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Tiempo muerto

Publicado: 7 marzo 2017 en Verónica Ocvirk
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Son las once de la mañana. Andrea, paciente, llega al Hospital Italiano quince minutos antes de su consulta. Y se sienta a esperar. Ya esperó bastante a que llegara ese día, cerca de tres meses. El tema –dice- es que hay que llamar y llamar para que abran las agendas, porque solo dan turnos para los tres meses siguientes. El desafío es tratar de “entrar” ni bien eso ocurre, ya que los turnos se agotan enseguida y entonces hay que esperar otro mes más, hasta que vuelvan a abrirlos. Y así. Pero ahora ya está, ya consiguió su cita y 90 días después está sentada en la sala de espera. Piensa que es muy interesante el sistema que implementó el Italiano, con televisores donde aparecen el nombre del paciente, el número de consultorio al que debe ir y la hora a la que fue llamado. En la pantalla van quedando los registros, nueve o diez pacientes. Entonces Andrea se la pasa haciendo cálculos: cuál es el consultorio que llama más rápido, cuál no está llamando, cuando tiempo demoran por paciente. Pregunta cuánta gente tiene adelante y se pone a sacar cuentas, además de estar muy atenta a que no la salteen mientras saca raíces ahí en su silla. De pronto se le viene la imagen de las interminables esperas que hace años soportó en esa misma sala cuando sus tres hijas eran chicas. Tratando de entretenerlas para que no se desmadren. Llevándoles la merienda. Y atajando a la bebé, que gateaba y se arrastraba por todos lados. Qué estrés. El hecho de saber que tenía que ir a controlarles la ortodoncia, una cosa de cinco minutos para la que podía llegar a esperar hora y media, le provocaba tremendos nervios. Ahora que está sola se saca un capuchino de la máquina y trata de considerar a ese lapso como un parate. Siempre dentro del marco de lo posible, porque uno vive sin tiempo y corriendo por el laburo; el de ella ahora condensado en los correos y las llamadas perdidas que le caen cuando por fin logra salir, una hora y media más tarde, cuando el reloj marca ya las 13.30.

El relato de Andrea no tiene nada del otro mundo. Quienes son jóvenes y sanos tal vez no lo adviertan. Pero quienes sufren de cualquier afección grande o pequeña (o creen que la sufren, lo cual viene a ser casi lo mismo), o tienen a sus padres grandes, o son ellos mismos padres, seguro saben de lo que estamos hablando: hace décadas que enfermarse en la Argentina implica empezar a vivir una especie de vida aparte y no solamente por el dolor, el ardor, la molestia, la ansiedad, la falta de sueño, los nervios tensos. En ese mar que es la medicina la vida se ve de pronto sumergida en un calendario opresor en el cual hay que esperar para todo. Y así el paciente, con su relato y sus papeles, se convierte en alguien que está solo y espera. Espera en el teléfono para hacerse de un turno;espera semanas –en algunos casos meses- para que esa cita se concrete; espera al médico en la sala de espera (lo que constituiría la espera núcleo, la más básica); espera para tener la orden, para autorizar la orden, para que le vuelvan a redactar la orden; espera para hacerse el estudio y por el resultado del estudio; espera por el reintegro; y por la prótesis; espera por la historia clínica que tiene que adjuntar al expediente para que le cubran la práctica; espera por el informe de la radiografía; o por un medicamento que justo está en falta; espera en el laboratorio y también espera con fe, pero más que nada con incertidumbre, por la fecha de una cirugía.

No se trata solo de una cuestión de pobres; la clase media y los ricos también esperan. Claro que para los primeros es peor, porque los hospitales y centros de salud públicos no suelen dar turnos telefónicos y entonces el pobre tiene que acercarse hasta allí a las cinco de la mañana y hacer cola durante una, dos horas, a la intemperie. Luego,otras más bajo techo para recibir atención, o a veces, apenas, concretar una cita. Pero las clases medias y altas, aun con sus turnos, también se pasan horas y horas en unas salas probablemente más bonitas y cómodas, con láminas de Claude Monet enmarcadas, viejas revistas de chimentos y servicio de sparkling.

¿Por qué esperamos tanto? ¿qué respuestas tienen para dar la comunidad sanitaria y los propios médicos? Existe un término muy argentino para definir las esperas prolongadas: es “amansadora” y guarda también un matiz disciplinador, porque amansar es volver manso a un animal salvaje quitándole su bravura natural. Los significados y los sentimientos que se ponen en juego en el acto de esperar hacen pensar que detrás de una aparente cuestión de horarios asoma a la vez una lección de subordinación, una conexión fina entre espera y reverencia en la cual la propia palabra “paciente” puede resultar reveladora.

Con el brujo no

Son las cinco de la tarde y el médico ya debería estar atendiendo en su consultorio particular. En la minúscula sala de espera casi no quedan asientos disponibles. Unos y otros miran la hora, se miran entre ellos, miran hacia la puerta, alguno que otro resopla fuerte. Y en eso, uno se atreve, se levanta, se acerca a la secretaria y empieza a decirle que cuándo va a venir el médico, que lleva más de una hora ahí, que al fin y al cabo para qué dan turnos. Los demás aprueban en silencio. La secretaria encoge los hombros y explica que al doctor se le presentó una situación impostergable, que de todas formas está llegando. Al rato,efectivamente, llega, y en su paso hacia el consultorio intercambia una mirada con el que había increpado a la secretaria, a quien reconoce de consultas anteriores.

—¿Qué tal? -interpela.
—Muy bien, doctor, faltaba más, gracias por preguntar—dice el paciente.

Cualquier rastro de enojo ha mutado en pleitesía.

El sociólogo Javier Auyero analizó a fondo las filas de espera en diferentes dependencias del Estado, y se refiere a la manipulación del tiempo como una dimensión simbólica donde se produce una negociación de poderes, derechos y vulnerabilidades. “La dominación opera cuando unos se rinden ante el poder de otros y se vive como un tiempo de espera: esperar con ilusión primero y luego con impotencia que otros tomen decisiones para, en efecto, rendirse ante su autoridad”, se lee en su libro Pacientes del Estado.

Paciente es alguien que espera para ser atendido por un profesional de la salud y paciente se le dice, también, a quien tiene paciencia. Pero estas acepcionesno son tan diferentes. La misma persona que resopla en la cola del banco, o que reprende a los gritos a la gente del servicio técnico porque lleva tres cuartos de hora sin internet, se rinde ante el médico.

El Barómetro de la Deuda Social Argentina contabilizó en 2013 la cantidad de personas que dijeron haber esperado más de una hora para recibir atención sanitaria. El promedio del país fue el 45 por ciento, con diferencias entre Gran Buenos Aires (53 por ciento) y Ciudad de Buenos Aires (26 por ciento). Por otro lado, el trabajo Opinión de los usuarios de Salud en la Argentina, en el que Rodrigo Lugones y Federico Tobar presentan los resultados de un conjunto de estudios de opinión pública realizados entre 2011 y 2013, advierte que el 48 por ciento de los consultados esperaron al médico entre media hora y una hora y el 15 por ciento más de una hora. No obstante el estudio señala que los habitantes de este país suelen tener un alto nivel de satisfacción con respecto al sistema de salud en general, a su funcionamiento y a lo que juzga como la figura central del sistema de salud local: el médico argentino. “Mi tesis es que la gente no espera ser atendida en forma rápida”, explica Tobar, para quien la espera larga en los servicios de salud está más que naturalizada: está legitimada. “Es un requisito en la construcción social del paciente. El paciente tiene paciencia, el usuario no. Un usuario puede reclamar y con eso se perdería el contrato básico de nuestro modelo de salud, que es la asimetría de poder entre el médico y el sujeto de cuidados”. El paciente no sabe lo qué le pasa, ni qué le van a hacer, debe entregar su cuerpo y su voluntad a un grupo de profesionales y a una institución. En el momento que recibe atención sanitaria es confrontado con un conjunto de reglas de interacción. Algunas son explícitas (como el consentimiento informado que el individuo firma antes de un procedimiento que involucra cierto riesgo clínico), pero la mayoría de las veces esas reglas son tácitas. “La aceptación de esas reglas convierte al usuario en paciente”, marca el consultor internacional en salud e investigador del CIPPEC.

Para el experto en el ejercicio moderno de la medicina hay un modelo aceptado del médico como una eminencia despiadada y omnisapiente: es el arquetipo del Dr. House. Por eso los hospitales están llenos de médicos a los que les dicen House, porque es lo que todos quieren ser, un profesional reconocido por su amplísimo conocimiento y capacidad para diagnosticar y prescribir, pero que no tiene por qué rebajarse a la calidad de ser humano y dar explicaciones. La prueba más clara de eso –dice- es el sobreturno: “No existe ninguna otra práctica liberal moderna donde exista el sobreturno. Pedile a un abogado, a un contador, que te den unsobreturno. Sin embargo, los médicos no quieren ceder el turno. Eso sería peor a que les digan cómo tratar al paciente, porque el control del turno tiene que ver con el control de la práctica médica”.

En este punto las opiniones tienden a coincidir: los médicos son profesionales con tanta libertad que resultan inmanejables. Y como para contribuir aún más a ese agigantamiento, la sociedad les atribuye un poder similar al que antes se otorgaba a los sacerdotes o chamanes. Un médico puede no ser Maradona, Messi, ni Mick Jagger. Pero el reconocimiento que recibe a nivel micro es impresionante.

Apaguen los relojes

¿Por qué los hospitales públicos no funcionan a la tarde? Según Hugo Spinelli, médico y Director del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Nacional de Lanús, una buena parte de los profesionales que tienen que cumplir ocho horas diarias llega a las nueve de la mañana y se va a las dos horas. Y el director puede poner turno tarde, pero los médicos no irían: es imposible hacerles cumplir el horario. “Si vos sos dueño de un cine – explica-tenés todo como un relojito y si querés hasta lo podés controlar desde Miami. Pero en un hospital esa idea que tenemos de una pirámide conducida desde arriba no funciona. De acuerdo a Spinelli la práctica médica se mueve por fuera de lo que es el modelo industrial y entonces el poder no está en la cúpula, sino en la base. “El médico es el shamán de la tribu, el que tiene el poder. Entonces, ¿cómo se cambia esa correlación de poder? ¿Empoderando a la gente? Sí, pero solo en parte, porque la gente le teme al brujo de la tribu. Si pensamos el problema con una lógica industrial, fallamos. La propia naturaleza del juego y la autoridad que se les concede a los profesionales de la salud hacen que la pirámide clásica mute”, reflexiona.

El profesor de Economía de Princeton Alan Krueger narraba hace un tiempo en el New York Times que un amigo suyo, tras aguardar al médico más de una hora, se plantó frente al doctor y le presentó una factura por el tiempo que había perdido. Krueger argumentaba que el tiempo invertido en las salas de espera debería ser calculado de acuerdo al costo de oportunidad e imputado luego al gasto total del sistema sanitario.

Lo que a Krueger se le pasó por alto es que la asignación de una duración a las consultas médicas es siempre imperfecta. No es como un turno de peluquería en el cual minutos más, minutos menos, se puede estimar cuánto va a durar.

Es cierto que gran parte de la sociedad funciona sobre la base de una impronta industrial de tiempos, de regularidad y productividad. Pero en medicina el trabajo bien hecho es artesanal. Nunca se sabe cuánto puede durar una consulta, ni si es grave lo que el paciente padece, o si este es introvertido, tartamudo o hipocondríaco. Se trata de un juego abierto, fortuito y atravesado por cuestiones tan pesadas como la vida, la muerte, el dolor, la angustia de la enfermedad. Algo que con el peluquero, evidentemente, no pasa.

Carla sufrió hace un tiempo de síndrome de ojo seco y la pasó bastante mal, no solo por la molestia del caso sino porque dio muchas vueltas por muchos consultorios donde nadie terminaba de saber que le pasaba, y mucho menos cómo podía mejorar. Las esperas se volvieron interminables, y como tenía los ojos adoloridos no leía, no usaba el teléfono; Carla no hacía más que esperar. Además los turnos con los especialistas podían demorar hasta seis meses mientras se sentía tan sola luchando con todo eso que le pasaba, y encima con la burocracia. Hoy está convencida de que uno debe buscar respuestas hasta que encontrar un profesional que además de tener el conocimiento, muestre también la calidez suficiente como para manejar situaciones así. Como ese oftalmólogo que la tranquilizaba y hasta llegó a abrazarla una vez que rompió en llanto.

El producto de la medicina no es tangible: es la palabra, que construye realidades con solo hablar. “El médico dice algo y el paciente se puede reír, angustiarse, saber que le queda una semana de vida o que está sano. ¿Y qué hizo como trabajador? Habló. Por eso también los profesionales de la salud son tan difíciles de manejar y controlar. Es muy fácil mentir. Y entonces hay que dar un acto de fe, incluso entre pares”, advierte Spinelli. Y concluye: “Por supuesto que debemos condenar el abuso que el médico hace de ese tiempo imponderable y de esa enorme libertad. Pero tampoco alcanza con poner un reloj. No se trata de eso”.

La soledad del paciente

Las esperas –decíamos- no son todas equivalentes. Recorrer el Hospital Fernández de Buenos Aires por la mañana permite formarse una idea bastante acabada de cómo es esa espera para quienes no acceden a una obra social o prepaga: gente por todos lados, poco personal a quien preguntarle algo, muletas, sillas de ruedas y cantidad de niños en un lugar triste, gris y no demasiado limpio. Algunos miran las pantallas con TN, muchos bostezan, otros conversan sobre enfermedades, uno va lentamente quedándose dormido. Donde más se advierte el contraste con las clínicas privadas es en las salas de espera de pediatría. Claro que también están abarrotadas de chicos, pero además de climatizadas y limpias las privadas suelen estar pintadas de colores, tienen mesitas y sillas de tamaño infantil y una serie de juegos como para que el tiempo de espera sea un poco más llevadero.

“Las esperas difieren de acuerdo al subsector: prepagas, obras sociales y sector público. Difieren en cantidad de tiempo y calidad. Pero todos esperan, lo que pone de manifiesto lo que llamamos barreras de acceso de tipo administrativo, además de las financieras, geográficas y culturales, lo cual termina produciendo que llegar a una atención oportuna y sin padecimientos, más allá de los propios de cada patología, sea casi un milagro”, dice Gabriela Hamilton, magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social y Profesora de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Según explica, en algún momento los servicios de salud dejaron de pertenecer a los pacientes: “Los trabajadores de la salud nos apropiamos de ellos atendiendo en el horario que nos conviene, así los hospitales están atestados por la mañana y completamente vacíos a la tarde y la noche, cuando solo funcionan las guardias”. Tanto pobres como ricos, cuando son pacientes, se encuentran bastante solos. Unos peregrinando por hospitales y salitas, otros recorriendo sin demasiadas guías a los profesionales que le ofrecen sus enormes cartillas de especialistas.

Algunos países tienden hacia un modelo de cuidados continuos e integrales. Cuando se logra que el cuidado del paciente sea permanente y no episódico, y cuando la responsabilidad por ese cuidado no está fragmentada sino que es integrada, se rompe en parte con esa asimetría de poder, porque la persona tiene entonces un médico de confianza.Un médico que conoce a su paciente es capaz de conversar con él, y es fundamental porque el vínculo producido a partir del diálogo puede reducir estudios, medicamentos, interconsultas con especialistas y por supuesto: también esperas. El profesional podría resolver temas menores por teléfono y no por evadir la consulta, sino todo lo contrario: porque conoce a su paciente, su historia, a su familia, incluso su casa. ¿Qué médico va hoy a la casa de las personas a las que atiende?

Según Tobar, Buenos Aires tiene más médicos, más camas hospitalarias, más resonadores y más tomógrafos que cualquier otra ciudad de todo el continente. Lo que hace falta es compromiso de modificar el modelo de atención, y a partir de ahí modificar el modelo de gestión. Reconoce que para eso a los médicos hay que pagarles de otra forma, asignarles población y combatir el pluriempleo. Un día habitual en la vida de un médico puede llegar a ser un intrincado tetris de atención de consultas externas en el hospital, la guardia, incluso guardias en ambulancias, y los pacientes particulares de aquí y de allá. Eso también provoca que sea usual que lleguen a tarde.

Mientras los minutos pasan entre la ansiedad, la paciencia y esa entrega que es a la vez un poco ingenua y un poco ciega, en esa suerte de rendición provocada por la gran necesidad de algo de alivio, se van tejiendo significados. La espera en los sistemas de salud sigue generando preguntas que convierten a ese tiempo muerto a un tiempo de control social y también de esperanza. En cada clase, y cada edad, la espera parecería ser algo naturalizado, que se da por sentado aunque en ese camino haya miedos, haya angustia y soledad, y una de las tantas falencias del sistema de salu

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Reynaldo Villafranca –Coqui– debió morir hace diez años, en el paseo principal de Los Palacios, cuando un machorro acomplejado le cosió a puñaladas el estómago. Minutos antes, en el cabaret del pueblo, Coqui le había gastado al homicida una broma de pájara juguetona –quizás un leve flirteo o un piropo algo subido de tono–, nada con demasiada maldad.

–Mi hijo siempre fue así –dice Justa Antigua, y revolea las manos en el aire, y las afloja–. Un jodedor.

Permaneció semanas en terapia intensiva, técnicamente muerto.

–Le pusieron tripas plásticas y lo salvaron –dice Alicia Cordero, encorvada y menuda–. Pero después nos empezó a preocupar, porque Coqui tenía que tirarse un pedo, y no se tiraba ninguno. Y todos queríamos que se acabara de tirar un pedo para ver si la operación funcionaba. Hasta que por fin se tiró uno. Hicimos fiesta.

La cuenta es mezquina, pero si hubiese fallecido aquella vez, y no ahora, en enero de 2015, la muerte hubiera tenido sus ventajas. Lo habrían enterrado en el cementerio municipal, a unas pocas cuadras de su casa, rodeado de muchos otros muertos conocidos, no de esos muertos extraños que hoy lo acompañan, y que lo deben volver todo aún más inhóspito para Villafranca.

Aunque hubiese tenido también –la muerte por puñaladas– sus puntos flacos. No habría sido noticia internacional, ni siquiera habría pasado de ser lo que son las muertes en los pueblos chicos: algo de morbo inicial –en su caso, un poco más, dado que se trataría de un asesinato–, algo de bulliciosa nostalgia, y después mucho tedio, hasta que otro muerto viniera a sustituirlo.

Estamos a 28 de enero. Villafranca, en resumen, falleció hace diez días, después de un paludismo con complicación cerebral. Tenía cuarenta y tres años recién cumplidos. Era enfermero, y uno de los 165 miembros de la Brigada Médica “Henry Reeve” que desde inicios de octubre de 2014 el gobierno cubano enviara a Sierra Leona para combatir el Ébola. Es el segundo colaborador que muere, y el primero de los profesionales de la salud.

Por eso yo estoy ahora en la sala de la casa de Alicia Cordero –NO.19ª, calle 28–, donde tantas veces Villafranca ensayó frente al televisor doblajes de canciones en inglés –Cindy Lauper, Whitney Houston–, para luego travestirse y participar de las actividades nocturnas que las autoridades municipales organizaban en el Ranchón de Los Palacios.

–Todo muy legal –advierte Nereida Hernández, Jefa de Circunscripción.

Y por eso estoy cruzando la calle, entrando a un solar, tocando a la puerta NO.16ª, pidiendo permiso para pasar, siguiendo de largo por la sala –muñecas rotas, altar de santería en las esquinas–, los cuartos –hediondos, oscuros–, la cocina –brochazos apurados de un azul turbio–, saliendo al patio –manguera derramando agua, ropa tendida, tanque herrumbroso– y llegando finalmente a la covacha donde dormía Villafranca, separado del resto de su familia; una muy miserienta casucha de madera.

–Te lo dije, esto es un quimbo– susurra Nereida.

Por primera vez, Justa rompe a llorar sin consuelo. Pide que le devuelvan a su hijo. Es lo lógico, pero me asombra. Justa se ha pasado la tarde diciendo que hay que conformarse con lo que Dios determina. Y que si Coqui salió de muertes mucho peores, y vino a morirse ahora, de repente, era porque así estaba escrito. A mí me pareció que una ecuación tan despejada ––muerte imprevista de un hijo-decisión suprema del Todopoderoso-resignación de los mortales– escondía una poderosa dosis de crueldad, y bastante poco amor. Pero ahora la veo llorar con ese llanto cataléptico tan propio de las madres, y pienso que lo que ha pasado, y pasa a diario esta señora, bien justifica que mantenga una actitud impasible o simplemente reposada ante la muerte, al menos en apariencia.

Intento consolarla y, a un tiempo, mirar alrededor, captar el estado de cosas. Hay una mesa de hierro con un mantel de flores, una hornilla eléctrica encendida, otra hornilla oxidada e inservible, una olla embarrada de frijoles, un trapo grasiento, una cafetera sin tapa, varios pomos de distintos tamaños, una botella de cerveza vacía, hollejos de naranja, y grumos de arroz sobre el mantel. Hay, sobre otra mesa más pequeña, un televisor ruso, al parecer roto.

–Piense que su hijo fue un símbolo para muchos –digo, y me cojo asco. Pero cualquier cosa por aliviarla.

–Eso mismo te he explicado yo –dice Nereida.

La trascendencia de la muerte –que es siempre una grosería si se compara con la muerte misma–, parece calmarla un poco.

Paso al cuarto. Dos ventiladores rotos y ropas viejas: una gorra de visera doblada, un pantalón remangado. En el closet, un bulto de prendas entremezcladas, como si el closet fuera la guarida de algún perro. Hay cajas de madera, jabas, mallas, un lavamanos que no se instaló, una cama empolvada, una cortina ajada con sellos de equipos de MLB. Y en el baño, una taza rota.

Ahora, a todo lo anterior, que, si bien regado, no parece tan alarmante, pongámosle una y hasta dos capas de churre, pongámosle costra, parches de tierra, manchas de grasa. A las ropas, a los ventiladores, a las cortinas, a los manteles. Mucha dejadez, mucha grisura, mucha inopia.

Por más que el aspecto de su casucha se haya deteriorado en estos diez días de luto, no debe lucir muy diferente a la casucha de Villafranca en vida. Creyendo quizás que combatir el Ébola no es, de por sí, lo suficientemente humanitario, la información oficial omite datos sobre la remuneración a la Brigada, y habla únicamente de altruismo, solidaridad, desinterés, grandeza de espíritu. Nos ha quedado claro. Hay muchas formas de obtener dinero sin tener que exponerse al Ébola. Pero si te pagan por exponerte, sería completamente legítimo.

Entonces Justa Antigua comenta algo que nadie se había atrevido a decir, y que resulta elemental:

–Él fue a África para comprarse una casita y salir de aquí. Quería que nos fuéramos juntos. Él quería eso. Pero no viró, y ya le faltaba poco.

No. No le faltaba poco. Le faltaba la mitad de la misión.

***

Las puñaladas del paseo no son la primera tragedia en la vida de Villafranca. Su madre, además de santera, y de invocar peregrinamente a Dios, siempre ha peinado y planchado pelos. Con cinco años, Villafranca ingiere un líquido para desrriz, que su madre ha dejado en el suelo, y se quema la garganta. Hay que ponerle entonces un esófago de plástico.

Villafranca tiene cinco hermanos. Todos, menos él, del mismo padre. Todos, menos él, consumados delincuentes y convictos. No es de extrañar entonces que desde bien pequeño cruce la calle y se refugie en casa de Alicia Cordero. Allí seguirá yendo durante más de treinta años –hasta que parta para Sierra Leona– a confesarse y a comerse lo que Alicia tenga en los calderos o en el refrigerador: un pollo, croquetas, un batido, un jugo de frutas. Y será él –no otro– el masajista de Alicia, su enfermero particular: quien le toma la presión arterial y quien le da fricciones en la espalda.

–El verdadero luto por su muerte fue aquí –dice Nereida, en el patio de la 19ª.
–Lo único que no hacía en mi casa era dormir– agrega Alicia.

Cuando termina la secundaria, Villafranca decide no estudiar más. Su madre se lo permite.

–Siempre fue muy independiente –dice Justa–, y yo lo dejé, porque él sabía lo que hacía.

Al parecer, sí sabía. Ingresa a la Facultad, para sacar título de bachiller, y la termina. Después trabaja como obrero agrícola en la algodonera de Los Palacios. Después pasa a estibador, en una empresa de agricultura. Y hacia 1997, gracias a unos cursos que ofrece el Estado, comienza a estudiar enfermería, que es lo que en realidad ama. Se gradúa, y luego se especializa en cuidados intensivos: curar úlceras de pie diabético, etc. Trabaja durante un año en la sala de terapia del hospital provincial “Abel Santamaría”, de Pinar del Río. Luego lo trasladan al policlínico de San Diego –a unos veinte kilómetros de Los Palacios–, y allí se queda.

Sigue pasando cursos de la salud y cursos de inglés. Superándose, como dicen. Atiende también a los vecinos de la cuadra (una práctica común entre los médicos y enfermeros cubanos, trabajar incluso fuera de horario). Siente predilección por los pacientes de la tercera edad. Colostomías, cánceres. Y siempre, según todos los que lo recuerdan, muy jaranero, muy divertido, repleto de facundia. No esconde su homosexualidad. Se mete con los vecinos y bromea. Es libre, quizás hasta demasiado libre para un pueblo tan pequeño. Parece bastante probable que haya sido, Villafranca, una pájara cumbanchera, primorosa. Tiene un amigo de juergas: Hanói, enfermo de VIH.

–Pero Coqui siempre estaba buscando preservativos– aclara Alicia. Y Nereida asiente.

A veces, sin embargo, Villafranca llora. Si intentamos un breve perfil sicológico, podemos conjeturar que se ríe a carcajadas para olvidar la violencia doméstica, que se vuelca a la calle para borrar los fantasmas que lo acosan en su círculo íntimo.

–No hace mucho –dice Alicia– llegó aquí con un piquetazo tremendo en la cabeza, botando sangre como un animal. Tuvieron que darle cuatro puntos.

El piquetazo no es otra cosa que el colofón de una disputa con uno de sus hermanos.

Alicia comienza ahora un conteo de todos los atracos a los que Villafranca fue sometido por sus familiares. La lavadora y el juego de baño que le robaron, las ropas, los perfumes y las zapatillas que le quitaron, el guanajo al que solo le dejaron las plumas, el lechoncito que tenía antes de irse para África, y que se lo vendieron en cuanto trepó al avión.

Pero no hace falta que Alicia se esmere. Basta con pasar examen, hoy mismo, a la situación de algunos de los hermanos de Villafranca.

Tomás Zayas fue deportado de Estados Unidos por delitos legales. A Manteca, el mayor de todos, hace poco le trocaron la cárcel por reclusión domiciliaria, dado que padece un cáncer terminal, y estas son las horas en que Manteca robó a otros dos hermanos suyos y desapareció, nadie sabe dónde está. Mayeya, otra hermana, cayó presa porque en las visitas a su hijo le pasaba tabletas de parkisonil camufladas dentro de la comida. El hijo, a su vez, cumple condena por haber matado a dos personas en el reparto de Los Palacios.

Por supuesto: ninguno respeta a Justa Antigua. Justa Antigua no respeta a ninguno. Lo único que le quedaba a Villafranca era su madre. Y para quien único importaba Justa, a sus setenta y nueve años, era para Villafranca. Su hijo menor significaba la última posibilidad real que le quedaba a esta mujer para salir del antro donde vive.

Pero esa posibilidad se fue. El paludismo se la robó.

***

En la foto –posiblemente de pasaporte– que les toman a los colaboradores antes de volar a Sierra Leona, Villafranca muestra una seriedad impostada. Calvo, rostro ovalado, ojos nobles, piel negra y abrillantada, labios gruesos, boca apretada. Todo como congestionado y a punto de estallar. Como si Villafranca tuviera ganas de decirle al fotógrafo: “Ay, chico, anda. Termina ya, por tu vida”.

Algunos en el pueblo rumoran que, previo a la salida, Villafranca siente un poco de miedo. Sin embargo, ni Nereida, ni Justa, ni Alicia lo confirman. Ninguna, también es cierto, es de fiar en ese sentido. Quizás crean que el miedo, si existió, podría restarle méritos. Están acostumbradas a escuchar que todos los que mueren en una misión de la Patria han muerto sin temor alguno, sin titubear, más convencidos e invictos que una roca. No están dispuestas, pues, a que el Coqui pase a los anales como el único cobarde.

Por otra parte, en uno de los reportajes de la televisión nacional, que filman antes de que los colaboradores partan de misión, Villafranca aparece, y ahí muestra su jovialidad habitual.

–¿Tú has escuchado la bulla cuando el equipo de Pinar del Río da un jonrón? Bueno, esa fue la bulla de todo el pueblo cuando apareció en el noticiero: ¡Mira al Coqui! ¡Mira al Coqui! –dice Nereida, agitada, enjugándose las lágrimas.

Por su facilidad para comunicar, su dominio del inglés e incluso algo del portugués, Villafranca ya pasa los últimos días, en el Centro de Tratamiento al Ébola de Kerry Town, alejado de los pacientes, más centrado en cuestiones protocolares y de otra índole. Lo que, evidentemente, no lo exime de riesgos.

En la mañana del 17 de enero, presenta los primeros síntomas diarreicos, y en la tarde lo asalta una fiebre de 380 C. Le hacen la prueba de Malaria. La prueba da positivo. Le inician tratamiento antipalúdico por vía oral. La fiebre sube. Pierde el sentido del tiempo y el espacio. Lo trasladan al hospital de la Armada Británica. Allí lo ingresan. La prueba de Malaria vuelve a dar positivo, y la prueba de Ébola, negativo. Le aplican la última generación del tratamiento antipalúdico por vía endovenosa.

Durante la noche y la madrugada, el cuadro clínico se agrava. Presenta dificultades respiratorias, toma neurológica. Lo acoplan a un equipo de ventilación pulmonar. Pero no responde al tratamiento, y horas después fallece.

–Yo estaba haciendo un desrriz –dice Justa–, y veo que empieza a entrar gente con batas, y gente y gente, y me da un brinco el corazón.

Son las autoridades municipales y provinciales de Salud Pública. Pero Justa no puede dejar el desrriz a la mitad, porque se quema el pelo y se deshace el moño. Aún así, la plancha se le cae de las manos. Justa desfallece. Nunca nadie de Salud Pública ha venido a su casa. Este es el tipo de noticias que no es necesario comunicar. La sola presencia del emisario lo expresa todo. Cuando Justa termina de planchar el pelo, alguien le dice lo que ya ella sabe.

Un día después, en la Galería de Arte de Los Palacios, tiene lugar el homenaje póstumo a Villafranca. Velan una foto suya, la foto del pasaporte. Asisten Viceministros de Salud Pública, las autoridades políticas del municipio y la provincia, compañeros de trabajo, personal de salud, gente que lo conoce, y gente que no lo conoce pero que se solidariza.

Justa, convencida por Nereida, asiste a última hora. Quien sí no asiste es Hanói, su compinche de correrías. Cuando toco a su puerta, Hanói me dice:

–Perdona, pero yo no estoy en condiciones de hablar. No tengo nada que decir. Lo llevo adentro –se pone la mano en el pecho–. Él siempre estará conmigo. Eso.

***

El cuerpo, o casi seguramente las cenizas, no regresan hasta pasado mínimo tres años. El dinero de la misión se pagará, lo que no se sabe todavía a quién: ¿qué nombre testamentó Villafranca? Nadie se atreve tampoco a comentarlo explícitamente. Alicia se hace eco de los chismes que la señalan a ella como beneficiaria. Pero lo sugiere como si fuera un problema.

–Eso sería una mierda de su parte. Yo no quiero ni pensar en eso. Si mira lo que ha pasado con el teléfono.

Una sobrina de Villafranca anda exigiendo el teléfono asignado a su tío por colaborador. Pero Villafranca ordenó que pusieran el teléfono en casa de Alicia.

–Un teléfono cuesta más de quinientos dólares –dice Nereida–. Si lo llevan para la casa de la familia, lo venden.

La mezcla de muerte y cuestiones materiales es siempre una bomba de tiempo. A Alicia le preocupa el tema, pero no quiere que su preocupación indique falta de amor. Bien mirado, después de asumir a Villafranca por décadas, Alicia tiene derecho a preocuparse o a prestarle atención a lo que quiera: incluso a las cuestiones más prácticas, incluso a un teléfono.

La última vez que habla con su muchacho, lo hace desde la sala de su casa. Es 30 de diciembre. Villafranca la llama y le desea feliz año. Dice Alicia que estaba contento, porque habían salvado tres niños. Y que era pura carcajada, con ese amaneramiento suyo tan peculiar.

Iris despertó con la tos de su esposo. Una nube de humo blanco le impedía abrir los ojos, incapaces de ver a su compañero de vida a pesar de los pocos centímetros que los separaban en la cama. Emiliano yacía a su lado, tratando de buscar una bocanada de oxígeno en ese nubarrón que inundaba su cuarto de 6 metros por 5. Seguía tosiendo en metralla. Casi sin parar. Buscando a tientas el brazo de Iris en medio del espesor de aquella cortina que, por más que trataba, no podía apartar de sus grandes ojos de miel.

—¿Viejito? ¿Qué te pasa, viejito? –preguntó Iris sobresaltada.

La respuesta de Emiliano fue la misma: una retahíla de toses e inhalaciones intercaladas con el mismo ahínco de los segundos anteriores.

Iris calzó sus sandalias plásticas para encender la luz en plena madrugada, bordear la cama matrimonial y llegar hasta la mesa de noche del lado de Emiliano, donde guardaba el nebulizador que le había comprado su hija para casos como estos. Preparó el equipo y lo dispensó ahí, sobre la cama, semi sentado y en medio de la nebulosa. Sacarlo de la habitación era inútil: el humo blanquecino estaba en todos los cuartos, en toda la casa, en toda la comunidad.

Dejó a Emiliano con la mascarilla puesta. Corrió en bermudas hasta el baño para buscar una toalla con la que iba a resguardarse del humo, si es que no quería terminar como su esposo. La idea era salvarlo y, para ello, era necesario usar un tapabocas.

Cuando Robert, el hijo de Emiliano –33 años, piel morena, contextura gruesa–, apareció en el cuarto esa madrugada, las explicaciones no fueron necesarias. Ambos sabían lo que pasaba. Emiliano no mejoraba con el nebulizador. La tos seguía su martilleo y su tez comenzaba a purpurarse. Fue entonces cuando Robert tomó la decisión:

—Vamos a sacarlo de aquí antes de que se nos muera.

Sin importarle el frío de la noche salió a la calle para que el teléfono tomara señal. Llamó al 171, pidió una ambulancia hasta su casa, en el sector 2 de Cambalache. “La del portón anaranjado”, “¿dónde venden leche de chiva? Más allaíta”.

Mientras tanto Iris vestía a Emiliano para llevarlo hasta una clínica: los dos Barrio Adentro de la comunidad y el módulo asistencial de la zona estaban cerrados.

En 15 minutos la ambulancia aparcó frente a su casa, pintada de un verde claro, casi invisible en la neblina. Dos paramédicos cruzaron el humo para cargarlo en la camilla. Eran cerca de las 12 y 20 cuando el vehículo corrió hasta la Clínica Caroní. El médico especialista no estaba de turno. De ahí aceleraron hasta la Clínica Ceciamb, donde luego del papeleo lo ingresaron a terapia intensiva.

Ahí estuvo internado por tres días: tiempo suficiente para aliviar parte de su crisis y agotar los 50 millones del seguro que le había contratado su hija María Auxiliadora.

—Se los tenemos que dar –dijo el médico refiriéndose al paciente.
—Está bien –asintió Iris, quien ya había tomado la decisión con Robert de llevarlo a un hospital.

En la sala de cuidados intensivos Emiliano volvió a toser. Tosía y tosía, como si no hubiera salido de aquella humareda. El monitor marcaba su ritmo con tono acelerado. Los médicos no tardaron en reaccionar. Le pusieron oxígeno. Nada. Electro-shock. Nada. El monitor hacía su ruido cada vez más continuo, hasta que, finalmente, a pesar de los esfuerzos de los médicos, aquel concierto de pitidos se convirtió en un sonido continuo.

Iris respiró profundo, salió a tomar aire y llamó a sus hijos. Contuvo las lágrimas antes darles la noticia: Emiliano De Pablos había muerto aquella mañana del 15 de septiembre de 2010. Otra víctima de la contaminación atmosférica de Cambalache. Otra víctima que arropa el vertedero de basura con su aliento mortal.

II

Fundado hace más de 50 años, incluso antes de la ciudad que la alberga, Cambalache es el asilo de un vertedero que alguna vez fue un relleno sanitario. Fue en 1985 cuando la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) decidió que en ese espacio se dispondrían los detritos de la primera ciudad planificada de Venezuela: Ciudad Guayana, tierra del hierro. Del acero. Del aluminio. De las represas que todavía surten de energía eléctrica al país. La gran maqueta del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, por su siglas en inglés) y el soñado polo de desarrollo como alternativa no petrolera.

La CVG decidió plantar ahí la semilla del vertedero, pero nunca lo consultó con los habitantes. Apenas se dijo que el terreno pasaría a formar parte de la corporación, pero nada más allá de eso. La comunidad se negó a salir. El estado se negó a reconocer. Los tractores derrumbaron casas, ranchos y hasta ganas de vivir durante más de 10 años en favor del reciente vecino.

A pesar de las tensiones, la vida transcurrió sin problemas. Al menos, en sus años primeros. Después de todo era un relleno, con 12 años de vida útil y una provisional de sólo 3. ¿Qué tanto daño podría causar? ¿Qué tanto problema sería una disposición de desechos controlada?

III

Es la mañana de un lunes quieto en el sector de Cambalache. Una nubosidad blanca y espesa acompaña el olor a lluvia que respira la comunidad: ese aroma que mana de la tierra húmeda con los primeros soles de la jornada. Es lunes 27 de mayo de 2013 y Tibisay Rosas está en su día libre. Aprovecha el descanso para ir al módulo asistencial, detrás del único colegio cercano, para ponerse la dupla de vacunas que aún tiene pendiente.

—Vente, Tibisay –le ordena la enfermera en tono amable, dirigiéndose a aquella mujer de estatura media, contextura gruesa, ojos grandes y aguarapados, que contrastaban con el curtido de su piel canela con 38 años de uso.

Tibisay accede con risa. Nerviosa. No le gustan mucho las inyecciones, pero sabe que es por su bien. Se para al lado de la enfermera, Mariluz Verde, quien recoge la manga de su franela roja donde reza la inscripción “Chávez corazón de mi patria”. Mariluz ahoga una torunda de algodón en el alcohol. Tibisay voltea. Cierra los ojos con fuerza y se ríe al sentir que esa masa fría le recorre en círculos el hombro izquierdo.

—Ya está listo, chica. ¿Viste que fue un pinchacito?

La paciente no pronuncia palabra. Sabe que viene otra inyección. Se prepara para el mismo procedimiento en el brazo derecho y salir de una buena vez de todo aquello.

Tibisay está en su día libre. No porque no tenga que ir a trabajar, sino porque no hay ni una asamblea en su agenda de actividades. “Andamos a cada ratico en una reunión porque aquí en Cambalache todos los días es un problema diferente”, dice la vocera del consejo comunal del sector 3, retorciendo los labios y encogiéndose de hombros mientras baja el tono de voz hasta el silencio absoluto.

Justo fuera del módulo de salud, refugiada en la sombra de un mango, Tibisay cuenta que el vertedero de basura es el responsable de la fetidez. De las moscas. Del mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. La acumulación de desperdicios, sobregirada en tiempo y espacio, ha hecho que el depósito se convierta en una máquina de fluidos putrefactos que inundan la tierra hasta sus entrañas: un contenido que viaja hasta emerger en los patios de los vecinos.

Por eso, cuando llueve en Cambalache, llueve arriba y llueve abajo. Llueve adentro y llueve afuera. Agua de vida y agua que mata. Agua que inunda las casas de cinco de los seis sectores del asentamiento.

—A mí me ha pasado que cuando llueve en la noche, cuando voy a poner el pie en el suelo, eso es puuuura agua podrida –irrumpe la señora Aura Morillo, que detiene su paso al lado de Tibisay para reforzar su testimonio.
—Ella es un libro de aquí, de Cambalache. Ella tiene años viviendo aquí. Yo soy nueva. Yo tengo son 12 años acá. Ella tiene toda una vida viviendo aquí –refiere Tibisay con tono de respeto.

Aura tiene 64 años, pero parece de 80. La piel blanca de sus tiempos mejores es hoy una película de pliegues rojos y tostados, con manchas y surcos que le cincelan la cara. Sus ojos achinados, negros e irritados por el humo son lo único que asoman sus párpados caídos por el paso de los años. Aura vive en el sector 5 y, a pesar de que su piso es de concreto, los “lixiviados” (fluidos inmundos que manan de la basura) se abren paso entre el cemento, sus muebles y su dignidad.

Ya no es Aura la única que acompaña a Tibisay. Ahora hay otras mujeres y hombres de la comunidad. Todos forman un semicírculo alrededor del mango, que funge ahora de tribuna para exponer los problemas de la zona.

Ahí está Ana Morillo, que no es familia de Aura pero son “hijas de Chávez y hermanas en Cristo”. También está Cristian Morales, que encontró a su padre muerto tratando de escapar de una humareda nocturna la mañana de un 13 de octubre. También está su esposo, José Cedeño, que cuida la casa cuando hay inundación para evitar que entren los saqueadores. Está el sol, el mango, el calor, la humedad…

Las horas se gastan en comentarios y actualizaciones. En sus denuncias sobre la laguna de lodos rojos. En que el alcalde y el gobernador no sirven. En el brote de H1N1 y cómo prevenirlo. En que todos ahí son “revolucionarios” y en que la oposición, por más que quiera, “más nunca volverá”.

Mientras tanto el vertedero palpita a su propio ritmo, abriendo sus fauces a los camiones que van a alimentarlo con dosis de entre 1.000 y 1.400 toneladas diarias. Una bandada de zamuros lo custodia desde el cielo, con su vuelo en espiral capaz de preludiar hasta la misma muerte. Allá van los camiones, como piezas de juguete en ese campo de inmundicia. Allá van “los otros”, “aquellos”, los “medio raritos”, los que viven de la revisión y colecta de desperdicios que queman de vez en cuando.

Es ese humo el que afecta a la comunidad; el que les da a muchos ese timbre fañoso cuando hablan. Ese humo los afecta, claro, pero son sólo focos eventuales. El gran temor en Cambalache es la combustión espontánea que se genera por la acumulación de gases inflamables, y que los sume a ellos y a parte de la ciudad en una nube tóxica que deja muertes a su paso. A veces lentas. A veces rápidas.

—Disculpe, señora. ¿Cómo llegamos al vertedero?
—¿Ah, ustedes van pa’l bote?
—Sí.
—¿Vinieron armados? Pa’ allá no se puede entrar si no es armado. Después no digan que no se los advertí.

IV

Ese día cayó lunes, 3 de octubre de 2011: tres días después de la fecha límite para que el Estado clausurara todos los vertederos a cielo abierto. Así dictaba la ley de desechos aprobada un año antes, pero en ese tiempo de gracia el humo siguió azotando a los pobladores y sumaba nuevas vidas a su cuenta. Eso sin contar los casos que a diario saturaban el módulo asistencial de niños con gripes, alergias y un sinfín de asmas.

Todo esto fue minando la paciencia de la comunidad. Pero fueron las palabras del gobernador Francisco Rangel Gómez, el 30 de septiembre de 2011, las que pusieron a prueba el temple de los vecinos: para el gobierno el vertedero no se cerraría, sino en un plazo de cinco años.

Prepararon todo el domingo en la noche. Tibisay Rosas, Cristian Morales, Eliana Villanueva y Aurelio Vásquez. A la mañana siguiente, Cristian los pasaría buscando en su Cheyenne blanca a las 4:00 de la madrugada. Saldrían hasta la avenida Angosturita –hoy Avenida de los Trabajadores– para iniciar su protesta.

A las 5:00 de la mañana los cuatro estaban en la vía, cerrando el paso con palos y cauchos que consiguieron en el vertedero. Minutos más tarde, un primer camión de basura llegó al sitio con las luces encendidas. Nunca pasó. Tibisay le explicó el motivo de su queja solo para darse cuenta de que los camioneros también los apoyaban. Llegaron más camiones. Ninguno pudo pasar. La línea de carga con desechos sólidos fue creciendo con el paso de las horas, al igual que la indignación de los conductores comunes y el infarto de las vías alternas.

Ya a las 9:00 de la mañana el tráfico había colapsado. Ya no eran únicamente Tibisay y sus amigos, sino un bloque de la comunidad, dispuesta a detener el tráfico hasta sus últimas consecuencias. Hubo un grupo de camiones que trató de entrar, pero una vez más se lo impidieron. Las mujeres se acostaron en el calor de aquel asfalto. Ninguno se atrevió a tentar al destino.

Minutos más tarde comenzaron las llamadas. Era el secretario político de la Gobernación Horacio Alarcón –gordo, moreno, rapado, nariz ancha y estatura media– informándole que la tranca impedía el paso de los camiones de asfalto con el que hacían mantenimiento a la avenida.

“¿Ah, sí hay asfalto pa’ la Angosturita, pero pa’ Cambalache no hay nada? ¡Bueno, si no hay asfalto pa’ nosotros tampoco hay pa’ nadie!… ¿Ah, y nosotros no valemos? ¿El poder popular no vale?”, respondieron indignados.

Casi en paralelo llegó una delegación de la Alcaldía de Caroní. La gente la rechazaba. Querían la presencia del alcalde y una respuesta directa como diera lugar. Llegó un puñado de guardias nacionales, que luego de escuchar el argumento de Tibisay se quedaron en el sitio para resguardarlos. Pronto salieron “los de adentro”, con su aire de iracundia para exigir la reapertura del vertedero de basura. “¡Nosotros vivimos de esto! ¡Este es nuestro trabajo!”, gritaban los más amables, antes de que llegaran las patrullas de la policía municipal.

“No sé en qué momento fue eso, pero apenas llegaron se prendió una trifulca entre la gente de la comunidad y los del vertedero. Mi hijo tenía un palo en la mano y fue a ver lo que pasaba pero no soltó el palo. En eso vino la policía, lo agarró y lo metió preso”.

Tibisay abandonó la tranca. Fue hasta la comisaría de Unare para buscar a su hijo, pero no se lo devolvieron. Mientras tanto el alcalde José Ramón López ponía los pies en la zona de conflicto, pero ya las reglas habían cambiado: o devolvían al hijo de Tibisay o no soltaban al alcalde. Al final el trueque se dio. Se levantó la protesta y la gente sucumbió al calor de las 2:00 de la tarde. Recorrieron el vertedero, tomaron decisiones y a los tres días comenzaron las labores de saneamiento.

V

El cambio se sintió en el ambiente. La combustión espontánea cesó. Hoy Cambalache respira un aire más limpio, pero nadie sabe hasta cuándo dure la dicha. Hoy todos celebran la victoria, la de ellos, la de sus antecesores, la de los que lucharon y los que quedaron en el camino, pero ya volverán los camiones con nuevas de toneladas de basura. Volverán las moscas. Volverá la fetidez. Volverá el mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. Los zamuros volverán a preludiar a la muerte, y aquellos, “los raritos”, los que viven entre delincuentes, volverán a quemar los desechos de vez que les venga en gana.

Hace tres años que Emiliano De Pablos murió, a causa de la asfixia provocada por el humo de las llamas. Esos son los fuegos del vertedero. Las candelas de “el bote”, que duerme ahora al cobijo de una nube que, a pesar de los años, todavía pulula sobre su lecho.

I.

Esta será, amable lector, una historia triste.

II.

Cuando uno sube hacia Aranzazu desde el sur, desde el valle del río Cauca, tiene la sensación de que se lo está tragando la montaña. Atrás se queda la planicie abierta y verde, con sus enormes ceibas centenarias meciéndose con modesta dulzura a la vera del río, en ese aire como dormido de la tierra caliente. Primero el paisaje se va ondulando y se llena de cerros breves, como un mar que se inquieta antes de la tormenta. Después de dejar atrás Pereira, la carretera comienza a serpentear cuesta arriba sin tregua hasta llegar a Manizales. Pero en Manizales uno todavía alcanza a ver el valle, amplio y magnífico, en la distancia.

En cambio, en el trayecto que va de Manizales a Aranzazu, un municipio en el norte del departamento, la cordillera parece un abanico que se cierra de golpe. Los cauces de las quebradas no son más que navajazos entre las altísimas paredes verdes, llenas de una vegetación húmeda y bella, misteriosa.

Aranzazu está casi a 2.000 metros de altura, y hace un sol radiante al mediodía. El pueblo no puede ser más pintoresco. Los jeeps de colores se alinean en la plaza central recién remodelada, parqueados como para una exposición. Las casas están perfectamente pintadas, no hay un solo papel en el suelo, y todo el pueblo parece haber decidido salir a la calle: es sábado, y la gente de las veredas vecinas ha venido a comerciar. Los hombres llevan sus camisas recién planchadas, impecables, su toallita al hombro, su bigote recio y su sombrero blanco bien puesto, y se juntan en grupos pequeños a conversar. No parecen tener ninguna prisa. Hay una sensación muy nítida de próspera dignidad.

El pueblo es tan escarpado, y el desnivel entre la imponente iglesia y el terraplén de la plaza es tan alto que debajo de la iglesia se han montado algunos negocios. Curiosamente, esa hilera de almacenes que dan a la plaza, empotrados debajo de la iglesia —que ya de por sí tiene pretensiones de catedral—, le dan al edificio un aire de exagerada monumentalidad.

Aranzazu tiene poco más de 12.000 habitantes, y de ellos, 580 han sido diagnosticados con trastorno afectivo bipolar. El término médico suena extraño, sobre todo porque nada tiene que ver con el afecto. Tal vez ayude saber que hace 25 siglos, Hipócrates lo llamaba melancolía. O tal vez no, porque la palabra melancolía ha ido adquiriendo a través de los siglos un significado entre ingenuo y nimio, el del padecimiento romántico por excelencia, y sirve para poco más que para un título y un puñado de versos memorables. La enfermedad, en cambio, es terrible.

III.

Llamémosla Ana.

Hace tres meses, una mañana de mayo, Ana se ahorcó. Cerró con llave todas las puertas de su casa, aseguró las ventanas y se dirigió a la cocina. Tomó una vela, la prendió y la puso sobre la mesa, como si hubiera querido ella misma anticipar su velorio. Ató una soga a la viga del techo, hizo el nudo, se lo metió por la cabeza, apretó fuerte, se subió a una silla y saltó. Ana tenía 58 años y vivía con su esposo en una finca de la vereda Campoalegre, en Aranzazu, y el suyo es el tercer suicidio en ese municipio en lo que va corrido del año. Los tres suicidas habían sido diagnosticados con el trastorno afectivo bipolar, al igual que el 5% de los habitantes de Aranzazu.

Voy a intentar reproducir aquí, en términos legos, lo mejor que pueda, en qué consiste la enfermedad. Le debo a la amable paciencia del psiquiatra Eduardo Baena lo que he entendido y, así mismo, la seca tristeza que me ha quedado ante las devastadoras cifras de bipolaridad en la región.

Todos los seres humanos tenemos estados de ánimo que oscilan entre la alegría, la felicidad y la tristeza leve o profunda. Reaccionamos ante los acontecimientos traumáticos de la vida, como ante las buenas noticias. En toda vida hay tantos dolores como alegrías. Y a veces, tantas veces, mucho más sufrimiento que felicidad. Digamos que si uno traza una línea recta horizontal, oscilamos suavemente hacia arriba y hacia abajo, trazando una suave curva que sube y baja, atravesando esa línea horizontal. En los pacientes bipolares, esa curva es simplemente mucho más pronunciada. Dramáticamente más. Si tienen un episodio y la curva sube hacia el territorio llamado manía, pueden llegar a tener ideas delirantes —curiosamente, muchos se creen dioses, sanadores, salvadores del mundo—, comportamientos irascibles, una euforia desmedida (gritan, saltan, se ríen a carcajadas) y un amor propio magnificado hasta el absurdo. Gastan enormes sumas de dinero convencidos de que son genios financieros y asedian a las personas del sexo opuesto creyéndose irresistibles. Apenas si duermen, y despliegan una energía desmesurada. Se creen perfectos, brillantes, poderosos. Superiores a todos los demás. Y por supuesto, es imposible razonar con ellos. Algunos pacientes solo tienen este tipo de episodios, pero otros llegan a entristecerse hasta tal punto —y aquí la curva se desploma—, que caen en la más profunda depresión. Y en esa depresión, el 15% de los pacientes se suicida. El 15%. Lector, este promedio es más alto que el de la mayoría de las muertes por diagnóstico de cáncer. Pocas enfermedades tienen un índice tan alto de mortalidad.

El trastorno afectivo bipolar se puede tratar y el paciente, tener una vida más o menos normal. Ese paciente debe ser monitoreado todo el tiempo, porque la medicación para la fase maníaca es distinta a la que se administra en la fase depresiva. Y la medicación no garantiza que no pueda tener recaídas. Hasta hace cuatro años, en Aranzazu ni siquiera había un psicólogo de planta. Hoy, Leidy Johanna Ocampo, cuya ayuda para este artículo ha sido invaluable y cuya sobria compostura profesional contradice sus pocos años, vive allí. Si algo le gustaría es que hubiera un psiquiatra de planta en el municipio. O por lo menos uno que viniera una vez por semana. ¿No es lo mínimo que se puede pedir? Caldas no es un departamento pobre. Pero en los tiempos que corren el progreso se mide con otras varas y es más importante invertir en carreteras que en salud. Y es que cada vez que un paciente tiene un episodio maníaco, debe ser hospitalizado de inmediato. Ante la falta de un psiquiatra local, deben ir hasta Manizales. Sí, en su estado. Sí, muchas veces solos. Y sí, se pierden por el camino, no llegan, por supuesto. Es insensato. Pero solo un psiquiatra puede hospitalizar y medicar.

Si el paciente se medica, su vida puede ser como la de cualquiera. Alan García, el presidente de Perú, por ejemplo, es bipolar. Y de hecho, una amiga de Ana asegura que era una persona completamente normal. Recuerda, sí, una tarde, años atrás, en la que comenzó a gritar como loca, sin motivo. Y que la llevaron al hospital mental de Manizales. Pero aquello había pasado. Ana no estaba, aquella mañana de mayo de su suicidio, en tratamiento; ningún psiquiatra la veía; no tomaba ninguna medicación.

IV.

¿Por qué? Hay que preguntarse por qué. Si las estadísticas dicen que el porcentaje de la población mundial aquejada por el trastorno afectivo bipolar está entre el 0,4 y el 1,6 % de la población, ¿cómo es posible que las cifras de Aranzazu lleguen al 5%?

¿Qué tiene este plácido pueblo de particular? La respuesta es nada. Aranzazu no tiene nada que lo distinga de los otros pueblos de la zona y comparte con ellos su historia. Simplemente, la Universidad de Antioquia —entre los muchos estudios que ha hecho en la zona a lo largo de los años— llevó a cabo una investigación exhaustiva hace siete años en el municipio. Y a partir de ahí, han llegado a la prensa algunos pocos artículos sobre los bipolares en Aranzazu. Es por eso que esta revista me ha enviado al pueblo. Pero la realidad es aún más turbadora: toda la zona del norte de Caldas, del sur de Antioquia e incluso de Risaralda tiene un porcentaje similar de bipolaridad. De hecho, entre el 70 y el 80% de los pacientes del hospital mental de Pereira egresan con diagnóstico de trastorno afectivo bipolar. Y en Aguadas, cuya población es más alta que la de Aranzazu, el año pasado había casi 700 casos diagnosticados. Así mismo, podría dar aquí las altas cifras de intentos de suicidio en Pensilvania del 2008. Si se navega por la red con paciencia, los ejemplos van corroborando toda esta triste realidad: Santuario, Pácora, Salamina… Los hospitales y centros de salud de la zona lo saben. Las cifras del sur de Antioquia son también tan altas, que no es exagerado hablar de una endemia en la zona, cuya definición es sencillamente una enfermedad que afecta a un número de individuos superior al esperado en una población durante un tiempo determinado.

Ahora sí podemos intentar responder por qué. Para ello, es necesario primero contar lo que se sabe sobre las causas del trastorno. La bipolaridad es una enfermedad que resulta de varios factores: unos genéticos y otros ambientales. Es decir, es necesario heredar la alteración genética, pero es posible que a pesar de tenerla, la enfermedad no se desarrolle nunca. Hace falta —no sé muy bien cómo decirlo y me excuso por la torpeza— un golpe de la vida. Los factores ambientales que se suelen citar como detonantes frecuentes son la pérdida de uno de los padres, el abuso físico y sexual en la infancia y los sistemas educativos represores, muy severos. O el trauma del parto en las mujeres.

El factor genético se debe simplemente a que toda la zona fue poblada por la colonización antioqueña. Y los colonos, que buscaron las tierras altas, más frías, para evitar el paludismo, fueron fundando los pueblos de Caldas anclados en lo alto de esa dura y cerrada montaña. La geografía, allí, no es inocente. Se dice que la alteración genética (que no es fácil de rastrear y todavía hay mucho de especulación en ello) fue heredada de los vascos, y ellos, a su vez, de las migraciones judías en el viejo continente.

Cuando se habla de la colonización antioqueña, a veces se piensa que la migración hacia el sur en busca de oro y fuentes de sustento que se dio a lo largo del siglo XIX fue inmensa. Pero no. No eran más que un puñado de gentes en busca de una vida. Los pueblos eran diminutos y aunque no les guste demasiado admitirlo, se casaban entre sí. Es la endogamia la que ha producido las cifras. Ignacio Zarante, profesor asociado del Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, dice que no es gratuito que los primeros códigos penales europeos castigaran, ante todo, el incesto: puro instinto de supervivencia. Pero es que en Europa no existe ese apretado nudo de las cordilleras colombianas, que sumieron esos pueblos en un aislamiento casi total durante siglos. De hecho hoy, uno nota que entre pueblo y pueblo del norte de Caldas hay casi exactamente una hora en carro. Y esa hora de hoy, cuenta el doctor Zarante, equivale a un día a caballo del siglo antepasado. Estaban bien lejos entre sí.

Y es que toda la historia se confabula. Los indígenas de Antioquia fueron exterminados con más eficacia que los de otras regiones del país. Uno lo ve en el pueblo: blancos, de ojos claros, buenos mozos. Los fenotipos son muy recurrentes: si uno lo piensa, no es gratuito que la imagen de un Juan Valdez produzca tan alto grado de identificación colectiva. Es que las gentes se parecen mucho.

Algunos habitantes de Aranzazu han elaborado con paciencia su árbol genealógico, y se sabe que la mayoría de sus habitantes descienden de Marinilla. Se han hecho estudios para evaluar las relaciones genéticas entre los habitantes de uno y otro pueblo, analizando la frecuencia de los apellidos. El resultado es que los dos pueblos comparten, hoy por hoy, el 45,6% de ellos.

Es por eso. Por eso hay tanta gente allí que se hunde en el quieto abismo de la depresión.

V.

Paréntesis. ¿Será casualidad que la música montañera sea tan triste? ¿Que en sus estrofas hasta los guaduales se echen a llorar? ¿O qué el tango tenga en la cultura antioqueña tanto arraigo? ¿Dónde acaba el cuerpo y dónde empieza el alma de los hombres? ¿Dónde se encuentran? ¿Dónde se acaba el sufrimiento del cuerpo y dónde comienza el sufrimiento del espíritu?

La cultura católica es tan binaria, tan simple, que ha creado un poderoso modelo de oposiciones: el bien y el mal, el cielo y el infierno, el cuerpo y el alma. Pero la realidad no está hecha de efectistas antagonismos sino de ambiguas zonas grises.

Ana no lo supo nunca, pero es posible que el alma de los hombres esté alojada en alguna misteriosa combinación genética. Que toda expresión de la voluntad de elevación del espíritu del hombre puede ser leída desde la biología. Toda ansia humana de trascendencia, toda pregunta por la existencia, podrían estar encapsuladas en el denso ovillo de los cromosomas. Polvo eres y en polvo te convertirás.

VI.

Te dije, lector, que esta era una historia triste. No es la historia de un pueblo de locos, en absoluto. Aquí no hay caricatura posible. En Aranzazu la vida es apacible, y el pueblo, abrazado de verde, es muy hermoso. Sus habitantes son, de veras, amables y tranquilos. La sirena del pueblo suena a las diez de la noche y todos los menores de edad deben marcharse a casa. Pero tras las puertas cerradas de todos esos pueblos y ciudades de la zona, mucha gente sufre. Lo que pasa es que este tipo de enfermedades se absorben como tragedias silenciosas. Con un “aquí hay mucha gente como apagada” aceptan el problema. Pero eso que la psiquiatría llama, con correcta asepsia profesional, factores ambientales se traduce en infancias muy dolorosas, en las durísimas vidas de las gentes pobres, en una historia de poca escolaridad, de maltrato, de absurdas exigencias: sea fuerte, sea berraco, no llore, sea macho, haga plata, triunfe o usted no sirve para nada. Y si es mujer, aguante, mija, que para eso vino al mundo. Esa es la cultura paisa.

La historia de vida de Olga, la segunda mujer que se suicidó este año, es desoladora. Huérfana, explotada de niña por parientes lejanos, probó el bazuco antes de los diez años. Por fin, después de muchos penosos ires y venires, de un matrimonio y hasta de un hijo, logró encontrar algo de felicidad con una joven mujer. Pero su hermano, al enterarse, horrorizado, amenazó a su pareja, y esta la abandonó. Olga tenía 38 años cuando se quitó la vida. Había sido diagnosticada, pero tampoco tomaba medicación.

Los prejuicios, la intolerancia, la reaccionaria cerrazón son como espejos metafóricos del infranqueable relieve. ¿Dónde acaba pues la geografía del paisaje y dónde comienza la geografía del corazón? ¿Dónde el adentro y dónde el afuera de las cordilleras? ¿Y cuántos de nosotros portamos en los dedos los anillos de Saturno, ese dios implacable de la tristeza exagerada?

Pero, de nuevo, hay que llamar a las puertas del desarrollo. Apertura, educación, más inversión en salud mental. No puede terminar de otra forma este artículo más que tocando a las puertas de la Secretaría de Salud de esos departamentos. Si los pacientes están monitoreados, medicados, lograrán el milagro feliz del equilibrio. Y eso es más progreso que cualquier autopista, aunque nadie pueda inaugurarla ni hacer discursos autocongratulatorios. Nadie puede cortar la cinta exacta la felicidad. Pero para muchos, para un altísimo 5% de una vasta población, sí se puede procurar un poco de sombra fresca para el salvaje sol de la melancolía.

La respuesta amarilla

Publicado: 15 septiembre 2009 en Roberto Valencia
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A nadie parece importarle la muñeca quebrada. No hay sangre ni alaridos, y sin sangre ni alaridos la urgencia es menos en la Sala de Emergencias de este hospital público llamado Rosales, el mayor de El Salvador. Por eso la muñeca quebrada se aleja discreta hacia el fondo, donde aún quedan las sillas azules que nadie quiso. Antes de sentarse ha tenido que ver, aunque quizá ni siquiera ha mirado, las camas multifamiliares llenas de dolor, a la señora de vestido verde recostada sobre la pared, al anciano descalzo tirado en el suelo, a los guardias armados, a los evangélicos que reparten café. Sentada entre todos ellos, la muñeca quebrada es ahora un esperador más, la última en sumarse al listado infinito.

Tintín y Guacaladita, los socorristas amarillos que la trajeron, sienten que su trabajo ha finalizado. Entregaron a la paciente estabilizada y rellenaron la ficha exigida. La ambulancia espera fuera. No hay tiempo para despedidas.

—Vámonos, que hay otro accidente… –ordena Tintín, el radio en la mano.
—¿Adónde?
—En el bulevar Constitución y calle al Volcán.

Y otra vez las luces. Y otra vez la sirena.

***

Asociación Comandos de Salvamento Guardavidas Independientes de El Salvador nació jurídicamente el 20 de agosto de 1962, un lunes, día en que se publicaron sus estatutos en el Diario Oficial. Un par de años antes, el socorrista Edgar Cornejo Díaz y un grupo de conocidos habían decidido crear su propio cuerpo de socorro al margen de la disciplina de Cruz Roja, el único referente de la época. Para diferenciarse, tiñeron de verde la cruz. Y comenzaron.

“Comandos de Salvamento es una institución de servicio público, sin fines de lucro, que tiene por misión auxiliar a toda persona que está en peligro de sufrir daño en alguna parte o que requiere de algún otro tipo de auxilio”. Esta definición, tomada de una revista interna, pasa por alto una de principales particularidades de Comandos: el voluntariado. Desde sus inicios el grueso de las personas que trabajan por y para esta asociación lo hicieron sin recibir salario alguno. En los últimos años ha habido un esfuerzo por profesionalizar algunas áreas, pero el número de asalariados apenas ronda los 25 entre los cientos de voluntarios que tienen en todo el país.

—¿Tú dejarías esto por otro trabajo mejor pagado?
—No, no lo dejo –dirá Jhonny Ramos Caníbal, 38 años, comando desde los 12–. Vendría a colaborar como puro voluntario. De hecho, ya tuve un trabajo en un hospital privado, de manejar ambulancias, y al salir del turno de allá me venía para acá.

Del grupo original no queda nadie, ni recuerdos casi. El más veterano hoy es Roberto Cruz Cusuco, quien llegó siendo un niño a mediados de los 70 y es el director ejecutivo. De su quinta son Efraín Méndez Pingüino, el tesorero; David Martínez Chancha y Wilmer Lobo Chileverde. Todos ellos forman parte de la junta directiva por ser de los que más años han entregado. Todos ellos vivieron, por ejemplo, el gran cisma de 1980, cuando la institución se partió en dos. Por un lado, Comandos de Salvamento, por otro, Cruz Verde. Unos se quedaron con el nombre; los otros, con el logo. Aquella fue una separación mal avenida, y no faltaron pedradas ni destrucción mutua de vehículos.

—Durante un tiempo llevábamos garrotes en las ambulancias para defendernos –dirá la Chancha.

Desde 1986 la sede central de Comandos de Salvamento está dos cuadras al oriente del parque Centenario, en pleno centro de San Salvador. Es una zona que alberga dos tipos de negocios: los que se dedican a comprar todo tipo de material reciclable y los prostíbulos. En las cuadras de alrededor está la mayor concentración de prostíbulos de todo el país.

Por el edificio principal pagan 645 dólares de alquiler. Es una vieja casona de techos altos, suelos embaldosados y paredes forradas con madera. Una docena de ambulancias, la mayoría inútiles, singularizan la entrada al pasaje. Parece huesera. Dentro de la casona hay un generoso pasillo con bancas que termina en un patio descubierto. Desde ese pasillo se accede a la clínica de primeros auxilios, al cuarto de los camarotes, a la Sala de Radio, a un baño que huele a baño público, al centro de capacitación y a los despachos de Pingüino –que más parece sala de estar– y de Cusuco. Hay mucho movimiento de personas vestidas de amarillo. Y rara es la pared que no tiene colgados diplomas y fotografías, algunas de ellas descoloridas y acartonadas. Nadie las mira.

—Aquí alquilamos –dirá Pingüino–, el local que hemos comprado es el que está enfrente. Y el sueño nuestro es construir una clínica ahí, ¿va? Estamos haciendo gestiones. Para comprar esta parte estamos intentando convencer a la dueña, pero ella quiere el dinero de un solo y no podemos pagar de un solo.
—¿Cuánto les piden por esta propiedad?
—Sería así como… Hace como cuatro años nos pidió un poquito más de un millón y medio de colones.

El edificio de enfrente, el comprado, es una especie de almacén de desechos donde hay desde vehículos desvencijados hasta gallinas. Adentro viven algunos comandos.

Aunque aún no alcanza para dejar de alquilar, los mecanismos para obtener fondos sí han mejorado con los años. La cooperación internacional –en especial, la Noruega– ha cumplido su papel, pero el mayor desahogo se tuvo a partir de 1998, cuando comenzaron a recibir del Estado una balsámica partida anual. Los fondos permitieron la profesionalización de un pequeño grupo de comandos, la creación de unidades de rescate especializadas y ampliar la presencia a una treintena de ciudades, pueblos y cantones de todo el país. El crecimiento de la institución valió incluso para que Stephen Gleason, un asesor del presidente estadounidense Bill Clinton, los propusiera en 2001 como candidatos a recibir el premio Nobel de la Paz.

Comandos tiene hoy un legado de casi medio siglo de servicio, una red de filiales por todo el país, un presupuesto anual que ronda el medio millón de dólares y un pequeño ejército de voluntarios amarillos entre los que hay jóvenes y viejos, católicos y cristianos, hombres y mujeres –pocas–, padres e hijos, ex guerrilleros y ex militares. Comandos tiene una reputación.

***

Apenas hay mujeres en Comandos de Salvamento. Nunca fueron multitud, y con el pasar de los años cada vez son menos porque vestirse de amarillo es muy exigente. Así lo cree Rosa María Gálvez, apodada Chilindrina, quien recaló a mediados de los noventa en la institución y se empleó como socorrista primero y en la clínica ahora. ¿Pero a qué se refiere cuando llama exigente la labor del socorrista?

—No sé si se acuerda del terremoto de Santa Tecla. Estuvimos ocho días allí, ocho días sin llegar a la casa, sin cambiarnos. Y es más, yo ya ni comía, porque ya tenía penetrado en la nariz el olor a muerto. No le hallaba chiste a la comida. Para mí, eso fue lo más, lo más… este… escalofriante. Porque aparte, de primero sacábamos solo personas muertas, pero enteras, pero de los tres días para allá solo pedazos. Vísceras, o sea, ya no podíamos sacar nada entero. Sacábamos pedazos de pies, pedazos de manos… Las máquinas que metieron, aparte de que ya estaban podridos los cuerpos, los destripaban. Y es más, al final ya ni se recuperaba nada, porque los pedazos se los llevaba el camión de la tierra a botarlos, así.

Exigencia.

Físicamente Chilindrina no se parece para nada al personaje televisivo. Es coqueta –anillos, pulseras, uñas pintadas– y extrovertida, y su mirada es poderosa. Acaba de cumplir 35 años y desde hace siete es madre soltera de Andrea Abigail. Es su familia, dice. La acompaña siempre. Incluso cuando tiene turno nocturno su hija duerme con ella en los camarotes de la sede central. A Andrea le gusta mirar cómo trabaja su madre. En un rato aparecerá Julio César Ventura, un niño también de siete que vendrá con su padre para hacerse ver los puntos que tiene en la cabeza. Chilindrina se pondrá los guantes y lo revisará. Todo en su lugar, pero pronto aún para descoser.

—¿Una colaboracioncita? –Chilindrina señalará una alcancía candada.
—No, no tengo –responderá el padre, mirada al suelo.

Raro es que alguien deposite algo.

***

El corazón de la sede central es la Sala de Radio. Aquí se reciben las llamadas y se coordina la atención de las emergencias. La sala es amplia, iluminada. El aire acondicionado cumple. No tiene ventanas. El mobiliario es parco: además de los equipos de comunicación hay un viejo televisor, gigantografías de rescates, archiveros, pizarras, mesas y sillas. Nada combina con nada. Detrás de una mesa, embutido en una camisola amarilla, está Carlos José Alvarado, apodado Listo. Es de los veteranos; lo delatan las canas que blanquean su cabello y su bigote. Llegó a Comandos en 1986. Antes estuvo en Cruz Roja y más antes fue Boy Scout. Trabajó como socorrista y hasta le concedieron la Medalla de Protección Civil. Hoy pasa nueve horas de lunes a viernes en la Sala de Radio. Dice que su fuerte es la comunicación.

—¿Alguna novedad? –pregunta Listo.
—Negativo, estamos revisando la zona, y todo tranquilo –responde una voz metálica desde la filial de Comandos en Antiguo Cuscatlán.
—¿Algún Alfadetango?
—Negativo, negativo, ningún 10-42, ni 43. Todo tranquilo.
—Okey, gracias, pendiente.

Con sonrisa de satisfacción en el rostro, traduce.

—¿Qué me dijo? ¿Qué me dijo? Pues que no tienen ningún reporte de accidente, y el 10-43 significa que no hay tráfico pesado.

A Listo le gusta platicar, explicar, ayudar. En un par de días me mostrará la menos desordenada de las habitaciones: el despacho del director ejecutivo. De sus paredes cuelgan algunas de las fotografías que más enorgullecen a la institución. Listo las fechará y sin pretenderlo improvisará un tour por las peores tragedias que marcan la historia reciente de El Salvador: el deslave de Montebello, el terremoto de 1986, la ofensiva del 89, el Mitch, los terremotos de 2001, el huracán Stan.

Le gusta platicar. Cuando lo hace, ríe. Siempre ríe, excepto cuando recuerda a la madre de sus hijos, Marta Alicia, muerta hace un año. Entonces, Listo se pone rojo y no puede contener las lágrimas.

—Ser comando significa valor, y el que no tiene valor, mejor que no sea comando –dirá otro día.

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El despacho de Pingüino, el tesorero, más parece sala de estar que despacho. Siempre hay café caliente y pan dulce a veces, la excusa perfecta para que sea un vaivén de comandos todo el día. Tiene además un sofá-cama que invita cuanto menos a sentarse y platicar.

En la tarde de un miércoles de julio la plática deriva hacia el problema de violencia que afecta a El Salvador. Comandos de Salvamento trabaja en la calle, y las ambulancias –sus ocupantes– transitan por todo tipo de barrios y comunidades. En un país del que pocos cuestionan que sea el más violento del continente la pregunta obligada es cuáles creen que son las colonias más peligrosas a las que les toca ir.

—No, no es que nos toque ir –dice el voluntario Roberto Pacheco, Yanqui–, es que hay colonias adonde ya no vamos. En el día no se niega una emergencia, pero en la noche sí.

Después, Yanqui cuenta cuando unos pandilleros les salieron al paso años atrás en el cantón Plan del Pino, de Ciudad Delgado. Era de noche. Habían ido porque una llamada les alertó de una embarazada que estaba a punto. El que tenía la escopeta les pidió descalzarse y entregar todo, pero otro de los pandilleros llegó para pedirle que los dejara marchar. Recordó que alguna vez una ambulancia con socorristas amarillos lo había llevado a él al hospital. La embarazada allá quedó.

—¿Pesa más entonces la seguridad personal que la posibilidad de que haya alguien en peligro?
—La situación es esta –explica Yanqui su peculiar teoría–: las llamadas de ese tipo de lugares nunca son llamadas de emergencia, son llamados por enfermedad común, entonces en ese sentido se le dice a la Policía que lo lamentamos mucho, pero que no les vamos a poder apoyar.
—A no se ser que ellos vayan también –matiza Pingüino.
—Es que hoy se siente más temor que para la guerra –apostilla la Chancha.

En este despacho hay muchas rarezas, pero la más sorprendente es el fusil de asalto Ak-47 inutilizado que Pingüino tiene sobre su cabeza.

***

José Ricardo Leiva, apodado Tintín, es un aplicado socorrista que está ligado a Comandos desde 1993. Por aquel entonces intentaba ganarse la vida como zapatero, y lo de ayudar al prójimo era algo voluntario, con lo que suponía ser voluntario.

—Cuando yo vine a los Comandos en el 93, nosotros salíamos a recaudar con cajitas, va. Bueno, a mí me costaba porque me daba pena, me daba pena ir a pedirle a la gente. Una vez fui al mercado y otra a la zona peatonal, que le llamamos nosotros. La gente colaboraba, sí, pero a mí me costaba, va, me costaba. Yo mejor me quedaba más en la base.

Tintín tiene hoy 39 años y es uno de los pocos que dio el salto del voluntariado al profesionalismo. Gana 200 dólares mensuales, menos de siete dólares al día. Por esa cantidad se pasa la jornada vestido de amarillo, como ahora que, dentro de una Toyota Land Cruiser, habla sobre los problemas que los socorristas tienen con los médicos de los hospitales a los que llevan los pacientes.

—A veces los médicos protestan, va. Cuando llegamos con luces y con sirena. Esto no es emergencia, dicen ellos, y tal vez el paciente está fracturado, con una fractura grave, y ellos dicen ¿y esta es la emergencia que traen? Para nosotros es emergencia; si para ustedes no es emergencia, mala suerte, pero para mí sí es emergencia. Si ya usted la clasifica que no es emergencia, ya es problema muy suyo, va, pero ya nosotros le entregamos vivo el paciente, va.

Entregar vivo el paciente, dice.

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Me llamo Maggi Cristina del Carmen, tengo 25 años y no aguanto este dolor de muelas. Arrastro molestias desde hace días, pero ha sido hoy, a eso de las 5 y media de la tarde, cuando se ha convertido en tortura. Me he tomado una acetaminofén, pero por gusto. Y no he querido tomar nada más porque estoy embarazada. De cuatro meses. Para diciembre me lo han dejado.

Algo parecido dice Maggi cuando a las 9 y cuarto de la noche de un sábado se presenta en la sede central. Pero esas palabras no salen de su boca como se leen, distantes y frías. Ella las pronuncia enlagrimada, balbuciendo, desgraciada de puro dolor, con los ojos rojos de tanto llanto.

—La problemática aquí –Tintín trata de calmarla– es que le ha llegado al nervio, por eso el dolor. Y se lo tienen que cauterizar.

La ambulancia parte rauda hacia el Hospital de Maternidad, sin luces, sin sirena.

El motivo, la hora y el lugar de cada salida y los nombres de paciente y acompañantes quedan registrados en un fajo de hojas anilladas que está en la Sala de Radio. La mayoría de los registros no son rescates milagrosos ni balaceras mortales ni accidentes múltiples. La mayoría son dramas anónimos que se sufren en primera persona: mareos, lesiones caseras, hipertensión, dolores de muela a los cuatro meses de embarazo.

Ayudar a calmar lágrimas como las de Maggi también es labor de un comando.

***

Wilmer Alexander Lobo es alto y seco. Lo apodaron Chileverde. Llegó a la institución en 1979, con 19 años. Ahora tiene 48. Trabajó y estuvo al frente de la filial de Comandos en la problemática comunidad La Iberia, al oriente de la capital. Pero hace un par de años tuvieron que clausurarla. Por las pandillas. La filial estaba sobre la calle que dividía la zona controlada por la Mara Salvatrucha y la zona del Barrio 18.

—Los vagos, los ladrones, los drogadictos… a nosotros nos respetaban, por años, pero los pandilleros nos acusaban de ayudar a la pandilla rival.

Hubo balazos intimidatorios. Y asesinaron a Emmanuel, un socorrista. A Chileverde le tocó clausurar una de las filiales más carismáticas, con más de un cuarto de siglo de historia.

Chileverde tiene esposa –Dora Elisabeth–, tres hijos y dos nietos. Y después de haber entregado tres décadas a Comandos de Salvamento, y de ser el presidente de la junta directiva, hoy vive en Jardines del Sel-Sut, en Ilopango, una colonia donde el agua solo cae de medianoche en adelante. Cuando cae. Eso sí, está convencido de que ayudar a los demás es vivificante.

—Vemos personas a las que es poquito a veces lo que les estamos ayudando, y son súper agradecidos, llegando al grado de que nos dan sus números y todo, y nos dicen que les busquemos para ayudarnos o agradecernos. Otros que hasta han venido aquí, a la base, a agradecernos, ¿verdad?

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El encargado del área de capacitación se llama Luis Adalberto Canales Kolatto. Fue afortunado en el reparto de apodos: Kolatto. Tiene la piel, el cabello y los ojos claros; si no abriera la boca podría pasar por gringo. Está separado, es padre de dos hijos, ha cumplido 40 años bien llevados y viste de amarillo desde los 15. Nunca ha tenido otro trabajo. A sus quehaceres de comando él agrega los de docente. Forma a los voluntarios y da clases también a estudiantes de la Universidad de El Salvador y de colegios privados con los que hay convenios.

—La principal ganancia que tenemos es que algunos se quedan de voluntarios.

Guadalupe Guzmán y Brenda González, 20 y 18 años respectivamente, son dos estudiantes de enfermería del Liceo David J. Guzmán, en San Salvador, que estos días asisten a sus clases. Están en último año, pero hasta hace unos meses nadie les había enseñado a reanimar, a dar masajes cardiovasculares, a hacer el boca a boca, a suturar…

—¿Todo eso no lo aprenden en el liceo?
—No –responden al unísono.
—Habíamos visto los tipos de fractura que hay –agrega Guadalupe–, pero nadie nos había enseñado a inmovilizar.

Kolatto no ha dejado de formarse desde que ingresó en Comandos. Ha asistido a cursos de capacitación en Estados Unidos, Cuba, Costa Rica y Panamá. Desde esa pequeña atalaya se atreve con una dura crítica al endeble sistema de atención de emergencias que hay en El Salvador.

—Hay gente que sí te agradece. Digamos: de diez, una. Las otras personas no valoran tu trabajo ni la forma en que tenés que capacitarte para trabajar con los pacientes ni nada de eso. Pero quizás es más por cultura, porque en otros países sos un paramédico y te respetan. Aquí sos un socorrista y la gente no te respeta. Aquí hay un gran problema cuando vamos a reunirnos con Protección Civil. Que los socorristas aquí, que los socorristas allá, que no están preparados… ¡Pero nadie les paga por eso! Aquí no es como en Estados Unidos, donde si vos te preparás para ser un paramédico o para andar en una ambulancia, vas a atrabajar y vas a ganar. Aquí no.

Aquí no.

***

El mismo sábado. Son las 6 de de la tarde. Todavía no anochece. Hace tres días fue día de pago y el turno que comenzará en breve se perfila movido. A la joven embarazada Maggi Cristina un dolor de muelas ya le está torturando, pero aquí nadie sabe nada aún. Todo está en calma.

Orlando Antonio Villalobos Lobo es el radio-operador. Es un joven fornido, muy creyente y que durante un tiempo trabajó como DJ en una discoteca. Ahora va de riguroso amarillo. Lobo es un voluntario que, a pesar de llevar 12 de sus 25 años en Comandos, no recibe salario fijo alguno. Quizá por eso cuenta con entusiasmo la mayor propina que jamás ha recibido como socorrista. Trasladaron a un salvadoreño deportado desde el aeropuerto hasta Nueva Concepción, en Chalatenango, y recibieron 70 dólares como gratificación. Repartido entre tres, 23 dólares y fichas. Todo un tesoro.

—¿Y creés que este trabajo está bien pagado?
—De hecho, no, no está bien pagado, no está bien pagado ¿verdad? Pero a veces uno se siente bien con el simple hecho de que alguien venga y le diga a uno: okey, gracias por lo que has hecho, te agradezco mucho. O que alguien te diga: salvó a mi hijo.

En otra plática que tuvo lugar dos días antes, en la tarde del jueves, Pingüino había detallado las condiciones laborales de un comando promedio, las condiciones que Lobo consideraría un sueño cumplido.

—¿Cuánto gana un socorrista?
—El que gana gana unos 200 dólares, digamos, son 100 dólares quincenales –respondió Pingüino.
—¿Y tienen Seguro Social?
—No, no, o sea, ese es un problema. Ese es uno de los reparos que tenemos ahorita de la Corte de Cuentas, que nos dice que nosotros tenemos que darle las prestaciones laborales ¿verdad? Entonces, estamos tratando de ajustar el presupuesto para ver si se meten al Seguro, y para las pensiones. En ese trámite estamos, pero ahora nadie de nosotros…
—Y aquí nadie tiene vacaciones…
—Sin vacaciones. Nosotros nunca tenemos vacaciones.

Todavía quedan lugares así, lugares donde parece que el dinero aún no es lo más importante.

***

Once de la noche, sábado. A la canchita de fútbol de la comunidad Santa Cecilia, en San Salvador, llega la unidad 029 de Comandos de Salvamento. Es una ambulancia de las nuevas, menos de dos años, una Kia K2700 acondicionada y equipada con lo básico: tanque de oxígeno, camilla blanda, camilla rígida, instrumental. Dentro van Tintín, el motorista Marlon y un voluntario al que llaman Guacaladita.

En la Santa Cecilia esperan Yjaira Azucena Mejía –la muñeca quebrada– y Norma Nohemí Mejía. Forman una peculiar pareja de hermanas. Norma, la menos joven, lleva vestido largo, lentes y un pañuelo devoto esconde su pelo. Yjaira tiene el rostro limpio y bello, como el de una muñeca, el cabello cobrizo hecho cola, jeans y una sugerente chaquetilla.

Se quebró la muñeca mientras jugaban con una pelota en la cancha. Yjaira usó su mano para protegerse de un balonazo, pero se dobló de tal manera que un hueso brotó de la nada. Dice que no le duele. No hay sangre ni alaridos, pero para Tintín el diagnóstico es claro: fractura y traslado.

—¿Usted no está asegurada?
—No. 15 años tengo.
—Pues te toca el Rosales, porque lamentablemente…

Tintín trata de inmovilizar el brazo con un cartón doblado y con una venda hecha jirones.

—¿Cómo sientes? ¿Sientes zocado?
—No.
—Muy bien.

Sin apenas tráfico en San Salvador, en menos de ocho minutos la ambulancia irá desde la Santa Cecilia hasta el hospital público. Y Yjaira se quedará sentada en una silla azul, un esperador más en el drama colectivo que se vive en la Sala de Emergencias. Pero ahora, en esta noche de estrellas difusas, esa muñeca quebrada es lo más importante para los socorristas amarillos.