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“Ya ni los gringos vienen por putas”, protesta el cantinero apoyado sobre la barra vacía de un local desierto que huele asquerosamente a limpiasuelos. Está cabreado y lleva así muchos meses. “Qué se arreglen de una vez, pero que vuelva a correr la lana”, se lamenta mientras abre una Tecate tras otra, bajo un ventilador de techo que solo mueve la mugre que acumulan sus aspas. Echa de menos los tiempos en que tenía cierto sentido el letrero que hay colgado en la puerta: “Prohibida la entrada a cholos, menores, militares y perros”. Hoy no puede permitírselo y daría la bienvenida a cualquiera que traspase la puerta con intención de hacer gasto. Si encima es algunos de los gringos que vienen a coger y a comprar viagra barata, mejor que mejor.

El zumbido de los helicópteros forma parte del bullicio junto al puente fronterizo que conduce a El Paso (Texas). Una banda sonora con la que conviven diariamente los casi 2 millones de habitantes que viven en Ciudad Juárez, y que incluye los gritos de vendedores y cambistas de dólares con muchos gramos de oro en dedos y dientes. Una banda sonora que incluye el sonido de las ráfagas de AK-47 (el famoso cuerno de chivo) y el de las sirenas. Muchas sirenas.

Nuestro cantinero habla a pocos metros del local al que se le atribuye la creación del primer margarita de la historia. El mismo bar en el que un día se sentó Marilyn Monroe para probar el cóctel de tequila, licor de naranja y limón, y a pocos pasos de un decrépito cabaré donde muchas décadas atrás se presentaron Frank Sinatra o Pedro Infante. Pero esos eran otros tiempos. Fue la época dorada de una ciudad acostumbrada a convivir desde su fundación con el vicio, las drogas y los excesos, pero que a día de hoy atraviesa una cacería sin precedentes. Si pocos recuerdan los días de vino y rosas de esta ciudad, menos aún la ola de pánico que se vive.

Una situación que, según los expertos y con muchos matices, se puede resumir así: los cárteles de la droga tienen cada vez más problemas para mover la droga e introducirla en Estados Unidos. El Gobierno de Felipe Calderón ha hecho de la “guerra” contra el crimen organizado el eje central de su mandato y para ello ha desplegado más de 40.000 soldados en algunos de los estados calientes del país lo que ha convertido la plaza en un avispero. Paralelamente Estados Unidos ha reforzado su control fronterizo y en el vecino del norte la demanda de cocaína ha caído.

La versión oficial dice que Juárez es el suculento objetivo de la guerra que sostienen los sicarios de Vicente Carrillo, jefe del cartel de Juárez, y del Chapo Guzmán, jefe del cartel de Sinaloa. Desde aquí, casi en el centro geográfico de los más de 3.000 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos, es fácil distribuir la droga hacia cualquier punto del país vecino. Pero la realidad es que desde hace tiempo, a los cárteles del narcotráfico que se pelean la plaza ya no le vale con matar, si no que hay que hacerlo con saña, descuartizando al contrario, metiéndole los testículos en la boca y colgándolo de un puente. Hay que salir en televisión. Igual que aquí no existe el clima templado, y se pasa de la nieve al sofocante calor en pocos meses, tampoco existen los heridos. Al que no muere en la primera ráfaga, se le remata en el hospital.

La paradoja es que para hablar de la vida, y la fuerza que esconde Ciudad Juárez, es necesario irse a la morgue temprano, visitar la cárcel, tomar un tequila en el famoso Kentucky o hablar con quienes se ríen de los que dicen que jamás pondrían un pie en un lugar como este. Y nos ponemos manos a la obra.

La vida se explica en la morgue

Será porque la muerte es algo tan habitual como ver amanecer, la morgue de Ciudad Juárez es tan fría como un centro comercial. Su aspecto nada tiene que ver con el de un sórdido lugar donde venir a morir, sino con un lugar de tecnología de punta donde médicos y científicos coinciden cada noche con madres desesperadas que llegan para reconocer cadáveres. Quizá porque ser forense en Juárez es como tener un master en literatura francesa en la Sorbona, aquí las matanzas se llaman “eventos” y jamás diferencia entre buenos y malos.

Quien esperaba encontrar un lugar sórdido, oscuro y macabro se encontrará un moderno complejo en el que trabajan medio centenar de personas en las áreas de criminología, balística, química y genética, antropología y administración. Todo para intentar saber el quién y el cómo de los 14 muertos que entran diariamente.

“Hasta 2004 esta era una ciudad normal y aquí sólo llegaban muertos por accidentes de coche, armas blancas…pero desde hace algunos años esto se ha disparado y las matanzas son en lugares públicos, transporte colectivo, centros comerciales…”

―¿Le afecta tanta violencia?
―Desgraciadamente se acostumbra uno pero los descuartizados siempre son impactantes –señala un médico embutido en un traje de plástico blanco, como si fuera un astronauta.

En la camilla metálica el último cuerpo que entró a la morgue espera para la necropsia envuelto en una bolsa negra de la que se escapan dos dedos. Y sobre el plástico negro unos enigmáticos datos escritos a tiza: SAC 35. En la radio suena la música de El Buki mientras comienza la disección, de quien hace unas horas era Omar. No hay más datos.

Precisamente desconocer todo lo que rodea los cadáveres está la clave para la supervivencia de este centro y su personal. “Nosotros no hacemos labor de investigación, eso pertenece a la Procuraduría y la Policía. No nos importa saber qué hizo ni por qué lo hizo. Mi obsesión es que los médicos traten los cadáveres como les gustaría que los trataran ellos”, explica sentada en su despacho Alma Rosa Padilla, coordinadora del servicio médico forense (Semefo): “El servicio médico forense hace el levantamiento del cadáver y aquí entran con un folio que dice fecha, donde se encontró, quien lo encontró y los rasgos físicos más importantes: tatuajes, cicatrices, trabajos dentales, amputaciones… Si no hay posibilidad de saber su nombre se mete en una bolsa negra, se le clasifica como No identificado y se conserva su cuerpo en el refrigerador hasta que algún familiar pase a reconocerlo”.

De los 14 cuerpos que entran diariamente, 12 ingresan por muertes violentas y solo 2 lo hacen por accidentes de tránsito, suicidios o intoxicaciones. Después de unas semanas, si nadie viene a retirar el cuerpo, todos ellos acabarán en una fosa común a la afueras de Juárez. El gigantesco congelador tampoco distingue el origen de los muertos, y en las estanterías metálicas, envueltos en sabanas blancas, se acumulan decenas de cadáveres de jóvenes, policías y sicarios a la espera de la necropsia. A falta de más datos, los sociólogos ya definieron a la mayoría de sicarios que llegan hasta aquí como Ni-ni-ni-ni, ni estudios ni trabajo ni esperanza ni remordimientos.

El olor a carne y sangre se mete en la nariz y la ropa mientras recorremos las instalaciones. Una sala, otra sala, un laboratorio, un refrigerador, dos despachos… Interrogo, apoyado en una caja de cartón que parece contener documentos, a la jefa de la morgue más activa del mundo.

―El trabajo se dispara los fines de semana y por las noches. Además hay un cambio importante de patrón y las muertes son más violentas: decapitados, torturados, quemados…impresiona mucho analizar el cuerpo por un lado y por otro la cabeza. Eso no se te olvida nunca –explica.
―¿Cuánta gente trabaja aquí ?
―Diez médicos, diez prodisectores, un radiólogo, un odontólogo, 12 camilleros, cinco secretarios, arqueólogos, antropólogos…
―¿Y para qué un arqueólogo o un antropólogo?
―Pues para investigar huesos como estos, aparecidos en estado de descomposición.

La doctora abre la caja en la que me apoyo, una sencilla caja de cartón con algunos datos escritos en el lateral donde se acumulan varias osamentas.

Marisol, lo más vivo de Juárez

En la avenida principal de Ciudad Juárez, varias patrullas de la Policía Federal esperan a que el semáforo cambie de color encapuchados, con el arma apuntando a los vehículos y el dedo en el gatillo. En el informativo que sale por la radio del carro el presidente Felipe Calderón habla de contundencia y de que jamás negociará o mirará hacia otro en su lucha contra el narco como hicieron los gobiernos anteriores. En sus últimos discursos ha bajado el tono y ha sustituido la palabra “guerra” por “lucha”, y “narco” por “crimen organizado. Miles de policías patrullan la ciudad desde hace meses pero el número de muertos, lejos de descender, alcanza cifras récord. A la detención de Tony Tormenta, por ejemplo, le sucedió una matanza de siete jóvenes en Ciudad Juárez durante una reunión familiar. En Ciudad Juárez a cada buena noticia le sigue siempre una masacre mayor que la anterior.

Pero son ya muchos años oyendo hablar de las “muertas de Juárez” (que hicieron tristemente célebre esta ciudad) y muy poco de las “vivos de Juárez”, así que la satisfacción es doble al ir a ver a Marisol, conocida como “la mujer más valiente de México”.

Es joven, es mujer y es jefa de policía del polvoriento Práxedis, un pequeño pueblo del Valle de Juárez, epicentro de la guerra que sostienen los sicarios del cartel de Juárez y del cartel de Sinaloa. Un lugar donde la estadística dice que si compras lotería, como Marisol, casi siempre te toca. Pero lo dicen las estadísticas, lo publican los periódicos (que hablan del 2010 como el año más sangriento de la historia de Juárez) y lo confirma su antecesor en el cargo, acribillado de nueve disparos, o los 18 policías que estaban a sus órdenes, la mitad asesinados y la otra mitad declarados en deserción cuando la cabeza de uno de ellos apareció en una hielera.

Y aquí es donde habría que explicar de qué pasta está hecha Marisol. Explicar que, a mediados de octubre, como si fuera una película de vaqueros, una joven de 20 años, coqueta y con cara de no haber roto un plato, empujó la puerta del despacho del alcalde para decir “aquí estoy yo” y hacer lo que ningún hombre se atrevía: asumir la jefatura de la policía de un municipio de 3.400 habitantes situado a 75 kilómetros de Juárez, y junto a la alambrada que los separa de Estados Unidos.

Y ahí está ella, tranquila, en una oficina que tiene tres balazos en la puerta, y moviendo con soltura sus barrocas uñas rosa sobre el teclado para redactar los primeros informes de su vida. “Tengo que contar al alcalde lo que la gente necesita. Es lo que él me ha pedido”, explica mientras escribe.

Contar que se levanta sobre las 6:30, que le gusta arreglarse y que tras las gafas de pasta esconde una sonrisa tan dulce que parece salida de otros paisajes. Que le vuelven loca las alitas de pollo, que está casada y tiene un bebe, que terminó la carrera de Criminología con un expediente plagado de notables y sobresalientes y que el último libro que leyó fue Drácula. También que, como solo había dos policías cuando llegó al cargo, decidió crear un equipo sólo con mujeres “porque me siento mejor con ellas. Son más humildes, más sencillas y conocen mejor cómo se lleva una casa y lo que es una familia”.

―Claro que tengo miedo, todos tenemos miedo ahorita, pero necesitamos que el miedo no nos venza. Me arriesgué porque quiero que mi hijo viva en un pueblo diferente a la que hoy tenemos. Mi proyecto se basa en corto, mediano y largo plazo. En el corto, visitar cada una de las familias del pueblo para conocer sus problemas; en el medio, involucrar a los habitantes en el proyecto y que todos trabajemos por la seguridad; y en el largo, acabar reduciendo los delitos con la ayuda de todos –explica con un entusiasmo que le brilla en los ojos–. Queremos recuperar los valores de la familia, de la cultura, del deporte… dar a los jóvenes otras alternativas.
―¿Quién provoca la ola de terror que se vive en el pueblo?
―Prefiero no decir nada.
―¿Cómo se llama tu pequeño?
―Prefiero no decirlo.

Frente a ella tiene una bolsa de papas fritas, un bombón que alguien le regaló y varios folios escritos a mano con una caligrafía de un recién salido del colegio.

Pero en los cuatro meses que lleva al frente de la policía algunas cosas han cambiado: los vecinos han visto a una jovencita recorriendo casas e interesándose por sus problemas, el pueblo apareció por primera vez en las televisiones de medio mundo y Hermila García ya no está en su puesto. Ella, también mujer, joven y jefa de policía de un pueblo cercano, fue asesinada cuando sólo llevaba un mes en el cargo al frente de la Policía de Meoqui. Murió acribillada el 30 de noviembre, cinco minutos después de haber salido de su casa. Un grupo de sicarios la seguía en dos camionetas y le dieron alcance a la altura del poblado de Los García, a unos 10 kilómetros de su oficina. Allí, la obligaron a bajar de su coche, un Nissan Sentra color plata, y le descerrajaron al menos tres disparos sobre la banqueta. Sucedió en menos de dos minutos frente a una tienda de importaciones y no hay testigos. Marisol ha rechazo escolta y tampoco quiere llevar armas, “porque sin pistola en el bolso me siento más segura”, dice.

Después de una fría noche, dejo Práxedis y emprendo camino a Ciudad Juárez. Antes de partir el único hombre, sentado en un banco de la plaza del pueblo, parece querer impresionarme.

―El pueblo se quedó desierto, aquí los que mandan son ellos (el narco) y hasta los perros tienen miedo. ¿Ve ese perro cojeando? Se llevó un plomazo rebotado en la pata en la última balacera.

El famélico animal es un montón de huesos y piel arrastrándose por los primeros rayos de sol de una región sin medias tintas, ni el clima ni en la violencia.

El Samurái, líder de Los Aztecas

La celda en la que hablamos es de las sencillas. Seis literas, manchas de humedad, un aparato de música, una televisión, fotos de vírgenes y familiares, algunas velas prendidas, un váter sin tapa, una ducha y la reja, siempre la reja. En los patios de la prisión murales prehispánicos con dibujos de Cuauhtémoc, de la mítica ciudad de Tenochtitlán o de Quetzalcoatl, la serpiente emplumada de los aztecas. Son las señas de identidad de Los Aztecas, una banda nacida en los noventa en las cárceles de Estados Unidos, pero que hoy trabaja a destajo para los cárteles de la droga.

El golpe del cerrojo al cerrarse deja en los pasillos de la prisión un eco que se prolonga con cada vuelta de llave del funcionario. Ni ropa azul ni cinturones ni paquetes de tabaco abiertos. Esas son las condiciones para poder entrar. Una puerta, otra puerta, un pasillo, otro puerta más y por fin, en el patio central, El Samurái.

―¿Eres el líder de Los Aztecas?
―Digamos que soy el portavoz.
―¿Por qué estás aquí?
―Por homicidios.
―¿Cuántos?
―Unos cuantos…
―¿Por qué?
―Era parte de mi trabajo
―¿En qué consistía tu trabajo?
―En entregas… y en ejecuciones.

El Samurái prefiere no entrar en detalles sobre el delito que lo condenó a la cárcel, y menos si entre los homicidios está parte de su familia. Le cayeron 20 años, se llama Jesús, y está considerado el líder de Los Aztecas en la cárcel de Ciudad Juárez, pero le llaman El Samurái porque cuando se pone hasta arriba de marihuana se le achinan los ojos. Pero hoy no hay ni rastro de marihuana, ni en su mirada ni en sus respuestas, sino un tipo calmado, con tatuajes en el cuello y la piel desfigurada, que lanza respuestas como disparos de AK-47, tan breves como secas, sentado sobre la cama de la celda.

Moreno de piel, voz grave, espigado y fibroso. Sin voces ni estridencias, reparte órdenes a sus soldados con un movimiento de cejas. Tiene el cargo de sargento dentro de la estructura de Los Aztecas y con él me han remitido los propios presos para saber qué pasa aquí dentro. Aunque lleva varios años a la sombra, la banda que lidera es uno de los brazos ejecutores del cártel de Juárez.

―¿Cómo es el sicario de ahora?
―Son personas jóvenes e inmaduras que no han estado nunca en el negocio. De ahí vienen las órdenes ahora. Chicos de familias humildes y descompuestas que tienen ganas de cosas, de comer bien, de vivir bien. Son jóvenes y tienen sueños. La lástima es que duran muy poco porque en este mundo nuestro a vida es corta y todo se queda en sueños.
―¿De dónde salen?
―Muchos son jóvenes, pero otros son padres de familia que hasta ahora trabajaban en la industria ensambladora y de repente les ofrecen diez veces más de lo que ganaban. Sólo por vender o informar.
―¿Cómo se ha llegado a la situación actual?
―Ahora se mata a los hijos, a la familia y se les cortan las cabezas. Se mata por gusto
―¿Por gusto?
―Sí, la mitad de las muertes en las calles son por gusto. Hay que gente cansada y enrabietada y cualquiera tiene un arma.

Con Margarito recorro el resto de la cárcel. Es bajito, gordito, usa gafas y huele a colonia fresca. A pesar de un nombre y un aspecto que nada tiene que ver con las películas de Hollywood, es otro de los pesos pesados de la cárcel de Ciudad Juárez, fiel escudero de El Samurái, y el hombre que le cuida las espaldas, dice.

Margarito me enseña la huerta, la granja y los gallos de pelea que están criando. Nos explica que Los Aztecas están obligados a ducharse y afeitarse cada día, a mantener limpia la habitación y a cuidar su aspecto. Los que venden chucherías o artesanías en el patio pagan impuestos a esta pequeño Estado creado al interior de la cárcel y que utiliza los recursos para adecentar el lugar, arreglar el campo de fútbol o pagar los atuendos para las celebraciones religiosas.

Pero Margarito sólo puede acompañarnos unos metros, hasta donde comienza un gigantesco muro, porque más allá están Los Mexicles, al servicio del cártel del Golfo y los Artistas asesinos (AA), brazo ejecutor del cártel de Sinaloa. La prisión está dividida en tres zonas de enemigos irreconciliables que ni se ven ni se tocan, en una cárcel para 1.600 presos que está al doble de su capacidad.

Nada más traspasar el muro y entrar en el área de Los Mexicles, las palabras jerarquía, respeto y orden de Los Aztecas toman sentido. Se nota en su aspecto físico y en que solo quieren sacarme unas monedas y unos cigarros. “Todo esto se terminaría acabando con aquellos”, “Una foto por favor, una foto” “¿Y usted de qué parte viene?”, preguntan Los Mexicles. Aquí no hay granja, huerta ni talleres. Parecen más un grupo de drogadictos abandonados a su suerte.

El recorrido termina en el bar más viejo de la ciudad de la ciudad, el Kentucky, un local con la barra de madera más espectacular de la zona. Una barra que llegó en barco desde París en la década de los veinte. El lugar respira elegancia, maderas finas, espejos y lámparas y risas a media luz. Aunque hoy está de capa caída grandes personalidades en su día artistas como John Wayne, Steve McQueen, Elizabeth Taylor o Richard Burton se echaron muchos tequilas y margaritas apoyados en este espectacular trozo de madera llegada de París. Fueron los últimos en dar esplendor a un lugar al que ya ni los gringos vienen por putas.

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La vejez de Mano de Piedra Durán

Publicado: 25 octubre 2011 en Guido Bilbao
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Las manos de Roberto Durán son, quién iba a decirlo, pequeñas. Tiene dedos gordos y nudillos desparejos, gastados. La línea de la vida es un surco profundo e interminable. Al ver sus manos recuerdo la anécdota que me contó el fotógrafo panameño Francisco Barsallo. Tenía 7 años y su padre lo llevó al aeropuerto a recibir al campeón luego de una conquista histórica, no recordaba cuál. En el camino, el atasco era descomunal. Durán iba riendo arriba de un camión de bomberos, saludando con el cinturón de campeón. El padre de Barsallo lo levantó en brazos y lo alzó alto, tan alto que llegó a ponerse a tiro de Durán, que lo vio y le estrechó la mano. Barsallo dice que un poco se asustó, que quedó petrificado él y petrificado el recuerdo: sintió que Durán tenía la mano más grande del mundo y que “es verdad, es de piedra”.

Quizá por eso, ahora, en la puerta de la casa del campeón, en el centro de la ciudad de Panamá, no le puedo soltar la mano.

—¿Qué pasó, argentino, no serás cuecón (gay)? —pregunta y se ríe a carcajadas.

Le digo que soy periodista y él interrumpe, se pone un poco serio.

—No, hombre, no, ¿pa qué? Ustedes vienen aquí, me preguntan y después hablan mal de uno. Pero pasa, pasa —dice mientras abre el portón.

Es una casa inmensa, de tres pisos. En el patio de entrada hay siete estatuas, estilo romano, de mujeres envueltas en laureles. Hay grietas en las paredes y agujeros donde hubo equipos de aire acondicionado, tapados así nomás, con ladrillos y cemento que se secó goteando. Hay en el garaje un par de BMW de los noventa que nose sabe si funcionan. En su momento de mayor éxito, Durán llegó a tener en esta casa un zoológico privado, hasta un tigre de mascota. Décadas después, en la decadencia, se supo también que la había hipotecado y que el acreedor le pedía a la Justicia que remataran la propiedad, pero no había juez en Panamá que se animara a tomar la decisión. Incluso un grupo de empresarios se ofreció a pagar la deuda, a lo que Durán se negó.

Durante los casi treinta y cinco años que pasó cambiando golpes con los hombres más peligrosos del mundo —119 peleas, 103 victorias, 70 KO– llegó a embolsar más de 25 millones de dólares. De esa fortuna sólo quedan los buenos recuerdos. Hoy el campeón vive de su fama, viajando por el mundo, asistiendo a eventos —desde los Juegos Olímpicos de Pekín hasta las veladas boxísticas de Las Vegas—, participando de cenas que se organizan en todos los rincones del planeta en su honor, donde la gente paga una entrada para verlo. Al final, siempre, Durán se sienta y los fanáticos hacen fila, y uno por uno van pasando para sentir el estremecimiento íntimo de estrecharle la mano. El gobierno panameño le otorgó en 2006 una pensión vitalicia de 300 dólares por mes. Cuando tiene oportunidad, organiza veladas locales de boxeo como promotor en el estadio que lleva su nombre: La Arena Roberto Durán.

—Tú no sabes cómo lo quieren a Roberto allá en tu país… —suspira su esposa, Felicidad, la mujer que lo acompaña desde siempre y con la que tuvo nueve hijos—. Cada vez que vamos por la calle Florida no podemos caminar.

Es peor que en Panamá. Lo paran a cada segundo, le gritan desde los negocios, es impresionante.

La última vez que viajaron a Buenos Aires fue para participar del programa de televisión que conducía su viejo amigo Diego Maradona, La noche del Diez. La amistad se fortaleció durante los años locos de Maradona en el Caribe. En el Casco Antiguo de Ciudad de Panamá todavía se recuerdan las noches intensas durante los viajes relámpago que Diego hacía desde Cuba para “rumbear con el Cholo”, como le dicen aquí a Durán. Son astillas del mismo palo. Durán nació el 16 de junio de 1951 en un barrio pobre llamado El Chorrillo, a orillas del Canal de Panamá. Lo crió su madre, en la Casa de Piedra, una especie de conventillo. Fue a la escuela poco y nada, trabajó desde pequeño, lustró botas, vendió diarios y aprendió la ley de la calle en una ciudad plagada de soldados americanos, marineros y cabarets. Como el Happy Land, donde por esos días bailaba una chica argentina de nombre María, pero a la que todos llamaban Isabel, y que más tarde conocería a Juan Domingo Perón, un general en el exilio, al que custodiaba el entonces mayor Omar Torrijos. Durán fue do que había en él algo diferente. Peleaba en la calle, con chicos más grandes, y no perdía nunca, hasta noqueaba. Llegó a los gimnasios y lo supieron un diamante en bruto. “Yo sé que tengo un animal dentro de mí, que se despierta y siempre quiere más. A veces empiezan las peleas y parece que no está, pero yo sé que está y entonces quizás en el round 8 o el 10 aparece y se termina todo”, describió Durán sus sensaciones en el ring. Desde que se calzó los guantes comenzó a notar que a su alrededor todo cambiaba. Todo menos él. Con el tiempo y las victorias, Mano de Piedra se transformó en un héroe popular y arrabalero. Luego de cada victoria, no se quedaba en Miami ni en Las Vegas: regresaba a El Chorrillo con los bolsillos llenos de billetes de un dólar para regalar. Pudiendo no volver, Durán siempre volvía. Al calor tumbante del Caribe, a sus amigos, aquí, a su casa, donde parece tan ocupado que jadea mientras va de un lado para el otro, pidiendo paciencia porque tiene que atender asuntos.

De sus duelos memorables, dos fueron el pico de su gloria y su caída: las peleas de 1980 con Ray Sugar Leonard, el 20 de junio —la primera— y el 25 de noviembre —la revancha—, de la que se están por cumplir treinta años. —Voy para allá— dice luego de una llamada y mira como despidiendo al recién llegado.

—Tengo que ir pa´lante, pero estoy dos semanas más en Panamá, así que… cuando quieras. Eso sí, la próxima, che, tráete unas cervecitas —se mata de risa y dice que es bromas y se va mientras Felicidad lo celebra.
—Roberto es así —me despide su esposa.

Mantener una entrevista formal con Durán es una tarea complicada. No porque haya que hablar con mánager o jefes de prensa —Durán no usa—, sino porque pierde los teléfonos, los cambia, los regala. A Durán es difícil encontrarlo aun teniéndolo delante. Te abre la puerta, te invita a pasar, pero no se sienta a conversar.

A una cuadra de su casa hay un Durán en bronce. En la esquina, llegando a Vía Argentina, se levanta una estatua del campeón. Es parecida a la de Rocky en Filadelfia —Durán fue sparring de Balboa en la tercera entrega de la saga—, pero demasiado pequeña para el tamaño de sus hazañas. Porque nadie lo duda: el panameño ha sido el boxeador más grande que dio Latinoamérica. Fue campeón cinco veces en cuatro categorías, se le animó a los mejores de su tiempo en duelos legendarios. Además era simpático y muy guapo. Pero sobre todo fue su estilo de pelea, electrizante y callejero, el que lo volvió un mito.

A pesar de su fama de joven noqueador, tuvo que esperar a los 21 años para tener una oportunidad por el título mundial de los livianos. Fue en junio del 1972, en el Madison Square Garden, contra el irlandés Ken Buchanan. Para esa pelea, Carlos Eleta, apoderado de Durán, decidió contratar a un nuevo entrenador y eligió a Ray Arcel, un viejo lobo del boxeo norteamericano que aceptó entrenar a Durán para esa pelea por una sola razón: la mafia de Estados Unidos lo había crucificado porque se negaba a arreglar los combates. En la aventura lo acompañó Freddy Brown, ex entrenador de Rocky Marciano. La primera vez que viajaron a Panamá bajaron del avión con bidones de agua. Habían escuchado sobre los trabajadores que construyeron el canal a principio de siglo y las enfermedades terribles que se contagiaban. Le temían a la selva.

Contra todos los pronósticos, Durán ganó aquella pelea por KO en el round trece, y comenzó un reinado de ocho años en los que barrió con todo: hizo once defensas consecutivas en la categoría liviano, con diez KO.

Sus peleas paralizaban Panamá y cada victoria alimentaba el orgullo nacional, que en aquellos días no podía estar más fuerte. El ya general Omar Torrijos estaba surfeando la cresta de su ola luego de firmar en 1977 los tratados que le devolvían al país la soberanía sobre el canal en el año 2000. El boxeo era una cuestión de Estado. Existía un cargo público, el Alto Comisionado de Boxeo —ocupado por un militar— que se encargaba de promover la disciplina. Los deportistas, antes de las peleas, se entrenaban en los cuarteles. Desde la llegada de Torrijos al poder, en 1968, los panameños habían tenido doce campeones mundiales, cuando apenas había dos asociaciones. De todos ellos, Durán era el más popular.

Hacia 1980, sin rivales de cartel a la vista, Durán y su gente decidieron subir de categoría. Fue entonces cuando se encontraron ante la pelea más importante de sus vidas. Enfrentarían por el título Welter del Consejo a Sugar Ray Leonard, el Golden Boy, la superestrella norteamericana que había barrido a rusos y cubanos en los Juegos Olímpicos del ´76 para convertirse en héroe nacional y, más tarde, en campeón. Cuando Torrijos escuchó los rumores sobre la pelea se puso en contacto con el presidente del Consejo Mundial de Boxeo para pedirle jueces de países neutrales y que el combate no se realizara en los Estados Unidos. Para Torrijos, una victoria de Durán era también un logro político.

“Torrijos supo ver como nadie la conmoción que provocaba Durán en la gente. Y le pareció un buen vehículo para revalorizar la identidad nacional”, analiza Pituka Heilbron, una cineasta que estudió la relación simbiótica que existe entre Durán y su país, y dirigió el documental Los puños de una nación. Estamos sentados en el lobby de un hotel donde pasan y pasan turistas maduritos con camisas hawaianas que piden Cuba Libre y Margarita. Forman parte del boom del turismo residencial, señores de clase media de países ricos que bajan al tercer mundo para vivir de primera. Es uno de los tantos booms que azotan al país: El de la construcción, el de la ampliación del canal, el de las hidroeléctricas, la minería, el de los casinos, los cabarets, el del lavado de dinero.

“Durán nos mostró a los panameños que se podía, que los estadounidenses no eran superiores —dice Pituka—. Por eso creo que cautiva tanto verlo dentro del ring, porque peleaba con el corazón, como si intuyera la trascendencia de su lucha.” Pasan unos días y vuelvo a la casa de Durán. “No está”, dice uno de sus hijos, el Chavo, que también realizó algunas peleas como profesional y vivió en Rosario. “Pero la semana que viene mi papá va a cantar salsa con mi tío en un bar aquí a la vuelta. Ahí lo podrás encontrar”.

Pocas veces el deporte se convertiría en una representación tan clara de la guerra como la noche del 20 de junio de 1980, cuando el estadio Olímpico de Montreal le ofreció al mundo Durán-Leonard. Centroamérica era un volcán en erupción y la Guerra Fría dibujaba una geografía sangrienta. La revolución nicaragüense acababa de tomar el poder y los Estados Unidos observaban con preocupación las turbulencias sociales en su patio trasero financiando dictaduras y paramilitares para detener la marea roja. Pero había un hombre, con la mano de piedra, que podía lograr que su gente olvidara lo que pasaba en esos días y en esas tierras porque sería él quien se subiría al ring y pelearía por ellos. El panameño marchó a entrenarse a Coiba, una isla solitaria en el Pacífico, con arena blanca y una selva plagada de monos y tucanes. No había allí más que un cuartel militar y una prisión. Sólo se podía entrenar. Leonard, mientras tanto, interrumpía su preparación para cumplir compromisos publicitarios. El periodista Ralph Gordon, de la revista Ring, fue a visitarlo a una filmación de Seven Up. Dice que se sorprendió cuando encontró a Leonard preocupado que le preguntaba: “¿Crees que puedo ganarle a Durán?, ¿soy más rápido que él?, ¿enserio pega tan duro como dicen?”.Para los apostadores, en cambio, no había dudas: Leonard era favorito 5 a 1. Todos pensaban que Leonard saldría a jugar con Durán, a poner en práctica la táctica de Alí, esa de volar como una mariposa y picar como una avispa. Pero no. Decidió intercambiar golpes, medirse en rudeza. No fue una buena idea. En el segundo round, Durán conectó un derechazo al rostro del campeón, que trastabilló tres pasos y se refugió en las cuerdas. “De ese golpe recién me recuperé en el séptimo round”, llegó a reconocer con el tiempo Leonard, confirmando el apodo: “Es verdad, Durán tiene la mano de piedra. Cada uno de sus golpes es un ladrillazo”. La pelea fue inolvidable. Quince rounds en los que Durán buscó el triunfo con temeridad revolucionaria. Los jueces se lo dieron por unanimidad.

El panameño había conquistado el mundo. El general Torrijos envío su avión a Canadá para traer a casa al campeón. Hasta Don King viajó al Caribe. El recibimiento en el aeropuerto fue masivo, para muchos, la mayor concentración popular en la historia del istmo. En medio de los festejos, Durán fue invitado a viajar a Cuba. Fidel Castro lo quería conocer. Por una vez, al subir al avión, Durán tuvo miedo. “No me gustaba volar con Torrijos porque ¿y si los gringos le tiraban un bombazo?”, recuerda hoy Durán, que narra la anécdota en el documental de Pituka. La historia le terminaría dando la razón, Torrijos murió en un accidente aéreo meses después. En aquel viaje, para tranquilizarse comenzó a tomar whisky. Cuando llegó a La Habana estaba bastante alegre. Se sentó lo más lejos que pudo de los líderes, en la otra punta de la mesa, siempre preso del mismo temor. Hasta que Fidel lo mandó a llamar. Se abrazaron. Mano de Piedra era un héroe latinoamericano. Un mes después de la pelea, Durán seguía festejando. Dos meses después, también. Estaba desatado. No faltó a ninguna de las decenas de fiestas que se organizaron en su honor. Engordaba con alegría. Para esos días Leonard ya estaba superando la depresión de la derrota para volver a los entrenamientos. No pocos pedían a gritos una revancha.

Para hablar sobre lo que pasó después es necesaria la voz de Carlos Eleta, mánager de Durán, que envía su camioneta a buscarme. Al rato llega un hombre grandote. “Seguro que un ex boxeador —me digo—, alguien queempezó, pero no llegó”.

—Así que eres un che boludo— saluda.

Subimos a la 4×4, charlamos y confirma: “Yo también fui boxeador”. Acelera y pregunta, como al pasar.

—¿Tú conoces a Locche?
—¿Cómo no? —contesto—. Los más viejos en la Argentina dicen que fue el mejor de todos, mejor que Monzón. Lo que pasa es que fue campeón ya muy grande y al final… —y no termino la frase porque me sorprende un recuerdo borroso… creo que Locche perdió su título aquí en Panamá. Y entonces el chofer dice, como quien culmina con éxito una emboscada:

—Yo le gané.
—No me diga que usted es…
—Alfonso Frazer —contesta con una sonrisa que no le entra en el rostro.

—¡¡¡Peppermint!!!— grito. El universo Durán da para cualquier sorpresa. Pregunto qué pasó después.
—Kid Pambelé— suspira sin tanta alegría.

El colombiano le quitó el título por KO y en la revancha, lo mismo. Frazer vuelve a Locche

—A Nicolino le gané, pero nunca dejé de admirarlo— confiesa mientras maniobra la 4×4 dentro de un garaje inmenso.

La casa de Carlos Eleta parece detenida en el tiempo. Con galerías repleta de plantas y sillones de hierro pintados de blanco. Con la piscina iluminada en el parque y más allá, el mar. Un típico caserón del Caribe. Eleta es un hombre con muchas facetas. Jugador de tenis, empresario hípico, televisivo, también es el autor de “Historia de una amor”, uno de los boleros más grabados de la historia.

Conoció a Durán cuando el futuro boxeador tenía 10 años. Lo descubrió bajando cocos de una de las palmeras de su casa. Cuando, con 18 años ,Mano de Piedra empezaba a dar sus primeros golpes en el profesionalismo, Eleta se hizo cargo de su carrera. Conseguir la representación de la joven promesa le costó 300 dólares. Dice que después de la pelea con Leonard ya no hubo forma de contener a Durán.

Había dejado de ser un joven obediente y ya era un hombre de casi 30 años en la cima del mundo. “Se nos fue de las manos. Se rodeó de gente que lo celebraba, que le decía a todo que sí. Y él se dejó llevar. Antes tenía caprichos, no sé, viajar con una bruja para que le recomendara que rincón del cuadrilátero elegir. Pero esto era distinto”, cuenta ahora el mánager. Ante el repentino cambio de hábitos que se produjo en Durán, se justifica Eleta, decidió pactar la revancha de inmediato: “Para que Roberto no perdiera la forma. Además, era la pelea que el mundo esperaba”. Son muchos los que acusan al empresario de haber traicionado a Durán en su momento más vulnerable. Hasta Leonard reconoció, con el tiempo, que sabía del sobrepeso del panameño y que había llegado a una conclusión: para recuperar el título, había que subir a Durán al ring cuanto antes. Le ofrecieron a Eleta una bolsa de 8 millones de dólares, de las más abultadas ofrecidas hasta ese momento a cualquier boxeador. En la primera pelea, Durán había cobrado 1,6 millones. Sólo había una condición, la pelea tenía que realizarse lo más pronto posible, decían, para que no decayera el interés del público. Se pactó para el 25 de noviembre en New Orleans, cinco meses después del primer encuentro.

Cuando Durán empezó a entrenarse, en los primeros días de octubre, tenía 14 kilos de sobrepeso. Freddy Brown, contó semanas antes de la pelea que Durán se entrenaba pero no adelgazaba porque los amigos le daban comida a escondidas. Eleta quiso retrasar la pelea, pero Don King le dijo que era imposible. Pensó en decir que había una lesión, pero no lo hizo. Aceptó seguir adelante sólo si le depositaban la bolsa de la pelea en un banco panameño varios días antes del pesaje. Setenta y dos horas antes de la pelea, Durán estaba cinco kilos arriba. Para cumplir con la balanza se vio obligado a pasar dos días sin probar bocado ni agua, hasta tomó diuréticos. Dio el peso con lo justo. Sus amigos —Durán llevó treinta personas con gastos pagos al combate— lo celebraron como un triunfo.

El día de la contienda se comió tres bifes con papas fritas y jugo de frutas. Aunque era el campeón, las apuestas lo volvían a dar perdedor. La pelea fue un fiasco. Leonard corría para todos lados. Durán estaba demasiado lento, jadeaba en la persecusión y fallaba con torpeza los golpes. Las fuerzas del panameño se vinieron a pique. Leonard le decía cosas, lo provocaba, le tocaba la cara y después lo eludía con facilidad. Durán sabía que no podía hacer nada para cambiar el rumbo de la noche. Su animal interior lo había abandonado. Hasta que en el noveno asalto sucedió lo impensado. El macho latino, el pegador de la mano de piedra se dio vuelta y le dio la espalda al combate.

—Nunca -dijo- “no más, no más”, como publicaron los diarios gringos. Roberto se dio vuelta y gritó “con este payaso no peleo más”.

Se le cruzaron los cables, fue una bravuconada— desmiente el mito Eleta, que estaba en su rincón—. Yo le gritaba que no podía hacer eso, si quería podíamos parar la pelea en el rincón, aducir una lesión, lo que fuera. Pero no así. Cuando Durán notó que el juez detenía la pelea y Leonard comenzaba a celebrar, se puso en guardia y quiso volver al ataque. Pero ya era tarde. Minutos después, el vestuario panameño era un calvario.

El periodista Gordon Brown, que había logrado entrar, escribió que Durán llegó, fue corriendo al baño y dejó caer la carga. Dice que gritó de alivio. Eleta se llevó a Durán hacia un hospital, buscando algún tipo de coartada. Mano de Piedra no lograba explicar lo que había echo. Lloraba, estaba aturdido, como ausente, no comprendía la gravedad de su decisión.

Freddy Brown, al día siguiente, parecía destrozado “No puede ser que Durán se haya rendido”, le confesó a un periodista. “En boxeo lo he visto todo. Yo entrené y conocí a los mejores y Durán es de los grandes. Este chico me rompió el corazón. El boxeo se terminó para mí”. Jamás volvió a los gimnasios.

Luego de la derrota, Torrijos habló con Durán una sola vez y, con parqueza, le aconsejó el retiro. Para el pueblo panameño la caída fue difícil de asimilar. “Una jornada de luto. Pero no por la derrota, sino por la forma en la que Durán se entregó. Era una afrenta a la dignidad panameña. La gente lo tomó así, y con tristeza, le dio la espalda a su ídolo”, dice hoy Daniel Alonso, coconductor de Lo mejor del boxeo, un programa de tevé que lleva 35 años en el aire siempre liderando los ratings. “Durán es único hasta en su forma de perder —acota el argentino Osvaldo Príncipi—. El ‘no más’ contra Leonard es uno de los cinco mayores misterios de la historia del boxeo: ¿por qué uno de los fajadores más valientes eligió perder así? Es algo increíble”.

Luego de aquella derrota, Durán se separó de Eleta y comenzó a trabajar con el argentino Luis Spada. Le costó, pero poco a poco volvió a los primeros planos. Ganó tres títulos más hasta su retiro, pasados los 50 años. Leonard sólo le daría la revancha diez años después de aquellaspeleas, cuando ya los dos eran demasiado viejos. Fue una noche sin demasiado brillo, en la que el norteamericano ganó por puntos no sin llevarse en el último asalto un derechazo que le abrió un surco en el ojo. Tuvieron que darle doce puntos.

Es martes, casi medianoche y el bar está repleto. Durán acaba de entrar y la gente le toma fotos, se pone contenta con solo verlo, recuperan en la risa un tipo de inocencia perdida. Le hablo de Leonard, de los treinta años, del cielo y el infierno en cinco meses. Se ríe, me palmea el hombro:

—¿Sabes qué? No más, no más…

Durán sube a escena. Hace una seña a la barra y le traen un Rioja. Se sirve una copa, toma un buen trago y sacude la cabeza. Prueba el micrófono y habla.

—Me pegó, el vino este, me pegó, eh —dice y se limpia la boca. Le agradece al dueño del bar, un español.
—Una vez casi nos vamos a las manos… se salvó el español. Ahora somos buenos amigos y oléeeee —grita levantando la copa.
—Pero cuidado con el olé. En mi barrio, en El Chorrillo, no se puede decir olé porque si no te sacan una bolsita blanca y te dicen “Olé…”—y termina el chiste y se ríe y el micrófono amplifica su risa que lo absorbe todo.
—Pido perdón porque no me aprendí los arreglos de las canciones, así que vamos con el pregón, a improvisar.

Y entonces suenan los tambores y la gente baila y Durán que se larga sin retorno. “Aquí vinimos a pregonar, porque en la vida hay que cantar, aquí vinimos aquí vivimos, porque en la vida hay que gozar, la vida hay que gozarla y vivirla”, repite como un mantra y una chica se sube al escenario y baila con él, le besa las manos y vuelve a su mesa. En el medio de la canción Durán se va y camina por el bar, brindando con cualquiera. Saluda a la izquierda, le palmean la espalda a la derecha, dos chicas lo detienen y le piden por favor que se saque una foto con ellas. Después quedan dando saltitos, mirando la imagen en el celular. En el centro, entre las dos chicas, Roberto Durán parece un hombre feliz