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En el verano neoyorquino, los desfiles del orgullo nacional, de los innumerables orgullos nacionales que viven aquí, son tan comunes como los camiones heladeros de Mr. Softee, con su música infantil que se repite insoportable, o los nenes jugando en la cascada de los hidrantes en las calles de los barrios latinos. Los negros del Caribe angloparlante hacen un carnaval tremendo en Atlantic Avenue, en Brooklyn; los griegos y los alemanes tienen sus desfiles aburridos a un costado de Central Park; los dominicanos arman uno en el Bronx y otro en Manhattan; los puertorriqueños son tantos y asustan tanto a las tiendas de lujo de la Quinta Avenida con su “parada” (parade) que estas protegen sus vidrieras de ese aluvión de piel morena con enormes planchas de madera. Los estadounidenses que no se consideran más que “Americans” –ni  Italian-americans, ni African-americans, ni Asian-americans– prestan poca atención a tanto fervor étnico, a menos que les cause demoras en el tráfico.

Los ecuatorianos también son muchos, fiesteros y ruidosos, por lo que veo este domingo de agosto desde el pavimento caliente de Northern Boulevard, en Queens, el condado más cosmopolita del país. A pesar del sol que quema la cabeza, miles se amontonan a lo largo de veinte cuadras para ver el desfile del Día de la Independencia (ecuatoriana, claro). Su bandera se presta muy bien para la ocasión: el sol atraviesa esos colores primarios, amarillo-azul-rojo, y los hace brillar alegres en el mediodía. Desde las carrozas y los camiones con parlantes, locutores y cumbieros de camisetas de la selección animan a la multitud.

En el escenario central, dos locutores se turnan en “esta maravillosa tarde” para saludar a las ciudades “que hoy dicen presente”, destacar la belleza de las misses de distintas jurisdicciones sentadas en el palco queriendo no transpirar, explicar que la tenacidad de los bailarines folclóricos bajo el sol veraniego “es una muestra de lo que somos los ecuatorianos” y mechar cada tanto un “¡que viva el Ecuador!”

Los ecuatorianos son una de las comunidades latinas más grandes de Nueva York, aunque no suelen aparecer tanto en los medios ni en las conversaciones como boricuas, dominicanos o mexicanos –grupos con más historia en Estados Unidos–. Tras haber vivido más de cinco años en la ciudad, sé que hay muchos taxistas ecuatorianos, que los ecuatorianos juegan mucho al voleibol en los parques, que una gran parte de ellos vive por aquí –Jackson Heights y sus alrededores–, que hay un camión de comida ecuatoriana que se estaciona en Roosevelt Avenue con una pantalla donde pasa fútbol vía satélite. Pero no sé mucho más.

Por lo que veo, aunque vivan a 4,500 kilómetros de Quito, los ecuatorianos neoyorquinos están muy metidos en la política de su país. Un hombre sostiene un cartel de PAÍS, el partido del presidente Rafael Correa. Otros tres muestran unas cartulinas blancas con mensajes para Correa en prolijos renglones escritos a mano: “ACABA CON LOS DELINCUENTES POLÍTICOS Q’ CON SUCIAS MENTIRAS AN DESTRUIDO A LOS ECUATORIANOS……… QUE NOS OBLIGARON A DEJAR NUESTRA PATRIA”, dice uno. El punto de la “i” de patria es un corazoncito. “TODOS LOS QUE AN GOBERNADO DEBEN TENER VERGÜENZA DECIR ‘YO FUI PRESIDENTE DEL’ ECUADOR”, dice el de al lado. Cuando una representante del gobierno ecuatoriano habla al final del desfile, la mitad de la gente la aplaude y la otra mitad la silba. Lo que no se ve son señales de apoyo (ni de repudio) a ningún político gringo, aunque faltan menos de 100 días para la elección presidencial en Estados Unidos.

Queens es el punto de partida de un viaje que empezaré mañana. En el Subaru 1992 de mi novia, que tiene más de 280,000 kilómetros, vamos a cruzar Estados Unidos de norte a sur, desde la Nueva York progre hasta la Texas conserva… y luego hasta el D.F., donde nos mudamos hace poco. En el camino, planeo hablar con latinos que me encuentre sobre la elección presidencial, sobre quien podría ser el primer presidente negro de Estados Unidos, sobre qué significa vivir aquí en esta época en que “inmigrante” es casi una mala palabra.

El desfile es una buena manera de empezar a averiguar qué piensan los latinos en Estados Unidos. Los políticos estadounidenses hasta hace poco pensaban que con ir a la Pequeña Habana en Miami a tomarse un café en el Versailles y hablar mal de Fidel Castro tenían solucionado el voto latino. Hoy ya saben que con eso no alcanza. Lo que no sé si saben es que el voto latino en sí no existe. Existen muchos votos latinos, en una población tan diversa que viene en veinte nacionalidades, varios colores (blanco, negro, marrón, amarillo), muchos idiomas (español,  guaraní, maya, náhuat…), una amplia variedad de religiones y, como si esto fuera poco, para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, con muy distintas ideologías. Claro que son escasos los estadounidenses que comprenden lo diferente que es un peruano de Nueva Jersey de un salvadoreño de Washington, D.C., o un dominicano del Alto Manhattan de un mexicano de Chicago.

Cuando está terminando el desfile, los políticos que engalanan el palco dan sus discursos de ocasión: un dominicano que es comisionado de Asuntos Inmigrantes, un ecuatoriano que es funcionario del estado de Nueva York, un político joven hijo de ecuatorianos que se llama Francisco Moya. Con las consonantes marcadas de algunos hijos de hispanos, Moya agradece a los organizadores de “esta linda parada” y anuncia que irá de delegado a la Convención Nacional Demócrata (es el primer ecuatoriano-estadounidense en lograrlo) “para elegir al próximo presidente de los Estados Unidos”. Lo aplauden sin mucho entusiasmo: “Bieeee…”

Después de que un relator de la tele le dedica a la gente un grito de “Goooolll” y de que todos cantan el himno ecuatoriano, le pregunto a Moya por la bandera del Che que ondea por ahí, por los carteles sobre la política ecuatoriana. “No vi ningún cartel demócrata ni republicano”, le digo.

 “Debería haber un equilibrio”, me dice, como buen político que evita dar respuestas negativas, “tienen una conexión tan fuerte (con Ecuador) que deja en claro la pasión que la gente tiene por la política. Esperamos atraer hacia aquí esa pasión que tienen por lo de allá, para que los ayude en el nivel local”.

Moya no es el único interesado en explotar esa pasión. Se dice que los latinos podrían definir la votación en cuatro estados que están en la columna de los indecisos en esta elección: Colorado, Nevada,  Florida y Nuevo México. Y, como en Estados Unidos cada victoria en un estado asigna un número fijo de votos en el colegio electoral, las campañas del demócrata Barack Obama y del republicano John McCain se están gastando mucha plata para tratar de seducirlos. Los clásicos avisos en español que apelan a los valores de las “trabajadoras familias latinas” invaden Univisión, Telemundo y YouTube. McCain aparece en público con Daddy Yankee; Obama tiene el apoyo de Juanes.

Lo que no sé, y empezaré a averiguar mañana, cuando crucemos el río Hudson hacia Nueva Jersey y tomemos la autopista I-95, es qué piensan los latinos de esta elección. ¿Van a votar? ¿Sienten que Obama y McCain les están hablando en serio o los están usando? ¿Votarán a un negro, siendo que tantas veces hispanos y negros se ven como competidores? ¿Tienen tiempo para preocuparse por todo esto, cuando en sus pueblos y condados se aprueban leyes antiinmigración y los sheriffs  salen de redada con agentes de la Migra?

¿Llegará el Subaru hasta Texas?

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Lunes 4 de agosto: primer día de viaje. Cinco horas y poco pasan rápido, mientras atravesamos Nueva Jersey, Delaware y Maryland hasta entrar a Virginia, a los suburbios al oeste de Washington, D.C.

Vamos a Manassas, un pueblo de ladrillo rojo y banderas estadounidenses en las farolas, con un campo de batalla de la Guerra Civil hoy parque nacional, con cañones de aquella época en el césped del museo, con enormes letras negras en el tanque de agua celeste que celebran el título estatal 2006 de los Eagles, el equipo de fútbol americano de la secundaria local. Las autoridades estiman que en 2008 el pueblo tiene 36,666 habitantes. Me pregunto si no se habrán tentado de cambiarle el último dígito, para que no pareciera tan diabólico.

Manassas, después de todo, es un lugar malvado para algunos. Es malvado para los latinos que abandonaron el pueblo este año, sintiéndose perseguidos. Algunas calles donde vivían, me dirá la activista local Teresita Jacinto, hoy se ven como un pueblo fantasma.

En el norte de Virginia hay muchos grupos de ciudadanos indignados por la inmigración ilegal, como Help Save Manassas –Ayude a Salvar a Manassas–, que busca proteger al pueblo de los “peligros considerables” que traen los “illegal aliens”. Help Save…, de hecho, se ha extendido por la zona como una franquicia de la intolerancia, con tanto éxito como las de comida grasosa o de planchado y limpieza en seco: Help Save Loudoun, Help Save Hampton Roads, Help Save Virginia, Help Save Maryland, Help Save America. Estos grupos han sido muy efectivos en presionar a los gobiernos locales para que tomaran medidas contra los indocumentados. Y en el condado de Prince William, donde está Manassas, lograron que se permita a los policías interrogar a los detenidos sobre su estatus inmigratorio, algo que normalmente solo pueden hacer los agentes federales. Al principio –aunque la norma inicial luego fue suavizada– esto incluía a los sospechosos de cualquier falta, no importa qué tan mínima. Al cruzar la calle por mitad de cuadra  un indocumentado se arriesgaba a terminar deportado a su país de origen.

Estacionamos el auto en el barrio de Old Town, en la calle Liberty. Esta se llama así porque era la que, al bajarse del tren, tomaban los negros que llegaban aquí huyendo del Sur esclavista. El nombre de la calle les cayó perfecto a los activistas pro inmigrantes, ya que les permitió bautizar a su símbolo máximo “El Muro de la calle Libertad”.

El Muro –a secas, como lo llaman los demás– es el último costado en pie de una casa de madera que se incendió, en el 9500 de Liberty Street. El dueño de la propiedad es Gaudencio Fernández, un mexicano que lleva 29 años en Estados Unidos. Con pintura azul, roja y negra, Gaudencio ventiló su bronca por la nueva ley. “Condado de Prince William y ciudad de Manassas, capital nacional de la intolerancia”, se titula su furia. Iguala al concejo local con los que colaboraban con el Ku Klux Klan hace un siglo, llama a los estadounidenses blancos “European-americans”, y les recuerda que los mexicanos y centroamericanos que son la mayoría de los latinos de por aquí son “Native americans”, o sea, americanos originarios.

“Los europeo-estadounidenses exterminaron a millones de americanos originarios para robarse América, ellos fueron los primeros extranjeros ilegales. Tienen una historia de 500 años de violación, robo, asesinato, esclavitud, fronteras artificiales (…) Prefieren tener un pueblo fantasma antes que vivir entre americanos originarios.”

“Detengan la persecución. Exigimos igualdad y justicia para todos. No seremos sus esclavos del siglo XXI.”

Al rato, llega Teresita Jacinto, maestra de escuela nacida en un rancho de Texas y miembro de Mexicanos sin Fronteras. Vestida con una blusa negra bordada de flores que me recuerda a Rigoberta Menchú, Teresita peina bastantes canas sobre un ceño que no se desfrunce muy seguido. Me cuenta que Gaudencio –de  vacaciones en Puebla– debe ir a la corte a defender su cartel cuando vuelva y tiene que mantener el terreno impecable porque los funcionarios lo vigilan de cerca para darle citaciones ante la mínima falta. La predicción del muro se cumplió –dice– porque, desde que se aprobó la resolución, los latinos han abandonado el pueblo. La cantidad de hijos de inmigrantes en la escuela donde ella enseña bajó en 2008. Cada febrero, 600 nuevos alumnos solían inscribirse, cuando los trabajadores itinerantes llegaban a la zona para trabajar en construcción tras lo más duro del invierno. Este año, en lugar de aumentar, la cantidad de estudiantes cayó de forma abrupta. “Hubo 650 estudiantes menos”, dice, “se fueron”.

Al mediodía siguiente, vagando por Manassas, paramos a comer en La Antorcha, restaurante Sal-Mex. Aunque desde su brillante exterior amarillo y azul no parece gran cosa, el lugar es agradable y cuidado, con manteles blancos, sillas de cuero color piel y una máquina de discos con música grupera. Silencioso, también. No hay nadie más que Beatriz Monge, una salvadoreña de 21 que es la que atiende. Le saco una foto con la sandía a la que le está cortando un borde de dientes triangulares como una corona y le pregunto que si siempre está tan quieto. No, antes venía más gente a almorzar, pero es que es el pueblo el que está vacío. Vacío de latinos.

 “La gente vendió sus casas, los niños dejaron la escuela –dice–, porque la policía se los podía llevar.”

Nos vamos. Los únicos que entraron mientras comíamos nuestras pupusas con  loroco, queso y chicharrón fueron dos tipos que preguntaron si podían dejar una pila de guías gratuitas para que la gente se las llevara.

Desde un par de semanas antes de llegar, vengo tratando de contactar a los integrantes de Help Save Manassas. Al fin y al cabo, la historia acá la escriben ellos, los que ganaron. Pero ninguno me contesta los correos. Igual, en su sitio web tienen una lista de comerciantes locales que adhieren al programa Do the Right Thing –Haz lo correcto–: no contratan a nadie sin papeles.  El primero en la lista es el taller de chapa y pintura Andrews Auto Body.

El dueño, Ray Andrews, es más simpático y… ejem… más cobrizo de lo que pensé. Mis prejuicios se me quedan patinando en la cabeza por un segundo. Es que Ray tiene cara de latino, no de European-american ultra-nativista que odia a los “illegal aliens”. O, mejor dicho, tiene cara del estereotipo del latino: piel cobriza, cabellos negros. Para completar, barba y bigote negros. Al rato, me entero: Ray es un Native american, un indígena, un americano originario. Nació en Ohio pero es miembro de la tribu Sault Ste. Marie de la Nación Chippewa, basada en Michigan, en la frontera con Canadá.

 –Me lo preguntan todo el tiempo –dice Ray, parado afuera del taller, de camisa caqui arremangada, con la típica etiqueta bordada de los mecánicos: “Ray”.
 –¿Qué cosa?
 –Que si hablo español, que si estoy legal.

Cuando perdió su licencia de conducir y tuvo que sacar otra, Ray Andrews, 43 años, descendiente de los que vivían en Estados Unidos antes de que Estados Unidos existiera, tuvo que probarle a los burócratas desconfiados que es estadounidense. De hecho, dice su esposa, Vicky, tuvo que llevar cuatro documentos distintos para demostrarlo.

 “Me pedían la Green Card”, dice Ray. La tarjeta verde, el documento de los inmigrantes documentados. También la policía lo detuvo un par de veces mientras manejaba, sin razón aparente.

Ray asegura que no tenía idea de que su negocio aparecía en el sitio de Help Save Manassas, que él no se anotó en esa lista. Recuerda haber dado su tarjeta de presentación a uno de los miembros, nada más. Igual, sí está de acuerdo con el grupo en algunas cosas. “Estoy en contra de que cualquier inmigrante ilegal, no importa de dónde sea, de México o de Inglaterra, venga y reciba un montón de programas de asistencia pública”, dice.

Separados solo por unas cuantas cuadras de las tranquilas calles del condado de Prince William, Gaudencio Fernández y Ray Andrews son dos descendientes de los primeros americanos, dos “americanos originarios”, como escribió Fernández en su pared. Sin embargo, sus visiones son tan divergentes que se chocan. Lo que para el mexicano son fronteras artificiales, para el estadounidense son límites reales que deberían mantener separadas a las personas “legales” de las “ilegales”. La identidad que Fernández usa para justificar la presencia de los latinos en Estados Unidos es para Andrews lo que le da el derecho a exigir que no se les permita entrar.

***

No todos los latinos son tan militantes como Gaudencio o Teresita. Casi una semana después de Manassas, pasamos por Milton, un pueblito breve en el norte de Florida, en la costa del golfo de México. Milton también vio partir a sus latinos, pero aquí fue después de una redada de la Migra.

En La Hacienda, un restaurante mexicano, el dueño, Gerónimo Barragán, acaba de llegar del servicio religioso de su iglesia baptista. Nació cerca de Guadalajara, pero cuando habla en inglés, lo hace con el acento arrastrado, de diptongos largos, de los sureños. Viste prolijo, próspero, de corbata y camisa blanca y pantalones pinzados aunque el restaurante está cerrado por ser domingo. El poco pelo que sigue a su frente amplia va bien cortito, resalta sus orejas pequeñas. El restaurante es grande y con pretensiones –es uno de dos que tiene Gerónimo–. Los únicos sonidos vienen de una mesa del fondo, donde unos amigos suyos, miembros de su iglesia, conversan bajito.
En febrero, el sheriff local y agentes de Inmigración salieron de redada por negocios del condado, en busca de personas que estuvieran usando identidades robadas para poder trabajar como si fueran “legales”. Tras el arresto y la deportación a México y Guatemala de 10 de sus empleados, espero indignación, piedad, puños levantados al cielo.

 “Aunque en este caso nos tocó perder, estamos de acuerdo con lo que los líderes están haciendo”, dice Gerónimo, serio y pausado, “este país está luchando por tener a todo el mundo identificado, legal. No estamos en contra. El país hace lo que tiene que hacer”.

De todos modos, la deportación de sus 10 empleados seguro que lo afectó… ¿no? Sí, dice, le costó mucho conseguir nuevos trabajadores para reemplazarlos. ¡Plop!

De hecho, cuando algunos residentes del pueblo organizaron una protesta contra la redada, Barragán no fue. No solo eso: se reunió con el sheriff para asegurarle que no le guardaba rencor. “Fui a decirle que no había resentimiento con él –dice–. No estábamos involucrados en eso ni en ningún movimiento así. Solo queríamos ayuda para volver a abrir nuestro negocio. Entendimos que era su deber.”

Un tipo como Gerónimo, empresario próspero en el Sur conservador, quizás cuestiona la imagen generalizada de las ideologías de los latinos en Estados Unidos. Pero no todos son pro inmigrantes a cualquier precio, no todos creen en “la Raza”. Hay gente que lo único que quiere es que la dejen en paz, que la dejen prosperar si puede o que la dejen trabajar duro hasta que eso suceda. Que no le pidan ir a votar cada dos años, porque no le interesa la política. Que no le cobren demasiados impuestos –pero los pagará si la ley lo manda–. Hay gente cuyo sueño americano pasa por la asimilación total, por vivir para ver el día en que Sánchez sea tan “american” como el irlandés Kennedy.

La casa con jardín grande, garaje para dos autos y un aro de básquet en la entrada es una aspiración que trasciende las etnias y las nacionalidades.

***

Al salir de Virginia y entrar a Carolina del Norte, dejamos la interestatal y empezamos a viajar por carreteras más pequeñas. Alguna granja aparece al costado del camino y el olor a bosta invade el carro en algunos trechos. La placa de un auto dice I ASKGOD, Yo le pregunto a Dios, otra dice ASK GOD Y, Pregúntale a Dios por qué.

El sur de Estados Unidos vivió en las últimas dos o tres décadas una explosión demográfica de latinos que llegaron atraídos por el trabajo en el campo y en plantas procesadoras de alimentos. La ecuación racial antes era blanco contra (o sobre) negro; los hispanos vinieron a alterar ese equilibrio en cada pueblo y ciudad. Pasamos la noche en un campamento cerca de la playa de Emerald Isle, sobre el Atlántico. Pero en esas horas en la zona balnearia, no vemos más que blancos –colorados, más bien, ya que están veraneando.

Nunca vi el sedentarismo a la Homero S. mejor explicado que cuando entramos al campamento la primera noche. Acampar aquí significa llegar en una casa rodante del tamaño de un colectivo –que, más de una vez, lleva un auto o camioneta a remolque– y empezar a bajar todo tipo de objetos y comodidades: mesas, sillas, bicicletas, toldos con mosquitero hasta el suelo para poner sobre las mesas y sillas, ¡antenas satelitales! Cada parcela de acampado tiene su propia mesa y bancos de picnic, electricidad, chorro de agua potable, fogata con parrilla… He dormido en pensiones con menos lujos.

A la mañana, camino a una entrevista en la parte más rural del estado, vemos un par de tipos que transpiran en el sol fuerte del mediodía, subidos a la caja de un camión donde acomodan fardos de hojas verdes de tabaco recién recogidas. Me bajo a conversar con ellos. Uno de los trabajadores se sube a la cabina del camión y está por arrancar para llevarse el tabaco a un galpón de almacenamiento. El otro es muy parco, así que hablo con el conductor: Diego Ramírez, 33, de Ciudad de Guatemala.

 “¡Puro Obama, claro que sí! Creemos que puede ser el cambio –dice, apenas me asomo por la ventanilla derecha–. No queremos más guerra y queremos que mejore la economía. Con McCain va a ser la misma historia de Bush.”

De repente, Ramírez arranca el motor, nervioso. Acaba de llegar su jefe. Parece que los muchachos no tienen tiempo reservado para atender a la prensa en su jornada laboral. El jefe estaciona a unos metros y se baja apurado. La cabina está oscura y me cuesta sacarle una foto. Ramírez se pone más nervioso, mira al jefe acercarse, me mira a mí para la foto, al jefe, a mí. “¡Ya, don Diego! ¡Gracias!”, dice. “¡Ya, don Diego!” El jefe pasa por delante del camión y llega hasta a mí.

 “What’s going on here?”, ¿qué pasa acá?

Gordo, robusto y pelado, de cara colorada y lentes oscuros. Diego aprovecha para arrancar; no sé si lo metí en problemas. En el auto, mi novia saca fotos del altercado, que se verán como una fotonovela de acción.

Le cuento al jefe qué pasa y no sé si se calma o simplemente no le importa. Le hago un par de preguntas pero entiendo poco por su cerrado acento sureño. Asegura que todos sus trabajadores tienen papeles y se sube a su camión. El peón parco arroja en la caja las pocas hojas de tabaco que quedaron en el suelo y se van.

Aliviado, subo al auto y retomamos la ruta.

Una de las fotos de Ramírez  muestra su cara transpirada debajo de la gorra, el torso desnudo brilloso, la mano izquierda desplegada en un saludo. Intenta sonreír, pero ni sus labios ni sus ojos lo logran.

No llegó a decir si era ciudadano estadounidense, ni si estaba “legal”. No dijo si podía votar. ¿Contaba realmente su fervor por Obama, su entusiasmo porque las cosas mejoraran en Estados Unidos? ¿A alguien le importa la opinión de los “ilegales”?

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Los latinos de la zona  no tienen mucha conciencia política, comenta al rato Juvencio Rocha Peralta. Nació en Veracruz, México, hace 44 años y llegó a esta zona rural cuando tenía 18  y los latinos eran pocos y extraños. Juvencio vino a Estados Unidos sin papeles, pero se acogió a la amnistía para indocumentados que declaró el presidente republicano Ronald Reagan en 1986. Trabajó en el campo y en construcción, pero también fue a la universidad y se graduó en administración de empresas. Pronto se convirtió en activista comunitario, al “ver las injusticias” que sufrían los latinos en la zona y la ausencia de organizaciones que los representaran. Ahora preside la Asociación de Mexicanos en Carolina del Norte y trabaja en una oficina con aire acondicionado en un community college –especie de institutos terciarios con carreras de dos años– en Kinston, un pueblo rodeado de plantaciones de tabaco y plantas de procesamiento de alimentos donde los latinos son casi invisibles. Viven a las salidas del pueblo en lotes de “Mobile homes” –tráileres hechos viviendas permanentes, sinónimo de pobreza rural–. Peinado con prolijidad, de camisa blanca sin corbata, Juvencio lleva una placa en el pecho que lo identifica como coordinador de Educación Técnica. Los pasillos del college están vacíos de estudiantes, que volverán en septiembre para el comienzo de las clases.

Las iniciativas antiinmigrante también avanzan por estas tierras. La senadora republicana Elizabeth Dole, que representa al estado, basa su campaña de reelección, entre otros temas, en su lucha contra la inmigración ilegal. Pero los latinos que ya son ciudadanos no reaccionan, dice Juvencio, sentado en el fresco de su oficina mientras los truenos de una tormenta de verano prometen un respiro del calor húmedo del sur.

“Lamentablemente, el porcentaje de los que van a las urnas es pequeño. Los que nos preocupamos por estas cosas no vamos a las urnas para tratar de quitar a esta gente”, dice, “la gente se siente más cómoda y no sale a practicar sus derechos civiles. Somos muy conformistas; si tengo documentos y mi familia está bien, entonces, como decimos en México, que se joda el otro”.

Los latinos de la zona son pobres, comenta. Trabajan en campos de tabaco, pepinos y tomates o en plantas donde se procesan pavos, pollos y otros alimentos para consumo masivo.

Tras dejar su oficina, recorremos despacio un lote de “Mobile homes” en el auto. Son tres o cuatro cuadras de un tráiler junto a otro, separados por unos metros donde cada vecino estaciona su auto o camioneta. Las viviendas son de madera o de chapa, del ancho de una habitación. Se ven casi como vagones de tren. No hay casi nadie afuera: el tiempo está lluvioso y es media tarde, cuando la gente ya volvió de trabajar en el campo o en la fábrica. El ambiente es de siesta.

Vamos casi de salida cuando le pido a mi novia que frene para poder sacarle una foto a un tráiler pintado de bandera mexicana. Techo verde, paredes blancas, base roja. Cuando me ve sacarle fotos a su casa, Mario Córdoba, de 16  años, sale levantando las palmas de las manos, desafiante, encogiendo los hombros en una pregunta.

Es bajito y sus bermudas largas a cuadros que cuelgan de un boxer a cuadros que cuelga de su cintura lo dejan aún más chaparro. El sol le marcó en el torso la silueta de una camiseta sin mangas y tiras finas sobre los hombros. Lleva el pelo negro brilloso de gel y pulseras de colores en la muñeca izquierda.

 —Por los colores… –le grito desde el auto para tranquilizarlo, señalando la casa.
 —Ah… –sonríe y asiente con la cabeza.

Mario es de San Diego, California. También vivió en el D.F. unos meses, hace poco. Su familia llegó a la costa este hace unos seis meses para trabajar en el campo. Son todos ciudadanos estadounidenses, pero cree que ninguno va a ir a votar. Él tampoco votaría si tuviera la edad, porque los candidatos siempre hacen lo mismo.

 —Muchos dicen que van a dar papeles y nunca hacen nada. Barack Obama dice que esto, que lo otro, pero nunca se sabe.

Igual, cuenta, “dicen que la raza latina lo va a votar, por los colores”. Los colores de piel, claro.

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Irene Moreno, otra vecina del lugar,  nos cuenta que mañana no va a ir nadie a trabajar, porque se dice que la Migra va a estar en las rutas. En el campo, donde el transporte público no tiene razón de ser, manejar es sinónimo de trabajar. El gobernador del estado había anunciado controles de tráfico para evitar que la gente manejara borracha el fin de semana y entre los 700,000 latinos del estado –se estima que 400,000 son indocumentados– esto desató una bola de nieve de rumores.

 “La gente está muy asustada”, dice Irene, de Durango, México, que es residente legal y trabaja en una fábrica de hilos. Parada en el porche de su tráiler color salmón, abraza a su niña de tres años, la menor de sus tres hijos: “Parece que mucha gente se va a quedar en su casa, no va a salir”.

El día antes, en Siler City –un pueblo de similar tamaño del otro lado del estado–, se decía lo mismo. La gente no paraba de llamar a una organización de ayuda a los inmigrantes para preguntar si era seguro salir en auto.

Ese fin de semana, latinos de todo el estado se quedan encerrados en sus casas, asustados. Todo por un control rutinario de autopistas, de los que en Carolina del Norte se hacen todos los veranos.

***

—Los morenos son muy flojos   –dice, sin vueltas, el barman Juan Carlos Alonso, cuando encuentra un minuto para charlar al final de la barra del restaurante La Nopalera.

He escuchado cosas parecidas sobre los negros otras veces en conversaciones informales con latinos en Estados Unidos. Pero es raro que alguien se lo diga, con nombre y apellido y foto, a un periodista que está tomando notas.

Alonso tiene 32 años y vive en Savannah, Georgia, que fue una de las ciudades importantes del Sur confederado cuando desde su puerto se exportaba el algodón que cultivaban los esclavos. Hoy, casi el 60% de la población es negra. El barrio histórico es pintoresco y está lleno de turistas pero, fuera del centro, la ciudad se ve pobre y marginada.

Llego a La Nopalera después de una tarde frustrante y calurosa de buscar el inexistente barrio latino de la ciudad. Los latinos son relativamente pocos, por lo que no hay tantas tiendas y restaurantes como para decir que exista una zona hispana propiamente dicha. Sí logramos comer unos tacos y gorditas de chicharrón en La Comarca, tienda y restaurante mexicano. Afuera, en una pared, un cartel anuncia bandas de música grupera que tocarán en el Club Xtacy y otro ofrece: “Marranos, chivos, borregos, cabezas (de res). Previamente destazados y pelados. Órdenes sólo los martes”.

Es una tarde calurosa y Alonso, nacido en Puebla, prepara margaritas para un grupito de chicos y chicas rubios que apenas deben pasar los 21, la edad legal para beber. Él no va a votar porque aún no tiene la ciudadanía estadounidense, pero está claro que no quiere un presidente negro.

 “Si queda Obama de presidente, les va a dar más facilidad de ser más flojos”, dice de los negros.

Así queda expuesta la tradicional guerra de prejuicios entre dos minorías que suelen competir en los sectores más bajos del mercado laboral. Los latinos, según algunos negros, vienen a arruinar todo, al aceptar trabajar por poca plata. Los negros, según algunos latinos, no quieren trabajar y viven de la asistencia social.

Me quedo pensando: si un votante va a basar su elección en sus inclinaciones racistas, ¿por qué, en lugar de a un señor negro, va a votar a un señor blanco, tan blanco como todos los presidentes estadounidenses hasta ahora?

Me viene a la mente lo que me dijo media hora antes Elvira, una mexicana de Guanajuato, dueña del supermercado El Don Juan II, en otra zona de Savannah.

 —No creo que el color de la piel de Obama importe, es más el poder de convencimiento que pueda tener —opinó desde detrás de la caja registradora, entre cliente y cliente—. Relaciones difíciles existen entre todas las razas. Votar por un blanco o por un negro viene siendo la misma cosa.

***

Nueva Orleans parece en camino a recuperarse,  tres años después del huracán. Pero no hace falta manejar mucho para encontrar recuerdos de Katrina. Las casas con ventanas clausuradas con tablones. Las equis de aerosol pintadas por las cuadrillas de rescate en el frente de cada vivienda, con números que indican quién estuvo allí y cuántas víctimas encontró. Los carteles en los postes de luz que ofrecen servicios de demolición y reconstrucción, todo llamando al mismo teléfono.

Tampoco hay que andar mucho para encontrar otra consecuencia del huracán de 2005: los obreros latinos que llegaron en masa apenas pasó la emergencia para trabajar en la reconstrucción.

El barrio de Mid City tiene muchas de esas casas desvaídas, sin arreglar. En algunas vive gente. En otras, el moho aún cubre las paredes. En el porche de una casa de paredes azul viejo que no se ve tan bien encuentro a los hondureños de Copán Ruinas: cuatro hombres jóvenes, dos hermanos, todos oriundos de la misma ciudad, cada uno llegado por su cuenta. “Nos juntó la necesidad”, dice uno y se ríen. Julián, Bonérjez, Manuel y Edwin descansan de otro día largo de trabajo en construcción, en demolición, en pintura o en lo que sea. Haciendo lo que hace la gente trabajadora en cualquier pueblito de América Latina cuando vuelve de su jornada y el calor está bajando: sentarse delante de la casa a hablar bajito de cualquier cosa, ver gente pasar, matarse los mosquitos y sacudírselos de la palma de la mano.

El barrio es pobre y parece tranquilo. Pero los hondureños dicen que después de que oscurece no salen para nada, porque “los morenos friegan bastante”. Desde la explosión demográfica hispana de la que ellos son parte, ha habido muchos ataques de negros contra hispanos. Pero, más que una cuestión racial, pareciera un tema económico: los latinos indocumentados tienen mucho dinero en los bolsillos los días de pago porque no pueden abrir cuentas de banco; para los asaltantes, son Walking ATM, cajeros automáticos caminantes; los asaltantes, parece, tienden a ser negros.

 —Cuando hay trabajo, nosotros trabajamos, y salir, casi no salimos, porque hay que cuidar el dinerito, por si se queda sin trabajo uno –dice Manuel Guerra, de 32 años, el más veterano de los cuatro, de bigote finito, sentado en una silla de plástico blanca, que viste solo unos jeans.

Una consecuencia inesperada de esta ola inmigratoria es que muchos latinos de los de antes, los afincados hace tiempo en Nueva Orleans y los nacidos allí, redescubrieron su identidad cultural.

Antes, los latinos eran “invisibles” en la ciudad, cuenta Diane Schnell, hija de hondureños, nacida y criada aquí. “Había un supermercado, dos restaurantes y el consulado hondureño, y eso era todo —dice—, ahora hay unos 10 o 12 supermercados y las tiendas se han triplicado o cuadruplicado. Abrieron un consulado mexicano, también.” Sus padres ahora pueden comprar aquí el queso blanco que antes se hacían traer por amigos desde Honduras.

Estoy en la oficina de Diane porque es la directora de marketing (y la directora de noticias, es una empresa pequeña) del canal 42, parte de la cadena en español Telemundo. El canal arrancó en 2007 y en julio pasado lanzó el primer noticiero en español de la historia de la ciudad.

Desde las ventanas de la oficina se ve la superficie oscura del lago Pontchartrain, que junto al río Mississippi mantiene a Nueva Orleans rodeada de agua. Agua que está más alta que la propia calle y que, empujada por Katrina, desbordó los muros de contención. Faltan unas semanas para que Gustav pase cerca, más o menos para el aniversario tres de la tragedia, y la prensa nacional vuelva a prestar atención y a mandar a esos cronistas a quienes les encanta flamear como banderas delante de una cámara en vivo.

Diane también cambió, como cambió su ciudad. Como para otros hijos de latinos, el español había sido para ella solo el idioma de los padres y los abuelos, inútil fuera de las puertas de casa.

 —Ha sido una experiencia de aprendizaje para mí. Antes, era más estadounidense, básicamente era todo lo que necesitaba. Solo hablaba español en casa, pero porque mis padres querían que aprendiera ambos idiomas. Pero ahora lo uso más: trabajo aquí en Telemundo, veo la demanda que hay, y siento que es una gran oportunidad para mí poder ayudar a una comunidad que lo necesita.

En esta campaña electoral, dice Diane, solo el republicano John McCain ha sacado avisos en español en el canal 42. Es que Obama no necesita votos latinos en Louisiana. Al parecer, su campaña apuesta a ganar con la mayoritaria población negra, así que no necesita gastar dinero en convencer a los hispanos. Esos fondos se los puede dedicar a los cuatro estados donde los hispanos sí pueden definir la elección.

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Después de Nueva Orleans,   los días empiezan a pasar más rápido. Para cuando entramos a Texas, mi novia está cansada de manejar y yo, de trabajar. Decidimos no detenernos en Houston, me pongo al volante para que los dos descansemos y nos metemos al corazón de Texas mientras cae la noche.

Dormimos en La Grange, en un motel de una familia india de la India, donde el cartel de letras movibles parece estancado en los cincuenta: “Teléfono. TV a color”, promociona.

Paramos en Smithville, un pueblo ínfimo con camionetas grandotas en la calle principal y un único restaurante mexicano, México Lindo.

Una de las mozas, Sanjuana Moreno –20  años, nacida aquí–, dice que no le interesa votar porque no siente que ella pueda hacer una diferencia. “Obama nos puede beneficiar más que el otro”, dice, igual. “Más que nada, porque es moreno”. El mánager Olegario Huerta –50, residente legal pero aún no ciudadano– admite que no sabe mucho sobre los candidatos. “Que gane el que va a dar papeles”, dice, más como chiste que como manifiesto.

 —Toño, ¿tú a quién le vas? –le dice a su cuñado, que trabaja en la cocina.

Toño se encoge de hombros y sonríe, pícaro.
 —¿Yo? A las Chivas.

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Tras dos semanas y 6,692 kilómetros,   un polvoriento Subaru blanco entra anónimo y triunfal al tráfico endiablado del D.F. una tarde de domingo. No nos podemos quejar: el único desperfecto fue un reventón en la autopista camino a Nueva Orleans.

Unos días después, en un discurso de 44 minutos en la convención demócrata, Obama dedica apenas 33 palabras al tema de la inmigración y usa una parte para decir que no quiere que la contratación de ilegales socave los salarios estadounidenses.

McCain ni siquiera menciona el tema en forma directa en la convención republicana. Usa ese recurso, supuestamente emotivo, de los discursos gringos en que el político habla de personajes “reales” para que la audiencia pueda “conectar” con el mensaje. “La hija latina de trabajadores migrantes”, entona, merece “la oportunidad de alcanzar el potencial que Dios le dio”. De los padres hipotéticos de la chica hipotética, no dice nada.

Me acuerdo de Juvencio, el activista de Carolina del Norte, quien se quejaba de que los candidatos no hablaban de los temas que le importan a él y a otros latinos. Me acuerdo de Diane, la hija de hondureños en Nueva Orleans, quien, si tuviera a los candidatos enfrente, les preguntaría qué piensan hacer con los inmigrantes indocumentados. “La comunidad hispana quiere estar segura de que la van a respetar, a tratar de la misma manera que a los demás, que no va a ser acosada ni encasillada —me dijo—, están aquí, están ayudando a reconstruir, quieren ser reconocidos por las cosas buenas que hacen acá.”

El silencio de los candidatos, sin embargo, es una táctica selectiva. Después de las convenciones, dan entrevistas a la cadena en español Univisión. Ahí, se desviven por mostrarse del lado de los hispanos, diciendo cosas que no dicen cuando el micrófono es de ABC, NBC o CBS. McCain asegura que no votó a favor del muro fronterizo, cuando cualquiera puede buscar en internet el registro de la votación en el Senado y ver el “Yea” al lado de su nombre. La esposa de Obama le dice a una radio hispana de Los Ángeles que la reforma migratoria va a ser una de las prioridades de su marido, junto con el fin de la guerra en Iraq. Qué raro, entonces, que solo la mencione ante audiencias hispanas. Es, claramente, un tema incómodo, que a los dos candidatos les puede causar más pérdidas que ganancias.

La verdad es que los latinos son importantes solo en los estados donde pueden inclinar la elección para uno u otro lado. Son importantes porque Florida vale 27 votos electorales; Colorado, nueve; y Nevada y Nuevo México, cinco cada uno. En los estados donde no hay duda de quién ganará –Nueva York y California porque siempre serán progres, Texas y Tennessee porque siempre serán “conservas”–, donde los hispanos no hacen diferencia, no vale la pena gastar plata en seducirlos.

Las encuestas anuncian que un número récord de latinos votará en esta elección y que dos tercios votarán a Obama. Pero las encuestas no tienen rostro y los latinos –ecuatorianos, salvadoreños, mexicanos, texanos, guatemaltecos, hondureños, californianos y más– pueden ser bien distintos entre sí.

Indiferentes, como Mario, el adolescente de Kinston. Fervorosos, como Diego, el cosechador de tabaco. Conservadores, como el restaurantero Gerónimo, en Florida. Militantes, como Teresita, la activista pro inmigrante en Virginia. Prejuiciosos, como el barman Juan Carlos. Interesados, como Francisco, el político de Nueva York. Temerosos, como los que no salieron a manejar aquel fin de semana en toda Carolina del Norte. Desafiantes, como Gaudencio y su Muro de la calle Libertad.

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Cuando estoy terminando este texto,  recibo un correo electrónico de Diane Schnell desde Nueva Orleans. El susto de la evacuación por el huracán Gustav ya pasó, pero dejó una novedad: el gobierno de la ciudad esta vez emitió alertas en español, reconociendo la presencia creciente de la población latina.

Diane me cuenta que la campaña de Obama aún no ha comprado un solo espacio publicitario en el canal.

 —Supongo que no necesitan o no quieren nuestros votos –escribe–. Vamos a ver si esa es una buena decisión de su parte.

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