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Este es un país al que le encantan las madres. No porque les garantice completo acceso a oportunidades laborales o porque tenga disponibles todos los servicios de salud en todos los rincones urbanos y rurales. Este país dice adorar a las madres cada mayo, cuando las tiendas se llenan de ofertas de planchas, flores, ropa o lavadoras. Y porque lo común es que, cada vez que se puede, se le atornille a la palabra “madre” una serie de adjetivos que hablan de abnegación, sacrificio, entrega, dolor y casi todo aquello que implique algún grado de sufrimiento. Por esto, no resulta raro que cada vez que aparece alguna madre que no encaje con ese imaginario de lo que debería ser la entrega indiscriminada, se le tache, de una y sin pruebas, de “desnaturalizada”. Por esto le tocó pasar a Silvia Beatriz Jiménez hace un par de días, cuando en la edición del mediodía un noticiero presentó lo que había hecho como “horroroso”.

Y hoy, viernes 13 de julio, sentada frente al juez Francisco Castillo Borja, le toca volver a escuchar palabras similares que salen de la boca de una fiscal que pide –exige– al juez “que se siente un precedente en este crimen horrible”. Silvia calla. Y se mantendrá así durante toda la audiencia inicial que se sigue en su contra esta mañana en el Juzgado de Paz de Apaneca, Ahuachapán. Apenas ha intercambiado unas cuantas palabras con su abogado defensor, que recién acaba de conocerla, y quien intenta que el delito que se le imputa no sea el de homicidio agravado en grado de tentativa, sino el de abandono, que tiene una pena menor. A Silvia, con la cara inexpresiva y la mirada perdida, tanto término le debe sonar desconocido. Pero no dice nada ni cuando el juez le da la palabra, quizá porque en realidad no sabe qué decir.

Después de escuchar a la fiscal hacer alusión al testimonio de un hombre que asegura haber encontrado al recién nacido hijo de Silvia vivo en un cafetal y después de escuchar al abogado defensor decir que no hay un informe forense que certifique que el bebé fue enterrado, el juez Castillo Borja decide no cambiar el delito y no dar a Silvia el beneficio del arresto domiciliar. Silvia, hasta este momento, reacciona y lo hace con llanto. Llora sin reparar en que sus gemidos rompen con el ambiente tan formal e impersonal que ha reinado en la sala. Silvia tiene otro hijo de dos años al que no ve ni toca desde hace cuatro días, cuando le tuvo que soltar la mano para irse con los policías que la arrestaron a unos cuantos pasos de su casa, cuando, dicen, aún tenía las piernas ensangrentadas.

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En casa de Silvia no se explican qué le pasó por la cabeza ese lunes 9 de julio por la mañana. “A mí ni me dijo que le dolía, ni me dijo que se sentía mal. A mí no me dijo nada. Que si yo hubiera sabido algo, en algo le hubiera ayudado, pero aquí no nos dimos cuenta. Es que a ella, yo siento, le faltó madurez”, cuenta Adela de Jiménez, madre de Silvia, quien esta mañana de viernes, a unas horas de que se celebre la audiencia inicial de Silvia, apenas sale del estupor para decir que jamás le notó este segundo embarazo.

Apaneca, para muchos, existe solo el fin de semana, cuando como turistas recorren sus calles en busca de una estampa de pueblo en la que se aprecie la belleza de los cerros cuadriculados de arbustos de café. Existe porque es la ciudad del país ubicada a mayor altura. O porque entre la neblina y las bajas temperaturas, el café y los antojos típicos del festival gastronómico saben mejor. Pero Apaneca es una cruel contradicción. Por sus calles céntricas es común ver a extranjeras o a mujeres de la capital que visten shorts y buscan comprar bufandas o bisutería. Pero al avanzar unas cuantas cuadras, la vista se llena de casas de madera o bajareque que huelen a fuego de leña, un fuego que, por lo general, es avivado por mujeres jóvenes, con baja escolaridad, sin oportunidades de empleo y que, por una razón u otra, han enfrentado la maternidad a corta edad, así como Silvia.

“Aquí en la casa ella es la que me ayuda. Ella saca los oficios, porque yo estoy enferma y ya no puedo”, cuenta Adela vencida, mientras toma asiento frente a un fogón en el que se coce el maíz para las tortillas de la cena. Todo el ambiente está inundado de humo. De esta casa de piso de tierra, techo de lámina y paredes de bajareque salió Silvia el lunes 9 de julio temprano en la mañana. Le dijo a Adela que regresaba en un ratito. A nadie se le hizo raro que se internara en un cafetal que comienza a unos cuantos metros de la vivienda. “Es que tenemos letrina, pero ahorita estamos cerrando una fosa y abriendo otra”, justifica Concepción de Jiménez, cuñada de Silvia y quien se ha unido a la plática con obvias ganas de defenderla, pese a que nadie la esté atacando, al menos no aquí.

Lo que del expediente judicial se contará en la audiencia inicial es que Silvia parió en el cafetal –uno de esos que se van en las fotografías de los turistas– a un niño que pesó cinco libras y midió 46 centímetros. Después de cortar el cordón umbilical, de acuerdo con un hombre que ha decidido servir de testigo, Silvia dejó ahí al niño y él, habiendo permitido que ella se alejara, tomó al bebé, lo envolvió en una camisa y bajó hasta la calle principal del cantón San Pedro Tizapa.

De tres personas a las que se les ha tomado testimonio, una dice que el niño estaba semienterrado. Otra dice que tenía “tierra encima” y una más dice que estaba colocado sobre la hojarasca. Al margen de que es un proceso todavía abierto, en Apaneca a Silvia se le conoce como “la que enterró al hijo”. Desde el alcalde Osmín Antonio Guzmán hasta la vecina de la familia de Silvia, cada quién maneja una versión distinta del caso, pero a ninguno de los consultados al azar le suena extraño. “Yo no entiendo qué ha pasado, porque es de una familia conocida a la que desde la municipalidad le entregamos ayuda”, refiere el munícipe, por teléfono, aprovechando la pregunta para llevar agua hacia su molino. “Es que no sé cómo hay muchachas se manean con uno, si mire la de este otro lado ha tenido ocho y ahí está entera”, dice la vecina con pañuelo blanco en la cabeza.

Cuando el hombre con el bebé en brazos terminó de llegar a la calle, según el expediente, pasaba una patrulla policial. Uno de los agentes es el que dice en su informe que varias personas se reunieron para ver al bebé y, entre ellas, estaba Silvia, quien confesó que era la que lo acababa de parir. Dan cuenta algunos hasta de la sangre que llevaba entre las piernas.

“Mire, la gente inventa, y lo que no les conviene, no lo dicen. En este rato en el que se armó la bulla, otro nieto mío fue corriendo a ver qué era lo que pasaba, y se vino para la casa diciendo que a un tierno habían hallado. En eso, yo solo vi que la Silvia ya se había lavado las canillas, agarró a este muchachito, y se fue a ver qué pasaba. Ella fue la que les dijo que el tierno era de ella. ¿Dígame si a ella lo que le falló ahí no fue la madurez? Es que no sé qué le dio para no decirme nada”. En el regazo de Adela ha venido a sentarse Eduardo, el hijo de dos años con dos meses de Silvia, al que ella le sostenía la mano cuando los policías la arrestaron.

A Eduardo le lloran los ojos y le moquea la nariz por el humo. Mira a la cámara con la boca abierta y las manitas juntas, como si fuera a rezar. Hasta ahora lleva cuatro días sin ver a su madre, y esta cuenta aumentará a semanas. Adela dice que de vez en cuando pronuncia mamá, pero nada más. Del dormitorio –una mera formalidad, porque esta casa en donde viven dos adultos y cuatro niños es solo un corredor y un cuarto– uno de los nietos de Adela saca la tarjeta de la unidad de salud en la que se da cuenta de la vacunación y el control de peso de Eduardo. Hasta el momento, Silvia logró cumplir con el esquema y a su hijo ya solo le falta una inmunización que se suministra a los cuatro años de edad.

En el suelo están aventadas unas ruedas de madera. Son los asientos de los banquitos enanos –no miden más de 25 centímetros de alto– que Silvia suele elaborar para vender en Juayúa, un municipio cercano, y en San Salvador. El mercado de Apaneca se le hizo pequeño a la familia debido a la competencia. Así que, cada fin de semana, ella se unía a su hermano y a su padre para cargar 40 o 50 banquitos de a $1 sin barniz y de a $2 con barniz.

Silvia es analfabeta. No sabe ni firmar. Concepción, la cuñada, dice que no todos tienen la misma “capacidad mental” y que a Silvia nunca le gustó ir a la escuela. En esto, el “Informe del estado mundial de las madres 2011”, realizado por Save the Children, es contundente y resulta casi una sentencia para jóvenes como Silvia: “Las mujeres con formación tienen mayores posibilidades de ganarse la vida y apoyar a sus familias. Los hijos e hijas de las mujeres con formación también tienen más probabilidades de recibir una alimentación saludable, terminar su educación y recibir atención sanitaria adecuada”.

Eduardo, que ahora parece usar la conversación como canción de cuna para conciliar el sueño, nació el 4 de mayo de 2010 en el Hospital de Ahuachapán. Midió 47 centímetros y pesó 6.4 libras. Del progenitor de este niño en esta casa se maneja una versión con pocos detalles. “Mire, a ella la agarró un hombre en Juayúa cuando andaba vendiendo orquídeas. El hombre le dijo que no dijera nada, porque si le contaba algo a la policía, él iba a venir a matarnos, porque él sabía dónde vivía ella. Así que ella no quiso andar en vueltas”. En esa etapa de embarazo, Silvia, fiel a su costumbre, casi no habló. “Yo solo la veía llorar y llorar, hasta que tuvo a este su niño”, agrega Adela mientras con los dedos le limpia la nariz a Eduardo.

En Apaneca, con el revuelo y la alarma social que se levantó en torno al caso del bebé enterrado, han salido a luz otras versiones, tan poco confirmadas como esta de la violación en Juayúa. Se dice que el padre es un familiar de Silvia, y nada más. Ninguna institución, hasta el momento ha querido romper el hermetismo de Silvia para averiguar si ha habido delito en la concepción tanto de Eduardo como del otro bebé. La figura del padre no parece formar parte ni del proceso de juzgamiento que se lleva a cabo en las calles del pueblo o en los medios de comunicación, como tampoco en el juzgado, en donde pese a que se descargó cualquier tipo de adjetivos en contra de Silvia, no se mencionó nada del progenitor o de que la forma en la que fueron concebidos ambos niños pudo haber afectado moral, emocional y psicológicamente a Silvia. Nada.

—¿Qué sabe Silvia de sexo, de la forma en la que se conciben los bebés?

La pregunta deja a Adela viendo para todos lados en un intento por encontrar una respuesta. Se acomoda a Eduardo en las piernas y mira a Concepción en busca de ayuda, quien atiende el llamado.

—Pues mire, aquí se le dijo, pero ya sabe que ahora en la televisión es que se mira todo y eso no es poco ni es mentira.

La idea de la maternidad como don, milagro o bendición está sin duda arraigada en la sociedad salvadoreña. Una encuesta realizada a finales de 2011 y publicada en enero de este año por LPG Datos apuntó que de 1,000 mujeres que habitan en el área urbana de municipios metropolitanos, el 47% consideró que ser madre es la mejor parte de ser mujer. Esto pese a que poco se ha hecho por poner al sistema a que funcione a favor de las mujeres que son madres. Por ejemplo, no avanzan iniciativas para aumentar el salario mínimo o para lograr equidad en los salarios, ya que las mujeres, según la DIGESTYC, ganan un 15.5% menos que los hombres. También hay deudas en acciones como garantizar protección efectiva en casos de violencia doméstica o evitar que las niñas sean las que engrosan las estadísticas de deserción escolar, por ejemplo, el año pasado descendió en 2.3% la tasa neta de cobertura educativa para las niñas en parvularia.

El Salvador ocupa el puesto 40 del nivel de países poco desarrollados del “Informe del estado mundial de las madres”, por debajo de Malasia o Vietnam. Está lejos, muy lejos de Noruega que, con sus 47 semanas de licencia por maternidad y sus 18 años en promedio de educación formal para las mujeres, ocupa el número 1 en el listado de los países desarrollados. En El Salvador la regla para la mayoría de mujeres sigue siendo la de tener que enfrentar cualquier cantidad de dificultades para criar a los hijos.

En casa de Silvia no conservan ni una foto de ella. Había una, una de un documento, pero se la han llevado para que sea parte de los trámites judiciales. Parece que lo único que hace constar que ella vivía en esta casa son, tiradas en el suelo de tierra, las piezas de ciprés y mondano con las que hacía los banquitos. Y Eduardo que, en todo este rato, no ha emitido ni un solo sonido, se ha limitado a apoyarse en el pecho de su abuela. Desde ahí dice adiós con la mano extendida.

La salida de la casa de Silvia es un pasillo de cemento flanqueado por champas en el que varios perros se han acostado. La regla es que huela a leña, que haya gallinas y pollos correteando y que en cada cerco de palos retorcidos y láminas agujereadas haya docenas de pañales, cuturinas, gorritos, mantas y calcetines de bebé secándose al sol.

***

Al final de la audiencia inicial celebrada aquí en el Juzgado de Paz de Apaneca, a unas cuantas cuadras de la casa del cantón Tizapa en la que se han quedado Adela y Eduardo, Silvia deja de llorar. Escucha algo que le dice su abogado defensor mientras espera a que la trasladen hasta las bartolinas de la PNC de este municipio. Una de las agentes que la trasladará pregunta afuera si hoy no vendrán las cámaras de aquel noticiero que, al mediodía, mostró a Silvia esposada y la sentenció como culpable. Y no, no vinieron. La agente parece decepcionada.

Silvia, blusa celeste y falda oscura, sale del juzgado a paso rápido y en su camino, mientras el fotoperiodista le saca imágenes, alcanza a decir: “Basta, ya basta”. Esta será la única vez en la que le escucharemos la voz.

Una semana después de la audiencia inicial, el abogado Víctor Hugo Mata, quien ha trabajado en varios casos similares a los de Silvia, cuenta que intentó hablar con ella en las bartolinas de Apaneca para ofrecerle su asesoría gratuita. “A ella la sentí muy cohibida, muy retraída. Me dijo que su papi ya había contactado a un abogado privado para que la defendiera y ya”, dice en su oficina ubicada en San Salvador. Una contratación que no deja de llamar la atención si se considera, primero, la pobreza de esta familia y, segundo, el hecho de que una de las vías de investigación en casos de jóvenes sin un entorno social que permita una relación debería ser la de descartar si dentro de su círculo más cercano, la misma familia, hay algún agresor.

Mata sabe que el camino que está frente Silvia es complicado. Para apoyarse cita nombres como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora, ambas condenadas a 30 años de prisión por homicidio agravado en contra de sus recién nacidos. Después de pasar siete años en la cárcel, el caso de Herrera Clímaco fue revisado por el mismo tribunal que la condenó. Y en 2009 le fue levantada la condena. Ahora trabaja en una asociación de mujeres. “El lunes vamos a tener la revisión del caso del Sonia Ester Tábora”, anuncia Mata poco después de señalar que estos casos se complican por tres razones: la falta de investigación objetiva de la Fiscalía General de la República, la falta de capacidad jurídica de la defensoría pública y la falta de prudencia en los tribunales.

Mata, quien llevó el caso de Herrera Clímaco, es todavía más agudo y hace énfasis en que este es un delito por el que se procesa casi de forma exclusiva a mujeres extremadamente pobres, jóvenes, con baja escolaridad, con familias disfuncionales o con las que no tienen una relación sana y, en la mayoría de casos, desnutridas. “En estos casos no va a ver involucrada a una mujer de clase media, por esto, en parte, es que en estos casos se escucha tan poco a la mujer”.

Silvia cumplió 18 años el 28 de marzo de este año. Solo porque fue necesario para el proceso judicial es que se le está tramitando el DUI, porque no estaba en los planes de ella sacar el documento. Una lista de casos parece darle la razón a Mata en el perfil que describe. Lorena Beatriz Villalta López tenía 25 años cuando fue arrestada por intento de homicidio en contra de su hija recién nacida. Irma Liseth Morales tenía 21 años cuando en 2008 fue condenada a ocho años por lanzar a su hija a una fosa séptica. Y, entre otras historias y mujeres similares, Sonia Ester Tábora tenía 20 años cuando en 2005 fue arrestada bajo el cargo de homicidio agravado en contra de su hija recién nacida. Fue sentenciada a 30 años de cárcel de los que ya lleva siete años cumplidos. Del progenitor, en el caso de Tábora, tampoco se sabe nada más que era vigilante en la misma colonia capitalina en donde ella trabajaba como doméstica. Nunca fue parte del proceso averiguar más de él o procesarlo por abandono.

Después de dos suspensiones, por fin es lunes 30 de julio y por fin Sonia ha sido trasladada desde Ilopango hasta el Centro Judicial de Sonsonate en donde se realiza la revisión de su sentencia. Sonia ocupa una de las sillas ubicadas en el corredor frente a la sala en donde se desarrollará su proceso. Pese a sus 27 años de edad, parece una adolescente por su cuerpo escuálido y sus no más de 1.50 de estatura. Lleva las cejas perfiladas, la falda ajustada y con un hilo de voz apenas audible agradece a un oficial que le quita las esposas para que pueda comer lo que su hermana le ha llevado antes de que empiece el proceso en el tribunal.

Lo de Sonia se conoce en medios de varios países y en internet porque varias organizaciones de mujeres han hecho eco del caso. Ella parió el 19 de febrero de 2005 en un cantón de Sacacoyo, La Libertad. Jamás le dijo a su hermana o a su cuñado, con quienes residía, que estaba embarazada. Solo se alejó de la casa en la noche con una sábana en la mano, con la que se suponía iba a envolver a su hija. En medio de un cafetal tuvo a la bebé y sufrió un colapso nervioso. Su hermana mayor, Maritza, su cuñado y su padre la buscaron en el monte hasta que dieron con ella pasada la medianoche. Al verla ensangrentada, pensaron que había intentado matarse, ya que sufría de una profunda tristeza desde que unos meses antes muriera de cáncer uterino su madre, la única con la que platicaba. Sonia ha manifestado que no recuerda cómo llegó a un centro de atención en el cantón El Botoncillal, en Colón, La Libertad o el momento en que fue arrestada.

“Se propone una revisión del caso porque, prácticamente, Sonia fue condenada sin pruebas directas de que la bebé que tuvo haya nacido viva. Informes de peritos que han analizado los documentos indican que en realidad se trató de una mortinata, una niña que no respiró, nació muerta. Además, Sonia sufrió un colapso al momento del parto que la dejó inhabilitada para cuidarse ella, dar asistencia a un menor o pedir ayuda. En este caso, ella es una persona a la que no se le puede imputar un delito”, es parte de lo que Mata explica en el tribunal a las tres juezas que lo escuchan, una de ellas con un sueño tan evidente que tiene que pedir café durante la sesión de la tarde.

En esta sala, se pueden identificar acciones que hacen pensar en que quizá pocos son los que en realidad prestan atención a que en este momento se están definiendo los siguientes 23 años de la vida de una mujer joven a la que siendo una niña no se le dio la oportunidad de estudiar para ampliar su abanico de oportunidades; a la que tampoco se brindó seguridad, porque fue violada a los 16 años por un motorista de microbús que evitó el proceso judicial porque ella –aunque denunció– no encontró el apoyo para continuar; y a la que tampoco se le pusieron al alcance los servicios médicos oportunos, porque un día antes de dar a luz intentó ir al hospital más cercano, pero perdió el bus. Y aquí en la sala en donde se ventila la revisión de condena, una representante de la Procuraduría General de República, que en teoría está aquí para velar por los intereses de la hija que tuvo Sonia, no ha dejado de mandar mensajes en el chat de su BlackBerry, por ejemplo.

Pese a que ya son las 4 de la tarde y la diligencia se ha tomado ya por lo menos cinco horas, Sonia tendrá que regresar hoy a Cárcel de Mujeres, en Ilopango, porque el fallo de las tres juezas con respecto a la revisión de su sentencia se dará a conocer hasta el 14 de agosto. Antes de levantar la sesión, las juezas le dan a Sonia la palabra y lo único que sale de ese cuerpo flaco y corcovado es el mismo hilo de voz que a un metro de distancia solo hace entendible la palabra “oportunidad”.

Lo que Mata, de hecho, con su experiencia en estos casos sostiene es que a la sociedad de nada le sirve mantener a mujeres como Sonia, o como Silvia encerradas en la cárcel, al menos no sin antes hacer una investigación acerca de qué es lo que las llevó a comportarse como se comportaron ante sus hijos. “Es sumamente difícil que una mujer atente contra el niño que da a luz, solamente pasa en condiciones extremas y raras. Por naturaleza, las mujeres no atentan contra sus hijos. En la abrumadora mayoría de casos hay factores que llevan a las mujeres a este extremo. Entonces antes de acusar, hay que investigar qué es lo que ha pasado con esta señora, antes de decir que horroso, terrible o tremendo”.

Esto es algo a lo que también apela el abogado defensor de Silvia, Edson Morán Conrado: “A estos casos se les debería dar un tratamiento diferente. Ya se debió hacer una evaluación psicológica, porque no sabemos cómo fue la concepción del niño, no sabemos que circunstancias atravesó Silvia Jiménez en su embarazo. No sabemos las condiciones del parto. Nadie sabe nada. La película comienza desde que al menor lo encontraron en el cafetal”. En casos como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora esta evaluación psicológica se hizo, pero no en el momento en que fueron arrestadas, cuando recién habían dado a luz. Así el sistema judicial perdió la oportunidad de tener una fotografía del estado en el que se encontraban al momento de supuestamente haber cometido el ilícito del que se les acusa. A Silvia, tampoco le hicieron esa evaluación. Solo la detuvieron.

El bebé que tuvo Silvia el 9 de julio está ahora bajo la protección del Instituto Salvadoreño de la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Desde ese momento en que fue encontrado en el cafetal, se ha cuestionado de muchas formas el instinto y las intenciones de Silvia. Pero entre las cosas de las que no muchos conocen es que poco después de que las cámaras la grabaran esposada, Silvia fue llevada al Hospital Francisco Menéndez, de Ahuachapán, para que le fuera extraída la placenta. Ahí también fue ingresado el bebé. Y durante por lo menos tres noches, los dos estuvieron juntos. Ella lo amamantó. Un acto que parece no cuadrar en una historia en la que los personajes se dividan en buenos y malos, víctimas o victimarios, a menos que se tome en cuenta que el de la maternidad es un concepto complicado que no acepta uniformes. Silvia es madre.

Dicen que Krishna Zepeda es un niño genio. A los seis meses, ya balbuceaba “mamá”. A los dos años, ya sabía leer. Jamás fue a un kínder o a una preparatoria. Casi saltó de la cuna a la Universidad de El Salvador. Allí –cuando tenía cuatro años– solía resolver problemas de física, química y matemáticas. Ya sabía las capitales de todo el mundo. Y ya sabía diferenciar la vida y obra de Picasso, Van Gogh y Rembrandt. Krishna era el niño que abrazaban presidentes y ministros de Educación. El que recitaba la larguísima oración a la bandera un 15 de septiembre en la plaza Libertad.

—Su capacidad es asombrosa. Nunca había visto algo así –decía uno de sus profesores de matemáticas de la Universidad de El Salvador.
—Asume las tareas de un mes en una hora –decía su antigua maestra de inglés.

De todo eso hará siete años. Ahora, Krishna ha dejado de salir en periódicos y televisión. Y no es que ya no quepa en la etiqueta de niño genio. Es que creció. Los años pasan y pesan. Y simplemente, cada día, debe vivir como cualquier otro salvadoreño a sabiendas de que aún tiene capacidades “extraordinarias”. O que quizá podría desarrollarlas más y mejor.

***

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que una persona es adolescente cuando su edad oscila entre los 10 y los 19 años. Krishna tiene 11. Pero aún parece un niño. Es delgado y bajito. Y no tiene asomos de tener la vanidad tan típica de los púberes. No se peina. Anda abajo el zíper del pantalón. Y, en general, parece indiferente al desgaste de su uniforme y el de sus zapatos de colegio. A veces, parece un minisabio de película que prefiere callar. A propósito, su nombre se pronuncia “Crisna”, sin la che.

—¿Mucho friega Krishna, verdad? –ironiza, desde su pupitre, uno de sus siete inquietos compañeros de séptimo grado.

Y Krishna, como si fuera una persona de más edad, prefiere hundir su rostro en su libro de “science”.

—¿Qué es esto? –el mismo compañero le pregunta qué cosa es una de las ilustraciones de ese libro. Parece un microbio.
—It’s a “diatom” –en inglés, Krishna responde que se trata de un tipo alga.

Su compañero se ríe, como satisfecho de haber desnudado a su compañero como “nerd”. Luego su profesor le pide leer algo del mismo libro: “To obtain food, an amoeba extends the cytoplasm of a pseudopod on esther side of a food particle such a bacterium”, lee Krishna en perfecto inglés.

La vida le cambió a Krishna cuando tenía cuatro años. Cuando era una celebridad mediática. A esa edad, en 2005, entró –becado– a este colegio bilingüe. Uno llamado “Los Robles”, situado al pie de las lomas del sur de Santa Tecla. Aquí, según Krishna, tiene por compañeros a algunos hijos de diputados y hasta uno, muy adinerado, que una vez llegó en helicóptero.

En 2005, Rosemarie de Sauerbrey, la superintendente de este colegio, le brindó una beca completa, desde primer grado a bachillerato. “Se tomó la decisión de apoyar al ministerio (de Educación), dándole una beca para sacarlo adelante. El potencial de Krishna es único”, dijo para una publicación de hace ya siete años.

También, desde hace siete años, cuando las clases terminan –por lo general a las 3 de la tarde–, su papá, quien ya cumplió 62 años, lo espera en el portón para llevarlo a casa, al otro lado del mundo, en la colonia Atlacatl. Es el único alumno que viaja en bus. Un viaje que solo de ida toma más de una hora y media.

—¡Papá, allí viene una 101-B! –grita Krishna contento porque, según él, lo usual es que “cueste que pase el bus”.
—Tené cuidado, Krishna, viene volando esa babosada. ¡Subí con cuidado! –advierte su papá, Jaime Manuel Zepeda, quien aborda el bus renqueando de una pierna. Más tarde, él se tropezará en el arrancón de otro bus.

Adentro del destartalado bus, Krishna busca el asiento más largo. El de atrás, el último. Quizá calcula que allí podremos sentarnos los tres y facilitar la entrevista.

—Krishna, ¿cuántas veces te has subido a este bus? –pregunta Jaime Manuel, su papá. Y el niño se pone un dedo índice en la boca como haciendo números.
—Creo que como siete veces. Ya me puedo este bus –asegura el niño, mientras se recuesta en el regazo de su desdentado padre, sin dejar de ver los grafitos del interior del bus.

En el trayecto, Krishna parece a punto de dormirse mientras su papá habla de finanzas. Él asegura que en su casa viven más de seis personas. Y que todos viven de la pensión de su mamá.

—Mi esposa y yo vivimos en la casa de mi mamá. Ella recibe dos pensiones: la de ella, y la que dejó mi papá. Entre las dos suman unos $275 mensuales. Y ella me da ese dinero para que yo disponga. Además de eso, unas primas a veces me mandan un poquito de pisto de Estados Unidos… Mi esposa cose ropa ajena y yo me rebusco con pequeñas cosas… Yo no podría pagar un colegio como el de Krishna –dice el papá de Krishna.
—Es caro. Creo que cuesta entre $300 y $400 mensuales… –dice el niño, quien ya parece haber sopesado el valor de su beca.

Jaime Manuel, el papá, interrumpe. Dice que a lo largo de sus 62 años ha trabajado o intentado hacer de todo. Estudió Medicina en la Universidad Nacional pero abandonó la carrera. En los setenta, trabajó como ayudante de mesero en Nueva York. En los ochenta dice que trabajó para la comisión nacional de desplazados. Después dice que trabajó, junto con su esposa, en la UCA, en el Instituto Universitario de Opinión Pública. Allí, solían ser encuestadores hasta que, en 1999, ya no los llamaron.

—Ahorita estoy cuidando la casa de unos vecinos que se fueron a Estados Unidos. Pero casi no saco nada, porque tengo que pagarles los recibos de luz y agua. Antes recogía latas de la calle. Y quizá por eso, cuando Krishna estaba más pequeño, hasta aprendió a identificarlas: “Fanta, Coca Cola, Sprite…”.

***

Desde que bajamos del bus, de la ruta 101-B en el Centro de Gobierno, Krishna se divierte recogiendo piedritas de las aceras las arroja, a manera de juego, contra las paredes. Parecen cosas de cualquier cipote. ¿Cómo se supone debe ser un niño genio?

—Krishna, ¿te considerás un genio?
–Sí, lo soy. Bueno, ummm… no estoy seguro –dice buscando ser modesto.

Ni el mismo Krishna, ni su papá ni el Gobierno, sabe cuál es su actual Coeficiente Intelectual (CI). Tradicionalmente, para determinar si un niño es superdotado se realiza una prueba de inteligencia o CI. Si en esta prueba el niño obtiene más de 130 puntos se dice que es superdotado.

Y fue hace muchísimos años, cuando Krishna realizó una de esas pruebas en la Universidad de El Salvador. Fue justo en 2005, cuando entró a Jóvenes Talento, programa gubernamental que refuerza el conocimiento en ciencias y matemáticas de decenas de jóvenes salvadoreños sobresalientes. Ese año, Krishna casi rozó los 130 puntos (o percentil 98) requeridos para ser considerado superdotado. Pero tenía apenas cuatro años. Y aún así obtuvo un percentil de 96, “pero con baja atención y psicomotricidad”.

Krishna aparenta estar distraido, viendo carros y rostros de transeúntes. Y aprovecho para preguntarle por qué decidió salirse del programa Jóvenes Talento.

—Umm… Es que allí las clases eran los sábados y yo quería explorar otras alternativas: jugar fútbol o aprender a tocar el piano.

Jaime Manuel, el papá, es mucho más platicar. No deja de hacerlo incluso cuando camina. Llama la atención que, al igual que Krishna, lleva un descomunal bolsón en la espalda. ¿Para qué?

—Es que uno no sabe qué se puede encontrar por el camino. Además hay que aprovechar el viaje. Hoy fui al supermercado y compré unas cositas. Aquí ando también unos libros bien pesados del colegio de Krishna –dice mientras corre hacia otro bus. Uno de la ruta 13, que ya empieza a andar.

El bus transita frente a la Corte de Cuentas. Y va lleno de gente y música, suena una de Thalía a todo volumen. Aún así –y pese a haberse caído de rodillas en un acelerón del bus– Jaime Manuel tiene manifiesta intención de seguir platicando. Asegura que ya ha escuchado de niños genios que estudian carreras universitarias. Algo así como el mítico Doogie Howser. El niño de la teleserie estadounidense que retrataba a un niño superdotado que se convirtió en médico de manera precoz.

O el caso, real, de Andrés Almazán. Un mexicano de 16 años que se acaba de graduar como psicólogo en la Universidad del Valle de México (empezó la carrera a los 12 años). O el otro caso, real también, de Moshe Kai Cavalin. Un niño californiano (hijo de un brasileño y una china), quien a sus tiernos 14 años está terminando una Licenciatura en Matemáticas en la Universidad de California (UCLA). Moshe ha escrito un libro llamado “We Can Do”, en el que busca que la gente “normal” no se deje apabullar por un niño genio. “Toda la gente tiene potencial de ser especial. Pero no lo hacen. Por eso me consideran a mí especial”, dice en su libro. Mientras tanto, Jaime Manuel ha dejado su mirada trabada en unas de las ventanillas del bus. Luego dice algo.

—Yo sé que Krishna ha roto esquemas. Muchos lo consideran genio. Pero a mí me gustaría que no arruinara su infancia. Imagino que le falta madurar su sistema nervioso como para ir a una universidad a estudiar una carrera. Y de todas formas, el Gobierno no sabe cómo atender a niños como Krishna. Si supiera qué hacer le hubiera dado seguimiento al niño, pero no. ¡El Gobierno jamás se ha preocupado!

—Papá, mire, allí está el carro rojo de míster Sandoval –interrumpe Krishna cuando ve, desde el bus, el vehículo estacionado de uno de sus profesores del colegio.
—A Krishna desde pequeño le gustan los carros. Los pasa dibujando. Sabe diferenciarlos por su forma o marca. Pero no quiere ser corredor, sino diseñador de carros. A ver, ¿y ese cuál es? –señala el padre uno.
–Umm… Me parece que es un Nissan Maxima.

Jaime Manuel podría jurar que jamás ha recibido instrucciones de cómo criar a un hijo como el suyo. Pero ha leído cosas en internet. Por ejemplo, que muchos niños genios suelen sentirse excluidos de su entorno social y optan por esforzarse por pasar desapercibidos. Y Jaime Manuel, desde hace años, ha decido cómo lo va a criar.

—Yo creería que Krishna no necesita ir a la universidad como otros niños con talento. Quisiera que vaya a un ritmo apropiado a su capacidad, yo no quiero presiones. Muchos medios de comunicación han querido sacar raja de él. O hay gente que me lo prueba, que le hace preguntas para ver si contesta. Krishna no es un fenómeno, ni un circo.

En El Salvador, a excepción del programa Jóvenes Talento no existe una entidad gubernamental que encauce el potencial de coeficiente intelectual alto. De hecho, los gobiernos de casi toda Latinoamérica no saben cómo tratarlos. Y eso que, según la OMS, aproximadamente el 2.28% de la población mundial corresponde a niños con estas características. Y los niños genios nacen, no se hacen, dicen los especialistas. Hasta recién el año pasado, por decreto legislativo, Costa Rica empezó a capacitar a profesores escolares y universitarios para atender a sus “genios”.

***

Son casi las 5 de la tarde .

Ha transcurrido más de una hora y media desde que Krishna salió del colegio. Y finalmente, luego de recorren un estrecho pasaje, donde no cabría un carro, aparece la casa de Krishna. Es una casa de esquina de varias ventanas y un plafón fracturado.

Su arquitectura es exactamente igual a la casa de enfrente y a la de al lado, y a la de los pasajes contiguos, donde vivió el pintor Camilo Minero. Toda esta colonia, la Atlacatl, fue inaugurada por una Junta Revolucionaria de Gobierno en 1958, y desde entonces ha tenido pocas o nulas modificaciones o mejoras.

—Esta casa es la única que no tiene defensas… No se las hemos podido poner –hace contraste Jaime Manuel mientras abre la puerta metálica de la casa.

Adentro, sobresale un escritorio de aire de los setenta que sirve de librero y ropero. Hay dos perros enormes y mal humorados: Chita y Nerón. Un gato del vecino que siempre se cuela por la ventana. Y tres sofás metálicos. En uno de ellos abandona su bolsón Krishna y sale escupido a cambiarse ropa al dormitorio que comparte con su madre.

Su mamá, Elsy Rubidia, da las buenas tardes detrás de una ennegrecida máquina de coser marca Singer. Elsy luce muy joven para tener 52 años. Zurce algo, acompañada de una estampita, rodeada de encajes. Una de Sathya Sai Baba.

Sathya Sai Baba era un líder espiritual indio que falleció recién el año pasado. Su imagen es difícil de olvidar: moreno, de encrespada cabellera afro y una túnica color azafrán. Elsy Rubidia nota que observo la imagen y me aclara algo.

—Nosotros somos cristianos-católicos, pero también hemos escuchado la filosofía de este hombre. No es religión. Además, Jaime Manuel tuvo un abuelo materno que era musulmán. Y quizá de allí viene el interés por las culturas orientales –aclara Rubia. Una mamá que parece de mente abierta.

Frente a ella, en la pared, hay otro retrato, más grande, de Sathya Sai Baba. Y otros de un dios indio llamado Shiva. También cuelgan muchísimos reconocimientos a Krishna. Y una foto autografiada por el expresidente Antonio Saca. Hay otra donde Ana Ligia de Saca, la ex primera dama, le obsequia una computadora. Una que ya se volvió vieja, pero que tiene el único lujo de esta casa: internet.

—Eso es lo único que le mantengo a Krishna –interviene Jaime Manuel que ha tomado asiento en un sofá.

En pocos minutos, Jaime Manuel y Elsy Rubidia me cuenta cosas que no sabía. Por ejemplo, que Krishna es el menor de cinco hermanos. Que Jaime Manuel tiene dos hijas más, producto de otro matrimonio. Que bautizaron al niño como Krishna porque escucharon que era el nombre de uno de los dioses más importantes de la India. Que Krishna tuvo un abuelo paterno llamado Manuel Zepeda que fue juez pero que le endilgaron injustamente un acto de corrupción que le costó su carrera. Que Krishna quizá heredó inteligencia de ese abuelo. Que fue Elsy Rubidia, la mamá, la que indujo a Krishna a que aprendiera a leer cuando estaba muy pequeño.

Que lo usual es que Krishna se levante a las 5 de la mañana para tomar sus dos buses. Y que se duerma, cansadísimo, entre las 9 y las 10. Que un chinito filósofo que vive en Belice, les dijo, hace bastante tiempo ya, que “Krishna tuvo problemas en su vida pasada, y que hoy viene a resolver esos problemas y a aprender de ellos”. Que en 2005 varias universidades privadas del país ofrecieron becas para Krishna, pero luego ya no dijeron nada. Que otra institución becó a Krishna para que aprendiera a tocar órgano. Y que el órgano se lo obsequió un grupo de salvadoreños que emigraron a Virginia. Y que Krishna aún se molesta un poco con sus papás cuando intentan ayudarle a aprender a deletrear palabras en inglés y omiten alguna palabra.

—¡Krishna mostrá cómo se lee al revés, por favor! –le pide Jaime a su hijo. Mientras, me pasa un libro de cuentos en inglés. Uno de Scooby Doo, que abro al azar.
—Finally, the Gullets stopped arguing long enough to explain “We have seen your Picture in the newspaper many times… –lee el libro que yo tengo abierto frente a mí y que él ve con las letras de cabeza.

Jaime Manuel se levanta de la sala y se interna en uno de los dormitorios de la casa. Regresa con fólderes y un montón de recortes. Lo primero en mostrarme es una libreta de notas de Krishna, la del año pasado: “Matemáticas: 84. Spelling: 98. Science: 95. Sociales: 91. Observaciones: No es ordenado y limpio en la presentación de sus cuadernos”. Aunque podría esperarse lo contrario, su caligrafía es garabateada y las puntas de sus cuadernos siempre están colochas.

Hay un recorte de periódico donde Krishna aparece caricaturizado por “Ruz”. Ruz dibuja a Krishna como un niño delgadito sentado en una silla donde una periodista lo entrevista con micrófono: “A ver, niño genio, ¿cuánto es 2,550 menos 783? La respuesta ‘sheñorita repostera’, es 1767”. Hay muchísimas notas de periódico. Entrevistas. Reportajes gráficos. Libros y publicidad con el rostro de Krishna.

—Mire este recorte del Banco Uno. Le tomaron foto al niño y ni siquiera para el pasaje del bus nos dieron. Hay gente que vio a mi hijo solo como una oportunidad de figurar…

Luego, el padre saca fotografías de Krishna con la exministra de Educación Darlyn Meza. Luego muestra un libro titulado “La Constitución para los niños”, con una dedicatoria de Schafik Hándal: “Para Krishna Emmanuel, a sus 4 años con toda mi admiración”. Luego aparecen más fotografías del niño junto a la exvicepresidenta de la República Ana Vilma de Escobar…

—Hace poco vino Ana Vilma de Escobar a la casa, vino para su campaña de diputada. Saludó otra vez al niño, pero le habló de empleos, violencia y de que ella sabe cómo crear empresas. Haciendo resumidas cuentas, al niño se le ha acercado desde Schafik Hándal hasta Norman Quijano y nada. Si no fuera por algunos organismos civiles que ayudaron a mi hijo, ¿qué sería de él? –se pregunta Jaime Manuel.

***

Krishna juega fútbol afuera de su casa. Parece que nadie le quita su apariencia despreocupada. “No voy a hacer tareas porque estoy en período de exámenes”, dice contento antes de dejar trabada su pelota de plástico sobre el plafón de una casa vecina.

Mientras mira cómo se mueve un insecto en un árbol, me revela que le gusta leer sobre algo que me parece incompresible, “reptilianos” e “illuminatis”… Y algo más, que no se siente más ni menos que alguien. Y quizá lo trae a colación porque mucha gente se pregunta cómo hace en su colegio, donde hay niños que tienen lo que él no.

—Hay algo que me reconforta y es que, a veces, soy mejor que ellos en el estudio—, dice, con humildad, Krishna, cuyo máximo sueño es crecer y vivir en “un lugar bonito”.
—Krishna, ¿y ya pensaste qué vas a hacer cuándo seas grande?
—Aún no lo sé. Pero tengo 11 años y para decidirlo todavía tengo tiempo y, ojalá, suerte.

Puertas y caminos

Publicado: 10 noviembre 2010 en Carlos Chávez
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Bajo este sol tropical, la corbata me supo a manzana. Como a la manzana de Adán atorada en mi garganta.

Así, entre sudores penitentes, caminé deprisa por caminos poco rectos. Por caminos que parecen ir a todos y ningún lado. Caminos empinados, ondulantes, aguanosos, enmontados, casi siempre infestados de chuchos endiablados. Pero la consigna era una: tocar puertas. Tras una otra y otra y otra.

Pocos salvadoreños preguntaron quién era. Y muchísimos menos abrieron. Una señora dijo que no tenía tiempo. Otra más dijo que su marido era bravo, delicado, que mejor me alejara del timbre. Y hubo un señor que, tras asomarse por su ventana, la cerró con avidez.

Nunca han sido fáciles los caminos de Dios. Traté de ser mormón por un día.

Hace poco nos conocimos. Y desde entonces no hemos hecho otra cosa más que andar deprisa.

***

Aunque vista como ellos dos —camisa blanca, corbata y pantalón negro—, intuyen que no sé qué es ser mormón. Que pretendo conocer su iglesia, la de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esta que, según sus números, ya suma 103.470 adeptos salvadoreños. Saben que soy un periodista. Y que si luzco como uno de ellos, es por sugerencia de una autoridad de su iglesia. Es mejor misionar así en el lado más norteño, y estigmatizado de violento, de esta capital con nombre de profeta.

Mientras doblamos por una esquina, sin rumbo definido, pongo atención en los dos misioneros mormones a los que acompaño. Ambos tienen expresión mansa. Y sobre sus pechos, unos gafetes negros que los definen como “elders”. Elder Cowdell, y Elder Xoquic II.

—En inglés eso significa anciano, es también un término bíblico, así nos llaman a los misioneros mormones —traduce con inconfundible acento gringo el anciano Cowdell, un joven de 19 años que ya suda los calores del mediodía.

En mi imaginario, Cowdell es el típico mormón. Es gringo, nació en Utah, el estado mormón por antonomasia. Es rubio, como de 1.80 metros de estatura, con rostro tipo Jude Law, el actor de Hollywood. Su look mormón lo complementa una sencilla mochila negra a espaldas. Intuyo que allí transporta alguna Biblia o himnarios.

Junto a Cowdell, camina el elder Xoquic II. Él es más bajito, y moreno. Es un guatemalteco de raíces mayas. Parsimonioso, afianza las asas de su maletincito, mientras su mirada queda trabada en el horizonte. Quizá mira la calle que ha empezado a descender. Como ironía, calle más abajo dicen que está el infierno. O así le llaman algunos al penal de Mariona, el más grande y sórdido de este país. Y justo aquí, en la cuneta, vaga un volante que promete lo contrario. “¿Quieres ir al cielo?” Y uno piensa en el tamaño de esa oferta.

Una oferta al paraíso, que hasta ahora, ningún elder ha mencionado. Ambos continúan ensimismados en caminar hacia alguna parte. A veces cuesta alcanzarlos, o se quedan taciturnos. Para matar al silencio, este que me parece monacal, le pregunto a Cowdell si conoce a The Killers. Una famosa y conservadora banda de rock, cuyo líder siempre enarbola su mormonidad. Y Cowdell es todo oídos, dice que desconocía que The Killers tuviera algo de mormón.

Lo que no me contará es que —en su calidad de misionero— tiene prohibidísimo ver televisión, escuchar radio, ir al cine, usar internet, visitar familiares, o tener novias, o flirteos con salvadoreñas… La castidad debe esperar al matrimonio. Y hay más. Cowdell tampoco me dirá que tiene prohibido salir de la jurisdicción del municipio de Mejicanos. Él también tiene preguntas. “¿Seguro que usted tiene novia o una esposa?” Y le respondo que cero. Y no me cree. Ríe.

—¡Yo sí quiero casarme, hermano Carlos! Solo me falta como un año más aquí, y regresaré a Utah —profetiza su propia vida, con su marcado acento gringo.

Xoquic, el guatemalteco, me resume algo básico. Dice que a los 19 años, todo varón mormón debe dejar su país y llevar su evangelio a otro país durante dos años. A diferencia, para las chicas hacer misión es una opción, y si la toman requerirá año y medio. En lo que no hay distinciones es que todos los misioneros deben costearse su propia misión, con sus ahorros o ayuda familiar. Dicen que ser un elder o hermana es como un diezmo de juventud. Un diezmo que 337 extranjeros —como Xoquic— pagan en este país. Y a cambio, 268 salvadoreños lo hacen en el exterior.

Aquí o en el extranjero es igual. Los misioneros deben tocar puertas. Y Xoquic parece tener manifiesta intención de hacerlo. Nos desviamos de la calle que va al reclusorio, y nos introducimos por un pasaje flanqueado a sus dos lados por casitas de todos colores.

Xoquic toca una primera puerta, pero nada, no hay nadie. Cowdell toca una tercera, de portón negro, nada. En la cuarta, dijeron que mejor otro día. En la quinta, a Xoquic le dijeron que ya creían en Jesucristo. Cowdell parece que tendrá mejor suerte en la undécima. Se trata de una casita alejada de la calle por un desvencijado portón. En el umbral de ella, aparece una señora chineando un bebé.

—¡Buenas tardes, hermana! Somos misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, comúnmente llamados mormones. Traemos un mensaje…

—¡Muchas gracias, joven! Pero no puedo recibir ese mensaje. El hombre de la casa ya va a venir y se puede enojar por estas cosas ¡Diocuarde, es delicadísimo! —se excusa la señora.

Cowdell no se da por vencido, y pregunta una última cosa, ¿y ese hombre delicado cree en Dios? Y desde la oquedad de la casita se escucha un contundente “no”. Cowdell pone cara de susto, y emprende retirada. No pudo ofrecerse a planchar, cocinar, barrer o lavar platos. En teoría, una trapeada podría convertirse en el picaporte que abra las puertas de hogares reticentes a mensajes evangélicos.

Y justo al final del pasaje, donde la calle se vuelve terrosa, hay un señor intentando mover un parlante, uno descomunal como de los que hay en las discotecas. Bonachón, Cowdell se acerca a la escena. “¡Creo que soy un poquito más cholo que usted, lo cual no significa que usted no lo sea!”, le dice al señor, mientras se pone el pesado cubo negro sobre su espalda. El elder gringo camina un largo trecho rumbo una casa que queda en alto. Allí, cabizbajo como un atlas, Cowdell no puede ver un desteñido rótulo sobre la puerta: “Ministerio Evangelístico Profético. Porque no hay nada imposible para Dios, Lucas 1:37”.

El parlante resultó ser de uno de esos templos, donde, a diferencia de su iglesia, usan panderetas y hablan lenguas muertas.

Al salir del Ministerio Profético, Cowdell y Xoquic ríen. Con perlas de sudor en la frente, retoman su misión proselitista.

Sobre la misma calle, ahora lodosa, pasan revista a una hilera de champas. Obvian a las que colindan con otro templo, uno llamado “Tabernáculo Bíblico Bautista”, que está abierto y cuyos miembros no dejan de verlos. Aún así abordan a un señor que, casi frente al templo, y con suéter, rasca la calle con una pala.

Xoquic, el guatemalteco, lo saluda al mejor estilo salvadoreño. “¿¡Está paleando con todos los poderes!? El canoso señor levanta su mirada, y asiente. Dice que intenta desaguar una charca. Y Xoquic ofrece su ayuda. Palea. Y al concluir, le pregunta si le permitiría cantarle un himno.

El señor parece no encontrar otra forma de agradecerle. Se encoge de hombros, y nos hace pasar a su champa. Después de tocar varias puertas, ¡por fin esta se abre!

Adentro no hay mucho. No hay brillos en el piso, sino tierra apisonada. Hay guirnaldas de ropa y sábanas que se orean. Un par de sacos y guacales sucios. Un viejo televisor prendido. Y un sofá raído donde toma asiento el señor de la pala. Él se presenta como Daniel Chévez. Como si algo sui géneris estuviera a punto de pasar, al lado de Daniel se colocan dos expectantes niños descalzos, sus nietos. Luego se suma a la escena un escuálido chuchito de pura raza indefinida, que se echa debajo de una mesa, atento a los foráneos.

Cowdell ya ha tomado asiento en la única hamaca del lugar. Xoquic insiste en cederme la única silla, y estoico se sienta sobre un ladrillo de concreto. Los élderes extraen de sus respectivas mochilas unos libritos y los hojean. Luego entonan, por sílabas, el himno número 137. Daniel intenta parafrasearlo.

—Señor, mi gratitud quiero expresar sirviendo a otros con bondad, y así haré tu voluntad…

Tras el himno, Cowdell toma la palabra. Y empieza a explicar algo complejo, pero que, contra sus 19 años, de edad parece capaz de explicar. Toma un libro azul que en letras doradas dice El Libro de Mormón. Un testamento escrito alrededor del año 1830, por José Smith. Smith fue el estadounidense que fundó esta religión 100% norteamericana. Esto lo sabe de sobra Cowdell, quien arranca por preguntarle al hermano Daniel si sabe quién es Dios.

—Claro que lo sé. Mire, yo voy a otra iglesia. Pero sé que Dios es el santo tres veces santo. Él que vive en el aposento alto…

Luego de varios “ok”, Cowdell le habla de profetas, uno de los temas neurálgicos del mormonismo. “Como usted sabe, El Señor, Dios, llama a un profeta en cada tiempo para dirigir la tierra”. Y le menciona a algunos en orden cronológico: Noé, Moisés, Juan el Bautista, Jesucristo… José Smith. Y le pasa una fotografía del último profeta, uno que está vivo.

Curioso, el hermano Daniel se lleva la fotografía cerca de sus ojos. Mira a un sonriente señor de unos 70 años, ataviado con una sonrisa bonachona, bien peinado, con saco y corbata oscura. Cowdell y Xoquic explican que él es Thomas Monson. Y que los dos señores que lo flanquean, en la imagen, son dos de sus doce apóstoles. Daniel se queda con los ojos redondos como platos. Y sin aspavientos, pero meditabundo, devuelve la foto.

—Yo no estoy en contra de ustedes. Pero quizá no solo exista la iglesia de este señor. Yo creo que la iglesia de Cristo es la verdadera, la de las Siete Iglesias del Apocalipsis. Recuerde que allá en Macedonia…

Daniel les cita un repertorio de términos cristianos. Parece un conato de debate. Y afables, los mormones se despiden de Daniel. No sin antes orar por sus riñones enfermos y por su pobreza. Luego le entregan un folleto para que hojee.

—Si usted tiene alguna duda de El Libro de Mormón, ore y pregúntele a Dios si esta es la iglesia verdadera. Yo estoy seguro que así es. —asiente Cowdell, y lo invita a visitar la capilla mormona, loma arriba.

“Como no, por allí les voy a llegar un día”, se despide el hermano Daniel.

Con imperturbable expresión mansa, Cowdell y Xoquic aceleran sus pasos, en silencio. El camino se vuelve solitario, flanqueado de monte y basura. Tras dejar a espaldas una terrosa cancha de fútbol, aparece el asfalto de la calle que lleva al penal de Mariona. Del otro lado de la vía, se avistan las murallas y los tejados de una residencial de clase media, con nombre bíblico, Ciudad Corinto. Y les pregunto si ya han ido allí a evangelizar.

—No, no podemos. Allí es privado y no nos dejan entrar. Pero algunos de nuestros hermanos, de los que van a la capilla, viven allí. —responde Xoquic.

Él empieza a buscarse unas monedas en el bolsillo. Cowdell hace lo mismo. Y extrae 20 centavos de una bolsita que lleva atada a su cincho. Parece que tomaremos un bus para conseguir vadear unas seis empinadas cuadras, para acercarnos a la morada de otra familia. Una con la que concertaron cita.

El bus aparece, y lo abordamos. Sus acartonados asientos, y la brisa que se cuela pos sus ventanilla, me saben a gloria. Unos asientos atrás, Cowdell parece contento también. En contraste, Xoquic luce más serio de lo normal, sentado hasta adelante con la mirada atornillada en el horizonte. Quizá esté cansado de esta jornada. Y hago balance.

Poco antes, ambos me aseguraban que todos los misioneros mormones madrugan a las 6:30 para orar. Y deben dormir hasta las 10:30 de la noche.

Durante ese lapso de 16 horas hacen, o deben hacer, muchas cosas. Ejercitar el cuerpo media hora. Y sobre todo, estudiar dos libros: El Libro de Mormón, y el de “Predicad Mi Evangelio”. Leer estas doctrinas fortalece su faena evangelizadora. La que arranca a las 10 de la mañana, y termina entrada la noche, a las 9. Luego de esa hora, regresan a sus piezas. Cenan. Deben escribir en su diario personal. Y deben planear el itinerario del siguiente día.

A secas, esta es la jornada diaria del misionero mormón. A la que se someten —al menos seis días de la semana— Xoquic y Cowdell. Y otros 53,000 jóvenes en algún otro recoveco de este mundo. La pereza no cabe aquí. Y las contadas comodidades que se permiten adquieren formas como esta, la de bus.

—Es difícil ser misionero —se sincera Cowdell, lo dice con una enorme y modesta sonrisa.

“¡En esta parada bajamos!”, nos avisa Xoquic. Y nos apeamos del bus frente a una esquina de tentaciones. Allí donde una señora vende dorados bolillos de pan. Y donde otra echa unas aromáticas pupusas que supuran queso. Pero no es hora de cenar aún. Y mejor callo, horas antes me habían explicado que la mayoría de Elders suelen preparar sus propios alimentos. Y creo que ni vieron esas pupusas de queso. Tampoco leen una manta publicitaria, que cuelga encima de nuestras cabezas, “Seis horas de poder y milagros con Jesús. ¡No faltes! Tabernáculo…”, harina de otro costal. Lo que los tres sí vemos es una tienda. La sed nos une.

Antes de alcanzar la tienda, Xoquic comenta algo que me sorprende. Antes ya había digerido que les sea prohibidísimo beber aunque sea un piquetito de alcohol. O eso de que una vez al mes —los misioneros como él— no deben probar bocado alguno durante 24 horas. Pero Xoquic me habla del café.

—No bebemos café, eso está prohibido para todos los mormones.

Y explica que este tiene sustancias nocivas a nuestra anatomía, y que es justo allí donde mora el Espíritu Santo. Lo que no entendí es por qué si desdeñan al café, aceptan a los cuestionados refrescos de cola. Ni él, ni Cowdell me lo saben explicar. De todas formas, no piden Cola en una tienda de esquina, sino unas humildes bolsas de agua, de 12 centavos cada una. Eso sí, bien frías. Cowdell y Xoquic se las beben en un santiamén. Y depositan la bolsa vacía en un compartimiento de sus mochilas y, a proseguir. No son ni las 6. El proselitismo acaba a las 9 de la noche.

***

La mala yerba crece por doquier. Hay tanta, que apenas y se dibuja ya el lodoso sendero que lleva hacia un barranco moteado de paupérrimas casitas. Enfilamos hacia una de ellas.

En el barrancoso trayecto, Cowdell platica que antes de aterrizar en El Salvador ya imaginaba realidades como esta, distintas a las de un país rico y poderoso como el suyo. Para él, estos dos años de misión no le sabrán a un siglo, eso a pesar de que vivió o estudió en lugares como Inglaterra, Alaska o su Utah. Y le pregunto si no lo critican por todo lo que significa ser mormón, y responde que sí.

—Tengo unos tíos que siempre dicen cosas, críticas… Pero yo estoy convencido de que esta en la iglesia verdadera —confiesa con su modesta sonrisa.

Cowdell y Xoquic detienen sus pasos. Todo parece que se frustró una potencial visita evangélica. La maltrecha casa donde habían sido citados está cerrada. Y los élderes hablan algo entre ellos, no pueden permanecer sin hacer nada. Y eligen tocar la puerta de una covacha de láminas de zinc, una que parece aferrada a la misma ladera. Por su puerta asoma una mujer morena de rostro apesadumbrado. Sin embargo, al ver a los élderes reacciona de modo excepcional a lo que se venía viendo. Sonríe. Se alegra quizá.

—¡Qué bueno que me visiten otra vez! Ay, ya me alegraron, es que he estado un poco enfermita…

La delgadísima mujer —llamada Blanca Guerra— invita a pasar adelante. Adentro huele a humedad encerrada. Sobre el piso de tierra, lo más llamativo son dos camas, un ropero y un guineo. Con parsimonia, Xoquic le pregunta a Blanca Guerra si leyó el folleto proselitista que le obsequió días atrás. Y ella se sincera.

—¡Ay, Dios! No me ha quedado lugar, más que ando con una gran gripe. Y mi hermana que falleció de cáncer hace poco.

Mientras lo dice, logro ubicar sobre una arrinconada mesita unos recibos de luz y dos libros apilados. Es una ennegrecida Biblia cristiana. Y encima, El Libro de Mormón que luce intacto, con el corte de sus páginas aún muy chelito.

—Les prometo que voy a leer esas lecturas. Y el domingo con seguridad llego a la capilla —da signos de conversión Blanca Guerra.

Antes de despedirse, los élderes entonan el himno 42. Uno llamado “Jesús es mi luz”. Luego, Cowdell encabeza una oración al Padre Celestial. En plena letanía, se cuelan unos ruidos venidos de la casa vecina, unos sórdidos regaños de una madre a su hija. Con simultaneidad, aparece Brian, el hijo adolescente de Blanca. Él toma asiento, y luego finge dormirse con una almohada detrás de su cuello.

Cowdell lo saluda. Y lo invita a visitar la capilla mormona. Le dice que hoy jueves, la capilla permanece abierta hasta pasadas las 9 de la noche. Que allí hay otros chicos y una cancha de básquetbol. Brian promete ir, algo que no cumplirá.

***

Ya es de noche. Y estas calles tienen razón de lucir tenebrosas. En este recoveco de Mejicanos hay predios baldíos de sobra y pocos vehículos circulando. En algunas paredes hay grafitos de pandillas. Quizá por eso, Cowdell y Xoquic aligeran aún más el paso hasta llegar a la capilla.

—Si quiere entremos, para que conozca cómo es una —me anuncia Xoquic, poco antes de atravesar sus portones.

La arquitectura de esta capilla carece de algo que la haga distinta. Distinta a las más de 150 capillas que pinchan el mapa de El Salvador. Hay incluso, en poblaciones tan insospechadas y recónditas como Tacuba, en Ahuachapán. O Anamorós, en el oriente.

Vistas desde afuera, parecen unos enormes cajones pintados de blanco, de cuyo techo sale escupida una aguja o pináculo. Alrededor, casi siempre hay un consentido césped. Y una dura cancha de fútbol, una de concreto que algunos detractores consideran un anzuelo para jóvenes pobres. Y justo ahora la cancha es un jolgorio de niños y jóvenes tras una pelota. Un torbellino de ellos se aproxima a saludar a los élderes.

Mientras eso pasa, me adentro en la capilla. Se trata de un edificio de puro estilo gringo. De esos que no escatiman en espacio y comodidades tecnológicas. Mientras camino por un largo pasillo en forma de C, alguien me recuerda que aún visto como misionero.

—¡Hola, elder! —dice una niña que corre por el mismo corredor, jugando.

Luego de la niña, aparece Xoquic. Y me muestra un extraño baptisterio, una especie jacuzzi con un espejo enfrentado. La capilla tiene también un moderno cuarto de cocina. Y un galerón con enormes bancas de iglesia. Se supone que estos edificios están diseñados para tolerar terremotos o algún otro evento apocalíptico. El costo y mantenimiento de un inmueble así debe ser alto.

“La construcción o remodelación de las capillas se hace con el dinero reunido en los diezmos”, me explicó, días antes, Ricardo Arbizú. Él maneja las relaciones publicas de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días local. Arbizú me decía que los mormones se toman muy en serio lo del diezmo. Solo eso explicaría que —en una adinerada zona de San Salvador — estén erigiendo el primer templo mormón del país. Uno que estilan los mormones tendrá en su pináculo los brillos áureos de un ángel llamado Moroni. Dicen que el coste del templo anda entre los 10 y los 15 millones de dólares.

—¡Hermano Carlos, vamos a seguir con la misión! —me avisa Xoquic.

Mientras los élderes se despiden de unos miembros de la iglesia, le echo una mirada larga a un libro que, con sus hojas abiertas, descansa sobre un pupitre de los salones. Es una ilustración a colores de El Libro de Mormón.

En la imagen, aparece Jesucristo. Lleva una refulgente túnica color algodón, y una rubia cabellera, como la del elder Cowdell. Lo que me resulta más curioso es que el Nazareno aparece en una ciudadela maya. En el paisaje hay pirámides como la de Tikal, un cocotero y un anillo de gente color bronce, como Xoquic.

Ya me lo habían explicado antes. Para muchos mormones, Mesoamérica es un escenario sagrado. Según El Libro de Mormón —escrito por Smith— hace milenios, unas tribus hebreas navegaron desde el Medio Oriente hasta lo que hoy es la tierra de Xoquic, Guatemala. Se supone que durante la resurrección de Jesucristo, este se presentó también aquí, en Mesoamérica, porque los mayas eran descendientes de aquellos hebreos. Xoquic me llama, es hora de partir a visitar a una muchacha que pidió eso, que le hablaran del Libro de Mormón. A espaldas queda la capilla, con el bullicio de los niños que juegan en su cancha.

Pese a la oscuridad, noto que recorremos los mismos caminos de horas antes, durante el día. Y también se reitera otra cosa: En la última casa, el de la muchacha con intereses religiosos, salió un señor, y dijo que no estaba. Que mejor en otra vez.

Y ya van a dar las 9 de la noche, la hora límite misional, y Cowdell decide hacer el último intento de compartir su fe. Con su puño al revés pega tres toques a la superficie metálica de un portón pintado de verde. Xoquic fija su mirada en el mismo portón. Parece medir la posibilidad de que se abra, o meditar el sacrificio de jóvenes como él. Y una sombra se mueve detrás del portón.

—¡Buenas noches! ¿Sí?

—¡Hola, hermano! Soy un misionero de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de…

—¡Pasen adelante!

Su imagen fue vendida como folclórica. Era la de una guapa indita envuelta en un refajo y con su cabellera separada en dos trenzas con chongos. Aparecía sentada a la sombra de una ruinosa iglesia colonial. El 18 de abril de 1982 ella se convirtió en la portada del dominical de diario salvadoreño La Prensa Gráfica. Ahora, 28 años después, esta imagen sabe más a enigma que a folclor. ¿Cómo se llamaba esa joven de sonrisa gris? ¿Era del altiplano guatemalteco o era una de las últimas salvadoreñas aferradas a vestir a la usanza de una ancestral bisabuela? ¿En qué lugar fue fotografiada? ¿Era en realidad una indígena?

Una escueta nota de aquel periódico de 1982 explica: “Simpática lugareña de Tacuba vistiendo prendas propias de la región”.

Tacuba es la única pista para dar con ella, casi 30 años después.

***

Tacuba es un pueblo recogido y apartado. Para ascender hasta él, hay que dejar atrás a la cabecera departamental, Ahuachapán. Desde allí, una estrecha carretera —construida hace cinco años— trepa una sucesión de montañas pobladas por cafetales y naranjales. Un iridiscente bus que dice “Tacuba, ruta 264” renquea una cuesta recién mojada por una lluvia matinal, buscando alcanzar el poblado. Sus pasajeros, casi todos de piel morena como la de la muchacha a la que busco, miran a través de las ventanillas el verdoso paisaje, el mismo que a veces se torna un tanto selvático.

Un arco da la bienvenida a este poblado que sorprende por su tamaño, relativamente grande. Sobre sus onduladas calles adoquinadas nadie viste refajos indígenas, lo que hay es un puñado de champas y ruedas que sugieren que el pueblo vive sus festejos patronales.

Si existe algo que intenta desnudar la esencia indígena de este poblado son unos murales pintarrajeados en las fachadas de muchas de sus casas de adobe y cemento: musculosos dioses mayas, rostros de indios Cherokee y chozas pajizas ahora inexistentes.

Mi búsqueda empieza en el sitio más desorientador: el centro de Tacuba, debajo de una enorme veleta de hierro que siempre resulta errática. Sus puntos cardinales no solo están en inglés, sino que están alrevesados. No importa hacia donde vague el viento, en Tacuba el “west” es el “south”. Y el “north” es el “east”.

Cerca de la veleta hay una señora morena y canosa que fríe y vende pedazos de yuca. A ella le muestro la fotografía de la joven a la que busco.

—Esta fotografía es de hace 28 años, es una muchacha de Tacuba. ¿La reconoce? ¿Sabe quién es?

—Déjeme verla bien… ¡No, no la reconozco! Pero ya debe estar sazona esta cipota, segurito está bien cambiada… Déjeme verla otra vez ¡No, no! ¡Aquí, desde hace años solo las ancianas se quedaron usando refajos!

La misma fotografía pasa por las manos de una anciana dueña de una tienda, por las de dos señoras que van a misa y por las de otra señora que atiende un comedor. A pesar de que las mujeres tienen rasgos indígenas —piel morena, cabellos lisos, pómulos salientes— son un tanto despectivas al hablar sobre la imagen del periódico.

—¡No sé quién es ella! ¡Yo nunca he tenido amistades de esa clase!

—¡A saber quién es esa india!

—¡Huy! ¡Gente así, indita, ya solo en el campo hay!

Las mismas mujeres me sugieren visitar la Casa de la Cultura de Tacuba, unas tres cuadras más arriba del parque-veleta. En el trayecto, casi paso desapercibida la enorme iglesia colonial. Se trata de la ruinosa iglesia de la fotografía, destruida en 1773 por un megaterremoto que echó por los suelos a Santiago de Guatemala (Antigua), a Izalco y a Caluco. Varias champas y unos inmensos árboles tratan en mantenerla oculta, pero sus muros, con algunas decoraciones barrocas, resultan más altos.

Justo a un lado de la iglesia, sobre los adoquines, transita, en sentido contrario, la figura flaca y diminuta de un anciano con barbita de chivo, cebadera y una vara que usa como bordón. Una señora se me acerca y me pide no subestimarlo como aquí muchos hacen. Asegura que ese viejito es casi un cacique. Que tengo suerte: más o menos una vez al mes, él baja de la sierra al pueblo. Que a sus 103 años de edad, es el último tacubense que sabe hablar bien el nawat, la antigua lengua indígena. Y que ese anciano hasta colaboró en la elaboración de un libro que recopila la pronunciación del nawat tacubense. Que él debe saber sobre la joven.

Detengo al anciano que lleva sombrero de bombín. Con cierta dificultad, él levanta su mirada. Tiene ojitos negros, pero vivarachos. La requemada piel de su rostro, en cambio, tiene más surcos que la palma de una mano. Las palabras le salen casi silbando de sus pocos dientes. Así, con lucidez, cuenta que se llama Marcelino Galicia y que nació aquí en 1908. Le muestro la fotografía. La toma, se la acerca y aleja de sus ojos.

—La foto es de hace 28 años ¿Sabe quién es?

—¡Kualtsin siguapitsin!

—¿Qué significa eso?

—¡Que bien galán el rollo de la muchacha! ¡Que está bonita pues!

Marcelino se carcajea. Luego se aseria, dice que no la recuerda. Pero insiste en echarle ojo a la foto, “así no andaban vestidas las mujeres aquí. Aquí éramos pobres. ¡Y esta muchacha anda enjoyada como la santa patrona, Santa Magdalena!”. Dicho esto, se desploma sobre una banca del parque y parece reflexionar algo.

—¡Ta difícil que la halle! Aquí el que es indio no quiere ser indio. Desde hace tiempales a estas mujercitas ya no les gustó usar refajo, ya no querían andar caminando pegaditas.

Marcelino dice que la mayoría de tacubenses, aunque no sepan hablar nawat y vistan jeans, siguen siendo indígenas. Porque lo llevan en la sangre. “Pero aquí algunos se avergüenzan de ser indios. ¿Pero por qué me voy a avergonzar de serlo? Si los indios tenían su sabiduría. Lo único que no debiéramos ocultar es la pobreza que hay y lo difícil que resulta aquí la vida”.

Como ejemplo de lo anterior, Marcelino expone su centenaria existencia. Dice que aquí nació pobre, en una de los tantos ranchos pajizos —coronados con una olla en su punta— que componían la vieja fisonomía de Tacuba a inicios del siglo XX. “Hubo un tiempo que me empobrecí, no había mucho trabajo, y tuve que vender el rancho. Ahora vivo de la caridad, y mi casita ahora está en el asiento de aquel cerro, mire.” Y señala una alejada cresta de la sierra de Apaneca.

Luego señala unos cerros más hacia el occidente. Unos que quedan dentro del mapa de Guatemala. Marcelino dice que en 1932 tuvo que huir en esa dirección, hacía los meandros del fronterizo río Paz. Ese año, muchos tacubenses participaron en una revuelta campesina que flameó por todo el occidente cafetalero del país. La misma insurrección que el Gobierno de la época castigó masacrando a más de 30,000 de ellos. Marcelino dice que al regresar supo que muchos tacubenses habían sido ahorcados o fusilados alrededor de una ceiba que existía en el cementerio local. Tras explicar esto, Marcelino dice que ya solo es dolamas, “ya me cansé”, y en lugar de quedarse sentado, agarra su bordón, se despide y comienza a andar sobre los adoquines de Tacuba. Desde lejos dice “¡suerte con la muchacha quianda buscando!”.

Mi búsqueda prosigue hacía la casa de la cultura. Se trata de un viejo caserón de esquina, con varios balcones y una puerta abierta. Adentro, las paredes están llenas de letreros escritos en nawat, como uno que dice “¿Tei pampa tichuca María?, ¿Por qué lloras María?”. Y frente a los carteles hay una docena de tacubenses que reunidos en círculo parecen discutir algo. Ellos se presentan como miembros de una mesa de cultura ancestral, buscan rescatar todo lo que ellos consideran indígena. Dicen que tengo suerte de encontrarlos porque se reúnen una vez por semana. A ellos les pregunto por la joven de la fotografía. Una señora examina la foto. Y sin chistar da razón de ella. Vaya que sí hay suerte.

—¡Es Rina Medina! ¡Ella es mi prima! ¡Qué bonita se ve! Ahora es una profesora.

—¿Y dónde está Rina?

—Está dando clases en un instituto público, aquí más arribita, en el barrio El Calvario.

El instituto, pintado de un patriótico azul y blanco, domina la parte más elevada de Tacuba. Y parece que las clases matutinas han terminado. De un portón azul no dejan de salir escupidos un sinfín de niños y jóvenes. A una maestra de lentes, que vigila el portón, le pregunto por Rina Medina y me pide buscarla en las aulas de tercer grado.

Al final de un laberíntico pasillo aparece una señora morena, chaparrita, de cabello corto, pantalones de vestir y tacones de charol de negro. Talvez sea ella.

—¿Usted es Rina, la joven de esta fotografía?

—¡Qué pena! ¡Deme eso, mis compañeras se van a burlar de mí! –me arrebata la fotografía y la aprieta contra su pecho. Con una tenue sonrisa, Rina mira a los lados para ver si no acecha alguien, luego echa una mirada larga a su fotografía. Dice que pensaba que esta imagen era un asunto olvidado, pero que siempre la persigue, incluso ahora que tiene 46 años de edad.

Mientras toca su brilloso cabello lacio, Rina comenta que además de salir en este periódico, su imagen sirvió para ilustrar un calendario ochentero del almacén La Curacao; y que le han contado que también salió impresa en unas salvadoreñísimas toallas marca Hilasal. Pero, aclara que ella no solía utilizar refajo indígena.

Detalla que fue fotografiada cuando era una estudiante de unos 17 años. Dice que en un mes de julio como este, pero de 1981, la Cruz Roja local organizó las fiestas patronales del pueblo. “Dijeron que iban a venir unos turistas gringos y unos periodistas y nos vistieron con trajes típicos de Tacuba. Yo le presté el corte a una señora que sí vestía así, pero que ya murió. La blusa era de una indígena guatemalteca. Y las joyas también me las prestaron. Estaba maquillada, pero a mí siempre se me ha corrido”.

—¿Pero usted tiene raíces indígenas?

—Quizás…

Rina frunce el ceño, me mira con cierto recelo, y calla. No mencionará que su prima es parte de la mesa de cultura ancestral. Y que sus padres, Cristina y Tomás, con los que todavía vive, podrían jurar que hasta el último de sus ancestros nació en Tacuba. Ellos dicen que las bisabuelas de Rina hablaban nawat, prescindían de usar blusa, pero se ataviaban con refajos como el de la fotografía. También dicen que esas bisabuelas solían preparar banquetes con sabores nativos: chumpipes en alguashte, tacuacines ahumados; o bebían “neshpino”, una especie de atol hecho de maíz tostado con miel o dulce de panela.

Sin embargo, Rina continúa absorta en su fotografía. “¡De caderas no he cambiado!”, dice. Luego muestra su retrato a una colega y a una alumna. Ambas sonríen, elogian su guapeza y parecen admirar que haya sido efímeramente famosa. Con las cosas así, Rina —la maestra de Estudios Sociales de tercer grado— parece un poco más cómoda. Así que le propongo volver a ser fotografiada ante la ruinosa iglesia del pueblo. Ella dice que sí, pero pide que sea rapidito, porque en 45 minutos debe dar las clases del turno vespertino.

Calle abajo, rumbo a la iglesia, Rina cuenta que estudió magisterio en Santa Ana. Que aún no se ha casado, ni tiene hijos. Que Tacuba se ha vuelto un lugar peligroso, que apenas ayer alguien asesinó a balazos a un joven bachiller cerca del parque. Y que desde que la fotografiaron, en 1981, no ha vuelto a poner un pie en las ruinas de templo que también ha cambiado de forma. En junio de 1982, hubo un terremoto —de 7 grados Richter— que despedazó la fachada barroca de la iglesia. Por eso, dice, ya no recuerda en qué lugar exacto fue fotografiada.

Antes de despedirse, Rina se sincera, arruga un poco el rostro, dice que ella percibe que lo indígena no es del todo bien visto aquí. Sus palabras parecen sintetizar el conflicto de identidad que en Tacuba se libra a diario.

***

Hace una semana conocí a Rina, la joven de la fotografía. Ahora regreso a Tacuba para entender qué sucede en este poblado que le reza a un Cristo crucificado de ojos achinados y pómulos salientes. Y donde, en contraste, existen profanos salones de belleza con rótulos donde aparece Angelina Jolie, la voluptuosa y chele actriz estadounidense.

En la casa de la cultura, me espera la prima de Rina, se llama Maura Jiménez. Es robusta y morena. Ella me invita a unirme a la famosa mesa de cultura ancestral. La componen 20 representantes de los más de 20,000 tacubenses. Todos parecen uniformados por el tono de piel, color panela. Algunos han traído suéteres. Afuera cae un fuerte aguacero que ha enfriado el ambiente.

En la reunión, unos comentan que quieren rescatar cinco antiquísimas danzas autóctonas y varias cofradías que datan de la Colonia. Otros prefieren hablar de Marcelino Galicia, el viejito de 103 años. Reiteran que fue él quien aportó un puñado de vocablos en nawat para crear un libro titulado “El náhuat de Tacuba”. Este libro pretende hacer ver que el nawat de Tacuba difiere del izalqueño en su pronunciación. Así por ejemplo, en Izalco, para decir “hasta mañana” dicen “ixgixga musta”. Pero tacubenses como Marcelino lo pronuncian con k, “ixkixka musta”.

Maura, la prima de Rina, sonríe con cierto orgullo. Dice que al menos este libro inmortalizará algo de Marcelino, algo de la cultura local. Y que en pago a él —el último de los últimos nahuahablantes de Tacuba— será inscrito como candidato a ganar el estatal Premio Nacional de Cultura. Ese que este año entregará $5,000 a quien más haya trabajado por el rescate y difusión de la cultura indígena.

Cambio de tema. A todos los de la mesa les pregunto si se consideran indígenas. Todos dicen que sí. Que no pueden negar lo innegable: que son chaparritos y morenos. Con simultaneidad, casi todos inician una especie de catarsis.

—En Tacuba, el que tiene su billete desprecia a la gente naturalita.

—Por años y años los que viven aquí en el centro nos han llamado indios bolos y huevones.

“Dicen que somos esto y lo otro. Pero nadie se pregunta el porqué”, lo dice Roberto Mendoza, uno de los pocos e inquietos jóvenes que integran el grupo. Es delgado, tiene un bigotillo ralo sobre sus labios, y una gorra negra en la cabeza. Roberto cree que muchos de los males que padece Tacuba, como las pandillas y niños desnutridos, “son los resultados de que nuestra cultura haya sido aplastada y marginada desde hace siglos”.

Quizá Roberto tenga razón. A inicios de la conquista española, alrededor de 1540, los indígenas de Tacuba fueron puestos a las órdenes de Juan Rodríguez Cabrillo, un marinero ibérico. Y este eligió la actual costa salvadoreña para construir 13 embarcaciones con las que descubriría después la actual costa occidental de Estados Unidos, la de California. Según historiadores, el fatigoso trabajo de construcción de las embarcaciones corrió a cargo de muchos indígenas —probablemente muchos tacubenses— que terminaron sirviendo en las operaciones de alta mar, alejados para siempre de su Tacuba.

Antes de despedirme de este reflexivo grupo, Maura se acerca junto a su esposo. Casi en secreto, ella me cuenta que su esposo sabe unas cuantas palabritas en nawat.

—Pero, él quiere decírselas en un lugar apartado, porque aquí en la calle le da un poco de pena.

Este nuevo caso de pena cultural me parece aún más paradójico que otros anteriores. El señor es miembro de la famosa mesa de cultura y hace unos segundos escuchó hablar sobre orgullos y prejuicios indígenas. Sin embargo, la pareja parece tener manifiesta intención de que vea y escuche algo indígena, como si fuera la revelación de un secreto. Y me conducen hasta la destartalada vivienda de una viejecita de 98 años. Se llama Santos Medina. Es la tía-abuela de Rina, la cipota de portada dominical.

Santos es delgadísima. Camina descalza y viste con un enorme delantal que apenas y deja entrever su raído refajo azulado. Le pregunto que si sabe algo de nawat. “¡Todo se me ha olvidado ya, tatita!”, responde. Santos solo tiene memoria para el presente. Una y otra vez repite que “anantes estoy viva. Yo he pasado tristezas, tata”. Y explica que hace solo unos meses, y frente a su nariz, alguien asesinó a balazos a una nuera y a tres de sus nietos.

Santos se ha quedado en silencio, con los ojitos negros clavados en el piso de tierra, como meditando las tragedias de Tacuba. Y el esposo de Maura aprovecha para decirme que a él también se le ha olvidado el nawat. Pero hace un esfuerzo, se pone las manos sobre las sienes y me balbucea algo que suena a “tiagua Tacuba”. Él dice que significa ¿Hoy se va de Tacuba? Le asiento con la cabeza. Y recorro por última vez todas las contradicciones antropológicas que se puede hallar uno en las calles de Tacuba.

En la fachada de una casa de adobes, por ejemplo, un muchacho moreno pinta un nuevo mural que la alcaldía paga a $15 cada uno, como anzuelo para turistas. El mural ilustra a un rancho pajizo con un cono volcánico en el horizonte. Le pregunto si él es también el autor de los dioses mayas que salpican otras casas. Se voltea y responde que sí, y que no los copia de ningún libro o fotografía.

—Todo esto es inspiración. Pura creatividad. Como uno tiene raíces indígenas, esto nomás nos brota.

Le hago notar que él tiene ojos poco indígenas, son enormes y de un profundo color verdoso. Y riendo responde que su papá es chalateco, “pero mi mamá es de acá y su sangre ha sido más fuerte. Soy indio”.

Cerca del mural en ejecución vive Lucrecia Saldaña. Ella es otra de esas míticas ancianas que aún viste refajo. No sabe qué edad tiene, porque cree que alrededor de 1932 alguien le prendió fuego a la alcaldía con todo y sus actas de nacimiento. Ella se ha calculado unos 90 años.

Una nuera de Lucrecia se aproxima. Y detalla que ha Lucrecia le han mandado a comprar a Guatemala varios refajos para que sustituya este que le regaló su difunto esposo hace más de 10 años, “pero a ella le gustan los refajos que tienen rayas verticales, no horizontales”, explica la nuera. Y añade que desde hace años, Lucrecia es la que presta sus refajos a otras jóvenes que salen “disfrazadas de indígenas” durante las fiestas patronales, tal como hizo Rina hace 28 años. Mientras la nuera platica, la tierra empieza a temblar como un flan. Lucrecia se levanta de su silla plástica y mira las resquebrajadas paredes de adobe de su casa. Pasado el sismo, la anciana se vuelve a sentar y prosigue inmutada.

—Yo no quiero dejar mi traje, porque así me tenía mi mamá, que fue una mujer sola. Lo único que no aprendí de ella fue su idioma. A saber qué decía, yo no le ponía atención. Me daba pena.

La pena de Lucrecia —para nada novedosa— contrasta con el orgullo indigenista de Alejandro López, a quien aquí llaman Jandito.

Jandito vive cerca de la casa de Lucrecia, pero es dueño de un rostro de piel blanquecina y angulosa. Parece un delgado jesuita español. Con pasión explica que sí, que su tatarabuelo vino de España y que allá por 1827 construyó una de las primeras casas de lámina y tejas del pueblo. Aún así, él jura y perjura que es indio.

—No tengo nada de qué quejarme de esta raza. Ellos me chinearon y me saturé de sus costumbres. ¡Soy un indígena! Esta es mi raza, mi sangre, mi corazón y mi mente. Soy un pipil nawat…

Afuera de la casa de Jandito, un policía se me acerca para anunciarme algo. Y sin chistar cuenta que ha escuchado que acaba de fallecer el cacique putativo de Tacuba: Marcelino Galicia, el último y centenario nahuahablante. El agente dice que apenas ayer, en una patrulla policial, lo trasladaron de emergencia desde la serranía donde vive, hasta un hospital público de Ahuachapán.

Una transeúnte desmiente al policía. Dice que ella vive cerca de Marcelino, y que este no está muerto, sino grave en su jacal. Que está mal de los riñones.

***

Marcelino no mintió. Vive alejado de Tacuba. Para llegar a su casa hay que vadear un precipicio donde anidan muchos pericos, luego hay que caminar por una hacienda privada. Transitar por desolados cafetales y esquivar varios riachuelos sombreados por una vegetación lujuriosa.

Allí, sobre una lomita de talpetate, se levanta su ranchito de bahareque, uno que comparte con un pariente. Me asomo por la puerta abierta de su pieza y cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad logro divisar a Marcelino desparramado, y sin camisa, sobre una silla. Aquejumbrado, apenas y balbucea un buenas tardes en nawat, ¡Yejyek tiutak!

De Marcelino cuelga una bolsa de diálisis que arrastra en el suelo de tierra. Alrededor de él hay un altar con una cruz, jícaras, pashtes, tecomates, una piel de venado enrollada, un saco con maíz y el arqueado catre donde duerme. Lo único que se mueve son dos irreverentes ratoncitos.

Marcelino trata en vano de levantarse de su silla. Luego se me queda viendo, parece que me ha reconocido.

—¡Se dejó venir! Usted estaba buscando a la muchacha guapa… ¿Y la halló?

Le contesto que sí, y que se llama Rina Medina. Y él me pregunta que para qué la buscaba. Le explico que, por el traje que llevaba, quería saber si era en realidad una de las últimas indígenas del país. Y él reflexiona algo: “El traje nuase al indio. Solo cada uno sabe si es indio o no”.

Esa máscara, que en este momento está agonizante y destrozada por los jalones, es lo único enigmático del personaje. Salvado eso, de místico, Místico solo tiene el nombre. Porque al verle en ese pequeño cuarto que apesta a sudor, pronto queda claro que lo suyo no es el éxtasis ni las revelaciones. Místico difiere mucho de lo que uno cree, de la imagen de héroe que se ha labrado a fuerza de prestar su imagen en videos musicales, en anuncios para vender cemento y en los spots de la pasada campaña del presidente mexicano Felipe Calderón.

Místico es paticorto, con la voz empalagosamente dulce y dueño de esa complicada habilidad que tienen los futbolistas para dar declaraciones después de un partido. En ese mismo cuarto, que hace un momento estaba vacío, una docena de aficionados lo esperan para tomarse una foto, para rogarle que les dé las medidas de su cuerpo para confeccionarle un traje. Más allá de esas paredes, en el escenario que ha dejado atrás, cientos le despiden con aplausos y gritos. Muchos otros le mientan la madre. Místico es un fetiche.

Aunque suene vulgar, lo de esta noche ha sido increíble. Esta noche de viernes, en la catedral, no hubo rudos ni técnicos. Los combates han sido por lugar de nacimiento, una modalidad nueva que ha develado comportamientos impensables en el público. Hubo luces de discoteca y humo con olor dulzón. Cuatro mujeres, sensualmente operadas, se pasearon cada tanto por las cercanías del escenario para anunciar una nueva caída. Los luchadores volaron, se golpearon y hubo dos que se besaron. Uno de ellos, amanerado y vestido entero de rosa, fue vitoreado por el público mexicano. No fue un espectáculo de circo. Esto es lucha libre y probablemente después de leer esto usted quiera asistir a una función.

Frausto Zamora, que alguna vez ocupó el cargo de secretario general de la Comisión para la Lucha Libre en México, dijo en 1994: “Una arena, guardada la proporción, es como una iglesia. A la iglesia se va a orar y a la arena se va a sacar todo aquello que uno guarda la semana”. La Arena México fue construida en 1956. Es un coloso que despertaría la envidia de cualquier campo de fútbol de provincia: le caben 17,000 personas. Este viernes el aforo está a la mitad. El programa es particularmente diferente al de otras noches. Hoy, 22 de enero, la cartelera tiene tres luchas, digámosle normales, y un combate por el campeonato mundial completo. La etiqueta mundial, sin embargo, es azarosa. Salvo los tres japoneses, el par de gringos y algunos puertorriqueños, el resto de luchadores son mexicanos. Pero lo de mundial suena bien.

Lo novedoso de esta noche es la primera eliminatoria del torneo nacional de parejas que organiza el Consejo Mundial de Lucha Libre, una de las tres grandes empresas que en México se dedican al negocio de la lucha libre. El Consejo es además dueño de la Arena México y de la Arena Coliseo.

El torneo está diseñado para que los luchadores se enfrenten según su escuela de preparación. Distrito Federal, Jalisco, Nuevo León y la Comarca Lagunera, en el estado de Torreón. Una especie de todos contra todos. Al principio cuesta entenderlo: en el evento principal no habrá rudos contra técnicos. Uno podría preguntarse: ¿A quién entonces apoyará la porra Tepito, la fiel afición de los luchadores técnicos, esos que siempre se apegan a las reglas?

***

La Arena México huele a palomitas de maíz o en todo caso a aceite de maíz reutilizado. El espectáculo está programado para las ocho y media, pero aún falta media hora y el público siempre es impuntual. Hay un hormiguero de vendedores con gabacha blanca que acosa todo lo que puede. Ofrecen cervezas en vasos de cartón, bolsas con chicharrones, sopas de vaso ya preparadas, imitaciones de máscaras, tortas de jamón, helados fosforescentes y muñecos, tamaño Barbie, de los luchadores estrellas. Obviamente también hay palomitas.

Las sillas a colores, azules, rojas, verdes y naranjas, se ocupan a ritmo perezoso. Hay muchos huecos aún. Deliberadamente escojo la parte central de la fila número 30. Separada por una red metálica y un pequeño muro, la 30 topa con la primera fila del preferente central. Ahí comienza el sitio exclusivo de la porra Tepito. Son seis filas, una treintena de sillas, separadas del resto por esas cintas amarillas policiales. Es el único lugar de la arena que tiene luz propia.

La porra Tepito llega escalonada. Samurai es de los primeros en sentarse, cómodo frente a la malla agujereada. Va con otros dos chicos, cargados todos con mochilas y bolsones. El misterio se devela de a poco. Samurai, un mexicano muy moreno y con saludables cuerdas vocales, saca de su mochila una maraña de cables, reflectores y varias bombas de aire, de esas pequeñas que sirven para inflar balones y las llantas de bicicletas. Los reflectores en las esquinas y los cables se unen con las bombas y posteriormente con las cornetas. Comienza la prueba de sonido: Cuac, cuac, cuac. Una estridencia que inunda la arena y que se prolonga por varios minutos. Samurai sonríe satisfecho.

Para entender la naturaleza de la porra habría que hablar de Tepito. Un punto de comparación sería los alrededores del parque Hula-Hula o algunas calles de Mejicanos o la Zacamil. Pero Tepito es más: el tozudo complejo habitacional, comercial, caótico y sincrético de la capital de México. Es “el barrio bravo”. Una red compleja de calles de comercio informal, punto nada despreciable de distribución de drogas, centro de adoración permanente a la Santa Muerte, galería callejera de murales, fábrica de albures (frases y palabras de doble sentido), anunciados puntos de asaltos, noche convulsa y cantera de deportistas. Místico nació en Tepito. En el mismo barrio se crió Cuauhtémoc Blanco, el amado y odiado futbolista que saltó a la fama con el América, ese amado y odiado equipo.

De las bolsas salen camisetas moradas con una gigante serigrafía en el pecho: Porra Tepito. En la parte de atrás, como en cada rincón de esta publicitada arena, las camisetas lucen su patrocinador, Taquería Chabelo. Chabelo es un tipo gordo de bigote acicalado, luchador amateur, de nombre Jesús Ornelas, que llegará de último, poco antes del inicio de los combates más importantes.

El escenario, el ring, está al centro, visible desde todos los puntos de la Arena. Frente a uno de los costados, en dirección a la porra Tepito, hay una estructura que no puede pasar desapercibida. Es una rampa que conduce a una tarima; tras la tarima, una pantalla gigante a colores que anuncia distintas marcas; después, escalones a ambos costados que dan paso a un nuevo entablado. En este último, flanqueado por dos túneles, es donde comienza todo. De los túneles salen los luchadores, a la derecha los técnicos; izquierda, los rudos. Arriba es donde se pavonean, posan y apuntan con el dedo hacia al público que los venera o insulta, según sea el caso.

Pero antes sale otra comitiva. El anunciador, un tipo joven que alarga la “o” hasta sus últimas consecuencias, toma el micrófono para presentar a las edecanes de la lucha. Son cuatro mujeres en diminutos trajes brillantes de cuero . Ceñidos y con mucho escote. Su trabajo en la rampa es sonreír, menear la cadera, arrojar besos como dulces y soportar los insultos de algunas mujeres del público. La Porra Tepito tiene a su diva. Samurai se pone de pie y chifla cuando mira a lo lejos a Isabel, una petisa colombiana, que ahora mismo está sonriendo en dirección nuestra. “Ahora”, grita Samurai, y la porra despliega una enorme pancarta, la más grande que tienen, que sacarán cada vez que Isabel camine por la rampa. “Te amamos –dice la pancarta–, eres la más guapa de la CMLL”. Encienden los reflectores. No hay manera de que la Tepito pase inadvertida.

Tras la declaración de amor, Isabel se da la vuelta y saluda. La Tepito le chifla, Samurai la despide: “¡Con esa torta y una Fanta, hasta mi pajarito cantaaa!”

La primera lucha es entre dos parejas. Trueno y Sensei se enfrentarán a Inquisidor y Apocalipsis. Esta vez no hay música particular para recibirlos. Tampoco se proyectan videos en la pantalla gigante, algo habitual para las estrellas, imágenes en movimiento que muestran a los luchadores subiendo los brazos y apretando los bíceps. Estos cuatro son “gatos” y entran con mucha humildad. La lucha, a dos de tres caídas, sin límite de tiempo, es aburrida. Especialmente por esto último: se tardan mucho. Los gritos de hastío vienen de todas partes: “Ya luchen, cabrones”.

Samurai participa. Sus alaridos atraviesan el tinglado. “¡Cámara, cámara, ya me aburrieron hijos de su rechingada madre!” Y muchos se carcajean, como la pareja que está dos filas abajo, ella muy maquillada; él con un vaso grande de cerveza y con la máscara puesta de Mr. Niebla, un luchador apestoso que aparecerá más adelante.

La siguiente lucha es más narrable. El presentador vestido de traje negro anuncia que el árbitro es “Terror Chino”. El Terror es un hombre encorvado, de 60 años, y es el encargado de dirimir esta y un par de los combates más. Es curioso el papel de los árbitros. Este es el único caso donde a los árbitros no se les hace ningún caso. Da igual que gesticulen, que intenten separar, que regañen a los luchadores como si fueran niños. Su papel es otro: es representar la figura de un árbitro.

A Terror Chino le siguen los técnicos Diamante, Pegasso y Metálico. Después saldrán, uno por uno, Dr. X, Bronco y Holligan. Hay un despliegue de máscaras y vestuario. Holligan, por ejemplo, va con una camisa ajustada que le aprieta la barriga y de su máscara cuelgan tiras de cuero que le cubren el cuello. Bronco tampoco es atlético porque en esta arena no todo es músculo. Los gritos en esta lucha están dirigidos a él: “¡Bronco, tienes cuerpo de tamal!”. Bronco, un joven muy alto y con una sencilla máscara azul, es un luchador con un cinturón de carne y grasa. Más que tamal, Bronco parece bujía. La porra Tepito se suma a la acometida con una defensa falsa: “¡Hijos de su reputa madre, no porque lo vean pendejo abusen!”

La primera caída la ganan los rudos. Los ganadores no respetan las reglas, dan patadas arteras, arengan al público, reciben cantidad de insultos y eso los hace felices. Por eso son rudos. En una acción previa, Holligan ha pateado en la cara a Diamante; después, los tres, Holligan, Dr. X y Bronco han pateado en la cara y en el pecho a Pegasso. El trío ha entrado al ring haciendo caso omiso a los órdenes del árbitro. También han hecho llaves prohibidas, a juzgar por los gestos de desaprobación de Terror Chino, en las piernas y brazos de Metálico, que hacía muecas de dolor.

Esto es una novela bien contada. Demostrado ya el conflicto, el nudo no podría ser otro que la victoria de los técnicos en la segunda caída. El castigo que recibieron antes no duró demasiado, y Diamante luce renovado, fresco, dispuesto a dar vueltas alrededor del Dr. X antes de arrojarlo a la lona. Los aplausos son para lo más vistoso, para las caídas espectaculares, especialmente cuando estas ocurren fuera del ring. Las patadas en los testículos, como la que acaba de recibir Pegasso, también son populares.

La tercera caída la ganan otra vez los técnicos. El desenlace es de ellos.

Hay una calma antes del evento especial. La porra Tepito ambienta con más graznidos de las cornetas. En los pasillos, una conductora de Televisa, alta y guapa, con una minifalda más ancha que larga, recibe la atención general mientras entrevista a Rey Bucanero, un luchador que esta noche llegó a la Arena maquillado, como de costumbre. Esta vez será espectador y comentarista.

El anunciador, de nombre Armando Gaytán, se ha trepado de nuevo al escenario y está a punto de proclamar el inicio del torneo nacional increíble de parejas. Místico, como dice el brillante y colorido programa, será pareja de Averno.

Arturo Rosas Plata, en el periódico Ovaciones, ha escrito este viernes de enero: “Mucha expectación ha causado el torneo, ya que pueden darse, además, nuevas rivalidades y, posiblemente, alianzas, tal como ocurriera en la década de los sesenta, cuando El Santo formó una pareja casi indestructible con Gory Guerrero o, bien, el mismo plateado con Black Shadow, el Solitario y Doctor Wagner, al igual que los hermanos Shadow (Blue Demon y Black Shadow)”.

Como El Santo, Místico es técnico. Doctor Wagner, como Averno (literalmente infierno), es rudo. Místico y Averno son enemigos. A ver cómo acaba esto.

***

La Biblioteca Nacional de México, alojada en el espacio cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, tiene una buena cantidad de libros sobre lucha. Los hay básicos, como el de Carlos Hoffmann (1960), “Lucha libre”. En él, con ilustraciones de Carlos Verduzco, se puede aprender, en teoría y siguiendo una hoja de papel, las llaves más tradicionales de la lucha: la quebradora, cangreja, tapatía, tabla marina, estaca india, yegua, la cruz nipona o la Nelson, la llave que neutraliza pasando las manos, por la espalda y bajo los brazos del rival para unirlas detrás de su cuello. Sobre esta última, popular donde las haya, el escritor dice: “Cuando está correctamente aplicada, necesariamente produce la fractura de las vértebras del cuello, pues como el lector comprenderá estos no son lo suficientemente fuertes equiparados con la fuerza que tienen dos brazos unidos en un mismo afán”. En 1960, cuando Hoffmann escribió su libro, aún no existía “la mística”, una llave que se ha hecho popular en los últimos años.

Hay libros más actuales y académicos. Un estudio antropológico sobre la lucha libre es el escrito por la alemana Janina Möbius, publicado en 2007. “Y Detrás de la máscara… el pueblo”, un compendio de entrevistas a luchadores, escritores, una zambullida en decenas de estudios sobre el comportamiento humano, la cultura de masas y revistas de box y lucha, es un libro que muestra a la lucha libre en sus diversas facetas: como deporte, como espectáculo popular, como ritual y como show televisivo.

Dice Möbius, en su libro: “La lucha libre no es un evento deportivo ‘puro’, sino la escenificación de un deporte de competencia que, empleando medios específicos de la dramaturgia y del teatro, presenta narraciones para un publico determinado”.

Después, sobre el espectáculo: “El énfasis en la gestualidad, la exageración de las acciones y el componente actoral de algunas interacciones entre los luchadores tienen un manifiesto carácter de slapstick que el público disfruta mucho. Cuando por ejemplo a un luchador le toca recibir una carretada de golpes y de llaves, permanecerá de pie sin moverse, hasta que de pronto caerá de manera espectacular al suelo”.

Algunas páginas adelante cita a Carlos Monsiváis, el escritor mexicano aficionado a las luchas. Dice Monsiváis: “Tal vez el más profundo de los escenarios de la lucha libres se localice en la zona de los gritos, ese elevadísimo juego diabólico que construye el evento, apuntala al ídolo, desfoga al espectador, reinventa la Guerra Florida. ‘¡Queremos sangre! ¡Rómpele su madre! ¡Friégatelo! ¡La quebradora, cabrón! ¡No lo dejes! ¡No te quedes ahí paradote! (…)”

***

Más gritos entre las gradas: “¡Místico, Místico, eres un puto!” La canción que ha sonado poco antes en los altavoces de la Arena México avisa que Místico saldrá pronto hacia el ring. Es una tonada con cánticos en latín. Pareciera que algo o alguien sacrosanto saldrá de los camerinos. Los insultos no han salido de la porra Tepito. Samurai presiona la bomba de aire y responde: cuac, cuac, cuac, cuac, cuaaaaaac, los cincos soplidos que en esta parte del mundo se entienden como “Chinga tu madre”, un grave insulto en México. “Por si acaso”, me dice Samaurai.

Aquí, “puto” significa “culero”. Es decir, gay. Hasta donde se sabe, porque la vida privada de los luchadores es aún misteriosa, Místico no es puto. Vive en un apartamento de la colonia Roma, cerca del centro de la Ciudad de México, con su esposa y dos hijas. Yo también vivo en la Roma. Alguna vez lo había visto, a Místico, paseando en su moto pandillera por las calles del barrio, con gafas oscuras y un casco negro por el que le asomaba el cabello teñido de rubio. En ese momento no sabía de quién se trataba. Fue después, al investigar sobre él, al ver un video no oficial suyo en YouTube, donde se pasea sin máscara, después de haber visto un par de fotografías colgadas en blogs, con el rostro descubierto por la treta de un luchador rudo que le quitó ilegalmente su máscara, cuando me di cuenta de que Místico era mi vecino.

Antes de la fama, es decir, antes de que protagonizara el video de la canción “Me muero”, del grupo español La Quinta Estación o de que tuviera su propia revista de cómic (“Místico: el Príncipe de Plata y Oro”, a $0.56 el ejemplar), Místico tuvo otros nombres. Se llamó Deportivo Kid Azteca, Dr. Karonte Jr. y Astroboy. Fue el 18 de junio de 2004 cuando debutó con la máscara plateada con destellos dorados. Tenía 23 años.

Visto de frente, pareciera que la máscara de Místico está decorada con un sol muy dorado, rodeado de rayos, que le separa los agujeros del antifaz. Pero es otra cosa, acorde a su personaje. Desde la CMLL, la empresa que gestiona al luchador y dueña de la arena donde estamos sentados, me dicen que se trata de una hostia. Así, con esa imitación dorada de las delgadas hojas de pan ácimo que se dan en las misas católicas, el traje de Místico tiene su lógica. Lleva estampadas grandes cruces en los costados de su ceñido pantalón blanco. Muchas veces lleva camisetas con un crucifijo bordado en el pecho. Los complementos de la máscara, además de la canción en latín que utiliza cada vez que entra en una arena, son unas cintas en los antebrazos con la letra “M” y unas muñequeras con forma de alas. Un traje, que con todo y capa y botas, puede llegar a los $400.

A finales del año pasado, la revista Chilango lo entrevistó y le preguntó qué hacía cuando no llevaba puesta su famosa máscara, que se puede encontrar desde cuatro a veinticuatro dólares en las aceras aledañas de la Arena o en los puestos del mercado de artesanías La Ciudadela. Místico respondió: “Voy al cine, convivo, veo mis videos, me subo al metro. La vida con una doble personalidad es difícil: me quito la máscara y no soy nadie. La fama es la máscara. Yo, como persona, soy igual que ustedes”.

Esta noche, sin embargo, la máscara no es ni plateada, ni celeste, dorada o rosada con blanco como otras veces. Esta vez sale con cachos.

La final de la primera eliminatoria del Torneo Nacional Increíble de Parejas la ganan Máscara Dorada y Atlantis, “el ídolo de los niños malos”. Místico y Averno, los rivales ahora aliados, pierden la final. Antes de llegar a la final, Atlantis y Máscara Dorada derrotan a Mr. Niebla y Máximo. Es la pelea de la noche.

Mr. Niebla es sinónimo de peste. El personaje es apestoso, a juzgar por el rostro de Máximo, que se asquea y le rocía perfume desde un vaporizador rosa. Mr. Niebla va vestido de negro, con máscara roja y negra, y una piel en la cabeza que simula un animal muerto. El anunciador lo exhibe: “Con su ritmazo, directamente desde el basurero llega el carroñero, ¡Mr. Niebla!” La música que le acompaña al entrar es una cumbia villera, una canción popular del grupo argentino Los Pibes Chorros llamada “Colate un dedo”. Mr. Niebla baila e invita a su compañero que viene detrás, tímido, a mover las caderas. Máximo, vestido con una malla rosa, una mezcla de atuendo de gladiador y un tutú, baila la cumbia con la delicadeza de una teibolera.

Máximo, “el glamur de los cuadriláteros”, es exótico. En su cabeza lleva un corte mohicano teñido de rosa y su estilo de lucha invitaría a pensar a cualquiera que se trata de un luchador no tan macho. En lugar de arrojarse de frente, cuando está arriba de la tercera cuerda, Máximo se arroja de nalgas; en lugar de pegar con el puño cerrado, Máximo da cachetadas. Y besos.

Casi al final del combate, Mr. Niebla y Máximo, apodados desde entonces como “la Peste del Amor”, parecen estar a punto de ganar. Sometido por Mr. Niebla en una esquina, inmovilizado por una llave Nelson, Máscara Dorada está en bandeja para el beso de la muerte. Máximo, en el centro del ring, se gira sobre su eje para escuchar los gritos del público: “¡Beso, beso, beso!” Entonces se agacha y se pone en cuatro. Comienza a gatear, despacio, mientras simula dar arañazos con una de sus manos. Máscara Dorada se intenta zafar. Es inútil. Máximo contornea su lengua y ruge. Le da un beso en la boca (o eso parece en la distancia) y Máscara Dorada rueda por la lona, como si se tratara del más terrible de los golpes.

La misma artimaña la aplican los rudos con Atlantis. A los rudos se les permite eso: que haya dos o hasta tres de ellos sometiendo a un solo técnico. Después de haberle golpeado, Mr. Niebla sujeta a Atlantis para que Máximo se acerque con sus labios. El público exige el beso y Máximo se acerca despacio, como de costumbre. Un poco más, más cerca. Atlantis se suelta en el último momento. El beso lo recibe Mr. Niebla, que se limpia con ganas la boca. Desde donde estoy, junto a la porra Tepito, que le aplaude a Máximo y le pide besos, no es posible saber si es un beso sincero.

Roberto Mancía, el fotógrafo que me acompañó a la Arena, me comentó después lo que vio en los labios de Mr. Niebla: “Me besó este cabrón”.

Tras su eliminación, quise hablar con Máximo. El personal de la CMLL me llevó a los camerinos, a los que se accede después de pasar dos controles de seguridad y una gruesa puerta metálica. Entré al pequeño cuarto donde minutos después hablaría con Místico. Máximo llegó apurado, vestido ahora con camiseta y pants.

Máximo es nieto e hijo de luchadores. Su padre es también singular. Se hace llamar Brazo de Plata, aunque es conocido como Super Porky: es un gordo seboso, de más de 230 libras (más que sobrepeso cuando se mide 1.70 metros). La especialidad de Super Porky, como se esperaría, son los golpes con la panza.

Le pregunto a Máximo sobre la idea de su personaje. Él, con su voz de locutor de radio, me aclara que no es gay y dice: “El personaje… pues buscábamos que la gente tuviera una idea por el nombre y luego darle otra. Máximo es un nombre masculino, fuerte, pero es exótico. Tú lo puedes presenciar: es un alegre”.

¿Te gusta o te incomoda hacer este personaje?, pregunto. “No me incomoda”, responde Máximo, “al contrario, al principio fue difícil porque llevas dos personajes al mismo tiempo, el bando en el que estás, los rudos, y trabajar este personaje de Máximo. Gracias a Dios que gusta, gracias al público pues es quien nos hace o nos deshace”. El público corea a Máximo.

***

Llegó el momento. Suena “Ameno”, la canción del grupo Era. Averno y Místico entran juntos, van de negro pero hay algo raro. Parece como si se hubieran combinado: Averno lleva los cuernos de siempre, que se yerguen sobre sus sienes, pero además lleva la hostia en medio de los ojos. Místico ahora lleva cuernos.

La rivalidad entre ambos se remonta a 2005, cuando Místico venció a Averno y ganó el campeonato de peso medio de la CMLL. Pero esta noche ambos representan al Distrito Federal. La primera riña, antes de la final, es contra Terrible, un luchador que aparenta ser un roquero duro, y Volador Jr., un (ex) amigo del Místico en el llamado Sky Team. Místico hace lo suyo: se trepa a la tercera cuerda y se lanza de espaldas hacia Volador Jr. El atacado, vestido también de negro, da patadas entre las cuerdas y se arroja cada vez que puede fuera del ring.

Poco importarán en esta caída Averno o Terrible. La lucha es entre Volador Jr. y Místico. El público grita. La porra Tepito aún apoya a su héroe con las bombas de aire. Samurai está extrañamente callado. La Tepito tiene una buena cantidad de fotos gigantes de sus ídolos, que se levantan para animarlos. Esta noche, pese a estar ahí, la foto brillosa del Místico no será levantada.

Místico lleva la delantera. Aprovecha que Volador Jr. está aturdido para rematarlo. Prepara “la mística”. Místico se lanza de costado y sujeta con un brazo a Volador Jr., gira a su alrededor y consigue sujetarle el cuello con ambas piernas. Recorre de un lado a otro el cuello de Volador Jr. y afloja las piernas y vuelve al brazo izquierdo de su oponente, donde había iniciado, para tumbarle y aplicarle una palanca. Volador Jr., tirado de espalda y con el brazo supuestamente inmovilizado, consigue liberarse. Místico se vuelve rudo. El árbitro mira hacia otra parte. Místico da un golpe ilegal y le arranca la máscara a Volador Jr.

Hay desconcierto. ¿Místico se ha vuelto rudo? ¿Ya no respeta las reglas? Buena parte del público lo insulta. Averno, a su lado, está acostumbrado. Hay empujones y, como pasa cuando una nueva rivalidad parece nacer, Volador Jr. toma el micrófono y reta a Místico delante de la audiencia: máscara contra máscara. El otro acepta, pero aún no hay fecha.

Los gritos de “¡Místico puto!” opacan cualquier otro ruido o música. La Tepito apaga sus luces. Místico entra al cuarto que apesta a sudor después de su siguiente lucha, la final perdida contra Atlantis y Máscara Dorada. Aún está exaltado y habla entrecortado. Trae la máscara negra desgarrada, casi destrozada por los dos combates previos. Su nariz está a la vista porque la hostia ha desaparecido por los jalones de Volador Jr. y Atlantis. Sus lentes de contacto blancos todavía están en su sitio. Dentro del cuarto hay varios periodistas y fanáticos. También están su asesor, un hombre con gafas oscuras (es de noche), y Averno, que espera la oportunidad para hablar con la prensa.

Pienso en preguntarle sobre su carrera, sobre la construcción del ídolo, sobre los anuncios que había hecho para el partido de gobierno. Pero está lo otro, lo que acaba de pasar. Y pregunto: ¿Rudo, Místico? “No me importa ser rudo o ser técnico”, responde. Alguien más insiste y Místico amplía: “Si la gente me quiere de rudo o de técnico, yo haré lo que la gente quiera. He demostrado que soy profesional, me adapto al equipo que sea”. Los reporteros le insisten. Místico, entonces, usa un símil bastante válido: “Yo soy como el América, me gusta que me abucheen. Estoy para servirle al público. Ya no hay rudos ni técnicos”.

Esa es la noticia la mañana siguiente. La prensa que cubre las luchas habla mal de él. “Un Místico ‘rudo’ salió a darle con todo a sus propios compañeros, entre ellos Volador Jr., quien se llevó tremenda paliza e incluso fue víctima de marrullerías”, dice MedioTiempo.com. Místico ha dejado de ser técnico. La lucha libre tiene un buen motivo para seguir con su espectáculo.

Tengo a la muerte frente a mis ojos. Mi presencia en esta sala lo confirma. Es como si la invocara, pero en realidad todas las mañanas la encuentro allí, esperándome. Mi trabajo es interrogar a los muertos. Para eso me puse este par de guantes, el gorro de cirujano y la mascarilla hace unos minutos. A las 8 de la mañana de este martes 23 de junio tres cuerpos esperan turno dentro de bolsas negras. Dos hombres adultos y un bebé.

Mi nombre es Alfredo Romero, médico forense. A menudo me preguntan si este oficio provoca cierta adaptación a la muerte y les contesto que puede que sí, pero que uno jamás pierde la sensibilidad. No voy a mentir: cuando tengo en la mesa a un bebé, como ahora, de repente todo es menos fácil y la mano tiembla antes de agarrar el bisturí. Ella es Blanqui, el cuerpo número 985 del año, y estoy a punto de hacerle una autopsia. Ingresó anoche. Se cayó. Tenía un año con cuatro meses.

***

El cuarto no es agradable a la vista. Mucho menos al olfato. El olor es fuerte, una mezcla entre sangre, formol y carne descompuesta que hace inútil la mascarilla de protección. Este debe ser el olor a muerte. Las paredes son entre amarillentas y oscuras. Nadie llega aquí por equivocación. Es la sala de autopsias del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador, y tampoco es muy grande. Solo lo suficiente para que en su interior permanezcan tres camillas largas o bandejas de metal dispuestas para ser ocupadas por cuerpos inertes. El trabajo de cada día. Encima de una yace Blanqui. Hasta hace doce horas todavía estaba viva. Ahora, este diminuto cuerpo moreno que hizo titubear a Alfredo, el forense de turno que accedió a participar en esta historia, presenta ya los primeros signos de rigidez.

Alrededor suyo, más muerte: un hombre todavía embolsado, con la etiqueta de “no identificado” sobre uno de sus pies. De él lo único que saben los forenses antes de abrir la bolsa es lo que dice su breve historial: muerte violenta por arma de fuego. Otra más. Es el cuerpo número 986.

Más al fondo, otro hombre, joven. Lo trajeron desde Apopa. Ahorcado. El tercer cadáver en la sala, el 987. Su historial indica un suicidio, pero aún es prematuro de confirmar. Lleva en Medicina Legal desde las 5 de la tarde del día anterior. Pero ayer fue lunes y la sala estaba saturada. Lo dejaron para hoy en la mañana, junto a la niña y al que está en la bolsa plástica, del que más adelante se supondrá era miembro de pandillas. De los dos hombres adultos se ocuparán esta mañana una doctora y dos auxiliares de autopsia.

Alfredo tiene el bisturí en la mano. Sus lentes lucen un tanto caídos, pero prefiere no tocar nada, no acomodárselos hasta que todo termine. Primero retira el pamper sucio con el que venía. Observa el cadáver de Blanqui en búsqueda de señales, cualquiera, hasta lo más mínimo que le ayude a precisar una causa de muerte. Le sostiene la cabeza, pequeña, pelona, y cuenta lo que ve: la única señal física es una sutura en la parte posterior de la cabeza, como una X. Un intento –en vano– del hospital por salvarle la vida. Tras la primera inspección, su deber como forense es anotarlo todo. No puede escaparse nada, sobre todo cuando se trata de un niño, asegura.

Esto que ahora hace, vuelve a decir, es difícil. “Los niños siempre son víctimas.” Pero su deber es buscar la verdad, o indicios de esta: “Vamos a ver que el cuerpo de esta niña nos cuente qué le pasó”.

Blanqui se cayó. Tiene un golpe en la cabeza y creen que esa fue la causa de su muerte. El historial médico es escueto y solo registra este dato. Pero no se necesita la autopsia solo para confirmar lo que ocasionó su muerte. Cumple también con otro requerimiento obligatorio: sus restos serán inhumados en el extranjero y para sacarlos del país necesitan del procedimiento. La familia es guatemalteca. Y eso es todo lo que el forense sabe sobre ella hasta ahora.

La rigidez cadavérica comienza a manifestarse en esas cortas extremidades de niña. El forense aún puede moverle la cabeza con relativa facilidad. Más tarde explicará cómo funciona el mecanismo de la muerte en un cuerpo: a las 24 horas, presenta una rigidez total, tieso como un palo. Y a las 36, recupera de nuevo la flacidez.

Ahora, comienza con el cráneo. Son las 8:30 de la mañana. Con la destreza de un cirujano, Alfredo hace una rápida incisión que atraviesa el cuero cabelludo hasta levantarlo, como quien pela la cáscara de una fruta. En adelante, no se verá nada bonito, comenta. “No es que seamos excepcionales, pero no es un trabajo para cualquiera.”

La delicadeza no es algo propio de este oficio. Para abrir el cráneo, Alfredo toma una pequeña sierra eléctrica. El sonido penetrante del instrumento lo invade todo. En este momento, lo mejor para la mente es tratar de imaginar que está perforando un pedazo de tabla, o de lo que sea, y no un cráneo humano. El de una niña.

Enfrente, el hombre joven, ahorcado, ya está desnudo. Su piel luce amarillenta. La camiseta roja y los pantalones azul negro que traía están en el suelo, junto a unos zapatos tierrosos. Todavía tiene los ojos entreabiertos, en dirección al techo. El auxiliar de autopsia acaba de terminar con el cráneo y la colega que entró con Alfredo a la sala no encontró lesiones en el cerebro. Es hora de pasar revista a los órganos internos. Con un corte en Y, el auxiliar abre la caja torácica y el abdomen. La patóloga supervisa y anota.

El cuadro no es fácil de contemplar. Pero los forenses, como expertos de esta rutina, meten la mano, revuelven y sacan, sacan, sacan. Las vísceras expuestas y el sonido de las costillas quebradas con tenazas no son escenas tan diferentes a lo que se ve en series de televisión, solo que sin las amplias instalaciones, el ejército de especialistas, obsesiva pulcritud o recursos sofisticados. Alfredo se dice aficionado de estas series. Sin mucho pensar, dice que le gustaría trabajar en uno de esos lugares con mejores condiciones, en donde “uno solo pide y le dan las cosas rápido”.

No es difícil creerle cuando, a sus espaldas, el angosto cuarto frío de Medicina Legal luce copado. Solo tiene capacidad para ocho cuerpos embolsados y repartidos en dos estantes. Aquí mantienen a los que nadie reclama, a los olvidados o a los que llegan demasiado desbaratados y rotos como para identificarlos sin un examen de ADN. También debe haber cupo para almacenar temporalmente los cuerpos que vienen a parar aquí el fin de semana, cuando no se hacen autopsias. Cuando la amalgama de factores se junta, es inevitable que haya cuerpos en el suelo, donde el riesgo de contaminación es mayor.

—Esto no es CSI, es El Salvador –se apresura a comentar, entre resignado y jocoso. A veces, dice, el humor suele ser un escudo emocional necesario.

***

En Blanqui el examen avanza a sus órganos internos. Los extrae. Es entonces cuando Alfredo encuentra algo que no es normal: una masa de sangre coagulada entre el hígado y el intestino. Un golpe interno. Hemorragia masiva. De pronto, a la historia clínica de Blanqui le faltan piezas. Para Alfredo, la verdadera causa de muerte ha tomado otro giro: “Puede ser que cuando se cayó también se golpeó el estómago con una mesa u otra superficie. O que alguien la haya golpeado”.

Alfredo toma fotos. Coloca una viñeta con unos números en la cavidad abdominal y toma más fotos que serán su evidencia. Acto seguido, llama a su colega, la doctora Martínez, quien hace unos minutos había pedido a uno de los auxiliares desembolsar al hombre no identificado.

—¡Ah! ¡Si es grande! –dice mesurada la doctora, con la convicción de alguien que con 15 años de experiencia ha visto eso y más.

Alfredo le entrega la cámara a su colega. Se pone un tercer par de guantes para seguir con el procedimiento. En una autopsia puede ocupar entre tres y cuatro. Hoy lleva puestos unos talla 7. Sin embargo, aclara que hay veces en las que le toca usar aquellos que estén disponibles. No importa que sean una o dos tallas menos.

Los forenses devuelven a un cadáver lo que le extraen. Por eso ahora Alfredo sutura el tórax y el abdomen con una aguja especial e hilo de cáñamo de unos 15 centímetros de largo. La costura asemeja una trenza que recorre el pequeño cuerpo desde el pecho. Muchas veces, como hoy, le toca rellenar con papel el interior del cráneo para devolverle su redondez y dejarlo sin hendiduras. Blanqui vuelve a tener rostro.

***

El fin de semana que antecedió a la autopsia de Blanqui fue uno de los más violentos en el país. Murieron 26 personas. Veintiséis. Los municipios, los de siempre: Apopa, San Salvador, Soyapango. Por eso no resultó atípica la advertencia que al otro lado del teléfono hizo Alfredo a la mañana siguiente, cuando el trabajo le obligó a posponer la primera entrevista para esta historia: “Hoy amanecieron doce”. El sábado llevaron a cuatro y el domingo, ocho.

Es por eso que los lunes son atareados aquí. Y en El Salvador, el país más violento de América Latina, trabajo es lo que más le sobra a un forense. En este país que de enero a junio ha arrojado 2,034 homicidios, según la Policía.

Las cifras abonan a esta profesión. Los primeros 21 días de junio daban cuenta de 256 personas asesinadas. Las muertes diarias de salvadoreños llegan a 12, según Medicina Legal, mientras que la Policía dice que son 13. Casi nunca concuerdan.

Lo que es un hecho es que el hombre no identificado recién sacado de la bolsa cumple con las estadísticas. Víctima de la violencia. Más del 80% de los fallecidos son hombres. Unos 570 homicidios tuvieron lugar en la vía pública y la mayoría fueron cometidos con un arma de fuego.

Una vez extendido en la bandeja de metal, los auxiliares de autopsia le levantan el brazo izquierdo y notan el orificio que dejó el proyectil de bala. Uno bastó. Entró por el brazo, un poco abajo del hombro, y destrozó órganos vitales. Lo abren. Hígado, riñones y páncreas lucen intactos. Lo siguiente que notan es una serie de tatuajes en una pierna. Uno aún revela números y letras representativos de una pandilla. Y eso es lo único que intuirán los forenses sobre su identidad. Al final del día, el cuerpo regresará al cuarto frío como uno más sin nombre. La autopsia concluye.

El auxiliar le ha vuelto a coser todo menos la cabeza: se le quebró la aguja para suturar. Alfredo no puede darle una. No están a la mano y deberá esperar a que un supervisor vaya al depósito de insumos y la traiga. Mientras, el hombre, el caso número 987, también deberá esperar ahí tumbado en la bandeja un rato más, con el cráneo abierto.

***

Diez de la mañana. La autopsia de Blanqui ha terminado. Causa de muerte: politraumatismo, hemorragia cerebral y hemorragia en cavidades abdominales. Eso escribe Alfredo en el reporte forense.

Al salir de la sala de autopsias se respira con normalidad otra vez.

Alfredo desecha el traje quirúrgico y los botines de plástico que utilizó. Se enfunda en una bata de un blanco inmaculado con su nombre bordado al lazo izquierdo del pecho. No se le nota cansado. Atraviesa un pasillo de puertas entreabiertas y se adentra en una oficina. Sobre una mesa hay un microondas —que sirve a los médicos para calentar el almuerzo—, una cafetera y una silla de escritorio maltrecha color café. Alfredo se sienta detrás de un escritorio y levanta el teléfono. Hace lo que siente debe hacer. Marca un número y una mujer le atiende.

—Buenos días, quisiera hablar con la fiscal del caso de…

—…

—Sí, buenas, señorita le habla el doctor Alfredo Romero, del área de patología forense del Instituto de Medicina Legal. Es con respecto al caso que tienen ustedes de la niña Blanqui. Acabo de terminarle la autopsia y encontré algo que llamó mi atención…

—…

—Ajá. No tiene ninguna señal en la piel del abdomen, pero adentro hay una hemorragia grande. Ante la sospecha de que pueda tratarse de maltrato infantil, yo lo estoy notificando para ver qué más se puede investigar. Fíjese que la historia clínica solo dice que ingresó por una caída de un metro de altura.

—…

—Ok, a la orden. Hasta luego. Sí, Alfredo Romero es mi nombre.

Cuelga y lo hace con serenidad. Está satisfecho. Llamó porque según sus cuentas el expediente del caso tardará al menos 10 días en estar completo. El tiempo, dice, es algo que juega en contra de un forense. Dice que una llamada ahora podría marcar la diferencia entre investigar una historia de maltrato o una simple caída.

Alfredo está de guardia en el área de patología cuando se realiza esta entrevista y hay que interrumpir cada vez que suena el teléfono o cuando algún trabajador abre la puerta y se asoma con una duda en el rostro.

—Disculpe doctor, tiene el reporte de…

—Sí, ya le digo… Mire, mire, y ¿no ha llegado otro?

La eterna inquietud de un forense.

***

Cuando Alfredo Romero llegó al equipo de patología de Medicina Legal, en 1994, era un novato en esto de la medicina forense. Hoy lleva poco más de quince años de experiencias en un ambiente lúgubre, entre cuerpos inertes y penetrante olor a formalina. En el año 2000, con una beca, obtuvo su especialización como forense en México y luego de tres años regresó a ocupar su misma plaza. Investigar. Exigirse. Ahí, dice, está la clave.

Pero al principio no tenía claro que esto de interrogar a los muertos sería su camino. Es más, hablar de la razón que lo llevó a escoger esta profesión pasa necesariamente por hablar de por qué no quería hacerlo.

—Yo estaba muy bien en el hospital de Sonsonate como médico general. Vine aquí sin conocer de medicina forense. Todo comenzó aquel día: veníamos de un adiestramiento con las enfermeras y yo como jefe de residentes en un microbús. A un lado de la carretera venía una señora con su niño, eran cortadores de café. Un carro se los pasó llevando. Al niño no le pasó nada, pero a la señora la destruyó por completo, le pasó encima. Nos bajamos con las enfermeras para dar asistencia. Dimos aviso al puesto de la Policía en Los Naranjos y notificamos el hecho. Aquello me impactó demasiado, el niño llorando, la mamá destruida. Yo dije: “Esto no es para mí, no puedo ser forense”. Pero parece que escupí para arriba y me cayó en la cara.

Luego le tocó su primera autopsia. Un hombre atropellado. Con los años llegarían los casos “especiales”. Como en 2004, cuando practicó autopsia en Matthew Knight, hijo del fundador de la empresa deportiva Nike, quien murió ahogado cuando buceaba en el lago de Ilopango. En esos casos, dice, preferiría no involucrarse.

—Me llamaba incluso un delegado de la embajada de Estados Unidos preguntándome por cosas a las que no tenía acceso. Yo le decía que solo podía responderle por la autopsia. Nada más.

Alfredo es reservado. Y esta característica no es exclusiva en su forma de trabajar. Con su esposa, quien también es médico forense en otra dependencia, han pactado que lo laboral se queda en la oficina. Ninguno habla de los casos que atendieron ni de a qué personaje tuvieron ese día en mesa de autopsias.

—Mi hijo de 13 años sabe lo que hago. No lo quiere hacer él. Dice que quiere ser doctor algún día, pero doctor de vivos, no de muertos.

***

En el área de patología de Medicina Legal laboran 14 médicos forenses. Un grupo de seis, entre ellos Alfredo y su colega de esta mañana, trabajan exclusivamente en sala de autopsias. Los ocho restantes, además de practicar autopsias durante el día, también laboran para el área de clínica por las noches: reconocimiento de cadáveres en la escena del crimen y traslado a la morgue. Alfredo dice, y no duda, sentirse bien en su posición. No le gustaría salir a la calle a levantar cadáveres. Dice, y tampoco tiene duda, que las autopsias son ahora su especialidad.

Este forense está convencido de que la perfección es lo mínimo que debe exigirse en el oficio. Incluso cuando se trata de autorizar a alguien que dice ser familiar para que identifique un cuerpo. Desde su oficina, no se cansa de repetir que esto no es un circo, ni mucho menos, como para que esas bolsas negras se abran ante a los ojos de cualquiera.

Acto seguido, recuerda algunas desventuras de la profesión. Como la ocasión en la que a unos colegas les robaron el vehículo del instituto calle al volcán con todo y fallecido. “Los delincuentes ni se fijaron y más adelante dejaron abandonado el pick up. ¡Vaya sorpresa la que se llevaron!”

Otro colega entra a la oficina y se incorpora a la plática. Responde como experto a la inquietud de por qué en el instituto el horario de autopsias termina a las 8 de la noche.

—En los hospitales se trabaja las 24 horas porque la gente está alerta todo el tiempo, por la misma adrenalina, pero aquí ¿para qué va a estar alerta uno? La persona ya está muerta.

En la sala, la doctora Martínez ha concluido la autopsia del hombre joven. Ahorcado. “Suicidio”, le añadirá al reporte. Sale del cuarto y se lleva consigo el pedazo de lazo azul que traía enrollado en el cuello. Es el último de los tres. El reloj marca las 11 de la mañana. Termina una jornada más en la sala de autopsias de Medicina Legal.

***

Del caso de Blanqui lo último que supe fue lo que su padre me dijo mirándome a los ojos ese mismo día. Han pasado tres días desde que ese hombre, de hablar y vestimenta humilde, me juró que estaba tan sorprendido como yo por el golpe que había encontrado. Le dije que como médico, mi deber era informarlo a la autoridad. Que esta entrevista no formaba parte del proceso, pero que quería decírselo. Ese mismo día se llevaron el cuerpo de Blanqui. Aquella fiscal a la que se lo conté todo no me ha preguntado más.

Hoy, viernes, amanecieron cinco cuerpos. Son las 8 de la mañana y a mí me tocará examinar a tres. Dos hombres y una mujer. El día apenas comienza.

Mezcólatras

Publicado: 16 octubre 2009 en César Castro Fagoaga
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Antes de comenzar a escribir me sirvo dos onzas de mezcal. La botella no tiene etiqueta, pero una viñeta blanca pegada al cristal me dice lo justo: 54.8% Alc. Vol., mezcal Rudo. Sirvo y mientras el líquido cae dentro del caballito de dos onzas explota en burbujas y perlea. Meto la punta de mi meñique derecho en el vaso y llevo la gota a la palma de mi otra mano. Froto. Hago una mascarilla con mis manos y la acerco a mi nariz. El aroma es dulce, de maguey cocido. Me acerco el vaso y el olor es más fuerte, destapa narices. Doy un trago corto, sin prisas, y el mezcal me lava la lengua, encías y dientes. Lo trago y después doy una bocanada de aire que me regresa el sabor del mezcal desde mis entrañas con más intensidad. Sería injusto que lo intentara describir, incluso los sommeliers de la Ciudad de México han tenido problemas para descifrar los mezcales tradicionales, pero en mi defensa podría decir que este mezcal, además de rudo, tiene sabores cítricos.

No, esta no es una crónica voyerista ni mundana; todo lo contrario, apunta maneras en el campo didáctico. Porque a esta altura, más de uno o una se estará preguntando qué es eso del mezcal, amén de una bebida alcohólica. En El Salvador, el mezcal suena a chino, desconocido en los bares y cantinas, peor en las discotecas. Uno de los mezcales sin embargo, porque habrá que decir que son muchos, sí ha penetrado paladares en El Salvador y en buena parte del mundo. Con una exportación desde México de 137 millones de litros el año pasado, el tequila es el mezcal más famoso y sin duda la bebida insigne del municipio de Tequila, en el estado de Jalisco, y por la que se conoce a todo mexicano.

Pero no es el único mezcal y hay quien cuestiona que sea el mejor por haber abandonado su elaboración tradicional de antaño. Pero estábamos hablando del mezcal.

*****

El bar se llama Red Fly, anuncia que vende cortes argentinos, pero por ningún lado se vislumbra que ahí, los últimos martes de cada mes, se reúna la Logia de los Mezcólatras. Podría parecer que las reuniones de los martes son simples catas, o saboreadas como las llaman ellos, pero el culto al mezcal de esta logia tiene un punto extra: lo que se saborea no es cualquier destilado del maguey sino mezcales elaborados de forma tradicional, un producto que, como se podrá leer más adelante, se salva por rato de la extinción.

Pero hoy no es martes, sino miércoles, y Cornelio Pérez está cerca de la barra cerrando un acuerdo comercial. Cornelio, que usa grandes gafas de pasta y viste con camiseta y jeans, es muy conocido en el Red Fly. Originario de Oaxaca y de familia mezcalera, Cornelio se dedica a comercializar mezcales tradicionales en la Ciudad de México, lo hace con la marca “La Venencia”, que proviene de Ejutla, Oaxaca. Pero su currículo da para más: es uno de los coordinadores y creadores de la Logia de los Mezcólatras.

—La idea de la logia fue contar con un grupo de personas que se dedicara exclusivamente a probar mezcales tradicionales, ¿por qué? En México hay una tradición de mezcales muy vieja, por lo menos en 21 de los 32 estados, pero desgraciadamente como son producciones que vienen de zonas rurales, que las producen poblaciones indígenas, campesinas o mestizas, esas bebidas difícilmente llegan en su calidad original.

La logia arrancó en diciembre de 2005. Desde entonces ha crecido en número de adeptos que pagan una cuota de recuperación que varía entre 200 y 100 pesos (15 y 7 dólares) para tomar un mezcal y luego tertuliar con sus apreciaciones. Después de 120 degustaciones, Cornelio calcula que más de mil personas se han acercado o pertenecen a la logia, personas que tienen como lema una frase de los mezcólatras: “Un día sin mezcal es como un día sin sol”.

Ahora es noche, primavera lluviosa en México, y Cornelio sentado en la mesa responde las dudas de un ignorante del mezcal. Zanjada la aclaración de que el mezcal es un licor que se destila de algunas de las cerca de 200 especies de maguey, esa planta que parece un aloe vera gigante, Cornelio cuenta las razones por la que un mezcal se puede considerar tradicional.

—Es aquel que se hace exclusivamente de maguey maduro, ya sea silvestre o de cultivo. El maguey acumula en su piña o cabeza almidones y azúcares. Parecería trivial, pero muchos cortan el maguey todavía tierno. En el caso del tequila es patético, lo cortan hasta de tres años.

No es difícil adivinar que Cornelio no toma tequila. La aversión se explica en el proceso de producción. Un maguey es un cultivo para pacientes. La planta tarda entre ocho y nueve años en madurar y es en ese momento en que desarrolla el azúcar que será necesario para la posterior fermentación. En el caso del tequila, la demanda agiliza la poda del maguey en menor tiempo, después de los tres y antes de los seis años, por lo que la planta no despliega azúcares.

Si la cortas antes no tienes azúcares, no tienes nada para fermentar después. Y usan azúcares sustitutos, es una bebida falsificada para decirlo ya, ni se le puede llamar tequila porque para eso tendría que ser mezcal.

Cornelio no está mintiendo. En 2004, México aprobó algo conocido como PROY-NOM-006-SCFI-2004, que en términos coloquiales es la norma que rige la producción de tequila. Uno de los apartados define qué es tequila. Se lee que el licor podrá llevar hasta un 49% de otros azúcares.

A la mesa llega Gustavo Contreras con una botella de mezcal en la mano y tres vasos de dos onzas. Gustavo es el otro coordinador de la Logia, es de Durango y comercializa la marca de mezcal “Dioseño”. Estamos por entrar a lo práctico. Gustavo sirve en los tres vasos y Cornelio continúa con la explicación del deber ser del mezcal tradicional: cultivado sin químicos, fermentado con levaduras naturales, 45 grados de riqueza alcohólica y el maguey horneado en horno de tierra.

Levanto el vaso y me dispongo a probar, pero me detengo y mejor pregunto cómo debe hacerse. Lo primero, dice Cornelio, no como el tequila, no de golpe. Y entonces me habla del perleado. Coge la botella con una mano y la agita suavemente. El resultado son miles de pequeñas burbujas que ascienden desde lo más bajo. Son las perlas. Un destilado arriba de 45 grados perlea, es como si te estuviera diciendo que no está diluido con agua. Después me enseña la prueba del dedo, la gota en la mano y el frotado para aspirar los olores de maguey cocido. Lo pruebo despacio y ese mezcal sabe… sabe bien.

Gustavo sirve dos vasos más, esta vez de otra botella con mezcal incoloro, como la primera, pero con gusano. No todo el mezcal tiene un gusano muerto navegando entre sus aguas; algunos productores lo colocan para darle un sabor específico, sabor a gusano, pero hay otros que prefieren tal cual: claramente incoloro. También hay un mezcal en el que se utiliza una pechuga de pavo para darle sabor, pero esa es otra historia. Pruebo el mezcal con gusano. Cornelio dice que lo primero será el sabor del gusano, pero ya cuando lo paladee más habrá un sabor dulce, como frutal, también una parte mineralizada. Lo que destaca es un gusto salobre, a gusano.

La plática se ha derivado, al cabo de una hora, en la primera vez en que los mezcólatras probaron por primera vez el mezcal. Cornelio recuerda que fue a los seis años, Gustavo a los cinco. No es algo raro, como me daré cuenta un par de días después, que los niños prueben gotas de mezcal para familiarizarse con el sabor o que pidan trozos de maguey cocido como el chocolate más exquisito. Cornelio avisa que tendrá que irse y Gustavo sirve dos copas más. Antes de que sea peor, le pregunto a Cornelio qué región mexicana es más recomendable para buscar el mejor mezcal. Responde que depende, Oaxaca por la variedad, pero también que hay un buen mezcal en Michoacán o en Puebla. Me da un número, el de Guillermo Hernández, de Santiago Matatlán, en Oaxaca.

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Oaxaca está a seis largas horas en autobús de la Ciudad de México. Es sábado y la ciudad, que en el casco antiguo recuerda a la Antigua Guatemala y en la periferia, salvando las diferencias, a algunos tramos de Santa Ana, ha amanecido con una espesa capa de nubes grises. Las calles empedradas del centro histórico, muy cerca de la iglesia de Santo Domingo y sus retablos dorados, aloja esta mañana una manifestación blanca a favor de Malena, una profesora de un instituto local que está presa por presuntamente haber protegido a un grupo de pederastas.

Al sur sobre la calle Alcalá, la misma de la protesta, hay varias tiendas que venden mezcal. Son especializadas y de momento no cuadra con la explicación dada por Cornelio Pérez, el mezcólatra. Hay mezcal Oro de Oaxaca reposado, con un color parecido al almíbar de durazno. Cremas de mezcal, grises, verdes, amarillas.

Para llegar a “El Oasis” se camina seis cuadras al oeste del zócalo. El expendio hace esquina con Periférico, una avenida transitada. Dentro, hay una sola persona detrás de una barra de madera. Tiene 64 años, es zapoteco (una etnia indígena que habita en parte de Oaxaca) y se llama Rodrigo Hernández. Es la segunda generación de maestros mezcalilleros de su familia; la tercera es su hijo, Guillermo Hernández, el contacto brindado por Cornelio. Guillermo ha salido y Rodrigo observa y platica no con poco recelo.

Detrás de él hay un estante grande de madera donde se exhiben las diferentes marcas de mezcal que su hijo produce, porque él ahora se dedica a atender el expendio. A la vista hay botellas de mezcal Bonachón, blanco (incoloro) y reposado, con gusano o en cremas de diversos sabores: maracuyá, almendra, mango, café. La de kiwi, con un verde intenso, es particularmente vistosa. Hay botellas sin etiqueta, otras pintadas que dicen mezcal Pechuga con un trozo de maguey dentro y otra con mezcal blanco, de marca Doba, con un pavo en la etiqueta.

Le digo a Rodrigo que estoy un poco sorprendido. Pensaba que el expendio era para la venta de mezcales tradicionales.

—Pues mire, lo que es mezcal tradicional y como es el mezcal es blanco, minero, antes decíamos un blanco minero y lo tomábamos de 45 grados. Ese es un mezcal legítimo, auténtico, pero ya después la gente de antes se fue y vienen los que vienen creciendo y la demanda es que quieren más suave como un mezcal reposado, que se reposa en barricas por nueve o diez meses.

—¿Pero para que sea mezcal tiene que tener arriba de 45 grados, no?

—Así es, pero tiene uno que adaptar a lo que el consumidor pida.

Rodrigo comenzó la fabricación del mezcal en 1970. En su pueblo, Santiago Matatlán, la mayoría de la población vive del maguey. Rodrigo entró a un palenque, como se le conoce a las fábricas tradicionales de mezcal, y cumplió etapas: primero cortó maguey, después lo tapó para cocerlo, molió el maguey con la ayuda de un caballo… La historia se interrumpe con la llegada de Guillermo. Es pequeño como su padre, moreno, y con un parecido sorprendente. Tiene una sonrisa simpática y pareciera que el nombre del mezcal Bonachón se inspiró en él.

Guillermo comenta algo similar a su padre, que los mezcales comerciales que ahora vende han sido producto de la demanda y la competencia. Les pregunto a ellos, productores de mezcal, sobre la mejor forma de saborear un mezcal. Los dos coincidirán en que no toman tequila y que el mezcal nunca debe tomarse rápido, sin respeto, pues eso sería un pecado, dice Guillermo.

Rodrigo pregunta si quiero probar un mezcal. Se gira y busca una botella grande y transparente que luego servirá en un pequeño vasito de plástico de menos de una onza. Dice que es de Agave maduro, un mezcal con sabor a pesar de que solo llega a los 38 grados y con ello, según sus propias exigencias, no alcanza a considerarse un mezcal tradicional. Ese tipo de agave, dirá Rodrigo, no da para más grados. Agave es el nombre científico del maguey, pero es ya costumbre que se usen como sinónimos. Pongo una gota del mezcal en mi mano y la froto, luego meto el aroma en mi nariz. Rodrigo dice que seguro será un olor fuerte, mucho a maguey. El sabor no lo es tanto, pero ya me había advertido que solo tenía 38 grados.

La producción del mezcal es caprichosa. Dependerá del tipo de planta la cantidad de litros que puedan hacerse. Rodrigo da una pista: para hacer un lote del mezcal que acabo de probar se cortan 40 plantas de maguey, pero solo servirá la mitad. Guillermo, a su lado, hace un cálculo más preciso: en promedio, siete kilos de maguey rinde un litro de mezcal y ese , el de agave maduro, requiere el doble. Por eso es caro, añade Rodrigo.

La botella cuesta 200 pesos, cerca de $15. Los mezcaleros tienen también en venta pequeñas botellas de un cuarto de litro que a simple vista lucen como las de cualquier aguardiente, Tic-Tac o pacha que se distribuye en los expendios de San Salvador. No están a la vista, situadas en la balda más baja del mueble, colocadas junto a una docena de botellines plásticos de agua con un líquido incoloro.

Es mezcal Especial, producido con maguey espadín, a 45 grados. Es, en el mar de mezcales reposados, saborizados, cremados y apechugados, el único que ellos mismos consideran puro, blanco y tradicional. Pero está escondido, ninguneado por los clientes que prefieren la crema de kiwi, y a un precio de 15 pesos, poco más de un dólar. Y se trata de una joya. Rodrigo me sirve una copita.

Los dos zapotecos se sueltan y se animan con la charla. Hablan y se interrumpen para contar algunos entresijos de la cultura del mezcal. Una mujer embarazada, dirá Guillermo, no puede acercarse al palenque cuando se está cociendo el maguey en el horno. Correría el riesgo de que se cortase el proceso, pero si ello ocurriera la solución la tiene la misma mujer, que deberá arrojar trozos de maguey al horno. El mezcal no es una labor de mujeres, aunque algunas veces ayuden en la corta de la planta.

Otra botella curiosa es la pintada de rojo y con letras desiguales donde se lee mezcal de pechuga. El líquido es amarillento y dentro de la botella hay dos o una raja de maguey. En ese momento me parece obvio porque cuando mencionan pechuga se me ocurre que se tratará de algún trozo tierno del maguey. Pero Guillermo dice que pensar eso es un error.

—Hay una confusión, a eso se le conoce como pechuga y la gran mayoría le llama pechuga, pero realmente el mezcal de pechuga se hace con frutas y con pechuga de guajolote en la destilación.

Guajolote es el pavo en México. Y sí, para fabricar este mezcal es necesario mezclar las piñas de maguey con trozos de frutas y con la mejor carne del pavo. Rodrigo me pregunta si quiero probar el verdadero mezcal de pechuga. No se me ocurre decirle que no. Alcanza una botella con mezcal blanco que tiene el dibujo de un pavo en la etiqueta, justo arriba de la marca en letras rojas: Doba. Doba y Bonachón son las dos marcas que la familia Hernández comercializa en su expendio de Oaxaca. El resto, que conoceré mañana, son exclusivas para la capital mexicana. El mezcal de pechuga, el verdadero, es mucho más suave que los dos anteriores, será por la pechuga, ligeramente salado, con 38 grados.

Con las tres copas, una cantidad mínima, se me ocurre preguntar si un buen mezcal da cruda, la traducción mexicana a la penosa resaca, la goma. Los zapotecos sonríen. Guillermo contesta que un buen mezcal no da cruda. Aunque hay matices.

—Lo característico de un buen mezcal es que, al otro día, da hambre. Lo otro es que hay que tomar solo de un mezcal, si lo mezcla no se sabe cuál es el culpable. Y bueno, tampoco pasarse de la raya. Hasta el mejor coñac hace cosas malas pasándose del límite.

Poco antes de partir, Guillermo acuerda la hora para visitar mañana su palenque y sus plantaciones de maguey. De eso dependerá entender la fabricación tradicional del mezcal. Rodrigo, entre tanto, pregunta si quiero probar el Bonachón reposado con gusanito. Sí, claro. Compro un par de botellas convencido con las muestras y Rodrigo extiende la mano y me regala cuatro bolsas con sal de gusanito. Son bolsas pequeñas de un polvo con color parecido a la arcilla, una mezcla de sal, chiles y gusanos molidos que sirve como botana. No hay que temerle al gusano: vive conectado al maguey porque es su plaga.

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Después de salir de “El Oasis”, el camino que conduce hacia el zócalo de Oaxaca se detiene con el descubrimiento de La Casa del mezcal, una cantina fundada a principios del siglo pasado. Fuera, poco antes de la siete y media de la tarde, el sol no ha caído, pero se mantiene nublado. Dentro, el ambiente es similar pues hay poca luz que ilumine las mesas de madera. El lugar con rocola está decorado con murales que muestran a un tlaotani indígena que está por recibir una jícara llena de mezcal de una mujer sentada al lado de una planta de maguey.

El mesero que recibe dice que los mezcales que se sirven, ocho según la carta, son tradicionales hechos por la casa en Santa Cruz Xocotitlán, en Oaxaca. Hay también siete cocteles diferentes preparados con mezcal y licores de frutas. Casi todas las mesas están ocupadas, pero nadie bebe mezcal, a excepción de una pareja de vejetes que entrará al cabo de una hora. En las mesas hay cervezas, oscuras y claras, y naranjas dulces dispuestas para cubrirse con sal de gusano.

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Guillermo dijo que vivía en Santiago Matatlán, pero nunca mencionó que su pueblo se considere a sí mismo como la capital mundial del mezcal. Hay un arco metálico pintado de verde, ligeramente enmohecido, que así lo anuncia. A ambos lados de la carretera se observan al menos 13 fábricas y expendios de mezcal, con el epíteto de ser tradicionales.

A Matatlán se puede llegar en un taxi colectivo desde Oaxaca y los 50 kilómetros de distancia se recorren en poco más de media hora. El trayecto de la carretera está plagado de plantaciones de maguey.

Guillermo espera en la puerta de su vivienda, ubicada en la avenida Independencia del pequeño pueblo. La casa tiene un curioso sistema de pitas para abrir desde la calle sin necesidad de llaves. Guillermo recibe con la sonrisa que le abarca buena parte del rostro y comenta que las llaves sobran, este es un pueblo tranquilo.

La cochera de la casa tiene barricas de madera a un costado, donde se guardará por meses el mezcal que luego llevará el apellido de reposado. La madera, con el tiempo, contribuye a transformar la falta de color a un tono que apunta a lo amarillo. El cuarto más próximo a la cochera está ocupado por una mesa, barriles de plástico y bidones enormes que pueden almacenar hasta 2,500 litros de mezcal. Todos están llenos y etiquetados por el Consejo Regulador de la Calidad del mezcal. Esa entidad privada fundada en 1997 es la que avaló que dos marcas de los Hernández puedan ser comercializadas en la Ciudad de México. Guillermo remueve unas cajas y saca las dos variedades del mezcal Milagrito del Corazón, blanco y reposado.

Pero la estrella de la casa está por venir. Es un mezcal tradicional, blanco en sus dos variedades, llamativo donde los haya. Se llama Enmascarado y viene en dos presentaciones: Técnico, con etiqueta blanca y el dibujo de un luchador enmascarado, con 45 grados; y Rudo, etiqueta celeste, mismo dibujo, y 54.8 grados. El Enmascarado Rudo es un mezcal de puntas, como se le llama a lo primero que sale del alambique, el licor más duro.

Caminamos hacia el palenque, la fábrica familiar, que está en el patio de su casa. En un extremo, al aire libre, hay un agujero en la tierra de cuatro metros de diámetro que está forrado de piedras. Son especiales, explica Guillermo, que no se rajan o explotan cuando se cuece el maguey. Ese horno, bajo tierra, puede recibir hasta 12 toneladas de maguey. Se coloca madera, piedras y luego se da fuego hasta que todo es un hervidero rojo. Entonces se arrojan las piñas del maguey, es decir, el corazón de la planta sin pencas, para luego cubrir de bagazo fresco de la misma planta, bolsas y tierra. Se cuece por cuatro días.

Una vez cocido, el maguey se saca y se lleva al molino. Entonces la yegua Elodia de Guillermo, como la de otros maestros mezcalilleros, comienza a trabajar. Es un molino impulsado por el animal, dispuesto sobre una base circular donde se coloca el maguey cocido para exprimir su jugo. Molido, jugo y piezas cocidas pasan a tinacos de madera que se llenan a la mitad junto con agua. Se conservan así por ocho o nueve días mientras se fermentan. Lo que sigue es lo obvio: el interior de un tinaco se vacía en los alambiques para que calor, vapor, agua fría y condensación hagan lo suyo y tras 12 horas caiga un chorro de mezcal. Guillermo dice que ha sorprendido a su hija de año y medio metiendo su pequeño dedo para probar el mezcal. No es algo precoz, aquí en Matatlán el maguey lo es todo y los niños piden trozos de maguey cocido como la mejor golosina, el bagazo sirve de leña y del quiote, un tallo que puede llegar a medir cinco metros que brota del maguey cuando este está maduro, sirve para hacer cereales parecidos a los Corn Flakes.

Volvamos al alambique. Lo primero que cae es un destilado de 25 grados. Los maestros toman el líquido y hacen una rectificación, una nueva destilación que puede producir un nuevo producto superior a los 60 grados. Entonces entra la mano del experto.

—Ahí interviene el maestro mezcalillero para saber qué es lo que quiere y ahí es donde hay que mezclar: puntas, cuerpo y colas. El cuerpo que es de 65 a 45 grados. De 45 grados para abajo son colas. Hay que saber manejarlo en promedio, todo influye en el sabor.

Ocho años de espera, cuatro días de cocción, nueve días de fermentación y 12 horas de destilación. Lo que tiene un maestro mezcalillero es paciencia. Y devoción por una bebida que es fugaz.

—Los mezcales son únicos, independientes, influye todo, el tiempo por ejemplo, pero hasta el estado de ánimo del productor, el tipo de maguey, la tierra si está entre piedras. La concentración de azúcares de un maguey a otro varía. Por eso hacen lotes y de ahí enumeran botellas. Mil botellas y ahí se acabó.

Guillermo conduce un par de minutos desde su casa para mostrarme su plantación que está al lado de la carretera. Buena parte son magueyes maduros que estarán listos para ser bebidas el año que viene. A tres de ellos los sacrificó y les permitió que se desarrollaran su quiote. El quiote concentra todo el azúcar de la planta por lo que estas tres nunca servirán para el mezcal. De ese enorme tallo, el cual ya ha podado las flores, extraerá mil brotes que luego plantará y serán mil pequeños magueyes.

Bajamos una pendiente y llegamos a una explanada donde tiene plantados los retoños del año pasado. Son pequeñas plantas, sin ese aspecto intimidante de las viejas. Guillermo las contempla orgulloso y dice con amor que esa será la producción de 2017.

Antes de despedirnos, Guillermo regresa a su casa, entra a su bodega y sale con dos pequeñas botellas de Enmascarado de 375 ml, una ruda y otra técnica. Van sin etiqueta porque dice que son de su reserva particular.

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Antes de terminar de escribir me sirvo dos onzas de mezcal. La botella no tiene etiqueta, pero una viñeta blanca pegada al cristal me dice lo justo: 45% Alc. Vol., mezcal Técnico. Perlea. El olor es intenso y me transporta al maguey cocido de Matatlán. Está más terso que el Rudo. Está bueno.