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Nadie necesita oír para creer. Quizás es por eso que la ciencia elige imágenes para contar lo que encuentra: una manzana que cae, una bombita que se prende, una estrella que brilla. Sin embargo cuando tiene que marcarle la cancha a su rival de todas las horas, de quien se dice que usó la voz para crear el universo, la ciencia le pide pases al sonido. Un big bang al comienzo. Un big crunch al final. Entre ambos instantes, la vida de todos los días. Ahí el sonido, vibración transmitida por un medio elástico como el aire, necesita tocar para existir. Como un fantasma lento, el sonido está condenado a llegar siempre después que la luz, aunque la ayude con los efectos, a la manera de un asistente abnegado y leal. Las tormentas dan miedo porque luego del resplandor del rayo viene su estruendo. Como si la naturaleza tuviera su propio diseño de audio.

César Lamschtein dice que es un tipo raro, como los magos, o los que hacen perfumes. Su objeto de estudio es invisible. Su oficio también. César es el jefe de audio y sonido del Auditorio del Sodre. Es el único de su rango que tiene una modesta oficina porque se siente incapaz de trabajar en espacios abiertos. Cuando le propusieron el puesto fue uno de sus requisitos. En la cartelera frente a su escritorio hay un papel apuntado a mano: «Sonido rules». No lo escribió él. Su oficina es la de su equipo. La mayoría, ex alumnos jóvenes que entran y salen. Revuelven sus mochilas amontonadas en el rincón de las mochilas, y lo consultan con sumisión y respeto. César es profesor fuera y dentro del auditorio. Su afición es el orden. Al parecer, lo que no se ve también necesita ser organizado. En un rato hay una grabación de la orquesta de cámara. Se agregaron atriles y otros instrumentos, un cambio del que le avisaron sobre la hora. La partitura que estudió en su casa, porque el tiempo escasea por la cantidad de espectáculos en simultáneo, podría ser otra. Hoy, además de la grabación de la orquesta hay un ballet y un rodaje. Los timbales no estaban previstos. A César le molesta mucho la improvisación y así se lo hace saber a Analía, responsable de los requerimientos para la grabación que entra en la oficina con el ademán de una batalla perdida en el pasillo. Es un día normal y la gente del audio no se calla nada.

«Nosotros manipulamos el audio, no el sonido», dice el hombre de 42 años con nombre de emperador que tiene una mueca porteña en el habla, quizás adquirida de su familia argentina y que nivela entre mate y mate, mientras pausa para pensar cada idea, en silencio. César habla con convicción aunque matiza algunas observaciones categóricas con un «no sé, lo pienso ahora», como si respetara un conocimiento que lo precede y al que es necesario remitirse. César es un tipo hiperracional, según se define, que cree en algo que no se ve.

El acople es un error imperdonable para las personas que trabajan con audio. Los Beatles fueron la primera banda de rock que incluyó el fenómeno como un recurso musical en la canción I feel fine. El efecto, que luego sería imitado por otras bandas de rock, surgió cuando John Lennon acercó su guitarra electroacústica al amplificador. La música que se ejecuta y se graba en el Auditorio  del Sodre no puede permitirse ese exceso, ni siquiera como experimentación. «En este escenario no hay acoples» dice convencido y con humildad, como orgullo por hacer lo correcto fuera exagerado.

La puerta de la oficina de César está cerrada y desconcierta al equipo. Gonzalo toca y pasa, y su visible timidez le ahorra la tarea de pedir permiso. Es muy joven. Lleva su laptop Apple apoyada en su antebrazo izquierdo como un mozo. A las ocho de la mañana César le había pedido que le enviara un mail con unos datos que necesitaba. Son las cinco de la tarde y el mail aún no llegó. Gonzalo se excusa. Dice que no hay wifi. Es el fin de la jornada de Gonzalo pero igual corrobora una y otra vez la dirección a la que tiene que enviar la misiva. No se queja, como si supiera que unos minutos más pueden hacer la diferencia en la retina de su jefe. Trabajar en audio requiere método. César le dice que si quiere se vaya y que lo mande desde su casa. Gonzalo parece nervioso. Es su segundo día de trabajo en el Auditorio. El mail llega a la bandeja de entrada de César, a quien se le nota su capacidad para perdonar ingenuidades —no actos irresponsables— y capitalizarlas para transformarlas en lecciones. Según César, los errores que pueden ocurrir en este rubro se deben a falta de trabajo. Su discurso del método es lograr que no existan, que no se vean, como el sonido.

La década prodigiosa

En 1982 Metallica tocaba por primera vez en Estados Unidos, comenzaba la guerra de las Malvinas y en España se disputaba un mundial de fútbol. Por ese entonces, César tenía nueve años y se perfilaba como baterista en su casa del barrio Parque Rodó, ubicada en la calle Patria, que muere, ensañada como el destino en los mitos griegos, en el Museo de Artes Visuales. Unos años más tarde, cuando en el Río de la Plata ni se soñaba con internet, ni siquiera a través de aquel chirrido despiadado del acceso telefónico, un amigo técnico en reparaciones le regaló un dispositivo que sería clave para descubrir una pasión que convertiría en su oficio. El dueño anterior que la había llevado a reparar nunca pasó a retirarla. La máquina llegó a las manos de César sin manual, pero sus ansias de entenderla le ganaron a las misteriosas perillas sin instrucciones.

«Tuve mi momento Eureka, nunca aprendí tanto de  audio como con esa máquina», dice el profesor, ingeniero en sonido, y responsable de hacerle honor al nombre de la institución donde trabaja: a un auditorio la gente va a ver y predispuesta para escuchar.

La máquina era una portaestudio de cuatro canales que permitía la grabación multipista. Los géneros como el rock y el pop recurren a este tipo de mecanismos para grabar cada instrumento por separado, aunque la banda toque en vivo. Investigando el dispositivo, César descubrió que podía grabarse a sí mismo y multiplicarse, como una entidad sin cuerpo, como un fantasma.

Impulsado por sus ganas de aprender y de desentrañar los misterios de aquel aparato, César descubrió cómo los Beatles hacían sus discos, sin saber cómo se hacían los discos. A los catorce grabó a una banda de amigos. «Era una grabación de mierda», según dice, que le sirvió para darse cuenta de que lo suyo no era ejecutar la música, sino palparla, manipularla, producirla. Volver visible lo invisible, como los magos, o los que hacen perfumes. Era 1986. Diego Maradona le gambeteaba la historia a los ingleses y Chernobyl se convertía en ícono de la negligencia nuclear. Por ese entonces, César se había enamorado. «Como en todas las buenas historias había una mujer», dice, aún sabiendo que todas las canciones que le grabó a modo de declaración no lograron el cometido de la conquista, aunque sí el del aprendizaje.

Oír, sobrevivir

El Yanoconodon allini es un fósil encontrado en China por científicos del Museo de Historia Natural de Pittsburgh. Fue un animal similar a las lagartijas que coexistió con los dinosaurios hace 125 millones años. En su mandíbula los paleontólogos detectaron el martillo, el yunque y el estribo, los huesos que en el oído humano se encuentran detrás de la membrana que vibra al detectar un sonido. El primer antepasado del delicado y complejo sentido del oído, aquel que nos permite erizarnos o elevarnos con la percepción de estímulos como la música, es un reptil.

En la evolución de la especie humana, el oído siempre aparece ligado a la supervivencia, no así la percepción visual. «La visión tiene un enorme poder y una enorme limitación: tiene cuadro y foco; el oído tiene un componente primitivo», explica César, que todos los martes viaja a Playa Hermosa para dar clases de sonido en la Licenciatura de Lenguajes y Medios Audiovisuales. Dice que su materia está mal denominada. Él no da clases de sonido que es el fenómeno físico por el cual una onda vibra y es recibida por el oído humano, él da clases de audio, que es la representación del sonido, ya sea gráfica, mecánica, magnética o digital.

Aunque el cine haya nacido mudo y evolucionado a lo sonoro, cuando César da su cátedra de audiovisual se siente como un profesor de astronomía de cuarto de liceo: «Tomo el desafío de interesar a gente con algo que a priori está fuera del guión». Explica que eso sucede porque el sentido predominante es la visión y el argumento antes que cultural es físico. Existen más neuronas en el nervio óptico que en el auditivo.

Para captar la atención de sus estudiantes el primer día de clases, el profesor que al terminar el Liceo Francés consiguió una beca en Francia para convertir una pasión en profesión, evita los argumentos técnicos y se aboca al componente mágico de su objeto de estudio, ese que invita a cerrar los ojos para prestar atención, para saborear con deleite, para recordar. «Marcel Proust cerró los ojos para paladear la magdalena, si hacés eso por laburo sos un tipo raro», dice con humor, sabiéndose parte de una cofradía de oficios invisibles.

Según la otorrinolaringóloga Silvia Goyeneche —quien imagina limitado, oscuro y reducido al mundo sin sonido— las afecciones auditivas que más perturban a los pacientes son los acúfenos, también llamados Tinnitus. Se trata, por analogía visual, de espejismos sonoros causados por diversos motivos como el estrés o la exposición a sonidos intensos.

«Al final el sonido es todo aquello que se escucha», le increpó un alumno a César en la primera tormenta de ideas acerca del tema del curso. En un primer momento el profesor no encontró una respuesta que refutara esa afirmación y se enojó con él mismo al comprobar que un irreverente alumno echaba por tierra su lección inaugural sobre las complejidades del sonido. Por entonces comenzaba un período de vacaciones y César se fue a Brasil. Aun en esa instancia no podía dejar de pensar en algún argumento que refutara la osada afirmación de su alumno. Finalmente la encontró. César es un tipo que no se conforma y si tiene razón, le gusta demostrarlo, como a la ciencia. «Te cagué», le dijo a su alumno al regresar al curso: «Sonido no es todo aquello que se escucha, hay cosas que se escuchan que no son sonidos, como la Tinnitus que es una ilusión auditiva». Una ilusión, como la que fabrican los magos para hacernos creer.

César dice que en su oficio para que todo salga perfecto hay que estar adelante del tiempo, una cualidad fantasmagórica que lo caracteriza, como cuando descubrió cómo los Beatles hacían los discos, o cuando jugaba a la pelota en la calle del Parque Rodó y experimentaba con el sonido que producían las monedas al golpearlas sobre el techo de chapa galvanizada del estacionamiento contiguo a la Torre Patria. «De gurí supe interpretar una forma de hacer diseño sonoro; era un sonido de rayo láser —que no suena—, un sonido que me llevó al futuro, sin saberlo».

Las consultas más frecuentes en el consultorio de la otorrino con apellido de arrabal son por pérdida de audición. Al diagnosticar sorderas inminentes, Goyeneche debe manejar elementos emotivos porque los pacientes tienden a no resignarse y se angustian. La mutilación de los sentidos auditivos y visuales significa perder también un vínculo de acceso al conocimiento, de relacionamiento con el mundo, de construcción de la propia identidad: 125 millones de años después de nuestro antepasado el Yanoconodon allini, el oído sigue ayudándonos a sobrevivir.

Conozco al maestro

César piensa antes y después de hablar. Como si cada enunciado lo invitara a corroborar el rigor de lo expuesto. Su maña es el orden, su fobia «los componentes agudos de la masticación humana» porque no puede pensar en otra cosa. Cuando alguien mastica cerca, a César le molesta dejar de escuchar su pensamiento.

«Van cayendo las fichas», dice en referencia a una planilla imantada fabricada por él que cuelga en la pared al lado del cartel «Sonido rules». En la planilla, los integrantes de su equipo están representados por imanes con forma de chapitas y un Pac-Man. Todos los integrantes del staff deberían tener la constancia de mover su propia pieza cuando llegan a la oficina y cuando se van. No sucede siempre. Gonzalo ya se fue y no movió su ficha, pero César lo perdona porque es nuevo y porque le tiene fe, así que se para y la mueve por él. César necesita saber con quién cuenta y con quién no, tener una representación gráfica que le indique el mapa de situación, más allá de los walkie talkie con los que se comunican, casi de forma anacrónica, todos los miembros del equipo. Hablan siguiendo el código del dispositivo: «atento» y «copiado» son palabras que abundan como en una película policial de los años ochenta. Más allá de corroborar una voz del otro lado, César necesita ver para saber.

Hace más de veinte años que trabaja en el rubro del audio y aun así, no se aferra a ningún paradigma. Parece tener claro que las formas de representar el sonido han mutado de lo magnético a lo digital y que el conocimiento debe actualizarse con frecuencia. Los objetos de estudio invisibles parecen mutar más rápido. Su método es aprender y compartir.

«Alan Parsons es un terraja», dice categórico cuando le pido que me cuente su experiencia con el ingeniero de sonido de Abbey Road y de Dark Side of the Moon, dos discos emblemáticos e irreprochables en la historia de la música.

En cambio, prefiere hablarme de su verdadero maestro.

Cuando Charles Bukowski lo conoció en persona, su maestro John Fante estaba muriendo en un hospital de Hollywood. Debido a una diabetes avanzada, cada semana le amputaban un nuevo miembro al escritor de Pregúntale al polvo y Espera la primavera, Bandini. Bukowski descubrió a su maestro por casualidad, al leer uno de sus libros en la biblioteca pública de Los Ángeles. Desde ese momento, supo que debía conocerlo y constatar si era posible que un contemporáneo hubiera sido capaz de conmoverlo al extremo de sentir que esa era la forma en la que debía ejecutar su arte. A la salida del velatorio, según retrata en su relato «Conozco al maestro», Bukowski dice que John Fante le «había prestado una pizca de la manera cómo debía de hacerse».

Algo parecido le sucedió a César cuando Bruce Swedien, el ingeniero de sonido de Thriller, de Michael Jackson, lo recibió en su casa durante una semana. «Él es la historia de la música americana», arriesga convencido de que su admiración tiene asidero. Bruce Swedien es un viajero del tiempo que construyó su leyenda a fuerza de trabajo, experimentación y talento. «La vio toda», me dice su discípulo, quien evoca con admiración y extrañamiento su pasaje por la casa del maestro, como si aún hoy no pudiese creerlo. «Me desarmó completamente. Luego de veinte años de laburar en esto me hizo volver a aprender mi forma de hacer las cosas. Fue una epifanía». César, que se define como una persona cartesiana, afiliada al pensamiento racional, explica que la mayor enseñanza que le aportó Bruce fue la de ser reactivo y confiar en el instinto. «La música no se trata de pensar, se trata de escuchar. Si vos pensás, está mal».

 

Lapidados por la TV

Publicado: 11 marzo 2016 en César Bianchi
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Ana le puso Paspol, porque la beba tenía la colita paspada.

Eran los últimos gramos de un tubo ya estrujado. En la casa de los Velázquez nada se desaprovecha. Después de untarle la pomada, tiró el tubo vacío y se acostaron. Ella, su marido Washington y la pequeña Caterine de diez meses en la cama grande, Natalia de 8 años y María Victoria de 6 compartían -y lo siguen haciendo- la cama de una sola plaza.

Se acostaron y durmieron. Todos apretujados para darse calor. Faltaban cinco días para el invierno. Apenas despertó, Washington se puso la indumentaria verde oliva y se fue al trabajo. Es empleado del ejército: hace cuchillos y sables decorativos como los que manipulaban los Blandengues de Artigas, el prócer, el Padre de la Patria.

Ana siguió durmiendo un poco más: ese día, 16 de junio de 2009, no tenía que ir a limpiar ninguna casa ajena. Cuando se despertó, sobre las 10, notó que a Caterine le costaba respirar y tenía la cara morada. Lo llamó a Washington pero él no atendió el celular, corrió hasta lo de una vecina y desde ahí llamó a la emergencia médica de Salud Pública y no la atendieron. Entonces probó con el número de emergencias 911 y tampoco. Finalmente tuvo suerte en la comisaría del barrio, la 17. Un patrullero salió hacia el ranchito del barrio Nueva Quinta, un vecindario que no figura en el mapa de Montevideo.

A las 10.30 de la mañana el móvil policial que ofició de ambulancia los llevó a la policlínica del barrio Capitán Tula y una hora después, las cámaras de la televisión mostraban cómo un patrullero se llevaba a Ana Freire, de 30 años, y a Washington Velázquez, de 40, esposados rumbo a la comisaría, sospechados de violar y asesinar a su propio hija.

***

Los movileros de los canales de televisión abierta se enteraron del caso por escuchar clandestinamente la radio policial desde redacciones o pisos de estudio. Y allá fueron, a esperar a los presuntos violadores a la salida de la policlínica. Los acusados salieron con la cabeza gacha, se metieron en un patrullero con los vidrios bajos en pleno invierno y fueron entrevistados para todos los informativos capitalinos. Los policías escoltas miraron para otro lado.

El movilero Santiago Bernaola le preguntó a Washington:

—¿Violaste a tu hija?

Otro de los periodistas presentes era Jean George Almendras, cronista policial de larga experiencia, muy recordado en Uruguay porque una vez, al perseguir un delincuente que huía le gritó a su camarógrafo: “¡No te cagués González!”. Almendras se acercó a Washington:

—¿Tiene pruebas de que es inocente?
—Soy inocente –contestó Washington.

Almendras insistió con una pregunta extraña.

—¿Inocente por qué?

Como si en Uruguay el derecho y la Constitución no hubieran dejado claro negro sobre blanco que lo que se debe probar es la culpabilidad de una persona en un hecho delictivo. Esa noche, todo el país vio a Washington y Ana yéndose en patrullero.

Esa mañana, cuando Ana llegó con Caterine a la policlínica de Capitán Tula, Marisol Souza Garate, pediatra de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE), dijo que la niña ya era un “fenómeno cadavérico”. La médica igual revisó el cadáver y encontró un líquido espeso entre las nalgas. No le preguntó a la madre de qué se trataba, en ese mismo instante concluyó que era semen. Y terminó de convencerse de que Caterine había sido violada por sus padres al comprobar dilatación anal.

Para ese entonces, el camión basurero ya se había llevado de la vereda de la casa de los Velázquez el frasquito que tenía Paspol, la pomada que Washington conseguía gratis en el Hospital Militar y así se ahorraba los 80 pesos (4 dólares) que costaba en una farmacia.

Para Nicolás Pereyra, abogado de la familia Velázquez, es “inexcusable” el error de la médica.

—Como mujer que tuvo hijos, no puede confundir semen con una pomada para la paspadura de la cola. Y además, en los cadáveres es muy común la dilatación anal. Es común en los fenómenos cadavéricos -dijo en su despacho del centro de Montevideo. Sentado a su lado, Washington Velázquez asentía con la cabeza.

El abogado de la familia enjuició al Estado: a ASSE como responsable del error médico en el diagnóstico y al Ministerio del Interior. Pidió 750.000 dólares para resarcir el daño moral de una forma no simbólica, sino a la altura de la doctrina y la jurisprudencia. La Justicia falló a favor de los Velázquez y contra el Estado pero dijo que 11.000 dólares eran suficientes para emparchar el dolor ocasionado. El caso está a estudio del Tribunal de Apelaciones de segundo turno.

La tele dijo muchas cosas ese día: Nazario Sampayo de canal 12 dijo que la niña “fue violada y como consecuencia de ello, llegó al centro de salud muerta”.

***

En el barrio Nueva Quinta suenan Señora de las cuatro décadas, de Arjona, y Fuiste, de Gilda. Un vecino de los Velázquez que martilla un clavo contra una madera ve a Washington y le dice que pase cuando pueda, que tiene que pedirle algo. Washington, bigotito fino y tabaco La Paz armado entre los labios, dice que después se da una vuelta. Ese hombre que martilla es de los pocos que todavía le dirige la palabra.

La casa no tiene piso: apenas contrapiso, dos sillas y un mini sofá que ya no da más. Cada tanto pasan un gato auriblanco y otro negro azabache. De la pared pintada de celeste furioso cuelga una especie de alfombra con dos patos navegando un arroyo de aguas mansas. En el horno hay restos de una tarta de fiambre.

Natalia y María Victoria están de vacaciones y juegan en su pieza: la de los cuatro, sólo los divide una delgada separación de durlock. Ana Freire, la mamá, busca la cédula de identidad de Caterine, que está junto al papel de certificado de defunción.

—Su segundo nombre era Jazmín, como la flor.

Aquella mañana, recuerda, Washington se había ido a trabajar y la beba se despertó con problemas para respirar. Tras varias llamadas frustradas, la atendieron en la seccional de Policía 17 y en cinco minutos ahí estuvieron.

Llegaron a la policlínica de Piedras Blancas. Enseguida aparecieron cinco o seis médicos hasta que una pediatra se hizo cargo del estudio más profundo. Dos minutos después de haber llegado, un policía le dijo a Ana que Caterine había muerto. Y la pediatra le preguntó: “¿Usted sabe que esta nena está violada? ¿Sabe quién fue? ¿El padre, el tío?”

Ella dijo “la nena no está violada”, pero no pudo ni hacer preguntas, porque en ese instante los policías que la habían auxiliado, le colocaron las esposas y la metieron en un patrullero. Ahí llegó Washington a la policlínica. Lo esposaron y lo metieron en la parte de atrás de una camioneta policial. Lo abordaron varios cronistas, que se habían enterado por la radio interceptada.

—¿Usted sabe qué pasó con la nena?
—No. Si no me dice, yo no sé.
—La nena fue violada y usted es el sospechoso número uno -le notificó un policía.

Ana siente que la trataron como a “la peor madre del mundo”.

—Me preguntaron si tenía un… ¿cómo se dice?… cuando uno anda con otro…
—¿Amante?
—Eso, si tenía un amante que se metiera en mi casa.

Ella dijo que no, que a su casa sólo entraban su marido y su cuñado, tío de la nena. Para qué…

Walter, hermano de Washington, iba todas las mañanas a la casa de los Velázquez a buscar un bolso de herramientas para ir a trabajar en la zona como albañil. Ese 16 de junio, cuando Walter llegó a la vivienda de su hermano, lo esperaba un enjambre de periodistas. Y la policía. Le informaron que su sobrina había sido violada y luego asesinada, le preguntaron si tenía algo que ver con eso. Walter dudó, quedó shockeado. Lo esposaron y se lo llevaron detenido. En ese momento un reportero le preguntó si él era el violador. Walter contestó:

—Yo soy un laburante. Que se haga justicia, por mí que me hagan un ADN.

El parte policial -tan afecto a los gerundios- que fue presentado en el juzgado, dice en referencia a Walter Velázquez: “…mostrándose muy nervioso y titubeando en su respuesta en referencia al hecho, por lo que se procedió a su detención y conducción” a la comisaría.

Esa noche Ana Freire y Washington Velázquez la pasaron en un calabozo de la seccional 17 de Montevideo, en celdas separadas. Hacía mucho que no dormían en camas distintas.

Se habían conocido hacía diez años por medio de una amiga en común en el barrio La Gruta de Lourdes. Washington vio en Ana a una mujer tranquila, compañera, alguien con quien podía hablar de todo. Ana vio en Washington a un hombre emprendedor, laburante, con ganas de progresar. Salieron una vez, la pasaron bien, tomaron litros de mate, se enamoraron. Washington tenía un rancho cerca del Borro. Ana vivía un tiempo con una amiga, otro tiempo con otra. Él la invitó a vivir a su casa. Enseguida vinieron los hijos.

Esa noche en la comisaría ninguno durmió. No saben si fue porque los acusaban de haber violado y matado a su hija, porque la “cama” era una tarima de cemento frío sin almohadas, por no haber soportado el asedio de los comunicadores, o por no haber asumido la muerte de la pequeña.

O por todo eso junto.

Esa noche, Bernaola, de canal 10, dijo por televisión que Washington “aparentemente abusaba también de las otras dos hijas”.

En todos los canales de televisión hubo imágenes de la casa de los Velázquez en Nueva Quinta. Algunos camarógrafos le hicieron un primer plano a la cédula de identidad de Caterine. Canal 10 eligió el daño menor: no atosigar con preguntas al tío albañil y no mostrar el documento de identidad de la beba, apenas la fotografía: se la ve durmiendo plácidamente.

Tres años después del episodio de la detención equivocada de los padres de Caterine, el periodista Jean George Almendras dice que la culpa fue de la pediatra y de la Policía, pero que él no se arrepiente de nada. Habla como un corresponsal de guerra y dice que en el fragor de la lucha no hay tiempo para pensar un abordaje periodístico elaborado.

—No estábamos hablando del robo de una gallina, estábamos ante un delito contra la infancia que causó conmoción pública.

Almendras omite un detalle: sólo había una presunción de delito, no un delito comprobado.

—Cuando estamos en el campo de batalla tratamos de dar las posibilidades a nuestro alcance tomando en cuenta todas las partes. Todos los canales les preguntamos, después es responsabilidad de ellos contestar o no.

Almendras no tiene claro si sometió a un pobre diablo al escarnio público, porque –dice- no sabe muy bien qué es escarnio público.

—Si vas a hacer una investigación, no demonices nuestra profesión –exige.

Admite que dio por sentado que el padre era culpable del delito porque la pediatra era una “fuente calificada”. Él se la jugó y lo justifica:

—Yo antes de afirmarlo o preguntarle a los familiares “¿usted lo hizo?”, por la izquierda le pregunto a personas de confianza para que me den una pista, un elemento, para hacer esa pregunta. Si tengo elementos para tirarme a una piscina, me tiro, y si está sin agua, bárbaro. No somos jueces de la Justicia.

El periodista dice que se dejó llevar por lo que le informaron los médicos y policías que actuaron en el caso, pero insiste en que hizo bien su trabajo.

—No me equivoqué. Con el fallo judicial ya no puedo decir nada, me allano a lo que dice la Justicia.

Almendras se tiró a la pileta y se dio de bruces contra el fondo, se rompió la cara. Hoy, fuera de circuito, se dedica a investigar a los OVNIS y a tratar de determinar la existencia de vida extraterrestre.

***

Esa noche, en la comisaría, a Ana, Washington y Walter les hicieron interrogatorios por separado con el típico juego del policía bueno y el policía malo. Dice el abogado de la familia que a Ana le sugerían que su marido había violado la nena, a Washington le decían que había sido su hermano Walter y a Walter que el degenerado era el padre de la criatura.

—Yo le eché la culpa a él –dice Ana. Washington, cabizbajo, está sentado a un metro- Me llenaron la cabeza con que había sido él, y pensé que podía ser, sí.

Washington dice que entendió que su mujer pudiera pensar eso, porque estaba alterada por el hecho. Pero dice lo suyo:

—¿Cómo iba a ser yo? ¿Y las otras dos hijas estaban bien y nunca les había pasado nada? Yo cuando fui para el juzgado ella me dice “para mí que fuiste vos”, pero yo no me enojé con ella. Fue un momento de problemas y todo eso.

La mañana de las detenciones, un móvil policial fue a buscar a Victoria y Natalia, que habían quedado al cuidado de una amiga de la mamá. El abogado Pereyra dice que a las nenas las “periciaron”: las llevaron a un baño, le bajaron la ropa y las tocaron para comprobar que no habían sido violadas.

Ellas, las niñas, no se acuerdan de nada. O no quieren acordarse.

Ambas vestidas por mamá con un buzo rosado, son de hablar poco y sonreír mucho. Estaban jugando alXA en la ceibalita, una laptop del Plan Ceibal, un programa gubernamental que instrumentó el ex presidente Tabaré Vázquez con el fin de llegar a “una computadora por niño” en el período escolar.
A María Victoria, hoy con 8 años, le va bien en la escuela, dice que tiene “muybuenosote” en el carné de calificaciones. A Natalia, de 10, le va un poco mejor: en aplicación se sacó buenomuybueno y en conducta muybuenosote.

—¿Se acuerdan de su hermanita Caterine?

Piensan, sonríen. Miran el contrapiso.

—Yo me acuerdo de mi hermana, sí -dice Natalia.
—¿Qué se acuerdan de ella?
—Papá dice que se reía todo el tiempo…
—Sí, o lloraba…-agrega la mayor.
—¿La mimaban mucho?
—Sí.
—¿Y se acuerdan qué pasó con la bebé?
—Ah, no me acuerdo- insiste Natalia.
—¿Preferís no acordarte o de veras no te acordás?
—No me acuerdo…Ah sí, nosotras todavía no habíamos salido para la escuela, vino la Policía y mamá me mandó a los de una amiga de ella. Después nos fueron a buscar unos policías y nos llevaron a una policlínicas, ahí nos revisaron. Me hicieron sentar en una escalerita y nos revisaron todas.
—¿Y qué recuerdos tenés, Natalia?
—De mañana yo estaba durmiendo, mamá me despertó, me dijo que fuera para lo de la Laura y después no me acuerdo de más nada. Me di cuenta que a Caterine le faltaba el aire. Me vestí y me fui con la María (Victoria).

Estuvieron una semana internadas en el Hospital Militar. Las autoridades del hospital no les permitieron a los padres hacerse cargo de sus hijas. Antes debía quedar claro que ellas no habían sufrido ningún tipo de abuso.

—Les hicieron estudios de toda clase, y una semana después nos las dieron -dice Ana.

Washington explica que Natalia contesta casi con monosílabos y que María Victoria no quiere hablar porque quedaron muy afectadas por la pérdida de la bebita. Desde entonces se atienden con un psiquiatra en el Hospital Militar. Los papás pagan un simbólico tique de 19 pesos (1 dólar) y ellas hacen catarsis.

***

La noche en la que los hermanos Velázquez y Ana Freire estuvieron detenidos en el calabozo de la comisaría 17, los policías buscaron que alguno confesara. A Ana le dijeron que su marido ya había confesado, a Washington le plantearon una oferta: si él confesaba, le darían un mejor lugar de reclusión en la cárcel, lejos de los que saben cómo darle la bienvenida a los violadores.

Washington dice que lo recuerda “clarito”:

—La primera pregunta fue si había sido yo el violador de mi hija. Después uno me dijo “decí que sos vos” y empieza a tocarme el pecho con el dedo índice. Otro me dijo: “¿tu mujer tiene amante?”. “No sé, pregúntele a ella, que vive conmigo”, contesté. “No me entendiste: tu mujer tiene amante”, me dijo. “Bueno, no sé, averigüe”, le contesté. “Hablá, porque sino hablás, te vamos a hacer hablar”.

Washington y su abogado lo tomaron como una amenaza de tortura. Los policías no los dejaron dormir: las preguntas se sucedían en procura de una revelación. Ellos, inmutables. En el parte policial los uniformados de la 17 escribieron: “Es de significar que en el momento de la indagatoria los padres de la niña no se emocionaron, se comportaron de manera fría, despectiva, sobradora, de que se les comprobara (si podíamos) la responsabilidad de ellos en el hecho”.

Para la Policía, que Washington y Ana no se hicieran cargo de los delitos de violación y homicidio de su propia hija los hacía más culpables.

Los policías que hicieron los interrogatorios no labraron actas, como se los exige la ley de procedimiento policial. Los tres sospechosos fueron citados a declarar al juzgado del magistrado Juan Fernández Lecchini y volvieron a la seccional. En el trayecto de la sede judicial al patrullero otra vez fueron entregados a los periodistas. Entre las preguntas de los movileros, se escuchó un grito dirigido a Washington:

—¡Es una beba de diez meses, señor! ¿Usted es conciente?

Al otro día se conocieron los resultados de la autopsia del forense Guillermo López: “El cuerpo tenía los genitales sanos, himen sano, ano con pliegues y sin lesiones y una lesión de eritema de pañal. Se aprecia crema entre labios y nalgas. Se abre tórax: pulmones poco aireados”. El forense dijo en una entrevista televisiva: “Todo pasa por la cautela. Por no ser cuidadoso, es mucho daño el que se puede hacer”.

Por culpa del eritema de pañal Ana le puso Paspol, para curar la colita. La falta de oxígeno no la supo explicar el forense, que habló de predisposiciones genéticas. El diagnóstico final, tras la autopsia, estableció que fue una infección generalizada.

El juez sentenció que debían ser liberados y archivó el caso. Pocas horas después, los padres velaron a su hija a cajón abierto.

***

Conocida la autopsia, los informativos fueron a buscar a la doctora que había diagnosticado la violación. Marisol Souza Garate no se mostró arrepentida, insistió con que Caterine “por lo menos” había sido víctima de algún abuso sexual. Hablaron también doctores de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) y sí admitieron errores de procedimiento médico. El directivo de la Red de Atención Primaria de ASSE, Wilson Benia, reconoció que el caso no debió haber llegado con tanta rapidez a los medios de comunicación.

A tres años del episodio, Washington dice que en el barrio no lo tratan bien. Él trabajaba haciendo planchadas y levantando viviendas junto a su hermano Walter. Pero lo dejaron de llamar. Dice que lo miran de costado y cuchichean, cuando él pasa.

—Hablan por lo bajo, señalan con el dedo, como que te miro y no te miro. Yo, por ser militar, sé cuando hablan de mí por la espalda. Siento la murmuración de la gente.

A la mujer de Walter, el hermano, una vez en un almacén, le dijeron que su marido era un violador. “¿Y vos cómo sabés eso?”, le preguntó la esposa.

“Porque lo vi en la tele”, contestó. Y no hubo más que discutir.

A Ana le costó llevar a sus hijas a la escuela. Las primeras semanas debió ser escoltada por funcionarios del colegio porque la insultaban a los gritos. Una mujer le dijo: “Vos tenés un asesino ahí adentro; es un violador y vos sos una mala madre”.

El 16 de junio, Roberto Hernández, de canal 4, al hablar de Caterine, dijo mirando a cámara: “Una nena violada y aparentemente asesinada”.

***

Santiago Bernaola, el cronista policial de canal 10, recibió una llamada de una fuente “confiable”. La voz le dijo: “Tenemos un caso de presunta violación de una bebé de meses en el centro de salud de Piedras Blancas”. Allá fue él.

Cuando Bernaola llegó a la comisaría 17, los policías retiraban esposado al tío de Caterine, Walter Velázquez.

—Yo puse el micrófono pero el que hacía todas las preguntas era Almendras. Bernaola se enteró que la pediatra hablaba de violación porque había hallado mucosa en la materia fecal de la beba.

Bernaola reconoce hoy que no fue cuidadoso y se dejó llevar por la Policía y por el impulso de su colega Almendras. El reportero del 10 hizo un copete al aire diciendo que la Policía investigaba “un presunto caso de violación”. Sus colegas Almendras y Nazario Sampayo de canal 12 fueron a la vivienda de los padres de la criatura fallecida y a la casa del tío. Entrevistaron a los vecinos, hicieron primeros planos de la fachada de la casa de los Velázquez y hasta accedieron –gentileza de la Policía- a la cédula de identidad de Caterine, esa en la que aparece durmiendo plácidamente y detrás dice “no firma”.

—Para mí todo nació en un parte médico equivocado. No digo que todas las cagadas que nos mandamos (los periodistas) fueran culpa de la mujer, pero que la Policía haya detenido a los padres sí fue culpa de un mal diagnóstico de esta señora.

Bernaola llegó a la redacción del canal 10 y avisó a sus superiores: “Ojo, que para mí, este caso está agarrado de los pelos”. La primera decisión fue no poner el video editado al aire, pero canal 4 sí lo hizo y la guerra del rating pudo más que la mesura: el 10 también puso al aire el informe y Washington Velázquez se convirtió en violador y su mujer en una “mala madre”. Lo había dicho La Televisión.

Desde entonces, dice Bernaola, decidió no cubrir nunca más episodios de presuntas violaciones a menores de edad. Prefiere exponerse a una sanción o despido.

***

Los Velázquez nunca pudieron superar lo que pasó. Más de dos años después siguieron yendo a estrados judiciales a verles las caras a los cronistas que los atosigaron a preguntas incómodas y se subieron a la confusión del semen en vez de pomada para irritaciones de la piel. En marzo de este año fueron padres de nuevo: Santiago Ezequiel nació en el Hospital Militar y pesó dos kilos seiscientos.

El abogado defensor de la familia, que en principio había demandado a los canales privados, finalmente sumó a Almendras, Bernaola y Sampayo. La jueza Claudia Kelland citó a los periodistas a conciliación para lograr un acuerdo que evite un juicio millonario, pero Nazario Sampayo faltó a la cita. En la Justicia los Velázquez volvieron a encontrarse con Almendras y Bernaola, quien llegó sin abogado y dijo que no tenía dinero para pagarle los honorarios a alguien que lo defendiera y mucho menos para afrontar los 750.000 dólares que pide el abogado de la familia.

—Estoy en el Clearing de informes por falta de pago, no tengo tarjetas de crédito y viajo en ómnibus a trabajar, a veces a pie para ahorrarme el boleto. Si tengo que pagar algo, lo haré con cárcel – dijo en canal 4, su nuevo trabajo.

En la oficina judicial, Bernaola se cruzó con Gustavo Salle, conocido defensor de humildes, carenciados e militantes de izquierda iracundos contra el establishment. Salle había ido al juzgado como abogado de Jean George Almendras. Bernaola le pidió si como “gauchada” lo podía defender también a él. Salle aceptó y frente al juez se aprovechó de la propia imagen que el cronista quería proyectar: “Si quieren sacarle un peso a este trabajador, tendrá que dejarles su reloj, los zapatos y su camisa, porque no tiene plata. Después culpabilizó a los grandes tomadores de decisiones en la gerencia de los noticieros. Dijo, palabras más, palabra menos, que por más peligrosas o mal intencionadas que fueran las preguntas de los noteros, lo que sale en pantalla se “cocina” en los canales: los zócalos, las palabras que elijen los informativistas principales, la jerarquía de las noticias que determina el director del noticiero. Negó así responsabilidad de sus defendidos. También de Almendras, quien se había jugado la ropa por sus fuentes confiables que acusaban al militar Velázquez de ser un violador.

Sampayo, de canal 12, faltó. Entonces se lo volvió a citar para el lunes 30 de julio y volvió a ausentarse. El magistrado no dio por empezado el juicio porque, arguyó, quizás no le había llegado la citación a su lugar de trabajo.

Recién cuando la Justicia la apruebe, la demanda con sus 60 páginas, más cds, videos y recortes de diarios llegarán a cada demandado: los tres canales y tres periodistas que hicieron la cobertura del incidente. Ahí tendrán 30 días para planificar una defensa digna.

Bernaola piensa que el abogado Pereyra utilizó el caso “para hacer prensa”, pero también razona lo siguiente:

—La bebé se murió de una infección pulmonar aguda. ¿No le cupo responsabilidad a los padres por no haberla cuidado y no haber atendido la salud de su hija? En otro caso, los hubieran demorado y se hubiera cuestionado si cumplieron con los deberes de su patria potestad. Pero no, se señaló a los periodistas.

Pereyra dice que lo de Almendras y Bernaola llorando por su estado económico fue “payasesco”. Sabe que el daño moral causado a los Velázquez no se compensará con 750.000 dólares de cada cronista.

Para el abogado lo que pasó con sus defendidos fue un homenaje a la mejor TV chatarra satirizada en la película Asesinos por naturaleza, donde Robert Downey Jr. se excitaba al poner sangre en la tevé. Bernaola no la vio, y sólo quiere parecerse a Downey Jr. en Ironman: un superhéroe al que no entran las balas.

El país de la calma

Publicado: 10 agosto 2015 en David Santa Cruz
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―Mira, el único peligro que hay en Uruguay es, que de repente, te des cuenta que llevas dos días tumbado en el pasto viendo crecer la hierba, tomando mate ―dice Ángel Galán, un periodista español avecindado en Montevideo. Tiene razón.

Cuando sucede viene el estupor, sientes vergüenza; piensas que estás desperdiciando tu vida. Luego, el síndrome de abstinencia por la falta del estrés–ira–angustia–depresión y todo el coctel químico que el cerebro reproduce en ciclos de tensión–carga–descarga–distensión. Que cada vez se acortan: tensión–carga–descarga. Sin tiempo al descanso: tensión–carga, tensión–carga, tensión–carga. Hasta enloquecer. Piensas. No pasa nada. Entonces suspiras. Sí, parece que la hierba hace ruido cuando crece pero tú no la escuchas. Te relajas. Piensas. Así son las cosas acá.

***

El 27 de abril de este 2014, la banda de heavy metal Megadeth, tocó en el Teatro de Verano, el principal escenario para conciertos del país. En algún momento del concierto, un grupo de personas desplegaron una bandera enorme con el logotipo de la banda, lo que llamó la atención del vocalista, Dave Mustaine.

―Denme un segundo, tengo que tomarle una foto a esto, voy por mi celular ―dijo y desapareció del escenario.

Expectantes, los casi cuatro mil asistentes se movían con el mismo vaivén y suave rumor que las olas del Río de la Plata cuando se estiran sobre las playas de Montevideo.

Al regresar, el guitarrista pelirrojo tomó la foto y llamó a su esposa.

―Hola amor. ¿Te acuerdas que hablábamos a dónde mudarnos si viviéramos fuera de América? Bueno, nos mudamos a Uruguay.

La ovación no se hizo esperar, el comentario de Mustaine abonaba a la sensación de que Uruguay es un gran lugar para vivir. Aunque quizá sólo esté de moda. Ya en septiembre de 2013, Steven Tyler, vocalista de la banda de hard rock, Aerosmith había dicho que el de Uruguay era el mejor presidente del mundo y que más mandatarios deberían seguir el ejemplo de José «Pepe» Mujica. Que, qué duda cabe, es hoy una estrella más: uno de los principales activos promocionales de la República Oriental del Uruguay.

―¿La moda es argentina, latinoamericana o más extendida? ―pregunta, mientras tomamos un café, Gabriela, una chica que vive en el barrio contiguo al mío en Buenos Aires.
―Mundial ―respondo.
―¿Y empezó?
―En 2012, por una entrevista que el diario español El Mundo le hizo a El Pepe, la titularon «El presidente más pobre del mundo». ¡Y zas!, todos los medios fueron a buscarlo. Luego los uruguayos legalizaron el matrimonio gay, y luego la marihuana, y el aborto…
―Quizá que hayan llegado a semifinales en fútbol en 2010. ¿Tendrá también algo de incidencia? ―dice ella.

¡Ah sí! El futbol. ¿Qué pasó en 2010? Googleo discretamente en el teléfono. ¡Ah!, el mundial de Sudáfrica. Holanda contra Uruguay. Recontra googleo: Uruguay ganó dos mundiales, el primero de la historia, en 1930, jugaba de local. El segundo fue tragedia ajena, 1950. Maracaná, 250 mil espectadores, Brasil en la final como favorito. Uruguay se coronó.

―Es posible ―le digo a Gabriela.

En 2013 la revista inglesa The Economist nombró a Uruguay el mejor país del mundo. Dicen que se lo dan por la aprobación del paquete de reformas. Dicen también que están abriendo un camino que no sólo mejorará a una sola nación, sino que si son replicadas, beneficiarían al mundo.

***

Su figura bonachona y regordeta que corona con una franca sonrisa lo hacen parecer afable. Lo es, aunque a veces refunfuña. Con el éxito que tiene, alguien debería fabricar un muñeco de peluche a su imagen y semejanza. En las calles de Montevideo la gente lo ve y se sorprende, sacan de inmediato los celulares y le toman fotos.

―¡Que viva El Pepe!, ¡Que viva Mujica! ―grita un grupo de cinco o seis brasileños que iban saliendo a la calle y coincidieron con el mandatario.

Él los saluda con la mano en alto, les dice algo que no alcanzo a registrar y amaga con entrar al auto. Voltea como si se olvidara de alguna cosa. Levanta la vista, despacio, hacia los periodistas que lo esperábamos. Cuando constata que seguimos ahí con los micrófonos, libretas y grabadoras en la mano abre los ojos y la boca, ladea la cabeza y separa un poco las manos con los pulgares hacia afuera, en un gesto mezcla de desencanto y resignación. Pareciera decir «pero, ¿todavía siguen aquí?». Deja caer los hombros y avanza hasta donde estamos. Da pasos lentos, pesados. Le llueven las preguntas, capotea todas, es fin de semana y sale de un acto protocolario con militares. Esos, a los que combatió rifle en mano siendo guerrillero. Esos que lo encerraron en una celda oscura, húmeda y desaseada. Y que luego de escaparse de ella, en una fuga de película, lo confinaron a siete años de aislamiento sin dejarlo leer. Esos militares que lo orillaron a la locura al recluirlo durante dos años en un pozo. Donde su único entretenimiento era alimentar, con migajas de pan, a siete ranas. Ahí  aprendió que la hormigas gritan y que cualquier rata se domestica.

―Presidente ¿El tamaño de las fuerzas armadas está bien en Uruguay? ―pregunta un reportero.
―Pienso que probablemente  necesite rectificación.
―¿Se necesitan menos militares? ―replica una voz de mujer.
―Se necesitan para realizar un conjunto de tareas que no podemos cumplir todavía. Ahora es mucho más complejo que antes, hay ciertos conocimientos como de sísmica, de planimetría, que son difíciles de captar en el país.

Pero que el presidente evada ese tipo de respuestas sobre los militares no es sólo parte de la cordialidad entre instituciones y poderes reales y fácticos. El uruguayo es en lo general dual a este respecto. En 1989 se esperaba que triunfara el plebiscito para derogar la «Ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado» la cual permitía la amnistía de militares y policías que violaron derechos humanos durante el gobierno cívico militar. Pero los uruguayos decidieron mantenerla y renunciar a la posibilidad de juzgar a sus dictadores, aún y a pesar de que la Suprema Corte consideraba dicha ley como inconstitucional.

—Yo tengo una memoria y sus recuerdos. No puede ser de otra manera. Pero dejo una cosa bien clara: el libro de mis cuentas pendientes, ese yo lo perdí —le dijo en 2005 al periodista brasileño, Marco Aurélio Weissheimer.

El día es flojo y no hay mucho de donde cortar. Tiramos preguntas, a ver si da nota. José Mujica se exaspera.

―¡Si cada cual me va a plantear su problema particular, no me voy más de acá! ―Dice y aún así contesta, elaborando las respuestas.

Dos días después me llega un correo electrónico de la oficina de la presidencia: «Hemos recibido su solicitud y agradecemos el interés que expresa, dada la intensa agenda del Presidente, es muy difícil concretar la entrevista».

***

Luego de la entrevista de El Mundo, la  granja de Mujica se convirtió en centro de peregrinaje para los periodistas del planeta. Todos en busca del presidente que siembra flores, repara él mismo su tractor, tiene una perra coja como mascota, y además vive desde siempre con la misma mujer que también fue guerrillera y ahora es senadora. Al igual que su marido, ella creía que la mejor forma de cambiar el mundo era mediante el proceso revolucionario. Ella también fue encarcelada, vejada y tuvo su gran fuga.

Todos los medios de comunicación querían una historia que revelara el origen de su pobreza. La respuesta: dona el 90% de su sueldo a obras sociales. Algo insólito en una época donde la cleptocracia impera aún en medio de crisis económicas. Frente a este desprestigio El Pepe representa una visión romántica. No es que la gente desconozca que como tupamaro y anarquista participó en expropiaciones –robos a bancos para financiar la guerrilla–, secuestros y demás acciones de guerra. Es solo que Facundo y Ulpiano –sus nombres de batalla– desaparecieron tras recibir seis balazos y perder la libertad. El Mujica actual reconoce sus errores de  juventud y en junio de 2014, fue propuesto para recibir el premio Nobel de la Paz.

A José Mujica no le gusta el mote. Ha dicho que no es el más pobre del mundo, que pobres son aquellos que necesitan mucho para vivir, él es un campesino que tiene lo suficiente y que de momento agarró una chambita de presidente. Sus detractores lo tachan de radical y populista, de ser un demagogo que creó un personaje: El Pepe. Aunque los propios uruguayos dan fe de encuentros personales e historias de calle que indican lo contrario. En Valizas una de las playas más concurridas de Uruguay, escuché de boca de un ingeniero agrónomo decir que antes de llegar a la presidencia, Mujica iba a comprar las plantas y semillas para su chacra y siempre les compraba un poco a la empresa donde él laboraba y otro tanto a los de la competencia, así que en opinión del agrónomo así era para todo, equitativo en la medida de lo posible.

El estrellato llegó a su máximo el día que José Mujica se paró en la tribuna de las Naciones Unidas para hablar de la felicidad y el tiempo libre. Para declararse socialdemócrata como la mayoría de los guerrilleros que sobrevivieron a su propia utopía y se incorporaron a la lucha electoral. Pararse ahí además y decirle a la burocracia internacional que no sirven para mucho, que «nuestro mundo precisa menos organismos mundiales de toda laya, que organizan foros y conferencias que sólo sirven a las cadenas hoteleras y a las compañías aéreas».

Cuando José Mujica no es un soñador tiene que actuar como hombre de Estado. Tiene claro que vive en un sistema capitalista y que Uruguay con sus poco más de tres millones de habitantes es un actor minúsculo del sur dentro del concierto internacional. Rodeado, por si fuera poco, de dos gigantes regionales: Argentina y Brasil, que lo acorralan contra el Atlántico.

―Pero dentro de Uruguay no es una presidencia tan respetada en términos de logros ―dice el doctor en ciencia política Germán Lodola, cuya vertiente de investigación es precisamente la nueva izquierda latinoamericana.
―Se dice en Uruguay que no ha avanzado mucho en áreas donde se lo había propuesto inicialmente. Y tampoco ha tenido grandes logros en materia económica. Se le ve más como un gobierno estático ―dice el catedrático de la bonarense Universidad Torcuato Di Tella.

Durante el mes que estuve en Uruguay, 15 días en 2013 y otros tantos en 2014 pude comprobar que en efecto: aquello que nos parece romántico desde fuera, a los uruguayos les rompe las pelotas. Se puede percibir en las columnas de los diarios o en los medios electrónicos que la vida sencilla de Mujica parece una afrenta. A veces, aún sus más fieles seguidores no tienen más opción que levantar los ojos y  los hombros cuando su presidente llega a la toma de protesta del ministro de economía en chanclas y sin cortarse las uñas de los pies o bien cuando hace fila en un hospital público para ser atendido.

La crítica interna es parecida a la que había en México cuando el presidente Vicente Fox empezó a usar botas con traje o se comportaba como ranchero y no de manera protocolaria. En general, a la opinión pública en todo el mundo le molesta la chabacanería en un gobernante, dígase el rey de España cazando elefantes; Hugo Chávez cantando rancheras; Evo Morales fichado para jugar en un equipo profesional de futbol; Cristina Fernández diciéndole a políticos y empresarios que son como la gata flora –si se la meten chilla y si se la sacan llora– y así.

***

En Uruguay la mitad del año es carnaval y la otra mitad hace frío. Para el frío inventaron la grappamiel y para el carnaval las murgas. También hay candombe, parodistas, humoristas y revistas. Pero lo suyo es la murga.

En 1968 la murga, La Milonga Nacional, intentaba explicarse a sí misma en su salida.

Murga es el imán fraterno
que al pueblo atrae y hechiza
Murga es la eterna sonrisa
en los labios de un Pierrot.

A mis oídos llegó de los labios de Jorge, un consumidor de pasta base de cocaína, que a veces cuida coches.

―Yo soy murguero ―me dijo al acercarse y mientras me extendía una lata de Jumex de durazno, mezclado con alcohol.
―Ajá ―contesté. Sin darme tiempo se arrancó cantando, la voz clara y educada. Departimos hasta las tres de la mañana.
―Yo era muy bueno, pero soy bohemio ―dice Jorge y se despide.

Una murga es un grupo vocal de 13 cantantes, un director y tres percusiones, que forman una ópera con guitarra, cajón, timbal y bombo. Van maquillados, lucen ropas coloridas, mezcla de arlequín y payaso vagabundo. Resumen cada año las noticias del país. Aún en la época de la dictadura tuvieron cierta libertad. Aunque a las más combativas, como La Soberana –compuesta por miembros del grupo guerrillero tupamaros– las desarticularon.

Para los seguidores del carnaval, no hay mayor ilusión que ir de camión con una murga recorriendo tinglados.

En 2014, la murga Momolandia quedó en segundo lugar del carnaval. El autobús es una fiesta que atraviesa Montevideo, rompe en silencio la tranquilidad de la ciudad. Adentro se vive un carnaval que afuera nadie ve.

―No flaco, ¿vos vas a caminar? Son las dos de la mañana, es re peligroso. ¡Te pido un taxi! ―me dice el cuidador de la puerta del Museo del Carnaval, uno de los tablados más socorridos durante la festividad.

Son apenas seis o siete calles sobre una peatonal bien iluminada, solitaria, pero tranquila. Así que me niego, me parece ridículo. Si fuera San Pedro Sula o Caracas, incluso dudaría en pedir un taxi. Uruguay junto con Canadá son los dos países más seguros del continente americano y en eso todos los estudios coinciden. Camino sobre Sarandí y llego a la catedral, ahí a 100 metros está el apartamento donde me hospedo. Mi anfitriona coincide con el portero: fui un irresponsable por estar caminando por la Ciudad Vieja a esas horas.

***

Maru Martínez es mi amiga. Es uruguaya. Originaria de 33, un pueblito que hace referencia a los 33 orientales que le arrebataron la Provincia de Uruguay a los brasileños. Hace rato que vive en Montevideo. Escribe que da envidia, tiene un blog hilarante: nolvidarme.wordpress.com. Si fuera española o argentina sería tan famosa como Maitena. Pero como le dijo Juan Carlos Onetti a Eduardo Galeano: «Mirá, pibe. Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de la banda del pueblo».

Las veces que he visitado el país me quedo en su casa, que ya siento como mía. Me encanta salir a la terraza y disfrutar la vista de la catedral con el Río de la Plata de fondo, todo antiguo, siempre igual. Sólo el viento muestra cambios. Un fuerte olor herbal, mentolado que me despierta más que el café que sostengo en mi mano. Sigo mi olfato, llego a la orilla de la terraza y miro abajo: unas hermosas plantas de marihuana, frondosas, salen por las ventanas de los vecinos.

—Siempre las han tenido —explica Maru—, sólo que ahora las sacaron al sol, ya no tienen que esconderlas.

***

A dos calles de mi casa montevideana, en Camacúa y Brecha, nació en 1846 el Conde de Lautremont, poeta maldito, autor de Los Cantos de Maldodor. Creció en medio de la guerra civil que los historiadores llamaron la Guerra Grande. En ella, Francia e Inglaterra con apoyo argentino intentaron adueñarse del recién conformado país.

Por aquel entonces, Alejandro Dumas gozaba la fama de haber escrito Los Tres Mosqueteros. Y aunque nunca estuvo en Uruguay, contó su versión de la guerra en La Nueva Troya. Ahí asegura que el nombre de Montevideo se originó cuando el vigía del barco de Juan Díaz de Solís gritó: «montem video». Pero los historiadores señalan que en los mapas a este punto se le llamó Monte Ovidio.

Maru fue el primer habitante de ese país que conocí. Por ella supe que los uruguayos dicen «Ta» como muletilla por cualquier cosa. Que al Río de la Plata, lo llaman «el mar» por su vastedad; lo tratan como tal, se bañan en sus playas y construyeron una Rambla que bordea la ciudad. Que el refresco local es el Paso dos Toros de pomelo (toronja), que el chivito canadiense es el plato típico, que a los hot dogs les dicen panchos y que hay que comerse uno en La Pasiva. Que existe el mercado del puerto y también una playa hermosa llamada Valizas y una más hippie llamada Cabo Polonio, donde por decisión de los habitantes no hay electricidad ni agua corriente.

***

Al final de las dunas se ve Cabo Polonio. De no ser por el mar, parecería un pueblo perdido del desierto, de cualquier desierto. Se intuye un pueblo de pescadores pero salvo la artesanal y deportiva, la pesca está prohibida por decreto. Desde el 2006 se logró que también se prohibiera construir o utilizar la arena de la zona como material para construcción.

En esta playa no hay energía eléctrica ni agua potable, las pocas casas funcionan con pozos, desde siempre. Y los pobladores permanentes son apenas un puñado que viven del turismo que llega año con año durante el verano. Porque en invierno no queda nada más las calles de arena y una playa torturada por un mar furioso, tan gris como el cielo. El viento congela, y las casitas de madera son incapaces de proteger a nadie. Así que casi todos se van.

En el verano Cabo Polonio y Valizas –la playa vecina– se llenan de turistas europeos que buscan la experiencia natural; de artesanos que ven el poblado como un paraíso hippie y de turismo nacional que busca una playa sin argentinos y brasileños botando la plata y sintiéndose dueños del lugar. Sucede como en Punta del Este, un complejo turístico con una hermosa marina y hoteles all inclusive, algo muy parecido a Los Cabos y Cancún en México, a donde llegan los turistas que quieren disfrutar del clima y el mar, sin los nativos ni sus costumbres.

Al Cabo se llega desde el kilómetro 264 y medio de la ruta número 10. De ahí quedan unos 7 kilómetros de arena y algo parecido a un bosque, que se pueden recorrer solo camiones de redilas que recuerdan a las guaguas cubanas, a caballo, o caminando. La otra vía es desde Valizas, el poblado cercano, donde sí hay luz y agua corriente.

El camino desde este punto se a pie o a caballo. Primero se debe cruzar un río de unos seis metros de ancho que en su punto menos profundo debe medir 1.65 metros, vamos que yo mido 1.82 y el agua me llegaba a la clavícula. Luego se debe elegir, bordear los 10 kilómetros de playa o ir en línea recta a lo largo de 8 kilómetros entre dunas y pequeños pantanos. Todo bajo un sol calcinante o un frío insoportable.

Eso sí, en Uruguay no se puede acampar en la playa, es ilegal, y aunque nunca vi un policía en ninguna de las dos playas, nadie acampa.

A la noche Cabo Polonio se sume en una fiesta discreta, tampoco se puede hacer ruido y como no hay electricidad pues no es que se pueda poner el estéreo a todo volumen. Las fogatas abundan, los tambores, las guitarras, alguna pareja recién formada que solo durará esa noche furtiva o a lo sumo el verano.

***

La República Oriental del Uruguay es un país pequeño, tiene 176 mil kilómetros cuadrados de extensión y poco más de tres millones de habitantes. En México existen al menos cuatro estados que son similares a este país, tres de ellos más grandes. Los uruguayos son los mayores consumidores de carne y whiskey en el mundo. Tienen la mayor cantidad de vacas por habitante, no porque haya muchas vacas (12 millones de cabezas de ganado) sino porque son pocos habitantes.

En alguna época se le llamó la Suiza de América por ser un refugio de capitales, ahora sólo le dicen paraíso fiscal.  Si bien su inflación no es de las más altas (8.3% frente al 20.8% de Argentina), el precio de la comida es tan alto como en la zona del Euro. El índice Big Mac ayuda a entenderlo mejor, en Uruguay la hamburguesa cuesta 4.91 dólares, mientras en México su precio es de 2.78.

Viven entre dos gigantes que para frenar la guerra decidieron que fuera un país independiente. Los brasileños y los argentinos. Los tres países producen carne, soja y productos de piel, por lo que Uruguay solo coloca en el mercado lo que los otros dos no pueden abastecer. Por lo que su economía se ve arrastrada por ambos. Por si fuera poco, en el Mercosur les impiden negociar por su lado, aunque llevan rato coqueteando con la Unión Europea y con la Alianza del Pacífico.

Los uruguayos llaman oficialmente a la «Semana Santa», la semana del turismo y es feriada no por tema religioso, sino porque es la época en que la gente sale de Montevideo para visitar a sus familias en las provincias. Esa semana la ciudad queda desierta y las playas se llenan. Desde 1929 el laicismo es una realidad como no lo es en ningún otro país de América.

Los uruguayos aseguran que el tango, el ritmo por excelencia de la argentina y Carlos Gardel, su mayor exponente, nacieron en Uruguay.

Las relaciones con el vecino siempre fueron complicadas: Si allá comen con picante, los de acá cagamos fuego, dice un cuplé de la murga Don Timoteo. Los tres últimos presidentes, no han abonado mucho para mejorarlo. Digamos que se les chispoteó al menos una vez a cada uno cuando creían que nadie los escuchaba. En 2002, el presidente uruguayo Jorge Batlle dijo a Bloomberg: «La situación argentina es de los argentinos, con los problemas de Argentina; una manga de ladrones del primero al último». Luego su sucesor, Tabaré Vázquez, dijo que consideró la posibilidad de una guerra con Argentina, por el tema de una planta de pasta de celulosa construida del lado uruguayo en la frontera de ambos países. Ya en 2013, Pepe Mujica se mandó una a lo grande en cadena nacional: «esta vieja [Cristina Fernández] es peor que el Tuerto [Néstor Kirschner]; el Tuerto era político, ésta es terca».

La sangre no llegó al río, se pidieron disculpas y todo sigue como siempre.

Si Francia y Alemania necesitaron media docena de guerras y llevar al planeta entero a dos de las mayores conflagraciones bélicas de la historia para poder ser vecinos cordiales. Y las dos coreas, teniendo una misma identidad, lengua y hasta lazos sanguíneos viven en un estado permanente de guerra (ahora suspendida) desde 1950. La diferencia entre uruguayos y argentinos es un sentimiento que se reduce a un chiste relajado.

―Ta, ¿sabés cómo se hacé un uruguayo? Necesitás masa para pizza, barro del Río de la Plata y un poquito de mierda. ¡Pero sólo un poquito! Porque si te pasás te sale argentino.

El chiste me lo han contado tantas veces que sería injusto adjudicárselo a un solo uruguayo.

***

―La película de El Gran Dictador de Chaplin [1940] no se exhibió en la argentina. La gente tenía que cruzar el río e irla a ver a Uruguay ―dice Gustavo Koniszczer, quien es argento-uruguayo―. Lo mismo pasó con el clásico del cine erótico, Emmanuelle.

«A principios del siglo veinte, el Uruguay era un país del siglo veintiuno», escribió Eduardo Galeano en Los Abrazos Rotos. Todo parece indicar que así fue hasta antes de la dictadura con más presos políticos per capíta en el mundo. El peruano Mario Vargas Llosa, reafirma en El Viaje a la Ficción, la admiración que le produjo la libertad en Uruguay pues se acercaba más a la de países europeos, que a la libertad de sus vecinos latinoamericanos.

Ernesto «El Che» Guevara, ya como ministro de economía de Cuba, dijo en un discurso en el Paraninfo de la Universidad de la República, en Montevideo, el 17 de agosto de 1961: «Tengo las pretensiones personales de decir que conozco América, y que cada uno de sus países, en alguna forma, los he visitado, y puedo asegurarles que en nuestra América, en las condiciones actuales, no se da un país donde, como en el Uruguay, se permitan las manifestaciones de las ideas». Al año siguiente Cuba sería expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA), durante la octava reunión de ministros de relaciones exteriores, realizada en Punta del Este, Uruguay.

Eran momentos duros, la izquierda latinoamericana intentaba abrirse paso por distintas vías, mientras que la derecha buscaba frenar a toda costa que Cuba exportara la revolución. Derrotados los políticos, arrebataron los militares. Vargas Llosa culpa a los tupamaros por generar las condiciones que culminaron con el golpe en Uruguay el 27 de junio de 1973. Sin embargo en Chile, Salvador Allende había llegado por la vía de las urnas en 1970, y tres años después fue asesinado por los golpistas.

Salvo ese episodio, Uruguay siempre ha sido un país ejemplar, al que sólo le falta desarrollar un modelo económico que lo lleve al primer mundo.

―En el top ten de las marcas país de Latinoamérica, elaborado por FutureBrand ―dice Koniszczer, Director para Latinoamérica de la agencia de publicidad―, Uruguay es la nación que más primeros lugares ocupa en atributos específicos, entre ellos calidad de vida, seguridad, oportunidades laborales, mejor lugar para vivir, tolerancia, libertad política y libertad de expresión.

Es un paraíso.

Cuando investigué para esta crónica y comparaba lo que se decía del país oriental antes de la dictadura y después de ella, parecía que nada había pasado en medio, ni los muertos, ni los desaparecidos, ni los exiliados. La prisión donde estuvieron confinados los presos políticos –entre ellos Mujica– es ahora un lujoso centro comercial.

—A pesar de ser un extupamaro, a Mujica se le ve como un moderado. En una época donde la política está desprestigiada, Mujica se presenta como algo diferente. ―Dice Germán Lodola.
—Y eso que la época de los tupamaros fue muy violenta, hoy tienen un presidente que formó parte de esa guerrilla y que se ha convertido en un activo de imagen para Uruguay. ―Cuenta Koniszczer, a quien le tocó vivirla.

En 1985, el país regresó a la vía democrática, liberaron a los presos políticos, el Frente Amplio –un partido que aglutina a las izquierdas– salió de la clandestinidad y quienes antes optaron por la vía armada, decidieron participar en las urnas. Cuatro años después ganarían su primer espacio importante. El oncólogo Tabaré Vázquez, ganó la intendencia de Montevideo y en 2005, se convirtió en presidente del país.

«Sin el Frente Amplio y sin Tabaré no hubiera sido posible Mujica», dice Lodola. Con Tabaré Vázquez se intensificaron las transferencias de dinero en efectivo como política social.

―Afuera todos ven a El Pepe, pero Tabaré fue el que reactivó la economía. Si Mujica fue presidente es porque Tabaré puso las bases ―dice Natalia Chargoñia, una escritora uruguaya.

El activismo de los uruguayos sorprende. Lapop señala que la participación cívica ha descendido, no así la política. He platicado con dos o tres personas, pero ellos levantaron más de dos mil cuestionarios.

***

Un repartidor de leche, al centro del restaurante Bacacay, habla con dos mujeres empleadas del café:

―Es que yo creo que Tabaré no debió haber vetado el aborto. Es un derecho de las mujeres ―dice el repartidor.
―Hacía falta discutirlo, reglamentarlo. Además Tabaré es médico, no fue una cosa moral fue ética ―responde la cajera, una mujer que ronda los 40 años.

La camarera, una jovencita que no supera los 20 años, interviene:

―Tá, no sé ―dice en voz baja. Se toca el labio como para que no se le salgan las palabras― Sí, una debe poder decidir sobre su cuerpo, pero, no sé.
―De eso se trata, si vos no querés abortar porque crees que es malo, no lo hacés y ya, pero no hay porque imponérselo a los demás ―dice el lechero.

Quisiera interrumpirlos, preguntarles dónde viven. ¿Hasta qué grado estudiaron?, pero siento vergüenza de mi clasismo, de que me sorprenda una plática informada entre el lechero y las meseras. Veo por la ventana el Teatro Solís y me escondo detrás del periódico.

Esa misma semana de marzo del 2013 me volvería a suceder. Fue con los dueños de El Miró, el restaurante más barato y rico de la ciudad, ubicado en la calle de Ciudadela y Mercedes. Nos enfrascamos en una discusión sobre macroeconomía que se prolongó aún después de haber bajado la cortina del local.

***

¿Y si el chico no mató a su padre? ¿Podrían vivir ellos con la culpa de condenar a un inocente a pena de muerte? El juez se los había advertido: «si alguno tiene una duda razonable…». Y uno de ellos la tenía. Los actores de «12 hombres en pugna», iban por su quinta semana de éxito escenificado la obra de Reginald Roseen en el Teatro Circular de Montevideo. La tensión crecía y desbordaba en imprecaciones que, de acuerdo con el guión, en el pináculo del montaje trastocaba en violencia.

Luego la calma, el actor José María Novo encendía un cigarro para tranqulizar al personaje.

«No se puede fumar en un espacio cerrado»…

Se escuchó antes que se desvaneciera la nube de humo, y en medio del silencio…

«Apague ese cigarro. Por favor».

Era domingo, cuando la gente de mayor edad va al teatro.

La voz elevada pero calmada de una mujer, desde la segunda fila…

«Está prohibido».

El actor obedeció a la tercera llamada. La platea entera murmuró.

En Uruguay, el control social siempre triunfa. Durante el gobierno de Tabaré Vázquez (2005-2010), Uruguay se convirtió en el primer país del continente en prohibir el consumo de tabaco en lugares cerrados y edificios públicos.

Se hizo por decreto.

La nación más pequeña del Cono Sur fue el quinto país del mundo en hacerlo.

«Agradezcan que el presidente es oncólogo y no sexólogo», se leía en una pinta del centro de la ciudad.

―Todo lo que te generá dependencia te reduce libertad ―dice Álvaro, un artesano al que todos conocen como «El Chula». El encabeza la Red de Usuarios de Drogas y Cultivadores de Canabis del Uruguay―. Más que prohibir lo importante es informar. De ya te digo que no hay mayor droga que la ignorancia.

«El Chula» vive por la Plaza Gerardo Cuestas, en Montevideo. Un barrio donde la gente se conoce, las casas no tienen rejas y los niños juegan en la calle.

En 1974 la dictadura legalizó la tenencia para consumo de marihuana. Pero hasta el 2000 se iniciaron los movimientos a favor del auto cultivo, porque sin él se condena al consumidor al narcotráfico. De hecho lo que convierte en extraordinaria la legalización en el Uruguay no es que cualquiera pueda ponerse pacheco legalmente. Sino que por primera vez desde la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes, un Estado se atreve a legislar sobre la producción y distribución de los mismos.

***

A los montevideanos les gusta pescar. Salen a la rambla hasta con cuatro cañas cada uno, tiran la línea y esperan en silencio. Beben mate sin parar y miran al horizonte porque el de la Plata es un río infinito que se mezcla con el mar.

―El país está de moda, pero no termino de entender qué es lo que lo hace tan distinto. Tan bucólico ―le digo a Matías, un carpintero de apenas 30 años que paciente espera que pique algún pez.
―La respuesta más profunda en la que puedo pensar es que la culpa de todo la tienen el río y el puerto, hasta que seamos un país.

Callo, pienso. Sí seguro que la hierba hace ruido al crecer pero es el rumor del río el que no me deja escucharla.

La señora que sirve café en la central de buses de Montevideo siempre sabe de qué va a hablarle un extraño. «A veces es más fácil hablar con un desconocido», me dice Raquel Quirque, una desconocida con tres letras Q en su nombre. Se ha sentado en una sala de espera de Tres Cruces, la terminal de viajeros de Uruguay, tras horas de pie en Del Andén, un café en el ombligo de esta central de transportes donde ella dice buenos días, azúcar o edulcorante, con la voz de una tía que sirve el desayuno sin prisas. Raquel Quirque es rubia, Sagitario, viste de negro, responde su teléfono con el ringtone del himno del Club Atlético Peñarol y se despierta antes de las cinco de la mañana. A esta hora del almuerzo, su esposo está tras el volante de un bus en una carretera como chofer de la Compañía Oriental de Transporte. La boletería queda frente al lugar donde ella sirve café a los pasajeros y el hijo de ambos trabaja en el departamento de encomiendas de la misma compañía. No es casualidad: se llama familia. La Señora Q ha acabado su turno en la cafetería y no deja de abrazar el termo que usa para tomar mate. Su marido le trae la yerba desde el interior de Uruguay, desde donde lleva a esos desconocidos que cada día se acercan a hablar con ella. Toda la vida de Raquel Quirque gira alrededor de Tres Cruces. «Voy a un supermercado y en vez de preguntar ‘¿cuánto es?’, digo: ‘¿algo más?’. Suena el teléfono de mi casa y digo: ‘Café del Andén, buenas tardes’». Su cortesía en piloto automático anuncia una alegre fatalidad: quiere envejecer sirviendo café en Tres Cruces.

—Yo tengo un dicho que es «De acá al BPS o al Norte».

El BPS es la caja estatal de jubilaciones de Uruguay. El Norte es el cementerio más grande de Montevideo.

—Me jubilo o me muero acá —dice—. Pero buscarme otro trabajo, no.

La terminal de Tres Cruces tiene en su puerta principal un cartel de bienvenida: AQUÍ SE ENCUENTRA UN PAÍS. Los carteles de bienvenida suelen ser demagógicos. Si uno es extranjero y llega un domingo a un Montevideo de calles desoladas, es posible que se pregunte dónde están todos los uruguayos. Si va ese mismo domingo a la medianoche a Tres Cruces, tendrá la respuesta: todos los uruguayos están allí. El paisaje humano es bastante homogéneo y con cierto color local: gauchos con teléfonos inteligentes y ejecutivos adictos al mate. Gente rebuscando entre sus bolsillos el boleto de viaje, llevando niños con una mano y maletas con la otra, matando el tiempo con un cigarrillo, durmiendo en la sala de espera con la boca abierta, universitarias llegando tarde con sus boletos en la boca. Señores cargando trajes a la espalda para evitar que se arruguen, viajeros con mochilas del tamaño de un chico gordo de once años, señoras ahorcándose con bufandas. Un turista caminando de memoria con un folleto de viajes, músicos despeinados con guitarras en estuche negro, jóvenes extraviados buscando a alguien, pasajeros tragando comida rápida en marcha, mamás esperando a sus hijitas con muñecas en la puerta de un baño. Hombres que aún usan relojes y las manos en los bolsillos, mujeres ejecutivas arrastrando maletas con cadencia y estilo, una chica con un parche en el ojo por una cirugía. Tipos rapados andando como si alguien los persiguiera, niños rapados por la quimioterapia en sillas de ruedas, hombre negro y mujer blanca besándose. El señor que ha metido varias monedas a un teléfono público y dijo hola-hola en vano, un bombero serio y con uniforme azul marino, un muchacho con la camiseta del Gremio de Porto Alegre y otro con la de Boca Juniors, epidemias de viejos con gorras de béisbol, manadas de adolescentes con audífonos, familias que se abrazan como si fuera la última vez. Viajan por los diecinueve departamentos de Uruguay, un territorio que puede atravesarse en menos de medio día por bus, que es cien veces menor que el tamaño de Rusia, un kilómetro cuadrado más grande que Surinam y cuya población entera equivale a los nacidos cada año en el vecino Brasil. Es un país llano y diminuto, sin futuro para los aviones de pasajeros, la tierra prometida para un empresario de transportes de ómnibus. Casi la mitad de los uruguayos vive en Montevideo. En 2011 la terminal-shopping recibió veintiún millones de visitas: siete veces la población de Uruguay. Tres Cruces, «donde se encuentra un país», no es un cartel demagógico: es un teatro para un antropólogo del viaje breve. Un laboratorio de conversación con desconocidos.

—Y vos, cuando tomás un café, conversás —dice la Señora Q—. El mate es más personal.

La Señora Q es una etnógrafa involuntaria. Durante casi dos décadas ha observado a viajeros y compradores en Tres Cruces, una terminal que ya es mayor de edad. No impone ella la distancia de la cortesía: contagia la cercanía de la confianza. Cuando conversa, mira a los ojos. El Café del Andén tiene dos locales: el del primer piso, dominado por las boleterías y las salas de espera de los autobuses; el del segundo, donde venden postres entre las demás tiendas del shopping. Raquel Quirque llega a trabajar al amanecer y se va a la hora del almuerzo. Inyecta de agua caliente los termos para beber mate. Los clientes le piden tortugas, unos panes redondos con jamón y queso. Le piden también medialunas, esos bizcochos que de lunar no tienen nada. Sin embargo, la verdadera ocupación de la Señora Q es mirar: ver lo que, a fuerza de tanto ver, ya no vemos. O lo que es igual: ver lo que preferimos no ver. Por ejemplo, cosas de vida o muerte. Toda la gente del interior tiene que pasar por Tres Cruces para curarse. La terminal queda cerca de varios hospitales, incluyendo uno de niños con cáncer. Y ella ve a los enfermos. Ve la angustia de los padres. Ve cómo se va curando un niño. Ve cuando dejan de venir. Tomar demasiado café tiene mala prensa. Pero ella dice que servir café en Tres Cruces le ha cambiado el cerebro.

—De qué puedo quejarme si tengo salud y trabajo —dice la Señora Q—. Acá ves problemas reales. Si los comparás con tu vida, soy Alicia en el País de las Maravillas.

Alicia en el País de las Maravillas nació en Minas, una ciudad más calmada que Montevideo, que ya es más calmada que casi todas las capitales del mundo. Los uruguayos tienen un temperamento de bajo voltaje que sufre metamorfosis explosivas cuando acuden al estadio Centenario. La reputación de un país diminuto que produce vacas felices, fanáticos del fútbol y melancolía. Es un país de inmigrantes, sobre todo españoles e italianos, a quienes se les atribuye cualidades de suizos y portugueses. La sentencia «triste como uruguayo contento» es un chiste que encanta a los argentinos. Los uruguayos deslindan todo el tiempo que no son argentinos, igual que los canadienses se cansan de que los confundan con los gringos. Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas de las tres Américas, el carnaval teatral más largo e inofensivo del mundo, y uno de los presidentes más viejos y austeros del universo. «Somos un país que ama los fines de semana largos tanto como la libertad», dijo José Mujica, que nació el mismo año en que murió el tanguero Gardel, a quien los uruguayos reclaman uruguayo. El presidente dice que sus paisanos aman la vida en minúsculas, la serenidad y los afectos. En Tres Cruces hay más afectos que serenidad.

—Es divertido el trato con la gente —dice la Señora Q—. Aunque haya momentos que te apabullan.
—El del interior te pide por favor —dice Natalia Benavides, quien ha trabajado en Atención al Cliente—. El de la capital te exige.
—El del interior es más amoroso y previsor —insiste la Señora Q—. Siempre le sobra el tiempo. Un montevideano vive más apurado.

Ver un rostro entre miles todos los días y entre todos ellos recordar un solo detalle. Una biografía en un solo pestañeo.

—Hoy la gente está más agresiva —dice ella sin parpadear—. No sé. Alguien puede tener más problemas que yo y no lo discuto. Pero nunca se lo increparía a un desconocido.

La Señora Q mira con ojos maternales, de esos que no puedes engañar.

—Dicen mis compañeros que, cuando los rezongo, pongo los ojos duros. Como que no parpadeo.

Un chico que trabaja en el café le aconseja una sola palabra.

—Parpadeá.

***

El jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, un hombre acostumbrado a resolver líos entre más de cien conductores de autobuses, no tiene automóvil. Prefiere ir a pie. «La primera vez que me senté en un volante —dice— fue arriba de un bus». Empuñando un radiotransmisor, Osvaldo Torres dirige el tránsito en las calles lluviosas que rodean a Tres Cruces un viernes al final de la tarde. Es la hora punta. «La terminal es un enorme rompecabezas —me dice en botas de hule— que debemos armar continuamente». Los paraguas son parte del panorama, y Torres lleva un impermeable de color fosforescente. Los transeúntes caminan ensimismados y pensativos bajo el agua. Cuando no son torrenciales, todas las lluvias parecen uruguayas. El país tiene distancias tan breves que todos los días miles viajan de ida y vuelta entre la capital y el interior. El hormigueo crece los principios y fines de semana. Hay días y horas en que ingresan a la terminal tres ómnibus por minuto. Horas en que los habitantes del país se encuentran, pero también se tropiezan. «Me gusta andar así entre la gente», dice Torres, el señor del tráfico pesado. Cada viernes, entre seis de la tarde y siete de la noche más de cien ómnibus entran y salen de cuarentaiún plataformas en una sola hora. «Es el momento más importante de la semana y lo disfrutamos», dice con cara de viernes. «Se nos carga el cuerpo de adrenalina». Ha bajado de su discreta torre de dos pisos, desde donde un equipo de controladores avista el caos sobre ruedas. Torres tiene el talento de mando de un general. Podría hasta dirigir la lluvia.

—Me gustan los que comandan un grupo humano que va al frente —dice el jefe—. La gente que manda y predica con el ejemplo.

Torres siempre quiso ser un militar, pero el destino le fue imponiendo ironías y azares. Fue guía de turismo en la Organización Nacional de Autobuses, una empresa de transportes cuyo ícono era un galgo a lo Greyhound. Explicaba desde la historia de una ciudad hasta la morfología de una catarata. Un día de esos hubo que correr un camión y él estaba allí. El destino siempre le dio oportunidades: una tía se había casado con un marino que llegaría a ser comandante en jefe de la Armada, y de niño iba con frecuencia a casa de ellos. Una noche, cuando tenía diez años, se quedó a dormir allí y se tiró en el jardín a mirar el cielo. Fue cuando su tío, el comandante del mar, le señaló una estrella, una de las favoritas de los navegantes, la de más fulgor en la constelación de Tauro. Hoy una de las hijas de Torres lleva su nombre: Aldebarán. Nunca olvidará esa noche. «Soy un marino frustrado», admite. En algún momento, pasó por su cabeza ingresar a la escuela naval. Torres es un almirante imposible.

—Hasta hoy —dice— me pregunto por qué no lo hice.

A las seis y cinco de la tarde, Torres se mueve como una autoridad del tránsito bajo la lluvia. Dirige la calle zigzagueando entre una fila de once buses. Tras ellos se avistan unos más. Los rostros de la gente mirando por la ventana de los buses son retratos aburridos: caras con vaho en el vidrio, caras de recién despiertos, caras de sólo existe la música en mis audífonos, caras de ojalá vengas a recogerme. Los ómnibus aparecen uno tras otro y eliminan toda la visibilidad de otros coches. Las empresas tienen nombres de espías como Agencia Central, playeros como Turismar, mayúsculos como CITA y COT, geográficos como Paysandú o amables como Bonjour. Tienen eslóganes clásicos —«Nos encanta llevarte»— o prometen conexión a Internet desde sus puertas. Todos están obsesionados por convertir sus autobuses en camas de hotel. Para el jefe de la Torre de Control las distinciones no existen. Ejerce su comando en diez mil metros cuadrados de territorio. Una vez, uno de los choferes había abandonado un ómnibus en la terminal más tiempo del prudencial sin reportárselo.

—Me tuve que extralimitar —dice como disculpándose—. Le tuve que decir que, estando dentro de la terminal, incluso para ir a cagar me tenía que avisar a mí.

A las seis y treinta de la tarde, hay una legión de pasajeros esperando irse.

Señores revisando su boleto por si se equivocan.

Chicas con maletas muy floridas o muy negras.

Gente abriendo sus paraguas contra el cielo.

El Almirante Imposible ve desfilar en la pantalla de su computadora fotos de buques abriendo fuego. Ve desfilar fotos de sus tres hijas y nietos, a unos compañeros del transporte, citas que le gusta leer en voz alta, ciudades como Río de Janeiro, mujeres como Marilyn Monroe y la Madre Teresa, boxeadores como Cassius Clay, cantantes como Frank Sinatra, militares como el general Patton. En la serie de retratos que desfilan por su pantalla tiene también la fachada de una boletería en la terminal a la que enviará un e-mail de reproche. «Una de mis tareas es preocuparme de que los locales tengan una estética». Tiene una gata llamada Maika, a la que encontró en la calle. Es fan del Defensor Sporting Club porque no le gustan los clubes que siempre ganan. Le fascinan las teorías de conspiración: se acuerda dónde estaba el día y la hora que mataron a Kennedy. Fuma cada vez menos, pero fuma todavía un paquete de diez cigarrillos al día. Fuma más a partir de que oscurece. Tiene amigos de bar, pero sobre todo uno lejano y favorito: un primo hermano que fue traductor de las Naciones Unidas y con quien conversa por Skype. Su madre, que tiene noventa años, se llama Valkiria y la tiene en una casa de ancianos. Su esposa es cajera de una de las empresas de transporte. Torres va a cumplir sesenta años, la edad legal para jubilarse.

—No —dice—. Esto es lo mío.

***

Nadie sueña con incendios una madrugada de Navidad. El 25 de diciembre de 2010, Torres, el jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, dormía a doscientos kilómetros de Montevideo hasta que alguien le dio la noticia del fuego. «Es como si a un capitán le avisaran que le han hundido el barco», recuerda Torres. «Uno se siente a la deriva». El incendio había estallado minutos antes de las dos de la mañana, en el entrepiso de una tienda de zapatos y un local de ropa deportiva. Eduardo Robaina, el Jefe de Operaciones de Tres Cruces, que había trabajado todas las navidades de los veinticuatro años anteriores, interrumpió su descanso de la que iba a ser su primera Navidad libre: estaba en la casa de su madre, en Canelones, a cincuenta kilómetros al norte de Montevideo. «Después de llamar a los bomberos, me llamaron a mí». El fuego estaba convirtiendo en cenizas nueve tiendas del shopping. La Señora Q no supo del incendio hasta esa mañana. «Fue como si se me fuera el alma del cuerpo», dice, y no volvió a Tres Cruces hasta dos días después. «Fue un regalo nefasto de Papá Noel», dice Pablo Cusnir, el gerente de marketing. «Nos sacó a todos de nuestro sueño cuando estábamos fuera de Montevideo. Y mi mujer estaba embarazada». Esa mañana, Osvaldo Torres, que había dispuesto todo para volver a trabajar dos días después, regresó a su torre y la encontró convertida en un gabinete de crisis: el presidente del directorio Carlos Lecueder, el vicepresidente Luis Muxi, el gerente general Marcelo Lombardi discutían qué hacer. «Estos hombres van a tener que conducir el naufragio o dirigir el rescate», se dijo el Almirante Imposible. Y el gerente general, que esa madrugada celebraba una barbacoa con más de cincuenta invitados, enrumbó hacia la terminal. Nunca se descubrió el origen del incendio. Los bomberos apagaron el fuego a las siete y media de la mañana.

—Uno se enfrenta con situaciones que son más o menos conocidas —dice Lombardi—. Esto era absolutamente desconocido.

En Navidad siempre hay incendios, pero los incendios pertenecen al gobierno de lo inesperado. Lombardi cree que pudo haber sido un fuego artificial caído en el techo. O un cortocircuito en el aire acondicionado. Lo que no destruiría el fuego lo arruinarían el humo y el agua. El hollín y el olor a quemado aplastaron el aire. Después del incendio, hubo que arremangarse los pantalones. «Uno sabía todas las mañanas al levantarse que el día iba ser horrible», dice Lombardi. «Lo único que había todos los días era docenas de problemas». Las jornadas de trabajo comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las once de la noche. «Vi cómo había quedado: los bancos de madera seguían armados pero hechos carbón, y todo estaba inundado», recuerda la Señora Q. «Los locales se habían convertido en agujeros negros». Ana Claudia Casas, administradora de Óptica Lux, uno de los nueve comercios que perdieron todo, recuerda desde sus anteojos: «Es como si hubiera caído una bomba. Todo negro. Fierros torcidos por todos lados». Lilian Lerena, una vecina que hace sus compras en Tres Cruces, lo resume así: «Vi mucho humo, pero más tristeza». Fue una tragedia sin muertos ni heridos, con unos siete millones de dólares en pérdidas. «Siempre tuve la necesidad de entrar al local y encontrar algo», recuerda Casas, quien administra la óptica. «Una patilla, un lente, no sé. Necesitaba encontrar algo tal como había quedado». Tenía cientos de anteojos allí. Las gafas de sol se venden más en Navidad.

—¿Y tu mujer te hablaba por teléfono? —pregunto a Lombardi.
—Sí —responde—. Pero con monosílabos.

Esa Navidad, cuando el gerente general de Tres Cruces volvió a casa, sus hijas ya estaban dormidas. Adiós vacaciones. No habría ganas de celebrar el fin de año. Debían improvisar soluciones urgentes para que el servicio de autobuses no se detuviese, informar sobre las pérdidas a los comerciantes, reconstruir el shopping. Primero idearon un lugar de entrada y otro de salida de los autobuses. Cuando uno baja de un ómnibus, sólo se va. Pero cuando uno sube, debe identificar el coche. No puede equivocarse. Las partidas de ómnibus tenían que continuar desde Tres Cruces. El mismo día de Navidad armaron una terminal de llegadas en un estacionamiento frente al Estadio Centenario. Tenían botellones con agua para los pasajeros, baños químicos, una sala de espera en el asfalto, música y altavoces, carpas para protegerse del sol y hasta un carro de chorizos. Fue una terminal de campaña. El público lo entendió. Pero en Tres Cruces, a unas cuantas calles de allí, todos los medios de prensa exigían novedades del servicio. «Una situación de emergencia exige verticalidad y todo el equipo se adaptó», cuenta Lombardi. «Las decisiones se tomaban y no se discutían: se ejecutaban». Fue una improvisación colectiva entre vecinos, autoridades y comerciantes. En un mes, a fines de enero de 2011, la terminal volvió a correr en un ciento por ciento, y en cinco meses se reabrió el centro comercial. Hubo que reconstruir una treintena de unos cien locales. El shopping volvió a ser un lugar de fantasía.

—Más que pesadillesco fue inolvidable —dice Torres.

Un incendio ayuda a desajustarte el cuello. Para Pablo Cusnir, gerente de marketing, hombre de acción y de ventas, ir a trabajar con corbata era necesario para un ejecutivo, como un chef se pone el delantal para cocinar. Había enterrado su pasado de melenudo hijo de una peluquera, de tronco incapaz de meterse en una camisa, de pies histéricos contra los zapatos. Cuando no llevaba corbata, Cusnir se sentía muy incómodo de tratar con otros comerciantes. En las semanas posteriores al incendio, nadie en Tres Cruces se preocupó demasiado por volver a los trajes. Elegían un pantalón digno para caminar entre los restos del fuego. Era verano y el incendio acostumbró a Cusnir a andar sin corbata. Meses después, el gerente de marketing cambió el timbre de llamadas de su teléfono. Había empezado a odiarlo. Desde el día de la tragedia, cada vez que lo llamaban a su teléfono era el ruido de un problema. Lo llamaban su esposa o su madre y más líos. Lo llamaban desde las seis y treinta de la mañana hasta las once de la noche para contarle más problemas. Ya lo tenía asociado: el timbre de su teléfono sólo anunciaba un lío tras de otro. Un día, en una reunión de trabajo, el ruido del teléfono de uno de los presentes lo crispó. Era el mismo timbre de su teléfono los días posteriores al incendio. Un fantasma en forma de ringtone.

—Era como un vacío —dice Cusnir—. Se me ponía la piel de gallina.

El gerente de marketing buscó otra melodía.

Hoy contesta con rock&roll.

El único hombre que una mujer espera conocer tras un incendio es un bombero. Hay excepciones que se oponen a esta lógica. Dos días después de esa trágica Navidad, Natalia Benavides, una mujer rubia y alta que trabajaba en el departamento de Atención al Público, acudía a la terminal improvisada en el estadio Centenario para recibir a los pasajeros. David Souza, un cajero de la empresa de ómnibus General Artigas, más bajito que ella, iba al mismo lugar para recibir a los buses de su compañía que llegaban desde Brasil. «Traté de ser amable y le dije que hablaba otros idiomas, que cualquier cosa me consultara», dice ella. «Vio que yo tenía dificultad para hablar portugués», dice él, «y aprovechó para lucirse diciendo que hablaba distintos idiomas». Él empezó a invitarla a salir; ella no quería. Él insistía; ella se disculpaba. Él nunca había tenido una historia estable con nadie; ella pensó que nunca podría estar con alguien como él. Un día antes de acabar el año, ella ofreció darle el número de teléfono de cualquiera de sus compañeras si él aceptaba llevar en su moto a un amigo que le compraría cigarros. Él dijo que lo llevaba pero que sólo quería el número de ella. Ella no le dio ningún teléfono; él le pidió su número al amigo. Él empezó a escribirle mensajes; ella empezó a responderle. Ella y él compartieron el mate. Ellos tuvieron un hijo. Ellos se conocieron por un incendio. Allá ellos.

***

Todos creen que la Señora Q conoció a su marido en Tres Cruces. El prejuicio se disfraza de fantasía: tiene algo de lírico y aventurero conocerse en el paradero de un autobús y mejor si llueve. Pero cuando Raquel Quirque, la Señora Q, empezó a trabajar en el Café del Andén, ya llevaban nueve años y una nena juntos. Había trabajado en una pizzería del Montevideo Shopping, donde conoció a los futuros dueños del café. En verdad, había trabajado en todos los shoppings de Montevideo. «Una terminal de buses es especial», dice la Señora Q. «Es otra gente, otro movimiento, otra curiosidad. Quería trabajar en Tres Cruces». El dueño del Café del Andén es un médico. Entonces era el doctor que iba a las casas de los trabajadores de la Compañía Oriental de Transportes para confirmar si estaban enfermos. Un día fue a casa de ella para controlar la salud de su esposo. El marido había empezado a trabajar en el garaje de la COT: llevaba los camiones al lavadero y los devolvía al estacionamiento. El enfermo se convirtió en chofer cuando inauguraron Tres Cruces, y ella en la Señora Q. Dormir con un conductor de ómnibus es a fin de cuentas procurar que en la carretera nunca se vaya a quedar dormido.

—Es una gran responsabilidad mantenerse despierto —dice ella, parpadeando.

Hay alguien que sabe bastante de choferes sin tener que dormir con ellos: Julio Sánchez Padilla es propietario de la empresa de transportes CITA y unos de los fundadores de Tres Cruces. Hay en su figura de patriarca y en su biografía la sospecha de que sabe demasiado: juez de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Roma y Tokio, récord Guinness por dirigir sin interrupciones el programa televisivo de fútbol más antiguo del mundo —Estadio 1, todos los lunes desde 1970—, y un guerrero sobreviviente de dos infartos. Sánchez Padilla cuenta historias con la pausa de quien sabe que es escuchado. Décadas de polémicas televisadas entre el bien y el mal, décadas de convivir con choferes que cargan vidas y toneladas. El Señor del Récord Guinness recuerda sobre todo a uno de sus conductores de ómnibus, un tal Febres. Dice que era un tipo elegantón, prolijo y puntual. Dice, además, que ya ha muerto.

—No hay más choferes como Febres —lamenta el Señor del Récord Guinness—. La gente se toma sin amor la tarea por la que en algún momento pidió por favor.

La Señora Q, que lleva durmiendo más de veinticinco años con el mismo chofer, cree que no hay conductores como Montiglia, su marido al volante de un Scania. Tiene un hijo que trabaja tan despierto como su padre en el Departamento de Encomiendas de Tres Cruces. Tiene una nuera que también trabaja en Encomiendas en Tres Cruces. Y tiene una hija que trabaja en una tienda de ropa, que no está en el shopping de Tres Cruces pero que va a visitarla a Tres Cruces. Hay miles de estudiantes universitarios que viajan casi todos los fines de semana al interior, y miles de ellos recibiendo encomiendas de sus padres: cajas con comida, ropa arreglada, animales. Y van a Tres Cruces por esas cajas, por la camisa planchada, por el guiso que el viernes les hizo la madre. Van desesperados en busca de esa caja. Van a romper lo que la envuelve. Es una caja de la conexión con la tierra. Enviar una encomienda sigue siendo enviar una caja. La comida favorita de mamá no se puede enviar por Internet. Y en Uruguay todos los viajes son cortos. Por eso los guisos llegan bien.

Su hijo, que trabaja entre guisos ajenos, ve a veces más animales que gente.

—Ve pollitos casi a diario —dice la Señora Q—. Pollitos en vaivén. Van y vienen en cajas con agujeros.

Su hija, la única del clan que no trabaja en Tres Cruces, también va a la terminal.

—Pero viene a ver a la madre —me dice la madre.
—¿De qué habla con su marido todos los días?
—De todo, menos del trabajo. A pesar de que él lleva a tantos pasajeros, yo soy quien conversa más con la gente.

Hay quienes vuelven a casa para olvidarse del trabajo.

Hay quienes hacen de olvidar todo un trabajo.

Samantha Navarro tiene una canción de Tres Cruces.

No es cumbia. Ni tango. Ni candombé. Es desamor.

La cantante tiene un cabello frondoso y ondulado como sus canciones. Y dice así: ♫Terminal Tres Cruces/grissssss amanecer/toma tu mochila/no te quiero ver♫. Se trata de un amor de verano, de una despedida. ♫Terminal Tres Cruces/ que te vaya bien/ yo te quise tanto/ pero ya no sé♫. Deseo. Desengaño. Duda. ♫Y ahora estoy perdiendo tooooodo lo que encontré/y me estoy odiando♫. El remate de la canción dice: ♫Y me estoy sangrando♫. Tres veces. Tres Cruces. Crucifixión. El personaje de la canción, según ella, no es ella, aunque todos creamos que es ella. Es un personaje mixto que compuso oyendo historias de despedidas. «Quise tratar toda la terminal como si fuese una sola persona», se explica. «El personaje que me inventé siente que no va más a ser capaz de amar». Lo que no inventa Navarro es que Tres Cruces ha atravesado su vida como sus más de trescientas canciones. Cuando era niña, tomaba un ómnibus que pasaba por el descampado donde iban a construir la terminal. Estudió guitarra, química, antropología. Es sumiller, escribe cuentos de ciencia ficción, canta. Cuando viaja a dar conciertos en el interior, Samantha Navarro sube a un autobús de Tres Cruces. Desde la ventana del ómnibus de su infancia vio cómo movían una plaza cuando construían la terminal. Por entonces trabajaba de secretaria y estudiaba química en la universidad.

—Era como un lugar de perturbación cuántica —recuerda la cantante—. Un movimiento de máquinas y de cosas que yo jamás había visto.
—Se creó un nuevo centro de la ciudad —dice el Señor del Guinness.
—¿Qué hace usted cuando va a la terminal? —pregunto.
—Sólo saludar —añade él—. Nada más. Porque todo el mundo está en movimiento.

El Señor del Guinness tuvo en su poder la maqueta de Tres Cruces cuando allí aún no sucedía nada. En 1990, años antes de su inauguración, Julio Sánchez Padilla era el Señor del Transporte en Uruguay. «La terminal era lo fundamental», insiste. «El shopping, lo accesorio». Dos décadas después llegó el incendio. El ex presidente de la Asociación Nacional de Transportistas, quien conoce de infartos, sabe que una tragedia puede convertirse en un estilo de resucitar. Hoy Tres Cruces luce sin mamparas, sin albañiles, sin ruido. Lo que La Cantante del Pelo Frondoso veía por la ventana del ómnibus cuando era niña es hoy otra canción. No es más bulla bruta: es orquesta fusión, escenario de encuentro y despedida, ensayo de laberinto. Los habían insultado por querer construir una terminal allí. El día de la inauguración de Tres Cruces, Sánchez Padilla colocó una placa dorada en el hall principal. Dijo un proverbio conocido: «Las grandes obras las sueñan los santos locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos». Toda frase entre comillas demanda enemigos para su futuro. El Señor del Guinness es un militante de Peñarol —«a usted se lo puedo decir porque es extranjero»— y un admirador de Carlos Lecueder, el presidente del directorio de Tres Cruces que viaja por el mundo y regresa con ideas para sus centros comerciales. Hoy el patriarca de los transportistas casi no visita la obra. En su lugar, cada miércoles, su empresa lleva a cientos de niños del interior a visitar Montevideo.

—Algunos que vienen del interior más alejado —dice Sánchez Padilla— no conocen el mar.

La Señora Q tiene una vista privilegiada a un mar de extraños. Y tiene un don: Quirque es un imán a quien uno se acerca a contarle algo. Una mujer gorda y rubia aparece caminando frente a la sala de espera y aumenta su sonrisa cuadro por cuadro cuando se da cuenta de que ella la mira. Durante tres años y medio, Sandra Díaz Reyes limpió un baño de mujeres en Tres Cruces. Durante tres años y medio vivió de un sueldo, pero sobre todo de las propinas que le dejaban otras mujeres. Había llegado como una empleada de escoba y trapeador hasta que un día faltó la señora responsable de ese baño frente a un Mc Donald’s. Desde entonces Sandra Díaz Reyes lo cuidó como si fuese una prolongación de su casa. Compraba con su dinero un perfume más agradable que el desinfectante oficial, lo decoraba como si fuese su sala durante las fiestas de fin de año, les pedía a sus clientas que, por favor, lo dejasen impecable. Nada como la fila de un baño de mujeres para empezar a conocer a una mujer: «Veía a las que andaban en la cola y sabía quién me iba a dejar limpio el baño», recuerda la Señora que Limpiaba Retretes. Esa tarde, en medio de la multitud de pasajeros que andaban por la terminal, ambas se detuvieron a conversar en la sala de espera. Como si tuviesen un radar para identificarse.

—Nosotros vemos más allá de lo que ustedes piensan —dice la Señora Q—. Detectamos a todos con una mirada de rastreo.

No se acordaba del apellido de la Señora que Limpiaba Retretes. En Tres Cruces, la memoria del detalle es neblinosa. Recuerdas episodios estelares, olvidas los nombres completos. Es una memoria emotiva, dramática, anecdótica. Sandra Díaz Reyes dejó de atender el baño de mujeres cuando se separó del padre de sus primeros cinco hijos. La empresa de conservar un baño público impecable tiene más de amor propio que de detergente. La imagen cinematográfica de un baño de mujeres tiene un olfato más cercano a la vanidad que a la fisiología, a los lápices de labios que a los intestinos. Los baños de Tres Cruces no son cinematográficos: son de necesidad urgente, de gente haciendo cola, de impacientes. La Señora Q recuerda un día trágico. Fue al año siguiente de inaugurar Tres Cruces. Sandra Díaz se había tomado su media hora de descanso y la estaba cubriendo una compañera. La muchacha de limpieza empezó a gritar y llamó a los de seguridad: había encontrado un feto en la bolsa de una papelera.

—Fue mi peor día en Tres Cruces —dice—. El otro fue el incendio.

La Señora que Limpiaba Retretes sabe que un baño es un gran teatro. Hay tragedias y comedias.

—Yo era muy histérica con la limpieza —dice ella sobre el baño de su casa—. Aprendí lo que mi madre me enseñó. Y mis hijas también.

La Señora que Limpiaba Retretes cree en la limpieza absoluta y en la Biblia. Capricornio risueña, no cree en el zodíaco. Cree en el Dios de los Evangelios, en el trabajo y en los amigos de su antiguo trabajo. Cree en tener siete hijos y en una madre que trabajó con ella limpiando los baños de la terminal y de un restaurante por las noches. Hacía sus compras en Tres Cruces. Celebraba los cumpleaños con sus amigas de Tres Cruces. Se fue a vivir a dos cuadras de Tres Cruces. Cuando se quedó sin trabajo en Tres Cruces, iba a visitar a sus amigas a Tres Cruces. Les vendió ropa en Tres Cruces. Trabajó en una fiambrería. Fue guardia de seguridad. Limpió casas. Conoció a su segundo esposo. Tuvieron dos hijos y abrieron juntos una panadería. «Yo venía del interior, de Salto. Tres Cruces marcó mi vida», dice la Señora que Limpiaba Retretes. «Allí aprendí que podía salir adelante con mis hijos». En ese tiempo, tenía cinco hijos. Uno de ellos era un futbolista del futuro: Luis Suárez, el número 9 de la Selección de Uruguay, aún no era el chico de los dientes de conejo que intimidaría a los arqueros del mundo. Tenía menos de diez años cuando iba a buscar a su madre al baño de mujeres de Tres Cruces. Sus hermanos lo mandaban a pedirle el dinero para comprar cosas de comer y el niño subía por las escaleras desde el baño hasta el supermercado. Luis Suárez jugaría en el Nacional de su país y en el Ajax de Holanda. Luego sería el chico del Liverpool de Inglaterra que haría que los porteros se arrepientan de cuidar su puerta. La madre de uno de los futbolistas más famosos del mundo fue una señora que fregaba baños.

—Me molesta que a veces la gente se te arrima por lo que él es hoy —dice su mamá—. Yo sé distinguir a las personas. Por eso tengo mi gente en Tres Cruces. Hoy aparece el tío y el primo que nunca existieron. Pero yo sé quién estuvo siempre.

La Señora Q recuerda a un hombre que estuvo siempre.

—Lo conozco desde que arreglaba los enchufes —dice—. Ahora arregla los problemas de todos.

El Señor Que Arregla los Problemas de Todos es un título todopoderoso. Exige casi una reverencia. Pero Eduardo Robaina es un señor calvo a quien le ha costado todo, incluso su barba de candado. El título del Señor Que Arreglaba los Enchufes nos devuelve a sus orígenes. Dejó tres años de estudios en una facultad de ingenieros para meter el músculo en una refinería. Bajó de las alturas de cálculos y proyecciones para sumergirse en un subterráneo de combustibles y cemento. El trabajo de un hombre lógico y rudo. Estudió hidráulica, termodinámica, química, tanques, bombas, logística. Trabajar en una refinería es un gimnasio del peligro: ser capaz de producir obras gigantescas y estudiar miles de detalles para evitar una catástrofe. Esa fue su escuela. Robaina entró en Tres Cruces como medio oficial de mantenimiento, un señor que proveía de enchufes y clavos. Hoy es el jefe de Operaciones. «Toda la bondad que hay adentro del gordo es la misma de cuando andaba poniendo enchufes», informa la Señora Q. «Pero no es lo mismo andar arreglando enchufes que tener que mandar a tanta gente». Robaina tiene todas las llaves maestras y todas las posibilidades de equivocarse.

—Nuestro trabajo es solucionar problemas —dice desde su más de cien kilos—. Y dentro de las ventajas de esto, a veces se puede ser humano.

El Señor que Arreglaba los Enchufes es una antena humana. Una escena se repite siempre en Tres Cruces: hombres, mujeres y niños enfermos a quienes el Ministerio de Salud Pública les paga un pasaje de bus para atenderse en un hospital de Montevideo. Regresar a casa depende de los cupos que les reservan por ley las empresas de transporte. A veces se quedan un día entero en la terminal esperando volver. A veces el Señor de los Enchufes paga la comida de una madre que espera con su hijo. La Señora Q lo ve a veces rebuscando dinero en sus bolsillos. Un enchufe siempre está ahí, humilde y explosivo, como esa rendija de la que nos previenen cuando niños. El Señor Que Arreglaba los Enchufes anda siempre con un radiotransmisor por Tres Cruces. Da la impresión que podría resolver hasta las penas de amor.

***

A la Señora Q, que conversa con miles de extraños como si fuesen su familia, también le toca callar. Hay un hombre que habla solo, es un monólogo y ella sólo lo mira, sonríe y asiente frente a él. Hay señoras que cuentan sus líos con el marido porque eso las oprime. «Se acostumbran a uno», dice. «O uno se acostumbra a ellos». Sólo hay que darse cuenta hasta dónde quiere llegar la gente. Están los que te cuentan todo y que nunca más los vuelves a ver. O están los que se saludan durante años y un día se van a vivir juntos, como Pablo Cusnir, el gerente de marketing que empezó de cadete y saludaba a una chica bonita de DHL que hoy es su esposa. Es normal que la Señora Q se encuentre aquí con gente de su ciudad, con ex compañeros de estudio, con amigos de la infancia. En Tres Cruces, encontró a las monjas de su colegio Nuestra Señora del Huerto. Cuando iba a la escuela, a las monjas sólo les veía la cara. Hoy ya les puede ver el pelo.

—La hermana Domitila —dice— sólo se acordó de mí cuando le dije quién era.

Uno de los mayores homenajes a un maestro es que años después un alumno cruce la calle sólo para saludarlo. Hay quienes pasan de largo. Otros corren a abrazarlos como si el azar fuese un milagro. Un día la administradora de Óptica Lux encontró en Tres Cruces a su profesor de Historia. Sólo recordaba su nombre: Ángel. Lo distinguió desde sus anteojos con 0.50 de miopía. Desde que se inauguró la terminal, Ana Claudia Casas trabaja nueve horas al día viendo a gente que no ve bien. A veces a la Chica de las Gafas le toca atender a gente con buena vista. Casos para el neurólogo Oliver Sacks.

—Venían a la óptica a pedirnos que les cortáramos el pelo —sonríe.

Uno de sus clientes la ve en Tres Cruces desde niño. Ha sufrido dos desprendimientos de retina. Tiene -31 de miopía.

—Hoy instala cables de fibra óptica —dice ella.

El destino es irónico con efectos especiales.

El gerente general de Tres Cruces, por ejemplo, no guarda su automóvil en el estacionamiento de la terminal: paga un parqueo privado frente a ella.

—Aquí no hay excepciones de privilegio —dice Lombardi.

Lombardi, un contador público que se aburrió de la contabilidad, tiene hoy la experiencia de calmar incendios.

—Un día —dice— detectaron que un miembro de Al Qaeda había pasado por aquí.

Interpol tiene una oficina en Tres Cruces. En ella no sólo se encuentra un país.

Ves a bolivianas que llegan a trabajar en casas de familias de clase alta.

Ves a extranjeros subir y bajar de los nueve mil taxis que llegan por día.

Ves a barras bravas de argentinos, brasileños y uruguayos.

Ves a bolivianas regresar maltratadas de las casas de la clase alta.

—Vi caer a uno del segundo piso —dice la señora Q—. Vino caminando, levantó la pata y se tiró. Un guardia del Café del Andén no lo pudo detener. El hombre saltó por encima de la baranda como si huyera de sí mismo y se fracturó una pierna seis metros más abajo. Nadie se daría cuenta de que el suicida no había muerto. Sólo preguntaron si se había tropezado.
—De tanto ver gente, ya no ves a la gente —dice la señora Q.

Lilian Lerena, una vecina que trabaja en la funeraria Previsión S.A., dice que sus clientes están vivos. El año anterior reconoció a un amigo de su infancia en la terminal. No lo había visto en más de treinta años. Hoy es dueño de una discoteca donde tocan cumbia.

—Quedamos que un día iba ir al baile —sonríe ella.

Natalia Benavides, ex promotora de Atención al Cliente, se acuerda de cosas que desaparecían.

—Un señor nos fue a preguntar si habíamos encontrado su dentadura postiza. No recordaba si la había olvidado en el baño.

Hasta que alguien la encontró.

Tres Cruces tiene un Departamento de Objetos Perdidos.

Si pasa un tiempo sin que nadie reclame su bicicleta o su paraguas, la compañía no los conserva. Los dona a escolares de Montevideo quienes, con suerte, no los perderán. Natalia Benavides aún cree en la especie humana.

—Es más la gente que devuelve que la gente que no devuelve —dice.
—¿Cómo se ve el mundo desde Atención al Cliente?
—La gente se ve como loca —dice ella—. Sin tiempo para nada. Y no se trata de una sola persona. Son todos los que pasan.

Nos devuelve la mirada en el reloj.

La Señora Q es tan puntual que es impuntual: llega media hora antes a trabajar y bebe mate en la entrada de Tres Cruces. Existen allí dos mundos, el de arriba y el de abajo. Ella trabajó nueve años en el primer piso y siete años en el segundo. Hoy está de vuelta en el epicentro. Quien va por arriba quiere comprar: pasea, mira, escoge. Quien va por abajo quiere viajar: toma mate, espera, conversa. Después de unas cinco horas en bus, a quien llega de viaje no le apetece ir al shopping de Tres Cruces: va en busca de un taxi o un abrazo. Los abrazos en mayúscula son el gesto más natural entre sus más de cincuenta mil pasajeros por día. Hay también allí actos solitarios, quién sabe si más del cielo o del infierno. Desesperados: un hombre se disparó un tiro en la cabeza en un inodoro. O absurdos: un señor murió tras atorarse un pedazo de costilla en la garganta.

—Tres Cruces es la gente —dice la Señora Q—. Alrededor de él giramos nosotros.

Antes de despedirse, Raquel Quirque, tres Q en trece letras, como nunca, parpadea. Donde hay multitudes, hay personas en serie. Uno es el mendigo, que exige el dilema constante de la caridad: dar o no dar. A veces, como no puede regalarles una medialuna del negocio, ella busca monedas de su cartera. A veces, cuando les da de comer, tiran la comida. Donde hay multitudes, hay también gente fuera de serie. Uno que otro maniático. Por años, la Señora Q tuvo un cliente que iba todos los días a desayunar. Era soltero. Trabajaba en un supermercado. Vivía en una casa oscura donde se había impuesto la costumbre de encender una sola luz a la vez. Por años buscó a la mujer que le servía el café como él quería: cortado tibio, dos sobrecitos de azúcar, sin espuma. Por años no faltó nunca y la única mañana en años en que no pudo ir telefoneó para avisar que no lo esperaran. Fue a Tres Cruces desde el día de su inauguración hasta que se jubiló. Hoy ya no se le espera, pero la señora que sirve el café sabe qué decirle cuando vuelve.

Les dicen botnios o botnianos. Son “un montón de niños rubios”, discursean los vecinos en los zaguanes. Abandonados por sus padres, los crían los abuelos. Nadie indica dónde golpear para conocer más sobre ellos. Es raro porque en Fray Bentos, como en cualquier pueblo chico, todos saben a quién hay que acudir en cada caso. A nadie se le niega una a mano, excepto para encontrar a los hijos de Botnia.

Son vástagos del repunte económico concebidos durante la construcción de la planta de celulosa más escandalosa del planeta. Son parte de lo que dejó la crecida de Fray Bentos, la capital del departamento de Río Negro, tras la finalización de las obras de Botnia, luego absorbida por la empresa UPM, también finlandesa. De alguna manera también son un producto de la tormentosa crisis económica de 2002. La gente habla de ellos, pero nadie sabe bien qué mujeres parieron a esos botnios hijos de gringos. Los evocan por lo bajo; acusan a las madres de no tener corazón. Y también se compadecen de su futuro.

Las autoridades matan a pura indiferencia. “Acá no pasó nada”, niega la subdirectora de la Dirección Departamental de Salud rionegrina, que corta la conversación telefónica audiblemente enojada cuando escucha los datos del Instituto Nacional de Estadística. Las cifras hablan de un pico de nacimientos en Fray Bentos durante 2006, año en el que empezaron las obras. En ese momento nació la mayor cantidad de bebés del decenio 2000-2010. Se trata de 544 nacimientos: 86 más que dos años antes. Desde el Ministerio de Desarrollo Social son más amigables pero previenen: “Nadie habla de esas cosas”.

Sin embargo, hubo quienes entreabrieron sus puertas. Fueron las mujeres que conocieron, se enamoraron, se enredaron o incluso se casaron con alguno de aquellos tipos que llegaron en malón entre 2005 y 2007 para revolucionar el calmo transcurrir de la ciudad.

Muchos fraybentinos trazan la analogía entre Botnia, con el fenomenal movimiento que supuso su edificación, y el mítico frigorífico Anglo, que se alojó en la zona a mediados del siglo XIX. La empresa era propiedad de ingleses que atracaban en el muelle buscando corned beef para la guerra y besos etílicos para la noche. Los dos complejos albergaron unos 5.000 trabajadores y salpicaron de esplendor los escaparates, la vida social pública y también la privada. Claro que uno perduró 100 años —si se cuenta su fundación en 1865 bajo el nombre Liebig Extract of Meat Company— mientras que el otro sólo dos y algo. El frigorífico era empujado por la mano de obra local —y directa o indirectamente daba trabajo a toda la ciudad—, mientras que fueron los ciudadanos extranjeros los que más gastaron durante la construcción de la planta. Los jornaleros del Anglo tenían estabilidad y los trabajos se heredaban de generación en generación. En Botnia, en cambio, los contratos aparecían y desaparecían.

Otra diferencia fue que los requerimientos de Botnia —especialmente los asociados a las tecnologías digitales— superaron la capacidad de la mano de obra local. Por eso se establecieron entre el río Negro y el Uruguay miles de trabajadores especializados. Algunos vinieron acompañados por sus familias; otros eran veinteañeros europeos embarcados en una aventura tanto laboral como hormonal.

Desde que llegaron, la sagrada hora de la siesta en el poblado recostado contra el río Uruguay se tuvo que postergar. Los cajeros automáticos nunca tenían dinero. A veces las sucursales locales del mismo Banco República tampoco. Los comercios permanecían abiertos después del mediodía y dejaban las puertas entornadas hasta las nueve de la noche. En una especie de furor shoppingesco, los negocios atendían de lunes a lunes. La clientela quería gastar. Supermercados y tiendas de ropa montevideanos se instalaron en esa 18 de Julio que está a 300 kilómetros de la de la capital y que atraviesa las 30 cuadras de una ciudad con 24.000 habitantes. Los restoranes —o confiterías, como dicen los fraybentinos— no daban abasto. Se inauguraron pubs, prostíbulos y discotecas. El meneo mayor empezaba a las seis de la tarde, cuando los obreros abandonaban la soldadora halógena, los andamios o la computadora para tomarse unas cervezas reparadoras.

Nuevos fleteros cargaban y descargaban muebles relucientes todo el día en casas recién alquiladas por el doble de su precio anterior. Como en un balneario en verano, familias enteras de fraybentinos cedían su techo, escribano mediante, y las acondicionaban como podían. Todos aprovechaban: los empleados públicos y los profesionales alquilaban sus modestas mansiones a los extranjeros más pudientes. Las inmobiliarias también despertaron de la siesta. Encontraron su El Dorado entre albinos, musulmanes, chilenos, brasileños o turcos que amontonaron, para hacer unos pesos extra, en modestas casas arregladas de apuro. Los barraqueros chocaban a diario las palmas de constructores, albañiles, sanitarios, electricistas y también algunos improvisados en busca del mango.

Quienes tenían garaje pero no auto abrieron kioscos o cibercafés. A nadie le fue mal. Todo estaba a la venta. Todo se consumía como leña en el fuego. Miles de motos encontraron flamantes dueños, que las echaban a rugir desde las seis de la mañana hasta bien entrada la medianoche. La venta de electrodomésticos también se disparó. Un vecino evoca a sus coterráneos fraybentinos cargando orgullosos, de a pie o en moto, estilizados televisores durante cuadras y cuadras. Lo hacían a la vista de todos, para que el pueblo oliera el progreso del buen gastar.

La calma había sido alterada. Algunos funcionarios municipales —verdaderos motores de la economía local en el interior— pidieron licencia sin goce de sueldo y se dedicaron de una u otra manera a Botnia.

Los buenos sueldos y las changas se multiplicaron. Desde los floristas hasta los que plantaban papas, todos disfrutaron de la bonanza. Los peones ganaban 10.000 pesos por quincena. Los taxistas, antes bostezones, ya no descansaban. Los conversadores almaceneros tampoco. Las profesoras daban clases de español a finlandeses, holandeses, turcos, austríacos, alemanes, croatas o polacos. Las amas de casa lavaban, planchaban y cocinaban para ellos. Pagaban bien. Los gringos y los rebosantes jornaleros eran el corazón de aquella chimenea que a finales de 2007 empezó a humear. Muchos vieron multiplicar sus ingresos cuando se pusieron a la orden de gerentes tercerizados que les pedían a los obreros que tuvieran empresas unipersonales. En el pueblo todos dicen que 3.000 fraybentinos trabajaron directamente en la obra civil. Dicen.

El impulso frenético tuvo una ayuda extra con el corte del puente que une a Río Negro y Entre Ríos. Provincia y sede “piquetera” de una patota de militantes, sojeros e industriales —que tiran sus desechos negruzcos al mismo río que lo hace UPM— y localidad de un pueblo azuzado, Gualeguaychú, aislada en protesta ante un posible Chernóbil criollo. Resultado: las divisas permanecían en Fray Bentos y los gringos también.

La cadena del capital giraba. Hasta los robos bajaron: todos estaban ocupados.

***

Rita porta vitalidad y belleza con sus 50 años. El cabello negruzco como sus ojos y un rostro afilado expresan lo indígena que lleva en los genes. Todavía le parece escuchar el batir de las palmas en la puerta de su casa, que queda en el centro de la ciudad. Llegaban madres y niños que extendían la mano pidiendo algo para comer. Ella no estaba mucho mejor. La crisis de 2002 le había dejado la economía familiar patas para arriba. Nunca había visto gente pidiendo. Nunca había plantado vegetales. Nunca había pensado en talar el duro laurel del fondo, que tanto estimaba, para calentar las manos de sus hijas porque no tenía ni para el gas. El olor al humo del laurel las acompañó a todas partes durante el duro invierno de 2003. Se movían a caballo: tampoco había plata para el transporte. Los comercios estaban vacíos y la siesta se extendía un poco más de lo habitual, hasta que los hoteles, las pensiones y las casas plagadas de telarañas se vieron desbordados. Todos coinciden: Fray Bentos no estaba preparada para el aluvión de gente. Casi todos recuerdan aquel momento como uno de los más importantes de sus vidas.

En 2005, después de que el gobierno de Jorge Batlle firmara con Finlandia un tratado de libre comercio de cláusulas más que beneficiosas para los extranjeros, Botnia desmalezó el terreno en la cabecera sur del puente San Martín mientras los agrimensores mensuraban, los eléctricos tendían redes y los desarrolladores de software programaban sin tiempo para pestañear. Los arquitectos dibujaban y mandaban comprar hormigón premezclado. Los ingenieros planificaban grandes movimientos de tierra, desarrollaban planes de gestión ambiental y perforaban el suelo hasta el agua. Incluso arqueólogos, sociólogos y comunicólogos hicieron de las suyas mientras los peones se relamían. La fiebre contagió a los pueblos vecinos e incluso a alguna ciudad no tan cercana, como Paysandú. Los orientales llegaban de todas partes.Rita tenía miedo del ajetreo. Pensaba que los “gringos” ya nos habían colonizado una vez, robando las riquezas originarias que dilapidaron al otro lado del océano. Ahora los imaginaba desembarcando por el agua, lo único que quedaba en Uruguay después de la aftosa, las corridas bancarias y la sangría de jovencísimos emigrantes.

En 2006 el movimiento ya era palpable. En agosto la empresa había completado prácticamente la obra civil, se mostraba orgullosa de los 2.900 trabajadores que a diario alimentaban el barullo y anunciaba 5.000 puestitos para la próxima añadidura.

***

Por entonces la familia Taskinen se instaló en la calle Rincón de esa misma ciudad, donde Jorge Luis Borges puso a recordar y recordar a Irineo Funes, el memorioso. Fue una de las tantas familias que vinieron a Uruguay desde tantísimos países. Botnia proveía de educación a los hijos de sus altos mandos mediante un convenio con el colegio franciscano Los Laureles, que trajo maestras y profesoras desde Finlandia, la tierra donde la empresa cotiza en bolsa de valores. Las instalaciones se mejoraron y se construyó un edificio anexo para dar las clases. El barrio Jardín pasó a llamarse Residencial Botnia para albergar a las familias europeas cuyos jefes de hogar eran un ejército de imprescindibles para la multinacional. Se paseaban recreando a Finlandia entre las instalaciones perimetrales que compartían y tenían su spa propio. Tomaban sol desnudos y comían carnes que cocinaban en vinagre y con demasiado picante, según recuerdan los fraybentinos.

Frente al complejo de 80 confortables viviendas estaba la escuela. Niños uruguayos y extranjeros se veían las caras en los actos conjuntos, haciendo gimnasia, en fechas patrias y durante otros festejos. Unos bailaban el pericón y los otros sus músicas típicas. La interacción no era frecuente. Pero los Taskinen querían que sus niños se zambulleran en Uruguay. Vesa —por entonces de 10 años— y Tero —de 16— se integraron al aula franciscanovareliana y escucharon hablar de Gardel, del dulce de leche, del mate y de la rambla. Venían de una breve estadía en Finlandia, después de algún tiempo en Holanda. El señor Taskinen los hizo viajar, a ellos y a su esposa, por Japón y por diversos países europeos, entre maletas y maletines con contratos firmados. A diferencia del mundo que conocían, Fray Bentos los sedujo lo suficiente para quedarse. El movimiento del pequeño pueblo era “majestuoso”, su gente, cálida, y la seguridad, altísima: los niños salían de noche, podían volver a cualquier hora y no les iba a pasar nada malo.

A Tero le encantó Fray Bentos. De haber estado en Europa tendría que haber esperado unos cuantos años más para ver los amaneceres entre amigos. Con sus 16 años salió por las callejas y se hizo de los mejores compinches que ha tenido en la vida, amigos que ya son familia. Lo dice en el plácido fondo de la casa familiar, bajo un alero cercano a una pérgola y sobre un colchón de dos plazas coronado de almohadones. Es un rubio menudo de ojos clarísimos. Viste una casaca aurinegra que invita a cliquear en un sitio web que abrieron los manyas fraybentinos. Habla español como se habla al oriente del río. En realidad es uruguayo: fue el primer finlandés en obtener la ciudadanía celeste. Sus amigos bromeaban: “Ahora somos tres millones y uno”.

—¿Tuviste suerte con las chicas aquí?
—Podría decirse que sí —contesta sin más detalles. Luego admitirá que “se hizo hombre” en Fray Bentos.
—Claro que sí —afirma con orgullo Daïvi, su madre—. Vinimos con dos rubios. Todavía son bastante populares con las chicas.

***

En el pueblo todos lo saben. Hubo muchas parejas entre uruguayos y extranjeros: algunas momentáneas, otras con ciertas pretensiones, y unos pocos matrimonios que terminaron en Finlandia o algún otro país. Y también hubo relaciones por dinero, por necesidad o porque sí.

—Pateabas gringos, pateabas euros, dólares. Hubo amor y hubo dinero— aventura Melissa, de 35 años.

Melissa trabajaba entre las copas rojas de los lupanares. Sus carnes rollizas, su aplomo, un amplio escote y una gran simpatía eran sus armas allí. La conocieron los de afuera y los de adentro, los que tenían más y los que menos, el soldador y el ingeniero. La especulación también afectó al mercado del cuerpo. La cerveza servida entre sugerencias candorosas ahora sale 100 pesos, pero hace ocho años la cobraban a 120. El piso para los servicios sexuales era de 1.000 pesos. Los hombres del pueblo se enervan cuando recuerdan que les cerraban en la cara la puerta del cabaret. Cafishos y madamas cerraban con llave para desatar en los locales las bacanales de los extranjeros que bajaban en shuttles contratados, entre vozarrones alcohólicos ininteligibles. Muchas chicas de otras ciudades se instalaron en Fray Bentos para alimentar la maquinaria sexual masculina, para calmar la sed de la carga.

A Melissa los rusos le daban asco “por sucios”, pero la piel tersa de los austríacos la cautivó: ni pelos tenían. Uno de ellos fue Markus, que tenía 26 años. Ella tenía 29.

—Conocí un montón de gringos. Pero me dediqué a uno solo por un año y medio.

Durante dos años más mantuvieron la relación a punta de aeropuertos y videollamadas por Skype. Viajaron juntos a Buenos Aires, Brasil y Austria, entre otros lugares. Se veían cada seis meses y se cachondeaban entre computadoras cada vez que podían. Pero el tiempo pasó como pasa para la mayoría de las parejas.

La propuesta de Markus fue clara: vivir juntos mientras durara aquello. Así que Melissa abandonó Las Canteras, el barrio más humilde de la ciudad, y el que está más cerca del fogón de Botnia. Por entonces estaba terminando de construir la casa donde vive hoy con sus seis hijas, pero durante los años dorados se mudó a un chalet en Las Cañas, un lugar “pipí cucú”, según rememora. Se llevó a sus niñas más pequeñas y armaron rancho aparte con el joven austríaco.

Cuando se conocieron él pidió exclusividad. Pagaba 2.000 pesos la hora de compañía, así que a veces Melissa encajonaba 7.000 u 8.000 pesos en un día. Dejó la noche y se dedicó a la gran vida. En el barrio la veían pasear con ropas caras, lentes de sol, altiva, hecha una gran señora en el Chevrolet Corsa que Botnia le había facilitado a Markus. Tenía otros novios que al verla en la pizzería con su nuevo enamorado la tentaban con cerveza. A veces aceptaba los tragos y Markus, que estaba haciendo sus primeras armas con el español, le advertía: “Yo no estúpido”. Aquellos descendientes de los súbditos del Imperio Austrohúngaro eran celosos: si una chica salía con ellos no podía andar dispensando besos por ahí. Pero cuando Melissa volvió cierta tarde de Maldonado y encontró panchos con fideos en la heladera y sobre la mesa del comedor una servilleta con un beso dedicado a Markus, no pataleó. Un taxista le dijo que una mercedaria había visitado a su pareja. Él, para desentenderse, mandó echar a las domésticas que limpiaban la casa argumentando que se lo querían levantar. “Mentiras”.

Melissa cocinaba y hacía algunas tareas de la casa. A Markus le gustaba tanto su arte que pronto dejaron de salir a comer. A ella, el silencioso arreglo tácito no le cayó en gracia. Así que planteó que los miércoles pizzería y los viernes restorán. Y así fue.

***

Dicen que los gringos eran —y todavía son, porque algunos aún trabajan allí— los dueños del pueblo. Hubo un tiempo, incluso, en el que a los locales les costó pagar las pizzerías, las birras, la noche, las prostitutas y los regalos para las mujeres del pueblo.

Hubo chicas que dejaron sus trabajos formales para abanicar a tiempo completo a los finlandeses. Mujeres jóvenes que nunca se habían acostado con alguien por dinero empezaron a hacerlo. Chicas que trabajaban en los servicios domésticos también les sacaron algún peso de más a los gringos, y los gringos les sacaron a ellas lo que buscaban.

Los europeos llegaron a un paraje que los recibió con una parsimonia ejemplar. Todo se demoraba más. Aprendieron a soportar la impuntualidad y el “un día de éstos”. Decían “Llueve, uruguayo no trabaja. Nublado, no trabaja. Uruguayo no quiere trabajar”. Pero sacaron ventaja de la pachorra.

—Las mujeres les daban bola porque había gringos que te regalaban flores y bombones. ¿Cuándo uno de Fray Bentos vino con una caja de bombones con moñita y todo, tipo telenovela? —se pregunta Melissa—. Nunca.

Los fraybentinos se granjearon entre las mujeres la fama de perezosos. La ley del mínimo esfuerzo amoroso y el menosprecio eran, según ellas, las principales características de los varones, que incluso llegaban a administrar el sueldo de sus parejas.

—Te quitan la autoestima y se meten en la toma de decisiones. Acá las mujeres tienen como gran meta de la vida casarse y adiós que te vaya bien —dice  Rita con algo de molestia.

El uruguayo es duro con las patas. No baila. Los extranjeros danzarines y joviales invitaban vinos y comida a las chicas, algunas ya entradas en años, que rara vez recibían tales invitaciones y agasajos. Ellos hablaban de otros mundos mágicos, de cadencias virtuosas y maravillas desarrollistas.

—¡Una reina! Te digo que me sentía una reina. Nunca había visto a un hombre mirarme con esos ojos de amor. Se preocupaba, me llamaba, me mimaba. Yo no estaba acostumbrada. Un día me paró frente a una vidriera y me preguntó, “¿qué querés?” A mí me daba vergüenza —reconoce Rita, que al final eligió una prenda de ropa.

Sus hijas la veían más joven. Ella sentía el corazón con 30 años menos.

—Los europeos en general son muy educados y caballeros. Son atentos, te corren la silla, te preguntan qué comés. Si tenés frío te dan su campera. El uruguayo no, es todo lo contrario. Te dicen “dame la campera que tengo frío” y hasta terminás pagando la cuenta.

—A mí me tocó uno medio turco —dice Fabiana como si hubiera jugado a la tómbola.

Nunca había lavado ropa, pero un grupo de extranjeros recién llegados necesitaba lavandera. Un amigo la invitó a la confitería. Le hablaron de dinero antes de la cita y ella, que como casi todos los demás estaba en apuros, aceptó sin ver media alguna. Los gringos se presentaron sin otra ropa que la puesta. Uno de ellos la convidó a sentarse a su lado, pidió descorchar una botella de tinto y “un buen plato para la señorita”. Tendría 45 años y hablaba español sólo para escanciar cuando el cáliz amenazaba a vaciarse: “¿Más?”.

—Se terminó la bebida y otro amigo le pidió que comprara más bebida para la dama. ¡Yo era una dama! Me conquistó por caballero. Me puso a prueba para lavar la ropa y rompí el lavarropas —recuerda Fabiana.

La segunda cita transcurrió entre gestos vagos y sin comunicación verbal más allá de alguna onomatopeya y ciertas palabras en un inglés traído de los pelos. En la tercera cena el finlandés intentó decirle lo evidente mediante una anotación de cuaderno. Era un término en su lengua que significaba “barrera de idiomas”. A los dos o tres meses tenían una serie de vocablos básicos que licuaban entre el frenesí de los cuerpos. El franeleo antecedió a la convivencia. Fabiana se fue a vivir con su príncipe azulado, que también cobijó a sus dos hijas. “¡Era mi casita!”, añora.

—Él no entendía nada. Yo le decía, “ay, ay, ay, cosita, te quiero con mamita. ¿Me queré’? ¿Me queré’?”. Y él decía “sí, mamitaaaaa”. Nos mirábamos a los ojos y sabíamos lo que queríamos.

La cuidaron y cuidó. Relata paseos y mandados juntos y los atardeceres en el río. Advierte que le hace mal recordar: extraña. Él se quedaba mirando el atardecer en las barrancas del río y cuando el único resplandor que se adivinaba era el de las luces argentinas, Fabiana le decía que quería volver a casa y él trataba de quedarse un rato más. Decía: “Acá romántico”.

Todos los días él le entregaba “platita”. No hacía como otras, que les robaban dinero a los extranjeros de sus regordetas billeteras. Algunas prostitutas incluso los mandaron golpear. A Melissa le alcanzaba con salir a comprar un litro de leche con 1.000 pesos: él no preguntaba por el vuelto. Los taxistas y los almaceneros se hacían los vivos. Un litro de agua mineral podía costarles cuatro dólares; una cerveza, 30. Cuando se dieron cuenta, abandonaron el almacén de la esquina por el Tata de 18 de Julio, que acepta tarjetas bancarias. Una señora, responsable de un club social, evoca cómo le manotearon la billetera a un gringo en una curda fatal.

***

Los fraybentinos los recuerdan orinando los árboles en la plaza Constitución, sudando la gota gorda para aprender español, animando las fiestas mamados hasta el tuétano, descubriendo a los mosquitos, la humedad y el sol rajante que los dejaba colorados como frutillas. Trabajaban mucho. Eran adictos al trabajo. Se colocaban todas las cervezas que podían y a las seis de la mañana del otro día estaban bañados, afeitados y marcando tarjeta uniformadísimos.

El tiempo pasó y hacia finales del 2007 el fuego pasó a ser brasa. Los pubs cerraron, algunos restoranes también y sobrevinieron los despidos. El vox populi era que iban a quedar trabajando en Botnia 1.000 fraybentinos, pero terminaron siendo poco más de 300, muchos de ellos con contratos zafrales. Al año siguiente, todo había vuelto a ser como antes de Botnia.

Muchos televisores, motos, lavarropas, aparatos de aire acondicionado, teléfonos y lustrosos mobiliarios se pusieron a la venta a precio de bicoca para pagar las cuotas de los préstamos, que habían pasado a ser incómodas. La bonanza no duró lo que parte de la población esperaba. Otros lo planificaron mejor y pudieron terminar de pagar el auto, refaccionar la casa, ponerse al día con los acreedores o hacer el viajecito.

***

Alejandra camina con su pequeño hacia la escuela. Pasa por el almacén, compra la merienda y sigue el camino. Es un mediodía de abril y hace calor en las afueras de Fray Bentos. Ella estuvo en Finlandia pero se volvió con su hijo: no quería vivir allá. Está tratando de que el padre del niño envíe dinero, pero no lo hace. Poco tiempo después de regresar a Fray Bentos, volvió a trabajar en la whiskería repleta de viejos verdes. No quiere entrar en detalles, dice estar ocupada, es lunes, cuelga la ropa en el fondo de su casa, pide disculpas y se mete adentro. Hay por lo menos otras dos chicas en su situación, pero ninguna quiso hablar del tema.

Jessica, de 26 años, se para en sus talones. Conoció en 2006 a su ex pareja, un finlandés. Viajó con 19 años a Europa. Armó las valijas, apretó los dientes y se despidió de sus alumnos de danza. Cruzó a Buenos Aires y de Ezeiza partió a Helsinki. De ahí a Uusikaupunki, un pueblito de 15.000 habitantes al suroeste de Finlandia en el golfo de Botnia, cerca de Suecia. Todo era precioso. Hasta que al tiempo volvió de vacaciones a Fray Bentos y se reencontró con las enfermedades de sus padres, la rambla, el mate, el idioma y el laburo que había dejado porque su esposo le decía que no tenía necesidad de trabajar. En Europa habían intentado ser padres, sin suerte. Primero aplazó un mes el regreso al frío. Después lloró en la terminal de ómnibus de Fray Bentos. Una amiga la acompañó al baño: quería tirar entre los desperdicios su pasaporte europeo. No lo tiró, pero llegó a Buenos Aires y no pudo con el ataque de pánico que le vino en el check–in y que otros pasajeros calmaron con tranquilizantes.

—Le dije: “Mi vida está acá. Yo te adoro, te voy a extrañar siempre, te voy a querer siempre. Pero no puedo cambiar lo que soy por vos. Aunque seas el amor de mi vida”. Fray Bentos es un pueblo muy chico. Si no me hubiera ido me hubiera quedado con la duda. Fui y tuve la experiencia, y dimos lo mejor de nosotros. Pero me quedé.

Algunas de las mujeres que habían abandonado a su pareja volvieron con ellos tras la partida de los extranjeros. Otras no.

Daniela es maestra, una de las tantas que no vivían la noche. Tiene unos 40 años y nunca pensó en algo serio hasta que se enamoró, en su caso de Osman, un cañista turco que anduvo soldando medio mundo y terminó en Fray Bentos. Se casaron en 2009. Un año antes volvió a Fray Bentos a esperar por Ence, el proyecto de planta pastera que estaba planeada para instalarse en Río Negro pero terminó en Colonia. Ahora Osman, como tantos fraybentinos, está en Conchillas, ligando tuberías. También hubo parejas que se establecieron en Finlandia, porque el país ofrece a los extranjeros facilidades para estudiar la lengua e iniciarse en la vida laboral.

Rita empezó a comunicarse con su ex pareja, que había vuelto a Europa, por videollamadas que se cortaban y le impedían escuchar a ese hombre que tanto quiere todavía. Pensaba irse, pensaba quedarse. Pero una de sus hijas quedó embarazada y se decidió por ella y su nieto, haciendo fuerza para olvidar los proyectos en República Checa. Tiene una amiga que ya hace cinco años que está por allá y está bien.

—Tuve tanto dolor como esperanzas. Tengo tantos recuerdos… Había tanta gente que desbordaba todo y vino el bajón. Fray Bentos nuevamente se volvió un pueblo fantasma. Un amigo me dijo que estuvimos en una burbuja. Y luego vino la sensación de plafón bajo. Yo lo noté en la parte sentimental.

***

Las lucecitas amarillas se apagaron y se llevaron a los muñecos del tinglado. Fray Bentos se volvió lúgubre otra vez. Los anuncios de “se alquila” se multiplicaron entre los balcones y las ventanas del pueblo. Los pubs cerraron. La siesta volvió a ocupar el lugar de privilegio de siempre. Los trabajadores retornaron a sus ciudades y se despidieron entre abrazos, besos y unos cuantos “nos vemos”.

Sanseacabó. Los municipales, los jubilados, un puñado de profesionales, los funcionarios públicos, entre ellos militares y policías, volvieron ser los que empujaban la economía.

Ahora el pueblo está en calma. Canta la chicharra. Un puñado de gerentes, ingenieros y trabajadores de confianza se miran de reojo entre ellos, cada uno en su mesa. Visten jeans o bombachas gauchas del siglo XXI, camisas a cuadrillé, chalecos de guata revestidos de polyester. Trabajan para que Botnia escupa humo. Son pocos, pero animan los restoranes al mediodía y a la noche. Piden la cuenta, pagan y dejan regada de migas de pan la mesa que la moza recoge comedidamente. Son lo que dejó la crecida.

Las volutas de humo fino y blanco se observan desde la placidez de Las Canteras como foto de un pasado mejor. Una comadrona avisa que no quedó nada, y les aconseja a los de Conchillas que no se hagan ilusiones porque Fray Bentos sigue siendo el pueblo fantasma de antes. Aunque puede que tal vez algún día alguien lo redescubra, como hicieron los ingleses con el Anglo y los finlandeses con Botnia. Que los extranjeros otra vez se maravillen con su geografía y la bondad de sus gentes.

Entonces Katy, una chica de 23 años, madre soltera de dos, uno de ellos bien rubio, volverá a ser agasajada por sus hermanos varones, que le compraban de todo en las épocas de bonanza. Caminando hacia la ruta, Katy evoca aquellas semanas con sus amigas cuando decidía a qué bar acudir a observar a los gringos tomarse hasta el agua de los floreros de lunes a lunes. Hasta ahora no tiene un trabajo fijo, pero ese día una van pasaba a buscarla: la necesitaban para recoger niños. Mientras construían andamios en Botnia atendió una tienda de insumos informáticos, pero desde entonces, maternidad de por medio, no había conseguido trabajo. Ese día, después de mucho tiempo, su quehacer sería remunerado. Estaba contenta y linda.

***

Durante el boom de Botnia los embarazos aumentaron, como aumentan cuando la gente se siente con el coraje para mantener niños. Una doctora que atiende una policlínica de Las Canteras dice que antes de las obras unas 20 chicas embarazadas se controlaban mensualmente. Desde la llegada de los europeos pasaron a ser 30 y hoy son 40. El aumento no significa que la natalidad se haya duplicado en diez años, sino que las mujeres se controlan más, aclara una partera del barrio. Ahora las mujeres piden anticonceptivos, piden exámenes luego de una relación de riesgo, preguntan y van con sus compañeros. Cosas que antes de Botnia no pasaban.

Las mujeres sabían que los gringos se les iban y tomaron las precauciones del caso. En estos años aprendieron a utilizar preservativos y anticonceptivos orales en una zona donde antes de las obras era difícil que usaran un condón. Hablar de sexo —no practicarlo— era tabú, o más tabú que ahora, afirma sin dudar la partera.

—¿Hubo un boom de la sexualidad además de lo económico?
—Pienso que sí. La situación económica lo planteó. Había que hacer dinero. Pero además la gente se educó y tomó conciencia de que cada uno es responsable de su salud. Pienso que hubo un clic. Al tomar contacto con gente de otros lugares siempre hay un enriquecimiento personal. El intercambio que existió entre la gente fue lindo. Ésta era una zona donde no se hablaba mucho. El tema estaba quietito, no sé si por vergüenza o qué. Pero ahora las pacientes están informadas, preguntan, cuestionan, aceptan, y se trabaja muy bien.

Exceptuando los precios de la vivienda y los comestibles, todo volvió a su cauce. Fray Bentos parece esperar otro milagro global que la despierte del sopor, del letargo. Que la desplace como capital de departamento con una de las mayores tasas de desempleo y con la mayor tasa de desempleo juvenil de Uruguay. Es comprensible la nostalgia.

***

Para el pueblo es prácticamente imperceptible el beneficio de lo que se produce a unas pocas cuadras: UPM es una empresa que ronda anualmente 10.000 millones de euros en ventas. No quedaron monedas y tampoco nacieron muchos niños. El mayor premio que tuvo Fray Bentos fue la efímera posibilidad de conocer gente nueva y quedarse con sus memorias en algún lugar entre el deseo y la razón, otros dos hijos de Botnia.

UNO

Darío Silva avista una vieja pelota en el patio de su casa paterna. Mientras va a buscarla lo observo con atención. Me sigue asombrando que camine con tanta seguridad. En septiembre de 2006, cuando sufrió el accidente de tránsito que lo apartó del fútbol, muchos pensaron que quedaría cojo. Pero hoy no solo camina sin renquear sino que además es capaz de bailar candombe. Si algún extraño irrumpiera ahora en este lugar no se percataría de que tiene una prótesis en la pierna derecha.

Silva sacude la pelota contra el tronco de un árbol, la hace girar entre sus manos callosas. A continuación retoma el tema que interrumpió hace un momento: su indisciplina como futbolista. Dice que en la Copa América de 2004, disputada en Lima, se escapó todas las noches del hotel donde estaba concentrado con la selección uruguaya; que cuando jugó en Peñarol llegó muchas veces trasnochado a la cancha; que durante su periodo en el Portsmouth se volvió más fiestero.

—¿Cómo hacías para volárteles a los ingleses?
—Allá los equipos no se concentran antes de los partidos. Es más fácil salir de noche.
—Con razón el Portsmouth en esa época no levantaba cabeza.
—Y en esta, tampoco.

Entonces suelta la carcajada.

—Lo que pasa, ¿viste?, es que ellos confían en uno. Uno es adulto y sabe cuidarse.
—Sobre todo, cuidarse. Entiendo.

Silva vuelve a carcajearse. Luego dice que los futbolistas no forjan sus amistades en las canchas sino en los boliches. En las canchas, explica, él solo veía fecha tras fecha a los once jugadores del equipo contrario. Tenía que enfrentarlos y punto. A lo sumo intercambiaba con ellos un saludo durante el protocolo inicial o una palabra durante el partido. En los bares, en cambio, se topaba con multitudes de futbolistas, especialmente los domingos por la noche. Allí sí era posible intimar porque la presión de la competencia había quedado atrás.

Uno de esos amigos conseguidos en los boliches fue el panameño Julio César Dely Valdés. Cuando se conocieron, Silva pertenecía al Peñarol y Valdés, al Nacional. Pese a la rivalidad de sus equipos, tuvieron química desde el comienzo. Se emborrachaban después de los partidos, salían juntos con mujeres, compartían sus discos. Años después la vida les dio la oportunidad de jugar en el mismo club, el Málaga de España, donde conformaron una dupla goleadora. Silva cree que se entendían tan bien en las canchas porque habían intimado muchísimo durante las noches de farra.

DOS

—Cuando me ven en la calle se quedan locos los hijos de puta. Vos viste que yo no cojeo. Seguro piensan: “¿Y este no tenía una pata de palo?”.

Si hay algo que me ha impresionado en los cuatro días que he pasado con Silva es su procacidad. También, la habilidad de su pie artificial. Con ese pie encendió la moto de su hermana Andrea para llevarme a conocer el río Olimar. Con ese pie pateó una lata vacía de gaseosa en el barrio La Agraciada. Con ese pie saltó emocionado cuando su hijo Diego, de diez años, anotó un gol. Aquella tarde confirmé que en la cultura rioplatense el fútbol tiene unos rituales de iniciación similares a los del amor: acompañar al hijo en la cancha es como apadrinarle la primera novia.

Con el pie de la prótesis, digo, corrió hasta alcanzar un taxi que estaba detenido en el semáforo. Cuando nos acomodamos le dije al taxista que Darío Silva debe de haber sido el futbolista más indisciplinado de Uruguay en todos los tiempos.

—No crea —respondió, mirándome con malicia a través del espejo retrovisor—: los hemos tenido peores.
—¡O’Neill, O’Neill! —exclamó Silva, muerto de la risa.
—¿De dónde es usted? —preguntó el taxista.
—Colombiano.
—¿Ya vio la noticia de Fabián O’Neill?
—No.
—Ayer publicó un libro en el que habla de su indisciplina. Ha habido mucho revuelo.
—Peor que yo el hijo de puta —exclamó Silva entre risas—. Cuando estaba pequeño le llenaban la mamadera de vino.

Con ese pie recorrió varias cuadras para llevarme al restaurante donde gastó su primera mesada como esquilador de ovejas. Pidió ensalada rusa, bebió cerveza, afirmó que nunca más volverá a manejar un automóvil. Prefiere movilizarse en la motocicleta de su hermana o caminar. La camioneta donde andaba el día del accidente —añadió— quedó inservible. Sin embargo, se la vendió a una señora millonaria que colecciona objetos raros.

TRES

Silva me muestra el pie derecho. Dice que desde el primer momento se sintió cómodo con la prótesis, sin duda porque fue amputado por debajo de la rodilla, así que conservó la flexibilidad.

—Fue una cosa ilógica que ni yo mismo entendí —señala, y raspa el balón con las uñas.

Luego vuelve a hablar de su ética de trabajo como futbolista. Antes de hacer juicios hay que analizar muchas cosas, dice. Por ejemplo, él se mantuvo juicioso cuando jugó en el Cagliari, y sin embargo, solo marcó veinte veces en los cuatro años que duró el ciclo. En el Málaga, a pesar de que volvió a las juergas, duplicó sus goles. A él la disciplina excesiva le resecaba el alma, advierte. Por eso rendía más cuando disfrutaba la noche, así durmiera poco. Nada lo motiva más que amanecer entre los brazos de una mina. Eso es como reabastecerse de energía: le dan ganas de entrar a la cancha silbando y jugar cinco partidos seguidos.

Silva arroja el balón al suelo, me muestra su teléfono móvil.

—¿Ves cuántas rayitas le quedan a la batería?
—Una sola.
—Exacto. Cuando vos te pasás la noche garchando con una mina, la carga te llega hasta acá.

Y toca la pantalla con uno de sus dedos gruesos. Noto que tiene las uñas sucias.

Me asombran, digo, esas manos tan ásperas. Él responde que durante la mayor parte de su vida ha sido labriego. De niño esquiló ovejas, de adolescente ordeñó cabras. En aquella época el fútbol era apenas una diversión. Por las tardes se iba a jugar con sus amigos en cualquier calle del barrio. Los partidos se disputaban sin árbitros, sin reglas, y terminaban solo cuando la oscuridad de la noche imposibilitaba ver la pelota. Entonces aparecían los padres para ofrecer un brindis. Había vino, empanadas y, en algunas ocasiones especiales, bife. Al día siguiente todo el mundo retornaba a sus deberes.

Para Darío Silva, el fútbol era eso: respiro, camaradería. Pausa entre una jornada cumplida y otra por cumplir. En Treinta y Tres, el pueblo donde nació, las opciones siempre han sido escasas: laburo en el campo para garantizar el pan, fútbol en los ratos libres para entretenerse. ¿Qué más se puede hacer en esos parajes solitarios tan apartados de la capital?, pregunta.

—Se hace una cosa o la otra. ¡Ya está!

De modo que empezó a patear balones por la misma razón por la cual comenzó a arrear cabras: no había más alternativas. Sucedió cuando contaba, más o menos, seis años. Su padre era celador en una escuela y su madre, cocinera en otra. Para no dejarlo solo en casa, ambos se lo llevaban, por turnos, a sus puestos de trabajo. Cada colegio tenía cancha de fútbol, así que el pequeño Darío siempre terminaba metido en los partidos.

—¿Estudiaste en alguno de los colegios donde trabajaban tus viejos?
—Estudiar es un decir. Mi paciencia para eso es cero.
—¿“Eso”? ¿Te refieres al estudio?
—No me va la palabra “estudio” porque yo no estudié. Yo solo fui.
—¿Adónde fuiste?
—Fui al colegio donde laburaba mi padre. Pero era muy haragán.
—¿Hasta qué grado llegaste?
—Segundo. Me dormía en clase. Yo sabía que jamás iba a asomarme por una universidad.
—¿Y el fútbol?
—No pasaba nada con el fútbol.
—¿En la infancia no imaginabas que serías futbolista?
—Nada, no pasaba nada.
—Listo, no pasaba nada, pero ¿nunca imaginaste que podías ser futbolista?
—No.

Por lo menos —añade— no lo imaginaba cuando tenía diez años y comenzaba a esquilar ovejas. Los futbolistas le parecían unos señores famosos que aparecen por televisión jugando en estadios bonitos. Un pibe de provincia que solo aspiraba a entretenerse tras el laburo no accedería ni en sueños a un recinto de esos. Si alguien le hubiera profetizado en aquel momento su destino de futbolista, él lo habría refutado con una frase irónica de su padre: “¡Andá a cantarle a Gardel!”. Lo suyo, pensaba, sería la ganadería. Al entrecerrar los ojos sobre la almohada se veía en una finca propia orientando un rebaño de vacas Hereford.

La vida gira como una pelota, dice Silva ahora. Lo dice mientras pisa el balón con el pie derecho, el de la prótesis. Le doy un vistazo de abajo arriba. Calculo que mide, a lo sumo, 1,76. Me pregunto cómo pudo haber sido un atacante tan depredador con esa estatura. En la selección uruguaya, el 9 casi siempre ha sido un tipo de más de 1,80. Él retoma su idea: la vida es un viaje en redondo. Te desvías, te alejas, pero siempre llegas al lugar predestinado.

Siguió jugando de manera informal, dice. En este punto aclara que no recuerda cómo hizo el tránsito de la calle a la cancha. Lo que sí recuerda es que al principio, quizá por su estatura, fue ubicado como lateral derecho. Tenía velocidad, despliegue físico, ganas, potencia, pero en los recorridos largos fracasaba: no sabía hacer diagonales para acortar el terreno, tiraba mal los centros. Una tarde apareció un entrenador que lo alineó como delantero. ¡Bingo! El patito feo se convirtió en cisne: explosivo en los piques cortos, certero cuando quedaba en posición anotadora.

—¿Vos recordás lo que decía Menotti sobre Romario?
—No.
—Decía que dentro del área era mejor que Pelé.
—¿Te estás comparando con Romario?
—Andate despacio, cada quien entiende lo que quiere.

A continuación señala que Romario siempre fue su referente. Lo cita solo para darme a entender que cuando se convirtió en delantero mostró su mejor faceta dentro de la cancha. Ahí comenzó a despejarse su panorama. La vida, repite, es como una pelota. Da vueltas, va y viene, trae sorpresas, llega adonde debe llegar. Para demostrármelo, me cuenta cómo fue que el fútbol vino hacia él en un momento en que él no estaba yendo hacia el fútbol.

Oigo la historia, coreo su frase: la vida es como una pelota de fútbol. La pelota viaja, se escapa, la controlan los otros, se ve inalcanzable por allá lejos, se acerca, te llega de repente, te rebota, huye de ti, se eleva y, cuando ya la das por perdida, atraviesa un bosque de piernas y te cae cortita y al pie, toda tuya, frente al arco, para que te llenes el empeine con ella, ¡zas!, y metas el gol del triunfo en el último minuto.

Ese fue su caso, ni más ni menos: el balón perdido le llegó directo al pie. Sucedió en 1990, cuando tenía diecisiete años. Juan José Duarte, director técnico de la selección uruguaya sub-20, andaba observando jugadores. Una tarde anunció que viajaría a Treinta y Tres. El periodista radial que lo entrevistaba ni siquiera sabía dónde quedaba ese lugar. ¿Treinta y Tres? Un oyente llamó a la emisora para informar que el pueblo quedaba, más o menos, a trescientos kilómetros de Montevideo. Entonces Silva reconoció su oportunidad, vio de golpe lo que ocurriría. El resto es historia, concluye.

De la selección sub-20 que quedó cuarta en el Mundial de 1991 pasó al Defensor Sporting. Luego, al Peñarol; después, al Cagliari. Vinieron cuatro equipos más, y muchas convocatorias a la selección de mayores. Entonces Silva sintió que vivía al contrario de como lo había pronosticado: dedicado al fútbol y apartado de las granjas donde se hizo hombre. En su viaje se topó con lo inesperado. Asfalto, vértigo, esmog, grandes clubes, estadios llenos, hoteles de cinco estrellas, aplausos, fama, autógrafos, fotos de primera plana, mujeres, licor, discotecas, trasnochos, otra vez mujeres. Una camioneta, un tipo temerario que conduce borracho —él mismo— y el accidente que casi le arrebata la vida.

El accidente que lo hizo salir del fútbol por la puerta trasera, cuando apenas tenía treinta y cuatro años.

Un viaje redondo, después de todo, porque aquí está otra vez, a sus cuarenta y un años, como si nunca se hubiera ido.

Silva calla, mira hacia el otro extremo del patio, donde su hermana Andrea prepara café. Si analizamos bien el asunto —dice a continuación—, su predicción se está cumpliendo: hoy es el adulto estanciero que aparecía en sus sueños infantiles. No guía ningún rebaño de ganado Hereford, es verdad, pero en cambio sí tiene una tropilla de vacas Aberdeen Angus, y ovejas finas como las que esquilaba cuando era niño, ovejas Corriedale, nada menos, y también caballos árabes, y ciervos Axis, y una campiña bien podada.

CUATRO

Cuando estuvimos en su finca, a unos diez kilómetros del pueblo, Darío abrió un baúl en el que guarda recuerdos de su vida en el fútbol: una camiseta de Batistuta, un brazalete de Baresi, unas zapatillas de Ronaldo.

Me mostró sus animales, sus monturas de caballería, el retrato de sus padres ya fallecidos, las fotos de sus dos hijos, una tetera que le dieron en Paraguay y un poncho que le regalaron en Argentina.

Eso es todo lo que necesita para ser feliz, dijo.

Eso, más Lorena, su novia actual. Hace dos días se puso a pensar que ella es la única mujer a la que ha amado.

—¿Por qué lo crees?—Bueno, es la única a la que nunca le he sido infiel, ¡y llevamos más de un año juntos!
—¿Eras muy infiel?
—Ni te cuento.

Me extrañó que ventilara el tema. Para los futbolistas, eso hace parte de la mugre que se oculta bajo la alfombra. Él estuvo de acuerdo, y agregó que la promiscuidad solo sale a flote cuando el equipo pierde, o cuando el dueño necesita un pretexto para borrar a algún fulano de la nómina.

Entonces Darío volvió a hablar de su indisciplina. Un poco después de cumplir treinta años fue contratado por el Sevilla F.C. Allí coincidió con el andaluz Sergio Ramos, que entonces solo tenía diecisiete años.

Como Darío era tan desordenado, no quería que Ramos se le acercara, ya que podría dañarse viendo su mal ejemplo. Así se lo dijo.

—Pero es que tú me caes bien —le respondió Ramos.
—Bueno, hagamos algo —propuso Silva—: al andar conmigo vas a ver que yo digo cosas lindas, como que hay que portarse bien, y también hago cosas malas, como salir de farra la noche antes del partido. Bueno, fijáte en lo que yo digo, no en lo que yo hago.

Y volvió a soltar su eterna risotada.

CINCO

En la casa de los Silva ya huele a café.

Darío dice que Andrea, su hermana, es adicta al laburo. Cocina, plancha, barre, hace lo que sea necesario. Así es él: en su finca no se la pasa sentado viendo cómo vuelan los pajaritos sino sudando la gota gorda como le enseñaron sus mayores. Por eso tiene las manos ásperas: el trajín en el campo percude, encallece. Entonces guarda el teléfono móvil en el pantalón y me muestra el dorso de las manos. Inspecciono sus dedos gruesos, nudosos, su piel cundida de cicatrices.

Le pregunto de quién es el balón. Se encoge de hombros, el ceño fruncido, calla.

—¿Querés café?
—Sí.
—Creo que esta pelota es de mi sobrino.
—¿Cuántos años tiene tu sobrino?
—Y… ya es un hombre.
—¿Es futbolista también?
—Jugaba de chico. Después, largó.
—¡Quién sabe cuánto tiempo llevará esa pelota ahí abandonada!
—Es lo que te digo. Hace un ratito ni la veíamos, y ahora la tengo en el pie.

Quisiera saber, digo, si ha vuelto a meter goles con el pie derecho. Silva responde que por supuesto. A veces participa en torneos de veteranos. Ahí donde lo ven con su pata de palo —bromea— él todavía corre, todavía salta, y siempre que lo pongan mano a mano con el arquero, le va a pasar factura. Hace cuatro años estuvo en Colombia jugando en la despedida de su colega Iván René Valenciano. Después del partido hubiera podido bailar una tanda de candombe, porque se sentía entero.

—Me gustaría verte haciendo pinolas.
—¿Qué son pinolas?
—Cuando haces saltar el balón en el pie, una y otra vez, sin dejarlo caer.
—Ah, como jueguito…
—En algunas partes de Colombia les llaman pinolas y en otras, la 21.
—Qué nombres tan raros. Acá en Uruguay a eso se le llama “dominar”.
—Bueno, por favor, domina el balón para hacerte fotos.
—¡Estás loco!
—No entiendo.
—Así juegan los niños de siete años.
—¿Te parece malo?
—Mala, la muerte de mi abuelita. Pasa que no entrenamos así.
—¡Pero si no estamos en entrenamiento! Es solo para la foto.
—Decile a Maradona. Sacarías miles de fotos, ¿viste?, porque el tipo es capaz de durar una semana sin dejar caer la pelota.

Le pido el balón a ver si lo incito con mi ejemplo. Como apenas logro siete pinolas, Darío suelta una nueva risotada.

—Devolvémelo antes de que te broten hojas. ¡Sos un tronco!

Y otra vez se ríe.

De pronto, sin ningún aviso, se pone a dominar. Me pide que vaya contando en voz alta. Veo su rostro grave, concentrado —va una—, veo su pie izquierdo apoyado en el piso —van dos—, veo cómo el balón rebota suavemente en su pie derecho —tres—, veo cómo se tensa su cuerpo magro —cuatro—, veo sus brazos venosos —cinco—, veo cómo su camiseta lila se infla y se encoge —seis—, veo su nariz aguileña, veo sus pómulos angulosos —siete—, veo su piel cobriza —ocho—, veo su pelo ensortijado, ahora del color negro original —nueve—, veo la bota de su pantalón blanco arremangada hasta la rodilla —diez—, veo su pierna artificial cubierta con espuma de poliuretano —once—, veo cómo el muñón delgado de la prótesis naufraga en la abertura de su zapato. Me pregunto cómo se sostiene, por qué no se mueve.

Doce.

Trece.

Veo que Darío esboza una sonrisa burlona.

Catorce.

Descubro que no estoy contando con la vista sino con los oídos. Sigo oyendo, sigo contando.

Oigo el golpe de la pelota contra el empeine —quince—, oigo el jadeo de Silva —dieciséis.

Y ahora oigo su voz.

—Bueno, ya está.

Se detiene, atenaza el balón con la mano derecha. En seguida dice que nunca fue futbolista de pasatiempos. Los considera inútiles, pues en la cancha nadie anda tonteando. A él dénsela redondita en el área, y ya verán cómo pone a cobrar a todo el equipo.

Siempre creí lo contrario: que su nombre y la palabra divertimento encajaban sin tropiezos en la misma oración. Lo veía contento en la cancha, como más dispuesto a pasarla bien que a competir. En su pelo teñido de amarillo intuía un espíritu vivaracho, en su sonrisa permanente divisaba un temperamento afable. Además estaba el contraste entre su piel achocolatada y la piel blanca de sus compañeros. ¿Qué hacía ese negro mandinga revuelto con aquellos jugadores de aspecto europeo? En este punto Silva vuelve a largar la risotada.

—¡Pero si en la selección uruguaya ha habido más negros!
—Ya lo sé. Pero algunas veces tú fuiste el único.

Silva se mira un brazo, luego el otro.

—¿Te acordás de Marcelo Zalayeta?
—Sí, claro.
—¡A ese hijo de puta lo demoraron en el toaster más que a mí!

Y de nuevo suelta la carcajada.

A mi modo de ver, la apariencia correcta de Zalayeta no desentonaba en aquella tropa de blancos austeros. En cambio Silva me parecía, a ratos, un bailador de samba entrometido en una liga de tango. Era festivo, saltarín, desabrochado. Siempre creí que reivindicaba el significado primario del verbo jugar. Un día tenía el pelo amarillo, otro día rojizo; a veces lo usaba largo, a veces se rapaba. Celebraba los goles sacando la lengua, o brincando como canguro, o metiéndose el balón en la camiseta. Eso sí: aunque pareciera el miembro calavera del grupo, siempre actuó durante los partidos como un competidor feroz.

—Te ponés con firuletes y por ahí te matan.
—Entiendo: la pinta de payaso no impide trabajar en serio cuando empieza la función del circo.
—Si no, no cobrás.
—Claro.
—Cobrás con goles, no con jueguitos.

Calla un instante. Ahora tiene la pelota bajo el brazo izquierdo.

—Yo ensayaba penaltis en aquella pared. ¿Querés que tire uno?
—Claro.
—Patear es mejor que dominar.
—Claro, claro.
—Si nos imaginamos que esa pared es el arco, me vas a ver metiendo un gol con la derecha.
—¿Nunca te dijeron que pareces brasileño?
—¡Puta, miles de veces! Acordate de Catanha.
—Me acuerdo de Catanha, tu compañero brasileño en el Málaga. ¿Por qué lo mencionas?
—Nos confundían, ¿viste? A él le decían Silva y a mí, Catanha.

Andrea, la hermana de Darío, nos trae café.

—¿Ya le contó los desastres que hacía en casa? —me pregunta.
—No.

Entonces se miran, sonríen. Andrea me pasa el pocillo.

—Creció sin ley porque todos lo mimábamos. Es el menor de los tres, el único varón.
—¿Qué desastres hizo?
—Las paredes eran su portería. Mi padre vivía pagando vidrios rotos en el vecindario.
—Le queda muy bien su pelo amarillo.

Por toda respuesta, Andrea sonríe. Sus ojos verdes se iluminan.

—Mi pelo era como el de ella.
—Me imitaba desde pibito.
—Pero ella también me imitó. Ese pelo que tiene ahora se parece al mío cuando jugaba.
—El tuyo se parecía al mío.
—Los dos nos pintábamos.
—Sí, pero yo lo hice primero.

Ambos ríen. Darío arroja el balón al piso para recibir su café.

—¡Mirala bien a mi hermana, es trigueña! ¡A la hija de puta nunca la pasaron por el toaster!

Y suelta la enésima carcajada.

Andrea me mira, y después mira a Darío.

—Él me imitaba. Un día se puso lentes de contacto verdes.
—Pero eso fue de pibe, mirá que ya ni me acuerdo.
—Tuviste ojos verdes.
—No me acuerdo.
—Lo volviste a hacer cuando jugabas en el Málaga.
—Y, bueno, yo era dueño de una discoteca. Esos lentes fueron cosas de la fiesta.
—Me imitabas.

Entonces Darío se dirige a mí:

—¿Vos te imaginás las minas que me hubiera cogido con los ojos de mi hermana?

Y otra vez empezó a ahogarse de la risa.

Me sorprende que haya tenido una discoteca durante su paso por el Málaga. Silva responde que divertirse en un boliche propio siempre será más seguro que hacerlo en uno ajeno. Se trataba de una ocupación adicional como cualquier otra. Como estudiar de noche, por ejemplo, o cuidar un banco. El presidente del club sabía, sus compañeros sabían, la ciudad entera sabía. Nadie protestaba, pues la discoteca era “una inversión personal”. Además, él rendía en la cancha.

Jamás había conocido un deportista que se expresara de manera tan políticamente incorrecta. Para Silva —recapitulo en voz alta— beber antes de un partido era impedir que se le resecara el alma, desvelarse con una mujer era llenarse de motivaciones y atender una discoteca era como estudiar en jornada nocturna. En su credo personal ningún exceso es condenable si el futbolista ofrece resultados. Esto último lo aprendió con la experiencia, advierte entre risas. Al principio se escondía si veía periodistas deportivos en los boliches. Después descubrió que cuando rendía en la cancha a nadie le importaba si se acostaba temprano o amanecía en la calle. Por eso siempre llegó puntual a los entrenamientos, por eso siempre dejó el alma en cada jugada.

En este punto señala que a él le bastaban dos horas de sueño. Andrea asiente con la cabeza. Quisiera saber, digo, cómo puede competir en serio un futbolista desvelado y borracho. Entonces Darío esgrime su tesis más descarada: por haberse criado en el campo, tiene la ventaja de contar con un cuerpo muy fuerte. Me cuesta saber si en verdad piensa eso, o si solo me está gastando una broma. Por lo pronto, digo que quedamos notificados: debemos emplear a nuestros niños como ordeñadores de cabras para que más tarde disfruten de un libertinaje saludable.

Darío se ríe, dice que soy un hijo de puta. Luego agrega que la bohemia es muy común en el fútbol latinoamericano. Los entrenadores suelen mirar para otro lado, porque si ven demasiado pueden perder el control del grupo. Los compañeros suelen ser fieles al código de guardar silencio, porque nunca se ha dado el caso de que a un futbolista lo condecoren por soplón. El que muestra el trapo sucio afuera ensucia adentro. Además, ¿a quién le incumbe lo que vos hagás en tu tiempo libre? Emborrachate, cogete a ese minón que te pidió el autógrafo. Eso sí: al día siguiente llegá puntual al entrenamiento y rompete el orto laburando. Si ganás, nadie te armará lío.

Así funciona, concluye. Uno puede taparse los ojos para no darse cuenta o vendarse la boca para no hablar, pero la indisciplina está ahí.

—Lo que fue, fue. Ya está.

Me niego a creer —le digo— que cuando se encuentra a solas sea tan indulgente consigo mismo. Él responde que nunca lo ha sido. Siempre se ha culpado por su irresponsabilidad, y antes hasta se odiaba por eso. Pudo haber matado a los dos amigos que viajaban con él en la camioneta, pudo haberlos dejado inválidos. Menos mal no sucedió ni lo uno ni lo otro. Jamás se lo habría perdonado, así que ahora yo no estaría conversando con él sino solo con la morocha —y señala a su hermana.

No mató a los amigos, de acuerdo, pero humilló a su familia, la hizo sufrir mucho. Él también estaba desconsolado. Hacía como que olvidaba, como que todo le importaba un higo. Sin embargo, tenía un ahogo en el corazón. Veía su pierna rota, sentía sangre en un oído, escuchaba ruidos en la cabeza. Era quizá la voz de su conciencia. Nada ganaba con quedarse ahí, echado a la pena. Debía existir alguna forma de aprovechar la vida que le quedaba. Una tarde su psicóloga en Montevideo le dijo cuál era: valorarla, honrarla día tras día. Lo único que se le ocurrió entonces para lograr ese propósito fue devolverse para Treinta y Tres a cumplir su sueño de infancia.

Silva pone su mano áspera en mi hombro y me pide que lo acompañe hasta donde está la pared. Quiere que vea su último gol, ese que también fue el primero, el más bonito de todos, el que empezó a marcar desde niño en este patio amado.

Hitler vive en Uruguay. Sí. En esta república oriental de Sudamérica viven Hitler Aguirre y Hitler da Silva. Viven Hitler Pereira y Hitler Edén Ganoso. Vive hasta un Hitler de los Santos. Y aunque en la guía telefónica del país sólo aparecen seis ciudadanos llamados así, es difícil saber cuántos otros tienen teléfono o cuántos prefieren figurar con nombres distintos para evitar que los califiquen o que se burlen de ellos. Llamarse como se apellidó el mayor genocida del siglo XX, o sea Hitler, ¿no es acaso una razón para vivir avergonzado?

«Nadie sabe que me llamo así», confiesa en el teléfono Luis Ytler Diotti, que guarda su segundo nombre como un secreto familiar, tal como le aconsejó su padre cuando todavía era un niño. Todos lo conocen como Luis y punto.

Con Hitler Pereira pasa algo parecido: quienes lo conocen lo llaman Waldemar, que es su segundo nombre. Su hijo, que atiende el teléfono, se niega a comunicarme con su padre: no hay nada que comentar.

Juan Hitler Porley rechaza tomarse una fotografía: «Yo de esto no quiero hacer propaganda», dice desconfiado.

A Hitler de los Santos lo entrevisté en 1996 y entonces ya había empezado los trámites para cambiarse el nombre. Tal parece que lo logró, porque ahora es imposible ubicarlo en la guía telefónica.

Pero hay quienes llevan el nombre Hitler sin pudor y hasta con orgullo. El comerciante Hitler Aguirre, por ejemplo, nunca quiso cambiarse el nombre. Llamarse así le parece de lo más normal, y no encuentra motivos para avergonzarse. Hablar con él es algo inquietante: este comerciante, dueño de un almacén de Tacuarembó, una pequeña ciudad en el norte del país, dice ser un hombre de izquierda, que incluso fue perseguido por sus ideas. Al mismo tiempo insiste en que Hitler es un nombre como cualquier otro. Tan normal le parece que a su hijo primogénito también le puso Hitler.

Todos los Hitlers uruguayos (al menos los de la guía de teléfonos) ya son ancianos. Todos nacieron poco antes o durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el dictador alemán Adolf Hitler dividía al mundo entre sus simpatizantes, sus detractores y sus víctimas. Todos los Hitlers uruguayos pertenecen a esa época, menos uno. Hitler Aguirre junior, el hijo mayor de Hitler Aguirre, tiene treinta y ocho años y es la única excepción. ¿Vivirá a gusto con su nombre?

Tradición

En Uruguay los nombres raros son una tradición centenaria. A fines del 2007, el jefe de la guardia del Parlamento aún era el comisario Waldisney Dutra. Y un político de apellido Pittaluga se llamaba Lucas Delirio. Casos parecidos ocurren en otros países. En Venezuela hay un debate para prohibir nombres como Batman, Superman y Usnavy. En España, el pueblo Huerta del Rey se jacta de ser La Meca de los nombres raros porque trescientos de sus novecientos habitantes han sido bautizados con nombres tales como Floripes y Sinclética. Pero en cuanto a la extrañeza del nomenclátor ciudadano Uruguay va a la cabeza.

El principal historiador de la vida privada en este país, José Pedro Barrán, dice que los nombres extravagantes comenzaron a multiplicarse a principios del siglo XX, cuando el presidente anticlerical José Batlle y Ordóñez impulsó un temprano laicismo y la gente descubrió que no estaba obligada a bautizar a sus hijos usando los nombres de los santos y mártires cristianos.

Por esa época, el médico Roberto Bouton recorría el país ejerciendo su profesión y conocía a paisanos de nombres tan alejados del santoral como Subterránea Gadea, Tránsito Caballero, Felino Valiente, Clandestina da Cunha, Dulce Nombre Rosales y Lazo de Amor Pintos. También trató a un señor llamado Maternidad Latorre y a otro bautizado Ciérrense las Velaciones. Entonces, la ley permitía que los padres eligieran para sus hijos el nombre que se les antojara, no importa lo espantoso que éste fuera. El Registro Civil certifica la existencia de Pepa Colorada Casas, Roy Rogers Pereira, Caerte Freire y Selamira Godoy, entre muchos otros. Mientras que en la Corte Electoral figuran como ciudadanos uruguayos Feo Lindo Méndez, No Me Olvides Rodríguez, Democrática Palmera Silvera, Filete Suárez, Teléfono Gómez y Oxígeno Maidana. Ponerle el nombre a un hijo, por aquellos años, parecía una demencial competencia de ingenio. Una lapidación anticipada. ¿Qué otra cosa puede decirse de los padres que decidieron llamar Tomás a un niño de apellido Leche?

Pero la razón también ha tenido sus héroes. Hay funcionarios que bien podrían ser condecorados por haberse negado a registrar nombres denigrantes. A mediados del siglo XX, el juez Óscar Teófilo Vidal, que ejercía su oficio en el remoto pueblo de Cebollatí, en el este del país, cerca de la frontera con Brasil, anotó en un cuaderno todos los nombres que logró evitar durante su carrera. La lista, que fue publicada en 2004 en un diario local, incluía a Coito García, Prematuro Fernández, Completo Silva, Asteroide Muñiz, Lanza Perfume Rodríguez, Socorro Inmediato Gómez y Sherlock Holmes García.

Por supuesto, una cosa es querer llamar Sherlock Holmes a tu hijo y otra muy distinta es condenarlo a llamarse Hitler.

Noticias de la guerra

Los historiadores de Uruguay creen que hay claves racionales para explicar la abundancia de Hitlers en este país. La mayor parte de la población desciende de inmigrantes; en general de españoles e italianos, pero también de alemanes, franceses, suizos, británicos, eslavos, judíos, sirios, libaneses y armenios. Estas colonias prestaban mucha atención a lo que ocurría en sus tierras de origen. «Uruguay siempre vivió con pasión lo que pasaba fuera de sus fronteras, porque somos un país de inmigrantes. La nacionalidad uruguaya está fundada en un ideal cosmopolita y abierto», dice el historiador José Pedro Barrán, con cierta molestia, como remarcando lo obvio.

A principios del siglo XX Uruguay era un país orgulloso de estar abierto al mundo, dice José Rilla, otro historiador. Las escuelas públicas llevaban nombres como Inglaterra y Francia. Los feriados reflejaban fechas extranjeras, como el 4 de julio, el día la Independencia de Estados Unidos. No existía resquemor hacia lo extranjero, y la prensa dedicaba sus primeras planas a las noticias internacionales. En los años treinta, por ejemplo, la invasión de Italia a Etiopía fue seguida con pasión. Este interés comenzó a notarse en los nombres que los inmigrantes italianos y otros habitantes de Uruguay les ponían a sus hijos. Más de medio siglo después, en la guía telefónica aún sobreviven once ciudadanos que se llaman Addis Abebba, como la capital etíope, y dos Haile Selassie, como el príncipe que se enfrentó a las tropas de Benito Mussolini.

A Addis Abeba Morales, que nació en 1936, le encanta su nombre. Pero sus conocidos prefieren llamarla Pocha. «Mi nombre fue idea de mi madrina –dice con orgullo a través del teléfono–. Ella estaba con mi madre en las tiendas London París, en el centro de Montevideo, y había un aviso luminoso que pasaba las principales novedades de la guerra. Mi madre estaba embarazada y, mientras leían las noticias, se decidieron: “Si es nena le ponemos Addis Abeba; si es varón, Haile Selassie”».

En el extremo opuesto de ese campo de batalla imaginario, otros padres bautizaban a sus hijos con el apellido del dictador italiano. Hoy, Manuel Mussolini García es un banquero jubilado de setenta años, que a veces se entretiene desentrañando los misterios de su nombre. «Mussolini era un héroe –dice resignado–. Después, en 1942, cuando se alió con el bandido de Hitler, se transformó en un hombre indigno, pero yo ya tenía su nombre». Luego cuenta que su hija se ha casado con un muchacho de apellido Moscovitz. «Mire lo que son las paradojas de la vida: yo, Mussolini, ahora tengo un nieto judío».

Un nombre famoso

Al igual que la guerra de Etiopía, la política expansionista de Alemania de los años treinta y cuarenta producía noticias que en Uruguay se seguían con la misma fruición con que ahora se siguen las telenovelas. Y a continuación, por un mecanismo de imitación en cadena, nacía una ola de Hitlers en este país apacible de Sudamérica.

«Yo nací en 1934 y entonces mi madre ya había tenido once hijos. Se le habían acabado los nombres. No sabía cómo ponerme y justo leyó Hitler en el diario y le gustó ese nombre», dijo Hitler Edén Gayoso la tarde que conversé con él a través del teléfono. «Ella no conocía de política, vivía en la mitad del campo, ¿qué iba a saber quién era Hitler?».

Algo parecido le ocurrió a Luis Ytler Diotti, que también nació en 1934, y es hijo de un inmigrante italiano. Su padre quiso ponerle el nombre de Hitler, pero el niño fue inscrito Ytler por motivos que ahora éste desconoce. «Yo nací cuando Hitler fue nombrado jefe del gobierno de Alemania. En ese momento le pareció que ponerle Hitler a su hijo era algo bueno. Pero después él mismo se dio cuenta de que no había sido una gran idea».

Juan Hitler Porley, quien de joven fue futbolista, nació en 1943, cuando el tétrico perfil del Führer ya estaba más claro para el mundo. Sin embargo, él me asegura que su padre no era nazi. «Nunca le pregunté por qué me puso este segundo nombre –dice cuando hablamos por teléfono–. Yo pienso que creyó que Hitler era un nombre famoso cualquiera, como ponerle Palito a un niño, por Palito Ortega».

Las historias de Hitler Edén Gayoso, Luis Ytler Diotti y Juan Hitler Porley tienen algo en común: los tres cuentan que sus padres eligieron sus nombres por novelería o ignorancia. Los tres parecen sentir cierta incomodidad cuando se les toca el tema.

Los casos de Hitler Aguirre y Hitler da Silva son distintos. Sus padres sí creyeron en Hitler y en su ideología. Ambos son protagonistas del documental Dos Hitlers, de la cineasta uruguaya Ana Tipa. Ella, que vivía en Alemania, observó lo chocante que es para los pueblos involucrados en la Segunda Guerra Mundial que alguien se llame Hitler, como ocurre con naturalidad en Uruguay. Entonces hizo esa película.

Hitler da Silva nació en Artigas, una ciudad de una única avenida en la frontera norte con Brasil. Su padre era un oficial de la Policía que desbordaba de admiración por el líder nazi. «Le gustaban sus ideas, su forma de ser, las cosas que hacía», cuenta en una noche de lluvia, vestido en jeans, en el modesto apartamento de su hija, en Montevideo. «Mi padre escuchaba las noticias, guardaba recortes y todo lo que podía conseguir sobre Hitler. Si alguien lo criticaba, él lo defendía a los gritos. Cuando yo nací en 1939 me puso Hitler como había prometido, a pesar de la oposición de mi madre». Luego –dice– quiso ponerle Mussolini a su segundo hijo, pero su madre, que era analfabeta, se negó con firmeza. Ella prefería los nombres corrientes.

No muy lejos de allí, en el departamento de Tacuarembó, y durante la misma época, los hermanos Aguirre discutían sobre política internacional, tal como era habitual en aquellos años. ¿Quién es mejor –se preguntaban–, Hitler o Mussolini? «Los viejos brutos se ponían a discutir quién mataba a más gente, ¡qué barbaridad! Al final mi tío le puso Mussolini a su hijo, y mi padre me puso Hitler a mí», cuenta Hitler Aguirre, que ahora es un comerciante en la ciudad de Tacuarembó. Él es el inquietante Hitler de izquierda que nunca se quiso cambiar el nombre.

–Si su padre le puso a usted Hitler por bruto –le pregunto a través del teléfono–, ¿por qué usted también le puso Hitler a su hijo?
–Por tradición. ¡Qué bruto!

El rechazo

Ahora se sabe que las ideas y actos de Hitler causaron la muerte de millones de personas. Cuando los crímenes cometidos por su ejército de nazis empezaban a conocerse en todo el mundo, llamarse como él pasó a ser un estigma. El padre de Luis Ytler Diotti, por ejemplo, se arrepintió pronto del nombre que había elegido para su hijo. «Le pesaban las barbaridades que había hecho ese hombre. Mi nombre había tomado un concepto que no tenía nada que ver con lo que él había pensado cuando me llamó así. Se asesoró sobre los trámites que había que seguir para cambiarme el nombre, pero vio que no era sencillo. Yo era un niño grande cuando me dijo: nunca más uses este nombre, ni firmes con él. Desde ese día, no lo menciono nunca».

A Hitler da Silva sus compañeros de escuela lo molestaban todo el tiempo. Lo perseguían y se mofaban de él: ¡Alemán! ¡Asesino! Eso le decían.

Un día Hitlercito volvió muy enojado a casa y, con rabia, increpó a su padre por el nombre que le había puesto. El padre lo miró, le acarició la cabeza y le dijo que algún día se sentiría muy orgulloso de llamarse así.

Pero ese día nunca llegó. Hitler da Silva fue policía como su padre y hasta llegó a enfrentarse a balazos con los guerrilleros tupamaros en los años setenta. En su ciudad natal de Artigas todavía muchos lo saludan: Heil, Hitler. Pero él, un hombre alto, de abundante pelo blanco y rasgos que podrían pasar por «arios», no se siente orgulloso de eso. «Ese hombre tenía ideas descabelladas: el despreciar a la gente por su piel o su raza, lo que le hizo a los judíos, el Holocausto. Eso no está en mi criterio», dice sin consuelo.

A Da Silva el nombre de Hitler no le trajo suerte. La dureza con que lo ha tratado la vida se le nota en la mirada. No hizo carrera en la Policía y hoy, ya jubilado, vive con casi nada. Ni siquiera tiene teléfono en su casa. Dice que más de una vez ha sentido el rechazo que provoca el nombre Hitler y que por eso jamás pensó en llamar así a sus hijos. Una vez visitó Buenos Aires: cada vez que mostraba su documento de identidad para ingresar a un hotel le decían que no quedaban más habitaciones.

Hitler Aguirre, en cambio, insiste en que jamás tuvo problemas con su nombre, nunca sintió ningún tipo de rechazo. El juez que lo inscribió no se opuso. Tampoco el sacerdote que lo bautizó. El único que intentó convencerlo de que se cambiara el nombre fue el director del hospital de Tacuarembó, que fue su profesor en el liceo. Entonces Aguirre tenía unos trece años, y averiguó que el trámite era muy costoso. Su familia era muy pobre. «Entonces nunca me quise cambiar el nombre», dice, reafirmando su decisión de entonces. «El doctor Barragués me contaba las cosas que había hecho Hitler, pero la verdad es que a mí no me importaba. Y cuando nació mi primer hijo le puse Hitler, como marca la tradición. Yo opino que eso no es nada malo».

Durante tres largas conversaciones telefónicas, le pregunto a Hitler Aguirre por los horrores del nazismo de todas las maneras posibles. Pero el nombre de Hitler no le provoca nada. «Francamente no me importa lo que haya hecho Hitler. Yo me dedico a mi vida. Lo que pasó, bueno. Yo no tuve nada que ver. Cada persona hace su propia historia y no importa el nombre que tenga».

¿Ha visto alguna de las películas que narran el horror del Holocausto? Hitler Aguirre dice que jamás va al cine y que nunca mira la televisión. No tiene video, ni DVD. No usa computadora. Nunca sale de la pequeña Tacuarembó. Sólo un par de veces en su vida ha ido a Montevideo para ver al médico. «Yo me encerré a trabajar en un bar a los diecisiete años, día y noche, sábado y domingo de corrido», cuenta. Trabajando así, logró tener uno de los locales más grandes de su ciudad. Hitler Aguirre había empezado a votar por el Frente Amplio, un partido de izquierda, como protesta porque el voto se había hecho obligatorio en Uruguay. Cuando en 1973 una dictadura militar tomó el poder, él quedó en la mira como todas las personas de izquierda. Estuvo cincuenta días preso, acusado de usura. También le enviaron una inspección impositiva tras otra, hasta que le pusieron una multa tan grande que se vio obligado a vender el bar e irse a vivir al campo. La jefa de ese equipo de contadores que lo inspeccionó era judía. Cuando Hitler Aguirre va recordando aquellos días, lo invade la furia y el odio que sintió entonces. «Yo digo, si Hitler hubiera matado siete millones de judíos –dice–, esa contadora no hubiera existido. Y no me hubiera jodido».

Simplemente H

Hitler Aguirre no consultó a su esposa para elegir el nombre que habría de llevar su primogénito: Hitler. Como su abuelo y su padre habían hecho en su momento, Aguirre también lo decidió solo. El que manda es el dueño de casa, me explica. A otro de sus hijos lo quiso llamar Líber Seregni, en honor del primer líder del Frente Amplio, un militar que estuvo preso más de una década durante la dictadura de la derecha. Ahora recuerda que una enfermera lo convenció de que mejor lo llamara sólo Líber.

A Hitler Aguirre junior todos lo llaman Negro. El Negro Hitler nunca le reprochó a su progenitor el nombre que éste le puso, ni se siente incómodo llamándose así, ni ha tenido ningún inconveniente por ese motivo. Una oculista que él frecuenta en Montevideo le dice que lo va a llamar simplemente H. Él piensa que sólo se trata de una broma de esa doctora. «Nunca tuve un problema con el nombre –dice también por teléfono–. A la gente le llama la atención la novedad. Pero a mí no me afecta en nada. En aquel tiempo Hitler debía ser famoso». Luego confiesa que nunca le gustó estudiar. Terminó la escuela, cursó un año de clases en un instituto politécnico y luego abandonó las clases para irse a trabajar al campo. Hoy cría vacas y ovejas.

A diferencia de su padre, Hitler Aguirre junior sí vio algunas películas sobre el líder nazi. «¡Unas matanzas bárbaras!», dice. ¿Lo conmueve enterarse de los crímenes de su homónimo más famoso? «Sí me conmueve lo que hizo –reconoce sin cambiar el tono de voz–, pero el nombre no, el nombre no me perjudica para nada. Quizá en Montevideo la gente lo vea distinto, pero acá en Tacuarembó el mío es un nombre como cualquier otro».

¿No es paradójico que a una persona llamada Hitler le digan Negro? Él se ríe. Dice que en su tierra nadie anda calibrando ese tipo de sutilezas.

El caso de los Hitler uruguayos (y de los Haile Selassie y los Mussolini) debe ser entendido en su contexto histórico, explica el historiador José Rilla. «En aquellos años había una confianza en la política, en los grandes líderes, en el progreso –dice en la universidad donde da clases–. Hoy los líderes políticos han perdido esa dimensión profética. Ya nadie le pone a su hijo Tony Blair. Los políticos hoy no recaudan adhesiones mayores». Si lo que afirma Rilla es cierto, en poco tiempo los Hitler se extinguirán en Uruguay y no serán sucedidos por otros niños llamados George Bush, Vladimir Putin, Hugo Chávez u Osama Bin Laden. El país ha cambiado: ya no es tan cosmopolita como antes, ya no recibe inmigrantes, los diarios venden diez veces menos que hace medio siglo y la política internacional ha dejado de encender las ilusiones colectivas. Ya casi nadie cree en un líder que vendrá a salvar el mundo. Los padres se inspiran en los personajes de la televisión a la hora de bautizar a sus hijos. En el Registro Civil los funcionarios recuerdan que en los años noventa hubo una ola de niños llamados Maicol, en honor al protagonista de la serie de televisión estadounidense El auto fantástico. Luego hubo miles de niñas llamadas Abigail, como la heroína de una telenovela venezolana.

En el medio del campo, Hitler Aguirre junior, el Negro, también tiene televisor. Y a pesar de las películas que ha visto sobre los nazis y sus matanzas, hasta hace un tiempo su sueño era tener un hijo varón para llamarlo Hitler, como se llama él y como se llamó su padre. «No lo decidí porque fuera fanático, ni nada. Es la tradición y hay que seguirla», me explica. Pero como los tiempos han cambiado en algunas cosas, él sí lo consultó con su esposa. Ella aceptó, y sólo pidió que el niño tuviera un segundo nombre. Lo iban a llamar Hitler Ariel, y habría sido el único Hitler del mundo con nombre judío. Pero no fue. Dos veces su esposa quedó embarazada, y las dos veces alumbró una niña: Carmen Yanette, de dieciséis años, y María del Carmen, de doce. El Negro se ríe al contar estos hechos. Quería un varón pero ya se resignó, le salieron dos niñas a las cuales adora. Ahora ya no quiere tener más hijos. «La fábrica está cerrada», dice.

Con él, la dinastía Hitler parece haber llegado a su fin.