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Micaela es mi mejor amiga. Y está a punto de abandonarme. Se cansó. Aunque no limpia suelos como la mayoría de inmigrantes peruanas en este país, nunca consiguió insertarse en el ahora más que nunca difícil mercado laboral español. Está sola. Yo también lo estoy. No tenemos familia en este lugar, más allá de nuestras parejas y nuestras respectivas hijas. Se cansó de que su marido trabaje de camarero diez horas al día y llegue a las 11 de la noche, cuando a ella ya no le quedan energías ni para freírle un huevo o tener una conversación. Está hasta la coronilla de enviar su CV de diseñadora, con una carrera, un master y una especialización en diseño textil y que la inviten a ser becaria por cero euros a sus 35 años. Tampoco le parece bien que su madre vea crecer a su nieta por Skype. Micaela se va a mudar otra vez. Es una adicta a las mudanzas. Se ha cambiado de casa hasta diez veces en ocho años. Yo, como ella hace igual cantidad de años, me mudé de Lima a Barcelona. Hemos madurado lejos de todo, nos hemos vuelto madres en el extranjero y compartido ese desasosiego del que no es de aquí y sabe que ya tampoco del todo de allá. Para quienes vivimos fuera, volver es algo que creemos que tarde o temprano ocurrirá, aunque nos pasemos la vida sólo intentándolo. Lo dicen los más veteranos: “Y pasaron 40 años sin que nos diéramos cuenta”. Suelo pensar que en algún momento algo desencadenará mi regreso, eso me librará de tener que decidirlo.

El regreso fue durante mucho tiempo una letanía en boca de mi amiga, tanto que cada vez que lo anunciaba era como escuchar al pastor mentiroso gritando que viene el lobo. Cuando por fin habló en serio, nadie le creyó.

Pero es verdad.

Dice que será su última mudanza. Esta mañana la acompaño a regañadientes al consulado de Perú en Barcelona para iniciar los trámites de su retorno.

―La verdad es que no me había imaginado tener que hacer tanto trámite para volver a mi propio país…-, me dice mientras pasea a Maiku, su pequeña hija de un año, que aún no puede entender que está a punto de cambiar su destino para siempre.

Mientras esperamos que el funcionario rellene sus datos, Mica recibe una llamada.

―No, me llamas tarde, ya he vendido todo, lo siento. Adiós.

Tras vender la mitad de sus muebles en Ebay y dejarme la otra mitad, está lista para viajar con solo tres maletas de 25 kilos cada una, el resumen de una vida. En tanto, mi casa, de pronto poblada con sus sofás y mesas, con sus plantas y lámparas, ahora tiene un inquietante parecido a la que había sido suya.

―Cuando entré a tu casa y vi los muebles me dio pena… luego sentí alegría también. porque tu casa ha quedado preciosa, esas cosas ahora ya no son mías… Me llevo ropa, mi computadora, de la que no me pienso desprender porque es mi fuente de trabajo, me llevo también algo de mi “altar” de fotos y objetos queridos.

Tras dos horas de espera, es el turno de Micaela. Nos hacen entrar a un cuartito y el funcionario del Consulado de Perú le hace firmar varios papeles. Oficialmente, ya puede irse. Se está yendo todo el mundo, nos dice el empleado con media sonrisa.

Desde hace un tiempo ya nadie me envidia por vivir en España. Desde que estalló la crisis, no han vuelto a escribirme para que les dé consejos de cómo venir. Es más, muchos me sugieren que vuelva, porque al Perú le va bien, porque el Perú está de moda, ha entrado a su séptimo año consecutivo de crecimiento, mientras España no hace más que deprimirse. Es una especie de éxodo de ciencia ficción, en el que los latinoamericanos empiezan a dejar el “primer mundo” por una oportunidad en el tercero. Cuando llegué a Barcelona, todo el mundo soñaba con estar aquí, ahora todo el mundo sueña con irse. Algunos lo están consiguiendo.

***

Micaela, su marido, Sergi, y la pequeña Maiku, se están quedando en nuestra casa. En una semana se habrán ido, mientras tanto, han montado su campamento en mi sala. Jaime está un poco inquieto, como cada vez que tenemos que alojar gente. Las tres maletas están metidas en el baño. Siempre que lo ha necesitado, mi hogar ha sido su refugio temporal. Recuerdo que al dejar el pequeño piso donde Jaime y yo habíamos empezado a construir nuestra precaria vida de jóvenes periodistas en el extranjero (esperábamos un bebé y había que buscar un nido mejor), Mica y Sergi lo tomaron. Micaela siempre cuenta orgullosa cómo decoró el piso a su estilo, hasta que no se pareció en nada a la casa donde yo había vivido. Un periódico los incluyó en un reportaje sobre parejas que viven en pisos minúsculos aprovechando al máximo el espacio. Se tituló “El pequeño palacio de Micaela y Sergi”. Durante mucho tiempo, el recorte estuvo colgado en la puerta de su nevera.

Cuando vives en un país extranjero, los amigos son tu familia. Comes con ellos los domingos, les heredas tus pisos, les pides plata prestada, les confías a tus hijos. Y yo en breve me voy a quedar sin parte de mi familia extendida. ¿Por qué se va? ¿Por qué me quedo? ¿En qué maleta guardamos el sueño de una Europa que ahora se desdibuja para arrojarnos otras vez a nuestro viejo Nuevo Mundo? Estamos sentadas en la galería de mi casa. Micaela toma un té, mientras yo riego las que hasta hace sólo un rato fueron sus plantas.

―La decisión de irme no la tomé bajo el efecto de las drogas, como tú crees. Mi amiga Sachico me invitó a su nueva casa, era un ático precioso frente al parque de la Ciudadela. Y ahí estaba yo, mirando el monumento del parque que acababan de pintar de un dorado intenso. Te juro que en ese momento dije: ¿que estoy haciendo acá? Y me pregunté: Mica, ¿es esto lo que quieres? Y la verdad es que dije: No. Éste no es mi sueño. Esa noche Sergi y yo nos tomamos unas cervezas y le dije que me quería ir ya.

Pero Mica no tenía que convencer a Sergi porque él llevaba años deseándolo. Adora Perú. Era Micaela la que pedía más tiempo. Tiempo para terminar su master, tiempo para empezar otro postgrado. Para tener una hija. Tiempo para triunfar.

Siempre me pregunto lo mismo: ¿El fracaso o el éxito tienen que ver con cálculo o con suerte? ¿Qué supone cambiar radicalmente de rumbo? ¿Volver es renunciar? ¿Quedarse es resistir? ¿Estás seguro?

Para Micaela, el viaje había tenido un objetivo primordial. Se había alejado de Lima porque creía que afuera encontraría el amor. Se lo había dicho una bruja. Micaela cree en una serie de cosas que a mí siempre me han parecido absurdas. No me parezco en nada a Micaela, en realidad somos tan diferentes que a veces me sorprende que seamos amigas.

Pero la bruja tenía razón: ella encontró el amor en España. Se casó con Sergi y tuvo a Maiku. Una vez cumplida la profecía, aquí ya no tiene nada más que hacer.

Cada vez que decido dar rienda suelta a mi egoísmo, le digo a Mica que lo piense dos veces. Le hablo mal de Lima y de su tráfico. Le doy ideas para encontrar trabajo, para mejorar su currículum y volver a intentarlo. Ella me recuerda que aquí a mí me va bien y a ella no. “Tú trabajas en lo tuyo, Gabi”. Tiene razón. Aunque no tengo una vida acomodada, no me siento frustrada. Y eso es más de lo que Mica puede decir de sí misma. Su sueño es poder vivir del diseño, algo que nunca pudo hacer en España, donde ha trabajado haciendo fotocopias, sirviendo ensaladas y como secretaria en una escuela de danza del vientre.

De Perú nos fuimos juntas, quizá porque las amigas nos copiamos unas a otras, incluso cuando ya somos mayores y no tenemos nada que temer. Aquella vez yo seguí sus pasos.

***

Nos estamos despidiendo, pero un año antes las cosas eran muy diferentes. 2010 fue un año terrible para Micaela. Cuando estaba de vacaciones en Lima, murió su abuelo; por la misma época su hermana tuvo un accidente. Fueron unos días tan traumáticos en Perú que al volver decidió quedarse en Barcelona para siempre. Se mudó a un piso más grande; y con la mayor parte de sus ahorros se compró muebles nuevos. Por fin iba a echar raíces. Yo estaba feliz porque seguiríamos como hasta ahora, viendo a nuestras hijas crecer juntas. Pero una noche, después de dormir a Maiku, se acostaron en su nueva cama de su nuevo piso y los estremeció un sonido horrible. Se había abierto un enorme agujero en el piso. Se mudaron a mi casa, mientras buscaban otro lugar para alquilar. Durante dos meses y en pleno verano, Micaela salió todas las mañanas y las tardes empujando el carrito de su hija, a visitar pisos que encontraba en Internet, mientras Sergi seguía sirviendo platos y cervezas. Al fin dio con uno. Parecía otra vez que serían felices. Pero no. No llevaba ni medio año viviendo en su nueva casa, cuando anunció que se iba a Lima.

Había razones de peso. Se le acababa el paro, no encontraba empleo y el nuevo piso suponía más gastos. Se preguntó qué estaban esperando para irse. España estaba siendo dura con ellos y le pagarían con la misma moneda.

―¿Diez años más pagando mil euros de alquiler, sin ahorros, sin ayuda en casa? Ni hablar. Ahora, en Perú seestá viviendo lo que vivió España hace 30 años. Hay un boom inmobiliario, la gente compra un montón, se endeuda, hay liquidez. Yo me voy para hacer dinero, pero también quiero crear una empresa de diseño textil pero en la onda del comercio justo, enseñar a las artesanas peruanas lo que sé, cómo hacer que lo que saben se convierta en algo rentable.

Micaela aún no ha resuelto su vida pero ya quiere resolvérsela a los demás.

***

Sergi acaba de volver de comprar cigarros.

―Se ha comprado cien paquetes de cigarros para llevar porque en Perú son súper caros y los ha metido dentro de la guitarra. Si se pierde la guitarra, pierde la guitarra y los vicios, -dice Mica.

Micaela es pequeñita, vital, indiscreta; Sergi es lo contrario, larguirucho, lacónico, parece preferir ser invisible. Fuma. Bebe cerveza. Nunca quiso ser nada en la vida y está orgulloso de ello. Es un espíritu libre. Anárquico, antisistema en el fondo, aunque el sistema se lo haya llevado por delante varias veces. Seguiría a Micaela –de la que se enamoró al verla con un chullo en la cabeza por las calles de Valencia– hasta el infierno, así éste se llame Perú. Toca la guitarra, escribe poemas, pero no le interesa “venderse”, así le llama a lo que los demás le llamamos “trabajar”. Tampoco le gusta hablar de sí mismo, pero consigo persuadirlo. Se sienta y me dice: pregúntame algo pero que sea rápido.

―¿Lo conseguirán?

―No sé si lo conseguiremos, pero lo que queremos es vivir mejor en todos los sentidos, no sé si con más o menos dinero, pero cómodos y con algo de profundidad, un sentido, que aquí no tenemos…

―Pero, ¿intentaste buscarle un sentido aquí?

―Sí, supongo que lo intento todos los días.

―No has trabajado para vivir, sino has vivido para trabajar.

―La hostelería es horrible, no existe hostelería digna, aunque esté bien pagada y tengas fiestas, te sientes un esclavo. A Mica y a mí nos une la necesidad de encontrar un lugar donde seamos felices. La idea de irnos sale de eso: de que no queramos quedarnos.Mi sueño es vivir a nuestro ritmo, vivir para nosotros, sin jefes, de otra manera. En España ha sido imposible. No hemos sido felices aquí. Tengo una idea romántica del Perú y lo admito.

―Sergi lleva siete años haciéndolo todo por nosotros­-, interviene mi mejor amiga-. No quiero que mi pareja vuelva a la hostelería a menos que él sea dueño del bar.

El plan de Micaela es llegar a Lima y ponerse a trabajar de inmediato. Sergi descansará, estará en casa, se encargará de Maiku y de las labores domésticas. En seis meses podrá incorporarse al proyecto que Micaela está emprendiendo, a modo de asistente.

―¿No serás adicta a las mudanzas, Mica? Se me ocurre que ya no puedes vivir sin la adrenalina de reorganizar una y otra vez tu vida.

―Me pasa que no me conformo. Me fui de Perú porque estaba cansada de mi vida en Perú; me fui de Valencia por que estaba cansada de mi vida en Valencia; por eso me voy de Barcelona, porque estoy cansada de mi vida en Barcelona. Soy una soñadora y aquí sólo lucho, no vivo mis sueños.

―¿No tienes miedo? ¿No tienes miedo de que las cosas no salgan como tú te imaginas?

―Claro que sí.

―Quiero decirte algo: Creo que no te arriesgaste lo suficiente a echar raíces porque en tu cabeza siempre estaba la inquietud de volver. Era una manera de no vivir en serio, de vivir de manera provisional, porque piensas que tu verdadera vida todavía te espera más allá, en esa cosa que no existe, que es el futuro.

―Es muy posible, pero no quiero darle más vueltas. Ya quiero estar ahí y empezar otra vez. O nos asentamos en Lima o nos asentamos en alguna provincia, de repente en Cuzco o Ayacucho, donde creo que podré dedicarme a lo que me gusta.

Micaela aún no llega a Lima y ya está pensando en mudarse de la ciudad.

***

La despedida es en el bar en el que Sergi trabajaba de camarero. Aquí los amigos de Sergi nunca hemos pagado una cerveza y, otra mala noticia, a partir de ahora tendremos que pagar. Maiku y mi hija Lena juegan a perseguirse. Han venido una decena de personas. Micaela explica sus planes, tal como me los ha explicado a mí, con el mismo entusiasmo. Yo he traído mi cámara de fotos y soy la retratista de la tarde. Les hago muchísimas fotos a nuestras hijas, que posan apoyadas en una pared, abrazándose.

A Lena le hemos contado que Mica se va a Perú, lo hemos hecho con delicadeza, aunque tal vez no hacía falta. Mi hija está llena de amor pero es práctica, nunca dramatiza, sabe pasar página. No sé si todos los niños son así. Ella es una niña entre dos mundos. Desprendimiento, desapego, son un par de palabras que se me ocurren para hablar de ella. “Yo soy de Perú y de Cataluña”, suele decir. En uno de ellos habla en catalán. Su padre y yo pertenecemos al otro. Aunque ha ido casi cada año de su vida a Lima, ese lugar donde hay tanta gente que la quiere gratuitamente, sabe que su casa está aquí. Nosotros, en cambio, aún lo dudamos.

El día en que Lena nació Mica estaba ahí. Le hizo su primer vídeo y le tomó sus primeras fotos. Micaela es una de las personas que más quiere a Lena en el mundo. Y mi hija lo sabe. En las fotos de la corta vida de Lena, en las que puede verse cómo va cambiando de pequeño mono extraterrestre a esa preciosa niña que es ahora, en cada capítulo de esa metamorfosis lenta y fascinante –nada como verse todos los días para no notar el paso del tiempo–, está Mica. Cuando Micaela se vaya, esa secuencia se detendrá y no sé hasta cuando. Algún día, volveremos a ver estos retratos y sabremos que fue justo en este momento que empezamos a envejecer.

―Hola Maiku, tú ¿que opinas? ¿Te vas de viaje?, le digo a la hermosa niña de Mica, sin que nadie se de cuenta.

―…

―Adiós Maiku, adiós.

El último día de Micaela en Barcelona discutimos porque no me avisó que invitaría a casa a más amigos suyos para despedirse. Empiezo a sentirme harta de ver mi casa invadida. Se lo aclaro. Es un poco odioso de mi parte, podría habérmelo ahorrado, es su ultimo día, qué más me da, pero así somos las amigas, brutalmente sinceras incluso cuando nadie nos lo ha pedido. Es un desencuentro de último minuto, como si quisiera recordarle que yo tengo mis propias reglas y que funcionan. Un gesto antipático.

***

Nos conocemos desde los seis años, estudiamos en los mismos colegios en la primaria y en la secundaria, fuimos casi toda la vida inseparables. Mica y yo nos escribíamos cartas cuando teníamos sarampión, jugábamos a las Barbies y a Pequeño Pony. Ella tenía un abuelo que hacía negocios, yo un abuelo que hacía muebles, ella usaba zapatillas Reebook, yo las horribles zapatillas Legend, yo vivía con mi mamá y mi papá, ella solo con su mamá, ella tenía un bebé Repollito made in USA y yo tenía un Pimpollito made in Perú. Ella siempre levantaba la mano en clase y decía un montón de tonterías. Yo nunca hablaba y me ruborizaba al oírla, me ruborizaba por todo. Ella no tiene miedo al ridículo, yo sí. Ella no tiene miedo a equivocarse, yo sí. Por eso ella ha vuelto a Perú y yo no.

Cinco meses después de la partida de Micaela, llego a Lima a pasar un mes de vacaciones. Cinco meses no son suficientes para hacer un balance, son escasos para ensayar un veredicto. Además, qué vida soporta un veredicto de ese tipo. El éxito o el fracaso son tan relativos. Todo este tiempo nos hemos comunicado por chat. Y ahora estoy aquí, frente a la casa de la madre de Micaela, la casa de la infancia de Mica y también de mi infancia, donde jugábamos a las escondidas. El departamento, que está en Corpac, en el límite en que San Isidro, uno de los barrios más burgueses de Lima, se convierte en otra cosa, ha sufrido reformas drásticas. La madre de Mica lo dividió hace ya unos años en dos partes independientes para alquilarlo.

Mica y su familia viven en la zona exterior que da al parque; su madre y su hermana, en el interior. Maiku juega feliz sobre la moqueta, mientras la empleada limpia la habitación y Sergi prepara un arroz chaufa, un plato típico de Perú. Hablamos por primera vez cara a cara de la madrugada en que dejó Barcelona.

―La oscuridad, el taxi, ustedes medio soñolientos, Lena durmiendo en su camita… Todo eso para mí fue tristísimo, todavía lo recuerdo y no dejo de conmoverme. Siempre he odiado las despedidas, supongo que es porque siempre tenía que despedirme de mi viejo. En el taxi no podía dejar de llorar. …Los primeros tres meses lloraba todos los días.

Puedo visualizar a Mica en el taxi camino al aeropuerto, mirando la ventana y despidiéndose de su vieja vida. Y en aquél momento en que les dijeron que tenían exceso de equipaje y tuvieron que rearmar las maletas, y Maiku muerta de sueño, sin entender nada, lloraba hasta la desesperación.

―Pensé: ¿estaremos haciendo lo correcto?

Micaela es voluble, impredecible, contradictoria. Le gusta el cambio. Lo suyo es el movimiento constante, cambia de opinión sin cesar. Yo soy de ideas fijas. La última vez que hablé con Mica, estaba llena de ilusiones. Cuando llegó, la realidad, como siempre, la sorprendió, por ejemplo supo que no iba a conseguir trabajo de la noche a la mañana y que debía echar currículums.

En medio de este desbarajuste, en Perú se celebraron las elecciones. Estuvo a punto de ganar la hija de Fujimori, -el ex presidente que hoy se encuentra preso sentenciado por crímenes de lesa humanidad-. Fueron días virulentos en que la sociedad peruana mostró por enésima vez su dramática escisión. Pero ese no fue el único tipo de violencia que les dio la bienvenida. Todo los peruanos que vivimos fuera sabemos que al regresar nos reencontraremos con muchas de las cosas que nos hicieron escapar: La vulgaridad, la mala educación, la impuntualidad, el incivismo, el tráfico, las promesas incumplidas.

Sergi sigue en la cocina, entro y lo veo cortar la cebollita china, el pollo, freír el huevo. Ha aprendido a cocinar varios platos peruanos desde que está aquí. Y ha encontrado una definición perfecta para el tipo de retornante que siente que son Mica y él: “inmigrantes económicos”.

―La gente se sorprende mucho de que hayamos venido de un país supuestamente desarrollado a uno subdesarrollado, pero es mentira, España está fatal, le han lavado la cara pero sigue fatal. Somos inmigrantes económicos, no podría vivir en España, es deprimente, estresante.

El marido de mi mejor amiga deja todo listo antes de llevar a Maiku al parque. Micaela y yo salimos de su departamento y entramos a la zona donde viven su madre y su hermana. Allí se mantienen muchas de las cosas que nos rodeaban de niñas. Todo es tan familiar y entrañable, las fotos de Mica y su hermana de pequeñas colgando por las paredes. En otro retrato, Mica y yo, a los siente años, abrazadas y vestidas en traje de baño, posamos cogiendo entre las dos una flor amarilla. La misma decoración de hace 30 años y los mismos adornos.

―Bueno, la casa está bien pero es pequeña ¿no? Tiene solo una habitación. Maiku tendrá que tener su propio cuarto pronto, esto es algo temporal…

―Sí, es temporal, no sabemos si nos vamos a quedar en Lima, seguimos la migración, ahora queda la migración interna.

―Pero Mica, ¡Quieres volverte a mudar!

―No lo sé, no lo sé. Lima es una ciudad muy, muy, muy… muy dura. Todo queda muy lejos, no hay vida de barrio. Nosotros siempre hemos tenido esa utopía de una vida tranquila en el campo, como la que yo viví. Me gustaría que Maiku creciera así.

―¿Pero cuando vas a parar de mudarte, Micaela?

―No sé, creo que se nace así.

No es sencillo empezar en otro lugar, menos aún si tu marido es extranjero, y cuando llevas 8 años de desfase. Además, de un día para el otro, los roles en el hogar se han invertido: Sergi, quien era el que salía al mundo, se queda en casa, mientras Mica va a buscar el alimento. Y aunque en Barcelona parecía la fórmula perfecta, aquí no lo es tanto.

―Me di cuenta de que es más fácil irse a trabajar que cuidar a una niña de un año y medio. Sergi en realidad no descansa. A mí me da ansiedad no conseguir trabajo y lo he acusado muchas veces de no apoyarme. Por otro lado él siente que yo no lo apoyo en casa. Admito que he estado muy dispersa, sin saber de qué manera insertarme, cómo encontrar mi camino: estresada, cansada, molesta, triste, y todo eso también genera un mal rollo en la casa. Todo mezclado con la tristeza de haber dejado Barcelona… Otro problema es que nos vemos todo el tiempo. Cuando él trabajaba todo el día me daba espacio para echarlo de menos. Ahora no podemos ni extrañarnos….Nos pasamos el día viéndonos las caras y jodiéndonos…

La mamá de Mica viaja a menudo y su hermana trabaja. Otro golpe de realismo que tiene que encajar el retornante: aquí tampoco la gente está dispuesta a dejar sus vidas para cuidarte al niño.

―Yo pensé que íbamos a venir aquí, que todo se iba a solucionar, que íbamos a tener más tiempo para nosotros, pero no es así…

***

También yo hice una fiesta de despedida antes de volver a Barcelona. Que fue por cierto la segunda vez en cinco meses que Micaela y Sergi salieron juntos. Estaban demasiado felices. Yo un poco tensa, como me pongo en todas las fiestas que organizo, y obsesionada con ser cool, con tener una fiesta cool. Esa noche, Mica se acercó a un famoso escritor peruano y director de una revista en la que tengo una columna, que bebía tranquilamente junto a un grupo de amigos, y le pidió balbuceando que nos diera trabajo a Jaime y a mí. De esta manera, pensó, podríamos volver a vivir en Lima y estar juntas otra vez.

Mica empezó a correr la voz por toda la fiesta, animando a mis amigos periodistas para que me ayudaran a encontrar trabajo. La gente venía a preguntarme si era verdad que estaba buscando trabajo. La intención era buena. Volví por un instante a los días del cole con Micaela. Treinta años después producía en mí el mismo rubor. La voz de mi orgullo le increpaba: ¿Acaso somos unos pobres tipos a los que hay que echar una mano? ¿Cuándo dije que quería dejar mi maravillosa vida europea? ¡Yo soy una periodista exitosa, tengo trabajo, y mi marido también, tenemos nuestros propios contactos, de hecho, todas estas personas que están en la fiesta son MIS amigos, no los TUYOS, no necesito que me ayudes! Micaela iba hundiéndose en la tristeza, sin entender muy bien qué era lo que me molestaba, y mientras hería a mi mejor amiga, me sentí el ser más estúpido de la tierra.

Lo bueno y lo malo de los amigos verdaderos es que siempre te recuerdan quién eres, te señalan el lugar donde se encuentra lo que de verdad importa, el lugar de donde vienes y el lugar del que nunca podrás irte, aunque recorras miles de kilómetros, tomes cien aviones y te mudes a otra ciudad. Te juntes con quienes te juntes. Te sueñes quien te sueñes. Y es el único país que nos queda a los que un día nos fuimos.

***

Maiku ha vuelto dormida del parque. Sergi nos encuentra discutiendo sobre el lapsus de Mica en aquella fiesta y me dice burlón: “realmente no somos de tu onda, Gabi”. Touché.

Micaela aprovecha para preguntarme por qué nunca la llevo a mis fiestas de “intelectuales”, como si la pregunta no se contestara sola. Esto se me está yendo de las manos. Micaela se arregla el pelo mirándose al espejo y reflexiona esperando zanjar este asunto de una vez y pasar a otra cosa.

―Gabi, tu vida profesional va por un lado, y tu vida familiar, por el otro. Yo pertenezco al ámbito de tu vida familiar. Yo hago estupideces cuando estoy fuera de mi elemento. Nosotras la pasamos lindo cuando estamos entre nosotras, pero cuando vienen tus amigos, tus “contactos laborales”, yo desaparezco del mapa.

Le digo que lo último que soy es una intelectual y que yo me he sentido toda la vida igual de descolocada con sus amigos. Tenemos un grupo muy distinto de amigos: los de ella fuman marihuana y los míos inhalan cocaína.

Hace unos días nos reencontramos con nuestra verdadera pandilla de la infancia y la adolescencia. Las tres amigas del cole: Natalia, Mica y yo, en esa época nos llamaban “las comadrejas”. Nos odiaban porque éramos las más cool de la clase. En casa de Nata nos disfrazamos con ropa y peinados de los 80 e imitamos a las Flans cantando ‘No controles mi forma de vestir porque es total y a todo el mundo gusto’, para delirio de nuestras hijas.

***

Mica me dice que la acompañe a comprar al supermercado. Necesita aceite de oliva. No consumen otro tipo de aceite en casa, ella se acostumbró en España, y Sergi sin aceite para el pan se muere. Vamos andando, solas, ligeras, sin nuestras bebés, sin maridos, deslizándonos sobre la superficie de las grandes avenidas de Córpac, esquivando coches asesinos. Mica va hablando. Yo mirándolo todo. Siento que es la primera vez que camino en Lima. En esta ciudad no se camina. Pero Micaela camina, como si estuviera en Europa.

―Me dio por ver las fotos de nosotros en Barcelona el otro día, y me dio pena, me dio pena la soledad en la que vivíamos Sergi y yo, con nuestra bebita, de aquí para allá, felizmente teníamos amigos con los que compartíamos la vida, pero estábamos solos. Aquí no es lo mismo. Hay gente buena e hijos de puta que son capaces de atropellarte en el paso de cebra porque tienen sus carrazos.

Una manifestación se interpone en nuestro camino. Los trabajadores de un camal piden su reposición a las puertas de un edificio, entre gritos y ruidos de ollas vacías. Hay cosas que no cambian nunca.

―Otra vez nos vamos a separar

―Lo primero que puse en el Facebook es que este iba a ser el mes mas feliz de mi vida… y se está acabando…

―Yo aspiro a pasar temporadas más largas en Lima. Conseguir ser completamente libre para poder moverme cuando me da la gana. Lo que sí tengo claro es que por ahora mis proyectos están allá, aunque cada vez sea más difícil para todos…

Veo un puesto ambulante de golosinas y pido un chocolate Alibabá.

―Uy, mamita, ese chocolate ya no existe hace tiempo— me dice la vendedora­—, ahora hay uno que se llama Mustafá, pero ya no me queda.

―¿Ves Mica?Lo que echo de menos ya no existe.

Mica ríe. Seguimos nuestra ruta. Ya estamos cerca. Hay que cruzar un par de enormes avenidas sin semáforos. En esta ciudad es imposible cruzar una calle sin miedo a morir. No me extraña que Micaela esté histérica con este tema.

―Hay que cruzar, aquí hay que imponerse, hagámoslo-, dice mi lado impulsivo.

―Pasan encima de ti, cómo te vas a imponer. ¿Quieres morir?­-, dice el lado sensato de Micaela.

Dos filosofías de vida. En el supermercado hablamos del precio del aceite, aunque en realidad hablemos de algo más profundo. Somos dos comadres, dos comadrejas. Quizá Micaela tenga razón: Somos como hermanas, algo que no elegimos ser, que nos tocó en suerte, nos une y nos separa todo lo bueno y lo malo de ser hermanas. A una hermana quieres que le vaya bien en la vida, harías lo que sea para que eso ocurra.

―Micaela, has demostrado que eres capaz de hacer cualquier cosa para que yo me quede en el Perú.

Nos reímos.

―¡A ver si se cumple!

―¿Te acuerdas que yo te quería convencer para que te quedaras en Barcelona?

―Ahora yo te quiero convencer a ti, también soy egoísta. Y joder, te extrañaré como mierda, pero sé que tienes que hacer tu vida. Somos muy distintas pero seguimos adelante, la vida es generosa con nosotras.

No sé si algún día vuelva para quedarme. Una vez escribí una lista de las cosas que me hacían bien y las cosas que me hacían mal, en las dos incluí a Lima, no vivir ahí me hace mal, vivir ahí también me hace mal: mi ciudad como lastre, mi ciudad como vacío. Entre las cosas que me hacen mal una de las peores es no estar cerca de mi mejor amiga. Es cierto lo que dicen que para ver algo con más nitidez hay que alejarse un poco. Sólo ahora lo veo con total claridad. Como dice en una canción Charly García, un músico que Mica y yo solíamos escuchar cuando éramos adolescentes, “por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá”. Maiku y mi hija Lena ya saben besar la pantalla de la computadora sin enfriarse los labios.

Dame el tuyo, toma el mío

Publicado: 14 noviembre 2008 en Gabriela Wiener
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Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido. La puerta del 6&9 es tan discreta que nos hemos pasado de largo dos veces. Llevo encima un abrigo para camuflar mi look temerario y tres tragos de cerveza. J lleva una barba de cuatro días: lo veo tan guapo y tan mío que no puedo imaginar que en unos minutos se irá a la cama con alguien que no soy yo. Hay que tocar el intercomunicador. Deben estar viéndonos por una cámara. Nos abre un sujeto pigmeo y con cara de aburrido que dice que la entrada doble cuesta treinta y cinco euros. Vengan por aquí. Toman la posta dos mujeres atractivas, las relacionistas públicas (digamos lúbricas) del lugar. ¿Qué queremos beber? Estamos ante una barra larga y desierta. Somos los primeros, maldita sea. Son las once de la noche de un jueves en Barcelona. En el televisor sobre la barra se ve una película porno en la que un camionero la emprende contra una rubia quebradiza. ¿Es la primera vez? Sí. Vengan conmigo, nos repite una de las anfitrionas de hoy, con acento sevillano. Es menuda, lleva el cabello ondulado y unas botas hasta las rodillas parecidas a las mías. No es una anfitriona más: es la dueña del 6&9. Conoció a su novio por un aviso publicado en una revista swinger, se enamoraron y abrieron juntos este local para intercambio de parejas que ya tiene más de cinco años.

Esta noche es una promesa intergeneracional, multirracial y multiorgásmica. A diferencia de otro club como el Limousine, que se repleta de adinerados sesentones cuesta abajo, el 6&9 es popular por su buena disposición para recibir a jóvenes de clase media que todavía no veo por ninguna parte. En mi encuesta previa lo habían calificado además de «higiénico», un tema que yo había soslayado inicialmente por mi creencia de que el sexo es sucio sólo si se hace bien, pero que terminó siendo un punto a favor del 6&9 cuando decidimos venir. Seguimos a la anfitriona sevillana en un recorrido relámpago que tiene por finalidad describirnos el lugar y explicarnos las reglas del juego. Dejamos atrás el bar. Ésta es la sala del calentamiento, dice ella: aquí podéis bailar una pieza o echar un vistazo a la porno mientras bebéis algo. Bajamos las escaleras hacia un sótano que es la versión erótica de la caverna de Platón o, a lo mejor, la cueva donde se divierte una pandilla de antropófagos. A partir de aquí sólo se puede pasear como se vino al mundo. La llave para los casilleros se pide en la barra y luego aparece el impresionante escenario del escarceo: los treinta metros de cama en forma de ele que los fines de semana hacen crujir hasta cincuenta parejas a la vez, pero que a esta hora aún luce vacante. Justo enfrente, un dispensador de preservativos. A la derecha de los camerinos, el jacuzzi, y más allá las duchas para parejas y el cuarto oscuro, una especie de minidiscoteca nudista.

–Si no queréis nada con alguna persona basta con tocarle el hombro.

Ésta es la contraseña del 6&9. Cada club recomienda a los clientes una manera delicada de informar a los demás cuáles son tus límites.

–¿Y para qué es esta habitación? –pregunto.

–Es la habitación de las orgías. Aquí vale todo.

No me froto las manos, no trago saliva. Sólo miro de reojo a J con un signo de interrogación en la cabeza. Esto recién comienza.

Llevo aquí una hora y lo único que he intercambiado son cigarrillos. Se supone que deberíamos intentar ligar con otros swingers menos tímidos que nosotros, pero por ahora no atinamos más que a mirar. Me había pasado toda la tarde preparándome como una novia para su boda y seguir al pie de la letra las instrucciones del anuncio del 6&9: «Chicas, por favor, con ropa sexy». Me ceñí una súper minifalda negra con pliegues, cortesía de mi mejor amiga, una ex sadomasoquista. Me puse una blusa escotada del mismo color y unas botas altas que hacían ver apetecibles mis muslos flacos. Opté por la depilación total. Se la enseñé a J. Me dio la impresión de que al ver lo explícito de mis argumentos, él recién se tomó en serio adónde íbamos y para qué. La gente suele venir a un club swinger para no mentir. Había leído en la web de la North American Swing Clubs Association (Nasca) que el propósito swinger más elevado consiste en que, al relacionarte genitalmente con otras parejas bajo la atenta mirada de tu consorte, evitas sucumbir al sexo extramarital y al engaño. Según la misma asociación, más de la mitad de matrimonios comunes practica la infidelidad secreta. Nada, entonces, como los honestos swingers. Me intriga esta aventura conjunta, esta libertad sexual que surge del consenso, este adulterio vigilado.

Nunca habíamos pisado un club como éste, pero a J y a mí podrían considerarnos como una pareja liberal. Más por mí que por él. Me explico: mi primera vez fue a los dieciséis años (nada raro). A la misma edad, tuve mi primer trío (con un novio y una amiga) y mi primer trío con dos hombres completamente extraños (y con aquel antiguo novio de testigo). No es ningún récord, lo sé, pero es suficiente para que los liberales con membresía no me miren tan por encima del hombro. Con cinco años juntos, J y yo contamos entre nuestras experiencias liberales con un intercambio frustrado y varios tríos, aunque siempre con una tercera mujer. En cuanto a los celos, tema superado para los swingers, para mí siempre han tenido que ver con el amor o con la fascinación. Si él se enamora de otra o se fascina por alguien, me pongo celosa. Los celos para él pasan por el sexo: si otro hombre me toca, le rompe la cara.

Antes de venir, J mostraba una buena actitud y parecía tomar nuestra incursión swinger como una saludable aventura. Estaba dispuesto a dar el gran paso, o sea, dejarme llegar todo lo lejos que me propusiera, aunque prefería no decirlo con todas sus letras. Para mí, nuestro swinger-viaje era más un ajuste de cuentas (ver tríos sólo con mujeres en el párrafo anterior), pero a pesar de que confiaba en la buena fe de J, tenía miedo de un arrepentimiento de último minuto. Nunca puedes estar seguro de cuán liberal eres de verdad hasta que te encuentras al lado de parejas profesionales de la libertad y el exceso. Según el decálogo swinger, los arrepentimientos a medio camino se dan entre parejas inmaduras que no tienen la mente abierta ni los sentimientos claros. Lo que es un insulto para una dupla que se precie de moderna.

Estábamos tranquilos y esperanzados en poder cumplir esta máxima swinger: una actitud liberal se basa en la confianza mutua entre los miembros de la pareja. Un voto de confianza suficiente como para prestar a tu esposo a tus amigas de una noche. Porque un buen swinger es generoso con los compañeros liberales, pero sólo ama a la mano que le da de comer. Se zurra en el noveno mandamiento, pero vuelve a dormir a su casa. Lleva condones a las fiestas de fin de semana, pero permanece fiel todos los días de su vida hasta que la muerte los separe. Siempre he creído en mi capacidad de compartir y sobre todo en mi capacidad de usufructuar. Pero ahora, sentada en esta barra del 6&9, empiezo a preocuparme. Todavía no hemos sido más que tímidos voyeuristas. Veo al fondo del pasillo a un par de jóvenes con los que haríamos buena pareja. Había leído que la mejor estrategia para ligar en estos sitios es que las mujeres tomen la iniciativa. Al fin me decido. Cruzaré los metros que nos separan y me presentaré diciendo alguna genialidad como: «Qué tal, ¿por qué tan solitos?».

Por suerte llega nuestra anfitriona. Al notar nuestras caras de perdedores se ofrece a conseguirnos una pareja. Hacer el papel de celestina entre los swingers novatos está incluido en el servicio del 6&9. Miro hacia donde estaban mis primeros candidatos: se han ido. Muchas parejas, antes de ir al punto, prefieren empezar bebiendo unas copas mientras van descubriendo quién es quién. Es un signo más del refinamiento de estos leales y nobles heterosexuales, además de divertidos. Pero aceptar la ayuda de una celestina en minifalda no sólo sería grosero, sino también una prueba de que nuestra timidez nos ha derrotado. Ya es la medianoche. Unas treinta parejas se han acomodado en la sala de los ligues. Sólo los «martes y miércoles de tríos» se permite que ingresen hombres solos. Ahora todos están tomados de las manos en algún sofá, diciéndose secretos al oído. Las mujeres visten minifaldas y los hombres, camisas bien planchadas y están bien afeitados. Casi no hay grupos. A esta hora es evidente que algunos no sólo vienen a ligar, sino a enrostrar su mercadería a los demás y también a montar su propia película porno. Están las parejas retraídas y acobardadas, las escrupulosas que miran de arriba abajo a cada tipa y tipo que atraviesa la puerta, y las libidinosas que te desvisten con los ojos y te llevan mentalmente a la cama. Otras vienen simplemente a mirar, quizá porque no les queda más alternativa. Hoy, está claro, yo no sólo quiero mirar.

Hay quienes creen que los swingers están pasando de moda en Europa y en Estados Unidos porque a la gente le gusta más comprar que intercambiar. Prefieren gastarse el dinero de sus vacaciones haciendo turismo sexual, dejarse de cortejos y rodeos y pagar por una prostituta o un prostituto en lugar de ofrendar algo, digamos, tan tuyo. No recuerdo quién decía que el sexo es una de las cosas más bonitas, naturales y gratificantes que uno puede comprar. Los swingers podrían confundirse, así, con personas generosas y desinteresadas que no compran ni venden nada. A mí nunca me gustó intercambiar: siempre he tenido arrebatos de generosidad, egoísmos repentinos, ingratitudes y pequeños robos. Esta noche me siento preparada para que me paguen con la misma moneda. O con un poco menos. Porque la premura del intercambio no da tiempo para mostrar tus garantías, y esta pretendida equidad swinger puede acabar en injusticia. Miro a mi alrededor y sé que en este supermercado de cuerpos todos corremos siempre el peligro de llevarnos gato por liebre.

Pero, por lo que veo, el intercambio sólo consiste hasta ahora en altas dosis de caricias, exhibición y harto voyeurismo. Demasiado entusiasmo y nada de acción. En verdad pocas veces se llega hasta el final: digamos, a la cópula cruzada. Aun así, la transacción se pretende lo más justa posible. Si esta noche alguien se me acerca con intenciones de prestarme a su esposo, yo estaré obligada a prestarle el mío. Ni más ni menos. Pero la utopía comunista de Marx no es posible en el 6&9. El trueque siempre es engañoso: demasiado primitivo para nuestra mentalidad moderna. Nos sentimos ridículos y eso que aún estamos vestidos. La mayoría empieza a ser sospechosamente cariñosa con su pareja, salvo los de la mesa de al lado: un cuarteto de intelectuales fashion que parecen haber llegado juntos y, a juzgar por su conversación sobre el parlamento europeo, manejan bien la situación. Las otras parejas estacionadas en la sala de los ligues seguimos incomunicadas, mirándonos con el rabillo del ojo y preguntándonos si somos dignos de ellas o si ellas son dignas de nosotros. Empiezo a tenerle miedo a esta entidad abstracta llamada pareja swinger.

La tensión es tal que J y yo no tenemos ganas ni de besarnos. El esnobismo de ser swinger me está matando. Quiero refugiarme en el amor. Pero justo en medio de este trance existencial comienzan las olas migratorias hacia la zona nudista, el territorio del trueque. J y yo intercambiamos una última mirada cómplice antes de cometer el crimen. Bajamos a toda velocidad las escaleras que conducen hacia los casilleros del sótano. Vamos al encuentro de la terapia de choque. A juzgar por los vapores y los gritos, Lucifer debe vivir en las profundidades del jacuzzi del 6&9.

Primera vacilación de la noche: quitarse la ropa en medio de un iluminado pasillo, junto a dos «adultos mayores» mofletudos y en pelotas. Los abuelos, sin embargo, ni nos miran, y sus cuerpos, que ya han vivido el apogeo y la caída del imperio de los sentidos, desaparecen en la oscuridad. Optamos por copiar a los conservadores y nos envolvemos con unas toallas blancas. Todos nos miran. La gente tiene debilidad por las novedades. Paseamos por el lugar. En la súper cama de treinta metros, unas diez parejas se besan y acarician: algunas con sobrada calma y otras que parecen acercarse ruidosamente al clímax. Me decepciona no encontrar sexo en grupo por ninguna parte. Como recién llegados no podemos saber si los que ya están en la cama son el producto de varios intercambios discretos. Quizá ninguna de las parejas que se revuelcan en el lecho colectivo sea la original. Una breve ojeada alrededor nos avisa que la diversión parece estar en una cueva contigua, aislada por unas cortinas estampadas de penes azules. Ocho parejas en toallas bailan en la penumbra mientras la temperatura sube sin control. Se entregan al juego, aunque todavía no intercambian nada. Yo también me entrego.

Segunda vacilación de la noche: tener sexo delante de tanta gente. Me pregunto si estoy lista. Pero mi impaciencia estalla y se me despierta una especie de espíritu competitivo. Al ver que los demás se manosean, decido desmarcarme y regalarle a J unos minutos de sexo oral casero y devoto, escudada en la oscuridad, pero conciente del exhibicionismo de mi arrebato. Los demás se acercan a mirarnos y siguen nuestro ejemplo. Siempre quise ser una agitadora sexual y éste es sin duda mi cuarto de hora. J toma mi iniciativa con gusto. Las toallas se deslizan a nuestros pies.

Esta bienvenida a Swingerlandia ha estado bien para mí. Siento que he ganado algo de protagonismo y que el grupo se ha soltado gracias a mi buena acción. O al menos es mi fantasía. Comienzo a vivirla: creo que los compañeros han empezado a mirarme lujuriosamente. Creo que ha comenzado a tocarme un pulpo precioso. Creo que estoy en los brazos de un sujeto calvo. Su mujer se me planta al frente y empieza ese bailecito lésbico de videoclip que tanto les gusta a los chicos. La sigo, qué más da. Es guapa y muy delgada, suda y, para ser sinceros, tiene una cara de loca o de haberse metido éxtasis. Yo ni siquiera estoy borracha. Todos nos tocan y nos empujan suavemente a una contra la otra. La ola del deseo se propaga. ¿Pero quién es éste que no me suelta las tetas? ¿Es otra vez el calvo o es otro? Imposible saberlo.

En un segundo busco a J y lo veo con la chica éxtasis, también manoseando a su antojo. Siento un ligero escozor, pero nada serio. Imagino que él debe estar igual o peor. Me alivia saber que también se divierte y no se preocupa por mí, o al menos que lo finge muy bien. Sigo yendo de mano en mano, descubro que me gusta sentirme así, que nadie sepa quién soy, abandonarme a los caprichos de algo que está más allá de mi conciencia. Empiezo un juego solitario que consiste en toquetear con insolencia a las parejas que no se han integrado, lo que me hace saber que estoy excitadísima. Me miran mal y casi me hacen despertar de mi fantasía. Quizá estoy violando una regla swinger sin darme cuenta. No distingo entre los cuerpos anónimos a J. Me angustio, me hago la idea de que lo he perdido, si no para siempre, al menos por un buen rato. Pero entonces una mano penetra entre las ridículas cortinas y me jala hacia afuera.

He hablado con más de media docena de parejas swingers esta noche y todas defienden su opción como un antídoto contra el virus de la infidelidad. Juran que es una novísima forma de sexualidad, capaz de salvar matrimonios agónicos o al menos de estirarlos. Muchos no son otra cosa que versiones recicladas de aquellos cornudos y cornudas voluntarios de la década del setenta (o sus hijos) que consagraron el amor libre y el sexo extramarital. Devotos de la consabida frase: «La fidelidad es el falso dios del matrimonio». Creyentes de que su iconoclasta vida de pareja se enriquecerá sacando una que otra vez los pies del plato. Swinger significa «algo que oscila» y alude a esa facilidad humana para viajar de cama en cama. Define al tipo de persona que renuncia a hacerse de la vista gorda, que reniega de la doble moral y se atreve a actualizar sus máximos delirios con otras personas, aunque dejando que el amor sea el único campo minado para los intrusos. Pero esta regla también se viola a cada instante y algunos confiesan haberse enganchado alguna vez con la pareja de otro e incluso haberse visto a escondidas con ella. Hay casos graves de incumplimiento de contrato que se convierten en matrimonios de cuatro.

Georges Bataille decía que es un error pensar que el matrimonio poco tiene que ver con el erotismo sólo porque es el territorio convencional de la sexualidad lícita. Lo prohibido excita más, eso se sabe, pero los cuerpos tienden a comprenderse mejor a la larga: si la unión es furtiva, el placer no puede organizarse y es esquivo. Imagino que los swingers no le darían crédito al francés Bataille cuando además escribió: «El gusto por el cambio es enfermizo y sólo conduce a la frustración renovada. El hábito tiene el poder de profundizar lo que la impaciencia no reconoce». Para la mentalidad swinger, un matrimonio es impensable sin fiestas, sin orgías, sin una visita eventual a un club de intercambio. Yo imaginaba que éste sería un templo de sofisticación y placer al estilo de Eyes Wide Shut, la última película de Kubrick. Pero lo que ocurre dentro de un club swinger no se parece tanto a esas escenas de glamour y lujuria que la gente suele imaginar desde afuera. Para empezar, está lleno de panzones sudorosos y mujeres con siliconas. Tampoco es esa utopía de la paridad que quieren vender los políticos swingers: un mundo repleto de gente con fantasías para compartir y cuyo fin es reducir los índices de divorcios. Lo que dicen las cifras es que los divorcios son más comunes entre parejas liberales. ¿Y? A los swingers esto no parece importarles.

La mano que me jalaba era la de J, por cierto. Tras la virulencia del cuarto oscuro, ahora lo sigo hasta la súper cama en forma de ele. Queremos un momento de paz e intimidad. Comenzamos a acariciarnos, pero yo estoy desconcentrada. J, en cambio, ya está encima de mí, muy dispuesto. Le pregunto qué tal. Más o menos: no le gustó que la chica del éxtasis lo tocara con modales de actriz porno. Me sorprende mi éxito, le digo un poco presumida, y le susurro palabras al oído.

–¿Tuviste celos? ¿Tuviste ganas de matar?

–¿Tú qué crees? Me daban vértigos.

–Pero, ¿rico?

–…

–¿Rico verme con otro?

–No, francamente espantoso. Mejor si puedo evitarlo el resto de mi vida.

Yo le diré lo de siempre: verlo con otra me excita tanto como me duele. Hacemos el amor. Sin querer nos estamos comportando como unos swingers: nos han estimulado extramaritalmente y procedemos a consumar el sexo conyugalmente. De vez en cuando volteo a la derecha y a la izquierda, atenta a nuestros compañeros de cama. A la derecha hay una pareja de chicos que no llegan a los veinticinco años. Ella es tan morena que no parece de aquí. Él le practica un sexo oral con evidentes muestras de torpeza. Ahora hacia la izquierda: una pareja mayor, ambos muy gordos, me hace pensar en el peso de la costumbre. Ella está encima y no pierde su ritmo eficaz hasta que se viene. No sé si sentir pena o alegría por la evolución: a la larga llega el conocimiento, el declive. Y ese gesto lúdico e intrascendente que anhela hacer renacer una excitación ¿perdida? con experiencias nuevas es nuestra caricatura. Pero J entra y sale con una especie de furia tardía, y entonces mis cavilaciones se extinguen en un orgasmo larguísimo.

Entramos en receso, nos damos una ducha fría y salimos hacia la calefacción. En la sala conocemos a una pareja muy simpática. Él es transportista y ella, enfermera. J me dice que la mujer le recuerda a su profesora de matemáticas. Tiene gafas y unas tetas enormes. Me parece una bonita fantasía hacerlo con tu profe de mate. Ya dije que no soy celosa, aunque su marido se parece al Hombre Galleta. Es casi enano, corpulento y tiene el rostro rugoso. Ambos son dulces. Los cuatro nos hemos sumergido en el jacuzzi y la estamos pasando bien.

Tercera vacilación de la noche: hacerlo con la primera pareja poco atractiva que te dirige la palabra. Estamos ante un caso muy común dentro de este mundillo: uno de los miembros de una pareja (J) se interesa por un integrante de la otra pareja (profesora de matemática con tetas), mientras el otro elemento (yo) sigue pensando en que mejor sería volver a encontrar al calvo y a la loca del éxtasis y acabar lo empezado. En estos casos es mejor abortar el plan, recomiendan los expertos: un club swinger podría convertirse en el Club de la Pelea.

Ni lo sueñes, le digo a J cuando al fin nos quedamos solos. La pareja se ha ido a bailar al cuarto oscuro, de seguro creyendo que iríamos tras ellos. No me gusta el Hombre Galleta, el marido de la profesora, qué puedo hacer, aunque me decepciona no ser tan democrática como pensaba. Huimos de manera cobarde hacia la habitación de las orgías, un buen lugar para esconderse. Siguiendo nuestro atrofiado instinto swinger, llegamos por fin a lo que parece ser un intercambio de parejas con todas las de la ley. Hay unos espejos frente a una cama más pequeña que la de afuera, y allí se desparraman varios cuerpos jadeantes. En este punto sería muy complicado tratar de saber de quién es qué. El eufemismo pareja ya no tiene ningún sentido. No hay forma de individualizar, son una gran entidad: podría tratarse de Lengualarga, esa diablesa hindú con vaginas en todas sus extremidades, que está haciendo el amor con el nieto del dios Indra, aquel ser que tiene igual cantidad de penes. Los gemidos nos dicen que hemos llegado tarde, pero igual intentamos participar. Dos parejas muy hermosas parecen divertirse de lo lindo muy cerca de nosotros.

Cuarta vacilación de la noche: quizá sea una orgía privada a la que no estamos invitados. Una mujer que podríamos llamar la Yegua –poseedora de una gran energía sexual según mi Kamasutra de bolsillo– está masturbando a un tipo mientras otro la penetra. Ambos se detienen, tienen fuerzas para levantarse de la cama y ponerla contra la pared. La acometida es vibrante, hay un componente bestial en todo esto. La Yegua grita. Nosotros somos mudos observadores de las maravillas de la naturaleza, pero sobre todo de las maravillas de la cultura. Esta escena se trae abajo otro mito del mundillo liberal swinger: el de la igualdad de oportunidades. Aquí, como en el mundo real, sólo tienen éxito los que son hermosos y sensuales, los que van al gimnasio y se operan. Los que no, tienen que resignarse al onanismo. La competencia puede ser descarnadamente desleal.

Mira quiénes vienen por allá, me dice J. Vemos que están entrando la profesora de matemáticas y su marido, el Hombre Galleta, y rápidamente ocupan su lugar al lado de nosotros. Ella empieza a hacerle un fellatio y, una vez que logra su objetivo, se inserta dentro de él bamboleando sus supertetas y lo cabalga suavemente. J estira sus manos hacia los pechos de su profesora, mientras yo le hago un nuevo sexo oral a él. El Hombre Galleta hace uso de su derecho y estira sus manos hacia mí. Me coge los senos. Yo le cojo los senos a su mujer. Todos le agarramos las tetas a la profe. Deliberadamente monto al hombre dándole mi espalda y me quedo cara a cara con la profesora, quien a su vez recibe los embates de J desde atrás. Para este momento, el Hombre Galleta, con dos mujeres encima, ya me está masturbando con sus dedos de conductor de autobuses hasta que me vengo. Soy la única que alcanza un orgasmo. Me siento agradecida por tantas muestras de cariño desinteresado. Luego J y yo nos alejamos de ellos sin despedirnos.

Han pasado ya varios días desde que perdí mi virginidad swinger. Rebobino la película y vuelvo a viajar por un instante a ese mundo de intercambios sexuales. Veo a los desposeídos del placer siendo objeto de las multinacionales y sus tentáculos, pretendidos alquimistas del sexo que convierten lo banal en oro, que ofrecen paraísos artificiales, falsas fuentes de la eterna juventud y otros paliativos contra la infelicidad. Veo matrimonios al borde de la debacle, mujeres frígidas, adultos mayores, fármaco-dependientes, cocainómanos en última fase, buenos católicos, despojados del Viagra, eyaculadores precoces, micropenes, dictadores, impotentes, presidentes del mundo libre, clase trabajadora en general, swingers con los días contados viviendo la extinción del deseo como un infernal viaje hacia la desesperación.

Ésta es una noche de viernes en una Barcelona asfixiada de calor y J duerme con el televisor encendido en un partido de fútbol mientras yo escribo sin parar, tal vez esperando la llamada de mi amiga, la ex sadomasoquista, sintiéndome de todo menos liberal. Me regalo el privilegio de ver el mundo de los swingers y sus manjares desde la distancia: no de una distancia orgullosa, pero sí a salvo, con la tranquilidad de quien se sabe joven y amada, aunque sea con fecha de caducidad. No sé si era Aldous Huxley quien decía que es un problema descubrir un placer realmente nuevo porque siempre se quiere más. Cuando uno se lo permite en exceso se convierte en lo contrario: cada placer aloja la misma dosis de dolor. Sé que fui liberal alguna vez, pero sólo hasta que regresé del planeta de los swingers. He traicionado el voto de confidencialidad de la mafia. La última regla para un swinger es no revelar nunca lo que ocurre entre liberales del sexo. Quizá nunca lo fui.