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Iris despertó con la tos de su esposo. Una nube de humo blanco le impedía abrir los ojos, incapaces de ver a su compañero de vida a pesar de los pocos centímetros que los separaban en la cama. Emiliano yacía a su lado, tratando de buscar una bocanada de oxígeno en ese nubarrón que inundaba su cuarto de 6 metros por 5. Seguía tosiendo en metralla. Casi sin parar. Buscando a tientas el brazo de Iris en medio del espesor de aquella cortina que, por más que trataba, no podía apartar de sus grandes ojos de miel.

—¿Viejito? ¿Qué te pasa, viejito? –preguntó Iris sobresaltada.

La respuesta de Emiliano fue la misma: una retahíla de toses e inhalaciones intercaladas con el mismo ahínco de los segundos anteriores.

Iris calzó sus sandalias plásticas para encender la luz en plena madrugada, bordear la cama matrimonial y llegar hasta la mesa de noche del lado de Emiliano, donde guardaba el nebulizador que le había comprado su hija para casos como estos. Preparó el equipo y lo dispensó ahí, sobre la cama, semi sentado y en medio de la nebulosa. Sacarlo de la habitación era inútil: el humo blanquecino estaba en todos los cuartos, en toda la casa, en toda la comunidad.

Dejó a Emiliano con la mascarilla puesta. Corrió en bermudas hasta el baño para buscar una toalla con la que iba a resguardarse del humo, si es que no quería terminar como su esposo. La idea era salvarlo y, para ello, era necesario usar un tapabocas.

Cuando Robert, el hijo de Emiliano –33 años, piel morena, contextura gruesa–, apareció en el cuarto esa madrugada, las explicaciones no fueron necesarias. Ambos sabían lo que pasaba. Emiliano no mejoraba con el nebulizador. La tos seguía su martilleo y su tez comenzaba a purpurarse. Fue entonces cuando Robert tomó la decisión:

—Vamos a sacarlo de aquí antes de que se nos muera.

Sin importarle el frío de la noche salió a la calle para que el teléfono tomara señal. Llamó al 171, pidió una ambulancia hasta su casa, en el sector 2 de Cambalache. “La del portón anaranjado”, “¿dónde venden leche de chiva? Más allaíta”.

Mientras tanto Iris vestía a Emiliano para llevarlo hasta una clínica: los dos Barrio Adentro de la comunidad y el módulo asistencial de la zona estaban cerrados.

En 15 minutos la ambulancia aparcó frente a su casa, pintada de un verde claro, casi invisible en la neblina. Dos paramédicos cruzaron el humo para cargarlo en la camilla. Eran cerca de las 12 y 20 cuando el vehículo corrió hasta la Clínica Caroní. El médico especialista no estaba de turno. De ahí aceleraron hasta la Clínica Ceciamb, donde luego del papeleo lo ingresaron a terapia intensiva.

Ahí estuvo internado por tres días: tiempo suficiente para aliviar parte de su crisis y agotar los 50 millones del seguro que le había contratado su hija María Auxiliadora.

—Se los tenemos que dar –dijo el médico refiriéndose al paciente.
—Está bien –asintió Iris, quien ya había tomado la decisión con Robert de llevarlo a un hospital.

En la sala de cuidados intensivos Emiliano volvió a toser. Tosía y tosía, como si no hubiera salido de aquella humareda. El monitor marcaba su ritmo con tono acelerado. Los médicos no tardaron en reaccionar. Le pusieron oxígeno. Nada. Electro-shock. Nada. El monitor hacía su ruido cada vez más continuo, hasta que, finalmente, a pesar de los esfuerzos de los médicos, aquel concierto de pitidos se convirtió en un sonido continuo.

Iris respiró profundo, salió a tomar aire y llamó a sus hijos. Contuvo las lágrimas antes darles la noticia: Emiliano De Pablos había muerto aquella mañana del 15 de septiembre de 2010. Otra víctima de la contaminación atmosférica de Cambalache. Otra víctima que arropa el vertedero de basura con su aliento mortal.

II

Fundado hace más de 50 años, incluso antes de la ciudad que la alberga, Cambalache es el asilo de un vertedero que alguna vez fue un relleno sanitario. Fue en 1985 cuando la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) decidió que en ese espacio se dispondrían los detritos de la primera ciudad planificada de Venezuela: Ciudad Guayana, tierra del hierro. Del acero. Del aluminio. De las represas que todavía surten de energía eléctrica al país. La gran maqueta del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, por su siglas en inglés) y el soñado polo de desarrollo como alternativa no petrolera.

La CVG decidió plantar ahí la semilla del vertedero, pero nunca lo consultó con los habitantes. Apenas se dijo que el terreno pasaría a formar parte de la corporación, pero nada más allá de eso. La comunidad se negó a salir. El estado se negó a reconocer. Los tractores derrumbaron casas, ranchos y hasta ganas de vivir durante más de 10 años en favor del reciente vecino.

A pesar de las tensiones, la vida transcurrió sin problemas. Al menos, en sus años primeros. Después de todo era un relleno, con 12 años de vida útil y una provisional de sólo 3. ¿Qué tanto daño podría causar? ¿Qué tanto problema sería una disposición de desechos controlada?

III

Es la mañana de un lunes quieto en el sector de Cambalache. Una nubosidad blanca y espesa acompaña el olor a lluvia que respira la comunidad: ese aroma que mana de la tierra húmeda con los primeros soles de la jornada. Es lunes 27 de mayo de 2013 y Tibisay Rosas está en su día libre. Aprovecha el descanso para ir al módulo asistencial, detrás del único colegio cercano, para ponerse la dupla de vacunas que aún tiene pendiente.

—Vente, Tibisay –le ordena la enfermera en tono amable, dirigiéndose a aquella mujer de estatura media, contextura gruesa, ojos grandes y aguarapados, que contrastaban con el curtido de su piel canela con 38 años de uso.

Tibisay accede con risa. Nerviosa. No le gustan mucho las inyecciones, pero sabe que es por su bien. Se para al lado de la enfermera, Mariluz Verde, quien recoge la manga de su franela roja donde reza la inscripción “Chávez corazón de mi patria”. Mariluz ahoga una torunda de algodón en el alcohol. Tibisay voltea. Cierra los ojos con fuerza y se ríe al sentir que esa masa fría le recorre en círculos el hombro izquierdo.

—Ya está listo, chica. ¿Viste que fue un pinchacito?

La paciente no pronuncia palabra. Sabe que viene otra inyección. Se prepara para el mismo procedimiento en el brazo derecho y salir de una buena vez de todo aquello.

Tibisay está en su día libre. No porque no tenga que ir a trabajar, sino porque no hay ni una asamblea en su agenda de actividades. “Andamos a cada ratico en una reunión porque aquí en Cambalache todos los días es un problema diferente”, dice la vocera del consejo comunal del sector 3, retorciendo los labios y encogiéndose de hombros mientras baja el tono de voz hasta el silencio absoluto.

Justo fuera del módulo de salud, refugiada en la sombra de un mango, Tibisay cuenta que el vertedero de basura es el responsable de la fetidez. De las moscas. Del mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. La acumulación de desperdicios, sobregirada en tiempo y espacio, ha hecho que el depósito se convierta en una máquina de fluidos putrefactos que inundan la tierra hasta sus entrañas: un contenido que viaja hasta emerger en los patios de los vecinos.

Por eso, cuando llueve en Cambalache, llueve arriba y llueve abajo. Llueve adentro y llueve afuera. Agua de vida y agua que mata. Agua que inunda las casas de cinco de los seis sectores del asentamiento.

—A mí me ha pasado que cuando llueve en la noche, cuando voy a poner el pie en el suelo, eso es puuuura agua podrida –irrumpe la señora Aura Morillo, que detiene su paso al lado de Tibisay para reforzar su testimonio.
—Ella es un libro de aquí, de Cambalache. Ella tiene años viviendo aquí. Yo soy nueva. Yo tengo son 12 años acá. Ella tiene toda una vida viviendo aquí –refiere Tibisay con tono de respeto.

Aura tiene 64 años, pero parece de 80. La piel blanca de sus tiempos mejores es hoy una película de pliegues rojos y tostados, con manchas y surcos que le cincelan la cara. Sus ojos achinados, negros e irritados por el humo son lo único que asoman sus párpados caídos por el paso de los años. Aura vive en el sector 5 y, a pesar de que su piso es de concreto, los “lixiviados” (fluidos inmundos que manan de la basura) se abren paso entre el cemento, sus muebles y su dignidad.

Ya no es Aura la única que acompaña a Tibisay. Ahora hay otras mujeres y hombres de la comunidad. Todos forman un semicírculo alrededor del mango, que funge ahora de tribuna para exponer los problemas de la zona.

Ahí está Ana Morillo, que no es familia de Aura pero son “hijas de Chávez y hermanas en Cristo”. También está Cristian Morales, que encontró a su padre muerto tratando de escapar de una humareda nocturna la mañana de un 13 de octubre. También está su esposo, José Cedeño, que cuida la casa cuando hay inundación para evitar que entren los saqueadores. Está el sol, el mango, el calor, la humedad…

Las horas se gastan en comentarios y actualizaciones. En sus denuncias sobre la laguna de lodos rojos. En que el alcalde y el gobernador no sirven. En el brote de H1N1 y cómo prevenirlo. En que todos ahí son “revolucionarios” y en que la oposición, por más que quiera, “más nunca volverá”.

Mientras tanto el vertedero palpita a su propio ritmo, abriendo sus fauces a los camiones que van a alimentarlo con dosis de entre 1.000 y 1.400 toneladas diarias. Una bandada de zamuros lo custodia desde el cielo, con su vuelo en espiral capaz de preludiar hasta la misma muerte. Allá van los camiones, como piezas de juguete en ese campo de inmundicia. Allá van “los otros”, “aquellos”, los “medio raritos”, los que viven de la revisión y colecta de desperdicios que queman de vez en cuando.

Es ese humo el que afecta a la comunidad; el que les da a muchos ese timbre fañoso cuando hablan. Ese humo los afecta, claro, pero son sólo focos eventuales. El gran temor en Cambalache es la combustión espontánea que se genera por la acumulación de gases inflamables, y que los sume a ellos y a parte de la ciudad en una nube tóxica que deja muertes a su paso. A veces lentas. A veces rápidas.

—Disculpe, señora. ¿Cómo llegamos al vertedero?
—¿Ah, ustedes van pa’l bote?
—Sí.
—¿Vinieron armados? Pa’ allá no se puede entrar si no es armado. Después no digan que no se los advertí.

IV

Ese día cayó lunes, 3 de octubre de 2011: tres días después de la fecha límite para que el Estado clausurara todos los vertederos a cielo abierto. Así dictaba la ley de desechos aprobada un año antes, pero en ese tiempo de gracia el humo siguió azotando a los pobladores y sumaba nuevas vidas a su cuenta. Eso sin contar los casos que a diario saturaban el módulo asistencial de niños con gripes, alergias y un sinfín de asmas.

Todo esto fue minando la paciencia de la comunidad. Pero fueron las palabras del gobernador Francisco Rangel Gómez, el 30 de septiembre de 2011, las que pusieron a prueba el temple de los vecinos: para el gobierno el vertedero no se cerraría, sino en un plazo de cinco años.

Prepararon todo el domingo en la noche. Tibisay Rosas, Cristian Morales, Eliana Villanueva y Aurelio Vásquez. A la mañana siguiente, Cristian los pasaría buscando en su Cheyenne blanca a las 4:00 de la madrugada. Saldrían hasta la avenida Angosturita –hoy Avenida de los Trabajadores– para iniciar su protesta.

A las 5:00 de la mañana los cuatro estaban en la vía, cerrando el paso con palos y cauchos que consiguieron en el vertedero. Minutos más tarde, un primer camión de basura llegó al sitio con las luces encendidas. Nunca pasó. Tibisay le explicó el motivo de su queja solo para darse cuenta de que los camioneros también los apoyaban. Llegaron más camiones. Ninguno pudo pasar. La línea de carga con desechos sólidos fue creciendo con el paso de las horas, al igual que la indignación de los conductores comunes y el infarto de las vías alternas.

Ya a las 9:00 de la mañana el tráfico había colapsado. Ya no eran únicamente Tibisay y sus amigos, sino un bloque de la comunidad, dispuesta a detener el tráfico hasta sus últimas consecuencias. Hubo un grupo de camiones que trató de entrar, pero una vez más se lo impidieron. Las mujeres se acostaron en el calor de aquel asfalto. Ninguno se atrevió a tentar al destino.

Minutos más tarde comenzaron las llamadas. Era el secretario político de la Gobernación Horacio Alarcón –gordo, moreno, rapado, nariz ancha y estatura media– informándole que la tranca impedía el paso de los camiones de asfalto con el que hacían mantenimiento a la avenida.

“¿Ah, sí hay asfalto pa’ la Angosturita, pero pa’ Cambalache no hay nada? ¡Bueno, si no hay asfalto pa’ nosotros tampoco hay pa’ nadie!… ¿Ah, y nosotros no valemos? ¿El poder popular no vale?”, respondieron indignados.

Casi en paralelo llegó una delegación de la Alcaldía de Caroní. La gente la rechazaba. Querían la presencia del alcalde y una respuesta directa como diera lugar. Llegó un puñado de guardias nacionales, que luego de escuchar el argumento de Tibisay se quedaron en el sitio para resguardarlos. Pronto salieron “los de adentro”, con su aire de iracundia para exigir la reapertura del vertedero de basura. “¡Nosotros vivimos de esto! ¡Este es nuestro trabajo!”, gritaban los más amables, antes de que llegaran las patrullas de la policía municipal.

“No sé en qué momento fue eso, pero apenas llegaron se prendió una trifulca entre la gente de la comunidad y los del vertedero. Mi hijo tenía un palo en la mano y fue a ver lo que pasaba pero no soltó el palo. En eso vino la policía, lo agarró y lo metió preso”.

Tibisay abandonó la tranca. Fue hasta la comisaría de Unare para buscar a su hijo, pero no se lo devolvieron. Mientras tanto el alcalde José Ramón López ponía los pies en la zona de conflicto, pero ya las reglas habían cambiado: o devolvían al hijo de Tibisay o no soltaban al alcalde. Al final el trueque se dio. Se levantó la protesta y la gente sucumbió al calor de las 2:00 de la tarde. Recorrieron el vertedero, tomaron decisiones y a los tres días comenzaron las labores de saneamiento.

V

El cambio se sintió en el ambiente. La combustión espontánea cesó. Hoy Cambalache respira un aire más limpio, pero nadie sabe hasta cuándo dure la dicha. Hoy todos celebran la victoria, la de ellos, la de sus antecesores, la de los que lucharon y los que quedaron en el camino, pero ya volverán los camiones con nuevas de toneladas de basura. Volverán las moscas. Volverá la fetidez. Volverá el mar de podredumbre que los embarga cada vez que arrecian las lluvias. Los zamuros volverán a preludiar a la muerte, y aquellos, “los raritos”, los que viven entre delincuentes, volverán a quemar los desechos de vez que les venga en gana.

Hace tres años que Emiliano De Pablos murió, a causa de la asfixia provocada por el humo de las llamas. Esos son los fuegos del vertedero. Las candelas de “el bote”, que duerme ahora al cobijo de una nube que, a pesar de los años, todavía pulula sobre su lecho.

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