Luces y sombras de Ingrid

Publicado: 14 septiembre 2009 en Felipe Restrepo
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Muy poco tiempo había transcurrido desde su liberación, acaso unas cuantas horas, cuando empezaron las especulaciones sobre el futuro de Ingrid Betancourt. Aún estaban frescas las conmovedoras imágenes de la colombiana regresando a la libertad, el pasado julio. Todavía era imposible adivinar qué podría pasar por la cabeza de una mujer que estuvo más de seis años sepultada en la jungla —algunos de ellos encadenada a un árbol y bajo una espantosa tensión psicológica— o cuál era realmente su estado emocional. Pero eso no importó: todos nos preguntábamos cómo capitalizaría su fama. A nadie le quedaba duda, eso sí, de que tendría un porvenir político. Algunos se aventuraron a decir que podría llegar a ser la primera presidenta de Colombia, que le entregarían el Nobel de la Paz o que la nombrarían en algún puesto en el gobierno de Francia, país que le otorgó la nacionalidad y en el que era vista casi como una santa.

Pero, con el paso de los meses, ese futuro brillante empezó a desdibujarse. Betancourt desconcertó con actuaciones fuera de lugar y algunas de las personas más cercanas a ella empezaron a desvirtuar su imagen en público. Las revelaciones de Clara Rojas —supuestamente una de sus mejores amigas y su fórmula vice-

presidencial—, de los tres ciudadanos estadounidenses que fueron compañeros de secuestro, de Juan Carlos Lecompte —su ex esposo— y de muchos otros, que la pintaron como una persona egoísta y ambiciosa, dejaron ver que Betancourt estaba lejos de ser la heroína que los medios habían creado. Incluso en Colombia, donde ya había sido muy criticada en el pasado, sorprendió la rapidez de su desprestigio.

Betancourt ha optado por el silencio desde hace un tiempo y no ha querido responder a los, cada vez más frecuentes, ataques. Es más: ni siquiera se sabe muy bien dónde está viviendo. Al principio se creía que estaba en París, pero todo parece indicar que se instaló en Seychelles, una minúscula república conformada por un grupo de islas en el Océano Índico. Ahí vivió entre 1985 y 1989 y obtuvo la nacionalidad. La última vez que habló en público fue a finales de diciembre, en la Ciudad de México. La escala final de una maratónica gira latinoamericana en la que visitó casi todos los países del continente y se reunió con los líderes de la región.

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Poco antes de la llegada de Ingrid Betancourt a México, recibo una llamada de una funcionaria del gobierno francés: me informa que la colombiana ha accedido a reunirse conmigo, en una sesión privada. Apenas estará tres días en el país. Me cita en la Embajada de Francia, al final de la tar-de del día siguiente.

Llego a la cita un poco antes de las seis de la tarde y me encuentro con un operativo de seguridad sorprendente: digno de la visita de un jefe de Estado. La calle está cerrada y la embajada es custodiada por varias patrullas de policía. Para llegar hasta la residencia —una de las más lujosas del exclusivo

barrio Lomas de Virreyes— hay que traspasar varios círculos de seguridad y es obligatorio pasar por una minuciosa requisa. En la puerta me espera Laurence Pattin, encargada de las comunicaciones de la embajada, que me acompaña hasta un acogedor salón amueblado con antigüedades y con las paredes repletas de obras de arte clásico. Me siento en un sillón frente a un ventanal que mira al enorme jardín trasero y a una piscina es-condida entre columnas envueltas por enredaderas. Al fondo de la sala hay dos agentes de seguridad que el gobierno de Nicolas Sarkozy le asignó a Betancourt y que tienen la misión de acompañarla a cualquier lugar.

Tras una corta espera, Betancourt aparece. Su apariencia me deslumbra: no sólo por su figura —casi atlética—, sino por su elegancia. Viste un arriesgado traje negro de una pieza, que deja al descubierto sus estilizados brazos. Su melena está recogida y, en la muñeca del brazo derecho lleva un escapulario que le regaló su padre y que la acompañó durante todo el cautiverio. Sólo tiene un adorno en su cuello: una imagen de la Virgen de Guadalupe, tallada sobre una piedra blanca, que cuelga de una delgada cadena de oro. “Divina mi virgencita, ¿verdad? Me la regalaron ayer en la basílica de Guadalupe”, me dice con genuina emoción. Recuerdo entonces las imágenes que inundaron esa mañana todos los diarios: Betancourt arrodillada y casi al borde de las lágrimas frente a la imagen de la virgen.

Aunque sencilla, su apariencia da muchas pistas sobre la nueva Betancourt, la que regresó de la selva: una mujer confiada, que no está abatida por su experiencia y que, al contrario, es más fuerte —y guapa— que nunca. Una mujer impecable y elegante que no desentonaría junto de ningún líder o celebridad. Y, tal vez lo más revelador, una mujer que se salvó gracias a su fe. Betancourt es ahora —y no lo esconde en ningún momento— muy religiosa. Algo que era impensable antes de su secuestro y que ha sido ferozmente criticado en Francia, donde ser creyente parece ser algo peor que ser criminal.

La observo, mientras toma un té antes de empezar nuestra charla. Levanta la taza con un gesto delicado y se la lleva a la boca casi en cámara lenta. Adelanta los labios y entrecierra los ojos: sus rasgos finos, como de ave exótica, se marcan. La luz de los flashes ilumina su cara, poniendo en relieve sus arrugas y las pocas canas que ya se filtran en su pelo. Posiblemente muchas de ellas se formaron durante las largas horas de angustia. Pienso entonces en todos los contrastes de su vida. Y sospecho que, por más que responda preguntas, que relate con detalle su cautiverio o que escriba cientos de libros con explicaciones, nadie podrá entender nunca lo que realmente le ocurrió a esta mujer.

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Está agotada. Ha visitado ocho países en diez días. Pero esto no impide que su discurso sea impetuoso. “Creo que en Latinoamérica se dio un fenómeno, del que yo sólo fui espectadora, durante los últimos diez años. Un momento de ruptura, un viraje, en el que la mayoría de países eligieron gobiernos de izquierda. Todos intentaron romper con su pasado político”, dice. Habla despacio y hace énfasis en cada palabra. Tiene un acento cambiante: en algunas frases es bogotano, mientras que en otras tiene un ligerísimo tinte parisino. “Así que esta gira nació de esa constatación. Cuando yo estaba en la selva, fue la posesión de Cristina Fernández de Kirchner. Todos los presidentes latinoamericanos que asistieron a su toma de poder, por coincidencia, tocaron el tema de los secuestrados. Sentí que ese momento fue un punto de quiebre y las cosas empezaron a cambiar”.

La gira latinoamericana fue intempestiva y se centró en el tema de los secuestrados. “Es muy importante que todos los presidentes hagan presión sobre las farc. Para que, primero que todo, liberen a los secuestrados. Porque mientras las farc sigan teniendo secuestrados, no son un interlocutor político válido para nadie. El secuestro, del que viven, terminó siendo un harakiri, pues perdieron la oportunidad de actuar en política”, dice. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones, la visita de Betancourt a Latinoamérica no fue entendida. Pocos comprendieron por qué era recibida con las atenciones de una alta funcionaria o por qué el Estado francés financió la logística. Otros vieron una necesidad injustificada de recibir atención para subsanar una muy mala racha que ya llevaba un tiempo.

En efecto, la buena imagen de Betancourt empezó a decaer a finales de 2008. Después de su liberación la ex secuestrada se reunió con varios líderes mundiales: Sarkozy, Rodríguez Zapatero, Benedicto XVI, Bono y Madonna, entre muchos otros. También recibió la Legión de Honor, en el grado de caballero en París; el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, en Madrid; fue postulada al Premio Nobel de la Paz por el gobierno chileno y habló en la onu. Si bien todos eran reconocimientos merecidos, empezó a ser criticada por su exceso de exposición.

Luego vino el bochornoso incidente del Premio Nobel de la Paz. Cuando se anunció que el galardón de 2008 le había sido otorgado al finlandés Martti Ahtisaari, un reconocido mediador en conflictos mundiales, el jefe de prensa de la fundación de Betancourt, Olivier Roubi, reaccionó violentamente. En un comunicado cuestionó a la academia sueca por su decisión y dijo que Ahtisaari estaba muy lejos de personajes como Nelson Mandela o el Dalai Lama. No lo decía directamente, pero insinuaba que Betancourt sí lo estaba. El gesto fue considerado de muy mal gusto. María Jimena Duzán, columnista colombiana de la revista Semana y amiga de Betancourt en el pasado, fue una de las sorprendidas: “Lo ad-vertí en una columna. Lo que hicieron fue una vergüenza, una declaración agresiva en una ceremonia en la que la paz es la gran protagonista. Sólo les faltó decir que le habían robado el Premio Nobel a Ingrid, como sucede con las candidatas colombianas en Miss Universo, que siempre quedan de finalistas, pero nunca ganan”, me dice.

Enseguida Betancourt dio otro paso en falso en París. El 22 de noviembre se reunió en las oficinas de la alcaldía de la ciudad con varios miembros de su fundación y con amigos que, por años, habían luchado por su liberación. Según un reportaje publicado hace unas semanas en la revista Marianne, todos habían esperado meses para verla y no les importó que ella hubiera preferido encontrarse primero con famosos. Sólo querían ver a su heroína. “Dio la impresión de decir ‘hola y adiós’ a las personas que lucharon por ella. Nos habíamos hecho muchas ilusiones sobre ese encuentro, pero fue una decepción”, le dijo a la revista Hervé Marro, un estudiante de ciencias políticas que trabajó en la fundación casi desde su inicio. Betancourt fue especialmente fría con ellos, cuenta el artículo de Stéphanie Marteau, y les anunció que creería su propia fundación. También les pidió que ya no utilizaran su nombre.

Durante la gira latinoamericana, Betancourt jamás se refirió a estos incidentes y se concentró en atacar duramente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc). Tal vez como una estrategia para desviar las miradas. “Creo que las farc son mulas, totalmente cerradas. Pero pienso también que son seres humanos y que algo tienen que entender. Algo de lo que está pasando en el mundo les tiene que entrar en la cabeza. No sé cuál va a ser el giro, pero sí estoy segura de que tienen que cambiar. No hay otra salida para ellos. O hay una profunda transformación en su esencia y se vuelven políticos, o se mueren”, me dice con un tono que no le había escuchado antes.

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De todas las personas cercanas a Betancourt, Clara Rojas parecía ser la más fiel. Las dos mujeres se conocieron en los noventa, cuando trabajaban juntas en el Ministerio de Comercio Exterior de Colombia. Rojas, una abogada bogotana, se fue involucrando poco a poco en el proyecto político de Betancourt y se convirtió en una de sus más cercanas colaboradoras. Tanto así que, el 23 de febrero de 2002, en plena campaña electoral, decidió acompañarla a un peligroso viaje a San Vicente del Caguán, una zona que el entonces presidente Andrés Pastrana había despejado y que estaba a merced de las farc.

El resto de la historia es conocido por todos. Betancourt y Rojas fueron retenidas esa mañana por un grupo de guerrilleros y empezó un largo secuestro que acabó, entre muchas otras cosas, con su amistad.

Cuando se conoció la noticia de su retención, se dijeron dos cosas sobre Rojas, una mujer muy poco conocida por el público. La primera, que era una de las mejores amigas de Betancourt y su fórmula a la vicepresidencia en una campaña política que había comenzado en 2001. También, que había decidido acompañar voluntariamente a Betancourt cuando los guerrilleros la raptaron. Sin embargo, ambas cosas resultaron ser falsas.

En una reciente entrevista con la edición española de la revista Vanity Fair, Rojas contó que ella nunca se entregó. Lo que ocurrió fue que confrontó a los guerrilleros cuando se llevaban a su amiga y ellos, como castigo, la raptaron también. Tampoco era cierto que en ese momento fuera fórmula vicepresidencial. Fue Juan Carlos Lecompte, el segundo ex esposo de Betancourt, quien lo inventó, después del secuestro. Lecompte, un publicista que había diseñado todas las campañas de su esposa, pensó que sería una buena estrategia pues le daría visibilidad a Rojas. Le consultó a la familia de ella y aceptaron.

Casi desde el comienzo del cautiverio la relación entre Rojas y Betancourt se desmoronó. Sus personalidades eran opuestas —Rojas es tímida e introvertida, mientras que Betancourt es explosiva— y llegó un momento en que no aguantaron más. “Yo tuve una actitud generosa y por eso esperaba algo diferente de Ingrid, pero no fue así. Ha sido desconcertante y doloroso. La selva nos distanció y todavía no sé muy bien qué ocurrió”, le dijo Rojas a Vanity Fair. La situación era muy tensa y los lazos de su amistad muy débiles. El momento más difícil, por supuesto, fue cuando Rojas anunció que estaba embarazada de un guerrillero y que pensaba tener el bebé. Betancourt no aceptó la decisión de su compañera y rompió relaciones con ella.

Cuando Rojas fue liberada unilateralmente por las farc, en enero de 2008, llevaban ya tres años separadas. Los jefes guerrilleros habían decidido aislar a Rojas en el momento en que dio a luz a su hijo Emmanuel, después de un parto salvaje que casi le cuesta la vida. Entonces ya era vox populi que las relaciones entre las dos estaban muy mal y varias veces sus familias se habían enfrentado por la manera en que querían que se llevaran las negociaciones con la guerrilla.

Desde entonces sólo han coincidido dos veces. Cuando Betancourt fue librada y tres meses después en un foro de mujeres líderes, en Deauville, Francia. Ese día, según varios medios locales, Rojas intentó acercarse a saludar a Betancourt. Pero ésta la ignoró. Rojas la siguió por un pasillo: “Ingrid, Ingrid, soy yo, Clara”, le gritaba. Pero Betancourt no se dio vuelta y entró a un salón reservado. Cuando Rojas quiso entrar, los guardaespaldas de su antigua amiga le impidieron el paso.

Con el tiempo las cosas empeoraron. Sobre todo porque Betancourt insinuó en algunas entrevistas que durante el cautiverio Rojas había enloquecido y tratado de ahogar a su bebé en un río. Y que ella lo había rescatado de las aguas. Este comentario enfureció a Rojas, quien respondió en un programa radial de la cadena rcn de Bogotá: “No sé de donde saca esto, pero Ingrid tiene algo de teatro (…) Hay cosas de ella que me asustan. Me asusta sobre todo esa incapacidad de fijar ciertos límites, esa sensibilidad por ciertas cosas. Porque ella es una cosa ante los medios y otra en su situación personal”, dijo.

A pesar de que la contacté, Rojas prefirió no dar declaraciones a Gatopardo. Su libro —cuyo título provisional es Rehén y que será editado por Norma en Latinoamérica— saldrá al mercado el próximo 16 de abril. Antes de su publicación, la autora prefirió guardar silencio y no hablar con ningún medio. “Es un testimonio honesto de su tragedia y su soledad”, me dijo un lector que tuvo acceso adelantado a la obra y prefirió no ser identificado. La publicación de la versión de Rojas ha generado mucha expectativa, pues contará detalles que hasta ahora son desconocidos. Betancourt, quizá, sea la menos entusiasmada con la idea de que el libro aparezca: ya ha salido muy mal librada de otros testimonios de antiguos compañeros de cautiverio.

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Mi futuro es muy sencillo, yo quiero sacar a mis hermanos de la selva. Quiero dedicarme a mi fundación y estar tranquila en mi vida familiar. No puedo desconocer la responsabilidad que tengo, en el sentido que sé que la gente me conoce, y que eso implica que puedo ayudar a otras personas. Eso no es un valor político ni mucho menos electoral”, me dice cuando le pregunto sobre sus planes. Su mirada siempre está puesta sobre mí. Pero a veces se pierde: sus grandes ojos se quedan mirando al infinito. Luego retoma con precisión: imagino que, durante esos segundos, algunas imágenes del secuestro vuelven a su memoria.

Desde que la rescataron, Betancourt ha dicho que no se sentirá realmente libre hasta que se acabe el secuestro en Colombia. También ha dicho que no tiene ningún interés en lanzarse a la política: “En este momento no veo nada que me podría hacer regresar”, me confirma. Lo que es, de cierta forma, muy sorprendente: siempre ha sido una política y parece increíble que se quiera retirar.

Durante su cautiverio redactó un plan de gobierno, de 190 puntos, que pretendía llevar a cabo si llegaba a ser elegida presidenta de Colombia. Todos los días discutía su proyecto con Luis Eladio Pérez, un senador nariñense, que también fue secuestrado por las farc el 10 de junio de 2001. Durante los primeros años de su cautiverio, los guerrilleros mantuvieron a Pérez aislado y no le permitían hablar con nadie. El senador se vio obligado a hablarle a los árboles para no volverse loco. Sin embargo, después de un tiempo, fue trasladado al mismo campamento de Betancourt y se convirtió en su confidente durante cuatro años. Él, mejor que nadie, conoce las aspiraciones reales de su compañera. Así que le pregunto si le cree cuando dice que no va a regresar a la política: “Sí, le creo. Lo ha demostrado con sus palabras y con hechos. Se ha marginado voluntariamente de toda discusión en el país”, me dice.

La parte que no le queda clara a Pérez es la de la liberación de los secuestrados. Le parece que si bien Betancourt tiene toda la voluntad, aún no tiene una propuesta concreta. Le pregunto entonces cuál cree que es una solución realista: “Creo que existen tres escenarios posibles. El primero es una liberación unilateral por parte de la guerrilla, que es bastante remoto. El segundo es un rescate militar, que, como todos lo sabemos, es muy riesgoso. Finalmente hay un tercer escenario, que es el que me parece mejor: la salida negociada. Si se llega a dar esa negociación creo que todos los ex rehenes tenemos que participar. Me gustaría mucho que Ingrid estuviera presente en ese caso”, explica. Pérez fue liberado unilateralmente el 27 de febrero de 2007, gracias a las gestiones de la senadora colombiana Piedad Córdoba.

Justamente ella es una de las más comprometidas con el acuerdo humanitario. Córdoba ha arriesgado su capital político y su vida —es, tal vez, la persona más amenazada en Colombia— para lograr la liberación negociada de los rehenes que continúan en poder de las farc. Así que conoce, como nadie, la situación de los secuestrados. Le pregunto sobre las intenciones de Betancourt: “La verdad, Ingrid no ha estado en Colombia desde su liberación. Apenas vino a Bogotá un día. El acuerdo humanitario está a punto de definirse y no veo cómo se puede enganchar”, dice. Córdoba insiste en que no quiere criticar a Betancourt pues ella no está presente y no puede defenderse ni debatir. Pero deja ver cierto extrañamiento: “Yo estoy muy comprometida con el tema de las negociaciones. Si ella quisiera participar me podría haber llamado, para enterarse. Y nunca ha hecho esa llamada. Tampoco una para agradecer todo el trabajo que hicimos en su caso. Para ser honesta, ha sido una verdadera desilusión”.

En el escenario político actual, además, parece bastante remoto que Betancourt tenga una opción real de hacer algo por los secuestrados. Las farc han repetido una y otra vez que no negociarán con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Betancourt, que en el pasado fue muy crítica del gobierno de Uribe y de su política de mano dura, ha cambiado de opinión: “Sí, creo que el gobierno de Colombia está aislado desde el punto de vista ideológico y de sensibilidad. Pero, al mismo tiempo, el presidente Uribe tiene el apoyo de su pueblo. Aunque muchos piensan diferente a él, todos le reconocen su liderazgo y es un actor con el que cuentan”. Este cambio de opinión ha molestado a muchos, sobre todo a los activistas europeos que culpaban a Uribe de todas las desgracias de Colombia. Pero es bastante comprensible si se tiene en cuenta que fue gracias a un operativo orquestado por el gobierno que Betancourt recuperó la libertad.

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A Marc Gonsalves, Thomas Howes y Keith Stansell no les gusta la frase: “Lo que pasó en la selva se queda en la selva”, que tanto repiten otros secuestrados liberados. De hecho, estos tres estadounidenses decidieron contar con detalle su experiencia como rehenes de las farc en el libro Out of Captivity, publicado hace unas semanas en Estados Unidos. Los tres hombres fueron retenidos cuando el avión en el que viajaban —desde el cual fotografiaban cultivos ilícitos controlados por las farc— se estrelló en algún lugar de la jungla colombiana. Después del accidente fueron rescatados por guerrilleros y llevados al mismo campamento en el que se encontraba Ingrid Betancourt. Ahí permanecieron 1 967 días, hasta que fueron rescatados, también junto a ella, en la Operación Jaque.

Desde su llegada al campamento, los estadounidenses tuvieron problemas con Betancourt. “Es una persona a la que le gusta controlar y manipular. Eso en cautiverio es una cosa muy difícil”, dijo Howes en una entrevista con CNN. Según los tres empleados de Northrop Group, cuando llegaron al lugar —en el que había muy poco espacio y los otros secuestrados estaban hacinados— Betancourt los recibió con displicencia. Ella misma fue a hablar con Martín Sombra, el comandante guerrillero encargado de custodiarlos, y le dijo que sospechaba que los tres estadounidenses eran agentes de la cia y que era necesario registrar todas sus pertenencias. Betancourt también pidió que los instalaran lejos de ella, pues temía que el ejército estadounidense intentara rescatarlos y que su vida corriera peligro. “No los ponga bajo el mismo techo, déjelos afuera al lado de la basura, porque no tenemos espacio para ellos”, ordenó a los guerrilleros, según la versión que Stansell le dio al diario El Tiempo.

El libro da una imagen devastadora de Betancourt. Sus autores cuentan situaciones que, de ser reales, hablan muy mal de la colombiana. Relatan, por ejemplo, que los guerrilleros les permitían tener un pequeño radio para que no se sintieran aislados. Pero en una ocasión, por cuestiones de seguridad, se los quitaron: “El día en que las farc llegaron para quitarnos los radios vi cómo Ingrid se metía uno de los pequeños radios transistores en su bota. Todos esperábamos que ella nos pusiera al corriente de lo que escuchaba sobre cómo se desarrollaba todo en Colombia y que nos transmitiera cualquier mensaje de nuestros familiares, pero no hizo nada de eso”. Stansell narra otro incidente relacionado con un diccionario, la única lectura que tenían permitida en el campamento: “Cada día me llevaba el diccionario y me separaba del grupo para leerlo. Todo parecía bien, y nadie tenía problemas con mi pequeña rutina. Entonces, un día, busqué el diccionario y no estaba. Ingrid lo tenía”.

Las situaciones son, por momentos, confusas. Además los tres estadounidenses plantean versiones contradictorias sobre Betancourt. Marc Gonsalves la describe como una mujer fuerte y brillante. Cuenta cómo, incluso, llegaron a tener una relación amorosa: “Yo quería reunirlos y anunciárselo a todos: Ingrid y yo nos sentimos atraídos el uno al otro”, escribe. Mientras que los otros dos, Howes y Stansell, se ensañan con ella.

Una de las revelaciones más polémicas de Out of Captivity, tiene que ver con otra supuesta relación sentimental de Betancourt durante el cautiverio. Cuando llegaron al campamento, los tres estadounidenses se encontraron con que la colombiana era pareja de Luis Eladio Pérez. Él, desde luego, no quiere comentar nada sobre el tema: “Es mi vida privada, y eso sólo me importa a mí y a mi familia”, me dice enérgico. Sin embargo su mujer, Ángela, confirmó en una entrevista reciente con El Tiempo que los rumores eran ciertos. Pero confesó que ella ya había perdonado a su esposo: “Yo no podré jamás juzgar a Luis Eladio por cuenta del infierno en el que le tocó vivir. Para el ser humano, cuando tiene que pasar unas pruebas semejantes, una mano calurosa, una sonrisa, se convierten en cosas imprescindibles para sobrevivir. Así he intentado entender lo que pasó con mi esposo”.

El matrimonio de Betancourt, en cambio, no sobrevivió. Juan Carlos Lecompte, su segundo esposo, apenas ha podido intercambiar unas cuantas palabras con ella desde su liberación. “No he podido hablar al detalle con ella, pero el amor se puede perder en la selva, estar sometido a humillaciones y maltrato pueden crear sentimientos inesperados”, le dijo al diario El Espectador. Betancourt conoció a Lecompte cuando regresó a vivir a Colombia después de haber pasado varios años en París, donde su padre, Gabriel Betancourt, trabajaba como embajador ante la unesco. Allá estudió en Sciences Po, como se conoce al prestigioso y elitista Instituto de Ciencias Políticas de París. También se casó con el diplomático francés Fabrice Delloye, en 1981, y tuvo dos hijos: Melanie y Lorenzo. Cuando Betancourt decidió regresar a su país de nacimiento —en 1989, tras el asesinato del líder liberal y candidato presidencial Luis Carlos Galán—, se separó de su esposo francés, pero mantuvieron una relación muy amigable. Después de su liberación, no obstante, se han distanciado. “Es un poco violento”, le comentó Delloye a la revista Marianne. El hombre, que es embajador en Costa Rica, confesó que su contacto se ha reducido a algunos esporádicos mensajes de texto.

La relación con Lecompte también terminó abruptamente. Desde el día del secuestro él comenzó una intensa campaña para la liberación de su mujer. Se tatuó una imagen de su rostro en el brazo izquierdo y mandó hacer varios carteles de tamaño natural con una foto de ella. También alquiló una avioneta en la que sobrevoló las regiones donde se creía que Betancourt estaba y desde el aire lanzó cientos de fotos de Melanie y Lorenzo, con la esperanza de que ella recibiera alguna. Sin embargo, cuando Betancourt fue liberada, Lecompte se llevó una sorpresa. Apenas se vieron unos minutos y ella le dijo que sólo quería estar con sus hijos y su madre. El pasado 16 de marzo, Lecompte decidió contra demandar alegando incumplimiento de los deberes conyugales de su esposa. Me comuniqué con él, pero no quiso dar su versión. Me dijo que estaba pasando por serios problemas familiares y que no quería hablar más del tema.

Todo parece indicar que Betancourt quiso romper con su pasado sentimental. Y cortar relaciones con los hombres que hicieron parte de su vida antes y después del secuestro. Por supuesto algunos ya se han precipitado a inventar nuevos romances. En enero de este año, para no ir más lejos, la revista Caras publicó unas fotos tomadas durante las vacaciones de Betancourt y su familia, en Miami Beach. Dos cosas sorprendieron de esas imágenes: el cuerpo espectacular de la ex rehén y su compañía. En varias de las fotos aparece muy cerca de un hombre desconocido. La actitud afectuosa entre los dos estimuló la imaginación de la gente. Sin embargo, al poco tiempo, la fantasía se derrumbó: el hombre resultó ser Francisco Dueñas, un primo lejano con el que, parece ser, Betancourt tiene una relación sumamente cariñosa.

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Muy pocas figuras políticas latinoamericanas llegan a ser conocidas en Europa. Betancourt es una de ellas. Sin embargo, la imagen idealizada que se hicieron los europeos contrastaba con la que tenían los colombianos. Como ocurrió cuando Semana publicó una portada en la que criticaba las ínfulas mesiánicas de la entonces senadora Betancourt con un montaje de su cabeza sobre el cuerpo de Juana de Arco. Los medios franceses no entendieron la ironía del montaje y simplemente lo registraron como una prueba más de que Betancourt era percibida como una Juana de Arco tropical.

También empezaron a llamarla la candidata de “los verdes” como si se tratara de una ecologista europea, lo que nunca fue cierto. La confusión se debió a una mala traducción —que luego fue hábilmente capitalizada— del nombre de su movimiento político: Oxígeno. Un floricultor colombiano, que ya falleció, me contó hace unos años que colaboró en la financiación de la primera campaña de Betancourt al Senado. A cambio, ella le ayudó a aprobar una ley sobre patentes de variedades vegetales que él, como representante en Colombia de varios hibridadores europeos, necesitaba. Este tipo de leyes que favorecen a grandes multinacionales productoras de variedades genéticamente modificadas, no son bien vistas por los activistas verdes.

La publicación de su primer libro, La rage au coeur (La rabia en el corazón, 2001), contribuyó a que su fama aumentara. El libro, escrito en francés, era una especie de autobiografía en la que Betancourt narraba su trayectoria política. Contaba cómo, junto a los parlamentarios María Paulina Espinosa, Guillermo Martínez Guerra y Carlos Alonso Lucio, formó un bloque que se conoció como “Los cuatro mosqueteros”, que pretendía luchar contra la corrupción. O como, en 1997, en medio de una convención del liberalismo acusó a varios políticos de ser mafiosos y fue abucheada. El libro denunciaba la corrupción en el gobierno del entonces presidente Ernesto Samper quien, supuestamente, recibió dinero del narcotráfico para financiar su campaña. La rage au coeur se vendió muy bien en Francia, pero en Colombia fue destrozado, pues su autora se presentaba como la única política honesta del país.

Después del secuestro, la familia continuó con una campaña mediática que exaltaba la figura de Betancourt, pero que, en ciertas ocasiones, dejaba mal parado al gobierno de Colombia. Recuerdo haber visto a Melanie Delloye, la hija mayor, en algún programa de televisión francesa, diciendo que el presidente Álvaro Uribe impedía la liberación de su madre. Decía que a Uribe no le convenía que Betancourt estuviera libre pues ella había denunciado sus supuestos vínculos con paramilitares y, además, sería una temible contrincante en las siguientes elecciones.

Los medios europeos aprovecharon la confusión para inventarse un personaje ficticio, que vendía muy bien. Describían a Betancourt como una idealista, defensora de los valores democráticos más avanzados. Mientras que en Colombia se sabía, por ejemplo, que había sido parte de los llamados “conspiretas”, un grupo que a mediados de 1995 se reunió en secreto con Myles Frechette, el embajador de Estados Unidos en Colombia, para pedirle que aprobara un golpe de Estado contra Samper. “Existen dos Ingrids. Una es el personaje que ella misma se inventó en su libro, una especie de heroína que se enfrentaba a la corrupción y el narcotráfico. La otra es la real, la que conocemos en Colombia, que no fue más que una congresista normal”, me dice Duzán.

Para Jacques Thomet, ex corresponsal de la afp en Colombia y autor de varios libros sobre Betancourt, la cercanía de la colombiana con altos mandos del gobierno francés fue definitiva. Según él, toda la importancia que se le dio a su secuestro en Francia se debió a su cercanía con personajes claves del gobierno. Como Dominique de Villepin, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Francia, quien fue profesor de Betancourt en Sciences Po y uno de sus mejores amigos. Thomet está convencido de que ese “asunto afectivo” movió toda la política exterior francesa. “Ese conflicto de intereses era doble pues Daniel Parfait, el embajador de Francia en Colombia, se convirtió en amante de Astrid Betancourt (la hermana de Ingrid)”, dice indignado. Gran parte de la teoría de Thomet —que por momentos es un tanto obsesivo— está expuesta en su blog y en sus dos libros: Affaire de coeur ou raison d’État y Les secrets de L’Opération Betancourt, que pronto será editado en Latinoamérica por Planeta.

Thomet —que fue demandado por la familia Betancourt por calumnia— también menciona el caso de Aida Duvalier, otra ciudadana colombo-francesa que fue secuestrada por el Ejército Popular de Liberación (epl) en 2001. El periodista sostiene que el gobierno de Francia no hizo nada por rescatar a esta mujer que estuvo retenida al mismo tiempo que Betancourt. De hecho, Duvalier murió en cautiverio y sus restos fueron hallados en 2006.

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El recibimiento en Francia es cada vez menos cálido. Ya pocos se acuerdan de la enorme foto de Betancourt que colgaba de la fachada de la alcaldía de París. O cuando los parisinos salían a las calles a marchar por su liberación. Su nueva imagen ya no concuerda tanto con sus ingenuos ideales románticos y revolucionarios. Su Juana de Arco se extravió y es el momento de buscar una nueva heroína en apuros en el tercer mundo. Florence Cassez, la francesa que está presa en México acusada de secuestro, parece ser la candidata ideal.

Además de los desaires con los miembros de su fundación, a los franceses les molestó la cercanía de Betancourt con el poder, su decisión de no regresar a Colombia a luchar por los pobres y desvalidos campesinos y su entrega religiosa. La prensa la atacó sin misericordia por su visita y sus elogios a Benedicto xvi. Ni siquiera sus hijos —que cumplen al pie de la letra con el arquetipo del francés educado, laico y de izquierda— la quisieron acompañar a su encuentro con el Papa en septiembre en Castel Gandolfo.

La desilusión también se apoderó de algunos funcionarios que trabajaron por su causa. Noël Saez, un ex militar y diplomático, fue el encargado de negociar con las farc desde 2001. Él tenía la misión de impulsar y facilitar el acuerdo humanitario. Su trabajo se acabó el día del rescate de Betancourt, y Saez se quedó esperando un agradecimiento que no llegó. “No hubo la más mínima señal de su parte, ningún encuentro, ninguna llamada. Ella se ha olvidado de algunos, los más pequeños, los más expuestos, los que han tomado más riesgos”, dijo durante la presentación de su libro L’émisaire, a principio de este mes.

Pero quizá no se puede culpar a Betancourt por la decepción de los demás. En Francia se tejió un mito sobre una persona que no existía y nadie hizo nada por desmentirlo. “La imagen de la Ingrid de antes del secuestro evocaba algunos aspavientos de mayo del 68 francés, la de después de la liberación remitía a la elegancia estática de Jacqueline Kennedy. Como todos los fenómenos mediáticos (e Ingrid Betancourt lo es en un grado difícil de superar), despide un magnetismo que viene de todas las partes de su ser y de ninguna, quizá por eso provoca adhesiones extraordinarias y rechazos exagerados, que en la mayoría de las ocasiones carecen de base racional”, escribió Juan José Millás en El País. También es cierto que Betancourt pasó de estar siete años en la selva a codearse, de un momento a otro, con los más poderosos y a ser una celebridad mundial. Aún no ha tenido tiempo para decantar lo que le ocurrió y tal vez sea muy pronto para exigirle que lo haga. Como me dice Piedad Córdoba: “Entre todo lo que se ha dicho de Ingrid últimamente hay mucho de desquite, de la gente que estuvo involucrada en el proceso y tiene resentimientos con ella. Por eso creo que lo mejor es no opinar sobre sus decisiones”.

Tampoco es prudente especular sobre su futuro. Se sabe que está trabajando en su fundación en absoluto secreto. Nadie sabe nada al respecto. La coordinadora del proyecto Marie Duvall —que en realidad se llama Cristina Laranjeira y que utiliza un alias por seguridad— no quiere revelar nada. Así mismo se sabe que a final del año saldrá publicado su libro. Nadie sabe sobre qué escribirá Betancourt pero, no cabe duda, dará mucho de qué hablar. Un editor parisino le dio un adelanto de 500 mil euros y ya varios productores de cine se pelean por los derechos del texto.

El gran enigma, para mí, es qué pasa por su cabeza. “Yo sigo sintiendo rabia. Es una rabia de no resignarme frente a lo que creo que es injusto. Pero también tiene que ver con una reflexión que no había hecho antes del secuestro y es ¿en qué país quiero vivir yo? Es decir: cuál es la Colombia que a mí me entusiasma, cuál es el futuro que yo quiero. Y veo en este momento un país que a mí me duele. Un país lleno de odio, por culpa de un sistema injusto. Y por eso también es mi repugnancia a hacer parte de ese sistema”, me responde cuando la pregunto por la rabia en su corazón.

En una carta que escribió durante uno de los peores momentos de su secuestro, en octubre de 2007, Betancourt decía que había perdido las ganas de vivir. “No tengo ganas de nada. Y creo que es lo último que está bien. No tener ganas de nada. Porque aquí en la selva, la única respuesta a todo es ‘No’. Es mejor entonces, no querer nada para quedar al menos libre de deseos”, escribió. Ahora me parece imposible que la mujer entusiasta que tengo al frente, hubiera tenido semejantes ideas. Le pregunto si recuperó el deseo de vivir y si le quedan ganas de hacer cosas. “¡Tengo deseos de todo!”, me responde con una inocencia conmovedora. A sus 47 años tiene claro lo que quiere: “Obviamente lo que más deseo es vivir. Recuperar el tiempo perdido”.

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