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Es invierno y llueve como sabe llover a 515 kilómetros de la capital, hacia el sur, allá donde desemboca el Bío-Bío. Sobre el techo de una casona gótica con arcos de esos ojivales y ventanas que parecen querer llegar al cielo, cuatro niños corren alegres, sacudiéndose la tarde gris. Es sábado en provincia y tienen prohibido ver televisión. Abajo, en la angosta calle del centro penquista, no se ve un alma. De pronto, un ruido detiene el juego de los hermanos que enmudecen y abren los ojos para mirarse asustados. Un pedazo de muro de la casona de Angol 455 acaba de aterrizar estrepitosamente, haciéndose pedazos, en el corazón del patio de un edificio aledaño, sobre un improvisado gallinero. A continuación, los pasos de la vecina, que apurada sale a ver qué está ocurriendo en su propiedad y luego sus palabras. Bernardo, Pedro, Patricio y Benjamín, entre los 15 y los 9 años, entran rápidamente a sus dormitorios mientras la escuchan gritar.

—¡Canutos tenían que ser! ¡Voy a llamar a los pacos!

Cuando Bernardo Navia Olmedo, pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, se enteró de lo que sus hijos habían hecho el sagrado día de descanso, bajó los párpados y levantó las manos como invocando a Dios. Luego de un par de segundos, terminó tirándose con fuerza algunos mechones de esa abundante cabellera que lo seguiría acompañando aún 30 años después y volvió a la nave para dar el sermón y esperar la salida de la primera estrella. Al terminar la jornada se despidió cordialmente de los feligreses y subió los peldaños de a dos (el templo funcionaba en el primer piso y él y su familia vivían en el tercero). Llegó directo a contárselo a Marta Lucero Bustos. Ella, como siempre desde que a los 18 años se había convertido en su mujer, lo apaciguó y, una vez más, en silencio, él agradeció hacia arriba por tenerla a su lado. Juntos, esa misma noche, después del tiempo dedicado a diario al culto (a comprender, memorizar, cantar y recitar la Biblia), hablaron con los niños. Y uno de ellos preguntó lo que los cuatro querían saber. ¿Por qué canutos? Entonces Marta, una morena de perfecta belleza chilena y apenas 34 años, se acomodó en el sillón y los miró con esos mismos ojos, oscuros como la noche, que les heredó a tres de los cuatro. Y con voz melodiosa, sabia y consciente de la atención que estaba recibiendo de sus inquietos hombrecitos, les explicó por qué. Por qué a ellos, los Navia Lucero, que no iban a la iglesia los domingos pero sí cuatro veces por semana, que no creían en la santidad de la virgen María ni en el Papa como representante de Dios en la tierra, que empezaban el sábado a las nueve de la mañana en la iglesia rezando, que seguían las reglas alimenticias del Antiguo Testamento y no comían cerdo ni mariscos ni animales que no rumiaran o no tuvieran la pezuña partida, que no mezclaban carne con leche, que no bebían alcohol ni fumaban, por qué les decían así, canutos.

—Canuto. Fue la primera vez que escuché el término. Y me gustó. Ese insulto se convirtió en una oportunidad para comenzar a definir una identidad –escribiría a Y son ﷽﷽medoo Navia Olmedo, ante de Dios en la tierras, que no crelos 9 añosl templo, y contellera que lo segurños después de ese sábado gris de 1981, el tercero de los cuatro niños, Patricio Navia Lucero.

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Red Social Twitter, noviembre 20, 2012.

@xhinzpeterk: ¿Dónde te escribo?

@patricionavia: Hay un buscador que se llama Google. Pones mi nombre y sale todo. Deberías usarlo

Navia envió su primer correo electrónico en la ciudad de Chicago el año 1988 y tiene página web desde 1995. Desde entonces, sus palabras, inalteradas, se acumulan en el ciberespacio, del que es un fan. Husmeando su cuenta de Twitter respiré aliviada, sí, me había tratado bien cuando le dio por recomendarme, con una carita feliz, usar Google. Un alumno de Periodismo de la Diego Portales le pidió su correo (tal como había hecho yo) y él preguntó: “¿Para qué estudias Periodismo si no sabes buscar un email en Google?”.

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Era el último jueves del mes de abril, estaban a punto de dar las 5 de una tarde soleada y Patricio Navia entra a un Starbucks, atestado de estudiantes, uno que está dentro de la universidad, enfrente de la librería Ulises.

—La UDI no ha salido a convencer … que el aborto es malo… la píldora del día después… hay que ir a misa… La gente de los sectores populares, que se dicen UDI, no sabe muy bien de lo que se trata la UDI… La UDI saca más votos que RN pero tiene menos simpatizantes.

—No escucho lo que me dices, Pato –me saco uno de mis audífonos y se lo muestro, supongo que con cara de autocompasión–. Hay mucho ruido aquí.

Sin interesarse por mi hipoacusia, si darme siquiera una segunda mirada, me invita a su oficina. Pero no vamos a su oficina sino a una sala de reuniones y nos sentamos uno frente al otro, con una mesa para 10 personas entre medio y nadie en la cabecera. Tiene su espalda pegada a la silla, los brazos cruzados, las piernas cruzadas y está texting en su Samsung. Sí, se puede hacer todo eso simultáneamente. ¿Con quién textea? ¿Hay alguien al otro lado del teléfono a quien debiera considerar mi enemigo y que está teniendo éxito en lograr que Patricio Daniel se comporte como si yo tuviera una enfermedad contagiosa?

Ya. Deja de usar sus pulgares en el teclado y sin descruzar ninguna extremidad, me mira. Lo más lindo que lleva puesto es una argolla de matrimonio, plana y ancha trabajada en oro blanco. Aparte de eso, podría ser un oficinista en trámites por el centro de Santiago. Él lo sabe. Lo mío no es ser fashion, dijo una vez, la ropa no me interesa.

—¿Pasas mucho tiempo en Nueva York?
—Buena parte del año académico, que va de septiembre a diciembre y después de fines de enero a comienzos de mayo. Llegué ayer.
—Estás cansado.
—No, para nada.
—¿Y dónde te quedas allá?
—Eso no va a ser parte de la entrevista, ¿no?
—… bueno, si… si tú no quieres… no.
—No me interesa hablar de mi vida privada en una entrevista.

Está serio, los ojos no se le achinan así tan coquetos como se le ponen cuando sonríe (eso lo supe después). La cejas tupidas acentúan una severidad exagerada en su rostro, que es naturalmente bonachón. Hay algo impostado. Creo que estoy levemente ruborizada y si él lo nota, lo disimula bien. Observa el papel donde escribo, como tratando de leer cada vez que anoto algo.

—El gobierno de Sebastián Piñera tenía un relato, que era vamos a ser más eficientes. Ese relato tuvo dos problemas. Uno, la lentitud de la reconstrucción, las malas políticas, los nombramientos de gente con conflictos de interés, etcétera. Dos, el gobierno se confundió con el rescate de los mineros. El presidente quiso ser más popular que Bachelet y compitió en popularidad, no en eficiencia. La percepción que tenía la gente de él era que trataba de meterse en todo y quería caer bien, se ponía a contar estos chistes, y decía cosas que eran abiertamente desubicadas, ofendiendo a sus colaboradores, como cuando Juan Andrés Fontaine dejó el gabinete no dijo su nombre correctamente. Acaba de ser tu ministro por un tiempo, no tuvo fines de semana y ¿tú ni siquiera sabes su nombre? O con Joaquín Lavín cuando le dijo bueno, ministro, finalmente usted llega a La Moneda. Mal gusto.

Cuando ya ha dejado de apretarse a la silla o espiar mis apuntes, se levanta y sirve un vaso de Coca light, para él. Habla poco más antes de decir tenemos que terminar, tengo una reunión a las seis.

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Bernardo Navia Olmedo se acercó a la estantería y paseó la vista por los libros de su casa. Teología, Historia, Ciencias. De novelas, nada; lo mundanal había que mantenerlo alejado de la familia. Su mano se acercó para alcanzar La Bella Historia de la Biblia, la rozó y a último momento, cambió de opinión. Tomó uno de los 20 tomos de esa clásica enciclopedia infantil que, editada la primera mitad del siglo XX, le daba plena confianza. Ahí mismo, de pie, abrió un tomo de El Tesoro de la Juventud y comenzó a hojearlo. Los niños fueron llegando de a uno, sin necesidad de ser llamados. Lo que más les gustaba era “El libro de los Por qué” y Bernardo lo tenía entre sus manos. “¿Por qué no canta la gallina como el gallo?” “¿Por qué no se mezcla el aceite con el agua?” Nadie iba a explicarle cómo despertar la curiosidad en sus hijos. Lo había ido haciendo prácticamente desde que nacieron y tan seguro estaba de saber estimular en ellos el amor por el conocimiento que si alguien, en los años ochenta, cuando la familia aún vivía en provincia, al sur de la capital, le hubiera dicho que sus cuatro vástagos llegarían a ser doctorados en el hemisferio norte, probablemente, Navia Olmedo no se hubiera mostrado sorprendido.

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Todos los correos electrónicos de Patricio Navia tienen tres características fijas. Dos direcciones: 726 Broadway, Room 666 y Ejército 333, Segundo Piso. Y también (last but not least, como diría él) una discreta D. junto a su nombre, una letra que su dueño no olvida, porque lo enorgullece. Patricio D. Navia. ¿D de qué?

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Después de ese primer encuentro, enfrentada a tener que encontrar a Navia fuera de sí mismo, me acordé de su sugerencia, Google. Durante varios días pasé varias horas cada día revisando su millón y medio de menciones en el buscador (como referencias, el periodista Mirko Macari llega a las 55,000; mi hermano Rodrigo, el ministro, casi 800,000; y Cecilia Bolocco, 470,000).

Que no le interesa hablar de su vida en una entrevista, eso me había dicho. Google no me repitió lo mimo. Navia se dice “tradicional” y aunque se casó pasados los 40, nunca estuvo dentro de sus posibilidades una mujer ya madre. “Estar con alguien con hijos es como llegar a un proyecto ya empezado. No me parece particularmente atractivo”. Navia, “entre una cita a ciegas y una invitación a cenar de Piñera o de Insulza” prefiere “–por lejos– ir a cenar con uno de ellos”. Navia encuentra rica a la actriz Paz Bascuñán. Navia se considera tan mañoso como Jack Nicholson en “Mejor Imposible”. A Navia le “revienta el 11 de septiembre”. Navia es fanático del chocolate, los donuts y también los Barros Luco del Liguria. Navia cocina pancakes, detesta las betarragas y a los que creen que Arjona hace buena poesía. Navia hace zapping. Navia estuvo en Las Malvinas y sintió que llegaba al “lugar más parecido al fin del mundo”. Navia se sube a un avión y lo “conoce mucho más la gente en business que en clase económica”. Navia rara vez se siente solo: “Me caigo bien y, además, tengo mi ipod”. Navia tuvo muchas novias antes de su esposa Macarena. Navia le recitó a su novia Carolina, mientras comían en Buenos Aires (Puerto Madero), un poema de Pablo Neruda. Navia escuchó a Mayra decirle que lo amaba una noche en un concierto de Alvaro Scaramelli. Navia se enamoró perdidamente de Eva pero “¿qué se le puede decir si nunca leyó Boquitas Pintadas de Puig o Cien años de soledad?”. Navia estuvo con Claudia “en la Plaza de la Constitución cuando caía el sol y esperaba la llegada del primer socialista desde el bombardeo a La Moneda”. “Ahora invadí para siempre tu memoria –le dijo–: o te casas conmigo o este momento quedará marcado por mi incómoda presencia”. Navia es hincha del Colocolo. Navia piensa que “da lo mismo si la educación es pública o privada, en tanto sea buena”. Navia tiene un anhelo profesional: que sus alumnos digan “a mí me formcil, sueño, dolor de rodillas, reumatismos varios, dolor de ojosrespiraci/de sexo Juanita”ida del Cristo. n su hogar y el colegó Navia”. Navia es considerado por sus alumnos de NYU como un gran tipo con sentido del humor cuyo ramo es fácil porque da muchas oportunidades y solo hace pruebas para la casa, además falta mucho, nada parece importarle mucho y está en la clase como si fuera el último lugar donde quisiera estar. Navia, como buen adventista del séptimo día, admira a EEUU y le gustan los brunch y estar en Nueva York un sábado en la noche para ver en televisión Saturday Night Live. Navia se acaba de casar, hizo un matrimonio religioso con fiesta en el Castillo Hidalgo. Navia, en la primera vuelta presidencial del 2010, apoyó a Marco Enriquez-Ominami, le donó 1.2 millones de pesos y escribió El Díscolo, un libro de entrevistas a Marco. Navia es un artista de las comparaciones: MEO es el hijo ilegítimo de Bachelet y el Viagra de la Concertación, la extrema desigualdad equivale al colesterol malo, Lagos es al sushi y al carmenere como la revolución a las empanadas y al vino tinto.

Con todos estos regalos de Google iba a tratar de entender a Navia y escribir lo que había logrado entender, que es lo que siempre trato de hacer. izña alguien hablaba castellano.olamente,e de 1987. Chicago suburbunao. escribirlo. zador y mujeriego. as mujerdan para lleve moDespués pensé que era mejor mandarle un mail, quejarme, no sé ¡algo! Pero se me apareció el orgullo y no lo hice. Me fui en cambio a ver a gente que lo conociera. Y en eso estaba cuando él se enteró. Por la Carola, su amiga y mi conocida. A la Carola le escribí un mensaje para ver si podíamos hablar de Navia. Y ella, como lo quiere mucho, corrió a contárselo. De esa manera, sin pretenderlo, le despertó el ánimo, la ansiedad, quizá qué y me escribió, él, desde Nueva York bastante preocupado y apurado y entre clase y clase acordamos (“para chequear datos”, dijo) nuestro segundo encuentro, esta vez un domingo en un café de Isidora Goyenechea.

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No hay nada perfecto en la vida pero creo que Marco Enríquez-Ominami puede ser el único presidente capaz de negociar con la Alianza y con la Concertación y además, el recambio es fundamental. Cuando escucho a Bachelet que dice yo tuve que venir porque no hubo recambio. Fíjese que si usted no hubiera venido, habría habido. El mundo sigue existiendo si nosotros no estamos. Bachelet es un poco como esas mamás que dicen yo creo que los hijos se tienen que ir de la casa pero igual les siguen cocinando, les hacen la cama… tu hijo no se va a ir de la casa hasta que no le digas ándate de la casa.

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—¿Cómo sabes tanto?
—¿Cómo sé qué?
—Las cosas que escribes.
—Porque los medios publican cosas.
—Pero tú sabes más que los medios.
—No. La información es toda de los medios.
—¿Si?
—Sí –hace una pausa– si yo paso harto en Nueva York y además acá no salgo en las páginas sociales, no voy a ese tipo de eventos… leo periódicos.
—Yo también leo periódicos –claramente no de la misma manera, mejor cambiamos de tema, pienso–. Y para este gobierno, cuéntame, ¿hiciste algo remunerado?
—Nada. Pero varios ministros me han invitado a almorzar y me he juntado y algunos me llaman por teléfono y hablo con ellos y con candidatos presidenciales que quieren conversar conmigo. Me gusta escucharlos, ver su lenguaje corporal, entender cómo están interpretando lo que pasa. Eso me permite escribir y hacer mejor análisis de todo.
—Claaaro, por eso sabe cosas, ¿era tan difícil la respuesta?

Navia es Bachelor, Master y Doctor. Es decir, al menos 10 años de estudios superiores. Ha sido profesor visitante en importantes universidades, ha publicado papers en journals de prestigio. Es Master Teacher of Global Studies en el Liberal Studies Program de la Universidad de Nueva York y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de la misma NYU. En Chile, es profesor en la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad Diego Portales y Director del Magister en Opinión Pública de esa casa de estudios.

“Yo soy un académico”, dice él, aunque su vida mediática sea tanto o más intensa que su vida universitaria. Ha escrito seis libros sobre el Chile actual, varios best sellers. Es columnista de La Tercera, Qué Pasa, Buenos Aires Herald, Infolatam.com y ha sido columnista en las revistas Poder y Capital en Chile y escritor invitado en revista Letras Libres de México, Etiqueta Negra de Perú. En el país es entrevistado “crónico” en televisión abierta y radio.

“Es que Navia es muy trabajólico. Él está siempre disponible, dispuesto y conectado” me cuenta una periodista. “Le pides urgente una columna de un tema y en un par de horas te la manda, es original y está bien escrita.”

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—Sebastián Piñera no pudo finalmente con su personalidad. Él tiene mayor inteligencia que varios de los presidentes anteriores, juntos incluso. Pero lo superó su inteligencia, no armó buenos equipos, no les dejó espacio a sus ministros para que brillaran y termina como el presidente más impopular en la historia de la democracia chilena post 1990.

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Patricio tenía poco más de 17 años cuando Bernardo le pidió que lo acompañara. Era el otoño de 1987 y llevaban un mes intentando armar sus vidas en el Chicago suburbano, donde entraron a una compraventa de autos. Quizá alguien hable castellano, pensaron en silencio tanto el padre como el hijo. Después de todo, los latinos en Estados Unidos tendrían algunos años después la costumbre de alejarse de las grandes ciudades en pos de la tranquilidad y los mejores precios de los suburbios. Pero a fines de los 80, eso aún no ocurría y en el local de automóviles, “just speak english” . El padre sabía que sería inútil intentar comprender y le pidió al hijo que le tradujera. El hijo entendía un treinta por ciento de lo que el vendedor decía pero no echó pie atrás. Se hizo responsable y compraron un Chevrolet Cavallier café y nuevo que transportó por años fielmente a la familia. Patricio dirá después que Estados Unidos lo obligó a crecer y rápido porque no es simple ser uno el que ayuda a su padre, no, a esa edad, que tu padre se apoye en ti.

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A las seis de la tarde de un frío y oscuro domingo de invierno, Patricio Navia abre la puerta vidriada de la cafetería Juan Valdez. Viene llegando de pasar unos días en Italia con su mujer. Camina directo hacia la fila donde se compra. Yo estoy sentada pellizcando una medialuna cuando pasa por mi lado sin verme. Lleva puesto un abrigo negro, jeans y el diario El Mercurio enrollado bajo el brazo. Lo saludo con la mano desde mi mesa y se acerca de inmediato. Me da un beso en la mejilla y siento su piel fría, debe haber caminado desde su casa, entiendo que un departamento en El Golf.

—¿Quieres otro café?
—No gracias, estoy recién comenzando éste –digo, dándome cuenta lo afable que ha llegado.

Vuelve a hacer la fila, que es larga. Por la ventana, las luces encendidas de los autos que pasan por Isidora Goyenecha. Adentro está tibio. Hay parejas jóvenes, guaguas en coches, familias. Navia se sienta con su café, acomoda el abrigo sobre una silla y me sonríe con su chaleco Lacoste.

—Siempre me olvido de esta demora, hay que juntarse en los lugares donde te sirvan el café. Debería ser más rápido pero en Chile, que la mano de obra es barata e ineficiente, uno se demora más en un Starbucks que en el Tavelli, así que mis disculpas –me mira sonriendo. Me hubieras dicho que estabas haciendo un perfil, no habríamos perdido tiempo la otra vez hablando de política. Prefiero no hablar de mi vida privada… pero si vas a hacer un perfil.
—Te he estado googleando, hasta fui a tu matrimonio, está el video…
—Sí, se supone, no sé.
—También están tus poemas, tus crónicas… son bien personales.
—¿Por qué las voy a sacar? O sea, es como andar escondiéndose…. cuando Andrés Velasco se hizo ministro de Hacienda, bajó todas sus columnas de su página web y yo le dije ¡eso es ser maricón, es ser cobarde!

Hubiéramos salido a caminar
todos los domingos.
Y aquí estoy,
teléfono en mano,
sin atreverme a llamar.
Entonces a lo mejor
me vendrás a buscar llorando
a hablarme de la lluvia.

No cumplió uno de sus objetivos El Tesoro de la Juventud, si leyéndoselos a sus hijos Bernardo Navia Olmedo persiguió que fueran, eufemísticamente hablando, digamos… de espíritu más bien templado. Al menos no con Patricio. La enciclopedia es tan púdica que la palabra sexo no figura en su extenso índice y, no obstante, Navia, como podría decir Luis Miguel, se entregó al amor.

El desamor se manifiesta
en dolorosa y tediosa pérdida del sueño
desaparición absoluta del apetito sexual
interrumpida a veces por pasionales noches
de sexo desenfrenado.

Navia también escribió que un viernes de diciembre, una calurosa noche de 1999, en el Liguria, apareció una “gordita terriblemente cachonda” y él se entusiasmó. Le “calentaban sus enormes tetas y su gigantesco culo” y pensó “sería maravilloso echarme un polvo con una mina así”. Y otra noche, en un “pequeño restaurante ubicado a un costado del Parque Forestal”, en la despedida de soltero de “uno de los solteros más codiciados del jet set de la capital chilena”, se quedó “atontado, junto a los demás, mirando los hermosos culos de Francisca y Beatriz”. “¿Me vas a dar tu teléfono?, me preguntó Beatriz mientras apretaba sus nalgas contra mis pantalones y yo dividía mis manos entre sus muslos, su vientre y el inicio de sus vellos. Mi teléfono, mi dirección, lo que quieras, le dije… la tenía agarrada de la cintura, con una mano tocando los tirantes de su g-string, la otra jugando con el inicio blando de sus tetas y mi pene erecto apretándole el ombligo”.

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Navia es una celebridad en Twitter. Según Bertoni, Claudio, el poeta de Concón, ser famoso en Twitter es como ser millonario en el Metrópolis. Puede ser, pero Navia tiene 148,000 seguidores y un impostor, Duck Navia, seguido por 5,800 personas, entre las cuales está Navia original, que hasta lo retwittea. Ni él ni yo sabemos quién es pero lo que hace esta copia es reírse, como muchos, de la costumbre de Patricio de decir palabras en inglés mientras habla español.

—Hablar en dos idiomas es inevitable para mí, no es chiste. Dicen que es cursi o siútico y eso que la gente que habla inglés y español en Estados Unidos es el Bronx, es Brooklyn. Si fueras siútico hablarías solo español o solo inglés.

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La primera y más fuerte influencia a la que Patricio Navia Lucero estuvo expuesto 6,325 días con sus noches, fue la religión. Llegó a este mundo en la ciudad de Lima, un 19 de mayo de 1970, mientras su padre estudiaba en un seminario para ser pastor. Para él, hasta poco después de cumplidos los 17 años, el mundo fue la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Creció con la certeza de que Jesús iba a volver muy pronto y nunca fue a un colegio que no fuera adventista hasta septiembre de 1987, cuando tenía 17 años y 4 meses y se había convertido en inmigrante latino. También hasta ese momento asistió a la iglesia cuatro veces por semana. Y hoy, a sus 43 años, trata de no tomar alcohol frente a sus padres y cuando está de visita en su casa un sábado, no enciende la televisión. Y aunque diga “me considero agnóstico pero creo que no es un tema que tenga muy desarrollado” o “la fe” –que reconoce haber tenido de niño– “para mí es como las páginas de la hípica del diario, me las salto pero no quiero que las saquen”, en el fondo, es “canuto a mucha honra” como le dijo a un amigo hace ya muchos años cuando le preguntó por qué no iba a ver al papa Juan Pablo II a Talcahuano, en el marco de su visita a Chile.

La tarde de nuestro primer encuentro la prensa nacional estaba agitada. Se había conocido hacía pocas horas el fallo de la Corte Suprema que condenó a Cencosud a pagar 70 millones de dólares a los clientes de la tarjeta Jumbo Más para devolverles dinero que se les había cobrado ilegal y abusivamente (aumentando la comisión de mantención de la tarjeta) el 2006 cuando el, en ese momento, candidato presidencial de la UDI, Laurence Golborne, era el gerente general de la empresa de retail. ¿Supo Golborne, no supo, hasta dónde supo, para qué le pega Allamand si la oposición le va a pegar, irá a seguir de candidato? Navia quiso hablarme del tema. A él la actualidad lo convoca lo exalta lo toma lo sostiene lo abduce le anuncia lo abraza le susurra. ¿Me despachó por aburrida porque no me interesa la contingencia? ¿Texteaba sobre el fallo de Cencosud? ¿Inventó que tenía una reunión para irse a hablar con gente más interesante? Sí. Quizá sí. Pero, y de esto estoy segura, no fue solamente eso. Partió defendido, no quiso mostrarme su oficina (cuando he visto fotos publicadas del departamento donde vive, con piso de madera y sofás blancos en El Golf) y además, tal vez, estaba en su cabeza una idea de mí que… bueno, cuando me iba yendo espetó como sin darle mayor importancia.

—Espero que no haya sido una perdida de tiempo para ti.
—¿Por qué dices eso?
—Después de la entrevista que le hiciste a Parisi… lo mataste a Parisi, lo mataste con tu entrevista.

Yo no inventé lo que dijo el candidato iba a decirle, pero se fue antes de que alcanzara.

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José Miguel Insulza, cuando era ministro del Interior, me pidió que viniera. Yo vivía en Nueva York y hacía mi doctorado. Quería un estudio sobre sistemas electorales y le hice una recomendación. Él dio varias entrevistas, incluso recientemente, y dijo que favorece un sistema uninominal. Creo haber logrado convencerlo que de que es la mejor salida para Chile. El voto legislativo hoy es un voto perdido, no tiene ningún efecto en la forma cómo se distribuyen los escaños. Lo malo del binominal es que inhibe la competencia y necesitamos un sistema que la promueva. Y si quieres más competencia, tienes que tener un sistema uninominal, como el que existe en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos o en Chile en las elecciones municipales. Se escoge un alcalde por comuna. Podríamos tener 120 distritos en Chile, un diputado por cada distrito.

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Patricio ha comenzado a empinarse en la adolescencia. Lleva puesto el uniforme de colegio (pantalón gris y camisa celeste) y está recostado sobre su cama de una plaza con la Biblia entre las manos. Lee, aprovechando su habitación para él solo (el Nano no ha llegado). Son las ocho y media de la noche y, desde la sala, traspasa la puerta cerrada una música que conoce bien, porque todos los días la escucha a la misma hora. Se distrae, aunque está en medio del capítulo que se convertiría en su historia preferida de su libro preferido, el del profeta Daniel, su ídolo de la Biblia. Libro que fue incentivado a leer en razón de su segundo nombre, Daniel. Libro del que llegaría a recitar párrafos enteros de memoria, incluso años después de no haberlo vuelto a abrir. “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo…”. Termina la música del noticiario de Televisión Nacional, el canal público que omite información sobre cualquier protesta contra la dictadura, y se escucha la voz de un joven Raúl Matas: Bienvenidos a una nueva edición de 60 minutos, un mundo de noticias con las noticias del mundo. Patricio camina en silencio hasta la sala, se desplaza como guiado por una fuerza mayor, a sentarse junto a su padre y mirar la pantalla. No es una escena extraordinaria en casa de los Navia Lucero. Una feroz hambruna azota Etiopía; en India, la primera ministra, Indira Gandhi, muere asesinada; España, huracán alcanza las costas de Galicia dejando pérdidas por… En esta casa se ven noticias. Existe el interés de seguir día a día el acontecer noticioso porque hay que leer las señales que anunciarán el fin, ese fin–comienzo que se espera con ansias. Porque la llegada de Jesús estará antecedida por tiempos malos, el apocalipsis, angustias, catástrofes, humanas y naturales. Malas noticias que son, en definitiva, buenas nuevas para los 17 millones de adventistas del mundo porque son signos de que el segundo advenimiento, la hora del juicio final, el Cielo y la Tierra Prometida para unos y el Infierno para otros, se acercan.

—El profeta Daniel destaca por su sabiduría, por revelar misterios y aconsejar a los poderosos. Daniel decía lo que pensaba, o sea, predicaba, o sea, escribía columnas… y hacía lo correcto, aunque lo mandaran al foso de los leones. Por eso a mi padre le hace mucha lógica que yo escriba columnas políticas, es como el rol del profeta. Vienes y le cuentas a los políticos lo que tienen que hacer, lo que es bueno y lo que es malo –diría Patricio ya crecido cuando se sintiera en confianza.

Pero Daniel no debe ser el único profeta que dejó su marca en Navia. Un básico leído en los colegios adventistas a los que él asistió es Ellen de White, cofundadora del adventismo en Estados Unidos a mediados del silo 19. Para los no creyentes es una epiléptica del lóbulo frontal y para los creyentes tenía el don de la profecía y la divulgó en artículos periodísticos y libros. Es que el adventismo siempre ha estado a la vanguardia de la evangelización a través de los medios. La iglesia cuenta con canales de televisión que operan internacionalmente transmitiendo las 24 horas del día y una radio que emite más de 1,000 horas a la semana en 70 idiomas. Incluso sermones adventistas en chino mandarín se pueden encontrar.

No es extraño entonces que del seno de ese culto adventista puro surja Patricio Daniel Navia Lucero, el cientista político, profesor, columnista, escritor, conferencista con un pie en Chile y otro en Estados Unidos. En su infancia observante se tornaría robusta esa sintonía fina que, de mayor, exudaría con la contingencia; ese entusiasmo por entender el mundo y su devenir; ese ingenio para aventurar más allá de lo que se ve y esa omnipresencia en medios escritos, televisivos, radiales, librescos, con los que el niño provinciano de ojos oscuros como la noche, el tercer hijo del pastor Bernardo, se ganaría la vida de adulto.

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En casa de los Navia Lucero no se hablaba de política, aunque en el aire se respiraba ese profundo anticomunismo consuetudinario a los hogares de fe protestante. En la práctica, los adventistas del país vieron con beneplácito la dictadura del general Augusto Pinochet. De hecho, los recuerdos familiares indican que la señora Marta, aunque ella aún lo niegue tajante, se levantó al alba el jueves 11 de septiembre de 1980 y fue a dar su voto, igual que más de 4 millones de chilenos, a la opción Sí. El Sí ganó en el plebiscito de ese día, cerrando la posibilidad inmediata de elecciones abiertas, aprobando una nueva constitución y confirmando en el cargo de presidente a Augusto Pinochet por 9 años más.

***

Me duele la guata que el Partido Comunista defienda las dictaduras en Corea del Norte, en Cuba, considerando todo lo que pasó aquí. Pero eso sería casi secundario. Mi principal diferencia es que cree en un modelo que no funciona. Las economías de mercado funcionan mejor que las economías estatizadas y no me da vergüenza decirlo, la evidencia es concluyente. Hay buenas economías de mercado y hay malas economías de mercado, en Chile necesitamos mejorar la nuestra. El Partido Comunista se acostumbró al poder, le gustó estar en el Congreso, quiere aumentar su presencia, está más que dispuesto a hacer un montón de concesiones con tal de tener espacios de poder y es perfectamente razonable porque además sabe, cómo sabemos todos los que miramos datos, que los chilenos no quieren destruir el modelo. Quieren que Cencosud no abuse de ellos, pero no que se eliminen las tarjetas de crédito, no quieren tarjetas de racionamiento entregadas por el Comité Central del Partido Comunista. Quieren ser parte de la fiesta, entrar a la Tierra Prometida finalmente y dejar de mirarla desde el frente. Por eso, cuando vienen otros y les dicen, miren, hay otra Tierra Prometida, bolivariana, mucho más allá, sigamos caminando por el desierto, éste pueblo escogido que ya caminó por el desierto dice no, la Tierra Prometida está aquí, al frente, la estoy mirando, lo que quiero son candidatos que me construyan puentes de tal forma que yo, o al menos mis hijos, puedan llegar a esa Tierra Prometida. Eso es lo que está pidiendo el electorado.

***

Es domingo por la mañana en Temuco y la familia sigue compartiendo en la mesa, donde acaban de desayunar. El padre, Bernardo Navia Olmedo, ha traído de su velador la radio Made in China que compró hace algunos años en la Zona Franca, el tiempo que vivieron en Punta Arenas. Marta Lucero Bustos, la madre, lleva una pechera de delantal sobre la falda y levanta platos y tazas con la destreza de quien está acostumbrada a hacerlo, rápida limpia las migas del mantel y echa a cocer unas papas para el almuerzo. No lava la loza sucia, la deja apilada en el lavaplatos para después porque ahora se apura y se seca las manos en la pechera que deja colgando en el gancho y con las manos se arregla la melena café intenso que ni pasados los 60 años necesitará tintura y vuelve para sentarse junto a sus hijos y su marido. Suenan trompetas, el tono es abierta y rotundamente teatral

—Tu-tu-tu-tut-tu-tuuuu. Tu-tu-tu-tut-tutuuuu…

La cocina de los Navia Lucero, seguramente igual que muchas otras en cualquiera de los 35 países de habla hispana hasta donde llega el programa de radio patrocinado por la Iglesia Adventista del Séptimo Día, se llena de un canto de voces de hombre, gruesas y moduladas que toda la familia, los seis integrantes, acompañan.

—Son de trompetas que anuuuncian la luuuz… Cristo muy proooonto vendráááá…

Son Los Heraldos del Rey, un cuarteto con aires de góspel y música a capella, que nació a fines del 20 en California al amparo de un exitoso programa radial adventista que se llamó, en un principio, La Voz de la Profecía. Reemplazando integrantes, aún hoy se mantienen vigentes.

La música en la cocina de Temuco sigue hasta que el cántico cesa y el doctor Milton Peverini, un uruguayo crecido en Argentina, abogado, consejero juvenil y educador, habla y lo hace con ese español sin acento (como si no fuera de ningún país) igual al que desarrollaría el tercer hijo, Patricio.

—Escuchan ustedes el programa mundial… ¡La Voz de la Esperanza! que proclama un mensaje cristiano de paz, de seguridad… ¡y de amooor!

Las voces regresan.

—Cristo muy prontoooo, vendráááá…

Empieza a bajar la música y Peverini vuelve a hablar. Lo hace como un adulto que lee con cariño a un niño. Cuenta la historia de dos bebes cambiados al nacer por error y cómo la verdad llega quince años después cuando la grave enfermedad de uno de los niños conduce a su familia a hacerse pruebas de compatibilidad que certifican lo que hasta ese minuto era impensado para todos y…

Peverini maneja con oficio los hilos que hacen la entretención, administra el tono, crea pausas, genera expectación, atrapa. Todos los Navia Lucero están absortos en la narración, el silencio baña su cocina como todos los domingos. También hay palabras de reflexión.

—Este mundo se halla sumido en un terrible y profundo abismo –Peverini se ha puesto muy serio. Este mundo se encuentra abrumado por una oscuridad aún más densa que la que existe en el fondo del mar o en las entrañas de la tierra. El crimen y el odio se han desatado sobre la faz del planeta.

Y así sigue Peverini hasta que dan ganas de gritar de miedo por “las fuerzas de las tinieblas” y el “desquicio moral” y entonces reconforta con amabilidad.

—Pero Él tiene un plan infalible para sacarnos del abismo y conducirnos a su gloria, a la gloria de la felicidad de la vida abundante y eterna.”

***

Si voy a votar en las primarias, voy a votar por Velasco. Yo creo que Andrés debería haber ido igual en noviembre. Estas primarias son más bien un tongo, la Concertación quiere legitimar a Bachelet, no que la gente escoja. La evidencia de eso es que quiere negociar todos los cupos para el Congreso. La gente podría escoger a los candidatos para el Legislativo si la Concertación creyera en la democracia, como dice que cree. Bueno, (responsables son) los jerarcas de la Concertación, los dueños de los partidos de la Concertación, que es un grupo no sé de 1.500 a 2.000 personas que están esperando volver a recibir sueldo estatal una vez que Michelle Bachelet vuelva a La Moneda. A veces sigo a mis trolls en Twitter y los que más me insultan siempre son así como ex Seremis de algo.

***

Es probable que hayan sido muchas las noches de desvelo de Bernardo Navia Olmedo y Marta Lucero Bustos allá en la Araucanía. Noches completas escuchando la lluvia golpear el techo. Noches de darle vueltas a ese salto cuántico al que se veían forzados. Era una apuesta mayor, un giro a los destinos, lo sabían. Era fines de los años 80 y vivían en Temuco, cerca de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, donde Bernardo oficiaba de pastor. Dos de sus cuatro hijos ya estaban en la universidad y el tercero, Patricio, un alumno brillante en su último año de colegio, confiado de que sacaría puntaje nacional en la Prueba de Aptitud y entraría a Ingeniería o a Derecho. Pero no iba a alcanzar. No. El sueldo de pastor no iba a ser suficiente para que todos fueran a la universidad pero tampoco para que pudieran postular a alguna beca. Y ellos estaban decididos a que sus cuatro hijos estudiaran. Entonces un amigo, también pastor adventista que vivía en Chicago, ofreció su ayuda y Bernardo consiguió trabajo allá.

***

Pese a la férrea observancia adventista del hogar de los Navia Lucero, Patricio Daniel tuvo desde niño una sensibilidad propia, auspiciada por su hermano Bernardo, tres años mayor, compañero de pieza que llegaría a ser Doctor en Literatura y profesor universitario en Chicago, que le mostraría a Julio Cortázar y que una fatalidad ocurrida décadas después, en tierras ajenas y con el nuevo milenio encima, los alejaría, dejando sin consuelo a Patricio, que lo contará con los ojos vidriosos y la garganta cerrada.

—Mi hermano mayor, medio hippie… su hijo mayor, Inti –de Intillimani, seguro, pienso– luego Leaf y después Rain.

Por el Nano, Patricio fue, a los 14 a

ntes de cumplir 18 años, e AlvaPatriciora marcha pol el Nano, su compañero de pieza. stal.ma en los que allun concierto de Alvaños, a su primera marcha de protesta política. Por el Nano, empezó a entonar al cantautor de la revolución cubana Silvio Rodríguez y al dúo chileno Schwenke & Nilo, con sus letras de crítica y descontento con la dictadura. Por el Nano estuvo en una de las históricas funciones en provincia de “Regreso sin causa”, esa obra perseguida que trata sobre una pareja que vuelve del exilio, con María Elena Duvauchelle y Julio Jung relatando el vacío, la desilusión del regreso con sueños truncados a cuestas y a un país que se desconoce. Así llegó Patricio a definirse (antes de dejar Chile, antes de cumplir 18 años) como de oposición, como más cercano al socialismo que a la Democracia Cristiana.

***

Aunque a su mujer no le gusta que lo haga, a veces todavía hoy escucha a Silvio en su Ipod. Ella dice que son canciones tristes y él le encuentra razón.

—Son canciones que te hacen regresar a un momento triste y difícil de Chile porque el Chile de los 80 era un Chile terrible. Me tocó vivirlo, es algo que llevo conmigo pero no creo que nadie quiera volver. Por eso es que políticamente no entiendo cómo un montón de gente tiene tanta nostalgia del Chile de antes.

En la primavera de 1987 los Navia Lucero hicieron el viaje de nueve horas de Temuco a Santiago, seguramente en bus. Patricio tenía 17 años y nunca había estado en la capital más que camino a Valparaíso, cuando se iba a pasar el verano con abuelos, tíos y primos. Esta vez la familia se quedó una semana a finiquitar los tramites de inmigración en el consulado americano, entonces ubicado en el Palacio Bruna frente al Parque Forestal. Durmieron en Avenida Matta, en el departamento que les prestó un amigo del padre y al otro lado, en Blanco Encalada, los estudiantes de la Universidad de Chile protestaban contra el rector designado por Augusto Pinochet, José Luis Federici, empeñado en reducir personal, vender activos, cerrar carreras. Todos los días la violencia se disparaba y alumnos eran detenidos por Carabineros. Una alumna de Música fue baleada en la cabeza frente al Teatro Municipal. Federici se desplazaba con guardias y le habían puesto bombas en su casa.

Patricio no olvidaría ese Chile que un mediodía del mes de la patria, con 17 años, dejó para subirse, con el corazón dividido, a un Boeing de la línea Lloyd Aéreo Boliviano y tardar más de 24 horas en llegar a destino. Santiago-La Paz-Cochabamba-Santa Cruz-Ciudad de Panamá-Miami-Chicago fue el recorrido. Y fue difícil, muy difícil el cambio… muy difícil repetirá años después, con la mirada baja y con razón. Hacía frío en Chicago ese otoño de 1987 y los días eran largos. Nadie hablaba inglés, los adventistas americanos no iban mucho a la iglesia, Patricio y Benjamín asistían por primera vez a colegios laicos. Se acomodaban cuanto era posible cuando, a un mes de la llegada, recibieron una de esas noticias que detienen el tiempo, la sangre. Y no sería la última. Había muerto la abuela, la madre de Marta, en Valparaíso. Nadie de la familia pudo viajar y Marta lloró como sus hijos no la habían visto llorar antes. Pocos meses después, en marzo de 1988, se iba el abuelo materno (también en Chile) y luego el otro abuelo, el padre de Bernardo. Nadie pudo despedirse ni enterrar a los suyos.

***

Un periodista de La Tercera dice al teléfono “Navia es un gallo súper winner, fíjate que está siempre donde hay que estar, es un tipo significativamente bien contactado, súper movido”.

Patricio Daniel Navia Lucero comenzó a tejerse una red de contactos antes de cumplir los 19, recién ingresado a la universidad más grande del área, la Universidad de Illinois. Fue hacia finales de un cálido verano, el de 1988, cuando la escasez de lluvia en Chicago obligó incluso a algunos barrios a restringir el uso de agua, que se topó con un letrero que lo detuvo. “Acto de Solidaridad con Chile” decía. Ese fue el principio. Corría septiembre, se cumplía un año de haber dejado el país junto a su familia y asistió al acto. Ahí estaban los chilenos. Un grupo de ardientes exiliados, manifestándose en contra del plebiscito que iría a realizarse el mes siguiente en el país, en octubre, el miércoles 5. Plebiscito en el que ganaría la opción No (con un 54%) y que implicaría la realización de las elecciones parlamentarias y presidenciales que pondrían fin a la dictadura. Aunque Navia era partidario del plebiscito (le pareció que ellos estaban muy desconectados de la realidad nacional), entabló amistades. Comenzó a frecuentar la Casa Chile en Chicago y el Centro Cultural Pablo Neruda y a participar en las actividades de la comunidad chilena del exilio. Intillimani, empanadas, dieciocho… A poco andar, se percató de la heterogeneidad y múltiples divisiones de la izquierda. Comunistas, socialistas, Mapu. Un montón de gente que no podía ponerse de acuerdo, pensó. Y entendió que la izquierda, como diría años después, “era una complicación”. Pero el sentimiento antidictadura hizo de aglutinador y el se sintió parte de aquella comunidad aunque discrepara con esa admiración que ostentaban por Fidel Castro.

Cuatro años después, en 1992, el presidente Patricio Aylwin llegó a Chicago y algunos miembros de la comunidad chilena de exiliados fueron invitados a un cocktail en el Hotel Intercontinental de la ciudad. Navia entre ellos experimentó, lo que gustaría en llamar, el primer shock anti-concertación.

—Llegamos con ganas de colaborar y reflexionar ¿qué vamos a hacer para reconstruir el país? y resulta que todos los que venían en la gira presidencial se querían ir de compras. Llevaban dos años en el gobierno y ya solo querían ir al mall.

Aylwin se comprometió a mandar un cónsul y al año siguiente, en 1993, llegó Fernando Ayala González, economista y máster en ciencias políticas, que después sería Jefe de Protocolo de Michelle Bachelet y hoy, embajador de Chile en Trinidad y Tobago. Los chilenos del exilio vieron con recelo a Ayala. Recién cuando se ofreció para ayudar en la organización del evento Intillimani y presentó a la banda musical exiliada y retornada (que ese año había lanzado Andadas, su primer álbum que figuró en el ranking internacional de Billboard) y dijo aquí están con ustedes los cantores de la libertad y la democracia, en la comunidad chilena de exiliados se tranquilizaron. Aahhh fue el murmullo de alivio que se escuchó entre los asistentes. Aahh, sííí, es de los nuestros.

Patricio entabló amistad con Fernando y tres años después, en agosto de 1996, cuando se realizó en Chicago en el United Center la convención que nominó a Bill Clinton para un segundo período presidencial, éste le presentó a Sergio Bitar. Por entonces Navia ya había terminado el Master of Arts en Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago, tenía buenos amigos en cargos políticos y formaba parte del mundo académico que estudiaba América Latina en Estados Unidos. Y así llegó un día de agosto de observador al 1901 de la West Madison Street, ese estadio donde se realizan conciertos y campeonatos de basketball o hockey, escenario de la convención del Partido Demócrata. A Navia, Bitar le pareció un tipo brillante, un senador de verdad, seriamente interesado en saber lo que pasaba en el mundo. Bitar se dio cuenta de que Navia manejaba los temas, así que le pidió que le mandara correos, a él y a otros contactos que él agregó.

—Esa fue la forma como, en cierto modo, me convertí en referente de opinión.

Eran emails con información relevante y se fueron agregando nombres al mailing que en el 2005 llegó a sumar más de mil personas. Y esa amistad se mantendría en el tiempo y a Patricio, Sergio le seguiría pareciendo uno de los tipos más claros de la Concertación y, a veces, ambos, se darían el tiempo para almorzar sin apuro, en Santiago, en Washington.

A principios de 1999, cuando Estados Unidos ardía con las confesiones de Mónica Lewinsky sobre sus momentos de intimidad con Bill Clinton, Ricardo Lagos, presidenciable, desayunó en el 680 Park Avenue, el Council of the Americas, la organización fundada por David Rockefeller que busca promover el libre comercio y la democracia en los países de América. Navia fue presentado al candidato por su amiga la periodista Karen Poniachik, que trabajaba ahí. “Este es el más laguista de los laguistas en Nueva York, el jefe de la campaña aquí” le dijo riendo. Patricio se avergonzó pero al día siguiente tuvo su reivindicación, era un soleado sábado de febrero cuando un grupo de treinta chilenos almorzó con Ricardo Lagos en un departamento de un cuarto piso con una gran vista al Washington Square Park y el futuro presidente, encantado de la acogida, preguntó quién había gestionado el encuentro. Delante de todos los presentes, interceptó a Navia.

—A ti te quiero en Santiago cuanto antes, para que nos ayudes a organizar la campaña.

Ese mismo año, en una conferencia en la Universidad de Nueva York, donde hacía su Phd, Navia se topó con el escritor chileno Alberto Fuguet. Hubo un cocktail y se le acercó.

—Oye, yo hice un review a un libro tuyo.
—¿Dónde lo publicaste?
—En mi página web.
—Pero si ahí nadie te lee.
—Cuando uno escribe es porque le gusta, lo que dices es como que yo quiero jugar a la pelota pero solo si me contrata el Barcelona.

Fuguet lo invitó escribir a la revista Capital. Empezó con columnas de libros (pero las usaba para hablar de política) y después de un tiempo Héctor Soto le dijo que mejor escribiera directamente columnas políticas.

***

Un hospital público en algún lugar de los 30 mil kms2 del estado de Guanajuato, lejos del mar. Un pueblo perdido cuyo nombre no se recuerda. Un fin de semana de Semana Santa. Es el año 2001 y hace calor. Bernardo Navia Lucero, hijo mayor de la familia, yace en una camilla. Tiene la cabeza hinchada, está conectado a un respirador. La mujer irlandesa con la que sale hace tres meses no está a su lado, sino afuera de la sala y llora y grita al teléfono en la recepción. Al otro lado, desde Brooklyn, Patricio le pide calma.

A 36 horas del choque en que Bernardo manejaba, Patricio entra al hospital, sintiendo que Dios no existe. El hermano con el que siempre compartió pieza en la casa de sus padres está conectado a una máquina comúnmente enchufada. Teme un corte de luz. Tengo que sacarlo rápido de aquí, se dice. Tengo que llevarlo a Houston. El Nano está en coma, está en un hospital, está en una camilla, está en una sala paupérrima, está en una loma, está grave en el bajío mexicano. No puede morir, no, no, si muere voy a tener que avisarle a mis papás, no, no puede morir.

El empleado del seguro médico está al teléfono.

—No se puede mandar una ambulancia aérea sin que antes vaya un doctor a certificar la gravedad del paciente.
—Pero mi hermano se puede morir, no hay tiempo para eso.
—Llámela usted entonces.

Patricio llama por su cuenta a la ambulancia aérea. Lo acompaña uno de sus buenos amigos mexicanos.

—Sí, la podemos mandar –dice alguien al teléfono desde Houston. Cuesta 15 mil dólares.
—¿Toman tarjeta de crédito? –y Patricio dicta su número de tarjeta.

En el Aeropuerto Nacional Capitán Rogelio Castillo, a quince minutos del centro de la ciudad de Celaya, junto al río Laja, Navia ve con ansias aterrizar un avión ambulancia. Ha llegado desde Houston en el estado de Texas, 1500 kilómetros bordeando el Golfo de México, 1 hora y cuarto de viaje. Se bajan los paramédicos y sus equipos. Problema. No hay cómo trasladarlos al hospital. Patricio arrienda otra vez. En un auto ambulancia llegan y acomodan a Bernardo para el viaje. Patricio toma del brazo al que parecía el jefe de los paramédicos.

—Por favor que no se te muera mi hermano.
—No se nos va a morir. Puede que no despierte más pero no se nos va a morir –y le pasa el papel para que firme la autorización de traslado.

Seis meses estuvo Bernardo Navia Lucero en un hospital de Houston. Dos, en coma profundo. Patricio le revisaba las tarjetas de crédito, llamaba para entender los cargos, se enteró de sus patrones de consumo y Bernardo era un tipo gozador y mujeriego. De a poco empezó a abrir los ojos y a dar señales de que veía gente. A los tres meses empezó a preguntar ¿qué pasó? Los Navia Lucero le explicaban. Se dormía. A las pocas horas despertaba y volvía a preguntar lo mismo. No tenía memoria corta, solo larga, de la infancia. Fue recuperándola desde atrás para adelante. Salió en silla de ruedas. Tuvo que aprender a caminar.

—Hoy tiene algunos problemas… son motores. Pero igual se mueve bien. Piensa que podría no haber vivido. No puede manejar, medio chueco pero con lentes lo corrige. Pero todavía de pronto tu decí este hueón está como, como medio raro. Fue el momento más duro de mi vida y de mi familia. Tuvo pérdida cerebral pero no se le rompió, o sea, está todo adentro… cuando llegué al pueblo –la voz se le corta– …esto es lo único que me emociona. Bernardo tuvo una recuperación difícil y se enojó con la vida y con todos. Trató de rearmarse, alejándose. Él sintió que la vida fue injusta. Se casó con la irlandesa que iba en el auto pero no le avisó a nadie, ahí sentí como… oye po hueón, yo te fui a buscar.

***

No voy a votar por Longueira, eso te lo aseguro. Si yo fuera el último voto y me dicen Longueira o Bachelet, voto por Bachelet. Entre Allamand y Bachelet, me costaría. Tengo muchos problemas con los dos, hay cosas que me gustan de ambos. Pero no voy a ir a votar al final, porque va a ganar Bachelet, pero no con mi voto. Es más, voy a invitar a abstenerse para que gane con la menor votación posible.

***

Cae la tarde un día de verano en marzo de este año. Cae roja sobre la cima del cerro Santa Lucía, ahí donde Pedro de Valdivia fundó Santiago, hace casi 500 años. Y el rojo del cielo combina con el fuego de las antorchas y las velas que rodean una fuente de agua circular y afrancesada que está en la terraza. Ahí, afuera de un castillo que a comienzos del siglo 19 fue una fortaleza construida por un militar para dominar la ciudad, ahí, en esa construcción que es hoy el Castillo Hidalgo, un elegante centro de eventos, espera, también elegante, Patricio Daniel Navia Lucero. Tiene 42 años en uno de los días más importantes de su vida. Se ha puesto un terno oscuro y una corbata azul paquete de vela con un pañuelo a juego, bien ubicado en el bolsillo de la chaqueta. “El negrito de Harvard” como le han preguntado tantas veces si no le molesta que lo traten así. “El hijo de la señora Juanita” como ha dicho de sí mismo. Porque nadie le regaló nada, aquí sí es cierto, y su historia es una de las historias de ascenso meritocrático más puras del Chile contemporáneo.

La canción en off de la escena debiera ser de Illapu. “Vuelvo, amor vueeeelvo. A saciar mi sed de ti.
Vuelvo, vida vueeeelvo, a vivir en mi país” porque ese día de marzo, 26 años después de aquel largo viaje emprendido en Lloyd Aéreo Boliviano rumbo a Chicago, Patricio Navia, convertido en un profesional reconocido asentado en dos países, tomaba a una mujer joven de pálida piel morena y perfecta belleza chilena, igual que su madre Marta, para iniciar su propia familia. El único Navia Lucero que volvió. Sus padres viven en una comunidad adventista en Michigan y no hablan inglés y sus tres hermanos, también viven en Estados Unidos.

Sobre la terraza de baldosas Córdova, Navia se ve tranquilo, nervioso y contento, como todo novio. Posa para las fotos, se abraza con seres queridos, sonríe, conversa con su madre. Marta Lucero, abuela de siete nietos, ex trabajadora de una lavandería y ex encargada del aseo en un hotel, hoy consigue reunir a sus cuatro hijos en su casa todos los años para el día de Acción de Gracias, el último jueves de noviembre. Marta, erguida al lado de su hijo, cálida y sonriente con un traje concho de vino y sendas margaritas las mejillas.

De los tres hermanos de Navia, solo viajó uno, Pedro, el segundo, con el que Patricio comparte la pasión por el fútbol. El menor, Benjamín, es parco en sus gastos y el mayor, Bernardo, con tres hijos, no se pudo organizar. Cuando ya es de noche, llega la novia. Delgada, de blanco y velo. Un vestido strapless, largo y ajustado deja al descubierto los hombros bien formados, las clavículas y sus sugerentes fosas superior e inferior, unos brazos firmes y delineados y una cintura pequeña. La acompañan un par de aros largos revoltosos, un ramo de flores en lila y azul, un fino cintillo en la cabeza y el pelo suelto, libre liso con las puntas onduladas. Se ha bajado de un convertible antiguo, un Ford Mustang Cobra de color blanco con carrocería de cuero rojo arrendado para la ocasión.

Patricio y su madre, del brazo y sonrientes, se abren paso entre los invitados. Detrás, Macarena del brazo de su madre. Patricio se acerca, besa a su suegra, toma de la mano a Macarena, se besan en los labios, intercambian unas palabras alegres, ella le toma el brazo con orgullo y avanzan. Los asistentes se ponen de pie. Caminan hasta situarse frente a una mesa de madera rústica. Detrás, un hombre con un micrófono les habla en ese tono formal que se le escucha al chileno clase media. Luce un terno azul oscuro, una corbata gris plata con un pañuelo igual, la partidura al lado de una abundante cabellera con escasas canas y lentes ópticos. Está elegante y evidentemente contento. Es el padre. Es Bernardo Navia Olmedo, pastor adventista, hoy jubilado.

—Cuando le pedí matrimonio a la Maca y ella dijo que quería una ceremonia religiosa yo pensé, sin decirle nunca nada, si le pide a mi papá que nos case se va a anotar un golazo… y, de hecho, mi papá la ama. Era la movida política a hacer pero no puedes darle recomendaciones políticas a tu pareja.
—Patricio Daniel Navia Lucero ¿prometes delante de Dios y en la presencia de todos estos testigos tomar a Macarena Donoso Rojas para que sea tu esposa de acuerdo a la ordenanza de Dios en el sagrado estado de matrimonio? ¿La amarás, la consolarás, la honrarás, la protegerás en la enfermedad y en la salud, en la prosperidad y en la adversidad…?

Patricio escucha con el ceño fruncido de concentración y solemnidad, las cejas largas hacen la forma de una s.

—…y renunciando a todas las dem lo declaras?ara ella mientras ambos vivieren. ¿Astracin la adversidad… a Macarena Donoso Rojas para que sea tu esposa de acueás te conservarás solamente para ella mientras ambos vivieren. ¿Así lo declaras?

Las manos femeninas de Macarena y las toscas de Navia se tocan, intercambian argollas y ella cierra el acto con un beso, acariciándole con el pulgar un pómulo, cerca de su lunar.

—Tengo el placer de presentar a ustedes esta noche –dice el padre – al nuevo hogar formado por Patricio, nuestro hijo y Macarena, otra de nuestras hijas, y los invito a aplaudir esta decisión.

Los novios dejan la terraza y entran a un salón con mesas de mantel negro y mozos con pechera rayada. Marco Enriquez Ominami y Karen Dogenweiller, José Pablo Arellano, Héctor Soto, Andrés Velasco y Consuelo Saavedra, Karen Poniachik, Pablo Gazzolo, Marcelo Tokman… Patricio toma el micrófono.

—Hola, buenas noches, muchas gracias a todos por venir (…) a todos, hay amigos acá que, bueno, son mis amigos desde antes que naciera Maca.

Todos ríen.

—Quiero felicitar a Patricio –dice Macarena– por haber escogido a una mujer buena, guapa e inteligente.

Se gana las carcajadas de los invitados y un beso de Patricio antes de agregar:

—Pero también me quiero felicitar a mí por entregarle mi corazón al hombre más maravilloso de este mundo.

Macarena sueña con ser escritora, es asesora del Subsecretario de Vivienda, tiene una revista digital con su nombre, está preocupada de la plantación de árboles en la Patagonia, es partidaria de legalizar la marihuana y su candidato es Andrés Allamand. Tiene ángel y modales de colegiala. Es atractiva y cuando sonríe, lo hace tan generosamente que el labio superior se recoge y deja las encías al descubierto.

Él toma nuevamente el micrófono y dice que quiere hacer un recordatorio “a aquellos amigos que por su orientación sexual en este país no tienen el mismo derecho que tenemos Maca y yo de celebrar nuestro amor. Esto lo acordamos. Y lo acordamos al punto que yo digo matrimonio igualitario y Maca dice Acuerdo de Vida en Pareja.

—Pato, yo te prometo –dice ella– que me voy a esforzar por hacerte feliz el resto de mi vida, te amo.

Patricio y Macarena bailan abrazados. Suena la canción Tan Enamorados de Ricardo Montaner. Se besan. Ella tiene sus manos sobre los hombros de Navia, los ojos cerrados y una sonrisa pintada. Se ve tan feliz, se nota que se siente cuidada y amada. “Taaaan enamorado de tiiiii que la noche dura un poco máááásss…. Y te haré compañía más allá de la vida, yo te juro que arriba te amaré máááásss”. La fiesta está animada, hay bolas de espejo, una orquesta y cotillón. Las mujeres se sacan los zapatos para bailar mejor.

***

La primera vez que vine largo a Chile tiene que haber sido el 2000, a trabajar con el Pepe de Gregorio y la Karen Poniachik, que conocí en la campaña, al Comité de Inversión Extranjera. Andrés Velasco me arrendó su depa en Andrés de Fuenzalida. Me pasé tres meses aquí y fue traumático. Los domingos en la tarde salía a pasear por Providencia hacia arriba, hacia abajo y lo único que abierto era esa hueá muy mala que se llama ¿Lomitos, no? Asquerosa. Hasta hoy me cuesta acostumbrarme. Me cuesta la lentitud de la gente, los almuerzos familiares de dos a ocho los domingos, las conversaciones sin ir al punto. La Maca quiere que vivamos acá pero antes pasar algunos años en Nueva York. Yo viviría toda mi vida en Nueva York si pudiera. Mi mundo ideal sería un semestre al año en Nueva York y el resto del tiempo aquí.

***

El jaleo empezó la víspera de noche buena, como si de un buen augurio se tratara, con un corto Feliz Pascua por email del candidato presidencial, Sebastián Piñera. Patricio Navia se dio cuatro días antes de contestar y cuando lo hizo, fue para declararle que se encontraba “oficialmente indeciso” y plantearle, en un extenso párrafo, los tres temas que lo frenaban para apoyarlo y “llamar a votar” por él en la segunda vuelta que se avecinaba. Sebastián Piñera retrucó escueta pero calurosamente. Le garantizó, sin entrar en especificidades, que no debía temer y aseguró que lo estaban esperando. Cuatro días después, el lunes 4, Navia volvió al ruedo. Se sentó frente al computador y le aseguró su apoyo. “Creo que serás un mejor presidente que Frei y al final it comes down to that”. Además, ese lunes, Navia habló por teléfono con el director del diario La Tercera, Cristián Bofill, que sabiendo su decisión, le pidió una columna que justificara su voto. Él dijo que aún no estaba listo, aunque se comprometió a hacer un intento. Y volvió al computador y lo que salió fue “De concertacionista a votar por Piñera: opción legítima” donde entregó razones para hacer lo que había hecho pero sin explicitar que lo había hecho. El famoso se cuenta el cuento pero no el santo salió publicado al día siguiente, el martes 5, en La Tercera.

Aquel lunes 4 de enero, quizá Patricio Navia estuvo en la calle, junto a cientos de santiaguinos, mirando a la Pequeña Gigante acompañada de su tío el señor Escafandra, celebrando el bicentenario de Chile. Y por la noche, tal vez, aprovechó de ir a ver teatro, alguna obra de la nueva versión del Festival Internacional Santiago a Mil, que se realizaba esa semana, como todos los eneros y, por eso, se acostó tarde, a lo mejor después de las 12 de la noche del 4, de madrugada, es decir, ya el 5. El 5 de enero del 2010. Un día que difícilmente iría a olvidar. Un día que para algunos, fundamentalmente concertacionistas, sepultó para siempre la credibilidad, prestigio y perfil del analista.

En la mañana del martes 5, mientras los jóvenes chilenos se matriculaban en las universidades, Patricio Navia dormía profundamente en un departamento en el barrio El Golf, en su cama, tal vez solo, tal vez acompañado. A las 7 de la mañana, el sonido de su teléfono móvil interrumpió la respiración armónica del que duerme tranquilo.

—¿Aló? –la voz áspera, seca de los recién despertados.
—Te estamos llamando para una entrevista aquí en la Radio Duna –dice la periodista Constanza Stipicic.
—Pero Coni … –se rasca los ojos, se saca el teléfono de la oreja y mira la hora en la pantalla.
—Patricio, es importante.
—Será importante para ti, pero no hay ninguna hueá importante a las 7 de la mañana –y cuelga.

Como el teléfono no paraba de sonar, Navia le bajó el volumen y siguió durmiendo. Una hora después, despertó. Ya eran pasadas las 8 de la mañana y el teléfono aún sonaba.

—¿Aló? –de nuevo la voz áspera de Navia en pijama, calzoncillos o desnudo.

Es el periodista Mauricio Hofmann de la radio 95 Tres FM, con toda la vitalidad de su segundo día de emisiones al aire en el programa de actualidad Alerta Temprana, de lunes a viernes a las 7:30.

—Hola, te queremos entrevistar por una cosa que salió en… ¿podemos salir al aire?
—Sí, sí…

Tú estás apoyando a Piñera…

—¿Cómo sabes eso? –Navia tragó saliva.
—Salió en El Mercurio.
—¿Me lo puedes leer?
—De Patricio Navia a Sebastián Piñera. 4 de enero. Feliz 2010. Este fin de semana me decidí. Votaré por ti. Voy a escribir una columna explicando mis razones. Creo que serás un mejor Presidente que Frei, y al final it comes down to that…

Hofmann leyó el mail completo. Navia se había quedado mudo. Estaba enojado y asustado.

—¿Usted escribió ese correo?
—Bueno… sí, es como el correo que yo escribí…
—Entonces, es verdad.
—Me sorprende… que lo tengan ustedes, que lo tenga El Mercurio… pe, peeero, sí, es verdad… yo, voy, voy a apoyarlo.

Corta con la radio y sin bañarse ni vestirse ni comer Patricio se sienta frente al computador y manda dos correos. Uno a Cristián Bofill, su jefe en el diario. Mira, pasó esto, o sea, supongo que ya sabes… y le reenvía el intercambio de correos con Sebastián Piñera. El otro, al candidato presidencial, expresándole su malestar porque los correos privados no se distribuyen. Al poco rato, lo llama el jefe de campaña, Rodrigo Hinzpeter, mi hermano.

Te quiero asegurar que no fuimos nosotros.

—Pero Rodrigo, no fui yo así que fueron ustedes.

A continuación, el llamado de Sebastián Piñera. Que mil disculpas. Navia habla de deslealtad y agrega, es lo mismo que te hicieron a ti cuando te grabaron y luego te pusieron en la televisión (rememorando el episodio de Ricardo Claro y la grabadora Kioto, en 1992). Piñera dice que no sabe nada y, como es su costumbre, usa los tres adjetivos de siempre: está sorprendido, está preocupado, está nervioso. La preocupación principal de Patricio es Cristián Bofill y le pide que lo llame. Piñera dice veamos qué podemos hacer. También dice estamos averiguando quién fue pero yo se lo mandé a Rodrigo y a Alberto, tiene que haber sido Alberto Espina porque además lo publicó un periodista que trabajó con él. Años después se irían a encontrar Patricio Navia y Alberto Espina en Temuco y Espina se le acercaría para decirle oye, dijeron en esa época que yo filtré eso, y obviamente, no fui yo, quería que lo aclaráramos. Y Patricio se acordaría de Al Pacino en El Padrino. “El que te venga a decir que tienen que hacer la reunión, ese es el traidor”.

—¡Pato, la embarraste! ¿Cómo le mandas un correo a Piñera? Si Piñera no se puede quedar callado, Piñera filtra todo… –Bofill aparece al teléfono.
—Pero Cristián, no tenía sentido que filtrara esto –arguye ya más aliviado con el llamado –hubiera tenido mucho más efecto que yo sacara una columna el domingo, como tenía pensado hacer, declarando que votaba por él. Ahora, en cambio, la noticia es la filtración y no mi voto.

Después de hablar con Bofill y seguramente ya duchado y desayunado, Navia regresa al computador a escribir una nueva columna. “Nadie debería ser considerado héroe o traidor por decidir libremente” aparece en La Tercera el miércoles 6 de enero, cuando él duerme o lee desvelado, como suele hacer a bordo de un avión, rumbo a una conferencia en Stanford.

Cuando vuelve al país, unos días después, se incomoda. Hay gente que se siente traicionada. Hay gente que estima que su posición ayudó a convencer a otros. A él no le parece que haya pertenecido a ninguna tribu a la que le debiera nada, pese a que había dicho muchas veces que era concertacionista, y tampoco cree haber persuadido a nadie. Aún más, seguirá convencido de que los columnistas deben transparentar su voto, que un analista sin preferencias políticas es como un comentarista deportivo al que no le gusta el fútbol y que Héctor Soto vota por la derecha, Carlos Peña no vota por la derecha, Ascanio Cavallo Democracia Cristiana, Sebastián Edwards dice por quién vota, Eduardo Engel igual y Andrés Velasco, cuando era columnista, también. Porque es de todo el sentido del mundo, acentuará, porque no existe la objetividad en una columna. Los periodistas lo persiguen para saber qué hará después de lo ocurrido. En ningún momento piensa cambiar su voto y aunque Sebastián Piñera le seguirá pareciendo una persona bastante deshonesta, no se arrepentirá de haber votado por él porque era lo mejor para Chile y porque jamás habría escogido a Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Además, precisará, recalcando con el tono cada vez que surja la oportunidad: Yo nunca he llamado a votar por nadie.

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—Pero bueno, todos los políticos son así –dice Patricio Navia, recordando conmigo, desde la comodidad del paso del tiempo y a buen resguardo del invierno en un local tibio y con un café colombiano en los labios. –Como dice Vidal, Piñera es incontinente. Debería mostrarte los correos… mira, en el correo que sacó El Mercurio, hay un párrafo que el diario eliminó. Yo le digo que además hay una cosa que me da una intuición correcta sobre él… que sus hijos son mucho más normales que… pero eso no lo publica nadie. A mí me parece ese el principal argumento de todos los que conozco para votar por Piñera. A lo mejor es la señora.
—¿Por qué se te asumía concertacionista?
—Me avergüenzan aquellos que defienden las dictaduras, ya sea de Pinochet o de Fidel Castro, yo defiendo los derechos humanos y eso, mucho tiempo, te pudo hacer concertacionista. Voté siempre por la Concertación hasta que voté por Piñera, tengo amigos en la Concertación así como tengo amigos en este gobierno. No selecciono a mis amigos a partir de qué color político tienen, los selecciono a partir de si me parecen gente inteligente, aunque en general tengo amigos más liberales que ultra conservadores, pero tengo algunos amigos conservadores también.
—¿Has vuelto a ver a Sebastián Piñera?
—Un par de veces, me cae bien, le tengo cariño de antes.

Antes de la filtración de los correos, entre el 2005 y el 2009, se juntaron varias veces a comer en Nueva York. Patricio elegía el restaurant y Piñera invitaba pero, según Navia, siempre recuperaba toda la plata con creces porque revisaban muchos temas. El Presidente hacía las preguntas correctas y eso era desafiante para el analista que después de dos horas, quedaba intelectualmente exhausto.

—Piñera te saca toda la información que quiere. Lagos, en cambio, si estas dispuesto a escucharlo, te va a hablar seis horas. Bachelet se preocupa por ti, es muy personal… yo tengo unas fotos, que muestro en mis presentaciones, de Bachelet y Piñera abrazando gente. Ella, cuando abraza, siente el dolor y él está mirando a quién le toca después. Pero Piñera entiende y Bachelet no entiende, es una irresponsable.