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Alguien sube las escaleras, y aparece entonces la breve figura de un hombre con grandes gafas y barriga abultada. Sabía que la televisión engorda, pero ahora me doy cuenta de que también agranda: Chespirito es más bajito de lo que pensaba, casi como un viejo duende. Ha llegado vestido con una camisa a rayas de manga larga, pantalón café y zapatos mocasines. A la luz de esta mañana calurosa y nublada de agosto sus setenta y cinco años resultan imposibles de ocultar. Ahora se sienta frente a mí con las manos entrelazadas, inclinándose hacia adelante sobre una silla austera.

—¿Cómo está?
—Pues le digo que regular. Parece que desde diciembre se me concentró la edad.

Unos días antes de la Navidad de 2003, Roberto Gómez Bolaños visitó por primera vez en su vida el hospital. Fue una extraña alergia combinada con una bronquitis crónica. Parecía estar pagando el precio de haber fumado durante cuarenta años, un hábito incubado en sus maratónicas sesiones de escritura para la televisión. Escritor de absolutamente todos sus programas, no en vano un director de cine mexicano bautizó a Gómez Bolaños -cuando éste escribía para la pantalla grande- como el Shakespeare chiquito, un sobrenombre que degeneró en Chespirito.

Ahora estoy sentado frente a una mesa de cristal, junto al creador e intérprete del Chavo del Ocho. Ésta es la oficina de Roberto Gómez Bolaños, en realidad una amplia casa de dos pisos, amurallada, con jardín y cochera para dos autos en la Colonia del Valle, el barrio clasemediero de la Ciudad de México donde siempre ha vivido el popular cómico de la televisión latinoamericana. Chespirito visita sólo de vez en cuando esta propiedad. Su hogar, descrito como sombrío en alguna entrevista, queda muy cerca de aquí. La sala de juntas en la que me encuentro está decorada con fotografías, dibujos, placas conmemorativas de sus representaciones teatrales y me parece ver hasta algunos trofeos deportivos. Al fondo, oculta tras un muro, hay una secretaria trabajando.

Recién salido de la afección respiratoria, a Chespirito le atacó un terrible dolor en el nervio ciático.

—¡Pa’ su mecha! Mis dolores más fuertes habían sido de dientes, muelas, pero éste les gana a todos.

Percibo algo extrañamente familiar en su voz, como una inflexión conocida. No fue Gómez Bolaños quien pronunció la segunda parte de esa frase: fue el Chapulín Colorado. Era su habitual cambio de ritmo, igual a cuando dice lo sospeché desde un principio. «Afortunadamente mi mujer me atiende muy pronto. Es muy buena para inyectar.»

Florinda Meza, Doña Florinda, es su segunda esposa. Doña Florinda está casada con él desde hace casi tres décadas. A pesar de sus achaques, Chespirito sigue activo. De hecho acaba de regresar de Santiago de Chile, a donde fue a presentar Y También Poemas, un libro publicado por la editorial Punto de Lectura.

—Para el público latinoamericano, fue una sorpresa que usted sacara un libro de poemas. ¿Lo tenía guardado?
—Es algo que nunca pensé publicar. Desde que era jovencito me gustó la poesía. Mi mamá me enseñó las reglas importantes de versificación: rima, métrica, acento, etcétera. Escribo a ese estilo antiguo, que yo no lo considero antiguo.

Otra vez me parece escuchar al torpe héroe de las antenitas de vinil. Son sus clásicas digresiones enmarañadas no llevan a ninguna parte. O mejor aún: que llevan a la risa.

—Para la gente ahora la poesía es libre y nada más. La métrica y la rima no existen. Y sí existen. Le voy a poner un ejemplo muy grande: cuántas veces hemos oído por las calles: el “pueblo/unido/jamás será vencido” -dice cantando- Hay métrica y hay rima, y la rima tiene una fuerza enorme. Los publicistas buscan rimas todo el tiempo para anunciar productos.

Chespirito debe de haberse acordado de que en sus inicios de escritor, había trabajado para una agencia de publicidad. Hubiera querido ser futbolista profesional, y casi lo consigue, pero sus menos de cincuenta kilos de peso hacían de él un centro delantero al que el viento se llevaba. Al terminar la preparatoria, se había matriculado en una facultad de ingeniería. Su otro trabajo fue de pasante de ingeniero. Debía contar los remaches que se ponían en las vigas. Lo mataba de aburrimiento. Nunca se arrepintió de haber aceptado la oferta de la agencia de publicidad por la mitad de sueldo que ganaba antes.

—Supongo que su libro de poemas es una manera de poner sobre la mesa ciertos temas que usted no tuvo oportunidad de tratar en sus programas: la política, la corrupción, el erotismo.
—De todo eso hablo directamente. Tengo mala memoria, no sé si aquí habrá uno…

En mi mochila está su libro de poemas que compré hace unos días. Chespirito lo recibe sorprendido como si fuera el primer hombre de su país que lo busca para entrevistarlo sobre él. En México la prensa casi no lo toma en cuenta.

***

Hay una anécdota que al creador de la vecindad más famosa de Latinoamérica le gusta contar: una vez Emilio Azcárraga Milmo, el ya fallecido dueño de Televisa, telefoneó a su oficina para informarle de que lo estaban viendo trescientos millones de personas por semana. A decir del Tigre Azcárraga, era una gran responsabilidad. Tal vez ésta sea una de las claves que explican el humor blanco e inofensivo que distingue la carrera de Gómez Bolaños. En México, los intelectuales y los críticos de televisión siempre despreciaron sus programas.

—Qué flojera -fue la reacción instantánea de un crítico cuando pronuncié el nombre de Chespirito.

Acudí también a otra importante crítica de televisión. Ella prefirió no contestarme.

—Jura que su humor viene de El Gordo y el Flaco, cuando en realidad nunca lo entendió -me dijo el crítico-. El Chavo del Ocho es el primer personaje entrañable de la miseria —al final sentenció.

Mientras no cambiara la realidad latinoamericana, creía él, una historia así podía quedarse en la televisión para siempre. Lo indudable es que los personajes de Chespirito han ejercido una insólita fascinación sobre los latinoamericanos desde finales de la década del setenta. Con excepción de Cuba, las series de este humorista se repiten por lo menos una vez al año en todos los países de América Latina.»

Se cuentan historias insólitas sobre el fervor que despiertan las series de Chespirito. No sólo Menem y Maradona se han declarado sus admiradores. Hace algunos años, el brasileño Edson Arantes do Nascimento intentó comprar los derechos de El Chapulín Colorado para llevarlo al cine. Un futbolista chileno, Sebastián González, celebra sus goles en el campeonato mexicano luciendo la camiseta del antihéroe cuyo escudo es un corazón. No por casualidad Chespirito hizo dos películas dedicadas a este deporte, El CHANFLE 1 y 2, en las que el aguador del equipo América —propiedad de Televisa—, personificado por él mismo, sueña con entrar a cancha y marcar espectaculares goles para su escuadra. Pena el encanto que ejerce Chespirito va más allá de a quienes les gusta el fútbol.

Llega a todas partes y no respeta jerarquías. En el Perú, el nada querido cardenal Juan Luis Cipriani, quien ofrece una homilía televisada los días domingos, se quejaba: «No me importa que me hayan reemplazado por El Chavo del Ocho o un partido de fútbol. La palabra de Dios no morirá». En Estados Unidos, Disney negociaba comprar los derechos de explotación de El Chapulín Colorado. En Colombia, el entonces presidente Julio César Turbay emitió un decreto para otorgar la nacionalidad colombiana a Roberto Gómez Bolaños. En un recorrido por Bogotá con todos los personajes de El Chavo, su Primera Dama encabezó un convoy de camiones de bomberos al lado de Chespirito, quien saludaba a miles de niños y adultos reunidos en la vía pública sólo para verlo. De paso por México, un productor argentino televisión me contó de un bar de tipos rudos en Buenos Aires mirando absortos un capítulo del niño del barril. Aquella última imagen me pareció la más sublime.

***

Chespirito frunce el ceño y acerca bastante el libro a sus lentes bifocales. El actor que jamás usó apuntador en las grabaciones de sus programas de TV ahora me dice que tiene muy mala memoria. Finalmente encuentra entre las página uno de sus poemas y me lo recita en voz alta. Se llama «¿Político, yo?», un octosílabo en el que, al mismo tiempo que reniega de la política y los políticos, deja la puerta abierta a la posibilidad de que todos tengamos algo de ellos. El poema da pie para preguntarle sobre el apoyo público que dio a Vicente Fox, cuando éste buscaba la presidencia de México por el conservador Partido Acción Nacional. En ese entonces, Roberto Gómez Bolaños y Florinda Meza grabaron un spot televisivo apoyando a Fox. Hoy que la popularidad de este presidente va en caída libre y que la mayoría de la gente lo acusa de responsable y protagonista del estancamiento de México, Chespirito insiste en creer en él.

—Fox es un hombre decente, bueno, honrado. No ha matado a nadie. Tiene mil cualidades. Lo que pasa es que no lo dejan hacer las cosas.

Chespirito se dice harto y dolido por la fatal influencia que el Partido Revolucionario Institucional, en el poder durante siete décadas, tuvo en México. Tal vez por eso ni él ni su esposa dudaron en posar ante las cámaras, vestidos de civiles y exhibiendo una sonrisa bonachona, para apoyar a Fox en su campaña. El spot de treinta segundos sorprendió a todo el mundo, tomando en cuenta que Televisa, la empresa que le dio soporte a su carrera, declaró durante años su filiación al PRI.

—Volviendo a su libro, ¿sus poemas son una manera de cerrar su ciclo de creación artística?
—No. Estoy escribiendo muchas cosas.

Chespirito tiene casi terminada su autobiografía. Habla con una tranquilidad pasmosa, como si tuviera todo el tiempo por delante. Por cierto, pasaron décadas antes que se decidiera por fin a contar su vida.

—Me ha ido bien en la vida y eso parece que a nadie le interesa: no he consumido drogas jamás, menos las he traficado. ¿Qué más? Bueno, en mi primer matrimonio fui infiel, pero con Florinda llevamos veintisiete años y soy fiel al ciento por ciento. No la cambio por nada.

La otra razón que lo ha llevado a escribir su autobiografía es contar sus encuentros con políticos en las giras que hizo con su elenco durante su época de apogeo: abarrotaron el Estadio Nacional de Chile, en Santiago, y la Quinta Vergara de Viña del Mar; el Luna Park de Buenos Aires; el Coliseo Amauta de Lima; el Poliedro de Caracas, el estadio Campín de Bogotá. Pareciera que nada de esto emociona a Chespirito, quien me lo cuenta todo sin detalles, por encima, como no queriendo la cosa.

***

He ido a buscar al Señor Barriga a su oficina en la afrancesada colonia Roma de la Ciudad de México y, cuando llego, el vigilante me indica que el señor Vivar está saliendo en su auto blanco, uno de esos modelos enormes tipo Grand Marquis. Vivar, quien lleva en la nariz un par de manguerillas conectadas a un tanque de oxígeno, me invita a que suba al auto. El Señor Barriga es realmente voluminoso y, aunque en esta ocasión no vi ningún portafolios, es inconfundible. Cae una ligera tormenta en el D.F. Así como jamás imaginé entrevistar a Chespirito, tampoco imaginé dar un día un paseo con Edgar Vivar conectado a un tanque de oxígeno y menos aún acompañar al Señor Barriga a un restaurante.

—Tuve la suerte de que el mejor escritor cómico que ha tenido la televisión me escribiera un personaje hecho a la medida. ¡Y mira qué medida! -me dice Vivar, ya sentados en una mesa.

Su salud estado en serios aprietos debido al sobrepeso. El Señor Barriga se niega a revelarme su edad y también, sospecho, a que yo lo vea comer. Por el momento sólo pide al mesero un clamato con vodka. El actor me explica que, por lo general, Chespirito escribía durante tres semanas los libretos de cuatro programas y luego venía una semana intensiva de grabaciones en los estudios de televisión.

—¿Cómo era el ambiente en las grabaciones?
—Podría decirte que algunas veces cordial, pero siempre dentro de un rigor. No se permitía ninguna improvisación fuera del ensayo.
—¿Y qué ocurría tras bambalinas? ¿Cómo se llevaban?
—Todo era muy cordial durante las horas de trabajo y nada más. Después, nuestra convivencia era muy poca. Yo fui a casa de Chespirito dos veces en veinticinco años.

La última función del Circo del Señor Barriga y Ñoño la ofreció en Lima el 2003. Vivar es ahora miembro vocal de la Asociación Nacional de Intérpretes y dice sentirse apasionado por estudiar asuntos como los derechos de autor. Es un tipo desconfiado de la prensa y que se precia de ser muy culto. Hace años que se divorció de su mujer. No tuvo hijos. Una de sus mayores pasiones es la lectura de biografías. Cuando le pregunto por el personaje al que más admira, muerde un tallo de apio antes de responder.

—Einstein.

***

Ya alejado de los sets de televisión, Chespirito se pasa buena parte de su tiempo escribiendo en una computadora, a la que considera una máquina escribir de lujo. Dejando de lado sus poemas y su autobiografía, el cómico escribe sobre todo ensayos. Son su única manera de protestar ante el mundo actual. Por ejemplo, escribe sobre la manera tan corrupta como se juega el fútbol, en el que un delantero busca engañar al árbitro echándose un clavado en el área. O del estúpido nacionalismo mexicano y la manía de culpar al extranjero de todos sus problemas. Sin embargo, todos estos ensayos no sólo están inéditos sino inconclusos. Gómez Bolaños tiene la manía de saltar de uno a otro sin proponerse realmente ponerle punto final a ninguno.

Mientras su secretaria teclea algo y a través de la ventana se cuelan débiles las bocinas de los automóviles, la conversación comienza a tomar un cauce patafísico. Pregunto a Chespirito si es optimista con el futuro de México.

—Soy optimista con respecto al futuro del mundo -me corrige.

El cómico se toma muy en serio el papel de pensador. La escena se parece a esos programas especiales en donde todos (Villagrán-Valdez-De las Nieves-Meza) se ponían trajes satinados y parodiaban episodios históricos (el descubrimiento de América o el de la ley de la gravedad, qué más da) con más ingenio que presupuesto.

—Es indudable, absolutamente indudable, que hay una evolución, que formamos parte de ella, que tiene una tendencia. Es más, el arqueólogo Teilhard de Chardin dijo una frase que luego le robó Echeverría —un ex presidente mexicano-: «Arriba y adelante. Arriba hacia Dios y adelante hacia el progreso. Un día se unirán».
—¿Usted cree en eso?
—Sí -me dice, como si fuera un juramento.
—Porque en su libro de poemas aparece uno que se titula «Milenio», en donde más bien usted se muestra escéptico del futuro de la humanidad.
—Sí. Y tengo otro que dice…

El cómico vuelve a buscar entre las páginas de su poemario, pero pronto abandona la empresa. Prefiere advertirme:

—No puede uno dejar de ser escéptico: estamos enfrentándonos al más grande de los misterios. Tengo otro poema, a ver si lo encuentro. Ah, sí. Se llama «Otra vida».

Chespirito me lo recita en voz alta sujetando el libro con ambas manos. El tono de su lectura me recuerda a los terroríficos concursos de poesía de la escuela.

—¿Usted cree en la otra vida?
—Sí, totalmente. Y no la pienso como me la enseñaron cristianamente. Tampoco la rechazo.

Me parece oír de nuevo al Chapulín.

—Creo que todos morimos simultáneamente. Con esto quiero decir que morir es para mí, supongo, abandonar las dimensiones del tiempo y el espacio. En ese sentido morimos simultáneamente todos.

Ya no le entiendo nada. Chespirito continúa absorto en sus palabras.

—Y entonces entrar en otra dimensión que no signifique eternidad pero que dure siempre. O que signifique que es un instante eterno. No se puede explicar.

A estas alturas del discurso, sólo le faltaba añadir lo que el superhéroe de las antenitas de vinil decía cada vez que se enfrascaba en una exposición inextricable de ideas.

—Bueno, la idea es ésa.
—Usted, que es humorista, ¿no cree que todo esto sea simplemente una gran broma?
—No -se ríe-. Creo que, entre otras cosas, Dios debe tener un gran sentido del humor y no haría un mal chiste.
—¿No?
—No.
—¿Por qué no?
—Tiene que ser súper, súper, súper, incomprensiblemente grande, poderoso. Hace rato hablaba yo de la evolución que se opone a los creacionistas. A mi modo de ver, los argumentos de la evolución le dan más fuerza a lo que pienso: cuando uno se da cuenta del famoso big bang, que primero estuvo conformado por un elemento, quizás hidrógeno, y que se fue convirtiendo, de la misma forma en que los alquimistas pensaban que podían convertir el plomo en oro. Y se puede. ¡Lo malo es que sale más caro! —vuelve a él el Chapulín.

Está ensimismado en su propio delirio. Sus manos no paran de moverse y su mirada traspasa la mesa de cristal.

—Ahora con la lectura del genoma humano, cualquier celulita tiene todas las instrucciones necesarias para crear otro ser. ¡Uta! Hay que ser mucho más que creacionista. Lo otro es formar una evolución con esas complicaciones. Tiene que haber algo que no podremos captar nunca. Aunque pienso que, después, en otra vida, compartiremos lo necesario, inclusive sabremos de la historia, cómo estuvo. ¡Y de muchas otras cosas!
—Ya nos pusimos existenciales y nos fuimos hasta la otra vida. Mejor cuénteme cómo fue su infancia. Por lo que sé, no fue nada parecida a la del Chavo del Ocho.
—No. Yo era de clase media-media.

***

Sólo queda llamar por teléfono al Profesor Jirafales. Ahora el señor Rubén Aguirre tiene setenta y nueve años, siete hijos y dieciséis nietos. Está de gira con el Circo del Profesor Jirafales en Manta, Ecuador. Se enfada sin decir taaa- taaa-taaa-taaa-tá cuando le menciono al Gordo y el Flaco como inspiración del tipo de comedia que hizo Chespirito.

—¡No tiene influencia de nadie! -me dice-. ¡Es único! ¡Su poder de observación, su conocimiento del idioma, su erudición! ¡No se parece a nadie!

Igual que el resto del elenco de la vecindad más famosa de Latinoamérica, a Aguirre le ha resultado imposible librarse del estigma del Chavo del Ocho. Casi todos ellos han debido vivir de explotar a los personajes de la serie en espectáculos circenses, cuyo mercado principal han sido ciudades y pueblos de Sudamérica. Las excepciones son Edgar Vivar, quien ha producido teatro y trabajado para otras televisoras, y el propio Chespirito, quien ha montado, actuado y dirigido obras exitosas como 11 y 12, que ostenta el récord mexicano de permanencia en cartelera de una obra de estreno. Y aunque estos circos —el de Kiko, el de la Chilindrina y hasta el del Señor Barriga y el Profesor Jirafales— han resultado ser una minita de oro, sus carreras en la televisión hace tiempo que ya acabaron.

—¿Qué significa haber hecho durante tantos años al Profesor Jirafales?
—Déjame decirte que no es mi personaje favorito. El Profesor Jirafales es Rubén Aguirre: presumido, cursi, romántico. Es mi modo de ser.
—¿No se cansa?
—No, pues no me cuesta ningún trabajo hacerlo. Si yo quiero, puedo seguir haciéndolo en la vejez.
—¿Y quiere?
—Sí, quiero, sí. Hasta ahora he querido.
—Me han dicho que usted es un excelente contador de anécdotas sobre lo que ocurría en las grabaciones del programa. Cuénteme una.
—Aquí, de momento, en este cuarto frío, no se me ocurre ninguna. Pero si un día coincide que nos tomemos un tequila, con gusto.

Me despido del Profesor Jirafales con la falsa promesa de volver a encontrarlo. Tal vez hubiera preferido preguntar a Kiko sobre su antipatía hacia Chespirito. Alguien me dijo que Carlos Villagrán vive en Buenos Aires, desde donde viaja con su circo a distintas partes de Sudamérica. También me hubiera gustado encontrar a La Chilindrina. Averigüé que María Antonieta de las Nieves vive entre Miami y la Ciudad de México y que, por lo menos hasta hace un tiempo, encabeza¬ba el Circo de la Chilindrina.

Villagrán y De las Nieves se pelearon con Chespirito luego de que intentaron disputarle la propiedad de sus perso¬najes. Ahora él se refiere a Kiko y La Chilindrina como a unos individuos de una gran incultura, esbozando una sonrisa que tiene algo de perdona-vidas. Tampoco pude buscar a Ramón Valdez ni a Angelines Fernández ni al Chato Padilla. Se murieron hace tiempo. El azar me ha llevado a conversar sólo con los sobrevivientes del elenco que todavía quieren a Chespirito, con la única excepción de Florinda Meza. Su esposa, según dicen, es una simpática e inteligente mujer que mantiene su esbelta figura, y que en estos días se encuentra deprimida debido a un par de asuntos familiares. La representante de Chespirito me pidió que me olvidara de hablar con ella.

***

Puede resultar difícil de creer, pero Roberto Gómez Bolaños es un tipo tímido y de distracción proverbial cuya máxima tortura es que lo lleven a una discoteca o que lo inviten a una reunión con más de siete personas. Marcela, una de sus hijas (Chespirito tiene seis hijos en total, todos de su primer matrimonio con Graciela Fernández, una ama de casa común y corriente) lo recuerda trabajando en su estudio de la planta baja, al pie de las escaleras de la casa. Su padre se sentaba en un sillón y se ponía a escribir con lápiz en un bloc esquela que ponía sobre sus piernas. Así se pasaba las horas.

Otro de sus hijos, también llamado Roberto, es productor en Televisa, y el responsable de cuidar el legado de su padre. El productor tiene proyectos ambiciosos como, por ejemplo, estrenar un largometraje de dibujos animados con los personajes de Chespirito.

—Mi padre era tan distraído que parecía broma -dice-. Encendía el lápiz con el encendedor, miraba la hora de su reloj de pulsera echándose encima la taza de café, se metía al clóset en vez de salir por la puerta, se ponía la camisa con el gancho puesto.
—¿Cuál de sus personajes se parece más a él?
—Tiene un pedacito de cada uno: es torpe, distraído y fajador con las mujeres como el Chapulín Colorado.Peleonero y tierno como el Chavo, y procura evitarse todos los conflictos posibles como el Chómpiras. También se parece en que es un hombre sin grandes aspiraciones materiales.

Tal vez una palabra sirva para calificar el estilo de vida de Gómez Bolaños: sobriedad. Allá en sus primeras apariciones como comediante, tenía un sketch cuyo título podría ilustrar esta ética caracterizada por el trabajo honesto, la disciplina y la falta de pretensiones económicas: El Ciudadano! Gómez. Me cuenta el hijo que las ganancias que se lleva Chespirito por concepto de la repetición de sus programas en toda América Latina son mínimas. Aunque la propiedad intelectual de la serie le pertenece, la propiedad de los derecho de retransmisión la tiene Televisa.

—Se equivocó de país -me dice-. Mi papá es bastante mal cobrador.

***

Ya van más de dos horas de conversación con Chespirito. Lo veo algo cansado, aunque con la atención suficiente como para fijarse en algo raro que sucede a través de la ventana de su casa.

—Creí que había visto una ardilla -dice.
—Imagino que después de casi veinticinco años de escribir un programa semanal de televisión llegó a sentir que se le secaba el cerebro.

Chespirito mira debajo de la mesa de cristal sin inmutarse. Por un momento me da la impresión de que esta respuesta la tiene ensayada.

—Si alguien me da envidia en este mundo, ya no vive: es Juan Rulfo, que escribió dos libros de fama internacional. Yo tengo encuadernados doscientos cincuenta, o trescientos tomos de mis libretos. Trabajé mucho.
—¿No tuvo momentos de gran angustia? ¿De sentir que ya lo había dicho todo?
—A veces me solté llorando de desesperación. Me pasaba más durante mi primer matrimonio: estaba escribiendo y de pronto veía que mis hijas chiquitas bajaban con el uniforme de la escuela para ir al colegio ¡Me había pasado toda la tarde y la noche escribiendo! Y no encontré ninguna semana que no tuviera lunes. ¡Todas tenían!

Siento que esta pregunta le caló más hondo que la anterior. Por fin Gómez Bolaños me mira a los ojos.

—He leído varias veces que usted se siente ninguneado por los críticos mexicanos…
—Uh…

Chespirito se levanta de su silla, que a estas alturas le debe resultar ya muy incómoda. Va a mirar las placas conmemorativas de su obra teatral 11 y 12 que llenan un muro. Repite las cifras que aparecen en las placas: 1600,1700, 2200. Son el récord de las funciones de teatro.

—¿A qué se debe que los críticos lo hayan ninguneado?
—Una razón es que no soy condescendiente con ellos. Otra, que consideran a la comedia como inferior a la tragedia, y pues no sé a qué más.
—¿Le duelen las críticas?
—Me dan coraje, y luego digo que qué me importan. Pregúnteme cuántos premios me han dado.

Chespirito levanta la vista, escénicamente, como si estuviera haciendo la cuenta. Luego responde:

—Ninguno. Ni de obra ni de actuación ni de dirección ni de tiempo. De nada.

El cómico se levanta a mirar las mismas placas y se detiene también en un par de fotografías, una de ellas con futbolistas del equipo Necaxa que lo fueron a visitar al teatro.

—Buena parte de la intelectualidad mexicana menosprecia su trabajo —le recuerdo.

Hay en México, un país cuya literatura oficial tiene bastante solemnidad, la percepción de que cómicos como él destruyen el idioma. Chespirito ni se inmuta y prefiere contarme:

—Sobre un Congreso de la Lengua Española, que se realizó en Zacatecas, un periodista decía: «¿Qué clase de congreso es éste en que uno de los invitados es Chespirito?». Mandé al periódico una carta diciendo: «No sé si pueda aportar mucho, pero sí aportaría a enseñarle a escribir al periodista ese que me criticó. Su artículo está mal en estoy esto y esto, porque yo conozco mi herramienta de trabajo, el español». La respuesta del periodista fue muy elegante. Me cayó re’bien. «Perdón. Fue sin querer queriendo», dijo.

***

Chespirito se ha levantado varias veces para ir al baño en los últimos minutos. Ya empieza a dar señales de impaciencia.

—¿Y cómo es su vida ahora?
—Caserísima. Hoy me rasuré nada más porque venía a una entrevista.
—¿Qué pasatiempos tiene? ¿Le gusta cocinar, por ejemplo?
—El agua hervida se me quema. Pero Florinda es una cocinera sensacional.

Se levanta otra vez de su asiento como una manera de avisarme que se tiene que ir.

—Hábleme de su etapa de mujeriego.
—Fui.
—¿Y eso?
—Fui mujeriego por lo mismo que era muy peleonero en mi juventud, por complejo. Por chaparro. Tenía hermanos que eran muy bien parecidos y se ligaban a todas las chavas. Y yo tenía que ingeniármelas. Pero sí ligaba.

La cara de Chespirito se ilumina de una pícara satisfacción. Y añade:

—Sigo pensando que no hay nada más bello en el mundo que una mujer hermosa. Respeto las tendencias de cualquiera. Jamás hice chistes burlándome de homosexualidades. Respeté muchas cosas: color de la piel, nacionalidades, religiones.
—¿Cuándo fue su etapa de mujeriego? ¿Cuando ya tenía éxito?
—No, desde antes -dice, sonriendo.
—¿Cuando se estaba divorciando?
—Ahí sí ya tenía éxito con las mujeres. En las giras, al llegar al hotel, ya estaba una chava esperando dentro del cuarto. Tenía que sacarla. Bueno, según como estuviera.

Ahora Chespirito sí se va en serio. Se va el torpe Chapulín con sus pastillas de chiquitolina a otra parte. Se va el tímido Chavo del Ocho a guardarse otra vez en su barril. Lo detengo por un momento.

—¿Me podría firmar su libro de poemas?

Lo veo escribir una apresurada dedicatoria, con una caligrafía inclinada hacia la derecha. Firma: Chespirito. Apenas alcanzo a estrecharle la mano, mientras él está bajando las escaleras a paso veloz. Cuando desaparece, me quedo quieto por un instante. Del otro lado del muro, la secretaria me mira con ojos de complicidad y una sonrisa de oreja a oreja. Por ningún motivo iba a desaprovechar la oportunidad de escuchar entera una conversación como ésta. Que tu jefe sea el Chavo del Ocho no le pasa a cualquiera.

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Detrás de la puerta cerrada está Laura Bozzo. Tiene un vestido de noche color rosa, las piernas descubiertas y zapatos dorados que brillan y se adhieren al piso con suave contundencia. Sonríe a la cámara en cuclillas. Más tarde, cuando ella observe la fotografía en una pantalla, dirá que se ve muy puta y descartará la toma («ésa no es mi imagen»), pero ahora ella es pura felicidad. Tiene un reloj de oro que resplandece por efecto de los reflectores. No se sabe si el reloj da la hora correcta pero, visto de lejos, es un bonito símbolo del tiempo, aunque también podría leerse como un recordatorio de que la estrella de televisión lleva dos años encerrada y, por lo tanto, la manecilla corta ha dado unas 17,500 vueltas desde que la detuvieron. Laura Bozzo siempre ha vivido en una burbuja que otros vigilan, pero el encierro físico pertenece a una dimensión para la que nadie está preparado. He llegado a verla a su estudio de grabación donde vive en arresto domiciliario, esa suerte de cárcel desde donde se transmite su reality show por la cadena Telemundo. Está encerrada aquí acusada de recibir tres millones de dólares de Vladimiro Montesinos, el mafioso hombre de inteligencia del ex presidente Alberto Fujimori. Estoy en la sala principal. Arriba, dominándolo todo, un letrero que dice Laura con letras doradas es un primer símbolo del imperio. Debajo del letrero, jugando con la laptop del escritorio, está Christian Suárez, el novio argentino de la diva: nariz larga, redondos ojos marrones y una expresión general de buena gente. Laura tiene cincuenta y tres, y Christian tiene veintiocho, aunque en la foto de la pareja que está junto a la computadora portátil una extraña conjunción de artificios visuales hace que se vean de la misma edad.

Laura Bozzo se mueve y sus largas extremidades se ven sueltas, elásticas, ágiles: parecen formar parte de un itinerante aparato de propaganda muscular que tiene por objetivo convencerte de que, pese al encierro, a Laura la vida no la abruma, y que camina ligera porque no tiene culpas que cargar. Luce delgada, regia. Han pasado tres años desde que se hizo la operación de aumento de busto y glúteos, y muchos más desde que se mandó a desaparecer aquel lunar de carne que refulgía, imprudente, al lado de su boca en sus primeras apariciones televisivas. Ahora saluda efusivamente al fotógrafo, un profesional fashion que suele retratar a las modelos más perfectas del Perú. En la sala contigua, hay un apretado gimnasio en donde resalta un aparato que sirve para engrosarle las piernas. Lo usa tres veces por semana, de cuatro a seis de la tarde, bajo las instrucciones de un personal trainer. Laura Bozzo cuida mucho su figura. No llega a los extremos de cuando tenía veinte años, tiempos de anorexia en que sólo comía una manzana al día, pero la sigue cuidando con dedicación. Todos los días bebe las claras de veinticinco huevos crudos. «Me ha cambiado la masa muscular», dice.

Nada de eso debería causar asombro. Verse bien es parte de su trabajo, y Laura Bozzo es, ante todo, una profesional. Hay energía en sus ojos cuando comenta lo que ha hecho para conseguir la figura que tiene. Vigor, método, tenacidad. «Si comes harina, cómela con verduras. No mezcles nunca proteína con carbohidratos, ni con dulces. La proteína en la noche hace que tu organismo queme la grasa. Cuando no comes proteína en la noche, en cambio, la grasa aumenta. La gente cree que comiendo fruta en la noche va a adelgazar y mentira: el cuerpo genera más grasa porque siente que le falta». Imagino a Laura Bozzo mientras duerme plácidamente y alguna especie de fuego interior lucha contra ciertas células. Cuando la detuvieron, en julio del 2002, y empezó el arresto domiciliario, ella mandó a colocar un colchón en el piso para dormir. Creía que la orden judicial iba a ser temporal. Al cabo de ocho meses, su novio la convenció de traer una cama. A veces, cuenta, tiene pesadillas con los casos de su programa. También suele soñar con el mar. Ha dormido más de 700 noches aquí.

***

Es media tarde del día 724 de cárcel televisiva. Laura Bozzo está mansa y silenciosa en medio de su set. No lleva zapatos, está echada y rendida sobre una alfombra, y tiene su mano entrelazada con la de su novio Christian Suárez. Ha dejado de ser peligrosa. Las tribunas de madera que corresponden a su público están vacías, y en vez de cámaras hay obreros en cuyos cascos de protección se lee una L que los identifica, y que está repetida en la pared central. Nadie grita. Nadie llora. Nadie dice yo no fui, señorita Laura, esa plegaria recurrente que se ha trasladado al imaginario cotidiano de venezolanos, colombianos, portorriqueños, mexicanos: una de esas cosas que algunos recuerdan cuando no hay nada que hacer, como cualquier tic del Chavo del Ocho. Una periodista venezolana que no se pierde un programa de Laura me dijo que cuando alguien de su grupo de amigos en Caracas llega tarde, los otros se voltean, alzan los brazos y dicen: «Que pase el desgraciado», imitando la furiosa pantomima de la conductora. También me narró de memoria un programa en que una viejita se entera de que su nieta era una pepera. Mi amiga no sabía qué quería decir pepera, pero gracias al show lo supo: una muchacha atractiva que roba a los hombres poniéndoles un somnífero (pepa: pastilla) en el vaso. Una cámara oculta mostraba a la nieta en acción en un local nocturno. Abuela y niña peleaban en el set, y más tarde irrumpía súbitamente el sujeto que había sido víctima de las pastillas. «Me encanta la música que ponen cuando entra él. Es magnífica», me dijo la venezolana.

Pero nada de eso ocurre ahora en el estudio de Laura Bozzo. Sólo hay un ruido de taladros en el plató por el que Telemundo dice haber gastado dos millones de dólares. La Bozzo está relajada mirando arriba, y su entrecejo es una planicie blanda que no pronostica tormentas. Su sonrisa, amplia, es una superposición de lecciones aprendidas e implantes. Recibe el flash del fotógrafo con la misma disposición con la que recibiría las olas del mar en la cara. Flujo continuo de bienestar. Es sábado. Vuelvo a la sala y veo que Christian Suárez pone en la laptop su nuevo disco, producido en Argentina por José La Mona Jiménez, una máquina de hacer discos considerado el cordobés más famoso del mundo. Play. «Abusaste de la vida / abusaste de esa niña / tu sed saciabas a oscuras». El novio dice que la canción está basada en casos reales de violación que aparecen en los periódicos. Cambia a otro tema. «Y si te fui infiel, me olvidé quién era / y si he sido infiel, me olvidé de ella». La música es fuerte, pegajosa. Luego viene un homenaje: «Se siente, se siente / Laura está presente / Se siente, se siente / se siente su amor / protege a los pobres y a los desamparados». Pero el clímax del disco es maravilloso. El novio ha tomado grabaciones de la voz de Laura Bozzo en pleno programa y les ha agregado una orquesta, y un coro musical que canta parodiando a los panelistas y al público. «Señorita Laura / Señorita Laura», dice el coro antes de pasar al enardecido «Como un perro, ¡fuera! / Como un perro, ¡fuera!», ese grito final que la animadora lanza después de emitir su veredicto contra un miserable (un hombre, siempre) que entonces debe largarse. En el disco, la voz de la conductora suena como un instrumento musical maligno, sí, pero que encaja gloriosamente. «¿Quién es el padre de esa criatura?, a ver habla, pues. ¡Habla!». También se escucha el llanto de una panelista. Todo sobre un ritmo festivo que no se detiene.

Christian Suárez es un cantante pop de la bailanta argentina que llegó de Buenos Aires a Lima en 1999, cuando una fiebre de intérpretes lampiños –conocidos aquí como chicheros– alborotaba adolescentes y desafinaba el dial. Su grupo se llamaba Complot. Un día, fueron invitados a una edición especial de LAURA EN AMÉRICA, que por entonces era el programa top de la televisión peruana. «Noté que nadie le hablaba y me acerqué», evoca Christian. Unas semanas después, la conductora y el cantante montaron un sketch musical humorístico disfrazados de Olivia Newton-John y John Travolta en GREASE. Semanas más tarde, salieron de Batman y Gatúbela. Cumplen años en la misma fecha. «Como Michael Douglas y Catherine Zeta Jones», dice Laura Bozzo, súbitamente incorporada a la escena. Cálculo rápido: el mismo día de invierno en que Christian cumpla treinta y cinco años, Laura cumplirá sesenta. Será viernes.

En cambio, el cumpleaños cincuenta y dos cayó sábado y fue maravilloso. El cantante Ricardo Montaner arribó hasta el estudio en vuelo directo desde Venezuela. Montaner también solía encallar su yate en la casa que la Bozzo tiene en Miami, a unos cuatro mil kilómetros de distancia del estudio donde ahora está reclusa, y en el que ya ha consumido unas 17,500 horas/mujer de su hasta entonces libérrima existencia. No es para reírse. Antes de dejarte llevar por el bizarro goce estético de ver a una estrella de televisión encerrada, detente: piensa en los dos últimos años de tu vida. Rebobina veinticuatro meses y aprieta play. Ahora imagina todo ese tiempo en una locación única. Sin salir. Laura insiste en decir que ella vive feliz porque su conciencia está tranquila y que su reclusión es un alimento para el espíritu. Sin embargo, por momentos, se le escapan ráfagas de desesperación: «¡Estoy acá jodida mientras todos los ladrones de la mafia de Montesinos están en la calle!», clama. Christian asiente. Siempre asiente. «Da bronca saber que no podés de repente salir a la calle, porque si salís empiezan a especular si la dejé o no la dejé. Eso psicológicamente a ella la afecta». No da detalles de tales lesiones psicológicas. Puede que tenga algo que ver con las visitas que le hace Fernando Maestre, un famoso psicoanalista de la radio. La Bozzo vuelve a sonreír altivamente como volteando la página. Siempre decide cuándo hay que voltear la página. Ambos están comiendo juntos, y me percato de un detalle: desde donde está sentada, a Laura Bozzo le basta ponerse de pie, caminar dos metros, abrir la puerta, bajar cinco escalones y allí está: su estudio de grabación, la ventana por la que ingresa a millones de hogares, como un consuelo al hecho de que en la vida real no pueda salir del suyo.

El ruido de taladros no cesa. Ver el set de Laura Bozzo sin gente es como ver un coliseo sin leones. Es una quietud honda, alimentada por la melancólica geometría de las cosas inútiles. Ella, sin embargo, parece sentirse muy bien acostada, tomándose fotos. «Es su altar», había especulado Cecilia Cebreros, productora de su programa entre 1995 y 1999. A Cebreros se le iluminó la cara cuando le hablé del set de televisión, cuando le dije que, así como antes, la conductora se presenta ante cámaras bajando de una enorme escalera. «Laura baja con su tremendo tamaño, un metro setenta y cinco que se convierten en un metro ochenta con tacos, y se para frente a sus humildes panelistas, quienes, por supuesto, están sentados. Esa disposición no es gratuita. Eso le da poder. Es Dios. La idea es ésta: yo bajo y te digo a ti que no sabes ni mierda, te condeno». Laura Bozzo sigue posando para las fotos en el estudio. La pegajosa canción de Christian continúa sonando en mi cabeza.

—Como un perro, ¡fuera!, ¡fuera! Como un perro, ¡fueeeeera!

De pronto un gran danés negro entra en el estudio por uno de los pasadizos destinados a la presentación de los «casos», imitando la irrupción en escena de un panelista. Es un perro negro y se llama Blacky. Los obreros, que han visto más de una vez el programa, se ríen del fortuito juego semiótico. Veo a Blacky entrando al set con la lengua rosada afuera, perrunamente despreocupado, y pienso: él no sabe que su dueña llama perros a los hombres abusivos, a los violadores, a los padres en fuga. Pero conoce algo más valioso: la libertad. Lo he visto una mañana en el parque enorme que está a dos manzanas de la casa-encierro. A un hombre le pagan por llevarlo hasta allá. Cuando los vi, ambos la pasaban bien sobre el césped. Lejos, en el estudio de TV, comenzaba el día 641.

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En la oficina del primer piso, donde a veces me toca esperarla, hay dos hombres. Uno tiene bigotes y juega Solitario en la computadora. El otro es un tipo moreno, de escaso cabello, patillas, y una morfología craneana similar a la de un foco de luz. Se dedica a comer choclo. Lo veo luchando con la coronta y su rostro se me hace familiar. Se llama Hugo Vente. Ha sido el chofer de Laura Bozzo durante más de diez años, y ahora ha tenido que reemplazar ese trabajo imposible por el de guardia de seguridad. Echa la coronta rapada al tacho de basura y pienso en lo que alguien me ha dicho: este hombre podría escribir un libro y hacerse millonario. Vente es el leal servidor que ha convertido su humanidad en una extensión psicomotriz del sistema nervioso de su jefa. Cuántas veces aceleró. Cuántas veces frenó de golpe para socorrer a un indigente que se pegó al vidrio del vehículo. No es falsa la leyenda de una Laura Bozzo recogiendo a desahuciadas almas en pena. En 1998, en pleno apogeo de su programa en América TV, creó la ONG Solidaridad Familia, una institución dedicada en principio a atender casos de mujeres maltratadas, pero que pronto, por iniciativa de la conductora, empezó a recibir otra clase de visitantes. «Laura era capaz de recoger de la calle a una mujer que apestaba por las heridas», afirma una psicóloga que trabajó en esa institución. El local de la ONG funcionaba en el edificio donde se grababa el programa. La psicóloga recuerda: «Estábamos trabajando y, de pronto, llamaban de seguridad diciendo “Laura tiene un caso”. Bajábamos como locos, porque, si te demorabas, podía putearte. Y allá abajo estaban ella, el chofer y el caso. “No te preocupes, ellos te van a atender”, decía Laura, y juah, nos lo dejaba».

—¿Y qué pasaba después?
—Se iba, se olvidaba del tema. Buscaba a su maquillador, su teléfono, su guión, y ya. Nosotros teníamos que resolverlo.

Laura Bozzo es una máquina de prometer cosas. Trabajar con alguien así es saber que vives rodeado de diminutas bombas de tiempo. Su actual productor, el venezolano Miguel Ferro, lo confirma de algún modo. «Es increíble ver cómo es Laura con el dinero. Es un desastre. Algo puede costar cien dólares, y si lo necesita el niñito ¡hay que buscarlo pues!», dice, con calculado orgullo promocional, haciendo énfasis en el lado humano de la animadora. En cambio, los profesionales de Solidaridad Familia de la época del gobierno de Fujimori no hacen énfasis en el lado humano, y prefieren recordar los hábitos demagógico-compulsivos de su jefa. «Ella siempre dijo yo te soluciono, yo me encargo, yo lo hago. Yo, yo, yo. Tratamos de combatir eso, pero ella no entendía», dice la psicóloga. Una vez, llegó una señora con un hijo que tenía el rostro desfigurado por quemaduras. «Ofrezco tratamiento para este niño», dijo Laura en su programa. Como Solidaridad Familia no tenía recursos, la estrategia del equipo era canjear tratamientos por publicidad con hospitales y laboratorios, aprovechando la popularidad del programa. El Hospital del Niño operó al menor. A los seis meses, su madre volvió. La piel de su hijo había crecido, así que había que operar de nuevo. No había dinero, pero la mujer dijo algo que muy pronto se volvería una queja recurrente: «La doctora Laura me lo prometió». Tuberculosos. Sidosos. Pacientes en espera de un órgano vital.

—La gente empezó a pedirnos cosas en las que no podíamos ayudarles. Decían: necesito sangre para mi mamá. Necesito un ojo. Una pierna. Las colas eran largas.

Antes de subir nuevamente al segundo piso de la casa-estudio-cárcel, observo al señor Vente una vez más. Cuánta información en reposo. En 1995, cuando Laura Bozzo aún no era famosa, el auto en que Hugo Vente la llevaba a ella y a su hija atropelló a una niña de seis años. Según la manifestación policial de la madre de la atropellada, Laura Bozzo dijo, ya en el hospital: «Por tu culpa, mi hija ha sufrido un estado de shock. ¿Quién la manda a tu hija a que se cruce?». La niña murió. Sobre esto, la animadora sólo contesta: «Ése es un asunto de mi chofer; no mío». Según otra ex productora de Laura Bozzo, la diva solía telefonear a la esposa de Vente para gritarle cuando él no aparecía. Quizás por solidaridad, todos recuerdan con cariño a Vente, un tipo simple, de pueblo, leal hasta los bigotes para con su jefa, aunque no ajeno a travesuras mínimas y extravagantes. Se necesitarán estudios posteriores para saber si es posible trabajar mucho tiempo con Laura Bozzo sin sufrir trastornos. Según personas del equipo de producción de ese entonces, Vente perpetraba una fechoría recurrente. Le gustaba acercarse a alguno de ellos y preguntarle: ¿Sabes cuántos años tiene la doctora?, ¿cuántos te ha dicho que tiene, ah? ¿Quieres saber? ¿Sí? Y dicen que en un clímax de suspenso casi televisivo, el chofer-guardaespaldas mostraba ese tesoro bidimensional que era la cúspide de su aventura: el documento de identidad de la jefa. Laura Cecilia Bozzo Rotondo. Fecha de nacimiento: 19 de agosto de 1951.

—Nací Leo con ascendente Leo. Siempre fui muy jodida.

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Hay niños a los que les enseñan el valor de las cosas. Todo cuesta, nada es infinito, lo que haces siempre rebota en alguien, tus padres no serán eternos. Laura Bozzo no pertenece a ese montón. Cuando iba a visitar a su abuelo –recuerda– le quitaba la billetera y se iba corriendo a encerrarse en el baño. «Agárrame si puedes», decía. Vaciaba todo. Dice que jamás ha visto a otra niña manejando tal cantidad de billetes. Era un juego que a su abuelo no debía importarle mucho pues, en el momento de ir a las tiendas de ropa, le decía que se comprara todo lo que quisiera. Todo. «Mi cabecita no tenía límites», dice ahora entre las paredes de su encierro. Sospecho que dice eso porque le gusta que la vean así, que se la imaginen así. Es una confirmación del mayor capital que posee: Laura no actúa. Es la misma mujer sin escrúpulos que ven en la pantalla. «Siempre fui la misma loca de mierda», afirma. Lo que no hace explícito es que siempre hubo alguien listo para pagar los platos rotos, alguien dispuesto a apagar sus incendios.

Su mejor amiga de infancia la define como una mujer generosa. A Cecilia Merino se le viene a la mente la imagen de Laura administrando el quiosco del Sophianum, un colegio de monjas para niñas-bien. Dice que Laura Bozzo tenía una obsesión por demostrar que ella podía hacer algo distinto: no podía ser una administradora cualquiera. Les ofrecía más chocolates, más dulces. ¿Quieres uno? Toma dos. Toma tres. Toma. Toma. Toma. Por supuesto, el resultado era un descalabro financiero. A fin de mes, la madre de la niña Laura se encargaba de cubrir el déficit. En otra ocasión, la futura animadora se fue en yate con Merino y otras amigas. Manejó a toda velocidad por la costa de Ancón hasta embestir el yate donde se encontraba el presidente de la república Juan Velasco: cholo, nacionalista, organizador de una reforma agraria. «Todos lo odiábamos», dice hoy la animadora a modo de explicación. Su madre llegó a la comisaría para solucionar el problema. Sus nombres aparecieron en un periódico. Quedó terminantemente prohibido que se vendiera gasolina a la niña Laura.

Pido a Cecilia Merino un episodio que para ella grafique la ternura de su amiga. Se pone a pensar un rato y recuerda el día de su matrimonio. Laura Bozzo, invitada de honor, agarró al flamante esposo de la cabeza y le dijo:

—Como no la hagas feliz, yo te mato.

Un álbum de fotos en blanco y negro registra esos días de inocencia. En la primera imagen, Laura luce tranquila sentada al borde del mueble, dispuesta a tomar su primer pisco sour. Tiene quince años. Hay algo enigmático en su mirada, los ojos ligeramente vueltos hacia arriba en gesto de incipiente soberbia ante la cámara. Sostiene el vaso sin contundencia y es la única del grupo de chicas que no sonríe. Otra: Laura Bozzo carga en sus rodillas a un bebé cachetón que hoy tiene un programa de análisis económico en la televisión por cable. En otra foto, lleva botas negras hasta los muslos, y hace un gesto ladeado que no llega a la coquetería pero que trasciende la timidez, una expresión de esas que te dicen que lo más importante no es el momento congelado, sino lo que vendrá más tarde, dentro de un minuto o después de tres décadas. Los labios se abren ligeramente en un punto minúsculo, como si estuviera soplando algo. Son labios que dicen demasiadas cosas incluso en estado de inmovilidad, labios grandes o agigantados por una sombra perenne en el mentón, el mismo mentón que, décadas después, rellenaría con silicona. En la foto siguiente tiene unos trece años. Está cerca del mar. La brisa despeina un cabello que se acaba de teñir de rubio.

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La había visto en persona por primera vez algunos meses atrás. Todavía era verano, y yo iba acompañando a un maquillador muy chic que tenía por misión dejarla hermosa. Laura Bozzo estaba frente a su espejo personal, uno de esos espejos rodeados por focos. Había mandado a pedir un abrigo Roberto Cavalli de cuero y se demoraban en traerlo. Gracias a Telemundo, la colección de Cavalli llega a sus manos un mes antes de que salga al mercado. Su novio Christian dice que es un privilegio sólo otorgado a súper estrellas como JLo o Madonna. Aunque Christian dice muchas cosas exageradas («estábamos en una firma de autógrafos en Chicago, se acercó una mujer con un niño autista, y de pronto al ver a Laura, el chico empezó a reaccionar»), un reportaje de THE SUNDAY MAGAZINE TELEGRAPH, de Inglaterra, confirma sus palabras. Ese día, sentada en su silla reclinable, Laura Bozzo empezaba a sufrir los efectos de la impaciencia. «¿Dónde está mi Cavalli de cuero?». En eso llegó una mujer. Laura volteó a mirarla. Fuego. Era la tarde del día 612.

—Mamita, si esto es cuero, mejor te vas tres meses de vacaciones, ¿no?

El carácter de la diva es impredecible. «Sus respuestas podían ser totalmente distintas dependiendo del momento en que le hablabas», recuerda la psicóloga de Solidaridad. Hoy ha pasado todo el día con dolor de muelas. Sólo me recibe cuando termina su sesión con un dentista delivery que vino a curarla. Por eso me habla con el cachete inflado. Carece de maquillaje. Me exige ser rápido. Sobre el escritorio, las lecciones de inglés que una profesora particular le da dos veces al día. Son ejercicios para completar espacios en blanco del tipo You shouldn’t, You must, esos verbos que en inglés sirven para decirle a alguien lo que debe hacer. Se prepara para lanzarse al mercado norteamericano. Sueña con una entrevista a Hillary Clinton. Aunque Laura suele hacer escarnio público de las mujeres humildes que soportan la infidelidad del macho («algo que jamás toleraría»), me dice que con Hillary Clinton actuaría distinto. «Hay mujeres que se regalan a un hombre poderoso para sacarle provecho», acota, repentinamente serena.

—No tiene ningún sentido que ella estalle frente a alguien inteligente. No funciona.

Ilustra su ex productora Cecilia Cebreros. La idea es simple: es muy fácil manipular las emociones de personas sin secundaria completa. La productora de TV no lo dice como una condena, sino como un mea culpa. «Todos los que hemos trabajado con ella nos hemos convertido en pequeñas Lauritas. Es que no ves gente, ves un material de trabajo». Cebreros confirma una vieja leyenda sobre el programa de Laura: en el estudio había duchas especialmente acondicionadas para que los panelistas no olieran mal. A un hombre lo bañaron cinco veces. Recuerda el anatómico problema que representaba conseguirles zapatos. «Es gente que toda su vida ha caminado en sandalias. Su talla no te dice mucho, porque los pies son más anchos de lo normal», dice. Cebreros también admite que ganó dinero con Laura. Dinero y poder. «En la época de Fujimori, yo tenía más poder que varios de los políticos que salían en la televisión». Admite que le bastaba decir que pertenecía a la producción del programa de la Bozzo. Se le abrían muchas puertas.

Laura Bozzo afirma tener ciento cincuenta y dos de coeficiente intelectual. No hay pruebas al respecto. El único indicio, además de su astucia, es su memoria prodigiosa. Lee algo y se lo aprende en minutos. «Es rapidísima, es increíble cómo se aprende todo lo que le dices», recuerda su ex productora. Imagino las lecciones de inglés siendo devoradas sin parpadear. Sigue hablándome de Hillary Clinton, pero de pronto veo que su mirada me abandona para centrarse, artera, en un punto de fuga situado detrás de mí. «Apágala», dice, y entiendo algo: una orden de Laura es como un rayo fulminante que te desarma, un proyectil áspero que no va al cerebro sino a algún escondrijo del sistema nervioso central, algo rápido e incomprensible que hace que mi dedo índice esboce un trayecto de veinte centímetros al aparato, pero con tal velocidad que presiono el botón incorrecto. Laura Bozzo sigue mirando a lo lejos. Alza la voz.

—Claaaro, ¿no? Como a una le están haciendo una entrevista, el chico se va a la calle –dice.

Christian se acerca a paso lento. Llega. Sonríe. Lleva una chaqueta negra y un gorrito blanco. Está impecablemente vestido, como quien se prepara para salir. De su cuello cuelga una cadena gruesa con una pequeña escultura de micrófono plateado. «Me estoy probando la ropa», dice. Laura lo mira: es como una madre severa en un rapto de comprensión. «Sí, ¿no? ¿Boludita soy yo?, ¿no?». Christian se sienta con nosotros. En silencio.

Los comentarios de la prensa que acusan a Christian Suárez de gigoló son maniqueos y fáciles. Sólo Dios sabe si él la ama de verdad, pero es innegable que el dinero no es el único móvil de la relación. Laura Bozzo es, en el sentido cabal del término, una fábrica de sueños. «Ella es como Maradona para mí», dice él, y ésas son palabras fuertes viniendo de un argentino. «Para mí es una fantasía, es como vivir en una burbuja». Dice que como fan siempre sintió tristeza de ver cuán inaccesibles eran sus ídolos: «Siempre hay un guardaespaldas que te dificulta las cosas», observa, y yo pienso en su contextura frágil y su andar de pantera rosa. En cambio, todo es distinto con ella. El jet set de Miami se acerca a Laura Bozzo, la saluda, la mima, le hace pensar que su trabajo es bueno. Ahora Christian abre un álbum de fotos. Es el día de la presentación de los premios Billboard del 2002. Foto con Ricky Martin. Foto con Christian Castro. Con Thalía. Con Marc Anthony. Con la fallecida Celia Cruz. «Nunca se vayan a dormir con una discusión de por medio», le recomendó Celia Cruz a la pareja. Azúcar.

—No es el caso del vivo que se enamoró de la multimillonaria conductora. Cuando la conocí, ella no era lo que es ahora. Hemos crecido juntos.

Dice el novio. Y sí, he visto ternura entre ambos. Un día, él estaba viendo en el cable una película con Meg Ryan. El peinado de la actriz le pareció perfecto. Cogió su cámara digital y capturó una fracción de la película. Imprimió la fotografía y dijo: «Esto quiero lograr con ella». El estilista de turno cogió el papel impreso. Laura Bozzo. Meg Ryan. Laura. Meg. He visto también cómo le canta canciones de amor improvisadas y dulces. «Ella sabe lo que yo soy para ella, y yo sé lo que ella es para mí. No tenemos por qué rendir cuentas a nadie. El día que, que, Dios no lo permita –y no lo va a querer–, pero el día que esto se acabe, ni ella me debe nada a mí ni yo le debo nada a ella, y está todo bien. ¿Entiendes? O sea, nadie se va a reprochar nada», dice Christian Suárez. Laura lo mira impostando confusión.

—¿A qué te refieres? –pregunta.
—No, yo decía… que mañana, hipotéticamente, cuando me vaya…
—A la mierda te vas a ir. A la tumba –interrumpe la Bozzo medio en serio y medio en broma, y suelta una risa de ecos tenebrosos.

Súbitamente, nota que yo también estoy en la mesa. Me mira. Pide disculpas.

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Pese a las apariencias, Laura Bozzo no guarda rencores. Según Christian, una vez ella le dio una espléndida bofetada a alguien que pasaba por la calle y le dijo chibolera. Es decir, vieja verde. «Le volteó la cara», recuerda. También Laura es capaz de amenazar a una psicóloga de Solidaridad Familia con meterla a la cárcel sólo por un malentendido rutinario. O de pegarle a una monja en el colegio. Pero la ruptura definitiva, la enemistad compulsiva, es algo que no encaja en su perfil. Su lógica me recuerda a la de un dictador africano llamado Omar Bongo, quien dijo una vez que la política del perdón era su mejor venganza (no por casualidad es el tirano más longevo de África). Hace un tiempo, Laura Bozzo marcó el número de Fernando Vivas, el crítico de televisión más influyente del Perú, un hombre que la ha hecho trizas, sistemáticamente, en columnas y reportajes que retratan a la animadora como una explotadora de la miseria humana y el asistencialismo más ruin. Simplemente, cogió el teléfono. «Fernandito», le dijo. «Puedo abrazar a mi peor enemigo, al que me ha hecho cosas horribles», me explica ella. Demasiados periodistas han escrito sobre la naturaleza peligrosa de sus fuertes abrazos.

Pero Laura Bozzo es una buena madre. A pesar de la fama, mima a sus dos hijas con una atención obsesiva. Una psicóloga de Solidaridad Familia recuerda que la Bozzo tenía una asistente personal a la que le pagaba ciento cincuenta dólares mensuales de su bolsillo. Era una mujer que vivía en un barrio pobre de las afueras de Lima. Pero el canal se atrasó dos meses en los pagos del personal. La mujer, desesperada, pidió a Laura un adelanto. Error. «¡No tengo plata!, ¿acaso no sabes que no me han pagado?», le dijo, según la psicóloga. También me dice que no fue eso lo que más le chocó, total, no había plata, sino lo que sucedería minutos después: la conductora sacó de su bolsillo doscientos dólares y se los dio a su chofer para que llevara a sus hijas a un parque de diversiones llamado Daytona Park. Conozco el parque. La pasas de maravilla con veinte dólares. Laura Bozzo dice que prefiere ser amiga de sus hijas, que nunca las juzgaría. Eso sí, durante mucho tiempo las obligó a ver su programa. Es una madre franca, que les habla de la vida frontalmente. Hace unos meses su hija mayor vino a Lima a visitarla. Al ver de cuerpo entero a su madre, le dijo:

—Me traumas, mamá. No puede ser. Tú eres mi mamá, yo tengo que estar mejor que tú. ¡Pero tú estás mejor!
—No jodas, pues hija. No tragues y vas a estar mejor que yo.

Ahora Laura Bozzo come un plato a base de centollo y yo no puedo evitar pensar que esta mujer encerrada siempre tuvo lugares especialmente acondicionados para sentirse libre, para perpetrar todas sus locuras asistidas. De niña tenía el departamento de su abuelo en Ancón –un balneario de la oligarquía de esa época–, donde pasaba casi todo el verano. En invierno se la llevaban todos los fines de semana a San Bartolomé, un lugar campestre en la sierra de Lima donde el día es claro y el cielo azul, un lugar en el que una vez trepó en burro tratando de llegar a la cima del cerro (al final, el burro se detuvo a la mitad y tuvieron que llamar a sus padres). Una constatación climática me asalta: Laura Bozzo nunca tuvo que verse obligada a dejar de ver el sol. Ahora termina de almorzar al final de una gris tarde de julio. Por las ventanas se cuela una luz moribunda, blanquecina y fea, que apenas llega a definir los contornos interiores, como aquel televisor de sesenta pulgadas que descansa al lado del oscuro gimnasio. El televisor está apagado.

Nada en Young recuerda que en esta pequeña ciudad de Uruguay, hace un año, ocurrió una tragedia que por grotesca fue noticia en el mundo. Nada recuerda que ocho personas murieron cuando un programa de televisión “solidario” convocó al pueblo a remolcar una locomotora en apoyo del hospital local. Donde ocurrió la masacre el 17 de marzo de 2006 no hay flores que recuerden a los muertos. La gente pasa por allí como si nunca hubiera sucedido nada. En todo Young no hay ni siquiera un graffiti que mencione la tragedia. Es como si el pueblo hubiera decidido que nunca ocurrió.

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Young tiene 15.000 habitantes, teléfonos de cuatro cifras y una sola esquina con semáforo. Young –a la que llaman Yung- no es capital departamental, no es sede de ninguna fiesta de renombre y carece de atractivos turísticos. Quizás por eso fue tan impactante que la televisión nacional decidiera hacer un programa allí. La idea fue de Griselda Crevoisier, una administrativa del hospital de 51 años, que cada semana miraba en Canal 10 el programa Desafío al Corazón. En él, distintas instituciones eran conminadas a cumplir con una prueba insólita y recibían como premio el dinero donado por los televidentes, sensibilizados a través de la pantalla. En 2004 el hospital no tenía ambulancia. Crevoisier convenció al director de entonces de participar en Desafío y así poder comprar una. Como ella conocía a uno de los dueños de Canal 10, logró que el hospital fuera anotado en la lista de espera del programa. Hoy Crevoisier no cree haberse equivocado. Casi todo lo que hay en el hospital, explica, fue conseguido gracias a donaciones que han suplido el aporte siempre insuficiente del Estado. Celia González, otra funcionaria, cuenta una historia ocurrida años atrás: un día hubo una emergencia y a la ambulancia le faltaba un neumático. El director del hospital no sabía qué hacer. Entonces, contra los reglamentos, llamaron por teléfono a radio Young y pidieron por favor una cubierta. En pocos minutos consiguieron cuatro. Así se hicieron siempre las cosas.

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Cómo a los creativos de Desafío al Corazón –Ernesto Depauli, de 38 años, y Fernando Seriani, de 30-, se les ocurrió que la gente remolcara una locomotora se explica en el expediente judicial de la tragedia. Dos años después de la gestión realizada por Crevoisier, al hospital de Young le llegó el turno de participar en Desafío. Depauli y Seriani visitaron el pueblo en febrero de 2006 y se reunieron con el nuevo director del hospital, Juan Pablo Apollonia, y su comisión de apoyo. Los locales sugirieron realizar una prueba con caballos, pero eso no convenció a los capitalinos. Depauli y Seriani recorrieron Young y, al ver las vías del ferrocarril, se inspiraron. De regreso en Montevideo, Depauli le envió un mail a Apollonia: “Te mando el desafío que pensamos (…): un grupo de personas de Young deberá arrastrar un convoy formado por un vagón de tren, un camión y un tractor, con los motores apagados, una distancia de por lo menos 56 metros, utilizando una cuerda o similar. Es importante que sea un vagón de pasajeros porque es mucho más vistoso. Cuantas más personas haya, mejor, cuanto más larga sea la cuerda, mejor. Si pueden conseguir una locomotora, mucho mejor”. ***

Young hierve en verano. Los tanques de agua se recalientan tanto que, en el hotel, incluso de la canilla fría sale un líquido que quema. La ciudad nació alrededor de una estación de tren, en una de las zonas agrícolas más ricas del país. El intenso movimiento de carga dio origen al pueblo, en medio del campo. “Acá no tenemos río, ni nada parecido. En otros lugares la gente sale a caminar por la costanera. Acá se mira mucha televisión”, dice Ricardo Fontana, empleado del canal de cable local. Uno de los programas más vistos en Young era Desafío al Corazón. Alba Lemes, 68 años y herida en la tragedia, cuenta: “Todos lo mirábamos. Es tan lindo”. Lemes habla en su pequeño living, con el televisor encendido. Participar en Desafío le costó siete costillas fracturadas, el omóplato partido en tres, el peroné quebrado, una fisura en el tobillo, lesiones en el hígado y 300 centímetros cúbicos de sangre del pulmón. Estuvo a punto de morir y aún le duele, pero dice que volvería a hacerlo todo de nuevo. Jonathan Muñoz, que tenía 14 años cuando la televisión visitó el pueblo, tampoco se perdía Desafío al Corazón. “Siempre lo mirábamos”, relata su madre, Ivanna Gómez, en la puerta de su mísero rancho de madera. “Jonathan se ponía muy contento cuanto se cumplía una meta”. Ivanna es fuerte. Sólo al recordar lo bien que Jonathan jugaba al fútbol, y que unos días antes del programa lo había contratado San Lorenzo, el campeón local, las lágrimas asoman a sus ojos.

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Cuando Apollonia, el director del hospital, recibió el mail en el que los creativos del programa le proponían remolcar un tren, un camión y un tractor, respondió en otro mensaje: “Nos parece una muy buena idea”. En ese mail, Apollonia le sugirió al canal que sería mejor tirar de una locomotora y dos vagones. El canal aceptó. El director cambió también el objetivo del “desafío”: había reparado tres viejas ambulancias y ahora quería dotar de calefacción al hospital. Necesitaba 30.000 dólares. “El frío en invierno es terrible”, cuenta. “Compré estufas eléctricas, pero se rompían porque no están hechas para estar prendidas todo el día”. Apollonia es enfermero. Fue designado director del hospital por el Frente Amplio, la coalición izquierdista que gobierna Uruguay desde 2005. Admite que la calefacción debería se provista por el Estado, pero no culpa a la actual administración. “Los gobiernos anteriores dejaron caer los hospitales. Las cosas no pueden cambiar de un día para otro y yo no puedo esperar a que el Estado tenga plata”. Cuando se le hace ver que una cosa es recaudar fondos para un hospital haciendo sorteos y otra es que la gente tire de una locomotora en la televisión, Apollonia lo acepta. “La idea fue de la anterior comisión de apoyo. Cuando llegó la propuesta, yo tenía que decidir… y me enganché”.

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La noticia entusiasmó porque combinaba dos pasiones de Young: la televisión y el hospital. “Hay una identificación muy fuerte con el hospital”, explica Apollonia. “Hasta hace pocos años, cuando abrió un sanatorio privado, aquí todos nacían y morían en él. El programa iba a permitir demostrar el cariño que se le tiene”. Yolanda Faccio, a quien la locomotora le arrancó un brazo, se sintió feliz al enterarse. “Yo miraba el programa siempre. ¡Y que emoción cuándo dijeron que venían a Young!”. Faccio sonríe mientras levanta la manga izquierda de su blusa para mostrar su muñón. Una vez aceptado el “desafío”, Canal 10 se desentendió de toda la organización. Por norma, el canal sólo graba las pruebas, pone los conductores y vende la publicidad. Los televidentes, conmovidos por los “desafíos”, son los que llaman por teléfono para donar el dinero. Organizar, conseguir lo necesario para cumplir con el reto, solventar los gastos, todo corre por cuenta de la institución necesitada. Son las reglas de la televisión “solidaria”. Lo primero que hicieron Apollonia y la comisión de apoyo fue gestionar una locomotora ante el Ministerio de Transporte y AFE, la ferroviaria estatal. La consiguieron, sin demasiadas preguntas ni condiciones. También eligieron a la profesora de educación física Adriana Borba, de 44 años, para dirigir la “cinchada”, como se llama en Uruguay al acto de remolcar un objeto con cuerdas. Como Borba no sabía cuánta gente se necesitaba para arrastrar un tren, propuso llamar al pueblo vecino de Algorta porque allí, una vez en una fiesta popular, habían remolcado siete vagones. La llamada la hizo Gustavo Meyer, secretario de la Junta de Young, el gobierno local, pero no permitió aclarar nada. Interrogado por el juez, Meyer afirmó: “La secretaria de aquella junta no tenía mucho conocimiento, no sabía cuántas personas habían cinchado (…) No pudimos saber eso”. Borba dio otra versión en el juzgado. Dijo que de esa llamada concluyó que se necesitaban 60 personas para tirar de la locomotora. Para obtener 80 voluntarios (los titulares y 20 suplentes) invitó a empresas e instituciones locales. Los bomberos, por ejemplo, comprometieron diez “cinchadores”. El número exacto de personas necesarias para remolcar el tren nunca quedó del todo claro. No hubo cálculos científicos ni ensayos. El pastor Gustavo Muñíz, un religioso luterano que se entusiasmó con el “desafío”, llegó a creer que se requerían “por lo menos mil personas”, relata hoy Marina, su esposa. Mientras tanto, Apollonia y los integrantes de la comisión se entrevistaron con el comisario Julio Sosa, jefe policial del pueblo. Hay dos versiones opuestas sobre la reunión: según Apollonia, el comisario aseguró que se encargaría de la seguridad del “desafío”. Según Sosa, él sólo aceptó controlar el “orden público” pero no la seguridad de la prueba televisiva. Un integrante de la comisión de apoyo que participó de la reunión le dijo al juez que Sosa advirtió que, como mucho, podía aportar ocho agentes. Apollonia y Sosa acordaron, eso sí, que un grupo de desempleados, integrantes de un plan laboral de emergencia que reciben del Estado el equivalente a 112 dólares por mes a cambio de trabajos poco calificados, ayudarían a controlar la seguridad.

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Nada fue tan publicitado en Young. Los escolares pintaron decenas de carteles. Se pusieron pasacalles en las principales esquinas. Se avisó en la prensa del pueblo. Los organizadores fueron entrevistados en cada programa periodístico local. Se abrió una página en internet para que participaran los younguenses emigrados. Y, con la melodía de un viejo aviso televisivo de salchichas, se compuso un jingle que se irradió una y otra vez con altoparlantes: “No se quede en casa / Ni en la oficina / Venga usted y la vecina / Venga usted y la vecina / Vengan todos y todos juntos lucharemos / Y la meta cumpliremos”. La constante apelación a la palabra “todos” hizo que muchos creyeran que cuánta más gente “cinchara” del tren, mejor. Pese a su imprecisión, la campaña publicitaria fue un éxito a la hora de generar expectativa. Cuando llegó el día, el entusiasmo era enorme. En la calle algunos se saludaban diciendo “todo por el hospital”; esperaban que por fin llegara la hora. Yolanda Faccio estaba segura: ella tiraría del tren. Ramón Bacino, que trabajaba en una hacienda fuera del pueblo, le anunció a su esposa que viajaría especialmente para ayudar al hospital. Yamila Racouky, de 15 años, quería estar ahí. “Era algo nuevo, acá nunca pasan cosas así”, dice. Yamila pensó en invitar a la “cinchada” a Jonathan, su compañero de liceo, el chico que jugaba bien al fútbol. El pastor Muñíz también se despertó ilusionado y le preguntó a Marina, su esposa: -¿Qué hago? Si puedo cinchar del tren, ¿cincho? -Sí, claro, mi amor. Si eso es lo que querés.

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La locomotora llegó a Young a las 13 horas del 17 de marzo, una hora y media antes de la hora fijada para grabar la “cinchada”. Recién al ver con sus propios ojos esa gigantesca mole de 56.000 kilos algunos organizadores tuvieron una idea más certera del “desafío” que habían aceptado. Eduardo Quintana, un miembro de la comisión de apoyo al hospital, le dijo a María Emma Reggio, otra integrante: “¡Pah, está gorda esta muchacha! Me parece que no la vamos a poder mover”. La locomotora trajo dos vagones y cuatro empleados ferroviarios: administrativo, inspector, conductor y ayudante. Ellos no habían recibido ninguna instrucción especial de la compañía. El de mayor rango era el administrativo Héctor Parentini y su superior no le había explicado nada. “Sólo me dijo que viniera a Young a ponerme a las órdenes de los organizadores del hospital”, le contó al juez. Los ferroviarios dejaron la máquina en una de las tres vías que pasan frente a la estación, la que corre pegada al andén. Nadie ha podido explicar por qué se eligió esa vía, un detalle clave en la tragedia. No se hizo ningún ensayo del “desafío”. Mientras la estación se llenaba de gente enfervorizada, la profesora de gimnasia Adriana Borba tuvo un breve diálogo con el ferroviario Parentini sobre cómo comenzaría la prueba. Borba le dijo a que a las 14.30 le ordenaría sacar el freno de la locomotora, pero no le dijo cómo lo haría y él no le preguntó. Parentini debía dar, a su vez, la orden a sus compañeros, que permanecerían en la cabina y manejarían el freno. Más o menos a esa hora, el equipo de Desafío al Corazón llegó a Young. Pensaban ir a almorzar, pero se quedaron en la estación. “Vimos tanto movimiento, tanta buena onda que decidimos quedarnos a filmar”, le dijo al juez Fernando Seriani, uno de los creativos del programa. “Había una euforia indescriptible, lo que vimos en Young nunca lo habíamos visto”.

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Yamila Racouky, la compañera de liceo de Jonathan Muñoz, no quería perderse eso por nada del mundo. Young no ofrece mucha diversión para los jóvenes. “Vamos al ciber, al baile, nos sentamos en la vereda a tomar mate. No hay mucho que hacer”. Para peor, las últimas salidas habían terminado en peleas entre sus amigos “planchas” (adolescentes pobres y reacios al estudio y al trabajo) y los “conchetos” (adolescentes ricos). “Acá están muy marcadas las clases sociales, es horrible”, dice Yamila. Cuenta que sus amigos “planchas” salen “y como no tienen plata para emborracharse, empiezan a apedrear las casas, a insultar a la gente…”. Luego vienen las riñas. Yamila tiene sus uñas cortas pintadas de rosa. Aquella tarde pasó a buscar a Jonathan para ir a la “cinchada”. Jonathan era pobre pero no “plancha”. “Era muy sociable, le encantaba la gente”. En el rancho de madera donde vivía, Jonathan le dijo a Yamila que su padre no quería que fuera al “desafío”. Pero ella insistió y Jonathan le mintió a su padre: le pondrían falta en el liceo si no iba. Su padre le creyó. En la estación los chicos se encontraron con multitud enfervorizada. Estaban todos los escolares, sus compañeros de liceo, el pueblo entero. Desde los altoparlantes sonaba a todo volumen, una y otra vez, el pegadizo jingle: todos juntos lucharemos, todos juntos lucharemos. Por sobre la música, Ariel Pérez, un periodista local, y otros dos comunicadores del pueblo animaban la fiesta. Subida al tren estaba Paola Bianco, estrella de la tele, conductora de Desafío al Corazón. Jonathan se entusiasmó y le dijo a su amiga que él tiraría de la locomotora. Yamila le recordó que en el liceo les habían advertido que sólo los adultos podían, pero Jonathan no la escuchó. Yamila también vio a muchos de sus amigos “planchas” frente a la máquina, buscando un sitio para “cinchar”. “Uno de ellos dijo: ‘cuando empiece, me voy a tirar debajo de las ruedas, así me muero de una vez’”. Yamila le pidió a Jonathan que se quedara, pero no hubo caso.

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Adriana Borba, la profesora de gimnasia, le contó al juez de su vasta experiencia en conducir eventos sociales exitosos. Organizó, por ejemplo, el certamen Reina de la Piscina ante 500 personas. Pero esta vez las cosas no salieron tan bien. Había comenzado a llover. La multitud reunida era gigantesca y no se veía ningún policía. El cordón humano que debía separar al público de las vías estaba formado sólo por los desempleados del plan asistencial del gobierno y nadie les hacía caso. Tampoco se respetaban las cintas amarillas colocadas para que la gente no se acercara al borde del andén. “Había gente que se les paraba arriba para que otros pasaran. Yo los vi”, cuenta María Emma Reggio, integrante de la comisión de apoyo. Una multitud se apiñaba al borde mismo del andén y cientos de personas estaban en la vía, delante la locomotora. Borba, que había previsto que cuatro cuerdas bastarían para los 60 tiradores, hizo atar otras dos. A las 14.10 convocó a los “cinchadores” a una charla para explicarles cómo debían tirar del tren, pero sólo 20 fueron a escucharla. Ella había calculado que, para no ser atropellados, todos debían ubicarse a más de diez metros de la locomotora. Pero según Francisco Lafourcade, que participó de esa reunión, ese dato no les fue comunicado. “En ningún momento se nos explicó a cuántos metros de la locomotora debíamos estar”, le dijo al juez. “No nos dijo cómo iba a dar la orden, pero sí que íbamos a empezar a las dos y media”. Borba también les advirtió que si uno caía, los otros tenían que levantarlo rápido. Por seguridad, la profesora quería que los bomberos fueran los “cinchadores” más cercanos a la locomotora, pero ellos entendieron lo contrario y se ubicaron en la punta de las sogas, los más alejados de la máquina. El jingle sonaba a todo volumen, los escolares cantaban, los animadores decían que Young podía, la gente aplaudía. Pasadas las 14, Seriani, uno de los productores de Desafío al Corazón, llamó a sus compañeros a Montevideo. Quería que escucharan el bullicio, le dijo al juez: “Era hermoso el ruido”.

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María López, empleada de comercio, se emocionó en la estación. Pensó: “Este pueblo es muy individualista, pero acá estamos todos juntos para ayudar al hospital”. Casi todos en Young se definen como solidarios e individualistas al mismo tiempo. Y en la estación se notó: muchos querían ayudar al hospital y decidieron “cinchar”, aunque sabían que no debían. Pasadas las 14.10, cientos de personas buscaban tomar un pedacito de cuerda y así poder participar de la “cinchada”, ayudar al hospital, salir en la tele, demostrarle a todo Uruguay que Young existe. El entusiasmo era indescriptible. Los que estaban frente a la máquina llamaban a sus amigos que permanecían en el andén para que bajaran a tirar. Adriana Borba revive hoy la desesperación que comenzó a ganarla en esos momentos. “Todos manotearon las cuerdas. No estaba previsto. Eran las ganas de ayudar, de decir yo estoy, yo estuve, yo tiré. Les pedí que salieran y nadie me hizo caso. Me pasaron por arriba”. Selva Carballo, de 57 años, no había pensado participar, pero allí le vinieron ganas. “Todo era una fiesta, y como nadie me dijo nada y como veía que otros lo hacían yo fui a cinchar y le dije a unas conocidas: vengan, vengan”. Alba Lemes, la mujer de 68 años que se partió siete costillas, el peroné y el omóplato en tres, bajó a las vías y tomó una de las cuerdas junto con su amiga Silvia Porcal. Se sentía feliz. “Era tanta la euforia, la algarabía”. Lemes todavía recuerda cuando Jonathan se acercó y les dijo: “Señoras, ¿no me dejan agarrar la cuerda acá?”.

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Algunos percibieron que las cosas no iban del todo bien. El ferroviario Héctor Parentini advirtió a los organizadores que existía un desnivel peligroso en el piso, bajo los durmientes y contra el andén, donde se iba a realizar el “desafío”. Apollonia, el director del hospital, llamó a la comisaría para protestar por la ausencia de policías. Susana Estigarribia, otra profesora de educación física, sacó de las vías a varios chicos y a un adulto que quería tirar del tren con una niña en brazos. Sin embargo, nadie propuso detener la prueba. “Había gente que decía ‘esto va a terminar mal’, pero la inmensa mayoría de los que estábamos viviendo esa fiesta no nos queríamos dar cuenta”, lamenta Ariel Pérez, el periodista local que animaba de la jornada. En las vías, tomando las cuerdas frente a la locomotora, había ancianos, enfermos, rengos, mujeres con tacos, chicos en hawaianas. A Eliseo Silva, de 57 años, que tenía un by pass, una amiga le dijo “vos no podés tirar”, pero él no hizo caso y se quedó allí con su esposa. En total, unas 400 personas estaban listas para remolcar el tren. Faltaban quince minutos para la hora fijada, las 14.30. Pero muchos ya estaban “cinchando”. El pastor Muñíz le decía a la gente a su alrededor: “no tiren, no tiren, todavía falta”, y no le hacían caso. Las cuerdas estaban tensas, pero la locomotora no se movía porque tenía el freno puesto. “Ojalá caiga una lluvia muy fuerte para que cinchen sólo los que tienen que cinchar”, pidió el pastor. Pero el cielo no lo escuchó.

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Quién y cómo debía dar la orden para comenzar la prueba es el punto clave del caso judicial. Los funcionarios de Canal 10 dijeron que la orden la darían ellos. El director del hospital, Apollonia, sostuvo que hizo alquilar el mejor equipo de audio de Young para que todo el mundo escuchara la orden. La profesora Borba dijo que ella iba a impartir la orden con un megáfono y una señal a Parentini, que iba a estar sobre la locomotora. Parentini, el ferroviario que debía indicarle al conductor cuándo sacar el freno, no estaba arriba de la máquina, sino abajo, entre la multitud enloquecida. Él esperaba la orden de Borba, pero no sabía cómo se la iba a dar. Parentini miraba a Borba, que iba y venía entre la muchedumbre enfervorizada. Borba intentaba sacar de las vías a los no que debían tirar. Se había juntado tanta gente que, en lugar de diez metros entre los “cinchadores” y la locomotora, apenas había dos. “¡Suelten la cuerda”, gritaba, pero nadie le hacía caso. Faltando unos doce minutos para la hora fijada, decidió ir a buscar el megáfono, que tenía una colega. Quería avisar a todos que la prueba así no comenzaría. No se le ocurrió recurrir al poderoso equipo de audio que seguía atronando el jingle (¡todos juntos lucharemos!) y el aliento de los conductores (¡vamos que podemos!). Por fin Borba encontró el megáfono. Eran las 14.20. La profesora gesticula mucho cuando cuenta su historia. Es posible que en aquel momento de nerviosismo también gesticulara. Ella jura que no hizo ninguna seña, pero Parentini dice que sí, que toda la gente empezó a gritar “¡Vamos!” y que entonces vio a Borba hacer la señal que estaba esperando. Faltaban diez minutos, pero el ferroviario dice que a él nadie le dijo la hora exacta en que comenzaría la prueba. “Estaba toda la gente tirando y era un grito unísono ‘vamos, vamos’ y todos tiraban. Primero fue el grito y luego la señora me levanta la mano”, dijo Parentini en el juzgado. “¿Qué más se podía esperar? Yo interpreté que la señora me daba el o.k.” Entonces le dijo al maquinista que sacara el freno.

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La locomotora arrancó. Borba dijo: “la puta que lo parió, ¿quién dio la orden?”. La gente del canal prendió las cámaras. El conductor Ariel Pérez, dudó un instante. Sabía que no era la hora fijada, pero no quiso arruinar el momento así que gritó, según quedó registrado en un video aficionado: “¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos que se puede! ¡Sí, sí, sí!”. La alegría duró poco. Cuando Pérez pronunció su quinto “vamos”, ya había ocurrido todo lo que tenía que ocurrir. Tanta gente tiró de las cuerdas que la máquina arrancó a una velocidad impensada. Los rieles mojados potenciaron el efecto. Los que estaban demasiado cerca debían correr para que la locomotora no los alcanzara; había niños, viejos, gente en sandalias. El desnivel que había marcado Parentini fue una trampa mortal. Allí resbaló y cayó una mujer que tiraba de la soga más cercana al andén. Fue el fin de la fiesta: los que venían detrás empezaron a caer, uno arriba del otro. La máquina se acercaba y ellos no podían salir de la vías porque el andén les impedía rodar o tirarse al costado. “Corríamos, pero alguien se cayó y no nos dio tiempo a nada”, dice la abuela Lemes. “La locomotora era una plumita y cuando nos quisimos acordar fue horrible”, recuerda Selva Carballo. Unos fueron aplastados por el gentío, otros destrozados por la máquina. “Una multitud cayó encima mío”, recuerda Silvia Porcal. “Yo sentía que la columna se me quebraba y las costillas se me clavaban en los pulmones. Era un dolor horrible. Sentía también como el tren iba chupando gente. Yo gritaba ¡auxilio, auxilio! Pensaba que me estaba muriendo. No tenía aire. La conciencia se me iba. Me prendí a la tierra para que el tren no me chupara, el cuerpo se me retorcía…” A Yolanda Faccio la embistió la locomotora. “Vi que se me venía encima, venía más rápido de lo que yo podía avanzar, me caí y me levanté sin el brazo”, relató en el juzgado. Parada en el andén Yamila Racouky, la amiga de Jonathan, vio cómo de golpe todo quedó en silencio. Vio a una mujer sin un brazo y una amiga que estaba con ella, sobrina de Yolanda Faccio, empezó a llorar.

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Ariel Pérez, el animador, quedó mudo. “Vi salir a una persona caminando sin un brazo, no me olvido más. Al rato vino alguien y me dijo: ‘Un desastre lo que hicieron. Hay gente muerta ahí abajo’”. Pensó que le tomaban el pelo, pero no. Había muertos, sangre, pedazos de cuerpo. El pastor Muñíz había muerto. Eliseo Silva, el hombre que quiso tirar a pesar de tener un by pass, había fallecido de un infarto al ver como la máquina mataba a su esposa. Ramón Bacino, que había venido especialmente a “cinchar” por el hospital, había muerto. También el ex comisario Elbio Recoba, de 77 años, y Selva Real, de 56. A Jonathan Muñoz la locomotora lo había abierto al medio. Había heridos graves como Faccio, Porcal, Lemes, Carballo y una anciana irreconocible por las laceraciones sufridas. Panchito Portela, de 14 años, que jugaba al fútbol con Jonathan, no soltaba el cuerpo de su amigo. Cuando sonó su celular y su madre le preguntó dónde estaba, él respondió: “Mamá, estoy al lado de Jonathan y la gente está loca. Dicen que está muerto y está sólo dormido”. Mientras algunos alejaban a los niños, el rescate era caótico. No había camillas ni ambulancia. Alguien consiguió unas tablas y, sobre ellas, los heridos fueron llevados al hospital por el cual se había hecho el Desafío al Corazón.

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Néstor Díaz es dueño de una inmobiliaria frente a la estación. Pensaba cerrar a las 14.30 para ir a la “cinchada”, pero no le dieron tiempo. A las 14.20 empezó a llegar gente llorando y pidiendo agua para los heridos. “Me puse nervioso por mi esposa y mi hija, que estaban allí. Por mi madre no, con casi 80 años, ¡qué me iba a imaginar!”. La mujer y la hija de Díaz estaban bien, pero su madre era la anciana irreconocible por las heridas. Agonizante, Ramona Gallay logró balbucear su nombre y así supieron quien era. Ni bien Díaz llegó al hospital supo que había pasado algo muy malo: “todo el mundo lloraba, hasta las enfermeras lloraban, la situación las había superado totalmente”. La madre de Jonathan también estaba ahí. Había ido a donar sangre para los heridos y le informaron que su hijo había muerto. Díaz no encontró a su madre. “La habían trasladado porque estaba muy grave. El tren le había abierto el cráneo, le había borrado la cara, le había destrozado todo un lado del cuerpo”. Ramona Gallay, de 79 años, murió dos días después. Fue la octava víctima fatal del Desafío al Corazón.

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Canal 10 dio la primicia. Apollonia, el director de hospital, dijo en la pantalla que lo ocurrido era fruto del “entusiasmo que se contagia cuando estamos todos juntos por un esfuerzo común”. El juez de Young, Mario Suárez, afirmó: “fue un accidente”. El 18 de marzo seis víctimas del Desafío fueron enterradas en Young. Canal 10 llevó allí a todos sus famosos y muchos en el pueblo aprovecharon para pedir autógrafos. En el cementerio, el sacerdote Fernando Pigurina, principal de la Iglesia católica local, dijo que todo había ocurrido “por un exceso de amor, no le busquemos más vueltas. La gente quiso dar tanto que dio todo”. Una monja definió a los muertos como “mártires de la solidaridad”. Ese fin de semana, un vecino rico donó los 30.000 dólares que el hospital necesitaba. El 2 de abril Canal 10 emitió un programa llamado Todos por Young. Los televidentes donaron 100.000 dólares: las familias de los muertos y heridos graves recibieron unos 7.000 dólares cada una. El municipio le dio un empleo al padre de Jonathan, que era desocupado. Psicólogos de Montevideo llegaron para atender a la población, que estaba en shock. Apollonia, Borba, los integrantes de la comisión de apoyo al hospital, todos estaban entre la gente más querida del pueblo, al igual que muchos de los muertos. Comenzó a ganar terreno la versión dada por la televisión y por el sacerdote Pigurina: no había culpables. En la prensa y en especial en la televisión, la tragedia pronto perdió espacio. Durante algunas semanas, Canal 10 no se pronunció sobre la suerte que correría Desafío al Corazón. Ya tenían grabado otro programa, en apoyo del hospital de la ciudad de Tacuarembó. En él un “mentalista” manejaba un auto con los ojos vendados entre gente sentada en la calle. También partía de un machetazo una sandía en la cabeza de un voluntario. El 21 de marzo, los fieles de una iglesia evangélica de Young oraron para que Desafío no fuera sacado del aire. El programa volvió el 25 de abril, aunque nunca se emitió el capítulo grabado en Tacuarembó.

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En el juzgado del pueblo se inició la investigación penal de la tragedia. Pero al revés de lo habitual en estos casos, en Young hubo una cruzada para que no se hiciera justicia. La encabezó Silvia Sosa, de 46 años, viuda de Ramón Bacino, muerto en el Desafío. Sosa visitó a cada familia alcanzada por la tragedia y les pidió que firmaran una carta para que la Justicia abandonara el caso. Sosa lleva una gran cruz en el pecho. Dice que superó lo que le tocó vivir gracias a la fuerza de Dios y muchos amigos. “Quedate tranquila que Ramón estaba feliz cinchando”, le han dicho algunos que estuvieron allí. -¿Por qué hizo la carta? -Acá no hay culpables. Nadie tiene que ir preso, porque en todo caso todos tendrían que ir. Si alguien iba preso, iba a ser muy triste. Los involucrados son gente muy querida. ¿Yo me iba a sentir mejor si iban presos? No, me iba a sentir peor. Ramón nunca volverá. -¿Nunca piensa por qué ocurrió la tragedia? -Sólo una vez, el mismo día. Después me mentalicé para no hacer ningún drama. Hace 25 años que soy catequista, no puedo echar por tierra todo en lo que yo creo. Sé que Ramón está bien, murió por otros, para salvar vidas. Siento tristeza, pero una gran paz interior. No podemos vivir buscando culpables. Sucedió, se terminó. Los padres de Jonathan firmaron. “Fue un accidente. No se puede culpar a nadie, porque fuimos todos culpables”, dice la madre, que ni siquiera estuvo en la “cinchada”. “El padre Pigurina fue el portavoz de la comunidad. No vamos a hacerle juicio a nadie. Acá siempre se necesita del hospital y Canal 10 quiso ayudarnos, ¿cómo vamos a hacerles algo así? Y por más plata, a mi hijo no me lo van a devolver”. También firmaron la familia de Ramona Gallay y la mayoría de los heridos, como Faccio, la mujer que perdió su brazo. El juez Suárez jura que nunca recibió un pedido así en su vida.

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La carta promovida por Silvia Sosa no fue firmada por los hijos del matrimonio Silva, la familia del ex comisario Recoba, la viuda del pastor Muñíz, ni por Silvia Porcal, una herida grave. Ella sabe lo difícil que es sostener en Young una verdad distinta a la oficial. El 23 de marzo su esposo Pablo Benítez y la abogada Jacqueline Portela anunciaron una demanda civil contra los organizadores por el daño que ella había sufrido. Porcal, que trabajaba como empleada doméstica, se quebró tres vértebras lumbares, dos costillas y tuvo fracturas expuestas de tibia y peroné. Estuvo cuatro meses enyesada de pies a cabeza. Pasó el peor día de su vida cuando la pusieron en un aparato llamado “la cruz de Cristo” para enyesarla. Aún no puede trabajar. La noticia provocó una ola de repudio en Young. “No querés al hospital”, le decían a Benítez. “A vos nadie te obligó a cinchar”, acusaban a Porcal. Una radio local los criticó con saña y el asunto terminó sólo cuando Porcal llamó a la emisora desde el sanatorio en el que estaba internada y dijo que no haría ningún reclamo. Benítez, un obrero metalúrgico, está indignado. “Si yo hubiera provocado una tragedia así, estaba preso en una tarde. ¡Que no hay culpables! Es fácil hablar, pero Silvia no va a poder trabajar más”. Silvia Porcal, de 38 años, cuenta que pasó de trabajar todo el día a estar en la casa de sol a sol. “Estoy despierta a las dos, tres de la mañana y el accidente me vuelve: siento el ruido, el dolor. Me miro mucho al espejo: hay veces que pienso ‘estoy toda vieja, rota, quebrada: ya no sirvo para nada’”. La abogada Portela aún les aconseja demandar y ellos lo creen posible. “¿Dónde estaba la policía?”, dice Benítez. “¿Cómo dejaron tirar del tren a un nene de 14 años? Dicen que los muertos fueron ‘mártires de la solidaridad’ ¡Cómo van a ser mártires! ¿Fueron ahí a morir? No, fueron a colaborar y encontraron la muerte por la desorganización. Hubo negligencia… ¿nadie va a hacer un mea culpa?”

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“Tu madre es una hija de puta”, le dicen a Panchito en la escuela. Panchito es el chico que lloraba al lado del cuerpo de Jonathan. Su madre es la abogada Portela. “Me siento vapuleada. Es triste ver que la gente que uno conoce es tan ignorante”, dice la abogada. Cree que en Young nadie dice lo que piensa porque la Iglesia es poderosa y hay mucho miedo. “El cura Pigurina realizó una campaña a favor de quienes organizaron el evento. Obvió las leyes y le lavó el cerebro a los younguenses. Hizo reuniones en las que se decía que hay que olvidar. Pero no puede ir contra el derecho de las personas que deben ser reparadas por un evento que les cercenó las vidas”. Portela critica a Canal 10 por proponer un desafío tan inútil como riesgoso y a los organizadores por realizarlo sin la mínima seguridad. Según ella, haber creado esa mezcla de fervor incontrolable y desinformación provocó la catástrofe: “El jingle fue tan irradiado que hoy los niños lo siguen cantando. La gente creía que todos tenían que ir a cinchar. El jingle lo repetía todo el día: tiremos todos, tiremos todos”.

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Apollonia, el director del hospital, dice tener la conciencia en paz. Mientras toma mate, sostiene: “Una comisión de apoyo de un hospital de un pueblo chico no tiene más remedio que hacer las cosas artesanalmente. Todo lo que estaba a nuestro alcance, se hizo. Hubo un entusiasmo colectivo ingobernable, sin explicación racional”. A la profesora Borba no le molesta pasar por el lugar de la tragedia. Piensa que preverla hubiera sido como anticipar el atentado contra las Torres Gemelas. “Todavía no puedo encontrar una explicación lógica. Actuaron por sentimientos. La gente estaba totalmente eufórica. Era una gran fiesta. Creo que sí hubiera habido más gente cuidando, también los hubiesen pasado por arriba”. El mea culpa que quiere Benítez no existe. Apollonia sigue siendo el director del hospital. Sosa, el jefe de policía del pueblo. Borba dirige el sindicato municipal. Los miembros de la comisión de apoyo al hospital son los mismos. Los que tuvieron la idea de remolcar una locomotora siguen en Canal 10, pensando nuevos éxitos.

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El cura Pigurina fuma en pipa. Mientras una veterinaria atiende a su perro basset, dice que tiene ideas opuestas sobre programas como Desafío al Corazón: no deberían existir, pero si no existieran ¿quién atendería demandas como la del hospital de Young? Sabe que la televisión exacerbó el entusiasmo del pueblo: “Era una forma de decirle al Uruguay: ¡acá están los younguenses!”. Y cree que, de un modo aciago, ese objetivo se cumplió, que hoy los uruguayos –incluso el mundo- ven con respeto y admiración a Young por su reacción ante la tragedia, por “haber conservado la unidad, no culpar gente, defender que fue un accidente, estar de acuerdo en que a los que participaron y a los que murieron los animaba la buena intención”. Cuando se le pregunta si aún cree que todo pasó por “exceso de amor”, responde: “No sé si hoy usaría la misma expresión, pero sí hay mucho amor por el hospital. Ese amor en exceso provocó el desastre organizativo que disparó la tragedia”. El sacerdote admite que no es fácil que alguien en Young se atreva a pedir responsabilidades, cuando la mayoría exige lo contrario. “Se cerraron filas en torno a una interpretación y zafar de ella es muy difícil. Hay una presión interna, que no es violenta, pero es muy fuerte”.

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En Uruguay los jueces no pueden encausar a quienes no son acusados por los fiscales, que dependen del Poder Ejecutivo. La fiscal Silvia Blanc sólo pidió procesar al ferroviario Parentini, el único implicado que no vive en Young. El día que Parentini fue llamado al Juzgado de Young para oír su suerte, 400 personas se reunieron allí para reclamar que nadie fuera preso. Llevaban carteles que decían “somos todos culpables”. Estaban los padres de Jonathan, Yolanda Faccio sin su brazo y los otros firmantes de la carta. En su sentencia, el juez Suárez afirmó que es evidente que Parentini no fue el único responsable de la tragedia. Por eso lo procesó, pero sin prisión. Quiso evitar la injusticia de que uno solo pagara en la cárcel lo que muchos provocaron. “Había dos o tres responsables más”, dice hoy. Como sea, nadie fue preso. En Young hubo una caravana de festejo.

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Dos hijos del ex comisario Recoba que viven en Montevideo son los únicos que hoy acusan a los promotores del “desafío” en la justicia civil, culpándolos por la muerte de su padre. Gustavo Salle, su abogado, ha dicho que Canal 10 y varias oficinas estatales son responsables. También que “la convocatoria se hizo para un fin que, en definitiva, es esencial del Estado, que no cumple” y que en Uruguay “existe una verdadera involución cultural, educativa, intelectual que también explica la tragedia de Young”. En la pequeña ciudad insisten en lo contrario. Ana Portela, periodista local y abanderada del “no hay culpables”, porfía que todo ocurrió por ser un pueblo tan bueno. “De tan solidarios que somos, no nos dimos cuenta que era una barbaridad lo que íbamos a hacer”.

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Ramón Díaz llora cuando recuerda a su madre, la anciana de 79 que el tren desfiguró. Sabe que hubo errores de organización, pero no quiere pensar en eso: “Prefiero proteger la vida familiar, trato de olvidar”. Díaz trabajó más de 20 años en otras comisiones de apoyo. Una vez una horda le arrebató los juguetes que repartía durante un beneficio infantil. “La gente se atropella, pierde la compostura. El día de la tragedia había gente muy acelerada, querían salir en televisión. Había muchos jóvenes que no tienen nada que perder, esos que pelean todas las noches sólo para hacerse notar…Y muy poca guardia policial. Los organizadores se quedaron cortos, pero no fue adrede. Los que participaron se sienten culpables y yo también. Con mi experiencia pude haber ayudado”.

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Ariel Pérez, el animador que gritó “Vamos, vamos” cuando el tren arrancó, ahora trabaja en Montevideo. Muchas veces allí escuchó que la gente, al ver el video de la tragedia y oír sus gritos, comenta: “A ese tipo hay que matarlo”. “Mi trabajo era ése”, explica. “Si hay culpables somos los 3.000 o 4.000 que estábamos ahí. Todos vimos que eso estaba mal hecho: cinchar una locomotora con los rieles mojados, con niños… era una prueba hecha por el hospital y ni siquiera había una ambulancia. Todos lo vieron: las autoridades, la gente del Canal 10 y nadie reaccionó. Yo lo vi y no me di cuenta. Yo fui uno de los que estuvo en la gran masacre que hicimos, y me duele”. El dolor no deja vivir a Ruben Muñoz, el padre de Jonathan. “No lo puedo aguantar”, le dijo a un diario. En su rancho se apilan los ladrillos que compró para levantar una casita con el dinero que le dieron. Yamila Racouky cuenta que la tragedia cambió a sus amigos: uno se está construyendo una casita, otro se puso a trabajar, ella quiere irse a estudiar a Montevideo. Marina Rodríguez, la viuda del pastor Muñíz, una argentina de 34 años, pensó en irse, pero se quedó. “Fue doloroso, pero a mis hijas Young les habla de su papá y Buenos Aires no”. Llora cuando cuenta que suele ir a la estación a “hablar” con su esposo. No firmó la carta pidiendo el archivo del caso. “Estoy de acuerdo con que nadie vaya preso, es agregar dolor al dolor. Pero es importante que la Justicia coloque las cosas en su lugar”. Silvia Sosa, la mujer que lideró la cruzada para que la Justicia abandonara el caso, está satisfecha con lo que hizo. “Sólo quiero que esto pase de una vez. Al accidente lo trato de minimizar: ya lo minimicé todo lo que pude y voy a tratar de que desaparezca”. Yolanda Faccio tampoco quiere recordar. Tras la tragedia, siguió mirando Desafío al Corazón. Su sueño es recibir un brazo ortopédico que sustituya al que le arrancó la locomotora, y con él ir a Montevideo y aparecer, esta vez sí, en la pantalla de Canal 10.