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Apenas nos acercamos, lo sniño shuyen despavoridos. Más tarde comprenderemos que su actitud responde a una secuela sicológica, abierta como una herida profunda. También a nuestras enormes cámaras y lentes, que a ellos –indígenas machiguengas– les recuerda la imagen de la muerte, a los militares y policías con sus fusiles y bazucas. Hace más de un año, ellos invadieron sus casas, violentaron sus puertas, los interrogaron a la fuerza, y después los obligaron a huir. A refugiarse de las balas, las minas y el bombardeo de helicópteros que, durante un mes, sobrevolaron la zona en busca de terroristas. Desde entonces, el zumbido de un helicóptero o la presencia de extraños los alerta sobremanera. Los pone en guardia.

Porque este lugar, perdido en la espesa selva cusqueña –como muchos otros, que permanecen escondidos– se hizo visible por la desgracia: el secuestro de 36 trabajadores de Camisea, el proyecto gasífero más grande de Perú, a manos de terroristas de Sendero Luminoso. Antes de eso, los nativos de Incaree vivían tranquilos, a sus anchas, en una selva caliente e intrincada. Su existencia no estaba marcada en las guías de turismo ni en los libros de Geografía. Y a ellos eso no les importaba. Habían estado solos mucho tiempo, desde que sus ancestros se asentaron allí y fundaron el pueblo (aunque nadie recuerda cuándo fue).

Se trata de un pueblo al que se accede, después de superar un viaje de doce horas en camioneta, desde Cusco, a través de una carretera polvorienta y angosta. Un pueblo donde antes todo era diáfano y solitario. Incaree –que en machiguenga significa laguna– era una comunidad de setenta casas desperdigadas entre las montañas. En el día, los indígenas labraban la tierra y pescaban en el río; y por la noche, se reunían a la luz de una fogata, a conversar en su dialecto.

Pero esa calma llegó a su fin el jueves doce de abril del 2012. Y, la primera señal de que algo andaba mal fue ver helicópteros en el cielo, con artilleros observando hacia las montañas. Después, los indígenas escucharon disparos, de metralleta, de fusil, bombas, y más disparos desde el aire. Freddy Díaz Martínez, el jefe de la comunidad, se refugió debajo de su cama, junto a su esposa y sus tres hijos. Allí permanecieron largas horas. Oyendo las ráfagas y explosiones, cada vez más cerca. Hasta el sábado, cuando decidieron cobijarse en la casa de un familiar, cerca de la escuela, a media hora a pie. Esa noche no pegaron el ojo. Tampoco lo harían las próximas noches.

Al día siguiente, en la madrugada, despertaron sobresaltados por las hélices de un helicóptero, que aterrizó cerca de la escuela. Los militares se desperdigaron entre las viviendas. A todos les apuntaron por las rendijitas de las paredes de madera –recuerda el director de la escuela de Incaree, Iván Barrientos–. Al papá de Freddy, el viejo Roberto, que tenía la rodilla hinchada, lo jalonaron como a un muñeco. A sus hijos también. A todos les apuntaron con armas. Un policía de Kiteni pidió que los soltaran, porque sabía que eran nativos. Si no fuera por ese policía, los mataban a todos creyendo que eran terroristas –prosigue Barrientos–, siempre en voz bajita porque tiene miedo. Miedo de morir por hablar, miedo de morir por callar, también.

De ese día, sin embargo, no quiere acordarse Roberto, que esta tarde acaba de volver del campo, con sus botas de hule, su polo mugriento y su caña de pescar. Hace un rato se ocultó el sol en Incaree, y los niños han retornado a sus chozas, con sus madres. Las casas están desparramadas entre montañas verdes, casi camufladas. Solo Adán, el hijo de Freddy, permanece en la cancha de fútbol, donde su tía Lisbeth está de pie, con la mirada petrificada. La mujer viste un polo rojo y varios collares con llaves y figuras de animales salvajes. Los usa como protección contra los malos espíritus. Contra fuerzas malignas, como esos soldados que aquel funesto domingo se llevaron su radio, sin dar explicaciones.

—Con esa radio nos comunicábamos con otras comunidades, cuando alguien se enfermaba. O cuando necesitábamos ayuda. Ahora estamos aislados. ¿Sabes por qué lo hicieron?

El silencio, a veces, no es la mejor respuesta a las inquietudes profundas. En la mirada de Lisbeth hay una furia contenida, como si de pronto un animal indomable fuera a salirse de su cuerpo para atacar. Una manada de patos y gallinas desfila por el campo deportivo. Adan juega con la cámara de Álvaro, el fotógrafo. Don Roberto se lava las manos, agachado, con el agua que brota de una manguera. La luna ilumina esta selva enmarañada. La noche aquí no solo amenaza con su oscuridad, sino también con sonidos extraños, figuras raras en los caminos, o voces cerca de la carretera. Pero no siempre fue así.

Lisbeth recuerda que, antes de abril del año pasado, ninguna de las setenta familias de su comunidad se preocupaba por los terroristas de Sendero Luminoso. Los veían como algo lejano. Algo que atacaba a cachacos y policías en el Vraem, ese pedazo de territorio peruano que agrupa parte de las regiones de Apurímac, Cusco, Junín, Huancavelica y Ayacucho. Para ellos, Sendero era un funesto recuerdo de los años ochenta, cuando Abimael Guzmán –fundador del grupo terrorista– asesinó a miles de inocentes. Ignoraban, sin embargo, que desde 1999, cuando fue capturado el terrorista Feliciano, la familia Quispe Palomino –los hermanos ‘José’, ‘Jorge’ y ‘Gabriel’– habían tomado el mando en el Vraem, y andaban a la conquista de nuevos territorios. Nuevas zonas por donde sacar la droga del Vraem.

Lisbeth, que ahora está sentada sobre un tronco de madera, me dice que si hablara su dialecto machiguenga podría confesarme algunos de sus secretos. Don Roberto, que cocina yucas en una canasta, se ríe como si hubiera contando un chiste.

—Quiero aprender –le digo–. Enséñame.

Ella suelta una risa, me mira con sus ojos furiosos y me dice:

—Está bien. Primero debes aprender a presentarte –agrega esta vez con la voz relajada–. Nopaita, Ralph. Así se dice yo me llamo Ralph.

—Y cómo se dice ¿cómo te llamas tú?

—¿Tiarapipaita?

—Y ¿dónde vives?

—¿Tiarapitini?

—Y ¿cómo estás?

—¿Uga añobi?

—¿Y hormiga?

—Katitori

La clase se torna amena y divertida. Así avanza la noche, hasta que llega Freddy. Lo saludo y dice que no se acuerda de mí. Lo conocí en Kiteni, el 16 de abril. Habían llegado desplazados por la violencia terrorista, en busca de protección. Él me cuenta que regresa del centro de salud, adonde fue para curarse una torcedura en su tobillo. Con suerte halló un carro que lo trajo hasta la escuela. Desde allí ha caminado una hora hasta aquí, su casa.

—¿Qué es de tu hijo, Gabriel?– le pregunto.

—¿Gabriel?, ¿Qué Gabriel?, ¿El Camarada ‘Gabriel’?– me responde asombrado.

—Tu hijo –le digo con seguridad– el que se escapó durante el enfrentamiento. Al que hallaron con su abuelita, en Shimaa.

—Ah, el que se escapaba. Allí está, estudiando –admite sorprendido.

—Yo pensaba que me hablabas del camarada ‘Gabriel’–añade con una risa tímida–. No me hagas asustar, pues, porque mis hijos lloran, se esconden.

El terrorista ‘Gabriel’, que en el transcurso de mi viaje fue muerto a tiros en Ayacucho por un grupo especial de la Policía, era el hermano menor de los sanguinarios jefes del Vraem. Responsable de muchas emboscadas a soldados y policías, se hizo conocido el año pasado por secuestrar en Kepashiato [un centro poblado ubicado a cuatro horas de Incaree] a treinta y seis trabajadores del proyecto Camisea, el más grande y millonario de Perú. Ubicado en el distrito de Echarate, en la provincia cusqueña de La Convención, Camisea alberga las mayores reservas de gas, que son explotadas, desde el 2004, por Pluspetrol, y transportadas a Lima por TGP. Unos buenos millones de esas ganancias económicas son enviadas a la región Cusco, que a su vez las redistribuye entres sus 13 provincias.

El intento de liberación de los treinta y seis rehenes de Camisea costó la vida de cinco militares y tres policías. Ellos se sumaron a los 220 militares, 56 policías, y un número indeterminado de civiles asesinados, desde 1999, en el Vraem, por los despiadados Quispe Palomino. En medio de ese incidente brutal –el secuestro de Kepashiato– por fin, Lisbeth y el resto de machiguengas despertaron a la realidad: los terroristas siempre estuvieron cerca, acechándolos. Inteligencia de la Policía sabía que los subversivos cruzaban de noche las montañas de Incaree, atravesaban sus ríos, y descansaban en campamentos improvisados. Pero los machiguengas lo desconocían.

Hasta el jueves doce de abril, cuando tuvieron que refugiarse en Kiteni. Allí los conocí. A Freddy y al resto de indígenas. Habían sido desplazados, a la fuerza, por los militares. Llegaron a Kiteni, ubicado a tres horas de Incaree, sin nada, más que su ropa puesta. Clamando ayuda, un techo y comida. Estaban extraviados en la ciudad. Permanecieron en el local municipal, durmiendo en colchones prestados, cocinando en ollas comunes. Añorando su chacra, sus cultivos. Esos cultivos que nunca recuperaron –precisa Lisbeth.

—Ni el café, ni el achiote, ni el maíz. Nada. Todo se perdió. Ahora los comerciantes traen muy cara las cosas, y no tenemos plata para comprar –añade–. Más adelante me pedirá que, por favor, comunique sus necesidades y haga escuchar su voz.

Porque además de luchar contra su pobreza, deben hacerlo también contra sus fantasmas. Como Freddy que nunca olvidará aquel abril. Tampoco lo hará su cuñado, Cirilo Pascual. Ambos fueron forzados a recoger los cadáveres de tres soldados fallecidos en combate. “Cargamos tres cuerpos, ensangrentados, pesados –relata, mientras se abriga con una media su tobillo fracturado–. Nos amenazaron diciendo que si no lo hacíamos éramos terroristas”. Así estaban: en medio de dos fuegos, entre terroristas que se desplazaban por su selva, y soldados que los trataban como a subversivos. ¿Habrase visto tremendo insulto? ¿Qué elección tenían, si ningún bando les aseguraba la vida?

Otros nativos, como Elber Huamán Korinti, fungieron de guías de soldados y policías. Obligados con un fusil en la cabeza. Sin elección. En una selva que te devora. Con él me reuní en agosto de este año, en Cusco. Me contó que las fuerzas del orden le exigieron conducirlas hasta donde los terroristas, a su escondite. Lo obligaron a firmar su propia sentencia de muerte. Al llegar a la supuesta guarida, se desató una lluvia de balas. Una de estas, lo lisió para siempre. Ahora advierte que no descansará hasta que el Estado le pague una indemnización. No solo por su salud (porque nunca volverá a caminar bien), sino también porque lo destinaron a vagar por el mundo, sin poder regresar a su comunidad. Nunca más.

Los desplazados, los miserables

Valeriana Huamán Korinti cree que si no hubiera sido expulsada de Incaree como un animal por los soldados, estaría tranquila en su chacra. Su mayor desgracia fue vivir en una zona que se convirtió –de la noche a la mañana– en un campo de batalla entre soldados y terroristas. Por eso, a punta de plomo, tuvo que abandonar sus dos hectáreas de café, achiote y maíz, sus animales, su vida entera. Fuimos arreados como animalitos –relata dentro de su casa de triplay, en Kiteni–. El que se quedaba, decían los militares, era terrorista. Así nos juzgaban. Sin conocernos. Y siguen haciéndolo: por ejemplo, dicen, que quienes han vuelto son narcos.

La casa de Valeriana es un recinto miserable, donde hay una cama para ella, su esposo Ángel Quispe, y sus cinco hijos. Botellas vacías, un televisor viejo, un plástico negro que funge de piso, ropa desparramada en el suelo, y un olor fétido. Las paredes son de triplay, un material que un fuerte viento podría quebrar con facilidad; y su puerta, una cortina roja. El baño es un cuarto más reducido, y se ubica detrás de su casa alquilada, en el barrio San Martín de Kiteni.

Por más de un año, ella y su familia han deambulado de un lado a otro: locales estatales en Kiteni, instituciones benéficas en Quillabamba (una ciudad localizada a cinco horas de Cusco), casas alquiladas. Al inicio estaban acompañados de otros machiguengas de Incaree y colonos de Alto Lagunas, también desplazados. Eran días tensos, de persecuciones y batallas en la selva. Las autoridades aprovechaban la situación para salir en la foto, entregándoles alimentos, colchones y medicinas. Después, como siempre que se acaba el romance y fallece la noticia, se quedaron solos, como cuando habían llegado. Solos, en una ciudad desconocida, sin saber qué hacer. O Volver y exponerse a la muerte; o resistir penurias y vivir. Ellos escogieron lo segundo, al igual que otros nativos que se marcharon a Yuveni, Quillabamba y Cusco. A volver a empezar. El resto retornó a Incaree, después de cuatro insoportables meses en la ciudad. A jugárselas.

Ahora sabemos que fueron 150 los desplazados, entre machiguengas de Incaree y colonos de Alto Lagunas, según el registro del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Valeriana, con su certificado en la mano, me confirma que es una de ellas. ¿Sirve para algo, esto? –me pregunta ansiosa–. Le digo que averiguaré. Ella agacha la cabeza y continúa amamantando a su hijo de seis meses. Afuera, la noche se desliza. El resto de sus niños pelean por una gaseosa. Lidia, de 11 años, reposa en la cama destartalada, mirando el techo de zinc de su casa.

Esa casa que no es suya. Una casa alquilada, prestada, como las otras que han habitado por más de un año, desde que salieron de Incaree. Porque ellos han sobrevivido a la tragedia, intentando engañarla, buscando disfrazarla. Malditas cosas que han pasado en Incaree para yo estar aquí –cuenta Valeriana con los ojos llorosos–. Hace mucho calor, y no me acostumbro. Mis hijos sufren. Ya le he dicho a mi marido que él cuidará de ellos porque yo no estoy bien –añade con la voz quebrada–. Para verme estoy bien, pero en lo más profundo, por dentro, estoy como un fierro oxidado. Valeriana padece de colesterol alto, un mal que podría afectarle el corazón, según le ha advertido el médico. Por eso, casi todos los días, siente que su cabeza le da vueltas como a una gallina. El dolor la tumba en la cama, y se agudiza cuando piensa en su situación.

—Tan mal estamos aquí, como verá señor periodista, que a veces pasamos el día tomando agua con sal –recuerda con nostalgia–. Porque no hay plata para comprar víveres. En mi chacra, en cambio, teníamos plátano, maíz, frutas.

—¿Por qué no regresan?– le pregunto.

—Porque estamos sentenciados a muerte –responde sin titubear, y suelta el llanto–. Fíjese usted, hartos de esta situación, conversé con un colono de Alto Lagunas y le dije que quería volver, al igual que ellos. Me dijo que no. Que dos familias estaban marcadas por los ‘cumpas’ (terroristas), y que iban a morir. Hace poco mi esposo fue a nuestra casa, allá arriba, y encontró un cartel donde habían escrito, con letras negras: “Estás marcado por los compañeros (terroristas)”. Así, ¿cómo vamos a volver?

Su madre, María Ismael Korinti, fue más valiente y retornó a Incaree, pero ahora se arrepiente. Todas las noches, desde que volvió, golpean su casa, sus paredes, sus puertas. Ella, para no ser descubierta, permanece calladita, sin moverse. No duerme, hasta que amanece y las sombras se marchan. Ignora, con certeza, quiénes son sus perseguidores. Sospecha, sin embargo, que la hostigan por ser madre de Elber Korinti. Eso lo confirma Valeriana, que esta mañana está recostada sobre un tronco de madera, fuera de su casa. Su hijo Josué, de 4 años, duerme a pierna suelta dentro de una carretilla oxidada. Un helicóptero surca el cielo.

—Los terroristas creen que Elber está con la Policía, trabajando con ellos –explica Valeriana, que carga en brazos a su bebé–. Por eso no podemos regresar. Por eso seguimos penando aquí. Ya vamos a cumplir dos años en Kiteni. Si no hubiera ocurrido eso, tranquilos estuviéramos en mi chacra.

Los valientes que volvieron

Mi guía en este viaje es un colono de Alto Lagunas, cuyo nombre se mantiene en reserva por seguridad. Dice que la Policía los considera terroristas. “Pero mira, ¿acaso ves ‘cumpas’ (guerrilleros) por alguna parte?”, me pregunta, cuando llegamos al campamento donde cuatro hombres más descansan, luego de la jornada laboral. Hay temor en sus miradas, pero también ironía en sus palabras. “Los tíos ya no están acá, ya los hemos corrido”, agrega uno de ellos. El año pasado iniciaron la construcción de una carretera de seis kilómetros, que unirá Incaree y Alto Lagunas. Ya solo les falta trescientos metros para concluirla. La vía terminará justo enfrente del cerro donde aún yace el helicóptero derribado de la capitán Nancy Flores Paúcar, asesinada por terroristas en abril del 2012, cuando intentaba liberar a los rehenes de Camisea.

Alto Lagunas es la continuación de la selva de Incaree. Una región colonizada hace treinta años por pobladores foráneos, de otras parte del Perú. Llegaron allí con la intención de sembrar extensos terrenos de cacao, café y cítricos, y cortar madera para luego venderla en Cusco. Al inicio tuvieron problemas con los machiguengas, pues estos últimos defendían los recursos de la naturaleza, y se oponían a la tala de árboles. Poco a poco, no obstante, las relaciones mejoraron. Mi guía –que ahora corta la maleza para ensanchar la carretera que vienen construyendo– asegura que antes de abril nunca habían visto a guerrilleros de Sendero Luminoso. Esos sujetos que en abril los obligaron a marcharse.

Pero cuatro meses después, ya con las aguas quietas, ellos –los colonos de Alto Lagunas– retornaron. Y, aunque todos insisten en que no es zona de terroristas, la Policía la ha identificado como tal, según reportes de Inteligencia. Los caminos de este valle unen Alto Lagunas con pequeños pueblos, como Yuveni, Chuanquiri, Chontabamba, Espiritupampa, y Vilcabamba, por donde transitan los subversivos de Sendero Luminoso. Pero mi guía dice que eso no es verdad. Se lo dijo también a la Policía, que lo interrogó en varias oportunidades por supuestos nexos con los subversivos.

—¿Has visto algo malo? –me pregunta.

—Silencio (10 segundos)

—Lo único malo es que seguimos abandonados. En los veinticinco años que vivo acá es la primera vez que siento al Estado presente, y gracias a esta carretera que estamos construyendo –agrega con la mirada perdida en las montañas–. De alguna forma, eso que ha pasado acá, eso de los terroristas, nos ha ayudado.

Eso mismo opina su hermano, que vive en Alto Lagunas. Él camina todos los días, por un valle enmarañado, hasta llegar a su casa. El camino es irregular, bordea un cerro, y si no sabes pisar podrías enredarte con algunas ramas y caer. Y morir. Su casa es de madera, y tiene unos colchones viejos en su cama. Desde allí, arriba, se divisa el valle de San Fernando y otras colinas verdes. “Cuando volvimos hallamos todo abandonado –cuenta mientras avanzamos hacia su chacra–. El café se había perdido, también el achiote y el maíz. Hemos tenido que empezar de nuevo”.

Comenzar de cero. Reiniciar. Dentro de su casa, su pequeña hija estudia, mientras él, con la mirada nostálgica, admite que el terrorista ‘Gabriel’ llegaba, a veces, por esta zona. Lo hacía por la carretera Kimbiri-Pichari. Entraba por Ayacucho, llegaba a este lado, y a nosotros nos perjudicaba –agrega un poco más suelto–. Porque la Policía cree que todos somos terroristas, narcotraficantes, cumpas. Ah, vives en Alto lagunas. Ah, eres terrorista, así nos tratan. No saben que acá, arriba, hay pongos, quebradas, una zona turística no explotada–continúa su relato– intentando, tal vez, borrar esa imagen de la violencia que los persigue. Esa imagen que los condena al olvido, también.

Mi guía dice que en Alto Lagunas viven 25 familias colonas. Todas se dedican a agricultura, una actividad promocionada por el Estado, pero no efectiva. Porque a ellos, el conflicto del año pasado, los dejó en la miseria, más jodidos de lo que ya estaban. Ahora el precio del café ha bajado, y ya no es rentable. Trabajan todo el año y obtienen 10 quintales de café, que venden a 200 soles el quintal (unos 57 euros). Obtienen dos mil soles (571 euros) que deben estirar durante doce meses. A eso habría que restarle el flete por sacar el producto a la ciudad, los gastos de producción. Las pérdidas son superiores.

La de ellos es una lucha diaria, por la supervivencia. Lisbeth, la machiguenga, confiesa que ahora viven tranquilos. No felices, pero sí más relajados. A menos que, y eso lo recalca, escuchen un helicóptero. “Allí sí nos da miedo, todos nos escondemos –dice–. Voy a ser sincera: nunca hemos visto terroristas, ¿cómo son?, como los militares, ¿cómo andan vestidos, sabes?” Entiendo, entonces, que ellos –todas las setenta familias machiguengas de Incaree– le temen más a los policías y soldados, con sus armas y sus helicópteros. Porque los han padecido. Porque les han dejado un tajo imborrable en el alma. Una marca difícil de arrancar, difícil de olvidar.

Que el Perú avance, de verdad

En Incaree amanece muy temprano. A las cinco de la mañana los nativos encienden sus linternas, las muchachas preparan el desayuno. Roberto cocina yucas en el fogón. El resto se alista para ir a la escuela, a la chacra, o a pescar. Freddy irá hoy a casa de un vecino, al frente cruzando el río, a hacer ayni y devolverle la ayuda que antes recibió. Freddy avanza raudo, como si alguien lo persiguiera, por un desfiladero estrecho. Así caminamos nosotros –me cuenta, viendo nuestra lentitud con los pies–. Acá debes aprender a caminar rápido, sino corres riesgo. De perderte, de que te pique un marianito (culebra muy venenosa), te ahogues en el río, o te encuentres con gente desconocida y peligrosa. Dice eso y suelta una risa larga.

Mientras nosotros cruzamos el río, intentando no resbalar por esos troncos de madera, Freddy salta como una rana, y atraviesa obstáculos como si estos fueran invisibles. En esas circunstancias lo perdemos, pese a nuestros gritos, que hacen eco en el bosque. Entiendo, entonces, que han adaptado su cuerpo a sus necesidades. Porque no es lo mismo subirse a un carro para llegar a la escuela, en la ciudad, que caminar –como lo hace Adan y sus hermanos– durante una hora, con el riesgo de ser asaltado por una víbora, o caer en el abismo, para llegar al mismo destino.

Porque en otros lugares, los niños tendrán bicicletas, pero acá los caminos, cimbreantes, engañosos, espesos, no lo permiten. Solo queda caminar para intentar vivir, como lo hizo hace unos años Valeriana, con su primer hijo en brazos. Salió a las cinco de la mañana, de su casa en Incaree, y caminó seis largas horas, atravesó varios cerros, y llegó a la posta de Yuveni. Pero allí, de nada valió su travesía: su hijo murió por una infección generalizada. Ella aún vive con ese peso.

Un centro de salud, urgente. Eso es lo que necesitan las familias de Incaree y Alto Algunas. Mi guía relata que antes, cuando no había carretera, llevaban a sus enfermos en burros o mulas, hasta Yuveni. Ahora las cosas han mejorado, en algo. Pero siempre ruegan a Dios que sus hijos no se enfermen de lunes a viernes, porque es difícil conseguir un vehículo. En cambio, añade, los sábados y domingos hay feria en el pueblo y llegan muchos carros. Pienso, entonces, que en estos pueblos la vida es como una ruleta rusa: todo se echa a la suerte.

Las escuelas son otro cantar. Los hijos de Freddy no han venido a estudiar hoy, martes, porque deben trabajar en la chacra, sembrando maíz. Los niveles de deserción escolar en este lugar son altos, advierte el director de la Ugel de La Convención, Agustín Aquino. Y de la secundaria ni hablar –agrega apresurado–. Solo la mitad de todos los nativos de Incaree y Alto Lagunas continúan la secundaria, en Kiteni, Coribeni, u otros lugares. El resto se queda en la chacra o busca trabajo, en lo que sea. Cuando finaliza pienso en Adan y sus hermanitos, que podrían ser –quién sabe– grandes ingenieros o arquitectos, quizá profesores bilingües.

—Porque hay chicos con muchas habilidades: pintan, diseñan, crean, pero no tienen oportunidades– explica el profesor Félix Cuba, de la escuela de Incaree–. Lamentablemente, la secundaria cuesta. Acá no hay. Tienen que ir a Yuveni, Coribeni, y pagar un internado, comida, pasajes.

Él, como el director de la escuela, es un héroe. Héroe porque gana 1.200 soles mensuales (343 euros) y no desiste. Porque no recibe ningún bono especial, por estar en una zona de emergencia, vecina del Vraem. Héroe porque vive en la misma escuela, en un cuartucho reducido, y come todos los días lo mismo: atún con arroz. Porque no ve a su familia, sino una vez al mes. Porque –pese a todo eso junto– aún tiene ganas de enseñar, de reclamar que –por Dios– alguien se acuerde de ellos. De ellos, que también son peruanos, como sus alumnos.

Peruanos de un pedacito de nuestro país que descubrimos –todos, y me incluyo – el año pasado, en medio de balas y terror. Un rincón que pertenece al lugar más rico del Perú: por el gas de Camisea el distrito de Echarate recibe más de S/. 350 millones anuales (100 millones de euros). Es cierto, y lo comprobé en este viaje: se ha construido una carretera, la luz pronto llegará, así como los baños decentes, pero –como me dice Freddy, antes de que me vaya– que no sea la respuesta a una noticia. Que sea un abrazo sincero, un gesto honesto hacia nuestra gente, hacia nuestros hermanos.

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Los cazadores de gringas

Publicado: 10 diciembre 2013 en Ralph Zapata Ruiz
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Esta noche Phuru es el rey de la fiesta. Mientras rasga la guitarra, se balancea sobre su propio eje, y canta Mama África, de Chico César, saluda a un grupo de brasileños y, en especial, a las garotiñas que se han refugiado en Kilómetro 0, uno de los bares referentes de San Blas. Los asistentes, en su mayoría gringos y europeos, le responden con efusivos aplausos, o levantando su copa en señal de cuando-termines-vienes-a-mi-mesa. Además de ser el líder de Phuru y la banda sin nombre, el músico tiene otros atributos que saltan a la vista: nariz aguileña, pelo largo, mirada de cóndor hambriento, boca de pez, y un tatuaje mochica en su frente con las figuras del Sol y de la Luna. Ingredientes necesarios para que cualquier gringa desamparada se lance a sus brazos y se deje seducir por su verbo florido. El resto será placer puro.

Miro la escena musical desde la barra. El Kilómetro 0 es un local pequeño, de dos pisos, con una zona de canturía donde apenas caben los instrumentos, una barra de madera adornada con harto trago, y mesas desperdigadas delante del proscenio musical. En el segundo piso hay sofás más confortables. Algunas paredes del bar exhiben fotos del Che Guevara, Marilyn Monroe, y Bob Marley, entre otros artistas. Son las 11 de la noche y Phuru se despide, por un momento, de los asistentes. “Vamos a darle la oportunidad a una banda joven que nos acompaña esta noche”, dice y al rato cinco adolescentes ocupan la zona de canturía.

Phuru sube al segundo piso del bar, donde conversa conmigo. Una rubia, de chompa blanca y generosas caderas, y una brasileña de amplio escote, ambas sentadas en unos sofás negros, los miran fijamente y sonríen. Me emociono porque creo que les atraigo. Phuru les devuelve el gesto levantando su mano, y diciéndoles que abajo la fiesta está sabrosa, y más tarde se pondrá mejor. Las chicas prometen hacerle caso. “¿Brichero, yo? He sido, pero ahora ya no. No me hace falta. La música las atrae a todas, yo no tengo que hacer nada”, cuenta Phuru. Su prontuario amatorio dice que ha degustado a doscientas gringas, pero solo recuerda a dos: una española de 19 años, a la que desvirgó, y una holandesa con la que estuvo a punto de casarse.

Me salvé, gracias a Dios– relata mientras la rubia y la brasileña siguen mirando de soslayo hacia su mesa–. Imagínate como estaría ahora, con crías y aburrido de un solo hueco.

¿Qué pasó?, ¿por qué no te casaste? –le pregunto.

Me llevó a Holanda, me pagó todo, pero cuando llegué allá enloquecí: había tantas muñecas hermosas, que ella parecía chancay de a veinte –dice y suelta una risa que muestras sus dientes afilados–. Me acosté con varias, obviamente, ella se enteró y terminamos. Fue lo mejor.

Phuru viste un pantalón ancho a rayas, un polo negro con un símbolo shipibo, dos pulseras de cuero en el brazo derecho, y una cadena con un cuarzo grande que adorna su pecho flaco. Él es flaco, y alto como una garza. Vino a Cusco hace ocho años, desilusionado de su Cajamarca querida, una región dominada por la minería. “Allá no había bares culturales, donde tocar música”, prosigue el muchacho que soñaba con recorrer el planeta, con su guitarra bajo el brazo. Aterrizó en el ombligo del mundo, acompañado de un paisano suyo que ahora vive en España. “El primer año en Cusco aprendí a brichear. Me enseñaron Hugo y otros músicos de Amaru Pumac Kuntur. Esos tíos sí que la rompen con las gringas. Son una bala”, relata mientras bebe una taza de té piteado.

La charla es interrumpida por un músico de su banda que le exige volver al escenario. La gente lo espera ansiosa. Sobre todo, las chicas. Phuru se despide de mí, y avanza raudo hacia la mesa de la rubia y la brasileña. Ambas lo reciben con sendos besos en la mejilla, se ríen coquetamente, y Phuru les dice algo que no alcanzo a escuchar. Más tarde, irán al Ukukus –uno de los primeros bares de Cusco– tomarán cerveza y tragos que ellas le invitarán, bailarán salsa y rock, Phuru las hará zumbar como a trompo, se irán pegando poco a poco, él les hablará de la energía cósmica que los ha reunido esta noche, ellas le confesarán que buscaban un andean lover, y es cuando él aprovechará para hacer la conexión intergenital. Terminarán en el hotel, ellas besándolo como adolescentes desesperadas y él recorriendo sus cuerpos como explorador extraviado. Claro que no veré esa película, porque Phuru actúa solo y yo aún estoy cachorro para esas lides.

***

Nadie se pone de acuerdo sobre el término brichero, ni desde cuándo empezó a usarse en Cusco. Pero, sus posibles orígenes estarían en las palabras inglesas bridge (puente), breeches (braga o calzón), y brief (corto, fugaz). Aunque, el escritor cusqueño Luis Nieto Degregori añade una más, en español: ‘hembrichi’ (enamorada, pareja). “Empecé a escuchar la palabra a comienzos de los ochenta, cuando volví a Cusco –cuenta el autor de Buscando un inca, un cuento sobre bricheros–. Entonces había lugares para turistas y sitios para cusqueños. No se mezclaban. En ese contexto emerge el bichero, que al inicio instrumentalizó sus rasgos andinos para conquistar a extranjeras. Y, así se convirtió en una leyenda urbana”.

Dos factores fueron claves para la consolidación del brichero en la sociedad cusqueña. Por un lado, el aumento del turismo, que produjo un fuerte choque cultural y la mezcla entre locales y extranjeros; y por otro, la liberación sexual femenina, que permitió el nacimiento de la brichera. Degregori, que bebe un vaso de chocolate de rato en rato, sostiene que la figura del brichero ha cambiado. “Ya no es el indígena que se parece al inca, con cabello largo, nariz aguileña y tez cobriza. Este tipo de brichero está en extinción. Ahora los bricheros son más modernos”, dice.

Lo compruebo mientras hago un recorrido nocturno por las discotecas de la Plaza de Armas. Llego al Templo, acompañado de Álvaro, y al instante se nos acercan dos cusqueñas que se mueven locamente, de la cabeza a los pies, mientras sus senos parecen estar a punto de salirse por esos profundos escotes. Álvaro –que tiene los ojos verdes, el pelo marrón y la pinta de Cristo bohemio– empieza a cortejarlas, a jugar un rato con ellas, a bailar sensualmente, hasta que viene la pregunta del millón. “¿De dónde son?”, los interroga una de ellas. “De Lima”, responden ambos, y antes de que le devuelvan la pregunta, las chicas se miran y les dicen: “Ahorita volvemos”.

Al frente hay un grupo de gringas que bailan solas. Desde que llegaron, les había puesto el ojo. Álvaro, que es más avezado y en cierta forma brichero con clase, empieza a bailar alrededor de ellas, se balancea hacia atrás, juntando su espalda con las de sus gringas-objetivos, sonríe coquetamente, y liga con una. La agarra de la cintura, lo lleva hacia sus dominios, le da una vueltita, pero como no habla inglés, su aventura termina con la canción de Moby. Ahora es mi turno, y he optado por cambiar de gringas y me he concentrado en una ucraniana de revista porno. Ojos celestes, cabello rubio, senos prominentes, y un culo que destaca por el jean a la cadera que viste la modelo-turista.

La miro desde mi esquina, creyendo atraerla por la fuerza del cosmos. Ella me responde el gesto clavando esos ojos celestes en mis pupilas. Suena un reggaeton de Tego Calderón, y entiendo que es mi hora. Me abro paso entre las parejas cachondas que bailan pegadas, y llego hasta mi ucraniana. Está con una amiga rubia. Hi, do you want to dance with me?, le digo canchero. No, thanks, me responde ella y voltea la mirada. Pero como soy más terco que una mula, vuelvo al ataque. Don’t I like you?, le pregunto. Ella, que parece incómoda con el interrogatorio, responde con los ojos iracundos, No. She’s my girlfriend, ok?

Unas cervezas más, abandonamos la discoteca y llegamos a Mama África, en la Plaza de Armas. Álvaro reconoce a dos alemanas voluntarias, que viven en Urubamba. Se saludan, brindan con una chela y se ponen a bailar. Me acoplo al grupo, y me engancho con una gringa de lentes y cabello crespo. Conversamos como dos viejos amigos, nos animamos a bailar, le agarro la cintura y estoy a punto de darle un beso, cuando llega un tipo con pinta de Xerxes, que le toca la espalda. “Estás bailando con mi gringa”, me dice y agarra del brazo a la chica. Es igualito a Xerxes, ese rey persa de la película 300. Es flaco, moreno y pelado, tiene dos grandes aretes en las orejas, piercing en la nariz y boca, bigote en forma de U y viste de blanco. Besa a la gringa de cabello crespo, la pega a su cuerpo, la carga emulando una penetración y le coge el culo. Me pregunto qué de especial tienen estos tipos, mientras bebo mi cerveza.

En Mithologyc las escenas se repiten. Gringas que parecen modelos de revistas, vestidas con shorts que exhiben sus entrepiernas y blusas transparentes, agarran con bricheros con el pantalón roto, dreads, o gorros de rapero. Entonces, recuerdo las declaraciones del dueño de un conocido restorán de San Blas. Que los bricheros ya no son solo los de belleza andina, sino que ahora hay hippies, raperos, limeños frustrados que fungen de galanes acá, y señores adinerados de saco y corbata que utilizan el truco del te-invito-un-trago-y-te-vas-conmigo-a-mi-hotel. A fin de cuentas, ser brichero es una actitud, más que una apariencia. Una habilidad, más que una pose chola o india.

***

Me siento derrotado, humillado por esa sarta de bricheros audaces. Pero como un guerrero valiente, decido jugar mis últimas cartas esta noche. Acudo a Siete Angelitos, ese bar cosmopolita que dirige Walter Atasi Márquez. El fotógrafo, Álvaro Franco se quedó en buenas manos y piernas alemanas, en Mama África. Walter, que es un ducho en la bohemia cusqueña, me cuenta que los bricheros cazan a sus presas con la hierba, sí, con droga. Marihuana o cocaína. “Estos parcheros de San Blas, que venden artesanías, les hacen trenzas a las gringas y les dicen que en sus casas tienen marihuana. Ellas acceden. Ellos aprovechan la situación para sacarles plata, y luego llevárselas a la cama. Todo por la hierba”, señala el gordo Walter.

Hay otro tipo de brichero, asegura, que vende el cuento de la Pachamama. Lo místico, lo autóctono, lo exótico, las leyendas incaicas. Como decía Adriana Churampi Ramírez, una estudiosa de este fenómeno, “(el brichero debe tener) el conocimiento básico de la cosmología andina así como la habilidad argumentativa para recusar con estos conceptos la racionalidad occidental”. Con ella coincide, Víctor Vich, quien sostiene que “se trata, en realidad, de un contador de cuentos que vende un producto diferente (su identidad, su historia) en una ciudad también diferente (ancestral, mítica)”. Este tipo de brichero, según Nieto Degregori, es el genuino, el original.

Pero volvamos al Siete Angelitos. Sobre el escenario está Phuru y su banda sin nombre. Lo saludo desde la barra, y él me responde hablando por el micro. Una pareja de jóvenes brasileños se acomoda a mi lado. Piden dos mojitos, y funjo de buen anfitrión, hablándoles del Perú, de Machupicchu, del Corinthians que esta noche quedó eliminado de la Copa Libertadores. Rosana, ojos negros, cabello lacio, tez blanca, y trasero paradito, se engancha conmigo. Me dice que es publicista, que vive en Río de Janeiro, que está de vacaciones y que Cusco es impresionante. Aprovecho y le suelto una broma, ella ríe y muestra sus dientes perfectos, y por casualidad le rozo la pierna. En eso, Ideilson, el novio de Rosana, interviene y calma los acalorados ánimos, contando que es abogado, tiene entradas para la Copa de Confederaciones y que ya es tarde, así que Rosana es mejor irnos. Se despiden.

Me quedo solo otra vez, como casi todas las noches, observando como los bricheros se levantan a las gringas y europeas en mis narices. ¿Cómo lo hacen?, ¿Cuál es el truco? Dos semanas después conversé con varios bricheros y estos me confesaron sus mañas. Como resultado armé este decálogo para quienes pretenden iniciarse en el arte del bricherismo. Pues, como dijo Nieto Degregori, el brichero nos reivindicó como peruanos, nos levantó la autoestima, nos dijo: Ey, eres guapo y puedes levantarte a la gringa más rica del mundo, aunque no puedas cogerte a la limeña de clase alta porque en el Perú aún sobrevive el racismo. Así que si eres brichero siéntete orgulloso de serlo e infla el pecho, y si no lo eres, te enseño a cómo serlo.

DECÁLOGO DEL BRICHERO

1. Aprende inglés y otro idioma más.

2. Pule una de tus habilidades (música, baile, circo, magia).

3. Tienes que ser atrevido, arrojado.

4. Si no perseveras, no la consigues.

5. Aprende chistes en inglés, tienes que ser alegre.

6. Documéntate sobre la cosmovisión andina: los incas, los apus.

7. Acude a los bares cosmopolitas: Kilómetro 0, Siete Angelitos, Mama África, el Templo.

8. Sé práctico y no te enamores. El que se enamora, pierde.

9. Lee mucho de psicología y las leyes cósmicas de la atracción.

10. No te desanimes si te chotean. Vuelve recargado.

Con esos tips interiorizados, volví al Inka Team, una discoteca que los fines de semana revienta de gente, de gringos en busca de su andean lover y latinos eufóricos. Allí me encuentro con dos anfitrionas del café con piernas, que me presentan a una argentina de ojos saltones y anchas caderas. Hacemos clic al toque. Le invito un trago, bailamos salsa sensual, la atraigo hacia mi pecho, en cada vuelta su trasero choca contra mi miembro viril. Nos miramos fijamente y me lanzo al ataque. Le digo que anoche soñé con ella, que sabía que la encontraría allí, que el destino nos había enlazado. Ella pensó lo mismo y se abalanzó sobre mis brazos, en un beso perpetuo. Después no hubo palabras, solo baile, trago y un chau-chicas-nos-vamos. Esa noche le hice el amor con furia. Y hasta ahora no entiendo cómo la conquisté. Solo sé que todo está en la actitud, en el buen trato, en creértela, en no desistir. Claro que no me levanté a una gringa, pero por algo se empieza. Eso pensaba mientras caminaba rumbo a casa, luego de una noche agitada.

Las piernas del café imperial

Publicado: 11 julio 2013 en Ralph Zapata Ruiz
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A Penélope no le gusta el fútbol, pero esta noche viste un ajustado polo de la selección peruana y una minifalda negra que destaca sus anchas caderas. Escote profundo, tacos negros de siete centímetros, pulseras en el brazo derecho, aretes largos y dorados de fantasía, y perfume a chocolate. Sentada en una alargada silla negra de porcelana, en la barra del café, lee con placer una revista de la editorial Televisa, mientras –de rato en rato– interrumpe su lectura para ir a atender a un nuevo cliente. “Espérame un ratito, ya vuelvo –me dice, y sus labios rojos y gruesos se mueven sensualmente–. No te vayas a ir”. Cuando se aleja, sus caderas se contornean como si estuviera en una pasarela imaginaria. Saluda con un beso en la mejilla a un tipo de lentes cuadrados y terno, que llega acompañado de un grupo de amigos.

Los clientes se sientan en unos cómodos sofás blancos, en un ambiente privado, donde hay un televisor que casi todas las noches exhibe videos musicales. El local se llama Top coffee blue, se ubica en la avenida Santa Catalina Ancha, y es el segundo ‘café con piernas’ de la compañía, formada hace una década por tres cusqueños curiosos que importaron la idea de Chile. Fue allí, en ese país sureño, donde nacieron los ‘café con piernas’ en la década de los noventa, luego de la dictadura de Pinochet.

El Barón Rojo fue uno de los pioneros, y revolucionó el negocio: las chicas atendían en bikinis y siempre animaban el día con el famoso “minuto rojo”, sesenta segundos donde las azafatas se desnudaban para los clientes. Eso sí: se miraba, pero estaba prohibido tocar. Ahora, en Chile se calcula que hay más de 170 cafés con piernas, que mueven más de medio millón de dólares mensuales. En Cusco, el primero fue bautizado como Top Coffee Green y –según cuentan los cusqueños más antiguos– era exclusivo para hombres. Aún abre sus puertas y atiende en triple turno: mañana, tarde y noche.

César Salazar Dolmos, uno de los dueños, me cuenta que decidieron abrir su primer local luego de viajar a Chile con los otros dos socios y que, en parte, se dejaron seducir por la idea de tener un café-bar propio. Mejoraron algunas cosas, quitaron otras y adaptaron el concepto foráneo al ambiente cusqueño. El resultado fue un local pequeño, para cuarenta personas, con una barra circular de vidrio, confortables sofás blancos, el mismo color de las paredes que muestran dibujos pop art de mujeres encadenadas, sensuales y elegantes. Luces azules de neón terminan de decorar el ambiente, que de lunes a sábado, desde las 10 am –y hasta la madrugada– se encarga de estimular un grupo de chicas universitarias, vestidas con prendas ligeras y una sonrisa seductora.

***

Lisbeth Dávalos, de 22 años, atiende en el Top Coffee Green de la plazoleta Espinar, que se ubica justo al frente de la iglesia La Merced, a escasos metros de la Plaza de Armas. Ingresó hace cuatro años, movida por el deseo de ganar su propia plata y pagarse una carrera en la universidad. Su trabajo consiste en servir expresos y bebidas alcohólicas, porque el local expende, de noche, tragos y cerveza. La diferencia de horarios marca también el pago a las chicas: Lisbeth, que trabaja de seis de la tarde a diez de la noche, gana 24 soles, solo cuatro más que las azafatas diurnas, quienes cobran 5 soles por hora.

Si bien el sueldo no es gran cosa, como añade Lisbeth, la flexibilidad de los horarios y la comprensión de los dueños sí la incentivan, al igual que al resto de chicas que trabaja en el café y a la vez estudia en alguna universidad o instituto. Aunque, sin duda, el mayor estímulo para ellas es la propina que les dejan los turistas extranjeros y peruanos. En recompensa, ellas los hechizan con sus labios brillosos, sus faldas y minivestidos ajustadísimos, escotes profundos y tacos altos. Pues saben que todo entra por los ojos, y ellas se encargan de subir la testosterona en este café-bar.

Y fuera de él también, porque la noche es virgen y la diversión recién empieza –me dicen Penélope y Celeste, esta última una azafata, cuyos padres creen que trabaja en una pastelería cusqueña–. Ambas anfitrionas han cambiado las microfaldas por jeans a la cadera y escotes más pronunciados, porque estamos en el Inka Team, una discoteca  donde abundan los bricheros y bricheras, tanto como los besos cachondos, y a nadie le importa cuánta ropa llevas puesta, y si no la llevas es mejor, porque lo importante aquí es cogerte a una gringa y pasarla rico, bailando música electrónica y sobando tu cuerpo junto al de tu pareja, como lo hace ahora mismo Penélope y Celeste, que hace rato ya me abandonaron para irse con un par de morenos con pinta de chaleco de boxeador, a quienes le mueven el trasero en círculos y le acercan, con descaro, sus escotes, y yo solo me río porque recuerdo lo que hace unas horas me decía Celeste, que un día un viejo mañoso trató de tocarle la pierna y ella lo puso en su lugar porque no le entra a esas cosas, ella es una señorita de su casa y no se divierte hasta tan tarde, aunque ahora sean las 3 de la mañana, y su amiga Penélope esté prendida del hombro de uno de los morenos, al que después le toca el pecho y se lo masajea suavemente, y esa escena vapulea lo que antes te dijo: que no era una ‘mandada’ ni hacía desnudos, y que su mamá siempre la recogía del café, y entonces todo te da vueltas, vueltas, vueltas, como ese pegajoso reggaetón que suena en los altoparlantes de este local que huele a sexo.

***

– ¿Eres casada? le preguntó un mexicano, de 40 años y barriga prominente, a Marianella, una cusqueña que tiene un aire a Viviana Rivasplata, pero sin el lunar cerca de sus gruesos labios carmesí.
–Sí, le engañó ella, como para sacárselo de encima. El mexicano, como todos los extranjeros que fungen de galanes en países que no son el suyo, insistió con fiereza. “Pero puedes divorciarte y casarte conmigo”. Ella le contestó que no, que tenía enamorado y era el barman del café, que se llamaba Edson y lo quería muchísimo, así que señor –por favor– deje de insistirme sino quiere que llame al dueño del local. El mexicano, que acudía religiosamente al café, nunca más volvió.

Ese día, que fue hace tres meses, Marianella descubrió un arma poderosa para espantar a los hombres que la pretendían. Se llamaba Edson y lo conoció hace cinco meses, cuando ella retornó a trabajar al café, después de una corta temporada de vacaciones. Se hicieron amigos, empezaron a salir y un buen día Edson la conquistó con detalles: rosas, chocolates y poemas. Es amor puro, del bueno, me cuenta la azafata. Asiento con la cabeza porque, seamos sinceros, Edson no es Brad Pitt, tiene acné en la cara, usa gel barato para su cabello, anda desfachatado y habla mal.

Pero el amor es ciego, dice Marianella, y añade que lo suyo es amor de barra. La chica que viste una microfalda jean celeste, una bufanda negra que le cubre su cuello blanquísimo, y unas botas negras de tela que estilizan aún más sus piernas largas y duras, me cuenta que baila saya, en sus ratos libres, y que se hizo de un préstamo financiero hace dos años para cumplir su promesa de viajar a Puno y danzar en la fiesta de la Virgen de la Candelaria. También que ya le falta poquito para terminar ese crédito que la obligó a regresar al café, a este lugar donde ahora conversamos, relajados, ella detrás de la barra, sentada en una silla de porcelana más alta que la mía, y yo un poco incómodo porque el asiento es muy angosto, pero a quién diablos le importa eso cuando Marianella te mira con sus ojazos gatunos, y el aire le revuelve, de cuando en cuando, su pelo lacio, y sus dientes de conejo relucen cada vez que ríe como una señorita educada, mientras tú bebes un café expreso esperanzado en que te quite la resaca del día anterior, y ella cruza las piernas como Sharon Stone en Bajos Instintos, y entonces se te esfuma la resaca porque loque ves exige total atención, mientras ella sigue hablándote como una lora, de Edson, de  su relación amorosa, y tú solo te concentras en sus piernas blanquísimas, en su gloriosa entrepierna y en ese calzón rosadito con corazones que logras ver cuando ella cruza las piernas, y piensas que estás en el cielo, porque ella le agrega más miel al pastel cuando te cuenta que recién hace cuatro meses usa tangas, que la hacen ver más sexy y femenina, pero no hilos, porque esas cosas la incomodan y ella es una chica de buena familia, de gustos sobrios, como los colores claros de sus interiores, tan atractivos como ella misma, que sigue hablándote, diciéndote que estaría dispuesta a sorprender a Edson vistiéndose con un minivestido ajustadísimo, con un profundo escote y unos tacos 15, y entonces fantaseas un rato con ella, como seguro lo hacen todos los clientes cada vez que cruzan esa puerta de vidrio y Marianella se les acerca, con su microfalda celeste y sus botas negras, y algunos de ellos le hacen propuestas indecentes, y ella te confiesa que es tímida y reservada, y que los cusqueños son unos malpensados y los extranjeros más lanzados a la hora del flirteo, y luego te suelta una seguidilla de halagos hacia Edson, pero después te dice que el amor es agridulce cuando tú le preguntas si se casará con él, ansioso porque te diga que no, pensando en que tal vez, algún día, tú tendrás la oportunidad de conquistarla, porque te enamora más cuando te dice que es una voraz lectora, amante del baile y de la diversión, y tú te la imaginas trayéndote un expreso, acercándose todita, con ese escote que es la puerta al paraíso y esa microfalda que es como un imán, tan parecido a este café donde lo único que no harás será aburrirte.

***

Es curioso pero casi todas las chicas que trabajan en alguno de los Top Coffee, incluso dos bármanes, aseguran que su mayor deseo es abrir su propio café con piernas, al que le agregarían más sensualidad, empezando por las chicas: le subirían dos dedos a sus faldas, le abrirían más sus escotes y jugarían con la mente de los clientes, proponiéndoles un espectáculo de trajes temáticos: de enfermeras, policías, barristas, mucamas y dominatrices, porque están seguros de que el café no hace sino despertar deseos dormidos. Eso me cuenta Paul Suni, de 21 años, el barman del café que ya sueña con su local propio. “Porque es un negociazo –me dice–. Llegan ejecutivos, futbolistas del Cienciano y del Real Garcilazo [dos clubes profesionales de Cusco], dueños de restaurantes, y turistas extranjeros y locales. Y a todos les gusta mirar las piernas de las chicas”.

También van grupos de amigas, sí de chicas, porque el café no es excluyente, sino que pretende ser un sitio de reunión, un punto de encuentro, me dice Maricel de los Ríos, una cusqueña asidua al local, recién desde hace tres años. “Porque antes venían solo varones, hasta que las chicas nos liberamos y decidimos acudir por curiosidad. Fue así, como poco a poco, empezamos a frecuentarlo. ¿Qué nos atrae? Ya no la curiosidad, sino la oferta de tragos, el lugar que es privado y seguro, y que se puede conversar de cualquier cosa. A eso le sumo la buena atención, incluso algunas de mis amigas trabajaban aquí antes, y yo venía a saludarlas un rato”.

Pero como no todo lo que brilla es oro, el Top Coffee también ha pasado malos ratos, confiesa César Salazar, y añade que antes –por ejemplo– venían chicas que facilitaban sus teléfonos a los clientes, o salían con ellos. Por eso decidió cortar las malas hierbas y poner ciertos mandamientos: no conversar con los clientes, no dar sus números telefónicos, no ser malcriadas, y poner buena cara siempre. En esto último César hizo énfasis, pues considera que el gancho de su negocio son las chicas, educadas y atractivas, además de los eventos que se organiza allí, como desfiles de lencería y espectáculos deportivos.

Las sesiones de fotos también atraen a los turistas a este café, como ahora en que el fotógrafo dispara ráfagas hacia Rosita, una limeña morena y de sonrisa encantadora, a la que el fotógrafo le dice que suba una pierna a la mesa y la otra la deje en el piso, formando una L que exhibe sus muslos duros y glamorosos, aun cuando estén cubiertos con ligas negras. Al costado, un grupo de gringos bebe cerveza y no les importa si son las 11 de la mañana de un lunes cualquiera, porque lo mejor es ver a Rosita levantando la cola y acercando sus pechos hacia la cámara, cruzando las piernas, sonriéndole a uno de ellos, que la observa con cara de cachondo y seguro se la imagina desnuda.

Desnudos es lo que no haría Meche, una azafata cusqueña de 23 años y muslos blancos, que contrastan con una falda jean cortita que lleva puesta. Esa misma falda que enloquece a un grupo de europeos que la llaman, a duras penas, en un español masticado, para que los atienda. Porque cuando se te acerca una chica como Meche, con las uñas pintadas como bandera, de fucsia, azul y plata, y miras su cuello adornado por una cadena con la cruz de David y el espíritu santo, y te provoca con sus labios carnosos diciéndote que la acompañes a su casa para conversar más tranquilos, y entonces llegas y descubres los cuadros que restaura, porque ella es una artista que estudió en Bellas Artes y ha reparado pinturas de San Jerónimo y otros santos, y piensas que también podría recomponer tu vida, y empieza a hacerlo, cuando te cuenta que solo ha tenido tres enamorados, y su relación más larga fue de seis meses, y mientras dice eso cruza sus piernas poderosas y sonríe coquetamente, se agarra el cabello y va desnudando su interior, de a pocos, para ti, contándote que la cena perfecta para ella sería en una cabaña campestre, con fogata incluida, un buen trago, ella vestida con ropa muy ligera, como un babydoll rosado princesa cortito y tacos 12, y que tendrías que ser detallista para conquistarla, comprándole cirios azules, por ejemplo, pero no rosas rojas porque son muy comunes y ella es especial, tan especial que aún es virgen, aunque no lo creas porque seguro eres un malpensado, pero ella te confiesa que su primera vez le gustaría que fuera con un hombre confiable, y reitera que se muere por ser conquistada y entregarse en cuerpo y alma, pero por ahora anda solita, por si acaso, aunque como es cauta siempre viste hilos dentales porque la hacen ver más mujer de lo que ella a veces se siente, y claro que para los clientes es un mujerón, con la que muchos sueñan compartir una cama. Y, si quieres conocerla, te recomiendo que vayas al café con un ramo gigante de esos benditos cirios azules, que será la puerta de acceso a sus dominios. Pues, al fin y al cabo, la vida es como una taza de café: puede estimularte o adormecerte, aunque sin duda en cualquiera de los Top Coffee lo primero siempre se cumplirá.