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A sus setenta y nueve años, Gay Talese, el mayor cronista vivo de Estados Unidos, quería ir a una corrida de toros. Tras una hora en la plaza de Las Ventas de Madrid, después de ver matar a cinco animales, a un torero con un muslo ensangrentado y a otro lanzarse de cabeza por detrás de la barrera del ruedo perseguido por una bestia de cuatrocientos kilos, su esposa aprovechó el descanso previo al último toro de la tarde para decirme algo en voz baja. «Gay pregunta si ya nos podemos ir». Él estaba de pie a su lado, listo para huir lo antes posible. Tenía puesto su sombrero panamá de color camel y se había metido bajo el brazo un periódico que había tomado prestado del bar de su hotel. Pero un toro más salió al ruedo, los veinte mil espectadores de la plaza volvieron a callarse, y Talese tuvo que sentarse otra vez sobre su almohadilla de plástico. Diez minutos más tarde acabó la función. En el camino de salida, Talese, vestido con unos mocasines y un traje a medida como del siglo pasado, miró de nuevo al ruedo. Un carro de caballos arrastraba hacia fuera el cadáver del sexto toro que dejaba un rastro de sangre en la arena. «¿Ahora lo cortarán en pedazos?», preguntó. Dijo que aquello le recordaba a Floyd Patterson, un excampeón de los pesos pesados que le había contado que no se sentía capaz de odiar a sus rivales. «Los toros me han dado lástima, como cuando Liston o Ali le pegaban a él aquellas palizas». Al maestro de los cronistas del detalle, el mundo de la tauromaquia —que había excitado el pincel de Picasso y la máquina de escribir de Hemingway— sólo le provocó la duda de un carnicero y el recuerdo de un boxeador al que no le gustaba dar golpes.

De niño, Talese fue un estudiante mediocre. «Yo era bueno en una cosa para la que no había calificación —dijo en otra entrevista—: la curiosidad». Como todos los niños, se distraía en la escuela centrando su atención en objetos menores, como una tiza o un borrador, o mirando a la joven sustituta de la maestra de Composición en inglés. En su adolescencia, espiaba a las parejas que se juntaban de noche al borde del mar de su pueblo, Ocean City, y el sacerdote de su parroquia pronosticó que el futuro autor de La mujer de tu prójimo, un libro sobre la liberación sexual de los setenta que Talese documentaría dirigiendo en persona una casa de masajes, sería un degenerado. En la escuela secundaria, escribió en un semanario de su pueblo sobre las derrotas de los equipos de fútbol y béisbol de su colegio. En la universidad escribió una historia sobre un estudiante de más de dos metros y diez centímetros que se negaba a hacer una prueba con el equipo de baloncesto porque prefería podar árboles, y también sobre un anciano que atendía los casilleros del equipo de fútbol y al que los jugadores le pasaban la mano por la cabeza antes de salir al campo para que les diese buena suerte. Cuando trabajaba en The New York Times publicó ‘Don Malas Noticias’, un perfil dedicado a Alden Whitman, un hombre tímido y bajito que escribía con anticipación necrologías de personajes públicos y que vivía pendiente de que estos muriesen para poder publicarlas. En aquel tiempo persiguió gatos callejeros por Nueva York para clasificarlos según sus costumbres como salvajes, bohemios o gatos de media jornada en tiendas y restaurantes. Una tarde de 1999, mientras hacía zapping en el sofá del salón de su casa, se encontró con la final del mundial de fútbol femenino entre China y Estados Unidos, y vio a una defensora del equipo asiático fallar un penalti decisivo. Le intrigó tanto saber si lloraría en el vestuario o si sus compañeras la consolarían o la dejarían sola, qué le diría su familia al regresar a Pekín y cómo la recibirían los burócratas del deporte chino, que Talese se pasó seis meses buscándola para contar cómo era la vida de una futbolista china después de un fracaso. Cuando visitó Madrid, en 2011, llevaba buen tiempo con su curiosidad ocupada en un asunto misterioso: un reportaje para entender sus cincuenta años de matrimonio.

El día antes de ir a los toros, un domingo por la tarde, Nan Talese, su esposa, la prestigiosa editora de Doubleday,  quiso conocer el Museo del Prado. Había una cola tan larga para entrar, que ella y su marido decidieron postergarlo. Al lado del museo estaba el jardín del hotel Ritz y merendaron allí. Mientras hablábamos en la mesa, Gay Talese me preguntó: «Dime, cuando sales a cenar con una chica, ¿tú pagas la cuenta?». Dos horas antes, sentado en una butaca dorada de la suite de su hotel, me había preguntado: «¿Vives solo en Madrid?», «¿Cómo te pagas el alquiler del piso si no tienes un sueldo fijo?». Tenía las piernas cruzadas, y de cuando en cuando elevaba la punta de uno de sus zapatos de piel, fabricados por un artesano ruso de Brooklyn. «¿Eres hijo único?», «¿Tu hermano es mayor o menor que tú?». En un reportaje se describía cómo Talese acudía a ver La Traviata, de Verdi, al Metropolitan Opera de Nueva York y en un entreacto le presentaban a un banquero al que de inmediato comenzó a preguntarle por su matrimonio. Quería saber cuándo conoció a su mujer, cuánto tiempo llevaba casado, por qué ella no estaba con él en la ópera, hasta si seguían siendo felices. El caballero que quería entender su matrimonio deseaba saber todo de aquel desconocido.

Talese es un maestro de la curiosidad por el detalle, y a veces esta curiosidad se confunde con la indiscreción. Su incontenible atracción por la intimidad le permitió enterarse de que la esposa del mafioso Bill Bonanno dejaba la ropa limpia de su marido a los pies de la cama para no tocar la cómoda donde él guardaba sus cosas, y de que vivía tan amargada por no tenerlo nunca a su lado, que llegó a tener celos de su suegro, el viejo y reservado capo de la familia; o que el beisbolista Joe DiMaggio seguía enamorado de Marilyn Monroe tres años después de su muerte. Talese pregunta a la gente lo que en apariencia a nadie le importa sólo para descubrir lo que no sabíamos que nos importaba tanto, esas claves triviales que definen a las personas. Luego las revela y el efecto es vernos descubiertos en un espejo. El chismoso se entera para contarlo; Gay Talese, para entenderlo. Es un dandi inquisitivo que creció como voyeur detrás de los mostradores de la sastrería de sus padres, donde su madre atendía tardes enteras a señoras enguantadas de blanco para quienes la tienda era también un diván.

La minuciosa insistencia de Talese en conocer rasgos sencillos de las personas recuerda al laborioso y melancólico oficio del sastre, practicado por varias generaciones de su familia en el sur de Italia y que su padre intentó contagiarle sin éxito, pese a la admiración que le provocaba verlo trabajar. «Él hacía cada traje puntada a puntada, sin usar máquina de coser, porque quería sentir la aguja en sus dedos mientras penetraba en una pieza de seda o lana y se movía a la velocidad de un gusano a lo largo de la costura de un hombro o una manga», recuerda Talese en Vida de un escritor. El hijo no quiso ser sastre, pero ha elegido tardar años en acumular detalles y escenas para reportar y escribir cada uno de sus libros. De su padre heredó la persistencia en el detalle; de su madre, la capacidad de escuchar. En sus comienzos en The New York Times, Talese se fijaba en los libros que llevaban sus compañeros mayores cuando subían por el ascensor del periódico y espiaba a oídas las discusiones sobre esos libros cuando iba a su cafetería. Es un hombre de orejas bien abiertas que no ve los restaurantes como sitios para disfrutar de la comida, sino como «cámaras de resonancia» donde puede captar conversaciones ajenas. Este señor elegante al que le nacen ímpetus inquisitivos ante cualquier desconocido es un venerador de las más disimuladas y azarosas formas populares de la intromisión. «Entre los hombres mejor informados de Nueva York están los ascensoristas, que rara vez conversan porque siempre están a la escucha; igual que los porteros», nos recuerda en Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas. Gay Talese es, ante todo, un hombre atento.

Esa tarde de domingo, al final de la merienda en el Ritz, él y su mujer se detuvieron otra vez delante del Museo del Prado. Talese se sorprendió al ver un cartel que anunciaba una exposición de José de Ribera, el pintor español del siglo XVII autor de La mujer barbuda. «Era de Nápoles», me dijo el italoamericano. «¿Podemos entrar?». Visitó la sala de Ribera con la impaciencia de un niño obligado a seguir a sus padres por los templos turísticos de una vieja capital europea. Al cabo de veinte minutos de recorrido, una vez satisfecho su compromiso sentimental de ver la obra de un pintor que imaginaba que había nacido en Nápoles, cerca de la región de origen de su familia, y en el momento en que su esposa admiraba la sala de los pintores flamencos, el gran observador de la vida de las personas sintió que ya había visto suficiente historia del arte. «Okey —nos dijo—, ¿ya nos podemos ir?». Talese caminó a paso ligero hacia el tráfico del Paseo del Prado, y Nan se quedó dos metros rezagada. Él buscaba un taxi y se dio cuenta de que no la tenía a su lado. Sin siquiera darse la vuelta para verla, estiró un brazo hacia atrás y abrió la palma de su mano.

Al día siguiente, mientras bajaba las escaleras huyendo de la plaza de toros, a Gay Talese lo invitaron a ver las fotos de las celebridades que han pasado por Las Ventas. Se detuvo a mirar los retratos de Ava Gardner, el Che Guevara, Orson Welles y Sofía Loren achicando sus ojos como un calibrador de diamantes. Gay Talese ha descrito los dedos de Frank Sinatra, que «eran nudosos y despellejados, y los meñiques sobresalían, tan tiesos por la artritis que a duras penas los podía doblar»; la obsesión del actor irlandés Peter O’Toole por ciertos calcetines, «únicamente usa medias verdes, hasta con un esmoquin»; la coquetería de Fidel Castro, «el cuidado que se pone a sí mismo puede medirse desde las uñas arregladas hasta sus botas de puntera cuadrada, que no tienen raspaduras y brillan suavemente». Es un elegante que se entromete en el atuendo de los demás. En la suite de su hotel, me preguntó si en mi casa tenía una chaqueta, una corbata y una camisa. «Pareces un niño que vende fruta en la calle», me dijo. Su padre era el único italiano de Ocean City que usaba traje y corbata, y desde niño Gay Talese también vestía de traje. De haber sido un portero en Nueva York, él habría tenido algo de los «porteros del lado este», a quienes describió orgullosos como un noble, y otra parte de los «porteros de hotel», especialistas en recordar apellidos y evaluar la calidad de equipajes de cuero. «Tú te sientes cómodo con lo específico y yo con lo brumoso», le dijo su mujer en un reportaje de la revista New York dedicado a su matrimonio.

Antes de que Talese saliera de la plaza de toros, le presentaron a un crítico taurino. Después de saludarlo se quedó mirándolo. Era un español de unos setenta años, moreno y con bigote, que vestía una camisa y unos jeans corrientes. «¿Han visto sus zapatillas?», preguntó de repente, mirando el calzado que llevaba. «¡Miradlas, son las más brillantes de todas!». Durante dos días Gay Talese había paseado por Madrid por primera vez en su vida. Había visitado uno de los museos de arte antiguo más memorables del mundo. Había sido espectador de una corrida de toros con peligro, emoción y sangre. Hasta ese momento del viaje, el caballero de la curiosidad no nos había pedido que nos fijáramos en nada. Lo hipnotizó el fulgor de las zapatillas de un crítico taurino.

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Los enanitos toreros

Publicado: 4 diciembre 2009 en Alberto Salcedo Ramos
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Hugo Martínez —39 años, 118 centímetros— bebe un nuevo buche de cerveza y empieza a enumerar las ventajas de los enanos: no se descalabran con los travesaños de las puertas, ni sufren cuando se agachan y, como si fuera poco, se libran de toparse cara a cara con Dennis Rodman, ese tipo tan feo.

Sus compañeros de juerga, enanos como él, largan la risotada. Uno de ellos le golpea la cabeza con la palma de la mano, otro lo empuja, los demás le piden que no les embrome la vida. Todos lucen achispados, felices. Martínez, a gusto en su papel picaresco, levanta las nalgas y las menea en forma chistosa. Después continúa su función.

Cuando se presenta un asesinato —dice—, un enano jamás es el primer sospechoso, así se encuentre al lado del cadáver con una pistola humeante en la mano. Además, como sus ojos están cerca del suelo, tiene muchas posibilidades de descubrir, al lado de una alcantarilla, aquel extraviado billete de 20 mil pesos que los seres normales no pudieron ver por andar englobados en las alturas.

Larry Plazas —16 años, 120 centímetros— le pide a Martínez que suspenda las payasadas, porque ya le duele el estómago de tanto reírse. Martínez lo amonesta con una mirada severa que, evidentemente, es fingida. Sonríe, le pellizca la mejilla. Luego se tambalea como borracho y dice que aún no ha mencionado la ventaja más grande de todas. En este punto se dirige a mí y me advierte que yo no lograría, ni en sueños, un momento de placer con Jennifer López. Lo máximo que conseguiría, si la viera, sería un autógrafo, o comprobar que soy más alto que ella.

—En cambio yo, papá —exclama, con el rostro súbitamente enrojecido—, si me pongo junto a ella, le doy por el culo.

Sus secuaces vuelven a reír de un modo estridente. Uno de ellos opina que Hugo tiene tanta gracia que debería llamarse Chris Rock. Hugo, siempre chusco, le responde que está pensando en ir a una notaría para reemplazar su apellido Martínez por Norrea. Entonces todos comienzan a gritar en coro:

— ¡Hugo Norrea!

— ¡Hugo Norrea!

— ¡Hu—Gonororrea!

— ¡Hu—Gonorrea!

La escena tiene lugar en Mariquita, Tolima, un sábado por la tarde. Faltan tres horas para que los ocho enanos toreros del grupo El Gran Tin Tin comiencen su actuación. Así que mientras llega el momento definitivo, la cuadrilla aprovecha para dejarse caer unas cuantas cervezas entre pecho y espalda. El más sediento es Víctor Prieto —30 años, 135 centímetros—, quien le pide a Hugo, con un gesto teatral, que deje “la hijueputa vulgaridad”.

—Marica, recuerde que a mí me llaman ‘Vulgarcito’ —le contesta Hugo, antes de volver a empinarse la botella de cerveza.

Todos siguen riendo a carcajadas en el patio de la señora Elinor Elles, dueña de la cantina de mayor tradición en el pueblo.

***

¿Por qué lanzar al ruedo a los enanos, precisamente a los enanos, le pregunto a Ezequiel Vargas, dueño de El Gran Tin Tin. Estamos sentados en la sala de su casa, ubicada en la urbanización Arborizadora Baja, en el sur de Bogotá. Son las nueve de la mañana de un viernes cualquiera. Nos acompañan Jorge Ricaurte —26 años, 117 centímetros— y Serafín Zapata 35 años, 127 centímetros—, los dos enanos que viven con Vargas, más conocido en el ambiente taurino con el remoquete de ‘el Curro’.

Vargas se pone a la defensiva y dice que no inventó el toreo bufo, una actividad más vieja que él. Lo que quiero saber, aclaro, es por qué se presume que una gavilla de novilleros diminutos resulta cómica. ¿Será porque nos parece risible el contraste entre su fragilidad y la dureza que se le atribuye a la tauromaquia? ¿O porque los necesitamos como chivos expiatorios de nuestra barbarie? ¿O porque suponemos que las anomalías ajenas son divertidas? Vargas admite que los toreros enanos generan un placer retorcido: la gente se ríe de sus desplantes caricaturescos, claro, pero también disfruta viéndolos arriesgar el pellejo frente a los cachos de un becerro. Noto que, como en el antiguo circo, el gozo es consecuencia del sacrificio. O, por lo menos, del peligro. Alguien debe inmolarse de vez en cuando para que la puñetera vida de todos los días tenga sentido. Es algo que está en la naturaleza de los seres humanos, qué le vamos a hacer. Bien dice el escritor Henry Stein que cuando un niño se planta en el baño mientras su padre se afeita, no es porque considere que ese ritual insulso valga la pena, sino porque abriga la esperanza de que el adulto se desbarate la cara con la cuchilla. Porque lo cierto es que el hombre invoca mucho los mandamientos cristianos, pero a la hora de la verdad le importa un pepino la suerte del prójimo. En el caso que nos ocupa —concluyo— los espectadores no solo festejan la faena jocosa de los protagonistas, sino el hecho de que los enanos sean otros y no ellos.

Vargas se niega a cuestionar las motivaciones del público. Pero en cambio se siente obligado a defender su espectáculo hasta las últimas consecuencias. En principio están las razones económicas. Los enanos que no desafían la cornamenta de una vaca, los que no se contorsionan de manera estrafalaria sobre la barra de un bar, los que no se desnudan en las fiestas de despedida de solteros, los que no actúan como hazmerreír de ferias, son un cero a la izquierda, un yerbajo del rosal. Excluidos del mercado laboral, deben resignarse a ejercer, a ratos, oficios no calificados. Sus estudios son precarios, en parte por discriminación y en parte por la ignorancia de ciertos padres, que consideran una pérdida de tiempo darles educación. Ni siquiera cuentan, literalmente, como ciudadanos rasos, ya que los censos de población los desdeñan. La Asociación de Pequeños Gigantes de Colombia, creada hace tan solo dos años, estima que en este país de 43 millones de habitantes, hay unos siete mil enanos.

¿Cuál es el destino de esos enanos, se pregunta ‘el Curro’, dándose una palmada vehemente sobre la rodilla derecha. Para responder el interrogante, dice, nada mejor que recordar qué hacían y cuánto ganaban los miembros de su elenco cuando él los conoció. Jorge Ricaurte repartía hojas volantes para promocionar un negocio de brujería en el centro de Bogotá. Devengaba 12 mil pesos diarios. Ángel Leal —20 años, 115 centímetros— era vendedor ambulante de juguetes en las calles del sector 20 de Julio. En los días mejores no ganaba más de 10 mil pesos. Víctor Prieto se levantaba a las tres de la madrugada para ir al mercado de Corabastos a desgranar 100 libras de arveja, por la módica suma de 18 mil pesos. Javier Martínez —26 años, 125 centímetros— era blanco de la Policía, por andar traficando con discos compactos piratas. Su patrón, un mercachifle de cuello blanco, apenas le pagaba 10 mil pesos. Larry Plazas estaba sin empleo.

Hoy, como colaboradores de El Gran Tin Tin, reciben honorarios que oscilan entre los 60 mil y los 250 mil pesos por cada velada. Y cuentan con seguridad social porque están afiliados a la Unión de Toreros de Colombia. Cuando peor les va, hacen unas diez funciones al mes, pero durante las temporadas altas esta cifra se duplica. Para los enanos toreros —insiste ‘el Curro’—, los dividendos son palpables. Hugo Martínez, por ejemplo, vive en España seis meses al año, durante los cuales recorre las principales fiestas de su género en ese país. Con los ahorros de sus reiteradas expediciones, ha logrado construir su casa, ladrillo sobre ladrillo, en el barrio La Victoria, en el sur de Bogotá. Javier Martínez es el sostén de su familia, pues sus hermanos normales están desempleados. Laureano Páez —55 años, 135 centímetros— ha viajado por una docena de países. Y Víctor Prieto le ha regalado un techo a su madre, con lo cual consiguió, de paso, apartarla por fin de su marido alcohólico.

Jorge y Serafín, que habían permanecido callados durante todo este tiempo, dicen que los beneficios van mucho más allá de lo material. Incluyen también, según ellos, el respeto de la gente.

***

Dos horas antes de llegar a la plaza, los toreros del grupo salieron a recorrer Mariquita. El propósito era promocionar la corrida, atraer una mayor cantidad de público. Los enfiestados habitantes, en efecto, los vitoreaban y les abrían calle de honor, los recibían con carcajadas. Un solo enano es motivo suficiente para la curiosidad, pero ocho enanos juntos repartiendo adioses desde una camioneta sin carpa son ya el colmo de la rareza, el principio de la comedia. Inevitable preguntarse quiénes son, de dónde salieron, cuándo llegaron y para dónde van, cómo se conocieron y qué diablos se proponen, todas esas inquietudes que nadie se plantea frente a un tropel de personas comunes y corrientes. Los seres humanos son capaces de alquilar balcón para apreciar mejor los defectos de sus semejantes. Nada le produce al hombre tanto morbo y tanta hilaridad como la anormalidad de otro hombre. Por eso el circo es el escenario natural para burlarse del prójimo. Y para deshacerse de él entregándoselo a los leones. O a las vaquillas encrespadas como la que a esta hora, siete de la noche, acaba de saltar al ruedo. Se trata de un animal berrendo de carrera impetuosa, que en menos de un minuto se estrella dos veces contra la cerca.

Ángel le saca dos muletazos. Larry le ofrece el capote a la distancia, pero no se le enfrenta. Hugo le muestra la lengua desde el burladero. De pronto, la becerra embiste a Serafín y lo arrastra un par de metros. El público se agita: aplaude, chilla, se carcajea. La cuadrilla auxilia a Serafín y este se levanta del piso y se sacude las nalgas. Luego hace una voltereta en el aire.

Un rato después, la vaquilla pierde el último brío que le queda y jadea perezosamente recostada contra la valla. Pero en seguida agacha la cabeza y resopla con fuerza, hurga la tierra con las pezuñas delanteras, parece envalentonarse en un segundo aire. La amenaza se queda en el puro aspaviento, porque está claro que ningún poder de este mundo moverá a ese animal del punto donde se ha afincado. Entonces, los pequeños toreros se abalanzan en manada contra la novilla. Unos la jalan por el rabo, otros la trincan por los cachos, los demás se le cuelgan en el pescuezo y en el lomo. El público ruge, el animador se exalta. La vaca cae al suelo, dominada por los hombrecillos que están hincados en ella como sanguijuelas. En las graderías estalla una salva de aplausos.

Al final de la jornada, ya en el camerino, los enanos conversan sobre las cuatro horas de viaje terrestre que les esperan a continuación, para regresar a Bogotá esta misma noche. Dormirán muy poco, dicen, porque mañana temprano partirán hacia Yopal. Después vendrá un nuevo destino, y luego otro, y así. Luis Alberto Ballén, el conductor de la buseta que los transporta, estima que en el año 2006 han recorrido unos 10 mil kilómetros.

—Esa fue la vida que elegimos— señala, Serafín, alzando el pecho de manera solemne.

Todos están con los torsos desnudos y en calzoncillos bóxer. De repente, Hugo agarra una daga para cortar un hilo que se le salió a su chaqueta verde. Entonces me mira con sorna y lanza otra de sus bromas.

—Huy, hermano, no se me ponga tan cerca. Recuerde que no hay nada más peligroso que un enano con navaja. Los compañeros, como siempre, sueltan la risotada.

***

Irónicamente, Serafín y Jorge no alcanzan el timbre de la casa donde viven, la de ‘el Curro’. Cuando llegan de la calle, deben silbar fuerte para que les abran la puerta. Si los de adentro tienen la lavadora encendida o están oyendo música, no perciben la señal. En ese caso, a Serafín y a Jorge les toca acudir a la ayuda de cualquier transeúnte que les haga el favor de presionar el timbre.

Pese a los beneficios graciosos que menciona Hugo, ellos saben que no son, precisamente, tipos que anden por ahí tocando el cielo con las manos. La literatura rosa los ha idealizado bastante, personificándolos, a menudo, como débiles capaces del heroísmo más increíble. Pero este mundo no es Liliput, donde las criaturas minúsculas pueden sojuzgar a los gigantes como Gulliver. Y esta vida no es una quimera en la que a David se le permita derrotar a Goliat. La realidad prosaica de todos los días es que el pez grande se sigue comiendo al chico, que los vendavales se ensañan con los arbustos más enclenques.

A eso se refieren ahora Serafín y Jorge, mientras visitamos a Víctor en Corabastos. En un día como hoy, me explican, cuando no tienen compromisos con El Gran Tin Tin, cada quien aprovecha el tiempo a su manera. Víctor continúa madrugando a desgranar sus arvejas.

Lo que abunda en la cotidianidad —recalcan los tres compadres— son las desventajas: el estribo demasiado elevado del autobús, la silla alta del bar que les oprime el corazón, la curiosidad abrumadora de la gente. Para ellos todas las manzanas del árbol son remotas, prohibidas. Y las mujeres, inaccesibles. En este punto Jorge comenta que hace poco se separó de su esposa, Dayra Bulla, que mide 1,76. La humanidad produce a diario toneladas de esquelas románticas para justificarse en medio de la tormenta, pero alguien debería empezar a hablar de los amores que naufragan por los centímetros de más y por los centímetros de menos.

Para sobreponerse al mundo cabrón que les tocó en suerte, es que torean. Todos han recibido cornadas feroces, cierto, pero ese es el precio que deben pagar para demostrar que son capaces de derribar al novillo temible. Y para que todas las plazas de toros del mundo sean Liliput, ese país justo en el que los enanos pueden someter al más gigante.

Las bolas no cuentan

Publicado: 1 marzo 2009 en Martín Caparrós
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Caía la noche sobre una tarde de bochorno y Candela me decía por tercera vez que el joputa, el auténtico joputa era el tonto de Hemingway. Alrededor flotaba un humo pesado de cigarros y gritos que eran suspiros excesivos: olés, exhalaciones desmayadas. Allá abajo, en la arena, un bruto cuerpo negro arremetia contra un cuerpito envuelto en sedas:

–Tonto pero joputa, que te lo digo yo.

Candela era dos labios de pecado y una boca de carretero enfermo. Todo junto bajo los ojos verdes más almendrados que había visto en mi vida –y que incluso, por momentos, me miraban. Candela era morena como sólo puede ser morena una andaluza. Me resultaba tan difícil concentrarme en lo que estaba sucediendo allá abajo, en el ruedo, pero Candela no tenía piedad:

–El muy gilipollas se creyó que los toros eran una cuestión de huevos. Y lo peor es que se lo hizo creer a millones de personas. Huevos…

Repitió. Repetía huevos y al final, ya llegando a la o, sus labios se juntaban adelante en trompita triunfal y silbaba la ese. No era fácil pensar en otras letras.

–Huevos…

Repetía.

–Los huevos, si acaso, sirven para la tortilla que te comes después de la corrida. Pero nada más. Con los toros no tienen ná que ver.

***

Fue mi primera tarde de toros, hace bastante años, y Candela se empeñaba en explicarme todo. Yo sólo quería lo inexplicable pero nunca llegaba. No terminaba de entenderla: hacía semanas que la deseaba en todo tipo de escenarios, cines, bares, museos, un concierto de Phil Woods, dos restoranes chinos; ella seguía favoreciendo los encuentros y los cerraba siempre igual:

–Bueno, a ver cuándo volvemos a vemos. Me gusta mucho estar contigo.

Y una mirada fría que congelaba todo intento. Después, aquella tarde, me invitó a los toros: yo no estaba en condiciones de negarme a nada. El primer toro me cogió, en verdad, desprevenido: no conseguí mirarlo ni un poquito. Candela tenía una falda de crepe muy larga y vaporosa, traslúcida sobre sus piernas como el mundo. Pero al segundo toro la empecé a mirar menos y me interesó lo que veía allá abajo: un hombre vestido con un traje de luces verde y oro, un poco gordo, mechón de pelo blanco y maneras cansinas hacía bailar un toro con lentitud de sueño. Era un hombre mayor, sin la defensa de su físico: puro saber, deseo de la belleza. El hombre no tenía cuerpo para dominar al cuerpo negro, lanzado a cincuenta kilómetros por hora, que le rondaba alrededor: tenía sabiduría. Cada uno de sus movimientos era exacto, preciso: ni un gesto innecesario. El arte es no hacer nada de más, recuerdo haber pensado: que cada movimiento tenga su sentido en un sin sentido que se justifica a sí mismo. El hombre viejo sabía, bailaba la más extraña danza, circunspecta, y hacía que el cuerpo negro dibujara, involuntario, una preciosa geometría.

–Es el maestro Antoñete. Es lo mejor que nos puede pasar a ti y a mí esta tarde.

Me dijo Candela y me quedé enganchado. Yo no lo sabía, pero esa tarde me quedé enganchado. En ese tiempo yo vivía en Madrid; poco después saqué un abono para la plaza de Las Ventas, la más seria del mundo, y, por muchos años, no me perdí ni una tarde de toros.

***

La Argentina tiene una clara tradición taurina: la tilinguería de pensar que “está mal”. Le viene, más que nada, de Sarmiento, que prohibió las corridas porque le sonaban demasiado españolas y lo español, se sabe, le sonaba árabe y lo árabe, precursor, le sonaba muy bárbaro y lo bárbaro, contradictor, no le parecía bárbaro viste. Así que desde 1870 renunciamos a ser un país de toros para convertimos en el país de las vacas, y así nos va. Antes sí hubo corridas: durante toda la Colonia eran el centro de cada celebración y había, por supuesto, una bonita plaza en el predio de Retiro: vengativos, los primeros argentinos obligaron a los españoles prisioneros de guerra a trabajar forzados en su demolición, hacia 1817.

Así que las únicas corridas que nos quedaron fueron las bancarias. Y ese aire de superioridad con el que solemos decir que estamos en contra de la fiesta de toros porque pobre animalito –como si viviéramos a sorgo y margaritas. Y la tontería con la que argumentamos que el torero tiene más posibilidades que el toro, que no es fair. Por supuesto no es: la corrida no es un deporte; es un espectáculo, que no trata de producir competencias, victorias y derrotas, sino algo mucho más modesto: la belleza.

–Los que se oponen a la fiesta de toros so pretexto de cuidar a los toros no se dan cuenta de que esos toros sólo existen porque hay corridas.

Me dijo alguna vez un gran escritor taurino, Joaquín Vidal, a quien citó Cortázar en Un tal Lucas para mostrar cómo puede ser de incomprensible el castellano.

–Criar toros de lidia es carísimo y la raza no sirve para nada: no da buena carne, no trabaja, no nada.

Sólo sirve para echarla a la plaza y que la faene el matador. Si no fuera por eso, ya hace siglos que se habría extinguido.

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Los mayores antitaurinos suelen ser franceses. Los españoles contraatacan con el ejemplo del foie gras: no está claro por qué, les dicen, sería más cruel matar a un toro en una plaza que mantener a un ganso entubado durante meses para atiborrarlo de comida, producirle cirrosis y, así, comer uno de los grandes manjares de este mundo. Pero además, dicen, la corrida es el mejor destino para un toro. Un vacuno macho bebé hispano nace y se enfrenta a tres opciones: o se pasa doce meses engordando a piensos compensados para que lo electrocuten en mataderos sucios y lo conviertan en chuletas, o le cortan los huevos genitales cojoneros y lo ponen a tirar de un arado veinte años sin retiro voluntario, o lo sueltan en un campo de encinas para que se pase cuatro años saltando y retozando, haciéndose grande fuerte y hermoso para exhibirse, por fin, una tarde de sol, en una plaza donde lo matan ante la admiración de mucha gente. Yo sé qué elegiría.

***

Rojos vuelan y vuelan amarillos. Alguien supondrá que todo esto es una lucha de colores: los vivos contra el negro, los rojos y amarillos de las capas, verdes y azules y blancos y brillos del torero contra el negro del toro donde avanza, poco a poco, el rojo. Alguien supondrá que todo esto es un ballet sin orden ni concierto, vuelos y revoleos y, sin embargo, pocas cosas más rituales que una tarde de toros.

Una corrida es un rito complejo con partes muy precisas. Cada tarde tres toreros torean dos toros cada uno: “seis magníficos toros seis”, suelen decir los carteles; lo que hace cada torero con cada toro se llama una “faena”. Y cada faena está dividida a su vez en tres tercios.

El primero es el tercio de varas: el toro sale al ruedo, el torero lo recibe con su capa rosa y amarilla y le da unos pases con muchos vuelos de la tela: verónicas, chicuelinas, delantales. Es, quizás, la imagen más clásica del toreo y fue, durante siglos, lo más importante. El toreo empezó a caballo: era una diversión de nobles que ‘alanceaban’ toros, los cazaban desde sus monturas en el campo. Cuando empezaron a hacerlo en las ciudades, en la misma época en que fundaron Buenos Aires, los señores necesitaron la ayuda de sus peones que les encarrilaran los toros en la plaza mayor a golpes de capote. Los peones, es obvio, trabajaban a pie: de su tarea subsidiaria, completamente deslucida, viene el toreo moderno.

Ahora los capotazos le sirven al torero para ir viendo cómo embiste el animal: para empezar a conocerlo. Toda la faena es un largo proceso de conocimiento mutuo, donde el hombre tiene que estar seguro de conocer más rápido, saber cómo es el toro para poder engañarlo con el paño: si el toro le descubre el engaño –si es uno de esos toros “que saben latín”–, la bestia dejará de ir al trapo y buscará su cuerpo. Si el hombre no lo entiende veloz no logrará domarlo: una faena es el combate en el que el hombre debe someter al toro, enseñarle a cumplir con las órdenes que le da con cada pase de su paño.

Después, todavía en el primer tercio, el picador, sobre un caballo muy acorazado, deja que el toro lo embista y lo hiere en el cuello con una lanza larga –la vara–, para hacerle bajar la cabeza y perder fuerzas. El picador es lo que queda de aquellos caballeros casi medievales. Y es necesario: un toro es un animal espeluznante, de 600 kilos de músculos y movilidad: si estuviera en plena forma, ningún hombre podría enfrentarlo y salir vivo.

***

–Era un joputa tonto, nunca entendió nada.

Me insistía Candela aquella tarde pero ya nada de eso le importaba: estaba arrobada, tránsida, y yo muerto de celos.

–Has visto lo que es eso, lo que está haciendo ese hombre. ¿Has visto, joder, la belleza perfecta?

Lástima que yo, entonces, no sabía: Candela se habría quedado encandilada si le hubiera contado lo que me contó muchos años después Antoñete, el torero que la estaba encandilando, sobre el tonto joputa:

–La verdadera historia es que el Hemingway llegó aquí a España antes de la guerra, y se enamoró del Niño de la Palma, un torero importante de entonces: enamorado perdido estaba, pobrecillo. Y el otro era un castizo que no le hizo ni caso. Pasó la guerra española, lo echaron de aquí, y cuando volvió, veinte años después, se fue a Pamplona y descubrió al hijo del Niño de la Palma, que era Antonio Ordóñez, y allí se enamoró otra vez, del hijo, y fue cuando escribió aquel libro, Verano sangriento, sobre Ordóñez… Pero no entendía nada. De toros, nada. Si acaso, de toreros.

***

El segundo tercio es el de banderillas: en él, los ayudantes del torero los peones, aquellos subalternos casi medievales banderillean al toro, le pinchan el lomo, para excitarlo. Los buenos banderilleros juegan con sus toros danzas increíbles. Y cuando el animal ya tiene sus tres pares de banderillas, el matador pide permiso para matarlo.

Entonces llega el gran momento: el tercio de muleta, o de la muerte, o de la verdad. Son los diez minutos culminantes de cada faena. El torero, solo en la arena, con una franela roja y chica en la mano, tiene que hacer pasar al toro alrededor de su cintura las veces suficientes para crear la belleza esperada y, ya queda dicho, para enseñarle a seguir sus engaños y, por lo tanto, poder estoquearlo cuando llegue el momento. Cada pase tiene su ortodoxia, sus modos y maneras, sus variaciones según el ejecutor: es un juego de geometrías, movimientos que se hacen lentos en la medida en que el torero los maneja, majestuosos si está en una buena tarde. Es el momento que hizo que tantos se engañaran y creyeran que el toreo era cuestión de huevos, que importaba de un torero su coraje, cuando lo básico es su arte: su poder de dibujar destellos en el aire, movimientos precisos de su cuerpo, líneas sobre la arena trazadas por una bestia espeluznante. El toreo cuando es bueno, es sobre todo un hecho estético, la danza inverosímil entre un hombrecito y una bestia parda. La belleza donde no puede estar.

Esa otra vez, muchos años después de aquella tarde, Antoñete me contaría que él pasaba miedo antes de salir al ruedo pero que después ya nada de eso importa: que por esos minutos sería capaz de entregar todo:

–Son minutos, no dura mucho, pero son de una intensidad tremenda. Cuando el toro es regular estás muy en tensión, sabes que te puede coger y tienes que hacer por evitarlo. Y cuando tienes un toro bueno, pues… Cuando le has dado unos pases buenos y ves al público puesto en pie aplaudiendo, si ahí te dicen mira te doy tanto dinero, lo que quieras, si me cambias el sitio, no habría caso. Ahí no te cambias por nadie. No te importa nada, nada. Una sensación de poder absoluto. Cuando te das la vuelta y ves esa plaza volcada contigo, la emoción es que te ahoga. Allí te tienes que sujetar, porque te gustaría pegar saltos, festejar, pero tienes que comportarte como lo que eres, el torero, y aguantarte, y no expresar la alegría esa loca que te da.

–He oído a toreros diciendo que era una relación casi sexual lo que tenían con el animal en ese punto.

–No. Hay algunos que dicen que es sexual. Yo no, lo mío es cariño puro. Cuando ya te sale bueno sientes un enorme cariño por él: toro bonito, toro guapo, le hablas al toro. Yo le digo esas cosas; son tonterías, pero las sientes en ese momento. Venga toro bonito, toro guapo, embiste. Cositas. Piropos. El toro tiene que saber que tú lo estás queriendo. Ojalá Candela lo hubiese escuchado. Aquella tarde, sin duda, era una de esas tardes. Delirábamos todos.

***

En la faena el hombre debe someter al toro, enseñarle a cumplir con las órdenes que le da con cada pase de su paño. Después el matador –se llama matador de toros– tiene que estoquear a su toro. Es el momento culminante: donde el torero, para enterrar la espada, abandona toda defensa y se la juega a cara o cruz. Si mata bien a la primera estocada –sin necesidad de intentar otras o una espada especial llamada descabello– el torero va a recibir un premio. Son simbólicos: si su faena fue muy buena el público pide, agitando sus pañuelos, que el presidente le dé una oreja del toro; si fue extraordinaria, las dos. Es una rara mezcla de democracia –el público pide– y autoridad –el presidente– decide. Y, si pasó algo fuera de todo lo común, el público entusiasmado le gritará Torero, torero: es la única profesión que conozco donde llaman al profesional profesional, es el mejor elogio imaginable.

Pasaron los años: varios sin saber nada de Candela. Mi insistencia no había dado frutos y hasta yo puedo entender algunos límites, algunas veces: no la vi nunca más –y sólo la recordaba muy de tanto en tanto, como un dolor ligero, como el amago de una mueca que no haría. Había pasado años y tantas otras cosas; esa tarde de mayo, en la plaza de Madrid, era de dioses: hacía mucho que no se veía allí tan buen toreo. Yo había aprendido y ahora podía disfrutarlo de verdad. El maestro Antoñete estaba en su apogeo, y veinte mil desaforados arañaban el éxtasis. Muchos gritaban los olés de rigor, bastantes se agarraban la cabeza, más de cuatro lloraban, uno tiró su chaqueta hacia a la arena. A mi lado, un viejo andaluz estaba al borde del soponcio y repetía una frase, bajito, como una letanía:

El matador tiene que estoquear a su toro. Para enterrar la espada abandona toda defensa y se la juega a cara o cruz.

–Esto no se pué ver. Esto no se pué ver. Es que esto no se pué ver…

Decía, con fatalismo raro. Hasta que realmente no pudo más, se dio vuelta y dejó de mirar: no sabía soportar tanta belleza. En el ruedo, el maestro Antoñete completaba su obra. Más tarde, cuando pude volver a pensar, me di cuenta de que nunca había visto un homenaje mayor: un espectador que, llegado el momento, dejó de mirar el espectáculo porque era demasiado. Como quien mira al sol y se enceguece.

Yo seguía mirando, y entonces la vi, de pie, entusiasmada, cinco o seis filas más abajo. Esa mujer destacaba imponente, el pelo negro despenolado que le caía en cascadas, una mantilla bordada sobre camiseta minimalista blanca, las ancas desbancando un jean bien ajustado.

Tardé unos segundos en ver que era Candela. Yo las voy de moderno, pero me impresionó con qué furia besaba a su pareja: se morreaban con un descaro espléndido. Estaban muy afuera, muy lejos, desdén olímpico del mundo. Si quieren les digo que me quedé más tranquilo, casi reconciliado: Candela, bajo el sol de la plaza, era lenguas y babas con una rubia medio tosca, alemanota, demasiado robusta. No fue por mí, pensé, era cosa del género. Mal de muchos, pensé, y volví a gritar olé.

Ninguno de los veinte niños reunidos esta mañana ha sentido el placer de matar. Todavía no. Pero es seguro que pronto, en algunos años, varios de ellos verán con placer a sus adversarios tendidos sobre un charco de sangre. Para eso se entrenan y obedecen a su instructor. Son aprendices de toreros y como tales aún no están en condiciones de tener una víctima. Ser adultos y poder perseguir un animal y matarlo con arte y recibir aplausos por ello es todo lo que desean por ahora. Hoy es un sábado de noviembre en el ruedo de Nimes, en el sur de Francia. Uno de los estudiantes de la Escuela de Tauromaquia de la ciudad, que funciona en este lugar, se inclina mientras deja caer a un costado la capa; luego se adelanta con los brazos y sortea la embestida de unos cuernos de mentira. Da un giro leve, adelanta la pierna derecha y vuelve a alzar en vuelo el paño rosado con el que esquiva a otro niño que embiste como un toro enfurecido. El sol graba un instante dorado en las gradas semivacías de la plaza, mientras los niños y adolescentes de entre siete y veinte años practican el toreo de salón, una imitación del arte taurino que consiste en torear sin un toro. En matar de mentira. Al menos por ahora.

El instructor alza la voz y le ordena al aprendiz de torero que se quede quieto, sin levantar los pies del ruedo. Antes le ha pedido que cambie el paño rosado (capote) por una muleta, ese palo de madera unido a una tela roja que se despliega por el aire creando la forma de un corazón. Todo el secreto se encuentra allí –explica el instructor–: en el arte de provocar al toro y guiarlo sólo con la muleta, logrando que éste pase de largo, como una ráfaga filosa que sólo debe rozar el abdomen. El aprendiz se llama Steven Lenfant, tiene once años y está inmóvil como una estatua de mármol. Su muleta dibuja un agujero de sombra en la tierra cuando Thomas Ubeda, un compañero de siete años, se acerca dando zancadas como una pulga, mientras sostiene un par de cuernos entre los puños. En el ruedo hay otras ocho parejas que practican, alternativamente, a ser el toro y el torero. En lo alto de las gradas, durante tres horas, algunos padres observan una y otra vez la representación. Son sólo una muestra escasa del público que en el futuro podría estar aplaudiendo a rabiar el espectáculo de verdad. Cuando sus hijos, por fin, puedan llamarse matadores.

Ahora los alumnos se toman un descanso. Thomas, el aprendiz que hacía de toro hace un rato, apoya los cuernos en la arena y acomoda sus gafas antes de salir corriendo a abrazar a su padre. Es flacucho, se parece al mago Harry Potter y se hace llamar El niño de la plaza. Su padre le acaricia los hombros y cuenta que a los cuatro años Thomas ya se interesaba en los toros. Ahora tiene unos espléndidos trajes de luces que le cose su abuela. ¿Qué es lo que le puede atraer a un niño de las corridas de toros? La respuesta de Thomas es un simple no sé. Le cuesta explicarse.

Steven Lenfant, el compañero de once años que hacía de torero, está a unos metros acomodando el capote sobre la barrera que separa las gradas de la arena.

–A mí me encantan los toros –dice–, su bravura, su coraje.

–¿No te da un poco de pena que haya que matarlos? –le pregunto.

–No, porque no me pasa a mí. No soy el toro, y no me da pena porque nosotros también recibimos cornazos.

Ha dicho nosotros. Nosotros los toreros, claro. Steven parece un niño con prisa por ser mayor, y ya demuestra esa indiferencia profesional ante la suerte del toro. Como si se le preguntara si le mortifica aplastar a una mosca. ¿Es que alguien se pregunta si es correcto matar un insecto? En todo caso, Steven se hace llamar Angelito. Fue su hermana quien, a su pedido, lo ayudó en la búsqueda de un apodo español. La creatividad de los toreros para inventarse apodos es una tradición que viene de lejos. Este hábito –según escribió el ex matador y periodista taurino, André Viard– se debe al universo familiar y cercano en el que se vivía antes de la globalización. Entonces, era sencillo identificar a las personas con sobrenombres que hacían referencia a sus cualidades físicas, lugar de nacimiento u oficios. En el siglo XVIII los toreros comenzaron a hacerse llamar de modos tan divertidos como ridículos. Cagancho, Lagartijo, Frascuelo, Perrucho o Cara ancha son ejemplos del empeño teatral de la fiesta. Una corrida de toros es un espectáculo: hay un escenario, un torero con seudónimo llamativo, un público que aplaude o calla para aprobar o desaprobar la función y, por supuesto, está la burbuja de fama que envuelve a las celebridades, cada vez más precoces. De todo ese sistema, los aprendices de esta escuela apenas tienen el sobrenombre, que es como empezar a poseer esa versión adulta de sí mismos.

Fin del recreo. Thierry Vau, el instructor, se dirige al centro de la arena y ésa es la señal para que comience un ballet monótono y repetitivo. Otra vez los alumnos conforman parejas; uno es el toro, otro el torero. Sin toros ni becerros ni vaquillonas de verdad el entrenamiento es de un aburrimiento atroz. Para un espectador profano, los movimientos de estos dúos infantiles son como los aleteos de los pájaros bebé, que intentan aprender a volar por cuenta propia. El instructor Vau tiene el cabello graso que cae a los costados de su rostro como una letra V invertida, lleva lentes, camiseta verde y un pantalón deportivo. Para los más pequeños, me explica en el centro del ruedo, las clases se tratan de un juego. El talento, dice, se ve en la prestancia, el porte; y luego alza un brazo en dirección de un adolescente de catorce años llamado Alexandre Dumas, como el autor de Los Mosqueteros, y a quien quizá ya no le hace falta un apodo. El muchacho es el ejemplo de aquello que el instructor llama «elegancia», pero sus acciones sólo parecen ademanes disforzados. Por allí hay un joven rubio y esbelto. Su nombre es Arthur Pons, tiene dieciséis años y dejó París un año antes para hacer realidad su sueño de convertirse en matador, como se llama a los toreros. Su pasión taurina tiene un origen extraño: una fotografía. Pons tenía trece años cuando vio en una revista la imagen del torero español Enrique Ponce y supo que quería ser como él: bello y valiente. Lo que parece entusiasmar a todos los aprendices es la extravagante combinación de hombría enfrentada al instinto animal, mezclada además con la coquetería en la manera de vestirse y adornarse como un príncipe pomposo de los toreros consagrados.

Salir malheridos o morir en el ruedo es un riesgo aún inexistente, propio de los matadores adultos. El dolor no es materia de esta escuela de aprendices. Para sufrir está la vida real.

*****

Hay que tener más de dieciséis años para poder matar a un toro en Francia. Pero esta ley «humanitaria» puede jugar en contra del entrenamiento de un profesional de este país. El Juli, en España, fue un torero precoz favorecido por otras circunstancias: tenía ocho años cuando mató a su primer toro en un criadero privado. Michelito, en México, tiene apenas diez años y ya ha dado cuenta de cincuenta animales. El primero de ellos, cuando tenía apenas seis años. Michelito es el hijo de un antiguo torero francés y es capaz de lidiar animales de hasta doscientos cincuenta kilos. En agosto del 2008, cuando visitó Francia, un frente antitaurino le impidió torear un animal de esa envergadura con el argumento de que ningún menor de edad puede trabajar. Al final, el niño sólo se lució ante novillos de setenta kilos. A pesar de sus trayectorias extraordinarias, los ejemplos de Michelito o El Juli son imposibles de reproducir en un país como Francia, donde las leyes son más severas y establecen una carrera contra el tiempo en los egresados de las cuatro escuelas de toreros que existen en el país. Estos centros de enseñanza, lejos de estar prohibidos, son subvencionados por el Estado, que invierte medio millón de euros en la formación de matadores. De esa manera, los alumnos pueden estudiar esa profesión pagando cien euros al año. El precio de una entrada a un partido de fútbol en cualquier país de Europa.

¿Pero qué se puede aprender en una escuela de toreros además de lidiar al animal? La directora de la Escuela de Tauromaquina de Nimes, Brigitte Dubois, observa la clase a un costado del redondel y dice que la tauromaquia puede enseñarles a los muchachos el coraje, el respeto y el valor de las cosas. ¿Y respecto al caso del precoz Michelito? A los seis años se es muy pequeño para lidiar toros. «Pero si hay talento –reconoce ella con un suspiro de resignación– son los padres los que deben decidir». Poco después, llega un hombre rubio y, desde atrás, empuja levemente a Dubois como un toro amansado. Mientras ella lo reta con amabilidad, él alza los brazos hacia mí y exclama: «Eres de la liga anticorridas». Se llama Maxime Ducasse y es un antiguo torero cuyos ojos azules ahora están ahogados en un pozo de arrugas. Él aclara que sólo se trataba de una broma. Dice que comprende a aquellos a quienes no les gustan las corridas, pero no entiende que quieran prohibirlas. Ahora es Dubois quien se esfuerza por ilustrar su pasión.

–Usted no se imagina cuánto amamos a este animal. Hay una relación entre el hombre y el toro que es extraordinaria.

Puede sorprender ese sentimiento amoroso: el amor de los amantes de las corridas por un animal que el torero somete a un ritual que terminará con su muerte. Pero es un sentimiento bastante real.

–El hombre –dice ahora la directora de la escuela– mata al animal porque la muerte es el final inevitable: todos vamos a morir. Lo mata, pero lo respeta. Se lo mata noblemente. El torero va a dignificar la muerte del toro.

¿Es que en menos de veinte minutos una bestia desangrada, mareada, rodeada de picadores, puede morir con dignidad? La escritora Rosa Montero, cuyo padre fue un torero en España, me dijo a través de un correo electrónico: «Estoy completamente en contra de la fiesta taurina, desearía con todo mi corazón que la sociedad hubiera aumentado su intransigencia ante la violencia hasta el punto de que un ritual tan cruel no resultara admisible ni fuera considerado una fiesta. Sobre los niños toreros, me parece simplemente una atrocidad y una barbaridad». Ajena a este debate, una mujer pequeña se esconde detrás del callejón del ruedo de la escuela –el espacio entre las localidades y la barrera de las plazas de toros–. Es la mamá de Steven, el pequeño aprendiz de torero a quien el maestro daba instrucciones. Ella nunca está demasiado lejos de su hijo. Se llama Marie Lenfant. Su apellido, curiosamente, quiere decir el niño. Tiene una sonrisa luminosa y cada vez que se le nombra la palabra toro suspira un poco y sus ojos se vuelven chispeantes. Lenfant vive en Arles, una ciudad a treinta kilómetros de Nimes. Todos los sábados recorre ese trayecto con la esperanza de que un día Angelito se convierta en una leyenda.

–Ya verá –dice invitándome a visitar su casa–. Su cuarto es un altar taurino.

*****

Toda escuela es una burbuja a salvo de la crueldad del mundo, y el mundo suele ser cruel con los toreros de verdad. Muchos los detestan. Por eso, la Escuela de Tauromaquia de Nimes parece un remanso aislado del universo de personas que luchan por que se cierren las plazas y se prohíban las corridas. El movimiento antitaurino (un entramado mundial que incluye a vegetarianos, defensores de animales, adeptos de la ecología, entre otros) aumenta cada día sus soldados. Siete de cada diez españoles desaprueban el espectáculo taurino, según una encuesta de la empresa Gallup, y entonces España, el país de los toreros más famosos, pronto podría no serlo más. En las islas Canarias, las corridas ya han sido prohibidas. Barcelona fue declarada en el 2004 una ciudad antitaurina y, tres años después, cinco mil personas se manifestaron en sus calles en contra de ese espectáculo que por siglos ha formado parte de la identidad de ese país. Ser o no ser. Matar o no matar. Aplaudir o dejar aplaudir el espectáculo por cientos de años aplaudido. Ése es el dilema.

Pero la prohibición de las corridas podría significar también el final de la raza de animales que participan en ella. Parece un contrasentido, una ironía, pero el argumento de los grupos taurinos es así de simple: sin corridas no habría toreros, ni espectáculo, ni muerte, pero tampoco existirían los toros de lidia. Las corridas, dicen ellos, pueden ayudar a preservar esa pequeña parte de la fauna del planeta cuyo único fin es luchar. Se dice que el toro de lidia desciende del uro salvaje, una especie bovina que habitaba Europa y que solía soltarse en los circos romanos. Ahora sus descendientes requieren los preparativos propios de un concurso de belleza antes de ser arrojados a la arena como fieras temerarias y sensuales. El ganadero Olivier Riboulet dice que el toro con trapío –aquel animal que causa respeto al margen de su tamaño– debe tener la musculatura y las carnes firmes propias de un atleta; el pelo brillante, limpio y bien parado; las patas finas, las pezuñas redondeadas y pequeñas; los cuernos limpios, la cola larga y los ojos negros y vivaces. Durante una corrida, el toro de lidia no sufre –explica ese criador a través del teléfono–. «Si lo hiciera no lucharía hasta el final. Por el contrario, en un matadero siente la sangre, se estresa y pierde fuerza. Los toros de lidia son capaces de matarse entre ellos. El toro bravo es un toro que nos merece respeto porque puede matar». Las corridas son el destino de esos animales furiosos, dice. Han sido criados, desde la antigüedad, para ese fin.

Criarlos no sólo es una práctica tradicional y popular sino un negocio. Cada año, se matan mil doscientos toros en los ruedos de Francia. En España, doce mil. Hay que sacar una calculadora para saber lo que ganan los criadores al vender cada unidad: entre mil y dieciocho mil euros, por cada cabeza, cuando se trata de las razas más exclusivas. Pero incluso esas cifras resultan insignificantes si se piensa en el millón y medio de toros que la industria de la carne sacrifica todos los años en Francia. Allí, encerrados en cubículos, rodeados de sangre y ruidos de sierras, esos animales mueren de un golpe seco sin que, a lo largo de su vida, puedan gozar de la libertad que tiene un toro de lidia, criado durante cuatro años al aire libre, en fincas donde se les reserva hasta una hectárea por cada espécimen. ¿Qué es mejor? ¿Qué es peor? ¿El espectáculo público de un toro muerto a banderillazos o la matanza privada de un animal que jamás ha podido correr al límite de sus fuerzas?

Las relaciones que unen al hombre con el toro han sido siempre complejas. Pablo Picasso realizó en 1935 la Minotauromaquia, un aguafuerte dedicado al minotauro, aquel ser mitad hombre, mitad toro, que es el símbolo de esa misteriosa relación de atracción. Goya también fue un gran aficionado a los toros y hasta le dedicó una serie de grabados: La tauromaquia. También cayeron seducidos ante este espectáculo el poeta García Lorca y el escritor Ernest Hemingway. El mundo taurino y el arte se entrelazan y esta relación suele ser una especie de coartada para todo aficionado que se siente obligado a defender su pasión. Allí donde algunos ven un espectáculo ramplón y cobarde, otros encuentran belleza. Hay quienes creen que el matador –como Hércules al cruzar el mar con el toro de Creta en sus hombros– es un héroe hermoso y trágico. Otros, en cambio, lo consideran un farsante que se menea desafiante ante la bestia y, con impunidad, la asesina para el aplauso de la multitud. Hay lugares, como el Perú, donde las corridas fueron importadas desde Europa y ahora son parte de sus fiestas tradicionales: cada día hay por lo menos una corrida en algún pueblo de este país. En ese mundo disperso de las corridas, las celebridades son los toreros consagrados, que pueden llegar a ganar más de trescientos mil euros por cada participación. Una cantidad cercana al sueldo de un futbolista consagrado. ¿Acaso no hay buenas razones para soñar con ese oficio tan rentable?

*****

«Su cuarto es un altar taurino», me dijo Marie Lenfant invitándome a conocer la casa donde crece su hijo Steven, el aprendiz de torero. Así que he llegado a Arles para ver cómo vive un niño que sueña con ser matador. En la ciudad, el cielo arroja agua a cántaros. Lenfant se ha tomado parte del día y ha ido a buscarme a la estación de tren. Es un jueves a media mañana y, mientras recorremos la ciudad en su impecable automóvil blanco, ella me cuenta que se dedica a limpiar casas y que pertenece a la quinta generación de una familia de arlesianos. Así se llama a los habitantes de esta ciudad fundada por los conquistadores romanos, cuya plaza de toros es el mayor anfiteatro clásico de Francia y ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por ese motivo. Aquí el toro y su fiesta son parte de la vida cotidiana de las personas. Es decir, la diversión de fin de semana no es el fútbol, sino las corridas.

Marie Lenfant vive en Place Toscane, en Barriol, un suburbio de edificios algo vetustos de donde han salido ocho matadores (de los cincuenta que han obtenido la alternativa, el rito que consagra a un aspirante como verdadero matador) de Francia. En el edificio donde vive ella, el ascensor de metal gris despintado se detiene en el séptimo piso. Allí nos espera Steven. Hoy faltó a la escuela porque le duele un poco el estómago, pero de todos modos su madre lo habría dejado ausentarse para esta entrevista. En la sala sólo hay una cómoda, un sofá y el televisor, y es evidente que se trata de una familia humilde. Allí, sin embargo, Lenfant, ha dejado un amplio espacio para que el aprendiz de matador pueda entrenar. Las paredes de la habitación de Steven están tapizadas de fotos y afiches de sus ídolos. Uno de ellos es Mehdi Savalli, la última gloria del barrio. Savalli obtuvo su alternativa en septiembre del 2006, a los veintiún años, una edad que en España es propia de un torero ya curtido. En Francia, claro, la precocidad no está bien vista. El retrato de Savalli, dice la mujer, está en las paredes de todos los dormitorios de los chicos del barrio, junto con otras imágenes de matadores célebres como El Juli o El Fandi. Con sólo once años, Steven está decidido a seguir los pasos de Savalli, su célebre vecino. En el afiche desplegado en la pared de su cuarto, se ve a un joven moreno, espigado y de nariz prominente. Savalli –número setenta y cuatro de la lista mundial de toreros– no tiene los méritos de celebridades internacionales como El Cid o El Cordobés, pero a escala local su trayectoria es remarcable. Savalli, cuyo origen es ítalo marroquí, pasa varios meses al año en México, donde cobra unos quince mil euros por corrida. Steven, que admira a ese vecino, no atesora automóviles de juguete, como pueden hacerlo otros niños de su edad. Él colecciona orejas. Casi se puede decir que en su dormitorio acaba de ser destazado un animal. Sobre un armario hay cuatro orejas de toro y un rabo. De una pared cuelgan unos cuernos que parecen recién encerados.

En el mundo de las corridas, las orejas y los rabos se comenzaron a usar como medida para pagarles a los toreros por el trabajo realizado en el ruedo. Ahora son el premio que un jurado decide entregar al matador cuando éste ha realizado una faena admirable. Las orejas que Steven sostiene entre sus manos las obtuvo durante unas corridas protagonizadas por El Fandi y Mehdi Savalli. El rabo, en cambio, lo fue a buscar al matadero. «Tócalo, es muy suave», me dice su madre mientras me lo ofrece con talante triunfador. Lo arrima a su nariz y, mientras lo acaricia una y otra vez, explica que para obtener su brillo y suavidad hay que peinarlo y luego colocarlo en un recipiente con abundante agua y sal, dejándolo reposar durante dos meses. Para las orejas, en cambio, tres semanas de remojo son suficientes para que queden con el pelaje lustroso y rígido. Esos fragmentos de animal parecen requerir los cuidados de una mascota viviente.

Steven está sentado frente a su computadora, donde archiva las fotografías de sus ídolos. Allí también hay imágenes de sus presentaciones en doce capeas, esas fiestas en las que se lidian becerros o novillos, y donde no hay derrame de sangre ni se pica a los toros. Luego el niño se pone de pie y con gesto triunfante me muestra los trofeos que ha recibido. Uno como ganador de una capea y otro como el mejor alumno de la escuela taurina de Arles. Paquito Leal, un antiguo torero de cuarenta y siete años, era una suerte de hermano mayor de todos los niños del barrio, y los entrenaba en la arena del Patio, un pueblo gitano creado por Chico, uno de los miembros del grupo de música Gipsy Kings, que servía como terreno de juego para los muchachos de la zona. En 1988, Leal fundó la Escuela Taurina de Arles. Él recuerda a su ex alumno Steven como un niño con talento pero al que le faltaba coraje. «Eso no se aprende –me dijo otro día a través del teléfono–. Pero aún puede cambiar». A pesar del afecto que el instructor siempre sintió por Steven (fue él quien le prestó un primer traje de luces cuando el niño tenía sólo tres años), a Marie Lenfant no le cayó nada bien esa crítica. Entonces decidió trasladar a su hijo a la escuela de Nimes, aun cuando eso le supone recorrer sesenta kilómetros cada semana. Hay orgullos más fuertes que las distancias.

Steven estaba a punto de chatear en la computadora, pero su madre le ha pedido que busque sus tres trajes camperos. Más modestos que los trajes de luces, éstos son conjuntos que se utilizan en las becerradas. Marie Lenfant elige uno de ellos, compuesto por una chaquetilla gris y un pantalón negro rematado en la botamanga con caireles plateados. Así vestido, el rostro pícaro del niño adopta un rictus serio adecuado para las fotografías. Steven posa erguido como un soldado. Luego se pone una gorra mientras su mano extiende una espada que le ha entregado su madre. La estampa es desafiante y la puesta en escena parece divertirlo. En la solapa el niño lleva la única muletilla de la buena suerte que le entregó su madre. Es un prendedor diminuto con la imagen de San Cristóbal, el patrón de los viajeros.

Desde un rincón de la sala, Lenfant observa a su hijo y hace cuentas en voz alta. Entre los trajes, la muleta, el capote, las banderillas, las botas y la espada, ha invertido más de mil euros. Un gasto que realizó sola ya que el padre de Steven, de quien ella se divorció hace años, no quiere ni oír hablar de las corridas. De hecho, el año anterior no dio la autorización para inscribir al niño en la escuela y lo matriculó en un curso de fútbol. Steven aguantó seis meses dando aburridos pelotazos, y después lo dejó. Su padre cedió, firmó su ingreso al centro taurino, pero no participa ni acompaña a su hijo a ninguna actividad relacionada con los toros. En cambio, a la madre no le interesa ninguna otra cosa que no esté relacionada con el mundo de los matadores.

–¿No le da miedo que Steven se haga daño?

Marie Lenfant gira un brazo de un modo panorámico y señala un retrato que cuelga encima de la cómoda de la sala. Es la fotografía de un joven rubio, de sonrisa fresca.

–Es mi hijo mayor. Se mató en un accidente de autos –dice con un gesto de desgano y dolor.

La pregunta, por supuesto, no tiene sentido.

*****

En la mesa de la cocina, la otra hija de la familia hace sonar sus labios como un resoplido de caballo. Se llama Claudia, tiene dieciocho años y está aburrida. Desde hace años su madre siempre tiene los mismos planes para los fines de semana: ver toros. Marie Lenfant sonríe y se recuerda a sí misma cargando a su prole en el automóvil para ir a alguna corrida. Una de las actividades que más la entusiasman son los llamados encierros, que consisten en correr delante de una manada de toros. También disfruta de las llamadas toro-piscinas, un juego en el que los toros tienen sus cuernos cubiertos por unas bolas protectoras. ¿A qué se debe este amor por el toro y las corridas? Ella dice que se trata de la adrenalina que le provoca presenciar un momento exuberante, de ver a un animal poderoso. Pero en verdad se trata de una pasión que ella no logra explicar.

Steven apenas traga las pastas que su madre cocinó. «Lo único que come son las hamburguesas de McDonald’s», se queja Lenfant. A través del amplio ventanal de la cocina se oye la lluvia, la torpeza del tránsito. Steven ahora está tratando de comer un pedazo de pan. Tal vez le conviene realizar algún régimen dietético –le digo–, no porque sea gordo sino por la necesidad de tener un estado atlético para enfrentar a los toros. Como adivinando lo que piensa su madre, muestra sus dientes de perfil y me dice que él no engorda. Luego me habla de los estudios: el año anterior lo repitió. Falta de concentración, dice.

–Soy muy bueno en matemáticas y cuando sea grande, si no llego a torero, me gustaría ser contador.

Su madre sonríe ante la inesperada vocación de su hijo.

–El hará lo que quiera, yo no lo obligo a nada.

Steven, entretanto, se ha marchado a la sala y ha colocado un DVD donde está registrada una entrevista que le hicieron para el noticiero de una canal de televisión. Allí se lo ve el primer día de su inscripción a la escuela taurina de Arles, a los nueve años. Se lo nota inquieto. Las imágenes también lo muestran durante una novillada que él presencia desde el burladero, ese trozo de valla situado delante de la barrera como refugio del torero. En un momento, se ve un becerro que se acerca en su dirección mientras él se esconde muerto de miedo. Pero eso fue hace una eternidad. Ahora Steven confiesa que a lo único que le teme es a las serpientes.

–¿A qué torero quisieras parecerte?

Piensa unos segundos y responde:

–A El Juli.

Luego dice que la plaza de toros que le hace soñar no se encuentra en España sino en México.

–¿Por qué México?

–Porque allí dejan que los niños maten toros.

Pero por ahora él debe conformarse con herir el sofá de la sala de su casa. Steven levanta la funda que cubre ese mueble y muestra unos pequeños agujeros en el cuero, resultado de las banderillas que él le clava durante sus prácticas caseras de toreo de salón. A los tres años, él se entretenía jugando a ser un torerito usando unos trapos de la cocina. Ahora, en la sala, también juega secundado por su madre. Una vez que ha finalizado la entrevista en el DVD, ambos se preparan para una demostración. Ella sostiene un palo a media altura mientras Steven practica algunos pases. El capote se eleva y la madre lo esquiva. Steven es el torero; ella, el toro. Se mueven como en un baile agitado. La capa rosada pasa como un rayo por la cabeza de Marie Lenfant. Sus omóplatos casi le tocan las rodillas de lo inclinada que se encuentra. El capote se pasea exageradamente hinchado para una sala tan pequeña. Ella avanza un poco sonrojada. La escena parece una postal irreal, pero es una imagen tierna y cómica a la vez. Madre e hijo, frente a frente, jugando el juego que más les gusta. Ella es la víctima. Él, el matador.

Yo corrí en San Fermín

Publicado: 16 septiembre 2008 en Juan Pablo Meneses
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Al final de la corrida le pego una bofetada a Ernest Hemingway. Se la pego a un costado de la cara, entre su oreja y mejilla izquierda. Pero eso sucede al final de la corrida que ahora está por comenzar. Quedan pocos minutos para un nuevo encierro, el sexto de este año en San Fermín, la famosa fiesta de Pamplona donde sueltan a los toros por las calles mientras miles corren eufóricos escapando de una cornada.

 

Hace cuarenta minutos que pasaron las siete de la mañana, y a los que hoy vamos a correr nos tienen encerrados hace más de una hora. A las ocho soltarán ocho toros, pero unos minutos antes abrirán el encierro de los corredores. Un mozo, como se le dice tradicionalmente a quienes corren delante de los animales en San Fermín, puede aprovechar esos minutos de ventaja y correr las ocho cuadras sin problema. De hecho, la mayoría de los que corre nunca ve ni de cerca a los animales. “¡Hay que esperarlos!”, grita uno con sonrisa dura, en mitad de una espera llena de nervios. Hay gente asustada de verdad. Algunos abandonan a último minuto. Otros cantan sevillanas. “Yo me iré corriendo rápido antes de que los suelten”, murmura uno de México, saltando como si tuviera resortes en las zapatillas.

 

Si bien no hay obligación, la mayoría de los corredores están vestidos de blanco y con cinturón o pañuelo rojo. Otra vieja costumbre que todavía se mantiene, especialmente los gringos en plan “¡Gran-tour-a-San-Fermín!”, es correr con un diario enrollado en forma de palo. Así, dice la tradición, se le puede pegar y espantar al toro sin dañarlo físicamente. A diferencia del resto del mundo, donde se ven grandes investigaciones o crónicas periodísticas envolviendo pescado, en estos minutos previos al encierro veo cientos de notas periodísticas enrolladas y muy bien dispuestas para alejar a los toros en caso de emergencia.

 

En eso, aparece una voz por los parlantes y la ciudad estalla en aplausos llenos de vivas y de ¡olé! Los altavoces están por todo el recorrido. Los que más aplauden son los que no corren, los que miran de afuera, sin peligro, y que entienden que la fiesta está por comenzar. La voz de los parlantes viene dirigida a nosotros, a los que estamos encajonados esperando que abran la puerta. Nos anuncian a todo volumen unas medidas de seguridad que salen en castellano, francés, inglés, italiano y alemán. No hay indicaciones en euskera, aunque esta es una fiesta vasca, con origen vasco, en una región vasca y en donde todas las noches, en más de algún bar, se termina empinando la copa y gritando: “¡Gora Eta!”

 

Las precauciones a tomar parecen simples, pero al escucharlas por parlantes y en un encierro junto a personas que saltan nerviosas y con un diario enrollado en la mano, la cosa se agranda: “Si te caes al suelo tápate la cabeza con las manos; nunca toques a los toros; no te subas a las barandas mientras corres; no corras si bebiste”. Lo del alcohol es ridículo: el 80 por ciento de los que estamos aquí adentro nos pasamos la noche despiertos, en fiestas, conciertos o en bares bebiendo kalimotxo, como le llaman a la mezcla de vino tinto y Coca Cola que riega la ciudad esta semana. La policía saca de entre los corredores a un par que ya no se puede mantener en pie y a otro que trae ojotas en vez de zapatillas, pero no mucho más. Si bien la mayoría pasamos de largo, hay algunos corredores que recién se levantaron después de dormir ocho horas para correr más despiertos. Casi todos son estadounidenses que han llegado en tours organizados con varios meses de anticipación. Traen zapatillas especiales, camisetas alusivas al viaje y chapas de San Fermín.

 

Para el resto, la noche previa, como todas las noches y días desde que con la ceremonia del Chupinazo larga San Fermín, son de una fiesta interminable y repetida. Basta una hora para saber lo que te va a esperar durante las 23 restantes hasta completar cada día de una semana, que empezó el siete y terminó el lunes pasado. Hay peñas folclóricas que pasan tocando tambores, trompetas y olés a las horas más insólitas, cuando la mayoría duerme. El negocio es gigante. La alcaldía acondiciona plazas para que los corredores sin alojamiento puedan dormir al aire libre. Todo el Casco Viejo de Pamplona se convierte en un enorme shopping al aire libre con todo tipo de souvenirs de la fiesta. Se acreditan más de 600 periodistas de todo el mundo, participan más de 3.000 voluntarios y en total hay más de 200 actividades. Además de los turistas, durante esta semana vuelven a Pamplona todos los que hicieron su vida en otras ciudades de España, por estudio o trabajo, y se reencuentran así con sus padres y amigos del barrio, con quienes comentan el crecimiento de la familia mientras en la mesa vecina se emborrachan unos alemanes. También llegan muchos sudamericanos que hacen tatuajes con henna, malabares con fuego, tocan guitarra o venden tejidos; y marroquíes y paquistaníes que se abocan básicamente a vender cerveza suelta y chocolate las 24 horas.

 

Queda menos. Se abre la primera puerta y comenzamos a avanzar por la calle San Nicolás en dirección a la Plaza de Toros, donde termina el encierro. Más adelante hay una barrera de policías que detiene a los mozos que avanzan más rápido: la idea es que haya corredores por todo el trayecto, por eso tantas barreras y detenciones antes de la largada. Aquí cualquiera puede correr. No hay que pagar inscripción, y todavía no es necesario registrarte por Internet en la web de Nike o de Reebok para correr de a miles. Cualquiera se puede sumar, libremente, con requisitos mínimos. La nueva barrera de policías sirve para una nueva revisión, esta vez sacan de la pista a un japonés que no quiere soltar su cámara de video. Está prohibido correr con cámaras. Si estás solo y no tenés quién te tome una foto, al final de cada encierro las casas fotográficas de Pamplona ponen a la venta cientos de imágenes sacadas por fotógrafos estratégicamente ubicados: después de cada encierro muchos mozos se van al centro del casco antiguo a ver si salieron en alguna foto, por la que deberán pagar 12 euros.

 

Ya no queda nada. Ahora los mozos estamos todos dispersos por estas ocho manzanas adoquinadas, las mismas que durante el resto del año transitan a paso lento y bastón en mano una mayoría de jubilados. Los que estamos adentro del encierro somos pocos y la mayoría de los visitantes han preferido —sensatamente— ver la escena desde tranquilas tribunas o desde balcones que se alquilan por buen precio y con meses de anticipación. Ya está. No queda tiempo. Alguien grita que ya son las ocho. Pasa un minuto más. Boooooooom.

 

El bombazo se escucha lejos y anuncia que acaban de soltar a los toros. Y que ya vienen hacia nosotros. Todos comenzamos a correr desesperadamente hacia adelante. A correr sin que importe si pisamos a alguien en el camino. Lo que hasta hace unos minutos era nerviosismo colectivo, ahora es individualismo desatado. Aparece San Fermín en su esencia. De pronto, todos estamos viviendo en directo la metáfora de la vida que nos quieren hacer vivir: aquí adentro nos salvamos aplastando cabezas ajenas y nos abrimos paso sin importar quién quede en el camino. Adrenalina pura.

 

La carrera termina en la Plaza de Toros de Pamplona, pero claro, para eso falta mucho. Esto recién empezó. Si bien oficialmente una corrida dura dos o tres minutos, aquí adentro el tiempo se alarga. Dos o tres minutos es muchísimo. Es como una semana sin adrenalina. Y seguís corriendo. El grito de los otros mozos te pone más nervioso. Todos gritan y todos corren desesperadamente. De los balcones lanzan papel picado y sobre tu cabeza cae una lluvia infinita de flashes fotográficos. La Televisión Española transmite en directo al resto del mundo, como todos los julio de cada año, las imágenes de Pamplona. Hay cámaras de televisión por toda la calle, como si esto fuera un gran set de televisión. Y seguís corriendo. Corrés mirando hacia atrás. Corrés arrancando. Corrés con el corazón en la boca. Corrés entre los turistas gringos. Corrés asustado. Corrés entre las familias de Pamplona. Corrés como un ladrón de carteras del DF, como un tira-collares de Buenos Aires. Corrés de los toros. Corrés con furia, como nunca corriste. Corrés frente a los fotógrafos, que más tarde venderán tu foto en la tienda del casco Viejo. Corrés sabiendo que te siguen, que están cerca, que ya se sienten. Cada vez más cerca. Corrés nervioso, pero con valor. Los toros se escuchan, porque traen en el cuello campanas que anuncian su presencia policial. Ya casi te agarran. Y corrés para salvarte el pellejo. Con todo. Que no te agarren. Hijodeputa que no te agarren, corré mierda, corré mierda, corré como nunca corriste por la puta madre. Y tus piernas se mueven más rápido de lo que pensaste. Estás en San Fermín, la famosa fiesta de los toros, y ahora los toros te pasan a pocos centímetros, cerca. Tratás de mantener la calma, pero el latido de tu corazón te parte la cabeza, y ahí acaban de pasar y sientes miedo de verdad pero no lo sabes.

 

Cuando entrás corriendo a la plaza de toros, junto a los animales, te recibe un estadio lleno de gente vestida de blanco y pañuelos rojos que te aplaude a rabiar por lo que acabás de hacer. Miles de personas sentadas en las tribunas, que esperaron pacientemente la muerte de alguno de nosotros, y que ahora te lanzan vítores y disparan fotos.

 

Cuando termina el nuevo encierro, en la plaza de toros sueltan unas vaquillonas para que los corredores se entretengan jugando a ser toreros. De los litros de kalimotxo ya no queda nada. La adrenalina de la corrida se llevó el alcohol. Sin embargo, aunque ya han pasado unos minutos del fin te sentís eufórico, como si te hubieras inyectado bebida energizante. Tenés ganas de gritar. Y gritás. Gritás como si estuvieras solo en la mitad de un desierto, gritás en el centro de la plaza de toros de Pamplona un mes de julio durante San Fermín, gritás con los puños apretados y aflojás y sacás toda la tensión de jugar a arriesgar la vida en una fiesta transmitida en directo por Televisión Española.

 

A la salida de la plaza de toros, una enorme estatua de Ernest Hemingway le hace un homenaje al escritor que hizo famosa la fiesta de San Fermín con la publicación, en 1926, de la novela Fiesta (The Sun Also Rises). En Pamplona están conscientes de los resultados que trajo la novela del escritor rudo, de puño cerrado, que le contó al mundo lo bravo que era escapar de toros sueltos por la mitad de las calles. Y ahí está Hemingway, mirando con ojos de bronce cómo salimos todos los corredores de la plaza de toros. Entonces, con la adrenalina descontrolada y la exaltación de sentirme superhéroe por un par de minutos, salto y me subo a la estatua del admirado Ernesto. Me acerco a su cara, lo miro fijo y le doy una bofetada. “Nunca te atreviste a correrla de verdad”, le digo sin quitarle la vista, antes de irme a buscar un nuevo kalimotxo para seguir en la fiesta interminable.