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“¡Suban pues que los vamos a violar!”, grita Viviana. Cinco hombres, tres mujeres y una pareja de esposos la siguen. Ellas tienen vestidos de baño. Ellos, una toalla amarrada a la cintura. Dejaron sus cervezas y se salieron del jacuzzi y de los saunas para tomar las escaleras hacia el segundo piso, donde hay un sofá anaranjado largo en forma de cruz. En el primer escalón está Alejandro, que le entrega a cada hombre un condón marca Corona importado de la China. Además de la única pareja de esposos, se forman otras dos. Los tres hombres que se quedaron solos rodean a la mujer que está sola. Ella les unta jabón líquido antibacterial en sus manos antes de dejarlos pasar los dedos y la lengua por entre sus piernas y tetas.

Después de limpiarse, un tipo soltero que asiste por cuarta vez a estas fiestas le toca un pezón a la chica, mientras su vagina recibe caricias de otro hombre. Al tiempo que la tocan, a su lado las otras dos parejas tienen sexo en el sofá. Los tipos, ya sin toalla pero con las chancletas de plástico azul que les dieron a la entrada, están encima, entre las piernas de su respectiva compañía. La pareja de esposos únicamente mira, mientras él la acaricia por encima del bikini.

Un tipo calvo al que la ropa le queda ajustada y la barba empieza a crecerle, es el único de la fiesta que no se ha desnudado. Está sentado en una silla enfrente del sofá. Mira la escena, sonríe, saca su celular, toma un par de fotos, y sigue con la mirada clavada en la orgía que se empieza a formar. Es el productor de este evento, el Emperador de las noches cuckold.

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Dos horas antes de sentarse a observar lo que sucede en la fiesta, Alejandro está encerrado en una cafetería sobre la calle 57, dos cuadras abajo de la Avenida Caracas. Además de la mujer que atiende el local, él es el único que está adentro. La reja está puesta para evitar la entrada de los hinchas de Millonarios que caminan desde El Campín este sábado por la noche.

“Esta es mi oficina improvisada”, dice, riéndose y mirando a la dueña.

A través de la reja, dos hombres con camisetas de fútbol piden una gaseosa y un paquete de papas. “Son puros ñampiros. Si se encuentra uno de Nacional con otro de Millonarios se rompen ellos y rompen todo”, dice Alejandro, mientras se sienta en la última mesa de la tienda y pide un tinto que espera lo ayude a aguantar una noche más como anfitrión de las juergas de los cornudos y los corneadores, que se prolongan hasta las tres de la mañana.

Este empresario de la noche bogotana, de sonrisa amplia y brazos gruesos, se crió rodeado de lujuria.

“Yo soy vago desde pequeñito. Mi papá tenía residencias en Sevilla (Valle del Cauca). Siempre había mucha prostituta y entraba todo el mercado de la infidelidad”.

Hoy su negocio consiste en explotar el fetiche cuckold, o fantasía del cornudo, un juego sexual en el que un corneador tiene sexo con la pareja de otro, que observa y celebra la escena. Durante los últimos cinco de sus 49 años de vida se ha dedicado a organizar estas fiestas sexuales temáticas en sitios que alquila en Chapinero.

“En el mundo cornudo el fetiche del man es ver a la pareja como su muñeca; ella es su parcera, su actriz porno, su amante –explica Alejandro–. El corneador es el que presta el servicio, o sea el amante de la esposa, llamada hotwife. Ella puede tener uno o varios en una noche”.

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La fiesta de esta noche es en Poseidón, un spa gay con zonas húmedas sobre la 57, ubicado entre una tienda de la cadena de precios bajos D1 y una taberna. Hay duchas, turco, jacuzzi y pantallas LCD que muestran escenas de porno heterosexual de culioneros.com, y cuatro cuartos privados, cada uno con la cama a ras de suelo y un rollo de papel higiénico en la cabecera.

La invitación para asistir a la fiesta es un flyer que diseña Alejandro en Paint y le envía a cada uno de los 3.551 contactos repartidos en 16 listas de difusión que tiene en su Whatsapp. Va firmada con el seudónimo de Eliot Gabalo.

“Una noche estaba viendo un programa en NatGeo sobre las fiestas del emperador Heliogábalo y pensé que eso se podía hacer”, comenta a propósito del personaje en el que se inspiró: un joven emperador romano conocido por los banquetes que armaba y por ser una de las primeras personas que los historiadores reseñaron como transexual.

“Crecí y seguí siendo vago: organizaba fiestas de mi bolsillo, nos reuníamos con amigos y hacíamos orgías. Sacábamos suites en el Hotel La Fontana, en la 127, y montábamos fiestas solo por placer”.

Para lograrlo, usaba una extinta sección de clasificados del periódico El Tiempo, ‘Corazones solitarios’, donde publicaba avisos para contactar a personas dispuestas a compartir esta experiencia con él y sus amigos.

“Hace 28 años estoy casado con la misma mujer, pero he tenido siete mozas. Nunca he tenido una enfermedad venérea ni hijos por fuera del matrimonio, como dicen por ahí: he sido jugador pero responsable”, dice antes de contestar el celular y darle a una mujer indicaciones para llegar a la fiesta.

“Cuando estés ahí me pegas el pitazo. Un besito”, se despide y cuelga. Era Natalia, una médica que Alejandro describe como una mujer bajita y chusquita, su pareja desde hace dos años en el mundo cuckold. “Somos una pareja, pero más como de buenos parceros, de socios; no creo que estemos enamorados ni tengamos una relación sentimental, pero es parte del ejercicio”, dice.

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La noche de Alejandro no acaba sino hasta las cuatro de la mañana, que es cuando termina de revisar las cuentas que dejó el evento. Cada sábado sale a las seis de la tarde de su casa y vuelve hasta las cinco de la mañana. La noche se le va preparando todo para las fiestas, que incluyen rumbas personalizadas a petición de sus clientes.

“Hay un man chacho, con un puesto importante en la Procuraduría General, que es muy cornudo. Me dio un millón de pesos para que le celebrara el cumpleaños de su pareja. Quería que le consiguiera tipos jóvenes para que tuvieran sexo con ella; una de las fantasías del man era que hubiera un negro y se lo incluí”.

Pero no todas las noches su tarea es organizar fiestas cuckold en la ciudad. También colabora como conductor radial en Bogotá Nocturna, un canal de YouTube.

“Yo hago dos programas: uno que se llama Atmósfera Erótica, en el que se tratan temas sexuales, y otro que se llama Mi Empresa es Colombia, dedicada a entrevistar empresarios colombianos para dejarles un mensaje positivo a los jóvenes”.

Su cercanía al mundo de los fetiches le ha dado el bagaje para conducir Atmósfera Erótica, y su vena empresarial, que cultiva desde que estudió Ingeniería Química e Industrial en la Universidad Nacional, le permite entenderse con los empresarios que invita a su otro programa.

“Trabajé mucho tiempo con polímeros y tuve una empresa de adhesivos. Me mataba como un hijueputa en eso. Tenía 42 empleados jodiéndome la vida. Hice plata pero también hubo mucho estrés; era despertarme y hacer 20 millones ese día. Cada mes lloraba”, cuenta.

En la industria química, Alejandro tenía que transformar la materia prima en productos para comercializar. Ahora, en su faceta de empresario del sexo tiene que vender y recrear una fantasía, y lograr que se vuelva un círculo vicioso para que sus clientes regresen.

“En la organización de estos eventos el mayor riesgo es que no venga nadie y solo pasó una vez”, dice. Le sucedió por culpa de un socio que tenía antes. “El man sólo quería convocar por redes, hicimos el experimento y llegaron dos personas…”, cuenta Alejandro, que desde esa experiencia ha explotado más el uso de Whatsapp, pero sin descuidar los perfiles que tienen en redes sociales como Twitter.

“Aprendí a manejar redes sociales y posicionamiento SEO. Tengo varias cuentas en Twitter, pero la de presentar es @eliotgabalo –donde tiene más de 12.000 seguidores–”, explica mientras las busca en su celular, en el cual también tiene instaladas aplicaciones para buscar pareja como Tinder o Badoo. “Todos los perfiles los manejo personalmente, desde Hootsuite”.

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Esta noche Alejandro no espera una convocatoria masiva. “Es 13, no cae quincena y no van a venir muchos”, pronostica. Sale de la cafetería y camina dos cuadras hacia la Caracas. Saluda a un amigo –un hombre casado que viene con la moza– y a Natalia, su pareja en este juego sexual, que ya lo estaba esperando a la entrada del sitio. Él le da un pico y ella le entrega una caja con 24 preservativos.

La invitación es clara: Chico solo 60 mil, pareja 50 mil, chico menor de 25 años 50 mil, chica sola gratis…. Hoy apenas llegan a 20 los asistentes, pero hay fiestas a las que han entrado hasta 120 personas.

“Hace 15 días éramos más de 100, fue Sodoma y Gomorra. Había un grupo de 15 tipos con la misma vieja”, cuenta Carlos Eduardo, de 43 años de edad y seis de divorciado.

No hay fila y los pocos que llegan antes de las nueve de la noche, hora en la que abren las puertas y empieza la fiesta, no ocultan su timidez. “¿Es la primera vez que vienes a esto?”, le pregunta una mujer a un tipo que acaba de llegar y que asiente con la cabeza.

Adentro del sitio, cada hombre y pareja pagan su cover. A cambio les dan acceso a un locker, toalla y chancletas, y a todas las zonas húmedas y cuartos privados del lugar. Cuando entran en calor y dejan la vergüenza, unos empiezan a meterse en el jacuzzi, hablar y pedir cerveza. La estatua del dios Poseidón, que le da el nombre al lugar, se pierde entre el humo aromatizado que sale de unos extintores y carteles que invitan a la protección: “Si te gusta mamar, ponte condón”. La música para prender la primera hora es una compilación que ponen en YouTube: Clásicos del merengue 80 y 90.

“La mayoría de las viejas que vienen a esto son gorditas, eso sí, las cosas como son”, dice Carlos Eduardo, antes de pararse de la mesa donde charla y dirigirse al sauna para espiar a la pareja que acaba de entrar. “No están haciendo nada todavía”, notifica y se vuelve a sentar junto a otro participante que no quiere decir su nombre, Viviana –socia de Alejandro, que está separada y hace 15 días no pudo ir a la fiesta por tener la custodia de los hijos–, y una de las slut toys, que tiene las piernas llenas de morados, pues la noche anterior se cayó bailando en un tubo.

“Las slut toys son viejas que estuvieron metidas en la movida swinger y se quedaron enganchadas, pero ya sin pareja. Son parte de la logística y se encargan de prender el ambiente. Aunque reciben un salario, esto lo hacen por gusto. Gratis no hay nada en la vida y su principal función es acostarse con los manes que vienen solos”, explica Alejandro para negar que se trate de prostitución, aunque admite que sus eventos rayan en ello.

“Esto casi cae en prostitución, por eso se hace en zonas de tolerancia que tienen los permisos. Es sexo consensuado, la gente que viene es por ahí de 40 años. Son parejas y solteros que están por encima del bien y del mal y tienen derecho a reunirse”, dice para defender sus eventos, que ya suman más de 200.

Alejandro se para en la entrada, da la bienvenida a cada invitado y cuida hasta el más mínimo detalle para mantener intacto su título de emperador de la rumba cuckold. Cuando escucha el grito de Viviana, el llamado de guerra para que arranque la acción, empieza a entregar condones.

“Yo soy el más teso en esto. Los otros clubes no le meten creatividad: venden sitio sin pensar en las fantasías de la gente. Yo incentivo el fetiche, lo conozco; he sido cornudo y me gusta. Coger a una vieja y darle clavo entre 10 es una chimba… ¿O usted no lo hizo nunca en el colegio?”, pregunta y enseguida suelta una carcajada.

Barbie, ¿por qué trabajas como modelo de webcam?
Amor, primero, porque en Colombia es muy difícil que le den trabajo a una chica transexual. O eres peluquera, puta o webcam. Obviamente yo prefiero ser una webcam –responde Barbie con voz afeminada.

A los 9 años, Barbie no se llamaba Barbie, su nombre era Marcos. Vivía en Estados Unidos y cuando vio por primera vez una Barbie en la televisión se enamoró de ella.

Siempre me llamó mucho la atención la figura de una muñeca femenina y bonita. Le quise hacer honor a eso, y cuando inicié mi proceso de transformación me puse Barbie. Después empecé a tomar hormonas y mi cuerpo empezó a cambiar –confiesa.

Con más de cinco años trabajando como modelo en chats web sexuales, Barbie, de 25 años, ya es toda una experta en el oficio. No solo se desenvuelve con soltura frente a las webcams, sino que ya se sabe de memoria todos los trucos que hay que emplear para atraer a sus clientes. La mayoría de ellos norteamericanos, alemanes y canadienses con nicks tan grandilocuentes como: amolapija, zorrovergon, dickman y sexboom.

¿Cómo describirías a tus clientes?

Yo los describiría como pequeños ratoncitos curiosos que en su tiempo libre quieren una buena masturbada. Y cuando digo una buena masturbada no me refiero a jalársela mientras ven porno y se vienen. ¡No!, lo que ellos quieren es tener el control y mandarnos a hacer cosas.

Lo que quieren los usuarios de estos chats sexuales en línea como Livejasmin, ImLive, Streamate, Cam4 y MyFreeCams –por mencionar algunos de los más conocidos–, es interactuar con otras personas. Hablar y que una modelo les responda de manera cariñosa. Tener la ilusión de que mientras ellos se masturban una mujer se retuerce de placer imaginando que el vibrador que se introduce en el culo, es la verga que ellos agitan en su mano. Porque para los usuarios no hay nada más excitante que imaginar que una desconocida goza igual que ellos frotándose sus genitales en un coito a distancia. No importa si al final muchos terminan eyaculando sobre el teclado de sus computadores y no sobre las suaves carnes de un cuerpo que jadea de placer.

—¿Alguna vez te has excitado con algún cliente? –le pregunto.
Obvio amor, claro que me ha pasado. Pero la idea no es venirse porque si me vengo antes de tiempo el man se da cuenta y se va. Pero sí me ha pasado que a veces una se sobre emociona, se viene y pierde.

Hoy Barbie me ha invitado a verla trabajar. El estudio –como se le conoce a este tipo de negocios dedicados al sexo virtual– queda en el centro de Medellín en un edificio de fachada descolorida del barrio Maracaibo. De pronto, Barbie aparece por la puerta y me dice “hola” agitando la mano alegremente. Lleva una minifalda, tacones altos que estilizan aún más su ya figura delgada, unos lentes de contacto de color rojo y la piel, sorprendentemente pálida, llena de tatuajes. De todas sus marcas hay una que me llama la atención. Es la palabra bitch –”perra” en español– que tiene tatuada en su pierna izquierda.

Mi estilo es muy suicide girl. Una nena muy tatuada y femenina –dice Barbie con acento paisa.

Cruzamos la puerta del edificio. Subimos hasta el quinto piso por un ascensor viejo y destartalado. Hay estudios inmaculados que parecen santuarios dedicados al sexo. Con olor a lavanda y aire acondicionado. Habitaciones personalizadas para cada modelo. Aseadoras que cada tanto pasan el trapero por un piso reluciente. Pero este no es el caso. Este estudio parece, más bien, el apartamento de un grupo de estudiantes dementes que han dejado que el mugre se acumule y el olor a rancio se apodere del ambiente. La sala es amplia, sucia y con pocos muebles. Al fondo hay un balcón que da a la calle donde dos jóvenes en bóxer cuelgan su ropa recién lavada en un improvisado cordel. Sigo a Barbie por un corredor con varias puertas a ambos lados. Una de ellas está entreabierta. Me acerco y veo a una tranie –así es como ellas se refieren a sí mismas– en tanga y ligueros sentada en un sofá fucsia coreando una canción de reguetón mientras sostiene un dildo en la mano. En otra habitación veo a través de una ranura a una transexual embistiendo a otra usando un arnés con una verga de plástico. La que está en cuatro tiene las manos cubiertas con unos guantes de lavar platos. A medida que me adentro en el estudio tengo la sensación de haber comprado un boleto de entrada al set de una película porno, y tener el privilegio de ser un espectador de lujo.

Aprovecho y le pregunto a Barbie cuántas modelos trabajan en este estudio. Barbie me dice que en total son 9 entre internas y externas.

Internas está la Natalia, la Valeria, la Melody, la Dayana, la Lola y yo mi amor. Y externas hay un chico que trabaja en pareja con otra tranie, y son súper arrechos. Y por la noche llega una pareja de lesbianas. Ah y también hay una niña, una mujer normal.

Algunas de las internas son transexuales que han huido de sus casas y han venido a parar a este lugar. En el que deben trabajar al menos cinco horas al día para ganarse un techo, algo de dinero y comida. El pago de Barbie y de todas las modelos se da en función de las horas emitidas y de los internautas que logren atrapar.

El apartamento es grande. Tan grande que un desconocido podría perderse con facilidad en este laberinto de habitaciones. En total son ocho cuartos. Tres funcionan como viviendas y las otras cinco habitaciones están divididas en pequeños cubículos en donde solo hay espacio para un sofá y una mesa en la que apoyan el computador. Estos espacios están separados entre sí por una cortina que, por lo general, es de color rojo o fucsia.

¿Cuáles son las reglas en el estudio?, le pregunto.
Las reglas son básicamente cuidar los equipos. Si se te daña un equipo, paila, te multan. Si haces algo malo en la página también te multan.
¿Qué cosas no puedes hacer en una página?
Las páginas te regañan por ciertas cosas. Si una llega ebria, si hace show. Con show me refiero a hacer escándalo ebria o bajo los efectos de alguna droga. Si le das tus datos personales a los clientes. Los de LiveJasmin –que es una suerte de vitrina virtual donde puedes encontrar gordas de 140 kilos, jovencitas de carnes firmes, mujeres de curvas perfectas y tetas siliconadas, gays, lesbianas, parejas homosexuales, parejas heterosexuales y, por supuesto, transexuales–vigilan todo pero Edwin, el dueño del estudio, no le pone mucho cuidado a eso. Él nos pide que no hagamos escándalo y no lleguemos borrachas porque por eso sí nos regañan.

Edwin es un aspirante a actor de unos 35 años que encontró mejor suerte en el negocio de las webcams que presentándose a pruebas de casting. Varias modelos se refieren a él como: “Otra chica más de la casa”.

De pronto, Barbie se detiene frente a una puerta. Adentro hay tres camarotes alineados y seis colchones. Sentada, en uno de los camarotes, una tranie con una toalla en la cabeza se maquilla sosteniendo un espejo en la mano. Aquí –me cuenta Barbie –duerme ella y otras cuatros modelos.

¿Qué tal es la convivencia?
La verdad de todos los estudios en los que he estado acá el ambiente me parece muy bueno.
¿En cuántos estudios has trabajado?
Como en cuatro estudios. Cuando llegué de Estados Unidos trabajé en un estudio en Cali. Luego me fuí a Medellín y aquí he trabajado en unos tres, contando donde estoy ahora.
¿Has tenido algún problema en algunos de esos otros estudios?
Amor, en este gremio hay mucha envidia. A mí me ha pasado que otras travestis se me meten al chat con un nick falso para hacerme sentir mal y amenazarme y escribirme groserías. Más que todo eso.

Barbie se sienta sobre un catre con las piernas abiertas. Saca una maleta de debajo de la cama y me pide que la acompañe a su lugar de trabajo. Camino tras ella hasta la sala. Allí abre una puerta y me presenta su cubículo. Es una habitación pequeña en la que solo hay lugar para un computador y un catre con un colchón sin sábanas. Barbie saca de su maleta un tendido de Las Chicas Superpoderosas y tiende el colchón. Luego coloca un bolso y varias muñecas alrededor de la cama. A sus pies pone una crema lubricante, un dildo y un tarro de poper. Solo faltan los afiches de “Maroon 5” en las paredes para que aquella improvisada habitación parezca el cuarto de una adolescente promedio.

Le pregunto por el poper.

Amor, ese tarrito ya no tiene poper de verdad, lo tengo porque los clientes lo piden. También tengo coquitas para orinar. A mí no me molesta hacerlo. Además yo soy muy aseada. Siempre cuando termino, lavo la coca. Y solo me meto los dedos o el dildo.
¿Te has drogado durante las transmisiones?

Durante la transmisiones no, pero sí me trabo antes.

A continuación, Barbie me pide que la espere unos minutos mientras va al baño. Quince minutos después regresa vestida tan solo con una tanga y un sostén de color rosa. En este negocio para provocar erecciones hay que llevar lo mínimo posible de ropa. Mientras ella termina de peinarse, aprovecho para lanzarle otra pregunta:

—¿Qué debe tener una tranie para que le vaya bien en este negocio?
Amor, lo que más importa es la actitud. Es lo que más vale. Conozco tranies que no tienen tetas y no son bonitas pero ganan muchas más plata que otras que son lindas y están bien entetadas. Y todo por la actitud que le meten.

Son las dos de la tarde de un día de semana. Barbie, sentada en un borde de la cama enciende el computador. Conecta su cámara y se registra en Livejasmin y IamLive. Dos de los miles de chats eróticos que se usan en este negocio, y unos de los que mayor flujo de visitantes atrae.

Según Alexa, una página web que provee información acerca de la cantidad de visitas que recibe un sitio web y los clasifica en un ranking, Livejasmin es la página de videochats eróticos que mayor flujo de visitantes tiene de todo el mercado. El segundo puesto se lo lleva Flirt4free, y por último, el podio lo completa, Cam4.

A mí me va muy bien en ImLive. La Livejasmin se ha vuelto muy jarta con tantas reglas. Por ejemplo, ellos piden que las fotos que subas a tu perfil tienen que ser tomadas por un fotógrafo profesional. Es decir, no puedes subir cualquier foto. También te obligan a que tu room esté decorado de cierta manera y sino les gusta como lo tienes decorado, te perjudican poniendo un aviso de que “tu video y audio es de mala calidad”. Ellos quieren que todas las modelos sean iguales. También te prohíben que te salgas del área de la cámara mientras estás en línea. Ósea, si una está trasmitiendo tiene que estar ahí todo el tiempo. No puedes ni ir al baño. Y si ven que una persona que no está registrada en la cuenta desde la que uno está trasmitiendo aparece frente a la cámara, te suspenden la cuenta. Te quitan el privilegio de conectarte durante 24 horas, entonces a una le toca pedirles disculpas en soporte en línea. Son muy estrictos. Ellos joden por todo y además allí casi no me llega gente. Solo me llega un maridito. Una le dice maridito a un cliente que es leal y vuelve a visitarlo a uno.

Visto desde afuera el trabajo de Barbie parece un trabajo como cualquier otro. Tiene un jefe, un horario y una oficina. Solo que a diferencia de una oficinista corriente, a Barbie le pagan por cumplir las fantasías sexuales que le pidan los clientes que se conectan a internet.

Barbie, ¿alguna vez te has enamorado de algún maridito?
No, enamorado, no. Pero si ha habido mariditos que se meten a cada ratico y los tengo en el Facebook y nos hablamos por ahí.

Un cliente se convierte en “maridito” cuando se reporta a diario. Muchos de estos hombres ven como su vida se cae a pedazos cuando las modelos se van de vacaciones y dejan de conectarse por un tiempo. Han generado tal dependencia a verlas a diario que la ausencia de su modelo es como la abstinencia de un adicto. Con el tiempo muchos de estos “mariditos” se convierten en auténticos dispensadores de dinero. Mecenas virtuales que son capaces de viajar largas distancias para conocer en persona a sus amantes cibernéticos.

¿Algún cliente te ha prometido algo?
Uy, sí, siempre. Ellos te dicen: “Voy a estar en Colombia la semana que viene”. Y averiguan la ciudad dónde uno está, y el hotel más famosito como para impresionarla a una. Son muy payasos. Pero no todos son así. Yo tengo un amigo, la Brillo, que se consiguió un marido de verdad. Lo conoció por una página. La Brillo se arriesgó a darle sus datos personales y el maridito empezó a mandarle plata por Western Union. Ahí una sabe que el man es prometedor. Entonces una lo sigue probando y si el man sigue mandando plata, ya se convierte en maridito. El maridito de mi amigo efectivamente vino a Medellín y le trajo su iPhone a la Brillo y todo. Se lo quiere llevar. Yo le dije que le haga, ¿qué se va a quedar acá?

El día de hoy mi trabajo de reportería se reduce a observar a Barbie en acción. Su primer cliente entra a las 2:05 p.m. y lo primero que hace Barbie es pedirle que vayan al privado.

Jillakilladi5009: hi bb.
Jillakilladi5009: you look like a pornstar.
Feminine420: hi.
Feminine420: love you smile.
Djsbaa1223: como tienes ese pipi amor?

Esta sala es gratuita, cualquiera con solo registrar sus datos puede entrar y hablar con una modelo. Sin embargo, aquí el tiempo es limitado. En esta fase de no pago Barbie emplea todos sus encantos para convencer a sus clientes de que ingresen a una sala privada. Una vez allí el cliente tiene no solo toda la atención de la modelo sino el derecho de pedir lo que sea. Es una suerte de paraíso virtual donde todas las fantasías sexuales son posibles. No hay restricciones, bueno quizá el único limite es el cupo de tu tarjeta de crédito.

¿Cómo atraes a tus clientes?
Amor, muy sencillo. Poniendo las canciones que más me gustan y bailándolas resexy. Cada modelo tiene su estilo de música. Por ejemplo a Valeria, la que se hace detrás mío, le gusta mucho “Plan B” y reguetón. Con eso ella atrae a sus clientes. Yo me pongo a escuchar mi música en inglés y a cantar. Así los pesco.

Paréntesis. Valeria es la tranie que más dinero gana en el estudio. Su éxito se debe en gran medida al tamaño de su pene. Según Barbie la verga de Valeria es tan larga que ella misma puede hacerse un oral sin esfuerzo. Basta con que se siente en una silla y se agache un poco hacia adelante, curvando su espalda, y ya puede tocar la punta con la lengua. En el mundo de las webcams una tranie superdotada es como un delantero con una zurda prodigiosa: tiene el éxito asegurado.

Ahora Barbie baila con sensualidad mientras canturrea un estribillo empalagoso. Es “habits” de la cantante suecaTove Lo.

Duro1223: haces shows sucios?
Polaco: mostre o seu pau.
Duro1223: orinas y cagas?
Polaco: coloque sua boquinha bem pertinho vou beijar.

Barbie me dice que se puede ganar un millón doscientos mensuales trabajando medio día. Aprovecho y le pregunto que cuánto dinero se puede hacer en un buen día de trabajo. Ella me cuenta que si tiene suerte y le cae uno de esos privados largos se puede hacer 90 dólares en un par de horas.

¿Y en un mal día de trabajo?
En un mal día de trabajo uno se hace más o menos 10 dólares.
¿Alguna vez te ha sucedido que no te cae ni un solo cliente?
Ay, no. Yo gracias a Dios nunca he sufrido eso. No te miento que en un mal día me hago aunque sea 10 dólares. Pero hay gente que sí. Hay gente con actitud negativa y trasmite eso y nadie les quiere caer. Gracias a Dios ese no es mi caso.

El sistema de pago es muy sencillo: los clientes compran a través de la página en Internet los minutos que quieran con su tarjeta de crédito. Una vez han realizado este paso ellos deciden con qué modelo desean gastarse sus minutos. Cada minuto que pasen con la modelo les costará 1.99 dólares (cerca a $5.000 pesos). La página se queda con el 65% de ese dinero, el 35% restante va para la chica. Sin embargo, a esta cifra hay que restarle otro porcentaje, que es el que cobra el dueño del estudio por la vivienda y el mantenimiento de equipos.

Yo me hago unos 600 mil pesos quincenales, pero a eso hay que descontarle 75 mil por la vivienda.

Por eso, el tiempo que dure un cliente en un privado es preciado. Barbie lo sabe y se las ingenia para retener los clientes. Entre más minutos el cliente pase con ella, más dinero recibirá cada quincena.

Otherside11: hello
Joao171078: hi bb
Joao171078: 😉
Joao171078: kisses
Forever2win1st: you like small dick?
Joao171078: u have a sexy body bb
Joao171078: love u
Iwantyousexy: i want it
Barbiequeensxx: il give u info in pvt

Son las 2:40 p.m. y Barbie empieza a desesperarse. Su playlist da paso a “Genesis” de Grimes. De pronto se pone de pie y empieza a bailar con sensualidad. De un jalón se quita el brasier. Se aprieta los pechos y saca la lengua como si fuera a morderlos. Luego se sienta en un borde de la cama, abre las piernas, se baja la tanga y muestra su verga un instante, lo suficiente como para complacer el morbo cibernético de los internautas y lanzar el anzuelo. Su show ha surtido efecto, porque de inmediato incrementa el número de usuarios en su chat. Y con ellos las propuestas de todo tipo.

Rajesh777id: open ass please.
Rajesh777id: what is your size?
Bigboy123246: im so hard.

El catálogo de perversiones de sus clientes es tan amplio y variado que haría sonrojar hasta aquellos con la mente más enferma. Entre las peticiones más frecuentes de los internautas está la de defecar en vivo. Hay quienes le preguntan si le gusta tener sexo con niños. Y en una ocasión un cliente le pidió que se hiciera cosquillas en los pies y se riera mientras él se masturbaba.

Lo que más me piden mis clientes es que yo sea la dominatriz y ellos mis esclavos. Yo en mi vida real soy una niña pasiva, pero en las páginas los manes me buscan para que sea todo lo contrario. Entonces me toca actuar y decirles que me encanta comérmeles el culo y todo. Cosa que no me gusta, pero obvio yo lo hago por la plata. También les gusta mucho los juegos de inodoro. Quieren ver defecar. Son enfermos por eso. Son súper sucios.

Pero de todas estas peticiones hay una que, en su categoría de “Shemale”, compone la fantasía más apetecida por sus clientes. Esta fantasía no es otra que la de ver una mujer con pene. A diario Barbie le muestra su herramienta miembro a cientos de internautas que con la mano metida dentro del pantalón se masturban como adolescentes desesperados viéndola en la pantallas de sus computadores.

Es por esta razón que las frases que más veces lee al día Barbie en su chat son:

“How many inches?”

Y la segunda:

“Fuck my ass!”

Si creías que las transexuales que trabajan en el mundo del entretenimiento se ganan la vida siendo embestidas por vigorosos sementales, te equivocas. La mayoría de hombres que pagan por los servicios sexuales de una transexual lo que desean no es penetrar, sino ser penetrados. Su fantasía no es otra que ponerse de espaldas en el asiento trasero de un carro parqueado en un callejón oscuro para que una tranie los sodomice.

Manofstrength67: I miss her cock.
Manofstrength67: cock beautiful.
Dickboy666: u have heels u can wear.
Dickboy666: Top or bottom beautiful.

¿Tus clientes son en su mayoría gays u hombres heterosexuales?
La verdad todos son muy fingidos. Hay muchos que dicen: “Soy hétero y nunca he hecho esto antes pero me llama la atención. Pero soy curioso. Pero quiero probar. Mi esposa se acaba de ir. Mi novia está durmiendo”.

Tanteo el terreno y me aventuro a lanzar una pregunta inevitable.

¿Te consideras una prepago?

Barbie voltea la cabeza y mira hacia otro lado. Por primera vez en esta entrevista se toma su tiempo antes de responder.

No.
¿Tu familia sabes que trabajas como modelo de webcam?
Sí.
¿Y que opinan ellos de tu trabajo?
Mi mamá y en general toda mi familia son muy frescos con el tema– dice mientras posa frente a su webcam como una modelo de Vogue. Es como una diva del futuro abandonada en una polvorienta vereda del pasado.
¿Crees que muchas transexuales que trabajan como modelos de webcams lo hacen por gusto o por necesidad?
Muchas lo hacen por necesidad y porque este es un trabajo que ofrece algo cibernético y nada físico. Entonces las que no quieren prostituirse lo ven como una buena opción. Pero hay otras a las que les encanta. Les fascina dar lora y estar allí conectadas. Así y todo yo digo que la mayoría lo hace es por pura necesidad.

Conclusión: la mayoría de tranies que se dedican al sexo virtual lo hacen no porque les guste, sino porque es lo único que hay para ellas. Es eso o pararse en una esquina a vender su cuerpo a borrachos con el hambre atrasada de hembra.

¿Y tú lo haces por gusto o necesidad?
Yo lo hago por necesidad. Obviamente si yo no estuviera necesitada de plata no estaría aquí perdiendo mi tiempo.

Y tiempo es precisamente lo que muchas tienen que esperar antes de que un cliente se decida a ingresar a un privado. En el caso de Barbie le ha tomado unos 40 minutos hasta que por fin cae su primer cliente.

¿Tú puedes ver a tus clientes?
A los pocos que ponen cámara. Hay muchos que se meten sin foto, sin nada.

En este punto Barbie cierra la puerta, haciéndome un guiño que indica que debo esperarla afuera.

Me siento en un sofá a esperar y me encuentro con Valeria.

Hola, amor.

Valeria es la modelo superdotada de la que me había hablado Barbie. Tiene la piel morena y un culo enorme que parece fuera a reventar las costuras de su diminuta minifalda, que a propósito con cada paso que da se sube por encima de sus piernas, dejando al descubierto una buena parte de sus nalgas.

¿Tienes porro?
No.

Ante mi negativa Valeria me lanza una mirada de reproche, se da la vuelta y se pierde por un pasillo.

Al cabo de media hora, Barbie abre la puerta. Entro y veo que ha vuelto a pescar en ese mar revuelto que es el chat. Le pregunto qué tal estuvo y me dice que bien. Al parecer durante el tiempo que estuve esperándola afuera, le cayeron varios clientes, uno tras otro. Hay que tener dotes histriónicos para simular tantos orgasmos a la vez.

Jimdiamond1991: Can I see your ass?
Snowbound37: hello baby

En promedio, ¿cuánto puede llegar a durar un privado?
Un privado puede durar una hora, dos horas o lo mínimo, un segundo. Hay muchos que se meten al privado a ver qué es lo que está pasando y si no les gusta, se salen.
¿Puedes tener varios privados a la vez?
Sí, aunque es difícil. Por ejemplo, a veces sucede que un cliente quiere culo y el otro pide verga. Entonces ahí a una le toca hacer magia. Pero siempre hay una regla, el primer cliente es con el que una se queda. Al que más atención le das. Y cuando se va el primero, una se queda con el segundo.
¿Cuántos ha sido el máximo de privados que has atendido a la vez?
Por ahí unos cuatro. Yo entro en un trance y pienso que estoy haciendo un performance y doy todo de mí. Los que quieran quedarse que se queden. Porque tantos clientes a la vez no puedo, no soy un pulpo.
¿Qué es lo que más te gusta de ser modelo webcam?
Amor, me gusta que es un trabajo donde puedo ganar dinero sin tener que acostarme con nadie y que una puede ser una misma. O sea, te están pagando por tu personalidad y tu estilo. Y por cómo te presentas y cómo tú entretienes a tus clientes, todo eso.
¿Y lo que menos te gusta?
Tener que esperar por horas hasta que te entren clientes. Y que a veces ellos no duran y se van y te hacen quitar la ropa para nada.
¿Crees que este trabajo pueda llegar a afectar tu vida sexual?
Sí, mira que de tanto vivir eso todos los días, cuando una va a tener relaciones con alguien de verdad como que se le quita un poco la magia.

Son las seis de la tarde. Barbie apaga el computador y se desconecta. En unos minutos otra modelo se sentará en aquel cubículo. Pondrá otra música y otros objetos que harán pensar a los internautas que ese cubículo diminuto es su habitación.

¿Te gustaría retirarte pronto?
Sí, la verdad que sí.
¿A qué te gustaría dedicarte?
Al arte, yo soy muy creativa. Me gusta mucho coser y diseñar ropa. Tú me entiendes.

Le digo que le veo futuro en el mundo de la moda y ella sonríe y me responde: “gracias amor”. La misma frase que musita cada vez que alguien le dice, a modo de piropo, que su voz suena auténticamente femenina.

Barbie, ¿qué planes tienes para el futuro?
Amor, quiero salir adelante con mi carrera de diseño, operarme las tetas y ya salirme de esto.

Me despido. Barbie me da un beso en la mejilla y de paso aprovecha para lanzarme el golpe.

Amor, tu me puedes prestar dos mil pesos para comprarme un porrito.

Al día siguiente me conecto. Entro a ImLiife. Barbie está en línea. Algunas modelos miran su webcam con los ojos muertos, como peces encerrados dentro de una pecera. Por un momento me quedo observando todas esas ventanas con personas que simulan masturbarse en sus habitaciones. Con tan solo dar un clic puedes acceder a su intimidad y ordenarles lo que se te ocurra. Basta con ingresar los números de tu tarjeta de crédito e imaginar, por unos minutos, que esa persona que ves en la pantalla de tu computador está realmente excitada contigo, y que la mano que te masturba no es la tuya sino la de esa desconocida que finge tener un orgasmo justo en el momento en que eyaculas. Dejo a un lado mis pensamientos. Entro a Facebook para enviarle un inbox a Barbie y me encuentro con que acaba de actualizar su estado:

“Jajajajaja, los niños que me hacían bullying en el colegio, ahora tienen fantasías sexuales conmigo”.

Los cazadores de gringas

Publicado: 10 diciembre 2013 en Ralph Zapata Ruiz
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Esta noche Phuru es el rey de la fiesta. Mientras rasga la guitarra, se balancea sobre su propio eje, y canta Mama África, de Chico César, saluda a un grupo de brasileños y, en especial, a las garotiñas que se han refugiado en Kilómetro 0, uno de los bares referentes de San Blas. Los asistentes, en su mayoría gringos y europeos, le responden con efusivos aplausos, o levantando su copa en señal de cuando-termines-vienes-a-mi-mesa. Además de ser el líder de Phuru y la banda sin nombre, el músico tiene otros atributos que saltan a la vista: nariz aguileña, pelo largo, mirada de cóndor hambriento, boca de pez, y un tatuaje mochica en su frente con las figuras del Sol y de la Luna. Ingredientes necesarios para que cualquier gringa desamparada se lance a sus brazos y se deje seducir por su verbo florido. El resto será placer puro.

Miro la escena musical desde la barra. El Kilómetro 0 es un local pequeño, de dos pisos, con una zona de canturía donde apenas caben los instrumentos, una barra de madera adornada con harto trago, y mesas desperdigadas delante del proscenio musical. En el segundo piso hay sofás más confortables. Algunas paredes del bar exhiben fotos del Che Guevara, Marilyn Monroe, y Bob Marley, entre otros artistas. Son las 11 de la noche y Phuru se despide, por un momento, de los asistentes. “Vamos a darle la oportunidad a una banda joven que nos acompaña esta noche”, dice y al rato cinco adolescentes ocupan la zona de canturía.

Phuru sube al segundo piso del bar, donde conversa conmigo. Una rubia, de chompa blanca y generosas caderas, y una brasileña de amplio escote, ambas sentadas en unos sofás negros, los miran fijamente y sonríen. Me emociono porque creo que les atraigo. Phuru les devuelve el gesto levantando su mano, y diciéndoles que abajo la fiesta está sabrosa, y más tarde se pondrá mejor. Las chicas prometen hacerle caso. “¿Brichero, yo? He sido, pero ahora ya no. No me hace falta. La música las atrae a todas, yo no tengo que hacer nada”, cuenta Phuru. Su prontuario amatorio dice que ha degustado a doscientas gringas, pero solo recuerda a dos: una española de 19 años, a la que desvirgó, y una holandesa con la que estuvo a punto de casarse.

Me salvé, gracias a Dios– relata mientras la rubia y la brasileña siguen mirando de soslayo hacia su mesa–. Imagínate como estaría ahora, con crías y aburrido de un solo hueco.

¿Qué pasó?, ¿por qué no te casaste? –le pregunto.

Me llevó a Holanda, me pagó todo, pero cuando llegué allá enloquecí: había tantas muñecas hermosas, que ella parecía chancay de a veinte –dice y suelta una risa que muestras sus dientes afilados–. Me acosté con varias, obviamente, ella se enteró y terminamos. Fue lo mejor.

Phuru viste un pantalón ancho a rayas, un polo negro con un símbolo shipibo, dos pulseras de cuero en el brazo derecho, y una cadena con un cuarzo grande que adorna su pecho flaco. Él es flaco, y alto como una garza. Vino a Cusco hace ocho años, desilusionado de su Cajamarca querida, una región dominada por la minería. “Allá no había bares culturales, donde tocar música”, prosigue el muchacho que soñaba con recorrer el planeta, con su guitarra bajo el brazo. Aterrizó en el ombligo del mundo, acompañado de un paisano suyo que ahora vive en España. “El primer año en Cusco aprendí a brichear. Me enseñaron Hugo y otros músicos de Amaru Pumac Kuntur. Esos tíos sí que la rompen con las gringas. Son una bala”, relata mientras bebe una taza de té piteado.

La charla es interrumpida por un músico de su banda que le exige volver al escenario. La gente lo espera ansiosa. Sobre todo, las chicas. Phuru se despide de mí, y avanza raudo hacia la mesa de la rubia y la brasileña. Ambas lo reciben con sendos besos en la mejilla, se ríen coquetamente, y Phuru les dice algo que no alcanzo a escuchar. Más tarde, irán al Ukukus –uno de los primeros bares de Cusco– tomarán cerveza y tragos que ellas le invitarán, bailarán salsa y rock, Phuru las hará zumbar como a trompo, se irán pegando poco a poco, él les hablará de la energía cósmica que los ha reunido esta noche, ellas le confesarán que buscaban un andean lover, y es cuando él aprovechará para hacer la conexión intergenital. Terminarán en el hotel, ellas besándolo como adolescentes desesperadas y él recorriendo sus cuerpos como explorador extraviado. Claro que no veré esa película, porque Phuru actúa solo y yo aún estoy cachorro para esas lides.

***

Nadie se pone de acuerdo sobre el término brichero, ni desde cuándo empezó a usarse en Cusco. Pero, sus posibles orígenes estarían en las palabras inglesas bridge (puente), breeches (braga o calzón), y brief (corto, fugaz). Aunque, el escritor cusqueño Luis Nieto Degregori añade una más, en español: ‘hembrichi’ (enamorada, pareja). “Empecé a escuchar la palabra a comienzos de los ochenta, cuando volví a Cusco –cuenta el autor de Buscando un inca, un cuento sobre bricheros–. Entonces había lugares para turistas y sitios para cusqueños. No se mezclaban. En ese contexto emerge el bichero, que al inicio instrumentalizó sus rasgos andinos para conquistar a extranjeras. Y, así se convirtió en una leyenda urbana”.

Dos factores fueron claves para la consolidación del brichero en la sociedad cusqueña. Por un lado, el aumento del turismo, que produjo un fuerte choque cultural y la mezcla entre locales y extranjeros; y por otro, la liberación sexual femenina, que permitió el nacimiento de la brichera. Degregori, que bebe un vaso de chocolate de rato en rato, sostiene que la figura del brichero ha cambiado. “Ya no es el indígena que se parece al inca, con cabello largo, nariz aguileña y tez cobriza. Este tipo de brichero está en extinción. Ahora los bricheros son más modernos”, dice.

Lo compruebo mientras hago un recorrido nocturno por las discotecas de la Plaza de Armas. Llego al Templo, acompañado de Álvaro, y al instante se nos acercan dos cusqueñas que se mueven locamente, de la cabeza a los pies, mientras sus senos parecen estar a punto de salirse por esos profundos escotes. Álvaro –que tiene los ojos verdes, el pelo marrón y la pinta de Cristo bohemio– empieza a cortejarlas, a jugar un rato con ellas, a bailar sensualmente, hasta que viene la pregunta del millón. “¿De dónde son?”, los interroga una de ellas. “De Lima”, responden ambos, y antes de que le devuelvan la pregunta, las chicas se miran y les dicen: “Ahorita volvemos”.

Al frente hay un grupo de gringas que bailan solas. Desde que llegaron, les había puesto el ojo. Álvaro, que es más avezado y en cierta forma brichero con clase, empieza a bailar alrededor de ellas, se balancea hacia atrás, juntando su espalda con las de sus gringas-objetivos, sonríe coquetamente, y liga con una. La agarra de la cintura, lo lleva hacia sus dominios, le da una vueltita, pero como no habla inglés, su aventura termina con la canción de Moby. Ahora es mi turno, y he optado por cambiar de gringas y me he concentrado en una ucraniana de revista porno. Ojos celestes, cabello rubio, senos prominentes, y un culo que destaca por el jean a la cadera que viste la modelo-turista.

La miro desde mi esquina, creyendo atraerla por la fuerza del cosmos. Ella me responde el gesto clavando esos ojos celestes en mis pupilas. Suena un reggaeton de Tego Calderón, y entiendo que es mi hora. Me abro paso entre las parejas cachondas que bailan pegadas, y llego hasta mi ucraniana. Está con una amiga rubia. Hi, do you want to dance with me?, le digo canchero. No, thanks, me responde ella y voltea la mirada. Pero como soy más terco que una mula, vuelvo al ataque. Don’t I like you?, le pregunto. Ella, que parece incómoda con el interrogatorio, responde con los ojos iracundos, No. She’s my girlfriend, ok?

Unas cervezas más, abandonamos la discoteca y llegamos a Mama África, en la Plaza de Armas. Álvaro reconoce a dos alemanas voluntarias, que viven en Urubamba. Se saludan, brindan con una chela y se ponen a bailar. Me acoplo al grupo, y me engancho con una gringa de lentes y cabello crespo. Conversamos como dos viejos amigos, nos animamos a bailar, le agarro la cintura y estoy a punto de darle un beso, cuando llega un tipo con pinta de Xerxes, que le toca la espalda. “Estás bailando con mi gringa”, me dice y agarra del brazo a la chica. Es igualito a Xerxes, ese rey persa de la película 300. Es flaco, moreno y pelado, tiene dos grandes aretes en las orejas, piercing en la nariz y boca, bigote en forma de U y viste de blanco. Besa a la gringa de cabello crespo, la pega a su cuerpo, la carga emulando una penetración y le coge el culo. Me pregunto qué de especial tienen estos tipos, mientras bebo mi cerveza.

En Mithologyc las escenas se repiten. Gringas que parecen modelos de revistas, vestidas con shorts que exhiben sus entrepiernas y blusas transparentes, agarran con bricheros con el pantalón roto, dreads, o gorros de rapero. Entonces, recuerdo las declaraciones del dueño de un conocido restorán de San Blas. Que los bricheros ya no son solo los de belleza andina, sino que ahora hay hippies, raperos, limeños frustrados que fungen de galanes acá, y señores adinerados de saco y corbata que utilizan el truco del te-invito-un-trago-y-te-vas-conmigo-a-mi-hotel. A fin de cuentas, ser brichero es una actitud, más que una apariencia. Una habilidad, más que una pose chola o india.

***

Me siento derrotado, humillado por esa sarta de bricheros audaces. Pero como un guerrero valiente, decido jugar mis últimas cartas esta noche. Acudo a Siete Angelitos, ese bar cosmopolita que dirige Walter Atasi Márquez. El fotógrafo, Álvaro Franco se quedó en buenas manos y piernas alemanas, en Mama África. Walter, que es un ducho en la bohemia cusqueña, me cuenta que los bricheros cazan a sus presas con la hierba, sí, con droga. Marihuana o cocaína. “Estos parcheros de San Blas, que venden artesanías, les hacen trenzas a las gringas y les dicen que en sus casas tienen marihuana. Ellas acceden. Ellos aprovechan la situación para sacarles plata, y luego llevárselas a la cama. Todo por la hierba”, señala el gordo Walter.

Hay otro tipo de brichero, asegura, que vende el cuento de la Pachamama. Lo místico, lo autóctono, lo exótico, las leyendas incaicas. Como decía Adriana Churampi Ramírez, una estudiosa de este fenómeno, “(el brichero debe tener) el conocimiento básico de la cosmología andina así como la habilidad argumentativa para recusar con estos conceptos la racionalidad occidental”. Con ella coincide, Víctor Vich, quien sostiene que “se trata, en realidad, de un contador de cuentos que vende un producto diferente (su identidad, su historia) en una ciudad también diferente (ancestral, mítica)”. Este tipo de brichero, según Nieto Degregori, es el genuino, el original.

Pero volvamos al Siete Angelitos. Sobre el escenario está Phuru y su banda sin nombre. Lo saludo desde la barra, y él me responde hablando por el micro. Una pareja de jóvenes brasileños se acomoda a mi lado. Piden dos mojitos, y funjo de buen anfitrión, hablándoles del Perú, de Machupicchu, del Corinthians que esta noche quedó eliminado de la Copa Libertadores. Rosana, ojos negros, cabello lacio, tez blanca, y trasero paradito, se engancha conmigo. Me dice que es publicista, que vive en Río de Janeiro, que está de vacaciones y que Cusco es impresionante. Aprovecho y le suelto una broma, ella ríe y muestra sus dientes perfectos, y por casualidad le rozo la pierna. En eso, Ideilson, el novio de Rosana, interviene y calma los acalorados ánimos, contando que es abogado, tiene entradas para la Copa de Confederaciones y que ya es tarde, así que Rosana es mejor irnos. Se despiden.

Me quedo solo otra vez, como casi todas las noches, observando como los bricheros se levantan a las gringas y europeas en mis narices. ¿Cómo lo hacen?, ¿Cuál es el truco? Dos semanas después conversé con varios bricheros y estos me confesaron sus mañas. Como resultado armé este decálogo para quienes pretenden iniciarse en el arte del bricherismo. Pues, como dijo Nieto Degregori, el brichero nos reivindicó como peruanos, nos levantó la autoestima, nos dijo: Ey, eres guapo y puedes levantarte a la gringa más rica del mundo, aunque no puedas cogerte a la limeña de clase alta porque en el Perú aún sobrevive el racismo. Así que si eres brichero siéntete orgulloso de serlo e infla el pecho, y si no lo eres, te enseño a cómo serlo.

DECÁLOGO DEL BRICHERO

1. Aprende inglés y otro idioma más.

2. Pule una de tus habilidades (música, baile, circo, magia).

3. Tienes que ser atrevido, arrojado.

4. Si no perseveras, no la consigues.

5. Aprende chistes en inglés, tienes que ser alegre.

6. Documéntate sobre la cosmovisión andina: los incas, los apus.

7. Acude a los bares cosmopolitas: Kilómetro 0, Siete Angelitos, Mama África, el Templo.

8. Sé práctico y no te enamores. El que se enamora, pierde.

9. Lee mucho de psicología y las leyes cósmicas de la atracción.

10. No te desanimes si te chotean. Vuelve recargado.

Con esos tips interiorizados, volví al Inka Team, una discoteca que los fines de semana revienta de gente, de gringos en busca de su andean lover y latinos eufóricos. Allí me encuentro con dos anfitrionas del café con piernas, que me presentan a una argentina de ojos saltones y anchas caderas. Hacemos clic al toque. Le invito un trago, bailamos salsa sensual, la atraigo hacia mi pecho, en cada vuelta su trasero choca contra mi miembro viril. Nos miramos fijamente y me lanzo al ataque. Le digo que anoche soñé con ella, que sabía que la encontraría allí, que el destino nos había enlazado. Ella pensó lo mismo y se abalanzó sobre mis brazos, en un beso perpetuo. Después no hubo palabras, solo baile, trago y un chau-chicas-nos-vamos. Esa noche le hice el amor con furia. Y hasta ahora no entiendo cómo la conquisté. Solo sé que todo está en la actitud, en el buen trato, en creértela, en no desistir. Claro que no me levanté a una gringa, pero por algo se empieza. Eso pensaba mientras caminaba rumbo a casa, luego de una noche agitada.

Las piernas del café imperial

Publicado: 11 julio 2013 en Ralph Zapata Ruiz
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A Penélope no le gusta el fútbol, pero esta noche viste un ajustado polo de la selección peruana y una minifalda negra que destaca sus anchas caderas. Escote profundo, tacos negros de siete centímetros, pulseras en el brazo derecho, aretes largos y dorados de fantasía, y perfume a chocolate. Sentada en una alargada silla negra de porcelana, en la barra del café, lee con placer una revista de la editorial Televisa, mientras –de rato en rato– interrumpe su lectura para ir a atender a un nuevo cliente. “Espérame un ratito, ya vuelvo –me dice, y sus labios rojos y gruesos se mueven sensualmente–. No te vayas a ir”. Cuando se aleja, sus caderas se contornean como si estuviera en una pasarela imaginaria. Saluda con un beso en la mejilla a un tipo de lentes cuadrados y terno, que llega acompañado de un grupo de amigos.

Los clientes se sientan en unos cómodos sofás blancos, en un ambiente privado, donde hay un televisor que casi todas las noches exhibe videos musicales. El local se llama Top coffee blue, se ubica en la avenida Santa Catalina Ancha, y es el segundo ‘café con piernas’ de la compañía, formada hace una década por tres cusqueños curiosos que importaron la idea de Chile. Fue allí, en ese país sureño, donde nacieron los ‘café con piernas’ en la década de los noventa, luego de la dictadura de Pinochet.

El Barón Rojo fue uno de los pioneros, y revolucionó el negocio: las chicas atendían en bikinis y siempre animaban el día con el famoso “minuto rojo”, sesenta segundos donde las azafatas se desnudaban para los clientes. Eso sí: se miraba, pero estaba prohibido tocar. Ahora, en Chile se calcula que hay más de 170 cafés con piernas, que mueven más de medio millón de dólares mensuales. En Cusco, el primero fue bautizado como Top Coffee Green y –según cuentan los cusqueños más antiguos– era exclusivo para hombres. Aún abre sus puertas y atiende en triple turno: mañana, tarde y noche.

César Salazar Dolmos, uno de los dueños, me cuenta que decidieron abrir su primer local luego de viajar a Chile con los otros dos socios y que, en parte, se dejaron seducir por la idea de tener un café-bar propio. Mejoraron algunas cosas, quitaron otras y adaptaron el concepto foráneo al ambiente cusqueño. El resultado fue un local pequeño, para cuarenta personas, con una barra circular de vidrio, confortables sofás blancos, el mismo color de las paredes que muestran dibujos pop art de mujeres encadenadas, sensuales y elegantes. Luces azules de neón terminan de decorar el ambiente, que de lunes a sábado, desde las 10 am –y hasta la madrugada– se encarga de estimular un grupo de chicas universitarias, vestidas con prendas ligeras y una sonrisa seductora.

***

Lisbeth Dávalos, de 22 años, atiende en el Top Coffee Green de la plazoleta Espinar, que se ubica justo al frente de la iglesia La Merced, a escasos metros de la Plaza de Armas. Ingresó hace cuatro años, movida por el deseo de ganar su propia plata y pagarse una carrera en la universidad. Su trabajo consiste en servir expresos y bebidas alcohólicas, porque el local expende, de noche, tragos y cerveza. La diferencia de horarios marca también el pago a las chicas: Lisbeth, que trabaja de seis de la tarde a diez de la noche, gana 24 soles, solo cuatro más que las azafatas diurnas, quienes cobran 5 soles por hora.

Si bien el sueldo no es gran cosa, como añade Lisbeth, la flexibilidad de los horarios y la comprensión de los dueños sí la incentivan, al igual que al resto de chicas que trabaja en el café y a la vez estudia en alguna universidad o instituto. Aunque, sin duda, el mayor estímulo para ellas es la propina que les dejan los turistas extranjeros y peruanos. En recompensa, ellas los hechizan con sus labios brillosos, sus faldas y minivestidos ajustadísimos, escotes profundos y tacos altos. Pues saben que todo entra por los ojos, y ellas se encargan de subir la testosterona en este café-bar.

Y fuera de él también, porque la noche es virgen y la diversión recién empieza –me dicen Penélope y Celeste, esta última una azafata, cuyos padres creen que trabaja en una pastelería cusqueña–. Ambas anfitrionas han cambiado las microfaldas por jeans a la cadera y escotes más pronunciados, porque estamos en el Inka Team, una discoteca  donde abundan los bricheros y bricheras, tanto como los besos cachondos, y a nadie le importa cuánta ropa llevas puesta, y si no la llevas es mejor, porque lo importante aquí es cogerte a una gringa y pasarla rico, bailando música electrónica y sobando tu cuerpo junto al de tu pareja, como lo hace ahora mismo Penélope y Celeste, que hace rato ya me abandonaron para irse con un par de morenos con pinta de chaleco de boxeador, a quienes le mueven el trasero en círculos y le acercan, con descaro, sus escotes, y yo solo me río porque recuerdo lo que hace unas horas me decía Celeste, que un día un viejo mañoso trató de tocarle la pierna y ella lo puso en su lugar porque no le entra a esas cosas, ella es una señorita de su casa y no se divierte hasta tan tarde, aunque ahora sean las 3 de la mañana, y su amiga Penélope esté prendida del hombro de uno de los morenos, al que después le toca el pecho y se lo masajea suavemente, y esa escena vapulea lo que antes te dijo: que no era una ‘mandada’ ni hacía desnudos, y que su mamá siempre la recogía del café, y entonces todo te da vueltas, vueltas, vueltas, como ese pegajoso reggaetón que suena en los altoparlantes de este local que huele a sexo.

***

– ¿Eres casada? le preguntó un mexicano, de 40 años y barriga prominente, a Marianella, una cusqueña que tiene un aire a Viviana Rivasplata, pero sin el lunar cerca de sus gruesos labios carmesí.
–Sí, le engañó ella, como para sacárselo de encima. El mexicano, como todos los extranjeros que fungen de galanes en países que no son el suyo, insistió con fiereza. “Pero puedes divorciarte y casarte conmigo”. Ella le contestó que no, que tenía enamorado y era el barman del café, que se llamaba Edson y lo quería muchísimo, así que señor –por favor– deje de insistirme sino quiere que llame al dueño del local. El mexicano, que acudía religiosamente al café, nunca más volvió.

Ese día, que fue hace tres meses, Marianella descubrió un arma poderosa para espantar a los hombres que la pretendían. Se llamaba Edson y lo conoció hace cinco meses, cuando ella retornó a trabajar al café, después de una corta temporada de vacaciones. Se hicieron amigos, empezaron a salir y un buen día Edson la conquistó con detalles: rosas, chocolates y poemas. Es amor puro, del bueno, me cuenta la azafata. Asiento con la cabeza porque, seamos sinceros, Edson no es Brad Pitt, tiene acné en la cara, usa gel barato para su cabello, anda desfachatado y habla mal.

Pero el amor es ciego, dice Marianella, y añade que lo suyo es amor de barra. La chica que viste una microfalda jean celeste, una bufanda negra que le cubre su cuello blanquísimo, y unas botas negras de tela que estilizan aún más sus piernas largas y duras, me cuenta que baila saya, en sus ratos libres, y que se hizo de un préstamo financiero hace dos años para cumplir su promesa de viajar a Puno y danzar en la fiesta de la Virgen de la Candelaria. También que ya le falta poquito para terminar ese crédito que la obligó a regresar al café, a este lugar donde ahora conversamos, relajados, ella detrás de la barra, sentada en una silla de porcelana más alta que la mía, y yo un poco incómodo porque el asiento es muy angosto, pero a quién diablos le importa eso cuando Marianella te mira con sus ojazos gatunos, y el aire le revuelve, de cuando en cuando, su pelo lacio, y sus dientes de conejo relucen cada vez que ríe como una señorita educada, mientras tú bebes un café expreso esperanzado en que te quite la resaca del día anterior, y ella cruza las piernas como Sharon Stone en Bajos Instintos, y entonces se te esfuma la resaca porque loque ves exige total atención, mientras ella sigue hablándote como una lora, de Edson, de  su relación amorosa, y tú solo te concentras en sus piernas blanquísimas, en su gloriosa entrepierna y en ese calzón rosadito con corazones que logras ver cuando ella cruza las piernas, y piensas que estás en el cielo, porque ella le agrega más miel al pastel cuando te cuenta que recién hace cuatro meses usa tangas, que la hacen ver más sexy y femenina, pero no hilos, porque esas cosas la incomodan y ella es una chica de buena familia, de gustos sobrios, como los colores claros de sus interiores, tan atractivos como ella misma, que sigue hablándote, diciéndote que estaría dispuesta a sorprender a Edson vistiéndose con un minivestido ajustadísimo, con un profundo escote y unos tacos 15, y entonces fantaseas un rato con ella, como seguro lo hacen todos los clientes cada vez que cruzan esa puerta de vidrio y Marianella se les acerca, con su microfalda celeste y sus botas negras, y algunos de ellos le hacen propuestas indecentes, y ella te confiesa que es tímida y reservada, y que los cusqueños son unos malpensados y los extranjeros más lanzados a la hora del flirteo, y luego te suelta una seguidilla de halagos hacia Edson, pero después te dice que el amor es agridulce cuando tú le preguntas si se casará con él, ansioso porque te diga que no, pensando en que tal vez, algún día, tú tendrás la oportunidad de conquistarla, porque te enamora más cuando te dice que es una voraz lectora, amante del baile y de la diversión, y tú te la imaginas trayéndote un expreso, acercándose todita, con ese escote que es la puerta al paraíso y esa microfalda que es como un imán, tan parecido a este café donde lo único que no harás será aburrirte.

***

Es curioso pero casi todas las chicas que trabajan en alguno de los Top Coffee, incluso dos bármanes, aseguran que su mayor deseo es abrir su propio café con piernas, al que le agregarían más sensualidad, empezando por las chicas: le subirían dos dedos a sus faldas, le abrirían más sus escotes y jugarían con la mente de los clientes, proponiéndoles un espectáculo de trajes temáticos: de enfermeras, policías, barristas, mucamas y dominatrices, porque están seguros de que el café no hace sino despertar deseos dormidos. Eso me cuenta Paul Suni, de 21 años, el barman del café que ya sueña con su local propio. “Porque es un negociazo –me dice–. Llegan ejecutivos, futbolistas del Cienciano y del Real Garcilazo [dos clubes profesionales de Cusco], dueños de restaurantes, y turistas extranjeros y locales. Y a todos les gusta mirar las piernas de las chicas”.

También van grupos de amigas, sí de chicas, porque el café no es excluyente, sino que pretende ser un sitio de reunión, un punto de encuentro, me dice Maricel de los Ríos, una cusqueña asidua al local, recién desde hace tres años. “Porque antes venían solo varones, hasta que las chicas nos liberamos y decidimos acudir por curiosidad. Fue así, como poco a poco, empezamos a frecuentarlo. ¿Qué nos atrae? Ya no la curiosidad, sino la oferta de tragos, el lugar que es privado y seguro, y que se puede conversar de cualquier cosa. A eso le sumo la buena atención, incluso algunas de mis amigas trabajaban aquí antes, y yo venía a saludarlas un rato”.

Pero como no todo lo que brilla es oro, el Top Coffee también ha pasado malos ratos, confiesa César Salazar, y añade que antes –por ejemplo– venían chicas que facilitaban sus teléfonos a los clientes, o salían con ellos. Por eso decidió cortar las malas hierbas y poner ciertos mandamientos: no conversar con los clientes, no dar sus números telefónicos, no ser malcriadas, y poner buena cara siempre. En esto último César hizo énfasis, pues considera que el gancho de su negocio son las chicas, educadas y atractivas, además de los eventos que se organiza allí, como desfiles de lencería y espectáculos deportivos.

Las sesiones de fotos también atraen a los turistas a este café, como ahora en que el fotógrafo dispara ráfagas hacia Rosita, una limeña morena y de sonrisa encantadora, a la que el fotógrafo le dice que suba una pierna a la mesa y la otra la deje en el piso, formando una L que exhibe sus muslos duros y glamorosos, aun cuando estén cubiertos con ligas negras. Al costado, un grupo de gringos bebe cerveza y no les importa si son las 11 de la mañana de un lunes cualquiera, porque lo mejor es ver a Rosita levantando la cola y acercando sus pechos hacia la cámara, cruzando las piernas, sonriéndole a uno de ellos, que la observa con cara de cachondo y seguro se la imagina desnuda.

Desnudos es lo que no haría Meche, una azafata cusqueña de 23 años y muslos blancos, que contrastan con una falda jean cortita que lleva puesta. Esa misma falda que enloquece a un grupo de europeos que la llaman, a duras penas, en un español masticado, para que los atienda. Porque cuando se te acerca una chica como Meche, con las uñas pintadas como bandera, de fucsia, azul y plata, y miras su cuello adornado por una cadena con la cruz de David y el espíritu santo, y te provoca con sus labios carnosos diciéndote que la acompañes a su casa para conversar más tranquilos, y entonces llegas y descubres los cuadros que restaura, porque ella es una artista que estudió en Bellas Artes y ha reparado pinturas de San Jerónimo y otros santos, y piensas que también podría recomponer tu vida, y empieza a hacerlo, cuando te cuenta que solo ha tenido tres enamorados, y su relación más larga fue de seis meses, y mientras dice eso cruza sus piernas poderosas y sonríe coquetamente, se agarra el cabello y va desnudando su interior, de a pocos, para ti, contándote que la cena perfecta para ella sería en una cabaña campestre, con fogata incluida, un buen trago, ella vestida con ropa muy ligera, como un babydoll rosado princesa cortito y tacos 12, y que tendrías que ser detallista para conquistarla, comprándole cirios azules, por ejemplo, pero no rosas rojas porque son muy comunes y ella es especial, tan especial que aún es virgen, aunque no lo creas porque seguro eres un malpensado, pero ella te confiesa que su primera vez le gustaría que fuera con un hombre confiable, y reitera que se muere por ser conquistada y entregarse en cuerpo y alma, pero por ahora anda solita, por si acaso, aunque como es cauta siempre viste hilos dentales porque la hacen ver más mujer de lo que ella a veces se siente, y claro que para los clientes es un mujerón, con la que muchos sueñan compartir una cama. Y, si quieres conocerla, te recomiendo que vayas al café con un ramo gigante de esos benditos cirios azules, que será la puerta de acceso a sus dominios. Pues, al fin y al cabo, la vida es como una taza de café: puede estimularte o adormecerte, aunque sin duda en cualquiera de los Top Coffee lo primero siempre se cumplirá.

Sado gay: sufrir por amor

Publicado: 10 diciembre 2012 en Enzo Maqueira
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Soy el artista de la familia. El tipo raro que juega mal al fútbol. Un heterosexual gay friendly en el único bar sadomasoquista gay de Buenos Aires, el único de Latinoamérica.

—Leather –me dice mi amigo Charly, dueño del lugar–, somos un bar leather.

Y me sirve otro vaso de cerveza. Carlos “Charly” Borgia está sentado del otro lado de la barra. Tiene puesta una camisa, un pantalón y una muñequera, todo de cuero. Él y yo somos los únicos que estamos vestidos. Somos amigos hace diez años, cuando yo no era escritor y él no era el rey de la noche sado. “Leather”, repite Charly y me deja solo porque están tocando el timbre. Una luz al lado de la puerta se prende cada vez que un nuevo cliente quiere entrar. Charly le entrega una bolsa negra. El cliente tiene cuarenta años, es flaco, pelo corto. Se mete en un cuarto y se saca la ropa, la guarda en la bolsa, se pone un arnés de cuero. Como un Clark Kent recién salido de la cabina de teléfonos, aparece en el medio del bar listo para la noche, con el pito y la cola al aire. La luz se vuelve a prender.

—Ya vengo –dice Charly y agarra otra bolsa negra.

Así empiezan los sábados en Kadú. Entre las once de la noche y la una de la mañana llega la mayoría de los clientes. Casi todos son habitués: hay una tarjeta con su nombre en donde se anotan los consumos. No hay bolsillos para guardar la plata en Kadú; se fía hasta el final de la noche. Los clientes lo toman con la misma naturalidad con la cual dejan su ropa de todos los días adentro de una bolsa. Charly me explica que no todos son gays declarados; hay clientes que tienen esposa e hijos, o que tienen pareja homosexual pero ocultan su gusto por el fetichismo. Van muchos personajes del mundo del arte, del diseño, de la arquitectura. Tipos que ahora están desnudos y usan accesorios de cuero.

—Cerrá los ojos –dice Charly y me acerca su muñequera a la nariz–. ¿Sentís? Ése es el olor del cuero. Hay gente que acaba con este olor.

La cultura leather incluye al masoquismo, al fetichismo, al fisting y al bondage, palabras que se suelen resumir con las siglas BDSM. Hasta antes de pasar mi primera noche en Kadú esas palabras significaban imágenes sueltas: un tipo con látigo, un debilucho en pañal de bebé, un hombre de bigotes y gorra de cuero que besaba un pie. No tenía modo de imaginarme fisting o bondage. Del primero sólo sabía que era meter puños adentro del culo (pero lo sabía de un modo muy vago, como uno sabe que algún día se va a morir); del segundo, que alguna vez leí esa palabra en internet. En Kadú aprendí los matices: a las doce y media de la noche ya hay un hombre arrodillado en un rincón, desnudo, excepto por una correa en el cuello. Es uno de los siete esclavos de Charly y todavía está en fase objeto. Hay tres niveles para el que disfruta ser sometido: el objeto, la mascota y el siervo. “Le puedo ordenar que esté ahí como si fuera un florero y no se puede mover hasta que yo le diga. O que sea una mesa para apoyar los pies, o que esté parado como un velador”. Habla mirando a su esclavo, lo señala, me obliga a mirar. El esclavo no puede devolvernos la mirada y eso es lo que lo excita. Tiene menos de treinta años, es morocho, cara de bueno. “La gente cree que el sadomasoquismo es violencia y sometimiento, pero acá no se violenta la voluntad de nadie. Todo es acordado previamente. Y no hay sometimiento: es una relación recíproca de confianza”, dice Charly.

Tengo varios amigos gays, bi o con orientaciones sexuales alternativas, pero Charly fue el primero. Todos alguna vez pensaron que me reprimía. Debo ser el único que nunca dudó. Fui a colegio de varones, católico, y mis compañeros se juntaban para comer chizitos y escupirse. También, en los campamentos, cuando los curas dormían, se masturbaban en ronda.

Yo no hacía ninguna de esas cosas.

Yo para ellos era el maricón.

Ahora, según Facebook, mis compañeros están casados. Yo estoy haciendo una crónica en un bar de sadomasoquistas.

***

En el escenario hay un chico con una remera de látex y la cola –y el pito– al aire. Un pelado de unos cuarenta años, alto, tonificado, con un tatuaje y cadenas que le cruzan el pecho también sube.

—Se llama Alan –dice Charly– tenés que ver cómo le va a dar pija.

Hay una diferencia entre pito y pija. Lo que veo alrededor son pitos, porque no hay erecciones y todos parecen inofensivos. En cambio Alan tiene una pija. El esclavo se pone de cara a la pared y Alan le pega en la cola con un látigo. El esclavo se arquea como si hubiera recibido un tiro. El pelado Alan se pone loco. Se planta bien en el suelo. Es la primera vez que veo dos hombres teniendo sexo.

—¿Y? –me pregunta Marcos, el flaco de pelo corto que vi desnudarse cuando entró y ahora toma gin tonic en la barra– ¿Te gusta?

Le digo que no me provoca nada, que en diez años de amistad con Charly vi de todo, pero nunca me excité; que todos mis amigos gays piensan que me reprimo.

—No es represión –dice Marcos–. Es si te calienta o no.

Me tranquiliza escucharlo. Marcos lleva puesto un arnés que roza sus tetillas, usa un brazalete de cuero con pinches y una muñequera. Es psicoanalista y habla claro y con voz firme.

—La sexualidad es sólo una particularidad más del ser humano. Según Freud hay tres clases de masoquismo: el erógeno (el gusto en experimentar dolor), el femenino (se basa en el erógeno y está vinculado con ser amordazado, atado o sometido a obediencia incondicional) y el sentimiento de culpa. Pero todas esas categorías freudianas hoy en día están dejadas de lado. Es como si dijéramos, todavía hoy, que la homosexualidad es una enfermedad. Lo cierto es que cada cual goza como le sale o como puede.

Le digo que sería una forma de resolver la castración del falo, que el falo es el significante de la falta, que un fetichista resuelve la castración con el objeto de deseo.

—Todo eso quedó atrás –Marcos dice que no con la cabeza–. Cualquier parte del cuerpo puede servir como objeto de satisfacción. El juego del cuero sería como cualquier otro juego. Se juega lo erótico en relación al poder. Hay mujeres más “pijudas” que sus maridos.

***

Tengo puesta una remera de Pearl Jam que Charly me prestó apenas me vio llegar vestido con jean y camisa, porque “un leather ve una camisa que no sea de cuero y sale corriendo”. Pensé que la remera era suficiente para pasar desapercibido, pero soy el único que no tiene arnés, correa o guante de cuero. En un bar de fetichistas, me convertí, sin quererlo, en un objeto de deseo.

—El leather surge en los ochenta como una respuesta al estereotipo del mariquita –dice Charly–. Se buscó un look masculino, con camperas y pantalones de cuero, al estilo de las pandillas motoqueras de Estados Unidos. A la imagen del gay afeminado se le contrapuso la fuerza del cuero.

El cuero también se usa como una vía de comunicación.

—Si vos venís a un bar como éste y ves a alguien con collar de perro en el cuello, sabés que es un esclavo; si lo ves más vestido o con cadenas cruzadas, lo más probable es que sea un dominante. Es un modo de entablar un vínculo sin tanto preámbulo.

Marcos quiere sumar su punto de vista. Cuando empieza a hablar me doy cuenta de que tiene ropa de dominante. Pienso que quizás espera que el alcohol me haga relajar un poco:

—El cuero tiene reminiscencias a la vestimenta de guerra romana, a los gladiadores, a las fuerzas policiales y militares, supuestamente viriles. Además, ¿por qué no usar cuero? Yo vengo a Kadú en búsqueda constante y quizás interminable de mis propias posibilidades de gozar. Mi formación universitaria y mi práctica profesional fue atravesada por Freud, Lacan, Foucault y sus discípulos, seguidores y repetidores. Sin embargo nunca vengo como observador/téorico o teórico/observador; necesito ser participante y entregarme a esa colectiva borrachera de exultante naturaleza psicológica.

***

En los recreos, mis compañeros jugaban a perseguirse, a pegarse, a darse patadas. Yo me quedaba en un rincón del patio. En Kadú hago algo parecido: estoy en la parte de arriba, donde todo sigue pareciendo un bar aunque haya doce tipos desnudos y el pelado Alan tome cerveza en copas de cristal negro, en la mitad de la barra, al lado de Tommy. Son la primera pareja BDSM legalmente casada y la fiesta de casamiento fue acá, unos meses atrás. Conversan en ronda con otros tipos, Charly incluido, y de repente todo parece tan normal como en cualquier otro bar. Empiezo a controlar el miedo a que “me pase algo”. Sé que es un miedo de clase media, burgués, de un fascismo teledirigido, pero me resulta inevitable. Después de verlos charlar un rato largo logro reducir mis temores a la sensación de incomodidad de un vestuario de club. Entonces Charly llama a su esclavo, el morocho con cara de bueno que estuvo todo este tiempo quietito en su rincón. Le pide que se la chupe a todos los que están en la ronda, le acaricia la cabeza. En un rato, Charly me va a preguntar si quiero ver algo chancho y el morocho va a abrir la boca y él le va a hacer pis dentro, un chorrito caliente, y le dirá que cierre la boca, pero no ahora.

—Se porta bien este esclavo –dice, y me guiña un ojo.

***

Alexis fue mi segundo amigo gay. Dio la casualidad de que también era leather. Se lo presenté a Charly hace un par de años; me lo agradeció como si le hubiera hecho el segundo mejor regalo de su vida (el primero había sido para un cumpleaños, cuando le mandé un chico lindo que le tocó el timbre a las doce y un minuto de la medianoche). Alexis se convirtió en una estrella de Kadú. En su vida cotidiana era un neurobiólogo prestigioso, con publicaciones en revistas de ciencias y viajes por el mundo. En Kadú practicaba la auto-felación sobre esa misma barra donde ahora apoyo mi vaso de cerveza. Nunca lo vi, pero cuentan que se subía a la barra, se acostaba, levantaba las piernas y llegaba a chupársela. Lo hacía delante de todos.

A los 13 años había tratado de chupársela por primera vez. A los 22 hizo un segundo intento. Hasta ahí, nada diferente a la vida de cualquier hombre; pero Alexis tuvo disciplina y perseverancia. Sólo eso, y una cierta curvatura natural de la espalda. No tuvo que hacer yoga, ni cortarse el frenillo. Fue práctica. Ahora Alexis viene cada tanto a Kadú, pero tiene un perfil más bajo. Hoy vino porque quise que nos encontráramos en el lugar donde el neurobiólogo Alexis es leyenda. A él no le gusta hablar de leather, sino de BDSM. Y no siente nada por el cuero. En cambio, desde chico tenía fantasías con ser secuestrado, que lo ataran y le pegaran. Es algo que charló muchas veces con su analista, un tipo que lo alentó a buscar los límites de su propio placer. Los buscó en Kadú, con su show de auto-fellatio. Me lo cuenta todo rápido, porque son cosas que me contó muchas veces por chat. Y repite la historia que más me impresiona:

—Una vez conocí a un francés por chat que me invitó a pasar tres días en su casa, en el sur de Francia. Lo que más me enloqueció es que el tipo tenía un garage acondicionado con elementos de BDSM: cruces, cadenas, arneses… Durante esos tres días yo era su esclavo y no podía salir de ese rol. Cada dos horas, aproximadamente, teníamos una sesión. Un día me ató y me cubrió el cuerpo con papel film, como si me estuviera momificando; otro día me hizo dormir en el piso. Me despertaba a cada rato. Era como estar tres días en una sesión de tortura.

Le pido a Marcos más precisiones. Me dice que el esclavo se siente apreciado al darle placer al otro. Que de él depende, también, el placer del otro.

“Antes de comenzar un vínculo con un nuevo esclavo, en muchos casos se firma un contrato: ahí el esclavo tiene que escribir todo lo que no está dispuesto a aceptar. Ése es el único límite. El contrato puede ser escrito o de palabra. Lo demás es imaginación.”

—El deseo de ofrecerse es siempre placentero. El esclavo no se siente denigrado, hay una relación erótica que lo hace sentirse valorado sexualmente como objeto. A veces no hay que preguntarse nada sino escuchar atentamente a los protagonistas de las llamadas ‘orientaciones sexuales alternativas’ frente a la hegemónica norma mono-hetero-sexista.

***

—Yo leí mucho a Foucault –dice Charly, mientras se saca las botas de cuero–. Vos nunca podés saber quién es el dominado y quién el dominante. La base del leather no es la humillación ni la violencia. Es la confianza. Antes de comenzar un vínculo con un nuevo esclavo, en muchos casos se firma un contrato: ahí el esclavo tiene que escribir todo lo que no está dispuesto a aceptar. Ése es el único límite. El contrato puede ser escrito o de palabra. Lo demás es imaginación.

Se saca las medias. Después empuja a su morocho hasta el suelo y le pide que le lama los pies.

Pienso que también mi amigo habrá obedecido alguna vez, que también él estuvo en ese mismo rincón donde ahora está de rodillas Leónidas, con una máscara de látex que sólo tiene dos agujeritos para respirar. “¿No se aburre?”, pregunto sin darme vuelta. “Es la idea”, contesta y me dice al oído que adentro de la máscara no se ve nada, que apenas se siente, que el látex se pega a la piel y parece que estuvieras en un ataúd. Y mira para abajo otra vez.

—Pero entregarse al otro es una forma de olvidarte de vos –Charly se pone serio–. Tanto si sos esclavo como si sos dominante, estás dejando tu ego para darle placer al otro. Hay una cuestión de despersonalización atrás de todo esto. El resultado es muy parecido a meditar: no hay ego.

Su esclavo está esperando que termine de hablar conmigo. Empiezo a sentir que por mi culpa Charly no se está divirtiendo; que sus esclavos me deben odiar porque lo distraigo con mis preguntas. Le aviso que me voy. “Antes tenés que ir al subsuelo”, dice Charly y me señala la escalera que entra en lo más profundo de Kadú.

***

Si la palabra “sordidez” tuviera una escenografía, sin dudas sería la del subsuelo de Kadú. Un pibe de veintipico recostado en un sillón, quieto, como si estuviera muerto. Otros dos parados al lado del baño, mirándose mientras se masturban. Adentro de un cuarto hay una ronda: cinco tipos desnudos y olor a transpiración. En otro cuarto, mucho más chico, hay un hombre colgado de un arnés. Lo tienen atado de pies y manos, con las piernas abiertas. Le están metiendo algo. Camino rápido entre un cuarto y otro, con la cabeza gacha, tratando de pasar inadvertido con mi remera de Pearl Jam. Sé que no va a pasar nada que yo no quiera, que es un miedo machista y retrógrado, incluso homofóbico; pero tengo terror a que me cojan. Sin embargo me quedo en mi lugar. Lo siento como un acto de valentía, también como una prueba a mi heterosexualidad. El pelado Alan baja las escaleras. Trae a Leónidas de la mano, que todavía tiene puesta la máscara de látex. Lo ayuda a subir a una tarima. El pelado ata a Leónidas en una cruz; le pega con un látigo, le retuerce los testículos, le estira el pito. Los demás se empiezan a acercar; hacen un semicírculo de tipos desnudos. ¿Mostrará la pija tan grande que tiene el pelado? Todos miran, excepto el chico del sillón, que consiguió quien se la chupara. Recién entonces me doy cuenta de que hasta ahora ninguno acabó. Charly dice que los clientes se reservan la eyaculación para que la noche sea más larga; van a acabar cuando les parezca que ya no pueden ir más lejos. Mientras tanto son hombres desnudos en semicírculo.

Sigo siendo el único que está vestido.

***

Ahora el silencio tiene la forma de una canción de Rammstein. Los tipos se empiezan a mover y algunos vuelven al cuarto del arnés. Tengo la sensación de que es el momento de irme, pero me quedo. Algo está por pasar. Trato de reconocer caras familiares, pero no veo a Alexis, ni a Leónidas, ni tampoco a Marcos. Lo que veo son cuerpos, y de entre los cuerpos una figura que viene hacia donde estoy. Tengo tres segundos para imaginar que Charly viene a protegerme, con su pantalón de cuero negro, mi sado-superhéroe favorito. Tres segundos para imaginar qué pensarían mis compañeros de escuela si me vieran ahí, rodeado de pitos, el maricón que quería ser escritor. Mientras tanto lo veo venir con la música de Tiburón en mi cabeza, los ojos fríos, midiéndome para atacar.

Que me gustara Queen en la adolescencia, que a los dieciocho fuera a la cama solar. Una vida plagada de señales ambiguas, predestinada por esos gallitos de colegio católico que se burlaban de mí. Y por fin el pelado, Alan, está adelante mío: alto, fuerte, un Godzilla que abre las garras para llevarme. Es el momento de cruzar la barrera o de retirarse. No lo dudo: subo corriendo las escaleras, sin mirar atrás, y cuando estoy arriba le pido a Charly mi camisa a rayas y me saco la remera de Pearl Jam. Le digo que me disculpe con el pelado. Me da vergüenza haberme escapado así. “No te preocupes”, contesta Charly y hace ese gesto de tirar la mano para atrás, como si de verdad no tuviera que preocuparme. Cuando camino de vuelta a casa, una y media de la mañana, en una noche fresca de sábado en Buenos Aires. Escucho que alguien canta en un departamento. La voz viene desde un segundo piso, living iluminado, lleno de globos; un tipo de mi edad, con micrófono, al lado del televisor. Su novia rubia lo aplaude; sus amigos lo miran entusiasmados. Parece ser una especie de karaoke en el medio de una despedida de solteros, o un cumpleaños, o algo parecido a una fiesta. Ahí debería estar yo, y después subir las fotos al Facebook. Pero no. Soy un heterosexual gay friendly. El artista de la familia. El tipo raro que juega mal al fútbol.

Nati es varón

Publicado: 17 octubre 2012 en Andrés Acha
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Cuando tenía 12 años Natalia intentó suicidarse tres veces en la misma noche. Ocurrió el día del cumpleaños de su papá. José no quería festejarlo pero Graciela lo comentó en la vereda y los vecinos llegaron con empanadas, pizzas, pollo, algo para tomar. Era inevitable la reunión. Había cierta excitación en la casa porque Graciela se postulaba ese fin de semana por primera vez como presidenta del Centro Vecinal de su barrio, Parque Liceo. A las diez de la noche Natalia apareció en la fiesta con la cara ensangrentada.

–No quiero vivir más –dijo.

Había dejado caer el peso muerto de su cuerpo atontado por las pastillas desde la cucheta de su pieza. Al volver del hospital todavía quedaban algunos vecinos alrededor de la mesa. Con Natalia descansando en la habitación, conversaron sobre lo que había pasado.

Hacía una semana que Natalia había cambiado las polleras por unas bombachas de gaucho y se había cortado el pelo. Se movía distinto.

Dos horas después, bajo el mismo cielo de la misma noche, volvió la sangre: un cuchillo en las muñecas. Otra vez las corridas, la ambulancia, el hospital, la desesperación, el desconcierto.

Volvieron a la casa. Con el lavaje de estómago hecho, las curaciones del golpe en la cara recién terminadas y los brazos vendados, en el cumpleaños número 32 de su padre, frenaron a Natalia segundos antes de que se cortara de nuevo.

Sus padres no encontraban explicación a la insistencia de Natalia en quitarse la vida.

Esa misma noche la internaron. Era la mayor de los 10 chicos de la sala del hospital y no podían dejarla sola. Su mamá durmió casi un mes apoyada en la cama, con los brazos cruzados sobre el colchón, a los pies de su hija medicada.

Dos años después Graciela llamó a la psicóloga para revelarle lo que había descubierto sobre su hija, el porqué de los intentos de suicidio, de las depresiones y de su repentino cambio de vestuario y actitud.

–Licenciada, para mí Nati, se lo digo como madre, para mí Nati es varón.

A Natalia “La Pepa” Gaitán la asesinaron de un escopetazo en el pecho el 7 de marzo de 2010. Tenía 27 años. Pero eso pasó mucho después.

***

Graciela tenía 20 años y un hijo aquella noche de 1980 en la que conoció a José en un recital de la cantante Tormenta.

–Lo conocí y fue un impacto. Bailamos una pieza, me acompañó hasta la pensión, lo hice pasar a mi cuarto, nos pusimos a charlar y nunca más nos separamos hasta que se murió.

Graciela no sabía que estaba embarazada la tarde en que despidió a José, que se alejaba en tren rumbo al servicio militar obligatorio. Él regresó una semana después con una nota: no era apto porque tenía un dedo del pie encima de otro, y eso le iba a traer problemas con los borceguíes.

Ya había dos hijos en la familia (Diego y Mauricio) cuando Graciela le anunció a su novio que estaba embarazada de nuevo. José Gaitán le contestó con una promesa:

–Si es nena me caso con vos.

En 1982 nació Natalia. Graciela dice que le hizo una trampa al padre: “Nació nena para que se casara conmigo, pero después se hizo varón”.

***

Karen Herrera es una de las personas que mejor conoció a Natalia “La Pepa” Gaitán. Las presentaron y un mes después ya se habían mudado a una piecita de paredes ásperas. Vivieron juntas dos años hasta que se separaron en diciembre de 2009, cuatro meses antes del crimen.

Ahora Karen está sentada en el comedor de la casa que comparte con su mamá y su hijo Iván. Habla bajito, poco, pausado. Mira el mantel de hule, acomoda su cara redonda, morocha, y recuerda que a Pepa la conocía todo el mundo, que era muy simpática, muy linda; que le gustaba mucho bailar y el reggaetón de Don Omar. Dice que Pepa era muy familiera y que todos los domingos compartían una mesa larga y bulliciosa.

Recuerda también que Pepa amaba su moto enduro y que no se la prestaba a nadie. Que la moto tenía un número que la identificaba: el 43, la edad en la que murió su padre de un infarto. Dice que a Pepa esa muerte la afectó mucho.

Karen recuerda y parece cansada: “Tenía un altar con la foto de su papá, estampitas, santos, flores; le dedicaba canciones y de vez en cuando se deprimía porque lo extrañaba mucho. Cuando se ponía triste salía a dar vueltas en la moto”.

En el hombro izquierdo Karen tiene un tatuaje que dice “Pepa”, con una estrella brillante que parece una varita mágica. Se lo hicieron juntas una tarde de calor. Pepa tenía el suyo en el cuello: “Una letra K, pero en chino”, dice Karen. Pepa tenía, además, otros tres tatuajes: la firma de su mamá en el hombro izquierdo, la de su papá en el derecho y el nombre de su padre, José, escrito en el antebrazo.

–Siempre decía que le hubiera gustado irse con su papá. Que se iba a ir con él porque lo extrañaba –dice Karen.

“Todavía no, pero sé que me voy a ir con él”, repetía.

Y Karen le decía callate, no digas esas cosas.

Mientras Pepa enfriaba su noviazgo con Karen, hacía todo lo posible para acercarse a Dayana, la hijastra del que sería su asesino.

***

Barrio Parque Liceo es una frontera. Más allá, se termina la ciudad. A la entrada las casas más coquetas brillan –farmacia, repuestos para el automotor, heladería–. Al cruzar la primera plaza las casas se achatan –jardincito al frente, su reja pesada–. Después de la segunda plaza hay menos flores y más paredones –dos pizzas: 30 pesos–. Del otro lado de la tercera plaza, al fondo, de noche, casi no hay luz.

Pepa vivía y trabajaba en la Asociación Civil Lucía Pía, una ONG que creó su papá y que hoy dirige su mamá. Ahí tienen una guardería-comedor, dan la copa de leche y talleres de capacitación gratuita: computación, peluquería, artesanía, repostería, electricidad y mecánica, corte y confección, cosmetología integral, pintura en tela.

En el barrio la conocen como La Sede. Es un salón rectangular con una cocina que parece cantina, una habitación y dos baños. Sobre un aparador hay un equipo de música y detrás cuelga una bandera del Club Atlético Belgrano.

“Llevo 23 años de trabajo social –cuenta la madre de Pepa–. Acá la carpeta asfáltica tiene nombre y apellido. El cordón cuneta tiene nombre y apellido. La contención social tiene nombre y apellido. Éste fue el primer barrio de Córdoba al que logramos cambiarle la cañería del agua. Conseguimos el terreno y el financiamiento para la escuela secundaria, que no había. Cuando se cerró la escuela primaria, en menos de 24 horas conseguí que nos prestaran unos terrenos para poner 30 contenedores donde darle clases a mil chicos. Ahora estoy luchando para construir un dispensario. No todos me quieren, pero el que no me quiere, me respeta”.

Por La Sede pasaban todos los días dos adolescentes vendiendo pan: Dayana y Sharon Sánchez. La madre de las chicas, Silvia Suárez –cocinera– y el padrastro, Daniel Torres –albañil–  estaban desocupados. Pepa les consiguió trabajo en La Sede y esa fue la manera más rápida que encontró para acercarse a Dayana.

Se hicieron amigos. Comían todos juntos, se reían, la pasaban bien. Silvia cocinaba, Torres revocaba y pintaba. Las chicas conversaban.

Pepa tenía mucho éxito con las mujeres. Silvia se enamoró de ella y la cosa comenzó a complicarse porque a Pepa le gustaba Dayana, la hija de Silvia, de 17 años. Y era correspondida.

El ambiente se enrareció mucho cuando Pepa y Dayana se pusieron de novias. Silvia le confesó a Dayana que estaba enamorada de su novia. Tuvieron varias discusiones hasta que su mamá la echó y por unos meses vivió con una tía.

Torres –petiso, retacón, pelo al ras, 35 años– tampoco toleraba que su hijastra saliera con Pepa. Además sabía que Gabriela Cepeda, la mejor amiga de Pepa, andaba atrás de Sharon, la más chica de sus hijastras, de 14 años. El albañil tenía a su mujer y a su hijastra enamoradas de Pepa y a Gabriela tratando de seducir a Sharon.

–Esto va a terminar mal –dijo Torres unos días antes del asesinato–. Me tienen cansado.

***

La tarde del homicidio, en La Sede, Pepa recortaba cartulinas para la guardería con su novia. Hacía un mes que vivían ahí. Eran las 18.30 del sábado 6 de marzo de 2010. A esa hora llegó Gabriela Cepeda y les contó que había estado frente a la casa de los padres de Dayana y que se habían insultado.

Natalia Carrizo, vecina de Torres, dice que esa tarde Gabriela había pasado tres veces por el frente de la casa insultando y que, por eso, Silvia llamó a la Policía. Las llamadas quedaron registradas en el servicio de emergencias de la Policía a las 19.09 y a las 19.17. La vecina dice que el patrullero nunca llegó. La Policía asegura que un oficial tocó la puerta y el timbre.

La amiga de Pepa explicó que había vuelto a la casa de los padres de Dayana y Sharon, a una cuadra de La Sede, porque la madre de las chicas quería hablar con ella. Ahí, sentados en unas reposeras en la vereda, Silvia y Torres tomaban mate mirando hacia un ancho canal de concreto. Del otro lado, los autos pasaban a toda velocidad, ruidosos, por la Avenida de Circunvalación, que marca el límite final de la ciudad. Era una tarde de calor, las puertas estaban abiertas.

Cuando Pepa se asomó a la esquina para ver por qué su amiga se demoraba, vio que estaba peleando con Silvia. Pepa se acercó, forcejeó y le gritó al padrastro de su novia: “¡Sos un puto! ¡Por qué sos tan maricón! ¡Cuidala a tu mujer, gorriado!”.

La vecina de Torres salía de la ducha cuando escuchó los gritos. Se asomó por la ventana de chapa de su habitación y vio que Pepa insultaba a Torres. Lo invitaba a pelear.

–No. Qué te voy a pegar a vos si para mí sos mujer –respondió Torres.

Hacía tres años que Pepa practicaba Vale Todo, una disciplina en la que lo único que no está permitido es meter los dedos en los ojos y morder al contrincante. “Ella descargaba mucha de su depresión ahí”, cuenta la madre.

“Me voy a apurar porque esto va a terminar mal”, pensó la vecina.

Torres entró en su casa y salió al instante con una escopeta calibre 16 de un solo caño. Caminó por el sendero gris que sale de su vivienda, hizo varios pasos por la calle de tierra sin decir una palabra. Gabriela le pidió que dejara el arma, su mujer se le acercó para frenarlo y él le dijo “correte”. Pepa lo vio venir y le gritó: “Tirá si sos macho”.

En su habitación, mientras terminaba de cambiarse, la vecina escuchó una explosión. Corrió a la calle y vio a Pepa tirada en el suelo, mucha sangre, y a Torres con el arma en las manos.

–¡¿Qué hiciste?! –le preguntó la vecina.

–Qué mocaso, qué mocaso –balbuceó Torres.

Eran las 19.37 cuando un oficial de la Policía recibió en su móvil el llamado de la Central: debía trasladarse a la Manzana 91 de Parque Liceo. Al llegar vio que Pepa estaba boca abajo sobre un charco de sangre. Varios vecinos le dijeron que Torres había disparado.

Sentada en su casa, con el pelo lleno de tintura, la madre de Pepa escuchó que la llamaban: “Doña, doñita. Venga que le pegaron un tiro a la Pepa”. Salió. Corrió. La vio: “Tenía un hueco como el de Terminator en el hombro”, dice.

Torres se escapó en una moto y minutos después llamó a su mujer. Le dijo que se quería entregar y que la escopeta estaba en el techo de la casa del mismo vecino que se la había prestado dos semanas antes. También habló con un policía que le aconsejó que no volviera al lugar porque lo iban a linchar. La Policía lo fue a buscar a la esquina de Niceto Vega y Escalada de barrio Patricios. Confesó todo.

Pepa no aguantó la cirugía con la que intentaron salvarla y murió a las 2.15 del día siguiente. “Apenas falleció mi hija llamé a la Unidad Judicial de la Comisaría y les dije que le avisaran a la mugre de Torres que se había dado el gusto de matarla. Y les dije que me la había matado por lesbiana”, cuenta Graciela.

***

La madre de Pepa fue a canales de televisión, a radios, la entrevistaron en diarios y revistas, apareció en documentales, marchó por las calles con una pancarta que pedía “Justicia para Natalia y para todxs”. Se presentó en Tribunales para convertirse en querellante en la causa que investigó la muerte de su hija. Dio discursos en plazas públicas, subió a escenarios y estuvo en el Concejo Deliberante cordobés cuando se declaró al 7 de marzo (fecha en la que asesinaron a Pepa) como el Día Municipal de Lucha Contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género. Habló ante miles de personas que pedían la aprobación del matrimonio igualitario frente al Congreso de la Nación:

–No soy yo la que está aquí, es Nati. Pido que los dejen volar, que los dejen elegir. ¿Dicen que están enfermos? Enfermas son esas mentes de mosquitos que dicen que ser lesbiana, gay, trans es estar enfermo. Lo único que hacen es derramar amor. ¿Por qué no los dejan elegir?

Graciela Gaitán lleva a todos lados una carpeta con sus papeles y algunas fotos. Natalia en un acto de escuela con el pelo corto y mirando seria a la cámara. A los 12 años, junto a su papá, semanas después de los intentos de suicidio. A los 24, en el cumpleaños de 15 de su hermana menor, relajada y con una gran sonrisa haciendo señas a la cámara. Poco antes de su muerte, hablando por teléfono, con un piercing en una ceja y otro en el labio, pelo cortito, tatuaje en el antebrazo, media sonrisa de lado.

***

La última vez que alguien del barrio vio a Daniel Torres fue en la televisión, en febrero de 2011, en La Casa del Trovador, un programa de música folclórica que se transmitió desde la cárcel de Bouwer. Torres estaba entre el público. “Se suponía que los que estaban ahí eran los más buenitos”, contó Nelson, el manager de Brisas del Norte, una de las bandas que tocó ese día.

Después del asesinato, Silvia Sánchez se mudó a otro barrio: Villa Boedo. Sus hijas viven con ella. Dayana trabaja en un puesto de teléfonos celulares en una sucursal del supermercado Mariano Max. La vieron junto a su hermana, Sharon, en un baile de La Banda de Carlitos. Gabriela Cepeda, amiga de Pepa, se siente culpable por lo que pasó. Vive con su familia en Villa Retiro.

Graciela Gaitán, la madre de Pepa, impulsó el juicio que se realizó entre el 26 de julio y el ocho de agosto de 2011 en la Cámara Séptima de Tribunales II y que condenó a 14 años de prisión a Daniel Torres. Ahora, en esta tarde fría, Graciela fuma en el asiento del acompañante de un Peugeot 504 que conoció épocas mejores. Para ir al Cementerio Parque Los Álamos hay que cruzar el fondo de su barrio:

–Mirá como sopla ese. Después salen a echar moco –dice Graciela. Y señala a un chico que aspira pegamento sobre un jardín sin flores.

El auto se queja con los baches de un bulevar, toma una calle con árboles amarillos, sigue por una ruta con curvas. El paisaje se vuelve serrano: al costado del camino hay cada vez menos casas, más campo –se venden lechones–. La tierra está mojada por una llovizna triste, el limpiaparabrisas rechina, llega un silencio pesado.

En el cementerio, el aire apenas mueve las copas de los árboles deshilachados por el invierno. Las pisadas no hacen ruido sobre el césped mullido y seco. Graciela levanta la vista, prende otro cigarrillo y repasa la lista de sus muertos: “Allá está la mamá de un nietito mío. 24 años tenía. Allá un primo de la Nati. También lo mataron, el mismo día que a ella pero dos años antes. Dos tiros en el pecho. Acá está mi suegra, Lucía Pía. Por ella la Asociación Civil se llama así. También está mi suegro. Acá, al lado de Nati, está el padre. Es cierto eso de que cada muerte tiene su dolor. Una muerte por accidente tiene su dolor. Una muerte por enfermedad tiene otro dolor. Pero una muerte así…”.

Esclavos del deseo

Publicado: 10 octubre 2012 en Daniel Riera
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1. SORAYA

He visto (no me lo han contado: lo he visto) a un esclavo desnudo, que se retorcía de dolor, mascullando un ruego para que su ama dejara de castigarlo. He visto (no me lo han contado: lo he visto) a un joven arrodillado, masajeando los pies de su ama mientras ella departía amablemente conmigo. He visto cómo los latigazos sacudían la espalda enclenque de un trabajador mientras éste, con la cabeza atrapada en un cepo, le agradecía a su ama. He visto cosas aún más duras, que contaré más adelante. He visto amas de todo tipo: una, orgullosa de su condición, que se esmeraba por encontrar ideas y aparatos novedosos que le permitieran reducir mejor a sus siervos; otra, que se veía a sí misma como una prostituta que había encontrado la veta para trabajar sin que la penetraran. Una se solazaba con el castigo físico; otra prefería la dominación psicológica. Una creía que la disciplina es una terapia alternativa; otra, la consideraba un modo de diversión a costa de los imbéciles. Una me recordó a Madonna; otra, obesa y muy atractiva, a los luchadores de sumo.

He visto esclavos de muy distinto tipo, estado civil, profesión y clase social, pero todos tenían algo en común: adoraban a sus amas, las dejaban hacer.

He visto jaulas, cepos, látigos, fustas, pezoneras y muchos otros instrumentos de castigo y de tortura. He visto mordazas metálicas que mantienen la boca abierta y aparejos con sogas que retuercen el cuello.

He visto cosas que no imaginaba ver, a tal punto que por lo menos dos amas –y algunos amigos– me descolocaron con una pregunta:

–¿Por qué estás haciendo esta nota?

¿Qué fantasmas quiero exorcizar? Quién sabe. Mi respuesta probablemente no le interese a nadie.

Existe un mundo semioculto, aquí en Buenos Aires, donde las relaciones humanas se desarrollan en términos de dominante y dominado, de activo y pasivo, de ama y esclavo. Un mundo donde el castigo y la humillación son un acuerdo establecido y aceptado por ambas partes. Cuando contaba lo que había visto a amigos y a conocidos, encontré tres opiniones diferentes. Para algunos, la disciplina es una simple fantasía erótica; para otros, un negocio de mujeres astutas; para los demás, una práctica que expresa hasta qué punto la dictadura militar dejó su huella funesta en el inconsciente de los argentinos. Ninguna de las tres alcanza para definir un asunto tan complejo. Ahora sé que no basta con recortar dos o tres hipótesis al azar para explicar la pulsión que durante siglos ha llevado a algunos seres humanos a sentir placer (o mejor, goce) infligiendo dolor al prójimo, o recibiendo castigo de otros. Varios meses después de haber puesto en marcha esta investigación, todavía son más, muchas más, las preguntas que las respuestas.

He elegido este modo de empezar para desdeñar una historia más impactante, que puse y quité varias veces de la cabeza de este trabajo. Me la contó el ama Soraya, mientras sorbía un café en el bar de la esquina del prostíbulo de Villa Devoto en el que trabaja.

–Una vez le hice una traqueotomía a un tipo con el taco del zapato. Quise que comiera lo que yo había defecado, lo que nosotras llamamos “lluvia marrón”. Se rebeló y me ofuscó tanto que, sin querer, le abrí el cuello de un pisotón. Se me desmayó, lo reanimé como pude y lo mandé a la casa así como estaba. Yo los trato como lo que son: basura. Que, por otra parte, es como les gusta ser tratados. Si yo no me considerara un ser superior –al menos durante el servicio: en la calle es otra historia–, no podría hacer mi trabajo.

La segunda vez que nos vimos, más en confianza, Soraya confesó que “aquella vez sabía perfectamente que le podía agujerear la garganta. Lo que pasa es que cada uno va probando sus límites. Y cuando lo vi al tipo tan sumiso, tan rastrero, me dio tanto asco que me sacó de quicio”.

Soraya, tal su nombre profesional, es una mujer de pelo negro y ojos saltones, de aspecto arábigo, que confiesa 33 años. Sentada a la mesa de un bar, con un saco a cuadros y un jean celeste holgado, parece más una profesora de geografía que una dominatriz. A los 22 años tenía un aserradero con quince empleados, que se fundió durante el gobierno de Menem. A los 27 tuvo una hija “y ahí –no entiendo muy bien por qué, pero sé que la cosa empezó ahí– comenzó a aflorar mi costado morboso”. Dice que antes de quedar embarazada pesaba trece kilos menos y tenía una cinturita de avispa, aunque le costaba horrores mantenerse. Ahora cuenta que a partir de la maternidad comprendió que hay cosas más importantes que una cinturita de avispa. Dice que amó al padre de su hija, pero que nunca pudo funcionar sexualmente con él. Dice que tuvo su primer orgasmo a los 28 años, con su actual pareja. “Con él descubrí el amor”, revela, cursi pero sincera. Con él se desarrollaron, también, ciertos instintos.

–Estábamos haciendo el amor y sentí la necesidad de apretarle el cuello. El reaccionó para la mierda. Me dijo: “¿Qué te pasa, estás loca?”. La vez siguiente, le propuse jugar a que yo era una doctora, le até las manos y le empecé a pegar. Con él empecé a sentirme libre en la cama: me dieron muchas ganas de lastimarlo –de cortarlo con una hojita de afeitar, esas cosas– y lo hice. El nunca había hecho nada demasiado fuera de lo común en la cama. Llegué a hacerle lo que quise y le desperté la sensación de “me duele pero me gusta”. Yo no sabía lo que era la disciplina, ni que existían las amas. La prostitución empezó después, por una mala experiencia económica. Mi idea era hacer el servicio convencional, y entré en un departamento en el que había una persona haciendo disciplina. No llegó a enseñarme nada, pero, en cuanto vi los elementos que utilizaba, supe que eso era para mí.

2. BEATRIZ

Soy un voyeur, pero no observo a través de la rendija de ninguna puerta entornada. Soy un voyeur con una coartada profesional. Contemplo prácticas sadomasoquistas con un cuaderno en la mano. Anoto lo que veo. La letra es temblorosa, ni yo mismo la entiendo. Durante la segunda sesión, relato lo que veo al mic de un grabador. La voz es temblorosa, ni yo mismo la entiendo. Irrumpo en un mundo privado cuyos códigos desconozco, pero sus protagonistas me dejan entrar amablemente y exhiben para mí sus costumbres más íntimas. ¿Cómo empezó todo esto? Un aviso publicado en el diario Clarín despertó la curiosidad. Decía ama beatriz s&m. Había un teléfono. Llamé a Beatriz, di un nombre inventado y le mentí que pretendía ser su esclavo.

–Te estás confundiendo. Yo no soy el ama Beatriz sino Sofía, su brazo derecho. ¿Tenés alguna experiencia?
–Ninguna –le dije.
–¿Qué es lo que más te interesa? ¿Bondage, spanking, adoración de pies, quemaduras con cera, cautiverio, degradación de sentidos, transformismo, cambio de roles, humillación, servidumbre?
–Servidumbre –precisé–. Después, lo que mi ama quiera.

Concertamos una entrevista, a la que no asistí. Al poco tiempo volví a llamar y me atendió Beatriz. Con sentido común de ama, preguntó:

–¿Cómo sabés que querés ser mi esclavo si ni siquiera me conocés?

Para evitar confusiones, me aclaró que jamás tenía sexo con sus esclavos. Me dijo que podría estar un tiempo a prueba, pero que sería su esclavo sólo si satisfacía sus exigencias.

La tercera llamada la hice como periodista, sin máscara. Beatriz dijo que aceptaría una entrevista sólo si, luego de conocerme, concluía que estaba dispuesto a trabajar con seriedad. Colgué el teléfono y me fui para su casa. Llegué a las 7 y media de la tarde. Salí a las 3 de la mañana.

3.BEATRIZ (II)

Beatriz, alias el ama beatriz, es una deslumbrante rubia de ojos verdes que ha ganado cierta fama en el ambiente sado de Buenos Aires. Su temprana retirada la convirtió en un mito viviente: durante la elaboración de esta nota se enamoró del hombre que había organizado su página de Internet, liberó a sus esclavos y dejó la disciplina. Al menos, eso me dijo cuando la vi por última vez.

La primera ocasión en que nos encontramos, me recibe en su departamento de Congreso con un conjunto de top y pantalón plateados. Durante la charla, el teléfono no para de sonar. Desde la cocina, Sofía toma los llamados y los ordena en ficheros escolares y en la computadora. Beatriz fuma mucho, un Marlboro tras otro, y toma cafés, uno tras otro, hasta que pasamos al mate.

–Tengo muchos esclavos, entre los permanentes y los ocasionales. Los ocasionales son los que pagan una sesión para que los discipline; gente que viene con una fantasía determinada y después no vuelve. Los permanentes tienen que reportarse todos los días y venir a verme cuando yo quiero. Son los esclavos más interesantes, los que establecen un vínculo. A esos no les cobro, a lo sumo les ordeno un regalo de cuando en cuando. Soy una ama noble: doy premios y castigos. No me gustan los gritos, trato de usted a mis esclavos y no me gusta lo burdo. Todo lo que hago tiene un sentido estético y un sentido erótico.
–¿Para qué le sirve a tus esclavos la disciplina?
–La disciplina es una terapia alternativa, una situación liberadora.
–¿Para vos o para ellos?
–Para ambos.
–¿De qué los libera?
–De las sombras. Todos tenemos sombras. Yo no disfrutaría si viniera alguien y me pidiera que lo mate. Para mí, la disciplina busca el mejoramiento interior. El mayor problema que tienen los seres humanos es la culpa. Un esclavo que requiere latigazos y fustazos en la cola está sufriendo una regresión a su niñez, a un pasado culposo del que le cuesta zafar. Entonces, aquí, es un esclavo con su ama, para poder ser libre afuera, en el mundo. Si alguien quiere pinzas en los testículos o en las tetillas, es porque tiene un rollo con la castración. Cuando el esclavo cambia de fantasía, ya superó las razones que generaron la fantasía anterior. Tuve un esclavo con el que llegamos al límite de todo. Lo salvé. Primero quiso transformismo y cambio de roles (vestirse de mujer, jugar un papel femenino, ser penetrado). Después me pidió látigo, marcas; después, que lo quemara con cigarrillos; y, al final, unos días de reclutamiento, encerrado en mi casa. Fue el más fiel de los esclavos. Hoy está curado. Tan curado que ahora tiene una esclava (se ríe).
–¿Y cómo te liberás de tus propias sombras?
–La condición de ama tiene una contradicción básica. Cuando te limitás a ejecutar la fantasía de otro, así te pida que lo destroces a latigazos, sos pasiva. Me suelo cansar de esa contradicción. Entonces le pregunto al tipo: “¿Qué es lo que no quiere?”. Y hago lo que no quiere. Cuando soy totalmente activa es cuando más me divierto y cuando me libero de mis sombras. Cuando un tipo me dice “no quiero marcas, porque llego a mi casa y me matan a palos”, le digo: “Estoy harta de hacer lo que usted me pide, no voy a respetar ningún límite, y si usted quiere, se puede ir ahora mismo”. Por supuesto, en esos casos nadie se quiere ir, y yo los dejo repletos de marcas.

De tanto en tanto, Beatriz toca una campanita de bronce. Ante cada tañido, Sofía sale de la cocina y se acerca a ver qué precisamos. Si el cenicero está repleto de colillas, se lo lleva y lo trae vacío. Si Beatriz le pide que cebe mate o que prepare café, ceba mate o prepara café. Sofía tiene 22 años y es una gordita agradable, pero no demasiado llamativa. No termino de comprender qué tipo de relación las une. La duda, lo admito, me inquieta.

Cuando Beatriz no me escucha, se lo pregunto a Sofía.

–¿Sos su esclava?
–No, su secretaria.

Cuando Sofía está en la cocina, se lo pregunto a Beatriz.

–¿Es tu esclava?
–No, es mi secretaria y una amiga. Ella estudia psicología. Los casos que ve acá le vienen bien para aprender y, de paso, se gana un sueldo.

Más tarde, cuando Sofía ya se ha ido a dormir, Beatriz me muestra algunas fotos: distingo a su secretaria en esa mujer con los ojos vendados, atada de pies y manos.

–Una noche tenía ganas de hacer un poco de bondage y, digamos, Sofía se prestó gentilmente –dice, y me guiña un ojo.

Beatriz fue la primera persona dedicada al s&m que conocí. Había llegado a la cita cargado de prejuicios. Esperaba encontrarme con un monstruo: una mujer siniestra que se aprovechaba de gente débil para satisfacer sus bajos instintos. La mía –lo entendí después– era una especulación un tanto simplista. Aunque no me cerraban del todo sus argumentaciones, Beatriz me cayó bien. Parecía una chica culta, sensible, inteligente. La primera conclusión que saqué fue alentadora: no lidiaría con demonios medievales sino con seres humanos.

4.STOLLER Y LA BIBLIA

Leo el libro dolor y pasion. un psicoanalista explora el mundo sadomasoquista, de Robert J. Stoller. Explica Stoller: “…mis informantes sadomasoquistas tienen algo que decir acerca del valor de una comunicación franca, al menos cuando se hace el amor. Reside en ello, tal vez, otra de las irónicas bromas de Dios: podemos aprender algo sobre el amor en los melodramas del daño. El Libro de Job –ese prodigioso texto sadomasoquista– siempre fue el libro de cabecera de los grandes cómicos. Los sadomasoquistas que conozco sienten que salvan sus almas –y se mantienen vivaces en un universo ajeno– al arriesgar su pellejo”.

El Libro de Job es parte de la Biblia, en el Antiguo Testamento. Job, dice la Biblia, era “íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Para demostrarle a Satanás que Job era un hombre probo, Dios lo autorizó a derramar toda clase de calamidades sobre él, pero, eso sí, le prohibió matarlo. El maligno hizo que le robaran los bueyes y los asnos, que mataran a algunos de sus criados, que sus diez hijos murieran aplastados por el derrumbe de su propia casa y, para completar su obra, hirió a Job sembrando en su cuerpo llagas ardientes.

Durante el tiempo que duró ese tormento, Job llegó a desear la muerte, pero siempre aceptó la voluntad de Dios y jamás renegó de su creador. Finalmente, el Padre restauró el bienestar. El fiel Job murió a los 140 años: su amo celestial había dejado que el diablo le arruinara la vida sin ningún motivo, tan sólo para demostrarle al maligno cuán fiel era su servidor.

5.PICANAS Y SUBMARINOS

Las historias que se cuentan en esta nota transcurren en la Argentina, un país en el que los centros de tortura fueron, hace dos décadas, una herramienta para el sometimiento y la muerte de varios miles de personas. ¿Hasta dónde, entonces, puedo considerar todo esto como un simple juego erótico?

El tema de la dictadura surgió desde el principio durante las charlas con todas las amas aquí entrevistadas. Beatriz, Soraya y Sandy –tales los nombres de las tres protagonistas de esta nota– eligieron diferenciarse de los torturadores. Palabras más, palabras menos, explicaron que quienes deciden someterse a sus designios son adultos que hacen uso de su libre albedrío. Es decir, que eligen someterse. “Ni se te ocurra compararme con Videla o Massera porque te cago a trompadas”, quiso bromear Soraya. Sin embargo, a lo largo de casi un año de trabajo escuché frases como estas:

. “En disciplina se usa mucho el cigarrillo. Inspira terror. A mí me gusta cagarme de risa y decirles a los tipos: «No tengo cenicero», y aplastarles las colillas en la pija o en los huevos.” (Soraya)

. “Una de las cosas que más me excita es la asfixia del esclavo cuando lo estoy estrangulando. Pero tengo que parar cuando me excito más, porque si no lo mato.” (Beatriz)

. “En una relación con un esclavo permanente, si te manejás bien, vas a lograr que en algún momento él mismo te pida la picana.” (Sandy)

. “Me gusta el terror que inspira tener un arma y, de pronto, gatillarla. El esclavo no sabe si tengo o no tengo una bala. Lo hice tres veces y en una no me animé a gatillar, porque el esclavo era tan cagón que tenía miedo de que se muriera de un ataque al corazón.” (Soraya)

. “Una vez salió en el diario que un señor había desaparecido. Estaba acá, haciendo reclutamiento. Lo tuve nueve días en mi jaula, comiendo del plato del perro. Después, cuando salió, dijo que había desapa- recido por razones personales.” (Beatriz)

. “A veces les hago submarino, hasta que llegan al límite de la asfixia. Me tienta la posibilidad de equivocarme y pasarme de rosca. Hasta ahora nunca me pasó. Pero si pasa, sé técnicas de reanimación.” (Soraya)

. “Tengo dos picanas: una de 220 y una más chiquita, de 12 voltios. La de 220 la use en tres oportunidades, y en una me pegué un cagazo bárbaro. Lo tenía al tipo atado, boca abajo, y me dije: «¿Dónde tiro el cadáver?». Desde un punto de vista moral, no tendría ningún problema en matarlos. El problema es legal. Quiero decir, no los mataría como una asesina, pero si alguna vez se me fuera la mano, no sufriría. Haciendo esto entendí a qué llamaban los abogados «emoción violenta».” (Soraya)

. “Si alguien está de acuerdo conmigo y le gusta que agarre la picana, me parece totalmente sensual y erotizante, tanto para mí como para el tipo. Si las dos personas están de acuerdo, no creo que haya perversión.” (Sandy)

6. LA LEY

El doctor luis moreno ocampo y la doctora Alicia Isola son especialistas en casos de violencia sexual del estudio Moreno Ocampo y Asociados. Les ofrezco para su lectura el apartado “Picanas y submarinos”. Lo leen con asombro y estupor. Parecen disfrutar –si cabe el término– cuando analizan la cuestión. Como no existe jurisprudencia sobre el tema, todo análisis legal es, en cierto modo, novedoso.

“Lo que diferencia a quien se somete a un acto masoquista de una víctima de la tortura es la voluntad de la víctima”, precisa Moreno Ocampo. “La pregunta es: ¿cuál es el valor del consentimiento? ¿Hasta qué punto la integridad física es un bien del cual una persona puede disponer? Es complicado, porque los delitos de lesiones son de acción pública, es decir que el Estado debe intervenir si toma conocimiento de que se produjeron. El dilema es averiguar hasta qué punto el consentimiento de la víctima puede exculpar al autor, si es relevante para evitar que la otra persona sea perseguida penalmente.”

Para la doctora Isola, si existiera una causa por lesiones derivada de un acto sadomasoquista, el juez debe cotejar cuál de los dos derechos es más importante: si el derecho individual a ejercer la libertad sexual o el derecho del Estado a preservar la integridad física de los ciudadanos.

–Si la víctima negara haber prestado su consentimiento, aun cuando se tratara de una relación sadomasoquista, la otra persona se vería envuelta en un serio problema legal –dice la doctora Isola–. Supon- gamos que la causa por lesiones haya sido iniciada por un tercero: la madre de la víctima, por ejemplo. Luego se presenta ante la Justicia la supuesta víctima y dice que consintió en que lo flagelaran. No creo que le den demasiada relevancia a su testimonio. En los casos de violaciones, la Justicia es muy sensible al tema de la integridad física y seguramente el juez le prestaría mucha atención al grado de las lesiones: si la lesión infligida fuera “grave” o “gravísima”, el consentimiento de la víctima no tendría demasiado valor. En términos legales, es un conflicto similar al que plantea la eutanasia: tu consentimiento pierde validez en tanto estés consintiendo actos que afectarán tu integridad física, sobre la cual no podés decidir. A la hora de inclinar la balanza entre el ejercicio de la libertad sexual y la protección de la integridad física, supongo que la mayor parte de los jueces de la Justicia argentina –que es muy paternalista– optaría por la última.

Según el artículo 90 del Código Penal, “se impondrá reclusión o prisión de 1 a 6 años si la lesión produjere una debilitación permanente de la salud, de un sentido, de un órgano, de un miembro o una dificultad permanente de la palabra o si hubiere puesto en peligro la vida del ofendido, le hubiere inutilizado para el trabajo por más de un mes o le hubiere causado una lesión permanente del rostro”. El artículo 91 señala que “se impondrá reclusión o prisión de 3 a 10 años si la lesión produjere una enfermedad mental o corporal, cierta o probablemente incurable, la inutilidad permanente para el trabajo, la pérdida de un sentido, de un órgano, de un miembro, del uso de un órgano o miembro, de la palabra o de la capacidad para engendrar o concebir”.

La doctora Isola observa que un juez debería tomar en cuenta la intención del autor, pero que en el caso de una práctica sadomasoquista –concebida al efecto del castigo– le será muy difícil a los abogados demostrar el carácter culposo o accidental de la lesión.

7. SANDY

Un cristo barbado de yeso, vestido con una túnica blanca, me saluda cuando ingreso en el pequeño departamento del ama Sandy. En una de las paredes cuelga un póster de Queen; sobre una repisa, una galería con Venus de todos los tamaños. Sobre otra de las paredes, una colección de fotos familiares de diferentes épocas. Son todas mujeres. La bailarina del tutú, allí, es la madre de Sandy; una de las dos nenas que se multiplican es la propia Sandy; la otra, su hija adolescente.

Sobre la mesa del living, los teléfonos no paran de sonar. Sandy atiende mientras mastica ajíes en vinagre. Tiene armado un speech para no perder tiempo, y lo suelta en tono hot-line.

–Soy pelirroja, de ojos celestes, y mis medidas son 145-120-180. ¿Escuchaste bien? ¿No te desmayaste todavía?

En efecto, Sandy es inmensa. Tiene 29 años, el físico de una luchadora de sumo (después me contará una anécdota fellinesca: una vez un cliente enano le propuso dedicarse al milenario deporte japonés) y el “glamour” de una vedette. Desde muy chiquita tuvo fantasías sadomasoquistas.

–A los 11 años me gustaba soñar que me raptaba un ejército de árabes, que me castigaban, me orinaban y me violaban entre todos. A los 14 me colé en un cine para ver la película Historia de O (1975, Just Jaeckin), a los 16 empecé a jugar con un flaco muy dominante y me convertí en su esclava. Lo nuestro duró casi dos años, hasta que conocí a un amigo de él, que era completamente sumiso. Durante un tiempo fui ama y esclava al mismo tiempo. Disfrutaba de las dos cosas.
–¿Y ahora?
–Si encontrara algún amo, disfrutaría. Pero hoy, para que lo reconozca como mi amo, tiene que ser súper. Y como no existe, me encanta mi papel de ama. No soy fetichista. Me gusta el castigo, el bondage (ataduras), pero sobre todo esa relación de enamoramiento que tiene que haber entre el esclavo y el ama. Para mí la cosa no pasa por vestirse de cuero, por los modos autoritarios de la disciplina alemana o por el teatro. Me interesa la dominación erótica. Soy muy perversa y muy irónica. Si te pongo en una cama de torturas, y me visto de cuero y agarro unas agujas, no te voy a sorprender. Al fin y al cabo, sabés que venís acá para eso. Es muy distinto, digamos, si te meto en mi cama, jugamos con miel, te la chupo y, cuando menos te lo esperás, agarro las mismas agujas y te las clavo. Me encanta ser imprevisible, que me tengas miedo porque no sabés cómo puedo llegar a reaccionar.

Para Sandy, el sadomasoquismo y su departamento son una burbuja perfecta. Casi no sale de su casa, no lee diarios, no mira televisión ni escucha radio. Es profesora de inglés, dejó Psicología en primer año y se interesa por la parapsicología, el tarot y las terapias alternativas. Vive con su hija, y atiende en la zona de Tribunales. Tiene dos tipos de esclavos: los que la visitan por una fantasía sexual, a los que consigue a través de los avisos clasificados de Clarín, y los esclavos permanentes, que recluta a través de contactos y de avisos que publica en la revista Sexhumor.

–A la mayoría de los candidatos los descarto por teléfono, porque al escucharlos enseguida me doy cuenta de que están boludeando. A otros les doy una entrevista y luego de un ratito de charla se tienen que ir porque sé que no sirven. Después están los menos, los que aprueban la entrevista. La edad no me interesa, pueden tener entre 18 y 54 años. La obligación de ellos es llamarme todos los días para ver cómo estoy y, bueno, después les pido lo que se me ocurra. Trato de no joderlos en su vida cotidiana. Por más ama que sea no voy a hacer que un tipo deje a su esposa y sus hijos por mí. Soy perversa, pero no malévola.

8. HISTORIA

El sadomasoquismo –aunque no tuviera esa denominación– empezó mucho, muchísimo antes de la irrupción en la literatura erótica, a fines del siglo XVIII, del emblemático marqués de Sade. El primer registro de una práctica sadomasoquista se encuentra en Satiricón, novela escrita por Petronio alrededor del año 65 de la era cristiana. El autor refiere la historia de la sacerdotisa Oenothea, que consiguió la erección de Encolpio azotándole el vientre y el ombligo con ortigas verdes.

La siguiente referencia histórica aparece recién once siglos más tarde, según lo precisa el historiador británico Ian Gibson en su libro El vicio inglés: en el anónimo Cantar del Mío Cid, el autor relata con evidente placer el modo en que los Infantes de Carrión azotan a sus mujeres:

Las damas mucho rogaron, más de nada les sirvió;empezaron a azotarlas los infantes de Carrión,con las cinchas corredizas les pegan sin compasión,hiérenlas con las espuelas donde sienten más dolor,y les rasgan las camisas y las carnes a las dos,sobre las telas de seda limpia la sangre asomó.

El primer texto considerado un clásico del sadomasoquismo es Confesiones (1782) de Jean-Jacques Rousseau, anterior a Sade y a Sächer Masoch. El pensador francés describe allí cómo encontró el goce a los 8 años, a partir de los azotes que le propinaba su tía. Nueve años más tarde, el marqués de Sade publicó su célebre Justine o los infortunios de la virtud.

El término masoquismo fue acuñado, más de un siglo después, por el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing en su libro Psychopatia Sexualis (1886), y hace referencia a Sächer-Masoch; el concepto de sadismo, de origen algo más impreciso, nace en Francia a mediados del siglo XIX.

La mayor parte de los instrumentos de tortura y dominación utilizados en la actualidad en las prácticas sadomasoquistas surgieron en los tiempos de la Inquisición, el tribunal eclesiástico formado en el siglo XIII para castigar a los herejes, que alcanzó su apogeo en el siglo XVI. De allí provienen la sala de torturas o mazmorra (que hoy utilizan muchas amas), los cepos, los potros de tormento. Los látigos son más antiguos: fueron utilizados en el Imperio Romano.

Durante la Edad Media, la Iglesia promovió la autoflagelación y el ascetismo como un camino hacia la perfección espiritual y a la purificación de los pe- cados. Este tipo de prácticas cayó en desuso, pero jamás ha sido condenada por la jerarquía eclesiástica y, aun hoy, sectores reconocidos e influyentes del catolicismo, como el Opus Dei, continúan estimulando la “mortificación piadosa” entre sus miembros.

En noviembre de 1993, en la revista La Maga, amparada por el nombre ficticio de Adriana, una ex integrante del Opus confesaba al periodista Julio Spina: “El cilicio se usa dos horas por día y consiste en un entramado de alambre con púas hacia adentro, que se ata alrededor del muslo. Como lastima mucho hay que cambiar de pierna. Y el problema es en el verano, porque no se puede usar malla, ya que se notan las cicatrices. Las disciplinas son instrumentos de mortificación medieval y se trata de cuerdas que terminan anudadas y se aplican en los glúteos una vez por semana, mientras se reza una oración. Cuánto más larga es la oración, mejor, porque se purifican más pecados ya que se sufre más”.

9. BEATRIZ (III)

La tercera o cuarta vez que visito a beatriz me invita a cenar. Ñoquis caseros con manteca y pollo al espiedo de rotisería. Durante la comida suena el portero eléctrico.

–Es Jonathan –informa Sofía.
–Decíle que mañana lo llamo, que ahora estoy con un periodista, y que más tarde va a venir un esclavo.
–Cierto, tiene que venir 304 –recuerda.

Beatriz había conocido a El Inglés durante un viaje. Habían conversado y, cuando Jonathan quiso saber de qué trabajaba, ella le dijo la verdad.

–No bailó en una pata, pero no salió corriendo, y eso ya es bastante. Ahora vino a Buenos Aires y me está despertando sentimientos que tenía guardados. Hace mucho que no tengo una pareja como cualquier hijo de vecino.
–Te estás enamorando…
–No creo que sea para tanto. 07 y 304 lo odian. Están celosos.
–¿Salieron?
–Una sola vez. Pasé una noche similar a la que puede vivir cualquier chica de mi edad, pero diferente para mí. Fuimos a un restaurante japonés y comimos pescado crudo [sushi], un asco total. Por un momento creí que él me estaba disciplinando (risas).
–¿Te gusta?
–Es una persona muy interesante, un tipo acostumbrado a que las mujeres se le tiren encima. Puede mover una montaña si se le ocurre y dice que soy su destino. Torturado morirá. (Se ríe. Luego imita el acento de un inglés que apenas chapurrea el castellano.) “Si quieres puedes atarme un poquito, pero no me pegues con tu látigo porque yo no disfruto de esa manera.” Se bancó que hasta ahora yo no quisiera la penetración. Es evidente que le gustan las mujeres con carácter, porque si no no podría soportarme. (Se ríe de nuevo.)
–…
–¿Vos creés que la mujer maneja porque ella quiere, o porque la dejan?
–No sé, supongo que las dos cosas –mascullo no del todo convencido cuando toca el timbre 304. No me resulta sencillo relacionar a la chica que a gatas disimula su fascinación por un caballero apuesto que la llevó a comer sushi con la dominatriz que dedica su vida a someter a sus siervos.

No sé el nombre de 304, ni creo que corresponda preguntárselo. Bastante con que me permite participar de su mayor secreto. 304 es un muchacho alto, delgadísimo, de unos 35 años, parecido al reverendo Marilyn Manson. Como el reverendo, él también es músico. 304 le dedicó a su ama un modesto tema instrumental. Yo lo había conocido algunos días antes, pero me había retirado poco antes de que fuera disciplinado. Ahora, arrodillado en el piso, masajea sonriente los pies de Beatriz mientras ella departe conmigo. Sé que lo va a someter en mi presencia y no estoy seguro de querer estar presente. En realidad, sé que deseo estar presente, pero me cuesta aceptarlo..

10. LOS PRIMEROS SADICOS

“(…) aun no toque las zonas que mas me interesan: los orígenes de los guiones sadomasoquistas. Desafortunadamente, no tengo fundamentos sólidos sino únicamente indicios, como la necesidad que todos experimentamos de dominar los traumas y frustraciones originados en los «sádicos» de la infancia y la niñez: nuestros padres. Tengo, sin embargo, una hipótesis que exige confirmación clínica: los grandes traumas y frustraciones de los inicios de la vida se reproducen en las fantasías y comportamientos que constituyen el erotismo adulto, pero ahora la historia termina bien. Esta vez, ganamos. En otras palabras, el comportamiento erótico adulto contiene el trauma precoz. Ambos encajan: los detalles del guión adulto cuentan qué le pasó al niño. Los analistas, entonces, somos detectives que tratamos de reconstruir los sucesos originales.”

(De “Dolor y pasión. Un psicoanalista explora el mundo sadomasoquista”, de Robert J. Stoller. Editorial Manantial.)

11.CONTRATO

Leo el contrato de sometimiento escrito por un esclavo de Sandy y firmado por ambos. Se titula Sumisión y parámetros de la obediencia del esclavo a la voluntad de el alma.

1) El esclavo estará totalmente sometido a la voluntad de el ama.

2) Estará siempre desnudo con un collar o cadena en el cuello en su calidad de tal (aun ante terceros).

3) Para someter al esclavo, el ama lo azotará cuando lo desee. El esclavo, con la sola palabra “suelo”, se pondrá de rodillas con la cabeza en el suelo para que el ama, o quien ella disponga, lo azoten. Los azotes serán del vigor necesario para que queden marcados con la finalidad de que el ama pueda mostrarlos a terceros.

4) En ningún momento podrá mirar la cara de el ama o de terceros. De hacerlo será castigado. El ama le dirá la palabra “suelo” y lo castigará con dos azotes.

5) Habiendo terceros presentes, el esclavo hará o dejará que le hagan lo que el ama disponga (que lo penetren, que acaben en su boca o que lo orinen) o, si ella lo desea, que lo azoten.

6) Toda vez que un tercero (activo) mujer/hombre requiera la presencia de un esclavo, por las razones que sean, en otro lugar que no sea la casa de el ama, ella le ordenará su presencia al esclavo, sin consultar al mismo (el ama le explicará al tercero los parámetros de consulta del mismo, que son los mismos de este contrato).

7) Cada vez que el ama lo desee, el esclavo se amamantará de los senos de ella en señal de dependencia y sumisión absoluta hasta crear dependencia de este acto en el esclavo.

8) Cuando el ama lo crea oportuno le hará realizar un tatuaje (por encima de su pene) a su gusto. El esclavo deberá mostrar el tatuaje, sin objeciones, a quien ella quiera y en el lugar que ella desee. El ama hará trabajar al esclavo para solventar el gasto. El esclavo jamás utilizará calzoncillos, de modo que el ama pueda mostrar su tatuaje con solo bajarle los pantalones.

12. EL MARQUES

“Apenas amanecio, el 3 de diciembre de 1814, el conserje de la Maison de Santé de Charenton, un inmenso asilo de dementes en las cercanías de París, se puso su capote y su bufanda, ensilló un caballo viejo y lo hizo trotar hasta la prefectura de Policía. En las alforjas llevaba una notita de cuatro líneas, nada del otro mundo, en la que se informaba al prefecto sobre este percance: “Ayer, a las diez de la noche, el recluso Donatien-Alphonse-François, marqués de Sade, de 74 años, murió como consecuencia de una fiebre gangrenosa”. El difunto había pasado casi la mitad de su vida en prisión.

“A un siglo y medio de su muerte, el Divino Marqués afronta todavía más condenaciones y procesos que los acumulados en su vida. Sin embargo, desde que lo rescató el poeta Guillaume Apollinaire, elevándolo a una jerarquía casi mítica, estas mudanzas de su suerte se compensaron con la influencia arrolladora que ha ejercido sobre el arte contemporáneo.

“La filosofía sádica tuvo que cargar con un persistente malentendido: la suposición de que el éxtasis erótico es imperfecto si no media el dolor físico. Después de Apollinaire, los surrealistas y los epígonos de Jean-Paul Sartre pusieron esa filosofía en su punto justo, definiéndola como un camino para oponerse a la moral en uso, una fórmula para destruir el mundo por amor. (…)”

(Revista “Primera Plana”, 1964, a propósito de la proyección en el Festival de Venecia del filme japonés “Hakujitsumu”, de Tetsuji Takechi (inspirado en textos del marqués de Sade.)

13.DELEUZE

“¿Sade y Masoch son investigadores clínicos? Es difícil considerar al sadismo y al masoquismo en el mismo plano que a la peste, la lepra o la enfermedad de Parkinson. La palabra enfermedad no se adecua a ello. Pero, por otra parte, Sade y Masoch nos presentan agudos cuadros sintomáticos. (…)

“Existe la intención persuasiva y educadora. Ya no estamos ante un verdugo que se ensaña con la víctima gozando cuanto menos lo consiente ella. Por el contrario, nos hallamos ante una víctima que necesita un verdugo, que necesita formarle, persuadirle y aliarse con él para su sorprendente cometido. Por eso en el lenguaje masoquista son frecuentes pequeñas notas con declaraciones amorosas.

“Nada de esto, en cambio, existe en el verdadero sadismo. El masoquista rige sus relaciones por medio de contratos, mientras que el sádico abomina de ellos. Este exige la inclusión de aquél en relaciones contractuales.

“(La Iglesia) distinguía con claridad dos tipos de relaciones diabólicas, o dos proyectos fundamentales: una por posesión, y otra por pacto, o alianza. El sádico piensa en términos de posesión instituida; el masoquista, en términos de alianza contractual. La obsesión propia de todo sadismo es la posesión; la del masoquismo, el pacto. El masoquista necesita formar a la mujer déspota, debe persuadirla y hacerla firmar. Es esencialmente un educador y, por supuesto, corre todos los riesgos del fracaso inherentes a cualquier cometido pedagógico.”

(De “Presentación de Sächer Masoch”, Gilles Deleuze. Editorial Taurus.)

14.07

Falta una hora para que llegue 07. beatriz ordena el living y la sala de torturas y pone Erótica, de Madonna. Veronica Louise Ciccone es uno de sus puntos de referencia estéticos. Una colección de máscaras decora la pared más grande del living. De una arcada cuelgan un aparejo con una soga que llega hasta el piso y un collar. Parece un instrumento tenebroso, pero no termino de entender para qué sirve.

–¿Para qué sirve?
–Poné la cabeza ahí, que te muestro.
–¿Te parece?
–Dale, bobo, no te voy a hacer nada…

Beatriz ajusta el collar y luego empieza a tirar despacio de la soga. Me está torciendo el cuello.

–Ya entendí.

Me desata y sigue acomodando todo. Distribuye candelabros de velas rojas por las cuatro puntas del living, trae un látigo y una fusta y los apoya sobre un sofá, enciende las velas y apaga las luces. Saca el cd de Madonna, pone algo de Wagner. De pronto apaga la música y parece que el living se descomprimiera.

–Así va a quedar todo, ¿ves?

Antes de la llegada de 07, Beatriz me cuenta su niñez en Villa del Plata, un pueblo cercano a la Ruta 2, camino de Chascomús.

–De chiquita no tuve muchos juguetes, pero tuve esclavos, que tienen mucho más valor. Tenía un gran poder sobre mis amiguitos. Los ataba en los árboles con unas sogas y les pegaba con ortigas… Jamás jugué a las muñecas. Siempre me gustaron juegos como hacer un pozo en la tierra, meter a la persona hasta la mitad del cuerpo, atarlo con una soga y querer sacarlo. Soy la creación de un chico que se crió conmigo, con el que aprendimos juntos todo esto. Cuando yo tenía 14 años y él 16, me dijo que quería dormir atado debajo de mi cama. De coger ni hablar… Cuando él tenía 18 años y yo 16, ya estaba totalmente sometido a lo que yo le pidiera y fabricaba sus propios elementos de tortura: látigos, cuerditas, soguitas para hacer estiramientos… La primera eyaculación que tuvo fue de esa manera… Nunca tomamos al sexo convencional como lo máximo, sino como una posibilidad más.

Después hablamos de bueyes perdidos. Dice que Sofía trata de convencerla de que se dedique a diseñar ropa, que tiene talento para eso y, quién te dice, algún día… Dice que dejó una novela por la mitad y que ahora está escribiendo otra.

–Es sobre una mujer que está entre rejas por haber asesinado a su madre y a su padre, después de haberlos tenido un tiempo en cautiverio.

No digo nada. Llega 07. Está de traje y tiene un maletín.

15.SACHER-MASOCH

El termino masoquismo fue acuñado por Leopold Sächer Masoch, quien nació el 27 de enero de 1835 en Lemberg, entonces parte del imperio austrohúngaro. Juan Jacobo Bajarlía, en su Breve diccionario del erotismo y poemario satírico, entrega esta semblanza del hombre que “era demasiado sensible y de niño se sintió atraído por una parienta suya, la condesa Xenobia, al parecer muy hermosa, a la que solía ayudarle cuando se vestía. Se cuenta que en cierta ocasión le besó los pies al colocarle los escarpines. Ella respondió con un golpe suave y una sonrisa, y el niño sintió que un fuego lo devoraba. Pero aún no conocía a la condesa. Sólo la sabía autoritaria, hasta que cierto día descubrió lo que nunca más habría de borrársele de su sedienta imaginación. Jugaba entonces al escondite con sus hermanitas, cuando se le ocurrió ocultarse en el guardarropa de la condesa. Y estando allí, entró repentinamente en la alcoba la hermosa mujer que le atraía. Estaba desnuda, con un abrigo de pieles sobre los hombros, y a su lado, el amante. Leopoldo contempló la escena. Vio cómo la condesa acariciaba al hombre. Pero en ese instante entró el marido acompañado por dos amigos y sorprendió la infidelidad. Ella no se amilanó. Cogió un látigo y lo descargó sobre los intrusos. El amante aprovechó la coyuntura para fugarse. Leopoldo quiso hacer lo mismo y fue descubierto. La condesa, entonces, dirigió su furia contra el niño, a quien arrojó al suelo y azotó despiadadamente sujetándolo con una rodilla sobre su espalda. El castigo le produjo placer. Sintió la extraña sensación que ya había experimentado cuando la condesa lo golpeó el día aquel en que había besado sus pies”.

16.07 (II)

07 tiene 34 años y es un muchacho corpulento al que se le están volando las chapas. Trabaja en una compañía de seguros. Apenas deja el maletín, Beatriz le ordena que lave los platos y ordene la cocina. Se saca el saco, se afloja la corbata, se arremanga la camisa y empieza.

–El señor es periodista. Puede conversar con él mientras trabaja.
–Tengo novia, una relación de pareja sin convivencia. Ella no sabe nada. No puedo definir con palabras precisas lo que siento por el ama. Lamentablemente, soy más esclavo de mi trabajo que de ella. (Risas.) Pero el vínculo que tenemos es muy importante, por todo lo que encierra: fantasías, magia. No la considero un ser superior, pero la admiro.

Cuando termina, Beatriz ya está cambiada. Trocó su pollera larga neohippie por el conjunto plateado que llevaba el día que la conocí.

–Vaya a desnudarse, idiota –le ordena–. Tardó mucho con esos platos.

Diez minutos después, la música de Wagner hace vibrar las ventanas del departamento. 07 sale del baño desnudo y gateando.

–Levante ese papel del suelo, idiota, y tírelo a la basura.07 levanta el papel con la boca y se incorpora.¿Quién le dijo que se levante, idiota?

07 pasa frente a mí. El celofán que lleva en la boca es el envoltorio de una casete que utilicé un rato antes. Beatriz le pega fustazos en el culo, enciende una vela y le ordena que le lama los tacos de los zapatos. Mientras 07 lame, Beatriz le derrama la cera caliente sobre la espalda. 07 hace alguna mueca, pero parece bancársela. A puro fustazo, Beatriz lo lleva a la sala de torturas. Lo que sigue durante más o menos una hora y media es una espiral de flagelaciones que parece no tener fin. Le pone pinzas en las tetillas, unidas por una cadena de la que tira con regocijo. Le pone pinzas similares en los testículos. Le cuelga una especie de plomada de pesca de los testículos, le enrosca el pene con tubulátex, el material que usan los médicos para amarrar el brazo durante las transfusiones de sangre. Cuando no soporta el dolor, 07 grita “real”: es su código de piedad, la palabra que tiene que pronunciar para que su ama aminore el castigo.

–Usted está muy debilucho hoy. ¿Quiere ser transferido? –pregunta, y le pega un latigazo en la espalda.
–No, ama.
–¿Quiere ser transferido? –eleva la voz, y le pega un latigazo más fuerte que el anterior.
–No, ama.
–Entonces compórtese como un buen esclavo.

Beatriz le mantiene abierta la boca con la mordaza metálica. Le ordena que ponga su cabeza y sus brazos en un cepo de madera. 07 obedece. Todavía carga con pinzas y plomadas. Beatriz enciende un cigarrillo y le tira la ceniza en la boca. De tanto en tanto, escupe en ella. Pienso que si algo le molestara en este momento, 07 no podría gritar “real”. Beatriz lo saca del cepo y lo lleva de nuevo al living. Enciende dos velas y le descarga la cera caliente sobre la espalda. Mientras la cera se seca, le pega latigazos en la espalda y fustazos en el culo. En la carne se dibujan las marcas del castigo. Le saca las esposas, le amarra el cuello con su látigo. Tira de las dos puntas del látigo. El se está asfixiando. Beatriz se ríe. Le saca las pinzas de los testículos y el tubulátex del pene del modo más brusco posible y le ordena que se acueste boca abajo, en el piso. Apoya su taco sobre la espalda de 07. Lo pisa. Vuelve a ahorcarlo con su látigo. Beatriz le ordena que se masturbe. 07 tiene dificultades para concentrarse (luego él me dirá que lo inhibía mi presencia). Beatriz le ordena que se bañe y que limpie la cera del piso. Eso hace.

17. TRISTE Y ENFERMO

“El sadomasoquismo es una conducta del sujeto que se somete a sus pulsiones sexuales, que entraría dentro de lo que se llama una perversión. El sadismo es la necesidad que se tiene de hacer sufrir al otro para obtener satisfacción, y en el masoquismo, ese otro es el mismo sujeto. Por eso se llama sadomasoquismo, porque no hay un masoquismo sino un sadismo del mismo sujeto que caiga sobre él. El dolor, como la satisfacción, como el deseo, juega un papel importantísimo en la vida de un bebé. Entonces no es extraño que ese dolor padecido deje una marca en la vida sexual del sujeto. Esta es para mí la razón de ser del sadomasoquismo. La agresión, que es algo previo al sadismo, se encuentra en todos los sujetos porque es necesario agredir –vaciar el pecho de la madre, por ejemplo– para poder sobrevivir. Pero el sadismo no es necesario para sobrevivir, es una consecuencia de algún dolor infligido en un sujeto pequeño.

“No debemos olvidarnos de lo que Freud llamaba «masoquismo moral»: la gente acepta ciertas cosas porque está acostumbrada a la práctica del dolor. No hay que separarlo del sometimiento social. El sadomasoquismo es una práctica patológica porque no se puede prescindir del dolor para seguir adelante. Es probable que la práctica sadomasoquista sea un intento de elaboración de uno de esos dolores arcaicos que tenemos los seres humanos. Pero no creo que imitando lo traumático se logre superarlo. Jugar con el dolor intenso es una práctica masoquista y enferma. El dolor es estructurante del sujeto, favorecer el dolor como conducta masoquista o sádica me parece muy triste. Si efectivamente el sadomasoquismo es la teatralización de un dolor infantil, si son los padres los que están ahí, ¿no sería deseable no llevárselos a la cama?

(De un diálogo con la doctora Libertad Berkowiez, directora de la Asociación para la Investigación Científica y Epistemológica, apice.)

18.UN ESCLAVO DE SORAYA

Jorge tiene 32 años, el cabello enrulado y la piel cobriza. Ha ido a clubes de swingers, ha practicado ménages-à-trois y ahora está entusiasmado con la disciplina. “Mi esposa es muy cerrada, qué va’cer. Le tiré onda para hacer algunas cosas pero ella nunca quiso saber nada.” Ha pagado 100 pesos para que el ama Soraya lo castigue esta tarde. Soraya está vestida con un body negro, medias negras y zapatos de taco alto. De movida, le ordena que se meta en un cepo y le descarga una salva de latigazos. Luego lo quema con cera en la espalda, le ordena que abra las piernas y refuerza el concepto con fustazos en las pantorrillas. Toma dos velas. Con la más corta descarga cera sobre los testículos y amaga quemarle el pene con el fuego. Apaga la vela más larga y le calza un preservativo. Con esa vela penetra a Jorge. Luego me guiña un ojo.

Como cada vez que he asistido a sesiones de dominación, siento el peso de mis contradicciones. Soraya me convirtió en su cómplice y, cuando me di cuenta, era demasiado tarde para arrepentirme. Al involucrarme, me convirtió en objeto de su dominio.

Jorge se va y no le pregunto nada a Soraya sobre lo que acabo de ver. Habla de su hija con tanto amor que me atrevo a suponer que daría su vida por ella. Todas las noches le lee cuentos y libros de historia.

–Quiero darle todas las herramientas para que el día de mañana pueda elegir. Si mi hija me sale puta, me muero.

19.SADO UNDER

Laura Barranco tiene 34 años, una figura imponente e investiga en sus performances escénicas las posibilidades artísticas del s&m. “Un diseñador me regaló un tapado de cuerina negra, que me dio una sensación única de poder. Así empecé.”

–Fuera del escenario, he tenido algunas experiencias sado con mi marido, siempre en el lugar de el ama, y la pasé muy bien. En mi vida privada es una opción más, pero no la más importante.
–¿Aplicás castigos en escena?
–Sí, pero soft… Aplico el frío: agua helada, hielo; amordazo con vendas, gasas, ato con la soga, y uso gillettes, esas cosas. Juego con consoladores, pero no llego a penetrar; una vez sí lo hice con otra chica, porque me pareció gracioso. Sola sí hice cosas más fuertes. Una vez me metí una tijera en la vagina, y bailé con la tijera puesta. Me la podría haber incrustado, pero en ese momento no lo pensé. Otra vez, mi asistente estaba atada y le corté las medias con una gillette que tenía en la lengua.

20.FEMINISTAS

Intento hablar con silvia chejter, del cecym (Centro de Encuentros Cultura y Mujer), en busca de una perspectiva feminista sobre el sadomasoquismo. La señora Chejter declina la invitación y ofrece, en cambio, dos ensayos de feministas lesbianas, “uno a favor, otro en contra”. En su libro La herejía lesbiana, Sheila Jeffreys incluye un ensayo categórico desde el título: Sadomasoquismo: el culto erótico del fascismo. Escribe Jeffreys: “Una práctica sexual deseable descansaría sobre la reciprocidad, los cuidados y la igualdad. Lo cual es naturalmente un anatema para quienes defienden el s&m”.

Escribe Gayle Rubin en Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad, incluido en la compilación Placer y peligro, de Carol Vance: “La homosexualidad promiscua, el sadomasoquismo, el fetichismo, la transexualidad y los encuentros que traspasan la barrera generacional son todavía vistos como horrores incontrolados, incapaces de incluir afecto, amor, libre elección, gentileza o trascendencia. (…) Una moralidad democrática debería juzgar los actos sexuales por la forma en que se tratan quienes participan en la relación amorosa, por el nivel de consideración mutua, por la presencia o ausencia de coerción y por la cantidad y calidad de placeres que aporta”.

21.SADO PUNK

Lorena Colotta es la cantante de primeras impresiones, una banda punk que utiliza el sado como centro de su propuesta artística; el grupo fue telonero de Marilyn Manson durante una de las visitas del reverendo a la Argentina. En los conciertos de su banda, Lorena –una chica bellísima que se gana la vida como modelo– se viste con ropas de ama. “Somos un grupo de voz podrida y música pesada”, define. “Nos gusta la estética del sado y las letras tienen un doble sentido: la agresividad del sado puede ser interpretada también como protesta social.”

22. IRONIA

“Hay en el s&m una ironia evidente sobre los lazos sociales: en un momento en que las mujeres pueden, a través del feminismo, quejarse de los varones y su machismo, aparecen unos tipos que dicen: «Yo soy un perro, domíneme, haga de mí lo que quiera». Es una inversión irónica de una reivindicación social. Las relaciones de humillación y de dominio están en el tejido social, pero son utilizadas para transformarlas en una forma de goce.

“La otra cuestión es la recreación de un lazo adulto-niño. Hay uno que tiene el poder sobre el otro, pero el que no tiene el poder (el masoquista) es el que dicta las reglas sobre el que tiene el poder, cuando la educación nos ha mostrado lo opuesto: que el poder del adulto dicta las reglas sobre el que no lo tiene, que es el niño. Entonces uno puede ahí repetir activamente lo que se ha sufrido pasivamente.

“Ahora, para entender lo que Freud llama «perversiones», hay que quitarle el matiz psicopatológico, en el mismo sentido en el que Freud decía: «El neurótico –es decir, cualquiera– pide prestado su fantasma al perverso». Lo que se puede llamar perversión es la puesta en acto de fantasías de todo el mundo. De ahí la atracción social por las prácticas perversas: nadie es indiferente a esas prácticas por la razón de que todo el mundo se habrá excitado alguna vez con la idea de pegarle a alguien o que alguien le pegue a uno, ¿no?

“No hay una causa unívoca para explicar la práctica del s&m, como no la hay para cualquiera de las actividades humanas. Para algunos, el s&m puede ser una experiencia liberadora, mientras que a otros los puede volver locos.

“No sé si el s&m consiste exactamente en hacer que el dolor se convierta en goce. Una cosa es decir que el dolor es igual al goce, y otra cosa es decir que funciona como vehículo hacia el goce. Pero todo esto no lo podemos saber si no lo investigamos. La cuestión en el psicoanálisis no es qué opino yo de este chico, es qué opina él de sí mismo. El tema del dolor es muy complicado: no sé cuál es la función que cumplen los golpes en un tipo que quiere ser golpeado; conozco la que cumplen en un tipo que no quiere ser golpeado. Sin ser sadomasoquista, cualquiera que alguna vez se haya agarrado a trompadas con alguien sabe que no ha sentido los golpes mientras se los daban. El dolor es un elemento patético, pero hay que ver cómo funciona en el interior del que lo soporta.”

(De un diálogo con Germán García, director de la Escuela de Orientación Lacaniana.)

23.RESPETO

“Cualquier acuerdo entre dos personas que buscan el goce merece respeto. El sadomasoquismo es una forma de goce, una práctica sexual que tiene la misma jerarquía que cualquier otra, y resulta chocante para la mayoría de la gente porque es todo lo contrario de la idea de matrimonio que el sistema idealiza: la luna de miel y todo eso.

“El dolor es una forma desesperada de comunicarse. Atravesar el dolor puede ser el puente para el recuerdo, el precio para recuperar el vínculo con la madre. El sádico a veces quiere comunicarse a través del dolor que le produce a la víctima.

“Nunca tuve pacientes sadomasoquistas: sí mujeres que si no eran golpeadas no podían tener orgasmos. He trabajado en clases populares, marginales: allí la violencia es tan grande que la idea exquisita de convertir el dolor en placer no existe, es más clásica la idea de aguantar el dolor. Dentro de la tribu existe una forma de iniciación muy violenta. Cuando un pibe quiere entrar en una barra, los otros pibes se lo cogen de una manera muy violenta. Si grita, si no se lo banca, no entra; si se lo banca, sí. Es como matarlo y luego hacerlo renacer, un test para que no entre cualquiera que sea flojo.”

(De un diálogo con Alfredo Moffat, director de la Escuela de Psicología Nacional.)24.304

La primera parte de la sesion de beatriz con 304 no difiere demasiado de lo que he visto con 07, excepto que a 304 lo mete, en cuclillas, en una jaula de 1 metro 20 de alto, con las muñecas esposadas. Desde afuera de la jaula, Beatriz descarga cera, fuma y escupe sobre la boca hiperabierta del músico. La segunda parte es distinta a la anterior. Según la definición técnica de Beatriz, lo que veremos ahora es una combinación de “degradación de los sentidos” con transformismo. Beatriz llama así al acto de inhibir en los esclavos la respuesta a los estímulos que ella misma provoca.

–Vístase como usted sabe –ordena Beatriz a 304.

En el dormitorio, Sofía lo ayuda a cambiarse. Vuelve vestido y maquillado como una señorita. La música ya no es Wagner: ahora es Madonna. Erótica. El juego se llama “transformismo”: 304 debe seducirla, bailar para ella, lamerle los pies. Recibe algunos fustazos, pero no mucho. A veces, Beatriz le acerca la boca, para que la bese, o los pechos, para que los toque. 304 no lo hace. Sabe que si se atreve será castigado.

25.FIN

Lo de Beatriz y Jonathan no funcionó. Tiempo después, Beatriz se enamoró del hombre que había puesto su página en Internet y largó todo. Dentro de la jaula donde guardaba a sus esclavos, ahora hay una maceta con un potus. Soraya está ahorrando para poner su propio departamento y Sandy está muy feliz con sus esclavos, pero quiere más.

Amigos y conocidos opinaron que estas prácticas no son del todo legítimas, en tanto en algunas hay dinero de por medio. Una sentencia disfrazada de lógica, pero contaminada por la moral. No estoy seguro de que sea así: el poder del dinero no siempre corrompe la autenticidad de los impulsos.

He visto cosas que no soñaba ver, he variado constantemente entre la fascinación, el morbo, la culpa, el miedo y el espanto. Supongo que los esclavos voluntarios no son esclavos, al menos no en los términos abolidos por la Asamblea de 1813. Acaso sean esclavos de sí mismos. Supongo que, por eso mismo, tampoco los amos son del todo amos. Todo bien, pero algo no cierra. Me cuesta aceptar con naturalidad la carga erótica de las torturas. En parte, quizá, porque vivo en la Argentina. Me pregunto si me hubiera bancado presenciar una sesión de disciplina con picanas.

El desconcierto fue una de las claves de este recorrido. Cuanto más veía, cuanto más escuchaba a las amas y a sus esclavos, menos entendía. Tal vez el error inicial estuvo en buscar una razón de ser, una sola, para los hábitos de personas tan disímiles. ¿Cuáles son los límites que se pueden cruzar en las relaciones humanas? La respuesta está en el fondo de la conciencia de cada uno de nosotros. Y es intransferible.