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Matilde Pinchi Pinchi recuerda que le preguntó a Vladimiro Montesinos:

–Doctor, ¿qué pasó? ¿Por qué llega tan tarde?

–Dame un abrazo –le dijo él–. Mañana te vas a tu casa: el juez ya firmó tu libertad.

–Pero doctor, ¿por qué no vino más temprano?

–Porque hoy es mi cumpleaños –le respondió–. Cumplo cuarenta.

Entonces dice que se levantó de la cama, todavía vestida con el pijama de la clínica. Montesinos, quien por entonces era su abogado defensor por un caso de contrabando, la abrazó con emoción y le dio un beso en la boca. Había dos policías que la custodiaban, y él la besó delante de ellos. Era la medianoche del lunes 19 de mayo de 1986.

Pinchi Pinchi recuerda ahora este episodio sentada tras el oscuro escritorio de su oficina. Delante de ella hay decenas de papeles de la empresa de importaciones que aún sigue siendo su próspero negocio, aunque ahora paga impuestos. Al frente está también su actual abogado, quien hoy la defiende del propio Montesinos. Pinchi Pinchi cuenta que aquella vez había pasado varias horas de angustia en la habitación 204 del segundo piso de la Clínica Montefiori, en el exclusivo distrito de La Molina. Esperaba que Montesinos llegara con buenas noticias. Ella era por entonces una comerciante de treinta y dos años que había reunido una modesta fortuna vendiendo joyas de fantasía en el Mercado Central de Lima. La bisutería made in China que vendía era de contrabando, y la habían descubierto. Dice que compraba las joyas en Nueva York y las traía en varias maletas que pasaban por la aduana del aeropuerto de Lima sin pagar impuestos, gracias a un funcionario al que sobornaba. Pero un juez ya había ordenado su captura. Vladimiro Montesinos, un abogado que había conocido semanas atrás, le había dado una estrategia para que no fuese a la cárcel: que se internara en una clínica como si estuviese enferma.

El falso diagnóstico decía que la paciente Pinchi Pinchi sufría una infección aguda en las trompas de Falopio. Con esa mentira, Montesinos había conseguido que un juez suplente, llamado Tomás Castañeda, la interrogase en la misma cama de la habitación donde estaba internada. Una mañana, el juez suplente había llegado a la clínica junto con su secretario y dos policías. El interrogatorio había durado hasta el mediodía, y durante toda la sesión Montesinos había estado al pie de la cama de su clienta. De todos modos, no había nada de qué preocuparse: Pinchi Pinchi se sabía las preguntas de antemano. Su eficiente abogado parecía tener todo bajo control.

Cerca de la una de la tarde, el juez Castañeda y su secretario salieron de la habitación. Montesinos sabía bien con quiénes podía negociar y con quiénes no, y Castañeda era «uno de los suyos». Había aguardado a que el juez titular se fuese de vacaciones para presentar a Pinchi Pinchi ante la justicia. Los policías estuvieron rondando la habitación para vigilar que la interrogada se quedara en la cama mientras se mantuviera la orden de captura. Ese día, Montesinos también abandonó la clínica, pero antes de salir de la habitación 204 le dejó a Pinchi Pinchi una frase esperanzadora:

–Espera tranquila –le dijo.

A las once de la noche, los policías pidieron relevo. Matilde Pinchi Pinchi estaba prohibida de moverse de la habitación. Las horas pasaban y ella no tenía nada que hacer. El aburrimiento multiplicaba su angustia. El doctor Montesinos no llegaba con ese papel que podría declararla libre o al menos convertirla en una procesada por contrabando sin pena de cárcel. Ella pensaba que aquella vez la suerte no estaría de su lado, que todo el dinero gastado en su defensa había sido en vano. ¿Valía la pena confiar en Montesinos? ¿Cuán bueno podía ser ese abogado tan intrigante que le había recomendado un tío de su marido?

Pinchi Pinchi se había enterado de que la policía estaba tras ella cuando su único hijo, Manolo Jaime Pinchi, estaba por cumplir un año. Meses antes, una madrugada del verano de 1985, la policía aduanera había descubierto cuatro maletas repletas de joyas chinas en el aeropuerto de Lima. Más de doscientos cincuenta kilos de collares, aretes y pulseras de contrabando en un vuelo procedente de Nueva York. Ella sólo las había embarcado en Estados Unidos. Por eso, cuando las maletas llegaron al aeropuerto, parecían no tener dueño. Ningún pasajero las reclamó. Entonces no pudieron detenerla. Meses después, Pinchi Pinchi había recibido una notificación judicial. Recuerda que le asustaba la idea de ir a la cárcel y que su hijo se quedara solo. Pero entonces se le ocurrió una idea.

Le contó todo al padre de su hijo, el agente de la policía de investigaciones Víctor Manuel Jaime, y éste le prometió ayuda. Jaime buscó a un tío, un ex coronel de la policía a quien habían dado de baja por tener vínculos con narcotraficantes, y este tío lo contactó con su propio abogado. Sin duda, les dijo el tío, vayan a buscar al doctor Montesinos. El argumento que les dio era su propia experiencia: Montesinos lo estaba «limpiando» con bastante audacia de su relación con una de las bandas más célebres de traficantes de drogas en el Perú: la de Reynaldo Rodríguez López, El Padrino. Aun así, ella recuerda que aquella noche, acostada en la cama de la clínica, estaba nerviosa y angustiada.

Casi a la medianoche escuchó que alguien abría la puerta de su habitación. Lo que vio le devolvió las esperanzas: era Montesinos con una sonrisa de euforia, como si hubiera bebido unas copas antes de llegar a la clínica. Lo había logrado. Con un papel en las manos le dijo que el juez había cancelado la orden de arresto. El juicio continuaría, pero ella no perdería su libertad, al menos hasta que no se dictara una sentencia. Y hasta que llegara ese momento, podían pasar años. Se abrazaron.

Fue entonces cuando él le dio aquel beso que, en esemomento, a ella le pareció más de alegría que de pasión. Pinchi Pinchi no lo dice, pero es posible que ella misma deseara entonces lo que habría de ocurrir años después. Es decir, que llegó a amar locamente a Montesinos, que es la única forma de amar a alguien como él. Lo que Pinchi Pinchi sí recuerda es quedespués de aquel beso la habitación se quedó en silencio. Los policías miraron con atención al abogado Montesinos, como si también quisieran celebrar que la noticia de la libertad fuese cierta, y así marcharse a sus casas. Montesinos volvió a hablar, esta vez con más calma:

–Mañana por la tarde vas a mi oficina para celebrar tu libertad y mi cumpleaños –le dijo, y se fue.

Trece años más tarde, Vladimiro Montesinos sería el hombre más poderoso del Perú, y Matilde Pinchi Pinchi, la mujer más influyente de su vida. Sería su cajera, su confidente, el ama de llaves que lo bañaba y le peinaba la calvicie durante casi veinte minutos. También su amiga, su brazo derecho, su amante, su camarógrafa de orgías y películas porno caseras. Así, hasta el año en que todo acabó. Hasta esa última semana de agosto del 2000 cuando ella dice que tenía demasiado miedo de que la estuvieran buscando para asesinarla. Hasta ese instante en que decidió robarse un video de una maleta: la prueba letal de la corrupción del régimen de Fujimori. Ahora lo reconoce: ella entregó el video. Lo traicionó.

***

A fines de 1985, cuando Pinchi Pinchi y Montesinos se habían visto las caras por primera vez, ella ya tenía ahorros suficientes como para vivir sin trabajar. Se conocieron en la casa de Irving Jaime Llamosas, el ex coronel, tío de su marido, que los presentó. El ex coronel había organizado una cena en su residencia de lujo ubicada en Las Casuarinas, en uno de los barrios más exclusivos de Lima, donde suelen vivir empresarios, diplomáticos y gerentes de transnacionales, pero donde resultaba extraño que viviera un agente de policía. En el Perú, un policía de alto rango apenas tiene un sueldo equivalente al de un vendedor de electrodomésticos.

Menos incluso de lo que podría aspirar un profesional promedio. Montesinos llegó en su viejo Oldsmobile marrón. Pinchi Pinchi lo recuerda vestido con un pantalón beige de lanilla, una casaca de cuero color café y unos mocasines de taco bajo. Dice que todavía tenía los cabellos oscuros, aunque la calvicie ya empezaba a prolongarle la frente y asomar por su coronilla.

Pinchi Pinchi había llegado a la cena del brazo de su marido. Tanto así que el ex coronel la presentó ante

Montesinos como su «sobrina»: la mujer de su sobrino carnal. Cuando le tocó presentar a Montesinos, el ex coronel se deshizo en halagos: dijo que era un abogado que «todo» lo solucionaba, muy eficiente, pero en especial con muy buenos «contactos» en el Poder Judicial. Pinchi Pinchi recuerda que desde un inicio Montesinos tomó el caso con mucha calma, con esa serenidad del experto que de inmediato inspira confianza.

No le explicó nada sobre los pasos a seguir: sólo le advirtió que su defensa le costaría quince mil dólares, la mitad por adelantado. También le dijo que habría «otros gastos» para asegurar el éxito: sobornar a quien fuera necesario. Pinchi Pinchi diría años después que Montesinos le pidió otros quince mil dólares para esos gastos adicionales.

–Sabe, señora –le advirtió Montesinos–: aquí todo se arregla con plata.

Era el credo del doctor.

Dos décadas después, Matilde Pinchi Pinchi recuerda todo esto acompañada por su actual abogado, Luis Francia.

Mientras ordena algunas facturas sobre su largo escritorio, dice:

–El pelado me llamaba los sábados y me decía: «Mati, mañana paso por tu casa a las siete de la mañana. Me esperas para estudiar tus respuestas». Y al día siguiente el condenado me tocaba el claxon de su carro viejo.

El pelado es Vladimiro Montesinos. Así lo llama ahora. Antes le decía doctor. A veces, Vladi. En la primera declaración que Pinchi Pinchi hizo aquella vez ante el juez, las preguntas habrían de resultar idénticas a las que había estudiado con Montesinos. Quizá él mismo las había escrito y el juez sólo repetía su libreto como un muñeco de ventrílocuo. Montesinos la recogía e iban a un parque que quedaba por su antigua casa, cerca de un mercado de frutas. Con el tiempo, la clienta y su defensor empezaron a construir una peculiar relación de confianza y necesidades mutuas. Pinchi Pinchi había encontrado en él a un abogado eficiente y sin escrúpulos, y con el poder necesario para evitar que fuera a prisión. Montesinos había encontrado en ella a una mujer negociante y emprendedora, y dispuesta a escuchar las penas que él a veces acompañaba con lágrimas. Sí: según ella, Montesinos era un llorón.

Pinchi Pinchi había creado una pequeña fortuna de la nada, después de haber sido una vendedora ambulante en su amazónica ciudad natal. Le pagaba todas las cuentas a Montesinos. Lo invitaba a cenar, le hacía regalos, le compraba ropa. Lo admiraba.

–La primera vez que salimos a comer, él me dijo: señora, yo la invito a almorzar. Pero yo le dije: no, doctor, estoy apurada. Pero él insistió. Me dijo: aquí nomás podemos almorzar, frente de la embajada de Estados Unidos.

Aquel mediodía de primavera almorzaron en un restaurante muy popular porque tenía forma de ballena. Él pidió un cebiche de entrada y un guiso de carne como plato de fondo. Ella ordenó lo mismo. «Yo pagué la cuenta, él era un conchudo», dice ella ahora.

Poco antes, él le había contado casi llorando que en ese lugar había visto por última vez a Silvana, su hija mayor, antes de tener que fugar a Ecuador. Los militares lo perseguían por haber vendido secretos del Estado peruano, y lo acusaban de traidor a la patria.

–Sentí que agarró confianza conmigo muy rápido, y pronto fue una amistad muy profunda. Me contaba todas sus cosas. Había empatía.

Esa confianza no se rompería hasta agosto del 2000, cuando ella entregó el video. Dice que Montesinos no creía que ella fuese la delatora. Que tardó meses en aceptarlo.

***

Un día después del beso, Matilde Pinchi Pinchi estaba de nuevo en libertad. Dice que al mediodía recibió una llamada de Montesinos: la esperaba en su oficina. Ella salió a comprar le un regalo de cumpleaños. Cuando llegó al estudio lo halló vacío. Qué raro, pensó, porque siempre estaban allí el secretario de Montesinos, un hermano de éste y su asistente, a quien años después ella habría de reconocer como Antonio Ketín Vidal, el policía que se atribuye la captura del líder del grupo terrorista Sendero Luminoso. Pero ese día no estaba ninguno. Sólo Montesinos, quien la invitó a pasar a su despacho.

–Me estaba esperando con un whisky, vasos de cristal y hielos listos para servir.

Dice que primero se negó:

«Doctor, yo no tomo». Nunca había bebido whisky, pero aquella vez acabó por aceptarle un trago: después de todo, era el cumpleaños del hombre que acababa de ayudarla.

Brindaron. Él volvió a habla de su vida privada.

–Doctor, me tengo que ir –dijo ella al cabo de un rato.

Él se levantó de su silla y le acarició el rostro.

–Estás demasiado colorada –le dijo.

Luego la miró a los ojos.

Prosiguió:

–Estoy enamorado de ti.

–Usted tiene novia y esposa.

–Sí, mi esposa me ayudó mucho, pero no te lo voy a contar ahora.

Después salieron y él la llevó en su auto hasta su casa. La oficina de Montesinos quedaba en el séptimo piso de un viejo edificio del centro de Lima. Pinchi Pinchi conocía bien el lugar: antes del episodio de la clínica, solía ir a diario por allí. Luego las citas se sucederían con la misma frecuencia, pero en otros lados. Ella recuerda que empezaron a recorrer las mejores cocinas de Lima. Iban al hotel Sheraton y al Crillón. También a otro hotel, pero no del centro de la ciudad, sino de un barrio bonito: el Cesar’s de Miraflores. La pasaban bien estando juntos. Pinchi Pinchi dice que sus encuentros a veces acababan más allá del comedor: después de la cena, tomaban una habitación. También que ella era quien pagaba las cuentas y que él comenzó a pedirle con insistencia que le comprara ropa. Primero iban a una tienda llamada Él, que por esos años era todo un símbolo de la clase media limeña. Luego ella habría de refinar sus gustos y comprarle trajes más caros y elegantes.

–Él nunca tenía plata –recuerda Pinchi Pinchi–. Al día siguiente me llamaba y me decía: ven a la oficina para que veas cómo me ha quedado el terno que compramos ayer.

Pinchi Pinchi admite que estaba impresionada con su inteligencia y la habilidad con que manejaba su caso.

Mientras tanto, sus encuentros sexuales –«amorosos», los llama ella– se repetían como la rutina de cualquier pareja.

Hasta que una mañana ella llegó sin avisar a la oficina de Montesinos. Tocó la puerta y alguien le abrió sin preguntar quién era. Cuando entró en su despacho lo encontró teniendo sexo con su secretaria en un sofá.

–Él levanta la cabeza y me mira. Y yo le digo: chau.

Pinchi Pinchi pensó que sería el final. Le dijo que se marcharía a Estados Unidos y dejó de verlo: estaba segura de que la haría sufrir demasiado. Para entonces la policía ya no la buscaba, así que dio instrucciones a sus empleados para que, si veían a su abogado, la negaran.

–Pero él me esperaba en la puerta de mi casa, durmiendo en su carro. Pinchi Pinchi siguió trabajando en su negocio de joyas de fantasía. Dice que hizo todo por olvidarlo. Pero no era fácil.

***

A mediados de agosto del año 2000, Matilde Pinchi Pinchi recuerda que entró en el dormitorio de Montesinos, en el segundo piso del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Al lado, unida por una pared de madera oscura, quedaba una oficina en la que el presidente Fujimori se reunía en privado con su asesor de inteligencia y otros funcionarios de su gobierno. Casi nadie más podía entrar allí. Pinchi Pinchi solía llegar al SIN a eso de las diez de la mañana. Era parte de su rutina entrar en la habitación de Montesinos para revisar que todo estuviese en orden. Si había que cambiar la ropa de cama, era ella quien avisaba al personal de limpieza. También mandaba a lustrar sus zapatos y advertía que no faltaran toallas, jabón ni papel higiénico en el baño. A Montesinos le encantaba lucir impecable y Pinchi Pinchi, más que su abnegada mujer, era como su nana.

Pero esa mañana ocurrió algo inusual. Oyó que alguien había entrado en el salón del otro lado de la pared de madera. Eran dos personas: reconoció la voz de Montesinos y la de un coronel de policía, Manuel Aivar Marca, uno de los hombres de confianza del asesor. Al poco rato escuchó que hablaban sobre ella. Se quedó aralizada. El coronel le exigía a Montesinos que decidiera de una vez. Ha llegado la hora, le decía: tenemos que eliminar a Rosita, que era el apodo con el que todo el mundo conocía a Pinchi Pinchi dentro del SIN. Sus argumentos eran que Pinchi Pinchi (Rosita) sabía demasiado y que, asustada, «podría hablar», delatarlos.

En el entorno de Montesinos todos eran hombres: militares, policías o agentes de inteligencia. Estaban preparados para morir por defender un secreto. Pero ella no encajaba. Además, pensaba Pinchi Pinchi mientras los escuchaba decidirsobre su propia suerte, Montesinos había confiado tanto en ella que le había pedido guardar sus archivos clasificados, todo su dinero y todos los videos de sus extorsiones a políticos y empresarios, rotulados y escondidos en varias maletas. Por todo ello, Pinchi Pinchi recuerda que se aterrorizó al oír que el coronel Aivar Marca quería matarla. Y que Vladimiro Montesinos no se oponía. Sólo dudaba de que aquél fuese el momento indicado.

Eran los últimos días del gobierno de Fujimori. Su tercer período había empezado muy mal, con escándalos de corrupción y protestas en las calles. Seis personas habían muerto en una sola manifestación, llamada La archa de los Cuatro Suyos, en que gente de todo el país había llegado hasta Lima. Montesinos, dice Pinchi Pinchi, abía llegado a creer tanto en su poder que actuaba con total descaro. Se sabía que como asesor de inteligencia ejercía el control de muchos diarios y canales de televisión. Lo acusaban desde haber ordenado la matanza de unos universitarios hasta de tener sobornados a todos los jueces. Por eso él y el coronel

Aivar Marca estaban tan nerviosos aquella mañana, planeando el asesinato de Pinchi Pinchi. Ya no podían confiar en nadie, repetía Aivar Marca.

Y Montesinos dijo que sí, que estaba de acuerdo. Pinchi Pinchi recuerda que sólo le puso una condición: esperar algunas semanas, hasta que volviese la calma al SIN. Ella sabía que cuando Montesinos tomaba una decisión de esa naturaleza no daba marcha atrás. El hombre que juraba que la amaba había postergado su muerte, pero nada lo haría cambiar de parecer.

Tiempo atrás, dice, había escuchado a Montesinos planear otras dos muertes. Una había sido la de Gustavo

Mohme, el director del diario opositor LA REPÚBLICA, quien falleció de un extraño paro cardíaco mientras hacía ejercicios cerca de su casa de playa. Según Pinchi Pinchi, ella escuchó que unos agentes infiltrados habían introducido unas pastillas en el frasco de un medicamento que Mohme tomaba a diario, y que esa sustancia le habría provocado el paro cardíaco. La otra muerte había sido la del cardenal Luis Vargas Alzamora, el arzobispo de Lima que falleció luego de una extraña enfermedad. Ambas historias las contó Pinchi Pinchi a una fiscal en febrero del 2001, el día en que decidió con vertirse en una «testigo protegida». Es decir, alguien que habría de dar toda la información esencial para juzgar a Vladimiro Montesinos a cambio de no ir a la cárcel.

De modo que aquel día Pinchi Pinchi estaba muy asustada. Helada de miedo. Pasó horas en silencio, pensando en cómo impedir su muerte. Al principio decidió hablar con él, «encararlo», pero luego se le ocurrió que si hacía eso le estaría dando un pretexto para matarla de inmediato. Además, recordó algo que Montesinos solía repetir: el «sentido de la oportunidad», actuar antes que tu enemigo, sorprenderlo, emboscarlo. A la mañana siguiente regresó al SIN con una decisión definitiva: extraer uno de los casetes de video que probaban la corrupción de Montesinos y buscar la forma de hacerlo público para desatar el escándalo.

Era la segunda semana de agosto del 2000. Encontró un video donde se veía a Montesinos entregándole varios miles de dólares a un parlamentario de la oposición. Compraba su lealtad hacia el gobierno de Fujimori con un soborno. En realidad, no era un solo casete: eran dos, porque Montesinos siempre hacía grabar sus reuniones con dos cámaras. Aguardó un tiempo prudencial y salió del SIN. Se los llevó en el bolso. Aparte de Montesinos, ella era la única persona a quien los agentes de seguridad no revisaban lo que llevaba consigo. Así que salió tan tranquila, dice, tal como había llegado.

Un mes después, el 14 de septiembre transcurría como un día cualquiera en el SIN. Las protestas habían disminuido y Montesinos acababa de regresar de Rusia, donde había logrado que lo invitaran a una reunión con los servicios secretos de ese país. Era un viaje en teoría de trabajo, pero Montesinos había viajado con su novia, Jacqueline Beltrán, y con la propia Pinchi Pinchi. Ella dice que se sumó al viaje para no estar entre los sospechosos de traición el día en que se difundiera el video. En el peor de los casos, si la interrogaban, diría que podían haber robado el video mientras ella también estaba en Rusia. El sentido de la oportunidad, sorprender a tu enemigo, emboscarlo.

La tranquilidad del día terminó cuando el principal testaferro de Montesinos, el empresario textil Alberto Venero, llegó con la noticia de que un político de la oposición tenía un video. No hacía falta explicar qué clase de video era, pero hasta ese instante nadie en el SIN sabía de cuál se trataba. Venero agregó que estaban por pasarlo por televisión, y Montesinos envió a sus hombres a conseguir más detalles. Por su parte, Pinchi Pinchi recuerda que empezó a sentir una enorme presión. Pensaba que así como ella se había convertido en una traidora, podía haber uno entre los políticos que habían recibido el video que revelara su nombre.

Los congresistas que ya tenían el video en sus manos no habían fijado el día ni la hora para hacerlo público. Uno era Fernando Olivera y el otro Luis Iberico, por entonces feroces opositores del presidente Fujimori, y después aliados del gobierno siguiente, el de Alejandro Toledo. Cuando Montesinos confirmó que eran ellos, los amenazó de muerte. Les dijo que también sus familias corrían peligro. Olivera e Iberico han recordado que ese día fueron a buscar a sus hijos de los colegios donde estudiaban y contrataron a una empresa privada de seguridad para custodiarlos. Los llevaron a las afueras de Lima. Una vez a salvo, fijaron la hora para soltar el video: ese mismo día, 14 de septiembre, a las cuatro de la tarde. Desde el Hotel Bolívar.

***

Faltaban menos de cinco horas para ese momento. Pinchi Pinchi y Montesinos habían almorzado juntos, y los hombres de inteligencia ya habían descubierto que el casete que faltaba era el de una reunión del doctor con el congresista Alberto Kouri. En las imágenes se veía a Montesinos entregándole quince mil dólares por vender su lealtad al gobierno. Después del almuerzo, Pinchi Pinchi cuenta que Montesinos le habló de la cinta por primera vez:

–Pollito –le dijo–: van a pasar un video mío con Beto Kouri.

–Qué raro. Debe ser mentira –le respondió ella.

Dice que no se le ocurrió otra idea, pero se convenció a sí misma de que ya no podía flaquear. Durante las siguientes horas, semanas y meses, tendría que estar concentrada para disimular lo que había hecho. Pinchi Pinchi había escogido esa cinta de VHS por una razón: unos días atrás, el parlamentario Kouri había presentado una denuncia penal contra Alejandro Toledo, el jefe de su propio partido. Toledo había dicho a la prensa que Kouri se había vendido al gobierno de Fujimori tras recibir ciento sesenta mil dólares, y entonces Kouri le pedía una indemnización de un millón seiscientos mil por lo que –según él– era una calumnia. Eso le había dado cólera a Pinchi Pinchi. Así que cuando abrió las maletas donde escondía los videos, escogió sin dudar las dos cintas rotuladas con el nombre de Alberto Kouri.

La conferencia de prensa se retrasó una hora, hasta las cinco de la tarde. Cuando al fin aparecieron, Olivera, Iberico y otros parlamentarios de su partido tenían unos diez casetes de VHS sobre la mesa y una pantalla gigante a la izquierda. Horas antes habían hecho instalar en el Hotel Bolívar un generador eléctrico por si les cortaban la luz. Dejaron una copia de seguridad en el único canal que había aceptado televisar el video. Si los agentes del SIN saboteaban la presentación, el canal lanzaría la cinta desde su sala de control.

En ese mismo momento, Montesinos seguía la conferencia en directo. Pinchi Pinchi recuerda que al cabo de unos segundos en los que Kouri salía esperando en una sala con muebles de cuero, Montesinos la abrazó. Le dijo:

–Pollito, me jodí, estoy arruinado, no tengo remedio.

No sé si tirarme un balazo o renunciar.

Ella trató de tranquilizarlo.

Le dijo que no se preocupara, que aun de peores cosas había salido librado.

–Esto va a pasar, Vladi.

Busquemos una solución.

–¿Cómo pudo haber salido este video de aquí? –le preguntó

Montesinos casi sin haberla escuchado.

El doctor no lo podía creer. Sus sistemas de seguridad eran extremos. Nadie que él no conociera ni controlara podía entrar en el SIN. Espiaba hasta a sus amigo de mayor confianza. Incluso a su novia. Tenía a todos vigilados porque grababa sus conversaciones telefónicas. Estaba seguro de que su sistema de control era infalible, y eso lo enfurecía aun más. Podía sospechar de cualquiera de sus allegados, menos de Pinchi Pinchi. Acababan de volver juntos de Rusia y Montesinos estaba seguro de que el casete lo habían robado en su ausencia. Nadie podría haberlo hecho en sus narices. Al menos eso creía.

Mientras tanto, se habían interrumpido también los debates en el parlamento. Un congresista había levantado una cinta de VHS y gritado que Alberto Kouri había sido descubierto. El aludido se levantó de su asiento y fue a buscar un televisor para ver por sí mismo lo que estaba sucediendo. A los pocos minutos escapó por la puerta trasera del Congreso hacia el local del SIN. Montesinos le había dicho que tenía que ir a su oficina a recibir instrucciones de inmediato. Antes de que éste pudiera subir en su auto, unos periodistas le pidieron una explicación. Kouri dijo que el dinero era un préstamo. Luego desapareció a toda velocidad.

A esa misma hora, el presidente Fujimori telefoneó a Montesinos. Pero él no le quiso responder. Recién hablarían horas más tarde. Entonces el presidente le pediría su renuncia y el asesor se negaría argumentando que solucionaría el problema «de todos modos». En el otro extremo de la ciudad, Germán Barrera, un hombre a quien el congresista Fernando Olivera bautizaría con el apelativo de El Patriota, también se quedó paralizado ante una pantalla. Estaba de compras con su esposa cuando notó que la gente se arremolinaba frente a un televisor puesto en un escaparate. Era el video que él había tenido en sus manos días atrás y por el que había pedido que le pagasen doscientos mil dólares. De hecho, en ese momento estaba gastando parte del adelanto de quince mil que le habían dado los congresistas que hablaban desde el Hotel Bolívar.

Cuando Pinchi Pinchi tuvo el video en sus manos, se convenció de que tenía que entregarlo a algún congresista de oposición. Pero como ella no podía hacerlo en persona, contactó a El Patriota, un conocido de su chofer que por casualidad conocía a otra persona que podía llegar hasta los congresistas que luego emitieron el video.

Pero una vez que tuvo la cinta en sus manos, El Patriota supo que venderla podía ser el negocio de su vida. Así consiguió el adelanto de quince mil dólares, aunque jamás le pagarían el resto. Meses más tarde, tras su fallido negocio, la propia Pinchi Pinchi fue quien le pagó cincuenta mil dólares para que éste le devolviera sus originales. Lo hizo indignada, y sólo porque era la única forma de demostrar en un tribunal que ella había sido la verdadera responsable de la caída de Montesinos.

Pero hay otra versión. Algunos creen que Montesinos cayó por una operación de la CIA al desclasificar información que probaba que Montesinos era parte del tráfico de fusiles a la guerrilla colombiana de las FARC. Dicen que el video sólo habría sido la estocada final. Según esta versión, Pinchi Pinchi debía trabajar también para el famoso servicio secreto estadounidense. Sin embargo, suena extraño que una operación de tanto riesgo se hubiera podido confiar en la última etapa a un chofer y a su conocido, dos inexpertos. Por su parte, Montesinos tardaría meses en descubrir que era su «Mati» quien lo había delatado.

En febrero del año 2001, Pinchi Pinchi entregó a la justicia toda la información y los documentos que guardaba. A cambio tendría la posibilidad de salvarse de la cárcel. Entonces ella todavía se comunicaba indirectamente con Montesinos, a través de Silvana, su hija mayor, y él siguió confiando en Pinchi Pinchi mientras estuvo escondido en Venezuela. Desde allí le escribía correos electrónicos en clave. Le pedía dinero para poder pagar a sus abogados y para mantener a su familia a la distancia. Le pedía que no lo abandonara. Pero ya era demasiado tarde. Pinchi Pinchi era una doble agente: cumplía algunos de sus pedidos, pero le sonsacaba información para que pudieran apresarlo. Por eso fue la primera en contarle a un fiscal dónde estaba el prófugo ex asesor. El sábado 23 de junio del 2001, agentes de inteligencia militar venezolana detuvieron a Montesinos en Caracas. Y él empezó a odiar a Pinchi Pinchi. Para siempre.

***

Hacia el mediodía del viernes 22 de julio del 2005, Pinchi Pinchi y Montesinos volvieron a verse las caras.

Habían pasado cinco años desde que se emitiera el video. El escenario era un juzgado público instalado en la Base Naval del Callao, al oeste de Lima. Decenas de cámaras de televisión estaban listas para transmitir en directo lo que la prensa había bautizado como «la confrontación del año». Pinchi Pinchi vestía pantalones de color crema, un saco azul de paño y un pañuelo de seda naranja alrededor del cuello. Su cartera y sus zapatos eran del mismo color que su pantalón. En la mano derecha tenía una botella de agua sin gas que parecía una señal de que iba a hablar mucho. Se puso de pie en el extremo derecho de la sala de audiencias.

En ese momento, Montesinos apareció escoltado por un policía. Lucía una chaqueta azul y pantalones del mismo color. Parecía vestir ropa nueva, pero no la que antes le escogía Pinchi Pinchi. Estaba obligado a ser más modesto y se le veía más calvo que antes, quizá porque ya no tenía a esa ama de llaves que lo peinaba con tanto cuidado. Era la tercera vez que los citaban, pero la primera en que Montesinos había aceptado confrontar a Pinchi Pinchi. Las anteriores se había hecho esperar en vano. Algunos periodistas decían que Montesinos había querido ganar tiempo para llegar bien preparado al encuentro. Antes de empezar, la presidenta de la sala advirtió con tono conciliador pero enérgico que no iba a admitir que se faltasen mutuamente el respeto.

Pinchi Pinchi le dijo a Montesinos, mirándolo a los ojos:

–Yo me encargué de las cuentas del SIN desde octubre de 1999. Aunque lo niegues tratando de sorprender con mentiras, tú tenías el dinero en cajas de cartón y bajo los libreros. Cuando yo llegué te recomendé que compraras cajas fuertes.

–No es cierto –respondió él–. Y no le permito que me tutee porque yo la trato de usted. Y aunque yo permanezca detenido no he perdido mi dignidad.

–Vladi, estás hablando con La Pollito –le dijo ella con sarcasmo–. Yo conozco todos tus secretos, todas tus cosas. Tú, que dices ser un oficial de inteligencia para impresionar, cuando sólo eres un oficial de artillería.

El público estalló en carcajadas. Quedaba claro que ambos estaban preparados para disparar adonde más le dolía al otro. Se conocían demasiado y sabían que ambos tenían el poder de revelar en público sus secretos, como una pareja que se divorcia después de una traición. La abogada de Montesinos se quejó del trato «ofensivo» de Pinchi Pinchi, y la corte le ordenó a ésta que lo tratara de «señor».

Pero la soltura de Pinchi Pinchi ya lo había hecho tambalear. No sólo lo llevó a perder los papeles, sino que la abogada de Montesinos se dedicó a interrumpirla cada vez que pudo. Él llegó al límite de agredirla: dijo que Pinchi Pinchi era una simple masajista analfabeta y que no podía haber manejado sus cuentas porque ella no sabía sumar ni restar. Al día siguiente, esta agresión sería titular en varios diarios del Perú. Pero Pinchi Pinchi le respondió con otra frase digna de un titular sensacionalista:

–¿Así que sólo soy masajista? ¿Por qué no cuentas que tú traías hombres del extranjero para masajearte?

***

Ahora es la primera semana de setiembre del 2005, y Matilde Pinchi Pinchi acaba de llegar a su oficina. La luz de la mañana se cuela entre las persianas de una ventana que da a la calle. Su despacho queda en un segundo piso. Su rutina suele empezar con una citación en los juzgados anticorrupción, y termina con otra. Durante los últimos cinco años de su vida, Pinchi Pinchi ha ido más de mil veces a declarar ante los jueces. Es una testigo a tiempo completo.

Mientras revisa unos documentos que tiene sobre su escritorio, reprende a uno de sus empleados por no haber efectuado unos pagos como debía. Se siente cansada de responder a diario decenas de preguntas sobre lo que vio, hizo o escuchó alguna vez en la oficina de Montesinos. Ahora las vidas de ambos trascurren en dos lados distintos de la línea. Son rivales. Enemigos. Ambos saben que la subsistencia de uno depende de la inmovilidad del otro, y Pinchi Pinchi parece estar ganando la partida. Al menos mientras Montesinos continúe encarcelado en una base militar, en una de esas celdas de alta seguridad que él mismo mandó a construir para encerrar para siempre a los líderes terroristas. Y a ella no le da pena.

Pinchi Pinchi se acomoda tras su escritorio con una soltura que parece haber ido ganando en los últimos años. Dejó de ser la amiga anónima de un poderoso asesor presidencial y pasó a convertirse en un personaje de los que salen en la televisión. Ahora todo el mundo sabe quién es. Suele contar con cierto asombro que cuando va al supermercado hay personas que la saludan con familiaridad. Aunque reconoce que no siempre es así. Una vez, mientras hacía las compras, se le acercó una mujer y la empezó a llamar corrupta.

Antes de que Pinchi Pinchi pudiera responderle, otra mujer desconocida se acercó a defenderla: era una mujer valiente que se había atrevido a delatar toda la corrupción, decía su espontánea protectora.

Pinchi Pinchi cuenta que ya se acostumbró a no pasar desapercibida. Uno siempre hablará bien o mal de ella, pero es difícil que alguien la olvide. En junio del 2005, una encuesta de la Universidad de Lima decía que uno de cada cuatro limeños creía que era corrupta. Pero cuando la cadena de radio más importante del país preguntó a sus oyentes a quién le creían más, a Montesinos o a Pinchi Pinchi, seis de cada diez dijeron que confiaban más en ella. Para Pinchi Pinchi, haber traicionado a Montesinos es su mayor capital. Más que todo el dinero de su empresa. Se ha puesto un traje oscuro y tiene el cabello ondulado como si acabara de salir de una peluquería. Los años de tensión la han ido desgastando: tiene unas finas arrugas incluso en sus manos. Un día, uno de sus agentes de seguridad le mostró que alguien había dejado un gato muerto con las patas amarradas afuera de su casa. Ella lo entendió como una señal de Montesinos. Pinchi Pinchi dice que alguna vez él le había contado que a los soplones los esposaban y los lanzaban desde un helicóptero al mar. Antes del gato también le habían dejado un pájaro desplumado: a ella le decían La Pollito. Esos sustos la han llevado varias veces a internarse en una clínica.

–Yo no le tengo miedo al pelado, porque es un cobarde. Al que le tengo miedo es a Aivar Marca: ése sí es capaz de cualquier cosa –dice.

Por eso camina con una escolta policial que la sigue a todos lados. Y casi nadie sabe dónde está su nueva casa.

También a eso se ha acostumbrado. Sabe que a más de uno le encantaría verla muerta. Al final de una conversación que ha durado casi dos horas, Pinchi Pinchi se pone de pie y se dirige hacia la puerta de su oficina. Su actual abogado va tras ella. Es como su sombra: siempre está a su lado cuando le piden que relate algún episodio de su historia privada.

Pinchi Pinchi habla de sus planes futuros. Cuenta que está escribiendo un libro de memorias, y que quiere terminar sus estudios escolares que dejó a medias cuando vivía en Pijuana, su pueblo natal en la selva norte del Perú. Cuando acabe la secundaria piensa estudiar derecho. Necesita prepararse, dice, para su próximo objetivo: fundar un movimiento político para las elecciones generales del 2011. Mientras Pinchi Pinchi hace planes, los médicos legistas que hace poco evaluaron la salud de Montesinos han dicho que él a veces tiene ganas de matarse. Son dos piezas distantes aunque esta historia continuará siendo de los dos. Ninguno podrá escapar de la memoria del otro, como sucede con cualquier historia de amor.

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1. El héroe protege a un narcotraficante.

Shakespeare creyó que valía la pena conocer al general Vidal. Nicholas Shakespeare es un escritor británico que por ese entonces trabajaba en THE DANCER UPSTAIRS, un proyecto de novela sobre la captura del líder de Sendero Luminoso. El novelista estuvo en el Perú, donde se entrevistó con varias personas que luego convertiría en personajes de ficción. Todos reconocían a Ketín Vidal como cerebro y héroe de la captura del siglo. Tiempo después de publicada la novela, a Hollywood le interesó esta historia y el actor John Malkovich debutó como director llevándola de la literatura al cine. En el filme THE DANCER UPSTAIRS, el general Vidal es el agente Rejas. El personaje es un policía honesto. Sabe hablar quechua, tiene una esposa frívola y se enfrenta a unos militares corruptos para poder capturar al líder terrorista. Salvo una parte de la historia de la captura, casi todo lo demás es ficción en la ópera prima de Malkovich. Aunque no del todo. Hay una escena en la que el policía se describe a sí mismo:

–Hace un tiempo era abogado –dice Rejas–. Así que estoy familiarizado con la corrupción.

Es verdad. El general Ketín Vidal se convirtió en abogado cuando lo expulsaron de la ex Policía de Investigaciones del Perú. Ahora dice que no fue así, que se debió a un error, a una injusticia, que a él jamás debieron separarlo. Casi nadie sabe que la historia de ese episodio dice lo contrario. Era el invierno de 1985 cuando una explosión en Surco, un barrio residencial de Lima, hizo que se descubriera por casualidad a una mafia de productores de cocaína. Era la organización de narcotraficantes más sofisticada que se conocía hasta entonces, y la prensa bautizó a su cabecilla con el cinematográfico alias de El Padrino. Y al lugar, lo apodaron Villa Coca.

El Padrino cumplía en realidad dos papeles: podía ser un generoso capo del narcotráfico o un ahijado de lo más mimado. En el otro extremo de esa relación de ida y vuelta, había oficiales de la policía de investigaciones que lo habían protegido a cambio de dinero y regalos. Algunos de esos agentes acabaron en la prisión. A otros los expulsaron. Ketín Vidal, en ese entonces coronel, fue uno de ellos1.

****

–Vidal debió ir a la cárcel hasta por siete motivos más que yo.

Me lo dice José Jorge Zárate, un general de aquella policía de investigaciones que por diecinueve años ha evitado hablar sobre este tema. Jorge es su primer apellido. Recuerda que cuando era jefe del comandante Ketín Vidal, fue él quien le presentó El Padrino a su subalterno. Ahora que ya cumplió su condena de siete años de encierro, el general Jorge Zárate acepta contarme algunos detalles. Lo hace desde su retiro en una casa de campo en las afueras de Lima.

Para llegar hasta allí hay que atravesar el cauce de un río seco que no tiene puente. Es una mansión amurallada de unos ocho mil metros cuadrados donde este ex jefe de policía ahora siembra hortalizas, cría caballos, juega con sus perros labradores y tiene tiempo de sobra para leer. Ésta es la segunda vez que lo visito. Antes de que me abriera la puerta, Jorge Zárate estaba sentado leyendo “El código Da Vinci”. Sobre la mesa de su terraza al aire libre, hay vasos con agua de manzana, un cuaderno de notas y un cenicero. También una grabadora de audio.

–Nos conocemos muy bien, desde 1968 –recuerda–. Incluso lo recomendé para que pudiese ir a estudiar a la KGB.

El general Jorge Zárate tiene la voz parsimoniosa y se le ve como un abuelo granjero. Viste un suéter de botones y unos pantalones de lanilla, e imagino que así también lucirá el general Ketín Vidal cuando cumpla los setenta años. Ambos se parecen en la estatura pequeña, en la simpleza de su ropa y en su físico inofensivo de policías de oficina: delgados, sin músculos, lentos de movimiento, pero con una habilidad para memorizar fechas, documentos y nombres.

El general me había contado antes que más de una vez pudo revisar el expediente de su juicio página por página, algo más de catorce mil. Suficientes papeles como para fundar una imprenta casera.

–Espera un minuto –me interrumpe Jorge Zárate.

De la terraza ingresa a su sala a través de una mampara cubierta por una malla contra los mosquitos. Transcurre un minuto. Ahora dos. Tres. Mientras aguardo que regrese, hojeo mis apuntes sobre Villa Coca. A ver: el laboratorio de cocaína de El Padrino estalló un miércoles por la mañana en una casa de la Urbanización Higuereta, en Surco. Fue el 24 de julio de 1985, cuatro días antes de que hubiera un cambio de gobierno. Era una época de atentados terroristas, y algunos vecinos decidieron avisar a la policía antes que a los bomberos. Pensaron que se trataba de otro ataque de Sendero Luminoso.

Villa Coca quedaba en una esquina. Los primeros que entraron en ella fueron unos agentes expertos en explosivos. Uno de ellos describiría así la escena que encontró en el segundo piso: «Había bidones de éter y una alfombra de cocaína». Había también un muerto y otras personas que habían tratado de apagar el fuego y barrer el polvillo. Varias compartían dos apellidos: Rodríguez y López. A todas las detuvieron.

Pero el estallido más violento vendría días después, cuando se descubrió que no se trataba de una simple casa, sino de un condominio que ocupaba la mayor parte de esa serena cuadra del barrio residencial de Surco. El mismo domingo de cambio de gobierno se transmitieron las imágenes por televisión: eran ocho residencias conectadas entre sí que compartían una piscina, un baño sauna, balcones con faroles que daban a un patio interior y dos salones de baile. El apodo del señor que reinaba allí era perfecto: Reynaldo Rodríguez López, El Padrino.

La revista Caretas era la publicación a la que más se le podía creer en estos casos. En la edición que dedicó al escándalo Villa Coca, un reportero describe que al enterarse de que habían capturado a El Padrino y a sus hermanos, un oficial de baja graduación exclamó:

–Estos sí que son peces gordos. Pero ahorita salen.

Era un lugar común en el Perú: a los delincuentes que han conseguido corromper a la policía nunca les esperan años de años de cárcel. De esta escena se deducía que algunos agentes sabían que la organización de Rodríguez López había llegado hasta los altos mandos de la ex policía de investigaciones.

Ésta fue en verdad la mayor explosión: El Padrino tenía diecisiete empresas para ocultar su mafia. La más importante se llamaba Servicios Turísticos Internacionales, Setur-In. Era una agencia de viajes. Meses antes del escándalo, un diario de Lima publicó que esa empresa enviaba inmigrantes ilegales peruanos a Estados Unidos vía México.

Extrañamente, el reportaje se frenó con el primer informe. Después se correría el rumor de que Reynaldo Rodríguez López los había callado regalándoles pasajes de cortesía y sobornando a sus gerentes. Cuando fue capturado, el propio capo de Villa Coca confirmaría ese rumor. Al parecer, lo hacía con todo el mundo. Al menos, me consta que lo hacía con sus agentes protectores de la policía de investigaciones. De hecho, hay una boleta de Setur-In por dos pasajes a nombre de Antonio Vidal Herrera.

****

El general José Jorge Zárate regresa después de quince minutos. Me hace recordar que luego de nuestra primera reunión me había enviado una carta. Ahora me la pide. Es una selección de citas del juicio sobre Villa Coca referidas explícitamente al general Vidal. Jorge Zárate las había escrito a mano pero me había prometido que me las enviaría por correo electrónico. Al cabo de unos días, cumplió su palabra. Él llama a su carta una ayuda-memoria.

El general la toma en sus manos y lee.

–¿Ya ves? –dice–. Aquí está todo lo que hay que saber sobre el expediente.

Transcurre quizá un minuto. Jorge Zárate es de verdad un hombre parsimonioso. Quizá es lo que se aprende cuando a uno lo obligan a pasar siete años de su vida encerrado.

–Esto lo transcribí directamente –suspira al fin–. Cuando leas el expediente, verás que no te miento.

Le creo. Las citas del general Jorge Zárate sólo sirven para confirmar lo que he podido averiguar por otros medios. Por ejemplo, en el atestado policial del caso Villa Coca: Vidal sabía que Rodríguez López era un narcotraficante. Tres días después de la Navidad de 1983, recibió una nota del servicio de inteligencia. Era confidencial. Allí se detallaba que El Padrino era el jefe de una de las organizaciones más grandes de narcotráfico del Perú. Lo había logrado con el apoyo de varios hombres importantes de la policía.

Jorge Zárate toma bruscamente de la mesa sus apuntes. Acaba de recordar algo más.

Vidal, según él, reconoció haber visitado las oficinas de Setur-In a pesar de que sabía que podía tratarse de la empresa-fachada de un mafioso. Es más, asistió al matrimonio de una hija de El Padrino apenas un mes antes de que explotara Villa Coca. Entonces ya era coronel de la policía. Se puede ver a Ketín Vidal celebrando en varias fotos y en un video. «Yo no asistí a ese matrimonio –deslinda Jorge Zárate–. Él tenía más intimidad con Reynaldo». Pero sabe aún más.

Recuerda que El Padrino le compró de todo a Vidal: agujas para un tocadiscos, medicamentos para su esposa traídos del extranjero, casetes para equipos de video, un sacón, discos y que hasta le instaló un número de teléfono privado. Tres meses después del estallido de Villa Coca, esa línea telefónica pagada por El Padrino seguía funcionando en la oficina del coronel Vidal. Todo esto está por escrito en el expediente judicial del caso.

–Vidal veía a Reynaldo Rodríguez López mucho más que yo –repite Jorge Zárate.

Afuera ya es de noche.

–Era obsesivo, todo lo apuntaba –añade sobre El Padrino.

El apellido «Vidal» aparece veintidós veces en la trascripción de las agendas personales del capo de Villa Coca. En unas lo llama «Antonio». En otras se refiere a él como «Ketín» y en unas más «Coronel». En la hoja del siete de septiembre de 1981 se menciona por primera vez una cifra: «García P.-100.000-Asunto Vidal». El 24 de septiembre del mismo año, aparecen dos cifras juntas: «Ketín-130.000 y 30.000».

Nada nuevo: meses atrás, había entrevistado a ese fiscal de la Nación, César Elejalde, que dirigió ese proceso. Él me mostró los mismos documentos. –¿Sabes por qué Vidal no fue a la cárcel? –me pregunta Jorge Zárate cuando ya estoy por partir.

Sólo los faros del auto pueden cortar la sólida oscuridad del campo.

–Porque Vladimiro Montesinos fue su abogado, y no el mío.

2. El héroe trabaja para Vladimiro Montesinos.

Una fotografía en blanco y negro los muestra con caras de adolescentes encerrados en un cuartel: Vladimiro Montesinos y Ketín Vidal tienen en ella la mirada rígida, el pelo cortado al rape y el cuello tenso de unas camisas que parecen almidonadas. De los dos, sólo el precadete Montesinos sonreía en primer plano. Vidal ocupaba un lugar al fondo del aula, en una carpeta del montón. Esta fotografía fue divulgada en el horario estelar de un programa de televisión un domingo de septiembre de 1996. La calificaron de primicia periodística, pero apenas probaba que Montesinos y Vidal habían estudiado juntos en una antigua escuela militar de Lima.

No era ninguna novedad para algunos que le seguían la pista a Montesinos. Varios de los hombres que trabajaron en el gobierno de Fujimori para el ex asesor me contaron que la difusión de aquella imagen había sido una noticia ordenada por el propio Montesinos. Algo típico en su manual de intrigante asesor de inteligencia: entregar una fotografía, un video o una cinta de audio a un programa de televisión de gran audiencia para tratar de distraer la atención con un nuevo escándalo. La difusión de esa fotografía, me dijeron, había sido la tercera parte de un plan de Montesinos para defenderse a sí mismo de una acusación por narcotráfico.

La policía de Colombia había apresado a un narcotraficante apodado Vaticano. Cuando lo trajeron al Perú, Vaticano declaró a un juez que pagaba a Montesinos cincuenta mil dólares al mes para que le permitiera enviar cocaína a Colombia. Montesinos era un funcionario del Estado, de modo que debían investigarlo. Una de las responsables de hacerlo era la fiscal de la Nación Blanca Nélida Colán, pero terminó apareciendo en el programa “La revista Dominical” sólo para protegerlo.

Según ex servidores de Montesinos, la presentación televisiva de la fiscal fue sólo la segunda parte de un plan que el ex asesor de inteligencia utilizó para defenderse.

La primera parte, según ellos, fue ésta: otro de los que debían investigar a Montesinos era el director de la policía de entonces, el general Ketín Vidal. Revisando archivos de video, ese mismo domingo de agosto de 1996 en que la fiscal fue a defender a Montesinos en un canal de televisión, por la mañana el general Vidal había ido a otro. Ese programa se llamaba CONTRAPUNTO. Play. El general Vidal aparece vestido con su uniforme de gala y dice:

–El señor Vladimiro Montesinos, como todos sabemos, es asesor en asuntos de inteligencia en la lucha contra la subversión y el narcotráfico. Me resulta difícil creer que alguien con tanta responsabilidad en el país esté involucrado con un delincuente.

–¿Usted está defendiendo a su amigo? –le pregunta el conductor del programa.

–Yo no soy defensor ni juez para defender o acusar a nadie.

Unas semanas después, un tercer programa habría de difundir aquella primicia de la fotografía de Montesinos y Vidal en la escuela militar. Era, me dijeron sus ex servidores, la tercera parte del plan. La voz en off del reportero que consiguió la foto decía que Montesinos y la policía del Perú, dirigida por el general Vidal, habían apresado juntos a Vaticano. Eran socios y trabajaban en equipo. De modo que parecía insensato creer que un capo del narcotráfico hubiese podido sobornar a uno de sus captores. Tiempo después, Vaticano habría de retractarse de su acusación. Dijo que nunca le había pagado nada a Vladimiro Montesinos. Ese día fue llevado al tribunal tambaleándose. Casi ni podía hablar.

****

Siempre que alguien le pregunta por su relación con Montesinos, el general Ketín Vidal dice que nadie escoge a sus compañeros de promoción. En verdad, sólo estuvieron juntos en la desaparecida escuela de precadetes para el Ejército, porque de los casi doscientos alumnos que estudiaban allí, Vidal no logró calificar entre los cien primeros. Eso lo eliminó para el Ejército. Luego se hizo policía.

Años después ambos habrían de encontrarse vestidos de civiles. A Ketín Vidal lo despidieron de la policía en 1985. Para ese tiempo, a Montesinos ya lo habían expulsado del Ejército y era un abogado de narcotraficantes. Por coincidencia, la separación de Vidal tuvo que ver con el escándalo de Villa Coca. La explosión de aquel condominio donde se fabricaba cocaína había permitido saber que algunos oficiales de policía protegían a El Padrino. A unos cuantos los enviaron a la cárcel. A otros, como el entonces coronel Vidal, sólo los despidieron.

Un día fui a conversar con Sergio Cardenal Montesinos, un primo hermano de Vladimiro cuya oficina quedaba en el mismo edificio donde por esa época el futuro asesor había instalado su estudio de abogados. Cardenal me contó que allí se citaban algunos defensores del caso Villa Coca. También me dijo que Ketín Vidal empezó a frecuentar ese estudio.

–Yo llegaba a las ocho de la mañana y él ya estaba esperando afuera, en su Toyota destartalado –me dijo Cardenal–. Subía y bajaba de la oficina de Montesinos.

El general Vidal siempre ha negado estas visitas. Al menos en público. Pero Montesinos tenía una obsesión por los videos. Lo grababa todo: sus conversaciones con ministros, la entrega de dólares con que sobornaba a algunos dueños de canales de televisión, las manías del hijo menor del presidente, la intimidad de sus citas sexuales. A esa colección de videocasetes le pusieron el sobrenombre de vladivideos.

Uno de los vladivideos está archivado en el Congreso del Perú con el número 1809. En la etiqueta del casete, alguien ya le había colocado una identificación: «Reunión Doctor-Ketín Vidal 2». A Montesinos le encantaba que lo trataran de doctor. Debajo, una fecha: 25 de diciembre de 1999. Play. Montesinos llama a Vidal «Antoñito» por su primer nombre, y el general lo llama «Vladi» y a veces «Vladicito». Se elogian mutuamente. Ketín Vidal le dice a Montesinos: «Tu inteligencia, tu generosidad te van a ayudar». Antes, en la misma reunión, le había dicho:

–Vivo muy reconocido por todo lo que me has apoyado.

Y casi de inmediato:

–Me has ayudado en mi carrera, yo no lo olvido.

–Claro –dice Montesinos.

Luego el general añade:

–Tú tienes que estar seguro, Vladi, por ese lado seguro de que siempre me portaré como amigo.

En otro de sus vladivideos, Montesinos es más explícito acerca de esta ayuda. Son las cintas 880 y 881, del 29 de abril de 1998. Es una reunión del asesor de inteligencia con el presidente Fujimori y dos de sus ministros. Para añadir suspenso al relato que está por iniciar, Vladimiro suelta una frase:

–Bueno, yo les cuento la historia de Ketín Vidal.

Empieza con sus calificaciones en la escuela militar. Se burla de él diciendo que estuvo entre los cien que se fueron a su casa. Lo califica de bruto. Prosigue con un encuentro casual en la facultad de Derecho de la Universidad de San Marcos, hasta que llega al año 1985 en que separaron a Vidal de la policía. Y continúa:

–Entonces, un día de repente me tocan el timbre de mi estudio. Pasó y me dijo medio llorando: hermano, me han pasado al retiro y ahora qué voy a hacer.

Montesinos cuenta lo que él le respondió, y luego se enorgullece:

–El abogado fui yo. Yo fui el abogado del juicio que duró cinco años.

Inclusive le pagaron la famosa indemnización por tiempo de servicios.

Unos minutos después dice que el general Vidal trabajó con él:

–Durante esos cinco años yo lo incorporo a mi estudio. Le digo: mira, como tú eres policía y yo soy abogado penalista, trabaja conmigo y ayúdame. Yo tengo mucho contacto con la policía para la solución de los clientes. Tú me ayudas y, bueno, compartimos los honorarios. Cinco años estuvo trabajando en mi estudio de abogados. Era mi ayudante.

Cada vez que alguien le ha recordado al general Vidal esta familiaridad con que Montesinos se refería a él, ha respondido que a éste no se le puede creer nada. Pero Sergio Cardenal coincide casi por única vez con su primo. En una entrevista le pregunto:

–¿Qué era Vidal en el estudio de Montesinos?

–Un colaborador –me dice Cardenal–. Una especie de cliente que pagaba su juicio ayudándolo con sus trámites porque quería volver a la policía.

Luego añade:

–Investigaba las informaciones que llegaban desde Colombia.

****

Cuando Montesinos restableció su relación con los servicios de inteligencia del Perú, ya no era aquel traidor a la patria a quien habían expulsado del Ejército a fines de los setenta por vender información confidencial. Era un hombre de confianza del último ministro del Interior del entonces presidente Alan García2. A finales de la década del ochenta, a ese ministro le pidió el favor de restituir a Vidal a la policía. Como él mismo dijo, consiguió que incluso le pagaran todos los sueldos que había dejado de cobrar desde su salida.

Meses después, Montesinos se convertiría en el principal asesor del presidente Fujimori. Era el hombre más poderoso del Perú de aquella época. Empezó a manejar el Servicio de Inteligencia Nacional y, como dicen sus colaboradores, buscaba a un hombre de confianza para que espiara a sus espías. Así fue como en sólo seis meses, catapultó a Ketín Vidal de escandaloso coronel retirado a general rejuvenecido. Una tabla de calificaciones policiales de diciembre de 1990 registra que entonces había treinta y siete coroneles que postulaban a tan sólo cuatro plazas de general. El coronel Vidal aparece allí en el puesto treinta y tres. Un instructor de la policía asegura que con estas calificaciones es imposible que un coronel pretenda convertirse en general. Aun así, Ketín Vidal lo consiguió.

La captura de Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, no fue sin embargo un motivo para afianzar esta relación entre el general Vidal y Montesinos. Al contrario. Casi todos los oficiales del Grupo Especial de Inteligencia que estuvieron allí en septiembre de 1992 me dijeron que esa fue la primera vez que el asesor sintió que Vidal lo traicionaba. La prueba, según ellos, era que Montesinos lo castigaría por haberlo hecho.

No podía perdonar que se hubiera atribuido la captura del líder senderista. El ex asesor siempre quiso llevarse esos aplausos. Al saber que los agentes de aquel grupo de inteligencia estaban a punto de lograrlo, había ideado un plan para robarles la información. Primero, me dijeron los agentes, Montesinos les envió a sus hombres del comando paramilitar Colina, pero no le resultó. Recién luego, recuerdan, Montesinos les envió al general Vidal. Lo habían nombrado subjefe –y luego jefe– de la Dirección Contra el Terrorismo, la unidad que tenía la responsabilidad de apresar a los cabecillas de Sendero.

La noche de la traición, es decir, la noche que detuvieron a Abimael Guzmán, el general llamó a una televisora para darle la primicia, y después entregó a una periodista amiga un videocasete en el que el fundador de Sendero Luminoso aparecía derrotado frente a él. Tan lejos había llegado el general que el asesor Montesinos se enteró de la captura horas después estando en una playa a unos treinta kilómetros al sur de Lima. Entonces cogió su teléfono y exigió que le llevaran al terrorista a su despacho para que él pudiera convertirse en el vencedor de esa historia. Era demasiado tarde. Los peruanos tenían el nombre de un nuevo héroe grabado en su memoria: Antonio Ketín Vidal.

Luego se ocupó de la venganza: al general Vidal lo cambiaron de puesto a fin de año. Además, se desactivó el Grupo Especial de Inteligencia. Los ochenta y cuatro agentes de la unidad especial que había apresado al líder de Sendero sabían quién había dado esa orden. Y conocían por qué.

****

Algunos peruanos tuvieron la iniciativa de convertir a su héroe en presidente de la República. Javier Pérez de Cuéllar, el diplomático que había ocupado la secretaría general de las Naciones Unidas, y que postuló en las elecciones presidenciales del Perú en 1995, trató de convencer a Ketín Vidal de unirse a su lista.

Al final, el general Vidal se negó. Le explicó al prestigioso diplomático que no habían aceptado su renuncia en la policía. Emma Mejía Guzmán, la mujer que acompañaría cinco años más tarde a un prófugo Montesinos en su fuga a Venezuela, ha declarado que si Vidal conversó con aquel diplomático fue por encargo de Vladimiro4. Pérez de Cuéllar podía representar un peligro para la reelección de Fujimori. Según la mujer, el general volvió a amistarse con quien lo había castigado por haber aceptado esta nueva orden. Un año después, a Ketín Vidal lo nombraron director general de la policía. Todos los que han trabajado cerca de Montesinos, incluido su primo Sergio Cardenal, dicen que esos cargos sólo los aprobaba el asesor.

–Yo lo reconocía por su voz –recuerda Wilder Ramos, un capitán del Ejército que trabajó como secretario de Montesinos por esos años–. Antes de que él me dijera: «Soy Toño», ya sabía que era el general Vidal.

Otro de los secretarios de Vladimiro Montesinos me contó algo más. Que cuando a su jefe se le ocurría conversar con Ketín Vidal, mandaba a uno de sus agentes «a traerlo» de inmediato. Lo dice con estas palabras, enfatizando que existía una relación de sometimiento. Como si Montesinos no olvidara que el general había sido un ayudante de su estudio de abogados que defendía narcotraficantes: a fin de cuentas, un tipo que le debía favores y que hasta se había atrevido a traicionarlo.

Una noche, cuando Montesinos era ya un prófugo sin poder, pidió que buscaran a Ketín Vidal. Uno era el hombre más odiado del Perú. El otro, en cambio, había sido nombrado ministro del Interior del gobierno de transición que siguió a la renuncia de Fujimori. Todos querían al general. Era como la personificación de la honestidad. La mujer que lo acompañó en su fuga cuenta que en el velero que los alejaba del Perú, Montesinos estaba paranoico y juraba que lo iban a matar. Recuerda que la llamó a la sala privada del velero y que le pidió que si algo le llegaba a suceder, buscara al general y le rogara cuidar a la última de sus hijas. Según le dijo, la niña era ahijada de Vidal. Ella dice que cuando Montesinos se enteró de que al general le habían dado el cargo de ministro, soltó una risa de alivio. «Me debe mucho», recuerda que le dijo entonces.

Después de permanecer un tiempo oculto en Venezuela, el tipo que le cuidaba las espaldas, su protector, lo delató. Temía por su propia vida. El propio presidente de Venezuela, Hugo Chávez, había negado la presencia de Montesinos en su país, pero el FBI ya sabía de su paradero. Antes de que lo capturasen, el guardaespaldas lo entregó a la Dirección de Inteligencia Militar de Venezuela. El general Ketín Vidal se enteró del arresto cuando escuchó al presidente venezolano dar la noticia. Era el domingo 24 de junio de 2001. Luego se embarcó a ese país para recogerlo. Hay otro video, uno de cuando ambos están dentro del avión que traía al ex asesor de vuelta a Lima. Allí Vidal aparece sentado en primera fila, y parece casi paralizado, con la cara de quien sabe que ha cometido un error. Montesinos lo mira desde su butaca, al fondo, con las manos esposadas. Está sonriendo, como si se burlara de él.

3. El héroe le roba el terreno a unos jubilados.

–Tienen que comprender, muchachos: este dinero es para mi jubilación.

El agente Ardilla recuerda que esto era lo que solía responderles el general Vidal cada vez que sus oficiales le comentaban algo sobre su extraño negocio. En verdad, eran dos los negocios del general. Uno era el alquiler de su auto a la unidad policial que el mismo Vidal comandaba. El otro era enviar a reparar todos los coches de esa unidad en un taller de mecánica que administraba su hermano, Waldir Vidal.

Sólo por alquilar su auto, el general le añadía mil dólares mensuales a su sueldo. El nombre de Ardilla es Julio Becerra y fue el primer policía que entró en la casa de Abimael Guzmán el día de su captura. Conoce al general Vidal desde 1991, cuando éste fue destacado a la Dirección Contra el Terrorismo. Becerra conserva aún el mismo recuerdo del héroe que casi todos los policías que lo conocen: un hombre inteligente y hábil para encontrar pistas secretas en un documento clasificado, con el tono de voz de un predicador de la Biblia, pero también el aspecto de alguien que jamás ha corrido detrás de un ladrón de carteras. Peor aún: un jefe capaz de traicionarlos. Lo que Ardilla no se explica es por qué un tipo como Ketín Vidal podía haberse interesado en negocios que le daban tan poco dinero y le restaban prestigio.

El agente dice que el auto que Vidal alquilaba para su unidad era un antiguo Toyota blanco que se estropeaba de cuando en cuando. Lo mismo les ocurría a los otros coches de esa unidad policial, también viejos y en malas condiciones. Cuando alguien iba a decírselo al general, Vidal los enviaba al taller de su hermano. Esas cuentas, según Ardilla, las pagaba la policía.

Becerra recuerda que visitó muchas veces ese taller. Me dice que quien lo atendía era Waldir Vidal, y que así como él, todos los agentes sabían que era el hermano del jefe. El lugar era una factoría improvisada en un terreno vacío del distrito de Pueblo Libre, una antigua zona agrícola de Lima donde por entonces se empezaban a construir nuevas urbanizaciones. Afuera no había un solo cartel que indicara que allí se reparaban los vehículos de los policías más amenazados del país. Pero lo que podría parecer una medida de seguridad, en realidad escondía un fraude1.

–Este terreno es mío –me diría Carlos Iparraguirre, un jubilado a quien una mañana acompañé a visitar ese lugar.

Iparraguirre lloraba frente a mí. Me contó una historia que para él se resumía en unos papeles que ese día llevaba en la mano. Según esos documentos que había firmado un notario, Carlos Iparraguirre Blondet y su esposa terminaron de pagar aquel terreno en 1990, después de diecinueve años de haberlo comprado a una inmobiliaria.

Para Iparraguirre, un jubilado que acaba de cumplir ochenta y tres años, el general Vidal y su hermano Waldir son unos ladrones. Dice que le han quitado ese terreno. Al principio, me pareció una exageración.

****

–No conozco al señor Iparraguirre, nunca he conversado con él –dijo Vidal en una entrevista televisada.

Lo negó ante las cámaras de televisión, luego de que en un reportaje el jubilado le volviera a decir ladrón.

La verdad es que Ketín Vidal sí lo conocía. Años atrás, en uno de los varios juicios que han enfrentado a los hermanos Vidal con Carlos Iparraguirre, el general reconoció delante de una fiscal, que lo había recibido dos veces para conversar y encontrarle una solución al problema que tenían. Pero esa noche, en el set de televisión, cuando la conductora que lo entrevistaba se lo recordó, el general Vidal cambió de tema.

–No entiendo las lágrimas del señor –le dijo–. No sé por qué hace todo esto. Si de mí dependiera, si el terreno fuera mío, gustoso se lo obsequio. Pero es de mi hermano.

En esto al menos no mentía. Para la época de esa entrevista, en marzo de 2002, su hermano ya se había adueñado de los doscientos cincuenta metros cuadrados del jubilado. Pero lo que el héroe de la policía evitó declarar esa noche en la televisión fue que la familia Iparraguirre había tardado dos décadas en pagar ese terreno, y que él y su hermano lo habían invadido para instalar allí un taller mecánico, cubierto tras un cerco de arbustos.

Cuando Iparraguirre y su hijo me llevaron a ver su terreno, una semana antes de esa entrevista televisiva a Vidal, los arbustos habían sido reemplazados por una pared de madera pintada de celeste en la que destacaba una puerta angosta. La tocaron y abrió un desconcertado vigilante que no pudo detener al hijo del anciano quien cruzó el umbral y exigió que pasáramos. Ambos volvían a pisarlo después de varios años. Se los veía muy exaltados. Pero el terreno no estaba vacío. Había montículos de tierra y trozos de ladrillos regados por todas partes, como si hubieran demolido una casa. Daba la impresión de que alguien preparaba el terreno para una nueva construcción. Al fondo, al lado de una caseta, quedaban algunos tubos de fierro, piezas antiguas, y hasta un automóvil desmantelado. «Éste es mi lote», dijo Carlos Iparraguirre caminando con lentitud. Tirado en el suelo, había un ejemplar de la revista de la policía en la que aparecía el general Vidal.

La pesadilla del jubilado empezó una década atrás, cuando Ketín Vidal estaba a punto de convertirse en héroe por la captura del líder de Sendero. Era julio de 1992, y entonces Iparraguirre no sospechaba lo que estaba sucediendo en su terreno. Durante años había querido construir allí, pero nunca pudo hacerlo. Su salario de empleado en una minera apenas le alcanzaba para mantener a ocho hijos. Un día, Carlos Iparraguirre quiso remover el desmonte que creía se estaba acumulando adentro. Acababa de jubilarse y tenía un dinero con el que pensaba por fin empezar a construir. De pronto se encontró allí con una sorpresa: un hombre llamado Waldir Vidal lo recibió con amabilidad y hasta le ofreció sus disculpas por haber instalado en ese lugar un extraño taller de mecánica.

Le dijo que debía tratarse de un error, pues el lote del costado era de su hermano, un general de policía. Si ambos estaban de acuerdo, dice que le propuso Waldir Vidal, quizá podrían intercambiarlos. Iparraguirre recuerda que días después fue a buscar a Ketín Vidal en su despacho de la Dirección Nacional Contra el Terrorismo. Recuerda que Vidal también le pidió disculpas y le aseguró que encontraría una solución. «Soy un hombre honrado», le dijo el general esa mañana. Iparraguirre le creyó, y se fue a su casa más tranquilo.

A las semanas, y por insistencia de su hijo, Carlos Iparraguirre decidió ir a la inmobiliaria que les vendió el terreno. Quería estar del todo seguro de que el lote que le ofrecieron los Vidal a cambio del suyo, en verdad les pertenecía. Fue cuando el anciano descubrió la mentira: el general tampoco era dueño de ese otro terreno. Un mes después, Ketín Vidal se convirtió en el hombre más felicitado del Perú tras la captura del líder de Sendero Luminoso. De pronto se volvió un hombre intachable, un héroe de carne y hueso. Iparraguirre dice haber reclamado y reclamado, pero a esas alturas ya casi nadie podía creerle. Incluso fue a la policía de su distrito, y el comandante a cargo no quiso recibirle la denuncia. Pero Iparraguirre no se quedó tranquilo: fue a demandarlo donde un fiscal. El héroe había sido acusado de usurpación.

El general Vidal se enteró y lo mandó a llamar a su oficina para calmarlo. Era verano en Lima. Dice que él y su hijo lo esperaron en una sala por más de media hora.

Vidal se había convertido en un hombre poderoso y bastante más ocupado que antes. Entraron. Iparraguirre recuerda que el general vestía impecable y que les estrechó la mano. Tomaron asiento y discutieron unos quince minutos. El jubilado recuerda que Vidal fue breve y que les dijo por segunda vez que él no tenía la menor intención de quedarse con su terreno, que no había por qué llegar tan lejos, que él era un hombre de palabra, que sus abogados encontrarían una solución justa. Tiempo después, comprendería que aquella reunión sólo había sido parte de una estrategia del general para ganar tiempo.

Sin que los Iparraguirre sospecharan, los hermanos Vidal habían iniciado una demanda conocida como «prescripción adquisitiva de dominio», una figura legal que permite que alguien se apropie de un terreno con sólo demostrar que lo ha ocupado de manera pacífica por diez años y sin que nadie lo haya reclamado. Los hermanos Ketín y Waldir Vidal usaron esta figura en agosto de 1992, es decir, un mes después de enterarse de que el anciano los había demandado. Todo fue un secreto, y de allí el fraude: Iparraguirre jamás fue notificado de que alguien estaba quitándole su propiedad. Esos expedientes tienen direcciones falsas, procedimientos omitidos, fechas imposibles y hasta contradicciones entre los propios hermanos Ketín y Waldir Vidal. Lo dice el jubilado y lo demuestra con documentos. Un detalle más: Iparraguirre recuerda que incluso ese mismo año, los Vidal ofrecieron comprarle el lote por una suma irrisoria, exactamente la sexta parte de su precio de mercado. Era sólo otra forma de distraerlo.

Aquella mañana calurosa, cuando el general los recibió en su oficina por segunda vez, ya tenía montada su trama legal para arrebatarles el terreno sin que ellos se dieran cuenta a tiempo. De allí en adelante, los juicios que ha debido iniciar y soportar Iparraguirre durante una década son como un descenso a los infiernos, sólo que peor. Al final los Vidal lograron su propósito. Un juez los declaró únicos dueños del terreno del jubilado. Cuando la justicia iba a confirmar esa sentencia, el general renunció a sus pretensiones, y dejó que su hermano se convirtiera en el único propietario. Waldir Vidal era dueño de ese terreno con todas las de la ley.

El general de inteligencia tampoco se quedó quieto: prefirió proteger su reputación y entabló un juicio a Iparraguirre. Lo acusaba de perjudicar su honorabilidad y su prestigio, y le exigía el pago de medio millón de dólares. El dinero, según la demanda, iría a una inexistente asociación por los niños pobres del Perú. Fue el único juicio que pudieron ganar los esposos Iparraguirre al general. Una victoria sin importancia.

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En un archivo de periódicos leo este titular: «El general Ketín Vidal ayudó a su hermano para que nos robara». El titular estaba acompañado por una foto con la siguiente leyenda: «Carlos Iparraguirre hijo, mostrando la escritura pública que de nada le sirvió a sus padres para reclamar lo que les pertenece y les fue despojado en el Poder Judicial de Montesinos». Es el diario LIBERACIÓN del miércoles 12 de julio de 2000. Por ese entonces lo dirigía César Hildebrandt, el periodista más influyente y con mayor credibilidad en el Perú. Ahí ya se contaba esta historia, e Iparraguirre juraba que no se detendría hasta recuperar su terreno.

Ahora vive con uno de sus hijos en New Jersey, Estados Unidos. Ha pasado más de una década y la familia Iparraguirre ha perdido su lote y unos quince mil dólares en abogados. La última vez que estuvo de visita en Lima lo acompañé otra vez a ver su terreno. Descubrió que ya no existe. En su lugar hay un edificio de apartamentos de cinco pisos construido por una empresa ligada a la familia del general Vidal. Ese día el señor Iparraguirre lloró otra vez. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ya admitió su demanda contra el Estado peruano.

4. El héroe gasta medio millón de dólares en casas.

–Disculpe. ¿Usted es reportero de Panorama, verdad?

El hombre de la voz ni siquiera me dejó responderle.

–Aquí le traigo una bomba –dijo sin detenerse.

Algunas personas que esperaban conmigo el elevador voltearon a mirarlo. Luego me entregó un fajo de papeles.

Como cada martes, yo había entrado corriendo al edificio de Panamericana TV. Iba retrasado para llegar a la reunión semanal de PANORAMA, la revista de reportajes en la que entonces trabajaba. Tomé los papeles y leí: «Carta notarial». Una fecha: 22 de septiembre de 2001. Más abajo, un destinatario en letras resaltadas: «General Antonio Ketín Vidal Herrera». Recién entonces levanté la vista para prestar atención a aquel desconocido al que los vigilantes del canal no le quitaban los ojos de encima. Era un hombre flaco, de unos cincuenta años, un metro setenta y cinco de estatura, y lacios cabellos negros. Un rostro andino, con ojos de gavilán y la nariz gruesa y quebrada. Estaba furioso.

La carta tenía varias páginas, y comenzaba con un amigable y ceremonioso saludo: «De mi especial consideración». Luego entendí de qué se trataba: un corredor de bienes raíces denunciaba al general Ketín Vidal por haber comprado por lo menos cinco casas valiéndose de testaferros. A primera vista, lo que ese hombre trataba de decirme era que había sido estafado por un héroe. Le pedí fotocopiar la carta para investigar por mi cuenta, pero de súbito él me la arrancó.

Me dijo que él había sido corredor inmobiliario del general Vidal desde 1993, y que utilizando el nombre de su propio hijo, le había comprado una casa para que el general se la regalara a una de sus supuestas amantes. Dijo que Vidal lo había traicionado: le debía dinero.

–Son mis honorarios –dijo–. Se burla de mí porque se siente intocable.

Por lo menos esto último era verdad. Hacía dos meses que el general había dejado el cargo de ministro del Interior con el prestigio intacto de haber capturado en Venezuela a Vladimiro Montesinos.

–Tengo que irme –le dije–. Déjeme la carta y llámeme mañana.

–No –respondió el hombre.

Para entonces lucía nervioso. Una muchacha, de quien no me había dado cuenta, había escuchado toda nuestra conversación.

–Vámonos, Venturo –intervino–. Los periodistas sólo te usan. ¿Acaso ellos te van a pagar?

En una tarjeta le apunté mi teléfono. De él sólo me quedó su nombre: Venturo. De su carta, en cambio, recordaba la descripción de una casa comprada por ciento cuarenta y siete mil dólares en la calle Tasso de San Borja, un distrito de clase media de Lima donde hasta ahora vive el general Vidal. Intenté dar con la identidad de Venturo y pregunté a los vigilantes: ninguno había registrado su nombre completo.

Al día siguiente timbró mi celular.

–Soy yo –dijo.

–¿Qué dice? ¿Cuándo nos vemos para conversar?

–No, el hombre es poderoso –replicó–. Me puede joder.

Y colgó. Al menos había dejado una huella: el número de un teléfono fijo. En la guía telefónica estaba el nombre de Zócimo Venturo Acuña Ramírez. Los registros de identidad decían que era soltero, que tenía educación superior y que había nacido en Sihuas, una provincia de la sierra norte del Perú. Su casa quedaba muy cerca del edificio de Panamericana TV.

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Ahora, casi tres años después, una investigación fiscal ha reunido pruebas para acusar al general Ketín Vidal por haber comprado al menos cuatro casas que no se explican con su sueldo de policía retirado. Es una casa menos de las que me había contado Venturo Acuña. Pero durante todo ese tiempo, el héroe seguía siendo el héroe. Jamás ha sido fácil pescar a uno. Nadie quiere decirte nada. Luego vino lo peor para mí: una semana después de la primera charla con Venturo Acuña, un video mostraba al entonces dueño de Panamericana recibiendo cuatrocientos mil dólares en efectivo del ex asesor Vladimiro Montesinos. Si todo reportero desea tropezarse con una gran historia, podía decir que ya tenía la mía, pero sin sueldo: en Panorama, todos renunciamos en bloque después de ese video.

Por suerte había quienes sí conocían a Venturo Acuña. Alguien me dijo que solía publicar sus ofertas inmobiliarias en la sección de clasificados del diario El Comercio. El domingo siguiente me pasé buscando avisos de casas y apartamentos hasta que encontré varios con su teléfono. Lo llamé haciéndome pasar por alguien interesado en un apartamento. Quedamos en vernos esa noche.

–Me estás siguiendo –dijo sorprendido, apenas me vio entrar por la puerta.

Lo acompañaba la misma muchacha de la primera vez.

Ella lo increpó para que se relajara y me mostró el lugar como si fuera un cliente. Al final llegamos a conversar algo acerca de su relación con el héroe. Venturo me repitió la historia de su carta: durante años le había vendido casas al general Vidal, y éste lo había estafado con más de siete mil dólares. En el mundo real del dinero, esta cifra no significa nada. Apenas un pasaje de ida en primera clase de Nueva York a Tokio. ¿Por qué un hombre con la celebridad del general Vidal podía exponerse a un escándalo por tan poca cosa? Pero la pregunta más evidente era otra: ¿De dónde había sacado un general de la policía medio millón de dólares para comprar casas? Ésa era mi pregunta. Fui a conversar con Venturo Acuña otras seis o siete veces, hasta que al final me lanzó la única verdad que valía para él:

–Tú me das lo que él me debe, y te cuento todo, compadre.

No le di nada y tampoco él me contó todo. Empecé a grabar nuestras conversaciones telefónicas. Me enteré de que la casa de Tasso donde aún vive el general Vidal tenía dos dueños. Según el municipio del distrito, le pertenecía a un tal Wilfredo Adolfo Núñez Reynoso, alguien a quien el general habría de reconocer luego como su benefactor y primo lejano. Se trata de un empresario quebrado, como él mismo reconoció, y con deudas por cientos de miles de dólares a varios bancos peruanos. Pero en los registros públicos, ese nombre no asomaba por ningún lado.

Una noche, en medio de una conversación que decaía, Venturo me soltó un nombre clave: Fredy Efraín Vidal Dávila, un primo hermano del general a quien tiempo después hallaría trabajando de guardián en un terreno baldío. Con el nombre de Vidal Dávila encontré dos propiedades: una en la calle Tasso y otra en la urbanización Elio, un barrio residencial de clase media cerca de la zona industrial de Lima. Allí vivía una suboficial de policía, Luz María Grecco Portocarrero. Las pistas que se le habían ido escapando al corredor inmobiliario empezaban a cuadrar en mi rompecabezas. De ser cierto lo que me había contado la primera vez, esa mujer debía ser una de las amantes del general. Bingo.

Quien compró la casa de la urbanización Elio había sido un hijo de Acuña. Así lo decían los archivos de los registros públicos. Había pagado por esa casa sesenta mil dólares al contado. Fue en 1998, cuando aquel muchacho que hasta ahora vive con su padre acababa de cumplir diecinueve años.

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No hay informante sin interés, y lo sabemos muy bien los periodistas. El interés de Venturo Acuña era que alguien le pagara todo el dinero que le debía el general Vidal. Ni yo me había ganado su confianza ni él tenía la mía. Cada pista que el corredor inmobiliario dejaba caer con aparente ingenuidad debía verificarla cuanto antes. Era como un pacto sin firma, la condición para una nueva cita. Acuña debía pensar que mientras más pruebas podía yo acumular en contra del general Vidal, más posibilidades tendría él de cobrar su deuda.

Otra noche, en una pizzería, Venturo me contó que la oficina que tenía Vidal en San Isidro –el distrito financiero de Lima– también la había comprado a su nombre. Pero me dijo más:

–Vidal tiene una empresa constructora que incluso ha ganado licitaciones en la Policía cuando él era jefe.

Al día siguiente ubiqué la oficina de esa empresa, que en verdad era una casa y muy elegante. Si a Ketín Vidal se le ha considerado siempre austero hasta la tacañería, aquella oficina debía haber significado un cambio en la percepción que tenía de sí mismo. Quizá se debió a la vanidad que provoca el poder. O a un nuevo amor. O a que un héroe debía aparecer mejor en las fotos de los libros de historia. Esa casa le había pertenecido a un matrimonio de gente mayor que seguía figurando como dueños en los archivos de la Municipalidad de San Isidro.

–Qué pena. Ya vendí la casa –lamentó el antiguo dueño cuando lo encontré.

Le había dicho que estaba interesado en comprarla.

–¿Recuerda a quién se la vendió?

–Era un señor Acuña, aunque creo que él era el corredor –me dijo a través de un intercomunicador–. La dueña es una empresa, pero tengo entendido que se la ha alquilado o prestado al general que capturó al jefe de Sendero.

Constructores Andinos. Así se llama la empresa que había pagado por la casa de cuatrocientos metros cuadrados que hasta ahora sirve de oficina a Ketín Vidal. La primera fiscal que habría de investigar el caso Vidal descubrió que los dueños de esa compañía eran un jubilado empobrecido y un tipo de unos treinta años que no tenía siquiera una tarjeta de crédito. Por coincidencia era la misma constructora que había ganado dos licitaciones para realizar obras para la Policía, al menos una de ellas en el mismo tiempo en que el general Vidal había llegado al cargo de ministro del Interior. Cuando la fiscal quiso levantar el secreto bancario de Constructores Andinos, un hombre la fue a buscar para ofrecerle dinero. Una semana después, la cambiaron de puesto.

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Tiempo más tarde, Venturo Acuña me dijo que el general solía mantener reuniones nocturnas con una mujer que vivía en un apartamento que ella, claramente, no podía pagar. Una noche fui a estacionarme al frente. Quedaba en el distrito de San Isidro, en una zona residencial en la que hasta los años sesenta funcionaba el aeropuerto de Lima4. Gracias a un contrato que me enseñó Venturo supe que los dueños recibían cuatrocientos dólares de alquiler mensual, una cifra que en el Perú es tres veces mayor al salario mínimo de un obrero. De una de las esquinas apareció un Volvo gris a baja velocidad. Era el auto que hasta ahora conduce Ketín Vidal, regalado por un grupo de empresarios como premio por haber capturado al líder de Sendero. Allí, con las dos manos sobre el volante, estaba él. Solo. No tuvo que bajarse para tocar el timbre ni pedirle al portero que le abriera el garaje. El portón de rejas se elevó sin más misterio que un control remoto, probablemente activado desde dentro del coche. Una vez estacionado, el general Vidal descendió del auto, saludó al vigilante como a un viejo conocido y desapareció por las escaleras. Se le veía feliz.

El general Vidal iba de vez en cuando a reunirse allí con una suboficial de la policía, Laura Zavala Chumbiauca, un nombre que a nadie le importaría si no fuera por los treinta y cuatro mil dólares que la fiscalía halló en una de sus cuentas cuando le levantó el secreto bancario. No se trata de inmiscuirse en la vida privada de nadie: una de las amantes de Montesinos está en la cárcel por haberse gastado el dinero del ex asesor, que en realidad era dinero robado al Estado. El adulterio no es un delito.

Robar o disfrutar del dinero ajeno, sí.

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–Señor Paredes –dijo, llevándome a un costado–, no se meta con mi vida privada.

–No se preocupe, general. Por ahora ese asunto no le debe interesar a nadie.

Fue la noche del domingo 10 de marzo de 2002. Ese día Panorama iba a emitir el reportaje de media hora que había estado preparando sobre las casas del general Vidal. Un día antes de que lo fuéramos a buscar para pedirle su versión, Ketín Vidal había telefoneado al gerente del canal al haberse enterado de la investigación. Quiso convencerlo de suspender el reportaje. Como le dijeron que no, exigió una charla con los periodistas del programa: quería revisar el informe antes de aceptar una entrevista en vivo. La cita fue un jueves y aquella vez lo grabamos con una cámara oculta.

Teníamos que estar preparados ante un riesgo real: que Vidal dijera una historia en privado y otra distinta frente a las cámaras. Algo que habría de ocurrir. La noche de ese domingo el general Vidal llegó temprano al edificio de Panamericana, una hora antes del programa. Lo extraño es que se equivocó de piso y me encontró de casualidad saliendo de la sala de edición. Fue entonces cuando me llevó hacia un rincón apartado del elevador y me pidió que no me entrometiera en su vida privada. Estaba pálido, desencajado y más empequeñecido que de costumbre, como si hubiera vivido los últimos días escondido en una casa pigmea y se le hubiera doblado la espalda. Daba lástima. O tal vez buscaba que lo compadeciera.

Ya en la entrevista, Vidal habló durante casi media hora. Una de las primeras preguntas que la conductora le hizo fue cómo había conocido al corredor inmobiliario Venturo Acuña.

–Déjeme explicarle –le respondió él–. Tengo derecho a hacerlo.

Varias veces he vuelto a ver esa grabación. El general vestía una camisa celeste de manga corta y cuello blanco, pantalones oscuros, y cargaba un maletín estilo James Bond del que iba sacando documentos oficiales como conejos de un sombrero de mago. Todo aparato de video tiene un cronómetro incorporado, y fueron trece minutos los que se demoró en responder aquella pregunta. Trece. Mientras evitaba hacerlo, se extendió en una aburrida perorata sobre la única casa que tiene a su nombre, y dijo que sólo pudo pagarla gracias a un crédito de veintiún años con su sueldo de policía.

–Usted no me ha respondido, general –insistió la conductora–. ¿Cómo así conoció a Venturo Acuña?

Entonces él contestó lo mismo que después ha repetido, casi palabra por palabra, en todas las entrevistas en las que ha querido explicar su relación con el corredor inmobiliario. Dijo que era un estafador buscado por la justicia, y que fue el propio Venturo Acuña quien se le acercó para ayudarlo a inscribir su partido político que participó en las elecciones presidenciales de 2000.

Al menos una de estas respuestas de Vidal es mentira: Venturo Acuña no tiene las quince requisitorias judiciales que esa noche decía el general. Cuando la fiscal Carmen Ibáñez citó al corredor inmobiliario para que dijera lo que sabía, ella creyó que ese mismo día tendría que enviarlo a la cárcel. No fue así. Llamó a la policía, averiguó sobre su situación legal y le dijeron que el corredor podía irse tranquilo a su casa. Ésa fue la primera vez que la fiscal tuvo una prueba rotunda de que el general estaba mintiendo.

Una noche, Venturo Acuña me contó cómo había conocido al general. Me dijo que Vidal lo había ubicado a través de un aviso que acababa de publicar en un diario. Era 1993, al año siguiente de la captura de Abimael Guzmán. Estaba interesado en comprar una casa y quedaron en verse. Venturo Acuña es un vendedor persuasivo que tiene la picardía y la falta de escrúpulos que se necesitan para algunos negocios. Es muy probable que el general haya visto en él, más que un negociante, a un socio confidente, siempre que supiera mantenerlo satisfecho con lo único que importa en estos casos: el dinero.

Era la época en que Vidal gozaba del estatus de héroe oficial. La captura del líder de Sendero Luminoso no sólo le había dado la celebridad y la gratitud de todos los peruanos, sino también un premio de cuarenta mil dólares, un Volvo de lujo y cientos de miles de dólares más de un presupuesto para la lucha antiterrorista que Vidal jamás pudo justificar. De ser cierto esto, Vidal debía tener una buena cantidad de dinero para empezar a gastarlo con la garantía de saberse un intocable. En la carta notarial que le envió al general, Venturo Acuña dice que sus negocios con las casas de Vidal se hicieron frecuentes a partir de 1995. Y que él recibía el cinco por ciento de cada venta, hasta que un día Vidal dejó de pagarle.

Una de esas casas fue la de la calle Tasso. Durante la entrevista en directo, el general Vidal soltó otra mentira, y esta vez todos los reporteros de PANORAMA fuimos testigos. Dijo que aquella casa estaba a nombre de su primo Efraín Vidal, pero que su auténtico dueño era un empresario tan generoso que, después de comprarla a nombre de otra persona, se la había cedido a él a cambio de nada. Es más: explicó que aquel benefactor era tan desprendido que alguna vez hasta le había regalado unas tarjetas de crédito para que pudiese hacer sus compras familiares en el supermercado más caro de Lima. «Pequeñeces», dijo Ketín Vidal. Pero lo que el general no mencionó ante cámaras fue que ese supuesto benefactor es un empresario quebrado. Tampoco admitió lo que había reconocido en esa reunión que habíamos grabado con una cámara oculta: que el empresario había inscrito la casa a nombre de su primo, Efraín Vidal, porque así podría evadir a sus acreedores. Si esto último fuese verdad, y si no se tratara de una coartada para negarse como el verdadero propietario de la casa de la calle Tasso, el general Vidal ha estado durmiendo sobre un piso que ha servido para incumplir las deudas de su benefactor. Y eso lo convertiría en cómplice de un delito.

Nada de esto que habíamos registrado con una cámara oculta fue lo que declaró Vidal en aquella entrevista en Panorama. Acababa de pronunciar la frase «Yo no soy propietario de ninguno de los inmuebles de los que han hablado en el reportaje», cuando a la conductora le avisaron que había una llamada telefónica del público. Era una señora de apellido compuesto y voz de directora de escuela. Dijo haber reconocido a su viejo héroe en televisión. Supongo que ya para ese entonces le parecía un héroe mentiroso.

–Ese señor no puede decir que no tiene propiedades si mi mamá le vendió su casa –dijo la mujer desde el otro lado de la línea.

La cámara enfocó al general Vidal: tenía la mirada clavada en su maletín, como si hubiese recordado que debía hallar algo con urgencia. Estaba pálido, pero sereno.

–Mi mamá era la dueña de la casa de Tasso que le vendió al señor Ketín Vidal hace diez años. Incluso recuerdo que no quería que le pagaran en efectivo, pero el señor llevó ciento cuarenta mil dólares.

Para ese instante, el general ya había recuperado la compostura y miraba fijamente hacia la pantalla. La señora proseguía:

–Incluso el señor pagó tres mil dólares de más, que al final se los devolvimos.

–¿Usted declararía lo que acaba de decir ante un juez? –preguntó la conductora a la señora.

Ahora sí a Vidal se le descompuso el gesto. De pronto miraba a la cámara con la rigidez de un muerto, como si en vez de un artefacto fuera una ventana por donde deshacerse de esa mujer que estaba a punto de estropearle su hasta entonces intacta reputación de superhéroe.

–He llamado porque me da cólera que este señor venga a decir que no tiene casas –dijo ella.

5. El héroe enamora a la mujer de un subalterno.

El capitán de policía Rafael Valverde detuvo su mirada en un cartel luminoso.

Era el Mango’s Café, un restaurante en pleno centro financiero de San Isidro. A unas cuadras de allí estaba el edificio del Ministerio del Interior. En la calle hacía frío. Adentro, el general Vidal ya lo estaba esperando.

–Siéntate, Valverde –lo saludó el general–. ¿Qué te sirves?

–Un whisky –dijo él.

Llamaron al camarero. El general sólo pidió una Coca Cola.

Era la tercera vez que se veían las caras. Este encuentro ocurrió la noche del 19 de agosto de 1998. Ahora Rafael Valverde recuerda que quince años atrás ya había buscado al general con un revólver y una granada de guerra.

La primera vez que se vieron, dice, había vuelto a Lima luego servir durante tres años como alférez en Huamachuco, un pueblo de la sierra norte del Perú. Era 1980. Valverde dice haber regresado harto de unos rumores que le advertían que su mujer estaba saliendo con un oficial de apellido Vidal. Recuerda que incluso le habían enviado una carta anónima. «Cornudo», decía el papel escrito a máquina. Meses después había recibido otra carta con una firma colectiva: «¿Hasta cuándo vas a dejar mal a la promoción, Valverde?». Era de sus compañeros de la escuela de policía.

Valverde se había casado en 1977 con la suboficial Luz María Grecco Portocarrero, y al cabo de unos meses a ella la enviaron a un curso de inteligencia en una oficina de información, algo así como el centro de espionaje de la antigua policía de investigaciones. Allí Luz María Grecco había conocido al instructor Vidal, y desde entonces, recuerda su ex esposo, se refería a él con cierta admiración. Al volver a casa le contaba, por ejemplo, que Vidal había regresado de un entrenamiento en la KGB de la ex Unión Soviética, y que sus clases eran para ella brillantes. A Valverde también lo impresionaron algunos profesores, así que no le habían parecido extrañas esas reacciones de su mujer.

Pero ya en Huamachuco los rumores no hacían más que atormentarlo. Luz María Grecco era una muchacha de veinticuatro años, de caderas amplias y unos ojos pardos muy coquetos, una mezcla de ascendencia italiana con rasgos de mulata costeña. No era descabellado sospechar que algún oficial con mayor rango que él anduviera tras de ella.

Pero había algo más que hasta ese entonces Valverde no había considerado: Luz María era inquieta, ambiciosa e inconformista, bastante más que otras chicas de su edad. Recuerda que ella provenía de una familia en la que todas sus hermanas eran también suboficiales de la policía, y donde todas se habían casado con oficiales que alcanzaron altos rangos. Estas ideas mortificaban a Rafael Valverde hasta que un día, dice, decidió regresar en secreto a Lima y espiar a su mujer.

Al llegar de madrugada, el alférez se dio cuenta de que no tenía un plan para eso. Fue a la casa de unos familiares, se duchó y salió de inmediato. A su mujer la llamaba La Negra. Sabía que trabajaba en una estación de policía ubicada en el centro de Lima, y recuerda haber buscado un café cercano para esperarla hasta el mediodía, cuando saliera a almorzar. Llegó la hora del refrigerio, pero ella no apareció. Valverde aguardó entonces hasta la salida, y esta vez se ubicó en un lugar más próximo. El portón de la oficina policial se abrió varias veces, incluso recuerda que se cruzó con algunos colegas que lo saludaron afectuosamente. Dice haber detectado cierta mirada de compasión y vergüenza ajena en aquellos que esa mañana se le acercaban para darle un abrazo.

Hasta que por fin la vio. Luz María Grecco estaba irreconocible: vestía una minifalda que él no le había visto jamás, zapatos y cartera de cuero. En lugar de esperar el microbús en el paradero de costumbre, atravesó la avenida, entró por una calle angosta y caminó hacia un sedán blanco. Alguien abrió la puerta del automóvil y por ella subió su mujer.

A las seis de la tarde es simple perseguir un coche por el centro de Lima porque no tiene cómo escaparse. Hay tantos que el tránsito se vuelve caótico y parsimonioso, como una muchedumbre en procesión. Rafael Valverde recuerda que tomó un taxi y casi le gritó al chofer que siguiera a ese automóvil blanco.

Se detuvieron en un restaurante de pollos a la brasa. Valverde me cuenta que esperó a que la pareja bajara del auto y que calculó el tiempo que les tomaría elegir una mesa, ordenar la comida y tal vez hasta tomarse de las manos o darse un beso.

Recién entonces entró.

Los encontró sentados uno frente al otro, mirándose.

–¿Qué le pasa, Valverde? –lo recibió Vidal como si reprendiera a un subalterno por una falta.

El capitán recuerda haber cogido a su mujer del brazo y haberla jalado con violencia. Quería llevársela.

–Valverde –insistió Vidal sin levantarse de su silla–, te estás equivocando: sólo somos amigos. No sabes cuánto estoy ayudando a tu esposa.

Pasada la sorpresa, y quizá aplomada por esa serenidad con la que Vidal estaba manejando las cosas, recuerda que Luz María le repitió la misma explicación, pero esta vez con insultos.

Aquella tarde los tres salieron juntos del restaurante.

Valverde dice que días después tuvo que regresar al pueblo donde servía.

Allí se quedaría aún tres años más –seis en total–, a pesar de que a los policías los cambian de zona cada dos. Mientras tanto, Ketín Vidal había ascendido a comandante y proseguían los rumores sobre su historia con Luz María.

****

La segunda vez que habría de encontrarse con él, Valverde recuerda haberse bajado del bus y encaminado a la casa de Vidal. Consigo cargaba un revólver y la granada que se solía dar a los agentes destacados en las zonas de emergencia. Era 1983, año en que Sendero Luminoso había iniciado con intensidad sus ataques terroristas en la sierra del Perú. Esa noche Vidal le abrió la puerta.

–¿Usted no sabe respetar a una mujer ajena? –le dijo sin darle tiempo a saludarlo.

Valverde recuerda que Vidal casi ni se sorprendió. Al contrario, como si ya tuviera un gesto ensayado para este tipo de encuentros, le puso la misma cara de sacerdote en confesión con que lo había recibido la primera vez.

–Tranquilo, Valverde. ¿Qué te pasa? ¿Otra vez estás confundido?

–Conchatumadre. Ahora mismo te hago volar y nos vamos los dos, hijo de puta.

Valverde recuerda que para entonces había sacado la granada de su chaqueta.

Dice que Vidal le pidió que bajara la voz, que se tranquilizara, por favor, que adentro de su casa estaba su esposa.

–¿Cómo crees que podría hacerte una cosa así, hijo?

El capitán Rafael Valverde ya no recuerda qué lo calmó. O no quiere decírmelo. Está ahora sentado en la banca de un parque en el barrio de Miraflores, desde donde se ve el mar. Me ha repetido su historia otra vez y siento que es un hombre fácil de convencer, alguien con esa tristeza de la gente que se resigna a su mala suerte. Valverde me cuenta que esa noche se alejó de la casa de Vidal de la misma forma como había llegado: a pie, con la espalda doblada y la mirada fija en el suelo. La misma postura que tiene ahora que me lo cuenta.

Algunas semanas después de este encuentro con Vidal, el alférez Valverde recibió una orden: trasladarse a un pueblo de Ayacucho, esa región donde murieron cuatro de cada diez personas del total de víctimas de la guerra con Sendero Luminoso.

Valverde estaba casi seguro de que también iba allí para morirse.

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Con esta historia en común, Valverde y Vidal se encontraron esa tercera vez en el Mango’s Café de San Isidro. Era 1998 y para entonces Vidal había llegado a ser director general de la policía. A pesar de que ya era un oficial en retiro, aún lo envolvía la gloria por habérsele atribuido la captura del líder de Sendero. Valverde, en cambio, mantenía aún sus tres galones de eterno capitán.

Por primera vez, recuerda, el general Ketín Vidal le pidió perdón.

–Es verdad que nunca hice nada por ti –reconoció–. Dime qué necesitas ahora. ¿Quieres todavía tu ascenso?

–No –recuerda que le respondió–. Este año ni siquiera me he inscrito al examen.

Lo que Valverde quería en verdad era que lo dejaran en paz. Dice que sólo deseaba volver a Huancayo, donde para entonces ya tenía una vida construida al lado de una maestra de escuela. Además, desde hacía siete años, una sentencia judicial lo obligaba a entregar el treinta por ciento de su sueldo a su ex pareja y a su hija, a quien él no había podido ver desde hacía tiempo. «Era un juicio de la época en que querían joderme», dice el capitán. Es decir, de esa época en que el abogado de su mujer era un hombre que había trabajado con Vidal en el estudio de Vladimiro Montesinos. Ese hombre luego sería viceministro y ahora está en la cárcel.

Antes de este tercer encuentro con el general, Valverde recuerda haberle enviado una carta a su ex esposa. Me cuenta que en ella le advertía que, si no lo ayudaba, él llamaría a la prensa para contar toda la verdad. El capitán estaba seguro de que esa carta llegaría hasta el general, su verdadero destinatario. Entonces el general Vidal lo había mandado a buscar con su secretario.

–Yo podría hacer que asciendas a mayor –dice que le ofreció.

–No – le dijo Valverde–. Sólo quiero que solucione lo del juicio y mi traslado definitivo a Huancayo.

Me cuenta que no hablaron más. El general, dice, pagó la cuenta del whisky y de una Coca Cola. Luego se despidieron.

En menos de una semana, Valverde fue destacado a la ciudad de Huancayo. Ahora el capitán Valverde vive allí. Con la maestra de escuela tiene dos hijos que sufren una enfermedad parecida al enanismo. Es un hombre melancólico que a veces me busca sólo para conversar.

Hace unos días me volvió a llamar con insistencia. Algunos diarios habían difundido la historia de aquella casa de la urbanización Elio que el general Vidal habría comprado para regalársela a Luz María Grecco, su ex mujer. Valverde me contó que un emisario de Vidal lo había buscado para decirle que ahora sí el general estaba dispuesto a ayudarlo. Le ofrecía diez mil dólares para que se quedara callado de una buena vez. Además, recuerda, le mandó decir una frase que a él no le sonó para nada extraña:

–Tú necesitas ayuda médica. El general también podría ayudarte con eso.

Valverde admite haber padecido una crisis de depresión que una vez terminó en un intento de suicidio. El capitán parece entender la historia de Vidal con su ex esposa como una traición a un código de honor que existe entre policías: nunca se le roba la mujer a un subalterno.

–El general ha cometido la más grave de las inmoralidades –dice.

Si esa ayuda médica a la que se refería el emisario era atención psiquiátrica, y si Valverde ha aceptado a estas alturas los diez mil dólares, quizá ahora el general esté celebrando una coartada. Podría llamarlo demente. Como en una novela policial, esto aseguraría al menos que ésta historia continuará.

6. La historia detrás de mi historia.

El general Ketín Vidal no me ha contestado el teléfono. Mientras escribía este reportaje lo llamé diez veces a seis teléfonos diferentes. No he tenido suerte, aunque no creo que esta vez haya sido la suerte la que me impidió hablar con él. No es la primera vez que busco esta entrevista. Tengo una lista de preguntas que he venido preparando desde hace tiempo. La más importante de todas es también la más simple: ¿Por qué miente? Sé que lo hace y tengo suficiente información para afirmar y defender esta convicción. Durante tres años he acumulado y sobre todo he tratado de entender y dar sentido a cientos de documentos de todo tipo: investigaciones policiales y fiscales, de la Contraloría y del Poder Judicial, videocasetes con entrevistas inéditas y fotografías que él preferiría quemar. He revisado más de setenta mil papeles ignorados en el archivo del Palacio de Justicia. He entrevistado a unas cincuenta personas, y con algunas de ellas me he llegado a reunir más de diez veces. He visitado las cárceles de Lima para hablar con gente que lo conoció y trabajó con él. Algunos han preferido que no diga sus nombres. Las razones por las que aceptaron contarme lo que sabían son diversas, pero se pueden resumir en dos: 1. Los que quieren que se conozca la otra cara de Vidal, porque para ellos esta cara desconocida y no su imagen pública es su verdadera naturaleza. 2. Los que simplemente reclaman justicia porque el general de la policía les robó, estafó y abusó de su poder.

Todo lo que he escrito en este reportaje lo puedo probar: tengo cerca de treinta grabaciones de audio y video con entrevistados, declaraciones firmadas y expedientes legalizados por notarios. Tengo también una copia de parte del expediente judicial del caso Villa Coca que ha desaparecido de los archivos policiales. Además, en todos los casos he contrastado los documentos con otras fuentes fuera de ellos. Creo que de todos los videos en mi poder, hay sobre todo dos claves: un vladivideo de dos horas de conversación entre el general Vidal y Montesinos, y su transcripción completa –que alguien censuró en el Congreso de la República–. Y otro video de una entrevista con José Luis Núñez, el venezolano que cuidó a Montesinos durante los seis meses que estuvo escondido en ese país, y a quien éste le había contado al detalle su antigua relación con el general Vidal. Lo demás, todo lo que he escuchado de fuentes muy confiables pero que por ahora no tengo cómo demostrar, he preferido callarlo. La historia secreta del general Vidal, estoy convencido, es mucho más grave de lo que se puede leer en este relato.

Queda aún por responder otra pregunta: ¿Cómo ha conseguido mentirnos tanto el general Vidal? Supongo que en parte aprendió bien el manual de la KGB, de cuando estuvo seis meses en la ex Unión Soviética en un curso de inteligencia: hacerse la víctima y desacreditar a quien lo denuncia. Lo otro, sospecho, es cómo nos hemos acostumbrado a percibir su imagen en la televisión desde el video que lo consagra parado frente a Abimael Guzmán luego de su captura: lo ayuda a ser convincente ese aspecto sereno y frágil, como de gran estratega de oficina y a la vez policía amigo de los vecinos. También ese acento suyo pausado y humildemente provinciano que parece de alguien que habla poco y que siempre te escucha. Pero además el hecho de que los peruanos necesitábamos un héroe de la misma envergadura que ese inmenso enemigo que fue Guzmán. ¿Cómo no confiar en alguien así? ¿No dan ganas de dejarlo vivir en paz? «Yo soy un hombre honorable», ha repetido más de una vez Ketín Vidal. Ningún periodista tenía pruebas suficientes para desmentirlo.

Como la mayoría, yo también veía al general Vidal como el héroe que nos liberó del terrorismo sin caer en la guerra sucia. Pero fueron primero el azar y luego la voluntad del trabajo de reportero los que me pusieron en el camino historias que contradecían esa imagen original que conservaba de él. Hay gente que me ha señalado que Ketín Vidal se ha convertido en mi obsesión. Mi respuesta es muy simple: creo que es una obligación contar todo lo que he descubierto. Sostener esta convicción es complicado. Me ha costado la amistad de algunos colegas honestos y respetables que me han acusado desde fujimontesinista y sicario de la mafia, hasta de destructor de héroes a sueldo. Y los entiendo. No sería tan fácil decirle a un niño que Supermán es un ladrón de bancos.

Adivino que el general Vidal leerá este reportaje y reaccionará como siempre lo ha hecho: tal vez irá a programas de televisión a mostrar los mismos papeles que siempre exhibe pero de los que nunca deja copia, y dirá medias verdades que resultan ser grandes mentiras. En el curso de mi investigación, antes de escribir este texto, publiqué tres reportajes de televisión sobre Ketín Vidal. En dos ocasiones, el general amenazó con denunciarme penalmente. Hasta ahora no lo ha hecho. Y si bien no me emociona la idea de dedicar mi tiempo a recorrer los pasillos enredados de las salas de justicia, sí me gustaría en cambio dejar en un expediente todas las pruebas que he recogido durante los tres últimos años. Igual no pierdo la esperanza de entrevistarlo.