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Erguida, con un ramo de flores entre las manos, entra a la iglesia arrastrando su inmensa cola de novia. Beatriz García Noreña no mira atrás. El vestido, de fino encaje y pedrería, ceñido hasta la cintura, se abre como un abanico hasta los pies que apenas soportan el temblor de sus piernas. Algunas miradas escrutan a la distancia y sus sombras se proyectan en el pavimento. Al fondo, apenas visible, un militar custodia un edificio con su fusil.

Apoyado en una columna del templo hay un cartel que reza: “La guerra la perdemos todos, ayudemos todos a construir un proceso de paz”.

El disparo silencioso de un fotógrafo registra la escena.

“Papá, dile que no tome más”, exige Beatriz.

El hombre, discreto, se aleja de inmediato.

El fotoperiodista Jesús Abad Colorado llegó a Granada, un pequeño pueblo en el oriente del departamento de Antioquia, en Colombia, a registrar la destrucción producida por la explosión de un carro-bomba con 400 kilos de explosivos, la segunda detonación más grande en la historia del país. El ataque, perpetrado el 6 de diciembre del año 2000, fue encabezado por los frentes 9, 34 y 47 de la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), y estaba dirigido a la estación de policía, en pleno corazón de Granada.

La imagen de la novia de espalda a este desastre, incluida en una serie fotográfica sobre la guerra en este pueblo, ganaría un año después el premio Simón Bolívar de periodismo en Colombia, transformándose en una metáfora de la resistencia. Del amor en tiempos de guerra. De la esperanza.

“Esta foto fue como un bálsamo en la adversidad de la guerra. Habla de resistencia. Beatriz y Óscar, su esposo, fueron un símbolo de esperanza”, explica Abad Colorado.

La reconstrucción de Granada comenzó cuando Beatriz decidió ponerse el traje de novia en medio del desastre.

Si Dios la tiene para casarse…”

Tres días antes del casamiento un eco sordo, semejante a un trueno, se expandió entre los valles que acunan las montañas de Granada hasta llegar a la localidad de Los Planes. Allí, Beatriz, poco antes del mediodía, sintió una brisa tibia, primero, y luego un estruendo.

Los habitantes del pueblo imaginaron lo peor. Al otro día se enteraron de lo sucedido. Granada había sido destruida.

“Ahí pensé que se acababa todo”, reflexionó Beatriz algo espantada.

La madre, en cambio, fue más optimista:

“Si Dios la tiene pa’ casarse esta semana, así será”.

Y así fue. Beatriz llegó a la iglesia en el mismo vehículo (un Dodge Dart blanco) donde habían trasladado a los muertos después de la bomba.

El destino, sin embargo, no pareció ensañarse con la novia. Ninguna de las personas a quienes había contratado para organizar la fiesta estaba muerta y el templo filial, ubicado a dos cuadras del desastre, aún se mantenía en pie. Lo corroboró la misma Beatriz quien, junto a sus padres y hermanos, acudió al casco urbano de Granada al otro día de la explosión. Aquella vez, recuerda, caminaron cinco horas por senderos accidentados, escondiéndose cada vez que aparecía un helicóptero.

“Lanzaban tiros desde arriba. ¡Ay Dios mío, nos van a matar!”, se lamentaba.

Al llegar al pueblo, Beatriz se enteró de lo que realmente había sucedido.

Cerca de las 11:15 de la mañana de aquel 6 de diciembre, un grupo de guerrilleros descendió de un pequeño camión, a una cuadra del comando de Policía, y empujó el vehículo en dirección a un antiguo edificio de cuatro pisos ubicado en pleno centro del pueblo.

Los rumores decían que las FARC se tomarían Granada a sangre y fuego. A María Olivia Gómez, que vivía arriba del comando de policías, días antes se lo había advertido el mismo comandante de la estación: “Señora, por el amor de Dios, abandone este lugar, algo muy malo va a pasar”. No había que ser adivino. La guerra entre los paramilitares y la guerrilla hacía intuir que algo así sucedería.

La mujer, junto a su esposo, se había mudado a una casa en un segundo piso, ubicada frente al recinto policial. El marido de María Olivia, Horacio López Montes, vio desde el balcón como los comerciantes cerraron sus negocios ante la llegada de los guerrilleros. Algunos policías se replegaron y observaron cómo el camión descendía lentamente en dirección a la garita de guardia.

Pocos segundos después se escuchó una ráfaga de metralla y, casi al instante, una inmensa explosión. Horacio alcanzó a ocultarse en el baño y Olivia en la cocina. El piso y las paredes se estremecieron. Al abrir los ojos, la mujer observó sorprendida que el largo pasillo que chocaba contra el balcón ya no estaba. En su lugar sólo había polvo, escombros y hierros retorcidos. Luego, suspiró con un hilo de voz: “¡Ay diosito, cómo es que nos salvamos!”.

El atentado dejó 23 muertos, 25 heridos, 131 viviendas destruidas, 82 locales destrozados y una novia en la incertidumbre.

La toma protagonizada por las FARC se prolongaría aún por 18 horas más, haciendo llover pipetas de gas cargadas de explosivos y metralla. Luego vendría el rescate de los cuerpos.

“El primero que saqué fue el de un policía”, recuerda Gustavo Giraldo, el sepulturero del pueblo. “Estaba destripado. Sólo lo armaba la ropa. Cogí su arma y una granada”.

Dos días después, cuando Beatriz caminaba rumbo al altar, Giraldo aún escarbaba entre los escombros, junto a personal de la Cruz Roja y una retroexcavadora, buscando el último cuerpo, el número 23, atrapado en las ruinas de la cervecería de don Arturo Zuluaga. La mayoría desconocía su nombre original. Todos lo llamaban Sabajón.

¿Y a éste qué le pasó?”

La fiesta fue en la casa de un amigo de la familia de Beatriz en Granada. Aunque habían previsto 150 invitados, apenas llegaron unos cuantos familiares. Por decisión de su padre no hubo música ni primer baile.

“Usted fue muy berraca en echar pa’lante”, la felicitaron algunos.

“Usted cómo no respetó el dolor del pueblo”, le recriminaron otros.

Su familia había gastado bastante dinero y, siendo honestos, no estaba dispuesta a arrojarlo a los escombros. Menos Beatriz que había recorrido todo el municipio de El Santuario por varios meses, buscando el traje de novia de sus sueños y por el que su padre desembolsó 250 mil pesos (un salario mínimo de la época).

La fiesta tuvo poco de memorable. El pueblo ya estaba de luto desde el 3 de noviembre, cuando un grupo de paramilitares, fuertemente armados, había ingresado a Granada disparando en contra de la población civil, matando a 19 personas.

Tras ambas masacres, el éxodo de habitantes se hizo inevitable. Cuando la foto de la novia apareció en el diario El Colombiano en primera plana, el 12 de diciembre de aquel año, 9 mil personas ya habían abandonado Granada.

Los novios no estaban para recuentos trágicos. Después de la luna de miel se fueron a vivir a una casita en la cima de una montaña, que pertenecía al padre de Óscar.

Fue el cierre de un ciclo que comenzó cuando ambos eran niños y compartían el mismo curso en la escuela. Ella era una tímida estudiante y él un, alumno revoltoso. “Era muy fastidioso, muy necio”, recuerda Beatriz.

Ambos continuaron juntos, en el mismo grado, hasta que Óscar decidió abandonar la primaria y viajar a Cali a trabajar en una tienda de abarrotes a comienzo de los noventa. Fue la misma época en que el Ejército de Liberación Nacional, ELN, a través de su frente Carlos Alirio Buitrago, realizó ofensivas en contra de la industria hidroeléctrica. La acusaban de haber desplazado a miles de campesinos de sus tierras. Estos ataques fueron especialmente fuertes en los alrededores de Granada.

Con el correr de los años, Óscar regresó al pueblo convertido en un hombre. La primera vez que Beatriz lo vio, recuerda que le guiñó uno de sus ojos.

“¿Y a este qué le pasó?, con lo gordo que me caía en el colegio”, se preguntaba una y otra vez.

Ahora que están juntos, cuando recuerdan aquellos años, Óscar siempre le dice que entre “el amor y el odio, hay un solo paso”. El refrán les calzó a la perfección. Beatriz quedó embarazada antes de terminar el primer año de matrimonio. La foto de su ingreso a la iglesia, inmortalizada por Jesús Abad, la colgó orgullosa en la sala de su casa. Eran años felices.

“¡Que se la quite!”

“Quítese la blusa”, le ordenaron a Beatriz mientras le apuntaban con un fusil.

“No, ¿por qué me la voy a quitar? Yo no tengo nada”, respondió.

“¡Que se la quite!”, le volvieron a ordenar.

Tres hombres armados habían ingresado a su casa. Ella estaba sola, cocinando, mientras su bebé de cuatro meses gateaba y jugaba con unos tarros en el suelo.

“Si quiere tóqueme aquí, para que vea que no tengo nada”, rogó con angustia señalándose las costillas.

“¡Se la quita o la mato!”, le gritaron.

Beatriz no tuvo más opción que quitarse la blusa, mientras rezaba para que no les hicieran nada a sus hijos; al que jugaba a su lado y al que tenía en su vientre.

“¿Y el sostén? Quítese el sostén”, le volvieron a ordenar apuntándola con un fusil.
Beatriz pensó que la iban a violar. Les rogó que no lo hicieran y se quitó la prenda entre lágrimas. Frente a su torso desnudo, los hombres que le apuntaban empezaron a reírse. “Esta señora no tiene nada, lo que tiene son unos senos muy bonitos”, le dijeron entonces en tono de burla. Justo en ese momento llegó otro hombre, que al parecer tenía un rango superior y los regañó. El sujeto del fusil salió de la cocina y lo siguieron los otros dos. Beatriz quedó ahogada en un llanto amargo.

Los encapuchados llegaron al hogar sin brazaletes de identificación. Simplemente aparecieron una noche y se quedaron. Beatriz no sabía si eran de la guerrilla o paramilitares. En cualquier caso, invasores. Se instalaron con sus inmensos morrales en el corredor, y allí dormían.

Esto sucedió en los últimos meses del año 2002, al comienzo de la ofensiva de Seguridad Democrática liderada por el presidente Álvaro Uribe, quien había prometido que el oriente antioqueño por fin sería “un territorio de paz”, pero no mencionó de qué manera se alcanzaría.

“La connivencia de la fuerza pública con los grupos paramilitares se tradujo en muchas atrocidades, desde saqueos a sus casas, abusos sexuales y hasta ejecuciones extrajudiciales. En Granada se ve claramente como la principal víctima del conflicto fue la población civil”, explica la investigadora Marta Villa, de la ONG Corporación Región.

Las cifras sobre violencia sexual en Colombia son elocuentes. Según estadísticas de la organización Oxfam, casi medio millón de mujeres fueron víctimas entre los años 2001 y 2009. Se estima, sin embargo, que el 80 por ciento de ellas nunca denunció.

“Cuando se empezó a atacar a las mujeres, se cruzó una línea y los granadinos entendieron la magnitud de la guerra que les estaba tocando”, agrega Marta Villa.

Pero Beatriz no solo sufrió abuso sexual. También observó, cuando iba de compras al pueblo, brutales asesinatos de hombres que bajaban de las chivas (camiones de transporte de pasajeros).

—Un día vi cómo mataban a un señor delante de su esposa y de sus dos hijos. Otro día a una señora le mataron a sus dos hijos, ella se puso enfrente de ellos y gritaba “mátenme a mí”- cuenta Beatriz.

El año 2002 fue particularmente sangriento. En junio, en la localidad de El Edén, integrantes del bloque Metro de los paramilitares ultimaron a cinco campesinos, en noviembre a otros cinco en Minita y, en diciembre, se reportaron 11 muertes más en el mismo lugar.

La mitad del territorio de Granada, por entonces, estaba sembrado con minas antipersonales. La guerrilla mataba campesinos con inyecciones letales cargadas con gasolina. Los paramilitares, incluso, llegaron a matar a ancianos sólo porque su cédula había sido expedida en Granada.

Era tal el festín de sangre que en ocasiones, en pleno entierro, llegaban los paramilitares a buscar a su siguiente víctima. Gustavo Giraldo, el sepulturero de Granada, lo vio varias veces: “Estaba enterrando un cadáver, llegaban los paramilitares y le decían a uno de los familiares en el entierro: ‘Venga para acá que quiero conversar una cosita’. Después se iban y a la media hora me llamaban que en tal parte había un cadáver para traerlo. Era el mismo ‘parcero’ que había cargado el ataúd”.

A tanto llegó el negocio de la muerte en el oriente antioqueño que, según cuenta Giraldo, en el cementerio de San Carlos, un municipio vecino de Granada, no había espacio para un muerto más. Desde entonces, cuenta, los muertos del municipio vecino comenzaron a ser enterrados en Granada.

El hostigamiento en toda la región fue constante. El mismo Óscar, esposo de Beatriz, lo vivió en las montañas cercanas a su finca.

“O nos colabora o lo borramos del mapa”, le dijo un paramilitar.

Beatriz no estaba enterada de que su marido estaba siendo presionado por ‘paras’ y guerrilleros para incorporarse a sus filas. No había otra opción: tenían que irse. Beatriz tenía ocho meses de embarazo.

Perros lamiéndose las heridas”

Después del nacimiento de Vanessa, su segunda hija, Beatriz partió a Cali a encontrarse con Óscar. Los cuatro se instalaron en un estrecho cuarto en la casa de un amigo de su marido, con la esperanza de que este consiguiera un trabajo. Fueron días difíciles. Pasaron hambre. A veces comían sólo una vez al día. Beatriz resistió ocho meses hasta que no soportó más. Empacó su ropa, cargó a sus hijos y tomó un bus hacia Medellín sin ni siquiera contarle a su marido.

“Le dije a Dios: ‘Tú sabrás qué vas a hacer conmigo, pero yo acá no me aguanto más’”, recuerda.

Luego de un breve paso por Medellín, Beatriz volvió a su pueblo, Los Planes, en Granada, donde la guerra ya sumaba más de 120 desaparecidos. Su forma de resistir fue el silencio, llorando de miedo debajo de las cobijas, rezando todos los días, o tapándole los ojos a sus hijos para que no vieran lo que estaba pasando a su alrededor.

Óscar volvió a su encuentro. La relación no marchaba bien y se separaron.

Al cabo de un año decidieron volver a vivir juntos.

En el casco urbano la resistencia de los granadinos a la guerra se hacía cada vez más fuerte. El primer viernes de cada mes, la organización de víctimas de Granada, Asovida, organizaba marchas con velas en honor a los muertos y desaparecidos. Una situación resistida en un principio por algunos sectores de la iglesia.

“Nos decían que parecíamos ‘como perros lamiéndose las heridas’”, cuenta Gloria Ramírez, directora de Asovida.

Las marchas derivaron en la creación del “Salón del Nunca Más”, que abrió sus puertas en 2009 y que hoy es un ejemplo en Colombia. “Preservamos la memoria por nuestra dignidad, por el perdón y para luchar contra el mayor defecto que tiene esta sociedad, la indiferencia”, agrega Ramírez.

En el Salón exhiben la foto de Beatriz vestida de novia. Ella ocasionalmente visita el recinto para recordar al tío, al primo, a un ex novio y a una decena de amigos que perdió en la guerra. “Nos frustraron tantos sueños”, dice mientras camina por el lugar.

Beatriz quería terminar el bachillerato, estudiar psicología y comprar su propia finca. Todo se esfumó. Apenas alcanzó para sobrevivir. Pero aun así sigue siendo “la novia” de Granada. Han pasado 14 años desde que Abad le tomó la foto y todavía la llaman para pedirle prestado su vestido de boda. El traje, para desgracia de las interesadas, lo vendió poco después de la ceremonia.

Beatriz fue la valiente que intentó, tal vez sin éxito, dar la espalda a la guerra. La mujer que decidió continuar con la vida a pesar de tanta muerte.

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Una amputación es una operación quirúrgica de poca complejidad que cualquier médico podría practicar en una emergencia, en un caso de vida o muerte. Entre los más de 10.000 amputados que ha dejado la guerra en Colombia durante los últimos diez años, tal vez no se encuentre un caso más conocido, más polémico, que el de esta historia. La noche del jueves 6 de marzo de 2008, en algún punto boscoso de la vereda Albania, del municipio de Aguadas, al norte del departamento de Caldas, Pedro Pablo Montoya Cortés, alias Rojas, miembro del frente 47 de las Farc, puso en marcha el plan que tenía en mente desde algunos días atrás: dar de baja a alias Iván Ríos, uno de los hombres más poderosos del Alto Mando Central de ese grupo guerrillero. Antes de partir y abandonar el cadáver del que fue su jefe, tomó el cuerpo, le extendió el brazo derecho y le cortó la mano con un machete.

El crimen fue el paso de Rojas para dejar atrás la vida que llevaba y decidió entregarse al Ejército Nacional. Había una razón de peso, también: el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe ofrecía una recompensa de 5000 millones de pesos por cada uno de los integrantes del Secretariado de las Farc y una serie de beneficios para su desmovilización. La mano era la prueba reina para evidenciar lo que había hecho. Por eso, en lugar de arrastrar con un cadáver, cortó la mano y huyó de ese mundo.

Hoy, en una sala vacía y bochornosa del Centro Carcelario y Penitenciario de Alta y Mediana Seguridad de Valledupar, alias Rojas recuerda aquella noche. Es un hombre bajo y estrecho, algo sonriente y de mirada esquiva. Tiene 38 años y lleva cinco en prisión pagando una condena de 59 años, 9 meses y 7250 salarios mínimos de sanción. No contaba con que ni esa mano lo iba a salvar de todo su pasado. Está condenado por crímenes de lesa humanidad, como masacres, secuestro, homicidio, extorsión y desplazamiento, pero aún está a la espera de una sentencia sobre el crimen por el que es más conocido: el de Iván Ríos.

—Yo le di de baja porque mi vida estaba en riesgo —dice.
—¿Y tenía planeado lo de la mano?
—Sí… fue una noche difícil. Es lo único que le puedo contar.
—¿Y dónde está la mano?
—No sé… yo se la entregué al Ejército… el Estado debe tenerla. Allá tiene que preguntar.

***

Manuel de Jesús Muñoz Ortiz, alias José Juvenal Velandia o alias Iván Ríos, también conocido como el Topo, fue en su momento el miembro más joven del Alto Mando Central que coordinaba los siete bloques que conformaban el Secretariado de las Farc. Nació en 1961 en San Francisco, Putumayo, aunque su cédula es de Medellín. Militó en la organización desde los años ochenta e ingresó en la cúpula tras la muerte de Efraín Guzmán en 2003. Su nombre acompañaba a otros guerrilleros legendarios, como Alfonso Cano, Raúl Reyes, Manuel Marulanda y el Mono Jojoy, y para ese momento ya era conocido por haber sido coordinador del Comité Temático Nacional en las mesas de negociación de los diálogos de paz del Caguán, durante el gobierno de Andrés Pastrana.

De él se ha dicho que realizó estudios en Economía en la Universidad de Antioquia que no terminó, que fue el pupilo de Alfonso Cano, que también estudió en Rusia y se entrenó en combate en Vietnam, que era uno de los integrantes más preparados y profesionales de las Farc, el encargado de sus negociaciones y sus relaciones internacionales. Combatió en el Tolima, fue comandante del frente 22 y se le acusaba de haber ordenado las tomas en los municipios de Roncesvalles, Alpujarra, Ataco, Dolores y Rovira. Tras el fracaso de los diálogos en San Vicente del Caguán, fue nombrado jefe del frente 47 José María Córdova, que operaba en Antioquia, Chocó y el Eje Cafetero, y atravesó el país, en un año, caminando desde el Caquetá hasta su nueva zona de comando.

A pesar de todo eso, no fue sino hasta su muerte que en Colombia se habló claramente sobre quién era Iván Ríos: uno de los hombres más importantes pero menos conocidos de las Farc. Analistas políticos empezaron a hablar del principio del fin de las Farc y fue catalogado como un golpe más duro que el de la muerte de Raúl Reyes, quien días antes había sido dado de baja por el Ejército en territorio ecuatoriano. No porque fuera más importante que Reyes, sino porque su muerte reflejaba un resquebrajamiento evidente dentro de las Farc: un guerrillero matando a su propio jefe, hastiado de la guerra. Era una muestra de que una recompensa valía más que los supuestos ideales de la guerra. Pero fueron muchas cosas a la vez. Las relaciones tensas entre Colombia y Ecuador, con amago de guerra, llevaron a que no se volviera a hablar de la recompensa que Rojas esperaba. Mucho menos de la mano. Ríos tenía 46 años cuando murió. Era diestro.

***

La cárcel de alta y mediana seguridad de Valledupar es conocida como La Tramucúa y está en medio de la nada en la vía que conduce de Valledupar a La Mesa. Es viernes y la tarde es un plomo de 35 grados centígrados sin brisa, cielo abierto y un sol aplastante. Adentro, la cárcel es un complejo de nueve bloques grises y húmedos, cada uno con capacidad para 170 internos y un cuerpo de inspectores con jornadas que cambian cada 24 horas entre las 7:00 y las 10:00 de la mañana. Acaba de pasar la hora del almuerzo y por los pasillos de barrotes azules caminan los internos uniformados y con las manos esposadas. También entran predicadores o testigos de Jehová con guitarras, biblias y pinta vallenatera, que vienen a cumplir actividades litúrgicas. En las paredes hay letreros que rezan frases como “lo que se controla funciona”, se mezclan olores de comida y cañerías, hay gatos amodorrados en la frescura de rincones oscuros y el tiempo pasa en un silencio sofocante.

Cuatro bloques después de la entrada, al final del pasillo de un segundo piso, en una celda estrecha con vista a un patio de pasto reseco, se encuentra Pedro Pablo Montoya, alias Rojas. Está descamisado, usa una pantaloneta blanca del Once Caldas, medias y tenis. Tiende la mano para saludar a través de una ventanilla en la puerta. Comienza a alegar con los dos inspectores del pabellón y dice que no puede dar una entrevista así como está, y pide que le devuelvan la ropa que le decomisaron hace un mes. Los inspectores dicen que él tiene ropa, que es el interno más difícil, que siempre la cosa es así, y tratan de persuadirlo en vano para que hable. El más joven de ellos se voltea y dice: “No le podemos abrir. La última vez hirió a un compañero y le hizo una fractura en el cráneo”. Rojas reacciona y asegura que nada es como ellos dicen.

Cansados de la situación, los inspectores le dan un uniforme. Rojas se baña, se viste, almuerza y 20 minutos después aparece en la sala bochornosa y vacía del primer piso, donde solo hay dos sillas azules de plástico. Ya no usa bigote, lleva el pelo corto y se le ve la piel sudorosa, pero conserva un aire del hombre que apareció en todos los noticieros. Viene con las manos esposadas al frente, carga una mochila tejida que él mismo aprendió a hacer en cautiverio, toma asiento y se disculpa: “Qué pena con vos, pero acá todo es así, muy difícil”. Luego saca un Bon Yurt de la mochila y dice: “No tengo más para ofrecerte, pero es con mucha humildad”. Y comienza a contar su historia.

Cuenta que tenía 16 años y trabajaba con su padre cultivando fríjol, maíz y yuca en fincas del nordeste de Antioquia cuando fue reclutado por el frente 47 de las Farc, en 1992. Fue llevado a entrenamientos, a caminar por todo el departamento, y se especializó en conseguir víveres con los campesinos de la zona. Fue herido por el Ejército en varias ocasiones durante emboscadas y en dos de ellas su recuperación tuvo que ser en la ciudad. En uno de sus regresos al campamento apareció con unos camuflados militares y entre los bandos del bloque comenzaron las sospechas de que él era un infiltrado. Estuvo bajo ese señalamiento hasta la llegada de Iván Ríos al bloque, alrededor de 2005.

Dice que cuando se conocieron Ríos le preguntó: “¿Usted quiere estar aquí?”, y él respondió: “No. Pero las órdenes son las órdenes”. Y una de esas órdenes era llevarle un tinto cada mañana hasta su cambuche. “Yo soy muy apegado a las normas… y en mis 16 años en la organización nunca había visto eso”. Indignado por la orden y porque nunca había servido un tinto a nadie, Rojas desobedeció y sintió que sus días estaban contados. Entonces decidió actuar.

—Yo hice mis maniobras estratégicas, pero no se las puedo contar porque tengo otros planes para eso… pero yo le di de baja porque mi vida estaba en riesgo.

Sus planes: escribir un libro, o hacer un documental, o rodar una película sobre el caso. Dice que no sabe dónde está la mano, que no está interesado en la recompensa porque el gobierno no le cumplió, que no confía en los abogados y por eso no tiene uno, aunque se adelantan procesos en su contra en Bogotá, Manizales y Medellín; que está en la peor de las situaciones en la peor de las cárceles; que no es un criminal, que quiere hablar con el presidente. E insiste en que quiere dejar algo claro:

—Lo que yo hice partió la historia de Colombia, eso nunca se había llegado a ver… ese fue mi aporte para la paz. Llevamos 50 años matándonos, y las guerrillas no se tomaron el poder ni el Estado pudo acabarlas militarmente. Esto tiene que acabar, soy un convencido de eso.

***

En la Fiscalía General de la Nación saben qué pasó con la mano de Ríos, pero no conocen su paradero. Cinco años después de su muerte, el caso aún está abierto y a la espera de que un nuevo fiscal lo retome. Las investigaciones para aclarar los hechos comenzaron casi de inmediato y, a pesar del amplio archivo de pruebas que confirman la culpabilidad de alias Rojas, que él mismo aceptó, no se ha sentenciado un juicio. La secuencia en que se desenvolvieron los hechos es confusa, pero de acuerdo con la Fiscalía sucedieron de la siguiente manera:

Meses atrás, antes de cualquier sospecha del asesinato, Ríos y Rojas eran algunos de los tantos hombres del frente 47 de las Farc, como alias el Zarco o alias el Zorro, a los que miembros de inteligencia del Ejército interceptaban sus comunicaciones. En las llamadas, los guerrilleros solían hablar en clave sobre cosas como víveres y, de vez en cuando, la ubicación de un bando propio o enemigo. En una jornada inusual, la madrugada del 8 de marzo de 2008, una de las interceptaciones captaba una llamada al Ejército Nacional. Se trataba de Rojas, que intentaba comunicarse con la institución a través del conmutador y esperaba que lo atendieran en el batallón 57, cerca del casco urbano de Aguadas, Caldas, entonces a cargo del coronel Emiro José Barrios.

El coronel esperó por Rojas en el batallón en lo que sería una desmovilización rutinaria. El ahora exguerrillero sorprendió a todos cuando entregó al coronel su mochila y este descubrió el inusual botín en su interior: una mano derecha. Podía ser de cualquiera, pero Rojas insistía en que era la mano de Iván Ríos. Temiendo que se tratara de una emboscada pero con algo de entusiasmo por la posibilidad de que fuera cierto, retuvieron a Rojas, tomaron la mano y acudieron al CTI para realizar un cotejo dactiloscópico que se comparó con las huellas de la tarjeta de preparación, que en los archivos de la Registraduría de la Nación correspondían a Manuel de Jesús Muñoz Ortiz. En pocas horas comprobaron que se trataba de la misma mano.

Rojas dio las coordenadas que condujeron a los soldados a los cadáveres de Ríos y su compañera sentimental. En ese lugar perdido de la cordillera Central envolvieron los cuerpos en bolsas de plástico y, de acuerdo con la Fiscalía, Rojas explicó el asesinato: que se escabulló en la noche hasta el cambuche donde dormían Ríos y alias Andrea, su novia. Que llevaba una pistola de 9 milímetros y un machete. Que cuando le disparó a Ríos su compañera reaccionó tomando el fusil con el que dormía a su lado pero no fue tan rápida y entonces también le disparó. Que al final todos los hombres en el campamento huyeron. Que tomó el machete y el brazo flojo de Ríos y le desprendió la mano.

El fin de semana del 8 de marzo se hicieron famosas las imágenes que todo el mundo conoce: el torso de Ríos asomado en una manta blanca con un agujero coronando su frente. Un integrante del Ejército cargando una pequeña nevera de icopor donde llevaba la mano. La mano envuelta en un retazo de uniforme camuflado mientras se hacían las pruebas dactiloscópicas. Rojas dando una rueda de prensa y diciendo que no había detalles sobre los hechos. Luego comenzaron a hablar de la recompensa: 5000 millones de pesos.

Apenas la noticia de Iván Ríos y la escandalosa prueba sacudió al país, la muerte de Raúl Reyes en un operativo del Ejército una semana antes, el 1 de marzo, ocupó otra vez las primeras planas porque su cuerpo no aparecía. Volvieron a circular imágenes del cadáver de Reyes y titulares de noticieros que ya hacen parte de una memoria colectiva reciente en Colombia. El caso Reyes fue tan apasionante que hizo pasar el de Ríos a un segundo plano, por no decir que fue abandonado.

Pero la historia continuó. Rojas permaneció un mes en el batallón San Mateo de Pereira y el 17 de abril de 2008 fue trasladado a la cárcel La Picota porque se hicieron efectivas una serie de órdenes de captura en su contra por masacres y secuestros. Recibió una recompensa de 800 millones de pesos por la entrega de información recopilada en cinco discos duros, pero no por dar de baja a Ríos, como lo denunció su abogado, Juan Manuel Jerez, el 14 de enero de 2009. Lo dijo, por ejemplo, en una conversación acalorada en RCN Radio, en la que le decía al entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, que nada de lo que habían prometido se había cumplido. Santos afirmó que la suma entregada había sido de 2500 millones. Luego, el 24 de abril de 2012, Rojas fue trasladado a la cárcel de Valledupar.

La Fiscalía recibió una demanda interpuesta por el Departamento de Protección del Comité Internacional de la Cruz Roja en la cual se reclamaban el cuerpo y la mano de Iván Ríos, que estaban en la seccional de Pereira de Medicina Legal. La denuncia, se sabe, fue interpuesta por el padre biológico de Ríos.

***

La mano y el resto del cuerpo de Iván Ríos estuvieron en Medicina Legal después de que Rojas la llevara al Ejército y permaneció en la seccional de Pereira hasta que fueron entregados a sus familiares. Pero antes de eso hay otra historia. A Pedro Morales, subdirector de servicios forenses de Medicina Legal en Bogotá, le gusta explicar una teoría criminalística del hecho con la que trata de sustentar la importancia de lo que pasó con el caso de Ríos. Lo cuenta con un tono pedagógico y comienza preguntando: “¿Usted por qué cree que le cortó la mano?”. Toma un portaminas y dibuja las líneas suaves de un mapa conceptual con palabras como “cuerpo”, “asesinato”, “tabú”, “derechos”.

Dice que hay dos tipos de crímenes: los antitabú y los que se hacen por encargo. Los primeros pretenden romper una situación, una relación o un paradigma impuesto por el que sabemos que no debemos matar; el segundo es el crimen corriente que podría hacer un sicario y pretende mantener un statu quo para que se sepa quién tiene el poder. En consecuencia, explica Morales, el asesinato de Ríos no solo se trataba de un rompimiento sino también de una sentencia sobre un nuevo orden, y la mano era lo más simbólico del asunto. Y remata diciendo: “Lo interesante de los cuerpos de las víctimas del conflicto armado es que los exponen. Digamos que el aparato ideológico del Estado usa eso: muestra, como para decir ‘miren que estos también son mortales’. Y el asesino en parte también quisiera que eso se supiera. Eso no es gratuito, porque al hacerlo es una forma de castigar al muerto”.

A su vez, el castigo del cuerpo del muerto tiene una explicación que en literatura se conoce como el mito del cadáver insepulto, que consiste en el sufrimiento de alguien por no ver el cuerpo de su ser querido descansando, ya que no se sabe qué pasa después de la muerte. Le pasa a Isis en la mitología egipcia cuando emprende una doble travesía para recuperar el cuerpo de Osiris, su esposo, quien luego de ser asesinado por su hermano Seth es cortado en 14 partes que son repartidas por todo el reino. Le pasa a Antígona en la tragedia de Sófocles, quien arriesga su vida para dar sepultura a su hermano Polinices, que después de muerto fue condenado a permanecer insepulto por haber traicionado a la ciudad de Tebas.

En Colombia ha pasado constantemente desde hace 50 años o más y, según cifras del Registro Nacional de Desaparecidos, se calcula que durante el siglo XX hubo más de 85.000 personas desaparecidas. El conflicto armado ha sido uno de los principales causantes de esa exorbitada cifra y los cuerpos provienen de todos los bandos. Del lado de los insurgentes, ha habido casos históricos en los que el Estado ha exhibido los cuerpos pero nunca se ha conocido su paradero. Pasó con José Antonio Galán en 1782, quien fue condenado a muerte y cuyas extremidades y cabeza fueron separadas del cuerpo y repartidas aleatoriamente por el territorio del Virreinato de la Nueva Granada. Pasó con Efraín González, un bandolero de la época de la Violencia cuyo cuerpo desapareció después de morir en un operativo ante 200 soldados que duró cerca de cuatro horas en 1965. Pasó con Camilo Torres, cuyos restos aún reclama el ELN y del que no se conoce su paradero, tras su muerte, en 1966.

Todo lo anterior, sostiene Morales, da fuerza a lo sucedido con Ríos, así: hasta 2008 ningún miembro del Secretariado de las Farc había sido dado de baja, y a partir de ese año las Fuerzas Armadas comenzaron una racha que se resume en la siguiente ruta: Raúl Reyes, el 1 de marzo en Ecuador; Iván Ríos, el 6 de marzo en Caldas; Manuel Marulanda, el 26 de marzo en el Meta; el Mono Jojoy, el 22 de septiembre de 2010 en el Meta y Alfonso Cano, el 4 de noviembre de 2011 en el Cauca. El cuerpo de Reyes fue trasladado a Bogotá y días después desapareció de las instalaciones de Medicina Legal, aún no se conoce su paradero, lo que causó una crisis en esa institución. Tras la muerte de Ríos pusieron todo su empeño para reivindicarse y por eso buscaron a la familia para devolverle el cuerpo, lo que, según Morales, marcó un precedente histórico: era la primera vez que el Estado daba un tratamiento semejante a un miembro de un grupo insurgente, un reconocimiento de víctima.

—El castigo sobre el cuerpo ya estaba, pero quedaba la familia y por eso se le entrega a través del Comité Internacional de la Cruz Roja. Cuando viene el caso de Jojoy ya todo había cambiado y nuestra pelea fue devolver el cadáver a la familia: no hubo fotos ni se expuso el cuerpo. Lo que empezamos a hacer fue entregar, sin ningún castigo para las familias. Es una cuestión de respeto. El cuerpo empezó a ser otra cosa. Y si se fija bien, si hubiera seguido pasando lo que pasó con Reyes tal vez no estuviéramos viendo una posibilidad de estar dialogando la paz. Acá no sabíamos que esas conversaciones iban a hacerse algún día… pero creo que eso ha sido clave en este entendimiento. Sabíamos que lo que se había hecho estaba mal. Y que eso ha tenido influencia es algo de lo que aquí estamos absolutamente convencidos.

***

Después de tres semanas de llamados y solicitudes para conocer el paradero de la mano y su cuerpo, en el Comité Internacional de la Cruz Roja han respondido, a través de un comunicado, que no pueden referirse a ese caso porque “para nosotros el tema de la confidencialidad es vital, pues nos permite tener la confianza de todas las partes y acceder a las víctimas, que son quienes más nos necesitan”. Junto al comunicado hay una larga explicación de la labor de la institución, un documento con el informe anual de las actividades realizadas en 2012 y un texto a modo de entrevista en el que se explica la importancia de su confidencialidad y neutralidad. Es la tercera vez que se reserva su identidad y el lugar donde reposa el cadáver. Porque hay algo que se sabe: el cuerpo y la mano fueron enterrados. Todo lo que queda es un amplio informe de Medicina Legal sobre el proceso y el destino de la mano y el cuerpo después de ser recibidos en las instalaciones de Pereira hasta el momento en que fueron entregados a la familia de Ríos.

Primero llegó la mano, el sábado 8 de marzo en la mañana, procedente de la seccional de Medicina Legal en Manizales. Estaba en buenas condiciones teniendo en cuenta la travesía que emprendió desde el monte. Ese mismo día, cerca de las 4:00 de la tarde, llegaron los cuerpos de Iván Ríos y su compañera, que hasta ese momento eran N.N. Para el tratamiento del cuerpo participó un equipo interdisciplinario de la institución conformado por un médico con su asistente, un odontólogo, un antropólogo, un dactiloscopista, un perito de balística y un funcionario de fotografía que entregaron 16 informes junto con un equipo de apoyo del Hospital Universitario San Jorge de Pereira.

Trabajaron de 5:30 de la tarde a 11:00 de la noche, y en ese tiempo hicieron una necropsia, radiografías, una nueva verificación de identidad por dactiloscopia, una verificación de causas de la muerte, una verificación de correspondencia del cuerpo con la mano y una verificación de lesiones para asegurarse de que no hubo violación de derechos humanos. También se dispuso de un cuerpo de seguridad que custodió la morgue donde permanecieron los cuerpos varios días. El domingo se atendió a la prensa y cerraron la jornada rotulando todas las evidencias.

Hacia las 4:00 de la tarde del lunes 10 de marzo llegó el entonces fiscal general de la Nación, Mario Iguarán, y recibió los informes realizados por el equipo interdisciplinario de Medicina Legal. Una semana más tarde, funcionarios del Comité Internacional de la Cruz Roja se hicieron presentes con órdenes expedidas en conjunto con un grupo de enlace del CTI para las Fuerzas Armadas y presentaron unas autorizaciones autenticadas en las que la familia de Iván Ríos aprobaba la entrega del cuerpo a esa comisión.

Lo demás fue cuestión de horas. Se tramitaron cuatro procedimientos de documentación necesarios para devolverlo: una orden de entrega del fiscal, un certificado de defunción, una licencia de inhumación y un registro civil de defunción. La mano no fue ligada a su brazo porque, de acuerdo con Medicina Legal, se consideraba un procedimiento inoficioso y no cumpliría una función al hacerlo. Se dispuso sobre el cuerpo dentro de un ataúd que fue entregado al Comité Internacional de la Cruz Roja, que procedió a entregarlo a su familia para su inhumación en algún cementerio cercano a Pereira cuyo nombre se desconoce o se reserva. Ahí descansa la mano.

El hombre que cae

Publicado: 4 febrero 2014 en Tom Junod
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En la fotografía, él parte de esta tierra como una flecha. Aunque no ha escogido su destino, parece como si en los últimos instantes de su vida se hubiera abrazado a él. Si no estuviese cayendo, bien podría estar volando. Parece relajado, precipitándose por los aires. Parece cómodo en garras del inimaginable movimiento. No parece intimidado por la succión divina de la gravedad o por lo que le espera más abajo. Sus brazos están a los costados, sólo ligeramente abiertos. Su pierna izquierda está doblada en la rodilla, casi de manera casual. Su camisa blanca –o casaquilla o sotana– se ondula libremente fuera de sus pantalones negros. Todavía tiene sus zapatillas de bota alta en sus pies. En todas las demás fotografías, la gente que hizo lo mismo que él –es decir, saltar– resulta insignificante ante el telón de fondo de las torres, que asoman como colosos, y ante los sucesos propiamente dichos. Algunos están sin camisa. Sus zapatos salen volando mientras ellos se agitan y caen. Parecen confundidos, como si estuvieran tratando de nadar por el costado de una montaña, colina abajo.

El hombre de la fotografía, en cambio, está en perfecta posición vertical, y también lo está de acuerdo con las líneas de los edificios detrás de él. Él los separa, los divide en dos. Todo lo que queda a la izquierda de la foto es la Torre Norte del World Trade Center. Todo lo que está a la derecha es la Torre Sur. Aunque no es consciente del balance geométrico que ha logrado, él es el elemento esencial en la creación de una nueva bandera, un estandarte compuesto sólo por barras de acero que brillan al sol. Algunas personas que miran la foto ven en ella estoicismo, fuerza de voluntad, un retrato de la resignación. Otras ven algo más, algo discordante y, por lo tanto, terrible: libertad. Hay algo casi subversivo en la posición del hombre, como si una vez frente a lo inevitable de la muerte hubiera decidido seguirle el paso. Como si él fuera un misil, una lanza, decidido a alcanzar su propio fin.

Quince minutos después de las 9:41 a.m. EST [1], en el momento en que se tomó la foto, él está, en términos de física pura, acelerando a una velocidad de novecientos ochenta centímetros por segundo elevado al cuadrado. Pronto estará viajando por encima de los doscientos cuarenta kilómetros por hora, y aparece de cabeza. En la foto está congelado. En su vida fuera del encuadre está cayendo y seguirá cayendo hasta desaparecer. El fotógrafo no es ajeno a la historia. Él sabe que se trata de algo que sucederá después. En el momento real en que la historia se va creando lo hace en medio del terror y la confusión, de modo que depende de gente como él, testigo pagado, tener la serenidad de asistir a su creación. Este fotógrafo posee esa serenidad y la tuvo siempre, desde que era joven. A los veintiún años estuvo parado justo detrás de Bobby Kennedy en el momento en que le dispararon en la cabeza. Su casaca se manchó con la sangre de Kennedy, pero él saltó sobre una mesa y tomó fotos de los ojos abiertos y abatidos de Kennedy, y luego de Ethel Kennedy agachándose sobre su marido y rogando a los fotógrafos –rogándole a él– que no tomaran fotos.

Richard Drew nunca ha hecho algo así. Aunque ha conservado su casaca manchada con la sangre de Kennedy, nunca ha dejado de tomar una fotografía, nunca ha desviado su mirada. Trabaja para la agencia de noticias Associated Press. Es periodista. No depende de él rechazar las imágenes que aparecen dentro de su encuadre porque uno nunca sabe cuándo se hace la historia hasta que uno la hace. Ni siquiera depende de él distinguir si un cuerpo está vivo o muerto, porque la cámara no se ocupa de tales distinciones y su negocio es fotografiar cuerpos, como todos los fotógrafos. De hecho, él estaba fotografiando cuerpos aquella mañana del 11 de setiembre de 2001. Por encargo de AP, Drew fotografiaba un desfile de modas de ropa de maternidad en Bryant Park, notable, según él, «porque desfilaban modelos realmente embarazadas». Tenía cincuenta y cuatro años. Usaba anteojos. Era de escasa cabellera, barba canosa y cabeza dura.

Durante toda una vida de tomar fotografías, Drew ha encontrado la manera de ser una persona de modales suaves y bruscos al mismo tiempo, paciente y muy, muy rápido. Ese día estaba haciendo lo que siempre hace en los desfiles de modas, delimitando su territorio, cuando un camarógrafo de la CNN con un audífono en el oído dijo que un avión se había estrellado contra la Torre Norte y el editor de Drew llamó a su celular. Él empacó su equipo en un bolso y se las ingenió para tomar el metro hacia el centro de la ciudad. Aunque todavía estaba en funcionamiento, Drew fue el único que lo utilizó. Se bajó en la estación Chambers Street y vio que ambas torres se habían convertido en chimeneas. Caminó hacia el oeste, donde las ambulancias se estaban reuniendo, porque los enfermeros «no suelen echarnos del lugar de los hechos». Luego escuchó los gritos ahogados de la gente. La gente en tierra lanzaba gritos ahogados porque algunas personas estaban saltando del edificio.

Empezó a tomar fotografías con su lente de doscientos milímetros. Estaba parado entre un policía y un asistente de emergencias, y siempre que uno de ellos gritaba «Allí viene otro», su cámara encontraba el cuerpo cayendo y lo seguía hacia abajo durante una secuencia de unas nueve a doce fotografías. Fotografió entre diez y quince de estas personas antes de escuchar el estruendo en la Torre Sur y presenciar su colapso a través de la exclusividad de su lente. Se vio atrapado en una ruina móvil, pero agarró una máscara de una ambulancia y fotografió la parte más alta de la Torre Norte mientras «explotaba como un hongo» y llovían escombros. Entonces descubrió que sí existe aquello de estar demasiado cerca y decidió que había completado sus obligaciones profesionales. Richard Drew se unió a la horda de cenicienta humanidad rumbo al norte y caminó hasta llegar a su oficina en Rockefeller Center.

No había terror ni confusión en la agencia Associated Press. En vez de eso se impuso la sensación de estar fabricando la historia. Aunque la oficina estaba tan abarrotada de gente como él la había visto siempre, también podía sentirse «la maravillosa calma que entra en juego cuando la gente realmente está inmersa en su trabajo». De modo que Drew hizo lo siguiente: insertó el disco de su cámara digital en su laptop y reconoció al instante lo que sólo su cámara había visto, algo icónico en el prolongado aniquilamiento de un hombre que cae. No tuvo que ver ninguna otra fotografía de la secuencia: no era necesario. «En la edición de fotos aprendes a buscar el encuadre», explica. «Tienes que reconocerlo. Esa foto saltaba de la pantalla sencillamente por su verticalidad y simetría. Tenía sencillamente esa apariencia». Envió la imagen al servidor de AP. A la mañana siguiente apareció en la página siete de The New York Times. Se publicó en cientos de periódicos en todo el país, en todo el mundo. El hombre dentro del encuadre, el hombre que cae, no estaba identificado.

***

Ellos empezaron a saltar poco después de que el primer avión se estrellara contra la Torre Norte, poco después de que empezara el incendio. Siguieron saltando hasta que la torre se derrumbó. Saltaban por las ventanas que ya estaban rotas y luego, más tarde, por las ventanas que ellos mismos rompían. Saltaban para escapar del humo y del fuego. Saltaban cuando los techos caían y los suelos colapsaban. Saltaban sólo para respirar una vez más antes de morir. Saltaban continuamente de los cuatro costados del edificio y de todos los pisos que estaban por encima y alrededor de la herida fatal del edificio. Saltaban de las oficinas de Marsh & McLennan, la compañía de seguros. De las oficinas de Cantor Fitzgerald, la compañía comercializadora de bonos. De Las Ventanas Sobre el Mundo, el restaurante ubicado en los pisos ciento seis y ciento siete, la cima. Durante más de una hora y media, las personas que se lanzaban fueron un torrente que manaba del edificio. Una después de otra, consecutivamente más que en masa, como si cada individuo necesitara ver a otro individuo saltando antes de reunir el coraje para saltar él mismo.

Una fotografía, tomada a la distancia, muestra a la gente saltando en una secuencia perfecta, como paracaidistas, formando un arco compuesto de tres personas cayendo en picada y distanciadas por el mismo espacio. De hecho, hubo historias sobre algunos que intentaron hacer paracaidismo antes de que la fuerza generada por su caída arrancara de sus manos las cortinas, los manteles, las telas desesperadamente unidas. Todos estaban obviamente vivos en su camino hacia abajo, y su camino hacia abajo duraba cerca de diez segundos. Todos estaban no sólo obviamente muertos a la hora de tocar el suelo, sino destrozados en cuerpo –aunque recemos para que no lo estuvieran en alma. Uno cayó sobre un bombero y lo mató. El cuerpo del bombero fue ungido por el sacerdote Mychal Judge, cuya propia muerte, tiempo después, fue tomada como ejemplo de martirio luego de que la foto –el cuadro redentor– de los bomberos cargando su cuerpo en medio de los escombros diera la vuelta al mundo.

Desde el principio, el espectáculo de la gente destinada a saltar desde los pisos más altos del World Trade Center se resistió a convertirse en un acto de redención. Esas personas fueron llamadas saltadores o los saltadores, como si representaran una nueva clase. La difícil prueba que cientos soportaron en el edificio y luego en el aire se convirtió también en una prueba para las miles de personas que los miraban desde el suelo. Nadie pudo acostumbrarse jamás: nadie que haya visto esas escenas habría querido verlas de nuevo, aunque muchos –por cierto– hayan vuelto a verlas. Cada saltador, sin importar cuántos hubiera, traía consigo horror fresco, provocaba pánico, era una prueba para el espíritu, asestaba un golpe definitivo. De cualquier forma, aquellas caídas a través del espacio eran espeluznantemente silenciosas. Los que gritaban eran aquellos que estaban en tierra.

Fue el panorama de los saltadores el que instó al alcalde Rudy Giuliani a decirle a su jefe policial: «Ahora estamos en aguas desconocidas». Fue el panorama de los saltadores el que instó a una mujer a gemir: «¡Dios, salva sus almas! ¡Están saltando! ¡Oh, por favor, Dios, salva sus almas!». Y fue, por último, el panorama de los saltadores el que proporcionó la medida correctiva para esos que insistían en decir que aquello que estaban presenciando era «como una película», pues era un final tan inimaginable como insoportable. Eran estadounidenses respondiendo al peor ataque terrorista de la historia del mundo con actos de heroísmo, con actos de sacrificio, con actos de generosidad, con actos de martirio y, por una terrible necesidad, con un prolongado acto (si estas palabras pueden ser aplicadas a un asesinato masivo) de un suicidio en masa.

La mayoría de periódicos estadounidenses publicó la fotografía que Richard Drew tomó del hombre que cae una sola vez. Diarios de todo el país, desde el Fort Worth Star-Telegram hasta el Memphis Commercial Appeal y The Denver Post, fueron forzados a defenderse contra los cargos que se les imputaba por explotar la muerte de un hombre, quitarle su dignidad, invadir su privacidad y convertir la tragedia en una pornografía de miradas lascivas. La mayoría de cartas de quejas señalaba lo obvio: alguna persona que viera la imagen podría saber de quién se trataba. Aun así, la fotografía de Drew se convirtió de inmediato en algo icónico y prohibido: el sujeto que caía no fue reconocido.

Un editor del Toronto Globe and Mail envió a un reportero llamado Peter Cheney a resolver el misterio. Al principio, Cheney se sintió abatido ante su tarea. Después de todo, la ciudad completa estaba empapelada con volantes mostrando los rostros de los desaparecidos, de los perdidos y de los muertos. Luego se afanó y envió la fotografía digital a una tienda que la hizo más clara y la mejoró. En ese momento empezó a surgir la información: él pensaba que era probable que no se tratara de un hombre negro, sino de una persona de piel oscura, posiblemente alguien de origen latino. Tenía una chiva. Y la camisa blanca que salía de sus pantalones negros no era una camisa, sino que parecía una especie de túnica, el tipo de casaquillas que usan los empleados de los restaurantes.

Las Ventanas Sobre el Mundo, ese restaurante ubicado en los pisos ciento seis y ciento siete de la Torre Norte, perdió a setenta y nueve empleados el 11 de setiembre, así como a noventa y un clientes [2]. Era muy probable que el hombre que cae estuviera entre ellos. ¿Pero cuál de todos podía ser? Después de comer, Cheney pasó una noche discutiendo el asunto con unos amigos, luego se despidió y caminó a través de Times Square: fue pasada la medianoche, ocho días después de los ataques. Los afiches de los desaparecidos todavía estaban por todas partes, pero Cheney logró concentrarse en uno que parecía surgir ante él: un afiche con el retrato de un hombre que trabajaba en Las Ventanas Sobre el Mundo de chef de pastelería, vestido con una túnica blanca, que usaba una chiva y era latino. Su nombre era Norberto Hernández. Vivía en Queens. Cheney llevó la impresión mejorada de la fotografía de Drew a la familia y se concentró en el hermano de Norberto Hernández, Tino, y en su hermana Milagros. Ellos dijeron que sí, que era Norberto.

Milagros había visto imágenes de gente saltando aquella terrible mañana, antes de que las estaciones de televisión dejaran de transmitir las escenas. Había visto que uno de los saltadores se distinguía por la gracia de su caída (por su parecido a un clavadista olímpico) y supuso que debía ser su hermano. Ahora lo vio y lo supo. Todo lo que quedaba por hacer era que Peter Cheney confirmara su identificación con la esposa de Norberto y sus tres hijas. Pero ellas no querían hablar con él, sobre todo después de que los restos de Norberto fueran encontrados e identificados por el sello de su ADN, un torso y un brazo. Entonces Cheney asistió al funeral. Llevó consigo la impresión de la fotografía de Drew y se la mostró a Jacqueline Hernández, la hija mayor de Norberto. Ella miró la foto brevemente, luego miró a Cheney y le ordenó que se marchara. Lo que recuerda que le dijo, en medio de su ira, de su ofendido dolor, fue: «Ese pedazo de mierda no es mi padre».

** *

La resistencia a la fotografía, a todas las fotografías, empezó de inmediato. Empezó en el suelo. Una madre susurraba a su distraído niño una mentira piadosa: «Quizá sean sólo pájaros, cariño». Bill Feehan, el segundo al mando del departamento de bomberos, capturó a un peatón que estaba filmando vistas panorámicas de los saltadores con su cámara de video, le exigió que la apagara y le espetó: «¿Es que no tiene ni un poco de decencia humana?». Luego él mismo murió cuando el edificio se vino abajo. En el día de la historia del mundo más fotografiado y grabado, las imágenes de gente saltando fueron las únicas que se convirtieron por consenso en tabú: las únicas imágenes sobre las cuales los estadounidenses se sentían orgullosos de desviar sus ojos. En todo el mundo la gente vio cómo surgía la corriente humana desde la cima de la Torre Norte, pero aquí, en Estados Unidos, lo vimos sólo hasta que las cadenas de televisión decidieron no permitir esas imágenes terribles, por respeto a las familias de aquellos que morían de manera tan pública.

La CNN mostró las imágenes en vivo, antes de que la gente que trabajaba en la sala de redacción supiera lo que estaba sucediendo. Pero luego, después de lo que Walter Isaacson (por entonces director de la sala de redacción de esa cadena) llama «discusiones agonizantes», sólo las mostraron cuando las personas de las imágenes aparecían borrosas y eran imposibles de identificar. Finalmente dejaron de mostrarlas del todo. Y así continuó. En 9/11, un documental extraído de una cinta de video filmada por los hermanos franceses Jules y Gedeon Naudet, los realizadores incluyeron un sampling acústico del estruendo, de las explosiones veloces que los saltadores hacían al momento del impacto, pero editaron y dejaron afuera lo más perturbador de aquellos sonidos: la extrema frecuencia con la que ocurrían. En Rudy, el docudrama protagonizado por James Woods en el papel del alcalde Giuliani, las imágenes de archivo de los saltadores fueron incluidas al principio, pero luego las retiraron. En Here is New York, una extensa exhibición de fotos del 11/9 seleccionadas del trabajo de fotógrafos tanto amateurs como profesionales, la sección titulada «Víctimas» presentaba una sola imagen de los saltadores tomada a una respetuosa distancia. Junto a ella, en la página web de Here is New York, un visitante hace el siguiente comentario: «Esta imagen es lo que me alegró de la censura (sic) en la interminable persecucióncobertura mediática». Más y más, los saltadores –y sus imágenes– fueron quedando relegados a la parte más débil de Internet, esos sitios web provocadores que también trafican con fotos de la autopsia de Nicole Brown Simpson [3] y la cinta de video de la ejecución de Daniel Pearl [4], donde es imposible mirar las imágenes sin tener sentimientos de vergüenza y culpa.

En una nación de voyeuristas, el deseo de enfrentar los aspectos más perturbadores de nuestro día más perturbador fue adscrito de alguna manera al voyeurismo, como si la experiencia de los saltadores fuera, en vez de la parte central del horror, algo tangencial, un espectáculo secundario que debería ser olvidado. Y no fue un espectáculo secundario. Los cálculos más respetados de gente que saltó hacia la muerte fueron preparados por The New York Times y USA Today. Ambas cifras difieren drásticamente. El Times, reconocidamente conservador, decidió contar sólo lo que sus reporteros vieron en las imágenes que recolectaron, y obtuvo la cifra de cincuenta personas. El USA Today, cuyos editores utilizaron historias de testigos y evidencia forense, además de lo que encontraron en video, llegó a la conclusión de que al menos doscientas personas murieron al saltar.

Ambos cálculos de pérdidas humanas son intolerables, pero si el número suministrado por USA Today es acertado, entonces entre el siete y ocho por ciento de aquellos que murieron en Nueva York el 11 de setiembre murieron saltando de los edificios. Esto significa que si consideramos sólo la Torre Norte, de donde proviene la vasta mayoría de saltadores, es probable que el promedio sea una de cada seis personas. Sin embargo, si llamamos al Medical Examiner’s Office de Nueva York para obtener sus propias cifras, no recibiremos una respuesta sino una admonición: «No nos gusta decir que saltaron. Ellos no saltaron. Nadie saltó. Fueron forzados hacia el exterior». Y si buscamos a través de Google con las palabras «¿Cuántos saltaron el 11/9?», caeremos en una especie de trampa, «Fuera. No hay saltadores aquí», en la que la carnada es la necesidad que tiene uno de saber: «Tengo al menos tres entradas en mi computadora que me muestran si alguien está investigando en Google cuántas personas saltaron del World Trade Center. Mi correo del 11 de setiembre hizo mención a ese terrible acontecimiento (sic), de modo que ahora cualquier pervertido que esté buscando eso recibirá el URL de mi página web. Estoy enojado. Lo intenté, pero no puedo encontrar ninguna razón para que alguien quisiera saber algo como eso. Lo que sea. Si es por eso que estás aquí, te fregaste. Ahora lárgate».

Eric Fischl no se largó. Tampoco se dio la vuelta ni desvió sus ojos hacia otro lado. Un año antes del 11 de setiembre había tomado fotografías de una modelo haciéndola rodar por el suelo en un estudio. Pensaba utilizar las imágenes como base para una escultura. Luego había perdido a un amigo que quedó atrapado en el piso 106 de la Torre Norte. Y ahora, mientras trabajaba en su escultura, buscaba la manera de expresar los puntos extremos de sus sentimientos con un monumento a lo que él llama «los puntos extremos de elección» que tuvieron que afrontar las personas que saltaron. Trabajó nueve meses en una escultura de bronce más- grande que- la-vida a la que llamó Tumbling Woman [5], y al transformar a una mujer rodando por el piso en una mujer que rueda a través de la eternidad, logró transfigurar el horror local de los saltadores en algo universal. Logró redimir una imagen considerada irredimible.

Es posible que Tumbling Woman haya sido la imagen redentora del 11/9. Sin embargo, no sólo generó resistencia, sino que fue rechazada. El día en que se exhibió en el Rockefeller Center de Nueva York, Andrea Peyser, del New York Post, la denunció en una columna titulada «Vergonzoso ataque del arte», en la que argüía que Fischl no tenía ningún derecho a sorprender a los neoyorquinos con la destilación de sus tristezas. Argumentaba, en esencia, el derecho a mirar hacia otro lado. Ya que fue basada en una modelo que rodaba por el suelo, la estatua fue tratada como una evocación del impacto, un retrato de violencia literal más que figurativa. «Estaba intentando decir algo sobre lo que todos sentimos», explica Fischl, «pero la gente pensó que yo buscaba quitarles algo que sólo ellos poseían. La gente pensó que yo estaba intentando decir algo sobre las personas que sólo ellos han perdido». Esa imagen no es mi padre. Usted ni siquiera conoce a mi padre. ¿Cómo se atreve a tratar de decirme lo que siento por mi padre? Fischl tuvo que pedir disculpas. «Sentí vergüenza de haber contribuido a intensificar el dolor de alguien». Pero nada importó. Jerry Speyer, un miembro del directorio del Museo de Arte Moderno que dirige el Rockefeller Center, puso fin a la exposición de Tumbling Woman después de una semana. «Le rogué que no lo hiciera», cuenta Fischl. «Yo pensaba que si podíamos mantener la exhibición, emergerían otras voces y saldríamos airosos. Él me dijo: “No lo entiendes. Estoy recibiendo amenazas de bombas”. Le respondí: “La gente que ha perdido a sus seres queridos por el terrorismo no va a bombardear a nadie”. Pero él replicó: “No puedo correr el riesgo”». Y ahí quedó todo.

***

Las fotografías mienten. Incluso las grandes fotografías. Sobre todo las grandes fotografías. El hombre que cae en la imagen de Richard Drew cayó como lo sugería la foto sólo durante una fracción de segundo. Luego siguió cayendo. La fotografía funcionó como un estudio de la verticalidad perdida, una fantasía de líneas rectas con una figura humana que se astillaba en el centro como una púa. Sin embargo, el hombre que cae cayó en realidad sin la precisión de una flecha ni la gracia de un clavadista olímpico. Cayó como el resto, como todos los demás saltadores: tratando de aferrarse a la vida que estaban dejando. Es decir, cayó de forma desesperada, sin elegancia alguna. En la famosa fotografía de Drew, su humanidad concuerda con las líneas de los edificios. En el resto de la secuencia, otras once tomas, su humanidad es una cosa aparte. El hombre no está engrandecido por la estética. Es simplemente un ser humano, y esa humanidad, asustada y en algunos casos en posición horizontal, destruye cualquier otra cosa de ese encuadre.

En la secuencia completa de las fotos, la verdad está subordinada a los hechos que emergen despacio, sin piedad, cuadro por cuadro. En esa secuencia, el hombre que cae muestra su rostro a la cámara en dos cuadros anteriores al que fue publicado, y después de eso hay un develamiento, casi un descascaramiento, como si la fuerza generada por la caída le desgarrase de la espalda su casaquilla blanca. Los hechos que aparecen en la secuencia completa sugieren que Peter Cheney, el reportero del Toronto Globe and Mail, tenía razón en algunos aspectos relacionados con sus esfuerzos por resolver el misterio presentado por la foto publicada de Drew.

El hombre que cae tiene la piel oscura y una chiva. Probablemente se trata de un empleado del servicio de comidas. Parece desgarbado, con la largura y delgadez de su rostro, a manera de un Cristo medieval, posiblemente acentuadas por el empuje del viento y la fuerza de la gravedad. Pero setenta y nueve personas murieron la mañana del 11 de setiembre cuando fueron a trabajar a Las Ventanas Sobre el Mundo. Otras veintiuna murieron mientras trabajaban en Forte Food, un servicio de catering que servía comida a los negociantes de Cantor Fitzgerald. Muchos de los muertos eran latinos y hombres negros de piel ligeramente clara, hindúes o árabes. Muchos tenían pelo oscuro y corto. Muchos tenían bigotes y chivas.

De hecho, a cualquiera que intente imaginar la identidad del hombre que cae, las pocas características que pueden discernirse de las series originales de fotos le generan tantas posibilidades como las que excluyen. Existe, sin embargo, un hecho decisivo. Quienquiera que sea el hombre que cae llevaba una camiseta de color naranja brillante debajo de su camisa blanca. Es ese hecho indiscutible el que revela la fuerza brutal de la caída. Nadie puede saber si la túnica o la camisa, abierta por la parte posterior, está saliéndose de su cuerpo por la fuerza, o si la caída sencillamente está desgarrando la tela y haciéndola pedazos. Pero cualquiera puede notar que lleva una camiseta naranja. Si vieran estas fotografías, los miembros de su familia podrían comprobar que llevaba una camiseta naranja. Podrían recordar incluso si tenía una camiseta naranja, si era el tipo de persona que usaría una camiseta naranja o si usaba una aquella mañana. Seguramente lo sabrían. De seguro alguien podría recordar qué llevaba puesto cuando fue a trabajar esa última mañana de su vida.

Pero ahora el hombre que cae está cayendo a través de algo más que el puro cielo azul. Está cayendo a través de los vastos espacios de la memoria y está tomando velocidad. Neil Levin, director ejecutivo del Port Authority de Nueva York y Nueva Jersey, desayunó en Las Ventanas Sobre el Mundo de la Torre Norte del World Trade Center la mañana del 11 de setiembre. Nunca volvió a su casa. Su esposa, Christie Ferer, no habla de nada relacionado con su muerte. Ella trabaja para el intendente de Nueva York como enlace entre las oficinas del municipio y las familias del 11/9. Y ha volcado en su trabajo toda la energía provocada por un dolor que, antes del primer aniversario del ataque, la hizo visitar a ejecutivos de televisión para pedir que en las emisiones conmemorativas no fuesen a utilizar las escenas más perturbadoras, incluyendo las de los saltadores. También es amiga cercana de Eric Fischl, tal como lo era su marido, de modo que cuando el artista se lo pidió, ella consintió echar un vistazo a la escultura Tumbling Woman. Según sus palabras, la escultura le «revolvió las entrañas», pero sintió que Fischl tenía el derecho de crearla y exhibirla.

Ahora Christie Ferer ha llegado a la conclusión de que la controversia podría haber sido cuestión de tiempo. Quizá fuese demasiado temprano para mostrar algo como aquello. Después de todo, antes de que su esposo muriera, ella había viajado con él a Auschwitz, donde se exhiben rumas de anteojos confiscados y de dientes extraídos en los campos de concentración nazi. «Hoy se pueden mostrar esas cosas –dice– porque aquello ocurrió hace mucho tiempo. Por entonces no hubieran podido mostrar algo así». Sin embargo, sí lo hicieron. Al menos en formato fotográfico, las imágenes de los campos de la muerte en Europa fueron tratadas como actos esenciales de atestiguamiento, sin una consideración especial a las sensibilidades de las personas que aparecían en ellas o de las familias sobrevivientes de los muertos. Fueron mostradas como las fotografías de Richard Drew del recién asesinado Robert Kennedy. Como las fotografías de Ethel Kennedy rogando a los fotógrafos que no tomaran fotos.

Fueron mostradas también como las fotografías de la niña vietnamita corriendo desnuda después del ataque con napalm. Como las fotos del sacerdote Mychal Judge, gráfica e inconfundiblemente muerto, y aceptadas como una suerte de testamento. Fueron mostradas como todo lo que es mostrado, porque al igual que la lente de una cámara, la Historia es una fuerza que no discrimina a nadie. Lo que distingue a las imágenes de los saltadores de las otras que se tomaron antes es que a nosotros –los estadounidenses– se nos pide discriminar en nombre de ellos. Lo que distingue a estas fotos en términos históricos es que nosotros –como patriotas de este país– nos hemos puesto de acuerdo para no mirar dichas imágenes. Docenas, veintenas, quizá cientos de personas murieron saltando de un edificio en llamas, y nosotros hemos asumido sus muertes como indignas de tener testigos.

***

Catherine Hernández nunca vio la fotografía que el reportero llevaba bajo el brazo en el funeral de su padre. Tampoco lo hizo su madre, Eulogia. Su hermana Jacqueline sí lo hizo, y su indignación aseguró que el reportero tuviera que marcharse –quizá fue expulsado– antes de causar más daño. Pero la imagen ha seguido a Catherine y a Eulogia y al resto de la familia Hernández. Para Norberto Hernández no había nada más importante que la familia. Su lema era: «Juntos para siempre». Pero los Hernández ya no están juntos. La fotografía los separó. Aquellas personas que supieron desde el principio que la imagen no correspondía a Norberto –su esposa y sus hijas– se han alejado de otras que contemplaron la posibilidad de que se tratara de él, para beneficio del cuaderno de notas de un reportero. Cuando Norberto vivía, toda su familia, más allá de su esposa y sus hijas, vivía en el mismo vecindario de Queens. Ahora Eulogia y sus hijas se han mudado a una casa en Long Island porque Tatiana, que tiene dieciséis años y se parece a Norberto (cara ancha, cejas oscuras, labios gruesos y oscuros, ligeramente sonrientes), sigue teniendo visiones de su padre en la casa y escuchando en un susurro las insinuaciones de que murió saltando desde una ventana.

–Él no pudo haber muerto saltando desde una ventana.

En todo el mundo, la gente que leyó la historia de Peter Cheney cree que Norberto Hernández murió saltando desde una ventana. La gente ha escrito poemas sobre Norberto saltando desde una ventana. La gente ha llamado a los Hernández y les ha ofrecido dinero, ya sea como caridad o como el pago por una entrevista, porque leyó sobre Norberto saltando desde una ventana. Pero él no pudo haber saltado desde una ventana, eso lo sabe su familia, porque él no hubiera saltado desde una ventana: papi no. «Él estaba intentando volver a casa», comentó Catherine una mañana, en una sala decorada esencialmente con retratos enmarcados de su padre.

–Él estaba tratando de volver a casa con nosotras, y sabía que no lo lograría saltando desde una ventana.

Catherine es una chica encantadora, de piel oscura, ojos marrones, veintidós años, vestida con una camiseta, una sudadera y sandalias. Está sentada en un sofá al lado de su madre, que tiene la piel color caramelo, el pelo cobrizo y tirado hacia atrás, y lleva un vestido de algodón que tiene el color del cielo. Eulogia habla la mitad del tiempo en resuelto inglés, y luego, cuando se frustra con el nivel de las revelaciones, lanza palabras en español disparadas rápidamente al oído de su hija, que traduce: «Mi madre dice que ella sabe que cuando él murió estaba pensando en nosotras. Dice que pudo verlo pensando en nosotras. Sé que suena absurdo, pero ella lo conocía muy bien. Ellos estuvieron juntos desde los quince años». El Norberto Hernández que Eulogia conocía habría soportado cualquier dolor en lugar de saltar desde una ventana. Y cuando murió el Norberto Hernández que ella conocía, sus ojos quedaron fijos en lo que él vio en su corazón: los rostros de su esposa y de sus hijas, y no en la terrible belleza de un cielo vacío.

¿Cuán bien lo conocía, Eulogia? «Yo lo vestía», dice la mujer en inglés, mientras una sonrisa aparece en su rostro al mismo tiempo que una brillante capa de lágrimas. «Todas las mañanas. Recuerdo aquella mañana. Llevaba calzoncillos Old Navy verdes. Tenía medias negras. Tenía un pantalón azul, jeans. Tenía un reloj Casio. Tenía una camisa Old Navy. Azul. A cuadros». ¿Qué usaba cuando ella lo llevó a la estación de metro, como siempre hacía, y lo vio despedirse con la mano mientras desaparecía escaleras abajo? «Él se cambiaba de ropa en el restaurante», dice Catherine, quien trabajaba con su padre en Las Ventanas del Mundo. «Era chef de pastelería, de modo que usaba pantalones blancos o pantalones de chef, usted sabe, blanco y negro a cuadros. Usaba una casaquilla blanca. Debajo tenía que usar una camisa blanca». ¿Y qué tal una camiseta naranja? «No», dice Eulogia. «Mi marido no tenía camisetas naranjas». Hay fotografías. Hay fotografías del hombre que cae mientras caía. ¿Las quieren ver?

Catherine responde que no a nombre de su madre: «Mi madre no debería verlas». Pero luego, cuando sale y se sienta en las gradas del portal delantero, dice: «Por favor, muéstremelas. Apúrese. Antes de que venga mi madre». Cuando mira la secuencia de las doce imágenes deja escapar un llamado ahogado a su madre, pero Eulogia ya está mirando por encima de los hombros de su hija, estirando sus manos hacia las fotografías. Las mira, una después de otra, y luego su rostro queda fijo en una expresión de triunfo y desprecio. «Ése no es mi marido», dice, devolviendo las fotografías. «¿Lo ve? Sólo yo conozco a Norberto». Vuelve a agarrar las fotografías y entonces, después de estudiarlas, sacude su cabeza con un gesto vehemente y definitivo. «El hombre de estas imágenes es un hombre negro». La mujer pide copias de las fotografías para mostrárselas a la gente que cree que Norberto saltó desde una ventana, mientras Catherine sigue sentada en las gradas, con la palma de su mano extendida delante de su corazón.

–Decían que mi padre iría al infierno por haber saltado –dice–. En Internet. Decían que se llevarían a mi padre al infierno, junto con el diablo. No sé lo que hubiera hecho si hubiera sido él. Creo que hubiera sufrido un ataque de nervios. Me hubieran encontrado en alguna institución para enfermos mentales, en algún lugar.

Su madre está de pie en la puerta de enfrente, a punto de entrar en la casa de nuevo. Su rostro ha perdido el beligerante orgullo y se ha convertido otra vez en una máscara de tristeza serena, melancólica.

–Por favor –dice mientras cierra la puerta en una soleada mañana–. Por favor, limpie el nombre de mi marido.

***

Un teléfono suena en Connecticut. Contesta una mujer. Un hombre al otro lado de la línea busca identificar una foto que apareció en The New York Times el 12 de setiembre del 2001. «Dígame cómo es la foto», dice ella. Es una foto famosa, responde el hombre, la famosa foto de un hombre que cae. «¿Es la que llaman la zambullida del cisne en rotten.com?», pregunta la mujer. Podría ser, dice el hombre. «Sí, podría tratarse de mi hijo», dice la mujer. Ella perdió a sus dos hijos el 11 de setiembre. Ambos trabajaban para Cantor Fitzgerald, en la oficina de acciones comunes. Trabajaban espalda con espalda. No, dice el hombre en el teléfono, el hombre de la fotografía es probablemente un empleado de un restaurante. Lleva una casaquilla blanca. Está de cabeza. «Entonces no es mi hijo», dice ella. «Mi hijo tenía una camisa negra y pantalones caquis». Ella sabe lo que su hijo llevaba puesto por su voluntad de saber lo que había sucedido con sus hijos aquel día. Por su determinación de buscar y mirar.

Pero no empezó con esa determinación en absoluto. Ella dejó de leer el periódico después del 11 de setiembre, dejó de ver televisión. Hasta que en Año Nuevo agarró una copia de The New York Times y vio, en una recopilación de fin de año, una fotografía de los empleados de Cantor Fitzgerald apiñándose al filo del precipicio formado por un edificio agonizante. De modo que llamó al fotógrafo y le pidió agrandar y aclarar la imagen. Le exigió hacerlo. Y entonces supo, y supo tanto como era posible saber. Sus dos hijos están en la foto. Uno estaba parado en la ventana, casi con descaro. El otro estaba sentado en el interior. Ella no necesita decir lo que pudo haber pasado luego. «A lo que me aferro es a que mis dos hijos estaban juntos», dice mientras unas lágrimas instantáneas hacen que su voz se alce una octava. «Pero a veces me pregunto cuándo lo supieron. Se ven desconcertados, inseguros, están asustados. ¿Pero cuándo lo supieron? ¿Cuándo llegó el momento en que perdieron las esperanzas? Quizá todo haya sucedido muy rápido». El hombre del teléfono no le pregunta si ella piensa que sus hijos saltaron. Él no tiene que poner las cosas en claro y, de todos modos, ella ya le ha dado una respuesta.

Los Hernández consideraban la decisión de saltar como una traición al amor y como esa condenación al infierno de la que acusaban a Norberto. La mujer de Connecticut considera la decisión de saltar como la pérdida de la esperanza, como una carencia con la que nosotros, los seres vivientes, tenemos que vivir. Ella opta por afrontar los hechos buscando, mirando, tratando de saber qué pudo haber sucedido, realizando una pesquisa bajo la forma de un testigo privado. Ella podría haber optado por quedarse con los ojos cerrados. De modo que ahora el hombre del teléfono le hace la pregunta por la cual la llamó en primer lugar: ¿Cree que usted ha tomado la decisión correcta?

–Tomé la única decisión que podía tomar –responde la mujer–. Nunca podría haber elegido no saber.

Catherine Hernández creyó reconocer al hombre que cae apenas vio la serie de fotografías, pero no pronunció su nombre. «Él tenía una hermana que ese día estuvo a su lado –dice–, y él le dijo a su madre que la cuidaría. Jamás la hubiera dejado sola saltando». Ella explica, sin embargo, que el hombre era hindú, de modo que era fácil imaginar que su nombre fuera Sean Singh. Pero Sean era demasiado pequeño para ser el hombre que cae. Estaba completamente rasurado. Trabajaba en Las Ventanas del Mundo en el departamento de audiovisuales, de modo que probablemente estaría usando camisa y corbata en vez de una casaquilla de chef. Ninguno de los otros empleados de Las Ventanas Sobre el Mundo que fueron entrevistados antes pensaba que el hombre que cae pudiera parecerse a Sean Singh en lo más mínimo.

–Además, él tenía una hermana. Él jamás la hubiera dejado sola.

Un gerente de Las Ventanas Sobre el Mundo miró las fotografías una vez y dijo que el hombre que cae era Wilder Gómez. Luego, unos días después, las estudió con mayor detenimiento y cambió de parecer. No era su pelo. No era su ropa. No era su tipo de cuerpo. Lo mismo sucedió con Charlie Mauro. Lo mismo con Junior Jiménez. Junior trabajaba en la cocina y habría llevado puestos pantalones a cuadros. Charlie Mauro trabajaba en el área de suministros y no tenía por qué usar una casaquilla blanca. Además, Charlie era un hombre muy grande. El hombre que cae parece bastante corpulento en la foto publicada de Richard Drew, pero su figura es casi alargada en el resto de la secuencia. Los demás empleados de la cocina, como el propio Norberto Hernández, fueron eliminados considerando su vestimenta. Los mozos de banquetes podrían haber estado vestidos de blanco y negro, pero nadie recuerda a ningún mozo de banquete que se pareciera al hombre que cae.

***

Forte Food era la otra compañía que brindaba servicios de comida y que perdió gente el 11 de setiembre de 2001. Pero todos sus empleados hombres trabajaban en la cocina, lo que significa que usaban pantalones a cuadros o blancos. Y nadie hubiera podido usar una camiseta naranja debajo de la casaquilla blanca. Pero alguien que solía trabajar para Forte Food recuerda a un hombre que solía aparecer por allí, llevando comida para los ejecutivos de Cantor. Un hombre negro. Alto, con bigote y una chiva. Usaba una casaquilla de chef, abierta, con una camiseta de color llamativo debajo.

Nadie en Cantor recuerda haber visto a alguien así.

Por supuesto, la única manera de descubrir la identidad del hombre que cae es llamar a las familias de cualquiera que hubiera podido ser el hombre que cae y preguntarles lo que sabían de sus hijos o de sus maridos o de sus padres el último día que estuvieron en esta tierra. Preguntarles si alguno de ellos fue a trabajar con una camiseta naranja. ¿Pero deberían hacerse esas llamadas? ¿Deberían hacerse esas preguntas? ¿Añadirían sólo dolor a la angustia que ya aquejaba a aquellas personas? ¿Serían preguntas consideradas como un insulto a la memoria del muerto, tal como la familia Hernández consideró la imputación de que Norberto Hernández era el hombre que cae? ¿O serían consideradas como un paso hacia algún acto de testigo redentor?

Jonathan Briley trabajaba en Las Ventanas Sobre el Mundo. Algunos de sus colegas, al ver las fotografías de Richard Drew, pensaron que podría tratarse del hombre que cae. Era un hombre de piel ligeramente negra. Medía más de un metro noventa y cinco. Tenía cuarenta y tres años. Tenía bigotes, una chiva y pelo muy corto. Tenía una esposa llamada Hillary. El padre de Jonathan Briley es predicador, un hombre que ha dedicado toda su vida al servicio de Dios. Después del 11 de setiembre, reunió a su familia para pedirle al Señor que le dijera dónde estaba su hijo. Se lo exigió y utilizó estas palabras: «Señor, exijo saber dónde está mi hijo». Durante tres horas seguidas oró con su voz profunda, hasta terminar de gastarse la gracia que había acumulado durante toda una vida con la insistencia de su petición.

Al día siguiente, el FBI lo llamó. Habían encontrado el cuerpo de su hijo. Estaba milagrosamente intacto.

El hijo menor del predicador, Thimothy, fue a identificar a su hermano. Lo reconoció por sus zapatos: un par de zapatillas negras. Thimothy le sacó una y se la llevó a casa y la guardó en el garaje, como una suerte de conmemoración. Thimothy sabía todo sobre el hombre que cae. Era policía en Mount Vernon, Nueva York, y la semana después de que su hermano murió, alguien había dejado un periódico del 12 de setiembre abierto en el vestuario. Vio la fotografía del hombre que cae y, con rabia, se rehusó a volver a mirarla. Pero no pudo tirarla. Al contrario, la guardó en la parte inferior de su casillero. Allí, al igual que la zapatilla negra en el garaje, se convirtió en un objeto permanente.

La hermana de Jonathan, Gwendolyn, también sabía acerca del hombre que cae. Ella había visto la fotografía el día en que la publicaron. Ella sabía que Jonathan tenía asma, y en medio del humo y el calor habría hecho cualquier cosa por respirar. Ambos, tanto Thimothy como Gwendolyn, sabían qué usaba casi siempre Jonathan cuando iba a trabajar. Usaba una camisa blanca y pantalones negros, junto con las zapatillas negras. Thimothy también sabía lo que Jonathan solía llevar debajo de su camisa: una camiseta naranja. Jonathan Briley usaba esa camiseta naranja para ir a cualquier sitio. Usaba esa camiseta naranja todo el tiempo. La usaba tan a menudo que Thimothy solía burlarse de su hermano: ¿Cuándo te librarás de esa camiseta naranja, flaco?

Pero cuando Thimothy identificó el cuerpo de su hermano, no pudo reconocer su ropa, a excepción de sus zapatillas negras. Y cuando Jonathan Briley fue a trabajar aquella mañana del 11 de setiembre de 2001, salió de casa temprano y se despidió de su esposa mientras ella todavía dormía. Ella nunca vio la ropa que llevaba puesta. Después de enterarse de que su marido estaba muerto, empacó sus cosas, se libró de ellas y nunca hizo un inventario de los artículos específicos que podrían haber faltado. ¿Será Jonathan Briley el hombre que cae? Podría serlo. Pero quizá no saltó desde la ventana como una traición al amor o porque perdió la esperanza. Quizá saltó para cumplir con los términos de un milagro. Quizá saltó para acercarse a su familia. Quizá no saltó en absoluto, porque nadie puede saltar a los brazos de Dios.

Sí, Jonathan Briley podría ser el hombre que cae. Pero la única certeza que tenemos es la que teníamos al empezar la búsqueda: quince minutos después de las 9:41 a.m. del 11 de setiembre de 2001, un fotógrafo llamado Richard Drew tomó una fotografía de un hombre cayendo a través del cielo, cayendo a través del tiempo y del espacio. La imagen dio la vuelta al mundo y luego desapareció, como si hubiéramos renunciado a ella. Una de las fotografías más famosas de la historia de la humanidad se convirtió en una tumba sin nombre, y el hombre enterrado dentro del encuadre, el hombre que cae, se convirtió en el Soldado Desconocido de una guerra cuyo final no hemos visto todavía. La foto de Richard Drew es todo lo que sabemos de él y, sin embargo, todo lo que sabemos de él se convierte en una medida de lo que sabemos sobre nosotros mismos. La fotografía es su cenotafio y, como todos los monumentos dedicados a la memoria de los soldados desconocidos en todas partes, nos pide que la miremos y hagamos un simple reconocimiento.

Es decir, que hemos sabido todo el tiempo quién es el hombre que cae.