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El viernes anterior la vida seguía su curso. Al irme al colegio, me despedí con el ritual acostumbrado: “Bendición, papá”. “¡Dios me lo bendiga, catire buenmozo, carajo!”. Se estrujó los ojos antes de hacer a un lado Un nuevo modelo del Universo, un grueso tratado de metafísica del místico ruso P. D. Ouspensky, y sacó un billete de su cartera: “Aquí tienes 50 bolívares. Trata de que te alcancen hasta el lunes porque tu papá no ha podido ir al banco”. Después me abrazó dándome muchos besos en la mejilla, como siempre. Estaba sentado frente a la mesita del teléfono, en una silla mariposa con estampas de grandes flores, y seguía en piyama con la bata verde y los lentes oscuros de toda la vida. Cuando lo abracé dejó escapar un breve suspiro con un aroma a hígado alcohólico. Es un olor inconfundible, una mezcla acre de medicamentos y bilis. Entonces mi madre me llamó a la cocina. “Más tarde vienen a buscar a tu papá”. No quise comprender lo que me decía, así que fui otra vez a la sala y, antes de salir, lo abracé, estreché mi rostro contra su cara sin rasurar y pasé mi mano por su cabeza blanca. Aquella fue la última vez que lo vi vivo. Mientras caminaba hacia la parada del autobús pasó a mi lado la ambulancia de los bomberos que iba a buscarlo.

Murió tres días más tarde, en el Hospital Clínico Universitario, ahogado por el agua acumulada en sus pulmones, luchando por liberarse de una camisa de fuerza. Tenía 53 años. Fue el 9 de noviembre de 1981, en Caracas. La noticia apareció desplegada en el vespertino El Mundo y, al día siguiente, en las primeras planas de los principales periódicos venezolanos: “Ha fallecido Rafael José Muñoz, poeta y dirigente político contra la dictadura”. Esa misma noche, por la capilla funeraria, pasó un desfile de amigos que contaban anécdotas de la resistencia clandestina, de la prisión y la guerrilla, para terminar lamentando la gran pérdida de “el poeta”. Así lo llamaba todo el mundo y yo estaba acostumbrado, aunque en aquel entonces no había leído una sola de sus páginas. Apenas tenía doce años y no sabía nada de la muerte.

Me acerqué al ataúd y apoyé mi cara contra el cristal. Lo vi muy bien vestido, con un traje gris, una camisa blanca, una corbata oscura y la piel rojiza y fresca. Mi propósito era comunicarme telepáticamente, despertarlo con mis pensamientos, sacarlo del sueño profundo en que se encontraba. Esperé a que su respiración empañara el cristal, a que sus ojos se abrieran. Pero nada sucedió.

El patio de la funeraria se llenó de coronas enviadas por familiares, políticos y artistas. Llegó el presidente de la cámara de diputados del Congreso Nacional y más tarde, cuando exhausto de tanto llorar me fui a dormir a una habitación de la funeraria, apareció el ex presidente Carlos Andrés Pérez, uno de sus grandes amigos, y en vez de darle el pésame a mi mamá se lo dio a mi tía, creyéndola la viuda. Cuando Carlos Andrés Pérez fue ministro del interior, poco menos de dos décadas antes, había hecho perseguir implacablemente a mi tía por guerrillera y, ya presidente, la había indultado por razones humanitarias. Al día siguiente apareció, algo desaliñado, el maestro Santamaría, quien en la escuela primaria había enseñado a mi padre las primeras rimas de Rubén Darío y rudimentos de versificación. “En los últimos tiempos, el poeta leía la Biblia y comentábamos sus pasajes por teléfono. Tenía gran conocimiento de ese relato, pero no creo que fuera creyente”, declaró Santamaría al periódico El Nacional. “Ahora es un Armagedón que navega en el mar”. Entre los amigos entrañables faltó al menos uno: José Agustín Catalá, antiguo mentor y editor con quien compartió la cárcel en los cincuenta, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. “No quise ir al velorio del poeta –me dijo Catalá en 2009–. Estaba molesto con él porque destruyó su vida. Pero también conmigo por haberle conseguido el apartamento para que trabajara fuera de la casa en su ‘Homenaje a Neruda’. Fueron varios meses y durante ese tiempo, en realidad, usaba las horas de trabajo para beber sin parar hasta que acabó con su existencia”.

Mi padre vivió bajo la sombra del alcohol casi toda su vida. Hizo lo que pudo para dejarlo, pero terminó vencido. Cuando yo era niño muchos de nuestros encuentros transcurrían en la barra o en alguna mesa del bar La Giralda, a una cuadra del céntrico bulevar de Sabana Grande, en Caracas. Era a principios de los setenta y las autoridades no le prestaban la menor atención a la presencia de niños en los bares. Recuerdo esa enorme casona como un sitio umbrío, pero no carente de atmósfera. Tras la barra solían estar Antonio o Manolo, los hermanos Gallardo, unos españoles republicanos que habían huido de Cuba cuando comenzaron las expropiaciones en los inicios de la revolución. Jamás le preguntaban qué iba a beber, sino que destapaban una cerveza muy fría y se la servían en una jarra congelada. A mí, en cambio, siempre me preguntaban. “¿Y qué quieres hoy?”. “Una Orange Crush”, respondía invariablemente, acomodándome en un taburete alto junto a mi padre para poder alcanzar el pitillo en la botella. Él abría su libreta y tomaba apuntes que después abandonaba, como éste, que llevé muchos años doblado en mi billetera:

En los ojos del loro está el secreto del sol
y de la formación del mundo sideral.

En la madera está todo. Contémplala.
Allí encontrarás los misterios de la arquitectura
y el secreto de las catedrales.

El universo lo hizo el hombre.
Nadie osaría hablar de Cirio o del Alfa del Centauro
si antes no hubiese estado consubstanciado con su ambiente.
Todo lo que soy es lo que es el mundo.

***

No estoy muy seguro de las causas que lo empujaron a beber desde muy joven, pero sí tengo alguna idea de dónde y cuándo descubrió el alcohol. “Cuando llegué a vivir a Puerto Píritu, al año siguiente que tu papá, él ya había comenzado a beber con Julián Saume, que era un muchacho encargado del bar” –me contó mi tío Alí Muñoz–. “Al cerrar, terminaban con todo lo que había quedado en las botellas y se emborrachaban a muerte mientras recogían y ordenaban”.

“A los 14 años tu papá decidió ir de Guanape a Puerto Píritu a estudiar bachillerato, pues la escuela en Guanape sólo llegaba hasta la primaria”, me contó mi tío Tom López.

Mi padre nació en Guanape un pequeño pueblo a 280 kilómetros de la capital venezolana, el 22 de mayo de 1928 y, por ser ése el día de Santa Rita de Casia, lo apodaron Rito. Era hijo ilegítimo de los tórridos amores de Agustín López, hacendado a quien llamaban el Kaiser, y Zoila Piedad Muñoz, hija del médico y farmacéutico de Guanape. Tom, en cambio, era hijo legítimo de don Agustín con Margarita Barrios. Aunque Rafael José era cinco años mayor que Tom, ambos pasaron parte de la infancia juntos en el pastoreo y el ordeño de la hacienda El Manzano. “Teníamos muy buena relación porque Rito era muy agradable. De los hermanos Muñoz, él era el único que se acercaba a nuestra casa, que era donde vivía don Agustín, e incluso llegó a mudarse con nosotros durante varios años. Trabajaba mucho y yo lo acompañaba a llevar las vacas”.

Rafael José madrugaba para llevar leche fresca a la mesa, cortaba la leña para el fogón, daba de comer a las aves del corral, preparaba las alambradas, llevaba las vacas a los establos al caer la tarde. Era un peón más en las tierras de don Agustín. “Cuando mi papá veía un hombre trabajador se enamoraba de él. De ahí su relación especial con Rito. A pesar de la distancia que imponía el viejo, Rito lograba estar cerca del padre a través del trabajo”, decía Tom.

Agustín López fue un hombre legendario en su región y bastante atípico para su época. Además de hacendado, llegó a ser jefe civil de Guanape, pero renunció al darse cuenta de que su carácter, poco conciliador, estaba reñido con el cargo. Tom lo recuerda como un hombre seco, calculador. Escogía a sus mujeres con cuidado, no sólo por su belleza física o su inteligencia, sino también por las tierras o propiedades que tuvieran en su haber. Piedad Muñoz, madre de cuatro de sus hijos, era la hija del doctor Pedro Celestino Muñoz, médico y gran autoridad del pueblo, y de él había heredado la única botica y la oficina de correos. Margarita Barrios de López, su esposa legítima, 30 años menor que él, era hija de un importante hacendado de la zona. En asuntos políticos, Agustín fue conservador casi toda su vida, pero también enemigo de la dictadura y el autoritarismo. En un viaje de negocios a Caracas asistió a un acto político que tuvo a Rómulo Betancourt como orador principal. Fascinado por las ideas del joven político –fundador de Acción Democrática y llamado, décadas más tarde, “el padre de la democracia venezolana”–, se hizo militante de su causa, dándole ánimos a través de extensas cartas y apoyo económico durante sus exilios. Cuando Agustín murió, Rómulo Betancourt le dedicó una de sus columnas en la primera plana del periódico. Desde entonces no ha dejado de especularse sobre el lazo que los unió. ¿Era el Kaiser de Guanape el padre biológico del hombre que llegaría a ser presidente en 1945? Sea como fuere, ambos tendrían una profunda influencia en la vida de mi padre, Rafael José Muñoz.

En la infancia, Rafael José y su madre, Zoila Piedad Muñoz, fueron muy cercanos. Él era el primogénito de la mujer más independiente y culta del pueblo. Pero, cuando creció, la relación se hizo más distante y áspera, debido a la inquina sembrada por Agustín cuyo orgullo había quedado herido luego de que Piedad decidiera ponerle fin a ese romance que había dejado cuatro hijos y decenas de cartas de amor ardiente. “Cuando Rito tenía 10 u 11 años –recordaba Tom–, Piedad comenzó su relación con Serrano, el telegrafista, padre de Artajerjes, el menor de los Muñoz y también poeta. Estábamos don Agustín, Rito, Alí y yo en la esquina de la bodega de Tito. En la esquina opuesta, donde estaba el telégrafo, vimos a Piedad. Don Agustín entonces le dijo a Rito: ‘Allá está tu mamá pegada como una hiedra a la baranda del telegrafista’. Mi tío Alí Muñoz recuerda el mismo episodio, pero en su recuerdo las palabras de Agustín no guardan ninguna sutileza y en vez de decir ‘como una hiedra’, dice una ‘como una perra’”.

El deterioro de la relación con su madre y el trato seco de Agustín animaron a Rafael José a buscar un horizonte más allá del paisaje de su infancia y mudarse al pueblo costero de Puerto Píritu. Decidió argumentar, para evitar discusiones, que quería seguir estudios de bachillerato, ya que en Guanape la escuela llegaba sólo hasta sexto de primaria. La tarde en que fue a buscar a su padre para contárselo, éste estaba en la barbería y, después de escucharlo, toda su respuesta fue: “Haga como mejor le parezca”. A partir de ese momento, la relación entre ambos se volvió monosilábica.

Rafael José abandonó sin aspavientos la casa de los López. Sin embargo, en 1943, Agustín enfermó de cáncer en la garganta y, ya moribundo, tomó su caballo y atravesó la densa sabana por el camino de las recuas de mulas hasta el pueblo costero de Puerto Píritu, donde había mejor atención médica y donde estaba su hijo que, por entonces, tenía sólo 15 años. Rafael José cuidó a su padre durante muchos días, hasta que murió, asfixiado y en sus brazos, intentando decirle algo. De aquella tentativa de reconciliación nació, 20 años más tarde, la “Elegía a mi padre Agustín”, que cierra El círculo de los 3 soles, su segundo libro, publicado en 1969. Allí, Agustín no es una figura hosca y desaprensiva sino un padre brahmánico, con una estatura imponente y magnánima, como si la desazón experimentada en la infancia pudiera ser reparada por la imaginación.

Elegía a mi padre Agustín
(…)
En fin, ha muerto padre Agustín, lo llora Baltazar,
y los peones de la hacienda Manzano, y sus hijos.
¿Quién me regalará plumas de Cristofué, quién olerá
raíces en la tarde, quién cogerá los nidos,
quién se internará en el patio de las coitoras
y llamará a los muertos,
y levantará una lápida con un ladrillo que diga: Kroft,
umugen de bornsnet, bertiken ats grubest,
buitemb uonem para las rocas de Anchuría,
sombrest para el delirio? (…).

***

A los 16 años, Rafael José ya escribía poemas. “La pasión política y la pasión poética se manifestaron en tu papá desde muy joven –decía mi tío Tom–. La primera, le venía de don Agustín que como ferviente admirador de Rómulo Betancourt siempre debatía sobre los problemas políticos del país y era, además, un hombre muy atento al acontecer internacional. Nuestra casa era la única de Guanape donde había un afiche de la fuerza aérea británica durante la segunda guerra mundial. Papá seguía los acontecimientos cada día en la radio de un vecino. En la poesía, Rafael José comenzó escribiendo unas cartas de amor que eran la envidia de sus amigos, por lo efectivas. Sin ser muy apuesto, conseguía con las cartas la atención de las damas hermosas. Empezó a escribir sonetos eróticos que luego lo metieron en más de un problema. De hecho, no pudo terminar el bachillerato en el liceo Fermín Toro porque cuando le tocaba presentar exámenes de historia, en vez de contestar qué había caracterizado al Siglo de Pericles o como se había llevado a cabo la Independencia de España, se dedicaba a escribirle poemas eróticos a la profesora Eunice Gómez”.

Poco después de la muerte de su padre, Rafael José decidió irse a Caracas. Abordó el vetusto vapor “Trinidad” que, en dos días de lenta navegación, lo llevó hasta el puerto de La Guaira. El viaje tuvo un incidente afortunado. El señor Álvarez era un extremeño de unos cincuenta años que había luchado en el bando republicano durante la guerra civil española. Allí había conocido a Miguel Hernández, de modo que al descubrir los ímpetus poéticos de Rafael José, Álvarez se puso a declamar poemas de Hernández, Machado y Lorca, ampliando el hasta entonces limitado repertorio poético de mi padre.

Una vez en Caracas, y sin un centavo en el bolsillo, aceptó trabajar como facturador y cajero en el matadero de Agustín, su medio hermano mayor, que había prosperado en el negocio de los frigoríficos. A mediados de octubre de 1945, cuando tenía 17 años, la historia venezolana sufrió un quiebre radical. Un golpe cívico-militar derrocó al general Isaías Medina Angarita. El cabecilla del golpe era Rómulo Betancourt, ya por entonces líder de Acción Democrática, el partido que había fundado en 1941. Hizo un llamado a que los jóvenes se incorporaran a la fundación de la democracia, y de pronto todas las piezas del país parecieron encajar de forma nueva y deslumbrante.

Rafael José había conseguido un puesto de maestro en una escuela de San Diego de los Altos, en las afueras, y ya por entonces la política empezó a convivir con la poesía. Por las noches iba a los cafés del centro a contagiarse del ánimo de renacimiento que reinaba en las tertulias universitarias donde se reinventaba el futuro. Por otra parte, escuchando a los poetas mayores como don Fernando Paz Castillo, y a otros más jóvenes pero ya consagrados como Vicente Gerbasi, sentía que la poesía era una pasión irrevocable. Descubrió que los surrealistas parisinos no lo conmovían tanto como el vitalista Neruda y el melancólico Vallejo. Había llegado a ellos a través del poeta y ensayista Juan Liscano, uno de los intelectuales más respetados del país, el primero en publicar sus poemas y notas críticas en la Revista Nacional de Cultura, quien lo alentó siempre a optar por la poesía y no por la política. Catorce años mayor, Juan Liscano no era sólo su amigo sino también, hasta cierto punto, su padre sustituto. Así lo demuestra la dedicatoria de “El círculo de los 3 soles”: “A Juan Liscano, amigo, maestro, padre”.

***

La mañana del 24 de noviembre de 1948, la promesa de un país democrático saltó en pedazos. Rafael José tenía 20 años y se despertó aturdido por el ruido de los tanques mordiendo el asfalto mientras se desplazaban hacia el Palacio de Miraflores, muy cerca de su casa. Ese fue el fin de la presidencia de Rómulo Gallegos, el novelista de la legendaria Doña Bárbara, que había seguido en el mando a Rómulo Betancourt. Acción Democrática y el Partido Comunista de Venezuela fueron declarados ilegales y muchos de sus dirigentes forzados a marchar al exilio. Todo esto volcó a Rafael José a la lucha partidista. Ya era militante destacado de la juventud de Acción Democrática, pero se afincó aún más en su formación ideológica y desarrolló destrezas como organizador.

Por esa misma época, la familia López se estableció en Caracas. Rafael José encontró, al mudarse con sus medios hermanos, el calor familiar que había perdido desde Guanape. Pasaba mucho tiempo escuchando tocar el piano a Titina, una de sus hermanas, a quien adoraba. La casa donde vivían quedaba en la parte más baja de La Pastora, justo detrás del Palacio de Miraflores. En el saloncito había un tocadiscos. Tom todavía recuerda que Rafael José era un gran melómano. “No le gustaba ir a conciertos pero le fascinaba la música. Nos sentábamos junto con Titina todos los domingos y escuchábamos la sinfonía Patética, que es la número 6 de Tchaikovsky, o la 5ta de Beethoven, que tanto le gustaba. Cuando no oíamos música, se encerraba muy temprano en la oficina del fondo con sus libros de poesía y una botella de ron. Todavía puedo oírlo recitar con enorme exaltación: “Desembarqué en Picasso a las seis de los días de otoño / recién el cielo anunciaba su desarrollo”. La poesía realmente lo tomaba, producía un rapto en él. “Soy feliz”, decía.

La organización política comenzó a tomar cada vez más tiempo en su vida, pero su pulsión poética no entendía de dogmas y, cuando podía, se encerraba a escribir. Una tarde, a principios de 1952, se acercó a Vicente Gerbasi con un puñado de poemas. A Gerbasi lo asombró que alguien de 22 años hablara de la muerte aun en sus poemas amorosos. Ponderó sus sonetos, diciendo que estaban llenos de sonoridad y de “una fuerte luz oscura”, y lo alentó a ser original sin contemplaciones. Esa breve aprobación fue suficiente para que Rafael José se animara a reunirlos en su primer libro, Los pasos de la muerte (Ediciones de la Revista Hispana, 1953), cuyo prólogo firmó el propio Gerbasi. El libro es, en realidad, una desconcertante exploración de la muerte como presencia cotidiana, y está poblado de angustiosas visiones pero no exento de humor y parodia:

Por aquí viene la muerte caminando
con su pesada carga de cabellos
Tiene un color de ojo de sardina
su pelambre es de potro de carrera
y su mirada, de nocturna máscara.

Pero, finalmente, se consagró a la política a tiempo completo. Decidió no abandonar el país y ayudó a Leonardo Ruiz Pineda, secretario general del partido en la clandestinidad, a reconstituir Acción Democrática. Un día de ese mismo año, a causa de que ya abusaba de la bebida, doña Margarita de López tomó una decisión amarga y le pidió que se fuera de la casa. Esa fue su salida definitiva del reino familiar. El desarraigo y la soledad se anclaron más profundo y nada lo consoló de la separación de sus hermanos: Titina, Celina, Tom.

La dictadura de Marcos Pérez Jiménez estaba en el poder desde diciembre de 1952 y la situación de Rafael José se hizo precaria. A fines de 1952, Leonardo Ruiz Pineda había sido asesinado en una emboscada. Desde entonces, y en apenas tres años, Pérez Jiménez hizo eliminar a tres secretarios generales de Acción Democrática y a cientos de militantes, además de poner tras las rejas a sus dirigentes principales. Entre 1952 y 1958 Rafael José entró y salió de la cárcel no menos de una decena de veces. Cuando podía, escribía poemas que daba a sus amigos, para que los resguardaran en caso de que lo pusieran preso. De todos modos, en los allanamientos que practicaba la Seguridad Nacional en las residencias de estudiante donde vivía por entonces, se perdieron muchos manuscritos originales.

Por esos mismos tiempos se acercó a los maestros metafísicos como George Gurdjieff, Piotr Ouspensky, Madame Blavatsky y Paul Burton, descubiertos gracias a la equipada biblioteca de temas esotéricos de Juan Liscano. En su doctrina del Cuarto Camino, Gurdjieff planteaba que la trascendencia era el resultado del desarrollo interior individual, de un conocimiento que podía llevar a la comprensión del lugar propio en el universo. Pero, de acuerdo con Gurdjieff, esa sabiduría sólo podía lograrse a partir de una cuidadosa exploración de la conciencia que llevara a la mente al límite. Esos pensamientos dejaron una huella permanente en su obra y en su manera de concebir su lugar en el mundo.

Un día de 1955, cuando tenía 27 años, fue capturado distribuyendo propaganda y llevado a la Seguridad Nacional, el centro de inteligencia y tortura del régimen de Pérez Jiménez. El director de Seguridad se llamaba Pedro Estrada, también apodado el Chacal de Güiria, y era un hombre con modales de dandy. Su lugarteniente era Miguel Silvio Sanz, un negro robusto de cuyos labios siempre colgaba un habano encendido, que atizaba antes de apagarlo en el cuerpo de sus víctimas. Sanz quería que Rafael José revelara nombres, lugares, fechas, planes, y ordenó que lo trasladaran al sótano. Ahí, durante días, lo golpearon, lo acostaron desnudo sobre una panela de hielo, lo hicieron permanecer horas con los pies descalzos sobre el borde afilado de la rueda de un auto, le aplicaron electricidad en los testículos, lo sumergieron boca abajo en un barril de agua. Él dijo que no hablaría. Que no perdieran su tiempo porque sus castigos no le causaban dolor. “Tengo poderes mentales. Sus castigos no me lastiman”, les dijo. “Si no creen en mi palabra, compruébenlo ustedes mismos”. Entonces lo golpearon, y ni siquiera gimió. Durante una de las torturas, alguien ordenó que le apagaran un cigarrillo en el pene. Después, enviaron el calzoncillo ensangrentado en una bolsa a la familia. Pero él siguió sin delatar a sus compañeros. Una noche intentaron ablandar a uno de ellos, torturado en la habitación contigua. Le dijeron que Rafael José había contado todo. Sin embargo, cuando lo llevaban a su celda, mi padre lo alertó gritándole: “No abras la boca. Estos coños de madre quieren hacerte creer que yo canté, pero no les creas. No les he dicho ni una palabra”. Después de mucho, sus captores se dieron cuenta de que no podrían sacarle nada, y que era preferible mantenerlo preso. Lo enviaron a la cárcel de Ciudad Bolívar, a 600 kilómetros de la capital, donde pasó preso casi todo 1957.

“La tortura fue algo terrible. Era muy difícil de resistir y casi todo el mundo terminaba cantando” –recordaba mi tío Alí Muñoz, quien también fue encarcelado y torturado–. “No porque quisieran traicionar, sino porque te sometían a una violencia brutal. Tu papá era muy jodido, porque a cuenta de que él no delataba, le exigía a todos la misma verticalidad. Una vez se sospechaba que yo había cantado. Estábamos presos y él me increpó. ‘Eres sospechoso de delación’. Le respondí que no lo había hecho. ‘Tienes que probarlo porque si no serás un soplón hasta que demuestres lo contario’. ¿Crees que soportar más torturas te hace mejor?, le respondí. Carajo, no faltaba más, mi hermano, mi verdugo”.

En la cárcel de Ciudad Bolívar estrechó su amistad con el historiador y periodista Ramón J. Velázquez, que ocupó brevemente la presidencia de Venezuela en 1993. Velázquez lo recuerda como uno de los jóvenes más comprometidos de Acción Democrática, con una capacidad extraordinaria para abstraerse del sufrimiento: “El poeta tenía una característica que sólo tienen los pastores. Cuando nos llevaban al patio, él fijaba la vista en los árboles y pájaros que se asomaban más allá de las alambradas. Se concentraba oyéndolos y parecía entenderlos. Cuando estábamos en el calabozo, se retiraba a un rincón. Sentado en el catre y, abstraído de las discusiones que lo rodeaban, comenzaba a apuntar versos en un cuaderno escolar. Habíamos arreglado con uno de los carceleros para que nos permitieran usar una máquina de escribir. El poeta Muñoz esperaba su turno y mecanografiaba los poemas en unos folios azules que luego guardaba celosamente en una carpeta”.

Milagrosamente, algunos de los poemas carcelarios, de mayo y noviembre de 1957, sobrevivieron. Tienen el aire fluvial del Orinoco que corría al margen del presidio. En uno de ellos añora la libertad que representa como una “zona de incertidumbre y de promesas”. Otro, “América, te canto en esta hora”, refiere en tono dramático:

Ah, estas cadenas, estas
ruedas de frío hierro amenazando
hasta el germen más puro;
estas garras malditas horadando
esa porción del alma que nos duele,
ese rincón tranquilo, esa pradera
adonde solo llegan las ramas y las nubes.

El 15 de diciembre de 1957 hubo un plebiscito para legitimar la dictadura de Pérez Jiménez, que proclamó su triunfo. Sin embargo, en la madrugada del 23 de enero de 1958, tras una oleada de protestas gremiales, la dictadura terminó y los presos políticos fueron liberados casi de inmediato. Exaltado de felicidad, después de pasar siete meses preso, mi padre y otros militantes saltaron a bordo del primer bus a Caracas. La travesía tomó casi dos días durante los cuales festejaron con aguardiente. Cuando llegaron, la capital seguía en estado de júbilo, con las calles tomadas por la gente.

***

Suele decirse que la poesía de mi padre nació tardíamente, tras una vida de zozobra, y que disputó su lugar con la política hasta, finalmente, imponerse. El ensayista y poeta Jesús Sanoja Hernández insiste en que su obra era la de un desorbitado que, en medio del delirio alcohólico, cabalgó al borde de los abismos demoníacos, la revelación divina, el disparate matemático, la dislocación del lenguaje y la locura, reinventando el idioma. Esta enumeración caótica, sintetizada por el crítico Guillermo Sucre como la búsqueda de un “esperanto poético”, no da cuenta, sin embargo, de la transformación que sufrió mi padre y que lo llevó de una crisis existencial profunda al descubrimiento de una desconcertante imaginación.

Su crisis empezó en la década del sesenta, cuando quiso optar por el radicalismo de la lucha armada pero, paralelamente, empezó a sentir un profundo desencanto con la política.

En 1959, Rómulo Betancourt, líder de AD, hizo llamar a los dirigentes jóvenes a su despacho para amenazarlos con una sanción disciplinaria por haber apoyado una precandidatura que no era la suya. Cuando Betancourt hablaba muy pocos osaban rebatirlo pero mi padre lo tomó por la corbata y comenzó a zarandearlo. “Vamos a hablar claro. Usted está conspirando contra la unidad”, dijo, advirtiéndole que su eventual elección traería el riesgo de un nuevo golpe militar. “Los militares no lo quieren, los demás partidos no lo apoyan, los empresarios no le tienen confianza. Carece de respaldos. Si usted es electo, todo se va al carajo. Entonces, ustedes se irán nuevamente al exilio y los que nos joderemos aquí somos nosotros como nos jodimos durante 10 años”. La cosa quedó allí, pero el divorcio entre el líder histórico y los dirigentes jóvenes era ya efectivo. Un año después, en abril de 1960, ya electo Rómulo Betancourt como presidente, se consumó la expulsión del partido de casi todo el buró juvenil. Betancourt estaba dispuesto a pagar ese precio para consolidar su proyecto político con el apoyo de Estados Unidos y la expresa misión de contener el contagio de la revolución cubana, que amenazaba con regarse como un incendio por el continente.

La primera vez que Fidel Castro salió de Cuba, en 1959, viajó a Caracas. El motivo secreto era extender, en Latinoamérica, la emancipación de Estados Unidos y su idea era que Betancourt lo apoyara. Pero éste le volvió la espalda y se convirtió en su más encarnizado antagonista. Sin embargo, Castro se reunió con los izquierdistas que ya se mostraban inconformes con las alianzas del nuevo gobierno con la oligarquía y el clero. Rafael José Muñoz fue uno de los principales promotores del debate sobre la lucha armada y la posibilidad de seguir la vía cubana.

“Al poeta le tocó poner orden en esa situación” –recuerda Domingo Alberto Rangel, ideólogo fundador del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)–. “Era un hombre muy singular. No he visto ser más nervioso. Sostenía los pañuelos en sus manos sudorosas y los rompía a causa de la impaciencia. Para él no existían los plazos en el tiempo. Quería que todas las tareas se cumplieran inmediatamente y pedía celeridad en todo. Era ideal para la organización, pero en el MIR abundaban los bohemios y él solía pelear con quienes eran desmañados con el tiempo. Eso no impidió que fuera el gran secretario de organización del MIR. Tomó el dictamen de la dirección nacional del partido y se dedicó a recorrer el país para recomponer y compactar las fuerzas de la izquierda, dispersas en el momento de la división de Acción Democrática”.

También se encargó de coordinar los preparativos de la creación de los frentes guerrilleros y viajó a La Habana clandestinamente. “Yo lo acompañé. Asistimos a una reunión con Raúl Castro y Ramiro Valdés, en la que nos entregaron un maletín con 150.000 dólares para el movimiento guerrillero –asegura Antonio Octavio Tour, en aquel entonces un joven militante–. El viaje fue complicado porque tuvimos que salir clandestinamente por la frontera con Colombia y a partir de ahí movilizarnos en aviones privados”.

Rafael José se había casado, en 1959, con Nelly Olivo, mi mamá. Vivieron desde el principio en un matrimonio contrariado, que duró hasta su muerte, y tuvo un distanciamiento de ocho años. No podía haber seres más distintos. Ella era bióloga y él poeta, pero la verdadera diferencia radicaba en el carácter: él era ordenado, puntual y socialdemócrata; ella soñadora, revolucionaria y tan abstracta que sus conversaciones, salpicadas de una profusa jerga médica y biológica, resultaban incomprensibles. Sin embargo, eran buenos compañeros y se guardaban respeto.

El sueldo que recibía mi padre en el MIR no alcanzaba para gran cosa, de modo que mi madre hacía malabarismos para estudiar y sostener a los hijos con el pequeño salario que recibía como técnica de investigación en la universidad. “Pese a que la política lo absorbía casi totalmente, el poeta siempre encontraba un momento para escribir –decía mi madre–. Después de asistir a tres reuniones, organizar la logística de quienes se iban a la guerrilla, mover armas de un sitio a otro, volvía a su máquina Erika e introducía dos hojas blancas en medio de las cuales insertaba una lámina de papel carbón”. Junto a la máquina, colocaba un vaso de cerveza o vino y le daba unos sorbos como preludio a la escritura. “Apenas comenzaba a teclear, no paraba hasta traspasar al papel lo que tenía en la mente, fuera un artículo de opinión, un manifiesto político o un poema. Como le tenía manía al desorden, después de terminar recogía todo y clasificaba el trabajo con minuciosidad. La máquina quedaba como si no la hubiese tocado”. Sin embargo, la vida que llevaban era desordenada. El acoso de la Dirección de Inteligencia Policial los llevaba a no tener rutinas fijas. Cuando él tenía que ocultarse, sus hijos pasaban un buen tiempo sin saber dónde estaba. “Para no ponerlos en peligro, yo tenía que dejarlos con mi mamá mientras las cosas se tranquilizaban. Eso era muy angustioso para ellos”, recordaba mi mamá en una de las conversaciones que tuvimos a fines del año pasado, antes de su muerte.

En los sesenta, mi padre amplió el estudio de los maestros esotéricos. Había comenzado con George Gurdjieff y su discípulo, Piotr Ouspensky. Siguió con libros históricos sobre alquimia y cábala. Visitaba con frecuencia la librería del Centro de Orientación Filosófica y formó una amplia biblioteca con títulos como Los relojes cósmicos y Hermetismo y religión. Esas sospechas acerca de la existencia de otras dimensiones capaces de ampliar la percepción no tardaron en permear su poesía. La metafísica terminó por convertirse en un refugio del profundo desencanto político que había empezado a sentir, y que fue clave en su crisis existencial que empezó en estos años.

Antonio Tour estuvo cerca suyo en los momentos en que su convicción revolucionaria comenzó a resquebrajarse. “El poeta supo que había habido ejecuciones sumarias en los focos guerrilleros del Occidente. Una compañera había sido ejecutada por despertar un ataque de celos entre dos guerrilleros. El comandante encargado del frente decidió ejecutarla para eliminar el motivo de la discordia. Otras cosas pasaban en la guerrilla urbana, incluyendo la desaparición de una enorme suma de dinero que se había destinado a ayudar a los compañeros que salían de las montañas. Todo eso, además de las rencillas entre los líderes del MIR, lo decepcionaron. Pero él nunca habló de eso. Cuando se asomaba el tema entre tragos, él sólo decía: ‘Tour, dejemos el pasado en el pasado y sigamos bebiendo’. Sólo una vez entró en materia para decirme: ‘Eso no era lo que se suponía que haríamos. Estábamos aquí para derrotar la injusticia y fomentar la democracia’. Y ahí acabó. Después de una pausa siguió bebiendo”.

Su mente, agotada con las luchas internas del MIR, producía febriles imágenes de la vida en el campo junto a su padre, que funcionaban como un alivio a la perturbación. Pasaba las madrugadas en vela y un reumatismo que había empezado a padecer gastaba sus horas con dolores atroces. Las rachas alcohólicas se hicieron más largas y constantes, y tuvo ataques cada vez más funestos de reumatismo, que el alcohol ya no lograba apaciguar. Sin embargo, pese a su desencanto, estaba decidido a unirse a la guerrilla.

La noche en que iba a hacerlo llegó temprano a casa a preparar lo poco que iba a llevarse. Estaba exhausto y tenía los nervios a flor de piel. Lo aguijoneaba la duda acerca de lo que iba a hacer. ¿Tenía sentido? Llevaba tres años sin tomar un respiro de la actividad partidaria y de las persecuciones y, además, mi mamá estaba embarazada de su tercera hija. Él le había hablado vagamente de un viaje de trabajo, pero ella sospechó. Estaban a punto de cenar cuando empezaron a discutir acaloradamente. “Sabía que me ocultaba algo –decía mi mamá–. Yo tenía una jarra de agua y le iba a servir. Pero me detuve y lo miré fijamente para que me dijera qué pensaba hacer”.

De pronto, mi padre se puso de pie, hizo a un lado las pocas cosas que preparaba para llevarse, y farfulló algunas palabras para sí mismo. Mi mamá vio en él una mirada angustiada que no había visto nunca antes. Sacó una cerveza de la nevera y volvió a la mesa, luchando por recuperar la compostura. Marla y Yuri, sus hijos de tres y dos años, mis hermanos, lo miraban en silencio, sentados frente a los platos de comida humeante. Mi padre iba a sentarse otra vez, pero se detuvo. Entonces sobrevino el ataque. Con una energía inesperada, volteó la mesa echando al suelo toda la vajilla. Permaneció inmóvil, tratando de ordenar los pedazos rotos de sí mismo, pero no pudo y, en vez de marchar a la montaña, fue hospitalizado en una clínica psiquiátrica.

A principios de 1963, semanas después de este episodio, emprendió un largo viaje que lo llevó, gracias a gestiones de sus amigos comunistas, a Europa y la Unión Soviética. Poco se sabe sobre su estadía en Moscú. Pasó dos meses en un sanatorio de la ciudad, rehabilitándose del alcohol y aliviando el reumatismo. Una fotografía lo muestra en el Teatro Bolshoi, acodado en una mesa sobre un fondo de terciopelo rojo y arabescos dorados. Lo acompañan dos hombres. Según contaba después, el más joven se llamaba Boris y era su intérprete. En su honor, llamaría Boris a su último hijo.

***

En las heladas caminatas por los jardines del sanatorio y por los bosques del parque Kolomenskoe, en Moscú, el agotamiento cedió y él empezó a dedicar tiempo y energía a la escritura. Regresó a Caracas en abril de 1963, pocas semanas antes del nacimiento de Valentina, su tercera hija, cuyo nombre exaltaba la hazaña de la cosmonauta Valentina Tereshkova, la primera mujer en el espacio. Este nacimiento lo acercó de nuevo a la vida familiar. Alejado del alcohol, vivió uno de sus mejores momentos. Los conflictos y peleas con mi mamá habían disminuido aunque, por causa de la difícil personalidad de ambos y del carácter enamoradizo de mi padre, la relación nunca llegó a ser armónica. Fue un período de extraordinaria fecundidad para su obra. Al cabo de unos meses comenzó a escribir poemas en cuadernos escolares, con una letra llena de picos, siempre nítida. Eran versos extraños, en nada parecidos a su obra anterior, en los que intentaba reflejar en palabras lo que, decía, le había “llegado” en imágenes.

El año 1964, en que trabajó como corrector de pruebas y estilo, y como articulista en diversas publicaciones, puede verse cómo la aparición de una galaxia tras la explosión de una supernova: se sintió renacer. Trabajó con mayor intensidad y llegó a escribir más de 20 poemas en un solo día. Cada nueva jornada aparecían sobre el papel anagramas, anagogías y analogías desconcertantes, que podían leerse como expresiones que intentaban escapar del significado convencional, pero también como voluptuosas creaciones de una lengua en estado edénico. El producto de esa vertiginosa erupción es “El círculo de los 3 soles” (Editorial Zona Franca, 1969), compuesto entre 1964 y 1968, un volumen de más de 500 páginas con poemas que van de unas pocas líneas hasta trabajos de varias secciones con muchas páginas. Algunos están escritos en prosa y otros en largos bloques o en aforismos de pocas líneas. Algunos muestran un denso desarrollo y otros son ráfagas o pensamientos confusos. Hay un afluente caracterizado por ficciones matemáticas formuladas en ecuaciones inconcebibles. Hay parábolas que versan sobre dimensiones del tiempo y el espacio expresadas en genealogías inalcanzables para la experiencia humana de un solo hombre y que, sin embargo, son “vividas” por la voz poética. En otros poemas predominan las alusiones esotéricas trufadas en versos que refieren a transmutaciones alquímicas y cabalísticas. Hay una vertiente en la que se esbozan la metempsicosis de Rafael José Muñoz en RJM, muzoñumjuansan, el hijo, el padre y, finalmente, Rafsol. En las pastorales y elegías hay pájaros, árboles y paisajes que parecen pertenecer a lugares y civilizaciones del pasado o el futuro. En general, en los poemas menos convencionales el tiempo es alterado por momentos que quiebran la linealidad y palabras que equivalen a efectos sin evidente causa. Él decía que sus poemas venían de profundidades del ser y que le aparecían dictados por una voz interior.

Tengo un deseo extraño de colocarme en el Billón
de ir más allá, de colocarme en el Trillón
donde el tiempo anida sus Siglos.
Tengo un deseo extraño de ser Tres:
Onu ne aicnese y onirt ne anosrep.
Tengo ganas de quedarme así:
Uno en esencia y trino en persona.

En muchos poemas, el lenguaje es sometido a un estrujamiento tal que termina descoyuntado, vuelto una representación fonética. Cuando no escribía llevado por el frenesí, pasaba horas y horas absorto en la búsqueda de imágenes y símbolos que lo llevaran a crear una poética que buscaba unir la palabra y el número.

Desde las Sumarijas Regiones
Berlinescher astronomischer chlurder
Aften gnoste must;
Así son, por trillones de kilómetros
Bajando najitos, sin viento,
Entran hacia el callejón donde esperan las Cariátides (…).

“El círculo de los 3 soles” está poblado por una zoología, una geología y una botánica de ciencia ficción. En un poema habla de las “cuevas de Epsilón”, en otro menciona “la cola de Andrómeda bajo sudores de platino”, en otro se refiere a las “grutas de Osiris”. Los animales reales o imaginarios también están presentes: “el loro de Alejandría”, “la garza No. 1”, “el Venado de ojo de lucero”, “las Dos Hormigas Negras Evangelistas del Círculo”, “el Pez Austral”, “la Tortuga Argentorati”. A su exaltada memoria emocional y a la capacidad de evocar paisajes que no conocía, añadía el soplo de la fábula y la proporción del absurdo. Fue capaz de imaginar su propia gestación, en una revuelta y una burla contra su historia familiar.

Las revelaciones de Rafsol
Me fui a la colina y contemplé la noche,
otosoropas estrellas, begonias azules, anaxulas negras,
y en el infinito espacio la forma de un 3 (…).
Díjeme: Ex nació de Ex y engendró a Ox,
Ox creó a Seh y Seh engendró a Yex,
Yex creó a Lex y Lex engendró a Fex;
y cuando Fex hubo desaparecido
nació Agustín, hijo de Dominga;
y Agustín engendró a Tito y a Titina y a Tom y a Celenia
y a Amado;
y he aquí que más tarde, cuando pasean las cucarachas
por el corredor de las casas de Guanepa,
Agustín se encontró con Piedad,
hija de Pedro Celestino Muñoz;
y he aquí que Agustín y Piedad se unieron
y de esa unión nació Rito y Alí
y Rosalía y Ludgerio;
y Artajerjes nació de la unión de Piedad con Serrano.
Rito se llamó Rafsol
Díjose que nació por obra y gracia del Espíritu Santo;
Y que la mañana en que nació cantó un cristofué,
díjose también que nació con poderes extraños:
podía ver a 1.000 trillones de años luz,
podía resucitar a los muertos,
podía perdonar los pecados,
podía detener el Universo, si cerraba los ojos (…).

Símbolos alquímicos e iniciáticos como la roszul, el huevo, el mandala, la piedra, el espejo, el ojo, la llave deben vérselas con cruces, sepultureros, ataúdes, funerales. La presencia de la muerte es melancólica, como han destacado todos los críticos, pero no es menos cierto que para él la muerte no está exenta de festejo, ceremonia y humor negro. Entre todos los textos hay uno que escribió el 22 de marzo de 1968, cuando tenía 39 años, que sirve de pórtico al libro, y que es una invitación a su propio entierro:

Ha muerto cristianamente el señor Rafael José Muñoz. Sus amigos: Juan Liscano Velutini, Jesús Sanoja H., Ramakrisna, Krisnamurti, Romain Rolland, Pitágoras, Platón, Tsu Tsu, José Stalin, Mao Tse Tung, Moisés, Alberto Schweitzer, Hermann Hesse, Thomas Mann, Walt Withman, Mauricio Maeterlink, James Joyce, George Ivanovich Gurdjieff, Piotr D. Ouspensky, Madame Blavatsky, Annie Besant, Mabel Collins, Thomas Hamblin, Los Doce Apóstoles, Los Peregrinos de Oriente, invitan al acto del sepelio, el cual se efectuará el día 22 de marzo de 1968. Sitio de encuentro: Jardines de Guanola. Hora: 5 a.m. o 5 p.m.

La muerte ficticia del poema es el punto culminante de esa crisis existencial que lo hizo abandonar la política y abrazar la poesía.

Cuando “El círculo de los 3 soles” se publicó, en 1969, mi tío Alí Muñoz le celebró los sonetos. La respuesta de mi padre fue un golpe en el estómago: “Los sonetos los escribo para que los güevones (mentecatos) que no entienden lo otro, que es la verdadera poesía, se enteren de que de verdad escribo”.

Hoy, el crítico venezolano Rafael Arráiz Lucca considera “El círculo de los 3 soles” como uno de los diez libros de poesía venezolana más importantes del siglo XX y, con los años, Rafael José Muñoz empezó a ser mencionado como un poeta que además fue político, y no como lo contrario. Aunque la academia lo ha estudiado muy poco, varias generaciones de lectores lo han mantenido, de modo oculto y misterioso, increíblemente vivo.

Sus dos críticos principales, Juan Liscano y Guillermo Sucre, tenían visiones antagónicas sobre su obra. Liscano dice que Rafael José Muñoz recreó las vanguardias sin conocerlas a fondo. Guillermo Sucre, en “La máscara, la transparencia”, toma con pinzas esta tesis. Sin ocultar su desdén por Liscano y con abierto desaire hacia Rafael José, se pregunta si éste es un “poeta realmente complejo o simplemente complicado”. Dice, severo: “Este poeta venezolano transgrede todos los límites expresivos en insalvables criptogramas (…) El lenguaje de Muñoz, en gran medida, deja de ser un sistema de símbolos compartidos con el lector real o virtual”. Reconoce que la obra es el producto de “una gran tensión interior, de un inconsciente trabajado por las más duras pruebas personales”. Sin embargo, advierte: “El peligro de Muñoz, y se percibe mucho en su libro, es el de (re) caer en lo eneguménico: que ‘el humilde del sinsentido’ de que habla Lezama recordando a San Juan de la Cruz, derive en la arrogancia del furor destructivo”. Pero reconoce al poeta versátil y diestro que está detrás de lo que él llama la “arrogancia del furor destructivo”, tanto del lenguaje como de su propia persona. La confusión babélica, que por momentos recuerda la “cristalina mezcolanza” de Rimbaud, hace a Sucre hablar de una desmesura y una mitología personal que elevan a Rafael José Muñoz de rango, salvándolo de un anacrónico vanguardismo. Se trata de un “esperanto poético en el que caben diversos idiomas deliberadamente falseados”. Sin embargo, prefiere el lado mesurado de su poesía. “Así, hay otra cara de su libro (además de las mil que el tiempo irá revelando) en la que el lenguaje, sin perder su visión y su búsqueda extrema, vuelve por sus propios poderes, luminosos o oscuros, pero ya no abandonados al egotismo del poeta vidente (yo soy un elegido, es una de las convicciones de Muñoz). En ese otro plano es donde la experiencia sin duda mística de este poeta se ahonda y esclarece a sí misma; donde su mitología personal, adquirida o inconsciente, parece coincidir con un logos necesario”.

***

Durante estos años su relación con el alcohol empezó a ser otra vez tormentosa. Vivía torturado por la dipsomanía, que lo llevaba a pasar largos períodos de abstinencia, alternados con otros en los que el consumo de alcohol era incontrolable. Mi tío Alí Muñoz dice que su vínculo se resintió a causa de las hospitalizaciones, porque le tocaba ser el malo de la película. “En varias ocasiones tuve que hacerlo hospitalizar. Tu mamá quedaba inconsolable. ¿Pero qué iba a hacer yo? ¡Era mi hermano! Una vez le monté una trampa para llevarlo bajo engaño a la clínica. Al descubrirla, me insultó y se resistió de mil maneras. Como él era muy persuasivo, casi convence al doctor para que lo dejara ir. Entonces tuve que plantármele diciéndole: “Doctor, yo lo respeto mucho a usted, pero el poeta no saldrá de aquí bajo ningún respecto a menos que esté sobrio”.

Las clínicas eran un suplicio más truculento que la tortura. Lo enfundaban en una bata hospitalaria y lo amarraban a la cama para evitar que huyera. Y no sólo debía padecer el espantoso síndrome de abstinencia alcohólica, cuyos estragos físicos son más largos y terribles que los de la heroína o la cocaína, sino soportar el tratamiento de electroshocks con que pretendían curarlo. Pero el hospital no merecía el estoicismo de la cárcel. Los médicos decían que su mente había sufrido daños por la tortura y el alcohol y, aunque nunca hubo por parte de ellos un diagnóstico claro, muchos sostienen que su poesía era una expresión de locura, y que el trance onírico que usaba como método creativo era producto de una indeterminada enfermedad. Esta hipótesis es ingeniosa, pero limitada. Tiene, en el fondo más de demérito que de elogio, pues evade vérselas con lo que dicen o plantean los poemas mismos, su desorbitada creación y su profunda musicalidad.

Cuando Rafael José salía de las hospitalizaciones quedaba con los sentidos embotados, desconectado del mundo, en un pliegue del tiempo y el espacio donde sólo cabían él y sus demonios. Mientras tanto, el matrimonio se iba a la deriva. “El poeta era luz en la calle y oscuridad en la casa”, solía quejarse mi mamá, porque mi padre seguía siendo un amigo entregado a sus amigos pero un hombre complejo en su propia casa. Aunque mi mamá reconocía sus esfuerzos desesperados para superar el alcoholismo, sentía que sus hijos –Marla, Yuri, Valentina– ya habían sufrido suficiente durante una infancia trastornada por ausencias inexplicables, mudanzas repentinas y el acecho de los cuerpos de seguridad que, en busca de armas y propaganda, dejaban la casa patas arriba y el aire infectado de terror. Además, estaban las crisis recurrentes, marcadas por estallidos nerviosos y delirios que culminaban en hospitalizaciones.

Una noche de principios de septiembre de 1968, cuando ya había terminado la corrección de “El círculo de los 3 soles”, volvió achispado a casa. Estaba de un humor particularmente jovial y llevaba un ramo de flores con la intención de reparar las asperezas que había atravesado con Nelly en los últimos meses. Todavía quedaban restos de ternura entre ambos. Esa noche hicieron el amor por última vez en su vida. El encuentro de los dos cuerpos fue borrascoso. Pocas veces estuvieron de acuerdo en algo, salvo en el recuerdo de esa noche. Ella se quedó en silencio sintiéndose levitar. Él encendió un cigarrillo y la vio sumergirse en el sueño. De pronto, ella sintió que su cuerpo se desdoblaba y que atravesaba paredes hasta llegar a la calle. Él dijo que la vio salir del cuerpo y, al verla caminar por la calle en ropa de dormir, comenzó a llamarla para que volviera.

Mi mamá supo de inmediato que había quedado embarazada y, desde entonces, pasó cada día mortificada por los efectos que podía tener el alcoholismo de Rafael José en la formación del feto. Nueve meses después, el 21 de mayo de 1969, un día antes del cumpleaños número 41 de mi papá, nací yo, Boris, el hijo menor. Mi papá recibió la noticia con júbilo pero acusó a mi madre de haber adelantado el parto para evitar que naciera el 22, igual que él. “Tu papá era un ser arbitrario”, se oía repetir a mi mamá al rememorar mi nacimiento. Cinco días después, mi padre abandonó la casa.

***

Nadie ignora que, para llenar una ausencia, la memoria inventa recuerdos benévolos o disimula aquellos que resultan dolorosos. Durante mucho tiempo, mi imaginación volaba hasta la habitación del Hospital Clínico Universitario, donde murió mi papá y que yo nunca conocí. Allí, junto a la cama, veía su cuerpo atrapado por la camisa de fuerza. Escuchaba su voz llamando a mi mamá: “Nelly, Nelly, Nelly…”. Y sentía su respiración arrinconada. Después, esas imágenes terribles daban paso a otras en las que mi papá emergía de su lecho de muerte y se instalaba de nuevo en el mundo, sobrio y curado por siempre jamás. Esas fantasías lograban anular mi desdicha pero, tarde o temprano, la ilusión estallaba para dar paso al verdadero recuerdo de los días que compartimos entre 1978 y 1981, los únicos años en que, desde mi nacimiento, vivimos en familia.

En realidad, se separó de mi madre pero no de sus hijos. Desde que se fue, aunque no volvió a dormir en casa, nos visitaba varias veces a la semana. Los domingos nos llevaba al matiné del teatro Río de la Calle Real. Luego, religiosamente, terminábamos sentados todos en una mesa de La Giralda. Pero para mí el gran acontecimiento llegaba los sábados. Me recogía en nuestro apartamento del edificio Papirusa de la avenida Orinoco de Bello Monte y caminábamos a través de la avenida Casanova hasta llegar a la antigua Calle Real de Sabana Grande, en lo que luego se transmutó en una irreconocible arteria atascada de vendedores, a una estrecha pero infinita juguetería de la que yo podía llevarme cualquier cosa que quisiera. Me decía que era el Bazar Muñoz y que todo lo que había adentro era mío. Muchos años después, atando cabos, descubrí que el Bazar Muñoz no era sino el Rey de las Piñatas, una de las pocas tiendas que sobrevivió con cierta dignidad a las invasiones bárbaras que, en los años noventa, volvieron al bulevar más entrañable de la ciudad, un corredor asediado por todas las taxonomías de miseria humana. Cada vez que paso por ese punto de Caracas me asaltan aquellos episodios de felicidad infantil, perfumados con el aroma a lavanda de los pañuelos de mi padre. Son instantes cargados con una fulminante ilusión de eternidad, como si toda la alegría de la infancia estuviera cifrada en esas pequeñas ceremonias del amor.

Mi papá volvió a casa un poco antes de las elecciones presidenciales de 1978. Había trabajado en la campaña presidencial de 1972 como consejero político de Carlos Andrés Pérez, y luego como su secretario personal. Cuando Pérez fue electo presidente, en 1973, mi padre fue nombrado comisionado Especial de la Presidencia. Él esperaba que su participación en la arrolladora victoria del presidente fuera reconocida con un puesto más destacado, pero algunos de sus amigos más antiguos conspiraron en su contra calificándolo de hombre enfermo, no apto para una posición ejecutiva.

El día en que volvió, lo vi entrar a casa con la falta de energía propia de un hundimiento y la inconfesada desesperación de la derrota. Poco antes le habían diagnosticado cirrosis hepática. Su hígado se cobraba revancha produciéndole temblores y despellejándole las manos.

En aquella época, en la radio se oía día y noche “Paula C”, un despecho intelectualoso de Rubén Blades. Mi papá solía asomarse a la ventana y, mirando el cerro Ávila, repetir una y otra vez el estribillo: “Oye que triste quedé cuando se fue Paula C / Vivir sin un amor no vale nada / No vale nada, tú ves”. Por esos datos supe que él también arrastraba una pena de amor. De hecho, durante un tiempo se había enredado con una mujer mucho más joven que él y menos tolerante que Nelly, que lo había echado sin contemplaciones. También había malbaratado en aguardiente el dinero que había ganado durante sus años de trabajo en el gobierno. Cuando regresó a casa, interrumpió toda actividad partidaria, salvo la publicación de artículos de opinión en el vespertino El Mundo y comentarios sobre ocultismo en la revista Cábala. Supongo que creía que apartado de las causas políticas y de cualquier aspiración de poder, lejos de cualquier militancia, podría establecer una rutina normal con su familia. Pero vivía en permanente estado de guerra contra sí mismo, cargando con la tristeza elemental que siempre lo había perseguido.

Poco a poco, dejó de ser un hombre activo, enérgico y callejero. Renunció a frecuentar los bares de Sabana Grande para quedarse bebiendo, leyendo y escribiendo en casa. A la vez, adoptaba rituales y pasatiempos paradójicos, como hacer el desayuno los domingos o jugar a las adivinanzas con las canciones de salsa y la música clásica de la radio. Hoy me parece increíble que la melancolía que se lo tragaba no fuera suficiente para derribarlo por completo y hacerlo abandonar la escritura, a la que se aferraba con celo. Consumía diariamente un litro de ron y, arropado por el vapor etílico, se sentaba frente a la máquina. Una vez que empezaba a teclear sólo tomaba las pausas que le dictaba la respiración, como si escribir poemas y artículos lo mantuviera unido al mundo por un hilo de tinta.

A veces lo sorprendía declamando sonetos que había aprendido de memoria en la juventud, murmurando fragmentos incomprensibles. Insomne, cuando ya nadie en la casa estaba despierto, se sentaba de nuevo a escribir poemas que abarcaban la hoja completa, de arriba a abajo y de un borde al otro, sin dejar el menor resquicio libre. En la mañana, me asomaba a espiar la máquina de escribir pero, por lo general, no entendía nada del soliloquio interminable que poblaba aquel montón de papel.

No he podido encontrar más que un puñado de esas páginas entre los abundantes escritos que dejó. Sin embargo, en el último año he leído muchos poemas que puso en manos de Jesús Sanoja Hernández, gracias a quien se salvaron de las mudanzas familiares que parecían más bien naufragios. La mayoría están marcados por una honda tristeza. La evocación de la muerte ya no es irónica, juguetona o reflexiva, sino inmediata: la muerte como solución al dolor de vivir. Los últimos poemas apenas si despiden algo de la luz y el sentido que le faltaron a su vida.

En agosto de 1981, tres meses antes de morir, escribió un poema amoroso dedicado a Mireya, una joven vecina. Luego de comparar a la quinceañera con la luz del día, el canto de la tarde y decir que tiene un olor a pomarrosa, cambia de tono bruscamente:

Ya ni tengo ganas de vivir.
muero, seguido por mi propia muerte.
no tengo nada, todo se convierte
en un no ser, un desistir.
No aprendo ni siquiera a convivir
con la lluvia, la noche, con lo inerte.
Pienso en mi suerte, en mi pobre suerte.
solo pienso en mi polvo, en sucumbir.

Estoy seguro de que en ese momento ya presentía su propia muerte y, a pesar de que el alcoholismo lo inutilizaba cada vez más, durante los años previos se las había arreglado para terminar “En un monte de Rubio” (Editorial Centauro, 1979) y “Doña Piedad y las flores”, una plaquette dedicada a su madre. Más adelante, escribió “Homenaje a Pablo Neruda”, un libro que permanece inédito. El título “En un monte de Rubio” alude al lugar de nacimiento de su amigo Carlos Andrés Pérez, a quién consagra el libro como una especie de biografía poética. Sólo muy recientemente se lo ha empezado a leer con independencia del contexto político en que fue escrito ya que, en verdad, la crítica de la época no le prestó atención, ni siquiera para criticarlo como un servicio al poder.

Durante los tres años que vivimos juntos, la vida fue tumultuosa para todos. En los períodos de sobriedad parecía disfrutar de cierto sosiego, a pesar de que los temblores de la abstinencia le sacudían el cuerpo. En esos raros momentos, vivíamos la ilusión de la normalidad. Se levantaba temprano, se bañaba y leía el periódico antes de sentarse a su máquina. Si tenía que salir, pasaba a recogerlo un taxi o se iba caminando, pues le encantaba recorrer distancias que, para mi imaginación, eran inabarcables. Una vez caminamos tomados de la mano hasta la Plaza Venezuela. Luego de un buen trecho nos detuvimos a comer hamburguesas en un puesto callejero. No he olvidado que al ordenar las llamó “hamburger”, con pronunciación inglesa. Después atravesamos avenidas llenas de concesionarios de autos, hasta que giramos a la altura de la calle de los hoteles. Cuando por fin llegamos a la Torre Polar de Plaza Venezuela, me dejó en el cine mientras él se sentaba a conversar con su viejo amigo, el cantante puertorriqueño Daniel Santos, que no era adicto al alcohol sino a la cocaína. Ese día vi la película “Can’t Stop the Music”, una fabulación infantilizada sobre la formación de la banda gay Village People. Recuerdo todo con gran nitidez porque fui intensamente feliz durante el paseo. Pero al salir del cine encontré a mi papá con los ojos enrojecidos y el inconfundible aliento de los tragos.

A los períodos de sobriedad y lucidez los seguían inevitables crisis alcohólicas. Como cabía esperar, aquellos eran cada vez más breves y espaciados. Había días en los que salía a la calle sobrio y, un par de horas más tarde, un taxi lo dejaba en la puerta del edificio hecho un guiñapo. Varias veces cayó allí sin poder levantarse. Vivíamos en un primer piso, de modo que yo miraba todo escondido tras la ventana, con un escalofrío de vergüenza que venía acompañado por el deseo malsano de que el hombre tirado en el suelo no fuera mi padre. Los vecinos no sabían cómo reaccionar y yo me sentía incapaz de enfrentarme a ese espectáculo. Sin embargo, como no había nadie más en casa, bajaba a recogerlo y lo ayudaba a acostarse en el sofá.

Vivir con alguien encadenado a la melancolía y el dolor estuvo a punto de hacer perder la cordura a mi mamá. Cuando mi papá era atrapado por trances de delirium tremens, se desataban en casa situaciones descabelladas. Más de una vez lo vi sostener conversaciones simultáneas con grupos de amigos invisibles. Arreglaba como podía los muebles de la sala. Los invitaba a sentarse y, en una esquina del semicírculo, disertaba sobre política y filosofía, sobre el amor, la música, las noticias. En uno de esos delirios obligó a mi mamá a servir café a los seis miembros de su cenáculo. Ella, de hecho, vertió café en las seis tazas y las colocó con gran ceremonia donde se hallaban los amigos imaginarios. En otras ocasiones nos conminaba a mí o a alguno de mis hermanos a sentarnos en la sala para seguir con atención lo que esos fantasmas tuvieran que decirnos. Había duendes recurrentes, que aparecían para aliviar el desamparo en el que vivió desde su niñez. Uno de ellos, tal vez la más comprensiva de sus sombras, era el señor Angelo, un notario de modales corteses que llegaba sin anunciarse para consolar los desvelos del poeta con su sabiduría de otro mundo.

La única hospitalización que pareció curarlo de veras ocurrió a mediados de 1980, en el Hospital Clínico Universitario. Salió de ella renovado y casi brioso. Durante ese período comenzó a decir que estaba escribiendo otro libro de poemas. “Se llama ‘Los secretos del jabón azul’ y es sobre los arcanos de Hermes, el tres veces grande, quien anunció el cristianismo y escribió la ‘Tabla Esmeralda’”, afirmaba, rotundo y con teatral grandilocuencia. Nunca encontré ese libro entre sus papeles, salvo una mención aislada en otro poema, y una carpeta rotulada “Los secretos del jabón azul” que estaba vacía.

Aunque José Agustín Catalá, su fiel amigo y editor, aún se lamenta por haberle hecho más fácil la tarea de destruirse prestándole un apartamento para escribir fuera de casa, no es del todo exacto que se encerrara allí sólo para beber. El 24 de abril de 1980 entregó en Monte Ávila Editores un libro inédito titulado “Poemas”. Este manuscrito desapareció en el laberinto de archivos muertos de esa editorial. Pero también escribió su “Homenaje a Neruda”, ciento veinte folios de un desmesurado poema en el que la voz poética conversa con Neruda, llamándolo por su nombre o “el hondero entusiasta”. Allí mi padre mezcla referencias de la vida y obra del poeta chileno con la suya propia. Largos pasajes cabalgan hacia la incoherencia y, aunque siempre retoma el nombre de Neruda, por momentos refiere episodios y anécdotas políticas de sus años militantes, mencionando tanto a sus amigos como a sus adversarios y torturadores.

Es imposible precisar cuándo comenzó a beber de nuevo, pero debe haber sido a mediados de aquel año, poco después de enterarse de que un cáncer de pulmón devoraba a su hermano Ludgerio. Jesús Sanoja Hernádez escribió que cuando mi padre le entregó los originales de “Homenaje a Neruda”, cargaba “la muerte pintada en el rostro y metida en el alma”. Eso debe haber sido en septiembre u octubre de 1981.

Algunas semanas antes del día en que murió fueron a entrevistarlo unos periodistas del suplemento cultural “Papel Literario”, del periódico El Nacional. Sus respuestas fueron tan absurdas que nunca pudieron publicar el artículo. El fotógrafo Vasco Szinetar le hizo varios retratos esa mañana. Muestran a un hombre envejecido que aparenta al menos 20 años más de los 53 que tenía. A fines de septiembre llegó la noticia de la muerte de Rómulo Betancourt en Nueva York que lo hizo murmurar durante días, como si hubiese muerto un familiar muy cercano. A principios de octubre murió Ludgerio.

Mi papá no paraba de beber. Tenía las manos desconchadas por las cirrosis, estaba flaco y la cabeza se le había vuelto completamente blanca. Desde su habitación, que permanecía casi todo el día con la persiana baja, se filtraba un fuerte olor a bilis y alcohol. Sin embargo, entre nosotros la relación seguía estando llena de ternura.

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Venezuela a tres voces

Publicado: 23 diciembre 2015 en Pablo Campaña
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Amanda prefiere una foto en primer plano. Una imagen que muestre su rostro sereno, su poblada cabellera y su vanidad envejecida. No quiere que se vea el banquito azul donde se sienta a diario, ni los caramelos, ni los cigarrillos ni los teléfonos de alquiler. Su pequeño negocio –una caja de cartón que le sirve de mesa- está en la entrada de una estación del metro, en el este de Caracas.

Amanda quiere esa foto como una especie derecho a la réplica. Hace doce años, durante el golpe de estado contra el ex presidente Hugo Chávez, una imagen infame circuló en los periódicos internacionales. Afectada por el gas lacrimógeno, delgadita como es ella, aparecía llorando, enrojecida, asistida por la multitud; “como un pajarito mojado”, dice.

Pero en el 2002, esta mujer fue una de las que defendió a Chávez. Antes de él, había “mucha crueldad con los pobres”, recuerda. Ella vivía en una zona periférica de Caracas. La dueña de casa exigió un drástico aumento de arriendo y no pudo pagarlo. Al poco tiempo, el juez ordenó el desalojo. Amanda y sus dos hijos pequeños quedaron en la calle. Pero luego, con Chávez al mando, los dueños de casa ya no podían abusar de la renta ni los jueces se atrevían a mandar a las familias a la calle injustamente; sabían que los observaban.

Ella todavía respalda al chavismo porque siente un profundo agradecimiento. Me muestra sus ojos y no hay cataratas; me comenta que la operación fue gratuita. Aunque nunca estuvo afiliada al seguro social porque es buhonera (vendedora ambulante), el Gobierno la reconoce como trabajadora, por eso ahora –con más de sesenta y cinco años- tiene derecho a una pensión.

—Antes de Chávez no había eso, ¿me entiende?
—Entiendo -respondo, mientras le pido el teléfono para llamar a Luisa-.

Amanda me mira a los ojos y dice:

—Pero cuidado que sea usted uno de esos periodistas sapos que vienen a hablar mal de Chávez. ¿Me oyó?

Me río y pienso que Chávez ya está muerto. Cuadro un encuentro con Luisa para el siguiente día.

***

A Luisa la reconozco por la foto que tiene en su correo electrónico. Todavía parece una estudiante universitaria, pese a que ya supera los treinta y cinco. Está de visita en Caracas, donde nació y vivió hasta hace un par de años. Nos reunimos en un restaurante cerca del Museo de Bellas Artes de Caracas. Se entusiasma cuando le pregunto si participó en los eventos del 2002. Ella no vio los sucesos por televisión, los vivió y los tiene frescos en su memoria.

En los primeros días de abril, el ambiente era tenso porque existían rumores de un golpe de Estado, se anunció un paro de trabajadores y los medios de comunicación aupaban la protesta contra el régimen. El once de abril, una concentración abrumadora de la oposición se dirigió del este al centro de Caracas, núcleo del poder político de Venezuela, donde se ubica el Palacio de Miraflores. En ese lugar, entretanto, estaba un grupo menor de partidarios de Chávez. La jornada tomó un aire de confrontación.

Luisa recibió el llamado de sus compañeros militantes y se dirigió al centro. En el vagón del metro reconoció a las fervorosas “masas escuálidas” (así se refería Chávez a la oposición) por las consignas que proferían, mientras ella mantenía discreción. Luisa sabía que la tensa convivencia subterránea explotaría cuando ambos grupos se encontraran en la superficie.

“Eran como dos trenes a toda velocidad. La tensión era brutal, pero la adrenalina también. La gente en plan épico decía: ‘¡Aquí estoy!’. Llegabas al centro y mujeres desconocidas te pintaban como india, con un maquillaje indígena, con pinturas de labios, simbolizando a las guerreras”, relata en referencia al grupo de chavistas dispuestos a impedir el golpe de Estado. Luisa agita sus manos y habla cada vez más rápido. El plato de comida que le ha pasado la mesera sigue intacto. El mío, también.

Cuando las agrupaciones chavista y opositoras se encontraron, a cada lado del puente Llaguno, cerca de Miraflores, se desencadenaron disparos que dejaron decenas de muertos. Luisa recuerda el sentimiento de confusión que la dominó: “ver pasar muertos, muertos, muertos, muertos, al lado de ti, así con la cabeza hecha polvo”. Tras el fúnebre silencio de la balacera se encendió una pantalla gigante en la que apareció Hugo Chávez. Con voz calma dijo que nadie se preocupara porque todo estaba bajo control.

La gente se marchó en medio de la confusión y el miedo. Luisa tuvo hambre, así que fue a una de las tantas pollerías caraqueñas. Todavía consternada, mientras comía, el televisor del restaurante mostraba la noticia: Hugo Chávez Frías había salido del poder, el golpe de Estado se había confirmado.

Ese día, Luisa, como muchos chavistas, entró en desesperación, no sólo había caído el régimen de izquierda, sino que sentía que pronto comenzaría la persecución.  Se reunió con otros militantes en casa de sus padres, en un barrio del este de Caracas -donde era menos probable que la policía irrumpiera- y simularon una fiesta. Ante el temor de ser detenidos por su militancia discutieron sobre cómo escapar y si era necesario pedir asilo en una Embajada.  Ese doce de abril, mientras la oposición celebraba y ciertos chavistas buscaban huir, el chavismo de base comenzó a movilizarse.

El trece de abril en la mañana, Luisa caminaba en la zona cercana al fuerte militar Tiuna. En ese lugar, pequeños grupos se manifestaban en contra del golpe. Las motocicletas iban y venían con proclamas chavistas. Por la tarde, gente del interior del país y de la periferia de Caracas llegó en buses repletos para exigir que le devolvieran a su presidente, el ambiente se caldeaba dentro y fuera de la ciudad. La gente pedía que se respetase su voto y la Constitución, o simplemente decía “yo amo a Chávez, yo estoy aquí por Chávez”.

Paulatinamente, el rumor de que lo habían liberado invadía el ambiente. A Luisa se le escapan lágrimas al recordarlo: “La gente decía: ‘viene en helicóptero’. No sé qué cosa, cualquier locura. La gente se abrazaba y se besaba, nos besamos así en las calles, era muy hermoso, muy fuerte, muy bello. Eso fue desde las diez de la mañana y Chávez llegó a Miraflores como a la una de la madrugada, en plan video Pink Floyd, en helicóptero. Y la gente llorando. Fueron tres días muy fuertes”.

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Dialogué con Rafael a quien conocí por su trabajo sobre la situación de derechos humanos en Venezuela y también por su libro ‘Venezuela: la revolución como espectáculo’. Mientras charlábamos en un restaurante, relató su participación como reportero el once de abril para el periódico universitario Letras. A la mañana siguiente, llegó a la sala de redacción con ímpetu. Se desconcertó al ver un ambiente tan relajado entre sus compañeros. Ellos disfrutaban de las cervezas que el dueño del periódico les ofreció para celebrar la caída de Chávez. Han pasado doce años, ahora ese empresario es embajador en un país asiático del actual gobierno de Nicolás Maduro. “El ‘proceso bolivariano’ tiene mucho de eso, de gente que dice que es chavista, pero que en el fondo se acomoda”, comenta Rafael con ironía.

El trece de abril del 2002, Chávez volvió, Amanda celebró, Luisa vitoreó y Rafael observó parcamente a la distancia.

Después del golpe fallido, el ambiente en Venezuela se tensionó. Ambos lados reivindicaban sus muertos y la oposición decidió llevar luto por los suyos. Escoger el negro o el rojo para vestir ya no eran opciones estéticas, sino políticas. Cuando caminaba por la calle, Rafael, un roquero que tiene cincuenta camisetas negras en el armario, recibía ataques verbales, empujones y agresiones por ser supuestamente de oposición.

Rafael tiende a hablar en números: entre el 2002 y el 2004 perdió alrededor del setenta por ciento de sus amigos. La mayoría de ellos lo acusó de no ser verdaderamente de izquierda porque no apoyaba al gobierno de Chávez. En realidad, Rafael siempre se ha considerado anarquista.

En ese momento de soledad, Rafael empezó a frecuentarse con gente mayor. Conoció a Domingo Alberto Rangel, un reconocido y entonces ochentero marxista venezolano, con quien cada semana tomaba un café en Sabana Grande. Hablaban de política, pero también de películas, o de cualquier cosa, espantaban la soledad, eran amigos. También con Simón Sáez Mérida, un militante de izquierda que resistió a la dictadura venezolana en los cincuenta, fue diputado nacional, armó una insurrección armada, sobrevivió a ataques aéreos, pasó cinco años en prisión y fue siempre un agitador social.  Cuando se conocieron, Simón se recuperaba del atropellamiento de un auto, era un hombre de más de setenta años que tenía la vitalidad suficiente como para espantar el pesimismo de Rafael.

La amistad con Simón duró poco.  En el 2005, mientras conducía, unos desconocidos intentaron robar su auto, le arrojaron un trozo de hierro que atravesó el vidrio e impactó su mandíbula. Semanas después falleció. Rafael cuenta que en ese momento sintió más “bronca contra el país, lo que era, lo que somos”.  Su otro amigo, Domingo Rangel, murió en el 2012.

Rafael no fue el único que perdió a sus amigos en esta época. Amanda se disgustó con una compañera colombiana que traía productos de contrabando desde su país y los vendía más caros en Caracas. A pesar de que recibía los beneficios sociales del gobierno bolivariano consideraba que Chávez era “una bestia”. Amanda, una chavista de corazón, no lo podía resistir. Su amiga mostraba una la falta de gratitud con Venezuela y eso las alejó para siempre.

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Para el 2006, el chavismo dominaba el país. Se había hecho una limpieza de la oposición en las Fuerzas Armadas y en la empresa estatal de petróleos. Chávez había ganado abrumadoramente las elecciones regionales del 2004, obteniendo diecinueve de las veintidós gobernaciones, y tenía control de varios medios de comunicación. En ese mismo año se creó el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y la movilización social se transformó: las marchas tenían menor participación de sectores populares y mayor presencia de funcionarios públicos, uniformados de rojo, color que identifica al chavismo venezolano.

En el 2009, Luisa aceptó un importante cargo al frente de una institución pública que requería ser saneada. Tomó impulso para frenar la corrupción y el nepotismo pero se estrelló. Muchos trabajadores se pusieron en su contra porque nadie quería que despidieran a su familia. En ese ambiente, su intento de regularizar contratos se interpretó como un atentado contra la estabilidad laboral. También quiso hacer un registro para detener el abuso de bienes públicos pero encontró resistencia, incluso entre amigos chavistas, con quienes había militado desde la juventud; ellos también estaban envueltos en prácticas de corrupción.

Aparecieron panfletos y fanzines de izquierda que la acusaban de explotar a los trabajadores. En el baño de la oficina encontraba hojas volantes que la atacaban por ser lesbiana y la amenazaban con caerla a tiros.  Después su nombre salió en la prensa porque iba a ser investigada por el manejo de los recursos de la institución.

Hubiera sido distinto, reflexiona Luisa, si hubiese tenido algún padrino o sido miembro del PSUV, pero sólo era una pieza prescindible. Cuando salió de su cargo, no sólo se quedó sin trabajo, también perdió a la mitad de sus amigos. Lo más importante: el concepto que Luisa tenía de sí misma había sido trastocado. Ella, que había trabajado como militante de izquierda, ahora era tachada por ser corrupta y explotadora de los trabajadores. “Es como que borraron mi historia, o la echaron como un balde de mierda, directamente”.

Luisa fue una niña que levantaba a su padre para ir a la escuela cuando se quedaba dormido. Trepaba los árboles y paredes de una urbanización caraqueña, una niña semisalvaje, dice ella. En su juventud, con sus amigas, formaban un clan de mujeres que catalizaban su vida con el montañismo, el amor, el sexo, y también, la política. La misma Luisa que en el 2002 se sentía parte de la historia, defendía su ideología con los riesgos que viniesen, después de salir de ese cargo público quedó abatida.

El descontento de la gente en Caracas es claro. Hay una inflación superior al cincuenta por ciento y desabastecimiento de productos de uso diario como café o harina para las arepas. Si uno de esos alimentos llega al supermercado, la gente debe hacer largas filas para pagar, pues todos quieren comprarlos para su reserva.

Es esa crisis económica lo que, en palabas de Rafael, hace que muchos chavistas sean críticos de la situación política actual; se genera una “despolarización desde abajo”.  El escenario es distinto al del 2002. Tienen un componente importante de jóvenes. A diferencia de movimientos juveniles del pasado, los grupos actuales no “van a marchar con una camisa del Che Guevara, ni es su referente la revolución cubana”, símbolos del orden político que los oprime. Pero eso tampoco los hace derechistas que buscan un golpe de estado. Los jóvenes que protestan son parte de un grupo cada vez más amplio que no está ni con el chavismo, ni la oposición radical.

En cambio Luisa ve el escenario de otra manera. Dice que poca gente se atreve a opinar diferente al Gobierno. Ahora ella vive fuera de Venezuela, pero al visitar a sus familiares siente una distancia insalvable, porque son fervientes chavistas. Lo insoportable, opina Luisa, no es tanto el Gobierno, sino el ambiente en el que todos se alinean con la opinión oficial, el chavismo se traga todo.

La obediencia al régimen se internaliza. Amanda me comentó que no sabía si podría continuar vendiendo caramelos donde lo ha hecho por diez años en el ingreso a la estación del metro, que a su vez, está junto al edificio principal de la empresa de petróleo del gobierno. Los funcionarios le han dicho que su presencia daña la imagen de la institución y le han pedido que se retire. La firmeza de Amanda se repliega y se limita a decir: “tienen razón”. Como dice Luisa, a veces el chavismo sí se traga todo.

Pese a que Hugo Chávez falleció el cinco de marzo de 2013, Amanda no deja de evocarlo.  Ahora confía en Maduro, igual que lo hizo su líder al dejarle el poder. Aunque cuando le pregunto si los dos son iguales, Amanda aprieta sus labios y niega con la cabeza.

Que a Maduro le resulta imposible ocupar el lugar de Chávez es una verdad en la que todo el mundo está de acuerdo. “Toda segunda parte es mala”, me dice un taxista caraqueño. En los ambientes de izquierda se dice que lo importante es que continúe el proceso bolivariano. En los países latinoamericanos donde gobierna la izquierda, los militantes pueden tener diferencias coyunturales pero siempre respaldan “el proceso”. Por eso miro con fatalidad a Luisa, tan cercana al chavismo durante tanto tiempo:

—¿El proceso bolivariano’ tiene algún significado para ti? –pregunto.
—Me resuena como algo que no fue. Entonces ‘el proceso’ ya no me suena a nada en lo que apueste, como con tristeza, como con nostalgia, o con la sensación de quién sabe cuándo va a haber otra oportunidad. Pero ya sé, estoy segura de que esto no se va a revertir.

Ahora Luisa está enfocada en comenzar desde cero en el país europeo donde ha decidido vivir. Allá no hay chavismo que lo trague todo, ni tanto machismo. En la escuela a la que iba su hija en Caracas era imposible que dijera que tiene dos madres y todo el tiempo la disciplinaban para que fuera ‘una niña linda’. El mandato de belleza en Venezuela aplasta otras posibilidades.

Temblé cuando Luisa me compartió sus escritos personales, aquellos que se hacen pensando en que sólo uno va a leerlos. Esas líneas dan testimonio de que después de la experiencia en esa institución pública pudo dejar de lado amores ficticios, amistades superfluos y poses sociales, quedándose sólo con los afectos reales e indispensables, entre los que brilla su hija. Luisa ha recorrido un áspero sendero hacia sí misma. “Dentro de todas las derrotas, hay algo en mí (o de nosotras) que salió ganando. Algo que, tiene que ver con el amor, con la dignidad, y con el valor de no doblegarse. Algo que me vuelve, hoy en día, absolutamente poderosa”, concluye Luisa.

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Desciendo al metro de Caracas. Los parlantes anuncian que la parada de Altamira está fuera de uso comercial. Sobre esa parada, en la plaza del mismo nombre, el sudor de policías y protestantes se derrama mientras intercambian piedras y gases lacrimógenos por encima de escudos y barricadas.

Rafael sigue a la misma velocidad estos acontecimientos.  Desde la organización de derechos humanos en la que trabaja -PROVEA (Programa Venezolano de Educación Acción en Derechos Humanos)- investiga la represión a las protestas que iniciaron en febrero de este año en el marco de la crisis económica. Según el Boletín Internacional de la organización, entre el doce de febrero y el doce marzo del 2014 existieron mil trecientas personas detenidas, de las cuales treintaitrés quedaron privadas de la libertad; veinticuatro fueron asesinadas en las protestas; y se registraron cincuenta y seis denuncias de tortura.

Rafael, sociólogo y periodista, opina que “pese a lo alarmante de las cifras, en Venezuela no habrá un golpe de Estado”. Él cree que el chavismo estará obligado a abrir canales de diálogo, pero no va a perder su base social. Este contexto de protesta nutre una zona intermedia entre el chavismo y la oposición. “Se abre un espacio de personas y movimientos con pensamiento político propio que hacen que este sea el momento político más interesante en estos quince años”, se entusiasma Rafael que ya no se siente sólo. Esto no significa que el chavismo salga del poder, esa es una expectativa ingenua que cierta parte de la oposición tiene, “o sea, a corto y mediano plazo, el chavismo, o los chavismos, van a protagonizar la vida política de este país ¡Te guste o no te guste!”.

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En la última conversación que tuve con Amanda, ella seguía en su banquito, vestida con su mandil blanco, vendiendo caramelos. Se impacientaba con cada cliente que no marcaba bien el número en el celular o le reclamaba por el precio de las llamadas. Un miembro de la guardia nacional se paró frente a nosotros con gran aplomo, como si no fuera de tierra sino que la tierra naciera de él.

—¿Tiene café? Aunque sea de contrabando –exclamó el policía.
—Lo único que tengo de contrabando es un arma para disparar a los cuatro escuálidos que están liderando la oposición –respondió Amanda-.

Nadie rió.

En el apartamento hay varios ventanales, y por los ventanales se cuela un chorro de luz clara. Está en el piso 18 de un edificio cercano a Plaza Venezuela, en el centro de Caracas, la capital del país. Desde aquí, el caos de la ciudad es la escena de una película muda: se ve la gente caminando con prisa, los vendedores ambulantes perseguidos por policías, el tráfico. Esta vivienda no es grande, pero sí espaciosa. Las paredes en blanco, los muebles en blanco, los cojines en blanco y negro. Están el coche, los juguetes de un niño de meses, el árbol de Navidad. Y tatuado en una pared, un verso de Andrés Eloy Blanco, como una elocuente declaración de principios: “Es haber amanecido sin habernos explicado/como sin haber dormido pudimos haber soñado/ Todo eso es querer y amar/ Y amar es más todavía/ porque amar es la alegría de crearse y crear”. —Ya te atiendo. La mujer, Migdely Miranda Rondón, viuda de Giniveth Soto –sobrina del diputado al parlamento por el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela, Fernando Soto Rojas– está despeinada, en chanqueltas, con un bebé –que llora, se calla, vuelve a llorar, se vuelve a callar; se duerme– en sus brazos. —Mírame, estoy como una loca. Desde que mi esposa murió ando en una corredera. Ella se encargaba de todo. ¿Verdad, hijo? ¿Verdad que esa mamá nos hace mucha falta? El niño llora.

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La madrugada del sábado 13 de diciembre pasado mataron a Giniveth Soto de un tiro en la cabeza, cuando intentaron robarle el Volkswagen con el que trabajaba como taxista. Por el vínculo con el parlamentario chavista, el crimen puso sobre el tapete –de nuevo– el tema de la inseguridad. Y desató –también de nuevo– las quejas de la comunidad de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (Lgtb) por la falta de amparo legal: como aquí no está protegido el matrimonio entre personas del mismo sexo, Salvador Gabriel, de cuatro meses de edad, quedó desprotegido, en un limbo jurídico.

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Giniveth Soto y Migdely Miranda –psicólogas, 32 años la primera, 31 la segunda– se conocieron en mayo de 2012 trabajando juntas. Se hicieron novias de inmediato, y en junio de 2013 se casaron. Para eso viajaron a Rosario (Argentina). Allá, desde 2012, las parejas del mismo sexo, extranjeras, pueden contraer nupcias. Luego, regresaron a Caracas con el plan de ser madres. —Decidimos que fuera de las dos. La forma que encontraron para la procreación conjunta fue la fertilización in vitro: que un óvulo de Giniveth, (fecundado con ayuda de un banco de semen) fuera gestado por Migdely. El costo del procedimiento rondó los 150 mil bolívares. Hicieron rifas, juntaron sus sueldos, le pidieron ayudas al gobierno (en un documento consta que el Ministerio de Comunas les tramitó un aporte de 45 mil bolívares). Conscientes del desamparo legal que arropaba a su unión en Venezuela, decidieron que el niño naciera en Argentina, para que tuviera los apellidos de ambas. Y así fue: el pequeño se llama Salvador Gabriel Soto Miranda. —Nos fuimos a Argentina como estudiantes. Pero Cadivi (el órgano que entonces se encargaba de la adjudicación de divisas en el país a personas naturales y jurídicas, en el marco del control de cambio que impera en Venezuela desde 2003) no nos dio los dólares completos. Por eso hasta hambre pasamos. Pero mucha gente nos ayudó. Fue un esfuerzo que hicismos… El niño llora, desesperado. —Ya va. Déjame darle pecho a ver.

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Giniveth Soto y Migdely Miranda intentaron varias veces que su familia existiera (legalmente) en Venezuela. Al llegar al país, luego de las nupcias, pidieron que el Registro Civil (RC) introdujera su acta de matrimonio en los archivos, para que la unión fuera válida en el país. Se lo negaron, porque –les dijeron– Venezuela solo pueden casarse un hombre y una mujer. La respuesta escrita –que solicitaron y les llegó meses más tarde– está firmada por el director del RC, Alejandro Herrera, y dice: “El acto nupcial analizado no se corresponde con el ordenamiento jurídico venezolano (…)”. No es la primera vez que dan esa negativa. Tamara Adrián, abogada, transexual, defensora de los derechos Lgbt, ha acompañado a seis parejas en ese trámite, y no ha logrado nada. Ha gestionado casos en el exterior (en los consulados correspondientes), y nada. Si bien en Venezuela las parejas homosexuales no pueden contraer nupcias, la Constitución no prohíbe el registro de esas uniones realizadas fuera del país. Y de acuerdo con un dictamen del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), de 2008, no existe un impedimento explícito para el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Solo que la AN debería legislar para que sea posible. Pero no lo ha hecho. Eso para Adrián es un signo claro del atraso del Estado Venezolano: “Las constituciones de Colombia y Brasil, por ejemplo, dicen también que el matrimonio es entre hombre y mujer. Y los máximos tribunales de esos países interpretaron que eso implicaba una discriminación. Aquí el TSJ dijo lo contrario”. —Ya el niño dejó de llorar. ¿Se durmió? Cuando solicitamos que introdujeran en los archivos la partida de nacimiento del niño, para que tuviera la nacionalidad venezolana, ocurrió lo mismo. Él es Soto Miranda, pero aquí no lo quisieron registrar, porque el formato dice: “papá” y “mamá”. Hasta nos insinuaron que lo registrara una sola. ¿Entonces para qué me fui a parir a Argentina, para que él tuviera sus dos apellidos?

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Carlos Trapani es abogado, especialista en derechos del niño, asesor de Cecodap –ONG que defiende y promueve los derechos de niños y adolescentes desde hace más de 20 años– e investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Católica Andrés Bello. No conoce un caso similar: “Si su madre es de aquí, le corresponde la nacionalidad al bebé (…) No importa como sea la familia: una mamá no tiene ni más ni menos derechos porque su pareja sea del mismo sexo”.

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—Ahorita viene un abogado amigo mío a ver cómo me puede ayudar. Él tampoco tiene muy claro el asunto. Se lo voy a volver a contar todo. Aunque te digo: a veces a uno se le quitan las ganas de luchar. Este apartamento era de ella. Lo compró porque ella quería tener una familia, y vivíamos aquí. Todo esto es muy fuerte. El caso es más complejo: en Venezuela la familia Soto-Miranda no existe. Y con el asesinato de Giniveth todo se complicó: como no son esposas están las interrogantes: ¿Quién hereda el apartamento? ¿Y el carro, que también era de Giniveth? ¿Y el bebé argentino? ¿Quién es la madre? (Porque aquí, en Venezuela, legalmente, solo puede haber una mamá). —No es tan sencillo que yo diga: “La madre es mi esposa” o “la madre soy yo”. Te lo digo: no es sencillo. Hay dos opciones. Si el pequeño queda registrado como hijo de la fallecida, sus abuelos podrían quitárselo a Migdely, pero la casa y el carro (de Giniveth) le quedarían al niño. Si se reconociera el matrimonio, a Migdely le correspondería la mitad de los bienes. (“Pero mi caso no se ha discutido, al niño lo ampara la ley, a mí no: es como si no existiera”). En caso de que Migdely lo presente como suyo, no se le reconocería el vínculo con Giniveth (su mamá biológica, porque fue la que aportó el óvulo). Y el niño no podría heredar. Cuando fui a la morgue, quería entrar yo a reconocer el cadáver. Pero como no tengo su apellido no me dejaron, y pasó un familiar de ella. Yo no sé cómo van las averiguaciones para saber quién la mato. Esto ha sido una pesadilla.

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Después del fallecimiento de Giniveth, el colectivo Lgbt protestó frente a la AN. Y luego Migdely estuvo en una mesa de trabajo, en las que estuvieron la rectora del CNE, Sandra Oblitas; representantes del Consejo de Protección de los Derechos de los Niños, del Ministerio de la Mujer, del Registro Principal, de la Defensoría del Pueblo, de la ONG Venezuela Igualitaria. Trataron de resolver el acertijo, y no llegaron a nada. Al final, le pidieron a Migdely que consigne pruebas de que ella fue la que dio a luz. —¿Esas pruebas para qué? —No sé. Quizá para que yo quede como la madre, porque según la ley, en Venezuela la madre es la que pare. Me darían una partida de nacimiento en la que el niño aparecerá con mis apellidos. Quizá luego comprueben, con análisis de ADN, que él es hijo de Gini. Aquí tampoco se ha legislado sobre la maternidad sustituta. En este caso las dos quieren figurar como madres. Pero generalmente, quienes recurren a un vientre “prestado” para dejar descendencia, no desean que la madre “de alquiler” tenga derechos sobre el niño. En 2014, una pareja que procreó bajo esa modalidad pidió a un tribunal que el bebé llevara el apellido de la madre biológica, no –como estaba en la partida de nacimiento– de quien lo dio a luz. El tribunal lo declaró con lugar. Pero en el caso Soto-Miranda todo es diferente: las dos querían figurar como madres, y ahora una está muerta.

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Giovanni Piermattei, de Venezuela Igualitaria, estuvo en las mesas de trabajo. Dice: “Uno especula que darán un documento diciendo que Miranda es la madre, aclarando que el niño tiene dos mamás. No creo que lo registren con sus apellidos, aunque pudieran”.

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El análisis de Tamara Adrián es este: “El interés superior del niño debe prevalecer. La Convención Internacional de los Derechos del Niño lo protege. No se trata del matrimonio igualitario, sino de los derechos del niño. No le pueden quitar los derechos que él tiene en su país de origen”.

***

—Somos chavistas y maduristas –proclama Migdely– Se debe apoyar al más débil, que durante muchos años estuvo oprimido.. Y nosotros sabemos que dependemos de la AN. En enero de 2013 se introdujo en el Parlamento un proyecto de ley de matrimonio igualitario, respaldado por 20 mil firmas. La Constitución obligaba a discutirlo en el período legislativo que terminó en diciembre pasado. No lo hizo. De estar vigente esa ley, el camino en el caso Soto-Miranda no sería un laberinto. —No se ha discutido porque creen que somos minoría. No todo el mundo dice que es gay. Pero somos muchos, somos muchos. —¿Has pensado en irte del país? —Pienso en la familia de Gini, que está encariñada con el niño. Pero no lo descarto.

***

Adrián estima que 150 parejas venezolanas homosexuales se han casado en el exterior. Son muchas más las que conviven sin matrimonio: en 2012 los datos preliminares del censo de 2011 revelaron que había entre 4 mil y 6 mil familias homoparentales. En julio se publicó la data definitiva del censo. La cifra de familias homosexuales no apareció. Quinteria Franco, de la ONG Unión Afirmativa, la solicitó en el INE: “No fueron suficientemente significativos para generar estadísticas”, le respondieron. Uno puede concluir que hay una homofobia de Estado”, opina Adrián. Nosotras hicimos todo esto para que se visibilice este problema de exclusión. Ojalá haya valido la pena, ojalá –dice Migdely.

La tierra se había vuelto oscura de tanto chupar combustible. Los árboles del patio seguían en pie, pero sus ramas se habían secado. Un olor penetrante flotaba en el aire. Junto a la casa, cuatro muchachos descamisados cargaban tanques en un camión. No había extinguidores; nadie usaba guantes ni botas ni overol. Solo un par de cuerdas y sus músculos tensos los ayudaban en la faena.

Chano, el conductor, sentado muy cerca con su barriga comba, le hablaba al ayudante, un wayuu también joven de pelo liso.

—¿Por dónde nos vamos?
—Dicen que por la Sierra.

En sus viajes semanales desde Maracaibo, en el occidente de Venezuela, hacia la frontera colombiana, Chano ha transitado rutas secundarias y trochas polvorientas, pero desconoce esta. Jamás ha cruzado la Sierra de Perijá, una zona boscosa que comunica ambos países.

—¿Muy empinao por ahí?
—Algo —dijo el guajiro—. Hay una subida pará, pero es una sola. Si pasamos esa, tamos listos.
—¿Y este carro sube?
—Sube, pero hay que sabelo llevá. Por ahí se vino Ramiro hace poco.
—¿Se vino con to y carro?
—Él se tiró. Se alcanzó a tirar, pero el carro sí se perdió con la carga.

Chano movió la cabeza, como negándose a ese destino. Miró el camión unos segundos, en silencio, antes de dar la orden.

—Revísale bien los frenos, que si fallan otra vez, nos jodimos.

El camión de Chano es un viejo Dodge modelo 79; tiene la carrocería picada y le chillan los amortiguadores, pero el motor funciona al pelo. Chano confía y siempre lo carga con 28 tanques llenos de combustible: unas seis toneladas. Aquella noche los caleteros amarraron toda la carga y Chano llevó el carro a un terreno baldío frente a la caleta. Las luces de las casas iluminaban la vía, y el trajín de los contrabandistas agitaba el barrio cerca de la medianoche. Solo esperábamos la orden de salida.

Hacia el noroccidente de Maracaibo, en las parroquias más grandes y más pobres, hay centenares de casas donde almacenan y distribuyen el combustible. Constantemente reciben a los surtidores ilegales, tipos que compran gasolina y diésel en las estaciones de servicio y le pagan al despachador el doble de lo que compran, para luego vender la carga en las caletas. Desde esos barrios, donde la policía patrulla poco o nada, es muy fácil acceder a las vías que conducen hacia Colombia.

A medianoche pasó un flaco y convocó a una reunión donde la patrona. Era una india de manta rosada, que llevaba dos Blackberry en la mano, un collar y varios anillos de oro. A su alrededor giraban otras mujeres, también encargadas del negocio. Los conductores, obedientes, formaron un corro esperando instrucciones. La jefa habló:

—Los que van sin lona se tiran por la Sierra. Los otros, por el tubo.

Chano respiró aliviado mientras cada cual buscaba su carro. Desde varias callejuelas salieron camiones cargados que rugían con la aceleración. Uno a uno se fueron formando, hasta crear una fila de 20 que avanzó por una vía destapada. En 15 minutos alcanzamos un punto de acceso a una carretera. Y allí, junto a la vía, nos esperaban un soldado de la Guardia Nacional y un policía, que controlaban el acceso como fiscales de tránsito. Por la carretera pasaba a altísima velocidad una caravana con camiones que pude contar: eran más de 80. Esperamos unos minutos mientras el largo tren del contrabando fluía. Entonces nos sumamos.

La gasolina en Venezuela se vende un 312 % por debajo de su costo de producción. Muchos expertos petroleros están en contra del costoso subsidio, y uno de ellos, José Toro Hardy, exmiembro del directorio de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), calcula que el Estado dedica 12.000 millones de dólares anuales a proveer el combustible más barato del mundo. El litro de gasolina venezolana cuesta 0,03 dólares, mientras Colombia la vende en más de un dólar. En ese margen está la ganancia fabulosa que sostiene el contrabando.

La sangría ilegal exporta unos 30.000 barriles diarios (a 159 litros por barril), según datos oficiales. Pero todos los expertos aseguran que la cifra es mayor. El costo de esta fuga para el Estado venezolano ronda los 500 millones de dólares cada año.

Hoy el país con las mayores reservas de crudo importa gasolina en grandes cantidades: según la Administración de Información de Energía de los Estados Unidos, ese país vendió a Venezuela durante 2013 un promedio de 3,3 millones de litros de gasolina cada día, y a esto se suma otro poco que se compra a México y Brasil. Pdvsa compra el barril en unos 115 dólares; después, lo subsidia y prácticamente lo regala a sus consumidores, pues solo recupera un 2 % del dinero invertido. El volumen importado, que cubre un 6 % del consumo diario en el mercado venezolano, podría representar solo la mitad de lo que se va con el contrabando hacia Colombia.

En la punta de la caravana viaja siempre la mosca: un automóvil donde van las indias encargadas de negociar con la ley. Cuando llegamos a Cuatro Bocas, una alcabala de la Guardia Nacional, tres soldados se dedicaron a pasar revista cabina por cabina. Al llegar a la nuestra, Chano dijo un nombre:

—Estrella.

Y eso fue todo. Los choferes pronunciaban el nombre de alguna mujer, la delegada que transa con los oficiales. Todas son wayuu, la etnia que ha poblado La Guajira durante siglos y que todavía hoy controla los negocios en toda la zona binacional. Estrella, Mariela, la China… Los soldados anotaban en pequeñas libretas para llevar el control de lo que dejaban pasar. Así, más tarde, se sentarían con ellas a concretar la transacción: tantos camiones, tanto dinero que cada una de ellas pagaría y, a su vez, más tarde cobrarían a los contrabandistas.

Durante la mayor parte del recorrido íbamos en silencio. Chano y el guajiro, ambos veinteañeros bien vestidos, iban pendientes de lo que ocurría fuera de la cabina. Chano daba instrucciones para que el guajiro acomodara el espejo derecho; pedía agua o cualquier otra cosa. De resto, callaba. Cerca de las dos de la mañana abrió la boca de nuevo:

—¿Dónde está mi yerro?

Chano hablaba de su pistola, que no aparecía. Nos levantamos y buscamos, hasta que el ayudante la encontró metida en una ranura del cojín. Chano la guardó bajo su silla y siguió manejando en silencio.

Pasamos por la zona de Carrasquero y Molinete; allí buena parte de la población vive del negocio: hay choferes, ayudantes, mecánicos, caleteros, vigilantes, guardaespaldas.

Minutos más tarde llegamos al Tubo, una alcabala importante a mitad de camino, junto al río Limón. Allí confluyen varias rutas de contrabando. Al río llegan otros contrabandistas en lanchas, que arrastran el combustible en tanques sobre el agua. En la orilla hay camiones que reciben la carga y la llevan a la frontera. Otros, a veces, van por la Troncal del Caribe, la carretera que une a Maracaibo con el puesto fronterizo de Paraguachón.

En el Tubo estuvimos una hora detenidos, más de 100 camiones apretujados en un costado de la vía. Muchos apagaron los motores mientras los guardias ejecutaban su logística: peinaron el rebaño verificando a quién pertenecía cada carro; pasaron por los corredores que formaban las hileras de camiones; anotaron los datos y se fueron.

Muchos hombres bajaron de los camiones para orinar, revisar el motor o asegurar algún tanque flojo. Chano habló un rato con un colega que se paró al lado. Cruzaron anécdotas de sus viajes y hablaron de dinero, hasta que por fin el militar a cargo, algún coronel, dio la orden de paso. La caravana pasó frente a los militares y las guajiras que ya habían negociado el soborno. Desde una fotografía inmensa, Hugo Chávez, todavía presidente, miraba al horizonte junto a un discurso que hablaba de probidad y honor.

Cada tanto, cuando el contrabando se atasca, estalla en la Troncal del Caribe un conflicto que incomunica a los dos países. En 2011, la Guardia Nacional allanó varias caletas en Sinamaica, un pueblo guajiro, y quemó lo que encontró. En represalia, los contrabandistas y muchos vecinos suspendieron el tránsito durante cuatro días. El transporte comercial se detuvo, solo dejaban pasar ambulancias y cisternas de agua.

Para frenar el contrabando ha habido muchos intentos, pero todos han fracasado. Hace tres años, Pdvsa implementó el Programa Automatizado de Venta de Combustible, que la gente llama “el chip”: un dispositivo electrónico que sirve para controlar las veces que cada vehículo tanquea. Con este plan hay un límite de litros que puedes comprar cada semana. El sistema se implementó en los estados fronterizos, pero no ha logrado detener la sangría.

—¿Aló? ¿Dónde están ustedes? Nosotros… Por aquí… Donde se para la guerrilla.

Chano, que hablaba con un compañero, cortó la llamada y siguió manejando tranquilo. A los pocos minutos llegamos a un retén, aún del lado venezolano, justo cuando la mosca parqueaba junto a la vía. Las indias se estaban bajando para arreglar el negocio, y sobre la carretera nos esperaba media docena de guerrilleros armados. Todavía estaba lejos la frontera, pero las Farc, en una diligencia que parecía rutina, recibían su mordida a escasos kilómetros de dos puestos militares. Iban camuflados, con fusiles al hombro y barbas de varios días. Había dos mujeres, y todos llevaban brazaletes con su insignia. Los guerrilleros usaban el mismo sistema de chequeo rápido: los choferes no se detenían, apenas bajaban la marcha para decir el nombre de la guajira y seguir. En total, cada camión pagó esa noche 6000 bolívares en sobornos (cuatrocientos dólares en ese momento).

Llegamos a Montelara a las cuatro de la mañana, después de recorrer unos 150 kilómetros. El caserío, con un centenar de predios, tiene una mitad en cada país y un arroyo seco que marca la división. Por todas partes hay parcelas de tierra demarcadas con alambre de púas, y centenares de tanques plásticos y de metal en los que se mueve el combustible.

El camión avanzaba entre crujidos y traqueteos por las callejuelas polvorientas todavía en penumbras. Los choferes se repartieron entre los distintos patios, listos para vender la carga a sus compradores de confianza. En uno de ellos, donde cinco camiones ya descargaban, estacionamos de retroceso. Chano negoció el precio de venta y hubo acuerdo: la ganancia esa noche fue de 1000 bolívares por cada tanque (70 dólares). Él sacaría su tajada como conductor, y la mayor parte iría a las manos del capitalista que financió la carga.

Seguían llegando camiones entre pitos y cambios de luces. Había choferes que gritaban con sus celulares; negociaban precios y cantidades antes de tomar una decisión. Pronto llegarían también los colombianos dispuestos a comprar, con pacas de billetes tan grandes como una caja de zapatos.

Otro intento por detener el contrabando fue el de las cooperativas indígenas. En 2005, Álvaro Uribe y Hugo Chávez suscribieron un acuerdo que permite a 14 cooperativas importar combustible venezolano de forma legal, y venderlo en las 140 estaciones de servicio de La Guajira en un precio inferior al estándar internacional. Las cooperativas mueven 12 millones de litros mensuales: apenas una parte de los 50 o 70 millones que mueven los contrabandistas.

A las tres de la mañana salimos de La Paz, Cesar, a buscar el combustible. Íbamos cargados de tanques vacíos, y el viejo Ford volaba rumbo a la frontera con Venezuela. Recorrimos 200 kilómetros en tres horas, cruzándonos con caravanas de contrabandistas que hacían su viaje de regreso.

—Toda esa gente viene full de gasolina —dijo el Flaco sin dejar de mirar la ruta. A mi derecha, con la cara cubierta por una camisa, su ayudante dormía.

Ya se asomaba el sol cuando llegamos a Carraipía, un pueblo arenoso ubicado muy cerca de la frontera. Allí mismo, al día siguiente, los noticieros reportarían la muerte de tres policías en una emboscada guerrillera. Aquella mañana estacionamos en una calle de tierra. El ayudante, un muchacho compacto, moreno, siempre callado y severo, sacó la guantera de raíz y cogió una bolsa de papel donde venía envuelto el dinero: cuatro millones y medio de pesos. El Flaco cerró las puertas y guardó la plata en una mochila. Teníamos que ir a Maicao para cambiar de moneda:

—Hay que comprá bolívares. Los venezolanos no reciben otra cosa.

El Flaco hizo una llamada y a los pocos minutos llegó un automóvil a buscarnos. Es un servicio que los contrabandistas usan por seguridad: si entraran a Maicao con un camión cargado de tanques plásticos, todos sabrían que llevan efectivo para comprar gasolina. Sería un robo seguro.

A las siete llegamos a la plaza del pueblo, donde se reúnen cada mañana decenas de cambiadores en oficinas y puestos callejeros. El Flaco tocó una puerta de vidrio oscuro y entramos a un cubículo estrecho: un tipo rechoncho de bigotes contaba dinero en una máquina.

—¿Cuánto traes?
—Cuatro y medio.
—La vaina está buena, te estás llenando.
—Qué va.

Hicieron la operación en silencio y a los pocos minutos salimos con una paca de bolívares tan grande como una caja de zapatos.

Desde La Guajira colombiana salen centenares de contrabandistas rumbo al Cesar. Viajan en caravanas de Renault 18, viejos bólidos que se compran por 2,5 millones de pesos: máquinas bien aceitadas bajo carcasas lastimosas que viajan a velocidades altísimas conducidas por pelaos; conductores suicidas que viajan con el pecho pegado al volante y 50 pimpinas de gasolina acomodadas con gran habilidad. Con frecuencia chocan, se matan, y sobre el asfalto quedan las huellas de sus conflagraciones frecuentes.

Al Cesar llegan también camionetas Bronco, de mayor capacidad, igualmente repletas con 100 pimpinas de 25 litros cada una. Llegan además carrotanques en manadas, todos listos para surtir un mercado que es capaz de vender, cada semana, seis millones de litros de combustible. Es decir, 550 millones de pesos cada siete días.

El ayudante escondió los bolívares en el fondo de la guantera y salimos. Avanzamos unos pocos minutos hasta llegar a una finca ubicada a orillas de la carretera. Un niño wayuu vigilaba un portón que debíamos cruzar. El Flaco le dio un billete y el chico abrió. Allí empezaron dos horas y media de una marcha lenta, por un camino de tierra y piedras que impedía superar la primera velocidad. Vimos casas paupérrimas, criaderos de cerdos y chivos. Vimos un sembradío de maíz completamente abandonado.

Un kilómetro más adelante llegamos a un nuevo portón de madera, alto y pesado. A poca distancia se veía una casa amplia bien mantenida, con techo de teja y anchos corredores. Un hombre controlaba el acceso bajo la sombra de un árbol inmenso.

—Este es el retén más duro. De regreso, cuando vengamos cargaos, hay que pagá 30.000, pero el hombre mantiene la vía buena y nos deja trabajá. Hay otra ruta, cruzando otra finca, pero aquel tipo sí cayó en la mala con la guerrilla. Dicen que dejó de pagá la vacuna y un día le cerraron el paso. La guerrilla cogió tres camiones cargaos y los quemó. Ya nadie pasa por ahí.

Rayaba el mediodía cuando por fin llegamos a Montelara. De día se veía más claro el panorama: decenas de casas expuestas al sol del desierto; casas con techos de lata y cercas de alambre, ni un solo metro de pasto, pura tierra amarilla. Solo los wayuu, duros como el cuero seco de los chivos que pastorean, han sido capaces de sobrevivir en este infierno árido durante siglos.

Los patios donde compran, almacenan y venden la mercancía se siguen multiplicando a un ritmo veloz. Se ven varios en construcción, armazones de madera y zinc que darán cobijo a nuevos expendios en cuestión de días. A uno de esos patios, regentado por el Mocho, llegamos con el camión. El Mocho apenas pasa los 30 años, pero lleva muchos en el negocio. Le falta un brazo, pero se mueve con agilidad usando el que le queda. Lleva siempre un sombrero de paja muy ancho que lo protege durante la jornada. Y mueve bastante dinero, pero gasta demasiado.

—Este vergajo ha tenío tres Toyotas y toítas las esmigaja —lo acusó el Flaco.

El otro sonrió con algo de vergüenza. Después ambos vieron pasar un camión nuevo y el Mocho ofreció:

—Le vendo uno igualito.
—¿Venezolano o colombiano?
—Venezolano.
—¿Robao?
—Pues claro, barato.
—Nombe. ¿Qué voy a hacé yo con un carro robao que no se puede usá en Colombia? Mejor termino de arreglá este —dijo el Flaco y pateó las llantas de su Ford, que todavía está pagando en cuotas mensuales.

Bajo aquel sol nocivo pasamos dos horas, mientras el Flaco y su ayudante llenaban los 24 tanques plásticos arriba del camión. En tierra, con una bomba, dos tipos con botas de caucho impulsaban el combustible desde sus tanques metálicos. Sudados y sucios, el Flaco y su ayudante contrastaban con sus colegas venezolanos: aquellos, ubicados muy cerca de la llave por donde sale el combustible, “vigilados” por autoridades más corruptas, viven de un oficio más fácil y más rentable.

Cuando por fin llenaron, arreglaron el negocio frente al rancho de lata que hacía las veces de oficina. El Flaco y el Mocho gastaron varios minutos contando los fajos. Y desde el terreno vecino, encaramado en una estructura en construcción, bajo el sol que no daba tregua, un obrero requemado miraba los billetes con la envidia dibujada en el rostro.

Antes de dejar Montelara paramos a almorzar en un ventorrillo. En una mesa contigua, dos contrabandistas intercambiaban anécdotas de robos y emboscadas: por estas tierras es muy frecuente que los bandidos intenten robar la carga a tiros.

El Flaco terminó de comer y se recostó en la silla con las piernas estiradas. Se veía cansado, pero también satisfecho.

—Uh, carajo. Quién estuviera en una oficina con aire acondicionao… Nombe, qué va. Yo toy muy acostumbrao a esto. Me gano 500 en un día; un millón. ¿Y quién me va a da trabajo a mí?

De regreso, con el camión cargado, pagamos doce peajes improvisados: niños harapientos y mujeres sin oficio cerraban el camino con una cuerda. Esa pobre gente veía pasar el dinero frente a sus casas y no podían dejar de participar. El Flaco llevaba un rollito de billetes listos para ir pagando. Su ayudante se quejaba:

—Este negocio tiene muchos socios.
—Cómo se hace, primo. Esta tierra es de ellos y si no quieren, no nos dejan pasá.

De Venezuela sale combustible hacia tantos lugares. Hay mafias que lo llevan a Brasil después de cruzar la selva; hay barcos atuneros que no pescan atún: en sus tanques clandestinos llevan derivados del petróleo a Aruba y Curazao. Hay, también, un ejército incontable de contrabandistas que mueven gasolina y diésel hacia Colombia, a través de la extensa frontera entre los dos países. Cruzan por Los Llanos en la zona del Arauca; por Los Andes en la región del Táchira; y por el norte, en rutas que cubren las tierras inhóspitas de La Guajira. Pero no hay —no conozco— un pueblo que haya sido secuestrado por el negocio como ocurrió con La Paz.

Dos noches antes del viaje a la frontera hice allí un recorrido. Me llevó Pacho, el rubio taimado, una suerte de contrabandista de bajo perfil. Su carro casi nuevo había sido adaptado para pasar desapercibido: limpio y bien mantenido, escondía bajo los asientos un tanque de 200 litros.

Aquella noche el pueblo hervía de actividad. Desde la entrada, a orillas de la carretera, vimos ventorrillos donde se despachaba gasolina a toda hora.

—Mira, ahí la venden y ahí mismo duermen —dijo Pacho.

En un tramo de 200 metros había decenas de casuchas construidas con láminas de metal y palos de madera. Adentro había cambuches y cocinas improvisadas, donde dormía el encargado del puesto. Y al lado, apoyada sobre el piso de tierra, la respectiva máquina dispensadora, los tanques para almacenar y, afuera, baldes, filtros y mangueras. Cada diez metros había un tarantín instalado, y todos competían desesperados por vender.

A menudo, la geografía bendice y condena. La Paz tiene 22.000 habitantes, y su ubicación ha sido fundamental en el negocio: el corredor por donde viaja el combustible desemboca aquí.

Los contrabandistas empezaron a viajar por esta zona desde los años cincuenta, cuando traían bultos de cigarrillos, luego marihuana y más tarde electrodomésticos. Desde entonces se trazaron los primeros caminos rurales, se empezó a sobornar a las autoridades y se acumularon las fortunas más antiguas. Así se perfeccionó el método que hoy sirve al negocio del combustible.

Los periódicos del Cesar publican con frecuencia alguna noticia relacionada con el contrabando: decomisos, capturas, heridos y muertos. Por esos días, en varios diarios, circulaba un informe elaborado por la Universidad Popular del Cesar y Ecopetrol. El informe contenía un censo con numerosos datos, entre ellos un conteo de las casas donde se almacena y se distribuye a otros lugares (320), y los puntos de venta directa (509). En aquel mapa, el pueblo parecía atacado por un sarampión virulento.

—¡Ojo, ojo!

Nos incorporábamos a la carretera en Carraipía cuando nos dieron la voz de alto. Ocho camiones cargados estaban escondidos en un potrero junto a la vía. Y una veintena de contrabandistas esperaban que se despejara.

—Hay ley, primo.

Estacionamos el Ford bajo un árbol y nos reunimos con los demás, sentados en la orilla de la carretera. Casi todos eran veinteañeros, excepto uno: un tipo que rozaba los 40 y era el más entusiasta. El tipo decía que estábamos perdiendo el tiempo, que debíamos avanzar y buscar la manera de atravesar el cordón policial.

—Somos bien cobardes nosotros. Ahí no puede habé más policías que contrabandistas. ¡Vamos, ellos se quitan porque se quitan! —insistía, pero los muchachos lo miraban entre incrédulos y divertidos.

En el cinto del pantalón, bajo la camisa, llevaba una pistola. Los muchachos reían mientras lo escuchaban, y el cuarentón caminaba en círculos agobiado por la ansiedad. Algunos hicieron llamadas tratando de recibir información. Y la consiguieron.

—¡Hay vía, hay vía!

Abordamos en tropel y retomamos el viaje. La caravana avanzó rápidamente, sin retenes ni policías a la vista. Solo encontramos una alcabala del ejército, pero el contrabando no figura entre sus competencias. El contrabando es asunto de la policía. Aquella tarde los soldados se hicieron a un lado y nos dejaron seguir. Después de muchas horas por caminos tortuosos, horas de polvo y piedras, era un alivio avanzar sobre asfalto uniforme. Cada minuto rendía muchos metros y daban ganas de seguir hasta La Paz, donde el Flaco vendería feliz sus 5000 litros de combustible.

Pero la fantasía duró poco. Más adelante llegamos a un punto donde debíamos decidir:

—Si nos tiramos derecho a lo mejor hay un retén, y toca pagá como 800. Si cogemos por Los Remedios vamos seguros.

Los Remedios era una nueva trocha, una de tantos caminos de herradura que cruzan La Guajira colombiana; pasadizos rurales que forman una red inabarcable, tan grande que los policías no pueden cubrirla.

Rápidamente el sendero empezó a reducirse, hasta convertirse en un pasadizo lleno de maleza y grandes árboles, donde el Ford traqueteaba rozado por la vegetación. Cruzamos bosques y ríos, y en un momento dado empezamos a ascender.

—Aquí más adelante tenemos que repartí la carga.
—¿Cómo así?
—Vamos muy pesaos. Ahí se para siempre un camión que uno le paga y ayuda a subí una loma que viene más alante. Si subimos así como vamos, es peligroso.

Pero llegamos al punto y no había nada. Solo un anciano y otro tipo que fumaban callados en medio de la oscuridad.

—Oiga, primo, ¿y el carro que sube carga?
—Ese no vino hoy. Ta por allá abajo haciendo un mandao.
—Ah, carajo.
—¿Cuánto lleva? ¿Muy pesao?
—24.
—Ah, así no sube. Mejor deje la mitá aquí. Sube, deja la otra parte allá arriba y viene a buscá esta. Así va seguro. Cargao es mucho riesgo.

El Flaco se lo pensó unos segundos y decidió:

—Yo subo solo, por si acaso. Ustedes se van a pie.

Y arrancó dejando una espesa nube de polvo. El ayudante echó a correr cuesta arriba, y en pocos minutos me quedé solo. Grité y silbé varias veces, pero nadie respondió. Arriba, por el camino serpenteante, solo se veían las luces del camión que se alejaba en la oscuridad de la montaña. El ruido del motor se desvaneció cuando cruzó la última curva, y el silencio, apenas roto por la brisa, se adueñó de todo.

Costaba distinguir el camino en aquella noche sin luna. A un lado estaba el cerro; al otro, el abismo. Por seguridad me mantuve del lado derecho, tropezando a cada rato con los desniveles del camino. Jadeaba y sudaba a chorros, aunque la noche era fresca. Lo que sentía era angustia y físico miedo. ¿Cuánto tardaría en llegar a la cima? ¿Estarían esperando? Cada tanto me detenía a descansar y miraba hacia arriba: un espectáculo abrumador de estrellas se amontonaba en el cielo; las copas de los árboles describían una danza majestuosa. Daban ganas de quedarse a esperar la luz del día, pero tenía que salir de allí. Así que caminé, y al cabo de una hora por fin llegué a lo alto del cerro. Con el viejo Ford estacionado, el Flaco y su ayudante esperaban impacientes.

—¡Vámonos, de una!

Dimos toda esa vuelta, de casi cinco horas, solo para evitar un retén policial que ni siquiera era seguro. Pero ante el riesgo de perder la carga, cualquier travesía es preferible. La ruta nos devolvió a la carretera y paramos cerca de la medianoche a descansar en el patio de un taller, donde nos encontramos con otros compañeros de viaje. Allí, parapetados en la cabina del Ford, incómodos y extenuados, dormimos por primera vez en 20 horas de viaje.

Pacho y su cuñado Ramón comparten un patio en San Diego, un pueblo ubicado a solo cinco kilómetros de La Paz. Allí la historia es otra: aunque está muy cerca del emporio gasolinero, San Diego no se ha contagiado por el gusanillo de la fortuna súbita. Hay algo en el espíritu de sus habitantes —alergia al riesgo, aprecio genuino por el sosiego— que los vuelve reacios al azar. Pacho y Ramón son los únicos que venden combustible. Sus casas dan a un patio común, y allí, detrás de un portón alto y sólido, se ve el desorden del negocio: un tanque de 1000 litros, decenas de pimpinas, mangueras, una bomba, dos carros con tanques secretos y una camioneta.

Aquella mañana, antes de salir de La Paz, estaban afanados: Ramón preparaba un embarque de diésel que llevaría a Cuatro Vientos, un caserío ubicado a tres horas hacia el sur, viajando por una trocha casi intransitable (allí se venden entre 30 y 40 carrotanques semanales de combustible para tráfico pesado). Cuanto más se aleja el combustible de la frontera, más caro y rentable se vuelve.

Mientras Ramón llenaba el tanque de su sedán, Pacho descargaba el suyo con método, muy limpio, casi siempre en silencio. Había inclinado el carro para facilitar la tarea, y llenó varias pimpinas de gasolina ayudándose con la gravedad y chupando a cada rato la punta de una manguera. Pacho ha trabajado siempre en el negocio del transporte público:

—Pero eso ya no da, primo. Los piratas perratearon el negocio y ya uno estaba trabajando por 10.000 pesos diarios. ¿Quién vive con eso? La idea mía es ahorrá y comprá un taxi, y salime de esto, primo. Esto es muy peligroso, vive uno con la muerte en la espalda: 200 litros de gasolina en un carro. Una bomba.

Pero salirse no es fácil. El problema de Pacho y Rafa es el mismo de tantos otros: ni siquiera terminaron el bachillerato. Esta zona, ahora dominada por las multinacionales del carbón, solo ofrece oportunidades a unos pocos, y hay que estar preparado. El contrabando es la tabla que ha salvado a muchos del naufragio. La Paz es solo un caso, el prototipo que refleja la situación de muchos pueblos del Caribe colombiano: allí hay un 80 % de desempleo, y tres cuartos de la población vive de la gasolina. El 58 % de los hombres que se dedican al contrabando no tienen formación para aspirar a un trabajo bien remunerado.

Pacho suspende un momento la carga de su carro para vender un poco de gasolina a un cliente que acaba de llegar. Pacho recibe el billete y llena el carro con una pimpina. En la última maniobra derrama un poco de líquido y reacciona doblando la manguera. Parece que en ese momento, cuando mira la mancha de gasolina en el suelo, surge la reflexión:

—Este negocio no se acaba nunca, primo. En Venezuela esto es agua, y acá es oro.

A las dos de la mañana nos despertó el ruido de una caravana. Más de 20 camiones pasaban cargados por la carretera, uno tras otro, como un tren decidido y sin obstáculos. El Flaco prendió el Ford y nos fuimos.

Tuvimos que volar para alcanzar al último de la caravana, pero era un viaje que debíamos aprovechar: cuando los contrabandistas se juntan, es más difícil detenerlos, y también es más fácil negociar. En la caravana iban dos carrotanques y varios camiones que le pertenecían a un “duro”: algún capitalista con músculo para sobornar a la autoridad donde fuera necesario. Los demás íbamos colados. Así pasamos por varios pueblos, mientras la mosca, una Toyota blanca, iba en la punta arreglando con la policía. Cada vez que llegábamos a un retén, la mosca se estacionaba junto a la patrulla de turno. El patrón pagaba por sus carros, pero también pagaba por nosotros y por cualquiera que se hubiera adherido. Más adelante el Flaco tendría que responder.

Faltaban unos pocos kilómetros para llegar a La Paz. Pero algo salió mal: la noche anterior habían instalado un puesto móvil de la policía antes de entrar al pueblo. Así pretendían detener la entrada de gasolina que venía bajando desde La Guajira. La mosca desvió y nos metimos a un pueblo llamado La Jagua del Pilar.

Amanecía y muchos vecinos barrían o regaban sus jardines. Miraban la caravana con asombro; jamás habían visto pasar por allí un grupo de contrabandistas. Pero colaboraban: en varias esquinas los viejos del pueblo nos guiaban con señas. Pronto salimos y empezamos a ascender una nueva serranía. La caravana parecía una serpiente ruidosa que reptaba por el costado de la colina. Subíamos y el clima se enfriaba, hasta que nos encontramos en lo alto con un clima templado. Desde allí veíamos toda la llanura del Cesar, la región que íbamos a suplir de combustible en pocas horas.

Cada tanto nos deteníamos a esperar información. Eran recesos breves, no más de cinco minutos, mientras el patrón recibía datos de sus informantes ubicados en la vía. Así nos asegurábamos de encontrar el camino libre. Después bajamos, atravesando dos pueblos de montaña detenidos en el tiempo: casas de barro y caña brava, gente con la inocencia en la mirada. Y por fin, con la cabina cubierta de tierra, después de respirar mucho polvo, llegamos a La Paz, de donde habíamos salido 30 horas antes. La mosca se detuvo y el patrón se acercó.

—Me debéi 200; te pagué tres retenes. En Urumita se querían poné brutos: les iban a echá plomo a ustedes.
—Qué va, eso es puro terrorismo que meten pa que uno pague.

El Flaco restó importancia a la amenaza y convino que pagaría al llegar al parqueadero. Arrancamos y entramos al pueblo. Por todas partes había movimiento de camiones y carrotanques que llegaban a surtir. El Flaco vendería al día siguiente, después de descansar. Sus cuatro millones y medio se habían convertido en nueve. De allí sacarían los gastos del viaje, el pago del ayudante y la ganancia. Con el capital de siempre en dos días, saldría otra vez rumbo a Montelara.

Estacionamos, bajamos del Ford y caminamos rumbo a la calle. Por primera vez en un día y medio, pensé, nos libraríamos del constante olor a gasolina. Pero qué va: cuando avanzamos por el parqueadero, nuestros pies se hundían en el suelo húmedo. Allí, otra vez, la tierra se había vuelto oscura de tanto chupar combustible.

El corazón es el primero en avisar cuando algo no anda bien. En estado de reposo, mientras reina la normalidad, puede latir 75 veces por minuto. Pero si algo extraño pasa, su frecuencia suele duplicarse: puede producir más de 150 pulsaciones en el mismo tiempo. Cuando este brinco ocurre, el retumbar se siente con más fuerza. La sangre corre más rápido por el cuerpo, la temperatura aumenta y el respirar se convierte en un ejercicio apresurado. Una alerta así no puede pasar desapercibida, y Yonatan ya se dio cuenta. Su corazón le está avisando que cerca hay peligro.

En apariencia, sólo está a punto de entrar a un salón de clases. La verdad: en segundos se enfrentará de nuevo al enemigo. Bien puede dar media vuelta, pero arrepentirse a estas alturas no tendría sentido. “Tu-cum, tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. La alarma sigue encendida, pero ya nadie puede detenerlo. Con una respiración profunda ataja un poco de calma, y con un “Buenos días” entra en el ruedo.

Todos voltean a verlo. Aquí los estudiantes son policías. Eso es lo que altera a Yonatan. Es probable que no sean los mismos que lo atacaron hace más de un año, pero el estar aquí es ver de nuevo sus caras. Y hay algo que empeora todo: está solo. Todos los profesores debutantes siempre van acompañados por otro docente con experiencia. Pero este día es la excepción.

Es mayo del 2011. Se encuentra en la sede de la Universidad Experimental para la Seguridad (Unes) en Catia, al Oeste de Caracas. Está allí para hablar de derechos humanos, su tema sensible. Los efectivos asisten porque la ley los obliga. La legislación sobre el Servicio de Policía y el Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana (PNB), aprobada en 2009, ordena la formación periódica de todos los efectivos. “Reentrenamiento” le llaman, luego de creada la nueva PNB y en referencia a los otros 137 cuerpos policiales que existen en Venezuela y que no fueron fundados bajo el “nuevo paradigma”. Él está allí para reentrenarlos.

Han pasado ocho meses desde aquel incidente en la Libertador, la avenida que atraviesa el corazón de Caracas. La gran diferencia es que ahora él está al mando. Y para dejarlo en claro, decide retarlos y lanza el anzuelo.

—Señores, mi nombre es Yonatan Matheus, soy su profesor y soy gay.

***

La sangre se ha derramado por litros en la Libertador.

Es la noche del 25 de septiembre de 2010. Vestido de uniforme naranja y con un bolso repleto de folletos y preservativos, Yonatan cumple con su acostumbrado recorrido de los viernes por esta avenida. Como director de la organización no gubernamental Venezuela Diversa, tiene más de un año visitando a las transgéneros y prostitutas que encontraron en la conocida vía capitalina su mejor mercado de trabajo. Es una especie de predicador, que siempre se acerca a la zona para hablar de protección y prudencia sexual. Pero, esta vez, algo más lo lleva hasta el lugar.

Una semana antes, varios impactos de bala terminaron con la vida de Nathaly, una de las transexuales. No fue un robo. Todos sus conocidos aseguran que se trató de un delito de odio: la mataron por transexual. Por más perturbadora que pudiera parecer la noticia, no sorprende. En 2009, sólo en esta avenida, cinco transexuales fueron asesinadas. Venezuela Diversa lleva bien esa cuenta: varios reportes sobre violaciones, maltratos y chantajes contra estas personas reposan en los expedientes de la ONG. Sólo esta organización le ha hecho seguimiento a estos casos. Ningún organismo estatal ha prestado especial atención, por eso no hay cifras oficiales.

Yonatan se ha encargado personalmente de hacer la denuncia ante las autoridades y los medios de comunicación. Y ha sido contundente al señalar a los presuntos culpables: muchos de los testimonios recogidos aseguran que los responsables de estos delitos visten uniforme y actúan en nombre de la ley. Esta noche, busca información sobre el último asesinato.

Ya está por concluir su jornada. Conversa sobre Nathaly –la víctima más reciente- con una de sus compañeras de trabajo en la Libertador, cuando una patrulla de la Policía Metropolitana de Caracas se estaciona a pocos metros. Del vehículo se bajan nueve personas. Todas, con las pistolas alzadas y gritando. “¡Contra la pared ya!”, ordena uno de ellos. Otro va directo hacia donde está Yonatan y lo hala del brazo. Bulla, empujones y más gritos. En cuestiones de segundos, Yonatan desaparece y los policías arrancan.

Siete de los funcionarios, entre ellos una mujer, le hacen compañía en la parte trasera de la patrulla. El lugar es oscuro y sucio. Tiene sólo dos muebles de cuero negro a los costados. Toda una jaula. Son pasadas las 10 de la noche. Un joven de no más de 14 años está con ellos. Viste ropa mugrienta, sus ojos están enrojecidos y la posición de su cuerpo es inestable. Él también estaba en la Libertador.

—¡Eres un rolo e’ marico, el sapo que nos tiene en peo! -grita uno de los policías.

El hombre levanta su arma y apunta a Yonatan. Él intenta hablar para defenderse. “¡Cállate!”. Yonatan obedece. Sabe que no debe insistir o desobedecer. “¿Y tú quién eres?… Seguro eres el marido de éste. ¡Habla!”, dice el hombre ahora apuntando hacia el menor de edad. El joven también quiere hablar pero el llanto se lo impide. “¡Ay, mira!, está llorando. Está cagado. El maldito está drogado. Ponlo a toser sangre para que sepa quién está al mando aquí”.

La orden se cumple. Los golpes logran ahogar el llanto del adolescente. Ninguna de las súplicas calma al policía. “Y tú, cierra los ojos, marico de mierda”. Con los párpados apretados, Yonatan escucha aterrado. Quiere llorar, pero hace lo posible por mantener la calma. Sabe que después irán con él.

De pronto, la patrulla se detiene. Dos motorizados frente a una licorería llamaron la atención del grupo de efectivos, por lo que todos deciden bajar del vehículo. Yonatan y el niño se quedan solos. Es ahora o nunca. Saca el celular de su ropa interior. Con las manos temblando, comienza a revisarlo en busca de un nombre clave. Su pulso torpe complica todo, pero logra encontrarlo en segundos. Marca el número. Comienza a repicar. Su corazón late desordenado y sus manos están empapadas de sudor. Sigue repicando. Mira hacia afuera. Espera que los policías no lleguen todavía. Repica y nada. A los pocos segundos, cae la contestadora. Primera frustración. Lo vuelve a intentar. Repica por varios segundos y sucede de nuevo. Nadie contesta. Las voces de los efectivos se escuchan cada vez más fuerte. Debe intentarlo una vez más y rápido. El temor amenaza con someterlo, pero vuelve a marcar. Espera. Nada sucede. Cuando parece que volverá a fracasar, lo logra.

—¿Aló?
—¡Me secuestraron! Estaba en la Libertador y unos policías me secuestraron. No sé adónde me llevan. ¡Me quieren matar!

Cuelga justo cuando la mujer oficial sube a la patrulla. “¿A quién llamaste?… ¡Apaga esa vaina!”. El resto del grupo sube y el vehículo se mueve de nuevo. La esperanza de Yonatan desaparece.

El mismo oficial que lo había amenazado le da la orden. “¡Arrodíllate!”. Yonatan vuelve a obedecer. Tiembla y el sudor corre frío por su cuello. El uniformado es tajante: “No veas y baja la cabeza”. El arma lo apunta de nuevo. “Por marico, verás lo que te va a pasar”. Sigue aguantando el llanto. Morirá, pero no lo verán llorar.

—¡No le hagan nada! Ese marico ya habló con alguien. Si le hacen algo, nos vamos a meter en un peo –dice de repente la mujer policía.

Escucha sorprendido. Se mantiene cabizbajo, esperando alguna respuesta del funcionario que lo había amenazado. Durante pocos segundos, el silencio es lo único que sucede.

—Párate –ordena el hombre.

Da una señal y la patrulla se detiene.

—Baja.

Está atónito, pero no espera. Con las piernas aún temblando, Yonatan baja de la patrulla.

—Mosca con hablar. Te tenemos pillao’. Te vamos a vigilar –dice el policía, antes de que la patrulla se pusiera en marcha y desapareciera de su vista.

Yonatan sólo alcanza a dar un par de pasos más por aquella calle oscura. En el borde de la acera más cercana, se deja caer. Respira varias veces, pero no aguanta más: en ese momento, comienza a llorar.

***

Todos ríen a carcajadas en el piso más alto de El Helicoide, un edifico ícono al sur de Caracas. Es febrero de 2012. Allí, el personal de la Unes está celebrando con una noche de fiesta el tercer aniversario de la universidad. Fue creada en 2009 por el gobierno nacional con la idea de que fuera allí donde se formara a la nueva Policía Nacional Bolivariana (PNB). El Ejecutivo la defendió como la principal estrategia para detener “el cáncer” de la corrupción que se corrió dentro de las paredes de las policías del país en tiempos de la “cuarta república”, según palabras del entonces presidente Hugo Chávez. Al cierre de 2011, la institución hacía alarde de haber graduado a 23 mil 714 nuevos efectivos. Para septiembre de 2012, según cifras oficiales, serían más de 31 mil 976 policías nacionales bolivarianos. Eso festejan esta noche. Y Yonatan está allí.

El salón tiene vista panorámica de toda la ciudad, que a esta hora ya está convertida en miles de puntos luminosos. Es, formalmente hablando, una fiesta de trabajo. Son profesores, militares, policías. Casi todos llegaron acompañados. Los hombres de esposas y las mujeres de esposos. Yonatan también ha decidido ir en pareja. Pero está con un hombre, un amigo, un atrevimiento para muchos a juzgar por los cuchicheos.

Ha pasado ya casi año y medio desde aquel ataque en la Libertador -que queda a media hora de este salón de fiesta- y nueve meses desde que comenzó a dar clases en la institución. Su labor como activista de Venezuela Diversa llamó la atención de la coordinación de Derechos Humanos de la Unes. Le aseguraron que, en el nuevo perfil del PNB, el respeto a la diversidad era supremo, por lo que le propusieron ayudar. Aceptar era entrar a la mismísima boca del lobo. Él lo sabía y aún así entró.

Hay una música suave de fondo. Todos esperan por el brindis protocolar para subirle volumen a la bulla. Los murmullos continúan. Nada nuevo. La aclaratoria que hizo Yonatan en su primer día de clase se debió repetir muchas veces más. La autoridad que le confiere ahora su rol como profesor matizó un poco la reacción de la mayoría, pero no evitó –ni evita- las burlas, presiones y juegos en su contra, tanto de parte de sus alumnos como de colegas. Para él, eso era algo obvio de esperar. Después de todo, se inmiscuyó en una estructura que funciona con las mismas normas convenidas en un cuartel militar, y que defiende sin pena una de sus más claras premisas: a los policías no le gustan los homosexuales.

La organización Acción Ciudadana Contra el Sida (Accsi), con el auspicio de Onusida y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, realizó en 2008 un estudio basado en una encuesta a 742 personas en locales y zonas de encuentro del colectivo Lgbt (lugares de “ambiente”) en Caracas, Maracaibo y Mérida. Es una de las pocas investigaciones desarrolladas en el país sobre el tema. La mayoría de los consultados aseguró haber sido agredido por policías al menos una vez: 50% lo dijo en Caracas, 63% en Maracaibo y 65% en Mérida. La violencia verbal, la “matraca” (soborno) y la privación arbitraria de libertad resultaron ser las faltas más comunes. Los transexuales figuraron siempre como los más afectados. Pero el mismo Yonatan sabe que la violencia ha llegado a más.

Yonatan sí volvió a la Libertador, pero las visitas debieron ser cada vez menos. El “te vamos a vigilar” reapareció varias veces, en mensajes que le llegaban de boca de las prostitutas o en alguna patrulla que bajaba sospechosamente la velocidad ante su presencia. Yonatan, finalmente, dejó de ir, pero la sangre no dejó de correr por la Libertador. En 2011, Venezuela Diversa conoció de cuatro transexuales asesinadas en Caracas. Tres de ellas, en la famosa avenida. El Cuerpo de Investigaciones Penales y Criminalísticas (Cicpc) relacionó dos de estos casos con una banda delictiva y prostitución dirigida por transgéneros. En mayo de 2011, Wilmer Flores, director del Cicpc, aseguró que en la zona se habían registrado más de 20 transexuales asesinadas que, a juzgar por el modus operandi, guardaban relación con la misma banda. Para Yonatan y otros activistas, fue una generalización peligrosa que buscó minimizar las otras denuncias en las que figuraban como sospechosos, precisamente, efectivos policiales.

“Popssssss”… Los aplausos revientan complacidos al destape de la botella que protagonizará el brindis. En la fiesta ya está reunida todala plana mayor de la universidad, incluyendo a la rectora Soraya El Achkar, designada por el propio presidente Chávez para dirigir la institución. Suenan las copas, más carcajadas y arranca la orquesta. Como debe ser, la rectora y su pareja son los primeros en entrar a la pista de baile. Pero capturan la atención sólo por pocos momentos. En segundos, las miradas pasan de un golpe a fijarse en otra pareja que acaba de entrar a la escena: son Yonatan y su amigo.

Son dos hombres bailando juntos, al lado de la rectora y frente adecenas de funcionarios. Yonatan sabe que todos lo miran. “Tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. Está asustado, pero baila como si nada importara. Debe mostrarse seguro. Es un reto ya enfrentado y no piensa declinar. Sin embargo, no ha terminado la primera pieza cuando pasa.

—¿Qué están haciendo? ¿Cómo se les ocurre? -los interrumpe una señora alterada que él no reconoce.

Yonatan duda por momentos, pero su amigo se apresura y es quien responde.

—Queríamos bailar y es lo que estamos haciendo. ¿Es que no tenemos derecho a hacerlo?

La mujer no consigue con qué defender la queja. Nadie se atrevea secundarla. Yonatan, parado en medio de la pista, intenta ver el rostro de la rectora. No parece incómoda o sorprendida. Así que la ofendida no tiene más remedio que retirarse, derrotada. Yonatan se vuelve a unir con su amigo en un abrazo, y con una sonrisa dibujada en el rostro sigue bailando. Bailó y sonrió toda la noche.

***

Talones juntos, espalda erguida, puntas de mano derecha en la sien. “Buenos-días-profe-sor”, dice con firmeza un muchacho cuando ve pasar a Yonatan. El profesor sonríe, devuelve el saludo y sigue su camino rumbo al salón de clases. Es norma en la Unes que todo estudiante se presente con saludo militar ante sus profesores, y la respuesta suele darse en el mismo código. Pero Yonatan ni es militar ni le gusta lo militar. “Buenos-días-profe-sor”, repite más adelante el ritual otra alumna. Esta vez, Yonatan se detiene, se para firme delante de la muchacha y se burla de nuevo del sistema: en lugar de la frente, coloca delicadamente su mano en la cintura, inclina hacia un lado la cadera y, en vez de pisar firme, flexiona ligeramente su rodilla hacia atrás. “Buenos días, bachiller”, responde con voz pícara. El resultado es un par de risas cómplices.

Es una mañana de clases cualquiera en el Helicoide. Desde diciembre de 2011, Yonatan fue transferido desde Catia a la sede principal de la universidad. Ahora da clases a los aspirantes a PNB, que son en su mayoría bachilleres recién graduados. Ya no está a cargo del “reentrenamiento”. Es responsable ahora de la formación de los nuevos policías. Cuida la planta desde la semilla. En este tiempo, su osadía le ha ganado la admiración de algunos profesores y la simpatía de varios alumnos. Y aún mejor: el respeto de muchos.

La clase de hoy es sobre el uso progresivo de la fuerza. El más viejo de los alumnos ha de tener 22 años. Yonatan ordena a todos sacar de sus morrales la ley del Servicio del Policía. Todos obedecen. “Atención en el artículo 12”. Pide a uno de los alumnos el favor y el joven se pone de pie y lee.

—Artículo 12: Los cuerpos de policía actuarán con estricto apego y respeto a los derechos humanos consagrados en la Constitución de la República, en los tratados sobre los derechos humanos suscritos y ratificados por la República

Yonatan nunca denunció a sus agresores de la Libertador. Miedo o prudencia. Y así como él, la mayoría de las víctimas. Según el mismo estudio de Accsi de 2008, cerca de 88% de las personas Lgbt que dijeron haber sido víctimas de algún atropello por partes de efectivos nunca denunciaron. Y del grupo que sí se atrevió, sólo 15% dijo que su caso había sido resuelto. Es miedo, prudencia y también resignación.

—Ahora el artículo 8, por favor –ordena Yonatan.
—Artículo 8: Los cuerpos de policía darán una respuesta oportuna, necesaria e inmediata para proteger a las personas y a las comunidades…

Yonatan es de los que cree que la denuncia se desestima si no se resuelven los casos. Admite, también, que si no se denuncia la impunidad gana. Un círculo vicioso. Pero la recurrencia de los asesinatos de transexuales es tal que llamó la atención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh). El pronunciamiento oficial se hizo el 7 de junio de 2012, a raíz del asesinato de otra transgénero apodada “Lulú”. Fue el blanco de varios impactos de balas el 3 de junio de 2012. ¿El lugar del crimen? De nuevo la avenida Libertador de Caracas. La Cidh señaló que al menos otras ocho transexuales fueron asesinadas en la capital en el primer semestre de 2012. Se refirió también a la actuación irregular de efectivos policiales: “La Comisión continúa recibiendo información sobre asesinatos, torturas, detenciones arbitrarias…”. En su pronunciamiento, culpó al Estado de no investigar estos casos y de su consecuente impunidad. E hizo una recomendación puntual: incluir “las reformas necesarias para adecuar las leyes a los instrumentos interamericanos en materia de derechos humanos”.

El 19 de noviembre de 2010, el Ministerio de Interior y Justicia aprobó la creación del Consejo de Igualdad y Equidad de Género para los cuerpos policiales. Según la resolución publicada en la Gaceta Oficial 39.556, la instancia tiene la tarea de crear políticas para “erradicar las conductas o situaciones de discriminación contra las mujeres y personas sexodiversas, y velar por la atención oportuna e integral a las víctimas de discriminación y violencia” por parte de los organismos de seguridad del Estado. Pero, si le preguntan a Yonatan, las reformas legislativas deberían comenzar por la inclusión de la tipificación de los “delitos de odio”. Al menos 19 países del mundo (seis en Latinoamérica) ya aprobaron esta figura, que estipula agravantes en caso de que el ataque esté asociado a prejuicios religiosos, raciales, xenofóbicos u homofóbicos. El mensaje con esta iniciativa es claro: si matar es condenable, hacerlo por estos motivos lo es mucho más.

Yonatan no vio a sus agresores pagar su ofensa, pero ha conseguido su propia forma de compensación. La Policía Metropolitana se terminó de desintegrar en 2011, y la mayoría de sus funcionarios fueron “reentrenados” y sumados a las filas de la PNB. Los gritos y la humillación de aquella noche se transformaron ahora en un “permiso, profesor”. Con su sola presencia, obliga a que el tema de la diversidad sea asunto de todos los días en una de las instituciones más importantes del país. Sólo por estar allí, el lugar se parece menos a un cuartel. Un gay educa al nuevo policía nacional.

—Ahora el artículo 13…
—Los cuerpos de policía prestarán su servicio a toda la población sin distinción o discriminación alguna fundamentada en la posición económica, origen étnico, sexo, idioma, religión, nacionalidad, opinión política o de cualquier otra condición o índole…
—¿Qué quiere decir lo que el compañero acaba de leer? –pregunta Yonatan a otra alumna que responde de inmediato.
—Significa que no importa si eres sangre azul, si te gustan las mujeres o los hombres… Tenemos que servir con respeto a todos. Todo esto es un tema de dignidad humana.

“Tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. El corazón es también de los primeros en avisar cuando algo bueno está por ocurrir y el de Yonatan ya encendió la alarma.

I

Faltaba poco más de medio día para que cumpliera doce años. Las tortas estaban listas y las bebidas ya se enfriaban en la nevera de la casa de su abuela. Dieguito quería una rumba inolvidable. Su familia, sus amigos y vecinos asistirían. Era un templete para él y para el barrio donde creció. El dinero para cubrir los gastos salió de su bolsillo. Sólo faltaba una cosa: las torres de cajones -cornetas y bajos- que ubicarían en los extremos de la vereda José Antonio Páez de la ruta I de Vista al Sol, en San Félix.

Eran las 10:30 de la mañana del jueves 23 de febrero de 2012 cuando su abuela Josefina lo vio vivo por última vez.

¿Pa’ donde vas Diego? -preguntó.

En su apuro por salir de la casa, Dieguito apenas respondió:

—A casa de Javier. Me va a acompañar a buscar los reales que faltan pa’ los cajones de esta noche.
—¡Carajo, ni siquiera has desayunado y ya te vas a la calle! -le reclamó la mujer que lo crio desde que tenía 8 años y medio.

Josefina, una morena corpulenta de 1,60, y cuyo rostro revela que tiene más edad de los sesenta años que confiesa, escuchó cuando la puerta principal de su casa se cerró de golpe. Segundos después oyó la reja del porche chocar contra el marco metálico. Sabía que su nieto iba a robar para pagar el alquiler de los cajones, pero cansada de aconsejarlo y regañarlo en vano sólo le quedó encomendárselo a Dios. Finalizada su plegaria levantó el rostro, como mirando al cielo, y exclamó:

—¡Tú sabes que es un niño!

Dieguito caminó a casa de Javier, quien pese a la diferencia de edad -era cinco años mayor que Diego- era su compañero de camino. El trayecto era corto ya que Javielito, como le dicen en el barrio, vivía a dos casas de la suya. A las 10:35 de la mañana salieron a la calle Santiago Mariño, subieron a una perrera -una camioneta Pick up modificada para ser utilizada como transporte público- para salir del barrio, uno de los tantos que conforman la parroquia Vista al Sol, la segunda más violenta de Ciudad Guayana, con 99 homicidios reportados en 2011.

En la avenida Manuel Piar, que comunica al extremo este de San Félix de norte a sur, los muchachos comenzaron a tramar el plan del día. Dieguito, sabiendo que pronto comenzaría la rumba de dos noches por su cumpleaños, dijo:

—Tiene que ser algo rápido marico, porque en la noche llevan los cajones y eso se paga chin chin. Pero por acá no, porque hay unos pajúos que me tienen tirria y apenas me ven llaman a los policías pa’ que me jodan.

Tras un breve silencio, agregó:

—Pero primero déjame visitar a una “perilla” (novia) que tengo en Las Batallas. De ahí voy a donde otra “perilla” en El Gallo y nos vemos en El Cruce de la 45 a las 4 y media.

Javier le respondió que iría a San José de Chirica a visitar a unos amigos y a buscar un arma. Ambos chocaron puños y cada quien agarró por su lado.
A la hora acordada Dieguito y Javielito se encontraron en el sitio indicado.

Caminaron la cuadra que separa El Cruce de la 45 de Doña Bárbara y comenzaron a atracar a todo aquel que se les cruzara en esas calles y veredas desoladas. El sol era inclemente y el calor insoportable. Ese día debían hacer unos 36º centígrados en la ciudad.

Media hora después, una de sus víctimas pidió auxilio. Varios muchachos, residentes del Bloque 7, escucharon los gritos, se envalentonaron y salieron en socorro de la estudiante. Corrieron tras Javielito y Dieguito, pero sólo alcanzaron al primero. Al muchacho le cayó una lluvia de puños, patadas, palazos y pedradas. Hombres y mujeres se unieron al linchamiento. Otro grupo de vecinos, compadecidos por la paliza, reportaron la situación al Servicio Autónomo de Emergencias Bolívar (SAEB) 1-7-1 y éstos a su vez radiaron la información a la policía.

En la consola del Centro de Coordinación Policial (CCP) de Guaiparo escucharon a la operadora:

—Cerca del Bloque 7 de Doña Bárbara, en la entrada después del Iutirla, un grupo de personas apresó a un muchacho y lo están golpeando.
—Copiado control -respondió el jefe de servicios de guardia. Segundos después recibió respuesta de la patrulla 204.
—Vamos al sitio para evitar que maten al delincuente ese.

Los policías lograron rescatar a Javielito de la multitud. Estaba rasguñado, golpeado y sin camisa. Tampoco tenía zapatos. Sangraba profusamente por varias heridas que le causaron en la cabeza y el rostro.

Por el radio portátil uno de los funcionarios de la Policía del estado Bolívar (PEB) solicitó la presencia de una ambulancia para trasladar al joven al cercano Hospital de Guaiparo.

—Control… en el sitio necesitamos una ambulancia para llevar al herido al Hospital de Guaiparo.
—Copiado… ya la ambulancia va en camino.

Durante la espera, uno de los vecinos entregó a los uniformados un revólver Smith & Wesson calibre 38, cacha de madera, cañón niquelado de 2 pulgadas y sin cartuchos, que le quitaron durante la golpiza. El arma fue puesta dentro de la patrulla.

En el libro de novedades de la Brigada Hospitalaria de la PEB registraron el ingreso de Javielito a las 5:20 de la tarde del 23 de febrero. Mientras era atendido por los doctores, al muchacho le preocupaban dos cosas: la reacción de su madre al enterarse del motivo de la golpiza y la suerte de Dieguito.

Del paradero del niño se tuvieron noticias casi 13 horas después.

II

Diego Andrés, el cuarto hijo de Josefina, después de Osnel, José y Goyo, nació en el Hospital Pediátrico Menca de Leoni a las 4:00 de la madrugada del 24 de febrero del año 2000. Pesó 2,9 kg y midió 43 centímetros. “Siempre fue chiquitico”, recuerda su mamá, una vendedora informal de treinta y cinco años, piel oscura, y quien tuvo otros seis hijos después del nacimiento de Dieguito.

Hasta los 7 años la vida del pequeño fue como la de cualquier otro niño de un barrio. Vivió en una humilde barraca de zinc de 36 metros cuadrados, dos cuartos y una cocina en la calle principal del Barrio Moscú, a pocas cuadras de la casa de su abuela, con su mamá y sus seis hermanos menores. No conoció a su papá y las parejas de Josefina no duraban mucho tiempo en el seno familiar. “Seguro eso influyó en su carácter rebelde, porque se tuvo que hacer cancha solito”.

Dieguito era inquieto, tremendo y le gustaba vestir ropa Nike y Adidas, gusto que el sueldo de su m adre no podía costear. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol, pero pasa a engrosar las estadísticas de deserción escolar cuando le toca repetir 2º grado de primaria porque es atropellado por un microbús y tiene que pasar dos semanas hospitalizado y tres más de reposo. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol hasta que repitió segundo grado. Había sido atropellado por un autobús y tuvo que pasar dos semanas hospitalizado y tres meses convaleciente. Perdió muchas clases y muchas evaluaciones. Cuando Josefina fue a hablar con su maestra para explicar la situación, supo que el niño debía repetir el curso para que aprendiera.

Dieguito no recibió de buen modo la sugerencia y le dijo a su madre que debía conversar “algo serio” con ella. Desde ese día Josefina nunca ha podido olvidar esa escena. Su hijo tenía entonces ocho años. Josefina llegaba a su casa después de trabajar, a las 7:00 de la noche de un viernes de agosto, cuando Dieguito la llamó desde el cuarto principal del ranchito y le dijo con aplomo, como si tuviera tomada la decisión desde hacía tiempo atrás:

—Mami no quiero seguir yendo al colegio. Ahí pierdo mucho tiempo y prefiero ayudarte como hace Osnel, José y Goyo.
—¡Ay papito, pero apenas eres un bebé! ¿Qué vas a hacer para ayudarme? ¿Cuidarás a tus hermanos? -preguntó sorprendida la mujer.
—Jajajaja -rio el niño- ¡No… me pondré a trabajar! -soltó luego de manera tajante.

Josefina se quedó sin palabras, pero aceptó a regañadientes porque sabía que no tenía cómo vigilar al muchacho. Ya recuperado comenzó a embolsar las compras de los clientes del Supermercado Santa María ubicado en la avenida Manuel Piar. Dieguito maduró rápidamente y sin que se lo pidieran asumió la responsabilidad de mantener a sus seis hermanitos menores. “Era el hombrecito de la casa”, recuerda Josefina. Se convirtió en su mano derecha para todo, más que sus hermanos mayores.

Dieguito no duró mucho tiempo embolsando en el mercado. No le era rentable para costear sus gustos y mantener a sus 6 hermanos. “Si ganaba 50 bolívares diarios, me daba 40 a mí. Si hacía 40, 30 me los daba para los niños, pero él quería más, él quería para sus camisas, sus zapatos, sus pantalones”.

Josefina no conoce cuándo ni cómo su “hombrecito” comenzó a robar, quién lo acompañaba y mucho menos a quiénes robaba. Pronto Dieguito empezó a darle más dinero del que podía colectar en dos semanas de su trabajo anterior. “Hasta 600 bolívares me podía dar en un día”. También comienza a vestir ropa de marca.

Sin embargo, Osnel, el mayor de los 10 hermanos, sabía que Dieguito había conocido a Gordo Bayón y Capitán -actualmente detenidos e imputados por un triple homicidio ocurrido el 29 de febrero del 2012 en el barrio Vista Alegre, en San Félix, y de quienes se sospecha su participación en por lo menos 20 asesinatos ocurridos en Ciudad Guayana desde 2009, así como en venta de drogas, armas y municiones- en una fiesta en la calle principal de la ruta I de Vista al Sol en diciembre de 2008.

Esa noche Osnel fue a la rumba en su moto nueva. Cuando se disponía a partir, Diego, ya vestido con un Levi´s azul oscuro, una camisa roja con blanco y botines Nike negros con rojo, le dijo que quería acompañarlo. El niño bailó reggaetón y salsa toda la noche con varias muchachas -todas mayores que él- que asistieron al templete. Su cara de pícaro y sus ojos achinados le ayudaron a irse a su casa con varios números telefónicos.

—¡Carajito, tráeme una curda ahí pues! -le ordenó un hombre moreno, delgado y cabello corto, que estaba sentado con un grupo de jóvenes que han “prosperado” en el barrio.

Dieguito, que caminaba hacia donde estaba su hermano para irse, se devolvió para cumplir el mandado. Al entregar la cerveza recibió 100 bolívares de propina. Sorprendido, dio las gracias y se devolvió hasta la esquina donde Osnel lo esperaba.

—¡Maricooooooo… me dieron 100 lucas por llevar una curda! -exclamó al subirse como parrillero en la Empire Horse de su hermano. Luego, invadido por la curiosidad, le preguntó a Osnel la identidad del generoso hombre.
—Ese es Gordo Bayón. El blanco chiquitico que estaba a su derecha era Capitán y el de la izquierda, el flaco con cara e’ bobo, era Ronny Matón.
—¿Esos son con los que trabajaba el primo Franklin?
—Sí, pero no repitas eso en la calle porque recuerda que el primo es policía y lo puedes meter en peos.
—Ok… te acordarás de mí… ya verás.

Sólo Diego sabe qué hizo para ganarse la confianza de estos sujetos y, en cuestión de cuatro meses, convertirse en el pupilo de Capitán y Gordo Bayón. Es en ese período misterioso cuando comenzaron las malas andanzas del niño-hombre de Josefina: atracos y hurtos a transeúntes, casas en barrios vecinos y comercios de la avenida Manuel Piar. De vez en cuando Gordo Bayón y Capitán le encomendaban movilizar droga, armas y municiones dentro del barrio. Ganaba muy buen dinero para su edad.

Como todo adolescente era reservado para hablar de su vida privada con su familia. Todos sospechaban lo que hacía. Todos escuchaban los rumores. Todos regaron el chisme y nació la historia del niño-azote, pero nadie se atrevía a confrontarlo. Su mamá sabía que iba por mal camino y lo envió a vivir con su abuela.

En año y medio el niño desarrolló una pasión inentendible por las motos. “Robaba y hacía sus cosas y ahorraba el dinero. Cuando reunía para la moto, le daba el dinero a un amigo para que se la comprara. Les decía “tráeme tal moto, que la venden en tal sitio”, recuerda Josefina, la abuela.

Para 2011, el muchacho ya había comprado tres motos, valoradas cada una en más de 15 mil bolívares. Funcionarios de la policía estadal le quitaron dos y otra un guardia nacional, en todos los casos por no poseer documentos ni la edad necesaria para manejarlas. “Ellos sabían quién era él. Ya tenía fama y por eso le tenían el ojo montado”, agrega Josefina.

III

La primera detención de Diego fue reseñada el 6 de mayo del 2011 en el diario Correo del Caroní. En la fotografía se ve al niño, vestido con una franela azul con escudos estampados en la espalda, esposado junto a otro adolescente que usa una franelilla blanca, mientras bajaban de los puestos traseros de una patrulla del CCP de Cachamay. Un policía estadal los vigila de cerca.

Un día antes habían sido sorprendidos en la avenida Guayana de Puerto Ordaz, cerca del Orinokia Mall Center y muy lejos de su casa, mientras intentaban despojar a un hombre de una moto New Jaguar. Cerca del sitio de su detención hallaron un arma de fuego que -según el relato de la víctima- Diego usó para amenazarlo y amedrentarlo diciéndole: “Te salvas porque la pistola quedó sin balas”, y que lanzó al monte al ver que la patrulla se acercaba.

Emilio García, director de la comisaría que practicó su primera captura, recuerda a Dieguito como “un carajito tranquilo. Lo agarramos robando, pero era un niño. En ningún momento fue agresivo, por el contrario, era muy sumiso”.
La detención fue notificada a la Fiscalía Novena del Ministerio Público y por su condición de niño ante la Ley Orgánica de Protección al Niño y Adolescente (Lopna), porque era menor de 12 años, Diego recibió una medida de protección y fue puesto a la orden del Consejo de Protección. Éstos, a su vez, sugirieron que fuese tratado en un centro para atender a niños con conductas pre-delictuales, “pero resulta -lamenta Gustavo González, consejero del Consejo de Protección del municipio Caroní- que en Ciudad Guayana sólo hay dos centros de este tipo y son privados”.

Con ayuda de un tío abogado, el 1 de junio de 2011 Dieguito fue llevado a la Fundación del Niño en El Callao, al sur del estado Bolívar, donde recibió 25 días en tratamiento. Extrañaba tanto a su familia y a sus amigos que se fugó.

—¡Abuela… me devolví! -la sorprendió Diego un día mientras preparaba el almuerzo.
—¿Cómo carajo te viniste Diego Andrés?
—En cola… Huele a caraotas ¿Usted como que sabía que venía y me preparo mi comida favorita? -le dijo como queriendo cambiar el tema en camino hacia el baño principal.

Dieguito siguió delinquiendo, o cometiendo faltas, según la Lopna. Fue extorsionado, amenazado y hasta golpeado por la PEB y la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Por presión familiar el muchacho se internó nuevamente en un centro de ayuda. En agosto lo llevaron al Instituto de Derechos del Niño, Niña y Adolescentes (Idena) en Ciudad Bolívar. Tampoco duró el mes. Se fastidió y volvió a su casa.

La conducta de Diego parecía no tener reparo. Cada día eran más comunes los rumores sobre las fechorías que cometía. A oídos de su abuela llegó uno en el que lo acusaban de darle muerte a un joven que tenía problemas con Capitán y Gordo Bayón.

—¡Te permito que robes… pero no que andes matando gente! -le increpó en el porche de la casa, blanca con columnas fucsia, cuando él llegó después de pasar la tarde paseando en su moto.
—Yo ni pistola cargo, vieja. Eso sí que no lo hago yo. Te lo juro, vieja, por Dios que me está mirando en este momento.
—Prométeme que dejarás ese mundo mi negrito. Prométeme que andarás por buen camino.
—Haré el intento vieja, trataré -dijo el muchacho mientras cruzaba el pasillo principal de la vivienda y hacia su cuarto, el segundo a la derecha.

Diego cumplió su palabra. El 1º de enero del 2012 su padrino putativo, un turco que lo conocía desde que embolsaba en el mercado, lo invitó a trabajar con él vendiendo muebles y ropa en los sectores mineros de Las Claritas y Kilómetro 88, en el municipio Sifontes. Regresó a San Félix el 26 de enero. Parecía otro. Llegó con dos mil bolívares para su mamá y con un diente de oro, a lo Pedro Navaja.

Ese mismo día, mientras se cortaba el cabello, unos militares se lo llevaron detenido. “Nos pidieron diez mil bolívares para soltarlo, sin él haber hecho nada. Se los tuvimos que dar para que no lo jodieran”, recuerda su abuela con amargura. Sin embargo, en la Carpa Bicentenaria del Dibise aseguran que lo agarraron, con ayuda de la PEB, mientras robaba equipos electrodomésticos en una casa de la ruta III de Vista al Sol.

“Era desafiante y agresivo. Sabía que por ser menor de 12 años iría para la calle en cuestión de horas”, describe Jhonny Rodríguez, director del CCP Ramón Eduardo Vizcaíno.

De nuevo la presión familiar hizo que Dieguito buscara ayuda en el Idena de Ciudad Bolívar. El 2 de febrero, a 22 días de su cumpleaños, se trasladó a la capital bolivarense. Quince días después, el 7 de febrero, regresó de sorpresa en la casa. Dijo que había salido por la puerta principal, que tomó un taxi al terminal y se montó en un carrito por puesto que lo trajo hasta el terminal de San Félix.
Faltaba menos de una semana para que cumpliera doce años y Dieguito sólo pensaba en la fiesta inolvidable que ofrecería en el barrio. su abuela preguntó entonces:

—¿Y qué harás para pagarla Diego Andrés?
—Lo de siempre abuela… lo de siempre.

Josefina, su abuela, sabía que de nada valdrían los regaños. El tema no se discutió más y Dieguito retomó su antigua costumbre. Así, robando, logró reunir parte del dinero para las dos tortas y las bebidas. Se compró otra moto y la ropa que usaría el día de la rumba: una gorra negra de los Leones del Caracas, una chemise rosada y un blue jean Levi’s.

Josefina dice que su nieto tenía los días contados. Podía presentirlo en las historias que le contaba Dieguito. Tres días antes de su cumpleaños un policía lo agarró en la calle y le dijo que se cuidara. Al día siguiente volvieron a encontrarse. Esta vez le dijo:

—Faltan dos. Ya estás listo.

Diego creía que eran simples amenazas.

—Eso es pura paja abuela. Es pa’ asustarme nada más.
—Mijo cuídate, deja de andar en malos pasos. El que no coge consejo no llega a viejo. Esa gente son malandros con uniforme y hacen lo que se les antoje sin que nadie les haga nada.
—Vieja, es pura paja. Ellos saben que estoy bien con Gordo Bayón y Capitán y que no me pueden poner un dedo encima. Además, el primo Franklin se meterá si ellos me hacen algo.

Faltaba un día para su cumpleaños y aún no había conseguido el dinero para el alquiler del sonido.

IV

—Aquí Control. Reportan a una persona tirada en el suelo a 60 metros de la entrada a Acapulco, cerca de las bases del puente -comunica por radio un operador del SAEB 171 a la consola del CCP de Guaiparo a las 4:55 de la madrugada del 24 de febrero.
—Copiado Control, vamos al sitio -responde, con voz somnolienta, el conductor de la patrulla 205.

La unidad se enrumbó hacia la avenida Angosturita y tomó el desvío hacia el sector Acapulco, barriada ubicada en el margen este del río Caroní. Eran las 5:00 de la madrugada y la tenue luz solar era insuficiente para detallar el camino entre la neblina y el humo de Ferrominera del Orinoco. El conductor enciende las luces altas y retoma la marcha.

Cuatro carros desvalijados y quemados obstaculizaban la vía. La patrulla zigzagueó y continuó su recorrido. La carretera era de tierra y estaba tan deteriorada que la patrulla tuvo que maniobrar en espacios que no llegaban a 2 metros de ancho. Huecos y zanjones abundaban por doquier.

Al lado izquierdo de la vía había un talud de tierra que supera los 5 metros de altura. Al lado derecho, donde pareciera que pudieran maniobrar la 205, había una sabana de desechos en los que se divisaban -hasta llegar a una laguna cubierta de bora- lo que parecen pequeños mecheros, pero que realmente son pilas de cauchos que algunos chatarreros e indigentes queman para extraer el metal de su interior.

Llegaron al sitio, casi a orillas del río Caroní, cerca del único pilote en tierra del Puente Angosturita. Buscaron cerca de un lote de maquinaria pesada abandonado en el lugar y hallaron un cuerpo delgado de no más de un metro 55 de estatura, piel morena. La víctima vestía un pantalón deportivo negro y una camisa del F.C. Barcelona. No tenía zapatos.

—Control, es positivo el fallecido en la entrada de Acapulco. Tiene varios disparos y parece que es un menor de edad. Avisen del procedimiento al Cicpc -notificó el policía.
—Copiado -respondió el operador.

Mientras el cadáver estaba en el Instituto de Ciencias Forenses del Cicpc, la familia de Dieguito preguntaba por él en comisarías, centros médicos y en casa de sus amigos. Desde la noche del jueves esperaban su llegada para comenzar la fiesta. Josefina, la madre, estaba desesperada y le pidió a Osnel que la llevara cerca de la sede de la Universidad de Oriente, por Doña Bárbara. Josefina, la madre, soñaba con ese lugar desde hacía tres días. Al llegar sintió como si le hubieran dado un golpe fuerte en la cabeza. Podía sentir, dice, incluso cómo se desvanecía, pero lo disimuló con éxito. Fue en ese momento cuando presintió que a su “hombrecito” lo habían matado. Eran las 3:00 de la madrugada.

Luego de las 6:00 de la mañana, y agotadas todas las opciones donde buscar al cumpleañero, su familia se trasladó al Cicpc. Allí les notificaron que minutos antes había ingresado un niño que murió baleado. Madre e hija se armaron de valor y pidieron verlo

—¡Mamá es mi bebé… Ese es Dieguito… No dejaron que llegara a los 12 mamá! -gritó desesperada Josefina, mientras golpeaba con sus puños la bandeja donde yacía su hijo.
—Sé fuerte hija… ¡Seamos fuertes! Sabíamos que esto pasaría más temprano que tarde. Sabíamos que ese era el destino del negrito -dijo Josefina, la abuela, mientras abrazaba la ropa, ahora ensangrentada y llena de tierra, con la que vio a su nieto salir de su casa la mañana del jueves.

El cuerpo fue llevado a la Funeraria La Providencia acomodado para el velatorio, que se haría en la casa de su abuela. Luego de escuchar el testimonio de Javielito, la familia denunció en los medios de comunicación y ante la Fiscalía de Derechos Fundamentales, que Dieguito había sido interceptado por policías del CCP de Guaiparo cuando huía de Doña Bárbara, torturado y ejecutado con dos tiros de escopeta.

La noche del funeral, Capitán y Gordo Bayón alquilaron los cajones para darle a Diego la fiesta que quería. La urna estaba en plena vereda, justo frente a la casa de su abuela, y a cada costado se instaló una torre de bajos y cornetas. Las bebidas fueron distribuidas entre los presentes, le cantaron cumpleaños y hasta le picaron una de las dos tortas que había encargado. A Diego le hicieron su fiesta.

Lo vistieron con la chemise rosada y el blue jean Levi’s que compró para la rumba, además le pusieron sus zapatos Nike. Diego Andrés fue velado a urna abierta. Quienes se asomaban a través del cristal protector sólo podían ver su frente. El resto de su cara estaba cubierta por un vendaje. Uno de los dos disparos que recibió le desfiguró el rostro desde el mentón hasta debajo de las cejas.

A las 10:00 de la mañana del sábado 25 de febrero, el padre Mario Pérez, vicario parroquial de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, ofició las exequias de Dieguito. Su sermón estuvo dirigido a la no violencia y al respeto de la vida. Leyó el capítulo 2, versículos del 7 al 17, de la 1ra Carta de San Juan y el Salmo 23.

El padre sabía quién había fallecido. la calle estaba llena de malandros, drogas y licores. cerca de la urna, recuerda el padre, había más de 30 casquillos de balas. josefina, la madre, estaba desconsolada y le manifestó al sacerdote que temía que sus seis hijos menores siguieran el ejemplo de Dieguito, a quien muchos consideraban el terror del barrio.

El padre Mario bendijo el féretro del muchacho y se retiró. El cortejo fúnebre partió desde la vereda José Antonio Páez a las 11:00 de la mañana. En el cruce de la avenida Libertador y la vía Angosturita, cerca del INAM y del Cicpc, se detuvieron y lo bailaron al son de la canción Punto y Aparte de Tego Calderón.

Más de 70 vehículos: camionetas último modelo, carros del año y motos de todo tipo, formaban parte del cortejo. El conductor y el copiloto de una Chevrolet Captiva hacían disparos al aire en plena avenida Angosturita. Los tiros eran respondidos por una veintena de jóvenes que iban como parrilleros en las motos. Las detonaciones apenas opacaban el reggaetón, la salsa y la changa que sonaban a todo volumen en el Ford Fiesta, en el Volkswagen Gol y en la Ford Explorer que encabezaban la caravana que llevaba a Dieguito al camposanto.

La mayoría de los carros tenían escritas, en letras blancas, consignas como: “Policías asesinos”, “Diego, pana por siempre”, “Justicia para Diego”. Delante del cortejo fúnebre iba un camión 350 con la urna del niño del diente de oro en la plataforma.

Llegaron al cementerio, el más caro de la ciudad. El féretro de Dieguito fue cargado en hombros y llevado hasta el toldo donde le darían el último adiós. Unos tomaban ron, otros fumaban marihuana. Todos lloraban la muerte del niño del diente de oro.

—¡Mi niño no está muerto! ¡Mi niño no está muerto! -repetía sollozante su madre mientras abrazaba a uno de sus hijos.

Una lluvia de rosas y claveles cayó sobre el ataúd del niño. Osnel -asesinado tres meses y medio después- tomó la pala y lanzó la primera capa de tierra sobre la urna marrón con detalles dorados de su hermano. Esa primera paleada sirvió para que los pistoleros, que aguardaban impacientes, lanzaran al cielo un sinfín de proyectiles en honor al caído. El ruido de las detonaciones competía con la música a todo volumen que aún sonaba en los carros que guiaron al cortejo fúnebre hasta Jardines del Orinoco.

Dos entierros que se realizaban en simultáneo tuvieron que ser detenidos momentáneamente. Familias y empleados del cementerio se resguardaban de los disparos que despedían a Dieguito por todo lo alto, como la rumba que planeaba hacer para celebrar su cumpleaños el día que fue ejecutado.

Iris despertó con la tos de su esposo. Una nube de humo blanco le impedía abrir los ojos, incapaces de ver a su compañero de vida a pesar de los pocos centímetros que los separaban en la cama. Emiliano yacía a su lado, tratando de buscar una bocanada de oxígeno en ese nubarrón que inundaba su cuarto de 6 metros por 5. Seguía tosiendo en metralla. Casi sin parar. Buscando a tientas el brazo de Iris en medio del espesor de aquella cortina que, por más que trataba, no podía apartar de sus grandes ojos de miel.

—¿Viejito? ¿Qué te pasa, viejito? –preguntó Iris sobresaltada.

La respuesta de Emiliano fue la misma: una retahíla de toses e inhalaciones intercaladas con el mismo ahínco de los segundos anteriores.

Iris calzó sus sandalias plásticas para encender la luz en plena madrugada, bordear la cama matrimonial y llegar hasta la mesa de noche del lado de Emiliano, donde guardaba el nebulizador que le había comprado su hija para casos como estos. Preparó el equipo y lo dispensó ahí, sobre la cama, semi sentado y en medio de la nebulosa. Sacarlo de la habitación era inútil: el humo blanquecino estaba en todos los cuartos, en toda la casa, en toda la comunidad.

Dejó a Emiliano con la mascarilla puesta. Corrió en bermudas hasta el baño para buscar una toalla con la que iba a resguardarse del humo, si es que no quería terminar como su esposo. La idea era salvarlo y, para ello, era necesario usar un tapabocas.

Cuando Robert, el hijo de Emiliano –33 años, piel morena, contextura gruesa–, apareció en el cuarto esa madrugada, las explicaciones no fueron necesarias. Ambos sabían lo que pasaba. Emiliano no mejoraba con el nebulizador. La tos seguía su martilleo y su tez comenzaba a purpurarse. Fue entonces cuando Robert tomó la decisión:

—Vamos a sacarlo de aquí antes de que se nos muera.

Sin importarle el frío de la noche salió a la calle para que el teléfono tomara señal. Llamó al 171, pidió una ambulancia hasta su casa, en el sector 2 de Cambalache. “La del portón anaranjado”, “¿dónde venden leche de chiva? Más allaíta”.

Mientras tanto Iris vestía a Emiliano para llevarlo hasta una clínica: los dos Barrio Adentro de la comunidad y el módulo asistencial de la zona estaban cerrados.

En 15 minutos la ambulancia aparcó frente a su casa, pintada de un verde claro, casi invisible en la neblina. Dos paramédicos cruzaron el humo para cargarlo en la camilla. Eran cerca de las 12 y 20 cuando el vehículo corrió hasta la Clínica Caroní. El médico especialista no estaba de turno. De ahí aceleraron hasta la Clínica Ceciamb, donde luego del papeleo lo ingresaron a terapia intensiva.

Ahí estuvo internado por tres días: tiempo suficiente para aliviar parte de su crisis y agotar los 50 millones del seguro que le había contratado su hija María Auxiliadora.

—Se los tenemos que dar –dijo el médico refiriéndose al paciente.
—Está bien –asintió Iris, quien ya había tomado la decisión con Robert de llevarlo a un hospital.

En la sala de cuidados intensivos Emiliano volvió a toser. Tosía y tosía, como si no hubiera salido de aquella humareda. El monitor marcaba su ritmo con tono acelerado. Los médicos no tardaron en reaccionar. Le pusieron oxígeno. Nada. Electro-shock. Nada. El monitor hacía su ruido cada vez más continuo, hasta que, finalmente, a pesar de los esfuerzos de los médicos, aquel concierto de pitidos se convirtió en un sonido continuo.

Iris respiró profundo, salió a tomar aire y llamó a sus hijos. Contuvo las lágrimas antes darles la noticia: Emiliano De Pablos había muerto aquella mañana del 15 de septiembre de 2010. Otra víctima de la contaminación atmosférica de Cambalache. Otra víctima que arropa el vertedero de basura con su aliento mortal.

II

Fundado hace más de 50 años, incluso antes de la ciudad que la alberga, Cambalache es el asilo de un vertedero que alguna vez fue un relleno sanitario. Fue en 1985 cuando la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) decidió que en ese espacio se dispondrían los detritos de la primera ciudad planificada de Venezuela: Ciudad Guayana, tierra del hierro. Del acero. Del aluminio. De las represas que todavía surten de energía eléctrica al país. La gran maqueta del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, por su siglas en inglés) y el soñado polo de desarrollo como alternativa no petrolera.

La CVG decidió plantar ahí la semilla del vertedero, pero nunca lo consultó con los habitantes. Apenas se dijo que el terreno pasaría a formar parte de la corporación, pero nada más allá de eso. La comunidad se negó a salir. El estado se negó a reconocer. Los tractores derrumbaron casas, ranchos y hasta ganas de vivir durante más de 10 años en favor del reciente vecino.

A pesar de las tensiones, la vida transcurrió sin problemas. Al menos, en sus años primeros. Después de todo era un relleno, con 12 años de vida útil y una provisional de sólo 3. ¿Qué tanto daño podría causar? ¿Qué tanto problema sería una disposición de desechos controlada?

III

Es la mañana de un lunes quieto en el sector de Cambalache. Una nubosidad blanca y espesa acompaña el olor a lluvia que respira la comunidad: ese aroma que mana de la tierra húmeda con los primeros soles de la jornada. Es lunes 27 de mayo de 2013 y Tibisay Rosas está en su día libre. Aprovecha el descanso para ir al módulo asistencial, detrás del único colegio cercano, para ponerse la dupla de vacunas que aún tiene pendiente.

—Vente, Tibisay –le ordena la enfermera en tono amable, dirigiéndose a aquella mujer de estatura media, contextura gruesa, ojos grandes y aguarapados, que contrastaban con el curtido de su piel canela con 38 años de uso.

Tibisay accede con risa. Nerviosa. No le gustan mucho las inyecciones, pero sabe que es por su bien. Se para al lado de la enfermera, Mariluz Verde, quien recoge la manga de su franela roja donde reza la inscripción “Chávez corazón de mi patria”. Mariluz ahoga una torunda de algodón en el alcohol. Tibisay voltea. Cierra los ojos con fuerza y se ríe al sentir que esa masa fría le recorre en círculos el hombro izquierdo.

—Ya está listo, chica. ¿Viste que fue un pinchacito?

La paciente no pronuncia palabra. Sabe que viene otra inyección. Se prepara para el mismo procedimiento en el brazo derecho y salir de una buena vez de todo aquello.

Tibisay está en su día libre. No porque no tenga que ir a trabajar, sino porque no hay ni una asamblea en su agenda de actividades. “Andamos a cada ratico en una reunión porque aquí en Cambalache todos los días es un problema diferente”, dice la vocera del consejo comunal del sector 3, retorciendo los labios y encogiéndose de hombros mientras baja el tono de voz hasta el silencio absoluto.

Justo fuera del módulo de salud, refugiada en la sombra de un mango, Tibisay cuenta que el vertedero de basura es el responsable de la fetidez. De las moscas. Del mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. La acumulación de desperdicios, sobregirada en tiempo y espacio, ha hecho que el depósito se convierta en una máquina de fluidos putrefactos que inundan la tierra hasta sus entrañas: un contenido que viaja hasta emerger en los patios de los vecinos.

Por eso, cuando llueve en Cambalache, llueve arriba y llueve abajo. Llueve adentro y llueve afuera. Agua de vida y agua que mata. Agua que inunda las casas de cinco de los seis sectores del asentamiento.

—A mí me ha pasado que cuando llueve en la noche, cuando voy a poner el pie en el suelo, eso es puuuura agua podrida –irrumpe la señora Aura Morillo, que detiene su paso al lado de Tibisay para reforzar su testimonio.
—Ella es un libro de aquí, de Cambalache. Ella tiene años viviendo aquí. Yo soy nueva. Yo tengo son 12 años acá. Ella tiene toda una vida viviendo aquí –refiere Tibisay con tono de respeto.

Aura tiene 64 años, pero parece de 80. La piel blanca de sus tiempos mejores es hoy una película de pliegues rojos y tostados, con manchas y surcos que le cincelan la cara. Sus ojos achinados, negros e irritados por el humo son lo único que asoman sus párpados caídos por el paso de los años. Aura vive en el sector 5 y, a pesar de que su piso es de concreto, los “lixiviados” (fluidos inmundos que manan de la basura) se abren paso entre el cemento, sus muebles y su dignidad.

Ya no es Aura la única que acompaña a Tibisay. Ahora hay otras mujeres y hombres de la comunidad. Todos forman un semicírculo alrededor del mango, que funge ahora de tribuna para exponer los problemas de la zona.

Ahí está Ana Morillo, que no es familia de Aura pero son “hijas de Chávez y hermanas en Cristo”. También está Cristian Morales, que encontró a su padre muerto tratando de escapar de una humareda nocturna la mañana de un 13 de octubre. También está su esposo, José Cedeño, que cuida la casa cuando hay inundación para evitar que entren los saqueadores. Está el sol, el mango, el calor, la humedad…

Las horas se gastan en comentarios y actualizaciones. En sus denuncias sobre la laguna de lodos rojos. En que el alcalde y el gobernador no sirven. En el brote de H1N1 y cómo prevenirlo. En que todos ahí son “revolucionarios” y en que la oposición, por más que quiera, “más nunca volverá”.

Mientras tanto el vertedero palpita a su propio ritmo, abriendo sus fauces a los camiones que van a alimentarlo con dosis de entre 1.000 y 1.400 toneladas diarias. Una bandada de zamuros lo custodia desde el cielo, con su vuelo en espiral capaz de preludiar hasta la misma muerte. Allá van los camiones, como piezas de juguete en ese campo de inmundicia. Allá van “los otros”, “aquellos”, los “medio raritos”, los que viven de la revisión y colecta de desperdicios que queman de vez en cuando.

Es ese humo el que afecta a la comunidad; el que les da a muchos ese timbre fañoso cuando hablan. Ese humo los afecta, claro, pero son sólo focos eventuales. El gran temor en Cambalache es la combustión espontánea que se genera por la acumulación de gases inflamables, y que los sume a ellos y a parte de la ciudad en una nube tóxica que deja muertes a su paso. A veces lentas. A veces rápidas.

—Disculpe, señora. ¿Cómo llegamos al vertedero?
—¿Ah, ustedes van pa’l bote?
—Sí.
—¿Vinieron armados? Pa’ allá no se puede entrar si no es armado. Después no digan que no se los advertí.

IV

Ese día cayó lunes, 3 de octubre de 2011: tres días después de la fecha límite para que el Estado clausurara todos los vertederos a cielo abierto. Así dictaba la ley de desechos aprobada un año antes, pero en ese tiempo de gracia el humo siguió azotando a los pobladores y sumaba nuevas vidas a su cuenta. Eso sin contar los casos que a diario saturaban el módulo asistencial de niños con gripes, alergias y un sinfín de asmas.

Todo esto fue minando la paciencia de la comunidad. Pero fueron las palabras del gobernador Francisco Rangel Gómez, el 30 de septiembre de 2011, las que pusieron a prueba el temple de los vecinos: para el gobierno el vertedero no se cerraría, sino en un plazo de cinco años.

Prepararon todo el domingo en la noche. Tibisay Rosas, Cristian Morales, Eliana Villanueva y Aurelio Vásquez. A la mañana siguiente, Cristian los pasaría buscando en su Cheyenne blanca a las 4:00 de la madrugada. Saldrían hasta la avenida Angosturita –hoy Avenida de los Trabajadores– para iniciar su protesta.

A las 5:00 de la mañana los cuatro estaban en la vía, cerrando el paso con palos y cauchos que consiguieron en el vertedero. Minutos más tarde, un primer camión de basura llegó al sitio con las luces encendidas. Nunca pasó. Tibisay le explicó el motivo de su queja solo para darse cuenta de que los camioneros también los apoyaban. Llegaron más camiones. Ninguno pudo pasar. La línea de carga con desechos sólidos fue creciendo con el paso de las horas, al igual que la indignación de los conductores comunes y el infarto de las vías alternas.

Ya a las 9:00 de la mañana el tráfico había colapsado. Ya no eran únicamente Tibisay y sus amigos, sino un bloque de la comunidad, dispuesta a detener el tráfico hasta sus últimas consecuencias. Hubo un grupo de camiones que trató de entrar, pero una vez más se lo impidieron. Las mujeres se acostaron en el calor de aquel asfalto. Ninguno se atrevió a tentar al destino.

Minutos más tarde comenzaron las llamadas. Era el secretario político de la Gobernación Horacio Alarcón –gordo, moreno, rapado, nariz ancha y estatura media– informándole que la tranca impedía el paso de los camiones de asfalto con el que hacían mantenimiento a la avenida.

“¿Ah, sí hay asfalto pa’ la Angosturita, pero pa’ Cambalache no hay nada? ¡Bueno, si no hay asfalto pa’ nosotros tampoco hay pa’ nadie!… ¿Ah, y nosotros no valemos? ¿El poder popular no vale?”, respondieron indignados.

Casi en paralelo llegó una delegación de la Alcaldía de Caroní. La gente la rechazaba. Querían la presencia del alcalde y una respuesta directa como diera lugar. Llegó un puñado de guardias nacionales, que luego de escuchar el argumento de Tibisay se quedaron en el sitio para resguardarlos. Pronto salieron “los de adentro”, con su aire de iracundia para exigir la reapertura del vertedero de basura. “¡Nosotros vivimos de esto! ¡Este es nuestro trabajo!”, gritaban los más amables, antes de que llegaran las patrullas de la policía municipal.

“No sé en qué momento fue eso, pero apenas llegaron se prendió una trifulca entre la gente de la comunidad y los del vertedero. Mi hijo tenía un palo en la mano y fue a ver lo que pasaba pero no soltó el palo. En eso vino la policía, lo agarró y lo metió preso”.

Tibisay abandonó la tranca. Fue hasta la comisaría de Unare para buscar a su hijo, pero no se lo devolvieron. Mientras tanto el alcalde José Ramón López ponía los pies en la zona de conflicto, pero ya las reglas habían cambiado: o devolvían al hijo de Tibisay o no soltaban al alcalde. Al final el trueque se dio. Se levantó la protesta y la gente sucumbió al calor de las 2:00 de la tarde. Recorrieron el vertedero, tomaron decisiones y a los tres días comenzaron las labores de saneamiento.

V

El cambio se sintió en el ambiente. La combustión espontánea cesó. Hoy Cambalache respira un aire más limpio, pero nadie sabe hasta cuándo dure la dicha. Hoy todos celebran la victoria, la de ellos, la de sus antecesores, la de los que lucharon y los que quedaron en el camino, pero ya volverán los camiones con nuevas de toneladas de basura. Volverán las moscas. Volverá la fetidez. Volverá el mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. Los zamuros volverán a preludiar a la muerte, y aquellos, “los raritos”, los que viven entre delincuentes, volverán a quemar los desechos de vez que les venga en gana.

Hace tres años que Emiliano De Pablos murió, a causa de la asfixia provocada por el humo de las llamas. Esos son los fuegos del vertedero. Las candelas de “el bote”, que duerme ahora al cobijo de una nube que, a pesar de los años, todavía pulula sobre su lecho.