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Cree llamarse Giselle Campoalegre. Cree tener cuarenta y cuatro, y ser bogotana. Y cree, también, que sobrevivió a un accidente aéreo pero no sabe a cuál. Todo eso dice que cree, y está convencida de que algo ha de ser cierto. Sus compañeros de camino le dicen La siempreviva. De camino, digo yo, para nombrar esa horda de miserables que deambulan por la ciudad con la casa al hombro como cangrejos ermitaños. Mientras me cuenta El Cuento, sentados en un andén del centro de la ciudad, al menos cinco indigentes más se han arrimado a escucharla. La conocen, claro está, pero quieren oírla una vez más por el sólo placer de alucinar con la historia de nuevo, de salirse con la imaginación de su desdichado destino de legionarios del fin del mundo. Todos están tan concentrados y divertidos con las palabras de Giselle que es fácil adivinar que se sienten en cine, viendo una película de Jacky Chan, por ejemplo. Como niños en el teatro, aferrados a sus sillas, que de vez en cuando se atreven a conversar con el héroe o el villano. Porque aquella historia tiene acción, drama, dolor e injusticia, tamizado todo aquello por un cedazo tejido con fino humor negro, inclemente, que a veces raya en la perversidad. Lo más impresionante de semejante cuento es la urdimbre literaria que lleva implícita. Porque Giselle construye y reconstruye esa historia con retazos de recuerdos, o trozos de la imaginación, de tal suerte que jamás afirma nada.

— No puedo asegurarlo, porque tengo amnesia. Eso dicen los médicos —dice, y es lo único que dice con absoluta certeza.

Una escuela literaria debería usar la infalible técnica narrativa de Giselle para enseñar a nóveles narradores. Y si así fuere, supongo que alguno de los relatos sería más o menos así:

***

Los médicos me han dictaminado amnesia el día de hoy. Creo que tienen razón. Ignoro si lo que les voy a contar es producto de la imaginación, o de algunos pequeños relámpagos de memoria que insisten en construirme un pasado. Como es obvio, la mayoría de los detalles se me escapan, cosas circunstanciales que sin embargo no logran alterar el drama central de mi relato. Lo único que puedo decir es que tengo, o creo tener, recuerdos muy vívidos de un accidente aéreo del cual salí ilesa. Ahora mismo no podría decir si haber sobrevivido fue mi bendición o mi condena. A veces me sorprendo a mí misma por la cantidad de palabras que manejo y la información que tengo. Me sorprendo porque desde que me acuerdo vivo en la calle: soy una indigente más de esta ciudad fría e inclemente, que si en el pasado tuvo una vida con más comodidades, hoy en día prefiere la calle por elección. Es el único lugar que me ha recibido con amor y me ha aceptado con mis problemas, mis saltos al vacío y mis incongruencias.

Lo que contaré a continuación, lo sé porque me lo han referido personas de la calle que me vieron aparecer repentinamente en su mundo. Esa versión, aunque no tenga certeza de ella, es la más consistente de todas cuantas he tejido y por eso quiero atenerme a ella. Confieso que hoy poco me importa la veracidad de tales hechos, pero no deja de divertirme el juego de construir un pasado novelesco que, además, podría resultar cierto. Al fin de cuentas, nadie hasta el momento ha aparecido para desmentirme o reconocerme. Poco me importa ya lo que pasó porque me habitué a la calle. Tengo un compañero que me ama y con él disfrutamos andando como gitanos en esta metrópoli de sorpresas. Así que, a los que piensen que soy una oportunista, les digo que no estoy buscando retribuciones de ningún tipo. Hace tiempo dejé de vivir con la ilusión de encontrarme de frente conmigo misma; desistí porque no podía seguir viviendo el presente en busca de un pasado incierto, porque en la búsqueda de mi identidad fui maltratada como ser humano, y porque me enamoré de las únicas personas que me brindaron su apoyo.

Pepe me dijo que me encontró llorando, sentada en un andén cerca del cementerio Central. Él pasaba por allí porque estaba recogiendo rosas del piso, para luego arreglarlas un poco, envolverlas en celofán y tratar de venderlas a los enamorados en la noche. Trataré de reconstruir los diálogos que dice Pepe que tuvimos, y para ello tendré que recurrir al obligado y necesario Dice que dijo, Dice que dije, aunque suene odioso y le quite ritmo a la narración. Pueden ustedes, amables lectores, omitirlo mentalmente al final de cada acotación, si con ello se sienten más tranquilos.

— ¿Qué le pasa señorita? ¿Por qué llora? —dice que dijo Pepe cuando me vio, tratando de encontrar mi rostro con la mirada.

Dice que cuando levanté la cara para verlo mis ojos se iluminaron, cosa que creo verdadera. Porque puedo imaginar a una mujer como yo, sumida en la más rotunda tristeza y desolación, a la que una voz le pregunta qué le pasa, y cuando ella lo mira descubre que esa voz pertenece a un hombre que lleva en sus brazos, con extremo cuidado y dedicación, un cargamento de rosas rojas al borde de la muerte que piensa resucitar.

— No sé quién soy, señor. Ni por qué estoy aquí ni de dónde vengo. No sé nada, señor. Lo único que dice algo sobre mí es este papel —dice que dije, y que luego se lo extendí para que lo viera.

Lo que siguió a continuación, si fue o no fue tal cual, sin duda fue tramado por esos dioses griegos cuando se ensañaban contra uno de sus héroes. Pepe no sabía leer, y le daba igual ver o no ver el papel. Dice que se lo leí y que recuerda que pronuncié mi nombre, el nombre que llevo hoy en día: Giselle. Del apellido y los demás detalles poco recuerda, tan sólo que leí algo de una indemnización, y lo demás es producto de sus propios delirios. Para entonces Pepe estaba colgado en el bazuco pero todavía tenía vestigios de humanidad. Hacía acopio de sus últimas energías para resistirlo, creía como todos que no estaba en el fondo, que saldría de la calle, y se llenaba de mentiras con su precario trabajo. Hoy en día Pepe apenas puede respirar, la tristeza insondable de la droga lo ha convertido en un remedo de hombre, un fantasma que no sabe dónde penar porque todavía no se ha enterado de su muerte.

Aquel día me propuso hacer la ronda con él, y dice que primero arreglamos las flores y que luego caminamos hacia el norte de la ciudad para venderlas en los bares. Que nunca antes había vendido tantas como esa noche porque yo entraba con un ramillete de rosas, les mostraba a los clientes el único documento de identidad que llevaba, y les suplicaba que leyeran. Nadie lo hacía, como es obvio, porque en esta ciudad hay batallones de desposeídos que llevan papeles similares como única comprobación de su penoso estado, como si el infortunio escrito fuera evidencia contundente de una verdad. Llevan recetas médicas, diagnósticos macabros de salud, cuentas por pagar en un hospital de maternidad, narraciones desafortunadas de la guerra, títulos de propiedad de una tierra perdida, lista de útiles escolares, boletas de una recién adquirida libertad; de todo y para todos los gustos. Pero es que son tantas las notas tristes dándole la vuelta a la ciudad, y desde hace tanto tiempo, que es comprensible la actitud de quienes deberían condolerse. Se conduelen antes de leer, cuando lo hacen, sonríen piadosamente y entregan una moneda. ¿Qué tendría mi nota para ser única entre ese extenso libro que camina inédito por la ciudad?

Me dice que cuando terminamos comimos pollo en Cali mío, y que luego me llevó a la pensión donde se quedaba, en la calle 23 debajo de la décima. Recuerdo con vaguedad lo del pollo y la llegada al edificio. Aquello bullía de gente como si no fueran las cuatro de la mañana sino la primera hora hábil de un juzgado. Cuatro pisos inundados de personas en las escaleras, en los pasillos; salían de lo que parecían apartamentos pero todo el edificio era una enorme pensión habitada por trabajadores de la calle: hablo de jíbaros, de prostitutas y homosexuales, de vendedores y pedigüeños, de rateros y otros criminales que saludaban a Pepe con naturalidad. En el piso tres estaban los más íntimos, que comenzaron a preguntar por mi presencia. Pepe les contó nuestro encuentro, les dijo que a partir de ese día yo sería su socia porque la prosperidad estaba conmigo y con “ese papelito que tiene”. Entonces saqué el papel, que me fue arrebatado por los más interesados, dando comienzo a una tormenta de conjeturas sobre mi procedencia. Pepe dice que fue un hombre apodado Pinocho quien pudo hacer una versión aceptable de cómo había sucedido mi extravío. Dice Pepe que Pinocho dijo que cuando llegué a El Dorado hice algo que no estaba en el plan. A lo mejor entré al baño antes de llegar a migración, y me perdí de las personas que estaban al tanto de la situación. Que luego salí del baño sin saber por qué estaba allí y fui caminando por donde no debía hasta llegar a la calle; y que entonces, lamentablemente, había cortado para siempre con el pasado y los hechos que me produjeron la amnesia.

La conmoción que causó mi presencia en aquel edificio duraría una hora, no más. Una hora de especulaciones, de risas, de fantasías y de planes con el dinero de la supuesta indemnización. Luego se fueron armando grupitos que comenzaron a conversar sobre otros asuntos más importantes para ellos. Y después de aquella barahúnda ya no quedó nada para mí. El bendito papel había desaparecido. A partir de entonces recuerdo mi vida con absoluta claridad. No dejo de pensar en los dioses griegos, en los mismos que enloquecieron a Ajax hasta hacerlo tomar venganza contra un pocotón de reses indefensas pensando que lo hacía contra el ejército de Aquiles. Como si con la pérdida de la última evidencia de mi pasado hubieran quedado satisfechos de su deber cumplido, con una sonrisa de soslayo y algo de compasión para mí. “Desde ahora que lo recuerde todo”, habrán dicho. De ser cierto todo aquello, esto que les he contado según la versión de Pepe antes de caer en Gamínedes para siempre, la única explicación que tendría para lo que le pasó a esa pobre mujer, a esa Giselle que recién despertaba de un estado de shock, supuestamente a mí, es que soy un experimento de los hados.

La desesperación que me embargó cuando supe irremediablemente perdida mi identidad logró conmover la tensa tranquilidad que se vivía en aquella guarida.

— No sé quién ni para qué se robó mi papel, pero tiene que aparecer —grité en la mitad del pasillo.

Pepe hizo algunas indagaciones en todos los pisos, pero en la medida que aparecían los supuestos culpables de tan infame robo, brotaban peleas malditas a cuchillo, gritos de espanto y amenazas, tropeles de puños estrellándose rabiosos contra el aire, como si fueran elocuentes palabras de un jurista de la Corte Suprema defendiendo la honradez de un inocente. Uno de aquellos sospechosos, que se había defendido como una bestia acorralada, la emprendió contra mí con palabras que no quisiera transcribir textualmente:

— Mire, señora, el único avión que usted conoce se llama Pepe y usted ni cuenta se ha dado todavía —dijo, más o menos así, y todo el escenario estalló en carcajadas.

Pepe me llevó a su cuarto, bajó de la cama una de las espumas que hacían de colchón y tendió las dos camas. En ese momento me di cuenta del cansancio que llevaba encima. Ignoro cuántas horas llevaba despierta.

Si era verdad lo del papel, que ahora no sé si existió, entonces yo venía de un país extranjero en donde me atendieron como una víctima; a lo mejor estuve en un hospital por dos o tres días y luego me empacaron para Colombia con ese bendito papel y un par de chaperonas encargadas de todos los trámites necesarios. Me dormí pensando que no debía tener familiares ni amigos, porque nadie fue por mí hasta esa otra ciudad, que ignoro si se trata de Nueva York o Madrid, como suelen hacer con víctimas de un accidente aéreo. A lo mejor era una comerciante solitaria, apenas conocida de un puñado de socios comerciales. Pensaba que la hipótesis de Pinocho podría resultar cierta, porque es fácil salir de cualquier aeropuerto por un lugar distinto a migración. Es fácil querer equivocar la salida, o equivocarla por torpeza, y de repente estar caminando por la pista, por ejemplo, cosa que durará un minuto a lo sumo porque la seguridad se encargará de sacarlo a uno a la calle mientras se clavetean por el radio que una loca burló las barreras. También he pensado que todo aquello es una invención mía, que yo misma diseñé ese laberinto infranqueable, esa trampa perfecta de la imaginación. Que ni siquiera me llamo Giselle, que me volé de un sanatorio a donde me internaron familiares pobres que no podían hacerse cargo de mí. Y que había enloquecido en una covacha con piso de tierra, en alguna ladera tugurial por donde surcaban el firmamento diariamente los aviones. Seguro soñé con viajar desde muy niña, y siempre que pude leí sobre las ciudades, revisé mapas y estuve colada más de una vez en el aeropuerto, en la zona internacional, de donde ya habrán perdido la cuenta de cuántas veces me han tenido que sacar. Seguro seré La loca de la pista. Porque de otra manera no me explico mi conocimiento del tejemaneje de un aeropuerto, ni mi recuerdo sobre ese pasillo largo que precede a los funcionarios del DAS que sellan la entrada al país; ni esos destellos primaverales sobre el lago artificial del parque El Retiro en Madrid, o la vitrina en forma de hangar de la estación de Atocha.

Pepe me despertó a las dos de la tarde. Estaba enjuagada en sudor porque mal soñaba con un descampado repleto de cuerpos mutilados, y un reguero de ropa tirada por el piso que se perdía hasta el infinito.

— Pinocho tiene una buena idea —me dijo Pepe.

—  ¿Apareció el papel?

— No, pero Pinocho trajo a un amigo que nos ayudará.

Juan de Dios es un hombre que roza los cincuenta ahora. Había sido administrador de empresas en su temprana adultez y tenía una forma de saber quién era yo. Juan de Dios también vivía de la calle pero no era drogadicto. Lo fue por poco tiempo, dice, pero lo suficiente para salir del establecimiento por el shut de basuras. Poco quiere hablar de su pasado, no le gusta que le pregunten y está lleno de amor. Todos lo quieren de verdad, y a veces no falta quien diga que es un corazón con patas. Juan de Dios quería ir conmigo hasta la registraduría para que me identificaran. Buena idea. Por lo general, las personas de la calle son las menos prácticas, se enredan en cosas diminutas porque desconocen el funcionamiento de casi todo, pero en el arte de la sobrevivencia con poco o nada son los mejores. Cuando salí del cuarto me encontré frente a frente con Juan de Dios que no quiso mirarme a los ojos. Pinocho, en cambio, llevaba su rostro iluminado, completamente feliz de lucir su imaginación para solucionar problemas. Le sonreí agradecida. Pepe me prestó su toalla y me dijo que en el segundo piso estaba la ducha. Para Pepe yo era su programa del día: incluía baño, almuerzo con pescado, visita a la registraduría, identificación positiva, recolección de rosas en el cementerio Central, arreglos florales y distribución a los clientes de los bares del norte.

Pero en la ducha me di cuenta del sello definitivo que ponían los dioses griegos sobre mi pasado. Mis huellas dactilares no existían. Las palmas de las dos manos estaban consumidas por lo que parecían quemaduras recientes. ¡Dios santo! Me acurruqué a llorar sin consuelo, dejando que cayera el agua sobre mi cuerpo, sin poder entender por qué me cerraban tan abruptamente toda comunicación con lo que fue mi vida. Me sentía entonces, y me siento ahora, como alguien que reencarnó; pero quienes tenían a su cargo cerrar la puerta de todos los recuerdos a mi nacimiento lo olvidaron, dejándome a merced de innumerables dejavús y una buena dosis de pesadillas y malos recuerdos que se repiten con cierta periodicidad.

Juan de Dios insistió en que fuéramos pese a la ausencia de líneas y huellas. Me aseguró que había otros métodos para identificar personas, habló de la ciencia, de medicina atómica, reactores nucleares, el mapa genético del hombre, las pruebas de ADN. Cuando terminé de vestirme y salí del cuarto, me conmoví mucho al ver a Pepe, Pinocho y Juan de Dios esperándome juntitos al pie de la puerta. Creo que fue en ese momento que empecé a desinteresarme por saber cosas de La otra, aceptando con resignación, con algo de dicha, la nueva vida que me abría sus puertas con tanta facilidad. Ahora pienso que soy una mujer fuerte, sicológicamente hablando, porque hubiera podido enloquecer para siempre, paseando por la ciudad en busca del tiempo perdido, preguntando a los viandantes si mi rostro les era familiar. O soy una loca muy inteligente, si es que fui yo quien inventó todo este mecanismo tan preciso para lanzarle un portazo a un desagradable pasado.

Entiendo la actitud de los celadores de la registraduría al negarnos la entrada. Nuestro argumento para ingresar era del todo absurdo: “Es que ella sobrevivió a un accidente aéreo en el extranjero, no sabe a cuál ni en dónde porque padece amnesia desde entonces; y por eso tiene que hablar con alguien que la pueda identificar, ¿entiende?”. Mucho menos iban a entender en cuanto los solicitantes parecíamos sacados de una pieza teatral del absurdo. Pinocho, a pesar de su buena apariencia no lucía bien porque insistía en llevar su amuleto de la buena suerte: un vistoso collar hecho con diminutos carritos de plástico; Pepe llevaba la única chaqueta que tenía, llena de huecos, raspones, taches y chuzos, herencia de un amigo punquero que se fue para Medellín; Juan de Dios vestía un traje de paño dos tallas más chico que él, sobre una camiseta naranja desteñida por los hippies; y yo, que vestía con cierta normalidad, no podía parecer menos inadaptada que ellos, porque era la sobreviviente amnésica del argumento y además venía con ellos.

Esa noche fuimos a trabajar juntos al norte. Fui con pleno conocimiento de lo que hacía, sin remordimientos ni angustias, ni siquiera sentía tristeza. Nos dividimos los bares y vendimos todas las rosas que llevábamos antes de la una de la mañana. Estábamos tan contentos que decidimos irnos a bailar. Compramos una botella de brandy y emprendimos para un bar cerca de la calle del cartucho, donde paraba la mayoría de quienes vivían en la pensión de la 23. Varios aplaudieron cuando me vieron entrar, y no sé a quién se le ocurrió gritar que llegó La siempreviva. Desde entonces vivo de la calle y no me da vergüenza decirlo. Me gusta el licor pero no bebo mucho, fumo ocasionalmente y no soy drogadicta: no me gusta ni la marihuana.

Lo que ha pasado conmigo después ya no merece ser contado; al menos no quisiera hacerlo porque he estado presente en cada uno de los momentos que he vivido. Se trata de mi intimidad y la quiero proteger.

Ah, y si alguno de ustedes cree saber quién soy, le ruego el favor de no tomarse el trabajo de decírmelo.

Es todo.

***

Cuando cae el telón nos damos cuenta de que seguimos en la calle. Que hemos pasado más de una hora escuchando el cuento de Giselle. Es obvio que ella lo articula de otra manera y su relato está nutrido por preguntas de los escuchas que súbitamente cambian la línea argumental. Pero Giselle sabe usar el lenguaje, atrapar la atención, generar expectativa, hacer silencios elocuentes como puntos suspensivos en la cornisa de un edificio. Lo que acabo de escribir para ustedes, aunque tenga todos los artilugios necesarios de la ficción, es la verdadera historia de esta mujer contada con la altura literaria que se merece. Es la trascripción adornada de un relato oral sobre una historia que la misma narradora no sabe si es o no verídica. Una historia de la calle, contada en la calle por una mujer dueña de una elegancia que se resiste a ocultarse tras esa facha de recicladora, que una vez termina de hablar se levanta del andén donde hemos asistido al cine para ver una cinta que le hubiera gustado ver al mismísimo Igmar Bergman, y me sonríe con dulzura.

— Ahí le dejo esa inquietud, señor periodista —me dice, ya sobre la marcha, dándome la espalda pero mirándome de soslayo, con cierto devaneo cinematográfico también.

Me dice adiós con su mano sin huellas y se marcha con paso de desgano tropical. Y me quedo allí, alelado como los indigentes que la escucharon junto a mí, pensando en escribir para ustedes todo esto y poder terminar con las palabras de ella: ahí les dejo esa inquietud.

Cuatrocientos burros estacionados a las puertas de la iglesia pentecostal del corregimiento de Planadas, en el departamento del Magdalena, no es una imagen literaria como los cuatrocientos elefantes recorriendo la playa que imaginara Rubén Darío en “Margarita está linda la mar”, pero no deja de ser asombroso para cualquier ser humano que visite esa región. Si bien el burro no es el animal más poético que existe sobre la tierra, al parecer le falta porte, carácter, tamaño y proporciones áureas, en aquella escondida geografía colombiana no se puede concebir la vida sin el burro: no sólo es el sistema de transporte más usado, sino que desde hace cinco años está ligado al conocimiento del universo. ¡Quién lo fuera a pensar!, el animal que más mala reputación tiene, en cuanto a inteligencia se refiere, lleva a cuestas la difícil tarea de educar a cientos de niños de las veredas de los municipios de Nueva Granada y El Difícil, en Colombia.

 

Alfa y Beto son dos notables burros de la región, conocidos en todas las veredas y corregimientos del valle del Magdalena bajo Pertenecen al maestro de enseñanza primaria Luis Humberto Soriano, quien muy al alba de todos los sábados carga sus animales con enciclopedias, textos escolares, atlas de geografía, cuentos para niños, literatura universal, y sale no sin antes guindar de Alfa el aviso que define este delirio: Biblioburro. Luego se cala su sombrero vueltiao y arranca la procesión del conocimiento. No hay habitante de los trescientos de La Gloria que no tenga algo para decir a semejante quijotada. El asombro permanece intacto luego de cinco años consecutivos de hacer lo mismo. No es para menos. Parece una caravana santa, tan santa como la familia sagrada llegando a Belén. Mientras el mundo de hoy está conmocionado con el anuncio del súper Airbús A3000 que transportará hasta novecientos pasajeros, en La Gloria y El Difícil la conmoción, la risa, el asombro, la fantasía y el delirio están fuertemente ligados al biblioburro de Soriano, porque la tecnología más avanzada que existe en aquellos parajes es una calculadora. Soriano es un hombre calmado que ignora su heroísmo como todo héroe que se respete. Sólo hasta el año pasado comenzó a darse cuenta de que su idea era tan novedosa que ya se está replicando en distintos departamentos de Colombia. Porque Colombia es un país con un relieve dificultoso, porque Colombia sigue siendo subdesarrollado, porque Colombia sigue siendo un país de iniciativas populares que no se ha deshecho gracias al valor y el ímpetu de personas como Soriano. Lo entrevistaron por radio, lo felicitaron del sistema nacional de bibliotecas, lo proclamaron personaje del año en el periódico Portafolio y lo condecoró el presidente Álvaro Uribe en persona. Y pese a tanto reconocimiento, tanta alharaca y tanto bochinche, su biblioteca personal continúa guardada en cajas porque no ha tenido dinero para construir una sede en el lote que le regaló su madre para ese propósito.

 

La Gloria y El Difícil quedan sobre una carretera alterna que une dos panamericanas. Si usted no vive por ahí difícilmente se detendrá, pasará a ciento veinte kilómetros hacia Plato (Magdalena), para atravesar el puente más largo de Latinoamérica. Y punto. Dirá qué bonito paisaje, se morirá de calor, admirará el atardecer, y tendrá la canción de moda en su estéreo digital, mientras allá, lejos de la carretera pavimentada, el conocimiento se sigue moviendo en burro.

 

Sin duda Soriano es un quijote colombiano, que enloqueció como el Caballero de la Triste Figura con los libros. Cuando su tía le leyó Margarita está linda la mar, no pudo dormir en ocho días. Tenía cuatro años y si no lo adivinaba entonces, al menos intuía que su vida estaría íntimamente ligada con la literatura. Es un hombre delicado, con modales y maneras muy propias de la cortesía versallesca, cosa que en sus primeros años le sumaron problemas a los miles que trae la existencia. La costa caribe colombiana, por no decir Colombia entera ni Latinoamérica desde el río Bravo hasta la Patagonia, tienen muchas cosas en común y una de ellas es el machismo. Por el machismo nos vamos a las manos, nos tasajeamos a machete o nos fulminamos a balazos en una taberna ardida de licores pendencieros. Así que Soriano tuvo que soportar las burlas de sus compañeros: un niño que no pateara un balón ni se trabara a coñazos era objeto de burlas malintencionadas. Burlas que lo arrinconaban y lo hacían sufrir, pero también lo alentaban para meterse cada vez más en su mundo personal poblado de princesas cuenta cuentos a punto de ser degolladas si malograban el relato, de cíclopes borrachos e iracundos arremetiendo contra una horda de marineros extraviados, de pueblos enteros que un día olvidaron los nombres de las cosas y tuvieron que rebautizar el mundo, de hombres hastiados que asesinaron por desidia, del tañer desolado de las campanas que lloran los muertos de la guerra. Sin saber se fue metiendo en los millones de mundos posibles que propone la literatura, hasta el punto de que a su tía le recomendaron, como a la sobrina del Quijote, que le prohibiera leer más libros para salvarlo de la chifladura. Y la tía no hizo caso, menos mal, y decidió enviarlo a Valledupar, la tierra del vallenato, para que se educara en mejores colegios. Aquello fue peor porque el pequeño Soriano más se demoró en llegar que en ubicar una biblioteca pública. Y en la biblioteca, El Quijote. Cosa brava.

 

***

 

Soriano sabe que tiene un tocayo escritor pero todavía no ha tenido la fortuna de leer nada de Oswaldo, el que bien pudo imaginar un día a un hombre, a un burro y una tierra caliente, y centenares de libros viajando por veredas tropicales, porque esa era su estirpe de escritor: hacer que el absurdo reinara y fuera posible, como en A tus plantas rendido un león o en Triste, solitario y final. Pero la historia de Soriano, el bibliotecario que por ser de La Gloria es glorioso, tendría que ver más con Pedro Páramo porque de alguna manera carga en sus burros toda la poesía y la tristeza y el abandono de Comala, la ciudad sin presente.

 

Tuve la fortuna de conocer a Soriano y de montar en Alfa, la fortuna de estar en verdadero silencio en la mitad del valle de Ariguaní, y de tener conversaciones largas, de burro a burro, con el mejor bibliotecario que existe después de Borges, para mi gusto. A las siete de la mañana partimos desde su casa, atravesamos La Gloria y buscamos la entrada a las trochas que conducen a las veredas. Cuarenta y cinco minutos después llegamos a la primera casa, un rancho mal levantado que parecía una casa parapléjica. Junto al rancho había una ramada y animales de cuido. Salió a saludarnos un hombre con una sonrisa tan honesta que la sensación era como si un árbol nos estuviera apretando la mano. El saludo de la tierra. Luego aparecieron doña Lilia Ramírez y sus tres hijos. Soriano desmontó con parsimonia y comenzó a desplegar la magia de Melquíades en Macondo. En segundos tenía una escuela improvisada en la mitad de Comala. Mesas plegables, tipo picnic, butacas, y libros que los niños fueron agarrando como si fueran naranjas en su palo. Mientras los niños leían y se engolosinaban con las ilustraciones, Soriano se encargó de la más pequeñita, mostrándole las letras con cariño y dedicación. A este bibliotecario glorioso se le ocurrió la idea de llevar la escuela a las casas en vista de que la disculpa más frecuente que tenían los niños para no hacer los deberes escolares era la falta de libros de consulta. Eso y la precaria infraestructura de las tres escuelas rurales que existen en la zona. A lo largo de su vida ha logrado hacer una biblioteca con tres mil quinientos libros que cuida con esmero. Guardadas las proporciones, las trescientas personas del casco urbano de La Gloria tienen más libros por habitante que la gente de Bogotá, que para llegar a doce libros por persona tendría que tener cien millones de títulos en las bibliotecas. Que no los tiene.

 

Cuando Soriano consideró que ya era tiempo de partir, les preguntó a los niños con cuál libro se querían quedar y ellos hicieron su elección. Entonces apuntó los títulos y le hizo firmar la hoja de préstamos a doña Lilia. Y es que Soriano es todo. El bibliotecario, el mensajero, el prestamista, el conductor de los burros, el jefe de eventos especiales y el maestro.

 

Continuamos el camino por trochas improvisadas entre fincas, abriendo portalones desde el burro, en medio de una sabana hermosa poblada de enormes ceibas y cañaguates con flores tan amarillas como el amarillo de los árboles en un otoño europeo. Y Soriano, mientras tanto, me contaba su historia. Una que para él no es anormal ni fuera de lo común, pero en mí producía el mismo tipo de asombro de Sancho Panza cuando Quijote le señalaba un batallón de gigantes disfrazados, por medio de encantamientos y pócimas, de molinos de viento. En un momento dado pensé que el biblioburrista había enloquecido y se escapaba por entre un bosque de arbustos espinosos y árboles despelucados que lo abrazaban con su follaje.

–Es un atajo –me gritó.

 

Mi burro, mañoso burro, se conocía el camino de memoria pero fingía resabio y se resistía a meterse por allí. De haberle hecho caso a su intuición campesina hubiera podido evitar esa sensación de que nos seguían de cerca. Me sentía observado en todo momento. Apuré mi burro al mejor estilo costeño, halándole los pelitos del anca a la altura del espinazo, hasta alcanzar lo que para mí era el salón García Márquez de la biblioteca de La Gloria y preguntarle en voz muy baja
–¿Nos siguen?

–No hombe, qué va. Por acá es mejor no hablar mucho porque se pone nervioso el ganado –contestó, casi susurrando.

 

Eso era. Entre el follaje estaba el ganado bravo, el criollo jorobado de cachos altaneros, mirándonos pasar como si fuera un cordón de seguridad hosco, prestando guardia contra su voluntad, esperando que saliéramos cuanto antes de su territorio. Y al final del pequeño bosque la comitiva general nos esperaba: diez o veinte reses concentradas en los burros. Para ser franco, hubiera preferido ser víctima de un encantamiento en ese momento para ver gigantes a punto de degollarme con pesadas espadas, a tener esa sensación de ser un capote sin torero a la vista. Nada más indefenso que un par de burros, hasta el cuello de libros, pasando en medio de una manada de toros bravos. Soriano punteaba la que podría convertirse en una penosa travesía, haciendo ruidos de vaquero avezado. Y yo tan sólo atinaba a decirle a ese pocotón de cachos, que venía con él, y que llevaba conmigo las mesitas y la sala de referencia de la biblioteca de la zona. Todo esto mientras los toros bramaban y resollaban con vehemencia. Pasamos no sé si gracias a nuestro Dios o al dios del burro, pero pasamos ilesos.

 

***

 

Una de las cosas que me contó a lo largo de la travesía fue que hace dos años asistió a un evento en Santa Marta, organizado para compartir experiencias de bibliotecas comunales.

–Todos los que hablaban se referían a bibliotecas hechas, con infraestructura sólida; hablaban de buses biblioteca y cuanta cosa. Y a pesar de la vergüenza que me producía me paré y dije que la biblioteca de mi pueblo andaba en burro. Podrán imaginar la turbación de aquel auditorio. El desconcierto fue total y la ovación general no se hizo esperar. Desde entonces comenzó una dinámica distinta impuesta por Soriano: de pronto todas las quejas parecieron ridículas y aquello de conseguir recursos para reparar la dirección hidráulica del bus de un municipio pasó para siempre a segundo plano. Porque a este hombre tranquilo todo le ha tocado de pa´rriba. Se licenció de Literatura y Humanidades en la Universidad del Magdalena. Pero se licenció a distancia, con clases presenciales cada ocho días en Plato, que está a dos horas de camino, o en Santa Marta, que está a cuatro, unas veces hospedándose en casas de amigos, y otras durmiendo en los parques.

 

Algo muy extraño pasa en aquella tierra tan hermosa. La palabra tesón parece estar tatuada en el alma de su gente.

 

***

 

Hora y media después de abandonar la casa de Lilia, llegamos a un lugar conocido como El Palacio, que de palacio tenía el nombre o la poesía del nombre, porque en realidad era otro rancho en muletas sostenido por los sueños de los hombres. En aquel lugar, quince niños esperaban la llegada del biblioburro, protegidos del sol bajo el techo de palma, compartiendo espacio con cuatro hombres que pilaban maíz y una horda de animales de cuido paridos. Pasaba mamá pata pidiendo vía para los paticos, y se cruzaba con la gallina y sus pollitos que casi tenían que rodear una marrana recién parida, y alrededor los borricos recién nacidos, los chivatitos berreando por leche y la perra amamantando. El Palacio estaba bendecido. Al encuentro de Soriano salió la maestra de la escuela del Brasil, Madelis Judith España, asombrosa mujer de 27 años que decidió combatir el analfabetismo de su vereda a cuenta propia y fundó la escuela en una ramada de la finca de su padre. Comenzó a educar cuando tenía 17 a cambio de la satisfacción, nada más. Durante los primeros años sus honorarios eran el agradecimiento de los padres de familia, cifrados en gallinas o huevos o chivos o burros o maíz o leche
Estaba vestida con un traje tejido a mano por ella misma, y lucía un hermoso tocado rojo también tejido con sus manos: Penélope en su paciencia santa, que educa, que teje y que sueña con mejores hombres. Madelis España es socia permanente de Soriano en aquella poética labor de educar sin recurso alguno. Es la principal usuaria del servicio de préstamos domiciliario del biblioburro, la mujer más inquieta por el conocimiento, la más preocupada por ofrecer una educación básica con calidad. Lo único que interrumpió el ambiente de Sagrada familia fue una gallina que de pronto saltó sobre la mesa para anunciarnos con mucho cacareo la dichosa puesta de un huevo más en su vida.

–Ya, cállate, que sólo es un huevo –le dijo Soriano a la gallina y los niños inundaron de risas El Palacio.

 

El periplo de aquel sábado terminó dos horas más tarde en Planadas, el lugar donde está la iglesia pentecostal, punto de encuentro más concurrido con el biblioburro. Debido a que los colegios apenas estaban comenzando clases, la afluencia de niños era poca, según dijo Soriano, porque a veces se reúnen hasta doscientos niños. Sin embargo, y pese a la época de enero, lo esperaban cincuenta niños con sus padres, y dos maestras. La algarabía fue total. El biblioburro había llegado a un paraje exótico, y desplegaba todos sus mundos bajo la sombra de muchos árboles, como si fuera un camping de conocimiento. La voz del viento y los trinos de los pájaros constituían las hermosas paredes de esta biblioteca única en el mundo: la prueba viviente de que a veces la montaña se mueve hacia Mahoma. En la medida en que Soriano descargaba de los nobles burros su preciado tesoro, los hombres ayudaban a desplegar las mesas, los niños iban buscando asiento y las maestras formaban pequeños grupos para leerles en voz alta alguna fábula. Luego Soriano se encargó de sacar un atlas para mostrarle a un grupo de señores el lugar exacto que ocupaban en el mundo. Porque la colección que llevaba Soriano en aquella ocasión, era una variada muestra de su biblioteca: rompecabezas, cartillas de lectura, cuentos para niños, fábulas, libros de matemáticas, libros animados, manuales prácticos y atlas geográficos. Cuando Soriano extendió sobre la mesita Colombia inédita, la mayoría de los adultos se acercaron a ver las fotos del país que les tocó en suerte. Miraron de cerca la Sierra Nevada de Santa Marta, la misma que a veces se ve lejana entre la bruma calurosa del Caribe; conocieron la selva del Carare, el sol de los venados en los llanos orientales, selváticos ríos del Chocó, los bosques de niebla de la Sabana de Bogotá, y miraron el mar de San Andrés como si fueran marinos trazando rumbos en una carta de navegación.

 

Una señora que asistía por primera vez al dichoso evento, tomó un rompecabezas y se quedó petrificada ante el juego. En sus sesenta y cinco años de vida era la primera vez que veía uno de esos y no sabía qué debía hacer. Tal vez sea esa la imagen más contundente para entender el tamaño de la empresa de Soriano, que a veces se retira un poco de la multitud para admirar con el corazón semejante prodigio. A su lado, Alfa y Beto que, a pesar del cansancio por la travesía, también parecen satisfechos con su obra. Y alrededor, amarrados a los árboles, al menos treinta burros más compartían el convite, porque todos los asistentes llegaron en burro. El mismo animal que tiene encendida todas las alarmas en España porque en ese país está en vías de extinción. Hasta existen hoy en día ONG dedicadas a la preservación del burro catalán, cosas como Burros sin fronteras y otras instituciones imposibles de concebir en esta región de Colombia, o tal vez imaginables desde la perspectiva de la literatura. Increíble la paradoja: mientras en España nadie creería que existe un biblioburro, en Colombia pasará por loco quien diga que el burro está en vías de extinción.

 

Sin temor a equivocaciones puedo asegurar que El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha va cabalgando un jumento por el valle de Ariguaní, en el Magdalena. En Colombia.