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El país de la calma

Publicado: 10 agosto 2015 en David Santa Cruz
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―Mira, el único peligro que hay en Uruguay es, que de repente, te des cuenta que llevas dos días tumbado en el pasto viendo crecer la hierba, tomando mate ―dice Ángel Galán, un periodista español avecindado en Montevideo. Tiene razón.

Cuando sucede viene el estupor, sientes vergüenza; piensas que estás desperdiciando tu vida. Luego, el síndrome de abstinencia por la falta del estrés–ira–angustia–depresión y todo el coctel químico que el cerebro reproduce en ciclos de tensión–carga–descarga–distensión. Que cada vez se acortan: tensión–carga–descarga. Sin tiempo al descanso: tensión–carga, tensión–carga, tensión–carga. Hasta enloquecer. Piensas. No pasa nada. Entonces suspiras. Sí, parece que la hierba hace ruido cuando crece pero tú no la escuchas. Te relajas. Piensas. Así son las cosas acá.

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El 27 de abril de este 2014, la banda de heavy metal Megadeth, tocó en el Teatro de Verano, el principal escenario para conciertos del país. En algún momento del concierto, un grupo de personas desplegaron una bandera enorme con el logotipo de la banda, lo que llamó la atención del vocalista, Dave Mustaine.

―Denme un segundo, tengo que tomarle una foto a esto, voy por mi celular ―dijo y desapareció del escenario.

Expectantes, los casi cuatro mil asistentes se movían con el mismo vaivén y suave rumor que las olas del Río de la Plata cuando se estiran sobre las playas de Montevideo.

Al regresar, el guitarrista pelirrojo tomó la foto y llamó a su esposa.

―Hola amor. ¿Te acuerdas que hablábamos a dónde mudarnos si viviéramos fuera de América? Bueno, nos mudamos a Uruguay.

La ovación no se hizo esperar, el comentario de Mustaine abonaba a la sensación de que Uruguay es un gran lugar para vivir. Aunque quizá sólo esté de moda. Ya en septiembre de 2013, Steven Tyler, vocalista de la banda de hard rock, Aerosmith había dicho que el de Uruguay era el mejor presidente del mundo y que más mandatarios deberían seguir el ejemplo de José «Pepe» Mujica. Que, qué duda cabe, es hoy una estrella más: uno de los principales activos promocionales de la República Oriental del Uruguay.

―¿La moda es argentina, latinoamericana o más extendida? ―pregunta, mientras tomamos un café, Gabriela, una chica que vive en el barrio contiguo al mío en Buenos Aires.
―Mundial ―respondo.
―¿Y empezó?
―En 2012, por una entrevista que el diario español El Mundo le hizo a El Pepe, la titularon «El presidente más pobre del mundo». ¡Y zas!, todos los medios fueron a buscarlo. Luego los uruguayos legalizaron el matrimonio gay, y luego la marihuana, y el aborto…
―Quizá que hayan llegado a semifinales en fútbol en 2010. ¿Tendrá también algo de incidencia? ―dice ella.

¡Ah sí! El futbol. ¿Qué pasó en 2010? Googleo discretamente en el teléfono. ¡Ah!, el mundial de Sudáfrica. Holanda contra Uruguay. Recontra googleo: Uruguay ganó dos mundiales, el primero de la historia, en 1930, jugaba de local. El segundo fue tragedia ajena, 1950. Maracaná, 250 mil espectadores, Brasil en la final como favorito. Uruguay se coronó.

―Es posible ―le digo a Gabriela.

En 2013 la revista inglesa The Economist nombró a Uruguay el mejor país del mundo. Dicen que se lo dan por la aprobación del paquete de reformas. Dicen también que están abriendo un camino que no sólo mejorará a una sola nación, sino que si son replicadas, beneficiarían al mundo.

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Su figura bonachona y regordeta que corona con una franca sonrisa lo hacen parecer afable. Lo es, aunque a veces refunfuña. Con el éxito que tiene, alguien debería fabricar un muñeco de peluche a su imagen y semejanza. En las calles de Montevideo la gente lo ve y se sorprende, sacan de inmediato los celulares y le toman fotos.

―¡Que viva El Pepe!, ¡Que viva Mujica! ―grita un grupo de cinco o seis brasileños que iban saliendo a la calle y coincidieron con el mandatario.

Él los saluda con la mano en alto, les dice algo que no alcanzo a registrar y amaga con entrar al auto. Voltea como si se olvidara de alguna cosa. Levanta la vista, despacio, hacia los periodistas que lo esperábamos. Cuando constata que seguimos ahí con los micrófonos, libretas y grabadoras en la mano abre los ojos y la boca, ladea la cabeza y separa un poco las manos con los pulgares hacia afuera, en un gesto mezcla de desencanto y resignación. Pareciera decir «pero, ¿todavía siguen aquí?». Deja caer los hombros y avanza hasta donde estamos. Da pasos lentos, pesados. Le llueven las preguntas, capotea todas, es fin de semana y sale de un acto protocolario con militares. Esos, a los que combatió rifle en mano siendo guerrillero. Esos que lo encerraron en una celda oscura, húmeda y desaseada. Y que luego de escaparse de ella, en una fuga de película, lo confinaron a siete años de aislamiento sin dejarlo leer. Esos militares que lo orillaron a la locura al recluirlo durante dos años en un pozo. Donde su único entretenimiento era alimentar, con migajas de pan, a siete ranas. Ahí  aprendió que la hormigas gritan y que cualquier rata se domestica.

―Presidente ¿El tamaño de las fuerzas armadas está bien en Uruguay? ―pregunta un reportero.
―Pienso que probablemente  necesite rectificación.
―¿Se necesitan menos militares? ―replica una voz de mujer.
―Se necesitan para realizar un conjunto de tareas que no podemos cumplir todavía. Ahora es mucho más complejo que antes, hay ciertos conocimientos como de sísmica, de planimetría, que son difíciles de captar en el país.

Pero que el presidente evada ese tipo de respuestas sobre los militares no es sólo parte de la cordialidad entre instituciones y poderes reales y fácticos. El uruguayo es en lo general dual a este respecto. En 1989 se esperaba que triunfara el plebiscito para derogar la «Ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado» la cual permitía la amnistía de militares y policías que violaron derechos humanos durante el gobierno cívico militar. Pero los uruguayos decidieron mantenerla y renunciar a la posibilidad de juzgar a sus dictadores, aún y a pesar de que la Suprema Corte consideraba dicha ley como inconstitucional.

—Yo tengo una memoria y sus recuerdos. No puede ser de otra manera. Pero dejo una cosa bien clara: el libro de mis cuentas pendientes, ese yo lo perdí —le dijo en 2005 al periodista brasileño, Marco Aurélio Weissheimer.

El día es flojo y no hay mucho de donde cortar. Tiramos preguntas, a ver si da nota. José Mujica se exaspera.

―¡Si cada cual me va a plantear su problema particular, no me voy más de acá! ―Dice y aún así contesta, elaborando las respuestas.

Dos días después me llega un correo electrónico de la oficina de la presidencia: «Hemos recibido su solicitud y agradecemos el interés que expresa, dada la intensa agenda del Presidente, es muy difícil concretar la entrevista».

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Luego de la entrevista de El Mundo, la  granja de Mujica se convirtió en centro de peregrinaje para los periodistas del planeta. Todos en busca del presidente que siembra flores, repara él mismo su tractor, tiene una perra coja como mascota, y además vive desde siempre con la misma mujer que también fue guerrillera y ahora es senadora. Al igual que su marido, ella creía que la mejor forma de cambiar el mundo era mediante el proceso revolucionario. Ella también fue encarcelada, vejada y tuvo su gran fuga.

Todos los medios de comunicación querían una historia que revelara el origen de su pobreza. La respuesta: dona el 90% de su sueldo a obras sociales. Algo insólito en una época donde la cleptocracia impera aún en medio de crisis económicas. Frente a este desprestigio El Pepe representa una visión romántica. No es que la gente desconozca que como tupamaro y anarquista participó en expropiaciones –robos a bancos para financiar la guerrilla–, secuestros y demás acciones de guerra. Es solo que Facundo y Ulpiano –sus nombres de batalla– desaparecieron tras recibir seis balazos y perder la libertad. El Mujica actual reconoce sus errores de  juventud y en junio de 2014, fue propuesto para recibir el premio Nobel de la Paz.

A José Mujica no le gusta el mote. Ha dicho que no es el más pobre del mundo, que pobres son aquellos que necesitan mucho para vivir, él es un campesino que tiene lo suficiente y que de momento agarró una chambita de presidente. Sus detractores lo tachan de radical y populista, de ser un demagogo que creó un personaje: El Pepe. Aunque los propios uruguayos dan fe de encuentros personales e historias de calle que indican lo contrario. En Valizas una de las playas más concurridas de Uruguay, escuché de boca de un ingeniero agrónomo decir que antes de llegar a la presidencia, Mujica iba a comprar las plantas y semillas para su chacra y siempre les compraba un poco a la empresa donde él laboraba y otro tanto a los de la competencia, así que en opinión del agrónomo así era para todo, equitativo en la medida de lo posible.

El estrellato llegó a su máximo el día que José Mujica se paró en la tribuna de las Naciones Unidas para hablar de la felicidad y el tiempo libre. Para declararse socialdemócrata como la mayoría de los guerrilleros que sobrevivieron a su propia utopía y se incorporaron a la lucha electoral. Pararse ahí además y decirle a la burocracia internacional que no sirven para mucho, que «nuestro mundo precisa menos organismos mundiales de toda laya, que organizan foros y conferencias que sólo sirven a las cadenas hoteleras y a las compañías aéreas».

Cuando José Mujica no es un soñador tiene que actuar como hombre de Estado. Tiene claro que vive en un sistema capitalista y que Uruguay con sus poco más de tres millones de habitantes es un actor minúsculo del sur dentro del concierto internacional. Rodeado, por si fuera poco, de dos gigantes regionales: Argentina y Brasil, que lo acorralan contra el Atlántico.

―Pero dentro de Uruguay no es una presidencia tan respetada en términos de logros ―dice el doctor en ciencia política Germán Lodola, cuya vertiente de investigación es precisamente la nueva izquierda latinoamericana.
―Se dice en Uruguay que no ha avanzado mucho en áreas donde se lo había propuesto inicialmente. Y tampoco ha tenido grandes logros en materia económica. Se le ve más como un gobierno estático ―dice el catedrático de la bonarense Universidad Torcuato Di Tella.

Durante el mes que estuve en Uruguay, 15 días en 2013 y otros tantos en 2014 pude comprobar que en efecto: aquello que nos parece romántico desde fuera, a los uruguayos les rompe las pelotas. Se puede percibir en las columnas de los diarios o en los medios electrónicos que la vida sencilla de Mujica parece una afrenta. A veces, aún sus más fieles seguidores no tienen más opción que levantar los ojos y  los hombros cuando su presidente llega a la toma de protesta del ministro de economía en chanclas y sin cortarse las uñas de los pies o bien cuando hace fila en un hospital público para ser atendido.

La crítica interna es parecida a la que había en México cuando el presidente Vicente Fox empezó a usar botas con traje o se comportaba como ranchero y no de manera protocolaria. En general, a la opinión pública en todo el mundo le molesta la chabacanería en un gobernante, dígase el rey de España cazando elefantes; Hugo Chávez cantando rancheras; Evo Morales fichado para jugar en un equipo profesional de futbol; Cristina Fernández diciéndole a políticos y empresarios que son como la gata flora –si se la meten chilla y si se la sacan llora– y así.

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En Uruguay la mitad del año es carnaval y la otra mitad hace frío. Para el frío inventaron la grappamiel y para el carnaval las murgas. También hay candombe, parodistas, humoristas y revistas. Pero lo suyo es la murga.

En 1968 la murga, La Milonga Nacional, intentaba explicarse a sí misma en su salida.

Murga es el imán fraterno
que al pueblo atrae y hechiza
Murga es la eterna sonrisa
en los labios de un Pierrot.

A mis oídos llegó de los labios de Jorge, un consumidor de pasta base de cocaína, que a veces cuida coches.

―Yo soy murguero ―me dijo al acercarse y mientras me extendía una lata de Jumex de durazno, mezclado con alcohol.
―Ajá ―contesté. Sin darme tiempo se arrancó cantando, la voz clara y educada. Departimos hasta las tres de la mañana.
―Yo era muy bueno, pero soy bohemio ―dice Jorge y se despide.

Una murga es un grupo vocal de 13 cantantes, un director y tres percusiones, que forman una ópera con guitarra, cajón, timbal y bombo. Van maquillados, lucen ropas coloridas, mezcla de arlequín y payaso vagabundo. Resumen cada año las noticias del país. Aún en la época de la dictadura tuvieron cierta libertad. Aunque a las más combativas, como La Soberana –compuesta por miembros del grupo guerrillero tupamaros– las desarticularon.

Para los seguidores del carnaval, no hay mayor ilusión que ir de camión con una murga recorriendo tinglados.

En 2014, la murga Momolandia quedó en segundo lugar del carnaval. El autobús es una fiesta que atraviesa Montevideo, rompe en silencio la tranquilidad de la ciudad. Adentro se vive un carnaval que afuera nadie ve.

―No flaco, ¿vos vas a caminar? Son las dos de la mañana, es re peligroso. ¡Te pido un taxi! ―me dice el cuidador de la puerta del Museo del Carnaval, uno de los tablados más socorridos durante la festividad.

Son apenas seis o siete calles sobre una peatonal bien iluminada, solitaria, pero tranquila. Así que me niego, me parece ridículo. Si fuera San Pedro Sula o Caracas, incluso dudaría en pedir un taxi. Uruguay junto con Canadá son los dos países más seguros del continente americano y en eso todos los estudios coinciden. Camino sobre Sarandí y llego a la catedral, ahí a 100 metros está el apartamento donde me hospedo. Mi anfitriona coincide con el portero: fui un irresponsable por estar caminando por la Ciudad Vieja a esas horas.

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Maru Martínez es mi amiga. Es uruguaya. Originaria de 33, un pueblito que hace referencia a los 33 orientales que le arrebataron la Provincia de Uruguay a los brasileños. Hace rato que vive en Montevideo. Escribe que da envidia, tiene un blog hilarante: nolvidarme.wordpress.com. Si fuera española o argentina sería tan famosa como Maitena. Pero como le dijo Juan Carlos Onetti a Eduardo Galeano: «Mirá, pibe. Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de la banda del pueblo».

Las veces que he visitado el país me quedo en su casa, que ya siento como mía. Me encanta salir a la terraza y disfrutar la vista de la catedral con el Río de la Plata de fondo, todo antiguo, siempre igual. Sólo el viento muestra cambios. Un fuerte olor herbal, mentolado que me despierta más que el café que sostengo en mi mano. Sigo mi olfato, llego a la orilla de la terraza y miro abajo: unas hermosas plantas de marihuana, frondosas, salen por las ventanas de los vecinos.

—Siempre las han tenido —explica Maru—, sólo que ahora las sacaron al sol, ya no tienen que esconderlas.

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A dos calles de mi casa montevideana, en Camacúa y Brecha, nació en 1846 el Conde de Lautremont, poeta maldito, autor de Los Cantos de Maldodor. Creció en medio de la guerra civil que los historiadores llamaron la Guerra Grande. En ella, Francia e Inglaterra con apoyo argentino intentaron adueñarse del recién conformado país.

Por aquel entonces, Alejandro Dumas gozaba la fama de haber escrito Los Tres Mosqueteros. Y aunque nunca estuvo en Uruguay, contó su versión de la guerra en La Nueva Troya. Ahí asegura que el nombre de Montevideo se originó cuando el vigía del barco de Juan Díaz de Solís gritó: «montem video». Pero los historiadores señalan que en los mapas a este punto se le llamó Monte Ovidio.

Maru fue el primer habitante de ese país que conocí. Por ella supe que los uruguayos dicen «Ta» como muletilla por cualquier cosa. Que al Río de la Plata, lo llaman «el mar» por su vastedad; lo tratan como tal, se bañan en sus playas y construyeron una Rambla que bordea la ciudad. Que el refresco local es el Paso dos Toros de pomelo (toronja), que el chivito canadiense es el plato típico, que a los hot dogs les dicen panchos y que hay que comerse uno en La Pasiva. Que existe el mercado del puerto y también una playa hermosa llamada Valizas y una más hippie llamada Cabo Polonio, donde por decisión de los habitantes no hay electricidad ni agua corriente.

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Al final de las dunas se ve Cabo Polonio. De no ser por el mar, parecería un pueblo perdido del desierto, de cualquier desierto. Se intuye un pueblo de pescadores pero salvo la artesanal y deportiva, la pesca está prohibida por decreto. Desde el 2006 se logró que también se prohibiera construir o utilizar la arena de la zona como material para construcción.

En esta playa no hay energía eléctrica ni agua potable, las pocas casas funcionan con pozos, desde siempre. Y los pobladores permanentes son apenas un puñado que viven del turismo que llega año con año durante el verano. Porque en invierno no queda nada más las calles de arena y una playa torturada por un mar furioso, tan gris como el cielo. El viento congela, y las casitas de madera son incapaces de proteger a nadie. Así que casi todos se van.

En el verano Cabo Polonio y Valizas –la playa vecina– se llenan de turistas europeos que buscan la experiencia natural; de artesanos que ven el poblado como un paraíso hippie y de turismo nacional que busca una playa sin argentinos y brasileños botando la plata y sintiéndose dueños del lugar. Sucede como en Punta del Este, un complejo turístico con una hermosa marina y hoteles all inclusive, algo muy parecido a Los Cabos y Cancún en México, a donde llegan los turistas que quieren disfrutar del clima y el mar, sin los nativos ni sus costumbres.

Al Cabo se llega desde el kilómetro 264 y medio de la ruta número 10. De ahí quedan unos 7 kilómetros de arena y algo parecido a un bosque, que se pueden recorrer solo camiones de redilas que recuerdan a las guaguas cubanas, a caballo, o caminando. La otra vía es desde Valizas, el poblado cercano, donde sí hay luz y agua corriente.

El camino desde este punto se a pie o a caballo. Primero se debe cruzar un río de unos seis metros de ancho que en su punto menos profundo debe medir 1.65 metros, vamos que yo mido 1.82 y el agua me llegaba a la clavícula. Luego se debe elegir, bordear los 10 kilómetros de playa o ir en línea recta a lo largo de 8 kilómetros entre dunas y pequeños pantanos. Todo bajo un sol calcinante o un frío insoportable.

Eso sí, en Uruguay no se puede acampar en la playa, es ilegal, y aunque nunca vi un policía en ninguna de las dos playas, nadie acampa.

A la noche Cabo Polonio se sume en una fiesta discreta, tampoco se puede hacer ruido y como no hay electricidad pues no es que se pueda poner el estéreo a todo volumen. Las fogatas abundan, los tambores, las guitarras, alguna pareja recién formada que solo durará esa noche furtiva o a lo sumo el verano.

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La República Oriental del Uruguay es un país pequeño, tiene 176 mil kilómetros cuadrados de extensión y poco más de tres millones de habitantes. En México existen al menos cuatro estados que son similares a este país, tres de ellos más grandes. Los uruguayos son los mayores consumidores de carne y whiskey en el mundo. Tienen la mayor cantidad de vacas por habitante, no porque haya muchas vacas (12 millones de cabezas de ganado) sino porque son pocos habitantes.

En alguna época se le llamó la Suiza de América por ser un refugio de capitales, ahora sólo le dicen paraíso fiscal.  Si bien su inflación no es de las más altas (8.3% frente al 20.8% de Argentina), el precio de la comida es tan alto como en la zona del Euro. El índice Big Mac ayuda a entenderlo mejor, en Uruguay la hamburguesa cuesta 4.91 dólares, mientras en México su precio es de 2.78.

Viven entre dos gigantes que para frenar la guerra decidieron que fuera un país independiente. Los brasileños y los argentinos. Los tres países producen carne, soja y productos de piel, por lo que Uruguay solo coloca en el mercado lo que los otros dos no pueden abastecer. Por lo que su economía se ve arrastrada por ambos. Por si fuera poco, en el Mercosur les impiden negociar por su lado, aunque llevan rato coqueteando con la Unión Europea y con la Alianza del Pacífico.

Los uruguayos llaman oficialmente a la «Semana Santa», la semana del turismo y es feriada no por tema religioso, sino porque es la época en que la gente sale de Montevideo para visitar a sus familias en las provincias. Esa semana la ciudad queda desierta y las playas se llenan. Desde 1929 el laicismo es una realidad como no lo es en ningún otro país de América.

Los uruguayos aseguran que el tango, el ritmo por excelencia de la argentina y Carlos Gardel, su mayor exponente, nacieron en Uruguay.

Las relaciones con el vecino siempre fueron complicadas: Si allá comen con picante, los de acá cagamos fuego, dice un cuplé de la murga Don Timoteo. Los tres últimos presidentes, no han abonado mucho para mejorarlo. Digamos que se les chispoteó al menos una vez a cada uno cuando creían que nadie los escuchaba. En 2002, el presidente uruguayo Jorge Batlle dijo a Bloomberg: «La situación argentina es de los argentinos, con los problemas de Argentina; una manga de ladrones del primero al último». Luego su sucesor, Tabaré Vázquez, dijo que consideró la posibilidad de una guerra con Argentina, por el tema de una planta de pasta de celulosa construida del lado uruguayo en la frontera de ambos países. Ya en 2013, Pepe Mujica se mandó una a lo grande en cadena nacional: «esta vieja [Cristina Fernández] es peor que el Tuerto [Néstor Kirschner]; el Tuerto era político, ésta es terca».

La sangre no llegó al río, se pidieron disculpas y todo sigue como siempre.

Si Francia y Alemania necesitaron media docena de guerras y llevar al planeta entero a dos de las mayores conflagraciones bélicas de la historia para poder ser vecinos cordiales. Y las dos coreas, teniendo una misma identidad, lengua y hasta lazos sanguíneos viven en un estado permanente de guerra (ahora suspendida) desde 1950. La diferencia entre uruguayos y argentinos es un sentimiento que se reduce a un chiste relajado.

―Ta, ¿sabés cómo se hacé un uruguayo? Necesitás masa para pizza, barro del Río de la Plata y un poquito de mierda. ¡Pero sólo un poquito! Porque si te pasás te sale argentino.

El chiste me lo han contado tantas veces que sería injusto adjudicárselo a un solo uruguayo.

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―La película de El Gran Dictador de Chaplin [1940] no se exhibió en la argentina. La gente tenía que cruzar el río e irla a ver a Uruguay ―dice Gustavo Koniszczer, quien es argento-uruguayo―. Lo mismo pasó con el clásico del cine erótico, Emmanuelle.

«A principios del siglo veinte, el Uruguay era un país del siglo veintiuno», escribió Eduardo Galeano en Los Abrazos Rotos. Todo parece indicar que así fue hasta antes de la dictadura con más presos políticos per capíta en el mundo. El peruano Mario Vargas Llosa, reafirma en El Viaje a la Ficción, la admiración que le produjo la libertad en Uruguay pues se acercaba más a la de países europeos, que a la libertad de sus vecinos latinoamericanos.

Ernesto «El Che» Guevara, ya como ministro de economía de Cuba, dijo en un discurso en el Paraninfo de la Universidad de la República, en Montevideo, el 17 de agosto de 1961: «Tengo las pretensiones personales de decir que conozco América, y que cada uno de sus países, en alguna forma, los he visitado, y puedo asegurarles que en nuestra América, en las condiciones actuales, no se da un país donde, como en el Uruguay, se permitan las manifestaciones de las ideas». Al año siguiente Cuba sería expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA), durante la octava reunión de ministros de relaciones exteriores, realizada en Punta del Este, Uruguay.

Eran momentos duros, la izquierda latinoamericana intentaba abrirse paso por distintas vías, mientras que la derecha buscaba frenar a toda costa que Cuba exportara la revolución. Derrotados los políticos, arrebataron los militares. Vargas Llosa culpa a los tupamaros por generar las condiciones que culminaron con el golpe en Uruguay el 27 de junio de 1973. Sin embargo en Chile, Salvador Allende había llegado por la vía de las urnas en 1970, y tres años después fue asesinado por los golpistas.

Salvo ese episodio, Uruguay siempre ha sido un país ejemplar, al que sólo le falta desarrollar un modelo económico que lo lleve al primer mundo.

―En el top ten de las marcas país de Latinoamérica, elaborado por FutureBrand ―dice Koniszczer, Director para Latinoamérica de la agencia de publicidad―, Uruguay es la nación que más primeros lugares ocupa en atributos específicos, entre ellos calidad de vida, seguridad, oportunidades laborales, mejor lugar para vivir, tolerancia, libertad política y libertad de expresión.

Es un paraíso.

Cuando investigué para esta crónica y comparaba lo que se decía del país oriental antes de la dictadura y después de ella, parecía que nada había pasado en medio, ni los muertos, ni los desaparecidos, ni los exiliados. La prisión donde estuvieron confinados los presos políticos –entre ellos Mujica– es ahora un lujoso centro comercial.

—A pesar de ser un extupamaro, a Mujica se le ve como un moderado. En una época donde la política está desprestigiada, Mujica se presenta como algo diferente. ―Dice Germán Lodola.
—Y eso que la época de los tupamaros fue muy violenta, hoy tienen un presidente que formó parte de esa guerrilla y que se ha convertido en un activo de imagen para Uruguay. ―Cuenta Koniszczer, a quien le tocó vivirla.

En 1985, el país regresó a la vía democrática, liberaron a los presos políticos, el Frente Amplio –un partido que aglutina a las izquierdas– salió de la clandestinidad y quienes antes optaron por la vía armada, decidieron participar en las urnas. Cuatro años después ganarían su primer espacio importante. El oncólogo Tabaré Vázquez, ganó la intendencia de Montevideo y en 2005, se convirtió en presidente del país.

«Sin el Frente Amplio y sin Tabaré no hubiera sido posible Mujica», dice Lodola. Con Tabaré Vázquez se intensificaron las transferencias de dinero en efectivo como política social.

―Afuera todos ven a El Pepe, pero Tabaré fue el que reactivó la economía. Si Mujica fue presidente es porque Tabaré puso las bases ―dice Natalia Chargoñia, una escritora uruguaya.

El activismo de los uruguayos sorprende. Lapop señala que la participación cívica ha descendido, no así la política. He platicado con dos o tres personas, pero ellos levantaron más de dos mil cuestionarios.

***

Un repartidor de leche, al centro del restaurante Bacacay, habla con dos mujeres empleadas del café:

―Es que yo creo que Tabaré no debió haber vetado el aborto. Es un derecho de las mujeres ―dice el repartidor.
―Hacía falta discutirlo, reglamentarlo. Además Tabaré es médico, no fue una cosa moral fue ética ―responde la cajera, una mujer que ronda los 40 años.

La camarera, una jovencita que no supera los 20 años, interviene:

―Tá, no sé ―dice en voz baja. Se toca el labio como para que no se le salgan las palabras― Sí, una debe poder decidir sobre su cuerpo, pero, no sé.
―De eso se trata, si vos no querés abortar porque crees que es malo, no lo hacés y ya, pero no hay porque imponérselo a los demás ―dice el lechero.

Quisiera interrumpirlos, preguntarles dónde viven. ¿Hasta qué grado estudiaron?, pero siento vergüenza de mi clasismo, de que me sorprenda una plática informada entre el lechero y las meseras. Veo por la ventana el Teatro Solís y me escondo detrás del periódico.

Esa misma semana de marzo del 2013 me volvería a suceder. Fue con los dueños de El Miró, el restaurante más barato y rico de la ciudad, ubicado en la calle de Ciudadela y Mercedes. Nos enfrascamos en una discusión sobre macroeconomía que se prolongó aún después de haber bajado la cortina del local.

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¿Y si el chico no mató a su padre? ¿Podrían vivir ellos con la culpa de condenar a un inocente a pena de muerte? El juez se los había advertido: «si alguno tiene una duda razonable…». Y uno de ellos la tenía. Los actores de «12 hombres en pugna», iban por su quinta semana de éxito escenificado la obra de Reginald Roseen en el Teatro Circular de Montevideo. La tensión crecía y desbordaba en imprecaciones que, de acuerdo con el guión, en el pináculo del montaje trastocaba en violencia.

Luego la calma, el actor José María Novo encendía un cigarro para tranqulizar al personaje.

«No se puede fumar en un espacio cerrado»…

Se escuchó antes que se desvaneciera la nube de humo, y en medio del silencio…

«Apague ese cigarro. Por favor».

Era domingo, cuando la gente de mayor edad va al teatro.

La voz elevada pero calmada de una mujer, desde la segunda fila…

«Está prohibido».

El actor obedeció a la tercera llamada. La platea entera murmuró.

En Uruguay, el control social siempre triunfa. Durante el gobierno de Tabaré Vázquez (2005-2010), Uruguay se convirtió en el primer país del continente en prohibir el consumo de tabaco en lugares cerrados y edificios públicos.

Se hizo por decreto.

La nación más pequeña del Cono Sur fue el quinto país del mundo en hacerlo.

«Agradezcan que el presidente es oncólogo y no sexólogo», se leía en una pinta del centro de la ciudad.

―Todo lo que te generá dependencia te reduce libertad ―dice Álvaro, un artesano al que todos conocen como «El Chula». El encabeza la Red de Usuarios de Drogas y Cultivadores de Canabis del Uruguay―. Más que prohibir lo importante es informar. De ya te digo que no hay mayor droga que la ignorancia.

«El Chula» vive por la Plaza Gerardo Cuestas, en Montevideo. Un barrio donde la gente se conoce, las casas no tienen rejas y los niños juegan en la calle.

En 1974 la dictadura legalizó la tenencia para consumo de marihuana. Pero hasta el 2000 se iniciaron los movimientos a favor del auto cultivo, porque sin él se condena al consumidor al narcotráfico. De hecho lo que convierte en extraordinaria la legalización en el Uruguay no es que cualquiera pueda ponerse pacheco legalmente. Sino que por primera vez desde la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes, un Estado se atreve a legislar sobre la producción y distribución de los mismos.

***

A los montevideanos les gusta pescar. Salen a la rambla hasta con cuatro cañas cada uno, tiran la línea y esperan en silencio. Beben mate sin parar y miran al horizonte porque el de la Plata es un río infinito que se mezcla con el mar.

―El país está de moda, pero no termino de entender qué es lo que lo hace tan distinto. Tan bucólico ―le digo a Matías, un carpintero de apenas 30 años que paciente espera que pique algún pez.
―La respuesta más profunda en la que puedo pensar es que la culpa de todo la tienen el río y el puerto, hasta que seamos un país.

Callo, pienso. Sí seguro que la hierba hace ruido al crecer pero es el rumor del río el que no me deja escucharla.

Por desobedecer a Yahveh, Jonás el profeta fue tragado por una ballena durante tres días hasta que un milagro le permitió llegar a tierra firme.

Quienes piensan que la vida contemporánea también nos ha despojado ya de la posibilidad de ese tipo de aventuras están invitados a subirse al antiguo y estropeado tren que dos veces por semana se agita, estremece y hunde en las profundidades de la pampa argentina mientras trata de unir las ciudades de Córdoba y Buenos Aires.

La primera condición para ganarse un lugar en las costillas de este cetáceo ferroviario es tener un sentido del tiempo medieval, despojado de urgencias y segunderos. No solo porque hay que comprar el pasaje con dos meses de anticipación, ya que apenas sobrevive un convoy con muy pocos vagones, que se llena en un suspiro y se paga con un billete de 50 por su asiento más barato (el boleto en ómnibus puede costar hasta nueve veces más). Además, hay que estar dispuesto a encarar la travesía sin ninguna expectativa precisa sobre la hora de llegada: el viaje a Buenos Aires en este tren demora hoy, en 2013, más que lo que demoraba a fines del siglo XIX, en 1890, cuando se habilitó por primera vez el servicio directo entre las dos ciudades más grandes de la Argentina.

En mi caso, fui a comprar el pasaje los primeros días de octubre pasado y me informaron que tenía lugar recién para enero. Aunque, me dijo la empleada, ha quedado un solo pasaje, en la categoría turista, la más barata, para el 27 de octubre. Debí haber sospechado de ese misterioso boleto sobrante: era el último en venderse, pero tenía el número 1.

A las 13.30 de ese domingo, el mismo en que se celebraban elecciones legislativas nacionales, llegué a la Estación Mitre, un rancio y hermoso edificio del neoclásico europeo que reluce junto a las vías como un piano de cola olvidado en un baldío. Ya hay un centenar de personas que despacha equipaje, compra pebetes y gaseosas a los pocos vendedores que se le animan a la siesta y hacen la cola para subir. Una vez adentro, se advierte que la empresa concesionaria nunca puso demasiado empeño en rescatar la estación. Un viejo reloj de pared decorado con relieves está detenido eternamente en las 11.07. Dos largos bancos de madera obstruyen el paso a unas escaleras. Las viejas boleterías con rejas de bronce permanecen cerradas. El lugar luce como esas casas abandonadas que son ocupadas ilegalmente por habitantes no se preocupan por hacer mejoras ya que saben que en cualquier momento irrumpirá la Policía para desalojarlos.

Algo así es lo que acaba de suceder, ya que el Estado nacional, cansado de aportar toneladas de billetes para el mejoramiento del servicio ferroviario sin resultados a la vista, decidió reestatizarlo hace 40 días. La Secretaría de Transporte de la Nación informa que, hasta setiembre de este año, el Estado llevaba pagados más de 3.391 millones de pesos en subsidios para el sistema ferroviario de todo el país. El año pasado pagó 4.708 millones por el mismo concepto, una cifra que, por ejemplo, triplica al presupuesto de la Universidad Nacional de Córdoba para el año en curso.

Luego de hacer la cola, me derivan hacia el vagón 202. Es el segundo de una formación de seis. Como es el coche de los lugares más baratos, vamos más de 100 pasajeros en el mismo espacio. No hay aire acondicionado, como en la categoría pullman, sino nueve ventiladores metálicos, que parecen las hélices de nueve aviones que hubieran sido incrustados de nariz en el techo. Rápido descubro por qué mi asiento era el único que no se había vendido de todo el tren: es el último, está casi apoyado contra la pared del vagón y no se reclina. Además se encuentra junto al baño, por lo que viajaré 652 aromatizados kilómetros.

Trato de ser optimista: el asiento está limpio, hay mucho espacio para estirar las piernas y me tocó ventanilla. Cuando me asomo hacia el vidrio, descubro a centímetros de mi nariz una araña suspendida en un sommier sedoso, patas extendidas, mirándome con sus ocho imperceptibles ojos. Hace mucho calor. Ya estoy hecho sopa. A las 14.35 suena una campana y cinco minutos después, apenas con 60 segundos de demora, el tren arranca con esfuerzo, como si la noche anterior alguien hubiera colocado pegamento en las vías.

Mis compañeros de vagón lucen experimentados con el itinerario: algunos cargan grandes bolsas con bananas y naranjas, otros cajas de zapatos repletas de sánguches. Un grupo de mochileros sube al vagón con calentador y sartén. En el asiento delantero una madre y su hijo colgaron de un perchero una bolsa con turrones, gaseosas y una tira de pan. La mujer que va en el asiento al costado del mío se descalza, se quita las medias, saca una almohada de la valija, la acomoda en el apoyabrazos y se acuesta, apoyando las piernas sobre la ventana en un ángulo de 90 grados. Yo también pensé qué hacer durante este viaje desmesurado: cargué un ejemplar de Moby Dick: 700 páginas y 900 gramos de novela para saldar una vieja deuda de lectura de mi adolescencia. ¿Qué mejor que un largo viaje en tren para hacerlo?

El tren avanza a velocidad de silla de ruedas. Nadie pudo pisar el andén para despedir a sus familiares. La empresa no lo permite. La escena final de El secreto de sus ojos –la última película argentina que ganó el Oscar–, con los amantes separándose en la estación, habría sido imposible con estas directrices de la concesionaria, y a Soledad Villamil la habríamos visto apretada detrás de una reja mientras un guarda de porte contundente le impedía correr detrás de Darín.

Apenas abandonamos la estación, pasamos junto a otro tren abandonado y destruido, con los vidrios reventados y la pintura saltada, un cadáver de tren que yace al costado de la vía principal. Allí puede verse la peor fotografía que alguien podría tomar en esta provincia tan afecta a las postales turísticas: un pequeño edificio ferroviario abandonado, con un cartel que dice “Córdoba” en letras grandes, ha quedado ahí, como una metáfora cruel, destrozado por el paso tan lento y fatal de la indiferencia.

Antes de viajar eché un vistazo al mapa de líneas ferroviarias con que cuenta hoy la Argentina. Lo que supo ser una profusa telaraña que extendía sus tentáculos extractivos desde las zonas de la campaña con recursos naturales hacia la salida del Puerto, hoy es solo un garabato infantil que incluye dos líneas interprovinciales de transporte de pasajeros: las que unen Buenos Aires con Córdoba y con Tucumán. Eso es todo, señores pasajeros.

Las vías atraviesan como cicatriz el rostro de la región agrícola más productiva de la Argentina. La pampa mitológica, el útero de los graneros y delirios nacionales. A las 15.20, luego que el paisaje se ruralizó, pasamos junto a la primera plantación de soja de las centenares que veremos durante el trayecto. La siesta aplana todo, pareciera que lo único que sigue en pie a esta hora del día son las torres de alta tensión y los silos repletos de oleaginosas.

Antes comprobamos el romance del ferrocarril y la pobreza que acompaña todas las zonas urbanas: villa miseria tras villa miseria tras villa miseria. El tren pasa por los patios de miles de casas cordobesas, rosarinas, bonaerenses y porteñas. Mientras los árboles golpean los vidrios, nos deslizamos a solo un metro de hornos chilenos, piletas pelopinchos, macetas con geranios, bidones con agua, calzoncillos y corpiños abrochados en alambres, bolsas de basura, un jesucristo tatuado en una espalda, mochilas escolares con la cara de Violetta, un caballo overo, madres con sus hijos que observan, abrazados en la puerta de su única habitación, nuestra estruendosa intromisión en sus hogares.

Me acuerdo de cuando era un niño y vivía en una casa, en Villa Dolores, en la que el tren a Buenos Aires también pasaba por el patio. Todos los días la locomotora y sus vagones atravesaban los fondos de todas las casas de la cuadra, a 10 metros de la pileta celeste de lona en donde nos bañábamos con mi hermano mientras saludábamos a los pasajeros, a cinco metros de la soga donde mi madre colgaba la ropa a secar. Teníamos un perro llamado Mundial, que nos regalaron el día que comenzó el Mundial de Fútbol ‘78, que cada tarde perseguía al tren, cruzándose de un lado a otro frente a la locomotora mientras le ladraba, hasta que un día la locomotora le ganó y lo dejó por ahí, estampillado sobre los durmientes.

El tren nunca alcanza velocidad, es un maratonista agotado. Va a paso muy lento, perdería una carrera con una liebre, con un gato. Cuando llegue a la estación de Retiro podré sacar el promedio de velocidad: 32 kilómetros por hora. Es exactamente la velocidad máxima que puede alcanzar la ballena azul, el animal más grande y pesado que existe en la Tierra. El león marino de California y hasta un tiranosaurio rex, dice Wikipedia, nos ganarían una cuadrera con facilidad.

Este tren jamás alcanzará una celeridad constante aceptable para las urgencias de esta época mientras siga haciendo rodar estos vagones que rozan el siglo de vida y mantenga vías desvencijadas que no soportarían la presión y tensión de un convoy lanzado a alta velocidad.

El gobierno –pese a que el tramo estaba concesionado a la empresa Ferrocentral SA desde 2004– anunció hace dos meses una inversión oficial de 2.512 millones de pesos para reconstruir el tendido entre Buenos Aires y Rosario. El resto de las vías, hasta Córdoba, serían motivo de una futura licitación.

Si este mismo trayecto lo hiciéramos en el tren de alta velocidad que probó exitosamente este año la Central Railway de Japón para unir las ciudades de Tokio y Naguya, llegaríamos a Buenos Aires en menos de 80 minutos, a velocidad constante de 500 kilómetros por hora. Pero la aventura en las costillas de esta Moby Dick metálica que aletea y arrastra su panza sobre las hectáreas sojeras de la patria dura hoy 20 horas y media. La llegada a Retiro será casi al mediodía, a las 11.03 del día siguiente. Atravesamos una de las praderas más productivas y ricas del mundo en un armatoste que va camino al desguace.

Pero ese horario está todavía demasiado lejano. Nuestra vecina, auriculares ocultos bajo el cabello, presiona rítmicamente los dedos de sus pies descalzos contra la ventanilla y se relaja en imposibles poses ginecológicas. El chico que va en el asiento de adelante con su mamá me pide prestada la lapicera y comienzan a completar un crucigrama gigante. Leen 19 definiciones seguidas sin encontrar una sola respuesta, a la madre le da un ataque de risa que dura unos 20 minutos y, avergonzado, él me devuelve la lapicera. La cercanía del baño es intolerable, pese a que lo desinfectarán dos veces durante el viaje. El calor aumenta las molestias. La mitad del pasaje masculino está en cueros. No veo la araña que estaba en la ventana y comienzo a sentir que me camina la nuca, la espalda. Hacen su ingreso triunfal dos empleados arrastrando un carro con sánguches de milanesa y gaseosas. Vaciamos el móvil. Por 18 pesos accedo a un modesto retazo de carne de vaca empanado, mayonesado y amortajado en plástico. Manjar. Mientras hago la digestión disfruto pensando que este viaje es la despedida de la vida y que vamos todos contentos, atravesando la noche, mordiendo pebetes de mortadela y empinando bebidas artificiales mientras vemos nuestras últimas imágenes del mundo.

Hace rato que se hizo de noche y no puedo dormir. Los ventiladores de techo fueron dejando de funcionar uno a uno a lo largo de la tarde. Apagaron las luces para todo el vagón a excepción de la zona de mi asiento: una luz debe indicar dónde está el baño, todo el tiempo. Conté las 11 veces que una mujer pasó a recargar el termo. En otro vagón se escuchan rasguidos de guitarra. El tren se detiene en medio del campo. Empleados con linternas caminan a los costados. Luego de la estación de Rosario la locomotora se ubicó en el otro extremo de la formación y salimos marcha atrás, ahora el paisaje corre hacia delante nuestro y así será hasta Buenos Aires. Ingresa un guardia y advierte: “Cuidado con las piernas y los bolsos. Vamos a prender las estufas”. Cuando se encienden, un vapor hirviente nos ataca a la altura de las pantorrillas y nos obliga a sentarnos doblados el resto de la noche, con las piernas hacia el pasillo, para no quemarnos. Por la ventana sigue entrando frío. La vestimenta ideal para este tour sería gorro y saco de lana, arriba; zunga y ojotas, abajo.

A las 4 de la mañana alguien encendió un cigarro de marihuana. La oscuridad disimula con piedad la vejez del tren, aunque luego de tantas horas, a este ritmo de otro siglo, cuando miro por las ventanas parece posible ver pasar una excursión a los indios ranqueles, el galope de las montoneras de Facundo Quiroga, las multitudes aguardando el paso del vagón presidencial para el saludo de Eva Perón. Vamos paralelos a la ruta nacional 9, las luces de los camiones y los autos nos superan como si estuviéramos anclados, haciéndonos sentir una anciana y pesada tortuga de Galápagos.

Alguien sintoniza una estación evangélica. “¿Pensaste alguna vez qué sucede cuando enojamos a Dios, pensaste en el castigo que nos merecemos?”. Otro responde con música de reggaetón. “Cuando miramos los cielos y navegamos el mar vemos el incomparable poder de Jehová”. Aumenta el volumen del reggaetón. Luego ambos se calman y silencian. El ruido del tren es una gran ventaja para los roncadores porque apenas se los escucha entre el estruendo. Se me ocurre elaborar un decálogo de ventajas para probar la superioridad de este tren antiguo sobre otros medios de transporte. Comienzo: el tren no aniquila la geografía como los aviones o sus parientes de alta velocidad, sino que hace gozar y sufrir los calores, los fríos, los olores del campo, los baches, las detenciones; es imposible ignorar el transcurrir de cada kilómetro. Sigo: tiene mayor distancia entre asientos y evita las piernas entumecidas.

Cuando está por amanecer me dispongo a probar otras dos ventajas del tren: la experiencia masculina de orinar de pie en un inodoro de acero inoxidable que se zarandea cual coctelera hacia todos lados, y que además permite ver pasar al fondo de su recorrido el pasto que brota entre los durmientes de quebracho colorado. La otra ventaja es que el tren permite caminar holgado por los pasillos, aunque estos coches redomones brincan tanto que obligan a avanzar aferrándose de lo que uno encuentra a mano para no caerse: una pelada acá, un bebé dormido en brazos más allá, un sombrero, un pecho de mujer, lo que sea.

El vagón comedor es modesto. Tiene sillas de caño y madera, mantelitos prolijos y el piso mojado. Hay pocas personas. El mozo ofrece un desayuno y por 15 pesos trae una taza de café con leche y dos medialunas aplastadas como bolsos de equipaje. Está sabroso. Afuera el paisaje es otro, más húmedo, con árboles más grandes, más verdes. Ahora sí, vamos rápido y el planeta corre frente a nuestros ojos con un estándar expresionista. Amanece sobre los campos emprolijados, sobre “la región más vegetal del viento y de la luz”. Si no fuera inodoro, podríamos reconocer el próspero perfume del glifosato. ”Votemos a Massa”, invita un pasacalles colgado frente a un pueblo. Hay gallinas, molinos de lata, casonas abandonadas, pozos australianos desportillados, tallos de maíces erizados como estalagmitas doradas, los gusanos blancos de las silobolsas.

Buenos Aires comienza a insinuarse con sutiles tajos de urbanidad. Un Ford Falcon con su capot abierto como la mandíbula de un caimán mecánico convertido en hotel de gallinas. Un torneo de bochas a centímetros de las vías. Un cementerio con panteones como cabinas telefónicas. Corrales de chanchos, muchos corrales. Luego, la repetición de basurales, la mugre, un canal convertido en desarmadero, kiosco, kiosco, kiosco, y otra vez las villas con los techos de chapas asegurados con piedras, como víctimas de un ataque con catapultas. Y más villas. Y uno adivina los ojos que se abren detrás de esas cortinas floreadas mientras el tren despertador vibra a metros de sus camas.

Este viaje no termina nunca. Córdoba quedó semanas, meses atrás. Pobre maquinista, alguien le estira el territorio argentino como un chicle y llegar a Buenos Aires cada vez le cuesta más. Nuestros bisabuelos lo conseguían más rápido. Se me cae un caramelo de menta, me agacho a recogerlo y se me cae la lapicera. No me agacho a buscarla por miedo a que se me desprenda la cabeza luego de más de 20 horas de sacudidas. Y sigue el ruido. Y florece el baño. Ni una sola persona de mi vagón se queja y algunos le dirán gracias al guardia cuando pongan pie en la estación porteña. El tren Moby Dick mueve las caderas, navega dejando una estela blanca sobre las antenas satelitales de TV y sobre el chaperío. Somos jonases que rebotan entre los órganos de la ballena. ¿A quién desobedecimos? Marineros del siglo 21 con tonada argentina atrapados en un anacronismo. La historia se enojó con nosotros. Nos hace remar más para alcanzar el mismo lugar. Por suerte el tren sigue flotando.

El vapor de la ilusiones

Publicado: 11 septiembre 2013 en Diego Fonseca
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Una masa de alemanes, ingleses, rusos y asiáticos —sombreritos Gilligan y una gazuza de fotos— arma fila frente a las escaleras del Museo del Prado. Un rebaño de otros turistas culturales baja a la carrera, de salida, los mismos peldaños.

—¿Adónde ahora?
—A Sabatini, que no tengo fotos.

El turista cultural —el turista— es un coleccionista de ladrillos. Su rutina consiste en revivir una época echando el ojo sobre la arquitectura —las ruinas, el vestigio— de su cultura. El turista cultural —el turista— forma pelotones de tenis Nike y trota por siete colecciones del Louvre bajo las plaquetas de los muros de las casonas de una Roma de Vespas histéricas disparando el iPhone. El turista sube y baja Teotihuacan, Tulum, Uxmal. El turista cultural —el turista— busca la reliquia y la llena de gente.

El turista de crisis —un periodista— es un buscador de huecos entre el ladrillo y, como su par cultural, cuando visita un sitio procura revivir una época ojeando las ruinas, los vestigios de su cultura. Pero, por lo general, las ruinas arquitectónicas que halla el turista de crisis son bastante nuevas, muy modernas y, ciertamente, solitarias. El turista de crisis visita edificios vacíos. El turista de crisis visita el presente, y en el presente, y en las crisis, la gente no está. No quiere estar, quiere irse.

Bienvenidos a España.

***

En la primavera boreal regresé por una semana a España para participar en un congreso de periodismo en Huesca, en el centro de Aragón, territorio donde vagaba Don Quijote. Madrid tenía un sol macilento y las gentes conversaban con sordina. En varios edificios había carteles de renta y en muchas paredes se ofrecían los afiches del menester doméstico: pintor que pinta por menos precio que otros, plomeros que garantizan servicio y precio incomparables, señoras que cuidan niños a precios sin competencia. Gente que se ofrece por menos de lo que vale: una crisis.

Conozco El Prado, conozco Sabatini, Sol, la Puerta de Alcalá, las calles torcidas de la noche. Visité Madrid varias veces pero habían pasado seis años desde mi última estadía: tenía la mirada fresca del que puede comparar. Y tenía, frente a mí, una crisis para hacer turismo de ella.

Caminé para ver y contar ladrillos, gente que sobra, dinero que no hay.

***

De 2005 a 2009, España creyó que podría albergar a sus habitantes, sus migrantes y los vacacionistas noreuropeos de pieles ansiosas de sol, así que las constructoras levantaron y los bancos financiaron ochocientos mil departamentos y casas nuevas. No había techo para el techo. La vieja Hispania era una gema brillante de la Unión Europea. Zara tomaba el mundo; Telefónica, las energéticas y las constructoras de América Latina, y primero el Real Madrid y después el Barcelona conquistaban el fervor del planeta futbol. España, iberismo cachondo, era lúbrica.

Entre 2006 y 2007, cuando visitaba Madrid a menudo por mis estudios de maestría, mis amigos vivían a grito y plata. Víctor, que trabajaba en una constructora, había comprado un piso y quería refinanciarlo a más años y menos tasa. Un compañero de estudios planeaba comprar una casa de vacaciones en Valencia. Un tercer amigo mantenía un departamento en Madrid y trabajaba en Barcelona, donde también buscaba comprar. Tenían treinta y pocos años, la sonrisa de la vida por delante, trabajos en bancos internacionales, empresas de energía, sus propios negocios de óptica, autopartes, asesorías. Quien no estaba a la pesca de un trabajo mejor pagado, esperaba un bono gordo junto a las uvas de fin de año.

La abundancia era acuática. Teníamos caña y tapas de media tarde y, por las noches, subíamos y bajábamos Chueca y Malasaña cruzándonos con ejecutivos de pocos veintes que bebían Glenlivet y fumaban Romeo y Julieta como si así hubiera sido desde Castilla y Aragón. Uno de esos días, un colega ecuatoriano quiso saber si nadie veía derroche, si no tenían la sensación de estar viviendo de prestado con la anuencia de la Unión Europea, si eso con pico de burbuja, inflación de burbuja y que hacía fffsss de burbuja era eso: burbuja. Lo miraron como un latinoamericano desvariado, acostumbrado a golpearse la frente contra las crisis.

Un año después era 2008 y la burbuja que parecía burbuja dejó de hacer fffsss e hizo bum.

***

La crisis, esa colección de ladrillos sin uso.

En 2009, los promotores de vivienda de Madrid calcularon que el inventario de casas y departamentos vacíos llegaba a setecientos sesenta mil en todo el país. Mucho, pero había esperanza: pronosticaban que el excedente sería absorbido para —. En marzo de este año, sin embargo, la agencia de calificaciones Moody’s dijo que, bueno, tal vez, el sobrante de viviendas duraría hasta ‘. Y, para la misma época, la Fundación de Cajas de Ahorros dijo que, bueno, tal vez, haya techos sin ocupar hasta 2025.

Una crisis es eso: vacío. Un exceso de ladrillo nuevo en desuso y de gente vieja usada.

***

El vacío es también caminar sobre las nubes. El vapor de las ilusiones.

Mi abuela, una italiana que fue pobre, decía: «No se cuentan los frijoles hasta tenerlos en la mano».

En España plantaron frijoles mágicos para subir bien alto en el cielo. Les llamaron aeropuertos.

Al aeropuerto de Castellón, donde hundieron ciento cincuenta millones de euros, lo inauguraron con pompa y banda en marzo de 2011. Mil quinientas personas fueron en autobús a ver el corte de cintas. Años después, Castellón no tiene aviones y no tiene —porque nunca tuvo— permiso para navegación. Lo que tiene —por tener— es una estatua colosal inspirada en su promotor, un presidente provincial, Carlos Fabra. El ego de Fabra es de metal y pesa veinte toneladas.

Al aeropuerto de Ciudad Real —mil millones de euros— lo cerraron en 2012. En Córdoba expropiaron terrenos para ampliar la pista en espera de los turistas, que nunca vinieron. Al de Murcia-Corvera lo trazaron entusiasmados por la proliferación de resorts y los campos de golf, pero los viajeros del norte de Europa llegaron menos veces que los matorrales que se esparcen entre el estacionamiento sin autos y la pista sin aviones.

Y luego está Lleida: noventa y cinco millones de euros para apenas cuatro vuelos semanales. El informativo Veinte minutos mostró que, con el último avión, el concesionario abre el restaurante del aeropuerto para que los habitantes de la ciudad tomen cenas al aire libre. El dj que las ameniza dice haber pinchado en bodas y todo tipo de fiestas pero, como eso, nada.

«Eso» es —llenar el vacío o— seguir cayendo.

***

Tres tristes trenes trasiegan trochas sin trucos en la trastera.

Tren rápido núm. 1: AVE (por Alta Velocidad Española) entre Madrid y Huesca, en el norte de España. Valles y colinas que empiezan a verdear, tractores nuevos, casonas de cien años. Aquí y allá, molinos de viento: pinchos blancos, lustrosos como cerámicas que parecen creados por un diseñador de Apple.

Eso era España —sigue siendo— hasta hace poco: la modernidad clavando la pica en la tierra profunda de las tradiciones. Una prueba de que el pasado puede —debe— quedar detrás.

Tren rápido núm. 2: Primero, el agrado. En la pequeña estación de la pequeña Huesca todo está limpio, todo parece a medida y bien usado, funcional. Hay un tráfico saludable de público. Luego, la desazón. En la monumental estación de la gran Zaragoza todo está limpio, todo es descomunal y desmedido, casi sin usar, cuidado pero disfuncional. Es martes, son las cuatro de la tarde y soy la única persona —en toda la estación— para parar el viento pirineico que chifla por los andenes. Un monumento pensado para otra época, otro ejemplo del mito del crecimiento infinito de las habichuelas mágicas. Una pena.

Tren rápido núm. 3: AVE entre Huesca y Madrid. Gumersindo Alonso, un colega, cuenta que unos días atrás escuchaba a una mujer hablar a los gritos por su teléfono móvil. Era una señora algo mayor, de provincias, voz sin algodones.

—Que estoy en el AVE — decía la señora muy señorona— ¿Que cómo es? Pues cómo va a ser: normalito.

—»Normalito», dijo, como si el AVE hubiera estado aquí toda la vida —dijo Gumersindo—. No valoramos lo que tenemos.

El triste tren del atraso, a trancas, no trasiega tan atrás.

***

Hace un tiempo, un banquero me dijo en Washington que, si quería, si se me antojaba, si me aventuraba, podía comprar un caserón de dos plantas, antiguo, en Galicia, por menos de cien mil euros.

—Los españoles están caídos del hambre.
—¿Sí?
—Ya no gritan tanto.

No le creí mucho, pero en abril, The New York Times invitaba a sus lectores millonarios a unirse a rusos y chinos en la cacería de propiedades en Barcelona. Un agente de bienes raíces decía que los precios estaban desmoronados un 35% y que seguirían en los pisos por un par de años. Y si suben, no volverán a los niveles de 2007 cuando eran, muy apropiadamente para Barcelunya, surrealistas.

***

En las crisis se gana y pierde la voz. La disfonía que sucede a la protesta enojada o el silencio del que —porque el horizonte no parece tener línea— ni quiere hablar.

Cuando llegué a Madrid, el Rastro y Chueca no rebosaban de paseantes y sonaban disfónicos. Además de los rumanos de unos años atrás, quienes ahora pedían en la calle, hablaban español castizo. Un tipo atlético, pelo y barba rubios, vestido con ropa de deportista despellejada por el uso, pedía unas monedas echado en la vereda con desgano. Al lado, dos perros de pelos largos, antes blancos ahora gris, enredados. Al frente, visible por entre las piernas de los paseantes, un latino en un taburete que toca —tópico— «El cóndor pasa» con guitarra y sikus.

—Ya con esa canción —retó el godo—. Vete a otro lado, que me espantas a los perros.
—Vete tú —devolvió el otro, bajito, marrón, migrante—, que tenemos el mismo derecho de estar aquí los dos.

Dos jodidos en guerra. Los nuevos gritones.

***

Según un estudio de la ONG Intermón Oxfam, a fines de 2012, en España había dieciocho millones de personas en riesgo de pobreza y exclusión social. El bienestar precedente, decía el informe, recién volvería en un cuarto de siglo. El problema es, entonces, el mientras tanto, pues en una década esos cuatro de cada diez españoles hoy en riesgo serían —¡hostias!— pobres.

En el Congreso de Periodismo, en Huesca, un joven aspirante a desempleado —periodista— dijo desde el público que en España hay pobreza como en América Latina. Los cinco periodistas latinoamericanos que ocupábamos el panel nos miramos entre risas.

¿Puede la escasa pobreza europea ser la clase media de mucha América Latina?

***

Es viernes, son tapas de Ávila y es el bar Los Torreznos, en Salamanca. La chica de la barra me saluda en un castizo arrastrado, barriobajero: es latinoamericana pero se afana para jugar de local. Pido un montadito de queso de cabra, piquillos, jamón y boquerones, una Cruzcampo. Nota mi acento, me mira fijo.

La siguiente vez que crucemos palabras su acento será paisa.

—Está difícil.
—¿Mucho?
—Mucho, pero igual se come, eh. Esto no es como allá.

***

—La española sigue siendo una sociedad ofensivamente próspera. Más que crisis económica, España —las Españas—, lo que tiene, es una crisis de personalidad.

Éste es Roberto Valencia, habitante casual de Vitoria-Gasteiz, ojos del color cenizo del cielo de Galicia, paciente padre de Alejandra, de Soyapango, doce años invertidos en Centroamérica, hijo de Euskadi, tierra de buen mar para la mesa, periodista de varios lugares.

—¿Qué quiere decir «ofensivamente próspera»?
—Acá todos se quejan de lo mal que están, pero todos tienen salud y educación «de calidad» garantizadas. Internet, paro, subvenciones, pensiones. Muchas de ellas son palabras prohibidas allá, abajo. No soy yo quien va a negar que se han dado algunos pasos atrás y que habrá verdaderos dramas personales, me late que puntuales y los menos publicitados, pero…
—Pero.
—Pero incluso ahora, que se habla tanto de crisis y de «pobreza», se hace tomando cañas y tapas a dos euros, cuando no gintonics a seis cada uno. En fin, que esto sigue siendo Europa. Como Argentina.

***

Hay crisis de pan y crisis de gintonics. Y es tentador —y a veces certero— ver a ambas protagonizadas por ciudadanos de distinto pelaje. Hay gente que pierde el trabajo y la casa, que sufre y que muere en la «jodienda» y en el «paraíso», pero también hay jerarquías: las crisis no afectan a todos, no igualan. Una crisis en Guatemala o Nicaragua hunde más en las infames enfermedades, el atraso, el olor a mierda: ¿qué político te sacará ventajas, estarás vivo en diez años, Xolotli? Una crisis en Madrid recorta la compra del supermercado, somete el ego a la ignominia personal del seguro de desempleo, mete incertidumbre: ¿cómo pagarás el piso, de qué vivirás hasta tu retiro, José Agustín?

***

Es curioso que una crisis —que es bien visible— sea también etérea: se respire. En ese estado atmosférico, si hay una crisis que se orea en protesta y otra que se calla, hay también una crisis que se canta.

Debiera existir un índice vocal de crisis: cuántos guitarristas, tríos de música de cámara, trompetistas y flautistas, chicas con chelo y jubilados con órganos Korg tocan sevillanas, pasodobles, tangos, valses por las monedas de la compasión.

Rápido recuento de pocas horas: a la salida de la estación de Metro de Justicia un flaco aporrea «Humo sobre el agua» en una guitarra eléctrica. A sus pies, un cartel de cartón: «Situación precaria». En Gregorio Marañón, un gordo con coleta, suéter y jeans negros, ataca con «Dinero por nada», de Dire Straits. Al frente de la librería FNAC, un quinteto clásico termina el tango «Por una cabeza». Estrofa final:

Basta de carreras, se acabó la timba,
un final reñido yo no vuelvo a ver,
pero si algún pingo llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero, qué le voy a hacer.
Rifarse todo. Las monedas de la compasión.

***

Me dice Carlos Dada, uno de los periodistas del Congreso, salvadoreño, dos medialunas de insomne de tiempo completo bajo los ojos, director del periódico digital El Faro, hombre de buena risa:

—La década del boom y la falta de memoria de la sociedad española han hecho que esta situación los tome por sorpresa, y que no vean la salida. La crisis es real y grave; pero la percepción, y la depresión, es mucho mayor.

***

Estudio del Instituto Nacional de Estadística, abril de 2013: el parado español tiene un cuarto de catalá y otro de andalú. Es un hombre soltero en la plenitud de sus fuerzas —30 a 35 años— aunque no plenamente formado —60% apenas completó secundaria—. La mitad perdió su empleo hace más de un año.

Mientras leo el reporte, veo que El País ilustró las estadísticas pintando la infografía de color morado. El color del golpe, de la sangre que se estanca.

***

Compartimos tren con Alberto Salcedo Ramos, cronista heredero de la Barranquilla de Gabriel García Márquez, premio de casi todo —Rey de España, Simón Bolívar, Sociedad Interamericana de Prensa—, fino oído para escuchar, músico de palabras. Miramos España a un lado y a otro. Yo voy a Madrid, él pasará por Zaragoza y Barcelona.

Un día, a poco tiempo de recibir el premio Ortega y Gasset en la península, me dirá:

—Yo les dije a algunos españoles en un almuerzo: nosotros en América llevamos cinco siglos en crisis, en parte por culpa de ustedes, y no nos quejamos tanto. Ustedes hablan de crisis pero acá uno puede caminar de madrugada por una calle y no lo matan con un destornillador en la barriga para robarle el teléfono celular. Reducir la crisis a lo estrictamente económico sigue siendo una forma de codicia.

***

Escenas de la TV del mundo viejo. Diciembre de 2012, una semana antes de Navidad. En las veredas que merodean la Calle de Alcalá, una periodista de El Mundo pregunta: «Vamos, que qué tanto se siente la crisis».

Señor con cara de ser torturado por sus memorias, sobretodo negro, corbata azul, chalina, dice, poco convincente: «Sí, por supuesto, pago más el IVA, la seguridad social… Muy mal, muy mal, sí».

Hombre joven que repara electrodomésticos: «Yo reparo electrodomésticos y, bueno, en la reparación de electrodomésticos…».

Caballero con pinta de abuelo, gorra de abuelo, cara de almacenero jubilado:

«Cincuenta por cien», dice, y mira a la esposa, los pelos rubios de peluquería. «¿Que menos? —vuelve al micrófono—. Menos —sonríe—. Bueno, mucho no, ¿vale?», ríe.

Crisis.

¿Crisis?

***

Olga Lucía Lozano es colombiana, habla tranquila, ríe fuerte, es la creativa detrás de La Silla Vacía, un proyecto digital de investigaciones que en España dejó muchos labios formando una «o» entre periodistas sin empleo, con miedo a perderlo o convertidos —contra su voluntad— en emprendedores.

—De ida y de vuelta la crisis pareciera tener una presencia más fuerte en los discursos de los españoles que el mundo real. Hay crisis en las palabras, en los relatos y en las quejas constantes. Hay señales en los espacios a medio construir, en los escenarios deshabitados y las señales que deja en el negocio urbanístico o en lo que muchos consideran el esplendor citadino. Pero, en contraste con los que no vamos y volvemos de las crisis, sino que convivimos con ella en las ciudades de América Latina, no parece tan duro.

***

La estación de Metro de Diego de León está fría. Es marzo, un cantante canta, el pasaje pasa. Tiene una barba agresiva y el pelo corto y un sombrerito, y tiene la guitarra y los jeans negros a la pierna y el suéter gris y llos tenis rojos. A sus pies, la caja de la guitarra cuenta un billete de cinco euros, diez o quince monedas y una calcomanía con la «A» anárquica.

El cantante tendrá treinta y pocos años, acento andaluz y temblor de cantejondo en la voz:

Pasa la vida y no has notado que has vivido,
cuando pasa la vida y no has notado que has vivido,
cuando pasa la vida, pasa la vida.
Tus ilusiones y tus bellos sueños, todo se olvida
tus ilusiones y tus bellos sueños, todo se olvida.
Pasa la gente —pasa la vida—, nadie deja nada.

Las palabras hacen el mundo.

***

El río Valparaíso es el límite norte del pueblo más pobre de España, en Zamora, en la tierra del vino, a pocos kilómetros de la frontera noroeste con Portugal. En el lugar había fronda y, en el pasado pasado, cuando moros y cristianos se daban en la madre, bajo las arboledas se escondían los bandoleros para asaltar al viajero distraído. Ahora quien lo asaltó fueron un alcalde y su hijo.

En marzo de 2012, la BBC produjo una historia sobre el pueblo, un lunar donde viven doscientas cuarenta personas que habían acumulado una deuda de 4.6 millones de euros. Felix Roncero, su alcalde, dijo que su predecesor se rifó el dinero. El hijo habría organizado fiestas, celebraciones, malgastaba la plata en construcciones, pagaba salarios pero no la deuda a la seguridad social. El pueblo fue embargado: lotes, casas, el bar. La ley evitó que también lo fueran la alcaldía y la residencia de ancianos donde una veintena de hombres y mujeres en sillas de rueda se empastan con papillas.

El pueblo, porque las palabras definen el mundo, se llama Peleas de Abajo.

***

Semántica de crisis:

En España, el despido moderno es una sigla, ere, por Expediente de Regulación del Empleo. El ERE, cuando designa algo, designa una cifra: 332, 842 registrados y, de ellos, 56,020 despedidos en sólo nueve meses de 2012.

O sea, en España, el trabajo es un eufemismo: los empleos no se pierden, las horas de trabajo no se reducen, no hay suspendidos. Nada más se regulan expedientes.

Crisis semántica.

***

Cuando sea, un hijo es un hijo es un hijo es un hijo.

—El chaval ahora está aquí, conmigo —dice el señor, bigote cano, bajo, cero pelos en la mollera.

«Aquí» es un taxi.

—Estudió, pero dejó. La crisis. Conduce cuando yo no. También se ha mudao a nuestro piso.

El hijo tiene veinte, la hija se casó bien: el marido es profesional.

Son las cinco de la mañana de un domingo y el señor sin pelos en la lengua conduce con la frescura de quien lleva pocas horas en fajina.

—De día conduce él, el chaval. A la noche es mi turno. Mejor así, más tranquilo.

El auto huele a cuero nuevo, aunque es un modelo 2009 y es 2013.

—Así son las cosas.

Cuando llegó al hotel, el señor sin pelos en la cabeza pidió que yo cargara mi maleta a la cajuela del auto —tiene lumbalgia y el médico le ha prohibido esfuerzos—, pero apenas acabé, él mismo subió la de mi compañera de viaje.

—Si hay mujer, uno ayuda.

El señor con pelos en los labios no tiene un pelo de tonto.

—Cosa de caballero.

***

Lunes, Puerta del Sol, manifestación. El colectivo ¿Quién teme a la filosofía? protesta contra la reforma educativa del gobierno de Mariano Rajoy, que privilegia los saberes prácticos —para mejorar, dicen, la empleabilidad— y convertiría la Historia de la Filosofía, troncal y obligatoria en el segundo año de Bachillerato, en optativa y sólo para los estudiantes de Humanidades.

Treinta personas en hemiciclo. Habla una muchacha gordita, retaca, anteojos, pelo suelto, gola de futura maestra. Viste, como los demás, una camiseta celeste con la muy académica consigna «Vivir sin filosofía es tener los ojos cerrados sin tratar de abrirlos jamás».

Dice al micrófono:

—La filosofía sirve para cuatro cosas: uno, nos da una visión del mundo; dos…

Se muere el micrófono. Nadie protesta. La chica busca reactivarlo, pero el aparato muere con un ronquido.

—Dos… 2013insiste, la voz alzándose para superar el murmullo de Sol.
—¡Oro, compramos oro! —suenan, con mayor efectividad, dos hombres que promocionan a Los Kilates del Arenal, que, por si fuera necesario, también compra plata.

A diez metros del grupo, cuatro policías ríen entre sí, porque sí.

***

Leer periódicos durante una crisis es más que someterse al látigo: es pedirlo.

Un día de marzo, entre pepito y café, la prensa cuenta.

Suben los morosos en la banca. La UE, muy seria, informa que, si rescata a Chipre, será con cepo, corralito y un corsé de clavos: los salvatajes de los grandes meten a los chicos en correccionales con institutrices alemanas. Un reporte público afirma que 22% de los españoles evade al fisco y otro, de los empresarios del País Vasco, que desaparecieron setecientas dieciocho empresas en Euskadi en los primeros sesenta días del año. A Hacienda se le escapa el cardumen de peces grandes y medianos y un océano de jureles.

Como ya no hay —tanto— dinero, las empresas empiezan a eliminar el exceso de cargos de las buenas épocas y cantan un largo adiós a superjefes de logística, megavendedores del área comercial, vacas gordas de la estrategia corporativa. La grasa se debe quemar rápido para estar en forma.

Los clubes de futbol de La Liga deben quinientos cuarenta millones de euros a Hacienda; los de segunda y categorías menores, ciento cincuenta y cinco millones. En febrero se conocieron los resultados de un estudio encargado por La Liga a una consultora: la mayoría de los clubes están en riesgo de desaparecer. El Valencia, campeón de pico y pala, pasó a manos de la Generalitat. Su estadio, que quedó a medio construir, parece su opuesto, un circo romano a medio destruir. El circo puede ocultar el hambre, pero el hambre nunca salvará a ningún circo.

El último en decirme algo en el periódico es César Alierta, el —más pálido, más gris— jefe de la Gran Teta de España, Telefónica: «Nos preguntan siempre que cuándo vamos a tocar fondo y nosotros les decimos que ya», registra un periódico. «La crisis está acabando».

Un mes después, la prensa dice, para beneplácito de todos, que el señor gobierno, los señores expertos, el señorísimo Banco de España y los muy señorones organismos internacionales, coinciden con Alierta: la crisis tocó piso a fines de 2012.

Un mes después, la prensa dice que, por primera vez en la historia, España supera los seis millones de desempleados.

Digo: la economía puede haber frenado al borde del abismo, pero la inercia sigue tirando cuerpos a él.

Leer periódicos en la crisis no es someterse al látigo: es pedirlo. Con fruición.

***

Todos los años, el Real Instituto Elcano publica un barómetro: cómo se ve España.

Dos años atrás, un estudio del banco BBVA contaba que la productividad española por hora trabajada era heroica. Al país de la siesta y los tapeos de maratón le faltaba para alcanzar el promedio europeo pero era ya tenía uno mayor que, domo arigato, el japonés.

Cuando el país crecía —a un promedio de 3.5% desde 1985 y hasta 2007—, el milagro español asombraba a quienes queríamos creer y los hijos de la Corona andaban anchos por el mundo, las voces rugientes, altos cañones de la Armada Invencible. Pero cuando el hilo de la crisis se reveló cada jalón exhibía más de una madeja sebosa de despilfarros, deudas y déficits de gobiernos, familias y empresas.

Así, a inicios de este año, los alemanes hablaron muy mal de España. Es débil, dijeron; es corrupta y tradicionalista, dijeron. Ociosa. El Real Instituto Elcano dictaminó, entonces y extraoficialmente, lo que todos sabían: el milagro español ya no existe. De todos modos, dice el reporte, a pesar del deterioro España todavía es bien valorada en Alemania, donde lo califican con 6.1 en una escala de cero a diez. A Grecia, recuerda, le pusieron 4.6.

Es curioso cómo funciona la autoconmiseración: el muerto podrá sufrir, pero se aliviará de no estar degollado.

***

La crisis cambia la psicología de las personas.

Depresión, tristeza. Rabia. Se toman más ansiolíticos, se bebe peor. Se duerme mal, el rendimiento se asfixia. Varias asociaciones de ayuda contaron a la decana del Colegio de Psicólogos de Galicia que un tercio de los suicidas de la comunidad son personas desahuciadas de las viviendas que ya no pueden pagar.

Es de espanto: entre 2008 y 2012, cerca de medio millón de familias fueron expulsadas por los jueces de sus hogares. En España, la ley inmobiliaria carga a las personas con el sambenito de la Inquisición pues prohíbe a nadie enviar a la quiebra su deuda hipotecaria. En marzo, la ue apuntó con el índice a la norma y dio potestad inmediata a los jueces del país para que detengan los desalojos mientras investigan si las familias han firmado créditos con cláusulas abusivas.

El fallo del Tribunal de Justicia de la UE que puede permitir a miles mantener sus techos, nació de una demanda de un desahuciado de Barcelona llamado Mohamed Aziz. Mucha España le deberá su casa a un migrante, a un mal mirado, un negado, Aziz, un moro.

La crisis debe cambiar la psicología de las personas.

***

Telefónica ganó casi cuatro mil millones de euros en 2012 —27% menos que el año anterior—. Repsol, la expropiada, ganó dos mil millones —6% menos—. BBVA ganó mil setecientos millones —44% menos—. Hay gente que se indigna: ¿por qué el gran capital siempre gana cuando yo pierdo?

Pues bien: la siderúrgica Acerinox perdió dieciocho millones de euros en 2012. IAG perdió novecientos veintitres millones e Iberia trescientos cincuenta y un millones. Bankia, el holding financiero, perdió veintiún mil doscientos millones de euros. Hay gente que festeja: era hora de que les toque perder.

Las crisis no dejan pensar bien.

***

En el Metro, siete años atrás, los más jóvenes, los del medio, los más viejos eran muy españoles: hablaban con el volumen de las multitudes. Hace un mes, el Metro era una sala de espera de hospital: el silencio del miedo, las arrugas de la preocupación. Los únicos que se oyen son los adolescentes, porque están en la edad en que nada importa, y los necesitados, porque están en la edad en la que todo importa.

***

El tipo es muy alto y muy flaco y camina por el centro del vagón con la vista al frente y el ojo afiebrado del poseso. Hablará sin pausas.

—Llevo una semana sin comer, salí de la cárcel en condicional hace un mes y no quisiera pediros nada porque el hombre debe valerse por sí mismo y yo me he equivocao y la he pagao y ahora quiero una oportunidad de hacer las cosas bien soy una persona de bien y tengo hambre y me duele el estómago llevo días sin dormir y hasta siento mareos si me dáis dinero está bien y para que veáis que mi hambre es verdadera y no busco unas monedas para beber si me dais algo de comer por dios os digo que me lo como delante de vosotros.

Una pareja le pasa un par de monedas y una abuela saca de su cartera una bruta garrapiñada de maníes. El ex prisionero insomne y famélico se detiene y, con toda la pausa recuperada, dice:

—Disculpad, pero no puedo. Soy diabético.

***

Caminamos en el principio de la noche zurrados por el frío. Mi colega lleva rato azotando el deseo exacerbado de sus compatriotas. Que cómo comprarse un piso que no puedes pagar con tu salario. Que cómo, incluso, pensar en tener un segundo. Y un auto nuevo y muchas vacaciones. Que él nunca compró: que renta. Que la ex esposa le dice que siempre fue un agarrado y él, ahora, relajado, ante las evidencias del jaleo, la ve y ve un velorio: ella y su nueva pareja con el agua al cuello para pagar la hipoteca de la casa que él no quiso.

—No entiendo cómo en este país la gente hace estas cosas —dice.

Quiero decirle que vivo en Estados Unidos, que tampoco entiendo cómo en este país —cómo en muchos países— la gente hace las cosas. Pero sobrevivimos a irracionalidades mayores —guerras, latrocinios, hambrunas, Mariah Carey— y callo. Además, estoy sin comer.

Cuando llegamos al bar, pedimos serrano, tortilla de patatas, cañas, y sigo callado. Mejor reímos.

Bienvenidos a España.

***

—Buen día, vi el anuncio en la calle de Francisco de Silvela.

El anuncio decía: «Precios sin competencia. Pintor profesional. Techos, locales, pisos, su comunidad. Experiencia en pintura lisa y gota. Pintamos todo. Presupuesto gratis y sin compromiso. Seriedad, limpieza, rapidez».

Era un cartelito del tamaño de un posavasos pegado en la pared de un edificio gris, en una esquina donde pasan muchos autos y pocos paseantes. El número de teléfono estaba borroneado pero aun parecía legible. Un sábado por la mañana decidí probarlo, conocer algo más de alguien que no vive en Peleas de Abajo pero que conoce las ídem.

—¿Podría hablar con el pintor?

La mujer que atendió no perdió el tiempo.

—No está más. Se volvió a su país.

Adiós, España.

Arenas de Japón

Publicado: 27 agosto 2013 en Juan Villoro
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Los aeropuertos carecen de carácter definido, cumplen funciones provisionales, huelen de modo artificial, aceleran los nervios y las pisadas. Estos defectos son sus virtudes. Sólo bajo esas bóvedas de cristal y aluminio resulta placentero que exista una arquitectura de ninguna parte.

La simbología de una terminal aérea es neutra, compresible de un modo genérico. Una gramática para nómadas, sin adverbios ni adjetivos. ¿Es posible vivir ahí como un paria de la globalización, alguien ubicable y al mismo tiempo deslocalizado?

Esta fantasía se concretó en la ciudad México. Cuando tomé el avión a Tokio un japonés llevaba un año viviendo en el Aeropuerto Benito Juárez. Ya era un icono semifamoso. La gente se retrataba con él, pero se ponía a su lado con cautela, por temor a que oliera mal, contagiara algo o estuviera loco y dispuesto a morder una oreja. El japonés del aeropuerto se había convertido en una mascota salvaje, como un hurón, que no pertenece del todo a la vida doméstica ni a un zoológico. De hecho, tenía pelo de hurón.

En marzo de 2009 viajé al país que Roland Barthes describió como “el imperio de los signos”, un territorio de mensajes elaboradamente ajenos. Mientras tanto, en mi país, un japonés hacía la operación contraria: vivía en el aeropuerto, la tierra de nadie donde todo se comprende.

***

Cuando el avión de JAL despegó, los pasajeros estornudaron, como si participaran en un ritual de despedida.

Japón es el país de las alergias. Una de cada tres personas lleva cubreboca para protegerse del polen. Se dice que, al cabo de cinco años de vivir ahí, un extranjero puede volverse alérgico. Los estornudos son una seña de naturalización.

Al llegar a Tokio no le di mayor importancia al disciplinado uso de los cubrebocas. El armonioso exotismo de Japón tiene un efecto tranquilizador: todo está bien sin que entiendas nada. Rodeado de ideogramas, recorres un entorno altamente operativo. La única pieza desajustada eres tú.

***

El taxista japonés es un experto que cambia a diario sus guates blancos y domina un banco de datos.

El conductor que pasó por mí al aeropuerto de Narita me informó que había un accidente en nuestra ruta. Aconsejó tener paciencia (todo esto a través de una intérprete cuyo nombre acreditaba su semblante: Rie). Pensé que tendría mi primer contacto con el Japón de Godzilla, pero el contratiempo fue decepcionante. Un coche había rozado a otro y ambos aguardaban a los inspectores del seguro. Esto frenaba un poco el tráfico. Fue mi estreno ante el gusto japonés por las minucias.

El tráfico se estudia con la misma sutileza que el follaje. No hay otra isla con tan afanosos desplazamientos. Todos son tumultuosos y todos funcionan. La “hora pico” existe, pero es una variante apenas perceptible de la norma, un trastorno que sólo altera a los microespecialistas, es decir, a todos los japoneses, capaces de distinguir si un té se prepara a 70 o 75 grados.

El contacto con tantos peritos del volante me permitió disfrutar la incompetencia de un taxista. Le pedí que fuéramos al Teatro Noh. Contra toda expectativa, se dirigió a la rampa de emergencias de un hospital. “Es tranquilizador que un taxista japonés se equivoque”, le dije a la intérprete que me acompañaba. “Ya lo reporté a su compañía”, respondió ella: “es terrible lo que hizo”.

Los taxistas mexicanos y españoles son expertos en negatividad: todo está mal y pronto estará peor. Informan de desfalcos, fraudes y rapiñas. Sus diagnósticos son deprimentes, pero resultan más llevaderos que sus soluciones. Tomar un taxi en Madrid o el DF puede ser una oportunidad de oír una defensa de la pena de muerte. Los taxistas japoneses prefieren hablar de historia. Describen las costumbres de los sogunes como si hubieran pertenecido a su corte. Uno de ellos llevaba en su teléfono móvil una foto del Templo del Pabellón Dorado antes de que se incendiara. Si acaso se refieren a la política, lo hacen para insistir en que los japoneses son apolíticos. El 60% de los votantes no se presenta a las urnas. Las pasiones nacionales son el beisbol, el sumo y el bienestar económico.

Por lo general, las primeras palabras que se aprenden en una lengua extranjera son insultos. En Japón aprendí formas de cortesía. Mi idioma de emergencia me facultaba para desesperarme con buena educación.

No encontré un taxista que tuviera mal carácter. El coche es tan educado como el piloto: su puerta se abre y se cierra sola.

***

Los masajes y la meditación relajan al japonés, pero su mejor método para alcanzar la calma espiritual consiste en no dejar propina. Durante quince días fui ajeno a la disyuntiva de ser mezquino o excesivo.

En cambio, fue angustioso no llevar tarjeta de presentación. Mi nombre y mi destino caían en el vacío. El ritual de intercambiar tarjetas es la versión moderna de la ceremonia del té.

A falta de credenciales, me presenté a partir de los vínculos de mi familia con la televisión japonesa. Crecí viendo Astroboy, mi esposa creyó ser Señorita Cometa, mi hijo perteneció a la tribu de los Pokémon y mi hija al reino de Doraemon. Fue como enlistar signos del Zodiaco. Mis parientes se volvieron comprensibles. El método resultó eficaz. A fin de cuentas, ¿qué es un extranjero sino una caricatura?

***

Al salir del metro en Kami-Igusa, hay una estatua de Gundam, robot que ha destruido todo lo que se puede aniquilar gracias a los efectos especiales del video. La gente le coloca monedas, como a un Buda armado.

En ese barrio de casas bajas están los estudios de Sunrise, compañía que produce al imparable Gundam. Como resulta difícil conseguir locales de gran tamaño, las oficinas y los talleres de producción se reparten en distintos edificios. Ahí trabajan doscientos cincuenta jóvenes de veinte a veinticinco años. No son los artífices de las historias ni los creadores de los diseños. Se limitan a desarrollar las escenas para formatos de dvd o PlayStation. Como en los templos sintoístas, todos están en calcetines. Me dijeron que es para evitar que el polvo de la calle estropee las computadoras, pero en Japón la comodidad sólo existe en calcetines.

Durante media hora hablé con Shinichiro Watanabe, director de uno de los proyectos más logrados de Sunrise, la serie Cowboy Bebop. Su rostro obliga a una comparación demasiado obvia: es idéntico al gato cósmico Doraemon.

Le sorprendió mi comentario sobre la obsesiva redondez de los ojos en el manga y el ánime japonés. Desde un punto de vista iconográfico, Heidi es “japonesa” en la medida en que tiene ojos circulares. “No me había dado cuenta, para mí las caricaturas deben ser así”, comentó. Los ojos redondos no son un signo de occidentalización, sino de falsificación, la garantía de que se trata de un ser imaginario.

“Lo más difícil de animar son las pisadas”, dijo Watanabe. La verosimilitud de un personaje depende de cómo se mueve. Su centro de gravedad es su alma. Astroboy caminaba con la rigidez de un robot primario. Las criaturas de Watanabe se desplazan como existencialistas en calles de mala muerte. La historia de los dibujos animados es la historia de sus pasos.

***

Llegué a Japón poco antes de la primavera. Todo mundo hablaba de los cerezos en flor. Los noticieros localizaban árboles que ya habían florecido y las modificaciones del follaje se podían seguir en sitios web.

El tema omnipresente se prestaba para un test de personalidad. Los optimistas veían bastantes flores, los pesimistas casi ninguna.

La naturaleza domina la vida de Japón con poderío simbólico. Incluso los desastres naturales han beneficiado su historia. En dos ocasiones los invasores fueron repelidos por tifones. La palabra kamikaze quiere decir “viento sagrado” y alude a esas tormentas defensivas.

También la cultura es un desprendimiento del paisaje. El haiku sigue un principio botánico: la poesía como instantánea floración. Me encontré en Kioto con Aurelio Asiain, poeta que encontró en Japón el ámbito que le conviene. Fue agregado cultural de México y ahora es profesor en la Universidad de Kansai. El rostro se le ha orientalizado de modo feliz: un sogún de buen humor. En Luna en la hierba, Asiain traduce medio centenar de haikus. Ahí, Fun’ya no Yasuhide compara el indeciso lenguaje del jardín con la insistente retórica del mar:

Cambia el color
de la hierba y los árboles,
pero la flor
de las olas del mar
no conoce el otoño.

Desde José Juan Tablada, la poesía japonesa ha tenido una extraña alianza con la mexicana. Octavio Paz logró escribir poemas propios con versos traídos del Oriente. Su traducción del haiku con el que Fujiwara no Teika ganó el certamen del palacio imperial en 1216 es un ejemplo superior del arte de interiorizar paisajes:

Tarde de plomo.
En la playa te espero
y tú no llegas.
Como el agua hierve
bajo el sol –así ardo.

En el Teatro Noh presencié Ashikari, obra del siglo XV. La trama trata de un largo desencuentro. La acción es lo que no ha pasado. Tanto en el noh como el kabuki, los logros son antecedidos por un meritorio esfuerzo. El dolor asumido en plenitud es el prerrequisito del placer. No hay recompensa sin dificultad ni hedonismo que no colinde con el riesgo.

El pez globo, cuyo veneno alcanza para matar a treinta personas, es una sabrosa ruleta rusa. Un cocinero experto retira la vejiga maligna. Lo interesante es que puede fallar.

Según amigos japoneses, la mayoría de los peces globo son de criadero y carecen de peligrosidad. Esto se mantiene en secreto porque el comensal busca la posibilidad de morir.

En la rigurosa jardinería japonesa, los tallos de los crisantemos se tuercen para lograr una belleza artificial. Las plantas no sienten el dolor: lo representan. Los bonsái y los jardines donde el musgo crece en distintas tonalidades son placeres surgidos de la penuria.

Un pasaje de Ashikari: “Es más difícil cultivar el arte de la poesía que contar todos los granos de la arena. Por eso hay que cultivarlo.” Trabajar un jardín es un grato calvario. Trabajar las palabras representa un reto orgánico mayor: la poesía es la parte más difícil de la naturaleza.

Al final de Ashikari la trama se condensa en una metáfora: “la flor que padeció el invierno en primavera abre sus pétalos”. Esta sencilla descripción se carga de fuerza por dos razones: conocemos los padecimientos que llevaron a esa sanación y la recompensa es precaria y se marchitará pronto.

Incluso en la pornografía hay una estética primaveral. Las estrellas del porno japonés son casi niñas, adolescentes en flor. Un diseño de pixel cubre los genitales al modo de un origami cibernético.

***

Japón es el país de las pantallas. La gente levanta la vista de los mensajes de texto para encontrar la vibrante publicidad que cubre edificios enteros.

La intensa virtualidad de la vida japonesa ha producido los hikikomori, sustantivo que viene de “apartarse” o “recluirse”. Se trata de adolescentes que se encierran en una habitación por tiempo indefinido, sin más contacto que su computadora. Enrique Vila-Matas describe así a estos renunciantes: “Sienten tristeza y apenas tienen amigos, y la gran mayoría duerme o se tumba a lo largo del día, y miran la televisión o se concentran en el ordenador durante la noche. En Japón se les llama también solteros parásitos. O sea que aquellas máquinas solteras que inventara Duchamp se han hecho realidad.”

En un país de reglas, donde el fracaso escolar puede llevar al suicidio, el hikikomori contrasta más.

¿Esta nueva variante de la melancolía proviene de la alienación postindustrial o se trata de un arte cultivado con esfuerzo, como el bonsái o el origami? ¿Qué ha llevado al 20% de los varones adolescentes a alejarse de ese modo?

En cierta forma, el hikikomori es un samurái tímido. En el pacífico Japón contemporáneo resulta difícil ejercer el oficio que durante siglos encandiló la mente de los jóvenes vernáculos. La inmensa mayoría de los hikikomori son hombres y casi todos responden a los rasgos que Yukio Mishima distinguió en el guerrero moderno. Pocos años antes de practicar su suicidio ritual, Mishima actualizó el Hagakure, prontuario samurái recogido en el siglo XVIII. Las condiciones básicas de quien asume esa existencia son el desprecio por la vida y el alejamiento de toda tentación mundana. El samurái es un carismático outsider, un romántico que ama de lejos y aguarda el momento de sacrificarse: “El Hagakure es un intento de curar el carácter pacífico de la sociedad moderna a partir de la potente medicina de la muerte”, escribe Mishima.

Antes del haraquiri, el samurái compone un poema. Su visión del mundo se condensa en cinco versos. El poeta guerrero existe al margen de sí mismo; garantiza la renovación del orden natural a través de la sangre y la belleza.

La cultura valora al samurái y recela del ciberrecluso, pero no se trata de entes tan apartados. Los hikikomori se sustraen a la banalidad de la vida moderna. En un mundo sin épica, se dan de baja. Son espectros, suicidas aplazados.

Tal vez el primer hikikomori fue el profeta de la ética samurái. El Hagakure proviene de las enseñanzas de Jocho Yamamoto, recogidas por su seguidor Tsuramoto Tashiro. Yamamoto estuvo al servicio de un sogún del siglo XVIII. De acuerdo con la tradición, debía suicidarse al morir su Señor. No lo hizo porque un edicto abolió los suicidios rituales, pero se retiró del mundo y durante veinte años perduró en calidad de hikikomori.

El Japón moderno no reconoce la fertilidad de la violencia. Como Yamamoto en el segundo acto de su vida, el samurái contemporáneo busca el alejamiento. En ocasiones falla y toma un rifle: los hikikomori se volvieron famosos cuando uno de ellos secuestró un autobús y comenzó a disparar.

¿Asistimos a la preparación de los samuráis del porvenir? ¿El enclaustramiento es el “lado B” de la violencia?, ¿la elimina o la incuba sigilosamente?

La ultratecnología provoca adicciones a los aparatos y la adopción de mascotas electrónicas, como el tamagotchi o los nintendogs a los que hay que dar raciones virtuales de sushi o de alimento canino, pero también fomenta interesantes repudios. Numerosos sensei (maestros) no usan artilugios. Ryukichi Terao, hispanista de la Universidad de Tokio, vive satisfactoriamente en la patria de Sony sin disponer de reloj, teléfono celular ni agenda. Una de sus más curiosas aficiones consiste en calcular la extinción de los japoneses. Aunque la isla está sobrepoblada, la tasa negativa de natalidad anuncia que en el año 3000 habrá veintisiete japoneses y en 3085 sólo quedará uno.

¿Cómo se comportará el último japonés sobre la Tierra? Seguramente será alguien inmóvil o acelerado. Japón emplea el tiempo en forma extrema. El paraíso de la quietud y de la prisa.

A veces los dos tiempos se combinan. En el zen, la calma es una vertiginosa actividad mental. El jardín de arena del templo Ryoanji, uno de los más visitados de Kioto, desafía la razón con quince piedras. El conjunto hace pensar en islas a la deriva, montes que sobresalen entre las nubes o animales que sacan la cabeza al cruzar un río. El jardín es visto desde una terraza de madera. Al caminar de un extremo a otro el visitante puede contar las piedras. Es fácil constatar que son quince, pero no hay un solo punto desde el que sea posible verlas todas. El templo ofrece una lección de perspectiva: la totalidad es fragmentaria.

Quien medita o contempla los movimientos del teatro noh disfruta los favores de la lentitud. Pero Japón también es la patria del shinkansen. El “tren bala” recorre la isla con disciplinado frenesí. En los andenes se indica el lugar en que deben pararse los pasajeros, según su número de asiento. No me costó trabajo entender esto, pero me subí al tren equivocado. Aguardaba el expreso a Kioto. Diez minutos antes del horario de partida llegó un tren y supuse que era el mío. Se trataba de un tren anterior. Diez minutos representan una eternidad para un transporte con apodo de proyectil (sólo en lenguas extranjeras se dice “tren bala”; la traducción literal de shinkansen es “ferrocarril troncal”; los japoneses no necesitan recordar que saldrán disparados: lo dan por supuesto).

Al bajar del tren, los viajeros se desplazan con celeridad. Tal vez porque sus pasos son muy cortos da la impresión de que se dirigen a sitios próximos. No se puede ser un corredor de fondo en un sitio repleto: en Japón siempre estás cerca de algo y siempre hay que apurarse para alcanzarlo.

***

Durante quince días, lo que no fue yin fue yang. Casi todo se presentaba en dualidades. Un templo sintoísta suele tener al lado uno budista para mostrar que las religiones conviven y se complementan. Hay quienes profesan el sintoísmo en vida pero desean ser enterrados con el ritual budista, preferible para el más allá.

La dualidad aparece en los diálogos más comunes: “Voy a buscar un sitio tradicional en internet”, me dijo un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores al invitarme a cenar.

Mezcla del artificio y la naturaleza, los restaurantes tienen guisos de plástico en las vitrinas, pero privilegian la comida de temporada. Durante mi estancia, el invierno era relevado por la primavera, lo cual significaba que había que comer anguila y hojas de cerezo.

Barthes entendió la comida japonesa como una rama de la pintura. Los platillos satisfacen la mirada y se presentan en series. En ese sistema la idea de “plato fuerte” es una vulgaridad. Hay que degustar sucesivas cosas pequeñas.

“Me he vuelto muy japonés”, dijo Aurelio Asiain cuando le sirvieron un plato y sacó la cámara para retratarlo. Estábamos en un local de Kioto que se atribuye la invención mítica del shabu-shabu. La integración de Aurelio a Japón es tan perfecta que ha adquirido alergia al polen y disfruta con orgullo los primeros síntomas. Pero luce aún más adaptado al retratar platillos concebidos como cuadros.

Si la comida ofrece la sutileza del arte efímero, los fideos que decoran las vitrinas muestran los prodigiosos brillos que puede alcanzar el plástico. Dan ganas de chupar esas delicias de juguete.

En el país del té, la hipermodernidad llega con el café. En cada esquina y cada andén hay máquinas dispensadoras de café helado, caliente, ligero, amargo o mixto.

De pronto, el viajero necesita decepcionarse. La irritación preserva el sentido de la diferencia. Me predispuse a odiar el café en lata. Para mi sorpresa, no me supo a jugo de Nintendo. Sin ser “auténtico”, tiene la gracia de no ser asquerosamente distinto.

***

Los japoneses adoran los uniformes, los desfiles y las banderas. Fui a un partido de futbol en el estadio de Kioto. Se disputaba el derbi contra Osaka, pero el ambiente no era el de un hervidero de pasiones. Las tribunas se cedían el turno para entonar cánticos copiados de las barras argentinas. En la entrada, recibí un papel con reglas de comportamiento, incluida la de no abandonar el asiento en caso de lluvia.

La ordenada inocencia de la hinchada decepciona al amante del caos futbolístico. En cambio, resulta atractivo que la policía parezca un equipo deportivo. Sus uniformes y sus movimientos tienen un aire de desfile.

Japón es la nación de las mascotas y la policía es representada por Pipo, cuyo nombre proviene del sonsonete de las patrullas.

¿Qué tan violento puede ser un país donde la agresión suele ser un privilegio autodestructivo y las fuerzas del orden asumen comportamientos infantiles?

En los dominios de Pipo no hay ofensas aparentes. No descubrí cómo se molestan los japoneses. La cortesía sólo se interrumpe para iniciar un protocolo. Nadie parecía dispuesto a agraviarme. Sentí una relajación que al cabo de unos días me incomodó. Ajeno a todo ultraje, extrañé la posibilidad de agredir a alguien. Japón puso al descubierto mi identidad. Extrañaba el chile, pero también el exabrupto, la queja justificada y colérica: “¡A mí no me hacen eso!” Japón se convirtió en el sitio donde me sentía a punto de romper algo. Ante cada desajuste, el factor incómodo era yo.

¿Cómo cuestionar un entorno que no deja de ser armónico? ¿Existe una tendencia militarista en el próspero país que visité y en otro tiempo masacró a los chinos en Manchuria, sometió con crueldad a los coreanos y bombardeó Pearl Harbor sin aviso?

En Tokio, el santuario Yasukuni está destinado a los muertos de guerra, sin distinguir entre víctimas y criminales. Ahí se dan cita quienes reivindican el nacionalismo. Las ofrendas de toneles de sake en el patio exterior prueban la popularidad del templo.

A un lado, el museo Yushukan ofrece una relectura de la historia militar. Se trata de una institución privada, que no se atiene al ideario oficial. Sin proponer francas reivindicaciones militaristas, vincula la tradición samurái con la necesidad de defender un territorio frágil, amenazado por la naturaleza y sus poderosos vecinos. El periodo favorito de quienes así entienden a Japón es la época Edo (1603-1868), cuando el país estuvo cerrado al exterior. La zona de desconfianza es el periodo Meiji (1868-1912), cuando los gobernantes japoneses se abrieron al mundo y se dejaron el bigote al estilo europeo.

Kenzaburo Oé era niño cuando terminó la guerra. Una de sus mayores impresiones fue oír al emperador por radio, anunciando la capitulación de sus ejércitos. Hasta ese momento no concebía que Hirohito tuviera voz humana. El emperador dejó de ser una deidad.

El poder imperial se desacralizó en un país que se abismó en el consumo y perdió interés por la política. Para Mishima esto representó una pérdida de la dignidad. En su arenga final, desde la terraza de un cuartel del ejército, llamó a recuperar el espíritu guerrero.

¿Algún día el ejército volverá a blandir la espada samurái? Conocí a una mujer cuyo hijo siguió la carrera militar pero cambió de profesión porque no soportó las reivindicaciones de ultraderecha. Durante mi visita se hablaba mucho de las armas atómicas de Corea del Norte. Una significativa minoría piensa que Japón debe intervenir antes de ser atacado.

¿Cómo se establece el consenso en una democracia de escasa participación política? Japón es un catálogo de reglas aceptadas. ¿De qué modo se deciden esas populares formas de la coacción?

Casi todos los habitantes tienen teléfono celular, pero no se cuestiona la prohibición de usarlos en los trenes. ¿Cómo se adoptó esta civilizada medida? De algún modo, las necesidades gregarias se convierten en leyes. Un amigo mexicano que vive desde hace treinta años en Japón me dijo que él contribuyó a la política de respeto al prójimo. Durante meses tomó el tren para hablar por celular a voz en cuello. Los demás pasajeros lo odiaron en educado silencio hasta que se aprobó la ley que prohíbe los teléfonos. De acuerdo con mi amigo, ciertos terroristas de las costumbres (entre los que se incluye con orgullo) ayudan a que los demás se pongan de acuerdo.

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De madrugada, el barrio de Shibuya es recorrido por japoneses que caminan en zigzag después de visitar los bares de la zona. Ahí se ubica la novela Tokio Blues, de Haruki Murakami.

Mezcla del exceso y el recato, Japón es el sitio donde un ejecutivo se emborracha en público, grita hasta el estertor y hace gestos kamikazes sin que eso sea un desdoro. Hay espacios controlados para perder el control.

Los bares son del tamaño de camarotes de barco y el propio Murakami administró uno de ellos. El encierro en el que se bebe provoca que la salida sea expansiva. Una vez en la calle, el borracho japonés ve la luna y aúlla como un fantasma de Akutagawa.

El ebrio y el que mira apariciones merecen idéntico respeto.

Aunque el machismo pertenece al protocolo nipón, no hay ausencia de chicas superpoderosas. La literatura de Tanizaki explora la fuerza secreta de las mujeres. En esas delicadas recreaciones del erotismo y la crueldad, hombres aburridos se enamoran de hechiceras que los destruyen placenteramente.

Los varones beben en público con un frenesí que rara vez se observa en las mujeres. La geisha acompaña la reunión de un modo estético, como un árbol en flor o un tapiz antiguo; sirve bebidas sin compartirlas. Pero en ocasiones es posible atestiguar una juerga donde dominan las mujeres. Unos amigos me invitaron a un sitio de Kioto donde los platillos no se eligen sino que llegan como un alfabeto del gusto que parece no tener fin y donde sólo me resultó incomible un trozo de tortuga en gelatina verde. Estábamos al lado de un arroyo, donde una garza buscaba peces bajo el resplandor lunar. En la otra orilla, una maiko (aprendiz de geisha) posaba para los turistas con su traje colorido –el rostro maquillado en blanco, la boca en forma de cereza. Las geishas trabajan en casas de té donde la comida cuesta una fortuna (mil dólares por cliente es una tarifa estándar). Muchos visitantes se conforman con retratarse junto a una maiko. La estatuaria placidez de esa mujer a la otra orilla del arroyo contrastaba con el barullo que surgía del piso de arriba. El local era estrecho. En la planta baja había una barra, donde estábamos nosotros, y arriba, una tarima. Mi anfitriona era una historiadora japonesa, que esa noche vestía quimono de gala. Al oír el escándalo de arriba, me explicó que si se dibuja tres veces el ideograma “mujer” significa “ruido”.

Cuando el estruendoso grupo trastabilló hacia la salida, aparecieron dos hombres que habían permanecido en absoluto silencio. Caminaban con agradable resignación, muy distintos a los varones que son seguidos por sus mujeres a dos pasos de distancia.

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Me desperté a las cuatro de la mañana para ir a Tsukiji, el bazar de pescados y mariscos donde hay moluscos indescifrables y filetes de cetáceos superfinos. Los frigoríficos y la escarcha omnipresente crean un invierno regional.

Gracias a la Fundación Japón, conseguí permiso para recorrer la zona de los proveedores. Me registré en una oficina que parecía la caseta de una obra en construcción, y me asignaron unas botas de hule y una vistosa credencial.

El lugar de la subasta de atunes parece un hangar donde yacen los fallecidos de un accidente aéreo. Cada atún reposa sobre una tarima. Un papel informa acerca de su peso y procedencia. Se les practica una incisión para ver el color de su carne, que debe alcanzar el canónico tono cereza.

Los proveedores van vestidos como montañistas y llevan linternas para estudiar los peces.

A las 5 de la mañana, una campanada señala el inicio de la subasta. Un pregonero oferta atunes con gritos taladrantes. Los compradores se comunican con los vendedores por medio de señas, en un código semejante al del beisbol. Se puja con los dedos y el trato se cierra con un gesto.

Un negrísimo atún aleta amarilla de Nueva Zelanda pesaba 36 kilos. Su precio de salida era de 5,200 yenes por kilo (unos 52 dólares, que podían aumentar a niveles estratosféricos en la puja).

Vi peces atrapados en Vietnam, Indonesia, Australia y México. Habían llegado en complejas rutas aéreas para no perder su frescura. El atún congelado tenía un precio inicial de 1,500 yenes.

La subasta duró de 5 a 5:45 de la mañana. Todos los peces se vendieron. Los participantes no reflejaron satisfacción o desencanto. La escena se cumplió con seriedad kabuki. Sólo los pregoneros usaron la palabra, en un relato integrado por cifras.

Dentro del mercado, un selecto trozo de 600 gramos de atún costaba 4,000 yenes.

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La caligrafía japonesa convierte los ideogramas en formas casi líquidas. Para comprenderlos hace falta ser calígrafo.

En un almacén de Kioto compré una tetera de arcilla roja de la región de Ugi, historiada por un calígrafo. Pregunté el significado del mensaje y esto dio lugar a un coloquio entre las vendedoras. Ninguna era calígrafa, pero varias tenían parientes que sabían estilizar ideogramas. Reconocieron que ahí decía “mujer” y “camino del corazón”. Me pareció suficiente para comprar la tetera.

Barthes escribió El imperio de los signos para aproximarse a los lenguajes no literarios del Japón. Al no poder leer ni hablar, el visitante descansa de lo obvio y sólo entiende, o cree entender, lo excepcional; entra en un bosque hermético donde cada objeto y cada brote es o parece ser un símbolo.

Como las vendedoras que discutieron acerca de la tetera, durante quince días pude descifrar un par de ideogramas. Lo demás fueron signos en precipitación, nubes, granos en un jardín de arena, enigmas necesarios para llegar a lo que sí se entiende.

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Salí de Tokio a las 5 de la tarde y llegué a México a las 6 del mismo día. Esa hora larguísima fue un rito de paso.

El japonés del aeropuerto Benito Juárez seguía ahí, con su pelo de hurón. Durante unos días aceptó la invitación de una japonesa que vive en el df y se trasladó a un departamento. Pero la vida casera no es lo suyo. Sólo el aeropuerto le permite estar en ningún lugar.

Yo sufrí un cambio mayor en esos días. México me pareció un lugar baratísimo, que existía en lento desorden. Todo era sucio pero la gente estaba limpia. ¡Qué extraño resultaba eso para mi mirada japonesa!

El mayor asombro vino al beber agua mexicana. Probé un líquido espeso. Venía de quince días de tomar agua frágil.

Entonces la levedad de Japón gravitó con fuerza. El recuerdo del agua fue como un acertijo zen (“¿cómo suena el aplauso que produce una sola mano?”). ¿Qué decía ese líquido invisible, casi ingrávido?

Los signos de Japón proponen algo más profundo que el entendimiento. La falta de claridad no está en el entorno sino en la mirada: el viajero debe pasarse en limpio.

“Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo «hice», «fui», «descubrí», debe entenderse «hicimos», «fuimos», «descubrimos»(…)
(Prólogo a la tercera edición de Operación masacre, Rodolfo Walsh)

Si alguien –si un periodista- emprendiera un viaje sin saber nada acerca de su destino salvo la temperatura promedio, la calidad de las playas y la ubicación de las zonas de alojamiento barato; si metiera en su mochila veinte libros, poca ropa y un equipo de snorkell; si eligiera la ignorancia como una performance o como una –mucho menos confesable- forma de la felicidad. Si, en fin, ese periodista se tomara vacaciones, y si esas vacaciones fueran en Filipinas, es probable que sucediera algo de lo que sigue a continuación.

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Mayo de 2012, medianoche, más de cuarenta horas de viaje desde Buenos Aires pasando por Río de Janeiro y Dubai, y esto no parece un lugar al otro lado del mundo. O mejor: esto no parece un lugar al otro lado del mundo del mismo modo en que Tailandia o Indonesia o Malasya parecen lugares al otro lado del mundo. Aquí las calles son iguales a las de cualquier suburbio de Latinoamérica, con edificios hijos de la cópula entre la esquizofrenia arquitectónica y una hemorragia de hormigón, palmeras de plástico revestidas por guirnaldas de luces, iglesias católicas, seven elevens, McDonalds, bares de chicas y un atasco -kilómetros de autos hundiéndose en el corazón de la tiniebla- que es la madre y el padre de todos los atascos. Cada tanto aparece un jeepney -camiones de trompa roma y colores intensos que sirven como transporte público- y esa es la única señal que indica que uno no ha llegado a Brasil ni a México ni a Colombia. Que esto debe ser, en efecto, Manila.

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Manila es la capital de Filipinas, un país compuesto por siete mil islas, con 94 millones de habitantes, 11 de los cuales viven en el exterior. Si buena parte de esa gente se llama Pedro o se apellida Ayala y la mayoría reza el padrenuestro y se hace la señal de la cruz es porque en 1521 llegó hasta allí el conquistador Fernando de Magallanes y desde entonces el país fue territorio español. En 1898 España debió cederlo a Estados Unidos y solo en 1946, después de la Segunda Guerra Mundial, Filipinas se declaró independiente. En 1965 asumió el gobierno un hombre llamado Ferdinando Marcos que siguió en el poder hasta 1983 cuando, después de protestas masivas y caos social, fue destituido y reemplazado por Corazón Aquino. Eso, a grandes rasgos, era todo lo que yo sabía al llegar a Filipinas. Eso, y que el turismo sexual era toda una preocupación, y que Imelda Marcos, la mujer de Ferdinando ídem, había dejado tras de sí una colección de mil pares de zapatos –o de mil zapatos- que, después de haber presenciado la fiebre de consumo de pajaronas como Carry Bradshaw, ya no me parecían tantos. Eso era todo. Y, a decir verdad, no me enteré de mucho más. Quiero decir que no quise.

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Ermita debió ser algo, aunque no se sabe qué. Quizás una de esas zonas que funcionan como Kao San Road, en Bangkok, una suerte de babel afiebrada con viajeros que se revuelcan, conversan y beben durante algunos días a precios módicos mientras deciden hacia dónde seguir. Pero ahora es un barrio de Manila muy desconcertante, sumergido alternativamente en un sopor moribundo o en una energía desamparada o en una hostilidad desértica. El lugar más popular de Ermita es un mall descomunal al que se entra previo cacheo de un guardia. Siempre está repleto y parece haberse tragado a toda la gente y los comercios de la zona, excepto los seven eleven que multiplican su disponibilidad de veinticuatro horas a razón de uno por cuadra.

En las calles, de noche, los faroles alumbran poco y las únicas vidas que se ven duermen sobre su miseria y sus cartones en medio de un calor benévolo. Cada vez que le digo a alguien que me alojo en Ermita, el resultado es el mismo: “¿Ermita? ¡Ni se le ocurra salir del hotel después de las nueve de la noche!”. O “¿Ermita? ¿Por qué?”.

Quizás porque cuando uno llega a un país quiere desembarcar en una orilla real y no en sus márgenes desinfectadas, o porque uno es persistente y persiste aún en sus equivocaciones, o porque en los viajes prima esa diletancia suave –mañana me mudaré- mezclada con una omnipotencia peligrosa –a mí no va a pasarme nada- que produce las mejores catástrofes.

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Como ya nadie viaja sin un artilugio para conectarse –el Iphone, la tableta- los que elegimos viajar sin nada estamos a merced de la existencia de cabinas públicas que, como ya no son negocio, empiezan a ser inencontrables. Sin embargo, frente al hotel en el que paro –una habitación sin ventanas, la representación de la perfecta claustrofobia- hay algo que se anuncia como cybercafé. El vidrio de la puerta está cubierto por una película polarizada lúgubre y adentro la temperatura tiene la contundencia de un piedra. La persona que atiende usa el pelo recogido, un top que no le cubre la barriga en la que se ven rastros de vello mal afeitado, y una falda bajo la que se dibuja la curva brutal de un sexo inconcebible.

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Si una ciudad del interior de Estados Unidos y una enorme capital latinoamericana hubieran colisionado en los años setenta, Manila sería el resultado: no hay veredas por las que se pueda caminar, el paseo favorito consiste en recorrer los pasillos de un mall gélido, el colapso del tránsito es una forma de la psicosis y por todas partes hay locales de comida rápida, iglesias católicas, altares a la Virgen y puestos callejeros de comida. En ciertas partes reina esa tensión grumosa que antecede al peligro, aunque después casi nunca pasa nada.

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-¿El mercado de San Andrés? ¿Para qué quiere ir ahí? ¿Por qué no va al mall?

Siempre es lo mismo, en todas partes. Apenas uno manifiesta su voluntad de ir a un sitio que no se corresponde a las expectativas del turista promedio, el fulano local reacciona con horror ofendido: ¿por qué uno se empeña en mirar debajo de la falda, cuando por fuera de la falda hay tanto para ver? Yo no fui –no quise ir- al Fuerte Santiago, ni a la iglesia de San Agustín, ni a Rizal Park, ni a la National Gallery of Art, porque no me interesan las iglesias, los fuertes, los museos ni los parques, pero me gustan los mercados. Para llegar al de San Andrés hay que recorrer una calle atravesada por callejones que se doblan hacia el centro de la manzana como espinazos enfermos y, desde el fondo de sus fauces, lanzan espumarajos de sogas repletas de ropa. Las casas parecen ruinas ateridas después de un terremoto, y el cielo está atravesado por el triperío sangrante de los cables. El mercado no es bueno – no hay frutas raras, ni especias raras, ni verduras raras- pero el olor es una sorpresa: es un olor fuera de la galaxia, una mezcla impactante de moho y transpiración, una cruza mestiza de todas las axilas del mundo y el sexo mal lavado de los peces. Después descubriré otros mercados y, en todos, el olor será un campeón mundial.

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Una tarde las calles del barrio se llenan de carritos adornados con flores y guirnaldas sobre los que decenas de nenas y nenes de entre 3 y 12 años, vestidas de largo y con escotes, vestidos con frac y trajes blancos, saludan a sus vecinos y parientes con gesto de muñecos de ventrílocuo. El desfile –una elección de princesas y sus príncipes- se hará dentro de una hora pero yo no tengo ganas de esperar y paso la tarde caminando por calles donde no hay un alma, salvo los cuatro perros sarnosos de siempre, pensando que en un país donde el fornicio con la carne tierna atrae a tantos extranjeros es complejo entender el empeño de quienes maquillaron esos labios púberes hasta volverlos pulpa roja.

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La mayoría de los carteles de los puestos del mercado de Libertad están en inglés -salmon available, pork´s place-, herencia de los años de dominio estadounidense. Aunque tengo la sensación de que no todos los filipinos hablan inglés, buena parte de la cartelería de las calles y las rutas está en ese idioma (del español, en cambio, parecen haber sobrevivido apenas los números: uno se dice uno, cien se dice cien, dos se dice dos). En un puesto de pescado una pareja simpática quiere venderme una morena pero les digo que no tengo cómo cocinarla y, cuando me preguntan dónde me alojo y respondo que en Ermita, se espantan y preguntan (otra vez) “¡¿Por qué!?”. Camino por el sector de las aves y el cerdo, pero el olor es tan brutal que regreso a la zona del pescado, de un aroma tanto más amable. Al salir me compro un mango, que voy comiendo por la calle, pelándolo con un cuchillo que conservo y que compré para la ocasión. Me quedo largo rato en una esquina, bajo el ala sombría del tren elevado y los cables que cruzan el cielo como venas atascadas por el hollín. La ciudad parece salida de una película de ciencia ficción de los ochenta, cuando el futuro se pensaba como una versión húmeda y empeorada de un suburbio de la Nueva York de aquellos años.

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La parte más vieja de la ciudad se llama Intramuros y es un barrio de casas coloniales, tal como los que hay en Bogotá o Ciudad de México, pero las calles están desiertas.

-Hace mucho calor, por eso no hay gente.

La chica parece un varón, así que creo que es un varón hasta que le veo los pechos bajo la camiseta enorme. Tiene 21 años pero parece de 14 y trabaja ofreciendo paseos de dos horas en su triciclo tracción a sangre: una bicicleta con un carrito adosado para los pasajeros. Le digo que no estoy interesada, pero insiste y negociamos un paseo de media hora, sin detenernos en iglesias ni museos. Cuando empieza a arrastrar la bicicleta con esfuerzo, cuesta arriba y por calles empedradas, el trato que acabo de hacer me parece atroz, de modo que le pido que se detenga, que prefiero quedarme allí. La chica dice que no, que al menos la deje llevarme a un sitio interesante. Como parece ofendida subo y, después de varias cuadras, me deja en la puerta de un McDonalds. Le pago, le agradezco, y apenas me siento en el cordón de la vereda unos chicos se acercan a pedir dinero. Entonces el guardia del McDonalds corre hacia ellos con algo en la mano y los chicos huyen, aterrados. Cuando le pregunto al tipo qué clase de cosa tan eficaz es esa sonríe y aprieta un botón y hay un destello y una descarga eléctrica.

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Makati es la zona más turística de Manila, donde yo no quería ir y a la que terminé yendo, sólo por ver. En Makati hay dos zonas: una, donde queda el mall Ayala Center, kilómetros de tiendas que van desde Jimmy Choo hasta el más obvio Louis Vuitton, todo rodeado por un parque frente al que están los hoteles más caros de la ciudad: el Shangri La, el Península, el Mandarin Oriental. La otra zona es la de la calle Padre Burgos. Allí, sobre un bar ruidoso, consigo habitación en un hotel que las ofrece a mitad de precio porque se ha roto el ascensor y hay que subir por la escalera. Cargo mis doce kilos hasta el piso diez, y el premio al esfuerzo existe, porque mi cuarto tiene una ventana.

En Padre Burgos las calles están atragantadas de ruido, música, autos, bares, salas de masajes, prostitutas y hombres que ofrecen viagra, cialis y anabólicos a cualquier alma que se cruce. A las once de la noche, en el bar que está junto al hotel, hay unas ocho chicas con minifalda y sin soutien balanceándose con desgano en una pista. En los sofás que rodean la pista los hombres miran y a veces levantan una mano. A veinte centímetros de mi cerveza hay una chica sentada sobre la falda de un japonés. Le da la espalda y el japonés, muy joven, la merodea con lujuria lenta, bien sedoso. La chica tiene pechos pequeños y erguidos y el pelo lacio le cae por la espalda como un curso de agua limpia.

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No voy al cementerio chino, donde dicen que las tumbas tienen baño y aire acondicionado, pero sí voy al barrio chino, un sitio lleno de verdulerías que venden fruta cara, farmacias que venden remedios chinos, y tiendas que venden imágenes de Buda y de perros Fu que llegan a costar miles de dólares. Yo compro un objeto irresistible: un hongo de plástico rojo sobre una base negra, una cosa deforme y hermosa que me entregan en un estuche que parece muy caro. Arrastro mi hongo desde el barrio chino hasta la plaza Miranda, un sitio neoapocalíptico donde ríos de carne humana se mueven entre edificios grises bajo las ubres pesadas de los cables comprando ropa y zapatos, jugos y comida, flores y muebles, pescado seco y mangos dulces. Regreso al hotel en un taxi que pasa por el corazón de un barrio tremebundo. El taxista va con la ventanilla baja, escupe y eructa, y yo me impongo un pensamiento barato acerca del relativismo cultural y del derecho que tengo, o no, a que el tipo me dé un poco de asco.

Al día siguiente, me voy a Boracay.

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El avión es pequeño y un mal augurio: está repleto de familias que van a pasar un fin de semana a Boracay, el destino de playa más conocido de Filipinas. Las familias chillan cuando el avión despega, chillan cuando hay turbulencia, chillan cuando el avión aterriza, chillan cuando aparecen sus maletas por la banda transportadora del aeropuerto. Después de tomar un triciclo –esta vez una moto con un carro adosado para los pasajeros-, un bote y otro triciclo, llego a un hotel que tiene cama, agua caliente, un televisor, un armario de madera y una lista de cosas que no pueden hacerse pegada en la pared: fumar donde no hay ceniceros, secarse con las toallas o dormir sobre las sábanas si uno se ha hecho un tatuaje con henna. De la canilla del lavatorio y de la ducha el agua sale con olor a cloaca.

El sol ya está bajo cuando llego a la playa y, apenas pongo un pie, me quiero ir. Se llama White Beach y consiste en dos o tres kilómetros de arena blanca pero el problema es todo lo demás: la calle que la recorre, repleta de hoteles, restaurantes, bares, casas de buceo, tiendas, carpas, poltronas, personas que gritan, beben, se amontonan, compran, comen y se hacen masajes –y tatuajes con henna- entre música a niveles que no dejan respirar y malabaristas transexuales que arrojan kerosene y fuego por la boca. Me voy a dormir pensando que mañana estaré en otra parte.

Pero me quedo quince días.

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Los amaneceres en Boracay deben ser espectaculares, pero yo nunca veo uno. Me despierto, contra todas mis convicciones, a las siete de la mañana, cuando el ruido de la poda de los árboles del jardín (que parecen tener un follaje infinito) empieza a ser insoportable y el sol ya está alto. Desayuno mirando la piscina y luego voy a la playa, a una zona que llaman estación tres. La estación tres es parte de White Beach pero no hay nadie y las razones son un misterio. La arena es estupenda, el agua es calma y para llegar sólo hay que recorrer docientos metros en dirección contraria a la multitud. Yo paro cerca de la Carinderia Michaella, un comedero en el que Rodney, el hijo de la dueña, cocina lo que los comensales eligen -de bandejas en las que se exhiben pescados y pollo- en una parrilla que llena todo de humo. Pero en la Carinderia Michaella las cosas cuestan la mitad que en otras partes y por eso la gente soporta el humo, el malhumor de la madre de Rodney y los embates de Michaella, una niña ínfima con alma de diablo a quien su madre se empeña en vestir bien aunque ella se empeñe en jugar como una cabra loca y ensuciarse las crenchas con arena. Yo voy allí porque me gusta cenar con los pies hundidos en la arena, y porque Rodney se ha ofrecido a cocinar los pescados que le lleve.

Sobre la calle principal, a unos trecientos metros de la playa, hay un mercado -Di Talipapa- donde todos los días compro mangos, paltas, piñas, papaya y pescado. A la noche llevo el pescado a la Carinderia Michaella para que Rodney lo cocine. Una noche se acerca diciendo que el atún rojo que le llevé está en mal estado y que, si lo como, podría enfermarme. Desde ese día empiezo a comprar pollos al spiedo en un puesto de la calle. Tienen el tamaño de una paloma y los como en el hotel a los pies de la cama, mirando viejas películas de James Bond en las que actúa Roger Moore.

La vida es un plan simple. O puede serlo, de a ratos.

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El barco es chico, y lo conducen un padre y su hijo. En quince minutos está al otro lado de Boracay, en un sitio que llaman Crocodile Island y que promete buenos arrecifes. Apenas llegar recuerdo por qué no hago estas cosas: cosas de turista. En Crocodile Island hay docenas de barcos y de cada uno han bajado quince personas y el mar hierve. Pero ya estoy allí, y me sumerjo. Lo que hay bajo el agua no es asombroso pero hace rato –cuatro, cinco años- que no me asomo a un arrecife de esta parte del mundo, y resulta una experiencia tan intensa como cuando uno pasa mucho tiempo sin ir al cine y, un día, va. Los corales están muertos, rotos por las anclas, pero aquí y allá hay cardúmenes de peces, algún coral muy vivo, anémonas. Después de un rato quiero regresar al bote y me doy cuenta de que no sé cuál es. Estoy perdida, enterrada en el agua hasta el cuello, en medio de lo que parece una terminal de buses el día previo a la Navidad. Doy vueltas hasta que veo a un muchacho de gafas negras que agita la mano gritando “Mister, mister, here”, y reconozco la quilla violeta del barco que me trajo hasta aquí.

La costa de la isla está repleta de cavernas donde el agua se refleja como una pupila de color lavanda. Cuando pasamos por una playa amplísima, blanca, vacía, pregunto qué es eso y me dicen que eso es Puka Beach.

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Puka es el nombre de un caracol típico de la zona y es, también, el nombre de una de las playas más hermosas del mundo. Queda a veinte minutos en triciclo desde White Beach, pero nadie va. La arena es blanca, el mar extático y la selva una fiebre verde cayendo desde los riscos. A veces llegan barcos repletos de turistas que bajan entusiasmados (la visión del paraíso siempre embriaga) pero rápidamente los cansa la desolación, la ausencia de música y de bares, y entonces se van. Yo no. Yo permanezco.

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Boracay, como casi cualquier rincón de Filipinas, está repleta de occidentales y cada occidental –en diversos estadíos de edad y de guapeza- lleva a su filipina de la mano. Si yo hubiera venido aquí como periodista sería capaz de contar, ahora, cómo funcionan esas relaciones, por cuánto tiempo se establecen, de dónde vienen esas chicas, hacia dónde van esos señores, cómo se paga y qué. Pero no tengo ganas de averiguar nada y me limito a contar lo que veo, que es la peor forma de contar: sin entender. En el hotel hay un hombre de unos 55 años, carpintero, canadiense, que está con una muchacha a la que presenta como “la dulce Gina”. El y la dulce Gina han estado en la isla de Cebu, comiendo con el padre y la madre y la hermana de la dulce Gina, y dice que gracias a la dulce Gina este ha sido un viaje maravilloso que no olvidará cuando regrese a su casa, de donde espera partir el año próximo para conocer la India. La dulce Gina asiente y dice que él es un caballero y que a sus padres les ha caído muy bien. Yo no entiendo nada pero me limito a sonreír y me quedo admirando la piel de los labios de la dulce Gina, que es realmente una muy linda piel.

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Todos opinan: que El Nido, al norte de Palawan, es lo mejor. Que Coron es mucho más bonita porque es más salvaje. Que Bantayan, al norte de Cebu, es perfecta. Que Bohol. Que Negros. Que Camotes. A veces, cuando reviso el mapa y veo las siete mil islas, me siento como cuando entro a un centro comercial gigante en una ciudad desconocida. La acumulación –de cualquier cosa- me abruma. Quiero decidir rápido, quiero saber exactamente dónde debo ir.

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El día está nublado y, en medio de un calor de incendio, camino más de dos horas hasta una cueva de murciélagos. Atravieso poblados, huellas entre pastizales y un breve sendero de selva. Finalmente, la cueva no es cueva sino un hoyo tenebroso que se hunde en la tierra y del que brota un chirrido fúnebre. Me voy como he venido –sin ver nada- y tomo un desvío hacia una playa pequeña llamada Illig Illigan. Me quedo leyendo y mirando las formaciones calcáreas que brotan del mar espeso y me pregunto por qué caminé dos horas hasta un sitio repleto de los únicos animales de la creación que me producen un pánico cerval. Quizás por eso.

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Cada atardecer la playa parece un set de fotografía. Todo el mundo se toma fotos con cámaras profesionales, trípodes sofisticados, enormes zooms que compran en Honkg Kong, que está a dos pasos y que cuesta poco: tres días con sus noches en un hotel cuatro estrellas y pasaje aéreo se consiguen por 400 dólares. Muchos van a hacer sus compras como quien parte por el fin de semana a Punta del Este.

Cada noche los restaurantes de la playa exhiben en larguísimas mesas pescados varios, calamares, langostinos y langostas de tamaño jurásico. Las langostas no se venden tan fácil y, si se presta atención, se puede ver que las más grandes reaparecen noche tras noche en las mismas bandejas sin hielo. Me digo que nada de todo eso puede estar en mal estado porque, si no, la calle sería un vomitorio. Y no es.

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Corro descalza por la playa. Cuando regreso al hotel veo que tengo las plantas de los pies cubiertas de petróleo. Me pregunto en qué clase de persona me estoy convirtiendo si no me di cuenta de que he estado caminando sobre medio centímetro de petróleo las últimas dos horas. Recojo un trozo de jibia y me raspo las plantas, pero quedan restos que terminaré de remover con el paso de los días y con la ayuda de un jabón para lavar la ropa que parece un jabón para destruir la ropa hecho para sacar petróleo de los pies.

Me digo que tengo que irme porque, si no, no me iré nunca. No hay nada más peligroso que la comodidad. Entonces me voy a Cebu.

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El avión llega a Cebu temprano en la mañana. Tomo un bus de cuatro horas hasta un puerto llamado Maya y, de allí, un bote de una hora hasta la isla de Malapascua. En el bote van dos chicas israelíes de 23 años. Recorren los mejores sitios de buceo de Asia, llevan mochilas ínfimas y tienen esa clase de buena disposición –todo lo pueden comprender, todo les parece formidable- que a mí siempre me ha parecido una forma primermundista de la condescendencia. Cuando llegamos preguntan cuál es el hospedaje más barato de la isla. Alguien les da un nombre, y ellas saludan y se van. Yo, en cambio, demoro una hora y media en conseguir un cuarto con agua caliente y una cerradura firme. Al día siguiente paso por el sitio en el que se hospedan, pregunto precios y pido ver una habitación. Quedo admirada. No cualquiera decide que un calabozo es un buen lugar para pasar las vacaciones.

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Malapascua es una isla que se recorre en dos horas a pie. Yo quería venir aquí, entre otras cosas, por eso. Me gustan las islas donde hay nada para hacer excepto leer, caminar y mirar las cosas que hay debajo del agua. Malapascua es uno de los mejores destinos de buceo del mundo, un lugar salvaje donde hasta hace poco no había luz eléctrica. El agua de las cañerías es agua apenas desalinizada y no hay hoteles de cadena ni restaurantes de lujo. Las casas son una cruza ornitorrinca de vivienda con basural: un par de habitaciones endebles junto a una montaña de pañales, cáscaras de cocos, botellas de plástico, pescado. Los gallos de riña están por todas partes, la cola en pompa, la rabia en el pico. En las mañanas cantan al unísono y eso puede ser –y a veces es- desesperante. Pero yo siempre soy feliz en una isla.

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Buscando llego a una casa que se anuncia como cybercafé y tiene tres computadoras. Para que funcionen hay que ponerles monedas. Cada vez que meto una moneda recibo una descarga de electricidad. Por las noches, en los restaurantes que balconean sobre la playa, los europeos y los gringos se sientan munidos de tablets y blackberrys y pasan ratos inmensos sin levantar la vista y sin hablar entre sí. Un día alquilo el barco de un padre y dos hijos –el más pequeño ha fabricado un arpón con el que caza peces que en cualquier acuario costarían docientos dólares- y voy a ver el arrecife, y en todas partes –en torno a una roca, en torno a un barco hundido, en torno a una plataforma para reabastecer equipos de buceo- el mar se prodiga en medusas de color violeta, morenas, peces payaso, corales laberínticos.

A eso sigue la cola de un tifón que descarga viento y agua. Se suceden días grises en los que camino por la playa mirando los restos destrozados de caracoles espléndidos que deja la marea.

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En el barco de regreso hacia la isla de Cebu, un japonés llamado Nao, de 61 años que parecen 40, se ofrece a llevarme en su auto –que lo espera en el puerto de Maya- hasta Bogo, desde donde puedo tomar un bus a Cebu. Nao conduce su pequeño Honda con prudencia impecable y dice que se retiró a los 48 y que desde entonces recorre siete países por año. Tiene –o dice tener- una casa en Tokyo, otra en Bogo, otra en Cebu, otra en Beijing, otra en Shanghai, otra en Rio de Janeiro, y me muestra fotos y me invita a ir, cuando yo quiera, a todas esas casas. Habla un pésimo inglés. Al llegar a Bogo buscamos la terminal de buses durante un rato. Cuando la encontramos, el autobús de Ceres Lines –aire acondicionado, tres horas hasta Cebu- está a punto de partir. Nao me ayuda a meter la mochila en el maletero, me regala caramelos y se queda mirando y diciendo adiós hasta que el bus se va.

A veces todo permanece inexplicable.

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El bus demora tres horas hasta Cebu y –como casi todos los vehículos a los que me he subido en el último mes- parece a punto de chocar dieciocho veces. El viaje termina en la terminal Norte de Cebu y, de allí, voy en taxi hasta la terminal Sur desde donde debo tomar un bus de tres horas hasta Moalboal, en el otro extremo de la isla. Los buses a Moalboal salen de la puerta nueve, en la que hay una multitud haciendo fila. Cada vez que un bus estaciona, la gente se abalanza, arroja sus bultos por las ventanillas y emprende una lucha cuerpo a cuerpo para subir. Después de esperar un rato, un maletero me indica que mi bus es el próximo. Cuando aparece, tomo la mochila, la arrojo a los pies del maletero y me sumerjo entre los cuerpos que luchan por entrar. Cuando subo, encuentro un sitio libre y me siento. Pero entonces veo que el maletero me hace señas frenéticas: este no es el bus, sino el que viene. Salir es todavía peor. Camino sobre los asientos, piso gente, bajo y vuelvo a abrirme paso hasta la puerta del bus correcto. El forcejeo se repite y encuentro un asiento junto a un tipo que lleva un gallo. El maletero me hace una seña de aprobación y le paso la propina por la ventana.

Las luces del bus son mortecinas y ya es casi de noche. El pasillo está bloqueado por gente -sentada en asientos desplegables- y en el televisor pasan una película de simios, sin volumen y sin subtítulos. Por la ventana veo casas de madera, luces famélicas, ciudades con mercados rutilantes. El bus llega al Moalboal a las nueve y estaciona frente a una farmacia. Desde allí tengo que tomar un triciclo hasta la playa, Panangsama. Me subo al de un hombre de bigotes mexicanos, llamado June. Por el camino recoge a su mujer y a su hijo que se montan con él en la moto. Veinte minutos más tarde, se detiene frente a un hotel en un poblado dormido. Hay viento y empieza a llover y se escuchan las olas golpeando contra un risco, pero al día siguiente, cuando despierto, sobre la corteza de un árbol que se ve desde la ventana, caen rayos del sol.

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Alquilo una moto a cinco dólares y, en las tardes, salgo a mirar. Hay mercados, carnicerías, puestos de verdura, farmacias, arrozales, granjas, zapaterías. Siento que estoy, por primera vez en semanas, en un sitio real. Un día, en la ruta, me cruzo con un grupo de personas que corren detrás de algo que parece un carro. Cuando me acerco veo que es un ataúd sobre un catafalco con ruedas. Los corredores empujan el ataúd y los sigue una camioneta pequeña, cargada de gente. El cortejo se desvía hacia un poblado y yo decido extremar mi método: no seguirlos. No ver.

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Paso por arrozales, paso por un estadio para riñas al que parecen haberle arrancado un pedazo a mordiscones. Veo un árbol del que cuelgan miles de hojas de papel en las que la gente escribe sus deseos. Buscando un jardín de orquídeas doy con un criadero de gallos; el dueño hace pelear a dos y me enciende la sangre ver esa batalla cruel que ya he visto muchas veces, quizás demasiadas. Voy a una playa llamada White Beach -los filipinos no tienen imaginación para el bautismo- y camino mirando las escolopendras monstruosas que quedan atrapadas entre las piedras con la marea baja.

Y todas las mañanas bajo al mar.

Todas las mañanas bajo al mar.

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A cien metros del sitio donde duermo y desayuno, en un mar sin playa y sin orilla, hay lo que no tiene olvido. Tortugas gigantes, coral flamígero, peces como flores incendiadas. Aunque el agua está repleta de medusas que me hacen arder la piel, aunque tengo frío, aunque tengo fiebre, día tras día me sumerjo en ese mundo de sexos helados, de escamas, de venenos. Persisto en ese empeño porque no he venido aquí a buscar nada y, sin embargo, sé que aquí he encontrado alguna cosa. Que me guardo.

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Ceno todas las noches en un restaurante vacío. El parrillero, que viste shorcitos de jeans y se peina con trenzas, se llama Reynaldo. Siempre pido lo mismo: pollo con sal y limón, ensalada de pepinos. Después voy a tomar cerveza al bar donde atiende Evelyn. El bar queda en una esquina, las banquetas de la barra están sobre la calle y hay algo en eso, en esa ausencia de fronteras, que me resulta irresistible. Evelyn es hermosa y altiva y dice que se marchará a estudiar hotelería a Cebu. Cuando paso y la veo conversando con clientes, sigo de largo. No tengo idea de cuales sean los negocios de Evelyn, pero prefiero dejarla en paz.

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Un día entro al mar y sé que va a ser la última vez. El agua se abre como una tela fuerte y precisa. Nado sobre el arrecife, lo cruzo y, cuando llego al filo, me calzo la máscara y miro la ladera del abismo, la profundidad azul y tenebrosa. Y empiezo a decir adiós a todas esas cosas. A cada una.

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La mañana de un celeste puro en la que me voy subo a una van para seis donde embuten a doce. Llego a la ciudad de Cebu mucho antes de la partida de mi vuelo hacia Manila y le pregunto a un taxista cuánto me cobra por dar unas vueltas sin rumbo. Me dice que diez dólares. Me lleva a mercados. Me lleva a una plaza. Me lleva a una iglesia. Me lleva a un templo chino. Cuando le digo que necesito comer, me lleva a un Mc Donalds. Del espejito retrovisor del auto cuelga su licencia y allí se lee su nombre: Antecristo, Bienvenido E.

Dos días más tarde, en la fila de migraciones del aeropuerto de Manila, hay cuatro o cinco ventanillas con muy poca gente, y una frente a la que se agolpa una multitud. Sobre esa ventanilla un cartel dice: “Sólo para Filipinos viviendo en el extranjero”. Así es como me voy de ese país sin entender nada. Sin querer buscar explicaciones.