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Víctor Hugo Viscarra no murió en su ley, como quería: “solo y como un perro, pero libre, tomando el último trago”. No pudo decirle nada al alcohol –que tanto le dio y tanto le quitó– en sus últimos suspiros. No pudo brindar ni tan siquiera con una gota de licor adulterado. Porque dijo adiós desde una cama de hospital, no en una cantina. Porque su estómago maltrecho sólo admitía las cucharaditas de sopa que la escritora Vicky Ayllón le daba en la boca con la paciencia de un editor de textos.

Viscarra solía decir a sus amigos más cercanos que no pasaría de los 50. Que si lo hacía, “nacionalizaría un revólver para pegarse un tiro”. Pero no hizo falta. El cuadro clínico que lo llevó a la tumba resultó más contundente que un disparo: reumatismo, neumonía crónica, alteraciones digestivas y cirrosis galopante. Se fue un miércoles, a las 10 de la mañana del 24 de mayo de 2006, a los 49 años.

Antes, intuyendo probablemente la fatalidad, bautizó el último libro que publicó en vida con un título premonitorio: Avisos necrológicos. Y poco después el suyo apareció en las páginas de los periódicos más importantes del país a modo de noticia.

“El Bukowski boliviano” o “Viskarrowski”, le llamaban algunos periodistas. “El narrador de los márgenes”, decían otros. Pero él se definía simplemente como un pobre diablo que esperaba ir al infierno. Porque allí, bromeaba, “por lo menos hay calefacción”.

***

Mi primer encuentro con Víctor Hugo fue sin trago de por medio, en enero de 2004, a las siete y media de la noche en la Casa de la Cultura de La Paz. Yo no lo conocía. No había visto antes ninguna fotografía suya. Y las interrogantes eran muchas. ¿Serán sus lentes gruesos? ¿Será dueño de una barba mal cortada o de un bigote bien cuidado? ¿Llevará una botella estrangulada en alguna de sus manos? ¿Fumará negro?, me preguntaba. Hasta que el portero de la Casa de la Cultura me devolvió a la realidad con un anuncio escueto. “Ahí está”, dijo, estirando luego el dedo índice como un pirata, hacia lo lejos.

Más que una persona, medio encorvado, parecía una sombra. Caminaba lento, a pasos cortos, mezclado entre la gente sin que nadie reparara en su presencia. Se cubría con una chamarra café, una camisa medio blanca, medio sucia, un suéter viejo y un pantalón negro. Tenía la pinta lúgubre de un enterrador antes de meter pala a una tumba.

Cuando le hice una señal se acercó enseguida y alargó la mano para darme un apretón tibio. Después soltó uno de los chistes que usaba a veces para romper el hielo.

–Hola, soy Víctor Hugo Viscarra, el antropólogo –me dijo.
–¿El antropólogo? –contesté con un ademán de sorpresa, medio confundido.
–Sí, sí, el especialista en antros –dijo él con cara de no haber roto nunca un plato. Y luego me mostró una sonrisa de niño malo a la que le faltaban varios dientes.

Días atrás, Viscarra había llamado a la redacción del diario en el que yo trabajaba porque lo había mencionado en un reportaje sobre el binomio escritura-alcohol y quería conocerme. Hablamos un ratito por teléfono y acordamos una cita. Pero con él los compromisos tenían menos valor que un cheque sin fondos. Y corría el riesgo de que no se presentara. Un año antes, una periodista del diario chileno La Nación pasó las de Caín para ubicarlo. Pablo Gozalves, su editor en aquel tiempo, lo había dejado esperando en la capilla del Sagrado Corazón, pero escapó para continuar con su farra interminable y demoraron casi una semana en rescatarlo de las calles para que atendiera la entrevista.

Por eso, el hecho de tenerlo frente a mí era un alivio. Y en un par de minutos comprendí el por qué de su puntualidad y su buen aspecto, cuando me confesó que llevaba casi 11 meses sin beber para cumplir con un tratamiento contra la tuberculosis que le había impuesto el médico. Porque, aunque borracho de corazón, lo hizo con la misma determinación con la que un predicador alza la Biblia para pregonar el fin del mundo. En los momentos de mayor flaqueza, Viscarra solía lanzar una amenaza contra sí mismo como quien recita una poesía: “El trago o yo”, decía. Esta vez fue él y su salud se lo agradeció.

De mutuo acuerdo decidimos ir a una cafetería cercana en los bajos del hotel Gloria, al abrigo de una ciudad gris, con olor a orín en las aceras, paredes mal pintadas y subidas y bajadas en cada esquina. El escritor pidió un mate y un sándwich de jamón con queso. Y a continuación depositó en la mesa un amasijo de recortes y varios de sus libros con un gesto de cierta pesadez, como si también dejara ahí encima sus más de 30 años vividos en la calle, la apariencia de alguien de 60 y su tos de perro apaleado.

“Nací viejo”, escribió Viscarra en Borracho estaba, pero me acuerdo, quizás su obra más autobiográfica. “Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño, el que habita en mí debe de ser muy triste”, añadía unos renglones más abajo. Su madre, según él mismo contaba, rompió varias escobas contra su espalda. Su padre, “aunque un buen hombre”, tras una paliza de su madrastra, cuando Viscarra le dio a escoger entre él o ella, la prefirió a ella; y a los 12 años comenzó el vía crucis del autor en la indigencia.

Desde entonces, no dejó de sentir frío. “Es artero, sale como de un gigantesco refrigerador y lo envuelve a uno por completo”, describía. Por eso andaba siempre encogido. Por eso observaba a todos de abajo arriba y no de arriba abajo. Y desde esa posición me vigilaba mientras esperaba su tentempié con una ansiedad no disimulada.

–Esto es un robo a mano armada –me dijo apenas tuvo la oportunidad, tras echar una mirada a la carta de los precios. Acostumbrado a pagar sólo unos pesos por los “soldaditos” –pequeños envases de plástico con alcohol casi puro dentro–, el café con leche de dos dólares que yo acababa de pedirme le parecía quizás un caro capricho.

De cerca, los rasgos de Víctor Hugo se intensificaban. Su nariz, fruto de las caídas y los golpes recibidos, parecía un gancho retorcido de derecha a izquierda. La línea de sus cejas subrayaba unos ojos achinados y meditabundos. Y disimulaba la lámina de grasa que le invadía el pelo con un peinado clásico con la raya a un lado.

Conversamos, sobre todo, de la calle. Su máxima era ésta: “Allí, con mis delincuentes, mis putas, mis mendigos y mis ladrones, me siento en casa”. Me comentaba que los ambientes en los que se movía eran los tugurios que pueblan diferentes rincones de la ciudad:

La Garita de Lima, Tembladerani, Achachicala, Gran Poder, Alto Tejar y Chijini, entre otros. Que los protagonistas de sus escritos subsistían en los callejones de algunos de estos lúgubres enclaves. Y aseguraba que el mayor halago que recordaba se lo debe a una mujer en estado de embriaguez. “Escritor, he leído tu libro. No mentiste”, le dijo.

Memorioso, Víctor Hugo enlazaba una anécdota detrás de otra, recordando con detalle cada fecha, cada espacio, cada nuevo remiendo en la ropa de sus cuates, cada cicatriz que conformaba el mapa de sus rostros. Era capaz de recitar párrafos enteros de sus libros. Es más, lo hacía a menudo porque recordar se convirtió en su estrategia de supervivencia. Como escribía en servilletas y pedacitos de papel que solía perder por el camino, aprendió a reconstruir los textos en tan sólo unos minutos. Y manifestaba tanto arte a la hora de reescribirse que cualquiera diría que vivía en un monólogo constante.

Al hablar, sus mañas se hacían más visibles. Sus manos se movían rápidas de un lado para otro, como las de un mago veterano. Silabeaba. Se secaba los labios una y otra vez relamiéndolos con la lengua sin sutileza. Marcaba las eses y las pes para dar mayor énfasis a las palabras. Y un leve tartamudeo, imperceptible casi, acompañaba su discurso.

También se mostraba deslenguado:

–Aunque digan que no tengo estilo literario, a mí me encanta escribir de esta manera. Es mi forma de hacer las cosas, y al que no le guste que se meta su dedo y su desagrado en el orificio de su disgusto –me dijo mientras hincaba el diente al emparedado.

Y cuando la charla no dio más de sí, se retiró con lentitud a tomar un minibús con dirección a la parroquia del Rosario, de su amigo Humberto, cura en el barrio de Villa Dolores, de la ciudad de El Alto.

Allí Viscarra dormía a veces porque el sacerdote le prestaba una computadora en la que escupía sus historias tremebundas; y porque luego le guardaba los archivos, ya que él no sabía manejar bien aquella máquina.

***

Tras la muerte de Viscarra, visité en Villa Copacabana a uno de los hombres que mejor lo conocía: Manuel Vargas, su último editor.

Villa Copacabana es un barrio en el que rige el caos de las laderas, sin un orden lógico de números en el marco de las puertas, con algunas edificaciones de ladrillo descubierto y otras salpicadas de cal blanca. Un lugar en el que los perros –esos perros que fueron durante décadas los compañeros más fieles de Víctor Hugo– suelen buscar algún resto de comida entre las bolsas de basura. Y Manuel es un hombre espigado que rodea de silencios prolongados todo lo que hace, que oculta su rostro alargado bajo unos lentes de alambre y que luce siempre una perilla bien dibujada que otorga un aire de mayor calidez a la expresión de su cara. El día que me recibió usaba una gorra de chulapo madrileño para recoger su media melena. Y no tardó en confirmarme una realidad que a menudo había sospechado: tras mi primer encuentro con él, Víctor Hugo volvió enseguida al trago. “Estuvo sin chupar 11 meses y tres días –me dijo Manuel–. Y estoy seguro de que eso fue para él una auténtica condena”.

Cuando Manuel me hizo pasar a su escritorio había allí decenas de libros: muchos, bien ordenados en los estantes; otros, formando montañitas que crecían desde el suelo. Hallé de todo: literatura inglesa, francesa y latinoamericana. Y también estaban a la vista las obras de Viscarra: Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), Relatos de Víctor Hugo (1996), Alcoholatum y otros drinks: crónicas para gatos y pelagatos (2001), Borracho estaba, pero me acuerdo (2002) y Avisos necrológicos (2005).

Coba es una experiencia creativa que refleja la jerarquización de clases y la división de la sociedad a través del lenguaje. Viscarra publicó la primera edición con la ayuda desinteresada del escritor tradicionalista Antonio Paredes Candia, ya fallecido. Y solía compartir una anécdota muy jugosa sobre la publicación con sus colegas. “Me entregaron el primer ejemplar en la plaza Alonso de Mendoza, una tarde nublada. Me fui a festejar y se lo regalé a la mesera que me atendía sin saber si ella sabía leer”.

Con Relatos, Alcoholatum, Borracho estaba y Avisos necrológicos, el escritor se adentró en un universo de supervivencia que, en palabras del crítico Germán Aráuz, “bebió a cada momento en carne propia”. Y en las páginas de Alcoholatum dejó además plasmado su único testamento conocido, un testamento literario que muestra a un Víctor Hugo con todos sus aderezos: irónico, sarcástico y tremendamente ácido.

El “documento”, en algunas de sus partes, dice así: “Mis libros los dono a la Biblioteca de Alejandría. Puesto que los he perdido irremediablemente, presumo que a ese lugar han ido a parar. Los textos que me fueron robados quedan en calidad de perdidos. Ya que no pude hacer nada para retenerlos, menos puedo hacer para recuperarlos. Mis pensamientos se los cedo a la humanidad entera, no para que los aproveche, sino para que aprenda cómo en el más completo estado de abandono uno puede cultivarse y educarse sin pasar por institutos, universidades, simposios, congresos, diplomados, maestrías y demás tucuymas. Todas mis deudas se las dejo generosamente dora mis acreedores, porque, sabiendo que yo vine al mundo sin traer nada, ¿cómo voy a tener algo para pagar deudas a otarios y prestamistas? Lo que sé es que cada obrero es digno de su salario. Por lo tanto, lo único que hice fue cobrarme las lecciones que les di, desasnándolos. Los culturicé un poco. Las pocas ropas que poseo son sólo para mí. A los que se jactaban y se jactan todavía de ser mis enemigos les dejó mi perdón.

“Y mi pobre corazón, hecho pomada desde los tiempos en que era ingenuo y cándido y con el que recorrí los caminos de la frustración y el desengaño, se lo dejo a aquellas personitas que se divirtieron hasta el cansancio con sus juegos sentimentales; a esas personitas que supieron poner en práctica sus ardides y sus mañas femeninas, lastimando a su gusto mis pálidos estertores personales para dejarme llorando mi desconsuelo en cantinas y chicherías donde estúpidamente moría ahogado en ingentes cantidades de licor. Sólo a ellas pertenecen los guiñapos de mi devaluado corazón”.

Tras leerme en voz alta algunos fragmentos de ese texto cuando menos curioso, Manuel quiso enseñarme la edición española de Borracho estaba, pero me acuerdo, que llegó a La Paz tan sólo dos días después de la muerte de Viscarra. Un libro de tapa blanca con una botella de cristal, una hoja de libreta y un lapicero ilustrando una portada –según un lector– “ajena al miedo y asco que se esconde entre las páginas”.

–¿Y por qué quisiste publicar a Víctor Hugo en tu editorial (Correveidile)? –pregunté a Manuel aprovechando un minuto en el que no decía nada. Y él simplemente se sentó, sonrió y acomodó su voz grave y pausada a la acústica de papel de su refugio.
–Marcela Gutiérrez, una amiga suya, tenía en sus manos un cuaderno con los escritos de Víctor Hugo. Había buenos textos, pero ella no sabía si él estaba vivo o muerto porque hacía ya mucho que no lo veía. Luego, él me buscó y me dejó una caja mal amarrada llena de recortes. “De ahí escoge tú”, me dijo. Era todo una especie de rompecabezas, con hojas sueltas, relatos incompletos, cuartillas rotas y un sinfín de anotaciones. En ocasiones, escribía un párrafo, lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. Al final, logré hacer una selección de lo rescatable y de ahí nació Alcoholatum, la primera obra suya que edité.

Por convenio, Manuel le daba a Viscarra sus derechos de autor en ejemplares. A veces, todos de golpe y a veces unos cuantos, porque, cuando peor estaba, Víctor Hugo todo lo que vendía lo bebía de un trago: cambiaba ejemplares por una botella o los ofrecía sin ton ni son en las cantinas. En una ocasión, en pleno proceso de impresión, llegó a aparecerse completamente borracho en la imprenta para pedir libros. Y a veces él mismo se pirateaba: fotocopiaba sus Relatos de Víctor Hugo para multiplicar la plata.

Según Manuel, cuando Viscarra estaba farreando no se podía contar con él para nada. Sano, sin embargo, era serio y responsable.

–Y durante esos guiños de sobriedad aprovechábamos para trabajar juntos.

Solían juntarse en casa de Manuel, en una sala con suelo de madera y olor a pipa en la que el editor intentaba transmitirle a Víctor Hugo algo del calor que le faltaba.

–Yo le daba ropa y él, cuando conseguía nuevas prendas, regalaba las viejas o las tiraba. Su ropa interior, decía, estaba sucia y destrozada. No lavaba.

Sus enseres eran siempre de usar y tirar. Y como las serpientes cambian de piel, él mudaba de aspecto a cada rato. Para mimetizarse con las calles que tantas veces se convirtieron en su madriguera y lo ocultaban.

Viscarra pudo escapar de ellas, pero no quiso. Por eso, cuando se mencionaba su nombre en algún sitio, la pregunta era casi inevitable: ¿Seguirá vivo?

***

Mi segundo encuentro con Víctor Hugo fue casual, en 2005, otra vez en las puertas de la Casa de la Cultura. A las tres de la tarde de un día de lluvia. Lo vi venir mientras estaba esperando a que escampara, con sus pisadas irregulares pero bien marcadas. Apareció tambaleándose, dando saltitos, como un duende salido de las entrañas de una bestia, como un don Quijote que no se acuerda dónde dejó a su Dulcinea. Su cara me pareció una mueca macabra, muy distinta a la del escritor que un año antes compartió conmigo un café dulce y una charla amena sin vapores etílicos de por medio.

Cuando se acercó hasta donde estaba, masculló primero un par de maldiciones. Después puteó a unos policías. Se quejó además de dos mujeres que yo no conocía. Y luego ahogó sus palabras en un susurro incomprensible. Estaba borracho. Temblaba. Una capa de mugre envolvía su ropa ajada. Su noche había sido demasiado “larga”, me confesó apenas.

Cuando tomaba, Viscarra caminaba a menudo sin rumbo para luchar contra las bajas temperaturas. A veces se animaba a dormitar en alguna gradita. Pero no siempre, porque cuando lo hacía no faltaba el vecino madrugador que lo despertaba temprano con un balde de agua. Cuando su cuerpo estaba helado, se animaba a armar una fogata con los maleantes que suelen rodear algunos basurales, sacrificando los cartones mal cortados que le servían para enrollar su propio cuerpo en los amaneceres congelados.

Antes de irse, Viscarra me pidió sin mucha amabilidad 20 pesitos.

–No tengo más que 10, Víctor Hugo –le dije mientras buscaba en mi cartera.
–Entonces, me das 10 ahora nomás y me debes otros 10 –me dijo. Aquella frase era habitual en él, y la solía conjuntar con la sonrisa más pícara de su repertorio.

Le entregué un billete arrugado y antes de meterlo en su bolsillo jaló la tela para comprobar que no había agujeros por donde pudiera salir la plata. De cerca, pude ver una cara muy hinchada; y me di cuenta también de que fruncía el ceño impulsivamente, como si de un tic se tratara, concentrando un mar de arrugas sobre su nariz desviada.

Se marchó sin despedirse. Para seguir peregrinando en su improvisado papel de recaudador de impuestos. Porque cuando deseaba alcohol, visitaba a los amigos y les reclamaba dinero sin cuidar las formas. Sobrio, sin embargo, el orgullo le podía. Y no se dejaba invitar ni siquiera a un té o un pan con queso. Incluso se permitía el lujo de dar limosna a algún borracho. “Yo sé lo que es necesitar para tomar un trago”, decía.

Se alejó atravesando puestos llenos de enchufes, dulces, peluches, devedés y libros pirata. Esquivando a charlatanes que ofrecían lociones contra la calvicie, antenas de televisión y manuales para todo y para nada. Parando después frente a una nutrida marcha de protesta. Y no tardó en ser absorbido por el magma de una ciudad que al mismo tiempo era su trinchera, rumbo a las cantinas hasta quién sabe qué día del almanaque.

Él resumía esta experiencia itinerante mejor que nadie. “Pierdo la noción del tiempo y algunas noches, víctima de los insomnios prolongados, me hace fechorías mi cerebro. Se acelera, se me escapa todo lo negativo y me asusto. A veces lloro, pero como estoy sin compañía nadie se entera. La hora avanza y espero la amanecida para huir del antro en el que me encuentre en ese momento. Entonces me pongo más tranquilo. Cuando me siento ya muy mal, tengo mi propio tratamiento: primer día, puro líquido, agua, mates o refrescos; después, cosas suaves, como sopa; y luego me meto lo que venga: pollo, res o lo que sea. Soy como un perro, sin ayuda me curo, yo solito”.

***

Uno de los “infiernos” favoritos de Viscarra era el Bocaisapo, una taberna impregnada por un profundo olor a viejo, iluminada por la luz delgada de un puñado de velas, con mesas robustas y embovedada rústicamente con ladrillos rojizos que parecen recién horneados. Un punto de reunión casi obligado para jóvenes universitarios, alcohólicos con cierto pedigrí y poetas trasnochados. Y el lugar en el que semanas después de la muerte de Víctor Hugo me cité con Erick Ortega, periodista y buen amigo del escritor.

El viernes en el que nos encontramos el ritmo del folclor boliviano armaba la banda sonora del local: morenadas, cuecas, sayas, diabladas y demás familia. Los vasos chocaban con energía y se repartían sin cesar cuencos con hoja de coca desde una pequeña barra adornada con una campana que quisiera pensar que estaba allí para dar el toque de queda a los últimos borrachos. Un vaho de humo de cigarro lo inundaba todo, conformando un sinfín de formas caprichosas que se confundían sutilmente con la decoración. Un mural con personajes de la bohemia de La Paz ocupaba una de las paredes. Y, como no podía ser de otra manera, en él también estaba inmortalizado Víctor Hugo.

Erick pidió un yungueñito –aguardiente con naranja– para recordar los buenos tiempos. Tenía ojeras profundas, pero ya no por las noches en vela a lomos de una copa “sino por mi beba, que no perdona”, me dijo. Luego me contó que siempre traía aquí a sus chicas para que las conociera Víctor Hugo. Que a una le recitó algunos versos en quechua y quedó enamoradísima. “Pero lo que jamás olvidaré –me confesó Erick– es cuando le presenté a la madre de mi hija. ‘Por fin te has jodido la vida’, se reía a carcajadas. Así era él, conciso y directo en sus apreciaciones, y lleno de anécdotas. Una vez me habló de un morguero que tenía relaciones con una cholita muerta. Y cuando se deprimía lloraba, lloraba muchísimo, con un llanto bien indígena, sin soltar lágrimas”.

Erick fue un privilegiado. Sin ser alcohólico, pudo acompañar a Viscarra en algunas de sus muchas escaramuzas para calentar el alma, un alma que el escritor sentía siempre fría. Y en cada salida con él se sorprendía. “Un par de veces quiso llevarme al Averno, un local de mala reputación, pero ya no existía, y en una ocasión terminamos en un bar en el que sólo había baldes para tomar. ‘Si entras aquí, no vas a querer salir’, me dijo”.

En Borracho estaba, pero me acuerdo Víctor Hugo dibuja con sus afiladas descripciones escondrijos similares. Uno de ellos es el famoso Cementerio de los Elefantes. Y lo describe así: “Para los que quieren suicidarse bebiendo sin parar está el traguerío de doña Hortensia, conocido entre los ‘artistas’ –los borrachos– como el Cementerio de los Elefantes, un lugar en el que el ‘artista’ que decide suicidarse es conducido a un cuarto para que pueda terminar con su existencia. Como los bebedores tienen el pulso de pajero, doña Hortensia les vende el trago en un balde de plástico en el que caben dos litros de líquido. Para beber, a falta de un vaso de cristal, les da un vasito vacío de yogurt. Y para que el tipo no se eche atrás, cierra la puerta con un candado, cuya llave guarda luego en uno de los bolsillos de su pollera [falda]. Cuando hay necesidad de botarlo a la calle –porque está tieso–, no faltan nunca voluntarios para llevarlo al callejón, donde lo recoge luego la furgoneta de homicidios”.

Según Erick, la mayoría de los sitios que Viscarra visitaba eran sórdidos, sucios, desaconsejables para los estómagos sensibles, pero excelentes para que Víctor Hugo alimentara sus relatos. El escritor aseguraba que en La Casa Blanca, donde atendían de domingo a domingo, tomó una vez 19 días y 19 noches consecutivos y que no recordaba haber comido nada en aquella aventura. En el Callejón Tapia, ubicado en un rincón con el mismo nombre, tuvo su bautizo de fuego: allí, a los 16 años, comenzó a probar sus primeros tragos fuertes; y allí comprendió que con alcohol en el cuerpo las bajas temperaturas son más llevaderas. Del Averno destacaba las peleas, tan violentas que “a nadie le extrañaba ver el empedrado manchado de sangre cuando amanecía”. Y contaba que, cuando tenía plata, trataba de no abandonar estos tugurios hasta las primeras luces, cuando el sol entraba en el cuerpo de uno como si fuera agua bendita.

–Cuando tomaba, él era consciente de que moriría joven –me dijo Erick antes de que abandonáramos juntos el Bocaisapo.

Después subimos las graditas que conectan con la calle Jaén, una vía estrecha y adoquinada, llena de balcones señoriales, donde los vecinos aseguran haber escuchado cascos de caballo, lamentos de condenado y los pasos de una viuda negra.

***

Mi último encuentro con Víctor Hugo fue en abril de 2006, en el café Alexander de Sopocachi, un barrio de La Paz con casas de pocas alturas y grandes edificios donde en los últimos años se ha instalado una buena parte de la bohemia de la ciudad, pero una bohemia bastante ligada a una clase media que desagradaba especialmente al escritor.

Quizá por eso no tardó mucho en llegar el primer reproche de la tarde:

–¡Esta mate no tiene nada de sabor, parece agua, carajo! –protestó.

Aquel día estaba a mi lado Mabel Franco, también amiga de Viscarra y periodista del diario La Razón. Aunque él quería irse, insistimos en quedarnos para que llenara el buche con algo consistente. Y al final pidió a regañadientes una ensalada muy frugal: sin champiñones, ni pepino, ni tomate, ni pan, ni aliño. Lechuga y punto.

–El estómago no me acepta casi nada –justificó al notarnos a Mabel y a mí un poco inquietos. Su cara estaba inflada, parecía una caricatura. Sus palabras, a ratos, sonaban como un aullido apagado. Pero no había perdido su buen humor: su humor negro.
–Si pudiera, me compraría un cuerpo a medio uso en el Barrio Chino –nos dijo, divertido, acto seguido.

El Barrio Chino es un pequeño territorio de La Paz, entre las calles Sagárnaga e Isaac Tamayo, donde transan los volteadores, descuidistas, rateros y raterillos. Y donde se dan cita habitualmente los “vizcachas” (vendedores de objetos robados), quienes, según Viscarra, están sindicalizados y afiliados a la Central Obrera Boliviana.

Mientras Víctor Hugo hablaba, algunas miradas furtivas se concentraban a nuestro alrededor. Un par de encorbatados de las mesas contiguas parecían incómodos con nuestra presencia. Examinaban disimuladamente al escritor, pero con asco. Hasta que Víctor Hugo volteó los ojos y, sin pronunciar palabra, los tuteó con apenas un golpe de vista. Fue como si dijera: más asco les tengo yo y no pasa nada.

–No soy como ellos. No me gusta el deporte. No me gusta la política. Y no me gustan los intelectuales. Pero bueno, aunque otros ganan el quivo (la plata), yo me he llevado la fama. Hay que tener agallas para desenvolverse en este mundo y no en el cuento de hadas donde habita la mayor parte de esta gente –resumió Viscarra de un tirón (porque Mabel y yo reaccionamos como si no entendiéramos bien lo que pasaba).

Era un Viscarra envuelto en una bufanda roja desgastada y en un suéter gris con agujeros que se veía igual de mal que el escritor, igual de maltratado. Lucía como un viejo achacoso. Su tos se había vuelto crónica. Un temblor repetitivo en una mano dificultaba sus movimientos. Y su listado de dolencias se había multiplicado. Por eso el reencuentro duró menos de lo habitual, de lo esperado. Y con la ensalada todavía a medio terminar nos retiramos del café despacio, a su paso.

Cuando salimos, Viscarra se agarró al brazo de Mabel como si fuera una botella. Andamos unos pocos metros, hicimos parar un taxi y él se despidió con una sola frase:

–Ya estoy demasiado mayor para amargarme –nos dijo.

Ya nunca más volvería a escuchar su voz. Dos semanas más tarde, ingresó al hospital Arco Iris. Otras dos después murió.

***

Vicky Ayllón estuvo a su lado en esos momentos tan difíciles. Aquellos días muchos de los que conocían a Víctor Hugo desaparecieron. Ella no: el escritor le había rescatado en una de las dictaduras más sangrientas de Bolivia, la de García Meza, en los ochenta, que persiguió y castigó con saña a muchos de los miembros del Partido Comunista.

Cuando me entrevisté con Vicky en un despacho de la editorial Plural, poco después del fallecimiento de Viscarra, ella combatía el frío con cafés y cigarrillos. Y recordaba con los párpados completamente cerrados cómo el escritor le guió por una parte de la ciudad que desconocía para protegerla de los torturadores que por aquel entonces la acechaban. Concentrada, sin abrirlos ni siquiera un segundo mientras hablaba.

–El día que Víctor Hugo me ayudó a escapar de los que me buscaban nos vimos en el mercado Uruguay. ¿Estás dispuesta a ir donde sea?, me dijo. Le contesté que sí. Estaba anocheciendo y me llevó primero por un sinfín de recovecos. Yo era una intrusa, pero sabía que él dominaba bien el barrio y eso me daba confianza. Seguimos por más callejones hasta llegar a una puerta de latón. Y luego comenzamos a bajar hasta un lugar con una tela blanca. Detrás había un hueco. Era un cuarto de tierra con las paredes blanqueadas con cal, un colchón de paja y una manta. Había que usar velas para ver bien. Y me dejó allí sola. Dos horas más tarde volvió con una hamburguesa y varias revistas: Vanidades y Cosmopolitan. Me salvó la vida. Y yo le quedé eternamente agradecida.

La complicidad creció y Vicky se convirtió después en una incondicional de Víctor Hugo. Por eso no me extrañó ver encima de su mesa un par de libros de Viscarra. Mientras hablábamos los manoseaba. Pero sin detenerse a mirar ninguna de las páginas.

–Su estrategia, sin duda, se basaba en la supervivencia –siguió contando Ayllón mientras sorbía su café de a poco, como si eso le tranquilizara–. Y consiguió algo muy difícil de lograr cuando la calle es casi el único mundo en el que uno se desenvuelve: ser respetado. En una ocasión me invitó a La Guerra, un local de los bajos fondos de La Paz, y la experiencia fue hermosa. “Puedes poner tu cartera y el celular sobre la mesa. Han destinado a un tipo para cuidarnos”, me dijo. Luego, la señora que nos atendía lo felicitó sincera. “Podías habernos delatado y no lo has hecho. Eso significa que eres un buen escritor”, le dijo. Para mí no hay crítica literaria más profunda que esa.

En casa de Vicky, Víctor Hugo, que no tenía un peso casi nunca, y menos para comprarse libros, leía a los clásicos y a los no tan clásicos con la voracidad de un lector al que le quema el papel entre las manos.

–Cuando lo hacía, se encogía. Mostraba toda su joroba y volcaba su cuerpo sobre el libro. Era muy inquieto. Reía, puteaba, exclamaba. No era educado. Ejercía su derecho activo sobre la lectura: hacía escuchar las reacciones que le provocaba el texto.

Gracias a estos encuentros, Vicky pudo saber algo más de su pasado, aunque tampoco mucho. Supo que Viscarra estuvo en un albergue para menores. Que luego entró al seminario como novicio. Que allí no duró mucho. Que perteneció a las juventudes comunistas. Que trabajó para el Servicio de Aduanas en la localidad fronteriza de Charaña, conocida por su dureza, por ser un punto perdido en mitad del Altiplano. Que le dieron un puesto en la Casa de Cultura de Cochabamba. Que no aguantaba eso de estar en medio de oficinas. Que su psiquiatra le recomendó escribir todo lo que sentía. Y que así lo hizo, pero llevando la experiencia con el alcohol hasta las últimas consecuencias.

La conversación se interrumpió cuando Vicky recibió una llamada telefónica de sus amigos, que le estaban convocando a tomar unos “traguines” más tarde en el Bocaisapo. Unos de esos que a Viscarra tanto le gustaban. Porque le distraían. Porque le relajaban. Porque supuraban las heridas.

***

En diciembre de 2006, casi siete meses después de su muerte, fui al Cementerio General para volver a ver a Víctor Hugo. Tardé un poco en dar con su tumba. Las únicas referencias para localizarla me las había proporcionado Manuel Vargas, su editor, tomando como único punto de partida la capilla donde se realizan los responsos a los difuntos antes de los entierros.

Desde ahí desfilé frente a una hilera interminable de tumbas, todas parecidas, con flores de plástico y pequeñas fotos de los fallecidos insertadas en portarretratos minimalistas. Mientras caminaba, pensaba que en lugares como éste también hay clases: granito, mármol y mausoleos para la gente con plata y cemento, mucho cemento, para el resto. Seguí andando y me topé con dos o tres tumbas sin lápida, con una inscripción mal hecha cuando el cemento estaba todavía fresco. Y tardé un rato en hallar la de Viscarra, aún más sencilla. Su familia –al parecer– no quiso gastar ni un solo peso para adecentar su sepultura.

Como hicieron otros antes, le llevé una botella de aguardiente. Para que matara las penas. O las quemara. Porque su madre, a la que tanto odiaba, ni siquiera muerto lo dejó descansar tranquilo. “Sinvergüenza, lo que me has hecho sufrir, te has dejado vencer porque eres un débil”, cuenta el cineasta Armando Urioste que exclamó ella en pleno entierro.

Ese día, Ayllón brindó a su salud con los alcohólicos que seguían la comitiva fúnebre.

–¡Viva La Guerra! –gritó alzando un botellín de cerveza en honor al antro donde una vez se emborracharon juntos.
–¡Ya, mierda, así como pateaste la vida patea ahora la muerte! –dijo después. Y la tierra se tragó a Viscarra con la misma velocidad con la que él vaciaba los vasos una y otra vez cuando estaban llenos.

Víctor Hugo sostenía que los marginados –como él– conforman un gremio en extinción permanente. “Pero, por suerte, siguen llegando nuevos adscritos”, añadía.

Hacen falta. Porque a veces los que parecen no tener ninguna dignidad cargan con toda la dignidad del hombre, como lo hacía Viscarra, que continúa todavía vivo como personaje literario, en sus libros.

Salí del cementerio y atrás quedaron las “aves funerarias”, adolescentes que conocen las historias de cada una de las fosas del camposanto; los rezadores profesionales, que reparten ave marías y padres nuestros con la misma seriedad con la que los panaderos hornean el pan cada mañana; las lloronas, que lloran como lo hacía Víctor Hugo, sin verter lágrimas; los limpiadores de tumbas, que escalera en mano, por unos pocos pesos, se encargan de que los sepulcros se mantengan blancos; los niños sin techo, que esnifan pegamento en los nichos vacíos; y Viscarra.

A falta de fogatas, esperaba que el escritor se mantuviera caliente con la botella de alcohol que unos minutos antes dejé a su lado. Aquel día hacía frío, mucho frío.

1. (el gol)

Cuando el pasado 23 de enero Yuri Villarroel marcó un gol histórico para La Paz Fútbol Club no pensó que semanas más tarde sería secuestrado. El suyo fue un tanto extraño: le pegó ligeramente con el muslo. Fue su primera diana como profesional. Y fue la primera vez que un jugador de la liga boliviana hacía gol en un partido oficial en El Alto, en el estadio Los Andes, uno de los más elevados del planeta, a 4.080 metros sobre el nivel del mar. A esa altitud en otros lugares no hay ciudades sino montañas. A esa altitud en países como Suiza construyen pistas de esquí. Yuri, sin embargo, hizo aquel mágico gol como si nada, con la calma de un notario que estampa su firma en un contrato.

Fue en el minuto veintiséis del segundo tiempo, saliendo del banquillo; después de una falta en el lateral izquierdo; tras un centro del argentino Alejandro Molina que parecía que nunca tocaría el suelo; tras ese centro envenenado que efectivamente nunca pisó suelo; que terminó en la pierna de Yuri, quien de volea lo introdujo en la red, tras el portero. En un parpadeo: visto, no visto. Luego: silencio, el estallido de la grada, Yuri corriendo con el grito en la boca hacia la banda, sin polera. Allí. Tan arriba. Mirando a toda la fanaticada. Con un cuerpo en ebullición ajeno a los diez grados de temperatura.

2. (el camarín)

Un mes después, en el mismo lugar, en el mismo escenario, Yuri siente el frío que no le incomodó aquel día. Son las ocho de la noche y dentro, en los camerinos, no es suficiente el café hirviendo para calentarse. Dentro, paredes blancas, desangeladas. Dentro las sillas de plástico que usan los jugadores para cambiarse están más juntas que de costumbre. Dentro se consultan los relojes a cada rato. Dentro algunos hablan por teléfono; otros dormitan. Dentro, los secuestrados, los integrantes de La Paz Fútbol Club: los futbolistas, el entrenador, el médico, el masajista, el chofer del bus que les ha traído. Dentro se está mejor que fuera. Fuera parece el fin del mundo.

Afuera, arena y viento: los vientos del norte que se apoderan de las calles como si fueran su desagüe. Afuera, las casas que se repiten: todas iguales, todas de adobe, ladrillo descubierto y calamina. Afuera, Cosmos 79: el barrio interminable, extenso como una estepa, rojizo, duro, inexpresivo. Afuera, los vecinos. Los vecinos que oyeron por la radio a la mañana que vetarían su estadio por inseguro, los vecinos que luego se movilizaron, los vecinos que cerraron el recinto con candados, los vecinos que dijeron: “nadie entra, nadie sale”. Afuera, el horizonte, la lejanía, el olvido. A más de 4.000 metros: el olvido. Afuera, los hinchas: los hinchas que secuestraron a su propio equipo.

3. (cartografías)

Sólo un hincha desesperado sería capaz de secuestrar a su propio equipo. En Cosmos 79 los desesperados fueron más de cien vecinos. Lo suyo fue un secuestro silencioso, amable incluso. Sin armas. Sin aderezos. Un jaque mate magistral en una sola jugada: sellaron las puertas una a una y esperaron nada más a que La Paz F.C. acabara el entrenamiento.

Fue un catenaccio1 en toda regla. Genial. Improvisado. La única manera posible de que un lugar que no aparece ni en las guías de viaje ni en las cartografías de turista dejara de ser invisible durante un rato.

—En realidad no se trataba de un secuestro. Fue pura estrategia. ¿De qué otra forma podíamos presionar para que no clausuraran nuestro campo? —pregunta ahora Roberto Condori Chura, vicepresidente del Consejo Central de Juntas Vecinales de Cosmos 79.

Dice Roberto que, después de una inspección y varias remodelaciones, el estadio Los Andes fue habilitado a principios de año por la Liga para acoger partidos oficiales. Que fueron los mismos vecinos los que llenos de ilusión arreglaron las duchas, taparon los agujeros y cercaron con mallas de seguridad las instalaciones.

—Todo lo que nos pidieron lo acondicionamos. Hasta mujeres había trabajando picota en mano. Por eso nadie entiende que nos quieran vetar el estadio. Dicen que no ofrecemos garantías. Que no entra gente en nuestras graderías. Pero aquí no ha muerto nadie. Aquí pueden venir moros y cristianos.

4. (villas y favelas)

Roberto agarra con la mano izquierda una agenda de cuero marrón donde anota lo que ocurre en el barrio: los reclamos, las denuncias, los problemas, los incidentes. Absolutamente todo. Viste una gabardina negra, zapatos bien lustrados, camisa blanca y lentes oscuros para el sol. Aunque no lo sea, tiene el rostro duro de los funcionarios. Y una idea clara: nadie tiene derecho a dejar sin fútbol de primera a la ciudad de El Alto.

—Sin Liga, sin partidos —silabea. Y señala hacia unos jovencitos que disputan en estos momentos un campeonato intercolegial en el estadio, que se mueven aún con cierta torpeza, que corren detrás de la pelota como si ésta fuera una liebre inalcanzable.

—¡No lo permitiremos! —exclama acto seguido—. Nos están discriminando: estos niños deberían poder ver aquí (donde han nacido) a los jugadores que admiran tanto.

En Cosmos 79, como en las favelas de Río o en las villas de Buenos Aires, el fútbol se ha convertido en una válvula de escape. Los niños quieren ser aquí como Cristiano Ronaldo o Leo Messi, los nuevos rock stars de la enciclopedia balompédica. Y el hecho de que una estrella como Messi firmara su primer contrato en una servilleta les da esperanza: su historia es la de un muchacho humilde capaz de conquistar el mundo bailando en los terrenos de juego. Les hace ver que pueden superarse: Messi, que mide 1.69, anota a veces goles por encima de gigantes de dos metros.

Quizá por eso el escritor y periodista mexicano Juan Villoro dice que “no hay defensas ni cerraduras que puedan detenerlo”.

El día del secuestro, sin embargo, en el estadio Los Andes bastaron un puñado de candados para detener a un equipo completo. Sólo un par de juveniles escaparon. “Saltaron el muro de tres metros”, me diría semanas después Carlos Eulate, uno de los custodios del campo. El resto pensó que se trataba de una broma cuando alguien apareció por el camerino para decir que estaban encerrados. Muchos no se lo tomaron en serio hasta que el médico del plantel, Cristian Guevara, repartió vitaminas A y C para que no se resfriaran.

5. (número 504)

Dice el periodista Ricardo Bajo que La Paz F.C. es “un equipo atípico y casi único en el mundo”. Con escasa hinchada, con apenas divisiones inferiores y que entrena en canchas alquiladas. Dice que “es el plantel de una sola persona”: Mauricio González, que ha transferido jugadores en otras épocas a destinos tan exóticos como Azerbaiyán o China. Dice también que González fue presidente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia. Que luego quiso tener un club y, como quien va de shopping, “se compró uno”.

Hoy es un jueves de finales de marzo y estoy en frente de una casa que parece ser una oficina, frente a una puerta sin placa, identificada nada más que por el número 504. Entre esa puerta y la casa hay un patio con una palmera, un jardinero y un gimnasio personal un tanto improvisado. Dentro, en la sala en la que me aguarda Mauricio González, apenas hay muebles: sólo algún trofeo, fotos y una mesa de madera donde está él, parapetado en una silla. Sin mirarme, mientras chequea algo en su laptop, dice que puede darme veinte minutos. “Soy un hombre muy ocupado”, anuncia.

Mauricio es un tipo de mediana edad, alto, robusto, que viste bien —de traje, con chaqueta a cuadros y un elegante pañuelo en la solapa—, que como la mayoría de sus amigos empresarios consulta el celular a cada rato.

6. (evasivas)

Con su teléfono celular Mauricio maneja el pequeño mundo que le rodea: da órdenes, negocia fichajes o traspasos, ofrece exclusivas a los periodistas e interpela de vez en cuando al cuerpo técnico, porque es duro admitir que su equipo, el equipo que más alto patea la pelota (a 4.000 metros), sea el que más abajo está en la tabla de clasificaciones.

Pero el día que encerraron a su plantel en el estadio Los Andes el celular no le sirvió de mucho. Aquel día tuvo que ir a negociar personalmente a El Alto.

—¿Para que los vecinos soltaran a los rehenes? —le pregunto.

—No, por Dios, no. No fue un secuestro.

Mauricio González me dice ahora que no, que a su equipo no lo secuestraron.

—Pero no los dejaban salir, los tenían retenidos en el campo —le digo.

—No, no, claro que no, mis jugadores no estaban retenidos —insiste.

Lo piensa un poco, como si dudara. Y luego hace énfasis en el final de la frase:

—No, no estaban retenidos —recalca.

Lo hace, creo, para que me quede claro.

Después Mauricio me reitera que todo fue de mutuo acuerdo, que a los jugadores les llevaron sándwich y pollos a la broaster para matar el hambre. Que los dejaron ir antes de las diez de la noche para que no enfermaran.

—Los dejaron ir —repito.

—Los dejaron ir —repite.

Los dejaron ir después de que se calmaran los ánimos. Los dejaron ir después de que a los vecinos nadie les hiciera caso.

7. (colorados)

La Paz Fútbol Club se llamaba antes Atlético González en honor al padre de Mauricio. Tuvo sus días de gloria: en 2007 ganó la Copa Aerosur y ha llegado a ser subcampeón de Liga. Pero desde hace un par de años se tambalea en las últimas posiciones del torneo.

—Hasta hace poco éramos el tercer equipo de La Paz. Y lo que necesitábamos era hallar un hogar en el que se nos quisiera. Porque la gente de La Paz es muy cariñosa, pero tiene un problema: es hincha de The Strongest o Bolívar —Mauricio sonríe—. Para mí la dupla con los alteños es magnífica: nosotros ganamos afición y ellos pueden tener fútbol en su casa, en su estadio. Por eso solicitamos jugar en la ciudad de El Alto.

Hace algunos años, ante la ausencia de una barra, Mauricio hizo gestiones para que una compañía del regimiento de los Colorados, con sus bombos y bien uniformada, les alentara. Quiso ser un golpe de efecto: los Colorados suelen ser muchachos altos, bien plantados, que llaman la atención porque visten de manera un tanto extravagante, como soldaditos de plomo, que forman parte de la escolta presidencial, es decir, son los que custodian el Palacio de Gobierno. ¿Qué mejor recurso para conquistar las gradas?

Aquella fórmula, sin embargo, se agotó enseguida. Y ahora, de momento, La Paz Fútbol Club es todavía una especie de prótesis para El Alto, una ciudad a la que le faltaba esa extremidad llamada equipo. Porque el idilio seguramente no se completará hasta la siguiente temporada, cuando el plantel azulgrana cambie de nombre y pase a ser oficialmente El Alto Fútbol Club: el club de El Alto.

8. (los latinos)

Es domingo y en Cosmos 79, justo en la puerta del restaurante Los Latinos, hay un futbolín con dos equipos: The Strongest y Bolívar. Los futbolistas de madera —atigrados unos, celestes otros— están ya pálidos de tanto uso. Seguramente, después de haber protagonizado partidillos memorables entre vecinos.

—¿Y cuándo pintará a los jugadores de alguno de los dos equipos de azulgrana? —le pregunto a Olimpia Mamani, la dueña del local, de treinta y cinco años—. Al fin y al cabo, son los colores de La Paz F.C., ¿no ve?, que ahora representa a El Alto.

Olimpia me regala una sonrisa a medias. Luego, se encoge de hombros. No sabe aún cuándo. Todavía hay muchos bolivaristas y estronguistas en el barrio.

Cuando The Strongest subió a jugar a El Alto contra La Paz F.C. el restaurante Los Latinos estaba repleto. Se llenó con comensales el primer piso, el principal, el de las mesas, el de los colores crema, el de los platos típicos, el de la cumbia y la música chicha. Pero también los que están en construcción: el segundo, el tercero y el cuarto.

—Me quedé sin sodas. Sin dulces. Sin cigarros. Sin comida. Sin cervezas. Me vaciaron el almacén entero —enumera Olimpia.

Por unos pocos pesos, el edificio se convirtió en una gradería improvisada, en una especie de tribuna para el pueblo. Allí arriba había gente de pie y otra sentada en sillas plásticas: niños, hombres y mujeres. En medio de la obra bruta, entre ladrillos.

A metros de Los Latinos había también personas subidas sobre camiones, micros y otras movilidades. Muchos con sus bufandas apasteladas, apoyando desde ahí a uno u otro bando, bajo ese sol tan típico del Altiplano: que no calienta pero quema.

9. (tucumanas)

De vez en cuando, Gladys Ticona, cuarenta y ocho años, ofrece tucumanas al lado del mercado de Cosmos 79. Hoy es sábado, hay bastante ajetreo y ella se protege de la claridad con un sombrero. Luce además un uniforme azul cielo que se distingue desde lejos. Y maneja un carrito móvil en el que hay tarritos con salsa de maní y con llajua para que los clientes acompañen sus empanadas.

Gladys dice que en el barrio hay ahora muchas vivanderas (alrededor de ciento ochenta). Que los terrenos han subido de precio desde que construyeron el estadio. Que los días de partido el verdadero negocio aquí no es el de los goles, sino el de la comida.

—Cuando juega La Paz Fútbol Club algunas compañeras venden en un día lo que a veces no despachan en una semana —asegura.

Una ecuación perfecta. Pero por el momento —y tras las nuevas observaciones que le han hecho al campo: escaso aforo, barandas débiles, concentración de materiales áridos, falta de espacios adecuados para la prensa, etcétera— los partidos de primera división han sido un patrimonio escaso.

Por eso la pujanza no llega todavía. Por eso dice Gladys que protestaron.

—No tenemos nada en contra de los jugadores. Ellos son como mis hijos. Pero lo que nos está haciendo la Liga es una injusticia. Y acá ante cosas así reaccionamos.

Gladys evita llamar secuestro a lo ocurrido hace unas semanas. “Incidente —dice—. No hay que exagerar lo que ha pasado. Eso nomás fue: un incidente”.

La palabra exacta para ella es incidente.

—Además —aclara—, antes de las diez dejamos marchar a todos los futbolistas por una de las puertas. Pero a los periodistas no les avisamos para que se quedaran.

10. (fuera de foco)

Un secuestro comparte con la cita a ciegas los desenlaces imprevistos. En 1942, durante la ocupación alemana, los jugadores del Dínamo de Kiev, que se encontraban retenidos, eligieron dar la vida a perder en su propio campo contra una selección de Hitler. “Si nos ganan, les matamos”, les dijeron; y así fue: los torturaron y los fusilaron (algunos lucían aún los dorsales de aquel partido cuando les dispararon). En México, el jugador peruano Reimond Manco, del Atlante, tuvo mejor suerte este año: salió ileso. Porque nunca hubo secuestro: se lo inventó él para no confesar que estaba ebrio. Acá, en Cosmos 79, el objetivo era simplemente ser noticia: aparecer en los medios.

Y esta vez sí: el barrio fue por fin noticia después de mucho tiempo.

Mientras tanto, en los camarines, los jugadores quedaron en un segundo plano, fuera de foco, resignados. Para gente acostumbrada a los flashes, los micrófonos y las atenciones estar casi ocho horas encerrada puede ser algo terriblemente soporífero.

Aquel día, los futbolistas jugaron cartas. Escucharon música en sus teléfonos o en sus iPod. Se hacían bromas unos a otros. Descansaban intranquilos sentados con las piernas estiradas o sobre la camilla de emergencias. Y armaban comitivas de dos o tres personas para acercarse a la puerta principal a enterarse cómo iban las negociaciones. Pero las negociaciones no iban. Mauricio Méndez, el presidente de la Liga, no atendía las llamadas. Como quien apaga la luz apagó su celular y dio carpetazo al caso.

Cuando bajó la temperatura, el lugar se transformó en un pequeño frigorífico en el que cada vez era más complicado calentar las articulaciones. No había frazadas. Y el masajista hizo horas extras de pierna en pierna.

—Pero entendíamos perfectamente a los vecinos —dice Richard Rojas, volante de contención de treinta y seis años—. Son personas de gran corazón y querendonas del fútbol. Protestaron porque nos quieren allí, en El Alto. Probablemente, si no lo hubieran hecho así, nadie les estaría haciendo caso.

11. (el mercader)

Como muchas otras zonas de El Alto, Cosmos 79 era antes una hacienda: Collpani, que comenzó a urbanizarse en 1979 de la mano de Benigno Gómez, a quien algunos apodaban El Mercader de Tierras. Parece ser que Benigno era el apoderado de veinticinco colonos que no sabían leer ni escribir; y que ellos le encargaron la venta de sus terrenos.

Hace veinte años en este lugar no había luz. El agua se conseguía en pozos. Y los pocos privilegiados que tenían un televisor lo hacían funcionar con baterías que hacían cargar en un barrio cercano. En aquella época los partidos de fútbol eran aún un acontecimiento exótico. Se jugaba por una vaca, por un toro. A veces, por una llama.

Hoy, en El Alto, las canchas se improvisan en cualquier esquina los fines de semana. El fútbol es aquí casi una religión que compite únicamente con las iglesias evangélicas y con los más de sesenta campanarios de estilo renacentista que el sacerdote alemán Sebastián Obermaier construyó para que sean lo primero que uno vea del avión cuando aterriza. Por eso no debe extrañar que las dos estructuras que han sacado a Cosmos 79 del ostracismo hayan sido la catedral de Obermaier y el stádium Los Andes.

La catedral está ubicada sobre un antiguo cementerio campesino y, además de ser el principal centro espiritual de este sector, es un punto de encuentro, ya que está al lado del mercado, un tinglado de tablones y nailones azules en el que se comercializan fideos, carnes, frutas y verduras. El estadio, por su parte, es un “elefante blanco”. Según el escritor alteño Marco Alberto Quispe Villca, uno de los incentivos principales para que este área deje de ser patio trasero de la ciudad de El Alto.

Pronto se construirán las curvas y Los Andes podría albergar a cerca de veinte mil espectadores, es decir, a casi la mitad de los habitantes de este barrio que eligió un nombre exquisito. Porque Cosmos fue un célebre equipo de Nueva York que en las décadas de los 70 y 80 reclutó a futbolistas míticos, como Pelé o Franz Beckenbauer. Sin embargo, en estas calles en las que por el día aún pastan desordenadas algunas ovejas son pocos los que conocen este dato histórico.

12. (plus altus)

Plus Altus (más alto) es el lema de La Paz Fútbol Club; y son pocos los campos en el mundo que están más arriba que el estadio Los Andes. Desde su gradería se impone un paisaje único: la Cordillera Real, una cadena montañosa con picos cosidos uno detrás de otro y una altura promedio de seis mil metros. Los aficionados saben cómo convertir cada partido aquí en un bonito espectáculo. Pero los equipos se resisten aún a jugar tan lejos.

A Cosmos 79 se llega tras media hora de viaje, en minibús o micro, desde la Ceja de la ciudad de El Alto. La Ceja es el límite con La Paz. Una frontera. El lugar del que salen todos los caminos (y al que todos los caminos llegan).

Algunos han llamado a El Alto la no-ciudad por su apariencia invisible, porque no tiene rascacielos, ni calles edulcoradas con cientos de letreros luminosos ni otros puntos de referencia tan típicos de cualquier urbe moderna. Porque es gris y polvorienta. Porque está invadida por el comercio informal y por los perros callejeros. Pero es en realidad la ciudad más representativa del país: poblada por gente de todos sus rincones, sobre todo del campo. Y Cosmos 79 es inevitablemente un clon perfecto.

En el trayecto hacia este barrio hay una calle invadida por los vendedores de madera. Hay llanterías. Hay avenidas que parece que no van a terminar nunca. Hay pintadas que avisan lo que pasará si un ladrón se acerca: “Auto sospechoso será quemado”, se lee en algunas de ellas. De lo alto de varias luminarias cuelgan ahorcados muñecos de trapo, sin rostro, que también sirven de advertencia a los rateros. Y un mal giro en esta pampa de asfalto y de ladrillo provoca con facilidad que uno se despiste y ponga dirección hacia otro lado: en su día, por ejemplo, el Real Mamoré, primer plantel profesional que se estrenó en Los Andes como visitante, se perdió por el camino y el partido tuvo que retrasarse varios minutos.

—Pero eso no es excusa para que otros equipos no quieran venir acá —se duele Francisco Quispe, presidente del Consejo Central de Juntas Vecinales de Cosmos 79.

—Si tan buenos dicen que son, ¿de qué tienen miedo?, ¿de la altura?, ¿del césped sintético? Lo que pasa es que son muy malos. Lo que ocurre es que no hemos tenido fútbol de verdad desde el 94.

El francés Albert Camus, que fue arquero y gambeteador antes que ensayista, tuberculoso y novelista, decía: “para mí, patria es la selección nacional de fútbol”. Y en Bolivia aquella patria se quedó anclada en 1994.

La selección del 94, la más aclamada de la historia boliviana, fue la última en clasificarse para un Mundial. Y es tan representativa para el país que algunos de sus futbolistas acaban de pedir una renta vitalicia por los servicios prestados. Como si hubieran arriesgado la vida en alguna famélica trinchera en mitad de una batalla.

13. (último minuto)

—Si quieren guerra, tendrán guerra —me dice otro día desde una banca de madera Roberto Aguilar, dirigente de la Federación de Juntas Vecinales de El Alto (Fejuve).

La sede de la Fejuve es un edificio pálido, de paredes desconchadas, que no deja de engullir y escupir gente. Es un termómetro que mide el estado de ánimo de la sociedad alteña. El cuartel general de una organización que en 2003, tras una masacre militar, hizo huir al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada.

A los diecisiete, la edad en la que Messi comenzaba a triunfar en el Barcelona, Roberto Aguilar me cuenta que él ya había renunciado a convertirse en futbolista. En el club español le pagaron a La Pulga un tratamiento hormonal de novecientos dólares mensuales. En casa de Roberto no alcanzaba para botines o una pelota reglamentaria. Y ahora a Roberto le sobran años para jugar —ya ronda los cincuenta—, pero no para disfrutar del fútbol.

—Mis compañeros y yo ya estamos bastante pasaditos, pero en el estadio Los Andes jugarán dentro de poco otros alteños, los que sí tienen futuro —suspira.

Luego, intuyendo que hay encima suyo un par de miradas de curiosos, reclama:

—¡Se juega donde se vive!

Y su voz suena con eco por el pasillo.

El fútbol, pienso entonces, es también una cuestión de democracia.

En 2007, Evo Morales sorprendió al mundo iniciando una cruzada para evitar que el suizo Joseph Blatter, presidente de la FIFA, vetara los estadios situados a más de 2.500 metros. “Quien puede hacer el amor en las alturas también puede jugar fútbol”, dijo Evo; y para demostrar que no pasaba nada, rozando la locura, organizó un partido de futbito en la cumbre del Sajama, el techo del país con más de 6.500 metros.

En Cosmos 79 la locura fue un secuestro express en el último minuto. Un secuestro en defensa propia que los vecinos acababan de inventarse.

14. (la radio)

La última vez que visité el estadio Los Andes, alguien me dijo que, desde que no hay fútbol de Liga allí, todo se ve distinto: un poco raro. “El barrio está más triste”, fueron concretamente sus palabras. Se apagó sin más, así como se desvanece un fósforo decapitado.

La imagen ese día era de postal: las calles casi vacías, remolinos de polvo por donde pasaron las últimas vagonetas, fogonazos de luz en los tejados. En el campo de juego había un campeonato local y escaso público.

Saliendo ya de las graderías me crucé con un tipo de mediana edad y rostro seco, cuarteado. Cubría la cabeza con un chullo de colores neutros. Manejaba una bicicleta vieja de varillas oxidadas mientras una radio colgaba de su manillar y se meneaba como un péndulo. El locutor narraba el partido de La Paz Fútbol Club en otro stádium. O lo que es lo mismo: el señor escuchaba el partido que no le dejaban ver en su propio campo.

El último rey negro

Publicado: 5 octubre 2010 en Alex Ayala Ugarte
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Julio Pinedo, campesino de los Yungas, fue condecorado como monarca de los afrobolivianos en 1992 y 2007. Sin embargo, parte de la comunidad negra no comulga con la designación. El debate gira ahora en torno a la sucesión y al linaje real.

El camino a la pequeña localidad de Mururata parece interminable. Es parte de un viaje en el que uno tiene la sensación de que puede llegar a todas y a ninguna parte en un instante. Anclado en pleno Yungas, a unos 96 kilómetros de La Paz, mecido por las nubes y como descolgado de un cielo de alabastro, el pueblo se esconde trepando el cerro, rodeado de una luz difusa, de verdes desgastados y azules filtrados por los árboles. Cuando ya casi estamos llegando, un campesino, con una seña, hace parar la movilidad. Nos pide que le acerquemos a su terrenito, que queda cerca; y el trayecto se convierte en un intercambio de impresiones. ¿Qué le parece a usted el rey negro?, le pregunto. «Regular», contesta como un tiro. ¿Y por qué? «Ya lo verán ustedes».

Cuando su rastro se pierde por una estrecha vereda, aparecen las primeras construcciones, la mayor parte de adobe y calamina. Un viento suave se adueña de todo como un eco. De las puertas de las casas, entreabiertas, se asoman algunos pares de ojos para observar la escena. Y cerca de la plaza, en plena esquina, se alza la morada de Julio Pinedo, el monarca de los afrobolivianos. Según la historia, descendiente directo de un antiguo rey de Senegal cuyo hijo fue traído a Bolivia como esclavo.

Angélica Larrea, la esposa de Julio, se asoma tímidamente al advertir nuestra llegada. Son las cinco de la tarde del 14 de agosto, y el sol juega moldeando sombras. La mujer, de mediana edad, viste pollera de colores frescos y sombrero hongo. Está entrada en carnes, y nos recibe con una sonrisa franca. ¿Qué desean? «Vinimos a ver al rey». De las entrañas de la edificación sale una figura. Es Julio. Su rostro es duro, un tanto hosco, y su frente está esculpida por arrugas, como si mantuviera el ceño fruncido permanentemente. Tarda en pronunciar palabra. Está acostumbrado a las esperas. «Pasen», señala.

En el interior, latas de conserva, sacos de fideos y de harina, dulces, mantequilla, azúcar y un sinfín más de productos se agolpan desordenadamente. Con un rústico peso de metal, Angélica despacha la mercadería cada día. En los bajos de la casa, donde ahora nos encontramos, funciona una tienda de abarrotes. En el segundo piso se encuentra el dormitorio, con grandes ventanales de madera que dan a parar a la calle. Las paredes lucen desgastadas. Su tono azul se perdió hace mucho tiempo, pero es como si nada hubiera cambiado en los 14 años que tiene la estructura; la humedad lo impregna todo.

Una vieja mesa de madera es el lugar escogido para recibir a las visitas. Julio Pinedo se sienta al lado de una radiecita Sony que le sirve de compañía. Es parco en sus gestos. Y su vestimenta —un pantalón viejo, un camisa sucia con los primeros botones abiertos y una gorra negra— es la de un agricultor, no la de un rey. ¿Qué quieren saber?, interroga mostrando un diente roto. «Su vida», resumo en un segundo.

El linaje real

«Yo soy el mayor de dos hermanos. Nací el 19 de febrero de 1942. Mi papá nunca pudo reinar. Murió en un accidente. A mí me crió mi abuelo, Bonifacio Pinedo. Mi bisabuelo era José Pinedo. Y ambos trabajaron en una hacienda que actualmente pertenece a la familia Cariaga. Mi abuelo también asumió como rey, y hablaba a menudo de nuestros antepasados. Eso nomás le puedo contar», dice conciso.

Según Martín Cariaga, director del Grupo Boliviano de Turismo (GBT) y dueño de la hacienda Mururata, Julio Pinedo es descendiente directo de Uchicho, un príncipe africano que arribó a Bolivia en uno de los últimos contingentes de esclavos, alrededor de 1820, y terminó en la zona de los Yungas, en el norte del departamento de La Paz, trabajando los terrenos de cultivo del Marqués de Pinedo, un hacendado español muy reconocido.

«A Uchicho lo coronaron en 1832 —relata Cariaga—. Los más ancianos cuentan que su padre, antes de morir, mandó para tal fin su corona, su capa, su bastón de mando y un chaleco bordado en oro y plata. Después, vino Bonifaz, quien, como era la costumbre, adoptó el apellido de sus patrones, Pinedo». Y más tarde, como antes comentaba Julio Pinedo haciendo memoria, la sucesión estuvo protagonizada por don José y don Bonifacio, a quien todavía recuerdan los nonagenarios de la zona.

Frente a la casa del actual monarca, reside Pedro Rey Pinedo, de 91 años, quien en calidad de peón trabajó en condiciones de esclavitud durante varias décadas. Pedro parece ausente, como sumido en una duermevela. Está levemente recostado sobre un catre, con un par de muletas de madera a su lado. Una barba escueta y canosa da brillo a su tez oscura. Sus manos son grandes y robustas. Y, cuando habla, pareciera que podría ahogarse en cualquier instante. «Yo fui tratado como esclavo desde los 10 años —me confiesa—. Se trabajaba tres días para la hacienda y tres para uno mismo. Si no hacías bien las cosas o te atrasabas, te sacudían con el látigo. Y eso bien lo sabía Bonifacio». «Bonifacio —prosigue— era gordito, buena persona. Vestía como rey; y los muchachos le jaloneaban siempre de sus ropajes».

Martín Cariaga asegura que en la hacienda Mururata todavía se conservan extrañas incisiones en las piedras laja. «Seguramente —precisa—, son las marcas por los días trabajados en favor del rey negro, pues éste no trabajaba, ya que la mayor parte de sus labores eran realizadas por la servidumbre, por el resto de los afros».

Jorge Medina, director ejecutivo del Centro Afroboliviano para el Desarrollo Integral y Comunitario (CADIC) añade, por su parte, que Bonifacio se rebeló. «No aceptaba imposiciones y por eso se escapó a vivir a un terreno al que llamó La Soledad. Los patrones, temiendo que se levantara, le ofrecieron que asumiera el liderazgo entre los suyos y le dieron privilegios, lo que evitó que se concretara una revuelta».

Las coronaciones

Es temprano, 15 de agosto por la mañana. Julio Pinedo continúa con su rostro impávido, inexpresivo y afilado, como si un molde hubiera fijado en sus facciones una huella permanente de desolación y de tristeza. Sujeta el machete como si fuera la prolongación de su brazo. Ha desayunado apenas un café y un pedazo de pan, pero se siente ya con fuerzas. Está colocando unos espinos en la entrada de su propiedad. «Si no, entran a robarme», se lamenta. Y comienza su habitual peregrinaje por un paraje con alrededor de cinco hectáreas. «Cultivo cítricos y coca. La cosecha de la fruta es anual, pero la hoja de coca se produce tres veces al año», explica. «Es por eso que la mayor parte acá somos cocaleros».

De lunes a sábado se repite la rutina. «De 8:00 a 17:00 estoy en el campo. Allá como plátano, arroz, huevo o charquecito. Luego, cuando vuelvo a casa, trato de descansar un poco. A veces, miro la novela. Uno aprende. Ahora estoy justo viendo una de un hombre que se ha separado de su mujer y se ha casado con una muchacha joven. Todo un lío. Pero esas cosas pasan, incluso en estos pueblos».

Julio es hacendoso, un sabio en las cuestiones del campo, pero no es el rey que muchos se imaginan. El traje real descansa posiblemente en un armario —no quiere decirme—, no tiene palacete, y ni siquiera una oficina en Mururata —es decir, cero privilegios—. Le molestan las visitas, le incomodan las preguntas, y, sin educación formal, no es hábil para la diplomacia. Su aspecto es taciturno y su cadencia al caminar, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante y la mirada gacha, es más propia de campesino que de monarca. Sin embargo, ha sido coronado ya dos veces.

La primera fue en su pueblo, en 1992. «Casi tuve que convencerle de su condición. Mi madre siempre me hablaba del rey negro, de su abuelo Bonifacio. Y yo quise rescatar la tradición. Tuve que mostrarle libros de Paredes Candia. Me presté la capa y la corona originales del Museo Costumbrista de La Paz. Hasta que por fin aceptó la designación», me sitúa Martín Cariaga.

La ceremonia se celebró en la capilla del Timbel de la hacienda Mururata, recuperando una tradición antigua, la Fiesta del Rey, que solía celebrarse el primer sábado de la Semana Santa, fecha que estaba dedicada a San Benito —patrón de los afrobolivianos—. Aquel día, un 18 de abril, zampoñas y coplas homenajearon a Julio Pinedo. Se bailó a ritmo de saya y se leyó un bando real que así decía: «Todas las personas, hasta los blancos, mestizos e indígenas, deben guardar por el rey respeto y consideración (…); y pobre del que se haga la burla, pues guardas negros munidos de látigos le harán rendir honor a su figura».

La segunda coronación, entre tanto, es más reciente. Fue auspiciada por la Prefectura después de un estudio y tuvo lugar el pasado 3 de diciembre en el hotel Presidente de La Paz. Para la ocasión, Julio vistió una capa roja con detalles africanos diseñada por Beatriz Canedo Patiño —quien elaboró la vestimenta del presidente Evo Morales para sus palabras de investidura en el Congreso—. No hubo grandes discursos. Pero una alegría especial se sentía entre los presentes, la mayoría afrobolivianos.

No en vano, hasta el momento, Julio Pinedo es el único descendiente reconocido en América Latina de un rey africano. Antaño, en otros países, hubo otros: Benkos Biohó en Cartagena de Indias (Colombia), Miguel en Venezuela y Balanco en Panamá. Pero Julio Pinedo es el único con linaje real en la actualidad.

La esclavitud

El calendario señala el 16 de agosto. Y la localidad de Tocaña, próxima a Mururata, está de fiesta. Frente a la iglesia, don Manuel, un viejito afro de lentes gruesos que viste un colorido traje de domingo, aguarda la misa. «Yo soy viudo, pero tengo 20 hijos», relata. Manuel fuma como quemando el tiempo. Como tantos otros, tuvo que trabajar como peón en las haciendas, y el cansancio es ya parte indisoluble de su cuerpo.

Para el historiador Fernando Cajías, la historia de Manuel es conocida. La ha escuchado de otras bocas muchas veces. Y es consciente de que el sufrimiento de la comunidad negra se extendió hasta bien entrado el siglo XX.

«Para mí —analiza—, en la conquista no se produjo el encuentro entre dos mundos, sino de tres. El tercero es el africano. Entre 13 y 20 millones de esclavos fueron arrancados de sus países para ser llevados hasta el Nuevo Mundo. Mucho más que el europeo, el negro fue el gran colonizador de América».

Los textos que mejor recogen esta realidad son los de los cronistas españoles, que dan fe de que desde el año 1500 puertos colombianos, peruanos y argentinos daban cobijo a los barcos de prisioneros que llegaban desde las aguas del continente negro. La mayor parte venía de Benguela, Biafra, Angola y Congo, y hacía escala en la isla senegalesa de Gorée, utilizada como albergue transitorio.

Si sobrevivían a la navegación, a los negros les esperaba un intenso maquillaje para ser vendidos en los mercardos o en las ferias, donde a menudo eran marcados con fierro como vulgares cabezas de ganado. Tal era su condición de mercancía que sus dueños les llamaban «piezas».

En Bolivia, en un principio, los esclavos se ocuparon en la Casa de la Moneda. Allá trabajaban el metal que salía de la profundidad de los socavones. Para la tarea se empleaba a diez obreros, y los gases que emanaban del mercurio y el azogue mataron a muchos en pocos años. Dormían en la buhardilla, donde aún pueden verse las marcas de los grilletes. Finalmente, fueron mandados a los Yungas para trabajar en las propiedades de los terratenientes. Y, pese a que la esclavitud fue abolida en el país por Isidoro Belzu hace más de 150 años, no disfrutaron de una independencia real hasta 1953, cuando se impuso la reforma agraria impulsada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario.

Llegó la libertad, sí, pero, en cierta manera, siguieron condenados al ostracismo; y en 2001 se excluyó a más de 30.000 afrobolivianos de la catalogación de etnias elaborada por el Instituto Nacional de Estadística para la realización del censo, como si lugares como Chijchipa, Chicaloma, Chulumani o Dorado Chico no pertenecieran a ninguna parte.

Mandato cuestionado

En la cancha de fútbol de Tocaña, las mujeres recogen su pelo en trenzas infinitas. El sonido del reque reque y los tambores hace que bailen coquetamente saya. Menean las caderas al compás de los ritmos de herencias africanas. Algunas toman. La fiesta está en su máximo apogeo.

Julio Pinedo acaba de llegar. Carga dos cajas de cerveza para los prestes. Su semblante es serio, y no tarda en acomodarse en uno de los banquitos de escuela reservados a las autoridades. Pocos son los que le hablan. Viste pantalón gris, camisa clara y una gorra con el número 23 de Michael Jordan. Sus ojos, de un inteso marrón oscuro, se pierden en el horizonte.

«Él es así —me dice José Luis Delgado Gálvez, alias El Pulga, antropólogo que vive en la comunidad hace más de 15 años—. Su carácter es bien especial. Pasa desapercibido y no es nada expresivo. Bonifacio tenía más personalidad. Pero así como es hay que entenderle. Para mí, lo que hay que destacar es que los indígenas tienen a su presidente y los afros a su rey».

A unos metros de nosotros, Juan Carlos Ballivián, ingeniero agrónomo de 31 años quien, como tantos otros, emigró a La Paz en su juventud para estudiar, no para de repartir bebidas, y su musculoso cuerpo se esconde tras un elegante traje negro. Pese a ser afro, está tocado con un sombrero de ala ancha de uso común entre los aymaras. Y ni siquera parece haberse dado cuenta de la presencia de Pinedo.

«En mi opinión —confiesa—, ese señor no representa a los afrobolivianos. Antes, el rey negro tenía una autoridad moral. Bonifacio estaba muy bien considerado. Se permitía el derecho de recomendar a las parejas y era mediador en los litigios. Pero ahora es todo lo contrario. Julio Pinedo no es referente, no es más que un símbolo. Dentro de su cabeza, no se siente rey. Hay otras personas que tienen más convicción de rey que él. No aglutina. Y lo peor es que no socializa ni con los afros».

Similar criterio tiene Juan Angola Maconde, economista negro que lleva años dedicado a recopilar los relatos y vivencias de los abuelos. «Julio Pinedo no tiene carisma. Lo han transformado casi en un elemento decorativo. Ni siquiera ha viajado a las comunidades afros para que se le conozca. No ha asumido su responsabilidad. No conoce bien ni sus raíces. Y no ha hecho nada por los derechos colectivos de nuestra población. Además, las dos coronaciones me parecieron mero ‘show’. La primera estuvo auspiciada por un blanco; y la segunda, por la Prefectura, que para mí lo montó todo para hacer política».

Jorge Medina —del CADIC—, pese a todo, confía en el rol que se le ha asignado. «Yo espero que Julio Pinedo se involucre a este proceso de lucha que tenemos. Pienso que es importante que juegue un papel activo; y cada vez lo veo más abierto. Nosotros, como nuevas generaciones, tenemos que saber cómo llegar a él, teniendo en cuenta que ha sido toda la vida un campesino».

El príncipe Rolando

Escuelita de Mururata, 17 de agosto. Rolando Pinedo, de 14 años, se prepara para jugar fútbol. Lleva una equipación del Barcelona; y sus amigos le llaman «príncipe». Legalmente es el hijo reconocido del rey afro, pero realmente es su sobrino.

Los dientes de Rolando son azucarados, su pelo crespo y, al contrario que su padre, sonríe todo el tiempo. Es su antípoda. «A mí me gustaría estudiar historia para conocer más de nuestros ancestros», dice. ¿Y ser rey?, le interrogo. «Sería un orgullo, pero todavía no se ha decidido».

El debate en torno a la sucesión está más abierto que nunca. Para Juan Carlos Ballivián, el chico no tiene sangre real, y Julio Pinedo debería ser el último monarca. Para Jorge Medina, en cambio, las leyes le amparan para asumir el trono.

Ajeno a tantas circunstancias, Rolando coquetea con las chicas. Aprende rápido. Es uno más. Un muchacho del siglo XXI que trata de patear la pelota con destreza, al más puro estilo Ronaldinho.

Epílogo

Antes de partir de retorno hacia La Paz, toco nuevamente la puerta de la casa de don Julio. Angélica, su esposa, ve televisión sentada en unas graditas; el rey, en una silla; como si la pantalla fuera su particular ventana al mundo. Ella hace un pedido: «Queremos construir un palacete para el rey, a ver si nos ayudan». Él, desde que he entrado, ni siquiera me ha mirado. Por primera vez desde que emprendí este viaje, su impronta me parece la de un rey. Sumido en sus silencios, se ve altanero.

«¿Me permitiría hacerle una fotografía con su corona?», le digo; y mi pregunta se hunde en un profundo vacío.

Julio no contesta. Es una estatua. Ni siquiera parpadea. Sus brazos se entrecruzan dando por terminada la visita, y apenas se reacomoda para dar un apretón de manos tibio. Su pose, hierática, me recuerda a la de un maniquí que hasta hace algunos años mostraba el ropaje original del rey en el Museo Costumbrista de La Paz.

Únicamente los separa una pequeña diferencia. Don Julio, enclaustrado como en un particular exilio, puede que tenga seguidores, pero no súbditos.

Cuentan que hace algunos lustros Lorenzo Rivero Ríos fue recriminado por su tía cuando paseaba con bastón por las calles de la localidad de Tiahuanaco. Ella, con 112 años, estaba tomando una cerveza fría y se reía. “Tan joven y utilizando ya bastón para caminar”, se hizo la burla. Y Lorenzo, quien unas décadas atrás había jurado que prefería ahorcarse antes que llegar con achaques a los 60, quizás avergonzado, sólo aceptó a devolverle tímidamente una sonrisa. Por aquel entonces, él sobrepasaba por mucho los 60; y junto a su tía era ya uno de los más longevos del pueblo.

Muchas lunas han pasado ya desde aquel instante. Son las once y media de la mañana del 8 de agosto y el anciano descansa ahora sobre una silla de ruedas. Aunque cumple 100 años el lunes 10 (precisamente el día de San Lorenzo), está a punto de recibir un homenaje de sus vecinos. En este momento, le rodean ya parte de sus nueve hijos: Angélica (70), Ana María (69), Raúl (67), Waldo (63), Aida (59), Lidia (57), Gonzalo (54), Dámaso (50) y Esther (47). Entre todos ellos suman 536 años. Y entre Lorenzo y su esposa, 189, y más de 70 de matrimonio. Si la vida, como dicen, es un suspiro, la suya ha sido una sucesión interminable de ellos. Una carrera de larga distancia llena de pequeños y de grandes obstáculos.

En el trayecto, que comenzó en 1909, Lorenzo ha visto pasar a 39 presidentes. Ha sido testigo del regreso en 2002 del monolito Bennett –que se hallaba en La Paz desde 1933– a sus orígenes, las ruinas que circundan Tiahuanaco. Ha sobrevivido a una guerra –la del Chaco contra Paraguay (1932-1935)–, a una revolución –la del 52, con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) a la cabeza– y a sangrientas dictaduras. Ha fumado cientos de cigarrillos y ha apurado con gusto decenas de copitas de singani, siempre puro.

La Paz tuvo hace poco su Bicentenario. Sucre también celebró recientemente el suyo. Y Tiahuanaco tiene hoy en él a un centenario hecho y derecho. En este caso, además, de carne y hueso.

A la guerra por 20 pesos

Mientras espera en un patio por donde el sol se revuelve a su antojo, como si los rayos de luz fueran diminutas motas de polvo esparciéndose de un lado para otro, Lorenzo disfruta con tranquilidad de un pedazo de pollo envuelto entre granos cocidos de arroz blanco.

Blinda su cuerpo con una gruesa gabardina verde y una boina bien calada. Sus arrugas, asimétricas, parecen el dibujo mal hecho de un escolar en el primer día de clases. Su mirada, a ratos, está ausente. Y mueve la mandíbula compulsivamente, como si estuviera rumiando en su mente una frase detrás de otra. Aunque al final no se anima a pronunciar palabra.

Su deterioro es evidente. Sentado como está parece una estatua, estática, absorbida por un silencio omnipresente. Bajo su ropa oculta cicatrices del campo de batalla, como los restos de una herida producida por una bala que casi le atraviesa el brazo. Lorenzo jamás hubiera imaginado que el simple hecho de robarle 20 pesos a su padre, Andrés Rivero, iba a ser sentencia suficiente como para condenarle a vagar entre las miserias de una confrontación bélica.

“Antes del conflicto entre Bolivia y Paraguay –rememora Dámaso, su penúltimo hijo–, mi padre vivía con mi abuelo en el pueblo. En aquella época, tener 20 años, como mi padre, y no estar casado estaba mal visto. Y mi abuelo siempre le insistía en que ya era hora de que se fuera de la casa. Mi padre, entonces, se resintió y le sacó los Bs 20 para emprender un viaje por Bolivia. Con tan poca plata, claro, no llegó muy lejos. Y acabó en las minas, no recuerdo muy bien si en las de Oruro o en las de Potosí.

“Como minero no duró mucho –continúa–, pues sufrió bastante por el hambre y por el frío. Y decidió cobijarse en La Paz, en la casa de una de sus hermanas mayores. Desde allá, mandaron un telegrama urgente a su padre. ‘Lorenzo ha aparecido’, decía. Pero, mientras mi abuelo recorría el trecho entre Tiahuanaco y La Paz, mi padre entró en pánico por lo de su hurto infantil y decidió alistarse en el Ejército para ir al Chaco”. Toda guerra tiene un precio. A Miguel de Cervantes, el autor de El Quijote, le costó un brazo; al Dalai Lama, máxima autoridad espiritual del Tíbet, un exilio; y a Lorenzo, Bs 20.

Un 15 de septiembre

Son las doce de la mañana y el anciano ha cambiado su imagen por completo en media hora. Pese a que es sábado, viste ahora de domingo: un terno de un gris solitario lleno de condecoraciones en la solapa derecha, corbata, medias negras y zapatos bien lustrados. Sus cejas parecen una leve pincelada. Y su pelo, como escarcha, escaso y caprichoso, trata de escaparse por entre los bordes de una gorra de soldado que lleva una escarapela con los colores de la bandera boliviana –rojo, amarillo y verde– en el centro.

Empujado por una de sus hijas, Aida, su silla de ruedas tarda más de la cuenta en recorrer la media cuadra que los separa de la plaza, pues en el camino, como si estuviera en medio de una procesión, se detiene una y otra vez para saludar a los amigos y conocidos, quienes se le acercan normalmente hasta estar a menos de un palmo de su cara para hablarle a gritos.

Lorenzo no escucha casi nada. Su audífono tiene la misma presencia que un Mercedes Benz último modelo, pero el oído del benemérito no está ya para muchos trotes. Su sordera es profunda. Es por eso que su única respuesta suele ser una rápida sonrisa, limpia y serena, que va un poco más allá del mero acto reflejo.

Unos pasos detrás suyo, mirando al empedrado, camina ayudada por un bastón Lucía Chávez, su esposa, de 89 años y ojos redondos como canicas. Los surcos que pueblan sus manos y su rostro, interminables, producto de la sequedad del Altiplano, recuerdan al cuero viejo. Y ella es un poco como Lorenzo. Ni un murmullo sale de su boca.

Ya en las puertas del templo, una compacta edificación de piedra labrada con una sola nave que terminó de construirse en 1612, no demoran mucho en rodear a la pareja de ancianos todos sus hijos. A su lado está Dámaso, quien físicamente tiene un parecido increíble a Alan García, el presidente peruano, tanto en el porte como en los rasgos. Sin embargo, como Lorenzo, está anclado a tierra por una silla de ruedas.

“Estoy así desde el 15 de septiembre de 2003 –explica con cierto aire de resignación–, cuando al retornar de Tiahuanaco no me di cuenta de que había piedras en la calzada por un bloqueo y estrellé mi carro. Me quedé atrapado entre los fierros y el golpe afectó mi columna”. Lo que no confiesa Dámaso es que los bloqueadores, fuera de sí, no quisieron ayudarlo. Es más, incluso trataron de quemarlo con su familia adentro. “Paradójicamente –añade–, mi padre cayó preso de los paraguayos también un 15 de septiembre”.

Son las doce y media y la gente entra en comitiva dentro de la iglesia. El portón es estrecho y entre varios alzan la silla de ruedas de Lorenzo, con él encima, para que lo atraviese sin problemas. Semi tumbado, se ve como un herido de guerra, pero no abandona en ningún momento el gesto marcial que le caracteriza: el tronco recto y la vista al frente.

Tiro de gracia

Los que han combatido en un campo de batalla saben que la guerra no perdona; y que se aparece después una y otra vez como un fantasma. Por las noches, las balas silban nuevamente. Los morteros estallan. Los compañeros muertos se mezclan con los sueños. Y los viejos fusiles son desempolvados de vez en cuando para hacer memoria. La guerra siempre está ahí, con su alargada sombra, a la espera quizá de asestar el definitivo tiro de gracia.

Ya no lo hace, pero hasta hace poco Lorenzo rememoraba sus historias en el Chaco constantemente, como si hubieran ocurrido ayer. Y en una conversación que tuvimos con él hace poco más de dos años sus ojos centelleaban como en el frente, cuando los “pilas” y los “bolis” (paraguayos y bolivianos) parecían haberse declarado un odio eterno.

En aquella ocasión, Lorenzo caminaba con andador y a pasos muy cortos. Se hallaba en su húmeda tiendita de abarrotes, justo en la esquina de su casa, de anaqueles ya casi vacíos, donde se solía sentar –todavía suele hacerlo– para “vender” poco más que su presencia.

“Cuando me alisté –contaba entonces con un tono de discurso, como arengando al pueblo–, primero me mandaron al Palacio de Gobierno como guardia presidencial de Salamanca (1931-1934). Los paceños nos insultaban. Cobardes, nos decían, que hacen ahí, vayan a la guerra. Y ‘desertamos’ del Palacio para unirnos a un contingente que se dirigía al Chaco”, donde al que fallecía se le consideraba un bienaventurado.

Como refleja el Antiguo Testamento, los judíos, guiados por la vara de Moisés, encontraron su salvación a orillas del Mar Rojo. Durante la Segunda Guerra Mundial, los rusos sepultaron a los nazis gracias a su inapelable “invierno blanco”. Pero los bolivianos no hallaron más que desolación en lo que se vino a denominar “el temible infierno verde”.

Debido a la distancia con la sede de Gobierno –Asunción, capital de Paraguay, estaba más cerca–, la comida y el agua escaseaban. Por eso, era muy común beber orín o engañar al estómago hasta con la suela de los zapatos. Y los soldados incluso tostaban a leña la nube de piojos que se arrancaban pelo a pelo. Pero ni eso a veces servía. Según Lorenzo, “allá se moría de sed, de hambre y de pena”.

“Llegamos sin ninguna preparación. Ni siquiera sabíamos lo que era el trópico. Los paraguayos, además, tenían armamento que nosotros ni habíamos imaginado, como los lanzallamas. Las balas parecían granizada. Y con los primeros heridos, abiertos por la mitad, nos asustamos”.

Lorenzo se convirtió en héroe –“en guerrero”, según él–, en la famosa “batalla del kilómetro 7”, en la que alrededor de 1.000 reclutas, la mayor parte de ellos voluntarios, resistieron durante tres jornadas consecutivas el avance del enemigo.

Pero un tiempo después el benemérito cayó preso en un lugar conocido como Siete Pozos, donde él y otros conscriptos, casi sin munición, fueron abandonados.

¿Cómo están ustedes?

Fría y en penumbras, la iglesia es una antítesis del Chaco, que era caluroso e implacable. Es la una menos veinte y se halla ya repleta. Muchos de los que engordan sus bancas de madera son ancianos, pero, salvo Lorenzo, ninguno de ellos benemérito de la mentada contienda.

De los más de 200.000 jóvenes –según algunas fuentes– que combatieron en la guerra, hoy en día sobreviven menos de 1.500 –con una pensión vitalicia de tan solo Bs 1.326–, lo que explica que el templo esté marcado por esas ausencias.

Comienza la misa de celebración y Claudio Patti, el cura, de 65 años, con un micrófono aferrado a su batón blanco, se dirige a los feligreses con la misma habilidad que un showman de feria.

“Buenas taaaardes, hermanos. ¿Cómo están ustedes?”, pregunta a voz alzada. Nadie responde. “Otra vez: ¿Cómo están usteeedes?”. “¡Biiieeeeen!”, contestan todos a coro”. “No se escucha, una vez más: ¿Cómo están ustedes?”. “¡Bien!”, vuelve como un huracán, de nuevo, la respuesta. “¿Y díganme: ¿Cuántos años cumple el tata Lorenzo?”. “¡Ciiieen!”. Hasta la cúpula retumba.

Don Lorenzo, flanqueado por sus hijos, observa un tanto ajeno los frescos de las paredes. Hasta que el ritual de la consagración parece sacarle de su particular letargo. Entonces, uno a uno, los vecinos se le acercan para abrazarle. Sus ojos son como un volcán en erupción. Y emocionado alza repetidamente un brazo al cielo.

Luego, llega el momento de las intervenciones. Un compadre lo compara con “un tronco del que nace todo”. Y otro recuerda su etapa como cuidador de los predios de la iglesia, en la que un día casi le llevan detenido por haber aniquilado con su fusil Mauser a dos ovejas de un señor que hacía pastar a su ganado en los recintos eclesiales. “Nos tocó comer asado de oveja durante dos semanas”, sonríe ahora su hijo Dámaso.

Los aplausos despiden finalmente la celebración. Y afuera, otro homenaje. En medio de la plaza, Lorenzo recibe una réplica de uno de los monolitos de las míticas ruinas tiwanakotas. “¡Viva Tiahuanaco!”, exclama. El Mayor Marcelo Uribe le condecora con la medalla de los satinadores –un grupo militar de élite–. “¡Viva el Ejército de Bolivia!”, grita el anciano. Suena a continuación la banda castrense con las notas del himno de Bolivia y Lorenzo acerca su mano al pecho. Después, llueven las fotografías. Y él, mientras, permanece inmóvil, como si hubiera estado años esperando por una instanánea que lo inmortalizara.

Tras las tomas de rigor, los allí presentes desandan los pasos para retornar a la casa que aún le da cobijo al benemérito. Y la música militar les acompaña solemne hasta la misma entrada.

Los dientes de oro

Escoltado, pero por el Ejército paraguayo, en los años treinta, a mitad de la contienda, Lorenzo conoció el territorio del país vecino. “Y salvó una vida –acota Dámaso–. Con él iba un amigo minero que tenía mucha plata y varios dientes de oro; y los paraguayos tenían la mala costumbre de cortar cabezas para sacarse los implantes. Entonces, para que no lo ajusticiaran, Lorenzo hizo creer que su compañero no habría la boca porque era sordomudo”.

En Paraguay, entre tanto, a él y al resto de los apresados les tocó servir casi como esclavos. Pues mientras los “pilas” prisioneros se dedicaban a habilitar carreteras como la de los Yungas en Bolivia, ellos se hacían cargo de las plantaciones enemigas. Sin pausa, pero también sin “tregua”.

Según relata Dámaso, “mataban las plantas disimuladamente para dejar al Ejercito rival sin suministros; y mantenían la moral en alto gracias a una lata de cañazo–aguardiente de caña capaz de tumbar a un toro– que habían conseguido robar en los almácenes paraguayos”.

La salteña de la felicidad

Son las dos de la tarde y la fiesta en el hogar de los Rivero se inicia con un conjunto de mariachis que “presenta armas” bien uniformado, de un negro funerario que les hace verse como cuervos. Lorenzo y su mujer disfrutan desde la primera fila. Los músicos tocan “Jalisco”, “El Rey” y los nueve hijos de la pareja le dedican al anciano el “Viejo, mi querido viejo”, de Piero.

Un rato más tarde, algunos de los nietos y biznietos –más de una decena– se acercan a su abuelo para depositar una rosa cada uno en su regazo. Pero nada llena más de felicidad el rostro de don Lorenzo que las salteñas que se reparten entre los invitados, como si en ese pedazo de comida que sujeta entre los dedos se condensaran sus 100 años.

Trago, almuerzo y torta constituyen el último aperitivo, además de la actuación de Los Curucusi, un conjunto que se define a sí mismo como de “malavidas”. Y la cabeza de Lorenzo, a tono con el festejo, es ya un bombardeo de mixturas.

El monolito Rivero

Dos de los hijos de Lorenzo, Aida y Waldo radican en Europa. Y otra buena parte de la familia lo hace en La Paz. Pero ninguno de ellos ha conseguido que Lorenzo y su mujer abandonen Tiahuanaco. “Mi papá es el monolito Rivero, de su pueblo no hay quien lo mueva”, reconoce Dámaso. Es por eso que cuenta con la atención permanente de una enfermera y la visita de su prole, por turnos, los fines de semana”.

“La mejor medicina para él, sin duda, es Tiahuanaco –recalca, por su parte, Juan Carlos Valda (38), uno de sus nietos más creciditos–. Una vez lo trasladamos a La Paz porque se había caído y, para que fuera al médico, le teníamos que engañar diciéndole que regresábamos a Tiahuanaco, hasta que ya no aguantó más y nos obligó a que lo retornáramos en serio. Pero con toda la razón, pues no tardó mucho en curarse”.

En la población del Altiplano, su rincón preferido es su tiendita. Desde allí ha visto cómo crecía su país algunas veces y cómo se hundía en otras ocasiones. Allí, a pesar de que no era santo de su devoción, sirvió cerveza al ex presidente Víctor Paz Estenssoro en una de sus “giras”. Y allí se sienta siempre a esperar con calma el mayor regalo que puede recibir un benemérito a estas alturas: un día más con vida.

Los héroes del penal de San Roque

Publicado: 4 diciembre 2008 en Alex Ayala Ugarte
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El pasado 25 de noviembre, José Luis Aranda Andia, de 54 años, renunció a su libertad. Salió de su celda al mediodía. Caminó en medio de un tumulto entre las gruesas paredes del penal de San Roque (Sucre) cargando con algunas de sus pertenencias y atravesó la puerta en un suspiro. Estaba abierta. No había policías, y bajó las gradas que conducían a la calle de una a una, pero fue incapaz de cruzar al frente. Dio media vuelta y retornó a la cárcel que le da cobijo desde hace más de 25 años.
Aquella jornada de domingo, Sucre, la ciudad blanca –conocida así por las tonalidades de sus casas– lucía gris, cubierta como por una fina lámina de ceniza. Densas humaredas, provocadas por la quema de neumáticos, se adueñaban del casco viejo de la urbe. Olía a goma derretida y a gases lacrimógenos. La temperatura bordeaba los 25 grados. Decenas de hombres se habían agrupado en distinas bocacalles de la ciudad portando piedras y palos; y algunas mujeres proveían de agua en botellones de plástico a los movilizados. Los accesos a la localidad habían sido bloqueados. La gente estaba enfurecida con la Policía.
Un día antes, los uniformados estaban resguardando el Liceo Militar, donde a ocho kilómetros de la urbe sesionaba la Asamblea Constituyente. Allá, a las 20:30 horas, tras la lectura del índice, sin detallarse el texto, fue aprobada en grande la nueva Carta Magna con el respaldo de 136 de los 138 constituyentes presentes, de 255 elegidos en 2006. Esta situación enfureció a los manifestantes, que exigían al cónclave que los poderes Ejecutivo y Legislativo se trasladaran a la ciudad de Sucre. Hubo enfrentamiento con los uniformados. El saldo: más de 150 heridos, 60 detenidos y tres muertos.
A la mañana siguiente, puntual, como de costumbre, José Luis Aranda, condenado a 30 años de reclusión por homicidio, se levantó a las cuatro y media de la mañana. realizó sus ejercicios físicos. Se dio una ducha rápida, arregló su celda, puso música clásica –su preferida– y comenzó a escribir en su computadora, ajeno a todo. A las 12:00, tocaron a su puerta.
“Pensé que era el almuerzo, pero un interno me dijo que querían hacer explotar unas garrafas en la cancha, detrás de mi pieza. Salí y me fui a parar al patio. Algunos compañeros entraban y salían sacando sus cosas. Todo estaba destrozado: la dirección, los equipos, los libros… Hasta más o menos las 14:00 permanecí aquí sin saber qué hacer. Personas extrañas, ajenas al penal y con el rostro semitapado y huntado con bicarbonato, vinieron a saquear y a asustar a los reclusos. ‘Salgan, porque si no vamos a quemarles’, nos decían. El desconcierto generó un motín que arrancó la reja e hizo huir a la Policía”, recuerda ahora, casi cinco meses después de estos sucesos.
Según Deysi Aguilar, directora de Régimen Penitenciario en el departamento de Chuquisaca, más de la mitad de los 133 reclusos se fugaron en ese momento; y fueron entre 50 y 60 los que no escaparon o los que después volvieron. Algunos, con penas elevadas, por homicidio, violación y narcotráfico, que aquel 25 de noviembre tomaron una decisión valiente: quedarse a cumplir su pena, a seguir contando su vida en años, meses, días y horas… Ya están acostumbrados a perder. Y en esta ocasión prefirieron perder su libertad a permanecer en la clandestinidad durante toda una vida.
“¿Yo a dónde hubiera ido?”, se pregunta Aranda. En La Paz, era empleado de un hotel. En Sucre, no conoce a casi nadie.

Candado y alambres
¡Visitaaaa! ¡Filemón Roooque! ¡Visita! Filemón Roque es delegado de los internos. Lo sorprendo en su celda, mientras ajusta las cuerdas de un charango que le ayuda a matar el tiempo. Calza un gorro de lana oscuro sobre su cabeza. El cuello azul de su camisa sobresale por encima del de su chompa. Tiene 57 años. Su sentencia, por tráfico de estupefacientes, es de 12, y apenas ha cumplido uno y unos meses. Luce bigote, y una hilera de sillas de madera ocupa la mayor parte de su pieza. “Las vendo para sobrevivir. Los Bs. 4,50 de prediario apenas alcanzan para un pan, un té y un plato de sopa. Yo tengo que mandar plata a mis cinco hijos”. Los enseres de Filemón son pocos: un catre, algunos discos de música y cuatro o cinco cosas más que se reparten por su pieza.
El 25 de noviembre, Roque señala que formaron a las ocho para pasar lista, y comenzaron a escuchar petardos en el exterior hacia las diez de la mañana. “Luego –indica–, los internos que se amotinaron quemaron todo lo que pudieron llantas y maderas. Los vigilantes fueron rebasados por esos reos –que arrancaron la puerta principal– y los manifestantes, que se entraron. Los que no nos evadimos fuimos los que resguardamos el recinto penitenciario”.
A media tarde, sin Policía –que se había replegado a Potosí por órdenes superiores–, cuando retornó una cierta calma, Roque y otros internos consiguieron algo de alambre y un candado para blindar el penal. El mundo al revés: los mismos internos custodiaron la cárcel. Esa noche, hicieron turnos de vigilancia. Subieron a los tejados para controlar los dos mil metros cuadrados del recinto. Paradójicamente, para que nadie entrara. No había quien salga. Ellos permanecían allá por propia voluntad.
“Como ciudadanos, es nuestro deber cumplir las penas. Yo no quería estar prófugo toda la vida. Prefiero cumplir mi condena para volver después con mi familia”, confiesa Roque con voz pausada.

Noche en vela
El 25 de noviembre Daysi Aguilar, la directora de Régimen Penitenciario, se enteró por los noticieros de que habían quemado varios cuarteles de la Policía y las oficinas de Bomberos y de Tránsito.
Luego, recibió una llamada desde el penal. “Era del interno Landívar –relata–. Estaba muy nervioso. Ya se habían entrado los manifestantes, y me fui para el recinto.” No había taxis ni autobuses y, desde su casa, en el barrio Alto Delicias, Daysi demoró 45 minutos en llegar. “En las inmediaciones, escuché lo que parecía un tiroteo. Una vez dentro, vi botellas y piedras en el suelo. Los vigilantes, acosados por reos y manifestantes, vestidos de civil para salvaguardar su integridad, tenían miedo. Querían irse. Ya no se podía hacer nada.”
En la oficina de Deysi, un cartel con fondo rojo avisa sobre el estatus de prófugo de uno de los antiguos internos. La sala, después de la revuelta, ha sido refaccionada. El 25 de noviembre se robaron archivos, material médico y de oficina, armamento policial y se destrozaron equipos.
La cárcel de San Roque siempre había sido un lugar más o menos tranquilo. Entre los reportes de los pasados años, se hallan registrados una fuga el 2002, un intento frustrado el 2003, la construcción de un túnel ese mismo año, un amotinamiento el 2004 y algunos hechos más de menor importancia. Sin embargo, noviembre de 2006 marcó un antes y un después en el día a día de este recinto penitenciario, no tanto por la fuga masiva que fue reflejada en todos los medios de comunicación, sino por los homicidas, violadores, narcotraficantes a pequeña escala y ladrones, invisibles para la prensa, que, sin vigilancia policial, al quedarse en el penal, de alguna manera, se habían convertido en héroes.
El día de la revuelta, Deysi decidió quedarse a dormir en el reclusorio, en el pabellón de las internas. Pasó toda la noche en vela. Su seguridad, por primera vez en la historia de una penitenciaría de Bolivia, estaba encabezada por los mismos reos.

¡Se viene la capitalía!
De las ocho internas que aún permanecen enclaustradas en San Roque, cinco pernoctaron junto a Deysi durante aquellas tensas horas. Miriam, la delegada de las mujeres, combate el frío con una chompa que le cubre hasta más allá del tronco Su cara es muy delgada. Lana e hilos se deslizan entre los dedos de las manos de sus compañeras. Una uniformada teje con ellas mientras las vigila.
“Cuando ocurrió todo –hace memoria Miriam–, estábamos cocinando. Vimos humo afuera. Los policías corrían por el techo. Escuchamos muchos gritos. Fue terrible. Hubo una turba de internos. Los manifestantes entraron a saquear las celdas. ‘Van a venir los Ponchos Rojos’, nos decían. Pero no nos movimos. Poner un pie fuera de aquí, significa un castigo”.
Fue un caos. Las reclusas sacaron de sus piezas ollas, radios y algunos enseres personales. Y salieron del penal durante algunos minutos, pero únicamente para poner en resguardo a sus hijos. “Era peligroso. Tuvimos que apagar incluso una garrafa de gas que estaba ardiendo con una frazada. Hasta hoy, cuando retumba algún petardo cerca, nuestros niños se asustan. ‘¡Se viene la capitalía!’, gritan, y quieren esconderse dentro de las celdas”.

El falso policía
Aquel 25 de noviembre, el mayor Grover Barea, de 40 años, que está encargado de la seguridad de San Roque desde el 2006, se hallaba acuartelado por los disturbios dentro del Comando Departamental de la Policía. “El problema se inició a las nueve de la mañana. Según los informes, grupos de manifestantes pasaban por el frontis arrojando objetos contundentes y bombas molotov, amenazando de muerte al personal de seguridad. Más tarde, la población penitenciaria se amotinó”.
En las fotografías que se tomaron tras la surrealista jornada, puede apreciarse que los cerrojos permanecían intactos. “Lo que hicieron fue arrancar la puerta de un costado –aclara Baera–. Nos robaron una metralleta, uniformes y otras armas. Entonces, di la orden a mis hombres de que se vistieran con ropa de calle”. A las 12:45 horas, pasó por el frente del penal toda la guarnición policial de Chuquisaca, que siguiendo las disposiciones de sus mandos superiores se estaba retirando a Potosí, dejando a Sucre sin fuerzas de seguridad pública. Los vigilantes de la cárcel, acosados de uno y otro lado, les dieron alcance al poco rato.
“Era día de visita, y ayudamos a salir a alguna gente, atrapada en medio de los incendios. Algunos canales de televisión dijeron que habíamos incitado a los presos a fugarse, pero eso es todo mentira”.
Ninguno de los efectivos policiales de los destinados a San Roque resultó herido de gravedad. Pero el recluso Marco Fernández no tuvo tanta suerte. Él robó un chaleco antidisturbios y, cuando estaba huyendo, fue asaltado por la turba de manifestantes. Lo confundieron con un policía y lo lincharon. Lo patearon. Acabó en el hospital, en coma. Casi se muere.

Después de la tormenta
El 26 de noviembre, San Roque amaneció en calma, pero sin ninguna clase de resguardo policial. Algunos de los presos escapados, comenzaron a volver. “Félix Ocampo –cuenta Deysi Aguilar– me llamó para preguntarme si podía retornar porque los alquileres afuera eran caros”. Su caso fue el de muchos. Mientras, los reclusos se organizaron en varios grupos: unos vigilaban, otros se encargaron de la limpieza y los arreglos –no había luz– y otra parte salía a la calle a buscar comida. “Aunque algunos vecinos nos trajeron también té y algunos víveres”, reconoce Rómulo Cahiuara, con una sentencia de 15 años por violación.
En los patios, parecía que había pasado un huracán. A varios de los presos les robaron sus ropas, sus radiecitas y sus televisiones. Y, a lo largo de la mañana, llegaron las primeras amenazas telefónicas. “Eran de los presos que se habían ido. Decían que nos matarían si no nos íbamos”, apunta Richard Gutiérrez, con una pena de 13 años y cuatro meses por una violación.
Ante esa situación de alarma, Deysi Aguilar dio permiso a los que quisieron para marcharse a sus hogares hasta que todo se normalizara. “Venían nada más a la mañana y la tarde a firmar en un libro de actas. Eran puntuales. Los taxistas me contaban que les decían: al penal, tengo que estar a las 8:30 en punto, por favor”.
Las mujeres fueron acogidas durante ése y los siguientes días por evangelistas, hasta que la Policía finalmente retornó. Eso fue el 29 de noviembre. La madrugada anterior, Julio César Hervarey, sentenciado a cinco años por abuso deshonesto, despúes de haber sido custodio del penal durante los momentos de mayor zozobra, desapareció. Según Aguilar, lo encontraron trabajando como efectivo de seguridad en un local nocturno. “Hay que comprender. Muchos reos necesitan plata para mandar a sus familias”, justifica la directora de Régimen Penitenciario.

Entre cuatro paredes
Hoy, entre las cuatro paredes del penal, la vida continúa. Su población actual es de 90 reclusos, y parte de los reos que se fugaron han sido ya recapturados. Según un informe de la Dirección General de Régimen Penitenciario, en las 54 cárceles del país el 40 por ciento está preso por la Ley 1008 –vinculada a los asuntos de narcotráfico–, el 12 por ciento por violencia, el 9 por ciento por asesinato, el 12 por ciento por robo agravado, el 9 por ciento por asesinato, el 5 por ciento por homicidio y el 22 por ciento por otros delitos.
En mayor o menor medida, en San Roque estas cifras se repiten. La mayor parte está retenida por tráfico de estupefacientes y muchos permanecen allá ya desde hace meses de manera preventiva, sin que se haya emitido su sentencia.
No es el caso de Modesto Wilca, de 35 años, con condena por tráfico de estupefacientes, quien en su pequeña celda tiene gomas, tiras de cuero, martillo y otros materiales y herramientas repartidos en diferentes estanterías de madera. Con todo eso trabaja para la reducción de su pena. Hace sandalias para luego venderlas a una mayorista del exterior.
“Ojalá nos den algún tipo de beneficio por habernos quedado en el penal el pasado 25 de noviembre”, reclama. Wilca se refiere a un proyecto de ley que ha sido enviado ya al Congreso solicitando el indulto para 14 reclusos y la reducción de penas para otros 29.
Cuando salgo de su pieza, Willca saca un cuchillo para dar los últimos ajustes a un calzado. Desde que se evadieron de San Roque los presos conflictivos, esta clase de “armas” no representan un problema. Los mismos presos se encargan de la disciplina. Dicen que no desaparece ni un jabón, que todo está tranquilo.

Premios y castigos

Willy Iván Guzmán, de 34 años, sentenciado a 10 por narcotráfico, atiende un pequeño negocio de abarrotes en su celda. Vende sodas, chocolates y otros productos similares. “La vida es dura acá –me confiesa–. Aún me falta por cumplir más de nueve años, pero decidí permanecer aquí aún teniendo la oportunidad de ser libre. Lo hice pensando sobre todo en mi familia”.
Willy escucha música en unos audífonos mientras acullica hoja de coca. Y, como muchos otros, piensa que su actitud el pasado 25 de noviembre se merece un premio. “En este mundo, el que no cae resbala y al que no resbala otros lo empujan. Todos pueden terminar algún día entre barrotes. Por eso, las autoridades deberían tomar en cuenta lo que hicimos, nuestro valor civil. Si no lo hacen, a lo mejor vuelve a ocurrir lo mismo y nadie se queda”.
En el penal, lo peor es la monotonía. Cada jornada es un calco perfecto de la anterior. A la mañana: conteo, desayuno y almuerzo. A la tarde, la inversa: tecito, conteo y vuelta al catre. Las visitas son martes, jueves, sábados y domingos. Pero algunos, como Pablo Ortega, que está en San Roque por homicidio, no las reciben muy a menudo. “Yo no soy de Sucre, soy de una comunidad que está lejos de aquí. Tengo ocho hijos, y sólo a veces viene mi mujer con alguno de los chiquitos”, dice.
Ortega pareciera que está en la misma posición desde que entró a su celda, hace ya un año y tres meses. Peina canas, y lo habitual es verle sentado encima de su cama de una plaza, pues su pieza es a la vez taller y dormitorio. Él, como otros, elabora abarcas.
Dentro de las rutinas carcelarias, las partidas de cartas, el deporte en las canchas y los juegos de cacho son lo habitual. “Tampoco hay mucho más que hacer”, reconoce un lacónico Ortega.

Epílogo
Desde lejos, al final de la calle Bolívar, el penal de San Roque parece una casa de muñecas. Sus paredes blancas –de ladrillo por fuera y adobe por dentro– están descascaradas. Hay cinco torres de vigilancia y 42 policías, que se distribuyen en dos grupos. Es decir, toca a poco más de cuatro reos por cada efectivo. Para una cárcel en la que casi la mitad de sus reclusos no escaparon cuando no había vigilancia quizá sea más que suficiente.
Un ejemplo vivo de semejante circunstancia es José Luis Aranda Andia, que vio la libertad a un solo palmo de su cara, pero prefirió las humedades de su celda. Allá están sus compactos de Vivaldi y de Beethoven. Allá está su computadora, en la que realiza transcripciones para sacarse algunos pesos. Allá está también su casa. Y no podía ser de otra manera luego de 25 años de reclusión indefinida.