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Madre busca

Publicado: 1 noviembre 2015 en Leila Guerriero
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Un chico. Un chico de dos, de tres, de cuatro años en una calesita, comiendo un helado, abrazado a un muñeco de Garfield. Un adolescente. Un adolescente de trece, de catorce, de quince años con las palabras “punk” y “rock” escritas en los puños, sacando la lengua hasta el mentón, sonriendo con los ojos ocultos por Ray-Bans oscuros, haciendo el gesto de fuck you, vestido con una remera de Led Zeppelin, tocando la guitarra. Un hombre joven, delgado, con el pelo corto, con el pelo en enérgica copa de rulos, con bigote ralo, sin bigotes, el rostro delicadamente oval, la nariz ancha, los ojos rasgados, cantando ante un micrófono.

Una mujer. Una mujer un día de verano mercurial, su rostro de nariz pequeña, pómulos altos, rodeada de cámaras, diciendo, la voz precisa, la dicción perfecta: “Lucas no está, Lucas no aparece, ya recorrimos todos los hospitales y mi hijo no está en ninguna parte. Les pido que nos ayuden a encontrarlo”. Una mujer en la televisión, sosteniendo la foto de un hombre joven de rostro delicadamente oval, la nariz ancha, los ojos rasgados y, debajo, la leyenda, el videograph que, desde el 22 y hasta el 24 de febrero de 2012, mutó, como una bestia inversa, de la esperanza y la duda –“Una madre busca a su hijo: Lucas Menghini Rey”– a todo lo que sucedió después.

***

El 22 de febrero de 2012, a las 8.32 de la mañana, un tren de la línea General Sarmiento chocó contra el andén al entrar en la estación de Once de la ciudad de Buenos Aires. Minutos después, las primeras imágenes empezaban a llenar las portadas de los diarios y las pantallas de televisión: dos vagones encimados, un hombre con medio cuerpo fuera de una ventanilla, todo bajo un sol rampante y un cielo de serenidad perfecta.

A esa hora, en la localidad de Merlo, una profesora de geografía terminaba de tomar examen a sus alumnos de segundo año. Se había levantado a las seis de la mañana y había recorrido la distancia entre su casa en San Antonio de Padua y esa escuela del barrio Rivadavia en su Fiat Palio rojo, viejo. Tenía, como era natural en esas circunstancias, el teléfono celular sin sonido. A las 8.40, cuando terminó con el último alumno, encontró 20 llamadas perdidas, casi todas de Paolo Menghini, su ex marido y padre de su hijo Lucas, de 20 años. Llamó para preguntar qué sucedía y él la tranquilizó: “Quedate tranquila. Hay un accidente de tren en Once, y es el tren que siempre toma Lucas. No puedo comunicarme con él, pero ya estoy yendo a su trabajo para ver si llegó”. Entonces María Luján Rey, madre de Lucas Menghini Rey (que era músico, que tenía una hija de cuatro, que trabajaba desde hacía un año y medio en un call center del microcentro porteño y que tomaba el tren cada mañana para llegar hasta allí), subió a su auto y empezó a desandar el camino hacia su casa pensando, o tratando de pensar: “Seguro que Lucas se quedó dormido y no
estaba en el tren”.

***

—¡¡¡Lara, qué es ese ruido!!!

Son las dos de la tarde de un día de principios de febrero de 2014, y el patio de la casa de María Luján Rey, en San Antonio de Padua, parece asediado por un bombardeo: un ruido duro
de cosas chocando entre sí.

—Debe ser el lavarropas –dice Lara, su hija de 18 años, desde un cuarto.
—Dale, fijate, Lara.

María Luján Rey está en la cocina, sentada ante la mesa en la que hay una notebook, un teléfono celular, un cenicero y cigarrillos. Usa una remera de mangas cortas que deja ver las chimeneas que se tatuó en un brazo pero tapa la golondrina del hombro y la frase “Madera noble, roble es mi corazón” que le recorre la espalda, más arriba de los omóplatos. El espacio reducido, las cortinas a cuadros, la mesa rodeada por un banco de madera, le dan al espacio un aspecto infantil y abigarrado. Una puerta de chapa separa la cocina del patio donde están el perro –Walas, por Walas de Massacre–, el lavarropas, una pileta inflable con restos de agua enmohecida, una parrilla.

—Lari, dale, fijate.

En la puerta de la heladera hay una foto de Lucas Menghini Rey. Debajo, alguien escribió: “Lo amo”.

—Qué pesada, ma.

Lara Menghini usa el pelo teñido de rubio. Tiene tatuajes –en la pierna, la cadera, la espalda, la mano–, un piercing en el ombligo, otro en la nariz. Saluda, amable pero escueta, y abre la puerta que da al patio.

—Sí, ma, es el lavarropas. Lo apago.
—Bueno, dale, apagalo.

María Luján Rey enciende un cigarrillo. Es un día caluroso. Habla del aire acondicionado: no le gusta, cree que el cuerpo se tiene que regular de forma natural.

—Igual, con mi vicio del pucho, el aire me complicaría. Todo cerrado, con aire, no. Lucas fumaba un montón. Y Lara blanqueó el pucho cuando fue lo de Lucas, cuando fue la tragedia. Lucas fumaba desde los 14. Le decían Chimu, por chimenea. Una de sus bandas se llamaba Chimeneas. Por eso me tatué las chimeneas en el brazo.

Hable del cigarrillo, del aire acondicionado o del budismo que practica desde 2004, todo deriva en lo que pasó entre el 22 y el 24 de febrero de 2012, durante las 66 horas en las que su rostro y el de su hijo se multiplicaron en pantallas y diarios de todo el país.

—¿Vos creías que Lucas iba a aparecer?
—Sí. Lo primero que pensé, cuando salí a buscarlo, fue: “Lo encuentro en un hospital, lo agarro y me lo traigo”.

Después de recibir la noticia del choque, María Luján Rey llamó a Lara desde el auto y le pidió que fuera hasta el departamento que su ex marido –que vive en la Capital– tiene en Padua, para ver si Lucas, que había pasado la noche ahí, no se había quedado dormido.

—El día anterior había tocado con su banda, Sistemática, en los corsos de Padua. Yo lo fui a ver y se acostó a las cuatro de la mañana. Por eso pensé que se había quedado dormido. Pero cuando Lara fue al departamento de Paolo no había nadie. Así que lo llamé a mi papá y le dije que me viniera a buscar para ir a la Capital.

***

—Yo me enteré porque me llamo María Luján, Tuti, nosotros le decimos Tuti –dice Omar Rey, el padre de María Luján.

Su casa, en Merlo, es enorme y fresca, con un patio donde cría gallinas y un living con hogar a leña donde hace asados. Aquí y allá hay cañas de pescar, botas de goma. Vive con su pareja, Estela. Tiene 75 años y levantó esta casa, como casi todo lo demás, con sus propias manos. En el verano de 2013, un año después del choque del tren, estaba arreglando su canoa cuando, con la moladora, se cortó el brazo izquierdo: tendones, músculos, el hueso. María Luján llegó al hospital y armó una revolución hasta que logró que lo trasladaran a un sitio de alta complejidad.

—Tuti es brillante, inteligente. El día de lo de Once la fui a buscar. Estaba muy preocupada, pero la vi fuerte, como ella es. Muy celosa, eso sí.
—Uf –dice Estela, que llega y se sienta junto a la puerta del estudio.

***

—Primero pensé: “Se quedó dormido”. Cuando supimos que no, pensé: “No tiene por qué haber estado en ese tren”. Pero Paolo fue a buscarlo al call center, y tampoco había llegado.

La mañana del 22 de febrero, mientras Paolo marchaba a la estación de Once, María Luján, su padre y su hija Lara empezaban a recorrer los hospitales.

—Pero no estaba ni en los hospitales ni en las listas.

Cientos de familiares buscaban, como ella, a sus heridos y sus muertos. A las 13.30 del mediodía, cinco horas después del choque, la Superintendencia de Bomberos dio por finalizado el operativo de rescate. Para entonces, los medios hablaban de 50 muertos y 676 heridos, pero Lucas seguía sin aparecer.

—Dijeron que ya no quedaba nadie en el tren. Entonces empezamos a pensar: “Está en un hospital, mal registrado”. Y empezamos la recorrida otra vez.

Se habían sumado a la búsqueda dos hermanos de Paolo –Graciela y Leonardo– y primos y amigos de Lucas. Todos los canales de televisión transmitían en directo el desastre de dimensiones épicas y la historia de Lucas Menghini Rey empezaba a abrirse paso con entidad propia. En los canales de noticias, María Luján Rey repetía como un mantra oscuro, sosteniendo una foto de su hijo: “Estoy buscando a mi hijo. Salió de Padua a la mañana, tomó el tren y nunca llegó al trabajo”. En algún momento, ella y Paolo decidieron ir a la morgue.

—Pero yo sentía que Lucas no iba a estar ahí. Cuando entramos, nos mostraron las fotos y yo iba diciendo: “No, no es”. Y, mientras pensaba “qué suerte” me sentía una mierda por sentir alivio, porque esa persona que te mostraban era el padre, el hijo de alguien.

De la esperanza al horror y, de ahí, otra vez a la esperanza. Lucas quizás se había quedado dormido, pero no; Lucas quizás había llegado a su trabajo, pero no; Lucas quizás no viajaba en ese tren, pero sí; Lucas quizás estaba en los hospitales, pero no.

Lucas –músico, malhumorado, fumador, rey del carisma– se había esfumado.

El jueves 23 de febrero, en un informe de prensa, el secretario de Transporte de la Nación, Juan Pablo Schiavi, dijo que “si esto hubiera ocurrido ayer, que era un día feriado, seguramente hubiera sido una cosa mucho menor”, e hizo mención a la costumbre argentina de apiñarse en los primeros vagones para llegar más rápido a la salida (en los dos primeros, que se encimaron, se registró la mayor cantidad de muertos y heridos). María Luján, mientras tanto, había sido convocada a la morgue para revisar fotos que ya había visto. Cuando salió la esperaban los medios. Furiosa porque, como había anticipado, las fotos no eran de Lucas, dijo: “Quiero que me den una lista de todos los heridos. Mi hijo tomó el tren en Padua y no sé dónde está”.

—Y mientras, los que tenían que buscarlo me decían: “¿Usted está segura de que iba en el tren? ¿No tendrá una noviecita?”. Las preguntas te daban la pauta de que no lo estaban buscando, y pensábamos: “No lo buscan porque no nos creen”.

Sólo en dos ocasiones dejó de fumar: durante los embarazos de sus hijos. En el sexto mes del de Lara festejaban el cumpleaños de Lucas y se cortó un pulgar con un cutter. La sangre salía a chorros y se dio cuenta: se había cortado una arteria. Impávida, pidió una toalla, se envolvió y les ordenó a su madre y a su suegra: “Préndanme un pucho y llamen a una ambulancia”. En el hospital, después de coserla, el médico le recetó pastillas para el dolor pero le dijo que no tomara más de una por día, por el embarazo. Ella le contestó: “Si es peligroso, no las voy a tomar. Me la banco”.

***

María Luján Rey nació el 4 de agosto de 1969, hace 45 años. Tiene un hermano mayor –Juan Manuel– y una menor a la que le lleva cuatro años, María del Carmen. Juan Manuel, de adolescente, empezó a tocar en una banda, la contagió con sus propios gustos musicales –Spinetta, Led Zeppelin– y le dio sus primeros cigarrillos. Ella aprendió a leer a los cuatro y era una niña sensible y buena alumna a la que su familia apodaba María Sauce –por llorona– y María Limón, por malhumorada. La infancia transcurrió en el oeste del conurbano con una situación económica buena: su padre vendía bolsas de arpillera, tenían autos nuevos y casa en Piriápolis, Uruguay. Elba, su madre, era militante peronista, hija del fundador de la primera unidad básica del PJ en Padua y cuando, ya grande, empezó a estudiar Psicología, María Luján la ayudó a preparar exámenes. Más que con Elba, los hermanos se criaron con una vecina, Mamá Iole, que atendía las cosas a las que en aquella casa los adultos no daban importancia: los cumpleaños, el colegio. Cuando María Luján tenía 17, sus padres se separaron y siguió a eso un tiempo confuso. Juan Manuel se mudó con su padre; después, peleada con su madre, María Luján hizo lo mismo hasta que, peleada con su padre, volvió a casa de Elba. Salió de allí embarazada de cinco meses, casada con Paolo Menghini.

***

La voz de María del Carmen Rey, la hermana menor de María Luján, llega por teléfono desde Tierra del Fuego. Es docente, su marido es miembro retirado de la Armada, estudia la carrera de bibliotecaria, hace artesanías en madera.

—Ella tiene un idilio con mi papá, pero él siempre hizo diferencia entre los hijos. El año anterior a la tragedia nosotras volvíamos a Buenos Aires desde Tierra del Fuego. Se rompió el auto y ella quería decidir lo que había que hacer. Entonces le dije: “Es mi auto, yo sé lo que hay que hacer”. Bajamos y empezamos a los gritos. Le dije que sabía que la solución a todos sus problemas hubiera sido que yo no existiera, y ella me dijo que yo era perfecta, que papá siempre estaba pendiente de mí. Después nos dimos un abrazo, porque yo la adoro. Es incondicional. Pero cuando mis papás se separaron ella tenía 17, y mi mamá la convenció para que atestiguara en contra de él, como que no nos pasaba dinero. Y eso a mi papá le generó una enemistad terrible. Una vez él me trajo unos Kickers y a ella no le trajo nada. Después, mi hermana se peleó con la nueva señora de mi papá y cuando nació Lucas mi papá no quiso conocerlo. Cuando Lucas tenía dos meses, mi hermana fue y le dijo: “Te presento a tu nieto”. Mi papá siempre fue muy hiriente con ella. En Paolo encontró un gran compañero. Venía de relaciones tormentosas, y Paolo fue la calma.

—¿Le iba bien con los varones?
—Todos estaban enamorados. Era hermosa, líder, y con el que le gustaba salía. He visto a muchos llorar por ella.

***

—Elba no era la típica mamá que les prepara los útiles a los chicos –dice Omar Rey–. Cuando nos separamos, pasé de tener lancha, casa en Piriápolis, a perder todo. Mis principales clientes eran los ingenios azucareros, y cerraron y me quedé sin nada.

Empezó a fabricar toldos de lona, vivió en Uruguay, donde conoció a su segunda pareja, y regresó a Padua en plena crisis de 2001. Con el país en llamas, pensó que vender comida para pájaros podía ser un buen recurso. Así, otra vez desde cero, montó un negocio.

—María Luján sacó algo de ese espíritu kamikaze. Ella me quiere al extremo. Es muy celosa.
—Todo bien mientras estábamos de novios –dice Estela–. Ahora, cuando nos juntamos, sonamos. Pero yo digo que si no fuera por el budismo ella no estaría parada.

***

—Mi viejo te dice: “¿Qué te hiciste en la cabeza?”, y eso quiere decir que te queda lindo lo que te hiciste en el pelo.

Sobre la mesa de la casa de María Luján Rey hay una pila de volantes que dicen “Justicia por las Víctimas de Once”. El 22 de febrero de este año, 2014, habrá un acto en la Plaza de Mayo para recordar el segundo aniversario de lo que ella y 20 familias nucleadas en un grupo informal llaman tragedia, jamás accidente. La diferencia encierra un concepto: lo que sucedió en Once, sostienen, pudo haberse prevenido si el dinero para el mantenimiento de los trenes no hubiera sido desviado (hacia sus propias arcas) por funcionarios y empresarios corruptos. Eso transforma un accidente –obra de la fatalidad– en una masacre con responsables.

—Mi viejo te tiraba la carpa en el fondo y la tenías que armar 100 veces hasta que te salía. Y mientras tanto te decía: “Sos boluda”. Pero todas las cosas que tienen que ver con las manualidades, con saber usar un taladro, las aprendí de
mi viejo.

A los 17 o 18 años tuvo su primer trabajo, comenzó a militar en la Juventud Peronista y a estudiar Magisterio.

—Trabajaba en una unidad sanitaria de Merlo. Milité hasta los 20, porque la JP bancaba a Luder y, como ganó Menem, teníamos que bancar a Menem. Y me fui.
—¿Paolo militaba?
—No. Siempre fue más de izquierda, pero no militó nunca.

Paolo Menghini estudiaba, hacía música y tocaba en la misma banda en la que tocaba el hermano de María Luján, de modo que todos eran amigos. Un día propuso dar un paso más y ella sólo aceptó tres años más tarde. A los tres meses de empezar la relación quedó embarazada y se casaron. Cuatro años después –en medio de una economía precaria– nació Lara. Para entonces, María Luján trabajaba en el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, como secretaria, un puesto que mantuvo ocho años hasta que cambió el ministro y no le renovaron el contrato.

—¿Hay algo de comer? –pregunta Lara, entrando en la cocina.
—Te dije si no querías una tarta.
—No, ya fue, me hago un omelette –dice Lara, sacando una sartén.
—Yo cocino bárbaro. Pero ahora hago pocas cosas en casa. Muchas veces por la lucha de justicia de Once, y muchas
veces por acompañar a otros. A los inundados de La Plata. O a la red antimafia de Rosario. Pero tampoco soy la madre que lo deja todo para que brillen los vidrios. Si Lara tiene el cuarto despelotado, cierro la puerta y adiós.
—¿Y antes eras de cocinar?
—Sí, era –dice Lara.
—No seas guacha –dice María Luján, riéndose.

Impostan un tono de reproche, como dos actrices de comedia brillante en un guión aceitado y autoparódico: la madre que no se ocupa de su hija, la hija que se queja de que su madre no se ocupa de ella.

—No tiene horarios. Lucas era igual. Le podía entrar al dulce de leche mientras comía fideos a las cuatro de la tarde. Pero ahora estoy demasiado metida en esto. Y por ahí para Lara es un poco denso.
—Yo estoy acostumbrada –dice Lara, echando en la sartén un spray para freír.
—Sí, pero por ahí se incomoda. El otro día fuimos a comprar dulce de leche y una mujer me tuvo tres horas. “Siga luchando, mi hijo también viaja en tren.” Por un lado la entiendo y por el otro me jode. Está buenísimo que la gente no se olvide. Pero vas a comprar dulce de leche, no vas a hablar de la tragedia de Once. A nosotros no se nos terminó la vida con Lucas. Nuestra vida cambió, pero no nos quedamos sin vida. La gente te mira y dice: “Mmm, no llora”. La vez pasada un tipo puso en Twitter: “Le enseñaste a tu hijo a transgredir normas y por eso terminó muerto, bancatelá”. Yo nunca contesto. Por un comentario bueno va a haber mil que van a decir: “Esta mujer se dedica a la bebida”.

Fuma sosteniendo el cigarrillo con la punta de los dedos, manteniendo los otros recogidos hacia la palma.

—Hay gente que te dice: “Ay, qué lástima que fumás”. Y, sí, también tengo artritis reumatoidea y no tiene nada que ver con el pucho.
—¿Tenés desde hace mucho?
—Desde antes de la tragedia. Pero después dejé de darle bolilla. Me habían dado una medicación que puede afectar la vista. Tenía fecha para ir al médico en esos días y no fui. Empecé a ver menos, dije: “A ver si es la medicación”, y la dejé.
—¿Ves mejor?
—No. Veo menos porque estoy más vieja.

Fue una madre que mezclaba formas estrictas –retaba, repartía penitencias–, cuidados amorosos –preparó los souvenirs y la torta de todos los cumpleaños de sus hijos– y una comunicación que funcionaba, en temas como el sexo, la religión o la política, de manera fluida. Cuando a los 13 Lucas empezó a tocar la guitarra, a componer, a ratearse para ir a un bar de Padua llamado Frida, hacía dos años que, en 2004, Paolo Menghini y María Luján Rey se habían
separado.

—Nos llevábamos muy bien, pero yo tenía la sensación de que la vida pasaba por el costado. El es el mejor papá que le podría haber dado a mis hijos, y yo no tengo dudas de que piensa lo mismo de mí.

Durante los catorce años que vivieron juntos, compartieron las tareas de la casa pero, como su padre le había enseñado a pintar, cortar, desatascar, la maquinaria pesada corría por cuenta de ella. El día en que Lucas, de 15, llegó para contarle que había dejado embarazada a su novia Romina, de 17, María Luján estaba pintando la habitación de Lara.

—Les dije: “Cuenten conmigo, pero yo no voy a opinar si está bien, mal, si el aborto va o no va”. Era la vida de ellos.

Lucas y Romina nunca vivieron juntos y sólo fueron pareja hasta que su hija, Guadalupe Paz, cumplió seis meses, pero, aun así, Lucas tenía a la nena tres veces por semana en casa de su madre.

—Me acuerdo de escucharla llorar a Paz a la noche, y yo diciendo: “Ay, si la agarro no llora más”. Pero le decía: “Lucas, probá con tal cosa”. No era: “Damelá que la calmo”. Nunca me moví de ese rol: yo soy la abuela, no la tengo que criar. Era re buen padre. La cambiaba, la dormía. El empezó a laburar porque tenía a Paz. Hacía casi un año que trabajaba en el call center. Decía que era un laburo comecabeza. Vendía Cablevisión y Fibertel y le iba muy bien. Le pasaba la plata a la mamá de Paz, y el resto lo gastaba en la música, cigarrillos, cerveza. Decía: “La música no se vende”. Y yo le decía: “Pero tenés que comer, por qué no hacés covers y vas a un bar”. Ni loco. Era muy cabezadura. Un carácter tremendo. Cuando se enojaba, se cegaba.

***

—Con Lucas me llevaba bien –dice Omar Rey–. Pero nos veíamos poco. Lo criaron muy suelto. Cuando me dijo que iba a ser padre, yo no daba dos mangos. Dije: “Qué va a ser padre éste, si fuma como un murciélago, chupa”. Y sin embargo era un papá de la gran flauta. Tenía un carácter bravo, pero era el único de toda la familia que se llevaba bien con Elba, mi ex. Ella es kirchnerista a muerte. El 22 de febrero, el día del aniversario de lo que pasó, ella puede poner en el Twitter: “Un día como hoy se murió Humphrey Bogart”.

Llorar no es una opción para un hombre como él, de modo que no debe ser cómodo lo que le sucede ahora, inesperadamente.

—Uno piensa… me gustaría haber hablado más con mi nieto. Pero bueno… al menos no me llevaba mal. Y él era muy atento conmigo.

***

Son las nueve y media de la mañana de un día de febrero. Paolo Menghini está en una isla de edición de Canal 7, donde trabaja desde 1995 como editor de noticias. Cuando el tren chocó, él estaba en su trabajo. Fue hasta la redacción a buscar un informe, encontró un desbande y preguntó qué pasaba.

—Y me dijeron. Era el tren que tomaba Lucas. Llegué a Once en la negación total. Estaba en la estación y decía: “Uy, cuántos heridos”. En un momento dije: “Puta, ¿no habrá algún muerto acá?”. Y pasan dos policías con las bolsas negras y pensé: “Hay muertos, hay muertos”. Y se me congeló la sangre.

***

El viernes 24 de febrero de 2012, por la mañana, Lucas Menghini Rey no había aparecido. En la división Sarmiento de la Policía Federal, dentro de la estación de Once, se empezaron a revisar filmaciones de las cámaras de seguridad y Lara vio en una, correspondiente al andén de Padua, a un chico que subía por la ventanilla a una cabina destinada al guarda, entre los vagones 3 y 4. Apenas lo vio, dijo: “Ese es mi hermano”. María Luján y su cuñada Graciela estaban en el Hospital Alvear cuando las llamaron para pedirles que regresaran a la estación sin explicarles lo que sucedía. Mientras tanto, en Once, las personas encargadas del rescate se asomaban a la ventanilla de la cabina y veían en el piso, donde había permanecido desde el día 22, el cuerpo de Lucas Menghini Rey. María Luján atravesaba la ciudad en auto y no podía ver que la televisión cambiaba el videograph “¿Dónde está Lucas?” por uno que rezaba “Apareció el cuerpo de Lucas en el cuarto vagón”. En el hall de Once, cientos de usuarios empezaban a gritar: “¡Cristina dónde está!”, “¡Schiavi hijo de puta!”, “¡Que se vayan todos!”. Los trabajos para sacar el cuerpo de la cabina, reducida a 30 centímetros, ya
habían empezado.

***

—Está todo filmado –dice María Luján Rey, en la cocina de su casa–. Se suben dos cosos, miran por la ventana y uno hace: “Acá está”. Estaba en el piso, en la cabina. Por al lado pasaron los bomberos con los 50 muertos y nunca se asomaron. Cuando llegué a Once fuimos a un cuartito y un tipo dice: “Habríamos encontrado un cuerpo…”. Y yo a los gritos: “¡El cuerpo de quién!”. Y el tipo: “Tendría las características…”. Y yo: “¡Decimeló, sorete!”. Yo ya sabía, pero quería que tuviera los huevos de decir: “Encontramos a su hijo en el vagón, tres días después, porque somos unos ineptos inoperantes del orto”.

Arriba, en la estación, la gente arrojaba piedras y la policía reprimía con gases lacrimógenos mientras algunos familiares de Lucas pedían que pararan, que no sumaran más espanto. Abajo, María Luján, abrazada a su hermana que había llegado desde Tierra del Fuego, repetía: “Mi nene, mi nene”.

—Lo primero que pensé fue si Lucas había tenido sobrevida, si había muerto porque estos inoperantes no lo buscaron. Cuánto tiempo había estado ahí esperando que lo encontraran. Una hora, dos horas. Mirá si estuvo un día entero vivo y nosotros dando vueltas. Pero no. Lucas murió en el momento. Eso lo supe cuando leí la autopsia, tiempo después. Fue duro leerla, pero si Lucas había estado esperando doce horas, yo lo quería saber.

Ahora, en el atardecer de un día de verano tan bello como aquel en que encontró el cuerpo de su hijo, María Luján Rey dice:

—Y con todo el dolor del mundo, cuando Lucas aparece me duermo sabiendo que mi hijo está muerto. Cuando no sabía dónde estaba no me podía dormir porque decía: “¿Cómo me voy a ir a dormir si mi hijo puede estar necesitándome en algún lado?”.

¿Fueron –además de la laceración de aquella búsqueda– las declaraciones de Schiavi; fue el comunicado de la Presidenta de la Nación que a las diez de la noche del día del accidente expresó condolencias escuetas al tiempo que anunciaba la suspensión de los corsos en esa época de carnavales? Sea como fuere, las diferencias entre el gobierno nacional y esa familia (de militantes peronistas, de hombres que lloran escuchando a Spinetta) empezaron de inmediato.

***

—Hay imágenes que no se me van a borrar en la vida, en la vida, en la vida –dice Paolo Menghini.

En ocasiones repite varias veces la misma frase como si quisiera drenar alguna cosa, arrancarse algo pegajoso y tóxico de la memoria.

—Lo que nos han hecho. Lo que nos han hecho. A mí no sólo me destrozaron la vida de la manera más cruel. Cuando además tuviste que ver morirse gente en el andén, deambular por los hospitales, la morgue. Recibir llamados de gente enferma. El 23, cuando salgo de la morgue, recibo un mensaje de texto: “Quedate tranquilo, estoy bien”. Llamo y me atiende una chica, y se empieza a reír y me dice: “No, era una joda, jaja”. Hubo varios de ésos. En esos días de búsqueda me han generado, para con los jefes del operativo de rescate, sentimientos para los que yo no fui criado. No los voy a perdonar en mi vida. No lo buscaron. Estaba en el vagón cuatro. Ponían una escalera, miraban y lo encontraban. Y no lo hicieron. Disculpame.

Cada vez que no puede seguir hablando, abre los ojos, inspira hondo, y dice: “Disculpame”. Cuando tuvo que reconocer el cuerpo de su hijo en la morgue pidió que sólo le mostraran la mano derecha donde Lucas tenía –desde niño– la marca de una quemadura.

—No quise ver más. Lucas se fue dormido y escuchando música. Si uno tiene que elegir alguna puta manera de que haya cambiado de estado en esas circunstancias, es la mejor manera que puedo desear para él.

***

El 5 de febrero de 2014, seis bomberos murieron mientras apagaban un incendio en el barrio porteño de Barracas. De inmediato, se decretaron dos días de duelo nacional y les rindieron homenajes de héroes. A las tres de la tarde del día siguiente, 6 de febrero de 2014, María Luján Rey abre la puerta de su casa. Está hablando por teléfono, hace señas de “pasá, pasá”. Sobre el living hay un pequeño entrepiso. Allí está la biblioteca, con títulos de Rosa Montero, Saramago, García Márquez. Siempre leyó mucho, pero desde febrero de 2012 no puede permanecer alejada de las noticias sin sentir que se pierde algo importante. El altar budista está empotrado en una de las paredes del living: es un armario chico que permanece con las puertas cerradas.

—Sí, el 22 a las siete de la tarde es el acto en Plaza de Mayo –le dice a alguien al teléfono–. Sin banderías políticas. La justicia no es para el PO, La Cámpora, el MST; es para todos.

Después se sabrá que ha pasado algo extraordinario, pero para ella es otro día más: otro día de una vida en la que dejó de ser una profesora de geografía para ser una mujer que sabe qué cosa es una cámara de casación y a quién hay que pedirle el mangrullo para un acto en Plaza de Mayo.

—Bueno, dale. Mil gracias por llamar.

Un gato bebé, que ayer se metió por el jardín y fue acogido en la casa, salta entre sus piernas. Le pusieron Flan y tiene el tamaño y el color de una esponja para lavar los platos.

—Era una política de no sé qué partido –dice, colgando–. Está indignada, dice, porque dieron dos días de duelo por los bomberos. No sabés si te llaman para ponerte fichas o qué.

El 18 de marzo empezará el juicio por el choque del tren de Once, que tiene 300 testigos y 29 procesados, entre los que se cuentan el maquinista Marcos Córdoba, que conducía la formación; los ex secretarios de Transporte Ricardo Jaime y su sucesor, Juan Pablo Schiavi; el director de Trenes de Buenos Aires (la concesionaria del Sarmiento en el momento del choque) Claudio Cirigliano; el ex subsecretario de Transporte Ferroviario Antonio Luna, y los ex directores de la Comisión Nacional de Regulación de Transporte Pedro Ochoa Romero y Antonio Sícaro. La figura por la que se los procesa es administración fraudulenta y descarrilamiento con estrago culposo, pero la familia de María Luján Rey, querellante en la causa, los acusa por asociación ilícita y dolo eventual, dos figuras que implican intención y conciencia acerca de los efectos que tiene desviar fondos de los subsidios destinados al mantenimiento de un transporte público. En paralelo a esa causa, la familia Menghini Rey inició otra contra siete miembros de la Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal, a cargo del operativo de rescate, por “violación de deberes de funcionario público”, o sea, por no haber buscado debidamente a Lucas. El 5 de febrero, cuando María Luján escuchó los nombres de los seis bomberos muertos en Barracas, le pareció reconocer el de uno de ellos. Fue a buscar la causa y vio que, en efecto, uno de los fallecidos –Leonardo Arturo Day, jefe de los Bomberos de la Policía Federal– estaba entre los procesados. De modo que se pasó el día ante el televisor, viendo cómo un hombre a quien ella considera uno de los responsables de los peores tres días de su vida era coronado de flores.

—Es una sensación de mierda, porque uno no le desea la muerte a nadie, pero el tipo en la declaración dice que no tiene nada que ver con que no lo hayan encontrado a Lucas. Que él buscaba vivos, no cadáveres. ¡Hijo de puta, cómo sabía que Lucas estaba… era un cadáver! Lo tendría que haber buscado como si estuviera vivo. Dice que estuvo tres o cuatro días sin dormir por lo que había visto. Y yo pensaba: “Yo también estuve cuatro días sin dormir, pero haciendo lo que vos no hiciste: buscando a mi hijo”.

La voz se torna un río de cólera, una furia blindada.

—Además, murió cumpliendo con su deber y la familia lo encontró a los cinco minutos. No tuvieron que dar vueltas durante 66 horas. Pero no quise salir a decir nada, porque debe haber una mina llorando a su hijo, como yo.

De pronto, tocan el timbre. Ella camina hasta la puerta, abre y dice: “¡Hola!”, con una voz que ha perdido cualquier resto de enojo. Gustavo Bustamante y su madre, Ester Bustamante, son el hermano y la madre de Federico Bustamante,
que murió en el choque, y han venido a buscar volantes del acto del 22 para repartir. Ester se apoya contra la mesada y Gustavo, bajo el marco de una puerta, llena la cocina con su presencia monumental.

—¿Viste lo de los bomberos de ayer? –pregunta María Luján, y repite, de manera más o menos exacta, lo que ha dicho antes.

—Ester la escucha, muda. Después, cuenta cómo aquella mañana ella misma pudo haber estado en ese tren, de camino a su trabajo como empleada doméstica, y María Luján –aunque debe conocer la historia– la escucha, muda.
—Ayer saqué la causa –dice María Luján–, y Lara vio la autopsia. Quiso leerla y me dijo: “Es menos de lo que yo me imaginaba, pensé que tenía la cabeza destrozada”. Le dije: “No, la cabeza la tenía intacta. El cuerpo no. Tenía una lastimadura en una pierna, el jean tiene un tajo”. Y me dice: “¿Pero vos tenés el pantalón?”. Le digo: “Tengo toda la ropa que llevaba puesta tu hermano. El pantalón, el buzo, las zapatillas, el calzoncillo”. Y Lara me dice: “Tirá todo eso”. Pero yo no lo voy a tirar. Tengo los dos encendedores, el paquete de Philip Morris vacío, la mochila. A la ropa mi vecina la lavó y me la dio. El domingo 26, cuando nos juntamos con Paolo para preparar la conferencia de prensa que hicimos el 27,  agarro el buzo de Lucas y me lo llevo. Estábamos en un departamento y de pronto empezamos a sentir un olor terrible. Hasta que me di cuenta que era del buzo. Un olor a podrido que… No es olor a podrido de cualquier cosa. Inclusive cuando decís: “Hay olor a bicho muerto”, no, ni siquiera a bicho muerto. Es un olor rarísimo.
—Es olor a sangre machucada –dice Ester.

Hay un segundo de silencio y María Luján dice:

—Lara me decía que tirara todo porque las almas no descansan. Y yo le dije: “¡Nena, con lo que descansaba tu hermano vivo, mirá que no va a descansar estando muerto!”. Se la pasaba durmiendo.

***

—Con María Luján no creo que seamos ejemplo de nada –dice Paolo Menghini–. Pelea por su hijo como lo hizo siempre, y yo también. Cuando supe que uno de estos bomberos estaba imputado en la causa, para la familia de ese tipo todos mis sentimientos. Pero no para él. No puedo. No sólo porque murió en cumplimiento de su deber, sino porque además me generó un dolor que no se me va a terminar en la vida. Lucas no está. Pero estos corruptos delincuentes hijos de puta, aunque destrocen la historia argentina, a Lucas no lo tocan. Disculpame.

***

Cuando el bar Frida Cerro, los dueños y amigos se nuclearon en una casa comunitaria de Padua –Casa Frida– donde se hacen recitales y ferias americanas, y donde Lucas pasaba mucho tiempo. Fue allí donde la familia decidió hacer lo que nunca llamaron velatorio sino despedida. El 25 de febrero dispusieron un ataúd sin cruces y lo colocaron en el patio, bajo un árbol de laurel. Paolo Menghini cantó canciones de Spinetta y de los Beatles. María Luján y Lara, que también practicó el budismo, recitaron la Ceremonia de los Muertos, y una larga caravana marchó más tarde al cementerio. Después, María Luján fue a hacer lo que tenía que hacer: buscar a Paz, su nieta, para decirle que ya no volvería a ver a su padre.

***

El día es gris y destemplado. María Luján Rey, como en medio de una escenografía inmóvil, está, otra vez, en la cocina de su casa. A lo largo de semanas contará, con mano firme, la manera en que buscó y encontró a su hijo, pero cuando recuerda el momento en que habló con su nieta parece una mujer sumida en un lugar ruinoso y desesperanzado.

—Nos sentamos en el piso. Le dije: “Bueno, Paz, hubo un accidente con el tren que lleva a la gente a trabajar”. Y empezó a decir: “Mi papá no, mi papá no”. Le dije: “Sí, tu papá iba en el tren y se lastimó mucho”. Y lloraba y decía: “Ay,
ay, mi papá no”.

Habla sin mirar a los ojos, con una pedagogía suave, como si no le estuviera contando eso a un adulto sino, una y otra vez, a su nieta de cuatro años.

—Y le dije: “Sí, Pachu, papá se murió, así que no lo vamos a volver a ver”.

Esa misma noche hubo una marcha de vecinos hacia la estación de Padua. Cuando la marcha terminó, ella les dijo a los amigos de Lucas: “¿Y la guitarra? Sin guitarra no es el Chimu”. Los amigos llevaron las guitarras y ella se quedó con ellos, cantando hasta el amanecer.

—Si a mí me hubieras dicho el 21 de febrero: “¿Qué hacés si mañana tu hijo choca con un tren, no aparece, y después de tres días aparece muerto?”, yo te decía: “Me mato”. Y bueno. No me maté. Cuando lo extraño mucho pongo su música. Por algo le pasó a él. Yo, por mi creencia, no creo en las casualidades. Lucas no terminó el secundario, era muy mal alumno. Yo lo hinchaba para que terminara. A veces digo qué bueno que no me dio pelota y se dedicó a la música. Mirá si me hubiera dado bola y se hubiera dedicado solamente a dar las materias. ¿Hoy qué me quedaba? La tarjetita del call center.

***

El domingo 26 de febrero de 2012, un día después de enterrar a su hijo, María Luján Rey fue a comprar algo para el desayuno y, al salir, levantó el diario. En la segunda página vio el titular: “Lucas viajaba en un lugar prohibido”. El día anterior, la ministra de Seguridad de la Nación, Nilda Garré, había difundido un comunicado que decía: “Se identificó que el cuerpo de Menghini se encontraba dentro de la cabina de conducción del motorman del cuarto vagón, lugar vedado a los pasajeros (…)”. El 27 de febrero, María Luján y Paolo dieron una conferencia de prensa. “Es una necesidad mía –leyó ella aquella tarde con un tono en el que ya se conjugaban la indignación marcial y el dolor sereno– (…) expresar mi más enérgico repudio al comunicado emitido por el Ministerio de Seguridad de la Nación encabezado por la doctora Nilda Garré, en el cual deja entrever la posibilidad de que Lucas tenga responsabilidad en lo sucedido (…) Tratar de convertir a la víctima en culpable es un recurso vil, bajo, bastardo y canalla (…).”

Los heridos por el choque fueron 800. Los muertos –se incluye un embarazo en gestación– 52.

***

Leonardo Menghini está sentado ante una mesa en una sala de juntas, en un despacho del microcentro. Es, además del hermano de Paolo, el abogado de la familia en el juicio contra los responsables del choque. En 1994 dejó la profesión
para dedicarse a la música hasta 1998, cuando retomó, y está convencido de que éste será su último trabajo, que después se dedicará a otra cosa.

—Nosotros somos gente de izquierda. Siempre pensé que el trabajador es el último eslabón de la cadena. La gente ve como inexorable que a los laburantes los caguen. Lo que no pueden creer, en este caso, es que no hayan buscado al pibe. Yo adhiero a muchísimas cosas de este Gobierno, pero la negativa de asumir la responsabilidad de lo que pasó deja en evidencia el desinterés real que tiene por cosas populares. Y la principal prueba de su responsabilidad es todo esto que dicen que están haciendo con los trenes: trayendo coches nuevos, arreglando vías. Si pudiste hacerlo en dos años, ¿cómo no pudiste hacerlo en diez? No quisiste. Y si no quisiste, te cagaste en el pobre.

***

En medio del caudaloso pasillo de Canal 7, de cara a un día con lluvia en vendaval, caminando hacia la salida, Paolo Menghini dice que él lleva adelante una lucha que ha sido desatendida por el partido gobernante.

—No sólo, pero sobre todo por el partido gobernante. Y trabajo en un canal estatal. Eso no me ha traído ningún conflicto. Acá sólo encontré comprensión y apoyo. Pero las diferencias que el grupo del que formo parte tiene con el gobierno nacional son las mismas que yo tengo. Suscribo a cada palabra que dice este grupo. Absolutamente.

***

Faltan pocos días para el acto del 22 de febrero de 2014 y Lara está sola en casa porque su madre fue con una amiga a repartir volantes al centro de Padua. Buena parte de su vida escolar transcurrió en un colegio privado en el que fue buena alumna y abanderada. Quiere empezar a estudiar Diseño y hoy –como casi siempre– tiene planes de tatuarse. Empezó a hacerlo hace dos años, un día después de que encontraran a su hermano, y ahora se tatúa con la naturalidad de quien va a la peluquería.

—Antes no me dejaban, pero cuando fue lo de mi hermano dije: “Ya fue”, y la misma mañana de la despedida me tatué en la espalda la tapa del disco que él no llegó a grabar.

Habla en un tono tajante, con displicencia amable y desencanto.

—No sé si lo que mantenemos es la calma. Lo que mantenemos es la cordura. A veces a un amigo le pasa algo, y uno le dice: “¿Y de eso te quejás?”. Pero no está bueno. Porque los raros somos nosotros. No podés medir las cosas por algo tan extremo que te pasó. Yo lo extraño a mi hermano, pero ya se murió, mi vida no se quedó frenada en eso. Mis papás luchan para que se haga justicia, y eso está bien, pero yo no voy a dedicar mi vida a eso.
—¿Nunca pensaste “por qué me pasa a mí”?
—No. Jamás. Porque yo creo que no me pasó a mí. Creo que le pasó a mi hermano.

La casa tiene zonas más ordenadas –la cocina–, menos ordenadas –el cuarto de baño donde, dentro de la bañera, se acumula la ropa para lavar– y plenamente desordenadas, como el cuarto de Lara y el antiguo cuarto de Lucas. El de Lara parece haber sufrido una requisa. El colchón está desnudo. Junto a la cama hay un mueble indiscernible, cubierto por ropa (cosas verdes, cosas grises, cosas floreadas). A los pies, una tabla de skate sin ruedas, sostenida por dos ladrillos huecos. El armario está abierto. Del barral cuelga una sola percha. En la puerta, una frase: “Queda prohibido llorar”.

—¿Querés ver el cuarto de mi hermano?

El cuarto de Lucas se usa para amontonar cosas pero está, en muchos aspectos, como lo dejó. Separado de la casa, se accede atravesando el patio. Hay una bicicleta, cajas, rollos de cables. Las paredes están empapeladas con hojas de diario, recorridas por dibujos, nombres de bandas –Viejas Locas–, frases –“Al carajo con Dios y la Virgen”–, siglas: EZLN. Ejército Zapatista del Pueblo.

—Lucas defendía a este Gobierno. Mi papá era re kirchnerista. Por eso le costó, después. Porque defendía algo que lo perjudicó más que a cualquiera.

***

María Luján y su amiga Mariela acaban de llegar del centro de Padua y están sentadas en el piso del living, recortando cartones para que la cera de las velas no se escurra de las botellas donde irán insertas durante el acto de Plaza de Mayo. Podrían ser dos maestras haciendo cualquier manualidad.

—Nadie te enseña a estar expuesta –dice María Luján–. Vos enterrás a tu hijo, pero el resto opina si lloraste poco, si estás empastillada. Tenés que fumarte a la que viene y te dice que no podía quedar embarazada y le pidió a Lucas y quedó, o la que no podía caminar y se le apareció Lucas en la copa de un árbol y caminó.

Se ríe, mordiéndose el labio inferior. Lara baja del entrepiso cargando un álbum de fotos. Está repleto de imágenes de Lucas y de Lara, de Paolo, de los hermanos de Paolo, pero no hay ninguna foto de la madre de María Luján.

—Vive en Mar del Plata. No tengo una relación fluida. Es ultrakirchnerista. Para mi vieja es el bajón de haber perdido a su nieto, y listo. No entiende que su nieto murió por la corrupción de estos hijos de puta. Porque no los ve como
hijos de puta.
—¿Eso te enoja?
—No. Cada uno lidia con esto como puede.

Lara, sentada en el alféizar de la ventana, hace un gesto de hastío y dice:

—Me voy a tatuar.
—Nena, tenés hormigas en el traste, como tu hermano.

Si Paolo Menghini habla de su hijo como de un talento perdido (“Para mí es un legado que se conozca la obra de Lucas”), su madre habla de él como de alguien desordenado, buen padre, cariñoso, simpatiquísimo, de pésimo carácter, que se vestía en ferias americanas y se cortaba el pelo solo. Hacia el final de la tarde, María Luján y su amiga volverán al centro de Padua, a repartir volantes. Como si un día sin hacer nada fuera –entonces sí– un día sin Lucas.

***

Poco después del choque, el ministro de Planificación Julio De Vido anunció que el Gobierno pediría ser querellante en el proceso judicial, pero la Cámara Federal lo rechazó por estar el Gobierno en la línea de responsables. Cinco días después del choque, en un acto público en Rosario, la Presidenta pidió que las pericias de lo que había sucedido en Once no tardaran más de quince días, porque “los 40 millones y las víctimas necesitan saber quién es el responsable”. Dos semanas después del choque, Schiavi renunció a su cargo y la administración del transporte pasó al ala del Ministerio del Interior conducido por Florencio Randazzo.

***

—Sí, dos temas de Pity y después nosotros. No sé si habló con Axel.

Faltan pocos días para el acto del 22 y María Luján habla por teléfono con Paolo, mencionando nombres de músicos y bandas. Cuando cuelga, dice que están intentando que algún grupo los acompañe en el acto.

—En esta época hay mucha gente de gira. Por otra parte, el Gobierno se ha encargado de instalar que nosotros somos la oposición, entonces un tipo dice: “Voy, canto por la justicia y me pierdo un show en Tecnópolis”, y los re entiendo.
—¿Tuviste pareja después de Paolo?
—Siete años de convivencia catastrófica. Fernando. El Chino. Logré que terminara el secundario, que consiguiera trabajo, que se internara por su adicción a las drogas. Yo lo conocía desde chico, pero cuando lo volví a encontrar decía que había dejado de consumir. Fue chamuyo. Me banqué el año de internación, el año de reinserción social. Para haberme enganchado con una persona enferma tendría algún punto enfermo yo. A los dos meses de lo de Lucas, estábamos por ir a un cumpleaños y me dijo: “Yo no voy”. “¿Por?”. “Estoy esperando el momento menos doloroso.” “¿Para qué?” “Para irme.” Y le dije: “Es éste. Agarrá todo y andate”.

Durante los siete años de convivencia con Fernando, María Luján trabajó haciendo duendes de arcilla que vendía en las ferias de las plazas mientras estudiaba el profesorado de geografía. Desde que se recibió, trabaja como suplente en la secundaria 22 de Merlo, en la 26 de Padua, en la media 17 de Merlo centro, en la media 10 de Merlo.

—Me gusta generar en los pibes una semillita de curiosidad. Pero últimamente me interesa más que entiendan que una persona boliviana es un igual, y que salir a afanar estéreos no es laburo.

A lo largo de la tarde, ella y Paolo seguirán intentando contactar a un grupo que pueda tocar el 22. Finalmente, no conseguirán a nadie.

***

El edificio donde funciona Radio La Colectiva, en Buenos Aires, era una sucursal del Banco Mayo. Ahora, en esos tres o cuatro pisos, hay viviendas, cooperativas, la radio. Es sábado, y María Luján y su sobrina Lucila, prima de Lucas, están siendo entrevistadas en un programa del mediodía. Cuando van a un corte, la conductora pregunta:

—¿Existió alguna posibilidad de que Lucas estuviera vivo?
—No –dice María Luján, seca.
—Muere en el momento.
—Sí.
—Mirá vos. Mirá vos.

María Luján no dice nada pero hace un gesto imperceptible: lo contrario de la amabilidad y la paciencia. Después, ya en la calle, enciende un cigarrillo y mientras camina dejando volantes en los parabrisas de los autos dice:

—¿Se nota que me caliento mal? El morbo de la gente siempre quiere más. Quiere que encima estuvo vivo y que encima pasaron todas esas horas. Como no es la sangre de ellos, ni las tripas de ellos…

***

A dos días del acto en plaza de Mayo, el living de la casa está atiborrado de bolsas que contienen las botellas que se usarán como candelabros. María Luján está en la cocina, organizando equipos: un equipo de gente para las velas, otro para estampar remeras.

El 25 de febrero del año 2013, cuando se cumplió un año de la despedida de Lucas en Casa Frida, ella escribió una carta abierta donde insistía en que la ministra Garré no se hacía responsable “de la ineficacia de las personas que están a su cargo”.

—Me tocaron el timbre a las ocho de la noche y era un tipo con un sobre: “Se lo manda la ministra”. Yo me quedé helada, no lo quería abrir.
—¿Por qué, qué pensaste que había?
—Fotos. Pensé que me había mandado fotos del lugar en el que estaba Lucas para decir: “¿Ve que era difícil de encontrar?”. Yo nunca quise ver esas fotos. Pero no. Eran cinco carillas, en las que decía que yo había malinterpretado sus dichos, que la habíamos dejado como un monstruo. Creo que todos los funcionarios se han manejado con el prejuicio de pensar que por el hecho de vivir en el conurbano y usar el tren éramos gente que iba a poder silenciarse. Y justo les tocaron dos que encabezan, que protestan. Yo nunca los voté a los Kirchner, pero Lucas apoyaba este proyecto.

Un auto se detiene en la calle y llega Lara. Saluda, parca.

—¿Te tatuaste el otro día?
—No, voy mañana.
—Te dieron el primer permiso y no paraste –dice María Luján–. Tu hermano era obediente. Le dijimos que no y nunca se hizo. Murió a los 20 sin un solo tatuaje. Ella es arisca. Esta se va a morir y…

Una breve pausa.

—…se va a morir a los 87 siendo arisca. Pero ahora le toca todo doble, todo el amor va para ella, ¿no?

María Luján Rey fue, por pedido de su hija y de sus compañeros de colegio, la única madre acompañante en el viaje de egresados a Bariloche en 2013. Usa, sin que suenen impostadas, frases como “se escabió la vida, la pendeja”.

***

El 22 de febrero de 2014 es –una vez más– un día espléndido. A las siete de la tarde, la Plaza de Mayo está repleta. A las siete y media hablan Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo de la Línea Fundadora; el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel; el director de cine Juan José Campanella (“No somos golpistas ni destituyentes. Que digan eso de nosotros es el peor insulto que se nos puede hacer. Sólo estamos pidiendo justicia”). Entre una cosa y otra, Gabriela Radice y Sebastián Wainraich leen adhesiones al acto: Frente de Izquierda, Kevin Johansen, la juventud socialista del MST, el líder de la comunidad Qom Félix Díaz. Alrededor de las ocho, María Luján Rey y Paolo Menghini suben al escenario para leer el discurso central, y tras ellos sube una nena rubia con una remera negra en la que se ve, estampado, el rostro de su padre: Lucas.

—Al Gobierno le exigimos desde el primer día lo que merecíamos –lee Paolo–: que nos dieran una ayuda integral, un seguimiento de las lesiones físicas y psíquicas, y nunca lo hicieron.
—Señalamos como principal responsable de ese abandono –lee María Luján– a la señora presidente Cristina Fernández de Kirchner. Es responsable porque nunca instruyó a sus ministros y secretarios para que se ocuparan de todos nosotros y de las consecuencias del desastre al que nos arrastraron.
—No habrá tenido tiempo –dice Paolo, con sorna–. Pero sí tuvo tiempo para lapidar a quienes opinan diferente. Un gobierno que se ufana de estar del lado de los más necesitados nos abandonó a nuestra suerte.

A lo largo del discurso, se menciona a Florencio Randazzo, a Julio De Vido, a Cirigliano, a Schiavi. Cada vez, la gente silba y algunos, pocos, gritan: “¡Asesino!”. Cuando ambos terminan de leer, los familiares suben al escenario y Paolo, con la guitarra colgada, anuncia:

—Vamos a cantar una canción de lucha, de lucha y de más lucha.

Suenan los primeros acordes de un clásico de multitudes –“Pronto venceremos”– y los familiares empiezan a cantar, tímidamente, hasta que la voz decidida de María Luján Rey los arrasa como una fuerza imperante, como una voluntad
o como un puño, y todos la siguen.

***

—Estoy contenta, porque fue mucha gente. Pero no hubiéramos hecho el acto si tuviera a mi hijo durmiendo en casa.

Han pasado pocos días desde el 22 de febrero y la cocina está otra vez repleta de carteles –“Por los que se fueron, por los que estamos, por los que vendrán”– que planean colocar en las puertas de Comodoro Py cuando comience el juicio. Aunque la bautizaron en la iglesia católica, María Luján Rey nunca fue religiosa hasta que empezó a ir en 2004 a las reuniones de la organización budista japonesa Soka Gakkai.

—En el budismo uno debe hacerse cargo de ser quien dirige su vida. De ahí la idea del karma. Que mi sufrimiento no sea sólo sufrir, que se transforme en algo más. A veces pienso que empecé a practicar el budismo ocho años antes de lo que pasó sólo para prepararme para lo que tenía que vivir.
—¿En algún momento te pareció que no lo ibas a aguantar?
—No. Pero hay momentos donde decís: “Estoy triste y parece que todo lo que me falta va a ser igual”.

Después, alza la vista, que ha mantenido baja y concentrada en un papel que dobla sobre sí mismo, y pregunta:

—¿Querés que vayamos a Casa Frida?

Por el camino, en el auto, dice que empezó a escribir un libro que narra el primer año de su vida después del choque.

—Es raro escribir todo eso. Ahora estoy por llegar a enero de 2013, y a veces le tengo que preguntar cosas a los otros, porque hay cosas que borré o no registré.

(El libro, finalmente publicado el mes pasado por Planeta, bajo el título Desde mis zapatos, decía, en su versión original: “Veía periodistas por todos lados. Cámaras, móviles, micrófonos (…) y yo sólo quería encontrar a mi hijo (…) No pensaba en esos momentos en que alguien me vería en un noticiero (…) Era como si fuera una autómata, quería encontrar a mi hijo y lo único que pensaba era que cuantas más personas supieran de nuestra búsqueda más pronto lo íbamos a encontrar”.)

Casa Frida no queda lejos. Es añosa y descuidada, pero de estructura noble. En el porche, descalzos, están Federico y Fernando, amigos de Lucas. Cuando ven bajar del auto a María Luján, se acercan a abrazarla.

—¡Ey, Tuti! Hay que ir a buscarte para que vengas.
—¿Y ustedes? Hace mil que no van para allá. ¿Todo tranca?

Atrás, en el patio, el laurel bajo el que colocaron el cuerpo de Lucas es gigante: ramas de un verde casi negro que superan la altura de la casa. María Luján lo mira con admiración y dice:

—¿Me puedo llevar un poco? Para el guiso. Cuando haga los invito.

***

El martes 18 de marzo de 2014 comenzó el juicio oral y público. Por la mañana se supo que un grupo de familiares había llegado a un acuerdo extrajudicial, aceptando una suma de dinero a cambio de desistir de toda imputación. Paolo Menghini, consultado por los medios, dijo: “Son víctimas y merecen todo nuestro respeto. Las personas que accedieron a ese acuerdo no forman parte del grupo de lucha que ha sostenido el pedido de justicia. Nosotros lo hicimos por todos, pero respetando las decisiones personales”. A las once y media de la mañana, cuando el juicio ya había comenzado, él y María Luján sostenían contra el vidrio de la sala –que separa al público de los testigos y los jueces– un cartel que decía “Justicia”. Miraban al frente con la vista fija, como si quisieran morder.

***

Es 29 de julio de 2014, día gris, invierno. María Luján Rey apaga el cigarrillo apenas antes de empujar la puerta de la confitería Imperio, de Scalabrini Ortiz y Corrientes. Saluda, se sienta, dice que tiene un nuevo tatuaje: tres estrellas en el tobillo.

—Me las hizo Lara. No sabés cómo me dolió.
—¿Lara sabe tatuar?
—Se compró la máquina y practicó con piel de chancho y una calabaza. Y conmigo.

Desde que empezó el juicio, va todos los lunes y martes a Comodoro Py, sin perderse una audiencia. Con memoria implacable, como si no exponer cada segmento de un relato significara faltar a la verdad, recuerda la declaración de un guarda que terminó imputado por falso testimonio, la de la médica que atendió al maquinista Marcos Córdoba y, claro, el episodio con Schiavi.

—Era el segundo día del juicio. Estábamos en la vereda y cuando levanto la vista lo veo a Schiavi. Venía para donde estábamos nosotros, con Paolo y Leo. Entonces agarro el cartel de Justicia y lo levanto. El tipo viene como para abrazarme y Leonardo le pone la mano acá, y Schiavi le dice: “No la voy a tocar”. Y yo digo: “No, no me va a tocar”. Y me empieza a decir que hacía tanto que quería decirme que me entendía y que le daba mucha bronca cuando escuchaba que decían que Lucas había muerto por viajar en un lugar indebido, que Lucas en realidad había viajado donde había podido, que él había llorado mucho. Yo lo miraba. Con el cartel acá. Hasta que Leonardo le dijo: “Bueno, listo”. Y se fue. Bajé el cartel, y después de eso estuve un día en cama. Parecía que me habían cagado a palos. Una bronca. Yo le tenía que tener pena a él por lo mal que se había sentido.
—¿Sentiste pena en algún momento?
—No.
—¿Qué sentiste?
—Asombro. Lo que me ayudó a contener mis reacciones fue pensar: “No le voy a dar lo que quiere”.
—¿Y qué quería?
—Cualquier cosa que yo le hubiera dado. Llorar, pegarle, insultarlo. Cualquier demostración hubiera sido una victoria para él. Yo no quiero ganar nada, pero no quiero que se lleven lo que quieren de mí.

En el mes de julio de 2014 comenzaron a correr en el ramal Sarmiento algunas de las formaciones nuevas que anunció el ministro Florencio Randazzo. El 21 de ese mes la presidenta Cristina Fernández de Kirchner las inauguró diciendo: “¿Todos ubicaditos? (…) Tenemos que hacer rápido porque si no viene la próxima formación y nos lleva puestos”, y “(…) El tren no arranca si las puertas no están herméticamente cerradas (…) Para mí que he visto tantas veces viajar a la gente colgada del tren (…) Por una cuestión de que les gustaba tomar aire, la verdad que me parece un salto cualitativo”. María Luján retweeteó las declaraciones con un comentario –“Puaj”– que terminó en la portada del diario Perfil.

—Cualquier cosa que hagan con el tren está cimentada en 800 heridos y 52 cadáveres de los que nunca hablan.
—¿Podés viajar en el tren sin sentir aprensión?
—Sí. Una sola vez me sentí mal. Viajaba sentada en el piso y empecé a pensar: “Si el tren choca, ¿por dónde me van a entrar las chapas?”. La llamé a Mariela, mi amiga, y me dijo: “Bajate ya”. Y yo pensé: “No, si mi cabeza hace esto,
mi cabeza acomoda”.
—Y te quedaste.
—Y me quedé ahí. Sentada.

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Rápido furioso muerto

Publicado: 11 septiembre 2015 en Javier Sinay
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Arriba de una Honda CG Titan negra, el lunes 25 de febrero de 2013, poco antes de las nueve de la noche, Axel Lucero y un amigo dejaron atras el barrio El Carmen, en La Plata. Habian salido en una sola moto, pero estaban dispuestos a volver en dos: la otra, la que todavia no tenian, la iba a conseguir Lucero con el arma que llevaba en el bolsillo de su campera.

Lucero era un pibe flaco, de sonrisa amplia, mirada pícara y rasgos armónicos: un adolescente que cursaba, lejos de la asistencia perfecta, el octavo grado en el turno nocturno de la Escuela No 84. Por el tono cobrizo que barnizaba su tez, su familia y sus amigos le decían “el Negrito”.

Ese mismo 25 de febrero, poco antes de las nueve de la noche, Jorge Caballero, un sargento de 25 años de la Policía Buenos Aires 2 –una fuerza dedicada al patrullaje en el Gran Buenos Aires y La Plata–, salía para el gimnasio en su Honda Twister. En el camino la aceleró con ganas: había sido la primera gran inversión de su vida. Con sus primeros ahorros como policía (18.500 pesos en efectivo), se había dado el gusto de tener esta máquina negra, sólida, poderosa.

Manejó por la calle 6 hasta la 90, pasó el supermercado y el kiosco de revistas que se viene abajo; dobló por la 7, pasó frente al club donde había practicado boxeo algunos años atrás y siguió hasta que en la esquina de la calle 80 vio que el semáforo estaba en rojo. Había estado pensando en ir al gimnasio a la mañana, pero de algún modo se había hecho el mediodía y luego, la tarde, y todavía no había salido de su casa. Era su día de franco y las horas pasaron rápido: al anochecer se preparó un batido con un polvo para ganar peso con el ejercicio y lo tomó mientras miraba videos de reggaetón y de pop de los 80 en YouTube. Se puso una musculosa y se vendó el tobillo. Cuando el vaso estuvo vacío, miró la hora. Eran poco más de las ocho de la noche. Era tarde. Fue a la cocina, dejó el vaso, se lavó los dientes y agarró un bolso con algo de ropa.

Mientras piloteaba, bajo su campera sentía el frío de la 9 milímetros, el arma reglamentaria que no era extraño que llevara encima, aun cuando no estuviera en servicio.

El semáforo en rojo del cruce de las calles 7 y 80 le dio tiempo para avanzar entre los autos con su moto y ponerse justo antes de la senda peatonal. Cuando el Negrito y su amigo Nazareno Alamo, un pibe cuatro años mayor, aparecieron con la CG, Caballero ya estaba pensando en lo que iba a cenar después de entrenar a pleno un par de horas en el gimnasio.

Ninguno de ellos estaba listo para la balacera. Y el Negrito no estaba listo para morir. ¿Quién lo está a los 16 años?

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“Hay que dar la discusión sobre el uso del arma por parte de policías fuera de servicio”, dice el abogado Julián Axat en su oficina de los tribunales platenses, donde hay pilas de expedientes sobre todas las superficies y un cuadro de Banksy en una pared. Axat, de 37 años, hace de su tarea judicial una militancia política: defiende a niños y adolescentes en conflicto con la ley, y ha tenido varios enfrentamientos con distintos sectores corporativos de la policía y de la justicia. En mayo del año pasado, presentó ante la Corte Suprema de la provincia de Buenos Aires una lista de seis homicidios ocurridos en un lapso de once meses que, atando cabos, descubrió que tenían un gran punto en común: todos eran casos de presuntos “pibes chorros” que salían a robar –en la mayoría de los casos, motos– y terminaban ajusticiados por policías –algunos de ellos, dueños de esas motos– de civil, en homicidios como consecuencia de un exceso de legítima defensa. El caso del Negrito estaba en su lista.

La portación y el uso del arma reglamentaria en policías fuera de servicio, que se ampara en la Ley 13.982 de la provincia de Buenos Aires (reformada en 2009 por el actual gobernador Daniel Scioli), muchas veces se convierte en un problema de consecuencias mortales. En el último informe del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), se detalla que entre 2003 y 2013 murieron 1286 civiles en hechos en los que participaron integrantes de las fuerzas de seguridad. El 35,4% de las víctimas (455 personas) recibió disparos de policías que estaban fuera de servicio al momento de gatillar. A la vez, un 76% de los policías fallecidos en ese período (332) también estaba fuera de servicio: el 47%, de franco; el 22,9%, retirado. En ese período de diez años, policías de la Federal mataron a 195 personas en la ciudad de Buenos Aires. Pero hubo otras 304 víctimas en la provincia: muchas de ellas fueron ultimadas por efectivos que viven en el Conurbano y que tomaron parte en el conflicto al salir de su casa o al regresar. En el caso de la Policía Bonaerense, la responsabilidad del personal de franco o retirados en la muerte de civiles representa cerca del 30% de los casos que ocurrieron durante la última década. (Hay uno emblemático: el caso de Lautaro Bugatto, el jugador de Banfield asesinado el 6 de mayo de 2012, cuando quedó atrapado en medio de un tiroteo entre David Ramón Benítez, un policía de civil que disparó siete veces, y dos ladrones que intentaron robarle una moto. Ahora Benítez espera el juicio, acusado por un exceso en la legítima defensa.)

Actual coordinador del Programa de Acceso Comunitario a la Justicia y, hasta hace pocas semanas, titular de la Defensoría Oficial de Menores número 16 de La Plata, Axat además es poeta  y en 2013 publicó el libro Musulmán o biopoética (editado por su propio sello, Los Detectives Salvajes), donde hay poesías sobre algunos de los chicos de los casos de su lista.

“Ni siquiera está resuelto el tema del policía en su barrio, en su vida de civil, fuera del horario de trabajo: por eso la lleva siempre”, dice Axat. “Este panorama legal resulta una suerte de autorización para los policías, que optan por naturalizar la portación de las armas y se mantienen en estado de alerta permanente. Al no existir un hiato entre intervención en servicio y fuera de servicio, el arma reglamentaria se convierte en un riesgo las 24 horas.”

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El corazón del barrio El Carmen es su plaza, cuyo paisaje se asemeja mucho a la luna en un sueño decadente. Está sobre un manto de césped carcomido como el lomo de un perro con sarna; un techo de cielo gris envuelve a los árboles sin hojas y una pasarela de cemento que se enrula como una serpiente. Ubicada sobre la calle 128, ésta es “la plaza del fondo”: una cuadra más allá se acaba todo. Sólo hay dos o tres kilómetros de campo antes de que el río bañe la orilla terrosa de la provincia de Buenos Aires.

El Negrito llegó a El Carmen sólo cuatro meses antes de cruzarse en el semáforo con el sargento Caballero. Y en esas 16 semanas su vida cambió totalmente. Hijo de un mecánico y de un ama de casa, fue criado como el menor de tres hermanos en un hogar de clase trabajadora. En su casa funciona el taller de su padre, Rubén, un hombre de rasgos rústicos y palabras mínimas. El primer acelerador que el Negrito pisó fue el de un karting de chasis Vara, que llevaba el número 29 y que Marcela, su madre, cree que debe estar en un cuartito del fondo de esta casa.

Mientras Rubén se mueve sigiloso por el taller, Marcela ceba mates, fuma sin parar y recuerda cuánto le gustaban las motos a su hijo, que cuando no estaba en la escuela trabajaba con su padre acá, ayudándolo y aprendiendo un poco: lo suficiente para saber de motores y modelos. El Negrito se hacía y deshacía de sus motos preferidas con escandalosa facilidad. Tuvo, enumera Marcela, una Honda CG, una Wave, una Twister, una Tornado. También una Zanella RX y una Suzuki X100 dos tiempos a la que sus amigos le decían “la paraguaya”, por un ruido raro que hacía. “Los chicos las compran y las venden entre ellos”, dice su madre con la voz cansada. Sabe que algunos de los amigos del Negrito solían conseguir las motos a punta de pistola y se amarga cuando piensa que su propio hijo pudo haber robado algunas. Pero prefiere negarlo. “Hay pibes que son mala influencia”, dice. “No son ningunos nenes de mamá: son chicos que van de caño y que se drogan. Viven para eso.”

El Negrito entró en El Carmen en la primavera del año 2012 junto a Fernando, su primo, que vivía allí, y en poco tiempo se hizo amigo de varios. Maduró rápido en ese pedazo de tierra olvidado por el mundo: con sus nuevos amigos probó la órbita mental en la que lo pusieron algunas drogas, el vértigo de ciertos planes ilegales, el sabor de los besos robados y la grasa de las motos que aparecían y desaparecían, y que él siempre quería montar y acelerar con entusiasmo fogoso.

Llegaba hasta allí piloteando a través de la Avenida 122, una vía de doble mano poblada de camiones y adornada con carteles toscos que recordaban a Huguillo, acaso el mejor piloto de la periferia Este de La Plata, que se convirtió en leyenda cuando murió con menos de 20 años el día en que –manejando la moto acostado– se dio de lleno contra un coche. El Carmen estaba a la izquierda de la ruta. Era un barrio pequeño y pobre, pero no era exactamente una villa. Tenía dos escuelas, una sala sanitaria, un club social con mesas de billar y una comisaría con patrulleros destartalados, pero la penetración de la asistencia social, y aun la del entramado político informal, era casi nula. Ni siquiera el comercio narco, en manos de dos o tres transas, era tan espectacular. Todo el territorio parecía en estado de espera. Y, a medida que las calles se alejaban de la Avenida 122, la escena se opacaba: había caballos que tiraban de carros cargados de basura, había bandadas de nenes descalzos, había arroyuelos sucios, había casas de madera frágil y otras que parecían cajas de cemento.

El Negrito, que era de Villa Elvira –una zona de casas bajas y ordenadas–, no tenía amigos tan temerarios, que portaran armas y que robaran, penetrando la zona delictiva en las mismas motos que a él le volaban la cabeza. En El Carmen, en cambio, Pablo Alegre, apodado “Ratón”, un chico de 17 años con fama de demonio, que solía pasearse con una pistola 9 milímetros o con un revólver calibre .38 en cuya empuñadura había tallado su apodo, le había declarado la guerra a un transa del barrio de El Palihue, un barrio de características similares al otro lado de la Avenida 122, y cada tanto intercambiaba disparos con él y con su gente. Nazareno Alamo, que firmaba como Naza Reloco en su cuenta de Facebook, había conocido de calabozos y calibres. Maximiliano de León, “Juguito”, había empezado a fumar marihuana a los 13 años y unos meses después ya mezclaba cocaína, calmantes y alcohol, y era incontrolable. Y el propio primo de Axel, su anfitrión en esas calles, también tenía la cárcel en su destino: unos meses después de introducir al Negrito en el barrio, él mismo terminó preso, acusado de robar una carnicería. Muchos de esos pibes habían hecho de la comisaría una rutina.

Como sea, Ratón, Naza Reloco y Juguito se convirtieron en buenos amigos del Negrito. Con ellos el tiempo pasaba diferente y, en El Carmen, sentía que todo estaba permitido.

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Sentado en el cordon de una calle silenciosa, a la vuelta de la casa de la familia Lucero, Johnny Lezcano, un pibe de rulos y corte al ras que tiene un tatuaje del Gauchito Gil, habla del Negrito: “Piloteaba la moto como si fuera un sueño: eran él y la moto, y era como si no existiera nada más”. El sol pega fuerte; cada tanto pasa un auto. Johnny, que no ha cumplido 20 años todavía, claro que se acuerda de todas las motos que tuvo su amigo y asegura que el Negrito no las había robado. “La primera la laburó. Empezó a juntar plata y después la cambió por otra y… ¡Pum!”, dice. “Creció, la vendió, compró otra, vendió, compró otra mejor y así. Todo legal. Lo que él andaba, siempre tenía papeles.”

Si antes el sueño del pibe en los barrios de la periferia de Buenos Aires era jugar al fútbol en primera división, ser boxeador o ídolo de cumbia, hoy ese sueño se reduce a tener una moto. En barrios como estos, la moto es salida laboral y objeto de lujo y distinción; motivo de ostentación y, también, herramienta para el delito.

“Tenía mujeres de sobra el guacho. Tenía facha, tenía ropa, tenía zapatillas, tenía chamuyo. Pero igual con la moto ya era suficiente”, agrega Johnny. “A las mujeres les regustan las motos. Pasás al lado de una y le pegás una acelerada… ¿Sabés cómo se suben? Y si sabés hacer willy, no se bajan más.” Los jueves a la noche, o a veces los sábados o los domingos, el Negrito iba al Bosque, un parque gigantesco y tradicional de La Plata donde los fanáticos de las dos ruedas se juntan en reuniones multitudinarias para desafiarse en carreras o jactarse de sus trucos. “El Negrito iba a demostrar lo que sabía”, dice Johnny como si se tratara de una escena de Rápidos y furiosos. “Se hacía ver, la colgaba levantando la rueda delantera o hacía cortes, moviendo la llave para que la moto hiciera ruido: ¡Pá-pá-pá!”

En El Carmen, él y sus amigos echaban mano a los motores: todo el tiempo alguien necesitaba tunear su máquina, todo el tiempo aparecían nuevas motos. Y, en general, se sobreentendía de dónde venían. (En la periferia platense, una Honda Wave robada puede conseguirse por 500 pesos, menos del 10% de su valor legal.) El circuito clandestino está alimentado por los que consiguen las motos, a los que llaman “los cortatruchos”, y las llevan a los desarmaderos de los “transas” de motores y de partes. La complicidad policial también se sobreentiende. En Argentina hay alrededor de cinco millones y medio de motos patentadas: en los últimos tres años, la cifra creció a una tasa del 21% (una moto cada ocho habitantes). En el barrio, el producto final de esa cadena –una moto ilegal de registro adulterado– es casi siempre más respetado que una moto con los papeles en regla.

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El negrito completó su conversión y cortó definitivamente amarras con su pasado cuando conoció esquina de la escuela a la que iba, sobre el cruce a Araceli Ibarra. Era una tarde de calor de noviembre de 2012, en la esquina de la escuela a la que iba, sobre el cruce de la avenida 7 con la calle 76. Ahí charlaron por primera vez cuando una amiga en común los presentó y, algún tiempo después, cerca de esa misma esquina, pero por la noche, el Negrito le pidió un beso. Ella estaba de nuevo con su amiga; él había llegado en moto y había frenado cuando las había visto. Le quedaba bien la moto, comentaron entre ellas. Eso les gustaba.

El Negrito buscó y consiguió ese primer beso y antes de acelerar de nuevo alcanzó a agendar en su teléfono el número de Araceli. Partió después, y todavía con cierta electricidad en los labios, como un gentil jinete teenager.

Ya tenía una novia, Evelyn, una chica de carita angelical que había sido su primer amor. (Tras su muerte, ella le pintó un grafiti en una de las calles de Villa Elvira: el nombre de los dos adentro de una lengua stone.) Pero al Negrito había empezado a gustarle esta princesita de El Carmen, que además hacía box y tenía una actitud diferente de la de todas las chicas que había conocido.

El próximo encuentro fue en la plaza Matheu, un bosquecito hexagonal donde confluyen seis calles, que de repente era de ellos: debajo de un árbol, con Ratón y una amiga de Araceli, comieron unas hamburguesas y tomaron gaseosa, y charlaron hasta que las palabras se agotaron. A las dos y media de la madrugada, Ratón se subió a su moto y se fue con las dos chicas para El Carmen, y el Negrito partió para la casa de sus padres. Cruzó las calles en su moto con una sonrisa que resplandecía y cortaba el viento que le pegaba en la cara: había vuelto a besar a Araceli. Mientras las calles pasaban, el Negrito supo que habría nuevas citas, nuevas noches, nuevos besos y nuevas palabras, y que él le preguntaría por fin a Araceli qué esperaba de todo eso.

“¿Querés estar de novia conmigo o qué?” Así recuerda Araceli que el Negrito la encaró. “El Negrito me gustaba”, dice ella ahora, sentada en una escalera, al costado del gimnasio del Club Chacarita Platense, en el Sur de la ciudad. El lugar es una cancha porosa de básquet donde una docena de pibes y una chica (ella) tiraban guantes, saltaban la soga y hacían abdominales hasta hace unos minutos. Araceli, que todavía tiene puestos sus guantes rosas, está bañada en transpiración adentro de un pantalón y una camiseta de fútbol: a los 18 años, se perfila como una boxeadora dura que persigue el sueño de subirse a un ring como profesional. Se saca los guantes y las vendas, y debajo de todo eso tiene las uñas pintadas de rojo. “Más allá de que el Negrito hacía muchas cagadas, conmigo era bueno”, continúa. “Y yo le dije que sí, que quería estar de novia, pero sólo si se iba a portar bien.”

A poco de empezar la relación, Araceli lo metió en su casa. Estuvieron conviviendo ahí un mes. El Negrito había pensado que iba a ser mejor estar en El Carmen, porque la policía lo buscaba en el domicilio de sus padres para que declarara: un amigo suyo le había disparado a otro pibe que les había querido robar una Honda Wave.

En una casa de una habitación, donde también vivían el hermano de Araceli y su novia, el Negrito dormía a veces hasta las cuatro de la tarde y, cuando se despertaba, encontraba a una Araceli que ya había salido a trotar a la mañana y que había estado haciendo guantes en la bolsa del gimnasio. “El ya tenía el sueño cambiado por-
que andaba despierto a la noche”, dice ella sobre la nueva vida del Negrito en El Carmen. El igual era educado, la ayudaba a limpiar y a cocinar, y cuando caía el sol se quedaban mirando películas de terror o dibujitos. “Era compañero conmigo”, agrega, “pero cuando salía se daba vuelta”.

“Allá el Negrito era el destacado, el más facha, el picante”, recuerda Nicolás, otro de sus amigos de Villa Elvira. “Pero esos pibes lo llevaban por mal camino y lo vivían. Y él, para demostrar cómo era, les decía que sí a todo. Y así un día cambió, empezó a ir más para allá, más para allá, más para allá y ya a no volver. Y nunca nadie entendió por qué.”

Así fue como, en apenas cuatro meses, el nene bueno se volvió un nene malo. “Todo lo que no hacía acá, lo hacía allá”, dice su madre, “y pensaba que estaba bien”. En la cocina de la casa de los Lucero, la señora intenta ahora encontrarle una explicación a la transformación que experimentó su hijo y que lo llevó a la muerte. “Allá tenía una personalidad y acá, otra”, dice. “Como él decía que no le tenía miedo a nada, los pibes de allá lo usaban. Y para demostrarles, él iba con ellos a robar.”

En la mesa de la cocina, Nahuel Giménez, un chico silencioso de 17 años que la madre del Negrito señala no sólo como el mejor amigo de su hijo, sino también como el que más se le parece en los rasgos físicos, agrega con un hilito de voz: “Me dijo que robar no era fácil y que tampoco le gustaba”. Marcela le apoya la mano en el brazo y trata de consolarlo. “Pero cuando estás drogado no sabés lo que hacés. Cuando venía de El Carmen no era él: venía todo jalado, venía bobo, con los ojos dados vuelta.”

El Negrito le decía a su madre: “¡Mami! No me va a pasar nada”, dice Marcela. “«Las cosas que dicen de mí no son ciertas: yo no hago nada, yo me porto bien, vos quedate tranquila», me decía.”

La madre y el amigo se quedan callados. “Yo no me daba cuenta si había fumado o jalado”, dice ella después. “Para mí siempre tenía la misma cara. Lo disimulaba muy bien. Recién ahora me estoy enterando de esas cosas.”

***

El semáforo de 7 y 80 seguía en  rojo. “Yo estaba pensando en cualquier boludez”, dice Caballero. A su izquierda pasó en ese momento una moto sobre la que iban dos tipos, que frenaron también en el semáforo: estaban vestidos con equipos deportivos, los dos llevaban gorras y tenían las capuchas de sus camperas puestas. El de adelante miraba a sus lados; el otro miraba hacia atrás, inquieto. Caballero, que no los había visto llegar porque iba con casco, se preguntó qué estaba pasando. “Cuando el de atrás metió su mano en la campera, me di cuenta de que yo había perdido.”

Entonces el Negrito sacó la mano de su bolsillo empuñando un arma y el tiempo se detuvo. Saltó de la moto y, en dos pasos, se le paró enfrente, cargando el arma en la cara del policía y le gritó arrastrando las palabras: “¡Dale, bajate!”.

Detrás de una gorra Nike, la capucha de una campera deportiva adornada con el escudo de River Plate y una bufanda enroscada alrededor, Caballero sólo vio dos ojos frenéticos. “¡Dale! ¡Dale! ¡Bajate! ¡Bajate!”, le repetía.

“Pensé que si me movía, me tiraba”, recuerda Caballero, que además es hijo de un policía aún en actividad. Como no reaccionaba, el Negrito lo golpeó dos veces en el casco y otra en el pecho con el arma, hasta que el policía, de civil, terminó de entender lo que estaba ocurriendo y, poniendo la patita para que su moto no se cayera, la dejó en punto muerto y se bajó. Pero el Negrito no estaba listo para treparse a la Twister: antes necesitaba que Caballero se alejara un poco más, para evitar un contraataque.

Alrededor, varios testigos parecían congelados: estaban esperando el colectivo, saliendo del supermercado, caminando de regreso a sus hogares y, de pronto, ya no hacían otra cosa que permanecer quietos a la espera de las balas.

“Yo le di la espalda porque no quería que me revisara”, dice Caballero. “Si buscaba mi billetera y mi celular, quizá me manoteaba el fierro y yo no sabía cómo podía terminar eso. Como yo le digo «¡Listo, listo, listo! ¡Llevátela!», en un momento el loco se sube y me da la espalda. Y ahí saco yo mi arma y la martillo.”

Cuando Caballero apuntó, el amigo del Negrito lo vio. “¡Tirale!”, le dijo. O quizás: “¡Dale!”. Caballero no puede recordar ese detalle con claridad. Cuando se dio vuelta, ya estaba en la mira de Caballero, que le gritó: “¡Policía! ¡Policía! ¡Bajate!”. Pero igual el Negrito levantó su arma. “El me apuntó y le tiré”, dice Caballero. “Fue un segundo: ¡Plup! ¡plup! ¡plup! ¡plup! Cuando vuelvo a mirar, su fierro cae y él también.”

El Negrito quedó en el suelo, con la Twister encima, estirándose para zafarse o quizá para recuperar el arma (una Bersa con la numeración limada que alguna vez había sido de un policía). Caballero corrió hacia el Negrito y llegó primero al arma, mientras el amigo del Negrito aceleraba y se daba a la fuga. El Negrito estaba herido con cuatro tiros y esos manotazos eran también un último intento de aferrarse al asfalto bonaerense, a la vida que se desprende demasiado rápido. En un instante estuvo muerto.

Caballero quería saber quién había querido robarle la moto. “Quise saber quién era y le destapé la cara”, dice. El rostro lampiño del Negrito acababa de soltar el último aliento. “Y cuando lo vi, pensé: «¡Uh! ¡Es un guacho!»” De costado sobre el asfalto, el motor de la Honda Twister todavía ronroneaba.

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El homicidio de Axel Lucero puede parecer uno más entre las historias trágicas que Buenos Aires narra todos los días: un ladronzuelo muerto, un policía con las manos manchadas de sangre y pólvora, un botín exiguo. Fin. Pero no. En sus múltiples capas de interpretación, el cruce del Negrito con Caballero esconde más de un sentido.

Meses después del crimen del Negrito, Axat presentó ante la Corte Suprema de la provincia de Buenos Aires su caso, en una lista en la que estaba junto a otros cinco adolescentes asesinados por policías platenses de civil en un lapso de once meses: Rodrigo Simonetti, de 11 años (muerto el 6 de junio de 2012); Franco Quintana, de 16 (el 27 de diciembre de 2012); Omar Cigarán, de 17 (el 14 de febrero de 2013), quien, según la versión oficial, intentó robarle la moto a un policía de civil; Bladimir Garay, de 16 (el 19 de mayo de 2013) y Maximiliano de León, de 14 años y con 22 entradas a comisarías (el 1 de agosto de 2012). De León, conocido en El Carmen como Juguito, era amigo de Ratón y del Negrito.

“En cinco años de trabajo como defensor, yo nunca había visto una seguidilla así”, dice Axat, que desde que presentó esta serie ha detectado otros seis casos nuevos. No habla de un escuadrón de la muerte; en cambio, su hipótesis es que la serie de asesinatos sin castigo genera un clima de repetición. “Es un copycat”, continúa, “son crímenes copiados de otros crímenes, que surgen de una articulación de imaginarios y prácticas que funcionan al dedillo en cuanto a la persecución y al hostigamiento de estos pibes que ya vienen prontuariados de antemano, porque tienen caídas en la policía y seguimientos en los barrios.”

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La provincia de Buenos Aires no tiene un sistema de estadística pública que muestre los casos de muerte a consecuencia de violencia institucional. Y aunque existe un banco de datos que registra apremios y torturas, no es confiable porque los defensores públicos no siempre cargan sus denuncias. La procuración bonaerense, en su sistema web, registra la tasa de investigaciones penales iniciadas cada año, pero no especifica quiénes son las víctimas y los victimarios, ni tampoco las modalidades. “Es una cifra inútil”, explica Axat, que sospecha que si en La Plata hubo seis casos en once meses, en otros departamentos judiciales más violentos (como La Matanza, San Martín o Morón) debe haber más. El asunto lo desvela: “La cifra real existe”, asegura. El Sistema Integrado del Ministerio Público de la provincia, dice él, obliga a los funcionarios a volcar toda la actuación realizada, que luego es recibida por la Dirección de Estadística, que utiliza los datos para hacer control de gestión interna, pero no para darlos a conocer.

Axat dice que una fuente suya le filtró parte de la estadística y que, hasta ahora, ha logrado descubrir algunas cosas: “Es grave. Sólo en La Plata, donde hay un nivel de conflictividad medio, tengo una tasa de alrededor de 130 pibes muertos en los últimos ocho años, pero no tengo la modalidad. No sé si se mataron entre ellos, si ocurrió cuando le fueron a robar a un policía o en legítima defensa. Deberíamos, como sociedad, poder saberlo”.

***

En El Carmen, la muerte del Negrito no pasó desapercibida: el barrio lo lloró. Y aunque su madre se encargó de que ninguno de sus nuevos amigos estuviera en el entierro, ellos lo santificaron en Facebook, donde los flyers con su rostro comenzaron a circular, diseñados por quienes lo habían conocido, junto con las fotografías que lo mostraban caminando por esas calles o haciendo willy, “colgando” alguna moto a toda velocidad. “Lo recuerdamos por la ima-
gen que dejaron de pibes bien chorros, companieros y unos amigos impresionante… los amamos mucho”, se lee en una de esas imágenes: allí el Negrito comparte cartel con Ratón, que para entonces ya había sido ejecutado con varios tiros por la espalda por un dealer de El Palihue.

Un día después del homicidio de Axel Lucero, su amigo Nazareno Alamo, Naza Reloco, que había logrado escapar, agregó un comentario en una foto del Negrito que él mismo había subido a Facebook tiempo atrás. “Te quiero amigo se te re estraña negro, alto compañero”, escribió.

Cuatro días después, la misma foto recibió dos  comentarios que lo inquietaron: “Lo dejaste re morir Naza al pibe, no podés hacer eso. Te van hacer maldades, gato”, puso uno. Y otro: “Re gil el pibe, ¿cómo lo va a dejar tirado? Le tiene que kaer la maldad”. Naza Reloco se defendió desaforadamente: “Cierren el orto, giles. Diganmelon en la cara si son tan piolas”, escribió. “Yo hice lo posible pero estaba re jalado y yo no lo llevé a él, lo vi cuando estaba tirado.” Uno de los que había posteado antes volvió a aparecer: “No sé amigo, todos los pibes dijeron q andaba con vos”.

El 31 de diciembre de 2013, diez meses después del homicidio, Naza le dejó un rosario al Gauchito Gil en memoria del Negrito, en un santuario que él mismo había ayudado a construir en la plaza de El Carmen. “El estaba mal porque todos lo acusaban de que había ido a robar con el Negrito ese día, porque siempre andaban juntos”, dice Maira Verón, la novia de Naza, que en su Facebook firma como La Morocha de Ningún Gato. En su casa, un departamento en un monoblock enano llamado Monasterio, no muy lejos de El Carmen, no hay casi nada: apenas una mesa, algunas sillas, una heladera y muy pocas cosas más. Maira insiste con que su novio trabajaba como albañil desde las siete de la mañana y con que ya no robaba, y por lo tanto para ella no hay forma de que haya abandonado al Negrito. (La investigación judicial sobre el homicidio de Axel Lucero es ambigua en ese sentido: la presencia de Nazareno Alamo en el incidente no ha sido probada ni tampoco descartada. Pero la sospecha de que fue él quien estuvo allí existe.)

“Ese día, Naza vino a mi casa a las ocho de la noche y después nos fuimos a dormir, y a la una de la madrugada vinieron unos chicos a avisarnos que le habían dado un tiro al Negrito”, sigue Maira. Fue ella quien se subió a una motito Honda Wave y comprobó la historia. Cuando volvió con la noticia, encontró a Alamo pidiéndole por la vida de su amigo al Gauchito Gil, con una vela encendida. “No lo pudo aguantar”, dice. “Se puso a llorar.”

Casi un año después del homicidio del Negrito, el miércoles 22 de enero de 2014, Araceli, que está a punto de dar las coordenadas para una nueva entrevista para este artículo, avisa que no podrá llegar: otro amigo acaba de morir. Es Alamo, que quiso ayudar a un vecino a recuperar una moto y terminó con un disparo en la frente.

En la medianoche del viernes 24 de enero, una pequeña multitud llega desde El Carmen a una funeraria de la calle 72, la última del diseño racional de La Plata, antes de que el suburbio amorfo lo muerda todo. Son sus amigos de la plaza del fondo: pibes de mirada dura, algunos todavía con cachetes aniñados, que lloran con dolor y piden venganza a los gritos. Nazareno Alamo, Naza Reloco, está adentro con los ojos cerrados en un cajón abierto adornado con una bandera de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Es una noche fría en el medio del verano, y en la funeraria se comenta que el asesino fue un tipo al que le dicen “Chino” y que es de la barra brava de Estudiantes. Pero hay quienes comentan que algunos amigos del Negrito podrían haber vengado su abandono.

Ya es de mañana cuando el velorio termina, y una caravana de motos sigue bajo el sol al coche fúnebre cuando pasea al cajón frente a la casa de los Alamo, en El Carmen. Después pasan por el santuario del Gauchito Gil en la plaza, donde truenan dos disparos, y frente a la vivienda de uno de los amigos del supuesto asesino. La recorrida termina en el cementerio municipal, acelerando las motos en punto muerto.

***

A Caballero, que se quedo de pie un instante al lado del cuerpo de Axel Lucero, se le amontonan los recuerdos: la cara seca del chico, los autos que ya pasaban el semáforo en rojo, las bocinas, las luces, los gritos de la gente, los que creían que el propio Caballero era un ladrón que acababa de matar a alguien y al que le gritaban “¡Hijo de puta!”, “¡Asesino!”, y los que habían visto la secuencia y confrontaban con los primeros. Asustado, desconcertado, Caballero guardó su propia arma y sostuvo la del Negrito, que revisó y encontró cargada y lista. Después, alguien le alcanzó un diario para envolverla.

En diez minutos, el cruce de las calles 7 y 80 se plagó de policías. Con la zona cercada dispusieron que Caballero espere a un costado, pero le permitieron conservar el arma de Lucero, que luego le entregó a la fiscal Virginia Bravo cuando ésta llegó. Caballero quiso llamar a su padre, pero el teléfono se le escapó de las manos y el chip y la batería se desparramaron en el suelo: sus nervios eran incontenibles.

Después de levantar rastros, huellas y balas, la fiscal y su secretario le preguntaron a Caballero qué había pasado. Con dos testigos, los peritos sacaron los cartuchos del arma del policía: de las 17 balas, cuatro habían sido disparadas. El arma del Negrito tenía tres en el cargador y una en la recámara. Sacaron fotos, hicieron un croquis de la escena del crimen. Levantaron la moto y dieron vuelta el cuerpo. Lo revisaron: no encontraron nada en los bolsillos. Le levantaron entonces el buzo, le limpiaron la espalda y vieron los disparos en el hombro, en el omóplato y en la costilla, siempre del lado de la espalda. Le bajaron los pantalones y le quitaron la gorrita, y de ahí cayó un casquillo: era la cuarta bala, que había ingresado y salido por el cráneo.

“¡Era un reguachín!”, dice Caballero ahora. “Si lo veías con la ropa inflada parecía más grande, pero tenía el cuerpo de un nene. Ni pelos en la cara tenía.”

Dos horas después de los disparos, levantaron el cadáver y lo enviaron a la morgue. Caballero fue llevado a la comisaría octava, donde los amigos del Negrito también fueron concentrándose. A las dos de la madrugada, era un prisionero que quemaba: el comisario se lo sacó de encima y lo envió al destacamento policial del barrio de Abasto, en el sudoeste de la periferia platense. En un calabozo hediondo (el colchón estaba meado y todavía húmedo, y las cucarachas caminaban por todas partes), Caballero quedó por fin solo. “Rebobinaba la cinta a morir”, dice. “Estaba shockeado. Seis horas atrás había estado en mi casa preparándome para ir al gimnasio y ahora estaba en un hoyo y en una encrucijada.”

Apenas clareó, un camión de traslado lo pasó a buscar para llevarlo ante la fiscal Bravo. El que conducía era un conocido suyo y no entendía qué pasaba. En el camino, compró el diario y lo vieron juntos. La fiscal decidió que Caballero sería el último en hablar: una testigo había contado que el policía había rematado en el suelo al Negrito y Bravo quería escuchar más testimonios antes de conocer su versión. A las diez de la mañana, un abogado visitó a Caballero en los tribunales, donde seguía esperando su turno. “No te voy a mentir, estás mal”, le dijo el hombre. “Con la declaración de esa mujer, te comés de 8 a 25 años.” Mientras la fiscal escuchaba nuevas versiones, Caballero fue devuelto a la comisaría. Su madre lo visitó allí brevemente. Lloraron juntos. “Yo me dormía y me despertaba cada media hora. Lo único que hacía era dormir y llorar”, recuerda. “No lo podía creer. Pensaba que era todo un sueño. Y quebraba.”

Al día siguiente, volvió a los tribunales y declaró una hora ante la fiscal. Detalle por detalle. Luego lo llevaron a los calabozos del subsuelo. Hubo algunos trámites y una primera sentencia: como no había más lugar en la comisaría, Caballero debía ser trasladado al penal de Olmos, una torre de Babel que, habitada por más de 3.000 presos, es la cárcel más grande y peligrosa de Argentina. “Se me puso la piel de gallina”, dice.

El siguiente traslado no se hizo esperar. Caballero viajó en el camión sentado adelante, separado de los presos que iban atrás, encadenados, y que preguntaban por él: “¿Qué onda el loco ese que está ahí?”. “Pensaban que yo era violín”, explica, con la jerga que usan los presos para marcar a los violadores. “El viaje fue interminable: yo miraba el campo y las vaquitas, y me agarraba calor, frío, ganas de llorar… Pensaba que ésa era la última vez que iba a ver una vaquita.”

Cuando llegaron lo recibió la jefa de la unidad. Le dijo que conocía su historia y que consideraba que él no era un corrupto ni un abusador, sino policía que se había defendido. Lo dejó durante ese día en un calabozo separado, con una cama y una letrina, un lugar un poco menos desagradable que el de la comisaría. Caballero sabía que en menos de 24 horas iba a ser uno más en el pabellón de los policías presos. Pero entonces, ya sobre el final del día, llamó la fiscal Bravo: la autopsia indicaba que las balas habían penetrado en un cuerpo sentado y en rotación, de modo dinámico, lo que para ella corroboraba, junto a varios testimonios (que a su vez contradecían al de la mujer que había dicho que el Negrito había sido rematado en el suelo), la versión del policía.

“El testimonio es una prueba endeble: dos personas frente al mismo hecho pueden contar dos cosas diferentes”, dice la fiscal para justificar su decisión de dejarlo en libertad y no acusarlo por un exceso en la legítima defensa. “Por eso, la prueba fundamental y objetiva en este caso es la autopsia.”

El joven sargento Caballero fue liberado el mismo día en que llegó a la cárcel de Olmos. Atravesó la puerta del penal después de la medianoche. Afuera lo esperaba su padre. Cuando volvían pasaron por la comisaría octava: había sido apedreada por los amigos de Lucero.

“Yo llevaba el arma porque me sentía seguro y uno tiene que estar seguro para usarla”, dice Caballero. “Si no, no la llevés. No podés dudar. Es igual que para el malandra: él agarra el fierro y tiene la misma responsabilidad que uno. Matar o morir. Agarrás un fierro y agarrás tu destino.”

***

La madre del Negrito llega a su casa agotada. “Vengo de la fiscalía. Fui a ver si había avanzado la causa y me dicen que no, que no hay nada que amerite a favor del nene”, se amarga. Ya pasaron varios meses del homicidio. “Todo está a favor del policía ése, que declaró que se asustó porque mi hijo le estaba robando. Pero le pegó cuatro tiros: creo que esto pasa más por otro lado.” Aunque no hay pruebas, Marcela dice que escuchó algo sobre una chica que compartían víctima y victimario. Está convencida de que Caballero ejecutó adrede a su hijo. Que le disparó en la cabeza de cerca. Que no le dio chance de vivir. “Yo tengo un montón de versiones”, dice. “Y cada día me entero de algo nuevo.”

En el lugar que dejó el Negrito en su casa ahora hay vacío. Su cuarto permanece intacto y sobre su cama hay una bandera que hicieron sus amigos del barrio y que le dieron una noche a Tito, el cantante de La Liga, el grupo de cumbia preferido del Negrito, para que la sacudiera mientras cantaba “Yo tengo un ángel”.

En la sala de la casa, una foto gigante cuelga de la pared: el Negrito sonríe, con lentes de sol y gorrita. “Lavaba sus viseras con cepillo, a la noche…”, dice su madre mirando la foto.

***

Un año después del homicidio del Negrito, Araceli está en el gimnasio del Centro Paraguayo de Los Hornos. Siguiendo a su entrenador, la boxeadora se acostumbró a viajar a esa barriada del sur de La Plata para darle a la bolsa, a los abdominales, a la soga, a los guantes. “Si yo no estuviera entrenando, estaría en el barrio con las juntas”, dice. “Pero el boxeo y mi mamá me salvaron.”

Araceli evoca al Negrito Axel Lucero, a Nazareno Alamo, al Ratón Pablo Alegre; a Maximiliano de León, Juguito. Y a su primo, Brian Perego: otro pibe que acaba de morir sobre una moto. Iba en su Honda Biz C125 cuando lo embistió una camioneta Ford EcoSport. Ahora sus parientes quieren saber si fue un accidente o un atentado: Brian tenía sus enemigos, explica Araceli. “Ya hay muchos chicos muertos”, dice, apesadumbrada. “No se puede hacer nada. La junta te lleva, pero el camino es de cada uno: vos tomás tus decisiones y no le podés echar la culpa a nadie.”

Entonces se pone los guantes: hay que seguir entrenando.

Esclavos del deseo

Publicado: 10 octubre 2012 en Daniel Riera
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1. SORAYA

He visto (no me lo han contado: lo he visto) a un esclavo desnudo, que se retorcía de dolor, mascullando un ruego para que su ama dejara de castigarlo. He visto (no me lo han contado: lo he visto) a un joven arrodillado, masajeando los pies de su ama mientras ella departía amablemente conmigo. He visto cómo los latigazos sacudían la espalda enclenque de un trabajador mientras éste, con la cabeza atrapada en un cepo, le agradecía a su ama. He visto cosas aún más duras, que contaré más adelante. He visto amas de todo tipo: una, orgullosa de su condición, que se esmeraba por encontrar ideas y aparatos novedosos que le permitieran reducir mejor a sus siervos; otra, que se veía a sí misma como una prostituta que había encontrado la veta para trabajar sin que la penetraran. Una se solazaba con el castigo físico; otra prefería la dominación psicológica. Una creía que la disciplina es una terapia alternativa; otra, la consideraba un modo de diversión a costa de los imbéciles. Una me recordó a Madonna; otra, obesa y muy atractiva, a los luchadores de sumo.

He visto esclavos de muy distinto tipo, estado civil, profesión y clase social, pero todos tenían algo en común: adoraban a sus amas, las dejaban hacer.

He visto jaulas, cepos, látigos, fustas, pezoneras y muchos otros instrumentos de castigo y de tortura. He visto mordazas metálicas que mantienen la boca abierta y aparejos con sogas que retuercen el cuello.

He visto cosas que no imaginaba ver, a tal punto que por lo menos dos amas –y algunos amigos– me descolocaron con una pregunta:

–¿Por qué estás haciendo esta nota?

¿Qué fantasmas quiero exorcizar? Quién sabe. Mi respuesta probablemente no le interese a nadie.

Existe un mundo semioculto, aquí en Buenos Aires, donde las relaciones humanas se desarrollan en términos de dominante y dominado, de activo y pasivo, de ama y esclavo. Un mundo donde el castigo y la humillación son un acuerdo establecido y aceptado por ambas partes. Cuando contaba lo que había visto a amigos y a conocidos, encontré tres opiniones diferentes. Para algunos, la disciplina es una simple fantasía erótica; para otros, un negocio de mujeres astutas; para los demás, una práctica que expresa hasta qué punto la dictadura militar dejó su huella funesta en el inconsciente de los argentinos. Ninguna de las tres alcanza para definir un asunto tan complejo. Ahora sé que no basta con recortar dos o tres hipótesis al azar para explicar la pulsión que durante siglos ha llevado a algunos seres humanos a sentir placer (o mejor, goce) infligiendo dolor al prójimo, o recibiendo castigo de otros. Varios meses después de haber puesto en marcha esta investigación, todavía son más, muchas más, las preguntas que las respuestas.

He elegido este modo de empezar para desdeñar una historia más impactante, que puse y quité varias veces de la cabeza de este trabajo. Me la contó el ama Soraya, mientras sorbía un café en el bar de la esquina del prostíbulo de Villa Devoto en el que trabaja.

–Una vez le hice una traqueotomía a un tipo con el taco del zapato. Quise que comiera lo que yo había defecado, lo que nosotras llamamos “lluvia marrón”. Se rebeló y me ofuscó tanto que, sin querer, le abrí el cuello de un pisotón. Se me desmayó, lo reanimé como pude y lo mandé a la casa así como estaba. Yo los trato como lo que son: basura. Que, por otra parte, es como les gusta ser tratados. Si yo no me considerara un ser superior –al menos durante el servicio: en la calle es otra historia–, no podría hacer mi trabajo.

La segunda vez que nos vimos, más en confianza, Soraya confesó que “aquella vez sabía perfectamente que le podía agujerear la garganta. Lo que pasa es que cada uno va probando sus límites. Y cuando lo vi al tipo tan sumiso, tan rastrero, me dio tanto asco que me sacó de quicio”.

Soraya, tal su nombre profesional, es una mujer de pelo negro y ojos saltones, de aspecto arábigo, que confiesa 33 años. Sentada a la mesa de un bar, con un saco a cuadros y un jean celeste holgado, parece más una profesora de geografía que una dominatriz. A los 22 años tenía un aserradero con quince empleados, que se fundió durante el gobierno de Menem. A los 27 tuvo una hija “y ahí –no entiendo muy bien por qué, pero sé que la cosa empezó ahí– comenzó a aflorar mi costado morboso”. Dice que antes de quedar embarazada pesaba trece kilos menos y tenía una cinturita de avispa, aunque le costaba horrores mantenerse. Ahora cuenta que a partir de la maternidad comprendió que hay cosas más importantes que una cinturita de avispa. Dice que amó al padre de su hija, pero que nunca pudo funcionar sexualmente con él. Dice que tuvo su primer orgasmo a los 28 años, con su actual pareja. “Con él descubrí el amor”, revela, cursi pero sincera. Con él se desarrollaron, también, ciertos instintos.

–Estábamos haciendo el amor y sentí la necesidad de apretarle el cuello. El reaccionó para la mierda. Me dijo: “¿Qué te pasa, estás loca?”. La vez siguiente, le propuse jugar a que yo era una doctora, le até las manos y le empecé a pegar. Con él empecé a sentirme libre en la cama: me dieron muchas ganas de lastimarlo –de cortarlo con una hojita de afeitar, esas cosas– y lo hice. El nunca había hecho nada demasiado fuera de lo común en la cama. Llegué a hacerle lo que quise y le desperté la sensación de “me duele pero me gusta”. Yo no sabía lo que era la disciplina, ni que existían las amas. La prostitución empezó después, por una mala experiencia económica. Mi idea era hacer el servicio convencional, y entré en un departamento en el que había una persona haciendo disciplina. No llegó a enseñarme nada, pero, en cuanto vi los elementos que utilizaba, supe que eso era para mí.

2. BEATRIZ

Soy un voyeur, pero no observo a través de la rendija de ninguna puerta entornada. Soy un voyeur con una coartada profesional. Contemplo prácticas sadomasoquistas con un cuaderno en la mano. Anoto lo que veo. La letra es temblorosa, ni yo mismo la entiendo. Durante la segunda sesión, relato lo que veo al mic de un grabador. La voz es temblorosa, ni yo mismo la entiendo. Irrumpo en un mundo privado cuyos códigos desconozco, pero sus protagonistas me dejan entrar amablemente y exhiben para mí sus costumbres más íntimas. ¿Cómo empezó todo esto? Un aviso publicado en el diario Clarín despertó la curiosidad. Decía ama beatriz s&m. Había un teléfono. Llamé a Beatriz, di un nombre inventado y le mentí que pretendía ser su esclavo.

–Te estás confundiendo. Yo no soy el ama Beatriz sino Sofía, su brazo derecho. ¿Tenés alguna experiencia?
–Ninguna –le dije.
–¿Qué es lo que más te interesa? ¿Bondage, spanking, adoración de pies, quemaduras con cera, cautiverio, degradación de sentidos, transformismo, cambio de roles, humillación, servidumbre?
–Servidumbre –precisé–. Después, lo que mi ama quiera.

Concertamos una entrevista, a la que no asistí. Al poco tiempo volví a llamar y me atendió Beatriz. Con sentido común de ama, preguntó:

–¿Cómo sabés que querés ser mi esclavo si ni siquiera me conocés?

Para evitar confusiones, me aclaró que jamás tenía sexo con sus esclavos. Me dijo que podría estar un tiempo a prueba, pero que sería su esclavo sólo si satisfacía sus exigencias.

La tercera llamada la hice como periodista, sin máscara. Beatriz dijo que aceptaría una entrevista sólo si, luego de conocerme, concluía que estaba dispuesto a trabajar con seriedad. Colgué el teléfono y me fui para su casa. Llegué a las 7 y media de la tarde. Salí a las 3 de la mañana.

3.BEATRIZ (II)

Beatriz, alias el ama beatriz, es una deslumbrante rubia de ojos verdes que ha ganado cierta fama en el ambiente sado de Buenos Aires. Su temprana retirada la convirtió en un mito viviente: durante la elaboración de esta nota se enamoró del hombre que había organizado su página de Internet, liberó a sus esclavos y dejó la disciplina. Al menos, eso me dijo cuando la vi por última vez.

La primera ocasión en que nos encontramos, me recibe en su departamento de Congreso con un conjunto de top y pantalón plateados. Durante la charla, el teléfono no para de sonar. Desde la cocina, Sofía toma los llamados y los ordena en ficheros escolares y en la computadora. Beatriz fuma mucho, un Marlboro tras otro, y toma cafés, uno tras otro, hasta que pasamos al mate.

–Tengo muchos esclavos, entre los permanentes y los ocasionales. Los ocasionales son los que pagan una sesión para que los discipline; gente que viene con una fantasía determinada y después no vuelve. Los permanentes tienen que reportarse todos los días y venir a verme cuando yo quiero. Son los esclavos más interesantes, los que establecen un vínculo. A esos no les cobro, a lo sumo les ordeno un regalo de cuando en cuando. Soy una ama noble: doy premios y castigos. No me gustan los gritos, trato de usted a mis esclavos y no me gusta lo burdo. Todo lo que hago tiene un sentido estético y un sentido erótico.
–¿Para qué le sirve a tus esclavos la disciplina?
–La disciplina es una terapia alternativa, una situación liberadora.
–¿Para vos o para ellos?
–Para ambos.
–¿De qué los libera?
–De las sombras. Todos tenemos sombras. Yo no disfrutaría si viniera alguien y me pidiera que lo mate. Para mí, la disciplina busca el mejoramiento interior. El mayor problema que tienen los seres humanos es la culpa. Un esclavo que requiere latigazos y fustazos en la cola está sufriendo una regresión a su niñez, a un pasado culposo del que le cuesta zafar. Entonces, aquí, es un esclavo con su ama, para poder ser libre afuera, en el mundo. Si alguien quiere pinzas en los testículos o en las tetillas, es porque tiene un rollo con la castración. Cuando el esclavo cambia de fantasía, ya superó las razones que generaron la fantasía anterior. Tuve un esclavo con el que llegamos al límite de todo. Lo salvé. Primero quiso transformismo y cambio de roles (vestirse de mujer, jugar un papel femenino, ser penetrado). Después me pidió látigo, marcas; después, que lo quemara con cigarrillos; y, al final, unos días de reclutamiento, encerrado en mi casa. Fue el más fiel de los esclavos. Hoy está curado. Tan curado que ahora tiene una esclava (se ríe).
–¿Y cómo te liberás de tus propias sombras?
–La condición de ama tiene una contradicción básica. Cuando te limitás a ejecutar la fantasía de otro, así te pida que lo destroces a latigazos, sos pasiva. Me suelo cansar de esa contradicción. Entonces le pregunto al tipo: “¿Qué es lo que no quiere?”. Y hago lo que no quiere. Cuando soy totalmente activa es cuando más me divierto y cuando me libero de mis sombras. Cuando un tipo me dice “no quiero marcas, porque llego a mi casa y me matan a palos”, le digo: “Estoy harta de hacer lo que usted me pide, no voy a respetar ningún límite, y si usted quiere, se puede ir ahora mismo”. Por supuesto, en esos casos nadie se quiere ir, y yo los dejo repletos de marcas.

De tanto en tanto, Beatriz toca una campanita de bronce. Ante cada tañido, Sofía sale de la cocina y se acerca a ver qué precisamos. Si el cenicero está repleto de colillas, se lo lleva y lo trae vacío. Si Beatriz le pide que cebe mate o que prepare café, ceba mate o prepara café. Sofía tiene 22 años y es una gordita agradable, pero no demasiado llamativa. No termino de comprender qué tipo de relación las une. La duda, lo admito, me inquieta.

Cuando Beatriz no me escucha, se lo pregunto a Sofía.

–¿Sos su esclava?
–No, su secretaria.

Cuando Sofía está en la cocina, se lo pregunto a Beatriz.

–¿Es tu esclava?
–No, es mi secretaria y una amiga. Ella estudia psicología. Los casos que ve acá le vienen bien para aprender y, de paso, se gana un sueldo.

Más tarde, cuando Sofía ya se ha ido a dormir, Beatriz me muestra algunas fotos: distingo a su secretaria en esa mujer con los ojos vendados, atada de pies y manos.

–Una noche tenía ganas de hacer un poco de bondage y, digamos, Sofía se prestó gentilmente –dice, y me guiña un ojo.

Beatriz fue la primera persona dedicada al s&m que conocí. Había llegado a la cita cargado de prejuicios. Esperaba encontrarme con un monstruo: una mujer siniestra que se aprovechaba de gente débil para satisfacer sus bajos instintos. La mía –lo entendí después– era una especulación un tanto simplista. Aunque no me cerraban del todo sus argumentaciones, Beatriz me cayó bien. Parecía una chica culta, sensible, inteligente. La primera conclusión que saqué fue alentadora: no lidiaría con demonios medievales sino con seres humanos.

4.STOLLER Y LA BIBLIA

Leo el libro dolor y pasion. un psicoanalista explora el mundo sadomasoquista, de Robert J. Stoller. Explica Stoller: “…mis informantes sadomasoquistas tienen algo que decir acerca del valor de una comunicación franca, al menos cuando se hace el amor. Reside en ello, tal vez, otra de las irónicas bromas de Dios: podemos aprender algo sobre el amor en los melodramas del daño. El Libro de Job –ese prodigioso texto sadomasoquista– siempre fue el libro de cabecera de los grandes cómicos. Los sadomasoquistas que conozco sienten que salvan sus almas –y se mantienen vivaces en un universo ajeno– al arriesgar su pellejo”.

El Libro de Job es parte de la Biblia, en el Antiguo Testamento. Job, dice la Biblia, era “íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Para demostrarle a Satanás que Job era un hombre probo, Dios lo autorizó a derramar toda clase de calamidades sobre él, pero, eso sí, le prohibió matarlo. El maligno hizo que le robaran los bueyes y los asnos, que mataran a algunos de sus criados, que sus diez hijos murieran aplastados por el derrumbe de su propia casa y, para completar su obra, hirió a Job sembrando en su cuerpo llagas ardientes.

Durante el tiempo que duró ese tormento, Job llegó a desear la muerte, pero siempre aceptó la voluntad de Dios y jamás renegó de su creador. Finalmente, el Padre restauró el bienestar. El fiel Job murió a los 140 años: su amo celestial había dejado que el diablo le arruinara la vida sin ningún motivo, tan sólo para demostrarle al maligno cuán fiel era su servidor.

5.PICANAS Y SUBMARINOS

Las historias que se cuentan en esta nota transcurren en la Argentina, un país en el que los centros de tortura fueron, hace dos décadas, una herramienta para el sometimiento y la muerte de varios miles de personas. ¿Hasta dónde, entonces, puedo considerar todo esto como un simple juego erótico?

El tema de la dictadura surgió desde el principio durante las charlas con todas las amas aquí entrevistadas. Beatriz, Soraya y Sandy –tales los nombres de las tres protagonistas de esta nota– eligieron diferenciarse de los torturadores. Palabras más, palabras menos, explicaron que quienes deciden someterse a sus designios son adultos que hacen uso de su libre albedrío. Es decir, que eligen someterse. “Ni se te ocurra compararme con Videla o Massera porque te cago a trompadas”, quiso bromear Soraya. Sin embargo, a lo largo de casi un año de trabajo escuché frases como estas:

. “En disciplina se usa mucho el cigarrillo. Inspira terror. A mí me gusta cagarme de risa y decirles a los tipos: «No tengo cenicero», y aplastarles las colillas en la pija o en los huevos.” (Soraya)

. “Una de las cosas que más me excita es la asfixia del esclavo cuando lo estoy estrangulando. Pero tengo que parar cuando me excito más, porque si no lo mato.” (Beatriz)

. “En una relación con un esclavo permanente, si te manejás bien, vas a lograr que en algún momento él mismo te pida la picana.” (Sandy)

. “Me gusta el terror que inspira tener un arma y, de pronto, gatillarla. El esclavo no sabe si tengo o no tengo una bala. Lo hice tres veces y en una no me animé a gatillar, porque el esclavo era tan cagón que tenía miedo de que se muriera de un ataque al corazón.” (Soraya)

. “Una vez salió en el diario que un señor había desaparecido. Estaba acá, haciendo reclutamiento. Lo tuve nueve días en mi jaula, comiendo del plato del perro. Después, cuando salió, dijo que había desapa- recido por razones personales.” (Beatriz)

. “A veces les hago submarino, hasta que llegan al límite de la asfixia. Me tienta la posibilidad de equivocarme y pasarme de rosca. Hasta ahora nunca me pasó. Pero si pasa, sé técnicas de reanimación.” (Soraya)

. “Tengo dos picanas: una de 220 y una más chiquita, de 12 voltios. La de 220 la use en tres oportunidades, y en una me pegué un cagazo bárbaro. Lo tenía al tipo atado, boca abajo, y me dije: «¿Dónde tiro el cadáver?». Desde un punto de vista moral, no tendría ningún problema en matarlos. El problema es legal. Quiero decir, no los mataría como una asesina, pero si alguna vez se me fuera la mano, no sufriría. Haciendo esto entendí a qué llamaban los abogados «emoción violenta».” (Soraya)

. “Si alguien está de acuerdo conmigo y le gusta que agarre la picana, me parece totalmente sensual y erotizante, tanto para mí como para el tipo. Si las dos personas están de acuerdo, no creo que haya perversión.” (Sandy)

6. LA LEY

El doctor luis moreno ocampo y la doctora Alicia Isola son especialistas en casos de violencia sexual del estudio Moreno Ocampo y Asociados. Les ofrezco para su lectura el apartado “Picanas y submarinos”. Lo leen con asombro y estupor. Parecen disfrutar –si cabe el término– cuando analizan la cuestión. Como no existe jurisprudencia sobre el tema, todo análisis legal es, en cierto modo, novedoso.

“Lo que diferencia a quien se somete a un acto masoquista de una víctima de la tortura es la voluntad de la víctima”, precisa Moreno Ocampo. “La pregunta es: ¿cuál es el valor del consentimiento? ¿Hasta qué punto la integridad física es un bien del cual una persona puede disponer? Es complicado, porque los delitos de lesiones son de acción pública, es decir que el Estado debe intervenir si toma conocimiento de que se produjeron. El dilema es averiguar hasta qué punto el consentimiento de la víctima puede exculpar al autor, si es relevante para evitar que la otra persona sea perseguida penalmente.”

Para la doctora Isola, si existiera una causa por lesiones derivada de un acto sadomasoquista, el juez debe cotejar cuál de los dos derechos es más importante: si el derecho individual a ejercer la libertad sexual o el derecho del Estado a preservar la integridad física de los ciudadanos.

–Si la víctima negara haber prestado su consentimiento, aun cuando se tratara de una relación sadomasoquista, la otra persona se vería envuelta en un serio problema legal –dice la doctora Isola–. Supon- gamos que la causa por lesiones haya sido iniciada por un tercero: la madre de la víctima, por ejemplo. Luego se presenta ante la Justicia la supuesta víctima y dice que consintió en que lo flagelaran. No creo que le den demasiada relevancia a su testimonio. En los casos de violaciones, la Justicia es muy sensible al tema de la integridad física y seguramente el juez le prestaría mucha atención al grado de las lesiones: si la lesión infligida fuera “grave” o “gravísima”, el consentimiento de la víctima no tendría demasiado valor. En términos legales, es un conflicto similar al que plantea la eutanasia: tu consentimiento pierde validez en tanto estés consintiendo actos que afectarán tu integridad física, sobre la cual no podés decidir. A la hora de inclinar la balanza entre el ejercicio de la libertad sexual y la protección de la integridad física, supongo que la mayor parte de los jueces de la Justicia argentina –que es muy paternalista– optaría por la última.

Según el artículo 90 del Código Penal, “se impondrá reclusión o prisión de 1 a 6 años si la lesión produjere una debilitación permanente de la salud, de un sentido, de un órgano, de un miembro o una dificultad permanente de la palabra o si hubiere puesto en peligro la vida del ofendido, le hubiere inutilizado para el trabajo por más de un mes o le hubiere causado una lesión permanente del rostro”. El artículo 91 señala que “se impondrá reclusión o prisión de 3 a 10 años si la lesión produjere una enfermedad mental o corporal, cierta o probablemente incurable, la inutilidad permanente para el trabajo, la pérdida de un sentido, de un órgano, de un miembro, del uso de un órgano o miembro, de la palabra o de la capacidad para engendrar o concebir”.

La doctora Isola observa que un juez debería tomar en cuenta la intención del autor, pero que en el caso de una práctica sadomasoquista –concebida al efecto del castigo– le será muy difícil a los abogados demostrar el carácter culposo o accidental de la lesión.

7. SANDY

Un cristo barbado de yeso, vestido con una túnica blanca, me saluda cuando ingreso en el pequeño departamento del ama Sandy. En una de las paredes cuelga un póster de Queen; sobre una repisa, una galería con Venus de todos los tamaños. Sobre otra de las paredes, una colección de fotos familiares de diferentes épocas. Son todas mujeres. La bailarina del tutú, allí, es la madre de Sandy; una de las dos nenas que se multiplican es la propia Sandy; la otra, su hija adolescente.

Sobre la mesa del living, los teléfonos no paran de sonar. Sandy atiende mientras mastica ajíes en vinagre. Tiene armado un speech para no perder tiempo, y lo suelta en tono hot-line.

–Soy pelirroja, de ojos celestes, y mis medidas son 145-120-180. ¿Escuchaste bien? ¿No te desmayaste todavía?

En efecto, Sandy es inmensa. Tiene 29 años, el físico de una luchadora de sumo (después me contará una anécdota fellinesca: una vez un cliente enano le propuso dedicarse al milenario deporte japonés) y el “glamour” de una vedette. Desde muy chiquita tuvo fantasías sadomasoquistas.

–A los 11 años me gustaba soñar que me raptaba un ejército de árabes, que me castigaban, me orinaban y me violaban entre todos. A los 14 me colé en un cine para ver la película Historia de O (1975, Just Jaeckin), a los 16 empecé a jugar con un flaco muy dominante y me convertí en su esclava. Lo nuestro duró casi dos años, hasta que conocí a un amigo de él, que era completamente sumiso. Durante un tiempo fui ama y esclava al mismo tiempo. Disfrutaba de las dos cosas.
–¿Y ahora?
–Si encontrara algún amo, disfrutaría. Pero hoy, para que lo reconozca como mi amo, tiene que ser súper. Y como no existe, me encanta mi papel de ama. No soy fetichista. Me gusta el castigo, el bondage (ataduras), pero sobre todo esa relación de enamoramiento que tiene que haber entre el esclavo y el ama. Para mí la cosa no pasa por vestirse de cuero, por los modos autoritarios de la disciplina alemana o por el teatro. Me interesa la dominación erótica. Soy muy perversa y muy irónica. Si te pongo en una cama de torturas, y me visto de cuero y agarro unas agujas, no te voy a sorprender. Al fin y al cabo, sabés que venís acá para eso. Es muy distinto, digamos, si te meto en mi cama, jugamos con miel, te la chupo y, cuando menos te lo esperás, agarro las mismas agujas y te las clavo. Me encanta ser imprevisible, que me tengas miedo porque no sabés cómo puedo llegar a reaccionar.

Para Sandy, el sadomasoquismo y su departamento son una burbuja perfecta. Casi no sale de su casa, no lee diarios, no mira televisión ni escucha radio. Es profesora de inglés, dejó Psicología en primer año y se interesa por la parapsicología, el tarot y las terapias alternativas. Vive con su hija, y atiende en la zona de Tribunales. Tiene dos tipos de esclavos: los que la visitan por una fantasía sexual, a los que consigue a través de los avisos clasificados de Clarín, y los esclavos permanentes, que recluta a través de contactos y de avisos que publica en la revista Sexhumor.

–A la mayoría de los candidatos los descarto por teléfono, porque al escucharlos enseguida me doy cuenta de que están boludeando. A otros les doy una entrevista y luego de un ratito de charla se tienen que ir porque sé que no sirven. Después están los menos, los que aprueban la entrevista. La edad no me interesa, pueden tener entre 18 y 54 años. La obligación de ellos es llamarme todos los días para ver cómo estoy y, bueno, después les pido lo que se me ocurra. Trato de no joderlos en su vida cotidiana. Por más ama que sea no voy a hacer que un tipo deje a su esposa y sus hijos por mí. Soy perversa, pero no malévola.

8. HISTORIA

El sadomasoquismo –aunque no tuviera esa denominación– empezó mucho, muchísimo antes de la irrupción en la literatura erótica, a fines del siglo XVIII, del emblemático marqués de Sade. El primer registro de una práctica sadomasoquista se encuentra en Satiricón, novela escrita por Petronio alrededor del año 65 de la era cristiana. El autor refiere la historia de la sacerdotisa Oenothea, que consiguió la erección de Encolpio azotándole el vientre y el ombligo con ortigas verdes.

La siguiente referencia histórica aparece recién once siglos más tarde, según lo precisa el historiador británico Ian Gibson en su libro El vicio inglés: en el anónimo Cantar del Mío Cid, el autor relata con evidente placer el modo en que los Infantes de Carrión azotan a sus mujeres:

Las damas mucho rogaron, más de nada les sirvió;empezaron a azotarlas los infantes de Carrión,con las cinchas corredizas les pegan sin compasión,hiérenlas con las espuelas donde sienten más dolor,y les rasgan las camisas y las carnes a las dos,sobre las telas de seda limpia la sangre asomó.

El primer texto considerado un clásico del sadomasoquismo es Confesiones (1782) de Jean-Jacques Rousseau, anterior a Sade y a Sächer Masoch. El pensador francés describe allí cómo encontró el goce a los 8 años, a partir de los azotes que le propinaba su tía. Nueve años más tarde, el marqués de Sade publicó su célebre Justine o los infortunios de la virtud.

El término masoquismo fue acuñado, más de un siglo después, por el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing en su libro Psychopatia Sexualis (1886), y hace referencia a Sächer-Masoch; el concepto de sadismo, de origen algo más impreciso, nace en Francia a mediados del siglo XIX.

La mayor parte de los instrumentos de tortura y dominación utilizados en la actualidad en las prácticas sadomasoquistas surgieron en los tiempos de la Inquisición, el tribunal eclesiástico formado en el siglo XIII para castigar a los herejes, que alcanzó su apogeo en el siglo XVI. De allí provienen la sala de torturas o mazmorra (que hoy utilizan muchas amas), los cepos, los potros de tormento. Los látigos son más antiguos: fueron utilizados en el Imperio Romano.

Durante la Edad Media, la Iglesia promovió la autoflagelación y el ascetismo como un camino hacia la perfección espiritual y a la purificación de los pe- cados. Este tipo de prácticas cayó en desuso, pero jamás ha sido condenada por la jerarquía eclesiástica y, aun hoy, sectores reconocidos e influyentes del catolicismo, como el Opus Dei, continúan estimulando la “mortificación piadosa” entre sus miembros.

En noviembre de 1993, en la revista La Maga, amparada por el nombre ficticio de Adriana, una ex integrante del Opus confesaba al periodista Julio Spina: “El cilicio se usa dos horas por día y consiste en un entramado de alambre con púas hacia adentro, que se ata alrededor del muslo. Como lastima mucho hay que cambiar de pierna. Y el problema es en el verano, porque no se puede usar malla, ya que se notan las cicatrices. Las disciplinas son instrumentos de mortificación medieval y se trata de cuerdas que terminan anudadas y se aplican en los glúteos una vez por semana, mientras se reza una oración. Cuánto más larga es la oración, mejor, porque se purifican más pecados ya que se sufre más”.

9. BEATRIZ (III)

La tercera o cuarta vez que visito a beatriz me invita a cenar. Ñoquis caseros con manteca y pollo al espiedo de rotisería. Durante la comida suena el portero eléctrico.

–Es Jonathan –informa Sofía.
–Decíle que mañana lo llamo, que ahora estoy con un periodista, y que más tarde va a venir un esclavo.
–Cierto, tiene que venir 304 –recuerda.

Beatriz había conocido a El Inglés durante un viaje. Habían conversado y, cuando Jonathan quiso saber de qué trabajaba, ella le dijo la verdad.

–No bailó en una pata, pero no salió corriendo, y eso ya es bastante. Ahora vino a Buenos Aires y me está despertando sentimientos que tenía guardados. Hace mucho que no tengo una pareja como cualquier hijo de vecino.
–Te estás enamorando…
–No creo que sea para tanto. 07 y 304 lo odian. Están celosos.
–¿Salieron?
–Una sola vez. Pasé una noche similar a la que puede vivir cualquier chica de mi edad, pero diferente para mí. Fuimos a un restaurante japonés y comimos pescado crudo [sushi], un asco total. Por un momento creí que él me estaba disciplinando (risas).
–¿Te gusta?
–Es una persona muy interesante, un tipo acostumbrado a que las mujeres se le tiren encima. Puede mover una montaña si se le ocurre y dice que soy su destino. Torturado morirá. (Se ríe. Luego imita el acento de un inglés que apenas chapurrea el castellano.) “Si quieres puedes atarme un poquito, pero no me pegues con tu látigo porque yo no disfruto de esa manera.” Se bancó que hasta ahora yo no quisiera la penetración. Es evidente que le gustan las mujeres con carácter, porque si no no podría soportarme. (Se ríe de nuevo.)
–…
–¿Vos creés que la mujer maneja porque ella quiere, o porque la dejan?
–No sé, supongo que las dos cosas –mascullo no del todo convencido cuando toca el timbre 304. No me resulta sencillo relacionar a la chica que a gatas disimula su fascinación por un caballero apuesto que la llevó a comer sushi con la dominatriz que dedica su vida a someter a sus siervos.

No sé el nombre de 304, ni creo que corresponda preguntárselo. Bastante con que me permite participar de su mayor secreto. 304 es un muchacho alto, delgadísimo, de unos 35 años, parecido al reverendo Marilyn Manson. Como el reverendo, él también es músico. 304 le dedicó a su ama un modesto tema instrumental. Yo lo había conocido algunos días antes, pero me había retirado poco antes de que fuera disciplinado. Ahora, arrodillado en el piso, masajea sonriente los pies de Beatriz mientras ella departe conmigo. Sé que lo va a someter en mi presencia y no estoy seguro de querer estar presente. En realidad, sé que deseo estar presente, pero me cuesta aceptarlo..

10. LOS PRIMEROS SADICOS

“(…) aun no toque las zonas que mas me interesan: los orígenes de los guiones sadomasoquistas. Desafortunadamente, no tengo fundamentos sólidos sino únicamente indicios, como la necesidad que todos experimentamos de dominar los traumas y frustraciones originados en los «sádicos» de la infancia y la niñez: nuestros padres. Tengo, sin embargo, una hipótesis que exige confirmación clínica: los grandes traumas y frustraciones de los inicios de la vida se reproducen en las fantasías y comportamientos que constituyen el erotismo adulto, pero ahora la historia termina bien. Esta vez, ganamos. En otras palabras, el comportamiento erótico adulto contiene el trauma precoz. Ambos encajan: los detalles del guión adulto cuentan qué le pasó al niño. Los analistas, entonces, somos detectives que tratamos de reconstruir los sucesos originales.”

(De “Dolor y pasión. Un psicoanalista explora el mundo sadomasoquista”, de Robert J. Stoller. Editorial Manantial.)

11.CONTRATO

Leo el contrato de sometimiento escrito por un esclavo de Sandy y firmado por ambos. Se titula Sumisión y parámetros de la obediencia del esclavo a la voluntad de el alma.

1) El esclavo estará totalmente sometido a la voluntad de el ama.

2) Estará siempre desnudo con un collar o cadena en el cuello en su calidad de tal (aun ante terceros).

3) Para someter al esclavo, el ama lo azotará cuando lo desee. El esclavo, con la sola palabra “suelo”, se pondrá de rodillas con la cabeza en el suelo para que el ama, o quien ella disponga, lo azoten. Los azotes serán del vigor necesario para que queden marcados con la finalidad de que el ama pueda mostrarlos a terceros.

4) En ningún momento podrá mirar la cara de el ama o de terceros. De hacerlo será castigado. El ama le dirá la palabra “suelo” y lo castigará con dos azotes.

5) Habiendo terceros presentes, el esclavo hará o dejará que le hagan lo que el ama disponga (que lo penetren, que acaben en su boca o que lo orinen) o, si ella lo desea, que lo azoten.

6) Toda vez que un tercero (activo) mujer/hombre requiera la presencia de un esclavo, por las razones que sean, en otro lugar que no sea la casa de el ama, ella le ordenará su presencia al esclavo, sin consultar al mismo (el ama le explicará al tercero los parámetros de consulta del mismo, que son los mismos de este contrato).

7) Cada vez que el ama lo desee, el esclavo se amamantará de los senos de ella en señal de dependencia y sumisión absoluta hasta crear dependencia de este acto en el esclavo.

8) Cuando el ama lo crea oportuno le hará realizar un tatuaje (por encima de su pene) a su gusto. El esclavo deberá mostrar el tatuaje, sin objeciones, a quien ella quiera y en el lugar que ella desee. El ama hará trabajar al esclavo para solventar el gasto. El esclavo jamás utilizará calzoncillos, de modo que el ama pueda mostrar su tatuaje con solo bajarle los pantalones.

12. EL MARQUES

“Apenas amanecio, el 3 de diciembre de 1814, el conserje de la Maison de Santé de Charenton, un inmenso asilo de dementes en las cercanías de París, se puso su capote y su bufanda, ensilló un caballo viejo y lo hizo trotar hasta la prefectura de Policía. En las alforjas llevaba una notita de cuatro líneas, nada del otro mundo, en la que se informaba al prefecto sobre este percance: “Ayer, a las diez de la noche, el recluso Donatien-Alphonse-François, marqués de Sade, de 74 años, murió como consecuencia de una fiebre gangrenosa”. El difunto había pasado casi la mitad de su vida en prisión.

“A un siglo y medio de su muerte, el Divino Marqués afronta todavía más condenaciones y procesos que los acumulados en su vida. Sin embargo, desde que lo rescató el poeta Guillaume Apollinaire, elevándolo a una jerarquía casi mítica, estas mudanzas de su suerte se compensaron con la influencia arrolladora que ha ejercido sobre el arte contemporáneo.

“La filosofía sádica tuvo que cargar con un persistente malentendido: la suposición de que el éxtasis erótico es imperfecto si no media el dolor físico. Después de Apollinaire, los surrealistas y los epígonos de Jean-Paul Sartre pusieron esa filosofía en su punto justo, definiéndola como un camino para oponerse a la moral en uso, una fórmula para destruir el mundo por amor. (…)”

(Revista “Primera Plana”, 1964, a propósito de la proyección en el Festival de Venecia del filme japonés “Hakujitsumu”, de Tetsuji Takechi (inspirado en textos del marqués de Sade.)

13.DELEUZE

“¿Sade y Masoch son investigadores clínicos? Es difícil considerar al sadismo y al masoquismo en el mismo plano que a la peste, la lepra o la enfermedad de Parkinson. La palabra enfermedad no se adecua a ello. Pero, por otra parte, Sade y Masoch nos presentan agudos cuadros sintomáticos. (…)

“Existe la intención persuasiva y educadora. Ya no estamos ante un verdugo que se ensaña con la víctima gozando cuanto menos lo consiente ella. Por el contrario, nos hallamos ante una víctima que necesita un verdugo, que necesita formarle, persuadirle y aliarse con él para su sorprendente cometido. Por eso en el lenguaje masoquista son frecuentes pequeñas notas con declaraciones amorosas.

“Nada de esto, en cambio, existe en el verdadero sadismo. El masoquista rige sus relaciones por medio de contratos, mientras que el sádico abomina de ellos. Este exige la inclusión de aquél en relaciones contractuales.

“(La Iglesia) distinguía con claridad dos tipos de relaciones diabólicas, o dos proyectos fundamentales: una por posesión, y otra por pacto, o alianza. El sádico piensa en términos de posesión instituida; el masoquista, en términos de alianza contractual. La obsesión propia de todo sadismo es la posesión; la del masoquismo, el pacto. El masoquista necesita formar a la mujer déspota, debe persuadirla y hacerla firmar. Es esencialmente un educador y, por supuesto, corre todos los riesgos del fracaso inherentes a cualquier cometido pedagógico.”

(De “Presentación de Sächer Masoch”, Gilles Deleuze. Editorial Taurus.)

14.07

Falta una hora para que llegue 07. beatriz ordena el living y la sala de torturas y pone Erótica, de Madonna. Veronica Louise Ciccone es uno de sus puntos de referencia estéticos. Una colección de máscaras decora la pared más grande del living. De una arcada cuelgan un aparejo con una soga que llega hasta el piso y un collar. Parece un instrumento tenebroso, pero no termino de entender para qué sirve.

–¿Para qué sirve?
–Poné la cabeza ahí, que te muestro.
–¿Te parece?
–Dale, bobo, no te voy a hacer nada…

Beatriz ajusta el collar y luego empieza a tirar despacio de la soga. Me está torciendo el cuello.

–Ya entendí.

Me desata y sigue acomodando todo. Distribuye candelabros de velas rojas por las cuatro puntas del living, trae un látigo y una fusta y los apoya sobre un sofá, enciende las velas y apaga las luces. Saca el cd de Madonna, pone algo de Wagner. De pronto apaga la música y parece que el living se descomprimiera.

–Así va a quedar todo, ¿ves?

Antes de la llegada de 07, Beatriz me cuenta su niñez en Villa del Plata, un pueblo cercano a la Ruta 2, camino de Chascomús.

–De chiquita no tuve muchos juguetes, pero tuve esclavos, que tienen mucho más valor. Tenía un gran poder sobre mis amiguitos. Los ataba en los árboles con unas sogas y les pegaba con ortigas… Jamás jugué a las muñecas. Siempre me gustaron juegos como hacer un pozo en la tierra, meter a la persona hasta la mitad del cuerpo, atarlo con una soga y querer sacarlo. Soy la creación de un chico que se crió conmigo, con el que aprendimos juntos todo esto. Cuando yo tenía 14 años y él 16, me dijo que quería dormir atado debajo de mi cama. De coger ni hablar… Cuando él tenía 18 años y yo 16, ya estaba totalmente sometido a lo que yo le pidiera y fabricaba sus propios elementos de tortura: látigos, cuerditas, soguitas para hacer estiramientos… La primera eyaculación que tuvo fue de esa manera… Nunca tomamos al sexo convencional como lo máximo, sino como una posibilidad más.

Después hablamos de bueyes perdidos. Dice que Sofía trata de convencerla de que se dedique a diseñar ropa, que tiene talento para eso y, quién te dice, algún día… Dice que dejó una novela por la mitad y que ahora está escribiendo otra.

–Es sobre una mujer que está entre rejas por haber asesinado a su madre y a su padre, después de haberlos tenido un tiempo en cautiverio.

No digo nada. Llega 07. Está de traje y tiene un maletín.

15.SACHER-MASOCH

El termino masoquismo fue acuñado por Leopold Sächer Masoch, quien nació el 27 de enero de 1835 en Lemberg, entonces parte del imperio austrohúngaro. Juan Jacobo Bajarlía, en su Breve diccionario del erotismo y poemario satírico, entrega esta semblanza del hombre que “era demasiado sensible y de niño se sintió atraído por una parienta suya, la condesa Xenobia, al parecer muy hermosa, a la que solía ayudarle cuando se vestía. Se cuenta que en cierta ocasión le besó los pies al colocarle los escarpines. Ella respondió con un golpe suave y una sonrisa, y el niño sintió que un fuego lo devoraba. Pero aún no conocía a la condesa. Sólo la sabía autoritaria, hasta que cierto día descubrió lo que nunca más habría de borrársele de su sedienta imaginación. Jugaba entonces al escondite con sus hermanitas, cuando se le ocurrió ocultarse en el guardarropa de la condesa. Y estando allí, entró repentinamente en la alcoba la hermosa mujer que le atraía. Estaba desnuda, con un abrigo de pieles sobre los hombros, y a su lado, el amante. Leopoldo contempló la escena. Vio cómo la condesa acariciaba al hombre. Pero en ese instante entró el marido acompañado por dos amigos y sorprendió la infidelidad. Ella no se amilanó. Cogió un látigo y lo descargó sobre los intrusos. El amante aprovechó la coyuntura para fugarse. Leopoldo quiso hacer lo mismo y fue descubierto. La condesa, entonces, dirigió su furia contra el niño, a quien arrojó al suelo y azotó despiadadamente sujetándolo con una rodilla sobre su espalda. El castigo le produjo placer. Sintió la extraña sensación que ya había experimentado cuando la condesa lo golpeó el día aquel en que había besado sus pies”.

16.07 (II)

07 tiene 34 años y es un muchacho corpulento al que se le están volando las chapas. Trabaja en una compañía de seguros. Apenas deja el maletín, Beatriz le ordena que lave los platos y ordene la cocina. Se saca el saco, se afloja la corbata, se arremanga la camisa y empieza.

–El señor es periodista. Puede conversar con él mientras trabaja.
–Tengo novia, una relación de pareja sin convivencia. Ella no sabe nada. No puedo definir con palabras precisas lo que siento por el ama. Lamentablemente, soy más esclavo de mi trabajo que de ella. (Risas.) Pero el vínculo que tenemos es muy importante, por todo lo que encierra: fantasías, magia. No la considero un ser superior, pero la admiro.

Cuando termina, Beatriz ya está cambiada. Trocó su pollera larga neohippie por el conjunto plateado que llevaba el día que la conocí.

–Vaya a desnudarse, idiota –le ordena–. Tardó mucho con esos platos.

Diez minutos después, la música de Wagner hace vibrar las ventanas del departamento. 07 sale del baño desnudo y gateando.

–Levante ese papel del suelo, idiota, y tírelo a la basura.07 levanta el papel con la boca y se incorpora.¿Quién le dijo que se levante, idiota?

07 pasa frente a mí. El celofán que lleva en la boca es el envoltorio de una casete que utilicé un rato antes. Beatriz le pega fustazos en el culo, enciende una vela y le ordena que le lama los tacos de los zapatos. Mientras 07 lame, Beatriz le derrama la cera caliente sobre la espalda. 07 hace alguna mueca, pero parece bancársela. A puro fustazo, Beatriz lo lleva a la sala de torturas. Lo que sigue durante más o menos una hora y media es una espiral de flagelaciones que parece no tener fin. Le pone pinzas en las tetillas, unidas por una cadena de la que tira con regocijo. Le pone pinzas similares en los testículos. Le cuelga una especie de plomada de pesca de los testículos, le enrosca el pene con tubulátex, el material que usan los médicos para amarrar el brazo durante las transfusiones de sangre. Cuando no soporta el dolor, 07 grita “real”: es su código de piedad, la palabra que tiene que pronunciar para que su ama aminore el castigo.

–Usted está muy debilucho hoy. ¿Quiere ser transferido? –pregunta, y le pega un latigazo en la espalda.
–No, ama.
–¿Quiere ser transferido? –eleva la voz, y le pega un latigazo más fuerte que el anterior.
–No, ama.
–Entonces compórtese como un buen esclavo.

Beatriz le mantiene abierta la boca con la mordaza metálica. Le ordena que ponga su cabeza y sus brazos en un cepo de madera. 07 obedece. Todavía carga con pinzas y plomadas. Beatriz enciende un cigarrillo y le tira la ceniza en la boca. De tanto en tanto, escupe en ella. Pienso que si algo le molestara en este momento, 07 no podría gritar “real”. Beatriz lo saca del cepo y lo lleva de nuevo al living. Enciende dos velas y le descarga la cera caliente sobre la espalda. Mientras la cera se seca, le pega latigazos en la espalda y fustazos en el culo. En la carne se dibujan las marcas del castigo. Le saca las esposas, le amarra el cuello con su látigo. Tira de las dos puntas del látigo. El se está asfixiando. Beatriz se ríe. Le saca las pinzas de los testículos y el tubulátex del pene del modo más brusco posible y le ordena que se acueste boca abajo, en el piso. Apoya su taco sobre la espalda de 07. Lo pisa. Vuelve a ahorcarlo con su látigo. Beatriz le ordena que se masturbe. 07 tiene dificultades para concentrarse (luego él me dirá que lo inhibía mi presencia). Beatriz le ordena que se bañe y que limpie la cera del piso. Eso hace.

17. TRISTE Y ENFERMO

“El sadomasoquismo es una conducta del sujeto que se somete a sus pulsiones sexuales, que entraría dentro de lo que se llama una perversión. El sadismo es la necesidad que se tiene de hacer sufrir al otro para obtener satisfacción, y en el masoquismo, ese otro es el mismo sujeto. Por eso se llama sadomasoquismo, porque no hay un masoquismo sino un sadismo del mismo sujeto que caiga sobre él. El dolor, como la satisfacción, como el deseo, juega un papel importantísimo en la vida de un bebé. Entonces no es extraño que ese dolor padecido deje una marca en la vida sexual del sujeto. Esta es para mí la razón de ser del sadomasoquismo. La agresión, que es algo previo al sadismo, se encuentra en todos los sujetos porque es necesario agredir –vaciar el pecho de la madre, por ejemplo– para poder sobrevivir. Pero el sadismo no es necesario para sobrevivir, es una consecuencia de algún dolor infligido en un sujeto pequeño.

“No debemos olvidarnos de lo que Freud llamaba «masoquismo moral»: la gente acepta ciertas cosas porque está acostumbrada a la práctica del dolor. No hay que separarlo del sometimiento social. El sadomasoquismo es una práctica patológica porque no se puede prescindir del dolor para seguir adelante. Es probable que la práctica sadomasoquista sea un intento de elaboración de uno de esos dolores arcaicos que tenemos los seres humanos. Pero no creo que imitando lo traumático se logre superarlo. Jugar con el dolor intenso es una práctica masoquista y enferma. El dolor es estructurante del sujeto, favorecer el dolor como conducta masoquista o sádica me parece muy triste. Si efectivamente el sadomasoquismo es la teatralización de un dolor infantil, si son los padres los que están ahí, ¿no sería deseable no llevárselos a la cama?

(De un diálogo con la doctora Libertad Berkowiez, directora de la Asociación para la Investigación Científica y Epistemológica, apice.)

18.UN ESCLAVO DE SORAYA

Jorge tiene 32 años, el cabello enrulado y la piel cobriza. Ha ido a clubes de swingers, ha practicado ménages-à-trois y ahora está entusiasmado con la disciplina. “Mi esposa es muy cerrada, qué va’cer. Le tiré onda para hacer algunas cosas pero ella nunca quiso saber nada.” Ha pagado 100 pesos para que el ama Soraya lo castigue esta tarde. Soraya está vestida con un body negro, medias negras y zapatos de taco alto. De movida, le ordena que se meta en un cepo y le descarga una salva de latigazos. Luego lo quema con cera en la espalda, le ordena que abra las piernas y refuerza el concepto con fustazos en las pantorrillas. Toma dos velas. Con la más corta descarga cera sobre los testículos y amaga quemarle el pene con el fuego. Apaga la vela más larga y le calza un preservativo. Con esa vela penetra a Jorge. Luego me guiña un ojo.

Como cada vez que he asistido a sesiones de dominación, siento el peso de mis contradicciones. Soraya me convirtió en su cómplice y, cuando me di cuenta, era demasiado tarde para arrepentirme. Al involucrarme, me convirtió en objeto de su dominio.

Jorge se va y no le pregunto nada a Soraya sobre lo que acabo de ver. Habla de su hija con tanto amor que me atrevo a suponer que daría su vida por ella. Todas las noches le lee cuentos y libros de historia.

–Quiero darle todas las herramientas para que el día de mañana pueda elegir. Si mi hija me sale puta, me muero.

19.SADO UNDER

Laura Barranco tiene 34 años, una figura imponente e investiga en sus performances escénicas las posibilidades artísticas del s&m. “Un diseñador me regaló un tapado de cuerina negra, que me dio una sensación única de poder. Así empecé.”

–Fuera del escenario, he tenido algunas experiencias sado con mi marido, siempre en el lugar de el ama, y la pasé muy bien. En mi vida privada es una opción más, pero no la más importante.
–¿Aplicás castigos en escena?
–Sí, pero soft… Aplico el frío: agua helada, hielo; amordazo con vendas, gasas, ato con la soga, y uso gillettes, esas cosas. Juego con consoladores, pero no llego a penetrar; una vez sí lo hice con otra chica, porque me pareció gracioso. Sola sí hice cosas más fuertes. Una vez me metí una tijera en la vagina, y bailé con la tijera puesta. Me la podría haber incrustado, pero en ese momento no lo pensé. Otra vez, mi asistente estaba atada y le corté las medias con una gillette que tenía en la lengua.

20.FEMINISTAS

Intento hablar con silvia chejter, del cecym (Centro de Encuentros Cultura y Mujer), en busca de una perspectiva feminista sobre el sadomasoquismo. La señora Chejter declina la invitación y ofrece, en cambio, dos ensayos de feministas lesbianas, “uno a favor, otro en contra”. En su libro La herejía lesbiana, Sheila Jeffreys incluye un ensayo categórico desde el título: Sadomasoquismo: el culto erótico del fascismo. Escribe Jeffreys: “Una práctica sexual deseable descansaría sobre la reciprocidad, los cuidados y la igualdad. Lo cual es naturalmente un anatema para quienes defienden el s&m”.

Escribe Gayle Rubin en Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad, incluido en la compilación Placer y peligro, de Carol Vance: “La homosexualidad promiscua, el sadomasoquismo, el fetichismo, la transexualidad y los encuentros que traspasan la barrera generacional son todavía vistos como horrores incontrolados, incapaces de incluir afecto, amor, libre elección, gentileza o trascendencia. (…) Una moralidad democrática debería juzgar los actos sexuales por la forma en que se tratan quienes participan en la relación amorosa, por el nivel de consideración mutua, por la presencia o ausencia de coerción y por la cantidad y calidad de placeres que aporta”.

21.SADO PUNK

Lorena Colotta es la cantante de primeras impresiones, una banda punk que utiliza el sado como centro de su propuesta artística; el grupo fue telonero de Marilyn Manson durante una de las visitas del reverendo a la Argentina. En los conciertos de su banda, Lorena –una chica bellísima que se gana la vida como modelo– se viste con ropas de ama. “Somos un grupo de voz podrida y música pesada”, define. “Nos gusta la estética del sado y las letras tienen un doble sentido: la agresividad del sado puede ser interpretada también como protesta social.”

22. IRONIA

“Hay en el s&m una ironia evidente sobre los lazos sociales: en un momento en que las mujeres pueden, a través del feminismo, quejarse de los varones y su machismo, aparecen unos tipos que dicen: «Yo soy un perro, domíneme, haga de mí lo que quiera». Es una inversión irónica de una reivindicación social. Las relaciones de humillación y de dominio están en el tejido social, pero son utilizadas para transformarlas en una forma de goce.

“La otra cuestión es la recreación de un lazo adulto-niño. Hay uno que tiene el poder sobre el otro, pero el que no tiene el poder (el masoquista) es el que dicta las reglas sobre el que tiene el poder, cuando la educación nos ha mostrado lo opuesto: que el poder del adulto dicta las reglas sobre el que no lo tiene, que es el niño. Entonces uno puede ahí repetir activamente lo que se ha sufrido pasivamente.

“Ahora, para entender lo que Freud llama «perversiones», hay que quitarle el matiz psicopatológico, en el mismo sentido en el que Freud decía: «El neurótico –es decir, cualquiera– pide prestado su fantasma al perverso». Lo que se puede llamar perversión es la puesta en acto de fantasías de todo el mundo. De ahí la atracción social por las prácticas perversas: nadie es indiferente a esas prácticas por la razón de que todo el mundo se habrá excitado alguna vez con la idea de pegarle a alguien o que alguien le pegue a uno, ¿no?

“No hay una causa unívoca para explicar la práctica del s&m, como no la hay para cualquiera de las actividades humanas. Para algunos, el s&m puede ser una experiencia liberadora, mientras que a otros los puede volver locos.

“No sé si el s&m consiste exactamente en hacer que el dolor se convierta en goce. Una cosa es decir que el dolor es igual al goce, y otra cosa es decir que funciona como vehículo hacia el goce. Pero todo esto no lo podemos saber si no lo investigamos. La cuestión en el psicoanálisis no es qué opino yo de este chico, es qué opina él de sí mismo. El tema del dolor es muy complicado: no sé cuál es la función que cumplen los golpes en un tipo que quiere ser golpeado; conozco la que cumplen en un tipo que no quiere ser golpeado. Sin ser sadomasoquista, cualquiera que alguna vez se haya agarrado a trompadas con alguien sabe que no ha sentido los golpes mientras se los daban. El dolor es un elemento patético, pero hay que ver cómo funciona en el interior del que lo soporta.”

(De un diálogo con Germán García, director de la Escuela de Orientación Lacaniana.)

23.RESPETO

“Cualquier acuerdo entre dos personas que buscan el goce merece respeto. El sadomasoquismo es una forma de goce, una práctica sexual que tiene la misma jerarquía que cualquier otra, y resulta chocante para la mayoría de la gente porque es todo lo contrario de la idea de matrimonio que el sistema idealiza: la luna de miel y todo eso.

“El dolor es una forma desesperada de comunicarse. Atravesar el dolor puede ser el puente para el recuerdo, el precio para recuperar el vínculo con la madre. El sádico a veces quiere comunicarse a través del dolor que le produce a la víctima.

“Nunca tuve pacientes sadomasoquistas: sí mujeres que si no eran golpeadas no podían tener orgasmos. He trabajado en clases populares, marginales: allí la violencia es tan grande que la idea exquisita de convertir el dolor en placer no existe, es más clásica la idea de aguantar el dolor. Dentro de la tribu existe una forma de iniciación muy violenta. Cuando un pibe quiere entrar en una barra, los otros pibes se lo cogen de una manera muy violenta. Si grita, si no se lo banca, no entra; si se lo banca, sí. Es como matarlo y luego hacerlo renacer, un test para que no entre cualquiera que sea flojo.”

(De un diálogo con Alfredo Moffat, director de la Escuela de Psicología Nacional.)24.304

La primera parte de la sesion de beatriz con 304 no difiere demasiado de lo que he visto con 07, excepto que a 304 lo mete, en cuclillas, en una jaula de 1 metro 20 de alto, con las muñecas esposadas. Desde afuera de la jaula, Beatriz descarga cera, fuma y escupe sobre la boca hiperabierta del músico. La segunda parte es distinta a la anterior. Según la definición técnica de Beatriz, lo que veremos ahora es una combinación de “degradación de los sentidos” con transformismo. Beatriz llama así al acto de inhibir en los esclavos la respuesta a los estímulos que ella misma provoca.

–Vístase como usted sabe –ordena Beatriz a 304.

En el dormitorio, Sofía lo ayuda a cambiarse. Vuelve vestido y maquillado como una señorita. La música ya no es Wagner: ahora es Madonna. Erótica. El juego se llama “transformismo”: 304 debe seducirla, bailar para ella, lamerle los pies. Recibe algunos fustazos, pero no mucho. A veces, Beatriz le acerca la boca, para que la bese, o los pechos, para que los toque. 304 no lo hace. Sabe que si se atreve será castigado.

25.FIN

Lo de Beatriz y Jonathan no funcionó. Tiempo después, Beatriz se enamoró del hombre que había puesto su página en Internet y largó todo. Dentro de la jaula donde guardaba a sus esclavos, ahora hay una maceta con un potus. Soraya está ahorrando para poner su propio departamento y Sandy está muy feliz con sus esclavos, pero quiere más.

Amigos y conocidos opinaron que estas prácticas no son del todo legítimas, en tanto en algunas hay dinero de por medio. Una sentencia disfrazada de lógica, pero contaminada por la moral. No estoy seguro de que sea así: el poder del dinero no siempre corrompe la autenticidad de los impulsos.

He visto cosas que no soñaba ver, he variado constantemente entre la fascinación, el morbo, la culpa, el miedo y el espanto. Supongo que los esclavos voluntarios no son esclavos, al menos no en los términos abolidos por la Asamblea de 1813. Acaso sean esclavos de sí mismos. Supongo que, por eso mismo, tampoco los amos son del todo amos. Todo bien, pero algo no cierra. Me cuesta aceptar con naturalidad la carga erótica de las torturas. En parte, quizá, porque vivo en la Argentina. Me pregunto si me hubiera bancado presenciar una sesión de disciplina con picanas.

El desconcierto fue una de las claves de este recorrido. Cuanto más veía, cuanto más escuchaba a las amas y a sus esclavos, menos entendía. Tal vez el error inicial estuvo en buscar una razón de ser, una sola, para los hábitos de personas tan disímiles. ¿Cuáles son los límites que se pueden cruzar en las relaciones humanas? La respuesta está en el fondo de la conciencia de cada uno de nosotros. Y es intransferible.

Matías se sienta en una mesa del café donde quedamos en encontrarnos y una de las primeras cosas que dice, antes de que le pregunte nada, es: “A mí me van a echar”. Lo miro unos segundos y después le pregunto si está hablando en serio. “Bueno, todavía no nos dijeron nada. Pero estoy seguro de que nos van a echar, a mí y a los que trabajan conmigo. Mi jefa ya nos recomendó que habláramos con nuestros abogados para ver nuestra situación por el tema de la visa”. Matías –que no se llama Matías pero me rogó, como los otros cuatro argentinos de Wall Street con los que hablé para escribir esta nota, que por favor no dijera su nombre ni diera demasiadas pistas sobre su laburo– está buscando trabajo en Buenos Aires: no sabe bien dónde, porque el tamaño del mercado laboral financiero de Buenos Aires es mínimo, pero sabe que su experiencia neoyorquina, menos de tres años después de iniciada, está a punto de terminar. Matías trabaja en el área de mercados emergentes de uno de los cinco grandes bancos de inversión que había en Wall Street hasta septiembre (de los que ahora quedan, y en no muy buenas condiciones, dos). Su objetivo inmediato es, como el de todos sus colegas con miedo de quedar en la calle, llegar con trabajo al 8 de noviembre, el día a partir del cual los bancos están obligados a pagarles entero el bono de fin de año, cuyo monto se decide entre noviembre y diciembre y se paga de un saque en enero. Para alguien que trabaja en Wall Street, el bono, o bonus (algunos lo dicen en castellano, otros en inglés), puede ser hasta cinco o seis veces más grande que su sueldo. “Vivir con el sueldo, ahorrar el bono”, dicen siempre los banqueros, pero en los últimos años muchos de ellos no han obedecido su propio consejo y han usado los bonos de 2005, 2006 y 2007, jugosos, gorditos, para meterse en gastos –autos, hipotecas, departamentos en Buenos Aires– que ahora quizás tengan problemas para mantener.

Después de cinco años de borrachera –de plata fácil y crédito para todo el mundo–, Wall Street está lista para la resaca. Ya se mareó, ya cantó y ya exaltó su amistad con el mundo; ya se quedó dormida boca abajo en el sillón y vomitó hipotecas podridas en un balde de plástico. Ahora le duele la cabeza y siente un poco de vergüenza, porque ha venido papá, el Estado, a rescatarla y recordarle sus pecados recientes. Pase lo que pase en los próximos meses –nadie sabe: quien pronostica, estafa–, esta crisis de septiembre-octubre será abrochada en los calendarios como la más profunda y la más intensa desde el crack de 1929: nombres históricos como Lehman Brothers y Bear Stearns han dejado de existir y otros, como Merrill Lynch, han tenido que fusionarse dentro de mamuts mayores. Ya no habrá más bancos de inversión, la columna vertebral y el cerebro de Wall Street. Más de 50.000 personas perderán sus empleos financieros en Nueva York, donde el aire huele inequívocamente a fin de época. Fue raro y electrizante y odioso mientras duró: una ciudad burbujeante de velocidad y vértigo, optimista pero impiadosa, próspera pero exhibicionista.

* * *

Los argentinos de Wall Street no son muy optimistas con sus bonos de este año. (Losbonos se calculan con una mezcla del rendimiento personal, del área donde trabajan y del banco en general.) Matías cree que el suyo, si finalmente se lo dan, será al menos un 50% inferior al del año pasado, que ya había sido más bajo que el de 2006. Otro argentino me dijo, mientras tomábamos una cerveza en un restaurante francés del distrito financiero, que estaría contento si su bono de este año es la mitad que el del año pasado, y que no protestaría mucho si su bono fuera, directamente, de cero dólares. En J.P. Morgan, el banco que mejor resistió la crisis y donde trabajan decenas de argentinos –es difícil calcular cuántos argentinos hay en el mercado: una encuesta informal entre algunos de ellos pone el número entre 300 y 500–, está enviando señales a sus muchachos latinoamericanos de que sus regalos de Navidad serán entre un 30% y un 50% inferiores a los de 2007. (De todas maneras, estamos hablando de ingresos anuales, incluyendo el bono, de entre 250.000 dólares y 750.000 dólares para el pelotón más o menos exitoso. Las rock stars, los que llegan a managing directors de los bancos, que es como ser general del ejército, o los que manejan las inversiones de grandes fondos de inversiones, pueden llevarse uno, dos, cinco y hasta diez millones de dólares al año. Por encima hay otra casta más, con ingresos anuales de nueve dígitos, pero ahí ya no llegan los argentinos, o por lo menos no por ahora.)

No está claro todavía con cuánta violencia va a afectar el terremoto financiero en la vida de los banqueros y operadores argentinos que trabajan en los bancos y los fondos de inversión de Nueva York. Hasta principios de octubre, todos admitían estar sorprendidos por la persistencia y la virulencia de la crisis, pero decían que a ellos, más allá del posible descenso del bono, no los había afectado ni los iba a afectar. “Lo que más pasa es que no tengo nada para hacer”, me explicó, a las tres y media de la tarde en un bar del downtown, un argentino cuyo trabajo es emitir bonos de gobiernos de América Latina. “Está todo parado. Y entonces nos pasamos todo el puto día mirando la pantalla de Bloomberg, viendo las flechitas yendo para abajo y los números titilando como locos”. Otro decía: “Todavía no hay consecuencias directas de la crisis, son más bien silenciosas”. Todos conocían casos de otros argentinos en problemas, pero aun creían que el piso debajo de sus escritorios estaba firme.

Unos días más tarde, a medida que se profundizaba la crisis –los bancos se negaban a prestarse plata, rodaban cuesta abajo las bolsas de todo el mundo, la máquina de rumores se volvía cada día más loca–, el tono de sus respuestas había cambiado. “Lo más importante, hoy por hoy, es mantener el laburo”, me dijo uno de ellos. “Esto es un desastre, esto puede no terminar nunca, no hay nadie a salvo”, protestaba otro. “La sensación general es de colapso”. Dos de ellos me dijeron que conocen gente que está sacando su plata de bancos de Estados Unidos y mandándola de vuelta para Buenos Aires, aceptando perder el 3% de comisión que les cobran las cuevas financieras para esquivar los controles del Banco Central. “Por primera vez hay gente que está empezando a pensar en un Plan B o un Plan C”, me dijo uno de ellos.

Para muchos de estos pibes, que llegaron a Wall Street frescos de las escuelas de negocios, con la promesa de carreras más o menos rectas hacia el estrellato y la casa de verano en los Hamptons o Punta del Este, la crisis pone un signo de pregunta en un relato al que ellos sólo tenían planeado puntuar con signos de exclamación. Muchos todavía deben parte de lo que costaron sus másters, o se compraron casas con precios de siete dígitos, o pagan alquileres de 4.000 y 5.000 dólares por mes: no son vidas fáciles de aguantar sin trabajo. La sorpresa del cataclismo los ha dejado turulatos y a algunos los ha puesto a pensar, quizás no tanto como para intentar una autocrítica sobre su contribución al bienestar del planeta –un sentimiento infrecuente no sólo entre los argentinos sino en general en el mercado financiero–, pero sí quizás para replantearse si todo esto vale la pena. Lo mejor de trabajar en Wall Street es la guita. Si la guita empieza a no ser tanta, empieza a valer menos la pena, por ejemplo, el esfuerzo de tomarte todos los días el tren de los 5:20 de la mañana desde Greenwich (Connecticut) hacia Manhattan, como hace un amigo mío, trabajar hasta las ocho de la noche, ver a tus hijos una hora por día y desmayarte en la cama, como si te hubieran disparado, no mucho después de las 10 de la noche.

Los argentinos empezaron a llegar a Wall Street a mediados de los ’80. Venían de la salvaje city porteña, donde se habían curtido durante años de inflación y planes económicos sorpresivos. Cuando estos pibes –de veintilargos o treinta y pocos años; algunos, hijos de familias acomodadas; otros, guerreros de clase media entradores y rápidos para los números– llegaron a Wall Street, ocuparon oficinas chiquitas y oscuras y se pusieron a comprar y vender títulos de la deuda en default de los países de América Latina. Eran los 80 de Gordon Gekko (el personaje de Michael Douglas en el fim de Oliver Stone) y Pat Bateman (el de American Psycho) y nadie les prestó mucha atención –los papeles que manejaban valían chirolas– hasta que, desde 1990, los países entraron en el Plan Brady, que perdonaba parte de sus deuda externa y transformaba aquellos viejos papeles inservibles en deuda nuevita y mucho más atractiva para comerciar. En los equipos de los bancos, había operadores de todos los países, pero sobre todo había argentinos. En parte porque ya tenían el entrenamiento de la Buenos Aires financiera de los ’70 y en parte porque eran cínicos y desconfiados, dos virtudes que no compartían sus colegas brasileños o mexicanos y que en esos primeros años de confusión eran imprescindibles para sobrevivir. Después del Plan Brady, el mercado de deuda latinoamericana se puso saco y corbata: todo empezó a ser más transparente y los bancos contrataron desde entonces a generaciones de economistas y administradores de  empresas, muchos de ellos con másters en el extranjero, para intensificar y endulzar su relación con América Latina.

Desde entonces ha habido básicamente tres tipos de trabajo para los argentinos que aterrizaban en Wall Street: están los banqueros, los traders y los analistas. Los banqueros son los más rubios y bilingües y con más tendencia a tener un origen de clase alta. Sus clientes no son los gobiernos sino las empresas: en largos almuerzos con vino y cigarros convencen a sus ejecutivos para sacar acciones a bolsa o emitir bonos o los ayudan a comprar una empresa rival. Los traders –así les dicen todos en el mercado y no tiene una buena traducción al castellano: se dice tréiders– son los que compran y venden papelitos en nombre de su banco o de los clientes de su banco. El secreto es comprar barato y vender caro. En los años de bonanza, cuando todo sube, como en 2003‐2007, es un trabajo maravilloso, porque es casi imposible perder guita, te pagan millones y uno enseguida se siente Maradona. Son los que más guita ganaron en los años de la burbuja. Hay algunos chetos entre ellos, pero también muchos pibes de clase media, casi todos porteños, muchos egresados de la UBA, que se tuvieron fe y salieron a jugar a La Bombonera de las finanzas. Después están los economistas‐analistas, los que menos ganan de los tres grupos y cuyo trabajo es investigar y recomendar títulos de países o empresas. Son los únicos que a veces aparecen citados en los diarios u opinando en programas de radio sobre qué deben hacer los gobiernos de América Latina. Tienen un perfil más claro de clase media; muchos de ellos son hijos de profesionales. Los banqueros y muchos traders están obsesionados con el golf y con mudarse a los suburbios. Los economistas, más urbanos, prefieren decir que van a la ópera y que tienen intereses intelectuales más amplios que los de sus colegas. Están convencidos de que son muy distintos unos de otros.

* * *

Son las siete de la tarde de un lunes de octubre, está a punto de hacerse de noche y en la planta baja vidriada de este rascacielos sobre Park Avenue, en Manhattan, una docena de pibitos de restaurantes mexicanos y tailandeses esperan que sus clientes bajen 30 o 40 pisos en ascensores ultrarrápidos para buscar sus enchiladas y su pad thai. Ninguno de los que trabaja acá arriba se va a ir temprano a casa hoy, después de un día en el que la Bolsa de Nueva York cayó más del 7% y las arterias del crédito global se cerraron hasta bloquearse por completo. Habrá que trabajar, como muchos de estos últimos días, hasta bien tarde.

En una de las paredes, la lista de inquilinos muestra sucursales de bancos extranjeros –el sueco Skandinaviska Enskilda Banken, piso 42º; el holandés Rabobank, piso 16º– y decenas de fondos desconocidos con nombres como Pritchard Capital Partners (piso 32º) y Blackacre Advisors (piso 39º). Casi todos estos fondos son hedge funds, los fondos desregulados y privados que han sido las estrellas de Wall Street en la última década: generalmente están compuestos por tres o cuatro amigos o ex compañeros de laburo en algún banco de Wall Street que ponen su propio boliche y empiezan a recibir inversiones de otras personas –familias ricas, fondos de pensiones, fondos que invierten en otros fondos–, a quienes les cobran la fabulosa combinación de comisiones conocida como “dos veinte”: 2% del monto invertido, 20% de las ganancias. En uno de los pisos más altos del edificio me espera, solo, sin corbata y con cara de cansado, Ariel, un argentino de treintilargos que, después de trabajar varios años en bancos como J.P. Morgan, en 2005 se abrió por su cuenta y ahora tiene un “pequeño”, según él, fondo de inversión, que no acepta inversiones por abajo de los cinco millones de dólares. Desde su oficina se puede ver, al sur, los puentes que cosen a Manhattan con Brooklyn y, hacia el oeste, el resplandor del aeropuerto de LaGuardia.

Charlamos un rato sobre la crisis. “Nosotros estamos bien, estamos ganando guita”, dice. “Pero los que se quedan sin laburo ahora son boleta. Si laburabas en algo relacionado con hipotecas, ponete una verdulería”. Le digo que lo noto de buen humor, haciendo chistes, exactamente igual a las tres o cuatro reuniones sociales en las que coincidimos en los últimos años. (Ariel es un gran personaje, con una historia fascinante, pero no se llama Ariel: otra vez, sólo accedió a dejarme visitarlo si omitía su nombre y sus señas personales. Al principio había dicho que sí, pero después de leerse a sí mismo en una entrevista que le había hecho dos días antes un medio argentino, había cambiado de opinión.) La pregunta lo ofende un poco y lo pone más serio. “No, no. No es así. Estoy muy preocupado”.

En parte está preocupado porque, aunque el saldo de su fondo en 2008 todavía es positivo –o era positivo hasta el 7 de octubre, el día que hablamos–, desde septiembre haestad o perdiendo plata. Además, en el caos actual cada vez le resulta más difícil aplicar sus métodos cuantitativos‐matemáticos, que no sólo son los favoritos de Ariel sino que son lo que él y sus socios publicitan como su especialidad. Los cuantitativos, o quants, como se los conoce en el mercado, son la última generación de genios inversores de Wall Street; físicos, matemáticos e ingenieros informáticos capaces de aplicar su capacidad de abstracción a obtener ganancias de los movimientos de precio más mínimos. En temporadas normales, de cambios graduales, los matemáticos sacan petróleo de las piedras: ganan la guita centavo por centavo, buscando oportunidades que otro prefieren no pueden ver. En el mercado salvaje y arbitrario de las últimas semanas, estas armas no sirven. Ariel también está preocupado porque de a poco se ha dado cuenta de que, aun sintiéndose superior a sus rivales, un huracán que se lleve puesto al 80% de los hedge funds también podría llevárselo puesto a él y a sus socios (no argentinos). “Hace un año apostamos, correctamente, que este año al mundo le iba a ir mal”, explica. “Pero no apostamos a que iba a ser tan malo. Esto de ahora es un desastre”. El temor más grande es perder la mina de oro del “dos veinte”: para qué te voy a pagar tanto a vos, niño maravilla, si me llevo lo mismo, o más, poniendo la guita en fondos comunes y silvestres que puedo manejar por Internet. Ariel dice que sí con la cabeza, con un gesto de resignación.

* * *

Una mañana de principios de octubre, Arturo Poiré iba en el subte al trabajo, revisando los emails en la Blackberry, cuando un empleado de la MTA, la empresa municipal que maneja el subte de Nueva York, le preguntó si el Congreso iba finalmente a aprobar esa noche el plan de rescate para los bancos. “Ojalá que sí”, respondió Poiré, quien, después de una década en uno de los principales bancos de Wall Street, ahora trabaja para una consultora. No es banquero: es sociólogo, experto en organizaciones y en las personas que las hacen funcionar. Cuando trabajaba en Wall Street, su especialidad era reorganizar equipos y departamentos después de que su banco compraba a otro. Por eso, aunque no lo ha sido, conoce de cerca qué se siente ser un banquero de Wall Street. En parte porque muchos de sus amigos lo son.

El trabajador del subte meneó la cabeza, indignado, y dijo: “Es una barbaridad. Odio que el gobierno esté haciendo esto”. Poiré se quedó mirándolo y comprendió que lo que más jodía a su interlocutor era la certeza de saber que si el gobierno no salvaba a los bancos, se caía el país. El hombre inició entonces una invectiva bíblica, casi a los gritos: “Ya nos encontraremos los banqueros y nosotros en el cielo. ¡Dios y la vida eterna nos igualan a todos!” Poiré, a quien su paso por Sociales de la UBA todavía le prende una lamparita cada vez que ve de cerca un episodio simbólico de lucha de clases, se quedó pensando en la ambigua relación de Wall Street con la gente de Nueva York con Wall Street y, en general, con todos los que estamos en el más allá, esos extraños seres humanos que no pertenecemos al mundo de las finanzas.

La curiosidad sociológica le permite a Poiré hablar sobre estos temas con una paleta conceptual más amplia que la de muchos de sus amigos en el mercado. Igual, cuando tiene que atribuir culpas sobre qué pasó, por qué estalló en mil pedacitos el luminoso edificio de las finanzas, la suya es la misma explicación que la de sus ex colegas: fuimos todos. “¿Quién se quedó con la plata?”, se preguntó Poiré la noche en la que hablamos por teléfono. “El tipo del fondo de inversión que ganó fortunas, es cierto, se llevó buena parte de la plata. Pero también tiene culpa Main Street [lo opuesto de Wall Street: la economía real], endeudándose con sus tarjetas de crédito y consumiéndose por encima de sus posibilidades. Todos hablan de lo que hacen los fat cats de Wall Street, pero no de lo que hace Doña Rosa”. Ése es básicamente el argumento de los que trabajan en finanzas: nosotros les dimos el caramelo, pero ustedes se empacharon solos.

Entre el mal humor general que provoca la crisis en Nueva York, una pequeña válvula de escape en estos días ha sido, para mucha gente, criticar y burlarse de los banqueros de Wall Street, esos supuestos genios de las finanzas que no sólo hundieron a la economía global sino que ni siquiera pudieron salvarse a sí mismos. Sus bancos han desaparecido o están tecleando y el pánico los tiene petrificados frente a sus pantallas, vendiendo sin parar cosas que compraron mucho más caras hace no tanto tiempo. Sin embargo, y esto es lo que alimentaba la bronca del empleado que se desahogaba frente a Poiré, nadie va a ir a pedirles a los tipos de Wall Street los millones que ganaron en el lustro glorioso de 2003‐2007. Hay quien ha dicho que esta crisis representa el final de los Masters of the Universe, el nombre que les puso Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades en 1987: que estos tipos, tras probar que a fin de cuentas no son más que una manga de timberos con computadoras y modelos matemáticos, ya no podrán sentirse los reyes de Nueva York ni los tipos más talentosos o inteligentes del mundo.

Les pregunto a los argentinos de Wall Street si esta crisis ha sido de alguna manera un golpe a su autoestima, si esto ha puesto en duda algunas de las cosas que creían seguras hasta hace un par de meses y si tienen alguna autocrítica a punto de asomar de entre sus labios. Las respuestas son bastante uniformes: todos nos, o casi nos. Ninguno de ellos cree que éste es el fin de los Masters of the Universe o que la crisis trae escrita una lección moral. “Eso es paja”, dice Ariel, con las mangas de su camisa turquesa arremangadas por encima del codo y hamacándose levemente en una de las doce sillas Aeron de la sala de conferencias. “A la gente le encanta decir esas cosas. Hablan del pendejo que gana 500 veces más guita que vos y es un pelotudo. Todo eso es verdad. Siempre es lindo ver caer a un pibe exitoso”. Ariel, de todas maneras, predice que, en los próximos años, el pibe promedio de Wall Street ganará menos que hasta ahora y que, además, ellos mismos serán menos. Ya no habrá laburo para tanta gente. (Algunos cálculos predicen que Nueva York perderá con la crisis 50.000 de sus 200.000 empleos financieros.) Uno de los costados positivos del sacudón es, según alguna gente, que los chicas y los pibes egresados de las escuelas de negocios ya no van a estar tan desesperados por trabajar en Wall Street y que van a desparramar su talento en áreas de la economía a las que hasta ahora nadie quería ir.

Poiré, que hace dos años publicó The Latino Advantage in the Workplace, un libro en inglés sobre las ventajas de los latinos para triunfar en las empresas de EE.UU., se consuela con una explicación barrial‐cinematográfica: “En el barrio, el que jugaba mejor al fútbol se llevaba a la mejor minita. A los que jugábamos mal, un poco de bronca nos daba, pero a nadie le parecía injusto o ilegal. Ahora, es la revancha de los que éramos buenos alumnos y nos gustaba estudiar. Yo no jugaba bien al fútbol, y acá estoy. Es nuestra versión de la venganza de los nerds”.

* * *

Matías está sentado frente a mí en el café de una de las sucursales neoyorquinas de la cadena de librerías Borders. Él no toma nada; yo tomo té helado de una botella. Él está nervioso, no del todo cómodo con las opciones que le esperan en los próximos meses. Lo peor de volver a Buenos Aires no es Buenos Aires, sino irse de Nueva York, un proceso que siempre se afronta como una derrota. “Lo que me jode es que tomen la decisión por mí. No me siento un loser, porque no me echan por mi culpa sino porque trabajo en un área que la van a limpiar entera, pero igual me jodería”, dice Matías. “El problema, para los pibes como yo, que tenemos entre 25 y 30 años, es que todavía no ahorramos tanta guita. En parte porque todavía estamos pagando los préstamos para estudiantes y en parte porque nunca habíamos vivido una crisis así. Muchos gastaban, o gastábamos, más de lo recomendable”. Otro argentino cuenta la historia de una compañera suya a la que un día acompañó a la casa, en Chelsea, y parecía un hotel cinco estrellas: tenía sauna, jacuzzi, valet parking, tipos que te hacen las compras en el supermercado por vos. “¿Acá vivís?”, le preguntó Matías, hace un par de meses, y se dio cuenta de que a muchos como él se les estaba yendo la mano.

Si todavía no ha habido mucho movimiento de banqueros de un banco a otro –las finanzas son una industria con alta rotación: los mejores operadores reciben ofertas y son fichados casi como si fueran jugadores de fútbol–, es porque nadie está contratando a nadie y porque los propios banqueros están tomándose las cosas con cuidado: ya estamos a octubre, razonan muchos, si me voy ahora pierdo el bono de casi todo el año. Para muchos de estos argentinos, enero será el mes clave: volverán de Punta del Este después de Navidad y Año Nuevo, cobrarán el bonus y, si todavía hay mercado financiero y todavía hay Wall Street, ofrecerán sus talentos en la plaza pública. Si las dificultades persisten, aparecen las opciones más imaginativas. Uno de los argentinos con los que hablé tiene un amigo que trabaja en un banco y que está pensando en pedir un año sabático, sin goce de sueldo. “Como total el bono va a ser cero, o casi cero, y el sueldo no es mucha guita, por ahí vale la pena perder el sueldo y no laburar, irme unos meses a la playa o adonde se me cante la gana a oxigenarme y limpiar la cabeza”, argumenta el implicado. Matías entiende perfectamente la sensación: “Conozco pibes de mi edad que se están preguntando si realmente esto es lo que quieren hacer con sus vidas”.

Este verano, en julio y agosto, los argentinos de Manhattan no habían acusado aún el golpe: las casas cerca de la playa que alquilan unos con otros, de a cuatro o cinco parejas, siguieron alquiladas; sus partidos de fútbol y sus asados con carne uruguaya y malbec mantuvieron el mismo ritmo. El verano que viene se verán, si las hay, las primeras bajas. Los que queden seguirán buscando consuelo en las pocas buenas noticias que vienen con la crisis. La favorita de muchos es el descalabro de Brasil, un tanque financiero de última generación que parece haberse quedado sin nafta. “Venían diciendo que la crisis no los afectaba y bla, bla, bla”, me dijo uno. “Los brasucas se creían los capos del mundo. Qué lindo es verlos caer, es como meterles cuatro en el Maracaná”.

De lo que nadie tiene dudas es de que estamos viendo el fin de una era. Todavía no está del todo claro cuánto sobrevivirá y por cuánto tiempo, pero la fiesta acaba de terminar y los banqueros ya sienten nostalgia. Durante varios años fue imposible para ellos no ganar guita. Su laburo era casi como ver qué número salía en la ruleta y recién después tirar las fichas sobre la felpa. Ahora empieza lo más difícil: jugar sin cartas, ganar guita con el cuatro de copas y un ancho falso. Con el ancho de espadas y el siete de oros todos somos ases de las finanzas. Poiré interrumpe mis metáforas de casino: “Tampoco para tanto. ¿Cómo vas a decir que nunca más se va a ganar plata en Wall Street?”, me pregunta. Se responde él mismo: “Eso es falso. Siempre aparece una forma”. Como no agrego nada, vuelve a hablar, y me doy cuenta de que tiene razón, de que muchas veces las épocas no terminan sino que sólo cambian de nombre o aspecto: “De eso no tengas la menor duda”, me dice. “El juego va a seguir funcionando”.

-La última vez que estuve acá vine de caño (revólver).

– ¿Posta? (¿en serio?)

– Creo que sí. Bah, la verdad no me acuerdo, pero pudo haber pasado.

Conurbano, esquina Vietnam. El cartel del supermercado brilla en amarillo optimismo y refuta el alrededor: El Palomar profundo, a cuadras de la villa Carlos Gardel, “la Charly”, mítico asentamiento del Oeste, donde está el agite. Aquí, el Gran Buenos Aires ofrece su pliegue más lúgubre: el aire flota con un viejo aroma a fantasmas. Hay pura leyenda negra en sus ruedos. Pura rabia que mancha, que queda. Lo dicen las paredes y sus agujeros, el colchón de las claudicaciones, los disparos. Acá vive César González, gorra, bermudas, camiseta de Racing, dos meses en libertad, seis tiros en el cuerpo, cien poemas en el alma.

César nació más de tres veces. La primera hace 21 años, hijo de Nazarena de 37 y un padre que los dejó tras la huella de sus vicios. La segunda hace 5. Fue el alumbramiento menos poético, los tiros, las muletas, la vida de chiripa. La tercera hace tres inviernos, cuando rebotó contra el fondo de su existencia y llegó hasta la superficie para sentir el sol. Fue la única vez que la partera de la historia no fue la violencia. Fue la tristeza.

Así se sentía César, con un año de encierro. Hasta que un día ocurrió el hechizo. Hasta que descubrió la magia de las palabras.

***

El jueves 19 de mayo de 2005 César fue a jugar un picado con amigos dentro de la Gardel. “Pero la verdad es que en lo único que pensaba era en ir a robar”. Entonces, bastó que uno de ellos colgara la pelota para que se fuera con Diego, un amigo que sabía manejar, a hacer lo que hacía por lo menos tres veces por semana, robar. Se subieron a un bondi con destino Ramos Mejía. El objetivo era la zona de casas paquetas cercana a la estación. César estaba excitado. Había tomado algunas pastas y llevaba una escopeta de caño recortado adentro de un bolso. Vestía equipo de gimnasia Adidas holgado, una gorra y unas Nike que le daban prestigio en el barrio. Era un pibe chorro de pura cepa, con todos sus fetiches colgados. Estaban en zona de gatillo cuando vieron que un hombre comenzaba a sacar su Renault Clío de un garaje. Bajaron, lo encararon. “Dame las llaves la concha tu madre”. El hombre, de unos 40 años, se asustó, pero al no ver el arma comenzó a tardar un poco. A César se le había trabado la escopeta con el cierre del bolso. Por ahora eran pura amenaza. El tipo, a punto de escapar, se quedó quieto ante el trac trac de la recortada: César lo estaba apuntando. Se subieron. Primer botín. Ahora, a viborear por las calles, a repartir veneno, a conseguir el sostén de los mejores vicios.

Iniciaron lo que en la jerga se llama rally: sin destino claro, asaltando aquello que aparece y los fascina. Primero por Ramos. Después por Liniers. Robaron tres autos más. Cada uno de ellos era abandonado cuando aparecía otro mejor, siempre con el dinero de su dueño en los bolsillos. En Liniers ven pasar una 4×4 Nissan oscura. Se montan, se copan, la chocan, se bajan. Ya tenían más de 10 lucas en dinero, cadenas, celulares. Ahora “cortan” una Kangoo blanca, parece que es la última, ya está, ya hicimos buena guita, volvamos. Pero no, se enviciaron: se cruzan con una 4×4 gigante, una nave nodriza que los embelesa. Dejan la Kanggo y César encañona al dueño. Pero hay algo que no cierra, algo en la mirada del tipo que indica que puede pudrirse. César lo palpa: tiene un revólver en la cintura, es de la gorra, cagamos.

Le saca el arma, y cuando está dudando entre robarle o no, de reojo observa que un patrullero dobló en la esquina y se acerca, despacio. César se aleja de la ventanilla con calma –o eso cree- y se sube a la Kangoo. Arrancan en dirección contraria al patrullero, que sigue avanzando lento. Se cruzan. Se observan. Se tensan. Parece que todo sucede despacio, como en el cine. Diego acelera: el policía robado empieza a gritar, “paralos, paralos que me afanaron”. El patrullero da la vuelta, prende la sirena, llama refuerzos. Se inicia la cacería.

Diego pisa a fondo, mientras César prepara la recortada para defenderse. Ahora son dos los patrulleros que les soplan los talones. La Kangoo carraspea, no es muy rápida, pero están cerca del barrio. Si llegan a la Carlos Gardel, listo: es como cuando en la edad media se entraba a la fortaleza y subían la puerta-puente. Te salvabas y las flechas rebotaban en las piedras. Ya están cerca, ya falta poco. Empiezan los cohetazos, las balas que pegan en la chapa –un ruido corto, apagado-, la Kangoo que derrapa, que sigue. César responde. Faltan dos cuadras, falta una. Ahora nada. Pero la última curva es letal: chocan y vuelcan, en la misma puerta del barrio. César queda del lado del asfalto, de costado, le cuesta salir. Diego escapa y se pierde en el laberinto de la Gardel. César trepa como puede y sale del auto. Si no hubiera estado tan zarpado es probable que se hubiese dado cuenta de lo que venía: la guerra, más de 20 disparos que lo sacuden como si fuera una remera colgada. Cuatro se hunden en su cuerpo. Queda tirado. La policía se retira, cree que lo mataron. Las ruedas de la Kangoo todavía dan vueltas.

La sensación es la de estar quemándose por dentro. Un ácido ardiendo que estalla en las venas. Sangre que sale por la boca y un dolor demencial que gobierna los tendones, que sube por los tobillos hasta la cintura. Que no lo deja moverse, que lo aleja de la tierra. Hay gritos alrededor, pero él no escucha nada: el tiempo se detiene. “Sentía que me prendía fuego y me desmayé del dolor”. Los tiros le destrozaron el fémur, le quebraron dos huesos de la pierna derecha, le pulverizaron parte del talón, pero no lo mataron. Era la segunda vez que la policía lo llenaba de plomo. La primera había sido unos meses antes cuando, desquiciado, le quiso robar el auto a un oficial en la puerta de su casa. El cana tuvo su momento Rambo: le apuntó cómodamente desde adentro. La bala de la 9 mm se le hundió en el medio de la panza. Lo tiró para atrás, pero no lo detuvo. Se fue corriendo hasta su casa. “Ahí sí, ahí sí sentía que me iba. Me acuerdo de ir corriendo y de empezar a sentir que me alejaba, que todo se apagaba. Estuve cuatro días en coma, pero zafé”.

Pero ahora la cosa era distinta, porque la policía lo dejó tirado y nadie hacía un cuerno para salvarlo. Pero algunos vecinos presionaron y llegó la ambulancia, una hora más tarde. César agonizaba, había perdido el conocimiento. Se recuperó en el hospital, donde estuvo con la pierna colgada dos meses. Luego le pusieron cuatro clavos. No se los querían poner. Decían que no valía la pena, que su vida no valía la pena.

Quedó internado y detenido. Pero el juez se apiadó de su estado y lo mandó en silla de ruedas a su casa. Volvió al barrio, donde lo esperaban como a un héroe. En la cultura de ese arrabal, haberse tiroteado con la gorra y salir indemne es como hacer un posgrado en aguante. Sos Sandokán, sos Gardel en la Gardel, sos un candidato a poronga. Más si tenés 15 años y seguís metido de lleno en la ruta del arrebato y el desorden.

Primero en silla de ruedas y después con muletas, César siguió pulsando la cuerda del desborde. Hay fotos que lo muestran así, con las muletas a un lado, de noche, con gafas de sol y una mueca siniestra que ensombrece todo. Paredes oscuras de fondo. Los monobloks de la Gardel como un desgraciado teatro de operaciones. No hay nada que hacer, no hay con qué ocupar el tiempo más que con vicios y ambiciones paganas, con esa épica hostil que apologiza la cumbia sonando siempre, poniéndole azúcar a la peor transgresión. “Salgamos a secuestrar, yo que no puedo correr soy el que llamo y pido el rescate”. Buscan, lo hacen (cae un brasileño), la cobran. Pero algo sale mal. La madre de un conocido del barrio vio algo. Y habla. Una semana después el grupo Halcón tira la puerta abajo de la precaria casa –ladrillos, madera, chapa- de la familia González. Se llevan a César, a su hermano de 15 años, a su madre y a la abuela Genoveva, de 65. Una semana después el único que sigue detenido es César. Se quedó adentro casi cinco años.

***

La mancha de la angustia bajaba los domingos, durante el crepúsculo, cuando las visitas se iban y el ruido de las cerraduras era un rodillazo en el ánimo. Un dolor metafísico, una melancolía ominosa. La energía descendía y convertía a la esperanza en abandono. Ese momento era tremendo para César, encerrado desde hacía más de un año en el Instituto de Menores San Martín. Debía purgar una condena de siete años. Parecía imposible sobrellevarlos. Solo pensaba en salir y en volver a la vida salvaje.

Hasta que un lunes apareció la magia. Llevaba galera, varita, todo: era un mago en serio. Patricio Merok empezó a dar todos los lunes un taller de magia en el correccional. César no iba a ir: son pocos los internos que se anotan en esas actividades. Pero fue. No se entusiasmó demasiado con la primera clase, pero a la segunda fue con un poco más de ganas. Se quedó charlando con el mago. “Patricio empezó a bajar línea, a hablar de las injusticias sociales, del encierro del cuerpo pero de la libertad del espíritu. Y me copé. Empecé a esperar que llegaran los lunes porque lo quería escuchar”. Al mes Merok le prestó la primera lectura: De Ernesto al Che, un relato sobre el viaje andino que transformó para siempre la cabeza de Guevara. También la de César empezó a transformarse. Algo que terminó de hacer el segundo libro que le pasó el mago: Operación Masacre, de Rodolfo Walsh. Ahí sí, ahí el bocho se le partió al medio. “Ahí empecé a darme cuenta de mi realidad, ahí caí en la cuenta y me dije: ‘loco, mirá lo que soy: tengo 16 años y toy todo coheteado. No puede ser’. Me di cuenta que mis escenarios habían sido la cárcel y la villa. Y empecé a tratar de cambiarlos. Yo sé que es una frase re manida, pero es la verdad: me di cuenta de que tenía que cambiar y de que, por ahora, mis únicos refugios eran los libros”.

Contado así, aún sin más matices que los que permite una iluminación repentina (similar a una conversión religiosa o a una lobotomía espiritual), el cambio de César parece teñirse de un romanticismo walshniano: como si un rayo se hubiera posado sobre él y su conciencia hubiese dado un vuelco. No parece haber manera de desentrañar las razones de una transformación tan profunda y radical más que creyendo en lo que explica: que el estado de desasosiego lo llevó a querer otra cosa para su vida. Un desconsuelo tenaz que le ayudó a desatar un deseo escondido: la lectura. Allí radica también su excepcionalidad, el hecho de que algo haga click en su interior y la vida adquiera otro significado. Muchos en su condición mitigan la tristeza hundiéndose más en la tristeza, en la anestesia lisérgica o en la religión. César la combatió con relatos.

Se largó a leer con adicción. Leyó todo Walsh, pasó por Cortázar, por Borges, Marx, Castillo y un largo etcétera que incluye filósofos como Spinoza o Deleuze. “Por fin uno que lee”, le decían en la biblioteca del correccional, huérfana de clientes hasta entonces. Una noche, un libro. “De a poco empecé a dejar de ser tan tumbero. Si no mi vida era siempre lo mismo: ‘Eh, gato, ¿todo piola? ¿Vamo a zarpar a ese gil nuevo que llegó?’ Siempre igual, hablando con los pibes de drogas, de tumba, de todo eso. Quería cambiar. Estaba muy triste”.

No fue sencillo que aceptaran su cambio en el penal. César era uno de los caciques de la cuadra, caído en combate contra la gorra, oriundo de la Gardel, preso por secuestro. Un prontuario pesado. Pero ahora el pesado leía. “Eh, loco, ¿qué te pasa? ¿Se te enfrió el pecho? ¿Qué hacés con esos libros?”. Lo hostigaban, lo miraban raro. Para no convertirse en el blanco de sus compañeros, durante el día conservaba la gestualidad y el pulso patibularios –“No pasa nada loco, si querés me paro de puños, ¿eh?-, para después encerrarse a leer hasta el amanecer. “De día tumbero, de noche ilustrado. No quedaba otra”.

Hasta que llegó el acto más revolucionario: empezar a escribir, empezar a llenar ese aire nauseabundo de las celdas –hedores, temblores, resquemores- con palabras nuevas, a soltar el facón y a empuñar la lapicera. Se dio cuenta de que aún enjaulado se puede apreciar la belleza de las cosas:

Pienso en lo frío de la soledad del sol

En la eterna virginidad de la luna,

En la relación amorosa del viento y las hojas

Y en la lluvia

Es el momento

En que el cielo y la tierra

Tienen un orgasmo.

***

“Negro de mierda ¿de qué te la das? Vos tas acá por secuestro, ¿qué carajo hacés con esos libros? ¿Qué te pensás?” Los guardias sabían bien cuándo iniciar la cacería. Durante los feriados, el correccional se vaciaba de asistentes sociales o de abogados. La ley les pertenecía a ellos: chacales con espuma en la boca y bastones largos. Sin otra razón más que la frustración y el odio –leer es provocador-, irrumpían en la celda de César y le rompían los libros, le pegaban, lo humillaban.

-¿Qué leés negro de mierda?

-A Nietzsche, ¿querés que te lo explique?

Una noche fue tal la paliza que le dieron que lo dejaron cuatro días con las piernas inmovilizadas.

-¿Qué sentías cuando te hacían eso?

-Me acuerdo de estar tirado en el piso agarrándome la cabeza y recibiendo bastonazos en la espalda y pensar: ‘No me van a ganar. Voy a seguir leyendo más que nunca’.

-¿Te daba ganas de escribir?

-Me daba más fuerza.

(Y me proponen la muerte

Y me convidan violencia

Y me baño en mis nervios

Y todo me cuesta

Y todo me ahoga.)

– Además de tristeza, ¿tenías odio, miedo, qué tenías?

– No, no tenía odio, a pesar de que me sobraban los motivos para tener resentimiento. Ellos, los guardias, son como nosotros, de barrios pobres, pero tantos años de adoctrinamiento les provocó odio hacia nosotros. Creen que pegándonos borran su pasado.

Los momentos aciagos no desaparecían. Pero por lo menos había encontrado un espacio en el que focalizar su energía. Con un aditamento: había aparecido un don, el de la escritura.

(La sensación cuando termina la visita se puede comparar a la de tirarse en un volcán de amargura en erupción.

Nadie conoce la belleza (sólo comparable al amanecer de los Incas) de morirse de una sobredosis de abstinencia sexual y reencarnar al otro día en un asesino invisible.

¿Por qué será que todos mis héroes se enamoran del suicidio?

Mi mamá ya debe haber llegado a mi casa, qué lástima, ella nunca se va a dar cuenta que hoy, luego de tres años, se recibió de astronauta carcelaria.)

Pasaban los días en el correccional. Ya había estado en el San Martín, en el Roca, en el Mitre, en el Sarmiento. El ritmo seguía igual: una noche, un libro. “Si hay algo que tenía era tiempo libre”. Ya había pasado por la literatura argentina, ya había leído todo el marxismo. “Como teórico económico Marx es un groso, pero tomar el poder con violencia es imposible”. De a poco César empezó a sentir pena por su pasado tumbero, pero en lugar de abrigar un sentimiento de lástima por sí mismo, en lugar de victimizarse o autoflagelarse por la culpa –“hice mucho mal, lo sé”-, comenzó a tener las ideas más claras, a darse cuenta de que sus condiciones de vida habían determinado buena parte de su conducta de antaño. “Desde los cuatro años que vivo rodeado de tiroteos. Preguntale a él si sabe lo que es un tiroteo. Te va a decir que sí. Acá es cosa de todos los días”, dice mientras señala a su hermano menor, una pulga que sonríe en medio del austero living de la casa. “Esa es la realidad de este lugar. Y eso es algo que yo quiero combatir. Por eso, pese a que puedo vivir en otro lado, elijo quedarme en la Gardel para intentar cambiar lo que sucede”.

La Gardel es muchas cosas, pero también es un nido de llanto, de dolores, de dealers, de caras que se cruzan y que no dan confianza –“Aquel salía conmigo, ese también”, señala César en una recorrida por su interior-, de tiempos que pasan sin gloria y vidas que se oxidan. César pinta su aldea:

“Las madres que lloran la muerte del hijo chorro en velorios propios y ajenos.

Más patadas que gambetas en el campeonato de fútbol, los domingos a la tarde. El aire intoxicado por el porro cortado que está vendiendo hoy la transa. Los evangelistas y sus gritos. Los perros persiguiendo las motos.

El guiso salvador del mediodía, el mismo guiso a la noche, lo que quede del guiso mañana.

Uno con las últimas Nike al frente, dos acá a la vuelta, diez en el fondo.

La religión de odiar a muerte a la yuta y dos de sus devotos a bordo de un súper auto seguramente robado.

Habitantes que conocen a todos, secretos que saben todos, engaños imposibles de ocultar.

Panorama de vida que siempre tiene olor a celda, a plomo, a trabajo en negro o en gris… o a traje de encargado de limpieza.

Es la villa, es otro mundo, es vivir apartado.

Escribir se volvió una práctica esencial, un ejercicio liberador, catártico. El combustible cotidiano para atemperar la larga espera que todavía quedaba, palitos que se tachaban muy despacio en la pared. También, una manera de hacer las paces con el pasado y con su cabeza, esa radio interna que no paraba de tirarle estímulos a un cuerpo encarcelado. A más apertura intelectual, más sensación de encierro. “Hay que dejar el cerebro en remojo una semana”, escribió una noche. Había sido una tarde difícil, de cuestionamientos. A esa altura, la escritura era un bálsamo. Como lo dijo esa noche de página en blanco:

¡Letras, máscara de mi herida!

Aliéntenme esta tarde

Que si no escribo soy piedra

Y vuelvo a ser tan solo un expediente.

***

“Lo más difícil es salir, porque no te dan nada; te dicen: ‘dale, salí a la jungla, arreglate’”, cuenta César, libre desde hace dos meses tras cinco años de encierro. A los dos días de llegar, en el barrio ya se había corrido la noticia de su regreso. Las madres de sus antiguos adláteres no pueden creer su transformación. Entre ellas comentan lo que todos puede ver a la luz del día: que está rescatado, que es culto, que salió hablando en el programa de Andy, que el intendente Sabatella lo incluyó en un programa de trabajo social, que en abril arranca a estudiar Filosofía en Puán. Pero por la noche llegan los fantasmas. Como vampiros, sus secuaces de otros tiempos aparecen con sus dulces. “Me trajeron una 9 mm y me dijeron de salir. Dije que no. Y voy a seguir diciendo que no. Me propuse remarla. Resurgir desde mi propio abismo”.

– ¿Te cuesta mucho?

– ¿Qué te parece? Todos los días tengo que combatir al diablo de adentro. Pero todos los días pienso en mis poemas y elijo eso. Son mi esperanza.

Los vecinos dijeron que alguien dio la orden de “disparar doce veces al cuerpo del Palomo Usuriaga”. Doce por el barrio en el que vivía desde chico, el 12 de Octubre, y que a pesar de su carrera de futbolista, su fama y riqueza, nunca abandonó. Doce por el número de barrios, incluido el del Palomo, que conforman la comuna 12, donde se cometieron, el año pasado, 115 homicidios. Al asesino del Palomo le faltaron cinco tiros, pero igual lo mató.

Para el funeral de Albeiro, la familia Usuriaga contrató 12 buses, que no fueron suficientes para evitar el sobrecupo. Una multitudinaria caravana con gente del barrio y seguidores provenientes de diferentes partes del país como Pereira, Bogotá y Puerto Tejada acompañó al “Palomo” hasta su última morada. Pero como la vida misma, su sepelio no dejó de ser un evento sobresaltado.

En la capilla del Palmar la misa fue interrumpida una y otra vez por los que pedían abrir la caja para ver al muerto. Cuando el sacerdote estaba a punto de ceder al caos, alguien gritó: “Esto no es una rumba, le estamos rezando al socio!”, y todo quedó en silencio. Fotógrafos, cámaras, curiosos, aplausos, arengas: “¡Usu! ¡Usu!”, “por qué matan a las personas buenas”, venta de helados “a 500”, fueron las últimas imágenes que quedaron grabadas antes de enterrar, con serenata incluida (“Llegó el final, me voy de tu vida, mi vida vencida está”, del Gran Combo, cortesía de un CD que retumbaba en el auto del “Pepesón”, locutor radial y amigo del Palomo), a Albeiro Usuriaga.

***

Como si fuera a convencer a un niño de que dejara de jugar para cumplir con la tarea, Guillermo Cárdenas, el jefe de prensa del América en ese entonces, fue comisionado por el club para encontrar a Albeiro Usuriaga y recordarle su salida a Argentina. Un día antes del viaje, el Palomo estaba jugando bolas (canicas) con una gallada del barrio. Al ver a su guardián, el “Usu” le dijo: “Yo para allá no voy, pana”. Así que Cárdenas tuvo que hablar con la mamá y explicarle la importancia del viaje. La señora Esther López llamó a su muchacho: “Mijo, tenés una oportunidad divina, no la vas a desaprovechar”.

Tres días después de la llegada de Albeiro a Buenos Aires conoció a Juan Carlos Vásquez, un caleño de 19 años, que estudiaba Relaciones Públicas en la Universidad de Buenos Aires, hablaba dos idiomas y trabajaba medio tiempo en McDonald’s. Palomo le comentó a Juan que estaba solo, que su club lo había mandado a Buenos Aires y que existían varias posibilidades de quedarse pero nada era seguro.

Se hicieron amigos y el Palomo le preguntó si sabía de números porque tenía dudas sobre su contrato, no conocía los impuestos argentinos y no sabía por qué conceptos le deducían a su sueldo.

El Palomo le hizo una propuesta para que le colaborara en el asunto, y Vásquez accedió a ayudarlo, consiguió negociar un buen contrato y con el tiempo se convirtió en una mezcla de manager, relacionista público, jefe de prensa, asesor jurídico y financiero y hasta asistente personal de actividades múltiples como manejarle el carro, pelear con él y regañarlo para que empacara maletas y saliera a tiempo a sus compromisos internacionales.

No había transcurrido un mes y en pleno invierno de Buenos Aires el Palomo, todavía incómodo, lejos de su Cali, le dijo a Juan Carlos: “Aquí hace mucho frío, no hacen sancocho, no venden fríjoles, no tengo amigos, me quiero ir”.

***

Palomo jugaba cartas con un grupo de amigos cuando un muchacho se acercó con dos pistolas en la mano y le disparó. El chico, un menor de edad, lo remató y luego huyó en una motocicleta que lo esperaba en la esquina, bajo la cómplice sombra de la noche y el silencio de los vecinos. La hermana de Usu, Carmen, estaba viendo todo desde el balcón.

Desde que Carmen vio a su hermano caer supo que no había esperanza. “Tenía la mirada perdida. Cuando suceden cosas de bala los taxistas no paran, es casi imposible. Gracias a Dios pasó un amigo en una camioneta y lo llevamos, tampoco queríamos dejarlo ahí a esperar el levantamiento del cadáver porque la congestión de gente era impresionante. En el hospital fue horrible, un gentío, televisión por todas partes, la gente se quería meter a como diera lugar”.

A las 8:30 de esa noche, los medios confirmaron la noticia: había sido asesinado el jugador de fútbol Albeiro Usuriaga, que participó en la consecución del primer título intercontinental del Atlético Nacional, la Copa Libertadores de América, en 1989; fue artífice del último gol que marcó la Selección Colombia contra Israel ganando el pase al Mundial de 1990 y que con el Independiente de Avellaneda se tituló campeón del torneo nacional argentino en 1994, se alzó con la Supercopa el mismo año y con la Recopa Suramericana en 1995.

***

Después del homicidio del Palomo, el sábado 14, ocurrió otra muerte, que solo tres días más tarde salió a la luz. El asesinato de Luis Fernando Pérez, alias “el salado”, de 24 años, quien, según le dijo un testigo a la policía, era el conductor de la moto en la que huyó el asesino del Palomo.

El fin de semana anterior a la muerte de Usu, el sábado 7 de febrero, cuatro personas en un taxi, incluido el conductor, fueron asesinadas en el barrio 12 de Octubre. Al día siguiente, el domingo 8 de febrero, en la misma esquina donde mataron al Palomo, Javier Vera Marulanda, de 27 años, también fue baleado. Al comienzo dijeron que el jugador vio el crimen y que por eso lo mataron, aunque su hermana lo niega.

La Policía Metropolitana de Cali, y su comandante, el coronel Mario Gutiérrez, tienen otra hipótesis: “Palomo no necesariamente vio esos homicidios pero sí supo cosas, como que iba a haber muertos. Y supo también de Javier, al que mataron el domingo”. Según su declaración, el Palomo le habría dicho enfurecido a una mujer involucrada con la pandilla que él sabía que iban a matar a esos muchachos “y ella habría alertado a los asesinos”.

Los vecinos del barrio no creen en la versión oficial. Según ellos, el día de su muerte el Palomo fue a ver a la policía y los pandilleros, asustados, decidieron matarlo, pero el coronel Gutiérrez dice que fue mentira. “En ese barrio hay pandillas, hay gente fregada, es un barrio fregado, pero la gente le tenía confianza a la policía y el Palomo charlaba con los agentes todas las veces que se encontraban –a pesar de que algunas veces lo arrestaron por indisciplina-. Sospechoso sería que no fuera amigo de los policías y apareciera un día charlando con ellos”. Albeiro, según el coronel, además estaba apoyando un campeonato de fútbol intercomunas en el 12 de Octubre como parte de las actividades que organiza la policía con personas de alto riesgo en la zona, por lo que resultaba obvio que hablara con ellos.

El Palomo Usuriaga había recibido varias amenazas, dicen. Una fue la que le hizo “el salado” cuando disparó al aire frente al Palomo, aunque luego se disculpó con él y su familia. “No era del 12, pero por aquí todo el mundo lo conocía, era un muchacho problemático que venía con su droga encima a montársela a los pelaos del barrio”, dijo una vecina.

“Albeiro no era de discutir y ¿estresado? No tenía motivos para estarlo. Estaba contento porque iba a una prueba. Preocupado como todos en el barrio por ver lo que estaba aconteciendo. Esas matanzas así sin ton ni son, una tras otra, pero nada más”, dijo una hermana. Luego recordó que días antes timbró el teléfono, ella descolgó y escuchó que alguien dijo en voz baja: “Vamos a matar a tu hermano”. Palomo nunca se enteró.

Otra versión no oficial asegura que el fin de semana anterior a su muerte alguien lo amenazó. “Un tipo de una moto. No se sabe qué le dijo pero paró en esa esquina y le apuntó con un revólver a la cabeza”, aseguró un testigo.

***

“No, Albeiro, calmate un poquito”, le dijo Vásquez a Usuriaga para convencerlo de que no saliera de Argentina. Habló con la colonia colombiana que vivía en Buenos Aires y organizó un sancoho.

A medida que se destacaba futbolísticamente, Usuriaga empezó a ser visto como una figura exótica, por su color de piel, sus 1,92 de estatura y su desfachatez. En la calle la gente especulaba que parecía modelo. Su popularidad y su fama en Argentina se hicieron evidentes cuando se encontró en medio del acoso de mujeres y fanáticos que pedían autógrafos, fotos, camisetas y boletas, y de muchos anónimos que pagaron sus cuentas en restaurantes. Fue el primer futbolista colombiano en la tapa de Gráfico y también el primer profesional colombiano que debutó en el fútbol español.

Su fama subía como espuma. Juan Carlos le sugirió comprar auto y después decidieron ir a vivir a Avellaneda, el barrio del Club Atlético Independiente. En esa época, las muestras de admiración llegaron al punto de que una vez “íbamos en el auto y una señora casi gritando decía: Usuriaga, te regalo a mi hija, ella está enamorada de vos, tomá el teléfono, andá a la casa a almorzar, mi marido te quiere conocer. Realmente era increíble”, dice Vásquez.

***

“Ídolo porque sí”, tituló en su artículo publicado en El Tiempo el periodista argentino Jorge Barraza, que fijó el epitafio que podría resumir el sentimiento de los argentos por el Palomo: “Que quede registrado, en todo caso, que lo hemos querido mucho. Han llegado muchos futbolistas colombianos a la Argentina. Casi todos alcanzaron el éxito, uno solo la idolatría: Usuriaga”.

El Palomo se fue ubicando en una posición privilegiada. Actores y modelos se fotografiaban con el negro que, lejos de su 12 de Octubre, alguna vez sentenció: “Argentina, el mejor país del mundo”. La hazaña de Independiente tuvo tanta trascendencia en Argentina que el gobierno brindó un homenaje al Club e invitó a sus miembros a la Casa Rosada, donde Usu se atrevió a tomarse una foto, sentado en la silla presidencial, un acto no menos osado que cuando el presidente Carlos Menem lo abrazó y dijo: “Voy a tomarme una foto con Palomo” y este le contestó: “Voy a tomarme una foto con Carlos ‘patillas’ Menem”. Pero el desdén de Usuriaga por el protocolo presidencial ya tenía antecedentes. Cuando el presidente colombiano Virgilio Barco le dijo: “Estás ganando mucha plata no te la vas a gastar, guárdala ¿Qué negocio piensas montar? Albeiro le respondió: “Estoy pensando en montar un peaje, eso da mucha plata”.

Como en un partido de América contra Millonarios, cuando tiró un centro desde la parte occidental del estadio para que otro la rematara pero alcanzó el arco y metió un gol, el Palomo fue “un tiro al aire”, como lo describió Maturana.

Casos como el de doping en Argentina, su detención por comprar una moto robada, la agresión a un policía, un carro sin placas que ingresó al país y hasta rumores de abuso de menores –este último sin sustento jurídico- se filtraron a la prensa.

Cuando empezó a destacarse en el fútbol, en 1995, estando en el América, la Fiscalía Seccional de Cali lo procesó por la compra de una Harley Davidson robada y estuvo detenido durante varios días. El abogado Wilson Araque lo sacó del lío. Su hermano Jair aseguró que cayó por inocente: “Un pelao de por aquí que se la vendió, pero Albeiro salió de eso, la mamá del muchacho era conocida por nosotros, y el pelao siguió por aquí, normal”.

Tras salir positivo por consumo de cocaína en la prueba antidoping, que se practicó después de un partido entre San Lorenzo e Independiente en agosto de 1997 llegó uno de los momentos más duros para la carrera de Usuriaga.

Los jugadores agremiados y el mismo Maradona manifestaron desde Argentina su respaldo al Palomo. En octubre de 1997, el 10 argentino declaró a Clarín “Que no se quiera limpiar con Usuriaga y Maradona. Todos tenemos que tirar juntos para adelante”. Aseguró que quería organizar una reunión con agremiados “lo antes posible, por el Palomo”, no descartó una huelga y agregó: “Hay una discriminación total por esa ley absurda. El que la hizo debe estar muy arrepentido”.

Los abogados de Usuriaga ganaron el caso y le evitaron dos años de suspensión. Basaron sus alegatos en la consideración de la AFA y la Fifa del doping como “toda sustancia que estimula el rendimiento de un deportista en el campo de juego” y concluyeron que la cocaína se consumió días y no horas antes del partido en el que se le practicó la prueba, y que su efecto es muy distinto al de estimular. La Federación Colombiana de Fútbol no sólo no se pronunció al respecto, sino que, según Vásquez: “A Maradona, que 15 días después se involucró en un hecho similar, la misma Federación Colombiana de Fútbol le envió una comunicación manifestándole su apoyo frente a esa situación”.

Pero aún más duro que el doping fue la muerte de su primera compañera, Eliana Fernanda García, asesinada el 24 de julio de 1999, y enterrada ahora a su lado.

Y él tenía que terminar como ella. Con una vida así no hay otra muerte aceptable. Según Maturana, varias veces el Palomo fue al cielo y se devolvió”. Esta vez, quizá, se quedó allá.

Era el 16 de abril de 2003 en el hospital Guillermo Patterson de San Pedro, Jujuy, y la vida transcurría sin que nadie fuera capaz de imaginarse nada. Los enfermos dormían, el suelo apestaba a lavandina, y diez embarazadas hacían fila para que la doctora Mónica Torres de Pilili las atendiera de una vez. Ventanas afuera, San Pedro amanecía como de costumbre: con una luz diáfana y ciega, que les da a las montanas una nitidez que luego se pierde en el transcurso del día. A las ocho de la manana, entonces, a la hora en la que todo parece más claro que lo habitual, una enfermera se acercó a Torres de Pilili casi sin aire.

– Llegó una bebé toda con sangre, doctora. Toda, toda, recién le salió a la chica y está muy pequeñita, como que le salió antes de tiempo.

Estaba envuelta en una toalla y la traían dos mujeres con la cara rota por el susto. Decían que acababa de nacer. Que la madre había parido en el inodoro de la casa y que aún seguía en el baño, enajenada, como si alguien la hubiese abierto y embalsamado allí mismo.

– No sabíamos que tenía a la bebé adentro. ¡Si no se le notaba! Nunca dijo nada, mi Dios, no sabíamos nada y ahora la Romina sigue allá, está como idiota, como ida, llena de sangre.

Dijo la madre de Romina, que se llama las cosas de la vida Elvira Baño.

Elvira jamás supo que su hija estaba encinta. Tampoco lo supo Florentino Tejerina, el padre, ni Mirta, la hermana veinte años mayor. Casi nadie en San Pedro sabía de este tema. La única que estaba al tanto era Erica, la hermana más cercana en edad (Erica tenía 22, Romina 18), pero había callado todo con una fidelidad de acero.

– Si decís algo a los papás, me mato.

Le había dicho Romina. Y Erica no habló.

Durante siete meses, Romina se envolvió con una faja y logró disimular su panza. No había mucho que esconder, de todos modos. Pesaba 46 kilos y las tabletas de laxantes que tomaba a diario la ayudaban a perder en líquido lo que ganaba en carnes. El 15 de abril a la noche, acompañada por su hermana confidente, tomó una tableta entera y se dejó llevar. A las siete de la mañana se sentó en la taza sin saber que iba a parir.

Más adelante, Romina contará que no recuerda ese momento. Que no sabe cómo se cortó el cordón umbilical, ni cómo es que la beba pasó del inodoro a un toallón blanco. Romina mira hacia atrás y esa mañana es nada. O casi nada.

– Sólo me acuerdo del llanto del bebé. Eso, nomás.

La primera imagen que aparece, casi en sueños, es la del hospital: Romina veía todo rojo.

– Qué te hacés la nerviosa, la mosquita muerta – le dijo la doctora Torres de Pilili-. Mirá lo que hiciste, loca.

La sangre no era sólo del parto: después de una breve inspección, Torres de Pilili supo que la beba había sido acuchillada.

René Reyes, un policía del hospital y amigo de la familia Tejerina, se agarró la cabeza. Empezó a llorar y a invocar a Dios.

– Virgen santa, qué hiciste, Romi, Dios mío, Dios mío, pónganle un nombre al menos, pónganle Milagros del Socorro.

Dijo.

Todos le hicieron caso. Milagros del Socorro murió dos días más tarde.

***

La noticia recorrio San Pedro no tanto porque fuera grave –suelen pasar cosas así en la zona– sino porque San Pedro es chica. La ciudad, en rigor, tiene 70 mil habitantes, pero no queda claro dónde está toda esa gente. Aun en la zona céntrica –cinco cuadras llenas de autos y comercios– los sonidos llegan desde lejos, como si no tuvieran suficiente masa donde rebotar. Y no es sólo una cuestión sonora: en San Pedro la vida entera parece aminorar el paso. En el pueblo hay tiempos lerdos, animales dormidos, una iglesia, un hospital, una intendencia, algunas radios, una plaza principal. Hay también dos boliches, Pacha y Metrópoli, que le dieron al lugar una fama en todo Jujuy: se dice que en San Pedro, a 63 kilómetros de la capital, la noche se mueve más que cualquier otra en la provincia.

Los boliches no son gran cosa. Vistos de afuera, Metrópoli parece un cine porno y Pacha –con acento en la primera “a”– podría pasar por un galpón clausurado. Justamente en Pacha, detrás de un portón sucio de óxido y afiches rotos, solía bailar Romina. Y dicen que bailaba bien.

Cuando iban las bandas tropicales, hasta la subían al escenario para que ella bailara dirá después Mirta Tejerina, docente, militante gremial y hermana mayor de Romina. Y yo admito que le daba permiso para bailar. Mamá me dijo después: “¿Por qué le dabas, Mirta, por qué?”, como si eso hubiera sido la culpa de todo.

“Todo” es que el 1º de agosto de 2002, Mirta autorizó a Romina y a Erica para ir a Pacha. Erica salió primera y, horas más tarde, Romina fue a buscarla al portón, pero no la encontró. En ese instante, y en circunstancias que aún no quedan claras, Romina habría sido arrastrada por un hombre hasta un Renault 9 color rojo, habría sido amenazada, y habría sido violada poco después.

El hombre habría sido Eduardo Pocho Vargas, un tipo veinte años mayor que ella que vivía medianera de por medio con Romina. Ante la Justicia, Vargas diría, catorce meses después, que Romina entró en el auto y se dejó avanzar con gusto. Pero Ro- mina no recuerda el gusto: dice que Vargas le tapó la boca, que la violó, y que amenazó con matar a toda su familia si ella se animaba a gritar.

Romina no gritó.

Volvió a su casa en silencio.

La familia supo todo siete meses más tarde, cuando Romina parió en forma prematura y protagonizó una escena digna de Hitchcock. En un brote psicótico, vio en el bebé la cara del violador, tomó un cuchillo Tramontina estaba allí para raspar el verdín de los azulejos y le dio diecisiete puñaladas.

Desde entonces, romina esta presa en la Unidad 3 de San Salvador de Jujuy, a la espera de un juicio oral en el que probablemente le den 25 años de prisión bajo el cargo de homicidio agravado por el vínculo. Su supuesto violador, en cambio, estuvo veintitrés días demorado y le acaban de confirmar el sobreseimiento. Por esta paradoja, el caso Tejerina cuenta con un respaldo inédito en la Argentina. Más de cincuenta organizaciones no guberna- mentales, nacionales e internacionales, pidieron su liberación, y hasta la Corriente Clasista y Combativa de Carlos “El Perro” Santillán hizo causa común con Tejerina, a tal punto que le puso la abogada.

Se entiende ese interés: detrás de Romina asoma una polémica en torno del infanticidio, una figura jurídica que estaba contemplada hasta 1994, y que disminuía la condena para las mujeres que mataran a su hijo durante el parto o inmediatamente después si lo hacían “para ocultar su deshonra”. En caso de infanticidio, la pena era de 1 a 6 años de prisión. Pero, en 1994, el Congreso derogó esta figura con el argumento de que “ni la honra ni el honor se comprometen hoy en el parto”, y el mismo hecho pasó a ser un homicidio agravado por el vínculo, al que le cabe la máxima sanción que prevé el Código Penal.

La defensa –encabezada por la abogada Mariana Vargas– pide la liberación de Romina; argumenta que la violación le ocasionó una negación del embarazo, y que esa crisis generó en la chica un episodio psicótico que desembocó en homicidio. El juez Argentino Juárez, en cambio, procesó a Romina sosteniendo que no es inimputable porque “tuvo intención homicida para con su hija antes del hecho, cuando quiso abortar en reiteradas oportunidades y también al momento del parto”.

Jujuy lidera el ranking nacional de mujeres con –diría Juárez– “intención homicida”. La forma que tiene el Estado para medir esta práctica es el índice de mortalidad materna, que en la provincia trepa al 2 por mil, una cifra que duplica y triplica los números del Centro y el Sur del país. Y esto no es porque las mujeres mueran al parir: mueren complicadas en intentos de aborto. El derecho de pernada de padres, padrastros y patrones hizo que en el Norte los hijos no sean, necesariamente, fruto del amor y las buenas costumbres que defienden los jueces. En muchas zonas de Jujuy, las madres y los hijos nacen y mueren del mismo modo que nacen y mueren las llamas y los perros: sin mucho espamento.

Los diarios de San Pedro siempre cuentan esas historias: está la del padre que vivía en el ingenio La Esperanza, que dejó embarazada a su hija, y que zafó de la cárcel porque su mujer –mamá de la criatura– fue llorando a la comisaría pidiendo que lo suelten, porque el hombre era sostén del hogar. Uno de los últimos chismes es el del barrio Albornoz: hace poco una chica se abrazó a un poste, parió a su hijo como quien escupe, y después se fue andando, como si nada, mientras que al cuerpito se lo comieron los perros. Por este tipo de casos, en San Pedro ya es famosa la pregunta que Elsa Colque, maestra y militante de la Corriente Clasista y Combativa, hizo durante un discurso en defensa de Romina: “¿Ustedes saben?”, quiso saber. “¿Ustedes saben cuántos fetos hay enterrados en los fondos de las casas?”

La casa donde vivia romina queda en el barrio Santa Rosa de Lima, y es una construcción blanca, de tres ambientes y paredes despintadas, ubicada en el cruce de dos calles en las que abundan el polvo y los perros. Hoy vive allí una mujer ajena a la familia: su mayor preocupación consiste en juntar dinero para cambiar el inodoro.

– Nos mudamos con lo justo y no puedo ni mirar ahí. Me da asco. Yo acabo de tener una bebé y ya le dije a mi marido: “El inodoro se va de esta casa”.

Explica. Y no explica más nada.

Desde marzo de 2001 y hasta el 16 de abril de 2003, vivieron allí las tres hermanas Tejerina. Esa casa era la síntesis de una emancipación familiar: a los 39 años, Mirta Tejerina había decidido abandonar el nido paterno. Llegó a la casa nueva en calidad de cuidadora, y pocos días después sus dos hermanas, Erica y Romina, se fueron con ella.

Yo las llevé conmigo porque quería otra vida para las chicas. No hablo de libertinaje, pero yo tuve una juventud tan… Mi papi está por cumplir los 70 el mes que viene, mi mami tiene 64. La diferencia generacional es grande Yo no quería lo mismo para ellas.

¿Qué es “lo mismo”?

– Hoy, a mis 42 años, estoy sola. En la casa de mis papis el sexo era eso sucio, eso peligroso, eso horrible, eso pecaminoso. Ellos decían que si un día nosotras nos aparecíamos embarazadas a mi papi le iba a dar un derrame cerebral. Eso decían. Por eso la Romi nunca contó nada, porque… ¿y si el papi se nos moría? Y además estaba el miedo a los golpes de la mami. Mi mami me pegaba a mí de chica, lo pegaba a mi hermano Julio César, que ahora tiene 35, lo pegaba con la sartén. Y también las pegaba a mis hermanas. Y yo pensé que si ellas venían conmigo iban a tener una juventud mejor.

Nadie puede imaginar que Mirta tiene 42 años. Aun vista de cerca parece una muñeca joven y herida: tiene flequillo castaño, uñas pintadas de rosado, y unos ojos que se abren y cierran como si tuvieran párpados de pez: nunca parecen cerrarse de verdad. Mirta pestañea y hace esfuerzos para no llorar, mientras ceba mate en la cocina de su nueva casa. El 14 de noviembre de 2003 se mudó con Erica a San Salvador de Jujuy, a un lugar pequeño y de aires tranquilos al que Mirta llama “nuestro refugio”. Mirta quiso irse cuando la vida en San Pedro se le volvió insoportable.

– A mi hermana la juzgan en San Pedro porque no era una ignorante absoluta, ¿no? Y a mí me da tanta bronca. Yo siento que mucha gente disculparía a Romina si tuviera puesta la pollera de siete colores. Y cuando ven que no, que es una adolescente común que sufrió una tragedia, entonces se ponen con la moral y el dedito. Me acuerdo de una charla con un diputado de San Pedro: “Es que estas chicas salen de noche”, me decía. “Y esas polleras cortas, y esa música que bailan, y estos jóvenes que consumen alcohol.” Sí, mami. ¡Decía eso! Decía lo mismo que el intendente de San Pedro. ¿Sabés lo que nos dijo el Julio Moisés en una charla, a la abogada y a mí? Que las mujeres violadas no existen. Que todas quieren. Si yo me pongo a hablar de los funcionarios de acá… El día del hospital, cuando a mi hermana la detienen, estuvimos todo el día buscando al juez de turno, el Argentino Juárez, para que nos permitiera ver a Romina. Horas estuvimos dando vueltas por San Pedro. ¿Sabés dónde lo encontramos? En el casino. Porque la única forma de encontrarlo es ahí.

El caso de Romina está dividido en dos causas, que son tratadas por dos jueces distintos de San Pedro. El homicidio cayó en el juzgado de Argentino Juárez, y la violación en el de Jorge Samman, un juez que, antes de absolver a Eduardo Vargas, preguntó a los testigos cuáles eran los hábitos de Romina: si tomaba alcohol, si vestía polleras cortas y si actuaba con los hombres de un modo provocativo.

A los Tejerina, este procedimiento no los sorprendió. Samman ya es famoso en San Pedro por el “caso la Verón”: la historia de una chica, Olga Verón, que era violada y golpeada por su padre policía desde la más tierna infancia. Verón lo denunció varias veces, pero nadie le llevó el apunte. Una tarde, luego de una golpiza que las dejó violetas a ella y a su madre, Verón hizo una denuncia por intento de homicidio. El juez Samman la citó.

– Ya no quiero vivir con él – dijo entonces la Verón.

– Vuelva a su casa -contestó el juez.-Y respete a su papá, que la cuida y la quiere.

Un par de meses más tarde, luego de un manoseo seguido de golpes y amenazas, la Verón decidió solucionarlo todo. Esperó a que su padre durmiera, agarró la pistola, le habló para ver si el sueño era profundo, y le dio un balazo en la cabeza. Ahora tiene 16 años y carga con prisión perpetua. Es la mejor amiga de Romina.

Romina y “la Verón” todo San Pedro la llama así están presas en la Unidad 3 del Servicio Penitenciario de Jujuy, alias “La Granja”: un predio de dos hectáreas cubierto por un pasto desganado, y cruzado al medio por una calle de tierra. Al final de la calle están las construcciones del penal: una serie de edificios distribuidos todos en una sola planta, y separados entre sí por callejuelas de polvo reseco por el sol. Cuando llueve, el espectáculo es francamente triste: las paredes chorrean mugre, el suelo se hunde, y las celadoras corren por callejones vacíos como si fueran una curiosa versión de los chasquis: en “La Granja” hay un solo teléfono y la comunicación entre sectores se hace a los trotes.

Los días de sol, en cambio, es el lugar menos peor para estar preso. Los perros se rascan bajo las copas de los árboles, las trenzas de las celadoras brillan casi con alegría, y la luz cruza las ventanas como si fuera la mismísima libertad que entra en el penal. En el cuarto de visitas al que Romina llegará en unos minutos hay una cortina sucia y estampada con gatitos cariñosos, una cruz torcida, un espejo, un sillón semicircular y un televisor que ya no debe servir para nada.

A través de la ventana se ve estacionar un móvil penitenciario. Bajan de allí cinco mujeres morrudas y cuadradas, que parecen formar parte de algún club de fans de La Raulito. Detrás de las chicas desciende Romina, distinta. Tiene tacos, un jean ceñido al cuerpo, y un modo de andar que recuerda ese hartazgo existencial que muestran las modelos cada vez que caminan. Acaba de llegar de una visita a su psicóloga, y ahora se está acercando al cuartito. Bordada sobre la remera, a la altura del pecho, tiene una mariposa de lentejuelas plateadas: Romina titila cuando avanza. Se sienta. Mira con ojos vacíos, como si hubiese despertado de una siesta.

Antes de pisar este lugar, ella pensaba que “La Granja” era un camping.

– Sí eso pensaba yo. De chica mi papá me amenazaba, a mí y a mis hermanas. Cualquier cosa que nosotras hacíamos, nos decía: “Van a terminar en «La Granja»”. Así decía. Ni idea tenía yo de este lugar inmundo.

Romina llegó a “La Granja” el 9 de mayo, después de pasar veintitrés días en un calabozo de San Pedro. La trajeron a la cárcel sus propios padres en el auto familiar, porque el servicio penitenciario no tenía coches disponibles.

– Por fin nos traen carne fresca.

Dijo la Verón apenas la vio entrar. A Romina le bajó la presión del susto. Tuvieron que llevarla a enfermería. Mientras la curaban, otra interna le susurró al oído: “No vayas al comedor porque te van a pegar como a un sapo”.

– Eso me dijo la Claudia. A la Claudia la pegaron así, en el comedor, y ninguna celadora movió un dedo. La Claudia está adentro porque mató a su nena después de que el marido se la violara. Cinco años tenía la nenita. Y acá le gritaban todo lo que me gritaron a mí: “asesina”, “ahí va la guasa”. Porque acá les dicen guasa a las que matan a sus hijos.

– ¿Y a vos te pegaron?

– Casi, pero no. Tenían pensado pegarme en el comedor, que ahí las celadoras ni se meten. Me iban a pegar a la mañana, cuando fuera a hacerme el té. Pero esa mañana no fui. No les voy a dar el gusto, pensé. Y después, más tarde, cuando se calmaron un poquito, les conté por qué yo estaba ahí. Que me habían violado. Y entendieron. Y nunca me pegaron y me respetan. Porque acá me hostigan todo el tiempo. Todo. Pero yo no les doy bolilla y se quedan tranquilas. Una chica que ya se fue me dijo: “Vos a todas las has matado con la indiferencia, Romi. Las has dejado como hablándoles a las paredes”.

Romina tiene esa forma tan jujeña de decir las cosas: habla como en lamentos, como si cada palabra subiera trabajosamente una montaña antes de sonar. Cada tanto se olvida de qué está hablando, o quizá se aburre, o quizá no entiende, y entonces mira por la ventana. La luz del sol le hace brillar las lentejuelas.

– Es linda tu remera.

– Esta me la trajo la Erica. Cuando me llevan a la psicóloga o al médico voy mirando ropa desde el móvil, por esa ventanita con barrotes, ¿viste? Me miro todo. Recién vi una camisita de media manga, blanca, de Yenny, ¿viste Yenny? Es talle 2, porque el de antes ya no me va, estoy más gorda de comer tanta porquería acá. Si podés contale a la Erica: esa me va bien porque me hace juego con un pantalón negro que tengo, negro con rayitas blancas.

– Sos una loca por la ropa.

– ¡Sí! Cuando me van a sacar, desde la noche anterior pienso: “¿Y qué me pongo? ¿Hará frío?”. Igual estoy tratando de no ser tan pavota.

– Tan frívola, querés decir.

– No, pavota porque yo prestaba toda la ropa a las chicas. Lo mismo que hacía con mis amigas cuando yo estaba afuera. Y resulta que acá yo prestaba a las chicas y me quemaban todo.

– ¿Te lo prendían fuego?

–¡No! ¡Me lo quemaban! Después, cuando me la ponía yo, ya estaba como muy vista, ¿no? Después me dicen que soy la nariz parada de acá. Por la ropa y lo de la planchita, también.

–¿Qué planchita?

–La del pelo. De todo me hice en el pelo. Porque este no es mi pelo natural. Yo tengo ondulado, pasa que me hago la planchita. Al principio venía la Erica con la plancha, yo me alisaba el pelo y ella después se llevaba la plancha. Hasta que le insistí tanto al director: “Déjeme traer una plancha, déjeme, déjeme”. Y al final se cansó de mí y me la dejó traer. Al principio tuvieron la plancha secuestrada no sé cuántos días en un cuartito, porque en este lugar son así de tontos, ¿no? Pero ya me la dieron.

–¿Y no te da miedo de que te peguen por caprichosa?

–Pegarme no me pegan. Malcriada, me dicen. Pero no me tocan. Es que yo siempre fui así. Por ejemplo, yo nunca lavé ni una olla y mañana tengo que hacer la fajina y me toca la cocina. Y yo ya le dije a la sargento que la cocina no la hago porque yo no como la comida del penal. Me da asco. Es fea. Las cocineras no se lavan las manos, encontrás pelos en la comida. Yo eso no como, y me dicen malcriada. Pero y qué. Prefiero comer papafritas del kiosco y la comida que me trae mi familia, que me la guardo abajo del colchón. Acá dan porotos, arroz con salsa, comida tumbera. Si hasta para agredirte te dicen “vos sos mondonguera”, porque la comida es como una mala palabra acá, ¿no? Al juez le llegan todos los informes míos que dicen “no come, no come, no come”. Y no como ni toco la comida de acá. Hoy le dije a la sargento que la cocina no la lavo sola, que me pongan una ayudante. Y ya me dijeron que me la van a poner.

–¿Y qué te dicen tus amigas de acá adentro sobre estos planteos?

–No tengo amigas.

–¿Y la Verón?

–No, ya no… Es que ella… es como que se confundió. Ella es lesbiana, ¿viste? Acá son todas así. Y yo ya le dije mil veces que a mí me gustan los hombres. Porque acá adentro, si hay algo que me quedó claro es eso: que me gustan los hombres. Y yo le dije a la Verón, pero es como que ella no entendió, o no sé… Yo ya no quiero saber más nada.

–¿Y te quedan amigas de las de antes?

–No. Esas ni volvieron a aparecer. Viste cómo es eso de que en las buenas están todas, ¿no? Pero yo sé que cuando salga van a estar toditas pasando por casa.

Lo dice con el resentimiento leve, casi aburrido, que tienen las chicas a los 20 años en San Pedro. Romina entorna los párpados, se mira las uñas con desdén, y de no ser por este cuarto inmundo podría pensarse que está en su cama, un sábado a la tarde, contándole a su hermana las últimas peleas del pueblo. Antes de entrar en “La Granja”, Romina se juntaba con amigas, se peleaba, se amigaba, tomaba sol, preparaba la ropa una y diez veces, y hablaba de su novio, el policía, uno que animaba los bailes en Pacha y que ahora dice que Romina era una puta.

Además de Erica, sólo una amiga sabía del embarazo.

–Una noche en el baile, esta chica me dice: “Pero Romina, vos estás más gorda”. Porque a mí no se me notaba la panza, pero la espalda sí la tenía como más ancha. Y ahí le conté. Ella me dijo metéte una sonda, metéte perejil, tomá agua con laurel, pegáte la panza, y yo le decía ni loca, me da miedo. Y fui a varios médicos para que me sacaran la bebé. Yo les contaba que me habían violado, pero todos me querían cobrar 300 pesos. Así que yo me ponía la faja y hacía la vida así, como normal, ¿no? Y no se me notaba, porque yo pesaba como 46 kilos.

–¿Qué es lo que más te aterraba? ¿Ser mamá tan joven, o que fuera un hijo no querido?

–Todo me aterraba. Tenía momentos de llorar sola y me ponía como loca. La pegaba a mi hermana, lo pegaba al novio de mi hermana, la pegaba a mi amiga, pero también me iba al baile y me iba al gimnasio. ¡Todo junto! ¡Si levantaba más peso que la Mirta en el gimnasio!

–¿Y recordás algo del parto?

–No. Me acuerdo del llanto de la bebé y después lo seguido que me acuerdo es el hospital y una mancha roja. Y ahora también otra cosa. Cuando escucho los gatos en celo se me viene a la cabeza la bebé, ese llanto. Me hace daño eso.

–Y antes, ¿qué pensabas de las chicas que se quedaban embarazadas?

–”Eso para mí, nunca.” Eso pensaba. Yo tenía compañeras en el colegio o conocía chicas del baile que se habían quedado y… y lo primero que yo les preguntaba era: “¿Y no te dijo nada tu mamá?”.

elvira baño y florentino tejerina se conocieron hace medio siglo en el lote Barro Negro del ingenio Río Grande. Ambas familias trabajaban en los cañaverales, y Elvira y Florentino terminaron juntos porque en esos casos siempre se termina así. Años después, el ingenio pasó a manos privadas y el hombre se quedó sin trabajo. La pareja se mudó al centro de San Pedro y en el hotel Vélez Sarsfield Florentino consiguió un puesto de conserje. Décadas después se jubiló, y ahora –a los 70 años, sin estudios primarios– otra vez está haciendo reemplazos en el hotel. Con ese dinero le paga a Romina la ropa y las tarjetas telefónicas.

–En el hotel lo quieren mucho a mi marido, y la gente misma aquí nos conoce qué clase de gente somos nosotros. Somos buenos vecinos y… y yo soy una persona servicial para todos, para mis tres hijas, soy una persona que cuando los vecinos me necesitan, hágame esto, hágame lo otro, cuídeme la casa, cuídeme al enfermo, yo estoy ahí. Entonces, ¿cómo me puede tocar esto?

Elvira llora y Florentino escucha con el gesto inmóvil. Están sentados en el living de su casa: un inmueble austero y fresco ubicado en el Roberto Sancho, un barrio obrero delimitado por un largo bulevar lleno de pasto reseco. La casa tiene dos dormitorios y un living con un sillón bordó, en el que descansan dos muñecas de ojos siempre abiertos. Son las muñecas de Mirta, que ya no juega con ellas. Entre ambas, sentado, está Florentino: no queda claro quién está más vivo en el sillón.

–Y encima justo a la Romi le viene a pasar. Ella era la rezadora del barrio, ¿usté sabe? ¡Justo a la rezadora le viene a pasar! Por eso yo le pido a Dios… Yo a veces tengo ganas de empeñar algo y conseguir un revólver y buscarlo al tipo. Se lo juro que es así. Pero a veces uno se contiene.

–Uno a veces tiene malos pensamientos –Florentino se mira las palmas de las manos–. Y yo, como le digo a Romina: “Yo quisiera estar vivo todavía para cuando vos estés afuera”. Yo le digo siempre: “Vos portate bien, hacé buena conducta”, porque ella tiene buena conducta. Pero ahí dentro están… una cosa bravísima.

–¿Bravísima en qué sentido?

–Ahí, ahí… parece que existieran… Cómo se dice estas mujeres… las lesbianas.

–¡Ah, sí! –Elvira se ríe, muestra una perfecta hilera de dientes postizos– ¡Sí! Si hasta a mí me tocaban en las requisas, jijiji. Si son así, muy brutas, muy torpes son. Y nosotros le decimos: “Romi, que no te pase a vos también”. Porque ella tiene tan buena conducta, ¿no? Y yo siempre espero que no se junte mucho con las chicas. Además, porque son bravas las chicas. ¡Se cortan todas! Después les dan pastillas para que se calmen y andan como borrachas por los pasillos. Menos mal, le digo a Romina, que vos vas a la psicóloga y no te dan pastillas. Porque las otras… usté sabe que cuando se cortan, las celadoras las atan y las llevan a un lugar que le dicen “el chancho”, y las tiran ahí, las tienen atadas en el piso. “El chancho” le dicen, será porque tienen que estar como chanchos tiradas, digo yo. Pero no las curan cuando se cortan. Las tiran, las pegan. Les tiran un tarro de esos descartables para que tomen agua así, del piso, atada. ¿Y atada cómo van a tomar? Eso le hicieron a la más amiga de Romina, la Verón. Ella vive cortándose y cortándose, tiene todas las manos hechas pomada, no sé para qué. Y yo le digo a la Romina vos nunca te cortes, hija. No vayas a quedar libre y salir de ahí toda cortada.

Romina es la hija menor de cuatro hermanos. A los cuatro años de matrimonio, los Tejerina tuvieron a su primera hija, Mirta, y seis años después nació Julio César, que no vive en Jujuy. Pasaron doce años hasta el nuevo embarazo.

–Serán los nervios –dijo Elvira una tarde, viendo que la menstruación se retrasaba.

Meses después nació Erica, que recibió el apodo “Nervios” a modo de extraña ironía familiar. Cuando llegó el cuarto embarazo, el de Romina, Elvira descartó los nervios.

–Será la menopausia –dijo. Y a Romina la apodaron Menopausia.

Elvira cuenta la anécdota entre risotadas tristes. Habla de Romina como “mi chinita” o “mi negra”, mientras Florentino mira hacia algún punto fuera de este mundo.

–¿Cómo era Romina de chica?

–Cuando iba a la escuela le costaba integrarse a los compañeritos porque muy tímida era. Por ejemplo nosotros la llevábamos al gabinete… ¿cómo se llama? lo de la psicóloga, porque con decir que a veces no quería ni pedir permiso para ir al baño y se hacía la pis ahí mismo, sobre el banquito. Ella era tímida y a veces, claro, por vergüenza se orinaba ella, y a veces yo la pegaba a ella, vos tenés que avisar, le decía. Siempre me acuerdo yo de estar volviendo de la escuela, ella con sus zapatitos con pis y yo pegándola… ¡Y se quedaba de grado siempre! Creo que en primer grado se ha quedado, después creo que ya ha ido a la secundaria y también. Y después yo no niego: a ella le gustaba salir, bailar, y bueno. Y la gente decía Romina baila lindo, qué bien que baila Romina. Y yo a veces las pegaba para que no se vayan al baile, porque siempre he sido una madre que… yo las pegaba, las pegaba, las pegaba porque yo vivo aquí y pasan por la ventana de la casa las chicas pero borrachas, usté viera. ¡Y yo era enemiga de todo eso! Y quizás el temor le hizo a Romina no contarme lo que le pasaba. Porque bueno. El mal de ella es que ha callado. Aunque la familia del violador diga que ella estaba de acuerdo, es todo mentira. El gran problema de Romina son esos silencios que ella tiene.

Vistas de lejos, la madre de Romina y la de Eduardo Vargas se parecen. Son mujeres retaconas, de andar lento y cuerpo cuadrado, que en vez de usar las palabras se hicieron entender a los golpes. Por lo demás, parecen buenas señoras: ambas hicieron de su vida vecinal un mundo, y ese mundo las trata con respeto.

Irma de Vargas cuenta que los días en los que su hijo estuvo preso verdaderamente se sintió morir.

–No me pasó nada porque no era mi hora.

Recuerda. Y asoma en su boca una mueca de horror.

Está parada en el frente de su casa: una construcción idéntica a la de las hermanas Tejerina, donde viven también su marido y sus dos hijos, uno de ellos Eduardo, alias Pocho: un tipo de cuerpo macizo y lentes oscuros que ahora llega en bicicleta de un paseo por San Pedro. Antes tenía un auto –un Renault 9 rojo–, pero tuvo que venderlo para pagarle el honorario a su abogado.

Hace veintidós años que Vargas vive acá. Dice que tenía novia y todo, y que el caso Tejerina lo dejó solo.

– El año pasado tuve una hija, pero estoy distanciado por todo esto. Esa Romina Tejerina me arruinó la vida a mí. Perdí mi prometida, perdí mi trabajo en Salta. Ella es una mentirosa, farsante. Ella y su hermana mayor, esa Mirta. Y su mamá también. Si ahora mi abogado las está denunciando porque pensamos que entre todas la mataron a ese pobre angelito.

– ¿Pero vos nunca tuviste relaciones con Romina?

– Yo no niego que tuve relación casual con ella. Pero era muy de ocasión, porque aparte ellas vivían al lado. Igual, no son de primera vez esas chicas. Han querido tapar lo que han hecho, una estrategia mal planteada. Pero ella no era virgen, que no se haga la mosquita muerta.

Vargas habla con la voz tranquila y sinuosa. Su madre cuenta, con la voz quebrada, que la libertad de Pocho se festejó con familia, vecinos, música y comida. No era para menos: el primer abogado de Pocho Vargas había dicho que su cliente admitía haber tenido relaciones con Romina cerca del 1º de agosto, pero que había sido con consentimiento. Cuando a Vargas lo detuvieron por veintitrés días –producto de esta afirmación– la familia cambió de abogado. El nuevo defensor, Miguel Angel Míguez Agras, cambió la estrategia y dijo que el tiempo de gestación que llevaba el feto no coincidía con el 1º de agosto. Como prueba, presentó una tabla gestacional. La abogada de Romina pidió entonces un examen de ADN. Al principio, Vargas se negó. Pero días después, cuando finalmente aceptó hacérselo, el juez Samman consideró que la tabla gestacional era prueba suficiente, y sobreseyó a Vargas sin hacerle el análisis. Romina recuerda ese día y dice que lloró durante horas, y se llenó de odio. El modo en que lo dice es raro y lejano, como si el odio y el llanto le hubieran ocurrido a otra persona.

–Yo me desesperé cuando me dijeron que lo habían dejado en libertad, porque encima él se burlaba de mí y de mis hermanas. Si después de violarme yo me lo cruzaba y él me miraba y se reía. Así son en ese barrio y en ese pueblo. Y hasta inventaron que mi mamá me ayudaba a saltar la tapia para verlo a él, cualquier cosa… Ese gordo horrible. A mí el violador me arruinó mi cena blanca. Yo soñaba con la cena blanca.

–¿Qué es eso?

–Es la cena que hacés cuando terminás la secundaria. Te hacés todo un vestido de fiesta… Yo ya tenía pensado todo. Había pensado un vestido distinto a todos los demás. De dos piezas, con plumas. ¡Si las vecinas de mi mamá se reían! “Vamos a empezar a juntar desde ahora las plumas de pavo y de gallina para la Romina”, decían. Pero el violador me dejó todo en nada.

–¿Por qué no lo denunciaste?

–Porque el gordo ese me decía que iba a matar a mi papá si yo decía algo. Y tenía miedo de que me echen de mi casa, que me peguen, que me digan cosas. Acá adentro también es así. Yo tengo que aguantar lo que me dicen las guardias. El otro día me estaban trasladando a la psicóloga y en la camioneta estaban escuchando cumbia, y una de las guardias dice: “Ah, escuchan esto, se visten así, y después dicen que las violan”. Es todo el tiempo así.

–Las debés odiar.

–A todas no… Si igual yo quería ser policía, de chica. No sé… creo que me gusta mandar. Soy mandona, yo. A la Erica siempre la tuve de acá para allá, y eso que yo era la menor. Pero ella siempre me seguía y yo la llamaba “mi sirvienta”, jijiji. Era mala, yo. Ella siempre fue pegada a mí. Cuando quedé embarazada, le hice jurar que no iba a decir nada, y no dijo. Y ahora está remal. Yo le digo: “Tenés que despegarte de mí, tenés que tener tu personalidad”. Y de a poco está haciendo sus cosas. De a poco la Erica está siendo como era yo cuando estaba afuera, una chica independiente.

Erica tiene una belleza de ojos grandes y rasgados, y sabe moverse con demoledora dulzura. Está sentada en la cocina de su casa en San Salvador –“nuestro refugio”– y recuerda la noche en que su hermana dio a luz.

–Teníamos una cama cucheta. Ella estaba arriba, sentada por los dolores. Y yo abajo. Yo le decía: “Vayamos a bailar, así te relajás un poco”. Pero ella no tenía ganas. Así que nos pedimos una pizza. Ella casi no comió. Durante horas, Romina repitió el mismo itinerario: bajaba de la cama, iba a la cocina, se sentaba un rato, miraba televisión, abría la heladera, volvía a su colchón.

–Como que ella no sabía qué hacer. Tenía la panza dura. Después me explicaron que eran las contracciones, y que además tenía más duro de lo normal por tanta faja que se había puesto. Pero nosotras creíamos que era otra cosa, ¿no? La Mirta dormía. Llamamos un taxi y nos fuimos a la farmacia a comprar laxantes.

Eran las seis de la mañana. Una hora después, mientras Erica intentaba relajarse en su cuarto, Romina fue al baño y parió con dolor. Mirta se despertó al escuchar el llanto, vio a la bebé, llamó a su madre. Mirta y Elvira llevaron el cuerpo envuelto al hospital; minutos después volvió Mirta para llevar a Romina. Mientras Erica limpiaba el baño, Romina empezó a ver todo rojo.

–Mirá lo que hiciste, loca –escuchó que le decían.

La recibió Torres de Pilili. Y después sigue todo lo demás.