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UNO

Darío Silva avista una vieja pelota en el patio de su casa paterna. Mientras va a buscarla lo observo con atención. Me sigue asombrando que camine con tanta seguridad. En septiembre de 2006, cuando sufrió el accidente de tránsito que lo apartó del fútbol, muchos pensaron que quedaría cojo. Pero hoy no solo camina sin renquear sino que además es capaz de bailar candombe. Si algún extraño irrumpiera ahora en este lugar no se percataría de que tiene una prótesis en la pierna derecha.

Silva sacude la pelota contra el tronco de un árbol, la hace girar entre sus manos callosas. A continuación retoma el tema que interrumpió hace un momento: su indisciplina como futbolista. Dice que en la Copa América de 2004, disputada en Lima, se escapó todas las noches del hotel donde estaba concentrado con la selección uruguaya; que cuando jugó en Peñarol llegó muchas veces trasnochado a la cancha; que durante su periodo en el Portsmouth se volvió más fiestero.

—¿Cómo hacías para volárteles a los ingleses?
—Allá los equipos no se concentran antes de los partidos. Es más fácil salir de noche.
—Con razón el Portsmouth en esa época no levantaba cabeza.
—Y en esta, tampoco.

Entonces suelta la carcajada.

—Lo que pasa, ¿viste?, es que ellos confían en uno. Uno es adulto y sabe cuidarse.
—Sobre todo, cuidarse. Entiendo.

Silva vuelve a carcajearse. Luego dice que los futbolistas no forjan sus amistades en las canchas sino en los boliches. En las canchas, explica, él solo veía fecha tras fecha a los once jugadores del equipo contrario. Tenía que enfrentarlos y punto. A lo sumo intercambiaba con ellos un saludo durante el protocolo inicial o una palabra durante el partido. En los bares, en cambio, se topaba con multitudes de futbolistas, especialmente los domingos por la noche. Allí sí era posible intimar porque la presión de la competencia había quedado atrás.

Uno de esos amigos conseguidos en los boliches fue el panameño Julio César Dely Valdés. Cuando se conocieron, Silva pertenecía al Peñarol y Valdés, al Nacional. Pese a la rivalidad de sus equipos, tuvieron química desde el comienzo. Se emborrachaban después de los partidos, salían juntos con mujeres, compartían sus discos. Años después la vida les dio la oportunidad de jugar en el mismo club, el Málaga de España, donde conformaron una dupla goleadora. Silva cree que se entendían tan bien en las canchas porque habían intimado muchísimo durante las noches de farra.

DOS

—Cuando me ven en la calle se quedan locos los hijos de puta. Vos viste que yo no cojeo. Seguro piensan: “¿Y este no tenía una pata de palo?”.

Si hay algo que me ha impresionado en los cuatro días que he pasado con Silva es su procacidad. También, la habilidad de su pie artificial. Con ese pie encendió la moto de su hermana Andrea para llevarme a conocer el río Olimar. Con ese pie pateó una lata vacía de gaseosa en el barrio La Agraciada. Con ese pie saltó emocionado cuando su hijo Diego, de diez años, anotó un gol. Aquella tarde confirmé que en la cultura rioplatense el fútbol tiene unos rituales de iniciación similares a los del amor: acompañar al hijo en la cancha es como apadrinarle la primera novia.

Con el pie de la prótesis, digo, corrió hasta alcanzar un taxi que estaba detenido en el semáforo. Cuando nos acomodamos le dije al taxista que Darío Silva debe de haber sido el futbolista más indisciplinado de Uruguay en todos los tiempos.

—No crea —respondió, mirándome con malicia a través del espejo retrovisor—: los hemos tenido peores.
—¡O’Neill, O’Neill! —exclamó Silva, muerto de la risa.
—¿De dónde es usted? —preguntó el taxista.
—Colombiano.
—¿Ya vio la noticia de Fabián O’Neill?
—No.
—Ayer publicó un libro en el que habla de su indisciplina. Ha habido mucho revuelo.
—Peor que yo el hijo de puta —exclamó Silva entre risas—. Cuando estaba pequeño le llenaban la mamadera de vino.

Con ese pie recorrió varias cuadras para llevarme al restaurante donde gastó su primera mesada como esquilador de ovejas. Pidió ensalada rusa, bebió cerveza, afirmó que nunca más volverá a manejar un automóvil. Prefiere movilizarse en la motocicleta de su hermana o caminar. La camioneta donde andaba el día del accidente —añadió— quedó inservible. Sin embargo, se la vendió a una señora millonaria que colecciona objetos raros.

TRES

Silva me muestra el pie derecho. Dice que desde el primer momento se sintió cómodo con la prótesis, sin duda porque fue amputado por debajo de la rodilla, así que conservó la flexibilidad.

—Fue una cosa ilógica que ni yo mismo entendí —señala, y raspa el balón con las uñas.

Luego vuelve a hablar de su ética de trabajo como futbolista. Antes de hacer juicios hay que analizar muchas cosas, dice. Por ejemplo, él se mantuvo juicioso cuando jugó en el Cagliari, y sin embargo, solo marcó veinte veces en los cuatro años que duró el ciclo. En el Málaga, a pesar de que volvió a las juergas, duplicó sus goles. A él la disciplina excesiva le resecaba el alma, advierte. Por eso rendía más cuando disfrutaba la noche, así durmiera poco. Nada lo motiva más que amanecer entre los brazos de una mina. Eso es como reabastecerse de energía: le dan ganas de entrar a la cancha silbando y jugar cinco partidos seguidos.

Silva arroja el balón al suelo, me muestra su teléfono móvil.

—¿Ves cuántas rayitas le quedan a la batería?
—Una sola.
—Exacto. Cuando vos te pasás la noche garchando con una mina, la carga te llega hasta acá.

Y toca la pantalla con uno de sus dedos gruesos. Noto que tiene las uñas sucias.

Me asombran, digo, esas manos tan ásperas. Él responde que durante la mayor parte de su vida ha sido labriego. De niño esquiló ovejas, de adolescente ordeñó cabras. En aquella época el fútbol era apenas una diversión. Por las tardes se iba a jugar con sus amigos en cualquier calle del barrio. Los partidos se disputaban sin árbitros, sin reglas, y terminaban solo cuando la oscuridad de la noche imposibilitaba ver la pelota. Entonces aparecían los padres para ofrecer un brindis. Había vino, empanadas y, en algunas ocasiones especiales, bife. Al día siguiente todo el mundo retornaba a sus deberes.

Para Darío Silva, el fútbol era eso: respiro, camaradería. Pausa entre una jornada cumplida y otra por cumplir. En Treinta y Tres, el pueblo donde nació, las opciones siempre han sido escasas: laburo en el campo para garantizar el pan, fútbol en los ratos libres para entretenerse. ¿Qué más se puede hacer en esos parajes solitarios tan apartados de la capital?, pregunta.

—Se hace una cosa o la otra. ¡Ya está!

De modo que empezó a patear balones por la misma razón por la cual comenzó a arrear cabras: no había más alternativas. Sucedió cuando contaba, más o menos, seis años. Su padre era celador en una escuela y su madre, cocinera en otra. Para no dejarlo solo en casa, ambos se lo llevaban, por turnos, a sus puestos de trabajo. Cada colegio tenía cancha de fútbol, así que el pequeño Darío siempre terminaba metido en los partidos.

—¿Estudiaste en alguno de los colegios donde trabajaban tus viejos?
—Estudiar es un decir. Mi paciencia para eso es cero.
—¿“Eso”? ¿Te refieres al estudio?
—No me va la palabra “estudio” porque yo no estudié. Yo solo fui.
—¿Adónde fuiste?
—Fui al colegio donde laburaba mi padre. Pero era muy haragán.
—¿Hasta qué grado llegaste?
—Segundo. Me dormía en clase. Yo sabía que jamás iba a asomarme por una universidad.
—¿Y el fútbol?
—No pasaba nada con el fútbol.
—¿En la infancia no imaginabas que serías futbolista?
—Nada, no pasaba nada.
—Listo, no pasaba nada, pero ¿nunca imaginaste que podías ser futbolista?
—No.

Por lo menos —añade— no lo imaginaba cuando tenía diez años y comenzaba a esquilar ovejas. Los futbolistas le parecían unos señores famosos que aparecen por televisión jugando en estadios bonitos. Un pibe de provincia que solo aspiraba a entretenerse tras el laburo no accedería ni en sueños a un recinto de esos. Si alguien le hubiera profetizado en aquel momento su destino de futbolista, él lo habría refutado con una frase irónica de su padre: “¡Andá a cantarle a Gardel!”. Lo suyo, pensaba, sería la ganadería. Al entrecerrar los ojos sobre la almohada se veía en una finca propia orientando un rebaño de vacas Hereford.

La vida gira como una pelota, dice Silva ahora. Lo dice mientras pisa el balón con el pie derecho, el de la prótesis. Le doy un vistazo de abajo arriba. Calculo que mide, a lo sumo, 1,76. Me pregunto cómo pudo haber sido un atacante tan depredador con esa estatura. En la selección uruguaya, el 9 casi siempre ha sido un tipo de más de 1,80. Él retoma su idea: la vida es un viaje en redondo. Te desvías, te alejas, pero siempre llegas al lugar predestinado.

Siguió jugando de manera informal, dice. En este punto aclara que no recuerda cómo hizo el tránsito de la calle a la cancha. Lo que sí recuerda es que al principio, quizá por su estatura, fue ubicado como lateral derecho. Tenía velocidad, despliegue físico, ganas, potencia, pero en los recorridos largos fracasaba: no sabía hacer diagonales para acortar el terreno, tiraba mal los centros. Una tarde apareció un entrenador que lo alineó como delantero. ¡Bingo! El patito feo se convirtió en cisne: explosivo en los piques cortos, certero cuando quedaba en posición anotadora.

—¿Vos recordás lo que decía Menotti sobre Romario?
—No.
—Decía que dentro del área era mejor que Pelé.
—¿Te estás comparando con Romario?
—Andate despacio, cada quien entiende lo que quiere.

A continuación señala que Romario siempre fue su referente. Lo cita solo para darme a entender que cuando se convirtió en delantero mostró su mejor faceta dentro de la cancha. Ahí comenzó a despejarse su panorama. La vida, repite, es como una pelota. Da vueltas, va y viene, trae sorpresas, llega adonde debe llegar. Para demostrármelo, me cuenta cómo fue que el fútbol vino hacia él en un momento en que él no estaba yendo hacia el fútbol.

Oigo la historia, coreo su frase: la vida es como una pelota de fútbol. La pelota viaja, se escapa, la controlan los otros, se ve inalcanzable por allá lejos, se acerca, te llega de repente, te rebota, huye de ti, se eleva y, cuando ya la das por perdida, atraviesa un bosque de piernas y te cae cortita y al pie, toda tuya, frente al arco, para que te llenes el empeine con ella, ¡zas!, y metas el gol del triunfo en el último minuto.

Ese fue su caso, ni más ni menos: el balón perdido le llegó directo al pie. Sucedió en 1990, cuando tenía diecisiete años. Juan José Duarte, director técnico de la selección uruguaya sub-20, andaba observando jugadores. Una tarde anunció que viajaría a Treinta y Tres. El periodista radial que lo entrevistaba ni siquiera sabía dónde quedaba ese lugar. ¿Treinta y Tres? Un oyente llamó a la emisora para informar que el pueblo quedaba, más o menos, a trescientos kilómetros de Montevideo. Entonces Silva reconoció su oportunidad, vio de golpe lo que ocurriría. El resto es historia, concluye.

De la selección sub-20 que quedó cuarta en el Mundial de 1991 pasó al Defensor Sporting. Luego, al Peñarol; después, al Cagliari. Vinieron cuatro equipos más, y muchas convocatorias a la selección de mayores. Entonces Silva sintió que vivía al contrario de como lo había pronosticado: dedicado al fútbol y apartado de las granjas donde se hizo hombre. En su viaje se topó con lo inesperado. Asfalto, vértigo, esmog, grandes clubes, estadios llenos, hoteles de cinco estrellas, aplausos, fama, autógrafos, fotos de primera plana, mujeres, licor, discotecas, trasnochos, otra vez mujeres. Una camioneta, un tipo temerario que conduce borracho —él mismo— y el accidente que casi le arrebata la vida.

El accidente que lo hizo salir del fútbol por la puerta trasera, cuando apenas tenía treinta y cuatro años.

Un viaje redondo, después de todo, porque aquí está otra vez, a sus cuarenta y un años, como si nunca se hubiera ido.

Silva calla, mira hacia el otro extremo del patio, donde su hermana Andrea prepara café. Si analizamos bien el asunto —dice a continuación—, su predicción se está cumpliendo: hoy es el adulto estanciero que aparecía en sus sueños infantiles. No guía ningún rebaño de ganado Hereford, es verdad, pero en cambio sí tiene una tropilla de vacas Aberdeen Angus, y ovejas finas como las que esquilaba cuando era niño, ovejas Corriedale, nada menos, y también caballos árabes, y ciervos Axis, y una campiña bien podada.

CUATRO

Cuando estuvimos en su finca, a unos diez kilómetros del pueblo, Darío abrió un baúl en el que guarda recuerdos de su vida en el fútbol: una camiseta de Batistuta, un brazalete de Baresi, unas zapatillas de Ronaldo.

Me mostró sus animales, sus monturas de caballería, el retrato de sus padres ya fallecidos, las fotos de sus dos hijos, una tetera que le dieron en Paraguay y un poncho que le regalaron en Argentina.

Eso es todo lo que necesita para ser feliz, dijo.

Eso, más Lorena, su novia actual. Hace dos días se puso a pensar que ella es la única mujer a la que ha amado.

—¿Por qué lo crees?—Bueno, es la única a la que nunca le he sido infiel, ¡y llevamos más de un año juntos!
—¿Eras muy infiel?
—Ni te cuento.

Me extrañó que ventilara el tema. Para los futbolistas, eso hace parte de la mugre que se oculta bajo la alfombra. Él estuvo de acuerdo, y agregó que la promiscuidad solo sale a flote cuando el equipo pierde, o cuando el dueño necesita un pretexto para borrar a algún fulano de la nómina.

Entonces Darío volvió a hablar de su indisciplina. Un poco después de cumplir treinta años fue contratado por el Sevilla F.C. Allí coincidió con el andaluz Sergio Ramos, que entonces solo tenía diecisiete años.

Como Darío era tan desordenado, no quería que Ramos se le acercara, ya que podría dañarse viendo su mal ejemplo. Así se lo dijo.

—Pero es que tú me caes bien —le respondió Ramos.
—Bueno, hagamos algo —propuso Silva—: al andar conmigo vas a ver que yo digo cosas lindas, como que hay que portarse bien, y también hago cosas malas, como salir de farra la noche antes del partido. Bueno, fijáte en lo que yo digo, no en lo que yo hago.

Y volvió a soltar su eterna risotada.

CINCO

En la casa de los Silva ya huele a café.

Darío dice que Andrea, su hermana, es adicta al laburo. Cocina, plancha, barre, hace lo que sea necesario. Así es él: en su finca no se la pasa sentado viendo cómo vuelan los pajaritos sino sudando la gota gorda como le enseñaron sus mayores. Por eso tiene las manos ásperas: el trajín en el campo percude, encallece. Entonces guarda el teléfono móvil en el pantalón y me muestra el dorso de las manos. Inspecciono sus dedos gruesos, nudosos, su piel cundida de cicatrices.

Le pregunto de quién es el balón. Se encoge de hombros, el ceño fruncido, calla.

—¿Querés café?
—Sí.
—Creo que esta pelota es de mi sobrino.
—¿Cuántos años tiene tu sobrino?
—Y… ya es un hombre.
—¿Es futbolista también?
—Jugaba de chico. Después, largó.
—¡Quién sabe cuánto tiempo llevará esa pelota ahí abandonada!
—Es lo que te digo. Hace un ratito ni la veíamos, y ahora la tengo en el pie.

Quisiera saber, digo, si ha vuelto a meter goles con el pie derecho. Silva responde que por supuesto. A veces participa en torneos de veteranos. Ahí donde lo ven con su pata de palo —bromea— él todavía corre, todavía salta, y siempre que lo pongan mano a mano con el arquero, le va a pasar factura. Hace cuatro años estuvo en Colombia jugando en la despedida de su colega Iván René Valenciano. Después del partido hubiera podido bailar una tanda de candombe, porque se sentía entero.

—Me gustaría verte haciendo pinolas.
—¿Qué son pinolas?
—Cuando haces saltar el balón en el pie, una y otra vez, sin dejarlo caer.
—Ah, como jueguito…
—En algunas partes de Colombia les llaman pinolas y en otras, la 21.
—Qué nombres tan raros. Acá en Uruguay a eso se le llama “dominar”.
—Bueno, por favor, domina el balón para hacerte fotos.
—¡Estás loco!
—No entiendo.
—Así juegan los niños de siete años.
—¿Te parece malo?
—Mala, la muerte de mi abuelita. Pasa que no entrenamos así.
—¡Pero si no estamos en entrenamiento! Es solo para la foto.
—Decile a Maradona. Sacarías miles de fotos, ¿viste?, porque el tipo es capaz de durar una semana sin dejar caer la pelota.

Le pido el balón a ver si lo incito con mi ejemplo. Como apenas logro siete pinolas, Darío suelta una nueva risotada.

—Devolvémelo antes de que te broten hojas. ¡Sos un tronco!

Y otra vez se ríe.

De pronto, sin ningún aviso, se pone a dominar. Me pide que vaya contando en voz alta. Veo su rostro grave, concentrado —va una—, veo su pie izquierdo apoyado en el piso —van dos—, veo cómo el balón rebota suavemente en su pie derecho —tres—, veo cómo se tensa su cuerpo magro —cuatro—, veo sus brazos venosos —cinco—, veo cómo su camiseta lila se infla y se encoge —seis—, veo su nariz aguileña, veo sus pómulos angulosos —siete—, veo su piel cobriza —ocho—, veo su pelo ensortijado, ahora del color negro original —nueve—, veo la bota de su pantalón blanco arremangada hasta la rodilla —diez—, veo su pierna artificial cubierta con espuma de poliuretano —once—, veo cómo el muñón delgado de la prótesis naufraga en la abertura de su zapato. Me pregunto cómo se sostiene, por qué no se mueve.

Doce.

Trece.

Veo que Darío esboza una sonrisa burlona.

Catorce.

Descubro que no estoy contando con la vista sino con los oídos. Sigo oyendo, sigo contando.

Oigo el golpe de la pelota contra el empeine —quince—, oigo el jadeo de Silva —dieciséis.

Y ahora oigo su voz.

—Bueno, ya está.

Se detiene, atenaza el balón con la mano derecha. En seguida dice que nunca fue futbolista de pasatiempos. Los considera inútiles, pues en la cancha nadie anda tonteando. A él dénsela redondita en el área, y ya verán cómo pone a cobrar a todo el equipo.

Siempre creí lo contrario: que su nombre y la palabra divertimento encajaban sin tropiezos en la misma oración. Lo veía contento en la cancha, como más dispuesto a pasarla bien que a competir. En su pelo teñido de amarillo intuía un espíritu vivaracho, en su sonrisa permanente divisaba un temperamento afable. Además estaba el contraste entre su piel achocolatada y la piel blanca de sus compañeros. ¿Qué hacía ese negro mandinga revuelto con aquellos jugadores de aspecto europeo? En este punto Silva vuelve a largar la risotada.

—¡Pero si en la selección uruguaya ha habido más negros!
—Ya lo sé. Pero algunas veces tú fuiste el único.

Silva se mira un brazo, luego el otro.

—¿Te acordás de Marcelo Zalayeta?
—Sí, claro.
—¡A ese hijo de puta lo demoraron en el toaster más que a mí!

Y de nuevo suelta la carcajada.

A mi modo de ver, la apariencia correcta de Zalayeta no desentonaba en aquella tropa de blancos austeros. En cambio Silva me parecía, a ratos, un bailador de samba entrometido en una liga de tango. Era festivo, saltarín, desabrochado. Siempre creí que reivindicaba el significado primario del verbo jugar. Un día tenía el pelo amarillo, otro día rojizo; a veces lo usaba largo, a veces se rapaba. Celebraba los goles sacando la lengua, o brincando como canguro, o metiéndose el balón en la camiseta. Eso sí: aunque pareciera el miembro calavera del grupo, siempre actuó durante los partidos como un competidor feroz.

—Te ponés con firuletes y por ahí te matan.
—Entiendo: la pinta de payaso no impide trabajar en serio cuando empieza la función del circo.
—Si no, no cobrás.
—Claro.
—Cobrás con goles, no con jueguitos.

Calla un instante. Ahora tiene la pelota bajo el brazo izquierdo.

—Yo ensayaba penaltis en aquella pared. ¿Querés que tire uno?
—Claro.
—Patear es mejor que dominar.
—Claro, claro.
—Si nos imaginamos que esa pared es el arco, me vas a ver metiendo un gol con la derecha.
—¿Nunca te dijeron que pareces brasileño?
—¡Puta, miles de veces! Acordate de Catanha.
—Me acuerdo de Catanha, tu compañero brasileño en el Málaga. ¿Por qué lo mencionas?
—Nos confundían, ¿viste? A él le decían Silva y a mí, Catanha.

Andrea, la hermana de Darío, nos trae café.

—¿Ya le contó los desastres que hacía en casa? —me pregunta.
—No.

Entonces se miran, sonríen. Andrea me pasa el pocillo.

—Creció sin ley porque todos lo mimábamos. Es el menor de los tres, el único varón.
—¿Qué desastres hizo?
—Las paredes eran su portería. Mi padre vivía pagando vidrios rotos en el vecindario.
—Le queda muy bien su pelo amarillo.

Por toda respuesta, Andrea sonríe. Sus ojos verdes se iluminan.

—Mi pelo era como el de ella.
—Me imitaba desde pibito.
—Pero ella también me imitó. Ese pelo que tiene ahora se parece al mío cuando jugaba.
—El tuyo se parecía al mío.
—Los dos nos pintábamos.
—Sí, pero yo lo hice primero.

Ambos ríen. Darío arroja el balón al piso para recibir su café.

—¡Mirala bien a mi hermana, es trigueña! ¡A la hija de puta nunca la pasaron por el toaster!

Y suelta la enésima carcajada.

Andrea me mira, y después mira a Darío.

—Él me imitaba. Un día se puso lentes de contacto verdes.
—Pero eso fue de pibe, mirá que ya ni me acuerdo.
—Tuviste ojos verdes.
—No me acuerdo.
—Lo volviste a hacer cuando jugabas en el Málaga.
—Y, bueno, yo era dueño de una discoteca. Esos lentes fueron cosas de la fiesta.
—Me imitabas.

Entonces Darío se dirige a mí:

—¿Vos te imaginás las minas que me hubiera cogido con los ojos de mi hermana?

Y otra vez empezó a ahogarse de la risa.

Me sorprende que haya tenido una discoteca durante su paso por el Málaga. Silva responde que divertirse en un boliche propio siempre será más seguro que hacerlo en uno ajeno. Se trataba de una ocupación adicional como cualquier otra. Como estudiar de noche, por ejemplo, o cuidar un banco. El presidente del club sabía, sus compañeros sabían, la ciudad entera sabía. Nadie protestaba, pues la discoteca era “una inversión personal”. Además, él rendía en la cancha.

Jamás había conocido un deportista que se expresara de manera tan políticamente incorrecta. Para Silva —recapitulo en voz alta— beber antes de un partido era impedir que se le resecara el alma, desvelarse con una mujer era llenarse de motivaciones y atender una discoteca era como estudiar en jornada nocturna. En su credo personal ningún exceso es condenable si el futbolista ofrece resultados. Esto último lo aprendió con la experiencia, advierte entre risas. Al principio se escondía si veía periodistas deportivos en los boliches. Después descubrió que cuando rendía en la cancha a nadie le importaba si se acostaba temprano o amanecía en la calle. Por eso siempre llegó puntual a los entrenamientos, por eso siempre dejó el alma en cada jugada.

En este punto señala que a él le bastaban dos horas de sueño. Andrea asiente con la cabeza. Quisiera saber, digo, cómo puede competir en serio un futbolista desvelado y borracho. Entonces Darío esgrime su tesis más descarada: por haberse criado en el campo, tiene la ventaja de contar con un cuerpo muy fuerte. Me cuesta saber si en verdad piensa eso, o si solo me está gastando una broma. Por lo pronto, digo que quedamos notificados: debemos emplear a nuestros niños como ordeñadores de cabras para que más tarde disfruten de un libertinaje saludable.

Darío se ríe, dice que soy un hijo de puta. Luego agrega que la bohemia es muy común en el fútbol latinoamericano. Los entrenadores suelen mirar para otro lado, porque si ven demasiado pueden perder el control del grupo. Los compañeros suelen ser fieles al código de guardar silencio, porque nunca se ha dado el caso de que a un futbolista lo condecoren por soplón. El que muestra el trapo sucio afuera ensucia adentro. Además, ¿a quién le incumbe lo que vos hagás en tu tiempo libre? Emborrachate, cogete a ese minón que te pidió el autógrafo. Eso sí: al día siguiente llegá puntual al entrenamiento y rompete el orto laburando. Si ganás, nadie te armará lío.

Así funciona, concluye. Uno puede taparse los ojos para no darse cuenta o vendarse la boca para no hablar, pero la indisciplina está ahí.

—Lo que fue, fue. Ya está.

Me niego a creer —le digo— que cuando se encuentra a solas sea tan indulgente consigo mismo. Él responde que nunca lo ha sido. Siempre se ha culpado por su irresponsabilidad, y antes hasta se odiaba por eso. Pudo haber matado a los dos amigos que viajaban con él en la camioneta, pudo haberlos dejado inválidos. Menos mal no sucedió ni lo uno ni lo otro. Jamás se lo habría perdonado, así que ahora yo no estaría conversando con él sino solo con la morocha —y señala a su hermana.

No mató a los amigos, de acuerdo, pero humilló a su familia, la hizo sufrir mucho. Él también estaba desconsolado. Hacía como que olvidaba, como que todo le importaba un higo. Sin embargo, tenía un ahogo en el corazón. Veía su pierna rota, sentía sangre en un oído, escuchaba ruidos en la cabeza. Era quizá la voz de su conciencia. Nada ganaba con quedarse ahí, echado a la pena. Debía existir alguna forma de aprovechar la vida que le quedaba. Una tarde su psicóloga en Montevideo le dijo cuál era: valorarla, honrarla día tras día. Lo único que se le ocurrió entonces para lograr ese propósito fue devolverse para Treinta y Tres a cumplir su sueño de infancia.

Silva pone su mano áspera en mi hombro y me pide que lo acompañe hasta donde está la pared. Quiere que vea su último gol, ese que también fue el primero, el más bonito de todos, el que empezó a marcar desde niño en este patio amado.

Esta es la historia de un hombre que parece haber enloquecido por el fútbol. En su casa se acumulan 4.500 videocasetes con los partidos más estrambóticos; asegura que cuando duerme la cabeza se le llena de arcos. No le dedica más de quince minutos a una charla con su esposa y la última vez que fue al cine fue en los años ochenta, también es capaz de despertar a las tres de la mañana al presidente de Estudiantes de La Plata, club que actualmente dirige, para sugerirle una idea sobre el equipo y, cuando viaja a Roma, prefiere visitar a un futbolista que conocer el Coliseo.

Sin embargo, a Carlos Salvador Bilardo no le dicen “el Loco”, sino “el Narigón”. Ese ha sido el apodo que arrastra desde sus años adolescentes, cuando nadie imaginaba que el muchacho que corría de una cancha a la facultad de medicina y de la facultad a la cancha terminaría siendo el técnico más obsesivo del mundo. Su inconfundible perfil, pan del cielo para los caricaturistas, le valió un mote que más que con pesar lo lleva con orgullo por el mundo. “Alguna vez pensé en operarme”, dice como quien revela un secreto. No entra en detalles, pero se sabe que a finales de los años sesenta se puso de acuerdo con Juan Ramón Verón (ex delantero de Estudiantes y padre del actual jugador del Chelsea inglés) para visitar a un reconocido cirujano plástico de La Plata con la intención de que les mejorara las narices. “Cuando nos sacó la máscara de yeso y nos mostró cómo íbamos a quedar salimos rajando. Siempre rogué para que me fracturaran el tabique nasal y así tener un motivo para que me operaran, pero lo único que me fracturaron fue una costilla”.

Luego de proclamar que jamás volvería a dirigir, en mayo de este año cedió ante el ruego de viejos amigos que le pidieron que tomara la conducción de Estudiantes y lo salvara del descenso. Después de prometer que no cobraría sueldo, que lo haría por amor al club y que pretendía manos libres para moverse, el técnico, que más sabe por zorro que por viejo, empezó otra demostración de sus habilidades: en dos meses Estudiantes no perdió más de un partido y el descenso pasó de largo.

Hace poco tiempo, por ingenuidad, por bondad, o por ego, Bilardo creyó que con la fama alcanzaba para presentarse como candidato a presidente de los argentinos. Su originalidad, indiscutible en este lado del mundo, lo llevó a preparar una reunión en las primeras horas del 1 de enero de 2000, cuando todo el mundo festejaba la llegada del siglo nuevo. Convocó a los medios de comunicación y a sus amigos a un acto en que anunciaba su postulación. “Quiero ser el primer candidato del siglo”, dijo entonces. Y lo logró. Ese día muchos pensaron seriamente que Bilardo entraba en la categoría de lunático. Ahora, resulta inevitable hablar de aquellos sueños que se transformaron en una aventura: “Mi familia no quería, y tuvieron razón. Puse mucha plata y la perdí. Para ser presidente necesitas millones. No era para mí. Gasté en afiches, en alquilar locales, en armar reuniones. En lo único que no gastaba dinero era en la prensa. Me hacían notas todos los días gracias a ser Bilardo. Hasta CNN me entrevistaba para saber por mi candidatura. Bueno, aunque con CNN tengo un trato especial porque ellos me llaman cada tanto para pedirme opiniones de fútbol y a mí me hacen algunos favores”.

La conversación, a esta altura, se parece a un juego de cajas chinas. Entre uno y otro recuerdo, se le mezclan los personajes y las anécdotas. Por el momento son las memorias de un político que duró lo que dura un torneo. “Llegué a armar reuniones en La Matanza, el distrito más popular del Gran Buenos Aires, a las que se acercaban cinco mil personas. Me iba de viaje al interior del país con mi equipo de trabajo, médicos, especialistas en educación, todo. Pero de pronto me quedaba hablando solo porque los médicos miraban el reloj y me decían me tengo que ir a tal lado, los otros también. Hasta que un día en una de las reuniones un tipo dice, bueno, todo muy bien, pero aquí en este distrito se hace lo que yo quiero. Yo no sabía de esto. Ahí me di cuenta de que no iba a poder hacer lo que yo quería”.

Tiene a mano un ejemplar de una revista amarilla de 1983 en la que presagiaba una Argentina en el fondo de los mares. La relectura del semanario Diez indica que Bilardo afirmaba que este país se hundiría durante veinte años y que necesitaría otros veinte para recuperarse. Según el oráculo Bilardo, el 2023 pondrá las cosas en su lugar. “El problema es moral, moral –repite como buen hiperquinético–. Cuando regresé de Colombia a Argentina toda la plata que había ganado la puse en una cooperativa de ahorro y me la comieron, perdí todo”.

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En los años en que fue asesor de la selección de fútbol de Libia, terminó políticamente de acuerdo con todo lo que propone Gadhafi en “El libro Verde”. ¿Bilardo revolucionario? No estaría mal para dar una primicia mundial. Es el propio Bilardo quien ejemplifica y confunde: “El dinero está mal repartido, si yo tengo una fábrica y llego en un auto modelo 1990, el que trabaja tiene que llegar en un modelo 1970, y los gerentes en uno de 1980, pero todos tienen que llegar. Hoy tenés que ser de derecha o de izquierda según te convenga. Miren, yo fui a la Unión Soviética, a la despedida del legendario arquero Lev Yashin y vi cómo los comunistas decían una cosa y hacían otra. Yo les decía a mis amigos, estos tipos cualquier día de estos tiran todo a la mierda y chau. Así fue. Hoy los pibes no aguantan más, ven la televisión, ven lo que tienen los españoles, ven lo que tienen los extranjeros y quieren vivir bien. No soy de aquellos que piensan que porque soy dueño de una fábrica a los obreros los mato. Esto se los he dicho hasta a los dueños de Torneos y Competencias (empresa dueña de los derechos de T.V. del fútbol argentino y para la que Bilardo realiza comentarios pagos). A mí no me gusta ver pasar 30 millones de dólares ante mis ojos y que la gente reciba muy poco. A la gente hay que tenerla bien”.

A pesar de que lo explica muy seguro y que se le advierte que en realidad parece un socialdemócrata, Bilardo insiste en proclamarse “peronista de Perón”. Las primeras sonrisas grandes de la entrevista llegan cuando el doctor habla de militancias juveniles: “Yo estaba en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios, una agrupación que apoyaba a Perón). Era el delegado de los chicos del colegio Bartolomé Mitre. Milité desde los 12 hasta los 18 años. Después me absorbió el fútbol. Era de los que a fin de año iba al edificio del Correo Central a buscar la canasta que regalaba Perón. Íbamos a las inauguraciones de obras públicas como el Embalse de Río Tercero, las instalaciones turísticas de Chapadmalal. Seguí a Perón a muchas partes. Una vez no nos dejaban entrar al Teatro Colón, a una ceremonia final, y no sé cómo hice pero me colé. Por supuesto que fui uno de esos adolescentes a los que los Campeonatos Evita le pegó mucho. Mirá cómo será que me acuerdo la canción: Seremos deportistas de todo corazón/ seremos deportistas de Eva y de Perón/ para formar la nueva y gran generación/ si ganamos o perdemos no ofendamos al rival. Las estrofas entonadas suenan a sacrilegio en boca de este predicador del ganar a cualquier precio, quien siempre tiene a mano la aclaración debida: “Nuestros equipos sacan provecho de todo, pero dentro del reglamento”. Es inútil insistirle con un tema que lo dejó en evidencia ante las cámaras del mundo: la tarde del Mundial de Italia en 1990 cuando un auxiliar de la selección argentina llevó dos bidones con agua durante el partido contra Brasil. Uno contenía agua de la más limpia. El otro una sustancia capaz de descomponer al mejor preparado. Al brasileño Branco lo invitaron a tomar de la mezcla especial y al poco tiempo debió salir de la cancha. La respuesta de Bilardo siempre es la misma, una mueca evasiva.

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Ningún apellido en el mundo remite tan velozmente a la palabra alfileres como el de Bilardo. Aquella leyenda que se agigantó con los años, la del jugador de Estudiantes de La Plata que entraba a la cancha con un alfiler entre sus ropas para pinchar, provocar y hacer expulsar a los rivales, es desmentida con una voz agria y casi convincente: “No, eso es mentira. ¿Vos te imaginás? Si alguien puede pinchar en la cancha a un rival con un alfiler el tipo no se va a quedar quieto. No, va y te mete una trompada en la jeta. ¡Qué alfileres ni alfileres! En aquella época nos inventaron muchísimas cosas. Decían que yo había aprendido inglés para poder insultar a los jugadores del Manchester. Decían cualquier cosa”.

Los tiempos de Bilardo jugador parecen cuentos fantásticos. Por primera vez un equipo argentino de los llamados “chicos” se colaba en el lote de privilegio mundial. Tres Copas Libertadores en 1968, 1969 y 1970 y una Copa Intercontinental en 1968. Eran los famosos “Pincharratas”. Era el Estudiantes que dirigía Osvaldo Zubeldía, un equipo al que sus detractores bautizaron como “el antifútbol” a partir de acalorados partidos en los que según la definición del humorista y escritor argentino Roberto Fontanarrosa “se veían unas patadas tremebundas, unas planchas asesinas, una cantidad infinita de zamarreos, remolinos, empujones, puteadas y escupidas”. Como adelantándose a cualquier pregunta incómoda, Bilardo explica: “Algunas cosas que decían de nosotros fueron verdad, pero la mayoría son mentiras. Gran parte de la prensa nos tenía envidia. Es que por esa época todo era de los grandes, Boca, River, Independiente, Racing, San Lorenzo. Un día fuimos con el plantel a la redacción de la revista El Gráfico, la más popular en materia de deportes, y le dijimos al director: ‘Mire, nosotros no queremos ser tapa de la revista porque ya sabemos que no vendemos un carajo, pero le pedimos un favor, si salimos en las páginas interiores, al menos denos más espacio’. Yo sabía bien que Estudiantes, pese a su excelente campaña y todo no le interesaba al gran público. Lo sabía porque siendo jugador hacía la cola todas las tardes para esperar a que saliera el ejemplar del diario La Razón y cuando ganaban Boca o River la cola de gente era impresionante y cuando ganábamos nosotros y ellos perdían no llegábamos a veinte. Fue ahí cuando dije que el fútbol es un negocio y casi me matan. Una vez en otra revista que se llamaba Goles no tenían fotos de nuestros jugadores festejando un gol. Y claro, ¡qué la iban a tener si nunca mandaban a sus fotógrafos a nuestros partidos! Resulta que estábamos por salir campeones y tenían que hacer la tapa con nosotros. Nos citaron el lunes a la mañana en la cancha para que nos pusiéramos la ropa de jugador y simuláramos que festejábamos un gol. El fotógrafo nos rogaba ‘pero griten el gol con ganas’ y nosotros le decíamos que se dejara de joder, que no era lo mismo festejar un gol un día domingo, durante un partido, que un lunes a la mañana con frío y cansados”.

Sostiene que después de Buenos Aires su ciudad preferida es Cali a la que define como “el Paraíso. Su gente es increíble, se levantan y todo es música y fútbol, se acuestan y todo es música y fútbol, nunca vi un pueblo tan alegre”. La relación entre Bilardo y Colombia nació después de unos días en que trabajó de jugador y espía. En 1968, su entrenador Zubeldía lo envió a Colombia para elaborar un informe sobre cómo jugaban Millonarios de Bogotá y Deportivo Cali, rivales de Estudiantes de La Plata en el grupo de la Copa Libertadores. “Yo estaba en un hotel con el famoso torero español ‘el Cordobés’ –recuerda, sin salirse un centímetro del estilo cambalache–. El tipo había tenido una mala tarde en Bogotá y se acercó a decirme que al día siguiente iba a realizar una de sus mejores corridas y así fue. Un día después lo llevaron en andas en la Plaza de Toros. Fue en esa semana cuando me presentaron a Álex Gorayeb y nació una amistad que luego me permitiría ingresar al fútbol colombiano y ganarme un lugar”.

El primer contrato en tierras colombianas fue con el Deportivo Cali. Gorayeb, el hombre que lo convocó, le dio un argumento que pegaba en el centro de su orgullo: “Don Álex estaba cansado de que el Nacional de Medellín, que dirigía Osvaldo Zubeldía, le sacara siempre ventaja. Yo tengo que contrarrestar esto –me explicó–, y qué mejor manera que conseguir al discípulo número uno de Zubeldía que es usted. Fue durante una cena en Mar del Plata. A él le encantaba la Argentina, viajaba muy seguido y se instalaba en el Hotel Sheraton de Buenos Aires. Desde allí llamaba a los jugadores para reunirse con ellos y los compraba para llevarlos a Colombia”.

Vuelve una y otra vez a elogiar a Gorayeb, como si hiciera falta remarcar su eterno agradecimiento: “Te los digo en cualquier orden, pero para mí, en el fútbol mundial hubo tres dirigentes inigualables. Te repito, te los digo sin orden: el brasileño João Havelange, el argentino Julio Grondona y Gorayeb. Don Álex era un tipo inteligente. Mirá cómo sería que a los 25 años ya tenía un club en el Líbano”.

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La recepción que el pueblo de Cali le brindó en 1978 al plantel del Deportivo Cali, con Bilardo a la cabeza, cuando clasificó para la final de la Copa Libertadores, jamás se borrara de su memoria, hasta tal punto que la califica de “la emoción más grande que sentí en mi vida”. Son palabras de alguien que no se estremece fácilmente.

Por entonces, ya todos estaban deslumbrados con ese argentino que había llegado con ciertas extravagancias. El primer día pegó varias tapas de la revista El Gráfico en las paredes de los vestuarios mientras les decía a los jugadores: “Miren. Miren bien. De ustedes depende salir en la portada de la revista más prestigiosa de América Latina. Si hacen lo que tienen que hacer lo van a conseguir”. Era el inicio del mito. Su mensaje detallista y triunfalista, el mismo que luego lo convertiría en semidiós para quienes pregonan ganar a cualquier precio, apuntaba a transformar el fútbol de un país que lo había recibido con cierta desconfianza. “Colombia tenía unos jugadores bárbaros –asegura–. Pero estaban desperdiciados. Lo primero que hicimos fue imponer disciplina”.

Suprimió las salidas nocturnas, estableció las concentraciones largas, pero eso sí, no pudo con alguna de las costumbres más populares. “Era imposible decirles que no tomaran alcohol. Si hasta yo tomaba. Me daban una copita de ese aguardiente y chau, quedaba del otro lado. En aquellos años los preliminares de los partidos los jugaban los veteranos. Les dije a los dirigentes que eso era un desperdicio. Con estadios en los que había treinta mil espectadores, los que debían jugar eran los pibes. No tenían vocación por fomentar el trabajo de los chicos. Entonces se me ocurrió una idea: que convocaran a un millonario al que le gustara el fútbol. Me dijeron que ese hombre era Carlos Ardila Lulle, el dueño de la cadena RCN que tenía fábricas y empresas por todos lados. Le propuse que auspiciara un torneo para chicos y me aprobó el proyecto. Así empezó todo. Los veteranos me querían matar, pero la única manera de cambiar el fútbol colombiano era desde abajo”.

Acaso porque no quiere una biografía manchada, se anticipa a aclarar que abandonó Colombia en 1981, después de manejar a la selección. “Yo no viví a pleno la época en la que los grandes narcos tenían dos o tres equipos de fútbol. Pero no voy a negar que tuve alguna relación con varios de ellos. El fútbol es así. Con Miguel Rodríguez conversé dos o tres veces por teléfono. Y con Pablo Escobar tuve algún trato porque él venía a la Argentina a comprar jugadores y me pedía recomendaciones. Te juro que yo no le debía nada a nadie ni nadie me debía nada a mí. Jamás hablaba del tema drogas. Es lo mismo que con el caso de Maradona. Durante todos los años que llevamos de relación jamás hablé con Diego del tema drogas, si él me lo hubiera pedido yo le habría dado mi opinión”.

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El doctor Bilardo, porque al final de cuentas en las venas es un médico, ya no visita pacientes ni recorre salas de guardia. Lo suyo es más artesanal. Hace pocos días, uno de sus jugadores le pidió permiso para salir de la concentración a hablar por teléfono. Hacía frío y Bilardo le concedió cinco minutos. Cuando volvió, cincuenta minutos más tarde, Bilardo lo esperaba con tres tazas de leche, grapa y miel. Pese a todo, el futbolista se pescó una congestión de aquellas y el doctor nuevamente lo trató con su estilo: “durante el partido y al ver cómo estaba pedí unas aspirinas, de esas que no salen en el control antidoping, y las mezclé con Coca-Cola, como cuando estudiábamos”. Su vocación –asegura– no era ficticia ni hija de la presión materna: “Tenía tantas ganas de ser una estrella del fútbol como de ser un excelente médico. Mi padre estaba de acuerdo con que jugara al fútbol y mi madre me dejaba ir a entrenar si estudiaba. No se podían quejar, me llevé una sola materia en el secundario y en la facultad sólo me reprobaron en farmacología”. Así como lo encasillan entre los técnicos “resultadistas y fríos”, su estilo en la medicina andaría por los mismos caminos: “ Yo visitaba a mis enfermos con puntualidad y profesionalismo, pero eso sí, cuando un paciente me decía que se sentía bien le decía chau y no volvía más ¿Para qué?”.

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No se conocen testimonios de quienes pasaron por sus manos cuando aún se calzaba el guardapolvo blanco, pero con la acidez del peor enemigo, César Luis Menotti, el entrenador de la otra vereda, le disparó cierta vez con precisión borgeana: “Miren si el fútbol será maravilloso que sacó a Bilardo de la medicina”. La respuesta de Bilardo, tardía, llegó una mañana durante una entrevista radial cuando acusó a Menotti de ser un comunista que vivía como un burgués: “Ese rabanito mejor que se calle, es rojo por dentro y blanco por fuera”.

Como en las películas en las que está muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, la sociedad argentina se dividió para siempre en menottistas y bilardistas. Los primeros pregonan algo que suena bien pero se entiende mal: “el buen fútbol es el de izquierda, el que se juega con habilidad”. Los segundos tienen menos prosa: “el buen fútbol es ganar, siempre ganar.”

“Ya van como dos décadas de esa polémica y creo que sí, nunca va a terminar –sostiene como quien acepta morir con las botas puestas–. Y no me olvido que durante el Mundial de 1978, cuando la selección argentina la dirigía Menotti, gente que colaboraba con él me pidió que fuera espía de los futuros rivales argentinos. Los pro-Menotti me acusaban en los años ochenta de ser un maniático de los videos y ahora los usan todos los entrenadores del mundo. Hasta Menotti admitió que los usó”.

El desprecio mutuo ha convertido a una foto virtual en la pieza más deseada del periodismo argentino: quien logre juntar frente a un flas a Menotti y Bilardo recibirá la cámara de oro o algo que se le parezca. Se evitan como el gato y el agua. Más de veinte años son bastantes para un desencuentro. El tiempo, que aclara todo, aquí no ha aclarado nada. Encima, por estos días, a Bilardo se le ocurrió quejarse en cuanta entrevista concede con conceptos menottistas y el desconcierto ha sido mayúsculo: “el fútbol es un circo que se agrandó demasiado y cada vez se juega menos”. Según su nueva forma de ver las cosas, en las grandes ciudades ya no quedan potreros para que los chicos desparramen su talento virgen y eso impide que nazcan jugadores talentosos. “No se equivoquen –aclara–, yo siempre dije que había que trabajar la técnica en las inferiores. Cuando era chico íbamos a ver los partidos de los domingos y después nos cruzábamos a los terrenos baldíos a jugar horas y horas. Si no tenés contacto con la pelota estás frito. Hoy todos los barrios están llenos de autos, ¿a dónde van a jugar los pibes?”.

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En 1986, meses antes de la partida a México, un burdo intento de un grupo de jerarcas de la Unión Cívica Radical que gobernaba la Argentina, casi culmina en el primer golpe de estado de la pelota. “Querían sacarme del seleccionado –recuerda con renovados aires triunfadores–. El chisme me lo había pasado un mozo que, una noche, había escuchado una conversación entre los diputados Leopoldo Moreau, Fredy Storani, el ex ministro del Interior Coti Nosiglia y un ex funcionario de Economía de apellido Campero. Los tipos, con el argumento de que los resultados no se nos daban, querían cambiar de entrenador y se lo iban a plantear al presidente de entonces, Raúl Alfonsín. Cuando me enteré les avisé a unos periodistas amigos para tener testigos. Después no pasó nada. Pero con el tiempo, Alfonsín me admitió que él había parado todo”.

Cientos de páginas críticas se escribían entonces contra Bilardo y su seleccionado maltrecho que apenas había arañado la clasificación para el Mundial. Los sacerdotes de Menotti no le perdonaban su osadía mayor: le sacó la cinta de capitán al veterano caudillo Passarella y se la entregó al joven y aspirante a rey, Maradona. Un periodista francés fue uno de los pocos que confiaron a ciegas cuando, en las alturas de Tilcara, en la provincia de Jujuy, pueblo elegido para el aclimatamiento a la altura mexicana, vaticinó que si esos tipos vivían allí y corrían como corrían serían los próximos campeones del mundo. Como tantas cosas que explica con lógica de primer grado, no duda que aquello es mérito suyo: “Fuimos la primera selección en llegar a México. Yo sabía, por mi experiencia en la altura de Colombia, que teníamos que llegar mucho tiempo antes. Además, necesitaba tener a los jugadores concentrados casi un mes. Esto del fútbol es como cuando estudiás en la universidad. Te tomás un tiempo para ver toda la materia, pero después necesitás una semana de repaso para fijar bien los conceptos. Nosotros precisábamos un mes de repaso. El resultado fue que aquel equipo, volaba”.

Durante el Mundial de México en 1986, Bilardo vivió su época más brillante. No sólo porque ganó la Copa de la mano de un Maradona hipergenial. También se dio un gusto como pocos: humilló al mismo tiempo a sus enemigos futbolísticos y políticos. La tarde de la consagración en el estadio Azteca, Bilardo se tomó revancha y lavó el nombre de su guía ideológico. Cuando le preguntaron a quién le dedicaba el título, respondió “a Osvaldo Zubeldía”.

“Tanto le habían pegado a Osvaldo que merecía un reconocimiento – dice–. Mirá, de ese día recuerdo que el periodista de Cali, Mario Escobar, me preguntó qué país veía con más futuro en el fútbol después de la Argentina, y yo respondí Colombia. Unos años después Colombia era el país mimado de todos los críticos”.

Hoy, inevitablemente, las selecciones suramericanas están en la mira. Luego de las dos primeras fechas de las eliminatorias al Mundial de Alemania 2006, Brasil se perfila como superfavorito, Chile –por empatar con la Argentina– como la gran sorpresa y Colombia como la gran decepción, sin embargo, Bilardo no ve grandes cambios. “Brasil pinta para ganarle a casi todos. Colombia no es decepción. Cuando uno juega una eliminatoria sudamericana sabe que hay dos rivales contra los que es altamente probable una derrota, Brasil, de local o de visitante, y Bolivia cuando juega en La Paz. A Colombia le tocaron esos dos partidos. Antes de empezar las eliminatorias yo daba a Colombia como candidato seguro y como equipo boom y lo sigo dando. Conozco bien a sus jugadores y sé que son de los mejorcito que hay en el continente. No hay que apresurarse. Creo que es como siempre. Todas las selecciones están muy lejos de Brasil y Argentina. No sé cuáles son los otros dos equipos que van a clasificar, pero por lo visto, puede ser cualquiera”.

—Usted fue a la cancha a ver el debut de la Argentina ante Chile, ¿lo sorprendió la actitud de gran parte del público que no paró de silbar al entrenador, Marcelo Bielsa, y a Juan Sebastián Verón?

“Me lo esperaba. Estaba cantado que a los dos los iban a insultar y silbar. Pero van a ver ustedes que el enojo con Verón se va a pasar. Lo de Bielsa es distinto. Yo decía en 1986 que antes del campeonato del mundo me había comprado dos vestimentas blancas, una de jeque para disfrazarme e irme exiliado a Arabia si perdía, y un traje hermoso para darme el lujo de pasearme como un dandy por la avenida Corrientes en Buenos Aires si traía la Copa del Mundo. El cargo de entrenador de Argentina es así. Todo o nada. Bielsa fue el técnico de la selección que eliminaron en el Mundial de Corea-Japón y hasta que no gane el próximo Mundial no va a lavar la ofensa. A las selecciones argentinas, cuando les ha ido mal, hasta recibieron pedradas en el aeropuerto de Ezeiza.

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Pero los técnicos no son los únicos que reciben malos tratos. Bilardo parece dolorido por la forma en que trató a sus familiares y amigos durante la mayor parte de sus 64 años. Está casado con Gloria, una señora a la que el tesorero de la Asociación del Fútbol Argentino definió como “la Virgen María del fútbol. Bilardo la llama por celular a las ocho de la noche y le avisa que se va a ir urgente de viaje a Europa, que le prepare la valija y se la lleve al aeropuerto, y ella calladita, va y le arma todo y se la lleva”. Tienen una hija, a la que, según sus dichos y lamentos, “entre los 10 y los 18 años casi ni la vi”.

Pero enseguida se le pasa y se mete en una confesión: “Viví muy apurado. Todo era fútbol, domingo, miércoles, domingo, miércoles. Desde los 12 años empecé con esto del fútbol y los estudios. Cuando era chico tenía que meter materias porque, si no, los viejos no me dejaban ir a los entrenamientos. Un día en la libreta traje un regular en conducta y la vieja no me dejó salir en todo el mes. Así fue al comienzo, imaginate. Corriendo por todas partes. Había clases los sábados y tenía que llegar a la una para los partidos de las inferiores. Por las noches, cuando me tenía que quedar en el hospital con las prácticas, buscaba las salas donde no había enfermos con dolor y ahí me tiraba a dormir para estudiar o para estar descansado para los entrenamientos. Y después, en la época de Estudiantes, allá por 1966, de doce meses nos pasábamos ocho concentrados. Era mucho. No se acababa nunca. Cuando dejé de jugar, arranqué como técnico y hasta 1990 no paré. Entonces dije basta. Pero ya era tarde, había sido todo apurado, y me di cuenta de que la vida pasa al lado tuyo y no te das cuenta”.

Así se fue construyendo lo que algunos llaman “el monstruo” y otros “el maestro”. Un hombre que no festeja los cumpleaños, que jamás llega tarde a un entrenamiento, que les huye a las fiestas y que lo único que se le ocurrió decirle a su hija Daniela cuando le avisó por teléfono que se había recibido de abogada fue “me parece bien, cumpliste”.

Cuando elige una canción para definirse, no lo duda: “El tema de Julio Iglesias, ese que dice ‘Me olvidé de vivir’. Una vez lo enganché en un vuelo que iba a Japón. Me senté a conversar con él y le dije que la canción parecía la historia de mi vida. Julio me dijo que a él le había pasado lo mismo y que una vez a su hija, que estaba estudiando periodismo, le habían consultado cuál sería la primera pregunta que le haría al padre y ella respondió ‘si fue feliz’. Cuando muy preocupado por todo lo que decían de mi falta de sentimientos le conté a mi hija todo lo que me criticaban, me contestó que me quedara tranquilo, que la única que podía definir si yo había sido un buen padre o no era ella. Pero bueno, fue así, yo elegí desde muy joven que para ser el número uno en el fútbol hay que estar todo el día dedicado al fútbol”.

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En el libro Yo soy el Diego de la gente, la autobiografía de Maradona que fue best seller en el 2000, el talentoso ex jugador reconoce que Bilardo “es como un padre para mí. Alguna vez dije que me gustaría que mis hijas tuvieran sus principios. Me ayudó mucho y nunca voy a terminar de agradecerle que confiara en mí como confió. Fue decisivo en mi carrera”. En el seleccionado argentino Bilardo dirigió a Maradona durante ocho años, hasta 1990. Pese a ello la relación Maradona-Bilardo estallaría en 1992, cuando el diez lo tuvo como su entrenador en Sevilla y un día se animó a reemplazarlo en un partido por bajo rendimiento. Maradona se fue de la cancha insultando a Bilardo, como lo hacen buena parte de los futbolistas.

Dicho de ese modo no es más que una curiosidad. Pero como Bilardo se tomó siempre los enojos al pie de la letra, su relato no parece una exageración: “Yo no advertí los gestos que me hacía ni el insulto que me dirigía. Cuando terminó el partido, los periodistas se me acercaron para preguntarme sobre el tema y les dije que no había existido ningún incidente. Era verdad lo que decía. Como todos los domingos en la noche, me fui a comer una pizza con mi ayudante y al prender el televisor y ver el resumen de la fecha me encuentro con la imagen de Diego puteándome. Salí disparado rumbo a la casa de Maradona, pero al llegar estaba sólo la mujer. Él se había ido a Madrid. El martes siguiente, cuando empezó la práctica, reuní al equipo y le dije que no me sentía bien. Maradona no estaba. A la tarde lo fui a buscar de nuevo a la casa y cuando la mujer abrió la puerta lo encaré, lo puteé y le tiré la primera trompada en la cara. Me contestó y empezamos a pelearnos en el medio del living. Nos separaron la esposa y el representante. Nos dijeron de todo. Al día siguiente apareció en mi casa, me presentó disculpas y nos fuimos juntos a tomar una cerveza”.

¿Cuántos Bilardos habrá en el planeta fútbol? La expansión de sus ideas, sus métodos y hasta lo que parecen sus grandes disparates alcanzaron tal magnitud que el actual entrenador del seleccionado argentino, Marcelo Bielsa, hermano del canciller, es considerado un heredero de esa cosa científica que parecen proclamar los bilardistas: disciplina, trabajo, orden, estrategia, estudio del rival. Lo de Bielsa es más lineal, a él si lo llaman “el Loco”. Y ha sido tal la victoria del bilardismo que Julio Grondona, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, confesó que si algún día Bielsa renunciara el primer nombre que le aparece en la cabeza es el de Bilardo. Mientras tanto, en el pueblo de Mazzarino, en Sicilia, la lejana familia se enorgullece de su hijo más famoso. Allá está la cuna de los Bilardo. Aquí, en Buenos Aires, el nieto del viejo Salvatore camina por el campo de entrenamiento de Estudiantes y tira semillas de césped antes de empezar el trabajo. Cualquiera vería allí una escena casi espiritual. Pero el doctor es implacable: sólo quiere saber en qué zonas de la cancha los pájaros bajan a comer las semillas. Es que por allí no han pasado sus jugadores para hundirlas y eso simplemente quiere decir que el equipo no ha usado ese sector de la cancha y merece un reto.

Solo le falta poner la zeta, como el zorro.

Mágico corre antes de que la pelota se despegue del pie del Negro Cabrera. Vestido de oro galopa diez doce quince metros, y a su estela el defensa Tuto Sañudo. Aún fuera del área, Mágico frena en seco y en la frenada acaricia el balón, un toque tímido con la izquierda que quiebra la cintura del acosador. La pelota retrocede medio metro, Mágico tras ella, pero otro defensor llamado Chiri lo espera desenvainado…

El calendario dice 14 y septiembre y 1986. El estadio Ramón de Carranza acoge un partido de la cuarta fecha de la Liga española: Cádiz Club de Fútbol versus Real Racing Club de Santander. Los locales se imponen 2-0, doblete de Mágico. Los relojes marcan las ocho menos cinco cuando desde el círculo central el Negro Cabrera ha soltado el esférico. La defensa racinguista está bien plantada, y Mágico, solitario como un jaguar y escorado a la izquierda. Que pase lo que pasará es tan probable como que coincidan el cumpleaños con un eclipse total de sol. Pero es el Mago quien está recibiendo. En las gradas, diluidos entre diecinueve mil cadistas entregados están el niño José Diego, el empresario Miguel Cuesta, el quinceañero Manuel Camacho, otro niño de once llamado Emilio, el joven Doña con sus amigotes… Todos miran lo mismo: a Mágico contra un muro defensivo; incluso después de quebrar al Tuto Sañudo parece quimera. Nada indica todavía que este minuto, el 24 de la segunda mitad, quedará tatuado en el corazón de miles.

… Chiri lo espera desenvainado, pero Mágico lo supera limpio con un recorte derecha-izquierda en un espacio más estrecho que un ascensor estrecho. Parece que al fin se adentrará en el área, pero reniega, y con el cambio evita a un tercer racinguista, Manuel Roncal, que se desliza por la grama, los pies por delante. La pelota y su dueño entran en la media luna.

El portero Pedro Alba ha visto desde sus dominios la galopada, el recorte, el dribling, el cambio. Ha amagado la salida pero se ha arrepentido en la línea del área chica, confiado quizá en que miraba una única camisola amarilla en un desfile de blancas. Pero con seis caricias el salvadoreño ha roto al Tuto Sañudo, a Chiri, a Manuel Roncal, y ahora solo Alba se interpone. Mágico acaricia la pelota una última vez, se la acomoda. Alba flexiona las piernas sobre la cal, se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área.

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Jorge Alberto González Barillas nació en San Salvador el 13 de marzo de 1958, hijo de Óscar Ernesto y de Victoria, benjamín entre ocho hermanos. El primogénito, Mauricio PachínGonzález, despuntó en las filas de Atlético Marte y fue seleccionado nacional; quizá por ahí se explica la tempranera pasión del niño Jorge. A los dieciocho Mágico debutó en la máxima categoría del fútbol salvadoreño con la camisola de ANTEL. Destacó de inmediato y en noviembre de 1976 vistió de azul y blanco para sendos choques amistosos contra el Vitória Setúbal (Portugal) e Independiente de Medellín (Colombia). Marcó un gol. Pero aún le quedaban seis años en su terruño, en los que se enfundó las camisolas de Independiente de San Vicente primero y de Club Deportivo FAS después.

La selección de El Salvador obtuvo su boleto para el Mundial de España-82 porque se lo robó al México de Hugo Sánchez. El desempeño de Mágico en la fase de clasificación fue determinante, con actuaciones sobresalientes ante Panamá, Honduras y México. Pero el tarro de las esencias más preciadas lo destapó en los partidos preparatorios primero, y en el escaparate mundialista después. En el Mundial Mágico brilló como un diamante entre el carbón, se llegó a escribir, por el triste papel desempeñado por la Selecta.

Dicen que el Atlético de Madrid se mostró interesado, pero Mágico se dejó engatusar por Camilo Liz, el secretario técnico del Cádiz CF, modestísimo equipo andaluz que acababa de descender a Segunda. Fichar por el cuadro amarillo lo alteró todo, quizá para bien.

Mágico aterrizó en el aeropuerto de Jerez el 27 de julio de 1982, dos semanas después de que la Italia de Paolo Rossi ganara el Mundial, y abandonó la ciudad algún día de mediados de 1991. Con el Cádiz CF disputó dos temporadas en Segunda y seis en la máxima categoría. Sus números no explican ni justifican idolatría alguna: de 150 partidos en Primera –veinticinco en promedio por temporada–, en solo 92 disputó los noventa minutos, y anotó 42 goles.

La más productiva de sus temporadas –la 1983-84, con 14 dianas en 31 partidos, tercero en el Trofeo Pichichi– despertó el interés real del Atalanta (Italia), del Hellas Verona (Italia) y del París Saint Germain (Francia), y el presunto del Fútbol Club Barcelona. Pero ninguna negociación cuajó. La 1984-85, la que debía haber sido la de la consagración, resultó un vía crucis, con gravísimos problemas disciplinarios que condujeron a una abrupta ruptura con la dirigencia y desembocó en un traspaso-despido al Real Valladolid CF, donde deambuló tres meses para el olvido. La temporada 1985-86, cuando tenía la edad talismán de 27 años, huyó de España y se desvaneció en California, en Baja California, en El Salvador. No practicó fútbol profesional.

Pero en Cádiz la semilla había germinado. Querido con creciente locura por la afición, el Mundial de México-86 sirvió de excusa al presidente cadista Manuel Irigoyen para viajar a San Salvador a buscarlo y redimirlo. “Pese a su genio futbolístico, una descuidada vida personal le llevó al pozo del fracaso y el anonimato. Ahora ha vuelto”, escribía el periodista Carlos Funcia en el diario El País, pocas semanas después de su aclamado retorno. Remachaba: “La trayectoria deportiva y personal de Mágico González tiene tintes de leyenda. De difícil personalidad, parece que ni los éxitos ni los fracasos dejan huella en su ánimo y está como ausente cuando se le felicita”. Eso y así se escribía sobre él en septiembre de 1986.

Salvo el enigmático paréntesis, Mágico estuvo ligado al Cádiz CF entre 1982 y 1991. En esos años marcó goles imposibles, dribló, se emborrachó, durmió, soñó, confesó que su mejor sueño era ser feliz, alternó con Camarón de la Isla, se metió a una hinchada en la bolsa, comió pescaíto frito, bailó flamenco, obvio que no se tomó el fútbol como un trabajo, derrochó cuanto pudo, erró penales, macheteó culebras, enamoró, se drogó, gozó, fue condenado a seis meses y un día por abusos deshonestos, goleó al Barça, goleó al Real Madrid, forjó una leyenda a su pesar, rehuyó a los periodistas siempre que pudo, hizo méritos suficientes para entrar en el Salón de la Fama y triunfó como triunfan los que no miden la felicidad por los ceros en la cuenta bancaria.

Mágico jugó al fútbol y vivió la vida. O quizá vivió el fútbol y jugó la vida.

Casi un cuarto de siglo después de su salida del Cádiz, y aunque lo hizo por la puerta de atrás, quienes más lo disfrutaron no lo olvidan. Fotografías de Mágico decoran docenas de tabernas y cafeterías gaditanas, los DVD con sus hazañas se guardan como joyas de la abuela, su rostro sigue omnipresente en las gradas del Ramón de Carranza. Y en la calle Pelota, a cincuenta metros de la catedral, hay una tienda que vende a cinco euros camisolas con su caricatura. Y en la plaza San Juan de Dios, el Bar Los Pabellones imprime calendarios de bolsillo con su imagen y la de Camarón. Y en la tienda oficial del club aún hay quien compra la elástica amarilla y pide que le estampen ‘Mágico’ en la espalda. Y en un negocio llamado Deportes Bernal tienen… Y en…

Casi un cuarto de siglo después Mágico sigue vivo en Cádiz.

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Intuía, sospechaba, me habían dicho… pero lo visto en Cádiz supera todo lo presupuestado. Veintitrés años después de su último partido oficial de amarillo aún se venera al salvadoreño, veneración que de alguna manera beneficia a El Salvador entero. Al final va a tener razón el colega Daniel Herrera…

Son casi las ocho y media del 2 de abril de 2014, pero España adoptó el fin de semana pasado el horario de verano y no quiere anochecer. Yo regreso de una entrevista en la Federación Gaditana de Fútbol, y en la calle Brunete leo ‘Nosferatu Tattoo Studio’. Desde que planifiqué mi visita a Cádiz me propuse pasar por algún sitio así, como un termómetro para medir el grado de idolatría. ¿Habrá algún gaditano tan loco como para grabarse a Mágico en la piel? Entro. Tres hombres con ropajes informales y oscuros platican detrás del mostrador. Me presento, les cuento el porqué.

—No, aquí no hemos tatuado nada del Mágico –dice José Diego, 35 años ahora, un niño en aquella tarde inolvidable contra el Racing de Santander.
—¿Pero lo tienen en catálogo o algo?
—No. Todo el mundo está siempre diciendo: me tengo que hacer al Mágico, me tengo que hacer al Mágico… pero no. Aunque sí hay gente que se lo ha tatuado, yo lo he visto, vamos. Gente de Brigadas, sobre todo.

Brigadas es Brigadas Amarillas, la barra brava del Cádiz CF.

—El Baguetina dice que se lo va a hacer –apunta Chencho Fernández, otro del trío.
—Ah, sí, es verdad –recuerda José Diego–, el Baguetina se está haciendo la pierna entera con nosotros. Ya le hemos hecho el estadio antiguo y esas cosas… y dice que se va a hacer al Mágico.
—¿Y cómo dicen que se llama? –pregunto.
—Baguetina. Él se mueve con la gente de Brigadas.

Anoto el nombre sin mucho entusiasmo, consciente de que dejaré Cádiz en veinticuatro horas.

Ya con el salvadoreño sobre la mesa, José Diego agarra carrera, casi ni tengo que preguntar.

—Yo al Mágico lo vi jugar –dice entusiasmado–. Soy socio desde pequeño, por mi padre, que me llevaba siempre.
—Ajá…
—Aquel 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio, y me acuerdo… pero como si fuera ayer, vamos. Lo vi sentado en Tribuna. Los niños nos sentábamos en las primeras filas, mientras que nuestros padres lo veían más arriba. Recuerdo levantarme del asiento para ver bien la carrera, cómo regateó a uno, a dos, a tres… y el gol. Yo me giré para buscar a mi padre, que me respondió con una sonrisa y cerrando el puño. Él ya falleció, pero Mágico a mí me trae muchos recuerdos de mi padre…

Quizá esta sea la magia de la que tanto se habla en Cádiz.

Pregunto si conocen otros lugares o personas que sientan genuina admiración.

—Pues aquí a la vuelta siempre hay aparcada una moto que tiene la cara del Mágico pintada.

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La persona encargada de la sección de deportes del Diario de Cádiz se llama Guillermo Doña Viaña, pero firma Willy Doña. Suena apropiado suponerle conocimientos sobre el cadismo porque va para las tres décadas pendiente del acontecer futbolístico del Cádiz CF. “Yo al Mago primero lo conocí como aficionado, porque como periodista deportivo comencé en el 88”, matiza de entrada, como si 26 años fueran un suspiro. El propósito de incluir su voz es que aporte mesura a un sentimiento muchas veces desmesurado.

—El Mago coincidió con la mejor época en la historia del club –dice Willy Doña–, algo que en gran parte fue por su presencia.
—Cuando uno mira sus números, la verdad es que no son tan sorprendentes.
—Pero siendo este un club modesto, aportaba algo impresionante. En el fútbol español nunca se había visto un hombre con esa habilidad, capaz de hacer maravillas con el balón, con una naranja, con una pelota de papel… con lo que fuera.
—¿Qué tanto de lo que se dice de él es mito y qué tanto realidad?
—Lo de las pataditas a una naranja es totalmente cierto. Se ponía a hacerlo en una discoteca o en cualquier sitio. Era más habilidoso que Maradona. Inconstante, sí, al punto que aquí varios entrenadores lo tuvieron de suplente, pero en habilidad superaba a Maradona.
—¿Qué explicación tiene que un suplente sea tan recordado?
—Incluso sabiendo que era porque golfeaba, la gente lo pedía en el estadio. Pitaban al entrenador si no lo sacaba.

Otros extranjeros que dejaron huella, dice, son el delantero peruano Máximo Mosquera, que jugó la temporada 1962-63, y el chileno Fernando Carvallo, cuyo paso coincidió con el primer ascenso a Primera.

—Pero es abismal la diferencia entre el cariño que se le tiene a Mágico y a Carvallo, que podría ser el segundo –dice Willy Doña–. Mágico hoy es el ídolo de un montón de niños que ni habían nacido cuando estuvo aquí, que lo más que habrán visto son videos por internet.
—¿Y entre los que lo vieron jugar?
—El cariño que se le tiene es muy intenso pero es… como de barra de bar, porque ni siquiera el club le ha sabido homenajear.
—Pero era indisciplinado, irregular, irresponsable… ¿alguien así merece ser homenajeado?
—Como cadista que soy… la verdad… yo me alegro de que fuera indisciplinado. Si no, a las diez jornadas se lo hubiesen llevado.

El Cádiz CF estuvo en Primera desde 1985 hasta 1993, codeándose con el Barça, con el Real Madrid, con el Athletic de Bilbao. Tras esas ocho temporadas consecutivas que enorgullecen al cadismo, el equipo solo ha retornado a la élite una vez, en 2006, y la alegría duró un año.

—Y sí, salvo en los dos primeros años, nunca fue un gran goleador –dice Willy Doña–, pero aquí sabíamos que esa no era su principal virtud.
—¿Cuál era esa virtud?
—Que hubo una época en la que los defensas contrarios temblaban cuando se enfrentaban al Cádiz, y dio la casualidad que de la cantera salieron buenos jugadores como los hermanos Mejías, en especial Pepe. Toda esa gente tenía más libertad, porque el equipo rival al completo tenía que estar pendiente de Mágico, ¿comprendes?

Una época en la que los defensas contrarios temblaban, dice Willy Doña.

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Alba se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área. Pero Mágico no chuta recio. Se deja caer hacía atrás para picar la pelota con efecto, que primero suuuube y luego baaaaja, en vaselina de ensueño. Alba ni siquiera trata de atraparla. Solo sigue la parábola con la mirada. “Esperaba que pegara en el larguero”, dirá. Pero no. El balón entra manso por la escuadra.

De la chistera del Mago ha salido… un ornitorrinco.

El Ramón de Carranza explota. Diecinueve mil cadistas se abrazan celebran gozan hasta el delirio. Es un orgasmo colectivo que el niño José Diego disfruta con complicidad paterna y el empresario Miguel Cuesta y el quinceañero Manuel Camacho y Emilio… La celebración del futuro periodista Willy Doña deviene dolorosa. Sentado con sus amigotes en el Fondo Norte, la genialidad de Mágico le hace olvidar que está bajo una de las barras metálicas instaladas para controlar avalanchas.

—Ese gol estuvo a punto de costarme la vida –recordará casi 28 años después–. Con el salto me pegué un cabezazo con el hierro… que mientras mis amigos festejaban, yo estaba tirado, mareado perdido, vamos… Todavía me duele cuando me acuerdo.

Sobre el terreno Mágico también celebra a su manera, parco. Se arrodilla con parsimonia antes de pararse. Levanta los dos brazos y sonríe de medio lado, como niño travieso. Nada en su rostro indica que acaba de marcar un gol legendario. “Fui salvando obstáculos, según me iba encontrando piernas, pero solo creí en el gol cuando vi que el balón pasaba por encima de Alba”, responderá a un periodista que lo abordará después de la ducha.

Manuel Roncal continúa tirado en el suelo. El resto de racinguistas, cabizbajos, sumisos, brazos en jarra. Alba entra en su portería y recoge resignado la pelota. Cuando de a poco se apaga el grito de Gooool, escucha cómo el estadio comienza a corear el nombre de Mágico, mira el incipiente flamear de pañuelos blancos, intuye lo irrepetible del momento, y hace algo que nunca ha hecho y que nunca más hará: camina al centro del campo, busca al salvadoreño y le extiende la mano. Alba felicita a Mágico por su gol.

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Las leyendas se construyen cuando hechos extraordinarios se repiten una y otra y otra vez, de padres a hijos, entre amigos. Mágico es leyenda. Sus hazañas no son solo suyas. Se dramatizan, se mitifican, se tergiversan, se exageran. Desatado el torbellino a veces pasa que –quizá sin malicia– algo que nunca ocurrió se cuela en el repertorio de gestas. Ese algo también se repite una y otra y otra vez. Y luego funciona la teoría goebbeliana que asegura que, mil veces repetida, la mentira deviene verdad.

Esto se cuenta en Cádiz: por una juerga infinita en la víspera, Mágico se presentó tarde a un partido de semifinales contra el Barça en el Trofeo Ramón de Carranza, el otrora prestigioso torneo estival de pretemporada. El juego arrancó, y los visitantes ningunearon a los locales, 0-3 al descanso. El salvadoreño se dejó ver por el estadio con el choque empezado. Con todo y goma, el entrenador lo obligó a vestirse de corto. Mágico salió en la segunda mitad y tuvo una tarde gloriosa. Con dos goles y dos asistencias, lideró la remontada con la que ridiculizaron 4-3 al Barça.

Se cuenta en Cádiz. Wikipedia lo bendice, en español y en italiano. Lo dice el diario español As en un generoso reportaje de octubre de 2013. Y con el matiz de que la remontada fue de 0-1 a 3-1, lo afirma incluso el más riguroso trabajo periodístico que jamás se ha publicado sobre Mágico, la serie de 128 páginas en once entregas que imprimió el diario La Prensa Gráfica entre febrero y julio de 2003.

Pero aquella hazaña nunca ocurrió.

Mágico solo enfrentó al Barça en el Trofeo Ramón de Carranza una única ocasión: el 26 de agosto de 1984, en partido de consolación. El Cádiz de Segunda se impuso 3-1 al Barça que esa temporada ganaría la Liga. Las crónicas del día después lo señalan como el artífice del triunfo. “Mágico volvió a ser punto y aparte. No marcó, pero de sus botas salió lo mejor de esta tarde para el olvido desde el prisma azulgrana”, escribió Pedro Ger, el enviado especial del diario catalán El Mundo Deportivo. Mágico jugó de partida. Ni llegó con el choque empezado ni anotó ni hubo remontada inverosímil.

La realidad a veces se deforma. Y si eso sucede con hechos que pueden ser desmentidos en las hemerotecas o desde cualquier computadora, ¿qué no pasará con las gestas cuya autenticidad descansa solo en el volátil testimonio de quienes supuestamente las vivieron? Si alguien alguna vez se animara a escribir un libro de vocación biográfica sobre un personaje tan exuberante, el reto principal sería cribar la mitología.

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Salgo de Nosferatu Tattoo Studio y camino por la calle Brunete hasta la primera a la izquierda, como me han dicho que haga, para ver si está aparcadala moto con la cara de Mágico pintada. Emboco la calle Santa María de las Cabezas, estrecha y con un sinnúmero de motos parqueadas a un costado. Casi al final, cuando la decepción me está venciendo, veo un scooter Piaggio Fly 50 4T, blanco con detalles azules. Delante, el rostro y la melena inconfundibles.

Saco la cámara y tomo algunas fotografías. En esas estoy cuando me percato de que desde un pequeño bar que hay al otro lado de la estrecha calle me miran con recelo. Me acerco, explico la razón de mi curiosidad y pregunto si conocen al dueño.

—La moto es mía –dice Jesús Gutiérrez, la persona que atiende el negocio.

Jesús Gutiérrez resulta ser un consumado magiquista. Cuando le detallo que trabajo en un periódico de El Salvador y lo que trato de hacer en Cádiz, se entusiasma, descuelga de las paredes fotos enmarcadas, me enseña una de él con Mágico, cuenta ciento y un anécdotas, me invita a una cerveza, me presenta a cuanto cliente cadista entra a su bar… y cada vez me convenzo más de que el colega Daniel Herrera tiene la razón. “En esos años había más magiquistas que cadistas”, sintetiza Jesús Gutiérrez su euforia. Me sugiere que vaya el domingo al estadio y compruebe que las gradas siguen llenas de pancartas que lo recuerdan.

—¿Y no has ido al Washisnai? –me pregunta–. Es el bar de Nandi, amigo mío de Brigadas. Ahí tienen fotos de Mágico, y llegan muchos cadistas.

Llama al Nandi por teléfono. Me lo pasa y hablamos. Ya es noche cerrada. Quedamos que mañana pasaré al Washisnai a desayunar, tipo ocho y media.

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El Bar Gol es un santuario del cadismo, casi un museo. Está pegado al Ramón de Carranza, en el arranque de la Pintor Zuloaga, la calle en la que Mágico vivió un tiempo largo. El local es sobrio. El color dominante es el amarillo en todas sus tonalidades, y las paredes lucen colmadas de banderas, cuadros, amuletos varios y fotografías de los tiempos pasados y mejores, algunas desteñidas ya. Mágico es la indiscutible figura estelar.

El Bar Gol lo atiende desde tiempos inmemoriales Jesús Sánchez Granado, quien infinidad de veces le preparó un bocadillo o le sirvió una cervecita. “Cuando Juan José fichó por el Real Madrid [se refiere al mítico defensa cadista Juan José Jiménez, Sandokán], le vendió su coche al Mágico, un Ford Escort rojo”, dice Jesús.

Eran otros tiempos, otro fútbol, como menos divismo y menos ceros en las cuentas corrientes. La relación entre jugadores y aficionados también era más estrecha, sobre todo en Cádiz.

—Cuando se fue a Valladolid se llevó el coche rojo que tenía, pero como allí hacía tanto frío, se vino para Cádiz y allí dejó el coche. ¿Por qué? Yo creo que porque la ciudad, el clima y la forma de vivir del gaditano calaron en el Mago.

Quien habla ahora es Miguel Cuesta, empresario, cadista desde los sesenta y dirigente ocasional del Cádiz CF, del que ha sido vicepresidente. El 3-0 al Racing lo vio desde Tribuna. El empresario Miguel Cuesta ahora es consejero externo del club. Habla maravillas de Mágico, a pesar de que tuvo que tratarlo como directivo.

—Mucha culpa de lo que sucede ahora la tenemos los padres –dice–, que se lo hemos transmitido a nuestros hijos, pero es que fue tanto lo que nos dio el Mágico…
—Pero fue suplente mucho tiempo…
—¿Y tú sabes lo que es el estadio entero abucheando al entrenador? Muchas veces lo ponía por el público, aunque fuera diez minutos. Y con que esa tarde hubiese una sola jugada suya, un solo toque de balón… tú salías del campo… habiendo empatado, perdido o ganado, daba igual… y el comentario a la salida era: ¿viste cómo la tocó Mágico?
—¿Tan así?
—Es que en el fútbol el gol a veces es lo de menos, como en los toros. Cortar orejas y salir en hombros no es que con una buena ‘estocada’ se consigue; para ganarse al público a veces basta con dar dos ‘verónicas’ bien dadas, o dos ‘naturales’ bien hechos. Los aficionados a los toros eso apreciamos. Pues con el fútbol en Cádiz es parecido. Muchas tardes ver al Mágico tocarla era más que suficiente, aunque el partido se hubiera perdido.

El empresario Miguel Cuesta se expresa como un cadista más, con entusiasmo acrecentado si cabe, pero él ha estado y está en la órbita del Cádiz CF, un club que de alguna manera está en deuda con su jugador más carismático.

—¿Por qué están tan disociados el cariño de la afición y los gestos institucionales? –pregunto.
—Es una pregunta profunda y que merece ser analizada con mucho tacto.

Cuenta la anécdota de la visita de Mágico a Cádiz en febrero de 2001, cuando el diario Marca organizó un partido para recaudar fondos para las víctimas de los terremotos en El Salvador. Tras el viaje, el empresario Miguel Cuesta lo dejó en el Hotel Playa Victoria, para que descansara un poco, pero le advirtió de la importancia de la conferencia de prensa promocional que tenía para la tarde en el propio hotel. Como ya era la hora y no bajaba, subió y aporreó la puerta de la habitación. Mágico al final le abrió, somnoliento y envuelto en una manta, y se volvió a la cama.

—El Cádiz sí ha querido hacer alguna cosa, traerlo y que se encargara de la formación de los niños o algo así, pero…

Cuando uno habla con aficionados cadistas, raro es que no salga a relucir la escuela municipal de fútbol, que se bautizó con el nombre de Michael Robinson, un jugador británico que nunca vistió de amarillo, pero que, colgadas las botas, triunfó como comentarista deportivo y por los micrófonos acostumbraba a echar flores al cadismo. Infinidad de cadistas aún no digieren lo que juzgan como una traición. “Como lo del campus de Michael Robinson, por ejemplo –dic un viejo amigo de Mágico llamado Emilio Ramírez, 39 años hoy, un niño de once que festejó en el Fondo Norte el mítico gol–, en vez de ponerle el nombre del Mágico… la verdad es que no se entiende”. Incluso en una chirigota se pide.

—Yo estoy seguro de que el Cádiz Club de Fútbol hará algo con el Mago –dice el empresario Miguel Cuesta–. Será más temprano que tarde. Algún día se va a hacer algo importante.

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Alba felicita a Mágico por su gol. El gesto le ennoblece tanto que ese apellido condenado al ostracismo futbolístico fuera de Santander se seguirá pronunciando con cariño y respeto en Cádiz en el siguiente milenio.

Esta noche el gol también será celebrado en el programa Estudio Estadio de Televisión Española. Y mañana faltará espacio en los periódicos para el torrent de elogios. “Mágico cosió el balón a su bota y sorteó a cuantos se le situaron delante, incluida su sombra”, dirá el diario ABC. “Gran festival de Mágico González, que esta tarde ha renovado las grandes actuaciones que le hicieron famoso”, se leerá en El Mundo Deportivo. “Ovación de gala”, en La Vanguardia. “Marcó al Racing un gol para la historia”, publicará El País.

Pero más importante es lo que pasa ahora, mientras Alba regresa hasta su portería después de felicitar a Mágico. Las gradas son una procesión de pañuelos. Se ensaya por primera vez algo que todos vieron por televisión en el Mundial que acaba de ganar la Argentina de Maradona: la ola. Y a Willy Doña la alegría lo ayuda a reponerse del golpe brutal. Y el quinceañero Manuel Camacho celebra y se desgañita. Y el empresario Miguel Cuesta, ídem. Y el niño Emilio no cabe de júbilo, junto a su padre en el Fondo Norte, y 28 años después dirá: “¿Su mejor gol? El del Santander; hacer eso a tres en un palmo de terreno…” Y el niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca –nunca– olvidará.

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A las ocho y media de la mañana estoy, puntual como un vasco, en la Taberna del Washisnai, que es su nombre cabal, en la calle Beato Diego. Una foto de Mágico acuclillado preside el área futbolera del bar, entre un plasma y un sinnúmero de bufandas de clubes europeos. El local es inmenso, y al otro lado de la ‘U’ que forma la barra tiene un área flamenca, presidida por un cuadro de Camarón de la Isla con una guitarra a su vera. La camarera me dice que Nandi está al caer. Un cuarto de hora, media hora, tres cuartos… esto parece El Salvador. A las diez tengo otraentrevista lejos de aquí, en la barriada La Paz. Si puedo, regresaré a la Taberna del Washisnai en la tarde.

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Quinceañero en el Fondo Sur la tarde mágica, Manolo Camacho es hoy un periodista de 41 que presenta El tren del gol, una tertulia deportiva que se emite en un canal de televisión local. Diez días antes de esta entrevista lo invitaron a un evento gastronómico-cultural celebrado en el Hotel Barceló, con el fútbol como plato principal. Su misión fue explicar en qué consiste el cadismo. En la fotografía de los carteles promocionales aparecía Mágico joven y vestido de torero en la plaza de toros del Puerto de Santa María.

—Ese día hablamos de por qué se prestó para esas fotografías. Yo creo que es porque se lo pidieron y, como él no sabía decir que no, por eso se vistió de torero.

Manolo Camacho es uno más entre los gaditanos que destacan la calidad humana. Creen que la manera de ser –con sus luces, con sus sombras– abonó a la idolatría.

—Como futbolista, yo lo tengo claro: es el más grande, ni Messi ni Maradona ni ningún otro. Como ser humano, un gran corazón, y quizá por eso llegó a ser lo que fue en Cádiz, porque no tenía más ambición que la de jugar al fútbol para pasarlo bien. Como profesional, también tengo claro que no es un ejemplo a seguir.
—¿Fue bueno para él que lo fichara el Cádiz?
—Mágico encajó en Cádiz a la perfección, y Cádiz lo acogió de la mejor manera, pero yo no sé si caer aquí le vino peor para triunfar, por lo peculiar de la ciudad, donde gusta mucho el fútbol arte, sí, pero también gusta la fiesta.
—Pero pocos jugadores podrán presumir de tanto cariño un cuarto de siglo después de colgar las botas.
—En Cádiz nos hemos quedado con lo bueno, con la magia. Y lo malo que tenía, que supongo que ya lo habrás notado, o no se comenta o se comenta… pero como con gracia.
—Indisciplinado, irregular, irresponsable…
—Como hablamos de fútbol, alguien puede ser indisciplinado, pero si es un fuera de serie, quedará. Y Mágico lo era, además de una persona que se preocupaba por los demás más que por uno mismo. Por eso es una parte muy importante del cadismo. Y el Cádiz es un equipo con más de un siglo de historia.

Como periodista deportivo, Manolo Camacho sí recuerda haber informado de gestiones para materializar ese cariño. Hace algunos años, dice, se quiso reunir voluntades y fondos para una estatua en las afueras del estadio.

—Es verdad que no hay nada: ni estatuas ni calles ni plazas… pero si alguien que ha estado metido en una cueva cincuenta años, sin saber nada de lo que ocurría fuera, lo soltaran hoy en Cádiz, le bastaría preguntar a la gente para comprobar ese cariño. Y sí, seguramente se sorprendería de que no haya evidencias físicas de ese cariño.

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El cadismo es como la salvadoreñidad. Cuesta definirlo. Se puede escribir una frase deslumbrante, un párrafo sentido y sonoro, un ensayo brutal, pero no dejarán de ser palabras, palabras que aspiran al imposible de retratar los sentimientos. No me gusta tomarme el fútbol como un trabajo, dicen que Mágico alguna vez dijo. Y no se lo tomó.

Hugo Sánchez, contemporáneo de Mágico, materializó 189 goles para el Real Madrid en siete temporadas, pero, ¿qué representa hoy para el madridismo? ¿En cuántos bares de la capital se le rinde pleitesía? ¿Lo idolatran los niños del nuevo milenio?

Mágico en Cádiz fue, es y será. En apenas un par de días mi libreta ha quedado plagada de frases que evidencian lo inigualable de su relación:

“Mi hermano mayor en su cartera lleva siempre una foto del Mágico”.

“El futbolero gaditano se conformaba con verlo saltar al campo”.

“Se le quiere porque tiene la misma personalidad que la gente de acá: era campechano y daba todo lo que tenía”.

“A las instituciones les preocupa elevar donde ya lo tiene la afición a una persona con comportamientos que no son el mejor ejemplo”.

“Era como uno normal de Cádiz, como si hubiera nacido en Loreto o en La Línea, solo que una máquina jugando al fútbol”.

Y la más poderosa de todas, que merece ser atribuida. Me la ha dicho Joaquín Revuelta, el director de la Escuela de Entrenadores de la ciudad: “El tema es que Jorge es Cádiz, y Cádiz es Jorge. No hay otra manera de explicarlo”.

El colega Daniel Herrera, jefe de redacción del periódico deportivo El Gráfico y alguien que ya ha estado en esta ciudad para preguntar sobre Mágico en calidad de periodista salvadoreño, me dijo antes de venir a Cádiz algo que me sonó bien, pero que yo juzgué exagerado e irreal. Ahora estoy convencido de que tiene razón.

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Son las cinco y cuarto pasadas cuando regreso a la Taberna del Washisnai. El bar está casi vacío pero hay bulla; en el área flamenca un grupo de siete niñas de unos cinco años tratan de igualar los movimientos y los zapateos de una bailaora. La barra ahora la preside un joven al que le calculo 190 centímetros de altura y no menos de 250 libras. Es Nandi, el amigo de Jesús Gutiérrez. Tiene apenas 21 años. Nació siete años después del gol al Racing.

—Para mí Mágico es un mito, ¿me entiendes? Para la gente de otra generación es un buen futbolista, el mejor, pero para mí es un mito.

Nandi se llama Fernando Orgambides. Es gente de Brigadas.

—Soy el speaker, el que anima con el megáfono en el Carranza. Y cuando se está jugando mal y hay que meter caña a los jugadores, mencionamos a Mágico.
—Ayer, en una tienda de tatuajes, me contaron que alguien de Brigadas quiere tatuárselo en la pierna. ¿Has oído algo?
—Yo me lo quiero tatuar…
—No, pero me dijeron que era un tal… Baguetina.
—Sí, así me llaman también. ¿En Nosferatu estuviste?
—Cabal.

No sé si esto será magia o será una simple casualidad.

—En la vida tú cambias de novia, de casa o de ciudad, pero el equipo de fútbol no se cambia.
—¿Pero por qué tatuarse a Mágico?
—Lo primero que me tatué fue el escudo, en el brazo –me lo muestra–, y ahora en la pierna derecha me estoy haciendo una cosa más guapa, más grande. Ya me he hecho la mítica Torre de Preferencia; una foto mía animando al Cádiz que salió en el diario; he puesto ‘Living la vida ultra’, que es nuestra forma de vida; y me falta una foto de un autobús de uno de nuestros desplazamientos, y al Mágico, que quiero hacerlo de espaldas, para que se vea el ’11’ en la camiseta. En cuanto junte el dinero, ahí va a estar, vamos.
—¿Por qué no a Pepe Mejías, otra gloria y gaditano él?
—Es que Mágico es el que mejor representa el cadismo.

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El niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca olvidará. “El 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio”, le contará a un periodista un día de abril de 2014. Es el primer hat-trick de Mágico en Primera, y será el único.

Ya en los vestuarios los compañeros lo felicitan. Mágico se siente abrumado. Alguien entra y comenta que cientos gritan Mágico, Mágico, Mágico en la puerta del estadio, que lo están esperando… quizá porque intuyan que esta tarde la recordarán siempre y no quieren que termine. El sol se ha hundido en el océano, pero ahí siguen. Corean su nombre. Quieren subirlo en volandas, el gesto reservado para los mejores toreros. A Mágico no le agrada la idea. Le incomoda tanto alboroto. Se entera de que los juveniles están jugando un partido. La excusa perfecta. Duchado y vestido sale por el foso de vestuarios. Se sienta en las gradas como un aficionado más. Pero no lo es. Los pocos que quedan lo reconocen. Lo felicitan. Lo piropean. Lo asume con su mejor sonrisa, como mal menor. No es soberbia ni falsa modestia. Debe de ser magia.

Cuando la multitud de las puertas del estadio se ha dado por vencida, el periodista José María Valle lo aborda. Le pregunta por qué no ha dejado que lo saquen en hombros. “Yo quería ver el partido de juveniles”, responde Mágico, y remata con una frase que quizá hasta arranque una lágrima a algún magiquista: “Además, habría sido una falta de modestia por mi parte llevarme todo el mérito de un triunfo que trabajamos todos dentro del campo… que me perdonen los aficionados”.

Después del partido legendario de este 14 de septiembre de 1986, Mágico se sumirá en la oscuridad, como si le costara convivir con el éxito. No volverá a la titularidad hasta el 26 de octubre. No completará los noventa minutos hasta el 17 de diciembre. No marcará de nuevo hasta el 11 de enero, diecisiete semanas de sequía. Todo se lo perdonarán. El 5 de abril ante el Betis en el Benito Villamarín, se inventará un taconazo imposible para superar al portero, y el defensa Gail tendrá que estirar su brazo derecho casi hasta la dislocación para evitar el gol con la mano. Y esa jugada también se convertirá en hazaña. Y en Cádiz seguirán acordándose de ese taconazo imposible y maldiciendo al defensa Gail. Y quizá lo recuerden por toda la eternidad.

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Cádiz se acaba en el barrio La Viña. Más allá, solo una estrecha lengua de tierra hasta el castillo de San Sebastián. Luego, el océano. Más luego, la América de la que vino la magia. La Viña es paso obligado para los turistas que quieren sentir los vientos, quizá lo más singular de una ciudad colmada de singularidades. La calle Virgen de la Palma está llena de restaurantes con sus mesas y sillas en el empedrado, y sus pizarras manuscritas que invitan a probar lo más trillado de la gastronomía local.

Me siento en el Bar El Palmito y pido una ensalada de la casa, unos boquerones fritos y una caña que me costarán trece dólares. Si todo va bien, en unas cuatro horas estaré subido en el tren que me alejará de la que ya no me cuesta identificar como la ciudad del Mago.

Entre boquerón y boquerón, mientras consolido apuntes y ordeno ideas, me asalta una duda: me han hablado tanto y tan bien de Mágico que creo demostrada la admiración honesta de los cadistas, de las personas ligadas de una u otra manera al club y al fútbol. Pero, ¿qué hay de los que nunca lo vieron jugar? Me aseguraron que es ídolo de jóvenes sin uso de razón cuando colgó la camisola amarilla. ¿Y si no es más que un espejismo fruto de la exageración propia del carácter de los gaditanos? Aprovecho que el bar está casi vacío para llamar al camarero.

—Disculpe, ¿usted en qué año ha nacido?
—En el 85.

Tenía pues 5 o 6 años cuando Mágico abandonó Cádiz. Se llama Álvaro Lozano. Le sumario el por qué de mi interés.

—¿Conoce a Mágico González?
—Hombre, en persona no –dice Lozano.
—¿Pero lo ubica?
—Sí, hombre, claro… si es una leyenda. Mágico González en Cádiz es una leyenda… si subió al Cádiz a Primera él solo… un hombre que ni entrenaba, se despertaba tarde, se recogía tarde, bebía mucho, le daba a las drogas… y aun así al Cádiz lo subió a Primera… él solo.

A Lozano se le encienden los ojos como me sucede a mí cuando hablo de mis hijas.

—Además te digo una cosa: es el mejor jugador pero… pero del mundo entero. Ni Messi ni Ronaldo ni Pelé… ¡nadie! Y por el Cádiz hizo mucho, pero mucho… Y aparte yo conocí a una de sus hijas. Ingrid me parece que se llamaba. La misma nariz del padre, vamos.
—Una pregunta más: ¿usted es cadista?
—Yo le voy al Real Madrid –dice Lozano–, el Cádiz muchos disgustos da.
—Pues esto saldrá publicado en El Salvador –comento.
—Claro, claro… que él era salvadoreño. Buena gente el Mágico.

Lo que el colega Daniel Herrera me escribió cuando supo que yo iría a Cádiz fue esto: “Te hacen sentir que ser salvadoreño es ser el mejor ciudadano del mundo. Gracias a Jorge”.

Pékerman, taxista

Publicado: 11 junio 2014 en Ezequiel Fernández Moores
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El Renault 12 se lo prestó Tito, su hermano mayor. José lo pinta de negro y amarillo y empieza a manejar el taxi por las calles de Buenos Aires. Ocho horas por día. Estamos en 1978. José tiene apenas 28 años. La rodilla maldita, la misma que se lastimó cuando tenía 18, precipitó la despedida del Independiente Medellín. Peor aún, lo obligó a irse del fútbol. Una rotura de ligamentos que hoy podría curarse, pero no hace 40 años, cuando buscaba recuperarla atándose garrafas de gas de 10 kilos que repartía su padre. Ahora no hay tiempo para deprimirse. José ya es padre (Vanessa había nacido en 1975 en Colombia, más tarde llegaría Ivana), y el sueldo de Matilde, docente en una escuela primaria de Pablo Podestá, no alcanza. José sale todos los días bien temprano desde Martín Coronado, periferia oeste. Recorre 35 kilómetros y entra a esa jungla de cemento que es el centro de Buenos Aires. Los mediodías, José aparca el taxi y almuerza la vianda que le prepara Matilde. No se detiene en los habituales bares o gasolineras donde paran los taxistas para hablar de mujeres o de fútbol. José prefiere ver fútbol. Frena donde ve pibes jugando un “picado” (partido informal). El taxi es un accidente. Y José Pékerman, se sabe, fue, es y será un hombre de fútbol.

“Fueron cuatro años en el taxi; yo venía con el dolor muy fresco de un retiro prematuro. Los sueños pasaban en esos tiempos por mi familia y por superar los momentos difíciles. Imaginaba que podía retornar al fútbol, pero necesitaba un poco de tiempo para elaborar el duelo”, dijo el propio Pékerman en una de las pocas entrevistas que concedió. José, me cuenta en Buenos Aires un amigo que lo conoce desde hace más de 50 años, jamás se quejó por haber tenido que manejar el taxi. Simplemente, consideró que su deber como padre de familia era llevar dinero al hogar. A veces, sin embargo, observa con desconfianza cuando algún medio alude hoy a su viejo oficio. “Nunca sabés si eso es un elogio o una crítica velada”, le escuchó decir alguna vez un amigo. Otro amigo, que también pide anonimato (Pékerman y los suyos cultivan el bajo perfil desde siempre), me dice que José manejó el taxi “para ‘hacer el mango’ (ganar dinero), porque siempre fue un laburador”. Por eso, además del taxi, y de estudios en Educación Física y Kinesiología, José atendió en Villa del Parque, un barrio porteño de clase media, un comercio de venta de cierres a cremallera para DePe, la fábrica más antigua del país. “Y nadie sabe que unos años antes —me confía el amigo— José llegó a comprar tela y armó un local en Martín Coronado para vender camisas y jeans”. La oferta del Independiente Medellín, en 1975, derrumbó el proyecto del Pékerman pequeño empresario textil.

Pero volvamos a 1978 y José es “tachero”, un término popular, aunque algunos taxistas consideran despectivo. Los porteños tienen todavía fresco el recuerdo de Rolando Rivas, un éxito histórico de la TV argentina. Primera telenovela que también interesó a los hombres. El “tachero” Rolando Rivas, del barrio de Boedo, humilde y de buen corazón, que interpreta Claudio García Satur, enamora apasionadamente a Mónica Helguera Paz, una colegiala de 17 años, rica y consentida que hace la actriz Soledad Silveyra. Canal 13 vuelve a trasmitirla en 1979, pero sin el segmento en el que uno de los personajes pertenece a la agrupación guerrillera Montoneros, peronista. Desde el 24 de marzo de 1976, cuando una dictadura militar derrocó al gobierno de Isabel Perón, las calles de Buenos Aires se llenan de horror. “De la nada —me recuerda hoy en pleno viaje Carlos, taxista ya en aquellos años— se te cruzaba un Ford Falcon sin patente y se bajaban tipos de civil para llevarse gente”. La cacería tiene su pico en 1978. Es el año del Mundial. Llegan periodistas del exterior y la dictadura quiere controlar todo. Infiltra taxistas para que escuchen e informen. Pero a José le interesa su vida. La de su familia. Y también el fútbol, por supuesto. Igual que millones de argentinos, él también celebra a la selección de César Menotti que gana el Mundial. Tres a uno a una Holanda que lo había deslumbrado cuatro años antes, cuando fue “la Naranja Mecánica” de Johan Cruyff. José ya había decidido iniciar el curso de técnico de fútbol. No imaginaba ni en sus mejores sueños que, 28 años después, él estaría ocupando el puesto del Flaco Menotti.

El Mundial de Alemania 2006 fue gloria y caída. Pékerman ya ganó tres mundiales Sub-20 y ahora dirige a la selección mayor. En primera rueda, conduce acaso la más formidable actuación de Argentina en la historia de los Mundiales: 6-0 a Serbia y Montenegro, con un gol de Esteban Cambiasso tras 25 toques seguidos y 56 segundos de posesión. Paciencia y elaboración. Es la síntesis del fútbol de Pékerman. Además, Lionel Messi se convierte con 18 años, 11 meses y 11 días en el más joven debutante de Argentina en mundiales. Y anota un gol, que sigue siendo el único de su historia mundialista. La ilusión, sin embargo, se derrumba en cuartos de final contra Alemania. Desde ese día, Pékerman carga con la cruz eterna. Es por Julio Cruz, a quien hizo entrar a los 79 minutos por Hernán Crespo. Argentina ganaba 1-0 y Cruz, que mide 1,90 metros, garantiza altura para aguantar los últimos desesperados pelotazos aéreos de Alemania. Un minuto después, sin embargo, Alemania cabecea dos veces seguidas en el área argentina y empata. Alargue sin goles y definición por penales. El arquero Jens Lehman recibe un papelito que indica hacia dónde dispara cada jugador argentino. Adivina la dirección de los cuatro tiros. Ataja dos. Franco pide información sobre los pateadores alemanes. No hay nada. Alemania anota sus cuatro primeros penales, gana la serie y pasa a semifinales. “Una improvisación difícil de tolerar”, dice hoy el libro Así jugamos (Sudamericana, 2014), para un cuerpo técnico que siempre cuidó hasta los últimos detalles y que además contaba con dos exarqueros, Hugo Tocalli y Ubaldo Fillol.

El libro, igualmente, se deshace en elogios hacia Pékerman, un DT, dicen sus autores, Diego Borinsky y Pablo Vignone, “docente y decente”. Hacen justicia. Pero la cruz de la que hablábamos no es por la omisión de los penales. Es porque con el ingreso de Cruz (Crespo había hecho señales de lesión al banco), José agota los cambios. Antes, habían entrado Leo Franco (inesperada lesión del arquero Roberto Abbondanzieri) y Cambiasso (por Juan Román Riquelme, jugador fetiche de José, pero que parecía agotado). En el banco, sin chances de entrar, queda nada menos que Messi. Leo todavía no era el Messi Balón de Oro. Además, venía de un parate de tres meses por lesión. Mis fuentes me acotan otro dato: al cuerpo técnico no le pasó desapercibido cierto resquemor que suscitó en el plantel la gran campaña publicitaria que Adidas había montado sobre Leo. Pékerman, que en realidad había sido clave para el ingreso de Messi a las selecciones argentinas, primero en juveniles y luego en la mayor, renuncia apenas termina el partido. Deja en offside hasta a Julio Grondona, todopoderoso patrón de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) desde 1979. “¡¿Cómo querías que se quedara si Grondona le decía ‘el tachero’?!”, llegó a contar tiempo después Fillol en TyC Sports. José es un hombre afable y educadísimo, sí. En la jungla de cemento sobre un taxi. Y también en la jungla del fútbol profesional. Pero sus decisiones son firmes. Él, está claro, decide cómo forma su equipo. Y no duda cuando siente que debe irse.

Que en el fútbol de Argentina acaso se recuerde más a Cruz que a la formidable campaña del ciclo Pékerman (siempre perfil bajo, mucho trabajo y mentalidad ganadora), fortalece el silencio de José ante los medios. “¿Por qué casi no da notas?”, le pregunta El Gráfico en 2010. “Porque estoy un poco… resentido, no sé si es la palabra, siento que en el ambiente siempre se habla de lo malo y se polemiza”. Solo vale el resultado. Al que gana, todo. Al que pierde, nada. “Las grandes mentes —dice un viejo dicho— discuten ideas, las mentes medianas discuten cosas y las mentes pequeñas hablan de personas”. El periodismo deportivo hace exactamente lo contrario. Cruz pasó a ser más importante que un ciclo. La última vez que vi a José (conversación amable, como siempre, pero nada de entrevistas) fue en una pizzería del elegante barrio de Belgrano R, en la calle Conde. A solo 70 metros de distancia está la imponente mansión del barón Hirsch, que forma parte del patrimonio histórico de Buenos Aires. El barón Maurice de Hirsch, fundador en 1891 en Londres de la Jewish Colonization Association (JCA) sacó de la pobreza y la persecución a miles de judíos de Europa del Este para darles trabajo en colonias agrícolas de diversos países. Filantropía, pero sin regalar nada, porque los colonos debían devolver con su trabajo el pasaje, la asistencia y la tierra, contratos acaso leoninos y que, en algunos casos, provocaron rebeliones. Judíos ucranianos, por ejemplo, fueron radicados para trabajar los fértiles campos de la provincia de Entre Ríos, en la Mesopotamia argentina. Formaron parte de Los Gauchos Judíos, como los llamó un libro célebre del escritor Alberto Gerchunoff. Allí llegó el bisabuelo de Pékerman. La Argentina no era tierra fácil. Samuel Dujovne, el abuelo ruso y comunista de la escritora Alicia Dujovne, se suicidó porque había perdido todo y porque la pampa “era demasiado grande”. Lo cuenta Alicia en el libro Mi padre, el camarada Carlos, en el que habla también de un antepasado jasid,judíos ortodoxos y místicos para quienes “la tristeza es pecado”. Hombres piadosos que “hacen más de lo que la letra de la ley les exige”. El movimiento, cuyos miembros aún hoy visten sombrero negro y sacos largos, y usan barba y mechones, surgió en el siglo XVIII. En Bielorrusia y también en Ucrania, tierra de los antepasados de Pékerman.

José, que alguna vez contó así como al pasar relatos de su abuelo de parentescos con el actor estadounidense Gregory Peck, nunca pareció muy interesado en cuestiones del judaísmo. Ni sabía siquiera quién era el barón Hirsch que alguna vez vivió a metros de nuestra última charla. Pero sí es cierto que Pékerman nunca se quedó en la tristeza. Y que siempre dio más de lo que la letra de la ley le exige. Lo hizo aun cuando le tocó manejar el Renault 12 de Tito, hermano mayor de una familia que se mudó de Villa Domínguez a Ibicuy, en Entre Ríos, con papá Oscar atendiendo su bar para los trabajadores ferroviarios y Pimienta (José) siempre jugando fútbol. Lo siguió haciendo cuando a los 9 años la familia se mudó a Martín Coronado, donde el fútbol de potreros difíciles del Gran Buenos Aires lo formó para llegar primero al Argentinos Juniors y luego al Medellín, hasta que la rodilla lastimada lo subió al taxi. A ese Renault 12 que mantuvo siempre impecable y que, raro en un taxista, José conducía en medio de la ciudad sin cruzar insultos, igual que cuando jugaba al fútbol. Raro también en un futbolista. Me lo dice Pablo Ansón, preparador físico que acompañaba a José en el taxi cuando Pékerman se iniciaba en un cuerpo técnico. Era espía ayudante de Ricardo Trigili, viejo compañero suyo en Argentinos y que entonces dirigía al Estudiantes de Buenos Aires, en segunda división. “Trigili le decía ‘tenés que largar (dejar) el taxi’, pero él le respondía que no podía dejar su medio de vida, porque el fútbol era medio traicionero y a veces se cobraba tarde”. De Estudiantes el mismo cuerpo técnico fue a Chacarita y de Chacarita a Argentinos Juniors. Trigili debe irse a los pocos partidos y José, solidario, dice que él también se va. “Vos no te vas ¿Querés volver al taxi?”, lo detuvo Trigili. Y José, por suerte, le hizo caso. Su trabajo con los juveniles de Argentinos Juniors y también del Colo Colo en Chile impresionó en 1994 a Grondona, el presidente de la AFA. Los mundiales Sub-20 que ganó en Qatar 95, Malasia 97 y Argentina 2001 fueron inolvidables. Por títulos y juego. Y la renuncia de Marcelo Bielsa, a quien él mismo había propuesto para el cargo, lo llevó en 2004 a la selección mayor, hasta el Mundial 2006 y los penales malditos contra Alemania. En enero de 2010, Pékerman apareció en el velatorio de Trigili. Gustavo Trigili, hijo del DT fallecido, me cuenta que ese Mundial, inevitable, apareció en un momento más distendido del reencuentro. “Le dije que el error fue que hizo jugar a Riquelme todo el partido previo y Román le llegó fundido contra Alemania”. La cruz, está claro, amenaza ser eterna.

José dejó el taxi en 1982, después de que Argentinos le encargó la estructura y captación de jugadores. Sergio Batista, Fernando Redondo, Esteban Cambiasso, Juan Román Riquelme y tantos otros. Comenzó a concretar lo que ideaba mientras manejaba por la jungla y aprendía psicología intuitiva dialogando con los pasajeros. El taxi de entonces tal vez ni siquiera exista. A bordo, José proyectó equipos de sentido colectivo. Porque los deportes de equipo, la convivencia, el trabajo conjunto, pensaba José, hacen bien a la sociedad. Lo advirtió en sus últimas vacaciones, cuando por fin tuvo tiempo para conocer La Candelaria y Monserrate y luego Cartagena, Manizales y la Ruta del Café. Aún con visera y anteojos oscuros, quienes lo reconocían no hacían más que pedirle fotos y agradecerle la clasificación al Mundial. El 7 de mayo, día del nacimiento de Eva Perón, fundadora en 1950 de su sindicato, los taxistas argentinos recordarán su día. No creo que José esté al tanto de la celebración. Su cabeza está puesta en Brasil.

El Che Guevara F.C.

Publicado: 18 abril 2014 en Juan Pablo Meneses
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Está por empezar la revolución. Y todos esperan se gane. El silencio previo a la batalla se rompe cuando, finalmente, aparece el comando infantil guevarista. Son once niños con las manos en alto, camisetas rojas, zapatos de fútbol y la cara del Che en sus camisetas. Entran al campo de juego muy serios, concentrados, como si supieran que solamente la disciplina y la conciencia podrán ayudarlos a tomar por asalto al equipo rival y clavar la pelota en el arco enemigo. Sus padres y hermanos y amigos y abuelos y tíos y vecinos saludan su ingreso gritándoles “¡Vamos, Che Guevara!”, o “¡Vamos, Che, carajo!”, o “¡Hasta la victoria siempre!”, o “¡Guevaristas hasta el final!”, o “¡Aguante el Che!”.

En esta historia, el Che Guevara es un equipo de fútbol.

Como todos los fines de semana, cada partido del equipo se transforma en un acontecimiento familiar. Más allá del fútbol, dicen. Los padres montan una comida comunitaria y cargan bolsas con los alimentos y se saludan de abrazos y besos guevaristas, mientras las madres se cuentan las últimas novedades, y van cortando tomate y partiendo el queso y picando cebolla y abriendo el pan y buscando la sal.

No hay otro Che Guevara oficial en la historia del fútbol mundial. El único club inscrito con ese nombre es el de estos niños argentinos que compiten en las distintas categorías.

Antes del pitazo inicial, cuando ya está todo en orden, los familiares despliegan una gran bandera con la cara de Ernesto Guevara y por una radio suena la canción Hasta siempre, Comandante. Esa suerte de himno del Che, que compuso el cubano Carlos Puebla en 1965, y que dice en una parte que aquí se queda la clara / la entrañable transparencia / de tu querida presencia / Comandante Che Guevara.

Se inicia el partido

Es posible que de aquí, de entre estos pequeños guevaristas que ahora persiguen la pelota en una cancha de tierra, salga la nueva estrella del fútbol latinoamericano. Pero más importante, o al menos esa es la idea de la presidenta del club, es que de aquí salgan los nuevos líderes de la barriada, los nuevos agentes sociales de cambio para los pobres de la ciudad de Jesús María, en la provincia argentina de Córdoba. Más que nuevas estrellas, dicen en el Che Guevara, lo que se espera es algo más ambicioso: que salga el Hombre Nuevo.

El Che Guevara está en Jesús María

La ciudad de Jesús María está en la provincia de Córdoba, Argentina, 50 kilómetros al norte de la capital de la provincia. Para llegar, hay que tomar la Ruta Nacional 9 y atravesar campos con vacas y vaquillonas y terneros y toros, y por la carretera van camiones con animales y camionetas con gauchos y autos armados en Argentina y motos con parejas de enamorados que van cruzando en medio de la llanura pampeana por entre gigantescas publicidades de Messi afeitándose o Messi tomando una bebida que recupera energía o Messi usando una determinada marca de ropa deportiva o Messi comiendo un pan que le da fuerza.

Jesús María es conocida en el resto de Argentina porque aquí tiene su sede el Festival Nacional de la Doma y el Folclore. Un encuentro folclórico con música en vivo y hombres tratando de durar mucho tiempo sobre caballos sin domar. Ajustando las rodillas para no salir volando, apretando fuerte las manos para no terminar en el suelo con algún hueso partido.

En uno de los barrios residenciales de Jesús María está la casa de Mónica Nielsen, la presidenta del Club Social y Deportivo Che Guevara, fundado el 14 de diciembre de 2006. Mónica me recibe con un mate, mientras ponemos a helar un par de cervezas.

—Te digo algo de entrada. Nosotros no vamos a sacrificar a un chico para mantener a 200. No vamos a vender jugadores a cambio de dinero —tira directo, como frenándome. La entrevisto, porque será parte de un libro que publicaré un tiempo después, y que se llama Niños futbolistas.

En los últimos meses, después de la aparición del libro, han llegado hasta aquí a grabar un documental para Europa, la contactó un entrenador de España que los quiere ayudar y los han entrevistado en una docena de medios de diferentes partes del mundo.

—Con este proyecto vamos en contra de lo que corrompió al fútbol. Nosotros llevamos un nombre fuertísimo. Yo no me puedo poner a hacer negocio con los chicos.

La presidenta del club Che Guevara sabe que lo que viene no es fácil. Que el exitismo acecha todo el tiempo, desde todos lados. Lo sabe, dice, porque recuerda que desde que toda esta historia empezó, las cosas nunca han sido sencillas. Hoy tienen unos 120 jugadores de 6 años en adelante en siete divisiones diferentes. Todo gratis, remarca ella. Ninguno paga nada. Mónica dice que esta es su causa. Se nota entusiasmada con todo lo que ha provocado. Ya los han invitado a jugar fuera de Argentina, y en muchos lugares quieren imitar la idea. Ella sabe que una buena campaña, con triunfos y campeonatos, haría mucho por la causa. Pero también sabe que, al menos en su club, lo importante no es ganar.

—Lo primero: esto es un club social. El niño que entra en el Che Guevara sabe que, si se quiere ir a otro club, nosotros le damos el pase libre. Las puertas están abiertas. Acá nadie está secuestrado. Nosotros competimos contra clubes que tienen tomados a los pibes. Somos muy audaces al competir con equipos que tienen un poder adquisitivo superior al nuestro. Equipos que sí hacen negocios con jugadores, que cobran derechos y han vendido chicos. De este campeonato de fútbol de Jesús María han salido niños que ahora están jugando en River o en Boca. La gente lo ve como algo normal que el chico se vaya, que el club cobre, que la familia cobre y que el chico sea negocio. Como si fuera un producto más del mercado en la sociedad de consumo en que vivimos.

Hasta hace un tiempo, Mónica mantenía el club con su plata. El presupuesto mínimo que necesita mensualmente para funcionar la institución es de poco más de 3000 pesos argentinos (unos 780.000 pesos colombianos) por mes. Dice que no tiene idea, ni le interesa saber cuánta plata ha gastado de su bolsillo, pero que su satisfacción va por otro lado.

Hoy, el Che Guevara tiene personería jurídica y sus jugadores están federados a la Liga Cordobesa de Fútbol. Compiten en la Liga Regional Colón, con las categorías de primera y reserva. Desde el año pasado, también se sumaron la sub-17 y sub-12. Los entrenamientos se realizan en las canchas de clubes amigos y solidarios que les facilitan sus instalaciones.

—¿Tienes claro que el modelo del Che Guevara se contrapone a todo lo que sucede en el fútbol actual, donde la compra y venta de niños es el negocio de moda?
—Sí, sí, pero yo no me puedo poner a hacer negocio con los chicos. Si sos guevarista, vamos con el guevarismo a morir. Moriremos en el guevarismo.
—¿Y si te sale un Messi?
—Si ese chico es realmente consciente de darles una mano a sus congéneres o a los que vienen por detrás, se verá. Ese es el desafío. El pendejo sabrá si quiere darle una mano al club, si tiene la solidaridad que nosotros les estamos dando. El otro día les dije: “Chicos, ¿ustedes saben lo que es la solidaridad? Solidaridad es dar, es escuchar, es respetar”. Nosotros no le cerramos la puerta a ningún chico, ni para que entre ni para que se vaya. Y si alguien se quiere ir, bien, ya se corre la bola de que el Che Guevara no le priva el pase a ningún chico.

El Che Guevara va perdiendo

Antes de terminar el primer tiempo, van con dos goles en contra, pero eso no detiene a los pequeños jugadores ni a sus familias ni a la presidenta de un club de niños donde la idea es no venderlos.

En Francia hay un perfume llamado Che Guevara. Las zapatillas Converse sacaron una publicidad con la cara del Che Guevara. La modelo Gisele Bündchen desfiló por Nueva York con un bikini que llevaba estampadas cientos de caras del Che Guevara. Hay marcas de habano, de camisetas, de editoriales con la cara de Ernesto Guevara de la Serna. Pocos rostros, a nivel mundial, han podido conseguir esto.

Cuando le pregunté a Jon Lee Anderson, el mejor biógrafo del Che, sobre la explotación de su nombre por distintas marcas y productos, me dijo:

—El fenómeno del Che-Chic existe en los países del Primer Mundo, es decir, en los países industrializados, donde el Che representa algo ajeno a sus realidades (como lo fue estando él con vida) y donde el fetichismo y la parafernalia del Che (poleras, relojes, pósteres, etcétera) son más que todo una expresión cultural de retro-chic romántico, o exótico. Como lo sería, en menor grado, pues, Mao, o incluso figuras pop como Lennon. Coincide con el “fashion” de que Eres lo que Vistes. Pero en mucho del resto del mundo, donde hay pobreza aguda, carencia de libertad política, social y económica y del Estado de derecho, el Che sigue siendo un símbolo potente de rebelión y desafío del statu quo, un héroe que apela a la emulación.

En el club Che Guevara, la apropiación de la figura va más allá del chic mundial. Así lo ve su presidenta:

—Ya parezco Fidel Castro. Lo digo con orgullo, con honor, porque yo siempre les digo a los chicos que nosotros tenemos que formar cuadros dentro del club: “Chicos, miren hacia el futuro, una institución como esta nos sirve políticamente. El día de mañana ustedes pueden ser desde concejales hasta intendentes de este pueblo. Porque acá es la formación, acá ustedes tienen que dirigir, tienen que querer esta institución, valorarla, respetarla, contenerla, porque ella les va a dar a ustedes lo que ustedes no se imaginan lo que en el futuro les puede dar”.

En su casa tiene varias fotos de Ernesto. De distintos tamaños y colores.

En el segundo tiempo, el Che Guevara sigue perdiendo

El Che Guevara, por su parte, no fue un gran futbolista. En el deporte que más destacó fue el rugby, donde jugó bastantes años hasta que el asma le impidió hacer mayores esfuerzos. También hizo natación —llegó a participar en torneos escolares—. Y jugó ajedrez de forma competitiva.

En su libro El Che Guevara, el periodista argentino Hugo Gambini detalló la verdadera relación del comandante con el fútbol: “Leía las crónicas deportivas para informarse sobre los campeonatos profesionales de fútbol y, como la mayoría de sus amigos eran adictos a los mismos clubes (Boca o River), Ernesto quiso elegir uno distinto. Cuando descubrió la existencia de Rosario Central, un club de la ciudad donde él había nacido, adhirió fervorosamente a su divisa. A partir de ese instante le encantó que le preguntaran ‘¿De qué cuadro sos?’, porque le daba la oportunidad de responder con cierta altivez: ‘De Rosario, de Rosario Central. Yo soy rosarino’. No tenía la menor idea sobre esa ciudad ni había visto jamás a su equipo, pero él era rosarino y defendía su identidad…”.

En el libro se recuerda que Guevara jugaba de arquero, y que era de esos guardavallas muy gritones, que daba instrucciones a sus defensas.

El arquero del Che Guevara, en cambio, es un niño de menos de 12 años que en el segundo tiempo ha tenido que ir a buscar la pelota dentro del arco un par de veces, nuevamente.

El Che Guevara no es un equipo competitivo. Siempre va en los últimos lugares de la tabla.

Joaquín Rojas quiere ser futbolista y todos los fines de semana sale a la cancha vistiendo una camiseta del comandante Ernesto Che Guevara. Joaquín Rojas tiene 6 años y juega desde los 5. Es del barrio Güemes, una villa miseria vulnerable donde la pasta base de cocaína se llama paco y la venden en todas las esquinas. Joaquín obligó a su padre y a sus hermanos a que lo acompañaran al Che Guevara, porque, a su corta edad, ya tenía claro que quería jugar al fútbol.

Hay clubes que compran jugadores de solo 6 años porque les ven futuro dentro de la cancha. Mónica, con un olfato de cazatalentos políticos, dice que Joaquín, a su edad, ya es un líder social.

Para transmitirles a los niños futbolistas quién era, realmente, el comandante Guevara, la presidenta del club optó por algo práctico: les pasa las películas del Che que protagonizó Benicio del Toro y que fueron producidas por Hollywood. Los chicos se sientan alrededor de la pantalla, y siguen sus aventuras como las de un superhéroe deportivo.

Para los chicos es orgullo jugar en el equipo del protagonista de esos filmes.

También, lo han dicho, es un orgullo jugar en un club con tanta hinchada en tantos lugares del mundo. Cada vez que los noticieros muestran una marcha política o disturbios con la policía en alguna parte del mundo, donde los manifestantes levantan banderas con la cara del Che Guevara, los niños se ponen contentos porque piensan que son hinchas de su club.

El Che Guevara termina perdiendo el partido de esta tarde.

A nadie parece importarle demasiado. La revolución de este comando de niños guevaristas continuará.

Era el minuto 70, y pude verlo todo desde donde me encontraba: detrás del arquero del Pasto, al lado de un recogebolas, guarecido apenas por una valla de publicidad: allí mismo vi cómo le cometían falta a Edwin Cardona; cómo Ómar Pérez metía el balón al área y cómo se elevaba Jonathan Copete. Quiero dejarlo así, como está en estos momentos, suspendido en el aire y a punto de pegarle al balón con la frente, para contar mi historia: la historia de un hincha del Santa Fe que durante 36 de sus 37 años jamás vio ganar a su equipo, pero que tuvo el privilegio de poder acompañarlo de cerca en el momento glorioso en que consiguió su séptimo título.

***

Me cuenta mi mamá que el día que nací tres personas diferentes me mandaron de regalo uniformes del Santa Fe, y eso me hace suponer que incluso antes de haber venido al mundo ya me habían asignado equipo de fútbol: que el cupo para ser hincha estaba antes que yo, y que nací apenas para ocuparlo, como si el molde ya existiera y yo fuera solo el relleno. Era agosto de 1974 y el Santa Fe era el campeón del torneo colombiano. Mi papá ocupaba un puesto en la junta del club y su gran misión como directivo consistió en encontrar una mascota para el equipo. Según contó él mismo en un artículo que escribió para SoHo, decidieron que fuera un león porque era el rey de la selva, el imbatible: el único animal cuya garra es imposible de vencer. Mi propio papá fue a un zoológico de Cali a conseguirlo, y Monaguillo vivió en nuestra casa durante el primer mes de su vida. El cachorro crecía a pasos agigantados. En instantes dejó de ser una especie de gato grande, y comenzó a volverse león. Le creció la melena, se le ensancharon las garras, le salieron dientes afilados. Conscientes de que el hábitat de un animal salvaje no podía ser una casa familiar sino, a lo sumo, el Congreso de la República, Monaguillo fue extraditado. Vivió en la sede del club durante algún tiempo, hasta que los vecinos, seguramente hinchas de Millonarios, consiguieron que lo enviaran sin regreso al zoológico de Santa Cruz, donde lo visité cuando ya no parecía un león sino una metáfora: encerrado en una jaula se hacía viejo sin ningún asomo de gloria, como el Santa Fe que me tocó en adelante: un lánguido equipo al que la grandeza parecía haberlo abandonado.

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Si el Santa Fe ganó su séptimo título después de una sequía asombrosa que duró 36 años, 6 meses y 25 días es por culpa de ese equipo: de esos 20 jugadores que se concentraron durante más de diez días con sus noches, en el segundo piso del Hotel Dann Carlton, y que aprendieron a convivir como si, más que futbolistas, fueran un matrimonio forzoso.

Una concentración es un encierro, la forma de mantener al equipo unido y libre de tentaciones terrenales. Aparte del presidente Pastrana, que se concentró con ellos, y del DT Wilson Gutiérrez, cada integrante del equipo debe compartir habitación con otro. Esta vez, durante estas finales, Jonathan Copete durmió con Diego Cabrera; Ómar Pérez con Óscar Rodas; Yulián Anchico con Sergio Otálvaro; Quiñones con Mesa; Camilo Vargas con Leyton, el arquero suplente.

Comparten todo y a todas horas: en medio del tedio del encierro, cumplen con la agenda que el preparador físico les anota en la pizarra de un reservado del hotel: 8 a 10 a.m.: desayuno; 11 a.m.: video; 1 a 3 p.m.: almuerzo; 5 p.m., charla técnica; 7 a 9 p.m.: cena.

Comparten juegos: los veteranos juegan cartas y los más jóvenes, Play Station. En Black Jack hay algunos imbatibles: Ómar Pérez, Centurión, Otálvaro, Anchico. Juegan de noche, a veces en la habitación de Gerardo Bedoya, y tienen por regla apostar 20.000 pesos como mínimo y 50.000 como tope. Es lo mismo que apuestan quienes juegan X-Box, dentro de los cuales Camilo Vargas, Roa, Acosta y Mario Gómez suelen ser quienes ganan. Siempre juegan fútbol y siempre con clubes, no con selecciones nacionales. Para evitar desigualdades, nadie puede pedirse al Real Madrid o al Barcelona.

Comparten comidas: tres golpes grandes y dos meriendas, todos abundantes en carbohidratos: además de las proteínas, por plato siempre hay espaguetis, papas al vapor, arroz: harinas que suman más de 3000 calorías, cuando una persona común y corriente consume un promedio de 1500. El doctor Ulloa, médico del Santa Fe, me explica que un futbolista pierde por partido de 2 a 3 kilos, y a veces hasta 5, si juega en plazas como Barranquilla.

Y, por último, también comparten los dolores del corazón. Gerardo Bedoya, por ejemplo, pagó de su dinero un cuarto aledaño al suyo para que se hospedara junto con él su hija Abril, que vive en Medellín. Abril tiene 7 años y estuvo concentrada con el equipo, como un jugador más: sabe cómo se para en un tiro de esquina el Itagüí, quiénes suben a cabecear de La Equidad. Durante ocho días, Abril analizó videos como si fuera un volante. Bedoya no se le despegaba un solo instante, y cuando se cumplió el tiempo de Abril en Bogotá y tuvo que regresar con su mamá a la capital antioqueña, Bedoya por poco se muere de nostalgia.

Lo de Diego Aroldo Cabrera, en cambio, no fue nostalgia sino angustia. Al regreso del partido contra Itagüí, el goleador boliviano recibió un papel en el lobby con la razón de que se comunicara urgentemente con su familia, en Santa Cruz. Entró hablando por teléfono al bufé, alcanzó a servirse y justo cuando se sentó en la mesa le dieron la noticia del otro lado de la línea: su papá había sufrido un infarto y estaba en el hospital. Se puso a llorar al frente de su plato, mientras sus compañeros lo rodeaban y rezaban en voz alta por su recuperación.

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Mientras Diego Aroldo Cabrera llora frente a su plato repleto de harinas, sigo contando mi historia de hincha y el momento exacto en que entendí que era santafereño: fue por culpa de una estirada de Mina Camacho. Yo no debía tener más de 5 años, y mi papá me llevaba al estadio desde siempre, desde que tengo memoria. No recuerdo casi nada de ese partido. Solo recuerdo que patearon un balón de gol, a todo el ángulo derecho, y que Mina se estiró contra el cielo azul y lo atrapó con las dos manos, el balón y el cielo, las dos cosas: había tanta verdad, tanta belleza en ese salto, que supe que nada me había emocionado tanto en la vida como verlo así, entregado a la pureza de su vuelo, templado entre su propia estatura, casi inmóvil y paralizado en medio de su brinco maravilloso.

Gracias a Mina descubrí la dimensión estética del fútbol, y quedé prendado al Santa Fe como hincha verdadero. Sin embargo, fue Gottardi el hombre que de verdad llenó mi infancia. Hablo de Hugo Ernesto Gottardi, un argentino que desembarcó en el equipo en 1983. Tenía el pelo rizado, era alto, jugaba con el número nueve. Y su historia en el Santa Fe fue una épica que comenzó con rechiflas y críticas de algunos locutores deportivos, y terminó en el júbilo mayor, cuando el estadio entero se rendía a sus pies después de haber legado goles inolvidables y numerosos: pese a que jugó apenas media temporada, fue ‘Botín de oro’ en 1984, galardón que repitió un par de años después. Anotaba de cabeza, de media distancia; pescaba rebotes como nadie. Pero era insuperable cuando entraba en el área y dejaba defensas regados a su paso: caían como muertos y veían desde el suelo la forma en que, con un enganche mínimo, lleno de elegante desdén, Gottardi humillaba al arquero y cruzaba la línea con el botín pegado en el pie, sin despeinarse. Para los hinchas de Santa Fe, Gottardi no fue un jugador sino una época y, ahora, algo aún más importante: una nostalgia. Hizo goles como quiso, pero hubo uno que ningún santafereño puede olvidar. Sucedió en un clásico contra Millos y duró 30 segundos. Acababan de hacernos un gol, y Umaña y Gottardi sacaron de media cancha. En lugar de retroceder el balón, como suele suceder, les dio por emprender una carrera de paredes nunca antes vista hacia adelante, hacia el futuro, que terminó en gol: un gol que los hinchas de Millos vieron de pie, cuando aún se abrazaban. Ese era Gottardi: el hombre que no solo nos hacía celebrar a nosotros, sino que dañaba la celebración de ellos.

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Gottardi tenía 30 años para ese entonces: dos más que Centurión y varios más que muchos de quienes disputaron la final contra el Pasto, casi todos de 22, 23 y 24 años: unos muchachos que en la noche previa a la final casi no pudieron dormir. Parecían estudiantes en una excursión. No había nadie en las habitaciones. Todos estaban sentados en el piso a lo largo del corredor. Ponían salsa. Sergio Otálvaro tocaba la caja vallenata, para lo cual muestra una gran destreza, y Yulián Anchico, la raspa.

Casi no se duermen por culpa de la ansiedad, porque nunca antes habían tenido tan cerca el título. El equipo había conseguido empatar por un gol en Pasto, en un partido recio en el cual padecieron la condición de ser visitantes: durante día y noche, los hinchas soplaban unas vuvuzelas infernales en torno al pequeño hotel del centro de San Juan de Pasto en que el equipo durmió. Pero hubo ánimo, siempre hubo ánimo, como cuando a la hora del almuerzo, de manera espontánea, golpearon con las palmas y los cubiertos la mesa mientras cantaban los coros clásicos de las tribunas: “Volveremos, volveremos/ volveremos otra vez/ volveremos a ser campeones/ como la primera vez”.

Gracias a un cabezazo de Julián Quiñones, un central de 22 años hecho en la cantera, el equipo se trajo un punto de Pasto y regresó a Bogotá para jugarse la vida. Durmieron como pudieron, y al día siguiente entraron de frente a la rutina del día: desayunaron; analizaron un video táctico; vieron otro, de motivación; almorzaron papa al vapor, pasta, arroz, pollo. Wilson Cano, goleador santafereño de los noventa, almorzó con ellos. Sentados en una misma mesa grande, los jugadores bromeaban. A Bedoya le escondieron el celular, lo buscaba puesto por puesto y ofrecía una boleta a quien le diera el paradero. Ómar Pérez, concentrado, trataba de leer en El Tiempo la entrevista que le había concedido para ese día a Yamid Amat. “Pero saliste medio maluco ahí”, le decía Diego Cabrera señalándole la foto. En un rapto de diversión general, Ómar Rodas y Sergio Otálvaro promovieron hacer la ola: e hicieron la ola todos, como si estuvieran en el estadio, en medio de la risa comunal.

Se retiraron a sus cuartos y, de acuerdo con la agenda que les habían escrito ese día en la pizarra, a las cuatro de la tarde bajaron al lobby, que estaba ambientado con luces rojas. Se subieron uno por uno al bus, en medio de los aplausos de los hinchas.

Pude ver que en pocos lugares se respiran tantos nervios como en un bus cargado de futbolistas que van a disputar una final. Mientras tomaba la 30, la ciudad hervía de ansiedad; desde los apartamentos, desde los andenes, la gente saludaba al equipo; un cardumen de motos y de carros, de los cuales flameaban banderas del Santa Fe, lo acompañaban. Los jugadores veían todo eso por la ventana: sentían el pulso que despertaba en las calles el espectáculo que ellos mismos tenían que protagonizar. ¿Cómo se puede manejar semejante presión, responder por una ilusión colectiva tan grande? ¿Cómo no sentir que cada grito de respaldo puede ser también una resoplo de decepción después del partido?

Los muchachos que iban en ese bus son demasiado jóvenes para soportar tanto peso público, tanto afán por ganar. Han tenido que madurar prematuramente; aprender a ser figuras públicas desde muy temprano. Ser figura pública en el circo romano del fútbol significa que si corean el nombre de uno desde las graderías, acompañado de un insulto, uno tiene que aguantarse: no romperse, no llorar, ni siquiera distraerse. A veces es imposible. En ese mismo bus, Diego Aroldo Cabrera me contó que una vez no aguantó: en un partido no muy lejano, un hincha santafereño lo insultó sin misericordia alguna. Ese día anotó el primero de los nueve goles que fueron fundamentales para llegar hasta la final, y no pudo contenerse: corrió hasta el lugar exacto que ya tenía identificado en la grada —un puesto arriba de la boca del túnel por donde salen los equipos—, y señaló a aquel hincha atónito que no sabía dónde esconderse: le dedicó el gol con rabia, no con alegría.

Parecían estar en ese bus sin estar, andar empujados, existir por inercia. Miraban por los vidrios. Muchos se aislaban con audífonos. Casi nadie hablaba. Apenas Óscar Rodas se animaba con un par de chistes sobre el trancón de la 30, al igual que el boliviano, cuyo humor es reconocido en el equipo. Luego de cruzar la rotonda de la 100, Anchico se animó y sacó la raspa; Otálvaro, la caja. Una limusina cruzó por delante, y Cabrera dijo que así eran los taxis en Santa Cruz. El bus estaba más lleno que de costumbre, porque en él viajaban también todos los miembros del equipo B. Del radio bramaba una cumbia de las que oyen en Argentina. Camilo Vargas alzaba en las rodillas a su sobrino e iba al lado de Daniel Torres, que cargaba a su hijo. Casi todos tenían la mirada perdida, como sin saber qué hacer con la ebullición que ellos mismos propiciaron en toda la ciudad. Súbitamente, entonces, Pérez lanzó un rugido de guerra: “¡Vamos, vamos, carajo!”. Centurión lo secundó: “¡A jugar por las familias, carajo!”.

La bajada fue una gesta. Había un remolino de hinchas eufóricos que entraron en histeria cuando el bus se acercó. Desde el vidrio, los jugadores veían cómo una señora de unos 50 años abría los morrales de otros hinchas para robarlos. Camilo Vargas golpeaba con desespero el vidrio para alertar a las víctimas, que creían que era un efusivo saludo del arquero. Los carabineros abrieron paso con dos caballos y, en un episodio cargado de surrealismo, por entre las patas de esos animales se bajaron los jugadores, aún con los niños cargados, en dirección al camerino.

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Después de Gottardi, pasaron meses sin ganar el campeonato; meses que fueron años, años que fueron décadas. Tres décadas sin un campeonato, tres décadas hablando de las seis estrellas; de Pandolfi, de Sarnari. El equipo me regaló algunos momentos de gloria, no lo niego; pero eran consuelos: no ganábamos nada, pero veíamos tapar a Navarro Montoya, el heredero de Gati que, mucho tiempo antes que Higuita, demostró que el oficio de arquero puede asumirse con sentido del humor. No ganábamos nada, pero nos llenábamos de ilusión con ese equipo que ha debido ser campeón, del cual hacían parte Balbis, Rincón, Cabrera y Niño, que de una sola transacción terminó en manos del América de los Rodríguez Orejuela. Porque, como todos los hinchas colombianos, también aprendimos a dopar el sentido de la ética, y a mirar distraídamente, aunque con no poca repulsión, aquellos momentos en que la mafia sorbía desde dentro al equipo de nuestros amores.

No ganábamos nada, pero aprendimos a ser un equipo de media tabla en el que jugaban diez tipos cualesquiera y un delantero al que terminábamos adorando: llámese Checho Angulo, o Pollo Díaz, o Acisclo Córdoba, o Tren Valencia, o Léider Preciado. Llámese sobre todo Léider Preciado: el centrodelantero que le calló la boca a un estadio entero cuando, durante un clásico, y para amilanarlo, los hinchas azules cantaban un coro en que le recordaban que a su hermano lo acababan de matar, y él les respondió con un gol de cabeza que celebró llorando a mares y llevándose el índice a la boca, mientras atravesaba de un lado al otro toda la tribuna azul, pasmada y muda.

No ganábamos nada, pero a cambio de no ganar, forjamos, también, una identidad. Ser santafereño era una manera de sufrir. Los santafereños hicimos de la angustia un estilo de vida. Por muchos años no supimos lo que era ganar sin hacer tiempo; ganar sin mirar el reloj; clasificar —o perder la clasificación— atendiendo por radio un partido cualquiera, de cuyos puntos dependíamos para saber si pasábamos o no al octogonal. Así era el dolor santafereño. Se pagaba por cuotas, motivo por el cual era más duradero y siempre estaba adobado por un efecto de ilusión que persistía hasta el minuto final, en que todo se derrumbaba.

Sin embargo, durante todos estos años estuve con el Santa Fe. Ser hincha, al final, no es solo hacerle fuerza a un equipo, sino revindicarse con el niño que uno fue. Ser hincha es una manera de estar con el papá, de verse con los amigos. También es una manera de recuperar la desprevención que se acaba con los años. Solo el fútbol permite que uno se abrace con gente que nunca ha visto para celebrar una emoción que ningún otro aspecto de la vida puede dar, y que es un gol a favor: no hay una alegría que se presente en mayor estado de pureza que esa. Quizá tener un hijo. Pero un santafereño puede tener muchos hijos; en cambio, goles por celebrar tiene muy pocos. Para curarme en salud, yo tuve dos hijas. Y ambas son santafereñas.

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Es 15 de julio; son las 4:32 de la tarde y los jugadores que ingresan al camerino se topan con una novedad: el diligente jefe de prensa santafereña, Pablo García, y su equipo pasaron la noche en blanco imprimiendo fotos de los hijos y las esposas de cada uno de ellos para pegarlas en cada casillero. Hay fotos de niños en todas las paredes, y también hay más gente que de costumbre en el vestuario: aparte de sus hijos, por ejemplo, Ómar Pérez invitó a sus dos mejores amigos: se los trajo desde Santiago del Estero, y uno de ellos porta la camiseta del equipo de su pueblo, que él, por agüero, lleva a todas las finales que disputa.

El equipo se somete a su rutina de camerino: tan pronto como llegan, se descalzan y salen al césped para pisar la cancha. Lo hacen en obediencia a una cita bíblica, Deuteronomio 11:23, que insta a tomar posesión. Tan pronto como se asoman, el estadio se descose de la cantidad de gente que vino a verlos. No cabe un alfiler. Hay un hervidero de hinchas, casi 45.000, que sacuden las tribunas como nunca antes han visto los jugadores. Pisan la cancha, se emocionan, contemplan el espectáculo y regresan al vestuario. Una vez adentro, Centurión, que por acumulación de amarillas no jugará la final —de la rabia, le pegaba al piso cuando se la sacaron contra La Equidad— y que viste una camiseta con una imagen de la ecografía tridimensional de Luca Germán, el bebé que espera con Mónica, su mujer, se acerca con sigilo a Alfonso Ovalle, el utilero más veterano del Santa Fe, y lo abraza por detrás: “Creíste que por ser la final te ibas a librar, ¿no?”, le dice; en el acto, caen encima del utilero seis futbolistas que lo inmovilizan para cumplir el ritual de pintarle la cara. Es una cábala que siempre cumplen: le pintan la cara con el escudo del Santa Fe, y el pobre hombre se sacude y sale del trance con el ánimo intacto y la cara irreconocible. Acto seguido, comienza del todo la rutina: a Ómar Pérez le amarran una bolsa de hielo en la rodilla; el kinesiólogo hace masajes por turnos y venda a quienes lo necesitan. Los jugadores se preparan. Algunos beben Red Bull; otros toman tinto caliente; todos se hidratan chupando bolsas de agua.

Bustos, el preparador físico, enciende a gritos el vestuario: “Guayitos, guayitos que en diez minutos salimos”. Otálvaro le sube al parlante móvil con que siempre anda para que truene la salsa. En instantes, todos tienen puesto el uniforme amarillo de los entrenamientos, y salen por segunda vez a la cancha ante la euforia del público, que los verá calentar durante poco más de 15 minutos.

Hoy se jugarán la vida. El presidente del equipo, además, ya les ofreció la mitad de la taquilla para que se repartan entre ellos, en la proporción que indiquen Ómar Pérez, Centurión y Anchico, que se guían por una tabla de méritos. Hay 1000 millones para que todos reciban una parte: utileros, cuerpo técnico, suplentes. Y, claro, los titulares, a quienes Sandra Merino, la asesora espiritual, pasa ahora puesto por puesto, uno por uno, y les reza las piernas: se inclina, les pone las manos en las rodillas e invoca a Dios para que las proteja de rezos, de maleficios, de lesiones: “En el nombre de Jesús bendigo tus rodillas y tus tobillos y declaro que nadie podrá hacerte daño”. Ella es quien representa esa especie de cohesión mística gracias a la cual el Santa Fe, por momentos, parece un grupo de fervientes feligreses que en su tiempo libre juegan fútbol.

De pie, en una esquina, Wilson Gutiérrez bebe pequeños sorbos de Coca-Cola mientras los jugadores ya han regresado y se visten con el uniforme definitivo. Él también es de la cantera: se hizo en el Santa Fe tanto en su faceta de futbolista como en la de entrenador, y hasta hace menos de un año entrenaba a las divisiones inferiores. Además de técnico, es hincha. Ahora está al frente del equipo y, visto de cerca, me parece que una buena manera de definirlo es afirmar que parece el reverso del Bolillo Gómez: Gutiérrez es un tipo tranquilo, compuesto, educado. Un caballero a carta cabal. Un hombre discreto, que es especialmente bueno cuando trabaja con los jugadores uno a uno, y que sabe hablarles también al final de los partidos, cuando entran con heridas de guerra —las canillas rajadas, los moretones a punto de salir—. En esos momentos posteriores, para que bajen el ácido láctico y mitiguen los dolores, todos los jugadores se sumergen de la cintura para abajo en una piscina inflable, atiborrada de hielo y agua, bajo la cual deben aguantar ocho minutos por reloj: de lo contrario, 48 horas después el dolor los puede entumecer.

Pero eso no sucederá esta vez, porque, cuando regrese al camerino, el equipo solo tendrá tiempo para celebrar. Ellos aún no lo saben, aunque saben que cada uno de sus integrantes ha hecho méritos para salir campeones. Le asiste uno especial a César Pastrana, el presidente que ejerció un liderazgo sobre todos ellos e hizo que las circunstancias adversas del equipo —que recibió sin patrocinadores y a punto de la quiebra— fueran un motivo de unidad: para salvar al club, propuso a los jugadores que se bajaran el sueldo a la mitad, bajo el compromiso de que si conseguían clasificar a las finales de ese entonces, con el dinero de la taquilla recibirían la mitad faltante. Con ello no solo consiguió tapar las goteras financieras, sino cohesionarlos en torno a una causa común. Desde entonces, el Santa Fe se convirtió en un equipo de verdad. Un equipo que, por lo demás, es tan austero como el técnico que lo dirige: según cifras no oficiales, el Atlético Nacional invirtió 20.000 millones para esta copa; Santa Fe, en cambio, prácticamente no gastó dinero en refuerzos. Otros datos: la nómina del Junior o del Cali cuesta al mes 600 millones de pesos; la del Santa Fe está por el orden de los 320, con los cuales pagan sueldos que van desde 1,5 hasta 30 millones, que es el dinero que gana el futbolista mejor pagado, cuyo nombre el club prefiere no suministrar. En el fútbol, la plata es importante, pero no es lo único, y los resultados no dependen de la chequera.

Pero ahora no piensan en eso: están en el camerino, y Anchico le sube a la salsa. Cada uno desdobla en su casillero la camiseta roja del uniforme: una de las 500 camisetas que el patrocinador, Umbro, le da por temporada al club, y que van marcando con número y nombre en la medida en que lo necesiten. El kinesiólogo atraviesa el vestuario repartiendo chicles.

—¡Dale, viejo, vamos con toda! —anima el boliviano.

Faltan tres minutos para que el equipo salga, y sucede el último ritual: el presidente toma la palabra, pide que apaguen la música y los convoca a rezar. El equipo se abraza en círculo. Todos hacen silencio. Y hablan algunos líderes:

—Hermano, llegó el momento que tanto soñamos; juguemos concentrados, con paciencia —dice Camilo Vargas.
—¡Vamos a salir allá y vamos a traer la copa, papá! —grita Sergio Otálvaro.
—Muchachos, hoy es el día para pensar en todas las personas que nos acompañaron y no están. Vamos, salgamos, juguemos que tenemos mucho fútbol —pide Ómar Pérez.

Como siempre, Agustín Julio, ídolo y actual gerente deportivo del Santa Fe, habla de último: eleva en voz alta una oración a Dios para que los ilumine, para que les permita traer el título y dedicárselo a él. Ponen todos la mano en el centro del círculo. Y Julio grita:

—¡Que nos salga del corazón, de lo más profundo, carajo!

Cuenta hasta tres, y lanzan el grito de guerra: “¡Santa Fe, Santa Fe, Santa fe!”. Se abrazan unos con otros, se desean suerte, salen al túnel, y desde allí se lanzan al resplandor de la final: a ese estadio lleno de hinchas de toda la vida, de abuelos que van con sus nietos, de padres de familia que llevan a sus hijos, que llevan haciéndole fuerza a este equipo desde hace 37 años sin recibir una estrella.

Canta el himno el equipo que aún no sabe que va a ganar: el mismo que arranca a jugar con un ímpetu letal; al que le sacan una pelota de gol de la línea en los primeros cinco minutos; el que ve cómo Diego Cabrera estuvo a punto de marcar un gol de taquito que habría sido histórico. Y el que hace padecer a sus hinchas durante 70 minutos en los cuales muchos de ellos presentían que una vez más aparecía la nube negra de ser santafereños: 70 minutos infernales; 70 minutos que hacían prever la definición por penales, y, tras ella, la frustración de siempre, la tristeza acostumbrada, la desazón mayúscula de una nueva muerte.

Pero este equipo no iba a perder. No iba a perder. Esta vez no. En el minuto 70, Edwin Cardona recibe una patada. El árbitro pita falta. Ómar Pérez toma el balón, lo eleva cruzado, desde lejos. Lo vi desde donde me encontraba: al lado del recogebolas, detrás de la portería del Pasto. El balón se eleva y Jonathan Copete salta. Y acá vamos a descongelar la imagen, porque Copete cruza el balón de cabeza, lo hace picar contra el piso y el balón entra en cámara lenta y, lentamente, infla la malla. Por un instante se me descuaja por dentro todo lo que había acumulado durante 37 años, Monaguillo, Mina Camacho, Gottardi, Navarro Montoya, Léider Preciado, los lunes de vacío, las burlas de oficina, mi infancia plena y recibo la descarga de una felicidad rotunda, plena, en estado puro, absoluta: una felicidad que solo ofrece el fútbol y que ya nadie me puede quitar: la felicidad de sentirme pleno y rotundo al menos por un día; la felicidad de haber sido inmortal por un domingo.

El otro Tévez

Publicado: 9 agosto 2013 en Nahuel Gallotta
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Es de noche y la persecución es en Ciudadela. La Policía Bonaerense sabe del morocho que entró a robar al bingo de la calle Rivadavia y se les viene escapando. Lo tiene junado, lo busca hace ya un tiempo. Para ellos, es el líder de la pandilla que tiroteó la comisaría sexta dos noches seguidas, para vengar la muerte de uno de sus compañeros. El morocho es el mismo que después de otro robo, en otra persecución, mató a un policía, con lo que se convirtió en un “carta blanca”, es decir, un ladrón a quien la policía puede matar en vez de detener, y luego, con toda impunidad, plantarle un arma e informar que se trató de un intenso tiroteo.

Para todo Fuerte Apache, el morocho es aquel pibe que pintaba para crack de la selección nacional, el que dominaba la pelota mejor que nadie, y que lograba que técnicos y directivos de clubes grandes del país fueran a buscarlo a su monoblock. Tenía el morocho un compañero en la delantera: un socio dentro del equipo. Alguien que no definía tan bien como él, pero lo acompañaba en el pase, en la pared, en la llegada al área rival, en los festejos. Siempre estaba detrás de él en la tabla de goleadores. Dicen en el Fuerte que juntos hacían desastres. En el ambiente del fútbol infantil, también. Ahora, uno concentra con la selección argentina Sub 17 mientras el otro escapa de la bala policial. Uno corre en el entrenamiento mientras el otro corre para no morir. Uno firma contrato de exclusividad para usar indumentaria Nike y el otro roba para comprar las zapatillas Nike más caras. Uno se llama Carlos Tévez, le dicen Carlitos; el otro se llama Darío Coronel, le dicen Cabañas. Arrancaron en la categoría 84 de All Boys y siguieron jugando juntos seis años más. El que llaman Tévez ahora descansa en un hotel de Perú de cara al Preolímpico Sub 17. El que llaman Cabañas sabe que si se detiene a descansar el descanso será para siempre.

El guacho Cabañas corre, pero sus pulmones no son los de antes: el poxirram hizo lo suyo y ya no hay reacción en los piques, en cada proyección. Sabe que atrás viene la Bonaerense, y le ruega a San Jorge para que lo ayude una vez más. Está seguro de que no lo espera una detención, ni un tiroteo, tampoco un instituto de menores. En la persecución existe el pulso íntimo de la venganza policial. Es vida o es muerte. O se lo hace o se lo hacen. Mató a uno de ellos. Es carta blanca. Lo quieren matar. Lo van a matar.

Falta una cuadra para llegar a Fuerte Apache y ahí sabe que no lo atrapan, en los monoblocks se les pierde. Corre hasta el Aguas Argentinas de la calles Besares y frena; ayuda a sus compañeros a saltar las paredes. Se da vuelta. Es el último. Quedó solo. Los patrulleros doblan y lo ven de espaldas, tratando de trepar. Se ve rodeado. De golpe Cabañas comprende que esta vez no hay posibilidades. Y no lo duda: en el barrio siempre decía, el guacho Cabañas, que antes de que la policía matara a un ladrón prefería matarse él. Entonces saca su pistola, la remonta y se pega un tiro en la sien.

Esta no es la historia de Carlos Tévez. Esta es la historia del pibe que pudo haber sido Carlos Tévez y no, no salió, no pudo ser. Estuvo cerca, condiciones le sobraban, pero no se dio. La gloria deportiva, en este caso, es pura leyenda.

… Siempre me decías que ningún policía te quitaría la vida / siempre en tu rostro convivía una sonrisa / pero con picardía porque en todo momento / sabías lo que hacías / recuerdo a tu hermano recibiendo la noticia / guacho Cabañas se ha quitado la vida / terminaron las buenas jugadas / solo has dejado una lluvia de balas…

Darío Coronel, Cabañas, nació el mismo año, vivió en el mismo nudo de Fuerte Apache, fue a la misma escuela, jugó en el mismo potrero y en muchos de los clubes que estuvo Carlitos. De chicos se la pasaban todo el día juntos, y decían ser mejores amigos. Adentro de la cancha se puteaban, pero afuera nunca se separaban. A Darío, como a Carlitos, también se lo podía ver con ropa sucia, zapatillas agujereadas, caminado solo, de muy niño, por los monoblocks de un barrio que es un gueto de Buenos Aires.

–Se la pasaban compitiendo entre ellos y peleando. Por la tabla de goleadores, porque no se la pasaban entre ellos, pero a la vez, se amaban –dice Yair Rodríguez, exintegrante de ese primer equipo.

Cabañas fue Tévez antes que Tévez. Era el mejor de los siete chicos de seis años que integraron la primera formación de un equipo ganador, gloriosamente reconocida por el mundo del fútbol infantil: la categoría 84 de All Boys. Jugaron juntos hasta los trece años, para después cada uno seguir su carrera en clubes de cancha de once. De aquel equipo surgió una megaestrella del mundo –Tévez–, y un pibe que se pegó un tiro –Cabañas–, y otro que hoy cuida un depósito de gaseosas –Ariel, el arquero–, y otro que juega por setecientos dólares mensuales en el fútbol de ascenso –Yair–, y otro que es electricista y pasea perros –Gastón–, y otro que acaba de salir de la cárcel –Carlos–, y otro que puso una agencia de fletes y se escapó de un centro de rehabilitación de drogas –Egidio.

Y ese equipo tenía un gurú, un hacedor: Norberto el Tano Propato, que pasaba por Fuerte Apache con una camioneta arruinada y levantaba lo que su buen ojo de cazatalentos del suburbio le indicaba que sería un gran jugador. Propato dirigía un club a treinta cuadras de los monoblocks, pero pasaba por allí para detectar pichones de cracks. Lo vio a Tévez, una vuelta, cuando tenía cinco años, pateando unas piedritas en la canchita del Nudo 1. Lo vio también a Darío, pateando esas mismas piedritas o tal vez otras, en un lugar donde todos los monoblocks, todas las calles, todos los potreros, todos los nenes, todo es tan igual a todo.

En un club de paredes rojas de Ciudadela, Propato no se cansa de contar anécdotas sobre Cabañas. Propato tiene muy poco pelo; el poco que tiene es canoso. Su nariz es digna de cargadas, ya pasó los sesenta. Hoy se puso un buzo polar azul lleno de pelusas y se sentó en una mesa del bufet, pegada a la ventana que da a la cancha. Su hija, que atiende el bufet de paredes rosas, sirve café en vasos de telgopor.

Lo primero que dice Propato, cuando se le pregunta por Cabañas, es:

–Mama mía, era un monstruo. Un pedazo de jugador.

Propato, además de llevarlo y traerlo a Cabañas, debía conseguirle botines y lograr que regresara con el estómago lleno. Con el resto de los chicos de Fuerte Apache tenía la misma tarea; con Tévez, lo mismo. Los pasaba a buscar por los monoblocks en una camioneta estanciera. Cuando la chata no arrancaba, los chicos la empujaban para que Propato, en segunda, pudiera ponerla en marcha. Su hija también formaba parte del proyecto: a algunos de los chicos los ayudaba a hacer la tarea del colegio.

Hoy Propato anda en un Renault 12 que tiene más años que la edad de Tévez.

De más grandes, empezaron a viajar solos, en el colectivo 135. Iban subiendo en distintas paradas de Ciudadela, Fuerte Apache y Floresta. Viajaban todos juntos, al fondo. Subían con guardapolvos blancos, como si fueran a la escuela. El boleto escolar valía un diez por ciento de la tarifa mínima. En las mochilas no llevaban útiles ni cuadernos. Llevaban botines y canilleras. La mayoría de los colectiveros sabían que no iban a estudiar, pero los dejaban pasar. Viajaban con ellos todos los días, y los veían volver transpirados, siempre peleando por quién hizo más goles, cargando al defensor que se comió un amague, puteando al “comilón” que prefería la jugada individual en lugar de la colectiva.

Se bajaban en la esquina de Mercedes y Lascano. Caminaban dos cuadras hasta el club, en pleno Floresta. Antes de cada entrenamiento, se trepaban a los techos. Llenaban bombitas de agua y esperaban a los colectivos que pasaban, repletos, por la avenida Jonte. Ahí apuntaban a las ventanas abiertas. Luego se escondían.

Caminando por Jonte, iban hasta Gualeguaychú, a dos cuadras de All Boys. Antes, con las monedas que les pedían a sus padres, compraban cohetes. La joda era llegar hasta la puerta del cabaret “Los 4 ases”. Los prendían en la puerta y salían corriendo. A veces, cuando tenían los “tres tiros”, apuntaban desde la esquina. Cuando la puerta estaba abierta, se mandaban, siempre a las carcajadas. Una madama, bien gorda, de muchos rulos, los echaba a las patadas. La 84 de All Boys, dicen, la pasaba mejor antes y después de los partidos, cuando tenían ratos libres para jugar a otra cosa.

Los días de partido, Darío, mientras el resto de sus compañeros se cambiaba para el partido, seguía jugando a cazar y matar palomas con una gomera en la puerta del club. Había que salir a buscarlo a la calle para que se cambiara y escuchara la charla técnica. Darío era paraguayo. Por su nacionalidad, y por su cuerpo morrudo, y por cómo aguantaba la pelota contra el piso, y por su cara de malo, lo apodaron Cabañas, en alusión a ese grandote 9 de Boca de comienzos de los noventa.

Darío usaba la 10; Tévez la 9. A los once años, los llevaron a una prueba en Vélez, en cancha de once: Darío quedó; Tévez no.

… Recuerdo verte venir con tu sonrisa descansera / tu mirada de pillo debajo de tu visera / aquí junto a tu tumba y con el corazón en pena / recuerdo que me decías que morirías / cómo vivirías / que serías delincuente hasta el último de tus días/ y ahora desde una estrella nos debés estar mirando / desde allá arriba con tu arco…

Carlos Pérez es otro que hoy podría ser Tévez. U otro que también podría ser Cabañas. Tévez, porque cuando cumplió trece, y se terminó el Baby, pasó junto al crack a Boca, a cambio de diez mil dólares en concepto de pelotas, pecheras y conos. Y también podría haber sido Cabañas porque fue detenido tres veces por robo. Pero no era carta blanca, y en lugar de matarlo, lo detuvieron y fue a la cárcel. Salió hace un mes, viene de casi cuatro años de prisión. Pérez era el 5 de la 84 de All Boys. Era el que se ganaba las puteadas de Tévez, cuando prefería pasársela a Cabañas. Por eso lo puteaba. Una vez Pérez se pudrió. Agarró la pelota en medio de un partido, la pateó a la calle y salió de la cancha enojado, puteando.

–¿Vos qué habrías hecho? El goleador era Cabañas, el mejor jugador del equipo, y yo prefería pasársela a él antes que a Tévez.

Carlos Pérez tiene tez morena, pelo corto, usa un piercing en la ceja y zapatillas Adidas, de las más caras. La pinta de jugador está intacta; en la forma de caminar, de atarse los cordones bien desajustados. Habla fuerte y rápido, y cuando habla escupe sin querer.

De Cabañas dice:

–Yo tengo la imagen de que el pibe era un rejugador. Pero también la del pibe que a los trece años venía a entrenar con olor a marihuana. Jugaba estando refumado. Una vez tuvo un problema con un pibe más grande del club. Se peleó a las piñas, perdió, y al día siguiente fue a buscarlo con un revólver.

Carlos Pérez también cuenta otra anécdota, que lo hace reír. Estaban Cabañas, Tévez y él. Y su hermano, más grande que ellos, llegando a su casa con una motito Zanella. Y ellos en la puerta, mirando la motito.

–Se la pidieron prestada los dos. Carlitos y Cabañas se agarraron a las piñas para usarla primero. Se pelearon y a los cinco minutos ya eran amigos de nuevo. Se querían mucho pero siempre competían por quién hacía más goles. Cabañas era mucho mejor jugador que Tévez. Ponele la ficha de que si el chabón se ponía las pilas, llegaba a primera. Tenía un retalento y ponía todo, eh. Si a Tévez le destacan el sacrificio, Cabañas…, Cabañas se mataba en la cancha.

… Querido amigo yo nunca me voy a olvidar / de las cosas que vivimos / y enemigos compartimos / y tú siempre el mismo pillo / con el dedo en el gatillo / empuñando un papelillo pillo / apuntando un cobani resentido…

Quienes conocieron a Cabañas afirman que tuvo dos vidas. Una hasta los doce años: la de la familia humilde pero unida. Tres hermanos varones, una mamá, un padrastro golpeador.

Y la otra después de los doce, cuando su mamá se mudó a Paraguay con sus hermanos, y a él lo dejó solo, con su padrastro, por su mala conducta. Eso lo puso triste, al tiempo abandonó la escuela.

Quienes conocieron a Cabañas, y lo vieron jugar, juran –no afirman– que era un pedazo de crack y que pintaba mucho mejor jugador que el mismo Carlitos Tévez. En el ambiente del fútbol infantil lo veían como el futuro 8 de la selección nacional.

Debajo del Nudo 1 de Fuerte Apache, donde vivieron Tévez y Cabañas, hay una remisería y un quiosquito. Enfrente, unos banquitos y la canchita. Ahí mismo se juntaban unos pibes que usaban ropa ancha, suelta, musculosas de la nba, zapatillas galácticas, gorras viseras. Lo de la ropa ancha, además de ser moda, servía para que nadie se diera cuenta de que guardaban pistolas en la cintura. No tardaron mucho en hacerse llamar “Los Backstreet Boys de Fuerte Apache”, como el grupo norteamericano que vendió más de cien millones de discos.

Cuando uno pone en Google “Fuerte Apache Backstreet Boys”, se entera: que los Backstreet eran la banda más pesada de las treinta que operaban en el barrio. Que las pandillas juveniles se disputaban el poder a los tiros. Que siete de cada diez detenidos eran menores de dieciocho años que portaban armas. Que existía un clima de guerra cada vez que la policía mataba a un Backstreet, y a modo de venganza, tiroteaban la comisaría sexta, la del barrio. Que a los velato- rios iban armados hasta los dientes. Que en los entierros tiraban tiros al aire, la mejor manera de despedir a un pistolero como ellos. Que le atribuyen más de cien asesinatos.

Cabañas tenía diez, once años, y era el único nene de su edad que Los Backstreets dejaban quedarse con ellos. Era su carisma, su chispa, su personalidad la que lograba ese permiso. Los grandes procuraban que los nenes no vieran cosas que no deben ver a esa edad. En Fuerte Apache es un código: hay que tratar de consumir drogas, andar armado y planificar robos estando alejados de los niños. Pero Cabañas se quedaba. Y escuchaba y veía todo. Era la mascotita de la banda. Al que lo mimaban, al que lo mandaban a comprar cervezas o cigarrillos. También le daban dinero para golosinas. Los pibes grandes tienen esa imagen grabada: ellos fumando marihuana, pensando qué ir a robar más tarde, y a Cabañas yéndose con el bolsito a entrenar, estimulándolo a seguir jugando al fútbol y llegar a primera para poder comprarse una casa e irse del barrio.

Hoy los Backstreet son pura leyenda. De casi veinticinco jóvenes, viven cuatro. Los demás murieron en enfrentamientos con la policía o bandas rivales. Hubo, también, casos de suicidios, como el de un pibe que se pegó un tiro cuando lo abandonó su mujer. Otros de ruleta rusa. Otros fallecieron en cárceles. Otros en accidentes automovilísticos. Otro se internó en un neuropsiquiátrico de México y nadie supo más nada de su vida. Unos pocos están en prisión, con largas condenas por cumplir. La historia de Cabañas entra en la lista de los muertos. El pibe del que se decía que podía ser el 8 de la selección, prefirió cambiar la vida del fútbol por pertenecer a la banda más sangrienta de Fuerte Apache. Vivió hasta los diecisiete años.

… Tu cabello bien peinado / y tu caño apuntando / el brillo de tus anillos alumbraba tu camino / el oro que te colgaba porque tú te lo ganabas / después de cada hecho siempre regresabas / con la frente bien en alta / con tu compañero a los tiros y carcajadas…

En Fuerte Apache, del guacho Cabañas se dice:

Marcelo, ex Backstreet:

–En dos años hizo desastres. Fue un pibe al que le gustó el primer robo, y bueno, después nadie le pudo parar… Le daba la sangre para robar cualquier cosa, pero le faltó un compañero de robos que lo guiara, para hacer las cosas bien y no terminar como terminó, solo, matándose para que no lo matara la policía. Iba muy drogado a robar.

Didí, técnico de Santa Clara, que lo dirigía los domingos:

–Jugaban juntos –con Tévez– y hacían desastres. Yo quería dar la charla técnica y me decían “no nos rompás las bolas. Vos ponete a tomar mate con las mamás que el partido lo ganamos nosotros dos solos”. Yo decía que Cabañas podía haber llegado primero que Carlitos. Y mirá dónde está Carlitos y mirá dónde está Cabañas.

Pino Hernández, coordinador de las inferiores de Vélez:

–De Cabañas me acuerdo demasiado, habría sido el 8 de la selección. Era muy peleador, pero te defendía, eh, defendía a los compañeros, pero a veces no se medía. Después se encontró con amigos que lo llevaron por el mal camino y eso no lo pudo superar. Creo que si hubiera tenido una buena familia, alguien que lo contuviera en su casa, habría tenido otro final. Nosotros, a los chicos como él los tenemos dos horas por día en el club, el resto del día se la pasan en sus barrios.

Al ir desapareciendo Los Backstreets grandes, fueron quedando los jóvenes. Y quedaron las armas. Así se inició la nueva generación. Así empezó Cabañas. Así empezaron todos los chicos que, como él, se criaron idolatrando al que robó camiones blindados, al que tomó rehenes y salió en la televisión, o al que mató a un policía. En Fuerte Apache, los próceres no son Belgrano, San Martín, son los ladrones. Los ídolos como Tévez, son ídolos hasta los doce o trece años. Después no.

Todos los días Cabañas andaba armado. Una vez, manejando una moto por las calles de los monoblocks, un perro callejero lo corrió, y de un tarascón le pinchó la cubierta de atrás. Cabañas frenó, apagó la moto, sacó su pistola y lo mató de un tiro. Era el 2001, faltaban meses para su muerte y a Cabañas se lo podía ver siempre con una pistola en una mano y con una bolsita de pegamento en la otra. Por la única razón que dejaba su uniforme era por el fútbol en su barrio. Cuando escuchaba el ruido de una pelota picando en la tierra de los potreros de Fuerte Apache, dejaba todo a un costado y se ponía a jugar.

Cabañas, como todo pibe que tuvo necesidades, con el dinero de los primeros robos a pequeños comercios o supermercados chinos, iba a las casas de deportes a comprar conjuntos deportivos y zapatillas Nike. Esa es la política en el barrio. Tener. Mostrar. Aparentar, ocultar la pobreza en un par de zapatillas. En los sectores bajos, como Fuerte Apache, caminar con unas zapatillas Nike implica seguridad, confianza hasta para encarar a una mujer.

Los anillos y cadenas de oro que usaba caracterizaban al guacho Cabañas. Caminando Fuerte Apache, se frenaba en los quioscos donde había nenitos. Sacaba dinero de sus bolsillos, el dinero que le había sacado a alguien de mucho dinero, y los invitaba a comer. Jugando en Vélez hacía lo mismo. A los compañeros que venían a entrenar desde barrios como el suyo, haciendo combinación de colectivos o trenes, les daba para el remís. Para los que venían pedaleando en bici desde muy lejos, también había.

Su despedida fue a los tiros. Con pistolas, revólveres, fusiles. Todas las armas de Fuerte Apache salieron a llorar la muerte de Cabañas. Y en entierros así, lo que se hace es apuntar al cielo y gatillar. Es la mejor –es la única– manera de decirle adiós a un ladrón que se mató para que la policía no matara a un chorro.

… Perdonaría tus pecados / porque muchos de ellos tras las rejas lo han pagado / el cielo está juntado / hoy siento que no tengo compañía / pero siento que sos el angelito que me guía/ y cuida mis espaldas / mi ángel de la guarda…

De Los Backstreet que quedaron vivos está Esteban, que con tres amigos formó una banda de rap llamada fa!; vive de la música, grabó varios discos y el director de cine Pablo Trapero dirigió dos videoclips de la banda. Desde que se formó la banda, en los monoblocks hay seis o siete grupos que se la pasan de estudio en estudio queriendo grabar su primer CD.

Esteban, arriba de su tobillo izquierdo, tiene un tatuaje: dice “Cabañas”.

Una noche, Esteban lo cruzó caminando por los monoblocks:

–Cabañas, te tenés que rescatar. La policía está matando a todos los pibes, el próximo podés ser vos. ¿Cuándo te vas a dejar de joder con todo esto?

Cabañas, sentado en un cordón de la vereda, mirándolo a Esteban parado, dijo:

–Es que yo nací chorro y me voy a morir siendo chorro.

Cabañas y Esteban hablaban mucho. Cabañas lo escuchaba mucho, lo admiraba, lo veía como un hermano mayor que siempre lo aconsejaba.

–Vos tenés que seguir con la música, porque tu música revá, es la piola, un día la vas a pegar. Aparte vos ya tenés un hijo, y le tenés que dar todo –le dijo Cabañas una vez.

Esteban dice que puede parecer una exageración, pero que la respuesta que le dio el guacho Cabañas es lógica. Los pibes en Fuerte Apache piensan así. “Yo nací chorro y me voy a morir siendo chorro”, decía Cabañas. Tenía diecisiete años. Cuando falleció, fa! escribió un rap sobre su vida. Se llamó “Cuando un amigo se va”.

Cabañas compartía. O se las ingeniaba para que todos los chicos de su barrio se privaran de la menor cantidad de cosas. El predio de entrenamientos de Vélez estaba a veinte cuadras de Fuerte Apache. Cabañas había quedado en que, los días de práctica de fútbol, sus amigos iban a estar sobre la avenida Juan B. Justo, escondidos. En algún momento del partido iba a patear, a propósito, la pelota para afuera. Más tarde, en los potreros de Fuerte Apache, se iba a jugar con una pelota que solo veían por la televisión.

Antes de Vélez estuvo en Argentinos Juniors. Era la década del noventa y los futbolistas de Primera División habían impuesto una moda: usar botines blancos. Cabañas tenía los que le conseguían en el club. Un día se robó en la escuela un Liquid Paper, el corrector líquido que se utiliza para borrar errores en papel. Con eso, pintó de blanco sus botines negros. A las siguientes prácticas, un colombiano se fascinó, y le propuso que se los cambiara por los suyos. Cabañas sabía que la pintura, mucho no iba a aguantar. A los días, de tantos pelotazos, los botines del colombiano comenzaron a despintarse, y de blancos pasaron a negros. Cuando fue a reclamar, Cabañas lo sacó matando.

En Vélez siempre fue el 8 titular. Tenía épocas. A veces andaba bien, y otras desaparecía de los entrenamientos por varias semanas. Ahí era cuando directivos del club decidían meterse a Fuerte Apache a convencerlo de volver. Iban, pero Cabañas siempre se escondía, como si fueran policías. Varias veces técnicos y dirigentes fueron a buscarlo a un barrio que jamás habrían pisado si no fuera por un pichón de crack. Hasta que se cansaron. Se dice que una vez robó cosas de un bolso de un compañero, y lo dejaron libre, con el pase para que se buscara otro club. Dicen también que Cabañas se lo tomó en joda. Que ese día se volvió a Fuerte Apache cagándose de la risa.

Al tiempo, una tarde fue a visitarlo Propato, el técnico de All Boys que lo pasaba a buscar por los monoblocks.

–Hubo un momento, a los quince años, que se peleó con todo el mundo, porque era muy calentón –cuenta Propato–. Yo dirigía Comunicaciones, y un día se aparece en la práctica, porque me adoraba, y me dice:

–Quiero jugar en Comunicaciones.

En un club como Comunicaciones los jugadores profesionales juegan al fútbol por un salario básico. Entrenan a la mañana y por la tarde tienen otros oficios para vivir mejor.

–¿Vos?… ¿Acá? Tenés tantas chances de ir a Boca, a River, podés jugar en el equipo que vos quieras. ¿Cómo vas a venir a jugar con nosotros? ¿Estás loco?
–Es que yo quiero venir a jugar acá porque estás vos. Vos sos el único que me puede controlar un poco. Estoy metido en muchos problemas.

Propato lo entendió, y sintió que si repuntaba podía en pocos meses estar otra vez en los mejores clubes. Quedaron en verse al día siguiente, pero Cabañas desapareció. Esa fue la última vez que lo vio.

Unas noches antes de matarse, y con la noticia de Tévez citado para la selección Sub 17, Cabañas caminaba llorando por el barrio. Didí, técnico en Santa Clara, club de los monoblocks en el que Tévez y Cabañas jugaban los domingos, y vecino, lo vio, y se le acercó.

–Cómo puede ser, explicame. Yo no puedo entender cómo ese “pelotudo”…, cómo ese pelotudo –por Tévez– llegó a primera y a mí me está buscando toda la policía… me quieren matar, Didí. Si yo jugaba mejor, vos sabés, Didí, cómo jugaba yo. Y mirame cómo estoy. Todo el día con esto.

Esto era una bolsita de pegamento.

Este año, Didí quiere armar allá, en la esquina, cerquita del corner, un nichito a la memoria del que se dice haber sido mejor jugador que Carlitos Tévez.

Hace calor en Pablo Podestá. Es un día cualquiera de septiembre en un cementerio público del Conurbano, en el que hay feo olor. En el casillero 57, de la fila 10, está la tumba de Cabañas. La foto de su rostro lo muestra contento, con el pelo bien peinado y cortito, prolijo; y un buzo que casi le tapa por completo el cuello. Alrededor hay rosarios, mensajes de amigos, botellas de licor, de vinos, cigarrillos. De tabaco y de mariguana. Aquí lo despidieron a los tiros. Aquí llegó un micro de amigos para darle el último adiós, tan alejado de lo que pudo ser y no fue. Aquí descansa. Desde aquí ve todo. Ve que en Inglaterra, Mancini, el entrenador de Carlos Tévez en el Manchester City, dice por los medios que Tévez, con él, nunca más jugará. Al parecer, en un partido en que Carlitos estaba en el banco de suplentes y su equipo perdía, se negó a ingresar a jugar, en un año en que es más noticia por sus amoríos y sus kilos de más. Cabañas, a lo mejor, habría entrado por la derecha, dando indicaciones a sus compañeros. Y habría pedido la pelota, para tocar con un enganche e ir a buscar la devolución con un pique que ningún patrullero pudiera alcanzar. Le habría pedido al cinco que lo relevara, porque él se iba arriba. Habría pateado un bombazo como cuando lo hacía con botines agujereados. Habría festejado escondiéndose detrás de una bandera, como lo hacía cuando era niño. Habría recibido la pelota del enganche, por la izquierda, y Tévez habría puteado porque otra vez estaba solo por la derecha. Y Cabañas con la pelota en los pies. Y Cabañas con todo el potrero encima, definiría a un costado del palo, con un toque suave, con un pase a la red, para que la pelota entrara despacio. Y luego habría buscado a Carlitos, con el que pateaban piedritas descalzos en Fuerte Apache y decían ser mejores amigos, para darle un abrazo como se daban jugando en la 84 de All Boys. Habría sido, pero no, no salió, no pudo ser. Habría