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Tac-tac-tac-tac-tac-tac…

El Sombra le pone el fusil en la cabeza a un pandillero hincado cerca de las llantas de un pick up 4×4 de la Fuerza Armada y jala el gatillo en ráfaga. El arma tiene bloqueado el paso de munición y solo suenan los chasquidos mientras el soldado la agita dando ligeros golpes en el cráneo de su captura.

Tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac…

—Me dan ganas de volarte la cabeza, hijueputa, me dan ganas, fijate -le dice El Sombra al pandillero mientras le deja ir otra descarga en falso, agitando el fusil.

El Sombra, como llamaremos al personaje principal de esta historia, es un soldado del Comando de Fuerzas Especiales del Ejército, destacado en una unidad que, según él mismo cuenta, es la encargada de salir cuando matan a otro soldado. O a varios. Es el caso de esta noche del miércoles 9 de marzo, cuando un convoy de elementos armados salió espantado desde la escena del crimen donde quedó tirado el soldado del Grupo de Operaciones Especiales, Carlos Enrique Ramos, de 19 años, y su padre, su hermano y un primo, en una finca del municipio de Olocuilta. Los militares van a toda prisa a San Francisco Chinameca, a12 kilómetros aproximadamente, donde dicen haber ubicado a la clica del Barrio 18 que dio la orden de matar a uno de los suyos.

El Comando de Fuerzas Especiales, según nos explicará Sombra más adelante, está compuesto de cuatro unidades: Escuadrones de paracaidismo, el Comando Especial Antiterrorista, el Grupo de Operaciones Especiales y la Escuela de Fuerzas Especiales.

La búsqueda había comenzado a las 6 de la tarde, con un amplio operativo del Ejército y la Policía que peinaba Olocuilta en busca de pandilleros. Otro grupo de soldados se quedó para resguardar la zona del homicidio y esperando a que cayera la noche. Ahí fue donde conocí a El Sombra.

—Hey, tomáme una foto con el fusil así, ¿ve? -le dice el soldado al fotógrafo que me acompaña, mientras posa con su arma apuntando hacia el cielo y la lámpara de su fusil encendida. El fotógrafo le hace un par de cuadros y El Sombra le da su número de teléfono para que se las pase más tarde por Whatsapp.

Cubrir una escena de homicidio se ha convertido en un evento de todos los días para los periodistas judiciales en El Salvador. Pasar varias horas detrás de la cinta amarilla policial, esperando a que salga Medicina Legal con los cuerpos y un policía que diga cómo quedaron las víctimas es el pan diario.

Así estábamos un grupo de periodistas cuando se nos acercaron unos soldados. Uno de ellos me llama a mí y a otros dos colegas a un lugar más apartado y nos enseña una foto de cómo quedaron el soldado Ramos, su padre, su primo y un hermano. Amarrados, bocabajo, en medio de un monte alto.

El soldado nos dice que reconoce el trabajo de la prensa y que sabe que estamos ahí durante horas y horas esperando a que alguien nos dé información. Luego dice que quisiera pasarnos esa fotografía de la escena pero que tiene miedo de que su teléfono esté interferido, por alguna unidad de inteligencia, y sepan que él es una fuga de información.

Ese mismo soldado le hace un gesto a El Sombra, que tiene bien entretenidos a los demás periodistas detrás de la cinta amarilla, y este se acerca. Comienza a contarnos que un equipo ya tiene ubicados y acorralados a los pandilleros que mataron al soldado Ramos y su familia, que están en la finca donde quedó el soldado y su familia, en una quebrada, y que solo están esperando la noche para “darles”, dice, y hace gestos con las manos como quien dispara una ráfaga con el fusil.

—¿Por qué no los capturan? –pregunto, con temor a que me vean como idiota.
—¡Puta! ¿Y para qué vamos a capturar a esas mierdas? Mejor les hacemos el paro y les avanzamos camino. De todos modos, solo la muerte es la que les espera a esos hijosdeputa -contesta El Sombra, mientras sonríe y muestra las coronas metálicas en sus dientes.

Minutos después de esa plática, llegan a la zona dos camiones llenos de soldados y dos pick up artillados. El militar encargado de la tropa es El Charli Mayor. El Sombra y el otro soldado se le cuadran y reciben indicaciones. Ambos se despiden de nosotros y caminan hacia los camiones.

El Sombra, antes de irse al camión, nos deja su número y nos dice que cuando ande en operativos nos va a avisar para que hagamos “un reportaje de calidad” y se despide con una frase: “ahorita a matar vamos”.

La frase nos deja desencajadas las caras y no puedo evitar pedirle que me deje acompañarlos. El Sombra me responde que no, que de eso no podemos hacer noticia porque no les conviene. “De eso no se deja evidencia”, dice y vuelve a mostrar sus dientes metálicos.

Antes de irse, los soldados se reúnen frente al camión. Algunos se gritan los nombres indicativos y se dan instrucciones. El Charlie Mayor se sube al carro artillado con dos soldados más y salen rumbo al norte; otro grupo se queda en el lugar y dicen que va rumbo al sur.

Arrancamos a toda velocidad detrás del carro en el que se subió El Sombra y El Charlie Mayor. Entre las curvas de la calle los perdemos por algunos momentos, pero al rato los volvemos a alcanzar. Vamos a unos 80 kilómetros por hora.

Luego de unos 30 minutos de perseguirlos, alcanzamos a la unidad en la entrada del casco urbano de San Francisco Chinameca, municipio de La Paz. Ahí se detienen los dos pick up artillados. Frente a nosotros, un soldado maneja una subametralladora empotrada en el carro.

Los carros avanzan despacio y de repente el silencio inunda el lugar. Son cerca de las 8:00 de la noche y parece que estamos solos en un pueblo fantasma.

Un soldado rompe el silencio y da unos gritos de alerta. “¡Aquí, aquí!”, dice. Me bajo del carro y corro detrás de él. Dos soldados más corren hacia un callejón lleno de casas hechas de lámina, madera y carpas plásticas negras. Al rato, los soldados regresan sin novedad. “Se fue el hijueputa”, dice uno.

Avanzamos hasta un llano y de repente veo a El Sombra y a otro soldado que traen a un joven delgado sin camisa. Lo traen con las manos amarradas hacia atrás y amordazado con un trapo. En un movimiento relámpago, uno abre la puerta del pick up artillado y lo tiran a la cabina. Nadie dice ni una palabra.

El Charlie Mayor reúne a su tropa cerca de los carros y les da instrucciones. “Este hijueputa me lo va a dar”, dice, mientras señala hacia el carro donde está el sujeto amordazado. Más tarde, El Charlie Mayor me contará que ese es el plan: sacarle verdad al pandillero que han capturado a como dé lugar, hasta que les diga dónde está El Panza, el palabrero de la clica que, según ellos, mandó a matar al soldado Ramos y su familia.

El final de la calle donde estamos se divide en dos accesos, para la parte baja y alta de la comunidad. Un grupo de soldados avanza hacia la parte baja y me voy tras de ellos. Está oscuro y el último poste con alumbrado eléctrico quedó a unos cien metros. Los últimos rayos de luz alcanzan a iluminar una pared alta de una casa de dos plantas donde hay un enorme placazo con el número “18”.

Los soldados encienden sus linternas y caminan a la ofensiva, apuntando a todos los rincones, dándose indicaciones entre ellos. La calle por la que avanzamos deja de ser pavimento y se deshace en una vereda de peñascos y tierra suelta hasta llegar a una quebrada. Por ahí caminamos cuando un grito nos pone los nervios de punta.

—¡Ahí está, ahí está! –uno de los soldados grita apuntando con su linterna hacia el lado izquierdo de la quebrada donde hay una casa de lámina y bahareque.

Dos soldados más lo acompañan y subimos por un camino empinado hasta llegar a otro terreno llano que hace las veces de patio de la casa. Hay una fogata que, al parecer, alguien quiso apagar, pero que las brasas dejaron en evidencia.

Los soldados gritan y ordenan que abran la puerta. Alguien enciende la luz del patio y de pronto todos nos vemos ahí. Un soldado se da la vuelta y me apunta con el arma. “¡No te movás!”, me dice. Levanto las manos y le digo que tranquilo, que soy el periodista que venía detrás. El soldado se da la vuelta y pega otro grito hacia la casa.

Una señora abre la puerta y sale al encuentro. Dice que aquí no hay nadie, que ella no ha hecho nada y que no sabe por qué los han llegado a molestar. Uno de los soldados le grita a la señora y le advierte que lo mejor es que saque al pandillero que está escondido en su casa o de lo contrario se la van a botar.

Los soldados entran apuntándole a todo lo que se mueve, una joven de unos 19 años se para frente al televisor y se petrifica. Viste una calzoneta y una camisa larga. De pronto se escucha un ruido adentro de un cuarto y los soldados gritan desde la sala “¡si no salís te morís!”

Vencido, un joven de unos 18 años sale con las manos arriba y sin camisa. “Yo no soy nada, yo de ver un terreno que tengo allá abajo vengo, no soy nada, no soy nada”, repite el joven y uno de los soldados lo agarra del pelo y lo encamina a la salida.

El joven, delgado, piel trigueña, pelo corto y parado, que vive en esta zona marginal, cumple los requisitos del estereotipo de pandillero. Los soldados lo hincan entre las piedras de la quebrada frente a su casa y la única mujer soldado del equipo le pega una patada en las piernas.

—Hacete más para arriba pues, rata -le dice para que el joven avance hacia un pequeño muro de cemento.
—Yo no soy nada, déjenme, rezonga el joven.
—¿Ah, no? ¿y por qué te escondías, pues? ¿Que te dan miedo los soldados o qué? -cuestiona la soldado a tiempo que le deja ir otra patada.

Otro soldado que cuidaba la retaguardia pega un grito y dice que ha visto a otro. “¡Allá está, allá está!” Todos corremos quebrada abajo y volvemos a subir por un camino empinado de piedra y tierra. Esta vez nos adentramos entre unos árboles y plásticos negros colgados con lazos. Al fondo, en medio de un barranco, hay otra casa de lámina con un foco encendido.

Los soldados avanzan y se oyen unas patada seguidas del grito de una señora que dice que no le peguen, que él no es nada, que los va a denunciar. Los soldados sacan a un hombre de la casa. Esta vez el detenido es gordo y está tatuado. Le ponen las manos hacia atrás, le entrelazan los dedos y se los ponen a la altura de la cabeza.

Capturados los dos sujetos, los soldados los hacen caminar cuesta arriba hasta llegar donde alcanza la luz del alumbrado público y hacemos una pausa mientras otro grupo avanza por otra calle y hace una búsqueda rápida.

En esas estamos cuando se escuchan unos gritos desgarradores. Es el llanto de una joven que viene subiendo la quebrada acompañada de su madre.

—¡Suéltenlo, suéltenlo! Ustedes no saben ni mierda y aquí vienen a agarrar a la gente como que son perros. ¡Suéltenlo, malditos! -grita entre el llanto desconsolado, la joven de unos 17 años.
—¡Mejor se calla si no quiere que la llevemos a usted también, niña! -le advierte El Charlie Mayor.
—¡Llévenme! ¡llévenme! ¡Métame presa! -les grita la joven y su madre intenta callarla.
—¿Usted cree que no la puedo llevar presa? ¿quiere que la lleve presa? Venga, pues, dice el militar y se le acerca con unas esposas en la mano.
—¡Lléveme!… me cae mal que vienen a tratar pura mierda a la gente ¡abusivos! -le grita la joven.
—¡Y a mí me cae mal que ustedes sean pandilleros! ¡Todos son pandilleros! ¡Todos ustedes colaboran con los pandilleros! -les grita El Charlie Mayor, con tono enfurecido, como si intentara que toda la comunidad lo escuchara.

Un soldado le advierte a su jefe que hay un periodista de televisión que parece estar filmando el momento y lo calma.

—Hey, estas ondas no las vayan a estar grabando, por favor -nos pide El Charlie Mayor.

Subimos hasta donde dejamos los carros y allá está El Sombra con otros dos soldados. Todos con sus fusiles cruzados sobre el pecho. Un soldado hinca al hombre gordo de quien dicen es El Panza y al otro al que identifican como El Caballo. Los dos, según dicen, son pandilleros del Barrio 18, de la clica que supuestamente mandó a matar al soldado de Olocuilta.

Un soldado baja un garrafón de agua del carro y vacía en una botella para repartir mientras descansamos un rato. El Sombra toma un trago de agua y se dirige hacia donde están hincados los dos detenidos, cerca las llantas del pick up 4×4. Entonces comienza a divertirse.

¡Poc! ¡poc!… ¡poc!

Tres patadas en el pecho de El Panza rompen el silencio de la noche en el lugar donde estamos. El Sombra se parte en carcajadas y se pasa al lado donde está El Caballo. Entonces hace como que carga el fusil y se lo pone en la cabeza.

Tac-tac-tac-tac-tac

Enseñando los dientes en tono amenazante, El Sombra refunfuña y le repite que le dan ganas de matarlo.

—Me estresás fíjate, hijuemilputas -le dice y le vuelve a dejar ir otra descarga en falso en la cabeza al detenido.

Otra vez se regresa al lado de El Panza, quien está también sin camisa. En el brazo derecho tiene un tatuaje con el número 18 que El Sombra no le había visto.

—Ahhhh. No me había fijado en eso que tenés ahí, ¡maldito hijueputa! … ¡poc! ¡poc! ¡poc! ¡Mejor te debería volar toda la cabeza!

Otra lluvia de patadas entre el pecho y el brazo le caen a El Panza, quien solo puja y se agacha un poco como queriendo calmar el dolor, pero solo logra recibir más patadas de El Sombra.

Patadas en el pecho, en el hombro, en el brazo, en el estómago. Pujido. Más patadas. Más patadas. Más patadas. Tac-tac-tac-tac. ¡poc! ¡poc! ¡poc! Tac-tac-tac-tac. Patadas. Pujidos. Patadas. “Te vas a morir hijueputa. Te vas a morir”. Risas. Dientes metálicos. Risas. Patadas. Pujidos. Tac-tac-tac-tac. Risas…

—Este cabrón es loco -dice El Charlie Mayor, mientras ve de reojo cómo se divierte de El Sombra.
—¿Cómo te llamás hijueputa? -pregunta El Sombra.
—Santiago Mármol –contesta al que señalan como El Caballo, a tiempo que El Sombra le pega varias palmadas con todas sus fuerzas en la cabeza.
—¿Cuánto tiempo tenés de llevar la palabra aquí? -insiste Sombra.
—Nombre. Yo en la casa estaba -responde el hombre.
—¡Ah! ¿y por qué te corriste? ¿tenías miedo? -le dice El Sombra y le vuelve a pegar más palmadas en la cabeza.

El otro, al que reconocen como El Panza, no logra decir su nombre porque cada vez que va a hablar El Sombra lo calla con una patada.

Para la suerte de El Panza y El Caballo, un grupo de señoras con mantos blancos sobre sus cabezas viene bajando la calle y un soldado advierte a El Sombra para que se calme con su juego.

—Buenas noches, dicen en coro las señoras mientras agachan la mirada y pasan pegadas a la cuneta, evitando ver a los soldados.
—Buenas noches.  -responde El Charlie Mayor. Las horas han pasado rápido y casi es la media noche.
—¡Rápido, señora! ¡Camine, camine, camine, señora! -les grita El Sombra, y las señoras avanzan con la cabeza agachada, como evitando ver lo que hacen con los dos detenidos.

El Sombra camina hacia los periodistas. Viene secándose el sudor. Trae una botella con agua en la mano. Ríe y vuelve a mostrarnos sus dientes metálicos.

—Ajá, muchachos, nos dice.  Esto va comenzando. Ahorita va a empezar lo bueno. Quédense si quieren hacer un buen reportaje.

Entonces parece más relajado. Saca su teléfono celular y comienza a contar de qué se trata todo esto. Cuenta que su unidad especializada es la que sale cuando matan a un soldado, y no la policía, como es en la mayoría de los 481 homicidios cometidos en marzo de este año, o los 5,897 homicidios que hubo el año pasado.

—Los policías ahí nos van a disculpar, pero cuando matan a un soldado los hacemos a un lado -dice El Sombra.

Según este soldado, su misión cada vez que matan a un soldado es recibir la línea que les “tira” inteligencia sobre qué clica fue y en qué lugar pueden comenzar a cazar pandilleros. Capturan a uno – como al que tienen amordazado bocabajo en el pick up – y los hace “cantar por las malas”, dice. ¿Que cómo saben si el capturado es pandillero? “¡Y no bien se les echa de ver, pues! ¿Qué no los ve cómo se visten?”, responde.

Hasta marzo de 2016, el soldado Ramos, al que asesinaron en Olocuilta junto a su familia, había sido el cuarto soldado asesinado por presuntos pandilleros en El Salvador. El año pasado, en 2015, fueron 24 los soldados que cayeron abatidos, una cifra récord en lo que va del siglo.

—La Policía -dice El Sombra- viene a investigar por las buenas. Nosotros, el batallón especial cazapandilleros, venimos a investigar por las malas. Jajajaja.

Cuenta El Sombra que su método no tiene comparación. Que ellos vienen “solo a traer”. Y, muchas veces, “a pegar”.

El soldado saca su teléfono Android y nos enseña algunas fotos de pandilleros muertos, aunque no explica si murieron en un supuestos enfrentamientos o asesinados por pandilleros rivales. En unas salen unos jóvenes con tiros en el pecho, en la cara, en los brazos… “Son ratillas”, dice el soldado y revienta en carcajadas. Luego muestra una donde se ve un hombre con los sesos de fuera.

—Ese era soldado -dice El Sombra en tono serio y cabizbajo, y señala la foto del soldado Gerardo Ortiz Vega, de 39 años, a quien mataron el 19 de febrero de este año en el cantón Panchimalquito, de San Salvador.
—…
—A ese lo agarramos. Agarramos al que pegó. ¿sabe qué le hicimos?
—¿Qué?
—¡Póngamelo ahí, mi Charlie! -le dije-. Póngamelo paradito… ¡chac! (chasquea el fusil que tiene en las manos)… prrrrr… prrrr…. Prrrrr.
—….
—Treinta le dejé ir. Ni se pudo reconocer después -dice El Sombra.

En ese operativo, contrario a lo que cuenta Sombra, no fue reportado ningún tiroteo, ni tampoco pandilleros muertos.

Contando eso estaba cuando un soldado que cuidaba la retaguardia pega un grito y levanta el fusil rápidamente.

—¡Si te movés, te morís! ¡Si te movés, te morís!

Un joven de unos 17 años estaba escondido cerca de un poste del tendido eléctrico, a unos veinte metros de donde estábamos nosotros, desde un punto donde nos podía ver bien.

Dos soldados más se despliegan y le apuntan al joven. Este levanta las manos y se tira al suelo. Un soldado lo va a traer del pelo, le amarran las manos con una cinta y lo suben al pick up. Luego suben a los otros dos detenidos a la cama del mismo pick up en el que va el amordazado.

—Vaya, aquí ya nos vamos -dice El Sombra, y los demás soldados se suben a los pick up para salir de la comunidad.

En la cama del pick up van los tres detenidos esposados y boca abajo. Uno de los soldados que va de pie junto a ellos le suelta una patada a uno. “Vas poniendo las patas en mi mochila, basura”, le dice. Luego, el otro soldado que también va en la cama le pega otra patada al mismo detenido. “Movete de ahí. Te estoy ayudando para que este no te siga dando verga”, le dice.

Los pick ups avanzan y salimos del casco urbano.

A las afueras del municipio, los soldados se detienen y nos dicen que ya no podemos seguirlos. Que van a “otra misión”. Y que los dejemos en paz.

—Ya bastante les dejamos ver -dice El Sombra, y nos muestra por última vez sus dientes metálicos.

La hija imperfecta

Publicado: 28 noviembre 2016 en Gloria Ziegler
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En la Universidad de Ciencias y Humanidades de Los Olivos, en Lima, una alumna de primer ciclo levanta la mano durante una conferencia sobre Género y Diversidad Sexual y le hace una pregunta a Verónica Ferrari, la especialista que dirige la charla:

—¿Los gays creen en Dios?
—No, la verdad, todos somos satánicos —contesta ella, y luego lanza la misma carcajada frenética que se le escapa cada vez que se siente incómoda.

Esta tarde de mayo, sin embargo, su gesto nervioso pasa desapercibido entre las risas de una centena de universitarios que ocupa los asientos del auditorio. Meses atrás, un estudiante de esta universidad abandonó la carrera cansado del acoso de sus compañeros debido a su orientación sexual. Su caso no es un hecho aislado. Ferrari, una activista que ha renunciado a tener una casa, un trabajo estable y a criar a su propia hija para liderar una lucha por los derechos de la comunidad lésbica, aguanta ahora las náuseas que siente cada vez que debe hablar en público y sigue con la conferencia.

—Hay gente que sí cree (en Dios) y hay otros que no, como yo. Pero somos personas comunes y corrientes —explica luego sin pesimismo, tras hablar durante poco más de una hora sobre identidad sexual y sobre la lucha que encabeza un grupo de hombres y mujeres en Perú contra la discriminación de la comunidad LGTBI.

Horas más tarde, en el bus de regreso a su casa dirá que ella también sabe lo que es la humillación.

—No me gusta liderar nada. Quiero estar sola, la verdad, pero no me ha quedado otra que asumir esto.

***

Verónica Ferrari creció sabiendo qué era ser una hija perfecta: todo aquello que representaba su hermana mayor; y ella, por más que se esforzara, nunca lograría. Es decir, destacar en las actuaciones escolares, ser la niña inteligente y coqueta con la cual presumir frente a los amigos de la familia, aquella con la que todos querían jugar, la dueña de una personalidad arrolladora.

—Yo era súper introvertida y por entonces era fácil ser bulleada. No recuerdo a nadie especial de esos años: a una mejor amiga o amigo. A nadie. Era la antítesis de mi familia, que era súper abierta y receptiva.

La segunda hija de Alberto Ferrari, un dirigente sindical de una empresa eléctrica, y Juana Gálvez, una joven ama de casa, nació en Chosica —una pequeña ciudad al este de Lima dividida por un río y rodeada de cerros— el 11 de junio de 1979, en medio del entusiasmo de la pareja. Pero la alegría de sus padres se desvaneció pocos días después, cuando Verónica enfermó.  Y desde entonces, dice su hermana Vanessa, todos se volcaron a ella.

—(Verónica) estaba recién nacida cuando cogió la tos convulsiva. Después de eso, sería la hijita que habían salvado de la muerte, y siempre mantendríamos esa tendencia por protegerla. De repente, sin quererlo, todos hicimos que ella se cohibiera más —cuenta con la misma cadencia en la voz de su hermana.

Verónica Ferrari creció admirando a su hermana mayor. Siguiéndola cada vez que iba al río con los chicos del barrio, escalando los cerros o adentrándose en las chacras para robar algunas frutas. Era un intento desesperado por imitarla, pero nadie —ni su madre, ni su padre— intuyó nada extraño en su comportamiento. Pensaron que era algo natural.

—Siempre me perseguía, pero cuando me animaba a hacer algo que yo sabía que era avezado incluso para mí no quería exponerla. Y ella se resentía conmigo —recuerda Vanessa.

Así fue durante varios años. Hasta que, en algún momento impreciso, aquella timidez y esa admiración se transformarían en una introversión monstruosa, en una sombra que llegaría a aislarla.

—No sé cómo empezó, pero fue antes de que me diera cuenta de que me gustaban las chicas —dice Verónica—. Imagino que me deben haber hecho pasar una vergüenza muy grande en el colegio, pero no lo recuerdo.

La fobia social comenzó sin que nadie lo notara. Ni sus padres ni sus profesores se dieron cuenta cuando comenzó a encerrarse a leer durante semanas. Ni siquiera cuando prefirió quedarse en el salón de clases durante los recreos para no cruzarse con un niño que la empujaba y le jalaba el pelo.

—Se escondía de los grupos de personas. Les tenía pánico —cuenta su hermana—. En el colegio se juntaba con las niñas que menos se hacían notar, y siempre paraba con una, nada más.

En 1986, Verónica se fijó por primera vez en una de sus compañeritas de colegio, una niña que bailaba risueña durante un recreo, y sintió ganas de besarla, pero la vergüenza la paralizó.

—Yo era un ser que se reducía para desaparecer.

***

Es una mañana de mayo y por la ventana del living se cuela una luz lánguida. Verónica Ferrari se estremece en su casa con una tos seca. Afuera, Barranco —el barrio más bohemio de Lima— comienza a despertar. Pero en el departamento modesto que comparte con Daniel Salas, un amigo que la hospeda desde hace algunos meses, solo se escuchan sus espasmos insistentes y el goteo de una canilla gastada que llega desde la cocina.

—Cuando me di cuenta de que me gustaban las chicas pensé que Dios se había equivocado de cuerpo conmigo, porque lo que veía en las novelas y leía era que solo a los hombres les gustaban las mujeres —recuerda.

A los 7 años nunca había escuchado la palabra lesbiana. La lógica —pensó entonces— era que todo fuera un error.

—Me parecía vergonzoso y, por eso, nunca le conté a nadie.

Poco después, también se sentiría atraída por otro niño del colegio. Y entonces empezó a creer que quizá no era tan distinta.

—Estaba en el drama de pensar que era medio anormal y medio normal —dice y se ríe.

Una tarde de 1997, mientras paseaba por la feria de libros usados del bulevar Quilca, en el centro histórico de Lima, Verónica se fijó en uno de sus compañeros de la academia preuniversitaria. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a salir.

A los dos les fascinaba el cine y la literatura y eso, quizás, fue lo que más acercó a la estudiante de Derecho y Ciencias Políticas que luego se convertiría en Lingüista y al aspirante de Medicina que con el tiempo se dedicaría a la Literatura. Así, durante seis años, se quisieron sin sobresaltos. Y nada cambió —o eso creyeron— el 22 de agosto de 2003, cuando nació su hija.

—Estábamos contentos —dice Verónica y sonríe sin nervios—. Nos queríamos.

***

Al principio, la futura activista de 24 años y su hija compartían la casa de Chosica con sus padres, y su pareja hacía lo propio en San Juan de Lurigancho. Por lo demás eran —según lo que les habían enseñado— una familia normal: se entusiasmaban con las primeras sonrisas de su niña, almorzaban los domingos con la familia y compartían los gastos de los pañales y la leche maternizada. Pero tres meses después del nacimiento de su nieta, Alberto —el padre de Verónica y sostén económico de los Ferrari— murió. Entonces ella no encontró más opción que mudarse con su hija a casa de sus suegros.

—Al principio, a pesar de las dificultades económicas, todo era normal. Pero, luego hubo cierta tensión con mi padre —escribe su ex pareja por correo electrónico.

Verónica Ferrari, en cambio, dice que los problemas empezaron porque él no lograba escapar de los mandatos que había heredado de una familia tradicional:

—No me sentía mal con mi vida. Él es un buen hombre y yo tenía a mi hija. Pero me sentía insatisfecha como feminista por su falta de coraje, porque sus papás se metían en nuestras vidas y querían que fuera una buena esposa, esa ama de casa correcta que vive para su familia; y eso era algo que yo no estaba dispuesta a cumplir.

Verónica aguantó aquella tensión durante cuatro años, mientras estudiaba Lingüística y seguía un tratamiento con un psiquiatra para lidiar con su fobia social. Pero entonces el suelo que pisaba se tambaleó de nuevo.

—Mis dudas volvieron cuando la relación estaba completamente desgastada —recuerda.

De a poco, comenzó a pensar que ser bisexual o lesbiana tal vez no era una condena. Y una mañana de 2007, después de dejar a su hija de tres años en la guardería, llegó a la casa del Movimiento Homosexual de Lima con el estómago revuelto por los nervios.

***

En De amores y luchas, una columna que escribió en 2012 para Diario 16, Ferrari habló sobre aquel primer acercamiento:

A los 18 años fui al Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) y no me atreví a tocar la puerta. Di varias vueltas alrededor de esta casa que se veía tan común como cualquier otra de Jesús María. Hasta pensé que una casa así no podría ser del MHOL. La casa del MHOL, según lo que imaginé, tenía que tener mil colores, y lo que yo veía era de un color inocuo y aburrido.

No toqué ­—la puerta— y regresé a mi vida “normal”. Esa vida que luego abandonaría para cumplir esos sueños que a veces me despertaban por las noches.  Freud siempre tuvo razón. Esos sueños representaban lo que yo realmente quería y me negaba a vivir. Así que diez años después volví a esta casa, que aún mantenía sus colores aburridos, y toqué la puerta, entré y mi vida nunca fue la misma. Salí como una mujer nueva o, mejor dicho, -como- una lesbiana nueva.

***

Son las nueve de la mañana, pero por el gris del cielo podría estar anocheciendo en Lima. Ha pasado una semana desde que Verónica Ferrari regresó de un encuentro de activistas LGBT en Cusco. Su gripe —como la luz débil que llega hasta la sala del departamento de Barranco— permanece intacta. Y ella recuerda su primer encuentro con los integrantes del MHOL.

Aquel día se vio reflejada en la mirada asustada de un puñado de chicas que también estaba allí por primera vez y escuchó la orden seca de una coordinadora que les decía: “A ver, lesbianas, párense”.

Ferrari no se intimidó.

—Yo había llegado pensando que era bisexual y esa era una inducción al lesbianismo muy intensa —dice—, pero me gustó y volví.

Durante varias semanas, le dijo a su pareja que estaba haciendo una investigación sobre el feminismo en el movimiento. Luego, acabó por sincerarse: le habló de su cansancio, de sus dudas; y en 2009 se separaron. Su hija aún no cumplía seis años y, sin embargo, sería una de las primeras personas en conocer los motivos de la ruptura.

Ahora, en Barranco, mientras calienta agua en la hornilla de la cocina para hacerse una infusión y corta una porción de budín para el desayuno, Ferrari dice que explicárselo a ella fue sencillo.

—Cuando le conté que ya no íbamos a vivir con su papá, me preguntó si me iba a casar con otro hombre y le dije que no, pero que tal vez, en algún momento, lo haría con una chica —cuenta mientras camina de regreso a la sala con el desayuno—. Me acuerdo que me preguntó si eso se podía, y le expliqué que no, pero que quizás, en algunos años.

Así, sin aspavientos, le habló a su hija. Con la agudeza que nunca habían tenido con ella.

Dos años después, una tarde de 2011, un grupo de 15 lesbianas, gays y transexuales del Movimiento Homosexual de Lima llegó a la Plaza de Armas de la ciudad para replicar la acción mundial “Besos contra la Homofobia”.

Faltaban pocos minutos para las seis y, aunque el sol ya no se veía desde aquel punto del centro histórico, caía una luz que parecía anunciar algo fatídico.

Una mujer ya les había gritado inmorales a dos chicas que se besaban. Algunas personas se reían, otras les miraban con repugnancia. Y cuando llegó la policía para desalojarles recibieron bastonazos, patadas y gas pimienta.

Esas imágenes llegarían a la televisión nacional un día después, de la mano de uno de los programas de reportajes periodísticos de los domingos por la noche. Y algunos peruanos se indignaron.

Vanessa Ferrari no sería uno de ellos.  Ella no vería nada hasta el día siguiente, cuando regresó del trabajo y encontró a su hija y a su sobrina mirando la grabación de un programa de noticias en su casa.

Aquella tarde de verano, mientras se sucedían las tomas de la policía reprimiendo, se reconocería en los ojos levemente achinados, en el pelo negro y los pómulos redondeados de una de las activistas que recibía una patada. Y entonces comenzó a entender lo que ocurría.

—La verdad no es que yo sea homofóbica —aclara.

Han pasado cuatro años desde que vio a su hermana golpeada, y ahora Vanessa está sentada en una cafetería de San Isidro, uno de los distritos más acomodados de Lima.

—Yo me burlo, hago chacota de todo, no solo de la comunidad gay —dice—. Pero eso, a algunas personas les resulto ofensiva. Y creo que mi hermana no me dijo nada por miedo a que la juzgue. Pero enterarme así, por la televisión, al comienzo fue chocante.

Esa tarde de 2011, Vanessa se encerró en su cuarto sin decir palabra y pensó lo obvio: en ella, en cómo fastidiarían a su excuñado y sobre todo, en su sobrina. Horas después, cuando Verónica llegó al departamento, la encontró con esa cara rígida que confirmaba lo inevitable.

—He visto el reportaje —le dijo Vanessa—. Y quiero que sepas que estoy orgullosa. Debe ser un reto para ti asumirlo y decirlo libremente, pero no quiero que involucres a la familia, y sobre todo a tu hija, que está muy chiquita.

Verónica asintió con los ojos desencajados. Y, por un tiempo, no habló más de aquello con su hermana. Después de su separación había comenzado a compartir aquel departamento con ella, pero no tardaría en sentirse obligada a dejar la casa —y a su hija— con Vanessa.

***

Tres años más tarde, el actor y activista Gabriel de la Cruz Soler se cruzó con Verónica después de consultar a un vidente sobre su futuro. Faltaban pocos días para el lanzamiento de “No tengo miedo” —un colectivo que promueve la justicia social y el acceso equitativo a los recursos para la población LGTBIQ (lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersexuales y queer)— y quería saber qué suerte le pronosticarían las cartas. Aquel adivino ya le había hablado de una mujer que lo ayudaría a sacar adelante la iniciativa. Y, desde el primer momento, sospechó que se había referido a ella.

Se conocieron durante el estreno de una obra de teatro que marcaría la salida del closet del actor peruano. Verónica ya se había convertido en presidenta del Movimiento Homosexual de Lima —después de una vertiginosa carrera que había empezado con la acción “Besos contra la homofobia” y que la transformó en referente lésbico en los medios de comunicación y en las redes sociales—. Y en 2014, cuando nadie lo esperaba, renunció al MOHL con una denuncia pública que hacía énfasis en la necesidad de un recambio generacional (dentro del movimiento) que no fuera bloqueado por otros dirigentes.

Tras la renuncia, tal y como habían pronosticado las cartas, la lingüista se sumó a “No tengo miedo” durante algunos meses; y luego, volvió a alejarse para formar activistas de manera independiente.

—Quiero incentivar a la gente y fortalecer a las organizaciones, pero no para que me sigan, sino para que se hagan libres —explica otro día en su casa, con una seriedad que no suele mostrar cuando habla de sí misma.

***

Es 11 de junio de 2015. Verónica Ferrari cumple 36 años y, de nuevo, se ha quedado sin techo. Hace unos días Daniel Salas le dijo que debía abandonar el departamento de Barranco y hoy pasará la noche en la casa de una amiga. Sus ingresos como columnista de un diario ya no le alcanzan para pagar un cuarto y no sabe qué hará en los próximos días.

— Le da más importancia a sus actividades que a buscar un trabajo estable. Ha puesto el activismo en primer lugar y ha descuidado la relación con su hija, aunque no quiera aceptarlo —decía el padre de su hija, días atrás.

Desde hace unos meses, la preadolescente volvió a vivir con él, después de varios años en la casa de la hermana mayor de la activista, y Verónica la ve los fines de semana. A veces van al cine y otras, se pasan la tarde conversando, como si fueran dos amigas con la urgencia de ponerse al día.

Ahora, desde la casa donde se quedará por unos días, Verónica habla de ella:

—Me jode estar lejos, pero no quiero que sea como yo. Y no me voy a culpar por eso.

Verónica Ferrari, la mujer que se convirtió en activista para pelear por una sociedad más justa para su hija, confía en que ella entenderá. Con que no herede sus miedos le alcanza.

Son dos historias que se cuentan casi de la misma manera. Como ocurren con un año de diferencia, y cambian los nombres, podemos estar seguros de que no es la misma historia contada dos veces. O tres, o diez. Porque también sabemos que se ha repetido antes. La muerte no marca el principio ni el final de ninguna de ellas. La muerte es, en todo caso, un instante entre lo que se desencadena después, y lo que ha pasado antes. Aunque lo que ha pasado antes nunca termine de develarse. Entonces: entre una y otra historia cambian los nombres, las caras, los lugares y las fechas, pero las dos se pueden contar igual. A eso vamos.

Primero, las noticias.

El lunes 23 de septiembre de 2013 los dos matutinos santiagueños, El Liberal y Nuevo Diario, publican la historia de un hombre de 43 años que murió en el Hospital Regional después de descompensarse en la Comisaría Décima. Un texto de oraciones cortas dice que lo habían detenido la mañana anterior, acusado de robar dinero, joyas y dos televisores. El hombre se llama Ramón Vázquez y la historia del diario tiene verbos en potencial y escenas que no quedan claras: se escribe que Vázquez tomó un remís hasta la casa en cuestión, que el chofer esperó a que regresara con el botín. Sin embargo, en los dos diarios dicen que el remisero fue el testigo clave que entregó a Vázquez. El miércoles algunos portales web informan sobre la detención de cuatro policías. Después nadie dice más nada.   El domingo 21 de septiembre de 2014 los dos diarios informan sobre un accidente la noche del viernes. Un motociclista murió al chocar contra un poste de luz. Se llamaba Cristian Farías, tenía 23 años y trabajaba en una gomería. Sobre él dicen que chocó mientras intentaba escapar de la policía, porque la moto en que iba era robada. Dos días después Nuevo Diario publica que se siguen investigando las causas de la muerte. La nota aclara que la moto no era robada, que era de Cristian Farías. No vuelven a publicar nada. Segundo, las familias.

El domingo que va a morir, Ramón Vázquez se despierta en su casa de un sobresalto. Escucha gritos y un portazo. Reconoce la voz de su hijo y de otros hombres en el comedor de su casa de Bruno Volta, una zona de viviendas humildes al costado del cementerio de la capital. Sale de la pieza con un pantalón corto a medio poner y los ojos legañosos. Ve en el reloj que son las ocho y algo de la mañana. No llega a orientarse del todo. Un policía agarra a su hijo y el otro viene contra él. Alcanza a ver que hay uno más afuera. Ramón vuelve a la pieza para buscar un papel que espera que lo salve.

Dos semanas antes, los policías ya habían venido a buscarlo. Alguien había robado plata y joyas en la casa del barrio América del Sur donde él trabajaba como albañil. Lo tuvieron detenido e incomunicado veinticuatro horas. Lo amenazaron para que se hiciera cargo del robo, pero nunca pudieron probar su vinculación con el hecho y el no aflojó. Cuando lo largaron, Ramón se acercó a un grupo de abogados vinculados a organizaciones de derechos humanos, que lo asesoraron para pedir un habeas corpus. El papel en el que ahora tiene depositada su fe no le sirve de nada. Los policías lo agarran, se lo vuelven a llevar. No tienen orden judicial ni hacen caso al habeas corpus, que cae lento en el piso del comedor. Ramón se aleja en el patrullero envuelto en una nube de tierra. La esposa y los hijos no pueden hacer nada. Es la última vez que lo ven vivo.

A media mañana, Moisés, el hijo mayor, logra averiguar que Ramón está en la Comisaría Décima del barrio Autonomía, a unos dos kilómetros de su casa. En el lugar los policías de guardia les confirman que está ahí, pero le prohíben verlo. Moisés y su madre esperan una hora, dos, tres. La comisaría en penumbras y un ventilador que rechina hacen más largo el mediodía. Entrada la siesta, un oficial se acerca y les dice que Ramón sufrió una descompensación en la Comisaría, lo llevaron al Hospital Regional y falleció. Las preguntas, los gritos y los llantos. Hay que ir a reconocer el cuerpo. Salen a la calle encandilados por el sol. Aturden el aire caliente de la siesta.

Un año después, en el barrio 8 de abril, pegado al centro de la ciudad, Viviana Farías está por salir a hacer las compras cuando escucha en la noticia en la radio levantada de algún portal web. Un choque.

Cristian es su sobrino. Es sábado a la mañana. En la radio dan el nombre, nadie de la familia sabe nada.

El accidente pasó entre hace apenas unas horas, y saldrá en el diario en papel recién al día siguiente.

Musa Azar, ex jefe de la policiía santiagueña, actualmente detenido en la prisión de Ezeiza, durante la lectura de la sentencia del último juicio que se le hizo este año por crímenes durante la dictadura Todo pasa muy rápido. A las 9 de la mañana Viviana está en la Comisaría 35 junto con su hermana Cristina, la mamá de Cristian. Espera dos horas, nadie les explica nada. A las once un policía de civil les confirma que Cristian murió al chocar contra un poste en la esquina de la avenida Colón y la calle Peralta Luna, en el extremo sur de una vieja calle que a esa altura empieza a terminar y volverse más oscura. Las preguntas, los gritos y los llantos pero hay algo distinto a la otra historia, a la de Ramón Vázquez. Hay un sobreviviente que nadie en la familia conoce. Es un chico de 15 años que venía con Cristian en la moto y está internado en el Hospital Regional, inconsciente y con heridas de bala en una pierna.

Tercero, la furia.

Cuando Moisés Vázquez vuelve a estar frente a su padre lo ve azul. Parece una foto en sepia de lo que era el albañil Ramón Vázquez. La médica que acompaña el reconocimiento del cuerpo le explica al hijo que posiblemente se haya puesto así por falta de oxígeno, que hay que esperar a la autopsia para saber qué pasó. Ramón tiene magulladuras en la cara y las muñecas, y una quemadura en el centro del pecho. A Moisés le dicen algo más: al hospital llegó muerto. La doctora le dice que lo entregaron dos policías en la sala de emergencia como NN, que ella lo llevó adentro para atenderlo, y que al constatar que estaba muerto, salió a buscar a los policías. Ya no estaban.

La autopsia confirma que la causa de muerte es asfixia por sofocación. Las sospechas sobre la tortura policial ya habían empezado a correr y agitarse durante toda esa tarde entre las casas del barrio Bruno Volta. Al caer el sol unos cien familiares y amigos se reúnen al costado del cementerio,  para marchar denunciando el accionar policial. Pero el domingo que empezó con tres policías forzando la puerta de los Vázquez termina con un pelotón de uniformados dispersando a los vecinos con gases y balas de goma. Nada de marchas.

A la mañana siguiente, ni los diarios ni la televisión dicen nada del enfrentamiento entre vecinos y policías en plena calle del apacible Bruno Volta. Tampoco aparece el testimonio de Moisés, que había hablado con la prensa contando con bronca que a su padre lo habían matado. Los familiares y vecinos vuelven a arremeter, esta vez en la puerta de la comisaría, que desde la noche anterior está con un cordón policial. Queman gomas, se enfrentan a la policía.

Las balas silban, los gritos asustan, el gas arde en los ojos, sofoca; mientras la prensa calla.

Esa tarde, en internet circulan dos videos. Uno muestra el enfrentamiento y otro la conversaciones de los policías para disuadir a las familias. Una semana después el diario Perfil va a publicar una noticia de tres párrafos sobre la represión policial en Santiago. Nada más. Los medios cubren el hecho. Lo cubren como el que envuelve y tapa algo que no se quiere ver. No dicen nada. La familia marcha y las fotos hacen ruido en las redes sociales. A la semana cambia el panorama. La jueza que atiende el caso recibe a la familia y les confirma que hay cuatro policías que están detenidos. Que la muerte de Ramón se va a investigar a fondo. Se alegran, pero dudan. De la detención de los policías casi nadie se entera.  El se mueve en voz baja.

El 21 de septiembre de 2014 el tío de Cristian Farías llega a la morgue con una muda de ropa. Quiere dar vuelta el cuerpo, que está tendido boca arriba. Dice que es para vestirlo, pero el encargado de la morgue lo detiene. Discuten. El tío de Cristian se enoja porque el impedimento aviva su desconfianza. La ropa es una excusa. Quiere ver que Cristian no tenga un tiro en la espalda. Está seguro que lo tiene y que se lo están ocultando. Si el chico que sobrevivió tiene un tiro en la pierna es posible que a él también le hayan tirado. Al final no lo puede comprobar. Se va. Cristina y Viviana Farías se van también. Les dicen que no hay nada que hacer.

Mientras, la versión oficial sobre el accidente empieza a circular entre declaraciones judiciales y redacciones periodísticas, y dice que Cristian se había reunido con un grupo de amigos motoqueros la noche del viernes, dispuestos recuperar la moto de uno de ellos que había sido secuestrada en un operativo vial. Nueve jóvenes en sus respectivas motos – dice la versión – rondaron la Dirección de Inteligencia Criminal,  donde supuestamente se encontraba el vehículo. Al ser advertidos por los policías que se encontraban en el lugar, se escaparon por la avenida. Un patrullero los perseguía: las motos se separaron. Cristian y el joven que lo acompañaba en su moto fueron los únicos que continuaron por la calle principal. Tras una persecución de 30 cuadras la moto se encontró con un badén, y Cristian perdió el control, dio contra un poste de luz y murió en el acto, mientras que su acompañante rodó por la calle.

El choque fue a las dos y media de la mañana. A la familia le confirmaron la muerte ocho horas más tarde.

La versión oficial del accidente es un racimo de cabos sueltos. Indigna a los vecinos y familiares de Cristian Farías, que comienzan a reunirse en el barrio 8 de abril, para preparar un reclamo. Se vuelven a cruzar ladrillos y las balas de goma. Otra vez la policía va a disuadir. Los medios tampoco dicen nada del enfrentamiento. La policía logra separar a los vecinos que denunciaban el asesinato, pero rápidamente, al día siguiente se organizan. Se acercan dirigentes de H.I.J.O.S., de la Asociación por la Memoria y abogados penalistas. La investigación avanza por otro lado y aparece entonces un testigo clave. Un vecino de la esquina de Colón y Peralta Luna, donde fue el choque, cuenta que esa noche estaba despierto y escuchó el derrape de la moto, el frenazo del auto policial, portazos y a los policías discutiendo. Cuenta que al momento en que salió a la calle a ver qué pasaba, escuchó la frase que lo cambiaba todo: Apurate que es testigo. Según el vecino, el policía le hablaba al compañero, que le apuntaba con su arma al chico más joven. Cristian todavía se movía en el piso. Al ver más gente saliendo de las casas, los policías se comunicaron por radio con la Emergencia. La calle se llenó de gente y Cristian murió en algún momento entre el choque y la llegada de la ambulancia. El cuerpo fue retirado de la calle recién a las 5 de la mañana.

Las nuevas versiones siembran dudas y bronca. Los medios abonan la versión del accidente y caso cerrado. En los días que siguen, la familia y unos cuantos vecinos comienzan a marchar por las calles del centro de la ciudad con carteles que piden Justicia por Cristian Farías y Basta de Gatillo Fácil. Los recibe el ministro de Seguridad y les promete investigar el caso a fondo. Les pide tranquilidad. Pero los Farías siguen marchando todos los jueves durante un mes. Los sábados hacen un bingo para juntar plata para gastos judiciales. Sortean carne para asado y una torta. De todo eso, nadie se entera. Antes del final, a las dos historias les hace bien un interludio.

Si se cuentan igual, si se parecen, es porque en realidad forman parte de una trama mayor. En Santiago del Estero, como en el resto del país, las denuncias de violencia policial se han repetido por décadas. Pero en esta provincia uno de esos casos derrumbó un gobierno en 2004. El famoso Crimen de la Dársena, tras casi dos años de marchas de pedido de justicia por el asesinato de dos jóvenes santiagueñas, terminó con la intervención federal al gobierno de los Juárez. Sin embargo, el caso nunca se resolvió del todo. De los más de treinta detenidos, en 2006 apenas cuatro fueron condenados por la muerte de Patricia Villalba: el ex represor Musa Azar, dos policías y un carnicero, que según la justicia la mataron porque sabía cómo había muerto Leyla Bshier Nazar, la otra víctima del Doble Crimen. Esa muerte nunca se esclareció. Diez años después, nadie sabe cómo murió Leyla ni quién la mató. Ni la justicia ni los medios indagaron más allá. Caso cerrado.

Desde entonces en Santiago se produjeron otras muertes violentas y resonantes que nunca tuvieron culpables. La primera. En abril de 2006 hubo un enfrentamiento en la cancha del Club Sarmiento de La Banda entre hinchadas y policías. Un disparo dio en el pecho de Exequiel Melián, que murió en el acto. Tenía 17 años. Ese día hubo además 26 heridos y ningún culpable. Todos los policías que la justicia había investigado por su responsabilidad en el caso fueron sobreseídos.

La segunda. Dos años después, en mayo de 2008, hallaron en un descampado el cuerpo descuartizado de Raúl Domínguez, que había estado desaparecido nueve días después de denunciar una estafa en la Dirección de Rentas, donde trabajaba. Los abogados de la familia denunciaron a un grupo de policías exonerados de la Fuerza durante un acuartelamiento en 2006. El caso se cajoneó en la justicia. En 2014 la familia marchó a seis años del crimen pidiendo justicia, acompañada por organizaciones de derechos humanos. La marcha no salió en los medios. La justicia no escuchó, casi nadie se enteró.

La tercera. En marzo de 2012 Edgardo Llugdar sufrió un ACV hemorrágico. Estaba adentro de una celda de la División de Delitos Comunes hacía tres días. Era un empleado del Registro de la Propiedad Inmueble que había sido vinculado a una estafa de tierras. Era el único detenido. Después de su muerte la investigación no fue mucho más lejos. Caso cerrado. A otro tema.

Hoy los rostros de Melián, Domínguez y Llugdar se bambolean en pancartas cada vez que hay una marcha por justicia en Santiago del Estero. Por casos de gatillo fácil en la ciudad y de asesinatos por conflictos de tierra en el campo, desde 2003 se denunciaron más de setenta casos.

En la prensa local hay predilección por las noticias policiales. Todos los días se publican choques, violaciones y asesinatos. La mayoría de las historias terminan ahí. Pero en Santiago hay algunas víctimas que parecen fantasmas. Sus propias familias son como espectros que uno puede ver por ahí desplazándose, intentando decir algo que nadie escucha bien. La sensación es la de ver algo que no existe: las demandas de justicia y los conflictos de los sectores populares parecen no ser, porque no hacen a la agenda de los medios provinciales. Algunos vieron pasar una marcha, escucharon un lamento, pero nadie dijo nada después. Se tapan los oídos, miran para otro lado. La prudencia de los medios de no mostrar algo que pueda ofender al poder se ha convertido en una costumbre de la que no escapa casi nadie. En Santiago los dos diarios en papel (El Liberal y Nuevo Diario), el canal de aire (Canal 7) y las radios más importantes son oficialistas del Gobierno Provincial, aunque no le ahorran críticas al Gobierno Nacional. La provincia ha crecido como nunca en los últimos diez años. Se vive mejor. Pero se muere peor. Los medios parecen creer, equivocadamente, que decir todo el tiempo que todo está bien es hacerle bien al gobierno.

Pero en estos años también hubo justicia. En Santiago se realizaron tres juicios por delitos de lesa humanidad cometidos antes y después de la dictadura del 76, que involucraban a miembros de la policía santiagueña. En cada uno Musa Azar fue condenado a cadena perpetua, y otros miembros de la fuerza recibieron sentencias parecidas. Los medios santiagueños cubrieron los casos con reportajes extensos y atrapantes. Fueron juicios históricos. Aunque algo se perdió de vista. Los monstruos habían sido condenados, tenían nombre y apellido, y habían sido fotografiados a la luz del día. Pero nunca nadie relacionó aquella vieja policía de Musa Azar con la actual, y con las vidas que hasta hoy se sigue cobrando.

Por último, un final que no es tal.

Termina octubre de 2014. Moisés Vázquez, su familia y sus abogados, siguen reclamando por el esclarecimiento del crimen de Ramón Vázquez. Eligen ver el vaso medio lleno y seguir: los cuatro policías siguen detenidos y el proceso está en instancia de instrucción. Cuando ven la mitad vacía, les preocupan otros tres policías a los que la defensa les adjudica participación en el asesinato, pero han sido parcialmente desligados de la causa. Los Vázquez esperan para principios de 2015 el procesamiento y el inicio del juicio.

La familia Farías tiene menos suerte. A más de un mes de la muerte de Cristian, no han logrado acceder a los resultados de la autopsia, ni a una audiencia con el juez, ni a una declaración del sobreviviente de la pierna baleada. Los Farías siguen marchando todos los jueves, menos uno: el 13 de noviembre, porque hay programada una marcha contra el gobierno. La mamá de Cristian dice que no quiere que se mezclen las cosas. Pero si no nos responden – afirma desafiante – vamos a salir con más fuerza a la calle.

Las historias no terminan. Ni estas dos, ni las otras. Es muy pronto para que se esclarezca el crimen de Cristian Farías, pero tampoco nadie sabe por qué hace un año mataron a Moisés Vázquez. No se pudo probar su vinculación con el robo a la casa del barrio América del Sur, y no hay otras hipótesis de por qué los policías de la Décima lo buscaban con tanto ahínco. Diez años después nadie sabe cómo murió Leyla Bshier Nazar. Seis años después es un misterio quién descuartizó a Raúl Domínguez. Tampoco se investiga la causa ni se muestran los reclamos en las calles. Tampoco se resolvieron las dudas sobre el ACV de Llugdar ni hay responsables por el tiro en el pecho de Melián. Pocos saben de las otras denuncias de violencia policial, que se amontonan a decenas. La prensa no pregunta, la justicia no avanza. Las heridas, como las historias, siguen sin cerrar.

Le preguntamos si podíamos hacerle una foto en el pantano donde estuvo escondido durante el genocidio y, al principio, Cassius Alexis dijo que no, porque tenía que trabajar. Después, negociamos.

—Venid a recogerme a las seis de esta tarde y vamos.

A las seis quedaría poco más de una hora de luz, y además teníamos que recogerlo en el trabajo y pasar antes por su casa (si lo íbamos a fotografiar, lo mínimo que exigía Cassius era vestir una camisa decente), pero era la única opción, así que a las seis lo recogimos. Ya en el coche, rumbo a su casa, empezó a hablar. Cassius tenía 15 años cuando el genocidio de 1994 estalló en Ruanda.

—Estaba en casa, con mi familia. Por la radio pedían que nadie saliese a la calle. Yo miraba por la ventana y vi llegar a los milicianos. Venían en todoterrenos, gritando, borrachos, con rifles y machetes.

Los vecinos salieron en estampida de sus casas, corriendo en frenético desorden.

—Yo salí en una dirección con un hermano y una hermana. Mis padres y el resto de mis hermanos corrieron en la otra. Fue la última vez que los vi.

La casa de Cassius está hoy reconstruida, porque tras el abandono fue quemada. Entra, mientras lo esperamos con el coche en marcha. Las viviendas son de adobe, sobre tierra rojiza. Casi toda Ruanda es así: casas desperdigadas por todos lados, con caminos sin asfaltar siempre llenos de gente. Cuando Cassius regresa lleva una camisa remangada y el coche se llena de perfume. Emprendemos el mismo camino por el que veinte años antes él corrió en estampida.

—¿Por aquí huiste corriendo?

—Sí —señala a través de la ventanilla—. Empecé a correr por aquí porque quería llegar al pantano. Sabía que era el único lugar en el que podía esconderme.

Alrededor, la vida se abre paso con normalidad africana: puestos de fruta, ancianos sentados con un transistor, vacas, chicos en bicicleta, niños descalzos, mujeres transportando leña en la cabeza. Todo en orden en el municipio de Nyamata, en el corazón de Ruanda.

—Pero entonces esto era un caos —prosigue Cassius—. La gente corría en todas direcciones, yo iba muy rápido pero veía los cadáveres tirados, por las cunetas o en medio del camino. En este cruce había un puesto de control. Estaba lleno de chicos con machetes. Al verme empezaron a perseguirme y me gritaban.
—¿Qué te decían?
—Me llamaban cucaracha. Me decían que me iban a matar.

Cassius sonríe, una mueca de satisfacción, de inocente venganza. Al fin y al cabo, no lo pudieron atrapar. El coche sale del camino principal y nos metemos por un sendero impracticable que atraviesa un bosque.

—En esta parte los tuve muy cerca, incluso esquivé un machetazo.

Cuando el sendero muere, encontramos un edificio en obras junto a un cartel que anuncia la próxima apertura del memorial a las víctimas del pantano de Nyamata. A continuación, un pronunciado descenso, cubierto de vegetación y rocas, que desemboca en un mar verde del que sale un descomunal croar de ranas: el pantano. Hay que seguir a pie y hacerlo deprisa. Sin luz, no hay foto. La cuesta es resbaladiza y todo está repleto de mosquitos. La voz de Cassius interrumpe.

—Por aquí bajé volando, los llevaba detrás. También tenía prisa, como ahora.

Al final del descenso se yergue una pared de plantas de papiro. Si se penetra entre ellas, el agua llega hasta el pecho. Al estruendo de las ranas se une el zumbido de miles de mosquitos que forman una nube negra. ¿Cómo es posible estar en este lugar más de diez minutos? Y sin embargo, Cassius estuvo aquí metido un mes, esperando a ser rescatado.

—Me metí aquí y me dejaron de perseguir. Luego comprobé que mi hermano y mi hermana también estaban. Y muchos vecinos más. Por las noches salíamos a buscar comida a las casas de alrededor. Además, si te quedas por la noche las picaduras de mosquito te matan. Por el día nos metíamos en el pantano y permanecíamos inmóviles. Dos veces al día los milicianos entraban y rastreaban todo. Yo, desde mi sitio, con el agua en el pecho, podía escuchar cuando encontraban a alguien, los gritos y los machetazos. Era como una lotería, porque no te podías mover y tenías que esperar que no te encontrasen.

Un mes más tarde, los soldados rebeldes entraron en el pantano y salvaron a los supervivientes. Cassius fue uno de ellos. Uno de los supervivientes del genocidio de Ruanda.

***

El genocidio de Ruanda es uno de los capítulos más horribles del siglo XX. En cien días desde abril hasta julio de 1994, unas 800 mil personas —según las cifras más benévolas que maneja la onu— fueron asesinadas: 330 asesinatos por hora, cinco por minuto. La mayor parte de ellos a golpe de machete. La matanza supuso el culmen de la guerra civil que durante cuatro años enfrentó a los dos pueblos que habitan el territorio, los hutus y los tutsis. Los primeros fueron los perpetradores, los segundos fueron las víctimas.

Ruanda está situada en pleno centro de África. Tiene sólo 26 mil kilómetros cuadrados. Es conocida como el país de las mil colinas: los pueblos y ciudades discurren entre valles y laderas rodeados de cultivos. Ruanda, además, es una de las cunas de la humanidad. Sus habitantes primigenios son los twas, pigmeos que hoy suponen sólo 1% de la población. A ellos se les unieron, en la Antigüedad, los hutus (hoy mayoría con un 80%), pueblo proveniente de lo que hoy es la República Democrática del Congo (RDC), y los tutsis (14%), que llegaron de Etiopía. Ambos pueblos compartieron tradiciones, idioma, religión y cultura. Hasta se dieron numerosos matrimonios mixtos. La única diferencia era social: los hutus, agricultores, eran la clase vasalla, mientras que los tutsis, ganaderos, se convirtieron en la casta dominante. Pero era una diferenciación permeable: un hutu que obtuviera vacas podía convertirse en tutsi y viceversa.

En el siglo XIX, los colonos alemanes primero y los belgas después, pusieron sus botas en el reino de Ruanda. El territorio quedó bajo el control del rey belga Lepoldo II, quien introdujo en la nueva colonia teorías antropológicas que causaban furor en la época. La más influyente decía que existía en África una raza dominante, superior. Esa era la raza tutsi, y los colonizadores se aliaron con las familias dominantes para gestionar el país. En 1933, los belgas dotaron a la población de tarjetas de identidad étnica, una decisión clave en la historia de Ruanda. Por primera vez la diferencia entre ruandeses se tornaba racial.

***

El librito que publicó en 1959 un grupo de intelectuales hutus se llamaba El Manifiesto. El tratado formulaba una pregunta que crepitaba en la conciencia hutu desde que se instauraron los carnés de identidad racial: “Si somos diferentes y nosotros somos muchos más, ¿qué hacemos sometidos?”. La conciencia racial caló y desembocó en revuelta. Miles de hutus se echaron a la calle y asesinaron a otros tantos tutsis. Otros cientos de miles de tutsis huyeron del país, la mayoría a la vecina Uganda. Los hutus tomaron el control y en 1962 declararon la independencia de Ruanda. Nacía un estado, con dos naciones enfrentadas en su seno. Durante los siguientes años las persecuciones contra la minoría tutsi se sucedieron. Hubo nuevas matanzas en 1963 y 1964. Además, los tutsis estaban apartados de cualquier puesto político, tenían el acceso restringido a colegios y escuelas. Bealta Kabagwira, vecina de Kigali y también superviviente del genocidio, recuerda aquella época.

—En el colegio, a los que éramos tutsis nos sentaban en la última fila. La profesora, cuando nos pedía algo, nos decía: ‘tú, tutsi’, en cambio a los niños hutus les llamaba por su nombre. Cada mañana, llegaba a clase y nos decía: que levanten la mano los tutsis.

En 1972 se dio la última gran matanza. La llevó a cabo el general Juvénal Habyarimana, quien el año siguiente dio un golpe de Estado y se hizo con el poder. Paradójicamente, desde ese año la estabilidad ruandesa fue en aumento y, aunque los tutsis siguieron reprimidos, cesaron las matanzas y el país logró una estabilidad nunca vista antes. Hasta 1990.

***

Un día del año 1990, Joseph Buhigiro, vecino tutsi de 65 años de la provincia de Nyamata, estaba tomando una cerveza de plátano cuando un vecino que bebía a su lado le dijo: “Tus familiares han entrado y vienen a matarnos”. “Son los del 59, que han vuelto”, añadió otro.

—Me quedó grabado —dice Joseph—. Después viví cosas horribles, pero ese comentario nunca lo olvidaré porque nos señalaba a todos los tutsis.

Los del bar se referían a que los tutsis exiliados en 1959 y sus descendientes habían regresado a Ruanda en forma de milicia. Durante treinta años aquellos refugiados se habían alistado en el ejército ugandés para entrenarse, y de la noche a la mañana habían desertado formando el Frente Patriótico Ruandés (FPR), que decidió atravesar la frontera y declarar la guerra al régimen de Habyarimana. Es probable que se hubieran plantado en Kigali —la capital ruandesa— en apenas una semana, ya que eran militarmente muy superiores. Pero se encontraron un enemigo inesperado: el ejército francés. Los soldados del entonces presidente François Mitterrand frenaron a las tropas rebeldes y las recluyeron en la selva, en nombre de la francofonía: mientras la Ruanda hutu hablaba francés, los tutsis que regresaban venían de la anglófona Uganda. A Mitterrand no le interesaba un cambio de statu quo. Y se puso del lado del gobierno. El FPR, liderado por Paul Kagame —actual presidente de Ruanda— decidió hacerse fuerte en aquella selva, reorganizarse y reclutar nuevos efectivos (entre ellos muchos niños), mientras Habyarimana planificaba la defensa, que Francia consintió y que desembocaría en un genocidio.

***

El editorial del periódico Kangura de diciembre de 1990 se titulaba “Los diez mandamientos hutu”. En ellos se plasmaban las obligaciones del pueblo hutu desde ese momento. Kangura (“Despiértalos”) fue uno de los instrumentos que el gobierno de Habyarimana empleó en su campaña de odio. Nada más verse amenazado por el FPR, el gobierno hutu comenzó a inocular en su población el mensaje de que los tutsis habían regresado para exterminar a todos los hutus. La propaganda más efectiva fue la llevada a cabo por la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), del gobierno. Sus ondas escupían odio las veinticuatro horas. En paralelo, el gobierno hutu decidió crear las Interahamwe (“los que luchan juntos”), milicias compuestas por civiles. Las Interahamwe eran el mal personificado: jóvenes sin futuro ni causa, empapados en cerveza y anfetaminas, armados con machetes y rifles.

Aunque la mayoría se tomaba a broma la propaganda o la consideraba una locura transitoria, el país se volvió paranoico.

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En 1993, ante la progresiva reducción de efectivos franceses, el FPR comenzó a ganar terreno en el norte del país. La guerra fluía sin reglas: por cada ataque del FPR —con sus desmanes contra vecinos hutus—, el gobierno tomaba represalias contra civiles tutsis. El desenfreno se tomó un respiro en agosto de ese año. Ambos bandos decidieron comenzar en la ciudad tanzana de Arusha un diálogo de paz. Se decidió enviar a Ruanda una fuerza de paz de la ONU, la UNAMIR, encabezada por el general canadiense Roméo Dallaire. Esta misión iba a estar compuesta por 2 500 cascos azules, pero jamás llegó a tal cifra. Unos meses después de llegar a Ruanda, en enero de 1994, Dallaire —que terminó la misión en tratamiento psiquiátrico— envió un fax urgente a Naciones Unidas, un fax que hoy simboliza el comportamiento de las potencias occidentales durante aquel episodio. El documento advertía que el gobierno de Habyarimana había perdido el control de las Interahamwe y que éstas estaban elaborando un censo de tutsis. El fax añadía que los milicianos contaban con armas —proporcionadas por Francia— y capacidad para asesinar a miles de tutsis en pocas horas y advertía de la posibilidad de una masacre. Dallaire solicitó refuerzos y afirmó que si le enviaban 5 mil nuevos soldados podría frenar la matanza. La respuesta desde Nueva York: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR”. Firmaba Kofi Annan. Para completar la maniobra, la ONU decidió reducir los soldados a un grupo de 250 cascos azules que desde ese momento tuvieron como prioritaria preocupación mantenerse con vida.

***

–Aquella noche estaba en casa y no me enteré de lo que había sucedido. Fue a la mañana siguiente cuando escuché la radio con mi mujer. El locutor explicó que el presidente había sido asesinado y que nadie se moviera de sus casas. En la calle comenzamos a ver milicianos, que estaban montando barricadas y puestos de control. Recuerdo perfectamente que mi mujer me miró y dijo: vamos a morir.

Benuste Karasira —vecino tutsi que perdió a sus hijos y un brazo durante el genocidio—, rememora la noche del 6 de abril de 1994 en la que el avión del presidente Juvénal Habyarimana fue derribado. Un cohete lo alcanzó cuando regresaba de una de las conversaciones de paz en Arusha. Al instante, ambos bandos se acusaron mutuamente en un debate sobre la autoría que todavía es un misterio. El atentado sirvió de pistoletazo de salida. Las Interahamwe tomaron el control y decidieron acabar de una vez y para siempre con la amenaza tutsi. Lo que hasta hacía pocos meses era visto por la mayoría como la locura de un grupo de extremistas, mutó en una ola que arrastró a todos.

La matanza no fue difícil para los milicianos hutus. Contaban con censos de los vecinos tutsis y con las armas francesas. Calles y pueblos se llenaron de road-blocks, donde se pedía la tarjeta de identidad que habían dispuesto, tantos años antes, los belgas. Los que eran tutsis eran apartados a la cuneta y asesinados a machetazos. Las cunetas de todo el país se llenaron de cadáveres, entre los que a veces se hallaban vivos haciéndose los muertos, inmóviles de terror entre los cadáveres. En pocas horas, Ruanda era un desenfreno de violencia rara vez visto en la historia moderna.

Los tutsis que lograban esquivar los road-blocks se refugiaron en iglesias o escuelas. Los propios milicianos hutus les permitían agruparse para después llevar a cabo las matanzas en bloque. Se formaron mataderos humanos que hoy son memoriales en los que se conservan los huesos, ropas y hasta cuerpos embalsamados de las víctimas. En la iglesia de Ntarama, al sur de Kigali, cinco mil personas fueron encerradas por la policía. A los pocos días, llegaron las Interahamwe y volaron la puerta con una granada. Arrojaron una decena más al interior y se pusieron a disparar contra la masa de gente. Después, entraron con machetes y martillos para rematar a los vivos. A algunas mujeres las separaron para violarlas y a los niños los aplastaron contra una pared. Fue una masacre sucia, primaria, brutal. Los hombres eran torturados, las mujeres embarazadas abiertas para evitar el nacimiento de bebés impuros, las niñas violadas —muchas veces por hombres infectados con VIH, lo que provocó un posterior y silencioso genocidio entre ruandesas— y los niños arrojados al
río.

Joseph Buhigiro, el hombre que bebía cerveza de plátano, se encerró junto a dos mil quinientas personas más en la iglesia de Nyamata.

—Los milicianos llegaron y rodearon la iglesia. Tiraron la puerta abajo y comenzaron a disparar. Me metí debajo de un banco, los cuerpos de mi alrededor comenzaron a caer, también los de mis hijos. Pronto me cubrieron por completo. Noté que algo me mojaba la cara y me di cuenta de que la sangre levantaba un palmo del suelo, así que tuve que subir la cabeza para no ahogarme. En ese momento me convertí en una piedra. No recuerdo nada más. Estaba vivo, pero muerto.

***

Los milicianos contaron con la ayuda de al menos 1.7 millones de vecinos hutus, quienes participaron, de manera directa o indirecta, en el genocidio. El miedo fue su motivación. El gobierno había logrado instalar la idea de que matar a un tutsi era salvar a un hutu. Pero la realidad es que la mayoría de los hutus ayudó en las matanzas porque fue obligado. A veces directamente por los milicianos, que amenazaban al que no participase. Otras, simplemente porqu no matar los convertía en sospechosos. Muchos vecinos hutus explicaron que tuvieron que asesinar para pasar desapercibidos, para ser “normales”. Se dieron casos de hutus que, mientras refugiaban a tutsis en su casa, mataban a otros en la calle para no llamar la atención. En la mayoría de los casos, perpetradores y víctimas se conocían.

Los genocidas —milicianos y políticos— afirman hoy que acataban órdenes. Israel Duginzigimana es uno de ellos. Cumple 21 años de cárcel por participar en el asesinato de un grupo de 300 tutsis. Era concejal del ayuntamiento de Nyabisindu.

—Disparé contra aquel grupo y tiré una granada. Conocía a la mayoría de vecinos de ese grupo, pero si no lo hubiera hecho, el gobierno me hubiera matado.

Del municipio de Israel sólo salieron vivos once tutsis.

—Vi cómo disparaban contra grupos desarmados y también vi cómo quemaban las casas de los tutsis con ellos dentro. ¿Lo peor que vi? Bueno, a una madre tutsi le obligaron a comerse a su bebé a cambio de la vida del resto de sus hijos.

Y mientras todo eso sucedía, “el mundo miraba con las manos en los bolsillos”, como acertó a definir Paul Kagame cuando todo había terminado. El FPR desistió en su empeño de pedir apoyo y comenzó a aproximarse a Kigali en una carrera contrarreloj para frenar el genocidio, aunque también en un desmedido avance de venganzas contra civiles hutus.

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Una resolución aprobada por la ONU en 1948 obliga a su Consejo de Seguridad a intervenir por la fuerza en caso de genocidio. En Ruanda estaba ocurriendo uno, pero en Estados Unidos la administración de Bill Clinton decidió no utilizar la palabra genocidio y la sustituyó por “actos de genocidio”. Así se ofrecieron distintas ruedas de prensa en las que el malabar conceptual libraba a Washington de la intervención.

Los tutsis que lograban evitar los road-blocks y las matanzas colectivas se refugiaron en bosques y pantanos, como Cassius Alexis. Ruanda se convirtió en un enorme coto de caza. Cuentan que muchos tutsis, durante el genocidio, usaban el cielo como mapa. Desde sus refugios, en bosques, cuevas o pantanos, observaban el cielo y evitaban caminar por donde veían bandadas de buitres. Los buitres les marcaban las rutas prohibidas y les indicaban los caminos despejados.

La matanza sólo vislumbró su final el 22 de junio de 1994, cuando la onu, por fin, aprobó la Operación Turquesa. El ejército francés fue designado para regresar al país de las mil colinas y abrir un corredor humanitario para los refugiados. El FPR estaba a las puertas de Kigali y los hutus, despavoridos, comenzaban a huir.

***

El 13 de julio de 1994 el FPR tomó Kigali y la guerra terminó. Arrancó entonces el epílogo del genocidio: dos millones de hutus huyeron del país, entre ellos, ocultos, los genocidas.

La marea humana se dirigió en su mayoría a la República Democrática del Congo (RDC), entonces Zaire, e improvisaron enormes campos sin infraestructuras en los que el cólera hizo estragos. Hubo cientos de miles de muertos. La ayuda humanitaria estabilizó la situación un año después, pero la furia de Paul Kagame por la huida de los genocidas permanecía intacta.En 1996, el FPR entró en la República Democrática del Congo con la intención de hacer regresar a los refugiados y detener a los genocidas. El operativo escapó pronto del control de los soldados que, según un informe de la ONU del año 2010, abrieron fuego contra la población hutu, incluida aquella que ya estaba instalada en aldeas y pueblos congoleños. El informe califica esta acción como un nuevo genocidio, algo que niega el actual gobierno ruandés. Los supervivientes a esta nueva matanza regresaron a Ruanda. Tocaba hacer justicia.

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El escenario que se encontró el FPR después de la guerra se ilustra en cifras: 800 mil tutsis asesinados, 250 mil mujeres violadas, cien mil niños huérfanos. Eran tantos los cadáveres amontonados que se decidió sacrificar a todos los perros para que no los devoraran. Hoy, en Ruanda casi no hay perros.

Lo primero que quiso hacer el nuevo gobierno fue justicia. Pero no podían abrir 1.7 millones de casos. La solución fue recuperar la figura de los gacaca, un sistema tribal ruandés que se usa para resolver disputas entre vecinos mediante reuniones de la comunidad. Tras el genocidio se perfeccionó el sistema y se aplicaron desde el año 2001 hasta 2012. El doctor Jean-Damascene Gasanabo es el director general del Centro de Investigación y Documentación del Genocidio:

—Los gacacas tuvieron un objetivo, sobre todo, reconciliador. Consiguieron que se hiciera justicia, pero también que se llegara a un acuerdo pacífico entre los vecinos, porque todo el pueblo estaba presente. Se confesó, se pidió perdón y se perdonó. Los gacacas reconciliaron a miles de pueblos en Ruanda.

Los gacacas enviaron a prisión a 120 mil personas. Los demás fueron condenados a realizar trabajos para la comunidad ya que no cabían en las cárceles. Po encima de estas cortes populares se erigió el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, con sede en Arusha, donde se juzgó y encarceló a casi todos los organizadores e instigadores del genocidio.

***

Más allá de la justicia, el desafío de la nueva Ruanda era lograr que dos partes enfrentadas en una guerra e implicadas en un genocidio volviesen a compartir su día a día. Víctima y verdugo tenían que mirarse a la cara mientras, por ejemplo, compraban el pan. Cassius Alexis, el chico del pantano, ve casi cada día a vecinos que estaban en aquel grupo que le persiguió machete en mano.

Una de las primeras medidas que hizo pública el nuevo gobierno fue tipificar los delitos de venganza. Cualquier ajuste de cuentas fruto del genocidio sería castigado con cadena perpetua. Jean Pierre Dusingizemunge, de 50 años, es el presidente de Ibuca, la federación de asociaciones de supervivientes del genocidio:

—Lo primero que dijo el FPR fue: “Si os vengáis, seréis golpeados con el máximo castigo”. Yo creo que eso es un enorme compromiso por parte de un gobierno.

Los ajustes de cuentas, sin embargo, fueron inevitables. Los mismos gacacas sirvieron para canalizar represalias. Lo explica Evariste, un hutu que vive fuera de Ruanda y pide ocultar su verdadero nombre.

—Hubo muchas muertes en los gacacas, muchas venganzas. Opino que los gacacas fue una manera de que el Estado organizara las venganzas.

Evitar el negacionismo fue el otro pilar de la reconciliación. Negar que hubo un genocidio se paga con la cárcel. Paul (otro nombre ficticio) es un hutu que vive en el norte de Ruanda y que, bajo una absoluta discreción, ha accedido a hablar con nosotros. Nos cita en el hall de un hotel, pero pronto se muestra incómodo y termina invitándonos a su casa. En su opinión no hubo un genocidio en Ruanda.

—Hubo una guerra, con dos bandos que se mataron entre ellos. Hubo tantos muertos de un lado como de otro.
—Pero, ¿qué pasa con las Interahamwe? ¿Para qué se crearon?
—Para defendernos. Los tutsis sabían que el FPR iba a entrar y se armaron, se organizaron. Tenían células por todo el país, así que el gobierno decidió crear las milicias para defenderse.
—Pero mataron a miles de inocentes.
—Sí, y eso no lo defiendo, pero el FPR hizo lo mismo. Entraban en las aldeas y mataban a todos. Si hubo un genocidio de un lado, también lo hubo de otro.

Lo que dice Paul es muy incorrecto fuera de Ruanda y, dentro, es un delito.

—¿Qué ocurre si dices esto en público?
—Que me enviarían a la cárcel y me dejarían morir allí. Y a vosotros también, por preguntar.

La Ruanda urbana está limpia y ordenada, sobre todo su capital, Kigali, que se extiende a lo largo de varias colinas en las que en las laderas lucen los barrios acomodados y en los valles las chabolas. Los conductores usan el cinturón de seguridad, la tasa de crímenes es baja, las carreteras están asfaltadas y el turista puede recorrer el país sin preocuparse por la seguridad. La economía no va mal. Ruanda ya ocupa el puesto 33 de 51 en la lista del PIB per cápita de países africanos. Sigue habiendo enormes problemas de pobreza y se mantienen elevadas las tasas de contagios de vih. Pero Ruanda ha centrado todos sus esfuerzos en transmitir una impoluta imagen de orden, progreso y libertad. Paul dice:

—Es una imagen. Estar como visitante en Ruanda es como ir de invitado a la casa de una mujer maltratada por su marido. Cuando tú estás allí, todo parece tranquilo, armonioso. Pero cuando no estás, entonces aparece la realidad del maltrato y la opresión. Eso es Ruanda.

Pero esa imagen surte efecto: turistas y periodistas llegan al país, contemplan la convivencia, el orden y la resiliencia ruandesa, y regresan maravillados. Y en verdad los ruandeses conviven en paz, pero no porque realmente estén reconciliados sino porque el gobierno controla la vida de sus ciudadanos hasta extremos novelescos.

—Aquí no se pueden ni pronunciar determinadas palabras. Hay soldados y policías secretos por todas partes —explica Paul.
—¿Cómo en una dictadura?
—Peor. Porque aquí está disfrazado. Hacen creer que somos una democracia. Es como el mantener tan limpias las calles: una careta para el visitante. Al político que levanta la voz lo eliminan. En una dictadura al menos te ejecutan directamente. Aquí te dejan morir.
—¿Quieres decir que el Estado ruandés mata gente por cuestiones políticas?
—Normalmente no de manera directa, pero te envían a la cárcel y allí se encargan de que te maten o te dejan morir de hambre.

Evariste, también hutu, dice acerca de esta cuestión espinosa:

—Si yo hablase públicamente del gobierno, mi familia estaría en la cárcel mañana. En Ruanda nadie se fía de nadie. Sólo se habla de fútbol o del tiempo porque no sabes quién puede ser policía o soldado. Somos un país que vive en paranoia. En una desconfianza permanente.

Sobre el papel hay doce partidos en Ruanda, con su representación parlamentaria, pero la realidad es que todos dependen del FPR de Kagame y que no hay oposición real. En los últimos años han sido asesinados y encarcelados decenas de opositores. Fuera del parlamento el paisaje no es mucho mejor. Hay sólo una cadena de televisión y todos los periódicos son del gobierno. Frank, que prefiere no decir su apellido, trabaja en The New Times Rwanda, el periódico en inglés más importante del país. Advierte que si queremos pedir una entrevista con cualquier funcionario público, debemos insistir en que vamos a hablar sólo de la recuperación y reconciliación ruandesa. Si insinuamos cualquier crítica, podríamos tener problemas. Hay antecedentes: nueve cooperantes y periodistas españoles han sido asesinados en Ruanda en los últimos quince años. En Ruanda, discrepar con el gobierno se traduce en “hacer ideología”, una borrosa figura legal que conduce a la cárcel. Incluso las víctimas tutsis están sometidas al guión oficial. Ningún superviviente reconoce en público que no perdona a quienes intentaron asesinarlo o a quienes mataron a sus familiares. Cassius Alexis es un buen ejemplo.

—¿Qué sientes cuando ves a vecinos que te persiguieron?
—Ahora ya pasó mucho tiempo. Al principio no me gustaba, pero ahora entiendo que hay que mirar al futuro, que debemos estar juntos.
—¿Les perdonas?
—Sí, les perdono.

Sin grabadora por medio, el mensaje cambia. Jean es el nombre de un joven tutsi que, siendo un niño, sobrevivió durante un mes huyendo de sus asesinos por el bosque de Kayumba, en el sur de Ruanda. Su vida se redujo entonces a correr descalzo huyendo de sus predadores hasta que fue rescatado. Su familia completa murió.

—Sé que hay una respuesta para esto, pero no es la que siento. Ninguno de ellos nunca me ha pedido perdón. Cuando me cruzo con algún vecino hutu que participó en las persecuciones, mi primera reacción es salir corriendo. Me entran ganas de huir como cuando era niño. Pero tengo 31 años, no puedo salir corriendo por la calle. ¿Perdonarles? Por supuesto que no puedo perdonarles. ¿Tú podrías?

***

El proceso de reconciliación se completa con medidas que borran la Ruanda anterior a la guerra: el país cambió su himno, su bandera, su idioma (inglés en lugar de francés) y hasta sus libros de historia, que ahora explican que hubo un genocidio contra los tutsis para, a continuación, decir que ya no existen diferencias entre hutus y tutsis, que sólo hay ruandeses. Ésta, precisamente, fue la decisión estrella: la abolición oficial de las identidades. No existen ya documentos de identidad racial y se ha hecho tanto hincapié en que ahora sólo hay ruandeses, que preguntar a alguien si es hutu o tutsi resulta una grosería.

—Hablar de hutus o tutsis no forma parte del plano de la realidad. No hay hechos que demuestren que uno es tutsi y otro hutu. Tenemos la misma lengua, la misma cultura, la misma historia y vivimos en el mismo país desde hace muchos siglos. Somos un solo pueblo —explica el doctor Jean-Damascene Gasanabo.

Sin embargo, detrás de los discursos oficiales, en la calle, la división hutu-tutsi sigue perfectamente definida. Y en esta meridiana división todos los puestos de control son para los tutsis.

—El 90% de los políticos son tutsis —dice Evariste—. El ejército está compuesto en un 90% por tutsis y todos los generales son tutsis. Las grandes empresas, luz, agua, gas, comunicaciones, están dirigidas por tutsis. Los hutus viven en Ruanda completamente oprimidos: son los últimos en acceder a becas, ayudas. Otra vez tenemos un régimen racial.

Los otrora verdugos aparecen ahora como víctimas. Paul completa el diagnóstico:

—Los empresarios de este país son tutsis. Si un hutu va a buscar trabajo a una empresa de tutsis, nunca se lo darán. Te pongo un ejemplo. Yo hice un curso de económicas. Era el único hutu de mi clase. Lo terminamos hace tres meses. Pues bien, soy el único que no está trabajando. Y puedo asegurarte que no era el más estúpido de la clase.

Le preguntamos sobre el dominio tutsi a Francis Kabuweka, diputado (tutsi) desde hace más de diez años. No solo discrepa con Evariste y con Paul, sino que considera peligroso su mensaje.

—Lo importante es: ¿somos hutus y tutsis ante todo, o somos ruandeses? Ya sabemos a qué nos conduce cada respuesta. Desde el genocidio nos hemos comprometido a no usar esta identidad.

Si de verdad Kagame cree en la reconciliación, o si lo único que quiere es el control de Ruanda para los tutsis, es una incógnita. La realidad es que, al día de hoy, la reconciliación está muy lejos.

—No se admite que miles de hutus fueron asesinados y no tenemos derecho ni a recordarlo —dice Paul—. Mientras eso ocurra, la reconciliación es imposible. ¿Sabes cuál es nuestra esperanza? Que estamos agotados. Todos anhelamos la paz porque estamos hartos de la sangre. Por otra parte, alcanzar la paz sólo porque estamos hartos, por desidia, sería algo muy ruandés.

A.

El cuarto reo que entrevisto me dice que soy una señal del de arriba. Días atrás, asegura, Dios le dijo que una periodista lo iba a visitar. Sin embargo, el único milagro será que cuando terminemos de hablar yo podré salir a la calle. La libertad, desde adentro de la cárcel es como ver a Jesús caminando sobre el agua. La diferencia es que aquí, la gente se ahoga.

Sansebas queda a mil colones en taxi (unos dos dólares americanos)desde el centro de San José, en Costa Rica, aunque a la mayoría de sus inquilinos el viaje les salió gratis, en patrulla sin ‘maría’. Es un centro penal para indiciados, gente sin condena ni sentencia en firme, personas que según defensores de la seguridad ciudadana, es mejor tener presa que afuera. Son el 25% de la población penitenciaria, una cuarta parte de las 12 mil personas que están tras las rejas en Costa Rica.

Indiciados es tan solo una cuestión de nombre, un eufemismo: “prisión preventiva”, pero prisión a fin de cuentas. Los que entran no saben cuándo van a salir, la espera se vuelve un dimequetediré entre el fiscal, el juez, el abogado y la desesperación que carcome a lo interno, que se deja oír de vez en cuando.

Así, los reos pasan meses, o hasta años, con la esperanza de que un día alguien les diga: “queda condenado por equis años” o, que los reciban con un “queda usted libre, no le comprobamos nada, mil disculpas”.

Lo primero, se lo dirán a, por lo menos, la mitad de los indiciados. El resto se conformará con la absolución por duda: los mandan a la casa con la hoja de delincuencia limpia y la boca cerrada. Las autoridades saben borrar la cárcel de los papeles pero no de la memoria.

Ninguno sabe qué es peor.

La ausencia de relojes en Sansebas es un acto de piedad y compasión, es mejor no llevar la cuenta de los minutos que se escurren entre la pintura ajada. Porque una vez adentro la única opción para que el reloj no se detenga en seco es “aprender a canear” (a golpear para defenderse).

Porque definitivamente la cárcel es como una mujer con el útero estirado de tanto parir. Como una madre que, de tantos parir hijos, omite el proceso de crianza: aquí solo sobrevive el hijo más fuerte.

L.

Cristian es grandote, compacto de gimnasio, tiene 34 años y su pelo es corto, parado y filoso.

Cristian quiso ahorcarse al segundo día de estar preso, arrollándose un pantalón al cuello y colgándose de un calabozo con olor a orines. “Porque ese calabozo pa’ de feria, no tenía servicio adentro, a donde uno mismo orinaba ahí tenía que ‘ormir”.

Eso fue hace dos años. El hecho que lo tiene aquí adentro ocurrió hace tres.

Una oscura carretera en Junquillo Arriba de Puriscal fue escenario de un accidente de tránsito, el cual cobró la vida de un joven y tiene a otro al borde de la muerte”, dijo el diario La Extra.

Homicidio culposo”, dijo la Fiscalía.

Es como si usté fuera aquí y fue a ver un lado y se topó con alguien, y sí tuvo culpa porque no estaba centrado en lo qusté iba pero nunca lo hizo con intención, porque yo hasta a un perrito o un gato me he caído en moto por quitármelo.

Entonces enseña una cicatriz que tiene en el codo. Mueve las manos y deja caer el peso sobre el respaldar de la silla de plástico; repetir la misma historia debe pesar a ratos.

Todas las personas presas con las que he conversado tienen la culpa escondida en el fondo del pellejo y la inocencia es lo único que a punta de empujones escupen por la boca.

No los culpo. Si estuviera ahí metida, yo también le diría a la culpa que no chistara, que se escondiera en mi rincón más profundo, que no se atreviera a salir. Una sílaba en falso y el encierro se alarga.

Inocentes en las cárceles de Costa Rica hay, mal condenados hay, causas mal investigadas también”, asegura Hermez González, presidente de la Fundación Derechos Humanos, mientras mastica las palabras bajo su bigote negro, espeso, que amenaza con convertirse en cepillo.

Para Hermez, que encabeza un proyecto para sacar a las personas inocentes de las cárceles, la falta de dinero le pasa la factura a muchos de los privados de la libertad. “La mayoría son personas de escasos recursos económicos y contratar a un abogado cuesta entre 350 mil colones y un millón de colones” (entre 686 y 1.900 dólares).

¿Y entonces?

Renzo, otro preso que está al lado de Cristian, parece tener la respuesta. Sabe cuidar las palabras porque por un testimonio ya lleva nueve meses en Sansebas. Su exmujer dijo que él la había amenazado con un cuchillo y un revólver. Medicatura forense no encontró marcas en el cuerpo de la mujer. La Fiscalía le puso el nombre de “tentativa de femicidio”. Doce años de cárcel. Ahora está a la espera de una apelación.

Una espera que lo ha dejado flaco y débil, con los hombros apuntando al suelo.Parece Eminem con el pelo negro y lacio bajo una gorra azul, a punto de tirar lírica al estilo moderfoker.

Sinceramente ahorita hay muchas personas indiciadas que están por puro color ‒opina.

Cristian explica:

Como fama de malillo, que la ley piensa que usté no ha sido muy correcto en la vida y aunque usté no haiga hecho algo, por pura fama lo agarran.
Yo soy de Pavas ‒continúa Renzo‒ y todos los días Pavas sale en las noticias, es uno de los lugares más conflictivos. Para la fiscalía todos los que son de ahí son culpables. Ellos dicen que es mejor tenerlos encerrados a que cometan una tragedia en la calle, cosa que no es cierta. Estando en la calle siempre trabajé, yo tenía una microbús, hacía colectivos en Pavas, pasaba todo el santo día breteando, nunca tuve problemas con la ley.

¿De qué color será la conciencia?

G.

Ese día llegué sucio, fue una bendición para mí, porque yo llegué cansao y me acosté a las cinco ela tarde, y en eso suena bum-bum-bum, y yo pensé que eran lo vecino moletando.

Nelson. Todo él es como un tractor, bien tuco, áspero como una piedra pómez. Tiene una voz de caverna que suena igual a un motor en primera tratando de subir una cuesta.

Nadie esté jodiendo que vengo bien cansao, porfavor. Ahora salgo a hablar con ustede.
¡Por favor, Nelson Barboza, venimos de parte de la Fuerza Pública del OIJ!
Mae no estén bromeando, (pensando que eran los vecinos, me dice) que vengo bien agitao, (porque a veces la constru es muy pesada).
¡Por favor salga o le botamos la puerta!
Pensé, ¡qué majadería!, pero no abrí la puerta, me asomé por el huequito y en eso veo a lo’ oficiale y digo: ¡Señor en que bronca me metío, que yo sepa no, pero yo no me voa poner agresivo si no he cometido ningún delito. Le abro y se me queda viendo.

Me mira fijo achinando los ojos, recreando el encuentro con la ley.

Ud es…
Sí, sí digo.
Necesito que nos acompañe para ver si aclara un caso, solo va a salir a firmar y aclarar eso y ya viene.
Y ese “viene”… aquí me tienen todavía.

Han pasado seis meses desde de la denuncia que la hija del vecino le interpuso a Nelson, donde afirmaba que le salía chingo en la cuartería. En su defensa Nelson asegura que eso del exhibicionismo, como dice la acusación, es pura mentira, una cosa insólita. La verdad, lo que menos parece es un showman.

¿Cómo les avisan que les van a prorrogar la prisión preventiva?
Al mes de estar aquí me llamaron y la Fiscalía dice: ‘no hemo revisado bien el caso por tanto la jueza le pide otro mes’… Y uhhhhhggggfff, era como un jincón mío (se lleva la mano izquierda al pecho, al corazón, lo exprime con el puño, como si en verdad doliera)… porque yai es la libertá…

La soledad en Sansebas guillotina, exprime el alma como si fuera una fruta jugosa. Si alguno de estos presos fuera poeta, antes de hablarme le robaría las palabras a Jaime Sabines:

Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Ú.

El abogado penalista me invita a armar una torre de naipes.

Si usted va por la calle y ve a un policía detener a alguien, ¿qué es lo primero que piensa? ‒pregunta.
¿Qué algo hizo?
¡Exacto! Entonces esa persona que detuvo el policía es presentada ante un fiscal y con base en lo que el policía le dice, dicta una prisión preventiva. El fiscal lo lleva donde un juez, y el juez piensa, si el fiscal la dictó es por algo, ¡hay que concederla! Y luego el tribunal superior ratifica lo actuado porque, si ya actuó la policía, el fiscal y el juez, no queda otra que confirmarlo‒, explica Luis Alonso Salazar, con pelo de perro ovejero.

En la lógica del penalista la sentencia judicial es jugar teléfono chocho. La burocracia de los tribunales es una vieja de patio que apunta con la uña larga, capaz de sacar sangre, que enseña la lengua venenosa y letal.

En la práctica la prisión preventiva es parte del diario vivir de los tribunales y se ve sin mucho reparo, a la ligera. A los jueces les da miedo resolver poniendo gente en libertad. Si lo detuvieron algo hizo…. Todos se van pasando la bola sicológicamente”, agrega.

Según el Código Penal costarricense esta medida es como una carrera en la que no hay vuelta atrás hasta completar la primera fase. “Durante los primeros tres meses, después de que se dicta una prisión preventiva, no se puede apelar, porque el Código no da ese recurso. El Ministerio Público, irresponsablemente, no se presenta a solicitar que cese, aunque la persona ya no ocupe la prisión”, sentencia Salazar.

El castillo de cartas que tengo en frente, se derrumba a punta de susurros.

N.

¡Muchacha, ayúdeme por favor!

Suplica, implora, junta las manos y me mira con ojos de vidrio frágil a punto de hundirse entre el desierto oscuro de su cara. Si el suelo fuera arena movediza, Ezequiel tendría solo la cabeza afuera.

Hacer cuentas es inevitable. Tiene 26 años, lleva dos en la cárcel. Si lo sentencian, pasaría 48 años encerrado. El delito: violación, robo, secuestro y asalto.

Esto es como morir lento.

Cualquiera quisiera ser de acero cuando la bacteria comecarne se insertó bajo la piel.

Mientras reconstruye su historia, cada dos frases repite despiadada injusticia, esto e’ una inmoralidá o yo estoy impaKtao. Cuenta que lo pusieron entre cinco sujetos y un oficial dijo que él era el que más se parecía, que le suplicó a Aryery, la defensora pública, durante un año para que lo llevaran a medicatura forense, que la novia que venía a visitarlo se enojó con él por el teléfono, que está hablando con una ex para que venga a hacerle visita conyugal, pero la agarraron con droga y ahora está en la cárcel de mujeres.

Cada palabra que suelta es un latigazo que lo marca como si fuera una vaca indefensa. Un desahogo medicinal que lo hace ver aún más flaco, encogido como una pasa.

¿Qué es lo que más extraña?

Se endereza en la silla, mira el cielo raso percudido, sonríe. Desempolva el recuerdo del fondo de su memoria.

Ir al río, a la playa. Yo vivía en Tortuguero….Iba a la playa, a qué se yo, a tomarme unos traguillos, ir con los compas al cerro, ¿usté conoce el cerro? Porque en el cerro uno se para en la loma en la pura punta y no se ve’l mar, viera que curioso, a mí me gustaba mucho ir ahí arriba… Cuando llegaban los turistas, les hablaba, sí, sí, yo les preguntaba a veces cómo se llamaban… Viví como seis meses, me vine a trabajar en una finca en Guácimo y me volví a ir… Me gustaba el ambiente ahí, el aire, el mar, respirar aire puro…..
¿Y cómo es el aire aquí?

Mi pregunta lo baja del cerro. Golpe en seco. Vuelve a ser pasa.

Nuuuuuuummmbreees, no muchacha… sabe que yo le doy gracias a Dios que yo estoy en el pabellón de arriba, porque si yo estuviera en el de abajo, uno se asfixia, ahí se muere uno.

¿Cómo se verá el mar desde la cárcel?

D.

Si hay más gente que la que cabe en un cuarto la lógica diría que se respira menos, porque el aire per cápita disponible se reduce. En la jungla carcelaria uno de los depredadores más temidos es el hacinamiento; 46 presos en Sansebas se reparten el oxígeno que hay para 24. No es cuestión de vida o muerte, es aprender a vivir a medias…

Conformarse con migajas: tener sexo autorizado durante cuatro horas una vez por semana y que le pongan el nombre de visita conyugal; obviar el ajuste inflacionario y convencerse que 100 colones es una fortuna dentro de este principado custodiado por candados; que 100 colones no es mala paga por lavar una camisa, por limpiar mierda ajena regada en un baño; que es mejor escupir la gripe a punta de tos que esperar a que el único doctor en la cárcel les de una cita…

¿Y el tiempo, cómo lo cuentan?

Nelson se queda pensando.

Aquí solo pasa el día y la noche.

La matemática carcelaria es un lenguaje con una regla única: aquí lo que no suma, resta.

Í.

De Puriscal a SanSebas hay 18 kilómetros.

Cristian no lleve esos zapatos, ahí mismo se las quitan los maleantes ‒me decía una amiga mía que es policía.

Un cuñado mío me trajo unos zapatos que estaban todos rompidos ahí (me enseña la suela), y me ‘ice ‘esos son apenas’. Y yo dije: ¡uy pa onde voy yo!, yo me vía así com’ un pordiosero. ¡Vieras mae!, (le dice a Renzo) ¿usté no me vio cuando yo entré? ¿No? ¡Oiga! con un pantaloncillo que se me caía y con una camisilla toda hueca y toda fea, vieras que vergüenza cuando llegué, por pasar por todo lao”.

Hace una pausa. Se come las uñas, los dedos jupones lo delatan.

Nunca es igual esto a estar afuera acostumbrado a trabajar y ganarse su platita y tener la doña bien y la chiquita y acostarse y calientico uno y comer comidita de la quiuno le preparan con amor verdad y todas esas carajadas… Y tener metas, en este mes voy a hacer tanto… ya en esta época yo había comprado los regalos de Navidad y estaba uno con la ilusión… muchas ilusiones sí las pierde uno… Yo tenía una vida bonita…”

El presente es un respirador artificial cuando se empieza a ver la vida en pretérito.

A.

Se levantan a las siete. Café. Lavar baños. Salen al patio. Un poquito de sol. Caminan. Conversan. Algo de ejercicio. Llamada telefónica. Almuerzo. Tarde. Noche. 7 a.m.

Voy a ir a tomarme un fresco, voy a comprarme ropita pa verme más bonito, voy onde el peluquero a peluquiarme.
No puede.
¿Por qué?
Porque aquí está en la cárcel.

El monólogo de Ezequiel es un síntoma colectivo.

La mayoría tiene la resignación asfaltada en la mirada, pero Ezequiel me ve diferente. Me ve como si quisiera sacarme la compasión del torrente sanguíneo y aferrarse a ella como se aferra un chiquito a un helado en los desfiles.

Si lo condenan, cuando salga de la cárcel, los jueces que dictaron sentencia van a estar muertos, él va a ser un adulto mayor, el cerro de Tortuguero seguirá ahí quieto.

Hubiera sido mejor que me hubieran pegao un balazo en la jupa, nononono, mejor hubiera sido que me mataran y no me hubieran hecho esto ‒niega con la cabeza, con las manos juntas sobre el regazo.
Ya estoy crucificado presagia.

Cuando Jesús caminaba sobre el agua, Pedro le dijo desde un barco: “Mándame hacia ti andando sobre agua”. Él le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y se echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse.

En esta historia todos son Pedro y le gritan a Jesús. Desde el fondo de este mar de cemento que es en Sansebas, si de milagros se trata, el único que necesitan es el de la resurrección.

Al penal La Esperanza se entra por la biblioteca. Un oscuro patio de columnas, encharcado y maloliente, que tiene al fondo las puertas oxidadas de dos celdas gemelas, sin estantes, libros ni bibliotecario, literalmente atestadas de hombres sin camisa sentados en el suelo. Un pasillo lateral conduce al núcleo central de la cárcel, que se divide en sectores separados por muros, pasillos laberínticos y puertas enrejadas. El ligero olor a detergente no logra ocultar otro, más denso, a alcantarilla. Todo el penal huele, siempre, día y noche, a tierra, basura y años de humedad. No importa las veces que se desinfecten los suelos ni cuánto froten los reos con agua enjabonada las baldosas rotas o los muros de hormigón; el aliento del penal La Esperanza, al que todos llaman Mariona por el cantón San Luis Mariona, del municipio de Ayutuxtepeque, en el que está clavado, apesta a abandono.

Son las 8 p.m. Por la noche, cuando ni el sol ni el ruido confunden los sentidos, los olores de la cárcel son más agudos y perceptibles. Sobre todo en la biblioteca, la antigua biblioteca convertida desde 1996 en módulo de aislamiento.

Atravieso el patio encharcado tratando de no pisar esas bolsas de plástico rellenas que hay esparcidas por el suelo y me acerco a una de las celdas. La de la derecha. Los presos sentados más cerca de los barrotes me devuelven el saludo con timidez o desinterés, pero al saber que soy periodista me escanean con la mirada y se convierten rápidamente en un coro de personas volcadas sobre una reja que denuncian lo evidente: que viven en condiciones medievales.

Se quejan de la falta de agua y sol, de la humedad que lo penetra todo, de la comida insuficiente y de la lenta atención médica, de los ratones y cucarachas, de la falta de camas. Me muestran los cartones sobre los que casi todos duermen en el suelo, porque en la celda solo hay una hamaca y un camarote con dos colchones. Algunos aprovechan para revelar supuestas injusticias en su condena o para reclamar mejor atención médica. Otros me preguntan a qué equipo de fútbol apoyo. Los que en la esquina derecha ocupan el solitario camarote, callan. Son los veteranos que saben que, en un sistema penitenciario como el salvadoreño, con 25 mil reos en 19 cárceles que solo tienen camas para 8 mil, pedir a un periodista que te cambie la vida es como echar una moneda en una fuente.

Separado de él por la puerta enrejada, escucho la historia de Douglas, un joven nicaragüense de 25 años que ya ha pasado por cuatro cárceles en El Salvador y que está en aislamiento -si a estar con otras 22 personas en una celda se le puede llamar aislamiento- porque reos de otro sector de la cárcel, el 3, le robaron la ropa y los zapatos hace un mes y le amenazaron con matarlo si les denunciaba. Les denunció, y por eso las autoridades lo esconden en una celda de la biblioteca.

Al cabo de un rato agachado tomando notas, las piernas se me duermen y me levanto para estirarlas. De inmediato se pega a mi rostro una máscara asfixiante de sudor, orina y calor. Son los olores que despiden los 23 cuerpos apiñados en esta caja de tres por cuatro metros. Me mareo. Apenas estoy a un metro y medio de altura, pero los gases buscan el techo y me hacen difícil respirar. Me avergüenza, pero siento náuseas.

Antes de volver a agacharme en busca de oxígeno, entre los barrotes veo a un hombre que se acerca a la pared del fondo y orina en un ancho tubo de plástico hecho con botellas vacías encajadas unas en otras. El artilugio da a un pequeño sumidero en el suelo. Permite a los presos orinar de pie y evita más suciedad.

En la otra celda no hay sumidero, ni artilugio. A un metro de distancia, a mi izquierda, un preso saca un brazo por la puerta, agarra una botella de plástico del suelo, la destapa, se apoya contra los barrotes, saca el pene de su pantalón corto y, con pericia aprendida, orina en la botella. Al terminar, la tapa y la deja de nuevo en el suelo, con las otras. 20 botellas con orines de diferentes tonos de amarillo cercan por fuera la puerta de la celda. La misma puerta enrejada en la que tres veces al día les entregan la comida.

Por ser celdas para reos problemáticos o amenazados de muerte por otros internos, los hombres de la biblioteca solo tienen derecho a salir al patio 10 minutos por la mañana y 10 minutos por la tarde. Justo antes del desencierro de las 6 a.m. y poco después del encierro de las 6 p.m., para no coincidir con los demás. 20 hombres encerrados día y noche sin urinario.

—¿Y dónde cagan? —pregunto.
—Uno trata de educar el vientre para ir al baño en los ratos que nos dejan salir —dice Douglas.
—¿Y si no?
—Si no, como en esta celda no hay letrina, cagás en una bolsa y la tirás al patio.

Ahora sé qué hay en las bolsas plásticas del patio encharcado.

Los hombres de la otra celda reclaman mi atención. Piden contar también su historia. Bromean. Unos desean que hable con el gobierno para que les saque de aquí; otros que les consiga una chica. Cuando al cabo de un rato me despido de todos ellos y me alejo, vuelven poco a poco al silencio y a dejar caer los minutos a la espera de una razón para dormir. La cárcel más grande de El Salvador, La Esperanza, Mariona -o Miami, como la llaman a veces sus 5 mil internos-, en teoría está en letargo desde hace más de dos horas.

* * *

El despacho del comandante Mundo es rudimentario y limpio. No tiene recuerdos ni fotos familiares. Parece el lugar de trabajo de alguien que está de paso, o que está acostumbrado a la austeridad. Tal vez sean las dos cosas. Por un lado, Mundo fue militar; por otro, el empleo de subdirector de seguridad de Mariona -un penal con largo historial de sangre- no es un trabajo para toda la vida.

Cuando, meses atrás, me presenté en este despacho con un permiso especial de la Dirección General de Centros Penales y del director de Mariona para visitar periódicamente la cárcel durante la noche, Mundo -diminutivo de Edmundo- se mostró extrañado. La cárcel no suele tener más visitas que las de los familiares y abogados de los presos. Además, por las noches aquí, supongo que pensó, todo duerme y no hay mucho que ver.

A los sectores 2 y 3 del penal de Mariona se accede por un pasillo interior protegido por alambre razor y desde hace unos meses controlado con cámaras de vigilancia.

El fotógrafo Pau Coll y yo opinábamos lo contrario. Las 12 horas que dura la noche de los presos, las 12 horas que pasan cada día comprimidos en sus celdas, son las que dan verdadero significado a la palabra hacinamiento, que se ha convertido ya en cliché cuando se habla de las cárceles salvadoreñas. “Hacemos esfuerzos para mitigar el hacinamiento”, repiten los funcionarios, que tras esa palabra de cinco sílabas esconden las posturas corporales, olores, temperaturas y roces de pieles de 5 mil hombres habitantes de una cárcel diseñada para 800. El hacinamiento genera sus propias rutinas, enfermedades y leyes. Pau y yo queríamos acercarnos a las lógicas internas de esa vida en sociedad apartada de lo que los hombre libres llamamos sociedad.

Hubo un tiempo en el que esta pequeña sociedad de Mariona se gobernó a machetazos. Por las puertas del penal, en los años 90, salían cadáveres y heridos todas las semanas. Las bandas peleaban entre sí para controlar el mercado interno de drogas y el favor de las autoridades corruptas. Ahora, te aseguran los internos más veteranos con el orgullo de los sobrevivientes, ya no es como antes. Está todo más tranquilo. Eso dicen.

Aun así, Mundo se acaricia la quijada perfectamente afeitada cuando le digo que queremos asistir al encierro de las 6 de la tarde. Se reacomoda en su vieja silla de oficina y parece dudar. Con su marcado acento de San Miguel, una ciudad al oriente del país –su voz recuerda constantemente a la de los viejos discursos de Roberto d’Aubuisson-, me dice que el encierro es uno de los momentos más complicados para los custodios. Y por complicado debe entenderse peligroso. Especialmente en los sectores 2 y 3.

* * *

El sector 2 de Mariona tiene una población de unos 2 mil presos y camas para menos de mil. Durante el día, si no llueve, su patio es un denso ir y venir de cantos de alabanza, partidos de fútbol, tareas de limpieza y lavandería y, sobre todo, espera. La teoría dice que el sistema penitenciario ofrece talleres, escuela primaria y bachillerato a los presos que lo desean, pero lo cierto es que no hay cupo para todos y en los talleres cada cual ha de comprar su propia materia prima, sea madera, hilo o pintura. Los talleres son, en Mariona, cosa de solo unos pocos. Alguno que otro monta en el patio su propio negocio de reparación de calzado o de corte de pelo, pero la mayoría invierte el tiempo en la nada, en esperar los horarios de comida y el ceremonial encierro de las 6 p.m. en el que cuatro custodios asumen la responsabilidad de que 2 mil hombres se metan por grupos de 30 o 40 en celdas para 16, como si en Mariona, por arte de magia, cada noche la pasta dentífrica volviera a entrar en el tubo.

Es martes y rondan las 5:30 p.m. Se abre un candado y accedemos al patio del sector 2. Junto a la puerta, un enorme montículo de basura y restos de comida fermentados al sol nos dan la bienvenida. En teoría los deshechos de cada sector se recogen una vez al día, pero hoy no hubo recogida.

Decenas de reos nos miran curiosos y forman un pasillo. La ley establece que los presos que tienen condena han de estar separados de quienes esperan juicio o sentencia, y que debe haber espacios diferenciados por tipo de delito, grado de reincidencia, etcétera. En Mariona no hay sitio para esos remilgos. El sector 1 es para la fase de adaptación de los recién llegados y el 4 uno de muchos espacios reservados para aislar a los más violentos, pero el 2 y el 3 son dos crisoles confusos de delitos e historias. En este patio hay desde estafadores de unos cientos de dólares hasta asesinos múltiples; desde ladrones de relojes encarcelados por primera vez hasta líderes de bandas de secuestradores que ya suman tres ingresos en prisión.

Camino al edificio de dos pisos en el que están las celdas, pasamos junto a los lavaderos, que están flanqueados por dos hileras de cubículos sin puerta. Son las letrinas. No es necesario que nadie lo diga, pues el hedor las delata. Una cabeza asoma de una de ellas, para averiguar el por qué de la inusual algarabía que nos acompaña. Aunque se acerca la hora del encierro, la cena, que en teoría se sirve a las 5, aún no ha llegado y la mayoría de presos está en el patio.

“Tampoco hubo agua en todo el día”, dice Carlos, uno de los presos que hace funciones de coordinador del sector, y que hace un minuto ha cumplido con el ritual de autorizar nuestra entrada al recinto, lo que significa, en el fondo, que La Raza, la organización de reos que manda en este sector, garantiza nuestra seguridad.

* * *

Justo antes del encierro se reparte la cena, que hoy incluye frijoles y huevo de soya. En una de las celdas del sector 2 los internos ponen su recipiente en el suelo y esperan su ración.

—Eran las 9:30 o 10 de la mañana. Nos rodearon como 10 babosos, así con corvos. Pero en serio… Y otros se pusieron rodeándonos así, al otro lado, y a mi compañero dos lo agarraron de aquí, de la nuca, de las manos, y le pusieron un corvo en la espalda. Y le dijeron: “Danos el celular”.

Es miércoles y el patio principal del sector 3, con sus murales en las paredes, con sus porterías solitarias, tiene la calma triste de un colegio sin niños. Son casi las 9 de la noche. Hace menos de una hora que terminó el lento encierro de hoy, celda por celda, candado por candado, y uno de los custodios ha accedido a contarme un poco de lo que sabe y ha vivido aquí. Juega con las llaves en la mano. Tiene un hablar pausado y desprendido, como si todo en la vida fuera inevitable.

—Claro, nosotros lo habíamos decomisado porque es un ilícito, ¿verdad?

Ilícito es como en la cárcel llaman a todo lo que está prohibido por el reglamento interno. Se tienen ilícitos. Se cometen ilícitos. Una paliza, una violación, un asesinato. Una pistola, un cuchillo, un punzón, una porción de crack, una botella de vodka, una pastilla de jabón, un paquete de cigarrillos… Un teléfono. Los reos usan los teléfonos celulares para hablar con su familia, para que las bandas o pandillas repartan órdenes de un penal a otro o de un sector a otro, para denunciar con pequeños videos su situación, y a menudo para extorsionar a transportistas o comerciantes de todo el país. Un celular, en Mariona, es una ventana ilegal a la libertad. Hace algunos meses, el custodio con el que hablo entró al sector 3 para una gestión de rutina, descubrió por azar a un interno que hablaba por celular y le hizo entregárselo. Cuando él y su compañero salieron al patio camino de la puerta del sector, los estaban esperando.

—Nos pusieron los corvos y unos punzones. Así, ¿ve? —dice, y repite el gesto como si él mismo se fuera a apuñalar en las costillas—. Y uno no se puede querer poner en su lugar, de autoridad, en un momento así, porque… porque tiene familia uno. ¿Y cómo?

—¿Y qué pasó con el teléfono?
—Se lo llevaron de nuevo —dice, y con la mirada me repite ese lapidario “¿Y cómo?”, que se puede traducir por un “Usted no ha entendido nada todavía”.
—…
—Así nos bailaron los corvos, mire, contra el piso, que hasta les sacaron fuego.
—Ustedes no llevaban armas.
—No, así entramos. Sin arma, por si acaso.

Lógico, porque entrar al sector armado y en minoría numérica es regalar el arma. Y porque en un sector como el 3, de casi 3 mil reos, los custodios siempre están en minoría numérica.

—Uno, con la experiencia que ha adquirido, aprende a ubicarse. Porque nosotros no nos podemos poner en contra de ellos, ¿verdad? Yo sé que es mi trabajo, y si puedo lo hago…
—Usted cuando entra al sector, ¿no tiene la sensación de que está en manos de los internos?
—No es una sensación. Sabe uno que es una víctima. Si ellos quisieran hacer algo, lo hacen. ¿Y qué va a hacer uno? Por eso entrás tranquilo, sereno, con respeto, pidiendo las cosas por favor.
—Como si domara leones.
—Como si uno fuera súper especial para que no le pase nada, ja, ja. Es lo que hay.

Es lo que hay. Con las actuales cifras de presos, el número de custodios y de celdas necesarios para garantizar un cierto control de lo que sucede en los penales triplica la cifra real. Por no hablar de la compleja distribución física de los sectores, que los convierte en ratoneras y complica cualquier acción en caso de motín. Este custodio lo sabe, y su jefe también. La primera vez que me senté con el comandante Mundo a comienzos de año, le pregunté por el publicitado y aplaudido papel del ejército en la seguridad del penal.

—Ellos están en la seguridad perimetral, y nosotros en la seguridad intermedia —me dijo.
—¿Intermedia? ¿Y la seguridad en los sectores?
—Ah, no, esa depende de los mismos internos.

No quise preguntarle cómo garantiza entonces el Estado —custodios, Policía y ejército— la seguridad de los internos, porque es evidente que no lo hace. Tampoco le pregunté si él, como subdirector del penal, se sentía responsable por la rehabilidación de los presos o no, teórico fin último del encarcelamiento. Me arrepiento. Hubiera sido curioso conocer su respuesta.

* * *

Durante el encierro, en los estrechos pasillos del sector 2 cientos de cuerpos se empujan en idas y venidas, en un frenesí como de estación de trenes en último minuto. “Hay galletas, galletas”, “Sí hay chile y mayonesa”, zigzaguean entre la multitud los que venden algo. En el patio, dos parejas de jugadores ultiman sus partidas de ajedrez. Muchos presos esperan en fila pegados a la pared, junto a la puerta de su celda, a que les llegue el turno de entrar, mientras cuatro custodios, empequeñecidos y acorralados por los cientos de hombres a los que en teoría vigilan, se abren paso de una celda a la siguiente, como viejos guardallaves a sueldo cuyo cometido fuera solo abrir y cerrar las puertas de una casa ajena.

Junto a ellos, un interno, cuaderno y lapicero en mano, cuenta cabezas. Una serpiente interminable de hombres entra por la boca de la puerta. Uno, otro… 10, 11… algunos se empujan con prisa, como si en vez de a una caja de cerillas entraran a un bus que les lleva a casa. 15, 16… 22, 23… el desfile sigue, como si la celda no tuviera fondo. 30, 32, 34… Los rostros de los últimos en entrar son inexpresivos. Sus pasos, displicentes, distraídos.

Suena el candado que cierra el pestillo que cierra la puerta de hierro viejo y los custodios y el contador se mueven a la siguiente celda. El candado se balancea pesado y oscuro, serio, como si en realidad cerrara algo. La última vez que los internos decidieron no encerrarse, en noviembre de 2010, no intentaron abrir los cerrojos ni tumbar las puertas. Fue más fácil derrumbar los viejos muros junto a ellas, abrir huecos por los que podían pasar dos personas al mismo tiempo. Estuvieron 10 días en rebeldía. Entrando y saliendo a toda hora de esas celdas de puertas cerradas y paredes abiertas.

Dos hombres atraviesan la muchedumbre con cubos de plástico en cuyo fondo se adivinan un par de litros de un líquido oscuro. Es sopa de frijoles. Otros dos les siguen con recipientes en los que hay huevos de soya y arroz. Como la cena se retrasó, a la mayoría de internos les tocará cenar dentro de la celda, sentados todos codo a codo en el mismo suelo en el que duermen y con el plato en la mano; o de pie, apoyados en la pared, antes de meterse en la “cueva”, el espacio bajo las camas, donde pasarán la noche.

El proceso de reparto de comida es un ejercicio de urgencia casi animalesca. Aliprac, la empresa privada que alimenta a todos los reos de El Salvador, descarga cada día en un patio trasero de Mariona enormes bandejas y ollas con la dieta para un número preciso, que suele rondar las 5 mil personas. Después, sus empleados, con jarras plásticas o cucharones, vierten cantidades aproximadas a los enormes cubos plásticos con los que se presentan los encargados de cada sector. “Para 35”, dice un hombre, y un joven de camisa blanca le vuelca una jarra de sopa o de jugo. “Para 43”, dice el siguiente, y de nuevo el joven vuelca una jarra llena en el nuevo cubo plástico. “Para 19”, y el sentido común hace que el joven le vuelque, aproximadamente, media jarra.

Hoy, las primeras celdas se han ido cerrando y el patio está mucho más descongestionado. A un lado, un hombre se baña desnudo, a guacaladas, a la vista de todos. En otra esquina del patio, frente a la celda 16-B, los frijoles, el huevo que no es huevo y el arroz pasan a manotazos de los cubos a una treintena de recipientes de plástico de diferente forma y tamaño colocados en el suelo. Muchos son fondos de botella plástica. Las botellas de gaseosa vacías son la principal pieza de vajilla multiusos en la cárcel.

Con la mano, un hombre de unos 30 años pellizca de uno de los platos ya servidos un poco de arroz apelmazado y lo deja en otro. Después, mete los dedos en un tercer recipiente y vuelca algo de caldo de frijoles en el de al lado. Repite la operación una y otra vez, como si sus dedos grasientos fueran la cuchara de la que todos comerán, y como si tuviera en los ojos una báscula que mide los miligramos y cumple alguna lógica oculta de equitatividad o privilegio, por la que a uno de sus compañeros de celda le corresponden veinte granos de arroz más, o en aquel plato más profundo y estrecho el montículo de comida apelmazada debe ser un poco menos alto. Las cantidades en los recipientes, digan lo que digan las cifras de los informes que habrá firmado algún nutricionista, son evidentemente insuficientes para la alimentación de un hombre adulto. Alrededor del árbitro de los dedos grasientos, una docena de hombres espera con la mirada cargada de atención y hambre. Nadie se queja.

Por fin, las últimas celdas se cierran y se hace algo que parece silencio. En los pasillos solo quedan los charcos. A través de los barrotes de las puertas se ven escenas repetidas. En casi todas las celdas los internos han colgado sábanas a modo de cortinas que tratan de reservar algo de intimidad a quien ocupa cada cama y que maquillan estas mazmorras oscuras con su colorido. El olor a humedad y a orines, sin embargo, no se disipa y parece emanar de los mismos muros. Ajenos, manojos de rostros se vuelcan sobre sus pequeños recipientes de comida, con una cuchara algunos, con las manos muchos más.

Por el pasillo aparece un gato negro. En una de las primeras celdas que se cerró, dos chicos de menos de 30 juegan al parchís mientras el resto se acomodan de dos en dos en los colchones. Todos pasarán las próximas 12 horas pegados unos a otros en un calabozo en el que no hay espacio para caminar y apenas pueden estirarse para dormir. Muchos de los internos tienen enfermedades cutáneas por la humedad y la suciedad del suelo. “Sarna” es una palabra de uso corriente en Mariona. Se escucha a alguien lavarse. Desde el segundo piso llega un murmullo de alabanzas.

En medio del patio interior en el que estamos, decenas de sillas vacías se arremolinan mirando a un televisor apagado y cubierto con una bolsa negra. “Por la noche cada uno deja su asiento, porque si no, al día siguiente no encuentra lugar. Y mañana, además, hay partido”, me explica Carlos. Los cuatro coordinadores del sector se han quedado un rato más fuera de sus celdas para acompañarnos en lo que queda de recorrido.

Insisten en mostrarnos las celdas de los ancianos y las de los enfermos. Victimarios que aquí son víctimas. En las celdas de los más viejos, se amontonan hombres escuálidos malafeitados y desdentados, de ojos desorbitados. Todos tienen más de 60 años. Algunos superan los 70. Su fragilidad desgarra. Recuerda a las torturadas víctimas del genocidio nazi. Pregunto a uno de ellos por qué está aquí. “Por violar a una niña”, me responde uno de sus compañeros, sin darle tiempo a alegar. “¿Y usted?” “Por extorsión”.

En la celda de los enfermos, la 26-A, está Jaime. Tiene 38 años y cuando entró en la cárcel hace cinco años por intento de homicidio tenía las dos piernas. En Mariona contrajo erisipela, una enfermedad de la piel, muy contagiosa, que le infectó el torrente sanguíneo y acabó causándole una trombosis en el pie. Una dolencia que en teoría se cura con penicilina acabó desgarrándole la carne en una herida sangrante, y pudriéndole el hueso. Le amputaron la pierna izquierda a la altura del muslo. Ahora tiene la misma dolencia en la otra pierna. Comparte cama con otro amputado.

Jaime (a la derecha, con el rostro fuera de cuadro) perdió la pierna en Mariona, a causa de una enfermedad cutánea mal curada y comparte celda con otros enfermos y lisiados.

Contra toda lógica de atención sanitaria, en la celda de los enfermos el nivel de hacinamiento es mayor que en otras. Son 40. Los coordinadores, con un discurso que no por ser cierto deja de sonar a aprendido, reclaman que la clínica del penal está desbordada y las visitas programadas no se cumplen. Claro, por eso han creado para los más enfermos un gueto.

—Los separamos en una sola celda porque así es más fácil sacarlos si necesitan atención por las noches —explica uno de ellos.

No les creo. Si fuera así, no estarían en las últimas celdas, las más escondidas, las más alejadas de la puerta principal.

En otra de las puertas, un hombre joven me pide atención y suplica que le ayude. Dice que es inocente. En esta parte del pasillo no hay luz, pero entre las sombras veo justo detrás de él las risas de sus compañeros de celda. A medida que insiste, que cuenta que está acusado de violación, que no lo hizo, que le pregunto qué sucedió y él insiste en que lleva seis años preso sin culpa, las risas se vuelven jaleo y burlas que ya llegan desde otras celdas. “Llorá para que te crean, culero”, le grita alguien. “Yo no conocía a la chica que me denunció”, dice él. “¡Echale huevos!”, le braman desde la celda de enfrente, entre un coro de carcajadas.

Al otro lado del patio, tras otras rejas, una luz anaranjada rompe los grises de las paredes y la penumbra. Es un preso que calienta los frijoles que le tocaron en un hornillo eléctrico artesanal -una larga espiral de alambre hecha a mano y encajada en un surco en un ladrillo-, conectado a dos cables sucios que suben por la pared y terminan en la única bombilla de la celda.

Las autoridades han intentado retirar los enchufes de las celdas para que los reos no carguen sus celulares, pero es un esfuerzo absurdo en una cárcel con muros frágiles, a no ser que decidas quitar cualquier luz eléctrica y el televisor colectivo. Los techos de Mariona están plagados de agujeros por los que asoman manojos de cables viejos y despellejados. Las lámparas de los techos son simples bombillas que se bambolean cuando hay viento, y que los mismos presos han de sustituir cuando se funden. “Si se estropea el foco de una celda lo pagan entre los de la celda. Si es de un pasillo, entre todo el sector”, me explica Carlos. “En la ferretería del penal nos venden los focos a 4 dólares cada uno. ¿Y sabe cuánto cuesta uno allá afuera?” Sí, uno de 100 watts cuesta 45 centavos.

La Ley Penitenciaria prohíbe que los internos tengan aparatos eléctricos, así que el hornillo es un ilícito, pero el custodio que nos acompaña lo mira sin atención y no dice nada.

—¿Qué tal es la relación con los “charlis”? —pregunto a Emilio, otro de los coordinadores. “Charlis”. Así llaman los internos a los custodios.
—Con ellos no hay problema. Solo con alguno que tenga un modo raro.
—¿Y con los nuevos?
—Ah, los nuevos todos vienen raros.

Los nuevos son los que durante este último año han salido de la reestructurada Escuela Penitenciaria, para sustituir a los cientos de custodios despedidos desde que Douglas Moreno asumió el cargo como director general de Centros Penales. En algunos penales, como el de máxima seguridad de Zacatecoluca, mandó a su casa a todos de una sola vez, porque concluyó que todos eran culpables —o en el mejor de los casos cómplices— de la corrupción en el penal.

Le pregunto al custodio que nos acompaña cuánto tiempo lleva en este trabajo. Seis años. Parece que es de los que no da problemas, de los que cumple las normas… de los presos. Cuando salgamos del sector, su noche por fin podrá ser tranquila.

* * *

Uno de los dos patios interiores del sector 2, que alberga actualmente a 1.881 reos civiles. Solo en la planta baja residen 937 presos en 30 celdas.

Limpiar los patios y las celdas, recoger y servir la comida, lavar los trastos usados, ayudar al encierro, vocear por los pasillos la lista de reos que tendrán audiencia judicial o cita en la clínica al día siguiente… Las tareas rutinarias internas de Mariona se desarrollan con un ritmo y orden casi mágicos, con reos que trabajan para el colectivo con una aparente espontaneidad que remite de inmediato a la precisión de los ires y venires de las hormigas en el hormiguero. Y cuesta creer que sea solo el instinto y la solidaridad la que lo impulsa. En una jungla de cientos de hombres con diferentes fuerzas, motivos y límites morales, el espíritu de comuna que los coordinadores exhiben en la visita guiada resulta teatral.

Recuerdo un diálogo sostenido a inicios de año con un coordinador del sector 3, acerca de sus funciones y del mantenimiento del orden entre los reos. Le pregunté quién elige a los coordinadores y me dijo que los propios internos, en votación. Le pregunté cómo evitan que los rencores acaben -como ocurría hace apenas una década- en continuos ajustes de cuentas y cadáveres, y me quiso convencer de que la vida, incluso en Mariona, es paz y amor.

—Los internos obedecen más a otro interno que a la seguridad del penal. Ostentar un cargo de coordinador en medio de 2 mil o 2 mil 500 personas no es fácil, pero el respeto se gana siendo transparente, siendo correcto, siendo honesto, y no inclinándote por este o aquel, aunque sea tu amigo.
—¿Y si alguien se sale de orden?
—Ehhhh… la situación aquí es dialogando, es dialogando.
—Entenderás que no te creo…
—Ja, ja, ja, ja, ja.

Lo dice el sentido común, lo dicen los funcionarios de prisiones, pero sobre todo lo dicen los reos cuando logras hablar con alguno aparte, en confianza: los coordinadores no son los que mandan. Son internos con don de palabra, con buena cabeza y sentido del orden, que trabajan para los verdaderos líderes del sector. Por eso los coordinadores siempre trabajan por parejas y se vigilan entre sí. Ninguno habla con custodios o periodistas, ni toma decisiones, si no está presente al menos otro coordinador. Su humildad y atenciones al visitante son algo ensayadas. No están guiándote por su terreno, sino por el territorio de otros; de hombres sin nombre, invisibles. En las bandas de civiles -presos que no son de pandillas- a quienes dan las órdenes también se les llama palabreros, y en los sectores 1, 2 y 3 de Mariona, después de unos años en los que la banda de Los Trasladados amenazó su control, quienes mandan son los palabreros de La Raza.

La noche que nos acompañaron durante el encierro, a los coordinadores del sector 2 les tocó responder a la misma pregunta que hice a los del 3. ¿Cómo se garantiza el orden?

—Entre los internos tenemos un jefe de disciplina —dijo Carlos.
—¿Y podemos hablar con él? ¿Se puede saber su nombre?
—No, no se puede.

* * *

Ha pasado una semana desde que estuvimos en el encierro del sector 2 y, mientras los internos duermen, en los pasillos vacíos del sector 3 decenas de botellas de agua, pares de zapatos y mesas de madera cuelgan de las paredes. Dentro de unas horas, cuando comience el desencierro, a medida que se abran de una en una las celdas, los dueños de esas mesas saldrán y correrán a toda velocidad para descolgarlas e instalar antes que el resto sus puestos de venta en lugares ya asignados. Champúes, rollos de papel higiénico, maquinillas de afeitar, algunas medicinas para dolencias comunes, dulces, bolsas de churros, flautas de pan… Por la mañana estos pasillos serán un mercado. Un mercado que tributa a La Raza.

Para tener un puesto de venta en el sector hay que pagar un impuesto a La Raza. Para poder hacer fila en la puerta de la tienda oficial del penal, en la que el Estado vende artículos de higiene, gaseosas y boquitas a los internos, hay que pagar un dólar a La Raza. Para que los pequeños puestos de los presos con mesas de madera te vendan lo que ofrecen tienes, antes, que pagar un dólar a La Raza.

Un sistema de control del dinero y las mercancías en el que no basta con poder pagar. En la cárcel todos los favores se venden y se compran, y si La Raza no lo autoriza, un interno no podrá comprar ni vender; su dinero será papel mojado. En Mariona hay algo más importante incluso que los dólares: tener el visto bueno de La Raza, que da órdenes a los coordinadores, que dicta las normas de orden y funcionamiento de cada sector. Que las hace cumplir.

Hombres que llevan un buen número de años en el penal aseguran que la estructura de poder de la banda incluye actualmente a cerca de 500 personas por sector, y que llega a mover alrededor de 12 mil dólares al mes en tributos de todos los presos. 144 mil dólares al año. Cada preso que es enviado por un juez a Mariona paga entre 6 y 8 dólares al llegar a los sectores 2 o 3 desde otro sector o cárcel, y todo el mundo entrega un dólar como cuota fija mensual a partir de ese momento, aparte de los otros impuestos.

Quienes gobiernan Mariona y administran ese dinero no tienen celdas individuales como los narcos mexicanos, ni televisores de plasma como los mafiosos de las películas. Sería demasiado evidente. En Mariona todavía se recuerdan los años en los que Bruno era el único líder de La Raza y tenía una celda solo para él, las mujeres que llegaban a visitarle y sus dos perros. Esos tiempos, en El Salvador, ya pasaron. Pero, con lo que recaudan, los palabreros de La Raza costean sus gustos, mantienen satisfecha a su estructura de fieles en el penal y logran que, pese al cerco perimetral de la Fuerza Armada, en Mariona siga habiendo drogas, siga habiendo alcohol embotellado -aparte de la tradicional chicha, destilada por los mismos reos- y sigan entrando celulares.

—¿Pese a la renovación de custodios, siguen aceptando sobornos? —le pregunto a un hombre que ha cumplido más de 10 años en Mariona y ha probado los placeres de ser cómplice de La Raza.
—No solo ellos —responde. Y se lleva la mano a la sien, simulando un saludo militar.

Por dejar entrar un teléfono normal, con su correspondiente cargador, se pagan entre 300 y 400 dólares a un custodio o militar del Comando San Carlos dispuesto a ser tuerto. Por dar vía libre a un Blackberry que permita a un reo acceso a internet, se pagan 600 dólares.

* * *

En Mariona hay días en los que no hay agua y en los retretes rebalsan las heces de cientos de hombres con la salud destrozada por el moho, el encierro y la escasa comida. Y hay noches en las que el sonido de torrentes abiertos indica que sí hay agua pero no chorros que la contengan. En el patio trasero del sector 3, entre pequeños huertos, un enorme lavadero se rebalsa para formar un riachuelo que se pierde en una alcantarilla. En el hierro forjado de la tapa se lee una fecha: 1969. Estamos en un penal con más de 40 años de edad.

Después de unos minutos de impasibilidad, un custodio arranca un pedazo de bambú de las plantas del patio y trata de tapar el chorro, que queda goteando. En el patio también hay mesas de piedra y algunos restos de hogueras que los internos usan durante el día para cocinar lo poco que logran cultivar, comprar o guardar, porque desde hace más de un año tienen prohibido recibir alimentos del exterior.

La cárcel está en silencio. Los muros externos de las celdas dejan salir haces tenues de luz. Las débiles paredes están llenas de agujeros. Son respiraderos, abiertos a base de golpes para aliviar algo el calor de los cuartos sobresaturados. Vista desde aquí, la infraestructura de Mariona revela la ruina que en realidad es. Al piso superior se sube por escalones de hormigón sin barandilla y carcomidos en sus bordes, como si el tiempo o los mismos reos los mordisquearan sin cesar hasta dejar al descubierto las varillas de acero que los sostienen.

Los tres controles de seguridad que hay que pasar para llegar hasta aquí se vuelven de pronto ridículos. ¿Armas? Basta con trepanar la cabeza de alguien contra una de esas varas de acero, o golpearlo con uno de los cientos de adoquines sueltos que las múltiples iglesias evangélicas con presencia en el sector apilan a modo de bancos para improvisar en el patio principal sus templos. Por no contar los pozos de agua sin tapadera o los larguísimos metros de cables y alambres que se reparten por el penal. Aquí, como decía el custodio, quien no mata es porque no quiere. O porque hay alguien de La Raza que da la orden de no hacerlo.

Camino a la salida, atravieso el patio principal en el que aquel día el custodio tuvo que devolver el celular decomisado. Sobre mi cabeza, decenas de largas líneas de alambre cruzan la enorme explanada. De día, son tendederos que además de airear la ropa convierten parte del patio en un inmenso laberinto cuyos rincones escapan del control visual de los guardias. El motín en el penal de Quezaltepeque el pasado julio, que terminó con siete heridos, comenzó porque los custodios obligaron a los pandilleros allí encerrados a retirar unas sábanas colgadas que les impedían la vigilancia.

En Mariona, entre esas sábanas y en los pasillos de los sectores, reina la ley del ver, oír y callar que encubre las razones de muchos otros heridos que no son noticia, de escaramuzas cuya verdadera causa nunca se acaba de conocer fuera de estos muros. La mayoría de los reos te dicen que solo quieren pasarla sin problemas y que en Mariona se vive mal pero tranquilo. Mienten. Los que saben que pasarán aquí más tiempo se han de someter a la autoridad de la mayoría y confiar en caer bien, o ganarse el respeto con inteligencia y fuerza física. Los débiles viven una condena dentro de su condena, sometidos a robos, golpes o violaciones. Ya no se pasea el corvo colgado del hombro, como ocurría en los años 90, pero entre tablones, ladrillos y colchones la mayoría de reos esconde algún arma afilada con la que defenderse.

—Para matar, un punzón es mejor que un corvo. Es mejor puyar que dar un filazo –me explica el mismo condenado que habló de los sobornos a militares.
—¿Por qué?
—Porque la víctima se desangra por dentro y se ahoga en su sangre. Y es más difícil saber qué órganos están heridos.

Miro su mano y descubro un bolígrafo, con el que gesticula para explicar mejor a qué se refiere.

—Yo ya no ando en eso, pero hay que estar preparado. En la cárcel siempre hay que estar alerta.

La Raza también está siempre alerta. El 29 de octubre en el sector 3 de Mariona hubo una pelea que causó cinco heridos. La versión oficial dijo que se habían emborrachado con chicha y eso originó la pelea. En Mariona hay quien dice que varios de ellos eran pandilleros, que la MS-13, el Barrio 18, la Mao Mao, la Máquina… todas las pandillas tienen a gente sin tatuar infiltrada en el penal, para saber lo que sucede y, algún día, si pueden, cuando sean suficientes, luchar por el control. Si efectivamente lo intentan, la seguridad perimetral e intermedia no podrán hacer nada por evitar que haya muertes. El verdadero poder que rige la vida de los presos no se elige en las urnas ni, de momento, lo designa el presidente de la República.

* * *

En la biblioteca, la humedad y el calor mantiene a los reos semidesnudos. A los confinados en estas celdas de aislamiento solo se les permite salir al patio 20 minutos al día.

Del penal La Esperanza, en Mariona, se sale por la biblioteca. Tras dejar atrás los enormes patios de los grandes sectores, se pasa junto a dos celdas asfixiantes y sin letrinas en las que 43 hombres condenados por la justicia del Estado y amenazados por las autoridades de La Raza están sentenciados a dormir en el suelo semidesnudos y a ver pasar a todo el que entra y sale. Me despido. Douglas, el nicaragüense, devuelve el saludo mientras se afeita la cabeza. “Por higiene”, dice.

Los controles de seguridad al salir son más permisivos que al entrar. El cacheo es menos exhaustivo. La revisión de libreta y grabadora más rápida. A pocos metros, un militar encapuchado hurga en la bolsa de un custodio vestido de civil que entra al turno de noche. Trae ropa, champú para la mañana, y una enorme caja de donas. El soldado las mira dubitativo y hace un amago de tocarlas con sus guantes de látex, pero le vence la vergüenza y decide no estropear la comida. Yo, no puedo evitar enumerar mentalmente las sustancias u objetos que podrían ir ocultos en esas donas. Ni puedo dejar de pensar que los muros de Mariona no protegen nada, ni a nadie. Solo delimitan una ciudad infierno.

Las gotas de sudor le escurrían por la barbilla y bajo sus manos y rodillas sentía el monte seco y la tierra caliente de aquel llano donde la tenían en posición, dispuesta para ser violada. Su camiseta había sido hecha jirones segundos antes por uno de esos hombres con aspecto de agricultores que salieron de la breña, con sus escopetas y machetes, oliendo a pasto, ahí por La Arrocera. Paola, serena a pesar de estar “de perrito”, como ella dice, sabía que aún le quedaban dos cartuchos: su ingenio y su talante.

Sin voltear a ver a quienes merodeaban su retaguardia, Paola, el transexual guatemalteco de 23 años, escuchaba los sonidos de cinturones desprendiéndose y de negociaciones entre bandidos.

-Dale tú primero, pues. Después voy yo -dijo uno. Y entonces Paola los interrumpió, dejándolos atónitos.

-Miren, hagan lo que quieran, pero por favor pónganse condones, ahí hay unos en mi mochila, la rojita. Se los recomiendo, porque tengo sida. Es que yo pensé que eran machos, y que solo a mujeres violaban -les dijo, a pesar de que hace años se reconoce como mujer y de que si se le llama por su nombre de nacimiento ya hace mucho que no voltea la cabeza. Paola no tiene sida. Lo que tiene, luego de cinco años de prostituirse en su país y en la capital mexicana, es la medida de los hombres perversos. Lo que tiene es su ingenio y su talante.

Hubo silencio unos segundos. Paola cree que entre ellos se volteaban a ver desconcertados, pero no está segura, porque seguía ahí, clavada al suelo, con el sol en la espalda, sin girarse. Digna a pesar de estar como estaba, con la cabeza levantada y los ojos perdidos en el horizonte.

-¡Levántate, pinche puto! ¡Váyanse a la verga todos ustedes! -le dijeron a ella y a su grupo como confirmación de que sus últimos dos cartuchos habían sido efectivos.

Ya sin un cinco en la bolsa, todos continuaron su camino al norte por las mismas veredas perdidas en los montes.

-Es que yo ya venía preparada, como dicen que siempre le pasa eso a una cuando viene migrando -termina su relato Paola, a la vera del tren estacionado en Ciudad Ixtepec, al norte de donde tuvo que zafarse de aquella incómoda postura.

Ahora, alta, morena y echando mano de lo que le dejaron en su mochila roja, se ha maquillado, se ha puesto una blusa negra y escotada y un pantalón vaquero. Ahora ya sabe que siempre pasa algo, desde hace años, en ese lugar, reducido a un nombre, La Arrocera. Los 45 que llegaron con ella a este punto fueron asaltados en ese tramo entre Tapachula y Arriaga. Este es punto rojo para nosotros los migrantes, dicen unos. Este es el lugar más perro para pasar, dicen otros. Pero la mayoría, sin saber que con el nombre de unas pocas hectáreas resumen 262 kilómetros de camino, le llaman simplemente La Arrocera. Apodan a toda esa espesura utilizando el nombre de un pequeño asentamiento, de unos 28 ranchos, que toma su nombre de la inhabilitada bodega de arroz que aún se destartala en la carretera.

Eso lo saben ella y muchos migrantes centroamericanos más. Muchas autoridades y muchos que lo supieron tarde, antes de morir entre esos matorrales.

Lo supo incluso la mujer guatemalteca que antes de asfixiarse en El Relicario, con la boca llena de pasto seco y con su propia blusa atorada dentro de su garganta, solo logró ver sobre ella al hombre que la agredía.

Fue el 10 de noviembre de 2008. Ella era guatemalteca. Eso dijeron algunas personas que aseguraron haberla conocido en Tapachula, frontera con Guatemala. Que aseguraron conocer también al hombre con el que andaba en El Relicario esa noche, caminando por las vías del tren, por donde a diario pasan decenas de indocumentados. Un hombre con un escorpión tatuado en la mano. Ocurrió en El Relicario, entre casas de teja y un amasijo de cemento y bahareque incrustradas entre crecidos pastizales.

Nadie sabe muchos detalles y eso es normal. Aquí, la policía rural no existía entonces, y ahora que existe son siete hombres del pueblo con garrotes que cuidan como pueden en sus tiempos libres. Lo que se sabe es que aquella muerte no fue lenta. En la fotografía que se publicó en un pequeño diario de la zona, El Orbe, mezclada con la de otros dos muertos en media página, aparecía la muchacha con los ojos bien abiertos, puñados de zacate con tierra y hojas secas saliéndole de la boca, y la mitad de la cabeza que nace en la frente ya sin pelo, como si la hubieran arrastrado por pavimento antes de meterla a la breña crecida entre los escombros donde la encontraron. O como si le hubieran arrancado a mano limpia los mechones. Estaba desnuda y tenía las piernas abiertas y ligeramente flexionadas, como si un cuerpo hubiera tenido que caberle entre ellas.

No hay investigación abierta. De ella, solo queda el relato de Orlando, el viejo enterrador del cementerio de Huixtla, que saca la lengua lo más que puede para explicar que al cuerpo de la guatemalteca se le salió más de lo normal cuando él logró extraerle de la garganta la blusa que le habían metido. Solo eso queda, y una cruz púrpura y pequeña, escondida en el panteón. Y un epitafio: “Falleció la joven madre y sus gemelos. Nov. 2008.” Y sus gemelos. Estaba embarazada.

Quién sabe si el que la mató eligió con precisión de homicida experto el lugar. Lo cierto es que, lo hiciera queriendo o no, le salió bien. En estos montes de los migrantes, en esta espesura de Chiapas, como descubrimos cada día desde que iniciamos este recorrido, los cadáveres son incontables, las violaciones pan de cada día, y los asaltos el mal menor.

La guerra tardía

Llegamos en tiempos hostiles. Desde inicios de este año, y por primera vez, el gobierno del Estado de Chiapas le ha puesto cara a los asaltantes de estos senderos. Asaltantes que hace años empezaron como jornaleros de los ranchos que veían pasar a filas y filas de indocumentados centroamericanos huyendo de las autoridades. Hasta que se les encendió el foco e hicieron sus conjeturas: si ocupan estas sendas para evitar a las autoridades quiere decir que nunca se les ocurriría buscarlas ni siquiera para denunciar un asalto, una violación, un asesinato.

Los migrantes cruzan el río Suchiate que divide a México del istmo. Y desde entonces, empiezan su intermitente viaje en microbuses (combis les llaman aquí). Suben a una, bajan de ella cuando está por acercarse a una caseta de revisión migratoria en la carretera. Se internan en el monte y caminan varios kilómetros, bordeando, hasta que más adelante retornan al pavimento y esperan otra combi. Cinco veces lo hacen en estos 282 kilómetros, hasta que llegan a Arriaga, donde pueden abordar el tren de mercancías como polizones, colgados de sus techos.

Durante años los indocumentados han asumido este peaje de la delincuencia como un obstáculo infranqueable. “Lo que Dios quiera”, repiten. Los coyotes empezaron a dar condones a las mujeres y a advertir a los hombres de que no se opusieran. Las historias de maridos, hijos, madres que han visto a sus mujeres vejadas por esos asaltantes han abundado durante más de 10 años en este México profundo, olvidado, escondido.

A principios de 2009, luego de una década de peticiones de organizaciones de derechos humanos, el gobierno chiapaneco hizo caso a las repetidas medidas de presión. Una visita de los cancilleres de Guatemala y El Salvador y una carta enviada por más de 10 organizaciones, incluida la Iglesia Católica, lograron que se diera el primer movimiento. Se creó la Fiscalía Especial para la Atención de los Migrantes, y el gobernador Juan Sabines giró órdenes a las comandancias de la Policía Sectorial de Huixtla y Tonalá para que patrullaran esas zonas de vez en cuando. En este punto estamos, cuando por fin han decidido empezar a escarbar en este vertedero de maldad impune. Y toda la porquería está saliendo a flote. Por todas partes. Y los delegados de recogerla se dan cuenta de que son muy pocas las palas que tienen para levantar todo el desperdicio acumulado en tantos años.

El comandante Máximo nos recibe en este caluroso día. Son los meses extremos en esta región ya de por sí sofocante. Mantener la camisa seca es misión imposible. A cada paso, decenas de gotas de sudor salen a toda prisa. El comandante de la región, que cubre de Tonalá a Arriaga -la mitad de este infierno- ordena que le traigan mapas, documentos y una jarra de limonada con mucho hielo.

-Bueno, muchachos -se dirige al fotógrafo Toni Arnau y a mí, antes de que empecemos a preguntarle-. Como verán, hemos atacado el problema de raíz, y le hemos dado solución. Yo les digo que en mi área no hay ni un solo asalto ni violación más.

La pila de hojas que pone sobre la mesa se titula “Operativo amigo”. En su interior hay una página que nos llama la atención. Se ve a ocho hombres, ninguno mayor de 35 años. Arriba se lee: “Supuestos delincuentes agresores en los sucesos en el tren el día 23 de diciembre de 2008”. Se supone que son asaltantes que, aún en Chiapas, dejaron la zona de a pie y ampliaron su área de pillajes al tren que sale de Arriaga. En ese asalto, mataron a un migrante guatemalteco que se opuso. Machetazos, balas y lanzamiento desde la locomotora en marcha.

-¿Y a cuántos han detenido? -pregunto al comandante.

-Creo que uno está a disposición de las autoridades -responde.

Luego de eso, Maximino (llamado Máximo por sus subordinados), saca otro folio para quitarse el mal sabor, lo pone sobre la mesa, lo abre en una hoja y le da golpecitos con el dedo índice, que resuenan sobre la mesa de plástico:

-Este es uno que acabamos de agarrar en la zona de El Basurero. Él se encargaba de desviar a los migrantes en el crucero Durango y mandarlos directo al asalto. A ese ya lo atrapamos.

Es la foto de Samuel Liévano, un viejo ranchero de 57 años que tiene su pequeña parcela justo en ese desvío, donde la calle de tierra desemboca en la carretera. Ahí se bajan los indocumentados, para sortear la última caseta, la de los policías federales que está antes de entrar a la ciudad del tren. Liévano les indicaba que siguieran hacia El Basurero por las inhabilitadas vías férreas. Ese sitio es un botadero al aire libre y un famoso punto de asalto y violaciones, que muchas veces se esconde bajo el nombre de La Arrocera. Lo atraparon justo ahí, luego de haber mal enrumbado a dos hondureños que denunciaron el asalto en el albergue de Arriaga, de donde llamaron a Maximino.

Los denunciantes son dos muchachos negros. Llegan relucientes, sin una sola gota de sudor al albergue, a las 3 de la tarde. Son de la ardiente costa atlántica hondureña, buceadores a pulmón, acostumbrados a achicharrarse en cada jornada de trabajo, que compensan luego bailando ritmos garífunas descalzos en la arena. Ellos fueron los que denunciaron al viejo Liévano. Y ahora, tras más de cinco días esperando que la Fiscalía los llame para el careo, están hartos, y quieren seguir sus caminos. Elvis Ochoa, de 20 años, aventurero y experimentado, es uno de ellos: “Esto no es nada”, dice y chasquea los dedos al estilo de los iconos pandilleriles de Los Ángeles, donde ya estuvo durante unos meses. Andy Epifanio Castillo, de 19 años, primerizo y cándido, ya tuvo su dosis y no quiere volver a poner un pie nunca en este país: “Es andar arriesgando la vida por conseguir una mejor”, se lamenta con sus grandes ojos abiertos y encorvando los hombros. Si se van mañana, Liévano volverá a su rancho, a indicar el camino a los migrantes que se bajen en el crucero Durango, y las palabras de Maximino quedarán ahí, como testimonio de otro intento superficial de terminar con un problema estructural.

Los asaltantes, los que desplumaron a Andy y Elvis dos minutos después de haber escuchado a Liévano, aún siguen por aquí, uno con su 9 milímetros y el otro con su escopeta 12.

Al salir del albergue, vamos a hacer un intento por entrar en la zona de asaltos con algo de protección. Maximino nos dio un recorrido por la zona de El Basurero, pero es de tontos esperar que las cosas fluyan con la normalidad que fluyen para el indocumentado cuando se viaja en un pick up con cuatro policías cargando sus fusiles Galil.

Nos queda una opción. La Fiscalía especializada está en ronda de operativos. De esa oficina piden apoyo al Ministerio Público (MP) de los diferentes pueblos, que les asignan a agentes ministeriales. Entonces, se internan como migrantes en los lugares de asesinatos y violaciones, a la espera de una emboscada, y luego se cuecen a tiros con los delincuentes.

Nada más hace tres semanas, aquí cerca, en El Basurero, cuatro policías infiltrados se toparon con un asalto. Dos delincuentes salieron de la breña y empezaron su procedimiento.

-¡Quietos, hijos de puta, al que se mueva lo reviento! -les ordenaron los asaltantes.

Pero se movieron. Los policías infiltrados desenfundaron sus pistolas y los asaltantes dispararon las suyas y echaron a correr. Los dos fueron atrapados: Wenceslao Peña, de 36 años, y José Zárate, de 18, los dos mexicanos. Mientras huían, uno fue alcanzado por el disparo policial en el cuello. El otro se llevó dos impactos que le atravesaron por atrás un muslo. Cuando todo terminó, solo dos de los participantes en la refriega estaban intactos. Los asaltantes quedaron tendidos, y dos policías también. Las balas expansivas de escopeta los alcanzaron. Todos están aún en el hospital de Tonalá.

En la oficina del MP, tres muchachos se derriten como helados frente a un ventilador. Al ver que nos asomamos, entreabren la puerta, y uno de ellos pregunta qué queremos. Le explicamos, y de la puerta sale Víctor, un agente que estuvo en aquel combate. Lleva la camisa desabrochada en sus últimos botones. La panza estira la tela, y se puede ver asomar por el cinto la cacha de su 9 milímetros.

-Díganme -nos saluda.

-Le explicamos a su compañero lo mismo que a Ludman, el asistente del fiscal Enrique Rojas. Llevamos una semana en la zona, intentando internarnos en la ruta del migrante, para ver la situación como les ocurre a ellos, pero no hemos conseguido nada -explicamos.

-O sea, ¿qué es lo que ustedes quieren?

-Acompañarlos en una de las operaciones donde se infiltran.

Víctor lanza una fugaz mirada a su compañero que lleva cruzada al pecho la cinta que sostiene su fusil. Ambos esbozan una sonrisa ladeada.

-Nooo, eso es imposible, es muy peligroso, hasta para nosotros que vamos armados. Ahí se arma la tiradera, esos delincuentes no se la piensan para disparar. Nosotros caminamos armados, y vamos protegidos por un grupo encubierto de cinco agentes que nos siguen a unos kilómetros.

Le damos nuestros argumentos, le insistimos, pero a cada interlocución nuestra, otra gota de sudor le resbala desde la cara hasta el ombligo y agrega un nuevo contraargumento.

-Peor en la zona de La Arrocera (entendido esta vez solo como la parte del municipio de Huixtla). Ahí hay bandas organizadas que operan con AR-15. Ahí entramos con operativos más planificados.

Nos alejamos sabiendo que la última opción es aproximarse e improvisar. No es usual que nadie quiera internarse en este lugar. Los cadáveres se cuentan cuando ya han sido evacuados. Los periodistas y organizaciones de derechos humanos denuncian lo que escuchan en relatos que les llegan de albergues, pero este es terreno no pisado. Aquí, y nunca mejor dicho, es la ley del monte.

El año pasado, los cancilleres guatemalteco y salvadoreño recorrieron unos kilómetros del lugar. Para ello, se montó todo un espectáculo: cerca de 30 agentes de la policía federal los escoltaban, más dos cuadrillas de caballería de la policía sectorial que iban adelante barriendo la zona, mientras varias patrullas de la estatal esperaban en la carretera. Un ejército de uniformados. Honduras está preparando su visita guiada para este año, y bajo las mismas condiciones. De ahí salieron titulares que a los hondureños garífunas, a los fiscales infiltrados o a Paola -el travesti guatemalteco- les hubieran sacado al menos una sonrisa irónica: “En Chiapas se garantizan los derechos humanos de los migrantes”, titularon con pequeñas variantes por aquellas fechas tres de los diarios que circulan aquí.

El comandante Roberto Sánchez -conocido como comandante Maza- nos recibe en las afueras de Huixtla. El sofocante calor no da tregua. Acaba de llover, pero parece que el agua se hubiera filtrado hasta las capas más profundas de la tierra para luego salir como vapor infernal.

Sánchez nos da todo su apoyo. La conversación es breve y fluye entre apodos, muertos e impunes. Que al Chayote -famoso asaltante de migrantes en la zona- lo detuvieron hace cuatro meses, pero fue liberado en unos días porque los agraviados siguieron su marcha. Que luego, el mismo Chayote hubiera preferido pasar unos años en la cárcel antes de acabar lapidado hace dos meses abajo de uno de los puentes de La Arrocera, seguramente por migrantes que se defendieron. Que El Calambres, de la cuadrilla del anterior, está detenido en Tonalá, pero que sus denunciantes -“¿Qué creen?”- también prefirieron continuar. Es normal. Chiapas es el Estado de México donde se registran más abusos a los centroamericanos por parte de los policías. Ponerse en sus manos, en el mundo de los indocumentados, es equivalente a pedirle a un soldado que vaya a solicitar agua a la guarnición enemiga.

Mañana iremos al campamento de los ocho policías de caballería que desde hace tres meses patrullan el sector. Seguimos en el mismo embrollo: lo que tenemos es un recorrido por la zona peligrosa sin posibilidades de oler el peligro que los migrantes respiran a diario.

A pie con los migrantes

Llegamos a las 6 de la mañana. Los patrulleros hacen su recorrido cuando el sol todavía no atormenta. En el campamento nos encontramos una sorpresa: hay tres migrantes salvadoreños que pidieron posada para descansar un poco antes de seguir su ruta y bordear su primera caseta, la de Huixtla.

Ahí se desperezan -después de apenas cuatro horas de sueño- Eduardo, el panadero de 28 años que huye de las maras; Marlon, el repartidor de pan de 20 que huye con su jefe, y José, el albañil de 26 que se les unió en el intento. Les dieron posada por esta noche en el rancho, y les recomendaron no seguir hasta que el sol saliera, porque bajo la luna, ni los uniformados se pasean por La Arrocera.

Los tres salvadoreños se unen a los tres policías y a nosotros en la marcha. El recorrido empieza con un gesto de amabilidad entre el monte. Al salir del potrero que hace de base de esta cuadrilla de caballería, hay una casita de teja y cemento descascarado. En el portal de la casita está un señor de unos 40 años, descalzo y sin camisa, que toma de bracete a su hija de unos 12 años. Ambos levantan y mueven sus manos diciéndonos adiós.

-¿Y ellos? -pregunto al agente que llevo a la par-. ¿Amigos?

-Espías -contesta-. Trabajan con las bandas de asaltantes. Son los que desvían a los migrantes para donde los esperan los asaltantes, y nos controlan cada vez que salimos a dar la ronda.

Enfilamos por las vías del tren que el huracán Stan destrozó en 2005, y que ya solo sirven de guía a los indocumentados. A nuestra derecha, a pocos metros, detrás de la barrera de vegetación, está la caseta migratoria de El Hueyate. Aquí, lo verde es espeso y nos cubre, el suelo es un lodazal y los charcos son pequeños pantanos. Si se observa fijamente detrás de los pastizales, se siluetean callejuelas escondidas, que llevan a ejidos o ranchos perdidos. Más parecen pasadizos secretos.

-Aquí fue -dice a secas el agente, mientras cruzamos un pequeño puente férreo, y señala la bóveda que nos queda bajo los pies.

Ahí fue donde mataron el año pasado a uno de sus compañeros que patrullaba. Un machetazo seco le rompió el hueso de la frente cuando se topó con unos asaltantes. Un machete afilado, que para algunos de los delincuentes es más un arma que una herramienta de trabajo. La utilizan como espadachines en esta zona donde muchas discusiones de cantina se saldan a fierrazos. Lo ocupan para desmalezar la tierra, para asaltar, para defenderse. Lo llevan siempre en la mano, como una extensión natural de su cuerpo. El machete es su fiel compañero, su quinta extremidad.

En el camino se escuchan ladridos de perros y tras las verjas de las casitas se ven ojos que salen a enterarse.

-Ahorita nos tienen bien vistos -prosigue el agente, antes de soltar otra de sus parcas referencias-. Lo que le dije de los huesos, aquí fue; y a El Chayote, lo encontramos allá.

Lo de los huesos fue literalmente eso, un esqueleto que encontraron hace unos meses ahí entre un montarrascal igual a los demás. Los zopilotes merodean el área siempre, por la cantidad de ganado que muere, y no tardan en encontrar un cadáver que consumir. Por eso, aquí huesos no es sinónimo de fósil, sino más bien de cadáver reciente. Y El Chayote, el asaltante, apareció metido en otra de las bóvedas que vemos desde este punto, acostado en el suelo, con una magulladura en la frente, que le había reblandecido la sien como si fuera de plastilina. Otras rocas estaban a su alrededor. Si el machete es lo suyo para muchos asaltantes de poca monta, la piedra lo es para los migrantes que se proponen defenderse.

Aquí se camina entre muertos, la vida se relativiza como un valor que se menea en una cuerda floja. Matar, morir, violar, ser violado pierden sus dimensiones. Es rutina. Punto de referencia: aquí, en esta piedra, violan; allá, en ese arbusto, matan.

-Allá las separan a las mujeres del grupo cuando las violan -señala el agente una pequeña parcela de plataneros-. Y hasta aquí llega nuestra ronda diaria.

Hemos caminado apenas media hora, y hasta aquí llegan. Luego, suelen regresar por el otro lado de la carretera, lo que llaman La Arrocera alta, cerros que se levantan de la planicie que ahora pisamos, al otro lado de la carretera. Pero hasta aquí, no es ni la mitad de una décima parte del camino del indocumentado. Hasta aquí es apenas parte del comienzo. La primera caseta, el primer punto caliente.

Este cruce lo conocen como La Cuña, una callejuela que sale a la carretera, adelante de El Hueyate. Un árbol de mango donde violan, una terracería donde algunos coyotes de Huixtla entran a dejarle migrantes a los asaltantes, con los que están de acuerdo.

El agente sigue hablando mientras los salvadoreños, con miradas, nos preguntan qué haremos.

-Por aquí todavía andamos buscando a un malhechor de esos. Le dicen La Rana, tiene una cicatriz en el rostro y opera en la parte alta, pero no lo encontramos. Como nos tienen bien vigilados desde que salimos, siempre dan el pitazo cuando andamos de ronda.

Apenas termina la frase, estrechamos su mano sin darle explicaciones y le decimos que vuelvan, que seguiremos hasta Arriaga, hasta el tren, con Eduardo, José y Marlon. Los agentes se quedan desconcertados, pensando qué dirá el comandante Sánchez de esto. Para las autoridades, un migrante muerto es cosa normal, pero un periodista es otra cosa, y nadie quiere ese cadáver en su región.

En esto -y en nada más- nos ayuda esta geografía. Al poco tiempo, los hemos perdido de vista entre la maleza y los arbustos. Ahora, empieza el viaje de un migrante.

Avanzamos entre la espesura unos cinco kilómetros más, hasta que encontramos un sendero que lleva a la carretera. El retén ha quedado atrás, y Eduardo sale a la carretera a detener una combi para seguir avanzando hasta Escuintla, el siguiente poblado.

La caminata por La Arrocera, el lugar que le da nombre a toda esta región escondida, nos ha dejado claro que los esfuerzos chiapanecos por limpiar la zona están muy lejos de lograr su éxito. La Rana sigue por aquí, los asaltantes de los hondureños están más adelante, y los cadáveres aún son un recuerdo fresco, que aún apesta. Pero lo que más nos ayudó a tener clara la situación fue El Calambres. Se llama Higinio Pérez Argüello, tiene 26 años, es reconocido por la comandancia de La Arrocera como asaltante de migrantes, y desde hace tres meses guarda prisión en el penal de Huixtla, donde aceptó recibirnos y conversar con nosotros un día de estos si acatábamos su única regla: que lo que contara lo contaría en tercera persona, que se dijera “ellos” donde se podría decir “nosotros”.

Una charla con El Calambres

Estaba acusado de violación, portación de arma prohibida y asalto. Se le acusó de violar a una migrante, pero la denunciante desapareció. Le quedan los otros dos cargos, y espera la sentencia.

El director del penal nos habilitó su despacho para la charla, y ya antes había advertido que era probable que Higinio aceptara. Su argumento fue desconcertante, pero es comprensible en esta zona:

-Yo digo que hablará, porque aquí no tenemos a gente acusada de crímenes graves: están acusados de homicidio, violación o robo, pero nadie está por narcotráfico.

Delgado, de facciones afiladas, con una larga camisa que le da un extraño look de pandillero a pesar de sus campesinas maneras, sus brazos venosos. De 1.65 metros de altura, con sus uñas largas y afiladas, ojos achinados, siete crucifijos y rosarios colgándole del cuello y un bigote escaso y asimétrico, Higinio se sentó, se cruzó de brazos, clavó la mirada en el piso y empezó la conversación en código.

-Sí, yo conozco lo que pasa por ahí (La Arrocera). Yo vivía en un rancho por ahí. Sí, ahí asaltan los que andan ahí siempre chingando -inició.

-¿Quiénes andan chingando? -pregunté.

-Gente que vive o trabaja ahí. Yo he visto bandas organizadas. Ahorita anda una banda, una que se viene desde Tapachula a hacer sus cosas ahí. El Chino es el que se ha venido de allá abajo, y El Harry es el otro jefe, y ya hace tiempo que operan por ahí. Es su trabajo, andar cazando indocumentados.

-¿Y por qué solo asaltan a los indocumentados?

-Porque saben que esas personas van de paso, no causan daño, en cambio si asaltan a alguien de aquí, saben que es un problema, te metes en un problema. Los otros van de paso.

El Chino aún sigue por la zona. Se le conoce solo por el apodo, y es un famoso delincuente de La Arrocera. El Harry es aún más mítico. Él fue uno de los primeros que iniciaron con la dinámica de asaltos y violaciones, a él se le prendió el foco antes que a nadie. Lo atraparon, y estuvo preso en Tapachula, por asalto, pero logró pagar los 50 mil pesos de fianza, y ya anda libre de nuevo. El Harry cayó junto con El Cochero (Filadelfo González) y El Diablo (Ánderson). Ellos dos están presos en el penal de El Amate, el centro de reclusión más grande de Chiapas, sobre el que el Estado no tiene control. Ahí adentro mandan los narcotraficantes, ellos ponen cuotas a los nuevos internos, y no permiten el paso de custodios ni de autoridades a la zona de celdas. Ellos dos eran la banda de Harry. Gente ruda que desde 1995 se paseaba en motos expoliando a los indocumentados que no tomaban el tren por miedo a un operativo migratorio, que preferían caminar ocultos en el monte. El Cochero mostró su talante entre grandes delincuentes haciéndose jefe de uno de los sectores, del módulo verde. Él lo administra, él cobra cuotas, él asigna celdas. Así lo decidió el jefe de la prisión (el preciso general le dicen en la jerga carcelaria), el narcotraficante Herminio Castro Rangel, al ver la violencia con la que El Cochero actuó cuando hubo que luchar durante dos días por decidir qué grupo se quedaba con el control de El Amate.

-Pero no entiendo: ¿Cuánto puede sacar alguien asaltando migrantes? -pregunté.

-Depende de lo que lleve la gente, pero hay desde los que llevan 10 pesos hasta los que llevan sus 5 mil u 8 mil pesos. Es que no solo aquí los chingan, los vienen chingando desde allá abajo, así que algunos ya llegan sin dinero -contesta.

-¿Y cómo es el negocio? ¿Si yo quiero agarro mi machete y empiezo a asaltar?

-Nooo, ahí mandan las bandas del lugar, ellos se reparten los lugares, y solo ellos pueden operar. Si te metes, te sacan a balazos.

-Si un migrante se opone, ¿no se tientan para dispararle?

-¡Uuuh! No, no, pues, por eso los matan, porque se oponen.

-Habrá muchos muertos ahí que nadie ha encontrado, ¿verdad?

-¡Uuuh! Un chingazal.

Le expliqué a El Calambres lo que los comandantes Maximino y Sánchez nos habían dicho. Le conté que aseguraban que el problema estaba resuelto. El Calambres levantó la vista, cruzamos una mirada de obviedad por un segundo, y sonrió para sí mismo.

-Es que no es solo uno el que anda ahí, son bandas, y no es solo una. Ahí no para, no es que vaya a dejar de haber alguien. Si cae uno, entra otro. Ahí es terreno grande, miran la ley cuando va, ellos vigilan. Están en el alto, y la ley los va buscando, pero ellos ya están viendo a la ley, y esta gente conoce mejor su terreno que la ley. La ley no alcanza a rodear todo. Esa zona es muy grande. Y si los encuentran, se echan bala con la ley. Escopeta 12, AR-15, .357. Hasta chaleco antibalas tienen.

Y es que, como bien dijo aquel agente del MP, La Arrocera en Huixtla es otra cosa, ahí hay bandas mejor preparadas. El Calambres asegura que esos grupos se dedican a lo de los migrantes como negocio fijo, pero que a veces “gracias a sus conectes”, les ofrecen otros negocios: asaltar joyerías, robar carros, comercios. Que esas bandas no trabajan solas, que hay autoridades que se llevan su tajada de las cinco bandas. Lanzamos las últimas preguntas. Para responderlas, El Calambres se encogió, habló en susurro, bajó más la cabeza y ya no la volvió a levantar.

-Y entonces, lo de violar a las migrantes, ¿qué es? ¿La diversión luego del asalto? -pregunté.

-Sí, pues, una diversión para ellos… una diversión…

-Claro, es fácil violar a alguien que sabés que no se va a quedar a denunciar.

-Sí, pues… sí, pues…

Salen de sus casas por las mañanas, como si fueran empresarios rumbo a sus empresas. Salen de la colonia El Relicario, Buenos Aires, El Progreso, Cañaveral, El Espejo, de ejidos, y ponen su puesto de asalto y violación, y se reparten el botín y vuelven a sus casas a esperar una nueva jornada de trabajo.

Los ranchos, el cansancio, la tensión

Ya en Escuintla, un pequeño pueblo de casas bajas y puestos callejeros, Toni, el fotógrafo, se pelea con el motorista de la combi que nos ha traído y que, a pesar de saber que los tres migrantes salvadoreños viajan con dos periodistas, intenta cobrar de más por el pasaje.

-¡Cinco pesitos, pa’l chesco, puta, unos pesitos de más!

Eso quiere, cinco pesos más por cada pasaje. A pesar de ser injustificada, sigue siendo una cuota decente para lo que suelen hacer estos asaltantes diplomáticos. Hay algunos que cobran a los migrantes 200 pesos por un pasaje que a un oriundo le cuesta solamente 10. No pagamos su impuesto, y seguimos en otra combi rumbo a Mapastepec. De nuevo la misma dinámica. Antes de llegar al segundo retén, pedimos bajarnos. Nos quedamos bajo un puente peatonal, donde preguntamos a un señor que espera su autobús si las vías del tren están muy lejos.

-Como a unos cinco kilómetros para allá, pero síganlas, no se vayan por este lado de la carretera, que hace como dos semanas los ladrones mataron a un migrante ahí.

Nos internamos en el monte una vez más, con la idea en la cabeza de que si nos toca, nos tocará, de que es inevitable. Hay algo en lo que pocos reparan. Los migrantes no solo mueren y son mutilados, no solo son baleados y macheteados. Las cicatrices de su viaje no quedan solo en sus cuerpos. Hay algo luego de tanta tensión que tiene que quedarse dando vueltas en la cabeza. Son más de 25 días de viaje. Escondiéndose, temiendo, pensando si el siguiente paso no es el paso en falso y tras él está la migra, el asaltante, el violador.

Pocos piensan en las consecuencias sicológicas de esas miles de centroamericanas que fueron violadas en esta espesura. ¿Quién las atiende? ¿Quién les cura esa herida oculta? Bien lo definió Luis Flores, encargado de la Organización Internacional para las Migraciones: “Aquí el gran problema no es solo lo que se ve, va más allá. Se trata de toda una visión de las cosas, de una mentalidad. Las mujeres migrantes tienen un rol ante los asaltantes, ante el coyote y entre su propio grupo, y durante todo el viaje viven bajo esa presión, asumiendo una lógica: ‘Sé que me va a suceder, pero ojalá que no’.”

Y su papel es el de un ser humano de segunda. Migrante y mujer equivalen a blanco fácil. Y eso nos quedó muy claro cuando hace unos días visitamos en las oficinas de Migración a Yolanda Reyes, la hondureña de 28 años, que desde 1999 vive en Tapachula como indocumentada. Tras tantos años, hizo su vida, la intentó normalizar, pero hay algo que no se borra: Yolanda seguía siendo centroamericana, seguía siendo indocumentada. El día que la conocimos ella terminaba de sacar sus papeles, tras todo un proceso de denuncia, luego de que su pareja, un policía sectorial de Chiapas, le metiera 11 machetazos, cuatro de ellos en la cara, por un simple coraje, y mientras le gritaba con todas sus fuerzas:

-¡Puta, puta, vas a aprender, eres una pinche centroamericana y aquí no vales nada!

Tras dos horas de caminata, las camisas ya escurren sudor. El sol nos ha tostado la frente, y las piernas empiezan a resentir la caminata. Estamos a la altura de Madre Vieja, un ejido, igual que el resto: monte, lodo, silencio. Aquí, hace unos ocho meses encontraron al último muerto de la zona.

Salimos a la carretera, pero el retén aún sigue a unos 400 metros. ¡Hemos caminado dos horas y sigue ahí! Es que tuvimos que internarnos primero en el monte, hasta encontrar las vías, antes de empezar a comer camino. Nos escondemos en el camellón que divide la carretera, entre un montarrascal. Cruzamos hasta el otro lado de a poco, como animales asustados, hasta que logramos meternos en otra combi. Ya hemos bordeado dos casetas.

Apenas nos bajamos en Mapastepec, nos embutimos en otra combi, para seguir hacia Pijijiapan. La rutina provoca hartazgo. De nuevo, le pedimos al motorista que nos baje antes del retén. El conductor nos deja en El Progreso. Ya es mediodía. Cuando nos volvemos a perder entre los montes de nadie, sentimos el calor infernal con toda su inclemencia. Ni Eduardo ni Marlon ni José hablan mucho ya. Cuando esta caminata termine y el tren aparezca, a ellos les faltará más del 90% de México por cruzar. El solo pensar eso hace que uno quiera pedirles que se rindan.

Aquí cruzamos por ranchos privados. Hemos atravesado siete cercas de alambres de púas, 10 ranchos de ganado, un río. Tomamos este camino por recomendación de un viejo al que encontramos en los primeros cinco kilómetros de este tramo. Ese viejo nos advirtió que allá adelante a veces asaltaban, y que no lo fuéramos a acusar de cómplice si eso pasaba, que él solo nos recomendaba el camino más corto para regresar a la carretera. No importó. Había otro camino, pero era más largo. Solo queríamos agua y sombra, y la palabra atajo se impuso a la amenaza de asalto.

Llevamos tres horas caminando por estos ranchos. No sabemos si hemos enrumbado bien o si estamos dando círculos. Había otra mejor opción, bajarnos en El Mango, un desvío adelante de El Progreso, pero ahí el asalto es garantía, nos dijeron. Al fin, en una casita destartalada, encontramos todo lo que necesitamos: un viejo que nos guíe y un pozo de agua. El viejo nos dice que tenemos suerte, que las cosas están más tranquilas, y que pronto dejarán de estarlo. Hace dos semanas, la policía atrapó a padre e hijo, ambos asaltantes de Santa Sonia, una zona ubicada al otro lado de la carretera. Que debido a eso, los sobrinos de ese señor, también asaltantes, habían bajado la frecuencia de sus ataques de este lado.

-Es por un rato, mientras todo se tranquiliza, luego ahí van a andar otra vez.

Por fin salimos a la carretera y logramos enrumbar en combi hacia Pijijiapan. De nuevo nos bajamos de esta para subirnos a otra que va a Tonalá. Preguntamos, y nos dicen que el retén que hay es militar, que solo buscan droga y armas, que no piden documentos. Estamos cansados, no nos importa un riesgo que muchos kilómetros atrás no hubiéramos asumido. Es un retén menos. Lo aceptamos con alegría, convenciéndonos de que no nos bajarán, aunque sabemos que muchas veces sí lo hacen.

Pasamos. Solo buscaban armas y droga. Tuvimos suerte.

Tras 40 minutos de combi, pedimos que nos bajen en el crucero Durango. Estamos a 20 minutos en combi de Arriaga, del tren, pero no, tenemos que bajarnos y caminar dos horas más. El silencio empieza a convertirse en enojo. Aquí nos encontramos, entrando por donde el viejo Liévano desviaba a los migrantes para que fueran asaltados.

El paraje cambia. Ya no se trata de ninguna espesura verde. Caminamos por piso de piedras sueltas siguiendo las vías. Es un sitio mucho más apocalíptico. Seco, yermo. Adelante, pasamos al lado del famoso basurero, un punto esperpéntico de asaltos y violaciones. Un basurero al aire libre repleto de bolsas y cartones multicolores que vuelan con el viento y se prenden en las verjas de los ranchos, creando una escena que parece posterior a la explosión de algo que ha dejado sus pertrechos regados por todas partes.

Hemos caminado dos horas más. Tenemos llagas en los pies después de 45 kilómetros bordeando casetas. El puente férreo que da entrada a Arriaga aparece al fondo como una puerta industrial a una pequeña ciudad sin ningún atractivo. Pero para nosotros es una visión única. Hemos caminado desde las 6 de la mañana hasta esta hora, las 7 de la noche, pensando todo el tiempo que en algún momento nos asaltarán. El puente de Arriaga es lo único que queríamos ver.

Nos despedimos. Marlon, Eduardo y José, los salvadoreños, se van al albergue, mientras nosotros regresamos a Huixtla. No hubo asalto en toda esa inmensidad conocida como La Arrocera. Quizá se han calmado los delincuentes. Tal vez El Calambres no tenía razón, y tras una banda no viene otra. Quizá la historia cambia aquí en Chiapas, y los fiscales y los comandantes están logrado su objetivo.

Nada es lo que parece

Hace cuatro días que hicimos la caminata por los montes de los migrantes. Desde entonces, he conversado con tres personas para saber cómo sigue el área. Para conocer si los demás que han pasado han corrido con nuestra misma suerte.

Carlos Bartolo, encargado del albergue de Arriaga, me cuenta que solo hoy han llegado cuatro migrantes asaltados. Uno de ellos es Ernesto Vargas, un joven de 24 años, de Atiquizaya. Le quitaron 25 dólares y 200 pesos. Fue un hombre con un machete el que lo revisaba, mientras su compañero le apuntaba al pecho con un revólver .38.

Llamo al comandante Maximino, quien explica que está saliendo a un reconocimiento. Al parecer, una banda de asaltantes de La Arrocera se ha trasladado a los límites con el estado de Oaxaca, y han establecido una casa de seguridad en el monte. Su consigna parece ser que si no pueden asaltar a los que van a pie, asaltarán a los que viajan en tren. Le pregunto si ya coordinaron con las autoridades del estado de Oaxaca, si ya les dijeron lo que saben. Responde:

-Es que a ellos no les interesa, no están metidos en el tema, no se puede coordinar con ellos.

Un día más ha pasado. Llamo a Alejandro Solalinde, el encargado del albergue de Ixtepec, Oaxaca, donde llega el tren que lleva a los que han salido de Arriaga. Me cuenta que el tren que llegó esta mañana, después de muchos meses, fue asaltado. Unos vándalos se subieron al vagón en los límites entre Chiapas y Oaxaca, y a punta de pistola y filo de machete, desplumaron a los viajeros.

Una vez más llamo al albergue de Arriaga. Hoy llegaron otros tres salvadoreños asaltados en Huixtla, y una mujer. Una joven hondureña de 24 años. Hace dos días fue violada. Fue en La Arrocera. Lo hicieron sus mismos compañeros de viaje, que dijeron ser migrantes cuando la convencieron de que los acompañara. La violaron los tres y le patearon el estómago hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, ni ellos ni su amiga estaban. Como pudo, caminó hasta la carretera a pedir ayuda. Sangraba. Era su hijo que se le escurría por las piernas. Se lo mataron a patadas en La Arrocera.