Posts etiquetados ‘Vejez’

Dice el Instituto Nacional de Estadística que Toril tiene 16 habitantes. Una exageración, según María Isabel. “Ahora mismo, en el pueblo, somos cuatro”. No es una forma de hablar. Cuatro son los vecinos de Toril: Paulina, una mujer de 75 años apoyada en un bastón; María, que mira con desconfianza a los visitantes mientras se cierra su chaqueta negra; un chico con un perro marrón y que se niega a decir su nombre y la propia María Isabel, que tiene los ojos azules y la expresión arrugada. Están todos en la placita del pueblo. La treintena de casas marrones a sus espaldas están vacías, abandonadas. María Isabel, sentada en el borde de una fuente, estira las piernas y sonríe: “Habéis llegado al culico del mundo”.

Toril está en la zona más despoblada, más olvidada y más vacía de España. Catedráticos de la Universidad de Zaragoza han calificado a esta área como la Laponia española, una imaginaria región que abarcaría las provincias de Soria, Guadalajara, Teruel, Cuenca y la parte interior de Valencia. Y lo han hecho a través de la asociación Serranía Celtibérica, un proyecto que pretende evitar el completo abandono de esta zona y dotar de identidad a la España más olvidada. Hablamos de un área de 63.098,69 kilómetros cuadrados (dos veces Bélgica) que abarca 1.632 municipios, pero que sólo tiene 503.566 habitantes. Es decir: 7,98 habitantes por kilómetro cuadrado.

Dentro de la Laponia española, los Montes Universales, una zona montañosa situada en la frontera entre Cuenca y Teruel (donde está Toril), conforman el epicentro. Es como el quieto ojo del huracán que permite entender que, el sobrenombre de Laponia del sur, no es hiperbólico. Aquí, la densidad de población es menor que la de la región escandinava.

“¿Que somos menos que los esquimales? Madre mía…”. Mira María Isabel con cara de incredulidad. Pero los datos hablan: en los Montes Universales, que abarcan un territorio de más de 3.500 kilómetros cuadrados (más o menos, la provincia de Guipúzcoa) sólo viven 5.700 personas. Es decir, la densidad de población es de 1,63 habitantes por kilómetro cuadrado. En Lappi, la región más septentrional de Escandinavia, hay 1,87 habitantes por kilómetros cuadrado.

Y eso según los datos censales. El proyecto Serranía Celtibérica asegura que, tras un estudio pueblo a pueblo en los Montes Universales, la densidad de población real -contando sólo residentes- es de 0,98 habitantes por kilómetros cuadrado. Números similares a los de Siberia.

Lo curioso es que esta nada demográfica no se encuentra demasiado lejos -geográficamente- de los mayores núcleos de población de España. Toril, el pueblo con cuatro habitantes, está a 180 kilómetros de Valencia y a 270 kilómetros de Madrid. De la capital se da un salto casi directo al vacío. Una vez que se sale del área metropolitana madrileña, el paisaje muta a desértico sin transición. De la autovía se pasa a la carretera nacional y, de ella, a la comarcal, que se enreda en curvas con el asfalto sin pintar. Es la puerta de entrada a los Montes Universales.

Las casas desaparecen. Desde el pueblo de Huélamo, situado aproximadamente a la entrada de los Montes Universales, hasta Toril, transcurren 45 minutos en coche. En ellos, no nos cruzamos con ningún otro vehículo. Tampoco se ven casas. En todo el trayecto, sólo un pastor da una tregua a la soledad. Se llama Eloy y ha nacido en un pueblo cercano. Lleva viviendo aquí toda su vida. Apoyado en una vara de madera con sus ovejas tras él, aprovecha para hablar todo lo que puede y lo más rápido que puede. Como un chute de conversación. “Esto está muerto. Se despuebla muy rápido. No hay riqueza. La gente se va”. Una queja común en esta zona.

Cruzar la Laponia española es avanzar a través del silencio. Los únicos ruidos que lo interrumpen provienen de pájaros, cencerros de algún rebaño o árboles que se mecen al viento. Todo lo visible al horizonte son laderas arboladas, rocas y bosques. El paisaje está desprovisto de presencia humana. Los pueblos aparecen cada cierto tiempo, distantes unos de otros, pequeños y aislados, como si fueran check points. Más del 76% de las localidades de esta zona se consideran remotas: distan más de 45 minutos en coche de la ciudad más cercana.

La mayoría tienen entre 50 y 200 habitantes. Otros, como Toril, resisten agarrados a un hilo de vida. “Cuando yo era niña éramos bastantes. Había vida aquí, celebrábamos fiestas y había muchos niños”, recuerda María Isabel. “Ahora, mira…”. Y señala con la cabeza el pueblecito casi abandonado.

El vienes nevó en la zona y María Isabel y los demás, cuentan, estuvieron sin luz hasta el domingo. “Pasa un par de veces cada invierno, cuando nieva mucho. Nos quedamos aislados, con medio metro de nieve”. La ciudad más cercana a Toril es Teruel, que está a hora y media en coche. Es el tiempo que les separa del cine más cercano, del centro comercial más a mano o del taller más próximo.

La agonía de Toril comenzó cuando cerraron el colegio del pueblo. “Fue hace tiempo ya”, recuerda Paulina apoyada en su bastón. “Mi nieto Satur fue el último. Cuando cerraron el colegio por falta de niños, se tuvieron que ir del pueblo”. Hace 20 años que en Toril no ven un niño.

“Y jóvenes sólo quedo yo”, dice el chico con el perro. “Todos mis amigos y chavales de mi edad están viviendo en Catauña”. “¿Y tú? ¿Por qué no te vas?”. El chico se encoge de hombros.

Es un problema que se repite: la tasa de envejecimiento en esta zona es de las más altas de Europa. Se trata, según el proyecto Serranía Celtibérica, de una región que está biológicamente en extinción. “De aquí al hospital o al cementerio”, dice riendo Paulina. El 32% de los habitantes de los Montes Universales, según datos del INE, tienen más de 65 años. Sólo un 7% tiene menos de 15.

Siempre puede ser peor. El pueblo que está al lado de Toril, llamado Masegoso, se ha quedado vacío. Se alcanza Masegoso tras una bajada serpenteante que desemboca en una señal que parece nueva. También el pueblo está en buen estado. Pero no hay nadie. Sólo quietud, abandono y silencio. Hay ropa colgada llena de polvo, un arado oxidado que yace en el medio del pueblo, una camisa tirada en la hierba junto a una sartén y unos columpios para niños que se mecen despacio con la brisa. A Masegoso lo han dejado atrás.

Un grupo de gatos observa a los visitantes inesperados. El pueblo sólo tiene vecinos en verano, cuando es utilizado como segunda residencia por un puñado de antiguos vecinos.

Según datos de la Proyección de la Población de España en el período 2014-2064, llevada a cabo por el INE, vamos a perder, en España, un millón de habitantes en los próximos 15 años. Para la segunda mitad de siglo, según este mismo estudio, el porcentaje de mayores de 65 años será de casi el 40%. Masegoso bien podría ser un aviso presente de lo que le espera a la Laponia española futura.

Vivir aislado

Guadalaviar es uno de los pueblos más grandes de esta zona. Está a 25 minutos de Toril. Tiene 222 habitantes censados, 155 viviendo en el pueblo, 16 en paro, seis niños, cinco bares y un alcalde llamado Rufo Soriano Pérez. La localidad aparece repentina entre laderas, con casas amontonadas, un perro olisqueando la señal que indica el nombre del pueblo y una señora en silla de ruedas tomando el sol con gafas oscuras.

Rufo nos recibe en la placita del Ayuntamiento. “Hace años éramos 500 vecinos, pero se ha ido vaciando. La gente se va porque no hay trabajo. Antes había una fábrica, pero la cerraron”. Es un problema que comparten la mayoría de pueblos. Las fábricas aquí no son rentables, están muy alejadas de las autovías y la logística resulta demasiado cara. La ganadería y el turismo rural se han quedado como las únicas opciones. Y son insuficientes.

“La gente joven desaparece”, dice Rufo. “Se van a trabajar fuera y los que se quedan están a verlas venir”. Con la marcha de la gente joven también se esfuman los niños. Y cierran los colegios. “Nosotros mantenemos la escuela porque tenemos cinco niños, que es el requisito mínimo. Hay uno de 12 años, otro de 11 y tres de 4 años. Van todos juntos al colegio”.

Esther y Dámaso son los padres de Álvaro, uno de los cinco niños del pueblo. “Aquí los niños son felices. Se pasan el día jugando y se forman en la escuela. En las ciudades hay cierto prejuicio sobre cómo vivimos en los pueblos. Pero aquí los niños están a su aire, disfrutando”, dice Esther. Luego matiza: “A ver, te tiene que gustar este tipo de vida. Es una vida muy tranquila, muy sosegada”.

Tan tranquila que un solo día en Guadalaviar podría resultar desesperante para un urbanita acelerado. “Aquí no hay nada. Si quieres ir al cine o de compras o de copas te tienes que ir a Teruel, que está a una hora y media”, dice Rufo. “En invierno anochece pronto y la gente da un paseo, charla o echa la partida. No hay mucho más que hacer”.

Santiago Ferrández tiene 48 años. Nació y creció en Zaragoza, donde tuvo tres hijas y un empleo que, por estresante, llegó a afectar a su salud. “Decidí romper con todo”, cuenta. Se trasladó a Guadalaviar y ahora regenta uno de los bares del pueblo. “Cuando yo llegué aquí lo hice con una compañera y ella duró cuatro meses. No se adaptó. Era más joven y le costó mucho aclimatarse a esto”, cuenta Santi. “Vivir aquí puede ser duro. Aquí hay mucha soledad, estas muchas horas solo. Hay poca gente para hablar, casi no hay gente joven. Vives en un pueblo rodeado de montañas en el que no hay nada y donde no hay otra manera de salir que en coche. Eso te come. Tienes que tener claro a lo que vienes”.

La fruta, el pan y el médico

Al otro lado de la frontera, en la provincia de Cuenca, está Zafrilla, donde viven 50 personas. Llegar a Zafrilla es como llegar a un fuerte militar. La carretera desciende en curvas hacia el pueblecito. Se ve desde lejos y te ven llegar desde lejos.

En la plaza del Ayuntamiento, Pascual vende fruta desde su furgoneta. Viene dos veces por semana. Otras dos veces llega al pueblo otro vehículo con congelados y cada dos días, uno con pan. En Zafrilla no hay tiendas, así que los suministros básicos llegan cada semana en forma de furgonetas como la de Pascual.

Montse Pérez, de 48 años, espera en la cola para comprar naranjas. Cuenta que, en Zafrilla, al haber cuatro niños, no hay colegio y que, por ello, los pequeños tienen que desplazarse cada día media hora hasta un pueblo cercano. “Y ese colegio también va a cerrar, así que los padres están pensando en irse a vivir a Cuenca para que los niños estudien”, dice Montse.

Cuenta también que, en Zafrilla, no hay clínica médica ni farmacia. “El médico viene dos veces a la semana y si hay una emergencia tenemos helipuerto. El año pasado le dio un infarto a un vecino, pero, como no tenemos desfibrilador, no se pudo hacer nada”.

No queda gente joven en Zafrilla. Se fueron a Cuenca, que está a una hora y media. “La vida aquí no es fácil para ellos. Aquí hay mucha rutina. Te levantas, tomas un café en el bar, compras en el furgón que haya venido ese día, cocinas y trabajas algo en casa”, explica Montse. “Siempre ves a la misma gente. Para alguien de fuera esto es aburrido. Aquí hay más gatos que vecinos”.

María Mora escucha la explicación de Montse. Tiene 88 años y es otra de las vecinas de Zafrilla. Nos propone visitar su casa con una sonrisa y un pañuelo en la cabeza. Vive sola, aunque su hijo viaja cada fin de semana desde Barcelona para visitarla. En el salón tiene una estufa de leña y una pequeña televisión. “La veo por las noches”, dice sonriendo.

El único viaje que María ha hecho en su vida fue a Barcelona, hace ya muchos años. “Y hace tiempo que no salgo del pueblo. Para qué”.

Alrededor de Zafrilla, como alrededor de Guadalaviar, Toril y los demás pueblos de la Laponia española, no hay sino monte. Descampado hasta donde alcanza la vista. “¿El futuro?”, se pregunta Rufo, el alcalde de Guadalaviar. “Es un asunto muy serio. Lo veo mal. O cambian las cosas o esto se muere”. Montse coincide. “¿Quién va a montar aquí nada? Es inevitable que esto se vacíe de gente joven. Y cuando nuestra generación ya no esté, pues no va a haber relevo”. María Mora, apoyada en su bastón, escucha y replica. “Bueno, pues ya nos veremos todos en el cielo. Aunque seguro que allí hay más gente que aquí”.

I

Mientras llega el camarero con nuestros almuerzos, Boricua Zárate advierte que está acostumbrado a ser un extraño para casi todas las personas con las que se tropieza en la calle. La última vez que pateó un balón —añade, meditabundo— fue en 1985, es decir, hace veintiséis años. Así que el mesero joven que nos atiende en este restaurante de Barranquilla tendría que ser sobrino suyo para haberlo reconocido. De otro modo, ¿cómo podría saber que el cliente de cabello ralo al que acaba de tomarle el pedido, el cojo de la pierna ortopédica, fue uno de los dos defensores centrales de la Selección Colombia que en 1975 quedó subcampeona de la Copa América?

Boricua aprieta con las dos manos el mango de su bastón. Luego insiste en que su época como jugador de la Selección Colombia pasó hace más de tres décadas. Resulta apenas lógico que a estas alturas él se haya envejecido y no se asemeje ya al mocetón que el país conoció en las canchas. Pienso que tiene razón pero me abstengo de decírselo. El Boricua de los años setenta era uno de esos zagueros intimidantes que parecen andar siempre a punto de descabezar a alguien. El de hoy es un sesentón maltrecho al que uno no se imaginaría en una cancha de fútbol ni siquiera como espectador. Uno se lo figuraría, más bien, jugando dominó en un parque de jubilados.

Como lo he frecuentado durante cuatro días estoy familiarizado con él, pero si me lo hubiera topado en cualquier esquina sin antes ojear en la prensa las imágenes de su aspecto actual, seguramente lo habría desconocido. Y eso que pertenezco a la generación de hinchas nacidos en los sesenta. Yo alcancé a ser testigo de su carrera, lo vi enfundado en las camisetas del Junior, del Medellín y de la Selección Colombia. Un domingo remoto de mi adolescencia, incluso, lo tuve a pocos metros de distancia en el viejo Estadio Romelio Martínez. Era un hombre brioso a pesar de su corpulencia, lo contrario de este señor menguado y lento que ahora empieza a tomarse la sopa.

Boricua se esfumó del panorama desde el momento en que se retiró de las canchas, y no volvió a aparecer en público. Jamás hizo el saque de honor en un partido importante ni en uno de poca monta; jamás fue entrevistado en los noticieros de televisión. Una que otra vez era evocado en son de mofa por los periodistas deportivos veteranos: cuando un zaguero pifiaba la pelota de manera horrible, o cuando la mandaba hacia las tribunas con un patadón antiestético, exclamaban: “Hizo la de Boricua”. Cuando el defensor se aturdía y en vez de rechazar el balón se quedaba estático viéndolo pasar por su lado, los comentaristas mayores citaban la frase burlona que el locutor Pastor Londoño decía a mediados de los años setenta: “No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí”.

Se referían, cómo no, al error que estigmatizó a Boricua durante la mayor parte de su carrera. Sucedió en el juego de vuelta por la final de la Copa América de 1975. Colombia había ganado 1 a 0 el primer partido, disputado en Bogotá. En el segundo partido, el de Lima, estaba alcanzando el título gracias al empate parcial, pero el equipo peruano mandaba en la cancha. De pronto, un atacante de Perú que avanzaba por la derecha envió un centro aparentemente inofensivo al área colombiana. Parecía que Zárate controlaría la situación de manera fácil, ya que el balón cruzaba englobado, manso, frente a sus narices. Bastaba con darle un cabezazo para mandarlo al córner o hacia un costado. Zárate, los brazos pegados al cuerpo, las manos posadas en las piernas, se quedó idiotizado viéndolo pasar, como si esperara que al balón mismo le diera la gana de alejarse sin causar problemas. O como si creyera que podía desviarlo con una simple mirada. Cuando el balón lo rebasó, intentó reaccionar, pero ya era tarde: Juan Carlos Oblitas irrumpía como un bólido por la izquierda. Al peruano, sin embargo, también lo sobró el balón y por eso no disparó en seguida. En todo caso logró detenerlo antes de que traspusiera la línea final. Entonces, de espaldas al arco, decidió jugarse un albur: le pegó un taconazo con la zurda para centrarlo de nuevo, a ver qué sucedía. Y lo que sucedió fue que le rebotó a Zárate en el pie derecho y se metió en la portería de Colombia.

Desde ese día hasta el momento en que se retiró, diez años después, Boricua soportó las chanzas más pesadas. Cada vez que la pelota llegaba a sus predios el público rugía con saña, mientras Pastor Londoño soltaba el consabido gracejo:

—No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí.

La gente se burlaba de él, incluso, en lugares distintos al estadio: en las calles, en los centros comerciales.

—No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí.

Aunque la broma lo irritaba, Zárate se mostraba risueño ante los provocadores, en parte por su temperamento apacible y en parte porque entendía que si perdía los estribos le iría peor. Para consolarse apelaba, además, a un argumento ingenuo: si se mofaban de él era porque, al menos, lo reconocían. Pero eso fue hace mucho tiempo, dice ahora, mientras aparta hacia un lado de la mesa el plato ya vacío de la sopa. Hoy solo encuentra indiferencia a su paso. Nadie lo señala con el dedo índice, nadie le pregunta por la Selección Colombia del 75. El taxista que nos trajo al restaurante, a propósito, no lo reconoció, pese a que vivió en el mismo barrio suyo cuando ambos eran adolescentes. Zárate sonríe, insiste en que ya está acostumbrado a esa situación.

II

En esta Colombia vertiginosa donde las noticias caducan al instante, un futbolista de los años setenta pertenece a la prehistoria. Más aún si su carrera fue gris y nadie volvió a saber de su vida durante el último cuarto de siglo. Ese personaje es a la prensa lo que el medicamento vencido a la farmacia: un producto desclasificado, sacado de circulación. Lo máximo que los editores de los periódicos podrían concederle es un rinconcito en la sección de efemérides, para evocar algún acontecimiento suyo —un autogol, por ejemplo— o contarles a los lectores en qué anda tras el retiro. Eso sí: el día que el personaje sufra un percance o estire la pata, será incluido otra vez, sin falta, en las páginas de actualidad. Ahora, mientras el mesero nos entrega las bandejas de pescado que le pedimos, recuerdo la frase irónica de Chesterton: “El periodismo consiste en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”.

Boricua hinca la punta del cuchillo en la posta de bagre frito. Dos años atrás nadie lo mencionaba, ni siquiera los locutores deportivos más viejos. Yo, lo confieso, tampoco lo extrañaba. No era que lo creyera ya un Lord Jones muerto: era que, sencillamente, su nombre se me había borrado de la memoria. Entonces sobrevino la calamidad que lo volvió noticia otra vez. “En estado crítico Boricua Zárate” —informaba El Heraldo a principios de 2010—: “Tiene diabetes y requiere ser amputado”. El reporte abundaba en detalles sobre las desdichas del personaje: sus dolencias, sus apuros económicos. Además advertía que Boricua no se encontraba afiliado a ninguna Empresa Promotora de Salud y, por tanto, los médicos se negaban a practicarle la cirugía. Sus excompañeros del Junior se aprestaban a organizar en Barranquilla un partido de veteranos para conseguirle fondos. Por primera vez nos mostraban el rumbo que tomó el personaje durante el tiempo en que le perdimos la pista. Al principio trabajó en las divisiones inferiores del Deportivo Independiente Medellín. Después se quedó sin empleo. Fue el momento en que surgieron las penurias: perdió el hogar, pasó hambre. Terminó yéndose para Mocoa, ciudad petrolífera de la región amazónica colombiana, donde se vinculó a una escuela de fútbol infantil. Un día amaneció con una uña del pie izquierdo encarnada. Como creyó que se trataba de un mal menor, no le prestó atención. Un mes después caminaba apoyado en un bastón.

—La pierna se me puso flaca como la de un niño con polio —dice Boricua.

Los cubiertos con los que corta el bagre naufragan en sus manos enormes. Mastica despacio, el ceño fruncido, la mirada grave.

Encuentro un parale-lismo entre el zaguero central que se durmió frente a aquel balón manso en la final contra Perú y el señor que se descuidó porque creyó que la uña encarnada era una minucia. Se me ocurre, además, una idea malévola: también este último Boricua “la dejó ahí”. Sin embargo, no me atrevo a comentarle en voz alta lo que estoy pensando. Me gustaría saber con qué ojos mira la realidad un hombre que no percibe ciertas señales de alarma que para los demás mortales resultan evidentes. Su hermana Isabel lo define como una persona ingenua y confiada. Físicamente parecería capaz de protegerse de cualquier adversidad, pero el pobre José —ella jamás le dice el apodo— siempre ha escondido a un niño indefenso dentro de ese cuerpo fortachón. Un niño que a veces es lento de reflejos.

—¿Por qué demoró para hacerse ver del médico la uña ulcerada?
—No, para nada, yo no me demoré. A mí la pierna se me adelgazó en cuestión de un momentico.

Me arrepiento de la pregunta: es injusto que uno se enferme y encima tenga que sentirse culpable. Veo otra vez el tenedor extraviado en la mano descomunal de Boricua, sus ojos que ahora no se me antojan graves sino afables. Definitivamente se parece al hombre que retrata su hermana: grandulón, desamparado, como un ogro bueno de historieta infantil. Así era también cuando jugaba: tosco, noble.

—Un locutor salió un día con este chiste: “Boricua pega más que un cable de energía pelado”.
—¿Y usted no era acaso pegador?
—A mí me expulsaron como dos veces apenas.
—Entonces, ¿de dónde salió esa fama?
—No sé. Vainas de ustedes los periodistas. Y como mido 1,82 y en esa época pesaba 86 kilos… Yo era muy fuerte. El que chocaba conmigo se caía, pero no era que me la pasara pegando patadas.

Manos grandotas, dedos muy gruesos. De alguna manera su contextura incidió en la clase de jugador que fue. Boricua no patrullaba la zona defensiva en la carroza de los príncipes sino en el burro de los leñadores. Quizá por esa razón lo olvidamos. Jugaba en el puesto de un exquisito como Beckenbauer pero pertenecía a la estirpe de un rústico como Scirea. ¿Lo que le cobramos, entonces, fue su falta de virtuosismo? Tal vez. El mundo no celebra al que corta la madera para hacer el violín sino al que crea la música.

Le digo a Boricua que el tiempo arrojó sobre él un manto de olvido pero, por otra parte, actuó en su favor. Si hubiera anotado aquel autogol a finales de los años ochenta o a principios de los noventa, cuando el fútbol colombiano estaba en la mira de las mafias y de los apostadores, posiblemente no estaría aquí echando el cuento.

—Huy, sí, de pronto me hubieran dado balín —dice con una expresión sombría.
—Así es.
—Vea usted el caso del finado Escobar…

En este punto Boricua hace el clásico gesto de la degollada, pasándose el índice derecho por el cuello. Se refiere al autogol que le costó la vida a Andrés Escobar tras el Mundial USA 94.

—Es preferible la broma de Pastor Londoño, ¿cierto?
—Sí, es preferible.

Y se ríe.

—¡No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí!

Y se ríe otra vez.

¡Ah, el tiempo! He pensado mucho en el tiempo a lo largo de estos días. Boricua ajustaba 36 años cuando se apartó de los reflectores y 61 cuando regresó a ellos. Mucha agua ha corrido desde entonces bajo el puente. El personaje dejó de usar las patillas gruesas que usaba en los setenta, se encorvó un poco, perdió varios dientes. Y, sobre todo, sufrió quebrantos de salud y se convirtió en un desempleado frecuente. Sin embargo, en los archivos de prensa se mantuvo ocupado pateando balones, ostentando la firmeza de un guayacán. El reducido sector de la sociedad que se acordaba de él, lo divisaba aún dentro del mismo vagón de sus años mozos, pero él había concluido ese viaje hacía una eternidad. Seguimos viendo a los exfutbolistas tal y como eran cuando jugaban, prestos todavía a cobrar el córner, o calentándose en la pista atlética. El día que decidimos buscarlos a ellos mismos para que nos cuenten qué fue de sus vidas, la realidad nos entra en los ojos como un puñado de tierra. Pregunta uno por Bonifacio Martínez, aquel veloz puntero del Junior, y responde Boricua:

—Me dijeron que anda en chancletas vendiendo pescado por las calles de Soledad.

Después pregunta uno por Ernesto Díaz, delantero de la Selección del 75, y vuelve a responder Boricua.

—Murió en una cancha de Estados Unidos. No tenía ni cincuenta años cuando le dio el infarto ese.

Enseguida pregunta uno por Pescaíto Calero, otro integrante de la Selección del 75, y a Boricua se le quiebra la voz en la respuesta:

—Hombre, Pescaíto murió en un accidente de tránsito en Pereira.

Y así sucesivamente.

Ayer, enfundados en una camiseta que llevaba cruzada en el pecho los colores de nuestra bandera, representaban a Colombia ante el resto del mundo; hoy andan desaparecidos, necesitados, muriéndose sin que nos enteremos. Y no nos enteramos porque ya no nos interesan, ya les pasó su tiempo. Si en estos momentos no pueden darnos circo, ¿por qué tendríamos nosotros que darles pan? Todo exfutbolista que llega pobre a la vejez —nos recordaba el entrenador holandés Rinus Michels— se vuelve extranjero en su propio país.

III

Al final de la tarde, cuando baja la temperatura en Barranquilla, Boricua sale de su casa en el barrio Montes y le da doce vueltas a la manzana. El médico que le ordenó la terapia —el mismo que le amputó la pierna izquierda— le aconsejó recorrer un kilómetro diariamente. Boricua dice que cumple la tarea de manera juiciosa, pero en cierta ocasión su hermana Isabel me condujo a escondidas hacia el patio para desmentirlo.

—Esos son puros embustes de él —me dijo, bajando la voz y mirando con cautela hacia el interior de la casa—. Él no camina todas las tardes. Viera usted la lucha que hay que tener para que salga a hacer el ejercicio.
—Pero ayer caminó conmigo…
—Sí, claro, y hoy va a caminar otra vez. En estos días sale a caminar porque usted está aquí.
—Caramba…
—Yo quiero que usted lo regañe. Como usted es periodista, a usted le para bolas.
—O sea que si no hay periodistas él no da ninguna vuelta.
—Bueno, él sí sale algunas veces. Pero yo quiero que usted lo regañe, porque el médico le pidió que camine con el bastón y él camina es con el caminador.

Esta tarde Boricua también utiliza el caminador. Dice que con el bastón se cansa mucho. Además, si usara el bastón tendría que caminar muy despacio, lo cual, según él, es poco recomendable en este barrio peligroso. A ambos lados de la calle 29 hay vecinos que vociferan como si estuvieran en una plaza de mercado. Boricua los mira de reojo, los saluda, y en seguida vuelve a fijar la vista en el piso. La prótesis, engarzada en un zapato de punta vaciada, le llega hasta el muslo. El Boricua de hoy será un alfeñique en comparación con el zaguero macizo de los años setenta, pero seguro es Sansón al lado del paciente demacrado que nos mostró la prensa a principios de 2010, en vísperas de la cirugía. Tres pasos, seis pasos, pausa. No es que le falle el estado físico —se excusa— sino que necesita más tiempo para acostumbrarse a su condición actual. Entonces separa los dedos tensos de las empuñaduras del caminador y estira las manos en el aire.

El sector por el cual avanzamos es considerado la Meca del fútbol colombiano. Al fondo, allá en la calle 30, vemos el Estadio Moderno, donde el 7 de agosto de 1922 se disputó el primer partido oficial de nuestra historia. Ese día se enfrentaron dos equipos cuyos nombres parecían aludir a los colores de nuestros partidos políticos tradicionales: Los Colorados y Los Azules. Después, en 1946 —tres años antes del nacimiento de Boricua—, el estadio fue sede de la Selección Colombia que ganó invicta los Juegos Centroamericanos y del Caribe.

La pasión de Montes por el fútbol surgió antes de que existiera ese estadio. Como las calles eran desnudas, terrosas, resultaban favorables para ciertos juegos. También se practicaba el ‘bate de la chequita’, una especie de béisbol en el que las pelotas eran las tapas de gaseosa que los jóvenes solicitaban en las tiendas. Los padres, dice Boricua, preferían ver a sus hijos jugando que cotorreando en las esquinas, donde se exponían a ser influenciados por los viciosos y por los ladrones. Tanto apreciaban los habitantes estos deportes que en los años sesenta, cuando la Alcaldía de Barranquilla anunció que empezaría a asfaltar el barrio, se rebelaron. Para ellos el pavimento era un simple afeite, pues allí nadie era dueño de ningún carro ni le tenía asco a la arena. Además temían que la medida desencadenara una crisis social. ¿A qué se dedicarían los muchachos —desempleados y sin estudios universitarios— cuando ya no tuvieran dónde jugar?

Ahora bordeamos un canal de aguas negras. Boricua dice que el fútbol lo salvó de “agarrar el mal camino”. Empezó a practicarlo, más o menos, a los ocho años. Entonces a ningún muchacho se le ocurría la idea de que ese pasatiempo sirviera para ganar dinero. Para ganar dinero estaban los oficios serios de los mayores: cargar bultos en la terminal marítima, o lavar envases en la fábrica local de cervezas, o vender butifarras en el centro de la ciudad. El fútbol era un simple recreo, un burladero para escondérseles a las tentaciones del ocio. Cuando mucho, le reportaría a quien lograra jugarlo profesionalmente unos cuantos pesitos para garantizar la vespertina del sábado en El Mogador, el cine del barrio. Lo de “profesionalmente” es un decir: Boricua recuerda que en 1970, cuando principió su carrera en el Junior, se sintió como si estuviera trabajando en una tienda. El jefe de personal le daba en efectivo los tres mil pesos del sueldo, un billete detrás del otro, y luego lo ponía a firmar un cuaderno escolar averiado en el lomo.

—¿Qué más, viejo Bori? —le grita un señor, cerveza en mano, desde la tienda de la esquina.

Boricua responde el saludo. Luego, el rostro ceñudo de siempre, me dirige una frase que no sé si es broma o reclamo:

—Vea que todavía hay quien se acuerde de mí.

Para desagraviarlo le digo que no solo me acuerdo de él sino de la época difícil que le tocó durante su carrera, esos años perdidos que fueron una especie de Patria Boba del fútbol: no clasificábamos a los mundiales, no le ganábamos a casi ningún equipo (el subcampeonato en la Copa América del 75 fue un hecho aislado); nuestros mejores clubes jamás pasaban de la primera ronda en la Copa Libertadores, nuestros mejores jugadores no le interesaban a nadie en el exterior. Mientras Boricua se pone a conversar con un vecino que le sale al paso, reproduzco en mi memoria algunas instantáneas de aquellos tiempos: veo a Pedro Pablo Pasculli metiéndonos dos goles y a Jorge Luis Burruchaga rematándonos con el tercero, en el Estadio El Campín de Bogotá. Perdemos 3 a 1 con Argentina y quedamos por fuera de México 86. Veo a los brasileños masacrándonos 6 a 0 en el Maracaná, así que tampoco iremos a Argentina 78. Pero no hay drama: caer ante Brasil es el tipo de traspié anunciado que solo nos hace encoger los hombros. Veo a continuación una imagen que revela nuestra mentalidad de entonces: tras el cuarto gol brasileño, el delantero Eduardo Vilarete se ubica en el centro de la cancha para reanudar las acciones. Sin embargo, en lugar de hacer el saque reglamentario se sienta encima de la pelota y empieza a manotear, impotente, como diciendo que estamos vencidos desde siempre, que no tenemos salvación, y que lo razonable es arrellanarnos de una vez por todas sin mover ni un puto dedo, pues pase lo que pase perderemos. Y eso fue, justamente, lo que le sucedió a la Selección Colombia durante aquel periodo de desastre: siguió perdiendo.

Cuando Boricua debutó llevábamos ocho años sin asistir a un mundial; cuando se retiró aún nos faltaban cinco para volver a clasificar. Mala suerte, pienso, mientras lo veo despidiéndose del vecino. En su época andábamos tan mal que lo más parecido a una hazaña que podíamos exhibir era el empate ante la antigua Unión Soviética, conseguido en Chile 62. Empezamos perdiendo 3 a 0 y al final igualamos 4 a 4. El histórico partido era una referencia obligatoria en Colombia, incluso para quienes nacimos después de aquel mundial. Todos, tarde o temprano, contábamos el chiste que en este momento le estoy contando a Boricua.

—¿Usted sabe qué significaban las letras “CCCP” que las camisetas de los soviéticos llevaban en el pecho?
—Me lo sabía, pero ahora no me acuerdo.
—Con Colombia Casi Perdemos.

Boricua sonríe. Luego vuelve a su expresión adusta. Da dos pasos, tres pasos. Su rostro cetrino destila sudor. Por un instante tengo la impresión de que ha envejecido diez años durante esta caminata. Le pesa la andadura, le pesa el país. Cualquier equipo de los grandes habría sobrevivido a un zaguero central limitado como él. Brasil, como todos sabemos, ganó el Mundial del 70 prácticamente sin arquero. Hubiera podido ganarlo también con Boricua en la defensa. Por eso supongo que el problema de Colombia en la Copa América del 75 no fue la presencia de Boricua, sino la ausencia de Pelé, Rivelino, Tostão y Jairzinho. Quisiera compartir mi deducción con él, pero me temo que la entendería como un sarcasmo, o como un artificio encaminado a hacerlo sentir bien. Boricua se enjuga el sudor de la frente con el índice derecho, se detiene de nuevo. Más que como un enfermo agotado por el esfuerzo físico, lo veo como un penitente castigado por nosotros. Primero dejamos que cargara él solo una cruz que tendríamos que estar cargando entre todos, la de nuestras frustraciones. Después lo olvidamos. Y ahora, cuando es un veterano discapacitado y sin ingresos, le damos la espalda.

Nos encontramos justo al frente del Estadio Moderno. Está distinto, dice Boricua. Antes no existían esas paredes frontales. Los espectadores entraban libremente y se sentaban en las graderías de cemento. En realidad fueron muchos los cambios que se presentaron en Barranquilla durante su ausencia, que empezó en 1976, cuando fue contratado por el Deportivo Independiente Medellín, y terminó en 2010, cuando regresó arruinado y enfermo. Desapareció el bar de salsa El Boricua, que inspiró su apodo (se lo puso el periodista Carlos Castillo Monterrosa). Disminuyeron las primitivas casas bajas, aumentaron las modernas casas altas. En la ciudad se siente más el olor del humo industrial que el de los caños. Ya nadie juega al ‘bate de la chequita’, ya no venden cubos de brillantina en las tiendas. Las flores de batatillas solo perduran en las canciones de Esthercita Forero. Y también se extinguieron los barberos que recorrían el barrio en bicicleta para ofrecer sus servicios de casa en casa. En esta urbe anárquica, desconocida, José del Carmen Zárate Samudio, Boricua, se siente a la deriva.

—Duré veinticinco años sin venir a Barranquilla.
—El año pasado volvió debido a su problema de salud. Antes de eso, ¿cuándo había venido?
—En el 85 vine con el Cúcuta. Me acuerdo porque fue mi último año como jugador. El Estadio Metropolitano estaba recién inaugurado y yo lo estrené.
—¿Por qué tanto tiempo sin venir?
—Bueno, usted sabe, en Medellín vivía con mi mujer y mis dos hijos.
—No entiendo. ¿Por tener mujer e hijos en otra ciudad no podía venir ni siquiera de visita?
—Nadie sabe la sed con la que bebe el otro. ¿Cómo iba a comprar los pasajes, si no tenía ni cinco centavos? Me quedé varado en Medellín y me tocó irme para El Putumayo porque fue la única parte donde salió trabajito.
—¿Nunca buscó en Barranquilla?
—No.?—¿Y ahora?
—Ahora es más difícil.

Afuera del estadio hay tres muchachos que nos miran insistentemente. Quizá sienten curiosidad por el forastero que anota en su libreta las palabras del vecino cojo. Al momento de empezar la caminata, Boricua me había aconsejado dejar la grabadora, el reloj y el teléfono móvil en la casa. Y hace unos minutos, cuando nos aproximábamos al Moderno, me pareció que masculló algo sobre ellos. Uno de los muchachos, el torso desnudo, lleva la camisa enrollada en la cabeza como un turbante. Otro tiene el rostro atravesado por una gran cicatriz. El tercero está de espaldas a nosotros. De vez en cuando se voltea, nos observa y sigue cuchicheando con sus amigos.

Husmeo a través del portón a los veteranos que, allá en la cancha, disputan un partido. No hay cámaras, ni vallas publicitarias, ni público. Me imagino a los protagonistas de este juego vespertino como viejas glorias a las que nadie les presta atención. Tal vez alguno también sufre una enfermedad o está necesitado. Jamás lo sabremos porque para ellos hace mucho rato cayó el telón. Juegan en la trasescena, adonde no llegan las luces halógenas de la industria del fútbol. Ellos son el tiro de esquina sin el patrocinador, la página ya desgarrada del álbum, el moho en el Botín de Oro. Mientras podían competir estaban blindados contra la miseria: recibían sueldos, primas. Cuando se retiraron quedaron desprotegidos. El futbolista profesional goza de inmunidad tanto tiempo como sea productivo en el campo de juego. Termina su carrera y ahí mismo, al salir del estadio, reencuentra sus problemas de siempre.

—Nos vamos —dice Boricua.

Nos vamos. Cuando hemos avanzado, más o menos, cincuenta metros, vuelve a hablar.

—Esos muchachos que nos estaban mirando son de aquellos. Lo que pasa es que me conocen y por eso se quedaron quietos.
—¿“De aquellos”?
—Rateritos. Ahí en esa esquina se roban como tres celulares todas las tardes.

Entonces pienso otra vez en los veteranos a los que hace unos minutos me imaginé como exfutbolistas legendarios abandonados a su suerte. Después de todo, allá en la cancha se encuentran seguros. Porque en Colombia, no nos engañemos, los estadios funcionan más como trincheras para proteger la vida que como santuarios del buen fútbol. Al encerrarse a jugar, lo que esos veteranos hacen, aunque no se den cuenta, es salvarse de los pillos que montan guardia en los alrededores. La mala noticia es que el partido se acabará, y cuando eso suceda tendrán que salir a exponerse. El país, que no los acompaña en su juego, los espera afuera con todas sus inclemencias. Y en estas calles ninguna pelota sirve como escudo. Boricua respira profundo. Todavía nos queda un largo trecho por recorrer.

IV

Estamos rastreando los archivos de Boricua para ver si damos con una foto de la Selección Colombia que nos representó en los VI Juegos Panamericanos, celebrados en Cali en 1971. Es la segunda vez que exploramos el cuaderno donde él tiene pegados sus recortes de prensa, pero seguimos sin encontrar lo que buscamos. En aquel equipo del 71 Boricua coincidió con el atacante Jaime Morón, quien hace seis años también se complicó a causa de la diabetes. Primero perdió una pierna, luego la otra, y finalmente murió, a los 55 años, en su natal Cartagena. ¿Habrá alguna otra selección de fútbol sobre la faz de la Tierra en la que dos jugadores hayan terminado amputados?

Boricua calla, sigue revisando sus recortes de prensa. La diabetes, advierte, le trastornó la vida. En este punto cierra el cuaderno para subrayar con sus grandes dedos una retahíla de calamidades. Se quedó sin trabajo —y agita el meñique en el aire—, regresó de improviso a Barranquilla —y sacude el anular—, tuvo que aprender a caminar otra vez —y agita el dedo del corazón—, se “recostó como mantenido” en la casa de su hermana Chave —y mueve el índice— y, sobre todo, se convirtió en un paciente crónico que debe estar todo el tiempo consumiendo medicinas —y menea el pulgar—. Cuando se le terminan los dedos, cierra la mano como si fuera a descargar un puñetazo contra algo, pero solo la posa suavemente en su muslo derecho. Entonces, la voz quebrada, dice que lo más triste de todo lo que mencionó es sentirse una carga para su hermana y sus sobrinos.

Si hemos abordado estos temas difíciles, a propósito, ha sido sobre todo por la presión de Isabel. Según ella, es injusto que su hermano siga contando en las entrevistas cómo fue que rebautizó a Hernán Darío Gómez, exdirector técnico de la selección Colombia, con el apodo de Bolillo, o cómo metió aquel autogol viejísimo del que ya nadie se acuerda. Siempre lo mismo, lo mismo. ¿Y quién pregunta por el Anafrin, que vale setenta y pico mil pesos? ¿Quién habla de los doce centímetros cúbicos de insulina que necesita diariamente? Solidarizarse con un deportista que representó a Colombia no es tomarle fotos ni darle palmaditas en el hombro. Tampoco es despacharlo para su casa con los recaudos de un partido de caridad disputado en su honor, y luego desentenderse de sus necesidades. Chave aclara, eso sí, que sin la misericordia de los amigos del fútbol a su hermano le habría resultado imposible sobrevivir. Menciona a exjugadores, a directores técnicos, a periodistas deportivos. Ellos organizaron el juego amistoso para recolectar fondos, ellos le consiguieron la cirugía, ellos le dieron ánimo en los días posteriores a la amputación. Pero, y más allá de eso, ¿qué hay para él? No puede ser que la única consideración que se merezca sea la limosna. Bastante que se jodió el cuero chupando sol en los entrenamientos. ¿Es mucho pedir que los equipos para los cuales jugó le encarguen alguna tarea en la que pueda sentirse útil y al mismo tiempo ganarse unos pesitos de manera honrada?

Boricua evade mi mirada, pasa mecánicamente las páginas del cuaderno. En la sala se siente un silencio pesado. Isabel vuelve a la carga, esta vez bajando el tono de la voz. A José le tocaron sueldos malísimos en su época, dice. Tanto así que cuando ya era titular de la Selección Colombia seguía yendo en bus urbano a las prácticas del Junior. Reunía sus moneditas por la mañana y se plantaba en la esquina del Estadio Moderno a esperar el transporte. Ahora cualquier Don Juan de los Palotes que esté empezando y nunca haya sido llamado a la Selección, llega al club en tremendo carro último modelo. Cuando muestran en la televisión las sedes deportivas de los equipos, ella no sabe si los jugadores están entrenando o cuidando un parqueadero público. El giro que ha tomado la conversación entusiasma a Boricua. Entonces sí me mira, sonríe. A continuación cuenta que, en efecto, el Medellín de finales de los setenta les pagaba mal y tarde a sus jugadores criollos. En cambio a los extranjeros les cancelaba puntual y en dólares. Un viernes de 1979 los futbolistas nativos estaban en las oficinas administrativas suplicando que les abonaran siquiera uno de los sueldos pendientes. Aunque el tesorero repetía que no había dinero, los jugadores se negaban a marcharse. Unos jugaban cartas, los otros leían cómics, los de más allá charlaban. De pronto divisaron al argentino Juan José Irigoyen saliendo de la gerencia. Exhibía una sonrisa de oreja a oreja y traía un fajo de dólares en la mano. Cuando pasó frente a ellos, odioso, empezó a abanicarse con los billetes. Ahí mismo los colombianos montaron en cólera y se le fueron encima.

—¿Qué le pasa, gran marica? —gruñó uno.
—Vaya a burlarse de su madre —lo increpó otro.
—¿Alguno de nosotros tiene cara de puta? —le preguntó Boricua—. Porque las que son felices cuando les muestran la plata son las putas.

Aquella fue la única vez —advierte Boricua— en que estuvo a punto de liarse a golpes con un compañero. Entonces Isabel, que evidentemente no se desvive por esa parte de la historia, retoma su tema en el mismo punto en que lo dejó cuando fue interrumpida. La situación actual de José es insostenible, advierte. El pobre es dizque entrenador de los exjugadores del Junior que participan en un torneo local para mayores de 55 años. ¿Quién le habrá dicho a él que esos vejetes panzones necesitan director técnico? Mire, el campeonato de ellos es lo que en Barranquilla se llama un vacilón, es decir, un divertimento. Allí se juega por gusto, solamente como pretexto para juntarse y beber cervezas al final de los partidos. José se arrimó a curiosear un domingo cualquiera de 2010, cuando ya el muñón de su pierna había cicatrizado. Necesitaba, simplemente, salir del encierro y tener con quién hablar. Se sintió tan bien en el reencuentro con sus compañeros de gremio que siguió asistiendo a la cita los domingos siguientes. En cierta ocasión, uno de los jugadores propuso hacer una colecta para ayudar a Boricua. Algunos aportaron monedas; otros, billetes. El recaudo total fue de cuarenta mil pesos. La donación se repitió, puntual, semana tras semana, y así se convirtió en un acto sagrado de la rutina dominical. Entonces Boricua decidió hacer algo para merecerse los treinta mil o cuarenta mil pesos que aquellos camaradas le entregaban al final de cada jornada: se autodenominó ‘director técnico’ del equipo.

—Cuarenta mil pesos —afirma Isabel, afligida.

Boricua cierra el cuaderno. Dice que, definitivamente, no tiene ninguna foto en la que aparezca junto a Jaime Morón.

—Cuarenta mil pesos —repite Isabel.

Todos volvemos a enmudecernos. Abro el cuaderno que Boricua acaba de abandonar en la mesa y me aparece un retrato suyo del año 75. Aunque exhibe el rostro grave de siempre, refleja un aire de satisfacción. Quizá lo que en aquel momento lo hacía lucir rozagante era la certeza de que se aprestaba a jugar. Estaba vivo, se sentía importante. Seguramente cuando el fotógrafo se le paró al frente Boricua no oyó el disparo de la cámara, porque lo que predominaba en el ambiente era el rugido del público. Hoy, en cambio, el silencio es tan profundo que se oiría, nítido, el clic del obturador. Si lo retrataran ahora, derrumbado en su mecedora de mimbre, quedaría con una expresión melancólica. En este otro extremo de la boca del túnel que ayer lo conducía a la cancha no se percibe el bullicio de la gente, sino el peso de la soledad.

La voz –un insecto enhebrado en los párpados de la estática llega a través del teléfono.

–Yo… ocho idiomas… después… shock… 1978… Mi hija… mi mujer… avión… me olvidé de hablar.

En algún lugar, al sur de la provincia de Buenos Aires, un auto atraviesa la ruta y un hombre masculla –la voz sedosa, monocorde lo que ha dicho tantas veces, con el tono de quien lo dice por primera vez: quien lo revela.

–Perdí… vista… sillón de ruedas… dos años.

La voz, pulverizada entre los dedos de la interferencia, dice llámame, dice viernes, dice Buenos Aires.

–Llámame… viernes… Buenos Aires.

Alguien –el conductor: alguien– advierte “Se va a cortar, Facundo”.

Y, efectivamente, la comunicación se corta.

***

Viernes. Buenos Aires. El hombre –camisa de jean, saco azul, gafas marrones, bastón de madera tiene setenta años y manos cálidas, jóvenes.

–Decirme si hay algún pozo. Yo sólo puedo mirar hacia adelante. No puedo ver hacia abajo o hacia arriba.

El bastón de madera palpa las baldosas de la Plaza San Martín, una de las zonas más elegantes de la ciudad.

– ¿Me acompañas a pagar el teléfono?

El teléfono. El hombre, que vive a tres cuadras de esta plaza, en un cuarto de hotel que compró veinte años atrás, sólo puede llamarse dueño de alguna ropa, de algunos libros, de este teléfono.

–No me gusta tener cosas que cuidar. Soy muy egoísta. Por eso vivo en un hotel. Tengo 24 horas para mí.
–Disculpe, ¿usted es de Tandil? –pregunta una mujer que pasa.

El hombre dice sí.

–Sí

***

Facundo Cabral era un feto fornido, formidable, y llevaba nueve meses en el vientre de su madre, Sara, cuando su padre, Rodolfo, decidió dejarlo todo –hogar en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, seis hijos y otro en camino e irse sin dar explicaciones. A Cabral le gusta decir que llevaba un día de nacido cuando su madre (que lo bautizó Rodolfo Enrique aunque lo llamó Facundo, toda la vida) se marchó, sola y su prole, hacia donde no pudieran verla o preguntarle nada. Emprendió la ruta del sur hasta Ushuaia y, cuando llegaron, cuatro hijos habían muerto en el camino.

–No tengo recuerdos de esa época. No me interesaba nada. Sólo quería dormir y morir durmiendo. No quería vivir. Despertarme era una tortura. Me parecía que la vida iba a ser así siempre.

Pero la vida fue otra cosa.

***

–¿Usted es Facundo Cabral? –pregunta la mujer. Usted vivió en Tandil, ¿no? Yo soy de Tandil.
–Entonces usted conoció a mi madre.
–Claro. Vivía a tres cuadras de mi casa. Y usted tenía una noviecita a la vuelta. En la calle Chacabuco.
–Cómo me voy a olvidar si empecé a saber lo que era una mujer por ella. Mirna se llamaba.
–Sí, señor. La hija del zapatero. Qué tal –dice la mujer, orgullosa, y sigue su camino.
–Mirna –dice Facundo Cabral, y mira al cielo como si lo viera. Yo tenía trece años, y ella veintiuno. Un pedazo de mujer. Yo la seguía siempre y un día se paró y me dijo “Pibe, vos me estás siguiendo”. Y le dije “Estoy enamorado de usted. Me imagino que le hago el amor”. Y me dice “Se te está yendo la mano, sos un nene”. Y le dije “¿Le puedo pedir un favor? ¿Podemos hacer el amor?”. Y se quedó mirándome extrañada. Para llegar a la casa había que pasar por un pasillo. Era una tarde de verano y ella empezó dándome una clase, medio en broma. “A ver, hace esto, hace lo otro”. Terminamos haciendo el amor todos los días, a lo bestia. Ella se recostaba sobre un sillón verde, gastado, y yo la miraba con una vela.

La desmesura. La pompa y la sentencia.

El signo que, a veces, mejor dibuja.

***

En galpones, en baños públicos, en la calle: en esos sitios vivieron en Ushuaia. Los vecinos cambiaban de vereda cuando veían a esa familia de rotos, de pobres descosidos, y Facundo alimentaba su odio con desesperación y alevosía.

–Una madre sola o abandonada era peor que una leprosa. En un momento alguien dijo que Perón, que era Presidente, daba trabajo, y yo me fui a Buenos Aires. Tenía nueve años y tardé tres meses en llegar. Cuando llegué, me dijeron que Perón iba a estar en la catedral de La Plata. Fui, y cuando pasaba el auto me escabullí y le grité: “¿Hay trabajo?”. Le llamó la atención a Eva, que me dijo “Por fin alguien que pide trabajo y no limosna. Sí que hay trabajo, mi amor, siempre hay trabajo”.

Dos días más tarde regresaba a Tierra del Fuego, en avión y con oferta de trabajo para su madre como celadora en un colegio de Tandil, sur de la provincia de Buenos Aires. Así, Facundo empezó a vivir en una ciudad donde, cuatro años después y a la luz de una vela, empezaría a vislumbrar el sexo de la mano de Mirna, la hija del zapatero, sobre las telas gastadas de un sofá muy verde.

O eso –y así– le gusta contar.

***

En la oficina de pagos de la empresa de celulares, Facundo Cabral espera en la fila frente a una de las ventanillas.

–Adelante –dice una mujer, y Cabral avanza.
–Hola. ¿Cómo es tu nombre, mi amor?
–Ivana.
–Ivana, eres la luz de mi ventana, para mí la vida sin Ivana no es nada. ¿Cuánto es, Ivana?
–Ciento once pesos, señor.
–Ivana, Dios te perdone por cobrarme.

Ivana sonríe, chequea algo en su computadora y pregunta:

– ¿Usted es Cabral, Rodolfo Enrique?
–Si. Pero llámame táiguer. Yo supe ser el sex symbol de este barrio.
–Señor, mire, acá dice que esa factura ya está paga.
–Ah. Bueno. ¿Entonces no tengo que pagar nada?
–No.
–Bueno. Chau, querida. Gracias.

Desanda el camino y susurra, a quienes todavía esperan:

–Si le cantás, la cajera no te cobra.

***

Cuando llegaron a Tandil, Facundo Cabral era analfabeto, ladrón, violento: un infierno con rulos dispuesto a acabar con el mundo.

–Nunca había ido al colegio, vivía peleándome. Odiaba a mi padre. Quería matarlo por habernos abandonado.
–¿Y sus hermanos?
–No aportaban nada. Unos pobres tipos. Ahora no sé si sobrevive uno. Creo que no. Casi no los conozco. Cosa que agradezco. Para mí nunca fue una buena idea la familia. Para mí, mi familia es la humanidad. Yo siempre fui raro. Y para mis hermanos debo haber resultado un descastado. Sin embargo, vivieron siempre de mí. Materialmente, que parece que es lo que importa, fui el que aportó.
–¿Eso le produce rencor?
–No. Nada. O tal vez lo disimulé. Debo ser buen actor. Me dolía llevar libros a mi casa, que no leían. Libros escritos por mí. Hay un dolor en eso. Pero hay una frase de Macedonio Fernández: “¿Quién cree que es esa entrometida, la realidad, para arruinarme la vida?”. A mí la realidad no me va a arruinar la vida.

Aprendió a leer a los catorce y a los diecisiete caminaba por las calles de Tandil cuando un mendigo le gritó: “¡Príncipe!”. A él, que sólo aspiraba a despertarse muerto.

–Pensé que me estaba tomando el pelo. Le dije: “Viejo, a usted lo salva la edad”. Y me dijo “¡Príncipe! ¿O cómo llamas al hijo del rey del universo?”. Simón se llamaba ese viejo. Y me dijo “Hace muchos años pasó por aquí nuestro hermano mayor, Jesús, y trajo la gran noticia”. “¿Y cuál es esa noticia?”. “Que uno solo es el Padre”. Al viejo Simón le debo la gran noticia de que yo no era huérfano, de que yo tenía un Padre grandioso.

La epifanía. La vida sin transiciones. De momentos terribles a momentos perfectos. De momentos perfectos a momentos terribles.

***

El local es apretado, gélido. Venden bolsos, y Facundo Cabral busca un bolso: un bolso con un cierre solo.

–Entremos acá. Perdí un bolso y necesito un bolso con un solo cierre. Buenas, ¿se puede mirar sin comprar?

Un hombre dice sí, claro, qué está buscando.

–Un bolso con un solo cierre, porque tengo mucho pleito con la vista y si tiene muchos cierres meto las cosas en cualquier lado y no las encuentro. ¿Sabés cuáles usaba yo? Unos de marca Rosen tal. Me dicen que ya no se hacen.
–Sí, se hacen, pero la calidad ya no es lo que era.
–Nada es lo que era. Ni yo soy lo que era, flaco. ¿Vamos a comer?

Renguea hasta la esquina. Levanta el bastón y un taxi se detiene. Sube con dificultad, primero el cuerpo, después las piernas. Los problemas de su pierna derecha tienen diversos orígenes: en los años 80, se debían a un accidente automovilístico; en los 90, a una debilidad congénita. Ahora, a dos balazos, gentileza de un marido despechado en Santo Domingo.

–Nunca llegues a esta edad, flaco –le dice al taxista. Yo daba miedo. Ahora doy lástima.

***

La furia, allá en Tandil, no se detuvo. Cabral consiguió una guitarra, empezó a componer canciones y a trabajar como cosechero.

–Me echaban de todas partes. Bebía mucho. Pero leía, y quería ser historietista como Hugo Pratt, el autor del Corto Maltés. Siempre dibujé. Y quería hacer la revolución. Leía a Proudhon, a Malatesta. Pero quería ser Hugo Pratt.

Y para ser Hugo Pratt no encontró mejor camino que viajar a Buenos Aires e inscribirse en la Escuela Panamericana de Arte donde daban clases los mejores ilustradores e historietistas de la época. Era junio de 1960.

–Pero una cuadra antes de llegar a la escuela vi un cartel de la discográfica Odeón. Crucé la calle. Había una chica en la recepción y le dije “Buenas, vengo a grabar un long play”. Y me dijo “Pero usted no es artista de la compañía”. Y le dije “No, elegí este sello por tus senos”. Se armó un escándalo, y en ese momento entran tres tipos, uno de ellos el director del sello. Le digo “Vengo a grabar un disco y no me dejan pasar”. Y el tipo me dice “Ah, no me diga que nos eligió, maestro”. Y los mira a los otros dos como diciéndoles: “Síganle la corriente al loquito”. Y dice: “¿Cómo es su nombre, maestro?”. “Cabral”. “Ah, qué bueno, pase por acá. ¿Cuándo podemos empezar a grabar?”. Le digo: “Ahora”. Y me ponen una silla y un micrófono, y se disponen a matarse de risa del loquito. Y yo canto Vuele bajo, que la había compuesto en esa época. “Vuele bajo porque abajo está la verdad, eso es algo que los hombres…” Bajó volando el tipo y me dijo “¿Cuántas tenés?”.”¿Cuántas quieres?”. Me quedé una hora y grabé un long play. Al mes era el número uno en ventas en la Argentina.

Entre 1960 y 1965, Facundo Cabral fue, bajo el seudónimo del Indio Gasparino, un éxito de ventas. Le compró casa a su madre y creyó que esa vida era todo lo que quería hasta el fin de los días.

–Pero eran los sesenta y me acordé de que quería hacer la revolución. Así que dejé todo y me fui a recorrer el mundo. En jeep, en moto, en avión. Me fui por curioso.

Uruguay, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, México. En 1969 llegó a Estados Unidos, en 1970 a Europa, y su vida devino lo que es: una iconografía extravagante en la que convergen Eva Perón y George Brassens, Rainiero y la viuda de Pancho Villa; Krishnamurti, a quien conoció en un parque de San Francisco; la madre Teresa, que lo llamó durante un programa de televisión en México invitándolo a orar con ella al día siguiente, y, claro, Borges.

–Yo había grabado un disco en Roma y se lo dediqué a Borges. Vuelvo a la Argentina, voy caminando por la calle y me para alguien y me dice: “Señor Cabral, soy Carlos Frías, editor de Borges. Lo acompañé al maestro a Inglaterra y un crítico italiano le regaló un long play suyo que está dedicado a él, y él está encantado y me dijo: “Si un día lo encuentra a este señor, por favor déle las gracias e invítelo a casa”. Yo me quedé paralizado. Frías lo llamó desde un teléfono público y le dijo “Maestro, estoy aquí con el señor Cabral”. Y fui a la casa y me fui a las tres de la mañana. Él decía que yo era un optimista a priori. Un día me dijo: “Señor Cabral, me conmueve su inocencia. Yo conozco su forma de vivir. Usted no es un artista popular, usted adhiere a lo popular. Usted, camino a la cancha de Boca, se detiene en la Biblioteca Nacional”. Y es verdad. Uno sabe que no es eso, pero adhiere.

***

El restaurante, en plena Recoleta, está casi vacío, pero hay, todavía, una mesa con mexicanos que piden saludarlo. Cabral se acerca y se escuchan risas eufóricas, celebraciones. Cuando regresa dice:

–¿Viste qué hermosa la mujer que está con los mexicanos?

La mujer es una de esas bellezas artificiosas, el pelo alzado, el maquillaje, cejas sibilinas: una telenovela de las cuatro de la tarde.

–Le dije que si yo era presidente de México, no la dejaba salir del país.

Comerá bife jugoso, helado de vainilla, vino rosado. En un rato, cuando la mexicana pase junto a la mesa –porte de reina con carroza él mirará con descaro y un hiato de admiración.

–Los Cabral somos todos medio sexópatas. Yo siempre creí que por mis venas corre semen, no sangre. ¿Vos usas tanga?
– ¿Tanga?
–Tanga. Esa cosa finita. ¿Quieres helado? ¿Vamos a tomar un café por ahí?

***

Barbra es, de todas las mujeres, la única a la que llama suya. Ella tenía dieciocho cuando él cuarenta.

–La vi en un restaurante. Estaba almorzando con los padres. Me acerqué y les dije: “Miren, esta mujer se tiene que ir conmigo porque es mi mujer”. Y ella vino.

Princesa en el concurso Miss América, tapa de Play boy, póster desplegable: era linda. Viajaron por el mundo –dice que vieron ballenas con Jacques Cousteau, que estuvieron en Vietnam los últimos meses de la guerra invitados por un comediante de la BBS, que fueron de misión con la Cruz Roja y se correspondieron con un amor enfebrecido y una infidelidad muy mutua, consentida.

–Ella me dijo “Sospecho que te voy a amar mucho, pero quiero que sepas que yo no soy fiel”. Y yo le iba a decir lo mismo. Los dos tuvimos otras historias, pero nada nos divertía tanto como estar juntos. “¿Podemos salir el martes, en vez del miércoles? Porque conocí a un alemán”. Nunca conocí a un ser tan libre, tan sano. Un día me dijo: “¿Arreglaste lo del concierto de esta noche?”. Y le dije “Sí, el empresario siempre tiene un lugar para vos, mi amor”. Y me dijo “No, pero ahora somos dos”. Estaba embarazada. Me pareció la cosa más increíble del mundo. ¿Yo, padre? Inconcebible. Y después vino el accidente. Ella tenía que tomar un avión en Chicago, y yo no llegaba pero le dije: “Anda, mi amor, que yo voy más tarde, en otro vuelo”. Era 1978. Mi hija tenía un año.

Cayó el avión, cayeron Bárbara y la niña, y todo fue borrado por una furia majestuosa que venía del mismo sitio del que vendría, dirá después, toda belleza.

–Yo hablaba ocho idiomas, pero me los olvidé todos. Bajé treinta kilos, perdí la vista. Estuve dos años así. Un día fui a ver a Krishnamurti. Le conté lo que me había pasado y me dijo: “Te envidio”. Te envidio, me dijo. “Siempre te quita lo que más amas. ¡Cómo te envidio! Qué tarea debe tener pensada para vos. Toda pérdida es una liberación. La vida no te quita cosas. Te libera de cosas”. Mi madre murió hace 21 años. Y no tuve dolor. Sentí liviandad. Era tan grande el amor que sentía por mi madre, que era una cadena. Cuando uno siente tanto amor por alguien, llega un momento en que dice bueno, ya está bien.

Cuando la democracia volvió a la Argentina, en 1983, Cabral regresó al país y presentó un espectáculo llamado Ferrocabral. Estructurado en diversas estaciones –la estación de la Partida, la de la Ignorancia, la de la Verdad, la de la Naturaleza con su tono elegíaco y sus aires de pastor hereje, decía cosas como “Éste es el viaje más extraordinario/. Vean qué espectáculo/: a la derecha los reaccionarios/, a la izquierda los revolucionarios/. En el medio, los hombres/, los que deciden su propia vida/, es decir, tres o cuatro”. Y cerraba con una canción que había compuesto en Uruguay, en 1968, y que se transformó en su sello de fábrica, su marca en el orillo: No soy de aquí ni soy de allá. Hizo varias funciones en un teatro de la avenida Corrientes, llamado Astral, y allí, cuarenta y seis años después de no haberlo visto nunca, encontró a Rodolfo Cabral: su padre.

–Me fue a ver y yo lo reconocí enseguida. Mi madre me había dicho: “Vos, que caminas mucho, algún día te lo vas a cruzar”. Nos dimos un gran abrazo, me invitó a su casa. Lloré en su biblioteca. En un momento me dejó solo y vi que él leía lo que yo había leído. Nunca le pregunté nada, ni a qué se dedicaba ni por qué nos había dejado. Nunca hablamos nada porque no es de caballeros. Mi madre me había dicho: “Cuando lo encuentres, no cometas el error de juzgarlo. Ese hombre es el hombre que más amó, más ama y más amará tu madre. Dale un abrazo y las gracias porque por él estás en este mundo”. Y así fue. Él tenía mujer, hijos. Una alemana deliciosa. Hacía treinta años que vivía con ella. Mi padre murió en 1993. Tuve una amistad de diez años con él.
–¿Y cómo se explica usted que él se haya ido sin explicar nada?
–No sé. La vida es así. Otra frase de Krishnamurti: la vida no es como debería ser, la vida es como es.

Pasados los 90, con decenas de discos grabados –Cabralgando, Pateando Tachos, Entre Dios y El Diablo, Ferrocabral–, una gira exitosa con Alberto Cortez –Lo Cortez No Quita Lo Cabral– y varios libros escritos –Ayer soñé que podía y hoy puedo, No estás deprimido, estás distraído, Cabral volvió a un segundo plano discreto y a una carrera que, todavía hoy, lo lleva por toda Latinoamérica: Chile, Uruguay, Perú, Ecuador, Colombia, México, y un etcétera abrumador para alguien que tuvo cáncer, problemas glandulares, óseos, dos desprendimientos de retina y una pierna que no funciona.

-Yo no tendría que trabajar más. Pero emocionalmente no puedo. Económicamente sí, podría. Un tipo que a los setenta años no tiene solucionado lo económico es bastante estúpido. Estoy becado. Subo al escenario y me dan un café, dulce de leche, spaghettis, una botella de vino, un hotel, un avión. Vivo fenómeno. Pero mi salud es más que endeble, aunque soy de la clase de gente que no se queja. Me parece una vulgaridad quejarse. Para mí la muerte nunca fue un tema serio. Más bien es excitante la idea de la gran hembra, la muerte. Yo me imagino que el paso final debe ser como el silencio en el teatro, antes de que se encienda la luz. El paso al otro lado debe ser así. Ese silencio.

***

En el shopping hay las marcas –Max Mara, Lacroix– y señoras y señores que las compran. Allí Facundo Cabral va cada día, o cuando puede, a mirar librerías, a tomar café, a deleitarse mirando gente bien vestida.

–Amo a la gente que se viste bien. La gente cree que yo soy un hippie, pero a mí me gusta el refinamiento. Beber y comer bien, vestir bien. Me gusta la gente refinada. Yo pensé que a mi edad iba a viajar con un valet que me iba a llevar las valijas con los trajes. Mirá, ¡ahí hay bolsos!
–Son de mujer, Facundo.
–Ah.

Afuera cae la noche.

–Ven, sentémonos ahí. ¿Quieres café? ¿Tenés papel y lápiz?

Papel, lápiz.

–Hace años yo escribí un libro en el que especulaba dónde me encontraría la muerte. Ahora es muy fácil saber dónde va a ser el final, porque queda muy cerca. No sé si son tres, cinco años más, pero si no es acá en Buenos Aires…

Traza un círculo sobre el papel blanco.

–…será acá, en Quito.

Otro círculo.

–…o acá, en Chicago.

Otro más.

–…o puede ser Mar del Plata. Pero es por acá. Y seguramente en un hotel frecuentado, conocido por mí, o en una clínica de alguna de esas ciudades. No me preocupa, pero pensé que a los setenta años iba a tener una casa en el sur de la provincia de Buenos Aires, y a esta hora iba a estar tomando mi primera copa de vino frente a un hogar, leños ardiendo, y un montón de niños jugando por ahí. Y yo contando historias. Nunca lo tuve ni lo tendré. Tampoco hice nada para eso. Pero creí que, naturalmente, se terminaba así. Que la soledad y el vagabundeo eran un juego hasta llegar a ese final. Una vez fui a Medellín. Todos los verdes del mundo y curvas, curvas. En la ladera de una montaña había una casita y dos viejitos de la mano, tomando sol. Destrozaron toda mi idea del mundo. Pensé: “qué imbécil, yo creí que sabía qué era la felicidad. Y tengo razón, pero si sacan a estos dos de acá”. A esa edad debe ser lindo ir a una casa en la montaña, tomar una copa de vino, hablar tonterías. “¿Viste qué humedad?” “Escuché en la radio que mañana va a haber menos humedad”.

Las palabras, separadas por hilos de respiración, caen como ácido sobre el velo frágil del lugar común.

–”Ah. ¿Llamó mi ahijado?”. “Sí, dice que lo llames, que va a estar en la casa de la madre”. “Ah”. “Conseguí ese pan que te gusta”. “No me digas”. “Sí. Don Fermín lo trae de nuevo”. “Me parece que me voy a ir a acostar”. Vivir así. Es una posibilidad, ¿no?

Cruza las manos sobre la empuñadura del bastón.

Después suspira y dice:

–No.

Cuentan que hace algunos lustros Lorenzo Rivero Ríos fue recriminado por su tía cuando paseaba con bastón por las calles de la localidad de Tiahuanaco. Ella, con 112 años, estaba tomando una cerveza fría y se reía. “Tan joven y utilizando ya bastón para caminar”, se hizo la burla. Y Lorenzo, quien unas décadas atrás había jurado que prefería ahorcarse antes que llegar con achaques a los 60, quizás avergonzado, sólo aceptó a devolverle tímidamente una sonrisa. Por aquel entonces, él sobrepasaba por mucho los 60; y junto a su tía era ya uno de los más longevos del pueblo.

Muchas lunas han pasado ya desde aquel instante. Son las once y media de la mañana del 8 de agosto y el anciano descansa ahora sobre una silla de ruedas. Aunque cumple 100 años el lunes 10 (precisamente el día de San Lorenzo), está a punto de recibir un homenaje de sus vecinos. En este momento, le rodean ya parte de sus nueve hijos: Angélica (70), Ana María (69), Raúl (67), Waldo (63), Aida (59), Lidia (57), Gonzalo (54), Dámaso (50) y Esther (47). Entre todos ellos suman 536 años. Y entre Lorenzo y su esposa, 189, y más de 70 de matrimonio. Si la vida, como dicen, es un suspiro, la suya ha sido una sucesión interminable de ellos. Una carrera de larga distancia llena de pequeños y de grandes obstáculos.

En el trayecto, que comenzó en 1909, Lorenzo ha visto pasar a 39 presidentes. Ha sido testigo del regreso en 2002 del monolito Bennett –que se hallaba en La Paz desde 1933– a sus orígenes, las ruinas que circundan Tiahuanaco. Ha sobrevivido a una guerra –la del Chaco contra Paraguay (1932-1935)–, a una revolución –la del 52, con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) a la cabeza– y a sangrientas dictaduras. Ha fumado cientos de cigarrillos y ha apurado con gusto decenas de copitas de singani, siempre puro.

La Paz tuvo hace poco su Bicentenario. Sucre también celebró recientemente el suyo. Y Tiahuanaco tiene hoy en él a un centenario hecho y derecho. En este caso, además, de carne y hueso.

A la guerra por 20 pesos

Mientras espera en un patio por donde el sol se revuelve a su antojo, como si los rayos de luz fueran diminutas motas de polvo esparciéndose de un lado para otro, Lorenzo disfruta con tranquilidad de un pedazo de pollo envuelto entre granos cocidos de arroz blanco.

Blinda su cuerpo con una gruesa gabardina verde y una boina bien calada. Sus arrugas, asimétricas, parecen el dibujo mal hecho de un escolar en el primer día de clases. Su mirada, a ratos, está ausente. Y mueve la mandíbula compulsivamente, como si estuviera rumiando en su mente una frase detrás de otra. Aunque al final no se anima a pronunciar palabra.

Su deterioro es evidente. Sentado como está parece una estatua, estática, absorbida por un silencio omnipresente. Bajo su ropa oculta cicatrices del campo de batalla, como los restos de una herida producida por una bala que casi le atraviesa el brazo. Lorenzo jamás hubiera imaginado que el simple hecho de robarle 20 pesos a su padre, Andrés Rivero, iba a ser sentencia suficiente como para condenarle a vagar entre las miserias de una confrontación bélica.

“Antes del conflicto entre Bolivia y Paraguay –rememora Dámaso, su penúltimo hijo–, mi padre vivía con mi abuelo en el pueblo. En aquella época, tener 20 años, como mi padre, y no estar casado estaba mal visto. Y mi abuelo siempre le insistía en que ya era hora de que se fuera de la casa. Mi padre, entonces, se resintió y le sacó los Bs 20 para emprender un viaje por Bolivia. Con tan poca plata, claro, no llegó muy lejos. Y acabó en las minas, no recuerdo muy bien si en las de Oruro o en las de Potosí.

“Como minero no duró mucho –continúa–, pues sufrió bastante por el hambre y por el frío. Y decidió cobijarse en La Paz, en la casa de una de sus hermanas mayores. Desde allá, mandaron un telegrama urgente a su padre. ‘Lorenzo ha aparecido’, decía. Pero, mientras mi abuelo recorría el trecho entre Tiahuanaco y La Paz, mi padre entró en pánico por lo de su hurto infantil y decidió alistarse en el Ejército para ir al Chaco”. Toda guerra tiene un precio. A Miguel de Cervantes, el autor de El Quijote, le costó un brazo; al Dalai Lama, máxima autoridad espiritual del Tíbet, un exilio; y a Lorenzo, Bs 20.

Un 15 de septiembre

Son las doce de la mañana y el anciano ha cambiado su imagen por completo en media hora. Pese a que es sábado, viste ahora de domingo: un terno de un gris solitario lleno de condecoraciones en la solapa derecha, corbata, medias negras y zapatos bien lustrados. Sus cejas parecen una leve pincelada. Y su pelo, como escarcha, escaso y caprichoso, trata de escaparse por entre los bordes de una gorra de soldado que lleva una escarapela con los colores de la bandera boliviana –rojo, amarillo y verde– en el centro.

Empujado por una de sus hijas, Aida, su silla de ruedas tarda más de la cuenta en recorrer la media cuadra que los separa de la plaza, pues en el camino, como si estuviera en medio de una procesión, se detiene una y otra vez para saludar a los amigos y conocidos, quienes se le acercan normalmente hasta estar a menos de un palmo de su cara para hablarle a gritos.

Lorenzo no escucha casi nada. Su audífono tiene la misma presencia que un Mercedes Benz último modelo, pero el oído del benemérito no está ya para muchos trotes. Su sordera es profunda. Es por eso que su única respuesta suele ser una rápida sonrisa, limpia y serena, que va un poco más allá del mero acto reflejo.

Unos pasos detrás suyo, mirando al empedrado, camina ayudada por un bastón Lucía Chávez, su esposa, de 89 años y ojos redondos como canicas. Los surcos que pueblan sus manos y su rostro, interminables, producto de la sequedad del Altiplano, recuerdan al cuero viejo. Y ella es un poco como Lorenzo. Ni un murmullo sale de su boca.

Ya en las puertas del templo, una compacta edificación de piedra labrada con una sola nave que terminó de construirse en 1612, no demoran mucho en rodear a la pareja de ancianos todos sus hijos. A su lado está Dámaso, quien físicamente tiene un parecido increíble a Alan García, el presidente peruano, tanto en el porte como en los rasgos. Sin embargo, como Lorenzo, está anclado a tierra por una silla de ruedas.

“Estoy así desde el 15 de septiembre de 2003 –explica con cierto aire de resignación–, cuando al retornar de Tiahuanaco no me di cuenta de que había piedras en la calzada por un bloqueo y estrellé mi carro. Me quedé atrapado entre los fierros y el golpe afectó mi columna”. Lo que no confiesa Dámaso es que los bloqueadores, fuera de sí, no quisieron ayudarlo. Es más, incluso trataron de quemarlo con su familia adentro. “Paradójicamente –añade–, mi padre cayó preso de los paraguayos también un 15 de septiembre”.

Son las doce y media y la gente entra en comitiva dentro de la iglesia. El portón es estrecho y entre varios alzan la silla de ruedas de Lorenzo, con él encima, para que lo atraviese sin problemas. Semi tumbado, se ve como un herido de guerra, pero no abandona en ningún momento el gesto marcial que le caracteriza: el tronco recto y la vista al frente.

Tiro de gracia

Los que han combatido en un campo de batalla saben que la guerra no perdona; y que se aparece después una y otra vez como un fantasma. Por las noches, las balas silban nuevamente. Los morteros estallan. Los compañeros muertos se mezclan con los sueños. Y los viejos fusiles son desempolvados de vez en cuando para hacer memoria. La guerra siempre está ahí, con su alargada sombra, a la espera quizá de asestar el definitivo tiro de gracia.

Ya no lo hace, pero hasta hace poco Lorenzo rememoraba sus historias en el Chaco constantemente, como si hubieran ocurrido ayer. Y en una conversación que tuvimos con él hace poco más de dos años sus ojos centelleaban como en el frente, cuando los “pilas” y los “bolis” (paraguayos y bolivianos) parecían haberse declarado un odio eterno.

En aquella ocasión, Lorenzo caminaba con andador y a pasos muy cortos. Se hallaba en su húmeda tiendita de abarrotes, justo en la esquina de su casa, de anaqueles ya casi vacíos, donde se solía sentar –todavía suele hacerlo– para “vender” poco más que su presencia.

“Cuando me alisté –contaba entonces con un tono de discurso, como arengando al pueblo–, primero me mandaron al Palacio de Gobierno como guardia presidencial de Salamanca (1931-1934). Los paceños nos insultaban. Cobardes, nos decían, que hacen ahí, vayan a la guerra. Y ‘desertamos’ del Palacio para unirnos a un contingente que se dirigía al Chaco”, donde al que fallecía se le consideraba un bienaventurado.

Como refleja el Antiguo Testamento, los judíos, guiados por la vara de Moisés, encontraron su salvación a orillas del Mar Rojo. Durante la Segunda Guerra Mundial, los rusos sepultaron a los nazis gracias a su inapelable “invierno blanco”. Pero los bolivianos no hallaron más que desolación en lo que se vino a denominar “el temible infierno verde”.

Debido a la distancia con la sede de Gobierno –Asunción, capital de Paraguay, estaba más cerca–, la comida y el agua escaseaban. Por eso, era muy común beber orín o engañar al estómago hasta con la suela de los zapatos. Y los soldados incluso tostaban a leña la nube de piojos que se arrancaban pelo a pelo. Pero ni eso a veces servía. Según Lorenzo, “allá se moría de sed, de hambre y de pena”.

“Llegamos sin ninguna preparación. Ni siquiera sabíamos lo que era el trópico. Los paraguayos, además, tenían armamento que nosotros ni habíamos imaginado, como los lanzallamas. Las balas parecían granizada. Y con los primeros heridos, abiertos por la mitad, nos asustamos”.

Lorenzo se convirtió en héroe –“en guerrero”, según él–, en la famosa “batalla del kilómetro 7”, en la que alrededor de 1.000 reclutas, la mayor parte de ellos voluntarios, resistieron durante tres jornadas consecutivas el avance del enemigo.

Pero un tiempo después el benemérito cayó preso en un lugar conocido como Siete Pozos, donde él y otros conscriptos, casi sin munición, fueron abandonados.

¿Cómo están ustedes?

Fría y en penumbras, la iglesia es una antítesis del Chaco, que era caluroso e implacable. Es la una menos veinte y se halla ya repleta. Muchos de los que engordan sus bancas de madera son ancianos, pero, salvo Lorenzo, ninguno de ellos benemérito de la mentada contienda.

De los más de 200.000 jóvenes –según algunas fuentes– que combatieron en la guerra, hoy en día sobreviven menos de 1.500 –con una pensión vitalicia de tan solo Bs 1.326–, lo que explica que el templo esté marcado por esas ausencias.

Comienza la misa de celebración y Claudio Patti, el cura, de 65 años, con un micrófono aferrado a su batón blanco, se dirige a los feligreses con la misma habilidad que un showman de feria.

“Buenas taaaardes, hermanos. ¿Cómo están ustedes?”, pregunta a voz alzada. Nadie responde. “Otra vez: ¿Cómo están usteeedes?”. “¡Biiieeeeen!”, contestan todos a coro”. “No se escucha, una vez más: ¿Cómo están ustedes?”. “¡Bien!”, vuelve como un huracán, de nuevo, la respuesta. “¿Y díganme: ¿Cuántos años cumple el tata Lorenzo?”. “¡Ciiieen!”. Hasta la cúpula retumba.

Don Lorenzo, flanqueado por sus hijos, observa un tanto ajeno los frescos de las paredes. Hasta que el ritual de la consagración parece sacarle de su particular letargo. Entonces, uno a uno, los vecinos se le acercan para abrazarle. Sus ojos son como un volcán en erupción. Y emocionado alza repetidamente un brazo al cielo.

Luego, llega el momento de las intervenciones. Un compadre lo compara con “un tronco del que nace todo”. Y otro recuerda su etapa como cuidador de los predios de la iglesia, en la que un día casi le llevan detenido por haber aniquilado con su fusil Mauser a dos ovejas de un señor que hacía pastar a su ganado en los recintos eclesiales. “Nos tocó comer asado de oveja durante dos semanas”, sonríe ahora su hijo Dámaso.

Los aplausos despiden finalmente la celebración. Y afuera, otro homenaje. En medio de la plaza, Lorenzo recibe una réplica de uno de los monolitos de las míticas ruinas tiwanakotas. “¡Viva Tiahuanaco!”, exclama. El Mayor Marcelo Uribe le condecora con la medalla de los satinadores –un grupo militar de élite–. “¡Viva el Ejército de Bolivia!”, grita el anciano. Suena a continuación la banda castrense con las notas del himno de Bolivia y Lorenzo acerca su mano al pecho. Después, llueven las fotografías. Y él, mientras, permanece inmóvil, como si hubiera estado años esperando por una instanánea que lo inmortalizara.

Tras las tomas de rigor, los allí presentes desandan los pasos para retornar a la casa que aún le da cobijo al benemérito. Y la música militar les acompaña solemne hasta la misma entrada.

Los dientes de oro

Escoltado, pero por el Ejército paraguayo, en los años treinta, a mitad de la contienda, Lorenzo conoció el territorio del país vecino. “Y salvó una vida –acota Dámaso–. Con él iba un amigo minero que tenía mucha plata y varios dientes de oro; y los paraguayos tenían la mala costumbre de cortar cabezas para sacarse los implantes. Entonces, para que no lo ajusticiaran, Lorenzo hizo creer que su compañero no habría la boca porque era sordomudo”.

En Paraguay, entre tanto, a él y al resto de los apresados les tocó servir casi como esclavos. Pues mientras los “pilas” prisioneros se dedicaban a habilitar carreteras como la de los Yungas en Bolivia, ellos se hacían cargo de las plantaciones enemigas. Sin pausa, pero también sin “tregua”.

Según relata Dámaso, “mataban las plantas disimuladamente para dejar al Ejercito rival sin suministros; y mantenían la moral en alto gracias a una lata de cañazo–aguardiente de caña capaz de tumbar a un toro– que habían conseguido robar en los almácenes paraguayos”.

La salteña de la felicidad

Son las dos de la tarde y la fiesta en el hogar de los Rivero se inicia con un conjunto de mariachis que “presenta armas” bien uniformado, de un negro funerario que les hace verse como cuervos. Lorenzo y su mujer disfrutan desde la primera fila. Los músicos tocan “Jalisco”, “El Rey” y los nueve hijos de la pareja le dedican al anciano el “Viejo, mi querido viejo”, de Piero.

Un rato más tarde, algunos de los nietos y biznietos –más de una decena– se acercan a su abuelo para depositar una rosa cada uno en su regazo. Pero nada llena más de felicidad el rostro de don Lorenzo que las salteñas que se reparten entre los invitados, como si en ese pedazo de comida que sujeta entre los dedos se condensaran sus 100 años.

Trago, almuerzo y torta constituyen el último aperitivo, además de la actuación de Los Curucusi, un conjunto que se define a sí mismo como de “malavidas”. Y la cabeza de Lorenzo, a tono con el festejo, es ya un bombardeo de mixturas.

El monolito Rivero

Dos de los hijos de Lorenzo, Aida y Waldo radican en Europa. Y otra buena parte de la familia lo hace en La Paz. Pero ninguno de ellos ha conseguido que Lorenzo y su mujer abandonen Tiahuanaco. “Mi papá es el monolito Rivero, de su pueblo no hay quien lo mueva”, reconoce Dámaso. Es por eso que cuenta con la atención permanente de una enfermera y la visita de su prole, por turnos, los fines de semana”.

“La mejor medicina para él, sin duda, es Tiahuanaco –recalca, por su parte, Juan Carlos Valda (38), uno de sus nietos más creciditos–. Una vez lo trasladamos a La Paz porque se había caído y, para que fuera al médico, le teníamos que engañar diciéndole que regresábamos a Tiahuanaco, hasta que ya no aguantó más y nos obligó a que lo retornáramos en serio. Pero con toda la razón, pues no tardó mucho en curarse”.

En la población del Altiplano, su rincón preferido es su tiendita. Desde allí ha visto cómo crecía su país algunas veces y cómo se hundía en otras ocasiones. Allí, a pesar de que no era santo de su devoción, sirvió cerveza al ex presidente Víctor Paz Estenssoro en una de sus “giras”. Y allí se sienta siempre a esperar con calma el mayor regalo que puede recibir un benemérito a estas alturas: un día más con vida.