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Apenas nos acercamos, lo sniño shuyen despavoridos. Más tarde comprenderemos que su actitud responde a una secuela sicológica, abierta como una herida profunda. También a nuestras enormes cámaras y lentes, que a ellos –indígenas machiguengas– les recuerda la imagen de la muerte, a los militares y policías con sus fusiles y bazucas. Hace más de un año, ellos invadieron sus casas, violentaron sus puertas, los interrogaron a la fuerza, y después los obligaron a huir. A refugiarse de las balas, las minas y el bombardeo de helicópteros que, durante un mes, sobrevolaron la zona en busca de terroristas. Desde entonces, el zumbido de un helicóptero o la presencia de extraños los alerta sobremanera. Los pone en guardia.

Porque este lugar, perdido en la espesa selva cusqueña –como muchos otros, que permanecen escondidos– se hizo visible por la desgracia: el secuestro de 36 trabajadores de Camisea, el proyecto gasífero más grande de Perú, a manos de terroristas de Sendero Luminoso. Antes de eso, los nativos de Incaree vivían tranquilos, a sus anchas, en una selva caliente e intrincada. Su existencia no estaba marcada en las guías de turismo ni en los libros de Geografía. Y a ellos eso no les importaba. Habían estado solos mucho tiempo, desde que sus ancestros se asentaron allí y fundaron el pueblo (aunque nadie recuerda cuándo fue).

Se trata de un pueblo al que se accede, después de superar un viaje de doce horas en camioneta, desde Cusco, a través de una carretera polvorienta y angosta. Un pueblo donde antes todo era diáfano y solitario. Incaree –que en machiguenga significa laguna– era una comunidad de setenta casas desperdigadas entre las montañas. En el día, los indígenas labraban la tierra y pescaban en el río; y por la noche, se reunían a la luz de una fogata, a conversar en su dialecto.

Pero esa calma llegó a su fin el jueves doce de abril del 2012. Y, la primera señal de que algo andaba mal fue ver helicópteros en el cielo, con artilleros observando hacia las montañas. Después, los indígenas escucharon disparos, de metralleta, de fusil, bombas, y más disparos desde el aire. Freddy Díaz Martínez, el jefe de la comunidad, se refugió debajo de su cama, junto a su esposa y sus tres hijos. Allí permanecieron largas horas. Oyendo las ráfagas y explosiones, cada vez más cerca. Hasta el sábado, cuando decidieron cobijarse en la casa de un familiar, cerca de la escuela, a media hora a pie. Esa noche no pegaron el ojo. Tampoco lo harían las próximas noches.

Al día siguiente, en la madrugada, despertaron sobresaltados por las hélices de un helicóptero, que aterrizó cerca de la escuela. Los militares se desperdigaron entre las viviendas. A todos les apuntaron por las rendijitas de las paredes de madera –recuerda el director de la escuela de Incaree, Iván Barrientos–. Al papá de Freddy, el viejo Roberto, que tenía la rodilla hinchada, lo jalonaron como a un muñeco. A sus hijos también. A todos les apuntaron con armas. Un policía de Kiteni pidió que los soltaran, porque sabía que eran nativos. Si no fuera por ese policía, los mataban a todos creyendo que eran terroristas –prosigue Barrientos–, siempre en voz bajita porque tiene miedo. Miedo de morir por hablar, miedo de morir por callar, también.

De ese día, sin embargo, no quiere acordarse Roberto, que esta tarde acaba de volver del campo, con sus botas de hule, su polo mugriento y su caña de pescar. Hace un rato se ocultó el sol en Incaree, y los niños han retornado a sus chozas, con sus madres. Las casas están desparramadas entre montañas verdes, casi camufladas. Solo Adán, el hijo de Freddy, permanece en la cancha de fútbol, donde su tía Lisbeth está de pie, con la mirada petrificada. La mujer viste un polo rojo y varios collares con llaves y figuras de animales salvajes. Los usa como protección contra los malos espíritus. Contra fuerzas malignas, como esos soldados que aquel funesto domingo se llevaron su radio, sin dar explicaciones.

—Con esa radio nos comunicábamos con otras comunidades, cuando alguien se enfermaba. O cuando necesitábamos ayuda. Ahora estamos aislados. ¿Sabes por qué lo hicieron?

El silencio, a veces, no es la mejor respuesta a las inquietudes profundas. En la mirada de Lisbeth hay una furia contenida, como si de pronto un animal indomable fuera a salirse de su cuerpo para atacar. Una manada de patos y gallinas desfila por el campo deportivo. Adan juega con la cámara de Álvaro, el fotógrafo. Don Roberto se lava las manos, agachado, con el agua que brota de una manguera. La luna ilumina esta selva enmarañada. La noche aquí no solo amenaza con su oscuridad, sino también con sonidos extraños, figuras raras en los caminos, o voces cerca de la carretera. Pero no siempre fue así.

Lisbeth recuerda que, antes de abril del año pasado, ninguna de las setenta familias de su comunidad se preocupaba por los terroristas de Sendero Luminoso. Los veían como algo lejano. Algo que atacaba a cachacos y policías en el Vraem, ese pedazo de territorio peruano que agrupa parte de las regiones de Apurímac, Cusco, Junín, Huancavelica y Ayacucho. Para ellos, Sendero era un funesto recuerdo de los años ochenta, cuando Abimael Guzmán –fundador del grupo terrorista– asesinó a miles de inocentes. Ignoraban, sin embargo, que desde 1999, cuando fue capturado el terrorista Feliciano, la familia Quispe Palomino –los hermanos ‘José’, ‘Jorge’ y ‘Gabriel’– habían tomado el mando en el Vraem, y andaban a la conquista de nuevos territorios. Nuevas zonas por donde sacar la droga del Vraem.

Lisbeth, que ahora está sentada sobre un tronco de madera, me dice que si hablara su dialecto machiguenga podría confesarme algunos de sus secretos. Don Roberto, que cocina yucas en una canasta, se ríe como si hubiera contando un chiste.

—Quiero aprender –le digo–. Enséñame.

Ella suelta una risa, me mira con sus ojos furiosos y me dice:

—Está bien. Primero debes aprender a presentarte –agrega esta vez con la voz relajada–. Nopaita, Ralph. Así se dice yo me llamo Ralph.

—Y cómo se dice ¿cómo te llamas tú?

—¿Tiarapipaita?

—Y ¿dónde vives?

—¿Tiarapitini?

—Y ¿cómo estás?

—¿Uga añobi?

—¿Y hormiga?

—Katitori

La clase se torna amena y divertida. Así avanza la noche, hasta que llega Freddy. Lo saludo y dice que no se acuerda de mí. Lo conocí en Kiteni, el 16 de abril. Habían llegado desplazados por la violencia terrorista, en busca de protección. Él me cuenta que regresa del centro de salud, adonde fue para curarse una torcedura en su tobillo. Con suerte halló un carro que lo trajo hasta la escuela. Desde allí ha caminado una hora hasta aquí, su casa.

—¿Qué es de tu hijo, Gabriel?– le pregunto.

—¿Gabriel?, ¿Qué Gabriel?, ¿El Camarada ‘Gabriel’?– me responde asombrado.

—Tu hijo –le digo con seguridad– el que se escapó durante el enfrentamiento. Al que hallaron con su abuelita, en Shimaa.

—Ah, el que se escapaba. Allí está, estudiando –admite sorprendido.

—Yo pensaba que me hablabas del camarada ‘Gabriel’–añade con una risa tímida–. No me hagas asustar, pues, porque mis hijos lloran, se esconden.

El terrorista ‘Gabriel’, que en el transcurso de mi viaje fue muerto a tiros en Ayacucho por un grupo especial de la Policía, era el hermano menor de los sanguinarios jefes del Vraem. Responsable de muchas emboscadas a soldados y policías, se hizo conocido el año pasado por secuestrar en Kepashiato [un centro poblado ubicado a cuatro horas de Incaree] a treinta y seis trabajadores del proyecto Camisea, el más grande y millonario de Perú. Ubicado en el distrito de Echarate, en la provincia cusqueña de La Convención, Camisea alberga las mayores reservas de gas, que son explotadas, desde el 2004, por Pluspetrol, y transportadas a Lima por TGP. Unos buenos millones de esas ganancias económicas son enviadas a la región Cusco, que a su vez las redistribuye entres sus 13 provincias.

El intento de liberación de los treinta y seis rehenes de Camisea costó la vida de cinco militares y tres policías. Ellos se sumaron a los 220 militares, 56 policías, y un número indeterminado de civiles asesinados, desde 1999, en el Vraem, por los despiadados Quispe Palomino. En medio de ese incidente brutal –el secuestro de Kepashiato– por fin, Lisbeth y el resto de machiguengas despertaron a la realidad: los terroristas siempre estuvieron cerca, acechándolos. Inteligencia de la Policía sabía que los subversivos cruzaban de noche las montañas de Incaree, atravesaban sus ríos, y descansaban en campamentos improvisados. Pero los machiguengas lo desconocían.

Hasta el jueves doce de abril, cuando tuvieron que refugiarse en Kiteni. Allí los conocí. A Freddy y al resto de indígenas. Habían sido desplazados, a la fuerza, por los militares. Llegaron a Kiteni, ubicado a tres horas de Incaree, sin nada, más que su ropa puesta. Clamando ayuda, un techo y comida. Estaban extraviados en la ciudad. Permanecieron en el local municipal, durmiendo en colchones prestados, cocinando en ollas comunes. Añorando su chacra, sus cultivos. Esos cultivos que nunca recuperaron –precisa Lisbeth.

—Ni el café, ni el achiote, ni el maíz. Nada. Todo se perdió. Ahora los comerciantes traen muy cara las cosas, y no tenemos plata para comprar –añade–. Más adelante me pedirá que, por favor, comunique sus necesidades y haga escuchar su voz.

Porque además de luchar contra su pobreza, deben hacerlo también contra sus fantasmas. Como Freddy que nunca olvidará aquel abril. Tampoco lo hará su cuñado, Cirilo Pascual. Ambos fueron forzados a recoger los cadáveres de tres soldados fallecidos en combate. “Cargamos tres cuerpos, ensangrentados, pesados –relata, mientras se abriga con una media su tobillo fracturado–. Nos amenazaron diciendo que si no lo hacíamos éramos terroristas”. Así estaban: en medio de dos fuegos, entre terroristas que se desplazaban por su selva, y soldados que los trataban como a subversivos. ¿Habrase visto tremendo insulto? ¿Qué elección tenían, si ningún bando les aseguraba la vida?

Otros nativos, como Elber Huamán Korinti, fungieron de guías de soldados y policías. Obligados con un fusil en la cabeza. Sin elección. En una selva que te devora. Con él me reuní en agosto de este año, en Cusco. Me contó que las fuerzas del orden le exigieron conducirlas hasta donde los terroristas, a su escondite. Lo obligaron a firmar su propia sentencia de muerte. Al llegar a la supuesta guarida, se desató una lluvia de balas. Una de estas, lo lisió para siempre. Ahora advierte que no descansará hasta que el Estado le pague una indemnización. No solo por su salud (porque nunca volverá a caminar bien), sino también porque lo destinaron a vagar por el mundo, sin poder regresar a su comunidad. Nunca más.

Los desplazados, los miserables

Valeriana Huamán Korinti cree que si no hubiera sido expulsada de Incaree como un animal por los soldados, estaría tranquila en su chacra. Su mayor desgracia fue vivir en una zona que se convirtió –de la noche a la mañana– en un campo de batalla entre soldados y terroristas. Por eso, a punta de plomo, tuvo que abandonar sus dos hectáreas de café, achiote y maíz, sus animales, su vida entera. Fuimos arreados como animalitos –relata dentro de su casa de triplay, en Kiteni–. El que se quedaba, decían los militares, era terrorista. Así nos juzgaban. Sin conocernos. Y siguen haciéndolo: por ejemplo, dicen, que quienes han vuelto son narcos.

La casa de Valeriana es un recinto miserable, donde hay una cama para ella, su esposo Ángel Quispe, y sus cinco hijos. Botellas vacías, un televisor viejo, un plástico negro que funge de piso, ropa desparramada en el suelo, y un olor fétido. Las paredes son de triplay, un material que un fuerte viento podría quebrar con facilidad; y su puerta, una cortina roja. El baño es un cuarto más reducido, y se ubica detrás de su casa alquilada, en el barrio San Martín de Kiteni.

Por más de un año, ella y su familia han deambulado de un lado a otro: locales estatales en Kiteni, instituciones benéficas en Quillabamba (una ciudad localizada a cinco horas de Cusco), casas alquiladas. Al inicio estaban acompañados de otros machiguengas de Incaree y colonos de Alto Lagunas, también desplazados. Eran días tensos, de persecuciones y batallas en la selva. Las autoridades aprovechaban la situación para salir en la foto, entregándoles alimentos, colchones y medicinas. Después, como siempre que se acaba el romance y fallece la noticia, se quedaron solos, como cuando habían llegado. Solos, en una ciudad desconocida, sin saber qué hacer. O Volver y exponerse a la muerte; o resistir penurias y vivir. Ellos escogieron lo segundo, al igual que otros nativos que se marcharon a Yuveni, Quillabamba y Cusco. A volver a empezar. El resto retornó a Incaree, después de cuatro insoportables meses en la ciudad. A jugárselas.

Ahora sabemos que fueron 150 los desplazados, entre machiguengas de Incaree y colonos de Alto Lagunas, según el registro del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Valeriana, con su certificado en la mano, me confirma que es una de ellas. ¿Sirve para algo, esto? –me pregunta ansiosa–. Le digo que averiguaré. Ella agacha la cabeza y continúa amamantando a su hijo de seis meses. Afuera, la noche se desliza. El resto de sus niños pelean por una gaseosa. Lidia, de 11 años, reposa en la cama destartalada, mirando el techo de zinc de su casa.

Esa casa que no es suya. Una casa alquilada, prestada, como las otras que han habitado por más de un año, desde que salieron de Incaree. Porque ellos han sobrevivido a la tragedia, intentando engañarla, buscando disfrazarla. Malditas cosas que han pasado en Incaree para yo estar aquí –cuenta Valeriana con los ojos llorosos–. Hace mucho calor, y no me acostumbro. Mis hijos sufren. Ya le he dicho a mi marido que él cuidará de ellos porque yo no estoy bien –añade con la voz quebrada–. Para verme estoy bien, pero en lo más profundo, por dentro, estoy como un fierro oxidado. Valeriana padece de colesterol alto, un mal que podría afectarle el corazón, según le ha advertido el médico. Por eso, casi todos los días, siente que su cabeza le da vueltas como a una gallina. El dolor la tumba en la cama, y se agudiza cuando piensa en su situación.

—Tan mal estamos aquí, como verá señor periodista, que a veces pasamos el día tomando agua con sal –recuerda con nostalgia–. Porque no hay plata para comprar víveres. En mi chacra, en cambio, teníamos plátano, maíz, frutas.

—¿Por qué no regresan?– le pregunto.

—Porque estamos sentenciados a muerte –responde sin titubear, y suelta el llanto–. Fíjese usted, hartos de esta situación, conversé con un colono de Alto Lagunas y le dije que quería volver, al igual que ellos. Me dijo que no. Que dos familias estaban marcadas por los ‘cumpas’ (terroristas), y que iban a morir. Hace poco mi esposo fue a nuestra casa, allá arriba, y encontró un cartel donde habían escrito, con letras negras: “Estás marcado por los compañeros (terroristas)”. Así, ¿cómo vamos a volver?

Su madre, María Ismael Korinti, fue más valiente y retornó a Incaree, pero ahora se arrepiente. Todas las noches, desde que volvió, golpean su casa, sus paredes, sus puertas. Ella, para no ser descubierta, permanece calladita, sin moverse. No duerme, hasta que amanece y las sombras se marchan. Ignora, con certeza, quiénes son sus perseguidores. Sospecha, sin embargo, que la hostigan por ser madre de Elber Korinti. Eso lo confirma Valeriana, que esta mañana está recostada sobre un tronco de madera, fuera de su casa. Su hijo Josué, de 4 años, duerme a pierna suelta dentro de una carretilla oxidada. Un helicóptero surca el cielo.

—Los terroristas creen que Elber está con la Policía, trabajando con ellos –explica Valeriana, que carga en brazos a su bebé–. Por eso no podemos regresar. Por eso seguimos penando aquí. Ya vamos a cumplir dos años en Kiteni. Si no hubiera ocurrido eso, tranquilos estuviéramos en mi chacra.

Los valientes que volvieron

Mi guía en este viaje es un colono de Alto Lagunas, cuyo nombre se mantiene en reserva por seguridad. Dice que la Policía los considera terroristas. “Pero mira, ¿acaso ves ‘cumpas’ (guerrilleros) por alguna parte?”, me pregunta, cuando llegamos al campamento donde cuatro hombres más descansan, luego de la jornada laboral. Hay temor en sus miradas, pero también ironía en sus palabras. “Los tíos ya no están acá, ya los hemos corrido”, agrega uno de ellos. El año pasado iniciaron la construcción de una carretera de seis kilómetros, que unirá Incaree y Alto Lagunas. Ya solo les falta trescientos metros para concluirla. La vía terminará justo enfrente del cerro donde aún yace el helicóptero derribado de la capitán Nancy Flores Paúcar, asesinada por terroristas en abril del 2012, cuando intentaba liberar a los rehenes de Camisea.

Alto Lagunas es la continuación de la selva de Incaree. Una región colonizada hace treinta años por pobladores foráneos, de otras parte del Perú. Llegaron allí con la intención de sembrar extensos terrenos de cacao, café y cítricos, y cortar madera para luego venderla en Cusco. Al inicio tuvieron problemas con los machiguengas, pues estos últimos defendían los recursos de la naturaleza, y se oponían a la tala de árboles. Poco a poco, no obstante, las relaciones mejoraron. Mi guía –que ahora corta la maleza para ensanchar la carretera que vienen construyendo– asegura que antes de abril nunca habían visto a guerrilleros de Sendero Luminoso. Esos sujetos que en abril los obligaron a marcharse.

Pero cuatro meses después, ya con las aguas quietas, ellos –los colonos de Alto Lagunas– retornaron. Y, aunque todos insisten en que no es zona de terroristas, la Policía la ha identificado como tal, según reportes de Inteligencia. Los caminos de este valle unen Alto Lagunas con pequeños pueblos, como Yuveni, Chuanquiri, Chontabamba, Espiritupampa, y Vilcabamba, por donde transitan los subversivos de Sendero Luminoso. Pero mi guía dice que eso no es verdad. Se lo dijo también a la Policía, que lo interrogó en varias oportunidades por supuestos nexos con los subversivos.

—¿Has visto algo malo? –me pregunta.

—Silencio (10 segundos)

—Lo único malo es que seguimos abandonados. En los veinticinco años que vivo acá es la primera vez que siento al Estado presente, y gracias a esta carretera que estamos construyendo –agrega con la mirada perdida en las montañas–. De alguna forma, eso que ha pasado acá, eso de los terroristas, nos ha ayudado.

Eso mismo opina su hermano, que vive en Alto Lagunas. Él camina todos los días, por un valle enmarañado, hasta llegar a su casa. El camino es irregular, bordea un cerro, y si no sabes pisar podrías enredarte con algunas ramas y caer. Y morir. Su casa es de madera, y tiene unos colchones viejos en su cama. Desde allí, arriba, se divisa el valle de San Fernando y otras colinas verdes. “Cuando volvimos hallamos todo abandonado –cuenta mientras avanzamos hacia su chacra–. El café se había perdido, también el achiote y el maíz. Hemos tenido que empezar de nuevo”.

Comenzar de cero. Reiniciar. Dentro de su casa, su pequeña hija estudia, mientras él, con la mirada nostálgica, admite que el terrorista ‘Gabriel’ llegaba, a veces, por esta zona. Lo hacía por la carretera Kimbiri-Pichari. Entraba por Ayacucho, llegaba a este lado, y a nosotros nos perjudicaba –agrega un poco más suelto–. Porque la Policía cree que todos somos terroristas, narcotraficantes, cumpas. Ah, vives en Alto lagunas. Ah, eres terrorista, así nos tratan. No saben que acá, arriba, hay pongos, quebradas, una zona turística no explotada–continúa su relato– intentando, tal vez, borrar esa imagen de la violencia que los persigue. Esa imagen que los condena al olvido, también.

Mi guía dice que en Alto Lagunas viven 25 familias colonas. Todas se dedican a agricultura, una actividad promocionada por el Estado, pero no efectiva. Porque a ellos, el conflicto del año pasado, los dejó en la miseria, más jodidos de lo que ya estaban. Ahora el precio del café ha bajado, y ya no es rentable. Trabajan todo el año y obtienen 10 quintales de café, que venden a 200 soles el quintal (unos 57 euros). Obtienen dos mil soles (571 euros) que deben estirar durante doce meses. A eso habría que restarle el flete por sacar el producto a la ciudad, los gastos de producción. Las pérdidas son superiores.

La de ellos es una lucha diaria, por la supervivencia. Lisbeth, la machiguenga, confiesa que ahora viven tranquilos. No felices, pero sí más relajados. A menos que, y eso lo recalca, escuchen un helicóptero. “Allí sí nos da miedo, todos nos escondemos –dice–. Voy a ser sincera: nunca hemos visto terroristas, ¿cómo son?, como los militares, ¿cómo andan vestidos, sabes?” Entiendo, entonces, que ellos –todas las setenta familias machiguengas de Incaree– le temen más a los policías y soldados, con sus armas y sus helicópteros. Porque los han padecido. Porque les han dejado un tajo imborrable en el alma. Una marca difícil de arrancar, difícil de olvidar.

Que el Perú avance, de verdad

En Incaree amanece muy temprano. A las cinco de la mañana los nativos encienden sus linternas, las muchachas preparan el desayuno. Roberto cocina yucas en el fogón. El resto se alista para ir a la escuela, a la chacra, o a pescar. Freddy irá hoy a casa de un vecino, al frente cruzando el río, a hacer ayni y devolverle la ayuda que antes recibió. Freddy avanza raudo, como si alguien lo persiguiera, por un desfiladero estrecho. Así caminamos nosotros –me cuenta, viendo nuestra lentitud con los pies–. Acá debes aprender a caminar rápido, sino corres riesgo. De perderte, de que te pique un marianito (culebra muy venenosa), te ahogues en el río, o te encuentres con gente desconocida y peligrosa. Dice eso y suelta una risa larga.

Mientras nosotros cruzamos el río, intentando no resbalar por esos troncos de madera, Freddy salta como una rana, y atraviesa obstáculos como si estos fueran invisibles. En esas circunstancias lo perdemos, pese a nuestros gritos, que hacen eco en el bosque. Entiendo, entonces, que han adaptado su cuerpo a sus necesidades. Porque no es lo mismo subirse a un carro para llegar a la escuela, en la ciudad, que caminar –como lo hace Adan y sus hermanos– durante una hora, con el riesgo de ser asaltado por una víbora, o caer en el abismo, para llegar al mismo destino.

Porque en otros lugares, los niños tendrán bicicletas, pero acá los caminos, cimbreantes, engañosos, espesos, no lo permiten. Solo queda caminar para intentar vivir, como lo hizo hace unos años Valeriana, con su primer hijo en brazos. Salió a las cinco de la mañana, de su casa en Incaree, y caminó seis largas horas, atravesó varios cerros, y llegó a la posta de Yuveni. Pero allí, de nada valió su travesía: su hijo murió por una infección generalizada. Ella aún vive con ese peso.

Un centro de salud, urgente. Eso es lo que necesitan las familias de Incaree y Alto Algunas. Mi guía relata que antes, cuando no había carretera, llevaban a sus enfermos en burros o mulas, hasta Yuveni. Ahora las cosas han mejorado, en algo. Pero siempre ruegan a Dios que sus hijos no se enfermen de lunes a viernes, porque es difícil conseguir un vehículo. En cambio, añade, los sábados y domingos hay feria en el pueblo y llegan muchos carros. Pienso, entonces, que en estos pueblos la vida es como una ruleta rusa: todo se echa a la suerte.

Las escuelas son otro cantar. Los hijos de Freddy no han venido a estudiar hoy, martes, porque deben trabajar en la chacra, sembrando maíz. Los niveles de deserción escolar en este lugar son altos, advierte el director de la Ugel de La Convención, Agustín Aquino. Y de la secundaria ni hablar –agrega apresurado–. Solo la mitad de todos los nativos de Incaree y Alto Lagunas continúan la secundaria, en Kiteni, Coribeni, u otros lugares. El resto se queda en la chacra o busca trabajo, en lo que sea. Cuando finaliza pienso en Adan y sus hermanitos, que podrían ser –quién sabe– grandes ingenieros o arquitectos, quizá profesores bilingües.

—Porque hay chicos con muchas habilidades: pintan, diseñan, crean, pero no tienen oportunidades– explica el profesor Félix Cuba, de la escuela de Incaree–. Lamentablemente, la secundaria cuesta. Acá no hay. Tienen que ir a Yuveni, Coribeni, y pagar un internado, comida, pasajes.

Él, como el director de la escuela, es un héroe. Héroe porque gana 1.200 soles mensuales (343 euros) y no desiste. Porque no recibe ningún bono especial, por estar en una zona de emergencia, vecina del Vraem. Héroe porque vive en la misma escuela, en un cuartucho reducido, y come todos los días lo mismo: atún con arroz. Porque no ve a su familia, sino una vez al mes. Porque –pese a todo eso junto– aún tiene ganas de enseñar, de reclamar que –por Dios– alguien se acuerde de ellos. De ellos, que también son peruanos, como sus alumnos.

Peruanos de un pedacito de nuestro país que descubrimos –todos, y me incluyo – el año pasado, en medio de balas y terror. Un rincón que pertenece al lugar más rico del Perú: por el gas de Camisea el distrito de Echarate recibe más de S/. 350 millones anuales (100 millones de euros). Es cierto, y lo comprobé en este viaje: se ha construido una carretera, la luz pronto llegará, así como los baños decentes, pero –como me dice Freddy, antes de que me vaya– que no sea la respuesta a una noticia. Que sea un abrazo sincero, un gesto honesto hacia nuestra gente, hacia nuestros hermanos.

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La cárcel que encierra a Abimael Guzmán, fundador de la sanguinaria guerrilla maoísta Sendero Luminoso, cuyo juicio comenzó hace 15 días en Perú, fue construida especialmente para él, y es la más segura de América Latina. O al menos, la única que tiene más guardias que internos.

Para escapar, Guzmán, de 71 años, tendría que atravesar paredes de 40 centímetros de espesor hechas de hormigón armado resistente a explosivos. Después, necesitaría trepar un muro de ocho metros rematado por alambres de púas sin ser visto desde las torres de vigilancia, y atravesar un campo minado y una zona de pantanos y totorales a 200 metros del mar. Si decidiese huir hacia tierra firme, se encontraría en plena Base Naval del Callao. Tampoco es fácil recorrer el camino inverso. Guzmán no puede recibir visitas.

Antes, Guzmán tenía una novia: Elena Iparraguirre, la camarada Miriam, número 2 de Sendero Luminoso, presa en la misma cárcel. Se les permitía verse y dormir juntos. A veces podían festejar sus cumpleaños. Pero en noviembre de 2004, también la perdió a ella.

Ocurrió durante el proceso de ese año, que debió anularse porque los acusados carecieron de las garantías mínimas. El otrora llamado Presidente Gonzalo, cuya revolución puso contra la cuerdas al Estado peruano, compartió banquillo con otros 17 senderistas. La prensa asistió entonces a la audiencia detrás de un cristal antibalas. Así que Guzmán, además de encontrarse con viejos amigos que no había visto en 12 años de encierro, tuvo la oportunidad de hacerlo en público.

¡Vivan los héroes del pueblo!

Desde el inicio, los fotógrafos se apiñaban contra el cristal pidiendo al reo principal una mirada, un saludo, una sonrisa. En un momento, Elena Iparraguirre le hizo notar que la prensa esperaba un gesto. En respuesta, Guzmán se puso de pie y levantó el puño derecho. Inmediatamente, se le sumaron sus compañeros con gritos de “Viva el Partido Comunista del Perú”, “Gloria al marxismo, leninismo, maoísmo”, “Vivan los héroes del pueblo” y “Gloria al pueblo peruano”. Saltaron ráfagas de flashes.

La sesión, fuera de control de los magistrados, tuvo que suspenderse. Al día siguiente, la cúpula de Sendero Luminoso, con el puño en alto y las sonrisas de su número uno, acapararon las primeras páginas de los periódicos, despertando a los fantasmas de los 69.280 cadáveres dejados por la guerra interna.

Según el periodista Raúl González, especialista en el tema, eso fue un grave error del propio Guzmán, que perdió la oportunidad de mostrar al mundo un rostro amable: “La opinión pública sintió que el Gobierno no era capaz de controlar a los senderistas ni siquiera presos, que los senderistas no habían cambiado a pesar de los años de encierro y, lo peor de todo, que los nuevos juicios podrían conducir a su liberación. Eso creó pánico, lógicamente”.

El impacto político de esas imágenes fue tan duro que obligó a cambiar al procurador del Estado para casos de terrorismo y al tribunal en pleno. Además, el Gobierno castigó a Guzmán con el traslado de Elena Iparraguirre a otra prisión. En la práctica, ambos quedaron completamente aislados.

Meses después, el 8 de marzo de 2005, los medios difundieron el rumor de que Abimael tenía problemas de salud y su vida probablemente corría peligro. Un coronel de la policía declaró que era un caso de melancolía: Guzmán no podía vivir sin Iparraguirre, que era su único sustento moral y afectivo.

Mientras tanto, en las calles de Lima, nadie parecía demasiado apenado por la supuesta enfermedad del Presidente Gonzalo. El odio en su contra es tan visceral que a muchos no les importaría que las autoridades lo asesinaran y fingieran un accidente o un suicidio. El pasado día 27 de septiembre comenzó el nuevo juicio, en la base del Callao.

Es poco lo que se sabe del reo y conseguir una entrevista con él es prácticamente imposible. El funcionario al que se lo solicitamos, afirmó off the record que “diga lo que diga Guzmán, la prensa de oposición lo usará contra el Gobierno para decir que le damos tribuna al mayor asesino de nuestra historia”. Formalmente, el Estado no respondió a la solicitud.

Tampoco son muy accesibles las fuentes indirectas. Los senderistas que le conocieron de cerca se niegan a hablar con la prensa. Por seguridad, muchos policías y militares que lo han acompañado durante la última década evitan la publicidad. Incluso los viejos amigos de su etapa como profesor prefieren permanecer en la sombra. En el silencio, la pregunta más simple parece la más difícil de responder: ¿Quién es este hombre?

El pequeño comunista

Abimael Guzmán Reinoso nació el 3 de diciembre de 1934 en Mollendo, Arequipa, “hijo natural” de Abimael y Berenice.

Papá Guzmán era un adinerado administrador de hacienda con un solo vicio: las mujeres. Según un hermanastro de Abimael, “conmigo éramos 10 hermanos de distintas madres, hasta donde yo llegué a contar. Pero la esposa legítima de papá, Laura Jorquera, era una mujer muy generosa y noble. Estaba dispuesta a acoger en su hogar a todos los hijos de él con otras mujeres. Si nuestras madres lo permitían, nos quedábamos a vivir con papá y la señora Laura”.

Eso hizo Abimael tras la muerte de su madre, cuando se mudó a la hermosa casona colonial de la familia y su padre lo matriculó en el colegio La Salle. Guzmán asistía a misa los domingos en traje y corbata, y tenía la obligación de comulgar y confesarse una vez al mes.

El apacible Abimael solía estar siempre en los primeros puestos del cuadro de honor, y sacaba las mejores calificaciones en conducta e higiene. Destacaba en lenguaje, historia de Perú, lógica y ética. Era introvertido y retraído, aunque mostró talento como organizador de un grupo de estudios en 1952. En suma, como dice un viejo compañero de estudios, “era incapaz de una travesura, era el sueño de un cura o una madre”.

Guzmán estudió en la Universidad San Agustín, donde la izquierda había sido proscrita por la dictadura del general Odría. De hecho, nadie recuerda a Guzmán metido en política en esos años. A su maestro Miguel Ángel Rodríguez Rivas se le hace difícil pensar en él como un líder. Según una entrevista que concedió a la revista Caretas en 1982, Abimael “no era un organizador y menos un agitador. Sólo un teórico del más alto nivel”.

Guzmán se graduó en las dos carreras de Marx: derecho y filosofía. Y en 1962, consiguió un puesto docente en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, en Ayacucho.

Ayacucho era muy distinto que su Arequipa natal. Arequipa es la segunda ciudad de Perú en importancia. Ayacucho es la tercera en pobreza. Arequipa tuvo desde los años treinta industria de lana y conexión con un puerto. Ayacucho vivió hasta los años sesenta prácticamente bajo un sistema agrícola feudal en una tierra estéril.

Ya durante el Virreinato, la resistencia más combativa surgió ahí, en la denominada “Mancha India” de la Sierra Sur: la revuelta de Tupac Amaru I en 1580 y la de Tupac Amaru II, 200 años después. La independencia de España no detuvo los enfrentamientos. Como explica el sociólogo Carlos Iván Degregori, en el XIX, los iquichanos de Huanta se levantaron precisamente contra la independencia y, a fines de siglo, contra los impuestos. El movimiento campesino más importante de la primera mitad del XX también surgió ahí, en 1923.

Ese constante polvorín se convirtió en el hogar del joven profesor Guzmán, y quienes lo conocieron en la ciudad de Huamanga lo recuerdan inmerso en el aparato del Partido Comunista.

En esos años, Jrushov denunciaba las atrocidades de su antecesor Stalin y reducía la represión soviética. En consecuencia, los partidos comunistas del mundo empezaron a defender la toma del poder por vía pacífica, no armada. Guzmán consideraba que eso era venderse. Según una entrevista de 1988, la única que Guzmán ha dado, “quitarnos al camarada Stalin era como quitarnos el alma”.

En un documento de Sendero Luminoso, Guzmán explica el viraje soviético así: “El payaso de Jrushov… vomitó todo su veneno revisionista contra el camarada Stalin llamándolo ‘asesino’, ‘Yván el terrible’… Jrushov, que en los años treinta decía: ‘Ay de quien levante una mano contra el padrecito Stalin, se la cortaremos”. En otros textos, Abimael Guzmán califica a Jrushov de puerco ignorante de bravatas, prepotente, miserable, inconsecuente, chancho de porquerizo rosado y, el peor insulto de todos, revisionista.

Más acorde con las ideas de Guzmán era la línea comunista de otro profesor rural como él llamado Mao Tse Tung.

En 1949, Mao había proclamado la República Popular China tras 25 años de guerra. En 1948, con la misma estrategia militar de guerrillas, Kim Il Sung fundó Corea del Norte. En 1954, Ho Chi Minh liberó de Francia a Viet Nam, donde después derrotaría a EE UU. En 1975, Pol Pot tomó el poder en Camboya. Todos eran países eminentemente campesinos, como la Sierra Sur de Perú.

A mediados de los años sesenta, Mao trataba de extender su proyecto revolucionario: financiaba a los partidos comunistas del mundo a través de sus embajadas e invitaba a sus mejores dirigentes a conocer personalmente la revolución cultural en la escuela de Nan Kin, a donde Guzmán viajó para seguir cursos de “guerra popular”. Él mismo lo cuenta:

“Nos enseñaban cuestiones militares, pero también se comenzaba por política, la guerra popular, luego, construcción de las fuerzas armadas y estrategia y táctica; y la parte práctica correspondiente: emboscadas, asaltos, desplazamientos, así como preparar artefactos de demolición”.

Se calcula que medio millón de personas fueron asesinadas durante la revolución cultural china, y otros tres millones, violentamente reeducadas. Pero Guzmán no tenía noticias de eso. Los cambios que notó en la escuela desde su primera vista eran más bien estéticos: “Los desfiles, las marchas… antes era un centro con protección militar, conventual, silencioso”.

Guzmán rememora otra anécdota: “Cuando terminábamos el curso de explosivos, nos dijeron que todo se podía explosionar; entonces, en la parte final, cogíamos el lapicero y reventaba, nos sentábamos y también reventaba, era una especie de cohetería general, eran cosas perfectamente medidas para hacernos ver que todo podía ser volado si uno se las ingeniaba para hacerlo”. Años después, ya como líder de Sendero, Guzmán reivindicaría a la “humilde dinamita” como “arma del Pueblo, de la clase”. No obstante, las armas no eran lo fundamental en los cursos. En realidad, toda la preparación militar estaba subordinada a la política: “Cuando manejábamos elementos químicos muy delicados, nos recomendaban tener la ideología presente siempre y decían que ésta nos haría capaces de hacer todo y hacerlo bien; y aprendimos a hacer nuestras primeras cargas para demoler”.

Tras su regreso de China, Guzmán rompió la facción maoísta PCP Bandera Roja. El nuevo grupo estaba liderado por él y formado por 12 personas. Tomaron el nombre de Partido Comunista de Perú, sin más, porque se consideraban los únicos verdaderos seguidores de José Carlos Mariátegui, que había fundado el partido a fines de los años veinte. De hecho, todos sus documentos llevaban impreso siempre el mismo lema: “Por el Luminoso Sendero de Mariátegui”. Con los años, ese lema se convertiría en su nombre para la prensa y los políticos. Pero ellos nunca firmaron así. PCP. Sólo firmaban PCP.

El luminoso sendero

El primer problema que se debía resolver era la falta de armamento. Guzmán reemplazó esa carencia con un adoctrinamiento político a prueba de balas. Su propio jefe militar en Ayacucho, el Camarada Feliciano, dijo a la Comisión de la Verdad que Guzmán se negaba a comprar armas: “Se lo he dicho varias veces pero Gonzalo me sacaba una cita de Mao… según él, querer disponer de las armas más modernas es desarmarse a sí mismo… Decía que pensar en eso es teoría militar burguesa, línea militar burguesa”.

Prescindir del armamento volvió a Sendero Luminoso independiente de todo apoyo internacional, autosuficiente, flexible y barato. Pero el historiador Iván Hinojosa señala el coste psicológico de esa táctica: “Cuando un francotirador dispara, está lejos de su víctima, puede incluso no verla morir. Pero cuando un asesino mata cuerpo a cuerpo, cruza el umbral de la resistencia psicológica al salvajismo. Después de eso, está dispuesto a cualquier cosa”.

Sin embargo, la imagen de Sendero Luminoso hasta 1982 estaba muy lejos de un grupo sanguinario y polpotiano. Tras diez años de trabajo político silencioso en la Sierra Sur, tenían un creciente apoyo, que Guzmán capitalizó con habilidad en dos espectaculares golpes de imagen.

El primero fue el asalto a la cárcel de Huamanga, que Guzmán planeó personalmente desde Lima. El 2 de marzo, en media hora y con sólo seis fusiles, seis carabinas y 15 pistolas ametralladoras, los senderistas liberaron a 78 de sus compañeros y mataron a dos guardias. Pero la policía, en venganza, asesinó a balazos a tres senderistas que convalecían en un hospital y trató de estrangular a un cuarto.

El otro golpe de imagen llegaría semanas después, en el funeral de la primera mártir senderista, Edith Lagos, de 19 años, muerta en un enfrentamiento con la policía. Según un testigo, el periodista Mario Cueto, “Guzmán lo planeó todo de modo que se cruzasen los símbolos católicos con los comunistas. El día en cuestión, el ataúd salió de la iglesia envuelto en una bandera roja con la hoz y el martillo y custodiado por militantes armados. Pero no fue directamente al cementerio, sino que dobló hacia la Plaza de Armas. Desde ahí lo acompañaron a la sepultura 10.000 personas. Fue un desafío a la policía, que se replegó para evitar enfrentamientos con la población”.

Desesperado, en los días finales de ese año, el presidente Belaúnde encargaría a las fuerzas armadas que controlasen la situación.

Incitación al genocidio

La estrategia del ejército nunca fue un secreto, y está detallada en el libro Muerte en el Pentagonito del periodista Ricardo Uceda. El general Luis Cisneros, ministro de Defensa, anunció desde el principio en la Cámara de Diputados que su intervención implicaría una matanza indiscriminada. A Cisneros lo apodaban El Gaucho, porque había hecho su carrera en la Argentina de Videla, de donde tomó los métodos.

Según Iván Hinojosa, que formó parte de la Comisión, eso es lo que Guzmán estaba esperando: “La estrategia de Sendero Luminoso era incitar al genocidio, para mostrar ‘la entraña fascista del régimen’. Según los planes de Guzmán, la violencia del Estado, que además tenía mayor capacidad de fuego que Sendero, debía ‘movilizar a las masas’, motivar la insurrección”. Sendero tampoco era un algodón de azúcar. En marzo de 1983, sus columnas masacraron a 69 pobladores, entre ellos 18 niños, de Lucanamarca, una aldea que se había rebelado contra ellos. Para no desperdiciar balas, la matanza se realizó con machetes y piedras. Muchos de los campesinos demoraron en morir. Y no todos los senderistas eran lo suficientemente diestros. En algunos cadáveres se hallaron más de cincuenta heridas de machete.

En la entrevista de 1988, Guzmán reivindica su autoría personal de la matanza: “Frente a la acción militar reaccionaria respondimos contundentemente con una acción: Lucanamarca, ni ellos ni nosotros la olvidamos, claro, porque ahí vieron una respuesta que no se imaginaron, ahí fueron aniquilados más de 80… fue la propia Dirección Central la que planificó la acción y dispuso las cosas”. Sólo durante los dos siguientes años, las provincias del norte ayacuchano sufrieron 6.342 muertes de uno y otro lado.

Mientras el campo hervía en sangre, la vida de Abimael Guzmán en la clandestinidad era más aburrida de lo que uno podría esperar. Solía cambiar de casa cuando se sentía perseguido, pero nunca salía de un barrio residencial habitado por militares jubilados, en las inmediaciones del Ministerio de Defensa, donde a nadie se le habría ocurrido buscarlo.

A la policía ni se le ocurría que Guzmán estaba vivo. Conforme la guerra avanzaba, el presidente Gonzalo se iba convirtiendo en un mito. Lo buscaban en la sierra o en los barrios populares que rodeaban la capital, y corrían rumores de que había muerto o fugado del país. En el campo circulaba la leyenda de que, cuando se veía rodeado, Gonzalo se convertía en pájaro, en serpiente, en piedra. Había versiones de Gonzalo para todos los gustos.

En la realidad, Guzmán vivía en un mundo más pequeño del que todos imaginaban. Solía acostarse y levantarse temprano. Por las noches bebía una copa y miraba la televisión. Le gustaba el fútbol, pero lo que más le interesaba eran las noticias. Era un obsesivo lector de periódicos, y subrayaba párrafos enteros de todo lo que tuviera que ver con Sendero Luminoso y de las páginas internacionales.

El resto del día, lo dedicaba exclusivamente al trabajo. Escribía o dictaba documentos, evaluaba informes, elaboraba minuciosamente campañas detallando su preparación, inicio, desarrollo, remate y complemento, y luego seguía su cumplimiento paso a paso, haciendo constar todo por escrito, para la Historia. Sus “obras completas” aún se conservan en el museo de la Dirección Nacional contra el Terrorismo de Perú: treinta y nueve gruesos volúmenes en papel A4 a espacio simple.

Imitando a Mao Zedong

Un vistazo a esos documentos muestra cómo el camarada Gonzalo va canonizando sus ideas en el partido. En 1982, los documentos las llaman “pensamiento guía”. En 1983, el camarada Gonzalo es ungido como el líder indiscutible de la aún inexistente república popular, presidente del partido y presidente de la comisión militar. En 1984, por consecuencia lógica, se consagra el “pensamiento guía del presidente Gonzalo”. En 1988, el congreso del partido establece el “pensamiento Gonzalo”.

Para Carlos Tapia, de la Comisión de la Verdad, “Guzmán trataba de imitar el proceso histórico de Mao Zedong: primero pensamiento guía, luego pensamiento Mao, el último paso era llamarlo maoísmo, a la altura del marxismo y el leninismo. ‘Ismo’ significaba que las ideas no eran una interpretación particular del comunismo, sino que tenían validez de leyes universales. Guzmán siguió ese proceso esperando crear el ‘gonzalismo’, y consagrarse como la cuarta espada del comunismo mundial”. Las otras tres serían el maoísmo, el marxismo y el leninismo.

En sus entrevistas con la Comisión de la Verdad, Guzmán dice que a él nunca se le ocurrió eso de la cuarta espada. Pero sus camaradas no están de acuerdo. El culto a la personalidad de Guzmán es patente en los cuadros pintados por los senderistas presos durante los ochenta. El presidente Gonzalo suele aparecer dirigiendo a sus huestes, a menudo desde el centro de un sol rojo que ilumina a los combatientes en lo alto del lienzo.

El líder que retratan es delgado y juvenil pero serio e intelectual. Su imagen no es la de un guerrillero sino la de un profesor. Lleva chaqueta y camisa, pero nunca corbata. Nunca empuña un arma. Siempre lleva un libro, y a veces una bandera con la hoz y el martillo. En otras pinturas, los guerrilleros adoctrinan a los campesinos con un fusil en una mano y un libro en la otra. El título del libro es Pensamiento Gonzalo.

Entre las obras de arte senderistas, resaltan sus retablos, representaciones tradicionales de la vida en el campo hechas con muñequitos de madera. Sólo que, en vez de campesinos cultivando, los senderistas ponen voladuras de torres de alta tensión. En vez de fiestas populares, comités populares. En vez de la Semana Santa, la I Escuela Militar. En uno de esos retablos, el Presidente Gonzalo aparece en el cielo, más allá del campo de batalla, como un ángel que desciende sobre sus guerreros.

No son exageraciones de subordinados. El propio Presidente Gonzalo habla de sí mismo en tercera persona y en los siguientes términos: “La revolución genera jefes y un jefe que deviene hasta símbolo de una revolución o de la revolución mundial… por ejemplo, los prisioneros de guerra en la Guerra Civil española reforzaban su optimismo viendo una imagen de Lenin… Y en nuestro Partido se ha concretado en el Presidente Gonzalo”.

Frente a Vladimiro Montesinos

La concentración de poder en su líder también era la mayor debilidad de Sendero Luminoso: todo llevaba a él en última instancia. Sospechando eso, el mayor Benedicto Jiménez, de la Dirección Nacional contra el Terrorismo, inició una estrategia de seguimiento a los cuadros senderistas. A veces seguían a 50 al mismo tiempo, que se iban cruzando con otros. Así, en 1992, llegó a una casa en el 459 de la calle 1, urbanización Los Sauces, donde se suponía que vivía sólo una pareja de jóvenes.

Al principio, Jiménez no tenía muchas esperanzas en esa casa. De hecho, estuvo a punto de retirar la vigilancia. Pero su interés renació, curiosamente, al fijarse en su basura. De esa casa salían demasiadas bolsas de basura para sólo dos personas. La policía empezó a recoger y analizar minuciosamente todos los desperdicios de la casa. Encontraron paquetes de cigarrillos Winston, la marca que fumaba Guzmán. Y frascos de medicamentos para la piel. Y demasiados pelos de demasiadas personas.

El 12 de setiembre, la policía decidió entrar. Pidieron refuerzos. Dos destacamentos armados se apostarían en las esquinas y una pareja de oficiales con los nombres clave de Gaviota y Ardilla fingirían ser una pareja besuqueándose en la calle. Estaban nerviosos. Por la tarde, un auto desconocido aparcó frente a la casa de Los Sauces. Bajaron un hombre y una mujer. En espera de que saliesen, la falsa pareja de agentes se acercó a la entrada. Ellos darían la señal a los demás.

Era de noche cuando la puerta se volvió a abrir. La pareja salía a despedir a las visitas. Hablaban con tranquilidad. La chica tenía acento de clase alta. Reían. Súbitamente, Gaviota y Ardilla golpearon la puerta hacia adentro y cargaron con revólveres en la mano. Tras ellos, los destacamentos entraron en dos columnas y rodearon la casa. Gaviota y Ardilla, acompañados por un mayor, llegaron a las escaleras. Arriba se cerró una puerta corrediza. La rompieron. Entraron apuntando las armas hacia delante.

Más allá, en la última habitación, un hombre gordo y barbudo los esperaba sentado en medio de una biblioteca, frente al televisor. Él estaba tranquilo, pero una mujer se abalanzó sobre ellos con una banderita roja en la mano. “¡No lo toquen!”, gritó.

Tardaron en convencerse de que era quien creían. Cuando lo hicieron, no cabían en sí. Guzmán se mantuvo en silencio mientras los demás lo rodeaban. Nadie en la casa tenía armas.

En el vídeo policial del arresto, Guzmán aún está sentado en su sillón. Elena Iparraguirre, camarada Miriam, está más tranquila, pero sigue alerta y se ocupa de que Guzmán esté cómodo y, sobre todo, de que nadie lo toque. El jefe de la Dirección Nacional contra el Terrorismo, Antonio Ketín Vidal, trata a su prisionero con respeto:

-A veces en la vida se gana y otras se pierde -le dice-. A usted le ha tocado perder.

Sólo ahora, cuando siente que estaba ante un jefe a su altura, Guzmán habla:

-Esto es sólo una batalla. Los hombres desaparecen, las ideas quedan.

La camarada Miriam no se lo tomó con tanta filosofía. Cuando llegó el fiscal, le preguntó:

-¿Usted de dónde es?

-De Iquitos -respondió él.

-El partido está ahí desde hace años.

El fiscal tuvo que salir de la habitación y preguntar, aterrado, si eso era verdad. Los policías le dijeron que no.

Guzmán fue encerrado en los calabozos de la DINCOTE, la seguridad del Estado. Para su sorpresa, lo trataron bien. Según un oficial, “lo queríamos de buen humor para que nos contase todo lo que supiese. A veces pedía vino, a veces pedía Vivaldi. Se lo dábamos. La verdad, aparte de eso, era una persona muy humilde y nada agresiva. La otra, la Iparraguirre, esa sí que daba miedo. Si había que interrogarlos a los dos, yo no le despegaba el ojo a ella”. El entonces mayor y hoy coronel Jiménez había planeado incluso el sistema de interrogatorios: “Guzmán es un profesor, le gusta sentirse profesor. Para muchos interrogatorios, usamos a dos subtenientes. Como eran jóvenes, Guzmán se sentía como si estuviese dictando cátedra y hablaba con soltura”.

Humillado en una jaula

La relación entre Guzmán y las autoridades se desarrolló en estos amables términos durante un par de semanas. Hasta el 24 de setiembre, el día de su presentación pública, en el patio de la DINCOTE. Fue manipulada por el servicio de Inteligencia, dirigido por Vladimiro Montesinos, para convertirla en un operativo psicosocial de humillación pública. Guzmán fue expuesto con el traje a rayas de los presos de caricatura y encerrado en una jaula, como una fiera. Un agente de Inteligencia cuenta que “al principio pensamos raparlo y afeitarlo antes de la presentación. Pero su infección cutánea le produce manchas, y temíamos producir la imagen de que lo habíamos golpeado o maltratado”.

Desde que se abrió el telón que cubría la jaula, los periodistas y algunos agentes camuflados empezaron a provocarlo con pifias y silbidos. “¡Asesino! ¿Te gusta tu uniforme?”. Guzmán escuchaba con las manos en la espalda, sobrevolado por helicópteros. Afuera, el edificio estaba rodeado de tanquetas y carros de combate.

Al principio, Guzmán guardó la compostura. Se le veía hasta sonriente. Pero la provocación fue haciendo efecto. Empezó a dar vueltas por la jaula, como un león enjaulado. Tras unos minutos, inició una arenga:

“¡Combatientes del Ejército de Liberación Nacional! ¡Camaradas!… Algunos piensan en la gran derrota. Hoy les decimos que es simplemente un recodo en el camino ¡Nada más!”. Dio instrucciones a sus combatientes e hizo una rápida lectura de la historia peruana. Aún tenía el puño levantado cuando cerraron la cortina de la jaula. Dos días después, de madrugada, una unidad de la Fuerza de Operativos Especiales con uniforme de combate lo sacó de la prisión, le puso una capucha y lo subió a una lancha. Durante el traslado, Guzmán escuchó sólo el sonido del mar y el sonido de las botas militares. Nadie le dirigió la palabra.

La lancha se detuvo en la isla de San Lorenzo, en una antigua cárcel clausurada. Bajaron a Guzmán y le quitaron la capucha. Frente al preso hinchado y asustado, estaba el director de Inteligencia naval, Américo Ibárcena. Sus hombres también vestían uniforme de combate. Ahora, Ibárcena está preso por sus vínculos con Vladimiro Montesinos. Pero un oficial que presenció la escena recuerda: “En realidad, la primera idea de Montesinos fue fusilarlo. La Constitución no contemplaba la pena de muerte, pero estábamos en estado de excepción y la decisión habría sido bien recibida por el país. El decreto que ordenaba su ejecución se llegó a redactar y el pelotón de fusilamiento fue seleccionado, pero el consejo de ministros se negó a firmar la orden. Si lo hubiera hecho, Guzmán habría muerto esa noche, en San Lorenzo”.

Guzmán aceptó todos los cargos

No murió. Lo encerraron en una celda muy pequeña de la que no salía en todo el día. 2.000 soldados con armas automáticas y un submarino custodiaban la isla, y para llegar a la celda había que abrir 20 candados, cada uno en manos de un oficial distinto. En el desayuno, almuerzo y cena, entraban los agentes a interrogarlo. “Guzmán se aburría tanto que nos recibía ansioso por hablar”, recuerda uno de ellos.

Durante los siguientes días, de acuerdo con el código militar, el Estado le abrió un proceso sumario. Guzmán compareció en una jaula con el traje a rayas, las manos en la espalda y la mirada altiva. Tanto los jueces militares como los fiscales y la guardia de seguridad estaban encapuchados y ninguno firma las actas con su nombre. El abogado de Guzmán sólo pudo ver a su cliente y el expediente de más de 1.000 páginas 10 minutos antes de la sesión. Guzmán aceptó todos los cargos y asumió la responsabilidad por sus subalternos. Fue condenado a cadena perpetua.

Un año después, ante la sorpresa general, Abimael Guzmán apareció en televisión, sereno y sin traje a rayas, más bien con un uniforme de presidiario con aire militar. Junto a él, Elena Iparraguirre. Los dos piden al país iniciar conversaciones para un acuerdo de paz.

Una fuente de Inteligencia asegura que el acuerdo de paz fue concebido en el despacho de su jefe, Vladimiro Montesinos, y que convencer a Guzmán costó un año de conversaciones ellos dos: “Montesinos siempre se presentó ante Guzmán como el bueno, en contraste con el presidente y los militares que, según le decía, querían asesinarlo. Él quería que Guzmán propusiese públicamente un acuerdo de paz. Así dividiría a Sendero y aislaría a las columnas que aún combatían. Hay que reconocer que fue brillante”.

Durante las conversaciones, Montesinos defendía la tesis de que, sin Guzmán, Sendero no era nada. Y trataba de convencerlo de que sólo si entraba en una nueva fase de acuerdos políticos mantendría el liderazgo. Así, aún perdida la guerra, se salvaría el partido gracias a él.

También le hizo sentir que era su amigo. Aparecía siempre con la noticia de que “sus superiores” autorizaban a Guzmán a pasar la noche con Elena, a comer algún plato especial o a celebrar su cumpleaños con tarta y vino, que él proveía personalmente, al igual que los libros y discos. A veces incluso le llevaba a Osmán Morote o a otros dirigentes para que conversasen. Evidentemente, todas las reuniones de Abimael Guzmán con sus camaradas eran filmadas, incluso los encuentros íntimos con Elena.

El fin del luminoso sendero

Durante los siguientes ocho años, hasta después de la caída del régimen de Fujimori, Guzmán no recibió más visitas que las de Cruz Roja. Sólo con el regreso de la democracia, la situación de la base naval se normalizó un poco: a Guzmán se le permitió tener un abogado y recibir visitas de autoridades penitenciarias.

En 2002, se formó una comisión de la verdad para investigar las acciones de ambas partes en la guerra interna. Parte de la comisión sostuvo una veintena de entrevistas con Guzmán. El comisionado Iván Hinojosa le preguntó una vez si admitía fallos y brutalidades en la actuación de Sendero Luminoso:

“Guzmán aceptó que Sendero había cometido errores y excesos. Un error fue el atentado de Tarata: el coche bomba estaba dirigido a una avenida abierta, donde habría causado menos daño. Pero se estropeó dos calles antes, y lo tuvieron que abandonar en una calle muy estrecha. Resultado: más de veinte muertos. Error.” “En cambio, un exceso fue dinamitar el cadáver de la líder de izquierda María Elena Moyano. Según ellos, había que matarla por delatora. Pero volarla en pedazos era una barbaridad innecesaria. Guzmán dijo, ‘hay que respetar a los muertos. Eso nos han enseñado”.

Lo último que se sabe es que Guzmán ha solicitado formalmente casarse con la Camarada Miriam. Los presos casados tienen derecho a verse una vez por semana. Pero este caso es especialmente incómodo. Un militar se pregunta: “¿A cuál de los dos vamos a pasear una vez por semana a través de toda la ciudad? En la práctica, si se acata esa norma, habrá que reunirlos de nuevo por razones de seguridad”.

Guzmán realiza huelgas de hambre cada vez que quiere exigir mejoras en las condiciones de su encierro. No hay registro de cuántas hizo durante los noventa, pero desde entonces lleva una al año. Es difícil saber qué espera de la vida aparte de eso. El jefe del Instituto Nacional Penitenciario, Wilfredo Pedraza, le preguntó una vez cómo se ve en un futuro: “Guzmán me dijo que esperaba estar en un escritorio, leyendo y escribiendo. Dijo que quería darle herramientas al pueblo para defenderse de la globalización. Él se considera un intelectual. Cree que pasará a la historia, y que será recordado como un héroe”.