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La mudanza

Publicado: 27 septiembre 2016 en Mónica Baró
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“La independencia de un pueblo consiste en el
respeto que los poderes públicos demuestren
a cada uno de sus hijos”.
José Martí, “Carta a J.A. Lucena”, 1885.

—Me mudaron porque dicen que les hace falta el lugar. Les hace falta el lugar porque van a hacer un trabajo de no sé qué cosa.

Vicente no se conforma. Ni Orestes. Ni Rolando. Agradecen las buenas intenciones de quienes los mudaron a ellos y a otros cientos. Se alegran por los cientos que en pocas horas desarmaron eufóricos sus viviendas, que canjearon montículos de maderas por la llave de un apartamento, o por las llaves de varios apartamentos. Porque era dando y dando: ruinas por llave(s).

La mayoría que eran los cientos no tenía la menor idea de cómo era lo que abría la llave prometida. Hubo quienes ni siquiera visitaron la vivienda a la que iban a mudarse antes de destruir la propia. A veces los custodios que las cuidaban no disponían de llave para mostrar, en caso de que aparecieran candidatos exigiendo ver. No podría decirse que no era parte del trato, pero tampoco que era parte del trato. La inspección previa quedaba en ese limbo de lo que no se prohíbe ni propicia. Muy pocos fueron y echaron su ojeada. A inspeccionar, nadie con quien hablara. La mayoría que eran los cientos tenía el tipo de vivienda que se destruye sin dubitaciones ante la promesa de una llave inaugural, o varias llaves inaugurales. Lo malo conocido era lo suficientemente conocido como para saber que era mejor cualquier bueno por conocer.

Vicente no era de la mayoría que eran los cientos. Ni Orestes. Ni Rolando. Sus casas costaron mucha mandarria destrozarlas. Brigadas musculosas que se beneficiaron directamente o ayudaron al beneficio ajeno. Solo Vicente tuvo fuerza para dar golpes de hierro y ablandar el concreto. Toda una vida de canto y baile trae sus bendiciones. Con 61 cumplidos, su cuerpo todavía puede destrozar la casa construida con casi toda una vida de canto y baile. Orestes y Rolando acumulan más experiencia. La sumatoria de ambos da 172 años. A uno le resta salud la próstata; a otro, la columna. Es decir, el tiempo royendo los huesos. Ninguno de los dos pudo alzar una mandarria y reventar una pared. A la casa de Orestes la sacrificaron albañiles amigos de un hijo suyo mediante una especie de saqueo convenido: no cobraron un quilo pero se quedaron los restos. Ninguno de los tres se acostumbra a mirar el tamaño de su ausencia en el lugar.

Nadie sabe, con seguridad, qué cosa se va hacer con el lugar.

Vicente, Orestes y Rolando son minoría. Pero no los únicos. Hay otro Vicente, otro Orestes, otro Rolando, que se llama Tomás. Hay una Miriam que no se ha mudado porque teme llamarse Tomás. Y hay otros nombres distintos que podrían llamarse Vicente, Orestes o Rolando. También Miriam. Todos, aún, son minoría. Por suerte, residen en un país donde se afirma que las minorías importan.

***

Siete años atrás.

El lugar es La Playita. Reparto San Pedrito. Provincia Santiago de Cuba. La Playita es el seudónimo de un desastre. Puro sarcasmo. Aquí no hay playa ni nada similar. Al lugar lo bautizaron así porque suele inundarse con lluvias intensas. Porque es zona baja y lo atraviesa un río de aguas podridas con reputación de zanjón, pero que es un río y su nombre es Yarayó, aunque desde hace décadas lo traten como cloaca, por las conexiones clandestinas de demasiados hogares al drenaje pluvial.

Este es uno de los primeros paisajes que se le descubre a la ciudad si se entra por tierra: tras pasar la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, descendiendo por la Avenida Juan Gualberto Gómez, justo frente a la terminal de ómnibus, a menos de un kilómetro del Cementerio Santa Ifigenia.

La Playita –circunscripción 37 del Consejo Popular Mariana Grajales, en jerga administrativa– es otro barrio insalubre dentro de ese otro barrio insalubre que es San Pedrito. Su trama es caótica, desfigurada. Un diálogo contradictorio entre necesidad, pobreza y emprendimiento. La gente sabe resolver el diario. Sea por vías lícitas, no tan lícitas pero toleradas, o incuestionablemente ilícitas. El diario. Esa es la máxima que rige todo el diseño. La espontaneidad como respuesta a problemas coyunturales. Crece un hijo, se casa, nace un nieto: un cuarto de tablas al fondo del patio. Y si hay casa de mampostería y placa libre y se resuelve mejor: un cuarto de bloques en los altos.

La población supera la cifra de 1.400. Se acomoda en un aproximado de 500 viviendas. No todas se respaldan con título de propiedad. Algunas tampoco parecen viviendas. Desde inicios de los 60, San Pedrito es zona congelada. Congelar es una metáfora para restringir. Y es muy acertada. Quienes habiten bajo congelación no pueden construir, ni permutar, ni vender, ni etcétera. Su movilidad queda reducida. Esa es una política frecuente para enfrentar barrios insalubres, o ilegales, o ilegales e insalubres. Se espera que así no se expandan. Aunque, en ocasiones, la política no responde solo a un optimismo invertebrado sino, además, a una acción simultánea que fundamenta la congelación. Tal fue el caso, una vez, de San Pedrito.

Desde siempre, San Pedrito ha carecido de sistema de alcantarillado e instalaciones hidráulicas apropiadas. Una red de zanjas se encarga de las operaciones albañales. Hay un recuerdo que conserva una memoria de 81 años, Miriam Vicet, otra Miriam, que habla de inundaciones en 1948. Ya en esa época había casas. Y antes de esa época. Desde principios del siglo XX, San Pedrito existe y con bulla. Montó una conga que le trajo fama, que era competencia dura. Cuando arrancó 1959, ahí no quedaba de qué asombrarse. Se conocía hasta los tuétanos. Incluso lo premiaron por su contribución a la gesta revolucionaria, fundando en casa de Maíta, Guardado No. 60, la primera delegación de barrio de la Federación de Mujeres Cubanas en la provincia, en agosto de 1960. Vilma Espín, presidenta de las federadas, lo visitó tres veces.

En 1963, el trauma Flora aportó al país un mapa siniestro de vulnerabilidades. La zona oriental, por donde el huracán se entretuvo, quedó hecha un harapo. Fue como si algo hubiera agarrado a la isla por la cola y matraqueado con ella hasta descoyuntarla. Fue toneladas de lluvia. Fue inundaciones. Fue 1.126 muertos. Fue 11.103 viviendas desaparecidas y otras 21.486 con daños. San Pedrito, en especial La Playita, se convirtió en la Atlantis del Yarayó. Y el Gobierno fue y vio el horror y decidió mudar.

El destino iba a ser el Microdistrito José Martí. Un asentamiento que se construía con el sistema Gran Panel Soviético (GPS), gracias a una planta de prefabricación donada por los camaradas de la Unión Soviética a la Cuba post-Flora. La decisión parecía más definitiva que una carta astral. A muchas personas las compulsaron a vender sus muebles, porque los apartamentos nuevos venían amueblados y esos armatostes antiguos no les iban a caber. No les iban a hacer falta. Muchas personas vendieron sus muebles. El padre de Cecilia Oriz, de la calle Antúnez, vendió todo y dejó solo las camas donde dormía su familia, porque ya estaba entrevistado, con planilla hecha y numerito en la puerta. Congelaron la zona. Se paralizaron obras de ampliación y reparación. ¿Para qué construir si van a mudar? El asunto parecía bastante serio. Las federadas organizaron trabajos voluntarios y fueron a limpiar y las niñas ayudaron a sacudir. Cecilia fue a sacudir. Las viviendas las iban a entregar listas para vivir. Era solo mudarse. Ni siquiera había que cargar muebles. Pero la ilusión duró poco. Los encargados del otorgamiento ejecutaron un acto de prestidigitación, no se sabe si por iniciativa propia o por órdenes superiores, y empezaron a cubrir las miles de capacidades con gente que aparecía de cualquier parte. A quienes quedaron atrás en la cola, no les explicaron razones.

Al final, lo que cuentan son los hechos. Y el hecho es que los habitantes de San Pedrito no se mudaron a ningún lugar. Aquello no fue más que un reality show. Las viviendas martianas las limpiaron y sacudieron para otros. Las que le tocaron al barrio se podrían contar con una mano. Nadie se olvida de los elegidos que se marcharon, ni de quienes montaron su tinglado en el terruño disponible, ni de quienes agarraron un pedazo para sembrar hortalizas. Ahí se quedaron con su conga, su Yarayó, su delegación primogénita, sus numeritos en las puertas. Muchos, sin muebles. Congelados todos, con el argumento de que todavía los iban a mudar. Hasta que en 2009, más de 40 años después de aquella premonición de mudanza, los astros se alinean de manera insólita.

El Partido Comunista de Cuba (PCC) barajea la política nacional y en la repartición a Santiago le cae un As. El maestro Lázaro Expósito, un cuadro con la rara cualidad de ser más líder que cuadro, es designado primer secretario en la provincia. Le precede la legitimidad que su trabajo le ganó en Granma, donde ocupaba el mismo cargo desde 2001. Lo respetan primero porque sus resultados son visibles y ponderables, segundo porque su militancia no se agota en reuniones, tercero porque la gente siente que no ha dejado de ser parte de la gente. Pero Santiago es, en todos los sentidos, una bola de fuego. Lo que para La Habana es rebeldía, para Santiago es mero desparpajo, un performance. Y a pocas semanas de oficializarse en la ciudad, el As debuta en el juego.

Unas intensas lluvias activan el Consejo de Defensa Provincial. Asume el mando. Se inundan comunidades en distintas regiones de Oriente. Se inunda, por supuesto, San Pedrito. Se hunde, o emerge, La Playita. Para no perder la costumbre, habrá periódicos que priorizarán la historia de la sequía aliviada y los embalses recuperados. Sin embargo, para La Playita, por ejemplo, será la historia de más pérdidas, del petróleo manchándolo todo, de las zanjas vomitando inmundicias, del Yarayó desbordando sus aguas podridas, de las costras de fango, de la piel restregada conluzbrillante (querosene) para quitar el petróleo. En medio de la desgracia, el primer secretario se presenta en San Pedrito. Les ve la cara a sus dolores. Conversa, no discursa. No utiliza la calamidad de tribuna. Y sus palabras se acogen con esperanza.

A partir de este momento, el año de las inundaciones será el año en que entró Expósito a Santiago y el año en que entró Expósito a Santiago será el año de las inundaciones.

En 2010, empezará el proyecto. Se reactivará la mudanza.

***

Vicente se hizo el hombre que quiso ser en La Playita. De niño fue un callejero consagrado, sobresaliente. La calle fue su talento. Pero no lo malgastó. La calle, ese oráculo subestimado, retribuyó la lealtad. Le reveló lo que debía hacer con su vida antes de alcanzar una edad sensata para preguntárselo. Hay muchas materias que la escuela no imparte, muchas respuestas debajo de las piedras. La base de su formación es una música, una cultura, tan esencial como arrabalera: la rumba. “Miraba y me gustaba y me metía y bailaba y así iba aprendiendo cosas”. Y con la rumba, un poco más profundo, lo afrocubano. Y el tambor batá y el cajón y el palo y los caracoles. De ahí resultó Vicente Portuondo, de una simbiosis entre fe y vocación, que agregó al título de callejero los de bailarín, percusionista, profesor.

La casa a la que iba gente buscando sus criterios profesionales, para entonces ya había prosperado de tablas a bloques, se había convertido en la de cuatro hijos y cuatro nietos y se había expandido para acotejar a la familia multiplicada. “Tenía cinco cuartos. Piso de granito. Clósets. Cocina azulejada. Arriba y abajo placa. Patio enlajado”. Era de una enormidad sin pretensiones, humilde como su entorno, pero resistente a lo que la naturaleza deparara. Cuando el demonio de Sandy atacó la provincia en octubre de 2012 y eligió el viento como arma de destrucción masiva, Vicente permaneció impasible bebiendo vino. Estaba seguro de las paredes y el techo que lo guardaban. Tampoco hubo inundaciones como las de 1963, ni como las de 2009. Meses antes, al canal del Yarayó le habían ampliado las medidas y extraído sedimentos malignos. El río no estaba curado, pero al menos había mejorado su digestión de residuos. Por eso a Vicente le costó entender por qué debía demoler una vivienda que con el huracán no había sentido ni cosquillas. “A mí no me sacaron por Sandy. A mí me sacaron porque a ellos les hace falta el lugar para el proyecto”. En el patio, además, procuraba el sustento familiar criando animales: chivos, ovejos, gallinas, gallos, caballos. Mudarse no suponía un simple cambio de casa sino de vida. Si accedió a irse, fue porque no pudo elegir quedarse.

Los dos apartamentos que le otorgaron en el Asentamiento Yarayó II tuvo que lucharlos. Al principio, ellos, los del proyecto, solo querían otorgarle uno de tres cuartos a cambio de sus escombros. Pero no era justo y protestó porque sus escombros serían de cinco cuartos. Había una esposa, un hijo mayor, y una hija con dos hijos y esposo. No se iban a apretujar en tres cuartos. Los del proyecto aceptaron y concedieron el segundo. “Prepárense que en cualquier momento pueden irse”, dice que les dijeron. El cualquier momento sucedió el 29 de octubre de 2015, que lo anunciaron con casi una semana de anticipación para que despejaran el terreno.

—La casa uno es el que tiene que desbaratarla. Y en el caso mío yo empecé cuatro o cinco días antes porque, ya le dije, mi casa era arriba y abajo.
—Y usted, ¿cómo se sintió? –le pregunto.
—Ah, mija, ¿cómo me voy a sentir? Mal. Todavía estoy mal. No me adapto aquí. Estoy adaptado a tener animales para comer. Aquí no puedo tener ninguno. Y me los robaron casi todos el día antes de venir. Me robaron cinco chivas preñadas. Me robaron un caballo. Que el caballo yo vi cuando me lo llevaban y corrí detrás de la gente, pero tuve que dejar que se fuera porque ya yo estaba durmiendo al aire libre y tenía la cama afuera, el frío… Esto a mí me dejó pérdidas por donde quiera.
—¿Y por qué había que demoler?
—Lo que se dice es que ahí va una avenida, que creo que llega hasta la tumba del Comandante. Esos son los comentarios. Que la carretera tiene que pasar por ahí, que van a fabricar, que no sé qué. Yo lo que sé es que había que irse obligado.

A pesar de las inconveniencias, Vicente fue uno de los primeros en ocupar el edificio donde vive. Se lo entregaron totalmente nuevo. Tanto, que no lo terminaron. Entiéndase que Santiago de Cuba es una provincia en fase de recuperación. Las ráfagas de Sandy acribillaron el fondo habitacional. El 51 por ciento de lo que fuera. Afectaron 171.380 viviendas, derrumbaron 15.889 de las 171.380 (“Ciudad que retoña”, Bohemia, No. 6, marzo de 2013). Hay un programa constructivo acelerado que responde a esa contingencia, que apoyan brigadas de otras provincias y hasta Ecuador y Venezuela. Hay un Plan General de Ordenamiento Urbano, aprobado en mayo de 2014, publicado, en síntesis, por el Instituto de Planificación Física, que fija la meta de crear 29.400 en la provincia con plazo hasta 2025. Entiéndase que no se puede perder tiempo en nimiedades como pegar lozas, nivelar pisos, colocar puertas. No importa que la producción de materiales indispensables para las obras no concuerde con lo planificado. De Santiago nunca se espera menos que heroísmo. Los pueblos heroicos no sustentan planes en el análisis de sus posibilidades sino en la fe en su capacidad de esfuerzo y sacrificio. Esfuerzo y sacrificio han permitido recuperar 62 por ciento del fondo habitacional en tres años. Porcentaje que, según el periódico Sierra Maestra, incluye “105.800 soluciones para derrumbes parciales y totales”. De todas esas soluciones, las que registró la Oficina Nacional de Estadísticas como “viviendas terminadas” por el sector estatal civil en su último anuario de la ciudad fueron 2.254, en 2013; 2.685, en 2014. Las de 2012, por curiosidad: 1.417. Y al concluir 2015, el presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular, Reinaldo García, informó que 2.632. Entiéndase que ninguno de estos números debería aparecer en la historia de Vicente. Aunque lo montaron en el mismo tren de los damnificados, nunca mereció ese boleto. Y de Flora, ya hacía bastante que se había recuperado.

No es que Vicente sea un hombre ingrato. Es un hombre que aceptó una ayuda en contra de su voluntad. En lugar de preguntarse si su inconformidad clasifica como ingratitud, habría que preguntarse si la ayuda clasifica como ayuda. Hay que disculparle que no salte de alegría en un solo pie. A sus 61 años, cuando ya no cuenta con el recurso de los aplausos, ni el socorro de sus animales, debe volver a construir. “A esto hay que hacerle muchas cosas. Te la dan con este piso, pero este piso no sirve, es cemento que le derriten ahí, le pasan la cuchara y lo pulen un poquito. Los cuartos vienen sin marcos, sin puertas, sin clósets. Es una casa para resolver y sacarnos del lugar”.

De tan nueva que la dan, la dan hasta sin acceso al agua. En enero de 2016, cuando ya casi todos los edificios del asentamiento se encuentran pintados y ocupados, es que se rompe para el hueco de la cisterna. “Es desde las cinco de la mañana: pa-prrrr-ta-pa-pa-pa…”. Las ventanas de la sala de Vicente, en planta baja, se abren a una loma de arena. Las paredes exteriores de su vivienda muestran grietas y golpes. En la pintura, arañazos. “Esto es una falta de respeto”. Una vez cada no se sabe cuánto, mandan un camión abastecedor de agua. Dos veces, desde el 29 de octubre. No obstante, ya esas viviendas las avalaron colocándoles habitantes y pasaron a engrosar la fila de terminadas en 2015.

—Hay muchas personas que sí se favorecieron porque nunca fabricaron y vivían sin nada –reconoce Vicente–. Es como se dice: en casa del ciego, el tuerto es rey. Pero ese no fue el caso mío.
—¿Y la zanja a usted no le afectaba?
—Mija, nosotros estábamos adaptados a la zanja. El problema es que esa zanja es un río. Ahí antes la gente se bañaba, pescaba. Y lo hicieron el desagüe de la ciudad. Pero la zanja para mí… Casi yo me sentía mejor que en esto. Nunca me enfermé, nunca padecí de nada, y desde que estoy aquí no se me quita el catarro.

Si Vicente se hubiera llamado Ramona, no hablaría de la mudanza con amargura. Ramona Guevara es de la mayoría que eran los cientos. Desbarató unas horas antes de mudarse, el mismo 21 de noviembre de 2015. “En La Playita vivía muy mal. Casa de tablas, en lo más bajo, como a una cuadra del río”. Le entregaron tres llaves. Una para su hijo, que tenía un cuarto en el patio con su esposa y dos niños. Otra para su exesposo. Otra para ella y su hija. “Aquí me siento muy bien porque nunca imaginé tener esto. Pensé morirme en mi casita vieja sin poder comprar nada, porque todo se perdía en las inundaciones”. Su principal preocupación es un muro que queda a pocos metros de su puerta, donde se sientan hombres a beber y hablar cosas que ella preferiría no escuchar. Por eso piensa ir a ver a Expósito, para que mande a enterrar unas cabillas en el muro y nadie más pueda sentarse. Sin embargo, a Vicente le tocó llamarse Vicente. Su principal preocupación no son las conversaciones despelotadas que el ron estimula.

—Algo que me está golpeando a mí fuerte es esto que voy a decir: la propiedad de mi casa la tengo ahí, más de setenta años, por mi mamá. Ahora me dan dos casas. Yo pienso que yo pague una sola, que yo no tenga que pagar las dos.
—Pero si la suya estaba pagada, ¿por qué tendría que pagar las que le dieron?
—No… pero hay que pagar. Es obligado así. Todo esto yo tengo que pagarlo, me dicen. Entonces voy a ir adonde tenga que ir, porque si pago, pagaré una de las dos. Si a mí me quitaron una casa más grande. ¡Qué pasa compay!

***

El Quilombo es la idea original del asentamiento donde reside Vicente. Lo denominaron Asentamiento Yarayó I, pero nadie se identifica con esa denominación. El Quilombo sugiere más espíritu, más carácter. Algo con mayores posibilidades de despertar sentido de pertenencia. Un intento quizás por reconocerse en lo nuevo. Porque la gente todavía no se apropia del espacio. Como si no pudiera creer la realidad donde pisa. Las viviendas permanecen demasiado desnudas. El cemento es pornográfico. Permanecen, además, amnésicas. No revelan conflictos, pérdidas, romance. Les falta acumular historia, obvio. Pero les falta, sobre todo, la predisposición a la historia. A casi dos años de ser habitados, muchos apartamentos en El Quilombo lucirán como lucen hoy muchos apartamentos en el Abejita Laboriosa a casi dos años de ser habitados. Es la misma ajenidad. Sus habitantes usan las casas como un traje al que no le cortan la etiqueta. En San Pedrito quedan hogares vulnerables que palpitan con más energía.

Conozcamos a María Antonia. Un término medio entre la minoría y la mayoría que eran los cientos. Se siente bien, pero está inconforme: desde hace siglos se advierte que somos criaturas complejas y contradictorias. “Porque nos entregaron esto con defectos y no ha venido más nadie”. María Antonia vive y muere poniendo parches en el piso que se rompe. “El problema del agua. Hoy estamos secos. Sí, tenemos cisterna, pero no hay motor”. Y no pueden pasarse el día entero cargando tanquetas. “No digo que estoy mal, porque me siento feliz”. El problema son las situaciones que no han arreglado desde que se mudaron hace dos meses. “No, antes de tumbar nosotros no vinimos a ver”. A ellos les dijeron se mudan y ellos se mudaron. “Porque necesitaban el terreno”. Y todavía queda gente allá abajo que no se ha ido porque no acepta las ofertas que le han hecho. “Esa gente está pidiendo lo que necesita. Porque en la vida real, ellos se van a quedar con el terreno de nosotros y nosotros tenemos que volver a pagar esto”. No es que sea una mujer ingrata. María Antonia Bandera es una mujer que aceptó una ayuda que no fue incondicional. “No, todavía no me han dicho cuánto es. Pero yo sé que tengo que pagar. Y mi casa estaba pagada y era más grande”. No se equivoca. Deberá volver a pagar.

Mariela es otra de esas criaturas complejas y contradictorias. “Sí, yo nací en La Playita y tengo 49 acabados de cumplir. Así que imagínate cuántos ciclones pasé allí”. Los ciclones en La Playita eran lo más malo, lo más malo del mundo. “Bien afectados estuvimos bastante tiempo”. Su familia creció hasta doce y su casa hasta cuatro cuartos. “Aquí nos dieron tres viviendas”. Y a un hermano suyo ya le habían dado una en 2012, antes de Sandy, con piso de losas, baño y cocina de losas, clósets. “A nosotros no. A nosotros nos mataron como a los machos. Esto es una mierda lo que han dado. Y tenemos que pagarla”. Si hubiera sabido esto, ella no hubiera roto su casa. “Pero ya cuando tú rompes tienes que ir para donde te metan”. Se desesperaron. Llevaban dos meses: que se van hoy, que se van mañana, y con todo empaquetado. “Demoler la casa fue lo más grande. Mi hermano desde las cuatro de la mañana trajo una brigada que se favoreció de los materiales. Nos desbarató la casa y se llevó los bloques, unos pisos buenos que mi papá había puesto…”.

El papá de Mariela es Orestes. Orestes Guillart es una miniatura de 89 años con bastón, sombrero y botas de niño, que todavía sonríe cuando le sacan fotos. Mariela lo trata a ratos como un muñeco. Lo manda a callar, le prohíbe esforzarse. Lo quita, lo pone. Siempre, como una reliquia. Es su manera de cuidarlo. Las preguntas para Orestes, ella las responde o completa. Explica que hasta el final su papá no quería romper su casa. “Su casa que él la hizo. No quería, no quería, no quería. Él nunca quiso venir para acá”. Pero los hijos lo convencieron de asumir el sin remedio. “Mi mamá y mi papá eran propietarios, pero si el Estado necesita… El Estado es el que manda”.

—¿Y por qué estaban haciendo la mudanza? –pregunto a Mariela.
—Ay no sé… No sé si es por la cercanía de nosotros del cementerio… Cuando se muera Fidel Castro eso tiene que estar verde desde allá hasta acá. Yo pienso que por eso es que nos mudaron. Eso es lo que comentan las personas.
—Que es para hacer la avenida.
—Para hacer la Avenida Patria.
—Pero nunca se lo dijeron así en ninguna reunión.
—No. Nunca nos dijeron por lo que era. Que se necesita ese pedazo y a todo el mundo hay que mudarlo, pero los motivos, nunca los he sabido.

El hermano de Mariela que trajo la brigada que desbarató la casa que construyó su padre, trabaja como pintor en la Avenida Patria. Eduardo ha hecho mucho por esto. Integró el Contingente Héroes del Moncada, el Contingente Ho Chi Ming. “Yo sí tengo qué contar”. Su ruta como pintor y auxiliar de albañilería es la ruta de las construcciones monumentales en Santiago de Cuba. Entregó el Mausoleo José Martí en el Cementerio Santa Ifigenia, la Plaza de la Revolución, el Teatro Heredia, la Sala Polivalente. Y ya entregó también la Avenida Patria. Nunca ha hecho ni ha entregado nada él solo, pero siente muy suya cada obra. Eduardo ha sentido mucho por esto. Ahora con la mudanza siente gratitud, y con la Avenida Patria, orgullo. “Gracias a la Revolución, tengo lo que tengo. Jamás en la vida yo iba a pensar tener un apartamento”. Ya hizo su clóset, el de su mamá, porque a él le tocó con sus padres. “Poco a poco. Hay que sacrificarse”.

—Y en la Avenida Patria, ¿hace cuánto que trabaja?
—Desde que empezó la Avenida Patria. Yo empecé en la Plaza de la Revolución.
—¿En qué año?
—En el 2015. Hace un año.
—¿Y qué pinta?
—Las fachadas de lo que es toda la Avenida Patria, desde la Plaza de la Revolución hasta después del cementerio, hasta la barca de oro, que es el tramo siete. El tramo uno es la Plaza de la Revolución.
—¿Y cada qué tiempo pinta?
—Ahora mismo estamos repintando lo que se hizo hace nueve meses, un año. Ya yo empecé de allá para acá.
—Está pintando por segunda vez.
—Por segunda vez.
—Las fachadas.
—Las fachadas. Lo que hicimos, lo estamos haciendo de nuevo. Eso se llama re-pin-tar.
—Y esa avenida ¿para qué la hicieron?
—Esa Avenida Patria tiene mucho sentido. El día de mañana, cuando suceda lo que va a suceder, van a venir cientos de presidentes, porque están interesados en conocer Cuba. Cuando suceda lo que va a suceder. Que Dios me lo libre, porque yo soy fidelista. El día de mañana, cuando él caiga, como cayó Hugo Chávez, un ejemplo, esto va a ser lo más grande. Entonces por eso se empieza la Avenida Patria hasta el Cementerio de Santa Ifigenia. Eso va a ser lo más grande de la vida. Como Lenin en la Unión Soviética.

La casa que construyó Orestes comprando bloque por bloque y con un crédito del banco no era lo más grande de la vida, pero era su casa. Y una parte de su vida lo justamente grande como para no querer derribarla. Orestes era operario de máquinas soviéticas empleadas en la construcción y conocía los métodos y proporciones que garantizan la solidez de una obra. “Manejar el equipo y graduar el agua para poder hacer un concreto con calidad. La fundición para la placa y los pisos. Ese era el trabajo mío”. Hoy mira a quienes construyen asentamientos como El Quilombo y se ríe. “Hacen las cosas como quiera”. Tampoco consigue adaptarse. A él le gusta estar amplio. “Yo tenía lugar para 17 machos. Mis pollos. Gallinas”. Y aquí no los puede tener. “Vamos a ver cuando acaben esto cómo es la cosa, si se puede tener un corral fuera, que tú lleves la comida allí y los atiendas”. Extraña su patio. “Sí, sí, cómo no”. No quería demoler. “No, hija, no. Fíjate que desde que me mudaron, allá no he vuelto más que un día”.

***

—Entonces tenemos que pagar 10.000 pesos, como si esto estuviera enchapado y pintado.
—¿Y usted era propietario?
—Sí. Y nos dijeron que los propietarios íbamos a pagar la mitad del precio. Pero no cumplieron.
—Tienen que pagar los 10.000 pesos.
—Diez mil pesos valoraron así: ¡pum! Y yo digo: “Señor mío, aguanta un momento, yo soy jubilado, ¿de dónde voy a sacar?”. Que si tienes que buscar codeudor… Y nadie me quería servir de codeudor. Ahora, después de varias protestas, arriesgándome a otro infarto e incomodándome por la situación que estoy viviendo, es que me han permitido ajustar 50 pesos de mi propia chequera para el pago de la vivienda.
—¿50 pesos mensuales?
—Sí, por encima de 50. No me especificaron.
—Y su chequera, ¿de cuánto es?
—Es de 200 pesos.
—Y tiene que pagar el refrigerador.
—Ajá. Estoy pagando el frío. Lo que me quedan son 143. Ahora cuando me ajusten la vivienda no sé si que me quedo en 80 o 90.

Fernando Salazar se mudó de La Playita para el Asentamiento conocido como Abejita Laboriosa en marzo de 2014. Vive con su esposa, su hija menor y un nieto que nació aquí. Como es un hombre enfermo, le dieron planta baja. Pero la ubicación en vez de traerle alivio lo que le trajo fue problemas. Cuando llueve, en su casa se cuela una mezcla de agua estancada y orine, más lo que no es orine, si coincide el mal tiempo con un horario pico del proceso digestivo del vecindario.

—Como no han hecho los canales que evacúan el agua pluvial, de allá atrás viene toda esa agua rodando y se hace un embalse detrás de mi edificio. A mí me entra por los tragantes del baño y el patio. Y al señor de al lado le entra más cantidad.
—¿Eso cuando pasó?
—En el último aguacero que cayó fuerte. Y no me entró caca porque fue por la madrugada y en el edificio a esa hora es difícil que una persona vaya a hacer caca. Pero sí entró orine. Aquí esto estaba… ¡Imagínate! Ácido vivo. Cuando me levanté: todo corriendo y con la escoba aproveché y busqué un poco de luz brillante y fui echando… Fue tremendo para sacarlo por la puerta. Tuve que meter mis manos ahí porque yo no dispongo de guantes. No estaba esperando que esta sorpresa me cogiera así a bocajarro.
—Pero cuando se mudó para acá no pasaba eso.
—No hubo aguaceros. Ya fueron dos aguaceros fuertes.
—¿Y pasó en los dos?
—Sí. En el segundo no me dio tiempo porque no tenía bloques, ni cemento, ni arena disponibles. Ahora ya hice un muro por si acaso viene otra lluvia, se quede todo dentro del baño.

La realidad de Fernando obliga a conceptualizar de nuevo lo que es bajo costo, mediante una pregunta que permita valorar más socialmente los beneficios: ¿para quién es bajo el costo?

“Hay que tener cuidado de cómo va a ser el futuro de nuestra patria. ¿Qué les estamos dejando a nuestros hijos? A nadie le gusta que lo engañen”.

***

A Cecilia, la que fue a sacudir con las federadas, le hubiera encantado llamarse Vicente, Orestes o Rolando. Lo que ella no consigue entender es por qué todavía no la han mudado. A ella, a su familia, al resto de sus vecinos. Cecilia no tuvo la dicha de ser de la mayoría que eran los cientos. Su casa no entorpece ningún proyecto de avenida. Es una de las enumeradas de San Pedrito que soltaron pájaro en mano por cien volando. Se inunda en tempestades y no precisamente de aguas pluviales. Sus pisos y paredes son un campo de batalla entre remiendos y musgos. La manosea una zanja poblada de ratas insomnes que socavan los cimientos. Pero, al parecer, no es nada que no se pueda continuar postergando.

En 2012, Sandy ubicó la vivienda de Cecilia en la cifra de las 171.380 desafortunadas. Otra vez, la respuesta fue que esperara. Que esperara por el proyecto San Pedrito. Que no le iban a entregar materiales para que pusiera techo y reparara porque la iban a mudar y sería un despilfarro en medio de tanta necesidad. Que mientras, resolviera con unas lonas de nailon y unos palos rollizos. Que ya la intercalarían entre las personas que fueran mudando. Y Cecilia se animó. Creyó que el estatus de damnificada de Sandy traería el beneficio que anhelaba desde los once años, cuando fue a sacudir aquellos muebles que nunca fueron suyos y por los que perdió los de caoba que acomodaban su casa. Si había que esperar un poco más por la mudanza, esperaría. Sabía bien cómo hacerlo.

Tres años y tres meses después, Cecilia permanece en el mismo lugar, con 58 años y la esperanza quieta en la mirada. Pero Cecilia es cada vez menos Cecilia. En 2013, su hija perdió una barriga de gemelos con siete meses de gestación. “Los médicos dijeron que podía haberla afectado el lugar donde vivíamos, pero no se sabe”. En abril de 2015, enterró a su esposo con los pulmones minados de cáncer. “Pasó dos años y ocho meses con su enfermedad en esta humedad, que fue lo que lo acabó de matar”. Y en septiembre de 2015 nació su nieto, tras librar una batalla con la muerte. Yeny sufrió preeclampsia y hematoma retroplacentario: presión arterial alta y desprendimiento prematuro de la placenta. Sin embargo, las complicaciones no acabaron en el parto. Con cinco meses, Alex ha estado hospitalizado en dos ocasiones. “Cuando cae la tarde, ya el niño se nos pone malo, empieza a tupirse y con falta de aire”.

En la casa, honestamente, cuesta respirar a cualquier hora. La pestilencia ácida de la zanja se siente incluso detrás de la lengua, en la garganta, hasta en los lagrimales. Allí se han acostumbrado al asco. Después de unas horas, cualquier persona que no sea alérgica podría acostumbrarse, sin que un ataque de tos tranque su sistema respiratorio y le obligue a marcharse. Después de unos años, cualquier persona podría volverse alérgica. Pues es un hecho que nadie se transformará en anfibio.

El Doctor Enrique Molina, en su artículo “Contaminantes biológicos del aire interior de la vivienda: factores contribuyentes, afecciones relacionadas y medidas correctivas”, publicado en 2015, en la Revista Cubana de Higiene y Epidemiología, explica que los mohos, desencadenantes comunes de alergias, se reproducen por medio de pequeñas esporas que se transportan continuamente en el aire libre y en interiores, y que cuando se adhieren a superficies húmedas, comienzan a crecer y a alimentarse de esas superficies. Asimismo, entre los síntomas y afecciones asociada a la exposición a tales esporas, identifica “reacciones alérgicas, como irritación de los ojos o la piel, rinitis, tos y estornudos, manifestaciones de asma”. Orientación del Doctor: eliminar la fuente de la humedad.

“Cuando tú ves ese verde que se está dando en una pared, ¿qué te dice eso? Esa es la humedad que tenemos abajo. Donde quiera se da una matica”, dice Cecilia mientras me muestra ese jardín exuberante que es su casa. “Todo esto es hueco. Ya hemos tapado, pero persisten los huecos. Por todos esos entra agua”. Y una vez comprendida la delicadeza de paredes y suelos, me invita a apreciar los techos: prodigios de la ingeniería post-Sandy. Desde 2012, lo que les cubre las cabezas son los mismos troncos y lonas que otorgaron, láminas de cinc recuperadas del desorden que dejó el huracán, unas tablas de madera para ataúdes que les regaló un pariente. “Esto es para guarecerse del sol y el sereno. Pero llueve y se moja todo”. En la casa hay capucha para cada caja que guarda cada cosa. Para completar el cuadro, los troncos han empezado a desmoronarse en un polvo amarillento y las tablas para ataúdes a incrementar la población de insectos. “Sueltan un bichito negro, que es una puntica así, con una guasasita verde, que pica. Al niño me lo están picando”.

Lo mejor de la casa, según Cecilia, es el frente. El frente del pedazo que le corresponde a Aleida, una de sus dos hermanas, que por su ubicación privilegiada en el campo de visión de cuanto transite por la Avenida Patria, clasificó en el plan de reparación por el 500 aniversario de la ciudad. Lo mejoraron con tres ventanas de aluminio, una puerta de aluminio, y esmalte rosa pálido. “Tú ves el frente y qué te vas a imaginar lo que hay aquí adentro. Por eso yo digo que estamos viviendo detrás de la fachada”. Pero lo que más ha perturbado a Cecilia y a sus iguales ha sido la demolición de las viviendas de la acera del frente, del otro lado de la Avenida Patria, o Crombet, como aún se le llama.

—En toda esa avenida desbarataron casas que valían… Aquello partía el alma. ¡Acabaditas de hacer! Y las que no, estaban por terminar. Sin necesidad. Porque esa gente se llenaba cuando ya nosotros estábamos ahogados.
—Y las quitaron.
—Sí, las quitaron para agrandar la avenida. Todo lo desbarataron. Y mira las condiciones en que nosotros vivimos. Van cambiando, van cambiando las formas de hacer las cosas y se van quedando las personas.

***

El proyecto San Pedrito se define como una transformación integral, o también como un programa de reordenamiento urbanístico, donde intervienen instituciones múltiples con el fin de mejorar las condiciones de vida de una población estimada en 16.000.

Madelín Méndez, jefa del Puesto de Dirección del proyecto, expresidenta del Consejo Popular Mariana Grajales, apunta que “había una deuda pendiente con esta comunidad y felizmente la estamos realizando”.

Los primeros en intervenir para saldar la deuda fueron los especialistas de la Dirección Provincial de Planificación Física. En 2010 realizaron un diagnóstico para valorar las vulnerabilidades del territorio, los cacharreados sistemas sanitarios, el fondo habitacional, las vías de circulación. Lo típico en esos estudios. Trazaron planes, objetivos, acciones, distribuyeron informes, y arrancó el trabajo.

Entre 2010 y 2012 la gente empezó a ver y escuchar los cambios. Se instalaron miles de líneas de teléfono y se iluminaron espacios públicos. Se emprendió una labor de saneamiento del río, rehabilitación de redes de drenaje pluvial, creación de alcantarillados. Y, por supuesto, se reactivó la mudanza.

Una noticia publicada en Granma en noviembre de 2011, bajo el título “San Pedrito comienza a cambiar su imagen”, hablaba de las primeras 12 familias mudadas, o reubicadas, y aseguraba que “mediante el esfuerzo concentrado del país” el reparto transformaría la imagen infraestructural de sus 9.845 viviendas clasificadas entre regular y mal estado. Dos datos que no necesariamente han estado relacionados. De acuerdo con Méndez, el reparto contaba con más de 10.715 viviendas cuando el levantamiento, es decir, que si a esa cifra se le restan aquellas 9.845, el resultado importante es que la mayoría se encontraba en mal estado. Para ahorrar molestias: 870 buenas. Sin embargo, el estado constructivo no siempre ha funcionado como indicador determinante en las mudanzas.

El proyecto se organiza en seis zonas. El orden de las zonas indica la prioridad. La zona uno corresponde a La Cañada, hermana menor de La Playita. De ahí eran las 12 familias contentas de las que hablaba Granma. En la cañada habitaban unas 800 personas. Se fueron 500, quizás 600, “el número exacto no lo puedo dar”, para 349 apartamentos. Este último número sí es exacto. Y se quedaron entre 70 y 80 viviendas, “que no afectan al proyecto, que están del otro lado de donde realmente se va a hacer la gran inversión”. Esas las van a rehabilitar. ¿Y no se inundan? “No se inundan”.

La zona dos corresponde a La Playita. De ahí eran Vicente, Orestes, Rolando. De La Playita se fueron más de mil personas para 425 apartamentos. Y se quedaron unas 95 viviendas que no reubicarán: “están en un plan de reposición o rehabilitación, o esperando decisiones finales del Gobierno”. Más otras diez, que sí deben reubicarse, pero sus moradores no han accedido. “Casitos muy puntuales que necesitamos mudar para que los constructores puedan desarrollar lo que quieren en esa área”.

—Y esas diez, ¿por qué no las han mudado?
—Sí, esas están siendo atendidas por las comisiones para mudarlas.
—¿Para qué fecha?
—Estamos esperando la entrega de nuevas viviendas para poder hacer la entrega a cada morador.
—¿A esas personas les darían casas? Porque supe que no querían apartamentos.
—Eso no puedo respondértelo. Eso está en manos de la dirección del Gobierno, que está evaluando la atención que se le va a dar a cada caso.
—Y si esas personas no quisieran mudarse, ¿se podrían quedar ahí?
—No. El proyecto no permite que alguien se quede, porque hay una inversión que se va a hacer en esa área. Debe haber un acuerdo con esa familia para solucionar los problemas del Gobierno y de ese morador.

La zona tres del proyecto, la más extensa, que es por donde marcha ahora la mudanza, abarca desde la Avenida Crombet (o Patria) hasta Los Pinos. Abarca las calles Bacardí, Frías, el triángulo de San Pedrito. Abarca la franja de Cecilia y sus iguales de la zanja. Lamentablemente, antes de Cecilia y sus iguales de la zanja, hubo que reubicar en 2014 a los vecinos del triángulo, a los de las casas acabaditas de terminar. Yarielis Ferrer, jefa de Departamento de Planeamiento Municipal de la Dirección Provincial de Planificación Física, precisa que esas viviendas habían sido rehabilitadas, pero “hubo que reubicarlas por la Avenida Patria, porque por ahí pasaba y se afectaban”. Los dos carriles de Patria costaron 25 viviendas recién rehabilitadas, más las otras que tuvieron que entregar a quienes habitaban en las 25.

Las zonas cuatro, cinco y seis aguardan su turno. Corresponden a sitios disímiles del barrio. Menos urgentes. Aunque igual Sandy alteró un poco el orden y obligó a anticipar beneficios por “situaciones emergentes”.

En total, en San Pedrito se deben reubicar y reponer 1.917 viviendas hasta 2017. Esa es la meta del proyecto. Según Ferrer, 1.527 se reubicarán y 390 se repondrán (se van a demoler y construir en el mismo emplazamiento). De las que se están reubicando, 1.400 fueron catalogadas en mal estado. El resto, entre bueno y regular. Y en La Playita, Méndez dice que de las 408 reubicadas: 146 malas, 169 regulares y 93 buenas.

No son muchas. Si se piensa en la cifra de malas, las viviendas buenas que desbarataron no son muchas. Sin embargo, si se piensa en las personas damnificadas por Sandy que todavía aguardan por un techo seguro, las viviendas buenas que se desbarataron no son ni muchas ni pocas: son un absurdo.

***

—Mi yo dice que es aquí –afirma Miriam, otra más que sacudió muebles junto a las federadas–. Cuento con 62 años y quiero seguir dando frutos. Yo soy activa. Voy para aquí, voy para allá. Y quiero estar en mi lugar, donde me siento cómoda para desplazarme.

El lugar de Miriam, aún, es La Playita. La Playita es una sombra mutilada de lo que fue. El terreno: desolación y ruinas. Casas a medio tumbar, cascarones rotos. Golpes de mandarria como premoniciones. La vida silvestre apoderándose del abandono. Y el río, un coágulo verdinegro de fecales, donde la luna inescrupulosa se refleja. El Yarayó continúa siendo esa gran comunión intestinal de la ciudad. Su olor es tenaz. Al rato, se tolera. La nariz deja de resistirse y siente que así es el aire original. Sin embargo, para Miriam todo eso es una realidad desenfocada. Para Miriam Zamora, cronista popular de San Pedrito, integrante del proyecto De la Ciudad, las Calles y sus Nombres, lo central es su barrio. De eso es de lo que puede contar y para ella poder contar lo es todo.

Miriam Zamora puede contar los orígenes de los nombres de cada calle. El fusilamiento de los 53 expedicionarios del vapor Virginius y de Perucho Figueredo. El puente que mandó a erigir don Emilio Bacardí y su apoyo a la causa independentista. La ruta del Yarayó que seguían los pescadores hasta la bahía. Los nombres de los muertos que la tiranía batistiana dejó en la Avenida Crombet. El paso de Flora y las pérdidas y la recuperación. Los mandatos de todos los secretarios del Partido en la provincia.

Que no son más que un montón de historias. Cosas que no se pueden tocar. Porque estrictamente el pasado no existe. Pero no solo con bloques se construye un país. Por eso le preguntaba a Miriam, una y otra vez: ¿Por qué usted no quiere mudarse? Y una y otra vez ella me contaba las mil y una historias. Se erguía, adornaba la voz, como si hubiera un auditorio en su sala y no fuera tarde en la noche. “Y es verdad que patria es humanidad”, dice citando a Martí, “porque si tú no amas a tu patria, no tienes el sentido de pertenencia que imbrica el lugar donde naciste, no te quieres a ti misma, no te conoces ni tienes un objetivo para luchar en la vida”. Y otra vez don Emilio Bacardí, los muertos en Crombet, el fusilamiento de Figueredo. Y otra vez la pregunta torpe: ¿Por qué no se quiere ir? Hasta que entiende que no la entiendo, desviste la voz, se quita la sonrisa desatornillada de la cara y contesta: “No. No es que no quiera irme. Yo no me resisto al desarrollo. Si aquí se va a hacer algo que afecta mi vivienda, yo puedo cruzar para otras que se hagan cerca. Porque donde conozco la historia es aquí. Lo demás sería tirarle piedra al morro”. Y tampoco le gustan las edificaciones nuevas.

—Son muy estrechas. Mira el espacio que yo tengo. Yo trabajo costura, vivo de eso y lo pongo al servicio de lo que haya que hacer. Nunca he afectado a mi Revolución pidiéndole ayuda económica. Con mis manos es que sobrevivo. Yo hago cosas que sean de fácil adquisición, modelos que puedan agradar a la gente.
—Porque usted hace ropa. No remienda.
—No, no remiendo. Yo hago ropa. Los remiendos no me gustan. Porque digo que eso es atraso. Yo transformo. Un pitusa que se rompió, trato de que te quede no como un pitusa emparchado sino como un modelo. Y todas las telas que tú estás mirando ahí son del campo socialista.
—¿Del campo socialista?
—Sí. De cuando la Unión Soviética ayudaba a Cuba.
—¿Conserva telas de esa época?
—Sí. Tengo un cuarto con sacos de retazos múltiples, porque no boto nada.
—¿Pero eran de ropas suyas?
—No… son telas nuevas, recorterías, porque yo hacía canastillas, trajes de novia… Antes las telas eran liberadas y las compraba en la tienda. Mira: este tejido es uno de los mejores del campo socialista. Y mira: esto es campo socialista, combinado con una modificación actual que hice, porque se están usando estos contrastes…
—¿Y cuánto cobra por los modelos?
—Bueno, como está la vida. Yo adecuo que lo que haga me alcance para una botella de aceite, una libra de carne. Todo yo lo suplo con la costura.

Aunque no quiere resistirse al desarrollo, a Miriam le cuesta entender por qué debe demoler. “Esto me ha costado dinero, porque tú sabes que hacer una casa de placa no es fácil. Y que tenga que trasladarme hacia otro lugar, con diferentes condiciones… Esto no es bajo costo”. Miriam construyó para que durara. Trabajó en construcción industrial y se instruyó en los métodos para evitar hundimientos en terrenos húmedos. “Hice los dados que eran de mi tamaño, subí 1.25 y fundí en seco. La cimentación con grado de oscilación en balsa, como se suele decir, pero en balsa de los arquitrabes. Amarré, hice una balsa y no me hundo porque todo el peso lo reciben el arquitrabe, la balsa y los dados”. La casa es su patrimonio familiar. La comparten hijos, nietos, un hermano. Tiene dos niveles y soportaría un tercero: “Porque la esperanza del pobre es el techo”.

Quienes quedan en La Playita guardan más o menos la misma esperanza. Amado, Ana Rafaela, Leonardo, Ricardo, Josefa, Zurelis, Magdalena, Enélides… Unos exigen casas para poder dividir o fabricar en la placa cuando crezca la familia. Otros, que les otorguen algo equivalente a lo que perderían. Otros, más apartamentos para solucionar sus problemas de hacinamiento. Todos son propietarios.

Amado Palacios, mecánico industrial, miembro de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores, inventor de un sistema para proteger motores eléctricos que ha sido implementado en varias empresas, desde sus casi dos metros de estatura, argumenta: “Yo me he sacrificado para atender a mi familia. Toda mi vida he luchado para esto. ¿Por qué razón debo irme ahora para un apartamento chiquitico? Mire el tamaño que yo tengo. ¡Que no entro! Mire los pies largos que tengo… Y mis hijos son iguales”. Su vivienda es impecablemente nueva. Piso de granito, baño y cocina enchapados, dos cuartos. Sencilla, pero amplia y fuerte. “Si la cosa es para mejorar la vida de las personas, ¿por qué tengo que sacrificarme? ¿No es para mejorar? Denme algo que mejore lo mío. Porque yo no puedo echar para atrás. Yo quiero irme, porque estoy a favor del desarrollo. Yo soy revolucionario y todo el mundo aquí es revolucionario, pero no puedo empeorar mi vida”.

—Se nos ha dicho hasta de expropiación –acota Miriam, que acompaña.
—¡Hasta esas cosas nos han dicho! –agrega Disnaidis Lovaina, esposa de Amado–. ¿Cómo van a decirnos ese tipo de cosas? No nos pueden decir eso.

De hecho, sí pueden. El artículo 25 de la Constitución de la República de Cuba autoriza la expropiación de bienes “por razones de utilidad pública o interés social y con la debida indemnización”. Y tampoco es algo atípico en el mundo.

—¿Y qué explicaciones les han dado para la mudanza?
—Ellos dicen que hay que irse porque esto se va a seguir inundando –responde Disnaidis.
—Es un proyecto de mejorar la comunidad –precisa Amado.
—Aunque a lo mejor no es tanto así –continúa Disnaidis, suspicaz–. A lo mejor el mejoramiento está en cambiar toda esta zona, como está cerca del cementerio… Y esto realmente afea. Dicen que es para evitar las inundaciones, pero aquí nadie es bobo. Hicieron una avenida muy linda y es lógico que quieran hacer otra reestructuración.

De repente, Miriam comienza a cantar: “Qué profunda emoción, recordar el ayer, cuando toda Venecia me hablaba de amor…”. Y seguido exclama: ¡Esta es nuestra pequeña Venecia! Esto era un canal. Yarayó lindo. Agua azulita. La gente tenía botecitos y se echaban a la mar a pescar almejas y…

Los argumentos que los otros venecianos exponen son bastante similares.

Ana Rafaela Arada: “Nos querían dar una sola vivienda y como nosotros tenemos condiciones, no accedimos. Porque nos decían que no teníamos cantidad de personas, y sí, no tenemos cantidad de personas, pero sí condiciones para que cuando mis tres hijos crezcan puedan dividir y tener lo suyo”.

Ricardo Ribeaux: “Yo les dije a los compañeros del Gobierno que si mi vivienda molestaba para el proyecto, yo no iba a frenar el desarrollo de la ciudad. Dije que estaba en disposición de irme, pero que no aceptaba apartamento. Quedé en que me hicieran una vivienda con las características de la mía. No estoy pidiendo nada más que lo mismo que tengo”.

Leonardo Sánchez: “Esto es hereditario. Es mío por derecho. Y como dice la Constitución, uno tiene sus deberes y derechos. Yo no me opongo, pero sí exijo mis derechos”.

A Miriam también le inquieta la cuestión del pago. “Es de por vida dice la gente. Nunca llegas a ser dueño de tu vivienda. Porque si me muero, el que venga sigue pagando. Y los salarios son bajos. Muy bajos. Entonces no entiendo. No entiendo”. Pero incluso sin entender, está dispuesta a derrumbar su patrimonio familiar, marcharse a otra vivienda e incrementar la deuda que ya tiene con el banco por su refrigerador. Lo único a lo que no está dispuesta Miriam Zamora es a abandonar San Pedrito. De ninguna manera quiere llamarse Tomás.

Tomás era de la mayoría que eran los cientos. Pero Tomás no era una casa precaria. Tomás era sus trece matas de aguacate y sus doce matas de mangos. Era sus tamarindos, ciruelas, plátanos, guayabas, naranjas, lechugas. Tomás no habla de la mandarria que destrozó su casa. Habla de sus matas cortadas, de sus cultivos arrasados, de tanto esmero vuelto nada. En un cuarto piso, entre cuatro paredes, con sus ataques de asma, no sabe ser feliz. Le faltan sus raíces. Y Miriam se lo nota en la cara cuando lo visita y se asusta. Así como Tomás se hace en la siembra, ella se hace en la historia.

“Y eso es lo que sucede. Como yo conozco la riqueza que tiene San Pedrito, me gustaría morirme en mi tierra, donde yo puedo hablar con claridad de qué pasó aquí, qué pasó allá. Me ennnnnnncanta… Y que sí, que se mejore la vida, pero con igualdad”.

***

No existe confirmación oficial de que la Avenida Patria fuera concebida para acoger la procesión que acompañaría el féretro del Comandante Fidel Castro hasta la necrópolis Santa Ifigenia. No existe confirmación oficial de que lo enterrarán en Santa Ifigenia. Su destino final no es de dominio público. Lo que se ha publicado al respecto no son más que especulaciones, rumores, hipótesis. Nada que se respalde en evidencias sólidas o fuentes autorizadas para responder esa incógnita.

La cobertura de medios de prensa estatales –como Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate o SierraMaestra– sobre la Avenida Patria sostiene que su construcción es parte del programa por el 500 aniversario de la ciudad y se limita a ofrecer los datos elementales acerca de la obra. Que alcanza 2.7 kilómetros de longitud. Que es una ampliación de las Avenidas Juan Gualberto Gómez y Flor Crombet ya existentes y no un vial rigurosamente nuevo. Que se rehabilitaron las viviendas ubicadas en el trayecto. Que se colocaron señalizaciones, luminarias, un separador entre los dos carriles. Que comienza en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo y culmina en Santa Ifigenia.

En “Avenida Santiago”, una noticia publicada por Juventud Rebelde en junio de 2015, se cita al arquitecto Omar López, director de la Oficina del Conservador de la Ciudad, explicando que “tiene el sentido de una avenida para la Patria; de ahí todo lo que se está haciendo para darle la sobriedad, la elegancia y monumentalidad que debe tener una vía histórica como esta”. Fuera de esto, no se ha explicado mucho más.

Yarielis Ferrer también confirma que es “en saludo al 500 aniversario”, y que es una inversión aparte del proyecto San Pedrito. “Que muchas viviendas de San Pedrito se beneficiaron con eso, es verdad, pero fue un proyecto aparte”.

—¿Y en qué consistió ese proyecto?
—Esa fue una propuesta del General de Ejército Raúl Castro. Una propuesta de hacer una avenida que uniera la Plaza de la Revolución con el Cementerio Santa Ifigenia.
—¿Cuándo se hizo la propuesta?
—En 2014. Y en 2014 a finales se empezó a construir.
—Y en el territorio de La Playita, ¿qué se piensa hacer?
—Como eso es zona inundable, nosotros propusimos que en la parte cercana al canal se hicieran áreas deportivas, parques, pero nosotros proponemos, no decidimos.

Lo único que se puede afirmar, sin margen de error, es que Fidel morirá algún día. Es un ser vivo y todos los seres vivos nacen, se desarrollan, se reproducen –o no– y mueren. Es tan mortal como el más anónimo de los mortales. Más allá de ese dato básico que aporta la biología, nada más se puede afirmar. Lo otro, queda a la imaginación.

***

“Ven, ven a ver a mi papá…”, me dice Mileysi en medio de su relato envolvente sobre mudarse a Los Pinos y me hala por el brazo hasta el hombre que es su padrastro, pues como la genética no siempre hace familia, Mileysi dice que es su papá.

El Asentamiento Los Pinos es el alter ego de El Quilombo. Calle central de casi un kilómetro de largo, pendiente de asfalto, que asimilaría tres automóviles sin peligro. Edificios monocordes de cuatro y cinco niveles. Unos frente a otros: concreto versus metal. Y más de lo mismo: tanques botándose, paredes veteadas, caños tupidos, pisos con estrías, desniveles, cero losas. Incluso un chorro provocando arcoíris en la calle. Que si no fuera por la sequía que enfrenta la provincia, podría haber resultado hasta simpático.

“Yo le estoy diciendo a ella que la casa de nosotros tenía de todo”. El padre, sentado en una butaca roja, absorto frente al televisor, asiente. “Mira este piso. Mira aquello. Todo rústico. Desastre vivo”. Transmiten una de esas series norteamericanas donde hay persecuciones, patadas, música tensa, bonitas en pantalones ajustados. “Sí, Yarayó cuando se llenaba, pero nosotros vivíamos bien”. Leer los subtítulos a la distancia de la butaca demanda un esfuerzo de examen oftalmológico. “Ahora aquí estamos mejor en un aspecto, pero veo que es lo mismo. ¿Tú sabes por qué?”. El padre voltea la cabeza un instante y luego se recoge como caracol en el centro de su cuerpo. “Porque tienes que empezar a pagar una casa. Y mi papá echó la vejez allá abajo construyendo con sus propios esfuerzos. Ahora él no tiene condiciones para hacer nada. No tiene ni chequera”. La butaca roja es una maceta. El hombre, un árbol que se marchita

—Entonces, ¿cuándo fue que empezó a construir? –le pregunto.
—Hace rato de eso –responde sin quitar los ojos de la pantalla.
—¿Y qué fue lo que hizo? ¿Qué construyó?
—Hice la casa.
—Hizo una vivienda de tres cuartos, con su cocina, baños, sala y comedor –aclara Mileysi–. La hizo él criando puercos.

Y de pronto, alguna palabra que lo saca de su recogimiento.

—Yo no me siento satisfecho con que me hayan desbaratado lo mío para meterme aquí, mija. Desde que me mudé estoy triste, porque yo estaba cómodo allá, criaba mis animales… Y ya no hay fuerza para echar piso, ni poner cocina. Ya no hay fuerza.
—¿Y cómo se sintió cuando tuvo que demoler?
—Todavía no me he repuesto. Desde que nos mudamos hace un mes yo no he salido. Estoy sentado viendo el televisor y pensando en la vida. Que ya uno está en un lugar tranquilo, llevando su vida, para que vengan: quítate tú, para ponerme yo.
—¿No podía decir que se quería quedar?
—No, nadie dijo nada. Querían ese terreno porque por ahí pasan carreteras, pasa esto, el cementerio… Una pila de barbaridades que hablaron.
—¿Quiénes?
—Todos los que mandan, mi vida. “Y si no quieres irte de aquí te vamos a citar para el tribunal”.
—¿Le dijeron eso?
—No a mí solo. ¿Pero qué vamos a hacer? Tribunal, ¿para qué? Si de todas formas, el que tiene el poder o el mando es el Estado. Dice que hay que irse, hay que irse.
—¿Y cómo es su nombre? Todavía no sé su nombre.
—¿Mi nombre verdadero? Rolando.
—Rolando qué.
—Maceo Santaclara.
—¿Maceo?
—Maceo. Familia del Maceo del machete. Mariana Grajales es mi bisabuela.
—¿En serio?
—Palabra. Yo no voy a mentirle. Mi papá era sobrino del general Antonio y yo soy sobrino del general Antonio en segundo lugar.
—¿Cómo se llamaba su abuelo?
—Tomás. Mi bisabuela le decía a ese sobre todo: empínate. –De acuerdo con un relato de José Martí, Mariana le dijo eso a otro hijo, pero no cuesta creer que también se lo dijo a Tomás.
—¿Y qué más le contaron?
—La historia que yo sé es esa nada más… Y así mija… ¡Qué cará! Ya está de más que uno haga comentarios, porque todos esos comentarios son cuentos. Si fueras a resolver algo… Pero no se resuelve nada.
—Por lo menos la gente se entera.
—Eso sí. Que se enteren: yo no quería mudarme de mi casa. Porque tú no sabes, mija, tú no sabes el sacrificio y la lucha que nosotros pasamos para construir. Para que entonces usted venga a última hora a decir que hay que irse. Vamos a mudar no: vamos a demoler. Es muy distinto que mudar. Vamos a demoler porque esto hace falta para embellecer el país, que esto está muy atrasado, que qué se yo qué…

Rolando Maceo vuelve a ser el hombre en la butaca roja. La butaca roja, una maceta.

“La cuestión es que ya estamos aquí. Y aquí, hasta esperar la muerte, o lo que sea. Nadie sabe. El mundo da mucha vuelta y yo he visto muchas cosas”.

1. María Roa Borja

“Mi nombre es María Roa. Yo represento a 750.000 empleadas colombianas. De los casi 53 millones de trabajadores domésticos que hay en el mundo, cerca de un millón se encuentran en Colombia. Vivimos en los cordones de pobreza, la gran parte hemos sido víctimas del conflicto armado, la mayoría desconocen nuestros derechos, y el ámbito privado en el que esta labor se desarrolla suele obstaculizar el acceso a la justicia. Muchos empleadores dicen desconocer la ley o camuflan su incumplimiento con el pretexto de compensar a las trabajadoras con intangibles como el cariño o el buen trato…”.

El video completo puede verse en YouTube. María Roa Borja ocupa el lugar central del panel Mujeres y Trabajo para la Construcción de la Paz, en la Universidad de Harvard. Es el 23 de marzo de 2015, la primera vez que María sale de Colombia. Hace unas horas tomó un vuelo en Medellín y ahora enfrenta un auditorio repleto en una de las universidades más prestigiosas del mundo. En el público hay académicos, como Noam Chomsky, y estudiantes, como Valentina Montoya, quien hizo posible la invitación de María a este auditorio. Bajo el turbante de flores que María lleva puesto, la cámara revela el brillo oscuro de una fuerte piel negra. Mientras habla de sus años como empleada y de su gestión al frente de la Unión de Trabajadoras Afro del Servicio Doméstico, Utrasd, sus ojos cansados transmiten al público una emoción decidida y su voz recia tiembla cada tanto ante el peso de sus propias palabras. Mujer, madre, abuela, negra. Tiene solo 37 años.

La primera vez que vi a María Roa no fue en ese video. Después de cruzar algunas llamadas, coordinamos un encuentro en una Casa de la Cultura Afro, en el barrio Prado Centro de Medellín. María me espera en compañía de otras cinco mujeres, que al igual que ella son o han sido empleadas domésticas. Todas llevan al menos cinco años en Medellín, y todas vienen del Urabá antioqueño o del Chocó, zonas cercanas azotadas por la miseria y la violencia.

Precisamente fue esa violencia la que trajo a María hasta aquí. Tenía 18 años cuando su hermana fue asesinada por la guerrilla y le tocó huir junto a sus cuatro hermanos. Era 1996, en pocas horas pasó de la tensa calma de Apartadó a la agitada inequidad de Medellín. Mientras algo mejor se atravesaba en el camino, la única amiga que tenía le propuso dedicarse a lo mismo que ella hacía para ganarse la vida. Nada mejor se atravesó, o María estuvo muy ocupada para darse cuenta, y se quedó trabajando nueve años como empleada doméstica.

“La vida me regaló o me cobró con esto. Cuando no eres profesional, al llegar desplazado a esta tierra ajena, si eres mujer lo primero que te brinda la ciudad es el trabajo doméstico, y si eres hombre el trabajo en la construcción. Yo me fui a trabajar como interna por 270.000 pesos mensuales, y el mínimo en ese entonces eran 350.000. Gracias a Dios algunas cosas han cambiado. En esos 270 iba incluido todo. Laboraba 16 horas diarias, porque uno se levanta a las cuatro a hacer cosas y son las diez de la noche y te dicen: ‘María, regálame un vaso de agua’, ‘María, me sirves por favor…’, hasta que no se acueste el último, uno no se puede acostar. Y al otro día toca estar de pie de nuevo a las cuatro.

”Cuando uno llega lo tratan bien, ya con el paso del tiempo uno va conociendo a las personas. Te hablan más fuerte, te gritan. Las cosas son más bruscas, los quehaceres más extensos. ‘Ah, nosotros los negros somos muy verracos y somos unos esclavos’. No, el tiempo de la esclavitud ya pasó. Igual somos muy verracos y muy fuertes, pero el cuerpo se cansa. Eso y muchas cosas afectan a esta población afro. Con el tiempo, yo me fui dando cuenta de que este trabajo al final se convierte en tres cosas: explotación, discriminación y violación”.

María marca el acento de esas tres palabras golpeando la mesa con los dedos y clavando en los míos una mirada de sus grandes ojos cansados. Es una mirada herida, entre la tristeza y la rabia, pero desde la distancia. En 2005 dejó de trabajar en casas de familia y desde entonces ha dedicado su esfuerzo a reunir a otras mujeres que comparten esa situación de explotación, discriminación y violación, para que sepan que no están solas, para que conozcan sus derechos y se atrevan a defenderlos. Cuando comenzaron, en 2013, eran solo 38. Hoy Utrasd reúne a 127 empleadas de servicio doméstico en Medellín.

Ahora estamos en una esquina del barrio Aranjuez, a pocas cuadras de la casa de María Roa. Es sábado, alrededor de la plaza las familias recorren las calles al ritmo lento del fin de semana. Descendemos unas cuadras hacia el norte y el paisaje de comercios atestados es reemplazado por humildes casas. Cuadra a cuadra, las construcciones se vuelven cada vez más informales. Al otro lado del caño alcanza a verse una colmena de ladrillos superpuestos levantados contra el cerro.

María ha dejado atrás los silencios largos, la mirada severa y la desconfianza inicial. Camina a sus anchas por estas calles, saluda a un par de vecinos con una hermosa sonrisa. En un punto acelera el ritmo contagiada por la amplificación de un carro que están lavando en una esquina. Con la música parece alejarse de sus recuerdos amargos y levanta la voz para que yo la escuche.

La semana pasada estuvimos en un bunde. Eso fue superchévere y la chirimía espectacular. Había varias comparsas, era una locura. Y yo decía: “Dios mío, si así es aquí en Medellín, imagínate cómo será un San Pacho en Quibdó. Arrancamos bundeando a las doce y a las cuatro todavía no nos queríamos ir. Unos poquitos paisas trataban de bailar, pero no nos cogían el paso. Allí estaba el negro ese que cogieron en Bogotá los policías y que lo requisaron y se indignó. El que salió en Facebook y en todas partes. Se subió a la tarima y comenzó a gritar: “Negro, levantá tu puño izquierdo, levantalo”, y todo el mundo alzaba el puño y bailaba. Era una fuerza, como un apoyo entre nosotros.
—¿Qué opinas de la palabra “negro”?
—Depende de cómo lo digan. Hay personas que te dicen: “Negrita, haceme un favor”, y tú en ese tonito sientes de una el menosprecio. Dependiendo de cómo utilicen la palabra es que uno se indigna, y ellos lo saben.

Dos cuadras después, a través de un corredor estrecho abierto en medio de dos casas vecinas, bajamos por unas escaleras hasta la casa de María.

—Mira. Aquí es mi hueco.

Al otro lado de la puerta metálica está la familia Roa Borja. En la sala, Pérsides, la madre de María, salta del sofá al verme entrar y se disculpa por estar despelucada y en piyama a esta hora de la tarde. De los cuartos salen dos niños pequeños embobados por la cámara. Al fondo, en la cocina, un adolescente langaruto limpia la nevera y trapea el piso al ritmo del reguetón que inunda la casa. Se acerca y me saluda con un puño bañado en espuma de detergente. Cada tanto vuelve a la sala a programar una nueva canción en su computador y a asomarse para ver si el partido del Manchester sigue 0-0. Su equipo es el Barça, se llama Jhonnier, es el hijo menor de María Roa.

—¿Jhonnier siempre hace oficio?
—Él siempre me ayuda. Aquí todos ayudamos.

Viven en una comodidad humilde. No les falta nada. María ha levantado este hogar sola, con su trabajo. Primero, por nueve años, limpiando las casas de otros para poder sostener la suya. Ahora trabaja en una litografía, antes en una panadería. Su trabajo como líder sindical no representa ingresos para ella y se rebusca con todo lo que puede. Está pensando en abrir un restaurante junto a su hermana y en pedir un crédito para poder comprar esta casa de Aranjuez. Lo que sea. No quiere por ningún motivo volver a los días en los que nada de lo que la rodeaba –ni siquiera la familia con la que pasaba casi todo el tiempo– era suyo.

—Cuando recién llegué a Medellín yo vivía en Santo Domingo, un barrio popular, en lo alto, frío. Allí compartía una pieza con una amiga. Pagábamos todo el mes solo para pasar las noches de los sábados y las tardes de los domingos. El resto del tiempo, la pieza estaba vacía. Desde ahí me demoraba como hora y media en llegar a Guayabal, adonde trabajaba. Una casa grande y bonita. Mi cuarto quedaba atrás, junto a la cocina. Nosotras tenemos un lugar, que es atrás, y ya. Uno llega a una casa de familia y le dicen: “Bueno, este es tu espacio”. De resto, yo no voy a coger nada, no voy a ocupar nada; el tele, el computador, eso no se lo permiten a uno. No le dejan ni siquiera comer donde ellos comen y ahora le van a permitir entrar a una habitación y usar sus cosas. Si yo soy la que limpia, la que te da de comer, la que hace todo, ¿por qué no abrir ese espacio? Es muy maluco. Yo desde que salí del servicio doméstico no he vuelto a trabajar en una casa de familia. Es algo que lo impacta mucho a uno, que lo deja muy marcado.
—¿Nunca compartían nada contigo, un regalo de cumpleaños, un detalle para tus hijos?
—Sí, me daban la ropa que sus hijas ya no usaban. Cosas que ya no les servían. Una Navidad me dieron una muñeca. Las niñas eran lindas.
—¿Pasabas mucho tiempo con ellas?
—Sí, y me encariñé un montón…

Al igual que ahora en la sala de su casa, solo en dos momentos de su conferencia en Harvard la voz pausada, serena y sólida de María Roa Borja parece quebrarse. En el primer momento está hablando precisamente de esas niñas: “Nos encariñamos y lo entregamos todo a unos hijos ajenos, y algún día nos tendremos que ir y dejarlos, o ellos se convertirán en nuestros patrones”. La segunda vez el sentimiento llega aún más lejos: su discurso ha finalizado y el público se levanta a aplaudir. La ovación se prolonga y, aún en medio de los aplausos, la profesora Janeth Halley decide continuar con el programa del panel. A prisa, María saca fuerzas para pronunciar las únicas dos palabras que sabe en inglés, “Excuse me”, y vuelve a tomar el micrófono entre lágrimas:

“Mi nombre es María Roa Borja. Soy de Apartadó, Antioquia, donde la sangre rueda más que el agua. Yo no soy universitaria, pero el conocimiento lo tengo y esto les sirve más a todos ustedes. No lloro por generar tristeza, sino por la alegría de estar aquí y compartir lo que nosotras padecemos día a día. Lo dejamos todo en las casas de ustedes, con orgullo y con honor, siempre que nos sea bien pago. Si ustedes tienen una empleada en su casa, valórenla. Nosotras somos seres humanos y aquí estamos”.

2. Una mirada atrás

A lo largo de cinco siglos, el servicio doméstico ha evolucionado en Latinoamérica hasta tomar su forma actual. El recuento hecho por Elizabeth Kuznesof bajo el título “Historia del servicio doméstico en la América hispana (1492-1980)” permite ver este trabajo más allá de un anacronismo patriarcal, como un renglón esencial de la economía cuyas características se han ido adaptando a los giros en las formas de producción y a la estructura moral de cada época y lugar.

“En el período colonial el trabajo doméstico era necesario para el modo primitivo de producción que requería considerable trabajo dentro del hogar; también era un modo para educar a los jóvenes en un ambiente protegido. Sin embargo, en parte por las circunstancias coloniales de la Conquista y las relaciones de casta y raza, en Hispanoamérica llegó a tener aspectos de subordinación racial y de clase en vez de ser una experiencia de aprendizaje en una ‘etapa de la vida’, como generalmente lo fue en la Europa preindustrial. En el siglo XVI, muchos (tal vez la mitad) de quienes trabajaban en el servicio doméstico eran hombres y algunos eran blancos. Para el siglo XVIII, la mayoría eran mujeres, predominantemente de sangre mixta o con antepasados de casta. En el siglo XIX, el carácter patriarcal del Estado y de la familia fue reforzado con el servicio doméstico ofreciendo una manera de “proteger” y controlar a las mujeres solteras. A comienzos del siglo XX, cambios en los servicios públicos de la ciudad, tales como la provisión de agua, gas y recolección de basuras en zonas residenciales, la expansión de las escuelas y el mayor énfasis puesto en la privacidad como valor familiar, influyeron en el empleo de un número menor de trabajadoras domésticas. Esta tendencia se vería revertida desde los años cuarenta, en parte, de manera paradójica, debido a la apertura de muchas plazas de trabajo destinadas a mujeres calificadas de clase media, que comenzaron a necesitar quien se ocupara de la casa y los hijos a los que ya no podían dedicar tanto tiempo entregadas a labores profesionales y de oficina”.

En los últimos años es cada vez más frecuente en Colombia que las empleadas trabajen de manera independiente, por días, teniendo la posibilidad de ir a varias casas durante la semana. Esta modalidad, predominante en ciudades grandes, conlleva un tipo de relación servicio-cliente, en lugar de la tradicional empleada-patrón. No solo se trata de un distanciamiento respecto al paternalismo de otras épocas sino de una oportunidad de afirmación a partir de la autogestión. Esta forma de trabajo, claramente delimitada en tiempo y tareas, ha propiciado el surgimiento de agencias intermediarias que se ocupan de todos los aspectos económicos y legales, convirtiendo el trabajo doméstico en una modalidad formal de prestación de servicios.

3. Jenny Hurtado

Jenny sale del apartamento de la familia Alzate Botero cada noche a las siete. En ese momento ya lleva más de diez horas recorriendo cada rincón de esa casa, lavando, barriendo, cocinando. Tiene más de sesenta años y una vitalidad física basada, al menos parcialmente, en la alegría. Se quita la ropa de trabajo y cuida cada detalle de lo que se pone: la falda larga, los aretes dorados, el turbante, los accesorios. Nunca le ha gustado llevar uniforme y tampoco lo hace ahora; rodeada de modistas desde la infancia, se ha acostumbrado a celar los detalles de su apariencia que la separan aún más de los prejuicios y el menosprecio asociados generalmente a su trabajo. Se despide de los niños, recoge sus cosas, camina casi quince cuadras del norte de la ciudad y después de una hora de buseta llega a su casa. Allí comienza una nueva jornada, lavando, barriendo, cocinando.

—Yo llego a la casa cansada pero contenta, a organizar todo. Mi hijo siempre me espera, tan vago, para que yo le prepare algo de comer. Lo que más le gusta son las pastas.
—¿Qué edad tiene tu hijo?
—Uff, mi hijo ya es cucho, tiene 32 años. Lo que pasa es que yo ya estoy vieja, pero no parezco.

Realmente luce mucho menor de lo que es. Veo sus fotos de hace veinte años y no parece haber cambiado un día desde entonces. Tiene los mismos ojos saltones y vivaces; los mismos dedos largos, tan femeninos como fuertes; la misma curva de brillantes dientes blancos que ahora traza una sonrisa de experiencia reposada a los 61 años. La boca de Jenny parece haber sido diseñada solo para reírse, y precisamente eso hace incluso al hablar de sus recuerdos más amargos.

—Yo nací en Cali, de padres chocoanos. Mi papá era muy irresponsable, tomaba mucho. Él iba y venía. Trabajaba en el Tapón del Darién, haciendo la carretera a Panamá. Se murió y no vio la carretera y yo creo que nos vamos a morir nosotros y tampoco la vamos a ver. Mi mamá no sabía leer ni escribir, así que no podía dedicarse a otra cosa. Ella nunca trabajó en una casa de familia, pero sí en el campo recogiendo algodón. Vivíamos con mis ocho hermanos, una infancia muy feliz aunque muy pobre. El trabajo de mi mamá era informal y eso no le daba. Entonces, como yo era la mayor y tenía problemas en el colegio por tremenda, me tocó a mí: una amiga le dijo a mi mamá que ella conocía una gente y que yo podía irme allá a estudiar y a ayudarles con sus cosas. Tenía ocho años cuando me fui a trabajar en una casa como interna. Salí un domingo pensando que iba a estudiar y el lunes ya estaba allá trabajando. Eso fue terrible: maltrato y humillación por ser negra.
—¿Quién vivía en esa primera casa donde trabajaste?
—Eran personas muy ricas. Vivían en una casa grande en la Avenida Sexta al norte de Cali. Yo les decía “los viejitos”, ni me aprendí sus nombres. Eran tres: un ex alcalde de Cali, su esposa y su hermana, una solterona amargada, horrible, que me hacía la vida de cuadritos. Yo trabajaba sola toda esa casa, me tocaba barrer, trapear, lavar hasta la ropa interior… desde esa época yo no le lavo la ropa interior a nadie, me tocaba hacerlo, pero me daba asco y la dañaba a propósito. Hacía de todo, menos cocinar porque el mesón era muy alto para mí. Yo no sé cuánto le pagaban a mi mamá, a mí nunca me dieron un peso. Estuve con ellos como cuatro años.
—¿Qué fue lo más difícil para ti esos primeros días?
—Yo dormía en el fondo, al lado de la cocina, donde estaba el basurero. Yo acostumbrada a una cama limpia, de sábanas blancas, y ahora me mandaban para ese cuarto lleno de periódicos al lado de un perro chandoso. El perro sí tenía una casa bien bonita, dormía en un cuarto y tenía de todo. No me aguanté y lo envenené con un insecticida que los viejitos tenían guardado. Nunca supieron que fui yo.
—¿No sentiste culpa?, ¿no te dio miedo hacer eso siendo tan niña?
—No. Yo no podía de la rabia. ¿Por qué el perro iba a vivir mejor que yo?
—¿Tú familia sabía por lo que estabas pasando?
—Claro, yo lloraba cada vez que veía a mi mamá.
—¿Se veían con frecuencia?
—Mi mamá iba por mí cada quince días. Me llevaba a la casa y me bañaba, porque en la casa de los viejitos para mí solo había agua helada. Ella me calentaba el agua y me peinaba bien. Yo no me sé peinar. Nunca aprendí. Mi mamá me peinó hasta hace cuatro años que murió. También me veía con mis hermanos. Éramos nueve y quedamos cinco, los menores murieron. Los que quedaron empezaron a estudiar, a trabajar, algunos entraron en las fábricas que había en Cali. Mi hermana desde niña quiso coser y es una excelente modista. Y yo ahí me quedé.
—¿Nunca terminaste el colegio?
—Sí, claro. Pero al principio era muy difícil: donde los viejitos no me dejaban estudiar. Luego estuve en otra casa con una familia grandísima que vivía de hacer macetas para el Día de los Ahijados. Allá me trataban mucho mejor, pero tampoco me daban tiempo de ir a clases. Cuando salió la ley de que todo el mundo tenía que ir al colegio fue cuando vine a terminar el bachillerato, ya de grande. Todo eso se lo debo a un padre francés, Benoît Dumas, que me ayudó mucho.

Benoît Dumas es un personaje fundamental para la vida de Jenny y para el inicio de las formas modernas de agremiación de empleadas domésticas en Colombia. Un día él le dijo que vivía muy extrañado de cómo trataban a las jóvenes que trabajaban en casas de familia. Desde siempre aconsejó a Jenny para que no se acomplejara por los malos tratos, para que se hiciera respetar sin necesidad de envenenar perros.

—Él tenía una visión de qué hacer como sacerdote, pero eso era muy complicado, la gente rica es muy complicada. Entonces me preguntó por qué no comenzábamos a organizarnos. Allí empezó a gestionarse el movimiento de empleadas del hogar que con los años se convertiría en Sintrasedom, Sindicato Nacional de Trabajadoras del Servicio Doméstico.

El primer antecedente –una versión diametralmente opuesta– de este tipo de sindicato se remite a los años treinta. La sociedad fuertemente machista, racista, clasista y rezandera de la época, que veía con preocupación la emergencia del gaitanismo y la consolidación del partido comunista, solo podía producir un sindicato de empleadas vinculado a la Iglesia y en favor de una obediencia casi religiosa a la patrona, como representante directa de dios en la casa. Este ideal de mujer abnegada, sumisa, casta y ligeramente masoquista estaba representado por santa Zita, la “santa sirvienta” italiana del siglo xiii, que soportó desde los doce años el maltrato de su patrón “con buena gana para asemejarse a Cristo, que fue humillado y ultrajado”.

Así lo registra el artículo “El primer sindicato de empleadas domésticas en Bogotá”, publicado por Tatiana Acevedo en El Espectador en mayo de 2013:

“Era 1938 en Bogotá. La Iglesia, preocupada por la ‘invasión del comunismo’, había decidido promover sus propios sindicatos católicos y había decidido encabezar la causa de las empleadas del servicio. Fruto de veinte años de reuniones y rezadera, el sindicato logró llegar a unos acuerdos mínimos, como el exigir a las patronas de siete a ocho horas de sueño.

”Desde la dirección de la organización comenzó a imprimirse un semanario tituladoOrientación Doméstica, pensado especialmente para ‘ellas’. Las directivas del sindicato les aconsejaban, ante todo, no desafiar a la autoridad: ‘Actos de humildad, de obediencia; pequeñas mortificaciones. Si cumples tu trabajo calladamente aunque te cueste mucho, si soportas algún dolor o molestia sin quejarte, si con humildad aceptas represiones, tendrás un manojo muy lindo y fragrante de flores para ofrecer a la Reina del Cielo a quien tanto amas’. Por último les insistían en la importancia de la resignación, ‘pues los pobres siempre serán pobres, los ricos, ricos, y la verdadera justicia solo se encuentra en el Reino de los Cielos’ ”.

—¿Qué opinas de esto, Jenny?
—Esas viejas son unas locas. Querían que uno fuera como Santa Zita, y esa era una estúpida. Eso es lo más tonto que puede existir. Nosotras necesitamos algo distinto.
—¿Como Sintrasedom?
—Exacto. Ayudarlas, no meterles cosas del siglo pasado en la cabeza.
—¿Cómo dieron el paso para concretar eso que habías conversado con Benoît y comenzar el sindicato?
—Por allí en el 75 comenzamos una organización que se llamaba Grupo de Trabajos de Mejoras del Hogar en Cali. Recuerdo que con el padre Benoît tuvimos una terapia de grupo. Éramos unas 45 empleadas. Oiga, ¡qué horror la vida de esas mujeres! A pesar de que para mí era una tragedia haber salido de mi casa siendo niña, yo era la más de buenas. A todas les habían matado un familiar o el papá había matado a la mamá borracho, y esas muchachas trabajaban en casas donde las trataban espantoso. Las empleadas domésticas todas son cortadas con la misma tijera. Usted no va a encontrar una empleada feliz, nunca. Todas tienen un lastre, una carga atrás. Hay historias terribles, como la de Leidy. Yo quisiera que usted conociera a Leidy.
—Cuando dices que están cortadas con la misma tijera, ¿a qué te refieres, qué cosas se repiten?
—Violaciones.
—¿Los patrones?
—Los vecinos en el campo, los padrastros, los abuelos, los hermanos. Y nadie les cree. Entonces llegan a una casa y vienen los patrones y luego los hijos de los patrones.
—¿Esa no era una cosa de otros tiempos?
—No, es un hecho. En este momento, en este siglo.
—¿Cuál es el índice de denuncias de abusos cometidos por los patrones?
—Nulo, porque nadie nos cree.
—¿Aparte del abuso sexual, hay otro tipo de abuso?
—Les pegan, las meten a la cárcel por rateras para no pagarles los sueldos. Vaya al Buen Pastor, hay una cantidad de empleadas presas porque la patrona las acusa de robarles.
—Al ver todo ese panorama, comparado con la forma en que las cosas han sido para ti, ¿te sientes afortunada?
—Yo creo que de muchas yo soy la única. He viajado a Europa por mis compromisos con el sindicato; así como está pasando ahora con las de Medellín, nosotras también hicimos muchas cosas a nivel mundial. Además, he tenido muy buenos patrones. Por ejemplo, con doña Vicenta tengo una relación de madre e hija. Yo trabajé mucho tiempo con ella, le cuidé los hijos, hoy en día son grandes ejecutivos. Si yo no hubiera estado ahí ella no hubiera podido hacer eso, tampoco hubiera atendido su carrera como médico. Los Grisales son como una familia para mí. Con ellos viví muchas cosas, hasta aprendí a cocinar.
—¿Aprendiste con los Grisales? ¿No habías aprendido en casa?
—No. De mi mamá no aprendí nada de eso. De pronto porque ella tenía un remordimiento tan grande por haberme mandado a trabajar en una casa desde tan chiquita. Entonces, cuando estábamos juntas, ella no me dejaba hacer nada, ella solo me peinaba.

4. Muchacha, cachifa, sirvienta, manteca

En 1993, Mary Garcia Castro y Elsa Chaney publicaron Muchacha, cachifa, criada, empleada, empregadinha, sirvienta… y nada más. Al contundente título de esta compilación de investigaciones sobre el servicio doméstico en Latinoamérica solo le faltó incluir la palabra “manteca”, quizá la expresión más denigrante para referirse a este trabajo, tan cotidianamente usada en la Costa Atlántica en tiempos previos a la corrección política actual.

A diferencia de la retórica insulsa de algunas publicaciones de estudios sociales, este libro va más allá de las obviedades llenas de notas al pie, e incursiona con riqueza de casos en un análisis de la realidad de este trabajo.

Desde el primer capítulo, el libro deja claro que el “trabajo de la mujer” se ha entendido como aquello que a todas las mujeres les corresponde hacer en su casa y que por extensión –y por dinero– pueden hacer sin mayor esfuerzo en la casa de otras personas. Una labor que “aparentemente no requiere ninguna habilidad ni entrenamiento particular, y para la cual la mujer nació”. El hombre está excluido de la ecuación desde la infancia. Es tradicionalmente un asunto entre patronas y empleadas. Sin embargo, “aun cuando el trabajo del hogar es compartido con la patrona, esta se reserva los quehaceres placenteros para ella, dándole el trabajo sucio y desagradable a su sirvienta”.

En cuanto a tres aspectos demográficos esenciales, la investigación subraya la triple forma de vulnerabilidad: social, racial y de género. “Las trabajadoras domésticas son contratadas entre las mujeres más pobres, con educación mínima, quienes migran de las provincias de sus respectivos países a los pueblos y ciudades. Muchas veces son indígenas y por ello su cultura, lengua, vestimenta y raza son consideradas inferiores a las de la cultura dominante”. Según la larga experiencia de Jenny Hurtado, quien fue una de las principales fuentes consultadas por Elsa Chaney y Mary Garcia, en Colombia la distribución racial es distinta. “Tú rara vez verás a una empleada indígena, a menos que sea wayuu. Ellas prefieren pasar hambre que trabajar en una casa. La mayoría somos negras, del Pacífico, de la costa”.

Entre las problemáticas centrales del oficio, el libro de Garcia y Chaney también se refiere a esa zona gris en la cual transcurre la cotidianidad de las empleadas. Arrinconadas por las noches al fondo de la cocina, durante su jornada laboral todo les es ajeno. A esto se suma una opresiva desventaja numérica respecto a sus empleadores. La atípica subordinación al poder directo de cuatro, cinco o seis miembros de una familia, sin límite de horario y de tareas, define el día a día del servicio doméstico.

La vida sentimental y sexual de las empleadas internas no puede transcurrir en el espacio privado de los otros, y por lo tanto está confinada a los fines de semana y a breves encuentros nocturnos. En sus horas de trabajo son testigos, y en cierta medida intrusas, de las expresiones de afecto ajenas. A pesar de este panorama poco obsequioso, la distancia actual es ampliamente preferible a las formas de acercamiento socialmente aceptadas en la Colombia del siglo XIX.

Así lo retratan Catalina Reyes y Lina María González en el capítulo “La vida doméstica en las ciudades republicanas”, del libro Historia de la vida cotidiana en Colombia, editado por Beatriz Castro Carvajal en 1996:

“La mayoría de estas trabajadoras, jóvenes e ingenuas, se convertían en víctimas de una sexualidad agresiva que en general padecieron las mujeres de los sectores pobres. Mientras para las clases medias y altas se imponían códigos de angelización femenina, el destino de estas mujeres era padecer la sexualidad masculina desbordada. Algunas trabajadoras domésticas eran víctimas de los abusos de los patronos o de los jóvenes de la casa. En muchas regiones se consideraba que la iniciación sexual de los jóvenes debía estar a cargo de la empleada doméstica. Esta ofrecía más garantías que las prostitutas, posiblemente afectadas por las enfermedades venéreas. Otras, en medio de la soledad, se enamoraban de sus patronos o de tenderos, soldados, policías, músicos de las bandas municipales o estudiantes. El resultado de estos encuentros furtivos era muchas veces un embarazo indeseado”.

5. Leidy*

—¡Qué pena, señor!, hoy tampoco voy a poder darle la entrevista. Me toca ir a trabajar a Chía.

La voz de Leidy es aguda y huidiza como su mirada. Solo se comunica conmigo a través de mensajes de voz. Usualmente no tiene saldo para llamar y no puede enviar mensajes de texto porque no sabe leer ni escribir.

Esta es la segunda vez que aplazamos nuestra conversación. La primera alcanzamos a hablar un poco sobre su infancia en el Urabá y las difíciles condiciones en que trabaja ahora: “Tengo dos niñas. Llegué hace cuatro años buscando trabajo, y bueno, hasta ahora me ha ido… más o menos. Empecé a trabajar por días y ya llevo año y medio de interna. Pero a veces lo tratan mal a uno. Uno trabaja efectivamente, pero lo ponen a trabajar aparte sin pagarle nada…”. Leidy no puede seguir, le tiembla la voz y sus ojos están enrojecidos. Tiene miedo de que la hija de su empleadora le diga que ella ha estado hablando con un extraño.

Su patrona tiene 26 años, la misma edad que Leidy. Según un par de empleadas vecinas, además de explotarla y de intimidarla, ocasionalmente la golpea. La personalidad de muchas de estas mujeres está definida por la distancia entre el rol de empleada que interpretan mientras viven las vidas de los otros y las mujeres que son en sus propias vidas privadas. María Roa llevó ese distanciamiento hasta el punto de dejar atrás para siempre un trabajo que ya no soportaba. Jenny Hurtado reconoce que no hay empleadas felices, pero es enfática cuando afirma que ella “no se viste como una empleada” y que “no es como las otras”; de eso depende su carcajada constante. El caso de Leidy, proveniente de la miseria rural, abusada sexualmente en su infancia y sin saber leer ni escribir, es también el de muchas que no ven otra opción y para las cuales el trabajo doméstico las aleja de quienes realmente son, pero no como un sacrificio, sino como una oportunidad de “algo mejor”.

Leidy trabaja en el mismo conjunto residencial que Jenny Hurtado. Se conocieron hace un año. Leidy lloraba de dolor en un corredor, Jenny le preguntó qué le pasaba. Estaba enferma, no estaba afiliada a salud y su empleadora no quería pagarle un médico.

—Ella sacó de su plata y la llevamos con otras compañeras del conjunto a un centro asistencial –recuerda Jenny–. Leidy fue toda asustada; la señora le había dicho que no diera la dirección, ni el teléfono ni ningún dato, seguramente para que no la pudieran denunciar por no tenerle salud. Cuando llegamos, supimos que estaba embarazada y que por tanto trajín y maltrato estaba a punto de perderlo. Un sábado de esos, trabajando en esa casa grandísima de Chía, perdió el niño.
—¿Por qué nadie ha hecho nada al respecto?
—Yo podría denunciar, pero ella no quiere, le da miedo perder el trabajo y que le vayan a quitar a sus hijas. Aquí todas sabemos lo que pasa con ella y la apoyamos. Por las mañanas, cuando sacamos a los niños para montarlos al transporte, nos reunimos y hablamos. Todas nos hemos hecho muy amigas de Leidy porque ella es una niña muy tierna, muy especial. Las patronas del conjunto también conocen el caso y algunas le han ofrecido trabajo, pero ella no es capaz, no quiere irse, no entendemos por qué. Le tiene pánico a esa mujer.

6. La herencia de santa Zita

Tras un par de escándalos ampliamente debatidos en la hoguera digital de las redes sociales, el tema del servicio doméstico ha despertado el interés de los medios. Primero, la opinión pública estalló alrededor de una foto publicada en la revista Hola: una próspera familia blanca aparece en primer plano sonriente en su lujosa residencia del “Beverly Hills de Cali”. Al fondo, dos empleadas negras, vestidas con impecables uniformes blancos, entran simétricamente a cada lado del plano con sendas bandejas de plata. La foto remite a la representación de las haciendas esclavistas del sur de Estados Unidos en el siglo XIX. Las críticas no se hicieron esperar. En el punto más álgido de la controversia, el fotógrafo Andrea Savini tuvo el cinismo de decir en su defensa que las empleadas aparecieron casualmente en la sala para servir un tinto y que decidieron incluirlas en la foto.

En julio de este año, los medios volvieron a timbrar las alertas tras el fallo de una tutela en favor de María Trinidad Cortés, una anciana de 83 años que trabajó por cuatro décadas en casa de una familia rica de Medellín, sin recibir pago, sin vacaciones ni feriados, aislada de su familia, heredada de una generación a otra de patrones como si fuese una pieza de ganado, esclavizada, humillada y ocasionalmente golpeada con una escoba.

A estos casos de discriminación y maltrato se sumó en septiembre pasado, como punto de contraste, la noticia del reconocimiento de María Roa Borja como una de las “Mejores líderes de Colombia en 2015”, según la revista Semana. La principal razón de esa distinción fue precisamente su lucha por la dignificación del trabajo y la defensa de los derechos de las empleadas domésticas en el país.

Jenny Hurtado, durante casi cuarenta años al frente de Sintrasedom, y María Roa Borja, fundadora y representante de Utrasd, son las cabezas visibles de un movimiento que comienza a tener eco entre sectores influyentes y a obtener logros significativos después de siglos de estancamiento en tradiciones retrógradas y de triunfos irrisorios traducidos en letra muerta.

En 2013 entró en vigencia el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, quizá el salto más grande en el reconocimiento de los derechos fundamentales de los trabajadores del servicio doméstico. Los puntos centrales giran en torno al salario mínimo legal, la edad mínima para entrar a trabajar y la exigencia de claridad en la información para evitar la migración forzada con fines de explotación.

Jenny Hurtado fue una de las líderes que promovió por décadas la inclusión del tema en la agenda de la OIT. Incluso estuvo presente en Ginebra como representante de las empleadas latinoamericanas durante los debates previos que desembocarían en la firma del convenio.

—Yo estaba allá junto a muchas otras empleadas líderes, pero cuando llegó el momento de definir los puntos centrales mi mamá se enfermó y tuve que venirme para Colombia. Lo más complicado fue que la gente de la OIT nos dijo: “Nosotros no tenemos nada qué hablar con ustedes, nosotros solo negociamos con los señores de las centrales obreras”. El Convenio 189 es muy bonito y en el fondo es bueno, pero aquí lo manejaron la cut, la ctc y el gobierno. Nosotras luchamos en un cabildeo de casi veinte años para que nos incluyeran en esa agenda y al final nos sacaron. Algunos de esos señores pueden estar muy comprometidos, pero también son patrones, ellos no saben realmente cómo es este trabajo.
—Según el libro de Mary Garcia y Elsa Chaney –le recuerdo a Jenny–, precisamente a esa relación de poder se debe el conflicto de intereses entre las organizaciones feministas y las agremiaciones de empleadas domésticas: a las primeras les cuesta entender las problemáticas de las segundas, y en el fondo no les conviene que cambien sus condiciones porque su independencia como mujeres profesionales exige en muchos casos que otras mujeres se queden en sus casas lavando sus baños y cuidando a sus hijos.
—Pues obvio, exacto… si ellas también son patronas. Eso es lo que yo siempre he dicho y lo que nadie me entiende. Por ejemplo, el encuentro ese que hubo en Medellín: eso no fue organizado por las empleadas, sino por las patronas. ¿Cómo se les ocurre a ellas que van a sentir lo que nosotras sentimos, que van a poder luchar por los derechos que nosotras queremos? Eso es imposible. Pero desafortunadamente a ellas les paran bolas y a nosotras no.

A pesar de sus posibles bemoles, el Convenio 189 ha obligado a los gobiernos a tomar acciones concretas respecto a la legislación del servicio doméstico. Yaneth Anaya, subdirectora de Formalización y Protección del Empleo del Ministerio de Trabajo, y Carlos Prieto, asesor jurídico de la misma subdirección, dan cuenta de la postura histórica respecto al tema en el caso colombiano.

—Existe la idea errada de que solamente hasta la implementación del Convenio 189 comenzó a hablarse de la formalización del servicio doméstico, como si se tratara de una categoría especial de trabajadores, y no es así –dice Carlos Prieto–. El servicio doméstico viene regulado desde el Código Sustantivo del Trabajo, de 1950. Con la Carta de 1991 se constitucionalizó ese derecho a la igualdad de los trabajadores.
—Sin embargo –consulto a Prieto–, la distancia entre el papel y la realidad sigue siendo dramática, y no se hizo casi nada desde 1950 hasta 2013. Apenas en el último par de años ha habido ciertos avances que coinciden con la entrada en vigencia del convenio de la OIT y con los escándalos mediáticos. ¿A qué se debe este giro?
—Bueno, por un lado, la incidencia de la acción de tutela ha sido radical. La conciencia de esos derechos y del acceso a la justicia ha hecho que las personas empiecen a ejercerlos –afirma Prieto–.
—Otro factor que ha influido es la organización de estas mujeres… y hombres –agrega Yaneth Anaya–. También hay una voluntad política en los últimos años, un desarrollo normativo. En este momento el ministro de Trabajo es Lucho Garzón y su mamá fue una trabajadora del servicio doméstico. Él lleva un año en cabeza del Ministerio y eso sin duda ha tenido repercusión.

El 6 de febrero de este año, las representantes Ángela María Robledo y Angélica Lozano, y la senadora Claudia López, presentaron el proyecto de ley 199, que busca reconocer el derecho a la prima para las empleadas domésticas. La exposición de motivos fue desarrollada en coordinación con centrales obreras y grupos sindicales, entre ellos la Utrasd, con María Roa como representante.

—Estuve en el Congreso de la República –recuerda María–. Fuimos 36 mujeres a hacernos oír, a defender nuestro derecho y a que conocieran nuestra situación.

Esa situación, de acuerdo con un estudio realizado en Medellín en 2012, puede resumirse de la siguiente manera. El 98% son madres solteras. El 48% pertenece al estrato 1 y el 41% al estrato 2. El 91% de las internas trabaja entre 10 y 18 horas diarias. El 62% recibe entre 300.000 y 566.000 pesos mensuales, el 22% entre 100.000 y 300.000, y el 2,4% entre 50.000 y 150.000. El 55% ha sufrido discriminación racial.

7. Alicia*

—Yo soy de la Loma del Bálsamo, al ladito de Fundación, Magdalena. Mi papa tenía una finca, vivíamos del ganado y de la agricultura. Ya cuando empezó la cuestión de la guerrilla tuvo que dejarlo todo. A pesar de todas las muertes que nosotros vimos, estamos completicos. Pero fue muy doloroso, yo vi gente que quemaron viva, gente inocente. La finca de mi papá quedaba al lado de Bellavista, un pueblo que acabaron totalmente.
—Antes de que todo se pusiera tan maluco, ¿cómo recuerdas tu infancia?
—Chévere, todo era muy sano. Esperábamos a que mi papá llegara a la casa con frutas. Había mucha abundancia. Mi mamá nos atendía en la casa. Somos nueve hermanos, cuatro hombres y cinco mujeres. Cada quien tenía su oficio, una lavaba, otra cocinaba, otra barría. Mi mamá en esa época hacía bollos y mandaba a mis hermanos a venderlos. Las niñas en la casa y los hombres en la calle.
—¿Cómo llegaste a Barranquilla?
—Yo conocí a mi esposo allá en el pueblo, yo tenía como 17. No estaba en el colegio ni nada, me salí en primero de primaria. Ya ahora grande, yo digo: “¿Y por qué no seguí de noche?”, pero ajá. Duramos un año conociéndonos hasta que le di el sí y nos fuimos a vivir a Barranquilla. Él trabajaba en negocios de su papá. Yo siempre me dediqué al hogar, apenas comencé a trabajar después de que me separé de él. Él decía que no le gustaba que la mujer trabajara sino que cuidara a los hijos, que cuando él llegara a la casa lo atendieran.
—¿Tú qué opinabas de eso?
—No sé ni qué decirte porque como yo no estudié, no se me pasaba por la cabeza hacer otra cosa. Yo solo me preocupaba por mis hijas y ellas fueron las que más me apoyaron para que comenzara a trabajar.
—¿Cómo fue la primera vez que trabajaste?
—Fue por allá en el barrio Ciudad Jardín. Una muchacha iba a tener hijas, mellas, y como yo había hecho un cursito de enfermería, de primeros auxilios, mi cuñada me recomendó y entonces empecé a trabajar allá. Yo ya tenía como 35 años, pero me animé.
—¿Tú eras la única que trabajaba en esa casa?
—No, allá había otra persona encargada de los oficios.
—¿Cómo te fue con esa familia?
—Pues bien. Me gustaba lo que estaba haciendo y ya tenía experiencia con los niños: los teteritos, los pañales y esas cosas. Lo malo es que allá comían raro. Yo le dije a la muchacha: “Nena, ven acá, ¿aquí por qué almuerzan así? Yo estoy como desesperada”. Ella se rió y me dijo: “Es que ellos son vegetarianos”, y yo: “¡Ajá, pero son ellos, no yo! Voy a hablar con la señora”. Hablé y me empezaron a comprar mi carne, mi pollo.
—¿Cuánto tiempo duraste con ellos?
—Apenas seis meses, porque la vieja era… ¿cómo es que se llama eso?, espirituarela, gnóstica. Un día yo estaba entrando y la vi como muerta en la cama, tiesa. Entonces le pregunté a la muchacha si la señora estaba enferma y me dijo: “No, seguramente está en cuerpo astral”. “¿Cómo así que cuerpo astral?”. “Debe estar por allá en Canadá que tiene un familiar y ella se va a visitarlo”. Y yo: “Hmm, ¡uy, Santo!”. Me aburrí de eso y me fui a pasar un tiempo con mis hijas.
—¿Te encariñaste con las niñas en esos seis meses?
—Claro, bastante. Y como estaban pequeñitas me dolió mucho, pero ajá, no podía esperar más. Después me fui a Maracaibo dos años. Y allá también fue un proceso con unos niños porque me querían mucho. Me trataron muy bien en esa casa, yo era como de la familia. Yo les conté a los señores que mis hijas todavía estaban pequeñas y ellos me propusieron que me las llevara para Venezuela. Pero no fui capaz. Los niños decían que cuando yo me viniera a Colombia, ellos se venían conmigo. Yo a esos pelaos los quería y ellos también bastante, estaban tan apegados a mí.
—¿Cómo te decían esos niños?
—Me llamaban por mi nombre, Ali. A casi todas les dicen “nana”. A mí no. Yo les enseñé: “Yo no soy su nana, soy una compañera que los va a cuidar y los va a querer mucho, voy a ser como su mamá pero distinto. Así que díganme por mi nombre, yo no me llamo nana”.

Después de casi veinte años cuidando niños, ahora, por primera vez, Alicia trabaja en una casa haciendo todas las labores domésticas. Comenzó a trabajar con esta familia en Santa Marta, reemplazando provisionalmente a su hermana. Después de cuatro meses, los patrones se mudaron a Bogotá y le pidieron a ella y a su hermana que los acompañaran. Hoy su hermana Marjorie trabaja en casa de los padres y Alicia en un pequeño apartamento al norte de Bogotá junto a los dos hijos universitarios.

—La señora no quería que los pelaos estuvieran solos acá. Yo los consiento y les cocino rico.

En cierta forma, Alicia sigue cuidando niños, pero ahora más grandes. Ha pasado de ocuparse de los teteritos y los pañales, a los sartenes, los baños y esas cosas.

—¿Cómo te has sentido trabajando de interna?
—Me ha ido bien. Estoy contenta. Además veo a otras amigas y me doy cuenta de que yo estoy bien. Tengo una amiga que le pagan 600 y la señora le cobra 150 por la habitación. Yo le dije: “Oye, ¿tú estás loca? Tronco de avispada que es esa vieja, y pa’ rematar es abogada”. Hay otra amiga que llegó y yo le dije: “Enderézate, niña”. Le pagaban 500, la ponían a trabajar hasta las diez y solo salía los domingos. ¡Qué abuso! Y llevaba seis años con esos. Yo sí le dije: “Ajá, por eso es que estás así jorobá, del cansancio”, y me contestó: “Es que ajá”. Averiguamos con una amiga, le conseguimos otra casa, entró ganando 850 y sale los sábados. Se le ve otra cara, ya se ríe. También por eso es que ellos prefieren a las costeñas: porque cocinan rico pero también para abusar de ellas. Pa’ no pagarles. Hay otra que gana 300, viene de los lados de Montería, ¡300.000 pesos! Y su patrona también es abogada, ellas saben toda la ley y mira con lo que salen. Ay, ¿por qué a mí no me toca una abogada pa’ demandarla? A mí me tratan bien, me voy de vacaciones cuando los pelaos salen de clases. Me tienen cariño.
—¿Por qué crees que están tan amañados contigo?
—Dicen que porque cocino sabroso y, pues, porque así soy yo: chévere.

Los niños corren a toda prisa por el patio del kínder, mientras Jesús Manuel Díaz permanece quieto en una esquina. Se muerde las uñas y mira al resto de sus compañeros con reserva. Su cuerpecito delgado se oculta dentro de un uniforme dos tallas más grande, que la escuela le ha prestado para que pueda asistir a las clases. Los zapatos que lleva, igualmente grandes, tampoco son suyos. Los demás alumnos gritan y juegan como si fuera el último día para hacerlo hasta que la maestra les ordena que se formen. Todos obedecen, pero Jesús Manuel se cae un par de veces al correr para llegar a la fila. Guadalupe Cadena, la directora de preescolar de la Escuela César Augusto Herrera Romero, lo señala y dice: “Es por desnutrición. Siempre se está cayendo”. Los niños se forman por estaturas y Jesús Manuel se pone hasta delante en la fila de la derecha. El grupo grita “buenos días” al unísono y después canta el himno nacional. Jesús Manuel mira con sus grandes ojos hacia otro lado, sólo tararea unas estrofas en voz baja y pierde el compás, pero nadie le dice nada. Sus compañeros apenas lo miran. De repente se queda callado. A sus tres años, Jesús Manuel habla muy poco y tiene problemas para vocalizar. Le cuesta ir al baño solo. Se pelea a veces con los otros alumnos. Aprende lento. Su maestra insiste en que no come bien.

***

Jesús Manuel Díaz es el primer hijo de Juan Manuel Díaz Salazar, un moreno de piel curtida, dientes muy blancos y el cuerpo cuadrado de alguien que ha sido mano de obra en todo tipo de trabajo desde que era prácticamente un niño. Desde la edad de su hijo, Juan Manuel, el sexto de siete hermanos, sólo se sentía unido a su familia por el respeto y la miseria. Apenas convivían a pesar de haber crecido hacinados en una casa de madera de un cuarto en Estación Chontalpa, un pequeño pueblo de Huimanguillo, el municipio más pobre del estado de Tabasco (179,285 habitantes), donde una de cada cuatro personas vive en pobreza extrema.

Los Díaz Salazar dormían tan cerca que unos podían sentir el aliento de los otros. Pero la cercanía física no se traducía en una mejor relación. A la hora de la única comida del día, unas veces cuchareaban una olla con frijoles, otras, la madre guardaba la ración que le correspondía en el restaurante de la compañía de cítricos para alimentar a sus hijos (cuatro hombres y tres mujeres). La escasez era tal que desde pequeños aprendieron a mendigar en la calle. Se valían de trucos como mojarse los ojos y las mejillas para simular el llanto, o de mentiras como que habían perdido el dinero para la compra y que, si volvían sin nada, su madre les pegaría. Era una mentira a medias: su padre era el que los golpeaba. Cuando conseguían unas monedas compraban un pan y lo repartían entre todos. “Un dulce tirado en el suelo era como un regalo”, recuerda Juan Manuel, de 34 años y 1.60 metros de estatura, frente a una casita de madera de unos diez metros cuadrados, donde vivía hasta hace un año con su pareja y Jesús Manuel. El último recuerdo feliz de Juan Manuel Díaz con su familia, años antes de que naciera su hijo, fue una tarde de risas con sus tres hermanos y un cartón de cervezas.

Aquella tarde, al dispersarse la reunión familiar, Juan Manuel prolongó su felicidad en una cantina. Un hombre se le acercó cuando bebía una cerveza más en la barra y le preguntó:

—¿Tú no eres hermano del que se mató en la curva?

Juan Manuel se molestó con su interlocutor y le advirtió que tuviera cuidado con lo que decía. Había estado con su hermano esa tarde. Era imposible que se hubiera suicidado.

—Ve y mira que no te miento —le dijo el hombre.

Juan Manuel salió a toda prisa de la cantina. Al llegar a la curva, los vecinos se arremolinaban en la puerta de la casa de su hermano Jesús. La rutina del pueblo se había roto de repente y los rumores empezaban a propagarse. Se decía que Jesús había encontrado a su mujer en la cama con otro hombre. Que los dos amantes escaparon y que Jesús perdió la cabeza. Lleno de ira, golpeó con el puño una mata de nance en la orilla de la carretera. Después entró de nuevo a la vivienda. Agarró una cuerda de medio metro y se colgó del techo. Juan Manuel vio el pequeño cuerpo de su hermano —1.50 metros de estatura— sin vida, ahorcado, con un golpe en la frente.

Con el paso del tiempo, la pregunta sobre su hermano cambió por completo: “¿No eres hermano del muchacho que mataron?”, le decía la gente del pueblo. Y hasta hoy la sospecha sigue en la mente de Juan Manuel. “La mata de nance lastima, y no tenía la mano lastimada. Ni marcas. Tenía un golpe en su frente. Yo creo que lo mataron. Supe de la persona que salió del cuarto ese día. Y me mira temeroso. Porque yo en el cuerpo de mi hermano le juré que, si algún día yo supiera del cabrón, lo chingaba, me la iba a cobrar. Pero yo no estoy seguro de que esa persona haiga sido. Se lo dejo a Dios, que haga su obra. Esa persona se volvió religiosa, llega mucho al templo. Si se arrepintió, que Dios lo perdone.”

La mujer de Jesús estaba embarazada. Vivió durante dos años más en Chontalpa hasta que murió de una enfermedad desconocida. La niña, que ahora tiene tres años, quedó al cuidado de su abuela materna. Juan Manuel visita a su sobrina de cuando en cuando. Dice que deambula por las calles del pueblo descalza, que nunca va a la escuela. “Anda desamparadita y cualquiera puede abusar de una niña”. Jesús era el hermano más cercano de Juan Manuel. Iban juntos al parque, a recoger leña, al centro de la ciudad. “Mi hermano se murió. De corazón me gustaría darle a su hija, pero no puedo. Él era mi mejor hermano, si él me escucha, sabe cuánto nos quisimos.” El resto de los Díaz Salazar, poco a poco, se han marchado de Chontalpa, como lo hace gran parte de la población. Tabasco es uno de los cinco estados con mayor migración hacia Estados Unidos. También lo es a nivel interno. De acuerdo con el Censo de 2015, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), unas 67,690 personas emigraron de Tabasco para vivir en otra entidad de la República como Quintana Roo (30%), Campeche (13%), Veracruz (13%), Chiapas (8%) y Yucatán (7 por ciento).

Así lo hizo el padre de Juan Manuel, quien fue el primero de los Díaz Salazar en ejercer el multiempleo. Primero fue tractorista, luego cortó limón —la principal actividad económica de la región— y recogió leña para venderla. Hace un año sus ingresos no eran suficientes para comer y, junto con su esposa, migró a Veracruz. Allí también llegaron un hermano y una hermana. Guadalupe, la más pequeña, se fue lejos, y Mercedes, “más lejos”. Otro de los Díaz Salazar encontró acomodo en Cozumel. Sólo María, religiosa, se quedó en el pueblo, pero apenas tienen relación. “No quiero hablar mal de mi hermana, pero no sé dónde tiene la religión. Insulta a su madre, la ofende”, dice Juan Manuel. Él es el único que ha permanecido en el pequeño terreno al lado de las vías del tren donde todos se criaron. Vive con su pareja, Janette, y sus dos hijos, Daniel, un bebé de seis meses, y el mayor, Jesús Manuel, a quien llamó así en honor a su hermano.

***

A Janette le gustaba ir a la iglesia y contarle a su madre cómo creía que Dios las ayudaba a comer lo poco que comían, cómo las protegía a pesar de las dificultades. Pero a ella nunca le gustaron esas palabras. “Ella prefería al Diablo de abajo”, dice Janette con su hablar entrecortado, mientras le da palmadas en la espalda a Daniel para que no llore. Un día la madre agarró una biblia y la hizo pedazos frente a ella. Era muy habitual que zarandeara a su única hija, la golpeara, la arrastrara y la empujara contra el refrigerador. “Nunca me enseñó a limpiar, ni a trapear, ni nada. Me enseñaba a madrazos”. Janette, una mujer esquelética de rasgos muy marcados, luce todavía cicatrices en las orejas y dice que debajo de su melena de pelo fino tiene una marca que le cruza el cráneo desde el frontal hasta la parte posterior. Más allá de las marcas que pueblan su menudo cuerpo, le duelen las otras que no se cierran nunca. Recuerda con angustia que, siendo una niña, si quedaba alguna mancha en la ropa que limpiaba, su madre tiraba todas las prendas a la tierra para que empezara de nuevo. “Era una niña, no sabía qué hacer”, se justifica mientras Juan Manuel escucha una historia mil veces contada. La única explicación que recibía cuando preguntaba el porqué del maltrato era que se parecía a una tía suya con la que su madre se llevaba mal. Janette no conoció a su padre. Vivía con su padrastro, mecánico de profesión, que nunca se interpuso entre los golpes. Fueron los vecinos de aquella comunidad de Veracruz donde nació los que se cansaron de que la golpearan. Demandaron a la madre y acabó en la cárcel.

—¿Por qué me hiciste eso? —le inculpaba la madre cuando salió de prisión.
—Yo no hice nada. La gente se cansó de que me pegara. Yo le decía a usted que eso estaba muy mal —le respondía Janette.

La niña regresó a su casa después de estar internada en las instalaciones del DIF. Las autoridades le aseguraron que su madre había cambiado. Después de dos meses de calma, “volvió a perder los nervios” y continuó maltratándola. Era diciembre. Janette se escapó de casa. Tenía 12 años.

Sin siquiera un suéter para protegerse de la lluvia, se dirigió a una cantina. “Dile a mi mamá que la quiero mucho pero por lo que me está haciendo no voy a la casa. Si me quiere buscar no me va a encontrar”, le dijo a la cantinera. Le pidió 20 pesos para comer algo y luego buscó una vivienda y se metió a hurtadillas. La señora de la casa la descubrió:

—¿Qué haces aquí, no tienes casa? —le preguntó.
—Sí tengo, pero ya sabe cómo me maltrata —le respondió.

La señora le ofreció un lugar para dormir y, al día siguiente, protección. La madre y el padrastro salieron a buscar a Janette por la comunidad hasta que la encontraron en la casa. La señora no la entregó y amenazó a la madre con denunciarla de nuevo si trataba de llevársela. Unos días después, Janette le agradeció a su benefactora y se dirigió al taller mecánico de su padrastro para recoger una pequeña maleta con mudas. Aprovechó que él y su madre estaban en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Se alistó y fue en busca de un conocido de la familia que de vez en cuando pasaba por la casa para comer un taco. Le dijo:

—¿Sabe qué? Creo que me tengo que juntar con usted.

La llevó a un pequeño rancho. Ella le dijo que sólo se quedaría con él porque no tenía a dónde ir. “Pero me dijo: ‘Tú no vas a estar conmigo, nomás’ ”. Quería abusar de ella. Janette sólo pensó: “Ya ni modo. Tengo que dejarme de todo”.

Janette dejó de ser una niña al lado de ese hombre, con el que mantuvo una relación durante siete años. Tuvieron una niña, “güera, muy bonita”. Después de deambular por Oaxaca, llegaron al terreno de los Díaz Salazar en Estación Chontalpa. Se acomodaron en la parte trasera de la casa familiar, una estructura que apenas estaba cubierta de nailon, al lado de las vías del tren por donde todos los días pasa La Bestia, el tren de mercancías en el que al menos cada año unos 500,000 migrantes se suben en su camino a Estados Unidos. Él tenía 43 años. Era el primo de Juan Manuel.

***

Así se conocieron Juan Manuel y Janette: él anclado al terreno infértil en el que creció, ella en una huida hacia ninguna parte. Los dos intentaban esquivar “los golpes de la vida”, repite Juan Manuel, en Estación Chontalpa, una villa, frontera con Chiapas, que nació alrededor de las vías del tren con bares, comercios, hoteles y gasolineras para aquellos que pasaban por ahí cuando el ferrocarril todavía funcionaba. Chontalpa, la tercera población de Huimanguillo, conserva los rezagos de esa industria prometida a pesar de que ahora sólo pasa el tren de mercancías. El único rastro que deja estos días alrededor de las casas humildes de concreto y madera son los migrantes centroamericanos a lomos de La Bestia que esquivan los controles situados a unos kilómetros de este pueblo rodeado de campos ganaderos y plantíos de cítricos. En México sólo circulan dos trenes. Uno con mercancía en los vagones y humanos en el techo. El otro es uno turístico que va de Sinaloa a Chihuahua por los cañones del Cobre. El tren de mercancías tiene tan poco impacto económico en la zona actualmente que las autoridades quieren cambiar el nombre de Villa Estación Chontalpa por sólo Villa Chontalpa, que además se ha convertido en una de las zonas de mayor riesgo para los migrantes por el control del crimen organizado en la zona. La ruta del tren recorre estaciones ferroviarias de tres estados: Tabasco, Chiapas y Veracruz, por lo cual este sitio se ha convertido en una zona con altos índices de secuestro, robo, contrabando y tráfico de migrantes. Cada semana, aquellos que se suben al tren se bajan antes de la estación y se esconden entre los matorrales en busca de refugio. En alguna ocasión, Juan Manuel y Janette han compartido una tortilla con algún migrante que pasa por ahí o lo han dejado pasar la noche con ellos.

Varias familias se asentaron en los terreros propiedad del ferrocarril y montaron sus casas de madera alrededor de la maleza, colgándose de la electricidad pública y tomando agua de los pozos de la zona. De acuerdo con el Informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social, elaborado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 73% de las viviendas en el municipio de Huimanguillo no tienen disponibilidad de servicios básicos. En Chontalpa, con 5,148 personas, existen al menos 1,259 hogares, según información municipal. De estas viviendas, 47 tienen piso de tierra y unas 148 consisten en una sola habitación. Sólo 42 casas tienen computadora, en 702 hay lavadora y 1,131 cuentan con televisión. Janette y Juan Manuel no poseen nada de eso.

Los Díaz Salazar construyeron un cuartucho lleno de humedad y, con los años, otro de concreto a sólo unos metros de distancia. Cuando se asentaron en este lugar, Janette le pedía a Juan Manuel acompañarla mientras esperaba a su pareja por las noches. El primo de Juan Manuel a veces llegaba tarde o no llegaba. A veces llevaba algo de comer y a veces no. Muchas veces bebía. Juan Manuel vio una de esas noches cómo su primo golpeaba a Janette y la azotaba en el suelo, “sin sentimiento”. Janette tenía miedo de su pareja. También de los rateros que circulan en la oscuridad. No quería estar sola con su niña. Los rumores en el pueblo decían que los dos dejaban a la chiquita sola y se iban al monte. Pero Juan Manuel asegura que él permanecía paciente y vigilante en las vías del tren. Su primo le había dado la venia para cuidar de su mujer. Incluso de vez en cuando le ofrecía dinero para que diera un paseo con ella por el pueblo. Su versión es que Janette rompió la relación. Él se fue del pueblo y se llevó a la niña. Ella buscó cobijo en una casa cercana. “No le voy a decir que lo engañamos porque no fue así. Aunque conviviendo nos agradamos”, dice Juan Manuel. Cuando los dos hablan de su relación utilizan palabras como “agradar”, “respeto”, “trato” y, si dicen “querer”, lo cuantifican con un “bastante”. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos. Juan Manuel compró unos tablones para revestir de madera la casa de nailon. Llegó Jesús. Después Daniel.

“Yo pienso quedarme con ella y luchar por mis hijos hasta el día que me muera. Yo confío en ella porque me respeta y creo que me quiere bastante. No le veo yo hablando con otro hombre o haciendo cosas que no debe. Gracias a Dios se da a respetar y yo la movilizo si sale a alguna parte. Eso me da a pensar que ella tiene planes para compartir su vida conmigo hasta el final. Que ella sienta que yo la quiero. Y yo se lo demuestro de miles de formas. Aunque sea pobre y con pocas cosas.”

Un domingo templado, nueve años atrás, Raúl Mercado Salvatierra no logró terminar el hígado de su almuerzo porque le sorprendió un mareo. Eran las doce del mediodía y no se había atragantado con un trozo de carne, como muchos pensaron luego en Suri, el poblado boliviano en el que vivía. Su cuerpo simplemente colapsó, como lo hace la tierra cuando hay un cataclismo. Y Raúl se fue a cámara lenta. Sangró un poco por la nariz. Caminó desde la puerta de la cocina hasta la del comedor balanceándose para los lados como un tentetieso y, minutos después, murió de pie, con los brazos caídos de los muñecos de trapo y la cabeza apoyada sobre el pecho de Marcelino Mendizábal, un campesino de ojitos vivarachos, manos tostadas y voz aflautada que a veces lo cuidaba.

Aquella jornada, como si algo presintiera, Raúl, que acababa de cumplir 89 años, le había pedido a la hermana de su empleada doméstica que lavara toda su ropa y las sábanas y las colchas de su cama. Se había calzado el único pantalón que estaba más o menos limpio y, como no veía ninguna otra en condiciones, se había puesto una camisa blanca de corte italiano que guardaba para su sepelio: la “camisa de muerto”, así la llamaba. Nunca se había atrevido a utilizarla y murió con ella puesta, mientras el resto de su vestimenta, la de uso casual, secaba al sol en el patio de su casa.

La estela que Raúl dejó detrás tenía más de bodegón que de escena macabra: un plato con sobras junto a un vaso de agua, un catre vacío, sus prendas mojadas, una esquina repleta de papeles amarillentos y libros. La muerte como una secuencia estática.

La historia del instante en que Raúl dejó de respirar, sin embargo, va más allá de aquel segundo en que el mundo se detuvo. Comenzó a escribirse 60 años antes en una parcela familiar próxima a Suri, cuando Raúl plantó un nogal que cortaría casi tres décadas después para que un carpintero hiciera el ataúd en el que debían enterrarle.

***

Se siembran árboles como un tributo para las nuevas generaciones: porque reducen la contaminación, oxigenan el aire, ahogan los ruidos, intervienen en el ciclo del agua, protegen el suelo y mantienen ecosistemas diminutos a su alrededor. Pero no siempre. Raúl plantó el suyo por una razón menos altruista y más práctica: ni en su pueblo ni en los alrededores había funerarias y quería un último adiós sin complicaciones para nadie.

En Yokohama (Japón), los problemas cuando alguien se muere son sobre todo de espacio: allí el negocio de vanguardia son los “hoteles” que en vez de habitaciones de lujo ofrecen féretros refrigerados para que los cadáveres no se descompongan mientras esperan el turno de ser atendidos en alguno de los crematorios de la ciudad. En Italia, la población de Falciano del Massico lanzó una ordenanza que prohíbe a sus habitantes y a los turistas “ir más allá de los límites de la vida terrenal” porque ya no existe campo suficiente en el cementerio. En Suri, el principal dolor de cabeza siempre ha sido literal: tener dónde caerse muerto. Casi nunca hay un cajón preparado cuando alguien estira la pata.

–Mi padre nos dejó el cajón y también ladrillos y cemento para que armáramos la tumba, unas verjas de fierro numeradas, para que las montáramos alrededor, y la fosa marcada. Además, en uno de sus armarios, había un frac negro bien planchado con brillo en las solapas, una corbatita de terciopelo, zapatos, calcetines y ropa interior sin estrenar. Todo eso, para que lo velaran –dice ahora Daily Mercado, una de las hijas de Raúl, mientras fuma tabaco negro en un cómodo sofá de su casa de La Paz, que se halla en un barrio sin enormes edificios, que tiene más de campiña humilde que de madriguera urbana.

Daily, de 61 años, se llama así porque al nacer casi se muere. Porque su madre tuvo problemas a mitad del embarazo y el parto fue bastante complicado. Porque nació y creyeron que no respiraba: se veía morada. Porque Raúl, por si la perdían, hizo llamar a un cura para que la bautizara. Porque luego alzó un bote de leche en polvo de una balda. Porque en sus instrucciones, en inglés, la palabra “daily” era la que mejor le sonaba. Porque a continuación la pronunció: “Que se llame Daily”, dijo sin meditarlo mucho. Porque justo después la bebé, Daily, llenó con su llanto el dormitorio en el que estaban.

Cuando murió Raúl Mercado, Daily lloró otra vez llena de rabia, aunque ya se lo esperaba.

–Un mes y medio antes –recuerda–, soñé que unas monjitas y unos curas oraban durante un entierro, que un ataúd volaba de un lado a otro como si fuera una alfombra mágica y que los niños echaban juguetitos dentro. Y me dije: ese es mi padre.

Y un mes y medio después, su padre fue: dejó de ser, como los peluches que se rompen.

En la cocina-living-comedor de Daily hay un lienzo de colores suaves en el que Ricardo Pérez Alcalá, el mejor acuarelista que ha tenido Bolivia, retrató a Raúl de espaldas. En él, el anciano avanza encorvado en compañía de varios gallos, a través de una senda solitaria. Pérez Alcalá lo pintó con una soga que se desliza sobre sus hombros y se amarra en mitad del espinazo, adquiriendo la forma de Cristo crucificado.

–“Esta es la cruz que cargó tu padre”, me dijo el pintor cuando me regaló el cuadro. Creo que trató de representar su sufrimiento. Mi papá vivió muchos años solo, de-ma-sia-dos –silabea Daily, y luego apura un cigarrillo en silencio, mirando al suelo.

***

La primera vez que Raúl Mercado pensó que moriría fue durante la Guerra del Chaco (1932-1935), una disputa entre Bolivia y Paraguay por los terrenos donde yace buena parte del gas que ha hecho un poco más ricos a unos bolivianos que siguen siendo pobres. Lo reclutaron a los 16, la edad en la que uno solo piensa en chicas o en irse de parranda con los amigos. Y partió a lomo de una mula a ese paredón exorbitante que era el campo de batalla, con una manta que le dio su madre para que aguantara el trayecto.

Las noticias que llegaban del Chaco Boreal, uno de los parajes más desolados e implacables de América Latina, solían ser grotescas. Allá, en mitad de planicies interminables donde a veces era imposible hallar una sola gota de agua limpia, en medio de bosquecillos de vegetación enana y suelos agrietados rodeados de arena y piedras, los pocos charcos con los que se topaban los militares estaban llenos de parásitos que provocaban vómitos y diarreas. Algunos, en este punto del mapa que también era conocido como el “infierno verde”, a más de 30 grados de temperatura, solo conseguían calmar la sed bebiendo sus propios orines. Otros, para no desfallecer antes de tiempo, devoraban con ansiedad la suela desgastada de sus botas. Muchas fotos de la época muestran a jóvenes consumidos dentro de sus uniformes raídos. A menudo, el peligro era el teatro de operaciones mismo, y no los proyectiles que zumbaban como abejorros.

Raúl estuvo a las órdenes de un sádico capitán que les exigía retornar de cada escaramuza con las orejas de los paraguayos caídos –las debían ensartar en un delgado alambre antes de entregárselas a su superior, que las guardaba luego como si fueran una especie de amuleto para mantenerse a salvo: su buen humor, al parecer, dependía del número de órganos cercenados al enemigo–. Y volvió del frente maltrecho: con uno de sus pulmones perforado y parte de su labio inferior destrozado por un roce de metralla.

Su primer contacto con la realidad más allá de las trincheras fue un hospital, donde le hicieron un injerto en ese labio que se veía como un pellejo inútil y donde sanó de otras heridas menos profundas. Poco después de aquella cirugía, Raúl atisbó a lo lejos a uno de sus hermanos que también había combatido y reaccionó como si se tratara de un espíritu, pues lo imaginaba preso en Asunción o bajo una lápida en algún páramo desierto. Corrió hacia él, se besaron en la boca y el júbilo inicial se transformó en tragedia: a Raúl se le salieron los puntos de sutura y, aunque lo intentó, no logró recuperar el pedazo de boca que le había dado de nuevo la apariencia de hombre intacto.

–Desde aquel día, pidió que no se preparara sopa cuando tenía invitados porque no podía terminarla sin hacer ruido. Y cada vez que se tomaba un cafecito, yo le decía: papi, es el café más rico que he escuchado nunca –comenta Daily. Lo hace con los ojos encendidos, como si los sorbos que su padre regalaba fueran aún música para sus oídos.

Cuando se sobrevive a una experiencia extrema, las secuelas psicológicas y físicas que quedan suelen dar para llenar una agenda de teléfonos. Raúl Mercado heredó varias manías de la Guerra del Chaco: no perdonaba la siesta –la echaba recostado en una hamaca– y acopiaba víveres en cantidades industriales –según Daily, no se hacía faltar quesos y fiambres porque, a lo Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, había jurado que no volvería a pasar hambre–. Padeció también algunos traumas: durante la noche, las pesadillas lo acosaban y se despertaba gritando que le disparaban. Y una obsesión lo perseguía:

–Creía su deber dejarlo todo listo para su entierro –dice su hija.

La muerte es un signo de interrogación que no puede registrarse con anticipación en el almanaque; y el único recurso ante ella para los que acostumbran dejarlo todo atado es adelantarse. Algunos preparan su funeral y se dan el lujo de escoger el tipo de ceremonia, la mortaja y hasta la banda sonora para despedirse; a otros les basta con adquirir el nicho en el que tarde o temprano serán víctimas de la gusanera; y hay quienes firman su testamento a los 20 años para que sus calzones amarillos de la buena suerte o su colección de discos de Elvis Costello y de Frank Sinatra no acaben en poder de algún impresentable. Raúl Mercado optó por convertirse en el adalid del hágalo usted mismo. Su máxima: plante un árbol, construya un ataúd y muera tranquilo.

Cuando conocí a Raúl, en 2002, él disimulaba las marcas que dejó en su labio la Guerra del Chaco con una perilla canosa de académico, se ayudaba de un bastón para avanzar por el piso resbaladizo de Suri y guardaba su famoso féretro en uno de los dos cuartitos que le servían de refugio. Me encontré con él en la plaza principal del pueblo y luego nos dirigimos a su casa mientras me agarraba del antebrazo para evitar tropiezos.

El ambiente principal era un estudio húmedo y mal iluminado, con una mesa, un calendario, una tumbona, algunos documentos y una máquina de escribir antigua en la que Raúl tecleaba de vez en cuando para entretenerse. Encima de aquella escenografía en la que nada parecía estar de más había una viga. Y sobre ella, envuelto en un par de frazadas, estaba el ataúd: un cajón corpulento con los bordes raídos y la cubierta puesta.

–Lo acabo de hacer fumigar, ya sabe, por los bichos –me dijo Raúl señalando arriba, y después hizo amago de sonreír, pero apenas logró esbozar una mueca traviesa–. Es mi segundo cajón –me explicó a continuación. Me pidió ayuda para bajarlo y lo apoyamos sobre una banca sin espaldar, procurando que no se abriera.

El primer cajón –el que nació de aquel nogal que cuidó casi 30 años con mimo y que troceó al alcanzar el tamaño adecuado–, según contaba, “era mucha cosa”: cien por cien artesanal, con un tallado impecable y su nombre escrito en letras de imprenta.

–Lastimosamente, tuve que prestarlo –dijo después observando el techo–. Un buen amigo se finó y sus familiares necesitaban uno para mandarlo al agujero. El que me devolvieron, este que usted está tocando ahora, es más ordinario que el que tenía.

El nuevo ataúd, el de repuesto, era negro, con un revestimiento de color arcilla y sin aderezos. Un objeto vulgar, como los juguetes de plástico o los electrodomésticos modernos. Al principio, Raúl blasfemaba cada vez que lo veía.

–Para mi padre, aquel cambio fue un disgusto –dice su hija. Pero acabó por acostumbrarse y comenzó a mostrarlo con orgullo cada vez que recibía visitas. Al fin y al cabo, era igual de funcional que el primero que tuvo: un abrigo de madera más en el que pudrirse a gusto.

***

En 2011, Zeli Ferreira Rossi, un jubilado del estado brasileño de Minas Gerais, confesó que descansaba todos los viernes en un féretro en homenaje a un amigo suyo que fue asesinado en 1986. “Mantengo la costumbre desde que él no está, y cuando un viernes no puedo dormir ahí adentro, se me quita el sueño. Se trata de un buen sitio para rezar y reflexionar”, declaró a la prensa por aquel entonces. En Indonesia, las tumbas de la tribu de los torajas son naturales: huecos excavados en enormes paredes de piedra donde meten los cadáveres embalsamados para que todos los vean y nadie se olvide de los que se fueron. Y en Malasia, para combatir la mala suerte, los devotos del templo de Looi Im echan la siesta en cajones de lujo –en las entrañas del santuario mismo– mientras rezan por ellos. “Nos preguntamos por nuestro pasado y nos tropezamos con un ataúd”, escribió la poeta Nazik al-Malaika en Chispas y cenizas en 1949. Para Raúl Mercado, el pasado siempre fue un período difícil de mencionar: un reguero de muertos.

–A mi abuelita, su mamá, se la tragó un río. El caballo que montaba tropezó con unos troncos, cayó de un puente, y ella, como era gordita, no pudo zafarse y se la llevó un golpe de agua. Mi padre asumió que fue su culpa y casi enloquece: estuvo dos años buscándola. Al final, le hicimos creer que un hueso de burro era de su madre y eso fue lo que enterró, junto a un pedazo de vestido floreado que él había hallado en una rama –comenta Daily mientras vierte un chorro de bourbon en un vaso de cubata.

Es un miércoles soleado y estamos nuevamente en su casa de La Paz, sobre una especie de risco que hace tres años se vino abajo parcialmente tras un deslizamiento que fue como un tsunami pero con olas de escombros. Nos acompañan María Luisa y Elsa Mercado, hermanas de Raúl, dos ancianas entrañables –una, entrada en carnes y de movimientos acartonados, y la otra, delgada y ágil– que llevan tomando bourbon desde primeras horas de la mañana. María Luisa viste una blusa holgada. Elsa, una chompa de ganchillo. Ambas usan lentes. Y entre trago y trago hacen un repaso prolijo de la genealogía de la familia, una estirpe acostumbrada a los desenlaces imprevistos.

–A mi marido lo masacraron unos asaltantes en un camino –dice Elsa sin afligirse, como quien anuncia que perdió a su mascota una soporífera tarde de domingo.

–El mío se murió en un remolino cuando trataba de salvar a nuestro hijo de cuatro años, que estaba en el río. Y aún los extraño a ambos –dice luego María Luisa mientras se recuesta en un sillón de cojines desgastados, adornado con una piel de tigre.

–Otro tío mío se pegó un tiro, sin querer, con la escopeta. Y no pudieron hacer nada para auxiliarle –añade Daily con el tono indiferente de quienes revisan a diario los avisos necrológicos de los periódicos para ver si ha fallecido alguno de sus vecinos.

Lo hace mientras dibuja círculos con su dedo sobre el borde de cristal de su vaso de whisky, como si estuviera calculando la probabilidad de que algo así sucediera de nuevo, quizás porque para los Mercado la realidad siempre estuvo rodeada de malos presagios. Hace algunos años, una hermana de Raúl apareció muerta en su asiento de autobús mientras esperaba a que este partiera. Otra se intoxicó al ingerir pescado en mal estado y tampoco vivió después para contarlo.

–Y mi madre, durante una crisis nerviosa, tras una larga enfermedad, trató de lastimarse en la misma habitación en la que mi papá conservó su féretro durante décadas –me comenta Daily–. Yo era muy chica por aquel entonces, pero aún recuerdo que, para que mi mamá se recuperara, comencé a recitar el rosario sobre tapas de botella, hasta que las rodillas se me llenaron de llagas.

Tras aquel episodio aciago, su madre hizo las maletas y emigró a la ciudad de La Paz con sus ocho hijos. Y Raúl, que los vio marchar como quien ve pasar el tren, sin poder hacer nada para detenerlos, decidió permanecer en el pueblo. “Lo mejor que he tenido creo que es la soledad”, me confesaría unos años después mientras posaba al lado de su ataúd. Fueron las últimas palabras que yo le escuché. Nunca más volvería a verlo.

Daily, que en sus ratos libres lee la baraja española y el I Ching –una suerte de vademécum chino para evitar la mala vibra–, cree que lo que golpea a los Mercado día tras día es su propio karma:

–Nuestra sangre está maldita. Tenemos muchos nudos que desatar. Hay problemas que se transmitieron de unos a otros sin que hayamos hecho nada para resolverlos. No hemos sido lo suficientemente conscientes de que algo no funciona en nuestro interior, de que algo no funcionó nunca. Yo también me he quedado sola, como mi padre, por ejemplo. Pero por lo menos he hecho esfuerzos para remediarlo.

Hace algunos años, Daily montó un club para solos y solas en el que se conversaba y bailaba a veces hasta la madrugada. Lo acabó cerrando a los pocos meses.

En Suri –recuerda Daily–, Raúl casi siempre se acostaba pronto: a las 20:30. Y se levantaba con los gallos: a las 5:00. Era un hombre de costumbres bien marcadas. Solía calzarse el pantalón hasta las costillas. Cuando la comida no estaba preparada a las 12:00 en punto, no almorzaba. Escuchaba a Mozart y a Beethoven en un tocadiscos que en otra época era último modelo. Se volvía loco cuando le cambiaban el dial en el que seguía la radionovela. Y algunos piensan que siempre fue un iconoclasta.

Cuando era joven –y el pueblo un rincón privilegiado que se caracterizaba por las señoronas que se enroscaban el cabello para que sus peinados terminaran en un moño discreto, por las jovencitas que vestían trajes largos y elegantes y por las abuelas que usaban abanicos para que corriera el aire–, alimentaba los chismes en la plaza principal cada vez que se paseaba por allí con su pelo largo y su barba desaliñada, como si fuera un hippie desorientado en una fiesta de gala. Años después, como corregidor, ayudó a solucionar una infinidad de crisis de pareja y pleitos caseros. Como abogado autodidacta, se ganó más de una enemistad por apoyar a los campesinos –en detrimento de los patrones– cada vez que había algún conflicto por tierras. Y además fue un gran aficionado al fútbol. La imagen que algunos aún tienen de él es con medias y una pelota entre las piernas. Se dice que tardó 50 años en colgar los botines y retirarse.

También, que era generoso, que muchos domingos partía una pierna de vaca y convidaba a los que pasaban por inmediaciones de su propiedad, que apuntaba en un cuaderno el dinero que prestaba (y nunca recuperaba) y que solía echar una mano gratis a enfermos y embarazadas.

–A todos colaboraba –dice su hija–. Él no era médico, pero sí sabio, leía muchísimo. Y sabía desde colocar un inyectable hasta bajar la fiebre.

A veces, manejaba un extraño manual llamado El insípido, que tenía muy poco en común con los tratados medicinales clásicos. Los títulos de sus capítulos y los epígrafes eran poemas en sí mismos: “El caso clínico, la mente, la boca, los pelos y los pies del hombre civilizado”, “Las cinco sonatas del organismo enfermo”, “Las ondas cortas, más terribles que los piojos”, “Anarquía glandular”, “Curvofobia, el horror a la grasa” o “El hombre cava con los dientes su sepultura”. Sus reflexiones, en ocasiones, una locura: “Un hombre es consecuencia de lo que come. El tipo racial de los ingleses está influenciado por el roast beef y las patatas cocidas. El abdomen de los teutones y sus cráneos dolicocéfalos provienen de las salchichas y la cerveza. Y un español, después de ingerir ‘cocido’ obra con arreglo al calórico exagerado de este alimento: o baila jota o se pelea”, decía en la página 233. Y varias de sus recomendaciones parecían sacadas de un refranero. “Quien quiera vivir sano, coma poco y cene temprano”, aconsejaba en la 144.

Raúl solía cenar a las 18:00 o a las 18:30, pero seguir a rajatabla algunas de las “recetas” de su libro no le garantizó una salud de hierro. Y cuando se enfermaba era complicado sacarlo de Suri.

–Él se quejaba de que en la ciudad la piel se le escamaba. Por eso, no nos visitaba mucho –recuerda Daily–. Una de las últimas veces que fuimos a buscarlo, los vecinos nos rodearon porque que no querían que él viajara. “Don Raúl tiene que morir aquí. Aquí ha de ser su entierro”, decían. Por aquel entonces, su estómago no funcionaba bien. No podíamos controlar su diarrea. Y tras mucho insistir nos dejaron ir, pero tuvimos que prometer que, si pasaba algo, regresaríamos con el cadáver.

No hizo falta: retornó a Suri sano y salvo.

–Y con mucha hambre –ríe su hija.

***

Entre La Paz y Suri hay 325 kilómetros y varias tumbas. Muchas de ellas, al pie del camino, consisten en un montón de piedras superpuestas armando una especie de cono con una cruz metálica en la cima. Daily dice que, de niña, se tapaba la cara cada vez que pasaba por esta carretera porque le daba muchísimo miedo. Hoy es un viernes de finales de abril y lo que hace para no mirar más allá de la ventana es correr rápidamente la cortina del autobús y cubrirla. Afuera, la carretera se estrecha a ratos como si alguien la hubiera tajado con un machete, y son comunes los barrancos y los barranquillos. Afuera, los ocres y los verdes se prenden y se apagan como los focos cuando parpadean. Afuera, hay un olor intenso a eucalipto. Afuera, los tejados de algunas aldeas se ven como si los hubieran moldeado en mitad del valle. Y mientras los paisajes se forman y se difuminan constantemente, ajeno a todo, delante de nosotros, dentro del vehículo, cabecea un anciano de traje, con el mentón salpicado de pelos blancos, sombrero y bastón.

–Es igualito a mi padre –me susurra Daily, que se ha teñido el pelo de un color rojo cereza. Es la primera escapada que hace al pueblo desde que Raúl murió, y está inquieta.

El bus se queda en Licoma, parada casi obligada entre camioneros, y la siguiente parte del recorrido es suicida: un zigzagueo de 40 minutos a lomos de una mototaxi que besa la tierra en las curvas cerradas y espanta a las vacas con un claxon que tartamudea.

Suri es un conglomerado de calles por las que sube y baja un viento ligero. Una sucesión de construcciones de una o dos alturas con las puertas grandes y robustas y las ventanas chicas. Un lugar con menos de 500 habitantes que se eleva sobre el cerro y sobrevive gracias a los cítricos y a los cultivos de hoja de coca –omnipresentes desde hace varios siglos–. Un paraíso rural en el que casi nunca sucede nada destacable, y en el que las últimas noticias casi siempre guardan relación con el fallecimiento de alguien.

–Hace algunos días, murió Francisco, el último ex combatiente de la Guerra del Chaco nacido aquí. Recién lo trajeron y lo enterraron –anuncia una prima de Daily en cuanto llegamos, mientras los mosquitos ponen su rúbrica en nuestros codos y tobillos.

–Cuando mi papá murió, su velorio estaba lleno y cociné lo que más le gustaba: sopa de maní y pollo con mucha zanahoria. Nadie se quería ir. Hasta un borrachito se quedó y, claro, al amanecer estaba ebrio, ¿te acuerdas? –le dice Daily a su prima, que frunce el ceño y no deja de observarse un dedo que se machucó hace poco partiendo leña.

Aquella jornada, tras la comilona de rigor con lo que le entusiasmaba al muerto, Luciano Arroyo, un lugareño de manos grandes como guantes de obrero, fue el elegido para cavar el hoyo destinado a Raúl en el cementerio y para armar un cerco con fierros.

Luciano es un sesentón de orejas puntiagudas, rostro alargado y cejas muy pobladas y juntas. Trabaja como albañil y carpintero. Vive a pocos metros del centro del pueblo, y cuenta exagerando sus gestos, como si estuviera masticando el aire, que aquí, cuando fallece alguien, a menudo tiene que improvisar un féretro en menos de veinticuatro horas.

–Acá no pasa como en la ciudad, donde se usan materiales finos –explica–. En Suri, dependemos de los maderos que nos entregan los dolientes. Y no siempre son de calidad. Con buena madera, uno lo hace bien. Pero cuando es mala no hay manera. Yo nunca he pedido nada a cambio: me dan la voluntad nomás. Lo hago por humanidad.

Según Luciano, cuando no hay troncos ni tablones suficientes, algunos evacúan al difunto sin el cajón correspondiente: lo sientan en la parte de atrás de sus vagonetas, como si durmiera, y atraviesan los peajes del camino tratando de no levantar sospechas. Otros encargan su ataúd con anticipación para evitar imprevistos. Y hasta el momento, no ha habido nadie más como Raúl: capaz de convivir al lado del suyo durante décadas.

En la casa en la que aquel féretro permaneció durante años, Daily revolotea ahora agitada, como si no fuera real lo que está viendo. Lo que ve es una techumbre que seguramente no resistirá la próxima temporada de lluvias. Lo que ve es un escritorio pegado a una pared. Lo que ve es un baño con pedazos de papel higiénico alfombrando el piso. Lo que ve es un depósito abarrotado donde antes había gallinas. Lo que ve es un nido de pájaros en mitad de un tragaluz: un nido vacío. Sobre la viga en la que estuvo el ataúd, solo hay un puñado de telarañas. Y en la cocina en la que Raúl comenzó a desfallecer, el decorado es austero: un horno de leña, sillas que se sostienen apenas, restos de ceniza, unas ollas con la base quemada. Cuando Daily se asoma, resbala y cae.

–Es como si aún estuviera aquí presente su papá, ¿no ve? –le dice Marcelino Mendizábal, el cuidador, mientras se inclina para comprobar que no se ha roto ningún hueso. Daily, medio aturdida por el golpe, tarda un rato en reaccionar y no le responde.

Al día, siguiente, rumbo al cementerio, nos cruzamos con un par de agricultores que se dirigen a sus chacras y que saludan toscamente. Daily viste una polera blanca y una camisa rayada sin abotonar. Su andar es cansino. Sus pasos, irregulares y distraídos.

El cementerio de Suri crece sin ninguna planificación, al aire libre, sin tabiques de por medio, interrumpiendo una senda estrecha, como si fuera un pedazo de selva. La tumba de Raúl está cubierta de hojas y Marcelino tarda unos minutos en adecentarla con una escoba que ha armado con ramas secas.

“Papito, te amamos. Tu esposa, tus hijos, tus nietos y bisnietos. Raúl Mercado Salvatierra. 25 de agosto de 1916 – 4 de septiembre de 2005”, dice la lápida. Daily se arrodilla. Cierra los ojos con mucha fuerza y medita.

–Su padre ya estaba cansado –le consuela Marcelino–. Casi ni hablaba.

Antes de morir –corre el rumor– se hizo dar misa una mañana para despedirse.

–Como si adivinara –opina Marcelino.

Antes de morir, a su ataúd le decía “mi nave”.

“Mi nave ya está lista”, decía.

Abuelos indignados

Publicado: 20 enero 2016 en Nilton Torres
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El blanco era la sede principal en Barcelona del Banco Santander, la entidad financiera más solvente de España. Los dieciséis convocados para dar el golpe convinieron reunirse en la céntrica Plaza de Cataluña, a escasos cincuenta metros de su objetivo, el número cinco del Paseo de Gracia, una de las calles más caras de la nación ibérica —la quinta en el ranking de la consultora inmobiliaria Cushman & Wakefield—, no sólo por el precio de los alquileres, también por las exclusivas marcas que allí tienen sus tiendas, como Louis Vuitton, Cartier, Tiffany & Co., Yves Saint Laurent, Bulgari, Armani. Días antes, tres de ellos habían visitado el banco en distintas ocasiones para reconocer el terreno y no dejar nada al azar. Observaron minuciosamente la rutina de los empleados y agentes de seguridad y prestaron especial atención a las barreras que tenían que traspasar.

A la hora acordada, las once de la mañana, el grupo se dirigió con paso firme hacia su meta. Seis de ellos se quedaron en la puerta de la calle y los otros diez ingresaron simulando ser clientes. Cruzaron primero las imponentes puertas de madera y cristal que preceden al elegante recibidor de arquitectura neoclásica, para luego franquear la puerta automática que abre paso al hall principal. Formaron un círculo discreto en medio del luminoso salón y rápidamente hurgaron entre sus ropas, en las que llevaban ocultas las cartulinas amarillas que blandieron frente a empleados y clientes mientras gritaban:

—¡No es una crisis, es una estafa!
—¡Rescate para la ciudadanía y no para los bancos!
—¡Esta deuda no la pagamos!

Al percatarse del alboroto, uno de los dos agentes de seguridad de turno se acercó a los imprevistos manifestantes y, con inusitada delicadeza, les dijo:

—Por favor, señores, sin hacer mucho escándalo.

Ellos ni se inmutaron. Allí estaba un insólito grupo de mujeres y hombres de casi setenta años, bien plantados y con ropa y zapatos cómodos para aguantar el tiempo que hiciera falta, porque a esa edad no es sencillo soportar mucho tiempo de pie.

En la puerta del banco ya se había formado jaleo. Una muchedumbre, azuzada por los compañeros de los manifestantes que se habían quedado en la retaguardia, hacía eco de la protesta y algunos periodistas aparecieron alertados por las redes sociales de que un grupo de “abuelos” había tomado el Santander.

El reloj marcaba las 14:30 del jueves 27 de octubre de 2011. Habían transcurrido tres horas y media desde que la oficina bancaria había sido invadida. Sorprendentemente, hasta ese momento, nadie se había atrevido a preguntar qué querían ni hasta cuándo pretendían estar allí los ocupantes. Obligada por las circunstancias, la circunspecta subdirectora de la oficina dio el paso:

—¿Hasta qué hora pensáis quedaros? Es que a las tres cerramos y me gustaría saber si necesitáis agua o comida, por si os vais a quedar mucho tiempo —les dijo.
—Mire, sólo queremos entregarle un manifiesto, leerlo y nos marchamos —fue la respuesta.

“Somos la generación que luchó y consiguió una vida mejor para sus hijos e hijas […] Estamos orgullosos de la respuesta social y del empuje que están mostrando las nuevas generaciones en la lucha por una democracia digna de este nombre y por la justicia social”, resaltaba en sus primeras líneas el documento, que además exigía el fin de la especulación bancaria y la corrupción política, y la responsabilidad de la banca ante la crisis económica que, desde el año 2008, causa estragos en la sociedad española y que se ha manifestado en una inflación galopante, desempleo, incremento de la deuda pública, recesión y una burbuja inmobiliaria que está dejando a miles de personas en la calle, desahuciadas por el incumplimiento del pago de sus hipotecas.

Pero el manifiesto también consignaba que esos intrépidos “okupas” de la tercera edad que habían tomado la entidad bancaria se sumaban a la protesta de los ciudadanos que colmaban las calles españolas con su indignación y que eran insultados por políticos que aseguran que la crisis es un invento de los que no quieren trabajar y de los que se han endeudado, irresponsablemente, por encima de sus posibilidades. Si a esos ciudadanos se les llama despectivamente “perroflautas”, los manifestantes que tomaron la sede del Santander propusieron que les dieran, a ellos, un mote parecido: “yayoflautas”.
“Yayo” es como en gran parte de España se llama cariñosamente a los viejos.

—Estábamos conversando y comiendo en un chino —cuenta Celestino Sánchez, Celes, sesenta y dos años y añejo militante del Partido de los Comunistas de Cataluña—. Éramos un grupo de compañeros de mi edad y jóvenes pertenecientes a un movimiento llamado Inflexión, que nos estaban dando una mano con temas de internet. Hablábamos de cómo la gente de nuestra edad podía aportar a la protesta, y salió aquello de la Esperanza Aguirre y del nombre que usaba para referirse a los indignados, perroflautas.

En el currículo público de Esperanza Aguirre, la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, no sólo destacan su título nobiliario de condesa consorte y los cargos públicos que le ha tocado ejercer, como ministra y senadora. Sobre todo resalta su cualidad de boquifloja. Entre otras perlas, llamó hijoputa a un ex consejero de Caja Madrid al que había defenestrado de su cargo y calificó de pelmazos a su propia gente de prensa por haber convocado a unos periodistas a una visita que hizo a los afectados por un incendio en un pueblo cercano a Madrid, cuando había dado instrucciones precisas de que quería tener ese encuentro en privado. Cuando los indignados tomaron la madrileña Plaza del Sol, el 15 de mayo de 2011, y acamparon allí durante semanas, Aguirre no disimuló su ofuscación. Cada vez que se le preguntaba al respecto, apelaba a inspirados adjetivos para referirse a los que se habían atrevido a afear tan turística plaza con su protesta y sus carpas. Los llamó camorristas, pendencieros y perroflautas. Este último podría considerarse el súmmum de la terminología despectiva, ya que con este nombre se denomina peyorativamente a los integrantes de las tribus urbanas de hippies, punks y anarcos, que se distinguen por llevar rastas y piercings, y a los que se acusa de poca —o nula— higiene y de ser unos revoltosos antisistema. Celes no recuerda exactamente quién tuvo la ocurrencia, pero sí que fue uno de los veteranos el que soltó:

—¡Coño!, si vosotros sois los perroflautas, nosotros seremos los yayoflautas.

***

Los yayoflautas le han dado una bocanada de aire fresco a la protesta en España.
Con sus chalecos amarillo fosforescente, su signo distintivo y sus “travesuras”, que es como llaman a las ocupaciones que realizan de oficinas bancarias e instituciones del Estado, este colectivo integrado por hombres y mujeres de sesenta años en adelante ha asumido la misión de reclamar a viva voz que sus hijos y nietos no vivan peor que ellos. Y lo mismo si se trata de sus propios hijos y nietos o los de los demás.

En la mira de los yayoflautas están los políticos corruptos, los ladrones de traje y corbata, los yernos reales deshonestos, pero sobre todo los responsables de la crisis y el menoscabo del “Estado del bienestar”, esa responsabilidad del gobierno de proveer una sanidad y educación pública de calidad, vivienda digna y trabajo, protecciones y derechos que se han ido reduciendo ostensiblemente a fuerza de los recortes de los presupuestos gubernamentales. Sus travesuras han tenido una enorme repercusión por medio de las redes sociales: su cuenta en Twitter, @iaioflautas, tiene —al momento de redactar esta nota— 26 705 seguidores y su página de Facebook le gusta a 12 154 personas.

Los medios de comunicación españoles han prestado especial atención a sus movimientos, y han encontrado en los “indignados de la tercera edad” o “los abuelos indignados”, como los llaman en sus titulares, un ángulo diferente de la cobertura de la crisis, cobertura periodística que ha servido también para sumar nuevos compañeros a la causa:

—Los vi por la televisión cuando ocuparon un autobús. Me gustó la idea y los busqué por internet. Al cabo de un mes me respondieron y me incorporé al grupo —dice Paco González, sesenta años, jubilado, militante de la desaparecida Liga Comunista Revolucionaria, brigadista internacional y ex sindicalista.
—Vi que era un movimiento de gente mayor, activo y luchador contra las injusticias. Les mandé un correo y les dije que podían contar conmigo y con mi marido [José] —dice Ángeles Tarjuelo Lozano, sesenta y cinco años, ama de casa.
—Cuando me enteré de que unos yayoflautas habían entrado en un banco a hacer una cosa que era chillar y quejarse dije: “¡Me cago en la mar!, eso es lo que quiero hacer” —dice Luis Sotillo, sesenta y nueve años, auditor jubilado, simpatizante de las acampadas en Plaza de Cataluña e indignado número 1 423 558 (cifra inventada por el propio Luis), tal como consigna la camiseta de color celeste que se hizo confeccionar para participar de las manifestaciones y las protestas.

***

Felipe López-Aranguren tiene sesenta y un años y la pinta de roquero de los setenta: flaco, patillas largas, melena gris y gafas de metal a lo John Lennon. Sociólogo, poeta y militante comunista, Felipe fue uno de los primeros en sumarse a la tropa de los yayoflautas. Sentado en un café de Sant Andreu, distrito barcelonés que aún conserva el espíritu del pueblo que fue y que terminó siendo absorbido por el crecimiento de la ciudad condal, Felipe lía tranquilamente un cigarrillo. Frente a él espera, humeante, una taza de café negro. Le da un sorbo y explica en qué consisten sus “travesuras”.

—Entramos a un lugar, lo ocupamos, esperamos que nos atienda un representante, le entregamos un documento que indica por qué estamos allí y nos retiramos. Sin violencia y todos tranquilos.

Pero ésta es la versión resumida de lo que es una “travesura” yayoflauta, ya que sus ocupaciones exigen planificación, discreción y paciencia. Hay un minucioso trabajo previo de reconocimiento. Son sólo cuatro o cinco los que conocen a detalle dónde y cuándo se va a realizar la ocupación. Éstos convocan por correo electrónico —o por teléfono— a un grupo de entre treinta y cincuenta compañeros para que se concentren en un lugar cercano al sitio que será tomado. Una vez que el grupo pequeño determina que es el momento, llaman por celular al resto e ingresan al lugar escudados por una sola frase: “Tranquilos, somos los yayoflautas y somos pacíficos”. Este lema se lanza para desmontar cualquier intención de respuesta violenta y a la vez advierte que están allí para perpetrar un acto de desobediencia civil, no violento, público y que busca denunciar una injusticia. Acto seguido se colocan el chaleco distintivo y, ya puesto, a lo que van: pedir la presencia de un alto funcionario para explicarle la reivindicación que los ha llevado hasta allí, indicando que no se moverán hasta que sean atendidos. La táctica ha resultado exitosa desde la ocupación de la sede del Santander, en octubre de 2012, que fue su primera acción oficial.

Inicialmente los yayoflautas emularon la metodología del 15M —el movimiento ciudadano surgido para protestar contra la crisis económica de España— para organizar sus acciones: convocar a una manifestación por medio de las redes sociales e identificar de manera plena el objetivo. Por supuesto que cuando se presentaban en el lugar, había más policías que manifestantes.

Felipe López-Aranguren se acomoda su casaca negra, en cuya solapa reluce una estrella negra anarquista y, bajando la voz como para contar un importante secreto, dice que recurrieron entonces a su experiencia de los tiempos de la dictadura, cuando las reuniones de más de tres personas estaban prohibidas.

—Entonces convocábamos a la gente en el lugar en el que haríamos la manifestación y la consigna era que, si habíamos los suficientes, tocábamos un pito y montábamos el follón. Caso contrario, esperábamos cinco minutos y cada uno seguía su camino. Adaptamos esta táctica a la situación actual y tuvimos éxito.

Los yayoflautas se declaran hijos del 15M, ya que fue en las acampadas de Plaza de Cataluña donde se encontraron y reencontraron.

—Durante mucho tiempo nos habíamos preguntado dónde estaban los jóvenes, por qué no se movían ni hacían nada frente a los recortes, la burbuja inmobiliaria y la crisis —dice Felipe López-Aranguren—. De pronto, se movieron. No era lo que nosotros pensábamos, pero lo importante era ser parte del movimiento.

En las acampadas se toparon con que se habían organizado diversos grupos de trabajo divididos por comisiones: desahucios, inmigración, recortes en sanidad y educación pública, precarización de los servicios sociales. Y también había una comisión de personas mayores en la que se debatía sobre los pensionistas y las pensiones. Pero esos temas a Felipe y los suyos les sabían a poco. Entonces fue que decidieron emprender su propia y particular cruzada, a la que poco a poco se han ido sumando más y más compinches que han aportado, sobre todo, experiencia.

Los yayoflautas son un colectivo heterogéneo en el que las ideologías y los colores políticos están proscritos, pero a lo que no le dan la espalda es a la experiencia adquirida en los aciagos años del franquismo. En sus filas trabajan juntos aquellos que sufrieron en carne propia la opresión y el castigo por ser herederos del bando perdedor de la Guerra Civil —el republicano— y los que se vieron obligados a mantener la boca cerrada y pasar desapercibidos para los partidarios de las camisas negras y el brazo derecho en alto. Entre los primeros se encuentran Antonia Jover y Rosario Cunillera.

Antonia tiene setenta y tres años, no es muy alta, es algo rellenita y siempre sonríe. Vive sola, en el piso en el que vivió con sus padres, un lugar acogedor y en el que tienen un lugar privilegiado las fotografías familiares. Al indagar por sus recuerdos más antiguos, cuenta que dio sus primeros pasos en una prisión.

—Tenía dos meses cuando mi madre fue encarcelada por ser esposa de un oficial republicano. Estuvimos encerradas hasta que cumplí dos años y medio, y ella fue puesta en libertad.

Antonia conoció a su padre cuando tenía dieciséis años y él había cumplido su condena en diferentes prisiones y hasta en un campo de concentración, el de Albatera (Alicante). En 1956 se establecieron en Barcelona, pero la prisión no había hecho mella en las convicciones de los Jover, que se sumaron a la lucha clandestina bajo la apariencia de una familia burguesa dedicada al comercio. Con esa pantalla dieron soporte a los presos políticos, repartieron octavillas prohibidas y ofrecieron refugio en su casa, durante quince años, a Gregorio López Raimundo, histórico secretario general del perseguido Partido Socialista Unificado de Cataluña.

—Ofrecí mi juventud por algo en lo que creía y vuelvo a hacer lo mismo en mi vejez. Ahora toca luchar contra los desalojos, el paro, los recortes en la sanidad —dice Antonia, quien nunca encontró un hombre que diera la talla para compartir su militancia, que la llevó a trabajar activamente en la preservación de la memoria histórica por medio de la Asociación Catalana de Ex Presos Políticos.

Fue allí donde conoció a Rosario Cunillera.

Rosario tiene sesenta y siete años y lleva siempre su larga cabellera blanca sujeta en una cola de caballo. Es hija de un militar republicano enviado al campo de concentración de Argelès-sur-Mer —sur de Francia— después de la Guerra Civil, y de una asturiana que tuvo que huir a Francia junto con sus once hermanos, todos perseguidos por el franquismo.

—No puedo fallar a la herencia de mis padres. Siempre he estado luchando por alguna causa, y hoy toca más que nunca. Creo incluso que lucho más que cuando era joven —dice Rosario, cuya hoja de vida incluye su adherencia en las Juventudes Comunistas de Francia y su labor activa en diversas organizaciones, principalmente asociaciones de vecinos. En estas entidades, Rosario siempre está participando de cualquier actividad que tenga como fin mejorar su calidad de vida y la de la gente que la rodea.

Pero entre los yayoflautas también están aquellos cuyas historias no tienen como escenario la clandestinidad, ni la prisión ni las batallas políticas.

—Siempre he dicho que no soy ni de derechas ni de izquierda. Soy de arriba. Porque de arriba se ven mejor las cosas —dice Luis Sotillo.

Luis es un hombre robusto, alto y de hablar pausado. A sus sesenta y nueve años disfruta de caminar por la montaña, de sus nietos y de su jubilación, tras trabajar más de cuarenta años como auditor de cuentas. Y aunque podría decirse que no tiene de qué quejarse, él dice que sí. Y tanto.

—Me cabrea la cantidad de mentiras que oigo cada día. Me insultan cuando me engañan y me dicen que esto es una crisis y no lo es, es una estafa. Y salgo a la calle porque mis nietos no van a tener la misma educación pública que tuvieron mis hijos.

Los dos hijos de Luis son profesionistas —uno es geólogo y el otro veterinario— y tienen trabajo, pero como van las cosas, son sus nietos los que le preocupan, ya que vislumbra para ellos un futuro incierto.

Es lo mismo que vislumbra Ángeles Tarjuelo para los suyos.

—Esta crisis se está llevando por delante a las personas trabajadoras, como mi hijo, que ha tenido que cerrar su negocio y ha perdido su casa. Ahora vive conmigo y mi marido, y me duele verlo así.

Ángeles trabajó como contadora, pero cuando se casó, decidió dedicarse por completo a su familia. José Gràcia, su esposo, es jubilado y trabajó muchos años como chofer en una entidad bancaria. Ángeles nunca militó en ningún partido ni movimiento político, pero no por ello dejó de encolerizarse ante las injusticias y los abusos, sobre todo durante la dictadura. Pero en aquellos años esa indignación no podía expresarse a viva voz.

—En mi casa oía decir: cuidado con lo que habláis y con quién habláis. Hemos crecido con miedo a hablar y expresar nuestras opiniones tanto en política como en religión. Franco era el que mandaba, y por lo tanto ¡chitón!, si no querías verte en líos. Ahora no sé si no hay miedo, si lo hemos perdido o ya no nos importa. Lo cierto es que con los yayoflautas me siento viva y útil. Hay que salir y dar un aldabonazo y decirle a la gente que no nos miren, que se nos unan —dice, y sus ojos pardos brillan a través de los gruesos cristales de sus gafas.

***

No hay una cifra oficial, pero los yayoflautas estiman que ya son más de mil en toda España. El núcleo original es el de Barcelona —donde participan activamente cerca de trescientas personas—, y se han formado grupos en otras ciudades catalanas como Gerona, Sabadell, Tarrasa, Moncada y Badalona. También se han agrupado bajo el estandarte yayofláutico en Madrid, Granada, Córdoba, Sevilla, Valencia, Murcia, Castellón y Palma de Mallorca. E incluso hay un par de ciudades alemanas, Colonia y Berlín, desde donde los han contactado para pedirles asesoría sobre cómo constituirse, una “consultoría” que cada vez es más frecuente y demandada.

Una tarde de noviembre de 2012, Luis Sotillo y Ángeles Tarjuelo se encargan de realizar una reunión con unas personas interesadas en formar yayoflautas en Mataró, una ciudad del Maresme barcelonés, a media hora en tren partiendo desde la estación Plaza de Cataluña, en el centro de Barcelona. La reunión se realiza en un espacio cedido por la asociación de vecinos de la localidad. Es una oficina pequeña, iluminada por un par de fluorescentes y decorada con varios carteles en los que se insta a pelear contra los desahucios. Allí esperan ocho personas: cinco caballeros y tres señoras. Tras las presentaciones de rigor, Luis y Ángeles se sientan frente a ellos.

Luis se acomoda las gafas y el espacio se llena con su vozarrón:

—Los yayoflautas somos un grupo de personas mayores que nos hemos atrevido a dejar el sofá, ponernos de pie y salir a la calle a cabrearnos —les dice—. Hacemos nuestras travesuras de manera pacífica. La organización es libre, horizontal y no hay cuotas de afiliación. Nos vemos una vez al mes en una asamblea en la que damos ideas para una nueva acción, y el grupo coordinador, que son tres o cuatro, toma nota, y son ellos los que organizan la travesura. El resto nos enteramos por correo electrónico de una fecha, un lugar y una hora, y allá nos vamos.

Luis hace una pausa y saca de su maletín el chaleco de los yayoflautas y lo muestra: color amarillo fosforescente. En él lucen inscritos sus lemas. “No a los recortes de los servicios públicos: sanidad, enseñanza, transporte público, jubilaciones”, dice en la espalda. “No a las privatizaciones. Contra la corrupción y especulación. Sí a la memoria histórica”, se lee en el pecho.

—Una cosa importante: nunca hagáis nada solos, siempre en grupo. Y si os piden identificarse, haceros los tontos: que no llevo el carnet, que lo olvidé, que mis pastillas.

El ambiente es distendido. Se intercambian ideas para futuras acciones. Eligen a sus coordinadores y, al final del encuentro, Ángeles hace el honor de dejarles seis chalecos y se los reparten rápidamente entre ellos. Así, de esa manera simple, nace un nuevo grupo de yayoflautas.

***

Las mareas son aquellos movimientos de agua generados por la fuerza de gravedad que ejercen tanto la Luna como el Sol sobre mares y océanos. En España, la crispación ciudadana expresada por medio de marchas multitudinarias ha adoptado alegóricamente el nombre de mareas, aunque, en este caso, la fuerza que las agita son los recortes del gobierno, los desahucios, la recesión y el desempleo. Este último es el problema más preocupante, ya que, según cifras recientes, veintiséis por ciento de la población económicamente activa, es decir, más de seis millones de españoles, no tiene trabajo.

Manifestándose en las calles están la marea verde de los afectados por las hipotecas, la amarilla de los trabajadores de la enseñanza, la naranja de los que protestan por los recortes en los servicios sociales y la blanca de los trabajadores de la sanidad que claman por la no privatización de sus servicios. Los yayoflautas no son una marea. Más bien, siguiendo con la alegoría marítima, son como una ola que hace acto de presencia y se retira para luego volver, en un incansable vaivén.

Son veintinueve las “travesuras” contabilizadas en su blog, http://www.iaioflautas.org. Se cuentan tanto las acciones que han apoyado de otros grupos como las propias. Estas últimas son dieciocho hasta el momento. Entre ellas destacan, aparte de la ocupación del Banco Santander, la primera de todas, la toma de la oficina de la agencia de calificación Fitch (7 de noviembre de 2011), para protestar contra la especulación bancaria; la ocupación del consulado alemán en Barcelona (22 de junio de 2012), para reclamar un plan de rescate europeo para las personas y no para los bancos, y la toma de la Bolsa de Barcelona (21 de septiembre de 2012), para poner en evidencia a uno de los símbolos de la “oligarquía financiera”. Precisamente la ocupación de la Bolsa fue el episodio que puso de manifiesto algo que los yayoflautas sabían que iba a ocurrir tarde o temprano: que se borrara la sonrisa de los labios de aquellos que los veían como unos inofensivos abuelitos alborotadores.

—La ocupación salió muy bien. Éramos cincuenta de nosotros, y nos atendió el gerente de la Bolsa. Pero mientras una comisión hablaba con el funcionario y el resto abandonaba el lugar, en la puerta nos esperaban los antidisturbios —cuenta Celestino Sánchez.

Videos colgados en YouTube muestran el despliegue policial de media docena de furgonetas y decenas de efectivos, que formaron una cadena para cortar la circulación de los yayoflautas. La consigna policial era pedirles la documentación, lo que podía concluir en dos cosas: ponerles una multa por alteración del orden público o denunciarlos ante un juez por la misma falta.

Los yayoflautas optaron por no identificarse. Se ubicaron en el frontis del edificio de la bolsa y esperaron. Algunos estaban parados y comentaban la situación; otros, apoyados en sus bastones, observaban atentamente el despliegue de los policías. También se sentaron en las escaleras de acceso para hacer menos cansadora la espera. En ninguno había el mínimo atisbo de temor. Al final y ante la cada vez más numerosa presencia de transeúntes que empezaron a clamar en apoyo de los yayoflautas impedidos de moverse con libertad, la policía recibió la orden de retirarse, y los manifestantes se marcharon gloriosos y caminando al ritmo de los aplausos de la gente.

Una situación similar de acoso policial se repitió un mes después, el 27 de octubre de 2012, cuando, en conmemoración de su primer aniversario, intentaron ocupar la Generalidad de Cataluña, la sede del poder político catalán. La ocupación no se pudo efectuar, ya que cuando intentaron entrar se estaba realizando el cambio de guardia, y los yayoflautas se toparon frente a frente, otra vez, con varias docenas de policías. Hubo un conato de enfrentamiento, y dos de ellos debieron ser atendidos en ambulancias por ataques de ansiedad. Celestino fue uno de los que tuvieron que recibir atención médica.

—Pensaron que nos cansaríamos y que siempre estaríamos en ese nivel en que molestas pero “no es pa’ tanto”. Eso está cambiando —dice Celes.

***

El Ateneu Roig es un antiguo almacén que ha sido acondicionado como centro cultural. Está ubicado en una estrecha calle del barrio barcelonés de Gracia, el distrito más bohemio de la ciudad. Las entidades y asociaciones de vecinos utilizan el ateneo para organizar talleres y encuentros. En este lugar, los yayoflautas realizan sus asambleas mensuales.

Es una tarde de diciembre, y a las cinco se inicia la junta convocada para hacer balance de sus acciones. La sala principal del ateneo es bastante grande, alrededor de cuarenta metros cuadrados. La convocatoria ha congregado a más de ciento veinte yayoflautas, entre ellos Luis, Antonia, Ángeles y Rosario. Hace frío, y los convocados han ido llegando de a poco y abrigados con bufandas y pañuelos atados al cuello. Cuando se encuentran se saludan y se detienen a conversar algunos minutos. Ríen, se dan de palmadas en la espalda y la pregunta que más se repite es: “¿Cómo va la salud?”. El espacio queda pequeño, así que se tienen que acomodar más sillas, incluso en la zona que hace las veces de recepción.

El primero en tomar la palabra es Celes, y lo hace para agradecer a todos por haberse puesto de pie y salido a las calles.

—No hay duda de que la desobediencia civil y el método de las ocupaciones era lo que teníamos que hacer y funciona. Vamos por buen camino —dice.

Pero la reunión también sirve para tocar un tema bastante importante: se ha producido la primera denuncia contra un yayoflauta.

Andrés Ruiz Grima, sesenta y siete años, fue interceptado por la policía en la Plaza de Cataluña, en Barcelona. Él había participado de la marcha que precedió el intento de la toma de la Generalidad de Cataluña, el día del primer aniversario del colectivo. Horas después de terminada la manifestación, caminaba por los alrededores de la plaza con un grupo de compañeros, cuando la policía le pidió que se identificara. Andrés les entregó el Documento Nacional de Identidad (DNI) y, cuando intentaron separarlo de los otros yayoflautas, éstos rodearon a los policías, quienes optaron por retirarse rápidamente. Pero ya habían tomado nota de los datos de Andrés y, tiempo después, le llegó la notificación de que había sido denunciado ante la justicia por “resistencia a la autoridad”.

Antonia Jover pide la palabra.

—Sabíamos que iba a ocurrir algún día, pero ni las citaciones ni las multas nos van a asustar”.

Los compañeros aplauden.

Carlos Sánchez Almeyda es el abogado que colabora con el colectivo. En un momento de la junta explica que las cosas se pueden poner aún más peliagudas para ellos. Se refiere a la reforma del código penal —aún en fase de estudio— que en su artículo 557 apunta que: “Quienes actuando en grupo o individualmente pero amparados en él, alteraren la paz pública ejecutando actos de violencia sobre las personas o sobre las cosas, o amenazando a otros con llevarlos a cabo, serán castigados con una pena de seis meses a tres años de prisión”.

—Ha vuelto Franco —clama una mujer.

Silbidos de pifia. Celes pide orden y toma la palabra.

—Quieren acojonarnos y no nos van a acojonar. Seguiremos con la protesta. Esos mamones no podrán contra nosotros —exclama, y el ateneo retumba con las palmas.

La asamblea llega al final con muchos acuerdos y planes por poner en marcha. Lo inmediato: constituir una coordinadora de solidaridad para apoyar a los compañeros que sean denunciados, e iniciar una campaña de difusión en casales (clubes) de abuelos y asilos, y también en escuelas y asociaciones de barrio, a fin de compartir lo que hacen y mostrar que “sí se puede”, y si alguien se anima, que se sume a su causa.

—Somos ocho millones de pensionistas, y si hay seis millones de parados, sumamos y somos catorce millones de personas. Allí hay fuerza —dice Luis Sotillo—. Y en la calle, manifestándonos, es donde debemos estar.

Yo madre

Publicado: 21 julio 2013 en Roberto Valencia
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“Hay muchos hogares destrozados, hay mucho dolor, hay mucha pobreza. Hermanos, todo eso no lo miremos con demagogia”.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero, diciembre de 1979.

No deseo a nadie que tenga un hijo así, como el mío. No es fácil vivir con esto. A veces quisiera ser una hada y cambiarlo todo, a él, pero lastimosamente no se puede.A veces hubiera preferido que fuera ladrón o afeminado. En la cárcel lo tengo ahorita. Si está ahí es porque algo debe, usted sabe, y si va a salir a las mismas… Puede sonar injusto que una mamá hable así, porque casi todas las mamás quieren que sus hijos salgan, que salgan así deban cinco o diez muertos. Mi forma no es así. Eso de que uno va a estar haciendo daño a otras personas y riéndose de la vida… no. Pero a él no se lo digo como se lo estoy diciendo a usted. Eso me lo guardo. Al principio yo caía como en depresión. Bien feo me agarraba. Pero si me derribo, ¿quién va a criar a mis otros hijos? Pasé otro tiempo que sentía que me disparaban por la espalda. Otras veces pienso que me van a parar y me van a decir: esta es la mamá de fulano. Es como una sicosis, como que yo anduviera los tatuajes en la frente.Porque hay resentimientos, y si le quieren dar donde más duele… Yo así le digo: tus hermanitos van a pagar el pato… y yo, ¿creés que no? Y por ahí lo voy amortiguando, aconsejando. Le digo: mirá, Dios te tiene aquí con un propósito, que cambiés. Yo sé, mamá, me dice. ¿Qué más puedo hacer? Es mi hijo… Sí, sé que hay madres que se alejan de sus hijos, pero eso no cabe en mi corazón.

***

No le gusta airear su secreto. Hace seis meses ni siquiera sus otros hijos sabían que Gustavo es un activo de la Mara Salvatrucha-13 (MS-13). Apenas se lo ha susurrado a los familiares más cercanos y a las poquísimas personas que se han ganado su confianza. A mi esposa, trabajadora social de una modesta oenegé con un programa de atención a mujeres vendedoras, le costó años ganarse la confianza de Madre.

Hoy es un martes de abril, 2012, y Madre al fin ha accedido. La cita a ciegas es a la 1:15 de la tarde en un centro comercial sobre la 10.ª avenida Sur, en la parte baja de San Salvador. Aunque el Barça juega la Champions y hay movimiento, reconocerla resulta demasiado sencillo. Cuarentona, el plante recio de una veterana vendedora de la calle –rostro expresivo, mirada afilada, espalda ancha, brazos más gruesos que los míos– y la cara de preocupación de quien guarda un secreto terrible. Viste falda larga, como me había adelantado mi esposa; así les dice el pastor.

Nadie más sabe que Madre hoy ha quedado para hablar de su secreto.

―Con Gustavo me pasó que le di mucha libertad –dice–. Yo confiaba porque era bien tranquilo, si de niño hasta las cipotas le pegaban, y hogareño: dejábamos desorden en la casa, y al llegar él lo había arreglado.

Madre exige que Gustavo nunca –nunca– sepa que va a contar su secreto a un periodista. Madre teme a los pandilleros. Vive entre ellos. Madre sabe, y porque sabe, teme. En este primer encuentro, en un Pollo Campero, se la ha pasado mirando alrededor con recelo. Cuando ha dicho algo de la pandilla, la voz baja como si estuviera en un templo.

―Entonces, ¿me permitirá contar su historia?
―Solo si me promete que no va a ir mi nombre ni el de mis hijos ni mi dirección.

Exige también lugares menos concurridos para hablar. Madre en verdad teme.

***

Hace apenas treinta años Mara Salvatrucha y Barrio 18 no significaban absolutamente nada en El Salvador. De hecho, hasta que se pervirtió, ‘mara’, la palabra que hoy define a escala planetaria el fenómeno del pandillerismo centroamericano, tenía connotaciones positivas. Se utilizaba para referirse afectuosamente a los conocidos de la colonia o del instituto, a la cuadrilla, al grupo de amigos.

En la década de los ochenta las guerras y la pobreza expulsaron a cientos de miles de centroamericanos –sobre todo salvadoreños– hacia Estados Unidos –sobre todo al área de Los Ángeles–; las gangs angelinas sedujeron a una parte de los migrantes que cayeron en los suburbios latinos; cientos se integraron en la pandilla 18 o en la Mara Salvatrucha, aunque no solo; y a inicios de la década de los noventa el Gobierno estadounidense desató una política de deportaciones masivas de centroamericanos con el virus de las pandillas interiorizado.

En cuestión de meses El Salvador vivió la llegada de docenas, centenares de activos, cuyo estilo de vida –ropas holgadas, tenis Nike Cortez, llamativos tatuajes, estrictos códigos disciplinarios y una seductora oferta de hermandad eterna– resultó ser un imán para la juventud de la posguerra. También deportaron a integrantes de otras pandillas y estaban las autóctonas, pero en menos de una década la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 polarizaron el fenómeno de tal manera que en la actualidad parecen las dos únicas.

La extrema desigualdad social, la débil institucionalidad, la impunidad y determinadas políticas públicas que actuaron como combustible –la Mano Dura y la decisión de asignar cárceles a cada una de las pandillas, por citar un par de ejemplos– fueron el caldo de cultivo idóneo para la radicalización de las maras, más violentas y con un control territorial más agresivo que el de las casas matrices en Los Ángeles.

Esto no es exageración: en amplias zonas del país la gente hoy tiene miedo de pronunciar en público los números trece o dieciocho.

El Gobierno de El Salvador empezó en 2012 un censo para dimensionar la implantación del fenómeno. En mayo de 2013, monitoreados 184 de los 262 municipios, las cifras oficiales hablan de 60,000 pandilleros activos y de una red social adicional de 410,000 personas, entre chequeos (jóvenes en período de pruebas para ganarse un lugar), jainas (novias o compañeras de los pandilleros), mascotas (niños que caminan con la pandilla) y familiares directos que mantienen vínculos. Y entre los familiares, una figura hegemónica: la madre.

Hay varias docenas de miles de madres de pandilleros en El Salvador. En un universo tan vasto cabe casi de todo: madres cómplices de los delitos de sus hijos, madres que simplemente se aprovechan del terror que infunde la pandilla, madres pasivas pero que de alguna manera se benefician de la actividad delictiva, madres distanciadas de sus hijos, madres que odian a sus hijos… y madres –como Madre– que a su hijo pandillero lo quieren de corazón pero también de corazón odian la pandilla.

***

Es jueves y mayo. Hace dos meses que Mara Salvatrucha y Barrio 18 acordaron una tregua auspiciada por el Gobierno. Los homicidios se han desplomado a menos de la mitad, y las concesiones del Estado a los pandilleros no se han hecho esperar, con generosidad acentuada en las cárceles: removieron a los militares de los controles de ingreso; la íntima pasó de una a doce horas; los familiares pueden meter hoy más dinero y comida; colocaron plasmas en las celdas. También se restituyó un derecho: ahora entran los niños.

―El sábado fui a verlo y llevé a Erick.

Gustavo tiene un hijo –Erick– que en junio cumplirá cuatro años. Llevaba casi dos sin acariciarlo, desde que el Gobierno prohibió a los pandilleros ver a sus hijos. Fue un sábado de abrazos pospuestos y besos diferidos en el área de visitas.

―Nomás verlo le dijo ‘papá’. Y Gustavo, llorar y llorar. Erick, ¿me querés?, le decía. Sí. Pues abrazame, le decía. Lo anduvo paseando por todo el área de visita. Un amigo lo vio y le dijo: si tus mismas orejas tiene, ¿y decís que no se te parece? Fueron como dos horas. Al irnos, el cipote le dice: me quiero quedar aquí, con vos. Y Gustavo lloraba. Los tres lloramos. Andá a mi casa, le decía el cipote. Bien vivo.

***

Madre nació un sábado de octubre de 1971 en el Hospital de Maternidad, donde nacían y nacen los pobres. Hija de Manuel y María Julia, curtidos vendedores de la calle los dos, fue la mayor de los cinco hijos que engendraron –dos murieron al nacer–, pero ambos huían de fracasos previos: María Julia tenía otros tres hijos; y Manuel, cinco más. El primer hogar fue un mesón de la colonia Zacamil de Mejicanos.

―Mi papá vendía dulces-cigarros-chicles… y le iba bien, era bien famoso. Pasó veinte años en la puerta de un colegio y los fines de semana, al estadio. Era un pan de Dios. Tomaba, sí, pero no nos golpeaba. Conmigo fue bien chévere… Mi mamá no. Me obligaba a lavar ropa, a cocinar, a trapear. Una vez me quebró una escoba en el lomo por quemar unas pescaditas.

La familia consiguió un lote en el Campamento Morazán, en Soyapango. Fue cambiar de sitio para no cambiar. Con once o doce años, Madre se cansó de la rigidez y de los golpes, y marchó a vivir con una hermanastra al reparto San José, también en Soyapango.

―Ella me enseñó a cocinar, a ir al mercado… todo lo importante.

Una discusión con la hermanastra la regresó a casa de sus padres, pero nada sería igual. Niña aún, pero Madre tenía su propia venta de dulces-cigarros-chicles–el influjo indeleble de la figura paterna– en una parada de buses urbanos cerca de la Alcaldía de San Salvador. Con trece años creyó tener encarrilada la vida: abandonó los estudios en sexto grado y se dejó querer. Pudo haber sido distinto, pero no.

―Los novios que tuve eran cobradores de buses; tanto pasar y pasar por mi venta.

Con catorce se fue a vivir a un mesón en la colonia Yumuri de Mejicanos, junto a un cobrador que la enamoró –una década más viejo– y la suegra. Él la amorataba a mordiscos para que todos en la colonia supieran que tenía dueño y le prohibió trabajar. Para Madre eso era el amor. Se sentía completa con novio formal, un techo, la vida por delante… Antes de haber cumplido los dieciséis quedó embarazada.

Pero su proyecto de vida colapsó como un rascacielos golpeado por un Boeing 767. Para cuando Gustavo nació, abril de 1988, las continuas infidelidades del ya excobrador y las consecuentes discusiones forzaron el regreso de Madre a casa de sus padres, que ahora vivían en una comunidad por el Centro de Gobierno, en San Salvador.

―Del padre de Gustavo sé que se casó y poco más. Él jamás me volvió a preguntar ni yo lo busqué. A mi hijo lo crié sola. Desde tiernito me tocó tenerlo a la par.

***

La privacidad apalabrada es uno de los quiosquillos junto a las piscinas del Centro Español, en la exclusiva colonia Escalón de San Salvador. Aún es el mismo jueves de mayo en el que me cuenta el rencuentro carcelario de tres generaciones. Madre me acaba de decir también que su hijo cumple condena en Ciudad Barrios, y se entusiasma cuando le digo que tomé fotos cuando visité esa cárcel para cubrir algo de la tregua.

―¿Podemos verlas? Quizá sale.

En Ciudad Barrios hay unos 2,400 emeeses, y la posibilidad de que aparezca en alguna foto suena ridícula, pero enciendo la laptop y comienza la rueda de reconocimiento.

―A ver… ¿Puede poner un poco más grande ahí?
―…
―No, no es él. Así está aquel ahora, pelón, pero no es él.
―¿Y es alto muy alto?
―No, de mi porte…Pere, pere… Dele atrás…
―…
―Esa cara… más grande… Ahí está –no hay nadie alrededor, pero Madre baja la voz hasta el susurro–, ese es mi hijo.

Viste camisola blanca, como casi todos en la foto. Está en primera fila de un nutrido grupo. Gustavo tiene espaldas anchas, parece bien alimentado. Rapado al cero, sus orejas –las de Erick– lucen aún más grandes y despegadas. La peloneada muestra dos tatuajes de su clica en la cabeza, a un lado y en la parte alta. Los antebrazos también están tintados. El rostro y el cuello, limpios.

―Nos parecemos, ¿va? Ahí está mi Gustavo. ¿Y podría pasarme esa foto sin que nadie más la vea?

***

Gustavo

Gustavo nació por cesárea un miércoles de abril de 1988 en el Hospital de Maternidad, donde nacían y nacen los pobres. Salió amarillento y lo retuvieron tres días. Madre recibió el alta antes, pero el tajo suturado de su bajo vientre se le infectó a la semana y regresó de urgencia al hospital como quien llega a pedir un favor.

―De la herida me salía un agua bien fea, que hiedía. Se me fueron los puntos y se me abrió todo. Me quedé un mes en Maternidad, luego me cosieron otra vez.

En la microeconomía del vendedor de la calle un mes sin trabajo es un mes sin ingresos. Apenas recibió el alta, Madre tuvo que ir al puesto, ahora con su hijo. Salían a las 6 de la mañana a vender y regresaban a las 6 de la tarde.

―Al bebé lo tenía a la par de la venta, en una cajita de cartón.

Resultó un niño tranquilo. Le costó hablar. No molestaba. Tímido. Si le decía que se quedara quieto, quieto se quedaba. Cuando hubo que matricularlo en una escuela, lo matriculó, pero no alteró la dinámica de pasar juntos cuantas más horas mejor. Quizá por eso el vínculo. Madre tiene una caja de zapatos llena de fotografías; de sus tres hijos, Gustavo es con diferencia el más retratado.

No era el más brillante de la clase, pero llegó hasta bachillerato sin repetir grado. En casa ordenaba, barría, limpiaba trastes, se llevaba con sus hermanos, los cuidaba. Cumplió diez, doce, quince años y nada hacía pensar que terminara en una pandilla. Con dieciséis aplazó primero de bachillerato, y Madre decidió que comenzara a trabajar con uno de sus hermanastros en una imprenta. Gustavo le entregaba la mitad de su salario. Pero al año hubo un recorte de personal y quedó fuera. Sin trabajo y sin estudios, comenzó a pasar más tiempo con los muchachos de la colonia.

―Lo que lo arruinó es que mucho tiempo en las calles, y yo, que confiaba en él porque era bien tranquilo: nunca llegó bolo a casa, no fumaba. Él salía a la canchita a jugar y subía a las 7, y luego fue pasando ese límite. A las 8, después a las 9, 10, 11…

A mediados de 2006, con dieciocho años recién cumplidos, Gustavo le dijo que se iría a vivir con unos amigos a otra colonia. Madre comenzó a sospechar cuando, en las esporádicas visitas, empezó a verlo bien vestido, tenis caros, nada que ver con la austeridad familiar. Pero se resistía a pensar que fuera pandillero.

Un día le dijeron que estaba preso en la delegación policial de Mejicanos. Madre llegó y un comisionado le soltó a bocajarro que era pandillero de la Mara Salvatrucha. Gustavo lo negó y renegó con tanta determinación que Madre lo creyó. Salió a los tres días sin cargos. Volvió a caer preso, y esta vez lo enviaron a la cárcel de Chalatenango. Tardó meses en recuperar la libertad, y lo primero que hizo al saberse libre fue regresar a casa para sincerarse, como quien se quiere quitar un peso de encima.

―Yo ya no puedo vivir aquí –le dijo Gustavo– y ni siquiera podré venir a visitarla, para no causarle problemas.
―Hijo, vos bien sabés el bien y el mal. En esta casa hay calamidades, pero un mal ejemplo nunca lo has visto…
―Yo sé, mamá.

Gustavo lucía entero. Madre quería morir. Pero aquella plática no fue una discusión.

En marzo de 2009, un operativo de la División de Investigación de Homicidios de la PNC desarticuló su clica, pero Gustavo escapó. En junio quiso celebrar el primer cumpleaños de su hijo –el fruto de una relación en apariencia estable– y fue al centro de San Salvador a comprar la piñata. Sobre la avenida España una patrulla le pidió la documentación en un control rutinario y comprobó que era prófugo. Gustavo cargaba 80 dólares y celular, y se los ofreció a un agente. Esta vez no puedo, andamos dos más, obtuvo por respuesta. Aquellos fueron sus últimos momentos en libertad.

En agosto de 2010 Gustavo y otra decena de pandilleros de su clica fueron condenados a distintas penas por asociaciones ilícitas y por tres asesinatos cometidos entre junio de 2007 y enero de 2008. A Gustavo le cayeron treinta años.

―¿Y usted por qué cree que se metió en la pandilla?
―Por los limitantes que teníamos en la casa quizá. Y que pasó mucho tiempo en la calle.

***

Mañana será junio y viernes, hoy es jueves y mayo. Madre está contenta, una contentura compatible con los temas de conversación más ásperos.

―El martes mataron a un cipote –dice–. Ahí por la canchita, del Seguro para arriba. Yo justo pasaba, como a esa hora voy a hacer limpieza.
―¿Usted lo vio?
―Solo oí los disparos. Dicen que catorce años tenía, y que lo habían expulsado de la escuela. Esta vez llegó un carrito del Canal 33.
―¿La otra pandilla lo mató?
―A saber. Solo sé que tenía catorce años y que vivía por los condominios. Yo oí los disparos y me agarró canillera… luego los grandes gritos. Gritaban: nooooo. A saber por qué lo mataron, pero catorce años tenía el cipote.

En El Salvador, uno de los países más violentos del mundo, la violencia se ha adueñado de la conciencia colectiva, pero hay –debería haber– una diferencia entre quienes conviven a diario con su expresión más cruda –las maras– y quienes viven en residenciales amuralladas y el fenómeno solo lo perciben por Facebook o por televisión. De cualquier conversación con Madre, en especial de las nacidas con vocación de intrascendencia, surge la evidencia del ambiente de extrema violencia que la envuelve.

―Yo siento que la mentalidad de Gustavo ya cambió: 50% negativo y 50% positivo –dice mientras la acerco en carro a la colonia Zacamil.
―¿En qué le nota usted maldad?
―A veces me ha hecho comentarios de la mamá de Erick. Dice que ya se ha ganado la bolsa negra, y que si no ha dado la orden es por el niño.

Ella tiene diecinueve años; a Erick lo tuvo con quince. Vivían juntos cuando detuvieron a Gustavo, pero el amor eterno se marchitó tras unas visitas a la cárcel. Ella tenía tatuado el nombre de él, pero lo cubrió con otro tatuaje. A Gustavo hoy le cuesta digerir que ella ponga trabas para que su hijo lo visite, pero lo que más lo enciende es que ande con otros.

―Ella ahora tiene otras parejas –dice Madre–, y él ya me dijo: si quiere andar con otro baboso, que ande, pero que no sea ni de la colonia ni policía ni homeboy ni mucho menos de la otra pandilla; que sea civil; y que sus cosas las hagan fuera, donde nadie la vea; y que se cuide de no embarazarse. Él a veces se enoja, se enoja, pero yo intercedo por ella. Le digo: es la mamá de tu hijo, te lo está criando. Pero como dos veces le he oído eso de que se ha ganado la bolsa negra…
―¿Y qué dice usted cuando lo escucha?
―Me pongo a llorar. No seás así, le digo, ningún ser humano merece esas cosas, por muy malo que sea. Ya cuando me ve llorar, me dice que estaba bromeando, ¿cómo va a creer usted?, me dice, pero dígale que no se ande regalando a cualquiera. Eso sí le da cólera.

***

Madre crió sola a Gustavo, desde tiernito a la par.Ensayó algún intento de reconciliación con el padre, pero no tardó en convencerse de que la ruptura era la mejor opción.

Los últimos años de la guerra civil los vivió en casa de sus padres, pero apenas llegaba a dormir porque optó por trabajar a destajo. Siguió con su venta mañanera de dulces-cigarros-chicles y se colocó como mesera en una pupusería, de 3 a 9 de la noche. Tomó otra decisión importante: dejó su puesto junto a la parada de buses y probó suerte unas cuadras al sur, en las puertas del cine Majestic. El bebé siempre a su vera.

La apuesta resultó un acierto, y Madre disfrutó de cierta holgura económica. Se permitía algún caprichito para Gustavo, raro era el domingo que no salían a comer pizza o pollo, y logró ahorrar 8,000 colones (914 dólares al cambio actual), una cifra que veinte años después le suena a fantasía.

En las puertas del Majestic conoció a Chamba, el portero del cine, cinco años más viejo y padre de dos hijas. No tardaron en irse a vivir juntos a un mesón ubicado detrás del mercado de Ciudad Delgado, para mientras, pero los Acuerdos de Paz trajeron un sinnúmero de proyectos de cooperación. Madre supo de una lotificación avalada por el Estado en la Zacamil –la colonia en la que estuvo su primer hogar–, las cifras cuadraban con su presupuesto, y llegaron a levantar su champa, que no tardó en convertirse en una modesta casita.

Con veintidós años Madre volvió a embarazarse. Gustavo tenía seis cuando en enero de 1995 nació Karina.

En ese tiempo Madre supo no solo de las continuas infidelidades de Chamba, sino que en sus planes ella era algo así como el segundo plato, la querida.

―Chamba tiene otra hija de la edad de Karina. Esa otra mujer como que lo tiene absorbido. Es más joven, más boni… no, más bonita no es. El cuerpo quizá, pero como ellos solo eso miran, lo exterior.
―Usted como que no ha tenido mucha suerte con los hombres…
―Los padres de mis hijos me dejaron por otra. Quizás por lo mismo que yo he sufrido le digo a mi hija que se cuide y que elija a un hombre con valores, aunque sea feyito, porque de los bonitos rara vez sale algo bueno.

Pero la ruptura no fue tan abrupta en esta ocasión. Chamba siguió llegando a la casa, con aportes mínimos a una economía familiar que comenzaba a dar señales preocupantes, y con ocasionales fogonazos de pasión.

Con veintinueve años Madre volvió a embarazarse. Gustavo tenía trece cuando en septiembre de 2001 nació Gabriel. Pudo haber sido distinto, pero no.

Como si presintiera que lo peor estaba por venir, pidió que la esterilizaran.

***

Viernes 15 de junio, 2012.

―¿Se recuerda del cipote aquel que le dije que mataron? ¿El de los condominios? Catorce años tenía. Pues dicen que jugando fue, que otro de los muchachos le puso la pistola en la cabeza, bromeando, y se le disparó. También dicen que es primo de uno de los meros-meros.

***

Karina

Karina nació por cesárea un miércoles de enero de 1995 en el entonces nuevo Hospital Zacamil, otro hospital para pobres. De los tres, resultó el embarazo más tranquilo, sin estreses ni discusiones de pareja. Madre está convencida de que eso determinó. Karina fue la primera en aprender a caminar. Siempre ha ido bien en los estudios. Tiene una edad complicada, dieciocho años, pero acepta con resignación la precariedad económica; ni siquiera protestó cuando la pobreza le privó de fiesta de quince años. Madre cree que tiene madera de líder. Es bien madura, dice, el orgullo de una madre orgullosa en la mirada.

El Día de la Madre de 2012 Karina le escribió una carta en la que le pedía disculpas por sus berrinches, le agradecía los valores inculcados y le prometía seguir esforzándose.

—Mi familia dice que es la única con la que me he ganado el cielo. Y eso que la mayoría somos vendedores y a ella no le gusta mucho vender ambulante. En un puesto sí, ya estuvo haciendo tortas en el chalé de mi hermana, pero en la calle no le gusta. Yo la animo: rompé el hielo, no seás una vendedora más en la familia.

Karina ha logrado un hito en el árbol genealógico: alcanzar la mayoría de edad sin embarazarse. Aspira a convertirse en la primera licenciada de la familia.

***

La tregua entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 va camino de los cinco meses, las estadísticas oficiales insisten en que se cometen la mitad de asesinatos que hace un año, pero Madre dice que en su comunidad apenas nada ha cambiado. El ‘ver, oír y callar’ sigue siendo ley de vida entre los residentes. El Estado, sin embargo, acentúa su permisividad con los pandilleros en las cárceles: para el Día de la Madre pudieron encargar Pollo Campero; y para el Día del Padre, Pizza Hut.

―Pero viera lo que me pasó el otro sábado que fui al penal con Erick…

Dice Madre un martes de julio. Luego suspira.

―Gustavo se puso a jugar con él y a enseñárselo a sus amigos, pero ya al final el niño se viene y le dice gritando: sos un papá de mentira porque no vas a la casa y no me arreglás la bicicleta, y no me querés porque no querés que me quede aquí contigo. Tiene cuatro años pero es bien vivo. Y Gustavo, llorar y llorar, pero puro niño lloraba. Todos alrededor lo miraban callados, y yo lo abracé, llorando también pero con miedo, porque a saber qué estaban pensando. Y ahí alcancé a decirle: hijo, todo esto lo hubieras pensado antes.

***

Madre pidió que la esterilizaran cuando Gabriel nació, la segunda de las decisiones trascendentes que tomó en aquellos meses turbulentos.

―Empecé a ir a la iglesia a los días de salir embarazada. No sé, sentí la necesidad.

Durante más de un año asistió a la Misión Cristiana Elim, pero unos familiares la convencieron para congregarse en otra más íntima –unos setenta feligreses los días de mayor concurrencia– y más estricta, una que exige un año de cultos antes de bautizarse y que establece restricciones de corte fundamentalista: solo faldas largas, mantelina (pañuelo) obligatoria para el culto o para leer la Biblia, nunca maquillaje ni aretes ni anillos ni bailes ni fiestas de cumpleaños, diezmo inexcusable de cada dólar que uno gane y estricta prohibición de trabajar los sábados.

―Yo antes el sábado era cuando más vendía, no paraba en casa, pero ahora, nada. Bueno, el año pasado fui a vender una vez porque lo necesitaba, pero no le dije a nadie.

La religión pasó a ser un pilar importante en la vida de Madre. Cada noche, cuando sus hijos duermen, acostumbra a hablar con Dios suavecito, para que nadie más la escuche. Primero le agradece, luego le pide perdón y por último le cuenta sus necesidades.

―Siendo usted tan religiosa, ¿qué le dijo a Dios cuando supo lo de Gustavo? ¿Le reclamó?
―No, no podemos hacer eso. Mi hijo ya era mayor y, como me dijo la jueza, sabía el bien y el mal, y si él hacía algo malo, sabía que iba a dar cuenta.
―Pero usted habrá rezado mucho por él.
―Sí, pero no está dentro de mí evitar eso. Es cierto que yo recibo lo que él está sufriendo porque soy la mamá, pero él se lo buscó. Lo mío es, digamos, una cruz que estoy cargando.
―A pesar de su profunda religiosidad.
―Pues sí, tal vez por algo que uno hizo antes y lo estoy pagando ahora. Quizá porque desobedecí a mi mamá, porque me fui de casa siendo bicha… a saber. No siento que sea un castigo de Dios, él no nos pone cargas que no podamos llevar.

Quizá no de Dios, pero en El Salvador sí es un castigo ser madre de un pandillero.

***

Es lunes y es noviembre, casi mediodía, y el cementerio municipal La Bermeja es una plancha ardiente bajo un cielo azul intenso. La madre de Madre murió ayer a primera hora, después de pasar más de tres semanas en coma en el Hospital Zacamil como consecuencia de un derrame cerebral.

La noticia voló casi en tiempo real hasta el penal de Ciudad Barrios, y Gustavo ordenó a Madre que gestionara los permisos para estar ahora en el cementerio, esposado. Madre hizo lo que le pidió su hijo, pero me acaba de asegurar que se ha alegrado en silencio cuando le respondieron que no era posible, que solo dan permiso –cuando lo dan– para entierros de familiares en primer grado de consanguinidad. La satisfacción es porque ahora aquí hay unas cien personas, gente cercana, pero la mayoría desconoce su secreto.

El Día de Muertos está reciente, y este solar de muertos engramado y sin cruces está lleno de flores plásticas multicolores, algunas zapateadas y pisoteadas. A un costado hay dos canopis: el más grande es para rescatar del sol a familiares y amigos, pero no da abasto; otro más pequeño está sobre la fosa, sobre cuatro empleados municipales con palas y una estructura metálica rectangular que usan para bajar el ataúd.

―Pueden pasar a verla para despedirse –dice el pastor–, porque van a proceder a sepultarla. Me dicen que ahorita hay otro entierro.

En este sector del cementerio meten a tres o cuatro personas en cada fosa, y es el azar el que elige tanto la ubicación concreta como los acompañantes de soterramiento. En las lápidas –del tamaño de un cuaderno e incrustadas en el suelo– nomás se agrega el nombre del nuevo difunto a los otros con apellidos foráneos. Alguien dijo que la muerte nos iguala a todos, ricos y pobres, pero parece que a algunos les iguala más que a otros.

Gabriel llora. Madre y Karina prefieren la seriedad. Ellas son las que más sufrieron los últimos años de María Julia, que fueron duros: diabetes, úlcera, silla de ruedas, y su carácter siempre conflictivo.

―Mi deber es servir a mi madre, con su temperamento y todo –me dijo meses atrás Madre–. De todos sus hijos tal vez la paciencia solo yo la tengo, porque ella sí es desesperante.

En los próximos días un pandillero se tatuará el nombre y la fecha de la muerte de su abuela materna, su única abuela.

***

Gabriel

Gabriel nació por cesárea un viernes de septiembre de 2001 en el Hospital Zacamil. Ni en el embarazo ni en el parto hubo mayores complicaciones, pero Madre está convencida de que esos nueves meses de oscuridad forjaron la personalidad.

―Embarazada yo peleaba mucho con el papá. Lloraba, me enojaba… y todo ese resentimiento mío lo absorbió.

Hace cuatro años que Gustavo y Gabriel no se ven, pero Madre sabe que siguen muy unidos. Madre teme que Gabriel se convierta en Gustavo.

Lo siente revoltoso, hiperactivo, demasiado vivo, y eso le preocupa. Por tres años le ocultaron que su hermano encarcelado es pandillero, pero terminó averiguándolo. La preocupación, sin embargo, venía de antes, de cuando Gabriel simulaba olvidar el cincho para llegar a la escuela con los pantalones flojos, de cuando Madre supo que caminaba, miraba y hacía mates de pandillero.

―Yo le digo: actuás así porque te creés el gran hombre, pero quedás mal. Si querés llamar la atención, hacé cosas buenas, no hagás esas cosas.

Madre incluso se movió para que recibiera terapias grupales con un sicólogo del Hospital de Niños Benjamín Bloom.

Con casi doce años, Gabriel está en una edad crítica cuando se vive en una comunidad con presencia de pandillas. Gustavo sabe, y porque sabe, teme. Pide a su hermano que esté lejos de los muchachos. Le dice: pórtese bien, que tengo ojos por todos lados y lo tengo vigilado. Madre es muy estricta con los horarios. Solo le permite salir de casa para estudiar por las mañanas y entrenar fútbol por las tardes. No acepta retrasos. La aparente tiranía tiene su lógica: si la pandilla controla la colonia, cuanto menos tiempo pase en las calles, mejor. Y la pandilla controla.

―A veces estamos haciendo tareas que le han dejado y yo digo trece o dieciocho, y Gabriel me dice: esos números no se dicen, mamá, la van a matar.

Cientos, miles de madres de comunidades empobrecidas se fajan en silencio para que el fenómeno de las maras no engulla a sus hijos, y a veces tienen éxito.

―¿Y si al final Gabriel se hiciera pandillero?
―No, no… Siempre le ando diciendo que diga que es hijo único… Pero no, no… Y con él hablo claro, porque a estos niños hay que hablarles claro desde los diez años. Yo le digo: ahí tenés el ejemplo de tu hermana y ahí tenés el de tu hermano, ¿qué querés ser? En mi persona no concibo que pase eso… Fuera algo… algo… demasiado pues.

***

Hoy es domingo, 16 de diciembre ya, pero en la casa de Madre no hay nada –nada– que siquiera insinúe la inminencia de la Navidad. La austeridad que el pastor predica a veces concuerda con la austeridad a la que obliga la pobreza.

Han pasado 236 días desde mi primer encuentro con Madre; 236 días desde que le planteé que me gustaría conocer su casa, su colonia; 236 días desde que me respondió que lo creía imposible y peligroso.

En su comunidad no entra nadie sin que la pandilla sepa, y costó primero serenar los temores de Madre, y luego dar con la fórmula que permitiera que un hombre con acento y rasgos físicos extranjeros llegara a su casa. Entré no como periodista, sino como esposo de mi esposa, cuya presencia era menos estridente por su condición de trabajadora social de una modesta oenegé con un programa de atención a mujeres vendedoras.

La casa está en una de las comunidades que forma parte del crisol de condominios, residenciales y asentamientos de esa cuasi ciudad llamada colonia Zacamil. Son unos cuarenta metros cuadrados –paredes de bloque, suelo de cemento– que rinden dos cuartitos, un recibidor, una minicocina, el baño y un micropatio en la parte trasera; el hogar se ha agrandado desde que falleció la madre de Madre.

La vivienda refleja el desorden al que obligan el hacinamiento y la necesidad: no hay dos piezas del mobiliario que combinen, la ropa en perchas colgadas de los polines, pichingas llenas de agua para cuando la cortan, huacales bajo las mesas. Si hubiera que elegir un elemento disonante, sería la modesta computadora que la hermana de Madre compró a plazos y que está aquí porque su hijo quinceañero pasa las tardes con esta familia.

“Gelatinas $0.25”, dice un letrero escrito a mano y pegado en la fachada.

La Navidad no es feliz en este hogar. El colegio en el que Madre vende dulces de lunes a viernes cierra por vacaciones, y desaparece de cuajo el sostén de la economía familiar: 20 dólares semanales. Toca vender gelatinas, cafés, bolsas de churritos, cualquier cosa que permita sumar unos centavos.

—¿Cómo pasan estos días?
—Hago venta también. Hoy en la mañana hice atol de maíz tostado. Lo vendo entre los vecinos, o llego hasta la puerta del hospital. Vendí como seis dólares… para la comida de hoy.
—Seis dólares de ganancia.
—Noooo, no, de ganancia son como dos –Madre bosteza–, para irla pasando más que todo.
—Y, sabiendo que tiene tanta necesidad, ¿no le ayudan de su iglesia?
—Me dan 15 dólares al mes por hacer la limpieza. También hago limpieza en otra iglesia y me dan otros 20 dólares mensuales; ahí vamos como una hora los días martes, jueves y domingo.
—¿Vamos? ¿Quiénes van?
—Voy con una vecina. Bueno, nos dan 50 dólares para las dos, pero ella agarra 30 y me da 20, como ella fue la que hizo el trato.

En El Salvador la que gana 2,000 dólares al mes se siente pobre porque se compara con el que gana 5,000. El que ingresa 1,000 dólares, desdichado frente a la que gana 2,000. La que cobra 700, indigente ante el que ingresa 1,000. Sin embargo, un hogar en el que entran 600 dólares al mes ya está entre el 15% de los hogares con mayores ingresos.

Madre sí conoce lapobreza. Lapobreza es que la herencia de tu padre sea un pedazo de acera pública en la puerta de un colegio; lapobreza es que a los días de recibir el alta hospitalaria haya que tirarse a la calle a vender con el recién nacido en una caja de cartón; lapobreza es no poder pagar $2.29 del recibo de agua y tener que bañarse en casa de una vecina; lapobreza es que otro partido político gane las elecciones municipales y provoque un terremoto en la economía familiar por suspender las becas de $30 mensuales a estudiantes notables; lapobreza es no tener para comprar un paquetito de frijoles Naturas para enviárselo al hijo encarcelado.

***

Madre calcula que se convirtió en madre de un pandillero activo en la segunda mitad de 2006. Pudo haber sido distinto, pero no.

Abran…¿De verdad es la Policía? Que aaaaaabran…Una madrugada la Policía se presentó en casa con orden judicial. Gustavo estaba ya encarcelado. Madre abrió la puerta antes de que se la botaran. Gritaron que buscaban armas y drogas. En la casa solo estaban Madre, su anciana madre y sus dos hijos. Se fueron sin nada, dejaron la angustia. Gabriel estuvo todo el cateo temblando y lloriqueando, agazapado ante la horda de uniformados malencarados y armados.

No solo eso. Como su secreto lo conocen contadas personas, a Madre le toca escuchar de todo en silencio. Que si los pandilleros –Gustavo– no tienen hígado, que si son desalmados, que si no tienen corazón, que ojalá un incendio los carbonice a todos. Un hermanastro que sí sabe le dice que lo deseche, que un hijo así no merece sacrificios.

No solo eso. Está la tortura hecha política de Estado en las cárceles.

―Ahora lo de los registros se ha calmado un poco, pero con los soldados era bien feo. Siempre nos desnudaban por completo. Dos veces me metieron el dedo, así como cuando te hacen la citología…

Uno imagina a su propia madre que, por algo tan razonable como visitar a un hijo, alguien le pide desnudarse, abrirse de piernas, le mete el dedo envuelto látex en su vagina o en su recto, y lo gira bruscamente para hallar chips, celulares, marihuana.

—Tuvieron un tiempo a una soldada que se la pasaba diciendo: “Todavía falta el montón de viejas putas”. Ella nos metía el dedo, y gracias a Dios que nunca me puso chulona a hacer flexiones. Una señora entró un día que ni caminar podía por las flexiones. Y otra vez, a una señora mayor le querían meter el dedo y dijo que padecía del colon. Pues no entre, le dijeron, y no pudo ver a su hijo.

El Salvador es un país que ha naturalizado las violaciones de los derechos humanos, que las ha institucionalizado. Un Estado que mete el dedo en el culo a sus madres.

***

Hoy es un sábado de mayo, 2013. Han pasado cuatro meses desde la última vez que nos sentamos a platicar. Madre me recibe antes del culto de la tarde. Me ofrece asiento en el sofá de su casa y sube el volumen de la televisión. Don Francisco parece ser uno más en la conversación.

―¿No ha visto las noticias? Hoy está fregado por aquí… Hace como dos semanas mataron a dos cipotillos en la comunidad de allá arriba, de catorce y quince. A estos (estos: Gabriel y el sobrino) les digo que no salgan a la calle, porque a veces no andan buscando quién la debe, sino quién la pague.
—¿Entre ellos mismos fue lo de esos dos muertos?
—No, supuestamente los de aquí subieron a matarlos.
―¿Y no que estaban con la tregua?
―Sí, pero a saber…

Su hijo Gabriel estudia ya quinto grado, pero ha tenido que cambiar de escuela porque un profesor un día lo echó de clase a él y a otros tres, y se desquitaron ponchándole las llantas. Madre dice que en la nueva escuela todo va mejor, pero la maestra la hizo ir porque Gabriel estaba amenazando a otro niño.

―El bicho a mí me estaba fregando –trata de defenderse Gabriel–, y le dije: ¿vos qué me vas a andar fregando? Es uno que se la pica porque es gooordo.
―Me llamó la maestra –complementa Madre– para decirme que Gabriel le amenazó diciéndole que tenía un hermano pandillero en la cárcel. Yo ahí me tuve que sincerar con ella, pero la maestra lo tomó bien.

Su hija Karina fue admitida en la Universidad de El Salvador.

Su hijo Gustavo volverá a ser padre en agosto. A la madre la conoció porque llegaba de visita al penal. Gustavo lleva varios meses sin ver a Erick porque su madre –sigue viva– lo prohibió cuando en el kínder le comentaron que el niño pregonaba los tatuajes de su padre. Si su hermana le presta diez dólares para los pasajes y para comprar un plato de comida, Madre irá a verlo a Ciudad Barrios mañana. Gustavo alguna vez le ha dicho que deje de visitarlo si se aburre, que lo entendería.

Quizá se lo ha dicho porque sabe que Madre nunca lo hará.

―En el fondo siento un vacío bien grande, porque así como lo anduve de chiquito, así tendría que estar hoy a la par mía. Él es por el que más luché, porque empecé de la nada, y criar a un hijo no es fácil.

Madre es madre de un pandillero, de un asesino. Pero uno desde afuera no puede evitar las conjeturas: ¿y si el padre de Gustavo se hubiera hecho cargo? ¿Y si no hubiera tenido que dejar los estudios porque Madre no podía pagar las cuotas? ¿Y si la salvadoreña no fuera una sociedad tan consumista? ¿Y si la iglesia que paga a Madre menos de un dólar la hora de limpieza le pagara cinco dólares? ¿Y si la Policía tuviera un papel más activo en las comunidades y no se limitara a hacer redadas?

Pudo haber sido distinto, pero no.

―Me saluda a su esposa, por favor –me dice Madre a modo de despedida en la parada de buses a la que me acompaña–, y dígale que Gabriel ya se está portando más o menos.

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(Aclaración: los nombres de algunas personas que aparecen en este relato se han modificado para proteger sus vidas; también algunos lugares y otros detalles que podrían resultar comprometedores)

Los últimos nómadas

Publicado: 1 junio 2013 en Zigor Aldama
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No ha amanecido y Toya ya está despierta. Son las cuatro y media de la mañana cuando, sin la ayuda de un despertador y tras haber dormido sólo cuatro horas, abandona el ger familiar, la yurta tradicional mongola, para dirigirse al recinto en el que las vacas esperan a ser ordeñadas. Aunque es verano, hace frío. El mercurio lucha por rebasar la línea de los cero grados. Los movimientos de su madre despiertan a Delgerma, una joven de rasgos amables y 15 años de edad. Sabe que, aunque no se lo pida, la progenitora necesita de su ayuda. Enfundada en una chaqueta de confección china, abre la puerta y deja que el frío de la mañana golpee su cara. Frente a ella se abre un espacio que parece no tener fín, una uniforme alfombra verde. Es la estepa del centro de Mongolia.

La cuadra de las vacas está a cincuenta metros del ger. Una pequeña franja de luz azul asoma en el horizonte, pero un extraordinario manto de estrellas brilla aún en lo más alto. El cielo está completamente despejado, como sucede en Mongolia una media de trescientos días al año. Delgerma descubre la figura de su madre sentada en un taburete de madera, inmersa ya en la tarea de ordeñar a los animales. Sin mediar palabra, la joven se sienta a su lado y trae hacia sí otra vaca. Solo el chorro de leche al golpear contra el balde de metal rompe el silencio de lo cotidiano. Al final, un gallo canta en la lejanía la salida del sol.

En el interior del ger, Tander, el padre de familia, refunfuña. Anoche regó generosamente con vodka la celebración del nacimiento de un potro, y el alcohol no engrasa sus neuronas. Un rayo de luz cálida atraviesa la yurta por el orificio situado en el centro del techo, por donde asoma la chimenea metálica de la cocina-estufa. Poco a poco, Tander se incorpora y bosteza. La puerta vuelve a abrirse para que Delgerma entre con un balde de leche fresca. Su madre está ahora ocupada con las ovejas, así que es ella la encargada de preparar el desayuno. En una oscura esquina del ger, sobre la cama en la que ha descansado Toya, la pequeña Itchko, de cinco años, es la única que aún duerme. Si lo hubiera, un reloj marcaría las cinco y cuarto. Todavía no se han intercambiado ni una sola palabra.

Excrementos de vaca secos es lo que Delgerma utiliza como combustible en la vieja cocina metálica. “En Mongolia los árboles excasean, son un lujo, así que sólo podemos permitirnos quemar esto”, explica. El fuego prende rápido, y un olor ligeramente acre inunda la estancia. Itchko tose a causa del humo, trata de librarse de él escondiéndose bajo la gruesa manta, pero no tiene mucho éxito. Finalmente, no le queda otro remedio que abrir los ojos. Y entonces se rompe el silencio.

Yogur y sopa. Es la base de la dieta de la familia de Tander, cuatro miembros que sobreviven con 350 euros al año y un extra, difícil de calcular, gracias al trueque. A pesar de las precarias condiciones de su vida, Tander está satisfecho: “Cada vez tenemos más animales, y engordan según lo previsto. Con eso hemos conseguido enmoquetar el suelo de nuestro ger, y hasta hemos comprado una radio”. El aparato, un artefacto propio de la Unión Soviética, ciertamente ocupa un lugar destacado en el altar familiar, situado siempre en la zona posterior izquierda de la yurta y adornado generalmente con fotografías de antepasados y de los mejores caballos del clan. Sin embargo, quien se lo vendió no mencionó la necesidad de obtener pilas para su funcionamiento, por lo que hace tiempo que ningún sonido mana del radiocasete.

Mongolia es un país único en el mundo. Cuenta con una superficie tres veces mayor que la de Francia y, sin embargo, una población de poco más de tres millones de habitantes. Casi la mitad practica aún el nomadismo, una forma de vida cuyo origen se pierde en los albores de la Historia. Desde entonces, poco ha cambiado para un millón de personas. Su vida supone la convivencia estrecha con la naturaleza. Y la supeditación a los elementos en un entorno extremo en el que difícilmente se puede contar con ayuda externa.

Los vecinos más próximos pueden encontrarse a decenas de kilómetros de distancia, a horas de camino. Esta forma de vida es también la prueba de la resistencia del ser humano, capaz de sobrevivir con medios propios de la Edad Media a temperaturas que oscilan entre los treinta grados bajo cero del crudo invierno y los treinta grados sobre cero de los asfixiantes días de verano. Es más, los nómadas de mongolia, como sucede con Tander y su familia, son capaces de hacer frente a cambios de temperatura de 40 grados en un mismo día.

Poco a poco, el sol muestra su poder. A las ocho de la mañana, el termómetro ya ha alcanzado los diez grados. Tander se enfunda los pies en lana, y se calza las botas tradicionales, símbolo del nomadismo mongol. A la carrera, sin hacer siquiera una breve pausa, salta sobre su caballo y pone rumbo a la nada, al infinito. Allá se encuentra el resto del ganado, junto a un pequeño estanque.

En el interior del ger comienza a hacer calor, aunque por su estructura es una vivienda ideal para hacer frente tanto al calor como al frío extremos. Dan las once cuando la temperatura exterior supera con creces la del interior, donde Toya se afana en desenredar el enmarañado pelo de Itchko a la vez que cuece la leche de las cabras para preparar yogur, pieza básica en la dieta mongola.

A setenta kilómetros de Orkhon Bag, la llanura en la que viven Tander, Toya, Delgerma e Itchko, tres gers llaman la atención. A diferencia del anterior, están situados a pocos metros de la autopista, apelativo que los mongoles atribuyen a una irregular franja de asfalto de no más de tres metros de ancho que recorre el país de este a oeste. La apariencia de estas tres viviendas es, sin duda, más sofisticada. Al lado de cada yurta, una pequeña placa solar revela la llegada de la electricidad a la vida de la familia de Tsendayush, compuesta por dieciséis miembros.

“Viajando en familia conseguimos aunar fuerzas”, comenta el padre de tres hijos. “No sólo sumamos nuestras cabezas de ganado y con ello podemos negociar el precio de nuestros productos con más fuerza, sino que además tenemos más facilidades para llevar a los hijos al colegio, y más ayuda en caso de que alguno de nosotros enferme”. Teniendo en cuenta que la escuela más cercana se encuentra a 30 kilómetros, y el hospital del distrito a 43, estos detalles son dignos de ser tenidos en cuenta. “Nuestra forma de vida no ha cambiado mucho desde hace siglos, pero hemos ido introduciendo objetos y costumbres de la vida moderna, siempre que nuestras posibilidades económicas lo han permitido. Nosotros somos afortunados porque disponemos de electricidad suficiente como para cambiar las velas, que son un peligro porque pueden prender los gers, por bombillas de bajo consumo. Y también ha llegado la televisión a nuestras vidas”. Sin embargo, Tsendayush no parece entusiasmado con este último punto: “La televisión ha traído consigo un nuevo mundo que atrae a los jóvenes, y creo que es una amenaza para el nomadismo. Pero nada podemos hacer contra el progreso, y esa es la razón de que cada vez más jóvenes decidan ir a Ulan Bator en busca del futuro”.

Hace solo una década muy pocos contaban con televisor y motocicleta. Ahora, según datos no oficiales, alrededor de 30.000 familias nómadas disfrutan de la electricidad y, de ellas, 20.000 disponen de esos dos aparatos. Pero también ha aumentado el número de familias que solo tienen cien cabezas de ganado o menos, una cifra que marca el umbral de la pobreza. El 60% de todos los nómadas mongoles está por debajo de ese listón.

El número de pastores ha descendido en la última década de medio millón a 300.000, mientras que el número de animales se mantiene estable en unos treinta millones. “Las disparidades aumentan, incluso entre nómadas”, comenta Tsendayush. “Quienes tienen suerte y se mueven en zonas en las que el clima es bueno cada vez son más ricos, y pueden enviar a sus hijos al colegio, lo cual les asegura mantener su calidad de vida. El resto, al no disponer de medios ni permisos para moverse de zonas desérticas, sobrevive a duras penas”.

Aunque no lo parezca, el nomadismo en Mongolia también se ha desarrollado, y ha ido modificando sus pautas con el tiempo. En el siglo XXI, la mayor parte de la población rural cambia de residencia entre dos y cuatro veces al año, y, generalmente, se encamina siempre hacia lugares prefijados. Técnicamente, han pasado a ser seminómadas, ya que no viajan constantemente en busca de mejores pastos, ni se mueven libremente por todo el territorio. Así, los más pudientes cuentan con cuatro lugares de residencia, uno para cada estación, mientras que la clase media sólo se traslada en verano y en invierno y, algunos, no pueden siquiera permitirse un cambio de territorio.

Es el caso de la familia de Byambsuren, un joven de treinta años que vive en la región de Dorongobi (desierto del Gobi) con su madre, un hermano, la mujer y sus dos hijos. Las sequías de los últimos años han matado a un tercio de sus reses, y ya sólo cuenta con 50 cabezas. Ha tenido que vender parte del mobiliario de su ger para comprar gasolina para la moto, un vehículo indispensable para una familia que no cuenta con caballos, sin duda el animal más preciado en el país. “Para conseguir algo de dinero tuvimos que vender la piel de nuestros camellos antes de tiempo, y dos murieron congelados. Si no fuera por las ayudas que recibimos, hace tiempo que nuestra familia habría desaparecido, como muchas otras”. En su caso, UNICEF escolariza a los más pequeños en una escuela-ger cercana, en la que una veintena de niños nómadas son preparados para su ingreso en escuelas estándar.

La vida de la familia de Byambsuren, sin embargo, contrasta con la de Choijames, un hombre que lleva más de dos décadas casado con una mujer que ha viajado por Europa y Asia y que ha proporcionado enseñanza superior a sus hijos. Su ger, situado en la estepa del centro de Mongolia, a más de 2.000 metros de altura, está equipado con mullidas alfombras persas, televisión por satélite y agua caliente. Pero, aun así, cuesta creer que, con la experiencia acumulada por el mundo y su buen nivel de vida, mantengan viva la herencia nómada. “El mundo exterior no es mejor que el nuestro. Hemos sabido adoptar los elementos positivos del desarrollo y combinarlos con esta forma de vida, que es la conjunción perfecta con la naturaleza. Nosotros moriremos con el ger a cuestas, aunque posiblemente la próxima generación lo cambie por una vivienda de ladrillo”, se lamenta la madre, Oyunbileg.

A más de mil kilómetros de distancia, una tormenta de arena convierte el cielo azul en una mancha ocre que se funde con la infinidad árida del Gobi. Dandijav, a pesar de sus setenta años largos, mantiene las fuerzas necesarias para dirigir la caravana que llevará, sobre varios carros tirados por camellos, los tres gers de la familia. “Cada uno pesa unos 250 kilos, y tardamos dos horas en montarlos. Así que, en cuatro días estaremos ya en nuestra residencia de verano, que este año vamos tarde”, apunta. Su familia es el ejemplo de clase media: tres núcleos de padres e hijos que conviven todo el año, electricidad gracias a placas solares, 250 cabezas de ganado, y dos motocicletas. La masa de arena se acerca, se levanta el viento y todos corren al interior de los gers. Las paredes de tela vibran, y parece como si toda la estructura fuese a salir volando. Pero la familia de Dandijav ríe ante el temor del extranjero, y el ger resiste sin problema alguno. “Cada vez son más habituales estas tormentas, y dificultan mucho encontrar después algo de pasto para el ganado”.

En la última década, las condiciones en el desierto del Gobi no han hecho sino empeorar, fruto del cambio climático que sufre el planeta en general. “Hace cuatro años no era complicado encontrar algo de vegetación con la que alimentar al ganado, pero cada año que pasa el desierto se va haciendo más inhabitable, y no es posible tener tantos animales como teníamos. Cada vez llueve menos, y hay que desplazarse más lejos para encontrar pastos”, explica Dandijav. Ello, sin duda, repercute en la calidad de vida de los nómadas del desierto. “Nuestros ingresos no nos permiten hacer recorridos tan largos, así que tenemos que apañarnos con menos animales, que es lo mismo que decir que tenemos que sobrevivir con menos recursos. Así es difícil que nuestros nietos acudan a la escuela, o que mis sobrinas puedan ir a la universidad”.

En esta nueva coyuntura, Dandijav no ve claro el futuro del nomadismo. “Esperamos que el gobierno decida disparar a las nubes para que llueva, como hacen en China. El problema es que no descargan como solían hacerlo, pasan de largo sin dejar una gota”. Y luego está la polución que llega de la vecina China. “Lo que tememos es que, al final, este hecho puede acabar con nuestra forma de vida, porque no podremos resistir siempre”.

Cae la noche en Mongolia. Delgerma enciende una vela para poder cocinar la cena, una simple sopa de fideos. Tsendayush regresa con su caballo de una sesión de entrenamiento para el festival de Nadaam, la mayor celebración nacional. El resto de familia prepara una pasta de arroz con carne de cabra, mientras los niños juegan a la pelota aprovechando los últimos rayos de luz. También en la estepa, Choijames observa con atención un partido la Premier League, rodeado por sus hijos y sobrinos. En el Gobi, Byambsuren bebe una taza de té con leche de camella, y sus hijos comen un cuenco de yogur. Sólo se oye el sonido de los animales. Finalmente, Dandijav vuelve al ger tras un día preparando el traslado. Ya está casi todo listo, y puede sentarse a escuchar las noticias en la radio mientras su mujer, Tserendejid, prepara una sopa de pollo. Cinco historias bajo el mismo manto de estrellas, unidas por una forma de vida, y separadas por cientos de kilómetros.

Sujeta al perro

Pocos rituales son tan complejos como la entrada a un ger mongol, la yurta tradicional del país. Sin embargo, pocos muestran de forma tan clara la generosidad de un pueblo. Todo comienza incluso antes de cruzar la puerta cuando, a varios metros de distancia, se ha de gritar ¡Nokhoi Khor! Aunque, en este caso, más que parte del ritual, se trata de una formalidad con base práctica. La frase se entiende como: ¿Puedo pasar? Pero el significado literal es sujeta al perro. Imprescindible si no se quiere padecer la rabia.

Rara es la familia que no invite a cualquier visitante a pasar a su vivienda, una yurta circular en la que viven generalmente todos sus miembros sin separación de espacio alguna. Eso sí, es necesario respetar un riguroso repertorio de normas. En primer lugar, los visitantes han de entrar por la puerta, que siempre está orientada hacia el sur, con su pie derecho por delante, y han de descubrirse nada más entrar en la vivienda. A continuación, los invitados se sientan en la cama situada a la izquierda de la puerta. Comienza una curiosa retahíla de preguntas:

—¿Qué tal habéis pasado el invierno?
—¿Engorda bien el ganado?
—¿Han nacido muchos potros?

Mientras el hombre de la casa responde, sentado en la parte norte de la tienda, reservada a los miembros más respetados de la familia y a su altar, la mujer prepara cuencos de yogur casero, té y, según su poder adquisitivo, caramelos o trozos de queso. Tras ofrecer los alimentos a los recién llegados, quienes han de aceptarlos con la palma de su mano derecha hacia arriba y la izquierda sujetando el codo, la mujer ocupa su espacio, en la parte derecha del ger, considerada bajo la protección del dios Sol.

Si todo se ha realizado correctamente, la conversación puede derivar a otro tipo de temas, más personales. Pero, en ningún caso se han de mencionar asuntos que tengan relación con muertes o accidentes. Pasado cierto tiempo, el padre de familia abrirá una botella de vodka que sólo soltará una vez se haya vaciado. Antes del primer trago, hay que mojar el dedo índice en el alcohol y disipar gotas en los cuatro puntos cardinales, antes de mojarse la frente. A partir de ahí, barra libre. Pero, por muy borrachos que estén, los invitados no deben jamás jugar con el sombrero del hombre, ni atreverse a tocarlo. Es una de las mayores ofensas que se pueden infligir, y puede derivar en una agria disputa. No se debe olvidar, además, que en todo ger hay siempre un mosquetón listo para ser disparado.