiene una economía en crisis”.

En 2005, cuando Ahmadinejad ganó las elecciones presidenciales anteriores, el barril de petróleo se vendía en los mercados internacionales a precios cercanos a los 60 dólares, como ocurre de nuevo ahora. Después se elevó hasta alcanzar niveles impensados, de 150 dólares por barril en julio de 2008. “Le rezo a Dios que nunca sepa yo de economía”, es una cita famosa del presidente. Baqer continúa: “El 80% de los ingresos del gobierno proviene del petróleo y, con la afición a gastar dinero en cosas improductivas que tiene Ahmadinejad, no es sorpresa que este año tengamos un déficit enorme”. Que será de 3.5%, según la Unidad de Inteligencia de The Economist, una prestigiada revista británica. En los últimos años, la inflación ha registrado un promedio de 25%, mientras que el crecimiento en 2009 será de apenas 0.5% y el desempleo alcanza un 30%.

Por si faltara algo, está la política exterior. Ahmadinejad fue muy hábil al atizar el sentimiento nacionalista y presentar el programa nuclear como un derecho inalienable del que las potencias extranjeras quieren despojar a Irán. Y se vende como el único que puede defenderlo. Esto le ha dado una enorme popularidad entre sectores de población pobres y poco informados, que también son susceptibles a su discurso de piedad religiosa y, especialmente, a las gratificaciones gubernamentales, que se entregan sin ataduras: no están vinculadas a proyectos productivos ni a compromisos educativos o de salud.

“Para tener energía nuclear, no hace falta ir a pelearse con todo el mundo allá afuera”, cuestiona Baqer. “No hay por qué negar el holocausto ni ofender a nadie. Lo que va a provocar es un bombardeo israelí, y si nos atacan, nos vamos a defender, y habrá guerra. ¡El presidente es un peligro para el país!”

Historia con sangre

Volví a ver el pañuelo verde de Nazanin, la fotógrafa publicitaria, en las manos de un chico que sangraba profusamente de la nariz, el día siguiente de las elecciones. Estábamos en el patio de una pequeña casa de Teherán, a 200 metros del edificio del Ministerio del Interior donde se estaba consumando el fraude electoral. Habíamos llegado a esa casa para escapar de bestias en dos ruedas, reminiscencia de la caballería mongola que arrasó Irán hace 800 años: policías antimotines en motocicleta, a dueto de conductor y golpeador, protegidos con casco con visera y una armadura de caucho negro. Los había visto lanzar sus máquinas sobre personas que huían, pasar sobre gente sentada, reír como si causaran gracia.

Esta vez, durante las primeras protestas contra el fraude, habían lanzado una carga contra la gente, seguidos por una pared de policías de a pie que arrestaban a quienes estaban en el suelo, y cientos de personas corrieron despavoridas. En la huida, vi a tres hombres que entraron por una puerta metálica. La iban a cerrar pero llegué detrás de ellos y la abrí de un empujón, y conmigo pasó el muchacho de la nariz rota. Se fue a un rincón, a llorar. Le acerqué unas servilletas, lo abracé. La sangre paró. Minutos después, los de la casa nos pidieron salir. Entonces le pregunté sobre el pañuelo, que yo estaba seguro que era el mismo con el que se cubría la cabeza Nazanin. “Ella se lo quitó y me lo dio”, respondió con gesto desesperado. “Imagínate, la policía y las milicias están de caza, ¡y anda por ahí, como loca, con el cabello al descubierto!”

En algún momento, en medio de la represión, la chica había caído en una crisis nerviosa y escapado por la calle gritando que no podía vivir más en Irán. No pude localizarla por teléfono.

Por eso me sorprendí cuando en la marcha gigante del lunes, recibí una llamada al celular y vi que era de su número. “¿Qué haces en esta manifestación, mexicano?”, me dijo con voz suave. Estaba a unos metros de mí y de donde Hafez había incitado a la multitud a corear el nombre de Mousavi. “Khas o khashak, khas o khashak”, musitaba al acercarse. Se veía poco de su rostro porque también se lo cubría para evitar ser identificada, con tapabocas. Esos ojos podrían delatarla, sin embargo, porque son de los que no se olvidan.

De su cuello colgaba un anuncio de plástico que se desplegaba al frente y atrás, en farsi y en inglés, donde se leía “Where is my vote?” “¿Tú crees que somos polvo y mugre, mexicano? Sí lo somos. Polvo y mugre. Y sangre. El sábado mataron estudiantes en la universidad. Fueron los basiji”. Las milicias Basij son un grupo religioso-paramilitar sumamente poderoso, que fue creado por el ayatolá Khomeini y que hoy utiliza Ahmadinejad para movilizar electores, recursos y matones. La marcha era la mayor que he visto en mi vida (el alcalde de Teherán, un aliado de Ahmadinejad, calculó 3 millones de personas) y se registró el lunes, después de que sábado y domingo habían estado marcados por violentos choques con la policía. No es que la gente no tuviera miedo: sabía que arriesgaba la vida.

“Tenemos que salir, nadie va a ganar esto por nosotros”, dijo Nazanin. Al escucharme hablar inglés, un grupo de jóvenes se acercó a decirme que le dijera al mundo que salve a Irán, que la ONU debía intervenir, que por qué no decía nada Barack Obama. Seguí caminando con Nazanin. Me impresionó que, a pesar de los asesinatos (habría siete más en otra parte de la marcha, más tarde, pero lo supimos hasta el día siguiente) y de la represión, el ambiente era alegre. La gente no se quería ir, horas después de que Mousavi había hablado y se había ido. Decenas de miles no habíamos llegado al final, en la plaza Azadi, y otros tantos regresaban por la misma avenida Enghelab, que estaba dividida por la mitad en dos densas columnas de gente que caminaba en sentidos opuestos y parecía una especie de paseo de las manifestaciones. Los que venían y los que iban se saludaban con los dedos en V, con marco de grandes sonrisas. “Sólo nosotros podemos hacerlo”, dijo mi acompañante, que había estado callada varios minutos. “No es la ONU. Ni Obama. Nuestra sangre es la tinta con la que se escribirá la historia”.

Una gran tormenta de polvo

Los jerarcas de la revolución islámica saben a lo que se enfrentan. No sólo porque ellos conquistaron el poder en 1978-79 de esa forma, con marchas gigantescas y la sangre de los jóvenes, sino porque la noción de rebeldía y martirio está sumamente arraigada en la psiquis de los chiíes y de los iraníes. Eso fue su ventaja cuando se enfrentaron al ejército del shah. Los primeros manifestantes masacrados en 1978 eran estudiantes de religión inconformes con un artículo de periódico que atacaba a Khomeini. Cuando se conmemoraban sus muertes, 40 días después en observancia de la costumbre chií, las protestas se esparcieron por todo Irán.

Esto viene desde el origen mismo del chiísmo: la división con el sunismo se dio a partir de una disputa entre los herederos de Mahoma. Los chiíes creen que su sucesor legítimo era su nieto, Imam Hussain, quien fue aplastado junto con 72 de sus acompañantes y parientes en la batalla de Kerbala, en 680. Muchas de las creencias y ceremonias chiíes tienen que ver con esta derrota. Hussain pereció gritando “Allahu akbar!”, dios es grande.

Allahu akbar se convirtió en el grito icónico de la revolución islámica en 1979. Y ahora, los ayatolás lo escuchan en las gargantas de aquellos a quienes su gobierno aplasta. Me dio bastante impresión cuando vi a Nazanin y a sus compañeros repetir “Dios es grande” en actitud de batalla. Me trajo a la mente las guerrillas cristeras, y no pude evitar preguntarme, ¿no se supone que se trata de quitarse de encima el yugo religioso? Pero el significado no va por ahí, sino que es una reivindicación simbólica de rebeldía y martirio.

“Mira mis muertos”, me dijo de improviso un joven que se cubría la cara totalmente con una tela negra. Me asustó como si hubiera escuchado hablar a una estatua. Él y miles de personas más sostenían sobre sus cabezas, sin cansarse, fotografías terribles: Las menos dramáticas mostraban a basijis que tunden a porrazos a personas indefensas, a varios que pasan una moto por encima de un hombre y están a punto de abofetear a la mujer que interviene en su defensa, a uno que dispara con un fusil semiautomático desde una azotea. Las demás son de gente que acaba de morir a tiros, con la cabeza destrozada o el pecho abierto, y mucha sangre. Los demás manifestantes se arremolinaban para observarlas.

Era el jueves 18, en una manifestación de más de cien mil asistentes que Mousavi había convocado para recordar a los muertos. Un grupo de derechos humanos puso la cifra de asesinatos en 33, aunque es difícil confirmarlo, porque el gobierno se rehusa a informar, controla los medios de comunicación, que no tocan el tema, y ha expulsado a la prensa extranjera.

“Ahmadi, Ahmadi (por Ahmadinejad), has matado a nuestra gente. A nuestra joven gente”, rezaba un cartel. En otro, le cambiaron el nombre al ayatolá Khamenei: “Seiyed Ali Pinochet, Irán no será Chile”.

Era una manifestación rara, porque uno tenía que marchar y detenerse a mirar carteles, avanzar y parar de nuevo. Encontré a una mujer en chador que me sonreía sin emitir palabra, y que sostenía un retrato antiguo que no parecía estar relacionado con el tema del día. Quise preguntar pero me topé con la barrera del idioma. Uno de los chicos que también lo miraban accedió a traducir: “Es mi hijo. Él murió en la guerra de Irán e Irak. Soy buena musulmana, creo en el Corán y en el Islam. Ahmadinejad es un mentiroso que nos quiere engañar, especialmente a nosotras, que somos muy religiosas y perdimos a nuestros hijos en la guerra”.

“Somos mugre y polvo”, continuó el muchacho. Había dejado de traducir sin avisar y ya era su propia voz. “Y queremos que nos vea el mundo, somos los iraníes de verdad, no somos terroristas. Ahmadinejad ha arruinado el nombre de Irán y nos ha avergonzado. Pero míranos”, señaló a la mujer y a otras personas, “somos mugre y polvo, y somos verdes, pero hoy día de luto, todos hemos marchado de negro. Y ya no podemos parar. Porque si paramos, nos comen. Pero no podrán, porque somos una gran tormenta de polvo”.

Un juez sabio y lleno de sangre

La República Islámica de Irán es una combinación de dos sistemas políticos, democracia y tiranía (en un sentido aristotélico). Está basada en una doctrina de Khomeini llamada velayat-e faqih o “vigilancia del sabio juez”. Se reconoce la soberanía del pueblo y por eso hay elecciones. Pero por encima de todo está el líder supremo, quien es constitucionalmente definido como “representante de Dios sobre la Tierra” y tiene la obligación del velar porque el pueblo no cometa errores con su soberanía. Lo islámico está por encima de la república.

El viernes 19, al día siguiente de la manifestación en memoria de las víctimas, el sabio juez, el ayatolá Khamenei, dio un sermón de hora y media pero no se acordó de ellas. Ni una palabra, mención o referencia. Ahí dio su respaldo total a Ahmadinejad, negó que haya habido fraude electoral, exigió aceptar sus resultados y advirtió que reprimirían las protestas.

Mousavi respondió: “Si la enorme cantidad de manipulación del voto es presentada como la evidencia de la justicia, se matará la naturaleza republicana del Estado y, en la práctica, la ideología de que el Islam y el republicanismo son incompatibles quedará probada. Esto hará felices a dos grupos: a los que llaman al Estado islámico la dictadura de la élite que quiere llevar al pueblo al cielo por la fuerza; y a los que, al defender los derechos humanos, consideran que la religión atenta contra el republicanismo”.

Mousavi y sus aliados políticos, todos figuras muy importantes del régimen –incluidos dos expresidentes– que ahora han sido empujadas a la disidencia, no pretenden romper con el sistema, sino sensibilizarlo ante las demandas de la gente. Ahmadinejad y su facción, compuesta por miembros de las fuerzas armadas y las milicias Basij (a las que él perteneció), con el respaldo de Khamenei, han llevado las cosas al extremo en que lo que era una disputa sobre aspectos del sistema se ha convertido en un creciente cuestionamiento del sistema. Y al tomar partido de manera tan insensible, el propio Khamenei se ha colocado en la línea de fuego: él puede ser destituido por el órgano que lo eligió hace 20 años, la Asamblea de Expertos (integrada por clérigos de alto rango) e influyentes amigos de Mousavi están cabildeando para lograrlo.

Sería un golpe terrible para la república islámica: el representante de dios puede equivocarse. Pero sólo sería una expresión de lo que ya ocurre en la calle: antes el repudio sólo era contra Ahmadinejad, ahora va contra Khamenei también, a quien acusan de Pinochet. En los últimos días, muchos han empezado a gritar: “¡Muerte a Khamenei!”.

Porque lo ven, además, como responsable último de actos terribles. El gobierno iraní ha empezado a matar a su pueblo. Ya no son iniciativas de milicianos Basij de las que se puede desligar, ahora los asesinatos ocurrieron en el marco de una represión anunciada por el jefe de la policía y ordenada por el líder supremo. Y la táctica para justificar estos actos ante la opinión pública es clara: presentar a los difuntos como terroristas que cometen actos injustificados de vandalismo por órdenes de las potencias extranjeras enemigas de la nación.

El sábado 20, al día siguiente del sermón de Khamenei, los manifestantes volvieron a la avenida Enghelab (significa revolución) y marcharon otra vez hacia la plaza Azadi (Libertad). Se convirtió en una gran batalla campal, entre cinco y diez mil personas desarmadas trataban de recorrer los cuatro kilómetros pese a las embestidas de policías y basijis en motocicletas, con cañones de agua, gases lacrimógenos, macanas y… armas de fuego.

Penosamente, los grupos más decididos llegaron al borde de la plaza, pero no pudieron superar las últimas barreras de uniformados. Para el gobierno era vital impedir que pasaran de Revolución a Libertad. Y por ello, sus esbirros mataron a al menos 10 personas (seguramente muchas más), que la televisión presentó como “terroristas armados al servicio de Estados Unidos”. Chicos y chicas de 20 o 25 años, como Neda, la muchacha cuya agonía llegó a YouTube.

“Esta gente nos va a obligar a destruirlo todo”, me dijo un hombre de unos 60 años, quien no dio su nombre pero aseguró haber sido ministro de desarrollo agrícola del gobierno iraní en los años 90. Se había acercado a mí cuando me vio sofocado por el gas lacrimógeno, me dio agua y me sopló humo de tabaco en los ojos para aliviar el dolor. “Uno no va a la revolución porque quiere”, reflexionó, “sólo cuando no le dejan más alternativas”.

Trópico con cáncer

Publicado: 17 abril 2009 en Toño Angulo Daneri
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Cuarentaicuatro años después de haber sido ensamblado en una fábrica de Detroit, un Chevrolet color de carmín de placa particular luce aún el brillo y la altivez de sus años de juventud suficientes para llenar de vergüenza a los modernos Ladas, Hyundais y Nissans con los que comparte sitio en el enorme y sorprendentemente repleto estacionamiento del aeropuerto internacional José Martí. “Yo me voy pa’ La Habana y no vuelvo más”, tarareo con pésima entonación, y me dirijo hacia la reliquia móvil para pedirle a su dueño que me lleve a la ciudad. El único consejo que he decidido seguir al pie de la letra, de los muchos que me dieron antes de tomar el avión a Cuba, es evitar los taxis de empresa para no quedarme misio antes de tiempo. (También seguí otra recomendación: traje condones, porque me advirtieron que aquí abundan los de procedencia china, que son de talla oriental, ustedes sabrán entender. Lástima nomás que no atendí el más sabio e insistente de los consejos: vine con pareja.)

—Disculpe, ¿me puede llevar al centro de La Habana?
—Adonde tú quieras, compañero. Pero vamos a tenel que esperal a que salgan unas vecinas que han venido a despedil al padre suyo que se va pa’ Puelto Rico.

El dueño del Chevrolet escarlata se llama Arsenio, tiene 62 años y un vozarrón de tenor fumador que contrasta con esa manera de hablar tan caribeña y musical de sustituir las eres por las eles. Me presenta a su familia: Merceditas, su esposa, una señorona mulata con caderas de adolescente pero de mirada marchita y la piel erosionada por una secuela de sarpullido, y el inquieto Tony, su hijo, un niño con síndrome de Down concebido en el otoño de la pareja y que recién a los nueve años pudo sostener su cuello por sí mismo. Ahora Tony tiene doce años y muy pocas palabras en su vocabulario: “Quiero cola” y “devuelvan a Elián”, que repite cada cierto rato.

Arsenio pide que lo tutee y luego de enterarse de que soy peruano y no mexicano ni argentino ni colombiano, empieza a contarme su vida que más parece una variante pervertida de la muerte: el hijo enfermo, la esposa enferma, él enfermo, una pensión de jubilado de 14 dólares al mes y un auto antediluviano con el cual se recursea haciendo taxi para extranjeros cuidándose de que la policía no lo descubra porque no tiene licencia para hacerla. La multa por practicar ilegalmente este negocio en Cuba asciende a 75 dólares,

—Dímelo tú, chico: ¿cuál es el país más pobre de América Latina? –me pregunta Arsenio a quemarropa…
—Haití –respondo.
—Pues pa’ hí mismo quiero irme: cualquier cosa es mejor que esto.

Cuando Arsenio va a ver si sus vecinas ya están por salir, Merceditas, que también ha pedido que la tutee, me cuenta la misma historia que su esposo, pero desde el otro extremo de la bahía.
—No le hagas caso al marido mío, muchacho, es un malagradecido con la Revolución. Nosotros, viejos y enfermos como estamos, y con este hijo que nos ha toca’o en suerte, vamos a estar fundidos igual acá que en la Conchinchina. Acá por lo menos un pobre no se muere de hambre, y la salud la tenemos gratis. Él dice: vamos a Haití, a México, a España. ¡Muy fácil se dice, chico! Pero nosotros, para que de una vez te vayas enterando, tenemos una hija de treintaitrés años que se fue pa’ llá pa’ los Estados Unidos, y el mes pasado tuvimos que sacar cien dólares de donde no teníamos para enviarle porque la muchachita no tenía ni para el café. ¿Ya tú me entendiste?

Nada: para ser franco, hasta ahora no entiendo nada. Ejemplo:
—¿Y por qué no le dices lo que tú piensas? –le pregunto a Merceditas que, cuando habla, lo hace con más apasionamiento y muchos más decibeles que Arsenio.

—Ven pa’ cá, chico, que tengo que explicarte algo –responde ella, esta vez en tono de confesión–. Si hay una sola cosa que no ha cambiado en cuarenta años de Revolución, ésta es el machismo de los cubanos. Cuando un hombre habla en público, la mujer, óyeme bien, es mejor que no diga ná’.

El trayecto hacia El Vedado, el hermoso barrio costanero donde me iba a alojar, lo pasé en silencio. Me concentré en oír el suave ronroneo del motor del Chevrolet cuaternario (es absolutamente cierto que los cubanos son los mejores mecánicos del mundo), y en mirar a las vecinas de Arsenio y Merceditas: una chica de ojos almendra en edad de merecer –y merecía– y su joven madre con mucho mayor merecimiento. Para que digo que no, si sí.

El Vedado es uno de los barrios más entrañablemente bellos del centro de La Habana. Antes de la Revolución –que en Cuba viene a ser una demarcación temporal tan importante como el nacimiento de Jesucristo lo es para los cristianos–. El Vedado era, como su nombre lo indica, un territorio “vedado” para los pobres y los negros. La mayoría de las casa son palacetes de estilo neoclásico y altos edificios de departamentos, rodeados de enormes parques y árboles y jardines que hoy los adolescentes aprovechan para iniciarse de madrugada en las tibias humedades del amor. El mar del Caribe, además, es una sombra mágica que lo protege a uno por donde camine. Aquí, en este barrio de ensueño que solamente el mal de Alzheimer podría hacer olvidar, una pareja de jóvenes, él cubano, ella italiana, se apuró a destapar una botella de ron Caribean Club añejo la misma noche que este cronista se convirtió en huésped de su departamento. Uno, ignorante de la sabiduría del trópico, pidió gaseosa para atenuar los rigores del líquido alcohólico. Y ahí mismo recibí mi merecido por semejante, aunque involuntario, desatino.

—¡¿Qué tú dices, chico?! ¿No sabes que ofendes al contenido de esta botella si lo mezclas con otra cosa que no sea hielo?

El aprendizaje continuó durante el resto de la noche, generosamente matizado con sorbos de rubio ron y pitadas de tabaco negro. Enrique, mi anfitrión cubano, es sonidista autodidacta e independiente y programador ídem de sistemas. Claudia, la italiana, es restauradora de arte. Viven juntos desde hace dos años, cuando ella llegó para hacer su tesis sobre la arquitectura de La Habana Vieja y decidió quedarse rendida ante la sensualidad del Caribe. Ambos demostraron saber más del Perú que todas las calabacitas y los calabacitos peruanos asiduo al Hard Rock Café de Larcomar, e inclusive más que los ilusos inscritos al Profiun Sabrun, por ejemplo, que Fujimori, “ese presidente tan gracioso que tú tienes”, interpretó auténtica y abusivamente su propia Constitución para postular a la Presidencia por tercera vez consecutiva. Y sabían también de qué material está hecho el asesor Vladimiro Montesinos, la existencia de las combis asesinas, la proliferación virulenta de los periódicos chicha, y poco les faltó para mencionar a Laura Bozzo y Martha Chávez, con lo cual yo ya hubiese creído que estaba en un bastión de la brujería santera de Cuba. Pero no: ocurre simplemente que el cubano promedio posee una cultura general que ya quisieran tener todos nuestros congresistas juntos. De otro modo no se explica cómo, tres días después, conversando con un obrero de construcción jubilado, tuve que atajar esta pregunta formulada a mansalva:
—¿Es cierto que en el Perú se paga por la electricidad?
—Claro –contesté como quien dice la tierra es redonda.
—¿Pero cómo, muchacho, si ustedes tienen impresionantes caídas de agua de los Andes, y basta con ponerles un generador y ya tienen la hidroeléctrica para darle luz gratuita a todo el mundo? Acá en Cuba es diferente porque somos un país plano: la energía sólo se obtiene con petróleo; petróleo que, además, no tenemos. Pero, ¿en el Perú?

(Perdón: ¿alguien podría responder esta pregunta?)

La cultura del cubano, sumada a su espontánea locuacidad y a su vocación de hierro para discutir a voz en cuello sobre cualquier tema, pone fácilmente en aprietos hasta al más indiferente de los visitantes. Enrique y Claudia, en esa beoda noche inaugural, se encargaron de explicarme más o menos cómo es el sistema de vida en Cuba, que yo me tomé el trabajo de ir confirmando en los diez días restantes (qué se hace: defecto del oficio, aunque se viaje de turista). Un obrero o empleado de rango medio que trabaja exclusivamente para el Estado gana desde ocho hasta un máximo de quince dólares al mes. Un profesional calificado, entre quince y veinte dólares y alguien que tenga el suculento privilegio de trabajar paro una empresa de capital mixto, sobre todo si tiene algo que ver con la omnipresente industria del turismo, puede llegar a ganar más de cien dólares mensuales. ¿Y cómo hacen para vivir con esos sueldos africanos?, es la lógica pregunta que uno –hijo de Occidente y entenado del neoliberalismo al fin y al cabo– se plantea de inmediato. Pero inmediatamente también recibe la respuesta. Nueve de cada diez cubanos tiene casa propia, todos reciben atención médica gratuita, la polio infantil y la malaria prácticamente han desaparecido, el 91 por ciento tiene acceso a agua potable sin pagar un centavo, el gas no cuesta y llega a través de tuberías, todos los niños menores de siete años tienen derecho a un litro de leche diario, eventualmente los ancianos y enfermos reciben papillas concentradas de cereales y leche descremada, el sistema educativo es considerado uno de los más eficientes y democráticos del mundo, el alumno destacado puede recibir una asignación de parte del Estado a partir del cuarto año de estudios superiores. En fin: la esperanza de vida del cubano es de 75 años.

Pero Cuba no es el paraíso, ni mucho menos.

El principal problema de los 11 millones de cubanos es la alimentación. Reciben una libreta de racionamiento que les permite –hasta al más pobre– obtener una dieta balanceada compuesta básicamente de arroz, menestras, tubérculos, verduras, huevos, café, azúcar, sal y un pan diario por persona. De las carnes, las únicas que ven con cierta frecuencia son el cerdo y el pescado en conservas, aparte, claro, de la inefable carne de soya, que, como me dijo una chica estudiante de secundaria, de sabor a carne no tiene ná’.

 

El pollo aparece por las bodegas un par de veces al mes, y un bife de vacuno sólo figura en el menú de los hoteles para turistas. Ocurre, entonces, que la alimentación cotidiana del cubano es monótona hasta la desesperación, a no ser que en casa alguien reciba algo de dólares para poder comprar en los mercados agrarios y en las tiendas recaudadoras de divisas (léase billetes verdes) aquellos productos que, en tanto el país no produce, el Estado no es capaz de proveer. Hay varias maneras de que el cubano tenga dólares. Lo más común es que un familiar en el extranjero envíe un paquetico con la moneda imperialista por correo: se calcula que cada año ingresan a Cuba unos 400 millones de dólares bajo esta modalidad que ayuda a dinamizar el mercado interno. Otras maneras de agenciarse dólares son los múltiples negocios independientes que han crecido vertiginosamente desde que el régimen decidió concentrar sus esfuerzos en el turismo. Eso sí, el Estado siempre es el socio, sea que alguien quiera hacer taxi, montar un pequeño restaurante de máximo seis mesas, o vender café y pizzas en la puerta de su casa.
—El Estado es acá como el padre tuyo –me explica Rodney, un avispado joven buscalavida que ofrece, en tres idiomas, habanos, langostas y jineteras para los turistas que posean por el malecón de La Habana Vieja–. Te da lo indispensable para subsistir, te ayuda según tus condiciones para salir adelante, pero te marca límites y te da una patada en el culo si te pones en su contra.

Entonces me acuerdo de las palabras con las que el obrero jubilado me resumió su particular visión de la situación que se vive en esta isla ubicada a 18 kilómetros de Miami.

—A Cuba hay que entenderla como Latinoamericanos tercermundistas que somos. Si vivieras en Europa, yo no te podría contradecir si tú pensaras que este país es una mierda. Pero tú vives en el Perú, chico, en América Latina. Entonces, ven pa’cá, dime mirándome a los ojos: ¿qué tú crees? ¿Cuba es un país injusto para los cubanos?

La Habana Vieja es una réplica de Barrios Altos, me habían dicho una y otra vez con limeña soberbia algunos amigos al enterarse de que pensaba viajar a Cuba y no solamente a Varadero. Falso, pienso ahora, cuando la tarde languidece y renacen las sombras, mientras me adentro por las calles afiladas de este barrio colonial donde los viejos abandonan sus descalabrados solares para jugar dominó en el umbral de los portales, las mujeres sacan sus sillas y toman por asalto las veredas para fumar tabaco negro sin filtro y conversar a garganta herida, los niños le pegan a unas peloticas de hule con un bate de béisbol, y los jóvenes aprovechan la impunidad de la penumbra para llenar de piropos a las chicas que pasean por ahí demostrando que los ángeles existen y tienen la irrefutable anatomía de una mulata. Falso de toda falsedad, me repito: La Habana vieja nada tiene que ver con Barrios Altos. En La Habana Vieja hay un policía en cada esquina, un extranjero puede transitar seguro de que nada lo va a pasar a su cámara fotográfica electrónica así la saque para retratar a un contrabandista que ofrece bibidís de los Chicago Bulls, y, por encima de todo, en La Vieja Habana se respira una tranquilidad de aire de sosiego, una tranquilidad de altamar que apenas se quiebra con el griterío vocinglero tan esencial a la vida del habitante del trópico. Claro, uno se lleva esta impresión y camina a pie peludo y sin prejuicios, porque si llega en cambio como turista japonés, trepado en un aséptico bus con aire acondicionado, y ve desde la ventana que cinco crolos de un metro noventa están parados en una esquina dándole a una botella de ron a granel con medio cuerpo desnudo, exhibiendo la musculatura que les ha dejado el servicio militar obligatorio y antimperialista, es natural que te pida que lo saquen de ahí inmediatamente.
—¿Qué volá, acere? –me interrumpe, en la calle Osvir, quien luego de explica que su extraño nombre nació de la cópula entre el de su padre, Óscar y el de su madre, Virginia, me inicia en, el aprendizaje de la jerga básica del joven habanero.

¿Qué volá, acere? viene a ser algo así ‘como nuestro ¿qué pasa? o ¿cómo andas? Y acere es sinónimo de amigo, camarada, compañero, o nuestro criollísimo chochera. En lugar de acere puedes decir también consorte o colega –remata mientras me sirve en un vaso un poco de su cerveza. Como buen hijo de esta isla, tiene ganas de conversar.

Esta noche el malecón que circunda La Habana Vieja tiene más luz que de costumbre porque un crucero canadiense ha arribado a la bahía y de sus compuertas deben bajar muchos dólares que los cubanos jacarandosos de pierna suelta sabrán aprovechar. Aquí a las jóvenes que andan a la caza de gringos para el negocio carnal, o simplemente para pasar una noche de rumba en alguna discoteca para turistas, se les llama jineteras o jineteros. Osvir es uno de ellos. Yo, por mi parte, le cuento que en el Cusco, ombligo del mundo y orgullo máximo del Perú, sus colegas peruanos se hacen llamar bricheros, de la palabra inglesa bridge, que significa puente: o sea que de lo que se trata es tender puentes interculturales entre los pueblos. A Osvir le causa gracia mi comentario, y ya en confianza –esto es un decir, porque la desconfianza y el recelo no parecen existir en el vocabulario del cubano– llama a dos de sus amigos de aventuras: Elianne, una adolescente rubicunda de caderas de negra cuyo nombre se pronuncia igual que Elián, el niño náufrago que los Estados Unidos no quieren devolver a Cuba, y Facundo, un tipo más bien mayor, algo barrigón, de unos treintaipico años, y que según, dice, trabaja de día como profesor de inglés en una escuela pública. Queda claro que ambos, Elianne y Facundo, son también jineteros.

—Ven pa’ cá, muchacho –empieza a responder Facundo a mi pregunta de por qué él, siendo profesional, se dedica también al deporte de cazar gringas–. Yo no soy un descontento del sistema, pero te quiero decir que aquí los que más fregados estamos somos los profesionales. El Che hablaba de la recompensa moral que uno recibe cuando trabaja para la Revolución. Pero la recompensa moral no da para comer, ¿ya tú me oíste? Entonces, colega, ¿qué puede sentir uno cuando se ha pasado la vida estudiando para ser alguien mejor, un hombre nuevo, y al final resulta que cualquiera que no ha hecho nada por su vida vive mejor que tú, o, peor: que así te esfuerces por hacer bien tu trabajo, el que está a tu lado y es un haragán recibe todos los meses el mismo sueldo?

–O sea, que se muera Fidel –me atrevo a decir, hincando a ver qué tipo de sangre sale.
–Ah, no, eso sí que no, chico –me interrumpe Osvir, que ha estado escuchando la conversación sin que por un minuto se le perdiera de vista cuanta mujer pasaba por su lado–. Ahí sí que se nos acaba la patria: los que están allá arriba, ¿tú me entiendes?, los renegados de Cuba que viven en Miami, la mafia ésa, están esperando que se muera Fidel para venir a comprarnos la patria completica. Y ahí sí que Cuba deja de ser pa’ nosotros.

–Un amigo me decía hace poco –interviene Facundo– que él estaría feliz si el gobierno le permitiera comprar una casa en Varadero o en la montaña, chiquitica nomás, para poner un hospedaje para turistas. Y yo le dije: óyeme bien, chico, ¿qué? ¿Estás tú loco? El día que el gobierno le ponga precio a las bellezas que tiene este país, ni tú ni yo ni nadie que viva aquí, a no ser que sea músico, va a poder comprar ni un pedacitico del jardín de su casa.

Cuba es un país complejo que uno no acaba de entender. De la isla se regresa con más preguntas que respuestas. Una de ellas, la más insistente de todas, la que no deja de producir un síncope en el miocardio, es qué va a pasar con este país hermoso, de gentes más bellas todavía, cuando al gobernante más antiguo de esta época se le acaben las fuerzas –o se las arrebaten de cuajo– para seguir dándole la batalla a una historia que no por injusta deja de ser la historia de los tiempos modernos. Queda, sin embargo, la esperanza que flota en las tibias aguas de la bahía: si hay algo que los cubanos odian más que a la ex Unión Soviética, que los condenó a treinta años de aislamiento, es a los Estados Unidos de Norteamérica, a los que ven como el verdadero culpable de sus desgracias. El drama del niño Elián González no ha hecho más que alimentar este sentimiento. Entonces, la gran mayoría de los cubanos, para bien suyo, mira más a Europa que a su norte inmediato. Aspiran a un modelo de sociedad que no se parezca al capitalismo de hambruna, ignorancia y discriminación que predomina en el resto de América Latina. En verdad, a los peruanos, con McDonalds y grifos ultramodernos, no nos envidian ni un pelo. Y, de eso sí estoy seguro, tienen razón.