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Relato de un secuestrado

Publicado: 11 marzo 2014 en Alvaro Sierra
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I. Secuestro.

Cuando vio al hombre barbado, de ruana, parado en un promontorio entre retazos de niebla, supo que era Romaña, supo que estaba en el Sumapaz y supo que su secuestro era para largo. Silbaron desde arriba ordenando detenerse a los dos guerrilleros que lo escoltaban, y tuvo miedo. Pero no bien el negro alto que estaba al lado de Romaña bajó corriendo y empezó su primer interrogatorio formal, supo que, aunque estaba completamente a su merced, la información de sus captores era bastante primitiva, y que al menos en algo su suerte dependía de él mismo.

Para entonces, llevaba dos semanas secuestrado. Como vivía en un área urbana, la operación estuvo a cargo de una banda especializada, que lo entregó enseguida a las Farc. Toda la familia había tomado precauciones; los dos últimos meses habían detectado que los seguían, y hubo llamadas exigiendo dinero bajo amenaza de secuestrar a alguno. Lo escogieron bien: no era rico pero era el consentido y tenía mujer e hijos; en consecuencia, podían tanto presionarlo a él como usarlo para arrinconar a su madre viuda y sus hermanos -así, sin sentimentalismos, aprendió a considerar su situación en los diez meses que estuvo a la fuerza en el monte.

Cayó tontamente. Le propusieron comprar una tierra; desconfió, pero finalmente accedió a encontrarse con el vendedor. Llegó un poco antes y cuando el hombre apareció le dijo que a fin de cuentas no quería hacer el negocio. El otro, apesadumbrado, bien vestido, le preguntó hacia dónde iba y le pidió dejarlo cerca de su casa. Después, fue lo de siempre. A plena luz del día un taxi y un auto lo cerraron. Encañonado, se dejó meter en el asiento trasero de su campero y reconoció la carretera, asfaltada, primero, polvorienta, después, por donde lo llevaron hasta un grupo de ocho uniformados. “Tranquilo, patrón, que esto se cuenta con lo otro”, le dijeron al quitarle el medio millón de pesos que había retirado de un cajero, antes de adentrarlo por una trocha hacia la cordillera, dejándole por fortuna ponerse las botas de trabajo que siempre llevaba en el carro.

Al día siguiente llegaron a un campamento, en el cañón de un río. “Para entonces, la primera fase, la del choque, cuando uno no atina ni a pensar, ya había pasado, y estaba en la segunda, la del desconcierto”, me dijo, pasando revista como un médico a las etapas sicológicas de las primeras semanas de cautiverio, que la guerrilla conoce y aprovecha. “Por ellas pasé yo, pasan todos los secuestrados, y más de uno se quiebra. Y las Farc, que lo saben, lo explotan a la perfección. Después de vivirlo en carne propia y de verlo muchas veces en mis compañeros de cautiverio, me convencí de que, más allá de lo que uno pueda sufrir, el secuestro es un sistema y la única forma de sobrellevarlo es entendiendo en qué está uno metido”.

Sólo entonces, un comandante se identificó con su nombre y el número del frente de las Farc, y le informó que se trataba de una retención económica. Le dieron una cobija, le cuadraron un cambuche donde dormir, separado de los guerrilleros. De noche, cada 15 minutos le alumbraban la cara. Ahí, solo y ante el dilema de fabricarse una rutina o enloquecer, hizo un rosario y una crucecita con hilo negro y unos palitos y empezó a rezar. “Todos los secuestrados lo hacemos”. A los ocho días, cuando le dijeron de pronto “levántese que nos vamos”, sin explicar a dónde, ya había superado el desconcierto y empezaba a pensar: “Bueno, estoy secuestrado; cómo voy a afrontarlos?”.

***

Cuando vio a Romaña, estaba aterido de frío y embotado por una caminata hipnótica de jornadas de diez horas entre los pantanos y la lluvia a medida que subían al páramo. “Esa es la tercera fase, la etapa crítica. Lo que uno piensa, sus deseos, su vida, se reducen a una sola cosa: descansar”. Los captores lo saben y lo usan sabiamente. En esa semana de marcha que demolió su frágil vigor urbano, le pusieron al lado un guerrillero conversador y buenagente que le ofrecía refresco, le decía que lo llevaban a soltarlo y, en tono de amigos, le preguntaba, dejándolo descansar y brindándole un cigarrillo: “Sí será verdad lo que dice el comandante que usté tiene mil vacas lecheras en su finca?”. Era tan campesino, tan falto de sutileza para sonsacarlo, que le decía que estaban en el Huila, cuando él sabía que no habían salido de Cundinamarca.

Lo que el acompañante de Romaña interrogó era una piltrafa humana, con los pies ampollados e irreconocible por el mugre, a la que tuvieron que cambiarle los pantalones vaqueros destrozados por una sudadera que le quedaba cortica. Nunca supo de dónde, pero sacó fuerzas para entender qué se jugaba. El hombre se le paró enfrente, libreta en mano. La guerrilla sabía de dos fincas pero no de su extensión, hablaban de mil vacas, él se plantó en 200, sumó la casa -de un piso, no de dos, dijo-, un solo carro, añadió la cuenta bancaria y préstamos, y con los ojos severos del interrogador clavados en los suyos le dijo que si lograba juntar 150 millones sería mucho. “El tipo me pidió un teléfono; con una mirada amenazante me dijo que iban a verificar, y se fue sin más”.

Le dieron un día de descanso en un campamento grande, con varios cientos de guerrilleros, que supuso era la base central de Romaña. Después se enteraría de que todos los secuestrados, los que subían del Huila, el Tolima y el Llano por la montaña y los que traían de Bogotá, como él, por cuchillas tapadas de niebla, pasaban por allí antes de seguir viaje hacia abajo, al Cañón del Duda, adonde se lo llevaron al día siguiente. “Dentro de la zona de distensión”, asegura.

En los dos días de bajada, su parsimonioso y único guardián le daba a veces un kilómetro de ventaja: el territorio era de las FARC; la fuga, una locura. Una tarde, le mostró desde un filo unas casitas. Fincas? No, “comisiones”. En cada casita campesina colgada de la loma, un grupo de seis u ocho secuestrados aguardaba, custodiado por una docena de guerrilleros, el resultado tortuoso de la negociación de sus rescates. Cada una era una “comisión”. Ya cayendo la noche, el comandante León, “el primer guerrillero culto y bien hablado que veía en dos semanas”, lo hizo entrar a la casa y mandó a avisar a los otros secuestrados que les había llegado un compañero nuevo.

II. Cautiverio.

Cuando su familia recibió la primera llamada, él llevaba varios meses secuestrado y había entendido la regla básica del negocio, la sola posibilidad de una persona en la posición de un animal para seguir sintiéndose persona: el tamaño del rescate depende menos de la habilidad negociadora de los parientes que de lo que revele el secuestrado a unos captores que compensan lo primario de su servicio de inteligencia sometiéndolo a una presión inmisericorde. Para la familia, en cambio, como me dijo uno de los hermanos, “si el secuestro fue el primer choque, la primera llamada fue el segundo: pidieron un millón de dólares”.

***

Curiosos, parcos, sus compañeros de “comisión” lo recibieron en el cambuche al cual lo despachó, después de presentarse y decirle que si no creaba problemas lo tratarían bien, el comandante León. Del saco que cada uno mantenía, con propiedades heredadas de los que iban saliendo, le reunieron una muda de ropa limpia y una cobija. Hablaron poco, rezaron con la camándula hechiza que él traía. Dormían sobre unas tablas en horcones, uno junto a otro. Sólo cuando le tomaron confianza entendió porqué al comienzo lo pusieron en el medio: en los extremos pasaban la noche, clandestinos, los secuestrados más importantes: dos radios de pilas en los que oían a escondidas los mensajes que sus familiares ponían en la Voz del Secuestro.

Eran cinco. Orlando, un ferretero de Usme, llevaba, como Julio, dueño de una finca en la Sabana, tres meses; Cándido, un transportador, estaba hacía cuatro; los veteranos, con seis meses, eran Mario, un ingeniero, y Don Juaco, un anciano avaro y soberbio. Pequeña sociedad que a lo largo de los meses, con secuestrados que llegaban y compañeros que salían liberados, iba sufriendo cambios y tensiones. “No es fácil convivir cuando todos vienen de ser patrones”.

Supo de comisiones donde secuestrados ricos discriminaban a otros, que consideraban ordinarios. En la suya había quien, esperanzado, cumplía el rol del preso servil con los guardianes, y quien, quebrado, lloraba. Un político que trajeron después, se creía víctima de una equivocación pues su papá había conocido a Tirofijo en tiempos de la guerrilla liberal. Hubo hasta quien, opinando que el clientelismo funciona en el monte, intentó sobornar al comandante. El golpe más duro para todos fue la llegada de Carlos, un niño de 14 años, que estuvo seis meses; él tuvo que dedicársele las primeras dos semanas para que entendiera que no se iba a ir al otro día.

Esa era otra de las fases sicológicas de las primeras semanas de secuestro, “la del positivismo, de creer que uno se va a ir rápido”, me dijo. Sabía por amigos que un secuestro normal dura diez meses y que sólo la actividad podía salvarlos. Se los dijo. Pidieron permiso e hicieron un comedor. Después, se dieron cuenta que el comandante León era enfermo por el ajedrez. Dos de ellos jugaban, a cambio de que los dejara pasear hasta una lomita cercana. Allí, dos veces por día, hablaban con entera libertad. Después, improvisaron unas pesas y hacían gimnasia. Contrarrestar la inacción les daba moral; con el deporte empezaron a dormir mejor sobre las tablas.

La rutina la establecían las comidas. Siete y media de la mañana, a asearse en la quebrada; a las ocho, en la ollita y con la cuchara que dan los guerrilleros, un caldo, que se toma, se juaga la olla y se llena de café o chocolate, y la “cancharina”, una arepa de trigo frita; de once y media a doce, el almuerzo, y de cinco y media a seis, la cena, ambos consistentes en arroz o fideos, lenteja o frisoles, y plátano, o papa, cuando había. Las patas, el pescuezo de una gallina que les dejaban a veces, eran un festín que se rifaban. A las tres de la tarde, la terapia de grupo de los secuestrados: el rezo colectivo. Para las necesidades, el “chonto”, un hueco en la tierra; para orinar de noche, se pedía permiso.

“Pasados el choque inicial, el desconcierto, la ilusión de salir rápido, uno empieza a buscar respuesta a una pregunta obsesiva: porqué me tocó a mí? Entonces llega la fase que muchos no superan: uno se acuerda de todo lo malo que ha hecho en la vida y lo carcomen los remordimientos”, me dijo. Sus captores, perfectos conocedores de lo demoledor de esas primeras semanas de cautiverio, no los maltrataban físicamente pero explotaban con siquiátrica perversidad las debilidades de cada uno para completar su fragmentaria información financiera.

A Cándido, que pescaron con la moza, le decían que se lo iban a contar a su esposa, y al pobre lo devoraba la duda de si ésta lo sacaría o no. Doña Laura, que llegó después, bajo la sugestión de que sus hijos no querían pagar, delató un CDT de 50 millones que tenía, y su negociación, que estaba casi resuelta en 15 millones, se subió a 80 y tomó tres meses más. Mario, mal casado con una mujer rica, cayó con su novia; a los tres días los separaron, y a él, que sufrió todo el tiempo por eso, nunca le dijeron que a ella la habían soltado casi de inmediato. “Mañana como que traen un caballo para llevárselo”, bastaba decirle a Don Juaco para que el viejo, convencido de su pronta liberación, dejase de comer y dormir. A un anciano que llegó de otra “comisión” le daban una pala para cavar su tumba, y, ante el hueco listo, se echaban a reír. “Se ensañan con los viejos porque son los que, en últimas, dicen a la familia cuánto pagar”. A nuestro secuestrado, ranchado en las cifras que les había dado, se la montaron de traqueto, de paramilitar. Ahí sí tuvo miedo. Pero se mantuvo y terminaron dejándolo en paz.

“En esos primeros meses, no llaman; los están trabajando”, me dijo uno de los hermanos. El choque brutal de los primeros días, el cansancio animal de las marchas, el estupor de verse en el monte, vencen a muchos; por impotencia, por rabia, por ilusión de salir rápido, hablan. Una vez exprimidos, los olvidan en alguna “comisión” y se dedican con calma a ablandar la familia. “Si el secuestrado supiera en qué medida depende de él mismo lo que se termina pagandosuspiraba el hermano, describiendo esos días.

El golpe de gracia era la llegada del caballo. Alguien iba a salir!. Podía ser para bajarlo a La Julia, en la selva, adonde llevaban los peces gordos, y eso era sinónimo de un secuestro de 14 o 16 meses. Pero casi siempre era para subirlo al páramo. La liberación! Y cada uno acariciaba en secreto la idea de que sería su turno. Eso creyó Don Juaco cuando se lo llevaron. Les dejó todas sus pertenencias y se fue feliz. A los ocho días lo trajeron de vuelta, tieso de frío y moralmente destrozado. Lo habían subido sólo para llamar a la familia. El viejo se rebeló, no dijo que pagaran lo que pedían, y lo devolvieron sin contemplaciones sabiendo que el tiempo, en el monte, es de los secuestradores. La ceremonia de retornarle las cosas que les había dejado los tuvo a todos deprimidos una semana.

***

Cuando pidieron un millón de dólares en la primera llamada, la familia contestó estupefacta que ante semejante suma no podía ni ofrecer. El comandante León le preguntó a nuestro secuestrado el número de baños de su casa, evidente prueba de supervivencia. Dedujo que la negociación había empezado. Una mañana, dos meses después, lo despertaron temprano. “Monte, que va papáramo”, le dijeron, señalándole una yegua. Llevaba cinco meses de cautiverio.

III. Negociación.

Sus hermanos, su mamá, su mujer, que creían derruido al consentido de la casa, no sabían que los cinco meses de cautiverio en el monte lo habían convertido casi en un veterano. Debería pasar otros dos meses antes que él lograra hacerles llegar el mensaje escrito que fue decisivo en la negociación. Y a él le faltaba afrontar una prueba terrible.

“Entrar en un secuestro es entrar en un submundo”, me dijo el hermano. Hay avivatos, que los llamaron varias veces, diciendo que ellos lo tenían y era mentira. Hay intermediarios desinteresados, y a través de uno de ellos, lograron, por fin, transmitir una clave para que los llamaran citándola -sólo así podían estar seguros de hablar con los verdaderos captores. Existe el Gaula, pero corren rumores de que, además de gente profesional, hay dineros que se pierden, negocios que se tuercen. Hay negociadores expertos, y uno resultó ser amigo. Y están la vasta y secreta cofradía de los secuestrados; el flujo de los que van saliendo libres, con la casualidad difundiendo de conocido en conocido un rumor, un dato que, a veces, llega hasta la familia en cuestión; la laboriosa red de mensajes que traen, escondidos con ingenio de preso, los liberados.

Se negocia a ciegas, con los captores explotando a cuentagotas la incertidumbre de la familia sobre el verdadero estado del cautivo. “El que apura la negociación está perdido”, sentencia el hermano. Desesperada pero bien asesorada, la familia se había resignado a esperar diez meses, un año. Del millón de dólares inicial, la guerrilla se había bajado a 600 millones de pesos. Ellos, sin cañar, insistían en que era una suma imposible. Orlando, uno de los secuestrados, había salido libre y trajo una razón provindencial: estaba bien, no había hablado de más y oía religiosamenteLa Voz del Secuestroi . Desde entonces le pusieron mensajes sistemáticos.

***

La subida al páramo a caballo duró tres días, y lo llevaron directo a un hombre que después supo era la mano derecha de Romaña. “Vea la carretera; cuadre y se va”, le dijo, anunciándole que lo habían traído para hablar por teléfono. “Llore o enverráquese, pero convénzalos”, espetó, desenfundando una pistola y pasándole el celular. Encañonado, se quejó, pero su madre, tranquila, al otro lado de la línea, le dijo en clave que la razón de Orlando había llegado. “Tenga calma, mijo”, se despidió.

Le dio duro volver a bajar. Pero fue pasajero. En su grupo se había vuelto un líder. Daba ánimo a los demás, preparaba a los recién llegados contra las artimañas de los captores. Cándido, que había salido, le dejó uno de los dos radios, e invertía su tiempo en oír los mensajes y transmitirlos a todos.

De la docena de guerrilleros, tres tenían quince años y cuatro eran mujeres. León, el comandante, era estricto y decente. Rábano, el segundo, también enfermo por el ajedrez, negociaba partidas a cambio de dejarles oír noticias por radio. Luis, de extracción urbana, hacía el papel del interrogador malo; Willington hacía el del bueno, les conseguía, jabón, papel higiénico, un cepillo dental, y varios del grupo cayeron, dándole preciosa información. Eduard llegó convaleciente de una herida y era un tramposo de miedo jugando parqués. “Yo me dejaba ganar y no me la montaba, pero con el orgulloso don Juaco, que le peleaba, se desquitaba poniéndole carne dañada en su plato”. Mónica les robaba relojes y anillos. Los niños les soltaban piecitas de información: “van a liberar a fulano; van a traer uno nuevo”.

Para los jefes, la “comisión” es un premio, un descanso. “El comandante encargaba café a las guerrilleras como a muchachas del servicio”. Sólo respondía por las comunicaciones, cada tres horas, de seis a seis. A los rasos se les ponían misiones para mantenerlos ocupados. “Los mandaban a caminar dos días para ir a cargar una batería”. Creyó entender que la guerrilla ataca pueblos para mantener en alto la moral de la tropa, con victorias. Oyó con ellos la Voz de la Resistencia, la emisora de las Farc, tan parcial como los partes de las fuerzas oficiales colombianas. La disciplina guerrillera le pareció fundada en el temor, no en la convicción. Uno le contó que la deserción se castiga con el fusilamiento. De pronto, las dos cocineras de la “comisión” desaparecieron; se rumoró por semanas que las habían ajusticiado por dejar dañar la carne de un cerdo. Uno de los niños le dijo: “Usté sale; nosotros estamos aquí patoda la vida”. Al guerrillero que cometía una falta lo ponían a cocinar un mes, le aumentaban las guardias, hasta lo amarraban a un palo. Las mujeres debían pedir permiso para cambiar de compañero.

***

Cuando ya tenían una rutina hecha y casi se habían vuelto una sola sociedad con sus captores, sobrevino el desastre. Por un error de Cándido en un mensaje radial que envió después de salir libre, se descubrió que tenían radio. Al comandante León lo reemplazó Iguarán, un demonio barbado. Creyeron calmarlo entregándole uno de los dos que tenían. Pero una noche ordenó levantar la “comisión” y se los llevaron ocho horas monte arriba. En el nuevo sitio, los amarraron, uno a uno, a árboles distantes entre sí unos diez pasos, y les hicieron cambuches individuales. Así, en esos calabozos de confinamiento solitario improvisados en un monte cerrado y gélido donde no entraba el sol, los tuvieron 43 días.

La crueldad llegó a sus límites, recuerda. “Una mañana llegó un guerrillero con la pistola en la mano. Me desató.Levántese; camine hasta allái , ordenó, señalando un cerro.Siéntese aquíi , dijo cuando llegamos. Yo me santigué, convencido que me iba a matar. Pero se fue, y volvió al rato con otro secuestrado, y otro, hasta que los trajo a todos. Era para que tomáramos el sol”.

Con el alambre de una esponjilla, él instaló en su árbol una antena improvisada para el único radio que les quedaba. Como estaba prohibido hablar, transcribía a cada uno su mensaje en papelitos. El riesgo era lunático pero esa voz anónima y una biblia que se leyó de cabo a rabo fue lo único que le impidió enloquecer en esos 43 días que ni a él ni a los otros se les van a olvidar nunca. Ahí, con dos secuestrados que trajeron de allá, se enteró de La Julia, el lugar de la selva donde se llevan los rehenes importantes. “Salís a cagar y hay panteras”, le dijo, gráfico, uno de ellos.

De allí salieron, liberados, varios secuestrados. Con uno logró enviar el primer mensaje escrito a su familia. Yo tuve en mis manos los siete papelitos menudos, escritos en una letra minúscula en tinta de bolígrafo corrida por la lluvia, que, con mañas de preso, hizo llegar a su familia en los diez meses que estuvo secuestrado. Pedía a sus familiares llevar la negociación al límite, desconfiar, pues los guerrilleros estaban haciendola vueltai con los rescates: recibían la plata acordada después de meses de negociación, y no entregaban al secuestrado sino que pedían más. Por radio, en clave, entendió que su familia había recibido ese primer mensaje. Y, pese a que la prueba terrible de vivir amarrado a un árbol como un perro lo estaba doblegando, se dispuso a esperar.

IV. Liberación.

Cuando les dieron de pronto la orden de ponerse en marcha, era noche cerrada, habían pasado ocho meses y medio desde que lo secuestraron y él no sabía ni lo próximo de su liberación ni que se iba a salvar por un pelo de que, como a varios de sus compañeros, en lugar de soltarlo, lo dejaran preso para pedir más dinero. La forma como su familia craneó el pago del rescate, lo decidió todo.

En el momento en que para él y su grupo terminaban los 43 días amarrados a los árboles, el monto de su rescate ya estaba acordado. Su madre, que ahora manejaba la negociación, había pedido un último plazo para reunir el dinero pues préstamos y propiedad vendida a la carrera no alcanzaron. El, por el radio, tenía una idea vaga de que la negociación avanzaba, y eso era todo.

Caminaron casi toda la noche, hasta una casa vecina a su antigua “comisión”. Los calabozos de dos por dos en que los metieron por separado, les parecieron un hotel comparados con el fango y el frío de los días terribles que acababan de pasar. Su primera preocupación fue volver a instalar una antena para el radio. El cuartucho en que estaba tenía una claraboya. Pidió una tabla, aduciendo que era para hacerse una banca, la recostó a la pared y con los crujidos de la operación cubiertos por el ruido que hicieron sus compañeros, pegó su alambre de esponja de brillo al techo de zinc. “Me sentí como robando el Banco de la República, pero quedamos con una antena parabólica”, me dijo.

En las semanas siguientes salieron cinco compañeros. Los que se iban ya no eran secuestrados nuevos; en esos meses se le habían vuelto amigos del alma. Cada día se sentía más impaciente, más solo. Hasta que una noche le dijeron: “Alístese para salir mañana; no lleve nada”. Trató de luchar contra la idea de que lo iban a soltar, diciéndose que era otra subida al páramo a hablar por teléfono, pero esa noche, después de oír en la Voz del Secuestro la indistinguible voz de su madre “ya cuadramos” no pudo dormir.

Lo sacaron al amanecer, a pie, custodiado por un solo guerrillero desarmado. Casi se devuelve cuando le tocó cruzar, colgado de una polea, un cañón, jalando con las manos el lazo viejo tendido de lado a lado que la sostenía. Subieron todo el día y al anochecer llegaron a un campamento grande, donde lo hicieron esperar una hora antes de dirigirlo a la “comisión de entrada”, adonde llegaban muchos secuestrados. De pronto, en un cambuche, vio a Mario, supuestamente liberado dos meses atrás. Por lo visto, le habían hecho la “vuelta”, y ahí seguía, esperando el sobrepago de su rescate. Apenas si pudo hacerle una seña.

Al día siguiente llegó al mismo lugar adonde lo trajeran meses antes a hablar con su madre por celular. “Se va, maestro. Y dese por bien servido, pues no lleva sino diez meses”, le dijo la mano derecha de Romaña. Le dieron el teléfono y volvió a hablar con su madre. Se la oía muy mal: la guerrilla le había dicho que él estaba muy enfermo. “Usted no se imagina lo terrible que son esas llamadas; si en ocho meses hablamos con ellos en total diez minutos, fue mucho; eran conversaciones relámpago de minuto y medio, con ellos diciendo que el celular era muy caro, para colgar enseguida y perderse un mes todo contacto”, me dijo el hermano, resumiendo todo el tormento del secuestro: el preso sabe cómo está; la familia, angustiada, adivina.

Se cuadró que saldría a los tres días. De noche dormía solo pero pasaba el día en el cambuche de los jefes, viendo televisión. Ahí terminó de entender el negocio.

Todo el día entraban los negociadores de las Farc y llamaban una y otra vez por teléfono. Eran ocho o nueve y manejaban todos los negocios. Insultaban, explicaban, amenazaban; con cada llamada cambiaban de actitud. “Había familias que negociaban a los madrazos, gente que imploraba”, recuerda nuestro secuestrado. Ahí tuvo en sus manos, en un rato de descuido de los guerrilleros, un cuaderno de colegio forrado en plástico azul, marcadoEmpresa Ganadera Colombiai . Cada página era la ficha técnica de un cliente, con su nombre y teléfono, sus datos, el nombre del negociador encargado de su secuestro y una serie de cifras que iban disminuyendo, tachadas, hasta llegar a la última, encerrada en un círculo. “Ese era el monto final del rescate, y de ahí no se movían”. Cuando llegó a su página, le temblaron las manos. Entendió que en esa seca columna de cifras estaban sus meses de cautiverio, los errores que quizá cometieron él y su familia, la resistencia, la lucidez denodada que había tratado de mantener frente a los carceleros.

El día acordado, se levantó temprano y se bañó en agua helada. La cita era a las nueve de la mañana. Esperó todo el día, convencido que no iba a salir. A las seis de la tarde, por fin, llegó la orden por radio: “Sáquenlo”. Lo llevaron a una casa donde estaban los que habían negociado y una persona que conocía muy bien, que venía por él.

No los dejaron irse esa noche y la persona que habían enviado le contó cómo se planeó el pago del rescate.

No enviar a nadie de la familia fue el primer acierto: quien vino a buscarlo llegó, como se había acordado, en la mañana. Lo demoraron por horas preguntándole si era pariente del secuestrado. De serlo, lo habrían dejado para pedir más plata. Enseguida, la guerrilla le propuso compartir el rescate y decir que se lo había quitado el ejército en el camino. Les dijo que no. Pero lo que acabó de desarmarlos fue la historia de los instrumentos. Como parte del pago, la guerrilla había pedido que enviaran una lista de instrumentos. La familia consideró una locura mandar a una zona de guerra un maletín lleno de dinero y además herramientas cuyo destino era evidente para cualquier retén de los paramilitares o las fuerzas oficiales. El enviado no los trajo; la guerrilla protestó, amenazando echar atrás el trato; él les dijo que traía no sólo el dinero que costaban, sino una cotización formal. Eso los desarmó.

El hombre que bajó esa mañana en el carro hacia Bogotá, era otro. No sólo porque estuviera libre después de diez meses de cautiverio ni porque hubiese sido uno más entre los casi cuatro mil secuestrados del año 2000 en Colombia. Sufrió como todos. Pero salió al otro lado porque entendió que el secuestro es un negocio y aprendió a jugar con las reglas de sus captores.

***

Sentados en su casa, después de las dieciséis horas que le tomó reconstruir para mí la historia de su secuestro, me dijo con un leve temblor: “Lo único que me da miedo es que me secuestren de nuevo. No sé si podría resistirlo otra vez”. Cuando este relato estaba escrito, sonó mi teléfono. Era su hermano. Las Farc habían vuelto a llamar. “A saludar”.

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Matías

Publicado: 13 agosto 2011 en Jeovanny Benavides
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El teléfono sonó a las 06h20. María Inés había estado esperando a su hijo en duermevela toda la noche. Solía llegar a las 5 y cuando no llegaba a esa hora ya se empezaba a inquietar. Sin embargo, fue su esposo quien contestó la llamada que cambiaría sus vidas para siempre. Del otro lado del auricular Matías Berardi, su hijo de 16 años, le dijo que estaba secuestrado. La comunicación se cortó y un minuto después el teléfono volvió a sonar. Una voz cavernaria le pidió 500 pesos por el rescate. Y él: ¿Dónde te los llevo? Luego no se volvió a oír nada más.

Era la mañana del martes 28 de septiembre de 2010. En una urbanización de Pilar, donde vive la familia, el ambiente estaba enrarecido por la conmoción y el desaliento. El secuestrador exigió que no informaran a las autoridades. La confusión reinaba y no atinaban qué hacer, por eso no en ese momento, sino recién hora y media más tarde la denuncia fue puesta en el 911. Ese día hubo tres llamadas más. La última se registró exactamente 14 horas después de la primera. La desgracia tomaba forma de extorsión. Los secuestradores aumentaron sus pretensiones y ahora ya pedían 6 mil pesos. Todo estaba ocurriendo muy deprisa y lento a la vez, porque mientras la familia reunía el dinero para tener así de regreso a su hijo de una vez, al mismo tiempo los padres de Matías tenían la extraña sensación que la Policía los desamparaba, no hacía su parte y que le daba vueltas al asunto con el cuentito aquel de “seguimos investigando”.

Juan Berardi, el padre, es un reconocido veterinario que se dedica a la cría de caballos de carrera, y ella es maestra de un jardín de infantes. Son de clase media y tienen tres hijos más de 13, 11 y 7 años. Matías era el mayor de todos.

Esa frustración, aquella sensación de amargura que les dejaba hiel en los labios, los desesperaba todavía más. Cuando ya estaba todo pactado y sólo esperaban la confirmación del lugar donde dejar el dinero, ocurrió lo inesperado. Los minutos pasaban, la esperanza de escuchar una llamada más de los secuestradores se empezaba a diluir. Durante las 24 horas del miércoles, la madre de Matías no hacía más que desgranar rosarios, oraba, pedía con todas sus fuerzas que estuviera vivo. Ella no lo supo entonces, pero el tiempo se encargaría de explicárselo después: a decenas de kilómetros, su hijo recibía un disparo a quemarropa. El tiro salió por el cuello, matándolo de contado. “Parece una ejecución”, declaró más tarde el ministro de Justicia y Seguridad bonaerense, Ricardo Casal. El disparo fue uno solo; la autopsia indica que Matías recibió el impacto de rodillas.

El caso ya había empezado a circular en los medios, la noticia se regó como pólvora por todo Buenos Aires. Aunque en la familia todos estaban pendientes del teléfono, a veces la atención se centraba en la televisión por si había algo nuevo. Sin embargo, cuando Juan Berardi escuchó el nombre de Matías de labios de un reportero de TV no lo podía creer. Su esposa y sus otros tres hijos se reunieron en un segundo frente a la pantalla y lloraron abrazados.

Cuando sonó el teléfono aquella tarde, la Policía sólo corroboró la versión de los medios: el cadáver de Matías había sido hallado en un terreno al costado de la ruta provincial 6, a cuatro kilómetros del cruce con la Panamericana, en la localidad bonaerense de Campana. El cuerpo fue encontrado boca abajo, sin zapatillas y con el torso desnudo.

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Matías Berardi estudiaba en el Saint George´s School de Loma Verde, en Escobar. Era el mayor de cuatro hermanos y un fanático de los deportes. Jugaba al rugby en la categoría M-17 de la Asociación Deportiva Francesa y también al fútbol en La Rana Club, donde competía con el equipo Chiclana, que había formado con amigos.

Era popular entre sus compañeros y lo llamaban “Peter”, por su asombroso parecido con el “Peter Pan” de la versión del dibujante y guionista Régis Loisel. Estaba cargado de ilusiones. La familia se había mudado varias veces y por eso estudió en cuatro colegios diferentes: en todos fue elegido como el mejor compañero. Además, era el capitán del equipo de rugby. Su padre lo define como un ser humano de una nobleza bárbara, con valores intachables, que siempre ayudaba al más débil y trataba de armonizar las situaciones para que todos se llevaran bien, mientras que sus amigos refieren que era de esos chicos que inspiraban suspiros de grandes y chicos.

Michael Maggi, uno de sus amigos del Colegio, lo recuerda como un chico bueno, amiguero y gracioso. Siempre estaba haciendo chistes y siempre se reía. Era al único que no podían molestar con bromas porque no se enojaba nunca. Se lo tomaba todo con humor. Matías y otros chicos hacían tareas solidarias en el Hogar de Ancianos Eva Perón.

Mirella Panelo, su primera novia a los 12 años, lo define como un luchador que murió tratando de escapar de sus captores. Ella también había ido a bailar con Matías la noche del lunes 27 de septiembre a la discoteca Pacha, ubicada en Costanera y La Pampa, en la Capital Federal.

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Cerca de las cinco de la madrugada del martes 28 de septiembre Matías regresaba a su casa, en Pilar, a bordo de la combi de una empresa que realiza viajes diarios desde el country hasta distintos puntos de la ciudad de Buenos Aires. Se despidió de sus amigos y se bajó solo en Panamericana y ruta 26. Según la conclusión del juez federal de Zárate-Campana Adrián González, a esa hora los hermanos Federico Maidana, Néstor Maidana y Elías Vivas interceptaron al joven en la calle Ingeniero Maschwitz cuando volvía de bailar. De ahí lo trasladaron a la herrería del uruguayo Richard Fabián Souto, ubicada en el barrio El Prado, de la localidad de Benavídez. Mientras estaba allí, los delincuentes le pidieron la dirección de su casa y fueron allá. Al ver que la familia tenía un Wolkswagen Suran, decidieron ascender la suma solicitada como rescate. Llegaron a pedir 30 mil pesos, pero en el cuarto y último llamado finalmente arreglaron que el rescate fuera de 6 mil.

De inmediato, sus padres se comunicaron con los amigos que habían ido a bailar con Matías y les comunicaron la noticia.

El tiempo del secuestro fue alrededor de 48 horas. La última vez que los secuestradores llamaron a la familia fue a las 20h20 del martes. La investigación de los peritos revela que fue entonces cuando Matías aprovechó un descuido de sus captores y logró escapar. Incluso tuvo tiempo de trepar el enorme portón negro de la propiedad, de unos 3 metros de altura, y llegar a la calle. Corrió desesperado y semidesnudo por la calle pidiendo ayuda. Un vecino de El Prado de apenas 14 años es el único testigo que asegura haber visto toda la escena y cuenta que Matías decía: “¿Dónde estoy? Me secuestraron y no sé dónde estoy”. El testigo miró todo desde la vereda de enfrente donde estaba jugando con un amigo. Matías avanzó unos diez metros, golpeó en un kiosco que estaba ahí, pero la señora no le quiso abrir. Lo mismo pasó en la casa de un vecino que tampoco le quiso abrir la puerta. Los vecinos lo vieron como un ser salido de un mundo remoto, jurásico, equivocado de tiempo y lugar. Estaban confundidos, sin atinar qué demonios hacer, hasta que escucharon a Ana Moyano, la mujer del herrero, gritar que se trataba de un ladrón que había querido robarles el auto.

Ante la falta de ayuda de los vecinos, Matías empezó a correr hacia el otro lado: pasó por la puerta lateral del Hogar Betania, de la congregación Hermanas de la Caridad, ubicada exactamente enfrente del lugar de su cautiverio, y siguió corriendo en dirección al cementerio de Benavídez, 100 metros más adelante, también sobre la calle Sarmiento. En el camino, al ver un auto estacionado con una persona adentro, siempre gritando que había sido secuestrado y lo estaban persiguiendo, Matías intentó abrir la puerta y subirse. Pero detrás de él venían los secuestradores gritando que era un ladrón, y el conductor se asustó y no le creyó. Un minuto antes, Matías se topó con Simón, un camionero de 25 años que paseaba con su hija de 2. Le pidió un teléfono, pero éste se lo negó. Simón fue la última persona en este mundo que habló con el chico, porque luego fue recapturado. Eran las 8 de la noche del martes.

Hasta allí llegó corriendo Matías. Pero no pudo seguir porque fue interceptado por un Chevrolet Astra, manejado por uno de sus captores quien lo subió al auto, y se fueron a gran velocidad en dirección a la Panamericana. Horas después, el cuerpo de Matías fue encontrado en un descampado en Campana, con un disparo mortal en la espalda.

Al día siguiente de haber encontrado el cadáver de Matías, el herrero uruguayo Richard Fabián Souto de 43 años, su esposa, su hija y otro hombre fueron detenidos acusados de haber participado en el secuestro y crimen. La clave que llevó a la policía a la herrería de Souto fue un llamado realizado al 911 por una vecina que denunció que la noche anterior un chico parecido al de la foto que muestran los noticieros había salido corriendo del lugar pidiendo ayuda.

De momento, ocho personas han sido acusadas del secuestro y asesinato del joven y recibieron la prisión preventiva. El fallo fue dictado por el juez federal subrogante de Campana, Adrián González Charvay, que lleva la causa, la cual está a cargo del fiscal Orlando Bosca, ante quien los ocho procesados se negaron a prestar declaración indagatoria. En caso de ser condenados en un futuro juicio oral, todos podrían recibir la pena de prisión o reclusión perpetua.

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El caso más célebre de secuestro extorsivo en Buenos Aires ocurrió hace 6 años. El hijo del empresario textil Juan Carlos Blumberg, Axel, fue secuestrado y posteriormente asesinado por sus captores. Entonces se realizaron convocatorias a marchas en las que participaron hasta doscientas mil personas. La víctima fue capturada el 17 de marzo de 2004 cuando iba a la casa de su novia en Vicente López, y luego llevado a Moreno, donde estuvo cautivo seis días. Los secuestradores pidieron 50.000 pesos para liberarlo, pero lo mataron cuando el chico intentó escapar.

En un país como Argentina en el que solamente se han registrado ocho casos de estas características desde el 2002, la situación alarmó a todos y generó gran expectativa. No obstante, la cifra en mención no se compara en nada con el secuestro de cada 37 horas que hay en Venezuela, los más de 200 que se reportan anualmente en Colombia o los casi 100 en Ecuador.

A criterio del ministro de Seguridad y Justicia bonaerense Ricardo Casal, el caso de Matías Berardi “es poco común y un suceso aislado”. Aún así su familia y Juan Carlos Blumberg confían en que se provoque en la sociedad una reacción que vaya más allá de las marchas de solidaridad y rechazo a la inseguridad que se han dado.

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El barrio de El Prado de la localidad de Benavídez está ubicado a 48 kilómetros de Buenos Aires. Es una zona de casas bajas y gente trabajadora, que han alcanzado un nivel socioeconómico medio. El lugar tiene facha de ser un sector tranquilo, pero por sus calles se percibe una calma tensa, como si algo se ocultara, como si de un momento a otro algo estuviera a punto de estallar. La que fuera la herrería del uruguayo Richard Fabián Souto está cerrada y puesta en venta. El portón de hierro que la protege mide unos tres metros, difícil que alguien lo salte, no imposible, por lo menos no lo fue para Matías.

Una vecina del barrio El Prado transita por la principal calle del sector. Se identifica como Teresa, se le consulta por Matías y empieza a hablar:

–¿Sabés lo que pasa? Ahora todos creen que somos unos hijos de puta por no haber ayudado a ese pibe, pero si supieras la sensación de inseguridad, tantas cosas que hemos visto en la tele.
–¿Es muy peligroso el barrio?
–No es que sea peligroso, es que también tomamos nuestras precauciones, porque la policía no anda acá. De noche esto es muerto.

Han pasado 33 días desde el secuestro y crimen de Matías Berardi, pero el recuerdo se mantiene intacto, alojado nítido en la memoria de los lugareños. Ninguno de los tres vecinos que opta por charlar asegura haberlo visto, pero conocen a un amigo de un amigo que sí lo hizo. Y todos tienen la misma excusa en los labios, la misma sentencia repetida infinidad de veces: “Si hubiera sabido que estaba secuestrado, yo sí lo hubiera ayudado”.

Lejos de ahí, en Buenos Aires, María Inés, la madre de Matías, ha separado diez minutos para una entrevista que transcurre en el lobby del Hotel Liberty, situado sobre el 632 de la avenida Corrientes. Ella ha fijado el lugar y pide de favor que no le indaguen detalles sobre el particular. Es una mujer de voz firme. Por un lado se muestra contenta porque el caso de su hijo trascienda internacionalmente; por otro quiere que no se publique nada sobre ella ni sobre su estancia en la ciudad de Buenos Aires, porque sostiene que está preparando “algo grande”. Cuando se entera que lo que diga no saldrá en los medios, suspira aliviada. Platicamos:

–¿Le digo una cosa? Mi hijo no es Kirchner. Mientras a Néstor todos lo quieren recordar, a Matías todos lo quieren olvidar.

Habla con rencor. Desde el día en que murió su hijo no puede ver a un policía sin sentir que el estómago se le contrae de asco. No le tiembla la voz cuando asegura que en el caso de Matías hubo complicidad policíaca. Se cansó de aguardar una disculpa y esperar que reconocieran sus errores. Considera que en este punto hay “complicidad policíaca” con los delincuentes porque estaban al tanto de que en esa zona había bandas y, sin embargo, no investigaron ahí mientras Matías estaba vivo.

María Inés cree que si el caso hubiera sido manejado por profesionales, la situación hubiera sido diferente. “No hubo expertos, sino policías novatos”, sostiene. Le indigna saber que Matías corrió, con mucho coraje, escapándose de los delincuentes y que nadie lo ayudó. Y no solamente que nadie lo ayudó bajo la excusa de que tenían miedo o lo confundían con un ladrón, sino que nadie llamó al 911, a la Policía. Por eso cree que el crimen de su hijo es un reflejo de la sociedad en la que vivimos: “Es una sociedad en la que no queremos participar porque el miedo nos paraliza, porque no podemos ver la necesidad del otro”.

Lo que más le duele, lo que hace que su voz se quiebre y se le salten las venas del cuello del coraje, es que le digan que el crimen de su hijo es un suceso aislado, de “esas cosas que no pasan en Buenos Aires”. Explica:

“La única verdad es que acá nadie quiere poner un dedo en la llaga para acabar de una vez con la inseguridad. Sólo piense un segundo en lo siguiente: ¿Si lo que le pasó a mi hijo le hubiera sucedido a su papá, a su hermano, a su esposa o a alguien que usted quiera, seguiría pensando que es un caso aislado?”

La pregunta se oye en el lobby del Hotel Liberty. A su lado, tres personas escuchan la interrogante, mueven su cabeza y se van. Así ha sido siempre desde hace 33 días: la gente escucha y prefiere irse a otro lado. Lo que permanece, lo que queda, es la incómoda pregunta de María Inés: ¿Al fin de cuentas, qué carajo es un crimen aislado?

1. (el gol)

Cuando el pasado 23 de enero Yuri Villarroel marcó un gol histórico para La Paz Fútbol Club no pensó que semanas más tarde sería secuestrado. El suyo fue un tanto extraño: le pegó ligeramente con el muslo. Fue su primera diana como profesional. Y fue la primera vez que un jugador de la liga boliviana hacía gol en un partido oficial en El Alto, en el estadio Los Andes, uno de los más elevados del planeta, a 4.080 metros sobre el nivel del mar. A esa altitud en otros lugares no hay ciudades sino montañas. A esa altitud en países como Suiza construyen pistas de esquí. Yuri, sin embargo, hizo aquel mágico gol como si nada, con la calma de un notario que estampa su firma en un contrato.

Fue en el minuto veintiséis del segundo tiempo, saliendo del banquillo; después de una falta en el lateral izquierdo; tras un centro del argentino Alejandro Molina que parecía que nunca tocaría el suelo; tras ese centro envenenado que efectivamente nunca pisó suelo; que terminó en la pierna de Yuri, quien de volea lo introdujo en la red, tras el portero. En un parpadeo: visto, no visto. Luego: silencio, el estallido de la grada, Yuri corriendo con el grito en la boca hacia la banda, sin polera. Allí. Tan arriba. Mirando a toda la fanaticada. Con un cuerpo en ebullición ajeno a los diez grados de temperatura.

2. (el camarín)

Un mes después, en el mismo lugar, en el mismo escenario, Yuri siente el frío que no le incomodó aquel día. Son las ocho de la noche y dentro, en los camerinos, no es suficiente el café hirviendo para calentarse. Dentro, paredes blancas, desangeladas. Dentro las sillas de plástico que usan los jugadores para cambiarse están más juntas que de costumbre. Dentro se consultan los relojes a cada rato. Dentro algunos hablan por teléfono; otros dormitan. Dentro, los secuestrados, los integrantes de La Paz Fútbol Club: los futbolistas, el entrenador, el médico, el masajista, el chofer del bus que les ha traído. Dentro se está mejor que fuera. Fuera parece el fin del mundo.

Afuera, arena y viento: los vientos del norte que se apoderan de las calles como si fueran su desagüe. Afuera, las casas que se repiten: todas iguales, todas de adobe, ladrillo descubierto y calamina. Afuera, Cosmos 79: el barrio interminable, extenso como una estepa, rojizo, duro, inexpresivo. Afuera, los vecinos. Los vecinos que oyeron por la radio a la mañana que vetarían su estadio por inseguro, los vecinos que luego se movilizaron, los vecinos que cerraron el recinto con candados, los vecinos que dijeron: “nadie entra, nadie sale”. Afuera, el horizonte, la lejanía, el olvido. A más de 4.000 metros: el olvido. Afuera, los hinchas: los hinchas que secuestraron a su propio equipo.

3. (cartografías)

Sólo un hincha desesperado sería capaz de secuestrar a su propio equipo. En Cosmos 79 los desesperados fueron más de cien vecinos. Lo suyo fue un secuestro silencioso, amable incluso. Sin armas. Sin aderezos. Un jaque mate magistral en una sola jugada: sellaron las puertas una a una y esperaron nada más a que La Paz F.C. acabara el entrenamiento.

Fue un catenaccio1 en toda regla. Genial. Improvisado. La única manera posible de que un lugar que no aparece ni en las guías de viaje ni en las cartografías de turista dejara de ser invisible durante un rato.

—En realidad no se trataba de un secuestro. Fue pura estrategia. ¿De qué otra forma podíamos presionar para que no clausuraran nuestro campo? —pregunta ahora Roberto Condori Chura, vicepresidente del Consejo Central de Juntas Vecinales de Cosmos 79.

Dice Roberto que, después de una inspección y varias remodelaciones, el estadio Los Andes fue habilitado a principios de año por la Liga para acoger partidos oficiales. Que fueron los mismos vecinos los que llenos de ilusión arreglaron las duchas, taparon los agujeros y cercaron con mallas de seguridad las instalaciones.

—Todo lo que nos pidieron lo acondicionamos. Hasta mujeres había trabajando picota en mano. Por eso nadie entiende que nos quieran vetar el estadio. Dicen que no ofrecemos garantías. Que no entra gente en nuestras graderías. Pero aquí no ha muerto nadie. Aquí pueden venir moros y cristianos.

4. (villas y favelas)

Roberto agarra con la mano izquierda una agenda de cuero marrón donde anota lo que ocurre en el barrio: los reclamos, las denuncias, los problemas, los incidentes. Absolutamente todo. Viste una gabardina negra, zapatos bien lustrados, camisa blanca y lentes oscuros para el sol. Aunque no lo sea, tiene el rostro duro de los funcionarios. Y una idea clara: nadie tiene derecho a dejar sin fútbol de primera a la ciudad de El Alto.

—Sin Liga, sin partidos —silabea. Y señala hacia unos jovencitos que disputan en estos momentos un campeonato intercolegial en el estadio, que se mueven aún con cierta torpeza, que corren detrás de la pelota como si ésta fuera una liebre inalcanzable.

—¡No lo permitiremos! —exclama acto seguido—. Nos están discriminando: estos niños deberían poder ver aquí (donde han nacido) a los jugadores que admiran tanto.

En Cosmos 79, como en las favelas de Río o en las villas de Buenos Aires, el fútbol se ha convertido en una válvula de escape. Los niños quieren ser aquí como Cristiano Ronaldo o Leo Messi, los nuevos rock stars de la enciclopedia balompédica. Y el hecho de que una estrella como Messi firmara su primer contrato en una servilleta les da esperanza: su historia es la de un muchacho humilde capaz de conquistar el mundo bailando en los terrenos de juego. Les hace ver que pueden superarse: Messi, que mide 1.69, anota a veces goles por encima de gigantes de dos metros.

Quizá por eso el escritor y periodista mexicano Juan Villoro dice que “no hay defensas ni cerraduras que puedan detenerlo”.

El día del secuestro, sin embargo, en el estadio Los Andes bastaron un puñado de candados para detener a un equipo completo. Sólo un par de juveniles escaparon. “Saltaron el muro de tres metros”, me diría semanas después Carlos Eulate, uno de los custodios del campo. El resto pensó que se trataba de una broma cuando alguien apareció por el camerino para decir que estaban encerrados. Muchos no se lo tomaron en serio hasta que el médico del plantel, Cristian Guevara, repartió vitaminas A y C para que no se resfriaran.

5. (número 504)

Dice el periodista Ricardo Bajo que La Paz F.C. es “un equipo atípico y casi único en el mundo”. Con escasa hinchada, con apenas divisiones inferiores y que entrena en canchas alquiladas. Dice que “es el plantel de una sola persona”: Mauricio González, que ha transferido jugadores en otras épocas a destinos tan exóticos como Azerbaiyán o China. Dice también que González fue presidente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia. Que luego quiso tener un club y, como quien va de shopping, “se compró uno”.

Hoy es un jueves de finales de marzo y estoy en frente de una casa que parece ser una oficina, frente a una puerta sin placa, identificada nada más que por el número 504. Entre esa puerta y la casa hay un patio con una palmera, un jardinero y un gimnasio personal un tanto improvisado. Dentro, en la sala en la que me aguarda Mauricio González, apenas hay muebles: sólo algún trofeo, fotos y una mesa de madera donde está él, parapetado en una silla. Sin mirarme, mientras chequea algo en su laptop, dice que puede darme veinte minutos. “Soy un hombre muy ocupado”, anuncia.

Mauricio es un tipo de mediana edad, alto, robusto, que viste bien —de traje, con chaqueta a cuadros y un elegante pañuelo en la solapa—, que como la mayoría de sus amigos empresarios consulta el celular a cada rato.

6. (evasivas)

Con su teléfono celular Mauricio maneja el pequeño mundo que le rodea: da órdenes, negocia fichajes o traspasos, ofrece exclusivas a los periodistas e interpela de vez en cuando al cuerpo técnico, porque es duro admitir que su equipo, el equipo que más alto patea la pelota (a 4.000 metros), sea el que más abajo está en la tabla de clasificaciones.

Pero el día que encerraron a su plantel en el estadio Los Andes el celular no le sirvió de mucho. Aquel día tuvo que ir a negociar personalmente a El Alto.

—¿Para que los vecinos soltaran a los rehenes? —le pregunto.

—No, por Dios, no. No fue un secuestro.

Mauricio González me dice ahora que no, que a su equipo no lo secuestraron.

—Pero no los dejaban salir, los tenían retenidos en el campo —le digo.

—No, no, claro que no, mis jugadores no estaban retenidos —insiste.

Lo piensa un poco, como si dudara. Y luego hace énfasis en el final de la frase:

—No, no estaban retenidos —recalca.

Lo hace, creo, para que me quede claro.

Después Mauricio me reitera que todo fue de mutuo acuerdo, que a los jugadores les llevaron sándwich y pollos a la broaster para matar el hambre. Que los dejaron ir antes de las diez de la noche para que no enfermaran.

—Los dejaron ir —repito.

—Los dejaron ir —repite.

Los dejaron ir después de que se calmaran los ánimos. Los dejaron ir después de que a los vecinos nadie les hiciera caso.

7. (colorados)

La Paz Fútbol Club se llamaba antes Atlético González en honor al padre de Mauricio. Tuvo sus días de gloria: en 2007 ganó la Copa Aerosur y ha llegado a ser subcampeón de Liga. Pero desde hace un par de años se tambalea en las últimas posiciones del torneo.

—Hasta hace poco éramos el tercer equipo de La Paz. Y lo que necesitábamos era hallar un hogar en el que se nos quisiera. Porque la gente de La Paz es muy cariñosa, pero tiene un problema: es hincha de The Strongest o Bolívar —Mauricio sonríe—. Para mí la dupla con los alteños es magnífica: nosotros ganamos afición y ellos pueden tener fútbol en su casa, en su estadio. Por eso solicitamos jugar en la ciudad de El Alto.

Hace algunos años, ante la ausencia de una barra, Mauricio hizo gestiones para que una compañía del regimiento de los Colorados, con sus bombos y bien uniformada, les alentara. Quiso ser un golpe de efecto: los Colorados suelen ser muchachos altos, bien plantados, que llaman la atención porque visten de manera un tanto extravagante, como soldaditos de plomo, que forman parte de la escolta presidencial, es decir, son los que custodian el Palacio de Gobierno. ¿Qué mejor recurso para conquistar las gradas?

Aquella fórmula, sin embargo, se agotó enseguida. Y ahora, de momento, La Paz Fútbol Club es todavía una especie de prótesis para El Alto, una ciudad a la que le faltaba esa extremidad llamada equipo. Porque el idilio seguramente no se completará hasta la siguiente temporada, cuando el plantel azulgrana cambie de nombre y pase a ser oficialmente El Alto Fútbol Club: el club de El Alto.

8. (los latinos)

Es domingo y en Cosmos 79, justo en la puerta del restaurante Los Latinos, hay un futbolín con dos equipos: The Strongest y Bolívar. Los futbolistas de madera —atigrados unos, celestes otros— están ya pálidos de tanto uso. Seguramente, después de haber protagonizado partidillos memorables entre vecinos.

—¿Y cuándo pintará a los jugadores de alguno de los dos equipos de azulgrana? —le pregunto a Olimpia Mamani, la dueña del local, de treinta y cinco años—. Al fin y al cabo, son los colores de La Paz F.C., ¿no ve?, que ahora representa a El Alto.

Olimpia me regala una sonrisa a medias. Luego, se encoge de hombros. No sabe aún cuándo. Todavía hay muchos bolivaristas y estronguistas en el barrio.

Cuando The Strongest subió a jugar a El Alto contra La Paz F.C. el restaurante Los Latinos estaba repleto. Se llenó con comensales el primer piso, el principal, el de las mesas, el de los colores crema, el de los platos típicos, el de la cumbia y la música chicha. Pero también los que están en construcción: el segundo, el tercero y el cuarto.

—Me quedé sin sodas. Sin dulces. Sin cigarros. Sin comida. Sin cervezas. Me vaciaron el almacén entero —enumera Olimpia.

Por unos pocos pesos, el edificio se convirtió en una gradería improvisada, en una especie de tribuna para el pueblo. Allí arriba había gente de pie y otra sentada en sillas plásticas: niños, hombres y mujeres. En medio de la obra bruta, entre ladrillos.

A metros de Los Latinos había también personas subidas sobre camiones, micros y otras movilidades. Muchos con sus bufandas apasteladas, apoyando desde ahí a uno u otro bando, bajo ese sol tan típico del Altiplano: que no calienta pero quema.

9. (tucumanas)

De vez en cuando, Gladys Ticona, cuarenta y ocho años, ofrece tucumanas al lado del mercado de Cosmos 79. Hoy es sábado, hay bastante ajetreo y ella se protege de la claridad con un sombrero. Luce además un uniforme azul cielo que se distingue desde lejos. Y maneja un carrito móvil en el que hay tarritos con salsa de maní y con llajua para que los clientes acompañen sus empanadas.

Gladys dice que en el barrio hay ahora muchas vivanderas (alrededor de ciento ochenta). Que los terrenos han subido de precio desde que construyeron el estadio. Que los días de partido el verdadero negocio aquí no es el de los goles, sino el de la comida.

—Cuando juega La Paz Fútbol Club algunas compañeras venden en un día lo que a veces no despachan en una semana —asegura.

Una ecuación perfecta. Pero por el momento —y tras las nuevas observaciones que le han hecho al campo: escaso aforo, barandas débiles, concentración de materiales áridos, falta de espacios adecuados para la prensa, etcétera— los partidos de primera división han sido un patrimonio escaso.

Por eso la pujanza no llega todavía. Por eso dice Gladys que protestaron.

—No tenemos nada en contra de los jugadores. Ellos son como mis hijos. Pero lo que nos está haciendo la Liga es una injusticia. Y acá ante cosas así reaccionamos.

Gladys evita llamar secuestro a lo ocurrido hace unas semanas. “Incidente —dice—. No hay que exagerar lo que ha pasado. Eso nomás fue: un incidente”.

La palabra exacta para ella es incidente.

—Además —aclara—, antes de las diez dejamos marchar a todos los futbolistas por una de las puertas. Pero a los periodistas no les avisamos para que se quedaran.

10. (fuera de foco)

Un secuestro comparte con la cita a ciegas los desenlaces imprevistos. En 1942, durante la ocupación alemana, los jugadores del Dínamo de Kiev, que se encontraban retenidos, eligieron dar la vida a perder en su propio campo contra una selección de Hitler. “Si nos ganan, les matamos”, les dijeron; y así fue: los torturaron y los fusilaron (algunos lucían aún los dorsales de aquel partido cuando les dispararon). En México, el jugador peruano Reimond Manco, del Atlante, tuvo mejor suerte este año: salió ileso. Porque nunca hubo secuestro: se lo inventó él para no confesar que estaba ebrio. Acá, en Cosmos 79, el objetivo era simplemente ser noticia: aparecer en los medios.

Y esta vez sí: el barrio fue por fin noticia después de mucho tiempo.

Mientras tanto, en los camarines, los jugadores quedaron en un segundo plano, fuera de foco, resignados. Para gente acostumbrada a los flashes, los micrófonos y las atenciones estar casi ocho horas encerrada puede ser algo terriblemente soporífero.

Aquel día, los futbolistas jugaron cartas. Escucharon música en sus teléfonos o en sus iPod. Se hacían bromas unos a otros. Descansaban intranquilos sentados con las piernas estiradas o sobre la camilla de emergencias. Y armaban comitivas de dos o tres personas para acercarse a la puerta principal a enterarse cómo iban las negociaciones. Pero las negociaciones no iban. Mauricio Méndez, el presidente de la Liga, no atendía las llamadas. Como quien apaga la luz apagó su celular y dio carpetazo al caso.

Cuando bajó la temperatura, el lugar se transformó en un pequeño frigorífico en el que cada vez era más complicado calentar las articulaciones. No había frazadas. Y el masajista hizo horas extras de pierna en pierna.

—Pero entendíamos perfectamente a los vecinos —dice Richard Rojas, volante de contención de treinta y seis años—. Son personas de gran corazón y querendonas del fútbol. Protestaron porque nos quieren allí, en El Alto. Probablemente, si no lo hubieran hecho así, nadie les estaría haciendo caso.

11. (el mercader)

Como muchas otras zonas de El Alto, Cosmos 79 era antes una hacienda: Collpani, que comenzó a urbanizarse en 1979 de la mano de Benigno Gómez, a quien algunos apodaban El Mercader de Tierras. Parece ser que Benigno era el apoderado de veinticinco colonos que no sabían leer ni escribir; y que ellos le encargaron la venta de sus terrenos.

Hace veinte años en este lugar no había luz. El agua se conseguía en pozos. Y los pocos privilegiados que tenían un televisor lo hacían funcionar con baterías que hacían cargar en un barrio cercano. En aquella época los partidos de fútbol eran aún un acontecimiento exótico. Se jugaba por una vaca, por un toro. A veces, por una llama.

Hoy, en El Alto, las canchas se improvisan en cualquier esquina los fines de semana. El fútbol es aquí casi una religión que compite únicamente con las iglesias evangélicas y con los más de sesenta campanarios de estilo renacentista que el sacerdote alemán Sebastián Obermaier construyó para que sean lo primero que uno vea del avión cuando aterriza. Por eso no debe extrañar que las dos estructuras que han sacado a Cosmos 79 del ostracismo hayan sido la catedral de Obermaier y el stádium Los Andes.

La catedral está ubicada sobre un antiguo cementerio campesino y, además de ser el principal centro espiritual de este sector, es un punto de encuentro, ya que está al lado del mercado, un tinglado de tablones y nailones azules en el que se comercializan fideos, carnes, frutas y verduras. El estadio, por su parte, es un “elefante blanco”. Según el escritor alteño Marco Alberto Quispe Villca, uno de los incentivos principales para que este área deje de ser patio trasero de la ciudad de El Alto.

Pronto se construirán las curvas y Los Andes podría albergar a cerca de veinte mil espectadores, es decir, a casi la mitad de los habitantes de este barrio que eligió un nombre exquisito. Porque Cosmos fue un célebre equipo de Nueva York que en las décadas de los 70 y 80 reclutó a futbolistas míticos, como Pelé o Franz Beckenbauer. Sin embargo, en estas calles en las que por el día aún pastan desordenadas algunas ovejas son pocos los que conocen este dato histórico.

12. (plus altus)

Plus Altus (más alto) es el lema de La Paz Fútbol Club; y son pocos los campos en el mundo que están más arriba que el estadio Los Andes. Desde su gradería se impone un paisaje único: la Cordillera Real, una cadena montañosa con picos cosidos uno detrás de otro y una altura promedio de seis mil metros. Los aficionados saben cómo convertir cada partido aquí en un bonito espectáculo. Pero los equipos se resisten aún a jugar tan lejos.

A Cosmos 79 se llega tras media hora de viaje, en minibús o micro, desde la Ceja de la ciudad de El Alto. La Ceja es el límite con La Paz. Una frontera. El lugar del que salen todos los caminos (y al que todos los caminos llegan).

Algunos han llamado a El Alto la no-ciudad por su apariencia invisible, porque no tiene rascacielos, ni calles edulcoradas con cientos de letreros luminosos ni otros puntos de referencia tan típicos de cualquier urbe moderna. Porque es gris y polvorienta. Porque está invadida por el comercio informal y por los perros callejeros. Pero es en realidad la ciudad más representativa del país: poblada por gente de todos sus rincones, sobre todo del campo. Y Cosmos 79 es inevitablemente un clon perfecto.

En el trayecto hacia este barrio hay una calle invadida por los vendedores de madera. Hay llanterías. Hay avenidas que parece que no van a terminar nunca. Hay pintadas que avisan lo que pasará si un ladrón se acerca: “Auto sospechoso será quemado”, se lee en algunas de ellas. De lo alto de varias luminarias cuelgan ahorcados muñecos de trapo, sin rostro, que también sirven de advertencia a los rateros. Y un mal giro en esta pampa de asfalto y de ladrillo provoca con facilidad que uno se despiste y ponga dirección hacia otro lado: en su día, por ejemplo, el Real Mamoré, primer plantel profesional que se estrenó en Los Andes como visitante, se perdió por el camino y el partido tuvo que retrasarse varios minutos.

—Pero eso no es excusa para que otros equipos no quieran venir acá —se duele Francisco Quispe, presidente del Consejo Central de Juntas Vecinales de Cosmos 79.

—Si tan buenos dicen que son, ¿de qué tienen miedo?, ¿de la altura?, ¿del césped sintético? Lo que pasa es que son muy malos. Lo que ocurre es que no hemos tenido fútbol de verdad desde el 94.

El francés Albert Camus, que fue arquero y gambeteador antes que ensayista, tuberculoso y novelista, decía: “para mí, patria es la selección nacional de fútbol”. Y en Bolivia aquella patria se quedó anclada en 1994.

La selección del 94, la más aclamada de la historia boliviana, fue la última en clasificarse para un Mundial. Y es tan representativa para el país que algunos de sus futbolistas acaban de pedir una renta vitalicia por los servicios prestados. Como si hubieran arriesgado la vida en alguna famélica trinchera en mitad de una batalla.

13. (último minuto)

—Si quieren guerra, tendrán guerra —me dice otro día desde una banca de madera Roberto Aguilar, dirigente de la Federación de Juntas Vecinales de El Alto (Fejuve).

La sede de la Fejuve es un edificio pálido, de paredes desconchadas, que no deja de engullir y escupir gente. Es un termómetro que mide el estado de ánimo de la sociedad alteña. El cuartel general de una organización que en 2003, tras una masacre militar, hizo huir al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada.

A los diecisiete, la edad en la que Messi comenzaba a triunfar en el Barcelona, Roberto Aguilar me cuenta que él ya había renunciado a convertirse en futbolista. En el club español le pagaron a La Pulga un tratamiento hormonal de novecientos dólares mensuales. En casa de Roberto no alcanzaba para botines o una pelota reglamentaria. Y ahora a Roberto le sobran años para jugar —ya ronda los cincuenta—, pero no para disfrutar del fútbol.

—Mis compañeros y yo ya estamos bastante pasaditos, pero en el estadio Los Andes jugarán dentro de poco otros alteños, los que sí tienen futuro —suspira.

Luego, intuyendo que hay encima suyo un par de miradas de curiosos, reclama:

—¡Se juega donde se vive!

Y su voz suena con eco por el pasillo.

El fútbol, pienso entonces, es también una cuestión de democracia.

En 2007, Evo Morales sorprendió al mundo iniciando una cruzada para evitar que el suizo Joseph Blatter, presidente de la FIFA, vetara los estadios situados a más de 2.500 metros. “Quien puede hacer el amor en las alturas también puede jugar fútbol”, dijo Evo; y para demostrar que no pasaba nada, rozando la locura, organizó un partido de futbito en la cumbre del Sajama, el techo del país con más de 6.500 metros.

En Cosmos 79 la locura fue un secuestro express en el último minuto. Un secuestro en defensa propia que los vecinos acababan de inventarse.

14. (la radio)

La última vez que visité el estadio Los Andes, alguien me dijo que, desde que no hay fútbol de Liga allí, todo se ve distinto: un poco raro. “El barrio está más triste”, fueron concretamente sus palabras. Se apagó sin más, así como se desvanece un fósforo decapitado.

La imagen ese día era de postal: las calles casi vacías, remolinos de polvo por donde pasaron las últimas vagonetas, fogonazos de luz en los tejados. En el campo de juego había un campeonato local y escaso público.

Saliendo ya de las graderías me crucé con un tipo de mediana edad y rostro seco, cuarteado. Cubría la cabeza con un chullo de colores neutros. Manejaba una bicicleta vieja de varillas oxidadas mientras una radio colgaba de su manillar y se meneaba como un péndulo. El locutor narraba el partido de La Paz Fútbol Club en otro stádium. O lo que es lo mismo: el señor escuchaba el partido que no le dejaban ver en su propio campo.

El Playón, El Salvador. Los zopilotes están cebados. Su color es el mismo de la explanada de roca volcánica gris y negra que se extiende a lo largo de veinticinco kilómetros a espaldas del volcán San Salvador, el centinela que cuida de la capital de El Salvador.

A primera vista, parece como si las rocas estuvieran vivas y aletearan y se tropezaran en bandadas sobre la basura humeante y las botellas rotas. Pero son zopilotes y están atareados limpiando otro esqueleto. Y esto es El Playón, un campo de lava atravesado por una carretera principal flanqueada de basura por ambos lados. Como muchos otros vertederos, El Playón se convirtió hace poco —nadie sabe con certeza cuándo— en un tiradero clandestino de cadáveres. Pero la extensión del lugar lo hace único. Hay tantos cuerpos —varias docenas, quizá un centenar— que ya nadie se molesta en recogerlos.

Desde mediados de septiembre están apareciendo noticias en los periódicos locales sobre los cadáveres arrojados al Playón, pero según la Comisión Salvadoreña de Derechos Humanos las autoridades locales «ya ni siquiera se molestan en venir a hacer el reconocimiento de los cadáveres o en hacer las diligencias para su traslado a la morgue o para su entierro».

Desde hace mucho tiempo, la aparición de cuerpos mutilados es parte de la rutina del brutal enfrentamiento civil en El Salvador. Los cadáveres se arrojan de noche y aparecen en los vertederos a la madrugada. La Comisión de Derechos Humanos —de la que forma parte la Iglesia Católica— y la Consejería Jurídica aseguran que en los últimos diez meses más de diez mil personas —sin contar soldados o guerrilleros muertos en combate— han sido asesinadas en El Salvador por motivos políticos. Acusan al ejército salvadoreño y a las fuerzas policiales de ser responsables de la mayoría de las muertes. Los voceros del ejército culpan de la violencia a la oposición guerrillera. Ambos bandos admiten que sus afirmaciones carecen de pruebas convincentes.

Uno de los interrogantes cruciales en la definición de las políticas estadounidenses hacia El Salvador se refiere a la capacidad de su Junta de Gobierno, conformada por civiles y militares, para controlar la violencia casual. Los descubrimientos en El Playón indicarían que la violencia contra los civiles se ha mantenido estable a lo largo del año. La Comisión de Derechos Humanos afirma que en los últimos dos meses aproximadamente setecientos civiles han sido asesinados al mes, el promedio en 1981. El ejército y el presidente de la Junta, José Napoleón Duarte, contraatacan asegurando que la Comisión y la Consejería Jurídica están al servicio de la izquierda y que manipulan los hechos y los datos a favor de la guerrilla que lucha por derrocar al gobierno desde comienzos del año.

La violencia campea en este país pequeñito, pero todo parece indicar que el punto muerto en el enfrentamiento militar ha sido superado por la oposición izquierdista en las regiones del norte y del oriente, y que esta avanza con ímpetu. Por su parte, el componente civil de la Junta, controlado por la democracia cristiana, padece el asedio de cinco partidos de extrema derecha que exigen la renuncia del gobierno antes de las próximas elecciones para la Asamblea general.

La discusión sobre los responsables de la violencia es estridente y enconada, pero en medio del horror sofocante del Playón reina un silencio pavoroso, ocasionalmente roto por una lagartija que se desliza entre las pilas de basura salpicadas de rocas. Las verdaderas víctimas de la guerra salvadoreña son estos civiles, cuyos cadáveres salen a f lote cada mañana en la superficie del mar de lava.

Un cuerpo recién arrojado yace al borde de la autopista y a las once de la mañana los zopilotes han dado buena cuenta de él. Diez metros adentro, una pila de huesos se levanta al lado de dos cuerpos claramente identificables como de un hombre y una mujer. Cuando el grupo de reporteros avanza, los zopilotes se alejan revoloteando pesadamente.

Desde la autopista y por entre el campo de lava se ha cavado un camino que otros han transitado recientemente, como lo demuestra la ropa ensangrentada que va apareciendo: un par de pantalones, una camisa, una camiseta; al final del camino aparece un descampado del tamaño de un diamante de béisbol cubierto aquí y allá por fémures, huesos pélvicos y escápulas entreverados con cientos de botellas de Tic Tac, el aguardiente local. Un reportero y un fotógrafo encuentran treinta calaveras al lado de grupos de esqueletos relativamente intactos. Desisten de contar.

Los esqueletos están por todas partes. Las calaveras por lo general exhiben la dentadura completa, señal de que las víctimas eran jóvenes. En El Salvador, donde la desnutrición es común, a un campesino de cuarenta años de edad le quedarían muy pocos dientes. La ropa es de civiles, y no son pocas las faldas, las blusas, los zapatos de trabajo de mujer.

Hay latas con huecos de balas y botellas boca abajo en las rocas filosas con picos de hasta un metro de altura, lo cual parece indicar que el lugar también sirve de campo de tiro. No es tan fácil explicar, en cambio, la pila de huesos astillados que se extiende a lo largo de varios metros. Los fragmentos, de unos cuantos centímetros, han sido perfectamente blanqueados, parecería que incinerados. Unos pasos más allá se ve la caja de cartón de una granada de mortero y un poco más lejos, otra.

Un fotógrafo local que visitó el lugar la semana pasada dijo que se había topado con una mujer que acababa de encontrar la ropa de su hermano y la había enterrado, en un gesto simbólico. «Había tantas calaveras que no podía saber cuál debía enterrar», recordó.

El coronel Alfonso Coto, vocero de las fuerzas armadas, explicó desde el país de nunca jamás que al ejército le resultaba imposible controlar el área de El Playón o investigar los cadáveres arrojados. «Sencillamente no contamos con tanta gente —dijo—. Le pedimos al FBI y a la Interpol que nos ayudaran a investigar el asesinato de cuatro americanos que trabajaban con la Iglesia y las únicas pruebas que lograron reunir fue un cartucho de G3, que usan tanto el ejército como la guerrilla. Es muy difícil.»

Vienen de soportar el frío de la madrugada, de atravesar dos puntos de control con vigilantes, cámaras y detectores de metales. Luego caminan por corredores solitarios, entre oficinas y vestíbulos abiertos que duermen en la oscuridad. Cuando llegan al piso nueve del edificio vacío, los periodistas encienden luces, aparatos y pantallas: se preparan para arrancar. Y mientras el reloj de la cabina marca las dos y veinte, cuando el televisor número uno muestra imágenes de un partido de fútbol femenino, Herbin Hoyos, el conductor del programa, se sienta ante su micrófono para iniciar la transmisión en vivo de los casi cuarenta telegramas llorosos que compondrán esta noche Las voces del secuestro.

Sentado, dando la espalda a una sala de redacción en penumbras, Herbin coordina desde su puesto al equipo que lo acompaña (María Isabel, Catterinna, Andrea, Lina, Jenny y Carlos). Justo en el centro de la cabina hay una gran mesa en forma de V. Ubicado en el vértice, bajito y locuaz, con un pantalón repleto de bolsillos y forrado por una gruesa chaqueta que le aprieta el cuello, el conductor va pidiendo datos y dando órdenes a las muchachas.

—¿Todo listo, pregunta Hoyos mientras repasa los rostros con su mirada. ¿Me tienen los primeros a tiro?

Todos miran sus computadores, revisan mensajes que llegan por correo electrónico, por teléfono, por chat. Y los van pegando en una hoja de Word que será la bitácora de la jornada, con los datos de la persona que llama, el nombre del secuestrado a quien irá dirigido el mensaje, el lugar y la fecha exacta de su desaparición.

Un jingle sale de los parlantes repitiendo un estribillo que pide “ya no más”. Herbin engola ligeramente su voz y empieza, como cada madrugada de domingo, enviando un saludo desde el edificio de Caracol Radio a esos miles de cautivos que, según dice, “nos escuchan a esta hora en las montañas de Colombia”.

Cada fin de semana algunos familiares de rehenes acuden a esta cabina como invitados. Aquí leen sus mensajes sin depender de la lotería a la que usualmente los somete el sistema de llamadas. Existen casos de gente que llama, se comunica, permanece una hora esperando turno en la línea y de pronto la comunicación se interrumpe. Entonces, después de llorar y maldecir tan mala suerte, el paciente corresponsal vuelve a discar y a formarse en la larga fila de los que ansían un momento al aire.

Se necesita que el conmutador reciba mil cien llamadas simultáneas para que colapse, y en fechas como el Día del Padre o de la Madre, el Día del Amor y la Amistad o en Nochebuena, esa desproporción ha ocurrido.

Esta noche han venido varios. Está Emperatriz Guevara, una anciana que viste de negro cerrado, sus cabellos color plata, que guarda luto por la muerte de un hijo al que aún no ve (Julián Ernesto Guevara, secuestrado el 11 de enero de 1998, muerto en poder de la guerrilla y cuyos restos todavía no devuelven). Cuando interviene, Emperatriz lee un largo preludio de su mensaje: “buenos días doctora Íngrid, buenos días Álex y Beto, buenos días abuelitos, buenos días James Silva, buenos días…”. Así va repasando a casi todos los secuestrados que conoce, los más populares o lo más mencionados, o simplemente esos cuyas familias son más activas en la larga cadena de interesados que se han vinculado a este programa en los últimos trece años. A fuerza de compartir causa y desvelos, esta gente ha formado una comunidad de militantes. Todos se conocen, se llaman, se saludan.

También están Rafael Mora y su esposa Myriam, que se sumaron a “las voces” desde que su hijo mayor (Juan Camilo Mora, administrador de 27 años, secuestrado el 19 de enero de 2006) fue raptado por un par de supuestos policías en un edificio de Santa Cecilia, en el occidente de Bogotá. Ella se aprieta las manos, parece que espanta el sueño cuando mueve con velocidad sus grandes ojos abiertos:

—Desde entonces a nosotros la vida se nos ha vuelto esto: pegarnos al teléfono los domingos en la madrugada para mandarle un mensaje a Juan Camilo, y volver a llamar una o dos veces por semana para grabar otro mensaje si no hemos podido comunicarnos el fin de semana.

Lo más cercano a una prueba de vida que los Mora han recibido fue precisamente una llamada. Entró al celular de Myriam el lunes 27 de agosto a las dos y treinta y cuatro de la tarde, y como ella no pudo responder, esta fue a parar al buzón. En el mensaje se oyen algunos gritos, frases que parecen ser órdenes apresuradas. Y se escucha con toda claridad el tableteo, el tatatá de ametralladoras o fusiles o quién sabe qué armas que escupen balas en medio de un combate. Se perciben respiraciones agitadas, movimientos, prisas. Y se sospecha que alguien, el que llama, quienquiera que sea, levanta el teléfono en algún punto lejano de la selva para transmitir esos sonidos, ese mensaje urgente deseando que acá, en este extremo de la línea, haya un corresponsal con la oreja pegada al aparato: escuchando.

Esta noche ha venido, además, la familia del teniente coronel Luis Mendieta (secuestrado el 1° de noviembre de 1998), que representa algo así como el paradigma del activismo antisecuestro: son protagonistas de un documental dirigido por el periodista Jorge Enrique Botero; Jenny, la hija del coronel, trabaja como voluntaria en el programa; su madre, María Teresa, ha viajado a Venezuela y se ha reunido con Hugo Chávez en medio de las gestiones que buscan un intercambio humanitario.

Junto a todos ellos, sin familiares cautivos, pero venidos acá por pura solidaridad, los tres policías cantantes: unos hombrazos duros, de actitud marcial, que sin embargo se ablandarán en las próximas horas.

***

La oficina de Herbin Hoyos, ubicada a solo diez cuadras del edificio de Caracol Radio, tiene todas las paredes tapizadas con diplomas y placas de reconocimiento. La mayoría de los carteles habla de labores humanitarias, del trabajo que esta organización, liderada por él, hace por los secuestrados, por la erradicación de minas, por casi cualquier cosa que tenga algo que ver con la guerra colombiana. Sobre las mismas paredes abundan, también, las fotografías: Herbin en Afganistán, en Gaza o en Irak, siempre protegido por un grueso chaleco; Herbin ligeramente agachado, sonriente, abrazando con orgullo al difunto Yasser Arafat.
Sentado detrás de su escritorio, atendiendo con frecuencia uno de sus tres celulares, Herbin —ahora, de día, vestido de saco y corbata— narra el episodio que dio origen al programa. Cuenta que él mismo fue secuestrado por las Farc después de una “invitación” que le hicieron en el mes de marzo de 1994. Que se lo llevaron para que asistiera a una cumbre guerrillera, para que saliera del monte con un mensaje de los insurgentes dirigido a la opinión pública.

En una de sus primeras noches cautivo, en las montañas del Tolima, Herbin fue conducido a una choza donde había otros secuestrados. Allí, confundido en la oscuridad, vio a un anciano que se guarecía bajo un cobertizo; un refugio precario donde el viejo, enroscado sobre sí mismo, se aferraba a un pequeño radio, matando así las horas de ocio. Fue él quien le preguntó al periodista recién llegado por qué los medios de comunicación no hacían algo para los rehenes.

Herbin se reclina en su silla, se acomoda la corbata y dice con cierta solemnidad:

—A partir de ese momento yo no pude dejar de pensar en las palabras del viejo.

Así transcurrieron sus dos semanas en poder de la guerrilla: durmiendo mal en campamentos de paso, caminando entre la maleza, atravesando ríos sobre puentes hechos con troncos caídos. Hasta que el ejército les dio alcance. Hasta que se produjo una breve escaramuza y los guerrilleros, desesperados por escapar de sus perseguidores, decidieron abandonar al reportero allí mismo.

—Apenas regresé hice un programa donde conté mi secuestro, y empezaron a llegar decenas de llamadas.

Desde esa emisión, explica Herbin, Las voces del secuestro ha reunido un equipo de trescientos colaboradores en todo el país, con corresponsales, investigadores y productores. Un conjunto que ha realizado poco más de setecientas emisiones y ha recibido casi 320.000 llamadas, mientras en más de un centenar de países una red de emisoras repite la señal. Además, el grupo mantiene un portal con noticias y estadísticas de secuestros en Colombia, y el programa completo forma parte de diversas iniciativas no gubernamentales en el área de Derechos Humanos.

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A las tres y nueve de la madrugada, cuando el televisor número dos entrega a Paris Hilton, risueña, despreocupada, bajando de su Jaguar, Herbin lee media docena de nombres como quien pasa lista de asistencia. Así les avisa a esos secuestrados, en caso de que estén escuchando, que en los próximos minutos algún familiar les hablará. Todos los que llaman, para no repetirse ni olvidar datos importantes, sin improvisar, aplican la técnica del mensaje leído. La mayoría recurre a la religión, eleva plegarias y recomienda a los cautivos que se armen de paciencia y confianza en Dios. Que resistan, que no desmayen, que en algún momento tendrá que producirse la liberación. Hablan como esos bomberos que, frente a las llamas, sí, queriendo socorrer a la víctima atrapada, pero viendo el infierno desde afuera, dicen con una ética difícil que jamás podrá ser justa: aguante, amigo, no salte.

Acá, en los treinta metros cuadrados de la cabina, salvo en los recesos esporádicos, domina una atmósfera de abatimiento. Cuando los televisores regalan postales del mundo libre, cuando las muchachas cruzan chismes e historias, al ambiente se relaja enseguida, y esos latigazos alegres parecen diluir por momentos la pureza del pesar.

Hay quienes llaman y envían a sus familiares breves reportes del mundo negado. Que las ciudades han crecido mucho, que hay nuevas vías y centros comerciales enormes; que se casó la prima Julia, la hija del tío Miguel; que tu hijo menor, querido Pablo, nos ha salido medio flojo pa’ los estudios, pero ahí va; que todos en el barrio me preguntan por usted, que no lo hemos olvidado; que te sigo siendo fiel; que después de tantos años, papá, me ha crecido una barba igualita a la tuya. Y que aguanten, les insisten.

A medida que siguen llegando llamadas, estas van dibujando en alta resolución el mapa de la república. Desde Remedios, desde San Carlos, desde Caucasia y San Luis, desde todos los municipios; desde Medellín, Paipa y Riosucio acuden los infinitos reportes del miedo. Y no hay, no parece haber rincón de Colombia seguro para nadie. Ni siquiera en los cielos: en el transcurso de la noche llegará una llamada para el senador Jorge Gechem, secuestrado el 19 de febrero de 2002 en un avión de la aerolínea Aires que cubría la ruta de Neiva a Bogotá.

Y Herbin cuenta la historia de aquella inocente reportera japonesa, que llegó una noche a reseñar el programa y, mientras escuchaba a decenas de madres, maridos, hermanos y amigos que se iban comunicando a través de las diez líneas telefónicas, la enviada no entendía tanto alboroto y se atrevió a preguntar quién era ese secuestrado importantísimo al que tanta gente llamaba para saludar. Se quedó como de piedra y soltó una lágrima cuando Herbin y las muchachas —ay, cómo te lo explicamos— le dijeron que no era un secuestrado: que cada llamada, querida colega, corresponde a solo una de las 2.801 personas (es la cifra actual de prisioneros en manos de la insurgencia, según las estadísticas de la Fundación País Libre. El año 2000 fue el que más registró secuestros, con un total de 3.572. Y en doce años, desde 1996, el gran total suma 23.666 ciudadanos privados de su libertad) que a esta hora mueven botones y perillas en algún rincón de la selva para sintonizar este programa.

Y que no se sabe, mientras no aparezcan o den señales de vida, si de verdad cada destinatario está escuchando.

***

El propio Herbin, lo sabe poca gente, también fue un guerrero. Pagó el servicio militar, y como soldado tuvo que enfrentarse a tiros con algunos miembros de esa guerrilla que ahora, veinte años más tarde, mantiene cautiva a la audiencia de su programa. Cuando recuerda su paso por el ejército —unas noches más tarde, cuando comamos una pizza juntos—, Herbin luce evidentemente incómodo: no es este el trabajo que le genera más orgullo dentro de su hoja de vida. Pareciera, incluso, que el antiguo combatiente, convertido en hombre de radio, intentara lavar su pasado violento con estas labores humanitarias.

Después de salir del ejército, Herbin se fue a España a estudiar periodismo. Y en un viaje de vacaciones que hizo con un amigo a Irak, empezó su carrera de reportero de guerra cubriendo informalmente la Guerra del Golfo. Desde aquella primera aventura, saltando entre varios países, pero siempre radicado en Colombia, Herbin Hoyos ha desarrollado toda su carrera ligado al mundo de la guerra, metido de cabeza en el conflicto.

En todo momento, no importa el día ni la hora, los celulares de Herbin siguen timbrando. Uno de los aparatos lo usa exclusivamente para comunicarse con los familiares de los secuestrados; resuelve a través de esa línea todo lo que tenga que ver con el problema de los prisioneros. Además de conductor del programa radial, Hoyos es una especie de gestor, de negociador de rescates, de enlace entre las familias y la guerrilla de las Farc.

Desde que recibió un atentado en 1998, Herbin debe desplazarse siempre seguido por un par de guardaespaldas. Casi siempre viaja a bordo de una camioneta blindada; o solo, en una moto enorme, pero siempre acompañado por ese par de tipos sigilosos.

***

En el televisor número tres, a las cuatro y cuarto de la mañana, un centenar de mujeres chinas se ejercitan en una tranquila plaza de Beijing. Mientras se interrumpe el programa durante cinco minutos para que un periodista lea algunos titulares de noticias, todos aprovechan para tomarse un descanso.
Al volver del receso canta un agente de la policía de carreteras. Canta y llora, se le quiebra la voz cuando entona un verso de esa tristísima tonada, de las más tristes que ha podido escoger, que se llama Mi viejo. No se asoman intentos de humor durante la transmisión. Nadie ríe al aire, nadie hace un chiste. Todos los mensajes llevan melancolía, nadie se atreve a bromear. En el mejor de los casos, las comunicaciones son joviales y esperanzadas, pero, concentrados en la seriedad de la desgracia, ninguno de los que llama parece considerar apropiada una dosis de irreverencia.

Son las cinco y veintinueve cuando el televisor número uno exhibe escenas que muestran a dos hombres en batas fabricando quesos en un galpón inmaculado. Quedan sonando, entre tantos reportes del terror, algunos casos. El de Delio Arango (63 años, secuestrado el 29 de agosto de 1996), el de esa pareja de ancianos que todos llaman “los abuelitos”: Gerardo y Carmenza Angulo, secuestrados el 19 de abril de 2000 en La Calera. O el de Jaime Salem, que llamó desde los Emiratos Árabes para leer un mensaje a su hijo Mahmud (secuestrado en Santa Marta el 3 de enero de 2000).

En la sala de redacción que está al lado de la cabina, tres reporteros han llegado hace veinte minutos para empezar a cubrir el primer turno de noticias. Por las grandes ventanas ya se mete la luz de la mañana, se ve el tráfico todavía ligero que empieza a trajinar la carrera séptima. Herbin y las chicas bostezan, hablan con deleite del desayuno que en pocos minutos comerán. Bromean, se va relajando el ambiente de pesar.

Después de que dos policías ejecutan un dueto improvisado, Herbin empieza a despedir el programa. Uno a uno repasa los nombres de todos los integrantes del equipo de producción, y recuerda que seguirán transmitiendo mientras haya secuestrados en el país. Admitiendo, quizá sin verlo de ese modo, que también ellos, quienes hacen el programa, están atrapados: que también viven atados por el secuestro. Que seguirán acá durante las madrugadas frías y solitarias de cada domingo, que “las voces del secuestro” son también las suyas. Y que solo, repite Herbin, “el día que liberen al último secuestrado, ese día se acaba este programa”.

Antes no.

Ana, nombre ficticio empleado para proteger su identidad, fue secuestrada durante cinco días, 120 horas en las que conoció de cerca una estación en la que la vida parece perder todo sentido. Hoy, meses después de que ha visto, frustrada y perpleja, cómo la negligencia, la corrupción y el desdén de las autoridades han permitido que sus plagiarios sigan libres, acepta contar en Larevista la historia de esos momentos de espanto. Este es su relato, verídico, directo, de primera mano.

1.- Tengo enfrente de mí el retrato de Mario Alberto Bayardo Hernández, el hombre que me secuestró durante cinco días. En este instante del 2 de febrero de 2004 vuelvo a mirar el rostro de quien también me violó. Del hombre que forma parte de la infame lista de los diez más buscados en México. Del hombre cuya fotografía ha sido colocada en algunos espectaculares de este Distrito Federal, el hábitat natural de Bayardo, aunque la otra mitad de su vida la divida en Tlaxcala.

Es el mismo secuestrador que ha sido llevado tres veces a las prisiones capitalinas, pero extrañamente siempre queda libre y regresa a liderar la banda que lleva su apellido. Es el sujeto que tiene negocios de lavado de autos y es dueño de microbuses en el área metropolitana, según la PGR. Es el hijo de Alberto Bayardo Rosales, y el padre de Geraldyn Alberto, detenidos por ser los plagiarios de Laura Zapata y Ernestina Sodi.

Es El loco. Así lo apodé durante mi cautiverio. Juro que es el que hace 60 días, a principios de diciembre, me apuntó con un revólver y me dijo que lo abrazara como si fuera su novia.

Era de noche. Yo estaba a media cuadra de la casa de Marcelo Ebrard, el jefe de la policía capitalina que se jacta de que en su colonia, la Del Valle, no hay secuestros. ¡Ah! Es él. ¿Cómo diablos olvidas al cabrón insano que, al final, prometió buscarme para ver si, de casualidad, me enamoraba de él?

Y la foto que miro es reciente. Se la tomaron el 13 de noviembre de 2003, cuando la PGR anunció que había detenido al azote del sur de la ciudad. Sonará insólito, pero veinte días después ya estaba libre… secuestrándome.

Es él: su barba de candado que me restregó en el pecho; su clara piel que tanto deseaba que yo observara cuando me violó; sus ojos verdes que te asustan; y su ancho cuello que me obligó a acariciar.

Seguramente la playera amarilla que viste en el retrato tamaño infantil huele a suavizante de telas, su irremplazable aroma que aún tengo pegado a la nariz. Y aunque sus gordas manos no se aprecian, quizá traía ese carísimo reloj Audemars Piguet que alcancé a mirar, ya en la parte posterior del auto en el que me trasladaron a una casa de seguridad. Una casa que era el infierno.

Es él. El primer y último rostro que miré, porque entonces me colocaron parches sobre los ojos.

* * *

Aquella noche del 2 de febrero Ana telefoneó al policía judicial que le asignó la procuraduría capitalina y que ella llama Pejota. Aturdida, le contó lo de la foto de Bayardo. Le dijo que era el mismo que ella había descrito en el retrato hablado.

El Pejota le comentó con su desenfado de siempre: “¿A poco todavía no te das por vencida?”.

Semanas después, cuando un conocido le llamaría para decirle que en ese momento su secuestrador estaba en una plaza de toros, Ana recurriría a las autoridades federales, a la Agencia Federal de Investigación, en particular, que por esos días alardeaba de estar desmembrando bandas de secuestradores. Pero al final, terminaría hundida en la frustración.

* * *

2.- Desde antes de salir de aquella venta nocturna del Palacio de Hierro en Santa Fe, le dije a mi prima (que entonces iba a la mitad de un embarazo) que me sentía angustiada. Ella lo atribuiría a que tardamos casi diez minutos en encontrar en el estacionamiento el Clío negro, propiedad de la compañía en la que yo trabajaba.

Pero aquella ansiedad no me abandonó. Osciló. Bajó cuando dejé a mi prima en su casa, allá en Polanco, y un vigilante me deseó suerte.

Creció cuando estacioné el Clío, justo en la esquina de la calle donde vive Marcelo Ebrad. Bajé con mis bolsas del Palacio de Hierro. Abrí la reja de mi casa. Y miré la hora por última vez: las 10:45. Entonces, atrás de mí se escuchó un ruido tremendo, como si hubiera entrado un ventarrón.

3.- Eran dos tipos. Vestían trajes impecables, con mocasines. Sólo uno se agachaba y se cubría con una gorra que no cuadraba con su ropa.

Entonces el del traje gris, el de la barba de candado, el que apodé El Loco, el que ahora sé es Bayardo, sacó un revólver y, educadamente me dijo con su vozarrón que me volteara, que a partir de ese momento debía cerrar los ojos.

Dejé de verlo hasta que me arrancó las bolsas, me pidió el celular que me acababa de enviar un amigo de Europa y me colocó sobre los ojos la gorra de su acompañante. Durante los cinco días que duraría mi cautiverio no volvería a ver el rostro de nadie.

Me tumbaron en la parte posterior del auto. Reconocí que era el Clío por mis olores. El Loco recargó su codo y brazo sobre mis ojos y se acomodó en el asiento con los pies apoyados en mí. Me dejó en una posición tan incómoda que no podía respirar. Y yo sintiendo que el corazón se me salía.

El Loco trató de calmarme: “No te preocupes, tú eres una dama y nosotros unos caballeros, no te va a pasar nada”.

Le dije que se llevara todo, pero que me dejara ir, que toda mi riqueza estaba en mi bolso: tarjetas de crédito boletinadas por tantas deudas. “Nosotros no somos pinches raterillos y ya cállate”.

Y entonces sentí que algo se cerraba en mi espalda. Muchos pensamientos se desbocaron en mi cabeza: ¿me están confundiendo?, ¿así son los secuestros exprés?, ¿harían conmigo una snuff movie o sólo es una violación?

Salí de mis cavilaciones cuando El Loco empezó a acribillarme con preguntas: que si la mujer que había dejado en Polanco era mi hermana, que si no me había fijado que me perseguían desde Santa Fe, que dónde trabajaba, que si el carro era mío, y que qué inconciencia la mía de andar tan tarde en la calle…

Para cuando me pasaron a otro auto, un Jetta rojo, supe lo que es que los músculos ya no te obedezcan, que ni siquiera tengas fuerza para lanzar un grito; que tu cuerpo, desde ese momento, ya no te pertenece. Que has perdido la capacidad de oler y escuchar. ¿Ver? Jamás, los parches elaborados con gasa te clausuran los párpados. Eso sí, el aire frío fue la única realidad palpable.

Calculo que el traslado a la casa de seguridad habrá durado un par de horas. Casi todo fue en línea recta. Cuando nos estacionamos, El Loco me envolvió y alguien me cargó, pero me resbalé de sus brazos y mi cintura dio directo al filo de la baqueta. Escuché el vozarrón de El Loco reprobándolo y gritándole que tuviera mucho cuidado conmigo, pues me había convertido desde ya en la mujer de sus sueños.

Me llevaron a un cuarto, me aventaron en un colchón, me cambiaron los parches de los ojos por unos más grotescos y entonces llegó un hombre que dijo ser médico. Me obligó a desvestirme y, mientras hacía un registro minucioso de cada cicatriz en mi cuerpo, me dijo que sólo buscaba si no traía “un arroz”, un chip localizador. Luego me habrán pasado un escáner, que sonó en mi tobillo y se enojaron.

“¡Sí trae arroz, sí trae!” y alguien cortó cartucho. Pero el doctor lo detuvo: se dio cuenta que era un viejo clavo que une mis huesos desde la adolescencia.

Cuando terminó la revisión, El Loco me dijo dos cosas: Una: “Estas son la reglas: Si te pones loca, te madreamos. Si tratas de huir, te matamos. Si te quitas los parches, te matamos. Si te portas bien, verás que esto nunca ocurrió”.

Y dos: “Ya hablamos con tu papá, mi amor. Que regreses a casa depende de él. Porque, bueno, no te he dicho, pero estás secuestrada”.

Entonces me enrosqué en el colchón y tomé la cobija como si fuera un estúpido escudo. Ese fue mi pequeño mundo en cinco días.

* * *

El primero de la familia que se enteró del secuestro fue el padre de Ana, un profesor. Eran las tres y cuarto de la mañana cuando sonó el teléfono. El Loco fue breve: le exigió un millón de pesos de rescate y se disculpó de que le estuviera pidiendo dinero y no la mano de su hija.

También le dio instrucciones de dónde recoger el Clío negro y le advirtió que se lo devolvía a cambio de que la empresa donde trabaja Ana no levantara denuncia alguna.

El profesor se comunicó con algunos jefes de la policía que fueron sus vecinos. Y ellos mismos le recomendaron que no denunciara, que era mejor juntar la mayor plata posible -que no llegaría a más de 50 mil pesos-. Sería hasta el sábado cuando el secuestrador volvería a telefonear.

* * *

4.- Chavo, al que fue asignado mi cuidado, me contó por qué la casualidad me condenó al secuestro: iban por otros jóvenes, pero no pudieron alcanzarlos. Y estaban tan frustrados que de pronto apareció el Clío negro con una mujer a bordo. Chavo terminó compartiendo la soledad de mi encierro.

5.- La primera noche fue de insomnio.

Te sientes cómo te invade un vacío inconmensurable. Estás en el desamparo total.

6.- Chavo no pasaba de los 18 años. Y se identificó conmigo por una simple razón: él era adicto a la cocaína y yo había trabajado en una clínica de adicciones. Eso me funcionaría durante el cautiverio: gracias a la confianza que le inspiré, se abstuvo de aturdirme con tranquilizantes.

Y poco a poco fueron regresando mis sentidos. Agucé el oído lo más que pude para escuchar mi entorno: oía los rugidos de los autos o los rumores de tráilers, y me imaginaba que estaba a orilla de una carretera. Oía los programas de la televisión, y me ayudaba a calcular las horas.

Pero también escuché otras cosas.

Como una radio de banda que soltaba claves como “R10”, “R30”, o “un 24 en la 12”. Luego me enteraría que son contraseñas de la policía.

O como aquellos gritos de adolescentes que duraron toda esa noche y que Chavo me explicó el por qué: “Son dos morritas que traían un Jaguar. Ahorita están gritando porque las están violando. Pero no te angusties, le gustas al jefe y nadie te va a hacer daño. Salvo él, si se pone loco”.

Cada vez que fui al baño escuché llantos y los televisores o radios encendidos. Me imaginé los infiernos de cada uno. Chavo me dijo aquella noche que tenían “casa llena” de “visitas”, como nombran a los secuestrados.

7.- A la mañana siguiente, se escucharon helicópteros. Chavo me pegó una pistola en la cabeza y me dijo que, si era la policía, tendría que matarme, pues era mejor que lo condenaran a diez años por homicidio que a 40 por secuestro.

Los helicópteros se fueron. Chavo me pidió una disculpa y luego me dejó tocar la cacha de su pistola: ahí tenía grabada la imagen de San Judas Tadeo.

8.- Hablamos Chavo y yo de muchas cosas el día dos de cautiverio:

Que él ya tenía tiempo en este negocio. Que ganaba bien. Que compraban las revistas Caras, Quién y los suplementos donde los ricos son fotografiados en toda su altivez, para aprenderse bien los rostros de a quién van a secuestrar, pues ellos sólo raptan a gente adinerada.

Que, claro, también son matones. Que las banditas que han surgido son unos improvisados y ponen en riesgo el negocio, y que de ahí que ellos delaten a esos espontáneos con la policía. Que buena parte de los jefes policiacos en el centro del país son sus protectores. Que cuando los detienen deben tener lista una millonada para ofrecérsela al juez. Que ellos sólo plagian a mujeres y a jóvenes, sobre todo en antros como El Alebrije o el Palmas 500…

“A los viejos con dinero, los dejan morir sus hijos. Y las esposas, rencorosas, terminan por darnos las gracias”, me explicó.

Todavía lo escucho contándome una insalubre historia:

“Nos comunicamos con la esposa de un secuestrado y nos dijo que ojalá lo matáramos. La verdad nos dolió decirle al señor y hasta nos pusimos a sus órdenes por si quería que le echáramos bala a la pinche vieja desgraciada. Un compadre de él fue quien pagó el rescate. A la semana siguiente, leímos en el periódico lo de un asesinato de una mujer. Era la esposa. Ese güey la mató. ¿Imagínate al pinche loco que teníamos aquí? Por eso nos vamos con las morritas y los chavos, porque se ponen pedos, nos facilitan las cosas y por ellos sí pagan”.

9.- Otra noche de insomnio y de espanto: otros de la banda, inestables y brutales, empezaron a golpear a un joven; escuché su llanto. En eso entró Chavo muy agitado y me dijo que me pusiera a rezar con él, porque sus compañeros estaban drogados y ya habían matado a un secuestrado.

Dejé de rezar después de varias horas cuando escuché a El Loco: “¿Buenos días, mi amor, qué quieres de desayunar?”.

El desayuno fue una violación.

10.- El sábado llegó El Loco azotando la puerta y con un rostro enloquecido me dijo: “Tu papá no aguantó la negociación, le dio un infarto. ¿Ya ves? Dios quiere que te quedes conmigo”.

* * *

Aquello era mentira. El padre de Ana estaba a esas horas esperando la prueba de vida para entregar el dinero allá por las Pirámides de Teotihuacan.

Ana terminó rota. Desconsolada, le pidió a El Loco que por favor la matara. El secuestrador se enfureció y le soltó: “¿Estás enferma, estúpida? Te puedo matar, pero te quiero mucho”.

Hasta en la noche, Chavo le dijo a Ana que su padre estaba sano, que lo único que buscaba El Loco era verla humillada.

Y aunque el padre de Ana entregó el rescate, después de tantas indicaciones, su hija no llegó a casa.

* * *

11.- El domingo me quedé sola. Y al menos cuatro veces entró alguien distinto a mi cuarto, me pidieron que contara hasta diez y luego jalaban el gatillo. Terminaban riéndose.

Chavo no llegó hasta que empezó la final de Big Brother y lo maldije. Se disculpó diciéndome que había ido a visitar a su mamá.

Le conté que habían jugado a asesinarme.

“¿Si te ayudo a escapar me sacas del país?”, me diría luego Chavo, muy nervioso. Al escucharlo, lo único que sentí en ese momento fue que ya estaba decidido: me iban a matar.

12.- Cuando Omar Chaparro fue declarado el ganador de Big Brother, apareció El Loco y soltó: “¡Te vas, mi amor!”. Y ordenó a Chavo que me peinara y me limpiara con alcohol. Ahí, Chavo se me acercó al oído y me pidió esto: “Dime que Dios me bendiga, por favor. Dímelo”. Se lo dije.

Lo último que escuché de Chavo fue que no me confiara, que todo podía ocurrir.

Habré caminado unos 15 pasos, sujetada a las mano de Chavo, cuando sentí el frío y la voz de El Loco: “Vas a abrazarme como si fuera tu novio, ¿eh? No vayas a hacer ninguna pendejada, mi amor”.

Me subieron a una camioneta y en todo el trayecto, yo acostada, El Loco me manoseó y me dijo que yo le había traído paz a su vida y que estaba dispuesto a dejar “este trabajo” para casarse conmigo. “Te voy a buscar, mi amor”.

13.-El Loco me ordenó bajar y contar hasta 120 antes de quitarme los parches en los ojos. Que entonces caminara hacia mi lado izquierdo hasta encontrar un módulo de policía, donde pediría un taxi con el billete que me enroscó en la mano. Y me dio un beso el cabrón.

No lo creí. Yo tenía en la cabeza la imagen de El Loco dándome el tiro de gracia. Estaba tiritando. Me sentía en un precipicio. Tenía la boca reseca.

No escuché cuando la camioneta arrancó. Y ni siquiera podía contar. Pero lo que me trajo a la realidad fue el grito lejano de una señora: “¡Ya apaga la tele, pinche güevón!”.

Me arranqué los parches y apenas pude enfocar que estaba en una unidad habitacional. Corrí a buscar el módulo. Y, al llegar, el policía me miró con una expresión de sospecha muy comprensible: eran las tres de la mañana, y yo estaba sucia, maloliente y preguntándole dónde carajos estaba. “En Villa Coapa”, me dijo y me ayudó a tomar un taxi en la Calzada de las Bombas.

Sólo hasta que entré al taxi me vi al espejo y no era yo: tenía cinta adhesiva por todo el rostro, los ojos estaban morados, no tenía color.

El taxista pensaba que me había golpeado mi pareja hasta que se dio cuenta que una camioneta nos seguía. Le tuve que decir que había sido secuestrada y que esos de la camioneta eran los que me habían liberado.

* * *

Después de unos kilómetros de paranoia, el taxista dejó a Ana en casa. La camioneta se estacionaría casi enfrente de ella. Seguramente la vieron cómo Ana saltó al cuello a toda su familia y cómo la abrazó intensa y mudamente.

* * *

14.-Empecé a parchar mi vida.

Acudí a denunciar ante un ministerio público sin alma. Me hice carísimos análisis del VIH. Me topé con que en mi empresa mi jefa les contó a todos mi tragedia y me trataron con lástima; terminaron por despedirme. Mis amigos se alejaron. A mi padre le cayeron 20 años encima. A mis hermanas las condené a la demencia. Me quedé más pobre de lo acostumbrado.

Por fortuna me encontré con el Centro de Apoyo Sociojurídico a Víctimas del Delito Violento, de la procuraduría capitalina. Ahí me ofrecieron terapia sin ningún costo.

15.- Diez días después de que observé el retrato de Bayardo en la televisión y que no obtuve respuesta de mi Pejota, los diarios destacaron una noticia: un empresario había sido secuestrado en la colonia Del Valle, pero logró saltar de la Windstar donde lo trasladaban. La policía intervino y detuvo a los raptores; dos de ellos resultaron heridos.

Una de las fotografías que publicaron me cimbró: entre lo decomisado a la banda estaba una pistola cuya cacha tenía a San Judas Tadeo y un celular igual al mío, un modelo que no hay en México.

Los tenían en la delegación Gustavo A. Madero y fui para allá. Un comandante escuchó mi historia sin oírme. Le pedí verlos para intentar reconocerlos. Pero me trató con desprecio y me echó.

Por la tarde logré contactar al empresario que había librado el secuestro y me dijo que acababa de ir a denunciar. Pero que ya habían sido puestos en libertad “por falta de parte acusadora”.

16.- En internet logré conseguir algunos datos de Bayardo:

Una entrevista de López Dóriga con José Espina, presidente del Consejo Ciudadano, donde éste decía que Bayardo era protegido en Tlaxcala por funcionarios de allá.

Unas columnas de diarios tlaxcaltecas donde lo ligaban familiarmente con el subprocurador de justicia Edgar Bayardo.

Denuncias en contra de magistrados del Primer Tribunal Colegiado del Primer Circuito en Materia Penal, pues ellos liberaron a Bayardo en sus dos primeros arrestos de 1990 y 1999. Se dice que recibieron varios millones de pesos.

Le proporcioné esta información a mi Pejota y es hora que no se ha comunicado conmigo.

17.- Un domingo me llamó una amiga y me dijo: “El tal Bayardo está ahorita en la plaza de toros de Tlaxcala”.

Telefonee al número de la AFI donde reciben denuncias ciudadanas y me contestó una vieja pendeja:

-¿Bayardo? Y ése quién es, señorita.

Después de explicarle y darle señas, me dijo: “¿En una plaza de toros. No, señorita, ¿se imagina el gentío? Sígalo y llámenos luego”.

18.- Ahora, frustrada, estoy aquí contándoles la bitácora de mi cautiverio.

Llovía en Tenosique cuando El Puma y sus cuatro pistoleros hondureños recorrían las vías del tren, cobrando a los migrantes que quisieran viajar como polizones. Era el viernes 27 de septiembre. Las inundaciones en la zona habían retrasado el paso de ferrocarriles y unos 300 indocumentados se amontonaban en las lodosas márgenes de los rieles. 

 

El Puma es un hondureño, de unos 35 años, con una 9 milímetros en el cinto y una AK-47 colgando de su hombro. Sus acompañantes lo acuerpan con un machete y un “cuerno de chivo” cada uno. Tenosique, a unos 30 kilómetros de la frontera que divide a Guatemala de México, entre selva y selva, entre el Petén y Lacandona, es propiedad de El Puma. “Trabaja para Los Zetas”, aseguran los que se han topado con él. Para subir al tren hay que pagarle. Quien no paga, no viaja. Quien se resiste, se las ve con él, sus pistoleros y sus pistolas. 

 

Los Zetas son una organización de tráfico de drogas en México que controla gran parte de la costa atlántica, y que desde 2007 se los reconoce como un cártel independiente. “El grupo de sicarios más peligroso y organizado de México”, se les llama en un informe de la inteligencia estadounidense divulgado en enero de este año por la Secretaría de Seguridad mexicana. “Más peligrosos que cualquier cártel”, enfatizó la División Antinarcóticos de Estados Unidos. Un grupo aún en expansión. 

 

La mayoría pagó. El Puma avisó por radio al maquinista que parara y se acercó a darle su parte mientras los migrantes se acomodaban en el techo o en los balcones que hay entre vagón y vagón. En el carro de en medio se ubicaron los cuatro polleros, guías de pago para los indocumentados, con sus clientes: unas 20 personas. En el resto del gusano de metal, la mayoría eran hondureños; el resto, guatemaltecos, salvadoreños y algunos nicaragüenses que se podían contar con los dedos de una mano. Todos ellos viajaban a su suerte, sin pollero. Aún llovía.

 

La máquina avanzó, dejó atrás Tenosique y se internó en un camino de selva y rancherías de ganado. Lejos de los pueblos y de las carreteras. 

 

En Pénjamo, una de esas rancherías, el viaje empezó a empeorar. José, un salvadoreño de 29 años, fue el primero en ver cómo ocho hombres aprovecharon la lenta marcha del ferrocarril en ese tramo para subir. “Tranquilos –dijeron al grupo de José–, nosotros también vamos para el norte.” Pero cuando Pedro vio que tras descansar unos minutos cuatro de ellos sacaron pistolas 9 milímetros, los otros cuatro desenfundaron sus machetes y todos se encajaron sus pasamontañas, supo que le habían mentido. 

 

“Adiós”, dijeron, dejando en paz a los salvadoreños y saltando al siguiente vagón para asaltar a los polizones. Cuando los asaltantes llegaron al cajón de Arturo, el cocinero nicaragüense de 42 años, ya llevaban con ellos a dos muchachas jóvenes que pretendían secuestrar. “Una era bonita, blanquita, a la otra no la vi bien”, dice Arturo.

 

Tapachula, Tenosique, Ciudad Hidalgo. Todas ciudades fronterizas del sur mexicano. Todas puntos rojos de prostitución forzada. Sus burdeles, donde un balde con seis cervezas cuesta 60 pesos (unos 6 dólares) e incluye un baile sobre la mesa, están repletos de hondureñas y salvadoreñas que callan cuando se les pregunta por qué están ahí. 

 

Un hondureño que viajaba en el vagón de Arturo fue el primer muerto. Con una pistola apuntando a su cabeza desde el techo del carro, entregó cien pesos a los hombres con pasamontañas, pero uno de ellos desconfió, bajó al balcón y revisó al hondureño. La malicia le costó la vida. Le encontraron dinero en un calcetín de los que llevaba puestos. “Listo el hijueputa”, sentenció el que apuntaba antes de atravesar de un tiro la nuca del migrante que, ante lo inminente, se había volteado para cubrirse.

 

El siguiente vagón era el de los polleros. Hubo silencio durante unos minutos. Luego, balacera. Unos 15 minutos de detonaciones. Polleros contra asaltantes. Los polleros habían entregado dinero, pero se negaron a dejar a los asaltantes la mujer que les pedían. Un cuerpo con pasamontañas cayó del tren. Los demás bajaron a asistirlo, pero el tiro de los polleros fue letal. Habían ganado una batalla. Nadie sabe qué pasó con “la muchacha blanquita” ni con la otra. 

 

En Palenque fue la revancha. A unos 50 kilómetros de Pénjamo, cinco asaltantes volvieron por la migrante. De nuevo en el vagón de Arturo, mataron a otro hondureño. Sin razón alguna. Lo partieron de un machetazo en el estómago y lo lanzaron del tren, mientras repelían el fuego de los polleros. Dejó de llover cuando la segunda batalla fue también para los guías.  

 

Los asaltantes se movían rápido. Lograban adelantar en vehículos a un tren que va a unos 70 kilómetros por hora en los tramos deshabitados. La marcha del ferrocarril no ayudó. Los motores se pararon en una zona conocida como La Aceitera, media hora después del segundo tiroteo. El intercambio de balas se reanudó y los polleros cedieron su vagón, dejando a la muchacha en manos de los encapuchados, que con ella se internaron en el monte. Al obtener su botín se confiaron y dieron la espalda al tren. Los polleros también saben arremeter. Por la espalda mataron al segundo asaltante, recuperaron a la mujer, lograron abordar el ferrocarril antes de que acelerara y minutos después se bajaron con sus guiados completos. Abandonaron el viaje para buscar otra forma de seguir. Era obvio que los asaltantes volverían.  

 

Y volvieron. En Chontalpan, a unos 30 kilómetros del último muerto, regresaron reforzados. Tres camionetas blancas acapararon la vía: una delante del tren, atravesada en los rieles; otra en el medio, recorriendo la máquina de punta a punta por un costado; y la tercera obstruyendo atrás. Volvieron a un tren sin polleros y se desquitaron con los que quedaban. “Eran Los Zetas”, afirma Arturo. “Eran Los Zetas”, afirma Pedro. “Eran Los Zetas”, afirman otros tres migrantes que estuvieron ahí. 

 

El tren se vació. Cientos de personas corrieron a los potreros a esconderse, mientras unos 15 hombres armados intentaban cazarlos. Al menos uno cayó atravesado por un disparo en aquella estampida. Varios fueron heridos. Tres mujeres estaban ya encañonadas adentro de una de las camionetas. La venganza terminó. Los vehículos se fueron. El tren se puso en marcha y los migrantes lo volvieron a abordar para dirigirse hacia Coatzacoalcos y luego hacia Tierra Blanca, ambas ciudades en Veracruz, la zona más caliente de la ruta. Territorio de Zetas, zona de secuestros masivos.

 

El otro negocio de Los Zetas 

La trágica historia del tren que partió de Tenosique es un libro de instrucciones para quien sepa leer entre líneas. En él se describen las claves que de un tiempo para acá han particularizado a este tramo como zona caliente, en medio de un recorrido total que nada tiene de laxo. 

 

Los defensores de los migrantes que viven en estos puntos de paso ruegan alarmados que alguien haga algo. Gesticulan, piden que se apaguen las grabadoras, que se guarden las cámaras, y describen lo que ahí todos saben: decenas de indocumentados centroamericanos son secuestrados a diario por Los Zetas y sus aliados, a la luz del día, en casas que muchos conocen, incluidas las autoridades locales.  

 

La lógica comercial es sencilla: más vale secuestrar durante unos días a 40 personas que paguen 300 dólares de rescate cada uno que a un gran empresario, que entregue en un solo monto la suma, pero donde se corra el riesgo de llamar la atención de prensa y policía. Incluso autoridades nacionales, como la Quinta Visitaduría de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), encargada de la migración, reconocen con contundencia el problema.

 

Estos son los secuestros que no se cuentan. Estas son las víctimas que no denuncian. Estos son los secuestradores a los que nadie persigue. A los migrantes nadie los espera a ninguna hora. A veces, pasan más de una semana sin conseguir dinero para dar un telefonazo a sus familiares. Transitan por donde menos autoridades hay, porque son ilegales. No denuncian, porque serían deportados. Son como un conejo cojo a la vista de un halcón: presa fácil.

 

El Gobierno mexicano, en lo que va del año, tiene registro de que 650 personas han sido plagiadas. Al menos ese es el número de casos en los que alguien ha pedido ayuda. Pero casi nadie pide ayuda. Un recorrido por la ruta descrita por los migrantes como “caliente” convierte el dato lanzado por el gobierno en un mal relativo. Afirmar que solo en uno de los puntos de plagio de migrantes, cualquiera, la cifra oficial de secuestros de todo un país es rebasada en un mes, no es exagerar.

 

Del tren donde hubo cientos de asaltados, tres muertos, varios heridos y tres secuestrados, no se escribió ni una página en ningún periódico. Nunca llegó ni un policía ni un militar. Nadie ha puesto ninguna denuncia. 

 

Tenosique, como punto de partida; Coatzacoalcos, Tierra Blanca, Orizaba y Lechería como sitios neurálgicos, y Reynosa, casi frontera con McAllen, Estados Unidos, como último peaje, componen la ruta de los secuestros. Todas, menos Lechería, donde el tren se desvía hacia el centro, ciudades cercanas a la costa atlántica mexicana, todas dentro del dominio de Los Zetas, según el mapa del crimen organizado trazado por el organismo de inteligencia de este país.  

 

En cadena descendente, desde los despachos en la capital mexicana hasta los albergues del sur, lo que pasa está dicho, para quien lo quiera escuchar. “La situación del migrante viene complicándose. Es alarmante. Se multiplican los testimonios de los secuestrados. Ocurre a plena luz del día, a grupos grandes. Llegan con armas, secuestran a algunos. El Estado mexicano es responsable de la integridad y la vida de quienes se encuentran en su territorio. Hemos hecho llamados enérgicos. Es increíble que esto siga pasando”, se queja Mauricio Farah, encargado de esa Visitaduría.

 

Las autoridades prefieren señalar al otro, negar o callar. Pero la red que permite esto es una telaraña compleja de conexiones, donde hasta los polleros se han visto afectados. 

 

Un impuesto para los polleros 

Aunque este es el fenómeno migratorio más grande del mundo (entre mexicanos y centroamericanos), aunque cientos de miles circulan cada año por México (el Instituto Nacional de Migración atrapa a cerca de 250,000 centroamericanos al año), los animales del camino se conocen: Zetas con polleros, polleros con asaltantes, asaltantes con encargados de albergues y encargados de albergues con policías. 

 

El señor A es originario de esta zona, y trabaja desde hace dos años en un albergue. Antes tuvo un empleo que le obligó a conocer cómo opera el crimen organizado. Busca una mesa aislada de los migrantes en la casa de acogida y la señala: “Hablemos ahí, es que los informantes de los grupos que secuestran van infiltrados como migrantes, y muchas veces son centroamericanos. Andan escuchando y preguntando a los migrantes si tienen familia del otro lado, si tienen quien les pague el pollero en la frontera”. 

 

―¿Qué te puedo contar? –me pregunta.

―Tengo ocho testimonios de migrantes secuestrados en diferentes puntos, y todos dicen que sus secuestradores se han identificado como Zetas. ¿Lo serán de verdad?”

―No necesariamente. La cosa es así: nadie puede andar diciendo que es Zeta sin permiso de ellos, pero no necesariamente lo son. Muchos son delincuentes de la zona que trabajan para ellos, controlando que los polleros que pasen hayan pagado la cuota.

―¿Qué cuota?

―Es que esto viene desde arriba, desde la frontera norte, por el lado de Tamaulipas (donde se encuentra Reynosa). Entiendo que ahí está alguien conocido como El Abuelo, que es quien controla a todos los polleros que quieran pasar por ahí, y él ha hecho negocio con Los Zetas. Entonces, él paga una cuota para que sus polleros puedan circular en esta zona, y llegar a Reynosa. Y necesitan gente que esté viendo que quien no pague no pase.

―¿Y los secuestros?

 

Un indocumentado se acerca a recoger su mochila, que está en la mesa. El señor A se calla, y lo mira de reojo. Espera hasta que el migrante se va, y entonces responde.

―Empezó como algo contra los polleros que no pagaban. Les quitaban a sus pollos, y ya que los tenían, pedían rescate por ellos a sus familiares en Estados Unidos, por medio de un depósito rápido, en Western Union u otra empresa de esas. Y luego se hizo costumbre y empezaron a agarrar a migrantes que vienen solos.

―¿Cuándo empezó?

―Desde mediados de 2007 nos empezaron a llegar testimonios. 

 

El señor A dice que algunos polleros conocidos suelen pasar cerca del albergue: “Ellos te pueden contar con detalle”.

 

Esa tarde apareció uno de esos polleros. El señor A no podía presentármelo. Crear confianza entre encargados de albergues y polleros es algo que suele verse muy sospechoso. Sin embargo, allanó el camino para que alguien más me lo presentara. 

 

―Entonces, ¿eres periodista? –pregunta el pollero.

―Sí, y sé que hace seis meses estuviste secuestrado por Los Zetas en Tierra Blanca. Solo quiero que me lo contés, no me digás tu nombre.

 

Señala con la vista y con un movimiento de cabeza un tronco que está bajo un árbol de mango, como indicando que vayamos hacia allá. El tronco está a unos 20 metros de las vías, dentro de un predio baldío, y hay que saltar una pequeña cerca de alambre para llegar hasta él. Nadie pasa por ahí. Nos sentamos, y entonces habla:

―Ya sólo subo gente por la ruta de Tapachula (más cercana al Pacífico), porque del otro lado están Los Zetas y ya me agarraron.

―De eso quiero hablar.

―Es que uno tiene que tener un patrón en el norte, para trabajar, pero esa vez yo traía el celular descargado, entonces me detectaron, me agarraron y me subieron a la camioneta. Llevaba a seis personas. Me dijeron que para quién trabajaba. Lo dije, pero no me creyeron, y empezaron a torturarme, a apagarme cigarros en la espalda.  

 

Aún conserva seis cicatrices redondas en la espalda baja. 

―¿Qué pasó luego de que te torturaron?

―Me pidieron dinero y tuve que darlo, porque si no, me quitaban a la gente, y era gente conocida, gente de confianza, dos guatemaltecos y cuatro salvadoreños de Santa Ana. Si no pagaba, los secuestraban y los torturan. Al que dice que no tiene nadie que pague por él lo calientan, sé de gente a la que le cortaron dedos y orejas, y a muchos los matan.

―¿Y cómo sabés que eran Zetas?

―Se dice que no lo son, que son bandas de delincuentes que trabajan para ellos. Los verdaderos Zetas controlan desde el norte.  

 

Asegura que se enteró de esto hasta en enero de este año. Siendo así, este pollero y los agentes especiales de Estados Unidos se dieron cuenta de lo mismo al mismo tiempo. En el informe de la inteligencia estadounidense publicado ese mes se reconoce que esta organización criminal cobra derecho de piso a los coyotes en sus zonas. 

―Y tu patrón, ¿qué hubiera hecho si hubieras hablado con él?

―Paga para que te suelten.

―Entiendo que estos patrones tienen contacto con Los Zetas, como el famoso Abuelo.

―He oído hablar de él. Controla la zona de Laredo y Reynosa. Es que el patrón paga impuesto. Está también El Borrado, Don Toño y Fidel. Te arriesgas mucho como pollero. Porque si el patrón no reporta que ahí vas, te tablean todo, te madrean, te secuestran, si es que no te matan, ha habido muchos muertos. A uno lo mataron en Coatzacoalcos, y a Rigo en un lugar llamado Las Anonas, los dos polleros. Los que controlan van en el tren, muchos son centroamericanos. El que a mí me delató era hondureño. Se subió al tren en Medias Aguas (entre Coatzacoalcos y Tierra Blanca).

―¿Cómo funciona? ¿Cuánto paga el patrón?

―Paga 10,000 dólares al mes, y tiene que avisar cuando tú vas que trabajas para él y cuántos pollos llevas. Entonces, no te hacen nada. Esto empezó el año pasado, empezaron en Coatzacoalcos, y entraron a Tierra Blanca a principios de enero, porque saben que ahí se juntan las dos rutas (la que viene por la costa atlántica y la que viene por la zona céntrica, más cercana al Pacífico).

―¿Y la policía de esos lugares?

―Están conectados. Esa vez que me levantaron a mí y a otra gente, la policía estaba viendo, y no hicieron nada. Después de eso, ya no trabajo para nadie. Por eso ya no estoy pasando gente, porque si me ven, me van a matar

 

Coatzacoalcos 

Unos 25 indocumentados están dentro del albergue de la iglesia. La mayoría descansa en los camastros, unos pocos lavan ropa y otros dejan pasar el tiempo sentados viendo a la nada. Casi todos se han rendido. A las diez de la mañana ya había 15 de ellos anotados en una lista para que Migración llegara a traerlos y los repatriara. Casi todos llegaron en el tren que tuvo tres fatídicas escalas, aquel donde hubo muertos.  

 

Esta es una ciudad industrial, una de esas ciudades de interior que en México parecen medio fábricas y medio pueblos pero jamás ciudades. Una autopista central, flanqueada por grandes naves industriales, se combina con calles de tierra. Casi 300,000 habitantes hacen su vida en este lugar cuyo meridiano es una callejuela donde las viviendas son de lámina y madera, donde apenas hay paso para vehículos, pero en la que las vías del tren dibujan esa columna vertebral a la perfección. Coatzacoalcos, en náhuatl, significa “el escondite de la serpiente”. 

 

Al llegar ahí, tras una noche entera de tren, los indocumentados del albergue hicieron lo que hacen en cada escala: preguntar y escuchar. Y de lo que se enteraron llevó a que la mayoría se anotara en aquella lista. “Hoy en la mañana metieron a punta de pistola a 15, de los que esperaban en las vías, a una casa de ahí enfrente”, relata para unos 14 oídos un hondureño enlistado. No es raro. “Al menos 10 diarios se rinden y se entregan a la migra aquí”, asegura Eduardo Ortiz, encargado de la CNDH en la zona. 

 

Tras una noche de tiroteos, secuestros, muertos, camionetas blancas y correteadas, supieron que habían llegado a la peor parte. Se enteraron de lo que pasa en Coatzacoalcos, de que su próxima estación sería Tierra Blanca, Orizaba y Lechería. 

 

El grupo de migrantes de las literas sostiene una especie de reunión, donde el tema central son los secuestros y lo difícil que está esta ruta. Unos cuentan, otros solo observan, con los ojos abiertos del que escucha lo que le puede ocurrir. “A aquel compadre lo levantaron aquí y ahí va de vuelta, pero yo me quedo”, señala el mismo hondureño a un hombre que descansa solo en la cama baja de un camarote. Se ve triste. Se llama Pedro, tiene 27 años y también es hondureño. 

 

Cuenta que fue hace tres meses. Cuenta que fue en una casa frente a las vías de Coatzacoalcos donde todo empezó. Dice que fue un engaño bien orquestado: “Fue una señora a la que le dicen la madre, que ofrece coyote que lo lleva a uno por 2,500 dólares. Así lo llevan engañado a uno hasta la frontera, Reynosa. Hasta ahí te tratan bien, pero ahí te secuestran. Ahí te amenazan con pistola, te agarran a golpes. Creo que son de Los Zetas. Me sacaron 800 dólares y 2,500 a mi esposa. Y de ahí te sueltan. Un mes y 18 días me tuvieron ahí. Y los policías están con ellos”. Asegura que va de nuevo porque no le queda de otra. Sugiere que el que tenga parientes en Estados Unidos no lo diga en el camino. A nadie. Nunca.  

 

Hay sitios donde se respira miedo. Coatzacoalcos es uno de esos sitios para los migrantes. Un testimonio desencadena otro: “A mí me secuestraron en mi anterior intento”; “yo me escapé ayer de un secuestro”; “yo vi hace tres meses cómo levantaron a dos muchachas”. En una mañana, de un grupo de diez migrantes reunidos en las literas surgieron siete historias de secuestros vividos en carne propia o como testigos. 

 

Ortiz, el encargado de la CNDH, visitó esa mañana el albergue. Le conté que en el cuarto contiguo había muchas víctimas de plagio, que incluso había gente secuestrada a unas cuantas cuadras, en alguna casa de la marginal por la que serpean las vías. No se sorprendió. Es normal. Es su pan de cada día.   

 

“El dominio de bandas organizadas se ha incrementado, por decir, un 200%. Tenemos muchas denuncias, el modus operandi es igual aquí que en Tierra Blanca. Hay secuestradores que van y cobran hasta 15 rescates, lo que me hace pensar que las compañías de remesas saben a quién le pagan, no es posible que alguien vaya por 30 envíos de manera sistemática. Hemos tenido casos fidedignos donde los policías municipales han detenido a un migrante y lo entregan a los delincuentes”, explica. 

 

―Tenemos tres testimonios donde alguien que fue secuestrado cuenta que de su grupo alguno se escapó y que al volver, muy golpeado, les dijo que venía de denunciar a la policía local que en la casa quedaban migrantes, y que la policía los llevó a entregarlos a los secuestradores –le cuento. 

 

―Sí, si ya no es cuestión de omisión. Nosotros sabemos que los entregan, no hemos escuchado de esa mecánica de que los devuelven, pero eso es lo de menos, hay coparticipación. Con los cónsules de El Salvador y Honduras en Veracruz y el delegado del INM hemos estado reunidos con el presidente municipal de Tierra Blanca, y es común que nos desconozca el hecho, y hay malestar cuando hablamos de casos de secuestrados. De hecho, al mes siguiente a que me dijeran que eso no pasaba, hace un mes, el ejército incursionó en una casa de seguridad y rescató a 28 migrantes. Desde hace unos meses actúan a la luz del día, haya o no presencia de la autoridad, eso no los inhibe. Hay migrantes que nos han dicho: “¡Iba pasando la patrulla, voltearon, vieron cómo nos tenían apuntados con pistolas, en el piso, y siguieron de frente!”. ¡Es un hecho real, hay testigos que han visto hasta a 100 personas en la misma casa! Todos los vecinos le pueden decir cómo es el modus operandi, todos lo han visto, y nadie dice nada. ¡No pasa nada! Va a seguir pasando a los que vengan. Nadie nos quiere oír.  

 

Erving Ortiz, el cónsul salvadoreño en Veracruz, denunció en agosto de este año que “unos 40 indocumentados son secuestrados cada semana” en todo el estado. Lo hizo luego de que el ejército incursionara en la casa de seguridad de Coatzacoalcos. Los dos periódicos más influyentes del país lo publicaron. 

 

El alcalde de Tierra Blanca, Alfredo Osorio, nunca contestó. Su secretario particular, Rafael Pérez, prometió unos minutos al teléfono con Osorio, pero nunca volvió a responder su celular. La última explicación fue que el funcionario estaría fuera una semana. La dio una secretaria. El Instituto Nacional de Migración hizo lo mismo que Osorio. Prefirió no hablar del tema. Sin embargo, es seguro que a una pregunta hubieran tenido que responder con un rotundo sí: ¿Saben que sistemáticamente se está secuestrando a migrantes?

 

El 4 de abril de este año, la jefa del INM, Cecilia Romero recibió el mismo documento que el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. Era un documento de 40 páginas, y su segundo capítulo se titulaba “secuestros y crimen organizado”. Contenía una explicación general de lo que ocurre y tres testimonios de víctimas. Lo envió Leticia Gutiérrez, directora de la Dimensión Pastoral de la Movilidad Humana, organismo de la Iglesia católica que coordina 35 albergues del país, entre ellos los de Tierra Blanca, Coatzacoalcos y Reynosa. Los destinatarios nunca respondieron.

 

La pregunta oculta en las palabras de Ortiz es evidente: ¿cómo es posible que siga pasando algo que conocen los alcaldes, los países de origen de migrantes, los medios de comunicación, el Estado mexicano y hasta el gobierno de Estados Unidos? 

 

La CNDH sólo puede recabar pruebas y, más o menos al cabo de un año, emitir una recomendación, una queja contra una institución del estado por una acción directa: esos agentes, de esa corporación, en esa fecha, y ante esos testigos, cometieron esa violación de derechos humanos. Es difícil para ellos quejarse de una omisión. Es complicado demostrar que por ahí pasaba la patrulla cuando los delincuentes estaban secuestrando, y los migrantes que quieren quedarse a denunciar caen con cuentagotas. De lo que Ortiz describe, una lógica retumba: todos lo saben, nadie hace nada, seguirá pasando. 

 

Tierra Blanca 

Las inundaciones en Veracruz han aletargado la marcha de los trenes. Hay pocos migrantes en las vías de Tierra Blanca. Hoy no hay nubes. Hace mucho calor.

 

A unos 100 metros se ven dos jóvenes. Sin duda son migrantes. Uno, de unos 20 años, está acostado en una hamaca, afuera de una tienda. Otro, de unos 15, sentado en un tronco a la par de su compañero. El fotógrafo y yo caminamos por las vías. Me desvío hacia ellos a unos 50 metros. El más joven, moreno, casi negro, de 1.50 metros, pone su brazo en el tronco y alarga una pierna. Levanto la vista hacia ellos a unos 30 metros. Abre los ojos. Enfilo directamente para hablarles. Da un salto de gato e intenta echarse a correr. “¡Hey, compa, soy periodista!”, le digo. Se detiene. “¿Qué pasó? ¿Te asusté?”. “Es que aquí está bien caliente”, responde. Luego habla de Los Zetas. 

 

A los cinco minutos, un joven de unos 18 años se acerca, harapiento y oliendo pegamento de carpintero. “Hey, tú eres pollero”, me dice. “No, no lo soy.” “Sí, ya te he visto aquí.” “No.” “Sí, eres pollero, voy a llamar al comandante de Los Zetas para que venga a traerte.” Nos vamos.

 

Nos acercamos a tomar un jugo a la orilla de las vías. Es obvio que no somos de aquí. El vendedor quiere saber qué hacemos. Le explicamos. Es amable. Nació en la ciudad y fue migrante en Estados Unidos. Sin especificar nada, preguntamos, como si habláramos del clima, si hay Zetas en Tierra Blanca. “Ya sabes, hay cosas de las que uno no puede hablar porque ustedes se van, pero uno aquí vive, y luego no vaya a ser que pregunten: ‘¿Quién dijo eso de nosotros?’ Y controlen por dónde camine uno y le den para abajo”. Sin querer decir, dijo más. 

 

Solo una persona en Tierra Blanca respalda con su nombre su testimonio de los secuestros. Es el diácono Miguel Ángel, encargado de la parroquia y de la pequeña casa que funciona como albergue. Lo que dice es una repetición de lo que se dice en Coatzacoalcos, solo que con menos claridad, con más temor. Pasa, siempre pasa. A la luz del día. Decenas de migrantes. Tan común que no hay mucho más que decir. Las preguntas son respuestas en sí mismas. El diácono nació y vive en Tierra Blanca. Tiene hijos. Tiene esposa. “Aquí todos nos conocemos”, dice. 

 

Tras hablar con él, localizamos a una persona con la que nos habían recomendado conversar. La regla del señor B es clara: sin grabadora. Así se habla en zona de Zetas.  

 

A estas alturas, es difícil obtener información nueva, incluso bajo estas normas de secretismo. “Te puedo decir que aquí todos conocen al mero mero de Los Zetas, Chito le dicen, vive ahí en el cerro, es el que secuestra migrantes, pero nadie lo va a denunciar”, dice el señor B.  

 

En Coatzacoalcos alguien muy conectado con lo que pasa en Tierra Blanca nos había lanzado una advertencia: “Si llegan ahí preguntando por los secuestros, Los Zetas tardarán unos ocho minutos en saberlo”. Era hora de irnos. 

 

“Ya no pasaremos por aquí” 

En 2006, era común escuchar en el sur mexicano historias de migrantes que, con terror, se quejaban de los operativos en el tren. Aquellos donde, casi siempre de noche, los agentes de Migración, policías federales o militares encendían sus luces repentinamente, la máquina paraba y todos se echaban a correr. Era un sálvese quien pueda. Muchas veces, esos operativos ocurrían en sitios que flanqueaban los vagones con dos empinadas pendientes. Había hasta dos operativos semanales en cada ruta. 

 

Durante ese año y 2007 hubo un incremento en las denuncias que dejaban del lado de los bandidos a las autoridades: militares, policías de todas las corporaciones, agentes de Migración. Entre mayo de 2006 y abril de 2007, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales encuestó a 1,700 indocumentados centroamericanos que transitaban por México. Reportaron haber sido objeto de 2,506 violaciones a sus derechos humanos. La CNDH documentó tres casos donde se utilizaron cárceles comunes para detener a indocumentados. En una hubo una violación, en otra un muerto, y en otras dos recomendaciones se habló de tortura: una en una estación migratoria, contra un menor hondureño; y otra por militares, contra un guatemalteco. 

 

Visto está que los policías no han pasado a ser protectores de los migrantes, pero las denuncias de asaltos de este tipo han disminuido, coincidiendo con el aumento de los testimonios que involucran con el crimen organizado. Las voces de la CNDH y de los encargados de albergues fueron escuchadas y los operativos donde muchos perdían piernas y brazos disminuyeron, pero los mismos promotores de esto ven sorprendidos cómo una batalla ganada coincidió con el inicio de otra que ni el gGobierno mexicano ha conseguido descifrar: la lucha contra el crimen organizado y su capacidad para corromper al aparato estatal.

 

La misma Procuraduría General de la República reconoció hace dos meses en un documento que en estos años de gobierno se ha pasado de un problema “esporádico” a uno “sistemático” en los secuestros. Además admite que casi nunca nadie denuncia, no solo por temor a los secuestradores, sino que “a las propias autoridades locales, a quienes se les vincula con protección a los grupos que deberían perseguir”. 

 

En 2008 los asaltos siguen cometiéndose con la misma frecuencia, pero eso se queda como una queja leve, como una cuota obligatoria y normal para el que quiere llegar a Estados Unidos. Este año los secuestros han irrumpido violentamente en el camino de los migrantes y, a un paso acelerado, sus víctimas aparecen por todas partes. 

 

Es 30 de septiembre en Ciudad Ixtepec, fuera de la ruta más caliente de los secuestros. Ahí están Gustavo y Arturo, de 16 y 18 años, ambos de la aldea El Cimarrón, en Puerto Barrios, Guatemala. De ahí salieron, y para allá van de regreso. 

 

Los secuestraron. Fueron Los Zetas, dicen. Hace dos días que recuperaron su libertad. Fue en las vías de Orizaba, entre Tierra Blanca y Lechería. Pasó a las 4 de la mañana. Siete hombres armados los levantaron: “¡Vaya, hijos de puta, al que se corra lo baleamos!”. Fueron tres días de plagio. Fueron 500 dólares de rescate. Fueron varias horas de golpes y amenazas, encerrados en un cuarto. “Nos pateaban, dijeron que a los que no dieran un número de teléfono les iban a sacar un riñón”, cuenta Arturo. Dice que lo querían marcar con un fierro de caballo en forma de Z, calentado con un soplete. Que un gordo al que conocieron en Arriaga, debajo de Ixtepec, y del que se hizo amigo, era uno de ellos. Que a él le habían contado que tenían familiares en Estados Unidos. Les dijeron que una noche antes de su llegada habían liberado a unos 30 migrantes.

 

“Los escuchábamos hablar y parece que eran un grupo nuevo, que estaba uniéndose a Los Zetas”, asegura el guatemalteco. El negocio va viento en popa, no es raro que se necesite a nuevos agentes. 

 

Una de las noches que estuvieron secuestrados, los delincuentes volvieron sangrando. “¡Eran como 100 migrantes con piedras, machetes, y palos, y nos dieron una madriza!”, escucharon los muchachos el relato de sus victimarios. “Pero esto no nos volverá a pasar –rabiaban– ya, ya nos va a llegar el cargamento de armas de allá arriba, y entonces sí les vamos a partir su madre.”

 

Los amenazaban con sacarles más dinero, pero Gustavo rogó: “Ya pagamos, déjennos ir, les prometemos que no volveremos a pasar por aquí, nos vamos a regresar”. No se molestaron en sacarlos de noche. Ni en carro. Los llevaron caminando a punta de pistola, a las cuatro de la tarde, hasta la estación del ferrocarril. Gustavo y Arturo recuerdan que mientras pasaban, las ventanas y puertas de las casas se iban cerrando.