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Tertulia en la Guajira

Publicado: 22 marzo 2016 en Ernesto McCausland
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La tertulia tiene lugar en El Pájaro, un pueblo fantasmagórico situado sobre ese corredor solitario y ardiente que marca el encuentro del desierto guajiro con el mar Caribe. Entre los entusiastas conversadores —todos empleados de la planta de gas natural— hay un técnico riohachero, un ingeniero bogotano, dos ingenieros samarios, un operario barranquillero, un supervisor santandereano y dos celadores guajiros, ambos puros indígenas wayúu. Todos se han encontrado, y se han vuelto amigos de un momento a otro, por puras circunstancias profesionales. Pero aún con lo oscilantes que son sus temas de conversación, hay uno del cual no se habla: trabajo.

El riohachero, un moreno oscuro de casi dos metros de estatura, permanece de pie. Es el más callado de todos. Aunque no ha intervenido, ha seguido la conversación como un halcón a su presa. Le dicen en són de chanza que se siente para que no crezca más, pero se limita a esbozar en su rostro pétreo una sonrisa. De repente, el barranquillero toma una curva pronunciada en la ruta de la tertulia y pregunta por una famosa guerra de familias guajiras que tuvo lugar hace diez años en un pueblo marimbero de la sierra nevada de Santa Marta. Nadie parece saber nada, hasta que el hombre de dos metros rompe el silencio:

—Esa es una historia larga.

El maestro del suspenso acaba de desplegar el primer gran artificio de su repertorio. Les ha extendido a los presentes su caña de fino juglar. Su cometido se revela obvio para los amigos, pero todos se le abalanzan al anzuelo. «Cuéntala a ver», le dice uno de ellos. El hombre se resiste. Desea que le rueguen. No admite una convocatoria informal, acaso displicente. Requiere la ansiedad desbocada del auditorio y, desde luego, en seguida la recibe: están a punto de arrodillársele.

—Yo estaba ahí —es su introducción. Una apasionante película de la vida real comienza a rodar entonces ante la docena de ojos alucinados.

Un hombre de cuarenta años estaba limpiando su revólver. Un niño de diez se le acercó, apuntándolo con una pistola de juguete y diciéndole que iba a matarlo. Muerto de la risa, el hombre apuntó al niño con el revólver que estaba limpiando. «Primero te mato yo a ti», le dijo también en broma. Entonces el arma se le disparó. El narrador se arroja al suelo rojizo del desierto para presentar su vívida descripción de la caída del niño.

—Le dio en la mitad del corazón —dice desde el suelo.

Hay silencio en el grupo, mientras el riohachero se levanta del suelo con toda su calma guajira y se sacude la arena roja del pantalón.

«Quince años después, el hermano menor del muerto comienza al pregonar por el pueblo que va a vengarse —prosigue el relato— y los hijos del homicida accidental se enteraron». El mago de la historia describe la época. Estaban en plena bonanza de la marihuana. El pueblo era un infierno de camionetas, dólares, balas y mulas que bajaban de la sierra cargadas de Santa Marta Gold, la mejor marihuana del mundo.

Un domingo, el hermano del muerto parqueó su camioneta en la plaza y allí se sentó a beber whisky con su mejor amigo. Las puertas de la camioneta roja estaban abiertas. A través del potente equipo de sonido del vehículo sonaba un vallenato de los ídolos del momento, los hermanos Zuleta. Era «El trovador ambulante» —recuerda el narrador con convincente precisión. Los hijos del homicida, los mismos que habían decidido salirle al encuentro a la venganza, se acercaron entonces por detrás de la camioneta. Primero mataron al amigo. El vengador intentó entonces sacar su escopeta 12 de la parte de abajo del asiento. Demasiado tarde. El narrador se señala la frente y deja los ojos en blanco. No lo ha dicho, pero ha quedado claro: el tiro fue en toda la mitad. La escena, recreada con tanto detalle, con el vallenato y el entorno de pueblo de vaqueros, les produce escalofríos a los amigos, aun en medio de los cuarenta grados de aquel desierto agreste, frente a ese mar rugiente que parece encresparse con el calor de la historia.

El santandereano se ha confundido y le ha perdido el hilo al cuento. «¿En este momento van empatados?», pregunta. Con una calma de carpintero, que exaspera al resto, el narrador le resume la historia desde el principio, y remata diciéndole:

—Van dos a cero, para que entiendas. Se alborotó la sed de sangre, prosigue el narrador. Al asesino lo mandaron a esconderse en un pueblo del Magdalena.
—¿Cómo se llama ese pueblo con nombre de santo que queda a la orilla del río? —les pregunta a los interlocutores. Dos de ellos lanzan nombres de pueblos: «¡Cerro de San Antonio!…¡Santo Tomás!…». El relator niega con la cabeza. «No importa, continúa», le dice el sincelejano. El relator lo mira con una mezcla de rabia y compasión. El mensaje está claro: si no lo ayudan con el nombre del pueblo, jamás sabrán el desenlace. Todos comienzan entonces a disparar ráfagas de nombres de pueblos. Hasta uno sin nombre de santo es mencionado.
—Vea hermanito —le advierte el juglar—. Cuando yo le diga algo es porque así es.

El regaño deja petrificado al que cometió la osadía de dudar. Otro artificio narrativo: el juglar acaba de darle otra vuelta a la tuerca de la credibilidad. Por fin alguien dice el nombre del pueblo y al relator se le iluminan sus ojos de búho salvaje. Todos se ponen contentos. Se avecina el desenlace. Se ha hecho tarde. El mar ruge.

Los vengadores, —«los que van perdiendo dos a cero, para que entiendan»— localizaron el pueblo y llegaron armados con varios agentes del F-2. Uno de ellos —hermano menor de las dos víctimas— dijo que quería ejecutar la venganza con sus propias manos. Por tanto entró solo al pueblo. Minutos más tarde lo sacaron masacrado. Tres a cero. El bogotano ha entrado en una especie de trance alucinatorio y le suplica al narrador que no demore más el cuento. Los wayúus se ríen. El suspenso ha enloquecido al bogotano, que empieza a sudar a chorros. Pero el narrador le propina un tatequieto. «Hasta aquí llegó la cosa» anuncia. No hubo venganza. La familia que iba ganando tres a cero accedió a pagar los tres muertos.

—Treinta millones —dice el juglar, haciendo flotar tres dedos en el aire—. Yo estuve en la entrega.

El auditorio espontáneo lo contempla con admiración. Ha convertido la historia cualquiera en una apasionante película de la vida real, recreada en medio de aquel ámbito misterioso donde El Pájaro le entrega al mar las ruinas de su antiguo esplendor, cuando cargaban marihuana y encendían cigarrillos con billetes de cien dólares. Lo observan con sus tres dedos en el aire, enmudecidos, a merced de la hipnosis de la historia, sometidos al sortilegio de ese hombre que maneja con maestría los hilos secretos del relato. Al fondo, ya el sol guajiro ha emprendido su descenso, mientras el mar va enfureciéndose para darle la bienvenida a la noche.

—Es hora de comer —dice el supervisor.

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