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ACTO PRIMERO: después del Sábado de Muerte

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Hay, valga el lugar común, un antes y un después de aquel 28 de noviembre de 2015, sábado. A media tarde, pandilleros de la 18-Revolucionarios bajaron de Los Troncones con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Durante al menos una hora se tomaron el caserío, obsesionados con encontrar indicios de sus enemigos de la Mara Salvatrucha. Encañonaron, retuvieron e interrogaron a cuanto joven y varón hallaron. Sentenciaron a tres: Juan Carlos, Moisés y Kevin. Los encaminaron unos cien metros. Los voltearon contra el piso. Los fusilaron. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Después de aquel triple homicidio, el miedo a los muchachos de Los Troncones se terminó de apoderar de Córdova. Más de la mitad de las familias huyeron en los días y semanas posteriores. En silencio. Quizá para siempre. De 70 niños matriculados en 2015 en la escuela se pasó a 30 en 2016. Las maras evidenciaron –una vez más– su capacidad para aterrorizar comunidades enteras.

Casi un año después, la minoría que se quedó se refiere a la huida de la mayoría como “laemigración”. El caserío está en desgracia, dicen. Y si duro resultó para los que huyeron, no menos lo fue para los que permanecen. Cerraron, por ejemplo, las dos iglesias evangélicas, los únicos dos lugares de prédica, como si a Dios también le valiera la suerte de los cordovianos.

Hoy es miércoles y es octubre, 2016. Máximo Ramírez –delgado, tostado, platicador, 55 años– es de los que permaneció. Su edad algo le ayuda en esto de lidiar con maras. Todos acá lo conocen como Mancho o don Mancho. Ahora, sentado sobre la rampa de entrada a la escuela mientras las mujeres sancochan unos elotes, habla desenfadado sobre su principal preocupación: un mapache.

El maíz de su pequeña milpa está doblado. Que un mapache le arruine 20 mazorcas cada día es un drama mayúsculo. Anoche se acostó a las 3 de la madrugada. Parecido anteanoche. Y también la noche anterior. Todo por matarlo. La mejor manera, dice Mancho, es con perros grandes y bravos que encaramen al intruso a un árbol. No sirve cualquier chucho. Un mapache como este, de los grandes y solitarios, franjas blancas y negras en el rostro, es capaz de encararlos y amedrentarlos. Ya encaramado, el hondillazo certero. Es triunfo doble: sosiego para la milpa y carne fresca para la cena. Pero Mancho no tiene perros grandes y bravos. Sus tres desvelos han sido por gusto. Anoche, el improvisado ‘plan B’ fue sacrificar a otro animal, desollarlo y confiar en la hediondez. “Maté a un zorrillo y lo amarré con un alambre; al mapache el zumo le da asco”, dice. Un par de zopes vuelan en círculos ahora, mediodía, sobre el olor a muerte.

Hasta hace tres años, hasta cuando los mareros comenzaron a ganar presencia, este era el tipo de problemas que quitaban el sueño en Córdova.

San Luis Córdova es un pedazo del cantón Los Troncones, municipio de Panchimalco, departamento de San Salvador. En línea recta, apenas 22 kilómetros distancian Córdova y el Hotel Sheraton. Pero el número es un espejismo. Pedrina, Jaime y Ricardo, los profesores de la escuela, viven los tres en el área metropolitana de la capital. Invierten no menos de dos horas y media para llegar, y otras dos y media para regresar. La travesía incluye una hora de caminata a campo traviesa, y cruzar un río traicionero: el Tihuapa.

Córdova ni siquiera es un poblado propiamente dicho. Es más bien una sucesión de casas desperdigadas a ambos lados de la calle destartalada que muere en el caserío. No hay plaza ni nada que se le parezca. Antes del Sábado de Muerte, eran 230 gentes. Hoy, menos de la mitad. No hay energía eléctrica. Cada quien se rebusca por su agua. Cada quien quema su basura. Cada quien construye su fosa séptica, en el mejor de los casos. Es ruralidad extrema.

Además de mapaches, zorrillos y zopes, en los cerros de Córdova hay venados, coyotes, cotuzas, gatos cervantes y gatos zontos, cusucos, garrobos verdes y garrobos prietos, auroras, chiltotas, tecolotes, gavilanes, chachalacas, masacuatas, corales, serpientes castellanas, alacranes, tarántulas y unas arañas cholas-cholas y temidas que acá las llaman casampulgas. Casi todo lo que se mueve es fuente codiciada de proteínas.

“Un su garrobo bien tostadito… juuummmm”, dice Carmen Vásquez –delgado, retostado, alguien que cuenta como mérito infinito comerse 10 tortillas en una sentada, 56 años–, y sonríe de imaginarse chupando los huesitos del reptil.

Cuando el caserío comenzó a vaciarse tras el Sábado de Muerte, Carmen, su esposa y el menor de sus hijos hicieron lo que casi todos: irse a la otra ribera del río Tihuapa. A Planes de las Delicias y Valle Nuevo, cantones ambos del municipio de Olocuilta. “La gente agarró miedo a los muchachos, y con miedo la gente se va, ¿veá? Cuando uno cree que lo van a matar, ¿veá? Aunque tal vez pidiéndole a Dios”.

En su caso, el hambre y la incertidumbre pudieron más que el miedo. Es de los poquísimos que a los pocos días regresó. En Córdova tiene su casa; precaria, pero suya. También tiene dónde sembrar; en un terreno de un vecino que migró a Estados Unidos. Maíz cuando comienzan las lluvias; frijol o maicillo sobre la milpa doblada. Las cosechas le abastecen para todo el año. Si son generosas, incluso puede vender una parte. Con esos granos básicos, los animales que fulmina con su hondilla, los cangrejos que saca del Tihuapa y algún que otro trabajo ocasional, tiene la subsistencia garantizada, que no es poco decir en un país como El Salvador.

Como si fuera guía de un museo, Carmen muestra las casas habitadas hace un año, amplias, solitarias y asilvestradas ya por la estación lluviosa. En un muro de ladrillos, a unos 300 metros de la escuela, hay un placazo azul cielo. Es de trazos torpes, como si fuera obra de un aprendiz de grafitero. El elemento central dice ‘MS’, en grande. A su izquierda, un puño con los dedos anular y meñique estirados. A su derecha, ‘Mara Salvatrucha’. Debajo, el nombre de la clica, ‘CGLS’, escrito dos veces.

El ‘CGLS’ es por la Cangrejeras Locos, del cantón Cangrejera, municipio de La Libertad. Está algo lejos, en la desembocadura del Tihuapa. Luego se explicará cómo y por qué uno de los tentáculos de esa clica de la Emeese cayó sobre Córdova. Es importante para entender esta historia. Pero conviene aterrizar antes la idea de cómo afecta el desplazamiento forzado a los que se quedan, comprender qué sucede cuando las maras generan una migración como la habida tras el Sábado de Muerte.

Cerraron las dos iglesias evangélicas. La más concurrida era la Iglesia de Dios Mundial. Cerró también la tienda mejor abastecida, la que sacaba de apuros aunque resultara algo más cara. Cuando se corrió la voz de que las maras estaban detrás de la despoblación, las visitas de vendedores ambulantes se redujeron casi a cero. Tampoco entraron más los intermediarios que buscan los excedentes de los agricultores para revenderlos en la capital.

Incluso la escuela se tambaleó. Su nombre es de una literalidad insípida: Centro Escolar Caserío San Luis Córdova Cantón Los Troncones. El código asignado por el Ministerio de Educación, el 86400. Es pequeña pero digna. A mediados de la década pasada, se benefició de la cooperación internacional. Es sin duda la construcción más vistosa de todo el caserío. Tiene su propio pozo de agua. Tiene retretes blancos. Tiene paneles solares que generan energía para el funcionamiento y que garantizan unos modestos ingresos al centro: los vecinos pagan una cora (25 centavos de dólar) por recargar su celular.

El Sábado de Muerte ocurrió poco antes de la vacación de fin de año. Luego, laemigración. Más luego, la incertidumbre. Hubo profesores que meditaron el traslado. Tras el reinicio de clases aparecieron pintadas de la Mara Salvatrucha en un muro. Un día forzaron la entrada y entraron a robar, algo que los docentes atribuyeron a jóvenes con algún grado de afinidad hacia la Mara Salvatrucha. La matrícula se desplomó el 57 %. Fueron semanas tensas. Pero a pesar de todo, las aulas siguen abiertas.

Más allá de los beneficios obvios para los 30 estudiantes inscritos, la escuela representa la expresión más sólida y constante del Estado salvadoreño en Córdova, casi la única. La unidad de salud más cercana queda allende el río, en Valle Nuevo. La Alcaldía de Panchimalco olvidó hace trienios que este caserío es parte del municipio. La Policía Nacional Civil apenas se deja ver; si hay un parto o alguien necesita hospitalización, envían un pickup desde Panchimalco si quien lo pide se compromete a pagar el combustible.

“Los policías en veces vienen, en veces no vienen. Después de la matazón sí vinieron seguidón algunas semanas, pero luego nada”, dice Mancho.

El miedo se mantiene en Córdova. Hay señales, de hecho, de que la Mara Salvatrucha no quiere dar por perdido este caserío. El placazo azul cielo lo hicieron meses después del Sábado de Muerte. También puertas y paredes de varias de las casas abandonadas han sido pintarrajeadas con las letras. El 16 de octubre, dos jóvenes de 17 y 23 años desaparecieron cuando regresaban de un culto sobre la calle a Los Troncones. Los hallaron al día siguiente, decapitados. En Córdova creen que eran o activos o simpatizantes de la Mara Salvatrucha, y que los asesinaron los dieciocheros.

“La semilla mala ya está regada en Panchimalco… y en todo El Salvador”, dice David Antonio Hernández –no tan delgado, tostado, profundamente religioso, 26 años–, resignado y encomendado a su dios. David y su esposa fueron alumnos de la escuela hasta 2009. La “semilla mala” echó raíces un lustro después. Hoy son padres de una niña de seis y de un niño de tres. Pero el Sábado de Muerte no logró sacarlos de su hogar, de su caserío.

“Nosotros no andamos en malos pasos y no somos familia de muchachos de ningún grupo”, dice. “No nos metemos con ellos, y ellos no se meten con nosotros”, dice. La familia camina martes y sábados hasta la Iglesia Profética Santidad a Jehová, en el mero Los Troncones. Dos horas ida, dos horas vuelta. “Dios en ningún momento nos desampara”, dice. Pero en Córdova, comulgar con el Ver, oír y callar parece más efectivo que la fe.

Si uno vive en lugares no controlados por una pandilla, cuesta dimensionar las razones que obligan a abandonar el hogar. También las razones para permanecer cuando la amenaza es tan sólida. Juzgar a los cordovianos, a los unos y a los otros, es un acto de soberbia intelectual. Las razones para irse o para quedarse son un mundo.

Carmen permaneció.

—¿Dónde es lo más lejos que ha viajado usted en su vida?

La pregunta es para tratar de dimensionar su sentimiento de arraigo.

—Ahhh… ¡yo he sido vagamundos! En Sonsonate vive un tío mío. He ido a las fincas, a cortar. He ido a Tepecoyo, al volcán de San Salvador, a Opico…
—¿En San Miguel ha estado alguna vez?
—De este lado sí no…
—¿Santa Ana?
—Hasta un sitio que le dicen El Congo he llegado. No crea, si cuando estaba
cipote sí he viajado yo. Y uno se quedaba hasta que le pagaban.

Juan Antonio Martínez –delgado, tostado por el sol también, uno de los líderes de la comunidad, 47 años– huyó de Córdova. Don Toño, le dicen. Se trasladó al cantón Valle Nuevo, con su familia. Valle Nuevo queda a unas dos horas a pie, con el Tihuapa de por medio. Muy de vez en cuando, Toño regresa a Córdova con su corvo bien afilado, para ver cómo está la casa que levantó con sus propias manos. Chapoda, limpia, recoge jocotes o limones.

“Emigramos unas 25 familias y… la verdad… yo quisiera regresar, porque acá nací, acá me he criado. En Valle es más difícil si uno es pobre. Acá uno cosecha, tiene sus palitos”, dice. Él y los suyos son víctimas de lo que técnicamente se conoce como desplazamiento forzado interno. Desplazados por las maras. En la que era su casa, en el terreno junto a la escuela, Toño habla y habla, como si sus problemas se resolvieran por solo compartirlos. Por un momento se envalentona: “Yo amo esto”. Amo, dice. Un verbo que los prejuicios hacen que cueste imaginar en boca de un hombre rural en su primera plática con un extraño. Don Toño ama esto. Y esto, Córdova, es lo que el Sábado de Muerte le obligó a dejar atrás.

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ENTREACTO: los desplazados

Córdova es un ejemplo de manual de lo que Naciones Unidas convino en llamar desplazamiento forzado interno. Huir sin salir del propio país. En el mundo, estos traslados los suelen generar la guerra, la violencia política, religiosa o étnica, la violación sistemática de derechos humanos… En El Salvador, las maras –aunque no solo.

No es un fenómeno nuevo. En torno a 2008, los desplazados dejan de ser casos anecdóticos. Para 2011 ya son tendencia, siempre concentrados en colonias, barrios y cantones empobrecidos, el hábitat natural de las pandillas. Tras el fracaso del proceso conocido como la Tregua, en 2014, el fenómeno se viraliza. La prensa ha reportado docenas de córdovas regados por el país. Y los individuos o familias que huyen a título individual son incontables.

Pero el Estado salvadoreño se resiste a aceptar esta realidad, quizá porque hablar de desplazados supone admitir que las maras son poder establecido. Lo poco que se ha tratado de sistematizar sobre el tema ha sido iniciativa de las oenegés aglutinadas en la ‘Mesa de la Sociedad Civil contra el Desplazamiento Forzado’. Entre agosto de 2014 y diciembre de 2015 documentaron de forma artesanal 146 casos, con 623 afectados. La punta del iceberg nomás. Los ciento y pico de Córdova no están en ese listado. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos retomó el trabajo, lo maceró y en julio de 2016 presentó un demoledor informe de 64 páginas, el primero de esta naturaleza elaborado por una entidad estatal. Entre la docena de conclusiones, una que al gobierno le debería haber sentado como guacalada de agua helada: “Debido a que el Estado no reconoce el desplazamiento forzado interno, esto genera un impacto humanitario que dificulta una asistencia humanitaria efectiva y eficaz”.

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ACTO SEGUNDO: el Sábado de Muerte

La zafra había iniciado una semana antes en El Salvador. Nadie en Córdova siembra caña de azúcar, por montuoso y aislado. Pero sí relativamente cerca: en las planicies que hay entre la carretera El Litoral y el mar.

Tras la quema, los cañaverales exigen cientos de brazos. Los empleadores lo saben. Acarrear mano de obra ha devenido un negocio en sí mismo. El salario de cortador es mísero, cinco dólares por tarea –es de machos terminar las dos–, más el rancho, la comida. Pero en economías de subsistencia como las de Toño, Mancho o David, ese jornal sabe a aguinaldo.

El Sábado de Muerte fue el particular inicio de la zafra en Córdova. Los cordovianos, unos 12 o 14 antes de, van a la corta en grupo. En los últimos años se ha convertido en ritual. Los hombres se despiertan dosquetrés horas antes de salir el sol. Se citan bajo algún palo. Caminan por veredas hasta Amayón, un cantón con calle transitable hasta la carretera El Litoral. Una auténtica procesión nocturna de cumeros surcando los cerros de Panchimalco.

En Amayón, tipo 4 de la madrugada, abordan un camión junto a otros hombres de otros cantones y caseríos aledaños. Todos citados para lo mismo. El camión los lleva a los vastos cañaverales de San Luis La Herradura o de otros municipios del departamento de La Paz, a deslomarse.

Juan Carlos Vásquez Benítez –21 años, uno de los jóvenes asesinados por la 18– mañaneó aquel 28 de noviembre de 2015. La zafra nunca le había entusiasmado. Había metido papeles para ver si le salía algo en San Salvador y no depender del jornal de cortador. “Para no tener que asolearse”, había dicho a sus amigos. A la espera de que le confirmaran si sí o si no, prefirió embolsarse unos dólares.

De los experimentados del grupo, a Juan Carlos le fue bien aquella mañana con la cuma. Logró devastar las dos tareas en ocho horas. Pero la alegría mayor resultó atrapar a un conejo sobreviviente de la quema. “Tamaño conejón”, dice casi un año después David, su amigo. También él estuvo en el cañal el Sábado de Muerte.

Bien amarrado pero vivo, Juan Carlos y su conejo fueron la sensación en el camión durante el viaje de regreso a Amayón. Más de uno lo devoró con la mirada. Planearon una merienda, nomás para los allegados.

El grupo regresó a Córdova bien pasada la 1 de la tarde. Juan Carlos voló a la casa, a pavonearse de su botín. Se bañó, se acicaló y rápido bajó a ver si hallaba a los cheros. Por ser sábado, sabía que los encontraría cerca de la Iglesia de Dios Mundial, la más concurrida en los últimos meses. El local era modesto pero digno: paredes de adobe recubiertas de concreto, techo de duralita, suelo embaldosado, baño. Hermanos de la misma congregación procedentes del puerto La Libertad habían ayudado a levantarlo pocos meses atrás.

Juan Carlos no se congregaba seguido. Tampoco su amigo Alcides Moisés Godoy Carrillo –20 años, otro de los tres asesinados por la 18–, que tenía a su pareja con ocho meses de embarazo. Pero habían oído que era un culto de acción de gracias. En plena etapa de captación de fieles, daban por seguro que al final habría reparto de café, sodas o pan dulce. Razón suficiente para merodear.

En esas apareció el comando de la 18-Revolucionarios del cantón Los Troncones. Serían las 2:30 de la tarde. Juan Carlos, Moisés y otras seis u ocho personas platicaban en el cruce de veredas ubicado 50 metros al norte de la iglesia. Todos jóvenes. Adolescentes varios.

Jóvenes y adolescentes también eran los muchachos del comando dieciochero, solo que armados con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Unos siete u ocho. A cara descubierta. Dos de ellos vestían pantalón y botas militares. De un solo encañonaron al grupo de Juan Carlos y Moisés. Con ellos estaba Kevin –13 años, el tercero de los asesinados por la 18–, nieto del pastor de la Iglesia de Dios Mundial. Kevin vivía en Planes de las Delicias, pero el culto lo había llevado a Córdova.

Los interrogatorios duraron no menos de una hora. Hay testigos que alargan hasta las dos horas aquella angustia colectiva del Sábado de Muerte.

Los pandilleros creen tener la habilidad de identificar cuando alguien estáen la juega. Es decir, si un joven es activo, chequeo o simpatizante de una pandilla contraria. Cientos de inocentes habrán muerto en la última década por esa creencia.

En Córdova sentenciaron a Juan Carlos, Moisés y Kevin. Tres vidas que no sumaban 55 años. Solo del adolescente, Kevin, los cordovianos consultados dicen que sí vestía flojo y que tenía alguna maña propia de los muchachos. En cambio, dice Mancho, Juan Carlos y Moisés “eran cumeros, como nosotros”.

A los tres los encaminaron unos 100 metros, a la curva de la calle que parte hacia Los Troncones. Los voltearon contra el piso, quizá entre lágrimas y ruegos por sus vidas. Los fusilaron con fusiles, disparos certeros para reventar las cabezas. “Pa, pa, pa, pa, pa… Como una guerra… Pa, pa, pa, pa, pa…”, dice Toño. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Dicen que el pastor trató de mediar por ellos, por su nieto, pero que lo encañonaron y que le dijeron que mejor se alejara, que aquello no iba con él.

Lo más significativo quizá sea que nadie telefoneó a la Policía. Todos supieron que un comando de hombres armados estaba en el caserío. Los rehenes eran entre ocho y diez hijos, primos, vecinos, amigos. La ocupación de Córdova duró no menos de una hora. Pero nadie llamó a la Policía.

—¿Ahí los tuvieron, a la vista de todos?
—Ahí los tuvieron, embrocados –dice David.
—¿Nadie llamó a la Policía?
—¿Y cómo…? No… nadie…
—Pero… ¿por miedo?
—¿Y por qué más?

Quizá haya que formar parte de lugares como Córdova, donde el Estado es tan pero tan raquítico, para asumir que si un comando de pandilleros armados se toma el caserío, lo normal es no llamar a la autoridad. Pero así pasó.

El 28 de noviembre de 2015, la 18-Revolucionarios fusiló a Juan Carlos, Moisés y Kevin. El triple homicidio, virajes extraños que tiene la vida, le valió el indulto al gran conejo que unas horas antes había viajado amarrado desde los cañaverales de San Luis La Herradura. La familia de Juan Carlos lo liberó. “No lo quisieron comer, por tristeza”, dice David.

En los días y semanas posteriores, se vino laemigración.

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ENTREACTO: los refugiados

Los cordovianos que cruzaron con enseres el río Tihuapa son una resulta de los esquemas de terror que las maras mantiene en sus canchas. Son desplazados internos. En cuenta aparte va la migración trasfronteriza, esa que se conjuga con palabras como exilio, asilo o refugiados. Para vigilar esta otra expresión, existe una entidad supranacional: el ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

El Triángulo Norte de Centroamérica se considera la región más violenta del mundo. De los tres países, según el ACNUR, los salvadoreños son de largo los que más solicitudes de asilo gestionan ante gobiernos extranjeros: 23,000 en 2015, que es como si todos los vecinos de Suchitoto huyeran en un solo año.

Estados Unidos es y será el destino preferente, pero México, Belice, Costa Rica y Panamá –y en menor medida Nicaragua– han emergido en 2015 y 2016 como receptores de salvadoreños que huyen. Las cifras oficiales horrorizan. Perfilan un drama infinito. Pero las cifras reales son todavía más duras. También entre los que en su huida cruzan fronteras existe un vigoroso subrregistro: lo que migran para salvar sus vidas y no sienten como necesidad urgente regularizarse en el nuevo país.

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ACTO TERCERO: antes del Sábado de Muerte

El devenir de un sinnúmero de colonias y cantones de El Salvador está ligado a las maras desde hace 15 años o más. Pero no es el caso de Córdova. El influjo de las letras y los números  comenzó a sentirse apenas un par de años antes del Sábado de Muerte. Al igual que en otras áreas rurales del país, la Tregua contribuyó a generar las condiciones para que la semilla germinara.

La implantación del fenómeno en el mero Córdova, sin embargo, es modesta. Para cuando el triple homicidio, ni siquiera operaba una clica propiamente dicha. La Mara Salvatrucha tenía y tiene presencia, pero más testimonial que otra cosa. Un puñado de jóvenes que entró en contacto con los mareros del otro lado del río Tihuapa, y que fantaseaban con convertirse en pandilleros. Nada de extorsiones. Nada derentas. La pegada de los  ieciocheros de Los Troncones frenó la propagación de la Emeese de forma más efectiva que las fuerzas de seguridad.

El Tihuapa al sur y el lamentable estado de la calle hacia Los Troncones al norte definen el caserío. No tienen energía eléctrica por el aislamiento, pero ese aislamiento quizá sea también la razón para que se mantuvieran lejos las maras. En Los Troncones, la 18 se asentó firme la década pasada. La Mara Salvatrucha hizo de Cangrejera y Valle Nuevo plazas fuertes en los mismos años. Córdova queda en medio.

Si se escarba más atrás en el tiempo, en los ochenta y noventa, parecía que este caserío tendría un mejor futuro. La guerra civil apenas se sintió. Operó una hacienda de la que aún hoy se aprecian vestigios. El nombre del dueño, el finado Miguel Palomo, aún hoy se pronuncia con devoción. “400 reses había, ganado chulo”, dice Mancho con un dejo de orgullo. Además de ganado, se sembraba. Un camión cargado de guineos se atrevió a cruzar el Tihuapa durante una tormenta, pero la repunta lo volteó, lo arrastró y esparció la carga río abajo. Los cordovianos que peinan canas lo cuentan como ejemplo insuperable de esplendores pasados.

Las celebraciones eran celebraciones de verdad: el Día del Trabajador, el Día del Niño… Llegaban músicos y llegaban con pesados equipos de sonido, a caballo. “El caserío se llenaba de gente como usted no se imagina”, dice Toño.

Pero la hacienda cerró. Y la calle se malogró. Sin su principal fuente de empleo y abandonado por el Estado, el caserío se limitó a administrar su deterioro. La mejor herencia de aquellos años de aparente prosperidad quizá sea la escuela. Guardan trofeos de cuando de entre los alumnos salían equipos capaces de medirse de tú a tú con centros escolares de todo Panchimalco y de Olocuilta. Aún en 2007, el número de alumnos inscritos fueron 106, contra los 30 después del Sábado de Muerte.

Pero para esta historia lo más relevante es el pasado más cercano, cuando logra germinar de la “semilla mala” de las maras.

Córdova es parte de Los Troncones, controlado por la 18-Revolucionarios. Pero el caserío vive de espaldas a Los Troncones. Desde antes de la irrupción de las pandillas. Y así será mientras la calle sea un chiquero. El aislamiento es muy marcado, pero los cordovianos miran más al otro lado del Tihuapa, a los cantones Planes de Las Delicias y Valle Nuevo, a Olocuilta. La mayoría de los duis han sido expedidos en Zacatecoluca. Es la relación natural, la del día a día. A pesar de que si se mira un mapa es la opción menos recomendable, los profesores de la escuela viajan a diario desde la capital hasta Planes de las Delicias, vía carretera al aeropuerto. Y de ahí caminan a Córdova.

A Valle Nuevo llegó el influjo de la CGLS, la Cangrejeras Locos, una de las clicas del poderoso programa de La Libertad, de la Mara Salvatrucha. Ambos cantones están sobre la carretera de El Litoral.

Planes de las Delicias es un cantón sin maras. No es así nomás que no las haya. Una parte de sus vecinos tiene relación con la Fuerza Armada. Están organizados para cortar de raíz cualquier intento de las pandillas por establecerse.

Cuando laemigración, los menos se fueron a Planes de las Delicias. Los más, a Valle Nuevo, como Toño y los suyos. No todos pudieron elegir. En Planes recelan de todo lo que tenga aroma a pandilla. Y algunas de las familias que tuvieron que dejar todo en Córdova viajaban con la sospecha de que algún hijo o sobrino o hermano tenía relación con la Mara Salvatrucha. En Valle Nuevo, cancha firme de esa pandilla, el recibimiento fue mejor.

“En Valle Nuevo los muchachos son más respetuosos. Ahí usted entra y te preguntan: ‘¿Es familiar del tal? Está bueno, puede entrar, aquí no le pasa nada, aquí lo cuidamos, aquí solo no queremos que vengan infiltrados’. Eso es lo único que temen ellos”, dice Toño.

Lo ya escrito: juzgar a los cordovianos mientras se lee esto en un smartphone o una computadora, sin saber qué supone vivir en una comunidad controlada por las maras, es un acto de soberbia intelectual. Toño, los demás desplazados, los que permanecieron y los profesores son, ante todo, víctimas. Víctimas.

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Los que se quedaron se esfuerzan para que el caserío no muera. Mantienen la esperanza de que los desplazados regresen. La batalla de las últimas semanas, acuerpada por los profesores de la escuela, es que las alcaldías de Panchimalco y Olocuilta construyan una pasarela o un puente que permita cruzar el Tihuapa sin tener que jugarse el físico, como ocurre durante la estación lluviosa.

El propósito es noble: atenuar el aislamiento de Córdova y de sus gentes. En la misma línea, está tomando fuerza la idea de que traerán la energía eléctrica desde Los Troncones. Dicen que empleados de la distribuidora Delsur ya han hecho mediciones. Pero en El Salvador, donde el fenómeno de las maras se dejó crecer tanto que buena parte del país está ya parcelado en áreas de influencia de las tres pandillas principales, cuesta identificar estas buenas iniciativas como noticias buenas.

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Ocho balas en el cuerpo. Catorce operaciones. Una amputación. Secuestrado y extorsionado. Amenazado de muerte. Treinta años. Así de telegráfico y así de concluyente. En este relato hay una víctima y decenas de verdugos. La víctima se llama Martín Vásquez y sus verdugos son matones a sueldo, secuestradores y bandas rivales. En este relato hay cristales rotos de tanta violencia junta, miedo contenido y escenas reveladoras de una realidad mayor, la colombiana.

Como otras tantas criaturas en su país, Martín ya vino al mundo con etiquetas. La de hijo y nieto de desplazados por el conflicto armado colombiano. Lo parieron un 23 de junio de 1986 en el departamento del Valle del Cauca, más concretamente en la cafetalera ciudad de Sevilla, a caballo entre la cordillera occidental del país y el macizo andino, lo que algunos han dado en llamar “la sucursal del cielo”, pues dicen que por estas tierras se encuentran las mujeres más bellas del planeta, se baila una cuarta parte de la salsa que bulle en el cosmos y se puede convivir con uno de los climas más apacibles del continente.

Su infancia tuvo de todo, como la de cualquier otro niño de su barrio y de su edad. Hasta cumplir los 10 años. A partir de ahí la vida no le dejaría estirar ni uno más de los últimos soles de su inocencia. Lo primero fue aceptar la pérdida de su tío, al que mataron en la ciudad de Palmira, donde Martín pasaba temporadas enteras rodeado de palmerales y caña de azúcar, viendo crecer de cerca la yuca con los frijoles bajo la brisa mansa. “A decir verdad, mi tío siempre estuvo condenado”, aclara este joven que recién ha cumplido 30 años. Cuando no eran unos, eran los otros. O los de más allá. La hacienda de su tío fue base de operaciones de los “tres ejércitos” que todavía hoy siguen desplegando su violencia por hacerse con el control del país caribeño. “Y si los guerrilleros le acusaban de alojar al ejército de la República, éstos hacían lo propio señalándole por haber dado cobijo a los revolucionarios de las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. ¿Pero qué podía hacer mi tío más que bajar la cabeza y asentir ante unos y otros?, pregunta Martín con su mirada, ahora sí, encharcada por la emoción, a la vez que retira dos lágrimas de la mesa donde compartimos nuestras consumiciones.

Martín y yo nos hemos citado en un bar tres horas antes de la media noche. Apenas hechas las presentaciones y tomar asiento alejados de unas cuantas voces rotas por el futbol, Martín no ha querido dejar escapar el tiempo y se ha dado toda la prisa del mundo en comenzar con su relato, su verdad, la pesadilla que le ha traído hasta nuestro país.

Si a los diez años lograron arrancarle fantasías propias de la edad, cumplidos los 19 comenzaría su vía crucis. La fecha, un 15 de enero de 2008, a mitad de camino de una de sus rutas laborales. Martín lo tenía casi todo en la vida. Amigos, el calor de su familia, el amor de una novia, unos ingresos semanales… Su labor consistía en cobrar a domicilio préstamos de familias que venían pagando a plazos las compras del establecimiento donde él estaba empleado. “Entregar el recibió a la señora de la casa y cobrar en metálico la cuota mensual. Así de sencilla y así de complicada era mi ocupación”, cuenta Martín 11 años después.

Y hasta ese preciso momento, ni una sola señal. Ningún aviso. Nunca. Jamás. Tampoco era la primera vez que transitaba aquellas callejuelas atravesadas las unas por las otras. “De haberlo intuido habría tomado mis precauciones, pero en mi país vives el miedo de otra manera, te acostumbras pronto a todo lo que le pasa a tus vecinos. Sólo que no piensas que eso te vaya a ocurrir a ti.” subraya este joven con aparente nobleza e ingenuidad.

Y lo ocurrido tuvo la misma violencia que rapidez. Al muchacho lo interceptaron cuatro matones para hacerse con la recaudación que llevaba encima. Cuatro adolescentes acostumbrados a soportar el rigor de la calle y que esta vez habían cambiado los juguetes de toda la vida por armas. A la postre, cuatro aspirantes a sicarios que le acabarían metiendo 7 balas en el cuerpo sin dar cabida a las respuestas. Los cuatro sacaron sus armas y dispararon a quemarropa. A plena luz del día. Los cuatro tomaron el botín y se fueron por donde vinieron. Sin más. “Todo sucedió muy rápido”, recuerda. “Al principio no sentí dolor, sólo dificultades para respirar. Luego ya perdí el sentido por la munición. Y ya”, abrevia Martín.

Horas más tarde, Martín Vásquez se reencontraría con la vida en el Hospital Departamental de Cali. Allí pasó tres meses y allí sufrió 14 intervenciones quirúrgicas. Las primeras para sacar el plomo del cuerpo; las siguientes, para reconstruir órganos vitales que se interpusieron en la trayectoria de la balacera. La última, para amputar su pierna izquierda, por encima de la rodilla, muy cerca de la cadera.

Martín no maquilla sus cicatrices ni las silencia. Tampoco siente vergüenza de exhibir las que no lleva a la vista. Vive con ellas. Las muestra. Hay escenas de guerra por todo el cuerpo. Sólo el abdomen tiene un área de unos 33 centímetros cuadrados plegados y cosidos a mano, su vejiga le condena a encontrar un cuarto de baño cada 25 minutos, y su pierna derecha le exige realizar esfuerzos poco habituales. Lo único que no puede mostrar es la bala que todavía esconde a la altura del bazo. No obstante, la señala.

Seguimos sentados. Conversando. Colocando fechas a los acontecimientos que cambiaron los días de este joven colombiano y su regreso al mundo de los mortales. Pero nada más abandonar su estancia en el Hospital Departamental los miedos y la violencia irían in crescendo. Tan solo las dos horas y media de traslado que mediaron entre el centro médico y su domicilio conciliarían toda su convalecencia.

A la vuelta de la esquina esperaba la realidad colombiana más aciaga. En uno de sus escasos paseos por el barrio, Martín era secuestrado a plena luz del día. Sus captores reclamaban 75 millones de pesos colombianos; el equivalente a unos 32 mil euros que el joven había cobrado cuatro semanas atrás de su seguro de vida y accidentes. Y los consiguieron. Para ello se lo llevaron a un piso franco, le quitaron la venda de sus ojos y le sentaron frente a unos tipos de aspecto duro y cara descubierta. Jóvenes cuyas vidas no iban más allá de una larga lista de compras que incluyera los tenis de marca, la ropa interior de marca, los jeans de marca y una gafas de sol de marca. Todo aquello que la sociedad ofrece a casi todos los colombianos y niega a la mayoría.

Después de recordarle el mundo que acababa de dejar atrás y amenazarle con el tiro de gracia a cada uno de sus familiares allí donde los miércoles de ceniza ponen la santa cruz, Martín fue incapaz de negarse a ninguna de sus exigencias. Sobraron los detalles. Los 8 días de cautiverio se convirtieron en otras tantas visitas a la sucursal número 23 del Banco de Bogotá para ir retirando el dinero. Fraccionado, para no levantar sospechas, en fajos de entre 4 y 8 millones de pesos.

Amenazado en todo momento y sin apenas espacio para dominar sus silencios, su puesta en libertad llegaría un lunes, a última hora de la tarde, nada más descolgarse la luz del día. No hubo ninguna formalidad, más allá de las advertencias propias de quienes necesitan seguir delinquiendo y los 5.000 pesos que le metieron en los bolsillos para el taxi de vuelta a casa; dos euros y medio con los que volver a acariciar la libertad.

Y nunca mejor dicho, sólo acariciarla. Martín tuvo que regresar al hospital Departamental para paliar la falta de medicación que sufrió durante los días de secuestro. Allí se encontraría con los mismos pasillos. La misma luz pobre encargada de borrar lo poco que había que ver. Los únicos cambios, sus nuevos vecinos de habitación y una visita inesperada. Hasta los pies de su cama llegaron dos sicarios para recordarle que pecar de alcahuete se pagaba con la vida. Tirando de arrestos y oficio, allí mismo le metieron una bala en el pie que le quedaba. Y como entraron, se fueron, sin que nada ni nadie alterase sus estados. Ni si quiera el Cristo del Sagrado Corazón que presidía la “sala de torturas”, santo y patrono que comparten la mayoría de las familias del país.

De regreso a una nueva y fugaz convalecencia, Martín seguiría recibiendo amenazas de todas las edades. Incluido anónimos bajo la puerta que le intimidaban con “darle plomo y acostarle” en el panteón familiar. Salir otra vez a la calle se tornó en una nueva pesadilla. Martín llevaba puesto el miedo, como un envoltorio. Le hacía mirar a todas partes. Dudar de todo y de todos. Y cada vez que los agentes policiales se acercaban por su domicilio para recabar información sobre su secuestro, sus captores hacían lo propio elevando el tono de las amenazas.

Rasgar una y otra vez el aire ingrato del barrio le obligaría a mudarse definitivamente. Con la ayuda de unos familiares y los préstamos de la Sra. Milagros, su antigua jefa, la que meses antes había pedido a todas las vírgenes juntas por su vida, Martín pudo poner un pequeño locutorio telefónico en la localidad que le vio dar sus primeros pasos y echar lo primeros dientes de leche.

Pero nadie dijo que se lo iban a poner fácil. Al contrario. Dos bandas rivales de la zona se apresuraron en chantajearlo para que pagase por su “seguridad”. De nuevo las amenazas y los sobresaltos. De nuevo su vida al límite de lo soportable. Y fue ese miedo el que lo deportó de manera imprevista y definitiva. A Martín le encontraron una oportunidad de traerlo para España y se subió a ella. No lo hizo como tantos otros compatriotas suyos que llegaron para ganarse la vida en la construcción o la hostelería. No. Martín lo hizo por temor. Por pánico a un escarmiento mayor. A nuestro país llegó sin maletas. Con lo puesto. Con el jadeo del que tiene que salir corriendo como alma agredida.

Martín Vásquez y yo hacemos un alto en la conversación. Tomamos un respiro. No es fácil inhalar tanta violencia de una sola vez. Y tras la pausa surge la pregunta. La de cuánto odio suele separar a la víctima de sus verdugos. La del rencor de años y sus secuelas. Pero no, el muchacho que ahora exporta todo su júbilo atrasado no rumia venganza. Apenas se advierte la sombra de una rabia contenida de tanta pregunta por responder. “No podría vivir con ese resentimiento todos los días. Eso me haría infeliz”, sentencia este joven capaz de mirar al futuro de tú a tú con la que ha caído.

Martín no señala a nadie. Insinúa que sería incapaz de juzgar a sus verdugos. Es consciente de que el destino pudo haberle puesto al él del otro lado de la línea, lo mismo que a sus esbirros. A ciertas edades el sentimiento de pertenencia a una pandilla provoca reputación y notoriedad. Y ya luego pasar de pandillero a sicario es un santiamén que se produce con demasiada frecuencia en su tierra. “Casi nadie está a salvo”, asegura.

Muchos de esos jóvenes a los que hemos venido desaprobando son muchachos de su misma generación. Hijos de familias rotas a los que ya sólo les queda el consumo como única pertenencia a la sociedad. Todos ansiosos de reconocimiento social. Y para ello no dudan en robar, secuestrar o matar. Lo que les encarguen. Incluso en competir por matar. Si, competir, porque las muertes reclaman más muertes. Y para ello empiezan disfrazando su realidad. Unos fumando cocaína, otros atragantándose del pegamento que se utiliza para soldar las suelas de los zapatos y la mayoría escuchando las letras y la música estridente de sus ídolos. Sólo ver el frío en sus miradas les delata; sus oficios quedan a la intemperie. Y mientras los sociólogos siguen apuntando a la desestructuración de las familias y la falta de oportunidades como el verdadero polvorín en la gestación de estos submundos, los sicarios más jóvenes acuden en procesión a rezarle a la Virgen del Carmen para pedirle coraje en el preciso instante de matar a su siguiente víctima.

Martín conoce bien la problemática de su país y su procedencia. La mayor parte de malandros y sicarios que se han venido cruzando en su camino salieron de unos barrios marginales repletos de desplazados por el conflicto armado y que hoy ya asedian las grandes urbes colombianas. Las partes de atrás de una nación, que diría el poeta. Barriadas enteras donde las casuchas de chapa y cartón se amontonan las unas con las otras, se vive de prestado y es fácil reconocer los orígenes y las muchas condiciones sociales con sólo cruzar las miradas. Allí en las que las palabras se cosen a puñaladas, las drogas se adueñan de casi todo y la violencia llegó para instalarse. Allí donde es casi seguro que Dios y Estado no asomen jamás.

Ya en España, Martín trabajó durante un tiempo en una fábrica de quesos que más tarde la crisis se encargaría de llevar por delante. Luego ha venido ganándose el pan a ratos sin hacerle ascos a oficios humildes, costosos o poco afortunados. Sus servicios han estado allí donde surgían las oportunidades. También se ha ocupado de pinchar discos, repartir publicidad, remachar calzado o reparar equipos informáticos a gente de pocos posibles… Ahora estudia un módulo profesional. Apenas le quedan tres meses para recibir el certificado en Redes, Microinformática y Diseño de Páginas Web; los mismos días que le restan para agotar la prestación por desempleo que recibe de 425 euros y con los que se viene organizando para compartir con dos bocas más, su compañera y el hijo de ésta.

Y como la necesidad primero aprieta y luego ahoga, Martín se viene ahorrando una comida de lunes a viernes en la Cocina Económica de Santander. Hasta allí acude cada día a la hora del almuerzo entre el trajín de su par de muletas y la esperanza de no tener que volver al día siguiente; de encontrar trabajo a dentelladas para ganarse el sustento de todos los días.

Seguimos sentados frente por frente. Conversando. Y Martín se emociona de nuevo. Las lágrimas vuelven a bordear sus ojos. Éstos quedan nuevamente humedecidos entre muecas propias de la edad y un par de gestos humildes. Ahora hablamos de su familia. De lo que han sufrido por él. Hay adoración por cada uno de ellos… Su mirada se inunda nuevamente mientras se atropella con palabras de admiración. Parece sentir y querer decir tanto a la vez que acaba borrando las preguntas con respuestas.

Esta es la primera vez que Martín abre las puertas al pasado, quizá para que la historia no quede en los archivos de la indiferencia y seamos conocedores de un conflicto que cumple ahora 50 años. Del sufrimiento de los 6 millones de personas desplazadas que hay en su patria obligadas a huir de las zonas rurales por la violencia, las amenazas y la confrontación armada. Y curiosamente Martín lo ha ido contando de espaldas a la entrada del establecimiento en el que estamos acomodados. Desde el primer instante. Tres horas de espaldas a una puerta, sí, algo impensable durante los últimos años en su Colombia natal. Si algo le ha dado nuestro país es seguridad. En Santander ha encontrado el sosiego que necesitaba. Aquí ha dejado de ir guardando su dorso a cada momento. Hoy por hoy, Martín es dueño de unas ganas de vivir envidiables. Traslada todo su entusiasmo y contagia una energía sin fronteras. Nadie diría que este joven haya podido cruzarse con tantas toneladas de violencia en su trayectoria vital. “Hasta no hace mucho los días sólo tenían ayer”, certifica este joven de rostro afable y sonrisa pegada al rostro. Ahora casi todos parecen tener mañana y comenzar mucho antes.

Hace rato que las voces y los ánimos en el establecimiento se han ido apagando. Es media noche y apenas quedan tres comensales en la barra del bar pegados a otras tantas copas de vino tinto. Ponemos fin a nuestra conversación y fijamos la fecha de una nueva cita. Ahora sí, nos despedimos. En el momento de estrechar nuestras manos, Martín Vásquez añade una frase muy parroquial: “Mañana será otro día, Javier”. Y se levanta. Con la pierna de siempre, la derecha, la que le queda.

“Me llamo Ulises Geovani Rodríguez Silva. 27 años. Me dedico a la zapatería, enderezado y pintura. Estoy acompañado con Roxana Abigail González. No tengo hijos. Soy de Santa Ana. Estaba viviendo en el pasaje San Carlos del Bulevar de Los Héroes de San Salvador. Estudié hasta octavo grado”.

Ulises es un muchacho seco y chele, con tatuajes que cubren gran parte de su brazo izquierdo. Roxana está a su lado, callada, cabizbaja, morena, manos atrapadas entre las piernas, 21 años, de un cantón de Chalatenango, ama de casa, con estudios hasta noveno grado. Una muchacha bajita regordeta que no sabe el nombre de su papá. Cuando se lo preguntan, calla y niega con la cabeza. Ambos están esposados y sentados a la par de su abogado defensor en la sala 2A del Centro Judicial Isidro Menéndez de San Salvador, donde el juez tercero de sentencia de la capital dicta sus sentencias.

“Sí, deseo declarar”.

Ulises ha dicho eso a pesar de que el juez le acaba de explicar que no está obligado a declarar, que él es inocente hasta que se demuestre lo contrario, que hoy, 7 de marzo de 2016, está en esta sala para escuchar las pruebas y a los testigos, y también para escuchar a su defensor poner a prueba esas pruebas. El abogado es un abogado público, un hombre con poco tiempo para cada caso. Hay defensores públicos que tienen hasta 60 audiencias cada mes. Un homicidio, cuatro homicidios, 15 homicidios, una violación, cuatro violaciones, diez violaciones, 20 robos, cinco secuestros… 60 audiencias, 30 días. Hasta el momento, el defensor público de Ulises y Roxana solo ha pedido que le permitan que sus defendidos se sienten a su lado. Ulises y Roxana habían sido sentados atrás, como si fueran público de su propio juicio. Luego, el abogado dijo que se acababa de enterar de que su defendido quería declarar y que por tanto ya no tenía sentido defenderlo. “Usted tiene que orientarlo”, replicó el juez. El defensor, revoloteando unos papeles, dijo: “Eeeh… Todo va orientado a la inocencia de mi defendido… Hay sucesos que se dieron ahí… Con eso y otras cosas más trataríamos de contradecir a la Fiscalía”. ¿Qué es “Eso”? ¿Qué “Otras cosas más”? Tras cuatro meses asistiendo a juicios de homicidio en este país he entendido que en muchas ocasiones se dice por decir, se retuerce para aparentar. Donde la honestidad obligaría a decir “señor juez, no tengo ni idea de quién es este señor, pido tiempo para enterarme”, se dicen, por decir algo, palabras como “señoría… defendido… sucesos… acaecidos… contradecir… Fiscalía”. O sea, nada. Dicho lo que dijo el juez, Dicho lo que dijo –o sea, nada- el defensor, le tocó el turno de decir al acusado Ulises.

“En primer lugar, quiero reconocer de que he estado recluido algún tiempo. Estando detenido he leído la biblia. Estudiando la biblia los meses que estuve detenido logré comprender la justicia terrenal y la divina. Mi compañera de vida, al lado mío, ha sido encarcelada por algo que no tiene nada que ver”.

Ambos están acusados de haber matado a un hombre el 12 de mayo de 2015 adentro de una casa de la urbanización San Jorge, a eso de las 10 de la noche, a unos metros del Bulevar de los Héroes, de los restaurantes de comida rápida y el campo de atracciones “El Mundo Feliz”.

“La situación del homicidio, sí lo cometí. Sí cometí ese delito de homicidio por cuestiones personales con el señor Armando Peña Tobar”.

La teoría expuesta por la Fiscalía afirma que Ulises regresó con unos tragos adentro, entró a la casa donde alquilaba un cuarto, apuñaló decenas de veces a su casero de 64 años, con la ayuda de Roxana. La teoría fiscal dice que Marte II, que es un testigo protegido, escuchó el siguiente grito: “te voy a matar, te voy a sacar un ojo”, y entonces se asomó. Esta versión propone que Marte II combatió con Ulises, le quitó el cuchillo, y que Ulises le dijo a su mujer que le alcanzara la .3280 (sic), que ella le alcanzó un bulto pequeño, y que él la empuñó como una pistola y le advirtió a Marte II que o abría la puerta o moría ahí mismo a la par de Armando. Que la pareja, antes de dejar la casa ensangrentada, tomó un televisor plasma de Armando y huyó. La teoría de la fiscalía dice que Marte II avisó a los vigilantes privados que custodiaban ese pedazo de ciudad, y que por suerte una patrulla policial del 911 pasó. La versión consigna que entonces la patrulla aceleró y logró encontrar a Ulises y a Roxana caminando desorientados en el parqueo del restaurante de hamburguesas Wendy’s. La investigación fiscal asegura que ante su inminente captura, Armando y Roxana se rinden. Son capturados como manda la ley y trasladados a diferentes centros de detención.

“Tengo una situación, una enfermedad siquiátrica. Acá está la receta del Hospital Siquiátrico donde me llevan mes a mes para comprar mi tratamiento diario”.

El papel lo saca Ulises. El abogado defensor ve a su defendido como quien ve a alguien realizar un truco de magia.

“Esos meses –alrededor del homicidio- no la pude ir a traer por la situación de que yo soy un ex pandillero. Tengo ocho años de haber dejado la pandilla a la cual pertenecí. El Hospital Siquiátrico está en medio de ambas pandillas. Entonces, no podía poner en riesgo mi vida, no estuve tomando mi tratamiento siquiátrico”.

Para llegar al Siquiátrico es necesario ir a Soyapango. En Soyapango, durante 2015, la tasa de homicidios fue de 81 por cada 100,000 habitantes. Fue una tasa brutal que superó incluso a la tasa del segundo país más violento de la región, Honduras. Sin embargo, la mortal tasa de Soyapango fue mérito en un país como este, que cerró el año con 103 homicidios por cada 100,000 habitantes. Uno de cada 972 salvadoreños fue asesinado en este paisito que cabe unas cuatro veces en el paisito de Guatemala. Para llegar al Siquiátrico hay que internarse en la calle La Fuente, a la altura de Unicentro. Hacia adentro empieza una de las concentraciones de colonias más emblemáticas por el control que las pandillas ejercen sobre ellas. Es un nudo de concreto armado sin esmero que se reparte la Mara Salvatrucha 13 y el Barrio 18 Sureños. Bosques del Río y San José, bastiones de la 18; Guayacán, Montes, Monte Blanco, El Pepeto, bastiones de la MS. En la calle La Fuente suele ocurrir que pandilleros de ambas organizaciones suben a los buses que pasan por sus colonias, bajen a los jóvenes y les piden el documento de identidad para saber si viven en su zona o en la otra. De esa dirección y del interrogatorio dependerá la severidad de la golpiza o, incluso, la vida. Un joven en camisa polo con el logo de su empresa, pantalón de vestir, zapatos lustrados y pelo engominado corre riesgo de ser revisado, desnudado, interrogado en la calle La Fuente. Un joven como Ulises, tatuado de los brazos, enemigo de la MS y retirado del Barrio 18, es un hombre muerto caminando en la calle La Fuente.

“Mi enfermedad es la esquizofrenia paranoide”.

Sin mucho esfuerzo, esto dice en la web la Medciclopedia sobre esa enfermedad: “forma de esquizofrenia caracterizada por una preocupación persistente, con delirios ilógicos, absurdos y cambiantes, habitualmente de naturaleza persecutoria, de grandeza o de celos, acompañados de alucinaciones”.

“Quiero dar detalles, porque cuando ocurrió, mi compañera de vida estaba dormida. Lo que dijo el criteriado, en parte tiene razón y en parte está mintiendo”.

El criteriado es el testigo Marte II. Todos en la sala sabemos quién es Marte II. “Vivía en el cuarto contiguo a nosotros”, dirá Ulises. Tres jueces me aseguraron que las medidas ordinarias –distorsionar tu voz como la de un ratón o de ultratumba, ponerte un camisón negro y una capucha, permitirte declarar tras un biombo y darte un nombre clave- no protegen a nadie en casi ningún caso. El asesino sabe quién lo delató. El secuestrador lo sabe. El violador lo sabe. Los tres jueces coinciden en que la medida es solo una manera de darle seguridad al testigo, de que no vea al victimario y se sienta más confiado al hablar. En otras palabras, las medidas ordinarias son un mecanismo de engaño para los testigos que se atreven a acusar. Son pequeños detalles que llevan al testigo a pensar que todo está bien porque su voz se hace cavernosa en la sala; que no hay problema, porque viste, en negro, un modelito como los del Ku Klux Klan; que el biombo es un sólido escudo entre él y el asesino. Un fiscal de homicidios, cuyo trabajo depende de esos encapuchados, lo definió así: “ser testigo en este país es joderse la vida”.

“Los hechos sí sucedieron, su señoría, me hago cargo del homicidio, porque maté. Nunca existió la posibilidad de quererle robar, en el departamento él tenía una laptop, las llaves de un vehículo. Mi intención nunca fue robarle, pero sí lo maté, por la situación de que hubo roces. Tengo esquizofrenia, soy muy impulsivo, veo cosas que no existen. No recuerdo ni qué me dijo, solo que me insultó. Yo abrí la puerta y encuentro a Roxana Abigail dormida. Ella tiene un plasma encendido, que es el plasma que dicen que me robé. Yo llegué de noche. Yo solo escuchaba los gritos. A mí se me descontrola un poco la mente, como le digo”.

Es sorprendente la quietud de Roxana. No se mueve. No saca las manos de entre las piernas. Es sorprendente, sobretodo, por lo que sabremos luego.

“Teníamos un problema (con Armando Tobar) con los $200 que se le pagan al mes. Yo tenía 12 días de haberme venido a vivir ahí. Él empezó a decirme… Él quería que yo pagara más por la utilización de la red. (La red) era de un cuarto aledaño. Le dije que dejara de molestar, que yo tenía problemas siquiátricos. Ella se quedaba siempre dormida con sus auriculares, oyendo música. Volví a salir, le dije que no hiciera bulla, que ella estaba dormida. Pero ahí yo ya salí con el cuchillo en la mano. Le dije que por favor se callara, que mejor le iba a desocupar el cuarto. Uno también es celoso. Le dije que no hiciera bulla, que mañana íbamos a platicar. ‘¿O sea que me querés amenazar? No te tengo miedo’. Y empezaron los insultos. Viendo el desafío, uno de hombre y con mi tratamiento siquiátrico, empecé a atacarlo con el cuchillo. Quiso quitármelo. En ese momento yo sabía que era él o yo. De ahí los arañazos que tengo en el cuello. Forcejeamos y empecé a apuñalarlo. ¿Cuántas veces? No sé, porque ya uno airado… Lo apuñalé muchas veces. Me manché de sangre por completo, porque estaba vestido con pantalón y camisa manga larga. Mi situación era no dejar de apuñalarlo, porque él me tenía abrazado y no me soltaba, y como era algo fornido… Hasta que ya me soltó fue que cayó al suelo”.

El testigo Marte II asegura que él salió al escuchar los gritos, que vio el cuerpo ensangrentado y muerto de Armando y que vio el cuerpo de Ulises untado con la sangre de Armando. Marte II asegura que él también forcejeó con Ulises, pero que en su caso, él ganó y pudo quitarle el cuchillo. Marte II asegura que al vencer a Ulises, lo dejó ir y luego pidió auxilio al vigilante y a la Policía.

“Cuando salió el criteriado, me dijo: ‘ey, ¿qué estás haciendo?’ No hallé qué responder, solo le dije: ‘ándate, no te quiero matar, vos no me has hecho nada, no te quiero matar’. Él me dijo: ‘entregame el cuchillo’. Yo se lo he entregado con mis propias manos, nunca ha forcejeado conmigo. El criteriado dice que yo lo quise amenazar. Es raro, cuando don Armando era una persona fornida, el criteriado es delgado y ya de avanzada edad. Me hubiera sido más fácil matar al criteriado que a alguien ya… Por decirlo así, más fuerte. Yo le he dado el cuchillo. Él me dijo que me salga, yo le dije que no, que mi compañera estaba dormida en el cuarto… Nunca amenacé al testigo. No le quité la vida porque no me había hecho nada. Mencionan una .3280. Ese calibre nunca ha existido en calibre de arma. Sí existe la .3220 y la .380. Armas no han encontrado. Es otra de las mentiras del criteriado”.

Efectivamente, la .3280 no existe. Hay revólveres .3220 –mejor conocidos como .32-, y definitivamente hay .380. En El Salvador, el país más homicida del planeta, se registran 11,000 armas de fuego cada año, desde 2010. O sea, cada día unas 30 nuevas armas andan en manos de los salvadoreños en las calles de este país de 6.5 millones de personas. Ninguna de esas armas, obviamente, es una .3280.

“Ella no ha escuchado nada, porque sigue acostada en la cama. He entrado al cuarto a despertarla, la he movido, ahí es donde la he manchado de sangre. Ella se despertó asustada. Me preguntó que qué pasaba. Le dije que no preguntara, porque no le iba a contestar… O sea, que ella ahorita se está dando cuenta que sí, yo maté al individuo. Hasta la fecha, nunca se lo había confesado a ella. Necesitaba de valor y de conocer la palabra de dios. Si yo mintiese, del juicio de dios no me puedo escapar. Por temor a dios es que yo he venido a declararme culpable y pedirle que puedan absolver a mi compañera de vida, porque yo manché de sangre el vestido de ella”.

Roxana, la muchacha de un cantón de Chalatenango, a sus 21 años, ha pasado casi un año de su vida encarcelada sin entender por qué. Quizá intuyó que aquella sangre su pareja se la sacó al hombre en el suelo, pero nadie le había explicado por qué ella estaba presa, qué tenía ella que ver con aquel homicidio. Ella ha pasado un año encarcelada luego de despertar abruptamente, manchada en sangre. Su tiempo en una prisión como la de Ilopango, con un hacinamiento superior al 400%, terminará hoy, porque su pareja entendió que o hablaba o su mujer iría a la cárcel. La Fiscalía la acusa de homicidio simple. El defensor público parece interesarse tanto por este caso como un caníbal en un plato de verduras. En este sistema de (in) justicia donde solo uno de cada 10 homicidios llega a juicio, Roxana solo tenía una posibilidad de quedar libre: que su homicida novio decidiera confesar.

“Yo sé que voy a ser condenado porque cometí el delito. Yo a ella tenía 12 días de haberla conocido… Nos conocimos y nos quisimos acompañar. El único error de ella fue haber estado a la hora equivocada en el lugar equivocado, y el único delito de ella fue haberse acompañado conmigo, pero ese no es un delito ante la ley”.

La Fiscalía también sostiene que Ulises robó un televisor.

“Yo le dije a ella: ‘han matado a don Armando, no pregunte, vámonos’. Y agarré mi televisor plasma de 32 pulgadas y 40 dólares que ella tenía en una mochilita. (En la oficina de don Armando) había una minilaptop, las llaves de una camioneta…”.

Ulises no será condenado por ningún robo en el tribunal, tras casi un año de investigación. Ulises y Roxana serán condenados como ladrones por los medios de comunicación sin ninguna investigación. “Con la idea de obtener unos ingresos extras, un anciano de 64 años, puso en alquiler tres habitaciones su (bis) residencia ubicada en San Salvador, pero nunca imaginó que su inquilino lo mataría al intentar robarle sus electrodomésticos y sus pertenencias personales”, fue el primer párrafo de Diario 1 publicado luego del juicio. A pesar de que la nota cierra diciendo que Roxana fue absuelta “por falta de pruebas”, le dedican este párrafo: “Sin embargo, la noche del 12 de mayo pasado, Rodríguez Silva, había consumido bebidas alcohólicas en compañía de una mujer que responde al nombre de Abigail Villanueva, de 20 años. Ambos sujetos planearon robar electrodomésticos en la vivienda del adulto mayor, pero según su declaración, no pensaban asesinarlo”.

“Yo he salido a buscar un taxi con tal de que me llevara a Santa Ana, Mi intención era parar un taxi, darle el plasma y que me llevara a Santa Ana. Mi compañera, sin saber lo que pasaba… No sé qué pasó en la mente de ella, yo la levanté con mis manos llenas de sangre. Cuando vi la patrulla, me he tirado al suelo”. El Diario La Página habló en su nota luego del juicio de “la pareja de atacantes” y tituló: “testigo relató cómo un sujeto le dio 50 puñaladas a su víctima para robarle un televisor”, a pesar de que Marte II no relacionó el asesinato con el robo.

Luego de la declaración, la Fiscalía insistirá en que “la ropa indica que Roxana participó”. Se consignará que el cuerpo de Armando tenía 50 puñaladas. El defensor, coherente con el desinterés mostrado desde el inicio, solo repetirá algunas de las cosas que Ulises confesó. Su estrategia de defensa era ver qué pasaba. A Marte II solo le preguntó que de dónde bajó Roxana. Marte II, con ayuda del juez, tuvieron que hacerle ver al abogado defensor que nadie bajó de ningún lado, porque la casa es de una planta. El juez, dando crédito a la confesión de Ulises y a su tratamiento siquiátrico, le dará una pena mínima por homicidio simple: 10 años, y otros 3 por amenazas a Marte II. Respecto a Roxana, dijo: “No se ha demostrado la participación que cometió”. Absuelta. Antes de que la sentencia fuera dictada, Ulises pidió una última cosa. El juez no se la concedió. Dijo que no le correspondía a él, y Ulises fue conducido hacia el penal del que salió para venir a este juicio.

“Solo un favor quería pedirle a su señoría: hice una solicitud de traslado de penal. Me tenían con régimen de protección, porque la población adentro no me recibe. Yo ya llegué cuatro veces a ese penal, porque hice una condena anterior. Me han hecho amenazas… Como solo son mareros, más que todo. Ahí tengo enemigos que fueron de la calle, va. Yo hace ocho años anduve activo. Solicito mi traslado por motivos de seguridad al penal de San Vicente, el único penal donde no tengo problemas. Ya me amenazaron de que me van a matar. Ayer, día domingo no hicieron nada por respeto a la visita. Me haga el favor… si me pueden tener de mientras acá en las bartolinas para no poner en riesgo mi vida. Y, por lo demás, me considero responsable del delito. Nada más. Muchas gracias”.

Los dos detectives inician la charla elogiándose mutuamente.

—A este todo mundo se lo puede aquí –dice Fidelino, y Santana sonríe bajo su bigote antes de devolver el cumplido.
—No’mbre, este sí que es loco. A este le tienen miedo esos bichos cerotes –y Fidelino se echa para atrás, orondo, intentando disimular el efecto causado por el piropo de su compañero.

Estamos sentados en las gradas de un parque, persiguiendo la sombra de un almendro, aplastados por el calor y sudando sin movernos. Este es el parque de un pueblo, al que aún le queda grande su título de ciudad y que probablemente quede un poco más cerca del sol que el resto del mundo.

Santana y Fidelino van a explicarme cómo es ser un policía en El Salvador y comienzan por definir los tipos de policía que hay: están los culeros, están los legalistas y están los con huevos. Ellos, desde luego, forman parte del grupo de policías con huevos. Su jefe, en cambio, es una mezcla de los dos primeros grupos.

Santana lleva un abrigo largo, capaz de cubrirle la cintura y le digo que hay que estar loco para ir vestido así en este lugar. Pero él se espanta las faldas de su abrigo, con estilo vaquero y comienzo a entender de qué se trata el asunto. “Esta es la de equipo”, me explica, dándole unas palmaditas a su pistola reglamentaria, que lleva enfundada en el lado derecho; “y esta es para cositas”, dice, sobándole el lomo al arma que lleva en el lado izquierdo de la cintura.

¿Qué son las cositas?, pregunto. Santana y Fidelino se miran, cómplices, y se sonríen con sus sonrisas de detectives misteriosos y van arrebatándose la palabra, iniciando explicaciones que no terminan nunca.

“Hoy acabamos a las 3 de la mañana…”; “El jefe no sabe que vamos a esas misiones…”; “Hay un señor que es ganadero y que los mareros lo extorsionaron. Puso la demanda en la Fiscalía. ¿Y qué cree que pasó? ¡Nada! Entonces el señor busca ayuda para que se le arregle el problema…”; “Los antipandillas solo llegan a tomarse la foto, son culeros. Los que sí tienen huevos de topar son los de la Policía Rural…”; “A veces, nosotros, sin que lo sepa el jefe, nos disfrazamos de rurales, enchicharados (con fusiles), ennavaronados (con gorros pasamontañas) y salimos con ellos de noche, hasta la madrugada…”; “Como nosotros tenemos acceso a testigos criteriados, a los rurales les gusta salir con nosotros, porque sabemos bien dónde están (los pandilleros) y sólo a pegar vamos…”; “A veces, cuando se puede, también arrestamos…” “Ey… esto no lo va a poner, ¿verdad?”. Y jamás volvieron a hablar del tema.

Santana y Fidelino viven en cantones controlados por pandillas.

El hijo mayor de Santana quería ser policía, como su padre, pero unos pandilleros lo amenazaron de muerte y Santana se endeudó con una fortuna impensable de 7 mil dólares para contratar a un coyote que guiara a su hijo por el camino de los indocumentados. El muchacho abandonó la academia de policía y se fue, sorteando trampas mortíferas en México y burlando un muro de latón en los Estados Unidos. 16 días después de salir fue atrapado por agentes migratorios estadounidenses y deportado a El Salvador. Santana fue a recogerlo al aeropuerto y al cabo de una semana lo envió de nuevo con el mismo coyote.

Fidelino asegura que amenazó de muerte al líder pandillero que le robó un celular a su hija, que fue a buscarlo, con una pistola en cada mano y que le dio apenas un par de horas para que el teléfono apareciera. Apareció.

Santana dice que nunca abandona sus armas, ni siquiera en sus días libres, cuando está trabajando en su milpa. En esos días le deja a su hijo menor una pistola –sin papeles, desde luego- para que vigile mientras él trabaja. En su celular lleva un video en el que sus hijos menores disparan con un revólver y luego con una carabina. Su hija tiene 15 y su hijo 10.

Unos días después volvemos a encontrarnos en aquel parque ardiente y mientras conversamos, Santana persigue con la vista a unos adolescentes que venden café: “Esos no están ahí para vender café, son pandilleros que extorsionan a todos los negocios alrededor del parque”, me dice. Llama a uno, que le sirvie un café sin despegar la mirada del piso. Santana lo mira con un hambre caníbal y escupe junto a los pies del muchacho. “Estos bichos saben que conmigo no pueden andar con pendejadas porque se los lleva putas”.

—Santana… y si sabés que son pandilleros extorsionistas, ¿por qué no los arrestás?

Al vernos conversando en la banca del parque, una señora mayor apura el paso y finge no habernos visto. Santana se levanta de un brinco, deja el café en la banca y la alcanza. La señora entra en pánico y en susurros le suplica que no le hable más y que olvide que alguna vez le habló y se larga con toda la prisa de la que es capaz. Ella había prometido al detective servirle como testigo en un caso que involucraba a una clica entera del Barrio 18, pero los pandilleros comenzaron a sospechar y la visitaron en casa para amenazarla.

“¿Ves?”, me dice Santana, para reforzar la explicación, “sin testigos no hay ni mierda”.

***

A aquel jefe policial le llegaron rumores de que el líder local de la Mara Salvatrucha había estado jactándose en público de que la pandilla mataría a muchos policías en su municipio. Así que decidió hacerlo arrestar, así, sin mayores excusas, “por feo”, y lo sentó frente a su escritorio:

—Vaya, cabrón, vos matás a un policía y yo te mato dos de los tuyos.
—Ojo por ojo –le respondió el pandillero, sin bajar la mirada.
—¡Ojo por ojo, bicho hijueputa! Pero tocá a un policía y no sabés la que te vas a comer.

Y luego de amenazarse mutuamente, el jefe policial ordenó dejarlo libre, para que el jefe pandillero se llevara el mensaje a la calle.

“Yo me preocupo por los míos, me lo tomo como algo personal –me explica–. Mire, hace unos días unos mareros le rompieron el antebrazo con una varilla a un compañero, pero se les logró correr. Y yo le pregunté a él: ¡¿y por qué putas no los mató, si andaba el arma?!… ¿Usted no cree que había suficiente justificación para que los matara?”

***

Se le termina la jornada a Ignacio, un agente policial que trabaja en labores administrativas, y va a marcar al aparato que controla la hora de salida y de entrada. Marca y se regresa a su oficina: hace un hueco entre las sillas y los escritorios, pone una colchoneta y se tumba a ver películas, a matar el tiempo en aquel despacho, que ahora es su cuarto. Ignacio vive en esta base administrativa desde hace 11 meses.

Ignacio creció en la casa que es el patrimonio familiar de los suyos, en una colonia del departamento de Santa Ana, donde vivió con su madre y sus hermanos. La Mara Salvatrucha supo que era un policía desde el día en que inició su carrera, hace ocho años. La academia policial suele enviar investigadores para averiguar los antecedentes de sus aspirantes y en el caso de Ignacio estos entrevistaron a dos hermanos que con el tiempo se brincaron a la pandilla. Pero en 2008 no había un ojo por ojo en plena vigencia y eso significaba cosas muy distintas a las que supone hoy en día: aunque era incómoda la convivencia entre gatos y ratones, la pandilla se lo pensaba mucho antes de meterse con la Policía.

Pero las cosas fueron cambiando y los gestos agresivos aparecieron y luego siguieron cambiando y aparecieron las amenazas y luego las amenazas a domicilio y su madre tomó a los hermanos menores y se fueron para Estados Unidos e Ignacio quedó viviendo solo en aquella casa de su infancia. Y así las cosas siguieron cambiando hasta el miércoles 1 de abril de 2015 a las 11:30 de la mañana.

En la memoria de Ignacio, siete pandilleros jóvenes se le acercaron, mientras él sacaba un maletín del baúl de su carro, y le pronunciaron una sentencia de muerte. En el maletín había dos armas: su arma de equipo y la otra, la “quemada”, que él había conservado para sí mismo luego de haberla confiscado a pandilleros. Apenas su interlocutor hizo el gesto de manotearse la cintura, Ignacio le encajó un tiro con el arma ilegal y el muchacho quedó herido en el suelo. Al resto le tomó por sorpresa la reacción del policía y él alcanzó a matar a dos más antes de que huyeran junto al resto de agresores. Se subió a su carro y se fue. Jamás denunció el hecho a sus superiores y hasta la fecha no sabe qué fue de la investigación de aquellos cadáveres, si es que hubo alguna.

—¿Por qué no expusiste el caso a tus jefes?
—Si les contás a los jefes te abren un proceso.
—¿Y?
—Eso no lo hacés nunca con el arma de equipo y la corporación no me iba a apoyar porque fue con la otra arma. Pero si lo hacés con un arma de equipo te detienen igual. Estaría yo en el penal de Metapán. Casi que tenés que esperar a que te disparen para poder dispararles vos. Y si viene alguien con un corvo y vos le disparás, también te detienen porque dicen que no es proporcional. La institución te deja perder.
—¿Por qué no denunciaste antes las amenazas?
—Si vos denunciás a la Fiscalía, vas a la cola, te meten debajo de unas resmas de papel así de grandes, ve… En lo que te toca que te investiguen tu caso o que te den seguridad, ya te han matado o ya te has agarrado a balazos con ellos. Además, si ponés la denuncia tenés que poner el lugar donde residís, ¡y eso es una reverenda pendejada! O te piden una dirección alternativa… ¿de quién putas la vas a poner? ¿De tu familia? ¿Y qué pasa si hay fuga de información? Te matan a esa familia. Y vos vas a buscar luego terminártelos a ellos.

Ignacio vive en una base administrativa llena de oficinas y los jefes le aprobaron un permiso para habitarla durante dos meses, luego de que él argumentara problemas de seguridad en su colonia, pero él se ha ido quedando y quedando, estirando el tiempo en silencio, metiendo una pequeña refrigeradora, una cocinilla, un televisor, para hacer que esta base se parezca a una casa… al menos por las noches.

Le digo que, aunque en esta historia su nombre aparezca cambiado, será fácil identificarlo y se pone a reír: “Somos más de 100, muchos más, en todo el país los que estamos igual”. Le pido que lo pruebe y que me presente a otro policía que viva en esa suerte de condición de refugiado y entonces me presenta a Guillermo.

Guillermo también vive en una base policial, en un cuartuchito oscuro, cerca de un montón de hierros oxidados. Ahí se baña por las mañanas y ahí están todas sus propiedades, que básicamente consisten en un magro armario con su ropa, algunos zapatos y poco más. Él vive ahí desde hace seis meses y es obvio que no quiere hablar conmigo.

Consigo sacar en limpio apenas lo básico: que vivía en una comunidad de San Salvador. Que los pandilleros que la controlan supieron que es policía. Que cree que lo supieron por culpa de algunos de sus mismos compañeros, de los que él cree están coludidos con los pandilleros. Que la noche en la que iba a morir escuchó a sus verdugos en la calle preguntando por teléfono: “¿Entonces lo sacamos o qué putas?” Que no estaba armado. Que tenía miedo. Que al día siguiente se fue de ahí en el entendido de que el problema era con él y no con su mujer ni con sus hijos.

Guillermo no ha denunciado su caso a los jefes, ni ha vuelto a su casa, y cada fin de semana que puede va a casa de su madre, donde también hay pandilleros, con la fortuna de que no le conocen. Y lava su ropa y, si hay suerte, mira a sus hijos, que son apenas unos chiquillos. Luego vuelve a este cuartito oscuro a esperar que pase la semana y que en el teléfono no suenen malas noticias.

Es ya de tarde y desde la base policial de Ignacio el día se va poniendo melancólico. Fumamos sentados en medio de un parqueo. Me quedan pocas dudas de que el tipo es un duro y de que sus compañeros lo consideran un hombre de palabras medidas. Ignacio percibe mensualmente poco más de 300 dólares y no le queda familia en el país, o al menos no una que pueda darle techo a un policía sin ponerse en riesgo. Su novia vive en una colonia habitada por pandilleros e Ignacio teme contaminarla si la visita o si pasa alguna noche con ella. Su casa de infancia, que es toda su herencia, está destinada a ser para él solo un recuerdo, uno bueno, tal vez…

—¿Cómo es vivir en tu trabajo?
—Aquí me levanto, aquí me cocino… y cuando vienen los compañeros ya estoy bañado y cambiado. Jeje… por ejemplo, el 24 y el 31 de diciembre aquí los pasé, loco. Aquí vino mi novia con una lasaña y aquí estuvimos juntos…

Entonces Ignacio rompe a llorar, avergonzado de que lo vea así de jodido un periodista al que le cuesta tanto imaginarse en sus zapatos. “Es una rabia perra, loco”, intenta justificar la flaqueza, “te enfurecés como no tenés idea. Es la puta rabia, loco, te dan ganas de darles en la nuca. ¿Qué putas más vas a hacer? Te metés en una situación… una sicosis… no andás tranquilo cuando comés. Siempre tenés que andar con el arma de fuego”… Y en los ojos se le hamaca una ira parecida a aquella arma ilegal con la que mató a sus verdugos.

***

Un inspector policial –que tiene a su cargo a varios agentes en un municipio del centro del país– habla con una claridad soñada para un periodista que realiza un reportaje como este. Sin restarle ninguna palabra al asunto dice que es “normal” guardar armas de fuego decomisadas a delincuentes: “Las utilizamos para ponerlas en escenas cuando asesinamos a algún pandillero que no ande armado”. Así, como oír llover.

Cuando patrullaba una zona rural, a inicios de 2015, un grupo de pandilleros ignoró la orden de alto y se echaron a correr, desarmados. Él decidió no perseguirlos y apuntó su arma. Alcanzó a matar a uno de los que corría, por la espalda, claro. Luego esparció dos pistolas en la escena y asunto arreglado.

***

Iba un bandido corriendo a todo lo que le daban las piernas en los alrededores del “Mercado Negro”, en el centro de la capital, y tras él iba el agente Juan gritándole órdenes de alto que el otro no tenía intenciones de acatar. Pero no contaba con las condiciones atléticas del agente Juan, que al tener cerca a su objetivo le metió una zancadilla estudiada y el otro cayó rodando por el suelo, listo para que el agente Juan lo esposara como a una res. Hasta ahí iba bien la cosa, hasta que el agente Juan levantó la vista y ahí estaba ella, viéndolo con susto.

El agente Juan es un hombre joven y de muy malas pulgas, que hizo su servicio militar y que riega su discurso con palabras como “patria” y “lealtad”. Es un policía de nivel básico y gana lo justo para vivir en Soyapango, en una colonia controlada por la facción Sureños del Barrio 18. Solo en su pasaje, dice, viven cinco pandilleros, entre ellos el palabrero de la clica, que a su vez tiene una madre, que tiene un puesto de venta en el centro de San Salvador y que se quedó de una pieza al descubrir que su vecino, el agente Juan, era policía.

El agente Juan deseó haber llevado aquel día el rostro cubierto, pero luego no le quedó otra que hacerle frente a la situación y saludar a la señora con aplomo.

Desde ese día advirtió a su esposa de la situación y le previno de salir de casa apenas lo necesario. La familia del agente Juan, con una niña de 5 años y un nuevo integrante de 6 meses, vive solo con su salario de policía, de 424 dólares al mes, por eso es que él ha conseguido un trabajo como supervisor en una agencia privada de seguridad durante sus días libres. Suele estar muy poco en su casa y para proteger a los suyos supo que él tenía que hacer el primer movimiento. Así que le enseñó a su esposa lo básico para manipular una escopeta calibre 12 que tiene en su casa… sin papeles, claro; y le ha instruido para que, el día que se la muestre a alguien, la escopeta sea lo último que ese alguien vea.

Un día, mientras acompañaba a su esposa a la tienda del pasaje, ella hizo una broma cuando le preguntaron por el bebé: “Mi cuñada lo tiene bien consentido y ella me lo ha secuestrado hoy”, dijo. Ahí vio su chance el agente Juan, que, como hemos dicho, no es afecto a los chascarrillos. Pensó en hacer una declaración pública, a voz en cuello: “Esa broma no la volvás a hacer, no digás esa pendejada”, gritó, ante una esposa sorprendida por aquel pronto explosivo. Y él lanzó su amenaza a los cinco pandilleros de su pasaje, o quizá a todos los de su colonia, o a todos los del mundo: “El día que alguien le haga daño a mi familia lo voy a arrancar de raíz, a él y a toda su familia”.

Aquel discurso no cayó en saco roto y pocos días después el agente Juan recibió una visita durante uno de esos raros fines de semana en que descansa en casa. Desde la hamaca él reconoció la voz del palabrero de la colonia y saltó como una maldición con todo y escopeta. Antes de que el pandillero terminara de preguntar por él, el agente Juan le mostraba desde la ventana el agujero gordo del arma. “Intenté mostrarle a él un rostro aterrorizante”, asegura. Pero el muchacho tuvo reflejos de sobreviviente y se levantó la camisa para mostrarse desarmado: “Tranquilo, chino, no vengo a buscar problemas”, dijo el pandillero, con la cintura desnuda y dando vueltas como una bailarina. “Por eso es que no quedó untado ese bicho ahí”, se alegra el agente Juan.

Ese día llegaron a un acuerdo parecido a esto: si vos no te metés con nosotros, nosotros no nos metemos con vos. Una especie de pacto de convivencia en el que definitivamente desconfía. Y el agente Juan aprieta los dientes, y maldice su situación, porque sabe que su pacto es frágil y porque, en su caso, ser buen padre es no estar casi nunca. “Le voy a explicar”, me dice, “si me intentaran matar en un bus, yo voy a abrir fuego y si me tengo que llevar a civiles, los voy a matar, porque sino, ¿quién va a ver por mis hijos”. Y se le sale del pantalón la pistola y suena en la butaca de esta hamburguesería donde conversamos. El agente Juan se la reacomoda en el cinturón de su jeans y remata una frase cuya intención todavía intento comprender: “¡Cuánta sangre ha corrido por la corrupción de nuestros gobiernos!, ¿no cree?”

***

Nueve de cada 10 policías que existen en El Salvador forman parte de un grupo que se llama “nivel básico”. Casi todos los salvadoreños que deban lidiar alguna vez con un policía –para bien o para mal– deberán entenderse con un miembro de ese grupo.

El nivel básico está conformado por agentes, cabos y sargentos. Estos policías comienzan teniendo un sueldo de 424 dólares con algunos centavos. Al restarle los impuestos, terminan percibiendo, al mes, cerca de 380 dólares. Si uno de esos agentes consigue escalar posiciones, pasando exámenes, manteniendo expedientes pulcros y se convierte en sargento y si, además, acumula 20 años de servicio… puede llegar a ganar hasta 692 dólares, de los cuales llegarán a sus manos 581.

Los policías de nivel básico tienen derecho a aumentos de 6 % cada cinco años. O sea que tienen la fortuna de engrosar su salario con aumentos que van desde los 25 hasta los 41 dólares… cada cinco –cinco– años.

El Ministerio de Hacienda explica que El Salvador no atraviesa un momento financiero de bonanza y que ser responsables implica ser… sobrios y austeros y…. en resumen, que no hay para aumentos, o al menos no hay para aumentos de policías.

En esta misma coyuntura están abiertos juicios que involucran a los tres últimos presidentes de la República, por sospechas de corrupción o enriquecimiento ilícito. El monto que se les investiga a los tres supera los 20 millones de dólares.

El último presidente, Mauricio Funes, de un solo pase de tarjeta de crédito gastó más de 7 mil dólares en zapatos finos, y de otro tarjetazo gastó 5 mil 900 dólares en perfumes, en un par de jornadas de shopping en Miami, aunque su salario mensual era de poco más de 5 mil dólares.

El chofer que menos gana en la Asamblea Legislativa devenga 870 dólares y el que más, 2 mil. El ordenanza que menos cobra en la Asamblea recibe 700 dólares mensuales. Cada año, la Asamblea Legislativa entrega un bono navideño a todos sus empleados equivalente a su sueldo entero. Desde luego, eso incluye a los 84 diputados. Ese bono, que se entrega además del sueldo y del aguinaldo, cuesta al país 2.4 millones de dólares cada año.

Entre 2012 y 1014 la diputada Sandra Salgado debió asistir a un congreso que se llamaba “XXV encuentro feminista: género y otras desigualdades”. Otras desigualdades. El encuentro fue en Cádiz, España. En cinco días, la diputada se fundió 9 mil 297 dólares. Y ese fue solo uno de sus 20 viajes.

Entre sus 30 viajes, el expresidente de la Asamblea Legislativa, Sigfrido Reyes, tuvo que hacer una visita de cortesía a los diputados de Vietnam y para cumplir con su deber tuvo que recibir 12 mil 798 dólares.

Cualquiera de esos dos diputados gastó infinitamente más en sus viajes de lo que cualquier policía o soldado de base va a conseguir ahorrar en toda su vida de trabajo. Y ellos solo son dos diputados, que hicieron solo 50 viajes. Entre mayo de 2012 y diciembre de 2014, los diputados viajaron 642 veces, por un costo de 1 millón 310 dólares. En fin…

Resulta tal vez curioso que haya un grupo de empleados del Estado, que trabajan en labores de seguridad pública, que envidian, como un sueño imposible, las fabulosas condiciones y salarios con los que trabajan los policías: los soldados que trabajan en patrullajes junto con la Policía ganan entre 250 y 310 dólares al mes.

***

En un cuarto amplio hay un grupo de soldados. En su mayoría muchachos jóvenes con miradas hurañas, con ropa civil humildísima y más de uno aún con el rostro adolescente. Se han presentado de forma voluntaria para hablar conmigo, pero viéndolos ahora parece que hacen cola para ir al paredón de fusilamiento. “¡No, no, no, nada de grabar!”, salta uno de ellos cuando pongo la grabadora en la mesa. Vuelvo a guardarla, regañado, y el soldado ahora está a la ofensiva: “Si ni confiamos en los oficiales, no sabemos para qué se va a usar eso”. No es lo natural para un soldado dar sus opiniones, así, sin oficial mediante, y la cita toma algo de tiempo antes de que comience a arrojar frutos. Todos viven en cantones rurales, todos son padres, todos se sienten perseguidos, todos saben que llevar el uniforme es una afrenta a la verdadera autoridad de sus comunidades. Poco a poco van saliendo de sus trincheras para contarme cómo luce ser un miembro de las Fuerzas Armadas de El Salvador destacado en seguridad pública:

Uno es un chico delgado y con voz apenas audible. Se escapó por los pelos del que alguna vez fue su mejor amigo. Durante su infancia, este soldado tuvo un amigo que era como su hermano, pero la vida los fue llevando por caminos distintos: a él lo llevó a estudiar hasta noveno grado y luego a trabajar en una fábrica de cerámicas y luego al cuartel. Su amigo terminó siendo miembro del Barrio 18. “Insistía en que colaborara con ellos y como le dije que no, intentó matarme, pero solo un zapato me logró quitar”, dice. Se tuvo que mudar con su esposa y su primer hijo, todo lo lejos que consiguió costear.

Otro. Vivía en su cantón, junto con su esposa y sus hijos. Los pandilleros le dijeron a su esposa que se habían enterado de la profesión de él, pero que estaban dispuestos a hacer la vista gorda si les pagaba 3 mil dólares. Ni él ni su esposa han tenido nunca en la vida 3 mil dólares. Así que abandonaron ese terreno y fueron a construir una chocita en otro solar del mismo cantón. Ahí llegaron unos muchachos que él vio crecer desde niños a decirle “estás en deuda con la pandilla”. Y a él se le encienden los ojos con un brillo malo y se pone de pie y se toma los testículos y sube la voz: “¡No me hacen falta huevos! No me costaría aniquilarlos… pero es mi familia la que está en juego…” y se le va apagando la enjundia cuando me cuenta que hace más de un año y medio que vive en su cuartel; que llega por horas a su casa, una vez cada muchos días, con todo el sigilo del mundo, a ver a los chicos, o a dejarle dinero a su mujer, a comprobar que viven y luego se regresa a la base militar. Nunca duerme en casa y su familia tampoco tiene autorización para dormir en las barracas de su cuartel. “Nunca hay intimidad con tu pareja”, dice, ya más sosegado, y me pregunta si yo le podría decir al ministro de la Defensa que les ayude a conseguir visas temporales de trabajo en Estados Unidos.

Otro. Este muchacho trabajaba poniendo cielo falso en casas que tienen el detalle de tenerlos, hasta que la empresa cerró y no le quedó de otra que ir a tocarle las puertas al ejército: “Comencé a prestar mi servicio y empezaron mis problemas”, dice. Un día fue a la tortillería del cantón y ahí llegaron dos pandilleros en una moto. Ambos iban armados y le hicieron saber cuán a disgusto se sentían de tener a un “chacua” viviendo en “su” territorio. Tenía 4 años de vivir en la casa que construyó con sus propias manos, pero le tomó solo una noche empacar lo que pudo y largarse al siguiente día junto con su esposa y su hija de dos años. Se fue a otro cantón donde sus papás tenían una casita de bahareque que estaba medio abandonada; pero también se tuvo que ir a los meses porque los muchachos llegaron a buscarlo una noche, machetes en mano, sin atreverse a botar la puerta. No esperó a que se atrevieran y abandonó el campo para vivir con su madre en una comunidad de San Salvador, en una de esas casitas diminutas que con su llegada se encogió un poco más y que seguiría encogiéndose en los días siguientes. En la primera casa que abandonó quedaron viviendo su hermana y sus sobrinos: un bebé de brazos y una niña de tres años. Dos días antes de que yo conversara con él, los pandilleros llegaron a buscarlo y al no hallarlo, sacaron a su hermana y la pusieron de rodillas, la amenazaron con matarla a machetazos, dieron una patada a la niña de tres años e intentaron arrancarle de los brazos al bebé. Su hermana está bien, dice, “solo morada de la cara y con los raspones en las rodillas” y ahora vive con ellos junto con su bebé y una niña de tres años que aún no digiere el susto.

Otro. Este soldado luce mayor que sus compañeros y habla con una parsimonia campesina reservada para los asuntos más serios. A él también le exigieron un dinero que no podía pagar: unos inmensos, inabarcables 400 dólares. Un pandillero apuntó a la cara de su hijo con un fusil, para estimularlo a pagar. Tuvo que dejar su cantón e irse a otro, con su esposa, su hijo y su anciano suegro. Ahí su niño tuvo la mala fortuna de hacerse un adolescente y de entrar en el radar de la pandilla que lo invitó a salir. Cuando el muchacho se negó, intentaron sacarlo por la fuerza, pero fueron retados por el abuelo del muchacho, machete en mano. El anciano se enzarzó a filazo limpio con cinco pandilleros que terminaron dejándolo en el piso por creerlo muerto. Afortunadamente no murió. Y en esa segunda casa quedó abandonado todo, incluso unas vacas con nombre que eran un tesoro familiar. “Ahora ni salgo de mi casa, y uno tiene que actuar como que si uno fuera el delincuente”, se lamenta.

Otro: Los pandilleros se dieron cuenta que este soldado había participado en una operación en apoyo a la Policía y se tuvo que ir del cantón donde había vivido toda su vida con sus padres y su hermano gemelo. Pero los pandilleros pensaron que su mellizo y él eran uno solo y asesinaron a su hermano mientras iba en moto. “Me mataron a mi hermano por confundirlo conmigo”, me cuenta, indeciblemente triste, y consigue, a punta de disciplina militar, evitar que los ojos le traicionen.

***

José Misael Navas trabajaba de custodiar a la hija del presidente de la República, como miembro del batallón presidencial. Era subsargento del ejército salvadoreño y ganaba 414.50 preciosos dólares por ocupar ese puesto de guardaespaldas que es tan codiciado en la milicia.

Frente a la casa que custodiaba, tenía derecho a una silla de plástico sobre la acera, a una caja con vasos y platos colocada bajo el tronco de un árbol y poco más. Lo que merecía, por ejemplo, no incluía un chaleco antibalas.

El 15 de febrero le dispararon desde un vehículo y lo mataron. Los dos tiros que le quitaron la vida le perforaron el tórax y el abdomen.

El presidente Salvador Sánchez Cerén envió condolencias públicas a la familia por medio de Twitter y al sepelio del guardaespaldas de su hija no asistió ni él, ni su hija, ni ningún representante de la familia. El Estado Mayor Presidencial pagó los gastos fúnebres, un paquete de café, otro de azúcar y una bandera de El Salvador que la familia colocó sobre el ataúd.

***

Antesala del despacho del general David Munguía Payés, ministro de la Defensa Nacional.

—Ministro, cuando las pandillas atemorizan y agreden a sus soldados, ¿no es como tocarle la cara a las mismísimas Fuerzas Armadas, o a usted, o incluso al propio presidente de la República?
—Sí, claro que sí, pero sabemos que en esta misión son los riesgos que hay que tener. Sí, es humillante, pero no es nada comparado con nuestra determinación de llegar hasta las últimas consecuencias en el cumplimiento del deber.
—Las Fuerzas Armadas son el último recurso del Estado, el más fuerte… el más temible. ¿Qué le pasa a un país cuando unos pandilleros le amenazan al último recurso, el más fuerte, el más temible?
—Fijate que nuestra fuerza radica en el colectivo, como ejército. Individualmente somos débiles, como todo ser humano. Pero cuando tocan a alguien desplegamos un enorme operativo para que sientan que no pueden agredir a un soldado sin consecuencias.
—Imagino que no será un secreto para usted las condiciones aterradoras en las que vive su tropa.
—No lo es. Les enseñamos a administrar esa presión con el adiestramiento. Yo mismo la soporto. Todos los días soporto calumnias y no van a romper mi carácter ni mi profesionalismo con eso. No hay día de Dios que en redes sociales no me venga una injuria.

***

El comisionado Arriaza Chicas no tuvo tiempo de escapar de aquella turba de hombres encapuchados que terminó rodeándolo y ofreciéndole una sonora serenata de improperios: “¡A la mierda Arriaza Chicas!”; “¡Solo está en una puta oficina como una ama de casa!”; “¡Bola de corruptos!”… El comisionado es el subdirector de áreas especializadas y operativas de la PNC y eso lo convierte en uno de los seis policías más importantes en El Salvador.

El 27 de enero más de 500 policías furibundos marcharon hasta casa presidencial. Se suponía que la Unidad de Mantenimiento del Orden los detuviera con barricadas hechas de alambres con púas afiladas, pero en lugar de eso se apartaron y algunos de los guardianes incluso se hicieron selfies con los manifestantes. Todos llevaban el rostro cubierto con los mismos gorros que la Policía les ha entregado para que escondan sus caras de los pandilleros.

La marcha consiguió lo que ninguna otra había conseguido antes: sacudir los portones de la mismísima casa presidencial y gritarle vituperios al presidente de la República frente a su oficina, sin que nadie hiciera nada para impedirlo. Solo entonces llegó una delegación de oficiales de la Policía y mientras algunos se apartaron a negociar con los líderes de la manifestación, al comisionado Arriaza Chicas le encargaron hablar con la turba para intentar enfriarles los ánimos.

Los policías se desahogaron a costillas de Arriaza Chicas, quien intentaba hacerse oír, diciéndoles a sus subalternos que eran un solo equipo, que compartían intereses, pero los otros le replicaban invariablemente con una lluvia de insultos y de reclamos atropellados: “El presidente dijo que nos iban a dar un bono, ¿dónde está ese bono?” Y el comisionado comenzaba a contestar: “Se está evaluando….”, y de nuevo la lluvia: “Solo evaluando cosas pasan, ¡ya estamos hartos de que estén evaluando!” De nuevo la vocecilla: “Cálmense”, y de nuevo la tormenta: “¡¿Cómo nos vamos a calmar si nos están matando a la familia?!”

En 2015, 64 policías fueron asesinados y durante los primeros 64 días de 2016, 10 agentes fueron ejecutados junto a un número difícil de estimar de madres, hermanos, esposas… Para apagar el descontento, el presidente Salvador Sánchez Cerén prometió mejoras, más chalecos antibalas, más patrullas y un bono económico al que no le puso monto, ni fecha de entrega.

El líder de los manifestantes, Marvin Reyes, conocido como “Siniestro” entre los agentes policiales, advirtió unos días después de la marcha que no tolerarían que ese monto fuera “miserable”. Cuando se le pidió que definiera “miserable”, dijo que un bono de 150 dólares trimestral era inaceptable y lo calificó como una “basura” y una “ofensa” y dijo que en lugar de apagar el fuego lo encendería más, porque él suele comparar a los agentes policiales con un barril de dinamita, o con un incendio.

Un bono trimestral de 150 dólares, consideró Siniestro, podría llevar a los policías a considerar seriamente irse a un paro general de labores o irse de nuevo a las calles o dejar de producir arrestos. “¿Se imagina lo que pasaría en este país si la Policía se va al paro?”, pregunta Siniestro a cualquiera que esté dispuesto a responder esa pregunta. Dijo que los policías necesitaban vivir con dignidad y contó que él mismo había sido expulsado de su casa por pandilleros, pero que debía seguir pagando el préstamo que hizo para comprarla.

Su movimiento pide un aumento de 200 dólares mensuales más dos bonos anuales de 500 dólares cada uno.

Finalmente, luego de muchas evaluaciones financieras, el Ministerio de Hacienda y el director de la Policía aprobaron a finales de febrero un bono trimestral de 150 dólares.

***

—Marvin: he entendido que ser policía es vivir con mucho miedo. Eso es potencialmente un polvorín…
—Es un barril de TNT.
—Un policía armado y bajo ese estrés es también un polvorín.
—Vea los mensajes que me llegan: “Hay que darles”, “Eliminemos” (a los pandilleros)… Es una cuestión de erradicarlos a como dé lugar. Esa no es la solución, la solución no es exterminar, pero el policía se ve bajo ese estrés increíble.
—¿No hay sicólogos que atiendan agentes?

Hay un grupo, pero no hacen nada. Si uno llega ahí, lo atienden, pero no salen a buscarnos. Alguien que está bajo estrés no va a aceptar nunca que tiene un problema, y peor si es un sicólogo, porque dicen que no están locos. Hay un compañero que toma medicamentos para controlar la ansiedad y cuando no los toma se vuelve histérico, se vuelve violento y grita, le grita a los compañeros. Si este tipo no toma los medicamentos y anda en la calle…. ¿qué cree que va a pasar?

***

Una patrulla de policías y soldados ingresa en una comunidad de Zacamil, en el municipio bravío de Mejicanos. Antes de que los agentes se internen en los laberintos de aquel lugar, los pandilleros ya han desaparecido. El único muchacho que se les atraviesa en el camino es aquel chico de 19 años al que su madre ha enviado a hacer unas compras a la tienda. Los agentes le mandan alto y el chico se detiene. Le ordenan quitarse la camisa para revisar si lleva tatuajes pandilleros. Se la quita. No hay tatuajes de pandilla. Le preguntan si es pandillero. Responde que no. Le preguntan por sus compañeros pandilleros, y él chico repite que él no es pandillero. Entonces comienzan a golpearlo.

Cuando la madre del chico sale a buscarlo, un policía ha apoyado una mano de su hijo sobre un pequeño muro y se la pica con un lapicero. La madre intenta explicarles, les pide que no lo golpeen más. Entonces los agentes le mandan alto a la señora, le ordenan que vuelva a su casa. Ella no obedece. Entonces la apuntan con las armas y la insultan. La llaman “vieja puta”. Salen más vecinas y acuerpan a la madre. Intentan explicar que el muchacho no anda metido en nada. Pero los agentes se van poniendo nerviosos. Apuntan con las armas, insultan, amenazan con arrestarlas a todas, las culpan de proteger a pandilleros. Por último, deciden dejar al muchacho en paz y se van.

Tal vez aquellos agentes de la ley estaban aquel día un poco más hartos de ganar un salario de mierda; tal vez en la juventud de aquel muchacho vieron la sombra de todas las amenazas mortales que se van cerrando sobre ellos. Quizá han abandonado una casa que tanto les costó pagar, o la noche anterior durmieron refugiados en el suelo de una base policial que será su hogar. Puede que soportaran la angustia asfixiante de dejar a todo lo que aman a merced de muchachos como al que acaban de golpear. Puede que sean, como dijo Siniestro, un barril de dinamita.

Pero del otro lado de sus iras y de sus miedos, una madre vio cómo torturaban a su hijo y un hijo vio a su madre humillada. Aquellos incendios, que fueron esa tarde esos policías y esos soldados, acaban de perder para el Estado a un chico y a su madre, que ahora los imaginarán con temor. Y también acaban de hacer que aquellos pandilleros a los que nunca llegaron a ver, fueran, desde ese día, un poco más poderosos, un poco más ley, un poco más autoridad. Y cada vez va quedando todo un tanto más roto, y cada vez hay más mechas encendidas.

“Concentrate, Lorena”, se dice a sí misma. “Concentración”, repite una y otra vez. Pero es difícil. Es difícil, incluso, mantener la cordura. Tiene un bolígrafo en la mano y treinta preguntas de un multiple choice de Matemática y Física sobre el banco. Son las ocho y media de la mañana y está rindiendo el examen de ingreso a la carrera de Medicina, en la Universidad de La Plata, bien conocido y temido por su exigencia: mil trescientos alumnos se anotan cada año, pero no llega a aprobar ni siquiera la mitad.

Lorena tiene 19 años y ya a los 15 sabía que quería ser médica, cuando, fascinada, se quedaba hasta tarde viendo documentales con ambulancias en Discovery Channel. Lorena es de Río Colorado −una pequeña ciudad perdida en la provincia de Río Negro, donde nace la Patagonia− y prefirió estudiar en La Plata, aunque estaba más cerca de Bahía Blanca, que también tiene una universidad reconocida. Parecía una ironía, pero era más fácil entrar a Medicina en La Plata que en Bahía Blanca, donde primero había que aprobar un año de otra carrera afín, como Farmacia o Bioquímica. La primera decisión de Lorena había sido anotarse en Farmacia, en Bahía Blanca, porque su padre no podía mantenerla en la capital de la provincia. Pero al día siguiente de la inscripción, cuando el viejo se dio cuenta de que ella no estaba del todo conforme, las cosas cambiaron: “Mañana nos vamos para La Plata”, le dijo él. “Pero papá, me acabo de anotar en Farmacia”, le respondió ella. El padre insistió, y ella no pudo ocultar su alegría: marcharon a La Plata, alquilaron el primer departamento que vieron (en la calle 10, no muy lejos del centro) y Lorena se puso a estudiar.

Ahora, con las treinta preguntas de Matemática y Física delante de ella, se pregunta si todo esto tiene sentido. Lorena ya rindió este examen hace un año y falló. La nueva chance no está siendo más fácil. Pero aún tiene esperanzas de romper el maleficio: ha estudiado, ha repetido de memoria las fórmulas, ha empapelado su casa con cartulinas llenas de ecuaciones. Necesita cuarenta respuestas correctas para aprobar, de las sesenta que son en total: quince de Matemática y quince de Física un día, quince de Biología y quince de Química al día siguiente. Ella prefiere las de Matemática, donde nunca se equivoca. En Química sabe que si no calcula con precisión puede llegar a un resultado errado. En Biología suele tropezar ante el sentido ambivalente de las preguntas y las nomenclaturas similares de los aminoácidos y las proteínas. Y en Física siempre es difícil plantear bien el problema.

Pero todo es más difícil para Lorena si antes de entrar a rendir el examen cree que sus compañeros la están observando, y los ojos de ellos se sienten, invariables, en su nuca. Todo es más difícil, una vez más, si el día anterior al examen, el lunes, Lorena presencia el amanecer desde las ventanas de una fiscalía, declarando. Todo es más difícil, por último, si dos noches atrás, el domingo, Lorena se va a dormir pensando en las ecuaciones y se despierta a mitad de la noche, sobresaltada, descubriendo que alguien entró a la casa para violarla.

“Lorena, concentrate”, se repite, entonces.

Entre las ecuaciones de Matemática aparecen las imágenes de aquella noche, demasiado vívidas como para ser archivadas por ahora en la categoría de recuerdos: su madre gritando (“¡Lorena, Lorena!”), forcejeando con un pibe, los dos agarrados de los brazos como si bailaran un vals horrible en la puerta del balcón, hasta que él pierde el equilibrio y se va para afuera, pasándose del otro lado de la baranda, y perdiéndose en la noche, como un batman endemoniado. Lorena lo ve todo a cierta distancia, demasiado borroso desde su miopía. Está paralizada por el pánico, sentada en la cama, sin poder moverse: para comprender, necesita sus lentes de contacto y no los tiene puestos. Al principio cree que todo es parte del sueño en el que estaba, pero ante la crudeza de los gritos de su madre se da cuenta de que está despierta, viviendo una pesadilla demasiado real. Y es entonces cuando escucha los disparos. Son tres explosiones que parecen detonar adentro de su cabeza, o muy cerca, como los truenos de una tormenta a su alrededor. Se suceden una detrás de la otra: ¡bang! ¡bang! ¡bang! Un pensamiento feo cruza la mente de Lorena, tan feo que trae un dolor punzante: alguien acaba de matar a su mamá. Entonces sí: se para y prende la luz. Su mamá aparece con el resplandor blanco y la abraza. Está viva. Y la abraza, muy fuerte.

Juntas salen al balcón, por donde se fue el que recién estaba adentro. “¿Estás bien?”, le pregunta alguien más a Lorena. Es la voz de un hombre: “¿Estás bien?”, repite. Es su vecino, un muchacho que está en el balcón de al lado, separado por una mampara de vidrio opaco, y le habla sin verla. Lorena adivina un arma en su mano. “Sí”, le responde ella. No puede decir más. El vecino desaparece. “¡Lo mató, lo mató!”, grita su madre. “¿Pero a quién mató?”, pregunta Lorena, que no entiende qué está sucediendo. Su madre tiene una sola respuesta: la abraza de nuevo, con los ojos llorosos y la respiración agitada.

Pocas horas más tarde, una chica no mucho más grande que ella le ofrece un té con bastante azúcar. “Estás pálida”, le dice. “En unos minutitos vas a hablar con el fiscal en su despacho.” Lorena no puede dejar de pensar en el examen que tiene que rendir al día siguiente, mientras toma el té. Su madre está declarando. Lorena escucha de lejos el interrogatorio: el fiscal le pregunta una y otra vez si el que entró a su casa tenía un arma. “Era el violador”, le asegura a Lorena la chica que le alcanzó el té. El violador: ella sabe que se refiere al terror anónimo que azotó a la ciudad de La Plata durante los últimos días, alguien que esperaba la noche para trepar a los balcones y entrar a los departamentos donde dormían chicas solas. Las tomaba por sorpresa y les hacía pasar la peor experiencia imaginable: las violaba y les robaba. “Era un pibito, nomás, quién lo iba a decir…”, escucha Lorena, pero siente que está en otro lugar, muy lejos de ahí. Tal vez, en un lugar llamado realidad. Porque todavía no cree que esto que está viviendo sea real. Cuando Lorena quiere saber más sobre el violador, ya es demasiado tarde: el relato ha concluido. “No te va a hacer bien hablar de esto”, le dice la chica, y cambia de tema.

Al día siguiente, lunes 24 de marzo de 2008, la noticia es tapa: “Mataron a tiros al supuesto ‘hombre araña’”, titula el diario El Día, de La Plata. Una foto del edificio donde vive Lorena ilustra el artículo. Otros medios también la difunden. Y el martes, un día después, Lorena se evade de las ecuaciones de Matemática en el aula de la facultad de Medicina pensando que muchos de los que la rodean, futuros médicos algunos, futuros bochados otros, vieron su historia en los medios y saben que ella es la última chica a la que quiso someter el temido hombre araña violador. Una vez más: “Concentrate, Lorena”.

***

Tenía en vilo a toda la ciudad. Con 48 horas de diferencia había violado a una chica e intentado abusar de otra, que eligió saltar al vacío desde su balcón, en un segundo piso, para evitar el ataque sexual aun a costas de enfrentar la muerte. Pero tuvo suerte: quedó enganchada en los barandales y amortiguó su caída, salvando la vida. Aún así, fue internada en un hospital, para luego regresar a su pueblo natal en estado de shock. El violador las había sorprendido en sus departamentos, a solas, a las cinco de la madrugada. Cuando ellas se despertaron, él ya estaba adentro. Algún tiempo atrás había cometido otros ataques sexuales y algunos robos: entraba sin hacer ruido y atrapaba a sus víctimas cuando ya no podían defenderse. Las violaba con un cuchillo en la mano, haciéndoles sentir su olor penetrante, mezcla de sudor, mugre y poxiran. Las amenazaba con una mentira: les decía que afuera tenía un cómplice y que iba a ser peor si se resistían. Y después se iba, descolgándose por la misma ventana por la que había entrado, llevándose cámaras de fotos, celulares y billeteras, y hundiendo a las chicas en el fango de un drama largo y horrible. El hombre araña solía elegir estudiantes, pero uno de sus ataques, quizás el más espeluznante, había quebrado el patrón: se había animado a someter a una anciana de 78 años con una maldad sin límites.

El diario Hoy le había dedicado la tapa del suplemento Trama Urbana, que publicaba ocho páginas de noticias policiales y judiciales. “Un peligro”, era el título, y la ilustración mostraba a un hombre trepando una pared. Al lado, la portada se completaba con otros dos títulos llamativos: “Crimen de la cajera: ‘Era un pibe callado, no parecía chorro’” y “La familia ladrona dio otro golpe”. Se ve que no eran días de calma en la ciudad. Si acaso él vio la tapa que le dedicaban los muchachos de Trama Urbana, se habrá sentido orgulloso: quizá, tanto como un rockero que alcanza la primera plana de Rolling Stone o como un futbolista que aparece en la de Olé.

La policía no sabía demasiado sobre él. Ni siquiera conocía el número exacto de ataques que había cometido. Podían ser cuatro, pero en el peor de los casos se remontaban a ocho. Y eso sin contar los que podrían no haber sido denunciados. En el Gabinete de Delitos contra la Integridad Sexual de la Dirección Departamental de Investigaciones de La Plata, la teniente primero Laura Paiva estaba desesperada por darle algún sentido a la información que le llegaba con cada nueva denuncia. Estaba acostumbrada a investigar violaciones y abusos horribles, pero la histeria colectiva que se vivía en la ciudad le metía presión, y el área de acción del joven violador, en un radio de unas veinte cuadras en la zona céntrica de la ciudad, parecía una provocación. Con la ayuda de la comisaría del barrio, había montado una estrategia de carnadas para atraer al violador: las agentes se sacaban por un rato el uniforme y hacían el papel de mujeres solas que se dejaban ver por la calle y dormían con la ventana abierta. Para completar la escena se instalaron autos con cámaras que registraban todo lo que pasaba en los callejones oscuros. Pero nada daba resultado.

Los ataques del hombre araña violador habían comenzado el 2 de febrero de 2008. El 7 hubo otro. Y el 13, uno más. En marzo recibieron denuncias dos veces más: el 17 y el 18, cuando la chica se tiró del balcón. Había tres ataques más, que podrían no corresponder al mismo sospechoso, pero tampoco eran tan diferentes como para dejarlos aparte. En el Gabinete, la teniente Paiva trabajó con otras agentes durante febrero y marzo relacionando los hechos, las características físicas y las zonas de las denuncias. “Todas las víctimas mencionaban a un chico jovencito”, me dice ahora. La teniente Paiva no parece una teniente de la Policía Bonaerense: ha pasado los treinta años, pero no hace tanto; viste de civil, informal, y lleva aros artesanales. “Eso de que fuera un chico nos sorprendía: ¡que un pibito adolescente anduviera por la calle abusando de la gente! ¿Abuso sexual, tan chiquito? No lo podíamos creer.”

El modus operandi del hombre araña desconcertaba a los investigadores: alcanzaba a subir al primer piso y al segundo; y de alguna manera, había marcado su record trepando al tercero. Al principio, la teniente Paiva no entendía cómo hacía para atacar a las chicas en sus departamentos. “Con la sucesión de ataques empezamos a observar que siempre había algún escalón o alero para subir”, dice. “Y él, con esa edad y una contextura física más bien menuda, era una gacela.” Lo que nunca sabrá es si el hombre araña elegía primero a sus víctimas o al escenario de los hechos: para ella, no ha quedado claro cuál de las dos variables tenía prioridad.

A medida que se sumaban los ataques, las víctimas ayudaron a confeccionar algunos identikits del violador. Eran retratos que mostraban a un pibe de facciones mestizas, con la nariz achatada, los labios gruesos, las orejas grandes y la tez mate. Los retratos tienen una frialdad y una quietud que difícilmente me permitan imaginar el terror que causaba ese rostro. Algunos testigos lo habían descripto con un flequillo cruzado; otros, que lo conocieron más tarde, dijeron que llevaba el pelo corto debajo de una gorra. Pero fue un remisero de 20 años, que trabajaba en el sur de La Plata, el que le permitió a la teniente Paiva identificar al pequeño violador: el remisero le entregó un nombre para esos dictados de rostro.

“En todos los hechos, el violador se robaba objetos chiquitos, fáciles de descartar, de vender y de llevar: celulares, cámaras o dinero”, cuenta la teniente Paiva. La investigación comenzó a partir de esos elementos, siguiendo el rastro de las llamadas que se hacían de los celulares robados. Una llamada fue hecha pocos minutos después de un abuso. La línea de destino pertenecía al remisero. La teniente lo citó a declarar, aunque dudaba de él: sospechaba que podía ser un cómplice, o incluso el mismo atacante. Cuando vio que el muchacho se mostraba sincero, le explicó a quién estaba buscando. El chico colaboró. Y contó que el que lo había llamado era un pibe que viajaba con él de vez en cuando, y que le decía que estaba yendo al Parque de la Costa. La teniente Paiva se sorprendió: parecía que el violador había elegido pasar un día en un parque de diversiones para celebrar el éxito de sus ataques. El hombre araña le dijo al remisero que se había subido a otro remís, y que el chofer estaba perdido. Le pedía que le indicara, por teléfono, cómo llegar al Parque. “Es una cosa de chicos eso de robar un celular y usarlo para llamar a un conocido: no hay ninguna autopreservación”, considera la teniente, satisfecha frente a la clave que le permitió desenredar el ovillo.

El remisero le dijo que el chico se llamaba Brian y tenía 16 años, y que vivía en un barrio periférico del sur de la ciudad de La Plata. La teniente Paiva comprobó que los archivos policiales lo tenían fichado: unos días atrás, el miércoles 12 de marzo, había sido detenido mientras trepaba un edificio. Por orden de un juzgado de menores, el domingo siguiente había sido alojado en una Casa de Abrigo, un centro de minoridad de régimen abierto en el que convivían chicos con causas penales y asistenciales. Algunos de los viejos y tremebundos institutos de menores estaban siendo reemplazados en la provincia de Buenos Aires por centros como este, donde los chicos debían ser estimulados a reintegrarse a su hogar en un plazo máximo de un mes. La Casa de Abrigo tenía una canchita de fútbol y una escuela. Pero para Brian estar ahí era una pérdida de tiempo: a las pocas horas se fugó.

El remisero declaró que su cliente era un pibe solitario: no tenía novia, nunca viajaba acompañado, y solía parar en cíbers o en las plazas del centro de la ciudad. Como hacía viajes largos, el remisero le había dejado su número particular para ganarse su confianza, y Brian lo llamaba desde cabinas públicas o celulares cambiantes. Lo citaba en una esquina suburbana y le decía que manejara hasta el centro de la ciudad. Nunca era el mismo origen; nunca, el mismo destino. Brian era un chico de la calle, pero no un mendigo, observó el remisero. Decía que trabajaba de albañil, pero nunca estaba sucio. Y siempre tenía a mano los veinte pesos que costaba el viaje. Parecía que andaba en algo raro. Pero al remisero no le interesaba averiguar en qué. Y cuando la unidad de Paiva había conseguido agrupar todas las causas bajo un mismo patrón e identificar a Brian, él decidió subir al departamento de Lorena.

***

El clima, el tráfico, el barrio: esas charlas son siempre aburridas. Los vecinos se preguntan cosas sin importancia, más por compromiso que por interés. Lorena y su vecina del 1º C apenas se saludaban. La vecina se llamaba Natalia y había llegado a estudiar Comunicación Social a La Plata desde la ciudad costera de General Lavalle. Tenía 26 años y hacía dos que convivía con su novio. Ninguna de ellas sabía cómo se llamaba la otra, pero Lorena fue la primera que se animó a tocar el timbre para pedir uno de esos típicos favores de vecinos. Era viernes, y durante todo el día había diluviado. La lluvia traía granizo, y había caído con tanta fuerza que las piedras habían roto uno de los ventanales del departamento de Lorena −el que daba al patio interno del edificio−. Lorena entró a su casa y descubrió los CDs en el suelo y los apuntes desparramados, en un alboroto inusual, tanto como para pensar que alguien había entrado a robar, pero el agua en el piso era una señal clara de que todo se debía a la furia de la tormenta.

El ventanal estaba roto y Lorena se asustó: ella también había escuchado sobre el misterioso hombre araña. El último ataque, en el que la chica se había arrojado desde el balcón, fue en la calle 13, esquina 57; y Lorena, que vivía en el número 1571 de la calle 10, entre 64 y 65, sintió que estaba demasiado cerca. Lo suficiente como para tratar de arreglar cuanto antes ese vidrio roto.

Lo primero que hizo fue llamar a su mamá: ella iba a ir a La Plata el lunes para estar cerca de su hija el día del examen; pero como la voz de Lorena sonaba algo angustiada, le dijo que adelantaría el viaje y llegaría al día siguiente, el sábado. Después, sí, Lorena le tocó el timbre a Natalia, su vecina del 1ºC. Ella estaba en La Plata de casualidad: con su novio tenían planes de visitar a su familia en la costa, pero se amargaron cuando descubrieron que el auto no arrancaba. Lorena le contó a Natalia que tenía un vidrio roto y le pidió cinta adhesiva para taparlo con unos cartones. Mientras lo reparaban tuvieron una charla breve, la primera después de meses de hola y chau.

—¿Por qué no te vas a dormir a la casa de alguna amiga? Por ahí estás más tranquila −le sugirió Natalia.
—No, todo bien, yo me quedo acá −Lorena quería aparentar que se sentía segura en su departamento.
—Bueno, cualquier cosa yo me quedo acá al lado.

Antes de irse, Natalia se refirió al hombre araña: sus ataques eran tan comentados en las esquinas de la ciudad que ya era como hablar del clima, la típica conversación pasatista de los vecinos aburridos:

—Encima, está este loco que anda violando a las chicas acá cerca… −le dijo Natalia −. Yo también estoy un poco nerviosa, porque mi ventanal del balcón no traba y siempre estoy sola porque mi novio trabaja con horarios raros −se detuvo y luego, con la convicción de haber ideado algo importante, le propuso−: Si llegás a escuchar algo, gritá; y si yo escucho algo, grito. Y cualquiera de las dos sale a ver qué pasa.

Natalia se fue de la casa de su vecina preguntándose si ella sabría el motivo de los horarios raros de su novio. Lorena no se lo había preguntado. Quizá no le pareció importante. O tal vez ya sabía que él era policía. Nicolás, el novio de Natalia, también tenía 26 años. Todavía tenía cara de pibe, pero llevaba el pelo corto −como todos los oficiales− y eso le daba un aire serio. Era de San Clemente, una localidad cercana a General Lavalle, el pueblo en el que se había criado Natalia. Pero fue en un boliche de Santa Teresita, a mitad de camino, donde se habían conocido seis años antes. Él era un cadete de la escuela de Policía Ramón Falcón que en esos días llevaba con orgullo su primer uniforme, y parecía un chico sereno y maduro, diferente de los novios con los que ella había estado perdiendo el tiempo.

Natalia cursaba el tercer año de Comunicación en la Universidad Nacional de La Plata. Los dos tenían 21 años. Nicolás era lo que Natalia llamaba “un policía de alma”: desde chico supo que quería llevar la placa de la Policía Federal, como su abuelo. Y a diferencia de los jóvenes de General Lavalle que se metían en la fuerza porque no encontraban trabajo −y que a Natalia le daban un poco de vergüenza ajena−, y en un país donde “policía” es mala palabra para muchos pibes, Nicolás tenía una vocación marcada y no medía riesgos. Ella contaba sus anécdotas con orgullo, como esa vez que, paseando por el Obelisco, un tipo le arrebató la cámara a dos turistas yanquis y Nicolás, en su día libre, lo corrió unas cuadras hasta agarrarlo, reducirlo y entregárselo a un vigilante. El novio había hecho una carrera ejemplar, y ostentaba el rango de oficial subinspector, ejerciendo el puesto de Jefe de Guardia en una comisaría del barrio porteño de Palermo. Entraba a trabajar a las seis de la mañana y dormía en horarios extraños, pero todavía el sistema policial, esa compleja maquinaria de voluntades y hábitos que rige a la institución, no lo había contaminado. “Mi novio es un buen policía”, decía Natalia a quien quisiera escucharla en la universidad, pero sabía que en la facultad de Comunicación, la misma en la que había estudiado Miguel Bru −una de las víctimas más emblemáticas de la violencia policial, asesinado y desaparecido a los 23 años por policías de la Comisaría 9ª de La Plata−, “bueno” y “policía” sonaba a contradicción.

Nicolás también había escuchado sobre el hombre araña, pero no estaba tan preocupado como su novia y su vecina. Por eso se quedó dormido a las once de la noche, como siempre, pensando en despertarse a la tres de la mañana para tomar el micro y llegar a Buenos Aires a las seis. Y ni siquiera se despertó cuando su novia, sin poder contener sus nervios ante unos ruidos en el balcón, le susurró “Nico, hay ruidos, escuchá, escuchá”.

***

La primera ventana del 1571 de la calle 10, la de la planta baja, tenía barrotes horizontales. Eran siete, cilíndricos, tan relucientes que daba lástima poner un pie sobre ellos y ensuciarlos. Pero Brian los trepó sin perder el tiempo: eran una escalera perfecta. Era la una y media de la noche del lunes 24 de marzo de 2008. Su última semana había sido vertiginosa y atroz: el domingo 16 se había fugado de la Casa de Abrigo donde lo habían internado unos días atrás; el lunes 17 había entrado en el departamento de una estudiante de Ciencias Económicas de 25 años, la había sometido y se había marchado robándole cien pesos y un celular (desde el que había hecho la llamada a su remisero de confianza para que le diga como llegar al Parque de la Costa); y el martes 18 había atacado a una chica de 19 años que cursaba la carrera de Odontología, pero no la había podido violar: ella fue la que se tiró por el balcón. La sucesión de los hechos alarmaba a la gente, y este último caso le dio a Brian fama a nivel nacional. Sus días abominables no habían terminado: mientras trepaba por los barrotes, quién sabe, tal vez saboreara de antemano un nuevo ataque y se viera en las portadas de los diarios del día siguiente.

Adentro del departamento del 1º D, Lorena dormía un sueño químico: para descansar mejor y aplacar los nervios del examen tomaba una pastilla de Clonazepam por día, repartida en un cuarto a la mañana, otro al mediodía y la mitad a la noche. Su madre, Norma, había llegado el sábado, adelantando su viaje por el granizo. Si no hubiera sido por la lluvia, Norma no habría cambiado su pasaje original, y mientras Brian trepara los peldaños ella estaría en la ruta, viajando desde Río Colorado. Pero ahí estaba, dando vueltas en la cama sin poder dormirse. Hasta hacía un rato, había estado leyendo Inés del alma mía, la novela de Isabel Allende, acostada en la cucheta de su otro hijo, que vivía con Lorena y que esa noche estaba visitando a su novia en Bahía Blanca.

Norma, la madre de Lorena, tenía insomnio: su mente se perdía en cavilaciones que iban de aquí para allá, como las hojas de los árboles que se entreveían a través de la cortina, movidas por la brisa. La imagen hubiera sido una linda postal para quedarse dormida muy despacio. Pero algo quebró la calma de la noche. Primero, una sombra fugaz. Norma se sobresaltó y dio un brinco que la dejó sentada en la cama. Ella también había leído las noticias sobre el hombre araña. Pero no podía ser él, pensó. Volvía a acostarse cuando la sombra se acercó lentamente a la puerta ventana del balcón. Era una figura pequeña e indudablemente humana. Pronto fue tan nítida como real el miedo de Norma. Sintió que estaba viviendo todas las películas de terror juntas, y de nuevo, algo la impulsó: se paró y se lanzó hacia la ventana, al encuentro de la sombra. Corrió la cortina y descubrió que la ventana ya estaba abierta; y que Brian estaba ahí, frente a ella, mirándola fijo con sus ojos inyectados en sangre y una media sonrisa encajada en sus facciones lampiñas de muchachito.

En momentos así, la gente se transforma y se desconoce. Norma era una mujer de casi cuarenta años, y su trabajo en la cocina y en el lavadero del hospital de Río Colorado le había dejado una tendinitis en las manos, que se le dormían o se le hinchaban cada vez más seguido. La mujer medía unos centímetros más que Brian, que era petiso, pero más fuerte que ella. Y sin embargo fue Norma la que, incluso dolida por la tendinitis, le saltó encima y lo agarró de los hombros y del cuello de la campera de jean. Quedó cara a cara con él, tan cerca como para descubrir su acné de adolescente y desafiar esa mirada extraviada, por momentos furiosa, a la que se habían reducido sus ojos rojos.

Norma se dio cuenta, en el contraataque, que Brian no estaba ahí por ella, sino por Lorena, y decidió luchar hasta el final para defender a su hija: se inclinó sobre Brian y lo empujó para atrás. Fue en ese momento cuando vio que él se reía. Su media sonrisa ahora era completa y burlona, y desnudaba sus dientes grandes y cuadrados, sin borrarse ni siquiera ante las peores embestidas de Norma, que comenzó a gritar por su hija (“¡Lorena, Lorena!”) y a insultarlo hasta hacerle perder el equilibrio. Brian logró escapar, descolgándose del balcón con agilidad por los mismos barrotes por los que había subido, y todavía se reía: le resultaba ciertamente divertido ver a una señora tan alterada.

Los gritos de Norma habían despertado a su hija y a sus vecinos. Nicolás había salido al balcón, frenético, con el arma en la mano y una orden en la boca: “¡Alto, policía! ¡Alto!”. Adentro, Lorena acababa de despertarse del sueño pesado del Clonazepam y lloraba asustada, desde la cama. Su madre corrió para abrazarla y todavía no había llegado hasta ella cuando los tres disparos cortaron la brisa de la noche.

***

Nicolás mató a Brian. Fue con un tiro certero en la cabeza. Y fue casi de casualidad: Brian ya había descendido los siete metros que separaban el balcón de la calle cuando desenfundó un revólver Iver Johnson. Era un .38 corto niquelado, y era tan viejo y tan plateado que parecía uno de los que usaban los cowboys. Nicolás también había salido al balcón con un arma, la pistola Bersa Thunder 9 milímetros reglamentaria, y gatilló al ver el resplandor del revólver con el que Brian le apuntaba mientras huía, sin detenerse ante la voz de alto. Tiró sin ver, al tiempo que se escondía detrás de la baranda del balcón, convencido de que Brian iba a hacer fuego antes. La oscuridad de la calle no le permitía advertir dónde estaba el violador: Nicolás hizo tres disparos frenéticos e intuitivos. Dos balas se perdieron en la noche. Y la tercera entró por la nuca de Brian. Como si no pudiera escapar a su destino de morir esa madrugada de lunes.

Lorena y su mamá aparecieron en su balcón, y se encontraron con una certeza escalofriante en boca de Nicolás: “Creo que lo maté”, repetía. Abajo había quedado Brian, desparramado en el pavimento. “¡Es el pibe, es el pibe que anda violando a las chicas!”, gritaba Norma. Nicolás entró a su habitación. Hasta hacía un minuto, estaba durmiendo con Natalia al lado. Pero ahora estaba en problemas. Y ella lo miraba desde la cama, con sus enormes ojos negros desorbitados. “Llamá al 911”, le dijo él. “No, no, mejor dame a mí, que llamo yo”. Natalia marcó y le pasó el celular. Él habló sin demasiado detalle: “Pueden venir, por favor, que acá hay una persona herida”. Después se vistió y bajó a la calle. Natalia, en cambio, fue a ver a Lorena, que todavía lloraba. Y unos minutos después bajó con ella.

Los policías llegaron en tres patrulleros y cercaron la zona donde estaba el cuerpo. Brian los esperaba, muerto, boca arriba, con un orificio de salida de bala en la frente y algo de sangre alrededor de su cuerpo. Unos metros más allá estaba el revólver. Lo revisaron: estaba descargado. Nicolás contó lo que había pasado y quedó detenido. Encontraron su Bersa Thunder 9 milímetros sobre la cama, donde él la había dejado, con trece balas en el cargador y una en la recámara.

***

Un periodista de Canal 9 informaba desde la vereda de la calle 10, donde había ocurrido todo: “Se trataría de un chico de 16 años…”. En otro canal, el cronista de policiales Mauro Szeta también daba la noticia, con su acostumbrado tono sombrío: “Un joven oficial de la Policía Federal escuchó los gritos de sus vecinas y salió al balcón a ver qué pasaba”. Zapping: los vecinos aparecían en cámara y opinaban, pidiendo mano dura y muerte a los violadores.

Algún tiempo después, comencé mi propia investigación. Hablé con policías, abogados y periodistas. Y me di cuenta de que iba a ser difícil rastrear los pasos de Brian: era un chico que no había tenido domicilio fijo y que no había ido a la escuela. Sus pasos no habían dejado huellas. Pero yo quería encontrar una respuesta a la pregunta que quedaba detrás de la ola de ataques: ¿quién era este pibe al que toda la ciudad despreciaba, celebrando su muerte?

En los últimos años Brian se había transformado en una sombra, abandonando su casa, un hogar muy pobre, y perdiéndose entre las siluetas anónimas de la calle. Siendo todavía un bebé, había migrado desde el norte del país con su familia, que consiguió un terreno para levantar su casa al sur de La Plata. El barrio era una zona de chacras y casonas en el siglo XIX, pero cuando la familia de Brian llegó las cosas habían cambiado: el tono general era de decadencia, óxido y soledad.

El padre de Brian era operario de una fábrica y murió antes de que su hijo aprendiera a decir “papá”. La madre, Abigail, tuvo que salir a trabajar en los invernáculos de la zona cosechando tomates. Era una mujer excedida por los cinco hijos que había tenido con un par de hombres y por su pobreza. Pasaría mucho tiempo hasta que volviera a formar pareja, y su familia encontrara algún tipo de orden. Entretanto, Brian tuvo una infancia más o menos contenida, pero nunca serena. Era el menor de los hermanos, y era tan esquivo que ni siquiera jugaba a la pelota con sus amigos. Pero era travieso. Y abandonó la escuela pronto, lejos de la mirada de su madre, que trabajaba todo el día. Brian había aprendido a leer, pero casi no sabía escribir. Cuando se enteró, Abigail lo volvió a anotar, pero esta vez en la escuela complementaria de una iglesia evangelista que congregaba a los vecinos más humildes del barrio. Un año más tarde, su hijo volvió a abandonar, y ni la copa de leche ni la ropa que le conseguían pudieron retenerlo.

Para ese entonces ya era un nene de carácter fuerte, embravecido, que reaccionaba mal, especialmente ante los gritos de Abigail. Ella difícilmente podía criar cinco hijos: volvía a su casa muy cansada después de varias horas de juntar tomates para ganar algo dinero y darles de comer. Caminaba las largas hileras sembradas del invernáculo, de ida y vuelta, juntando los frutos con un canasto en la mano. Cada canasto se descargaba para llenar una jaula, que, completa, se valuaba en tres pesos. Si el día era provechoso, Abigail podía llenar cuarenta jaulas de tomates. Pero no podía estar en su casa y enseñarles buenos modales a sus hijos: ella había elegido, al menos, que tuvieran la panza llena.

Una tarde, en un inusual día de recreo, Abigail retó a Brian y le tiró de la oreja, harta de que se cruzara por delante del televisor. Él salió de la casa llorando. Tenía bronca. Odiaba a su madre, al televisor y al mundo. Entonces recogió algunas piedras embarradas y comenzó a arrojarlas a las ventanas, sin puntería. Adentro, mientras las hermanitas de Brian la miraban asustadas, Abigail seguía viendo televisión: su cabeza estallaba, su estómago hacía ruido, y las piedras repiqueteaban contra las paredes de madera. Abigail pretendió ignorarlas. Pretendió sentirse un poco más tranquila. Pretendió estar frente a un problema menor. Cuando se le acabaron las piedras y las lágrimas, Brian se fue caminando hacia cualquier lado, alejándose de la casa. Sabía que iba a terminar errando como un sonámbulo por la ciudad, y que a la noche alguien le iba a indicar cómo volver, pero no le daba miedo perderse. No era la primera vez que lo iba a hacer. A los 9 años, la posibilidad de tener una vida normal comenzaba a marchitarse.

***

¿Existía la chance de que Brian no fuera un monstruo? En la ciudad de La Plata su nombre estaba condenado a ser sinónimo de horror, pero había una sola manera de responder a ese interrogante, y era entrar a su morada. Yo sabía que era una tarea compleja y que podía encontrarme con gente molesta, capaz de echarme con insultos y amenazas. Pero había que probar: mi investigación se construía en base a intentos.

Tenía un solo dato, que había podido rescatar luego de una charla con un policía que tuvo la gentileza de revisar su archivo. Me había pasado un cruce de calles. “Una casa amarilla”, me había dicho. En realidad, el color amarillo se correspondía con la madera roída y la pintura desgastada por el sol y la humedad. Un toldo hacía las veces de puerta y un perro flaco y costilludo daba la bienvenida. Brian había pasado su infancia en esta casa, pero ya no estaba aquí. “En La Plata solamente se quedó Blanca, su hermana”, me dicen desde la puerta. Blanca no está muy lejos: se mudó a lo de su suegra, a un par de cuadras. Vive en una calle de tierra, frente a un baldío surcado por unas vías abandonadas. La casa tiene una galería de plantas y enredaderas que conduce hasta la puerta, y una ventana que hace de kiosco.

Clap-clap: golpe de palmas. Sale un hombre de pocas palabras y le explico por qué estoy ahí. “Voy a llamar a Blanca”, dice y desaparece. Pasan unos segundos. El tipo vuelve con un vaso de gaseosa: “Ya viene”. La bebida tiene color naranja y sabor indefinido. Pero en pocos lugares me han recibido con esta hospitalidad, con algo para tomar, sin suspicacias.

Blanca, la hermana de Brian, llega desde el fondo de la casa. Tiene 21 años y antes de que se presente ya se la adivina tímida. Sus ojos brillan con una luz particular: hay simpleza, candidez y algo de ingenuidad en esa mirada. Brian había mostrado furia y extravío en su última noche, algo muy diferente de lo que proponía ahora su hermana. Blanca trae en brazos a su bebé de dos meses. Desde adentro de la casa la observan sus otros hijos, de dos y tres años: los sobrinos de Brian.

Ningún periodista vino a tocar la puerta luego de la muerte de Brian: nadie quiso sacarle la careta al hombre araña. Acaso a la opinión pública le alcanzaba con el tiro en la nuca y el fin de los ataques. Blanca acepta charlar conmigo como si me hubiera estado esperando desde aquel fatídico 24 de marzo en que su hermano fue muerto. Es curioso: yo estaba listo para enfrentarme a una situación tensa, e incluso había anotado una lista de buenos argumentos para insistir y ganar unos minutos de charla, pero no fue necesario nada de eso. Blanca, en cambio, me invita a tomar asiento en unos troncos desparramados a la sombra.

“Brian me contaba a mí sus cosas”, arranca, con un vaso de esa gaseosa indefinida en su mano, y su bebé en el pecho. Los recuerdos pasan con palabras escuetas y anécdotas breves. Dice que fue a los once años cuando Brian comenzó a meterse en problemas, cada vez más alejado de su hogar. “Le gustaba callejear”, cuenta. Su hermano salía a la mañana y volvía después de la medianoche, solo o acompañado por la policía. A veces pasaba la noche fuera de casa. Su madre lo retaba, le preguntaba por dónde andaba, le pedía que no se perdiera más. Pero a Brian no le importaba el castigo: a la mañana siguiente volvía a salir.

Pronto cayó preso por primera vez. Otra de sus hermanas, Belén ­−un año menor que Blanca−, se acostumbraría a ir a buscarlo a la comisaría. Brian ya había aprendido a arrebatar billeteras, carteras y celulares como si fueran golosinas: se lo habían enseñado sus amigos de la calle, pibes tan desamparados como él, o aún más, que dormían en las plazas del centro de La Plata y vivían en un mundo violento y sin adultos. A veces, cuando pasaba la noche fuera de casa, Brian se sumaba a las ranchadas y dormía con ellos, que se abrigaban con cartones y compartían los botines y las limosnas. Para Abigail, enterarse de eso fue suficiente: ella misma decidió internar a su hijo en un hogar asistencial de menores.

Todavía hoy, Blanca no entiende por qué Brian se rebelaba y elegía esa vida. Ella vive con la familia del padre de sus hijos, que trabaja en los invernáculos, como muchos de sus vecinos. Blanca y su pareja se conocieron en la iglesia evangelista −la misma a la que fue su hermano− y no han perdido su fe. Ella terminó la escuela primaria, pero nunca inició la secundaria porque tuvo que meterse a trabajar juntando tomates con su madre. El trabajo en el invernáculo era duro y Blanca, que ahora se dedica a criar a sus tres hijos, aún lo recuerda con desagrado. Pero sabe que, por algún motivo, su suerte fue mejor que la de Brian.

***

El Che Guevara custodiaba el futuro de los niños. Lo hacía desde un mural colorido, en el patio del hogar asistencial en el que Brian pasaría algún tiempo. Había llegado hasta ahí derivado por una causa asistencial: llevaba un año en la calle pidiendo monedas para comer e ir a jugar a los videojuegos y hacía tiempo que no pisaba la escuela. Abigail no podía dejar su rutina sacrificada en el invernáculo y sólo los hermanos mayores cuidaban de Brian. Algún tiempo atrás, un juzgado de menores había tomado parte en el asunto. La madre, como derrotada, había planteado la posibilidad de la internación de sus hijos más pequeños.

“Brian era uno más, no tenía ninguna particularidad”, me cuenta Susana, la directora del hogar, que trata de recordar algún signo que pudiera haberle llamado la atención, pero no lo consigue. Me sorprendo y quiero recomendarle alguna pastilla para la memoria. Pero más tarde descubriré que la directora no es la única persona que habla de un Brian opaco. Como él, muchos de los chicos que buscan refugio en el hogar sufren la ausencia del padre. “La madre hace todo lo posible por ocupar un rol que no puede ejercer”, considera Susana. “Pero lo que necesita el pibe es el límite del padre. Y como no encuentra a nadie que tenga el derecho a ponérselo, hace lo que quiere. Muchos de los fracasos que tenemos tienen que ver con eso: es difícil rescatar a los pibes criados por mamás solas a las que no les dan bolilla.”

Brian tuvo dos etapas en este hogar, que trabaja con objetivos a largo plazo, a diferencia de la Casa de Abrigo adonde estuvo unos días antes de su muerte. La primera fue cuando el juzgado lo derivó al hogar convivencial; y más adelante llegó la segunda, algunos meses antes del desenlace, cuando fue enviado al centro de día. En el primer período, Brian convivió con otros niños, al sumarse a una unidad familiar de ocho, encabezada por una madre sustituta −que tampoco recuerda especialmente al pequeño hombre araña−. La rutina en ese hogar convivencial era de escuela y granja. Pero Brian estaba cerca de su casa, y dos meses después decidió irse. Más adelante, el centro de día le ofreció por un tiempo más tareas escolares complementarias, con talleres de música, teatro, artesanías y oficios. Desde el mural, el Che Guevara no sólo amparaba el porvenir de los niños, sino también los sueños de los fundadores del hogar: en la década del 1970, a los 17 años −casi la misma edad que tenía Brian cuando murió−, Susana había comenzado a restarle tiempo a sus estudios de Derecho para hacer trabajo social y apoyo escolar en los barrios pobres; y en los años ochenta inició el hogar junto a otros militantes.

“Cuando nos enteramos de lo que pasó con Brian, nos extrañó”, sigue ahora la directora. “Todo el tiempo trabajamos con chicos amenazados por el camino de los robos o la droga, pero no por el de las violaciones, eso jamás lo hubiéramos imaginado.” Susana sabe que, a veces, la exclusión gana la pulseada y no hay fuerza suficiente para oponerse: algunos de los chicos que pasaron por el hogar terminaron rindiéndose ante la adversidad a la que parecían estar condenados. “Cuando pasa algo así nos desanimamos bastante. Pero muchas veces que un pibe termine bien o mal tiene que ver con su propia decisión.” Susana se amarga: “Brian pasó por acá dos veces. Lo importante era estar el tiempo suficiente, pero lamentablemente no se quedó”.

***

Cuando Abigail, harta de la vida en La Plata, decidió abandonar la ciudad y volver al norte del país, Brian, que tenía 15 años, comenzó a vivir su propia crónica de niño solo. “Lo que pasa es que, viste cómo es el destino: cada cual tiene el suyo. Yo pienso que él terminó de esa manera por el abandono. Una mamá no puede irse así”, considera Regina, la suegra de Blanca. Ella conoció a Brian siendo un niño, y asegura que el exilio de Abigail empeoró las cosas y disgregó el hogar: los hermanos mayores, que vivían en La Plata, comenzaron a pasar más tiempo con sus parejas y Brian se quedó solo.

La calle parecía ser su única alternativa. Y los arrebatos, su modo de vida. A veces volvía a la casa de madera roída, donde lo esperaban Blanca y sus sobrinos. Brian les compraba galletitas y se quedaba mirando televisión y charlando. Le gustaban los dibujitos: hacía zapping entre Dragon Ball Z, Pokemon y Los Simpson. Le decía a Blanca que le preocupaba cómo estaban, pero al rato se iba, y no importaba si ella quería retenerlo. En una de esas visitas, Brian vio por televisión un comercial del Parque de la Costa y le preguntó a su hermana si quería acompañarlo, pero ella le dijo que no. Algún tiempo después se daría el gusto, yendo luego de uno de sus últimos abusos, y una llamada por celular a su remisero para pedirle las coordenadas del Parque sería la pista que la teniente Paiva tomaría para desenredar el ovillo e identificarlo. Y aunque faltaba mucho para que eso ocurriera, Blanca no necesitaba preguntarle nada para darse cuenta de que su vida estaba descontrolada: “Cuidate, no hagas desastres”, le decía ante su aspecto maltrecho. Brian le juraba que le iba a hacer caso, pero andaba más en Plaza Moreno y en el cíber que en su casa.

A los 15 años, su independencia era total. Brian vivía su día a día sin saber a dónde iba a terminar cuando cayera el sol. Su hermana cuenta del día en que él se subió al tren y se fue a Mar del Plata. Era verano y quería conocer la playa. Blanca, que había ido de excursión con el colegio, le había contado lo lindas que eran la arena y las olas. Brian lo comprobó en su propia piel: pisó los caracoles, se entremezcló con la multitud de la playa Bristol y se dejó llevar por el mar. Y desde ahí llamó a su hermana para contárselo. “Viajaba mucho”, dice ella. “A veces se iba para Buenos Aires, en tren hasta Constitución, porque le gustaba, decía que era re lindo y que había muchas cosas para ver.” Mientras lo cuenta, Blanca lo imagina, encantada: ella, que sólo vive a sesenta kilómetros de la capital del país, no la conoce.

Pero su tono cambia cuando confiesa que la vida de Brian se oscureció con drogas, armas, dinero sucio y peleas: poco a poco, descubrió que su hermano ya no era el mismo que antes. Sus travesuras habían desembocado en algo serio y él, que no se daba cuenta de los riesgos, se enorgullecía. “Mirá lo que tengo acá”, le dijo una vez, levantándose la remera y mostrándole un revólver en la cintura. Blanca se alarmó, pero él le dijo que no pasaba nada, que el revólver estaba descargado. “Tené cuidado con eso”, le pidió ella. Y es difícil dejar de pensar que Brian encontró su final con un revólver descargado en las manos, acaso el mismo.

Blanca ocupaba un lugar que la superaba: tenía que mantener a raya a su hermano, pero el tiempo que lo veía era tan breve que apenas podía decirle que se cuidara y abrazarlo. Brian sabía que ella nunca había abandonado la fe: era una creyente persistente y convencida. Y, como no admitía el robo, él nunca le mostró sus botines. Como sea, quería ayudarla. Y la única manera que tenía era compartiendo algo de su dinero sucio. En una de esas visitas a la casa, sacó de sus dos bolsillos unos cuantos billetes doblados. Más de mil pesos. Blanca nunca había visto tanta plata junta. Se miraron en silencio. Blanca estaba incómoda: “No quiero nada de eso”, le dijo, contundente. Al lado estaba Belén, la hermana menor de Blanca, la misma que solía ir a buscar a Brian a las comisarías. “¿Vos querés plata? Yo te presto”, la tentó Brian. Ella sí aceptó, pero él se la entregó a solas, en un rincón. No se animaba a hacerlo delante de Blanca.

Sin embargo, no todo era dinero fácil e independencia en la vida de Brian. Más de una vez apareció golpeado, lleno de moretones. “Él no sabía pegar ni defenderse. Buscaba roña pero después no se la aguantaba”, cuenta Blanca. Ella le preguntaba qué le había pasado, quiénes le habían dado la paliza. Pero él negaba todo y decía que se había caído. “Ojo con lo que hacés”, le recriminaba ella de nuevo. “Siempre te estoy diciendo que te portes bien y no hagas cosas de las que después te tengas que arrepentir.”

Brian dejó de escucharla el día que apareció con la nariz quemada, negra, de tanto aspirar pegamento. No podía ocultar que andaba “de bolsita”: sus compañeros de la ranchada lo habían iniciado hacía un tiempo y él ya no podía dejar el poxiran. Cuando quería mostrarse un poco más “careta” se ponía una curita en la nariz para tapar la zona morada. Hasta que Blanca descubrió que tenía una de esas bolsitas apestosas en el bolsillo y ató cabos: “¿Qué andarás haciendo vos?”, lo reprendió por vez número mil. Él hizo silencio. Se lo notaba angustiado. La visitó dos veces más, y luego pasó un tiempo sin aparecer. No tuvieron despedida: Blanca se enteró de su muerte con la noticia del último y fatal ataque del hombre araña, descubriendo recién entonces que se trataba de su hermano.

La historia de la familia era ya demasiado dura. Pero le esperaba algo peor: quince días antes de que Brian trepara al departamento de Lorena y encontrara su final, falleció la mayor de los cinco hermanos. Estaba embarazada una vez más y ya no podía alimentar tantas bocas. Había tenido su primera hija a los 15 años y sentía que no iba a poder luchar para seguir criando hijos. Decidió hacerse un aborto ella misma, pero la herida se le infectó, y poco tiempo después la llevó a la muerte. Tenía 30 años. El padre de sus hijos había fallecido algún tiempo atrás, cuando un colectivo lo arrolló. Más que nunca, Blanca tuvo que tomar las riendas de la familia. Por eso creyó que rescatar a Brian era un compromiso personal y familiar. Pero pronto se dio cuenta de que no iba a poder vencer la voluntad de su hermano, que le decía, con aire fanfarrón, “Yo hago lo que quiero y me llevan preso, pero me sueltan. Así que lo voy a volver a hacer”. Una sola vez Brian se quedó sin respuesta y bajó la mirada: fue cuando Blanca le preguntó si había pensado que le podía pasar algo grave.

***

Un cartel sobre el monitor de la computadora advierte: “AVISO SOBRE JUEGOS CON CARACTER VIOLENTO. La utilizacion del presente, por sus contenidos violentos, puede alterar la formacion y educacion del usuario (Ley 12.855, Art. 2)”. Al leerlo me asombro y me pregunto si Brian lo habrá visto alguna vez. Estoy sentado en la máquina número 15 del cíber al que iba Brian. Desde aquí, sólo hay que caminar tres cuadras para llegar a la casa de Lorena, escenario de su último ataque. Es posible que Brian haya estado frente a la máquina número 15 antes de trepar por esos barrotes. El cíber está en una casona reciclada, con la pintura de un dragón en la fachada. ¿Brian se habrá sentado alguna vez en esta misma computadora? ¿Habrá leído el aviso? ¿Le habrá dado risa? Al lado mío se mezclan pibes cantina y nenes del barrio. Ya es hora de reemplazar la máquina número 15: el teclado tiene cuatro quemaduras de cigarrillo y las teclas tipean con un clac-clac desvencijado. Con interés tanteo la carpeta de juegos: está repleta y no falta el Counter Strike, el popular juego en red en el que hay que matar o morir con un rifle en las manos, en primera persona.

El encargado del local es un muchacho con la cara llena de granos, y dice que no conoció a Brian. Explica que en marzo el empleado a cargo era un chico paraguayo, pero que se volvió a su país. Y agrega que las cosas cambiaron en este cíber: “El dueño es un chino que se hartó de un grupo de pibes medio vagabundos que se quedaban a dormir acá, y los echó a todos”. Pienso: seguro que Brian estaba entre ellos.

En la plaza Moreno, en el centro de la ciudad, charlo con un grupo de chicos que limpian los parabrisas de los autos que frenan con el semáforo rojo. Ellos conocen a Brian, y mencionan sus fechorías con cierto cholulismo: él es el único que ganó cierta fama, aunque para alcanzarla haya tenido que entregar su vida y arruinar la de los demás. Pero ninguno de estos chicos habló en persona con él ni sabe dónde están sus compañeros de ranchada. Dicen que, después de la muerte de Brian, aquellos se diseminaron por el conurbano bonaerense, para cambiar de aire y exorcizar la mala suerte de su colega.

***

Para el fiscal Marcelo Romero, la del 24 de marzo fue una semana complicada. A pesar de ser el titular de la Fiscalía Número 6, se encontraba en la Número 7, apoyando al fiscal titular, que era joven y nuevo en la tarea. En esos días agitados, un dirigente sindical llevó a su tropa a ocupar una destilería y, ante la detención que se le iba a imponer, redobló la apuesta con la amenaza de volarla. Por si fuera poco, en esos días la Fiscalía Número 7 recibió las denuncias de los tres últimos ataques del hombre araña, incluido el de su hora final, que llegaba con carátula de homicidio.

Los dos fiscales se dirigieron al lugar del hecho y encontraron el cerco policial alrededor del cuerpo de Brian, a quien, en la morgue, tres de sus víctimas identificarían como el hombre araña. “Al autor del disparo se lo aprehendió preventivamente y se le imputó el delito de homicidio, que es lo que corresponde en estos casos”, explica ahora Romero. Es un fiscal formal y preciso, que habla por delante de una bandera de la provincia de Buenos Aires que engalana su despacho. “Nunca habíamos sufrido tantos ataques por Internet.

Los lectores opinaban de a miles y siempre en contra”, dice Romero. La reacción popular que se veía en los medios con la detención del joven policía lo había tomado por sorpresa.
“El disparo mortal ingresó por la nuca, mientras la persona aparentemente escapaba”, continúa Romero. Y agrega: “Los peritos consideraron que era posible, pero para la fiscalía no estaba tan claro, porque podía tratarse de un exceso en la legítima defensa. Es decir, no fue que dos fiscales se ensañaron con un policía, sino que de verdad teníamos dudas”. Pero la gente que opinaba en los sitios web los diarios no se manejaba con la misma frialdad que la Justicia: “En algunos comentarios incluso pedían la pena de muerte para nosotros”, se sorprende aún el fiscal.

El lunes 24 de marzo −el mismo día en que ocurrió el último ataque− los investigadores decidieron hacer la reconstrucción del hecho. Fue poco antes de la medianoche: peritos, policías y fiscales invadieron el edificio de la puerta 1571 y sacaron sus propias conclusiones, trabajando hasta la madrugada. Con esos informes, la Fiscalía Número 7 solicitó la elevación a juicio para Nicolás, pero el juez de garantías −que es quien pone límites a las acusaciones de los fiscales mientras dura una investigación− entendió que Nicolás no había cometido un exceso en la legítima defensa. Es decir, que no había sido un caso de gatillo fácil. Que a los 26 años, él había logrado esquivar la mala fama de la Fuerza: no era un maldito policía.

La fiscalía no apeló la medida y archivó el expediente, y Nicolás fue sobreseído.

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Lorena falló en el examen. Obtuvo 35 puntos sobre 60, pero necesitaba 40 para aprobar. Las últimas horas habían tenido de todo, menos la paz que necesita un estudiante para llegar a un examen. Sin embargo, no quería dejar escapar su ilusión tan fácil, y una semana más tarde probó suerte en el recuperatorio. Esos siete días también fueron difíciles: su madre no quería que Lorena estuviera en el departamento de la calle 10 y se la pasaban yendo y viniendo a la casa de una tía en Avellaneda. Su padre y sus hermanos también aparecieron en La Plata, para ayudar con la mudanza, que la familia había decidido como una tarea inmediata. Lorena estaba cansada y apenas podía estudiar en los ratos libres. En el recuperatorio arañó el ingreso: obtuvo 37 puntos. Y luego de dos años de esperanza, entendió que no iba a estudiar Medicina. Eligió entonces anotarse en la carrera de Técnico en Cardiología: ahora aprende todo sobre holters, electrocardiogramas y ergometrías.

Además del aplazo en los exámenes, el ataque le dejó otras consecuencias: “Estar sola a la noche es lo peor que me puede pasar”, confiesa. Aunque sigue viviendo con su hermano, Lorena dice que cualquier ruido la pone nerviosa y que la oscuridad le molesta. Pero asegura que nunca se le pasó por la cabeza dejar la ciudad: “Un loco no va a arruinar mi vida”. Durante un tiempo, volvió a vivir en su mente el trauma de aquella noche. Soñaba seguido con Brian, incluso cuando se acostaba media hora a dormir la siesta. En esos sueños, Lorena miraba desde arriba todo lo que pasaba, viéndose a sí misma en la cama y a Brian en el balcón. A veces la historia cambiaba, y le tocaba ir a reconocerlo a la morgue. Pero ella, que nunca vio su rostro, tampoco lo descubría en el sueño. “Ahora ya volvió todo a la normalidad”, dice, serena. “Pero me fijo si me siguen o no, tal vez un poco perseguida, porque pienso que él podía llegar a saber que había una chica sola ahí arriba o a lo mejor me había seguido para ver a dónde vivía.”

Mientras Lorena rendía su primer examen, Nicolás pasaba el peor momento de su vida, preso en la delegación de la Policía Federal en La Plata. La culpa por haberle quitado la vida a Brian y el miedo a pagar con una larga condena eran insoportables. El lunes a la madrugada, luego del ataque y del llamado al 911, los policías se lo habían llevado detenido. Natalia, su novia, declaró hasta las siete y media de la mañana. Él lo haría al mediodía, primero ante los inspectores y después ante los fiscales, frente a quienes no podría contener el llanto. A las once de la noche comenzaría la reconstrucción del hecho, en los balcones de Lorena y de Natalia, para determinar si Nicolás contaba la verdad o si había disparado cuando Brian estaba de espaldas, ya escapando. Algunos vecinos comenzaron a organizar una marcha de protesta por la detención de Nicolás, pero él fue liberado antes de que pudieran concretarla. Se reencontró con su novia a las seis de la tarde del día martes.

“Nadie está preparado para pasar por algo así”, dice Natalia, y acepta que se indignó más de la cuenta con el fiscal. “Yo sé que son los pasos preestablecidos de la Justicia, pero estaba en duda el accionar de Nicolás sin importar que Brian hubiera ido a violar a una chica.” Hasta que el juez de garantías dictó el sobreseimiento, Nicolás creía que iba a ir a juicio y temía pasar una temporada a la sombra. “Yo no buscaba matarlo”, le decía a su novia, como queriendo alejar al fantasma de Brian. “Nico estaba acobardado, porque él hizo lo que tenía que hacer. ¿Y si no hubiera hecho nada?”, se pregunta Natalia. “Eso hubiera sido peor: que violaran a otra chica y en el departamento de al lado hubiera un policía que no hacía nada.”

Un mes más tarde, Natalia y Nicolás también abandonaron su departamento de la calle 10. Nunca charlaron demasiado sobre el tema. Él prefiere evitarlo. Cuando logré contactarlo, el joven policía me dijo que tal vez su novia aceptara contarme algo. Ella, para terminar la historia y el café que comparte conmigo, se encoje de hombros: “Nico ni siquiera fue a un psicólogo a hablar de esto, pero creo que le haría bien porque todavía es un chico”.

***

Y Blanca.

Ella fue la que tuvo que darle la noticia de la muerte de Brian a su madre, Abigail. Fue en una charla por teléfono. Abigail volvió a quebrarse, y lloró como había hecho quince días antes por su otra hija. En ese momento, Abigail había vuelto a La Plata para velarla. Cuando se enteró de la muerte de Brian le prometió a Blanca que iba a volver, pero ya no lo hizo.

Blanca suspira: “A Brian se le podría haber ido toda esa maldad yendo a la iglesia y rezando. Yo oraba por él y todavía hoy oro por su alma”. La hermana cree que Brian no quiso evitar su destino. El pastor de la iglesia le dio muchas oportunidades, le habló, lo quiso cambiar más de una vez. Pero a él no le interesaba. Cuando le daban consejos, él se reía con la misma risa que tanto aterraría a Norma, la mamá de Lorena, luchando cuerpo a cuerpo en el balcón, en una noche fatídica de otoño.

A Brian nadie lo pudo encaminar. Ni su madre, ni el hogar asistencial, ni la iglesia. Y Blanca cree que su alma no descansa en paz: “Por las cosas que hizo acá en la Tierra, los pastores ya me dijeron que debe estar en el Infierno”, se estremece. Regina, su suegra, agrega que cuando la gente hablaba del famoso hombre araña en la iglesia evangelista, en aquellos días de fines de marzo en que fue muerto, ella no se podía contener y se sinceraba: “Oren por mi nuera, porque él era su hermano, que Dios le dé fuerza para seguir su camino”, proponía.

El cuerpo de Brian tampoco encontró un reposo en paz. Cuando murió, Blanca estaba en el tramo final del embarazo del bebé de dos meses que ahora amamanta. Y ya venía de pasar el luto por su hermana. Estaba demasiado cansada para hacerse cargo sola. En la morgue tardaron unos días en entregarle el cadáver, y en el cementerio le pedían una serie de papeles difíciles de conseguir. Blanca y su suegro, el marido de Regina, juntaron algunos documentos y los llevaron, creyendo que el día del entierro había llegado. Iba a ser una sepultura íntima: ellos dos frente al ataúd de Brian, una flor, un cura y unos tipos que lo hundieran en el pozo. Pero en la administración les dijeron que todavía faltaban papeles. Blanca se dio por vencida: ya no podía seguir adelante. Ahora se amarga: “No sé qué fue de él, si está enterrado o no, o dónde está”.

Y en esa casa de suburbio, donde la fe en Dios es lo único que permite continuar a pesar de todas las tragedias y sacrificios que aparecen como si la vida fuera una carrera de obstáculos, Blanca elige recordar a un Brian alegre, distinto del monstruo de los ataques repugnantes que le arruinó la vida de aquellas chicas, y que generó una ola de miedo en la ciudad. Lo de recordar a un Brian alegre no es un lugar común. Es que lo único que le queda a Blanca de su hermano −lo único: el único objeto− es una foto vieja y doblada, en la que él se está riendo en un cumpleaños con algunos niños. Brian está vestido de fiesta, con una camisa, y muestra una sonrisa enorme de dientes de leche. Es la misma mueca risueña que lo acompañará para siempre, aun en su última hora. Blanca prefiere quedarse con la certeza de que Brian alguna vez fue un niño alegre. Un niño que reía.

Las siete de la mañana del veintisiete de noviembre de 2011, un muchacho llamado Facundo González abrió la puerta de su casa –iba a trabajar– y quedó de cara a un pasillo lleno de huellas rojizas. El corredor unía los cinco PH que formaban parte del condominio de departamentos, y las pisadas –oscuras, salpicadas, confusas– salían de la puerta contigua, la de sus vecinas del timbre 5. Era domingo y el silencio en la ciudad de La Plata era total.

—Che, papá… Mirá lo que hay acá… –le dijo Facundo a su viejo.

El hombretón apareció por detrás. Se llamaba Rubén, y lucía ojeroso y despeinado. Había dormido mal. En el medio de la noche se había despertado escuchando gritos y lamentos, y se había desvelado pensando en el origen del ruido. Había dos explicaciones. Podían ser las nenas del vecino: dos chiquillas que lloraban por cualquier cosa y que se peleaban entre ellas todo el tiempo. O podían ser las ratas: en los últimos tiempos habían aparecido algunas en el condominio y los vecinos les habían declarado la guerra. El mismo Rubén había cazado dos adentro de su casa. Las había tenido que acorralar detrás de un mueble; no había sido fácil. Eran bichos veloces, incluso astutos, y era probable –había pensado Rubén aquella noche– que los golpes y los sollozos respondieran a una cacería doméstica.

A la mañana siguiente, sin embargo, la hipótesis cambió. O se confirmó.

Rubén se asomó por detrás de su hijo, siguió con la mirada las huellas del pasillo y se detuvo en la entrada de sus vecinas, a un metro de su propia nariz. La puerta estaba entreabierta. Y permitía ver un charco de sangre en el descanso del ingreso al departamento. No había nada más. O mejor dicho: Rubén no quiso ver nada más. En cambio entró a su casa y levantó el teléfono. Discó 911.

—Señorita, acá hay algo raro… –le dijo a la operadora de la policía.

Era raro, por cierto. Y atroz: sus vecinas estaban muertas y faltaba poco para que los agentes llegaran y descubrieran los cuerpos.

Susana de Bartole, de sesenta y tres años, yacía en la cocina –el ambiente contiguo al descanso de entrada– sobre un gran charco de sangre. Los peritos advirtieron que había sido golpeada en la cabeza con un elemento voluminoso y pesado, tal vez un palo de amasar o un pisapapeles. También notaron que había recibido algunas trompadas y varias puñaladas en el cuello, en el tórax y en uno de sus brazos –con dos cuchillos diferentes y con un destornillador–. Y que debajo de sus uñas había restos de piel arrancada en un rasguño: «ADN perfil NN1», en el léxico desangelado de los forenses. En el comedor, siguiendo el recorrido de la casa, apareció el cadáver de Bárbara Santos, de veintinueve años: la única hija de Susana. Podía suponerse que para ella el horror había comenzado en el baño. Allí había sido sorprendida, después de la ducha y justo antes de lavarse los dientes –el cepillo había quedado con la pasta en el lavatorio–. Bárbara había corrido unos metros, pero no había tenido suerte: fue la más castigada de las víctimas. En las manos –con las que había intentado defenderse– y en la cabeza –donde asomaba el hueso del cráneo– había recibido varios golpes con un palo de amasar que fue hallado por los forenses sobre una mesita de la sala, al lado de unas estatuillas de porcelana y de unos retratos familiares. Había más: un relámpago de puño le había desprendido un diente; al caer sobre una mesa de vidrio –o ser golpeada contra ella a propósito– se había cortado la cara; y el filo del puñal había pasado setenta y seis veces por su cara, su cuello, su torso, su abdomen, los brazos y una de sus piernas. El agresor –podía deducirse– había iniciado el ataque de frente y lo había continuado por detrás: el reguero de sangre con el que Bárbara había salpicado la pared –una estampa de microgotas en spray– daba cuenta de que la mujer se había inclinado o se estaba cayendo cuando llegó una cuchillada mortal al cuello. Después el asesino continuó apuñalándola en el piso. Ocho veces más.

La masacre siguió.

Micaela, la hija de Bárbara, de once años, había sido alcanzada en una de las habitaciones: la policía encontró su cuerpo recostado sobre la cama matrimonial, frente al televisor. La nena había sido golpeada y apuñalada dieciséis veces en el tórax y en los brazos. Por debajo de ella quedaba un celular con el que había discado 9111: había querido llamar a la policía, pero había discado un número de más. La llamada, que no se concretó, quedó registrada a las 00:07 del domingo. La niña fue la única víctima que no fue pasada a degüello.

La última en morir, Marisol Pereyra, recibió el mismo tratamiento que el resto de las víctimas adultas: puñaladas y cortes en todo el cuerpo, el cuello incluido. Marisol era una amiga joven de Susana de Bartole y su presencia en la casa a la medianoche era difícil de explicar. Quizás había llegado de visita, por casualidad y mientras ocurrían los asesinatos, y luego de haber sido recibida por el homicida había sido liquidada. Como fuera, Marisol estaba echada en la cocina, con su cabeza sobre el zócalo de la heladera. Uno de sus pómulos había sido fracturado con una trompada y tenía la marca de ocho puñaladas –la salpicadura roció el techo y dos paredes–, y así y todo en el medio del ataque había alcanzado a defenderse y a rasguñar a quien tenía enfrente: debajo de sus uñas también se hallaron restos de piel.

Había, entonces, rastros. Y no solo en las uñas de las víctimas.

En la cocina fue hallado uno de los cuchillos utilizados para la masacre –la punta estaba manchada de sangre y el resto de la hoja había sido lavada– y también había pisadas. En un intento por ordenar la escena del crimen, el asesino había dejado sus propias huellas apresuradas y confusas cerca de los dormitorios y del baño, como si hubiera estado meditando qué hacer. O como si hubiera estado buscando algo –un teléfono quizás: el de Marisol Pereyra nunca fue hallado–. Había también un guante en el comedor, señalado por los forenses con el patrón genético «ADN perfil NN1», y estaban también las últimas pisadas del homicida, esas que iban por el pasillo y que llegaban a la vereda, hasta desaparecer en el cordón. Allí, estimaron los peritos, el homicida se había subido a un auto.

La casa lucía, al final, como una gran ciénaga. Era el feroz escenario del «cuádruple crimen de La Plata»: uno de los casos más escandalosos y enigmáticos de los últimos años en la criminología argentina.

***

El mismo domingo, poco después del hallazgo de Facundo y Rubén González, un muchacho llamado Osvaldo Martínez amanecía en su casa de Melchor Romero, una localidad ubicada a veinte kilómetros del centro de la plata. Su noche –diría después– había sido tranquila, casi desangelada: había visto una película (Agente Salt, con Angelina Jolie) y con un mensaje de texto le había reprochado a su novia su desapego: «otro sábado que me dejaste solo, me voy a acostar, ya no me vas a mandar mensaje».

Su novia era Bárbara Santos, una de las mujeres muertas.

Después de tres años, Bárbara se había convertido en la primera chica que Martínez tomaba por novia formal. Sin embargo, la relación tenía ya sus altibajos. Bárbara se quejaba de los celos de Martínez y a él le molestaba que ella no lo tuviera en cuenta. Pero aun así seguían juntos. Dos días atrás, el viernes veinticinco de noviembre de 2011, él le había regalado un ramo de flores y una caja de bombones para su cumpleaños, y habían pasado toda la tarde jugando con Micaela –la niña de ella– al Reto Mental, un juego de dados y preguntas. Pero el sábado veintiséis todo se había vuelto opaco: de noche, ella no había llamado y Martínez había vivido ese silencio como un abandono.

A pesar de esa distancia, al día siguiente Martínez organizó la jornada pensando en Bárbara. Después diría que había querido hacer un plan con ella. Por eso, a media mañana del domingo veintisiete se subió a su Fiat Uno para buscar a su novia y llevarla a una fiesta familiar, al cumpleaños de su sobrina. Pero el plan no se concretó: cuando conducía por la calle Treinta y dos, una camioneta repleta de policías le cerró el paso. Martínez pensó que había un error, hasta que uno de los vigilantes le abrió la puerta del auto y le ordenó bajar.

—¿Vos sos Martínez, Osvaldo? ¡Asesinaron a tu novia! –le dijo, mientras lo hacía subir a la camioneta y le pedía que indicara el camino a su casa, que muy pronto sería allanada.

Pocas horas después, el novio salió de su hogar encapuchado y detenido, en el marco de una operación ordenada por el fiscal Álvaro Garganta. El funcionario dijo más tarde que Martínez mentía cuando decía que la noche anterior se había quedado mirando una película y durmiendo. Y que, en cambio, había estado manipulando un cuchillo y abriendo canales de sangre. La hipótesis del fiscal –que apuntó a Martínez como el principal acusado– decía que los celos enfermizos sobre Bárbara se desataron cuando Martínez se había enterado de que su novia se iría a bailar con sus amigas, y que ese rapto de furia lo había llevado a matarla –y a acuchillar a todas las demás mujeres para no dejar testigos–.

Esa versión tenía, en un principio, algún sostén: los vecinos de Bárbara se preguntaban por la ausencia de Martínez la noche del sábado –«Qué raro que no estuviera ayer; siempre dormía con ella», decían– y eso llevó al fiscal Garganta a hacer foco en el novio. Después Garganta armó un esquema de femicidio que apuntaló primero con algunos mensajes de texto de Martínez (más reproches hacia Bárbara), con las palabras del chofer de remís Marcelo Tagliaferro (un testigo que juró haber visto al acusado en la escena del crimen), y con un informe que señalaba la personalidad tenaz y prolija de su acusado. A través de una pericia telefónica, y a lo largo del tiempo, el fiscal también intentó demostrar que Martínez había estado en movimiento –y no en su casa– durante la medianoche de los crímenes, y que el nivel de agresión que había sufrido Bárbara –quien tenía el doble de puñaladas que las demás víctimas– convertía a la mujer en el eje de la masacre. Para Garganta, se trataba de una verdadera historia de amor con final trágico.

***

La hipótesis –que mostraría varias fisuras con el paso del tiempo– sorprendió a todos los que conocían a Martínez. A los veintisiete años, no encajaba con el arquetipo de un asesino múltiple. Había sido criado en el seno de una familia de clase media trabajadora del suburbio de Berisso –una localidad cercana a La Plata– y había alternado el estudio –cursaba la carrera de Ingeniería Electromecánica en la Universidad de la Plata– con el trabajo –en la petroquímica Repsol YPF– y con el deporte: había practicado karate durante diez años en los que había forjado dos brazos largos y duros, y un temple moldeado por los preceptos del arte marcial. El apodo tampoco calzaba con el perfil de un homicida: lo llamaban «Alito», un sobrenombre que venía de «Ale», un nombre árabe que la madre de Martínez había querido ponerle de acuerdo a sus tradiciones y que no había sido aceptado en el registro civil.

En cualquier caso, el asunto del apodo resultó una transformación simbólica para Martínez en el momento de ser detenido. Y es que apenas se lo acusó de la masacre, «Alito» pasó a ser una contraseña para los íntimos; el resto de la sociedad lo conoció desde entonces como «el Karateka», un alias hoy célebre en La Plata, donde Martínez es visto por algunos como un temible exterminador de mujeres; y por otros como una víctima del Poder Judicial de la provincia de Buenos Aires, que lo detuvo dos veces y dos veces lo liberó por falta de pruebas.

Si el Karateka fue o no el autor de la masacre es una pregunta que quizá nunca encuentre respuesta. Como sea, la guerra de versiones comenzó en la hora cero. El fiscal y el juez apoyan la hipótesis de que fue un crimen pasional. Pero también están todas las otras versiones: muchas de ellas hacen foco en la figura de Susana de Bartole, la madre de Bárbara. De ella se han dicho principalmente dos cosas: que su trabajo como secretaria de un juez la podría haber expuesto a cierta información inconveniente. Y que su afición al juego le podría haber dejado un dineral –ganado en el bingo– atractivo para los asesinos.

—Yo estoy convencido de que todo gira en torno a mi suegra –dice Osvaldo Martínez. Es septiembre de 2012 y está sentado en la mesa de un bar de La Plata, luego de haber salido de la cárcel. Martínez tiene ya veintinueve años, y sin embargo viene a la entrevista acompañado por su madre. La señora se llama Herminia López, es empleada de un hospital y es sobre todo una mujer fuerte. Ella fue la principal opositora al fiscal Garganta y al juez que confirmó los cargos contra su hijo.

—A mí me investigaron por completo y si estoy acá, libre, es porque soy inocente –sigue Martínez–. Este no es un crimen pasional y yo quiero conocer la verdad. Todos nos merecemos conocerla. También las chicas.

«Las chicas», dice Martínez. Su madre –ojos negros, rulos morenos– asiente con la cabeza.

***

A Susana de Bartole le gustaba mantener el orden. Apenas llegaba del trabajo se quitaba la ropa cara con la que ingresaba a Tribunales, agarraba un plumero viejo y se ponía a repasar. Recién al terminar se permitía un descanso. cuando caía la tarde solía cruzarse a uno de los departamentos de adelante, donde vivía Silvia Matsunaga, una vecina más joven a la que conocía desde que había llegado al condominio, dieciséis años atrás, y que se había convertido con el tiempo en una amiga íntima. En esos primeros días, Susana ya estaba separada del padre de Bárbara –un policía que se había marchado a Mar del Plata– y la soledad la había llevado a tender lazos. Pronto nació una costumbre: Susana aparecía cada noche con sus cigarrillos Le Mans en la casa de la vecina y fumaba con ella en la ventana.

Mientras hablaban, Susana solía contarle a Silvia sobre su agujero económico. El tema era recurrente en los últimos tiempos: una de las hermanas de Susana había quedado a la intemperie con la muerte de su marido y ella la había ayudado, pero después ella misma había caído en desgracia. El dinero no le alcanzaba. No había terminado de pagar su departamento; la herencia recibida de sus padres –y compartida con las dos hermanas– no había sido suficiente y además un amigo la había traicionado pidiendo un crédito a su nombre y dejando cuotas sin pagar. Por todas estas razones Susana tenía retenida una parte de su sueldo y estaba embarcada en una vida que se había vuelto angosta. Al final había tenido que renunciar a los paseos de compras, a la ropa nueva y a las tragamonedas del bingo al que tanto le gustaba ir.

Así y todo, seguía encontrando formas de divertirse.

—Susana era una mujer moderna y sin compromisos, y estaba muy bien para la edad que tenía –dice Silvia Matsunaga, una mujer de ascendencia japonesa y sonrisa generosa–. Hemos salido juntas y vi cómo se divertía y cómo conocía gente. Pero le conocí pocos novios formales. La mayoría quedaba fuera de casa porque no quería compromisos: su prioridad era su nieta, Micaela.

Después del crimen, sin embargo, la vida íntima de Susana de Bartole perdió toda reserva: en el expediente judicial del caso, un abultado papelerío que roza los dos metros lineales, hay toda clase de historias y de rumores –difíciles de probar– sobre su vida íntima.

Que practicaba el culto Umbanda y gustaba del ocultismo, se dijo. Que pedía créditos sin parar y que estaba gravemente endeudada con una docena de acreedores. Que se jugaba lo poco que le quedaba en el bingo. Que era ludópata. Que el sexo casual era uno de sus grandes placeres. Que el sexo pago era uno de sus grandes recursos. Que el juez Blas Billordo –su jefe– era su amante. Que el suicidio del juez –con un balazo en la cabeza, apenas un día antes del cuádruple crimen– no tenía que ver con el cáncer que lo estaba carcomiendo sino con algún asunto caliente que pasó por sus manos y por las de su secretaria Susana, y que podría haber derivado también en la masacre de las cuatro mujeres. Que el albañil Javier Quiroga –que había hecho varias tareas de refacción en la casa y que el día del crimen había trabajado allí– también era su amante. Y que el albañil Javier Quiroga había sido, además y por último, su asesino.

***

Es un hombre pequeño y moreno, el albañil. Una médica forense anotó un año atrás que medía un metro con sesenta y cinco centímetros y que pesaba setenta y dos kilos, pero hoy Javier Quiroga parece más delgado. Y su rostro ajado –primero por el sol de las provincias del Norte, después por el trabajo fatigoso del obrero, finalmente por el drama policial– desmiente los treinta y cinco años que lleva en su documento.

—Me causa dolor hablar de esto… es algo que quiero olvidar hasta el día de hoy… –vacila Javier Quiroga en esta, la primera entrevista que concede a la prensa después de un largo silencio.

Por el parecido que tenía con el boxeador Rodrigo Barrios cuando se rapó el cabello, una vez y hace tiempo, a Quiroga todavía le dicen «Hiena». Sin embargo, su aspecto –doblegado– hoy no parece estar a la altura de su apodo. En una sala de la cárcel de Magdalena, a unos cincuenta kilómetros de La Plata, Quiroga fuma y habla de olvidar. Pero después recuerda. E intenta explicar la suma de –dice él– las injusticias que lo llevan a ser el único detenido por el cuádruple crimen, y que lo dejaron entre rejas el dos de mayo de 2012.

Quiroga fue capturado a seis meses del asesinato, cuando el resultado de las pericias sobre el «ADN perfil NN1» lo señaló culpable. La piel que había debajo de las uñas de Susana y Marisol era la del albañil, y también eran suyos los dieciocho rastros de sangre que habían sido recolectados adentro de la casa de La Plata. Quiroga, sin embargo, tenía una explicación. Y la dio la misma noche en la que lo capturaron. El albañil dijo que era inocente y acusó a Martínez –el Karateka– de haber orquestado la masacre. Su testimonio, que resultó clave en la investigación, derivó en la detención del Karateka –que ya había sido apresado y liberado una vez por falta de pruebas–, pero no salvó al propio albañil del encierro: acusaron a la Hiena de ser coautor del múltiple homicidio. Al principio, Quiroga estuvo cautivo en el pabellón psiquiátrico del penal de Melchor Romero –donde comenzó a limpiarse de la adicción al alcohol y a las drogas en la que había caído por la depresión de un divorcio y el horror de la masacre–, después en el de Olmos y finalmente aquí, en Magdalena.

Su temporada a la sombra no fue fácil: cargar con la muerte de una niña no es la mejor credencial para entrar a una cárcel, dice Quiroga y se limpia las lágrimas. Tiene las manos esposadas. Hace unos minutos dos guardias lo trajeron sin delicadezas a esta oficina –retirándolo de las tareas de carpintería que hace en el penal–, y le dieron un rato para hablar. Esta es su versión de la masacre, contada por primera vez ante un grabador y un periodista.

—Era sábado a la tarde –comienza–. Martínez vino a mi casa a eso de las cuatro y me encontró soldando rejas para un trabajo que estaba haciendo. Llegó caminando y se presentó, porque yo al principio no sabía quién era.

«Soy el novio de Bárbara» dice que le dijo. Quiroga apenas lo recordaba: lo había visto una sola vez, durante un trabajo previo en la casa de Bárbara y de Susana, pero en aquella oportunidad Martínez ni siquiera lo había saludado. Esta segunda vez fue distinta: el novio le habló con una confianza amistosa y hasta le encargó una nueva tarea. Martínez –dice Quiroga– le propuso juntarse ese mismo sábado, a las ocho y media de la noche, para convenir un arreglo en los cielorrasos de la casa. Le dijo que había prisa, que quería empezar ese mismo lunes.

Mientras charlaban, Quiroga –formoseño y proveniente de una familia de albañiles– notó que la cerveza que había estado bebiendo durante el trabajo ya se había acabado, y decidió ir a comprar otra. Martínez lo acompañó. En el camino hablaron de sus mujeres: los dos estaban en la cuerda floja. «Yo ando medio peleado, voy a ver si con esto arreglo un poquito mi situación», le dijo el novio de Bárbara.

«Sí, te entiendo, yo también ando en la misma: tengo un pie afuera y otro adentro», respondió Quiroga, según su versión. Luego se despidieron frente al kiosco.

—Pero antes de irse me regaló una rodaja de merca –sigue el albañil, y se muestra sorprendido–. No sé si él sabía que yo consumía, pero en un momento me dijo: «¿Vos tomás?». Y yo no sabía para qué lado lo quería llevar, porque hay gente sana que le dice «tomás» a tomar alcohol, y hay otra gente que sabe que «tomar» es tomar cocaína. Él me dijo que él no tomaba y que le habían regalado esa rodaja. ¿Un regalo de esos en la calle? ¡Era raro! Yo creía que me quería sobornar por el trabajo, para que le cobrara menos, y me causaba gracia… Después pasé a saludar a un amigo que cumplía años y le comenté lo que me había pasado. Él se rio y me dijo que tenía suerte.

Un rato más tarde Quiroga llegó en su bicicleta hasta la casa de Bárbara y tocó el timbre, según cuenta. Salió Susana, la madre, y se mostró sorprendida: no sabía nada de los arreglos en el techo.

—Pero la señora confiaba en mí y me hizo pasar; siempre prefería pagar un poquito más y tener alguien de confianza en la casa –sigue el albañil–. Nos quedamos un rato tomando mate y charlando, y después apareció Bárbara. Mientras esperaba que llegara Martínez me puse a arreglar unos cajones por pedido de Susana y… en eso llegó él… y… pasó lo que pasó.

Martínez –dice Quiroga– ni siquiera lo saludó: siguió de largo y se puso a discutir en voz baja con su novia. Cuando terminó con el arreglo, Quiroga se quedó esperando a que el otro le dijera qué hacer con el techo, y aprovechó el rato para llamar a su mujer y avisarle que iba a llegar tarde. Un instante después Bárbara se metió en el baño a tomar una ducha y recién entonces apareció Martínez para preguntarle a Quiroga si ya había comenzado a trabajar. El albañil le dijo que no y fue a buscar una silla para subirse a ver el techo.

—Ahí fue que escuché un golpe; ahí empezó todo.

En la declaración ante el fiscal, Quiroga contó que después de escuchar ese golpe Martínez apareció sorpresivamente con el rostro desencajado, calzando guantes y con un arma en una mano y un cuchillo en la otra.

Martínez se había convertido en «el Karateka».

«¡Corréte para allá, hijo de puta!» le habría ordenado entonces al albañil, para luego meterse en el baño a buscar a Bárbara.

La masacre había comenzado.

Y mientras ocurría a su alrededor, Quiroga se asustó de tal forma que –lo jura– no supo qué hacer. No pudo hablar ni moverse. Durante unos minutos estuvo de pie, pero después se le vencieron las piernas y se quedó arrodillado detrás de una mesa, mirando y a la vez tratando de no mirar. Quiroga sentía un terror primario que –dice–contrastaba con la frialdad del Karateka, que iba de un lado a otro de la casa, ejecutando su plan sin abrir la boca.

—Sólo vi uno de los homicidios. El de Bárbara –dice Quiroga.

Los demás ocurrieron en otros ambientes, asegura, aunque podía escuchar los ruidos y algunos –pocos– gritos.

Entonces sonó el timbre. Era Marisol, una enfermera de treinta y cinco años: la última de las víctimas.

Marisol tenía pocas razones para estar allí. Se había acordado de su amiga Susana de Bartole apenas un rato antes, cuando el remís en el que viajaba había pasado por delante del edificio de los Tribunales en el que trabajaba la señora. El chofer, Marcelo Tagliaferro, tiempo atrás –antes de la entrevista en el penal de Magdalena– recordó la escena de esta manera:

—Pensó en Susana y en Bárbara, y quiso ir a la casa. Intentó por teléfono: llamó dos veces y le cortaron, pero decidió ir igual. ¡Un capricho, el destino de la vida!

Luego de la masacre, Tagliaferro se transformó en un testigo fundamental. Según contó, Marisol se había bajado sin pagar –pensando que tal vez nadie la iba a recibir y que iba a tener que seguir viaje– y él se había quedado estacionado y esperando el dinero. Así fue que, aseguró, vio dos veces al Karateka en la casa: una, cuando el acusado salió a abrirle a Marisol. Y otra, cuando se acercó a su coche y le dijo «Flaco, andate que la chica se queda y después pido otro remís». Este testimonio convirtió a Tagliaferro –manos rudas, ojos claros– en un personaje de alto perfil, halagado por el fiscal, impugnado por los abogados defensores del Karateka, festejado por sus seguidores de Facebook y –dada su locuacidad, a veces excesiva– mimado por el periodista y animador televisivo Mauro Viale.

Sin embargo, la declaración parece tener fallas: Tagliaferro sólo vio la cara del tipo de noche y reflejada en el espejo lateral izquierdo, y recién asoció el rostro con el del Karateka cuando vio una foto de Martínez en el diario. Por este tipo de cosas, ahora Tagliaferro está siendo investigado por falso testimonio. Y sólo se puede afirmar lo evidente: que Marisol bajó de su auto y que entró en la casa de La Plata.

Adentro de la vivienda, la masacre estaba llegando a su fin cuando el timbre –dice Quiroga– los sorprendió a él y al Karateka, que se miraron extrañados entre los cadáveres.

«¡Correla de los pies, hijo de puta!» dijo uno.

Era el Karateka. Según Quiroga, le ordenaba mover a su novia moribunda para dejar el paso libre.

Después el Karateka abrió la puerta principal.

—Entonces Bárbara me mira como pidiéndome auxilio… –vacila Quiroga en la cárcel–, y yo… trato de tocarla, porque ni siquiera la moví, y en eso escucho que él entra y vuelvo de nuevo a mi lugar, escondido… No la moví… pero ella se movió para tratar de agarrarme a mí. Parecía que me decía «me estoy muriendo, hacé algo, hacé algo»… y yo en ese momento no podía hacer nada ni siquiera por mí…

Cuando Marisol entró y vio la escena ya era demasiado tarde: el Karateka la empujó, la golpeó y se la llevó a rastras hasta la cocina. Allí la apuñaló y la dejó echada en el suelo. O al menos eso dice Quiroga, en el marco de una versión que se choca contra los peritajes. Y es que el «ADN perfil NN1» que se encontró debajo de las uñas de las mujeres no es del Karateka Martínez, sino del propio albañil: un dato que de todas formas no excluye al Karateka. El fiscal de la causa sostiene en sus alegatos que Quiroga formó parte en un múltiple homicidio que no podría haber sido cometido por menos de dos autores.

—No sé… no tengo idea. No me acuerdo –dice Quiroga en la cárcel y en voz baja.

Sí recuerda lo otro: sostiene que adentro de la casa, y con la masacre consumada, el Karateka se le acercó con el cuchillo, como si fuera a matarlo, pero en cambio tomó su mano y forcejeó con él hasta que le abrió un tajo profundo en uno de sus nudillos. Quiroga ahora deja ver su cicatriz. Dice que el Karateka lo obligó a punta de pistola a dejar su sangre en el cuchillo, el palo de amasar y buena parte de la casa. Y que regando todo con la sangre de otro, el Karateka estaba haciendo una fabulosa puesta en escena para los peritos.

—Antes de irse me amenazó para que no hable… –sigue Quiroga–. Me dijo que si yo abría la boca me iba a matar a mí y a mi familia. No supe qué hacer… No sabía si irme o quedarme. Y me quedé, no sé, veinte o treinta minutos… No tengo noción del tiempo. Esperaba que viniera la policía y no venía, no venía… Y con lo que él me había dicho y además teniendo en cuenta que hacía pocas horas que había estado en mi casa, esa misma tarde, cuando me vino a buscar para el trabajo del techo… lo consideré. Le creí. Y al final, por miedo, decidí irme y quedarme callado.

Hay, eso sí, otras versiones.

Un preso que compartió una celda en la cárcel de olmos con Quiroga pidió declarar en la causa. Fue en enero de 2013, en el medio de la modorra judicial. Daniel Oscar Peña Devito –tal era su nombre– dijo que guardaba una verdad incontenible: que la Hiena le había revelado que el cuádruple homicidio era obra propia y exclusiva, y que el Karateka nunca había participado. Pero el fiscal Álvaro Garganta, alegando que la investigación que él había conducido ya estaba cerrada, no lo quiso escuchar y les dejó la tarea a los miembros del tribunal que algún día juzgará a los acusados.

Por este tipo de cosas, la defensa de Martínez se lleva muy mal con el fiscal Garganta. Lo acusan de perder pericias que beneficiaban al Karateka y de descartar versiones que podrían liberarlo de culpas. La madre de Martínez llegó a denunciar al fiscal por hostigar a Quiroga para que involucrara al Karateka y se pregunta, además, si el remisero Marcelo Tagliaferro no es en verdad un testigo falso e incluso un cómplice de la Hiena Quiroga. En otras palabras, si Tagliaferro podría haber llevado en su coche a Quiroga para apuñalar a las mujeres y, una vez cometida la masacre, retirarlo él mismo de la zona.

En este nuevo escenario los celos no existen. Hay, por el contrario, otros móviles muy diferentes: asuntos de drogas, asuntos de prostitución, asuntos de la corporación judicial. Asuntos de la plata grande que Susana de Bartole habría ganado alguna vez en el bingo. Según esta hipótesis, Marisol Pereyra, la cuarta víctima, incluso podría ocupar el lugar de entregadora. ¿Había conocido a Susana de Bartole en el bingo? ¿Fue ella misma –aunque después traicionada y asesinada– parte de la banda? ¿Qué lugar ocuparía Tagliaferro en esta trama? El remisero también iba seguido al bingo. Había llegado a jugar cinco días por semana y había ganado el pozo en dos ocasiones. a la larga, sin embargo, se había endeudado, había perdido, había fracasado. Y quizás necesitara recuperar algo del dinero.

—No sé porque el fiscal me apunta, pero cuando se responda esa pregunta se resolverá este enigma –decía Martínez en septiembre de 2012 en aquel bar, a poco de haber recuperado su libertad por segunda vez–. En la casa no hay rastros míos, ¿cómo puede ser que el fiscal tome en cuenta las palabras de Javier Quiroga, un adicto, y que margine la palabra de la ciencia? No hay dudas de que acá la punta de lanza es Quiroga, pero no sé todavía en dónde encasillar al fiscal. Porque en esta causa yo fui el que estuvo más tiempo preso y el que ha sido más investigado, y lo único que puede decir de mí el fiscal es que soy celoso y que practiqué karate.

Como si fuera una prueba, Herminia López –la madre del Karateka– abrió su cuaderno de anotaciones y sacó una foto. La colocó al lado del pocillo de café y entre los demás papeles que había desplegado en la mesa del bar.

—Este es el Alito de antes –dijo finalmente, mientras miraba el retrato. En él se veía a Martínez sonriendo y con varios años menos–. Mi hijo tenía una vida casi perfecta. Tenía una casa, un auto, una moto, una novia, una hija de afecto, un trabajo, una carrera universitaria, una mamá, un papá, tres hermanos… se reía, era cariñoso. Pero ahora mi hijo es un chico triste; está tratando de juntar sus pedazos. Y todo gracias a un fiscal que uno no sabe si es un ingenuo manipulado o si es alguien a quien la verdad lo perjudica.

***

Aunque la causa está en manos del juez de garantías Guillermo Atencio –cuya función es velar por los derechos de los acusados– y del fiscal Álvaro Garganta, no fueron ellos los más requeridos por la prensa. El más buscado es un abogado penalista que no participó demasiado del proceso, pero que tiene influencia suficiente para asumir el centro mediático.

Ahora que el sol cae sobre el horizonte recortado por los suntuosos rascacielos de puerto Madero, ese abogado está cansado. En su coqueta oficina se acomoda el cabello, se plancha con las manos la camisa ajustadísima que deja adivinar sus pectorales trabajados en el gimnasio, se echa hacia atrás en el sillón ergonómico y le pide a su secretaria que nadie lo moleste al teléfono.

—Sí, señor Burlando –obedece la mujer.

En los círculos políticos se dice que Fernando Burlando –un comprador compulsivo y un deportista que se jacta de dar todo en el polo, en el fútbol y en el kitesurf– entra a los grandes casos de la mano del ministro de Justicia y Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Ricardo Casal. La fábula cuenta que Casal le paga millonadas y le exige a cambio que la policía de la provincia quede siempre bien parada. La misma fábula termina con una moraleja: «Dime de qué lado está Burlando y te diré de qué lado está la verdad». Él se ríe al escuchar esto. Su sonrisa es radiante.

—Aparezco para resolver, y para comunicar fácil y velozmente los casos intrincados –dice–. De todas maneras, es cierto que tengo vinculaciones políticas. la forma de ir a fondo y de llegar al éxito concreto en todo es, precisamente, con este tipo de vinculaciones.

Burlando entró al juego del cuádruple crimen cuando lo convocaron Daniel Galle –el padre de Micaela– y la familia de Marisol Pereyra. Y siempre sostuvo la versión del crimen pasional a manos del Karateka. También se lo vio cerca del remisero Marcelo Tagliaferro, que en su condición de testigo no necesitaba un abogado, pero así y todo había aceptado la representación de Burlando.

—El Estado lo dejó solo en el medio de la selva y decidí ayudarlo –dice él.

Además de abogado, Burlando es un distinguido malabarista de periodistas. Y lo sabe. Para él, la contienda de intereses políticos que sacude a la industria periodística argentina tomó y trituró el caso del cuádruple crimen: los medios oficialistas y los opositores libraron su batalla cotidiana en torno a la masacre, a las víctimas y a los acusados teniendo en cuenta factores partidarios e intereses económicos.

—Algunos le creyeron al Karateka y otros, en guerra, descreyeron de su palabra –agrega.

Burlando se refiere a una puja entre medios nacionales y locales, y que podría ejemplificarse con este caso: en la ciudad de La Plata, el diario El Día –cercano al Poder Judicial– miró sin demasiada simpatía al Karateka. Y, en la vereda de enfrente, el diario Hoy lo trató con algo más de compasión y estuvo abierto a plantear hipótesis alternativas (una de ellas, que las muertes podrían estar relacionadas con información judicial que Susana de Bartole, secretaria de un juez, tenía consigo).

Burlando suspira; de repente se muestra apesadumbrado por el asunto.

—Yo ya tenía un interés por las cuestiones relacionadas con la mujer. Una buena forma de buscar justicia es estando presente en los hechos en los que las víctimas son mujeres y son atacadas indiscriminadamente –Burlando respira hondo y luego suelta el aire: sus pectorales bajan–. Y ni hablar en el caso específico de la nena, Micaela. Fue horrible.

***

Selena Gómez, la cantante de Disney y novia del popstar Justin Bieber, era la ídola de Micaela: cuando Selena entonaba Shake it up, el tema de la serie A todo ritmo, Micaela –la hija de Bárbara– cantaba y bailaba frente al televisor. Ese era uno de sus rituales favoritos de criatura de once años.

Otras costumbres, en cambio, se estaban yendo. Así lo recuerda Laura –en esta historia, se llamará «Laura»–, su mejor amiga, a su vez hija de Silvia Matsunaga, la vecina de Bárbara y de Susana. Laura tenía la misma edad de Micaela y –por la proximidad de las casas y la amistad de las familias– se había criado con ella como si fueran hermanas. Pero un día antes de la muerte, una novedad había abierto una pequeña grieta entre ambas. El veinticinco de noviembre Laura fue a buscar a Micaela para jugar al Reto Mental y se encontró con que esa tarde Micaela no tenía ganas. Su mueca decía que algo había cambiado. Que a Micaela le parecía que ya no podía seguir jugando a lo mismo de siempre.

—En realidad, ella ya era señorita –dice Laura y sonríe. Tiene dos grandes paletas y a ambos lados está el hueco dejado por los dientes de leche recién caídos. Laura acaba de llegar de la escuela y todavía tiene puesto el uniforme. Parece liviana. Mientras su madre, Silvia, evoca a Susana y a Bárbara, Laura busca y trae unas fotos con la naturalidad de quien hizo del crimen un asunto ordinario.

En una de las imágenes aparecen ella y Micaela, abrazadas y sonrientes; en otra ambas están mezcladas entre un grupo de chicas o haciendo morisquetas a cámara.

—Estas eran nuestras amigas –dice la niña, con una frescura que no remite a la muerte, sino más bien al apremio por llegar a un olvido.

Todos, en realidad, necesitan olvidar. Hace algunos días Rubén González –el vecino del timbre 4– colocó dos plantas altas al lado de la puerta de la casa de Susana, intentando neutralizar la energía mortuoria que mana de ahí al fondo. Pero no es fácil. Los vecinos intuyen que el papel, el cartón, la tela, la ropa y las frazadas –y, acaso, la comida que haya en la heladera cerrada– se consumen y generan la putrefacción que atrae a los roedores, que a su vez entran y salen por los agujeros de la puerta de metal.

Los vecinos ya capturaron, con espanto, varias ratas. Como Rubén González, trataron de arrinconarlas y de matarlas a golpes.

La madre que lo parió

Publicado: 13 octubre 2015 en Laura San José
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Alicia Soria abre la puerta de su departamento, con cara de sueño y diciendo “me quedé dormida”, descalza, despeinada y preguntándome por una beba que no tengo.

—Pasa, pasa, ¿era hoy?, ¿estas segura?, te esperaba a la tarde. Sentate acá que me voy a cambiar- dice mientras atravesamos el pasillo de cerámica y vamos llegando al comedor.

Al entrar ya se va viendo una casa que solo le puede caber algo más: aire.

El departamento está atiborrado. Entre latas de bombones vacías, caracoles y flores de plástico reinan cuatro poet y un cocodrilo inflado arriba de un mueble. Después el torbellino del caos de cosas: libros, tazas, tarros, tres equipos de música viejos. La artificialidad reinante: papeles, fotos, relojes, una cafetera de hierro azul, trofeos de fútbol y el olor a humedad y a cigarrillo que ya está instalado.

La mesa del comedor da a un gran ventanal y el ventanal a un pequeño patiecito. Afuera el día está hermoso y acá dentro, en una hora, hará un frio que escarchará la sangre. Pero eso será después, todavía no se siente.

Alicia aparece por el pasillito que da a los cuartos, ya tiene puesto el prendedor. Pasa por al lado de la mesa y se mete en la cocina a preparar café. Habla todo el tiempo del tema mientras pone masitas y posillos sobre la mesa. Va y viene a la cocina, sin sentirme, sin verme.

Tiene puesto un sweter y agarrado a la lana está el prendedor. Ahí está todo: su presente, su pasado, lo que hizo y lo que fue y aquello que cambió la dirección de su devenir y lo trasformó en un grito, el asesinato de su hijo.

—Yo le decía cuando era chico, andá a tomar solcito- comenta mientras se sienta en la computadora y deja el café haciéndose. Empieza a abrir carpetas de archivos que contienen imágenes y dice: “él no podía ir a cualquier cementerio”.

Ella quería un lugar donde le diera el sol y se acordó, entonces, de Los Cipreses, ya habían estado allí, una tarde de domingo con los chicos y sus bicicletas; Rodrigo, sin saberlo, le dijo

—Ay, mamá, qué hermosura que es esto -ese sería su cementerio.

Alicia pasa una, y otra foto. El lugar tiene patos, gansos, una cascada y una capilla de Páez Vilaró, que se llama Capilla Multicultos. Pasa una imagen donde se ven los rayos de sol justo sobre la tumba de cemento frío, calentándolo, mientras el día permanece nublado, igual que cuando lo enterraron.

—En el momento que están bajando el cajón, se abrió el cielo y se vieron los rayos de Dios Misericordioso-dice.

Más adelante contará que en el velatorio había tres coronas. Estaba el cajón, con Rodrigo adentro y la cabeza vendada, estaban los amigos. Había olor a perfume, dirá la madre, no había olor a muerto.

De esas coronas que colgaban aquel día, cayeron pétalos de rosas, solamente de las coronas que estaban del lado izquierdo, el lado de la herida. “Todo el mundo sabe que las flores frescas no se deshojan”, dijo el hijo del florista que estaba ahí viéndolo todo.

***

A Rodrigo le tuvieron que hacer una autopsia por eso no pudieron donar sus órganos.

Al principio ella decía “que se salve, que se salve”, pero después pensó “menos mal que no se salvó”.

A Rodrigo lo tuvieron que operar apenas entró en la guardia, no para salvarlo sino para descomprimirle la cabeza.

El tiro fue hecho con una bala de punta hueca. La bala de punta hueca no agujerea, no hace un recorrido ni se queda alojada en alguna fibra, no sale por ningún lado. La bala de punta hueca se abre dentro del cuerpo, y va rompiendo y explotando. La bala de punta hueca gira y con la velocidad que toma se abre como una flor, sin serlo. El agujero en la cabeza de Rodrigo parecía un lunar, pero adentro ya estaba hecho el surco.

El ojo izquierdo, un ojo que vio colores y movimientos. Ahora opaco, estático.

El ojo izquierdo le quedó del tamaño de una taza.

Le tuvieron que hacer la toilette quirúrgica, para vaciárselo.

Si Rodrigo hubiese vivido habría quedado cuadripléjico, con un hueco oscuro en su rostro y en estado vegetativo.

—La doctora me dice “no le pida que viva”. Ahí él me mueve una pierna, una sola, la pierna izquierda, la del corazón. ¿Sabés que sentí? Un parto al revés.

Alicia dice que se siente como un dolor que sube desde la pelvis y queda atragantado en la garganta, como un grito quebrado que quiere salir pero no puede.

—Vos sentís … – dice Alicia y pone una mano en el centro de su pelvis, la sacude y la palabra “despariste” se empieza a arrastrar entre los dientes- vos sentís que te despariste.

Dice también que “Las madres del dolor” tendrían que llamarse “Las desparidas”, pero que eso no se puede.

Un mar de gente velaba por Rodrigo con llamas prendidas en sus velas y oraciones de fe en sus bocas. Musulmanes, católicos, amigos de la Luz Violeta, todos aquellos que pudieran iluminar con el pensamiento. Mientras Alicia habla, el gato, ese peluche blanco, molesto, mamero, se sentará al lado de ella y maullará.

—Anda a despertar a Juanpi- le dice y el gato nada, sigue con los ojos clavados en ella. Juanpi es uno de los hijos que vive ahí todavía, pero la puerta de su dormitorio no se abrirá en las seis horas que estemos charlando allí.

El gato sigue ahí y ella lo ignora, porque está contando la historia, su historia. A partir de ese momento, el momento en que Rodrigo murió, ella está diciendo que se psicotizó, que dejó la cabeza por un lado y el cuerpo por el otro.

—Me dejaba los dedos dentro de los cajones. Estaba suspendida la cabeza del cuerpo. Eso sí, la cabeza era una máquina. Yo me programaba. Porque primero no podía perder el tiempo: teníamos que salir por televisión ante millones de personas, donde estaban los futuros jueces y contar lo que pasó, pedir justicia. Entonces yo me dije “no voy a desaprovechar haciendo papelones, si esto es una cosa que nunca voy a superar”; de eso tuve la absoluta convicción siempre.

***

“Mauro al mediodía”; “El periscopio”, con la conducción de Graciela Alfano; CVN Noticias, fueron algunos de los programas en los que participó Alicia Soria.

—Te aviso que no me vas a ver llorar, yo lloro en casa y en el baño para que los chicos no me vean- dice Alicia ubicando la misma cara que puso cuando le habló a Graciela Alfano fuera de cámara: los ojos bien abiertos y la mano suspendida en el aire sellando el dedo índice y el pulgar, como quién advierte.

Pero ese día sí lloró. En el estudio de filmación estaba ella, impávida, con la mirada perdida y los ojos hinchados. Atrás, todos parados, sus hijos, vecinos y amigos de Rodrigo, con carteles, con pelos largos y con desconcierto. Alicia le habla a cámara pero no mira a cámara, y dice “esto es para que ninguna mamá vea a su hijo como lo tuve que ver yo, en el hospital, peleando. Tres días por cada hermano, pero no pudo”. Mientras sucede eso uno piensa llora, llora, llora. Pero no. En cuanto Alfano manda al corte, en cuanto la cortina del programa se va metiendo en la escena de aire, en cuanto los títulos empiezan a deslizarse, se ve y se escucha una madre que rompe en llanto, un llanto seco, trabado, un llanto de bronca. Y después, la tanda comercial.

De esa Alicia que se ve en televisión no queda mucho. Hoy tiene un cuerpo de manzana, las piernas son finas y no muy largas. Su cara esta lavada, sin facciones que sobresalgan con delicadeza, sus manos no son dulces, su pelo no es ni lacio ni enrulado, sus dientes no están claros. Alicia no es un estandarte de belleza, pero sí de rudeza. Tiene el pelo castaño, ojos oscuros y la piel en un gris humo. Tiene las cejas finas como un dibujo y una papada que no le deja terminar la línea de la pera.

Esa Alicia que se ve en televisión no se parece mucho a la mujer que sonríe en una foto, feliz, junto a sus hijos. Con la mirada descansada, la sonrisa amplia y no forzada, los ojos centrados y no desorbitados. Esa Alicia sí pudo estar en pareja, criar a sus hijos, todos iguales, sin hacer diferencia entre los vivos, entre los muertos.

Esta Alicia, no la que sale en televisión, ni la que está en la fotografía, sino la que está sentada en la mesa del comedor solo puede hablar de una cosa.

—Le pedí a mis vecinos que me grabaran los programas- dice.

Hoy tiene hecho un solo video con las mejores partes de cada uno en donde participó, porque estuvo pasando los VHS a DVD, y entonces aprovechó. El primero que pasó fue el del juicio. Después siguió con el del cumpleaños de 15 de su hija Maia, que ahora tiene 30 años. Pasó también el video en que se lo ve a su hijo Juan Patricio cantando en “Cantaniño” pero ahora ya no es un niño y tiene 23; pasó algunos de Emanuel que tiene 31 y, por supuesto, hay varios de Rodrigo, que hoy hubiera cumplido 40 años.

Rodrigo cumplía el 16 de junio. El 11, cinco días antes de su cumpleaños, falleció en el Hospital Municipal de Vicente López. Era un martes. Después de enumerar estas dos fechas Alicia tratará de hacer memoria con respeto a un fin de semana largo que había, que la gente se fue, que no había mucha plata, pero igual se iban, a la costa, algunos tenían casa afuera, algunos se quedaron.

—Bueno la cuestión es que…, yo me ramifico, pero no te preocupes que vuelvo- dice y dirá a lo largo de toda la entrevista.

Prende un cigarrillo, lo termina, y enciende otro. Pita con fuerza, agarrándose de esa boquilla como quién se sostiene de la roca ante el precipicio. La madre de Rodrigo tiene la voz ronca y gastada como la de un león que ya ha rugido bastante.

Empieza a hacer frío allí dentro, ella se para y amablemente va a buscar una estufa eléctrica. La pone cerca de mis piernas, pero el frío no se va. Ella se saca el sweter rojo y amarillo, donde lleva el prendedor, el mismo que la acompaña a hacer las compras, el mismo elemento al que ella le habla cuando hay días de sol, como si Rodrigo estuviera ahí, tan quietito como la imágen. Se queda solo con una remera negra manga larga, yo no me podré sacar el saco en toda la tarde.

—¿Si te cruzaras con el asesino qué le dirías?
Lo vivo invitando para encontrarnos, para mostrarle el álbum de fotos de mi hijo desde que nació hasta dos días antes que él lo mató, y no quiso juntarse conmigo. Quiero realmente que me diga si él cree que merece estar en libertad.

Alicia se enteró de esto un año después de que el tipo ya caminaba las calles. Porque era concejal, porque alguien que sin conocerla, fue a pedirle trabajo, ese alguien había participado de las marchas y la reconoció, porque la cuñada de Morales hacia la limpieza en una inmobiliaria, porque este alguien estaba haciendo una changa de electricidad ahí, porque ese día la mujer llegó contenta diciendo que su cuñado estaba libre, porque el destino lo quiso y buscó la forma, Alicia se enteró. También, por obra macabra de las causalidades, con la risotada de la ironía sonando en el medio, el día que le firmaron la libertad a Morales, era el cumpleaños de Rodrigo.

Desde ese momento, Alicia, lo midió a la distancia.

Hubo una vez, una mañana de sol cálido que salió de un supermercado, agitada, con pasos rápidos, creyendo haberlo visto. Se metió en el kiosco de al lado y por la ventanilla, comprando un alfajor, apareció él. Quiso gritar: “¡Es el asesino de mi hijo!”, pero la voz no le salió.

Morales vivía a la vuelta de aquel kiosco y ella en cuanto supo la dirección fue hasta su casa, esperó que saliera, agazapada detrás de un cartel, lo siguió, se paró junto a él en una parada de colectivo, le mandó un mensaje a su hija, que no la espere, que llegaría tarde. Pero él no la vió, ni se percató: tal vez por su campera con capucha, tal vez por sus anteojos negros o simplemente porque no era una cara que le importara recordar.

El expediente de la causa podría decir algo así: Rodrigo Sebastián Susevich Raze, de 22 años, fue baleado el 8 de junio de 1997, por Isidro Adolfo Morales, un sereno de una garita de vigilancia privada que no estaba habilitada. Rodrigo junto a dos amigos había salido de un recital en la Sociedad de Fomento Drysdale, Carapachay, y fueron a preguntarle al garita por una parada de colectivo.

De no haber sido porque Morales, en vez de indicarles el camino, los trató mal y los echó. De no haber sido porque los chicos le dijeron “garitero mala onda”, tal vez Rodrigo estaría vivo.

Morales los siguió dos cuadras y desde la sombra les disparó. Salieron dos tiros y se le trabó el arma. Pero eso bastó: Rodrigo ya estaba en el piso.

—Yo estoy segura que, en su cabeza de sorete, lo que lo puso loco fue que los chicos le dijeran “garitero mala onda”. Garitero es despectivo. El garitero es el que está en la garita como el perro que está en la casilla.

***

Alicia vuelve a pararse, esta vez para ir hasta el mueble que está detrás de ella y tomar la única foto que hay de Rodrigo en el comedor, esta con un grupo de amigos. Me la deja en las mano y se vuelve a la cocina que está separada por un desayunador, desde allí habla, habla sin parar.

El departamento es chico, pero hay mucho: el gato -hay una heladera llena de imanes- el gato que mira- muebles llenos de cosas- mira y se duerme- , un juego de mesa que dice “cultura general”- calentito ensimismado- la mesa redonda con un mantel de puntillas, – el gato esta sobre la mesa- tazas antiguas –esta como empollando algo- y platitos.

—Cuando lo matan tenía puesto un rosario que le regaló un amigo de la virgen de San Nicolás. Y las rosas rosa son de la virgen de San Nicolás- dice en voz más alta, sacudiendo un cigarrillo por los aires desde la cocina.

Alicia está hablando del velorio, de las coronas que se desojaron, de que por suerte lo vio todo el mundo.

—Tengo testigos, ¡Hasta periodistas! Víctor Sueiro quiso hacer un testimonial y al final se murió antes…- grita.

Dicen que en una operación importante se cortó la luz y Rodrigo la devolvió. Todos los amigos le piden a Rodrigo cuando pasa algo.

El gato se baja de la mesa, maulla y camina sin hacer nada de ruido hasta el sillón de cuerina marrón que está debajo del ventanal. Ahí se endereza, se sienta, se lame una pata y se vuelve para mirarme de costado.

—Yo creo que las cosas quedan, la energía- dice Alicia mientras sirve el café – Y esto que te cuento pasó estando dentro de lo que dicen los metafísicos, que a los 55 días el alma todavía está, le cuesta mucho entender que se tiene que ir, porque es una confusión que se le produce.

Alicia empezó a meterse en la metafísica antes de la muerte de su hijo. Empezó a leer interesada, empezó a asistir a charlas de la “Luz violeta”, aprendió a hacer Reiki e imposición de manos. Empezó con todo esto dos años antes de que muriera Rodrigo, justo después de que su hijo volvió de Israel.

—El padre quería que se quedara a vivir allá, que haga el ejército. Porque el ejército es muy bien pago. Y a los argentinos los quieren para aviadores. Y yo soy anti guerra, anti belicista.

Rodrigo terminó la secundaria allá, hizo el bachillerato agrario en los Kibutz- una comuna agrícola israelí- y con diecisiete años, en el colegio israelí, le enseñaron a manejar armas; y lo hacía muy bien, hasta le dieron un premio por ser el mejor en tiro al blanco. Le gustaba la idea de hacer el servicio militar, decía que era bien pago, pero para eso debía nacionalizarse.

—Se había salvado del servicio militar por ser número bajo, así que cuando me dijo eso dije “ni loca”. Y después me lo matan acá…

***

En el departamento de Alicia hace mucho frío; cualquiera castañearía los dientes, menos ella. La estufa eléctrica se regula sola, y después de un tiempo determinado se apaga. Por eso se respira hielo. Pero la madre de Rodrigo no lo siente. Prende otro cigarrillo y mastica algo que ella misma hizo: unos cuadraditos rellenos de naranja. Pocas cosas son tan amargas.

Durante la charla con ella, en su casa, nada es fácil pero fluirá, menos el relato de aquella noche, la que fue cruel. En cada línea se abrirá un paréntesis gigante, como si planeara su huida, y en ese paréntesis dará detalles de cosas insignificantes, como la campera que se compró uno de los amigos o que el hijo más chico tenía que ir a un partido al mediodía. Después seguirá contando lo sucedido, solo un poco, pero su inconsciente la traicionará y volverá a detenerse en algo que no es importante. Es muy visible. Es muy notable. Cómo no quiere, no puede, pasar por este punto de la historia: la noche en que su hijo Rodrigo empezó a irse para siempre.

—Lo más terrible fue el teléfono, cuando la policía me llama.

Acá ya empieza a jugar la memoria. Porque a ella no la llamó la policía, primero sonó el teléfono a las cinco de la mañana con la voz de su madre del otro lado gritándole que habían llamado a su casa, que dejaron un teléfono, que se comunique.

Cuando Alicia llama a la comisaría de Carapachay, la atiende un comisario que le dice que su hijo Rodrigo tuvo un accidente. Después de preguntar “¿qué?”, “¿cómo?”, “¿por qué?”, “¿qué es bien lo que pasó?”, el comisario le revela que le pegaron un tiro y desde ese momento las rodillas se le aflojaron, la vista se le nubló y se quedó afónica. No recuperó nunca más el equilibrio, ni la claridad, ni la voz.

Llegó al Hospital de Vicente López, loca. En la guardia se chocó con Juan, el amigo de Rodrigo, le pidió que lo abrace pero ella no abrazó a nadie, porque no entendía nada, porque no tenía ganas. Recuerda también, que la hicieron dar vueltas por todos los pisos del Hospital. Fue para que no se cruzara con el asesino de su hijo mientras la policía lo inspeccionaba para determinar que él no estaba herido, por si se le ocurría decir que alguien lo había querido atacar. Esa noche no lo vio, pero sí se lo cruzaría cuatro meses después.

Ella la criatura más viva.

Ella la madre más madre

Al término de esa noche habría perdido a su hijo.

***

Reiki y Johrei, practica Alicia. Johrei es una forma de imposición de manos y para Alicia, en su relato, es importante hablar de ello. Para Alicia, en su relato, todo es importante: desde la enfermera que la tomó de las manos en el Hospital y le dijo que no se arraigue, su propia expresión en los ojos porque ella siempre es muy expresiva con su rostro como cuando fue al programa de Alfano y sus ojos eran tristes, y “que respeto, cómo nos trataron”. Pero claro, estábamos hablando del Johrei. Vuelve. Vuelve con “la cuestión era que…”. La luz violeta, el creador, la naturaleza, la historia del templo, qué es la luz violeta y después dice “vas a ver como se relaciona esto con lo que te estoy contando”. Y tiene razón, las cosas se tocan, se rozan o simplemente ella encuentra la conexión causal.

Un día, después de una sesión en el templo, pidiendo para que Morales- el asesino de Rodrigo- se presentara a declarar llega a su casa y el abogado defensor de su causa había dejado grabado en el contestador “Lici, mañana tenes que presentarte a las 7.30 de la mañana porque el reo pidió declarar”.

A Alicia Soria, a lo largo de toda la charla, se le cortará la voz en un llanto silencioso dos veces: una cuando cuente este mensaje que le dejó su abogado en el contestador, y la otra cuando cuente que Néstor Kirchner acarició el retrato de su hijo. Pero para la segunda, falta.

Después, Alicia se para y con las sillas del comedor arma la escena de lo que vendrá: la primera vez que vio a Morales, en su declaración, cuatro meses después de la muerte de Rodrigo.

La sentaron detrás de él, a escasos metros. Ella veía su espalda, una espalda encorvada por el peso de la muerte ajena, una nuca que suda, una voz que aún no tenía cara, una cabellera con ganas de ser tironeada. El privilegio de la vista tenía la madre porque le habían prohibido hablar. Alicia se mantuvo con los brazos cruzados, tomando agua, y más agua, para regar la garganta que le quemaba y le daba tos.

Algunas palabras, ciertos movimientos, adquieren una importancia desmesurada.

—Morales me dijo “yo le quiero pedir perdón a la mamá…”- ahí ella se confunde o se olvida y se corrige- a la señora dijo, a la señora.

Cuando relata se acuerda de los diálogos exactos en las situaciones, lo que le dijo al médico, lo que le respondió la enfermera, lo que le contó la vecina, lo que ella le comentó al abogado. Cuando avance la tarde se verá que no recuerda, que a veces inventa para llenar el hueco del recuerdo imperfecto.

Como en este caso, cuando relata el momento justo en que Morales terminó de declarar:

—La abogada de él le dice “ahí la tiene a la mamá, atrás suyo” Morales se da vuelta y me dice “yo le quiero pedir perdón”. Ahí me levanto- hace el gesto y cambia la voz, como imitando ese momento, con la furia contenida en la boca del estómago y sigue- le pongo el retrato de mi hijo, los ojos de mi hijo a la altura de los suyos, y le digo “yo no lo perdono. Si Dios quiere perdonarlo lo perdonará y si mi hijo quiere, acá lo tiene, pídaselo a él”.

Y después de la actuación, la urgencia del baño: Alicia sale corriendo hacia la última puerta del pasillo.

¿Cuántas veces habrá pasado por esta escena? ¿Qué partes quedaron del original?

Ese comedor es: sobre dos pilas de libros, el equipo viejo; sobre el equipo, dos cajas; sobre las cajas, un cucú; sobre el cucú, el juego de mesa. Detrás de todo eso, apoyado en la pared, cinco cuadros que no fueron colgados. Todo está al lado de un mueble con tres estantes que tiene libros, fotos, frascos, mugre, cds.

Pienso en Israel y en la foto que le mando Rodrigo sentado arriba de un tanque. “El vino loco de Israel, con las armas”, había dicho Alicia hacía un rato. También había contado que ni un revolver de juguete tuvo, porque para ella eso no era ni siquiera un juguete, y él le decía “vos no querías comprarme un revolver, todos mis amigos tenían y yo no. Pero eso está acá ma” y se señalaba la cabeza, como que las armas estaban en la mente, igual que la bala que lo mató.

Adolfo Morales tenía 55 años y andaba sin permiso para portar armas, pero las tenía igual. Por eso, el abogado de la familia Soria pidió dieciocho años de encierro: le dieron doce y salió en nueve.

Cuando Alicia vuelva terminando de arreglarse las calzas en el camino, le preguntaré si lo perdonó.

– No. ¿Por qué lo voy a perdonar? ¿Qué le hizo mi hijo para que le hiciera eso? Es un gusano. Es un gusano que mata mariposas- será su respuesta final.

***

A veces las noches son largas. Más que la noche, la espera de que la luz salga, de que amanse la oscuridad. Los silencios, los pasos del viento en las habitaciones dormidas, las sombras, que no son otra cosa que los mismos miedos proyectados en la pared o en las baldosa de cerámica.

A veces las noches son largas. Más que una noche, cinco meses vividos al revés del sol. Porque durante cinco meses, la madre de Rodrigo, simplemente, no pudo dormir y usaba las noches y parte de los días para trabajar en una ley.

En esa mesa grande del comedor, donde ahora hay platitos y tacitas, cosas dulces y amargas y una gran cafetera, Alicia desplegaba papeles y de a poco fue juntando los cinco proyectos que ya había sobre el tema – que eran de distintos bloques políticos, pero no llegaban a un acuerdo- para reglamentar las casillas de seguridad. Los juntó, armó uno solo, lo llevó al Congreso y se aprobó.

Fue varios años después del asesinato, que impulsó la ley provincial N° 12297/98 que regula la seguridad privada bonaerense, y la ordenanza municipal 16.313/00 que regula las casillas en la comuna.

La ley dice: que no podrán desempeñarse en el ámbito de la seguridad privada las personas que hayan sido excluidos de las fuerzas armadas, de seguridad, policiales, del servicio penitenciario u organismos de inteligencia por delitos y quienes posean antecedentes. Además dice que los prestadores deberán portar una credencial habilitante cuando estuviese autorizado a portar armas, que deberán contar con la capacitación necesaria, y que el usuario debe exigir al prestador que acredite encontrarse habilitado por la autoridad de aplicación.

Pero antes de todo esto, el presidente de la nación quiso verla. Cuando lo cuenta, Alicia por segunda y última vez en la tarde solloza.

—Néstor Kirchner quiso reunirse conmigo y con otros padres de casos que habían quedado impunes. El día de la reunión nos avisaron que no dejaban entrar a nadie con carteles ni pancartas. Yo dije: “yo voy a ir con el cartel de mi hijo, le guste o no le guste”.

El cartel tenía de un lado la foto de Rodrigo y del otro, un pedido de justicia. Cuando la Alicia entra al despacho mira a Kirchner directamente a los ojos y le dice señalando las letras “yo vine por esto”. Él vuelve a girar el cartel, acaricia la imagen del rostro de Rodrigo y dice “qué lindo pibe”.

De aquel encuentro con Néstor Kirchner nació el Programa Nacional de Lucha Contra la Impunidad (PRONALCI). Aquí miles de familias denuncian y reclaman justicia. Son casos que tienen sus orígenes en la violencia institucional, en el incumplimiento del proceso legal, en los papeles que se pierden y extravían, en los juzgados vacíos o con mucha gente, en los pasillos sórdidos e interminables.

Doce padres formaron la comisión directiva y Alicia fue uno de ellos. Un tiempo después sería parte, también, de la Secretaría Nacional de Derechos Humanos, donde desempeñaba algunas tareas como viajar por las diferentes provincias del país para ayudar a armar comisiones de padres, pidiendo justicia.

La tarde está cayendo rápidamente y cada vez se siente más el frio. El gato molesta para entrar y ella le abre mientras cuenta que todos los 5 de mayo llama al trabajo de Morales, pide hablar con él y le dice a quién sostenga el tubo: “Habla Alicia Soria, la mamá del chico que asesinó Morales”. Es que los 5 de mayo es su cumpleaños y por eso también le regala escraches: un año hizo fotocopias y las repartió por todo el barrio donde él vive. Los papeles decían: “Morales, asesino, no te queremos de vecino”, y su dirección.

Para el próximo cumpleaños tiene pensado poner una pantalla pasando fotos y videos, en la esquina de su casa, y hacer que todos los colectiveros de la línea 184 que pasan por la puerta toquen bocina.

—Mirá que es exclusivo esto. No lo avises porque se va a ir.

Pero más allá de todo esto que ella hace con esmero, Morales vuelve a conseguir trabajo de garitero. Cuando le preguntan por sus antecedentes contesta “lo que pasa que una vez maté a un chorrito que era hijo de una concejal”.

A Rodrigo lo mataron en 1997, y en esa época ella ni pensaba que iba a tener una función política.

***

Cuando arranca el mes de junio, para Alicia, arranca el mes de Rodrigo: organiza marchas, sube videos a youtube y la llaman de algún canal de televisión para hacer alguna que otra entrevista. Sus tres hijos siempre estuvieron cerca, ahora ya hacen sus vidas, tiene sus hijos, y sus propios cumpleaños.

Alicia se ha levantado muchas veces a calentar el café que termina siempre por enfriarse en las tazas, porque la charla no lo deja ser absorbido. De todas formas ella arremete con entusiasmo de buena anfitriona y me ofrece calentarlo una vez más. Pero le digo que no, que esta charla está llegando a su fin. La estufa se ha vuelto a apagar, y ahí, no se puede más de frio.

—No hay duelo con la muerte de un hijo- reconoce en palabras y sigue- El duelo se produce cuando uno queda en paz.

Y la madre de Rodrigo no la tiene, ni la busca ni la encuentra. No hay justicia que valga. Porque todo el tiempo hay una pregunta que no ha sido contestada: “¿por qué?”. Es un final abierto, una llaga, son dos palabras golpeando contra la pared, produciendo ese eco que se hace cuando nadie responde.

En la mitad del juicio por el asesinato de su hijo le escribió una carta a Morales. La carta dice: “Nunca hubiera imaginado que un día le escribiría al asesino de mi hijo”. Luego, hace visible ese lazo que indefectiblemente los une: “siga caminando sobre este débil hilo que se tiende entre quien tuvo la dicha de parir a Rodrigo Sebastián y quien cumplió con el triste destino de segar su vida. Ya ve… somos dos puntas opuestas”.

Y casi llegando al final, a modo de despedida, se lee como en un susurro donde falta el aire: “A mí me hizo las primeras preguntas de su curiosidad infantil; a usted la final: ¿por qué?”.

La balanza de la justicia, para Alicia, nunca estará balanceada. No hay nada que compense. El hueco queda abierto, el mismo que hace una bala en una cabeza.

Dice que Rodrigo era alto y todavía lo siente, lo siente por detrás en un abrazo; lo ve.

—¿Dónde creés que está ahora?
Yo creo que está donde quiere estar. Él siempre me decía “yo si pudiera ser mosquito y estar en todos lados”.

Y un mosquito pasa frente a nuestras narices. Ella no se da cuenta. Y el gato – que estuvo toda la tarde inquieto- comienza a maullar, parecido a un bebé llorón, que pide por su madre. Después se sienta mirando a un punto fijo en la pared. La madre de Rodrigo se para y le pregunta qué quiere, “¿salir?”; “¿querés comer?” y le da un tarrito con leche.