Vida del señor sombrero

Publicado: 1 junio 2010 en Leila Guerriero
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Tres años atrás, en su casa de Montevideo, Homero Alsina Thevenet —uruguayo, periodista, crítico de cine— sintió que se moría.

No fue una metáfora ni algo pasajero. La asfixia empezó en la cama y él, ciego de miedo, se arrastró hasta el living y encendió el nebulizador.

—Eran las tres de la mañana. Me recuerdo a mí mismo sentado acá, jadeando durante largo rato. Mascarilla, jadeo jadeo jadeo. Estaba completamente lúcido, y sabía que me estaba muriendo.

Ese día Homero Alsina Thevenet tenía 80 años, 65 de carrera periodística, era el crítico de cine más riguroso del Río de la Plata, la primera persona fuera de Suecia en descubrir que Ingmar Bergman era un genio, y el fundador del suplemento cultural más sólido —e improbable— del Río de la Plata.

Y esas eran algunas —sólo algunas— de todas las cosas que había hecho Homero Alsina Thevenet el día que se estaba muriendo.

De todas, fumar fue la única que casi lo mata.

***

Es una tarde helada en el barrio de Pocitos, Montevideo, capital de Uruguay. Al otro lado de la puerta de una casa —blanca, magra, una casa como cualquier otra— se escuchan pasos, cerrojos, llaves. La puerta se abre y se ve esto: un living, bibliotecas, una mesa redonda cubierta por un tapete verde, sillones y un hombre pequeño —bajo—, de pelo y bigote blancos, suéter y abrigo de lana, pantuflas.

—Bienvenida —dice Homero Alsina Thevenet, el hombre que hace tres años se moría—. Ya ni aquí se puede dejar la puerta abierta.

Sobre la mesa con tapete verde hay pocas cosas: tazas para el té, algunos libros, papeles.

—Preparé mi currículum y una bibliografía, así tenés datos precisos.

Datos, recalca Homero, precisos: más de veinte libros pu blicados (Censura y otras presiones sobre el cine, Listas negras en el cine), uno por publicarse en 2006 (Historias de películas, Buenos Aires, editorial Cuenco de Plata), dos en proyecto.

—Pero vení, sentate. Tomemos té. ¿Por dónde querés empezar? ¿En orden cronológico?

Tiene la voz que ha tenido siempre: hecha de ladridos, ronca.

***

Homero Alsina Thevenet nació el 6 de agosto de 1922 en Montevideo, hijo de Judith Thevenet —maestra— y de Eugenio Alsina —crítico teatral—, tercer vástago —y último— de una familia atravesada por sombra de muerte.

—Hubo un primer hijo que murió pequeño. Una enfermedad mal curada. Se llamaba Leopoldo. Fue terrible para mi madre. Después llegó una niña, Mireya. Después yo.

—¿Por qué te pusieron Homero?

—No sé. Mi padre se habrá querido hacer el intelectual.

Cuando el niño de nombre desmesurado tenía pocos meses, sus padres se separaron. Judith quedó sola con dos chicos, y entonces sí, las cosas se pusieron bravas.

—Aquí, en este terreno donde estamos ahora, mi madre hizo un ranchito, con su sueldo de maestra y mucho sacrificio. Nunca me morí de hambre, pero necesidades hubo, y envidia por la gente rica también. Siempre supe la diferencia entre lo que se puede y lo que no se puede. Toda la vida me impresionó una frase de Scott Fitzgerald, de un tipo pobre con la nariz apretada contra el vidrio, mirando la fiesta desde afuera. Nada. Mi vida era eso.

Y entonces, cuando su vida era eso —mirar desde afuera las fiestas ajenas, saber la diferencia entre lo que se puede y lo que no—, su padre, una bicicleta y una clavícula rota torcieron el destino y le dieron vocación. Le gusta contarlo así: que una noche de 1934, en Montevideo y alrededor de las siete de la tarde, hubo un apagón que duró horas. Que en la esquina de su casa una banda de chicos improvisó una fogata y él, once años, quiso estar. Que bailaba cual indio en torno al fuego cuando un ciclista lo atropelló y le hizo trizas la clavícula. Que siguieron 45 días de yeso, y un corset. Que su padre, por entonces funcionario de Espectáculos Públicos del Municipio, intentó aliviar la convalecencia regalándole un carnet de entrada libre para el cine del barrio: el Latino.

—Empecé a ir tres, cuatro, cinco veces por semana. Con el brazo así.

Así, dice, y se imita, niño endurecido por el yeso, entregado a la blanda oscuridad del teatro Latino.

—Desarrollé una gran capacidad para asimilar repartos de películas. Aún hoy veo películas viejas y puedo identificar a todos los actores secundarios.

Tenía 15 años, una adolescencia humilde, una madre maestra y era pésimo alumno del colegio secundario cuando, en 1937, se cruzó en la esquina exacta de 18 de Julio y Yi (la esquina exacta: no se olvidan los guiños del destino) con Arturo Despoeuy, una suerte de dandy intelectual, fundador de la revista Cine Radio Actualidad.

—Le hice un comentario elogioso de la revista, y me dijo que tenía que escribir ahí. Así empecé. Pero no puedo decir que eran mis crónicas porque era vapuleado por Despoeuy, con toda razón.

—¿No te sentías humillado?

—No. Sentía que tenía que mejorar.

Víctima voluntaria de maestro cruel, soportaba bien los embates del hombre que tachaba sus originales al grito de “¿Por qué decís esto, mocoso, si no sabés?”.

—Él tenía razón. Si tengo que reconocer una actitud mía es la autocrítica. Y si hay algo que debo decir sobre la crítica de cine, es que también es una autocrítica. Uno empieza viendo cine y creyendo en la verdad de lo que ve. Y de a poco empieza a desconfiar. A ver que las películas son más complicadas, que hay una historia detrás, que hay mentira, que hay censura.

Autodidacta profundo, y sin quejarse, en Cine Radio Actualidad Homero acusaba los golpes en silencio. Como un indio paciente volvía a su escritorio y ajustaba tuercas, podaba frases frondosas y se hacía, de a poco, fundamentalista de la precisión.

—A mí me ponen mal los errores, quizás como herencia de mi madre maestra. Porque un error hace desconfiar al lector. Dice: “si se equivoca en esto, qué me va a enseñar este tipo”. Ahora veo que se chequean datos por internet. Yo tengo un episodio con internet. Cuando apareció la película Titanic hice la nota, y yo tenía mi lista de películas sobre el Titanic, pero podía haber otras. Busqué en internet y en efecto aparecieorn otras. Y también aparecieron películas de menos. Hay una película que se llama A night to remember, del año 1958, y como la palabra Titanic no figura en el título, internet no la registra. En cambio me dio una que se llama Titanic Orgy: orgía titánica. Una película porno. Pero en 1937, cuando no había internet ni revistas importadas, para redactar la ficha técnica de una película me iba a la cabina de proyección y tomaba nota mirando la película a contraluz. Claro, todo ese trabajo me quitaba tiempo para el estudio. Fui pésimo alumno. Hice el secundario, pero abandoné el preparatorio de derecho.

—¿Por qué derecho?

—Porque derecho era casi clavado para alguien que se ocupaba de las letras. ¿Lo otro qué es, escribanía, notariado?

—No. Algo más afín con las humanidades. No sé… filosofía.

—Sabés que no. Le tengo desconfianza a la filosofía. Puro bla bla. Como el psicoanálisis. Los psicoanalistas inventan muchas cosas. Me recuerda aquella discusión del filósofo y el religioso en la cual el sacerdote dice que un filósofo le recuerda a un ciego en un cuarto oscuro buscando un gato negro que no está. Y el filósofo le replica: “Sí, pero usted lo habría encontrado”.

En 1939 un periodista uruguayo llamado Carlos Quijano fundó la revista Marcha, que sería uno de los semanarios de cultura y política más importantes de América Latina. Homero tenía 17 años, dos de experiencia laboral, una vida bohemia —lejos de casa, cerca de los bares, la noche, los amigos—, y se ofreció como voluntario en esa nueva publicación: lo hicieron corrector de galeras y él se hizo amigo del secretario de redacción, un hombre hosco que vivía al fondo del local donde funcionaba la revista: Juan Carlos Onetti.

—Vivía ahí, en una pieza donde se amontonaban el baño, la cocina, el cuarto y una mujer que no recuerdo. Íbamos a la barra del café Metro, una especie de peña literaria. Yo fui uno de los que llevó bajo el brazo su novela, El pozo, para venderla por unos céntimos. En 1943 me fui a Buenos Aires siguiendo a una chica que por suerte no me hizo caso, y allá estaba Onetti, que era el secretario de redacción de Reuters, y compartimos el alquiler en una pensión de una señora que no sé si era húngara o austríaca, pero tenía un tío que fumaba mucho, y la casa estaba todo el tiempo llena de humo.

—Pero vos fumabas.

—Sí.

—Y Onetti también.

—Por eso.

En 1944 Homero sufrió un neumotórax y tuvo que regresar a Montevideo. Allí, en 1945, se casó con Andrea Bea que sería la madre de Andrés. Andrés: el único —el único— hijo de Homero. Tres años después se divorciaron, y ella se casó con Jorge Onetti, hijo de Juan Carlos.

—Y acá viene la pregunta. Si yo me divorcio de una mujer, y esa mujer se casa con el hijo de Onetti, ¿qué vengo a ser yo de Onetti? La respuesta es: admirador.

Cuando Pablo Rocca, autor del libro El 45 (Ediciones Banda Oriental, 2004), le preguntó a Homero si él era el Bob del cuento “Bienvenido Bob” que Onetti le dedicó en 1944 (y que cuenta la transformación del joven e ilusionado Bob en el abyecto adulto Roberto), Homero respondió lo que sigue:

“—No creo. Alguna vez lo conversamos con Onetti. No tiene nada que ver, siempre tuvimos un vínculo muy cordial.

”—Sin embargo, llama la atencion que cuando apareció La vida breve (1950) usted escribió un largo artículo en Marcha en el que habla del agotamiento de la obra de Onetti.

”—Esa era mi visión de ese momento. Naturalmente, hoy no la mantengo.

”—Pero sí la mantenía en 1964, cuando en una contratapa de Marcha —que recoge comentarios sobre el texto a 25 años de su publicación— se muestra bastante escéptico con su obra.

”—¿De veras? No me acordaba”.

Esta tarde Homero elige recordar que, tiempo después, se cruzó con Onetti en un ómnibus y los dos, al mismo tiempo, gritaron: “La culpa es tuya”. Que se rieron, dice. Que no hay nada que agregar sobre el asunto.

***

Afuera es gris. Adentro caen las sombras de la tarde.

—¿Querés más té? Es de durazno.

Sobre la mesa con tapete verde hay un trozo de strudel, fotos y un libraco que emana un vapor dulzón: los ejemplares encuadernados de la revista Film, de la que Homero fue cofundador y codirector entre 1952 y 1955.

—Esto te va a sorprender —dice y abre el libro en la página que corresponde a un artículo suyo publicado en junio de 1953 en el que se lee: “No se sabe lo que Bergman piensa de su fama, pero se sabe que está preocupado de sí mismo, que le importan el bien y el mal, que es joven, que es talentoso, que sabe lo que es”.

—Es que en 1952 pasaron cosas —aclara, aunque su currículum (dos hojas escuetas, escritas con prosa de hueso y latigazos) no dice nada de esas cosas que pasaron: apenas reseña que, entre 1945 y 1952, trabajó en la revista Marcha a cargo de la página de espectáculos, y que luego pasó a la revista Film.

—En 1952 el director de Marcha se opuso a que la revista cubriera el Segundo Festival Internacional de Cine de Punta del Este porque consideraba que era un despilfarro para el país. Yo, en cambio, creía que era un evento de importancia fundamental. Entonces me fui de Marcha. El año anterior el festival se había hecho con apoyo estatal, pero ese año no tuvo ningún apoyo. Se hizo con el esfuerzo de embajadas y distribuidores privados y, por tanto, no hubo un jurado oficial, sino un jurado de la crítica en el que éramos once y del cual formé parte. Por supuesto, el pronunciamiento del jurado no era oficial, era doméstico, y se vieron varias películas, tales como Rashomón. Y se vio también Juventud divino tesoro, una de las primeras películas de Bergman que se presentaban en América Latina. Fue una revelación. Lo que vimos ahí no se podía hacer en teatro, ni en poesía, ni en literatura. Eso era cine puro.

Cine puro, ni teatro ni poesía, pero por esos años, en América Latina y el resto del mundo, Bergman era un absoluto desconocido: nadie, nada. En 1946 el estreno de su película Suplicio había pasado sin pena ni gloria por Buenos Aires, pero gracias a aquel espaldarazo en el Festival Internacional de Punta del Este, films como Puerto, Sed de pasiones y Noche de circo fueron estrenados con éxito en Uruguay y Argentina.

Mientras en Suecia un crítico de nombre Olof Lagercrantz escribía en el Dagens Nyheter acerca de Sonrisas de una noche de verano: “los elementos de esta comedia son la penosa fantasía de un jovencito con acné, los descarados sueños de un corazón inmaduro y un ilimitado desprecio por la labor artística y humana. Me avergüenzo de haberla visto”, en Uruguay Homero diría sobre Noche de circo (1953): “Este drama pesimista y patético se apoya en una de las más perfectas construcciones cinematográficas que Bergman haya logrado en su carrera.” En 1954, dos años después de cose char elogios en Uruguay, Juventud sería vapuleada en el Festival de Venecia y recién en 1956 Sonrisa de una noche de verano ganaría el premio a la mejor comedia en el festival de Cannes, sería exhibida en Francia y todos dirían, acerca de Bergman, oh.

—¿Los suecos se enteraron de tu descubrimiento?

—Se enteraron. Bergman nació en julio de 1918, y en 1998 estaba cumpliendo 80 años. Me llamaron de una radio de Estocolmo, de un programa en castellano, para preguntar qué tenía que decir de los 80 años de Bergman.

—¿Y Bergman sabe que fuiste el descubridor?

—Seguramente.

—Pero nunca tuviste relación con él.

—No. Ni debo. Porque todas esas relaciones entre críticos y obra son equívocas. Además, no fui solamente yo. Los miembros de aquel jurado éramos once.

Once, dice Homero, que cultiva con ímpetu su vicio de actor secundario: gente indispensable, pero gente discreta.

***

En 1954 Homero trabajaba en el diario El País, de Montevideo, que publicaba críticas de cine y teatro si había tiempo, lugar y ganas, y pensó que hacer de ese desorden un sistema podía traer beneficios a la única persona que, ya entonces, empezaba a importarle en la cadena alimenticia de los medios: el lector.

—Nos juntamos cuatro periodistas y propusimos hacer la página de espectáculos. Y la hicimos. Pero las crónicas de teatro eran muy largas, porque si tenían que comentar Seis personajes en buscar de autor, de Pirandello, primero el crítico tenía que explicar quién era Pirandello, después la obra, después la crítica. Entonces dije: “El día anterior publicamos quién es Pirandello y qué es esta obra. Al día siguiente damos la crítica”. Y fue tremendamente pedagógico. Un día nos llama el director del diario y nos dice: “Esa paginita que ustedes inventaron está muy bien, pero tiene un defecto: están comentando todo demasiado tarde, yo fui a ver la obra el martes y ustedes publicaron la crítica el jueves”. Y le dije: “Pero si estrenaron el martes no se puede publicar el miércoles”. Agarró el teléfono y le dijo al secretario de redacción: “Las notas de estrenos de teatro en espectáculos tienen el cierre abierto hasta la medianoche, orden de arriba”. Y ahí tuvimos que correr. El método era: estrena la obra, el crítico va, ve la obra, vuelve, escribe, se publica. Esa sección tuvo un éxito delirante. La gente se quedaba hasta las tres de la mañana esperando la crítica. Después, claro, nos copiaron todos.

Homero tenía 32 años cuando empezaba a ser un pedagogo irredimible y, quizás por lo mismo, un enemigo enérgico de la teoría del cine de autor impulsada por la revista Cahiers du Cinéma. Ya por entonces decía, a quien quisiera oírlo, que una película como Lo que el viento se llevó no podía atribuirse a un director llamado Victor Fleming, sino a un productor llamado David O. Selznick que lo había decidido todo, incluida la contratación y el despido de tres directores.

—El cine de autor es una falsedad con la cual los críticos se simplifican la vida. Una película de Bergman, de Orson Welles, de Chaplin, yo no me quejo. Pero contra eso hay 85% de directores mediocres que son esclavos de la empresa y tienen que obedecer órdenes, y no podés decir que una película es de ellos.

“[…] para entender el cine de Hitchcock con Selznick no alcanza con leer a Claude Chabrol, Eric Rohmer, François Truffaut y toda la colección de Cahiers du Cinéma —escribiría años después en un texto titulado “Alfred Hitchcock y David O. Selznick, cuentos de dos gigantes”, recogido en su libro Nuevas crónicas de cine (Ediciones de la Flor, 1999)—. Hay que empezar por leer sobre Selznick, que fue el responsable de toda decisión (…) A Hitchcock le encantaban la proezas, los trucos y los enfoques originales, como filmar toda una película sobre un bote, o hacerla en una sola toma continua, sin corte aparente. Pero los libretos eran su punto débil y así su carrera alternó reconocidos brillos con torpezas argumentales como Marnie, Cortina rasgada y Topaz (1964 a 1969), que sufren de puerilidad y de discurso. En su última etapa Hitchcok era ya su propio productor, filmaba con mucha libertad y se dejaba acariciar el ego por los críticos franceses”.

A Homero no le gustan los egos inflamados.

Esos monstruosos roles protagónicos.

***

En 1960 conoció a Eva, una mujer de 27 años —separada, cuatro hijos— con la que se casó dos años más tarde. Pero antes, en 1959, conoció a Marlene Dietrich.

—En 1959 Marlene Dietrich llegó a Buenos Aires, y no iba a venir a Montevideo. Entonces, fui a Buenos Aires. Iba a dar una conferencia de prensa en el cine Ópera, y había una multitud. Un colega me dice en secreto: “Se iba a hacer en el cuarto piso, pero se hace en el octavo”. Llegué al octavo y el secreto había trascendido: era una sala con butacas, todas llenas. Entonces me fui a la primera fila, y me senté en el suelo. A los dos minutos se abre la cortina, sale Marlene, y yo en el piso. Marlene se sienta, y empieza la conferencia de prensa. Yo le hice una pregunta y se ve que le gustó, porque me dio el resto de la conferencia a mí.

—¿Y qué le preguntaste?

—Yo qué sé. Lo que se le podía preguntar a Marlene: nada muy importante. Ese día se supo que finalmente iría a Montevideo, y que iba a dar una conferencia en el hotel Victoria Plaza. Fui. El hotel era enorme, pero no había tantos periodistas. Habría unos veinte, y lugar de sobra. Entonces hice una travesura: me senté adelante, en el piso. Ella salió de atrás de la cortina, me miró y dijo: “¡Ah, look who’s here!”, miren quién está acá. Y me tiró de vuelta toda la conferencia de prensa a mí.

—La enamoraste.

—Sabés que literalmente pasó eso. Estaba el fotógrafo y me dijo: “Che, tenés que sacarte una foto con ella”. Yo dije muy bien. Y nos sacamos la foto. Mirá.

Homero —de pie, pequeño, bigote a lo Chaplin— mira a cámara, las manos apoyadas sobre la mesa con gesto de campeón. Empequeñecida, con un sombrero negro y guantes blancos, mirándolo arrobada, el ángel alemán —ese león—, y el epígrafe que dice “Marlene enamorada”. Porque le divierte, pero mucho también por sentar bandera, Homero cultivó con deleite esos guiños burlones. En una foto tomada junto a Louis Armstrong en julio de 1957, el epígrafe reza: “Alsina Thevenet y Armstrong. Armstrong es el de la derecha”.

—Mirá. ¿Sabés de quién es esta carta? —dice, sacando una carta de uno de sus libros sobre la censura en el cine—. De Guillermo Cabrera Infante. Le mandé el libro y me rezonga porque no mencioné a Raymond Chandler como responsable del guión de Double Indemnity. Está bien, tiene razón.

—¿Y le contestaste?

—No. Me cayó mal en el momento. Qué le iba a decir.

—¿Te cayó mal la carta?

—No. Ya ves. La guardé.

“Es una pena —escribió Cabrera Infante— no haber sabido que escribía usted su libro, pues podría haberle hablado de la censura antes de Castro, con las campañas de la legión de la decencia contra películas tan inocentes como La mujer que inventó el amor. También le hubiera hablado de la censura bajo Castro…”.

—Y ahora ya no le podés contestar.

—Así es. Ya ves. Se murió él, la carta quedó.

***

En 1965 Homero cruzó otra vez el Río de la Plata para vivir en Buenos Aires, donde trabajó en revistas como Primera Plana, Adán y Panorama, y publicó varios libros. Pero en 1972 Andrés, su hijo, comprometido con partidos de izquierda, fue detenido y acusado del secuestro de un empresario.

—Estaba en la guerrilla, y lo condenaron a seis años de prisión, pero en marzo de 1973 vino el peronismo, que dejó libre a todo el mundo. De todos modos él estuvo catorce meses preso, y yo le tenía que avisar a Andrea, su mamá. El hi jo de Onetti estaba con un puesto de periodista en Prensa Latina de Chile. Conseguí el teléfono y logré pasarle el mensaje. Resultado: me llama ella por teléfono desde Santiago y me pregunta: “Decime una cosa, ¿ahí es posible comprar un televisor y sacarlo del país?”. Le dije: “Mirá, era posible, pero después de tu llamado ya no”. Tenía un costado frívolo esa mujer.

Homero mueve la cabeza. Los recuerdos lo perturban, los recuerdos lo divierten, los recuerdos lo perturban.

—La cárcel es una cosa terrible. Humillante. Humillante para los familiares. Para llevarle algo a mi hijo… destrozaban una torta a cuchillazos para probar que yo no llevaba nada escondido ahí.

Cuando parecía que lo peor había pasado —un amargo periplo por las cárceles tras los pasos del hijo querido— sucedió en Argentina el golpe militar de 1976 y Homero se exilió en España: tenía 54 años cuando marchó con Eva a Barcelona, a empezar todo de nuevo.

—Yo ya tenía una carrera hecha, y allá no pude hacer nada porque los catalanes son muy nacionalistas. Estuve haciendo traducciones y escribí una biografía de Chaplin, a pedido de editorial Bruguera. Tuve tanta mala suerte que el libro salió a comienzos de diciembre del 77, con la vida completa de Chaplin, excepto su muerte: murió 20 días después, el 25 de diciembre de 1977. Dos meses después, encontré el libro en las mesas de saldos de El Corte Inglés.

Fueron ocho años en España, pero no fueron años buenos.

Eso dice: que no hay nada que contar.

***

—¡Homero, las gotas!

Eva aparece alarmada, gotero en ristre. Las gotas para los ojos, dice, son vitales.

—Tiene presión ocular.

Homero la mira divertido. Pocas cosas le gustan más que hacer de bufo. Camina apresurado hasta un sofá, se arroja, y echa la cabeza hacia atrás con un gesto exagerado. Eva se pone a horcajadas.

—¿Te molesta el paso del tiempo?

—Eh, a quién no. Si no es el estómago, es la columna y si no, son los ojos. Tuve una úlcera a los 30 años, y mi estómago se recompuso, pero sin los jugos gástricos correspondientes, con lo cual si como cosas indebidas, lo sufro después. Fritos en general, leguminosas, garbanzos, lentejas, porotos. Nueces. Mis nanas son historias sórdidas.

—Pero las enfrentás con elegancia.

—Porque soy elegante —dice, y mueve la pantufla.

Un año atrás Homero se fracturó la cadera y entonces hubo alarma: huesos rotos y edades altas no se llevan bien. Pero dos meses más tarde chapoteaba en el Caribe, rehabilitado y feliz. Inoxidable.

—Nos fuimos a Punta Cana con Eva, y en ese mar me rehabilité. Me pasaba horas en el agua contemplando las uñas de mis pies, que son preciosas. Fuimos a uno de esos lugares con sistema todo incluido. Un sistema fabuloso. Vas pagando con fichas, no usás dinero. Ah, y mirá lo que tengo.

Despliega un corset ortopédico rosado, lleno de ballenas. Empieza a ponérselo sobre la ropa cuando Eva pregunta:

—Homero, ¿eso no hay que devolverlo?

—No. Ahora es nuestro. Lo pagué.

Le gustan esas cosas: las cosas útiles. Corsets, gotas en los ojos. Viajes todo incluido, freezers, microondas y control remoto. Cosas que solucionan problemas. No bellas, pero eficaces.

***

En 1984 Argentina estaba en democracia y en España Homero no encontraba mucho para hacer. Entonces levantó la poca casa que tenía y, con Eva, regresó a América del Sur: no a Montevideo sino a Buenos Aires. Era 1985 cuando Jacobo Timmerman (periodista fallecido en 1999 y fundador de medios importantes y emblemáticos como La Opinión) le ofreció la jefatura de espectáculos del diario La Razón, que pasaba por su peor momento. Homero tenía 62 años, y pensó que un periódico que se iba a pique era una gran oportunidad para hacer cosas, pero lo echaron poco tiempo después por negarse a cortar una de sus críticas, que no entraba en el diseño pautado.

—Ah, la tiranía del dibujito. No me hables. Yo tengo unos cuentos con eso.

En 1987, dos años después del episodio en La Razón, Homero era jefe de espectáculos del diario Página/12, y además de críticas de cine —que despertaban las más extremas rabias de cabotaje de directores argentinos como Fernando “Pino” Solanas, Alejandro Agresti o Leonardo Favio— escribía columnas de opinión tales como “Mahoma, todavía”, en la que sostenía que “el caso Mahoma versus Rushdie ha suscitado algunas reclamaciones similares, que conviene incorporar ya a los manuales de filosofía y letras: a) Del Diablo contra Dante Alighieri, por la Divina Comedia (circa 1310). Aduce que el retrato del infierno es harto desfavorbale (…). b) Del gobierno de Dinamarca contra William Shakespeare, por Hamlet (1600). Apunta que la frase ‘hay algo podrido en Dinamarca’ se contrapone a los notorios progresos del país en cuanto a higiene, refrigeración y manejo de materiales biodegradables”.

Además de escribir cosas como esa, Homero libraba su batalla contra la tiranía del dibujito.

—El jefe de diagramación de Página/12 se llamaba Daniel Iglesias. También llamado “el Zorro” Iglesias, también llamado “no hay peor sordo que el Zorro Iglesias”. Una vez entregué una nota que ni siquiera era mía. Me llaman de diagramación. “Sacale doce centrímetros”. Que sí, que no, la discusión subió de tono y viene el Zorro Iglesias y me dice: “¿Qué pasa con tu gente? ¿Son todos Shakespeare y Cervantes que no se les pueden cortar doce centímetros?”. Le digo: “No, no son todos Shakespeare y Cervantes. Ahora, tu gente, ¿son todos Rembrandt y Velázquez que no se les puede cambiar el dibujito?”. Gran bronca. Esa misma noche en la escuela de periodismo TEA [Taller, Escuela, Agencia] me daban un premio homenaje, y doy un discursito improvisado de agradecimiento: “Jóvenes periodistas, ustedes han elegido una profesión que está llena de promesas, pero no se crean que es fácil. Porque cuando ustedes entren a un diario se van a encontrar con un jefe que les dice: ‘Che, hay que hacer una nota a tal’. Vas y hacés la nota. La entregás. El jefe la mira y dice: ‘Sí, está bien, pero faltaría tal y cual aspecto’. Vos vas y agregás tal y cual aspecto. Volvés. Y el jefe te va a decir: ‘¿Sabés lo que le falta a esto? Una entrada, un copete’. Vas, volvés con el copete. Te dice: ‘Le falta un final, una cosa que restalle’. Lo encontrás. Terminás la nota y estás muy contento. ¿Y te creés que ahí terminó la cosa? No señor. Ahí la nota pasa al diagramador. Y el diagramador es un personaje que se dedica a quitarle doce centímetros a todas las notas: es una vocación. Me ha pasado”.

***

La bibliografía de Homero incluye muchos títulos —más de veinte— casi todos sobre cine: Ingmar Bergman, un dramaturgo cinematográfico (con Emir Rodríguez Monegal, ed. Renacimiento, 1964), Censura y otras presiones sobre el cine (Buenos Aires, ed. Fabril Editora, 1972), Cine sonoro americano y los Oscar de Hollywood (Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1975), El libro de la censura cinematográfica (Barcelona, Lumen, 1977), Listas negras en el cine (Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1987), Nuevas crónicas de cine (Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1999), Historias de pe lículas (Ediciones Cauce, 2000). Pero hay dos volúmenes. publicados en los años ochenta y llamados Una enciclopedia de datos inútiles (Ediciones de la Flor, 1986) y Segunda enciclopedia de datos inútiles (Ediciones de la Flor, 1987), en los que este hombre dibujó su visión del mundo: el mapa de sus intereses, sus desprecios, sus curiosidades. El texto que sigue fue incluido en la Segunda enciclopedia de datos inútiles: “1987: Al reseñar un libro titulado Una enciclopedia de datos inútiles, el erudito Pablo Schwarz (en Brecha, Montevideo, Uruguay, junio 5) se queja de que el autor utilizó demasiadas fuentes de segunda mano. El señor Schwarz encontró seis errores en un libro de 260 páginas, que abarcan 104 capítulos diversos y 16 páginas de índices. Con seis errores el cronista llenó 344 centímetros cuadrados del semanario [Brecha], más un dibujo y un título. Entre las informaciones de segunda mano que el cronista objeta figuran la muerte de Julio César. En el libro había sido escrito que ese emperador romano ‘… murió con otros tajos, tras una conspiración muy célebre, y la leyenda dice que sus últimas palabras habrían sido Et tu Brutus!, al reconocer con sorpresa a uno de sus asesinos’. El señor Schwarz, que sabe latín, sostiene que Julio César no debió haber dicho Brutus sino Brute, para no caer en un solecismo en el momento de su muerte (un solecismo es una falta de sintaxis y suele ser considerado como menos grave que 23 tajos mortales). A esa tesis el señor Schwarz (que sabe griego) añade que Julio César no murió quejándose en latín sino en griego. Habría dicho “kay sy téknon”. Con ese dato el señor Schwarz corrige de paso a William Shakespeare, un reconocido autor de segunda mano, que en su tragedia histórica Julio César (1599) cometió el imperdonable lapsus de hacer morir al emperador en latín mientras sus asesinos lo mataban en el inglés de la época. El punto consagra al señor Schwarz como la única persona del siglo XX que estaba presente en la muerte de Julio César, en el año 44 a.C., y que puede documentar su última frase en griego sin fiarse de fuentes de segunda mano. Sin embargo, eso no es tan milagroso como su buena memoria después de 2.031 (dos mil treinta y un) años”.

Ambas Enciclopedias reúnen más de 500 páginas como esta: todas de colmillos largos.

Dos años después de la publicación del segundo tomo Homero cruzaría una vez más el Río de la Plata, hacia su casa y su cuna. Uruguay.

***

—En 1989 en Uruguay se hizo un plebiscito. Se discutía la Ley de Caducidad, si les dábamos o no el perdón a los militares. Vine a votar, y Jorge Abbondanza, jefe de espectáculos del diario El País, me ofreció volver a hacer un suplemento cultural. Pero yo no sé de teatro, de arquitectura, de música, y me dio miedo. Lo contacté a Elvio Gandolfo [escritor y periodista argentino, cuyas notas han aparecido en números anteriores de El Malpensante, y a quien Homero había conocido en Buenos Aires] y le dije: “Me proponen esto y me tengo miedo, porque no soy un culto general”. Y me contestó: “Ni vos ni yo sabemos de pintura y de música como para escribir de pintura y de música, pero hay algo que sabemos y eso es manejar el material de otra gente”. Así que buscamos colaboradores y, efectivamente, salimos adelante.

—Vos no figurás en el staff como director.

—No, porque no lo hago por la performance. Yo sé lo que se hace y cómo se hace, entonces para qué más.

Y lo que se hace es, probablemente, el producto cultural más extraño de todo el Río de la Plata: el suplemento cultural del diario El País de Montevideo, que sale los viernes, se anuncia como un suplemento sobre artes, ciencias y letras, y tanto caben en él una reseña implacable sobre el último culebrón literario de Jeffrey Eugenides (Middlesex) como artículos sobre Will Eisner, John Ford, Santiago Calatrava, Thelonius Monk o la teoría del caos.

En el suplemento cultural del diario El País de Montevideo, que Homero fundó a los 68 años, no se publican avisos porque no se buscan avisos: no se propician avisos; no se usa color por cuestiones prácticas (obliga a disponer de fotos de mayor calidad); se eliminaron las bajadas (porque si el lector lee un resumen de lo que sigue, no lee lo que sigue) y, en tiempos en que la sobrevaluada religión del nuevo periodismo obliga al yo, se aborrece la primera persona.

—La primera persona es una traición, porque termina siendo más importante el escritor que lo escrito. Eliminamos los copetes porque si el copete dice todo lo necesario, el lector se va a ir. En el Cultural hice lo que yo quería hacer. Un suplemento sin concesiones. No le doy bolilla a Planeta si me dice que tal libro es muy importante, o si viene tal tipo con su libro de poesía para que se lo comente. No lo atiendo, no lo publico. Tenemos total independencia. Estoy trabajando con una libertad periodística que en la Argentina no tendría. Allí la crítica de cine está convertida en pildoritas con estrellitas: tres estrellitas, cuatro estrellitas, cinco estrellitas. Si hay que hacerlo se hace, pero hay que superar la instancia de esa crítica que dice “esto es largo, es feo, es malo, es bueno, entretenido”. Cuando uno se empieza a preguntar cómo lo hizo, por qué lo hizo, para qué lo hizo… eso es un progreso.

Durante años, cada vez que un nuevo periodista era incorporado al suplemento Cultural, se le entregaba el manual de estilo, una versión resumida de un texto que Homero había incluido en una de sus Enciclopedias de datos inútiles bajo el título de “Algunas sugerencias para periodistas modestos” y que decía —dice— así: “Comience toda nota en el centro del tema […] Las primeras líneas deben apresurarse a establecer Qué, quién, dónde, cuándo. El cómo puede esperar al segundo parrafo. Elimine al máximo el Yo, el Nosotros, los otros pronombres respectivos (me, mí, nos). El enfoque gramatical de primera persona debe reservarse para aquello que es absolutamente intransferible […] Salvo casos de extrema necesidad, elimine los signos de interrogación; el lector quiere respuestas y no preguntas. […] Evite los signos de admiración: el concepto deberá ser bastante asombroso con sólo enunciarlo, sin que usted le coloque una bandera encima […] Elimine las referencias al hecho mismo de estar escribiendo una nota. Sea un espejo sin decir ‘aquí estoy como un espejo’. La prosa tersa no se dobla sobre sí misma. […] Reescriba toda vez que pueda hacerlo. Si tiene a mano un lector que ignore el tema, confíele una primera revisión del texto. Si él no entiende algo, la culpa es de usted […] Elimine rodeos y larguezas. Un título periodístico llega a alargarse para llenar espacios, como ‘Se experimentaron precipitaciones pluviales en todo el sur de la república’, pero siempre será mejor que usted escriba, llanamente, ‘llovió en todo el sur del país’ ”.

—Me traían prosas cargadas de adjetivos, vueltas y desvíos del tema. Yo cuando leo eso digo: “Este tipo está mintiendo, este tipo no sabe lo que debe saber”.

—Pero hay estilos.

—Claro.

—Está Bryce Echenique.

—Y Proust. Pero tienen sustancia. Todos los jovencitos ahora tiran palabras, tiran palabras. Y yo les digo de antemano: el material está hecho para el lector. La prosa no es tuya, es del lector. Si no lo seducís en las primeras cuatro líneas se va, y no vuelve.

Hoy el suplemento Cultural de El País es objeto de colección: los puestos de libros de la feria dominguera de Tristán Narvaja, en Montevideo —cuadras y más cuadras donde se consiguen tomates y discos, zapatos y antigüedades— venden los números atrasados.

—¿En serio se vende en la feria? No sabía. Yo siempre supe que tenía que trabajar y hacer lo mío. Hace poco leí una frase de un filósofo. Me gustó y me di cuenta de que la estaba aplicando desde hace mucho tiempo: “Pocas personas en este mundo son conscientes de que han salido de la nada y volverán a la nada”. Y es muy cierto. Uno después piensa: Bueno, pero el rato que estemos aquí vamos dejar hecho algo. Algunos han dejado guerras y revoluciones como Hitler y Fidel Castro. Yo dejo un poco de crítica de cine, y es bastante mejor.

—El año pasado eras candidato al premio Homenaje de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

—Sí. Me lo dieron.

—No…

Homero se levanta, rápido como un soplo, y vuelve con un trofeo: el Cóndor de Plata, una distinción que entrega la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina, y que le dieron en 2002 por su labor como crítico.

—No, Homero, era un premio de la fundación colombiana y no lo ganaste vos, lo ganó un periodista brasileño.

—Ah. Entonces no tengo idea qué será —dice y devuelve el Cóndor a su lugar, desinteresado—. ¿Querés más té?

En 2004 Homero fue firme candidato al premio Homenaje que entrega la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que finalmente ganó Clovis Rossi, un periodista nacido en São Paulo en 1943, actual columnista de la Folha de São Paulo que cubrió más de un frente de guerra y que mide dos metros.

La crítica cinematográfica es —siempre ha sido— un oficio de actores secundarios.

***

En el living hay fotos. Muchas. Fotos de su madre, fotos de su mujer, fotos de Toc, el perro.

—No sabés qué perro. Es un golden retriever, un recuperador. Si tirás algo al agua, se tira y te lo trae. Un día se nos quejaron porque sacó a un tipo del agua.

—¿Y el tipo se estaba ahogando?

—No. Por eso se quejaron.

Fotos de los hijos de su mujer, fotos de los nietos: fotos de los hijos de los hijos de su mujer. Entre todas, no hay una sola foto de su hijo Andrés. Su único hijo.

—Estamos distanciados. Hace siete años y pico. No debo haber sido un buen padre. No me daban el tiempo ni el dinero para la atención debida. Entonces, entramos en el capítulo separación de mi hijo. Que es así.

Su hijo, que se exilió en Suecia en 1977, regresó a Uruguay en 1989. Durante nueve años él y Homero se vieron una vez por semana e hicieron las cosas que hacen padres e hijos: comieron, conversaron, no se dijeron tantas cosas. En 1998 Homero decidió poner en orden los papeles de la casa donde vive, que como herencia de su madre podía presentar alguna dificultad.

—Hice un testamento a favor de mi mujer y ése fue el detonante. A los dos días me llama mi hijo. Que no estaba conforme con el testamento. Empezó un discurso de una hora y media delante de su mujer. Nunca fui tan insultado. Me dijo que fui un mal padre toda la vida, que fui un egoísta, que no tengo sentimientos. En fin. Volví a casa, agarré la máquina, escribí un memorándum y se lo mandé. No me contestó, no nos vimos más.

—¿Y vive cerca?

—A cuatro cuadras.

Homero cree que son estos, precisamente, los datos superfluos.

Los datos que a nadie importan.

***

En el artículo “La influencia de los hongos en la vida literaria”, recogido en uno de los volúmenes de la Enciclopedia de datos inútiles, Homero asegura que el tomate fue “uno de los viajeros más ilustres entre los llegados a Europa durante el siglo XVI”. La papa, sigue Homero, superó al tomate en la rápida adaptación al nuevo medio, pero fue víctima de un feroz enemigo natural, un hongo agresivo, el Phytophthora infestans, que llegó en la bodega de los barcos y produjo el catastrófico fracaso de las cosechas irlandesas de papas de los años 1845 y 1846, que terminó con la muerte de quinientas mil personas y la emigración de un millón de irlandeses “que cayeron sobre Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Australia, generando una diáspora que duró más de un siglo”. El artículo termina así: “Entre los emigrados irlandeses y sus descendientes se contarían después los escritores Oscar Wilde, George Bernard Shaw, James Joyce, Sean O’Casey, Eugene O’Neill, Liam O’Flaherty. La influencia de los hongos sobre la vida literaria no ha sido estudiada a fondo”.

Tiempo después, Homero le diría a una mujer que escribía su biografía (y que pretendió analizar la obra del señor Alsina a partir de un supuesto interés en personas que, al igual que él, habrían tenido infancias difíciles, como Pablo Picasso u Orson Welles): “Lo que yo soy es lo que está escrito”.

Es probable que el artículo sobre la influencia de los hongos en la vida literaria sea una parodia de lo que este hombre piensa del psicoanálisis y de aquellos que creen que en su oscura infancia —en la relación devota con su madre o en el vínculo difícil con su padre— encontrarán algo significativo.

También es probable que el artículo sobre la influencia de los hongos en la vida literaria sea, simplemente, un artículo sobre la influencia de los hongos en la vida literaria.

Sea como fuere, aquella biografía nunca se publicó.

***

Datos precisos, concretos. Los datos que importan.

Homero ya no fuma, tiene 83 años, una mujer, un hijo con el que no habla y, salvo cuando el invierno le impide salir, va todos los días a la redacción del suplemento Cultural.

—En el diario soy un resistente. Mientras me dejen hacer el suplemento, me quedo quieto.

—Y si no te dejaran.

—Y… voy a pelear, supongo.

—¿Y si perdieras?

—Y si perdiera, estoy en condiciones de jubilarme.

—¿Y por qué no te jubilás?

—Ganaría una miseria. Imposible. Porque tengo que mantener una casa, un auto, una mujer, un perro y una patente de perro.

—¿Una qué?

—Patente de perro. Acá hay que pagar por tener perro.

—¿Y a qué te da derecho?

—A tener perro con collar. Eva sabe.

—¿Y si no pagás la patente?

—Se llevan preso al perro.

—No puede ser.

—Si, ya vas a ver.

Homero se pone de pie con un saltito ágil y desaparece. Regresa minutos después.

—Ya averigüé todo. Es un impuesto de prevención de la rabia. Pero hete aquí que hace veintitrés años que no hay rabia en el Uruguay. ¿Dónde va el dinero de esa patente anual?

—¿Dónde?

—No se sabe.

Afuera es noche, tarde, y hace frío.

—¿Te pido un taxi? Ahora vas a ver qué sistema fabuloso. Ni siquiera tengo que decir mi nombre. Les sale mi dirección en la computadora.

Camina hasta el teléfono. Marca un número. Alguien, al otro lado de la línea, dice Hola. Homero dice:

—¿Me manda un taxi, por favor?

Y cuelga.

Computadoras que no hacen preguntas inútiles. Datos precisos. Cosas eficaces.

—Ya vas a ver. Llegan en dos minutos.

Después, camina hasta la ventana. Con las manos en los bolsillos vigila plácidamente la calle.

—Yo tenía un amigo aquí, Mauricio Miller. Era muy divertido. Y le daba al juego de palabras que no te digo. Tenía a su vez otro amigo, Carlos Martínez Moreno, y eran muy graciosos. Habían inventado una tarjeta de visitas para ambos que decía “Carlos Martínez Moreno-Mauricio Miller: Gracioso”. Nunca llegaron a imprimirla. Y yo con Mauricio había inventado mi tarjeta, que tampoco imprimí, y que decía así: “El señor Alsina-Se hacen cosas”.

Un taxi se detiene afuera. Homero sonríe, satisfecho.

—Te dije. Un sistema fabuloso.

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comentarios
  1. Roxana dice:

    GENIAL!!! Me encanta la historia, el personaje y lo que de intensidad y pasión por la vida contagia. Gracias!

  2. Nelson Echeverria dice:

    Gracias por esta delicia de texto. Me pone en contacto de alguien que nunca olvidare: mis lecturas y asombros de adolescente de los articulos y comentarios de cine de HAT, allá en mi Montevideo.

  3. Un imprescindible del periodismo.Una pluma sin par.Como sin par fue su humildad.-

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