La cazadora de Facebook

Publicado: 30 enero 2015 en Arelis Uribe
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Conocí a una mala mujer por internet. O eso pensaba yo.

Lo primero que tengo que explicar es por qué la conocí. O cómo. Yo era community manager en una agencia que me pagaba dos sueldos mínimos por trabajar 45 horas semanales. Estudié periodismo, una carrera que se estaba viniendo abajo, hasta que apareció internet. De esta revolución digital y sus nuevos cargos en inglés, a mí me tocó ser community manager.

El community manager es el vocero de una marca en internet. Es un rubro hipócrita. Soy vegetariana y mi cliente es la faenadora más grande de Chile, ésa que transformó a Freirina en una cerdópolis, un pueblo con más chanchos que personas. Miguel, que se sienta a mi lado, es ciclista furioso, de ésos que van a las marchas y jamás se comprarían un auto. Su trabajo es escribir en el Facebook de la automotora más grande de Japón. Detrás de mí está Daniela, una feminista que maneja la cuenta de un producto de limpieza. Su tarea es conversar con las mujeres sobre lo maravillosa que se ve la cocina cuando está limpia.

Según mi Linkedin, soy experta en redes sociales y marketing digital. En la práctica, paso todo el día en Facebook. Soy una persona que se hace pasar por una marca, para que esa marca hable como si fuera una persona. Entonces, la faenadora saluda y pregunta qué tal, cómo va la semana, cómo están los niños. Y los humanos responden, todo bien, esperando el fin de semana, los niños en el colegio.

La tarea principal del community manager, o CM, es preparar concursos. Eres Don Francisco en internet: conversas, haces reír a la gente y, si te siguen el juego, les regalas un refrigerador o un mes de papas fritas. Sabes que los pobres hacen lo que sea por un premio.

Nuestros clientes quieren que gente linda participe en sus concursos, gente linda como la que sale en sus comerciales. Pero sucede lo contrario. Son señoras gordas y morenas las que más persiguen premios. Señoras que son una plaga a la que llamamos “cazaconcursos”. Señoras como Marjorie, la mujer que conocí por internet.

***

Mi primera tarea de community manager fue hablar en nombre de una marca de ron. Miguel, el CM de los autos japoneses, me enseñó todo lo que debía saber: escribe tres mensajes al día y una vez a la semana regala un premio. Nunca me previno de las mujeres como Marjorie.

Tuvimos una reunión con el cliente, nos pidió un concurso en el que las personas grabaran un video cantando el jingle del ron. Le advertimos que sería difícil, ¿quién querría filmarse cantando una canción tonta sobre el Caribe para ganar unas botellas de ron chileno? Pero el cliente siempre tiene la razón.

El concurso fue un fracaso: la marca de ron tenía 18 mil fans y llegaron sólo dos videos. Uno era el de una mujer llamada Cwendolyn y el otro de una tal Marjorie. Los nombres dicen mucho, en especial en Chile, donde sólo los gringos y los pobres se llaman en inglés.

Corto dos trozos de papel y anoto sus nombres. Le pido a Miguel que escoja. Me entrega a la ganadora: Marjorie. Le doy play a su video. Aparece en el living de una casa chica. La escalera y la puerta de entrada caben en el encuadre. Tiene los ojos maquillados muy negros y un par de aros grandes y agitanados. Su cara es redonda y rosada, como si hace siglos un alemán hubiera salpicado sus genes en ese contorno mapuche. Las manos levantadas escarban el pelo largo y teñido rubio, en un gesto que busca desesperadamente ser sensual. Canta y mueve el escote de su blusa negra, mirando directo a la cámara.

Busco en el Facebook de Marjorie sus datos personales para avisarle que es la ganadora. En su muro encuentro algo que nunca imaginé: todos los mensajes son de concursos. Todos. “Gana este lindo reloj de Atavío”. “Comparte esta imagen y gana seis botellas para pasar un momento relax”. “CONCURSO, dale #megusta y estarás participando por productos Daily”. Me siento estafada, Marjorie me es infiel.

Le muestro la pantalla a Miguel. Él se ríe. “Te presento a las cazaconcursos”, dice, y empieza su cátedra.

– Las cazaconcursos son mujeres que pasan todo el día en las redes sociales buscando concursos. Son legión y son un problema. Sólo persiguen los premios, no se comprometen con las marcas y lo acaparan todo. Son viejas ociosas que escriben con faltas de ortografía y ganan casi siempre haciendo trampa. Mejor bloquéala y no le des el premio. Métete al grupo de community managers y busca la lista negra de cazadoras, ahí aparecen todas.

Me marea tanta información. Cazadoras de premios, un grupo secreto de community managers, listas negras. Me siento en El código Da Vinci. Miguel me envía una invitación para sumarme al exclusivo grupo “Soy un CM en Chile”. Acepto.

***

“Soy un CM en Chile: aportando para hacer crecer las redes sociales responsablemente”. Son más de 700 miembros y sólo se puede ser parte del grupo con la invitación de otro integrante. A mí me invitó Miguel, el CM veterano que me apadrina y me explica cómo funciona esta hermandad.

– Se creó para colaborar, pero eso se perdió. Hay un caso emblemático, cuando el CM del diario La Hora, sin querer, tuiteó “fui a hacer caca”. Este error escatológico pudo pasar desapercibido, si no fuera porque otro community manager tomó un pantallazo de la frase y lo difundió en internet. Supuestamente, con la sana intención de que los demás aprendiéramos de las caídas ajenas.

Aunque los CM son un rubro competitivo y cruel, los une un enemigo común. Entre las publicaciones sobre marketing, videos virales y errores de publicación, aparece esto:

– Y cuando nacieron los community managers, dios también creó a las cazaconcursos. ¡La cagó! 25 premios y una sola ganadora.
Abajo, una imagen que reúne mensajes de distintas marcas felicitando a una misma persona: Marjorie. Los community managers comentan:

Pía: ella es la reina de las cazaconcursos.
Ale: Que horror!!! Ella, Yasna Orellana, Cwendolyn, Pini Guti entre otras llevan años haciendo lo mismo.
Daniel: Que paso con la lista negra de los CM’S ¿?
David: Me ha tocado verla en concursos también!
Nicolás: si en tu concurso no participó Marjorie, replantea tu estrategia.

Un par de mensajes después, alguien comparte la preciada lista negra. Leo la nómina de cazadoras vetadas, entre ellas, Cwendolyn, Elizabeth y Marjorie. Tres mujeres chilenas con nombre en inglés.

***

Nadie puede esconderse de Google. Escribo el nombre completo de Marjorie y encuentro su perfil de Facebook, de Twitter, de Youtube, de Pinterest, de Instagram. Esta mujer tiene más cuentas que yo, que soy la experta. Miro sus videos, está el del ron y otros donde se ven niños cantando jingles de otras marcas. Google me dice que vive en Buin, zona rural de Santiago, y que estudió, como los más pobres de Chile, en un liceo técnico de su misma comuna.

Sigo a Marjorie en Twitter y le mando un mensaje: “hola, ¿me das follow back para enviarte un dm?”. En menos de cinco minutos recibo una notificación en mi celular: Marjorie ha comenzado a seguirte.

***

Soy periodista y te quiero entrevistar. Una verdad a medias, porque no trabajo escribiendo en ningún diario. “¿Y qué gano yo con esto?”, lanza sin rodeos. Le explico que nada, que los periodistas no le pagan a sus entrevistados. Se hace la difícil, pero al final acepta. Me pide que hablemos por Skype. Obviamente, Marjorie también tiene cuenta ahí.

La llamo y me contesta el mismo encuadre del video de ron. Se ve joven y guapa, pero no quiero simpatizar con ella, las cazadoras son el enemigo, la encarnación del egoísmo. Le pido que se presente. Ella se resume en cuatro frases: tengo 28 años, soy casada, elegí ser dueña de casa para criar a mis dos hijos y me gustan mucho las redes sociales y los concursos.

Me impresiona que tenga hijos, que esté casada, que se vea tan adulta y que tengamos la misma edad. Le pregunto cómo empezó con los concursos.

– Le pedí a mi marido que me dejara el computador para no aburrirme. Pensé que podía haber un trabajo por internet y tener un ingreso extra para la casa. Cuando me metí a Facebook, vi los concursos y empecé. En el 2010, gané mi primer premio, una radio en Nestlé, me acuerdo. Ahí le agarré el gustito.

Desde entonces, Marjorie ha acoplado los concursos a su vida. Su rutina de lunes a viernes me recuerda a la de mi mamá: se levanta a las seis de la mañana, viste a su hijo de seis años para el colegio, hace la limpieza de la casa, cocina el almuerzo, prepara la leche de su niña de dos años y, cuando se desocupa, como a las dos de la tarde, se acerca al computador.

– Una mitad del día soy dueña de casa, la otra mitad reviso concursos.

Con el tiempo desarrolló toda una metodología. Se suma a las comunidades de cada marca que encuentra en Facebook, Twitter, Instagram y Youtube. Participa en más de cien concursos al día. A ese ritmo, gana veinte premios al mes. Cada vez que la felicitan porque ganó, anota la marca y la fecha en un cuaderno. Así no se le olvida ningún premio.

– Hay veces en que no gano nada y eso es terrible para mí, porque le dedico tanto tiempo al tema del concurso. Otras semanas he ganado cinco veces. No son premios grandes, pero igual ayudan.

Marjorie me explica que los concursos le han traído muchos beneficios, porque ha ganado cosas para la casa que no podría haber conseguido de otra forma. Pienso en mi abuela, que además de dueña de casa, era costurera. Con ese trabajo adicional, le daba a mi mamá y a mis tíos cosas que mi abuelo no era capaz de comprar. Marjorie, por su parte, ha ganado mercadería, productos para el baño, cenas familiares y seguros de vida. El mejor premio que recuerda se lo dio la multitienda Falabella.

– Tuve que sacarme una foto con mi mueble favorito en el Falabella más cercano. Tuve problemas hasta con el guardia, porque adentro de la tienda no se podían sacar fotos. La tomé rápido, la subí y gané. Me dieron una gift card de $200 mil. Me compré un plasma gigante con la plata.

A mi abuelo no le gustaba que su mujer trabajara, pero lo necesitaba. Le pregunto a Marjorie qué opina su esposo.

– Puros problemas. Me dice, “ay, ya estai metida en Facebook”, que lo dejo de lado a él y que le dedico demasiado tiempo a algo que no me da mucho. Pero él sí ha visto beneficios, porque esto no es hobbie, esto es un ingreso.

Un ingreso importante. Marjorie me cuenta que su marido está sin trabajo hace cinco meses. Desde entonces, el único sustento de su familia han sido los concursos.

***

Toda la vida de Marjorie gira entorno a Buin. Su familia es de Buin, estudió en el liceo de Buin y en la plaza del pueblo conoció a su actual marido. Ella tenía 13 años y él, 17. Ya llevan 15 años juntos. En Buin.

– Él ha sido el único.

En el Facebook de Marjorie hay varias fotos de la pareja. Me cuenta que las pocas veces que han discutido, ha sido por los concursos.

La mayor pelea fue cuando le hackeron su Facebook. Ese día, Marjorie escribió su clave y no pudo entrar a su cuenta. Después de muchos intentos, se metió a mirar su perfil desde la cuenta de otra persona y descubrió que le habían cambiado las fotos, le habían borrado mensajes y le habían escrito “cosas horribles” en su muro. Su marido le dio un ultimátum.

– Me dijo, “corta el leseo y hazte un Facebook personal”.

Entonces, como Bruce Wayne, Marjorie tuvo que dividir su identidad: un Facebook personal y otro para los concursos.

– La envidia tiene que haber sido. Como vieron que yo ganaba mucho. Lo que pasa es que en este mundo de los concursos no soy solamente yo. Hay muchas.

Sé que son muchas, las he visto en la lista secreta. Le pregunto qué sabe de las otras cazadoras. Me cuenta que la mayoría de las mujeres que tiene en el Facebook de los concursos son “ludópatas, o sea, que les gustan los concursos”. Son más de cien dueñas de casa y las conoció a todas por internet.

– Con este tema una se hace amigas, conversa de la vida, de los problemas, de los concursos. Es como un trabajo que nosotras manejamos, si hasta nos decimos colegas.

Otro problema, me explica Marjorie, es que las marcas la bloquean. A veces ni siquiera ha ganado y la vetan. Tanteo el terreno antes de responder. Es entendible, le digo, no es la idea que gane siempre la misma persona. Ella asiente. Analizo los peligros y me aventuro un poco más. Le confieso que lo sé porque soy community manager. Marjorie sigue apacible, en silencio. Doy el salto final. Le revelo que, incluso, hay una lista negra con el nombre de las cazaconcursos más famosas. Entonces, cuando creo que mantengo a Marjorie quieta bajo la mira, ella voltea la perspectiva y me atrapa con una pregunta.

– ¿Estoy en la lista negra de los community managers?

Paso de cazadora a cazada.

***

Una niña llora. Marjorie se aleja del computador y va a buscarla. Se sienta frente a la pantalla con su hija sobre el regazo y le pide que me salude. La niña mueve la mano y me sonríe. Marjorie la besa y le hace cariño. La pequeña se acurruca en sus brazos y deja de llorar.

Marjorie se merece la verdad: sí, le digo, estás en la lista negra. ¿Y quién ve esa lista? Me pregunta preocupada, ¿ustedes o las empresas también? Le explico que sólo los CM. Ella no hace más preguntas y abraza nuevamente a su hija.

Yo también termino las preguntas. Me despido y le doy las gracias por la entrevista. Marjorie sonríe y me dice “no, gracias a ti”. Cierro Skype.

***

Sigo los pasos de Marjorie y esa semana participo en mi primer concurso. Me vendría bien complementar mis dos sueldos mínimos.

“Que gane la mejor”, me dice Marjorie por Twitter. Entiendo su indirecta.

Finalmente, nos gana una cazadora novata. Marjorie pierde una de sus cien apuestas diarias, yo doy por finiquitada mi incipiente carrera de cazadora. Decido no participar más, pero al día siguiente recibo una solicitud de amistad de Marjorie. Ahora somos amigas en su Facebook de concursos. Soy una colega más.

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