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Lo siguen llamando general. A pesar de haber dejado para siempre el traje de comando que lo hizo célebre en los reportajes de televisión, cuando solía aparecer en la selva a la caza de narcotraficantes y terroristas, en la cárcel, todos le recuerdan su perdida condición castrense. No es para menos. Nicolás de Bari Hermoza Ríos tiene un récord que mantendrá imbatible hasta la tumba: siete años al frente del Comando General del Ejército, más tiempo que ningún otro militar en el Perú. Entre 1992 y 1998, sólo Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos tuvieron más poder que él. Aquéllos fueron años maravillosos: una época en la que Hermoza Ríos era un temible general en traje de comando. Ahora, a siete años de haber dejado su uniforme, es sólo un hombre enfermo que camina en ropa interior por el estrecho corredor que une las celdas del ala B del pabellón de observación para reos primarios de San Jorge, un penal de mínima seguridad ubicado en el centro de Lima, en donde están recluidos los peces gordos de la red montesinista. Visto así, movilizando pesadamente su inmensa envoltura de piel, parece un enorme paquidermo cansado: un cuello casi inexistente queda cubierto por sus cachetes flácidos, encima de esos hombros que siempre fueron demasiado caídos para pertenecer a un señor de la guerra. Esa tarde de primavera, el general caminaba hasta la mesa –al pie de su celda–   para esperar la hora del almuerzo.

—Nosotros concebimos una nueva estrategia para terminar con el terrorismo de Sendero Luminoso –me dijo el día que finalmente decidí acercarme, después de haberlo observado durante meses sentado en esa mesa de madera que lleva inscritas, en tinta indeleble, las iniciales de su nombre. La primera vez que lo vi fue por televisión, el 21 abril de 1993. Yo era apenas un adolescente, el día que Hermoza, como Comandante General de las Fuerzas Armadas, se montó sobre la torre de un tanque, escoltado por un ejército de soldados, para cruzar las principales avenidas de Lima con dirección al Congreso. Un pequeño grupo de parlamentarios acababa de recibir un sobre anónimo con un mapa y restos humanos calcinados. Un año antes, el 18 de julio de 1992, un comando clandestino de soldados del ejército entró a la universidad La Cantuta y detuvo a nueve alumnos y un catedrático. Nunca más se supo de ellos.

—¿Por qué no mejor investigan el derecho de nuestros soldados mutilados e inválidos, en vez de perder el tiempo en acusaciones sin sustento? –preguntó el general Hermoza a los congresistas que investigaban el caso La Cantuta, un día antes de ejecutar aquella aparatosa demostración de poder: tal como dijo la prensa en ese entonces[1], Hermoza acorraló las principales avenidas con sus tanques, como si se tratara de un golpe de Estado, en lo que las primeras planas denominaron el “tanquetazo” del general Hermoza. Los tanques se quedaron dos días consecutivos en las calles, emplazando su fuerza motorizada cerca del Congreso. Jorge Camet Dickmann, entonces Ministro de Economía, se encontraba en Nueva York, en un intento por negociar la reinserción financiera del Perú tras el golpe fujimorista del 5 de abril de 1992. Camet, tras las críticas de los banqueros norteamericanos por el “tanquetazo”, tuvo que regresar de Estados Unidos con las manos vacías[2]. Esa noche, Fujimori condenó el gesto del general a través de un mensaje televisivo para la nación. Sin embargo, horas más tarde, un comunicado firmado por el Alto Mando de las Fuerzas Armadas respaldando la actitud del general Hermoza, acompañado por otro desfile de tanques en las principales unidades del Ejército, lo hicieron retroceder: Fujimori, por la noche del día 22, criticó al Congreso, tildándolo de inoportuno por investigar a los militares que combaten el terrorismo y el narcotráfico. Ése era el Hermoza que yo recordaba.

Ahora, en la cárcel, no queda rastro de aquel imponente general que iba impregnado de todas las medallas con las que un soldado pudo haber soñado: la Cruz Peruana al Mérito Militar en los grados de Caballero, Oficial, Comendador, Gran Oficial y Gran Cruz; la Orden Militar Francisco Bolognesi en los grados de Caballero, Oficial, Comendador, Cruz y Gran Cruz; la Medalla Académica del Ejército y dos condecoraciones al mérito de los ejércitos de Chile y Bolivia; la insignia de la Escuela de Blindados, de alumno del Centro Académico de Altos Estudios Militares, de diplomado en la Escuela Superior de Guerra del Ejército y de Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas; la Medalla Combatiente Mariscal Andrés Avelino Cáceres en el Grado de Honor, “por haber formulado la estrategia militar y llevar a cabo con éxito la conducción de las Fuerzas Especiales en la Operación Chavín de Huántar”, tal como dictó el 22 de diciembre de 1997 la resolución que firmó el mismo general con su puño[3].

—Quienes tuvimos la responsabilidad de participar en la pacificación tenemos la obligación de dejar constancia de nuestros actos –me dijo con entusiasmo, al ver que le llevaba un ejemplar de su libro Filosofía de un soldado. Observó la carátula, en la que luce su traje de gala, lleno de medallas hasta la boca del estómago–. Te he visto varias veces con el libro –me dijo casi con ternura, antes de estirar su brazo para estrechar el libro con sus dedos regordetes como los de un carnicero.

Aquella primavera del año 2004, en la cárcel de San Jorge, observé al general como si se tratara de un animal enjaulado. Lo vi comer, dormir, leer y caminar, pero nunca me atreví a conversarle: no ha declarado nada desde que entró en la prisión, el 5 de abril del año 2001, irónicamente, nueve años después de haber ordenado que el Ejército tomara por asalto las principales entidades del Estado para convertir a Fujimori en un presidente de facto. Faltaban sólo dos semanas para que comenzara la etapa oral de su proceso por el delito de peculado, en el momento que decidí acercarme con su libro en la mano. No se negó, pero tampoco dejó que le preguntara nada. Ejecutó un interminable monólogo en el que justificó sus actos y apenas pude interrumpirle para decir:

—General, si todo lo que usted dice fue así, entonces… ¿qué ocurrió?

El general me hizo notar que el sonido de la campana anunciaba el final de las visitas. Me prometió que volveríamos a conversar pero eso nunca sucedió. Lo busqué una semana después y me cerró la puerta de su celda. No lo volví a ver.

Su tono era napoleónico, de aquellos generales que sólo saben de victorias, pero durante la conversación ocultó otras proezas menos honrosas: 21.155.173 dólares distribuidos en seis cuentas a nombre suyo y de su familia en el banco privado Edmond de Rothschild, en Ginebra, y en el Union Bank of Switzerland, en Lugano. El general habló en esa forma en la que ciertos militares se refieren a la paz alcanzada en pos de una sociedad mejor. Acaso era una mañana demasiado tranquila para recordarlo, pero Hermoza prefirió olvidar los detalles de su obra pacifista: según los testimonios que obran en manos de jueces, procuradores y fiscales, él alentó la existencia del grupo Colina, el temido escuadrón de la muerte conformado por militares, liderado, en la más alta de las instancias, por el ex presidente Alberto Fujimori, en su calidad de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas. Este grupo se creó en 1991, con el objetivo capturar líderes terroristas. Pero terminó encabezando la guerra sucia en contra de los principales opositores del gobierno de Fujimori. Se sabe, por las investigaciones realizadas tras la caída de la dictadura, que el grupo Colina torturó, ultimó y desapareció a más de 41 personas. Crímenes que quedaron impregnados con olor a kerosene, el combustible con el que los aparatos de seguridad del Estado de las dictaduras más salvajes se deshacerse de sus víctimas.

Durante el verano del año 2001 la dictadura de Fujimori se desmoronó y las principales cabezas de su régimen comenzaron a rodar por los pasillos del Poder Judicial. El general Víctor Malca Villanueva, Ministro de Defensa desde 1991 hasta 1996, con una orden de arresto sobre su pellejo, huyó al extranjero. El general Julio Salazar Monroe, Jefe del Servicio de Inteligencia Nacional desde 1991 hasta 1998, cumplía entonces con una prolongada orden de arresto domiciliario[4]. Y, mientras otros 78 militares que trabajaron para la dictadura eran investigados por diversos delitos de corrupción, Nicolás Hermoza todavía disfrutaba de las comodidades que goza un general retirado: un chequeo semanal en el Hospital Central Militar, natación en el Club Social de Miraflores y footing en el Círculo Militar. Fue el invitado estrella en la inauguración de un parque y ocupó un palco de honor durante la ceremonia de toma de mando del general Walter Chacón Málaga co

mo el primer Comandante General del Ejército que no era digitado por Montesinos[5]. Sin embargo, su situación se precipitó ese mismo verano. El 19 de enero de 2001, Vaticano, apelativo del capo peruano de la droga Demetrio Chávez Peñaherrera, repitió lo que ningún fiscal se atrevía a investigar en la época en la que Montesinos controlaba los aparatos de inteligencia del Estado: Montesinos, así como el general Hermoza, le cobraron cupos para que militares acantonados en la selva cocalera del Alto Huallaga lo dejaran traficar pasta básica de cocaína con absoluta libertad[6]. Vaticano, quien aseguraba que mientras otros narcotraficantes eran iglesias, parroquias y capillas, él era ‘El Vaticano’, fue el principal abastecedor del Cártel de Medellín entre 1990 y 1992, cuando algunos soldados peruanos acostumbraban transportar cocaína en helicópteros del Ejército, tal como se sabe hoy por el testimonio de diversos oficiales. A Nicolás Hermoza lo procesaron por narcotráfico y pisó la cárcel de San Jorge en abril de 2001. El 24 de ese mismo mes, mientras estaba preso junto con otros seis ex comandantes generales de las Fuerzas Armadas, lo acusaron por corrupción de funcionarios, enriquecimiento ilícito y peculado, por las millonarias cuentas que le encontró la Oficina Federal de Justicia de Suiza, en Europa. Un año después, el 22 de mayo de 2002, lo acusaron de homicidio, tortura y desaparición, por el asesinato de 38 personas, eliminadas por el grupo Colina.

Durante sus años de gloria, Hermoza, ordenó incrementar el presupuesto de las Fuerzas Armadas, malversó fondos destinados a las zonas de emergencia e impulsó leyes que blindaron a los militares de cualquier acusación de violación de los derechos humanos. Negoció con el poder ejecutivo la designación de numerosas autoridades públicas e incluyó a su hermano en la lista parlamentaria del presidente Fujimori. Arrasó con las tradiciones castrenses, trastornó las jerarquías militares y pasó al retiro a los generales más destacados de las Fuerzas Armadas. Frustró la carrera de muchos oficiales honestos y los reemplazó por mediocres militares adictos al régimen. Ordenó que le colocaran todas las medallas del Ejército y se nombró a sí mismo Combatiente Mariscal Andrés Avelino Cáceres, con el grado de Honor, por la operación ‘Chavín de Huántar’, un rescate perfecto que nunca comandó. Abrió cuentas en el extranjero con el dinero que robaba, colocó una decena de propiedades inmobiliarias a nombre de testaferros y sobornó a coroneles y generales para que se quedaran con la boca cerrada. Se enriqueció a costa de millonarias comisiones por compras de armamento obsoleto y llevó a cabo planes de seguimiento, interceptación telefónica y amedrentamiento contra todos los opositores del gobierno. La revista Debate, que año tras año publicaba la lista de los hombres más poderosos del Perú, ubicó durante cinco años consecutivos al general Hermoza dentro de los tres primeros lugares, al lado de Fujimori y Montesinos. Actualmente, tiene 74 años y lo más probable es que nunca salga de prisión. Tiene veinticinco kilos de sobrepeso, recita poemas de César Vallejo, confecciona tarjetas navideñas con papel reciclado y come muchas hojuelas de salvado con leche descremada. Aunque haya sido el general más poderoso en toda la historia militar del Perú[7], su biografía jamás será registrada por ninguna reseña militar. En el sitio web del Ejército, que recoge la relación de los últimos comandantes generales, su nombre no aparece, como si los años transcurridos durante su hora nunca hubieran existido.

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—Mi declaración se va a ajustar a la estricta verdad y realidad, tal como he tratado de demostrar durante todo mi proceso. Lo he repetido muchas veces y lo volveré a decir cuanto sea necesario: todos los fondos que recibí fueron recibidos de manera ilícita, de fondos públicos que consistían en excedentes de los presupuestos asignados a diversas áreas de la institución militar. Los montos mensuales, o bimensuales, me eran entregados por los oficiales de Economía del Ejército. Los montos eran aproximados y variables: 60.000 dólares del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas; 30.000 dólares de la Oficina de Economía del Ejército; 50.000 dólares del Comando Administrativo del Cuartel General del Ejército; y 10.000 dólares del Servicio de Intendencia del Ejército. Además, de las cantidades que he mencionado, también quiero declarar que por cada uno de los cuatro procesos electorales[8], desde 1992 hasta 1998, recibí 800.000 dólares. Sí, reconozco que soy culpable de los delitos que se me imputan –le dijo Hermoza a los magistrados.

Habían transcurrido cuatro años desde su última aparición pública. Aquella fría mañana del 15 de noviembre de 2004 comenzó la primera de todas sus audiencias por el delito de peculado. Había reemplazado el uniforme militar por un conservador traje gris con corbata crema. Sus escasos cabellos blancos, peinados sin agua ni fijador, lo convertían en un hombre prematuramente senil. Sus enormes orejas puntiagudas, sin el peso de su característica boina negra, parecían dos gigantescas antenas parabólicas carcomidas por el óxido. Su voz transmitía ira y contundencia. La sinceridad con la que parecía pronunciar cada una de sus palabras transformó la solemnidad en una mezcla de vergüenza y decepción. En la sala no hubo ningún rastro del temible militar que una vez marchó siete años consecutivos al frente de los institutos armados. Pero nadie parecía recordarlo.

Hermoza, además de confesar con detalle sus delitos, narró cómo nombró a cada general y coronel que participó dentro de su red. Esa mañana, antes de que comenzaran los interrogatorios, me crucé con tres de sus colaboradores. En una de las bancas de cemento, en la antesala de la corte, estaban sentados y vestidos sin sus uniformes los generales Marcelino Zevallos Málaga y Jesús Rejas Olivares, junto con el coronel César Luis Abt Torres, secretario personal de Nicolás Hermoza durante los años que duró su poder. Esperaban la orden de los vocales para pasar a declarar.

—Nosotros tenemos que decir la verdad –murmuró Zevallos Málaga.
—Chino –le dijo Zevallos a Rejas–, no pueden jodernos por obedecer órdenes. ¡Carajo!, somos militares. ¿Qué chucha esperan de nosotros?

La campana sonó y los tres militares se tomaron de las manos. Se las apretaron con fuerza, como los actores antes de entrar a escena. Nicolás Hermoza los esperaba sentado, acompañado por el resto de sus cómplices: esposa, dos hijos, dos hijastros y seis testaferros. En uno de los recesos, conversé con el coronel Abt Torres, el hombre del general Hermoza.

—¿Pensó que pasaría todo esto? –le pregunté.
—A ese hombre que está ahí yo nunca lo he conocido –respondió.
—¿A qué se refiere? –insistí.
—Hermoza fue un hombre de honor, éste que está aquí es un ladrón cualquiera  –dijo con profundo malestar–. Siempre creí que fue un militar honesto, con él hice toda mi carrera –concluyó el coronel antes de volver a la sala.

Podrían haber parecido las palabras de un hombre extremadamente leal. Sin embargo, hasta hoy día, muchos de los militares con los que conversé aún se sorprenden al saber que Nicolás Hermoza está procesado por corrupción, asesinato y narcotráfico. Para los oficiales de su época, fue un ejemplo de militar disciplinado. Hermoza fue el primer Comandante General que visitó cada uno de los cuarteles del Ejército a lo largo de los 24 departamentos del Perú. Como si se tratara de Papá Noel, Hermoza aterrizaba en los aparatosos helicópteros MI-17 con enormes bolsas de chocolates, medicinas y caramelos para repartirlos entre la tropa de cada base. Para ellos, la carne de cañón, era como ver al Señor de los cielos descender desde las alturas. Se enfrentó repetidas veces a Fujimori y Montesinos para defender a los militares acusados por violaciones a los derechos humanos y no dudó en amenazarlos con la salida de sus tanques. Trotaba por la pista junto con los comandos y le gustaba aparecer en televisión ejecutando dolorosas planchas con el puño. La prensa dijo que Hermoza era “el otro presidente” y eso llenó de orgullo a siete generaciones de militares. Sin embargo, ahora, años más tarde, acepta sin ningún tipo de escrúpulo sus delitos y reseña con detalle cómo llevó a cabo cada una de sus ilícitas operaciones.

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El 28 de julio de 1990 Fujimori, tras haberse hecho de la banda presidencial, cesó al Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y Comandante General de la Marina de Guerra, vicealmirante Alfonso Panizo Zariquiey, junto con otros once jefes de la Armada. Montesinos, convertido en el principal asesor en temas de seguridad y defensa del presidente, le dijo a Fujimori, entonces un novato en asuntos castrenses, con informes falsos de inteligencia, que la Armada preparaba un golpe en su contra. Meses más tarde, Montesinos hizo lo mismo con el ejército, no sin antes quitarse de encima algunas piedras del zapato. El pretexto: otro golpe de Estado, esta vez, orquestado desde los cuarteles. Y Fujimori, nuevamente, lo creyó. El 7 de noviembre de 1990, durante el 73° aniversario de la Revolución de Octubre en la embajada de la (entonces) Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Fujimori afirmó que hubo un intento de golpe que finalmente fracasó. A día siguiente, por recomendación de Montesinos, destituyó al entonces Comandante General del Ejército, general Jorge Zegarra Delgado, y lo reemplazó con el entonces Inspector General del Ejército, general Pedro Villanueva Valdivia, número tres en la línea de comando, un sumiso militar sin ascendencia[9]. El cargo le correspondía, por tradición y jerarquía, al número dos del ejército, Jefe del Estado Mayor del Ejército, general Juan Fernández Dávila, pero su rechazo al ex capitán del Ejército lo colocó en la mira del ex asesor de inteligencia: Montesinos filtró a la prensa documentos que vincularon al general Fernández con un sonado caso de corrupción. Fujimori optó por pasarlo al retiro. A partir del 1 de enero de 1991, Fujimori empezó su mandato renovando el Alto Mando del Ejército: el general Nicolás Hermoza Ríos, entonces Jefe del Comando General de Logística del Ejército (Cologe), fue nombrado Jefe del Estado Mayor del Ejército. El general Luis Palomino Rodríguez, entonces Comandante General de la 5ª División de Infantería de la Selva, fue nombrado Inspector General del Ejército. Esa misma fecha, en reemplazo del general Hermoza, el general José Pastor Vives se hizo de la jefatura del Cologe.

En los primeros días del año, Pastor Vives ordenó una auditoría sobre todas las compras hechas por su predecesor. La contraloría del Cologe determinó que los archivos respecto a las compras hechas en 1990 estaban incompletos[10]. El 17 de febrero de 1991, el general Pastor le solicitó al general Palomino Rodríguez, a través de un memorando, que Inspectoría echara sus narices sobre los contratos suscritos por Hermoza en 1990. Semanas más tarde, el 15 de marzo, antes de que lograran investigar al general Hermoza, el Comandante General ordenó que Pastor y Palomino fueran removidos de sus cargos. Pastor fue destacado a la selva como nuevo Comandante General de la 5ª Región Militar y Palomino viajó a Israel con la extraña misión de llegar a Kuwait, en plena Guerra del Golfo Pérsico, para recoger sus impresiones del conflicto armado entre Irak y los Estados Unidos. Paradójicamente, eran los dos únicos personajes que podrían haber detenido al hombre que meses más tarde se convertiría en el hombre de uniforme más poderoso del Perú.

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Un año antes, en 1 de enero de 1990, Fujimori soñaba con ser presidente, montado sobre timón el timón de un pequeño tractor color amarillo. Entonces, el general Nicolás Hermoza acababa de ser nombrado Jefe del Comando General de Logística del Ejército (Cologe). Su misión incluía, además de cumplir con el abastecimiento de las principales necesidades del Ejército, suscribir contratos con las empresas que se encargarían de proveer de material de guerra a lo largo del año. Durante ese periodo, el representante de una desconocida empresa israelí ganó todos los concursos, contratos y licitaciones con el Ejército. Su dueño: James Eliot Stone Cohen, un comerciante judío que parecía haber nacido con la estrella de David sobre la frente. Hermoza, durante los primeros meses de 1990, gracias a los tratos que firmó con Stone por la venta de 100 camiones Command Car, 1.730 fusiles de asalto Galil, 5.340 municiones calibre, 70.000 equipos de campaña para soldados[11] y 10.000 equipos de campaña para la División de Fuerzas de Especiales (DIFE), acumuló una incipiente pero prometedora fortuna. Amparándose en el secreto militar, Hermoza convocó licitaciones sin concurso público y autorizó compras sin la aprobación de la Contraloría General de la República. Por cada licitación en favor de Stone, el general Hermoza cobró entre el ocho y diez por ciento del valor total de los contratos[12]. Para asegurarse de que sus negocios con el israelí se prolongaran más allá de 1990, ordenó estandarizar el material de guerra para tropa: todo tenía que ser israelí, desde los pasadores de los borceguíes hasta la punta de las bayonetas. El resultado: su primer depósito en el extranjero, hecho el 1 de noviembre de 1990, a nombre suyo y de su familia. A partir de 1992, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, contrató al resto de la gavilla de Stone: los traficantes de armas Tzvi Sudit Wassermann, Moshe Rothschild Chassin, Jean Devrout Van Beckhoven y Enrique Benavides Morales, para equipar los institutos armados de granadas, pistolas, metralletas y fusiles, hasta helicópteros y aviones de combate. Bajo los seudónimos de ‘Fernanda’, ‘Sipán’ y ‘Pachacútec’, Hermoza depositó en Ginebra, en el Edmond de Rothschild, el dinero que los traficantes le iban consignando. El 11 de julio de 1995, durante su retorno de la República Popular de China, el general Hermoza hizo una escala en Nueva York en donde Stone Cohen lo esperaba con una sorpresa: un maletín de cuero con 400.000 dólares, listos para ser depositados en el Union Bank of Switzerland Corporation of New York. De regreso, en Lima, sin hacer mayores comentarios, Hermoza les solicitó a sus dos hijos y su esposa que firmaran los documentos que los acreditarían como propietarios de las cuentas[13].

Un mes después, en agosto de 1995, el general Hermoza, en el despacho de su casa, le ordenó a su familia que se quedara con la boca cerrada.

—Si esto se sabe, todos podemos ir presos –les dijo, tal como recordó Nicolás Hermoza Quiroz, el hijo menor del general, el día que le tocó ser interrogado por la sala que juzgó los delitos de su padre.

Con el aval de su familia, Hermoza aperturó tres cuentas bancarias más en Nueva York a nombre de Nanda Ltd., Atenea Inc. y Pegaso S.A. Dos años después, en 1997, los operadores bancarios del general Hermoza, Carlos Valderrama y Ernesto Strickler, transfirieron el dinero de Nueva York a una sucursal en Lugano: 6.231.343 dólares. En 1999, los tres depósitos hechos en el Edmond de Rothschild se transformaron en The Creston Trust, The Garden Trust y The Arcadia Trust: 14 923.849 dólares.

En febrero de 2001, la Comisión Waisman, la misma que investigó todos los crímenes cometidos por la dictadura de Fujimori, interrogó al general Hermoza por presuntos delitos de corrupción: se declaró inocente. Sin embargo, el 11 de abril, encarcelado por una acusación de narcotráfico, la Oficina Federal de Justicia y la Policía de Suiza, bajo la batuta de la fiscal del IV Cantón de Zurich Cornelia Cova, hallaron los depósitos hechos por Hermoza en el Edmond de Rothschild. El 18 de abril ordenaron el bloqueo de sus cuentas, así como el levantamiento de su reserva tributaria. Esa misma semana lo procesaron por delito de peculado. Su familia huyó al extranjero: su esposa y su hija a Miami y su hijo a Santiago de Chile. El 9 de mayo del mismo año, la Embajada de Suiza en Lima informó sobre depósitos hechos en el Union Bank of Switzarland. Hermoza, sin ninguna salida, confesó. Días más tarde, su familia retornó para entregarse a la justicia. El general Hermoza, desde 1990 hasta 1998, le cobró cerca de 9.500.000 dólares a los traficantes de armas y le robó a las Fuerzas Armadas cerca de 2.160.000 cada año. Stone Cohen fue capturado en Miami en abril de 2004 y llegó extraditado al Perú. Se acogió a la colaboración eficaz, estatus que le brindó ciertos privilegios a cambio de información. Está preso junto con el general Hermoza en el penal San Jorge, a sólo unas celdas de distancia. Durante el proceso por peculado, la defensa del general solicitó a Stone como testigo. A pesar de que lo había traicionado, se trataba de un testimonio bastante útil: Stone podía corroborar que la fortuna del general era producto de la codicia y no del narcotráfico, delito que podría haberlo encerrarlo por el resto de su vida. Hermoza, tras haber declarado, se convirtió en el colaborador eficaz 002, el segundo de la red montesinista que puso su pellejo a disposición de la Justicia, después de Matilde Pinchi Pinchi, conocido en los archivos del Poder Judicial como la colaboradora eficaz 001. Durante los años noventa, a partir de 1993, Stone empezaría a traficar armas directamente para Vladimiro Montesinos, así como Sudit, Rothschild, Devrout y Benavides. Si existe una persona que le enseñó al ex asesor de Fujimori el arte de administrar el lucrativo ejercicio de traficar armas en el mercado negro de Europa del Este, ese hombre sin temor a equivocarme fue el general Hermoza.

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La fatalidad se deshizo de sus obstáculos. El general Nicolás Hermoza nunca tuvo la primera opción para llegar hasta la Comandancia General del Ejército. Tal como dictaba la Ley de Situación Militar del Ejército, antes de Fujimori llegara al poder, los generales que componían el alto mando, cesados tras haber cumplido 35 años de servicio, daban paso a la próxima generación de generales. Así, a partir de 1992, le correspondía a la 60° promoción ‘Teniente Coronel Ricardo O’Donovan, egresada en 1958 de la Escuela Militar de Chorrillos, ocupar los cargos más importantes en el escalafón. El general Hermoza era parte de esa promoción, pero, por encima de él, existían otros siete oficiales que podrían haber alcanzado el grado más alto al que aspira un general. Wilfredo Mori Orzo fue Espada de Honor de su promoción[14], pero la masacre de 69 campesinos en un poblado de los Andes[15], mientras ocupaba el cargo de Jefe de la Zona de Seguridad Nº 5, en Ayacucho, lo obligó a pedir su retiro en 1985. Juan Alvarado Trujillo, número dos de su promoción, perdió la vida en 1979, en un intento por rescatar a sus hijos de la furia del río Amazonas. Jorge García Castro, número tres, sólo llegó a coronel. Jorge Rabanal Portilla, General de Caballería, ocupó la cuarta posición, pero el brutal develamiento de un motín de presos por terrorismo en el penal El Frontón, mientras él se desempeñaba como Comandante en Jefe de la Guardia Civil del Perú, en junio de 1986, descalificó para siempre su carrera. Carlos Porteros Vega, quinto, sólo llegó a coronel. Juan Ponce de León, sexto cadete de su promoción, se limitó a ascender a comandante. Hugo Chau Busanich, Comandante de Artillería, ocupó la séptima posición. Sin embargo, un accidente automovilístico lo relegó del resto de sus compañeros: en julio de 1982, el automóvil que manejaba Víctor Malca Villanueva, compañero de Chau y más tarde Ministro de Defensa del régimen de Fujimori, se despistó mientras iban por la carretera Panamericana. Malca quedó ileso pero Chau perdió parte de la vista. La octava posición era de Nicolás Hermoza Ríos, un tímido cadete que no ganó ninguna medalla durante los años que estuvo en el equipo de atletismo de la Escuela Militar de Chorrillos. Fue corredor de fondo, pero una artritis en la rodilla no le permitió destacar en los deportes. Se operó la rodilla en 1998, con el dinero que, según él manifestó en su proceso, le robó al ejército.

Mientras que a Mario Sencebe Huarcaya, capitán del equipo, le llamaron “el tren de Chorrillos”, a Nicolás Hermoza le apodaron ‘”la vieja” por su extraña manera de caminar: era un poco jorobado y sus pies formaban una escuadra, como los patos. Era corto de palabra y pasaba más horas con sus libros que con el resto de cadetes. También lo llamaron “filósofo”, pero su hábito nunca lo llevó a destacar en los estudios. Declamaba poesías en público y cantaba en los días festivos. Era humilde y silencioso. A finales de 1991, uno de los menos indicados –ya había recibido sobornos por la venta de armas– para ejercer el cargo tenía las cartas echadas sobre la mesa. Para Montesinos era el hombre que había estado esperando: corrupto y sumiso, esa mezcla de sujetos que le gustaba tener cerca. El 8 de noviembre de 1991, la Cámara de Senadores, con mayoría fujimorsta, aprobó la Ley del Sistema de Defensa Nacional, que modificó la Ley Orgánica del Ejército. A partir de esa fecha, el Presidente tenía la facultad de elegir entre los tres comandantes generales al director del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Ese mismo día también se aprobó la nueva Ley de Situación Militar, que fijó nuevos límites de edad para los generales que desempeñaban cargos estratégicos dentro de la cúpula militar. El objetivo de Fujimori era reservarse el derecho de elegir a los generales que lo acompañarían en su aventura golpística: el general Hermoza debería haber pasado al retiro a finales de 1991, fecha en la que cumplía 35 años portando el uniforme castrense… pero Montesinos tenía planes para él.

Aquella fecha, Hermoza, entonces Jefe del Estado Mayor del Ejército, número dos en la cadena de mando, estaba preocupado. No era un general influyente y, hasta ese momento, no formaba parte del círculo de Montesinos. El 15 de diciembre de 1991, Hermoza llamó a la Junta Interamericana de Defensa, y se comunicó con un amigo suyo: el representante del Perú en Washington, el general de Infantería Jaime Salinas Sedó, entonces uno de los generales más influyentes y destacados del ejército.

—Jaime –le dijo Nicolás Hermoza–, sé que te han ofrecido el Ministerio de Defensa. Sólo te pido que respetes mi antigüedad –recordó Salinas entrevistado por la revista Caretas en 1993. Hermoza y Salinas eran amigos desde que trabajaron juntos como asesores del entonces Comandante General del Ejército, general Carlos Arnaldo Briceño Zevallos, en 1981. Aquella mañana, Hermoza escuchó que Montesinos le propuso a Salinas, tal como lo hizo en 1990, la cartera de Defensa y, por lo tanto, podía convertirse en una figura importante a la hora de elegir a los próximos comandantes generales de las tres armas.
—Nico –le contestó Salinas–, ése es un ofrecimiento muy reservado y sería mejor que, por el momento, lo mantengamos así. En todo caso, todavía no he tomado una decisión.

Tres días después, el 18 de diciembre, todo se precipitó. Montesinos le ordenó al entonces Comandante General del Ejército, general Pedro Villanueva Valdivia, que firmara 45 resoluciones de pase al retiro en blanco. Los nombres, le dijo Montesinos, los agregaría más tarde junto con el Presidente. Villanueva advirtió que Montesinos pretendía deshacerse de varios destacados generales y se negó a suscribir los documentos. Había obedecido todas las órdenes de Montesinos, pero pasar al retiro a los más influyentes oficiales podría haberle merecido el repudio de toda la institución. Ese mismo día, por la tarde, Fujimori destituyó al general Villanueva y lo destacó a la agregaduría militar del Perú en España, un cargo para generales de menor jerarquía[16]. Mientras tanto, Montesinos organizó una reunión en la casa de un viejo conocido, un comandante retirado del Ejército desde 1975: Jorge Whittembury Rebaza, el mismo con el que Montesinos compartió celda, en 1976, cuando fue acusado de vender información a la CIA. Hasta la casa, ubicada en el próspero distrito de Las Casuarinas, llegó el Jefe del Estado Mayor del Ejército, general Nicolás Hermoza Ríos, junto con el entonces Jefe de Contabilidad de la Oficina de Economía del Ejército, general Enrique Causo Calderón.

—El Ejército atraviesa una grave crisis de insubordinación. General Hermoza, necesito su respaldo –le dijo Montesinos, con ese tono solemne con el que se dirigía a los militares.
—Soy un hombre de principios, estoy subordinado a la Constitución –le respondió Hermoza, tal como recordó uno de sus colaboradores con los que conversé.

Montesinos le ofreció la Comandancia General del Ejército y Nicolás Hermoza aceptó con una sonrisa. Por la tarde, se encontraron en el Cuartel General del Ejército, el enorme edificio en forma de T al que todos llaman Pentagonito. Para no despertar sospechas, Nicolás Hermoza se ocultó dentro de la maletera del carro del general Causo, aplastando su masa corporal contra el aro de una llanta de repuesto. En el sótano del edificio, en presencia de otros altos oficiales, la propuesta se hizo oficial. Tras bambalinas, el Ejército tenía nuevo comandante.

Lo primero que hizo Nicolás Hermoza, reconocido como Comandante General del Ejército el 19 de diciembre de 1991, exactamente un día antes de cumplir 57 años, fue firmar el cese de los cinco generales que podrían haber ocupado la Comandancia General del Ejército durante los próximos cuatro años: Salinas Sedó, entonces amigo suyo, que se enteró estando en Washington; Palomino Rodríguez[17], en Francia; y los generales Víctor Obando Salas y Luis Soriano Morgan, en Lima[18]. El caso de Pastor Vives[19] fue diferente. Nicolás Hermoza viajó hasta la 5ª Región Militar, en la selva, para comunicárselo personalmente.

—¿Quién mierda te has creído para hacer esto? –le gritó Pastor a Hermoza.
—Son órdenes del Presidente –le contestó sin dar más explicaciones. Los oficiales acantonados en la base militar de Iquitos le dijeron al general Pastor que se levantarían en contra del general Hermoza como muestra de protesta, pero Pastor aceptó su destino  e hizo retroceder a sus oficiales.
—Hermoza cometió el peor acto de cobardía y sumisión –me comentó el general Pastor mientras conversábamos en su despacho, una mañana de 2004, rodeados por miniaturas militares de cobre y porcelana[20]–. Se sometió al poder de Montesinos a costa de nuestras carreras –me dijo Pastir un hombre bajo pero ancho, con fisonomía de pesista jubilado. De no ser por Hermoza, Pastor podría haber sido Comandante General del Ejército en 1994.

El 1 de enero de 1992, Hermoza fue nombrado Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y más tarde Jefe del Comando Operativo del Frente Interno (COFI), encargado de la lucha contra la subversión y el narcotráfico. El 3 de abril de 1992, en la casa del mismo  general Hermoza, el ex presidente Alberto Fujimori, acompañado por Montesinos, convocó al alto mando de las Fuerzas Armadas, integrado por el Ministro de Defensa, Víctor Malca Villanueva, el Ministro del Interior, Juan Briones Dávila, el Jefe del Estado Mayor del Ejército, Pedro Valdivia Dueñas, el Jefe Nominal del Servicio de Inteligencia Nacional, Julio Salazar Monroe, el Comandante General de la Fuerza Aérea del Perú, general Arnaldo Velarde Ramírez, el Comandante General de la Marina de Guerra del Perú, almirante Alfredo Arnais Ambrosiani, así como por el Director General de la Policía Nacional, Víctor Cubas y Escobedo; para dictar las directrices del golpe de Estado del 5 de abril. Esa misma tarde, el general Hermoza manifestó que iban a ejecutarse detenciones contra los principales opositores del régimen. Por la mañana del 4 de abril de 1992, Hermoza se reunió con los comandantes generales de las cinco regiones militares. El 5 de abril de 1992, el general Hermoza ordenó que tanques y soldados tomaran por asalto el Parlamento, el Poder Judicial y los principales medios de comunicación. Sentado en la sala de su despacho, junto con los propietarios de los canales televisivos más importantes[21], Hermoza encendió su televisor para oír el mensaje del presidente Fujimori, convertido en el último dictador del siglo pasado: “disolver, disolver, disolver”, se le escuchó decir por el televisor aquella noche. Hermoza, el joven cadete que pasó inadvertido durante toda su carrera, se transformó de pronto en el tercer hombre más poderoso del país. Ese mismo año, cumplía 35 años de servicio y debería haber sido cesado por límite de edad, pero el dispositivo legal, implementado por la dupla Fujimori-Montesinos, le otorgó la oportunidad de quedarse con el poder absoluto por tiempo ilimitado. Con el paso de los años, ese poder engordó de manera desmesurada, como la dupla jamás imaginó. La revista , uno de los pocos medios independientes que quedaban, publicó en 1993 una carátula con la cara de Fujimori partida como trozos de un vidrio reventado: “Quien con militares se acuesta, golpeado amanece”, decía la revista en su primera página. Era evidente que desde 1994 existían dos bandos en las Fuerzas Armadas: los ‘hermocistas’ y los ‘montesinistas’. Pero el amor llegó a su fin el 22 de abril de 1997, el día que un grupo de comandos rescataron a 72 rehenes de la Embajada de Japón en Lima.

***

Ninguna persona lo notó, pero su hijastra lo llamó “tío”. Roxana Cecilia Ríos Quiroz había compartido el mismo techo que el general Hermoza hasta los 16 años, fecha en la que se casó con un hombre mayor por haber quedado embarazada, el mismo con el que tuvo su primer hijo y su primera decepción. Aquel hombre la abandonó y tuvo que valerse sola para mantener a su pequeño. Pese a sus necesidades, juró nunca más regresar a la casa de su padrastro, quien, como sostuvo Roxana durante la audiencia, nunca la trató con el cariño que merece la hija de la mujer que se ama. Pero el vínculo que existía entre Roxana Cecilia y el general iba más allá de compartir el mismo techo. Roxana Cecilia era hija del técnico de primera Máximo Ríos Lozano, primo hermano del general Hermoza por parte de madre. Juana Luisa Quiroz Bocanegra, esposa del general Hermoza, convivió con el padre de Roxana Cecilia hasta que esta lo dejó por el joven capitán del Ejército que entonces era Nicolás Hermoza Ríos en 1962, cuando Roxana Cecilia era una bebé de dos años.

En 1993, Roxana Cecilia no tenía casa propia y apenas ganaba para poder rentar un pequeño apartamento. Estaba desesperada. Entonces no sabía nada de la vida del general Hermoza, hasta que lo vio por televisión, convertido en el hombre poderoso del régimen de Fujimori. Llamó a su madre para pedirle que el general Hermoza le prestara dinero para poder sobrevivir. Hermoza le hizo llegar 30.000 dólares. Con ese monto se compró una casa en el distrito de Surquillo, una zona de clase media. Meses más tarde, el general le alcanzó otros 19.000 dólares y con eso Roxana Cecilia se compró un vehículo del año. En 1996, el general le entregó la última partida: 114.000 dólares. Roxana Cecilia compró dos casas más. Puso una cebichería y rentó una de sus propiedades.

—Yo sabía que el dinero era de procedencia ilícita. Sabía que era Comandante General, pero no podría haber ganado tanto dinero como para dármelo de esa manera –dijo Roxana Cecilia a los magistrados durante el proceso oral por peculado. El fiscal preguntó por qué aceptó entonces si sospechaba que se trataba de dinero ilícito
—Acepté porque consideré que era una compensación por las cosas que me hizo vivir –confesó Roxana Cecilia entre lágrimas. No explicó qué cosas le hizo vivir el general, pero preguntárselo habría sido en vano: aquel capítulo lo tenía cerrado como un libro que se echa a una pira. La acusaron por delito de encubrimiento. La Fiscalía solicitó cinco años de cárcel. Tiene 48 años. Es casi evidente que la mayoría de ellos han sido un péndulo entre malos y peores. Se casó hace unos años. Tuvo otro hijo. Intenta, como dijo ella, reconstruir su vida. El día que leyeron su condena la absolvieron de todos los delitos.
—Estoy decidido a pagar por mis delitos –dijo el general tras haber oído la declaración de Roxana–. Al haber involucrado a mi esposa e hijos en los ilícitos cometidos, lo hice pensando en asegurarles su futuro, ya que estaba sujeto a muchos riesgos, pues he volado más de mil horas en helicóptero, estaba sujeto a accidentes en cualquier momento, como le ocurrió a otros oficiales, por lo que indebidamente involucré a mi familia, utilizándolos. Mi esposa y mis hijos conocían lo que iba a depositar, pero ninguno sabía el origen de la fuente de recursos indebidos. Estoy arrepentido de haber involucrado a mis hijos y, sobre todo, a mi mujer. Ella tiene setenta años –dijo Hermoza sin referirse en ningún momento a Roxana ni a Lorenzo Arturo, su hermano, un sujeto ocho años mayor que ella que fue procesado por los mismos delitos. También quedó absuelto.

Traté de comunicarme con Máximo Ríos Lozano, pero una voz femenina en el teléfono me dijo que este falleció en 2003. Entre militares existen códigos tácitos que no necesitan estar inscritos en ningún reglamento. Es parte del ser militar, parte de la sustancia. Una de esas consignas dice que quitarle la mujer a un compañero de armas es peor que una aberración. Muchos de los militares con los que conversé me aseguraron incluso que uno podría ser expulsado de la institución por ese motivo: para ellos es como quitarle la mujer a un hermano. Sin embargo, más grave aún, es arrebatarle el amor a un soldado de menor grado, tal como lo hizo Nicolás con su primo Máximo, con el que lo unía un lazo sanguíneo. Un ex Comandante General del Ejército, discípulo del general Hermoza, calificó la actitud del general Hermoza como una abominación. “En el ejército existen muchas cosas que podemos perdonar. Muchos han hecho fortunas robando, todos lo sabemos, pero no existen palabras para clasificar este tipo de conductas. Es sencillamente abominable”, afirmó.

***

Si Nicolás Hermoza quiso meterse en problemas, se topó con las personas indicadas. Entre 1985 y 1986, ascendido de coronel a general de brigada, Nicolás Hermoza Ríos viajó con su familia a Trujillo, en la costa norte del Perú, para ejercer la Comandancia General de la 32° División de Infantería del Ejército. Allí comenzó a labrar su fortuna. En la 32° División de Infantería, ubicada en Trujillo, capital del departamento La Libertad, que se llamó Ciudad Bolívar tras la independencia del Perú, Hermoza trabajó con los que más tarde formarían parte de su red. El entonces capitán Miguel Ángel Gómez Rodríguez era Jefe de la Compañía de Intendencia de Trujillo y tenía a su cargo el manejo de la economía del cuartel. El entonces coronel César Saucedo Sánchez fue Inspector General en Trujillo en 1985 y Jefe del Estado Mayor en 1986. El coronel Marco Rodríguez Huertas fue Jefe de Estado Mayor de Trujillo en 1985 e Inspector General en 1986. El entonces coronel Róger Burgos León fue Jefe del Comando de Logística de Trujillo.

—Todo comenzó en Trujillo –me dijo Evaristo Castillo Aste[22], un mayor retirado del Ejército que camina por la calle con unos enormes lentes oscuros. Es un hombre alto, de músculos anchos, con aspecto de galán de novelas mexicanas. En 1985 era capitán y fue destacado a la 32° División de Infantería de Trujillo como Jefe del Servicio de Asuntos Sicosociales (SAS).
—Yo llegué a Trujillo para hacer inteligencia, pero con Hermoza como jefe del cuartel, me dediqué a perder mi tiempo.

Desde que llegó, Hermoza le encomendó fabricar una lista con el nombre de los generales de división que ocupaban, hasta ese momento, los cargos más importantes en el Ejército. La lista elaborada por el jefe del SAS incluyó, además, los nombres de las esposas de cada militar.

—Hermoza era un gran pendejo. Yo podría decir que lo ayudé a robar, sin recibir un centavo. Fui su alcahuete –me confesó Castillo mientras conversábamos en un café del centro de Lima. Hace doce años que no viste un uniforme pero, como la mayoría de militares, le gusta que lo llamen por su grado: mayor.

Castillo, durante los dos años que trabajó con el general Hermoza, organizó recorridos turísticos para las esposas de los generales más importantes, alrededor de los museos, los hoteles, las discotecas, las playas, los centros arqueológicos y los restaurantes. Además de ser el guía de cada una de esas visitas, tenía que bailar con ellas cuando se les antojaba visitar una peña.

—La plata para los paseos salía del presupuesto que manejaba Gómez. Burgos ponía los jeeps por orden de Saucedo y Rodríguez –me dijo Castillo.
—¿Qué tenían que ver esas atenciones con sus generales con el desvío de fondos del presupuesto de la base en Trujillo? –le pregunté al mayor Castillo.
—Para que no lo jodieran. En la lista que yo hice tenía anotados los días de los cumpleaños de los generales y sus esposas. A las mujeres, Hermoza les regalaba perfumes y, a los esposos, maletines de cuero o licores carísimos. Los tenía a todos comprados. Nadie se metía con él.

Años más tarde, en 1990, Miguel Ángel Gómez Rodríguez trabajó junto con Hermoza en el Cologe como Jefe de la Sección de Adquisiciones del Departamento Administrativo del Cuartel General del Ejército. En 1992, Hermoza lo nombró Jefe del Departamento de Economía del Comando Administrativo del Cuartel General del Ejército, cargo que ocupó hasta 1998. Era, por decir lo menos, su cajero particular desde 1984.

—Cuando él me solicitaba dinero para viajar a las zonas de emergencia, yo se lo entregaba y nunca me devolvía lo que sobraba. En 1993 yo le llevaba el dinero a su oficina en sobres de manila y él los guardada en su cajón. Sacaba una parte y me la daba. Él decía: “para que lo administres tú”. Y siempre quedamos así. Si había un saldo de 25.000 dólares, me decía que yo “administrara” 5.000 y que él “administraría” los otros 20.000. Administrar era como decir “agárratelo para ti, guárdatelo y no pidas más” –dijo Gómez Rodríguez ante una corte penal en junio del año 2001. Hoy está preso. Lo condenaron a ocho años de cárcel.

César Saucedo Sánchez se desempeñó más tarde como Ministro del Interior, Ministro de Defensa, Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y Comandante General del Ejército. Se le descubrió una cuenta con tres millones de dólares y varias propiedades a nombre de sus hijas. Está preso y sus tres hijas, testaferras suyas en varios inmuebles, viven a salto de mata, con inapelables órdenes de captura.

Marco Rodríguez Huertas fue Presidente de la Caja de Pensión Militar Policial, la entidad financiera de los militares jubilados que durante la dictadura de Fujimori dilapidó 274 millones de dólares de sus fondos de pensiones. Está preso con una condena de cinco años por delante.

El general Róger Burgos León alcanzó la jefatura del Cologe en el año 2000.

—El Cologe era la instancia encargada de efectuar todas las compras que requería el Ejército, pero como algunos temas no pasaban porque ya eran demasiado desvergonzados, se buscó otro canal más simple y se creó el “Cologito” –dijo Burgos ante una corte penal en noviembre del año 2001. En el verano de 1995, mientras soldados peruanos se enfrentaban al Ejército de Ecuador durante la guerra de El Cenepa, el Cologito, a cargo del general Renzo Rejas Olivares –procesado junto con Hermoza por peculado– gastó, según la información que manejan los juzgados, 40 millones de dólares en armamento que nunca llegó a las manos de los soldados.

Durante esa guerra, a principios de 1995, el general Hermoza acostumbró llegar junto con las cámaras de televisión a lo que él denominó el “teatro de operaciones”. Mostraba mapas, caminaba junto con la tropa y le daba órdenes a sus coroneles y generales delante de la prensa. Cuando las luces de las cámaras se apagaban, el general partía de regreso a Lima. Meses antes, en noviembre de 1994, el general Vladimiro López Trigoso, Jefe de la 5ª. División de Infantería de la Selva, ubicada al borde de la frontera con Ecuador, le informó al general Hermoza que el conflicto armado era inminente: tanto, que existían dos bases ecuatorianas dentro del Perú. Hermoza nunca le escuchó. A mediados de 1995, tras el cese del fuego, López Trigoso publicó una carta, entonces de manera anónima, en la revista Caretas. Allí denunció los atropellos cometidos por el alto mando del Ejército: “Gastamos combustible de los helicópteros en paseos para los reporteros. Las botas de los soldados se parten y deben caminar descalzos por la selva equipados con armamentos muchas veces inservibles”, escribió López en una misiva que hasta la fecha le aflige reconocer.

—El primer helicóptero peruano que cayó durante la guerra era de transporte. Eso fue un error fatal. A la cabeza del convoy debería haber estado un helicóptero de combate MI-26, con radar antimisiles, pero no fue posible, porque a unos reporteros se les antojó viajar ahí. Nos ordenaron que les demos todas las facilidades a los periodistas, cosa que nunca debí permitir. La delantera la tomó el MI-7, sin equipo de radar, y cayó derribado. Los reporteros grabaron los precisos instantes en los que el helicóptero de transporte explotó en el aire –me dijo López Trigoso, muchos años después de la guerra, en la clínica privada en la que trabaja[23].

Hermoza destituyó a López Trigoso de su cargo y lo trasladó a Lima para ejercer un puesto administrativo. En su reemplazo, se creó la 6ª Región Militar, a cargo del general Luis Pérez Documet, un oscuro general vinculado con el asesinato de decenas de estudiantes en la Universidad de Huancayo, así como con la masacre de La Cantuta como jefe de la División de Fuerzas Especiales que controlaban las universidades en Lima. Durante la guerra, Hermoza se mantuvo refrescado por el aire acondicionado de su despacho, en el sexto piso del Pentagonito.

—En esa época él escuchaba unos discos que le mandamos a grabar con Rejas Olivares para que se relajara. Había música de guitarra, de valses y boleros, sin voz, como para que el general, que le gustaba cantar, pusiera la suya –me dijo una tarde de 2004 el general Gustavo Bobbio Rosas, secretario personal de Hermoza en 1995[24].

Evaristo Castillo le cargó las maletas al general Hermoza durante dos años consecutivos. Se hizo amigo de su hijo y llevaba de paseo a su esposa cada vez que sus amigas llegaban a Trujillo. El general Hermoza jamás imaginó que, años más tarde, Castillo, como testigo del Estado en uno de los casos más importantes de narcotráfico, pasaría de ser su ex colaborador a uno de sus principales y más eficaces verdugos.

***

Nicolás Hermoza nació el 20 de diciembre de 1934, a la hora en la que el sol se pone sobre el polvo que baña el distrito de Callería como una fina sábana de modorra y olvido, en la provincia de Coronel Portillo, Pucallpa, departamento de Ucayali. Su padre, Federico Hermoza Costa, lo inscribió con el nombre de Nicolás de Vari –años más tarde lo cambió por Bari– Hermoza Ríos, cuatro días después de su nacimiento. Su madre fue Miguelina Ríos de Hermoza. Tuvo cuatro hermanos con los que más tarde se mudó a Chimbote, un puerto del Pacífico al norte de Lima, invadido por un casi irrespirable olor a pescado, en donde un bisoño Nicolás estudió la secundaria en la Gran Unidad Escolar San Pedro. Allí, alentado por su madre, decidió que estaba hecho para la vida militar. El general postuló en 1954 ala Escuela Militar de Chorrillos, donde ingresan todos aquellos que desean hacerse oficiales del Ejército, junto con otros 84 jóvenes más. Egresó de allí 1 de enero de 1958 como subteniente de Infantería. Su promoción se llamó ‘Teniente Coronel Ricardo O’Donovan’, nombré que llevó hasta la muerte un joven oficial que perdió la vida junto con Francisco Bolognesi durante la batalla de Arica. En 1973, como mayor, formó parte del equipo de asesores del Primer Ministro del Gobierno Revolucionario del general Juan Velasco Alvarado, general Edgardo Mercado Jarrín. Allí trabajó junto con el capitán Vladimiro Montesinos Torres y con Rafael Merino Bartet, un analista que acompañó a Montesinos durante los oscuros años noventa. En 1978, como coronel, fue Director de la Escuela de Infantería del Ejército. En 1981, junto con los entonces coroneles Jaime Salinas Sedó y Luis Soriano Morgan, integró el equipo de asesores del que sería Comandante General del Ejército en 1983, general Carlos Arnaldo Briceño Zevallos. De 1982 a 1983 fue agregado militar en Ecuador. En 1984 hizo su curso de Defensa Nacional en el Centro de Altos Estudios Militares, requisito indispensable para ascender al grado de general de brigada. En 1985 tenía 27 años como militar y, según la Ley, contaba con el tiempo preciso para ascender a general de brigada, tal como lo hizo. Sin embargo, un edicto especial, emitido ese año, permitió que otros tres oficiales, dos años más jóvenes que Hermoza, ascendieran al mismo grado: los entonces coroneles Jaime Salinas Sedó, Luis Palomino Rodríguez y José Pastor Vives, por su notable desempeño como militares.

—Él nunca nos perdonará por eso. Nosotros éramos mejores en todos los aspectos, no sólo en el de la disciplina y el honor. Éramos más pintones (ahora estamos un poco viejos), sabíamos cortejar a una dama y bailábamos muy bien. Hermoza era todo lo contrario, él no tenía gracia para nada, sólo servía para pasarle franela a los generales influyentes que pudieran ayudarlo en su ascenso –me dijo Luis Soriano Morgan, uno de los generales que Nicolás Hermoza echó del ejército[25].

El 13 de noviembre de 1992, ocho meses después de que Fujimori, Hermoza y Montesinos, disolvieran el Congreso y clausuraran el Poder Judicial, Soriano Morgan, Salinas Sedó y Pastor Vives, junto con otros 25 militares más, intentaron derrocar a Fujimori con lo que la prensa denominó ‘el contragolpe’.

—Yo pensé que con Hermoza, mi amigo, como Jefe del Ejército, tendríamos el apoyo de todos los institutos armados. Jamás me imaginé que con él en el poder nos pasaría todo lo que nos pasó –recordó Soriano el día que conversamos en el jardín de su casa, una tarde de abril de 2004. El contragolpe nunca prosperó. Un infidente los delató. Fueron detenidos y encarcelados en el penal Castro Castro, una cárcel construida exclusivamente para terroristas. El general Alberto Arciniegas Huby, entonces Presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, ordenó que los militares del ‘13 de noviembre’ –como se les reconoce hasta la fecha– se trasladaran a una cárcel militar. Consideró, como muchos un grupo de ex comandantes generales que llegaron a firmar un acta, que retenerlos en un penal para terroristas era inaceptable. Pero Nicolás Hermoza rechazó la orden. Echó a Arciniegas del Ejército y ordenó que torturaran a los militares encabezados por Salinas. Hermoza, que nunca supo cortejar una chica, se vengó como los malos de una película de James Bond.

***

Hermoza nunca lo pudo mirar a los ojos, salvo hasta el final, cuando usó la manga de su casaca para secarse las lágrimas. El mayor Evaristo Castillo Aste, el mismo que cargó sus maletas durante 1985, en Trujillo, y soportó los engreimientos de ‘Juanita’, la esposa del general, se había convertido desde 1993 en su más infatigable cazador. En septiembre de 1991 el decreto supremo 137 subordinó la actividad policial en materia de subversión y narcotráfico a los Comandos Político-Militares de las denominadas zonas de emergencia. La legislación aplicada por Fujimori le quitó el poder a la Policía Antinarcóticos para dárselo al general Hermoza como Jefe del Comando Operativo del Frente Interno. En 1992 Castillo fue destacado a la selva como Jefe de Operaciones Antisubversivas en el Cuartel General del Destacamento Leoncio Prado, en Tarapoto, la base del entonces Frente Político Militar del Alto Huallaga, a cargo del general Eduardo Bellido Mora. Su misión era organizar operativos antinarcóticos conjuntos con la Drug Enforcement Administration (DEA), en los que se atestaban duros golpes contra las principales firmas de narcos del Huallaga. Sin embargo, sus narices llegaron demasiado lejos. En febrero de 1993, Hermoza lo separó del Ejército bajo los cargos de desobediencia e insulto al superior. Su delito: haber escrito un informe en el señaló los nombres de los militares que participaban en el lucrativo negocio de la coca, colocando al general Bellido Mora a la cabeza de todos. Castillo, una vez lejos de la institución, apareció repetidas veces por televisión acusando a los generales Hermoza y Bellido de cobrarle cupos a Vaticano por transportar cocaína en helicópteros. Castillo fue perseguido y tuvo que buscar asilo político en España. En febrero del año 2001, con Fujimori y Montesinos lejos del poder, retornó. Prestó su declaración ante la Justicia y su testimonió permitió abrir el expediente 28-2001, en el que se acusa a Montesinos y Hermoza de cometer los delitos de narcotráfico y lavado de dinero.

El 17 de octubre del año 2004, Hermoza fue sometido a una confrontación con el mayor Castillo. Hermoza estaba vestido con un buzo y una casaca deportiva. Lucía sereno, se trataba de un simple cotejo de testimonios, como muchos otros que ya había soportado a lo largo de sus tres procesos. Castillo llegó temprano. Su rostro denotaba impaciencia. Quería ver el rostro del general, el mismo que no veía desde muchos años atrás. Se sentaron uno en frente del otro, con un micrófono a la altura de sus mandíbulas. El mayor Castillo fue el primero en jalar del gatillo.

—¡¿Cómo que no sabe de narcotráfico, si usted ha sido Comandante General del Ejército?! –le imputó al general Hermoza.
—Mis actividades eran las de mantener el equilibrio estratégico que existía entre Sendero Luminoso y las fuerzas del orden, desde la ciudad de Lima. Eso no me permitía ver sino el grave problema del país –le contestó Hermoza.
—Oiga, general, aquí no hemos venido para hablar de estrategias. Estamos hablando de droga, de cocaína, del apoyo de las bases del Ejército al narcotráfico. No se haga usted al estratega. Hablamos de droga, y de droga hemos venido a hablar –le interrumpió Castillo–. ¿Acaso usted vivía en un globo? Usted era el rey del Ejército; usted hizo que burros con zapatos se hicieran generales para comandar al Ejército –Castillo estaba de pie, alzando la voz con energía. No había visto al general en 13 años, desde el día en que lo echaron de la institución. La fiscal le ordenó que se sentara y Castillo, que no escuchaba hace mucho una orden, acató con serenidad.
—¿Usted ha viajado en 1991 al Frente del Alto Huallaga? –preguntó la fiscal.
—Mis funciones como Jefe de Estado Mayor no me permitían viajar –contestó Hermoza.
—Mentira –dijo Castillo–. Yo lo he visto en tres oportunidades en la base de Punta Arenas, con el general Bellido, en Sion, Bellavista y Tabalosos. ¿Acaso, general, usted negará que no viajó a Tarapoto, en 1991, para felicitar el desempeño de los comandos, en donde le reconoció méritos al teniente Rafael Franco de la Cuba, una batea andante de 100 kilos de peso, para que ascendiera en 1992 a capitán? –Castillo le recordó que el capitán Franco de la Cuba, un obeso militar, apodado ‘Capulina’ por su parecido al cómico mejicano, según las declaraciones hechas por Vaticano, era el contacto entre Montesinos y su cártel de la droga.
—No me acuerdo, los oficiales me dieron cuenta de casos aislados de militares y narcotraficantes, pero todos fueron sancionados – contestó el general Hermoza.
—Yo le mostré al general el informe número 013-92, con 56 hojas y sus anexos, que detallaba la participación de los militares y la coca. Los soldados protegían las pistas clandestinas de Vaticano como si se tratara de comisarías. Por esos informes fui víctima de represalias. En 1993, el Servicio de Inteligencia Nacional interrumpió la tranquilidad de la casa de mi madre para llevarse todos los documentos –le dijo Castillo, que se puso otra vez de pie. Parecía un gallo de pelea, agitando sus brazos con frenesí.
—General, ¿por qué firmó mi baja? Usted sabía que yo era un mayor eficiente. ¿No le sorprendió ver mi nombre ahí? Mi padre se ha conocido con usted, él fue un héroe de la lucha contra la guerrilla del sesenta, hemos trabajado juntos en Trujillo… usted nunca me apoyó –le espetó Castillo.

Hermoza, hasta ese momento, sólo miraba la cara de la fiscal. Sin embargo, en el último embate, miró al mayor Castillo directo a sus ojos. El general apretó sus labios y contestó:

—Mis asesores me dieron un papel y yo lo firmé.
—Tú has sido una decepción para nosotros –le dijo Castillo con pena–. En el Ejército siempre decíamos “cuando llegue Nicola, cuando llegue Nicola”, pensando que contigo las cosas iban a ser diferentes.

Los ojos del general Hermoza se llenaron de lágrimas. El general Castillo se sentó. La sala concluyó la diligencia. Castillo le dijo “pobre hombre” y se colocó sus enormes lentes oscuros. Hermoza caminó hasta los dos policías que tenían que llevarlo de regreso a su celda. Se apoderó de sus brazos y, como los hombres que terminan una maratón, se colgó de ellos para llegar hasta el carro que lo trasladaría hasta el penal San Jorge.

***

Filosofía de un soldado se tituló su primer libro. Lecciones de este siglo llegó en 1996, con un prólogo hecho por Vladimiro Montesinos[26]. En 1998 publicó Filosofía de un soldado II, que, como los anteriores, recogía los sus discursos hechos por el general en decenas de festividades castrenses. La recopilación la hizo el entonces coronel Alejandro Álvarez Pedroza, entonces asesor legal de la Comandancia General del Ejército, que se encargó diligentemente de tomar nota de cada palabra que salía del general Hermoza: “es el testimonio de una posición político militar excepcionalmente filosófica y profundamente intelectual, cuyo mensaje nos hace sentir la misma pasión, entendimiento de las cosas, sentimiento y hasta las mismas experienciasTenemos una gran satisfacción por l profundidad magistral de su mensaje”, escribió Álvarez Pedroza en uno de los libros a cerca del contenido de los mismos. El ex teniente Carlos Aquilino Portella, uno de los testigos principales de la matanza de La Cantuta, ha señalado en el proceso que se le sigue al ex presidente Fujimori, que Álvarez Pedroza le entregó 30.000 dólares para que se quedara con la boca cerrada. La orden vino, evidentemente, del general Hermoza.  Pero el libro más celebre de todos se llamó Operación Chavín de Huantar (1997), que narra los detalles del asalto y rescate en la casa del Embajador de Japón en Lima. El 17 de diciembre de 1996, el fragor de la dinamita paralizó a los 659 invitados de Morihisa Aoki, entonces embajador de Japón en Lima, reunidos en su residencia por el natalicio del Emperador. El MRTA se apoderó de la casa durante cuatro largos meses, hasta que el 22 de abril de 1997, 140 comandos armados con fusiles, pistolas y granadas, ejecutaron una de las operaciones de rescate más reconocidas por los aparatos de seguridad del Estado: con el uso de túneles subterráneos, tal como las galerías encontradas en el subsuelo del “castillo” de la cultura precolombina Chapín, comandos penetraron la casa del embajador, rescatando a los últimos 71 rehenes que permanecían secuestrados. Los 14 terroristas fueron masacrados, dos comandos perdieron la vida y un rehén falleció camino al hospital. Después de eso se produjo la pugna por la autoría de la operación: Hermoza y Fujimori se enfrentaron por la gloria. Para Montesinos, había llegado la hora del general Hermoza, que ya entonces había acumulado mucho poder dentro de las Fuerzas Armadas. Una leyenda que circula entre militares señala que un día el influyente ex general Edgardo Mercado Jarrín buscó en su despacho Hermoza, por encargo de Montesinos, para sugerirle que dejara el Ejército. Como respuesta, el general Hermoza habría sacado un arma de su cajón, y, luego de colocarla sobre su escritorio, le habría contestado: “a ver, que venga y me lo diga él”.

Aprovechando la pugna Fujimori–Hermoza, Montesinos le dijo al primero que sólo él era la cabeza del operativo y que Hermoza era un subordinado, tal como lo dijo Fujimori en una entrevista en la que Montesinos y él vestían el mismo terno con la misma corbata, como un acto circense –más surrealista que grotesco– de siameses. Por otro lado, le recomendó al general Hermoza, tal como se desprende de un vídeo propalado por la televisión, que redactara un libro sobre el rescate, como el hombre que encabezó la acción armada. El general Hermoza, con un lapicero y una libreta de notas, como si se tratara de un reportero a la caza de una exclusiva, entrevistó a los comandos mientras recorría los pasajes secretos debajo de la Embajada.

—¿Puedo poner eso en mi libro? –preguntaba Hermoza a los oficiales.

Era evidente que no tenía idea del plan de rescate y que nunca había conversado con los comandos que redujeron a los miembros del MRTA[27]. El libro se publicó meses más tarde. Fujimori, en el relato de Nicolás Hermoza, era un simple personaje de reparto.

—¿Va a leer el libro? –le preguntó una periodista del diario El Comercio al entonces presidente Alberto Fujimori, semanas después de la presentación del libro del general Hermoza.
—No, ¿para qué? –contestó Fujimori con desdén.
—Para saber si hay algo que no se ajuste a la verdad –replicó la periodista.
—No creo que tenga tiempo –dijo Fujimori.
—¿Por alguna razón en especial? –insistió la periodista.
—Conozco perfectamente el desarrollo de la operación, fui yo quien la diseñó. El general no participó en las reuniones en las que se diseñó la estrategia de la operación militar.
—¿Con quién evaluó la situación? –le preguntaron a Fujimori.
—Mi hijo Kenyi –el menor de todos sus hijos, con entonces 12 años de edad– me acompañó hasta el SIN y junto con Montesinos evaluamos la situación.

La guerra entre Fujimori y el general Hermoza había sido declarada.

***

Nicolás Hermoza admiró al general Augusto Pinochet y quizá, por ese alto grado de empatía, quiso, algún día, llegar a ser como él. El 18 de septiembre de 1995, el ex dictador chileno, entonces Comandante en Jefe del Ejército, responsable de la desaparición 3.197 personas durante los 17 años que duró su gobierno, invitó al general Hermoza a Santiago para conmemorar el día de la Independencia de Chile y, un día después, el Día de las Glorias del Ejército de Chile. Hasta ese día, ningún militar peruano había concurrido a esa ceremonia militar, en la que los militares chilenos celebran, entre otras cosas, la derrota del Perú en la Guerra del Pacífico. Nicolás Hermoza, después de 114 años, era el primer militar peruano en asistir a esta ceremonia. El parque Capitán General Bernardo O’Higgins Riquelme estaba colmado de uniformados. Hermoza, desde lo alto de un palco, veía el espectáculo junto a otros militares vestidos de gala. Pinochet, a escasos metros suyos, contaba entonces 80 años y aún se mantenía firme en el cargo de Comandante en Jefe de su Ejército. Nicolás Hermoza, entonces con 61, pudo haber pensado que todavía le quedaban muchos años por delante. Sin embargo, sólo tres años después, el 20 agosto de 1998, Hermoza fue cesado fríamente por Fujimori. Aquella mañana, el general llegó hasta la antigua Casa de Pizarro, en donde queda el Palacio de Gobierno, para una reunión del Sistema Nacional de Defensa. Dos soldados peruanos acababan de perder la vida por culpa de minas ecuatorianas, dentro de la frontera peruana, y pensó que la conversación giraría en torno a la desactivación de las minas antipersonales. Pero un mal presentimiento recorrió su inmenso organismo al ver que el Comandante General de la Armada y el de la Fuerza Aérea, así como todos los jefes de las cinco regiones militares del Ejército, lo esperaban en el salón dorado con un comunicado por delante.

—General –le dijo Fujimori– queremos darle las gracias por los valiosos servicios prestados a la patria.

Hermoza, de un momento a otro, acababa de ser destituido. En el camino ya había intentado comunicarse telefónicamente con sus generales, pero ninguno de ellos le contestó. Todos estaban presentes mientras le daban la noticia. Le acababan de dar un golpe inesperado. Las unidades blindadas de la Infantería de la Armada rodeaban Palacio ante cualquier tentación del general Hermoza. Montesinos, tras bambalinas, estaba con el general César Saucedo Sánchez, amigo del general Hermoza desde que trabajaron en Trujillo, corrigiendo los últimos detalles de su discurso. Saucedo reemplazaría a Hermoza en esa misma ceremonia.

—Quisiera darles a todos ustedes mis mejores votos, porque yo veo que el problema no es que yo me quede aquí, porque no hay una maniobra política ni militar en esto. Préstenle atención a su general –fue la última orden del militar.

El Presidente lo tomó gentilmente del brazo y se lo llevó hasta la puerta de salida. Allí lo dejó sin despedirse, sin himnos ni ceremonias. Hermoza caminó solo hasta la salida de Palacio, mientras un contingente de niños y turistas, amontonados sobre las rejas de seguridad, esperaba ver el disciplinado cambio de guardia. El general caminó por el patio principal hasta una bandera y se despidió de ella besando la tela de la que estaba hecha. Tomó su coche y dio su último paseo en vehículo oficial. Los hombres del general fueron cesados o destacados fuera del país. Fujimori nombró al general Saucedo Sánchez como nuevo Comandante General del Ejército. Un año más tarde, en 1999, Montesinos sacó a Saucedo y lo reemplazó con el general José Villanueva Ruesta, miembro de su promoción en el Ejército. Montesinos, con Villanueva, hizo lo que nunca podría haber hecho con Hermoza en el poder: obligó a generales y coroneles de las Fuerzas Armadas a que firmaran un acta de sujeción al régimen de Fujimori. Por ese hecho, cinco ex comandantes generales cumplen una condena de ocho años en el penal de San Jorge[28].

El general Hermoza fue condenado el 16 de mayo del año 2005 a ocho años de prisión por el delito de peculado. Aún le esperan dos condenas más por homicidio y narcotráfico, ambos penados con 35 años de prisión. A Pinochet, ese mismo año, se le descubrieron 24 millones de dólares en el extranjero, tres más que al general Hermoza. Para los que todavía se aferraban a esa  imagen de militar duro pero honesto, se trató de un golpe a su fidelidad.

Pablo Loayza Morales, amigo íntimo del general Hermoza desde que eran cadetes, me dijo que cuando todos sus procesos terminen y se demuestre su inocencia –cree Loayza–, el general Hermoza tomará una pistola y se pegará un tiro en la sien[29].

—Tiene un alto sentido de la moral. Cuando su familia salga librada de todo, recién podrá morir en paz.

Según la última Ley de Situación Militar, aprobada hace varios meses, Hermoza debería volver a vestirse con su uniforme, una vez que reciba la última de sus sentencias, para que se le arranquen públicamente todas las medallas y condecoraciones que acumuló durante sus años de poder. Para un militar, me lo han repetido mucho durante esta investigación, es preferible perder la vida antes que el honor. Con Hermoza Ríos, la hora de los generales parece haber llegado a su fin.


[1] El Comercio, 23 de abril de 1993. El 26 de abril del mismo año, la revista Sí tituló su la portada: El otro Presidente.

[2] Revista Sí, 26 de abril de 1993.

[3] Revista Caretas, 12 de julio de 2001.

[4] El pasado 8 de abril de 2007 Salazar fue condenado a 35 años de prisión por el crimen de La Cantuta.

[5] 28 de octubre de 2000.

[6] Vaticano ya lo había dicho en 1996 ante un tribunal, pero nunca pudo ratificarlo porque lo torturaron con electricidad.

[7] Ocupó, durante seis años y ocho meses la Comandancia General del Ejército, la presidencia del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, así como la jefatura del desaparecido Comando Operativo del Frente Interno (COFI).

[8] Procesos electorales de 1993 y 1995.

[9] Fernando Rospigliosi, Montesinos y las Fuerzas Armadas, IEP (2000)

[10] Entrevista al ex general José Pastor Vives.

[11] Incluye mochila, cinturón, correaje, portaarmamento, cantimplora y portabrújula.

[12] Testimonio del general Hermoza ante el juzgado anticorrupción.

[13] Expediente 45-2001. El Estado contra Nicolás Hermoza Ríos.

[14] El General de Infantería Wilfredo Mori Orzo ocupó el primer lugar de una promoción compuesta por 87 cadetes.

[15] El 14 de agosto de 1985, una patrulla de militares arrasó el poblado de Accomarca, quitándole la vida a 69 campesinos inocentes, entre los que se encontraban 23 niños menores de ocho años. El caso Accomarca aún no termina. El 29 de marzo de 2007 capturaron al ex comandante EP Telmo Hurtado, sindicado como el principal autor de la masacre de Accomarca.

[16] La agregaduría de España suele estar ocupada por generales de brigada. Villanueva era un general de división y un nombramiento como ése significaba una ofensa para su rango.

[17] El general que ocupó la Inspectoría General del Ejército que no pudo llegar a investigarlo.

[18] Ambos generales fueron los que participaron, con Salinas Sedó, de lo que se conoce como “el contragolpe”.

[19] El general que lo relevó en el Cologe y que descubrió sus tratos con los traficantes de armas.

[20] Entrevista a José Pastor Vives.

[21] En el número 1715 de la revista Caretas, el crítico Fernando Vivas reseña que se juntaron en el Pentagonito Manuel Delgado Parker (Panamericana Televisión), Nicanor Gonzáles Urrutia (América Televisión) y Mendel Winter Zuzunaga (Frecuencia Latina).

[22] Entrevista a Evaristo Castillo Aste.

[23] Entrevista a Vladimiro López Trigoso.

[24] Entrevista a Gustavo Bobbio Rosas.

[25] Entrevista a Luis Solano Morgan.

[26] Vladimiro Montesinos: “Personalmente le digo al señor General del Ejército Nicolás Hermoza Ríos, con toda subordinación, porque nunca dejé de ser soldado, ¡a sus órdenes mi General!”.

[27] Reportaje propalado por Panorama en diciembre de 2002.

[28] Elesván Bello Vásquez ex Comandante de la FAP; César Saucedo Sánchez, ex Comandante General del Ejército;  Antonio Ibárcena Amico, ex Comandante General de la Marina; Humberto Rosas Bonucelli, ex Comandante General de la Marina; y Fernando Dianderas Ottone, ex Comandante General de la Policía

[29] Entrevista a Pablo Loayza Morales.

Mientras dormía, sintió que un soldado deslizaba la mano por su espalda hasta colocarla en la parte superior del pantalón. Ciro Velasco se despertó, intentó dar media vuelta para lanzar un puñetazo pero el soldado lo retuvo con todo el peso del cuerpo, le tapó la boca con una mano, y con la otra le empezó a bajar la bragueta. Ciro intentó gritar. Buscó en medio de la oscuridad algo con qué defenderse, pero sólo halló polvo en el suelo.

Después de descargar las ganas contenidas, el soldado se levantó y caminó unos metros hasta desvanecerse en la penumbra. Ciro no fue capaz de decir nada. Sentía miedo. Se cubrió el rostro y empezó a llorar. No podía escapar, estaba secuestrado con ochenta soldados y policías en un ‘cambuche’ de madera rodeado de cercas de tres metros de altura construidas con alambres de púas.

Al siguiente día no comió. Vio cómo los guerrilleros disponían las ollas que contenían lentejas y arroz. Vio a sus compañeros de cautiverio hacer fila con el plato en la mano para recibir su ración. El agresor se reía con otros compañeros. Se sintió humillado al pensar que se estaban burlando de él.

Ciro, que ahora es Sandra, suspende el relato. Toma de una repisa de mimbre un paquete de cigarrillos y se lleva uno a los labios. Es el séptimo cigarrillo de la tarde.

—Tú no me entiendes. Nadie me entiende; sólo los que vivimos sabemos cómo es eso. Es el infierno… En los tres años de secuestro dormíamos con la ropa mojada. Siempre sentíamos frío. Teníamos hambre y la mayor parte del tiempo estábamos enfermos de gripa, paludismo o leishmaniasis. Aparte de todo, por la falta de mujeres en el campamento, los soldados y policías desfogaban las ganas de sexo entre ellos, delante de todos, porque la casita no tenía separadores de nada. Entonces los que podían estar con alguien antojaban a los demás y así fue que más de uno terminó violado.

El humo inunda el cuarto de Sandra. En el suelo de baldosines marrones reposan las colillas quemadas. Las paredes están cubiertas de fotos de su hija Nancy, de dos hombres que fueron sus amantes, y de ella vestida con minifaldas de la época en que le tocó trabajar como prostituta en Yopal. La cama tiene un tendido rojo y el ventanal está cubierto con una capa de lluvia de estampado militar, el único objeto que conserva de su paso por el ejército.

Antes de ser Sandra y de prestar servicio, Ciro tenía una novia veinte años mayor que él. A pesar de la diferencia de edad, él la amaba. Nunca pensó en tener algo con alguien de su propio género. Hoy en día lo jura con una cruz en la boca. Dice que si no la hubieran secuestrado quizá sería un hombre casado, con más hijos y condecoraciones militares.

En 1995, cuando tenía 16 años, nació su hija, Nancy Edith Velasco. Ciro abandonó el hogar materno y se fue a vivir con su novia. Ante una nueva familia y sin dinero para la comida, recorrió las calles en busca de trabajo. Por ser menor de edad, nadie lo contrataba. Al cumplir 18 años tampoco lo empleaban porque no tenía libreta militar. En 1997 se enlistó en el ejército. Estuvo en San José del Guaviare, de allí lo trasladaron a Elvira, en el Meta, y a finales de julio de 1998 lo llevaron con un pelotón de más de treinta hombres a Miraflores, Guaviare. Antes de partir, se despidió de su novia. Ese día, por última vez, besó con pasión a una mujer.

Partió con la mochila de soldado, las botas puestas y el pelo cortado al ras. Ciro le prometió que volvería pero no pudo cumplir su promesa. Nunca regresó. Su hombría se quedó en el monte y cuando lo liberaron en 2001, se había convertido en Sandra.

El 3 de agosto de 1998, cuando el presidente Ernesto Samper preparaba maletas para abandonar la Casa de Nariño y Andrés Pastrana estaba por llegar al palacio presidencial para gobernar al país, el soldado Ciro Alfonso Velasco patrullaba en el monte con otros siete compañeros. Él recuerda que caminaban sin linternas para no alertar a la guerrilla de las Farc que amenaza con tomarse el pueblo. Escondido entre la maleza alcanzaba a ver las luces de Miraflores, considerado en esa época el epicentro de la lucha contra las drogas en Colombia.

A las ocho de la noche una explosión rompió el silencio. Más de 600 guerrilleros se tomaron el batallón y la base antinarcóticos. Doscientos soldados, que eran todos los que había en el casco urbano y rural, gastaron sus municiones tratando de impedir el paso de las Farc. La diferencia de hombres era de tres a uno. Los guerrilleros aventajaban al Ejército.

Después del estallido siguió una balacera que parecía provenir de todas partes. Ciro quedó aturdido y miró hacia todos lados buscando al enemigo. Cuando ya pudo controlar los nervios se arrojó al suelo, se arrastró hasta una piedra y espero con un ojo en la mira de su fusil y el dedo rozando el gatillo.

Una patada en el costado fue el aviso para darse cuenta de que el enemigo estaba más cerca de lo que pensaba. Al voltear la cara, vio a un guerrillero apuntándole con un arma. Cerró los ojos en espera de una descarga que le destrozara la cabeza. No ocurrió. El guerrillero le ordenó que se pusiera de pie. Tuvo que apoyarse con las manos. Sentía que sus piernas estaban tan flojas como dos madejas de hilo. El guerrillero lo levantó por el cuello del uniforme y lo arrió hasta una fila en la que estaban varios de los compañeros con que patrullaba, y otros que se hallaban en el pueblo. Pensaba que los guerrilleros buscaban el mejor sitio para darles el tiro de gracia. En medio de la maleza, veía soldados mutilados, cuerpos inertes, botas abandonadas y ropa despedazada. Ningunos de los muertos tenía más de 23 años.

En la madrugada llegaron a un río. Allí había media docena de lanchas tripuladas por guerrilleros. En una de ellas subieron a Ciro y a otros soldados. Navegaron durante 24 horas contracorriente hasta llegar a una selva oscura y húmeda llena de serpientes, monos aulladores, arañas y mosquitos. Caminaron tres días más hasta llegar al campamento guerrillero. Allí los encerraron en el ‘cambuche’ de madera cercado con alambre de púas.

El tiempo pasaba en una sucesión de soles y lunas. Cada día parecía la repetición del anterior como si el tiempo se hubiera estancado y los ochenta secuestrados estuvieran condenados a repetir las mismas acciones por el resto de sus vidas. Para ellos el tiempo se manifestaba cada vez que les crecían las uñas, el cabello y la barba. A Ciro Velasco no le creció la barba pero el pelo le llegaba a la mitad de la espalda. Por la falta de comida adelgazó. Su voz era la más suave entre todos los hombres. Cuando entró al Ejército, los superiores le daban cucharadas de panela con ají para que hablara con un tono más grave. El remedio no surtió efecto. Parecía una mujer en medio de hombres. Era el más delgado, el más vulnerable.

—Era fácil que los ‘mancitos’ me cogieran por detrás y tenga, Ya te imaginarás cómo.

Sandra lanza una colilla encendida que cae a los pies de su cama. Toma otro cigarrillo y saca de un armario un álbum de fotos.

–Mira. Aquí estoy cuando era soldado. ¿Verdad que era guapo?

En la foto aparece con el pelo corto y camuflado militar. Era un joven de rasgos finos y cejas pobladas que se unían a la altura de la nariz. Ciro sólo se parece a Sandra en los hoyitos que se le forman en las mejillas cada vez que ríe. Las cejas pobladas fueron reemplazadas por dos líneas tatuadas sobre los ojos. El pelo le llega a los hombros y sus tetillas de joven ahora son un par de senos de casi una libra cada uno. Sandra es más femenina que muchas mujeres. Se sienta con las piernas cruzadas y procura no abrirlas en público. Mantiene erguida la espalda y mueve sus manos con delicadeza al hablar.

–Me violaron, pero después pagaron todos los que me hicieron daño. Después de esa noche en que el soldado me cogió a la fuerza, un año después de la toma a Miraflores, llegaron otros pidiendo lo mismo: sexo, y como yo no accedía me cogían a golpes, me mostraban el miembro y me obligaban hacer aquello…Pero yo no fui la única que me ‘voltee’ en el monte, muchos se voltearon y ahora andan diciendo que yo era la única. Cómo no va a saber una que tenía que ver todas las faenas. Es que yo sí puse la cara y afronté mi vida.

Los diez primeros meses después de la violación, los compañeros le gritaban en el día que era una loca, una degenerada, un travesti o un marica. Los mismos que lo insultaban llegaban en las noches a buscar su cuerpo. Una docena de veces tuvo que recurrir a los puños para defenderse de los agresores. Le partieron una ceja. Desesperado por el acoso, llegó a suplicarle a los guerrilleros que lo encadenaran a un árbol lejos de todos. Inclusive pensó en suicidarse, pero no fue capaz porque sabía que no podía hacer eso por su hija.

–Allá vendí mi cuerpo por protección. Tenía un amiguito que me quería en la intimidad. Era de los pocos que me trataban bonito. Pero durante el día leía la Biblia, no me ponía cuidado y no me defendía de las groserías. Si me pegaban se quedaba tranquilo. Luego llegó un ‘mancito’ que todo el mundo respetaba y me pidió que estuviera con él. Yo sabía que si todo el mundo se daba cuenta de que yo estaba respaldada por el ‘duro’, me iban a tratar mejor. Así fue hasta que este tipo me vio hablando con otro soldado y me pegó un bofetón en la cara.

Ciro Velasco se acostumbró a ser la mujer de los secuestrados. Andaba con el pelo suelto, empezó a caminar contoneando las caderas y cada vez que la guerrilla le daba ropa al grupo, él cortaba las camisas y pantalones con una cuchilla de afeitar, y cosía con una aguja e hilo negro que le proporcionaron los guerrilleros. Todos lo empezaron a llamar Sandra y a tratarla como mujer. Ella no sabe de dónde salió el nombre, pero lo sigue manteniendo como una forma de recordar para siempre su cambio de vida.

Medio año antes de su liberación, los soldados se disputaban el amor y la exclusividad de Sandra. Más de diez hombres, entre policías y soldados, le escribieron cartas, se le arrodillaron y lloraron reclamándole fidelidad. Ciro, convertido en ‘ella’, se volvió un trofeo para los hombres.

–Se enamoraron de mí. Por Dios Santísimo que rompí varios corazones. Ellos se me arrodillaban, me besaban con amor, me decían que me amaban con locura. Para ese momento ya no me importaban. Ellos no saben el daño que me hicieron pero logré vengarme. Bien merecido todo lo que los hice sufrir.

Mientras Sandra rechazaba propuestas de amor y cosía hasta que los ojos se le cansaban en el ocaso del día, en San Vicente del Caguán, Caquetá, se estaba fraguando su liberación. En febrero de 2001, en la vereda Los Pozos, a 20 kilómetros de San Vicente, el presidente Andrés Pastrana se reunió con el jefe guerrillero Manuel Marulanda Vélez para firmar el Acuerdo de Los Pozos, que establecía el intercambio humanitario entre secuestrados por prisioneros de la guerrilla. Marulanda y Pastrana se dieron un apretón de manos. Los medios de comunicación de todo el mundo registraban la sonrisa de los protagonistas del acuerdo.

Cuatro meses después, un guerrillero se acercó al ‘cambuche’ y empezó a señalar a varios soldados al azar. Sandra vio que el dedo la apuntaba. Quedó desconcertada. Por primera vez en tres años logró salir de la prisión selvática. Fueron 15 los afortunados. En junio, en el mismo lugar donde se firmó el acuerdo entre el gobierno y las Farc, Sandra, que quiso salir como Ciro, volvió a la libertad.

Ella recuerda que días antes de la liberación le pidió a un guerrillero que lo peluqueara. No quería que su familia se enterara del cambió que había sufrido en el cautiverio. Lloró sobre su cabello arrancado y pensó que sin el pelo las cosas cambiarían. Intentó dejar atrás su vida como Sandra, enterrarla en el monte y regresar como el hombre que se fue.

Un beso le señaló que todo era diferente. Que quien estaba enterrado en el monte no era Sandra sino Ciro. Al sentir el contacto de los labios de la novia que lo esperó durante tres años, no sintió nada. Pensó que el amor se había acabado e intentó probar con otras mujeres. Ninguna lograba excitarlo. Terminó con la madre de su hija y se fue a vivir a la casa paterna.

Mientras vivía con su familia notó que sus gestos eran diferentes. En el comedor cruzaba las piernas como una señorita y medía cada bocado que se echaba a la boca. Sus tres hermanos, por el contrario, comían de cualquier manera, con las piernas abiertas y sendos cucharones. Su madre empezó a pensar que había algo extraño en el hijo liberado.

Para no seguir levantando sospechas en la familia, Ciro se tatuó un nombre de mujer en el antebrazo, ‘Luzmery’. Siempre andaba con el tatuaje descubierto para contar que estaba enamorado de una novia que nadie conoció. Viendo que los temores sobre su sexualidad se agudizaban en el hogar, resolvió marcharse y dejar salir de su interior a la mujer que clamaba por salir.

Se fue a vivir a una habitación arrendada en la localidad de Bosa. Sin el menor recato empezó a maquillarse. Le gustaba quedarse frente al espejo aplicándose labiales, lápices, sombras. Esos primeros días de Sandra en la ciudad fueron como los de una preadolescente que está empezando a vivir. Iba a las tiendas de ropa de Chapinero para medirse pantalones, blusas, chaquetas. Cuando empezó a ganar dinero trabajando como ‘dama de compañía’ en un local de Teusaquillo, lo primero que compró fue un juego de ropa interior color rojo. Para dar una apariencia femenina, rellenaba los sostenes con medias. En más de una ocasión los clientes se quedaron con el relleno en la mano.

Sandra recurrió a una amiga travesti para que le consiguiera tres litros de una solución salina que reemplaza los implantes de silicona. Pagó 400.000 por cada litro. Se inyectó dos en los senos y uno en el trasero. Gracias a estos cambios, los clientes empezaron a pagar mejor. Se convirtió en una de las divas del lugar, en una de las mejor pagas. Más adelante trabajó en un club nocturno en Chapinero y luego viajó a Yopal, Casanare, para seguir explotando sus atributos.

Cuando habla, se mueven sus senos por debajo de una camisa escotada de color negro con brillantes. En el pecho sobresale el tatuaje de una sirena rodeada de fuego montada en un delfín.

—El tatuaje no significa nada, es que me lo hice para cubrir una cicatriz ¿ves?- acerca el cuerpo para mostrar lo que hay debajo del dibujo.

—Es que me clavaron cinco puñaladas en el pecho y un cuchillazo en la garganta. Eso parecía de terror. Yo apenas trataba de ponerme la mano en el cuello… ¿Si has visto esa película en donde un asesino coge a puñaladas a una chica?, pues así fue. Sandra cierra la mano y la agita en el aire varias veces para revivir la escena.

—Imagínate que entré a dos ‘mancitos’ a la casa para tomarnos unos guaros. Me pidieron que les mostrara fotos de mi familia y yo como una boba les pasé el álbum. En una de las páginas tenía guardados 500.000 pesos. ¡A esos hombres se les fueron los ojos! Seguimos hablando un rato más y luego uno sacó un cuchillo y empezó a enterrármelo como desesperado. Al final me quería rematar cortándome la garganta. El otro sacó mi platica y se fueron. En el Hospital Militar me dijeron que mis senos me habían salvado de morir.

En 2007, un año después de salir del hospital recibió una llamada a su celular. Era la mamá de Nancy, la hija de los dos. Su voz era apagada y lejana. Le dijo que se estaba muriendo. Sandra le quería preguntar detalles de la enfermedad, pero la mujer solo le dijo que no tenía tiempo para hablar de eso. La llamada era para suplicarle que a su muerte se hiciera cargo de la niña, porque a pesar de la decepción que le causó enterarse de que era travesti, podía ser una buena madre. Le recomendó que luchara por la niña, que la sacara adelante y que viviera con ella. Sandra se puso a llorar.

El entierro fue en La Belleza, un pueblo campesino al sur de Santander. No alcanzó a llegar a despedirse de la única mujer que había amado. Días más tarde tomó un bus y visitó la tumba. Venía a cumplirle la promesa de llevarse a la hija a Bogotá.

Desde que se bajó del campero que hacía los expresos desde Puente Nacional hasta La Belleza, sintió varias miradas. Pensó en devolverse. Por unos instantes se sintió avergonzada pero después de unos segundos recobró la fortaleza. Levantó los ojos para retar las miradas y, con el contoneo aprendido en el secuestro, caminó por las calles. Las casas seguían iguales, los viejos eran más viejos, y los amigos que compartieron su infancia ya eran unos hombres. Sus ojos maquillados con pestañina se inundaron de lágrimas negras ante el recuerdo. Sentía que estaba purgando su dolor. Recogiendo los pasos de su vida y de su transformación.

Al girar la cabeza para contemplar todo el escenario de sus primeros años, vio que la seguía una procesión de más de medio centenar de personas que apostaban por adivinar su identidad. No le importó lo que murmuraban. Fue directo a la casa de su ex suegra y golpeó varias veces la puerta. La señora abrió. Vestía de luto. Detrás ella venía corriendo una niña de doce años que se le colgó en el cuello exclamando “Hola papá”.

Al regresar a Bogotá sostenía sobre sus piernas a Nancy, su hija. Para Sandra fue el día más feliz de su vida. Quería que ese trayecto fuera tan eterno como el cautiverio.

Hablaron poco. Sandra no sabía qué decir. Estaba nerviosa. Durante los últimos años había vivido rodeada de hombres, de rumba y de licor. Le preguntó a la niña todo el camino si estaba bien, si tenía hambre, si tenía frío. Recuerda que la niña le pidió solo un favor, llamarla Sandra, ya no se sentía cómoda diciéndole papá.

Llevan cuatro años viviendo juntas en el sur de Bogotá. Después de una tutela que interpuso en contra del Estado logró una pensión por invalidez de 750.000 pesos y tiene una demanda pendiente para que el Estado la indemnice. Hace 10 años recibió una primera indemnización de 7 millones de pesos, pero cuando ganó la tutela se la descontaron de la pensión. Sandra está mal de salud. Sus senos están irritados al igual que las nalgas. La EPS a la que está afiliada dice que no la pueden atender porque no cubren tratamientos estéticos. Ella se siente desprotegida.

Nancy escucha desde una silla de la entrada del cuarto el relato de su padre-madre. A veces asiente con la cabeza, a veces abre los ojos. En toda la conversación permanece callada, solo se ausenta cuando Sandra le pide ir a la tienda para comprar un ponqué, una gaseosa o varios cigarrillos. En una de las ausencias de la hija suelta un suspiro. “He llorado demasiado. Tú no sabes cuánto. Todo me ha tocado aprenderlo a los golpes. Ahora quiero enseñarle a Nancy que sea una verdadera mujer. No quiera que viva ni la mitad de lo que me tocó a mí”.

Capítulo 1. Los huesos

Idalia, la nieta de Orlando Márquez, está hipnotizada por la pantalla del televisor, sentada en una silla plástica, con las piernas dobladas. Idalia tiene seis años y se entretiene con una carrera de atletismo en una casa perdida entre las montañas del oriente de El Salvador. Detrás de la niña, en otra silla, descansan dos de sus bisabuelos y tres de sus tíos. El televisor transmite la edición 16 de los Juegos Panamericanos que se celebran en Guadalajara, México. Es la segunda semifinal de los 200 metros planos y la velocista cubana Nelkis Casabona está en posición de salida. Nelkis arranca y corre, corre y corre hacia la meta… 24 segundos después, las cámaras la muestran caminando con los brazos que le cuelgan aguados a los costados, mientras el estadio estalla en aplausos. La habitación donde están Idalia y sus dos bisabuelos y sus tres tíos también estalla en aplausos, pero la única que aplaude es Idalia, porque sus bisabuelos y sus tíos están muertos.

Es la tarde del miércoles 26 de octubre, y Míriam Núñez, la esposa de Orlando Márquez, toma entre sus manos a los dos bisabuelos y a los tres tíos de Idalia, que descansan en la silla de atrás, dentro de un saco de yute. Abandona la habitación y sale hacia un pequeño patio contiguo a una pequeña casa con paredes de concreto. Después regresa por la silla. Pone el saco sobre la silla y lo abre. Adentro hay dos bolsas plásticas. Toma la más grande y la coloca en este suelo donde hace un año cavaron las bases de su nueva casa.

—Yo le insistí a Orlando que construyéramos aquí, y mire: nunca imaginamos. Fue como si quisieran que los encontráramos -dice Míriam.

Quienes parecieran desear que se les encontrase son los bisabuelos Santos y Agustina, y los tíos José, Edith y Yesenia. Míriam explora el saco y las bolsas dentro del saco.

—Mire –dice, al mostrar el contenido. Hay huesos largos, huesos color café, huesos terrosos, huesos porosos, huesos quemados… Hay también pedacitos de huesos tan pequeños como una canica. O quizá más pequeños. Pone una bolsa en el suelo y saca retazos de ropa: de camisas, de pantalones, de vestido, sandalias de mujer, zapatitos de niña…
—Mire –repite, mientras su mano saca más de los bisabuelos y tíos de Idalia. Aparecen unos jirones de tela quemados y en la bolsa más pequeña una dentadura pegada a una quijada. También hay dientes: mínimos y de color café.
—Aquí los tenemos, mire: aquí están los restos de mi suegra y de mi suegro, y de los hermanos más pequeños de mi esposo –dice Míriam, mientras coloca un hueso sobre otro, encima de la silla en donde antes descansaban.

***

Orlando Márquez presintió que aquella sería la última vez que charlaría con Santos, y por eso platicaron y platicaron y platicaron, hasta que se dieron cuenta de que el autobús había ingresado a San Martín, un municipio alejado varios kilómetros al oriente de la terminal de buses en donde Orlando tuvo que haberse bajado, en San Salvador.

Una de las dos cosas que recuerda Orlando de aquella larga y última charla que sostuvo con su padre, el domingo 29 de noviembre de 1981, fue el consejo que Santos le dio para administrar mejor el dinero.

—Ahorrá. Te va a servir en el futuro –le aconsejó.
—Es mi gusto darle estas cosas… Ahí también van unos cortes para usted –respondió el hijo, mientras enumeraba los regalos que iban en la bolsa: ropa interior para su mamá, vestidos para sus hermanas y zapatos para su hermano.

Orlando también intentaba persuadir a Santos, una vez más, de que sacara a la familia de El Mozote, un caserío escondido en las montañas del norte de Morazán, en el municipio de Arambala.

—Yo sí quisiera venirme, hijo –le dijo Santos a Orlando-. Pero tu mamá quiere quedarse allá, y si tu mamá quiere quedarse, entonces yo me quedo con ella.
—Vénganse conmigo, papá. Aquí es más seguro –insistió Orlando.
—Vamos a ver qué dice tu mamá.

***

Orlando Márquez había huido de El Mozote a los 22 años. Era 1980 cuando supo que le temía a cuatro cosas: que lo reclutara el ejército, que lo reclutara la guerrilla, que lo matara el ejército o que lo matara la guerrilla. No había nada claro en las montañas de Morazán para esa época, excepto que no había grises, solo blanco o negro. Entonces o se era de un bando o se era del otro; se colaboraba con uno o con los dos; o se huía de los dos.

Orlando Márquez escogió la última de las opciones y decidió probar suerte muy lejos, porque lo último que quería era terminar cargando un fusil, o que lo terminaran cargando a él, muerto, cuando él ya había cargado demasiados cuadernos. Orlando Márquez no estaba hecho para la guerra.

En los dos años siguientes visitó solo dos veces a su familia, porque el norte de Morazán era un territorio lleno de ojos desconfiados, escondidos en cada esquina y en cada cerro. Subir era un calvario peligroso. En aquellos días, las sospechas y sus portadores con frecuencia terminaban aniquilados antes de convertirse en certezas.

Alejado un centenar de kilómetros, y para agilizar sus trámites laborales, Orlando había cambiado el domicilio que registraba su cédula de identidad. En el documento decía que era originario de El Mozote, Morazán, pero que vivía en Lourdes, Colón, La Libertad.

En aquellos años, la calle negra, como le llaman aún a la calle asfaltada que nace en San Francisco Gotera, la cabecera departamental, y termina en Perquín, un pueblo encumbrado entre pinos y cipreses, era la única ruta directa para llegar a cualquier parte del norte del departamento, fronterizo con Honduras. Todos los que subían en autobús (como los que caminaban o iban en sus propios transportes) tenían que identificarse en tres retenes militares distribuidos a lo largo de esa carretera. En esos retenes había soldados malencarados que manipulaban unas listas infestadas con nombres. Para el ejército, Morazán era cuna de subversivos y había que hacer de todo para encontrarlos y exterminarlos, como muy bien lo sabían hacer los regímenes de la época, con todos aquellos que no comulgaban con la bota y el fusil, fueran guerrilleros o no.

En el último viaje que hizo a El Mozote, en enero de 1981, un soldado le cuestionó a Orlando esa incongruencia en su cédula, y aunque las preguntas no pasaron a más, Orlando temió que en un futuro la sospecha fuera más fuerte que cualquier explicación. Lo mismo pensó que le podría ocurrir si el documento lo revisaba una patrulla guerrillera. “Cualquiera podía decir que yo era oreja y ahí no más hubiera terminado”, dice.

10 meses después de su última visita a El Mozote, fue Santos quien viajó a la inversa para visitarlo. Compartieron un fin de semana hasta que se despidieron en la parada del poblado de San Martín.

Semanas después, el 23 de diciembre de 1981, a la casa de Orlando llegó un telegrama. Una vieja amiga de la familia le pedía que se presentara a la caseta telefónica del pueblo, a las 6 de la tarde del siguiente día, para recibir una noticia. El telegrama era de carácter urgente.

A la 6 de la tarde de esa Nochebuena Orlando contestó una llamada y al otro lado la mujer solo lloraba y lloraba.

—¿¡Qué ha pasado, pues!? –preguntó Orlando a la mujer, cuando se cansó de tanto llanto.

La amiga se recompuso y le dio la noticia:

—¡Pídale fuerzas a Dios, Orlando, porque a su familia ya no la volverá a ver!

Orlando guardó silencio mientras el cuerpo se le congelaba.

—Han matado a todos en El Mozote, les han rociado gasolina y les han prendido fuego.

Orlando sintió como que abandonaba este mundo.

***

Orlando Márquez no regresó a la casa de sus padres sino hasta 12 años después, en 1993, un año después de finalizada la guerra. Se sorprendió al ver que El Mozote se había convertido en un pueblo fantasma: sin gente, sin casas, con matorrales tan altos como él. Cuando llegó al terreno de sus padres solo encontró un par de paredes quemadas y pequeños recuerdos de otra época: el tizón para marcar ganado, algunas vasijas quebradas de su madre…

Acongojado, regresó hasta su comunidad, en Lourdes.

Pero en el año 2000 le llegaron nuevas noticias sobre El Mozote. En el pueblo había cada vez más repobladores y él decidió ir a proteger el terreno de su familia con cercos y alambres. Con el tiempo se cansó de poner el cerco y encontrarlo meses después arrancado. Jubilado, decidió instalarse por temporadas largas, que intercalaba con viajes frecuentes a Lourdes, donde lo esperaban su esposa e hijos.

Cinco años más tarde las noticias viajaron a la inversa. Lourdes cambió demasiado y la colonia donde vivía su familia se había convertido en un territorio controlado por la Mara Salvatrucha, una de las pandillas más violentas del mundo. Míriam le contaba que a los compañeros de colegio de sus hijos los estaban asesinando, le dijo que a veces, en las noches, se escuchaban gritos desgarradores, como de gente torturada. Un amanecer, después de una noche de gritos, Míriam supo que cerca de la colonia apareció la cabeza decapitada de una mujer.

Fue entonces cuando Orlando decidió que la nueva familia Márquez repoblaría también El Mozote, el lugar del que había huido por culpa de una guerra, el lugar al que regresaría para refugiarse de otra.

***

Míriam Núñez deja los huesos en la silla y se dirige con paso veloz al cuarto en donde su nieta sigue viendo las carreras. A la casa ha llegado un visitante, Juan Bautista Márquez, un pariente lejano de su esposo, Orlando. Segundos después regresa emocionada, con otra bolsa, más pequeña que todas las anteriores.

Es la primera vez que Míriam ve a Juan; un viejo pequeño, blanco y flacucho que carga en la cabeza un sombrero, en el hombro izquierdo un maletín y en la mano una cuma.

Antes de que Míriam fuera a traer la bolsa, ambos habían caído en la misma conclusión respecto a la dentadura que había sacado del saco. Según Juan, esa dentadura tenía que ser del finado Santos, porque era muy grande para ser de un niño y porque no podía ser la de Agustina, dado que él la conoció bien como para saber que esos no eran sus dientes. Míriam asintió y le pidió que esperara. Luego regresó con la otra bolsa y sacó de ellas dos dentaduras postizas en perfecto estado.

—Esta es la dentadura de mi suegra –dijo Míriam.
—¡Esa sí, mire! Yo la conocí bien a la finada Agustina, porque le venía a comprar cuajadas. Todavía tiene los dientes de oro, mire… ¡Qué barbaridaaad!

Juan Bautista contempla la dentadura y los huesos y aunque esta no es la primera vez que mira a un amigo resumido en ese estado, el impacto es tan poderoso como para que todo le siga pareciendo increíble. “¡Qué barbaridaaaad!”, repite, mientras se frota la frente.

Orlando Márquez aparece luego: alto, grueso y moreno. Juan Bautista se le acerca a Orlando en silencio, y cuando Orlando termina de hablar, el viejo le pide que ahora lo escuche a él, porque hay algo que nunca le ha contado.

—Yo vine aquí, Orlando. Yo vine después de las masacres, pero no vi nada Orlando. Quise venir a ver porque yo los conocía a todos ellos. Eran los compadres de mi papá. Aquí venía a comprar azúcar y cuajadas de la finada Agustina. ¡Viera qué cuajadas hacía! Pero es que no se aguantaba la hedentina, Orlando. Y eso me imposibilitó…

Juan Bautista sigue hablando con Orlando Márquez pero lo que le cuenta es apenas el final de muchos escapes que tuvo que hacer para salvarse del Batallón Atlacatl, una unidad élite del ejército salvadoreño entrenada en Estados Unidos, que en cuestión de tres días aniquiló a un millar de personas entre hombres, mujeres, ancianos y niños en siete caseríos del norte de Morazán, en diciembre de 1981.

Y esa, la carrera de Juan Bautista contra la muerte, inicia y termina justo en esta meta, bajo la sombra del árbol de manzano que custodia el terreno y los huesos de la familia de Orlando Márquez. Pero para conocer todo lo que Juan Bautista recorrió, vio y escuchó, habrá que regresar en el tiempo, 30 años hacia atrás, al inicio de todas las masacres de El Mozote.

 

Capítulo 2. Los escapes de Juan Bautista

Juan Bautista no era un hombre feliz aquella mañana del 9 de diciembre de 1981. Consternado por la bomba que había estallado en el caserío, y por los llantos de los familiares del niño y del anciano a quienes esta había afectado, acababa de entrar al terreno de la familia Márquez, en donde quería resguardarse su madre, y es posible que algo le afligiera por dentro. Juan Bautista, entonces con 40 años y la piel más despegada de los huesos, presintió que competiría en una carrera desigual contra la muerte.

Pocos días tenía Juan Bautista como refugiado en El Mozote, un caserío grande y poblado, con un llano en el centro, con cancha de fútbol en las afueras, con escuela, parroquia y un cerro centinela llamado “La Cruz”, que fingía protegerlo todo. A todos. Estaba ahí porque donde vivía, en otro caserío cercano llamado Los González, un soldado patrullero le había aconsejado que huyera, porque se asomaba una nube ofensiva contra la guerrilla y contra todos aquellos que colaboraran con los compas.

Juan Bautista, que sabía que eso de “colaborar” dependía del momento y de la orden del colaborado, se enojó. A su hermano, Nicolás, que había colaborado –en realidad había sido soldado de cuartel, hecho y derecho-, se lo habían matado un año antes, el 30 de septiembre de 1980, otros soldados como Nicolás. “Lo mataron y a mí no se me olvida”, dice Juan. ¿Y por qué lo mataron? Porque sospecharon que era guerrillero. “¿Qué tipo de guerrillero sería este que mataron?”, se pregunta Juan, todavía con rabia, y describe a su hermano: ex comandante con carné y con permiso para portar arma, porque los comandantes de otras épocas podían andar armados.

El 30 de septiembre de 1980, frente a la alcaldía de Jocoaitique, un poblado también escondido entre las montañas de Morazán, pero al sur de El Mozote y del otro lado de la calle negra, una sospecha mató a Nicolás, porque como colaboraba con la guerrilla…

Alguna vez sospecharon los guerrilleros de Juan Bautista, porque él también, 20 años más joven, había prestado servicio militar, y portaba un salvoconducto del cuartel de San Francisco Gotera, que más de alguna vez lo había sacado de más de algún apuro con los soldados, a quienes les temía más – después de lo de su hermano- que a los guerrilleros, que le ganaron confianza cuando vieron que Juan Bautista, en lugar de soplarlos, les avisaba por dónde se movía la tropa militar, cuando esta pasaba cerca de Los González.

Así que tras la advertencia de aquel soldado patrullero, sin colaboración de guerrilleros ni de soldados, Juan Bautista armó sus maletas, cargó a su familia y se fue a refugiar a El Mozote.

Y Juan Bautista no fue el único forastero que llegó a El Mozote en esos días.

Entre los huecos que dejaban las montañas se había colado un viento que decía que a un comerciante, llamado Marcos Díaz, colaborador del ejército, los soldados le habían dicho que si la gente de los cantones y caseríos aledaños se aglutinaba en El Mozote, no les pasaría nada. Muchos llegaron entonces, como Juan Bautista, con la diferencia de que muchos, muchísimos, ahí se quedaron para siempre.

Ese 9 de diciembre de 1981 lo cambió todo para Juan Bautista, que vio en ese bombazo que reventó en el caserío una revelación: había que huir de nuevo, hacia cualquier otra parte que estuviera alejada de las balas y las bombas.

A El Mozote esa bomba no le tocaba, pero le cayó, porque alguien calculó mal la distancia del objetivo, que estaba en otro caserío ubicado a dos kilómetros, llamado El Portillón, donde soldados y guerrilleros se disparaban a muerte. El operativo Yunque y Martillo de la Fuerza Armada había iniciado. Y Juan, que tenía buen oído, entendió que aquel tronar de las balas y la explosión de las bombas, que se escuchaban cada vez más fuertes y más cercanas, eran el pitazo de salida para largar a toda prisa en la primera de sus guindas.

—¡Tenemos que irnos, mamá! –le dijo Juan Bautista a Isabel Argueta, de 60 años.
—Andate vos, hijo, para que te defendás vos y a esos niños. A mí me venís a buscar ahí por la casa donde el compadre José María –le dijo, quizá porque creía que en El Mozote no ocurriría nada.

José María era el hermano de Santos Márquez, ese hombre de 40 años que recién había viajado a Lourdes, Colón, para despedirse -para siempre y sin saberlo- de su hijo mayor, Orlando, que se había ido a vivir hasta allá para huir de la guerra.

Atribulado por la decisión de su madre, Juan Bautista se despidió y caminó bajo un árbol de manzano antes de alejarse de los terrenos de la familia de los dos hermanos Márquez. Allá, lejos, en el monte, lo esperaban su mujer y sus seis hijos.

***

A 30 años de distancia debería ser motivo de llanto el revisar las colecciones de los diarios de esa época y caer en cuenta de que esta historia nunca existió.

“Inició ayer operación de contrainsurgencia la F.A. (Fuerza Armada)”, tituló el matutino La Prensa Gráfica en un amplio reportaje que apareció publicado el 9 de diciembre de 1981.

La nota hablaba de la toma de Morazán por parte del ejército, del control de la zona, de la prohibición del acceso a la Cruz Roja salvadoreña y otras entidades de servicio humanitario para evitar “cualquier lamentable hecho desagradable”.

“Lo más violento de las operaciones podría llegar en las próximas horas, ya que la tropa sigue su marcha en busca de contacto con los grupos terroristas escondidos en tatus, bosques y montañas del departamento de Morazán, según revelaron fuentes militares”, imprimió el matutino.

Un cable emitido un día antes por la United Press International le puso nombre al comando que dirigiría el operativo:“Fuerzas del gobierno, encabezadas por soldados entrenados por los Boinas Verdes norteamericanos, iniciaron una ofensiva contra los guerrilleros en del departamento de Morazán (…) contingentes de las provinciales capitales de San Miguel, La Unión y Usulután, así como la Brigada de Infantería Atlacatl, adiestrados por los Boinas Verdes fueron los asignados a la ofensiva”.

¿Cuántos ojos habrán leído estas notas, sin imaginarse que en los bosques y las montañas quienes correrían para esconderse eran decenas de Juanes Bautistas? ¿Quién habrá imaginado que en nueve poblados de Morazán serían niños, en su gran mayoría, los “terroristas” con los que fieros soldados habrían de entablar combate los días que le sucedieron al 9 de diciembre de 1981?

El 9 de diciembre podría ser recordado, entonces, como el día en el que un fantasma vagó tan lejos como pudo para alejarse de los ojos de los soldados, que sin saberlo él ni ellos, a cada hora le cercaban más el paso. ¿Quién iba a imaginarlo? Ni él lo imaginaba, pero la noche del 9 de diciembre, en el caserío El Hormiguero, del cantón La Joya, ubicado al sur de El Mozote, sería su última noche en paz.

***

Sus hijos apenas y podían conciliar el sueño con todas las detonaciones que se escuchaban cada vez más cerca, la noche del 11 de diciembre de 1981. Por primera vez, Juan Bautista andaba cabizbajo y deprimido, con el pensamiento puesto en El Mozote, donde había dejado a su mamá. No reaccionaba, y si dos días antes había salido corriendo de allá, por culpa de las balas que sonaban demasiado cerca, ahora no hacía nada, solo esperar y esperar que algo ocurriera.

Por suerte para él y para su familia, lo que ocurrió es que otro sobreviviente, que sabía del paradero de Juan Bautista, arriesgó la vida para venir a advertirle que los soldados acababan de arrasarlo todo en el caserío El Potrero, del cantón La Joya. Y ahora marchaban en dirección hacia El Hormiguero.

—Como ellos sabían que solo yo andaba bastantes niños, llegaron a sacarme de la casa y me dijeron: “Mire, don Juan, levántese y vea para dónde se va porque a nosotros ya nos mataron toda la familia, toda la gente de El Potrero” –recuerda Juan.

A las 10 de la noche del 11 de diciembre de 1981, Juan Bautista corrió de nuevo, hacia el monte, junto a su familia. Antes de desaparecer entre los matorrales que mordían una cumbre, Juan Bautista se detuvo y retrocedió la vista solo para contemplar que los cerros que escondían al cantón La Joya y a El Mozote se habían transformado en diminutos volcanes que escupían humo.

 

Capítulo 3. Las aventuras y desventuras de Quicón y Felipón

Es la noche del 19 de julio de 1979. En las montañas de la zona norte de Morazán truenan los morteros y sale humo, pero no de incendios ni ajusticiamientos, sino que estruendo y humo de petardos y de hogueras que celebran, como si fuera propia, la fiesta que en Nicaragua apenas comienza.

Allá, ese día, las columnas guerrilleras del Frente Sandinista para la Liberación Nacional entraron en Managua, la capital de ese pobre país, apoyadas por el pueblo, para consumar la derrota de Anastasio Somoza Debayle, para consumar el triunfo de la revolución sandinista.

En El Salvador, donde muchos andaban buscando también un triunfo similar, los vasos comunicantes entre los sandinistas y la incipiente guerrilla salvadoreña ya habían cruzado casi todo el país, de punta a punta. En el oriente aguantaron el calor de esas ciudades, se escondieron de los cuarteles y huyeron de infinidad de persecuciones. Aguardaron por años para que el pensamiento y los planes maduraran, fluyeran, cuesta arriba, sobre la calle negra.

Hasta que todo fue propicio, y los vasos comunicantes llegaron donde Andrés Barrera, un hombre al que la mañana del 20 de julio lo cogió desvelado y festejado en una hamaca, larga como él, hasta donde llegaron dos jóvenes, que le conocían, para molestarlo. Uno de ellos se llamaba Pancho.

—Estos catequistas son jodidos –le dijo Pancho a su acompañante-. Han amanecido desvelados ahora porque anduvieron haciendo fiesta anoche.

Andrés Barrera se recompuso, miró serio a los dos visitantes, con dos ojos que de claros en ese momento no tenían nada, y adoptó una guardia que le exigía el guerrillero que ya llevaba adentro: ese al que llamaban con el seudónimo de Felipón, los que le sabían las andadas. Y quienes conocían esa otra cara, tenían que andar en lo mismo, porque de lo contrario no podían ser otra cosa más que orejas, informantes del ejército. Pancho y su amigo no caminaban por los mismos senderos de la guerrilla, y por eso se puso en guardia Felipón, porque Morazán sudaba desconfianzas.

—¿Allá andabas vos, pues? – preguntó Andrés, serio, intentando zanjar el tema.
—No, pero por ahí dicen que ustedes eran… ¡Esos catequistas son guerrilleros! –soltó Pancho, con una mueca irónica, para la aflicción de Andrés.

Descubierto, Felipón improvisó:

—Mira: por favor, esa broma si la están haciendo en serio, por favor que sea una broma. Porque si van a informar a la guardia, me van a venir a masacrar a toda mi gente aquí, a toda mi familia y a toda la comunidad…
—¡Ya se enojó! –dijo Pancho, riendo-. ¡Son bromas, homb´e! No se enoje.

Pero Felipón quedó enojado, y a finales de ese año se desquitó de Pancho. Le habían encomendado hacer una requisa de armas, y como sabía que el muchacho portaba una, hasta su casa lo fue a buscar. Cuando Pancho se dio cuenta de que la cosa iba en serio, dejó de decir que no tenía el arma y se la entregó. Con todo y municiones.

—O te organizás o te calmás, y dejás de andar hablando tonteras. La cosa así es: ahora ya se descubrió esta cuestión y ahora no hay de otra: los que están con los pobres ya se va a ver, y los que están con los ricos, la fuerza armada y las autoridades represivas también ya se va a ver. Así que ahí ves de cuál lado te vas, porque hoy sí ya se descubrió esta cosa.

***

Andrés Barrera no era el único guerrillero en La Guacamaya, ni en el municipio de Arambala, ni en el de Jocoaitique, ni en Joateca, ni en Perquín ni en Torola, ni en San Fernando, ni en Meanguera… Andrés Barrera era uno de cientos de campesinos que se habían ido formando por tandas, desde 1972.

Todos eran hombres que bajaron de las montañas para recibir unos cursillos impartidos por unos catequistas católicos que se habían instalado en el departamento de San Miguel.

Andrés Barrera, eso sí, no había sido el primero en irse de La Guacamaya para recibir la palabra de Dios, los cursos de primeros auxilios, las inducciones sobre igualdad social, los cursos de organización clandestina, y el uso de armas. Todo por etapas, todo enseñado por diferentes profesores. La palabra de Dios, los primeros auxilios y las lecciones sobre igualdad social u organización comunal era enseñanzas de los curas. “Lo otro lo venían a enseñar unos compas con más trayectoria”, recuerda el primero de La Guacamaya que se fue a recibir esos cursos, en 1972. Su nombre es Tereso de Jesús Márquez, amigo y vecino, en esa época, de Andrés Barrera.

Campesino y sin estudios –apenas tenía segundo grado- Tereso se emocionó con la lectura bíblica, con las clases en las que aprendió a inyectar y con unas palabras que en la cabeza le revoloteaban como mariposas libertarias: igualdad, derechos, igualdad, derechos…

Cuando regresó a La Guacamaya, semanas después, rápido convenció a uno de sus mejores amigos, y entonces Andrés Barrera también quedó sintiendo las mismas mariposas locas en la cabeza.

Con el tiempo, Andrés Barrera se convirtió en encargado, en La Guacamaya, de una de las primeras células guerrilleras de lo que después sería el Ejército Revolucionario del Pueblo, que comandaba el frente de guerra en Morazán. Tereso, convertido en “Quicón”, vagó por todos los cerros haciendo lo mismo que alguna vez hizo Jesús de Nazaret, con la diferencia de que él, cuando salía a pescar más hombres para la causa, siempre iba acompañado de dos escoltas y una carabina.

***

Las aventuras de Quicón y Felipón fueron aventuras de guerreros clandestinos hasta que la guerra, injusta, se las cobró bastante caro.

Contrario a cualquier lógica conocida por Andrés y Tereso, el ejército les demostró que podía darles grandes sorpresas. Nunca se imaginaron ellos, ni nadie, que las familias que no lograron huir del campamento ubicado en La Guacamaya serían asesinadas de manera salvaje por los soldados, el 11 de octubre de 1980, un año antes de todas las masacres de El Mozote.

El operativo militar había arrancado en Perquín, en la cumbre del departamento, y luego bajó por Torola, se metió por El Rosario, cruzó la calle negra, y se metió en La Guacamaya, de donde no habían logrado salir todos.

Ese día, Felipón, como encargado del campamento, movilizó a toda la gente hacia el río Sapo, para esconderla ahí. Entre el grupo iban su esposa, Maclovia Márquez; y su suegra, Heriberta Márquez. Iban también todos sus hijos, que sumaban nueve, más uno que todavía no había nacido.

Por este último, Maclovia detuvo la marcha, y le dijo a Andrés que hasta ahí llegaba, hasta la primera cumbre que la alejaba de La Guacamaya. “Yo ya no aguanto caminar”, le dijo, mientras se colocaba la mano derecha en la cadera, que sostenía una panza que ya casi le reventaba.

Andrés, indeciso, fue vencido por las responsabilidades de Felipón, que tenía que proteger a las familias del campamento, compuesto por unas 300 gentes. Entonces aceptó que se quedaran atrás su mujer, su suegra, y sus cinco hijos pequeños, que andaban entre los 11 años y los 17 meses, más el que estaba por nacer. Los más grandes, los más jóvenes, se quedaron con su padre.

A los días de esa primera masacre, Andrés Barrera regresó a La Guacamaya, y en el lugar donde asesinaron a su mujer, a su suegra y a sus hijos solo encontró un sostén. “Estaba empapado de sangre, todavía húmedo. Y un codito de un niño. Fueron los que logré enterrar, al lado de donde me los habían enterrado unos compas”.

Entre la gente que logró huir iba Tereso de Jesús, junto a la mayoría de sus familiares. A Tereso también le mataron una tía, hermana de su papá, que aceptó quedarse para cuidar a su hija, y a los hijos más pequeños de su hija, que, embarazada, ya no aguantó el paso del campamento. “Maclovia era mi prima”, dice, entre sollozos, con la voz quebrada, Tereso de Jesús Márquez.

Ahora ni la cólera que les provocó tanta muerte, que los estimularía durante 12 años para guerrear con más fuerza, los consuela del todo. Ganó el país, dicen, ganó la paz, ganó la democracia. Pero a costa de un gran sacrificio que duele, dicen, sobre todo porque no hay justicia ni para sus inocentes ni para los de los demás, que pagaron por ellos, ellos que hasta ya perdieron aquella esperanza que les decía, al oído, que todo iba a cambiar.

—Fueron heridas un poco… que no tan luego se pueden cicatrizar… Yo me alegro cuando veo gente que a diferencia de cómo las conocí… y ahora con los buenos carros, buena casa… Y todo eso gracias a esta revolución que se hizo, que costó un precio alto de sacrificio y de sangre. Por lo menos algotros no quedamos tan fregados –dice Felipón, mientras sonríe, con una mueca irónica que le nace en el labio superior, rompiéndole las arrugas.

Tras la masacre de La Guacamaya, en octubre de 1980, Felipón y Quicón siguieron con sus andanzas. Quicón buscó entre los caseríos a más guerrilleros, hasta que en enero de 1981 llegó a El Mozote, donde nunca consiguió uno solo, apenas algunos colaboradores. Entre estos, uno que se llamaba Marcos Díaz, que era comerciante, que había sido soldado, y que colaboraba con ambos bandos, porque los colaboradores respondían a las órdenes de los colaborados.

A dos cosas llegó esa vez Quicón: a hacer lo que ya bien sabía, y a despedirse, obligado, de una tía. Esa vez, Clementina Argueta le dijo a Tereso: “¡Ya no vengás, ya no vengás, que por tu culpa nos van a matar!”. Enmudecido y triste, sin poder defenderse, Tereso le dijo adiós a Clementina, a su tío Cesáreo y a su prima Hilda. 11 meses más tarde, el 11 de diciembre de 1981, morirían masacrados todos ellos, más otro primo llamado José, y los tres hijos, niños todos, de Hilda.

La despedida que Felipón le dio a El Mozote tuvo que ver más con la lejanía, los disparos, las montañas y el humo. La célula guerrillera de La Guacamaya se había desplazado hacia un lugar llamado Las Pilas, cuando se enteró del operativo que realizaría el Ejército en toda la zona. Las Pilas es una cumbre ubicada en una dirección opuesta a otra cumbre, desde donde Juan Bautista, que huía del caserío El Hormiguero, del cantón La Joya, observaba lo mismo que el guerrillero Felipón.

—De ahí divisábamos para el llano, para toda esa zona. Se oía la tirazón y se veían las humazones de las casitas. Por donde quieran se miraba las humazones de esos cerros.

 

Capítulo 4. El hombre gato

El hombre gato bajó de una cumbre, se metió al caserío y cruzó entre dos casas y no se dejó escuchar. Quizá le ayudó el hecho de que era pequeño el hombre gato. Pequeño y sigiloso. Quizá le ayudó también que era de noche. De todos los hombres que estaban esa noche en el caserío, él era el único que no era soldado.

Antes de aventarse al llano que lo separaba de su casa, y del patio de su casa, el hombre gato se acurrucó en la esquina de una pared y olfateó hacia todos lados. También miró hacia arriba y hacia abajo, a un lado y al otro. ¡Tas! Ya estaba el hombre gato más cerca de su casa, arrastrándose entre unos matorrales.

Pero tuvo que detenerse y pensársela bien, antes de intentar otro movimiento veloz. En la casa no se escuchaba ninguna bulla, y había demasiados soldados cerca, como para arriesgarse por la puerta. Lo mejor era bordear, buscar el patio de su casa por una vía más alejada del llano. En esas estaba, cavilando, cuando sintió un golpe en la nuca. “¡Ya me agarraron!”, pensó el hombre gato.

El susto se le pasó cuando se dio cuenta de que un perro vagabundo le había quitado una de sus nueve vidas.

—¡Diomecuarde! Yo me asusté, pego el salto para atrás y el perro hijueputa, hubiera visto…

El hombre gato, después del susto, logró llegar a la fosa que tanto andaba buscando. Él había ayudado a cavarla, por recomendación de los compas, que habían aconsejado eso a los habitantes del cantón La Joya para que se protegieran de los bombardeos. Al hombre gato le habían ayudado, además, sus dos hijos mayores, Santos y José, que para esa fecha ya eran unos prominentes guerrilleros.

-Llego yo, a gatas, para dicha fosa, y andaba un foco (una linterna). Me puse embrocado, en la orilla, y vide…

En la fosa había una docena de cuerpos apilados. El cuerpo que estaba encima de todos era el de una niña que dormía, acurrucadita, encima de los muertos.

El hombre gato estuvo tentado a pararse, como hombre, para que alguien lo viera y lo arrojara junto a esos cuerpos. El hombre gato, lo que más quería en la vida era estar con esos muertos.

No dejó de pensar eso sino hasta cuando se acordó de que en el Cerro Brujo, a tres kilómetros de distancia, había dos niños, agazapados, que lo estaban esperando. Así que retrocedió, de nuevo a gatas, hasta que logró encaramarse en un cerro, mientras dejaba el caserío que a sus espaldas terminaba de extinguirse en llamas.

***

Sotero Guevara salió de la cueva en donde se refugiaba en el río La Joya y llegó a la cima del Cerro El Brujo a las 6 de la tarde del 11 de diciembre de 1981. A esa hora había quedado de juntarse ahí, en ese escondite, con su esposa.

Sotero Guevara se había despedido de Petronila a las 3 de la madrugada. Agarró camino para las cuevas junto a sus dos hijos varones, Anastasio y Lucas; y ella se quedó, junto a Catalina, la hija menor de ambos, para echar tortillas, para que en el monte no les agarrara el hambre. Se suponía que Petronila saldría del cantón La Joya inmediatamente después, pero los soldados frustraron sus planes. A las 8 de la mañana, La Joya ya había sido tomada.

Un día antes del inicio de las masacres, una docena de helicópteros volaron encima del cantón La Joya y descargaron soldados en las cumbres de Quebracho y Arada Vieja. Desde esas cumbres, los soldados atacaron y lograron destruir algunas casas. Era un blanco fácil todo allá abajo de esos imponentes cerros que lo cercan todo en los cuatro puntos cardinales. Por su geografía, La Joya es un sumidero, y por eso todos huían hacia las quebradas o hacia los cerros para ocultarse entre el follaje o las vaguadas.

Ese 10 de diciembre, hubo otra mujer que también se despidió de su marido creyendo que podría librarla fácil. Era Rosa Ramírez, la esposa de Pedro Chicas, un hombre alto, grueso y blanco, uno de los líderes del cantón La Joya. “¡Que Dios te ampare entonces, mujer!”, le dijo Pedro Chicas a Rosa, quien se equivocó al creerle a un tío cuando este le dijo que no pasaría nada. Pedro Chicas se fue ese 10 de diciembre a una cueva escondida en el río, y Rosa, que esquivó durante horas a las balas y las bombas, se arrepintió de no haberle hecho caso a su marido. Rosa logró huir hasta muchas horas después de que cesaran las primeras bombas y tronazones, en la madrugada del 11 de diciembre.

Rosa también subió el cerro El Brujo y ahí se juntó con otras familias más, y con Sotero Guevara, que desesperado preguntaba por su mujer y su hija. Rosa Ramírez le dijo que no las había visto, y eso bastó para que Sotero le dejara a Anastasio y Lucas, porque él se regresaría a La Joya por la mujer y la hija que se le habían quedado.

Sotero Guevara hoy es un viejo infinitamente pequeño y delgado. Está lleno de arrugas y da la impresión de que si se le toca muy fuerte, podría quebrarse. Hace 30 años era igual de pequeño, pero su cuerpo no estaba tan marchito. Era ágil, tan ágil como para moverse como la guerra le había enseñado: a gatas.

Aquella noche, hace 30 años, todos le advirtieron que no fuera loco, que si se iba solo sería para ir a fracasar, como habían fracasado ya muchos otros. Los familiares de Sotero que no lograron salir fueron nueve, los de Pedro Chicas fueron 13. Se lo dijeron, que podía fracasar, pero Sotero no entendió razones. Bajó del cerro y en tres horas ya se había puesto en el caserío, que ahora estaba oscuro, silencioso e infestado de soldados.

En una fosa encontró Sotero Guevara a su familia: a Petronila y Catalina, a su hermana Justa, a su sobrina Jacinta y a los hijos de esta: Roque, de 5 años, y María, de seis.

Al siguiente día, Sotero Guevara esperó la noche, la del 12 de diciembre, para convertirse en gato de nuevo. De nuevo le advirtieron y de nuevo regresó a la fosa, se acercó al borde, encendió su lámpara y contempló a sus familiares.

Esa noche Catalina estaba desnuda bajo la luz de la luna. Las llamas la habían dejado limpita.

—Es que yo no hallaba fundamento. Yo quería estar allí con los muertos. Para qué le voy a mentir… allí quería estar –dice Sotero Guevara.

Cuando regresó al cerro El Brujo, le contó al resto de refugiados que en La Joya ya no quedaba nada, que lo habían arrasado y quemado todo. El grupo, entonces, decidió separarse. Hubo unos que se fueron con Rosa Ramírez y los familiares de Pedro Chicas, en dirección a unos descampados en donde podían encontrar ranchos abandonados. Otras familias tomaron otras direcciones y Sotero Guevara decidió quedarse, con sus hijos, cerca de La Joya.

A los ocho días, la familia de Pedro Chicas, con Pedro Chicas incluido, se reencontró con Sotero Guevara en el llano de La Joya. Mientras enterraban a los muertos que podían, le contaron que habían sobrevivido en los descampados del El Rincón, pero que unas patrullas los habían corrido hasta Jocote Amarillo, donde descubrieron que también había ocurrido otra desgracia.

Y esa, de la que hablaba la familia de Pedro Chicas, fue en la que por poco asesinan a toda la familia de Juan Bautista.

 

Capítulo 5. Dos familias, dos masacres

La noche del 12 de diciembre de 1981 fue la última noche que agarró a Juan Bautista desprevenido. También fue la última noche que se refugiaría bajo un techo seguro. A partir de esa noche, la luna lo agarraría a él y a su familia en quebradas, montes y matorrales. A sus hijos, incluido uno de dos años, se les extinguiría el llanto y el hambre, y la cocina quedaría relegada para aquellos momentos nocturnos en los que Juan lograría apilar las rocas necesarias para el filtro que escondería el humo que desprenderían las ramas secas.

Al límite. Así aprendieron a vivir Juan Bautista y su familia. Pero eso era mejor que regresar a cualquier casa. El susto que pasarían en Jocote Amarillo les enseñó que había que estar siempre alertas.

El 12 de diciembre, un compa desarmado -porque la guerrilla tenía pocas armas en esa época- le advirtió a Juan que el ejército seguía avanzando, le contó que El Mozote y el cantón La Joya estaban arrasados y los regañó por seguir escondidos donde menos debía. “Juan: vos sos muy confiado para estar en casa”, le dijo, y luego se marchó, en dirección a La Guacamaya.

A la mañana siguiente, Juan Bautista dejó a su mujer en la casa de Santos del Cid, un amigo que les brindó refugio a él y a otros más. A las 6:30 a.m. se movió con sus hijos mayores para inspeccionar el terreno, y luego los dejó cerca de la casa, escondidos entre unas peñas rodeadas por arbustos. Entonces Juan se abrió paso hacia una quebrada cercana, pero se detuvo. En una casa que le quedaba decenas de metros escuchó una tronazón.

Juan Bautista palideció. Tanto, que la impresión aún lo hace dudar de si fue cierto que algunas balas le zumbaron cerca o si se las imaginó. Lo que sí fue cierto es que desanudó el camino que había hecho, regresó a la casa de Santos del Cid pero a ninguna otra más, porque ahora los disparos se escuchaban más cerca. Juan agarró a su mujer, a los niños más pequeños, y se fueron allá adonde había dejado a los más grandes. Se acurrucaron entre las piedras y los arbustos y esperaron. Y esperaron…

Juan Bautista logró salvar a la familia de su anfitrión y a su anfitrión también, pero hubo una mujer a la que no pudo salvar. Se llamaba Genoveva Díaz, quizá con los mismos años que tenía su madre. “¡Aquí es que se esconden los guerrilleros!”, recuerda Juan que gritó un soldado antes de ingresar a la casa donde la única guerrillera que había era una anciana que no podía caminar.

Cuando los soldados dispararon, Juan no pudo ver nada, pero sí lo escuchó todo. Y oír cómo mataban a la anciana, y ver cómo se quemaba la casa después de la balacera, fue para Juan Bautista otra revelación: a esas alturas, él ya sabía que su madre también estaba muerta.

La masacre duró dos horas, aproximadamente. Juan Bautista escuchó y vio lo que pudo. Hubo otro, sin embargo, que un día antes, una masacre antes de la que se salvó Juan Bautista, vio lo que Juan solo alcanzó a escuchar.

***

Cavilando. Así tuvo que haber llegado Antonio Pereira a su milpa, la mañana del 12 de diciembre de 1981. 30 minutos habían pasado desde que él había consolado el miedo de su madre con la misma estrategia que utilizó su mujer para consolarlo a él.

Antonio Pereira, antes irse a trabajar, le había rogado a Natalia Argueta que se escondiera en el río Sapo, ubicado a un kilómetro del caserío Los Toriles. Pero por más que le recordó la advertencia que días atrás había dado una patrulla guerrillera (“salgan de las casas porque los soldados arrasarán con todo”), ella no dejó de creer en otra que habían dado los soldados, semanas antes que los guerrilleros. La de los soldados decía que matarían a aquellos que anduvieran en el monte. Cuando Natalia vio que su marido no cedía, le tocó el punto débil: “Primero Dios no pase nada”.

En el caserío Los Toriles la gran mayoría eran evangélicos.

Antonio Pereira, sin embargo, como a muchos otros, le parecía demasiado extraño que se escucharan tantas detonaciones dos días seguidos, todas provenientes de todas las direcciones. Desde Arambala, el municipio en donde el Batallón Atlacatl había iniciado el operativo, dos días atrás, los soldados venían cercándolo todo en una formación que se asemejaba a la de una herradura.

Vencido por su mujer, Antonio Pereira escondió sus temores y fue a saludar a Simeona, su madre, que vivía en la casa contigua. Entonces, cuando ella le dijo “está feo esto”, antes de despedirse, él le contestó como le había contestado su mujer: “Primero Dios no pase nada”.

El problema es que sí pasó.

Antonio Pereira recién había llegado a su milpa cuando observó que los soldados bajaban por una de las lomas que rodean el caserío. Entonces corrió en dirección a su casa, pero ya no pudo avisarle a nadie porque los soldados habían llegado antes que él.

Cuando la tropa ingresó al caserío, Antonio Pereira ya no supo si había corrido para sacar a su familia de su casa o para meterse junto a ellos, porque el miedo lo obligó a esconderse entre unos matorrales desde donde podía verlo todo: tenía de frente la puerta de su casa y la de su mamá.

Los soldados primero entraron como intrusos por la puerta de su casa, a la fuerza, y en un primer momento Antonio Pereira pensó que a su familia se la llevarían a algún refugio, pero rápido entendió que aquello no era más que un deseo, porque a los refugiados no los sacan encañonados, como sacaban ahora a Natalia, a Mario y a María, en ese orden, que lloraban y marchaban en línea recta, uno detrás del otro, mientras los soldados los arriaban decididos, tanto los de adelante como los de atrás, hasta que todos se perdieron tras unos árboles y una casa, la de Abilio Vigil, quien nunca pudo ver quiénes lo encañonaron a él, a su familia y a la de Antonio, porque Abilio Vigil era ciego.

A partir de ese momento los segundos fueron las hebras de un nudo que en el pecho a Antonio se le amarraba fuerte, que apretaba más fuerte; y se descubrió solo y con dos manos labriegas incapaces de defenderse –y defenderlos- de los soldados que se los habían llevado hasta aquel lugar donde los ojos de Antonio ahora eran tan inútiles como los de Abilio Vigil.

El nudo en su pecho volvió a apretarse fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte… hasta que los balazos tronaron allá, donde sus ojos ya no llegaban. Fue ahí cuando el nudo se le reventó, revolviéndole todo por dentro, con la furia de un tropel de recuerdos que ahora sentía salvajes.

Mario, su varoncito de 10 años al que le gustaba jugar con las vacas; María, su muchachita de 14 a la que le gustaba ir a la escuela; Natalia, la esposa a quien había conquistado en el pueblo de Jocoaitique, 20 años atrás, habían desaparecido para siempre.

Cuando logró que los ojos se le desempañaran, los soldados ahora caminaban de regreso hacia la casa de su madre, Simeona, de 85 años. Ahí también estaban sus hermanos, Juan Ángel y Bertolino, sus respectivas familias y Nelly, una de sus sobrinas. Los soldados entraron igual pero salieron diferente: ya nadie marchó en línea recta porque arremangaron a la gente contra la pared. A 10 contra la pared. Para entonces, Antonio ya no tenía incertidumbres en la cabeza y lo que estaba a punto de atestiguar serían puras certezas.

—Viera eso, eso es duro: estar viendo que le están matando la familia a uno. Cuesta aguantarse. Y entonces uno piensa: uno solo con las manos, ¿a qué iba a llegar? Hubiera andado algo, tal vez… Pero así nomás, solo a caer allí también… Por eso mejor me quedé, tuve aguante de quedarme y estar viendo.

Nelly, su sobrina, se separó del grupo y rogó para que no mataran a su abuelita, pero más ligero le dieron a ella para que dejara de hacer bulla.

La espalda de un soldado se interpuso entre Nelly y Antonio, que no la volvió a ver sino hasta cuando otro estallido se convirtió en un recuerdo seguido de otro recuerdo: un disparo, un cuerpo de niña de 10 años derrumbándose a los pies de un soldado.

El silencio que produjo ese disparo dio paso al silencio de las víctimas y a la furia desatada de los victimarios, que tampoco dijeron nada. Los únicos que hablaron fueron los fusiles. El grupo contraminado era una rueda humana desordenada, amontonada y temblorosa; el grupo armado eran unas espaldas y unos perfiles sin rostro ni identidad que apenas y se meneaban mientras disparaban. La rueda, con vida, recibió ráfagas provenientes de seis fusiles activados por seis pares de manos. Cuando los fusiles se callaron, el silencio de verdad fue silencio, los cuerpos quedaron amontonados unos sobre otros, y Antonio Pereira creyó que había terminado todo, mas no sabía lo equivocado que estaba.

—El objetivo de ellos era acabar con todo -dice, y recuerda al soldado que se acercó y pinchó el bulto en el que terminó convertido la rueda humana. Luego el soldado se alejó y desde la lejanía les aventó un objeto que Antonio no alcanzó a distinguir pero sí a escuchar. Y la explosión no la escuchó una sino que dos veces más, tres en total –tres en total: uno, dos, tres- hasta que sus familiares quedaron resumidos en otras cosas que ya no podían llamarse cuerpos humanos.

Hoy sí, cuando todo había terminado, Antonio Pereira comprendió que en el mundo ya no habría quién por él. Y eso, todavía hoy, 30 años después, lo hace guardar silencio, guardar silencio, guardar silencio… y se limpia los ojos que no lloran pero que se empañan.

La masacre en Los Toriles duró cuatro horas, desde las 8 de la mañana hasta el mediodía. De las 18 familias que ahí vivían solo una sobrevivió completa, gracias a que la casa se hizo invisible detrás de un cerro. Antonio Pereira salió de su escondite hasta en la noche, bajo la luz de la luna que, según recuerda, durante los días de las masacres alumbro más fuerte que nunca. De noche enterró a sus víctimas, mientras otros tres hombres, amigos de toda la vida antes de la masacre; esposos sin mujer, padres sin hijos después de la masacre, también enterraron a los que pudieron. Cuando todos estuvieron cansados, Antonio decidió por la suerte del resto de cadáveres.

—Les dije: enterremos la familia que es de nosotros para salvar que no se los coman los animales. Los demás ahí que queden porque no se ajusta.

Todos asintieron y se convencieron aún más cuando en la mañana del 13 de diciembre cayeron disparos sobre Los Toriles. Luego de la masacre, el ejército dejó a uno que apuntaba su mira contra los fantasmas. Los muerteros agarraron rumbos distintos en esa guinda y ni alcanzaron a despedirse.

Antonio Pereira recaló en el río Sapo, ubicado a un kilómetro del caserío. A diferencia de Juan Bautista, que en esa misma mañana, en Jocote Amarillo, también corría hasta una casa para salvar a su familia, Antonio Pereira pegó carrera solo y sin familia, y así estuvo durante 15 largos días, y luego durante cuatro largos años.

Cuando se cansó de roer guineos verdes caminó y caminó y caminó hasta que se refugió en un pueblo llamado Masala, donde ya no había soldados ni guerrilleros ni peligros. Todavía hoy no sabe explicarse cómo fue que en medio de tanto sufrimiento le entraron ganas de trabajar. “Solo quería trabajar”, dice. Cuatro años después se casó de nuevo y se hizo una nueva familia. Y entonces caminó y caminó y caminó de nuevo y terminó viviendo en El Mozote, desde donde sale todas las mañanas para ir a cultivar la milpa que le crece allá donde enterró a aquella otra familia que tanto él quería.

***

Juan Bautista no salió de su escondite, en Jocote Amarillo, sino hasta en la madrugada del 14 de diciembre de 1981.

Cuando él y los suyos salieron, de inmediato caminaron hasta la casa en la que se habían refugiado, y ahí encontraron el cadáver calcinado de la anciana Genoveva Díaz.

Caminaron más y encontraron el de otra mujer, rodeada por cuatro cuerpos de niños también muertos, también calcinados.

En los alrededores de esa casa, bajo la luz de la luna, que lo alumbraba todo, Juan Bautista contó 10 cadáveres más, hasta que se cansó de ver tanta muerte y caminó de regreso con su mujer y sus hijos hacia el monte.

Pasarían varios días para que el miedo lo abandonara por completo. Pero no fue sino hasta cuando se convenció de que las tronazones habían desaparecido cuando decidió regresar a donde todo había comenzado.

—Entonces yo salí de regreso por el mismo camino que ya había pasado, regresé a El Hormiguero. Ahí nos mantuvimos. No recuerdo cuántos días, pero ahí nos estuvimos.

Una mañana, otro compa que se cruzó por El Hormiguero le contó a Juan Bautista que en El Mozote ya no había soldados, porque los habían hecho retroceder más allá de Arambala, el municipio en donde las masacres habían iniciado.

Entonces, resuelto, alistó a su familia y se la llevó hasta las cercanías de El Mozote, donde la dejó escondida, porque a buscar el cadáver de su madre decidió que tenía que ir solo.

Llegó hasta las cercanías del cerro La Cruz, pasó bajo un árbol de manzano pero hasta ahí pudo llegar, porque la hedentina era demasiado poderosa, porque en el terreno de la familia Márquez todo era irreconocible, porque todo estaba quemado hasta los huesos.

 

Capítulo 6. Los reencuentros

La mujer sigue sacando huesos. Tantos que da pena. Ya no caben en la silla, pero ella los sigue sacando. “A mis hijos les daba miedo al principio”, dice. Uno de sus invitados, que desde hace varios minutos se ha quedado hipnotizado, reacciona cuando escucha la palabra miedo. “No, no hay que tenerles miedo”, corrige.

Míriam Núñez, entonces, le cuenta una infidencia.

—Mire: a mí no me dieron miedo, pero me impresionó al principio encontrar tanto hueserío. Pasé enferma como cuatro meses, con fiebres y calenturas. Pregúntele a mi esposo. Él se puso malo también.
—¡Es que no es así no más! -dice Juan Bautista, reflexivo.
—¡Yo me impacté tanto! Ni creía. Mi esposo me había contado, había leído el libro, pero como uno lee libros de historias… Y ahora ya no es cuento porque ahora es la propia realidad.

Míriam sigue sacando huesos. Juan Bautista se desahoga:

—Y aún así la gente no cree… Es tan dura la gente, usted…

Míriam saca un zapato de niña, tierroso, y se le queda viendo.

—¡Imagínese! ¿Cuántos años tiene todo esto y no se ha destruido por completo? 30 años parece, ¿vedá?

Míriam, entonces, decide que tiene que contarnos cómo fue la masacre en El Mozote.

—Estos huesos están aquí porque a la mayoría los quemaron ahí en lo que es ahora la plaza. Ahí hicieron fila: a las que eran mujeres aparte, y hombres aparte. Ahí en esa iglesia encerraron a unos ancianos y ancianas. A esos los mataron adentro. Y todos los que estaban haciendo fila afuera los mataron afuera. Y de ahí los recogieron todos juntos y les dieron fuego. Y aparte de eso a los niños los habían metido en la casa de…. ¿cómo se llama este señor? …

Míriam busca apoyo en Juan Bautista, pero Juan Bautista no interviene porque Míriam recuerda el nombre del hombre que hace 30 años esparció un rumor, que viajó por las montañas de Morazán, para que a El Mozote llegaran cientos de campesinos a refugiarse. Entre estos Juan Bautista.

—¿Comó se llama este señor …? ¡Marcos Díaz! Yo no soy de aquí, pero he leído el libro, le estoy diciendo lo que he leído y no me estoy inventado nada. Ahí habían encerrado a los niños. Y la señora que quedó de sobreviviente, que se llamaba Rufina Amaya, ella escuchaba los gritos de los niños. ¡Mamá, nos están quemando! ¡Mamá, nos quieren matar! Entonces en esa casa de Marcos Díaz encerraron solo niños. Y a los adultos los mataron en el parque, en el llano… Eso es todo lo que le puedo decir.

Juan Bautista guarda silencio, satisfecho. Míriam Núñez ha hecho un buen extracto del relato que él ya había escuchado, completo, 21 años atrás, cuando se reencontró con Rufina Amaya.

***

Es el 30 de octubre de 1990. En los pasillos de los tribunales de San Francisco Gotera, cabecera del departamento de Morazán, dos campesinos están sentados y están nerviosos. Ambos saben que todo puede acabar aquí, adentro de una casa con paredes blancas. Pero también todo puede comenzar. Y esa pequeña posibilidad los anima a estar ahí, y es más fuerte que el miedo que les provoca estar ahí. La guerra todavía no ha terminado y el ejército sigue teniendo demasiado poder.

Los campesinos estaban animados también porque ya uno de ellos, antes que ellos, sí se atrevió a poner la denuncia, a sabiendas de que el viaje podía ser peligroso. Todo eso lo habían deliberado ellos, junto a sus abogados, cuando se reencontraron, nueve años después de haber huido de esas tierras arrasadas, en los reasentamientos del norte de Morazán, ubicados a las orillas de una calle que hoy siguen llamando calle negra.

Tras las masacres, los civiles que huyeron de la guerra y la gran mayoría de los sobrevivientes terminaron refugiados en unos campamentos ubicados en Colomoncagua, Honduras, hasta que en 1989, gracias a la presión internacional, retornaron a Morazán, que para los últimos años de la guerra, fue una zona controlada por la guerrilla.

Antes de poner la denuncia, los campesinos se reunieron junto a sus abogados en la clandestinidad. Las últimas reuniones ocurrieron en una casa de unas monjas católicas, en la cabecera del departamento. Ahí acordaron todos que había que interpretar roles. Uno pondría la denuncia y otros dos serían los testigos. Uno de estos contaría el resultado de varias masacres, la otra, la testigo principal, diría cómo había sobrevivido y cómo es que había visto, casi de manera completa, la masacre en el caserío El Mozote.

Entonces Pedro Chicas, un hombre blanco, alto y determinado, otrora líder de un cantón llamado La Joya, llegó a decir a ese juzgado: “Mi nombre es Pedro Chicas y vengo a poner una denuncia…”.

Cuatro días después fue el turno para Juan Bautista Márquez y Rufina Amaya.

El relato de Rufina se robó los silencios del juez y de la auxiliar del juez. Se robó también algunas lágrimas de Juan Bautista, quien ya lo había escuchado antes, pero que entonces sintió como que aquella fuera la primera vez.

***

Para 1990, las masacres de El Mozote seguían siendo ocultadas por los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos.

La primera denuncia ocurrió el 27 de enero de 1982, cuando muy lejos de El Salvador, The New York Times y The Washington Post dijeron -de manera simultánea- que en el departamento de Morazán, cientos de campesinos habían sido masacrados por el ejército salvadoreño, según denunciaba un grupo de sobrevivientes, entre ellos, Rufina Amaya, la única sobreviviente del caserío El Mozote.

El primer funcionario salvadoreño en negar la masacre fue el entonces embajador de El Salvador en Estados Unidos, Ernesto Rivas Gallont. “Rechazo enfáticamente la afirmación de que el ejército salvadoreño haya matado mujeres y niños. Este tipo de actuación no está de acuerdo con la filosofía de las instituciones armadas”.

En Estados Unidos, luego de las publicaciones, a los dos autores de las notas los acusaron de inventar las historias con el interés de favorecer a la guerrilla salvadoreña. En ciernes estaba la aprobación del Congreso estadounidense para incrementar la ayuda militar a El Salvador.

Aunque al público el gobierno de Estados Unidos negaba las masacres, en enero de 1981 varios cables diplomáticos entre San Salvador y Washington ya planteaban lo contrario. Esos cables, ahora desclasificados, muestran cómo la información que el entonces embajador de Estados Unidos, Deane Hinton, transmitía a Washington, fue en escalada progresiva. “No se puede probar ni descartar la violencia contra civiles. La guerrilla no hizo nada para desalojar la zona. Civiles murieron durante la Operación Rescate pero no hay evidencias de que fueran masacrados por el ejército de El Salvador. El número de civiles muertos no se acerca ni por asomo al número descrito por otros reportes internacionales”, decía en un primer cable, en enero de 1981.

Luego, en otro memorando, ya ofrecía una versión de lo que pudo haber ocurrido: “La población estimada del Mozote durante la masacre era de unos 300 habitantes. Batallón Atlacatl condujo la operación rescate del 6 de diciembre al 17 de 1981. La guerrilla conocía la existencia de la operación desde el 15 de noviembre. Los civiles que estuvieron presentes durante la operación y las batallas con la guerrilla podrían haber resultado muertos”.

Antes de que el Times y el Post informaran al mundo de las masacres, a El Salvador, solo la clandestina Radio Venceremos, voz de la guerrilla, la contó.

En la segunda mitad de diciembre del 81, los periódicos de El Salvador solo reportaron lo que informaba el ejército salvadoreño.

La Prensa Gráfica, 10 de diciembre de 1981. (…) Felicidad. Miles de campesinos acuden a saludar a las tropas que están llegando a las zonas que durante varios meses han sido amenazados por los grupos extremistas.

La Prensa Gráfica, 19 de diciembre de 1981. (…) La Fuerza Armada ha considerado como exitosa la Operación Rescate, tanto en el aspecto militar como en el social, ya que miles de campesinos que huyeron del terror que habían implantado los extremistas están regresando paulatinamente a sus terrenos o casas, para rehacer su vida.

Diario Latino, 30 de diciembre de 1981. (…) Afirman que los grupos terroristas han dejado de funcionar con la que lo venían haciendo desde hace algunos días, debido a que se la ha causado una considerable cantidad de bajas entre sus militantes.

Para cuando Pedro Chicas, Rufina Amaya y Juan Bautista pusieron la denuncia, nueve años más tarde, la masacre de El Mozote seguía sin existir. El juez de la causa, Federico Portillo, quería que siguiera sin existir. Los fiscales del caso querían que siguiera sin existir. Sin embargo, dos años después, todo cambiaría, cuando los sobrevivientes se reencontraron, por primera vez, con los huesos de todas sus víctimas.

***

Las inspecciones fueron más rápidas de lo que debieron haber sido.

Rufina Amaya descubrió los huesos de El Mozote el 27 de mayo de 1992. Lo que había contado era cierto. Que los soldados habían asesinado a cientos de niños era cierto. Que habían violado y asesinado a las mujeres más jóvenes en el cerro La Cruz era cierto. Que habían metido ancianos y ancianas en el convento, adonde los masacraron, era cierto. Que habían matado a su marido y a sus cuatro niños era cierto. Cristino, el mayor de esa camada, tenía nueve años; María Isabel, la menor, ocho meses.

Todo lo que Rufina Amaya gritó, muchos años antes, cuando el mundo le dio la espalda, era cierto.

Semanas más tarde, un hombre esperó ansioso a que unos forenses argentinos desenterraran a los suyos. Mientras lo hacían, en su cabeza navegaba el recuerdo de cuando se arrastró, a gatas, para ver cómo habían fracasado sus familiares. Cuando uno de los forenses sustrajo del agujero una muñequita, Sotero Guevara sintió como si esa muñequita fuera Catalina, su hija, el cuerpo que él alumbró con una lámpara durante las noches del 11 y 12 de diciembre de 1981. “Era colochita, bien bonita la muñequita. Me había costado cincuenta centavos. Cuando la vi… ¡Ay Dios! Entonces sí me quebré, mire. Le dije: con su permiso, pero yo me voy a retirar a meditar… y me fui por ahí, a esconderme detrás de un palo”.

En esa exhumación también participó Pedro Chicas, que enseñó dónde estaban sus muertos. Luego dijo que podía enseñar más enterramientos, pero el juez del caso se enojó, ya no quería ver más restos, y lo suspendió todo a las 3:30 de la tarde.

Antonio Pereira se reencontró con los suyos dos meses después, y de nuevo sintió aquel nudo que alguna vez le apretó el pecho, más fuerte, más fuerte, más fuerte, cuando recordó la última vez que vio a su mujer y sus hijos, cuando marchaban, con el pelotón apuntándole sus cañones, hacia la casa donde vivía la familia de un hombre ciego.

***

Las masacres de inicios de diciembre de 1981 se extendieron en un radio tan amplio que llegaron hasta una cueva del Cerro Ortiz, en donde se refugiaron algunos sobrevivientes, hasta que los soldados los ubicaron y les lanzaron granadas. Los soldados también llegaron hasta Cerro Pando, el día 13, y ahí acabaron con una comunidad, compuesta en su gran mayoría de familias evangélicas, que se resguardaron adentro de un templo, donde oraban, pidiéndole a Dios que las salvara.

Pero Dios no atendió los ruegos y ahí dejó, que se murieran, orando, mientras los soldados les disparaban.

En las inspecciones y exhumaciones que se realizaron entre 1992 y 1993, a identificar esa masacre llegaron otros sobrevivientes, a los que Juan Bautista conoció mejor en la repatriación de 1989.

Pero las masacres se extendieron en un radio tan amplio, que muchos sobrevivientes nunca han sido escuchados, porque nadie supo de ellos antes o después del paso del ejército por la zona.

Ese es el caso de Anatolio Argueta, un hombre que cuando niño, a los 11 años, se quedó solo en el mundo, porque el ejército le mató a todo: tíos, primos, hermanos, hermanas, sobrinos, abuelos, padres… A 50 parientes le mataron.

Anatolio solo se salvó porque fue un mal hijo, que desobedeció a su padre y se fue con unos primos a ver qué era eso de las escuelas de menores que los guerrilleros estaban inaugurando en unos montes alejados del cantón. Tres días después masacraron a su familia, y hasta muchos días después le llegó a él la noticia.

Lo que más le impresionó a Anatolio cuando regresó a su caserío fue que los zopilotes y los perros habían devorado casi todos los cuerpos. “Solo una niña estaba enterita, porque la mataron en una hamaca, y ahí no la alcanzaban los animales”.

A partir de ese día, Anatolio Argueta se hizo dos promesas: que entonces sí se haría guerrillero, para buscar justicia en la venganza, y que nunca más pondría un pie en la que era su casa. La segunda no la cumplió, porque en un tablón donde antes estaba su casa nos cuenta su historia, 30 años después. La primera tampoco la cumplió porque cuando en la guerra entendió que se estaban matando entre hermanos la venganza ya no tenía sentido.

Por eso, Anatolio Argueta, ahora pide justicia para él y sus familiares.

En ese mismo cantón, Domingo Tobar, un ex soldado que meses antes de las masacres se había convertido en guerrillero, también perdió a su familia. A su mujer, a sus hijos, a sus padres y hermanos. Todo eso le duele a Domingo Tobar, pero lo que más le duele es que 30 años después, sigue sin saber qué le pasó a su bebé de nueve meses. Porque de la bebé no encontró rastros, y eso, ignorar si está viva o está muerta, lo sigue torturando 30 años después… Domingo Tobar sigue buscando el rastro de lo que podría ser un fantasma.

***

Durante las inspecciones, Juan Bautista también recorrió de nuevo el camino que lo llevó hasta Jocote Amarillo, donde casi muere, por desprevenido, junto a toda su familia, en la mañana del 13 de diciembre de 1981. En los días de las inspecciones, en 1992, Juan Bautista también guió otra expedición.

11 años atrás, después de que intentó sin éxito identificar los restos que había en el terreno de la familia Márquez, en las afueras de El Mozote, cerca de un árbol de manzano, Juan Bautista se topó con un guerrillero que custodiaba la zona. El guerrillero estaba al pie del cerro La Cruz.

Armado, le cercó el paso y le dijo que se retirara, que no iba a dejarlo entrar al caserío, porque era demasiado lo que había ahí, y aunque quisiera, no lo iba a poder soportar.

Juan Bautista, aunque enojado, no tuvo más remedio que aceptar, porque cuando intentó acercarse al terreno de la familia Márquez no soportó la hedentina.

Entonces se le ocurrió que su familia podía haber fracasado en Ranchería, otro caserío cercano a El Mozote, donde de haber huido antes de la masacre, pudo haberse refugiado su mamá.

11 años después, en los días de las inspecciones, Juan Bautista reencontró en Ranchería a sus 19 cadáveres, tal cual y adonde los había dejado la primera vez.

 

Capítulo 7. Los verdugos que nunca existieron

Por la calle negra que atraviesa el departamento de Morazán, patrullan hoy unos soldados que en la solapa cargan, bordado, el nombre del comandante que dirigió todas las masacres de El Mozote.

En nada tienen que ver esos soldados de hoy, con los soldados de hace 30 años. Pero mucho tienen que ver con la ironía, la burla, la demostración de poder del ahora.

“Tercera Brigada de Infantería, teniente coronel Domingo Monterrosa Barrios”, se llama el regimiento que domina toda la zona oriental del país. Ese es el nombre que llevan bordado en la solapa los soldados.

Los verdugos que no existieron siempre fueron –y han sido-“héroes” para un ejército y un país que le temen verse frente al espejo de la historia.

El primero en llamarlos así fue el ministro de Defensa de aquellos días, José Guillermo García. La Prensa Gráfica reportó el 17 de diciembre de 1981, cuatro días después de finalizadas las masacres, que José Guillermo García calificaba como “verdaderos héroes” a los soldados que arriesgaban su vida en las montañas de Morazán, para librar al país de la guerrilla.

Tres años más tarde, el 23 de octubre de 1984, Domingo Monterrosa murió luego de un atentado explosivo de la guerrilla, ocurrido en el municipio de Joateca, en las montañas de Morazán. La guerrilla activó una bomba en el helicóptero en que viajaba el comandante, junto a otros oficiales, periodistas de la Fuerza Armada y unos sacerdotes castrenses.

Un día después, la Asamblea Legislativa declaró duelo nacional. Tres días de duelo nacional: uno, dos, tres…

***

¿Sí existieron? ¿Sí existen? Los oficiales denunciados por la Comisión de la Verdad y por Tutela Legal del Arzobispado sí existen, sí existieron. La gran mayoría eran oficiales graduados con honores, expertos en guerra, entrenados en la Escuela de las Américas.

Lo que no existe, o quieren hacer creer que no existe, es un registro de las actividades realizadas por cada uno de ellos en las fechas de las masacres. Ni de ellos ni de las tropas de San Miguel, San Francisco Gotera, más los comandos del Batallón Atlacatl que lideraron las masacres.

A los militares que han dirigido a la Fuerza Armada de El Salvador, durante los últimos 30 años, sus jefes, civiles, siempre les han creído que esos archivos no existen.

Por ejemplo, el 21 de julio de 1992, el juez Federico Portillo pidió a la Presidencia de El Salvador que informara de los operativos realizados por el ejército, en los días de las masacres, en el departamento de Morazán.

En respuesta, Óscar Santamaría, entonces ministro de la presidencia del gobierno de Alfredo Cristiani, contestó:

“Al revisar el libro de registro de operaciones militares que lleva el Ministerio de Defensa, no se encontró orden militar alguna para realizar operativos militares durante el mes de diciembre de 1981 en la zona de Meanguera, departamento de Morazán, ni antecedentes de ninguna clase que se relacionen con la supuesta operación militar”.

Esa respuesta se incluyó como ejemplo, por parte del Estado salvadoreño ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para rechazar los alegatos de los demandantes, quienes aseguran que no se las ha hecho justicia. El Estado salvadoreño asegura que sí, que el caso ya fue juzgado.

***

El 1 de septiembre de 1994, el juez Federico Portillo aplicó al caso de las masacres de El Mozote la ley de amnistía de 1993. Lo cerró. ¿Pero a quién aplicó la amnistía, si los militares que perpetraron las masacres nunca existieron, porque según la Fuerza Armada los archivos de esos operativos no existen? ¿A quién hizo responsables, si no había -no hay aún- forma de comprobar que los denunciados estuvieron ahí?

Aunque el operativo sí existió, los verdugos no existieron, porque alguien quiere que así sea.

Pero los denunciados sí existieron. Siguen ahí, con una vida normal. El Faro encontró a uno el pasado octubre, y aunque no quiere hablar, no niega nada acerca de las masacres.

En sus informes, Tutela Legal del Arzobispado incluyó el nombre del subteniente Luis Ángel Pérez Reyes, como comandante de una sección del Batallón Atlacatl al momento de la masacre.

Pérez Reyes llegó a coronel en su carrera militar, y ahora trabaja como gerente de la alcaldía de Santa Rosa de Lima, en La Unión. Se molestó el coronel cuando El Faro, vía telefónica, le preguntó por la masacre en la que participó.

“No estoy interesado en hablar”, dijo el coronel. “Eso pasó hace mucho tiempo ya”, se escudó el coronel. “¡No tengo tiempo!”, gritó el coronel. “Tal vez en otro momento la llega a leer usted (mi versión) en algún libro”, terminó el coronel, antes de colgar el teléfono.

El caso de las masacres de El Mozote ya no está en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, sino en la máxima instancia de justicia continental: la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Eso porque el gobierno civil siempre le ha creído a sus militares, porque ni la Fiscalía ni el juez fueron a secuestrar los archivos militares de la época, en lugar de pedirlos prestados. A menos que algo diferente ocurra, las masacres de El Mozote seguirán en la impunidad. A menos que ocurra algo más que pedir perdón a las víctimas por parte del Estado.

 

Capítulo 8. Las despedidas

Pedro Chicas está sentado en una banca y se siente humillado. Durante 20 años ha liderado en la fase judicial las peticiones de justicia para las víctimas de la masacre, y le enoja presentir que se acerca la hora para que él claudique. A Pedro Chicas se le está acabando el tiempo.

Pedro Chicas está sentado en una banca de su casa, dispuesto a dar su testimonio, pero no lo puede dar. Un cáncer en la garganta le ha ido cortando el habla poco a poco, y ahora apenas y puede pronunciar monosílabos.

Los viejos ya están viejos, y no faltará mucho para que guarden silencio y dejen de contar sus historias para siempre. Rufina Amaya falleció hace cuatro años, el 20 de mayo de 2007, sin ver justicia.

Los viejos ya están viejos, y delgados. Juan Bautista, Sotero Guevara, Antonio Pereira y Pedro Chicas han perdido los músculos, y ahora son piel que se pega cada vez más a sus huesos.

Pedro Chicas se frota las manos, ladea la cara, carraspea, mientras una muchacha lee un papel y dice que su nombre es Pedro Chicas, y que lo que tiene que contar es que el 10 de diciembre… Pero la muchacha no es Pedro Chicas, porque Pedro Chicas está a su lado, escuchando aquello que tanto quiere decir, las veces que sean necesarias. Pero no puede.

Somos salvajes, porque queremos que Pedro Chicas hable, que su voz quede grabada en el vídeo, en el audio, y le disparamos una pregunta.

Entonces Pedro Chicas, con el poco aire que le permite pasar su garganta, devuelve cuatro enfáticos gemidos:

“¡Que se haga justicia!”

***

En la casa de Orlando Márquez ya nadie está viendo el televisor. Se acabaron las carreras y la nieta de Orlando, Idalia, corretea por el patio, mientras Míriam bromea con sus invitados, porque a sus invitados se los están comiendo los jejenes.

Orlando Márquez aún no se va hacia la milpa, en donde ha dejado embalada la corta de la temporada, porque espera que le terminen de preparar la comida del siguiente día. Dice que tiene que ir a acampar porque últimamente en la zona se han estado robando las siembras.

Juan Bautista asiente, y le dice que dentro de poco él también tendrá que hacer lo mismo con su milpa, que todos los días llega a cuidar en unos terrenos que tiene cerca de El Mozote. Se lamenta también por lo caro del transporte, y rememora aquellos años, los de antes de las masacres, con un “antes no era así esto”.

En eso, Míriam Núñez se para en la puerta del cuarto y llama a Juan Bautista porque quiere enseñarle una foto. Es una fotografía viejísima, de más de 30 años. En el retrato se ve cómo eran Agustina, Edith y Yesenia antes de convertirse en los huesos que hoy están en el saco. Detrás de Míriam, los huesos de sus suegros y de sus pequeños cuñados ya están descansando de nuevo en una silla de plástico.

—El único que hace falta es don Santos y José. De ellos no tenemos fotos –dice Míriam.

En la imagen aparece una Agustina alta, blanca y de semblante serio. Su hija Edith es pequeña, pero no tanto como Yesenia. Y Yesenia me mira directo a los ojos mientras descansa para siempre en los brazos de su madre.

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*Nota de la redacción: El lunes 28 de noviembre de 2011, el Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera ordenó la exhumación de los restos sin rescatar bajo los cimientos de la casa de Orlando Márquez. Los forenses del Instituto de Medicina Legal no solo encontraron más restos de los padres y hermanos de Orlando, sino también los huesos de otras siete personas.

Un marine en tierra firme

Publicado: 7 diciembre 2010 en Andrés Delgado
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Bolita de nieve

El sol calienta con rencor las vías polvorientas de Bagdad, cuando una columna de 4 hammers del ejército gringo se detiene. El sargento al mando quiere realizar requisas de control en Haifa, una de las principales arterias de la ciudad. Los soldados encargados de las ametralladoras calibre 50, ubicadas en el capó de los vehículos, cubren a los compañeros que dejan la protección del blindaje y salen a la calle. Cuando Mateo Cervantes salta del hammer y corre hasta la esquina para asegurar el perímetro, desea que la ocurrencia de su sargento no dure mucho tiempo, y requise rápido lo que vaya a requisar. La guerra en Irak está en su punto más crudo. Es Enero del 2004 y el diciembre pasado capturaron a Saddam. La guerra de guerrillas se ha recrudecido. Un soldado americano en una calle de Bagdad es carne de cañón. Sudando y con el fusil apretado, Mateo mira nervioso a los ciudadanos iraquíes: el bigote de los hombres, las sandalias de las mujeres. Para Mateo, todos ellos tienen cara de terroristas. Cualquiera podría acercarse y explotar cerca, para matarlo o dejarlo mutilado.

Menos mal ya todo quedó atrás. Ahora estoy con Mateo en la sala de su tío mientras hablamos. Mateo Cervantes Uribe me dice que el ejército de Estados Unidos lo incapacitó el año pasado por los ataques epilépticos que comenzó a sufrir, producto —según él— de las múltiples bombas que detonaron cerca. «Las esquirlas no me hicieron daño, lo que me afectó el cerebro fueron las ondas de las explosiones». Entonces pone en la mesita de centro un sartal de fórmulas médicas. «Estaba perdiendo el juicio tomando esas cosas ―dice―, quería dejarlas porque ya no tenía epilepsia, pero en el ejército me obligaban a tragarlas, y por eso vine a Medellín donde mi tío y mi abuela, para poder dejarlas».

Cuando le pregunto cómo decidió enlistarse en el ejército, esto es lo que me cuenta. El 11 de septiembre de 2001, justo a la hora de los ataques terroristas, estaba en su colegio, en Long Beach. Las calles de Nueva York colapsaban por el pánico y el caos. Aun así, al día siguiente, lo obligaron a asistir al colegio. Entonces llegó una delegación del ejército. «La guerra de Iraq estaba planeada desde tiempo atrás ―dice Mateo―, así como también la logística de reclutamiento parecía estar preparada desde tiempo atrás, pues al día siguiente a los ataques estaban en mi colegio, al otro día», insiste. Pero eso lo cuestiona ahora. Para entonces tenía dieciséis años y cursaba último año de bachillerato. Cuando dos militares ingresaron al salón, Mateo quedó embrujado. La fuerza y el orgullo que esos corpulentos hombres lo sedujeron. Los militares invitaron a los jóvenes a unirse a la tropa con un discurso de orden patriótico, en el que se enaltecía el espíritu estadounidense, su libertad, su historia, su ejército, y se argüía la obligación de luchar en contra de los terroristas, de los enemigos de la nación. Pero Mateo estaba sordo. Lo único que le funcionaba eran los ojos para mirar a los militares y la imaginación para verse a sí mismo en camuflado, sosteniendo un fusil, trotando con cartucheras y botas, y cantando himnos militares. «Quería ser parte de los más guerreros», confiesa. Su incorporación al ejército estaba decidida.

En Long Beach, Mateo vivía como inmigrante ilegal, con su mamá, su padrastro y un hermano medio, hijo de ellos dos. Mateo era la mosca en la leche de la familia y su padrastro se encargaba de recordárselo a cada momento. Luego de terminar el bachillerato, las oportunidades se reducían a una: irse de la casa y trabajar en cualquier cosa, por cualquier sueldo. La única ventaja con la que contaba era su apariencia: blanco, rubio, ojos azules y un acento perfecto en su inglés. De resto, su futuro era el mismo de cualquier inmigrante latino e ilegal. En esta situación, la guerra es una fábrica de empleo. Una tarde, sentado en el comedor con su familia, Mateo anunció el alistamiento en el ejército. Su mamá no dijo palabra y miró de reojo a su esposo. «¡Que se vaya!», dijo éste con energía, y el asunto quedó zanjado.

Mientras Mateo me cuenta cómo fue su entrenamiento militar en Fort Benning, en Georgia, en el año 2002, yo recuerdo cómo fue el mío en el Batallón de Policía Militar N° 4, en Medellín, en 1997. Sus historias son idénticas a las mías. El entrenamiento militar va en dos direcciones: mejoramiento físico y amoldamiento psicológico. Desde los primeros días, los reclutas no podíamos separarnos un segundo del fusil. Por eso trotábamos con él, hacíamos gimnasia con él, aprendíamos a manejarlo, a dispararlo, desarmarlo y limpiarlo. Hacíamos fila con él, dormíamos cerca de él, comíamos con él. La idea es que uno asuma su manejo con naturalidad, con soltura. Finalmente, el fusil se vuelve una extensión del cuerpo; si no lo tiene a la mano, el soldado siente que le falta algo para estar completo; mejor dicho, es como salir a la calle sin las llaves de la casa.

Los reclutas se levantan temprano, corren todo el día, cantan todo el día y no comen durante todo el día. En pocas semanas están flacos y demacrados. Mateo me cuenta que cuando su mamá lo visitaba en la base, sus compañeros la miraban con morbo exagerado. Más tarde, el comandante de instrucción se le acercaba. «Siempre era así ―dice Mateo―, se me acercaba y me preguntaba cuándo le iba a presentar a mi mamá».

Lo fundamental en el entrenamiento es el lavado de cerebro. Los entrenan para obedecer. En el ejército se trata, sobre todo, de acatar y no de pensar. No es gratuito que, en los países democráticos, los militares no puedan pertenecer a partidos políticos y por ende tengan prohibido votar.

Mateo me relata uno de los castigos que imponían sus instructores. La pena se llama «la bolita de nieve». Consistía en obligar a los reclutas a levantarse a la medianoche, darse un duchazo, enjabonarse hasta el copete —hasta quedar como una «bolita de nieve»—, y salir a la plaza de armas, en chanclas y empelotas, a trotar enjabonados. Durante el trote, la tropa canta y grita himnos de guerra. Mateo me canta un estribillo: «¿De qué está hecho el cielo? ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre roja y brillante!». Al terminar, me pregunta si yo también cantaba en el ejército. «Pues claro», le digo, y le canto una rima que nos enseñó un sargento, mientras nos obligaba a revolcarnos en un pantano: «Sube, sube, guerrillero, que en la cima yo te espero, con granadas y morteros, tus ojitos sacaremos».

El castigo y el canto son ejes cardinales del entrenamiento: enseñan al recluta a encajar con obediencia en el rompecabezas militar. Con el castigo físico enseñan a obedecer. Y lavan el cerebro a punta de canciones. Por culpa de la infracción cometida por uno solo de sus miembros, por uno solo, el castigo se le aplica a la totalidad del pelotón. De esta manera el infractor queda doblemente señalado: primero, por los instructores que imparten el castigo. Segundo, por los propios compañeros, pues por su culpa los han levantado en la mitad de la noche a trotar enjabonados. Rascarse la cabeza durante una formación, no llevar las botas lustradas, o no alisar la sábana del catre, son motivos de castigo. Con la «bolita de nieve» se corrigen todos estos y otros deslices de la tropa. El soldado, además de aprender la disciplina, va asimilando la impotencia y con ella la rabia y la violencia, estados de ánimo muy provechosos para los comandantes que saben explotar estas reacciones en el campo de batalla.

Guerra étnica

El 7 diciembre del 2009, cinco atentados terroristas ocurrieron en diferentes puntos de Bagdad que dejaron 127 muertos y más de 400 heridos. Según explicaron los medios de comunicación, se trataba de ataques efectuados por el grupo terrorista Al Qaeda y el partido ilegal Baaz, que reúne a los simpatizantes del otrora líder Saddam Hussein. Los atentados podrían tener dos explicaciones: la primera, el anuncio de celebrar elecciones generales el próximo 7 de marzo. La segunda, la subasta de contratos petroleros pactada por Estados Unidos. Actualmente, existen en territorio iraquí diez yacimientos de crudo sin explotar.

Estos y otros atentados terroristas demuestran que, a pesar de los esfuerzos por consolidar un gobierno central, la estabilidad del país no está cerca, en especial a causa de los viejos conflictos entre las principales etnias del país. En Iraq hay dos etnias religiosas: chiitas y sunitas, una diferencia importante pues son las dos ramas que dividen al islam. Los chiitas representan el brazo más ortodoxo musulmán y su poder proviene de Irán, donde son mayoría. Por fuera de Irán, los chiitas permanecen en constante amenaza. En el caso de Iraq, el 65% de la población es chiita, pero hasta la caída del régimen el control estatal lo detentaba un sunita, Saddam Hussein. Para mantener el control, Hussein ejercía una constante represión sobre los chiitas. Las rivalidades entre ambas etnias han llegado a puntos críticos. Los bandos en la guerra entre Irán e Iraq en los ochenta fueron precisamente los chiitas, en Irán, y los sunitas, en Iraq.

Una de las represiones más feroces que sufrieron los chiitas iraquíes sucedió al finalizar la guerra del Golfo. Cuando la mayor parte del ejército iraquí quedó destrozada en 1991 y las fuerzas de la coalición, lideradas por Estados Unidos, lo obligaron a salir de Kuwait, los líderes de la oposición chiita iraquí pensaron que había llegado la hora de su revancha y que podían derrocar a su presidente con la ayuda de la coalición. Se produjeron levantamientos y revueltas en el interior del país. En respuesta, Hussein aplastó la rebelión popular contra su régimen utilizando los restos de su diezmado ejército. Fue una carnicería humana a los ojos indiferentes de las tropas internacionales, que se dieron vuelta en la frontera y regresaron a Kuwait. Si la coalición no siguió avanzando hasta Bagdad ello se debió, según argumentaron los estrategas y políticos en su momento, a que temían que Saddam se defendiera del ataque con armas químicas.

Entre tanto, la rivalidad entre chiitas y sunitas iba en aumento. Saddam Hussein se rodeó de personas de su más alta confianza porque sabía que la venganza chiita se calaba con fervor. A este peligroso caldo étnico hay que sumarle el componente kurdo. Los kurdos son un pueblo sin un Estado propio, diseminado en el suroeste asiático entre Irán, Iraq y Siria. El norte de Iraq es mayoritariamente kurdo, que es sunita, como lo era Hussein, pero en vista de la negativa del gobierno iraquí a proporcionar un territorio propio, los kurdos fueron sus enemigos. En la guerra irano-iraquí, las guerrillas kurdas se aliaron con Irán y al final de la guerra del Golfo Saddam también sofocó su levantamiento con violencia.

Si en la época de Saddam los sunitas detentaban el poder congregados en el partido Bazz, desde los edificios estatales, en la actualidad están replegados en guerrillas, apoyados por Al Qaeda, y ejecutando atentados terroristas como los sucedidos el pasado 7 de diciembre de 2009.

Pelotones de reacción rápida

Mateo Cervantes vive en el barrio Belén La Nubia, en el occidente de Medellín. Sentado en uno de los muebles de la sala de su casa, sigue el relato. Me cuenta cómo era la vida cotidiana en la guerra. Con veintiún años, formaba parte de los Quick Reaction Force (QRF), pelotones de treinta marines que cumplían misiones de reacción rápida en Iraq. Si una granada de mortero enemigo impactaba en la base, los artilleros hacían sus cálculos y entregaban al comandante del QRF una coordenada para que él y sus hombres se dirigieran al lugar del hostigamiento. Entonces sonaba una alarma, y si el marine Cervantes y sus compañeros de pelotón estaban comiendo, de inmediato dejaban los platos a medio camino para colgarse su armamento y salir disparados en los humvees. Mateo pertenecía a esta fuerza especial de infantería gracias su currículo: entrenamiento básico de tres meses y medio en la base militar Fort Benning en Georgia; cinco meses en el paralelo 38 de Corea; una primera estadía en Iraq de siete meses; curso de paracaidismo en dos meses y medio en una base de las fuerzas aéreas en Estados Unidos, y de nuevo «a la mierda ―dice con un dejo de orgullo―, de nuevo a la guerra como un verdadero soldado de infantería en los QRF, pues sólo el 2% del ejército es parte de la infantería, o sea, los que van al frente de batalla», asegura, queriendo recalcar que eran los más valientes.

Además de las reacciones rápidas, los QRF tenían órdenes de realizar chequeos en la población y sobornar iraquíes en busca de información útil.

En una oportunidad el convoy de Mateo salió en busca de un poblado donde, según informantes, había canecas con rockets y fusiles. Cuando llegaron a las casuchas asentadas en el desierto, no encontraron más que a una mujer sentada con prendas negras de pies a cabeza. Era un pueblucho fantasma. Los únicos habitantes eran la mujer y un calor de infierno. Los soldados rodearon el lugar y el comandante de la columna fue donde la mujer, acompañado por el intérprete iraquí adjunto, un tipo delgado, vestido a lo paisano iraquí, con una pistola al cinto. La mujer no dijo una sola palabra, a pesar de que intentaron hacerle soltar aunque fuera un movimiento de cabeza. Se mantuvo sentada, mirando el horizonte pesado y chispeante de calor. El intérprete le dijo al comandante que por lo que veía esa mujer odiaba a los estadounidenses. Los hombres escudriñaron las casuchas. En una de ellas, en el piso de tierra amarilla, encontraron la entrada a una caleta, un hueco estrecho por el que se ingresaba a un pequeño túnel donde debían estar escondidas las armas. Como ninguno de los soldados podía pasar por el hueco, el comandante ordenó llamar al más delgado: Mateo Cervantes. Mateo se quitó el armamento e ingresó por el oscuro hueco, aún a sabiendas de que podía tratarse de una trampa. Aparte de la linterna, su única protección era la pistola 9 mm que el comandante le prestó y los lentes transparentes con los que se cubría los ojos del polvo del desierto. Cuando bajó, vio en el fondo sombrío unas canecas. Mateo miró el piso y las paredes oscuras del túnel y dudó un momento en dar un primer paso. Podría pisar una mina. Azuzado como un perro de caza por su comandante, Mateo comenzó a avanzar a tientas. Cuando llegó hasta el botín, comprobó que se trataba de un cargamento con fusiles kalashnikov. Luego salió a dar aviso. La única precaria trampa, en el interior del túnel, eran tres anzuelos de pesca colgados del techo dispuestos para engarzar ojos enemigos. Cuando Mateo caminaba por la oscuridad, los anzuelos chocaban contra las gafas transparentes y luego resbalaban por el casco. Cuando estuvo fuera del túnel, su sargento lo felicitó y exhortó a los demás a ser buenos soldados, como Cervantes.

Inestabilidad en Iraq

Con la caída del régimen de Saddam Hussein, en marzo del 2003, llegaba la revancha de los chiitas iraquíes y kurdos. Lo que siguió a continuación fue el proceso de la reconstrucción de Iraq y la búsqueda de la estabilidad política. Lo que se quería era un gobierno democrático, de carácter laico, que redujera el peso de lo religioso en lo político, y con representación de las principales etnias y creencias del  país. Pero este proceso de normalización estuvo marcado por numerosos episodios de violencia y ataques terroristas realizados por la resistencia sunita. En agosto de 2003 se perpetró un atentado contra la sede de la ONU en Bagdad. En Najaf, ciudad santa chiita, un atentado terrorista acabó con la vida del ayatolá Muhammad Baquer al Hakim, personaje de gran importancia en la comunidad chiita iraquí. Con él murieron otras cien personas. En octubre de ese mismo año cinco carros bomba estallaron en Bagdad, causando más de 35 muertos y 200 heridos. A Saddam Hussein lo capturaron en diciembre de 2003 y lo pusieron a disposición de las autoridades interinas, quienes se comprometieron a procesarlo por crímenes de lesa humanidad. El conflicto interno crecía en intensidad. La guerra de guerrillas estaba en su peor momento. En enero de 2005 asesinaron a Alí al Ahaidari, gobernador de Bagdad. Entre tanto, se celebraron elecciones populares para el 30 de enero de 2005. El aparato legislativo, llamado Asamblea Nacional, la ocuparon chiitas en su mayoría, con 128 de los 275 asientos disponibles. La segunda fuerza política, representada por la coalición de los principales partidos kurdos obtuvo 53 escaños. Por su parte, los sunitas acudieron a las urnas y ganaron 44 diputados. En estas elecciones adquirió una especial importancia el hecho de poder incorporar a los sunitas a la normalización institucional del país. En agosto de ese mismo año más de mil personas perdieron la vida en una peregrinación chiita en la capital, al desatarse el pánico por el rumor de que terroristas sunitas perpetrarían una de sus acciones suicidas. El 22 de febrero de 2006, un atentado destruyó en Samarra la cúpula dorada de la mezquita de Al Askari, uno de los principales santuarios de los chiitas iraquíes. Las represalias contra los sunitas de Saddam se desataron de inmediato, iniciándose una gravísima espiral de violencia entre ambas comunidades religiosas. El país se sumergió en una guerra civil. El 30 de diciembre de 2006 ejecutan a Saddam Hussein en la horca, en Bagdad, dando cumplimiento a la sentencia del alto tribunal que lo juzgó. La condena se le impartió por la muerte de 148 chiitas en 1982. La reacción de la resistencia no se hizo esperar: el 22 de enero de 2007, un doble atentado con carros bomba en Bagdad segó la vida de cien personas.

En el ejército se hacen cosas muy feas

El 30 de diciembre de 2005, el convoy al que pertenecía Mateo fue víctima de una emboscada. En el momento en que patrullaba las calles, una mina casera IED (improvised explosive device) estalló cerca de uno de los humvees. Los soldados reaccionaron, saltando de los carros y protegiéndose, pero no encontraron un objetivo a dónde apuntar. El resultado del atentado fue un soldado muerto: Jonathan Pfender, el mejor amigo de Mateo en el ejército. Pfender estaba expuesto al fuego enemigo, a cargo de la ametralladora calibre 50, en la torreta del vehículo, cuando explotó la mina. Las esquirlas lo mataron al penetrarle en el rostro y el cerebro. Mateo sufrió un gran golpe moral. Me dice que desde ese momento empezó a dudar de su permanencia en el ejército. Él tiene tatuada esa fecha fatal en la muñeca de la mano izquierda: 30/12/05.

Cuando le pregunto cuántas personas mató en la guerra, me contesta con vaguedad:

―Maté a varios ―dice.

―Y cómo fueron esas muertes ―le pregunto.

―En combates y escaramuzas con las milicias de los fedayines ―contesta―, soldados al mando de Uday Hussein, el hijo de Saddam.

La muerte que más recuerda Mateo es la de una mujer. Patrullaban en una calle cuando de repente, de la nada, salió una mujer en dirección de los soldados. Llevaba chanclas y túnica verde oscura. Le ordenaron detenerse pero ella hizo caso omiso. El comandante de la patrulla le gritó a Cervantes: «¡Dispare, soldado, dispare!», y Mateo, obediente, alzó el fusil y le pegó dos tiros en el pecho. Luego comprobarían que era una campesina y que no tenía bombas en el cuerpo. «Cuando acabamos de patrullar y llegamos a la base, todos me daban palmaditas en la espalda: “¡Bien!, ¡bien! ―le decían sus compañeros―, eres un buen soldado”».

Entiendo lo que me quiere decir: todos en la base intentaban echar tierra a los actos de cobardía con felicitaciones y saludos. «Me siento mal, muy mal ―me confiesa―, me siento sucio, avergonzado, porque en la guerra se hacen cosas muy feas». Un mes antes de nuestra entrevista, Mateo envió un mensaje en un foro iraquí en inglés, en internet, donde ofreció disculpas por este y otros crímenes. «¿Cuáles más, aparte de esta mujer?», le pregunto empujado por la curiosidad. Entonces me mira desconfiado: «No te los voy a decir».

Desorden en la ocupación militar estadounidense

Aunque las viejas disputas étnicas fueron un potente motor de violencia en Iraq, otro factor que agravó la situación fue la manera en que el ejército estadounidense asumió el liderazgo en el país luego de la caída del régimen de Saddam Hussein en 2003. El reportero Jon Lee Anderson lo explica en su libro La caída de Bagdad, cuando entrevista al ingeniero Muayed al Musli en los suburbios occidentales de Bagdad, en abril de 2004. El ingeniero le dice a Anderson que «transcurrido un año de ocupación, tanto sunitas como chiitas estaban hartos de las humillaciones de los americanos». La entrevista entre Lee Anderson y el ingeniero  tuvo lugar en una mezquita donde se habían dado cita los ciudadanos iraquíes de ambas etnias para hacer donaciones de comida y medicina. La ayuda iba dirigida a Faluya. Allí la resistencia combatía a los estadounidenses, que mantenían sitiada la ciudad. En palabras del ingeniero: «Todos los iraquíes odian a los americanos, sunitas y chiitas tienen un enemigo en común». Anderson relata los atropellos que cometían los marines contra la población civil, en muchos casos a causa del desconocimiento de la cultura. La casa es el lugar más sagrado para los musulmanes y sus mujeres su posesión más preciada. Cuando los soldados ocupaban edificios y escuelas apostaban centinelas en el tejado. «Esto enfureció a los lugareños ―continúa acusando el ingeniero―, pues significaba que los soldados podían fisgar en los patios privados de sus casas y espiar a sus mujeres e hijas”. Pero en otros casos los abusos se hacían en forma premeditada. Los soldados tiraban abajo las puertas de las casas, robaban, molestaban a las mujeres con obscenidades y amenazaban poniendo una pistola delante de las narices. En La caída de Bagdad, Anderson cuenta cómo los iraquíes sentían que Estados Unidos los había engañado. Si ya habían derrocado a Saddam y no habían encontrado las supuestas armas de destrucción masiva, ¿por qué no se iban del país? «Los iraquíes son orgullosos y no quieren que los extranjeros vengan a gobernar» remata el ingeniero. Todos pensaban que en realidad Estados Unidos había armado la guerra por el petróleo y no por otra cosa. La hipótesis que tenían los iraquíes era que los estadounidenses querían dividir a sunitas y chiitas. En la medida en que esa rivalidad se reforzara, Estados Unidos tendría una excusa para permanecer más tiempo en el país. En vista de esto, en abril de 2004 se habían reunido ambulancias y camiones, con donaciones realizadas por personas de ambas etnias, para prestar ayuda a la resistencia que combatía contra los estadounidenses en Faluya.

Mateo en tierra firme

Hoy ya todo quedó atrás para Mateo y ahora está contándome la historia en la sala de la casa. Aunque es colombiano, se educó en Estados Unidos y hace diez meses vive en el barrio Belén La Nubia, donde su abuela paterna porque no quería volver a la casa de su mamá y de su padrastro. Mateo ahora tiene veinticuatro años y vive en su tierra natal, y además de ser profesor de inglés, camina por las calles girando la cabeza con cada mujer bonita que se cruza. Ahora duerme a pierna suelta sin que nadie venga a levantarlo a gritos y puede sentarse al comedor con su familia sin que ningún teniente le controle las visitas. Ya puede darse una vuelta por los pueblos de oriente, comer fresas con crema, montar a caballo y respirar con tranquilidad sin el fusil en las manos. Lo mejor es que tiene el cuerpo completo, no le falta ningún brazo, ninguna pierna. Mateo Cervantes está a salvo.

Al siguiente encuentro vamos a ver las fotos en un café, pues en la casa de su abuela no hay computador. Cuando llego al café, Mateo me sonríe con su cara de gringo y estira la mano. Lleva boina de sonero cubano, lentes de aumento y una mochila tejida, cruzada por el pecho. No tiene asomo de haber sido un soldado. No es alto ni corpulento. Por el contrario, parece un Kurt Cobain con gorra y mochila: tenis sucios, pantalón suelto, barba amarilla y desarreglada. Tal vez con su actitud quiere camuflarse y olvidar todo ese infierno de guerra. Eso es lo que pienso cuando lo veo, que quiere pasar por alto la sangre de campesinos iraquíes que le mancha las manos. Estaba pensando en esto cuando nos cruzó una muchacha con las caderas anchas. Mateo se petrificó, mirándola con verdadero morbo.

Entramos al local y nos metimos en una cabina. En unas fotos luce orgulloso: de pie, ríe y posa empuñando su fusil M-16. En otras está sentado, mirando el piso y decaído. En las fotos se nota el conflicto entre sentirse orgulloso y a la vez apenado. Finalmente supo la tontería de poner en riesgo su vida en una guerra ajena, «una guerra de políticos viejos ―dice Mateo―, porque la guerra no es de los jóvenes».

Más tarde nos vamos a una tienda. Pedimos cervezas y cigarrillos. Ahora puede tomarse su cerveza con la tranquilidad de la tardecita y fumar con calma su cigarrillo. Él es un marine en tierra firme. Su espacio físico no es una base militar, es una casa de familia. Mateo se ha salvado, ha regresado con los ojos nuevos y el cuerpo entero, sabiendo que muchos de sus compañeros volvieron sin piernas, o sin brazos, cuando no envueltos en una bolsa negra. Para esquivar el insomnio, todas las noches, se fuma un porro de marihuana. Sólo de esta manera logra relajarse y dormir. Los explosivos callejeros que hacen estallar los muchachos del barrio en estas festividades decembrinas son su pesadilla, tanto así que ha llegado a tirarse al suelo cuando escucha las detonaciones.

La tarde es fresca y el cielo es de color azul rey de diciembre. En Medellín estamos de fiesta. Una chica llega a la tienda acompañada de un perro café de raza labrador. Mateo le hace caras al perro y no a la chica. Ella está pasada de peso. Entonces él me dice que quiere tener una finca para tener dos perros y un gato. «Quiero vivir sin tener que pagarle a nadie». Se inclina y le habla al perro con pucheros, como si estuviera hablándole a un bebé. Me parece imposible que una persona tan frágil haya sido voluntaria para la guerra. Pero sé que en realidad esconde a un hombre rabioso y tímido que guarda recuerdos que lo avergüenzan, que le carcomen la conciencia y lo anclan en el remordimiento, recuerdos que se distorsionan, alargan y recrudecen, en los sueños de pesadilla con imágenes de su amigo Fender con la cabeza destrozada; recuerdos que vuelven en las noticias televisadas, en las que anuncian que en Bagdad han hecho explotar cinco carros bomba en diferentes puntos de la ciudad, matando e hiriendo a multitud de civiles y militares estadounidenses. «No volví a ver ningún noticiero… Allá todavía están mis amigos y esos campesinos iraquíes».

Nos paramos de la tienda, ya pagadas las cervezas, y caminamos. Cuando le hago saber mi impresión de que con esas gafas y esa gorra no parece haber sido un soldado, entonces saca pecho e intenta caminar con la columna erguida. Se quita la gorra con una mano y con la otra se saca los lentes. Ahora camina pavoneándose. Se ve ridículo con esa falsa rigidez. Lo miro y me provoca soltar la carcajada. Me parece que está bromeando y está burlándose de los soldados, caminando derecho, con rigor y aspereza. Pero como no estoy seguro de su broma, entonces contengo la risa. Luego de avanzar un poco más, me doy cuenta de que está intentando parecer fuerte de verdad y que el asunto no es para reírse de nada. Está completamente serio, intentando convencerme de haber sido un soldado de infantería de Estados Unidos. Entonces descubro en vivo y en directo su ingenuidad. Si a Mateo lo provocan, es capaz de cualquier cosa.

Para cambiar de tema le pregunto si se siente más estadounidense que latino. Contesta que no quiere tener una bandera en la cabeza, «una bandera significa un gobierno», dice, y continúa hablando colgándose las gafas y la gorra. Entonces vuelve a torcer la columna, esconde el pecho y recobra su paso relajado. Veo de nuevo al Kurt Cobain de antes: «Un gobierno es un presidente y yo no quiero ser asociado a ningún presidente». De nuevo es la persona sensata de hace unos minutos. Mateo chupa con hondura su cigarro mientras camina. «No sé cómo pude ser tan tonto… y que la tontería me durara tanto tiempo», y vuelve a chupar del cigarro. El calor, la sed y el miedo están en otro lado y no aquí al lado de su abuela, con los fríjoles paisas y la tranquilidad de su barrio. Toda experiencia de dolor es una experiencia mística. Debe estar pensando que Medellín es un paraíso y que a Estados Unidos no vuelve «ni loco, ni loco», repite.

En la batalla del calentamiento

La primera noche en el batallón, cuando apagaron las luces del alojamiento de la compañía de reclutas, ―quinientos soldados acostados en catres―, alguien eructó durísimo en la oscuridad y todos nos morimos de la risa. A continuación escuchamos una seguidilla de pedos, gritos y armamos una chacota que nos duró hasta que un teniente, encendió las luces y gritó:

―¡De pie, malparidos!

Eran las once de la noche y toda la compañía fue a dar al campo de parada en pijama, es decir, en pantaloncillos. Formados en pelotones, semidesnudos, calvos y en chanclas parecíamos judíos en un campo de concentración. En las siguientes dos horas, el teniente nos hizo entender, a punta de flexiones de pecho, sentadillas, polichinelas e insultos, que teníamos que acostarnos en silencio.

Corría el año 1996, en el Batallón de Policía Militar N°4, mejor conocido como el Batallón Bomboná y para entonces el SMART era un bebé y las revueltas de la UdeA eran aplacadas con brutalidad por pelotones antimotines de la Policía Militar. En los 80´s y 90´s, los pillos sobornaban con facilidad a la policía, pero no se atrevían a levantarle la voz a un soldado con brazalete de PM.

Héctor Abad Faciolince en su libro El olvido que seremos, habla del batallón N° 4 y comenta las denuncias que hizo su papá en contra de esta guarnición militar. “Yo acuso ―escribió don Héctor Abad Gómez en una columna de prensa― a los interrogadores del Batallón Bomboná, de estar aplicando torturas físicas y sicológicas a los detenidos por la IV Brigada”. El artículo se publicó poco después de que un amigo y discípulo de don Héctor fuera detenido por el Ejército en Medellín.

En los tres primeros meses de instrucción, a los reclutas nos castigaron por cualquier cosa. Una sombra en la barba, una mugre en las botas, una arruga en la cama o el olvido de una estrofa, ―de las once que tiene el himno nacional―, nos valieron horas de trasnocho. Cuando asistimos al polígono, donde disparamos por primera vez el fusil G3, y fueron pocos los que afinaron en la diana, el comandante nos bañó con baldados de agua y luego nos ordenó hacer rollos sobre un terreno polvoriento. Quedamos como pollos apanados, llenos de tierra.

Esa primera noche en el batallón, cuando armamos esa chacota con pedos y eructos, aprendimos a meternos en la cama en total silencio. En la oscuridad y tirado en mi catre, cerré los ojos, exhausto, rabioso e impotente. Así me quedé dormido y no sentí las tres horas de sueño. Inmediatamente cerré los ojos, pasó un segundo y de nuevo el maldito teniente prendió las luces y gritó:

―¡De pie, malparidos!

Eran las cuatro y media de la mañana y el primer día de entrenamiento nos esperaba.

Se hace sentir la fuerza del valiente

Karl von Clausewitz, el más clásico de los teóricos militares, decía que el fin de las guerras no son los ataques, ni los bombardeos, sino “la imposición de la voluntad política del vencedor”. Todo parecía indicar que el teniente estaba librando una guerra contra nosotros. Nos tenía como sus enemigos y como consecuencia de sus castigos doblegaba nuestro carácter y nos imponía su forma de pensar, su política.

Terminado el entrenamiento, fui trasladado con otros cuatro compañeros a la base militar de Bosconia, dos cuadras abajo de la estación Prado del metro. Bosconia era un patio de colegio del tamaño de una cancha de baloncesto. Éramos 20 soldados y prestábamos turnos de guardia. En el día pasaban docenas de buses, gente y en general el barrio estaba infestado de atracadores y extorsionistas.

Una tarde, llegó una señora agitada y nos avisó de un atraco en un bus. Yo estaba con Posada prestando guardia. Gritamos voz de “¡reacción!” y salimos en cacería. Logramos atrapar al pillo y lo llevamos hasta la base en un tren de patadas y puñetazos. Cuando íbamos a encerrarlo en el calabozo, se negó a entrar por el fuerte olor a berrinche concentrado en un rincón. Una semana atrás, la orden del sargento, comandante de Bosconia, había sido que en adelante orináramos allí, “para atender bien a los hijueputas que agarremos” ―había dicho―. De modo que el olor comenzaba a fermentar. La muenda que se ganó el pillo fue brutal y muertos de la risa lo obligamos a entrar en el calabozo.

Una noche, vimos bajar por la cuadra un par de travestis. Posada quiso requisarlos. Ellas-ellos estaban encantad@s porque los manoseara un soldado “bien macho”. Lo que no se imaginaban era que el asunto iba en serio. Posada no palmoteó los vestidos, sino que esculcó sus bolsos de cuero. En uno de ellos encontró seis baretos y dos gramos de perico. Posada se echó en el bolsillo la merca y detuvimos al dueño(a) del bolso. Cuando l@ íbamos a meter al calabozo, también se negó a entrar. De modo que saqué la correa y le zumbé varios fuetazos. Sus gritos de hombre despertaron al sargento, que se levantó rabioso en pantaloncillos y nos ordenó dejar paz al “mariqueta”. Al otro día, repartimos en el resto de la base el perico y la marihuana que decomisamos.

El periodo de instrucción de mi teniente había dado resultado. No sólo había doblegado nuestra voluntad, sino que habíamos adquirido la absurda lógica militar. ¡Todo un éxito el entrenamiento!

Por uno pagan todos

Luego de tres meses en la base militar de Bosconia, nos trasladaron al batallón Bomboná. Llegar de nuevo al Batallón fue un desastre. Una mañana, cantando el himno nacional con todo el personal del batallón, formado en la plaza de armas, un soldado se puso fue a silbar. Cuando acabamos de cantar, el coronel estaba furioso. Era una falta grave de respeto contra los símbolos patrios. El coronel mandó llamar al teniente Hernández, comandante de la compañía. Cuando el teniente estuvo al frente, el coronel le ordenó hacer “¡22 de pecho!”.

Humillado, frente a todo el batallón, Hernández cayó a tierra y flexionó los brazos 22 veces.  Cuando se levantó, el coronel lo miraba como a una cucaracha y le ordenó volver a la fila y lo previno contra otro grillo “entre sus soldados”.

Ahora seguía el castigo: toda la compañía, ordenó el coronel, incluidos sus cuadros de mando, tendríamos que ir hasta la meseta, monte arriba, llegando al corregimiento de Santa Elena. “Fácil”, pensamos todos.

―Van a subir a la meseta ―gritó el coronel― pero se llevan los catres al hombro.

De un plumazo nos borró la risita. Salimos a las 9:00am cargando tablas, catres y colchones, por el camino de la montaña. A las doce del día llegamos a la cima con los trastos. Prendimos una fogata inmensa y sólo cuando el coronel, por radio-teléfono, dijo haber visto el humo, agarramos las tablas-catres-y-colchones montaña abajo. Más adelante nos dimos cuenta del verdadero motivo que tuvo el coronel contra Hernández. Un soldado que trabajaba como mesero en el casino de oficiales la escuchó: el teniente Hernández, en una fiesta, se había burlado de un afiche que el coronel tenía en la sala de su casa: un calendario de Cerveza Pilsen con una modelito mostrando el culo.

Más tarde, cuando bajamos de la meseta, nos fuimos a la cama. Con el permiso del teniente Hernández, nos arrastramos en la oscuridad del alojamiento hasta el cuerpo durmiente del incauto que silbó el himno nacional. Le soltamos varias bolsas de agua y le descargamos una docena de tablazos. El teniente, “el grillo” y la compañía entera había recibido su merecido. La ley del castigo es: “Por uno, pagan todos”. Al día siguiente, no quedaba duda, seríamos mejores soldados.

1.

Un domingo que me negaron el permiso para ir de visita a mi casa, decidí volarme. El servicio militar es como una condena en la cárcel. En compañía de otros dos amigos saltamos por encima de la reja, cuando un centinela nos echó el ojo sin que nos diéramos cuenta. Estábamos esperando el bus, todos contentos, cuando un pelotón de reacción nos agarró por sorpresa. Nos llevaron a la Guardia. A los diez minutos, el teniente Hernández fue por nosotros en su carro.

El batallón Bomboná queda en Buenos Aires, un barrio alto en una montaña antioqueña. Para ir desde la Guardia hasta el polígono, hay que subir dos kilómetros por una loma de venganza. De modo que cuando el teniente fue por nosotros a la Guardia, furioso, porque, sus soldados lo estaban haciendo quedar mal, apagó el auto y se inventó el primer castigo de la tarde: empujaríamos su carro desde la Guardia hasta el polígono por esa pendiente larga y tortuosa. Pero antes, llenamos la caja del carro con cinco sacos de arena. El cielo estaba azul y un sol de domingo radiaba el mediodía.

Empujando el carro con esfuerzo y ganando distancia por la loma, vi que el teniente nos echaba un vistazo furibundo desde el espejo retrovisor. Los tres soldados íbamos pensando en la tontería que habíamos cometido. Por nuestra culpa, le llamarían la atención a Hernández. Al llegar al polígono, estábamos agotados. El teniente Hernández no dijo palabra. Prendió el carro, dio el giro y gritó:

―¡Los espero en la Guardia!―. Descolgó el carro montaña abajo, y nosotros a correr detrás de él. Si queríamos que el castigo no se alargara demasiado, tendríamos que obedecerle con pleitesía. Nos esperaba una larga jornada de castigos.

2.

Más tarde, el teniente nos llevó a alojamiento. Cuando entramos, cuatro o cinco soldados vagaban entre los camarotes.

―Voy a contar hasta tres ―gritó el teniente― para que se larguen de aquí…, ¡y voy en dos!.

Los soldados salieron disparados y sólo quedamos con el centinela del armamento. El teniente no quería testigos. Algo traía en la cabeza. Le ordenó al centinela que fuera en busca del sargento Mafla. Hernández nos llevó a un rincón. Agarró una tabla de un camarote y nos ordenó posición de “punto cuatro arriba”. A cada uno, nos cosió tres tablazos en el trasero. El teniente empuñaba la tabla como si fuera un bateador de beisbol y con odio zumbaba la madera. Cuando llegó mi turno, sentí con cada tablazo una penetrante picazón en las insuficientes carnes de mi nalga. Por nada y me pongo a chillar del dolor.

Cuando llegó el centinela acompañado del sargento Mafla, el teniente le ordenó:

―Les saca la mierda a estos soldados, sargento…, pero bien sacada…, ¿oyo?―y se largó.

3.

Los tablazos del teniente Hernández fueron el castigo más humillante que sufrimos. Aún así, comparado con otras torturas en el Ejército, nuestra historia fue un caso de rabiosas caricias. En la historia del Ejército de Colombia se tiene registro de graves atropellos contra los soldados. El caso más sonado recientemente sucedió en 2006, en la base militar de Piedras, en el departamento del Tolima. En su defensa, los militares dijeron que era parte de la instrucción contra-insurgente. También es de Clausewitz el axioma que dice: “los soldados deben temerle más a sus propios oficiales que al enemigo.”

Por este episodio, el entonces comandante del Ejército, general Reynaldo Castellanos, fue destituido de su cargo por parte del presidente Álvaro Uribe y reemplazado por el general Mario Montoya. Dos años después, en 2008, un juez condenó a 15 y 16 años de prisión a los 13 suboficiales que cometieron la tortura.

4.

Cuando el teniente nos propinó los tablazos, se cuidó de no tener testigos en el alojamiento. Desde tiempo atrás, ese castigo estaba prohibido, pero el teniente no se iba a quedar con la espinita enterrada. Sus soldados dejaban en evidencia la indisciplina de la compañía, haciéndolo quedar mal ante el coronel y el resto del batallón. Le debíamos una. Y la cobró. Eso sí, cuidándose de que nadie lo viera. Igualmente nosotros, con el pecado encima, no lo denunciaríamos.

Soldadito de plomo

Para descansar de los soldados más lepras, el teniente nos mandó a la base militar de ISA. En la montaña, nuestra misión era prestar guardia en el día y en la noche. La base militar de ISA está incrustada en la montaña. El bosque de pino y las garitas rodean el edificio, desde donde se controla la red de interconexión eléctrica. Al igual que las plantas hidroeléctricas del país, el edificio de ISA era permanentemente amenazado por la guerrilla. En el bosque, cada quinientos metros había un puesto de guardia. Las únicas compañías dentro de la garita eran la conciencia y el fusil. El medio para comunicarse era un radioteléfono. Cada hora se hacían reportes de novedades.

En las noches había que estar pendiente de la reja iluminada por lámparas. A mí me importaba un carajo que se tomaran las instalaciones de ISA. El compromiso, cuando prestaba guardia, era con mi garganta. No fuera que algún guerrillero alcanzara a violar la reja y, luego con sigilo, al treparse a la torre, me zanjara el cuello. En cambio para el podrido Ejército, mi vida costaba menos que una libra de sal. De llegar a ser emboscado, el coronel del batallón lamentaría el robo de mi fusil.

En las patrullas por el perímetro de la base de ISA, no volví a molestar a la gente. No requisaba a nadie en los retenes y, a menos que el comandante de la patrulla me lo ordenara directamente, detenía un carro para echarle un vistazo. En una oportunidad descubrí un conductor borracho. Lo bajé del carro, le escribí en un papel el teléfono de la base y lo empaqué en un taxi. Con otro soldado nos llevamos el carro y al día siguiente se lo devolvimos al señor. Había decidido no seguir el juego de los militares y su absurdo poder de mando.

Durante un retén, descubrimos en la cajuela de un carro media libra de marihuana prensada. Cuervo y el Conejo se reían y se frotaban las manos. El cabo me ordenó llevar al sujeto a la base y esperar allí hasta que acabara el retén para él mismo encargarse del “traficante”. Todos sabíamos que el procedimiento adecuado era reportarlo a la Policía. También sabíamos que, por lo general, con ese tipo de infracciones no pasaba mayor cosa. La Policía se llevaba al tipo y al rato lo soltaban. Ya nos había pasado en otras ocasiones. Por eso el cabo decidió tomar la justicia en sus manos.

―No llamemos a los tombos ―me dijo― y mientras tanto, dele una paliza bien hijueputa a este marihuanero, pa´que aprenda.

Cuando el Cabo volvió a la base, yo estaba fresco con el tipo. Sentados en el comedor, hablamos, tomamos tinto y fumamos Kool light.

El Cabo me miró decepcionado. En ese momento llegó a la base militar de ISA una patrulla de la Policía. El cabo se sentó a mi lado y me arrebató el cigarrillo. Se echó una calada y luego sopló con rabia el chorro de humo.

―Ay Delgado ―se lamentó―, usted no pasó de ser un soldadito…, un soldadito de plomo.

Asentí y le pedí que me devolviera el cigarrillo. Cuando me lo dio, aún estaba entero. Lo tiré al piso y lo estrujé con la bota.

A la semana siguiente, nos devolvieron al Batallón y el 3 de diciembre de 1997 salimos de la prisión y estaba de regreso a mi cuarto, tirado en la cama, escuchando Pink Floyd, Led Zepelin y Black Sabbat, sabiendo que la próxima comida sería en el comedor de la casa.

Cada vez que los médicos forenses del país extraen proyectiles calibre 5.56 de los fríos y yertos pechos de subversivos muertos en combate, es posible que no reparen en algo tan vital como lúgubre: que esos mismos cartuchos mortales, que fueron elaborados meses atrás con sumo refinamiento, tuvieron que pasar por decenas de manos vívidas antes de ser disparados y extirpados, ya oxidados en sangre coagulada y descompuesta.

Seguramente esos mismos médicos, cuando utilizan cuchillos y sierras para practicar necropsias a aquellos subversivos, tampoco caen en cuenta de un detalle que no resulta menor: en 2008, de enero a septiembre, 1.041 alzados en armas han sido abatidos, muchos de ellos por proyectiles calibre 5.56 que lograron atravesar tres centímetros de piel y músculo de sus calientes y palpitantes cuerpos, hasta ocasionarles la muerte.

El nacimiento de una bala

Carlos Riascos es ingeniero mecánico y jefe de planta de municiones de la Industria Militar (Indumil), la única autorizada en Colombia para fabricar las balas de las Fuerzas Militares. Él, que de lunes a viernes supervisa la producción en serie de miles de cartuchos, piensa que es una brutalidad que los civiles porten armas.

También ve su trabajo como cualquier otro y no le mete mayores moralismos al asunto. Y no es que esté a favor de la guerra. Sencillamente le gusta, desde el punto de vista industrial, “el arte de procesar y transformar la materia prima”. Además, de eso vive Riascos, así como otras 800 personas que trabajan con él.

—Muchos vivimos de la fabricación de armas y municiones. Mal que bien, la guerra también es un negocio. Cuando el ejército acabe con la guerrilla o se firme la paz, a nosotros nos tocará buscar nuevos mercados en el exterior.

“Buscar nuevos mercados en el exterior”. Cualquiera pensaría que se trata de una estrategia para comercializar internacionalmente algún producto agrícola emergente. Pero no se trata de uchuvas o hierbas aromáticas. Se trata, nada más y nada menos, que de balas. Y no son de las de salva. Son de las de calibre 5.56, que están cargadas de 1,67 gramos de pólvora y que les sirven a los soldados para cumplir con sus deberes.

Cuando el 2008 se acabe, 50 millones de balas habrán sido producidas por Indumil durante todo el año, unidades suficientes para que la empresa cubra las necesidades que el Ejército tiene en el campo de batalla. Construir un solo cartucho cuesta aproximadamente 700 pesos, lo que arroja una inversión total de un poco más de 15 millones de dólares. Este gasto está prácticamente asumido por el Plan Colombia. El mínimo restante se solventa a través de la venta de munición deportiva y de caza. Y para el día en que no se necesiten más proyectiles, Indumil podrá mantenerse de otros productos que fabrica como piezas microfundidas y explosivos para minería industrial y energética.

Mientras ese día llega, Riascos sigue preocupándose de su manufactura, que empieza con un fleje; es la mínima expresión de un cartucho o el embrión de una bala. En apariencia, el fleje es un dedal de cobre y zinc que mide un centímetro de alto. También se trata de un embrión in vitro, pues es importado de países como Sudáfrica, Chile y México. Para que este se convierta en bala, deberá pasar por diez máquinas que, sumando sus tiempos individuales de procesamiento, lo deja listo en tres minutos. Queda claro entonces que también es una criatura prematura.

En esa misma línea de máquinas, el fleje vivirá todos los estados posibles: pasará por un horno a 630 °C, se limpiará con ácido sulfúrico y sufrirá dos estiramientos para que evolucione a una vainilla que, mediante otros siete pasos y cinco inspecciones, alojará un fulminante, la pólvora y el proyectil. Así saldrá estampada con la serie IM-2008-P063 —las siglas del fabricante, el número del año de fabricación y la serie del lote.

De ahí en adelante, cuando el ‘feto’ devenga en un infante digno de infantería, lo que seguirá es pura logística: cartuchos hechos y derechos que son dirigidos a una bodega en donde nuevamente revisan dimensiones, les depositan la pólvora, se les ensambla el proyectil y se les calibra las medidas una vez más. El empaquetamiento, finalmente, resulta más sencillo: las balas son puestas en pequeñas cajas cónicas de cartón donde caben de a 35 unidades hasta completar cajas de madera de 1.400 cartuchos, que a su vez deberán completar un lote, que consta de 200.000 en total y que tarde o temprano deberá llegar a la brigada que más lo necesite.

***

Nunca dejará de ser irónico que el control de calidad de una bala recién fabricada suponga que esté apta para ser disparada y, consecuentemente, para acabar con la vida del enemigo o herirla de gravedad, cuando menos. Pero Riascos, dentro de su lógica laboral y su overol azul oscuro, no opina lo mismo.

—Si una bala no pasa los controles de calidad es por sus especificaciones técnicas y por nada más. Nunca pienso en su destino final; eso lo decidirá el Ejército cuando tenga que defender a la población civil.

Tiene razón en no pensar en el destino final de las balas: no es asunto suyo. Lo es el de su futura víctima, quizás algún paramilitar o guerrillero bajo algún intimidante alias. Y seguramente, en el momento en que aquellos médicos forenses estén revolviendo su caja toráxica en busca del proyectil que supo liquidarlo, no repararán sobre la certeza del conocido refrán: “Quien a hierro mata, a hierro muere”.

Municiones a 60 kilómetros por hora

Cuando una bala es disparada alcanza los 952 metros por segundo. Pero para que esto suceda, primero debe viajar a 60 kilómetros por hora hasta llegar a las diferentes bases militares de Colombia. Esto en horarios de escaso flujo vehicular, en todo caso. Sea de día o de noche. Por razones de movilidad. Siempre será transportada vía terrestre. Por aire sale mucho más costoso. A los únicos lugares que envían balas en avión es a los departamentos de Arauca, Putumayo, Vichada y el Amazonas, regiones lo suficientemente expuestas a la guerrilla como para arriesgarlas a un posible robo. El primer responsable de hacer llegar 45 toneladas desde la capital hasta la Cuarta Brigada de Medellín es el coronel Cardona, del Batallón de Abastecimiento Pedro Fermín Vargas. En esta ocasión, él despachará el envío a las 20:21 horas.

—De noche, todos los gatos son pardos.

Así, lacónicamente, el coronel justifica su procedimiento. Las razones no sobran: de día, una columna de camiones de carga con material de guerra puede ser un blanco fácil para la guerrilla; los conductores están entrenados para manejar mejor de noche y los soldados escoltas, empuñando fusiles que escupen hasta 150 balas por minuto, también combaten mejor en la oscuridad.

—Igual el país no está caliente. Hay suficientes tropas y capacidad de respuesta.

También enfatiza que cuando una columna viaja, durante todo el trayecto está siendo constantemente vigilada. La mejor prueba de ello fue un día en el que una caravana compuesta por 110 camiones llegó sin ningún problema a su brigada de destino. Y eso que todos los camiones juntos, que eran conducidos prácticamente pegados, sumaban una distancia total de seis kilómetros rodantes.

—Primero lo primero.

Esa es la escueta sentencia que el coronel exclama ante la llegada de su mujer y sus tres hijos mientras interrumpe abruptamente sus asuntos. Quizás esa sea su forma de poder separar dos órdenes tan rutinarias e importantes como disímiles entre sí: instar a sus hijos, con apacible firmeza, a que se laven las manos, y dar la autorización final para que esa misma noche salgan, rumbo a Medellín, cinco Kodiaks, una Ford 7000 y dos Chevrolet NPR con equipamiento militar, 36 cabos y cuatro suboficiales del Ejército.

***

Afuera del batallón de abastecimiento, 40 hombres armados esperan la orden de salida para escoltar la columna hacia Medellín. Adentro de una de las oficinas, el mayor Murcia pone a prueba su capacidad de asombro con una emisión del programa de Criss Angel, el famoso ilusionista neoyorquino, que una vez más logra burlarse de la muerte desafiando los vagones de una montaña rusa que lo iban a embestir. El artista sale avante y eufórico una vez más.

¿Qué pasaría si así, como por arte de magia, desapareciera un cargamento evaluado en 1.000 millones de pesos?

—Es imposible que nos roben —advierte el mayor—; para eso tenemos a los escoltas y por eso no aseguramos los suministros.

Lo dice con la misma autoridad de quien también le tocó escoltar una columna alguna vez. El mayor Murcia lleva 17 años de carrera en las Fuerzas Militares y ha pasado por todo. En su acento costeño —es de Cartagena— se permite dar las recomendaciones finales (que hacen parte de la orden de operaciones) a sus hombres y choferes:

—Los conductores deben viajar con un soldado que les hable todo el tiempo para que no se vayan a quedar dormidos. Las tropas deben turnarse para descansar. En cada parada sería bueno que se tomaran un tintico…

Y sigue con los consejos:

—Les recuerdo que deben guardar su distancia, mirar los espejos y esperar cualquier carro que se quede. Lo importante es que ese material llegue completo a los hombres que defienden nuestros departamentos. Hagan todo despacio y con buena letra, que no hay prisa.

Camiones vemos, cartuchos no sabemos

Gilberto González es un civil de mediana estatura, tez morena, bigotes tupidos y abdomen prominente. Porta un pase de quinta categoría y lo que menos le gusta de su trabajo es tener que dormir en la cabina de su camión. La única vez que le tocó vivir una emboscada guerrillera, hace siete años en el Alto del Tigre, salió ileso. Bregó hacia adelante y hacia atrás para evitar el fuego cruzado. Los soldados lograron dispersar el ataque.

A Gilberto González le pagan una mensualidad de 1.180.000 pesos que le sirve para sostener a su familia. Como está acogido a la Ley 1214 (para empleados públicos y trabajadores oficiales vinculados al Ministerio de Defensa), cuando cumpla 20 años de servicio podrá jubilarse y acceder a una vivienda militar. Mientras tanto, seguirá engallando su Kodiak modelo 2006 con calcomanías y accesorios kitsch, para mimetizarlo dentro de la muy nacional concepción de decorado automotor. ¿La razón? Pasar por un camión de carga común en caso de algún retén guerrillero.

***

Tras siete horas y nueve minutos de recorrido entre Bogotá y Honda, la columna pernocta en el Batallón de Infantería número 16 Patriotas. El soldado Parra, que lleva 13 meses de servicio y quien tiene una novia en Medellín que extraña mucho, pronto podrá dormir tranquilo. Tendrá un día de descanso y almorzará su ración militar que incluye arroz, fríjoles, arepa, una salchicha y ensalada de cebolla y pepino. La acompañará con limonada. Y a las 18:48 horas le pasarán revista en medio de los vallenatos y merengues que escuchan los conductores mientras revisan sus camiones.

***

—¡Abrite, soltate! —le gritan los soldados a un ciclista en medio de la noche.

Son las 22:07 horas en la quebrada La Suiza, pasando el municipio de Doradal. Un niño de aproximadamente 15 años que viste una camiseta del Atlético Nacional se prende del bumper de uno de los camiones para evitar el cruel ascenso. Ignora que ese camión carga nueve toneladas de cascos y municiones.

También trata de ignorar los gritos de advertencia. Después de cinco minutos se desprende, quizás porque logró llegar a su hogar, donde también quizás sus padres lo regañarán por llegar tarde. Y seguramente el sacrificio de las pedaleadas que quiso ahorrar no le permitirán ser, algún día, escarabajo colombiano digno de un premio de montaña en el Tour de Francia.

***

Cuando una columna del Ejército debe detenerse, lo tiene que hacer en el lugar más alejado de la población civil. Es la novena parada desde que salieron de Bogotá y esta vez, en una pequeña tienda llamada La Mañosa, una máquina con un brazo mecánico para agarrar muñecos de peluche llama la atención de todos. Inmediatamente se agolpan alrededor de ella los 36 emocionados cabos, mientras esperan el momento de poder hacerse a un souvenir. El soldado Parra no logró sacar esa muñeca que quería para su novia en tres oportunidades que tuvo. El soldado Muñoz también falló en su intención de llegar con un regalo para su pequeña hija de seis años. Cada turno les costó 200 pesos.

***

El teniente Alarcón es el directo responsable de lo que suceda con el envío hasta que llegue, de madrugada, a Medellín. Es el de mayor rango dentro de la columna y sabe que si el material de guerra llega incompleto, inmediatamente le abrirían una investigación civil, otra disciplinaria y una más penal. Ser hallado culpable o inocente es lo de menos; de faltar un solo cartucho, deberá responder económicamente por él. Se lo descontarían de su sueldo. Por eso cuando llega, se tranquiliza. Cumplió la misión y podrá hacer entrega oficial del inventario para que horas después sea redistribuido hacia los batallones más necesitados.

***

Han pasado cuatro días desde que comenzó el viaje y una parte de las balas marcadas con la serie del lote IM-2008-P063 están en el Grupo de caballería mecanizado número 4 Juan del Corral, en Rionegro, a una hora de Medellín. Se trata de uno de los batallones más exitosos de Colombia y que fue estratégico para despejar el oriente antioqueño, que hace algunos años era prácticamente intransitable. El deceso de ‘Tirofijo’, las bajas de ‘Raúl Reyes’ e ‘Iván Ríos’ y la entrega de ‘Karina’ tienen la moral de las Fuerzas Militares por encima de la estratosfera.

Pero no siempre fue así. Antes, esporádicamente, algunos altos mandos maltrataban a los soldados. El ánimo de estos últimos rozaba el subsuelo. Entonces, en casos aislados, del resentimiento que le tenían a los guerrilleros salía uno menor dirigido contra aquellos mandos superiores, cuyos cuerpos aparecían abaleados por la espalda, cuando las confrontaciones habían sido frente a frente contra los subversivos. Los humillados aprovechaban la confusión para vengar su desgracia.

Ahora el buen humor y la camaradería son generales. El Ejército se ha modernizado, el trato humanizado y la política de seguridad democrática los tiene más que satisfechos. Las Fuerzas Militares están atravesando su mejor momento.

Proyectiles a diestra y siniestra

Hace ya varios años, la Convención de Ginebra le recomendó al gobierno colombiano dejar de usar las balas calibre 7.62 en el conflicto interno por considerarlas causantes de crímenes de lesa humanidad. Por su envergadura, dichas balas son capaces de partir en dos a un ser humano. Por eso se sustituyeron por las de calibre 5.56 que, de todas formas, también matan mediante los fusiles más utilizados: los Galil y los M16.

Sin mayores protocolos y por medio de una solicitud escrita, el mayor Roldán —quien cree que los mejores soldados son los pastusos, los llaneros y los de Boyacá, por ser ellos extremadamente observadores del terreno, al punto de poder saber si la guerrilla estuvo en determinado lugar—, del grupo mecanizado, se dispone a entregar 1.000 cartuchos a dos de sus mejores soldados profesionales: Úsuga y Osorio.

El soldado Úsuga tiene 30 años e ingresó al Ejército por experimentar. Ahora se dedica a patrullar los doce municipios de su jurisdicción. Ha perdido la cuenta de los combates en los que ha estado, pero tres estrellas en su uniforme le recuerdan las veces que ha sido herido en combate. Para él se trata de una cuestión de honor.

—Cada estrella me representa el orgullo y el privilegio de poder decir que me han herido tres veces y no me han matado.

El soldado Osorio nació en Medellín y lleva doce años de carrera militar. Inicialmente ingresó por obtener la libreta y le quedó gustando la milicia. La primera vez que pudo sostener una bala en la mano se sintió inseguro; pensó que sus balas no podrían hacerle daño a nadie y que, por el contrario, las que le dirigieran lo herirían fácilmente. Si se encontrara frente a frente con un guerrillero, no lo mataría:

—Eso es lo que nos diferencia. Nosotros respetamos el Derecho Internacional Humanitario. Si están heridos, les respetamos la vida; si ellos nos ven mal parados, nos disparan a mansalva.

Úsuga y Osorio reciben, cada uno, 500 proyectiles de dotación. Ellos se demoran en promedio ocho minutos para cargar 175 balas dentro de cinco proveedores. Cuando están listos, son enviados, junto con otros cuatro soldados, a un patrullaje de rutina. El sector está bajo su control, pero aún deben combatir lo que queda del Frente 47 y la columna móvil Jacobo Arenas, ambas de las Farc, algunas bandas criminales que se dedican al narcotráfico y una facción de las Águilas Negras que presuntamente estaría rearmándose.

Úsuga y Osorio se ganan 920.000 pesos mensuales. Ambos están completamente familiarizados con la guerra. Saben que durante el combate, la tierra chispea a su alrededor a causa de los balazos enemigos. Por más insensible que pueda sonar, también saben que la moral de ellos está supeditada al número de bajas que logren dar. Un subversivo menos significa estar a un ser humano más cerca de conseguir la paz.

Y aunque ellos ignoran si alguna vez han logrado matar a alguien —todo es muy confuso durante el fuego cruzado—, lo único cierto es que cuando regresen tendrán 18 horas para legalizar las balas disparadas, mediante el llenado de un radiograma donde indiquen cómo, dónde y por qué las gastaron y la diligencia de un burocrático comprobante de gasto que deberá llevar ocho firmas para poder ser registrado en un folio y archivado en los libros de tiro para siempre.

***

A pesar de que en sus rostros se manifiesta la aspereza del conflicto y que en la tez tatuada por esquirlas se evidencia la barbarie de una guerra interminable, tanto Úsuga como Osorio guardan el mismo ingenuo anhelo de todos los colombianos: que la paz se pueda alcanzar algún día para que por fin puedan vivir con tranquilidad.

Y a pesar de que ellos ignoran si en los combates que han peleado sus balas han terminado perdidas en el monte o perforando los tres centímetros de piel y músculo de sus enemigos, los médicos forenses seguirán descubriendo, muy a su pesar, las balas oxidadas dentro de la sangre coagulada y descompuesta de las víctimas que sigue cobrando el conflicto.

Tal vez por eso es que tanto Úsuga como Osorio siguen limpiando con un trapo seco en Rionegro cada ocho días los mismos proyectiles calibre 5.56 que alguna vez supervisó Riascos en Indumil. Porque tal como están las cosas, lamentablemente pareciera que la única forma de acabar con la violencia en Colombia no será por medio de un proceso de paz sino a punta de bala.

Esa mujer

Publicado: 8 mayo 2010 en Rodolfo Walsh
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El Coronel elogia mi puntualidad.

—Es puntual como los alemanes –dice.
—O como los ingleses.

El Coronel tiene apellido alemán. Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

—He leído sus cosas –propone–. Lo felicito.

Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene 20 años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del no. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido. El Coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga. Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme. Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

El Coronel sabe dónde está. Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Canton. Sonrío ante el Jongkind falso, el Figari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky. Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

—Esos papeles –dice.

Lo miro.

—Esa mujer, Coronel.

Sonríe.

—Todo se encadena –filosofa.

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal esta rajada. El Coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

—La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos esos roñosos.
—¿Mucho daño? –pregunto. Me importa un carajo.
—Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene 12 años –dice.

El Coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento. Entra su mujer, con dos pocillos de café.

—Contále vos, Negra.

Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

—La pobre quedó muy afectada –explica el Coronel–. Pero a usted no le importa esto.
—¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.

El Coronel se ríe.

—La fantasía popular –dice–. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

—Cuénteme cualquier chiste –dice.

Pienso. No se me ocurre.

—Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventando hace 20 años, 50 años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
—¿Y esto?
—La tumba de Tutankamon –dice el Coronel–. Lord Carnavon. Basura.

El Coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

—Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
—¿Qué más? –dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
—Le pegó un tiro una madrugada.
—La confundió con un ladrón –sonríe el Coronel–. Esas cosas ocurren.
—Pero el capitán N…
—Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
—¿Y usted, Coronel?
—Lo mío es distinto –dice–. Me la tienen jurada.

Se para, da una vuelca alrededor de la mesa.

­­—Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
—Me gustaría.
—Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
—Ojalá dependa de mí, Coronel.
—Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

—Mire. A la pastora le falta un bracito. Derby –dice–. Doscientos años.

La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El Coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

—¿Por que creen que usted tiene la culpa?
—Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

El Coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

—Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
—¿Qué querían hacer?
—Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuánta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
—Todos, Coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
—Y orinarle encima.
—Pero sin remordimientos, Coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! –digo levantando el vaso.

No contesta.

Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan: azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El Coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

—Esa mujer –le oigo murmurar–. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.

El Coronel bebe. Es duro.

—Desnuda –dice–. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd –el Coronel se pasa la mano por la frente–, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del Coronel es casi invisible. Solo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas. Y ahora el Coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie, y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

—Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.

Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el Coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.

—… se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire –el Coronel se mira los nudillos–, que lo tire contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
—No.
—Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.

Vuelve a servirse un whisky.

—Pero esa mujer estaba desnuda –dice, argumenta contra un invisible contradictor–. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

—Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.

Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir que es lo que eso me demuestra.

—Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese cómo se quedaron. Para ellos era una diosa, que sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
—¿Pobre gente?
—Sí, pobre gente –el Coronel lucha contra una escurridiza cólera interior–. Yo también soy argentino.
—Yo también, Coronel, yo también. Somos todos argentinos.
—Ah, bueno –dice.
—¿La vieron así?
—Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…

La voz del Coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más remota encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción.

Yo también me sirvo un whisky.

—Para mí no es nada –dice el Coronel–. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el ‘39. Yo era agregado militar, dese cuenta.

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un sólo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

—A mí no me podía sorprender. Pero ellos…
—¿Se impresionaron?
—Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo”. Después me agradeció.

Miro la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba.”

—Beba –dice el Coronel.

Bebo.

—¿Me escucha?
—Lo escucho.
—Le cortamos un dedo.
—¿Era necesario?

El Coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.

—Tantito así. Para identificarla.
—¿No sabían quién era?

Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba.”

—Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
—Comprendo.
—La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
—¿Y?
—Era ella. Esa mujer era ella.
—¿Muy cambiada?
—No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
—¿El profesor R.?
—Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del Coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable:

—¿Enciendo?
—No.
—Teléfono.
—Deciles que no estoy.

Desaparece.

—Es para patearme –explica el Coronel–. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
—Ganas de joder –digo alegremente.
—Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
—¿Qué le dicen?
—Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

—Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

El Coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

—La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

Ya no se dónde está el Coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.

—Llueve -dice su voz extraña.

Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

—Llueve día por medio –dice el Coronel–. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Dónde, pienso, dónde.

—¡Esta parada! –grita el Coronel–. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.

—No me haga caso –dice, se sienta–. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria. Me paro, le toco el hombro.

—¿Eh? –dice–. ¿Eh?

Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

—¿La sacaron del país?
—Sí.
—¿La sacó usted?
—Sí.
—¿Cuántas personas saben?
—Dos.
—¿El Viejo sabe?

Se ríe.

—Cree que sabe.
—¿Dónde?

No contesta.

—Hay que escribirlo, publicarlo.
—Sí. Algún día.

Parece cansado, remoto.

—¡Ahora! –me exaspero–. ¿No le preocupa la historia? Yo escribo la historia, y usted queda bien, ¡bien para siempre, Coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

—Cuando llegue el momento…, usted será el primero…
—No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

—¿Dónde, Coronel, dónde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí. Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del Coronel me alcanza como una revelación:

—Es mía –dice simplemente–. Esa mujer es mía.